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Prólogo

PRÓLOGO
LO QUE SIGNIFICA SER SALVADO




Déjame contarte un secreto. A veces un escritor se equivoca tanto en su historia que tiene que empezar a contarla desde el principio otra vez. Eso fue lo que le pasó a Dios.
Eso fue lo que te trajo a este día. Eso fue lo que me permitió nacer.
En la plaza, las espadas relampaguean y braman como truenos. Las abejas reina arden en llamas de hielo. La sangre se esparce como césped en un jardín. La luna muere teñida de carmesí en un cielo oscuro y vil. En lo alto de la torre, los Tres Dragones condenarán a los aesirianos o les darán una nueva oportunidad. Sin importar qué elijan, la suerte de sus existencias ya está echada. El fin se acerca a ellos.
Dolor tras dolor. Herida tras herida. Traición tras traición. Esta vez ninguna de estas desgracias ha sido un error. Esta vez en medio de las tinieblas los Dragones han encontrado el camino correcto. Solo queda ver si la ruta los ha salvado a ellos.
Así que antes de que todo acabe, antes de que alcancemos el punto donde Dios decidió rebobinar para que yo entrara en la historia, déjame contarte...


«... lo que significa ser salvado».



"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

Dos Tronos: ¡Mi quinta novela terminada!

Qué aventura. Después de tantísimo tiempo (y muchos meses de parón) logré terminar "Dos Tronos". Creo que este ha sido, hasta el momento, el libro más difícil de escribir de "Los hijos de Aesir". Pero gracias al apoyo de todos ustedes nunca perdí el ánimo ¡y lo hemos conseguido! Así que gracias :D

"Dos Tronos" me gustó por los arcos dedicados a la Virtuosa del desierto y a Enlil (aunque a este hombre ya muy pocos lectores lo quieren). Pero también porque, como me lo señaló una lectora, pude apreciar lo mucho que han crecido los personajes. Estoy satisfecha con ellos, en especial con Sakti. Y Darius. Y Drake. Y Connor. Y... Ah, ¡todos!

Ahora a iniciar el final. Según mis cálculos el siguiente es el último tomo de esta historia. Si todo sale bien (y los personajes no se rebelan para alargar la historia) pronto le diremos adiós al mundo aesiriano. No sé ustedes, pero la idea me pone tanto contenta como triste. Tengo otras historias que me pellizcan para ser contadas pero eso significa que se acerca el momento de despedirme de los personajes que me acompañaron por más de 10 años y que, de alguna forma u otra, me encauzaron a mi propio estilo de narración. Aún tengo mucho que aprender así que espero que el último libro sea el regalo de agradecimiento a Sakti y compañía. ¡Voy a esforzarme para cerrar con broche de oro esta historia!

Ahora sí, ¡a los datos curiosos de este libro!

  • "Terminada": 23 de diciembre, 2014.
  • Última versión actualizada: 27 de marzo, 2015.
  • Escrita en: ... ¿Dos años? (Tomó mucho tiempo. Perdí la cuenta).
  • Total de segmentos: 5
  • Total de capítulos: 29
  • Total de páginas: 551
  • Total de palabras: 237579

Y aquí está la lista de capítulos para aquellos que quieran navegar por ellos desde aquí:

Prólogo - «Porque nos hemos conocidos…»

I parte – Sacudidas

1. Acto primero: La puesta en escena
2. Acto segundo: Canción de victoria
3. Intermedio: Una nueva corona
4. El Himno a los Muertos
5. Fuego de ajedrez
6. La Princesa Carmesí
Interludio I – La pesadilla empieza


II parte – Sakti Allena: La Virtuosa del Olivo

7. El resurgir
8. El harén de la reina
9. La inventora
10. Gritos de llamas
11. Héroes anónimos
12. La elección del Olivo
13. El vengador
14. Alucinaciones
Interludio II – Gracias

III parte – El escudo de noche

15. Lanyr
16. Hacia las sombras
17. Suerte / Voluntad
18. Canción de luna
19. Tributo al Hlidskjalf
Interludio III – En busca de...

IV parte – Maldición Tonare

20. Sol en la noche
21. Reflejo
22. Campanillas
23. Viñetas
24. Bifurcación
25. Irremediable
26. Diente de león
Interludio IV – Refuerzos


V parte – Ciudad de sombras

27. Encuentros
28. Abominación
29. Escape

Epílogo - Tormenta


Para terminar, les recuerdo que LOS HIJOS DE AESIR ESTÁ PROTEGIDO POR DERECHOS DE AUTOR.

Eso significa que pueden leerlo en mi blog, comentarlo, invitar a otros a que lo lean, pero no copiarlo, modificarlo ni publicarlo en NINGÚN SITIO, ya sea en Internet o impreso. Y, por supuesto, no pueden clamarlo como propio porque es de MI AUTORÍA. No pueden hacer nada de esto gratis, ni mucho menos con fines de lucro.

