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Capítulo 6

6
TRAICIÓN

El aire sopló entre los árboles. El cielo estaba despejado y todavía mantenía un alegre color celeste, aunque en cualquier momento se teñiría con el dorado de la tarde. Sakti sintió que la temperatura disminuía y apretó la taza que sostenía entre las manos. El vapor aromático del té le hizo cosquillas en la nariz.
Un fuerte impulso la hizo avanzar hacia la figura que estaba de espaldas a ella. Se arrastró por el césped y abrazó al mensajero por detrás.
—Lo he extrañado, amo —susurró.
—¿Eh? ¿Por qué? —le preguntó Mark. La miró con una ceja arqueada y una mancha de tierra en la cara por limpiarse el sudor con los guantes sucios—. Si hemos pasado todo el día juntos.
Sakti no supo cómo explicarle que a veces se quería tanto a alguien que podía extrañársele aunque estuviera al lado. El hecho de que Mark necesitara esa explicación la entristeció un poco, porque significaba que ella no era tan importante para él como él para ella. Así que sonrió y levantó los hombros. Después de un último apretón, dejó que el muchacho regresara a su trabajo.
Mark ignoró sus flores, se giró y la miró con ojos chispeantes.
—Pensé que esto era suficiente para ti, ¡pero podemos hacer algo más! Podríamos jugar ajedrez o pedirle a Dereck que nos acompañe fuera de la mansión. O... —Mark se sonrojó y esquivó la mirada—. O podríamos escaparnos los dos. I-i-ir al parque. Al lago. C-con los patos. Y montar en uno de los botes hasta que caiga la noche. Y luego soltar una lámpara flotante como hacen los demás que están... en... un bote...
Sakti ladeó la cabeza.
—Vaya. Eso le costó decirlo. Como cuando me invitó a la feria de atracciones que visitó Lahore. Se puso tan colorado que creí que se le iba a estallar la cabeza.
—¡Solo tenía nueve años! —exclamó Mark, sonrojado hasta las orejas—. ¡Era la primera vez que invitaba a una niña a salir! ¡Estaba muy nervioso! ¡Tenía mucho miedo de que me rechazaras!
—Usted es el amo —señaló la princesa—. Era imposible que lo rechazara entonces.
—... ¿Y ahora?
Sakti guardó silencio y ladeó la cabeza al otro lado. El mensajero supo que ella le respondería con otra pregunta.
—¿Cuánto tiempo lleva pensando en eso? En el lago, el bote y la lámpara.
Aunque aún estaba avergonzado, Mark le mantuvo la mirada esta vez.
—Pienso en eso todo el tiempo. En el lago. En los parques que se pueden ver desde la muralla de la mansión. En los parques, museos y teatros que están al otro lado de la ciudad y que nunca podremos visitar juntos. Pienso siempre en todos los momentos que pudimos haber tenido y que ahora nunca compartiremos.
La brisa sopló otra vez. Las hojas teñidas de fuego se desprendieron de los árboles. ¿Estaban en otoño? Sakti no lo había notado.
—Lamento tanto no habértelo pedido entonces —la voz de Mark se mantuvo firme, aunque Sakti sintió un nudo en la garganta—. Si lo hubiese hecho, si te hubiese dado todos esos momentos que planeé en mi fantasía, ahora tendrías buenos recuerdos. Ahora podrías aferrarte a ellos. No tendríamos ningún remordimiento.
Esta vez, cuando la brisa sopló, no cayeron hojas sino copos de nieve. Sakti sintió que una fina capa de partículas simétricas de hielo le cubrían la piel, de la misma manera que las escamas la cubrían cuando forzaba la transformación. Luchó contra las palabras. Luchó con todas sus fuerzas contra el reproche, pero perdió.
—¿Por qué saltó?
«¿Cómo pudo hacerlo?», quiso gritar. «¡¿Cómo pudo abandonarme?!», pero no tenía fuerzas. La nieve se estaba llevando su energía y ese vistazo al amo. Ya no estaban en el jardín de los Tonare, sino otra vez en la torre del metal bendecido por Dios. En lo alto, la luz de la Estrella Púrpura se colaba por una escotilla. Mark estaba de pie sobre la baranda mientras ella extendía los brazos para sostenerlo.
—Tienes que aprender a dejar ir, Allena —sonrió el mensajero—. De eso yo no me arrepiento.
Mark se dejó caer de espaldas. Ella corrió hacia él, chocó contra la baranda, acarició sus dedos y...
... un golpe la despertó.
Sakti saltó sobre la cama y el dolor la punzó desde el hombro herido. Cuando chilló, no lo hizo sola. Al otro lado de la pared, una mujer gimió y un nuevo golpe sacudió la cama de Sakti. Por un segundo pensó que alguien había entrado a la casona a atacar a Miriam, pero al instante comprendió lo que ocurría.
Se levantó de un salto y huyó. No le importó el dolor. Cuando viajó del Reino de las Arenas a Masca había escuchado escenas similares. Incluso en una ocasión descubrió a Dereck con una soldado. Pero esto... ¡esto! «¡AH! ¡Necesito que uno de los chicos me borre la memoria!», pensó tan colorada como Mark lo había estado a los nueve años. ¡No podría mirar al nuevo cachorro de Darius sin recordar la fecha, hora y lugar donde lo habían concebido! Ahora no solo extrañaba el movimiento del brazo derecho, sino también el izquierdo. ¡Así podría taparse las dos orejas para bloquear los sonidos!
Cuando llegó a la cocina, una orquesta de aceite hirviente, el pitido del té y una tabla de picar hacía todo lo posible por superar los gemidos de Miriam, sin éxito. Frey y Zoe picaban como si estuviesen en una competencia. Si Sakti, que era tan usualmente imperturbable, se había avergonzado de escuchar a Darius y Miriam, no quería ni imaginar cómo debían de sentirse la tímida Frey y Zoe, que era la hija del mestizo.
Zoe bajó el cuchillo, agotada.
—Mi inocencia ha muerto —dijo pesimista—. Ya no veré el mundo de la misma manera. —Miró a Sakti en busca de simpatía y la princesa asintió con solidaridad.
—Es como si escuchara a mi propio hermano. Solo que Adad no me despertaría con los saltos de la cama.
El rubor subió por el cuello de Frey y Zoe hasta la coronilla de la cabeza, como si las dos fueran termómetros. Como ambas eran rubias y muy parecidas, a Sakti le parecieron candelas con las mechas encendidas.
Una corriente de aire estremeció a Sakti y la hizo estornudar. El movimiento le lastimó el hombro, pero también la cabeza. Fue como si le dieran un martillazo justo en medio de la frente. Un aruñazo estentóreo le rasgó los pulmones y desencadenó una explosión de dolor en la espalda. Sintió el calor de la estufa y la cocina giró junto a ella. La puerta del patio se abrió y entró una corriente más limpia y fría que la espabiló de nuevo. Frigg y Dagda entraron con cinco liebres listas para despellejar y que serían el alimento del gemelo en su camino a Xadiz.
Justo cuando el muchacho se las iba a dar a Zoe, Miriam gimió otra vez. Dagda frunció la frente sin entender lo que pasaba, pero Frigg lo pilló al instante y sonrió.
—¡Eh, bien por ella! Estaba a punto de darse por vencida. Ya era hora de que Darius actuara como un hombre.
La peli-rosada guiñó un ojo y sonrojó más a su sobrina y hermana. Sakti apoyó la cabeza sobre la mesa, porque ya no podía soportar el calor. Estúpido Darius. ¿Por qué tenía que hacer ese movimiento cuando ella dormía en la habitación contigua? ¡Había interrumpido un sueño tan...!
«¿Un sueño?». Sakti levantó la cabeza al tiempo que Dagda entendía lo que estaba pasando y dejaba caer las liebres, paranoico. «¿Un sueño? Pero yo... yo...».
—... yo ya no tengo sueños.
—¡Yo tampoco voy a tener sueños nunca más en mi vida! —se lamentó Zoe mientras se cubría las orejas.
—Pero... pero... —balbuceó Dagda—... ese no es papá.
Sakti lo miró con una ceja arqueada. ¿Podía ser que Dagda había entrado tanto en negación? El gemelo señaló la puerta.
—Papá salió con nosotros a cazar. ¿Ven?
Al instante, Darius apareció con otras dos liebres en las manos. Todos lo miraron incrédulos y él les devolvió la mirada confusa.
—Ah, ¡cierto! —comentó Frigg. Un rubor avergonzado le adornó las mejillas—. Ja, se me había olvidado.
Todos guardaron silencio en la cocina. En el momento que Darius les iba a preguntar qué estaba pasando, él también escuchó a Miriam. El mestizo no reaccionó, sino que su rostro permaneció imperturbable. Sakti supo que eso significaba que había descubierto un nuevo nivel en su escala de furia. La pregunta era ¿quién sería el blanco de esa ira?
Las caras de estupefacción pasaron a la meditación. Si Darius estaba allí con ellos, ¿quién estaba con Miriam? Sakti fue la primera en comprenderlo. La boca se le secó.
—No me siento bien... —balbuceó.
Zoe soltó un suspiro y una sonrisa.
—Ah. Mi inocencia acaba de resucitar.
—Aaaaah —comprendieron los demás.
Sakti giró los ojos, porque no podía creer que su hermano de verdad la hubiese despertado con los saltos de la cama. Lentamente, Darius bajó la mirada hasta encontrarse con los ojos de ella. Sakti supo que le iba a gritar una retahíla que en realidad estaba destinada a Adad. Pero cuando él abrió la boca para empezar ella se contrajo con una tos. Por un momento sintió la sangre en la boca. Luego no sintió nada.


