¡Sigue el blog!

Capítulo 21

21
FIN DEL CAMINO


El tren avanzó sin contratiempos rumbo al Norte. El grueso de las tropas se quedó atrás, enfrentando la avanzada vaniriana. Los príncipes mascalinos y los de las Arenas se quedaron a cargo, mientras el Emperador y sus Generales subían a Tyr. Con tregua o sin ella, Kardan estaba decidido a que Sigfrid pasara la luna llena bajo llave, por decirlo de alguna manera.
La Capital del Norte se alzó delante de ellos al segundo día de viaje. Sus murallas eran menos imponentes que las de Masca, pero mucho más coloridas. Talladas en jade, parecían una extensión de la pradera verde y floreada delante de la ciudad; o, mejor aún, parecían un bosque cuyos árboles culminaban en torres de vigilancia. Al fondo de la ciudad se perfilaba la silueta lejana de una montaña, de un tono tan pastel que se confundía con el azul del cielo. Lo único que teñía ese paisaje adorable con un tinte de desagrado era el ojo entreabierto de la luna, que ya marcaba el cielo con su presencia sangrante. Por suerte era de día, cuando su tenue resplandor pasaba desapercibido. Pero dentro de unas noches, cuando el ojo se abriera por completo, todo se vería rojo.
En medio de la ciudad se alzaba el templo. Era una columna alta que sobrepasaba las murallas hasta casi tocar las nubes. Era también de jade, pero con incrustaciones en diagonal que bajaban por los bordes y que soltaban destellos naranjas y blancos con la luz del sol. Pese a ser una ciudad capital, Tyr no tenía palacio. Pero ¿qué importaba? La grandiosidad de ese templo, alzado en un mar de jade, justificaba la ausencia de todo lo demás.
«Nunca vi tanta belleza», pensó mientras asomaba medio cuerpo a través de la ventana, como si fuese un niño. Se repetía esas palabras siempre que veía una ciudad o un paisaje nuevos, porque la mayoría de las veces era cierto. Durante toda su juventud y su vida adulta vivió preso en el Palacio de Masca. Era el amo y señor de dos continentes, pero no había visto ninguno de sus encantos. Hasta ahora.
Apretó el puño oscurecido. No le dolía. Hacía mucho que había dejado de sentir el calor de una mano cuando le rozaba la suya, o el frío de una espada si ponía la palma contra el filo. Pero no importaba. A cambio de ver por fin el mundo, ¡su mundo!, estaba dispuesto a pagar toda la sensibilidad que le quedaba en el cuerpo.
—Estoy agradecido —murmuró—. Jamás creí que vería todo esto antes de morir.
Sigfrid y Enlil guardaron silencio en el vagón. Aunque Kardan era más joven que los dos, se ganó su sitio en el grupo de «ancianos agotados y con miles de remordimientos». Sus comentarios sonaban fatalistas en los oídos de su hijo y sobrinos —por lo cual se abstenía de hacerlos en su presencia—, pero para Enlil y Sigfrid sonaban a verdad. Eran los hechos. Al Emperador no le quedaba mucho tiempo.
—Majestad, ¿qué tanto ha avanzado la marmorización? —preguntó el Segundo General. Los hombros de Kardan bajaron.
—Todo el brazo derecho y la espalda. Ya llegó al hombro. Creo que también al pecho. —El Emperador levantó la mirada al cielo. Su cabello negro ondeaba arrastrado por la brisa, fuera de la ventana—. Si fallo en expresarlo, por favor den las gracias a mis sobrinos y a mis primos del desierto por su excelente trabajo. Si no hubiesen cubierto los pueblos de mármol ni reconectado las conexiones sincrónicas de una región a otra, jamás habría visto esto. Jamás habría salido de Masca.
—Lo haremos, Majestad —prometió Enlil.
Era una pena que el Emperador se conformara con estos vistazos a las regiones Este y Norte, cuando había muchísimo más en un mundo tan amplio. Los riscos cubiertos de hielo de las montañas Ka. Las arenas de colores en el desierto. La vasta extensión de la Planicie. El mar.
El Emperador retomó su lugar y cerró la ventana. El tren cruzó la puerta de la muralla. La oscuridad se los tragó mientras cruzaban los treinta metros de grosor del muro. El resplandor del día los saludó de nuevo, ya dentro de la ciudad. Si hubiesen estado en Masca, la única muralla que habrían visto sería la que acababan de cruzar. Las demás se perderían a la distancia hasta fundirse con el horizonte, pues la Capital era más extensa de lo que el ojo podía cubrir. En cambio, las murallas de Tyr se miraban alrededor. Eran como el fondo de una botella de vino, pues encerraban a la ciudad en un círculo perfecto teñido de verde. Para alguien acostumbrado a ver calles, edificios y casas blancas cada vez que se asomaba por el balcón de Palacio, Tyr era una explosión de color. El Emperador apenas pudo reprimir una carcajada.
El tren bajó la velocidad. En los últimos tramos vieron las plazas de combate que se alzaban entre la muralla sur y el templo. Tyr había sido invadida tantas veces que los arquitectos propusieron derribar las casas y edificios de esa sección para dejar espacio suficiente para armar formaciones de combate que lucharan a sus anchas cada vez que los vanirianos superaran la muralla. Al norte de Tyr se alzaban las zonas residenciales y comerciales. A la distancia parecían casas de muñecas.
El andén estaba entre las plazas de combate. De ahí tuvieron que cabalgar hasta el templo, aunque lo hicieron a trote. El Emperador quería ver cada detalle de Tyr, pero, más importante aún, Sigfrid necesitaba el viaje tranquilo. El Primer General no se quejaba, pero todavía era evidente para sus amigos que se sentía mal. Más que el calor del sol, sentían el calor que emanaba del cuerpo de Sigfrid. «Estará mejor dentro. En los pisos inferiores no entra ni un rayo de luz, y en el interior del templo todo está más fresco».
La torre estaba conectada a las plazas de combate y a las zonas residenciales a través de cuatro avenidas, semejantes a las que conectaban el Palacio de Masca con el resto de la ciudad. A medio kilómetro de distancia a la columna, las plazas dieron lugar a un campo floreado. Las flores pintaban el paisaje con motas amarillas, púrpuras, azules y fucsias. Era una extensión de la pradera afuera de Tyr. No cumplía ninguna función militar, pero al Emperador no le importó. Agradeció ese nuevo destello de lindura y al encargado de un adorno tan caprichoso.
Una vez dentro del templo, lo primero que hicieron fue buscar la habitación más adecuada para que Sigfrid pasara la luna llena. Fue en extremo sencillo, porque el sacerdote encargado ya había hecho los preparativos para recibir al Emperador y los Generales.
—Me sabe mal tener que quedarme aquí cuando todos los demás siguen en combate —se quejó al fin Sigfrid, mientras los acompañaba a la salida del templo. El Emperador sonrió.
—Durante la luna llena no habrá combate. Habrá tregua. Además, tu estadía aquí desalentará a los vanirianos de pasarse de listos y subir durante la tregua hacia Tyr.
—En todo caso no podrían hacerlo sin violar el pacto —apuntó Sigfrid, malhumorado—. No tienen suficientes castillos flotantes para llevar a todos. Solo podrán subir a pie o tomando a la fuerza el tren en Aulden.
Como era inevitable, Sigfrid y Enlil empezaron a conversar sobre las posibles tácticas vanirianas y cuáles serían las mejores estrategias para enfrentarlos. El Emperador los escuchó en silencio, aunque su atención se dispersó. Le pasaba cada vez que estaba en una estructura sincrónica compleja, como los trenes o las ciudades. Su mente volaba en todas direcciones, leyendo los datos suministrados por las conexiones sincrónicas.
Apretó el puño derecho, en donde tenía incrustado el núcleo que Connor le instaló hacía 50 años. Le constaba que el muchacho no lo sabía. Todo lo que hizo fue recargarlo con los puntos de presión y ofrecerle el núcleo que la Emperatriz de Edén confeccionó para él, y que Sakti cargó con su magia. La sincronización con Masca debió de haberlo matado. La Emperatriz del desierto lo sabía mejor que nadie, pues ella conocía los secretos de las ciudades sincrónicas. Fue la ingeniera de muchas de ellas y había experimentado también la unión con Masca. A sabiendas de que el Emperador estaría en las últimas tras el despliegue del escudo de sombras –la máxima defensa de la Capital– le obsequió el más atrevido de sus experimentos.
Un corazón.
El núcleo le facilitaba la sincronización con varias estructuras a la vez, pues manipulaba la energía como el cuerpo del Emperador no lo habría conseguido antes sin freírse. Gracias a ese núcleo todo lo que necesitó fue la ayuda de los príncipes para reparar las conexiones sincrónicas de una región a otra, y así salir de Masca a terminar el trabajo que empezó con la manipulación de su hermana. Así podría él mismo empujar a sus sobrinos al pozo de la Profecía para que cumplieran con su destino.
El precio, sin embargo, era su vida. En los primeros años, el núcleo le dio una fuerza de sincronización tremenda. Pero el enlace comenzaba a fallar. Porque, al fin y al cabo, su cuerpo era de carne y no de hueso marmorizado, como el de la Emperatriz de Edén. Ella tenía un único núcleo a modo de corazón, mientras que Kardan tenía el núcleo en la mano y un corazón de carne en el pecho. La Emperatriz era una herramienta más de Edén, ¿pero qué era Kardan? Un cuerpo orgánico era incompatible con la sincronización a largo plazo. Por eso todos los Aesir, tarde o temprano, morían exhaustos en un centro de control. El núcleo que le obsequió la Emperatriz, ese nuevo corazón dado a él para apoyar al que todavía latía en su pecho, comía su cuerpo. Lo convertía poco a poco en algo que pudiera manipular, como una ciudad o un tren. Lo convertía en una herramienta más.
Al principio no se preocupó porque ¿qué diferencia podía suponer? Su piel solo se convertiría en mármol negro. Gran cosa. Pero luego sintió el cambio por debajo de la piel. Su sangre también mutaba. Todavía era roja, pero a veces se oscurecía. Y ahora que la marmorización había subido hasta el hombro, podía sentir que se expandía por sus pulmones. A veces era difícil respirar. A como iba, ni siquiera podría convertirse por completo en un ser de mármol. Si el corazón de su pecho se transformaba en una roca él moriría. Al fin de cuentas, no era una herramienta como los Fafnir, las Ehko o las Imago. Era mortal. No importaba si tenía un corazón de mármol en la mano.
«Alerta», lo avisó la sincronización, «presencia desconocida». El Emperador levantó la cabeza, sobresaltado, pero los Generales no le prestaron atención. Sabían que el monarca estaba perpetuamente sincronizado y ya se habían acostumbrado a esos sobresaltos ocasionales. Kardan buscó la presencia desconocida en Tyr, pero la ciudad no le reportó más datos. Tyr era caprichosa y difícil de complacer. Sin los códigos de sincronización adecuados, ni siquiera él podía acceder a todas las funciones de la ciudad. Todo lo que tuvo fue una corazonada.
Aunque el templo de Tyr era ridículamente extenso y pretencioso, solo tenía los cuartos de servicio de los sacerdotes, sacerdotisas y los aprendices, así como las habitaciones dedicadas a la Nobleza Militar y a la Realeza. Todo eso estaba en el primer piso, en las alas oeste y sur. En el ala norte estaba el templo en sí, que daba a una plaza pública para que los habitantes se reunieran en los festivales religiosos o para que ingresaran a los servicios de oración. En el ala este estaba la escalera hacia los siguientes niveles, que estaban desocupados salvo los sarcófagos. Aunque los aesirianos evitaban enterrar a sus muertos cerca de los templos, Tyr era la excepción. Esa alta columna de hierro, plata y jade era el cementerio de soldados condecorados, ciudadanos ejemplares y, principalmente, la familia militar del norte, los Kèrmiac. Aparte de los novicios encargados de la limpieza, el ala este pasaba desocupada. La única excepción era cuando los sacerdotes realizaban visitas guiadas a los viajeros curiosos.
De allí sintió la presencia desconocida.
Con un gesto de la mano, pidió a sus Generales que lo dejaran a solas. El Emperador fue hacia el ala este, hasta al pie de las escaleras. En el primer descansillo vio el dobladillo de una falda y un par de pies enfundados en botas que subían a toda prisa. El corazón le dio un vuelco en el pecho. El núcleo en su mano le lanzó una pequeña descarga de emoción.
—¡Espera!
Subió a toda prisa los escalones, sin saber lo que encontraría. La espada a su cintura le golpeó las piernas mientras ascendía. Al fin, la figura se detuvo dos descansillos por encima de él. Al levantar la mirada, vio a la profetiza asomada a la baranda. «¿Qué hace aquí?». Sin y Sigfrid estaban encargados de su búsqueda. Seguro que el General se arrancaba todo el pelo de la frustración si Zoe se le escapaba ahora que estaba en el mismo edificio que él. La profetiza le soltó una sonrisilla despectiva, como diciendo «Sube de una maldita vez». Luego se perdió por las escaleras.
La siguió, anonadado. Ni se le pasó por la cabeza llamar a Sigfrid para que atrapara a su presa. La perdió dos pisos más arriba. No escuchó sus pisadas, ni vio el borde de su falda ni percibió rastros de su olor o de su calor. Todo lo que vio fueron las paredes tapizadas con lápidas de ébano. Allí solo se sentía el frío de los muertos.
«Presencia desconocida», repitió la sincronización. Aparte de las escaleras, ese descansillo tenía acceso a dos pasillos. Uno estaba alumbrado por la luz del día, que se colaba por los ventanales. El otro estaba sumido en sombras. El Emperador entró a este. Cuando la penumbra empezó a tragárselo, las paredes alumbraron por sí mismas. Sincronización automática. Otra ventaja de tener un núcleo pegado a la mano. Pasó delante de decenas de tumbas de los Kèrmiac. El pasillo estaba bien cuidado, sin rastro de polvo, telarañas o suciedad. Cuando llegó al final del pasillo se topó con una pequeña galería. El techo era bajo, pero circular y adornado con relieves que describían la Profecía. Al fondo había una puerta de hoja doble, coronada por un cinto tallado al relieve. Si era un mausoleo, no tenía nombre.
Empujó las puertas pero no pudo abrirlas. Confundido, se inclinó para ver si estaban cerradas con llave pero no tenían cerrojo. Ni siquiera manilla. Empujó otra vez, pero las puertas estaban firmemente cerradas.
—Necesitan una llave —dijo una voz detrás de él. Kardan dio un salto.
Aunque Tyr era difícil de sincronizar, le habría avisado que alguien rondaba cerca. Al girarse, vio a Zoe apoyada contra la pared de la galería. La muchacha le señaló el suelo.
—Pon la llave. Será lo mismo que lanzarlos al pozo.
En el piso, unos pasos detrás del Emperador, había un círculo tallado con cincel. Tenía el tamaño de un escudo, pero estaba tan pulido que pasó desapercibido al principio. Además de la circunferencia, tenía una ranura justo por la mitad. Dubitativo, se acercó. Era un cerrojo gigantesco. Miró a Zoe, en busca de respuestas.
—¿Estás aquí?
—No. Estoy en un sitio seguro, lejos de ti. A salvo.
Al mirarle los pies, vio que Zoe no proyectaba sombra. La profetiza miró el cinto sobre las puertas dobles y dijo:
—Pon la llave y vete. Que ellos decidan abrir la puerta o dejarla cerrada. Será la última bondad que les darás. Quizá será la única que les habrás dado en toda la vida.
El Emperador siguió la dirección de su mirada. El cinto que él vio desposeído de toda inscripción decía ahora:

«Sakti Allena Aesir II, Primer Dragón — Traicionadas y rotas.
Adad Aesir VI, Segundo Dragón — Locos y destrozados.
Marduk Jillian Aesir I, Tercer Dragón — Enamorado y olvidado».

