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Un pecador más

UN PECADOR MÁS

«Alerta, alerta. Fuera de límite de zonas marmóreas. Sistema sobrecargado. Alerta, alerta. Fuera de límite de zonas marmóreas. Sistema sobrecargado».
Al fin sacó la mano por entre el barro y se abrió paso a la superficie. La alarma de la sincronización resonaba en su cabeza aturdida. Respiró en grandes bocanadas, todas tan superficiales y rápidas que apenas le llegaba aire al cerebro. Los pulmones le ardían por la asfixia pero por lo menos se expandían. No estaban encogidos. Por el momento no se moriría ahogado.
«Alerta, alerta», resonó la sincronización. «Fuera de límite de zonas marmóreas. Sistema sobrecargado».
Apretó los dientes, incapaz de ponerse en pie. Toda su vida temió a esa sensación. La primera vez que salió de Palacio después de una prueba de sincronización, las conexiones mágicas de su cuerpo colapsaron. Fue un milagro que la escolta tuviera tiempo de llevarlo de regreso a Palacio. Pasó un mes en cama, incapaz de moverse, de hablar o tan siquiera pensar. Su mente frita apenas recibía los estímulos que la sincronización le permitía. De no ser porque Istar estuvo con él día y noche quizá no se habría recuperado. Istar, tan pequeña y asustada... ¿Cuántos años tuvo en aquel entonces? Nueve, quizá. Diez a lo mucho. Ahora estaba muerta y no podría salvar a su hermano de una nueva sobrecarga. «Y tampoco lo haría», pensó mientras luchaba por ponerse en pie. Fue casi imposible con el peso del talud encima, pero logró sacar el cuerpo. Apoyó todo su peso en la pierna izquierda, pero la derecha no le reaccionó. Esa estaba ya completamente marmorizada; y, sin conexiones sincrónicas aledañas, no era más que un trozo de piedra inútil. «Istar ya no me ayudaría. La engañé. La hice huir de mí. Manipulé a sus cachorros y he abierto la puerta que lleva al pozo en donde serán sacrificados. ¿Por qué habría de ayudarme después de todo el mal que le he hecho?». Quería creer que su dulce Istar lo cuidaría aun así, pero no se atrevía a creer en esa ilusión. ¿Por qué habría Istar de perdonarlo cuando él no podía perdonarse por todos los espantos que había cometido?
La pierna izquierda flaqueó bajo él. Rodó por el barro colina abajo, hasta el pie del derrumbe. La alarma de la sincronización se distorsionó. Se había alejado aún más de la zona marmórea cercana.
Pensó en su hijo. El príncipe estaba bien, ¿verdad? Darius lo había sujeto a tiempo. No lo habría dejado caer, ¿verdad? Aunque por otra parte, ¿por qué se había arriesgado a bajar por ellos? El profeta detestaba a los Aesir y con justa razón. Ellos destrozaron su vida. Si hubiese estado en el lugar del mestizo, el Emperador se habría quedado cruzado de brazos al borde del precipicio mientras miraba a sus enemigos caer. «Por favor, que no lo haya hecho. Que no lo haya soltado. Que no haya lanzado a mi hijo al fondo de este barranco». Kardan era lo último que le quedaba. No era solo carne de su carne, sino también la materialización de todas sus esperanzas para un futuro mejor. Si había aceptado que moriría por la marmorización fue porque supo que Kardan estaba ahí, listo para tomar su lugar, listo para cuidar su pueblo, listo para guiar a los aesirianos a un mundo libre de la maldición de Dios. Si perdía a Kardan perdería también la certeza de que los pecados que manchaban sus manos tenían justificación.
«AleeEeerttAaaa», tartamudeó la sincronización. «Pre-pre-pres-prese-se-se-sencia vAvAvaaAva-niiii-riana».
Una mano helada lo agarró del pelo y lo levantó del barro. Apenas podía ver nada. Sus ojos solo percibían las siluetas de los árboles, el resplandor escarlata que caía sobre ellos y... y...
Dos soles de miel.
Apartó a la mangodria de un empujón pero sin el apoyo de ella volvió a caer al barro. No importó cuánto quisiera levantarse y escapar. No importó cuánto esforzó su mente y su cuerpo para que reaccionaran. Ya su cuerpo no era suyo. Ya su mente agonizaba.
Lemuria lo agarró otra vez del pelo y lo obligó a mirarla. Él no pudo reconocer los rasgos de su cara, con excepción de los ojos, pero sí la olió. Por encima del olor a barro y sangre, percibió un aroma dulce. Miel. Como sus ojos.
—Forzaste a mi hermana a convertirse en abeja. Es lo mismo a haberla matado.
El Emperador apenas la entendió. La voz de Lemuria estaba distorsionada, como la sincronización, como el susurro de la cascada y el río, como los gritos de la luna. Lo único que tenía claro era la sensación palpitante en su pecho en contraste con el adormecimiento del cuerpo. ¿Pero por qué? Ya no tenía corazón. ¿Por qué lo sentía? «Porque se lo diste a alguien más», susurró una voz dulce y querida en su mente. «Una parte de ti seguirá viviendo en él».
Sus sentidos se avivaron de repente. Dio una gran bocanada. Sintió la tierra en la boca y el dolor repentino de la cara. Lemuria le había estado estrellando el rostro contra el barro sin que él se diera cuenta, gritándole acusaciones que no había alcanzado a escuchar hasta ahora. Los sonidos se hicieron más claros. El frío se expandió por todo el cuerpo y lo cubrió lentamente, como una mortaja. Podía sentirlo. La marmorización avanzaba por la carne sin descanso. En contraste, la navaja que Lemuria puso ahora bajo su cuello ardía como un beso de fuego.
—Dámela —ordenó la mangodria—. La Corona.
El Emperador esbozó una sonrisa agotada.
—Haz lo que quieras. No la tendrás. Ya no puedes cambiar nada.
«Una parte de ti seguirá viviendo en él», repitió la Istar de su cabeza. Sabía que alucinaba. Sabía que era el último consuelo que se permitía su mente moribunda. Pero igual aceptó el engaño porque era una ilusión misericordiosa. Si Connor tenía su corazón, una parte del Emperador viviría con él. «Si Kardan logra lo que Harald, las mangodrias y yo no pudimos, contará en su Corte con un buen consejero. Una parte de mí seguirá ahí con él». Creyó que le dio su corazón a Connor para agradecerle haber curado al príncipe del veneno. Ahora sabía que le dio su corazón para que Connor guiara a su hijo a un mundo libre de pecado. En sus últimos momentos, al fin el Emperador comprendió que con él moriría el viejo orden. Kardan y Connor establecerían el nuevo.
«Aviiiiso», balbuceó la sincronización, «ayuda aesiriana cerca». La sincronización le sugirió gritar para pedir ayuda. El Emperador calló. Estaba demasiado cansado como para gritar. Además ¿cuál era el punto? No había ninguna diferencia entre morir por la navaja de la mangodria o sepultado bajo un derrumbe. Lo que le dijo a Lemuria era cierto: ya nada podía cambiar.
Lemuria le pinchó la garganta. Ahí todavía la piel era carne y no mármol. Una gota de sangre escurrió por el pescuezo pálido. El Emperador cerró los ojos, agradecido porque el corte sería rápido. No tendría tiempo de sentir miedo. Pero Lemuria se detuvo. Aunque tenía una cortada, no era más que un rasguño.
—¿Qué quieres? —gruñó la mangodria.
El Emperador entreabrió los ojos. A unos pasos delante de él, en el límite del bosque, estaba Darius. El profeta estaba empapado y lleno de barro; miraba a mangodria y Emperador con ojos agotados y resignados. No había nada de amenazante o sumiso en sus irises.
—¿Vienes a salvarlo? —Lemuria resopló una carcajada—. Es tarde. No puedes hacer nada por él.
—Lo sé. Igual que tú sabes que morirá así le cortes el cuello o lo dejes en paz. Es inevitable.
Lemuria apartó la navaja lentamente. Tenía la frente fruncida.
—Pensé que lo odiabas. Él te atrapó. Hizo miserable a tu familia. ¿Por qué quieres salvarlo ahora?
Con debilidad, el Emperador miró a Darius. Sí, ¿por qué? ¿Por qué había salvado a Kardan? ¿Por qué había ido a buscarlo? Sencillamente ¿por qué?
—Salvó a mi hijo. —Darius ladeó la cabeza al ver que Lemuria no parpadeó—. Ya lo sabías, ¿verdad? Que Connor sobrevivió. —La vaniriana guardó silencio mientras Darius ataba cabos—. El antídoto... Se lo diste a Dereck, ¿no es así?
—Vaya. —Lemuria soltó la cabellera del Emperador y lo dejó caer en el barro una vez más—. Y ni siquiera necesitaste tus poderes de profeta para saberlo. Solo lo dedujiste.
Se miraron a los ojos para medirse el uno al otro. Lemuria estaba lista para saltar y destrozar a Darius si el profeta le daba una señal de peligro; mientras tanto, Darius temblaba del frío y de cansancio. Estaba dispuesto a defender si hacía falta pero sabía que Lemuria no atacaría primero.
—Vete por el lado norte del río —dijo al fin el profeta—. El barranco era tan inestable en ese extremo que los soldados y yo tuvimos que bajar por el lado contrario. Están dispersos por el sur y el oeste del río, pero no por el norte. No encontrarás a ninguno por ahí.
Lemuria sonrió.
—¿Es que también viniste a ayudarme a mí? ¿Por qué?
Darius levantó los hombros.
—Tú también ayudaste a mi hijo. Gracias.
La mangodria miró el rostro pálido y ojeroso de Darius. Luego al Emperador a sus pies. Podía matar al Aesir si quería. Darius no intervendría. Pero ahora parecía tan... insignificante. Esa muerte, o ser la responsable de ella, ya no tenía sentido.
Giró sobre los talones y dio la espalda a Emperador y profeta. ¿Para qué se tomó la molestia de ir? «Para derribar uno de los obstáculos que se interponen entre Dereck y yo», se respondió. ¿Entonces por qué preguntó por la Corona de los Aesir? En el fondo sabía la respuesta. «Porque quiero darle un regalo de despedida a Vanir antes de traicionarlo y marcharme con un nuevo amor». Le dolió aceptarlo. Amó a Vanir desde que empezó su vida de mangodria simplemente porque todos –Vanir, Abigahil, las mangodrias adultas que se transformaron en abejas, ¡todo el mundo!–, le dijeron que era lo que las mangodrias hacían: amaban a Vanir. Nunca se lo cuestionó, ni siquiera en sus momentos de más absoluto espanto. Y ahora resulta que un nuevo amor había surgido en ella. Un amor que brotó de la curiosidad y de la comprensión muda. Un amor florecido en encuentros furtivos, en un campamento de encuentros comunes entre personas separadas por las diferencias marcadas durante generaciones.
Ya no era Lemuria, la mangodria. Ahora era Lemuria, la mujer.
Apretó los puños y se detuvo.
—¡No vayas al Norte! —gritó mientras se giraba al profeta—. Allí está el pozo de la Profecía. Allí está la tumba de los Dragones.
Los ojos de Darius se avivaron con una chispa de confusión, espanto y sorpresa. Lemuria no le dio tiempo a que se recuperara, porque ya podía escuchar las voces distantes de los soldados. Buscaban al Emperador. Ellos no la dejarían marchar en paz como Darius.
—Tú y yo nacimos bajo la misma estrella. Por eso podía colarme a tus visiones cuando éramos más jóvenes. Lo último que pude saber a través de ti fue lo que la Emperatriz de Edén te dijo: Tyr está hecha de jade y tiene un Hlidskjald con aleación de hierro y plata. ¿Lo entiendes? Es la ciudad de hierro, plata y jade. —Giró de nuevo y miró a Darius por encima del hombro—. Yo también te doy la oportunidad de escapar del destino que te han dictado. No vayas al Norte. Y si así lo quieres, evita que tu amiga vaya también. Aunque con eso no podrás salvarla. Nadie puede salvar a un ser sin alma.
Lemuria se marchó. Darius la perdió de vista aunque la luna de sangre iluminaba con todo su esplendor. El profeta avanzó hacia el Emperador y lo volteó. Todavía respiraba, pero lo hacía entre jadeos estentóreos. Tenía los ojos entreabiertos, fijos en la luna carmesí. Darius vio sus brazos, uno completamente negro y otro que se oscurecía también. Las venas del brazo izquierdo se marcaban conforme la marmorización subía por la piel. El corte que Lemuria le hizo en el pescuezo también estaba marmorizado. El hilillo de sangre era una lágrima de piedra negra.
—¿Disfrutas esto? —preguntó el Emperador con dificultad. Sus palabras apenas se entendían.
—No.
—Oh. Habría sido mejor que sí. ¿Dejaste caer a Kardan?
—No.
—¿Por qué?
—Salvó a mi hijo. Yo salvé al suyo. Estamos a mano.
—No. Nunca lo estaremos.
El Emperador miró el rostro cansado de Darius. Aunque el profeta no sentía ninguna satisfacción por verlo agonizar, tampoco resentía su muerte. Le era verdaderamente indiferente. No sabía por qué eso le desagradaba. Después de todos los sinsabores que se dieron el uno al otro, el resultado lógico era que Darius se carcajeara y bailara de la dicha por verlo agonizar. Y ahora resultaba que tendrían ese final tan anticlimático.
—Te quité demasiado —le dijo con tono acusador—. Te arrebaté tu vida, la mitad de tu familia murió por mi causa, te arrebaté a tu hija, me encargué de que fueras sentenciado a muerte y encargué a tus hijos al mejor y más cruel General aesiriano. ¡Al menos aprovecha ahora para echarme en cara todo lo que te debo!
Darius se acuclilló junto al Aesir y guardó silencio. Estaba tan cansado de cuerpo y espíritu que ni siquiera podía entender por qué no sentía ningún regocijo al ver morir a su eterno enemigo. Su corazón estaba aletargado. Quizá el mismo entumecimiento emocional que le impedía llorar por Kel no lo dejaba reírse del Emperador. Su mente también estaba adormilada aunque comprendió algo que ni siquiera el monarca podría poner en palabras.
—¿Por qué quiere que lo resienta? —le dijo—. ¿Qué gana con eso?
Aun con su entumecimiento, resentía al Emperador. A Sigfrid. A Enlil. Los resentía terriblemente a los tres. Pero no tenía fuerzas ni para escupirle al General Tonare si lo tuviera frente a frente.
La marmorización cubrió el brazo izquierdo. El Emperador contrajo la cara, presa del espanto. Miró con desesperación a Darius, como si en esa expresión guardara la fuerza de un último grito. Pero lo que salió de sus labios fue un murmullo, casi una súplica.
—¿Es cierto lo que dijiste? ¿Es cierto lo que me mostraste?
Darius lo miró sin comprender hasta que el Emperador estiró la mano derecha, helada, y le agarró el extremo de la manga llena de barro. ¿Intentaba tomarlo de la mano? ¿Quería que fuera su último soporte en la vida? Darius no lo supo. Su mente viajó al último día en que estuvo en el despacho del Emperador, allá en Masca, cuando le entregó el único informe que escribió con sus hijos sobre las marcas de la Profecía de Sakti. En aquel entonces, resentido e irritado, le mostró al Emperador un vistazo del Reino de los espíritus. Para cerrar su diversión se despidió con aquellas palabras...