Tormenta

TORMENTA


La cabeza le dio vueltas. Cuando Adad lo lanzó al suelo lo golpeó tan fuerte que lo habría noqueado, pero en lugar de eso solo lo dejó aturdido, como si el cuerpo estuviese dormido pero su mente entendiera muy bien lo que estaba ocurriendo. Escuchó la explicación de Adad y lo vio tomar la espada para rematarlo. Luego todo se hizo oscuro, aunque nunca sintió el metal entre las entrañas y la presión y el mareo fueron mucho más crueles que un simple desmayo. Sentía como si lo arrastraran por el Universo, como si miles de cangrejos cósmicos le pellizcaran el cuerpo para arrancárselo por pedacitos y luego volverlo a armar en otra parte.
Cuando creyó que ya no lo soportaría más, que todo su ser desaparecería en una oleada de tinieblas, cayó de espaldas. El golpe fue lo bastante fuerte como para hacerle perder el aire, pero no pudo toser. Todo su cuerpo estaba adormecido y no reaccionó ante el dolor. Su mente también empezó a adormecerse y la luz de sus ideas empezó a menguar, a parpadear hacia el olvido.
Escuchó un golpe metálico al lado de su oreja y sintió el peso de Adad por encima de él, aunque el príncipe no lo majaba. Adad respiraba con pesadez, verdaderamente agotado. Aunque a Darius le pesaban muchísimo los párpados como para abrirlos, percibió al príncipe casi como si pudiera verlo. En su mente vio una figura oscura como carbón, pero cubierta por grietas de las que brotaba magma. Era como si Adad tuviese miles de heridas, grandes y pequeñas, por las que escurría sangre de fuego.
Alrededor del príncipe, las sombras y luces de la teletransportación se rompieron y los profetas cayeron de narices al suelo. Casi de inmediato el sicario, la pitonisa, el doctor y Kel se levantaron para detener a Adad, pero los cuatro giraron sobre pies inestables y se cayeron de nuevo.
Ante ese cuadro, Adad se carcajeó. El príncipe se sentó a un lado de Darius y se llevó la mano al estómago.
—¡Oh, Dios! ¡Sus caras! —se rio—. ¡Santo Cielo, sus caras, sus caras! ¡Pftttt! ¡Ja, ja, ja, ja!
Adad también se cayó de espaldas, presa de un ataque de risas. Se quedó en el suelo, revolcándose entre carcajadas.
—Qué odioso eres —lo regañó Sakti—. Tu broma no tiene nada de gracia.
La muchacha al fin se había podido levantar, aunque estaba apoyada en Geri para mantener el equilibrio. Las piernas le temblaban tanto que no habría podido dar ni dos pasos sin ayuda. A sus pies, Zoe levantó la mirada. Vio la espada que Adad había clavado a un lado de Darius, luego al príncipe que se destornillaba de risa y luego a su amiga, cubierta por una túnica que apenas le llegaba por los muslos.
—¿Una broma? —preguntó incrédula. Si no le daban una respuesta satisfactoria, podría arrancarle la cabeza a alguien. Adad al fin reaccionó y dijo:
—Era un truco. Una puesta en escena para mi tío. Si cree que los he matado y Allena no me pudo detener, ya no los buscará más.
Zoe abrió la boca para decir algo, pero en lugar de eso le resbalaron unas lágrimas. No supo si de alegría, de furia, de miedo o de satisfacción. Cuando miró a Sakti, la princesa retrocedió un paso y señaló a Adad.
—Fue idea de él. Yo no supe nada hasta que los chicos nos teletransportaron.
Sakti acababa de descubrir lo mal que se sentía formar parte de los planes secretos de otras personas. A lo mejor Adad no le había dicho nada porque no confiaba en las dotes histriónicas de su hermana, pero definitivamente le había dicho a los gemelos que intervinieran apenas él hiciera algo sospechoso. Los chicos tenían que haberlo sabido, o de lo contrario no habrían logrado una escena tan magnífica y dramática con la teletransportación. Dagda y Airgetlam habían hecho un buen trabajo. Se graduaron de la escuela de timadores y manipuladores con honores.
Ahora solo quedaba por saber en dónde estaban.
—¡Papá, papá, papá! —llamó de repente Zoe.
—Ay, que está bien —se quejó Adad—. No lo golpeé en serio...
Pero el príncipe enmudeció y Sakti supo que algo no iba del todo bien. Los vendajes que Kel había puesto estaban empapados. Darius estaba tan pálido que casi parecía una herramienta Fafnir y todavía no había abierto los ojos. Cuando Connor se inclinó junto a él, todos se separaron y guardaron un silencio solemne.
—Llama dentro y dile a papá que busque al curandero —ordenó Connor con voz calmada.
A nadie le gustaba que pusiera esa voz porque era la que usaba para tratar pacientes. A los enfermos les venía de maravilla porque de inmediato se sentían a salvo, pero Dagda, Airgetlam y Drake la habían escuchado ya tantas veces como para saber lo que significaba. Además, ¡lo que Connor dijo no tenía sentido!
—¿Que llame dónde? —se animó Airgetlam.
—¡A la casa! —dijo Connor mientras señalaba una puerta.
Entonces todos se dieron cuenta de que estaban en un patio, en una huerta con calabacines, zanahorias y otras verduras y hortalizas. Al otro lado del patio había un muro de árboles protegidos por la noche, pero la casa de dos pisos tenía ventanas alumbradas con calidez. En el interior se movieron unas sombras. Antes de que Airgetlam terminara de decidirse a avanzar, la puerta trasera se abrió. Por allí se asomó un hombre pequeño, con nariz y mentón largos. En los ojos verde oscuro se reflejaba el calor de una chimenea.
El hombre examinó a Airgetlam con duda y certeza. Fue como si lo reconociera y al instante desechara la idea, solo para considerar de nuevo que tal vez sí lo conocía. El hombre luego reparó en las demás personas: en el otro chico que era idéntico al primero, en la muchacha (muchacho) de cabello rosado, en la bonita chica rubia, en el bultito peludo que era Kel, en los bultos peludos y enormes que eran Geri y Freki –y que estaban llenos de puré de calabacín, porque los habían aplastado con su llegada–, en la chica semi-desnuda que estaba con los lobos y en el muchacho desvergonzado que sí estaba completamente desnudo y que actuaba como si fuera lo más común del mundo.
El hombre se habría podido quedar ahí por los siglos de los siglos, mirando a los extraños visitantes de su patio, de no ser porque alguien detrás de él abrió aún más la puerta.
Esta vez Airgetlam sí reconoció al nuevo hombre.
—¿Abuelo?
Y Garrow sí lo reconoció a él.
—¿Dagda?
O casi.
Airgetlam quiso gruñir, pero en lugar de eso soltó una risa y avanzó a zancadas hacia su abuelo. Garrow apartó al primer hombre que había abierto la puerta y estrechó a su nieto como si fuera un niño pequeño. Airgetlam le devolvió el gesto con fuerza, con un amor y una alegría que nunca creyó que sentiría tan de repente en un momento como ese.
Casi de inmediato, el patio se llenó de más gente. Miriam, Frey, Eleanor, Frigg y Vash llegaron a toda prisa, aún algo somnolientos porque acababan de despertarlos las risotadas de Adad y los gritos de Garrow. Cuando se enteraron de lo mal que estaba Darius, Eleanor y Frigg corrieron a buscar al doctor de Kehari. Después de su característica sonrisita pícara y un guiño, Miriam entró a buscar algo para que Adad se cubriera. Y después de un buen abrazo y un beso, Connor le pidió a su papá Emilio que trajera un poco de agua para Darius.
—Creo que sí está despierto —dijo al chico a sus hermanos, mientras acariciaba el cuello de Darius para reanimarlo—. Pero no puede abrir los ojos.
—¿Por qué? —preguntó Geri mientras Freki le daba lengüetazos a Darius. Connor lo miró como si fuera idiota.
—Ay, no sé. ¿Será que estar medio desangrado le cayó mal? —preguntó con sarcasmo.
La herida llevaba el peso de la condición de Darius, pero Connor también percibió que el flujo de energía estaba débil. Además de la pérdida de sangre, se le estaba agotando el poder. «Se está quedando sin magia». Lo único que podía hacer para ayudarlo era usar los puntos de presión, pero Connor sabía que era una solución que no funcionaría por mucho tiempo más. Darius necesitaba magia, su magia, y en eso Connor no podía ayudarlo.
—Darius. —Sakti se inclinó junto a su amigo y le dio la mano, justo como cuando Drake lo había apuñalado—. Esto te va a doler un poco, así que aguanta.
Conociéndola, Connor imaginó que Sakti le daría una buena bofetada para despertarlo. Pero solo le sostuvo la mano con fuerza, a la vez que una luz esmeralda y zafiro se extendía por las venas del brazo de Darius y le recorría el cuerpo. El mestizo arrugó la cara y apretó los dientes, pero no se pudo mover. Aun así, Connor supo que sufría.
—¡¿Qué le has hecho?!
—Le devolví sus esencias.
Connor abrió y cerró la boca, miró el botiquín que Sakti había abierto para sacar una cartuchera, y luego la miró a ella, sin saber qué decir. Quería gritar miles de groserías, pero apenas pudo soltar un silbido. ¡No podían darle las esencias así porque así! Tenían que prepararlo, dejar que su cuerpo se recuperara de las heridas y luego exponerlo poco a poco a su magia, para que no terminara de colapsar. «Ya está», pensó al borde de un ataque de pánico, «si empieza a sacar sangre por los oídos, nunca más le dirigiré la palabra a Allena».
Pero el rostro de Darius se suavizó un poco y al fin gimió por lo bajo. No fueron palabras claras, pero Connor lo entendió. «Me siento fatal». Luego abrió los ojos. Cuando miró a Sakti, tuvo energía para enarcar una ceja. «Estás loca. Eso dolió mucho más que un poco», decían sus iris mestizos. Pero Sakti asintió en silencio y soltó todo el aire que había contenido durante esos segundos de dolor. Solo entonces comprendió Connor que la chica en verdad se había asustado de que Darius no pudiera despertar nunca más. A lo mejor le dio las esencias por pura desesperación ante la idea de perderlo.
El muchacho revisó los reflejos de las pupilas. Aunque su papá estaba despierto y entendía lo que pasaba, también estaba aturdido. El viaje entre dimensiones le había sentado fatal. Y el golpe de Adad no fue tan inocente como el príncipe había dicho. Con todo, Connor estuvo seguro de que podría salvarlo. Su padre tenía una resistencia magnífica que lo había acompañado en los últimos meses y el flujo de energía en los puntos vitales estaba mucho, mucho mejor. Podían hacerlo. Él y Darius podían superar esa herida.
—Vas a estar bien —le prometió y supo que no lo decía por decirlo.
Alguien se colocó detrás de él.
—¿Pidieron un balde de agua?
—No, solo un poco —contestó Connor al tiempo que levantaba la vista para ver a su madre Lea—. Además, ya no hace falta porque ya está...
Lea dejó caer el agua sobre Darius. Fue una cascada. Connor abrió la boca en una enorme «o», porque el agua le había pringado las piernas y las manos ¡y estaba congelada! No le sorprendió que al fin Darius reaccionara por completo y que incluso se sentara de un salto. El remedio de los moribundos: agua helada.
—... despierto... —murmuró Connor, incrédulo.
El chico miró la sonrisa malvada de su madre mientras Lea estiraba el cuello de la camisa de Darius para echarle los últimos cubitos de hielo por la espalda. «¡Qué miedo! ¡Mamá puede ser muy cruel!». Era claro que todos pensaron lo mismo, porque hasta el mismo Adad –que se había reído al principio por la cara de espanto de Darius cuando le echaron el agua– retrocedió un paso ante esa pizca que marcaba la diferencia entre una «broma de bienvenida» y un cruelísimo «te voy a hacer pagar por todos los años que mantuviste a mi bebé lejos de casa».
—Psss —llamó Dagda en un susurro, intimidado. Él y Airgetlam se pegaron a Connor—. ¿Quién es la gordis?
Aunque hizo la pregunta muy, muy bajo, Lea clavó los ojos en los gemelos. Dagda y Airgetlam se escudaron detrás de Connor, como si Lea fuera más aterradora que la mezcla de un Fafnir, Sigfrid y Sakti transformados.
—Es mi mamá —respondió Connor.
Lea estiró una mano para levantarlo. Él se dejó llevar por el impulso y permitió que su madre lo estrujara contra sus pechos. Ya no era tan alta como se lo pareció hacía unos años y sí había engordado unos cuantos kilos, pero el olor y la sensación de hogar seguían allí, con ella. En sus brazos, Connor sintió que nunca se había ido de casa, que siempre estuvo allí, en el corazón de su madre.
—Ya volví —dijo—. Ya estamos todos en casa.
Un relámpago cruzó el cielo, pero no importó. Ahora estaban a salvo de cualquier tormenta.