Supo, horrorizado, que veía el mausoleo de sus sobrinos. Supo que esa sería la tumba en dónde él mismo echaría sus huesos, todavía unidos a su carne cálida. Todavía vivos. Aulló despavorido. Por primera vez tuvo una prueba real de lo grave de su traición. Mataba a los hijos de su hermana. Los había traicionado y roto. Los había vuelto locos y los había destrozado. Los había convertido en despojos olvidados.
Escuchó pasos apresurados detrás de él. La sincronización le hizo saber que eran Sigfrid y Enlil, alertados por su grito. Apenas pudo componer el rostro para ordenarles que atraparan a Zoe. Pero cuando se giró a ellos, la profetiza ya no estaba. Se había desvanecido porque en realidad nunca estuvo ahí.
Ignoró las preguntas de sus Generales. Todo lo que había en su mente eran las inscripciones de las tumbas de sus sobrinos, así como la voz de Zoe, tintineante y triste. «La columna de luz se alzará en el norte», susurró la profetiza desde donde fuera que estuviera. «La llave tatuada con los nombres de los que esperan abrirá la última puerta a un pasado que no pasó». Las preguntas y suposiciones de los Generales callaron cuando Kardan sacó la espada que llevaba al cinto. Clavó a Gungnir en la ranura de la cerradura, pero no le dio la vuelta. Sus sobrinos girarían la llave cuando llegara el momento. Y cuando lo hicieran, leerían los nombres de todos los Emperadores que esperaron con fervor y devoción a que la luz de los Dragones salvara el mundo.
El nombre de su tío sería lo último que verían antes de marchar al pozo de luz y tinieblas. Jamás sabrían lo arrepentido que estaba por tener que traicionarlos. Jamás conocerían los límites de su remordimiento y tristeza. Jamás descubrirían lo mucho que los amaba en su débil corazón.