«Cuando la Profecía se cumpla ese inframundo desaparecerá y sus habitantes tendrán dos opciones: el Cielo... o el Infierno. Después de escuchar sus voces, Majestad, ¿cuál cree que será el lugar al que irá una vez cumplida la Profecía?»

Dio un respingo. La crueldad con que dijo esas palabras hacía tantos años le provocó un nudo en la garganta. Su corazón resentido insistía en defenderse, en decirle que el Emperador merecía una condena absoluta en el Averno. Merecía que Darius le hubiese revelado el lago de sangre, las voces de la cabeza, los bamboleos de los condenados, la desesperación... Merecía que Darius le recordara todo una vez más.
Pero pensó en las últimas noches de sangre, cuando estuvo seguro de que su Connor estaba en ese limbo, sufriendo como Njord y Fenran. No quiso que nadie más sintiera la desesperación que él sufrió. Ni siquiera el Emperador.
¿Era eso lo que le enseñó Connor? ¿Gentileza? ¿Quizá perdón?
El Emperador luchó por aferrarse a él, pero aunque Darius se quedó arrodillado le apartó la mano.
—Lo siento —se ahogó el Emperador mientras buscaba los dedos sucios de Darius, sin éxito—. Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento. Diles que lo siento mucho, ¡díselos! ¡Díselos! ¡LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIE---!
Calló.
Darius abrió la boca con un jadeo, incapaz de respirar, incapaz de pensar. Quería apartarse y cerrar los ojos, pero no pudo. El corazón le latió tan apresurado que temió sufrir un paro y morirse también. Tuvo miedo de convertirse en una estatuilla de cera blanca y mármol negro, como la que yacía junto a él.
No. No podía perdonarlo. No podía dejar de resentirlo. El hombre que acababa de irse de verdad le había quitado mucho. Se lo había arrebatado todo. No tenía la fuerza para aceptar sus disculpas.
Se dio asco. Quiso liberarse de su rencor, no por el Emperador sino por él mismo. Y por Sakti.
Porque aunque estaba aturdido, una parte de él comenzó a entender que su amiga no podría escapar de Tyr, como Lemuria sugirió. Una parte de él comprendió que Sakti estaba condenada a morir por personas manipuladoras como el Emperador...
... y por personas rencorosas como el profeta que había jurado salvarla de la fusión, sin cumplir aún.
Darius era un pecador más.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 28

