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Capítulo 30

30
FUNERAL



Esperó en silencio bajo la sombra del Yggrdrasill. Nadie le prestó atención aunque era el único que estaba quieto. En el extremo norte del árbol de la vida los soldados hacían un barbullo mientras levantaban el campamento. Jillian esperaba en uno de los postes que marcaban los límites entre el terreno neutral y el aesiriano, con los ojos ciegos fijos en un solo punto. Sentía mariposas en el estómago y cosquillas en las puntas de los dedos. Durante su viaje con Zoe la profetiza hizo cálculos. Aunque no le aseguró nada dijo que lo más probable es que fuera medio hermano del príncipe Sin. Si así era, entonces su padre era el príncipe que murió en los castillos flotantes sobre Masca.
—Eres rubio como él, mientras que los demás Aesir o tienen el pelo negro o gris. Y está el peli-rojo. O mejor dicho, estaba...
Zoe también dijo que se le parecía en algo a Sin, pero muy poco. Apenas lo suficiente como para que los soldados lo arrastraran al pie de los Aesir sin golpearlo, para que los príncipes confirmaran o desmintieran a Jillian.
El sepulturero quería saber. Quería confirmar si era un Aesir nacido en el anonimato, un bastardo sin pretensiones pero con un sitio al que pudiera llamar «familia». Envidiaba a Zoe porque ella sí tenía ese lugar especial y porque todo lo que la profetiza había hecho hasta el momento era para proteger a sus seres queridos. Jillian le siguió la corriente porque él también tenía alguien a quien proteger, pero su persona especial no lo amaba. Pero si tenía un medio hermano, alguien con quien compartiera carne y sangre, quizá tendría un sitio. Aunque fuera por poco tiempo. Si Zoe tenía razón y Sin era su hermano, ¿sería aceptado o rechazado por el príncipe? Estaba ansioso y temeroso de averiguarlo.
Una respiración cálida y nauseabunda le erizó la piel del cuello. Detestaba que Sigurd se le acercara de puntillas por la espalda. El come-almas no podía hacerle daño porque Zoe se lo había prohibido, pero Jillian se sentía débil e indefenso cada vez que Sigurd se colaba por un flanco descuidado. El demonio bullía en ganas de destrozar el cuerpo de ambos y devorar sus almas. Jillian podía sentir sus malas intenciones en cada fibra de su ser.
—¿Qué pasa, Alteza? —lo azuzó Sigurd—. ¿No se reunirá con su hermano?
—No.
Tenía miedo de que Sin lo rechazara, en especial porque era un secreto a voces que el príncipe era engreído y grosero. Pero sobre todo, Jillian sabía que todavía no era momento de entrar en escena. Cruzar el poste de la cinta roja equivaldría a entregarse a los aesirianos. Servirse en bandeja de plata para cumplir la Profecía. Él lo haría porque no había más remedio, pero solo hasta que Sakti estuviese lista. Hasta que pudiera marcharse sin ningún arrepentimiento.
Atrás de Jillian y Sigurd, mucho más allá de las ramas caídas, la primera pira funeraria se prendió. Los soldados abandonaron la sombra bajo el Yggrdrasill, pero una silueta encapuchada se separó de ellos y avanzó hasta situarse delante del Tercer Dragón.

****

Las piras ardieron toda la noche. El Himno a los Muertos y la Memoria sonaron juntos y por separado, a veces en voz alta y a veces como un susurro, pero siempre con calidez. Todavía se percibía la tristeza por los amigos y familiares muertos, pero también había alivio y esperanza. Connor estaba agradecido por haber tomado la decisión correcta. Zoe tuvo razón: revelarse uniría de nuevo a los dos países.
Él y su familia esperaron abrazados a un lado de la plataforma donde ardían Kel y los aprendices fallecidos, pero tuvieron que retirarse temprano, de regreso al Yggrdrasill, porque Airgetlam, Dagda y el mismo Connor apenas se podían mantener en pie. Si por Connor fuera se habría quedado toda la noche junto a la pira y al amanecer habría recogido él mismo las cenizas y huesos de su hermano. Las habría guardado en una urna para luego llevarlas de regreso a Kehari, en donde las sepultaría junto a Lea y Emilio. Pero estaba preocupado por los gemelos, en especial Airgetlam.
Lo revisó apenas regresaron al campamento. Nadie le objetó que debía descansar, ni siquiera Darius, porque el estado del gemelo mayor era tan lamentable que todos sabían que si había esperanza de que se pusiera mejor era si recibía la atención inmediata de Connor. Pero no hubo suerte. Una revisada con el foco bastó para saber que estaba ciego del ojo izquierdo. Tenía puntadas al estilo militar en todo el cuerpo, así que supo que recibió tratamiento de parte de soportes médicos. También le encontró cardenales viejos y nuevos, tanto en la espalda como en las muñecas, en la cara y el pecho, en las rodillas y pantorrillas. Habría soportado verlo tan molido si Airgetlam le hubiese sonreído con su característica expresión traviesa. Pero Airgetlam no sonreía ni hablaba. Lo miraba con expresión turbia, como si hiciera un esfuerzo tremendo por reconocerlo.
Se tardó poco en revisarlo porque comprendió que Airgetlam no podría explicarle lo que sucedió. Regresaron con los demás, que esperaban fuera de la tienda central de los curanderos. Allí era donde Kylma y Finn montaron el control de los aprendices para supervisarlos mientras Connor se recuperaba. Cuando los vieron salir de la tienda los miraron pálidos y asustados. En especial Darius. El mestizo tenía cara de loco. Kel ardía en la pira, Dagda tenía el costado perforado, Connor acababa de tener un trasplante de corazón y Airgetlam estaba hecho tirones. ¡Claro que estaba perdiendo la cabeza! Connor se sintió mal por su papá porque todo lo que Darius quería era que su familia estuviese a salvo. La situación superaba por mucho al profeta.
—Estará bien —mintió Connor con la sonrisa más bonita que pudo invocar dadas las circunstancias—. Por ahora es buena idea que se vaya a la cama.
El pánico asomó a la cara de Darius. Quería acompañar a Airgetlam, pero al mismo tiempo quería quedarse con Dagda, cuidar a Connor y velar junto a la pira de Kel. Lástima que no podía dividirse en cuatro.
—Yo lo llevo —se ofreció Riza.
La muchacha rozó la mano de Airgetlam hasta que él se la estrechara, sumiso. Connor se mordió los labios porque le dio la impresión de que Riza tenía mucho cuidado, como si ya antes hubiese hecho algo que alterara a Airgetlam. El gemelo asintió, como diciendo que todo estaba bien, pero al instante buscó asustado a Dagda.
—Yo iré después —aseguró Dagda al verle la expresión de duda—. Te lo prometo.
Airgetlam lo miró en silencio por dos largos segundos. Arrugó la frente mientras forzaba a su cerebro a comprender las palabras de Dagda. Cuando al final pilló el significado, soltó un suspiro de agotamiento y se dejó guiar por Riza. Los vieron marchar juntos, tomados de la mano; Riza fuerte y dulce, Airgetlam abatido y cabizbajo.
Aunque lucharon contra las lágrimas, los ojos de Darius y Connor ardieron. Ese de ahí no era Airgetlam. No podía serlo.
—Quien. Le. Hizo. Eso —masculló Sakti.
La princesa no tenía lágrimas en los ojos pero sí apretaba el puño. Aunque ya no tenía la fuerza para tomar una espada parecía capaz de hacerle un agujero en el estómago al responsable de la condición de Airgetlam. Connor solo podía imaginar de dónde venían algunos cardenales y cortes, pero estaba seguro sobre los rasguños en la cara.
—Geri o Freki lo atacaron —dijo con el corazón roto. Miró a Dagda—. ¿Por qué?
Reconocía las marcas de los lobos-dragón. Lo que no entendía era por qué los mensajeros atacarían a un profeta. ¡Geri y Freki eran un amor!
—Tal vez tú también deberías ir a la cama —le respondió Dagda con una sonrisa triste—. No tienes buen aspecto. Ve a dormir.
Las manos de Connor se pusieron heladas. Lo que le pasó a Airgetlam debía de ser mucho peor de lo que imaginaba si Dagda no quería hablar delante de él.
—Estoy bien —dijo con la voz entrecortada—. Puedes contarnos a todos lo que pasó. Incluso a mí.
Dagda apretó los labios y miró a los demás en busca de apoyo. No sabía por dónde comenzar y tampoco quería decir algo que alterara a Connor. Lo último que quería era provocarle un ataque a su nuevo corazón. Pero como nadie encontró motivo suficiente para echar a Connor, Dagda tuvo que compartir el primero de los muchos males que cayeron sobre su hermano:
—Le hicieron un lavado de cerebro. En Xadiz. Lo hizo el viejo Tonare.
—Maldito hijo de puta —soltó Darius.
Aunque la magia del mestizo no era tan grandiosa como la de un Dragón, todos sintieron que la temperatura bajó y aumentó al mismo tiempo. Como si una llama de hielo congelara y derritiera el aire alrededor. Darius se quedó clavado al suelo por la desagradable noticia, pero su mente estaba en otra parte, en las miles de torturas que le daría a Enlil.
—Connor —intervino Sakti—. Tu hermano tiene razón. Es hora de que te vayas a dormir.
—Pero...
—Connor, me voy a hacer una furia. No será nada lindo. Así que hazme el favor de irte a la cama.
Lo dijo sin alzar la voz, sin arrugar la frente y sin ni siquiera apretar el puño. Pero fue esa calma la que convenció a Connor de que tal vez sí debía irse a dormir.