****

Miró exasperado la hoja de papiro que se agitaba burlona en las ramas del árbol. Estaba atrapada en lo alto, pero estaba alegre y a salvo. Era libre del príncipe. Kardan rechinó los dientes. Miró a uno y otro lado para asegurarse de que nadie le prestara atención. Por suerte, todos los aprendices y heridos estaban ocupados en lo suyo. Gracias a la capucha, ni sabían que el perdedor debajo de un árbol era el príncipe heredero. Evaluó el árbol como si se tratara de un Hijo de Vanir. Se aseguró una vez más de que nadie le prestara atención y trepó. O en todo caso, lo intentó.
Saltó a la rama más próxima. Apenas la agarró con el reverso de los dedos. Logró cerrar los puños alrededor pero se quedó inmóvil, suspendido en el aire, sin saber qué más hacer. Nunca había trepado un maldito árbol. ¿Se alzaba con los brazos o cerraba las piernas alrededor del tronco? Para estar seguro decidió hacer las dos cosas al mismo tiempo. Alzó la cabeza hasta rozar las otras ramas y se afianzó al tronco con toda la fuerza que tenía en las piernas. Estiró la mano derecha a la siguiente rama, con éxito. Se permitió una sonrisa. ¡Trepar no era tan difícil como imaginó! Miró el pergamino, todavía burlón entre las ramas. Kardan estiró la otra mano para agarrarse de la siguiente rama y liberó las piernas para auparse a la primera. Pero la rama que agarró con la mano izquierda era muy delgada y se rompió por el peso. Sin la mano derecha o las piernas sujetas, el príncipe cayó de espaldas como un saco de papas. El aire salió disparado entre sus dientes con un bufido grave. En medio del dolor, escuchó la vibración del aire contra el papiro. Sonaba como una carcajada. Kardan apretó los dientes, frustrado. Una sombra lo cubrió.
—¿Está bien?
Al abrir los ojos, vio a Sakti. Sus ojos y cabello grises eran idénticos salvo que... No. Esos ojos se veían mucho más inocentes y puros. No era la princesa. Era el híbrido que Connor llamaba su «herborista». ¡Qué chiste! Adolorido y orgulloso como era, Kardan se sentó y se cubrió mejor el rostro con la capucha. No sabía si era más vergonzoso hacer el ridículo delante de los vanirianos o de los krebins, pero decidió que ninguno de los dos era bueno.
Ceniza se apartó para darle campo suficiente a que se levantara. Alzó la mirada al árbol y vio la hoja que Kardan intentó rescatar. Sin decir palabra, el krebin dejó sus libros y paquetes de hierbas en el suelo y trepó al árbol. Sorprendido, Kardan lo vio aferrarse al tronco como si fuese una lagartija. Alcanzó la rama más baja en silencio y se levantó sobre ella con la gracia de un bailarín. Sus pies ligeros caminaron de puntillas sobre ella, a la vez que Ceniza estiraba un largo brazo hacia el papiro. Kardan entrecerró los ojos. ¿Fue idea suya o más bien fueron las ramas las que se estiraron hacia el brazo del krebin? «Es el viento», pensó al tiempo que la hoja silbaba otra vez por la brisa pero ya a salvo en la mano de Ceniza.
—Muy bien, la tienes —concedió Kardan, picado—. Ahora por favor dámela.
Ceniza asintió muy obediente. Antes de bajar dio un vistazo al papiro. Jadeó tan impresionado que por un momento pareció que se quedó sin aire y se caería de espaldas. El viento sopló otra vez y las ramas le sostuvieron la espalda justo a tiempo.
—¡Qué bonita! —exclamó maravillado. Ceniza se dejó caer y aterrizó al pie del árbol con la gracia de un gato. Sostenía con ambas manos la hoja. Sus ojos estaban fijos en la superficie—. ¿Es su novia?
Kardan se sintió sonrojar de la coronilla hasta las puntas de los pies. No sabía que eso era posible, pero lo hizo. Estiró una mano para quitarle el retrato a Ceniza, pero el krebin giró sobre los talones, embelesado, y burló al príncipe. Kardan trastabilló. Estuvo a punto de caerse de narices, pero logró mantener el equilibrio y devolverse al krebin. Ceniza lo evadió de nuevo con un giro.
—¡Qué bonita, qué bonita, qué bonita! —canturreó mientras giraba sobre sí mismo, como un trompo—. Es ideal para usted. Sí, sí que lo es. Es perfecta para un príncipe. Aunque... —Ceniza dejó de dar vueltas y quedó frente a Kardan—. Aunque no creo que usted sea perfecto para ella.
Fue como un relámpago. Kardan se sostuvo al árbol, herido en lo más profundo de su ego y su corazón. Una cosa era sospechar que era demasiado orgulloso, envidioso e imperfecto para Zoe. Pero otra muy distinta era que un krebin con la mirada de un niño viera a través de él y diera justo en el blanco.
—Ceniza, ¿qué haces? —llamó Connor.
El doctor se encaminó hacia ellos. Llevaba una tablilla con decenas de hojas sujetas con una prensa. Eran los perfiles de los pacientes. Ceniza saltó como un cachorrito ante su amo. Pero cuando iba a salir corriendo hacia Connor, se quedó inmóvil. Detrás del profeta venía un hombre de cabello castaño. Kardan apenas lo notó. Toda su atención estaba en el retrato que sostenía Ceniza, cada vez más cerca del doctor. Extendió el brazo a toda prisa y por fin arrebató el retrato. Lo apretó contra su pecho de manera protectora, avergonzado de que Connor descubriera que escondía el dibujo de Zoe.
Ceniza miró con un puchero a Kardan, mientras que Connor esbozó una sonrisa burlona.
—¿Qué pasa, príncipe? —lo picó—. ¿Por qué anda tan tímido, eh? Si hoy no lo voy a pinchar con ninguna aguja.
Kardan se encogió de hombros. Detestaba las agujas. Connor lo había pinchado como doce veces para sacarle toda la sangre mala y lo pinchó otras dos veces más para darle transfusiones. Tenía el brazo y la pierna herida tan moreteados que parecía recién sacado de un centro de control sincrónico.
—¿Cómo sabías que soy yo? —preguntó mientras se ajustaba más la capucha. ¿Qué haría si los vanirianos descubrían que el heredero había regresado para su chequeo médico?
—Solo lo supe. Intuición. —Connor miró al hombre detrás de él. Fue breve, pero a Kardan le pareció ver un rictus de disgusto en la cara bonachona del doctor—. Marvin, hoy practicarás la extracción de sangre con él.
—¡Eh! —se quejó el príncipe—. ¡Dijiste que no habría agujas!
—Dije que yo no lo pincharía. El que hará el trabajo sucio será Marvin. —El aprendiz sonrió y bajó la cabeza como saludo.
—Mucho gusto.
Kardan soltó un bufido y se quitó la capucha. Tenía muchos defectos, pero era un hombre civilizado. Saludaría como tal.
—Gracias. El gusto es mío.
Extendió el brazo para ofrecer un apretón de manos breve, pero el aprendiz no se movió. Al verlo a los ojos, vio que tenía las pupilas dilatadas. En los irises rojos tenía delgadas rayas doradas. Parecían ojos de lava. Kardan apartó la mano y retrocedió. El aprendiz no era aesiriano, sino vaniriano. Miró a Connor con expresión chispeante, pero el doctor giró los ojos al príncipe y al aprendiz.
—Suficiente los dos —los regañó—. Los aprendices de ambos bandos curan a miembros de ambos bandos. Son las reglas. Además —añadió con una sonrisa— estamos de tregua. Por hoy podemos portarnos bien, ¿de acuerdo?
—Es un príncipe —siseó Marvin—. El heredero. ¿Por qué está aquí? Nunca dijiste que estuviese aquí. Nos engañaste.
—No he engañado a nadie —el entrecejo de Connor se arrugó. En un rostro tan dulce como el suyo, el gesto resultó extrañamente peligroso—. Solo cuidaba a mi paciente. Y si sabes lo que te conviene, te comportarás. Los dos lo harán.
Marvin se forzó a sonreír pero Kardan no pudo. Si hubiese sido el grolien amigo de Connor, lo habría intentado. Pero la expresión y la postura de Marvin eran de todo menos confortantes. Parecía una serpiente sonriente lista para morderlo en la yugular. Ceniza estiró un brazo hacia el príncipe, quizá para confortarlo. No tenía nada de amenazador, pero apenas lo rozó Kardan lo apartó de un manotazo, con los colmillos expuestos. Además de la luna roja que se asomaba en el cielo, Marvin lo puso todavía más nervioso.
Connor gruñó. Su cejo se frunció de nuevo. Kardan maldijo para sus adentros, porque el doctor no se tomaba a bien que se despreciara a sus amigos. Además, él también era aesiriano y la luna de sangre le ponía un humor de perros.
—Marvin, puedes retirarte. No has hecho nada malo como para tener que soportar a un paciente tan desagradable. —Connor tomó el maletín que llevaba el aprendiz—. Yo me hago cargo.
El estómago de Kardan se encogió cuando el doctor sacó una jeringuilla extractora. Tenía la punta más gruesa que las jeringas comunes, pues la sangre envenenada era más espesa. Una mirada bastó para que Kardan se sentara al pie del árbol. Otra mirada bastó para que Marvin se marchara. Incluso cuando se fue, el príncipe todavía sentía su presencia alrededor.
—¿Qué? ¿Ni siquiera me atenderás en una tienda?
—En una tienda no habría testigos a su favor —sentenció Connor con los ojos fijos en los de Kardan. Como el doctor mantuvo la mirada sin parpadear, el príncipe supo que ese chequeo dolería mucho.
Subió el pantalón hasta la altura de la herida. Connor desvendó a toda prisa, desinfectó e inyectó antes de que Kardan pudiera prepararse. Aparte del punzón, le desagradaba el sonido que hacía la sangre mala al salir de la herida. Kardan cerró los ojos para no verla, pero se la imaginaba como una babosa negra que entraba a chorros espesos y desagradables al tubo de la jeringa. Sentía la succión mientras Connor jalaba el émbolo. Semejante cuadro era capaz de revolverle las tripas a cualquiera. A Kardan no le entraba en la cabeza que alguien estudiara medicina para ver día a día escenas así o más nauseabundas.
Al fin la presión en la pierna se liberó. En lugar de sangre negra, el tubo empezó a recibir sangre roja. Connor retiró la jeringa y aplicó sobre la herida una pasta de hierbas y gasa que Ceniza estuvo haciendo junto a él. Estaba helada y sabrosa. Kardan soltó un suspiro de auténtico alivio.
—Gracias.
—A mí no me las tiene que dar. —Connor soltó el tubo de la inyección y desechó la jeringa—. Planeaba pasarle alcohol y nada más.
Decía la verdad, porque ya tenía el algodón y el alcohol listos para entrar en acción. Solo le aplicó la pasta para no desperdiciar el esfuerzo de Ceniza. Kardan giró los ojos.
—De acuerdo, de acuerdo. No me comporté muy bien al apartar al krebin. Pero en mi posición, no puedo dejar que nadie se me acerqué así porque así. Estoy seguro de que lo comprendes. —Connor ni siquiera se dignó a mirarlo.
—Eso no sonó a disculpa.
—De acuerdo. Lo siento.
—No a mí, bruto. A quien ha ofendido.
Kardan miró al krebin, encogido de hombros y acongojado, y luego a Connor.
—Ya me he disculpado contigo —dijo perplejo—. ¿No es así como se hace cuando se ofende a un amo por el trato hacia su esclavo?
—¡Ceniza no es mi esclavo!
—... ¿Entonces qué es?
—¡Mi amigo! —Connor soltó un suspiro—. ¡Y yo que pensaba que Allena era rara! Ustedes los Aesir son extraños. Les cuesta mucho entender que la amistad no tiene límites de raza. Pensé que con el tiempo usted lo entendería. Allena y Adad lo hicieron. Ellos se llevan bien con mis amigos y vecinos vanirianos.
Por no hablar de su tío y tías híbridos, claro.
—Una vez tuve un amigo humano —confesó Kardan. Connor lo miró con curiosidad—. A mi padre no le agradaba.
—... ¿Murió?
—Sí. ¿Allena nunca te habló de él? Ella me lo presentó.
—Allena nunca habla de sí misma.
Connor guardó silencio. Aunque Sakti y Kel podían estar juntos en una misma habitación, no eran grandes camaradas. La princesa tampoco se llevaba excepcionalmente bien con Vash, Miriam y las demás. De hecho, no congeniaba con casi nadie. En una habitación llena de gente, la princesa pasaba inadvertida en un rincón. En ese sentido, se parecía bastante a Ceniza. Cuando se lo proponían, eran un par de fantasmas. Connor había llegado a la conclusión de que aunque Sakti carecía del carisma de Adad tampoco era antipática. Al contrario, resultaba una compañía silenciosa y relajante. Todos los profetas se sentían a salvo y completos cuando ella estaba en casa. Pero era una mujer reservada que no hacía amistad con facilidad. Connor desconocía si Sakti tendría otros amigos además de ellos. Lo más probable era que no. Por eso no podía imaginar a Sakti con un amigo humano. ¿Cómo lo habría conocido?
—¿Era agradable?
—Sí, mucho. Solía visitarlo en la mansión de tu abuelo. Mark sembraba jardines, yo lo miraba y Allena le servía té. —Sonrió. Qué agradables eran esos recuerdos—. Mark le sacaba a Allena las sonrisas más grandes que haya visto jamás.
—¡¿Allena sonreía?! —Connor saltó hacia Kardan, con los ojos chispeantes de curiosidad. Ya no era el doctor enojado, sino un chiquillo delante de una maravilla—. ¿Sonreía de verdad? ¿Cómo era? ¿Se veía bonita? ¿Era feliz?
Kardan se mordió los labios. Sí, Sakti fue feliz. La princesa que derribó la Torre del País de Hielo, la princesa que liberó una ciudad militar y derrotó al come-almas, fue feliz junto a Mark. Quizá fue la única vez que Sakti fue feliz de verdad. «Y nosotros le arrebatamos eso».
Mark fue su amigo, su primera ventana a un mundo más allá de la crueldad perfecta de los aesirianos. Aun así lo dejó morir porque tuvo miedo de desobedecer a su padre. Tuvo miedo de no ser el hijo perfecto que seguía las indicaciones de su Emperador. Sacrificó a Mark, a su primer amigo fuera de la familia, para alcanzar la Profecía que era ahora un destino incierto. Sin el perdón y la colaboración de Sakti, los aesirianos estaban tan condenados como desde el primer día de la maldición de Dios.
La única razón por la que Kardan superó la muerte de Mark fue porque el mensajero saltó. Subió a la baranda. En lugar de extender las manos a Sakti, se dejó caer de espaldas a su perdición. Él mismo le dijo a Enlil que moriría en la fiesta de la Estrella Púrpura. La muerte de Mark fue tanto decisión del Emperador como del mismo mensajero. Pero las causas de esa decisión eran algo que se salía del entendimiento del príncipe. ¿Por qué Mark sacrificaría la vida feliz junto a la mujer que amaba? Porque la amaba. Kardan lo vio en todas esas tardes de té. El muchacho frágil, de corazón cálido y enfermizo, amaba con locura y devoción a la princesa que sacrificó un brazo por él. Y aunque Sakti no lo quisiera ver, aunque siempre se esforzó en mantener el límite de una sirvienta y su señor, también lo amó. Cayó rendida ante Mark por todo lo que él era y ella no. Por todo lo que él tenía y a ella le hacía falta. Eso el príncipe lo podía entender.
Con un nudo en la garganta, asintió. Connor sonrió, maravillado. Aun con su mente curiosa no se podía imaginar una sonrisa feliz en el rostro de Sakti. Kardan apretó los labios. Dereck le contó que su prima sacrificó la garra de Dragón para salvar a Connor, tal y como lo hizo antes para salvar a Mark. El Emperador le quitó al mensajero y ahora le quitaría al profeta. «¿Por qué tenemos que arrebatarle lo que más quiere para que haga lo que necesitamos? ¿Por qué nuestra salvación es su condena?». Se levantó. La pasta curativa le resbaló por la pierna. La herida estaba sin vendar, pero no le importó. Tenía que irse ya, antes de que su corazón cediera y salvara a Connor como no lo hizo con Mark.
—Lo siento. De verdad lo siento mucho.
Ceniza ladeó la cabeza. Su expresión preocupada confundió a Kardan.
—Está bien. Ceniza es Ceniza. Ceniza tiene su lugar en el mundo. No hace falta sentirse mal porque Ceniza sea Ceniza.
—Ah, sí. Eso también lo siento.
Connor extendió una mano para detener al príncipe. No lo podía dejar ir así, sin vendar. En ese momento el viento sopló entre ambos con tanta fuerza que las ramas del árbol se inclinaron sobre ellos. Las hojas se soltaron y bailaron en el aire. Las tiendas menos sujetas del campamento salieron volando. El papiro que Kardan había sostenido contra su pecho se soltó. Esta vez sorteó las ramas y voló libre, lejos de su carcelero. Su expresión de desesperación debía de ser muy dramática, porque Connor se preparó para correr detrás del pergamino.
—Déjalo ir —le dijo.
—¿Era importante?
Pensó en la profetiza.
—Sí, pero hay más de donde vino ese.
—No esté triste —Ceniza estaba aún en el suelo, sentado en posición de loto. Tenía su cuaderno de dibujo abierto y un lápiz en la mano—. ¡Yo le hago uno igual al que tenía!
—No tiene importancia —Kardan sonrió orgulloso de su primo Harald—. En todo caso nadie puede dibujar como...
—¡Ah! —exclamó Connor mientras se asomaba por el hombro de Ceniza—. Es un retrato de...
Horrorizado, Kardan vio que el gesto animado de Connor pasó a la perplejidad con la misma velocidad con que el krebin pasaba el lápiz sobre el papel. Ceniza dio los últimos trazos y sonrió triunfal mientras enseñaba su obra de arte a Connor. El doctor miró el cuaderno, perplejo, y después al príncipe. Cuando Ceniza le mostró el cuaderno, Kardan vio un retrato idéntico al que voló por el aire.
