El mundo aesiriano es cruel, corrupto, oscuro; confiar en alguien es un error. Pero los Dragones deberán hacerlo, no para salvar al mundo sino para salvarse a sí mismos.

  • Leer más >>
  • Capítulo 28

    28
    ABOMINACIÓN


    —No lo logrará —sentenció el Aesir mientras subían a Darius a la mesa.
    Drake quiso golpearlo. Él sabía que Darius no se salvaría y que los últimos minutos habían sido un milagro simplemente porque todavía no se había muerto. Pero no se había atrevido a decir nada en voz alta por temor a que sus palabras fueran la sentencia final sobre la vida de su padre.
    Y ahora ese principucho había dicho las palabras malditas. Ay, ¡cómo quería romperle esa naricita tan perfilada y elegante!
    —Sí lo logrará —lo contradijo Zoe.
    La chica los había guiado por un laberinto de calles y avenidas, mientras que Drake cargaba con Darius, y Kel y Kardan avanzaban con la vista y los oídos atentos a las siluetas vanirianas. Zoe los había colado a un viejo almacén en el distrito comercial, abandonado tras el inicio de la invasión. Los aesirianos se habían llevado casi todos los artículos de valor cuando huyeron a los túneles. Los vanirianos habían terminado de saquear el resto, dejando tras de sí unas mesas desechas y sillas rotas.
    Cuando Drake y Kardan acostaron a Darius sobre una mesa, Kel tomó su lugar junto al profeta. Drake se apartó bajo la excusa de asegurar la puerta y vigilar el perímetro desde la ventana, aunque en realidad no quería ver el último respiro de su padre. Si lo hacía, ese sería su último recuerdo de él. No. No podía permitirlo. Si iba a recordar el semblante moribundo de su padre, sería el momento en que le dijo que lo amaba. Por lo menos entonces estuvo sonriendo. Pero ahora... ahora ya no era Darius, sino solo un cuerpo a punto de perder el calor. No podía tan siquiera tolerar esa idea.
    Después de asegurar la puerta, Drake escuchó un chasquido. El sicario se giró y se llevó las manos a las dagas que había colgado a cada lado del cinturón, listo para atacar. Pero descubrió que el sonido lo había hecho Zoe tras romper a patadas una pared de madera.
    La chica apartó a toda prisa los escombros y urgió al príncipe a ayudarla. Entre los dos sacaron un enorme baúl. Drake y Kardan levantaron una ceja cuando la chica lo abrió y empezó a sacar vendajes, botellas de medicina y paquetes con sangre.
    —¿Cuándo escondiste todo esto aquí? —la cuestionó el príncipe.
    —Eso no te importa —le soltó Zoe con frialdad—. Lo que yo haga y cuándo lo haga no es de tu incumbencia.
    Zoe tomó todo cuanto pudo y se situó al lado de Kel. La expresión y la voz frías que utilizó con Kardan se esfumaron cuando se dirigió al grolien con una linda sonrisa.
    —Toma. Sé que tú sabes qué hacer con esto. ¿Es suficiente? ¿Necesitas más?
    La cara de Kel pasó de la tristeza a la estupefacción y después a la dicha.
    —¡Oh, gracias, gracias! ¡Sí, es suficiente! ¡Más que suficiente! ¡Gracias, gracias, gracias!
    Sin decir ni una palabra más, Kel se puso manos a la obra. Cortó la camisa de Darius con unas tijeras, limpió la herida con paños limpios y alcohol y cosió. A Drake lo consoló que el grolien pasase tanto tiempo con Connor y hubiese aprendido algo de medicina. No podría salvar a Darius, pero por lo menos podría vivir tranquilo por haber hecho todo lo que pudo para ayudarlo. Eso, en sí, era misericordia.
    Pero él... ¿él qué había hecho por Darius? Nada. Lo había apuñalado en el desierto y lo había llevado a una ciudad peligrosa. Drake apretó los ojos. «Debí haberlo dejado en Lanyr. Si yo hubiese entrado a Masca por mi cuenta, habría encontrado a Zoe y a los demás sin problemas. Pude haberle llevado a sus hijos y marcharme en paz. Me habría quedado ese recuerdo. Pero ahora ¿qué me quedará? ¿Y qué les quedará a ellos?».
    Imaginó la desesperación en el rostro de Airgetlam, la furia de Dagda y el dolor sin fondo de Connor. Esa fue la peor imagen, la expresión de Connor. Drake quería proteger la sonrisa de su hermanito tanto como la vida de su padre, y ahora haría llorar al primero con la muerte del segundo. Lo más difícil sería que, a diferencia de Airgetlam y Dagda, Connor no lo apartaría ni lo culparía por la muerte de Darius, sino que iría a él en busca de consuelo y para consolarlo.
    —No va a morir —le susurró Zoe.