Antes de despertarse, supo que Darius estaba enojado. El mestizo era una presencia enfurruñada que rompía la calma del cuarto. En una esquina había un incensario del que brotaban hilos de humo aromático. El aire era caliente, pero al menos ya podía respirar.
—Es una neumonía —susurró un muchacho.
Sakti entreabrió los ojos. Había conocido a Finn en una de sus visitas previas a Kehari pero no le había prestado atención porque nunca creyó que necesitaría de sus cuidados. La alerta se prendió en ella. ¿Por qué estaba el aprendiz allí? ¿Dónde estaba Connor? Finn estaba a un lado de su cama pero de espaldas a Sakti, para encarar a Darius.
—Tosió sangre —dijo el mestizo entre dientes. Tenía los brazos sobre el pecho y los puños apretados. Parecía capaz de destrozar toda la habitación si no le daban un calmante.
—Sé que da miedo ver algo así, pero mientras ella descanse y siga con el tratamiento no hay nada que temer. Las recaídas son normales, en especial con enfermedades respiratorias. —Finn le dio un sobre—. El doctor ya se esperaba algo así y preparó esto. Agregue tres hojas en el incensario cada dos horas y déjela respirar el aire. Hará calor aquí dentro, pero le curará los pulmones más rápido.
Darius aceptó el sobre, pero no estaba satisfecho.
—¿Dónde está? —preguntó. Todavía tenía los dientes apretados.
—El doctor salió anoche a atender una emergencia en un pueblo vecino —El aprendiz se había memorizado el tono cortés de Connor—. Estará aquí tan pronto como pueda.
Darius soltó un bufido de descontento y se sentó en la silla que estaba junto a la cama de Sakti. Ni siquiera se despidió de Finn cuando él dejó el cuarto. Sakti cerró los ojos. Le dolía la cabeza, la garganta, el hombro, las uñas y hasta las pestañas. Quería a su amigo, pero sabía que un Darius enojado era un Darius insufrible y en ese momento necesitaba alejarse de su energía negativa. Necesitaba un sueño.
Necesitaba mirar a Mark.
—Es tu culpa —murmuró Darius—. No debiste salir anoche.
Sakti apretó los dientes porque supo que no podría hacerse la dormida. Cuando Darius la tomó de la mano, ignoró las punzadas de dolor y dejó que los pensamientos de su amigo fluyeran dentro de ella. Como lo supuso, Darius sí estaba enojado aunque no por lo que ella creyó. Aún la resentía por acusarlo de manipulador, pero eso palidecía con el susto que le dio al desmayarse de repente en la cocina.
Pero aunque estaba honestamente preocupado por ella, también se sentía importunado porque ya no podría enfrentar directamente a Miriam y Adad, sino que tendría que esperar hasta que Sakti estuviera fuera de peligro para encargarse de los otros dos. Y entre más tiempo pasara, más se le dificultaría encararlos. Él se conocía bien. Tal y como no había tenido las agallas para aceptar las invitaciones de Miriam, más tarde le faltarían agallas motivadas por la ira para tratar esa... «... traición. Eso es lo que fue. Miriam me traicionó».
Sakti intentó apartar la mano cuando una sensación distinta al enojo le llegó de los dedos de su amigo. Aunque no pudo tan siquiera contraer los dedos, Darius se inclinó sobre ella para que se quedara en su lugar.
—¿A dónde crees que vas? —Darius mantuvo una voz plana, que no reflejó las emociones que bullían en su interior, para calmar a Sakti.
Ella apretó los dientes porque prefería al Darius insufrible que al Darius triste. Si hubiese tenido fuerzas habría dicho «¡Voy a patearle el trasero a Miriam por hacerte sentir mal!». Pero aunque todo el cuerpo le aullaba adolorido no pudo moverse, como si hubiese perdido la sensibilidad. La decepción que percibió en Darius solo se convirtió en un nuevo martillazo en la cabeza que le cubrió la vista con una telaraña de sangre.
Oh. Sigfrid pagaría muy caro ese maldito golpe. Claro, si es que ella misma sobrevivía.
La puerta se abrió con una patada que desajustó los goznes y resintió todavía más la cabeza de Sakti. Adad crispó la mano sobre el marco y miró con los ojos fuera de órbita a Darius y la mujer tendida en la cama. En vista de lo que había ocurrido entre Adad y Miriam esa mañana, Darius debió haberse levantado de un salto y enfrentar al príncipe por seducir a la mujer que el mestizo no se había atrevido a aceptar. Pero la mirada de Adad lo paralizó. Había algo en sus ojos desenfocados que a Darius no le cuadró. Tuvo la impresión de que el príncipe no estaba allí, sino que miraba algo más allá de la habitación aromatizada con hierbas.
—¡¿Qué le hiciste a mi hermana?! —rugió.
Darius ni siquiera pudo apartarse de la cama. Adad se abalanzó sobre él con la rapidez de un relámpago. Lo levantó del cuello con sus brazos musculosos y endurecidos con una armadura negra, y lo golpeó contra la pared. Los ojos grises eran ahora amarillos y la sonrisa usualmente carismática del príncipe estaba ahora adornada con colmillos. Darius supo que si Adad le apretaba un poco más el cuello, se lo rasgaría con las garras y ese sería el final de su historia.
—¡¿Qué le hiciste?! —gritó de nuevo Adad—. ¡Siempre le has tenido aberración, pero después del bebé pensé que ya no podrías hacerle nada más! ¡Que tú...!
Adad se detuvo. Sus ojos vagaron de un lado a otro, como si a su izquierda hubiese fantasmas y a su derecha hubiese demonios. Darius se cortó las manos cuando intentó apartar las garras escamosas del príncipe, pero Adad no se dio por enterado. «De verdad no está aquí. De verdad se ha vuelto loco», supo el mestizo.
—No, espera... —Adad agitó la cabeza y soltó al profeta. Darius cayó sentado y sin aire—. Tú... tú ya estabas muerto. Allena se encargó del asunto cuando tú... ¿O fue antes? ¿O...?
Darius no era el único que tosía por la falta de aire. Cuando enfocó la mirada vio que Sakti se había sentado en la cama, pero Zoe la había detenido para que no avanzara más. La profetiza la tenía abrazada con fuerza, como si con eso evitara que Sakti se rompiera en miles de pedazos. Adad agitó otra vez la cabeza, pero con el movimiento desaparecieron los colmillos y las escamas. El príncipe parpadeó muy rápido, como si se le hubiera metido una basurilla en el ojo. Luego miró a Darius y enarcó una ceja.
—¿Estás bien? ¿Qué haces en el suelo?
Cuando Adad le ofreció la mano para levantarlo, Darius se pegó más contra la pared. Sí, confirmado. Adad había perdido la cabeza y era un maldito peligro para todo el pueblo. ¿Cómo iba a sacarlo de la casa y de Kehari? El príncipe arrugó la frente por la reacción de Darius, pero antes de que pudiera comentarla escuchó la tos de Sakti. Sonó como si hubiese vomitado un pulmón. Adad se paralizó un instante, pero al siguiente corrió hacia su hermana y le preguntó qué había sucedido. ¿La habían envenenado? ¿Tenía gripe? ¿Qué le había pasado en el brazo? ¿Cómo se había golpeado la cara? Darius casi se atraganta. ¿De verdad Adad ni siquiera recordaba que él fue quien estrelló el rostro de su hermana contra una pared? Por la cara que puso Sakti, el mestizo supo que su amiga se hacía la misma pregunta.
Las manos gigantes de Vash levantaron a Darius y lo sacaron de la habitación. No le sorprendió que Dagda esperase en el pasillo para saber cómo seguía Sakti, pero sí lo tomó desprevenido que sus cuñadas estuviesen allí. Aunque él y los chicos querían a la princesa como a alguien más de la familia, Garrow y los demás siempre se mantenían alejados de ella.
Miriam también estaba allí, envuelta en una frazada como si nevara dentro de la casa, y con el cabello alborotado. Cuando Darius la vio, sintió un retortijón en el estómago. A Njord se le había desacomodado el pelo exactamente igual todas las mañanas, aunque ella le sonreía con picardía cada vez que él lo mencionaba. Miriam, en cambio, apartó la mirada.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Frey entre dientes mientras señalaba con la barbilla a Adad y movía un dedo en círculos alrededor de la sien. Ella sabía tan bien como cualquiera que el príncipe era una bomba a punto de explotar. Darius lo meditó.
—La prioridad ahora es Allena. Cuando ella esté bien, podrá encargarse de su hermano.
—Ella siempre es tu prioridad —soltó Miriam con rencor.
Frey y los demás miraron a todas partes –el techo, el pasillo, el botón desajustado de la camisa de Dagda– menos a Darius. Miriam tampoco lo miró, sino que mantuvo los ojos fijos en el suelo y la frente tan fruncida que las cejas se unieron en una sola. Por un instante el mestizo creyó que no podría responder nada a la peli-verde, pero recordó que él también estaba enojado.
—Por supuesto que lo es, porque de ella sé qué esperar. Una cuchillada en la espalda es algo que Allena jamás me daría.
Miriam al fin levantó los ojos pero por primera vez desde siempre Darius le mantuvo la mirada. Estaba listo para soportar lo que fuera que Miriam le lanzara: reproches, enojo puro, lágrimas... Jamás se había sentido tan preparado para enfrentarla.
—Papá —lo llamó Zoe.
Darius la iba a ignorar hasta zanjar su asunto pendiente con Miriam, pero Dagda se enderezó y tomó posición de alerta. Adad debía de haber perdido otra vez los estribos. Pero cuando Darius se asomó por la puerta, el príncipe aún era el buen y cariñoso hermano mayor que había sido durante mucho tiempo. En cambio los ojos de Zoe eran dos faroles celestes. El mestizo también se enderezó para escuchar la profecía de su hija.
—Quédate con Allena. No te separes de ella por nada del mundo.
Sin dudarlo, Darius se adentró otra vez a la habitación y tomó el lugar de Zoe. Cuando sostuvo a Sakti, comprendió una vez más lo enferma que estaba su amiga. Eso le cuadró igual de bien que la locura de Adad. Apenas tuvo la oportunidad, Zoe agarró al príncipe de la mano y lo apartó con un jalón. Cuando él reprochó e intentó retomar su sitio junto a Sakti, Darius temió que Adad se pusiera violento otra vez y atacara a Zoe. Pero a la profetiza le bastó con pedirle que lo siguiera para que Adad se calmara y obedeciera. A Darius le dio la impresión de que entre todos, Zoe era la única que podía manejar los cambios del príncipe. Ya ni siquiera Sakti contaba con esa ventaja.
Desde la cama, el mestizo vio que su hija llevaba a Adad a los cuartos traseros del apartamento. Si hubiese sido él, lo hubiese sacado por la cocina al bosque. Adad estaba tan acostumbrado a ser un Dragón que a lo mejor se hubiese transformado y marchado por su cuenta. Cuando Zoe desapareció por el pasillo, Dagda se asomó por la puerta desajustada con una expresión de fastidio.
Había llegado una visita.


