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LeyendoPrimer tomo: "Gales" Disponible en la web

Capítulos "Los hijos de Aesir"

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Capítulo 6

6

CONNOR


El ambiente en el interior de la cantina era ameno, colmado de carcajadas y jarras tintineantes al chocar entre sí. La mayoría de las mesas estaban dispuestas alrededor del salón, pegadas a la pared, de manera tal que había espacio suficiente para la clientela que prefería estar de pie… y también para aquellos que, llevados por el alcohol, comenzaran una riña. Así el resto de clientes podrían ver la pelea sin preocuparse mucho de terminar involucrados en ella. También había mesas en el centro de la sala, pero éstas eran aptas para una familia de doce miembros y estaban acomodadas lejos unas de las otras, de manera tal que el espacio libre era una prioridad.

Al entrar a la cantina, nadie reparó en él. Por supuesto. Un forastero encapuchado era cosa de todos los días, en especial en un pueblo donde vanirianos, aesirianos y humanos convivían casi sin problemas. Kehari era en teoría un poblado del Imperio Aesiriano invadido por vanirianos. Pero, en la práctica, se trataba de un asentamiento donde a los pocos aesirianos que vivían allí les daba lo mismo contar con las visitas de muchos forasteros que en su mayoría huían de la ley aesiriana que tener a un puñado ocasional de vanirianos.

Estos últimos frecuentaban Kehari más como un lugar de descanso que como un sitio tomado a la fuerza, e incluso eran decentes con los establecimientos, pertenecieran a quien le pertenecieran. El caso de la cantina era prueba de ello. Contar con tantas visitas al pueblo era el equivalente a decenas de bocas que necesitaban comida y cerveza, y decenas de cabezas que pedían una almohada donde reposar. Un sitio ameno de buen servicio en el que nadie hacía preguntas sobre nada era un establecimiento destinado al éxito.

Y lo más sorprendente de esta extraña convivencia en el pueblo era precisamente que los dueños del local eran nada más y nada menos que humanos. El gran tamaño del salón, el par de casonas grandes que estaban al lado a manera de hostal y los establos dejaban ver qué tan bien eran los tiempos para los dueños del establecimiento.

Darius cruzó la habitación, con cuidado de no importunar a los groliens y arpías que bebían de pie, charlaban y bailaban, hasta dar a la mesa en una esquina. Alguien acababa de dejarla, porque todavía estaba algo sucia y tenía un poco de cambio, a manera de pago.

El profeta se sentó, seguro de que pronto vendría alguien a atenderlo, pero no se quitó la capucha. En medio de tantos vanirianos no se atrevía hacerlo. De hecho, un año y medio como fugitivo le había hecho la costumbre de nunca quitarse la capucha en presencia de otra persona. Sus ojos de mestizo eran, para su desgracia, muy famosos, y muchos vanirianos y aesirianos sabían que el hijo profeta del General Tonare, su asesino, tuvo una mezcla de verde y azul en su mirada. Aunque todos ellos creían que Darius fue ejecutado, simplemente no podía correr riesgo alguno. No sería muy prudente.

—Buenas noches, señor, ¿en qué le puedo servir? —preguntó un hombre de contextura mediana.

Sus ojos eran verde oscuro, su nariz y su mentón largos. El cabello comenzaba a escasear en las entradillas, cerca de las orejas, y se formaban unas arrugas en la frente, debajo de los ojos y al lado de la boca. Darius calculó que su anfitrión tendría unos cuarenta y cinco o cincuenta años… en edad humana, por supuesto. Ese de ahí no era un mago.

El hombre sonreía de oreja a oreja y miraba a Darius con paciencia y alegría. No se sentía incómodo ante la capucha negra que le impedía ver el rostro de su nuevo cliente, ni ante la espada que el profeta cargaba a su cintura. El cantinero parecía más que acostumbrado a tratar con personas de mala pinta y, por la manera en la que sostenía una libreta y una pluma, sin temblor en sus manos, daba la impresión de hasta encontrarlo apasionante. Darius no pudo menos que sentir simpatía por él.

—Un estofado de carne y una cerveza. Después, ya veremos. —La pluma del hombre se movió con rapidez sobre el papel.

—¿Se quedará esta noche en Kehari, señor? Porque si es así, hay una oferta: un cuarto con cena y desayuno incluidos. Estoy seguro de que sus bolsillos se lo agradecerán. —Darius ni siquiera tuvo que meditarlo.

—¿Un compartimiento en el establo para mi caballo está incluido en la oferta?

—Por supuesto, señor.

—Entonces creo que me le he adelantado. Mi corcel ya está bien acomodado. —El cantinero sonrió.

—Mi esposa vendrá dentro de poco para darle la llave a su habitación. Puede pagar en la mañana. —Y así, desapareció.