    Cuando abrió los ojos, vio a su hermana justo delante de él. Zoe había ayudado a Kel a limpiar la herida de Darius, y ahora tenía el vestido manchado de sangre. Sus manos también estaban manchadas y temblaban en puños de acero. Por debajo de la sangre, Drake vio que tenía los nudillos pálidos.
    —Él no puede morir —susurró Zoe—. Él prometió que estaría bien, que regresaría por mí y nos llevaría a casa. Él lo prometió...
    Su voz se rompió y las lágrimas cayeron. Como sincronizado, Kardan dio un paso hacia ella para consolarla, pero Drake detuvo al príncipe con un gesto. No le gustó ni una pizca que el Aesir hubiese saltado como un perro de caza al ver a su presa. Fue como si se hubiese preparado durante meses para aprovecharse de un momento de debilidad de Zoe para seducirla bajo la pretensión de consolarla. «Oh, sí que te voy a romper la nariz, ¡hmph!», decidió el peli-rosado.
    —Tú no sabes si va a estar bien, ¿verdad? —preguntó a su hermana—. No lo has visto. —Zoe se restregó las lágrimas y negó con la cabeza—. ¿Por qué?
    —... Tengo miedo —confesó la chica—. Tengo miedo de ver que papá no se salve. Y tengo miedo de ver que sí sobrevive, pero que la visión esté mal y papá se muera. ¡Tengo miedo de equivocarme!
    En otro tiempo, esa frase lo habría hecho carcajear. ¿Ella, equivocada? No. Nunca. Su hermanita siempre tuvo las respuestas, siempre lo supo todo. Era la profetiza estrella de la familia.
    Pero... si hubiese tenido la respuesta correcta en aquel entonces... jamás habrían tomado el camino hacia la derecha. Jamás habrían avanzado directo a Sigurd. Mamá jamás habría muerto, Fenran jamás habría muerto, él jamás habría sido abandonado...
    Drake tomó las manos de Zoe y acercó su rostro al de ella. Como Zoe se había restregado las lágrimas, se esparció la sangre de Darius por la cara. Pero para Drake, ese fue el cuadro más bonito que había visto en mucho tiempo. A pesar de los años, a pesar de la distancia, a pesar del gran abismo que los separaba, hermanita todavía lo buscaba para llorar y ser consolada. Sigurd no había podido romper ni cambiar ese vínculo.
    —No te preocupes —le dijo—. Pase lo que pase, ya no estarás sola. Dagda y Airgetlam, Connor y papá, incluso Kel... Todos han venido por ti. Así que, sin importar qué... —Drake miró a Darius, tendido sobre la mesa, tan pálido que se veía azul—... todo estará bien. Porque tu familia está aquí para ti.
    —... ¿Tú también? —preguntó ella con un hilo de voz mientras apretaba las manos de Drake.
    Él dudó por un par de segundos, pero... esas manos heladas y temblorosas, esos ojos grandes y tristes... Cuando escaparon de la caravana de Enlil, Darius le había hecho prometer que cuidaría de Zoe. Y él no había podido cumplir. Hasta ahora.
    —Sí, yo también.
    Zoe se lanzó a él y le rodeó el cuello con los brazos.
    —Te extrañé mucho, Drake.
    Sus palabras fueron suaves, pero el sicario sintió todo su miedo, todas sus dudas, todo su amor. Ella nunca lo olvidó y jamás lo resentiría. Como papá, ella siempre lo amaría.
    —Yo también. Te extrañé cada día. —Él le devolvió el abrazo y la apretó. Nunca debieron separarse. Nunca debieron seguir caminos separados. Quizá en realidad nunca lo hicieron—. Todos los días.
    Supo que lo que le dijo a Zoe era cierto: pasara lo que pasase, todo estaría bien. Airgetlam, Dagda, Connor y Kel estaban ahí para ella. Pero sí él les daba la oportunidad, y se daba la oportunidad a sí mismo, ellos también estarían ahí para él. Y Darius...
    Pasara lo que pasase, Darius también estaría ahí para él. Siempre.

    ****

    Era un infierno. Sakti casi no sentía el calor, pero podía verlo. Las escamas la mantenían fresca, pero Abigahil sudaba tanto que podía verle cada gota que resbalaba de la frente, las mejillas y la punta de la nariz. Podía hasta olerla a pesar de las lenguas verdes y naranjas que se arremolinaban entre ellas.
    «¿La mato?», se preguntó la princesa. Abigahil era más fuerte y certera que ella. La mangodria tenía coraje. El fuego de Sakti ya la había alcanzado, pero Abigahil mantenía el duelo a pesar de las quemaduras. Su regeneración le permitía seguir adelante, a pesar de que debía de estar muy adolorida y cansada. Sakti también lo estaba, pero la mangodria había logrado más oportunidades de atacarla y la había alcanzado con piroquinesis tantísimas veces que la aesiriana ya debería ser polvo.