****

Entraron a la tienda central de los curanderos después de que Connor se marchara. La calma aterradora de Sakti no solo convenció al joven doctor de irse, sino también a Kylma, Finn, Frey y las demás. Lo que iban a discutir era algo que debía quedar entre profetas, Dragones y Guardianes.
Durante el relato de Dagda –las invasiones a la zona neutra, los rebeldes en el Bosque Ambulante, el intento fallido de rescate a Airgetlam y la muerte de Geri– Sakti mantuvo la calma antes de la tormenta. Solo se limitó a intercambiar una mirada con Darius porque al menos ya sabían por qué Freki los atacó: el ataque del mensajero coincidía con la muerte de Geri.
—Son los recuerdos rotos —murmuró Zoe desde un rincón de la tienda, con la voz suave y débil, los ojos resplandecientes por las lágrimas y las manos heladas entrelazadas a las de Drake—. Freki no puede contenerlos ahora que está solo.
La profetiza vio el chupetón que Darius tenía todavía a un lado del cuello, pero apartó la mirada casi de inmediato. Sakti tuvo la impresión de que su amiga vio un retazo de lo que ocurrió en aquel pasillo que nunca existió; supo que Zoe no debía tener una memoria así. Un recuerdo roto. Ojalá lo olvidara pronto, como Airgetlam olvidó al fin los que Geri le transmitió con su muerte.
—Los rebeldes pedirán la independencia de la zona neutra —concluyó Dagda—. Le han pedido a Adad que sea su emisario ante los Aesir.
—¡Ja! —el príncipe se carcajeó y apretó a Sakti, a quien tenía rodeada en brazos—. Puede que esté loco pero no lo bastante como para escuchar a esos necios. ¿Qué les hace creer que ayudaré a romper el Imperio de mi familia?
A Sakti se le ocurrieron varias razones; para empezar, el resentimiento que Adad guardaba hacia los Aesir por la manipulación de la Profecía. ¿No fue por eso que abandonaron el Imperio hacía cincuenta años? Adad se contradecía aunque en realidad siempre lo hizo. Aun cuando era un chico en Masca todas sus acciones fueron contradictorias: por un lado pretendía traicionar a su familia, pero por el otro anhelaba su amor; deseaba abandonar su obligación como príncipe Dragón, pero también quería socorrer las Arenas y tomar su lugar en el Trono. La única diferencia ahora era que la locura le impedía ver sus propias contradicciones.
Sakti miró a los profetas.
—¿Y ustedes qué quieren? ¿Quieren la independencia?
Los tomó desprevenidos. Dadas las circunstancias para ninguno era prioridad la revolución de la zona neutra o lo que hiciera el Imperio con los rebeldes. Todo lo que querían por el momento era que los gemelos y Connor se pusieran bien. Pensarían en lo demás después.
Sakti asintió en silencio y se giró a Adad para mirarlo directamente a los ojos.
—Subiré al Norte, al campamento militar exterior. Si quieres puedes subir conmigo.
—¿Para qué vas? —Adad arrugó la frente. Sus ojos desenfocados lucharon por fijarse en su hermana y no en el desdoblamiento de la realidad—. Escapamos de ellos. ¿Por qué quieres volver con tío y los demás?
—Adad, tengo algo que decirte y no será fácil. ¿Estás listo? —El príncipe asintió después de un par de segundos. Sakti le tomó la mano para ayudarlo aferrarse a la realidad y dijo—: Harald murió anoche. Y tío Kardan también.
No hubo reacción en el rostro de Adad, al menos ninguna que Sakti pudiese notar. Pero lo sostenía de la mano y podía sentir el flujo de su magia. La potencia electrizante de Adad le dio un chispazo de tristeza y dolor, pero al mismo tiempo de indiferencia y entumecimiento. Fue como si el corazón se le hubiese desdoblado igual que la mente.
—¿Cuándo te enteraste? —preguntó Darius detrás de Sakti, en voz baja—. Quería decírtelo cuando fuera el momento adecuado.
—Escuché el rumor antes de que te despertaras. Y tal vez nunca hay un momento apropiado para saber este tipo de cosas. Simplemente hay que saberlo y ya.
Darius percibió cierta calidez en la voz de Sakti, quizá porque consolaba a Adad. De los príncipes Dragón el más sentimental era el heredero del desierto. A lo mejor Sakti quería proteger el corazón de su hermano como no pudo hacerlo con su cordura.
—Quieres despedirte de ambos —dijo Adad con voz lejana, como si hablara desde la luna de sangre. Sakti ladeó la cabeza, entre un sí y un no.
—Eso es irrelevante. Lo que sucede es que debo marcharme. Rompí la neutralidad del campamento de Connor cuando enfrenté a Lemuria. Si me quedo daré una excusa para un nuevo ataque al Yggrdrasill. Y Sin ha puesto también una orden de captura en mi contra. Otra excusa para atacar. Sea como fuere, no puedo quedarme más aquí.
—Tonterías. Yo te protegeré de Sin —replicó Adad.
—Lo sé. Pero ese no es el punto. El punto es que no debemos permitir otro ataque al Yggrdrasill.
—Tampoco tienes que irte a la boca del lobo —intervino Darius—. Si de verdad tienes que marcharte ¿por qué al campamento aesiriano? Además... —el mestizo bajó la mirada—... Te necesito aquí.
No le avergonzó admitirlo. Apenas tenía cabeza para comenzar a aceptar la condición de Airgetlam y la debilidad de Connor y Dagda. Necesitaba a Sakti, su roca, para apoyarse en un momento tan difícil. La princesa lo miró por encima del hombro. Al igual que la voz que usó con Adad, sus ojos fueron ahora cálidos para Darius.
—No te preocupes. Estarás bien por tu cuenta. Además alguien tiene que ir a poner a Enlil en su lugar. Te prometo que le dolerá mucho, ¿de acuerdo?
Darius enarcó una ceja. ¿Fue idea suya o la princesa intentó hacer una broma? No le gustó. Le pareció que Sakti hacía lo posible para regresar con los Aesir aun después de todo lo que hizo para escapar de ellos. Aun después de todo el mal que le hicieron a ella y a los profetas. El mestizo iba a replicar cuando sintió la mano fría de Zoe en el hombro. La profetiza no dijo nada ni le transmitió ningún pensamiento, pero Darius podría jurar que con su mirada le decía las palabras que Sakti venía repitiéndole desde que salieron de Kehari: «Tienes que aprender a dejar ir».
—Si tú vas —dijo al fin Adad— entonces yo iré contigo. No dejaré que nada malo te pase.
—Lo sé. Eres mi hermano mayor.
Sakti estrechó de nuevo la mano de Adad y se giró hacia los profetas. Darius sintió un vacío en el estómago porque la princesa lo miraba con una despedida en los ojos. Pero lo que Sakti dijo no fue un adiós:
—Dagda, vete también a dormir. Tienes tan mal aspecto como tus hermanos. —Miró a los demás—. Buenas noches.
La princesa se encaminó a la salida de la tienda, seguida de su hermano y los Guardianes. Darius se sobresaltó como si le hubiesen pellizcado. Avanzó hacia ella con zancadas y la sostuvo del hombro. No podía dejar que se marchara así no más.
—Allena, no te puedes ir. Aún... —tragó fuerte—. Aún no he cumplido la promesa que te hice.
Todavía tenía que salvarla de la fusión. Todavía tenía que encontrar sus almas. Si Sakti se marchaba al campamento aesiriano tendría dificultades en cumplir esa promesa.
—Lo sé. Tranquilo, no me iré demasiado lejos. —Sakti enarcó una ceja. Era toda la expresión que le quedaba a su rostro impasible—. Sé que me tienes cariño pero no tienes que ser tan empalagoso, ¿de acuerdo?
¿Otro intento patético de broma? El profeta arrugó el entrecejo, intranquilo. Sakti nunca tuvo un gran sentido del humor y menos ahora que se esforzaba tanto.
—¡Eh! Podrías ser más amable. ¿Es que no ves que estoy preocupado por ti? —replicó con un mohín.
—Lo sé, gracias. —Y como supo que no se quitaría a Darius de encima si no decía lo que tenía que decir, agregó—: Nos vemos pronto.
Darius la dejó ir. Pero en su corazón tuvo la horrible sensación de que algo no andaba bien.