—Puedo explicarlo... —comenzó a defenderse antes de que Connor lo cortara:
—Sí, explíqueme por qué tiene un anuncio de «Se busca» de mi hermana.
Ceniza dio un salto. Colocó el cuaderno al lado de la cara de Connor, en busca del parecido, sin dejar de decir que no se creía que la lindura del dibujo fuera hermana del doctor. No entendía la situación grave en la que estaba Zoe al ser tratada como una criminal. Connor lo ignoró. Sus ojos estaban fijos en Kardan; chispeaban, pero no de enojo sino de miedo. Aunque era la reacción más común, tomó a Kardan desprevenido. El príncipe se imaginó que Connor entrecerraría los ojos, le mostraría los colmillos y le daría un puñetazo mental, como el que derribó a Harald, para que se alejara de su linda hermana. Es lo que habrían hecho los gemelos. Pero claro, se había olvidado de que mientras Airgetlam y Dagda eran maliciosos y desconfiados, Connor era inocente y puro. Nunca se le pasaría por la cabeza que el príncipe pudiese tener otras intenciones hacia Zoe.
—Aaaam... Eeemm... —No se le ocurría nada que decir—. Aamm... —De verdad que no se le ocurría ninguna justificación satisfactoria para un anuncio de búsqueda. Así que solo le quedaba la verdad. La vergonzosa verdad—. Me gusta tu hermana.
El rostro de Connor quedó en blanco. Por cinco segundos permaneció inmóvil, con la vista fija en un punto muerto, como si su cerebro hubiese sufrido un corto circuito. Kardan quiso retroceder en el tiempo a hacía seis segundos, para borrar la confesión. Al fin Connor reaccionó. Sus labios esbozaron una sonrisa intranquila.
—¿Qué?
—Ah, por favor olvida lo que dije. No hablemos nunca más de esto.
Se encaminó dos pasos hacia el grueso del campamento. Iría al borde del lado aesiriano, tomaría su caballo, regresaría a su puesto militar y escondería la cabeza en una almohada hasta que se olvidara de ese momento tan embarazoso. Pero al tercer paso se devolvió a Connor. Una idea dolorosa le cruzó la mente: si el doctor no sabía antes que Kardan pretendía a la profetiza, entonces eso significaba que...
—¿Ella nunca habla de mí?
La idea le partió el corazón. Significaba tan poco para Zoe que ni siquiera valió una sola mención a su hermano menor. Ahora era Connor el que se quedó sin palabras.
—Aaaam... Eeemm... —El doctor se rascó el mentón y miró hacia lo alto del árbol, como si allí encontrase la respuesta indicada. Kardan se dio por vencido.
—Está bien. Era de esperarse. Por supuesto que yo no estaría en sus pensamientos.
Pensó en Finn. Todavía estaba preso en el campamento de Harald, forzado a atender soldados. ¿Zoe lo habría mencionado a él? Se imaginó con claridad a la profetiza visitando la clínica de Kehari, bajo la excusa de llevarle el almuerzo a Connor y con la intención real de ver al pecoso de Finn. Al sencillo y bueno de Finn.
—Anda, di lo que estás pensando —dijo ante la expresión conflictiva de Connor—. Di que no soy apto para tu hermana.
—No hace falta. Eso usted ya lo sabe.
Supo, por la expresión del doctor, que a Connor no le alegró decírselo pero que tampoco lo resintió. Para Kardan fue la última confirmación de lo que ya sabía. Él no merecía a Zoe, pero tampoco podía renunciar a ella.
—¿Y si me hiciera mejor? —preguntó con un susurro—. Si me convirtiese en una mejor persona, ¿crees que entonces sí sería ideal para ella?
—Eso dependerá ya de mi hermana.
Lo vio con claridad. Seguía las órdenes de su padre porque lo amaba y respetaba, pero no porque creyera que fuese lo mejor. El Emperador creía firmemente que su crueldad hacia los Dragones y los profetas era necesaria para garantizar la salvación de la Profecía. El príncipe, en cambio, guardaba sus dudas. Si quería empezar a ser mejor debía enfrentar su incertidumbre. Siempre se había dicho que quería ser la mejor versión de sí mismo para que Zoe lo aceptara, y así aceptarse él. Pero quizá el camino era al revés. Quizá el truco estaba en hacerse mejor para aceptarse a sí mismo. Y quizá entonces Zoe lo correspondería.
—Connor, tienes que saber algo. Mi padre ha...
Un chillido le taladró los oídos. Él y Connor se taparon las orejas y se acuclillaron, adoloridos. El grito persistió. Fue como si unas largas uñas rayaran una pizarra. Los tímpanos les crujieron. Miraron hacia el cielo. Aunque todavía era claro y celeste, la luna ya se asomaba por el horizonte. Por entre los ojos se le salieron lagrimillas de dolor. «Está peor que hace un mes», pensó desesperado. Se imaginó al General Montag en las cámaras más profundas de Tyr, cerca del viejo laboratorio de la Emperatriz de Edén donde todavía se guardaban algunos de sus inventos. En su mente, vio a Sigfrid aruñando el suelo de metal. Vio sus largos dedos fosforescentes y su cuerpo cubierto de plumas de plata. Quizá no era a la luna a quien escuchaban gemir, sino al General.
Kardan sintió que las rodillas y las manos se le quemaban. ¿En qué momento se cayó al suelo? Al mirar alrededor, vio las siluetas de aprendices y enfermos aesirianos: todos estaban arrodillados y con los brazos flexionados sobre el suelo. Una tienda comenzó a arder. Luego otra. Y otra. A Kardan le costó entender por qué los vanirianos alrededor echaban baldes de agua sobre los aesirianos en lugar de las tiendas. ¡Eran ellos los que ardían! La nueva luna de sangre desbalanceaba su magia. Los hacía perder el control.
El ardor en sus palmas empeoró. Connor estaba junto a él, de medio lado, hecho un puño como un niño pequeño. Se cubría las orejas y apretaba los ojos con todas sus fuerzas. Las piernas estaban recogidas sobre el pecho, en posición fetal. Ceniza daba vueltas alrededor de él, sin saber qué hacer ni cómo acercársele. Kardan vio por qué: el suelo se desintegraba alrededor de Connor. Se convertía en volutas de humo.
—Oh, no. Oh, no. Demonios —masculló el príncipe.
Aunque él mismo experimentada arcadas de dolor, se arrastró hasta Connor y lo levantó. Con una mano cogió la botella de jarabe que llevaba en la capucha y con la otra le abrió la boca al doctor. Tuvo que hacerlo deprisa, porque las manos se le estaban deshaciendo. Cuando Connor entendió las intenciones del príncipe, él mismo agarró la botella, apartó a Kardan de un empujón y tomó la medicina a gorgor. Una vez que terminó, se forzó a recuperar el control sobre su magia. Las manos de Kardan se mantuvieron reales, como el dolor y las ampollas que le hincharon la piel.
—Lo siento —se disculpó Connor mientras le revisaba las manos. Estuvo a punto de borrar la existencia del príncipe. Más que un doctor, parecía un niño muy asustado por incendiar su casa.
—No fue tu culpa.
¿De verdad había aceptado así, sin más, que ese hombre moriría? ¿Solo porque su padre lo decía?
Una nueva explosión azotó el campamento. Las tiendas vanirianas se levantaron envueltas en llamas, junto con los cuerpos de los pacientes y guardias cercanos al incendio. Kardan reconoció la explosión: era el mismo tipo de detonación de las armas usadas en campo de batalla por los aesirianos. Era la dinamita especial que Sigfrid ideó para acabar con los enemigos. «¡Pero eso no puede ser! Padre sí iba a respetar la tregua en la luna de sangre». El punto del Pacto era que los vanirianos no prestaran atención a la ausencia de Sigfrid durante esas noches. Su padre no consentiría un ataque que pusiera en peligro la debilidad de su mejor General. Eso solo significaba una cosa: los vanirianos habían violado la tregua y se aseguraron de atacar como aesirianos para echarles la culpa a ellos. No les importó si así atacaban a los heridos de su propio bando.
Otra explosión sacudió el campamento, pero esta vez del lado aesiriano. No fue con dinamita ni con peras de la angustia, sino con llamas verdes y fucsias. El príncipe parpadeó. De lejos, el fuego verde podría pasar por verdadero pero jamás engañaría a un luchador experto. El fuego verde de las mangodrias lo destrozaba todo, pero este solo quemaba las tiendas. El fuego fucsia ni siquiera valía un comentario; tan solo eran llamas con el colorante de algún polvo especial, como el que se utilizaba en las piras funerarias. «Entonces también hemos roto la tregua», pensó. Solo eso explicaría que se intentara disfrazar el ataque para hacerlo pasar por vaniriano. Pero igual no tenía sentido. El Emperador no quería romper la tregua mientras la luna estuviera en lo alto. Eso solo significaba...
—¡ABAJO! —aulló justo a tiempo.
Una lanza de luz pasó justo por donde estuvo la cabeza de Connor instantes antes de que el príncipe lo derribara por la espalda. El doctor y Ceniza se habían levantado para ayudar a los heridos sin prever que ellos también serían víctimas de un ataque. La lanza golpeó el árbol y lo estalló en miles de astillas ardientes. Los tres miraron el resultado por encima del hombro, hasta que Connor empujó a Kardan para quitárselo de encima.
—¡Rompieron la tregua! ¡Tu padre y sus Generales la rompieron!
—¡No! Eh, digo... eh... —Kardan señaló el árbol ardiente—. ¡Nosotros no tenemos armas así!
Era cierto. Si tuviesen lanzas así ya las habrían probado contra los castillos flotantes. Pero los vanirianos tampoco tenían armas como esas entre sus tropas. Eso solo confirmaba lo que ya sospechaba: el bando aesiriano no rompió la tregua de la luna llena. Al menos no el ejército.
—¡Son sicarios! —gritó mientras agarraba a Connor del brazo para forzarlo a tirarse al suelo de nuevo. El doctor parpadeó.
—¿Sicarios? ¿Pero por qué...? —señaló el campamento ardiente, para expresar lo que pensaba: ¿por qué los sicarios atacarían a toda esa gente? ¿Quién era su objetivo? ¿Todos? Kardan negó con la cabeza.
—Tú eres el objetivo.
—Eso es ridículo. No le he hecho daño a nadie como para que quieran matarme.
Kardan apretó los dientes. Si se viviera en el mundo bueno que Connor imaginaba, las personas amables jamás tendrían un precio sobre sus cabezas. Pero como vivían en un mundo retorcido lleno de pecadores, los seres de luz como Connor recibían muerte como pago por su bondad.
—Lo siento, pero así funcionan las cosas.
—No. —Connor se sentó en el suelo y se apartó de él—. La gente no es tan mala como te imaginas. ¡Te aseguro que no corro peligro!
Una saeta zumbó junto a su oreja. La sangre le pringó la cara, pero fue leve en comparación con la mancha que se extendía por encima de la capucha del príncipe. Su primer instinto fue arrancar de un tirón la flecha en el hombro de Kardan, pero no pudo moverse. Esa flecha pudo haberlo golpeado a él. De no ser por unos miserables centímetros, le habría atravesado la nuca. Pero lo que terminó de paralizarlo fue que supo que a la distancia, en un sitio seguro y lejano, alguien tensaba otra flecha para golpearlo a él.
—Este mundo —jadeó el príncipe— está oscuro y corrupto. —Con la mano sana agarró a Connor del hombro y lo abrazó para protegerlo—. Pero con Profecía o sin ella, ¡yo lo voy a limpiar!
El arquero anónimo disparó su flecha, pero chocó contra el escudo de luz surgido de doce canicas alrededor del cuello del príncipe. Connor apretó los ojos para no quedarse ciego, pero los abrió cuando escuchó las exclamaciones asustadas de Ceniza. El rugido de doce criaturas diferentes interrumpió ese atardecer caótico. El Fafnir que atajó la flecha la desmenuzó entre sus garras. Kardan apartó al doctor de su pecho pero lo mantuvo sujeto del hombro. Lo miró directo a los ojos y dijo:
—Corre.
—¡Pero...!
—¡CORRE!
Connor escuchó el arco nuevamente tensado. Se levantó, agarró a Ceniza del brazo y echó a correr hacia las tiendas con él. No supo lo que hacía, ni siquiera cuando alcanzó a los primeros heridos. Por un lado estaban los vanirianos deshechos por la explosión. Por el otro, los aesirianos cubiertos de quemaduras. La confusión estaba marcada en el rostro de todos porque en verdad creyeron que la tregua resultaría. Pusieron todas sus esperanzas en ella. Los oídos le aullaron de nuevo. La luna crecía conforme la noche reclamaba su sitio en el cielo. Connor perdió el equilibrio y se dejó caer al suelo. Estaba tan mareado que ni siquiera se pudo llevar las manos a las orejas. De no ser porque Ceniza lo atajó, se habría roto la cara. Se encogió en posición fetal, con los ojos llenos de lágrimas. La luna le quemaba el cerebro.
Alrededor, los vanirianos sobrevivientes ayudaban a sus compañeros caídos y también a los aesirianos afectados por la luna. Echaban baldes de agua a los que causaban llamas por el desequilibrio de su magia. Echaban talco a los que despedían relámpagos desde cada poro de su cuerpo, aunque Connor no sabía para qué. ¿Y a él qué? Aunque había tomado el jarabe, sentía que otra vez perdía el control. Si eliminaba con la mente a Ceniza y a los vanirianos que se habían acercado para ayudarlo, ¿qué haría después? La desesperación comenzó a comerle el pecho. Ya no lloraba solo por el dolor de la luna, sino también por el miedo.
En medio del caos, distinguió el disparo de una flecha. La escuchó acercársele porque su forma de luz silbaba con más fuerza que otras saetas en pleno vuelo. Se encogió todavía más, para hacerse un blanco pequeño y difícil de alcanzar. Un nuevo siseo se unió al de la flecha y las llamas alrededor. Ceniza volvió a soltar exclamaciones asustadas. Los vanirianos perdieron al fin la compostura y echaron a correr en manada. Los cascos hicieron que el suelo vibrara al ritmo de una estampida desigual. Ceniza se inclinó sobre Connor para protegerlo de una pisada a la vez que el doctor se forzaba a entreabrir los ojos para saber qué nuevo mal se había unido a la fiesta. Por encima de Ceniza descubrió los ojos amarillentos de un Fafnir, mientras otra herramienta estaba delante de ella con una saeta en la garra. Como la anterior, la despedazó con un chasquido.
—¡Vamos! —Kardan agarró a Ceniza y a Connor del brazo para levantarlos—. ¡No se queden quietos! ¡Son blancos fáciles!
Además de la flecha en el pecho, Kardan tenía otra en la espalda. «¿Cómo no explotó? ¡Como el árbol!», se preguntó el doctor. Estaba tan adolorido y confundido que no reparó en que las flechas de Kardan eran normales: de madera con puntas de hierro. Tampoco era de sorprender que el príncipe se tuviera en pie con semejantes heridas. Aunque la primera saeta logró penetrarle el hombro, la segunda apenas le perforó la armadura. Seguro que la punta le rozaba la piel de la espalda, pero no lo suficiente para pincharle hasta los órganos. El misterio era por qué el príncipe estaba herido por segunda vez. Los Fafnir debieron haberlo protegido.
Kardan corrió por entre las tiendas deshechas, en medio de la estampida de groliens. Nadie tenía idea de a dónde ir. Los vanirianos que venían desde el lado este corrían hacia el oeste, y los que venían desde el oeste corrían hacia el este. El resultado era una embestida tras otra, donde los groliens quedaban atontados en el suelo o aplastaban a los heridos. Aturdido como estaba, Connor no comprendió por qué los vanirianos escapaban de él. Luego escuchó el silbido de una flecha de luz, que se apagó al ser interceptaba por las garras de un Fafnir. La herramienta rompió la saeta y rugió en dirección a los vanirianos.
Connor se soltó del príncipe y corrió hacia el Fafnir. Aunque fuera imposible adelantársele a una herramienta, debía detenerla antes de que conectara el golpe con la arpía cercana. Kardan lo llamó con un grito. ¡No podría detener al Fafnir a tiempo y el doctor saldría lastimado! De alguna forma, Connor se las arregló para pasar al lado del Fafnir y derribar a la arpía. La cubrió con su cuerpo, seguro de que terminaría partido por la mitad por el zarpazo de la herramienta. Pero nada pasó. La estampida se mantuvo. El siseo de las llamas, las explosiones y las saetas de luz continuaron. Abrió un ojo tímido, seguro de que el Fafnir lo mató tan rápido que ni siquiera sintió dolor y que ahora era un fantasma en el campo de batalla.
El Fafnir estaba justo encima de él, con la garra extendida e inmóvil. Sus ojos amarillos estaban fijos en los del doctor. Detrás de la herramienta, el príncipe estaba perplejo.
—Gracias —susurró Connor mientras levantaba a la arpía, siempre escudándola con su cuerpo—. Lo detuviste a tiempo.
Kardan negó lentamente con la cabeza. Sus ojos reflejaban líneas horizontales de la información suministrada por la herramienta.
—Yo no lo he hecho. Mi Fafnir... —Buscó a sus otras herramientas. Estaban dispersas, atajando las flechas que salían de todas direcciones hacia Connor. Ninguna herramienta prestaba atención a los vanirianos—. Alguien ha modificado a mis Fafnir.
Leyó la información de programación de su herramienta central. El cambio fue hecho concienzudamente para que el príncipe no se percatara. Le costó descifrar los datos pero al fin la sincronización le dijo:

«Modelo TD-Drakus 911N. Última actualización de sistema, hace cuatro semanas. Misión objetivo: rastreo de energía mágica. Ejecución: protección de propietario, príncipes aesirianos, Dragones y profetas. Error de seguridad: función incompatible - protección profetas. Bache de seguridad: ; . Reparación de error de seguridad: validada protección . Fin de actualización».

Tragó fuerte. Era la primera vez que veía un bache de seguridad en la sincronización. Nunca creyó que el sistema pudiera ser intervenido por alguien más que él. Y esas funciones... . No asesinato de híbridos bajo ninguna circunstancia. . No asesinato de vanirianos salvo en caso de defensa. . ¿Profetas igual a... híbridos?
Los oídos le zumbaron. La arpía que Connor protegió ayudó al doctor a mantener el equilibrio. Ceniza socorrió a Kardan y lo sostuvo mientras temblaba aturdido. Cuando el nuevo lamento de la luna cesó, Connor se recuperó pero Kardan no. La visión y el oído se le desenfocaron en una sensación odiosamente familiar. Sus pensamientos se fijaron de nuevo. El mundo recuperó nitidez, pero sus piernas y brazos estaban fláccidos, adormecidos. Un nuevo ataque de desenfoque lo golpeó con más fuerza y velocidad. Oh, oh. Era peor a la primera vez. Era más fuerte. ¿Pero cuándo lo habían alcanzado...?
Ceniza le arrancó la flecha de la espalda con un tirón. Connor hizo lo mismo con la del pecho. Puntas de hierro. Sangre negra, densa. Como babosa. Kardan sonrió, irónico.
—Final de camino, ¿eh? —miró a Connor—. Nunca desciframos el antídoto. Y tú no puedes...
—Cállese —Connor lo tumbó en el suelo—. Haré todo lo que pueda. Siempre haré todo lo que pueda.
Miró alrededor. La estampida, las detonaciones, los silbidos de las flechas de luz, los siseos de los Fafnir, los gritos de la luna y de los mortales... Todo seguía igual. Nadie se detendría solo porque un príncipe agonizara. ¿En qué parte de ese caos estaban Kel y Drake? Los necesitaría. Una vez que terminara la sanación estaría indefenso como un bebé contra las saetas de luz; y en cualquier momento el príncipe perdería la energía con que controlaba a los Fafnir. El doctor miró a la arpía.
—Busca a mis hermanos, por favor. Los necesito.
La mujer asintió y echó a volar. Connor miró al príncipe. Kardan apretaba los puños y los labios, pero se esforzaba en mantener bien abiertos los ojos. Tenía miedo de dormirse y no despertar. Tenía miedo de dormirse y fallar en convertirse en la mejor versión de sí mismo.
—Connor, si no lo logro necesito que...
—Lo logrará. —Connor sonrió y empleó el truco de la voz dulce y serena. Gran parte de la ansiedad de Kardan se desvaneció al escucharlo—. Los dos lo lograremos. Usted mantenga a los Fafnir activos mientras yo lo curo. Nos protegeremos mutuamente.
Kardan lo miró con una expresión que lo tomó por sorpresa. Por encima del miedo y el dolor, vio vergüenza y arrepentimiento en sus ojos de caverna.
—Discúlpame con mi prima por haber matado a su Mark. Discúlpame con tu padre por ser el hijo de quien los aprisionó. Y perdóname por no haber protestado cuando se decidió que morirías.
La sonrisa de Connor se mantuvo en su sitio. ¿Es que lo sabía? ¿Supo que el Emperador lo había enviado a matar? No, Connor era demasiado bueno como para esperar lo peor de las personas. Pero tampoco estaba sorprendido. Había pasado tanto tiempo con Sakti y Darius como para entender que los Aesir tenían dos caras oscuras, aunque una más que la otra. Aunque esperaba lo mejor de todos, había aprendido a aceptar que se le decepcionara.
—Tú tendrás que disculparte con ellos. Pero yo te perdono. Lo único que no te perdonaré será si te mueres aun después de lo que haré por ti. Después de todo, serás el Emperador que limpiará este mundo con o sin Profecía, ¿verdad?
Kardan sintió un vuelco en el estómago. Quizá era un efecto del veneno, quizá era otro desenfoque visual... pero podría jurar que los ojos de Connor estaban más celestes que de costumbre. Que eran los ojos de un profeta.
El príncipe logró asentir antes de que Ceniza le pusiera un trapo entre los dientes. Connor quitó la armadura y el peto tan rápido como pudo. Los dedos del doctor se hincaron en la herida y apartaron los pliegues como si abrieran una fruta por la mitad. Kardan mordió. Fue una tortura, como si un punzón ardiente lo atravesara. Lo que ardía era la sangre corrompida que se escabullía de la herida. En cambio, los dedos de Connor eran luz y alivio. Poco a poco, Kardan sintió que esa magia pura y buena se abría un hueco entre la carne, sorteaba el veneno y se zambullía en los torrentes sanguíneos. Incluso eso también fue doloroso, porque el veneno, esparcido ya por todo el cuerpo, luchaba con uñas y dientes contra la magia de Anäel. Apretó más fuerte el paño entre los dientes. Enterró las uñas en el suelo. Enfocó toda su atención en el progreso de los Fafnir, que atajaban o desviaban cada nuevo proyectil con una eficacia que daba miedo.
Una herramienta le comunicó que una arpía se acercaba hacia ellos. ¿Cómo procedía? ¿La atacaba en defensa o la dejaba pasar? Kardan gruñó. Hace cuatro semanas la herramienta habría atacado sin hacer ninguna consulta. ¿Quién diablos modificó el sistema? No sabía si debía colgar al responsable o darle las gracias: si el intruso misterioso no hubiese hecho la modificación, quizá sus Fafnir habrían matado al doctor que ahora le salvaba la vida. Decidió dejar pasar a la arpía.
—¡Lo siento! No encontré a tus hermanos, ¡pero pensé que él podría ayudarte! —La vaniriana aterrizó con un aprendiz—. Si hay algo más en lo que pueda ayudar, ¡dímelo!
Oh, la gratitud. Ella sabía que la vida que Connor intentaba salvar era la de un príncipe aesiriano; lejos de ignorar la petición del doctor, la vaniriana la escuchó para pagar la condición de ayudar a quien fuera que lo necesitara. Kardan no sabía si contaría con la Profecía para limpiar el mundo, pero decidió que contaría con Connor. Haría lo que fuera para contagiarse de la bondad del doctor y repartirla por los cuatro costados del planeta.
—Bien. —Connor estaba tan concentrado en Kardan que ni siquiera miró al aprendiz mientras le daba las instrucciones—: En el maletín tengo jeringuillas extractoras. Empieza en el pecho mientras limpio otra parte del cuerpo.
El aprendiz se detuvo detrás de Connor y se inclinó junto al maletín. Ceniza se tensó a la vez que la sincronización enviaba un mensaje de alarma al príncipe. «Alerta. Amenaza inminente». Los Fafnir giraron el cuello hacia el grupo de Kardan. Desencajaron la mandíbula, estiraron las garras y se prepararon para saltar, pero la daga llegó primero. Por encima del hombro de Connor, Kardan vio los ojos rojos y con rayas doradas que lo miraban con odio. El calor bondadoso de la sanación se hizo tenue a medida que el pecho de Connor se teñía primero de rojo y luego de negro.
Punta de hierro sobre el corazón. Sangre densa, como babosa.
La arpía soltó un chillido de auténtico pavor. Ella no tenía nada que ver con esa traición. Pero en medio del caos del campamento, ¿quién le prestaría atención? Solo una voz entonó otro grito de alarma. A pesar de estar confundido por el veneno, Kardan creyó que era la voz del grolien Kel.
—Me recuerdas mucho a un querido amigo —susurró Marvin mientras enterraba más la daga en el pecho de Connor—. Tú también eres un idiota. Y eso te lo agradezco mucho.
La daga se enterró hasta el pomo. Connor cayó de medio lado junto a Kardan, pero sus ojos estaban fijos en la luna sangrante que teñía el cielo.
Fin del camino.
Antes de sumergirse en el lago de sangre, Connor vio que unas ramas cruzaban el cielo con el zigzagueo de una voz desesperada del color de la ceniza.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 20

20
TREGUA

Dagda apretó los dientes, adolorido y frustrado. Esa última batalla fue un desastre. Salir de la zona neutra era imposible incluso ahora que el grueso de las tropas aesirianas se había marchado.
Aunque evacuaron varios pueblos con la ayuda de la niebla, nadie tenía idea de cómo controlarla. Hasta el momento, el Bosque Ambulante los había ayudado por voluntad propia. Gracias a la neblina pudieron esconderse de las tropas, atrapar Fafnir e incluso defender con las herramientas. Pero cuando intentaron convertir la defensiva en ofensiva, la niebla no los ayudó. No subió con ellos al límite norte de la zona neutra, donde esperaba la retaguardia de la tropa aesiriana. Como consecuencia, los cuatro soldados del Escuadrón Mare atraparon a trece rebeldes, los telépatas borraron a la mitad de los Fafnir de la rebelión, y el Escuadrón Fuoco achicharró a los revolucionaros que se dieron a la huida.
Dagda estaba avergonzado. La pelea fue idea suya. Había confiado en el desempeño de los enfrentamientos anteriores así como en el poder de los Fafnir. ¡Cielos, ellas solitas habían acabado con tantos soldados! ¡Si tan solo hubiese seguido así, sin la intervención de los telépatas! Pero no. La retaguardia aesiriana se fortaleció en la batalla decisiva que Dagda tanto había pedido. ¿Y qué tenía que mostrar para justificar todo lo que perdieron por su culpa? Nada, salvo la quemadura de su brazo. Falló en recuperar a su hermano.
Una vez en la cueva, se retiró en silencio como un perro con la cola entre las patas. No tuvo el valor para ver a sus tías y admitir que falló en traer de regreso a Airgetlam. Se metió en lo más oscuro de la caverna, donde los rebeldes guardaban los pocos alimentos que lograron sacar de los pueblos evacuados. A pesar de la importancia de las raciones, nadie las cuidaba porque ese era el sitio favorito de Adad. Los rebeldes evitaban cruzárselo tanto como pudieran. Cuando al príncipe lo golpeaba una de sus lagunas mentales, salía a volar o deambulaba en lo profundo de la caverna. A veces también se trasformaba allí dentro. Ryaul decía que la cueva era muy ancha, como las galerías de la Ciudad Perdida. Aparte del Dragón, los rebeldes no se animaban a deambular en un sitio tan misterioso. Fuera lo que fuesen el Bosque Ambulante y esa cueva, les tenían bastante miedo y respeto como para avanzar más de lo debido.
Escuchó pasos detrás de él. Supo que sería Riza antes de que ella lo llamara para atenderle la herida. Dagda gruñó. Desde que se unió a la rebelión, Riza comenzó a agradarle y desagradarle más, ¡todo a la vez! Era una muchacha inteligente, trabajadora y con ambiciones de una vida feliz y pacífica. Dagda podía ver por qué su hermano se había enamorado de ella. Lo que lo molestaba era que ya aceptaba que Riza era más que buena para Airgetlam. Se merecían el uno al otro. Le desagradaba la idea de perder en afecto contra una chica que entró a la vida de su hermano hacía menos de diez años, ¡cuando él estaba con Airgetlam desde que nacieron! Los celos eran cosa seria.
A regañadientes, se dejó atender la herida. Tenía una quemadura desde el hombro hasta la muñeca izquierda. Cuando Riza empezó a quitarle lo que le quedaba de la manga, Dagda tuvo que sentarse con la espalda apoyada a la pared. Dolía. Dolía como los mil demonios. Seguro que se desmayaba en cualquier instante. ¡Cuánto daría por que Connor estuviera ahí con él!
—¿Cómo te fue? —preguntó Riza para distraerlo.
—¿Te parece que me fui de paseo?
Dagda siseó cuando la muchacha le pasó una gasa con alcohol. Lo mejor habría sido agua, pero las raciones apenas alcanzaban para beber y nadie se atrevía a molestar el lago inmóvil fuera de la cueva. Riza ignoró el tono malhumorado del gemelo y siguió adelante con la curación.
—¿Lo viste?
Guardaron silencio. Dagda sabía que una vez que recuperara a Airgetlam, su hermano se marcharía de nuevo, esta vez con Riza. Pero mientras tanto solo podía extrañarlo y la única que lo echaba de menos tanto como él era Riza. Miriam y los demás lo extrañaban también, desde luego, pero habían encontrado con qué distraerse: cacería, atención médica, cuido de cachorros... Podían distraer sus mentes, mientras que todo lo que hacían Dagda y Riza era por Airgetlam. Riza cantaba canciones infantiles para traer a Adad de regreso a la realidad. Dagda forzaba visiones de en dónde estaría su hermano para recuperarlo. Riza ponía al tanto a Dagda de las intenciones de los líderes de la rebelión. Dagda ponía al tanto a Riza del resultado de cada batalla. Era un cuento de nunca acabar.
—Sigue en el grupo de telépatas. Él...
La voz le falló. No pudo hablarle del miedo al ver a su hermano mayor enfundado en armadura, en lo alto de una colina, y con los ojos fríos y fijos en él, en todo y nada a la vez. Dagda había esperado ese momento.