Zoe le había dicho que no se apartara de Sakti, pero Darius no supo qué tan al dedillo debía seguir esa instrucción. ¿Qué pasaría si dejaba a su amiga sola un instante? ¿Le daría un ataque de tos y se moriría? Por otra parte, el recién llegado traía una carta y una expresión enigmática que le dio un mal presentimiento. Por más que lo detestara, el mestizo sabía que no podía ignorar lo que un Aesir tenía que decirle cuando lo miraba así. Aunque técnicamente Jillian no podía verlo, a Darius le pareció que sus ojos lo atravesaban ya con una mala noticia.
—Déjalo que se quede —le dijo Sakti con voz ronca mientras se acurrucaba en la cama.
—¿Segura? —A Darius le sorprendió ese cambio de parecer. Ayer la princesa escapó del sepulturero y hoy lo dejaba estar cuando ella se sentía tan mal.
—Nada puede ponerme peor ahora, ¿así que qué más da?
Darius dudó un poco más, pero Dagda se recostó a la pared con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos puestos en Jillian. Si el Tercer Dragón hacía algo que importunara a Sakti, Darius no tendría que mover ni un dedo. Su hijo se encargaría de arrastrar a Jillian fuera de casa. Dagda le daría el mismo trato que daba a los comensales ebrios que le tiraban besos indeseados a Zoe.
—Suenas terrible —comentó Jillian—. No creo que puedas derribarme en la cama ahora.
Sakti no reaccionó a la provocación, pero Darius jadeó. ¡Primero Adad y ahora Sakti! ¿Era en serio? ¿Pero cuándo...? ¿Dónde...? ¡¿Cómo?! Cuando miró a su amiga en busca de respuestas, ella ya lo veía con una expresión que decía «Eres un idiota, Darius. No es lo que crees». El mestizo miró de nuevo a Jillian para aclarar la situación y vio que el Tercer Dragón tampoco tenía buen aspecto. Sus manos estaban vendadas. Tenía un parche en una oreja, un moretón justo en medio de la frente y se paraba de medio lado, adolorido. «¿A eso salió anoche Allena? ¿A darle una tunda?». Darius contuvo una carcajada. Eso parecía más propio de ella que acostarse con alguien a quien detestaba.
El sepulturero le extendió un sobre. Al mestizo le pareció extraño que se lo diera a él, pues había creído que la carta era para Sakti. Creyó que sería una carta de amor u otra cursilería por el estilo. Pero apenas leyó la primera línea de la nota, Darius se levantó de un salto de la cama.

Papá y familia:
Los quiero mucho, de verdad, pero no puedo seguir aquí. Lo siento. No, no lo siento. Los amo. Eso sí es verdad.
—Connor.

Darius tuvo que releer esas frases tres veces para comprender lo que había pasado, en parte porque le parecía mentira y en parte porque la letra de su hijo era un garabato ininteligible. Pero cuando descifró la letra de doctor, el mensaje se extendió por su mente como una marca al rojo vivo: Connor se había ido.
Darius agarró a Jillian del cuello y le preguntó cuándo se había marchado su hijo. Lo hizo tan de repente y con tanta fuerza que le rompió la camisa. El sepulturero levantó las manos en un gesto que decía «¡Eh, soy solo el mensajero! No me mates», y respondió con obediencia.
—¡Después de la medianoche! Los tres pasaron al hospital por provisiones.
¿Los tres? Darius tomó otra vez la nota y vio los mensajes incluidos debajo del de Connor. El primero tenía una letra redondeada de niño disciplinado.

Tranquilos. Yo cuidaré de él. Yo también los quiero.
—Kel.
Pd: Digan en La Taberna que me fui de gira. ¡Así sonará mucho más interesante para la audiencia!

El último apunte tenía una letra fina y pequeña.

Tranquilos. Yo cuidaré de los dos.
—Drake.

Darius sintió que la cabeza le iba a explotar. Era un alivio que Kel y Drake se hubiesen ido también para cuidar a Connor, pero eso significaba que los dos estaban apoyando al doctor. ¿Es que no les quedó claro anoche que él no lo permitía? ¡¿Cómo podían ser tan desobedientes?! Aún más, ¿cómo podían alentar las ideas disparatadas de Connor?
—¿Qué camino tomaron? —Su voz sonó demasiado fría comparada con la ira ardiente en su pecho. Jillian levantó los hombros.
—Qué sé yo. Después de que Connor me remendara me fui a dormir.
Darius rechinó los dientes. Su hijo quería ir a la guerra a atender heridos y enfermos, pero alrededor de la zona neutra había batallas e invasiones a montón. Connor bien pudo lanzar una moneda al aire para decidir si iba al este, sur, oeste o norte.
—Dagda, ve por Airgetlam a Xadiz. Necesito que me ayuden a buscar a Connor.
—¡Darius! —lo llamó Sakti cuando él se encaminó a la puerta.
Estaba tan enojado y asustado por la desaparición de su hijo que se había olvidado de su amiga enferma. Tendría que decirle a Zoe que dejara sus tareas de La Taberna y cuidara a Sakti mientras él regresaba con Connor. Con suerte no tardaría mucho tiempo. Pero cuando iba a tranquilizar a Sakti y prometerle que regresaría dentro de poco, ella le lanzó una mirada de reproche.
—Tienes que dejarlo ir. Él no es como tú.
La furia de la noche anterior ardió de nuevo. Darius miró la cara pálida de Sakti, su figura maltrecha y esos ojos cansados y desafiantes. En ese momento la odió.
—Estaba equivocado. Tú ya me has apuñalado por la espalda. Eres una Aesir desde la coronilla hasta las puntas de los pies.
Cuando Darius salió, Dagda lo acompañó. Frey y los demás se habían esfumado hacía tiempo, despachados por Zoe a quién sabe qué tarea. Solo quedaron el silencio y Jillian para hacerle compañía a la princesa. Sakti cerró los ojos, adolorida y cansada. Cuando Jillian se sentó junto a ella ni siquiera tuvo fuerzas para enojarse.
—De verdad suenas muy mal. ¿Estás muy enferma?
—No te incumbe. Como tampoco te incumbía la huida de Connor. No debiste darle esa nota a Darius.
—Era solo una excusa para visitarte —confesó Jillian—. Cuando Finn dijo que estabas mal me preocupé mucho por ti.
Sakti no respondió ni se movió. Por un terrible segundo el Tercer Dragón pensó que había dejado de respirar, pero ella silbaba en cada aspiración. Estaba viva pero a Jillian le dio la impresión de estar solo en el cuarto. Había sepultado a mucha gente en su camino y hasta esos cadáveres congelados y hediondos eran mucha más compañía que Sakti. Estiró una mano y tocó la mejilla de la princesa. Estaba vez ella no lo mordió.
—¿De verdad hay alguien aquí? Se siente como si no hubiese nada.
La piel de Sakti ardía, pero Jillian sintió un frío absoluto. Él era ciego, pero cuando tocó a la princesa fue como si una sombra aún más oscura se irguiera delante de él. Al igual que la noche anterior, ahora sintió las fisuras de Sakti, esas grietas invisibles y dolorosas de las que emanaban tinieblas. ¿Qué le había pasado para que ella estuviese tan rota? «Yo, yo pasé», se respondió de inmediato. «Según el profeta, yo le hice esto».
—¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?
—Canta.
Jillian sonrió. Hacía unos días él había sido un hombre cuerdo que perseguía sueños. Y ahora que había encontrado el rostro de sus visiones, se había vuelto loco. ¿Si no como podía explicar que lo hiciera tan feliz que Sakti le pidiera una canción cuando ella lo había asaltado dos veces? Solo la locura podía explicar que quisiera agradar a alguien que le había hecho daño por odio.
El Tercer Dragón se aclaró la garganta y cantó.


De no ser por Dagda, Darius se habría marchado sin agua o dinero para el viaje.
No era tanto el enojo como el miedo lo que le nublaba el juicio. Cada vez que pensaba en que Connor terminara partido por la mitad por un hachazo vaniriano, o con todos los huesos rotos por el ataque grupal de una tropa aesiriana, se le revolvía el estómago y un sabor amargo le inundaba la boca. ¡Tenía que encontrar a Connor antes de que fuera demasiado tarde! ¡Y que Dios lo perdonara si esa misma noche no regresaba con Connor, aunque fuera arrastrándolo del cuello de la camisa!
Bajo esas circunstancias no se le ocurrió que pudiera durar más de un día buscando a su hijo. La idea era inconcebible. Por eso, cuando Dagda le pasó un morral con provisiones, Darius solo lo pudo mirar como idiota.
—Llegar a Xadiz me tomará tiempo —explicó el gemelo mientras levantaba los hombros—. A lo mejor tú lo encuentras antes de que yo me reúna con Airgetlam. Pero si está con Drake puede que nos tome más encontrarlo.
El sicario era un gran aventurero. Sabía seguir un rastro tan bien como camuflar el suyo. Darius no creía que Drake quisiera exponer a Connor a ninguna situación peligrosa, pero anoche tampoco creyó que el peli-rosado se tomaría en serio las ideas del doctor. A decir verdad, nunca se sabía qué esperar de Drake. Lo mismo podía llevar a Connor a dar una vuelta por un par de días como acompañarlo hasta las últimas consecuencias de su viaje.
Se encaminaron a las caballerizas. La Taberna tenía un trato con otros hostales en toda la zona neutra: alquilaban caballos que los viajeros podían devolver en cualquiera de las hospederías afiliadas, donde además se les hacía precio especial por estadía. Aunque La Taberna tenía sus caballos particulares, Airgetlam se había llevado uno cuando marchó a Xadiz y seguro que Connor y Drake se llevaron los otros dos. Dagda y Darius tendrían que coger prestados los de alquiler, pero qué más daba. ¡Era cuestión de vida o muerte!
Apenas llegaron, Dagda se apuró a ensillar la primera montura que vio. Darius se adentró más en la caballeriza porque había un caballo pardo al que le tenía especial aprecio. Mükael había muerto hacía muchos años, pero Darius logró cruzarlo con una yegua ordinaria. Aunque los potros fueron tan simples como la madre, Darius estaba convencido de que fueron tan valientes y leales como Mükael. El caballo pardo era el último descendiente que le quedaba del corcel con el que cruzó el Oeste. Bien podría ahora recorrer el Este con esta montura.
Una voz aflautada lo detuvo antes de que llegara al compartimento adecuado. No fue más que un susurro, bien pudo ser su imaginación, pero Darius decidió seguir la voz. Salvo los chicos que habían contratado como mozos de cuadra, nadie más debería estar ahí. Avanzó hasta el fondo de la caballeriza, que era una sección donde guardaban los cepillos, las sillas, los cascos adicionales e incluso algunas armas de cacería. Allí también estaban los nichos que Geri y Freki utilizaban cuando se quedaban en el pueblo, lejos de los caballos y de los ojos curiosos que podrían entrar en pánico ante el cuadro de dos lobos gigantes con fauces, cuernos y garras de dragón.
La mayor parte del tiempo los mensajeros estaban en las montañas vecinas. Ellos no eran las mascotas de nadie, decían, y por eso vivían como sus antepasados: salvajes y libres. Pero también eran mimados. Cuando les hacía falta alguien que les cepillara el pelaje o les dijera lo maravillosos que eran, solo tenían que bajar a Kehari para recibir una buena dosis de cariño de parte de sus profetas favoritos.
Ahí estaban. Sus pelajes verde grisáceos brillaban a la luz de una antorcha. Sus cuernos de marfil destellaban como navajas. Pero sus ojos, que usualmente brillaban con alegría, estaban cubiertos por una sombra de tristeza. Delante de los lobos había una figura encapuchada. Darius supo que se trataba de una mujer embarazada porque se paraba exactamente igual que Njord cuando sus embarazos estuvieron muy avanzados. Seguro tenía los tobillos hinchados y adoloridos.
El mestizo se quedó plantado en su lugar, aturdido. Le dio la impresión de que ya no estaba despierto, sino que había cruzado un umbral que lo sumergió en un sueño. No tenía control sobre su cuerpo, su mente estaba aletargada y todo alrededor estaba cubierto por una cortina sepia que difuminaba los contornos. Fue hasta que la mujer extendió una mano a Freki que Darius reaccionó. Aunque los lobos eran mimados, rara vez se dejaban acariciar por extraños. Freki podría arrancarle los dedos.
Cuando dio un paso y agitó los brazos para detener a la encapuchada, ella se giró. Tenía el cabello negro y largo, con las puntas en bucles, pero Darius no los vio. Toda su atención cayó en los ojos de ella, porque eran dos amatistas gigantescas y profundas. ¿Dónde había visto ojos así? Ella lo miró sobresaltada y después parpadeó muy lentamente, como si no quisiera dejar de mirarlo. Darius parpadeó con ella y cuando abrió los ojos de nuevo ya no había nadie allí.
Salvo los lobos.
Agitó la cabeza. ¿Por qué perdía el tiempo allí? ¡Connor! ¡Tenía que buscarlo! ¿Por qué había ido hasta esa parte de la caballeriza? Era... porque... ¡porque quería ver si Geri y Freki estaban allí! Claro, ya lo recordaba. Los lobos-dragón eran excelentes cazadores. ¡Podrían rastrear a Connor en un santiamén! Avanzó hacia ellos con los brazos extendidos, honestamente agradecido de que estuvieran allí.
Los lobos acudieron a él de inmediato, pero Darius estaba tan preocupado por Connor que no notó que el saludo de Geri y Freki era en realidad el inicio de una despedida.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