****

Odiaba admitirlo pero le pesaban los párpados. A lo mejor se habría quedado dormido de camino si Ceniza no lo hubiese acompañado de regreso a la tienda. Connor se apoyaba en el híbrido con un equilibrio precario, de lo débil que todavía se sentía. Y a eso agregaba la tristeza. Contuvo las lágrimas solo porque la gente se le acercaba al verlo pasar. Los aprendices que lo creyeron muerto llegaban a darle abrazos y apretones de mano. Los pacientes que se recuperaban bajo el Yggrdrasill le levantaban el pulgar o lo saludaban desde las camillas. Hasta la brisa le susurraba saludos por entre las ramas del árbol. Connor se dijo que debía mantenerse fuerte por ellos, porque si se echaba a llorar por Kel y por Airgetlam terminaría de romper el espíritu de su campamento. No tenía ningún derecho de arrebatar con sus lágrimas la ilusión y esperanza que prometió al fundar el campamento neutral, donde los dos pueblos podían convivir con alegría.
Al cruzar la cortina de la tienda las lágrimas le corrieron por las mejillas. Estaba tan enojado y tan triste. Lo que más ansiaba en el mundo era una canción de Kel y una sonrisa marca Airgetlam para sanar el corazón triste y adolorido. Se giró a Ceniza para disculparse con él. El híbrido era asustadizo y nervioso; seguro que estaba preocupado por Connor y necesitaba de la fuerza del doctor como todos en el campamento. Ceniza también lloraba pero no miró al doctor con miedo ni lástima, sino con amor y compasión. El krebin lo abrazó con todas sus fuerzas, un acto que jamás se hubiese permitido hacía una semana. Connor levantó los brazos para palmear la espalda de Ceniza y consolarlo, pero los bajó porque comprendió de repente que su amigo no lo abrazó porque estuviese triste sino porque quería consolarlo. Un nudo estranguló la garganta de Connor.
Le dio bollitos de pan a un híbrido marginado en una aldea, a un chico flaco, costroso y lleno de parásitos. Y ahora ese mismo chico era el bastón en el que se apoyaba para sobrevivir.
Nunca había estado tan feliz de haberle dado de comer a alguien bollitos de pan.
Lloró apoyado en el hombro de Ceniza. Estuvo tentado de gritar y maldecir a los responsables de la muerte de Kel y la mente trastornada de Airgetlam, seguro ya de que Ceniza no se asustaría. Solo lo abrazaría con más fuerza y le daría pañuelos de papel para que se sonara la nariz. No lo hizo solo porque había gente afuera de la tienda y no quería compartir su tristeza con ellos. Con Ceniza sí. El híbrido se había ganado su confianza.
—Deberías ir a dormir ya —murmuró Ceniza, mitad tímido y mitad autoritario. Había encontrado un nuevo valor al descubrir que era tan capaz como Connor de consolar a otros.
El doctor asintió y se dejó guiar a la cama como un niño. Ceniza se detuvo de repente; y con la misma celeridad se puso delante de Connor con los brazos extendidos en cruz para protegerlo. Había intrusos. La piel de Connor se erizó al ver la figura encorvada y peluda que le sonreía desde un rincón. Las orejas dispares, los colmillos asomados por las comisuras de los labios, los ojos amarillos... Supo que era Sigurd, el come-almas que asesinó a su madre. Solo ese pensamiento resonó en su mente asustada, donde ya no había espacio para otro sentimiento que no fuese el horror. Quedó petrificado en el recibidor de la tienda, listo para que lo descuartizaran como a un conejo.
Entonces notó las otras dos figuras.
La primera persona estaba en el rincón opuesto al de Sigurd, sentado sobre la cama de Connor. Tenía la vista clavada en la nada, aunque Jillian de seguro escuchó entrar y llorar al doctor. Los ojos blancos del Tercer Dragón tranquilizaron un poco al profeta, aunque no lo suficiente para que Connor o Ceniza pudiesen liberarse de la tensión de ver a un demonio escondido en la tienda.
Fue la última figura la que rompió el encantamiento de Sigurd. El príncipe Kardan estaba sentado de espaldas al escritorio portátil en el que Connor solía revisar los perfiles y las recetas médicas de los pacientes. Kardan llevaba una capa negra como su cabello, igual que la armadura y las botas que se asomaban por debajo de la capa. En su rostro pálido sobresalían los bordes de los ojos, que estaban irritados.
Al verlo allí, tan descarado y campante en su tienda, Connor perdió el miedo. El horror de hacía unos segundos se convirtió en furia. Si antes estuvo agradecido y feliz por haber ayudado a Ceniza, ahora estaba asqueado por haber ayudado al príncipe Kardan. Y a él no lo salvó una, ¡sino dos veces! ¿Y cómo se pagaron los Aesir? Mandando a matarlo. Destrozando a Airgetlam.
Sigurd sonrió.
Oh, su alma vibra. —El demonio se chupó los labios. La baba cayó de las comisuras al suelo en charcos espumosos—. Está sabrosamente enojado. ¡Qué delicia!
—Cierra. El. Pico —ordenó el profeta con los dientes y los puños apretados. Estaba tan cabreado que se olvidó del miedo que lo paralizó. Sigurd arrugó la frente pero obedeció. Se quedó calladito como un perro obediente. Connor ignoró ese detalle y concentró toda su atención en Kardan. Le dio ánimos ver que Ceniza tenía también el entrecejo fruncido y que miraba al príncipe con la misma reprobación y odio—. ¿Cómo te atreves a venir aquí?
—¿Sucede algo? —preguntó Kardan con una ceja arqueada. Connor tampoco reparó en que el príncipe tenía la voz ronca y pastosa.
—Oh, nada —respondió el doctor en tono sarcástico—. Solo mi hermano Airgetlam. Solo él sucede.
Kardan comprendió. Su expresión confusa dio paso a una mirada lúcida y terriblemente solemne.
—Protesté cuando mi padre resolvió borrarles la mente.
—¿Y de verdad crees que eso hace una diferencia?
La voz de Connor fue hielo puro. Los dos corazones en su pecho se estremecieron por el frío, como si los fragmentos de Kel y del Emperador que ahora vivían en él le dijeran «¡Eh! ¡Ese no es el bueno de Connor! ¡Connor jamás sería tan frío y rencoroso! ¡Connor jamás sería un Tonare!». Bueno, pues Kel y el Emperador podían irse de paseo. Un nuevo Connor había llegado al barrio y no se iría hasta que Airgetlam se pusiera bien. Si es que podía ponerse bien.
—... Supongo que no —respondió el príncipe aun con su expresión solemne.
Connor señaló la salida de la tienda.
—Vete. Y no vuelvas jamás.
El príncipe midió la seriedad de Connor. Tardó poco en decidir que lo mejor era hacer caso. Se irguió lentamente y se encaminó hacia el doctor. Aunque Connor era alto, como un Tonare, Kardan todavía le sacaba una cabeza de ventaja, como un Aesir. El doctor supo que el príncipe le diría algo que lo conmovería (y Kel y el Emperador suspirarían aliviados, diciendo «¡Ahí está el Connor al que le dimos nuestro corazón!»), así que se esforzó en formar un puñetazo mental para partirle la cara y el alma. No funcionó. No tenía fuerzas para usar magia.
—Mi padre murió anoche. Como Harald. Los dos se me han ido.
«Oh, entonces te felicito por ser el nuevo Emperador», quiso decirle Connor. Era el pensamiento más cruel que jamás había tenido. Pero ahora que tenía a Kardan frente a frente pudo ver que los ojos irritados e hinchados eran de tanto llorar. El doctor luchó por mantenerse firme y frío, pero su naturaleza dulce y bondadosa ganó. El príncipe no estaba ahí para traerle más desgracias, ni lastimarlo, ni forzarlo a unirse al bando aesiriano. Estaba ahí porque buscaba a un amigo que lo consolara en el momento más oscuro de su vida. Estaba ahí porque necesitaba de la fuerza de Connor.
Tal y como Ceniza lo rodeó antes, ahora Connor rodeó al príncipe. Kardan lo abrazó también. Lloraron juntos por nada en concreto y a la vez por todo. Por Kel. Por el Emperador. Por Airgetlam. Por Harald. Connor no había perdonado al príncipe, no podía; pero estuvo seguro de que en ese momento se convirtieron en amigos. Si sobrevivían a la guerra, a la luna de sangre y, ¿por qué no?, a la Profecía, recordarían ese día cuando fueran ancianos y se dirían «Sí, ese fue el instante que lo definió todo».
Kardan lo apartó de repente aunque dejó una mano helada, temblorosa y dura sobre el hombro de Connor. Con la otra se restregó el lado izquierdo de la cara. El doctor lo miró sin entender por qué deshizo el abrazo cuando era obvio que todavía lo necesitaba, pero entonces reparó en el ronroneo excitado del rincón. Sigurd los miraba con el hocico babeante. «El enojo, la tristeza, la desesperación... Percibe todas esas emociones en el alma. Las huele». Los dos debían de parecerle un trozo de tocineta frita. Sabrosos e irresistibles.
Otra vez Connor se quedó pegado al suelo, seguro de que el demonio se les echaría encima en cualquier instante. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué todavía no lo había hecho? Miró entonces a Jillian. El Tercer Dragón todavía aguardaba sentado en la cama, tan silencioso que lo mismo sería que no estuviera ahí. Debió de sentir la mirada del doctor porque levantó la cabeza y fijó sus ojos ciegos en Connor. El profeta se estremeció. Sintió un nudo en la garganta, como una premonición aunque no supo de qué.
—Debes salir de aquí —dijo entonces Kardan.
El príncipe retiró la mano fría con la que se apoyaba en Connor. Aunque todavía tenía lágrimas en la mejilla derecha había retomado el semblante solemne de un Aesir.
—Ahora que mi padre ha muerto los Generales insistirán en atrapar a los Dragones y a los profetas. En especial Sigfrid. Reúne a tu familia y escapa. Necesito tiempo para encargarme de todo.
Connor lo miró sin comprender. O mejor dicho, sin creer. Los sucesos de las últimas noches mataron su ingenuidad. Le enseñaron que no podía confiar con tanta soltura, menos en un Aesir. En especial en uno a quien todavía resentía.
—¿Lo dices en serio? ¿Nos dejarías escapar?
—Te lo dije antes, ¿verdad? Limpiaré este mundo con Profecía o sin ella. Y si la Profecía no es una opción entonces los profetas tampoco pintan nada. No hay motivo para que los acosemos más.
Connor miró a Jillian con una ceja inquisidora. La suspicacia le susurró en la mente. Si el príncipe descartaba la Profecía, ¿por qué estaba con Jillian? ¡Seguro que le mentía a Connor, que quería ponerle una trampa! «Qué terrible. ¿Así es como tendré que vivir de ahora en adelante? ¿Sin creerle a nadie? ¿Con esta desconfianza?». Los trozos de Kel y el Emperador que habitaban en su pecho le dijeron que sí y que lo lamentaban mucho por él.
—Si ya la Profecía no pinta nada, ¿entonces por qué Jillian está contigo? ¿Lo has hecho tu prisionero?
La idea lo volvió a enojar. ¡Más valía que Kardan no tuviese el descaro de tomar prisioneros en el campamento neutral! O de lo contrario silbaría. Estaba casi seguro de que Sakti lo escucharía, se aparecería transformada en Dragón y le rompería la cara al príncipe. ¡Ahí sí que la princesa estaría hecha una furia!
—Nadie me ha atrapado —intervino Jillian. Luego soltó un suspiro de desdicha—. Salvo tu hermana. Prácticamente me hizo su esclavo.
Sigurd bufó en el rincón contrario y rechinó los dientes. Connor se preguntó qué hizo Zoe para que el come-almas y el Tercer Dragón tuvieran esas reacciones.
—No puedo descartar la Profecía aún —admitió Kardan—. Todo lo que mi padre, los príncipes y los Generales han hecho hasta ahora ha sido para llegar al día Prometido. Si elimino la posibilidad de la Profecía, todo el trabajo hecho hasta ahora, todas las muertes, todas las almas del Reino de los espíritus, todas nuestras pérdidas... Todo habrá sido en vano. Sé que no podré convencer a Allena y Adad. Sé que no puedo contar con ellos aún. Pero este muchacho, Jillian... Él dice ser el Tercer Dragón. Aunque no puedo verle las marcas sé que dice la verdad. Puedo sentir su magia. Es lo que me llevó a él. Ha aceptado a venir conmigo e interceder ante los otros dos Dragones.
Connor apretó los puños. Tenía las manos congeladas. Aunque era descabellado que Adad y Sakti aceptaran una negociación, le entró miedo de que Jillian los convenciera. Porque entonces Sakti se moriría. Oh, ahora lo comprendía. Ahora entendía por qué Darius no quiso que Jillian se acercara a Sakti: cuando los Tres Dragones estuviesen juntos marcharían hacia la Profecía. Sakti se iría. Como Harald y el Emperador. Como Kel.
—Entonces me estás tomando el pelo —lo acusó Connor con voz temblorosa. El cuerpo también le temblaba. Ceniza (¡se había olvidado de él!) lo sostuvo de los brazos para que no perdiera el equilibrio—. Si planeas usar la Profecía ¡vas a cazarnos como hizo tu padre! ¡Vas a hacer que nos borren la mente como a Airgetlam!
—¡No! —Kardan le puso las manos sobre los hombros—. Padre planeó usar a los profetas como carnada para atraer a Allena. Con ella atraeríamos a Adad. ¿Pero cómo esperaba salvarnos con una Profecía hecha con un sacrificio involuntario? La única forma de que la Profecía funcione es si los Dragones la aceptan. Si los fuerzo como mi padre lo intentó todo será en vano.
Connor estudió la expresión del príncipe. Aunque la suspicacia susurraba que mentía, que no podía decir la verdad porque era un Aesir, otra vez la naturaleza bondadosa de Connor ganó la partida. Le creía. O mejor dicho, quería creerle. Kardan retrocedió un paso y lo miró de nuevo con solemnidad. ¿Es que solo era capaz de esa mirada?
—En este punto ya no necesitamos a los profetas. —Se aclaró la garganta—. Solo te necesito a ti.
—... ¿Eh?
—He venido a pedirte un favor. Pero igual que a los Dragones no te forzaré a nada. Solo te pido que lo medites mientras estás lejos del Yggrdrasill. —Kardan hizo una pausa para darse valor—. Por favor forma parte de mi Corte.
Connor lo miró sin parpadear. Lentamente se llevó el dedo al oído y se lo limpió, solo por si acaso estaba taponeado.
—Espera, ¿qué dijiste?
—Quiero que formes parte de mi Corte. Quiero que seas mi Consejero principal.
Connor abrió los ojos como platos. Se había acostumbrado a que los jefes militares de ambos países le pidieran unirse a sus tropas como jefe médico, ¿pero como Consejero? Eso nunca se lo vio venir.
Pensó de nuevo en la cara destrozada de Airgetlam. No quería inmiscuirse en un sitio con serpientes venenosas como la que le borró la mente a su hermano. La Corte debía de estar infestada de serpientes gordas y nauseabundas.
—Si lo que quieres es «honrarme» después de lo que le hicieron a mi hermano...
—¡No se trata de «honrarte»! —lo interrumpió Kardan mientras giraba los ojos. Aparentemente sí era capaz de otra expresión distinta a la solemnidad—. Maldita sea, ¡tú me honrarías si aceptaras ser mi Consejero! ¿Es que no lo ves? Te ofrezco un trabajo espantoso, ¡el de tener que lidiar conmigo todos los días! Soy arrogante, envidioso, indeciso, mentiroso y siempre estoy de pésimo humor por las mañanas. Pero quiero ser mejor. Siempre creí que solo podría ser una criatura de destrucción, como mis relámpagos. Porque soy un Aesir. Pero si existe un hombre capaz de crear un campamento en donde vanirianos y aesirianos cantan juntos a sus muertos, entonces quizá yo pueda ser distinto a lo que estaba destinado a ser. Quizá pueda ser mejor. ¿De verdad resulta tan extraño que quiera serlo? ¿Y que para eso me ponga en las manos del hombre que fundó este campamento? Connor, he visto lo que eres capaz de hacer. Imagina lo que podríamos hacer juntos si tengo tu guía y tú mis recursos.
Kardan esbozó una sonrisa un tanto perturbadora, como si el futuro que visualizaba en la mente lo asustara. Porque lo hacía. Era un futuro muy distinto al pasado y al presente vividos hasta el momento bajo la luna carmesí. Era un futuro que nadie se había atrevido a soñar, igual que nunca nadie se imaginó un campamento neutral.
—Por favor considéralo. Sé que soy defectuoso y que no debe sonar interesante trabajar conmigo. Pero te prometo que si me das la oportunidad trabajaré muy duro para no decepcionarte. ¿Lo harás? ¿Meditarás en mi propuesta? Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para pensarlo. Si no regresas al Yggrdrasill entenderé que desechaste mi propuesta.
Connor agitó la cabeza.
—Espera, no entiendo por qué debo irme. Si dices que ya no necesitas a los profetas ¿por qué debemos escapar otra vez?
—Porque todavía no soy Emperador. Hasta que me coronen mis órdenes siguen por debajo de las de mi padre. —El príncipe suspiró—. Si los Generales y los príncipes se enteran de que quiero dejar ir a los profetas, me encerrarán para seguir las órdenes de mi padre sin que yo les estorbe.
—¿Te traicionarían?
El nido de serpientes debía de ser peor de lo que Connor imaginaba si Kardan temía que lo encerraran. ¡Con razón le pedía a un extraño que se uniera a su Corte! Seguro que no tenía nadie en quién confiar.
—Ellos no lo verían como traición —intentó explicarse el príncipe—. En especial Enlil y Sigfrid. No me lastimarían ni pondrían a otro príncipe en mi lugar. Solo aplazarían la coronación a la vez que siguen las últimas indicaciones de mi padre. Para ellos significaría mantenerse fieles a él hasta el último momento. Cuando cumplan o cuando estén seguros de que ya no puedo dar marcha atrás a lo que padre planeó, entonces harán todo lo posible por darme el lugar que me corresponde. Aunque la coronación está algo complicada ahora. Es por eso que tú y tu familia deben escapar mientras resuelvo este detalle.
Connor enarcó una ceja. Le parecía lógico que como el Emperador ya había muerto Kardan tomase inmediatamente su lugar. El príncipe le explicó:
—Mientras no tenga a Draupnir no puedo coronarme. Draupnir me dará el enlace con Masca y con todo el Imperio ahora que los príncipes y la Emperatriz de Edén han conectado gran parte de él.
—¡Ah! Draupnir es la corona, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y dónde está?
—No tengo idea. Solo la he visto en pintura. Mi padre la ocultó hace años, en especial porque sabía que el rey vaniriano estaba obsesionado con tenerla.
El príncipe recordó a Abigahil. El ataque al árbol de la vida fue una distracción para que la mangodria pudiese acercarse a los Aesir para arrebatarles la corona. La obsesión de Vanir fue lo que precipitó la muerte del Emperador.
—Mientras no tenga Draupnir seguiré siendo solo el heredero. No podré persuadir a Sigfrid y a los demás si deciden ignorarme para seguir las órdenes de mi padre. Por eso tengo que conseguir la corona antes de que ellos lleguen al Yggrdrasill a buscar a los profetas.
—¿Entonces no lo sabes? —Connor hizo una pausa—. Los Generales estaban fuera del Yggrdrasill. Subieron con el príncipe Sin y los demás.
—¿Al Norte? ¿Sigfrid también?
Connor asintió. Kardan soltó una maldición. ¿Qué demonios hacía Sigfrid cerca del árbol de la vida? ¡El Primer General tenía que estar ya en Tyr! ¿Por qué había bajado? Tuvo un mal presentimiento. Si los vanirianos se enteraban de que la capital del Norte estaba desprovista de su estratega harían hasta lo imposible por invadirla antes de que Sigfrid regresara. Apretó los dientes. Quizá había algo positivo: Sigfrid metió la pata al abandonar su puesto. Si hacía falta se lo echaría en cara para dar a los profetas tiempo de que escaparan.
—Gracias por escucharme —Kardan inclinó la cabeza—. Si Sigfrid y Enlil están cerca debo lidiar con ellos más pronto. Y ustedes tienen que marcharse más aprisa. Lo siento.
Jillian se levantó para seguir al príncipe, que iba ya hacia la salida. Ceniza jaló a Connor del codo y lo apartó al tiempo que la tienda se agitaba: Sigurd se había incorporado también y aunque no rasgó la tienda sí rozó el techo. El demonio le dedicó una sonrisa hambrienta. Sus ojos se clavaron en Connor como si fuera la mirada hipnótica de una serpiente sobre un indefenso pajarillo. Jillian rompió el embrujo con un silbido. Las orejas dispares de Sigurd se alzaron a la vez que el demonio arrugaba la cara y gruñía por lo bajo. Detestaba estar a merced de las órdenes del Tercer Dragón pero parecía no tener otra opción.
Poco tiempo después de que el come-almas saliera de la tienda, pacientes y aprendices cercanos soltaron jadeos, gritos y maldiciones. Connor se apuró a seguir a sus visitantes inesperados porque no quería que el campamento colapsara si alguien empezaba a gritar que un demonio mató al doctor en la tienda.
Al salir chocó contra la espalda peluda del demonio, aunque Sigurd ni siquiera reparó en él ni le lanzó un gruñido por el empujón. La vista del come-almas estaba en Kardan. Cuando Connor prestó atención al príncipe el retumbo de una cachetada lo sobresaltó.
Sakti estaba frente a Kardan y lo había abofeteado. El príncipe giró el cuello tan rápido que las vértebras cervicales le crujieron. Kardan aspiró fuerte. Esperó un par de segundos a mirarla a los ojos. Sakti lo abofeteó otra vez con el reverso de la mano, en esta ocasión en el lado contrario de la cara. Sonó como el golpe del agua en una cascada. Aunque Connor estaba de espaldas a Kardan se imaginó las mejillas rojas e hinchadas. ¡Pero qué golpes daba Sakti! Y eso que a ella también le dolió. La princesa arrugó la cara por el esfuerzo de la clavícula lastimada, y la volvió a arrugar porque el ojo y el pómulo izquierdos le dolieron también. Todavía no se recuperaba del golpe que Harald le había dado.
Sakti habría abofeteado a su primo unas mil veces más de no ser porque reparó en Connor. Los ojos furiosos de la princesa cayeron en el joven doctor tan de repente que Connor empezó a temblar. El miedo que le tuvo a Sigurd parecía nada en comparación con el temor de que Sakti le gritara. ¿Cómo hacía Kardan para mantenerse firme delante de ella?
—¿Qué haces despierto? —soltó Sakti—. ¡Te mandé a la cama!
—Yo...
—A. La. Cama. —masculló la princesa—. Ahora.
Connor bajó la cabeza. Estuvo a punto de girar sobre los talones, entrar a la tienda, ponerse el pijama y dormirse como un bebé si con eso lograba contentar a Sakti. Se contuvo porque Kardan intervino:
—No te enfades con él. Es culpa mía. Lo mantuve despierto un rato más, pero ya he acabado.
—Por supuesto que has acabado —siseó la princesa—. Todos hemos acabado. Nos iremos de inmediato.
—¿Qué? —preguntaron Connor y Kardan a la vez. Sakti les explicó que rompió la tregua al enfrentar a Lemuria y que Sin puso una orden de captura para ella y Dereck. Se marchaba antes de que vanirianos y aesirianos la utilizaran de excusa para un nuevo ataque contra el Yggrdrasill.
El mal presentimiento de Connor regresó. Miró a Sakti y a Adad, quien se le había acercado para abrazarla tiernamente por la cintura mientras clavaba sus ojos locos y resentidos en Kardan. El doctor miró también a Jillian, cuyos ojos ciegos estaban fijos en la princesa. Los Tres Dragones estaban reunidos. Caminarían hacia la Profecía y no había marcha atrás.
—¿Y adónde irás, Allenita? —preguntó.
Usó el mote con la vaga ilusión de que si Sakti escuchaba el cariño en esa palabra cambiaría de opinión y se quedaría con él. Con Darius. Con los profetas.
—Iremos al norte, a presentar nuestros respetos al Emperador caído y al Emperador que ha de levantarse —respondió Adad, confirmando así los temores de Connor.
Igual que pasó hacía miles de miles de años, los Dragones estaban ahora en la oscuridad de un mundo desesperado, con el descendiente del Emperador que se arrodilló delante de sus luces y con el descendiente de los profetas que los invocaron al mundo. La voz de Mark resonó en la mente de Connor. «Dile que no tenga miedo de saltar. Que no tenga miedo de dejar ir. Yo estaré ahí para recibirla».
Pero no pudo decirle nada. La vio marchar con Adad y Jillian, con Dereck y Kael, con Kardan y Sigurd. La vio perderse entre las sombras que perfilaban las ramas del Yggrdrasill, incapaz de llamarla y detenerla.
Incapaz de dejarla ir, pero incapaz también de conservarla.