28
ABEJA REINA


Escucharon los pasos de los hijos de Vanir. A la distancia vieron que la copa se mecía frágil por la incursión de los gigantes y por los chupetones del fuego azul.
—¡A ellos! —ordenó el Emperador con los puños apretados.
Había contado con que se diera un enfrentamiento. Contaba con que Harald tomara la iniciativa, enfrentara a los vanirianos, los expulsara o matara, y tomara el campamento neutral como botín de guerra disfrazado de protección militar. Pero no contó con que los vanirianos llevaran a los hijos del rey de hielo directo al Yggrdrasill. «¡Lo van a derribar!». Pensó en todo lo que se perdería con la caída del árbol de la vida. Pensó en el riesgo que corrían no solo sus primos y sobrino, sino también Sakti, el Primer Dragón. La princesa carecía de la motivación para intervenir en un enfrentamiento entre vanirianos y aesirianos; pero sí intervendría si sospechaba que Connor peligraba. Aunque la magia de Sakti estaba más fuerte que nunca, la princesa era un remedo de lo que una vez fue. Sin un brazo, la clavícula lastimada, la pierna herida y las secuelas de una larga convalecencia, Sakti no era tan fuerte como para enfrentar a una tropa de hijos de Vanir. Aunque igual lo intentaría por Connor.
—¡Ya lo oyeron! —exclamó su hijo mientras él mismo montaba—. Mientras los Generales no estén aquí, es nuestra responsabilidad actuar como eje militar.
El Emperador apenas tuvo tiempo de agarrar las riendas del caballo para evitar que el príncipe se marchara con los soldados, que alterados por la luna carmesí estaban tanto sedientos de sangre como aterrados. «El árbol de la vida no debe caer», decían sus expresiones. «Es lo que Connor nos dejó». Se marcharon envueltos en una nube de polvo, enojo y miedo.
El príncipe tuvo el decoro de esperar a que los soldados se fueran para mirar a su padre con resentimiento. El Emperador parpadeó. Desde la caída de Connor su hijo lo miraba diferente. No era irrespetuoso ni impertinente, pero cuestionaba más sus órdenes. Preguntaba por qué. Hacía lo que se le dijese, pero antes argumentaba por qué no le parecía correcto.
Era otro de los tantos cambios que el doctor había traído al mundo, aunque quizá no era malo. Aunque no compartía muchas de las visiones de Connor, el Emperador admitía que era un chico con talento e inteligencia. Sería un buen miembro de cualquier Corte. Ya era demasiado tarde como para que Connor se uniera a la suya, pero quizá el príncipe Kardan podría convencerlo de unirse a la de él cuando fuese ungido soberano absoluto de los aesirianos.
El Emperador se preguntó qué mundo construiría su hijo si Connor se unía a él.
—¿Por qué me detienes, padre?
—Si el árbol cae no quiero que te aplaste. Me queda poco tiempo. Cuando el momento llegue, tienes que estar cerca para tomar la Corona. —Kardan asintió en silencio y se bajó del caballo.
—Como ordenes, padre.
El Emperador apretó los puños. Debía tener la conversación con su hijo antes de que todo el cuerpo colapsara. Se miró la mano. Negra, tan negra, y fría, ¡tan helada! Tenía miedo de que si tocaba con ella a Kardan le contagiara la marmorización –lo cual era ridículo, lo sabía– o que el príncipe lo rechazara –lo que quizá no era tan tonto–. Pero no tenía agallas para hablar. Estaba asustado. Entre más cerca estaba de morir, más miedo tenía de la muerte.
El príncipe se le adelantó. Estaba enfadado, aunque el Emperador no sabía si era por culpa de la luna carmesí, porque no le dejó ir a pelear por Connor y el Yggrdrasill, o porque el príncipe tampoco había llegado a términos sobre la inminente muerte de su padre. Lo vio entrar a la tienda. Lo último que vio de él por un buen rato fue la espalda tensa que decía «Déjame a solas un rato, por favor». El Emperador se lo concedió.
Su atención se enfocó en los relampagueos y en las flamas azules que serpenteaban a la distancia. En la nube de polvo levantada por los soldados de su campamento, que iban como refuerzos a luchar contra los vanirianos. En el retumbo de las ramas caídas y los pasos de los hijos de Vanir. Y en los rugidos lejanos de los voraces que entraban en combate. En comparación, el campamento Real era como un cementerio. Silencioso y aburrido. Lúgubre, incluso. Los soldados que quedaban ahí estaban atontados porque pudieron tomar de la reserva de jarabe o porque la luna los aturdía en lugar de enfurecerlos. Se encogían en el suelo con cada chillido del cielo. Movían los labios con oraciones susurradas, suplicando que esa noche, y todas las restantes, acabaran pronto. «Cuando los Dragones vuelen todo esto acabará», pensó el Emperador mientras miraba la moneda de sangre. «Cuando los empuje a aquel pozo en Tyr la luna palidecerá de nuevo. El mundo será como debió haber sido. Como debimos haberlo conocido».
Debió de quedarse dormido de pie, porque se sobresaltó de repente. Ya se había acostumbrado a los chasquidos de las ramas y los pasos de los vanirianos gigantes. En una noche tan espeluznante, los retumbos de guerra y muerte siguieron el ritmo de una canción de cuna. Pero el rugido del Dragón despertó un miedo ancestral en él, que le estremeció cada célula del cuerpo. Miró a Sakti al borde del Yggrdrasill, cuyas ramas grises ardían con destellos azules o estaban completamente ennegrecidas, carbonizadas ya por las llamas de hielo. Se preguntó si el árbol tenía alma. Y de ser así, ¿se consumía en el fuego de la mangodria?
Los pulmones se le cerraron. Se llevó una mano al pecho mientras abría la boca en una enorme «o», con la esperanza de que el ataque pasara. «No te preocupes. No tengas miedo», se dijo, aunque estaba muy preocupado y muy asustado. «Va a pasar. Siempre pasa». ¿Pero lo haría? ¿O ya sus pulmones colapsarían, convertidos en mármol? Kardan. Necesitaba a Kardan. Si sostenía la mano de su hijo antes de morir, Dios le permitiría una última misericordia.
Un soldado colapsó de repente a unos pasos de él. El Emperador lo miró en silencio, todavía con los pulmones encogidos. Casi todos los soldados se bamboleaban aletargados por el jarabe y la luna, pero había otros que estaban completamente erguidos, con la vista perdida en el espacio. Más que estar de pie, parecían clavados al suelo. Estaban tiesos, como si la luna fuese un sol de sangre que los resecó en sus puestos.
El campamento estaba en silencio. Demasiado. Ni siquiera se escuchaban la corriente del río junto al campamento ni la cascada al fondo del precipicio cercano.
Los pulmones le reaccionaron de nuevo. El Emperador respiró una profunda bocanada antes de girar sobre los talones y correr hacia la tienda de estrategia militar, donde había entrado su hijo. Lo primero que vio al cruzar la cortina fue a Kardan frente a él, con una navaja al cuello. Una mujer de cabello rosado y ojos miel lo tenía abrazado por la cintura, firmemente sujeto. El príncipe estaba erguido, con una expresión digna en el rostro. Apenas tuviera la oportunidad se liberaría. Abigahil sonrió.
—Hola, Majestad. Un paso en falso y corto el cuello Real de su hijo.
—O tal vez yo corte el tuyo —replicó el príncipe con buen humor. Abigahil volvió a sonreír.
—Sí, a lo mejor. Pero sabes que no caería sin antes hacerte un corte o dos. Y vengo armada hasta los dientes con navajas de sangre negra. Tú mejor que nadie sabes lo que eso significa, ¿verdad? Y Connor ya no está aquí para salvarte.
El ceño del príncipe se frunció. Ya no estaba tan seguro y digno como antes. Una sola cortada con esa daga podría matarlo.
—¿Qué quieres? —preguntó el monarca.
¿Para qué se tomaría Abigahil la molestia de atrapar un rehén? Si se coló en el corazón mismo del campamento Real, nada le habría costado matar a Kardan y escapar en silencio. Habría sido sencillo con la ausencia de los soldados más fieros... «¡Ah!», comprendió el Emperador. El ataque al Yggrdrasill era una distracción. El verdadero ataque estaba dirigido al campamento Real. Y él fue lo bastante tonto como para no preverlo.
—Tu Corona —dijo Abigahil con sencillez. Todavía sonreía—. ¿Es que no era obvio?
—Mi Corona —repitió el Emperador—. Tengo curiosidad. Si te la doy ¿qué crees que pasará? O mejor dicho, ¿qué cree Vanir que sucederá? ¿Se convertirá en Emperador automáticamente?
La sonrisa de Abigahil se apagó. Sus ojos miel brillaron con una amenaza.
—Supongo que se puede arreglar fácilmente: se mata a todos los príncipes y a todas las Doncellas. ¡Ah, si tan solo hubiese una princesa aesiriana con la que se formalizara la coronación de un vaniriano como Emperador de los aesirianos! Oh, ¡espera! —El perfil de Abigahil se agudizó aun más, terrible y letal—. Sí la hay. Si hace falta, Vanir solo tendrá que desposar a la Princesa Carmesí.
—¡Ja, ja! —se rio Kardan sin poder evitarlo—. Allena se lo comerá de un bocado. O lo hará cenizas antes de que Vanir se le proponga.
Abigahil le jaló el pelo con fuerza, hasta casi romperle la nuca, y pegó más la navaja al cuello. Era esbelta y fuerte, tan alta como Kardan y mucho mejor contorneada que él. Era más que capaz de matarlo, con navaja envenenada o sin ella.
—Dámela y me iré en silencio. Tus soldados allá afuera no tienen por qué pagar las consecuencias de tu estupidez y egoísmo.
El Emperador pensó en el soldado que de repente había colapsado y en los que estaban tiesos como ramas resecas. «Son los que se dieron cuenta de que algo iba mal». Aunque no podían ver a los kredoa, seguro que los percibieron. Los vanirianos se encargaron de ellos antes de que dieran la señal de alerta.
—¿Ves la corona en alguna parte? —preguntó el monarca despacio, para ganar tiempo mientras pensaba en una solución.
Estudió la tienda: los baúles y gavetas estaban abiertos y desordenados. Había cuadernos, mapas y rollos de pergamino esparcidos por el suelo. Se preguntó si la mangodria había revisado antes o después de que Kardan entrara a la tienda. Fuera como fuese, el resultado era el mismo: no encontró lo que buscaba.
—No está aquí —continuó el Emperador.
—La espada —Abigahil apretó tan fuerte el pelo del príncipe que lo tenía hecho un nudo en el puño—. ¿Dónde está Gungnir?
El Emperador apretó los labios. No le gustó que la mangodria pronunciara el nombre de su espada, porque de alguna forma se apropiaba de algo que pertenecía solo a los Aesir y a él en particular. La única persona que podía quitarle a Draupnir y Gungnir de sus dedos helados y muertos era su hijo, el próximo Emperador. No se lo permitiría a nadie más.
—Tampoco está aquí. Y en todo caso... —miró al príncipe en busca de una señal. Kardan parpadeó: «Estoy bien. Hagamos esto»—... tampoco es tuya.
Los labios de Abigahil se torcieron. El Emperador supo que diría algo como «¡Entonces tu hijo no me sirve!», pero Kardan se le adelantó antes de que dijera nada. Las canicas de luz se materializaron en su cuello. Abigahil chilló enceguecida. Movió la navaja para cortar el cuello del príncipe, pero todo lo que raspó fue la coraza de un Fafnir. La herramienta le dio un puñetazo en el pecho y la derribó con un coletazo en las piernas. Se detuvo al lado de la mangodria con las zarpas extendidas para arrancarle los ojos. Abigahil reaccionó al fin.