Engranajes

ENGRANAJES


Cruzó el pasillo como un fantasma, sin ruido ni duda. El apartamento estaba en silencio. Salvo los carbones de la chimenea, todo estaba en oscuridad. Una sonrisilla anhelante y satisfecha le iluminó el rostro. Se sentía como un chiquillo a punto de hacer la mejor travesura de toda la vida. Seguro que así se sentían los gemelos cada vez que iban a hacer una de las suyas.
Solo que Connor no era un niño travieso, sino un hombre a punto de embarcarse en un viaje. «Esto es lo correcto», pensó mientras sacaba la nota. ¿Por qué había tenido tanto miedo? Tenía ganas de ir al cuarto de Sakti para darle mil besos. Gracias a ella al fin lo había visto todo con claridad. Pero si regresaba, sus pasos podrían delatarlo y no quería pelear más con Darius. No quería retrasar su partida ni una noche más.
«Para papá», ponía el sobre. Darius lo encontraría a primera hora de la mañana, cuando fuera a hacer el desayuno. Luego tendría un ataque de furia pero eso sería todo. No podría detener a Connor. Ya no. El doctor sonrió otra vez y se encaminó hacia el patio cuando una sombra se agitó frente a la chimenea.
—Eres muy predecible —dijo Kel.
La melodiosa voz del grolien acarició el silencio, pero le clavó miles de escalofríos a Connor. El muchacho pegó un brinco y abrió la boca para gritar por el susto, pero se cubrió los labios a tiempo. Kel prendió una lamparita e iluminó sus grandes ojos cafés. Las arpías decían que Kel era guapo. Aunque los aesirianos veían la belleza de manera distinta a los vanirianos, Connor aceptaba que su hermano adoptivo era imponente y agradable a la vista. Daba una muy buena impresión y sabía hacerse ver tanto amable como temible, según lo ameritara la ocasión. En ese instante, Kel se mostró comprensivo.
El grolien avanzó a la cocina y abrió el sobre que Connor había dejado antes. Después de leer el mensaje del doctor, tomó la plumilla que Connor siempre llevaba en el bolsillo de la camisa y escribió un mensaje propio.
—Listo —sonrió—. Ya podemos irnos.
—¿Eh? —Connor lo miró sin entender.
—No creías que iba a dejarte ir solo, ¿verdad? Alguien tiene que cuidarte.
—Puedo cuidarme solo —balbuceó Connor, sonrojado.
Estaba feliz porque al fin alguien de su familia lo apoyaba en su decisión, pero también un poco ofendido. Todos creían que por ser simpático y bondadoso no sabía defenderse. Se les había olvidado que había recibido un breve entrenamiento militar y que sus mismos hermanos le habían enseñado técnicas de defensa personal. Solo porque no le gustara luchar no significaba que no pudiera hacerlo si la situación lo ameritara.
—Tú... tú eres feliz aquí, ¿verdad? ¿Qué hay de tu espectáculo? ¿Por qué lo dejarías cuando...?
—Sí, soy feliz aquí —lo interrumpió Kel—, pero lo soy porque tú y tus papás me dieron una oportunidad. No veo daño en devolver el favor si te acompaño. Así te asisto y papá estará tranquilo porque estás acompañado y a salvo. —Kel tenía un buen punto, pero a Connor no le parecía justo que el grolien sacrificara su felicidad por devolver un favor que no debía—. Además, en el camino podré dar presentaciones como si estuviera de gira. Míralo así: ¡me haré una base de seguidores que luego vendrán a verme en Kehari! ¿Verdad que es una buena idea y todos salimos ganando?
Por un segundo Connor se quedó sin palabras, pero después tuvo que hacer esfuerzos para contener una carcajada. Kel no le estaba haciendo un favor, sino que también estaba tomando su propio camino. Aunque tuviesen intenciones y metas diferentes, podían avanzar en la compañía del otro.
—Sí, me parece muy bien —asintió el doctor.
Los dos sonrieron y se encaminaron hacia el patio, solo para encontrar una figura recostada a la puerta de salida. Connor y Kel pegaron un brinco y estuvieron a punto de gritar juntos, pero se taparon la boca en un acto sincronizado. Drake los miró con una ceja arqueada y una expresión de decepción.
—Serán idiotas —dijo mientras tomaba el sobre que Kel había puesto otra vez sobre la mesa de la cocina—. ¿Cómo pueden hacer algo así?
Connor se sintió desinflar otra vez. Ya se había acostumbrado a que Dagda y Airgetlam desecharan sus ideas, pero nunca se esperó que Drake haría lo mismo. Y de los tres, la decepción del peli—rosado era la más hiriente.
—No pueden dejar una nota aquí. ¡La encontrarán en la mañana y nos buscarán de inmediato! ¡Por lo menos tenemos que sacarles un día de ventaja si queremos salirnos con la nuestra!
Kel y Connor lo miraron con ojos como platos. Cuando la comprensión los golpeó, los dos abrazaron al sicario. Drake contuvo un jadeo, porque los abrazos de Kel eran trampas mortales.
—¡Eres el mejor! —susurraron Connor y Kel.
—Ya lo sé, ¡ahora bájenme! —ordenó Drake con otro susurro. Cuando recuperó el aire los miró con seriedad—. No hagan eso delante de otra gente, ¿me escucharon? ¡Tengo una reputación que proteger!
Antes de que se marcharan, Connor y Kel lo apachurraron con un nuevo abrazo.

****

Un relámpago cayó a la distancia. Enlil cerró los ojos y se aferró a todo lo que consideraba sagrado para que la descarga no cayera sobre su tropa. Los vellos y el cabello se le pusieron de punta. Los dientes le castañetearon adoloridos. Las entrañas se le escogieron del miedo.
El relámpago estalló lo bastante lejos como para sobrevivir, pero lo suficiente cerca como para sentir la electricidad en el ambiente. El agua escurría de las armaduras y las monturas como una segunda piel. Cuando la corriente los recorrió, los caballos se encabritaron. Eran corceles de guerra y sabían mantener la calma bajo ataque, pero el pellizco eléctrico fue más repentino y doloroso de lo que habían esperado.
Enlil tensó las riendas pero sus manos estaban entumecidas por la electricidad y el frío. Solo una descarga telepática lo salvaría de una caída que le rompería la cadera. Calmó los caballos con imágenes de praderas, manzanas acarameladas y carreras serenas en amplios parajes de primavera. El pellizco eléctrico continuó unos minutos más, pero los caballos se calmaron lo suficiente para que la tropa buscara refugio. La cueva era pequeña, pero una lona ofreció cubierto adicional para los caballos mientras los soldados se apiñaban dentro en busca de calor.
Enlil estaba harto. ¿Cuánto tiempo más durarían esas malditas tormentas? ¿Cuánto tiempo tendría que pasar hasta que pudiera dormir otra vez bajo un techo y una cama de verdad? «A este ritmo, a Sigfrid se le reventará una vena cuando se entere de que me morí de una pulmonía». Podía imaginar la cara de enfado de su amigo. El pobre Sigfrid no tendría a ningún enemigo al que recurrir para vengar la muerte de Enlil, sencillamente porque no podía agarrar la lluvia a pescozones. «Pero quizá es lo mejor», pensó. Si moría en silencio, como el anciano cansado y enfermo en el que comenzaba a convertirse, no le dejaría a Sig un odio adicional a todos los que ya cargaba. «Y tampoco tendría que mancharme las manos...».
A la luz de las fogatas que el Escuadrón Fuoco prendió para la tropa, Enlil desenfundó la espada. Estaba entumecido por el frío, pero su mano se cerró sobre la empuñadura como lo había hecho desde hacía años. Aún tenía su fuerza. Estaba viejo, pero no enfermo ni débil. Todavía podía viajar y luchar para finalizar lo que él, Sigfrid y el Emperador habían comenzado. Aún tendría que mancharse las manos.
—Señor —lo llamó un oficial.
Tenía unos ojos verdes que en algo se parecían a los de los Tonare. Enlil sospechó que quizá algún antepasado de ese soldado estuvo ligado a la Casa Militar del Sur, porque también tenía las artes de la mente. Por eso Sigfrid lo había asignado a la tropa de Enlil después de sacarlo de la Fortaleza Heimdall, junto a los otros cinco soldados del Ejército de Aesir.
—Lo sé —asintió Enlil—. Yo también lo sentí.
Arker no había reaccionado tan rápido como él para calmar a los caballos, pero había ayudado. Había extendido su campo telepático para lanzar imágenes tranquilizadoras a los corceles. Y por eso también había sentido una tercera onda telepática además de la suya y la de Enlil. Alguien más en los alrededores tenía las artes de las mentes.
Arker extendió un mapa cerca de Enlil y señaló la dirección desde la que percibió la onda telepática. Enlil asintió otra vez. Había hecho un buen trabajo enseñando a ese soldado.
—El pueblo más cercano a esa dirección es Xadiz —dijo el General.
—Puaj —bromeó un soldado del Escuadrón Fuoco—. Entonces el agua y el fuego se van a reunir de nuevo. ¡Qué cliché!
Enlil sonrió. Le gustaba más liderar al Escuadrón Fuoco que al Escuadrón Vento, porque eran obedientes y tenían sentido del humor. Y cuando trabajaban junto a los del Escuadrón Mare no dejaban piedra sobre piedra.
Arker intentó hacerle una pregunta telepática, pero Enlil no dejó que el soldado sorteara la primera muralla de su mente. Después de todo, sabía lo que quería decirle. «¿Está bien? ¿Está seguro de esto?». Y lo que sucedía era que Enlil no estaba bien con lo que tendría que hacer, pero estaba seguro de que tenía que hacerlo.
Dereck les había informado que los profetas estarían en alguna parte del Este, aunque ni él mismo sabía en dónde o en qué pueblo. Enlil sabía que si después de tanto tiempo aún no los habían encontrado, era porque estaban refugiados donde los aesirianos aún no habían reconquistado: en la zona neutra. Y allí, esa noche, precisamente bajo una tormenta, al fin había percibido la telequinesia de uno de los profetas. Y en donde estuviera uno, estarían los demás.
Enlil apretó de nuevo la empuñadura de la espada y aceptó una vez más que tendría que ensuciarse las manos.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