"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 29

29
LA RESPUESTA


—No.
La voz del príncipe cortó el campamento como una navaja de fuego.
—No, no, ¡no! ¡Es un error! ¡Estás equivocado!
Sin intentó cruzar la barrera que los soldados levantaron con las ramas caídas del Yggrdrasill, pero los oficiales lo detuvieron. Dos de ellos lo sostuvieron de las axilas y empezaron a arrastrarlo sin contemplaciones mientras el príncipe batallaba con los ojos ardientes. Al otro lado de la barrera, junto a los trozos del hijo de Vanir, vio una sábana ensangrentada. Levantó los codos y los clavó en las barbillas de los oficiales para que se mordieran la lengua y lo soltaran. El truco funcionó. Corrió hacia la barrera, sorteó a los soldados restantes y saltó las ramas caídas. Se lanzó de rodillas junto a la sábana y la corrió con tanta fuerza que la rasgó.
Los pulmones se le contrajeron. El aire le salió de todo el cuerpo. No escuchó a los soldados que lo habían alcanzado y que lo llamaban para que se apartara de Harald. No podía escuchar absolutamente nada. Apartó la mirada, aturdido. No reconoció a su primo pero al mismo tiempo no cabía duda de que era él. Harald, el gigantesco e inseguro. Harald, el tímido y humilde. Harald, el artista talentoso y el príncipe gentil.
Estaba tirado con la cara contra el suelo. No llevaba más armadura que su cabellera pelirroja cubierta de sangre. Su espalda musculosa era una pelota de carne cruzada con un agujero. Los intestinos y demás vísceras estaban esparcidos por debajo de él, alrededor de él, por encima de él. No era más que una masa de piel, huesos y sesos.
Sin apretó los labios y se levantó. Cruzó la barrera de ramas y se sentó sobre ella, con la espalda hacia los cadáveres. Los soldados alrededor guardaron silencio, inseguros. No sabían qué esperar de él. Los príncipes de las Arenas estaban bajo el borde del Yggrdrasill, en posición de firmes, listos para ponerse a las órdenes de Sin. Sobre el príncipe mascalino caía la responsabilidad del siguiente movimiento: esperaban o tomaban la ofensiva hacia los vanirianos. Sin decidiría cómo empezaría ese nuevo día.
—¿Dónde está ella? —preguntó al fin. Tenía los puños apretados; el rostro turbio y rencoroso. Los soldados retrocedieron ante esa expresión y titubearon.
—Señor, no es...
—Murió protegiéndola —cortó Sin—. Lo mínimo que puede hacer es guardia junto al cadáver del hombre que dio su vida por ella.
Los soldados se miraron entre sí, incapaces de contestar al príncipe. Sin les dio unos segundos hasta que, frustrado, decidió que buscaría las respuestas por su cuenta. Se levantó y avanzó rumbo al borde del Yggrdrasill. Se detuvo junto a los príncipes de las Arenas. Con ellos miró a Zoe.
La profetiza estaba sentada sobre otra rama quebrada. Sus pies se mecían en el aire como si fuera una niña que jugaba en un columpio, pero su expresión era la de una mujer ancestral y sabia. Junto a ella estaba el demonio come-almas. Sin apenas pudo ver a Sigurd. Tenía el estómago revuelto por la visión de Harald. Estaba seguro de que si miraba al legendario come-almas terminaría vomitándolo todo, aun cuando Sigurd era un remedo de su anterior grandeza. Estaba flaco, lleno de sarna y pulgas. El vientre lo tenía hinchado con las cicatrices hechas por Sakti cuando lo emasculó. ¿Cómo era posible que el maldito bicho, que era pura maldad, estuviese vivo mientras que el bueno de Harald había muerto?
Zoe miró más allá de los príncipes, los cuerpos destrozados y las ramas derribadas. La profetiza se dejó caer al suelo y avanzó hacia los príncipes. Pasó entre ellos sin apenas verlos. Sus ojos estaban fijos en un jinete que venía del campamento exterior del norte. Darius venía sucio de pies a cabeza. Su rostro pálido sobresalía a pesar de que estaba cubierto con una buena capa de barro.
El mestizo bajó del caballo sin reparar en nada alrededor. No vio las ramas ni los trozos de carne; tampoco olió la sangre y la putrefacción, que empezaban a impregnar el aire. Cuando Zoe lo abrazó por la cintura aun tardó en reconocerla. Pero cuando lo hizo la rodeó con sus brazos, al fin satisfecho. Ya no caminaba como muerto ambulante. Zoe le había traído un poco de calor a su corazón entumecido.
Ahora sí, Darius miró alrededor. Apenas podía asimilar lo que miraba, menos aún entender el resultado: ¿ganaron los vanirianos? ¿Estaban los campamentos a salvo? Más importante aún: ¿cómo estaba Connor?
—Está bien —informó Zoe mientras enterraba el rostro en el pecho de su papá. No le importó ensuciarse—. Solo te pido que tengas paciencia, ¿de acuerdo? Por favor no te desesperes.
Darius vio a Sin, con su armadura negra y su nariz ligeramente torcida gracias al puñetazo mental de cierta profetiza. Sin estaba listo para escupirle en la cara. Darius lo cortó antes de que dijera nada:
—Los llaman desde el campamento exterior. Quieren que vayan de inmediato hacia allá.
—¿Y por qué habríamos de escuchar a un mestizo bastardo? —soltó Sin. Darius no tenía tiempo para lidiar con él. Tan solo quería asegurarse de que Connor estaba bien y echarse a dormir en la misma tienda que sus hijos.
—Porque el Emperador ha muerto. Si quieres puedes ir al lado de tu primo fastidioso para consolarlo. O quédate aquí. Me da lo mismo.
Ignoró por completo el tono ceniciento de Sin.
El príncipe acababa de perder a otro miembro de su familia y otro trozo de su corazón.

