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Capítulo 16

16
GRITOS DE LUNA


La nueva luna carmesí disparó su resplandor sangriento sobre el mundo. Ya habían pasado dos meses desde que Sigfrid atacara a Sakti, y mes y medio desde que Zoe escapara de Kehari. Un escalofrío recorrió la espalda de la profetiza, a la vez que la bruma alrededor formaba siluetas junto a ella. En el mes tras-anterior, la luna la saludó con pesadillas; en el mes anterior, con silencio y oscuridad escarlata; y en esta ocasión, con cadáveres fantasmagóricos.
A cada paso que daba, Zoe encontraba esqueletos de niños. Osamentas de groliens. Huesos aún enfundados en armaduras aesirianas. A un lado vio una hoguera y a una niña que bailaba con giros alrededor del fuego. Tenía las manos y la falda extendidas, para acariciar con los bordes las llamas y tentar al fuego a que la consumiera. Zoe miró a esa Sakti, a esa pequeña princesa, mientras su carcajada muda le acuchillaba el cerebro.
Una mano helada agarró a la profetiza del codo. Al mirar atrás, vio que un nuevo esqueleto se alzaba sobre la ciénaga. Sus dedos de marfil se cerraron filosos y congelados alrededor del brazo de Zoe. Al ver la calavera, encontró aún rastros de piel hinchada y putrefacta en las mejillas. La nariz se había caído. El mentón se había desajustado. La mitad del cráneo estaba roto, abierto como una cáscara de huevo. Todavía había trozos de cerebro, aunque la mayor parte del contenido eran gusanos gordos y blancos. El golpe que lo había matado le había deshecho la mitad derecha de la cara. Pero al otro lado todavía conservaba algo de pelo negro; y, por debajo de las greñas que caían sobre el rostro, se asomaba un ojo verde y azul.
—Suéltame —ordenó Zoe con voz suave y calmada—. Tú no eres mi padre. Solo eres un recuerdo roto.
La piel se resecó en las mejillas de ese Darius. Se convirtió en un fino polvo que se sumó a la niebla; pero el cráneo blanco aún estaba intacto por debajo de la descomposición. La hoguera aumentó su resplandor, aunque Zoe solo sintió en su espalda el frío de las tinieblas. Y a la princesa, con su vestido roto, su piel de telaraña y sus ojos huecos. Otro cadáver más. Otro recuerdo roto, como los cientos que empezaron a levantarse alrededor de Zoe. Los esqueletos estiraban los dedos hacia la profetiza para hacerla recordar el mensaje de la luna.
Otra mano helada aruñó el brazo libre de la muchacha. La piel de este nuevo cadáver también se deshacía. Era quebradiza y transparente como cáscara de cebolla. El largo pelo rubio enmarcaba la sonrisa de la calavera. En las cuencas ardían ojos zafiros, que reflejaban los rasgos suaves de Zoe para colocarlos sobre la calavera. La muchacha esbozó una sonrisa. ¿Se suponía que tenía que gritar por verse así a sí misma?
—Pronto esta versión se borrará por completo —susurró a su propio esqueleto. Su voz era suave y estable, idéntica a un silencioso riachuelo cristalino—. Ya no habrá nada que recordar. La canción se callará.
La hoguera se apagó. Los esqueletos desaparecieron. Todo lo que quedó fue la bruma del Pantano, el resplandor sangriento en el firmamento y el brazo aruñado de Zoe. Aspiró con fuerza y exhaló lentamente. Recogió las ramas flacas que había dejado caer a sus pies y reanudó su camino. Jillian estaba encogido contra una roca, con las manos sobre los labios para calentarlas. Un pequeño fuego ardía delante de él. Cuando escuchó los pasos de Zoe, el Tercer Dragón se encogió más y estiró una mano a la vara que había convertido en su nuevo bastón.
—Soy yo —lo tranquilizó Zoe.
—¿Estás segura? Porque yo ya no estoy seguro de nada.
La combinación del Pantano y la luna roja había inutilizado a Jillian, aunque Zoe no lo consideraba cobarde. Cualquiera perdería la cabeza con las figuras entre la niebla, y el temor constante hacia los demonios. Para Jillian era hasta más desconcertante. El oído y la percepción suplantaban su sentido de la vista. Aunque solían trabajar juntos en perfecta armonía, en el Pantano se habían contrariado. Jillian escuchaba voces, pasos, gritos, canciones, risas, maldiciones. Pero no podía sentir a las personas responsables de esos sonidos.
Zoe imaginó que era como verse en el espejo y encontrar solo aire en el reflejo. Ella comenzaría a dudar. ¿De verdad estaba ahí? ¿De verdad existía? Ya Jillian dudaba de sí mismo, de la validez de su existencia, de la corporeidad de su carne. De lo único que estaba seguro era de su incertidumbre.
—Vi un salón de hielo, con un suelo de agua —murmuró—. Lo he visto antes en mis sueños. Solo que siempre estoy sentado en el sillón al fondo del cuarto, desde donde veo que la puerta se abre. Allena entra por ahí y se lanza al agua. Solo que no nada, sino que salta sobre ella. Sus pasos crean ondas. Pero en esta ocasión fue diferente —Jillian enterró la cabeza entre los hombros—. Esta vez iba yo a cruzar el agua. Estiré una pierna para empezar a caminar, pero me detuve al instante. El agua no era igual. Ya no era clara y lisa como un espejo. Era roja, roja oscura. Tan oscura que por un momento pensé que era negra. Pero supe que era roja porque en medio del lago brillaba una moneda escarlata. —Su voz se hizo más grave y débil—. Por un momento pensé que alguien iba a empujarme. Pensé que caería al lago de sangre y decenas de brazos blancos saldrían de la superficie para atajarme, y arrastrarme a lo más profundo de la memoria. Pero tú llegaste antes de que cayera al agua. Si no, quizá...
—Las visiones no pueden hacerte daño —lo consoló Zoe mientras ponía las ramas junto a la hoguera, para que se secaran con el calor—. Ni siquiera son visiones de verdad. A lo mucho, son ilusiones. Escúchame bien: son recuerdos rotos. No tienen ningún poder sobre ti.
Jillian respiró profundamente y percibió el olor de la sangre.
—Pero a ti te han lastimado.
Zoe se acarició el brazo herido. De los cinco aruños –uno por cada dedo de la mano– solo uno sangraba; los otros eran rayas rosadas que se desvanecerían por la mañana.
—La luna de sangre afecta más a los profetas. Por eso también los recuerdos pueden hacernos daño. Pero tú eres un Dragón. Tú estás a salvo de los espectros que se esconden en la niebla.
—¿Aunque yo también esté roto? Porque te aseguro, mujer, que estoy hecho pedazos. Sí. Ya lo entiendo. Por eso también sueño con la mujer de ojos púrpura. Ella recoge cada fragmento de mi ser. Yo soy su rompecabezas.
Zoe escuchó los pasos de los esqueletos. Las carcajadas mudas de la princesa que bailaba delante de la hoguera. No eran más que proyecciones que se salían del control de un recipiente también roto. No eran más que huellas diluidas de un paso que no se avanzó.
—Vamos a dormir, Jillian.
Zoe armó una almohada con su bolso. Se tendió en el suelo, con la vista fija en las alturas. Era una noche bastante despejada, aun en el Pantano. Qué lástima. Hubiese preferido las nubes en lugar del resplandor lunar. Jillian también se acostó. Sus ojos blanquecinos estaban fijos en el perfil de Zoe, pero toda su atención recaía en los sonidos alrededor. Se sentía como un punto insignificante en una inmaculada hoja de papel. Era una mancha que debía ser borrada. Estaba solo. Sí, solo, porque las voces, las risas y los pasos atenuados que escuchaba no se sentían reales. Y si Zoe no hablaba, tampoco era real para él, al menos en ese momento. No podía distinguir la respiración de la profetiza de los jadeos de fantasmas guerreros, o de las carcajadas mudas, o de los pasos que se escurrían sobre la arena.
Jillian cerró los ojos, pero ningún sueño se desplegó ante él. Todo estaba a oscuras, como de día. Pero, ¿estaba dormido? ¿Estaba vivo? ¿Muerto? Creyó escuchar un grito largo, agudo y grave a la vez, pero estaba aún más lejos que todos los demás sonidos del mundo. «Es la luna», pensó. «Es la luna que agoniza». Adormilado, estiró una mano para acariciar el dolor de la diosa de la noche...
... y un aliento cálido sopló sobre él. La fogata se apagó. El lamento de la luna, los pasos de los esqueletos y las risas de una niña se detuvieron a la vez. Ahora solo quedaba el silencio del Pantano.
Lentamente, Jillian abrió los ojos. Igual no vería nada, pero ese movimiento era necesario para poner todo en marcha. Los gritos se reanudaron. Fue como si miles de personas le gritaran al oído a la vez. Jillian estiró una mano para apartar a los fantasmas. En lugar de toparse con una corriente de aire, su palma chocó contra un cuerpo peludo. Un puño pétreo lo agarró de la camisa y lo despegó del suelo. ¿Era una pesadilla?
—¡JILLIAN! —gritó la profetiza.
Era real. Zoe estaba a unos pasos de él, al otro lado de la fogata apagada. La criatura que lo sostenía también era real, de carne y hueso; no era un recuerdo roto. Jillian escuchó la contracción de las fosas nasales; sintió los chorros de aire caliente que le salían de la nariz; sintió la palpitación emocionada del monstruo. Era aún más real que el mismo Jillian. El demonio se carcajeó. Su risa era el eco de miles de campanas quebradas. Jillian estiró una mano asustada para apartar al monstruo, pero de inmediato se la llevó al pecho. El corazón le dolía como si le hubiesen clavado un punzón. Con espanto, sus ojos ciegos vieron un resplandor púrpura que se hizo más fuerte conforme más débil se sentía Jillian.
Después, solo oscuridad.
Zoe se quedó en su sitio. Su cuerpo estaba entumecido, como si hubiese quedado atrapada en una tormenta de nieve. Pero su mente estaba espabilada y lúcida mientras miraba crecer al monstruo delante de ella.
Sus hombros se abultaron como rocas. Su pecho se ensanchó. Las patas traseras se alargaron entre convulsiones. Sus orejas dispares de conejo bailaron de un lado a otro, al ritmo de las risotadas de placer y dolor. Zoe sabía que el demonio crecería, pero no estuvo preparada para el par de cuernos que comenzaron a salirle de las sienes. Otros dos bultos, con forma de semilla, se le formaron en la espalda. Zoe supo que si no intervenía ahora, al demonio le saldrían alas.
Con los reflejos de un gato, la profetiza se arrastró por el suelo y agarró el bastón de Jillian. Se levantó con la flexibilidad de una guerrera y dejó caer la vara en el brazo musculoso que todavía sostenía al Tercer Dragón. El bastón se partió a la mitad con un chasquido, pero cumplió su objetivo: el monstruo la miraba fijamente.
—Uggg —gruñó Zoe, asqueada—. Eres más feo de lo que recordaba.
Los ojos dorados se abrieron de par en par. El monstruo dejó caer a Jillian y se irguió tan alto como era, majestuoso y todopoderoso. Zoe estuvo a punto de retroceder. Estuvo a punto de darle la espalda al plan y echar a correr. Pero cuando los ojos se le empañaron, se decidió a ser fuerte. Todas las historias necesitan un cierre. Y ella tenía que cerrar el capítulo que ese monstruo comenzó cuando abrió las entrañas de su madre.
—¿Te acuerdas de mí? —le preguntó mientras el demonio daba un paso hacia ella—. Mataste a mi madre. Estuviste a punto de matar a mi padre. Y por poco nos matas a mí y a mis hermanos.
Aunque el demonio levantó la enorme garra para partirla a la mitad, tal y como hizo con Njord, las lágrimas de Zoe se secaron. Ya no tenía miedo, solo odio. Y los Tonare eran excelentes para odiar. El come-almas dejó caer la garra. Lejos de retroceder, Zoe avanzó hacia él.
—Detente, Sigurd.
El come-almas obedeció. Su puño se detuvo a unos centímetros de alcanzar la cara de Zoe. El monstruo lanzó el golpe otra vez, pero fue en vano. De nuevo se detuvo en seco antes de alcanzar a su presa. Zoe lo miró a los ojos sin pestañear, para esperar el momento en que el monstruo la reconociera. No hubo suerte.
—¿Es en serio? —siseó ella—. ¿Has matado a tanta gente que no puedes reconocer el rostro de mi madre en mí?
Sigurd gruñó. Como su puño era insuficiente, lanzó una dentellada. Zoe lo detuvo con una cachetada. Aunque la muchacha dio el golpe con todas sus fuerzas, apenas si hizo ruido. Plac. Después de tantos años, después de tantas lágrimas vertidas por su madre, al fin había podido atacar a su asesino. Y el golpe ni tuvo gracia. Zoe estaba furiosa, quizá más que el propio Sigurd.
El come-almas se la quedó mirando con los ojos encendidos de rabia. Sus fosas nasales se contrajeron con incredulidad.
¿Quién eres, bruja? —gruñó el come-almas—. ¡¿Cómo osas a desafia---?!
—Jillian —lo interrumpió Zoe. No tenía tiempo para lidiar con el ego herido de Sigurd—. ¿Puedes escucharme? Sigue el plan. Haz lo que acordamos.
Sigurd se llevó la mano al pecho y se dejó caer a los pies de Zoe. Los hombros, las patas y el pecho del demonio se encogieron entre convulsiones. Los bultos de su espalda reventaron en pus y los cuernos de sus sienes retrocedieron lentamente. El come-almas se llevó la mano libre a la cabeza, para evitar que el cráneo se le reventara con los cambios. Tirado de medio lado, empezó a hacer arcadas. Cuando al fin vomitó, de su hocico salió una esfera de luz púrpura que ardió cual fuego fatuo delante de Zoe. La luz voló hacia a Jillian y atravesó el pecho del Tercer Dragón. Al instante, Jillian dio una bocanada de aire y se sentó de un salto.
—¡Oscuro! —gritó—. Solo oscuridad, solo tinieblas, ¡solo un mundo de nada!
—Shhh —Zoe corrió hacia él para consolarlo—. Lo siento, lo siento. Sabía que iba a ser malo para ti. Pero lo hiciste. Lo hiciste muy bien.
Jillian se contrajo como un niño a punto de llorar, pero se espabiló ante el gruñido de Sigurd. Supo, por la vibración del suelo, que el demonio se erguía de nuevo para acabar con tan extrañas víctimas.
—He dicho que te detengas —ordenó Zoe—. Obedece de una maldita vez.
La garra que Sigurd había levantado se detuvo otra vez en el aire. Zoe se permitió una sonrisa de desprecio.
—Siéntate, asqueroso saco de pulgas.
El demonio obedeció. Zoe pensó que era el perro más feo que jamás había tenido. Y también el más listo, porque en lugar de provocar a la pitonisa la evaluó con cuidado.
¿Quién eres? —preguntó con un tono ligeramente menos insolente—. ¿Qué me has hecho?
—¿Qué? ¿No te gusta? —Zoe apretó los puños. Ese monstruo maldito había destrozado a su familia y ni siquiera lo recordaba. El que se hubiese olvidado de ella era una victoria que Zoe no quería reconocerle—. Y yo pensé que estarías contento. ¡Felicidades! ¡Ahora eres un mensajero del Tercer Dragón!
Sigurd la miró sin comprender. Jillian le apretó el brazo y se apoyó en ella para levantarse. No había nada en el mundo que quisiera más que largarse de una buena vez del Pantano.
—¿Vendrá con nosotros? —preguntó asustado—. ¡No podemos! Si se sale de control, ¡si intenta matarnos...!
—No lo hará. No puede hacerlo. —Zoe miró al demonio a sus pies—. Cuando el Emperador mandó a atraparnos, tenía una razón. Él sabía que nosotros podríamos controlar a los Dragones. Siempre creí que el vínculo que nos unía a ellos era el que formamos en la casita del lago. Pero me equivoqué. El Emperador tenía razón. Es más que eso. Lo comprobé cuando escapamos de Kehari y Jillian corrió a salvarme sin ninguna razón aparente. Por eso Adad escucha mi voz. Por eso Allena confía en mis palabras. Yo tengo el poder para manipularlos.
Ah. —Los labios de Sigurd se estiraron con una sonrisa dentellada. Ya la recordaba—. La pequeña profetiza. La pitonisa que Vanir tanto anhelaba. —El demonio se lamió los labios a la vez que Zoe se llevaba la mano derecha al hombro izquierdo—. Veo que aún tienes mi cicatriz. ¿Es por eso que me recientes tanto? ¿Porque cuando te ves en el espejo, mi beso es la única marca que estropea tu cuerpo?
—Eso no fue un beso. ¡Fue un ataque por la espalda a una niña de cuatro años! ¡Deja la lengua afuera y cierra el hocico! —ordenó.
Sigurd chilló y se contrajo en el suelo. Se había cortado la lengua al obedecer a la pitonisa.
—Parece que no entiendes tu nueva situación —continuó Zoe—. Como profetiza, tengo el poder de manipular a los Dragones. Pero con ellos, me rehúso a hacerlo. No intervendré en sus caminos. Dejaré que tomen la decisión que quieran. Oh, pero contigo... ¡Contigo no tendré piedad!
Zoe pateó el hocico sangrante de Sigurd con furia, sin descanso. Sintió la mandíbula que se rompía en tres partes diferentes bajo sus botas. A un lado del hocico había dientes rotos. Solo se detuvo porque otra vez las lágrimas le empañaron los ojos y no quería que el come-almas la creyera débil. Zoe se aclaró la garganta y continuó.
—Quizá te diste cuenta, o quizá no, pero el alma que consumiste antes era la de un Dragón. Lo que ocurre es que Jillian no está completo aún.
Los ojos dorados de Sigurd se asomaron por entre sus largos dedos. Quería matarla, sí. Pero tenía miedo. Algo más allá de su comprensión le evitaba ponerle un dedo encima a la pitonisa.
—Antes de nacer, el Tercer Dragón mandó miles de mensajeros al mundo. Y cada uno se llevó un pedazo de su alma. Jillian está incompleto porque todavía viven algunos mensajeros; todavía le faltan trozos de su ser. Se me ocurrió que si puedo controlar a los Dragones, quizá también pueda controlar a los mensajeros que forman parte de ellos. Así que te hemos convertido en un mensajero, ¿entiendes? —Zoe se inclinó junto al demonio y le punzó el pecho con un dedo duro, frío y resentido—. Antes de salir de ese agujero negro que tienes en lugar de corazón, Jillian dejó un trozo de sí mismo dentro de ti. Mientras lo tengas dentro, le perteneces al Tercer Dragón. Y por consiguiente, me obedeces a mí.
Zoe se levantó. Una sonrisa triunfal iluminó su rostro.
—Ya no hace falta que nos quedemos aquí. Ya podemos seguir adelante. Jillian, ¿qué te parece visitar algunas Torres?
—¿Eh? —El sepulturero no podía estar más confundido—. ¿Torres?
—Ajá. Todavía hay Virtuosos que esperan la bendición de un Dragón que los libere. Todavía hay capítulos que debemos cerrar. Y cuando llegue tu turno de decidir si pones punto final o alargas más tu historia, podrás hacerlo hombro con hombro con Allena. Porque para entonces estarás un poco más completo. Pero no entero. —La pitonisa miró a Sigurd—. El de él será el último fragmento que recuperarás.
Zoe estaba decidida a ver el último respiro de Sigurd. Se encargaría de que la última alma que probase el demonio fuera la del Tercer Dragón. Porque una vez que Jillian recuperara su último fragmento, Sigurd moriría en las manos del clan de los profetas.