El profeta observó cómo el cantinero visitaba otras tres mesas, recogiendo más órdenes o simplemente preguntando si les había gustado la comida. Por un momento pensó que el humano se había olvidado de limpiarle la mesa pero, al bajar la mirada, la descubrió impecable, sin platos sucios ni monedas. Era un hombre muy eficiente en su trabajo y Darius veía con facilidad por qué los vanirianos lo trataban con respeto, amabilidad y hasta camaradería. No era un negociante hipócrita ni molesto, sino uno al que de verdad le gustaba su trabajo y atender como era debido a su clientela.

Un buen hombre.

Un buen ejemplo a seguir.

El profeta suspiró mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos, preguntándose si así sería el humano que había criado a su hijo. Desde que salió de Masca no había hecho más que buscar, buscar y buscar. Prácticamente conocía todos los pueblos del Este que estaban antes de cruzar las montañas que llevaban a una planicie que conectaba con el mar. Incluso conocía algunos que, como ese, estaban bajo el control vaniriano. La guerra se expandía a velocidades alarmantes y sabía que sería cuestión de meses para que fuera imposible viajar por su cuenta. Tendría que buscar refugio en una ciudad que todavía tuviera a una doncella –lo cual, estaba seguro, era imposible a esas alturas de la guerra– o ser inteligente y vivir en un pueblo como Kehari, donde las aguas parecían tranquilas.

Pero eso no era lo que Darius quería. Ni lo que debía hacer. Sí, era necesario encontrar un lugar seguro para pensar pronto en algún plan más elaborado, pero también debía encontrarlo antes de que le fuera más difícil viajar. Tenía que dar con Connor. Y esta vez, tenía el presentimiento de encontrarlo pronto. No era simple esperanza, sino esa certeza profética que estaba fundamentada en sus poderes.

—¿Primer o segundo piso? —preguntó una señora cerca de él. Darius se separó por un momento de sus pensamientos para prestar mayor atención a la humana que le hablaba.

La mujer también aparentaba entre unos cuarenta y cinco y cincuenta años, y ya tenía unas patas de gallo debajo de los ojos. El cabello era pelirrojo, casi anaranjado, y lo traía recogido en un moño. Era algo regordeta, pero por la forma en la que se paraba se sabía que era una mujer bastante fuerte. Y, al igual que su esposo, esbozaba una hermosa sonrisa de bienvenida. De seguro que cuando era joven fue una muchacha muy bella.

—Segundo piso —respondió Darius de inmediato, todavía algo desconcentrado por la forma en que lo sacaron de sus pensamientos.

La mujer, que llevaba dos llaves en su mano, hizo el intento de darle una al profeta, pero la llave resbaló. La señora se disculpó y, aunque Darius intentó detenerla y decirle que no se preocupara, ella ya se había agachado para rejuntarla. Entonces, todavía de cuclillas en el suelo, la mujer levantó la mirada para entregarle la llave a su cliente. Su rostro, alegre como el de una gran anfitriona, cambió radicalmente.

Al principio Darius no comprendió por qué la mujer abrió tanto los ojos, por qué palideció y por qué dejó que la llave resbalara nuevamente de sus dedos. Pero después, cuando vio horror reflejado en los ojos de la humana, lo comprendió. Claro. Una capucha solo sirve para cubrir el rostro si se está teniendo una conversación con una persona de manera tal que las cabezas estén a la misma altura. O estando el encapuchado más agachado que su interlocutor. Pero, cuando el asunto era al revés, el truco de la capucha no funcionaba.

La mujer podía ver gran parte del rostro de Darius al encontrarse agachada frente a él. La cantinera se incorporó de un brinco, con el vello de la nuca erizado y con las manos sudorosas. “No”, pensaba Darius, “Por favor, que no haya visto mis ojos, que no diga nada...” Pero sabía por la expresión de la mujer que eso era precisamente lo que la había asustado. Una mirada mestiza resultaba muy impactante a primera vista y si además combinaba el azul y el verde, como las historias sobre el asesino del General Tonare, el asombro era todavía mayor.

—No… —musitó la humana—. No, Fenran… —Darius pensó por un momento que la mujer gritaría pero, en lugar de ello, puso los ojos en blanco y se dejó caer de espaldas.

El profeta extendió una mano para intentar sostenerla, pero no fue lo suficientemente rápido. En parte porque no esperaba que la mujer se desmayara de la nada, y en otra porque las palabras de la cantinera le habían provocado escalofríos. Ella había dicho «Fenran», el nombre de su hijo…

Darius entonces comprendió la reacción de la mujer. Su pequeño Fenran habían nacido también con ojos mestizos, y la cantinera creyó, por un momento, que el encapuchado era el fantasma de aquel niño que murió hacía tantos años o una especie de espectro que había tomado su forma. Quizá incluso creyó que se trataba del mismísimo Fenran convertido en hombre. Pero, fuera como fuera, esa mujer sabía quién era Fenran. En pocas palabras, tuvo contacto con él…

Fue el silencio, esta vez, quien lo sacó de sus cavilaciones. Toda la cantina había enmudecido por el desmayo de la mujer. Darius se dio cuenta de que los clientes, fueran vanirianos, aesirianos o humanos, lo veían y, aunque no podían distinguir su rostro debido a la capucha, la apariencia de Darius era de repente muy notoria. ¿Un tipo de capucha negra, espada a la cintura, sentado solo en una esquina y con una mano extendida hacia la mujer que estaba ahora en el piso? Sí, tenía toda la pinta de un asesino que por una u otra razón ejerció su oficio en la pobre cantinera.