****

Estaba agotado de pies a cabeza. Tenía los dedos entumecidos por el frío y el estómago le rugía del hambre. Pero aun con todo escuchó el consejo de su hija:
—Cabalga al sur. Allena no voló demasiado lejos. Aunque le hubiera gustado mucho...
Cuando vio el círculo de cenizas que rodeaba los cadáveres de Harald y el hijo de Vanir, un regusto amargo le inundó la boca. Sakti estuvo ahí, en medio del fuego, y no ardió. Por todas partes había ramas quebradas y cadáveres de soldados asfixiados por el fuego azul, pero Sakti no ardió.
Los ojos dilatados de los soldados le parecieron cuencas vacías. Cuando los vio sintió que no había nadie devolviéndole la mirada. Los oficiales estaban tan abrumados que lo mismo habría sido que estuviesen muertos. Darius no se hubiese preocupado por ellos si esas expresiones fuesen culpa de la luna carmesí, pero no lo eran. Para nada. Más allá de los gritos de la luna, el desasosiego y los desbalances del cielo, había algo dentro de cada aesiriano que se rompía al ver el arco de cenizas donde Sakti se mantuvo en pie.
Él también sentía el frío que cubría los huesos de los soldados. También sentía el miedo ancestral que trepaba por la médula. Lemuria se lo había advertido junto al derrumbe.
Sakti no tenía alma.
Sakti... no existía.
—Sabrás qué hacer cuando la encuentres —le dijo Zoe con una sonrisa triste antes de despedirlo—. Esto es algo que solo tú puedes hacer.
Si el Primer Dragón no tenía alma ¿entonces qué ofrecería como sacrificio a cambio de la salvación de la Profecía? Un tributo sin sangre no era tributo. Un mesías sin sacrificio no era mesías. Una Profecía sin cumplir solo era palabras en el viento. Los soldados tenían miedo porque no sabían por qué Sakti carecía de alma. En cambio, Darius tenía miedo porque él sí sabía. Era la fusión.
De jóvenes, Sakti y Adad fueron un tanto perturbadores aunque la gente no supiese por qué. Darius lo entendió cuando descubrió que las almas de los portadores y los Dragones conversaban. Eran dos personas en un solo cuerpo. Aunque lo disimularan, las personas alrededor siempre sentirían que había algo distinto en los príncipes.
Después de la fusión tanto Sakti como Adad se hicieron aún más extraños. Aunque los príncipes se esforzaron en retomar sus roles usuales, nunca lo lograron del todo. Darius creyó que la unión de las almas fue tan profunda que ni Sakti ni Adad tenían claro quiénes eran. Ahora se daba cuenta de que la confusión de los príncipes estaba en que precisamente no eran nadie. La fusión no unió dos almas en una sola. La fusión destruyó las almas.
Se topó con una estampida de groliens apenas veinte minutos después de dejar atrás el Yggrdrasill. Mientras escapaban, los vanirianos derribaban los árboles. El cielo se cubrió con sombras de arpías, cuyas siluetas empezaban a delinearse con la luz del amanecer. Tuvo que cambiar de dirección a toda prisa y cabalgar hacia una colina despejada desde donde miró a los vanirianos.
—¡Eh! —llamó a las arpías—. ¿Qué pasa?
Estaría en un aprieto si era otro ataque al Yggrdrasill. La mayoría de la vanirianas pasó por encima de él sin volverlo a ver hasta que al fin una se apiadó por todas las muecas y señas que hacía el mestizo.
—¡Es el Dragón! —gritó ella mientras se detenía por encima de Darius durante unos segundos—. ¡Huye!
La vaniriana se unió a la bandada y escapó. Darius miró el cielo en dirección al sur, esperando ver al Dragón Blanco en medio de las nubes, lanzando llamaradas y provocando vendavales con sus tersas alas. Todo lo que vio fueron chispazos ocasionales de fuego, lejanos aún. Fuera lo que fuese que hacía Sakti, no se preocupaba en seguir a los vanirianos. Cuando la estampida disminuyó, Darius siguió su camino. De vez en cuando se encontraba con grupos pequeños de vanirianos, que también escapaban hacia el árbol de la vida. Él les daba un asentimiento de cabeza para mostrarles que no era hostil; ellos le devolvían el gesto, a veces le sonreían y casi siempre le daban la misma advertencia:
—¡Escapa! ¡El Dragón está loca! ¡Huye!
Ignoró las advertencias y siguió adelante hasta desviarse por un camino que llevaba al suroeste. Era ya de mañana cuando alcanzó un cañón por el que corría un río seco. Las piedras del fondo se secaban al sol. Se veían charcos solo por aquí y por allá. A veces hasta pozas en donde se podría recoger agua para beber y bañar. Claro, si no se le temía al Dragón.
Sakti estaba en lo profundo del cañón, lanzando rugidos de fuego contra las rocas y el cielo. Las paredes estaban cubiertas de tizne y tenían marcas de rasguños. A Darius no le pareció loca, como decían los vanirianos, sino triste. Desesperada. Sakti hacía algo que Darius jamás la vio hacer antes: se desahogaba. Tenía un auténtico berrinche en el que dejaba salir su frustración.
—¿Sabes que siempre te he envidiado un poco? —dijo Dereck Sunkel detrás de él.
El soldado estaba subido en lo alto de un árbol a la orilla del cañón, en donde podía vigilar a Sakti y escapar en caso de que ella disparara sin querer en su dirección. Dereck lo miró con una sonrisa cansada. Tenía tan mal aspecto como Darius. Si no tenía cuidado se quedaría dormido en el árbol y se despertaría con un buen costalazo cuando cayera al suelo. Dereck le lanzó un paquete que Darius apenas atajó. Estuvo a punto de caerse del caballo, porque el corcel estaba asustado con las descargas de fuego y los rugidos. El mestizo miró el paquete: ropa. Dereck había cabalgado hasta ahí por la misma razón que él: para consolar a Sakti.
—Los dos hicieron buenas migas desde el primer día. Tú formaste con ella el vínculo que yo siempre anhelé tener con la princesa. Para entenderla. Para servirla bien. —Miró al Dragón que rugía hasta rasgarse la garganta—. Te hiciste su amigo.
—Ella es un Dragón y yo soy un profeta —dijo Darius con voz consoladora—. Era inevitable que nos lleváramos bien.
—Quizá. Pero ustedes no son amigos por ser Dragón y profeta. Son amigos simplemente porque sí, sin explicaciones de ningún tipo. He aprendido que ese es el vínculo más fuerte que puede surgir entre dos personas.
—Tú la has servido bien. Como en el río. Desviaste a los Fafnir para darnos tiempo a escapar. Para salvarla. Debió de ser difícil.
—Al principio sí. Después no tanto. —Sonrió travieso—. ¿Sabías que las Doncellas tienen sangre Aesir y por eso pueden sincronizar?
—Sí. ¿Qué con eso?
—Soy hijo de una Doncella. No creo que pueda sincronizarme con una ciudad pero sí logré sincronizarme con el Fafnir Alfa del príncipe Kardan.
Darius abrió ligeramente la boca, sorprendido por las agallas de Dereck. Ese experimento pudo haberle salido terriblemente mal. No sabía si los Fafnir tenían algún mecanismo de anti-sincronización como las ciudades y las puertas de sangre, que achicharraban o desangraban a un mago que se hiciera pasar por un Aesir. Pero si lo tenían seguro que no le darían una experiencia agradable al osado. El profeta esbozó una sonrisa burlona.
—Quiero imaginarme la cara del principucho cuando se entere de lo que hiciste.
—Yo espero que no se entere. Algo me dice que hacerse pasar por un Aesir es un crimen penado con la muerte. Aunque así visto, podrían colgarme como por otras veinte razones distintas.
Sakti lanzó una llamarada al cielo que hizo que el caballo se levantara en dos patas y que Dereck casi se cayera del árbol. Fue como si un volcán hubiese hecho erupción. Las hojas de los árboles empezaron a arder. Dereck se dejó caer al suelo y tomó las riendas del caballo de Darius para sostenerlo. Esa era la señal para que el mestizo se encargara de todo.
Darius bajó por un camino al borde del cañón. Sintió el calor de las rocas a pesar de las botas y los calcetines. El sudor le bajó por la espalda y le empapó la camisa con cada detonación de Sakti. Cuando al fin llegó al fondo del cañón esperó a que el Dragón lo reconociera. Sakti estuvo a punto de lanzar una llamarada justo donde él estaba, pero se detuvo al verlo. Sus labios estirados y furiosos se tensaron con una nueva expresión. Sus ojos de furia y desesperación, amarillos como el sol, se hicieron sumisos y tristes, grises como las nubes. Darius nunca imaginó que un Dragón pudiese verse sorprendida, aliviada, triste, avergonzada y desesperada al mismo tiempo. Extendió los brazos a ella, como lo había hecho millones de veces antes con sus hijos pequeños y asustados por una pesadilla.
El Dragón se lanzó a él pero para cuando llegó a sus brazos ya tenía la forma de una mujer. Darius rodeó a Sakti. Sintió el calor y el frío de las escamas mientras se escondían debajo de la piel desnuda, y sintió también el calor y el frío de esa piel. Era tanto enojo como pena. La estrechó con todas sus fuerzas, a lo que Sakti respondió abrazándolo también. Aun con la camisa, las uñas de la princesa se le enterraron en el costado. Darius apretó los labios porque le dolió pero tampoco quería apartar a Sakti. Pensó que a veces quienes buscan consuelo hieren a quienes se lo dan, no porque quieran lastimarlos sino porque no pueden evitarlo. Estaba seguro de que él mismo lastimó a Sakti en más de una ocasión cuando ella solo quería ayudarlo.
El costado ardió cuando la sangre se mezcló con el sudor. Sakti se apartó de él con un sobresalto. Miró la camisa de Darius, donde se marcaban cinco rayas delgadas y carmesíes. Luego se miró la mano, que en lugar de uñas tenía garras. En las puntas tenía pintas de sangre.
—Lo siento. —Sakti meció la melena para cubrirse los pechos. Se abrazó la cintura con el brazo izquierdo y se acuclilló en el suelo, como si quisiera hacerse desaparecer—. Lo siento mucho.
Darius sacó una capa del paquete que Dereck le dio antes y la puso sobre los hombros de Sakti. Se acuclilló delante de ella y le sonrió.
—No te preocupes. No es más que un rasguño.
—Solo un rasguño —repitió la princesa con un dejo amargo en la voz—. Harald tenía también solo un montón de rasguños. Quedó hecho una pulpa.
—Lo sé. Lo siento.
No sabía si esas eran las palabras correctas. Sakti no era cariñosa con su familia y, conociéndola, no lamentaría demasiado la muerte de un tío o primo. Igual parecía bastante afectada por Harald, aun cuando el ojo y el pómulo izquierdos los tenía hinchados y amoratados por el puñetazo del pelirrojo.
—Murió por culpa mía —dijo con los dientes apretados—. Le quebré el brazo fuerte. Si hubiera podido usarlo quizá se habría defendido mejor. Al final lo obligué a pelear por Connor. Lo manipulé. Supe que lo daría todo por Connor. Y lo hizo. Lo hizo de verdad. Al final sí soy igual a mi tío. Uso a las personas como mejor me plazca. Madre... Tiamat tenía razón: todo lo que toco se convierte en cenizas. Soy una criatura maldita. Soy un monstruo de destrucción.
—¡No digas eso! —la regañó Darius. La agarró de los hombros tan fuerte que le provocó una mueca al lastimarle la clavícula herida, pero no se detuvo. No recordaba haber escuchado a Sakti con tanto pesimismo y no quería escucharla más así—. Óyeme muy bien, Sakti Allena: ¡jamás le des la razón a esa mujer! ¡Ella era el verdadero monstruo!
Darius conoció a Tiamat en el Reino de los espíritus y en la visión que tuvo en las ruinas de Myula. Esa mujer fue cruel con Sakti solo porque pudo serlo. Porque quiso. No era justo que aun décadas después todavía tuviera algún poder sobre la mente frágil de la princesa.
 Sakti lo miró con ojos dilatados, asustados e incrédulos. Estaba pálida y los labios le temblaban.
—Pero ella tuvo razón. Por eso me temía, como tío, Sigfrid y todo el mundo: soy una criatura de destrucción. ¿Por qué creyeron que podía salvar un Imperio con una Profecía? Todo, ¡absolutamente todo lo que me rodea cae en pedazos! Las villas krebins, Lahore, Masca, el Yggrdrasill, Connor, tú. El amo. —Sakti apretó el puño sobre la capa—. Si no nací para destruir el mundo, para destruirlo todo, ¡¿entonces para qué nací?!
—¡Para proteger a los que amas! Es lo que has hecho siempre.
Darius quiso estrecharla, zarandearla y mirarla a los ojos al mismo tiempo; pero como no podía se limitó a apretarle los hombros y mirarla fijamente, desesperado por hacerla entender.
—Allena, siempre nos has protegido. Todo lo que has hecho, lo bueno y lo malo, ha sido por eso. Eras una niña con voz de pajarillo, pero por Mark te convertiste en un mazo. Aplastaste todo lo que se atravesara en su camino. Y cuando él se fue te quedaste para cuidar de mí y de mis niños. No te importó que Dagda y Airgetlam te ignoraran cuando creyeron que me mataste. Tampoco te importó que Zoe te resintiera. No te importó perder un brazo por Connor. Ni siquiera te importó que yo fuera un verdadero idiota contigo en las últimas semanas. Todo lo que te importa es que estemos bien. Por eso nos salvaste a Drake y a mí de la maldición Tonare. Por eso nos salvaste de Masca y por eso defendiste el Yggrdrasill.
»Desde que eras pequeña te han dicho que eres un monstruo y te han usado como una herramienta. Lo grave es que en algún momento les creíste. Les diste la razón. Y ahora no puedes ver más allá de eso. No puedes verte como te vemos los niños y yo. Tal vez no eres bondadosa como Connor, o divertida como los gemelos, o tan cariñosa como Zoe. Pero eres leal. Eres incondicional. La gente dice que eres fría y tal vez tú también lo crees, ¿pero sabes lo que encuentro en tu silencio? Calor. Comprensión. Amor. No eres un monstruo insensible. Más bien sientes tanto que ni siquiera sabes cómo expresarlo.
Darius sonrió y señaló el cañón cubierto de tizne. Esa era la prueba inmediata de que Sakti tenía corazón. La desesperación de la princesa estaba marcada en cada estría dejada por las garras y en cada grieta hecha por el fuego.
—Yo no veo un monstruo. Aún veo a la niña con voz de pajarillo. Al mazo que aplastó todo lo que pudiera lastimar al amo. A la espada que se cortó un brazo por mi hijo. A la amiga que me sacó de la bruma gris del Pantano. —Rodeó a Sakti con fuerza y la estrechó contra su pecho, sabiendo que ella no se atrevería a buscar el consuelo que tanto necesitaba—. Te veo a ti, Allena. Y no te cambiaría por nada del mundo. Te quiero. Sin importar lo que algunos digan o cómo te llamen, o lo que tú misma creas, tienes que saber que te quiero. No eres un monstruo y te quiero. ¿Me entiendes? Te quiero.
Sakti relajó los hombros y se dejó estrechar. Una pequeña parte de Darius temió que la princesa se echara a llorar, pero suprimió el miedo. Si Sakti quería llorar, que lo hiciera. Él se sentía listo para enfrentarla y consolarla. Zoe se lo dijo: era algo que solo él podía hacer.
Sakti no lloró. Enterró la cara contra la camisa sucia de Darius y lo estrechó por la cintura con el brazo izquierdo.
—No tengo alma —susurró—. No debí haber existido porque en realidad no existo.
—No digas eso.
Darius apretó los labios. Sabía lo que significaba el círculo de cenizas donde Sakti no ardió. Sabía lo que significaba que el fuego azul fallara en acabar con la princesa. ¿Pero cómo podía dudar de la existencia de Sakti cuando la tenía en sus brazos? ¿Cómo podía dudar de su alma cuando el cañón todavía despedía humo y calor por la desesperación de la princesa?
—Tienes alma, Allena. Es solo que... —tragó fuerte, sin saber lo que iba a decir—... no está contigo ahora. Está en otra parte.
Sintió mariposas en el estómago. Pudo verlo con claridad, sí. Lo supo. Al fin estaba un paso más cerca de cumplir la promesa que le hizo a su amiga.
—Tu alma... No, tus almas están en otra parte. La fusión se las llevó. Por eso es que desde hace años te sientes confundida. ¡Allena, estás incompleta! Pero no te preocupes. —La abrazó más fuerte—. Te prometí que revertiría la fusión. Te lo voy a cumplir. Sea en donde sea que estén tus almas, las encontraré y te las daré. Ya no estarás incompleta. Te lo prometo.
Sakti soltó un suspiro. Aunque fuera por un momento quiso creer en las palabras de Darius y en la respuesta que él le había dado.