****

El jarabe había aliviado la tensión previa, pero el miedo todavía flotaba en el ambiente. Aun antes de que abandonaran el campamento, ya Connor estaba aterrado. Cuando terminaba de atender a sus últimos pacientes, dio vistazos más que ocasionales al firmamento. La luna carmesí se desangraba en el cielo. Durante todo ese tiempo estuvo seguro de que en cualquier momento comenzaría a llover sangre, o que el más terrible de todos los Generales caería sobre los heridos cual meteorito. En realidad no habría diferencia. Si Sigfrid llegaba antes de que los últimos heridos y el grupo de Connor se marcharan, los mataría a todos.
Drake no tuvo que amordazarlo ni amenazarlo para iniciar la retirada. Aunque el doctor lamentó el cierre de su tan inusual y apreciado campamento neutral, agradeció el momento de ponerle fin. Los aesirianos heridos se habían retirado al campamento de Harald, mientras que los vanirianos se fueron en grupos moderados hacia la zona neutra o hacia el Norte, tal y como Harald dijo que harían. Si ya no había heridos, ya no hacían falta el doctor y sus aprendices. El grupo neutral marchó también.
Connor montó con Yashin. Los aprendices montaron también con un guerrero, quien los protegería en caso de ataque. Drake había esbozado una formación de retirada para garantizar la huida de tantos aliados como fuera posible. Los desertores más fuertes iban en los flancos, armados con lanzas y escudos. Los integrantes más débiles y los doctores iban dispersos en medio de la formación, para evitar que todos recibieran un ataque letal a la vez. Drake creía que, de caer en una emboscada, al menos tres doctores lograrían escapar. Aunque no lo decía en voz alta, estaba empeñado en que uno de ellos fuese Connor.
La comitiva partió rumbo al norte cuando la luna estaba en el cenit. Aunque todo parecía indicar que en esa dirección se desarrollarían las batallas más sangrientas de la guerra, la mayoría del grupo había decidido que esa era la opción más segura. Aún era demasiado temprano como para saber si el general Montag se quedaría con el príncipe Harald. Si se marchaba por su cuenta, el campamento neutral podría levantarse de nuevo bajo el amparo no oficial del príncipe pelirrojo. Y si Sigfrid subía también al norte, concentraría su atención en las tropas vanirianas que avanzaban al borde de la zona neutra hacia Tyr.
Se adentraron al bosque al pie de una montaña baja, envueltos en la oscuridad. Drake y los desertores habían explorado con atención el camino para asegurar una ruta. Habían dejado sonajeros atados a las ramas para marcar el camino; así no tendrían que llevar lámparas y disminuirían las posibilidades de que algún enemigo los viese avanzar.
El resplandor escarlata se asomaba por entre las copas y caía sobre ellos como auténticas lágrimas de sangre. La época de tormentas estaba pasando. El cielo estaba despejado, con excepción de las nubes ralas que lo surcaban muy de vez en cuando, como suspiros. El viento frío les cortaba las mejillas y les hacía arder la punta de la nariz. La cabalgata vibraba en las entrañas de los viajeros. Sus respiraciones cortaban el aire con nubecillas de vapor. Pero ninguna de estas pruebas irrefutables de la realidad los convencía de estar haciendo lo que hacían: vanirianos y aesirianos estaban unidos en un grupo traidor que buscaba la paz.
En silencio, todos rezaban para que su peor pesadilla quedara relegada a los sueños. Lo peor no debía materializarse jamás. Hasta el momento habían tenido suerte, porque el Demonio Montag no visitó el campamento con su espada ensangrentada ni envió a Huggin a acabarlo todo con un relámpago. Connor imaginó que si la desgracia no les había caído encima, fue porque el General desconocía la existencia del campamento neutral. El doctor halló consuelo en la idea de que los soldados lo protegieran con su silencio, o que Harald prohibiera de primera entrada acercarse al campamento. Pero no se hacía ilusiones. En su corazón de profeta percibía que algo terrible se acercaba. Era luna llena, luna de sangre. En Masca, Connor había visto a la distancia la figura plateada y todopoderosa de Sigfrid al ser tocado por la luna. Vio también la gran fosa y las naves vanirianas que el General había reducido a polvo con la onda de su desbalance. Más aún, lo había sentido. Y esa noche, mientras cabalgaba con sus hermanos y sus amigos, sintió de nuevo el desborde de poder. Pero era distinto. Mucho más terrible y potente. Mucho más apocalíptico y macabro. Si Sigfrid los emboscaba, ellos sentirían el pánico absoluto durante un segundo; después ya no sentirían nada. Morirían sin siquiera mirar al General, pero sí que percibirían su furia.
La última nube rala voló rumbo al sur. La luna quedó desnuda sobre ellos. Fue entonces cuando el dolor comenzó. No fue un ataque, ni una emboscada, ni un encuentro letal con las fuerzas del Imperio Aesiriano, que los encontraron con órdenes de acabar con los traidores. Lo que los golpeó fue un grito con el poder destructor de una ola en alta mar. Todos supieron que el grito venía de muy lejos, porque sus oídos apenas lo percibieron. Pero sus mentes escucharon el lamento como si una mujer gritase cuchilladas delante de ellos. Los aesirianos levantaron la vista a la vez. Sus ojos grandes y asustados se clavaron en la moneda sangrante que los iluminaba. Era la luna. La luna gritaba.
Perplejos, los vanirianos se encogieron mientras los aesirianos aullaban al cielo.