Salieron de la tienda justo a tiempo, apenas para evitar que el fuego verde los pellizcara. La tienda apenas ardió. En un segundo se iluminó de verde y al instante siguiente se convirtió en cenizas. «Alerta», dijo la sincronización del príncipe Kardan. El muchacho soltó un suspiro de fastidio.
—Quemó mis cuatro Fafnir. Ni siquiera les dejó un fragmento de núcleo.
El Emperador lo miró con el ceño fruncido. Se suponía que las herramientas de su hijo eran las más resistentes al fuego.
—¿Eso qué significa?
—Que su fuego es más fuerte que el de Allena.
«O sea», pensó el monarca mientras agarraba al príncipe del hombro para apartarlo de las cenizas, «que estamos jodidos». Abigahil estaba en el centro de la tienda carbonizada, rodeada del polvo y la destrucción que desencadenó con un parpadeo. Se veía grandiosa y todopoderosa. Se veía como Sakti.
Al fin hasta los soldados más adormilados se espabilaron. Tomaron posición de defensa y ataque al ver a la intrusa; sin embargo, los kredoa que se infiltraron antes también entraron en acción. Tomados por sorpresa, la mitad de los soldados cayó derribada o partida por la mitad por los puñetazos de hierro dirigidos a la boca del estómago. La otra mitad percibió el ataque y defendió; pero aunque razonaron que luchaban contra hechiceros protegidos por la invisibilidad, todavía estaban confundidos y afectados por la luna carmesí. El Emperador apretó los dientes. «Eso también fue parte del plan: que se quedaran atrás solo los guerreros atontados por la luna, y no los excitados por combate». Colocó al príncipe detrás de él y tomó una decisión.
—Ve al campamento de Sin. Ahí estarás a salvo.
Abigahil avanzó a pasos lentos pero firmes hacia ellos. Sus pies levantaban nubes de cenizas.
—No, sabes que no funcionará —reprochó el príncipe—. Sin seguro también envió refuerzos al Yggrdrasill.
El príncipe rubio estaba apostado en un campamento al este, justo para tener una mejor visión de los grupos vanirianos que se acercaban al árbol de la vida. Aunque la batalla en el Yggrdrasill sucediese en el norte, seguro que Sin escuchaba también el chasquido de las ramas. Habría enviado sus refuerzos sin chistar. ¡Joder, hasta habría liderado la marcha! Después de todo, quería muchísimo a Harald. Era su primo favorito.
Abigahil al fin salió del círculo de cenizas. Esbozó su sonrisa torva y se lanzó hacia los Aesir. El príncipe reaccionó con dos canicas de luz en el cuello, que se materializarían en Fafnir. Pero antes de que los núcleos tomaran fuerza física, la mangodria los alcanzó envuelta en llamas... y chocó contra un escudo invisible delante del Emperador. La mujer cayó sentada entre las cenizas.
—¡NO! —aulló Kardan mientras agarraba a su padre del brazo—. ¡Detente! ¡No lo hagas!
Abigahil se levantó y se lanzó de nuevo contra ellos, pero otra vez chocó contra el escudo. Este golpe, sin embargo, le permitió ver lo que enfrentaba: energía pura. Golpeó una tercera vez, hasta que la energía se visualizara mejor. Era como cristal distorsionado, por donde corrían pequeñas venas de luz imperceptibles a primera vista.
El Emperador apretó los dientes y retrocedió para que Kardan retrocediera con él.
—Quédate detrás de mí —le dijo.
—¡NO! —El príncipe se aferró a él como si fuera un niño, no un hombre. El Emperador lo miró con la frente fruncida y sorprendida. Aunque Kardan le había llevado la contraria en los últimos días, nunca se permitió suplicar ni perder la dignidad en público. Al mirarlo, vio su expresión asustada—. Si haces esto vas... —La voz del príncipe se quebró—. No lo hagas. Papá, por favor no lo hagas.
Por eso tuvo que tener esa conversación con él hacía mucho tiempo. ¿Por qué la había pospuesto?
El nuevo golpe de Abigahil fue un puño de fuego verde. El impacto los lanzó de espaldas a ambos, aunque el escudo impidió que cayeran directamente al suelo. La mangodria sonrió. Aunque costaba ver la barrera mágica, con cada golpe, con cada nube de ceniza y polvo, con cada detonación, veía más y más la forma que tenía. Ya sabía que era una esfera. Si se enteraba de lo que era antes de que el Emperador terminara de cargar, los destrozaría a los dos.
—Kardan, no tenemos tiempo para esto. —Concentró toda su atención para recibir el nuevo golpe de la vaniriana—. Tu seguridad tiene prioridad sobre la mía ahora. Sabes que es lo mismo que harían Enlil y Sigfrid. Ya sabes lo que tienes que hacer.
El príncipe apretó los dientes, sin responder con un «sí» o un «no». Estaba enojado. Si Abigahil no mataba al Emperador, su padre de todas formas moriría por una sobrecarga.
Jamás tendría la oportunidad de despedirse de él.
Aun así obedecería. Aunque pasaba por una época de pequeña rebeldía, en el fondo seguía siendo un hijo obediente. Si su padre le ordenaba huir, cumpliría. Miró alrededor en busca de una ruta de escape. Todo lo que vio fue a los soldados que luchaban contra guerreros invisibles. Por las pisadas que se marcaban en el barro, podía asegurar que había vanirianos ordinarios y groliens. Como no escuchaba las carcajadas podía descartar a las arpías. Aun así ¿cómo evadiría los golpes de enemigos que no podía ver? Tendría que confiarse a los Fafnir y a la sincronización. Las herramientas leerían las energías alrededor y lo protegerían de la magia agresora.
Abigahil volvió a atacar. Su puño de fuego verde sonó como si el cielo se partiera en dos. Los soldados alrededor miraban a todas partes: a la mangodria, a los Aesir, a los demás oficiales y al espacio vacío en donde deberían estar sus enemigos, sin ser capaces de enfrentar a la líder vaniriana, socorrer al Emperador y su hijo, o tan siquiera mirar la condición de los guerreros contrarios, para saber si los golpes que acertaron en el aire surgían efecto.
La nueva detonación de Abigahil hizo rodar la esfera como si se tratara de una canica. Los Aesir lograron mantenerse erguidos dentro del escudo, incapaces de hacer nada más que recibir los golpes. «Aviso», saltó al fin la sincronización del Emperador. «Carga lista». El monarca sonrió. Oh, ¡qué sorpresa se llevaría la mangodria!
—¿Listo? —preguntó a su hijo.
—Listo —contestó el príncipe con un susurro. El muchacho apretó por última vez el brazo de su padre... y se apartó—. Adiós.
Abigahil se envolvió en fuego y embistió contra ellos, al tiempo que las canicas de luz del príncipe brillaban como una estrella. La mangodria tuvo que cerrar los ojos, incapaz de soportar el resplandor. Su ataque conectó contra el escudo de energía pero esta vez fue diferente: la esfera no giró en el suelo. Al contrario, se mantuvo firme y poderosa. Un rugido atravesó el campamento. Los Fafnir del príncipe corearon, aunque sus gruñidos eran más leves en comparación con los del nuevo monstruo.
Cuando al fin Abigahil recuperó la vista, vio que el príncipe corría hacia los caballos fuera del campamento. Los Fafnir iban junto a él, derribando a los vanirianos invisibles antes de que golpearan a Kardan. Apretó los dientes y se prometió que el príncipe no escaparía. Pero luego miró al Emperador, que estaba inmóvil a unos pasos de ella. Desafiante. Listo para recibirla.
—Debiste escaparte con él —siseó furiosa.
—Ven.
Obedeció. Tomó impulso para lanzarse otra vez contra él, pero entonces aquel rugido aterrador se escuchó de nuevo. Venía de alrededor del Emperador. El escudo de energía pura, aquel que a Abigahil le pareció un cristal distorsionado con venas de luz, se contorneó mejor. Abigahil parpadeó confundida cuando se vio reflejada por encima de la imagen del Emperador, como si la esfera tomase la forma de un espejo. Los soldados, las tiendas y hasta los vanirianos se reflejaron también en la esfera. Otra vez el rugido estremeció el campamento.
Un par de ojos de jaspe asomaron por encima del Emperador. A la esfera le salieron brazos cristalinos, que apoyó en el suelo. Una cola, también de cristal, surgió en la parte trasera y derribó con un bamboleo a los guerreros detrás del monarca aesiriano. Incrédulos, todos miraron cómo un Fafnir se levantaba por encima del Emperador. Era gigantesco, como las herramientas que el príncipe Sin comandaba. Pero su coraza no era de escamas blancas, sino de gruesas láminas de cristal que reflejaban el cielo nocturno, el resplandor de las llamas verdes y los rostros de los luchadores.
—No puedes destruirlo con fuego verde —sentenció el Emperador—. Su forma física en realidad no existe. —Se señaló a sí mismo—. Es energía pura, mi energía. Si quieres derribarlo, tendrás que matarme.
—Ah, eso se arregla fácilmente.
Abigahil corrió hacia él, pero el Fafnir se volvió a convertir en una esfera y protegió al Emperador. Una vez que apartó a la mangodria, la herramienta volvió a erguirse. Se afianzó en el barro con sus patas enormes y giró sobre los talones con la cola extendida. Los aesirianos alrededor fueron repelidos por la energía, para que no recibieran el golpe; pero los vanirianos, incluida Abigahil, recibieron el coletazo directamente. Una franja escarlata atravesó la armadura de la mangodria, a la altura del pecho. Apenas tuvo tiempo de girar en el suelo cuando el Fafnir cayó sobre ella y lanzó un puñetazo de cristal para aplastarla. Abigahil se irguió y corrió de nuevo hacia el Emperador, pero el Fafnir otra vez tomó la forma de una esfera y corrió detrás de ella. Acortó la distancia y la embistió. Abigahil cayó de cara sobre el barro. Sus instintos la hicieron rodar de nuevo, a tiempo para evitar otro puñetazo. Al mirar atrás, vio que el Fafnir se había erguido otra vez y buscaba aplastarla.
«Es como un Fafnir armadillo», pensó cuando la herramienta se compactó de nuevo en una esfera y rodaba hacia ella. Abigahil defendió con descargas de fuego, pero cada una caía sobre el escudo de cristal sin romperlo. El Emperador tenía razón: el fuego verde no podía destruir algo que era manifestación física de la magia, porque la magia en sí misma no tenía forma física. La única manera era alcanzar directamente al monarca.
La esfera cambió de dirección antes de que la embistiera de nuevo. Levantó una cortina de barro y se impulsó a toda velocidad al Emperador, para protegerlo de un flanco descuidado. El Emperador se encogió cuando escuchó la embestida de los groliens contra su Fafnir. De no ser porque la energía vaniriana alertó a la herramienta, él habría caído sin darse cuenta de que era blanco de más vanirianos.
—¡Todos —aulló Abigahil— a él!
El Emperador apretó los dientes. La alarma de la sincronización le avisó que toda la energía enemiga se concentraba en él. Se dejó rodear por el Fafnir, que había tomado de nuevo la forma de esfera. Sabía que estaba a salvo detrás de la herramienta. El problema era cuánto tiempo le quedaba. Su Fafnir era el mejor de todos en defensa pero requería mucha energía.
Y al Emperador le quedaba poca.
Los pulmones se encogieron de nuevo. Esta vez fue tan repentino y doloroso que el monarca se dejó caer de rodillas al suelo, encogido por la agonía. «Alerta, alerta», cantó la sincronización. «Sistema sobrecargado. ¿Desea reiniciar el sistema? Esta acción supondría la caída del escudo. Alerta, alerta. Sistema sobrecargado. ¿Desea reiniciar el sistema? Esta acción supondría...». Apretó los dientes mientras la sincronización le lanzaba el mismo mensaje una y otra vez. Kredoa y groliens caían sobre él con embestidas que no habrían podido ni hacer una marca en el escudo de cristal si él hubiese tenido toda su potencia. Pero ahora las láminas del Fafnir se hacían más débiles y delgadas. Su energía flaqueaba y, con ella, la herramienta.