—Eh… ¿alguien podría ayudarme? Creo que se desmayó… y no sé qué hacer…

Sabía que sus palabras no eran las más inteligente en ese momento, pero señalar lo obvio era lo único que podía hacer para romper el silencio. Y funcionó. De repente, Darius escuchó al cantinero llamar a su mujer. El hombre que había atendido al profeta tenía una mirada llena de angustia cuando se agachó al lado de su esposa, así como la confusión marcada por toda su cara. Levantó la mirada a Darius y, al reparar en cómo se repetía de nuevo el cambio abrupto hacia el terror, el aesiriano se reprendió por no haberse cubierto mejor.

El cantinero también lo reconocía. O al menos, creía hacerlo. Sus labios temblaban a la vez que sus ojos se clavaban en los del profeta. Sí, reconocía esos ojos. Eran los mismos. Ambos sabían que, si seguían mirándose, el cantinero también repararía en qué tan similares eran las facciones de Darius con las de Fenran, y entonces…

—¡Papá! ¿Qué pasó? ¿Cómo está mamá? —Darius levantó la mirada solo para ver a un niño acercarse desde la barra. El profeta, de inmediato, sintió un horrible retortijón en el estómago.

Si tuviera que darle una edad humana, habría dicho que tenía doce años como mucho. Pero sabía que aunque llamara al cantinero «papá», ese de ahí no era un niño humano, sino un cachorro aesiriano. Uno que todavía era bajito, con la contextura de un chico de catorce o quince años de la raza de magos. Sus ojos no eran mestizos, sino azules casi zafiro. Su cabello era muy negro, tanto así que si se le veía por mucho tiempo daba la impresión de ser un agujero sin fondo. Pero la manera en la que sus mechones se acomodaban, la forma en la que sus ojos se abrían por la preocupación o cómo se mordía el labio, incluso su andar…

—No es nada, Connor —se apresuró a decir el cantinero para detener a su hijo—. Solo se… sorprendió. —Darius comprendió que el hombre tenía miedo de que Connor lo mirara. Pero el muchacho se acercó de todas formas y se arrodilló junto a su madre, sin saber exactamente qué hacer.

—Ven, déjame ayudarte —se ofreció una arpía. La vaniriana se pasó un brazo de la cantinera por el cuello y la levantó. Connor la ayudó.

—Lleva a tu madre a descansar —pidió el hombre y su hijo obedeció. El humano se incorporó unos segundos después de que se llevaran a su esposa. Se acercó a Darius y puso la llave, que había recogido del suelo, sobre la mesa.

—Lo siento… —musitó Darius—. No sé por qué se desmayó. Yo… no quise…

—Los accidentes pasan —dijo el cantinero con convicción, tratando de decirse a sí mismo que todo no era más que una casualidad—. Espero disculpe y entienda el retraso, pero pronto llegará su comida. Con permiso.

Y dicho esto, se retiró. El profeta quedó solo nuevamente, pero esta vez todas las miradas del salón estaban sobre él. Los presentes no podían reconocerlo, pero ahora ni la capucha era suficiente para protegerlo en un pueblo de forasteros.

“Bien hecho, Darius” —pensó el profeta con sarcasmo—. “De todas las personas a las que podías asustar con tus ojos, tenía que ser a la dueña del local que todos aman, ¿no?”

Se revolvió incómodo en su asiento, deseoso de tener su plato de comida para por lo menos comer y dar el asunto por zanjado. Pero él no tenía tanta suerte. Las miradas de los clientes ya no eran solo sospechosas, sino que también podía ver que algunos vanirianos susurraban entre sí palabras pocas gratas. Al parecer los ofendió al “lastimar” a la simpática cantinera.

Pero él no podía hacer nada. Sabía que si se levantaba y salía, alguno de los groliens lo seguiría para darle una paliza. En el mejor de los casos solo le quebrarían las costillas, y en el peor le descubrirían el rostro. Lo más sabio era quedarse en el local y esperar a que la cantinera se recuperara y apareciera nuevamente.

Fenran.

La escena de la mujer colapsando regresó a su mente. Y, aunque Darius se sentía incómodo por lo sucedido, de no haber sido por el incidente no habría encontrado lo que buscó por mucho tiempo. Su Connor estaba ahí, en ese pueblo. Lo había visto hacía escasos minutos y era aún mejor de lo que siempre imaginó. A pesar de ser bajito y delgado, se veía sano. Estaba bien vestido, no parecía famélico y, sobre todo, era amado.

La forma en que le preguntó a su “papá” si su “mamá” estaba bien demostraba que quería a los humanos, y esto solo podía ser posible si ellos le demostraban el mismo amor. Connor se angustió por la mujer, temió que algo fatal le hubiese ocurrido. Y obedeció al cantinero sin chistar, estaba bien educado.