****

El campamento de Harald se había extendido a los lados. Los soldados desmontaron algunas tiendas y las volvieron a armar en la periferia; otras habían quedado atrás, abandonadas junto con las fogatas apagadas. Se alzaban en la planicie con sus siluetas fantasmagóricas, como si lamentaran ser incapaces de escapar por sí mismas. La tienda del príncipe todavía estaba en el centro del campamento, pero estaba a oscuras. Ni un solo soldado la guardaba. A menos de cincuenta metros, había una nueva tienda. Aunque no era tan alta como la de Harald, sí era más imponente. Como era de tela negra, tenía toda la pinta de ser un calabozo. El banderín que ondeaba en la punta era también negro, pero tenía una luna llena bordada con hilo de plata. La tienda de Sigfrid Montag era la única que tenía el resplandor de una lámpara.
Los soldados esperaban en la periferia del campamento. Sus ojos dilatados y asustados no sabían en dónde mirar. Si acaso la luna, si acaso a la tienda oscura o si acaso a cualquier sitio menos ese. Los que habían montado tiendas alrededor del campamento principal se escondían en ellas. Se envolvían en capullos de mantas y se metían el puño a la boca, como un niño pequeño en un rincón de su cama, aterrado por el monstruo del armario. Los que estaban a la intemperie gruñían aún más asustados y tensos. No se aguantaban entre ellos. Pero cada vez que se separaban para tener su espacio personal, la desorientación los golpeaba. ¿Quiénes eran? ¿Qué eran? ¿Qué hacían ahí? Era solo cuando estaban en grupo que las respuestas se encendían en sus mentes nubladas. Se llamaban Asali, Jalta, Hyule... Eran soldados. Eran guerreros. Y aguardaban ahí, asustados, porque esperaban órdenes.
¿Pero las tendrían?
La luz de sangre se escurría sobre ellos. Se les metía por entre las conexiones de la armadura como si fuera rocío. Pero no era una sensación agradable y fresca, sino angustiante y hasta dolorosa. Ardía por debajo de la piel, más allá de los nervios y la carne.
Los soldados que tenían experiencia bajo el mando de Sigfrid sabían que el General era más peligroso y malhumorado durante la luna llena. Pero solo unos cuantos de los que vinieron con él tenían la mirada iluminada con un secreto que se morían por contar. Los rumores corrían. Algunos decían que el General preparaba un hechizo tan macabro que los escalofríos corrían libres por el aire. Otros decían que se transformaba. Algunos más susurraban que el General no estaba en su tienda, sino que había salido con el cuervo mensajero a derribar las últimas fuerzas enemigas en el territorio de Harald. Pero los rumores más terribles decían que el General se moría.
Los soldados desecharon ese rumor con una risilla sofocada y aguda, porque era sencillamente imposible. Sigfrid formaba parte del mundo. Era como la luna misma; una existencia que siempre fue y siempre sería. Pero en el fondo, temieron. ¿Y si...?
El galope de un caballo agitó sus pensamientos macabros. Los oficiales miraron con ojos furiosos al jinete que se abría paso entre ellos. En lugar de agradecer la pausa en sus cavilaciones, la despreciaron. Con una mirada, supieron que Leik llevaba malas noticias. El centinela de Harald atravesó el perímetro invisible entre el campamento principal y el periférico. Por un instante dudó. Sus manos se tensaron sobre las riendas para detener al corcel; y aun el mismo caballo trató detenerse y regresar por su cuenta. Leik agitó la cabeza, hincó los talones en el costado del corcel y retomó el control. Aun cuando los demás soldados estaban poseídos por la incertidumbre de la luna, admiraron las agallas de Leik.
En la tienda del General, Harald pasaba lentamente la mano delante del rostro del jefe médico. El hombre ni siquiera parpadeó. Tenía los ojos tan dilatados que no se le veían los irises. El rostro y los labios azulados parecían tallados en cera a punto de derretirse bajo esa capa de sudor. Sin chasqueó la lengua detrás de Harald.
—Genial. Se le frio el cerebro. Como si ya las cosas no pudiesen estar peor.
Harald apretó los labios. Su primo estaba molesto, como él y todos los demás. Sintió unas ganas terribles de terminar el trabajo de Zoe y torcerle la nariz para el otro lado, pero resistió. No podía dejarse consumir. Si peleaba con Sin, solo disturbaría más a Sigfrid. Y si Sigfrid se molestaba aún más, ¿qué sería de los soldados en la periferia?
—Solo está catatónico. Se pondrá bien. O eso espero.
Sin volvió a chasquear la lengua.
—Hay gente que nunca sale de ese estado —comenzó a decir. Pero se mordió la lengua cuando Harald giró el cuello para mirarlo fijamente. Aun sin la luna llena y con el usual temperamento sumiso de Harald, había ciertos temas que jamás podían discutirse con él. Nunca.
Leik entró a la tienda. El soldado notó la tensión entre los primos, pero la ignoró y se arrodilló delante de Harald. El príncipe pelirrojo respiró profundamente para limpiar la chispa de furia que se había prendido en sus venas. Cuando miró a su amigo Leik, sus ojos estaban un poco más relajados. «Es el jarabe de Connor», supo el príncipe. «De lo contrario, ya todos habríamos explotado». Si la luna de sangre iba a repetirse de nuevo, Connor debía preparar más jarabe sin descanso. En silencio, dio gracias a Dios por ese inusual doctor. ¿Qué habría sido de ellos si Connor no hubiese decidido curar a ambos bandos?
Harald preguntó con la mirada si Leik tuvo éxito. El soldado agitó la cabeza. Sus ojos soltaron una respuesta muda que el príncipe pilló: «Para cuando llegué, ya se había ido. El campamento neutral está desarmado». Leik había partido con soldados de confianza. Seguro que los envió por diferentes direcciones para encontrar a Connor. Harald supo que no lo encontrarían a tiempo, por lo menos durante esa noche. Ninguno sabría con certeza cuál era el rastro correcto, porque los grupos vanirianos y aesirianos habían tomado direcciones contrarias. Y como el grupo de Connor tenía a integrantes de ambos países, sus huellas se mezclarían con los demás rastros.
Harald se enfadó consigo mismo. Si no hubiese alertado a Connor para que escapara, quizá todavía estaría cerca. ¡Qué mal momento para que se marchara! Si había alguien capaz de ayudar al Demonio Montag, ese era Connor. «Aunque...». Miró al jefe médico. Solo le bastó una mirada a Sigfrid para salir en ese estado. Apenas si se pudo devolver por su cuenta. Connor era valiente, de eso Harald estaba seguro. Pero a lo mejor ni él podría atender al General sin que se le friera un poco el cerebro, como decía Sin.
Los príncipes y el soldado se encogieron cuando escucharon un siseo al otro lado de la cortina, en el cuarto aledaño a la sala de reuniones de la tienda. La furia, el temor y el dolor se multiplicaron en el ambiente. En la periferia, los soldados gruñeron adoloridos. En la tienda, los tres imaginaron a Sigfrid aruñando las sábanas, los muebles y el suelo.
—¿Qué hacemos? —la voz de Sin se quebró con miedo. Harald nunca creyó escuchar ese tono en su orgulloso primo. Tampoco creyó que algún día él se responsabilizaría de Sin y de Sigfrid. Ahora más que nunca, miles de vidas dependían de él.
—Rezamos. —Puso una mano en el hombro de Sin y otra en el de Leik. Los dos lo miraron con idéntica necesidad. Harald era el bastón en el que se apoyaban—. Necesitamos muchas oraciones para que Sigfrid y nosotros soportemos este desbalance. Tal vez Dios nos escuchará.
Como los soldados y el General siguieron con vida al día siguiente, Dios sí los había escuchado. Pero no antes de que la luna comenzara a gritar.