****

Miró en silencio el cuerpo. No lo reconocía. Kael Del Varten dijo que era el príncipe Sin y Kael Del Varten no era un mentiroso. Kardan miró los dedos flacos y quemados, las mejillas hundidas, el cabello quebradizo como paja, las costillas que sobresalían entre la piel... ¿De verdad ese hombre podía ser su hermano? ¿En dónde quedaba aquel muchacho guapo y creído que se despidió con una carcajada y la promesa de liberar ciudades en su nombre? Quizá era bueno que no lo reconociera, porque entonces el entumecimiento de su corazón cedería y rompería a llorar.
Pero luego recordó que el hombre que estaba tendido a sus pies fue una vez un niño. Y que ese niño le había pedido hacía incontables noches que lo acompañara, porque le daba miedo dormir en la oscuridad. Sin no se lo dijo, pero él supo que no se lo había pedido a Hakwer porque su padre lo habría abofeteado por cobarde.
—Pero tú eres bueno —le había dicho—. ¿Verdad?
Kardan lo había cargado hasta su habitación. Se había metido en la cama con él, le había leído un cuento y le había dado un beso en la frente justo antes de que el niño se quedara dormido, abrazado a su hermano mayor. Y ese mismo niño lo había abrazado de nuevo unos meses después de la muerte de Istar. Ese niño había abandonado su puesto, no para visitar a su hijo o al sobrino que había quedado huérfano. Ni siquiera había regresado a casa para llorar a la hermana que era bella como un atardecer, sino para abrazar al hermano que tenía corazón de metal y se despedazaba de tristeza. Había regresado para decirle que todo estaría bien.
—Harald y yo estamos aquí. Los tres, tú y nosotros, la lloraremos juntos —le había dicho entonces, en la misma Sala del Trono.
Al abrazarlo, le hizo cariño en la cabeza. Fue como si allí hubiese un botón invisible que solo Sin pudiese encontrar, porque cuando lo apretó desató el torrente de tristeza que Kardan había frenado para soportar la ausencia de Istar. De entre todas las personas en el mundo, sus hermanos eran los únicos que podían encontrar y apretar esos botones que abrían las compuertas de su corazón. Y en aquel entonces, solo le quedaban dos hermanos.
Y ahora solo le quedaba uno.
—¿Cómo está Harald?
Al principio nadie le respondió, quizá porque ninguno de los presentes era doctor. Pero pasados unos segundos todos se miraron los unos a los otros para animar a alguno a responder. Uno de ellos respiró profundamente, dio un paso al frente y se golpeó el pecho. Istar le había dicho que así era como los príncipes del desierto saludaban al rey. Era la máxima de respeto y amor que podían dar, porque significaba que llevaban las órdenes, dichas y desgracias del rey en el corazón.
—La última vez que lo vi, estaba fatal —respondió con sinceridad Alain—. Pero Adad se encargó de darle toda la atención necesaria. —El Emperador no se lo pidió, pero Alain fue más allá—. No sé si su hermano sobrevivirá o no. Incluso si lo logra, dudo mucho que vuelva a ser el hombre que usted recuerda. Pero puedo decirle que su hermano Sin dio hasta el último aliento para que el príncipe Harald sobreviviera. Y Su Alteza también dio pelea hasta el final en la sincronización. Aun si el príncipe Harald falleciera, usted ha sido bendecido con hermanos valientes. Majestad, no se atreva a tener el corazón débil que sus hermanos jamás se permitieron.
¿Por qué los príncipes de las Arenas eran tan poco delicados para hablar? Incluso cuando intentaban ser amables eran groseros. Sin embargo, el monarca supo que ese muchacho tenía razón. No podía aflojar ahora. Sin no se lo habría perdonado. Y Harald necesitaba que fuera fuerte. De lo contrario, el sacrificio de ambos sería en vano.
—¿Cuál es la situación allá arriba?
Kardan se masajeó las sienes. «Todavía no», se dijo. «Después, más tarde, cuando todos se vayan». Entonces lloraría a su hermano. Eso si no se desmayaba de agotamiento antes.
Alain volvió a tomar la palabra.
—Todavía hay algunas naves que se niegan a caer del todo. Creemos que las demás vendrán mañana. Sin Adad y sin Allena no podremos atacar por sorpresa con la Estrella de Carmeil, pero ahora los números están a nuestro favor. Tal vez si subimos a algunos Fafnir, las naves se caerán solitas.
Una pequeña sonrisa cruzó los labios de Alain al imaginar el terror de los vanirianos mientras las herramientas se volvían locas de atar en los castillos flotantes. Toda esa energía vaniriana debía de ser sangre fresca para ellas.
Pero luego la sonrisa se esfumó y él vaciló.
—¿De verdad se han ido? ¿En verdad...?
«... escaparon...», quiso decir, pero no se atrevió. No. Adad no era un cobarde, ¡no escaparía! Y Sakti tenía más agallas que un pez. La palabra no era «escapar», sino... «traicionar». Si los dos se habían marchado, los habían traicionado a todos. A los aesirianos, a la Profecía, a su familia.
—Podremos apañárnoslas sin ellos —comentó Remiak, con los brazos cruzados.
Él tampoco se lo podía creer. Más que enfadado, estaba dolido. Después de lo que habían pasado juntos, después de los meses de viaje, planes y de las batallas hombro a hombro, había esperado la confianza de sus sobrinos. Y a cambio recibía una puñalada en la espalda. Los hijos de su hermano Velmiar lo habían dejado atrás y ni siquiera le habían explicado por qué. Sencillamente se fueron.
—Sí, estoy de acuerdo. Podemos apañárnoslas sin ellos, al menos de momento. Tenemos a sus Guardianes, ¿verdad, Kael? —El alado asintió.
—Dereck bajará tan pronto como se convenza de que su hermana está a salvo o muerta. Los dos estamos para servirlo.
Kael Del Varten no era un mentiroso, pero el Emperador Kardan Aesir XXIII había aprendido que hasta las personas honestas guardaban secretos. Como Istar. Ella había celado muy bien sus planes de escapar y él nunca lo sospechó.
—Perfecto. Nos haremos cargo de los vanirianos que quedan, pero no quiero que derriben más naves. Ya Masca ha sufrido suficiente.
¿Qué tipo de Emperador sería si permitía que más partes de su bella ciudad quedaran reducidas a cenizas? «El mismo tipo de hermano mayor que ha permitido que sus hermanos pequeños mueran antes que él», susurró una voz de culpa que sonaba a Sin e Istar, a Adad y Sakti, incluso a él mismo. «Todavía no», se repitió. «Todavía no te desplomes. Espera un poco más, solo un poco más».
La sincronización le transmitió los datos de una nueva batalla. La ayuda vaniriana venía de camino a rescatar lo poco que quedaba de sus fuerzas en la parte este de la ciudad.
—No habrá descanso esta noche —anunció, aunque él mismo estaba agotado.
Asignó tareas para apoyar a los Generales, a los titanes y a los Fafnir. Incluso dio instrucciones para ayudar al príncipe Kardan a regresar a Palacio. Los príncipes Morak, Remiak y Raziel se golpearon el pecho. Avanzaron hacia la salida con la guardia que los había escoltado hasta Palacio, pero se detuvieron bajo la puerta al notar que Alain no se había movido de su sitio.
—Majestad, tengo algo que comunicarle antes de que me marche.
—¿No puede esperar? —soltó el Emperador. Lo último que quería era escuchar otro «conmovedor» discurso de un príncipe del desierto.
—No. Si muero en combate esta noche habremos perdido información valiosísima.
—Habla.
—Antes de que los doctores se lo llevaran, el príncipe Harald me dijo algo. Quizá deliraba por el dolor y el agotamiento, pero no lo creo. —Miró el cuerpo rostizado de Sin, tan cerca suyo que habría podido cubrirlo con su sombra—. No lo creo —repitió.
Alain levantó los ojos y encandiló con ellos al Emperador. Su mirada estaba llena de promesas e ilusiones. En medio de la oscuridad del abandono de los dos Dragones, Alain había encontrado la luz.
—Me dijo que el príncipe Sin luchó mucho antes de que lo atraparan. Viajó miles de leguas antes de caer en manos del enemigo. Pero cayó solo cuando estaba seguro de que jamás encontrarían la última misión que él había completado para el Imperio.
Muy bien, ya había picado su curiosidad. Kardan ladeó la cabeza para invitar a Alain a terminar la noticia.
—Un hijo —concluyó el príncipe. El Emperador tardó un momento en asimilarlo.
—Un bastardo.
Eso no tenía importancia. Un bastardo no era ni más ni menos para los vanirianos o los aesirianos. Era poco probable que el niño tuviera alguna habilidad de la Realeza, como la sincronización. Después de todo, el hijo mayor de su hermano –el otro príncipe Sin– tuvo una madre emparentada con los Aesir y aun así no había logrado sincronizarse con ninguna ciudad.
Y aunque el bastardo sí tuviera la habilidad, no se animaría a probarla porque tenía buenas posibilidades de morir achicharrado en un centro de control. Incluso puede que su madre ni siquiera le dijera quién era su padre, por temor a darle muchos aires o parecer una amenaza para los Aesir. Sin habría tenido la cabeza suficiente para dejar bien claras las consecuencias de un niño bastardo persiguiendo derechos que no tenía.
Pero Alain esbozó una pequeña sonrisa que albergó tantas esperanzas como sus ojos.
—No un bastardo cualquiera —dijo—. Un bastardo Dragón.
En algún lugar lejano, un trueno retumbó y una tormenta se desató.