Capítulo 5

5
LARGA NOCHE

El paladar de Sakti había perdido fuerza hacía años, así que casi toda la comida le era insípida. Pero le gustaba la textura de la carne y Connor preparaba un curry tan bueno que era capaz de resucitar las papilas gustativas de su amiga. Esa noche, el chico preparó una buena cena para despedir a Dagda aunque el platillo principal estaba dedicado a Sakti. Para cuando el doctor anunció que la cena ya estaba lista, ella llevaba salivando por el aroma por lo menos dos horas.
—Te ves mejor —comentó Darius mientras la ayudaba a sentarse junto a él—. Me alegra.
Sakti sí se sentía mejor. El hombro aún la estaba matando pero esa era la primera noche en muchísimo tiempo en que se sentía a gusto. Los cuidados de Darius la habían alegrado. Los mimos de Zoe la habían hecho sentirse mejor consigo misma. Y la comida que Connor había preparado para ella sería el broche de oro de su recuperación. Si al día siguiente se moría no le importaría ni en lo más mínimo.
No le sorprendió que Vash y las cuñadas de Darius no estuviesen para la cena. Miriam era la única que hacía mala cara cuando Sakti estaba de visita, pero a Vash y a las demás los tenía sin cuidado la estadía o la partida de la princesa. Además, alguien tenía que atender La Taberna.
Cuando Connor anunció que esperaban a un amigo nuevo del hospital, Sakti quiso golpear la mesa. Se moría de hambre y la ausencia del amigo de Connor atrasó la cena. Pero cuando el doctor resolvió que el invitado faltaría después de todo, Sakti se olvidó por completo de él. Se dedicó en cuerpo y corazón a comer, o por lo menos a esperar a que Darius la alimentara entre bocado y bocado. Ya no se lamentaba tanto por haber perdido la capacidad de usar bien una espada. Lo que ahora echaba de menos era levantar un tenedor.
Adad también estaba contento pues llevaba mucho tiempo sin probar un platillo digno de un príncipe. Connor había acertado con la cena y se preparó con antelación para satisfacer los apetitos de dos hambrientos voraces. La pequeña mueca de Kel era signo claro de lo bien que se la pasaban los príncipes. Aunque el grolien había crecido hasta sobrepasar a Vash, y su pelaje, que había pasado de castaño a negro, lo hacía ver imponente y peligroso, nunca había superado el trauma que Sakti le causó al comerse a su amigo Mauro. Pero como ella no le demostraba hostilidad, Kel se había acostumbrado a estar junto a ella sin temer convertirse en el próximo platillo de Sakti.
Fue hasta la hora del postre que el amigo de Connor se presentó. Sakti no prestó atención a su entrada ni al silencio que cayó en el comedor como un chapuzón. Notó las miradas sorprendidas en Dagda y Darius hasta cuando su amigo mestizo se quedó inmóvil, sin servirle una ración de la tarta de manzana y anís.
—Oh, esto se pondrá feo —murmuró Adad antes de meterse un trozo de tarta. Luego se echó atrás en la silla para ver el espectáculo. Sakti no comprendió lo que pasaba hasta que una garganta se aclaró detrás de ella.
—Hola —se animó el amigo de Connor—. Perdón por llegar tarde pero es que estaba... muy nervioso.
Lentamente, Sakti se giró hacia la entrada. Allí dos ojos ciegos estaban fijos en los de ella.
Por un momento no supo lo que pasaba. Se había sentido tan bien, tan tranquila. Casi contenta. Y luego...
Su trozo de tarta se prendió en fuego. La carne de gallina en su brazo se endureció con escamas. Darius casi se cae de la silla porque entre apagar el fuego y detener a Sakti no supo qué hacer. Zoe en cambio no tuvo ningún problema. Se estiró por encima de la mesa y cubrió la tarta ardiente con la tapa de una olla. Era obvio que supo que eso iba a pasar y se había preparado. Como luego Zoe siguió comiendo su porción de postre como si nada, Darius supuso que Sakti no quemaría la casona. Quizá ni siquiera mataría a nadie. Pero solo por si acaso la sujetó de la cintura para que no saltara sobre el Tercer Dragón.
—Estás herida y enferma —le recordó. Luego miró al sepulturero ciego—. Tú no tienes nada que hacer aquí, ¡vete!
—¡Yo invité a Jillian! —Connor se interpuso entre ellos y el Tercer Dragón—. ¡No puedes echarlo así!
«¿Jillian?», pensó Darius. «¿Es ese su nuevo nombre?». La sorpresa fue sustituida por una onda de comprensión: Connor había planeado ese encuentro. Para variar, el doctor se había hecho amigo de un sujeto posiblemente peligroso.
—Connor, tú sabías que Allena no quería verlo. Santo Cielo, ¡pensé que él ya se había marchado del pueblo! ¿Por qué lo trajiste aquí?
Connor dudó, porque desde el principio fue obvio que Sakti aborrecía al muchacho detrás de él. Enferma como estaba, no podía llevarle un desencadenante que la alterara. Pero...
—Se lo supliqué. —Jillian dio un paso hacia Sakti y Darius, apoyado en un nuevo bastón—. Sé que no querías verme, pero te he buscado toda mi vida. Yo...
—¡Cállate!
Unas navajas de aire pasaron justo al lado del Tercer Dragón y Connor. El doctor contuvo la respiración cuando un mechón de su cabello cayó entre giros al suelo. Dagda y Kel se levantaron a la vez, aunque tomaron direcciones contrarias y chocaron entre ellos. Connor supo que querían apartarlo antes de que Sakti lanzara una nueva onda de navajas descontroladas. Pero como Zoe siguió comiendo tarta y bebiendo té de menta, Connor quiso creer que la princesa no perdería la cordura. «Si fuese a pasar algo malo Zoe no estaría tan tranquila, ¿verdad?». O quizá estaba tan enfadada con él por haber alterado a Sakti que dejaría que la princesa lo machacara un poco antes de intervenir.
—Por favor escúchame —lo intentó de nuevo Jillian—. Yo...
Nuevas navajas pasaron al lado de Connor y su invitado, pero estas fueron más erráticas y dispares. Detrás de ellos, el sofá favorito de Garrow se despedazó. Aun así el Tercer Dragón abrió otra vez la boca para explicar su visita. Al instante todos sintieron el calor. En cualquier momento alguien se prendería en fuego. Pero antes de que Sakti usara la piroquinesis, Drake se levantó de su asiento con rudeza y estiró una mano hacia el invitado indeseado. Una navaja de verdad se clavó en el hombro del Tercer Dragón. Connor lo sostuvo cuando el dolor lo hizo perder el equilibrio, pero el calor se había extinguido.
—Vas a tener que largarte ahora mismo —declaró el sicario—. Si abres otra vez la boca, la cerrarás sobre una navaja. ¿Me entiendes?
—¡No tienen derecho a tratarlo así! —gritó Connor. Había pocas cosas que lo molestaran, pero ver cómo lastimaban a otra persona era una de esas—. ¡Él solo quería hablar! ¡Solo quería decir algo! —Miró a Sakti—. Por favor, solo deja que te lo diga. Y luego... luego él se irá.
No le gustaba echar a su invitado, pero tenía que negociar. Le gustaba creer que era bueno en eso y que Lea estuvo orgullosa de convertirlo en un buen negociante.
—No quiero. —Los ojos de Sakti parecían de piedra pero Connor supo que estaba frágil. Asustada. Aterrada. No lo entendió.
Jillian sí. El Tercer Dragón soltó un suspiro adolorido y asintió lentamente, aceptando su derrota.
—Lo entiendo.
Se apartó de Connor y se irguió fuerte sobre el bastón, aunque apenas lo usó para guiarse hacia la salida. Nunca había estado allí y ya se sabía el camino. El doctor se alarmó. Por Dios, ¡estaba herido! ¿Cómo podía dejar que se marchara con una navaja enterrada en el hombro? Lo menos que podía hacer era acompañarlo al hospital y atenderlo allí. Pero cuando iba a protestar, Jillian se detuvo junto a la puerta y cantó.

«... te esperé en aquellos templos
donde mi luz se encendió
a la espera de tu canción».

No fue más que un tarareo, pero todos contuvieron la respiración. Connor retrocedió un paso como si le hubiesen dado una bofetada. «Esa canción...». No, nunca la había escuchado pero algo dentro de él se estremeció con un recuerdo de otra vida, de otro tiempo. Jillian cantó otra vez.

«La canción del olvido.
La luz del perdón.
Porque esto es lo que...».