    Pero no lo era.
    Otra llama verde la alcanzó. Le rozó la cabeza y sopló sobre el cabello, pero los mechones no ardieron. Ni siquiera la brisa habría sido más gentil que ese beso de fuego.
    Abigahil chascó la lengua y se apartó antes de que la piroquinesis de Sakti la alcanzara. La princesa entendió su frustración. El fuego verde había derribado las paredes, tejados y edificios que estaban en el camino. Hasta las calles estaban agrietadas, con estrías y hoyos carcomidos por el fuego verde. Pero Sakti todavía estaba en una pieza, cada vez más grande con los cambios de la transformación. Las piernas se le habían alargado, así que era más alta y rápida. Los hombros se le habían ensanchado y el brazo derecho se convirtió en una garra, lo que hacía a la chica dos veces más grande que Abigahil. Y los cuernos de su cabeza la hacían ver más fiera y brutal. Hasta un grolien se lo pensaría dos veces antes de entrar en combate con ella. Pero la mangodria era mucho más fuerte y decidida que un grolien, y había confiado en la habilidad de su fuego para acabar con un Dragón.
    Pero Sakti nunca ardió.
    «¿La mato?», meditó de nuevo mientras el rostro de la mangodria se encrudecía con una nueva capa de rencor.
    Abigahil tenía un mejor control de la piroquinesis que ella, y la habría matado ya unas mil veces. Pero Sakti todavía no podía devolverle la delicadeza y acabarla. Sabía que si completaba la transformación y se convertía en un Dragón, podría quemar a Abigahil hasta que de ella no quedaran ni cenizas. Pero matarla sería acabar con la invasión.
    Para escapar de Masca con los profetas, necesitaba que los aesirianos tuviesen las manos ocupadas. Y, ¡vaya!, Abigahil era un gran paquete de distracción.
    «Ya la provoqué», pensó la chica mientras retrocedía ante una nueva descarga. «Está lo bastante molesta como para enfrentarse y sobrevivir a Sigfrid por un par de noches más».
    Sakti lanzó la descarga más fuerte que jamás había invocado. El fuego se incendió en la calle de distancia que había entre ella y la mangodria. Pero, en esta ocasión, la detonación se extendió como en una ola, tan fuerte que hizo a Sakti retroceder. La princesa por poco se cae de espaldas por el impacto, así que supo que Abigahil debía de estar a varios metros, tirada en el suelo y confundida por la descarga. La vaniriana no era tonta y sabría que Sakti bien pudo lanzar esa explosión directamente sobre ella, en lugar de dirigirla al vacío.
    Un muro de fuego se levantó entre ambas. Sakti recuperó el equilibrio y se preparó para huir. Era ahora o nunca. Debía aprovechar que Abigahil no podía verla a través de las flamas y que las tropas aesirianas estaban ocupadas unas calles más abajo, inmersas en la lucha contra los hijos de Vanir. «Este es el momento. Debo ir por Connor».
    La chica corrió por la calle en dirección a Palacio. Pero cuando dobló una esquina, un muro de carne y hueso la embistió. Sakti despertó un par de segundos después, alarmada por el terremoto que la estremeció. Dos pasos de gigante la habían espabilado. Tenía una chichota en la parte trasera de la cabeza, pero supo que sin la coraza de escamas su cabeza habría explotado.
    El hijo de Vanir estaba justo delante de ella, con el puño en alto. Debió de haberla golpeado con el reverso de la mano cuando dobló la esquina, y ella de idiota no había visto al bicho a pesar de que era un gigante. A veces su estupidez la abrumaba.
    La princesa chascó la lengua. El hijo de Vanir había superado la barrera de titanes que luchaban bajo el liderazgo de Enlil, pero hasta ahí llegaría. No la mataría. El fuego rodeó al monstruo. Uno a uno, sus mechones oscuros y enredados ardieron. El hijo bramó y dejó caer el puño sobre su presa, pero para ese entonces Sakti ya estaba recuperada. Solo tuvo que rodar por debajo de las piernas del vaniriano para ponerse a salvo. Después del golpe, él se incorporó y giró también para atacar otra vez, como si las llamas no lo molestaran.
    Parecía un demonio de fuego, un hijo del volcán.
    Sakti chascó otra vez la lengua y aumentó la intensidad de las llamas. Ella ya sabía que los groliens eran resistentes a la magia y que ni siquiera su fuego podía derribarlos en una primera acometida. Era lógico que los hijos de Vanir fueran aún más resistentes a esos ataques, o de lo contrario hace mucho que los titanes habrían acabado con esa molestia. «Pero yo tengo el fuego de un Dragón», pensó la chica, un poco rencorosa. Esa chichota le dolía más de lo necesario.