El muchacho tenía a un padre y a una madre a los que amaba y que lo amaban. Ellos lo habían adoptado, le dieron refugio cuando su vida estaba en peligro, lo aceptaron como su hijo a pesar de no tener ningún compromiso. Lo criaron, lo apoyaron, lo educaron. En cambio, ¿qué había hecho Darius por él?

El profeta sintió cómo se le congelaban las manos. A pesar de que había buscado a su hijo por mucho tiempo nunca planeó qué hacer después de encontrarlo. Ahora se daba cuenta de que había dejado el asunto de lado adrede. ¿Qué haría?

¿Esperaría a que estuviera solo y lo enfrentaría? ¿Le diría: «Hola, Connor. No me conoces, pero soy tu padre. Sí, el que no pudo defenderte cuando eras un bebé. El que no pudo impedir que tu hermano Fenran se sacrificara a sí mismo para salvarte. El que no pudo encontrarte, criarte y demostrarte su amor en estos años. Por cierto, ya tienes unos catorce, ¿verdad? Tu madre estaría orgullosa de ti. Ah, sí, por cierto: ella también murió. Falleció en mis brazos, porque por mi culpa se tuvo que enfrentar al demonio come-almas para protegerte a ti y a tus hermanos. ¡Y eso! Tienes hermanos. Fenran ya está muerto, como bien sabes; Zoe, Dagda y Airgetlam están prisioneros, y no tengo idea alguna de donde está Drake, si es que todavía vive. Pero fue bueno verte. ¿Qué haremos ahora? Podríamos hablar un poco si quieres, despejar todas las dudas de por qué no supiste nada de mí en todo este tiempo, de por qué tu madre y hermanos padecieron tanto, de por qué ahora vengo a ti a revivir fantasmas que de seguro tus buenos padres adoptivos se han esforzado en desterrar…»?

Sus pensamientos se detuvieron ahí, dejando una horrible sensación de vacío en su mente. ¿Qué estaba haciendo en ese pueblo? ¿Por qué había ido a buscar a Connor? ¿Por qué hacía exactamente lo que hizo Enlil con él? Nada bueno saldría de eso. De seguro que Connor sentía que sus padres biológicos lo habían traicionado, de seguro que los odiaba. Si ahora se presentaba ante él, ¿qué podía esperar? Solo una mueca de disgusto y las mismas palabras que rondaban su mente desde el día en el que supo que Enlil era su progenitor: “desearía que nunca hubieras regresado, ¡desearía que no fueras mi padre!” Y Darius no podría tolerar ver esa expresión en el rostro de su hijo. Tenía mucho miedo. Le aterraba la posibilidad de que…

“… de que Connor me odie tanto como yo odio a Enlil.”

El profeta tuvo que enterrar las uñas en la mesa para evitar marearse. Ahora incluso sudaba. Ya nada tenía sentido… ¿Qué haría ahora? ¿Intentaría hablar con su hijo o…? No, lo mejor era dejarlo así. Ya había visto a Connor. Lo encontró y descubrió que era feliz. Porque lo era, ¿cierto? Tenía todo lo que él habría deseado darle: una familia amorosa, el sustento necesario para que no pasara necesidades y, lo más importante de todo, una vida de libertad. Connor era libre. No era un profeta más del Imperio Aesiriano. Aunque tuviera poderes de clarividencia, el Emperador y los suyos jamás lo descubrirían. Los vanirianos tampoco. Connor estaba a salvo siendo el cachorro aesiriano adoptado por los humanos dueños de un hostal.

Era amado. Era libre. Era feliz.

¿Por qué arrebatarle eso al presentarse ante él?

El profeta tomó una bocanada de aire y apuró su mente para que pensara en algo más. Debía distraerse, llevar sus pensamientos lejos de la verdad cruda que acababa de descubrir. Entonces recordó el libro que cargaba en un bolsillo interno de su capucha. Había leído miles de veces “Caballero Santo”, pero repasar sus palabras y adentrarse en su historia lo ayudaría a conciliar el sueño esa noche. Además, así se sentiría a salvo, cerca de sus hijos. Porque Zoe, Dagda y Airgetlam también leyeron y gustaron de esa novela; sus ojos habían leído las mismas letras, sus dedos se habían pasado por las mismas páginas…

—Eh, eh, ¿qué tenemos aquí?

Sus dedos se torcieron antes de que el grolien terminara la pregunta, y Darius tardó en recuperarse del shock y entender que estaba rodeado. Mientras cavilaba sobre qué hacer con Connor, algunos groliens ya se habían decidido a hacerle la vida imposible esa noche. En cuanto sacó el libro de su gabacha, un grolien le estrujó la mano y la aplastó contra la mesa. La mano del vaniriano era enorme y aplicaba una fuerza abrumadora. Los dedos del profeta estaban en una posición incómoda, sujetando débilmente el libro, a la vez que el resto de su mano sentía el peso del grolien.

—Es solo un libro —contestó el profeta, intentando no evidenciar dolor en su voz. El grolien que lo sostenía tenía compañía: otros tres vanirianos con cuernos y dos arpías que se burlaban del profeta.