Un gemido lo detuvo. Todos torcieron la cabeza hacia Sakti, horrorizados por lo que habían escuchado y lo que estaban a punto de ver. Ella había apretado mucho los labios, pero sus ojos temblaban sobre Jillian y su rostro se estremecía. Connor sintió un nudo en la garganta porque... «Allena va a llorar». Pero antes de que siquiera una lágrima se asomara, ella se apartó de Darius y salió corriendo rumbo a su habitación.
Darius estiró una mano para detenerla pero lo pensó mejor. ¿De verdad estaba listo para...? No. Quizá nunca estaría preparado para ver a Sakti derrumbarse.
—La hice llorar. —Jillian se golpeó la frente—. No quería hacerlo. Solo quería saber si recordaba. Solo quería respuestas.
—No la hiciste llorar —lo cortó Drake fríamente. El sicario se apartó de la mesa y siguió el camino de Sakti—. No te creas tan especial porque no lo eres. Además, ella tiene más bolas como para llorar por una puta canción desafinada.
Jillian enmudeció y Connor jadeó. ¿En qué momento pasaron de un postre a una pelea con navajas de aire y de metal? Además de sorprendido, estaba avergonzado. No le parecía bien que todos en su familia quisieran echar a un invitado. «El lado bueno», pensó, «es que Jillian es ciego así que no puede ver sus expresiones». Pero seguro que aun así podía sentir la atmósfera. Dagda y Darius estaban tensos como gatos ariscos, y Drake y Sakti habían dejado claro que querían que Jillian se marchara.
El silencio se hizo largo, pesado e incómodo, hasta que una carcajada inundó el vacío que dejó la salida de Drake.
—Fue igual a cuando tuvo cinco años. ¿Te acuerdas? —preguntó Adad a nadie en particular mientras partía un trozo de tarta. Luego otro, otro y otro. Sin descanso. Como si le aplastara la cabeza a alguien con un mazo—. Fueron malos con ella, ¡malos! Así que los hicimos arder. Pero tú no quisiste que fuera para siempre y Allena se confundió. —La tarta de manzana y anís se había convertido en puré en el platito de Adad—. Fuiste malo, ¡malo, malo! Como madre y padre, ¡como las siluetas en el fuego!
Adad se carcajeó mientras apuñalaba lo que quedaba de su postre. Trozos de tarta le pringaron la cara como si fueran las vísceras de un sirviente en un mal momento en el sitio incorrecto. Darius enmudeció. Si antes sitió el calor de la piroquinesis de Sakti, ahora sintió la electricidad del próximo relámpago de Adad. «Está loco», comprendió. Por eso las tormentas no cesaban. Por eso afuera no había más que nubes oscuras. «Quizá... los dos están locos».
—Adad —lo llamó Zoe—, ¿te acuerdas de aquel libro de cuentos que me regalaste cuando cumplí los diez años? ¡Lo encontré hoy en la mañana! ¿Leemos algunos antes de dormir?
La carcajada maníaca de Adad se convirtió en una sonrisa tranquila y carismática, como las que el príncipe solía dar a los pequeños profetas antes de hacerles cosquillas.
—¡Claro que sí, pequeña! Les leeré a ti y a Allena antes de dormir. Tío casi nunca nos deja pasar la noche con ustedes, ¡así que hay que hacer algo especial para celebrarlo!
Adad chupó la cuchara con la misma sonrisilla alegre de sus días tranquilos e hipócritas en Palacio, cuando comía pasteles, preparaba vestidos para su hermana, estudiaba y urgía con los profetas un plan de escape. Adad no estaba allí, en Kehari, sino en Masca. Ni siquiera estaba en el mismo año que los demás, sino muy atrás en el pasado. El pelaje de Kel se erizó y Dagda movió los labios: «Vaya. Está bien chiflado».
Zoe se sentó junto a Adad, le quitó la cuchara y le habló de las muñecas de trapo que le habían enviado hacían tantísimos años, cuando cumplió los doce. Darius recordaba ese día porque fue una de las pocas ocasiones que el Emperador permitió que los príncipes Dragones pasaran la noche en la casita del lago para celebrar el cumpleaños de la profetiza. No le sorprendió que Zoe se acordara de la conversación que mantuvo entonces con Adad, porque con sus poderes de profeta podía ir de un tiempo a otro sin problemas. Pero cuando Adad empezó a repetir sus líneas y gestos de hacía tanto tiempo, Darius se asustó. «Chiflado» parecía quedarse corto para describir al príncipe.
Por encima de la conversación, Zoe dio una mirada discreta a su papá. «Yo me encargo de Adad, Drake de Allena y tú de él». Tres profetas para los Tres Dragones. Parecía justo. Darius agarró al tal Jillian del cuello y lo arrastró al patio de la casona.

****

Lo empujó contra la pared. No supo que se sentiría tan bien hasta que lo acorraló y le clavó los dedos en el hombro. Fue exactamente igual a como el Tercer Dragón lo había acorralado y agredido a él en pesadillas hacía tanto tiempo. Recordaba un encuentro particular cuando un hombre sin rostro, de cuerpo de papiro deforme, lo apabulló para que matara a un mensajero. «Esa vez me desperté con una mordida en el cuello», pensó rencoroso. Estuvo un poco tentado en desquitarse con esa nueva versión del Tercer Dragón, pero fue esa palabra, «nueva», la que lo detuvo.
—¿De verdad eres él? —preguntó.
Miró al muchacho. Solo un cachorrillo, nada más. No estaba hecho de papiro, sino de carne y hueso. Su rostro sí tenía rasgos y a Darius le daba la impresión de haber visto una cara similar en alguna parte, pero aun así no creyó que este tal Jillian tuviese algo que delatara su identidad de portador. Sus ojos, que eran la marca característica del Tercer Dragón, ni siquiera brillaban con la luz de la Estrella Púrpura. «Pero tiene las marcas», recordó el profeta. «Entonces sí es el Tercer Dragón». Aunque no el que había conocido, sino uno nuevo. Una persona distinta. Una nueva versión.
Darius se apartó y cruzó los brazos sobre el pecho, aunque el gesto era inútil contra un ciego. No podía parecerle imponente si su voz se quebraba.
—Voy a dejarte esto claro: no te acercarás a Allena. Ya le has hecho mucho daño.
Los ojos de leche le sostuvieron la mirada. Por un breve segundo Darius creyó reconocer un mar púrpura por debajo de la telaraña que cubría los ojos de Jillian, pero el muchacho soltó un suspiro de resignación y bajó la mirada antes de que el profeta pudiera confirmar sus sospechas.
—¿Ese es su nombre, Allena? Claro, ahora lo recuerdo. Qué bonito. —Jillian apretó un puño sobre el pecho—. Es cierto lo que dices. Sobre lastimarla. He tenido esa sensación toda mi vida. Yo... las llamas. Los cuerpos que arden en el fuego mientras ella gira con las manos extendidas. Eso... ¿eso también es mi culpa?
Darius ladeó la cabeza. ¿De qué estaba hablando ese muchacho? Luego lo recordó de golpe: él también había visto a Sakti bailar entre flamas. En una de sus visitas al lugar fuera del espacio y el tiempo había visto a una pequeña y demente versión de su amiga riendo a carcajadas mientras giraba en una danza de fuego. «Pero eso fue solo una visión. No hay forma de que Marduk... de que Adad... de que nadie más lo supiera». Aquella visión fue la primera señal que el Dragón y la portadora le lanzaron para pedirle que las salvara de la fusión. Y él les había fallado.
Pero el príncipe Dragón había hablado del fuego. También lo había visto. ¿Por qué?
Darius agitó la cabeza. Quizá Adad sí se había vuelto loco. O quizá las flamas que el príncipe describió, las mismas que ese nuevo Marduk y el profeta habían visto, eran una pieza del rompecabezas que Darius aún no había resuelto. «Quizá todavía estoy a tiempo para ayudarlas». Pensó en el gemido de Sakti al escuchar la canción del Tercer Dragón. Sonó tan triste y desesperada. Ya llevaba tiempo así, precisamente después de que se cortara el brazo para salvar a Connor y se fundiera. A Darius no le gustaba la presencia de ese Jillian porque no podía presagiar nada bueno. Ya los Tres Dragones estaban juntos y los engranajes de la Profecía rodarían otra vez para apurar el destino de los tres. Eso significaba que el día prometido se acercaba y que el tiempo de Darius se agotaba para cumplir su propia promesa. No quería que Sakti marchara hacia la luz de aquella ciudad de hierro, plata y jade que él había visto, pero si aquella visión era inevitable, si no había nada que pudiera hacer para cambiarla, lo mínimo que podía hacer era evitar que Sakti se marchara fusionada. Y quizá la presencia de Jillian podría ayudarlo a entender la clave para salvar a su amiga.
—La canción —dijo Darius—. ¿Cómo la recuerdas?
Él no la había escuchado antes pero sí la había leído. Le había regalado a Sakti un poemario titulado «El canto del Dragón», en donde había un verso como el que Jillian había entonado. Además, Darius estaba seguro de que sí había escuchado una melodía parecida. Mark la había tarareado varias veces durante la luna llena. Lo había escuchado cuando viajaron juntos a Masca. «Y eso fue lo que alteró a Allena. La canción le recordó a Mark». A él también lo había afectado. Antes de que Sakti gimiera, a él se le había hecho un nudo en la garganta.
—Ella la canta en mis sueños —respondió Jillian mientras ladeaba la cabeza—. Tiene la voz más hermosa en todo el universo.
Darius arqueó una ceja porque en todo el tiempo que llevaba de conocer a Sakti ni una sola vez la había oído cantar. ¡Ni siquiera en los cumpleaños!
—Pero la voz de ese otro sujeto... —continuó Jillian. Por la cara que puso, Darius supo que se refería a Adad—. Tengo la impresión de que también he soñado con él, pero suena distinto. Como si estuviera sumergido en lo más profundo del mar. Como si...
—¿Se hubiese vuelto loco?
—... No quería decirlo así, pero... ¿qué le pasa? ¿Está bien? ¿Qué estaba golpeando?
—Un trozo de tarta.
—Ah. Eso explica el olor a manzanas.
Darius guardó silencio porque Marduk tampoco estaba muy cuerdo. «No», se corrigió. «El Marduk en el lugar fuera del espacio y el tiempo estaba loco de atar. Pero este Marduk, Jillian, parece lúcido». Meditó un par de minutos qué haría. Sakti quería matar a Jillian pero quizá no le convenía. Quizá él podía aportar algo para deshacer la fusión y salvarla. Por otro lado, tampoco le hacía bien estar junto a un tipo que estaba tan obsesionado con ella que hizo quién sabe cuántas barbaridades antes de nacer y que la había buscado en vida como un sabueso sin más pistas que sus sueños.
Darius enterró otra vez los dedos en los hombros del muchacho, pero no lo lastimó.
—Dijiste que quieres respuestas. ¿Cuáles son tus preguntas?
—Solo ella me las puede dar. —Jillian intentó apartarse, pero Darius lo sostuvo con fuerza—. Por favor, solo quiero que ella me lo explique. Y también quiero pedirle perdón.
—No. —Darius negó con la cabeza aunque ese gesto era tan inútil como cruzarse de brazos—. Hazte a la idea de que soy la voz de Allena, sencillamente porque ella no tiene palabras para ti. Pero si me dices todo lo que sabes, todo lo que has visto en sueños, yo te diré todo lo que sé, todo lo que yo he visto en mis sueños.
Jillian dudó. Su expresión de cautela fue idéntica a las de Sakti y Adad, a las de los príncipes y el Emperador. Darius apartó las manos porque se le ocurrió que quizá ese chico era un Aesir después de todo.
—¿Y de qué me sirven tus sueños, cuando los míos son tan buenos que hasta me permiten ver? —preguntó Jillian con desdén.
Darius estuvo a punto de escupir sangre. «Oh, este mocoso sí que es un Aesir. No sé de cuál de ellos ni me importa, ¡pero sé que quiero romperle la cara!». El mestizo se aclaró la garganta y se golpeó el pecho para acentuar su valía. Otro gesto inútil.
—Soy un profeta —le dijo—. Soy el camino a las respuestas que buscas.