****

Enlil apretó el jarrón. Crac. La cerámica se deshizo bajo su palma con un chasquido. El agua escurrió por su mano, mezclada con la sangre que brotaba de una cortada en la palma. Las margaritas se deshicieron entre sus dedos, marchitas por la luna y el odio del General. ¿Pero a quién odiaba? Soltó la pregunta en voz alta, solo para responderse a sí mismo al instante: a él mismo.
Miró al muchacho al otro lado del cuarto. Airgetlam estaba de medio lado, apoyado contra el respaldar de un catre aunque su cabeza estaba acomodada en una almohada. Tenía las manos atadas al pilar central de la tienda. Si fuese un prisionero estaría en las jaulas, con las muñecas en carne viva por las esposas. En cambio, Enlil insistió en ponerle un paño de algodón por debajo para que no se cortara. El muchacho ya tenía bastantes heridas. Además del corte en la espalda, tenía cardenales en las piernas, los antebrazos y la cara. La mayoría se la hizo los Fafnir.
Un ataque podía ser un error. Dos, una casualidad. ¿Pero siete? No. Siete Fafnir distintos de cuatro príncipes diferentes no podían reportar el mismo error sobre el mismo objetivo. Atacaron a Airgetlam porque leyeron un flujo de energía que no debía existir. Enlil se odiaba por eso. Él lo hizo. Al borrar la mente de su nieto deformó tanto su flujo de magia que los Fafnir ya no lo reconocían como aesiriano. Como consecuencia, cada Fafnir a menos de un kilómetro de distancia corría a toda marcha hacia el muchacho para darle un coletazo de acero.
O por lo menos la mayoría de los Fafnir lo hacían.
Otras herramientas pasaban al lado del gemelo sin volverlo a ver, pero se echaban encima de los soldados y del mismo Enlil. Y aunque esto había pasado con mayor frecuencia que los ataques hacia Airgetlam, al menos el príncipe Remiak ya había corroborado que se trataba de un error de programación. O, mejor dicho, alguien había reprogramado a las herramientas para que atacaran soldados.
Solo alguien con sangre Aesir podía manipular a los Fafnir. O los príncipes de las Arenas querían matar a sus soldados, u otro Aesir luchaba a favor del bando que Enlil y su grupo intentaban derribar desde hacía un mes. El General se inclinaba por esa última opción. Y si el reporte del príncipe Sin era acertado, Enlil ya sabía contra quién se estaba enfrentando.
El Emperador había previsto que el Segundo General se reuniera con los príncipes de las Arenas para cazar a Adad. Nunca imaginó que su sobrino se uniera al grupo rebelde y pusiera a los Fafnir en contra de los soldados y sus tíos del desierto. Porque ¿quién más podía ser, sino Adad? Si Sakti fuese la responsable de las reprogramaciones y estuviera con los rebeldes, ya sabría que Airgetlam había sufrido un lavado. Lo sabría, porque Enlil envió a su nieto a pelear junto con los demás telépatas. Había hecho las cosas aun peor para su nieto al obligarlo a mancharse las manos de sangre. Airgetlam era un buen luchador, y los buenos luchadores eran aún mejores cuando habían sufrido un lavado. Al tener menos inhibiciones y necesidades, carecían de miedo y sentido de auto preservación.
Oh, si Sakti estuviese con los rebeldes ya sabría que su amigo estaba bajo el poder de Enlil. Porque aun sin mente propia, la presencia de Airgetlam destacaba por encima de los soldados. Por mucho que Darius y sus hijos lo negaran, era evidente que tenían sangre Tonare. Por eso sus habilidades estaban muy por encima de la media. «Si Airgetlam hubiese tenido más práctica con la esencia de la mente, habría acabado con el Escuadrón Mare y con la tropa del desierto en Xadiz por su cuenta», supo Enlil. Pero como sus nietos habían escondido las artes de la mente para evitar llamar la atención, carecían de la práctica necesaria para borrar a sus enemigos del mapa. Ahora que Airgetlam no pensaba en proteger su identidad, tampoco limitaba sus poderes. Y como resultado, era el mejor telépata del grupo de Enlil. Y como era también más joven que el General, tenía más resistencia. «Si hubiese tenido la práctica, me habría aplastado antes de que le borrara la mente». Era un alivio para los aesirianos que Airgetlam no se hubiese podido defender adecuadamente. Pero una parte de Enlil deseaba que su nieto lo hubiese derrotado. Así habría evitado ese nuevo dolor a Darius y los demás.
Si Sakti estuviese con los rebeldes, ella ya habría atacado personalmente al grupo de Enlil. Habría matado a los telépatas. Habría lisiado a los príncipes de las Arenas. Y habría atrapado al Segundo General entre sus garras para forzarlo a arreglar a Airgetlam. Enlil dudaba poder hacerlo por su cuenta, pero quizá, con el apoyo de la energía de Sakti, podría revertir lo que hizo. Y después, por supuesto, la princesa lo mataría.
A él le agradaba Sakti, y sospechaba que la princesa también le tenía cierta simpatía. Pero una de las razones por las que ella se llevaba tan bien con Darius era porque sabía mantener rencores. No se dejaba cegar por sus resentimientos, pero sí los albergaba. No había matado a Enlil después de su participación en la fiesta púrpura porque consideró que sería contraproducente. Pero si se enteraba de que el General había borrado la mente de uno de sus queridísimos profetas, y que además planeaba hacerles lo mismo a ella y a su hermano, acabaría con él sin contemplaciones.
Adad era distinto. Dudaría en atacar con toda su fuerza al grupo de sus tíos y primos; porque aunque le caían bien los profetas, su amor por ellos no era tan intenso como el que sentía Sakti.
Entonces, ¿tenía suerte de que fuera Adad el aliado de los rebeldes de la zona neutra? Desde un punto de vista estratégico, sí. Adad era poderoso, pero también tenía un carácter más afable y dulce que Sakti. Aun cuando el expediente médico de Kehari indicaba que tenía una degeneración mental –y por lo tanto era más impredecible que estando en sus cabales–, Enlil contaba con una herramienta adicional para controlar a Adad.
Tenía a Kael.
El General no era idiota. Tampoco el Emperador o Sigfrid lo eran. Podían ver que los Guardianes harían lo que pudiesen para ayudar a sus protegidos. Si ni Dereck ni Kael habían echado pies en polvorosa para unirse a sus príncipes, era porque esperaban a ver el desarrollo de los acontecimientos para actuar como mejor lo consideraran en favor de Sakti y Adad. El Emperador tampoco había despachado a los Guardianes porque esperaba también a que los acontecimientos se dieran de manera apropiada. Estaba determinado a usar a los Guardianes para encontrar y, de ser necesario, capturar a los Dragones. Si no tenía más remedio, Enlil utilizaría a Kael como carnada para atraer a Adad.
Entonces sí, desde el punto de vista estratégico era una suerte que el Segundo Dragón estuviese con los rebeldes.
Pero desde el punto de vista emocional, era terrible para Enlil. Sabía que un encuentro con Sakti sería veloz y seguro: la princesa lo mataría. Quizá era algo suicida de su parte, pero Enlil prefería enfrentarse a una muerte segura en manos de una princesa que siempre tuvo claras las prioridades de su corazón. En cambio, sospechaba que su enfrentamiento con Adad, quien siempre le pareció de corazón blando, sería mucho más largo y doloroso. Mientras con Sakti tendría asegurada la derrota, con Adad las posibilidades eran 50-50.
Con Sakti, era más probable que Airgetlam se recuperara sin que Enlil tuviese que mirar de nuevo el odio en los ojos de Darius. Pero con Adad, las posibilidades se invertían terriblemente.
Airgetlam agitó la cabeza contra la almohada. No tenía sueños. En su estado era imposible. Sin embargo, la luna roja también lo afectó. Mientras afuera de la tienda los soldados peleaban entre sí –Enlil podía escuchar sus discusiones–, dentro de ella Airgetlam se debatía contra las voces del cielo. Enlil también podía escucharlas, aunque le llegaban de muy, muy lejos. Creía que si había pillado el significado de algunas palabras y el color de algunas imágenes, era porque la mente vacía de Airgetlam hacía eco y a él le llegaba.
Escuchaban los jadeos de la luna, que eran los mismos que los de Sigfrid. Sentían el arañazo de dedos de marfil, de recuerdos desfragmentados y sin sentido que luchaban por hacerse un hueco en sus memorias. Y, sobre todo, sentían el dolor de la magia desbordada. Enlil ya había vivido varios desbalances; como la primera muerte de Sigfrid, los nacimientos de los Dragones, el toque de la luna en la liberación de Masca... Pero ese, sospechaba, era el más largo que había presenciado hasta el momento. Porque quizá no era un desbalance que se daba una vez al mes, durante las tres noches de luna llena; sino que era un desbalance que se iba alargando a lo largo del año, y era en esas noches cuando se daban los picos más fuertes de desequilibrio.
Pero entonces, ¿a qué se debía el desbalance? ¿Qué nuevo y radical cambio estaba a punto de caer sobre el mundo? Si no hubiese borrado la mente de Airgetlam, el muchacho tal vez se lo hubiese dicho. Quizá él habría entendido los lamentos de la luna.
La tienda se abrió. Arker se detuvo bajo la cortina. Las ojeras enmarcaban sus ojos cansados y su nariz rota. Enlil no recordaba que hubiese sufrido un golpe directo a la cara en los encuentros contra los Fafnir rebeldes en los últimos intentos de conquista de los pueblos de la zona neutra. A lo mejor el puñetazo lo recibió de parte de un compañero incitado por la luna carmesí.
Lo menos que se le antojaba a Enlil en ese momento era lidiar con alguien más que consigo mismo. Ya bastante tenía que soportar con el desastre de persona que era Enlil Tonare como para confrontar el mal genio de otro aesiriano. Sin embargo, supo que Arker no se movería de su sitio sin dar el mensaje que se le había obligado a transmitir. Enlil chascó los dedos para que se apresurara. Arker entró con pasos pesados.
—Los Fafnir regresaron. Indican que los grupos vanirianos suben al Norte.
—Los rebeldes están reprogramando Fafnir. Ha de ser información incorrecta para sacarnos de aquí.
—Los cuatro príncipes confirmaron que las herramientas funcionaban correctamente.
Enlil gruñó.
—Mi misión es atrapar al príncipe Adad. No me iré sin cumplir.
—Señor, los príncipes no le están sugiriendo marchar al Norte. Se lo están ordenando. —Enlil miró a Arker. Su aprendiz era simpático y tenía un tono respetuoso cuando hablaba a sus superiores. Ahora, de sus labios surgía la insolencia de la luna—. Los Fafnir hablan de una mangodria rumbo al Norte. Esa es la dirección que tomó Su Majestad. Los príncipes consideran más oportuno garantizar la seguridad del Emperador que atrapar al príncipe Dragón. Y ellos sugieren que usted tendría nada en la cabeza si no llega a la misma conclusión.
Enlil apretó el único trozo de jarrón que le quedaba en la mano. La herida se hizo más grande; ardió como hielo.
—¿Ellos lo sugieren? —preguntó entre dientes. Quería romper de nuevo la nariz de Arker, tal y como había roto el jarrón.
Arker se pasó la lengua por los labios. Aunque la luna había vuelto locos y descuidados a los aesirianos, Arker era un telépata. Y por tener un mejor control de la mente, también había aprendido a controlar mejor sus emociones. Por eso podía ver que su excesiva honestidad en el mensaje estaba a punto de hacerle perder la cabeza.
—El príncipe Raziel fue quien lo dijo. No los demás.
«Y ciertamente no yo», escuchó el General en la mente de Arker. Decidió creerle. Raziel era un bocazas antipático. Era insolente en un despejado día de verano. Seguro estaba mucho peor en una noche sangrante.
—Vete.
De mala gana aceptó que su día para caer en las garras de los Dragones estaba un poco más lejos. Miró de nuevo a Airgetlam.
—Lo siento —le dijo, aunque supo que el gemelo no lo escuchaba—. Lo siento, lo siento, lo siento.
En el cielo, la luna gritó.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 15

15
ADVERTENCIA


Sigfrid pensó en su próximo movimiento largo y tendido. Estaba seguro de que perdió a Zoe en aquella condenada encrucijada rocosa. Cuando la persiguió por primera vez creyó que la pitonisa había tomado la decisión más sensata y que tomó ruta hacia el este, quizá en busca de territorio neutral donde pudiera ocultarse. Gracias al expediente que el Emperador había hallado en Kehari, Sigfrid aprendió que Zoe no era una persona sensata.
Lo más probable, entonces, es que hubiese ido al oeste, justo donde había batallas a montones. ¿Pero por qué? Si quedaba atrapada en un enfrentamiento entre vanirianos y aesirianos, la matarían. Lo mismo si encontraba una tropa vaniriana. «A no ser», pensó mientras recordaba que la pitonisa había defendido a una asquerosa bola de pelos en Kehari, «que haya formado una alianza con vanirianos». Esa idea lo alertó. No sabía por qué Zoe haría algo así, pero si era cierto entonces los aesirianos estaban en problemas. Si los profetas se aliaban a los vanirianos, los vanirianos contarían por defecto con el poder de los Dragones. Si ese era el caso, tenía que encontrar a Zoe antes de que fuera demasiado tarde.
¿Pero cómo?
Ya le había perdido la pista. Zoe le llevaba muchos días de ventaja. Aunque creía que ella había tomado rumbo al oeste, no sabía qué camino. La única forma de encontrarla –si es que eso era posible– era preguntando. Sigfrid resolvió poner un anuncio en los puestos militares. Necesitaba que cada soldado en el continente reconociera la bonita cara de Zoe apenas la mirara, para que la esposara, amordazara y pusiera tras las rejas en la primera oportunidad. Si además ponía una recompensa por su captura, los cazadores se sumarían a la búsqueda.
El inconveniente era que en su tropa no había ni un solo dibujante que garabateara la cara de Zoe. En los dos puestos militares que visitó en su búsqueda, tampoco tuvo suerte. Aunque sí había dibujantes, no se ponían de acuerdo en el rostro de la pitonisa, en parte porque Sigfrid y Sin, que eran los que mejor la habían visto, tampoco podían ponerse de acuerdo en su apariencia. Mientras uno la describía con pecas, el otro sin ellas. Uno decía que tenía los pómulos bien marcados, y el otro que no. Uno decía que tenía un hoyuelo, y el otro que camanances. Que tenía flequillo, y que no. Que sus cejas eran delgadas, o que gruesas. Al final los dibujantes se exasperaron por la inexactitud, y Sin y Sigfrid por los resultados insatisfactorios.
Sigfrid empezó a echar de menos a sus aprendices. Bajo esas circunstancias, Kael habría dado un comentario reconfortante y Dereck habría ayudado con una mejor descripción de la pitonisa. El Guardián de Sakti tenía una excelente memoria; además, su recuerdo de Zoe estaba libre de resentimiento o desdén. En cambio, Sigfrid y Sin solo la recordaban de la peor manera posible.
El príncipe fue quien dio con una solución, aunque a largo plazo: visitar a un dibujante que ya conocía a Zoe.
—Harald la recuerda muy bien —apuntó Sin—. Esa pequeñaja monstruosa es una de sus pesadillas recurrentes.
Así, pues, resolvieron buscar al príncipe Harald. La última noticia que tenían de él era que estaba a cargo del noreste, donde se enfrentaba a los grupos vanirianos que intentaban trepar de la zona neutra hasta Tyr, la ciudad capital del Norte.
Ir hacia esa dirección parecía un disparate, porque los alejaba más de Zoe. Pero si no tenían un rastro que seguir, daba lo mismo. Por lo menos así conseguirían un retrato decente de la pitonisa. Entre más pronto se unieran a Harald, más pronto conseguirían que los cazadores de Dragones ampliaran la cacería a una profetiza.