—¡Increíble! ¿Entonces atacas a mujeres indefensas con tan solo un libro? —El profeta chupó los dientes.

—No. El libro obviamente solo sirve para leer. En cuanto a lo que le pasó a la cantinera… no era mi intención.

—¡Mentiroso! —gritó uno de los groliens y de inmediato el vaniriano que sostenía a Darius lo levantó—. Hemos visto a muchos aesirianos como tú últimamente en este pueblo. ¡Les gusta buscar problemas! Una cosa es que se metan con nosotros ¡pero otra es que se metan con personas inocentes!

Entonces el grolien que le gritaba se acercó a él y lo empujó con tal fuerza que lo hizo llegar al centro de la habitación. Los demás clientes no parecieron alarmarse, e incluso se acomodaron mejor para ver la paliza que recibiría el forastero.

—¡No tenías por qué lastimar a Lea! —Los presentes aprobaron lo dicho por el grolien con improperios hacia Darius.

—¡Ni era mi intención hacerlo! Solo se desmayó, ¡supérenlo!

—¡Mientes! —gritó otro de los groliens—. Es una mujer fuerte, ¡debiste hacerle algo para que reaccionara así!

Darius dio un paso hacia atrás al ver cómo el grolien se acercaba a él, pero pronto comprendió que era inútil. Los presentes, en su mayoría vanirianos, cerraban un círculo alrededor de él a la vez que gritaban «¡pelea, pelea, pelea!». El profeta chupó los dientes. Todo lo que había deseado era tener una noche tranquila, no había consumido ni una sola gota de alcohol y aún así terminaba en un círculo de pelea en media cantina.

Palpó su cintura en busca de la espada, pero le bastó un segundo para darse cuenta de que no la tenía consigo. Al parecer, los groliens fueron listos y lo desarmaron cuando lo tenían sujeto contra la mesa. Darius inspeccionó a su oponente, que se acercaba a él bufando y caminando al borde del círculo de personas. El grolien estaba desarmado, pretendía usar solamente sus puños para acabar con él.

Y eso no podía ser bueno. Darius sabía quitar armas en pleno combate y aunque era más fuerte que un aesiriano promedio no era rival para un grolien. Esas criaturas eran por lo general tan o más altas que Sigfrid Montag. Además, aunque pudiera hacerse cargo de uno ¿qué haría con el resto? Si podía librarse del vaniriano que lo retaba, los otros tres irían tras él.

Pero el profeta no tuvo más tiempo para pensar, porque en ese momento el grolien se lanzó a él. El vaniriano embistió contra Darius con la cabeza gacha, con la intención de enterrar sus cuernos en el abdomen del profeta. Pero el aesiriano fue más rápido: se quitó a tiempo y su cuerpo, por su cuenta, reaccionó. Tomó los cuernos del grolien con tal fuerza que obligaron al vaniriano a detenerse. Después, giró los brazos e hizo que la cabeza del grolien girara también. Por suerte para el atacante, su cuerpo siguió la misma trayectoria de manera tal que el grolien dio una vuelta en el aire por unos instantes antes de caer en el piso, con la mirada llena de ira y sorpresa. Los presentes guardaron la respiración por un momento, sorprendidos ante la fuerza de Darius. Pero entonces el grolien se levantó de nuevo y, antes de que iniciara a atacar nuevamente, gritó:

—¡Maldito seas! Eres un soldado aesiriano, ¿verdad? ¡Solo ellos conocen esos movimientos! ¡Pudiste haberme roto el cuello!

Darius quiso desmentirlo, pero solo tuvo tiempo de evitar los golpes del vaniriano. El grolien avanzaba hacia él, extendiendo sus puños con el deseo de alcanzar el rostro del profeta, pero el joven mago era mucho más rápido. Caminaba hacia atrás a la vez que evadía los golpes, formando círculos con su andar. De repente Darius se dio cuenta de que de verdad sabía luchar.

Su madre le había enseñado cuando era cachorro y sus amigos piratas también le habían dado unas cuantas lecciones de defensa personal. Pero esos conocimientos eran apenas suficientes para mantenerse en pie por cinco minutos contra alguien que sí supiera artes marciales. Ese maldito de Sigfrid… Aunque el General estaba muy lejos de ser su persona favorita, debía admitir que tenía buenos métodos de enseñanza. Tanto así que durante su viaje juntos por el Oeste le había enseñado a hacerse de espadas y a moverse como todo un soldado durante el enfrentamiento. Era gracias a Sigfrid que ahora podía enfrentar a un grolien sin hacer el ridículo.

Darius se sintió más confiado y, en cuanto el vaniriano dio un paso en falso y se acercó demasiado a él, el profeta lo tomó del brazo, le dio una fuerte patada en el abdomen y lo lanzó contra la multitud. Los clientes que estaban de por medio apenas tuvieron tiempo de quitarse, y el grolien terminó estrellándose contra una mesa. Darius sonrió. Con suerte, los demás reconocerían su victoria y lo dejarían en paz.