"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015. Ángela Arias Molina

Capítulo 29

29
ESCAPE



Alguien llamó a la puerta.
Darius giró de medio lado y le dijo a Njord que esa noche le tocaba a ella lidiar con las travesuras de Dagda y Airgetlam. Pero no pudo mover el cuerpo y recordó que Njord estaba muerta.
Volvieron a llamar, esta vez más fuerte, como si quisieran derribar la puerta.
Sintió el pánico en la habitación. Las voces se hicieron más claras. Las detonaciones. Los gritos. Le costó mucho abrir los ojos, pero supo que debía hacerlo. Los niños estaban en peligro. Al principio solo vio sombras borrosas, pero hubo retumbos acompañados por explosiones flamígeras que iluminaron los bordes de las sillas rotas, una columna, un baúl, un cabello dorado...
—Zoe...
La reconoció porque se parecía tanto, tantísimo a Njord. Incluso con la iluminación adecuada, su cabello brillaba rosa y naranja en lugar de rubio. Recordó de golpe que se perdió los mejores años de su hija. Se perdió la transformación de su niñita cariñosa y perceptiva en esa mujer casi extraña que estaba junto a él. Pero la había amado siempre, sin descanso, y eso nunca había cambiado.
—Ah, papá —lo saludó ella con una sonrisa que se mantuvo a pesar del estruendo que siguió después. Zoe siempre había mantenido sus sonrisas aunque las olas del mar la revolcaran—. ¿Cómo te...?
—¡Ay, nos vamos a morir! —la interrumpió alguien.
Más explosiones. Más retumbos. Darius intentó levantarse sobre un codo, pero Zoe lo sostuvo para que no se cayera por el borde de la mesa. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿En dónde diablos estaba? El mestizo no supo por dónde empezar. Lo último que recordaba era la calle, el grolien muerto, el rostro de Drake, tan dolido e inexpresivo al mismo tiempo...
Alguien volvió a tocar a la puerta, pero esta vez Darius sí estuvo seguro de que la iban a derribar.
Cuando enfocó la mirada, vio que Drake y un sujeto de cabello negro y piel pálida –que no podía ser otro que el imbécil del príncipe Kardan, ¡Dios, cómo lo odiaba!– estaban sosteniendo un muro de sillas y mesas. Habían reforzado la puerta, ¿pero contra qué? ¿Las explosiones?
Vio una ondulación fosforescente a través del cristal de la ventana.
—Es un Fafnir... —musitó. Supo que no era tan grande como los de Edén, o de lo contrario ya habría derribado la puerta y la barricada.
—Es mi culpa... —sollozó alguien. Darius vio que Kel estaba hecho un puño al lado de la mesa y que se cubría las orejas—. Viene a comerme.
—¡¿Entonces a qué estamos esperando?! —gritó el príncipe para hacerse escuchar por encima de las explosiones—. ¡Démoselo para que se largue!
—¡Ah, te voy a partir taaaaanto el trasero! —le gritó Drake—. Si le pones un solo dedo encima, ¡te mato!
—¡¿Qué dijiste?!
—¡Lo que escuchaste!
Darius supo que esos dos estarían rodando por el suelo y dándose golpes si no tuviesen que proteger la barricada. ¡Cielos, ¿cómo habían llegado allí?! ¿Y qué demonios sucedía?
—No te preocupes —susurró Zoe con voz cariñosa. La chica se inclinó junto a Kel y le acarició la cabeza—. No dejaremos que te coma. Además... no creo que venga solo por ti...
Cuando Zoe lo miró, el corazón de Darius se aceleró. Todavía no sabía cómo había llegado a esa habitación, pero sí comprendió que la misión de rescate estaba en su apogeo. Los aesirianos lograron sembrar los embriones y el Emperador había cargado a los Fafnir. Las herramientas compensarían los bajos números de aesirianos contra los invasores, porque atacarían a todos los vanirianos.
Pero Kel, Zoe, Drake, los gemelos y Connor también tenían sangre vaniriana. También serían presa de los Fafnir. Tenían que escapar. Tenían que buscar a Dagda y a los demás. Tenían que...
—Papá, no te muevas.
Una punzada le electrocutó el cuerpo. Darius colapsó sobre la mesa, sin aire. Zoe lo sostuvo y Kel le revisó la herida, para asegurarse de que las puntadas todavía estaban allí.
—No te puedes mover. —Zoe le sostuvo la mano para consolarlo—. Tenemos que quedarnos aquí un rato más, hasta que las naves se hayan desplomado por completo y puedas moverte.
Zoe se lo explicó todo: el colapso del escudo, la flota que se desmoronaba sobre la Capital, el ataque de las herramientas Fafnir. Unos minutos antes de que Darius despertara, escucharon los gritos de un hijo de Vanir mientras los Fafnir lo atacaban. Dejaron de escucharlo cuando las naves comenzaron a caer sobre la ciudad, pero una herramienta se había acercado a la bodega, atraída por la energía vaniriana.
—Sé que si nos quedamos aquí, ninguna nave nos caerá encima —explicó Zoe.
—Pero... ¿qué haremos si vienen más Fafnir? —le preguntó Kel—. Son muy fuertes, ¡y dan mucho miedo!
El grolien tenía razón. Si llegaba otra herramienta, entre las dos lograrían derribar la puerta y entrar a la bodega. Entonces nadie quedaría en pie, excepto quizá Darius y Kardan, porque eran completamente aesirianos. «Espera...». Miró al príncipe, quien todavía sostenía su parte de la barricada. Darius sabía que él estaba muy débil como para mantenerse en pie por su cuenta e interponerse entre un Fafnir y alguno de los chicos. Pero Kardan no solo estaba intacto y era aesiriano, sino que también era un Aesir. Si las herramientas se movían por la sincronización, a lo mejor...
—... Él puede controlarlos...
Oh, vaya. Esto le iba a herir el orgullo, pero tenía que hacerlo. Si quería sacar a sus niños de ahí, tenía que pedir la ayuda del principito. La sola idea le dio más nauseas de las que ya tenía.
—Espera. —Zoe lo detuvo de nuevo. Miró a su padre, luego miró al príncipe y miró otra vez a Darius. Ella había entendido su plan—. Yo me haré cargo.
Antes de que Darius pudiera reclamar, Zoe se apartó de él. Kel sostuvo al mestizo para que no se moviera, así que la profetiza pudo tomar a Kardan a un sitio por aparte lejos de la mirada de Darius. No fue difícil, porque el Aesir y Drake estaban desesperados por alguna excusa que los separara.
—Me tiene harto —refunfuñó el príncipe entre dientes—. ¿Quién se ha creído que es? ¡Pero qué insolencia! ¿Escuchaste cómo me habla? ¡A mí! ¡Su príncipe! Debería...
—Necesito tu ayuda —lo interrumpió la muchacha—. Necesito que nos saques de aquí. La cosa que está afuera se llama «herramienta Fafnir», es lo que vi en mi visión. Allena y los demás trajeron a esas cosas desde el desierto para salvar la Capital, porque reaccionan contra los vanirianos. Pero como estamos con Kel, también reaccionan contra nosotros. —Kardan arrugó la frente.
—Entonces solo hay que deshacernos del bicho. Como dije antes.
—¡No podemos hacer eso! ¡Es un niño!
—Ja, ¿un niño? —se burló Kardan—. Abre los ojos, Zoe. Esa cosa es un cachorro de grolien. Un vaniriano. Un enemigo. No un niño.
—Papá no lo va a abandonar, ¡y yo tampoco! No está bien. Todo lo que tienes que hacer es controlar al Fafnir. La energía de tu padre es lo que hace que se mueva. Con la sincronización, tú puedes detenerlo.
—A ver si entiendo. —Kardan cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Quieres que intente controlar a esa cosa de allá afuera? ¿Me estás diciendo que me arriesgue a que un monstruo me saque las tripas para protegerlo a él? —El príncipe señaló a Kel, que frotaba la mano de Darius para ayudarlo a soportar el dolor—. ¿A una de las cosas que invadió mi ciudad y condenó a mi padre a la sincronización?
—Sí.
El príncipe se mordió los labios. Miró a Zoe directamente a los ojos, sin pizca de la devoción masoquista con que solía verla.
—En verdad eres una mujer cruel —le dijo al fin—. Solo porque he dejado que me guíes a ciegas durante años no significa que siempre haré todo lo que quieras. —Dio media vuelta—. Si estás tan segura de que la cosa de allá afuera solo quiere la cosa de aquí dentro, entonces te creeré y abriré la puerta. ¡Con gusto se lo sirvo en bandeja de plata!
Kardan se separó de ella para ir hacia el grolien y Zoe se desesperó. Si el príncipe abría esa puerta, el Fafnir no se conformaría solo con Kel. Drake y ella también estarían en la mira y Darius se moriría, porque él definitivamente haría hasta lo imposible por mantenerlos a salvo. No le importaría perder las vísceras si a cambio les daba medio segundo de vida adicional a sus hijos. Por eso ella tampoco debía dudar en sacrificarse por su familia.
—Dijiste que me amabas. —Kardan se detuvo, tomado por sorpresa—. ¿Lo dijiste en serio? ¿O solo fue otra mentira de un Aesir?
Kardan la miró de nuevo, ahora con la cabeza inclinada a un lado y las cejas arqueadas. Jamás habían tenido esa conversación, porque Zoe nunca lo permitió. Cada vez que él hablaba de amor, ella lo callaba con un rechazo. Hasta Enlil le había dicho que dejara de traer el tema a colación, porque si Zoe se parecía en algo a su abuela lo apuñalaría una vez como advertencia. A la segunda, quizá sí atacaría a matar.
Y ahora ella iniciaba esa conversación por querer salvar la vida de un asqueroso grolien. Kardan no sabía si debía reír de la emoción o llorar por la furia.
—Dijiste que harías lo que fuera, que...
—Sé lo que dije —la cortó—. Te prometí el cielo y la luna, Masca, mi alma y mi corona. Te prometí que te daría lo que fuera, que haría lo que quisieras. Pero esto... —Kardan señaló de nuevo a Kel—. Esto es más de lo que ofrecí. Más de lo que nunca te daré. —Hizo una pausa—. Por ti, con gusto me lanzaría a lo que sea que está afuera. Pero por cada vaniriano que vive, existe una razón por la que mi padre está sincronizado. Si abrir esa puerta mata a una razón más de su sufrimiento, entonces lo haré. Así eso signifique que me veas como un monstruo. —La sonrisa que esbozó entonces fue triste y resignada—. Aunque eso no significa nada, porque siempre me has visto como tal. Para ti, yo siempre seré el hijo del hombre que te atrapó en Masca.
Zoe entendía por qué el príncipe estaba decidido en acabar con Kel. Más allá de la guerra, más allá del odio entre vanirianos y aesirianos, estaba el amor que sentía hacia su padre. Para él, la muerte de un enemigo era un día menos de sufrimiento para el Emperador.
Esa era la única parte de él que Zoe entendía. Era lo único atractivo que ella veía en el príncipe, lo único verdaderamente hermoso y valioso en él, porque era también lo único que tenían en común.
El amor hacia sus padres.