****

Jillian le echó una capucha sobre los hombros. Zoe apretó los dientes y se encogió adolorida, porque cualquier peso adicional sobre la espalda le lastimaba la herida. Ser profetiza tenía sus ventajas, ¡oh, sí!, pero también sus tonos oscuros. La reacción física era una de ellas. «Debí haberlo previsto», se dijo por décima vez. «Debí haber sabido que el Fafnir lo atacaría».
La proyección astral era uno de los poderes favoritos de Zoe, aunque rara vez lo utilizaba porque las personas no podían asimilar una materialización repentina de alguien que se suponía estaba a cientos de kilómetros de distancia. O, como el caso de Airgetlam, no podían asimilar que los pensamientos de Zoe tomaran control del cuerpo de otra persona.
Su papá también tenía ese poder, pero Zoe creía que Darius no lo sabía. En ocasiones, cuando ella hacía los turnos nocturnos en la Taberna, se encontraba a Darius deambulando por los pasillos de la hospedería. Los huéspedes a veces lo veían. A veces no. Cuando lo encontraba, ella lo guiaba de vuelta a su habitación, donde su cuerpo yacía profundamente dormido.
En otras ocasiones, se encontraba a Connor junto a la chimenea, sacando cálculos sobre los gastos e ingresos de la Taberna; aunque eso se lo había encargado a un contador externo, y el mismo Connor dormía exhausto, con la cabeza apoyada sobre la mesa de la cocina.
Cuando presintió la situación de Airgetlam, Zoe creyó que era una buena oportunidad para emplear la proyección astral a una larga distancia, a la vez que evaluaba el daño que su hermano había recibido de parte de Enlil. El inicio del experimento fue satisfactorio. Pero cuando el Fafnir golpeó a Airgetlam, Zoe se despertó con un grito en su propio campamento. No pudo levantarse. No pudo articular ni una palabra sin convertirla en un grito agudo ininteligible. No pudo tan siquiera pensar con el ardor de la espalda y la calidez de la sangre que le empapó la blusa. Si Jillian no hubiese estado con ella, a lo mejor habría amanecido muerta.
La herida había bajado su ritmo de viaje, pero no su resolución. Al contrario, era una razón más para seguir adelante. Las historias necesitan tener cabos cerrados cuando llegan al final, y ella iba a hacer su parte para culminar con un capítulo importante antes de que el gran telón cayera.
Jillian le pasó una taza de té caliente. Era la infusión más asquerosa que Zoe había probado jamás, y eso que ella era la peor cocinera que conocía. Sin embargo, el té le hacía bien. Jillian no era curandero, pero sabía suficiente de hierbas.
—Mi madre era herborista —explicó a la profetiza la misma noche que el Fafnir atacó a Airgetlam. Jillian la había desvestido para tratarle la herida con vendas y una pasta de hierbas. Zoe se había dejado, porque aún en su aturdimiento creyó que no importaba estar desnuda delante de un hombre que no podía verla.
Desde esa noche, aprendió suficiente de Jillian. No tenía idea de quién era su padre, pero el recuerdo de su madre estaba todavía vivo en su mente. La recordaba en cada bocanada de aire fresco mezclado con el vapor herbario de la mañana. Aunque nació ciego, desde pequeño tenía sus sueños de colores, rostros y canciones. Y cuando su madre no pudo salvarse a sí misma de peste, Jillian decidió buscar las imágenes de sus sueños en la realidad.
El Tercer Dragón había compartido su historia con ella con la esperanza de que Zoe le diera más respuestas. ¿Por qué iban al Pantano? ¿Cómo podían ayudar a Sakti? Pero durante todo ese tiempo, la profetiza calló. Le pidió que esperara mientras llegaba una nueva luna carmesí, con la esperanza de que sus visiones se fortalecieran. Pero cuando al fin la luna se tiñó de sangre en lugar de plata, las visiones no llegaron. Solo hubo un total abatimiento. Jillian se había quedado sin las respuestas que Zoe esperaba.
—Tienes que decirme algo —apuntó el sepulturero mientras se sentaba delante del fuego. Sus ojos estaban fijos en el suelo—. ¿Por qué quieres ir al Pantano? Dijiste que querías cazar un demonio, pero no veo qué tiene eso que ver con ayudar a Allena.
—Si te diera más detalles, creo que te asustaría. Ya no querrías seguir adelante.
—¡Claro que sí! Si es para ayudar a Allena, continuaré hasta el fin del mundo.
Zoe aspiró con fuerza y se tragó toda la infusión de una sola vez. Pasó el brebaje a toda velocidad, para no sentir la quemadura amarga en la lengua. Connor le había dicho que no podía seguir tomándose las medicinas así, o le harían más mal que bien. El sabor amargo se le subió a la cabeza con la velocidad de un licor. El calor se expandió del pecho al resto del cuerpo. Sus venas se calentaron y relajaron, como si fuesen las raíces sedientas de un árbol. Y de imprevisto supo cómo haría lo que tenía que hacer. Aunque sin una visión, la certeza de sus poderes la elevaron en una ola de seguridad.
Al fin le dio a Jillian la respuesta que había esperado en los últimos días, aunque no eran las palabras que el muchacho quería escuchar. Cuando Zoe acabó, el rostro del Tercer Dragón había palidecido y sus cejas se habían unido en una sola.
—Planeas usarme —dijo con voz acusadora. Zoe levantó los hombros, sin acordarse de que Jillian no vería el gesto.
—No hay otra opción. De lo contrario, jamás podría atrapar a ese bicho. —Jillian escuchó una sonrisa en los labios de la profetiza—. ¿Ves? Supe que me serías útil. Es hasta ahora que veo cómo.
—Podría morir.
—Sí. Si estoy equivocada, los dos moriríamos. Pero estoy dispuesta a correr el riesgo porque estoy segura de que no puede fallar. —Jillian levantó la mirada y clavó los ojos en ella. A Zoe le disgustó, porque estuvo segura de que era la primera vez que alguien la miraba tal y como era. Para eso no se necesitaba ver.
—Eres horrible —sentenció el Tercer Dragón—. La persona más espantosa que he conocido en mi vida.
Zoe sonrió de nuevo, porque Jillian era el primero que le decía algo así. Aunque el sepulturero llevaba algo de razón, eso no lo podía negar.
—Cuando te lleve con el Emperador aesiriano, descubrirás que hay personas peores que yo. —Zoe miró las llamas—. Pero en el Pantano verás que hay maldades más oscuras en las que ningún aesiriano, ni siquiera el Emperador, podría sumergirse jamás.


****

La primera vez que Connor vio a Harald montado sobre un cuervo, el doctor creyó reconocer al mensajero. Un día después lo confirmó, cuando el cuervo cayó junto a él con la potencia de un relámpago. Connor estaba del lado vaniriano, revisando a los pacientes que habían sobrevivido tras el ataque del mensajero en el frente de batalla. La entrada de Huggin fue tan estrepitosa que por un terrible instante los vanirianos estuvieron seguros de que los aesirianos habían roto el pacto con Connor. Habían roto su promesa.
El mensajero abrió el pico de par en par, se lanzó a Connor y le jaló la manga de la camisa, juguetón.
—¡Amigo, amigo, amigo! —pio el mensajero—. ¿Te acuerdas de mí? ¿Te acuerdas? ¡Vamos a jugar!
Para su decepción, Connor le dijo que debía trabajar, pero que tal vez podía jugar un rato cuando cayera la noche. Para desgracia de Huggin, Connor no tenía la energía para jugar como a él le gustaba. Le encantaba cruzar los cielos a la velocidad de un Dragón; cazar bisontes y vanirianos con sus gruesas garras; e incendiar los campamentos enemigos con sus caídas de relámpago. El lado curioso de Connor tenía ganas de volar sobre el cuervo, pero su parte razonable le dijo que después de un día agotador –en su campamento, todos los días eran agotadores– no tenía fuerzas para sostenerse bien del mensajero. Además, no le encontraba la gracia en atacar a vanirianos.
Para consolar a Huggin, lo invitó a la cena. Al día siguiente, el mensajero lo volvió a visitar. Esta vez aterrizó con un bisonte entero entre las patas y se lo mostró a Connor con orgullo. «Parece un gato», pensó el doctor. Antes de que la tía Eleanor se casara, tenía un gato blanco llamado Botones al que quería como a la niña de sus ojos. Botones aruñaba las puertas, siseaba si Zoe le pasaba a la par –hasta los gatos sabían que la profetiza era rara– y le llevaba a la tía Eleanor los trofeos de sus últimas cacerías: ratones, ratas y pájaros. A Connor le daba asco encontrarse esos cuerpecitos deshechos bajo la puerta del patio o detrás de los sillones, donde Botones tenía su colección de premios. Pero a Eleanor le encantaban las atenciones de su minino, porque estaba segura de que así era como le mostraba afecto. Connor creía que el gato estaba siendo condescendiente a lo mucho, y que cazaba para Eleanor para decirle: «¡Mira lo buen cazador que soy! Y como soy tan generoso, compartiré contigo la grandiosidad de mi hazaña, porque eres tan mala cazadora que te morirías de hambre de no ser por mí». Por dicha, Eleanor se había llevado a su gato condescendiente cuando se casó.
—¡Mira qué buen cazador soy! —exclamó el cuervo—. ¡Ahora juega conmigo!
Sí, Huggin era como un gato.
Connor aceptó el trofeo del cuervo, y encargó a Ceniza, Rodni y Kel que lo despiezaran. Ese día acabó temprano con los pacientes, para dedicarse por la tarde a cocinar. En la noche, los dos bandos disfrutaron el delicioso estofado de carne. Si antes Connor tenía asegurado el respeto de aesirianos y vanirianos, ahora también tenía su amor. Era lo mínimo que merecía una comida tan buena.
Huggin siguió visitándolo. Aunque Connor no jugaba, sí le preparaba comida y le acariciaba el plumaje con benevolencia. Más que un gato, el cuervo comenzó a parecérsele a Freki y Geri. Era igual de caprichoso, cariñoso y creído como ellos.
Durante las visitas de Huggin, el campamento comenzó a sufrir cambios. Al principio fueron mínimos, como que los centinelas de cada bando se adentraban al mismo tiempo en el centro, donde estaba la tienda de Connor. Los intercambios de palabras duras se suavizaron poco a poco. Los ceños fruncidos pasaron a rostros relajados. Los acuerdos para que Connor saliese hacia los campamentos exteriores fueron más sencillos y rápidos. Un día, cuando el doctor regresó de un puesto militar vaniriano, se encontró a los rehenes jugando cartas con los soldados que los resguardaban. Entonces comenzó a notarlo. Cuando pasaba al lado este de su campamento, los vanirianos saludaban a Yashin. Y cuando iba al lado oeste, los aesirianos no abucheaban a Kel ni a Ceniza, ni los miraban con desdén.