Libres del ataque de los vanirianos, los soldados se reagruparon. Aunque el Fafnir de cristal estaba débil, todavía reflejaba la noche, las llamas, las tiendas... y a los enemigos invisibles. Al mirar la superficie del Fafnir, los aesirianos podían ver también a sus contrincantes. Se formaron alrededor de ellos y, espada en mano, comenzaron a cortar cabezas y atravesar pechos. Abigahil escuchó los chillidos de sus hombres. Su rostro se encendió de furia. Sus puños se encendieron de esmeraldas. Los vanirianos alrededor se apartaron y continuaron atacando el escudo de cristal, seguros de que su señora los protegería de los aesirianos.
El Emperador apretó los dientes. No podía respirar. No podía moverse. Apenas podía mantener el escudo. ¿Cómo podía intervenir entonces para proteger a los soldados? Porque debía hacerlo. Los oficiales tomaron votos de protegerlo y luchar en su nombre, pero cuando se coronó él también juró que protegería a su pueblo. Si dejaba que Abigahil los destruyera con el fuego verde rompería sus votos.
Abigahil disparó contra los soldados. Algunos cerraron los ojos y se cubrieron con los brazos. Otros enfrentaron la descarga con dignidad y furia, listos para seguir luchando aunque se convirtieran en cenizas. Por suerte para ellos, los Fafnir fosforescentes del príncipe Kardan se interpusieron. Aunque las herramientas se deshicieron entre vapores, los soldados sobrevivieron.
—¡A ELLOS! —rugió Kardan desde lo alto de un corcel de seis patas.
Los soldados respondieron con un grito de guerra. Las canicas de luz salían disparadas del cuello del príncipe a uno y otro lado para proteger a los soldados cada vez que un vaniriano los atacaba por los flancos descubiertos o cuando Abigahil lanzaba descargas. Él mismo avanzaba por entre las filas sin Fafnir que lo resguardaran, con la vista fija en el escudo de cristal para saber cuándo un vaniriano invisible lo atacaría. Hizo gala de su dominio de la espada al herir y matar a todos los enemigos que intentaban derribarlo del caballo. Pronto los vanirianos dejaron de atacar el escudo del Emperador para ir a socorrer a sus compañeros. Abigahil gruñó.
—Oh, qué cachorro tan impertinente tiene, Majestad —miró al Emperador, que todavía estaba de rodillas, con una mano en el pecho y la otra en el suelo para mantener el equilibrio—. Habrá que enseñarle una lección.
La mangodria concentró toda su atención en el príncipe. El Emperador comprendió su expresión porque era la misma que Sakti utilizaba cuando usaba la piroquinesis; prendería al príncipe a la distancia, sin darle la oportunidad de defenderse. Abigahil disparó al tiempo que el Fafnir de cristal se levantaba. La herramienta cayó sobre el príncipe con un retumbo y se convirtió en una esfera alrededor de él para protegerlo del fuego. Las llamas lamieron la coraza de cristal y se levantaron en el aire como una torre. Las personas alrededor, vanirianos y aesirianos por igual, estallaron en contacto con las llamas. Pero Kardan estaba a salvo.
—Oh —Abigahil sonrió al tiempo que se giraba hacia el Emperador—. Jaque mate.
Con una mano desenfundó la espada que llevaba a la cintura. Con la otra levantó al Emperador.
—¡NOOOO! —aulló el príncipe a la vez que la mangodria atravesaba el pecho del monarca.
El Emperador echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta en una «o». Abigahil dejó la espada clavada y retrocedió un paso con la intención de ver con todo detalle cómo el Aesir se desplomaba. Pero el Emperador se mantuvo en pie. Solo trastabilló cuando dio una buena bocanada, pero aun así se mantuvo erguido.
—Huh —murmuró. El Emperador enderezó la cabeza. Tomó la espada de Abigahil y se la arrancó sin ceremonias—. Gracias. Ya puedo respirar.
—P—pero ¿qué...?
Abigahil abrió los ojos como platos. Fue un golpe directo al corazón, ¡debió de haberlo matado! El Emperador le sonrió y le mostró la mano negrísima.
—Fallaste por mucho.
El Fafnir de cristal rugió de nuevo. Abigahil se giró a tiempo para recibir un coletazo directo. La mangodria se dobló en el aire. La lanzó hacia el borde del precipicio, justo al lado del río y de la cascada cercanos al campamento.
—¿La terminamos juntos? —preguntó el príncipe desde lo alto del corcel.
—La terminamos juntos.
El príncipe desmontó para caminar hombro con hombro junto a su padre. Las canicas de luz se materializaban en Fafnir a uno y otro lado, para terminar a los vanirianos que todavía quedaban con vida. Los soldados caminaban entre las herramientas, siguiendo con sus pasos metálicos a los Aesir. Para cuando al fin alcanzaron el río, ya no quedaban vanirianos. Ya no había más lamentos en el aire que los jadeos de Abigahil, que luchaba por ponerse en pie. El coletazo del Fafnir de cristal le había roto las costillas, un brazo y una pierna. Emperador y príncipe se detuvieron a unos pasos de ella, apoyados por aesirianos envueltos en armadura, herramientas acorazadas en escamas de luz, y todavía otro Fafnir gigante y poderoso sobre ellos.
—Jaque mate —dijo el Emperador con una sonrisa mientras daba otro paso hacia la mangodria.
«Alerta», saltó la sincronización. «Límite de zona con conexiones marmóreas». El Emperador retrocedió el paso, con los dientes apretados. A veces llegaba a esos límites o puntos muertos, donde las conexiones de los pueblos marmorizados ya no llegaban para cubrir zonas boscosas. Si se adentraba a esas zonas –que la sincronización percibía como manchas de absoluta incertidumbre– el núcleo fallaría y él moriría.
—Kardan, sé un tesoro y tráemela aquí —ordenó con voz dulce—. Arrástrala como la zorra que es.
—Será un placer, padre.
El príncipe avanzó sin contemplaciones. La alerta de la sincronización no saltó para él. Como el resto de príncipes, tenía vía libre para moverse por el mundo. Abigahil retrocedió entre saltos y muecas cada vez que apoyaba la pierna rota en el suelo. La sonrisa de Kardan decía «¿A dónde crees que vas? Estás acorralada. No tienes a donde huir». Sus únicas opciones de escape eran el río –que desembocaba en una cascada– o el precipicio. ¿Quién sabe? A lo mejor suicidarse era más honroso que dejarse atrapar viva. No que Kardan se lo fuese a permitir, por supuesto.
—Ven aquí —el príncipe estiró una mano y agarró el brazo roto de Abigahil para que no forcejeara más—. Es hora de pagar.
—Sí.
El rostro resignado de Abigahil puso en alerta al Emperador pero ya era demasiado tarde para reaccionar.
—Hora de pagar.
El suelo bajo la mangodria se deslizó al borde del precipicio. Una muralla de fuego se levantó detrás del príncipe. La tierra se aflojó a sus pies. El vacío se abrió bajo él. El príncipe se apartó de Abigahil tan rápido como pudo. Agitó los brazos en el aire en busca de un punto de apoyo. Todo lo que había era barro, barro y más barro, que se precipitaba en avalancha junto a él.
Una mano helada sostuvo la suya. Cuando levantó la mirada vio que su padre lo sostenía. El Emperador estaba por debajo del borde, sujeto a una saliente poco confiable. El estómago del príncipe se empequeñeció al ver todo lo que había caído: el borde del precipicio estaba muy por encima de su padre, como a diez metros de distancia. Una cascada de piedras cayó sobre ambos cuando un par de soldados se asomó para ayudar. La pared chorreaba barro. La cascada aledaña solo empeoraba las cosas, porque el agua se filtraba y aflojaba más la tierra.
El Emperador levantó el brazo con el que sostenía a su hijo, para ayudarlo a llegar a la saliente y que se sostuviera por su cuenta. Pero el movimiento solo aflojó la saliente y los hizo descender un metro más. Se detuvieron de milagro, porque el barro se había atascado. El príncipe miró por debajo de sí. La bruma de la cascada cubría las copas del bosque que se extendía hacia el este. Calculó que si se lanzaba podría sostenerse de una rama y quebrarse pocos huesos.
—Padre, ¡suéltame! —gritó.
—No. Nunca.
—¡Hazlo! —La saliente empezó a descender lentamente, despacio—. Si no me sueltas ¡los dos caeremos! Puedo sobrevivir si me tiro, ¡pero no si me arrastra un derrumbe! Por favor, ¡suéltame!
Se esforzó en sonar valiente pero fracasó. Temblaba de pies a cabeza porque no sabía qué tan lejos estaban las copas de los árboles, si lograría sostenerse de las ramas o si se partiría el cuello apenas las alcanzara. Y su padre lo podía sentir porque la mano de mármol lo sostenía sin flaquear. Si Kardan caía, caería con él.
Otra lluvia de piedras cayó sobre ellos. Al mirar arriba vieron a los soldados, pero también un rostro que no se esperaban encontrar.
Darius.
¿Qué hacía el profeta ahí?
Un soldado se asomó por el borde del precipicio. Llevaba una soga atada a la cintura, con la clara intensión de lanzarse para rescatar a los Aesir. Pero Darius estiró el brazo y lo detuvo antes de que bajara.
El Emperador apretó a su hijo. Con la otra mano apretó más fuerte la saliente a la que se aferraba. Conque así sería, ¿eh? Darius los aborrecía tanto que los dejaría morir. Se quedaría al borde del abismo para verlos caer. Apretó los dientes. La alarma de la sincronización le entumeció la mente. «Alerta, alerta. Ha sobrepasado el límite de zona con conexiones marmóreas. Alerta, alerta. Ha sobrepasado el límite de zona con conexiones marmóreas». Levantó de nuevo el brazo con el que sostenía al príncipe. Si tan solo pudiera lanzarlo a otra saliente quizá entonces los soldados podrían echarle una cuerda.
—¡Papá, suéltame! ¡Por favor! ¡No quiero que te caigas! ¡No quiere que te pase nada!
—Kardan, ¡CÁLLATE POR FAVOR! —suplicó mientras luchaba por levantarlo.
No tenía las palabras para explicarle que ese era su trabajo. Más que ser Emperador, más que ser comandante absoluto de las Fuerzas Armadas, era su padre. Y entre sus tareas se encontraba dar la vida por él. Así de simple.
Una nueva lluvia de piedras cayó sobre ambos. Al levantar la mirada vio a Darius a dos metros por encima de él. El profeta tenía una cuerda atada a la cintura. Con una mano se afianzaba a la pared de barro mientras que ofrecía la otra al Emperador. El mestizo movió los labios. Fue una orden clara y precisa en una situación tan escabrosa.
—¡NO! —rugió el príncipe al escuchar al profeta—. Papá, ¡no lo hagas! ¡No lo hagas! ¡Suéltame! ¡No lo---!
El Emperador meció el brazo de mármol negro. Tomó impulso una, dos, tres veces. La saliente se aflojó. Cedió bajo el peso. Pero antes de que cayera con el derrumbe, el monarca logró su cometido: pudo levantar a Kardan, darle impulso y soltarlo para que Darius lo agarrara. Una vez a salvo, el príncipe tuvo tiempo de mirar atrás. Su padre sonrió. Fue la expresión de alivio y amor más sincera que hubiese visto jamás.
—Gracias —susurraron sus labios para Darius, justo antes de que la saliente saltara por los aires.
Lo último que el príncipe vio de su padre ese día fue la figura arrastrada y cubierta por la avalancha de barro.