El príncipe dio media vuelta, pero ella lo agarró del brazo para que la mirara de nuevo e hizo lo único que se le ocurrió para detenerlo por completo.
Zoe estaba segura de que no lo correspondía, sencillamente porque él, en realidad, no la quería. Kardan solo se decía una mentira a sí mismo cuando la miraba, cegado por algo tan superficial y temporal como la apariencia. Pero ella jamás se había mentido a sí misma ni era tan idiota como para confiar en apariencias. Siempre había visto más allá de sus ojos y por eso sabía que ella y Kardan eran tan dispares como una roca y una gota de agua, como una flor y un grano de arena. Si Dios los despojara por completo, si separaba cada uno de sus miembros y les arrancaba la carne de los huesos hasta desnudar el centro de ambos, encontraría dos núcleos distintos, dos almas nunca hechas para estar juntas.
Pero cuando sus labios tocaron los suyos, lo sintió temblar. Fue una reacción extraña, porque ella creyó que Kardan se mantendría firme y que al final sonreiría con arrogancia, como si hubiese ganado una apuesta contra sí mismo. Pero en lugar de eso, sintió la sensación cálida que se incendió en el pecho del príncipe, le recorrió los dedos y electrizó a Zoe cuando él la estrechó. Más que satisfecho o sorprendido, Kardan estuvo feliz.
Y por un breve segundo, ella también lo estuvo.
Se apartó tan pronto como lo besó, confundida. La idea era tomarlo a él por sorpresa, no al revés. Estuvo a punto de perder la cabeza por su propia estupidez, pero los golpes en la puerta y las palabrotas de Drake la hicieron reaccionar. ¡Tenía que convencer a Kardan de que controlara a la herramienta, a como diera lugar!
Lo miró a los ojos y lo tomó de las manos. Una nueva chispa de sorpresa apareció en los ojos del príncipe, que miraron sus manos, luego los labios de Zoe, de nuevo sus manos y finalmente sus ojos. Ahora sí, la chica estuvo segura: él no se disfrazaba de masoquista, sino que lo era en verdad. «... ¿En serio? De todo en lo que podía ser sincero, ¡¿tenía que ser esto?! ¡Las personas normales generalmente esconden algo tan patético!». Tuvo que apretar los dientes para contenerse, porque sintió que el rubor le encendía las orejas. Por la estupidez de él, y la estupidez de ella. Genial, otra cosa que tenían en común: aparentemente, ambos eran unos estúpidos.
—Si nos salvas a todos hoy, incluido el grolien... seré tuya. Por el tiempo que quieras.
A pesar de que los golpes se hicieron más fuertes y de que los goznes empezaron a saltar, Kardan se tomó su tiempo para mirarla y evaluarla.
—Qué broma. ¿Tanto significa un enemigo para ti que estás dispuesta a sacrificarte?
Ella asintió en silencio, porque no supo cómo responder sin entrar en detalles de la sangre vaniriana que corría por sus venas. De repente, sintió miedo. ¿Qué haría Kardan si descubría que ella era hija de una mujer mitad aesiriana, mitad vaniriana? ¿La rechazaría? ¿La mandaría a ejecutar? ¿O sencillamente la ignoraría, como si todos esos años de él persiguiéndola como un cachorrillo enamorado no hubiesen pasado?
—No. —Kardan se separó de ella, a la distancia prudente que pondría un caballero ante una dama. Hasta puso las manos detrás de la espalda, como cuando empezó a cortejar a Zoe hacía tantos años—. Sería lo mismo que tomarte a la fuerza y así no significaría nada. El esfuerzo de todos estos años habría sido en vano.
Ella giró los ojos.
—Tomando en cuenta que ese esfuerzo ha sido para sacarme un «sí», yo diría que no hay problema. Ya ganaste. Nada más importa.
Ya estaba harta del juego del príncipe azul. Hasta le daba náuseas de lo patético y vergonzoso que era. Pero la sonrisa de Kardan fue algo triste y ella vio sinceridad en sus ojos. Fue muy raro, porque siempre lo consideró mentiroso. Fue como encontrarse un arcoíris en el Pantano.
—Pero yo no quería un sí a la fuerza —explicó él—. Yo quería un sí de verdad, como el que te di a ti. —El príncipe soltó un suspiro de resignación y dio media vuelta—. Prepara al grolien y a tu padre. Vamos a salir de aquí.
—Pero dijiste...
—Siempre sé lo que dije. Un Aesir nunca olvida sus promesas. Pero... no quiero que... Bueno, supongo que no quiero verte asustada otra vez.
«Es tan triste... Estar en la palma de una mujer que no te ama», pensó él. «Si después de esto ya no la convenzo, entonces lo mejor será dejarla ir. No es como si yo fuera el primer príncipe o el primer hombre que nunca ha alcanzado lo que más quería».
Zoe se mordió los labios, sin saber cómo tomarse eso. Kardan había aprendido a controlar el flujo de sus pensamientos desde que era un niño y no era común que bajara su guardia mental. Ella no sabía si debía desconfiar y creer que ese era un pensamiento falso, hecho para confundirla... O sentirse culpable de haber jugado por tanto tiempo con las esperanzas del príncipe. «No», la chica agitó la cabeza y fue hacia Kel, para ayudarlo a levantar a Darius. «No debo pensar más en este asunto. Ya conseguí lo que quería de él. Ya no hay nada más que pensar».
Drake se apartó de la barricada y dio el último empujón para levantar a Darius. Zoe se encogió cuando su padre aulló de dolor. Kel lo había cosido y le había dado una transfusión de sangre, pero todavía no estaba en condiciones para moverse. Dependía completamente del sicario y la profetiza para mantenerse en pie, y él lo sabía.
—Si las cosas empeoran, déjenme atrás y escapen con Kel —dijo Darius, con los dientes apretados.
—Papá, no vamos a hacer eso. Lo sabes —lo regañó Zoe.
—¿Vamos a abrir la puerta? ¿A salir? —preguntó Kel. Tenía las pupilas dilatas del espanto y el pelaje erizado—. ¡No deberíamos abrir la puerta! ¡No deberíamos salir!
—No tenemos otra opción —respondió Drake mientras se pasaba el brazo de Darius por encima del hombro—. Ya sea que salgamos o que esa cosa entre, sea como sea nos toca hacerle frente. —Luego miró a su hermana, que sostenía a Darius por el otro lado—. ¿Estás segura de que podemos confiar en él?
Drake señaló con la cabeza a Kardan, que despejaba la barricada. Era un esfuerzo inútil, porque el Fafnir lograría entrar con o sin ella. Zoe intentó sonreír para calmar a su hermano, a su papá y a Kel. Quiso decirles que todo estaría bien, que estaba segura, que podían confiar en ella. Pero no pudo decir una mentira tan descarada y su sonrisa murió antes de nacer. Ella no sabía si todo estaría bien. No lo había visto. Estaba ciega, como ellos.
Lo único que podía hacer era confiar en que Kardan no le fallara.
—Él hará lo mejor que pueda.
Estuvo segura de eso, al menos por un momento. Pero de inmediato recordó el miedo de que el príncipe descubriera su ascendencia vaniriana y la breve felicidad que sintió en sus brazos, todo al mismo tiempo. Lo había estropeado. Había perdido cualquier ventaja que alguna vez tuvo sobre Kardan, porque ya no estaba tan segura de despreciarlo.
«No, no. Es por la situación en la que estamos», se dijo mientras agitaba la cabeza. «El cielo se cae sobre la ciudad y hay un monstruo terrible afuera esperando a comernos. ¡Es prácticamente el fin del mundo! ¡Eso es lo que me tiene tan confundida!». Sí, eso era. El solo hecho de que su papá estuviese en tan mal estado era ya más que suficiente para hacerla perder la cabeza. Se mirara como se mirase, todo en esa situación volvería loco a cualquiera.
«No debiste haberlo hecho», susurró la voz de Drake en su cabeza. Zoe lo miró. El peli-rosado tenía una expresión firme para que ni Darius ni Kel se enteraran de la conversación que sostenía con su hermana. «Con tu aspecto y su cerebro, tan solo tenías que enseñarle un poco de piel para mantenerlo en tu poder. Una miradita a tu escote y lo hubieses hecho saltar delante de mil Fafnir durante todo un año».
Zoe jadeó, atragantada. De no ser por las explosiones de la calle, Kel y Darius la habrían escuchado y creído que estaba loca. Drake siguió como si nada, sin prestar atención al rubor escarlata que había pintado a su hermana hasta las orejas. «Besar a un chico para conseguir lo que quieres de él... ¡Pfft! Error de novata. No te preocupes, hermanita. Después te enseñaré a aprovechar la cara y el cuerpo que tienes sin hacer algo tan estúpido. Podrás conseguir lo que quieras sin confundirte tanto».
—¡Aaaaah! —gritó Zoe, tan roja y ardiente que casi echaba humo por las orejas—. ¿Q-q-qué eres? ¡¿Un gigoló?! —Ahora sí, Darius la miró con espanto.
—¿Q-qué has dicho? ¿Un gigo-qué?
—¡Nada! —lo cortó la chica.
—Pero podría jurar que dijiste...
—Perdiste mucha sangre —lo cortó Drake, fresco como una lechuga—. Creo que estás alucinando un poco.
El sicario sonrió y le guiñó un ojo a su hermana. Zoe apretó los dientes. Increíble. Apenas se había re-encontrado con su mellizo y ya quería partirle la cara. En lugar de eso, tenía que conformarse con mirar hacia otra parte porque no podía sostener la mirada de Drake ni ver las cejas arqueadas e inquisidoras de su padre sin temer que sospechara que había... eh... hecho una «alianza» con un Aesir. En el vocabulario de Darius, eso era «hacer una tregua con el enemigo».
—¡Eh, señoritas! —llamó Kardan. Había despejado parte de la barricada, pero cualquiera tropezaría con las sillas y mesas en una huida a toda prisa—. ¿Puede alguna de las dos darme una mano? Con tantos obstáculos no podremos salir.
Como Drake era el que sostenía la mayor parte del peso de Darius, Zoe se separó de él para ayudar al príncipe. Pero Drake gruñó por lo bajo, sin rastro de la satisfacción por molestar a su hermana.
—¿«Señoritas»? ¿A quién crees que le hablas, príncipe de pacotilla? —Kardan arrugó el rostro.
—Pues a ti y a Zoe.
—... ¿Me tratas como a una chica? —preguntó el sicario. Fue increíble lo rápido que empezó a latirle la vena en la frente. Kardan giró los ojos.
—Eh, ¡duh! ¡Es que eres una chica!
—No, ¡no lo soy!
—... ¿En serio? —Un trozo de mesa resbaló de los brazos del príncipe—. ¿Segura? P-p-p-pero... tú... tu cara... tu... —El muchacho señaló el rostro de Drake, su cabello, su pecho, incluso sus brazos—. ¡Eres bonito como una niña!
—¡NO SOY UNA NIÑA! —rugió el sicario.
La puerta estalló detrás de Kardan. Una mandíbula llena de colmillos resplandecientes se dirigió a él. Pero la entrada del Fafnir no fue tan sorpresiva ni tan violenta como descubrir que la chica con la que había estado peleando durante casi una hora era, en realidad, un chico tan o más bonito que Zoe.