Los límites internos del campamento comenzaron a desdibujarse. Empezó por el medio, que cada vez se hizo más grande para que los aesirianos y vanirianos se sintieran a gusto mientras batallaban en juegos de cartas. Los aesirianos enseñaron a los vanirianos a jugar «Cuenta cinco» y «Calabozos rotos», que eran juegos tradicionales entre las tropas. Y los vanirianos les enseñaron a jugar «Torres caídas», «Ka-po-cha» y «Tres ases». Después de un tiempo, Connor notó que en el centro ya no se alzaba solo su tienda, sino unas cuantas más. Y por las noches, el suelo se llenaba tanto de sacos de dormir como de agujeros de grolien.
—¿Y ahora qué? —le preguntó a Drake—. ¿Acaso nuestro equipo de aventuras se hizo más grande?
—¿No lo sabías? —el sicario sonrió. Era típico de Connor que ignorara los detalles por concentrarse solo en lo que tenía de frente, como sus pacientes y su caldero—. Ahora tienes más aprendices aesirianos y otros tantos vanirianos. Y también hay otros como Yashin, que los dieron o se dieron de baja de sus respectivas tropas. Los hemos organizado para que mantengan el orden aquí.
Connor se rascó la cabeza, porque en efecto no se había dado cuenta de en qué momento dejó de darle instrucciones solo a Milo y Nex, y comenzó a dárselas a muchas personas más. Tampoco se había dado cuenta de que Yashin ya no lo seguía como un perro guardián, porque el titán y Drake se encargaban de capitanear a los desertores de ambos ejércitos para asegurar la paz del campamento neutral.
Dejó que ellos se encargaran de los desertores, y concentró su atención en los nuevos aprendices. Aunque apenas se acordaba de sus caras –mucho menos de sus nombres–, descubrió que él mismo los había aceptado al presentarles sus condiciones de instrucción. Todos, vanirianos y aesirianos, habían aceptado. Los había de todas las procedencias habidas y por haber. Algunos, como Milo y Nex, eran de familias acomodadas. Otros eran pobres y ni siquiera sabían leer, como Ceniza. Tenía groliens, arpías, ordinarios y hasta kredoa. Y hasta tres humanos se habían sumado como sus aprendices. Una vez enterado de los cambios maravillosos en su campamento, Connor formó a sus nuevos pupilos en equipos de trabajo. Todos los días, mientras atendía a sus pacientes, tomaba a un equipo y les enseñaba sus métodos de tratamiento con ejemplos prácticos.
Por las noches, cuando Huggin se sentaba a su lado para recibir la dosis diaria de caricias, Connor le enseñaba a Ceniza a leer. Así descubrió que el krebin solo era inocente, pero muy avispado. Connor nunca imaginó que alguien pudiese aprender a leer y escribir tan rápido. Además del cuaderno de dibujo, le compró a Ceniza doce novelas. En tres semanas, se había leído dos.
—Tú también vas a tener aprendices —resolvió el doctor—. Vas a enseñar a leer y a reconocer hierbas.
Fue uno de sus más grandes aciertos. Aunque Ceniza era tímido y tenía una voz muy baja, se entusiasmaba al hablar de plantas. Sus estudiantes se maravillaban al escucharlo hablar con tanta propiedad de un tema tan basto, en especial porque Ceniza conocía hierbas que crecían a kilómetros de distancia y era imposible que las hubiese visto.
—Mi papá me las enseñó —explicó cuando le preguntaron cómo sabía tanto de hierbas.
Como también era muy buen dibujante, los aprendices de Connor recurrían constantemente al híbrido para que les permitiera ver su cuaderno de bocetos. Tenía dibujos de flores, hierbas y árboles, todos con anotaciones sobre los usos de cada planta. Era tan bueno que Connor hacía planes para comprarle veinte cuadernos más, para que hiciera veinte herbarios para los aprendices.
Ceniza también hacía bosquejos de personas. Era tan callado y sigiloso que podía sentarse al lado de sus modelos sin que se percataran de su presencia. Había dibujado a los soldados de ambos bandos en sus juegos de cartas. A Connor suturando abdómenes. A Drake tallando flechas. A Rodni afilando cuchillos. Otros posaban para él adrede, como Huggin y Kel.
El campamento de Connor había logrado su propio ritmo. Pero cuando el doctor salía a los puestos externos, recordaba una vez más lo diferente que era el resto del mundo. Aunque los cabecillas de ambos bandos se cuidaban de lo que decían delante de él, Connor tenía buen oído. Era uno de los talentos que Lea y Emilio le habían inculcado para ser buen negociante. Conocía planes de batalla de ambos bandos, diseños de tropas y formaciones, ases bajo las mangas... En más de una ocasión tuvo ganas de intervenir. De decirle al equipo contrario que se tuviese cuidado para no caer en alguna trampa. Pero al final calló, porque a largo plazo no salvaría suficientes vidas. Su campamento se había erguido sobre la confianza que le tenían ambos bandos. Si la perdía, el campamento se desharía y los muertos aumentarían porque ya nadie se dejaría atender por él.
Una noche, mientras revisaba la última redacción de Ceniza y acariciaba el plumaje de Huggin, el cuervo soltó un hondo y triste suspiro. Al ver sus ojos escarlata, Connor reparó en que estaba triste. Cuando le preguntó qué le pasaba, el rostro de Huggin se tensó con una mezcla de esperanza y precaución. Miró a Ceniza. El híbrido estaba ensimismado en su nuevo bosquejo y no se enteró de la mirada del mensajero. Pero Connor entendió lo que debía hacer.
—Ceniza, ¿puedes dejarnos a solas un momento? —El híbrido levantó la mirada, asustado. Era la primera vez que Connor le pedía que se marchara. ¿Hizo algo malo? Connor lo calmó con una sonrisa—. Será un momento, te lo prometo. Después revisaremos juntos la redacción.
Una vez que el híbrido se marchó, el doctor esperó a que el mensajero se sincerara.
—Es que estoy muy triste y preocupado —comenzó Huggin—. Pero no sé si puedo contártelo.
—Si no quieres hablarlo conmigo, tranquilo. Puedes hablar con alguien de tu confianza cuando tú quieras.
Al ver los ojos de Huggin, entendió que ese era uno de sus problemas: no tenía personas de confianza a mano. Aunque era un pajarraco gigantesco al que sus propios aliados temían por los golpes que daba, Huggin tenía el corazón de un pajarillo recién salido del huevo. Necesitaba hablar. Necesitaba compartir sus turbaciones para poder sacarlas de su cabeza. El mensajero tomó aire.
—Eres amigo de la princesa Allena, ¿verdad? Tú eres un profeta.
La garganta de Connor se secó. En secreto había esperado que Huggin se olvidara de las circunstancias en las que se conocieron por primera vez, o que no sumara uno más uno. Si sabía que era profeta, era cuestión de tiempo para que lo secuestrara, lo presentara al príncipe y acabara la tregua del campamento de Connor.
—¿Es por eso que has venido estas noches? ¿Porque el príncipe Harald te envió a atraparme? —Huggin levantó la cabeza plumífera, asustado, y negó tan efusivamente que estuvo a punto de desnucarse.
—¡El príncipe no sabe que vengo aquí! ¡Oh no, oh no! ¡No puede saberlo! ¡Por favor no le digas nada, amigo!
—¿Entonces...?
—Después de que se fueran de Masca, el amo Dereck me explicó quién eras y por qué nuestra princesa te estaba protegiendo. Y cuando te vi por aquí, pensé que... tal vez... ahora... tú podrías... protegerla a ella.
Huggin escondió la cabeza debajo del ala, asustado. Connor lo sintió temblar del miedo.
—Tranquilo. No le diré a nadie lo que quieras contarme. —Huggin asomó un ojo por entre las plumas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
El mensajero esperó un par de segundos. Sacó otra vez la cabeza y asintió.
—Creo que el príncipe Harald quiere hacerle daño a nuestra princesa, a la del amo y la mía. —Huggin hizo una pausa—. En realidad, creo que todos los príncipes quieren hacerle algo malo, pero no sé qué es. Y ellos se encargaron de separarnos al amo y a mí para que no pudiéramos ponernos de acuerdo para protegerla. —Huggin puso la cabeza por encima de las patas, tal y como los lobos ponían el morro sobre sus patas delanteras cuando descansaban o pensaban—. Pero aunque estamos separados, siento la turbación de mi amo. Sé que está triste y preocupado. Sé que quiere hacer lo mejor para ambos bandos: el de los aesirianos y el de los Dragones. Pero no sabe cómo reconciliarlos.
«¿Y no son el mismo bando?» iba a preguntarle Connor, pero de inmediato supo que no. Hace cincuenta años, los Dragones no liberaron a los profetas de Masca. Escaparon con ellos. Adad y Sakti no estaban ni en contra ni a favor de los aesirianos en la guerra.
—Se me ocurrió que si eres capaz de reconciliar a vanirianos y aesirianos en un mismo lugar, podrías reconciliar a los príncipes con los Dragones. Así, los Aesir no les harían daño.
—Adad y Allena son muy fuertes. Nada malo les pasará.
Pero recordó los expedientes médicos que tenía en Kehari. Adad tenía una enfermedad mental y Sakti tenía neumonía y una clavícula rota. Eran fuertes, pero no indestructibles. Huggin lo miró con la solemnidad de un sacerdote que ha vivido mil vidas.
—Todos los mortales tienen un punto de quiebre. Cuando se rompen por dentro, ya no hay nada que los una de nuevo. Y los Dragones son aún más mortales que el resto, porque sus almas comenzaron a existir cuando ya el Tiempo había corrido. Sus almas no son inmortales como las demás.
—¿Eso es lo que temes? ¿Que los príncipes rompan a Allena por dentro? —Huggin ladeó la cabeza, entre un sí y un no.
—Creo que ya la han roto. Le hicieron tanto daño que ni siquiera pudo llorarlo cuando murió. —El mensajero se levantó. En su forma de ave era tan grande como un corcel de seis patas—. Lo siento. Sé que en realidad no puedes hacer nada al respecto. Aunque quisieras ayudar a Allena tanto como el amo Dereck y como yo, ninguno sabe cómo. Pero igual te lo agradezco. Ya me siento mejor.
El cuervo extendió las alas y las batió con un suave movimiento de mariposa. Connor apenas sintió la corriente de aire. En unos segundos, el plumaje oscuro de Huggin se había mezclado con el cielo nocturno.