Había convencido a cada uno de los líderes de la revolución sobre la importancia de recuperar a Airgetlam. Con las canciones de Riza, las historias del desierto de Ryaul y la presencia de Dagda, Adad se mantenía más o menos en sus cabales. Pero aparte de modificar los Fafnir y guiar a más refugiados por el Bosque Ambulante, el príncipe se negaba a enfrentar cara a cara a las tropas aesirianas. ¿Pero con dos profetas? Sería fácil. Una vez que Airgetlam se recuperara, los gemelos convencerían a Adad de cualquier cosa, tal y como lo convencían de participar en guerras de broma, o a que los dejara montar sobre sus hombros, o a que les trajera rebanadas de pastel a la casita del lago.
Pero cuando al fin convenció a los rebeldes, cuando al fin encontró a la retaguardia y a Airgetlam, todo salió al revés. Los Fafnir avanzaron, voraces y terribles, hacia los soldados. Pero cuando llegaron a un límite invisible comenzaron a evaporarse en volutas de humo gris. Dagda sintió el poder de ese vacío. Los cuatro soldados de Mare estiraron los brazos al cielo y arrancaron del aire las partículas de agua, hasta lanzarlas como látigos contra los rebeldes. Dagda ignoró a los compañeros que batallaban contra Mare y avanzó con Geri hacia el grupo de telépatas. Estuvo seguro de que si se apartaba de los Fafnir y de las armas de agua, llegaría a Airgetlam antes de que los telépatas se decidieran con qué atacarlo. Después de todo, no borrarían de la existencia a un profeta.
Con lo que no contó fue con que los magos de la mente abandonaran su posición y avanzaran directo a él.
Fue una suerte que no hubiese avanzado solo, sino que otros jóvenes imprudentes siguieron los pasos de Geri. Los telépatas fueron justos con ellos y en lugar de enfrentarlos con las esencias lo hicieron con las espadas. Pero ¿qué podía esperarse del encuentro entre soldados adiestrados y civiles? Dagda logró mantenerse en pie, llegó a unos veinte pasos de su gemelo, y se congeló cuando Airgetlam cortó a la mitad a un muchacho de catorce años. Sin parpadear. Sin siquiera mirarlo una vez más antes de seguir con el siguiente rebelde en lista.
Luego el fuego. El Escuadrón Fuoco subió al escenario y lo bordeó con llamas. Las mejores armas de los rebeldes eran los Fafnir. Pero si las herramientas eran borradas por los telépatas o destruidas por el fuego, no tenían cómo atacar ni defender. Sonó la retirada, ¿pero a dónde? Si regresaban, se toparían con un muro de llamas. Si se quedaban, saludarían el acero de los telépatas o las cadenas de agua de Mare. Dagda supo que la única forma segura de escapar era acercándose a Airgetlam, agarrarlo del codo y comenzar el enlace de la teletransportación con él.
Pero se quedó en su sitio, congelado, mientras su hermano cortaba a dos rebeldes más. Otra vez sin parpadear. Sin mirar. Sin pensar. Si Airgetlam hubiese querido, lo habría partido también a él por la mitad. Y no lo hizo porque...
¿Por qué?
Dagda se sobresaltó. Riza se disculpó por haberle lastimado y le pidió que la dejara terminar. Dagda siguió en sus meditaciones. ¿Por qué pudieron escapar? Alguien vio una brecha en el muro de fuego y avisó a los demás. Geri escuchó a tiempo, agarró a Dagda y se marchó con él, no sin antes de que el Escuadrón Fuoco regara sobre ellos una lluvia de flamas. Pudieron haberlos matado a todos. O atraparlos. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué se conformaron con unos cuantos muertos, otros pocos prisioneros y un montón más prófugos?
Se sobresaltó de nuevo. El dolor del brazo se desvaneció en un instante. Dagda regresó sobre sus pasos, ignorando las preguntas de Riza. Una vez que llegó a la galería principal, ignoró las miradas de los rebeldes heridos y sus familiares. Supo que lo culpaban. Supo que era responsable de que aquel chico cortado por Airgetlam hubiese muerto, junto con otros más. Supo que si no hubiese propuesto un enfrentamiento directo, el Escuadrón Fuoco y los demás no estarían torturando a los prisioneros para obtener información.
Y supo también por qué los soldados los dejaron ir.
Se coló por los túneles más estrechos, que llevaban a la caverna que los líderes usaban como salón de reuniones. Le faltaba doblar una esquina para llegar. Abrió la boca para avisarles que debían estar listos, pero se detuvo al escuchar la conversación:
—Los telépatas tienen que morir. Si ellos están fuera, los Fafnir pueden encargarse de los otros soldados.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo. Dagda es nuestro único telépata y él no puede hacer nada contra los soldados.
—Con mucha más razón los telépatas deben ser nuestra prioridad. Cuando todos mueran, Dagda se concentrará al fin en acabar con los soldados que queden en nuestro territorio.
Silencio. Por más de diez segundos nadie dijo nada. Fue el tiempo que Riza necesitó para llegar junto al gemelo y escuchar la pregunta de Kryos en la cueva siguiente:
—Cuando dices que «todos» van a morir, ¿hablas también de Airgetlam?
—En especial él.
Riza saltó para interrumpir la conversación, pero Dagda la rodeó con los brazos para que no se moviera. Se llevó un dedo a los labios y le pidió silencio. Luka intervino:
—No, ¡no podemos considerarlo! Airgetlam es uno de los nuestros. Lo han embrujado, ¡pero es un tipo genial!
—Pues este «tipo genial» mató al chico del cartero de mi pueblo. Y al hostelero de Kraun. Y al panadero de Xadiz. Puedo seguir con la lista. ¿Y sabes lo que hizo el hermano de este «tipo genial»? Nada. Se quedó congelado mirando cómo ese muñeco descerebrado mataba a nuestros compañeros.
Hubo discusión por parte de todos. Dagda agradeció que Aldith, Luka y Kryos despotricaran contra la idea de castigar a Airgetlam por algo que no podía controlar. Pero lo cierto era que las voces se alzaban tanto a favor como en contra del plan. Si lo ponían a votación, ¿quién ganaría? Se le hizo un nudo fatal en el estómago, porque lo supo. No necesitaba una visión. Con sus sentidos bastaba.
—¡Miren! —gritó el líder del plan—. No estoy diciendo que este chico Airgetlam sea malvado o que merezca morir. Sé que no tiene control sobre lo que hace. Pero aun así es peligroso. Sé que es difícil aceptarlo, en especial para sus vecinos y familiares, pero el muchacho que ustedes conocían se ha ido. —Hizo una pausa—. Aunque lográramos apresarlo, ¿se podrá deshacer el embrujo? El único telépata es su hermano. Y muy honestamente dudo que él mismo sepa qué hacer para revertir el estado de ese muchacho.
—Bueno —agregó otro, indeciso—. Incluso si los vemos pelear a los dos, están empatados en defensa corporal. Pero a Dagda nunca lo he visto usar la telequinesia como su hermano. Es decir, ¡con los otros telépatas borró a los Fafnir! ¿Puede Dagda hacer algo así?
El gemelo apretó los dientes, porque no lo sabía. Nunca lo había intentado, porque cancelar la existencia de un objeto podía salir terriblemente mal. Eso sin mencionar el condenado dolor de cabeza que les daba a todos los telépatas si se excedían en sus capacidades. «Airgetlam ahora es mejor telépata que cualquiera de nosotros porque nada le duele. No tiene nada en la cabeza». Por primera vez se le ocurrió que tal vez nunca podría recuperar a su hermano. Lo que decían era cierto: él no sabía cómo deshacer el embrujo sobre Airgetlam. Tal vez Sakti supiera. O Adad. Pero ¿y si no?
Los ojos le ardieron al imaginar un futuro sin el apoyo travieso de su hermano.
—Sigue sin estar bien —objetó Aldith—. Airgetlam es una víctima, como todos. Lo están utilizando. Él nunca habría querido esto.
—Entonces ayudémosle a detenerse. Liberémoslo. La única forma es matándolo.
Siguió un nuevo silencio, interrumpido por sonidos tímidos de la fricción de la ropa. Los líderes estaban votando. Quienes estuvieran a favor levantaban la mano. Tenían suerte de que Dagda estuviese escondido. De lo contrario, ¡habría demostrado lo capaz que era de borrar la existencia de las personas que votaron contra Airgetlam!
—Entonces queda decidido. Acabaremos con los telépatas.
Barajaron varias opciones para matar a los soldados, como flecharlos con arcos de largo alcance, construir trampas de picos y catapultas para bolas de fuego. Dagda los dejó a sus anchas, porque supo que todo sería en vano. Aun cuando pudieran construir esas armas, no podrían acabar tan fácilmente con los soldados de Escuadrón. Menos con los telépatas, que podían extender su percepción mental para descubrir la posición de cualquier rebelde que intentara hacer una emboscada.
Había una diferencia de poder tremenda entre los rebeldes y los soldados. «Ninguno ha llevado entrenamiento militar. Por eso no saben que van a fallar». Pero Dagda sí había llevado entrenamiento, como Adad. Los dos eran las mejores opciones de los rebeldes para ganar. Qué lástima que perdieron la voluntad y simpatía de Dagda. Aunque no tuviesen los medios para ejecutar el asesinato, Dagda jamás los perdonaría. Tramarlo, ¡más aun a sus espaldas!, era justo lo que los Aesir habrían hecho. Los profetas tenían enemigos tanto en el Imperio como entre los rebeldes. Pero también amigos. No se olvidaba de que Aldith y Luka habían protestado. A lo mejor también votaron en contra.
Y también estaba Riza. La muchacha lo siguió en silencio mientras Dagda atravesaba los túneles y la caverna principal. No dijo nada, ni siquiera cuando Dagda salió de la cueva y fue a buscar a Geri. El lobo se refugiaba debajo de un árbol sin hojas; lamía los restos de un venado que cazó como cena. Al ver a los muchachos, Geri levantó las orejas. Dagda pasó junto a él sin decir palabra y se adentró al bosque. Al igual que Riza, el lobo siguió en silencio al gemelo hasta un claro. La niebla del Bosque Ambulante los acompañó.
—No dejaré que ni los soldados ni la rebelión lastimen más a Airgetlam —dijo por fin el gemelo.
—Estoy contigo —lo apoyó Riza. Tenía el rostro muy pálido, con excepción de dos puntos incandescentes en las mejillas. Aunque todavía tenía el pelo blanco por el susto de Xadiz, toda su expresión reflejaba lo opuesto al miedo. Había valentía, amor y enojo en su mirada. Al igual que Dagda, Riza no podía perdonar que los demás consideraran matar a Airgetlam—. ¿Qué hacemos?
Primero pusieron al día a Geri. Como lo esperaban, el lobo también se escandalizó por la idea de matar a Airgetlam. Los rebeldes se podían cargar a cuantos soldados quisieran, ¡pero no a Airgetlam! Él no era soldado. Era prisionero.
—Lo que tenemos que hacer es separarlo de los soldados. Eso es lo primero. Después... —Geri bajó las orejas, porque él tampoco estaba seguro de que pudiesen recuperar al gemelo simpático que todos recordaban. «Eso no es cierto. Hay una opción. Yo podría…». Agitó la cabeza para sacarse esa idea disparatada. Era tabú. No podía hacerlo.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Riza. Por más vueltas que le daba, veía imposible apartar a Airgetlam de sus carceleros.
—Lo que haremos —decidió Dagda— es sortear a los soldados. Necesitamos que alguno nos eche una mano.
Riza lo miró como si se hubiese vuelto loco. ¿Por qué un soldado los ayudaría a apartar a Airgetlam? Geri, en cambio, entrecerró los ojos con astucia.
—Estás pensando en por qué nos dejaron ir, ¿verdad? El Escuadrón Fuoco pudo matarnos si hubiese querido. Yo también le he dado muchas vueltas a esa idea.
Dagda sonrió. Por primera vez en semanas se permitió sentirse feliz, porque al fin estaba un paso por delante de las proyecciones de la tropa. Pero esa felicidad era muy pequeña comparada con la incertidumbre que albergaba para el futuro de Airgetlam.
—Invadirán nuestro escondite —dijo—. Nos dejaron ir para que los guiemos a nuestro refugio.
—La niebla no los dejará pasar —lo atajó Riza—. Tampoco el Dragón. —La sonrisa de Dagda se ensanchó, aunque en sus ojos bailaba una sombra de tristeza y miedo. Temía por su hermano.
—La niebla no deja pasar a los hostiles. Y Adad no deja pasar el peligro. Si los soldados sospechan qué es el Bosque Ambulante, habrán llegado a estas conclusiones. Y habrán enviado al oficial más adecuado para la tarea de entrar y guiarlos después. Pero yo creo...
No, estaba seguro. Lo sentía en las entrañas.
—Estoy seguro de que ese soldado estará de nuestra parte. Por eso el bosque y el Dragón lo dejarán pasar.
—¿Por qué? —Geri lo miró con el morro fruncido en un puchero.
—Porque nosotros estamos del lado de Adad. Y este soldado siempre estará del lado de su príncipe.
Dagda expandió su percepción, seguro de que encontraría a Kael en algún sitio de ese bosque laberinto. «Si lo guío a Adad», supo, «él me guiará a la cura para Airgetlam».