****

Escucharon los siseos en la siguiente calle. Dagda se apretó más contra el lomo de Geri, y por un instante temió que el lobo no hubiese escuchado a los Fafnir. Pero Geri y Freki doblaron la esquina contraria y siguieron una nueva ruta.
Apretó los dientes. A ese ritmo, los Fafnir los rodearían. Pronto ya no habría más calles libres de ellos.
Un edificio colapsó justo al frente. Freki iba más adelante y apenas logró frenar, pero Geri chocó contra él, los dos lobos giraron por el suelo y los gemelos con ellos. Dagda no supo lo que sucedía hasta que Airgetlam lo levantó. Su hermano se había cortado la ceja con algún escombro, pero estaba mucho más espabilado que él. Al principio no entendió por qué Airgetlam lo jaló como si quisiera arrancarle un brazo, pero luego un temblor los derribó. Cuando miró la calle, vio que un hijo de Vanir intentaba levantarse de entre los escombros pero unas figuras resplandecientes no se lo permitían.
—¡Rápido, rápido! —los urgió Freki—. ¡Antes de que los huelan!
Cada lobo se echó a un gemelo encima y empezaron a correr. Dagda sintió los músculos tensos y temblorosos de Geri por debajo de él. Los dos lobos estaban agotados de tanto correr, pero continuaban en busca de una salida de Masca, decididos a sacar a los gemelos de allí.
Escucharon un nuevo siseo. Un nuevo temblor sacudió las calles. Los Fafnir habían derribado a otro hijo de Vanir. A pesar de que se habían alejado del centro de la batalla y de la mayoría de vanirianos, todavía podían escuchar sus gritos. «Esos podríamos ser nosotros», pensó Dagda. Lo supo cuando el primer Fafnir estuvo listo en el laboratorio de la Emperatriz. Cuando la herramienta abrió los ojos y lo miró, el muchacho supo que era su presa. ¿Cómo no lo habían previsto? Tenían que haber imaginado que los Fafnir también irían contra los gemelos por ser híbridos. «Espera... Si nos persiguen a nosotros, entonces...».
—¡Alto, alto! —gritó mientras jalaba el pelaje de Geri para detenerlo—. Connor, ¡no podemos irnos sin él!
—¿Y qué quieres que haga? —refunfuñó el mensajero—. ¿Dónde podría encontrarlo?
Pero apenas lo dijo, lo supo. Todos lo supieron.
—Oh, no. No, no, no —gimió Airgetlam mientras miraban hacia el centro de la Capital.
Las torres de Palacio resaltaban a pesar de la distancia y de las naves ardientes que caían lentamente como soles perezosos. Habían escapado de ese sitio en los últimos minutos... y ahora tenían que regresar.
Se miraron los unos a los otros, para decidir quién se devolvería por Connor y quién buscaría una salida. Pero Dagda y Airgetlam sabían que no se abandonarían el uno al otro, y los lobos habían decidido que por donde corriera uno, el otro lo seguiría. Y ninguno de ellos abandonaría jamás a Connor.
Regresaron sobre sus pasos, incluso más aprisa que cuando escapaban. Todavía escuchaban los alaridos de un hijo de Vanir, pero cuando pasaron cerca de un callejón vieron el esqueleto ardiente de uno de ellos. Las herramientas Fafnir derretían los huesos con saliva, para borrar todo rastro de que el vaniriano alguna vez pisó Masca. Los lobos no tardaron mucho allí, apenas un par de segundos mientras iban en carrera. Pero fue el tiempo suficiente para que Dagda mirara unos cuantos detalles.
Y para que los Fafnir captaran su esencia.
Los siseos empezaron a seguirlos.
—¡Tenemos que encontrar algún grupo aesiriano! —gritó Airgetlam—. ¡No atacarán si hay aesirianos!
Los lobos avanzaron como en un laberinto, esquivando calles y recovecos de donde provinieran siseos. Cambiando de dirección apenas deslumbraban una silueta fosforescente como la espuma. Buscando gritos aesirianos en medio de las súplicas vanirianas. Pero por aquí y por allá solo veían sangre, esqueletos ardientes y reptiles fantasmagóricos que se aparecían a través del mármol o se lanzaban desde los techos y muros destrozados sobre los enemigos.
Ya casi no quedaban calles sin Fafnir. Ya casi no tenían por dónde correr.
—¡Sí! —exclamó Airgetlam, esperanzado. Su alegría fue como el primer rayo del sol en un amanecer—. ¡Ahí hay un grupo de soldados!
Contagiados por su entusiasmo, los lobos aumentaron la velocidad hacia un sitio seguro con aliados.
Un destello surgió detrás de ellos poco antes de que alcanzaran al grupo. Aunque no la vieron de frente, la luz les quemó la vista. La presión del aire cambió, como si un tornando se desatara de la nada, y los arrasó. Aunque cayeron el golpe los había salvado, porque el Fafnir saltó del suelo como un tiburón y pasó justo por encima de ellos.
Dagda escuchó un chillido que fue agudo y grave a la vez, como el de un animal con dos gargantas. También escuchó los gritos de los soldados. Cuando se levantó sobre el codo y miró lo que había pasado, sintió un nudo en el estómago.
El grupo de soldados era una tropa de voraces.
Y el Fafnir se había lanzado contra un mago transformado.
Más destellos detonaron tras ellos. Nuevas herramientas saltaron del suelo hacia el grupo aesiriano. Dagda se arrastró hacia su hermano, porque Airgetlam se había petrificado en el suelo cuando los nuevos Fafnir pasaron sobre ellos hacia los soldados.
Tenían que salir de ahí antes de que los percibieran y los atacaran también.
Dieron media vuelta, alentaron a los lobos para seguir adelante y se prepararon para montar otra vez. Pero un aliento de bruma los inmovilizó. Los gemelos quedaron prendados en los ojos amarillos de un Fafnir, y percibieron la ondulación de las colas de muchos, muchos más. Estaban rodeados.
Los Fafnir rugieron como dragones y se abalanzaron sobre ellos tan rápido que ni siquiera los lobos pudieron gañir una respuesta. Pero antes de que las herramientas los alcanzaran, otra figura fantasmal se interpuso. Con un coletazo, el Dragón Blanco consiguió apartar a varios Fafnir, pero otros dos lograron golpearla y derribarla al suelo. Dagda escuchó primero el rugido indignado del Dragón y después las palabrotas mal habladas de Sakti. La princesa había iniciado los cambios de reversa para que los Fafnir la reconocieran como aesiriana, pero las herramientas ya la tenían bien sujeta de los brazos y le habían llenado de saliva la membrana de un ala, que empezaba a derretirse.
Dagda no supo qué hacer hasta que vio a Airgetlam unos pasos más adelante, ya con la espada desenfundada para atacar a las herramientas y salvar a Sakti. Pero los Fafnir al fin reconocieron a la muchacha, la soltaron y encararon al profeta. Sin embargo, Sakti se colocó de nuevo frente a las herramientas y las miró sin pestañear hasta que cambiaron de objetivo. Los Fafnir alrededor miraron a los gemelos y a los lobos fijamente, pero luego los ignoraron y tomaron diferentes direcciones. Las herramientas que atacaron a los voraces también se dispersaron.
Por un momento ni los lobos ni los gemelos supieron cómo reaccionar. Habían huido de esas cosas durante horas para que luego se marcharan así sin más, como si de repente sus blancos ya no valieran nada. No supieron si sentirse aliviados u ofendidos.
Luego recordaron que Sakti se había herido al protegerlos. Pero cuando la buscaron para ayudarla, vieron que ya Connor la atendía. Como sincronizados, Dagda y Airgetlam avanzaron juntos y apartaron a Connor de la chica, para ahogarlo con un abrazo y mil besos.
—¡Ah, ya, ya! —se quejó el chico doctor. Le habían lastimado las costillas—. ¡Todavía tengo que curarla!
La ropa y la armadura de Sakti se habían roto por las llamas de Abigahil, pero estaba cubierta de pies a cabeza por una capa de escamas blanquísimas. Sin embargo, los hombros, el cuello, la cara, las piernas y algunas partes del abdomen tenían cortadas y rastros de sangre, porque allí las escamas eran más delgadas por los cambios de reversa. Además, en algunas partes parecía que tenía grietas, como si fuese una vasija a punto de romperse.
Dagda agitó la cabeza. No, estaba equivocado. ¡Qué ridiculez! Sakti no era un jarrón, sino una persona. «No son grietas, idiota. Son heridas. Está agotada». El muchacho se quitó la capucha y cubrió con ella a su amiga, para agradecerle su esfuerzo. Había mantenido a salvo a Connor, pero quién sabe cuántas veces había hecho y deshecho la transformación para protegerlo. No debió de ser fácil.
Connor tampoco tenía buena pinta y los lobos temblaban de cansancio. Él y Airgetlam también estaban extenuados y nerviosos. Ni siquiera las detonaciones ardientes que caían sobre la ciudad podían quitarles el frío que se les pegó a los huesos en la cámara de los Fafnir.
—¿Y ahora qué? —preguntó el muchacho.
Ahora que Connor y Sakti estaban con ellos, le habría gustado descansar en ese sitio un par de minutos más. Pero Dagda sabía tan bien como los demás que tiempo era lo que menos tenían.
—Ahora nos vamos —respondió la princesa.
Sakti dio un paso hacia el este, hacia lo más lejos posible de Palacio. Pero antes de que profetas y mensajeros la siguieran, unos hilos de plata surgieron de la nada, la rodearon y la jalaron hacia el centro de la ciudad. Al principio Dagda creyó que los cables de sincronización habían salido del suelo para unirse a Sakti. Pero la chica transmutó el brazo, arañó la calle con la garra y logró aferrarse a él por un tiempo. Eso dio tiempo a los demás para correr hacia ella a rescatarla.
—¡¿Qué es eso?! —preguntó Geri cuando la alcanzaron.
Los hilos no surgían del suelo, sino que estaban suspendidos en el aire, como si alguien los jalara justamente de la dirección contraria a la ruta de los profetas. Los hilos jalaron más fuerte y la garra se desprendió del suelo, pero Dagda agarró la muñeca de Sakti a tiempo y la sostuvo.
—¡En serio, ¿qué es esto?! —gritó el muchacho. Los hilos jalaron más y más fuerte, y el agarre de Dagda se debilitó.
Por un instante todos temieron que los hilos se llevarían a Sakti al centro del caos. Pero justo cuando Dagda la soltó, escucharon un grito y el corte en el aire. Alguien cortó los hilos y Sakti quedó tendida en el suelo.