    Apretó los dientes y disparó una y otra vez. «¡Fuego!», pensó en cada detonación. «¡Fuego! ¡Que ardan y se consuman! ¡Que mueran y que...!».
    —... ¡se condenen!
    Escuchó el bramido del hijo de Vanir, pero...

    ... los guardias se apartaron cuando ella avanzó por el pasillo.
    Una niña de compañía se echó a llorar cuando dejó caer la bandeja.
    —¡No, no! ¡Por favor, no! —suplicó—. ¡Por favor, no, no!
    La humillación de la sonrisa torcida y despectiva de un joven de ojos mestizos, que no se detuvo ante la princesa.
    El silencio de los cortesanos.
    Las miradas fugaces y esquivas de las damas de compañía de su madre.
    Su habitación, oscura y fría, sin la lumbre de una sonrisa.
    Los rumores, los engaños.
    El frío, el vacío, el sinsentido.
    Y los gritos de los cuerpos que se carbonizaban en la hoguera.
    «¿Fueron malos contigo?».
    La habitación de hielo. El agua en lugar del suelo. Las ondas que se formaban mientras sus zapatillas avanzaban con saltos cada vez más alegres hasta el trono del templo.
    «¿Fueron malos contigo?».
    —Entonces sí, tal vez debamos hacerlos arder. Arderán en sueños, en pesadillas eternas. —Esa voz siempre la calmaba, pero en esa ocasión la avergonzó y decepcionó—: Pero no más que eso, Allena. No arderán en la realidad.
    —Fueron malos con ella. —La voz de Adad la apartó de los brazos que la habían decepcionado—. Yo los haré arder por eso.
    La voz de su hermano destilaba odio contenido, pero ella no pudo hablar. Ni siquiera supo lo que sentía con todo eso. Lo único que percibió con claridad fue la terrible sensación de que era distinta a ellos, a los únicos que podían ser iguales a ella.

    ... ella también sintió el ardor. No sobre la piel, porque las escamas la protegían de su propio fuego. Sino dentro, como un punzón en todo el cuerpo. Sakti se llevó la mano a la cabeza.
    Las imágenes, las voces. La hoguera. La mano cálida de Adad mientras la guiaba a la habitación de hielo y luego su indignación mientras lo separaba de él, del hombre...
    ... de los ojos púrpura.
    ¿Qué...? ¿Qué había pasado...? ¿Qué había visto...?
    —... ¿qué he hecho...?
    Se miró la mano transmutada, que temblaba. Sakti creyó ver sudor frío en la palma, pero no, no lo era. «Esto... esto es...».
    Una abertura, una fisura. Ante los ojos incrédulos de la chica, su mano empezó a desmoronarse, como si estuviese hecha de cerámica barata. «No, no, espera». Apretó la mano, pero dolía, dolía, dolía. Las sienes, el cuello, los cuernos, el abdomen... Se estaba rompiendo. «¿El fuego verde al fin está haciendo efecto?». Si así era, en cualquier momento estallaría. Abigahil la había alcanzado con las flamas muchísimas veces.
    Creyó que estaba gritando, que rugía adolorida a través de los dientes apretados, pero eran solo los últimos respiros del hijo de Vanir, que se hacía cenizas bajo las llamas bravas de la princesa. Sakti cortó la magia, detuvo el fuego, el vaniriano murió al fin y el dolor cesó.
    Poco a poco, Sakti abrió la mano y se miró la palma. Todavía tenía las fisuras, pero ya no se desmoronaba. ¿Qué había pasado? ¿De verdad fue un efecto tardío del fuego verde? «No. No fue eso. Fue... un exceso de magia». Había usado tanto poder para quemar al hijo de Vanir que su cuerpo estuvo a punto de romperse.
    —Eres un monstruo.
    Las palabras la espabilaron. Sakti rodó por el suelo para salvaguardarse, recuperada de la conmoción. No era hora de hacerse preguntas sin respuesta, sino de atacar y defender. Pero Abigahil se quedó plantada en su sitio, con una expresión seria y desdeñosa. Sus brazos y rostro tenían llagas ardientes, pero la regeneración se encargaba de convertir las ampollas en piel tersa.
    Sakti apretó los dientes. Si el hijo de Vanir no la hubiese atacado, ella ya estaría muy lejos de la mangodria y de los soldados aesirianos. Estaría de camino a Connor. «Tendré que matarla», pensó de mala gana. «Si se obsesiona en perseguirme, podría lastimar a Connor en cuanto lo encuentre». No podía arriesgarse a eso, así que preparó otra descarga como la que acabó con el hijo, pero las fisuras aparecieron de nuevo y tuvo que detenerse.
    La expresión de Abigahil no cambió, aunque debió de presentir que su adversaria tenía dificultades para seguir la lucha.
    —Nuestro fuego actúa sobre el mundo —dijo la mangodria mientras hacía aparecer un par de esferas verdes en sus manos—. Todo lo que pertenece a él es afectado por nuestras llamas.