****

Cabalgaron de regreso a paso mesurado. Darius iba tan cansado que tenía miedo de quedarse dormido y caerse del caballo. Sakti y Dereck tampoco iban con gran energía, pues además de la noche en vela iban heridos y aturdidos por la luna de sangre. Sakti, en especial, iba tan molida que casi dormitaba apoyada en Dereck, a quien no le quedaba más que dirigir al caballo por su cuenta. Darius siempre envidió el talento de la princesa para dormir mientras montaba. Menos mal que era de día y el sol dominaba el cielo.
Cuando divisaron el Yggrdrasill lo encontraron menos magnífico que la primera vez. Aunque el árbol de la vida brotó sin hojas, antes se vio grandioso con las ramas que se extendían a los lados y al cielo; pero ahora, con las ramas rotas, parecía que se quedó calvo.
El movimiento a sus faldas reponía su copa maltrecha. Los vanirianos trabajaban bajo el Yggrdrasill. Serruchaban las ramas que pendían fracturadas y cortaban en leños las que estaban en el suelo. Los leños frescos iban a un sector, en donde los aprendices y guerreros del campamento neutral les clavaban espitas. La savia caía en barriles que más aprendices y voluntarios llevaban en carretas al interior del campamento. Cuando los leños estaban secos, los llevaban al extremo contrario, fuera del Yggrdrasill. Allí los vanirianos construían plataformas y piras funerarias.
Se preparaban para un funeral masivo.
Miraron a uno y otro lado mientras entraban al perímetro del árbol de la vida. «Aquí hay más de los que vi temprano», pensó Darius. «No todas estas personas huyeron del Dragón». Había tantos vanirianos trabajando que era casi imposible avanzar entre ellos. Aunque ninguno les hizo mal modo ni se apartó con desdén, Darius dedujo que muchos de los recién llegados eran soldados del País de Hielo. Respetaban los límites del Yggrdrasill y casi todo el trabajo de carpintería lo hacían lejos del árbol; solo los aprendices y un puñado de vanirianos entraban para transportar la savia curativa.
No le preocupó que los vanirianos hubiesen lanzado un nuevo ataque, aprovechando que el Dragón estaba lejos y que no llegaría a tiempo a defender el árbol. Supo que todos ellos estaban ahí en son de paz, para brindar sus respetos a los caídos en la tregua fallida.
Para rendir tributo a Connor.
Oh, Cielos. ¿Cómo reaccionarían si se enteraban de que el doctor al que venían a despedir todavía estaba con vida? Se mordió los labios, preocupado. Tarde o temprano todos se enterarían de que Connor sobrevivió. Era inevitable. Los rumores correrían o, lo que era más probable, el mismo Connor se expondría. Lo importante era garantizar que la revelación se diera en las condiciones más favorables para el doctor.
Si afuera del Yggrdrasill había trabajo, bajo sus ramas parecía un hormiguero. A los heridos de la tregua se sumaron los del ataque de la noche anterior. La savia recolectada se usaba de inmediato. Los curanderos la pasaban por encima de las heridas limpias y la dejaban secar al aire antes de poner vendajes. También la diluían en frascos de agua y miel, y se la daban de beber a los enfermos y heridos con cucharaditas o goteros.
La mayoría de los pacientes era aesiriana pero también había vanirianos lastimados. Se recuperaban los unos junto a los otros, sin rastro de enemistad. Los únicos gruñidos eran de dolor.
Un grupo de soldados aesirianos hacía patrulla. No molestaban a los vanirianos, pero si veían a un aesiriano con uniforme militar se detenían junto a su camilla y le daban un mensaje. Cuando la patrulla miró a Dereck fue de inmediato hacia él. Al reconocerlo, la mitad de los soldados tomó posición de firme y la otra mitad se alzó de hombros. Se detuvieron junto al caballo del Guardián. Cuando reconocieron a Sakti, otra vez la mitad inclinó la cabeza y la otra mitad volvió a alzarse de hombros.
—Ehh... —balbuceó el líder—. Disculpen la confusión pero es que no sabemos cómo tratarlos ahora.
Dereck comprendió. En su ausencia algo sucedió que le quitó su rango militar y suprimió cualquier beneficio que Sakti pudiese tener todavía como princesa.
—¿Hay una orden de captura? —preguntó con voz amable. Los soldados no tenían la culpa. Solo seguían órdenes. El líder de la patrulla asintió.
—El príncipe Sin ha ordenado a todos los soldados en oficio que se retiren al campamento militar de Su Majestad. Los heridos tienen permiso de quedarse hasta estar recuperados, pero deben regresar con su tropa en cuanto puedan moverse. De lo contrario se considerará que desertaron y serán penados por ley marcial. —El soldado hizo una pausa—. Ahora mismo estamos levantando el campamento en el extremo norte. Nos vamos.
—¡Pero entonces eso significa que...!
—El gobierno ha retirado su apoyo al campamento neutral —terminó el soldado por Dereck—. Bueno, no es oficial. Pero al menos por parte del príncipe Sin sí lo es. Él... no se ha tomado muy bien la muerte del príncipe Harald.
Dereck estaba seguro de que debía de haber otra razón de peso, ¿pero cuál? Darius la sabía, pero no se lo había contado a Dereck ni a Sakti: la muerte del Emperador. Le pareció inapropiado por el estado de su amiga. Sakti no era cariñosa con su familia y aun así resintió la muerte de Harald. ¿Quién sabe si a lo mejor también lo lamentaría un poco por su tío? No quería molestarla más de lo que estaba, aunque sabía que tenía que decírselo pronto. Mejor que se enterara por él y no por alguien más.
Los aesirianos abandonaban el Yggrdrasill porque debían ir al campamento del príncipe heredero para protegerlo. Cuando los vanirianos se enteraran del destino del Emperador harían lo que faltase para matar al próximo en línea. Los soldados aún no lo sabían pero pronto se arrodillarían delante de otro Emperador.
—El príncipe Sin también ha puesto una orden de captura para la princesa Sakti Allena y para el Guardián Dereck Sunkel —continuó el soldado—. A la princesa se la acusa de traición al intentar forjar una tregua con la mangodria. Y al Guardián por golpear al príncipe Harald.
Darius levantó una ceja y miró a sus amigos.
—¿Hiciste una tregua con una mangodria? Y tú, Dereck, ¿golpeaste a un príncipe?
—Intenté hacer un trato con Lemuria para proteger el Yggrdrasill —contestó Sakti—. Harald se opuso y complicó aún más la situación.
—Y yo golpeé al príncipe porque él golpeó a mi princesa primero. Es decir, ¿qué se suponía que hiciera? ¡¿Que dejara que la golpeara?! ¡Con lo indefensa y dulce que es!
Sakti y Darius lo miraron con cejas arqueadas. Hasta la patrulla de soldados lo miró como si fuera idiota. Nadie se creería jamás que Sakti era indefensa ni mucho menos dulce. El líder de la patrulla se aclaró la garganta y continuó:
—En todo caso, el príncipe nunca dijo que debíamos atacar el campamento neutral. Y él tampoco puede erradicar el reconocimiento oficial que el Emperador dio. Así que técnicamente todavía tenemos que respetar las condiciones del pacto. Por eso no atacamos a nadie en campamento neutral.
—Gracias —Dereck asintió. Sus compañeros le hacían un favor gigantesco al dejarlo ir. El soldado líder miró a Sakti con timidez y agregó:
—Alteza... Gracias por lo que hizo. —Sakti lo miró sin comprender.
—Protegió el Yggrdrasill —le explicó otro oficial—. Es lo que Connor nos dejó.
Hubo tanta emoción en esa voz y en los rostros de los oficiales que hasta Darius –que siempre odió todo lo que llevara uniforme militar– se conmovió. ¡Qué agradable era ver lo mucho que otros querían a su hijo!
—¿Se quedarán para la pira funeraria? —les preguntó la princesa.
—Tenemos órdenes de ir al campamento militar —respondió otro soldado. Se le veía triste. Él quería despedir a Connor.
—Si se quedan a lo mejor se encuentran con una grata sorpresa. Piénsenlo.
Sakti dio un asentimiento de cabeza. Esa era la señal para que Dereck continuara hacia el corazón del campamento. La patrulla se despidió de ambos con un sonoro golpe en el pecho, ya sin duda de cómo tratarlos.