****

Lo inevitable sucedió. Un campamento reconocido, protegido y patrocinado por dos países en guerra estaba destinado al éxito. Igual que el primer campamento neutral, el nuevo comenzó con un centro definido por la tienda de Connor. En el lado oeste se situaron otra vez los aesirianos y en el este los vanirianos. De nuevo hubo centinelas que supervisaban el paso de un sitio a otro. Doran, que retomó su puesto de centinela líder en el extremo vaniriano, saludaba a todos los aprendices en cada entrada. Pero Leik, que fue el líder de los centinelas aesirianos, no regresó. Connor se lo prohibió por haber amenazado con cuchillo a los vanirianos que ayudaban a cuidar la tienda del príncipe Kardan.
—Lástima —se lamentó Doran, con la baraja de cartas en la mano—. Me había hecho ilusión de volver a jugar con él.
—Rompió mis reglas.
—¡Solo estaba cumpliendo órdenes de su superior!
—Las reglas de sus superiores no aplican aquí. Solo las mías.
—Lo sé. —Doran le esbozó una sonrisa y susurró—: Y aquí entre nos, creo que son mejores que muchas reglas de allá afuera. De ambos lados.
Se retomaron los tratos de rehenes para visitar los campamentos exteriores. Como consecuencia, los juegos de cartas regresaron. Tras los pactos con ambos gobiernos, el campamento obtuvo una vida mucho más dinámica y rica que la que tuvo su predecesor. Había más comida y medicinas, y también más aprendices, pues el pacto con los aesirianos siguió las mismas condiciones que el de los vanirianos. Así, pues, Connor recibió soportes médicos del Imperio entre sus estudiantes.
Fue una suerte porque los extremos de ambos bandos se hicieron más y más grandes, aunque por la razón incorrecta: la guerra continuaba más allá del terreno neutral. Con la llegada de los refuerzos vanirianos, más soldados del Imperio llegaron a Connor con un pie en la tumba y otro apenas pisando el suelo de los vivos. Los encuentros militares eran atroces, bárbaros, tan funestos que aún desde el campamento veían las columnas de humo que se alzaban en colinas y bosques, las nubes y relámpagos escarlatas, las detonaciones de las nuevas bombas del General Montag, y las batallas de fuego de Lemuria.
Connor pidió a ambos gobiernos una escolta para visitar el campo de batalla, y atender ahí mismo a los heridos. Sabía muy bien que aunque en el campamento tenía pacientes a montón, esos no eran ni la mitad de los combatientes caídos. Pero los gobiernos se negaron. El Emperador le envió una carta muy elegante y hasta simpática diciéndole que no quería participar en la muerte prematura del doctor que cuidaba a su hijo, ni quería que un profeta se pusiera en peligro innecesario. Lemuria, que visitaba con mayor frecuencia a Connor para revisar el progreso de sus soportes médicos, le dijo en persona que jamás permitiría que fuera al campo de batalla si podía evitarlo.
—Es terrible, querido Connor. —Aunque las palabras eran coquetas, el tono fue completamente serio—. Todos somos unos verdaderos animales allá afuera. Sabemos que si no terminamos el encuentro antes de la siguiente luna, los muertos de ambos bandos superarán nuestras expectativas. Por lo que más quieras, quédate aquí. Por lo menos tenemos esperanza de descansar un rato en tu campamento si las cosas se ponen muy mal.
El miedo previo del mes anterior se repitió. La luna carmesí se acercaba de nuevo. Esta vez, la luna empezó a teñirse desde el cuarto creciente, lo que auguraba unas noches todavía más pesadas que sus antecesoras.
La prioridad de los aprendices fue la elaboración y embotellamiento del jarabe relajante. Ceniza fue el encargado de este proyecto tan importante para ambos bandos. Aunque el krebin era silencioso delante de desconocidos, y sumiso ante sus primeros compañeros de viaje –en especial Connor–, había ganado confianza en sí mismo. Ya no se sonrojaba al dar órdenes ni hablaba con los ojos pegados al suelo. Su voz suave se acentuó con el paso de los días hasta llegar a un tono normal; ya los aprendices no tenían que inclinarse hacia él con las orejas bien abiertas para entender sus instrucciones. Con este nuevo liderazgo, Ceniza empezó a convertirse en el hombre que Connor había vislumbrado en él y en uno de sus más queridos consejeros.
—¿Qué pasa? —preguntó el doctor una tarde, cuando el krebin le pidió hablar a solas.
—Quería ver si a Marvin se le pueden asignar más tareas.
—Ah, ¿lo ves tan capaz?
Connor se mordió el interior de la mejilla. Marvin era el soporte médico que aconsejó a Lemuria cuando hizo el pacto con el doctor. Todo el mundo estaba encantado con él, con su simpatía, con sus conocimientos, con su carisma... En grupo, Connor lo encontraba soportable. Pero cada vez que tenía que hablar a solas con él sentía un nudo en el estómago.
Ceniza bajó la mirada. Aunque había ganado confianza, su naturaleza tímida aún persistía, en especial cuando creía que disgustaba a Connor. El krebin negó con la cabeza.
—Supongo que está bien. Pero es que... no me gusta. No quiero que ayude en la preparación del jarabe. —El corazón de Connor dio un vuelco.
—¿Te desagrada?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque huele a flores muertas.
—Marchitas —lo corrigió Connor con una sonrisa—. Se dice «flores marchitas». —Para su sorpresa, Ceniza lo contradijo.
—No. Las flores marchitas se convierten en frutos y luego en semillas, o caen al suelo y se funden con él para dar más vida. Pero él huele a flores muertas. A flores aplastadas y podridas. A flores que florecen en agua estancada. No me gusta.
Seguro había más personas que le parecían odiosas al krebin, como los soldados recién llegados que no se dejaban revisar por un híbrido, o las arpías arrogantes que se burlaban de él por sus brazos y piernas desproporcionados. Pero Ceniza nunca se quejaba de las miradas desdeñosas, los comentarios ponzoñosos o el desprecio crudo. Si se había atrevido a hablar con Connor sobre un sujeto en particular, era porque de verdad le daba náuseas. Y por suerte para él, el joven doctor compartía su opinión.
Relevaron a Marvin de la fabricación del jarabe y lo asignaron a medicina general en el lado vaniriano. Marvin se lo tomó de maravilla, como siempre. Connor estaba seguro de que si le asignaba a limpiar las letrinas, él se lo agradecería con una sonrisa deslumbrante.
Conforme se acercaba la luna de sangre, el campo de batalla se hizo más y más crudo. La mitad de los que llegaban al campamento morían en él, sin que Connor o los aprendices pudieran hacer algo. El Emperador y Lemuria nunca se quejaron por los altos índices de mortalidad. Al contrario, estaban sorprendidos de que hubiese sobrevivientes.
Pero si la batalla se hacía más dura, el campamento neutral se hacía más blando y dulce. Una vez más, los límites en los extremos se fueron desdibujando. A pesar del dolor y de la larga estadía proyectada por cada paciente, los ánimos se alzaron en una suave brisa de simpatía. Como los pacientes eran atendidos por aprendices de diferentes razas, aumentaban su tolerancia hacia miembros de los países enemigos. Descubrieron que tenían mucho en común, como la lealtad a su pueblo y a sus amigos. Como el dolor de una guerra. Se dieron ánimos mutuos para recuperarse. Se apoyaron para soportar los accesos de mal humor producidos por la próxima llegada de la noche sangrante.
Así que lo inevitable sucedió.
Ya no querían pelear más. Los que estaban en condiciones de regresar a la batalla, se marchaban a sus campamentos con una expresión triste y sombría. Los heridos seguían en aumento, pero los que caían por la espada de los viejos pacientes de Connor tenían posibilidades completas de recuperación. Los oficiales se ablandaban bajo los cuidados del campamento neutral y la guerra ya no los encrudecía como antes.
Llegaron nuevos desertores. Suplicaron refugio a Connor. Le dijeron que tanto Generales como mangodrias castigaban con azotes cuando los oficiales se negaban a atrapar prisioneros o a torturarlos, o incluso si los llamaban por sus nombres. Los cabecillas no entendían cómo algo que era rutina se había convertido en tareas imposibles para sus soldados. Hubo ejecuciones por ley marcial en ambos bandos. Connor se aterrorizó y escondió a los desertores entre los guerreros de su campamento. El Emperador volvió a enviarle una carta. Lemuria le preguntó con coqueteos peligrosos. Pero como ninguno de los pactos prohibía que Connor guardara secretos, les mintió sin remordimientos. Ambos ejércitos se encrudecieron para castigar la deserción con más crueldad. Pero de nuevo los frutos cosechados en el campamento neutral pudieron más. Los nuevos desertores fueron creativos y, con ayuda de compañeros de tropas, se hicieron pasar por heridos letales para ir al campamento de Connor, donde el doctor firmaba sus actas de defunción y los enviaba lejos o les daba un sitio entre su gente.
Connor agradecía cuando los desertores decidían quedarse con él para pagar sus servicios al ayudar a futuros pacientes. Pero el crecimiento de su grupo lo preocupaba, porque ya eran demasiados como para mantener un ojo en todos, en especial a los soportes médicos de ambos bandos pues estaba seguro de que tenían una misión de espionaje. Pero lo que le preocupaba más era el aumento de aesirianos cuando la locura lunar se aproximaba. Tenía miedo de que la tensión acumulada fuera más fuerte que el jarabe y que la simpatía sembrada en aesirianos y vanirianos reventara con vísceras y sangre en la siguiente luna llena.
Lemuria también estaba preocupada y pidió a Connor que intercediera por ella con el gobierno aesiriano. Quería llegar a un acuerdo con ellos para que no hubiese batalla en esas tres noches. Connor intervino, aunque supo que sería insuficiente por su cuenta: la luna llena era el momento más terrible y poderoso del General Montag. Los aesirianos jamás renunciarían a una ventaja significativa.
Por suerte, Lemuria encontró su aliado en la persona menos imaginada: el príncipe Kardan. Hasta donde Connor sabía, la mangodria nunca supo de la presencia del heredero en el campamento, aunque él estaba al tanto de la ida y venida de la vaniriana. Al escuchar la petición de Lemuria, el príncipe decidió pagar el precio de Connor con una carta. Al pedir a su padre que concediera una tregua, salvaría a miles de soldados de ambos bandos, al menos por tres noches.
El Emperador aceptó. Una reunión se acordó para que los dos gobiernos firmaran el primer pacto que habían hecho jamás. Quizá los soldados comenzaban a desdibujar las barreras de la desconfianza entre las razas, pero las cabecillas estaban lejos de ello. A ninguno se le pasó por la cabeza reunirse en campo de batalla para hacer válida la tregua. La primera opción de ambas partes fue el campamento neutral, donde Connor serviría como testigo de confianza.
Lemuria llegó entre sonrisas y carcajadas, simpática con su escolta y con todo lo que la rodeaba. El convoy del Emperador, en cambio, fue más serio y oscuro. El príncipe Sin y el monarca marcharon en sus armaduras de noche, franqueados por cuatro soldados de armadura azul de pecho y hombro derecho. Connor había escuchado rumores horribles sobre el Escuadrón Mare.
Convertían en armas todo líquido cerca de ellos; si no tenían agua, la sustituían con sangre de los vanirianos. Los reventaban a la distancia. La sangre se escapaba por los ojos de los groliens, las orejas de las arpías, la nariz y la punta de los dedos de los ordinarios. Como si no fuera suficiente con ver a sus compañeros reventar como uvas, los demás debían escapar o acabar sus días cortados a la mitad por una hoz gigante color escarlata. Y para hacerlo todo más atemorizante, ¡apenas eran cuatro soldados! Los otros cuatro miembros del Escuadrón Mare estaban en una misión aparte. Connor no había atendido aún a ningún miembro de Escuadrón, porque eran tan coordinados y fuertes que rara vez resultaban heridos. Y aun cuando cayeran en batalla, se negaban a ir al campamento neutral. Incluso con la aprobación del Imperio preferían morir a recuperarse junto a sus enemigos.
Entre el Escuadrón Mare avanzaban dos cuervos mensajeros. Eran idénticos en la musculatura de sus cuerpos, en sus plumas azabache y sus ojos de sangre. Pero mientras uno tenía una expresión asustada y tímida, el otro era puro odio y hielo. Era la misma expresión que llevaba el integrante más prominente del convoy. Aunque iba cubierto de oro, Sigfrid Montag era la antítesis de todo lo bueno. Era la primera vez que Connor lo miraba de cerca. Su primer instinto fue escapar, escudarse detrás de los vanirianos y no mirar atrás. Se contuvo porque los ojos del General estaban fijos en él y lo habían clavado al suelo como un martillo de hielo y fuego. La única calidez que Connor vio en sus ojos fue la furia. Como los Escuadrones, Sigfrid aborrecía el campamento neutral y a todos los traidores que se arrastraban por él como víboras. Y detestaba en especial al doctor responsable de semejante herejía. Parecerse a Darius era la menor de las ofensas de Connor. «Con razón Huggin va tan asustado», pensó el doctor. El otro cuervo, el que se avanzaba tan grandioso como su amo, debía de ser Munnin.
Del convoy, el único rostro amable que reconoció fue el de Dereck Sunkel. Connor tuvo que contener las ganas de correr hacia él y darle un abrazo. Tenían 50 años sin verse. Pero no supo si el Guardián lo rechazaría por haber escapado con los Dragones, o si lo recibiría con la simpatía que lo caracterizó durante el viaje al Reino de las Arenas.
El Primer Pacto entre ambos países se firmó en el más profundo de los silencios.

****

Para demostrar la buena fe que existía entre las partes, se acordó que los líderes pasarían la noche en territorio neutral. Se marcharían antes del amanecer. Solo Connor sabría a qué hora. Así ningún convoy recibiría ataques sorpresas en su retirada.
A pesar de la tregua recién firmada, el campo de batalla todavía resonaba y siguió haciéndolo durante la noche. A la distancia, más allá de un mar de árboles y colinas, el cielo se alumbró con relámpagos y fuego. Aunque Lemuria estaba en terreno neutral, otra mangodria luchaba en su lugar. Sigfrid estaba junto al Emperador como el más grande y terrible de los perros guardianes, pero otras fieras batallaban en su puesto. El General Tonare y el príncipe Harald estaban en combate. Por lo que había escuchado Connor, también había príncipes del desierto, pero no se atrevía a corroborar esa información con el grupo del Emperador.
Connor pasó en tensión pura. Odiaba que hubiese dos grupos armados hasta los dientes, listos para saltar a las gargantas de otros. Cada convoy se había retirado a los bordes de los lados este y oeste para mirar menos al grupo contrario. Sin embargo, la tensión persistía en la falta de sonrisas y en las miradas apartadas de los pacientes. Nadie quería que sus líderes tomaran nota de las simpatías hacia los enemigos, para tomar represalias después. Connor tuvo que estar atento a la comodidad de ambos convoyes, así como al embalaje final del jarabe. Cada parte aprovecharía la visita para llevar la medicina relajante a sus respectivos campamentos.
Trasnochado y al borde de caer dormido en cualquier instante, Connor agradeció cuando llegó la hora en que el Emperador se marcharía. Ya el General esperaba con dos soldados de Escuadrón a las afueras del campamento, mientras que los otros dos acompañaban al Emperador en la última parada: a recoger al príncipe Kardan. Aún no estaba repuesto al cien por ciento, pero Connor creía conveniente que terminase de recuperarse en su territorio. Después de todo, ignoraba por cuánto tiempo podría seguir escondiendo su presencia a los soportes vanirianos y a Lemuria.
Acompañó al grupo para dar los últimos cuidados e instrucciones al príncipe, pero se detuvieron antes en una tienda que servía como bodega. Ahí Ceniza guardaba ungüentos y medicinas que luego los aprendices y Connor recogían cuando daban a un paciente de alta. El doctor preparó con antelación el paquete con los medicamentos del príncipe. Fue una suerte que caminara unos pasos adelantados del Emperador y su escolta, o de lo contrario ellos habrían visto la escena que se desplegó ante los ojos de Connor.
No era la primera vez que interrumpía a una pareja sin desearlo. En el campamento le había pasado ya una vez –dos aprendices, ¡bien por ellos por encontrar el amor en medio de la guerra!–. En el viaje desde el Reino de las Arenas le pasó como tres veces –una de ellas junto a Sakti, cuando descubrieron a Dereck–; y en la Taberna había interrumpido a clientes borrachos que se acomodaban en establos, callejones y cuartos sin pagar. Ya tenía experiencia en retirarse sin hacer ruido, a la vez que cerraba la puerta en silencio para que otro desprevenido no entrara a una habitación ocupada.
Pero esta vez Connor se congeló.
En la penumbra reconoció el cabello verde de Lemuria, su piel tensada y cubierta de cicatrices, sus músculos marcados y su silueta deliciosa. Era en verdad hermosa, aún más con las piernas entrelazadas en las caderas de su pareja. En ese instante estuvo seguro de que se trataba de Marvin, aunque no tenía por qué creerlo. Lemuria era coqueta cuando quería incomodar a alguien o sonsacarle información, pero a sus soldados y soportes médicos los trataba con simpatía inocente y firmeza de líder.
Cuando la mangodria reparó en la presencia de Connor, el amante separó los labios del cuello y miró al doctor. No era Marvin.
A la distancia, como si le hablasen desde las profundidades del mar, escuchó que el Emperador lo llamaba. Connor cerró la cortina a toda velocidad y se situó delante de ella con los brazos extendidos en cruz. Kardan y su escolta lo miraron con una ceja arqueada. Miraron la cortina detrás de Connor, muda y oscura. Miraron de nuevo al doctor, aunque ya sus cejas no preguntaban qué pasaba sino por qué actuaba como un niño. Los soldados estaban al tanto de lo que sucedía en todo campamento y al parecer Su Majestad también.
—¿La medicina? —preguntó el Emperador.
—Aaaaah... —Connor se retorció. Quizá el grupo tenía idea de qué pasaba dentro de la tienda, pero no quiénes eran los involucrados—. Eeeeeh... —Sintió un golpe por detrás de los pies. Se agachó lentamente, levantó la falda de la cortina y recogió el paquete de medicina con el nombre del príncipe Kardan—. ¿Aquí está?
—¿Es una pregunta o una afirmación?
—Ja, ja, ja —la risa fingida de Connor levantó más cejas, pero no le importó. Hizo un gesto con la mano para que el grupo se le adelantara y se quedó otro rato frente a la tienda hasta asegurarse de que los amantes estaban a salvo—. Ugh, ¡tengan más cuidado! —los regañó a través de la cortina—. ¡¿Qué hubiese pasado si otra persona los descubre?!
Bufó agotado. Apenas el convoy de Lemuria se marchara también, pondría un letrero gigante frente a su tienda para que nadie lo molestara mientras recuperaba todo el sueño y la tranquilidad pendientes. Aún perturbado por la irresponsabilidad de otros, siguió al Emperador.