    Para demostrarlo, la vaniriana lanzó una de las esferas a lo que quedaba de un edificio. Estalló. Los escombros se elevaron al cielo y cayeron como una lluvia sobre ellas. Abigahil había calculado bien el golpe y no tuvo que moverse de su sitio, pero Sakti tuvo que correr y hacer piruetas para evitar que la aplastaran. Apenas logró mantenerse a salvo, pero en la conmoción no notó que Abigahil se había colado detrás de ella. La mangodria le lanzó la segunda esfera verde, pero más allá del golpe no sintió nada. Las flamas no la consumieron.
    —Mi fuego no te daña porque eres un monstruo, una abominación —explicó la mangodria con una sonrisa despectiva. Sakti le daba asco, mucho más que una cucaracha gigante llena de pus—. Tú no deberías existir.
    Otra vez las imágenes, las voces, la hoguera.
    Y las luces que la juzgaban en el salón del juicio final.
    —Desearía… —dijo una voz igual a la suya, en alguna parte de sus recuerdos— nunca haberte amado. Así habría sido más fácil traicionarte. Así no me dolería tanto dejarte atrás por mi egoísmo.
    Vio las columnas de la habitación circular, las esferas de energía que levitaban frente a cada viga, y escuchó la prohibición de esas «criaturas». «NO, NO, NO».
    —Si es así, debes sacrificar algo —entonó una voz por encima de un ruido infernal.
    —¡Lo que sea! —exclamó Sakti.
    —Perfecto.
    Y luego un grito que le partió el corazón.
    Sakti se llevó la mano a la cabeza, para apartarse de ese lugar. Cuando abrió de nuevo los ojos, vio que estaba otra vez en Masca, en medio de los escombros oscuros de la Capital y de los restos de flamas verdes que crepitaban sobre las ruinas hasta deshacerlas. Además del siseo del fuego, Sakti escuchó los gritos de los titanes y los hijos de Vanir, que estaban cada vez más cerca de ellas.
    —Nosotros queríamos el poder de los Dragones para salvarnos, para ganar el derecho que los aesirianos nos quitaron —musitó Abigahil mientras sacaba una daga larga y torcida, con la forma de una llama—. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué tenía que pasar esto? ¡Solo queríamos ser libres! Pero ahora comprendo que eso no será posible con el poder de los Dragones. No podemos salvarnos con el poder de una criatura sucia y maldita que nunca debió existir. ¡La única forma de salvarnos es con nuestro propio poder!
    Abigahil se lanzó a ella. Sakti la recibió, porque sabía que la mangodria había cambiado de táctica: ya no utilizaría el fuego verde porque era inefectivo. Ahora recurriría a la batalla cuerpo a cuerpo. Sin embargo, la princesa no estaba preocupada. Aunque la mangodria tenía fuerza, la coraza de escamas la protegería de cualquier golpe.
    Como lo sospechó, la daga se rompió cuando embistió el abdomen acorazado de Sakti. La aesiriana aprovechó para envolver a Abigahil con la garra y levantó la rodilla para golpearla en el abdomen. La mangodria se dobló por el golpe, pero no se dejó caer. En lugar de eso, le arrancó de un tirón la cadena con la esencia de Kiria y rodeó la cintura de Sakti con ambos brazos. Luego la empujó contra un edificio. Sakti no supo lo que planeaba hasta que sintió la onda de calor. Abigahil había disparado, pero no a ella sino al edificio.
    Los escombros la aplastarían.
    La aesiriana intentó apartarse, pero Abigahil la sostuvo fuerte, sin doblegarse. Planeaba retenerla, así eso significara que los escombros también la aplastaran a ella. «¡Maldita bastarda suicida!», pensó la chica mientras invocaba todos los cambios de la transformación. Quizá sobreviviría al golpe si tenía un cuerpo lo bastante fuerte y resistente para soportar el peso de los escombros. Pero las ruinas se desmoronaron tan rápido que ella no tuvo tiempo de transformarse por completo.
    Se moriría.
    Una sombra apareció entre los primeros escombros y la embistió a un lado. Fue tan fuerte y repentino que Sakti ni supo que estaba a salvo hasta unos segundos después. Al principio solo pudo pensar en recuperar el aire que perdió con la embestida. Cuando abrió los ojos, vio que Dereck estaba sobre ella, listo para recibir un escombro en caso de estar todavía dentro del alcance de la demolición. Algunas rocas pequeñas cayeron sobre su espalda, pero la mayoría fueron solo piedrillas negras todavía sincronizadas, que se desperdigaron por el suelo. Pasaron del azabache al gris, y luego al blanco, ya muertas, sin energía.
    Cuando el retumbo cesó, Dereck ofreció la mano a Sakti para levantarla. La princesa notó entonces que Abigahil ya no la apretaba como un oso y no había ni rastros de ella.