****

Escuchó los grillos que cantaban en el bosque que rodeaba el pueblo, además de la respiración de los dos pacientes que habían llegado ese día con una pulmonía. Más que eso, escuchó la lluvia constante que caía sobre los tejados al ritmo de una canción a veces triste, a veces furiosa, a veces confundida. Jillian se quitó las botas enlodadas y los calcetines mojados para no ensuciar el piso del hospital. La puerta principal tenía una campanilla atada para avisar cuando entraba alguien, pero los aprendices de Connor le habían enseñado a entrar sin activarla. Jillian no quería despertar a Finn, que hacía guardia. En momentos como ese su ceguera era un alivio, porque no necesitaba prender una lámpara para iluminar su camino ni despertar a los pacientes.
Pero Jillian nunca se había sentido tan a oscuras como después de hablar con Darius.
En silencio avanzó hacia la habitación donde Connor le había dejado quedarse. Se sentó al borde de la cama, se llevó las manos a la cara y permaneció en silencio aunque quería gritar.
Era el portador del Tercer Dragón de la Profecía aesiriana y la mujer con la que soñaba era el Primer Dragón. Su prometida. Su Dama Blanca. En el fondo siempre lo supo y por eso fue fácil creer las palabras de Darius. Todo habría estado bien porque al fin había encontrado las respuestas que buscó por tanto tiempo: ¿quién era él?, ¿quién era la mujer de sus sueños?, ¿qué significaba su existencia? Pero las respuestas de Darius le habían traído más preguntas y un profundo miedo.
—La salvación de los aesirianos depende de la muerte de los Dragones. Adad y Allena nunca lo han aceptado. Pero tú... Tú siempre lo has buscado. Creo que en el fondo siempre has querido nacer para morir con ella.
Lo que había asustado a Jillian fueron los horrores que Darius le describió. Lo que le había hecho a un chico, a su propio mensajero, por haber amado a Sakti. Lo que le había hecho al profeta mestizo para convencerlo de matar a Mark Salvot. ¿Y todo para qué? ¿Para tener a una mujer que nunca lo había amado y que nunca lo haría? «No», pensó. «Ella sí me amó. En mis sueños. Yo la tenía a ella tanto como ella me tenía a mí». ¿Pero era eso verdad? ¿Eran esos sueños verdad? ¿O solo una fantasía?
—Los poderes de los Dragones residen en tres aspectos —le explicó el profeta—. El Primer Dragón transmite poder con su voz.
A Jillian le pareció lógico. En sus sueños, las palabras, las canciones y los gritos de Sakti lo estremecían con una sacudida directa a su alma.
—El Segundo Dragón transmite poder con el tacto. Tocar a Adad es como acariciar un relámpago puro. —Darius hizo una pausa—. Y el Tercer Dragón, el Púrpura, transmite poder con sus sueños. Así qué dime, ¿qué más ves en tus sueños?
Jillian no supo explicarlo. Todo lo que le llegaban eran fragmentos de una niña gris girando al ritmo de las llamas. Sus saltos felices en una habitación de hielo. Sus canciones cada vez más tristes y silenciosas hasta desaparecer por completo. Y la luz. La luz. Y un espectro de todos los colores del Universo, incluidos aquellos que nadie podía ver. El espectro estaba delante de él, con un dedo invisible sobre los labios también invisibles y sonrientes.
—Será nuestro pacto. Nuestra Profecía —decía ese gesto, aunque Jillian tenía la impresión de que el espectro de arcoíris era tan mudo como él era ciego.
Jillian intentó describir esas escenas pero sus palabras no fueron suficientes para transmitir las sensaciones, los brillos y las tinieblas de sus sueños. Pero se esforzó. Explicó a Darius tan bien como pudo en qué consistían sus visiones oníricas. Lo único que se guardó fueron los «otros sueños», aquellos que eran mudos. Los de la mujer de ojos púrpura.
Los tenía desde pequeño y siempre que despertaba se sentía diferente. La mujer le daba obsequios palpitantes que él tomaba con manos temblorosas. A veces le llevaba plumas. A veces flechas o cascos. A veces muñecas. A veces copos de nieve. Jillian no podía decir qué pasaba con esos objetos tras recibirlos, aunque estaba seguro de que formaban parte de un rompecabezas que él tenía que armar. Pero sabía también que aunque uniera todas las piezas jamás vería el paisaje que debían formar juntas.
—¿Me volveré loco? —le preguntó al profeta. Lo que había hecho antes, cuando era Marduk, le parecía una barbarie digna de un rey demente en su reino de niebla y ruina—. ¿Como ese sujeto? ¿Como... Adad?
Darius guardó silencio por un momento.
—Yo siempre creí que tú ya estabas loco. Que fuiste el primero en enloquecer. —Darius se llevó una mano a la espalda, aunque Jillian no lo pudo ver—. ¿Lo has escuchado alguna vez? ¿A tu Dragón? ¿O eres tú el Dragón y el portador está dormido? ¿O es que acaso los dos ya se han fundido?
Jillian no lo supo. Ni siquiera entendió lo que Darius le había dicho. Toda su vida había buscado respuestas y ahora solo quería escapar de las nuevas preguntas que habían aparecido en su camino.
Un crujido.
Estiró una mano hacia el bastón que puso junto a la cama, pero la intrusa se abalanzó sobre él antes con la fuerza de una fiera. Un rodillazo lo partió por la mitad y lo lanzó de espaldas a la cama. Un par de piernas lo rodearon exactamente igual a como Connor lo había inmovilizado cuando despertó en el hospital. La única diferencia era que nadie le sujetó las manos así que las estiró para apartar a la intrusa.
Solo recibió una mordida que le sacó la sangre. Jillian gimió pero un cabezazo lo aturdió.
—¡Shhh! —le ordenó su atacante.
Jillian contuvo el aliento porque reconoció la voz. Sakti estaba empapada de pies a cabeza y temblaba. El Tercer Dragón no supo si de frío o de furia, pero su miedo, sus dudas, la oscuridad que había descubierto en las revelaciones de Darius... Todo eso se había esfumado. Lentamente levantó una mano sangrante, casi esperando un nuevo mordisco que detuviera lo que estaba a punto de poner en marcha.
Sakti no lo detuvo. Dejó que la mano cálida de Jillian trepara por su cuerpo mojado hasta su rostro. El muchacho sintió los labios estirados sobre las mejillas. Las escamas filosas y heladas que le cortaron las puntas de los dedos. Y también las grietas. Delante de él había una figura incolora con surcos grandes y pequeños en todo el cuerpo, rodeada de tinieblas densas e infinitas que surgían de ella misma.
—Te veo —le dijo mientras le acariciaba el rostro—. Estás rota.
Las escamas retrocedieron en la cara de Sakti.
—Tú me rompiste.
Jillian mantuvo la mano en su lugar y Sakti no lo apartó. Se quedaron así durante segundos eternos. El Tercer Dragón no supo si Sakti pensaba en la forma más entretenida de matarlo o si esperaba a que la otra mano de Jillian recorriera su cuerpo. Fuera como fuese, su entrepierna se endureció ante las posibilidades. Supo que Sakti lo sentía, era imposible que no, pero ella se mantuvo encima sin apartarlo o motivarlo.
Lentamente, ella se inclinó sobre él. Jillian se quedó sin aliento aunque su pecho subía y bajaba en un intento por respirar. Imaginó que Sakti lo besaría, que lo vería con la absoluta entrega que él había contemplado en sus sueños. En lugar de eso, los colmillos furiosos le mordieron la oreja izquierda. «Estoy loco», pensó. Debería estar asustado por el odio que emanaba de la princesa Dragón, pero estaba excitado. Un apetito más viejo que el tiempo mismo estaba más que feliz con ese encuentro enfermizo. «Seguro que se trata de Marduk», pensó. El Dragón Púrpura que había sido antes de nacer estaba ahí y formaba una parte significativa de él. Quizá era él mismo.
—Canta —susurró Sakti. Jillian no la entendió. Solo escuchó desprecio.
—¿Q-qué?
—Can-ta —repitió la princesa lentamente.
Sin que ella se lo explicara, Jillian supo que su vida dependía de una canción.