****

Zoe los esperaba al lado de la tienda de Connor, con su sonrisa misteriosa y sus ojos de sabia. Lo primero que hizo al recibirlos fue abrazar a Darius para que no perdiera la cabeza.
—Sigurd está aquí —le dijo—. Hace guardia en el límite entre el campamento neutral y el aesiriano.
Una parte del mestizo se preguntó si su hija lo envió más temprano por Sakti para terminar de agotarlo. Así no tendría fuerzas para reaccionar o tan siquiera creer semejante noticia. Pero era verdad. Aun a la distancia vio la figura encorvada y maltrecha del come-almas. El demonio estaba al lado del poste con la cinta roja, de espaldas al campamento neutral. No había soldados en las cercanías. Aunque el monstruo era menos grandioso de lo que contaban las leyendas nadie quería estar cerca de él. Al sentir los ojos que se le clavaban en la nuca, el maldito bicho giró el cuello hacia Darius y le dedicó una gran sonrisa burlona. Fue como si le dijera «Mira qué vueltas da la vida. Maté a tu esposa, te arrebaté a tus hijos y ahora estamos en el mismo bando. ¡Desde el principio estuvimos destinados a ser grandes amigos!».
Sakti tampoco estaba muy feliz de ver al monstruo. Había tomado orgullo en la idea de ser la cazadora del come-almas. Aunque Sigurd tenía la enorme cicatriz en el abdomen que probaba el paso imparable de Sakti, todavía estaba vivo. Sakti había fallado.
—Todo está bien —les aseguró Zoe con una sonrisa mientras los metía a una tienda distinta a la de Connor, para que se asearan y descansaran—. No hay nada que temer. Yo me hago cargo de él.
Aunque estaba molido hasta los huesos, Darius no pudo descansar tan bien como se lo había propuesto. La idea de que el come-almas, el asesino de Njord, estuviese ahí le daba dolor de estómago. En cambio, Sakti y Dereck durmieron de un tirón. El Guardián hasta balbuceó y pataleó dormido, pero Sakti pareció un cadáver. Apenas se la veía respirar. Darius se preguntó si Sakti alguna vez soñaba.
Lo que lo despertó fue el silencio. O mejor dicho, todos los sonidos de la tierra. Escuchó los chirridos de los grillos, el susurro del viento por entre las ramas, el crepitar de las hogueras y los martillazos distantes de las últimas plataformas por construir. No había gritos de sangre. Por primera vez en mucho tiempo, la luna callaba.
Al salir de la tienda sintió el viento frío de la noche. Por entre las ramas del Yggrdrasill vio la luna, tan llena y tan roja como las últimas noches. Pero no sintió ninguna repulsión al ver el ojo irritado en el cielo. Tampoco tuvo miedo ni una necesidad repentina de golpear a la persona más próxima.
La luna se moría. La luna agonizaba. Y estaba cansada de llorar su muerte y la del mundo entero.
El pecho se le cerró con un nudo. Por un instante estuvo seguro de que el entumecimiento de su corazón ya había cedido y rompería a llorar por Kel, por Sakti y hasta por Connor. Porque aunque su hijo había sobrevivido, ahora tendría que vivir el resto de sus días con la terrible sensación de que fue traicionado en el lugar donde todos juraron protegerlo. Aguantó porque a la distancia escuchó un ronroneo que le revolvió las tripas. Sigurd aun hacía guardia junto al poste de la cinta roja. Todavía tenía el cuello girado hacia el profeta, con su sonrisilla lobuna y maldita.
—Ignóralo. No vale la pena —le dijo Zoe mientras lo tomaba de la mano.
Cuando alguien se le acercaba de manera tan sigilosa, la primera reacción de Darius era apartarse de un salto y lanzar un golpe. Pero nunca con Zoe. Aunque ella siempre lo tomaba desprevenido, su aparición repentina nunca lo asustaba sino que más bien lo calmaba.
—Todos han ido ya a las piras. Connor también.
Darius se dejó guiar por la mano de su hija. Detrás de él sintió la sonrisilla burlona de Sigurd. Si Sakti había fallado en matarlo, ¡Darius cumpliría!
Llegó al borde del Yggrdrasill justo cuando la primera pira se prendió. Casi todos los dolientes eran vanirianos, pero Darius vio titanes, humanos y aesirianos ordinarios entre la multitud. Algunos incluso llevaban uniforme y nadie se peleaba. Todos guardaban un silencio respetuoso. Había dos personas al borde de la tarima de la primera pira. Una era una arpía, con un collar de plata con un zafiro que colgaba justo por encima de sus pechos. La mujer iba vestida con una fina capa traslúcida de seda y encaje, que dejaba ver su desnudez al tiempo que la cubría con un velo misterioso. El otro era un hombre vestido en toga.
La sacerdotisa alzó la mano. A la señal, los vanirianos comenzaron a cantar. Desde el borde del árbol Darius y Zoe escucharon la Memoria de los vanirianos. Era su propio canto funerario. Los profetas no se atrevieron a avanzar entre la multitud, aun cuando nuevas piras se unieron a la primera. Por aquí y por allá se fueron prendiendo una a una alrededor del árbol de la vida. Lo cercaban con llamas que se llevaban a los muertos, pero que respetaban las ramas sin caer del Yggrdrasill.
En los últimos ecos de la Memoria, la sacerdotisa le dio un asentimiento de cabeza a su homólogo aesiriano. El sacerdote levantó la mano y los aesirianos comenzaron a cantar el Himno a los Muertos.
Ahora sí Darius y Zoe se atrevieron a avanzar entre la multitud, porque podían acompañar el lamento de los demás con la canción. Caminaron tan cerca de las piras que les llegó el olor de la carne. Aunque algunos cadáveres ya llevaban días expuestos, los leños del Yggrdrasill los aromatizaron como un incienso. Así daba la impresión de que no era tan malo morir con las canciones de dos países. Darius se percató entonces de que ese era el primer funeral que vanirianos y aesirianos compartían. Estuvo seguro de que el próximo año, allí mismo, los dos pueblos se reunirían de nuevo para conmemorar esa fecha. La idea le dio escalofríos y esperanza.
En algún momento la gente comenzó a avanzar con ellos. Darius no supo hacia dónde lo llevaba Zoe hasta que llegó a un límite protegido por los guerreros del campamento neutral. Titanes, humanos, groliens, arpías, kredoa y aesirianos comunes hacían guardia alrededor de la pira más grande, apoyada en una plataforma para que quedara a la vista de todos. Ésta estaba en un campo abierto. El suelo estaba desnudo; no había ni una sola brizna o césped que pudiese arder si las llamas saltaban al suelo. En lo alto de la pira había un cuerpo envuelto en una mortaja. Los ojos de Darius ardieron porque comprendió que ahí estaba el cadáver de su hijo. Ya podía sentirlo. El entumecimiento estaba cediendo. Dentro de unos segundos lloraría tanto por Kel que podría apagar las piras con sus lágrimas.
Zoe avanzó hasta la guardia.
—Venimos a despedirnos de mi hermano.
La voz le tembló. Darius le apretó fuerte la mano, asustado por lo fría que Zoe se había puesto de repente. Los guerreros apenas miraron a la profetiza, seguro porque ella se parecía en nada a Connor. Salvo los ojos, quizá. Al mirar a Darius no pudieron negar el parecido del mestizo con el doctor. El líder del grupo miró más allá del perímetro de guerreros, hacia un grupo que ya esperaba al pie de la plataforma. Dos figuras iban encapuchadas, aunque los demás –Dereck, Ceniza, Rodni, Yashin, Finn, Kylma– llevaban la cara descubierta. Drake estaba al borde del grupo, con la vista fija en su padre y hermana. Dio un asentimiento para que los guerreros los dejaran pasar.
Darius sintió que las manos y los pies se le ponían fríos, igual a Zoe. Si tenía que hablar se le iba a quebrar la voz. Cuando llegó al grupo el primero en recibirlo con un abrazo fue Drake. Él también estaba helado y temblaba ligeramente. Drake se apartó un par de segundos después y fue hacia Zoe, pero ya no se apartó de ella. Los mellizos quedaron abrazados. A Darius siempre le gustó lo cómoda que se sentía Zoe junto a Drake, ya fuera tanto para reír como para llorar. Y le gustaba aún más lo fuerte que se mostraba Drake cada vez que consolaba a su hermana, aunque él mismo siempre fue muy llorón de pequeño. «Pero ya no es un chiquillo. Por eso le duele aún más la muerte de Kel. Porque cree que pudo haberla evitado y falló». Seguro que cuando estuvieran solos, Drake lloraría como una cascada en brazos de Zoe.
Connor y Sakti, que eran los encapuchados, avanzaron juntos hacia a Darius y lo rodearon por la cintura. Connor también estaba muy frío. Sakti, en cambio, se mantenía firme y era cálida como una pequeña hoguera. Ella no estaba allí para llorar por Kel, sino para apoyar a la familia que el grolien dejaba atrás. Darius lo agradeció. Seguro que Connor se habría puesto mal si Sakti no hubiese estado con él para calentarlo.
Los demás le dieron un asentimiento de cabeza, pero ninguna palabra consoladora. No había nada que pudieran decir para mejorar lo que sucedía, ni siquiera un «Lo siento» de corazón. Aunque Darius ni siquiera conocía al titán, al híbrido ni al humano, les agradeció a todos que estuvieran allí. Porque fueron amigos de Kel. Porque compartieron con él en las últimas semanas de su vida. Cuando se sintiera mejor le gustaría escucharlos hablar del grolien.
El Himno de los Muertos había callado. Ahora sonaba otra vez la Memoria.
Una sacerdotisa aesiriana y un sacerdote vaniriano –éste era un grolien– se acercaron a la familia de profetas. Las últimas noches no pasaron en vano, pues cada pira contaba con sacerdotes de ambos países. Darius se preguntó en qué momento llegaron y cómo rayos organizaron un funeral tan apropiado para la tragedia que hirió el lazo recién nacido entre ambos países. Por la serenidad y el respeto con el que avanzaban juntos, era claro que estaban interesados en mantener la paz y unir de nuevo a los dos pueblos.
—Es el momento —dijo el grolien con su voz aterciopelada. A Darius le saltaron las lágrimas, porque Kel también tuvo una voz así. Tan bonita. Tan alegre y cantarina. Y ahora nunca lo volvería a escuchar cantar.
Connor se abrazó más a él, seguro que por la misma razón. Zoe y Drake comenzaron a subir por las gradas que llevarían al cuerpo de Kel, pero Connor los llamó para que se detuvieran.
—Lo h-he estado pensando —dijo inseguro. Miró a su padre con los ojos llorosos—: Quiero decirles a todos que estoy bien.
—¡NO! —Sakti se apartó al tiempo que Darius agarraba a Connor de los hombros. Los guerreros en el perímetro lo miraron por encima del hombro; Darius tuvo que esforzarse para hablar en voz baja—. Connor, ¡es peligroso! Si el sicario se da cuenta de que falló vendrá de nuevo por ti.
—¿Queeeeé? —preguntaron los sacerdotes al mismo tiempo mientras se agachaban para ver al doctor por debajo de la capucha. Darius ni siquiera puso atención a las expresiones sorprendidas de ambos.
—¡Pero quiero que despidan a Kel como se debe! —gritó a su vez Connor. Aunque temblaba y estaba pálido por toda la sangre que perdió, otra vez era el chiquillo que logró su cometido de escaparse de casa. No daría su brazo a torcer—. No quiero que la gente rece ni cante por mí, ¡cuando deberían rezar y cantar por mi hermano! —Se llevó la mano al pecho, en donde latía el corazón de Kel—. Él se lo merece. Es lo mínimo que puedo darle.
Darius apretó los labios y miró a Sakti, seguro de que la princesa le metió esa idea a Connor. No sería la primera vez que lo motivaba a la locura. La princesa lo miró con sus ojos de «Eres un idiota aún, Darius» y negó con la cabeza. Ella no tenía nada que ver con eso, aunque tampoco estaba sorprendida. Era lo que esperaba de Connor. A decir verdad, Darius también se lo esperaba. Además, durante el combate entre Lemuria y Harald, Sakti reveló a los guerreros que la ayudaron que Connor había sobrevivido. Era un milagro que todavía no hubiese rumores sobre el bienestar del doctor. En todo caso, lo más apropiado era que él mismo diese la noticia.
—Si lo haces —murmuró Zoe con su voz quebrada— te podrías poner en peligro, como dice papá.
Darius soltó un suspiro de alivio. Zoe siempre tomaba partido con el que llevaba la razón. ¡Qué bien se sentía tener el apoyo de la profetiza!
—Pero también es posible que esto nos una más. Si das la cara, disminuirás la pena de los que llegaron a llorar por ti y todos los que murieron. Si das un paso al frente ahora, la traición a la tregua habrá fallado. Dejarás en evidencia que el deseo de paz entre vanirianos y aesirianos es más fuerte que el deseo de guerra.
Darius miró a Zoe con los ojos fuera de órbita. ¡No podía creerse que su hija le saliera con ese revés justo ahora! Miró luego a Sakti, seguro de que eso era culpa suya. ¡La princesa era el modelo femenino con el que Zoe creció! ¡Si actuaba así era claramente culpa de la influencia de Sakti! La princesa lo volvió a mirar con su expresión de «Y sigues de idiota, Darius» y negó con la cabeza. ¿Cómo podía explicarle ella que Zoe siempre fue así? La profetiza siempre salía con reveses para algunos, pero a fin de cuentas era por el bien común. Zoe sabía mirar más allá de lo inmediato para ver la grandeza en el futuro.
—¡Hazlo, hazlo, hazlo! —canturrearon los sacerdotes. Estaban muy emocionados con la idea. ¡El grolien hasta lloraba!
Darius hizo un esfuerzo sobrenatural para ignorarlos a todos; a los sacerdotes, a los guerreros, a los vanirianos y aesirianos que se acercaban a la pira central. Se afianzó a los hombros de Connor y lo miró directo a los ojos. Necesitaba que entendiera.
—Connor, te pondrás en peligro. El sacrificio de Kel habrá sido en vano.
—No. Es precisamente para que su muerte no sea en vano que debo hacer esto.
En la mente de Darius resonó la voz de Sakti.

«Déjalo que siga su propio camino. Entiendo que tengas miedo. Entiendo que quieras protegerlo. Pero tienes que aprender a dejar ir».