****
Se arrastró desesperada. «No. No. No». Iba cubierta de barro de pies a cabeza. Le costó tanto salir del alud que para cuando al fin alcanzó la superficie creyó que se moriría de agotamiento sobre el barro. Se sintió desfallecer, solo para que al instante siguiente el corazón le bombeara enloquecido. Abigahil se levantó a duras penas, temerosa. «Que no sea lo que creo que es», suplicó. «Que no lo sea». Agradeció el dolor de la pierna rota. El de las costillas y el del brazo.
Pero cuando empezó a apoyar mejor la pierna, cuando vio que sus cortes comenzaron a sanar con rapidez, se dejó caer al suelo. «No, no. Por favor, no». Entre más terrible el dolor, entre más grave la herida, más fuerte reaccionaría su cuerpo para contrarrestarlo. Y si tenía una reacción violenta sufriría el destino de toda mangodria.
Se transformaría.
Al fin llegó al borde del campamento. No había hogueras ni centinelas. Solo una pequeña fogata en el centro, justo delante del castillo flotante. La fortaleza estaba anclada en tierra. Se camuflaba de los ojos aesirianos gracias a su cubierta, pues las torres de la nave estaban cubiertas por árboles y jardines superiores. Ese era el campamento militar más secreto, pues de él sabía solo la élite vaniriana. Después de todo, ¿cómo podían darle a cualquiera la ubicación del rey Vanir?
Lemuria esperaba con las manos arrimadas al fuego. Se la veía somnolienta y agotada. Tenía moretones y aruños en la cara, brazos, manos y piernas. Su misión tampoco fue un paseo por el parque pero al menos estaba entera, sin rastros de pavor.
Cuando escuchó a Abigahil, Lemuria se levantó con una sonrisa de alivio. Pero cuando vio a su hermana la sonrisa se rompió como una figurita de cristal. Corrió hacia la peli-rosada, se la echó a la espalda y la llevó a la hoguera para calentarla.
—¿Tan mal se ve? —preguntó Abigahil al ver la cara pálida y los ojos llorosos de Lemuria.
Su hermana menor agitó la cabeza, sin decidirse a asentir o negar.
La cara de Abigahil estaba endurecida. La mitad de su rostro tenía una capa café escamosa, mientras que su ojo era una cuenca de oscuridad. Abigahil se miró las manos; las uñas se le habían convertido en garras. Aunque se arrastró para no forzar la recuperación de la pierna, vio que también estaba endurecida y sanada. Por debajo de la armadura debía de ser café oscura.
—Ha llegado el momento. —Aunque no estaba de ánimo, sonrió. ¿Qué más le quedaba que aceptarlo?—. Es el destino de toda mangodria.
—Abi...
Lemuria la abrazó con todas sus fuerzas, como si con eso pudiese deshacer los cambios que sufría el cuerpo de su hermana.
—Podría ser peor —susurró Abigahil—. Podría haber pasado lejos de ti, lejos de Vanir. Al menos aquí no me deterioraré.
—¡Pero podría haber sido distinto si...!
—¿Distinto si qué cosa? —la interrumpió un hombre.
Cuando miraron hacia la plataforma de entrada al castillo flotante, vieron a Vanir. El rey todavía vestía las ropas de soporte médico con las que se mezcló en el campamento de Connor. Sus ojos de fuego se posaron en ambas, primero con la pasión de un líder y después, al ver el estado de Abigahil, con la dulzura de un amante. Vanir se situó delante de Abigahil y le tomó el rostro entre las manos. Acarició con suavidad ambos lados, el que todavía era terso y bello, y el que ahora era duro y deforme.
—Lo lamento mucho, mi niña. Qué cruel que pase justo ahora, cuando estamos tan cerca de la victoria.
Abigahil se contrajo. Aunque sus heridas sanaban, el cuerpo estaba adolorido. La piel le ardía. Los huesos le escocían por dentro. Podía sentir que se abrían con pequeñas fisuras por donde brotaba el veneno de la abeja reina. No podía controlarlo. A diferencia de los aesirianos, que aprendían a controlar sus transformaciones, las mangodrias no tenían ningún dominio sobre sus cuerpos una vez que la transformación comenzaba. Sus destinos estaban escritos desde que entraban al servicio de Vanir.
—¿La Corona? —preguntó el rey.
Lemuria lo resintió. Aunque la mente de Abigahil se deterioraría en unas horas, no era justo que priorizara la misión por encima del consuelo de una Generala que claramente lo dio todo en su último combate.
—Lo siento. —Abigahil apretó las manos. Estaban crispadas, duras, escamosas—. No tenía ni a Draupnir ni a Gungnir. Creo que los dejó en Masca.
—Bueno... —Vanir soltó un suspiro—. Valió la pena el intento. Será la próxima vez. Pero antes... —El rey miró a Lemuria y la clavó en el suelo con sus ojos de fuego. Extendió una mano. Allí tenía un tubo de ensayo vacío—. Falta un estabilizador. ¿Podrías decirme dónde está?
Fue una suerte que hubiese palidecido antes, cuando vio a Abigahil, o de lo contrario Vanir habría notado con más detalle el blanco de su rostro. Lemuria no supo qué decir. No tenía cómo explicar la falta del estabilizador.
—¿Por qué me pregunta a mí, mi señor? —Intentó sonar inocente y confundida.
—Porque he visto lo que pasa con la gente que frecuenta demasiado a Connor. Cambian. Lo aman. Incluso mis soldados llegan a quererlo más que a mí. —Vanir se incorporó para mirarla frente a frente. Sus ojos destellaban peligro—. Solo mis mangodrias y yo sabemos qué hay en esta nave y para qué sirve mi sangre. Solo nosotros tres sabemos dónde están las dos versiones: mi sangre negra y mi sangre blanca. —Tiró el tubo de ensayo al suelo y lo pisó. Lemuria supo que así sonaría cuando Vanir pusiera la bota encima de su cabeza y la aplastara como a una cucaracha—. Hace falta una muestra de la sangre blanca. ¡Hace falta un antídoto del veneno! Yo no lo tomé. Eso significa que una de ustedes lo hizo. Y de mis mangodrias, tú eres la única que frecuentó a Connor. —Le agarró el brazo con suavidad, sin fuerza, pero Lemuria sintió el peso de su mano como si le estrujara el corazón. Vanir le levantó el mentón con la mano libre y continuó—: ¿Será posible? ¿Acaso mi amada Lemuria, mi querida mangodria, mi bruja del fuego azul, robó mi sangre para dársela al bueno y dulce de Connor? Porque sería en vano, ¿lo sabes? Le atravesé el corazón. No podía sobrevivir. Pero si aun así me robaste, entonces no tengo más remedio que...
—¡Fui yo! —exclamó Abigahil—. Oh, Vanir, ¡lo siento tanto! No pensé que fueras a molestarte, ¡no pensé que fuese un problema!
El rostro de Abigahil ya estaba completamente oscuro. Solo el ojo izquierdo era de miel. Las lágrimas le empapaban las mejillas deformes.
—Yo presentía que esto iba a pasar. Pensé que si me preparaba, que si tomaba el estabilizador, evitaría transformarme antes de tiempo. Yo... yo... —Abigahil bajó el rostro y se llevó las manos a la cara para llorar desconsolada—. Lo siento, ¡lo siento tanto!
Vanir parpadeó. La confesión de Abigahil lo tomó desprevenido. Por dentro Lemuria también estaba sorprendida, pero por fuera consiguió enmascarar su turbación. Al mirarla de nuevo, el rey aceptó a regañadientes que la explicación de Abigahil tenía lógica. Pero le molestaba. No era lo que esperaba. «Dios», pensó Lemuria con el corazón encogido del miedo. «Sospecha de mí. Aunque no sepa cuánto lo he traicionado, sospecha de mí». Pensó en Dereck. Vanir creía que el culpable del cambio de Lemuria era Connor, pero se equivocaba. El doctor ciertamente la había conmovido pero no la había tocado, admirado ni amado como Dereck. Él era el verdadero responsable de la brecha abierta entre la mangodria y el rey vaniriano.
—¿Qué hiciste con el estabilizador? —preguntó Vanir con voz neutra. Abigahil se restregó las lágrimas. Lemuria supo que fue para ganar tiempo mientras pensaba en una excusa.
—Se rompió en batalla. El Emperador tiene un Fafnir de cristal que no se deshace con el fuego, ni siquiera con el verde. La herramienta aplastó el estabilizador cuando intenté inyectármelo. —Hundió la cabeza—. Lancé al príncipe heredero por un precipicio, pero no sé si funcionó. Caí antes de asegurar su muerte o la del Emperador.
Vanir la miró fijamente por unos segundos pero no tenía nada que reprocharle. Hizo lo que pudo para conseguir la corona y la espada, y tenía derecho a tomar el estabilizador si sospechaba que la transformación estaba cerca. Le ofreció la mano y la levantó. Le dio un beso en la frente y le acarició los mechones ondulados de cabello rosado.
—Lo lamento, mi pequeña. No has causado ningún problema. Cumpliste con tu deber a cabalidad. Muchas gracias. —Miró a Lemuria—. Es hora de despedirse.
Las lágrimas saltaron de los ojos de Lemuria sin que pudiera evitarlo. Se lanzó a Abigahil y la abrazó una vez más con todas sus fuerzas, ya no para detener lo inevitable sino para darle las gracias. Hasta el último momento Abigahil la protegió. Hasta el último momento fueron fieles entre ellas.
—Te amo.
—Y yo te amo a ti.
Lemuria permaneció inmóvil al pie de la plataforma, mientras miraba a Vanir y Abigahil subir al castillo. El rey rodeaba los hombros de la peli—rosada con calidez y bondad, con la misma imagen que Lemuria ligaba a él desde que era pequeña. Los miró mientras la luz se los tragaba.
Más allá, la oscuridad esperaba a Abigahil.