—Patética, patética —suspiró Drake—. Siempre necesitas mi ayuda. Estoy empezando a creer que te gusta meterte en problemas solo para que yo te salve.
El muchacho había cortado los hilos con un hacha vaniriana –que de seguro había quitado a un enemigo–, pero no la pudo levantar de nuevo. La había clavado en el mármol. Aun así esbozó una sonrisa provocadora para Sakti, pero la chica lo ignoró.
—Supongo que cumpliste con tu parte del plan —dijo ella mientras Connor y los demás la ayudaban a quitarse los hilos.
—Ajá, aunque la próxima vez agradeceré que me digas cuál es el plan, en especial si me involucra —respondió Drake mientras señalaba al grupo detrás de él—. Un pequeño grolien, un profeta mestizo, una seductora aficionada y, como adicional, un puto príncipe arrogante.
—¡Ya he tenido suficiente! —gritó Kardan mientras avanzaba con los puños cerrados hacia el sicario—. ¿Quién demonios te crees que eres?
—¿Qué dijo de una aficionada qué? —preguntó a su vez Darius, desconcertado.
—¡Nada, papá, no ha dicho nada! —gritó Zoe, sonrojada como una manzana—. ¡Estás alucinando! ¡Escuchas cosas que no son!
Por un instante ese fue un momento feliz, aterrador y confuso, todo a la vez. Ese era el reencuentro que Darius y sus hijos habían estado esperando durante años, pero la mayoría no sabía qué hacían el mestizo y Drake ahí, o cómo habían llegado y encontrado a Zoe. Todos empezaron a hablar a la vez para pedir explicaciones...
... hasta que Kardan reparó en algo que nadie más.
—Allena... ¿estás herida? ¡Estás sangrando!
Todos la miraron al instante. La muchacha tenía algunas cortadas, pero la coraza de escamas y la capa de Dagda la habían protegido del arrastre por el suelo. Sin embargo, sí había sangre a sus pies. Aun así, ella levantó los hombros.
—No es mía.
Cuando miraron el hacha que Drake había clavado, vieron que también estaba pringada de carmesí. Por un momento ninguno entendió qué había pasado, ni siquiera Sakti. Pero poco a poco comprendieron que los hilos que la habían rodeado estuvieron vivos. O, mejor dicho, que eran parte de un ser vivo.
—Mejor nos vamos antes de que lo que sea que quiso atrapar a Allena lo intente de nuevo —decidió Airgetlam mientras tomaba el lugar de Zoe para sostener a Darius.
Asintieron en silencio y empezaron a caminar hacia el Este, pero Kardan agarró a Sakti del brazo y la miró con seriedad.
—Suéltame —ordenó la muchacha con voz de hielo. Los demás se detuvieron, desesperados por ese encuentro entre los dos Aesir. ¿Es que no podían saludarse y abrazarse como una familia normal? ¿Por qué tenían que empezar a pelear apenas se reunían?
—Planeas irte. Escapar —dijo Kardan. No fue una pregunta, sino una afirmación, y Sakti no se molestó en negarlo—. Por eso Sigfrid intentó detenerte.
Sakti no comprendió ese último comentario. Pero luego Kardan la empujó hacia la dirección contraria, tan de repente que la chica no pudo oponerse. Justo cuando ella intentó mantener el equilibrio para golpear a su fastidioso primo, los misteriosos hilos plateados la rodearon de nuevo. Esta vez, los hilos también le pegaron el brazo al dorso, así que la chica no podría arañar el suelo para sostenerse.
Dagda y Drake reaccionaron al instante y se lanzaron hacia ella para ayudarla, pero Kardan se interpuso. El príncipe se preparó para recibir los golpes de ese par de muchachos fornidos, pero no esperó la réplica de Zoe. La chica apretó tan fuerte la mandíbula que hasta escuchó el rechino de los dientes.
—¿Y ahora qué demonios estás haciendo? —gritó ella. Él la miró sin pestañear y sin perder de vista al par de contrincantes que tenía justo delante.
—Hace unos años, mi padre accedió a que los profetas podrían abandonar Masca en libertad. Con eso dicho, el mestizo, la profetiza y hasta la bola de pelos pueden irse en paz. Pero —Kardan hizo una pausa para marcar sus próximas palabras— la Nobleza Militar y la Realeza sirven. Es nuestro derecho, nuestro honor y nuestro deber. Nadie puede renunciar a servir al Imperio. Así que los Generales Dagda y Airgetlam Tonare, así como la princesa Sakti Allena Aesir II, permanecerán en Masca. Esta es una orden de su príncipe heredero.
Al instante, Dagda y los demás soltaron palabrotas y maldiciones. Desde luego que no reconocían a Kardan como una figura de autoridad a la que obedecerían. Pero el príncipe los ignoró y miró por encima del hombro hacia Sakti y hacia más allá de ella, a quien estuviera sosteniéndola con esos hilos.
—Ya puedes llevártela, Sigfrid —susurró, apenas sin despegar los labios—. Yo me haré cargo de los profetas.
Sakti arrugó la frente. «¿Sigfrid? ¿Pero de qué está hablando...?». Los hilos la apretaron otra vez y ella lo comprendió de golpe. Cinco hilos de plata. Cinco dedos transmutados, duros como el metal y largos como ramas de árbol. Ella había estado tan ocupada protegiendo a Connor de los vanirianos y escapando de los Fafnir que la perseguían por estar transmutada, que se había olvidado de Sigfrid. Y su padrino había aprovechado cada vez que las nubes tapaban la luna para avanzar hacia ella.
El Primer General apretó de nuevo y la jaló hacia él. Sakti perdió el aire y por un momento pensó que la próxima vez que abriera los ojos estaría en la Sala del Trono, encadenada para escuchar un sermón de su tío. Eso si tenía suerte, porque lo más probable sería que el Emperador se saltase el sermón y la enviara de una vez a las manos de Enlil, para que le hiciera un lavado de cerebro.
¿Y entonces qué pasaría con los profetas? Dagda y Airgetlam no doblarían la rodilla ante el Emperador por las buenas, así que Enlil también los manipularía mentalmente para que cumplieran con su rol de Generales. Darius y los demás no abandonarían a los gemelos y todos los profetas serían otra vez prisioneros. ¿Y qué pasaría con Darius, que estaba tan mal herido? ¿Qué ocurriría con Drake, que tenía una lengua impertinente que al Emperador le encantaría arrancar? ¿Y Connor, que era tan dulce y frágil?
¿Qué pasaría con la flor de allen que esperaba en la maceta, oculta en el botiquín? Si atrapaban a los profetas, el Emperador encontraría los tesoros que Sakti había recuperado en la Mansión Tonare y los lanzaría al vacío. Acabaría con el recuerdo de Mark, porque era lo único que le quedaba pendiente por destruir después de la fiesta púrpura.
Por un momento, desde lo más hondo de su ser, desde donde se habían esfumado la portadora y el Dragón, surgió una imagen. Mark. El mensajero con los brazos extendidos en cruz mientras caía desde una baranda hacia la luz. Sakti extendió los brazos hacia él para sostenerlo o para caer con él al fondo de la habitación del metal bendecido por Dios. Lo alcanzó por un segundo, pero sus dedos resbalaron entre los de él y la luz los engulló a los dos. Pero antes de que Mark cayera al vacío, y antes de que ella quedara ciega, vio su sonrisa. Mark le había sonreído. Le había guiñado un ojo y le había dado unas palabras.
—Gracias por todo. Nos volveremos a ver.
La flor florecería de nuevo. La maceta albergaría vida otra vez. «¡La fusión retrocederá!».
Pero ella no podría lograrlo sola. Necesitaba la dulzura de Connor, la lengua insolente de Drake, las travesuras de los gemelos, las sonrisitas de Zoe, los «cariño» de Darius y los recuerdos de Mark. Lo necesitaba todo.
Su rugido fue tan bravo que hasta ella misma se asustó por un instante. La tensión de los dedos de Sigfrid la iba a partir por la mitad, pero ella plantó las patas en el suelo y dio un coletazo a los hilos plateados. Aunque no logró que el General la soltara, sí encendió aún más su propia resolución. Tenía que escapar. Rugió. Tenía que ayudar a Dagda y a Drake, que no podían apartar a Kardan. Rugió. Tenía que ayudar a Darius y a los demás, que no podían avanzar ni retroceder porque estaban rodeados de Fafnir. Rugió. Y tenía que deshacerse de Sigfrid, que era una maldita molestia.
De repente su cuerpo supo qué hacer. Giró sobre las patas traseras y, con una fuerza que apareció de repente, lanzó todo su peso a un lado. Los dedos del General siguieron el movimiento. Desde lejos, la muchacha vio el arco que formaron. Había logrado volcar a Sigfrid también y lanzarlo lejos. Sin embargo, el General era tan testarudo como ella y no la soltó. En cambio, lanzó su propia acometida y describió un arco hacia el lado contrario. La tensión lanzó a Sakti hacia unos escombros.
Sakti estaba tan enojada que ya ni siquiera sintió la presión de los dedos plateados. Simplemente rugió con todas sus fuerzas, mientras una llamarada ardiente escapaba de su hocico. ¡Dios, cómo quería rostizar vivo a su padrino! Habría seguido así, literalmente echando chispas, de no haber notado los miles de ojos que la miraban desde las calles y avenidas alrededor. Todos los Fafnir, incluso los que Kardan había manipulado para rodear a los profetas, se concentraron en ella. Más que verlos, los sintió mientras se lanzaban al mármol para nadar en él como si fueran tiburones de caza en el mar. Si todos la atacaban, quizá no lograría recuperarse. Joder, ¡a lo mejor ni siquiera podría invocar los cambios de reversa antes de que terminaran de derretirla! Pero eso le dio una idea: Sigfrid estaba en la misma situación que ella. Él también estaba transformado y también sería un blanco para las herramientas.
Sakti estiró el cuello y atrapó parte de los hilos entre el hocico. Pero en lugar de arrancarlos de un mordisco, los sostuvo y empezó a jalar para atraer a Sigfrid.
—Allena, ¡no, no, no! —le gritó Kardan. Ella lo vio por el rabillo del ojo y le pareció tan insignificante. Podría aplastarle la cabeza entre las garras. Podría partirlo a la mitad con un coletazo de hierro—. ¡No lo traigas hacia la luz! ¡Si la luna lo toca...!
Pero ella le lanzó la cola. Lo había hecho muchas veces antes sin siquiera pensarlo, pero cuando conectó el golpe se dio cuenta de que pudo haberlo matado. Una parte de ella quiso olvidarse de Sigfrid y asegurarse de que Kardan todavía estaba entero. Pero esa parte era muy pequeña y estaba siendo suprimida por la ferocidad de la transformación. El resto de su ser estaba decidido a acabar con el General.