Se giró hacia los otros vanirianos que lo habían abordado en su mesa para saber si pensaban enfrentarlo, pero entonces sintió una manota enorme rodeando su cuello. Antes de que se diera cuenta, otro grolien llegó a él y lo estranguló, levantándolo con una facilidad ridícula. Darius intentaba patearlo, pero el vaniriano lo sostenía lejos de él, de manera tal que todos los esfuerzos del profeta eran inútiles.

—Te crees la gran cosa, ¿no? —preguntó su enemigo—. Es sorprendente que pudieras contra Hürt, pero no puedo dejar que le hagas esto a uno de mis amigos. Debería matarte, muchacho… —Darius, que tenía los ojos cerrados a causa de la asfixia, los abrió para ver a su atacante.

De inmediato, su expresión y la del grolien cambiaron. Una vez más, la capucha era insuficiente para cubrirle el rostro en una posición de desventaja. Darius, estando sostenido en el aire, tenía su rostro expuesto a su captor aun cuando los demás en la cantina solo lo distinguieran como un aesiriano encapuchado. Y el grolien que lo sostenía lo reconoció.

Pero Darius también distinguió al grolien. El rostro de toro del vaniriano le resultaba no solo familiar, sino también simpático. El color del pelaje, de los ojos, la manera en que lo miraba con una mezcla de sorpresa e incredulidad… Además, era fácil reconocer a un grolien que gustaba de las chamarras de cuero, porque pocos eran los vanirianos que usaban alguna prenda. Sus cuerpos peludos eran suficientes para protegerlos del frío.

El agarre del grolien se soltó un poco y Darius aprovechó para respirar. Aun así, el vaniriano no lo soltó. Todavía lo inspeccionaba, como si quisiera estar completamente seguro de que al que tenía era al profeta. Pero, además de la incertidumbre, Darius podía percibir en el vaniriano la duda sobre si delatar al aesiriano o no.

—¡Ya basta, Cörel! —dijo una voz que se notaba forzada—. Mira al desastre que tus hombres han hecho. Si sigue así no solo tendrás que pagar la mesa rota ¡sino también la comida y el hospedaje del forastero!

Darius sintió cómo alguien empujó al grolien, haciendo que Cörel retrocediera y soltara a su presa. El profeta se tambaleó en cuanto sus pies tocaron el suelo y tuvo que arrodillarse para evitar colapsar. Le hacía mucha falta el aire.

—Lo lamento mucho —continuó la voz y el aesiriano sintió como unas jóvenes y cálidas manos se posaban sobre sus hombros, como si intentaran sostenerlo para que no se desplomara—. No debí irme. En cuanto me marcho, estos hacen un alboroto tremendo. Por favor, acepte mis disculpas.

Pero Darius no pudo decir nada. Cualquier palabra murió en su garganta y sus pensamientos se dispersaron de tal forma que ni siquiera podía pensar en una oración coherente. El que había detenido la pelea, el que había regañado a los groliens, el que lo sostenía en ese momento… era Connor. Su hijo lo había defendido, lo estaba tocando… y saberse tan cerca de él era doloroso.

Pero Connor retiró las manos de repente y Darius se preguntó si su hijo habría heredado la telepatía y leído sus pensamientos. Si así fue, entonces ya sabía quién era. O si también tenía sus sentidos de la percepción muy elevados, habría descifrados los sentimientos del profeta con suma facilidad. Sin embargo, Connor dijo:

—Por favor, disculpe si lo ofendí. Sé que no debí tocarlo es solo que… me preocupé. ¿Está bien? ¿Necesita algo? ¿Ir a su habitación, un vaso de agua… algo? —La voz de Connor sonaba nerviosa, pero Darius no se atrevió a levantar la vista. Simplemente no podía mirarlo.

—Solo necesita una cerveza —intervino otra voz y Darius reconoció, sin ninguna duda, a Cörel—. Y sí, esto fue mi culpa. Sabía que Hürt y los demás buscaban pelea con él y no los detuve. Lo siento, Connor. Por favor no te enfades con nosotros, ¿sí? Es más, para pedir disculpas me ofrezco a pagar la cena del forastero. ¿Qué fue lo que ordenó?

—Un estofado de carne y una cerveza —contestó Connor—, pero forma parte de la oferta de estadía.

—Entonces yo también me haré cargo de eso. —Los murmullos de reproche no se hicieron esperar por la multitud, alegando que los atacantes estaban dando una lección al forastero por lastimar a la cantinera.

—Fue un accidente —dijo Connor—. Mi papá me explicó lo que sucedió. —Entonces el muchacho miró a Darius, que ya se había incorporado y se sostenía la capucha contra el rostro con más fuerza de la necesaria. La mirada de Connor era una indecisa, como si no supiera si continuar o no. Finalmente, dijo—: Tiene una quemadura en todo su rostro y por eso mamá se sorprendió. Por favor, no se moleste con ella —se apresuró a decir mientras inclinaba la cabeza—. Mamá no suele actuar así con personas que están desfiguradas y de verdad estamos muy apenados. Supongo que no lo vio venir y… —Pero calló. Sus orejas estaban rojas por la vergüenza, porque sabía que había hablado con poco tacto.