    —Tenemos que irnos —la urgió el soldado—. Los titanes no pueden contra esos bichos. Ni siquiera el señor Enlil puede contra tantos a la vez.
    Sakti prestó atención otra vez a la batalla entre aesirianos y vanirianos. Las pisadas de los hijos de Vanir se hacían más fuertes, mientras que los gritos de los titanes se hacían más tenues. Quedaban mucho menos soldados que antes.
    —Tenemos que ponerla a salvo antes de que los bichos la alcancen. Si la aplastan...
    —¡Pero la mangodria...!
    —El señor Sigfrid ya se hace cargo de ella —la cortó Dereck mientras señalaba con el pulgar detrás de él, en el cielo.
    Luego agarró a Sakti de la mano y empezó a correr. Mientras avanzaban, la muchacha miró por encima del hombro. Abigahil estaba atravesada por unas extrañas ramas fosforescentes, que se retorcían en ángulos y espirales hacia lo alto. Las ramas parecían duras como el metal, pero se flexionaron y se encogieron rapidísimo para azotar a la mangodria contra el suelo. Luego la arrastraron por los escombros, hacia una figura alta y todopoderosa que se enmarcaba entre el polvazal y las llamas de la última explosión.
    Era Sigfrid. Las ramas eran sus extraños dedos alargados por la transformación y en la otra mano tenía lista la espada para recibir a la mangodria. «La va a matar», supo Sakti. «Es jaque mate». El ataque repentino del General había tomado desprevenida a Abigahil y el golpe contra el suelo la había noqueado. Sigfrid terminaría el trabajo antes de que la vaniriana despertara y tuviera oportunidad de incendiarlo.
    Y una vez que la matara, toda su atención caería sobre Sakti. No le daría tiempo de escapar. La muchacha sabía que tenía que hacer algo para ganar tiempo o perderse de vista antes de que fuera demasiado tarde, pero no podía librarse de Dereck sin llamar su atención o la de Sigfrid. Los dos sabrían que intentaría huir y no se lo permitirían.
    Solo un milagro podría ayudarla para cumplir con su plan.
    Y un milagro la salvó.
    El cielo se incendió. El escudo de protección tronó y se desquebrajó. Dereck se detuvo en seco, con la boca abierta de par en par.
    —¿Qué pasó? —gritó para hacerse escuchar por encima del estruendo—. ¡Eso no era parte del plan! ¡El escudo no podía caer!
    Pero los fragmentos de energía materializada se desprendieron al vacío. Cayeron como trozos de vidrio, seguidos de cerca por los restos incandescentes de los castillos flotantes. Sakti supo de inmediato que eso era obra de su hermano. Adad había hecho un muy buen trabajo en la misión aérea, trayéndose todo al carajo.
    Porque si toda la flota vaniriana colapsaba sobre Masca, habría pérdidas para los dos bandos. Aunque la misión de rescate fuese un éxito, la Capital estaría tan destruida que el Emperador y los Generales tendrían que concentrarse en su reparación en lugar de buscar a los Dragones y profetas prófugos.
    Adad era un maldito genio.
    Lástima que ese plan tenía tantas probabilidades de matar a Sakti como a los vanirianos de la flota aérea.
    La princesa y el Guardián permanecieron inmóviles en su sitio, mirando a uno y otro lado en busca de un área segura. Pero todo estaba condenado. Corriesen a donde corriesen, siempre estarían bajo la mira de los escombros de las naves y el escudo. Estaban seguros de que la situación no podía estar más complicada, pero se equivocaron.
    Un estremecimiento los golpeó por dentro y por fuera. No encontraron palabras para describir lo que sintieron. El aire vibró, el suelo perdió estabilidad y una fuerza invisible los arrastró. El viento azotó en forma de remolino y puñales. Sakti vio que los escombros de las naves se despedazaron aún más, como si atravesaran un colador de navajas. El suelo también empezó a deshacerse, como cuando el fuego de Abigahil lo rozó. Pero la mangodria no estaba en ninguna parte y, fuese lo que fuese ese extraño poder, no tenía forma física ni alguna apariencia que pudiese ser percibida con la vista.
    Pero tanto Sakti como Dereck supieron qué era: un desbalance. Y también supieron quién lo estaba provocando.
    Sigfrid.
    La luz de la luna atravesaba los escombros ardientes y bañaba las calles destrozadas de Masca. Las piernas cedieron bajo Sakti y Dereck. Sabían que morirían. Si no los aplastaban las naves, lo haría la onda del poder desatado del General, que avanzaba hacia ellos, destrozándolo todo. Sabían que debían echar a correr, pero no podían.