Miró de nuevo a su amiga. Esta vez Sakti no lo miró como si fuera idiota, sino como si al fin Darius hubiese dado en el blanco. El mestizo apretó una vez más los hombros de Connor y lo soltó. Fue como si se arrancara un trozo del corazón, pero tenía que hacerlo. Porque al final de cuentas Sakti tenía razón: tenía que dejar que el doctor tomara su propio camino. Tenía que dejarlo ir y esperar a que volviera a él.
Connor lo abrazó de nuevo.
—Gracias, papá.
El mestizo buscó otra vez los ojos de Sakti pero ella tenía la vista fija en el horizonte. Las tropas que acamparon en el extremo aesiriano del Yggrdrasill subían al norte, hacia el campamento exterior de Su Majestad. Un regimiento las veía pasar a un lado del camino, en lo alto de una colina desde donde se veían el árbol de la vida y las piras funerarias. El regimiento llevaba los estandartes de los Montag y los Tonare. Las teas de los soldados iluminaban las siluetas grandiosas de Sigfrid y Enlil, junto a los príncipes de las Arenas que decidieron hacer guardia con ellos.
Sin subía con los soldados al Norte, detrás de una carreta. El príncipe rubio no miró el Yggrdrasill ni una sola vez. Se iba molesto con el árbol de la vida. En la carreta delante de él iba el cadáver de Harald.
—¿Qué hacen ellos aquí? —preguntó Darius entre dientes. Definitivamente no quería saber nada de los Generales durante el funeral de su hijo.
Algunos dolientes ya habían visto a Sigfrid y Enlil. Con solo verles las caras bastaba para saber que estaban en un aprieto, pues muchos eran aún soldados activos. Los aesirianos tenían que volver con sus tropas y los vanirianos tenían que seguirlos para continuar la lucha. Connor decidió que les daría un motivo para ignorar la guerra y abrazar la paz.
Se separó de su papá y avanzó hacia la pira de Kel. Zoe y Drake lo ayudaron a mantener el equilibrio aun cuando los mellizos avanzaban abrazados de la cintura. Darius los siguió también. Mientras subían las gradas vieron que en la pira había más cadáveres envueltos en mortajas, todos alrededor de Kel. Eran los aprendices que murieron durante la tregua fallida.
Sakti y los demás esperaron al pie de las gradas, junto a los sacerdotes. Aunque el grolien y la sacerdotisa sonreían por la sorpresa de Connor, la tristeza todavía flotaba en Ceniza y los demás. Los únicos que desentonaban ahí eran Sakti y Dereck, pues los dos tenían la vista fija en Sigfrid y Enlil.
—Vendrán aquí —dijo el Guardián—. Saben que usted está en el campamento. No la dejarán escapar ahora.
—No voy a escapar. —Sakti lo miró con sus ojos de tormenta—. Rompí la neutralidad del campamento de Connor al luchar contra Lemuria. Después del funeral subiré al Norte. Allí también tengo que hacer unas cuantas despedidas.
Dereck asintió en silencio. Darius todavía no había encontrado el momento para decirle a Sakti que el Emperador había muerto, pero ella ya lo sabía. Los rumores corrían por entre las ramas caídas del Yggrdrasill; Dereck, que también escuchó los rumores, confirmó sus sospechas.
De repente, Sakti y Ceniza ladearon la cabeza hacia el sur. Cuando Dereck siguió sus miradas vio que una neblina subía hacia el árbol de la vida. No le gustó la forma de la niebla ni su avance rápido.
—¿Qué es eso? —preguntó entre dientes.
Los dolientes y guerreros que custodiaban la pira central también notaron la niebla. Ceniza se rascó las orejas, como si tuviera comezón.
—Son voces. Suben hasta aquí.
Sakti miró a su Guardián. Sus ojos guardaban tanto esperanza como temor.
—Es mi hermano. Viene con otro espíritu.
La niebla alcanzó al fin las piras funerarias. La gente se quedó paralizada, pues aunque no podían escuchar a los espíritus –como sí podían Sakti y Ceniza– sí supieron que la neblina era algo sobrenatural. Se los confirmó la aparición repentina de decenas de personas, que de un momento a otro se materializaron entre la bruma. Vanirianos, aesirianos y humanos por igual se sumaron a los dolientes. También había herramientas Fafnir, aunque ninguna atacó. Solo se quedaron en modo de espera, atentas a la señal de su amo. Muchos de los recién llegados iban heridos. Algunos hasta iban en camillas móviles.
La Memoria cesó por un instante mientras todos miraban a los recién llegados. Al principio nadie supo cómo reaccionar, pues ni siquiera los intrusos parecían saber qué hacían en el funeral. Pero después los guerreros neutrales arrugaron la frente al mismo tiempo, como sincronizados. No estaban dispuestos a que una nueva interrupción arruinara la despedida que con tanto esmero prepararon para sus compañeros. Sakti los vio listos para atacar. Antes de que el líder diera la orden, ella reconoció un par de figuras entre los recién llegados.
—¡Esperen! —gritó mientras corría hacia el borde los guerreros, arrastrando la pierna lastimada.
Pasó entre los guerreros y atravesó a los dolientes que estaban cerca hasta alcanzar a los gemelos. Se abalanzó hacia ellos tan de repente que los tres estuvieron a punto de caerse al suelo. Sakti notó entonces que Dagda y Airgetlam estaban heridos y que de no ser por Kael y Adad, que los sostuvieron, habrían colapsado debajo de ella. La princesa apenas prestó atención a su hermano. Toda su concentración recayó en los gemelos. Dagda parecía una estatuilla de cera. No le gustó cómo se sostenía el costado. Pero le gustó menos la apariencia de Airgetlam. Ni siquiera se atrevió a levantar la mano hacia el rostro destrozado del muchacho. Airgetlam la miraba inseguro, como si no la reconociera. Sakti creyó que era porque ella había cambiado su expresión usualmente imperturbable por una de furia.
—¿Quién te hizo esto? —le preguntó entre dientes. Le iba a romper todos los huesos al responsable del ojo ciego, el brazo roto y la cara con cicatrices.
Airgetlam la miró asustado y confundido, como si hubiese entendido que Sakti lo golpearía a él. Dagda dio un paso al frente y rodeó a su hermano con un abrazo para calmarlo. Tenía los ojos irritados y bordeados con ojeras. Era la misma expresión que Darius tuvo durante las noches de luna carmesí, cuando creyó que Connor estaba muerto.
—Hablaremos de eso después. Ahora solo queremos... —la voz se le quebró.
Sakti comprendió: venían al funeral de Connor. Se le quitó un peso de encima, porque aunque no podía hacer nada de momento por las heridas de los gemelos pronto ellos descubrirían que Connor estaba a salvo. Sufrirían por Kel, de eso no había duda, pero encontrarían alivio en la seguridad del doctor.
Los condujo a la pira central. Al llegar con los guerreros neutrales no necesitó pedir permiso para entrar con los gemelos. Airgetlam estaba demasiado destrozado como para que se notara su parecido con Connor, pero Dagda todavía guardaba cierta similitud con el doctor. Los dejaron pasar, igual que a Adad, Kael y una chica a la que Sakti ni siquiera notó. También los siguieron Miriam, Frey, Vash y Frigg, aunque a ellos Sakti les prestó aún menos atención. La princesa esperó al pie de las escaleras y dejó que los gemelos subieran por su cuenta.
Esperó con el corazón en la garganta a que Darius y los demás notaran a los gemelos. Cuando al fin ocurrió Sakti vio tanto la desesperación como el alivio. Dagda se abalanzó sobre Connor al ver que estaba a salvo, pero Darius, Zoe y Drake se quedaron rígidos al ver el aspecto de Airgetlam. Sakti también se tensó. No le gustó la falta de reacción de Airgetlam, como si no terminara de entender qué pasaba, qué hacía allí o quiénes eran esas personas. Darius bajó la mirada hacia Sakti, asustado. ¿Qué le había pasado a su hijo? Ella negó con la cabeza pero le prometió con los ojos que haría pagar al responsable.
Los dejó despedirse de Kel. Mientras la familia daba su adiós, Sakti se fijó en Adad. Su hermano le sonrió y la abrazó, ya sin rastros del desagrado con que la trató en Kehari. Pero todavía estaba medio loco. Podía verlo en sus ojos y en la forma en que su cuerpo se contraía con cada suspiro del viento y con cada movimiento alrededor. «La realidad está desdoblada para él», supo. Se preguntó qué podría ayudarlo a ver el mundo como uno solo otra vez. A ella la ayudaba Connor. ¿Pero quién era el apoyo de Adad? ¿Ella? Si así era el pobre muchacho estaba condenado a la más absoluta locura.
Por el rabillo del ojo vio la reacción de los dolientes con los recién llegados. Se había decidido que los habitantes de la bruma no eran enemigos. Los aprendices de Connor se pusieron manos a la obra y llevaron a los heridos al interior del Yggrdrasill. Pero todavía había recién llegados que se quedaron cerca de las piras, con la multitud. Sakti vio que la miraban a ella, a Adad, a los gemelos, a Darius y a los demás. Vio también que sus ojos estaban cegados con furia y cansancio. No tenían la contextura de grandes guerreros pero habían luchado. Y todavía lucharían más.
—Necesitaré que me informes —le dijo a Kael. El Guardián alado asintió. Él también tenía una expresión cansada y de pena, aunque quizá era porque Adad no se encontraba tan bien como le habría gustado verlo.
Los sacerdotes de la pira central avanzaron juntos hacia la audiencia. El grolien levantó el brazo para que los vanirianos cantaran la Memoria, mientras que la aesiriana miró a Darius y a los demás con una seña en los ojos: era hora de que bajaran. Bajaron en parejas: Zoe y Drake, Dagda y Airgetlam, Frey y Frigg, Miriam y Vash, Darius y Connor. La sacerdotisa los recibió con una tea. Al principio ninguno quiso tomarla aunque era claro para qué servía: sería la luz que se llevaría los cadáveres. Connor dio un paso al frente. Aunque aún tenía problemas para mantenerse en pie, tomó la tea con fuerza. Caminó por su cuenta al pie de la pira, en donde los constructores habían dejado un camino de heno aceitado que subía hacia los cuerpos. Miró de nuevo los cadáveres amortajados en lo alto de la pira. Lanzó un «Gracias» silencioso y sincero a Kel, y prendió el heno a la vez que Darius y los demás bajaban de la plataforma para ponerse a salvo de las llamas.
La sacerdotisa alzó la mano para que los aesirianos cantaran el Himno a los Muertos. Las dos canciones se mezclaron en un coro. Las palabras eran diferentes, lo mismo que las melodías, pero se unieron en una armonía disímil y relajante, como un bálsamo. Los sacerdotes, que todavía estaban al borde de la plataforma con las llamas detrás de ellos, se miraron y sonrieron. Al menos en el dolor tanto vanirianos como aesirianos habían encontrado la armonía.
Connor se situó junto a ellos. Aún dudó un poco, aunque una sonrisa del grolien y un asentimiento de la sacerdotisa bastaron para disipar sus dudas. El doctor se quitó la capucha y esperó a que los dolientes lo reconocieran. Vio cómo las expresiones de cada vaniriano, humano y aesiriano cambiaban de la pena al asombro. Uno a uno, los dolientes lo reconocieron. Los que nunca lo habían visto supieron pronto de quién se trataba. No hubo carcajadas, aplausos ni vítores, pero sí reconocimiento y sonrisas tenues y aliviadas. Mientras el fuego ardía detrás de él, mientras Kel y los aprendices fallecidos se convertían en cenizas y huesos, Connor miró al horizonte en donde esperaban los Generales y príncipes de las Arenas. Su expresión lo decía todo: «Todavía estoy aquí. Todavía habrá paz».
Los príncipes de las Arenas se unieron a la marcha de soldados que subían al Norte, y que se habían quedado paralizados en cuanto la pira central se prendió. Aunque la distancia era mucha para que los oficiales reconocieran a Connor, alguno debía de saberlo. Debía de sentirlo. Debía de darse cuenta de que la figura que se quitó la capucha bajo la luz de las flamas era el símbolo hecho carne del árbol de la vida.

****

Los Generales se quedaron en sus puestos aun un rato más. Ninguno dijo nada aunque había mucho que comentar. Aunque eran un par de lobos viejos, todavía tenían buena vista. Sigfrid se preguntó si debía darle la enhorabuena a Enlil por la milagrosa aparición de Connor. O si más bien debía darle el pésame por la repentina aparición de los gemelos con los rebeldes de la zona neutra. Enlil estaba lívido porque sabía lo que iba a ocurrir: Darius descubriría el pecado cometido contra Airgetlam.
—Los Dragones están ahí —dijo al fin el Segundo General.
Sigfrid asintió. Aunque le costaba identificar la figura pequeña y encapuchada de Sakti, había visto a Adad. Y a Kael y a Dereck. Donde estaban los Guardianes estarían ahora los Dragones, lo mismo que los profetas. Todos los engranajes para hacer correr la Profecía estaban ahí, en el Yggrdrasill. Podían lanzarse a ellos en una batalla feroz para tomar todas las piezas de una sola vez. O podían esperar un poco más.
Sigfrid y Enlil se sumaron al río de soldados que marchaban hacia el campamento militar. Esperarían porque ellos también tenían que dar una despedida. La luz sangrienta de la luna los acompañó en silencio.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
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