—Está bien —dijo al fin Darius—. Suele pasar. Espero que tu madre se recupere pronto. —Connor le sonrió y dijo:

—Sí, ya le di algo para que se sintiera mejor. ¡Ahora vuelva a su mesa! Su estofado ya está listo y después podrá retirarse a su habitación si así lo desea. Si se le ofrece algo más, no dude en llamarme. Después de todo, el servicio lo paga hoy Cörel. —Connor guiñó un ojo al grolien y éste asintió.

Después de eso, la multitud se dispersó y el joven cantinero desapareció para ir a buscar la comida del forastero. Darius lo vio marcharse. Su padre adoptivo de verdad fue un buen ejemplo para él. Connor era simpático, atento, valiente… Tenía cualidades que no se heredan: se aprenden. Estaba en buenas manos.

—Y dime, muchacho —la voz de Cörel al pasar su brazote alrededor de los hombros de Darius sacó al profeta de sus pensamientos—, ¿todavía guardas la brújula que te di? —El aesiriano dio un profundo suspiro y sacó algo de entre sus ropas.

—Sí, y no tienes idea de cuánto me ha ayudado en estos años, Cörel.

En su habitación, Darius no podía conciliar el sueño. Las luces estaban apagadas y las cortinas corridas, dando al cuarto una iluminación precaria y apta para los sueños… o las pesadillas.

Encontrar a Connor. Esa fue su meta por mucho tiempo y ahora que lo tenía cerca no se atrevía a hablarle. Era mejor así. Antes de la pelea contra los groliens había decidido marcharse del pueblo sin revelarle nada a su hijo. Pero aún así la idea de irse y dejarlo le resultaba dolorosa. Cómo deseaba saber que podía acercarse a Connor, hablarle y revelarle que era su padre biológico sin que su cachorro lo despreciara. Pero no había forma de saber esto sin arriesgarse, y si lo hacía existía la gran posibilidad de ser repudiado.

Y ahora, además, le dolía la cabeza. Encontrarse con Cörel lo había alegrado un poco, e incluso distraído, pero la compañía del grolien resultaba ser más simpática de lo que Darius necesitó en ese momento. El resultado fue dos estofados de carne y tres jarras de cerveza aptas para groliens, no aesirianos jóvenes como él. No quería llegar al día siguiente y averiguar cómo se había tomado su cuerpo los abusos de esa noche.

Lo mejor era levantarse, lavarse la cara, estirar las piernas… pero su cuerpo estaba demasiado adormecido como para actuar. Prefería permanecer tendido en la cama, incapaz de desconectar sus pensamientos para dormir. Entonces, escuchó unos golpes fuertes en la puerta de su habitación. Al principio Darius quiso ignorarlos, pero los golpes persistían. ¿Quién podía ser a esas horas de la noche? ¿Más vanirianos buscando problemas? O quizá…

Un escalofrío lo hizo sentarse de un brinco en la cama y, aunque su cabeza se lo reclamó, Darius no apartó la mirada de la puerta. ¿Y si eran el cantinero y su mujer? ¿Y si era… Connor? Tenía miedo de enfrentarlo, pero quizá esa sería su única oportunidad para hacerlo. Se incorporó y, cuando el que golpeaba parecía desesperarse, abrió la puerta.

—Ah, eres tú… —Cörel levantó una ceja ofendido y se abrió espacio para entrar a la habitación.

—No sabía que eras de los que esperan que quien toque a tu puerta a medianoche sea una hermosa señorita dispuesta a entregarse a ti.

—Ni lo soy —respondió Darius mientras se sonrojaba. Cörel no lo conocía lo suficiente como para saber que el profeta era muy tímido con las mujeres. El muchacho hizo ademán de encender más de una vela para iluminar la habitación, pero el vaniriano se lo impidió.

—Deja solo una, por favor. Nadie debe darse cuenta de que estoy aquí. —El susurro del vaniriano resultó sospechoso para Darius.

—Escucha, sé que te estás metiendo en muchos problemas por no delatarme. Te lo agradezco, pero no quiero que te preocupes. Pronto me iré y no tendrás que ocultar a los tuyos que me has encontrado.

—Es cierto que es peligroso saber que estás con vida y no informarlo —dijo Cörel mientras se sentaba en una silla—, pero me ofendes si crees que dudo en proteger tu vida. Después de todo, te debo la mía y las de mis hombres. —El grolien esbozó una sonrisa que alivió al aesiriano—. ¿Confías en mí, muchacho?

—Sí, confío en ti —respondió el profeta mientras se sentaba al borde de la cama. Sabía que Cörel quería decirle algo importante, algo que no pudo decirle durante la cena frente a decenas de vanirianos. Algo que nadie podía saber que le diría.

—¿Cómo sobreviviste? Los rumores dicen que te ejecutaron en Masca.

—Y los rumores son ciertos: en Masca, miles de personas vieron cómo ejecutaron al profeta. Pero yo era el verdugo y la víctima era un muñeco con mi apariencia. La princesa me salvó. —Cörel suspiró.