****

Faltaba una semana para la próxima luna llena. En el campamento neutral –y Connor imaginó que en el resto del mundo– todos temían que la luna carmesí se repitiese. Los vanirianos esperaban con temor esa noche, pero la aguardaban con más dignidad que los aesirianos. Ellos estaban hechos un manojo de nervios. Saltaban por cualquier cosa y tenían los puños perpetuamente apretados. Con el paso de los días, estaban más tensos, sensibles y molestos.
Connor no temía por los vanirianos, porque en el País de Hielo sabían controlar sus emociones. Pero los aesirianos eran otro cantar. La magia se rige por las emociones. Entre más fuerte un sentimiento, más potente un hechizo. Conforme se acercaba la luna llena, Connor sentía el aire cargarse de energía. Supo que si la luna carmesí se repetía, todo ese poder les explotaría en la cara. No quiso ni imaginarse la cantidad de muertos en el campo de batalla. Si ya los enfrentamientos eran crudos por sí mismos, ¿cómo sería cuando los aesirianos estuviesen provocados por la luna de sangre?
Junto con Ceniza, preparó un nuevo jarabe para los nervios. Aunque era muy dulzón, pasaba por la lengua y la garganta con suavidad. Al instante bajaba con una sensación cálida que adormecía los labios, la punta de la nariz y los dedos. No adormilaba a los pacientes, pero sí les aliviaba la tensión y el dolor de espalda contracturada. Connor aún no sabía si el jarabe crearía algún tipo de adicción, pero estaba seguro de que si controlaba las dosis disminuiría la tensión de la luna carmesí. Hizo las pruebas con soldados voluntarios, que le reportaron una mejora considerable de los nervios. Yashin también se ofreció, porque era el más tenso del equipo de Connor. En días normales era callado y hasta gentil, pero entre más cerca estaba la luna más irritable estaba el titán. La pierna le dolía como nunca. Pero con el jarabe, sus nervios y su rodilla mejoraron hasta el punto en que podía ir de un lado a otro del campamento por más de tres horas. Connor deseó que el jarabe no tuviera efectos secundarios, para que Yashin pudiera seguir tomándolo sin aprehensiones. Así su pierna no le molestaría tanto y tendría una vida más placentera y tranquila.
El éxito de su jarabe se hizo tan famoso, que pronto lo enviaron a llamar de todos los campamentos exteriores cercanos, para que repartiera dosis entre aesirianos y vanirianos. Aunque estaba seguro de que los guerreros querían quitarse la inquietud de encima, Connor también imaginó otra razón para que le pidiesen jarabe en ambos bandos. Los soldados que se recuperaban en su campamento y regresaban a la batalla, se llevaban consigo los recuerdos de los retratos de Ceniza, de los cuidados de los aprendices aesirianos y vanirianos, y de los juegos de cartas. Aunque no quisieran admitirlo –en especial los aesirianos, que eran muy cabezotas–, el campamento de Connor los había marcado con una idea que no habían concebido antes: la posibilidad de que ambos bandos llegasen a un acuerdo.
Los guerreros se enfrentaban en combate, pero de no ser por la próxima luna y por la llegada de más guerreros aesirianos y vanirianos, los heridos habrían disminuido considerablemente. Connor había notado que la mayoría de sus pacientes graves eran soldados recién llegados a ese frente; mientras que los guerreros más veteranos ingresaban al campamento neutral solo para jugar cartas con los compinches que habían hecho en el bando contrario.
Así, pues, querían evitar matar a los amigos que habían hecho, aunque no podían admitir en voz alta que eran amigos. Esperaban que el jarabe de Connor los ayudase a controlar la magia desbordada de la luna de sangre.
En secreto, Connor estaba rematadamente orgulloso de sí mismo. Sabía que él no había hecho ese cambio de actitud por sí solo, pero ¿habría ocurrido si no se hubiese escapado de Kehari? ¿Si no hubiese atendido a aesirianos y vanirianos por igual, ni hubiese puesto como condición por sus servicios ayudar a otras personas? Estaba seguro de que no. Al menos en esa parte se llevaba todo el crédito.
El último campamento exterior que visitó antes de la luna de sangre fue el del príncipe. Harald no había vuelto a visitar el campamento de Connor, porque aun con la paz instaurada seguía siendo un príncipe y, por tanto, una cabeza valiosa para aesirianos y vanirianos. Por precaución, no había regresado pues ¿qué ocurriría con el doctor y su grupo si algún vaniriano decidía romper el pacto para matar a Harald? Pero aun así el príncipe sí había recibido nuevas heridas en combate, que Connor atendió cuando se salían de las manos de los curanderos jefes.
Ese día, aparte de entregar el jarabe, Connor revisó las nuevas heridas de Harald.
—Están mejor de lo que imaginé —comentó el doctor mientras revisaba los moretones y los puntos—. Los médicos hicieron un buen trabajo. No hay nada que tenga que hacer aquí.
—Um. Solo quería estar seguro.
Harald abrió y cerró el puño derecho. Todavía tenía problemas para mover el brazo, pero ya se le había pasado la coloración del veneno. Los soportes médicos y Connor le explicaron que le tomaría una temporada reponer el músculo deshecho por la flecha. Y con todo podía considerarse afortunado, porque ese ataque pudo haberlo dejado lisiado o muerto. «Afortunado, sí», pensó Harald mientras veía a Connor limpiar sus instrumentos. Su suerte estuvo en conocer al doctor y en descubrir el secreto de su éxito.
—Únete a mi tropa, Connor —pidió el príncipe de nuevo. En cada visita aprovechaba para convencerlo por lo menos unas doce veces—. Serás el jefe médico a cargo de mis hombres. Y una vez que nos unamos a las tropas de Su Majestad, ocuparás el puesto más alto de los soportes médicos.
—Príncipe Harald, ya le he dado las gracias por su ofrecimiento muchas veces. Y también muchas veces le he dicho que no. Otra vez declino su oferta. Y otra vez le agradezco que me tome en cuenta. —Harald soltó un suspiro.
—Solo explícame algo. ¿Por qué perder el tiempo con los vanirianos? —Connor lo miró con la frente fruncida.
Le sorprendía que Connor se atreviera a mirarlo así poco después de que se conocieran. Ningún soldado, capitán o teniente se había atrevido a mantener contacto visual prolongado con un gigante pelirrojo. Ni siquiera los Generales, que conocían a Harald desde que era un cachorrillo, lo miraban con esa expresión. Pero Connor miraba a todos por igual sin importar su condición o raza. Si un paciente se comportaba bien, Connor le daba palmaditas en el hombro y le ofrecía un bocadillo dulce como premio. Si un paciente se ponía en exceso quejumbroso, Connor le decía que dejara de comportarse como un bebito llorón. Si un oficial se pasaba de listillo con el doctor, Connor lo ponía en su lugar con una insolencia fantástica que a Harald se le hacía familiar. Y cuando alguien sacaba al doctor de sus casillas, fruncía la frente y miraba a esa persona con una expresión que decía tanto «Espero una disculpa, jovencito» como «Vas a arrepentirte de llevarme la contraria, señorito». Harald, Leik y otros oficiales habían bromeado con que Connor sería un padre rematadamente estricto y atemorizante cuando tuviera cachorros.
—Yo no pierdo el tiempo en nada, Alteza. Ni siquiera explicándole a un cabeza hueca por qué todas las personas merecen respeto.
¡Y ahí estaba la insolencia que desconcertaba a Harald!
—¿Estás seguro, seguro, segurísimo de que no nos conocimos antes? —En cada visita hacía esa pregunta unas cinco veces. Y Connor siempre le giraba los ojos, dándole una nueva muestra de insolencia.
—Sí, estoy seguro. No podría olvidarme de conocer a un príncipe.
Connor guardó el último de sus instrumentos.
—Por el momento, ningún soldado debería tomar más de dos cucharaditas de jarabe en menos de 24 horas. Le recuerdo que si se exceden en la dosis, no me hago responsable de ningún efecto secundario.
Harald asintió y miró hacia una esquina de la tienda. Allí había cajas de madera, cuyo interior resplandecía con botellas de vidrio teñidas de carmín. El aprendiz de Connor contaba las botellas y las marcaba en un registro.
Miró de nuevo al doctor.
—En serio. ¿Por qué decidiste atender a vanirianos también? Debías de saber que era traición.
La frente de Connor no se frunció. El doctor miró a Harald con ojos transparentes y sinceros, los mismos ojos que habían motivado a tanta gente a confiar en él. Connor levantó los hombros y respondió:
—Porque si no lo hacía, habría traicionado todo lo que me enseñaron, todo lo que soy. Crecí con humanos. Mi papá adoptó un grolien. Mi maestro me pidió cuidar a todos por igual. Para mí es igual de natural atender vanirianos, como para usted lo es matarlos. —Connor sonrió—. ¿Sabe? Me hace gracia. Cuando voy a los campamentos vanirianos, los cabecillas no me preguntan por qué atiendo a ambos bandos. Ellos me entienden mejor que en el lado aesiriano.
Harald contuvo la respiración durante unos instantes. Abrió y cerró el puño derecho, el mismo que podía mover gracias a Connor.
—He pensado mucho al respecto y tengo una propuesta para ti.
—Alteza, no quiero unirme como soporte médico de las tropas aesirianas.
—Lo sé. Esta propuesta es diferente.
Harald se inclinó sobre la mesa en donde estaba el mapa con los movimientos vanirianos y aesirianos, representados con piezas de ajedrez. El príncipe tomó una torre, que marcaba el punto de su propio campamento, y la subió lentamente al norte.
—Nos trasladaremos. Las tropas vanirianas ya han empezado a retirarse al norte.
Esas debían de ser buenas noticias para los aesirianos, pero Connor se sintió inquieto. Si los vanirianos estaban perdiendo terreno en ese punto, que limitaba con la zona neutra, algo debía de ir muy mal. Los tropas del País de Hielo no atacaban ni invadían la zona neutra, pero entraban ahí por la misma razón que visitaban el campamento de Connor: para recuperarse. ¿Por qué se retiraban entonces al norte, cuando la zona neutra estaba al este?
Harald continuó con un suave murmullo.
—Tengo noticias de que Su Majestad ha subido al norte también. Y que los vanirianos llevan consigo hijos de Vanir y mangodrias.
Connor guardó silencio. Él había visto a más de quince hijos de Vanir en un campamento exterior, pero no lo había comentado con nadie. Aunque no había visto a ninguna mangodria, había escuchado rumores de que las Generalas de Vanir estaban cerca. Pero eso tampoco lo comentó. Estaba empeñado en ser neutral, y en no estropear los planes de ningún bando. Harald lo miró en busca de alguna señal que confirmara o desechara sus sospechas, pero Connor mantuvo el rostro impasible. Había aprendido de Sakti.
El príncipe tomó una botella de jarabe y la colocó sobre donde estaba el campamento neutral. La subió aún más lento por el mapa, a la vez que la torre de Harald avanzaba hasta la ciudad Aulden. Esa ciudad tenía una estación de tren, cuyas vías férreas conectaban con ciudades como Nil, Tyr y Torres Hale. Connor supo que era un punto estratégico, porque garantizar la protección de las vías facilitaría la comunicación con otros puntos clave de los aesirianos. Pero le costó más entender por qué la botella de jarabe se detenía por debajo de Aulden, quizá a unos tres días de distancia.
—Quiero que tu campamento neutral avance detrás de las batallas —continuó el príncipe—. El Norte es importante para nosotros, porque ahí tenemos una ciudad capital sincrónica. Aun antes de que la Ciudad Perdida se levantara en el desierto, ya nosotros sabíamos que Tyr era diferente a otras urbes del Imperio. En algo se parece a Masca. Por eso la hemos abastecido para que dé refugio y sea punto de apoyo de nuestras tropas en la reconquista del Norte. Creemos que los vanirianos avanzan porque quieren dominarla de nuevo.
Harald le dio una pequeña lección de historia. Aunque Masca había logrado mantenerse impenetrable durante milenios, Tyr había caído con más frecuencia en poder vaniriano. La última vez, le dijo, fue hacía casi sesenta años. En esa ocasión, quien retomó la ciudad fue el príncipe heredero a Masca. De momento Tyr todavía estaba en poder aesiriano, pero ahora los vanirianos tenían más recursos que les permitirían conquistarla de nuevo. Los hijos de Vanir eran el primer arma, pero seguro que no la única.
—Nosotros daremos todo para proteger la ciudad —continuó el príncipe—. No dejaremos piedra sobre piedra. Y si los vanirianos están tan decididos a ganar como nosotros, puedes imaginar el resultado.
Connor asintió. El próximo frente de batalla sería mucho más terrible de lo que había visto hasta el momento. Habría más víctimas.
—En lo personal, no me interesa qué pase con los vanirianos. Por mí, todos se pueden pudrir bajo el sol. Pero me preocupan mis hombres. Quiero que cuenten con el mejor doctor que conozco. Y todo apunta a que eso solo será posible si se cumplen sus condiciones, que incluye curar vanirianos.
Los ojos rojos, suaves y fuertes a la vez, miraron a Connor.
—Te lo preguntaré de nuevo. ¿Te unirías a mi tropa como jefe médico?
—No.
—Entonces, ¿aceptarías que tu campamento neutral acompañe la lucha hasta antes de Aulden?
—Sí. —Connor ladeó la cabeza—. Es decir, yo sí lo haría, pero también depende de los demás. No puedo forzar a Milo, Nex y al resto a seguirme si no quieren.
—Tú avanza. Los que quieran hacerlo, lo harán.
Algunos se quedarían atrás, en busca de refugio. Pero la mayoría seguiría a Connor. Harald estaba seguro de eso. El doctor miró el mapa, algo cohibido.
—¿Entonces esto significa que tengo su aprobación? ¿Mi campamento es un sitio neutral y oficial?
Harald negó con la cabeza.
—Ya te lo dije antes. Yo no puedo hacer un pacto por otro príncipe. Si no estuviese a cargo de esta zona, se te habría ejecutado ya por traición. Y si se me da la orden de que te aplaste, la seguiré. —Harald señaló la botella sobre el mapa—. Este es el límite de mi jurisdicción. Hasta aquí puedo garantizar tu seguridad, siempre y cuando no llegue alguien superior a suplantarme. Si avanzas más allá de este punto, se te ejecutará. A ti... y a todos los traidores.
Connor vio que el príncipe tenía miedo. No por él, que había sido tan benevolente con un campamento traidor, sino por los soldados que tenía a su cargo y que habían pedido clemencia hacia el doctor y los vanirianos. Los guerreros de Harald bien podrían pasar por traidores y ser condenados por ley marcial.
—Está haciendo una apuesta muy grande, Alteza.
—Lo sé. Pero de verdad creo que la recompensa bien lo vale. —Harald extendió la mano. No podía hacer un pacto oficial, pero sí uno entre amigos. Connor se la estrechó con fuerza.
—Gracias. Yo tampoco puedo prometer que todos los aprendices seguirán adelante, pero sí prometo que yo lo haré. Haré todo lo que pueda para que nadie sufra en la guerra.
—Eso es inevitable, Connor. La guerra es sufrimiento, incluso para los que la ganan. —Harald sonrió—. Te tengo otra propuesta. ¡Conmemoremos este trato no oficial con un trago! Espero que tengas aguante.
Connor sonrió. ¿Aguante? ¡Claro que lo tenía! De los hijos de Darius, era el que más aguantaba la bebida, incluso más que Drake. ¡Ah! ¿Cuándo fue la última vez que bebió? ¡Ya no podía recordarlo! Harald destapó una botella, sirvió tres tragos, alzó su copa y...
... Leik y Yashin entraron a toda prisa a la tienda. El titán agarró a Connor debajo de un brazo, al aprendiz debajo del otro, y se quedó quieto en su sitio, mirando de un lugar a otro. Leik fue directo al príncipe. Tenía el rostro tan pálido y sudoroso como cuando le pidió a Connor que salvara a Harald.
—¡Alteza, Alteza, Alteza! —exclamó el soldado—. Acaba de llegar una comitiva. Son el príncipe Sin ¡y el General Montag!
Harald escupió el trago. Fue un géiser de licor y escupas.
—¡JODER!
Se asomó por entre los pliegues de su tienda. Los titanes y demás soldados se habían formado alrededor como un escudo, igual de tensos que Leik. Estaban asustados, porque querían defender a un simpático doctor traidor pero no tenían las agallas para hacerlo. No cuando uno de los nuevos visitantes era escalofriante desde la coronilla hasta la punta de los pies. Aún a la distancia, Harald vio que las filas se corrían al paso del General Sigfrid Montag. Harald cerró la cortina a toda prisa e inspiró por la nariz. Las piernas le temblaban.
—Oh, Dios —siseó el aprendiz de Connor, pálido y sudoroso como Leik—. ¿De verdad viene para acá? Escuché que puede oler vanirianos, ¿es cierto?
Harald se sacudió para quitarse de encima los escalofríos.
—Ja, ja. No hay de qué preocuparse. No nos hará daño. En todo caso, ¡hoy no hay ningún vaniriano!
En silencio le dio gracias a Dios de que Connor no hubiese traído aquel grolien que trataba como a un hermano, ni a los groliens y la arpía que se le habían unido como aprendices.
—Em... —murmuraron Connor, Yashin y el estudiante.
Harald siguió la mirada de los primeros dos, pues ambos observaron al aprendiz con los dientes apretados. El estudiante se estremeció; su rostro moreno y su cabello pelirrojo se oscurecieron con pelusilla; y sus ojos claros se oscurecieron hasta convertirse en dos canicas. Harald abrió la boca de par en par por dos segundos, para luego cerrarla con un castañeteo. El kredoa volvió a retomar su hechizo de transformación. Había sido lo bastante bueno como para pasar desapercibido por un príncipe, pero sería insuficiente contra el mismísimo Demonio. Harald se llevó la mano al puente de la nariz. Inspiró con fuerza otra vez y miró de nuevo a sus tres visitantes con decisión.
—Salgan por detrás de inmediato. —Agarró el primer libro que encontró sobre la mesa; escribió una nota a toda prisa y arrancó la hoja de un tirón antes de entregársela a Connor—. Por favor, dásela al oficial que puse a cargo de mis hombres en tu campamento. Sácalos de ahí antes de que sea demasiado tarde.
Connor tomó la nota. Era una orden de que evacuaran y se marcharan a toda prisa al borde de la zona neutra. El doctor se congeló por dentro. ¿Significaba esto que Harald daba por terminada la intervención aesiriana en el campamento neutral? Leik abrió la cortina que llevaba a los cuartos interiores de la tienda del príncipe. Desajustó una daga de su cinturón, para romper la tela en la parte trasera y sacar al doctor y sus amigos por detrás. Yashin ya le seguía el paso cuando Harald lo detuvo. El príncipe tenía la frente fruncida y el puño apretado sobre otra página arrancada. Se la dio a Connor como si se estuviera arrancando el corazón.
—Vete ya.
Mientras Yashin y Leik los sacaban de la tienda, Connor revisó la nueva nota de Harald. Iba dirigida a Donar, el centinela líder que estaba a cargo del lado vaniriano.

«Sigfrid Montag está aquí. Váyanse».

No era una amenaza. Era una advertencia.