    Esa magia tan abrumadora había inutilizado a todos, aesirianos y vanirianos por igual. Era tan intensa que de seguro al otro lado del mundo también la percibían. «Es más poderoso que yo», pensó Sakti. «Casi tan poderoso como la Emperatriz». Con razón nadie podía matar a Sigfrid. Nadie podría acabar con alguien con tanta destrucción encerrada dentro, incluso cuando la contenía al evitar la luna.
    La onda se acercó cada vez más aprisa, y levantó escombros y polvo. Sakti cerró los ojos y aceptó el fin. ¿Qué más podía hacer? Intentó aferrarse a algún último recuerdo agradable para irse con él, y no con el estruendo de la destrucción. Pero su mente estaba vacía, porque ella no tenía recuerdos propios. La fusión se los había negado, porque esa vida no era suya.
    Lo único que escuchó fue la voz de Abigahil.

    «Mi fuego no te daña porque eres un monstruo, una abominación. Tú no deberías existir».

    La onda los alcanzó, el polvo los envolvió...
    ... pero todo se detuvo. Cuando Sakti entreabrió un ojo, vio que ella y Dereck estaban al borde de un precipicio. ¡Incluso pudo ver parte de los túneles subterráneos de la ciudad! Le hizo algo de gracia que ella y Dereck tragaran fuerte juntos, porque sabían que se habían salvado por los pelos. Lentamente, Guardián y protegida se levantaron y retrocedieron de espaldas. Lo último que necesitaban era caer al vacío por la falta de soporte en la calle.
    —¿Qué pasó? —preguntó ella mientras se alejaban con cautela.
    —Creo que logró ponerse bajo cubierto —musitó Dereck. Tenía un nudo en la garganta—. Ay, Dios. Con razón él está de peor humor cuando hay luna llena.
    Las naves y el escudo todavía caían, pero la zona cerca del desbalance estaba a salvo. El poder desatado de Sigfrid había hecho polvo absolutamente todo, incluidos los escombros aéreos de alrededor.
    Miraron el cielo. Parecía el fin del mundo. De haber sabido que la batalla sería tan intensa y destructiva, quizá los príncipes de las Arenas no habrían aceptado un rescate militar. No eran idiotas como para creer que no habría bajas, pero el escenario era mucho más devastador de lo que cualquiera habría imaginado. Al parecer, el rescate trajo más destrucción que beneficios.
    Y todavía faltaban otras partes de Masca donde los vanirianos aún tenían el control, además de que en las próximas noches llegarían las naves dispersas por las Murallas a dar auxilio a las tropas vanirianas.
    Dereck cayó de rodillas al suelo y le dio puñetazos. Al principio Sakti no entendió por qué el soldado reaccionaba así, pero luego recordó que él le había pedido permiso para abandonar la lucha y subir a las naves. Si su media hermana estuvo en la flota destruida y los aesirianos no lograron sacarla, había muerto con el colapso de las naves.
    Él había fallado incluso antes de intentarlo.
    —Hay que irnos —susurró ella—. La calle está frágil. Podría hundirse en cualquier momento.
    Dereck asintió.
    —La llevaré a Palacio.
    Ambos se encaminaron hacia la Avenida Principal, coronada con la casa de reyes. Sigfrid y Enlil habían hecho un gran trabajo en mantener la lucha lejos de Palacio. De lo contrario, el fuego de Abigahil y el desborde del General lo hubiesen destruido.
    Sakti percibió una sombra y detuvo a Dereck en seco. Ya un hijo de Vanir le había dado un buen golpe por estar distraída y no lo permitiría de nuevo. Pero la sombra cayó delante de ambos, envuelta en plumas de noche. Cuando el cuervo aterrizó, Connor se lanzó al suelo y corrió hacia ella. El chico doctor la abrazó muy fuerte por unos segundos, aunque después se apartó, adolorido.
    —Te rompiste las costillas —comentó ella enojada, mientras veía las vendas que cubrían al muchacho. Le iba a partir el trasero a quien lastimó a su amigo.
    —Perdón, perdón —lloriqueó Huggin mientras buscaba refugio detrás de Dereck, pues percibió el enojo de la princesa—. ¡Pensé que era un intruso!
    —No importa, ya te dije que te perdoné —lo tranquilizó Connor—. Además, hay algo más importante. —El muchacho miró a Sakti—. Los Fafnir están listos, pero creo que se han salido de control.
    —¿Eh? —preguntaron la princesa y el soldado a la vez.
    —Vimos a esas cosas de camino aquí —explicó Huggin—. Estaban atacando a los bichos vanirianos. Pero también...
    —... a los voraces —terminó Connor por él—. Creo que no los reconocen como aesirianos.
    El muchacho miró a Sakti, indeciso. Ella también estaba transformada. ¿Qué ocurriría si los Fafnir se aparecían de repente por allí y la atacaban? Pero ella no se preocupó por eso, sino que miró a Connor de pies a cabeza. Lo conocía muy bien. Si el chico había visto que sus aliados estaban siendo atacados, le habría pedido a Huggin que lo llevara a ellos, para atenderlos. Connor tenía un buen corazón y no abandonaría a nadie si necesitaba su ayuda.