—¿Y se puede saber por qué la princesa hizo eso por ti? ¿Te salvó porque eres su amigo o porque descubrió algo? —Darius comenzó a jugar con sus dedos.

—Por ambas razones. Ella dijo que… —dudó por unos instantes, pero al final le confío las conclusiones de Sakti—. Ella dijo que los vanirianos me inculparon sobre la muerte del General Enlil Tonare.

—Y estaba en lo cierto. —Cörel suspiró nuevamente, se tronó los dedos y continuó—. Pocos saben esto, Darius. Y yo me enteré porque cuando escuché que te habían matado no lo quise creer. Te estoy muy agradecido por salvar la vida de muchos de los míos. Siempre quise devolverte el favor y por eso enterarme de que te habían ejecutado me resultó doloroso. Pero tengo un amigo en la sección de espionaje y él me lo contó todo.

»El plan de ataque al General, la magia para que un kredoa se hiciera pasar por ti, los ecos en el cadáver… Todo era muy detallado, Darius. Y aunque me hubiera gustado ayudarte, ya era muy tarde. El plan ya se había ejecutado, así como tu supuesta muerte. No había nada que pudiera hacer.

—Si te estás disculpando, no tienes que hacerlo —lo interrumpió el profeta con una sonrisa—. Entiendo muy bien que esto es una guerra y que los vanirianos solo estaban haciendo lo necesario para ganarla. No guardo ningún rencor personal contra ustedes. Pero comprenderás que tampoco puedo fiarme demasiado. Si mataron al General, por mi seguridad deben creer que yo también estoy muerto.

—Lo curioso es que no lo estás —dijo Cörel, pensativo—, y lo irónico es que el General tampoco. —Las últimas palabras rebotaron con fuerza en la mente de Darius.

—Q-¿qué quieres…?

—El General Enlil Tonare no está muerto. La noche de su supuesto asesinato, fue en realidad la noche de su secuestro. Aplicaron un hechizo de sangre contra él y lo debilitaron. Después crearon un muñeco suyo y lo hicieron pasar por su cadáver. El General Enlil Tonare todavía vive en algún lugar del País de Hielo, como prisionero del rey Vanir. —Cörel se incorporó, pero Darius no lo hizo. Las piernas se le habían adormecido por completo, y las manos se le habían congelado.

—¿Por qué me dices esto? Al revelármelo me estás contando un plan fundamental de tu patria. ¡Si alguien se entera serás acusado de traición!

—Te estoy diciendo que los míos te inculparon injustamente. De no ser por la princesa, habrías muerto por un crimen que no cometiste, ¿y aún así lo que más te preocupa es que me acusen de traición? Debes tener un límite, muchacho. No puedes ser tan noble. —Cörel caminó hacia la puerta y, antes de girar la perilla, dijo—: Te debo mi vida, Darius. Decirte esto es lo menos que puedo hacer. Ahora es tu decisión qué hacer con la información que te he dado. Y por favor… por favor no digas nada en voz alta, ¿sí? Solo un número reducido de vanirianos saben la verdad. La mayoría creen que el General Tonare sí está muerto. Y yo sé que no es así porque un amigo violó su juramento de confidencialidad. En pocas palabras…

—Me quedaré callado, descuida —prometió el aesiriano—. Y gracias por confiar en mí, Cörel. —El vaniriano agachó la cabeza, esbozó una débil sonrisa y después se marchó. Darius permaneció en silencio por varios minutos, procesando las palabras del grolien.

Enlil estaba con vida. Estaba prisionero en el lejano y hostil País de Hielo. ¿Qué haría ahora? ¿Acaso estaba considerando… rescatarlo? ¡No! Era una tontería. Arriesgaría su vida en vano por un padre irresponsable al que odiaba. Pero, por otra parte, ayudar a Enlil sería ayudarse a sí mismo. Si lo llevaba a Masca, si lo presentaba ante el Emperador entonces no solo demostraría su inocencia, sino que quizá también podría llevarse a sus hijos consigo.

Y después…

Y después, regresar a Kehari y presentarse ante Connor no sería tan difícil, porque Dagda, Airgetlam y Zoe estarían ahí para respaldarlo, para decirle a su hermano menor que todo fue un terrible accidente, que en verdad Darius hizo todo lo que pudo para llegar a él y rescatarlo.

Entrar al País de Hielo sería muy difícil, ¿pero acaso no tenía él la ayuda de Geri y Freki? Los lobos estaban en esos momentos en los bosques aledaños, porque el que dos animales de su talla entraran a un pueblo llamaría mucho la atención. Los lobos-dragón eran poderosos, y tenían un buen pelaje que los protegerían y ayudaría a Darius a sobrevivir en el País de Hielo. Y sabía que si se los pedía, ellos le brindarían sus poderes para que la misión tuviera éxito.

Estaba decidido. Al día siguiente, partiría.


"Los Hijos de Aesir: Tercer volumen" © 2010. Ángela Arias Molina

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