Salieron justo a tiempo. En el momento en que Yashin cruzaba el corte trasero de la tienda, la entrada se abrió a unos pasos del príncipe.
—¡Harald! —gritó Sin—. ¿Qué es esta bienvenida?
Harald era un manojo de nervios. El príncipe saltó en su sitio y retrocedió hasta pegar las piernas contra la mesa de reuniones. Afortunadamente, sus familiares sabían que era tímido y hasta algo torpe, por lo que a Sin no le extrañó que reaccionara así.
—Ah, ¡Sin! —logró saludar con una voz más aguda de lo que calzaba con su apariencia—. ¡Pero qué alegría verte!
Sin cruzó los brazos sobre el pecho. La cicatriz con forma de lágrima que tenía bajo el ojo se arrugó en sintonía con sus labios fruncidos. La nariz se contrajo también con orgullo, aunque estaba algo enrojecida y ligeramente desviada hacia la derecha. Levantó la barbilla con su actitud pedante tan característica e irguió el cuello para mirar a Harald a los ojos. Comparado con el pelirrojo, Sin era un enano. La diferencia de altura era algo que Sin recriminaba en silencio, aunque Harald era consciente de ella. Sabía que su primo era odioso, arrogante y mandón; pero con todo eso, Harald lo amaba. Habían crecido juntos, como hermanos. Era consciente de los defectos de su primo, pero también de sus virtudes y debilidades. Sin bufó.
—Tus soldados tuvieron el descaro de cerrarnos el paso. —Levantó una ceja. Sus labios se curvaron con una sonrisa que era a la vez traviesa y algo desdeñosa—. Dijeron que tenías compañía, pero te conozco bien. No te atreverías a tener ese tipo de compañía y que toda tu tropa lo supiera.
El rostro de Harald ardió de la vergüenza. Si no fuese tan tímido, Sin se habría creído la excusa de los soldados y le hubiese dado unos minutos de gracia para preparar su mente al encuentro.
El príncipe rubio se adentró más a la tienda para despejar la entrada. Al instante lo siguió Sigfrid. Ni siquiera Sin, que era tan narcisista, las tenía todas consigo en presencia del General. Aunque Harald era más imponente que su primo, también era más reservado e inseguro. No importaba que pudiese mirar a Sigfrid a los ojos sin estirar el cuello; cuando estaba en su presencia, se sentía empequeñecer.
Esta vez no fue la excepción. Con sus ojos de hielo, sus hombros de montaña, su armadura dorada y hasta esa barba, Sigfrid era la antítesis de Harald: poderoso y seguro de sus talentos. Sin embargo, hasta el tímido Harald podía ver que algo no iba del todo bien con el porte de Sigfrid. Quizá era idea suya, pero le pareció que las mejillas del General se habían hundido debajo de la barba. Sus ojos también estaban algo irritados y por debajo tenían unas sombras de agotamiento.
—Príncipe Harald —saludó Sigfrid con una reverencia.
—General Montag.
Harald respondió con un asentimiento de cabeza. Aunque se sentía inferior a Sigfrid en todo aspecto, el protocolo de comportamiento estaba tan instaurado en él como su propia sangre. Como príncipe, sabía conservar su dignidad ante sus subordinados. Al menos en eso se parecía a Sin, aunque tenía más tacto que el príncipe rubio.
—General, ¿se encuentra bien?
Entre más lo veía, más seguro estaba de que Sigfrid estaba enfermo. Era un misterio cómo el General se las arreglaba para verse tan intimidante y poderoso aun cuando tenía el rostro ceniciento y, ¿qué era eso?, ¿canas? A esa distancia no podía asegurarlo, pero Harald creyó distinguir un par de hilos plateados entre la cabellera de oro. No tenía por qué sorprenderlo. Todo el mundo envejecía, hasta los demonios, pero ¿Sigfrid? Esa era la idea más antinatural que Harald había concebido jamás; incluso más disparatada que la ilusión de Connor de unir a aesirianos y vanirianos como iguales.
—Estoy bien, Alteza.
Sigfrid apretó los puños. Sus cejas se unieron un poco. Aunque mantuvo una voz modulada y cortés, Harald supo que lo había importunado con su interés. No le gustó que contuviera la respiración. Sigfrid siempre lo hacía cuando estaba enfadado, como si su interior preparase un huracán para liberarlo contra el mundo. Cuando el General volvió a aspirar, a Harald le gustó menos. El miedo le convirtió la sangre en hielo picado. Vio que las fosas nasales de Sigfrid se contrajeron como si hubiese respirado polvo o polen. El Demonio Montag miró las cajas con las botellas de jarabe. Miró el sitio donde el aprendiz había tomado el registro, y luego donde Yashin se había quedado helado, con Connor debajo de un brazo y el estudiante de otro.
Lo había olido. Harald no se lo podía creer. Sigfrid de verdad había olido al kredoa que acababa de escapar.
Los fríos ojos de Sigfrid se situaron en los de Harald. El príncipe dio gracias al Cielo de que la telepatía no fuese uno de los tantos dones del General. Aun así, estuvo seguro de que Sigfrid le leería en la expresión que el príncipe ocultaba algo.
Sin se aclaró la garganta y tomó asiento junto a la mesa de reuniones. Era un hombre que le gustaba ir directo al grano. Por eso el Emperador creyó que formaría buen equipo con Sigfrid.
—¿Recuerdas a la pitonisa?
El miedo que sentía hacia Sigfrid se transformó en un escalofrío. Harald todavía estaba incómodo y azorado, pero la causa de su malestar era el recuerdo de Zoe. ¡Esa chiquilla diabólica! No era que la odiase pero tampoco desbordaba amor por ella. Zoe, en realidad, se le parecía a Sigfrid. Y a Sakti. Los tres irradiaban un aura de maldad sobre ellos y cuanto les rodeara, y por eso les tenía miedo. Pero también respeto. Porque a pesar de ser un hombre inseguro y torpe, Harald era un Aesir. Y como todo buen Aesir, era también observador. Él veía con claridad que las maldades de Zoe, Sakti y Sigfrid no los consumían, sino que les daban herramientas para cumplir objetivos loables. No conocían el miedo a las consecuencias con tal de alcanzar sus metas. Con su poder, Sigfrid protegía y atacaba en nombre del Imperio. Con su astucia, Zoe vislumbraba un mejor futuro para su familia. Y Sakti, que era tanto poderosa como inteligente, protegía a las personas que guardaba en su corazón. Qué lástima que esas personas no eran su familia, sino los profetas. Harald sabía que fue por eso que su prima escapó de Masca.
De los tres, Zoe era la que menos miedo le daba, en especial ahora que ahora adulto. Pero de cachorro en Masca, la pequeña pitonisa le pareció la criatura más escalofriante del mundo después de Sakti. La manera en que miraba a las personas. Los libros, almohadones y tazas rotas o con té hirviente que lanzaba para apartar a sirvientes y príncipes por igual. Zoe siempre tuvo buena puntería, incluso mejor que los gemelos. A Harald lo pegó con un libro al menos doce veces, justo entre los ojos. En una de esas ocasiones incluso lo noqueó.
Así que claro, recordaba muy bien a la pitonisa.
—Necesitamos que hagas un retrato de ella. —Los dedos de Sin tamborilearon sobre la mesa, impacientes—. Tch. Entre más pronto la atrapemos, más pronto podremos terminar con todo esto.
Le explicaron la situación: la reconquista de la zona neutra, el hallazgo de los profetas y Dragones, y las huidas temporales de éstos. Zoe se les había escapado por el momento, pero sabían que estaba ahí afuera. Era solo cuestión de utilizar las herramientas adecuadas para encontrarla. Sin y Sigfrid describieron las versiones de la pitonisa que cada uno había percibido; junto a ellas, y los recuerdos del mismo Harald, el príncipe pelirrojo comenzó a esbozar un retrato.
Era un gran dibujante y pintor. En Masca su tío le había facilitado maestros de arte para satisfacer su talento, pero al final del día era un príncipe guerrero. Y los pinceles no tenían cabida en el campo de batalla. Aun así, Harald siempre llevaba consigo un diario de dibujo del que nadie sabía nada, con excepción de Sin. Por eso a Harald le gustaba su pedante primo: aunque era narcisista, motivaba a Harald a seguir dibujando.
—Si eres bueno en algo, ¿para qué suprimirlo? Tienes derecho a mostrarlo al mundo con la frente en alto —solía decirle Sin.
La inseguridad de Harald encontraba alivio en la certeza de su primo; aunque todavía carecía de la confianza necesaria para compartir sus esbozos con alguien además de Sin.
—Tomará un rato para que los retratos estén listos —apuntó Harald.
Los carteles de «Se busca» eran un asunto delicado. Si esbozaba la cara equivocada, los soldados y cazadores jamás encontrarían a la pitonisa o atraparían a otra mujer. Debía hacer por lo menos tres versiones para elegir la mejor de ellas. Sin chasqueó la lengua.
—Dios, ¡qué pérdida de tiempo! De entre todo lo que podía ponernos a hacer, ¿por qué tío nos asignó buscar a esa maldita insolente?
—Si por el momento tienen las manos atadas, ¿por qué no se suman a mi grupo?
Apenas lo sugirió, Harald recordó a Connor. Maldita sea. Había cometido un error. Si Sin y Sigfrid se quedaban con él, arrasarían con los grupos vanirianos que todavía estaban cerca, incluido el campamento del doctor. Aunque, pensándolo bien, si se apuraba en terminar el retrato y enviaba al príncipe y al General a continuar su misión, tarde o temprano escucharían rumores sobre el campamento neutral. Y entonces acabarían con él sin que nadie los detuviera.
Harald era un Aesir y, como tal, a veces manipulaba a su propia familia. Entre más cerca mantuviera a Sin y a Sigfrid, más lejos los tendría del buenazo de Connor.
—Subo al norte —continuó el pelirrojo, sin rastro de la turbación que acababa de pasar por su mente—. Tenemos motivos para creer que los vanirianos quieren atacar Tyr, y que llevan consigo mangodrias e hijos de Vanir.
Sin torció el gesto.
—No lo sé... Si la pequeñaja insolente fue al oeste, ir al norte es contraproducente. Su Majestad nos ordenó...
—Me parece razonable unirnos al príncipe Harald —interrumpió Sigfrid—. Su Majestad también va al norte. Si las fuerzas vanirianas llevan sus mejores armas en esa dirección, intervenir ahora es una medida de precaución que asegurará el bienestar del Emperador. En especial ahora porque él no está en forma para sobrevivir un ataque prolongado. Ya no.
Sin lo miró fijamente. Lo que Sigfrid decía tenía sentido, ¿pero era lo correcto? Eran muy altas las probabilidades de que tío Kardan se enfadara a lo grande por perder la pista de Zoe. Sin quería evitar enfadarlo a toda costa, pero tampoco quería enfadar a Sigfrid.
Y, por Dios bendito, el General ya estaba bastante enojado como para provocarlo más.
—¿Estás seguro? —preguntó una última vez. Sigfrid asintió.
—Tenemos a uno de los gemelos. Si la pitonisa quiere recuperarlo, tendrá que regresar a la vieja zona neutra para encontrar al grupo de Enlil. Y para regresar, tiene que pasar primero por zona aesiriana. Con un cartel de «Se busca» podemos dejar la cacería a otros, mientras nos concentramos en la protección de Tyr.
—Bien. Queda decidido. —Los dedos de Sin todavía tamborileaban sobre la mesa. El príncipe miró a Sigfrid con una orden en los ojos—. Monta tu tienda y prepárate para esta noche. Si nos unimos al grupo de Harald, haremos nuestra parte bien. Le ayudaremos a cazar a los vanirianos cercanos mientras duermen.
Sigfrid se golpeó el pecho e hizo una reverencia.
—Entendido, Alteza.
Salió de la tienda con el ceño perpetuamente fruncido. Los primos escucharon sus pasos metálicos y los jadeos contenidos de los soldados mientras abrían campo para dejarlo pasar. Harald supo que sus hombres tuvieron miedo de que Connor no hubiese tenido tiempo de escapar, y que el General saliera con su cabeza en una mano y la espada en la otra para matarlos a todos por traición. Él también estaba algo asustado, aunque la tensión del primer encuentro remetía lentamente. En parte porque Connor había escapado a tiempo, pero también porque sabía que Sigfrid no las tenía todas consigo.
Miró a Sin. El príncipe rubio tenía los codos sobre la mesa, y la barbilla apoyada sobre los dedos entrelazados. Él también estaba al tanto de la situación de Sigfrid. Por eso lo había mandado a descansar ahora bajo la excusa de trabajo nocturno.
—¿Qué le pasa? —preguntó Harald.
—Creemos que es la luna carmesí. En la luna anterior apenas se podía mover. Y ahora que se acerca otra luna llena, parece que se pondrá peor. —Sin agitó la cabeza—. Él nunca ha sido de dormir mucho, pero ya lleva una semana sin pegar ojo. Y está tan irritable...
—Todos estamos irritables —Harald señaló la mesa, que tenía las marcas de las uñas de Sin después de que tamborileara con tanta ansiedad.
—Pero con él es diferente. Él es un mago de luna. Desde siempre hemos notado que la luna llena le empeora el humor y le da más poder. Pero ahora... Ahora no lo sabemos. Su temperamento está peor que nunca. Pero su salud también.
Sin miró a Harald con una sombra de pánico.
—¿Te has puesto a pensar qué significa la luna carmesí? Yo sí. Creo que la luna se está desangrando. Creo que la luna se está muriendo.
«Y si ese es el caso», dijeron los ojos asustados de Sin, «¿entonces qué está pasando con Sigfrid? ¿Está muriendo también?». La noción golpeó a Harald con un relámpago de incredulidad. Aún más disparatado que el campamento neutral de Connor, o las hipotéticas canas de Sigfrid, era la idea de que el General muriese.
«Un mundo sin Sigfrid», pensó Harald, «ha de ser un mundo sin luna». El pelirrojo miró las botellas de jarabe, alineadas en las cajas de madera. El jarabe era rojo, como la infame luna. Y quizá era también la medicina que Sigfrid necesitaba con tanta urgencia.



"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
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