    —¿Qué pasa, Connor? —Él se mordió los labios. Puso la cara de cachorrito-quiere-abrazo, pero se contuvo y respondió:
    —Papá está aquí. Tu tío dijo que está herido, que se está muriendo, pero no sé cómo entró. ¡No sé cómo...!
    Sakti le cubrió la boca con la mano. Luego miró a Dereck y asintió.
    —Puedes irte.
    —... ¿Qué?
    —Puedes irte. Me pediste permiso de ir a las naves en busca de tu hermana. Huginn está aquí. Pueden ir juntos a buscarla.
    —Pero las naves...
    —Algunas todavía están a flote —dijo la muchacha mientras señalaba el cielo. Era cierto. Unos cuantos castillos descendían poco a poco, echando humo, pero todavía estaban enteros—. Si yo estuviese sincronizada, sé que mi hermano me iría a buscar aun cuando las posibilidades de encontrarme viva fuesen mínimas. —Sakti miró significativamente al soldado—. Sé un buen hermano, Dereck. Sé que ella te espera. Yo lo haría.
    Ella sabía que no podía engañar a Dereck. Él estaba familiarizado con las mañas de los Aesir. No era tan idiota como parecía. Por eso sabía que Sakti solo lo estaba manipulando para obligarlo a marcharse. Y lo peor fue que esa tetra sí funcionó, porque aun cuando sabía que las intenciones de la muchacha no debían de ser buenas, no podía ignorar sus palabras.
    Si Valeria aún estaba viva, debía salvarla. Y aunque ya estuviese muerta, no podía rendirse sin antes saberlo con certeza.
    —¡Vamos, vamos! —lloriqueó Huggin mientras le picoteaba el cabello—. ¡Mami está allá arriba! ¡No puedo dejarla!
    Dereck apretó los dientes, miró a Sakti una última vez y montó sobre el lomo alado del cuervo mensajero. Huggin levantó el vuelo tan rápido y desesperado que el Guardián no pudo despedirse.
    —Buena suerte, Dereck —musitó Sakti, aunque supo que el soldado no la escucharía—. De verdad espero que la encuentres.
    Luego miró a Connor.
    —¿Entiendes por qué te callé antes? —El muchacho asintió.
    —Porque no quieres que confíe en Dereck.
    —Es un buen hombre —le explicó Sakti—. Pero sus prioridades son diferentes a las tuyas. Por eso algunas veces no podemos confiar nuestras inseguridades o aspiraciones a las personas que nos agradan. Ni siquiera a las que amamos. —Sakti le palmeó la espalda para empezar a caminar—. Es hora de buscar a tu padre. Si todo salió de acuerdo al plan, Drake está con él.
    Cuando vio la expresión pálida de Connor, supuso que el chico la resentía. Él tampoco era idiota. Ya habría sumado dos más dos y se habría dado cuenta de que Sakti siempre supo que el mestizo estaría en Masca. Ella no confió en él, sino que lo manipuló para que no se enterara del plan de meter a Darius a escondidas. En cierto sentido, lo traicionó.
    Pero el labio de Connor tembló y sus ojos se enfocaron en algo detrás de Sakti, más allá del enorme agujero que había consumido la calle y las cuadras detrás de ambos.
    —Allena... ¿qué es eso?
    Sakti miró por encima del hombro. Entre los escombros se había formado un nicho del tamaño justo para un grolien, pero allí había algo mucho más aterrorizante que un vaniriano. Sakti no pudo distinguir muy bien su forma a la distancia, pero el brillo plateado la encandiló. Apartó la mirada de inmediato, porque no pudo soportar esa apariencia. Era tanto bella como repugnante.
    —Es Sigfrid —contestó ella mientras se alejaban—. No nos conviene meternos con él. —Connor se estremeció.
    —¿Crees que nos persiga? Se ve... escalofriante.
    —Claro que sí, apenas tenga la oportunidad. Por eso tenemos que alejarnos tan rápido como podamos, antes de que alguna nube tape la luna. Pero mientras la luz llegue al suelo, tendremos una ventaja sobre él. —Sakti lo urgió—. Vamos, tenemos que hacer una parada antes. Tenemos que recoger las esencias de tu padre en donde las dejé.
    Connor asintió y echó a correr con la princesa.



    "Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015. Ángela Arias Molina

    ¿Te gusta lo que lees...?

    ... ¡entonces regálale un comentario a la autora? La harás volar de la felicidad durante una semana si compartes tus opiniones con ella sobre "Los hijos de Aesir". También recuerda seguir la blognovela y/o el blog personal de la autora :D
    Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...