Jaló más fuerte, rugiendo por la ira y el dolor de las grietas que le cubrían la piel y la rompían por dentro. «Es culpa de ellos», pensó media loca. «Si no hubiesen matado al amo, la portadora y el Dragón no se habrían rendido. Yo no habría existido». Todo lo que era, todo lo que sentía, todo lo malo en el mundo, era culpa de ellos: del Emperador, de Kardan, de Enlil, de Sigfrid...
«Primero voy a acabar con Sigfrid». Sus patas lograron retroceder dos pasos y atraer al General dos pasos hacia la luz de la luna. «Luego terminaré con Kardan». El fuego de los edificios y escombros le recordó la hoguera en donde hacía mucho tiempo, en otra vida, había carbonizado a las personas que fueron malas con ella. «Luego a Enlil y a su hij...».
Detuvo el pensamiento, porque la imagen de un hombre despreciable apareció en su mente por un instante, pero eso estaba mal. Darius, su Darius, estaba justo allí, rodeado de los Fafnir que querían comer al Primer Dragón. Y Darius, su Darius, no tenía una sonrisa torva ni ojos odiosos. La parte de ella que se había alarmado por haber atacado a Kardan, reaccionó. Había algo terriblemente mal en el fuego, en las grietas, en la ira.
En los recuerdos.
—Si es así, debes sacrificar algo —dijo una voz en alguna parte de su mente, pero Sakti cerró la escotilla hacia la habitación circular en donde había hecho un sacrificio.
De repente se le ocurrió que lo mejor para todos sería dejar que Sigfrid la atrapara. Pero su cuerpo de Dragón estaba un poco desconectado de su mente de aesiriana, y al fin logró jalar al General con una última onda. Sakti recordó que Kardan le había dicho que no debía dejar que a Sigfrid lo tocara la luz lunar y recordó también la silueta macabra que ella y Connor habían visto antes. Así que cerró los ojos, casi deseando que cuando al fin el General estuviese allí, la matara con su terrible presencia de mago de la luna.
Un golpe de fuego y relámpagos la alcanzó. Fue mucho más fuerte y abrumador de lo que había esperado. El suelo vibró como si los terremotos del desierto la hubiesen seguido a Masca. El calor de las flamas saltó alrededor como si estuviese zambullida en un mar de fuego. Sakti esperó una estocada en el abdomen, incluso en el corazón, pues imaginó que Sigfrid estaría lo bastante molesto como para llegar a eso. Pero escuchó los gritos y recordó que, además de ella, ahí estaban sus amigos.
Esta vez su cuerpo ya estaba en sintonía con su mente, y se situó para proteger a los profetas de Sigfrid. Extendió las alas sobre ellos y los rodeó rápidamente, imaginando que el General los haría polvo, tal y como hizo con las naves que cayeron cerca de él y la calle que se hundió detrás de Dereck y Sakti.
Pero en lugar de eso le cayeron escombros ardientes que le habrían aplastado la cabeza si no hubiese estado transformada. Sakti giró el largo cuello para lanzarle una dentellada al General. Sin embargo, no había rastros de Sigfrid. Entre ella y su padrino había un castillo flotante en llamas, en donde destacaban las figuras fantasmagóricas de los Fafnir. Sakti no supo si las herramientas huían del fuego o si se lanzaban a las llamas, atraídas por la energía vaniriana que despedía la estructura.
En lo alto del castillo en ruinas, otra criatura, mucho más imponente y perfecta, desplegó las alas y un rugido. Las herramientas Fafnir en toda Masca le contestaron, aunque la princesa no supo si para retar al Dragón Negro o para pedirle una tregua.
Adad batió las alas y el vendaval avivó más el fuego. A como estaban las cosas, Sakti imaginó que su hermano volaría sobre la ciudad para abatirla con sus llamas, pero el Dragón Negro voló hacia ella. Era tan grande y largo que una sola de sus alas habría podido cubrirla entera. Sakti imaginó que ella también podría alcanzar ese tamaño si lo intentaba, ¿pero qué perdería a cambio? A lo mejor la poca cordura que le quedó para alarmarse por haber golpeado a su primo con la cola afilada de un Dragón.
Los Fafnir que todavía estaban en la superficie se zambulleron en el mármol. La energía de Adad era tan fuerte que las herramientas ignoraron a Sakti y todas nadaron hacia el Dragón Negro. Pero para cuando al fin los Fafnir saltaron de las calles y escombros para caerle encima, ya Adad era otra vez el joven moreno que Sakti había visto la primera vez que el príncipe invocó los cambios de reversa delante de ella. Los Fafnir pasaron a su lado a toda prisa. Algunos se sumergieron de nuevo en las calles y otros avanzaron entre siseos hacia los vanirianos más cercanos.
—Las he engañado —dijo el príncipe mientras alcanzaba a su hermana—. Las herramientas no pueden leer las cargas de energía de esta zona por la descarga de magia que he dado.
Sakti asintió. Su cuello se hizo más corto. Su garra adelgazó. Los cuernos y las alas se escondieron en la profundidad de su piel. Sus patas también se convirtieron en piernas y perdieron toda la fuerza que antes habían desplegado en el pulso contra Sigfrid. Sakti se lastimó la rodilla al caer, pero ese dolor era nada comparado al ardor de las grietas.
—Toma. Bebe —la urgió Connor mientras le daba una cantimplora con una mano y con la otra abría el botiquín—. Déjame ver si hay hemorragia interna, si...
—Estoy bien —lo cortó la chica mientras se llevaba las manos al abdomen.
Adad se había encargado de apartar los dedos de Sigfrid cuando lanzó ese castillo justo entre las calles que separaban al General y la princesa. Sakti tenía marcados los dedos de su padrino como si la hubiese arañado con fuego, pero las escamas la habían protegido y la transformación había ensanchado las costillas lo suficiente para evitar daños a los órganos.
—Solo estoy... agotada. —Sakti levantó los ojos a Adad, como si se excusara por no ser tan magnífica como él—. No creo que pueda hacerlo otra vez. Ahora solo dependemos de ti para salir. —Adad sonrió.
—Eso es magnífico. Así no habrá nada que puedas hacer al respecto.
Sakti arqueó una ceja mientras Adad avanzaba hacia los profetas. Todos estaban alrededor de Darius, mirando cómo Kel vendaba el abdomen del mestizo con las vendas limpias que Connor le había dado antes. Solo Zoe tenía la mente en otra parte, porque de vez en cuando miraba por encima del hombro hacia Kardan, que estaba tirado junto a unos escombros. Connor lo revisaba ahora para asegurarse de que él tampoco tuviera heridas internas.
Casi nadie prestó atención a Adad hasta que el príncipe se situó junto a Darius, apartó a Kel de un empujón y agarró al mestizo por el cuello hasta levantarlo. Luego lo lanzó al suelo como si estuviesen en un cuadrilátero y quisiera darle el golpe final. Sakti se levantó para detener a su hermano, pero las piernas le fallaron y cayó de nuevo. Los gemelos y Drake intentaron apartar al príncipe. Los lobos también tensaron los músculos y lanzaron una mordida, pero una corriente de aire los empujó. Los mensajeros y los profetas despegaron los pies del suelo y cayeron tendidos a unos pasos, en un círculo perfecto alrededor del príncipe Dragón. Fue como si Adad todavía tuviese alas y acabara de batirlas.
—¡Detente, detente! ¡Lo vas a matar! —chilló Zoe.
Adad apretó el cuello de Darius, pero el mestizo no intentó apartarlo. Se quedó inmóvil mientras lo asfixiaban, apenas con los ojos un poco entreabiertos. Sakti se levantó de nuevo, pero otra vez las piernas cedieron bajo su peso.
—¡¿Qué estás haciendo?! —gritó desesperada—. Adad, ¡detente, por favor!
—Lo siento tanto, querida hermana —respondió el príncipe y pareció sincero—. Pero hay que hacerlo. Tengo que darle un mensaje a nuestro tío. —Sakti ya no supo si no podía levantarse porque estaba muy cansada o si porque Adad lo impedía. Como los chicos también estaban petrificados, a lo mejor Adad los tenía sujetos con magia—. Aunque la sobrecarga apartó a los Fafnir, no cortó la sincronización. Así que el Emperador está viendo esto.
Sakti acarició el mármol bajo su palma. Sí, lo sentía. Su tío tenía bien puestos los ojos en esa escena. Casi podía imaginarlo gritando para que sus órdenes llegaran claras a Enlil y Sigfrid. Estaba segura de que en ese momento les estaba diciendo que debían ir de inmediato a detener a Adad.
Porque estaba a punto de matar a los profetas, a los únicos que podían controlar a los Dragones.
—Tío todavía planea utilizarnos.
—Adad, no tienes que hacerlo —intentó convencerlo Sakti—. No tienes que matar a Darius o a los chicos. El plan era que todos nos iríamos. Cuando ellos estén lejos de aquí, tío no podrá usarlos para encontrarnos y controlarnos.
—Quizá. Pero puede que aun así los encuentre en el futuro. Además... quiero que lo entienda.
—¿Qué cosa? —Sakti se arrastró por el suelo. Las grietas que la habían cubierto se desvanecían, pero ella las sentía por dentro, ardientes.
—Qué tan serio me tomo todo este asunto. Quiero que vea lo que ya no tendré miedo de hacerle si intenta manipularnos de nuevo.
El príncipe estiró una mano hacia Dagda o, mejor dicho, hacia la espada del muchacho. El arma se levantó y voló hacia Adad. El príncipe la tomó al tiempo que se levantaba por encima de Darius.
Entonces muchas cosas pasaron a la vez. Adad levantó la espada. Al fin las piernas de Sakti reaccionaron y la impulsaron hacia su hermano. Connor y los demás también reaccionaron y, entre gritos y súplicas, corrieron a detener al príncipe.
Y alrededor de todos ellos se levantó una cortina de luces y sombras.
Kardan abrió los ojos justo en ese momento, a tiempo para ver a Adad mientras dejaba caer la espada sobre Darius, sin darles tiempo a los profetas y a Sakti de detenerlo. Entonces la burbuja de luces y sombras se cerró sobre el grupo y desapareció con ellos.

"Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015. Ángela Arias Molina
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