****

Lo primero que recordaba de la Torre era su resplandor. Afuera, en medio de la tormenta de nieve, apenas se distinguía la torre que ascendía al cielo como una insolencia para demostrar que incluso los vanirianos podían llegar más alto que Dios. Pero una vez que las puertas se abrieron para recibirla, la pradera de nieve se iluminó. Lemuria quedó deslumbrada por las paredes iluminadas y el calor del interior.
—Por aquí, Alteza —le indicó una arpía mientras le extendía la mano para guiarla—. No tenga miedo. Todos la han esperado.
Cada vez que regresaba a ese recuerdo, Lemuria fallaba en precisar cuántos años tenía cuando llegó por primera vez a la Torre. Pero sí recordaba que era diminuta e impresionable. Groliens, arpías, ordinarios y kredoa por igual la recibieron en un mar de aplausos. Mirara a donde mirase, siempre veía a una persona con la vista fija en ella, una gran sonrisa en los labios y un aplauso enérgico. Un guardia de la escolta tuvo el descaro de subírsela a los hombros para que todos pudieran mirarla mejor. Vio la multitud en los parques y avenidas de la planta inferior. ¡Todos se habían reunido para recibirla! Al levantar la mirada se encontró con que los balcones de los pisos superiores también tenían personas, y que ellos también le aplaudían.
Ese recuerdo de luz, donde se mezclaban la felicidad de una bienvenida y el miedo ante un futuro incierto, de pronto se apagaba. Estaba ahora delante de una puerta semi-abierta, diez veces más alta que ella y de doble hoja. Para ese entonces ya conocía a Vanir; el rey esperaba a un lado, majestuoso y apuesto. Pero Vanir no la había impresionado demasiado o no podía competir contra la protagonista de ese recuerdo. Lemuria se despedía de una mujer de ojos de miel, que la abrazaba con fuerza.
—Sé fuerte, dulce niña. Protege a tus hermanas y ellas te protegerán a ti. Ama a tu pueblo y tu pueblo te amará también. Sirve a tu rey, y tu rey, ¡nuestro rey!, te servirá también.
La mujer se apartó de ella. Sus ojos de miel eran ahora pozos de alquitrán. Vanir pasó el brazo por encima de los hombros de la mangodria y la guio a la puerta, que se cerraba tras ellos con el peso de un sarcófago.
Lemuria ya no estaba en el pasillo sino en su habitación. El fuego ardía en la chimenea. La lámpara iluminaba su mesa de estudio. La cama tenía frazadas cálidas y suaves de piel de oso. Pero ella estaba encogida en el sillón de la esquina, con las piernas recogidas contra el pecho.
—No lo entiendo —susurró con la voz ahogada—. ¿Por qué hermana mayor tuvo que irse?
Abigahil estaba sentada delante de su escritorio de estudio, al otro lado de la habitación compartida. Aunque tenía abiertos los libros de Historia y desplegado el cuaderno para cumplir con los deberes escolares, no había escrito ni una sola línea.
Abigahil se acercó a ella con el sigilo de una mangodria. Era tres años mayor que Lemuria y llevaba ya seis bajo la tutela del rey. La arpía que escoltó a Lemuria desde su pueblecito lejano hasta la Torre, le confió en secreto que Abigahil le parecía mucho menos bonita que ella, con su cuerpo flaco, sus dientes grandes y sus cejas espesas. No sospechaba que en unos años Abigahil se convertiría en la mujer más despampanante que Lemuria habría visto jamás.
—Dos semanas antes de que los exploradores te encontraran, Milidia murió. No aguantó el acondicionamiento físico. Empezó a mutar. El rey Vanir quiso ayudarla, pero no pudo. Milidia era demasiado niña como para quedar preñada. —Lemuria la miró sin entender. Abigahil le echó una capucha sobre los hombros y la invitó a levantarse—. Cuando los exploradores hallaron una nueva mangodria, el rey sonrió aliviado. Me dijo que ya no tendría que crecer sola. Ven.
Otra vez estaba delante de la puerta—sarcófago. Estaba cerrada. Lemuria contuvo el aliento, segura de que Abigahil no podría entrar. A la peli-rosada le bastó con poner los dedos sobre la puerta para empujarla. No hizo ningún ruido. Aunque tenía miedo, Lemuria se coló de puntillas detrás de ella. Estaba oscuro. En la lejanía se escuchaban gemidos. Olía dulce y rancio al mismo tiempo. Abigahil la tomó de la mano y la guio por un laberinto de pasillos estrechos. Desde encima les llegaba corrientes de aire, a veces cálidas, a veces frías. Lemuria tenía miedo de mirar hacia arriba, porque estaba segura de que vería osos polares gigantes o dragones respirando por encima de ella. Escuchó una voz que cantaba una nana. Se escondió con Abigahil detrás de un estante que emitía zumbidos; era el lugar justo para esconder su respiración agitada. La peli-rosada se llevó un dedo a los labios para pedir silencio; de inmediato señaló al frente, donde había una lámpara.
Vanir estaba de espaldas a ellas, desnudo. Cantaba. Por debajo de él estaba la mujer que se había despedido de Lemuria. Gemía de placer con cada arremetida del rey. Su piel era oscura como el alabastro. Su cabello blanco contrastaba con toda ella. Sus garras aruñaban la espalda de Vanir, pero el rey la dejaba hacer. Su dulce voz no dejaba entrever ningún dolor, sino amor puro.
Lemuria miró a Abigahil, en busca de respuestas. ¿Qué pasaba? Abigahil miró más allá de los amantes y le señaló una figura atada a la pared. Era una mujer gigante. La parte superior de su cuerpo mantenía la forma de vaniriana, con sus pechos grandes y puntiagudos. Tenía los ojos cubiertos con una banda de metal. De la cintura para abajo tenía el cuerpo de un monstruo. Lemuria se cubrió a tiempo los labios, mientras observaba el caparazón abultado, las patas de insecto y el aguijón. Horrorizada, vio que junto a la primera mujer había otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra... Al levantar la mirada, vio que ella y Abigahil estaban escondidas por debajo de otra mujer gigante.
—Abejas reina —murmuró Abigahil.
Lemuria la apartó de un empujón y huyó. No entendía absolutamente nada. Tampoco quería entenderlo. Abigahil la alcanzó. La agarró del codo, la hizo girar y la abrazó. Dejó que llorara asustada contra ella, bajo la mirada vendada de las abejas cercanas.
—Quiero ir a casa... —sollozó Lemuria.
—Esta es tu casa ahora. —Abigahil le frotó los hombros—. Si regresas y te transformas, morirás. Aquí al menos tendrás un lugar para vivir el resto de tus días. —La separó con delicadeza y la miró a los ojos—. Este es tu hogar. Yo soy tu hermana. El rey Vanir es tu padre. Y algún día será el hombre de ambas. —Hizo una pausa y dejó que la canción de Vanir rebotara en los pasillos—. Tarde o temprano, tú y yo nos uniremos a nuestras hermanas aquí. Otras mangodrias niñas nos mirarán asustadas, aterradas por lo que les espera. Pero si se los explicamos ya no tendrán tanto miedo.
—¿Explicarles qué cosa?
—Que esto es inevitable. Pero que incluso al final, cuando perdamos nuestra mente y maduremos como abejas, jamás seremos olvidadas. Protege a tus hermanas, ama a tu pueblo, sirve a tu rey. Porque tus hermanas te protegerán, tu pueblo te amará y algún día, cuando seas mayor, Vanir te servirá. Vendrá a visitarte. A visitarnos. Vendrá a cantarnos una canción de cuna todas las noches de nuestras vidas.

****

Delante de la plataforma del castillo flotante, Lemuria recordó el miedo y la impotencia que sintió cuando era la niña delante de la puerta—sarcófago. Supo que Abigahil iría a dormir ahora por el resto de sus días. Y supo también que pudo haber sido distinto. Las mangodrias rara vez se transformaban sin razón aparente. Se convertían en abejas maduras solo cuando tenían heridas tan graves que la regeneración era insuficiente para salvarlas. «Si no hubiese peleado, si no hubiese perdido, no se habría transformado».
Decidió que ella no se transformaría. No compartiría el destino de todas las hermanas que dormitaban en el castillo flotante. «No. Yo tendré mi futuro con Dereck». Para eso tenía que liquidar los obstáculos que se interponían entre ella y su sueño.
Si Abigahil falló en matar a los obstáculos del lado aesiriano, Lemuria se encargaría de ellos.
Después, si tenía suerte, decidiría qué hacer con el obstáculo del lado vaniriano.
Dejaría a Vanir para después.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 27