****

Soltó un suspiro largo y silencioso. Lo único que se escuchaba eran los platos cuando Connor los remojaba para quitarles el jabón y cuando Zoe los metía en el estante. Kel, Drake, Dagda y Garrow estaban sentados a la mesa de la cocina, a la espera de la tormenta que iba a desatarse en la familia. Todos sabían lo que se avecinaba pero Darius no sabía cómo empezar.
Amaba a su hijo. Amaba la bondad y la inocencia de su pequeño Connor porque repartían sol y calidez en todas partes. Pero Darius tenía la impresión de que la naturaleza de su hijo había hecho más daño que bien esa noche.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó al fin. Cuando escuchó su voz comprendió lo enojado que estaba. Él estaba encargado de secar los platos después de que Connor los remojara y estaba seguro de que alguno se le rompería entre los dedos—. ¿Por qué lo trajiste? ¿Por qué no lo despachaste apenas...?
—Yo no echo a nadie —lo interrumpió Connor—. Mis padres me enseñaron a ser cortés con todos los extraños. ¿Es que a ti no te enseñaron nada tus padres?
—¡Connor! —rugió Dagda mientras se levantaba. El gemelo apoyó los brazos sobre la mesa y miró a su hermano pequeño como si fuera un monstruo.
Connor se sintió como tal. Sin importar qué tan frustrado estuviera, no tenía ningún derecho en usar las palabras que más dolían a su padre para lastimarlo. Hasta Lea, que nunca fue muy aficionada de Darius, estaría avergonzada por lo que Connor acababa de decir.
—Lo siento. No estuvo bien lo que dije. —Connor se olvidó de los platos y miró a Darius—. Pero tú tampoco te comportaste bien con Jillian. Lo echaste de mi casa como si no valiera nada. ¿Y esperabas que no me enojara?
—Su presencia volvió loco a Adad —comentó Zoe mientras guardaba los cubiertos en una gaveta. Connor apretó la mandíbula.
—¡Oh, entonces eso justifica que trataran a Jillian así, ¿verdad?!
—Connor —le llamó la atención Darius—. No te desquites con Zoe.
Genial. ¿Es que todos estaban en contra suya?
—No dije eso, Connor —intervino Zoe—. Solo hice una observación. Todo esto era inevitable, así que esta discusión no tiene sentido.
Connor y Darius fruncieron la frente en un gesto idéntico. Aunque nadie lo dijera en voz alta, todos en casa sabían que Zoe siempre tomaba partido con el que llevara la razón. Pero ahora no quedaba claro de qué parte estaba la profetiza.
—Sabías que Allena no quería verlo. Ahora está encerrada en su cuarto y no deja a nadie dentro —reprochó Darius.
Cuando Drake no pudo hacer nada por Sakti, Darius creyó que él sí lo lograría. Ese era su trabajo como el mejor amigo. Pero Sakti tampoco lo dejó entrar. Ni siquiera le habló a través de la puerta. Darius se preguntó si ella estaría llorando sobre la cama como no había llorado cuando Mark murió. En ese instante no había nada que quisiera más que abrazarla y hacerle saber que todo estaría bien, pero se sentía tan... impotente. Como Sakti siempre había sido la fuerte de los dos, como ella siempre había sido la que ofrecía consuelo y resolvía los problemas, Darius no tenía práctica. «Por eso es que aún no he revertido la fusión». Estaba enojado consigo mismo. ¿Cuántas veces tenía que fallarle a Sakti?
—No pensé que reaccionaría así —se defendió Connor—. Pensé que una vez que escuchara lo que él tenía que decirle, Allena se sentiría mejor.
Darius soltó otro suspiro. Era precisamente esa actitud positiva de Connor lo que hacía que todos lo que lo conocieran lo quisieran y respetaran. Él siempre esperaba lo mejor de las personas y por eso les daba todo cuanto podía. Era hermoso. Pero también terrible.
—Connor, los Tres Dragones no pueden estar juntos. Porque entonces la Profecía tendría que cumplirse. Y entonces perderíamos a Allena. Perderíamos todo lo que hemos conseguido.
«Eso es inevitable», escuchó Connor en su mente. Cuando miró por el rabillo del ojo a su hermana, supo que ella le había hablado solo a él. Darius continuó.
—Por favor despacha a Marduk... a Jillian mañana mismo.
Darius se concentró de nuevo en los platos para dar por terminada la discusión, pero Connor apretó los puños y se separó del fregadero.
—De acuerdo. Pero me iré con él.
El silencio cayó como un relámpago. Impactante. Destructor.
—Tú no vas a ninguna parte —dijo Darius lentamente, con los ojos mestizos fijos en los del doctor.
—No puedes detenerme. —Connor se preguntó a qué le tuvo miedo por tanto tiempo. Los ojos de Darius se esforzaban en transmitir enojo, pero Connor no lo sintió. Esa mirada no le importó—. Iré.
Era cuestión de voluntad. Solo tenía que tomar su botiquín y empezar a caminar. No necesitaba el permiso de nadie más que el propio.
—Argh, ¿otra vez con eso? —gruñó Dagda—. Ya lo hemos hablado antes, Connor. Es una idea idiota.
A Connor no le importó, pero a Drake sí.
—¿De qué están hablando?
—Este tontuelo quiere salir de la zona neutra e ir directo a la guerra.
—¿En serio?
Drake miró a Connor con una ceja arqueada. El doctor apretó los puños. No necesitaba el permiso de nadie para irse, ¡pero Dios! ¿Es que era mucho pedir un poco de apoyo de su familia? Ya estaba muy grandecito como para echarse a llorar pero se sentía desconsolado. No estuvo bien que Darius y los demás echaran a Jillian, de la misma manera que no estaba bien que se burlaran y desecharan sus aspiraciones. La ceja de Drake no bajó pero su voz fue cálida:
—¿Por qué quieres ir a la zona de combate?
Connor jadeó. Drake era el primero que se lo preguntaba. Todos los demás lo habían despachado sin mostrar ni una pizca de interés en sus preocupaciones.
—¡Porque puedo ayudar! —dijo—. Tengo la lluvia mágica de un dragón, pero me escondo en un sitio seguro sin nada que temer. Allá afuera hay gente a la que puedo salvar y ¡me parte el alma quedarme aquí mientras me necesitan allá!
Se había enojado tanto que estrelló un puño contra el fregadero. Connor no lo notó, pero Drake sí. Dagda soltó un bufido.
—Si sales de la zona neutra no lograrás nada más que matarte. No puedes cambiar el mundo, Connor. No importa cuánto lo quieras o cuánto te esfuerces.
—¡No con esa actitud! —gruñó el doctor.
—No vas a salir —resolvió Darius—. Por favor no insistas.
—¡No lo entiendes! —aulló Connor—. Todos los días siento este... ¡este vacío dentro de mí! ¡Me duele! —Ahora sí, las lágrimas se le agolparon en los ojos—. ¿Por qué no lo quieres ver? ¡NO SOY FELIZ AQUÍ!
Y a eso se resumía todo. A pesar de su familia, de su riqueza, de su talento, ¡de todo!, era desdichado. Estaba insatisfecho. Quizá en realidad había invitado a Jillian a cenar porque el muchacho había hecho lo que Connor más quería: echarse a caminar en busca de aquello que llenara el vacío de su corazón. Jillian siempre supo que estaba buscando a una persona, pero Connor no sabía qué era lo que le hacía falta. Lo único que sabía con certeza era que el camino que debía recorrer para sanar su dolor involucraba ayudar a otros. Era algo que solo él podía hacer y por eso tenía que hacerlo.
Darius le enterró los dedos en los hombros, pero no lo lastimó. El mestizo también tenía los ojos acuosos y eso solo hizo sentir peor a Connor.
—No sé lo que te pasa. ¿Es que sientes que aquí nadie te quiere o...?
—¡No es eso! ¡Es solo que...!
—Porque aquí todos te queremos. Connor, este es tu lugar. Kehari te necesita. Los pueblos vecinos te necesitan. Yo te necesito. —La voz de Darius se quebró—. Dagda tiene razón. Si sales de la zona neutra te van a matar. No importa si son los vanirianos o los aesirianos. Y con eso no ayudarás a nadie. No conseguirás nada más que partirme el corazón. ¿Es que no lo entiendes? —Darius tragó fuerte—. No puedo enterrar a otro hijo.
Connor se desinfló otra vez. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Darius había sufrido y perdido tanto. ¿Cómo podía forzarlo a pasar de nuevo por la incertidumbre y la angustia por la posibilidad de perder a otro cachorro? ¿Es que su padre significaba tan poco para él? Connor estuvo a punto de saltar hacia el mestizo para abrazarlo y prometerle que jamás se marcharía, pero una voz lo interrumpió.
—No es justo lo que haces, Darius. —La suave voz de Sakti vino de la sala de estar. Cuando se asomaron vieron a la princesa sentada en el sillón largo, al lado de la chimenea para calentarse—. No está bien que lo manipules así.
Sakti estaba empapada y pálida. Las heridas de su rostro se habían desinflamado en los últimos días pero parecía que la lluvia había lavado las fuerzas que había recuperado con ayuda de Darius y Connor. Una parte del mestizo se preguntó qué estaba haciendo Sakti allí. ¿Había salido? ¿Cuándo regresó? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí escuchando la discusión? Pero otra parte de él estaba enfadada y ofendida. ¿Acaso escuchó bien? ¿De verdad Sakti lo acusaba de manipular a Connor?
—¿De qué estás hablando?
—La culpa es un arma efectiva para controlar a los de buen corazón. —Sakti inclinó la cabeza en una reverencia irónica—. Una manipuladora reconoce a otro manipulador. Después de todo, soy una Aesir.
Darius se quedó sin aire. Fue como si le hubiesen dado una patada en la entrepierna, otra en la boca del estómago y luego una ronda de cincuenta cachetadas. Por un momento no supo cómo reaccionar, qué hacer o qué decir.
—¡Traidora! —gritó.
Se suponía que era su amiga. Que ella siempre estaría de su lado, que siempre lo apoyaría. ¿Cómo podía ahora acusarlo tan terriblemente por amar a su hijo? Sakti no perdió su aplomo.
—Tu hijo te acaba de decir que está sufriendo, así que deberías ayudarlo a sentirse mejor. Pero lo haces sentir culpable de su miseria. ¿Qué parte de eso está bien?
De nuevo sintió las patadas y las cachetadas. Para ser tan callada, Sakti en verdad sabía empuñar las palabras para que dolieran en los sitios adecuados.
—¡Estoy protegiendo a mi hijo! ¡¿Está mal que quiera mantenerlo a salvo?! ¡Dime, oh gran Sakti Allena, qué debería hacer si es que tanto sabes!
Sakti cruzó una pierna sobre la otra y sonrió. Bueno, no fue una sonrisa, sino más bien un estiramiento de labios breve y eternamente prepotente. Darius entendió por qué Sigfrid había golpeado a Sakti. ¡Dios, en verdad que esa mujer podía ser exasperante a veces!
—Déjalo que siga su propio camino —aconsejó la princesa—. Entiendo que tengas miedo. Entiendo que quieras protegerlo. Pero tienes que aprender a dejar ir, Darius. Y Connor —Sakti miró al doctor— tú tienes que aprender que está bien luchar por lo que anhelas. Eso no te hace egoísta. No te hace una mala persona. Solo te da más fuerzas para hacer mejor lo que ya haces bien.
Darius apretó los puños. En ese momento no pudo recordar todo el amor que sentía hacia Sakti y ni una sola vez en que la muchacha le pareciera tan odiosa como ahora. Dio un paso hacia ella con el único propósito de abofetearla para hacerla entrar en razón, pero Zoe se le adelantó. La profetiza tomó un paño que había puesto a calentar junto al fuego y cubrió la cabeza de Sakti para empezar a secarla. La muchacha lo miró con ojos cristalinos. «Papá, incluso en su estado ella puede patearte el trasero», le transmitió. «Y si ella no pudiera hacerlo, yo lo haría».
Darius jadeó. En casa todos sabían que Zoe siempre tomaba partido con el que llevara la razón. Y también sabían que no les convenía hacerla enojar. Drake era el mejor luchador de la familia, incluso mejor que Dagda y Airgetlam que habían recibido el entrenamiento militar de Sigfrid Montag. Pero después del incidente del hombre que le había fracturado el brazo a Zoe, Drake se dedicó en cuerpo y alma a enseñarle a defenderse. La enseñó a lanzar cuchillos, a golpear en los puntos justos, a jugar sucio. El sicario no se dio por satisfecho hasta que la chica logró noquearlo en un encuentro serio. Cuando despertó, Drake había afirmado que fue la patada alta más rápida, fuerte y perfecta que había visto jamás. Y si algo habían aprendido de Drake era que el chico no decía mentiras piadosas. No elogiaría a un contrincante sin decirlo en serio.
—En realidad no importa nada lo que Allena diga —dijo Dagda. El muchacho notó que Zoe estaba de parte de Sakti y Connor, pero eso no lo detuvo—. Al final de cuentas el que manda es papá. Como sus hijos debemos obedecerlo.
Sakti alzó una ceja, tentada en recordarle quién fue el que más protestó cuando Darius les había prohibido que lo acompañaran al Reino de las Arenas.
—Tú también tienes que aprender a dejar ir —comentó ella—. Entre más pronto lo aceptes, mejor preparado estarás para cuando Airgetlam se case.
Dagda jadeó y Zoe soltó un silbido.
—¡Qué bárbara! —comentó la profetiza—. De verdad que sabes dónde golpear.
—Es un talento.
Zoe sonrió por la ocurrencia de Sakti pero en su interior sintió la misma inquietud de Airgetlam cuando llegó a Xadiz: la paz había llegado a su fin, empezando por su familia. Pero la desesperación no la consumió pues sabía que era inevitable. Los engranajes estaban girando otra vez. En realidad, nunca se habían detenido.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina
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