****
No supo cómo pasó. Sabía que había una mangodria rumbo al Norte porque vio sus llamas caer en la primera arremetida de los vanirianos, cuando atacaron el campamento del príncipe Harald tras la llegada del heredero de Masca. Pero las llamas fueron verdes en lugar de azules. Aun cuando un nuevo castillo flotante surgió de las entrañas de la zona neutra en rebelión, no hubo flamas de otro color distinto al bosque o al sol. Solo estaba el fuego de Abigahil y el de hechiceros ordinarios.
Por eso, cuando la vio en el campamento de Connor, Dereck se quedó sin aliento.
—Dijiste que la habías matado —apuntó Sigfrid, por lo bajo. Su pupilo apenas lo escuchó.
—Sí. Lo hice.
Pero Lemuria estaba ahí, delante de él, a unos pasos. La sonrisa coqueta, simpática e insolente de la mangodria bailó en sus labios sin rastro de duda. Ni siquiera tembló cuando el Demonio Montag se situó a unos pasos de ella, detrás del Emperador y listo para decapitarla si Lemuria atacaba mientras el monarca firmaba el Pacto. Cuando le tocó el turno a la Generala de estampar su firma, sus ojos se situaron por un instante en los de Dereck. Aunque los dos se mantuvieron firmes, un escalofrío estremeció sus corazones. Dereck lo sintió tanto en el suyo como en el de Lemuria.
Por eso no se sorprendió cuando, más tarde, unos brazos salieron de la penumbra y lo arrastraron al interior de una tienda cualquiera. No opuso resistencia. Sintió el apetito de Lemuria como algo natural y común. Fuera lo que fuese, el vínculo aún estaba ahí. El hambre, el ansia, el amor que no era amor. Se atrajeron mutuamente como dos planetas en colisión. Los dos se destruirían con un solo roce pero no podían evitarlo.
Luego llegó Connor. El doctor, otro rostro querido que Dereck no había contemplado en décadas, trajo consigo un poco de lucidez a su pasión. Pero solo un poco; no la suficiente para que Dereck se vistiera y saliera por la parte trasera de la bodega. No la suficiente como para que el cuerpo cálido y sudoroso de Lemuria lo hiciera darse cuenta del error que cometía. Dios. Era el juego de sombras otra vez. De nuevo se les iría de las manos sin que ninguno pudiese hacer nada para evitarlo.
Aparte de pasarle el paquete de medicinas a Connor, el Guardián no hizo ningún otro movimiento. Quedó sentado en el suelo donde Lemuria lo había tumbado, con ella todavía encima de su entrepierna, conectados, desprevenidos, asustados y felices. Todo al mismo tiempo. Era un desastre terrible. Después de que Connor se marchara fastidiado por el descuido de ambos, Lemuria soltó un suspiro.
—¿Crees que dirá algo? —Estaba asustada. Dereck se dio cuenta de que la interrupción tomó completamente desprevenida a la mangodria. Ella no pensó en absolutamente nada cuando arrastró al soldado a sus brazos.
—No. Connor es un cielo. No soltará ni una palabra, ni siquiera a nosotros. Si hacemos como si nunca pasó, él lo respetará.
—¿Seguro?
—Sí. —Dereck se inclinó y besó la punta de la nariz de Lemuria. No supo por qué lo hizo, igual que la mangodria no supo por qué se sonrojó como una chiquilla—. Así que no le hagas daño. No lo lastimes.
La pasión inicial comenzó a ceder. Besar, aruñar, lamer y abrazar. Esas eran las consignas mudas que acordaron en el silencio de la tienda. Hablar no contaba. Discutir sobre temas de guerra era prohibido.
—No lo pidas. Yo no te pediré que no lastimes a mis soldados, a mi hermana o a mi rey. No te pediré nada que vaya contra los principios de tu corazón. Así que no me pidas a mí lo mismo.
—Si quieres puedes matar al Emperador, a los Generales, a los príncipes. Los defenderé porque es mi trabajo, pero no te resentiré por ello. Pero no metamos a Connor en el mismo saco que a ellos. Sabes que es diferente, ¿verdad?
Lemuria apretó los labios, aunque no estaba enfadada. Era cierto que Connor era distinto a un militar. Ni siquiera era una ficha del tablero de ajedrez. Era un factor que se salió de la ecuación. No había por qué tomarlo en cuenta.
Sin saber por qué, Dereck la besó de nuevo. Y otra vez, sin saber por qué, ella lo correspondió.
—Pensé que te había matado. —Miró la cicatriz que Lemuria tenía por debajo de los pechos. La acarició con el pulgar, en parte seguro de que ella lo apartaría al fin, y en parte seguro de que ella lo aceptaría. Lemuria no se movió.
—Yo también lo pensé.
Dereck no pidió perdón porque supo que la mangodria no lo resentía. Si las cosas hubiesen estado al revés en aquel entonces, ella también habría disparado. Ella también habría pensado durante meses en la caída de su amante y en la flecha que habría lanzado a traición. La imagen la habría asaltado en los años venideros en los momentos más insospechados, como cuando iba al baño, miraba las estrellas o practicaba esgrima con un compañero de tropa. Simplemente se aparecería en su mente sin ningún estímulo aparente que la invocara.
La comprensión seguía allí. Sin saberlo, los mantuvo unidos durante todos esos años.
Ninguno de los dos necesitó palabras. En silencio se amaron un rato más. En silencio se vistieron. En silencio se marcharon. Y en silencio acordaron volverse a ver.

****

El doctor nunca lo sabría con certeza, pero Kardan estaba agradecido con él. Había perdido mucho y a muchos en su vida, pero no se creía capaz de soportar la pérdida de su hijo. Connor ya le había salvado la vida en Masca, y ahora le había salvado lo que le quedaba de corazón al hacerse cargo del príncipe heredero.
—Espero que tengan buen viaje —se despidió el doctor con una sonrisa cansada pero luminosa, como el sol.
El Emperador se preguntó por enésima vez cómo podía Connor parecerse tanto a Darius y a la vez ser tan distinto al profeta bastardo. Tenía sus rasgos e incluso su insolencia, pero era también cálido y dulce. Se le parecía tanto a Istar que comenzaba a dolerle.
—Gracias por haberte ocupado de mí —sonrió el príncipe mientras estrechaba la mano de Connor.
—No hay de qué —respondió el doctor.
Oh, pero si tan solo lo supiera. Si tan solo sospechara que su paciente había planeado hacerlo rehén para atraer a Darius y a Sakti. ¿Qué diría Connor de ese plan? Si lo supiese, ¿habría ayudado al heredero?
—Gracias —esta vez, el Emperador estrechó la mano del doctor.
—A usted. Con la tregua de verdad ayudó a muchas personas. Gracias.
Qué fácil le resultaba a Connor asumir que todos eran buenos en el fondo. Estaba convencido de que el Emperador cedió a la petición de su hijo por devolver un favor, cuando lo hizo por interés.
Aunque Sigfrid no se quejara, su dolor era evidente para quienes lo conocían de cerca. Para Dereck, Enlil y el Emperador fue claro como el agua, aunque para el resto de la tropa el General solo estaba de mal humor por la siguiente luna. Como todos.
Por lo que contaron los soportes médicos, así como Harald y Sin, el Emperador convino que en las noches de sangre Sigfrid no debía salir. Excitados por la luna, los aesirianos serían terribles portentos de destrucción. Pero los vanirianos sobrevivientes se preguntarían por qué el Demonio Montag no apareció en su cuervo mágico, para aplastar personalmente a la mugre que invadió al Imperio. Entonces las cabecillas vanirianas comenzarían a sospechar. ¿Cuánto tiempo les tomaría descubrir que en esas noches terribles Sigfrid no podía tenerse en pie sin enterrarse las uñas o gruñir de dolor? Mientras se pudiese, la luna carmesí debía ser una fecha de terror para vanirianos; no una puerta hacia la esperanza de derrotar al fin al General Todopoderoso que los mantenía a raya.
Sigfrid estaba descontento con ser la principal causa del Pacto con vanirianos. Estaba furioso. Sin embargo, el Emperador estaba bastante complacido con los resultados. Que Connor interviniera a favor de los vanirianos fue una excusa perfecta para justificar la ausencia del General en la matanza de esas noches. Además, era la oportunidad de oro para que el príncipe heredero se acercara al más joven de los profetas sin que éste sospechara sus verdaderas intenciones. Si ahora el monarca y hasta el mismo Sigfrid aceptaban marcharse, y dejar el campamento neutral abrigado en un reconocimiento oficial, era porque el príncipe había confirmado lo que su padre ya sospechaba: Connor no se iría. Al contrario, desplazaría a su grupo en la misma dirección en la que avanzara la pelea. Aunque, de momento, los Generales estaban empeñados en que los vanirianos no subieran más con rumbo a Tyr.
Los dos Aesir despidieron al doctor con una sonrisa política, a las que Connor se había acostumbrado en presencia de Sakti y los príncipes de las Arenas. El Escuadrón y Sigfrid, en cambio, mantuvieron sus semblantes serios. Desaprobaban por completo el campamento, tuviese o no el aval del gobierno.
Las hogueras del terreno neutral quedaron atrás. Inmersos en la noche, solo los acompañaba el ruido de los cascos, los grillos y el tintineo de las botellas de jarabe, que iban en carretas. Protegidos en esa quietud, el Emperador preguntó por Dereck.
—Lo envié con Huggin a batalla.
—¿Por qué? —Habían acordado que no dejarían al Guardián y a su cuervo a solas.
—Cambió expresión durante la firma de la tregua. Pensé que podría alertar al profeta si estaba mucho tiempo en ese maldito campamento.
El Emperador aprobó la decisión del General. Ya Dereck había demostrado dudas a su lealtad al Imperio. Aunque hizo un excelente trabajo en las batallas junto al príncipe heredero, no había por qué tentarlo a poner a Connor en alerta sobre la amistad de los Aesir.
—Bien. Es mejor así. Tengo órdenes.
Miró a su hijo, quien cabalgaba junto a él. Iban a trote moderado para que el príncipe no resintiera la herida en la pierna, pero al mirarlo cualquiera creería que estaba sano al cien por ciento. El príncipe era todo y más de lo que había esperado en un hijo. No se quejaba, no se echaba para atrás, no le daba disgustos. Aunque de seguro tenía sus dudas y temores sobre el trato dispensado a Sakti y Adad, Kardan seguía las órdenes de su padre porque confiaba ciegamente en él. Porque lo amaba.
El Emperador también lo amaba. De verdad Connor jamás sospecharía cuánto le agradecía que lo hubiera salvado.
—Connor debe morir.
Mientras lo decía, vio el rostro de su hermana retratado allá en Masca. A ella, a quien tanto había querido, la manipuló y traicionó sin dudarlo. ¿Por qué habría de ser diferente con Connor?
—Imagino que sabes de alguien capaz de hacerlo.
—A unos cuantos —respondió Sigfrid—. Pero nosotros no lo haremos. Jamás deshonraríamos el Pacto de un Aesir. Los vanirianos, por otra parte, son conocidos por su barbarie y falta de honor.
El Emperador asintió. No esperaba menos de su General.
Al mirar al príncipe junto a él, vio aceptación resignada. Por mucho que al heredero le disgustara violar un Pacto, por mucho que le disgustara acabar con la vida del hombre que lo había salvado, comprendía que era necesario. Connor pensaba demasiado bien de las personas. Y por eso era peligroso en una guerra. Ya los frutos de su intromisión estaban a la vista: reconocimientos oficiales de ambos gobiernos, una firma de tregua, y la deserción de cientos de soldados de ambos bandos. ¿Cuánto faltaba para que esos cientos se convirtieran en miles? Connor les estaba mostrando una ruta de paz muy distinta a la guerra, que era justo lo que los Aesir necesitaban para controlar de nuevo el continente sin presencia vaniriana. Y si a los oídos de Connor llegaba la noticia de la revolución de la zona neutra, al fin el doctor tomaría partido. Connor no apoyaba al Imperio ni al Reino de Hielo, pero apoyaría una causa que protegiera la convivencia pacífica entre ambas razas. Si el doctor se unía a los rebeldes, ¿cuántos más lo seguirían? Miles. Soldados vanirianos y aesirianos por igual dejarían las armas con tal de pagar los servicios de Connor defendiendo su causa.
Sí. Aunque no lo sabía ni lo pretendía, ese chico era un peligro. Tenía que morir.
—Cuando honremos su memoria en la pira funeraria que erigiremos en su nombre —dijo el príncipe— abriremos las puertas a todo aquel que quiera vengarlo. Ya no tendremos que atrapar a Allena y a Darius. Los dos se unirán a nosotros para aplastar a los vanirianos asesinos.
El Emperador y su escolta aprobaron el razonamiento del heredero. Era todo un Aesir. Era todo lo que se esperaba de él. «Espero que no te cause tanto dolor como a mí», pensó el monarca. «Ser el hijo que mi padre quiso, y ser el Emperador que mi pueblo necesitaba, me quitó el amor de una hermana y la confianza de mis sobrinos amados».
—Algo más —agregó el monarca para cerrar la conversación clandestina antes de llegar al campamento militar—. Ni una palabra de esto a Enlil.
No necesitó mirar a Sigfrid para saber que el General contenía la respiración y daba un lento asentimiento de cabeza. Para alguien tan cruel que ya había probado los miles de sinsabores de una larga vida, ésta era una primera vez. Traicionaría a Enlil. Pero Sigfrid había amado a Istar como nadie tenía idea, excepto el Segundo General. La había amado. Aún la amaba. Y eso no impidió que la traicionara, ¿verdad? En su mente resonaron las palabras de Sakti.

«La prueba de que eres un fracaso de Guardián».

Aparentemente, también era un fracaso de amigo.


****

Lemuria avanzó por el extremo vaniriano con la cabeza en alto y una sonrisa simpática decorando sus labios. Tenía el respeto de todos sus compatriotas, incluso el de los aprendices vanirianos que se habían unido libremente a Connor. Se lo ganó no solo con sus capacidades de líder y estratega, sino también porque trataba con amabilidad a sus soldados. Era dulce y simpática con ellos, sin por eso ser floja o débil a la hora de tomar represalias por malos desempeños.
Mientras avanzaba hacia las afueras del campamento, donde ya la esperaban los arpías macho, su escolta y las botellas de jarabe, Lemuria mantuvo la fachada de mangodria segura, coqueta y poderosa. Pero por dentro estaba muerta de miedo. Su piel todavía olía a Dereck. ¿Qué haría si él lo descubría?
Se detuvo en medio de dos tiendas, donde no la alumbraban las hogueras cercanas. Todavía había vanirianos ahí, pero estaban cerca del fuego, ajenos a los pasos congelados de Lemuria y a la figura en la oscuridad que la había detenido.
—Connor debe morir —susurró con labios apretados el hombre que se ocultaba entre las tiendas.
Lemuria jamás se habría atrevido a cuestionarlo, pero acababa de hacer una promesa silenciosa a Dereck. Si tenía que matar a Connor, al menos quería saber por qué se había convertido en un factor importante para la ecuación.
—Porque los aesirianos no tienen honor. Esa es una lección cruda y demoledora que los soldados deberán enfrentar cuando descubran que sus jefes enviaron a matar a nuestro querido doctor.
Lemuria entendió. Los victoriosos son los que escriben la Historia. Y así, quedaría escrita la traición cometida por los aesirianos en su primera tregua. Aunque la mente detrás de la caída de Connor fuese vaniriana, el mundo entero solo vería que la mano que empuñaba el arma era aesiriana.
—Entendido.
Lemuria reanudó su marcha. La sombra la miró en silencio sin reparar en que la mujer no se había despedido con un beso.
Lemuria no lo dejaría oler la parte de Dereck que todavía besaba su piel.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!