27
LLAMAS SIN ALMA


Sakti caminó alrededor del tronco, exasperada. La luna estaba insoportable. Los tres campamentos amparados bajo las ramas del Yggrdrasill bullían de actividad. Los aesirianos no desbordaban la suficiente magia como para crear incendios o hacer temblar la tierra; sin embargo, se encogían en el suelo y se agitaban de un lado a otro mientras se tapaban las orejas.
Sakti escuchó rugidos del lado aesiriano. Supo que había hambrientos voraces que perdieron el control sobre la transformación. «Si es cierto lo que cuentan los pacientes vanirianos, hay príncipes de las Arenas. Y si hay príncipes de las Arenas, tienen escuadrones de voraces y ampollas para revertir los cambios si se salen de control». Estaba tentada en ir donde sus tíos a suplicar por una dosis que la calmara. Se había refugiado al lado del tronco porque allí no había nadie. Si se transformaba, no le arrancaría la cara a Darius de un mordisco. Aunque tampoco podía darse el lujo de transformarse solo porque no había nadie cerca. Si se convertía en un Dragón justo debajo del soporte del Yggrdrasill, derribaría el árbol mágico y aplastaría los campamentos. No quería ni imaginar la regañina de Connor.
Los rugidos del lado aesiriano se intensificaron. Sakti quiso rugir también. Las marcas de la Profecía estaban hinchadas. En algunas partes la piel ya estaba cubierta con escamas de madreperla. Hasta la pierna lastimada dolía menos, porque la adrenalina de la transformación le daba energías. «No». Sakti apretó los dientes. Concentró todas sus fuerzas en componer el rostro, que se había empezado a transformar en hocico. «No lo hagas, Sakti Allena. Vas a proteger a Connor y lo que ha construido. No lo destruirás solo porque lo diga la luna de sangre».
Se preguntó por qué la luna estaba teñida en todo su esplendor. ¿Por qué no empezaba a menguar? ¿O es que sí estaba menguada, pero la distorsión de la magia hacía que los aesirianos la miraran cubierta por un velo de sangre?
Escuchó retumbos. Tardó un rato en comprender que eran reales y no una ilusión provocada por la luna. Los estallidos se repitieron. Sakti se puso en alerta. Venían del lado aesiriano. Eran continuos y poderosos, como una ráfaga de... ¡Fuego! Sakti corrió hacia el límite entre los campamentos neutral y aesiriano. Si los soldados perdían el control, derribarían las ramas del Yggrdrasill o quemarían el árbol. Pondrían en riesgo lo que Connor construyó.
No fue la única en llegar al límite. Aprendices de ambas razas estaban ahí, clavados como el poste de la cinta roja. Como era de baja estatura, Sakti tuvo que meter codazos y pisotear para llegar a la primera fila. Todos tenían la vista fija en los estallidos. Vio las flamas: eran azules. Una mangodria atacaba el campamento aesiriano.
—¿No harán nada? —preguntó a un hombre vestido de cazador. Era un desertor encargado de la seguridad del campamento neutral—. Si las llamas tocan las ramas, el Yggrdrasill se incendiará. Caerá sobre nosotros.
El luchador se mordió los labios, indeciso.
—Prometimos neutralidad. Si intervenimos tomaremos partido. A Connor no le habría gustado que estuviéramos en medio de la guerra.
Sakti apretó también los labios. ¿Es que no se daban cuenta de que ya estaban en medio de ella? Al atacar el campamento aesiriano, los vanirianos dieron vía libre a que los aesirianos contraatacaran. El campamento neutral estaba en medio de los dos frentes de guerra, sin posibilidades de escapar si la batalla se desataba.
La primera vez que estuvo en ese límite vio a muchísimos soldados preparándose para la guerra. Ahora los veía luchar contra arpías y groliens, envueltos en llamas de hielo. «No debería importarme que ataquen el lado aesiriano», se dijo. Ambos bandos corrieron ese riesgo al montar sus campamentos junto al árbol. Ella también tomaría la neutralidad. Si intervenía comprometería el campamento neutral y sería expulsada. No la recibirían en el lado vaniriano y en el lado aesiriano sería una prisionera rumbo al sacrificio.
Escuchó otra vez los retumbos pero no venían de las flamas. No estaban sincronizados con los estallidos y tampoco venían solo del lado aesiriano. Lo que fuera que provocara los retumbos, rodeaba todo el Yggrdrasill. Un grolien se agitó junto a ella.
—Oh, Dios —musitó con los ojos dilatados—. Son los hijos de Vanir.
Todos lo miraron preocupados.
—No los harán pasar —dijo una arpía, aunque sonó poco convencida—. Son muy altos. Rozarían las ramas y las romper---
Las ramas crujieron con un lamento. Al levantar la mirada, vieron que las gruesas ramas se bamboleaban como fideos. A la distancia vieron caer el extremo de una rama, que marcaba el fin del diámetro de la copa del Yggrdrasill. La tierra se estremeció con un estruendo, mientras que el aire se llenaba de gigantescas astillas que volaron por doquier, destrozando tiendas y empalando a aesirianos y vanirianos por igual. En el límite de la copa, en medio del polvazal con astillas y lamentos, se enmarcó la figura de un hijo de Vanir. Los retumbos de sus pisadas parecían el latido lento de un corazón.
Sakti tomó impulso para cruzar el poste con la cinta, pero en lugar de eso retrocedió. «No intervendré. Ya no soy una princesa aesiriana».
Alguien la tomó del codo y la jaló consigo. Sakti abrió la boca para chillar por el brazo lastimado pero Drake se la tapó para que no llamara la atención. La apartó de la multitud y la llevó al lado de una tienda bodega. Nadie les prestó atención. Aprendices y guerreros neutrales iban de un lado a otro, ya fuera al límite con el lado aesiriano para confirmar lo que sucedía, o ya fuera hacia el corazón del campamento neutral, en busca de equipo médico para atender a los heridos.
—Necesitamos sacar a Connor —dijo Drake.
Sakti asintió. Quizá los vanirianos respetarían el campamento neutral tal y como los aesirianos lo hicieron hasta el momento. Pero si los hijos de Vanir cruzaban la periferia del Yggrdrasill, lo derribarían. Lo aplastarían todo.
—¿Qué necesitas que haga? —preguntó al sicario.
—Que enfrentes al líder del ataque.
Sakti parpadeó, sin creer lo que escuchó.
—Si intervengo me...
—Te expulsarán del campamento neutral. Lo sé. Pero no podemos mover a Connor. No... Yo... —Drake bajó los hombros, derrotado—. Lo siento. No se me ocurre nada más.
Sakti se tomó un par de segundos para aceptar lo que le pedían. Si intervenía en el combate, no solo se la expulsaría del campamento de Connor, sino que también se pondría bajo la luz. Tanto los Aesir como los vanirianos la atraparían. Tendría que escapar, esta vez sola. Mientras el doctor estuviera herido, Darius y Drake se quedarían con él. Pero en realidad no tenía alternativa, ¿verdad? Porque Connor la necesitaba. La princesa asintió.
—Sé que no estás en tu mejor momento —agregó Drake mientras sacaba una daga envuelta en un paño húmedo con veneno—. Si te acercas a la mangodria, golpéala con esto. Acabarás más aprisa.
Extendió el arma pero Sakti la rechazó. Sin una palabra más, la princesa se apartó de Drake y retomó la vía hacia el poste de la cinta. Ya los primeros grupos de heridos cruzaban el límite, junto con las acusaciones. Los aesirianos heridos echaban en cara a los vanirianos el ataque; mientras que los vanirianos decían que los aesirianos violaron primero la tregua en la primera noche carmesí. En medio del caos, solo algo quedaba claro: ninguno de los dos bandos estuvo en paz bajo el Yggrdrasill. Desde el fallo de la tregua, desde la muerte de Connor, la confianza se había roto. «El único que puede enmendarlo es Connor».
Sakti cruzó el límite.
Sus pies desnudos caminaron por encima de ceniza todavía ardiente. Sus pasos cortos y renqueantes se hicieron más largos y firmes. Sus piernas se hicieron más largas y duras. Levantó nubes grises, negras y cálidas, que se le pegaron a la piel también incandescente. Las marcas de los brazos, piernas y cara pasaban del negro al rojo encendido. Esta vez el Connor de su mente se abstuvo de regañarla; apenas soltó un suspiro cuando las marcas explotaron con las escamas. Sakti apretó los dientes, que estaban filosos como navajas. «Hasta aquí», se dijo. Todavía le faltaba sacar las alas, la cola y convertir su rostro en un hocico. Pero si seguía con los cambios derribaría las ramas, igual que los hijos de Vanir. «En todo caso», se dijo mientras rugía, «esto debe bastar para llamar la atención».
Un estallido azul le marcó su próxima parada.

****

Dereck Sunkel avanzó por el campamento con los ojos atentos. No sabía a qué esperaba pero sí que era inevitable. Lemuria corrió el riesgo de advertirle. Lo menos que podía hacer era prepararse para no morir.
—Estás tenso —comentó Harald.
El príncipe iba delante de él con paso lento, también inmerso en sus pensamientos. Dereck miró la espalda esbelta de Harald, sin terminar de decidir si era una suerte estar bajo su cargo. Supo que lo cambiaron de príncipe por la misma razón que lo mantenían alejado de Huggin: no confiaban en él. Y con justa razón, claro. «Ahora que el príncipe Kardan ha liberado a Finn y Kylma, no sé lo que planeará para atrapar a la princesa». Los aprendices de Connor fueron sus aliados secretos para proteger a Sakti de la cacería. Pudo comprarle tiempo gracias a ellos.
Kardan los liberó después de sobrevivir a la falla de la tregua. El príncipe Sin se burló por el «arrebato» de generosidad del heredero, seguro de que se arrepentiría una vez que se sobrepusiera al susto del ataque. Dereck, en cambio, creyó ver auténtico arrepentimiento en Kardan por haber atrapado a los curanderos. Creyó que algo –o mejor dicho, alguien– comenzó a cambiar al príncipe de Masca. «Connor ha influido en él. Quizá entonces reconsidere la cacería de Dragones». Lamentablemente, el Emperador lo re-asignó a Harald antes de que el Guardián pudiese confirmar sus sospechas.
Como ahora tanto el Emperador como el príncipe heredero estaban en un campamento exterior al Yggrdrasill, Dereck estaba ciego y sordo sobre los nuevos planes para atrapar a los príncipes Dragón. El único lado bueno era que si los Aesir se daban cuenta de la extensión de su intervención en favor de Sakti, tendría tiempo para refugiarse en el campamento neutral. «O en el bando vaniriano». Estaba seguro de que Lemuria le daría una armadura y le permitiría esconderse entre su gente. Aunque tampoco quería ponerla en más peligro con semejante idea.
—¿No está usted tenso también, Alteza? —preguntó para desviar la atención—. Esa maldita luna me va a taladrar los oídos.
—Tomaste el jarabe.
—Igual duele, Alteza.
Los oídos le vibraban, pero al menos podía tenerse en pie. El jarabe tranquilizante se había agotado casi por completo en las noches de luna llena. Solo unos cuantos afortunados pudieron tomar las dosis restantes. La gran mayoría de aesirianos estaban recogidos en el suelo, hechos un puño de dolor.
—Deberíamos sacar a los voraces de aquí —sugirió Dereck cuando escucharon el rugido de un soldado del desierto—. Si se transforman podrían derribar una o varias ramas.
—Si saco a los soldados más fuertes, seremos blancos fáciles para los vanirianos —gruñó Harald, molesto—. Los muy malditos ya rompieron una tregua. No les daré ni una sola oportunidad para que vuelvan a hacer de las suyas. Mientras esté con vida, protegeré lo que queda del campamento de Connor.
Dereck apretó los labios. Las palabras de Lemuria resonaron en su mente:

«El rey quería echar la culpa a los aesirianos, como estoy segura de que tu Emperador planeó también echarnos la culpa a nosotros. Ambas partes fallaron a la tregua».

Era solo lógico que Harald fuese el primer príncipe en congeniar con Connor. Para ser un Aesir, era demasiado ingenuo. Ni siquiera podía ver que su mismo tío también tenía mano en la caída del joven doctor. Estaba seguro de que su tarea como encargado del extremo aesiriano era cuidar el campamento neutral de la intervención vaniriana; cuando en realidad el Emperador lo dejó atrás porque sabía que estallaría.
Harald resentía demasiado a los vanirianos como para dejarlos en paz. Aunque por lo general era sumiso y comedido, enceguecido por la furia era capaz de atrocidades al nivel de Sigfrid Montag. Si los vanirianos le daban una mínima señal de que serían una amenaza para el campamento neutral, Harald atacaría. Y sus soldados no se lo recriminarían porque lo consideraban gentil y bien intencionado. Creerían a pies juntillas que Harald habría actuado motivado por su sentido de justicia, y no por la venganza. Así, los Aesir podrían acabar con los vanirianos apostados junto al terreno neutral sin perder mérito delante de las tropas.
Qué sencillo que era de prever. Qué fácil era utilizarlo.
Dereck decidió entonces que estar bajo el mando de Harald era una bendición. El príncipe era demasiado estúpido. Podría engañarlo. Manipularlo. Usarlo para su propio beneficio, que era también el de Sakti. Aunque mantuvo su rostro serio y profesional, una sonrisa afloró en su corazón. Si de niño alguien le hubiese dicho que se convertiría en un hombre capaz de engañar a un Aesir, lo habría llamado mentiroso y loco. ¿Quién, en su sano juicio, conspiraría para utilizar a un príncipe? Se respondió a sí mismo: un hombre desesperado en busca de un futuro mejor para él, su princesa, Lemuria y la gente de ambos. «Eh. Parece que Connor también ha influido en mí». Ese mocoso era un verdadero prodigio.
Los retumbos los detuvieron. Príncipe y Guardián miraron hacia el extremo norte del Yggrdrasill, donde estaba la salida del lado aesiriano rumbo a terreno de combate. Por un momento creyeron que el campamento exterior, situado a una hora de distancia, estaba bajo ataque. Pensaron que los retumbos eran el eco del ataque vaniriano sobre el campamento de Su Majestad. Pero la verdad fue mucho peor.
Había fuego en el extremo aesiriano bajo el Yggrdrasill.
Fuego azul.
Dereck se petrificó. Harald sonrió. El príncipe lanzó un grito de júbilo; tomó la enorme hacha que cargaba a la espalda y la apretó. Los destellos aparecieron. Antes de que el Guardián pudiera reaccionar, Harald echó a correr hacia las llamas.

****

Tenía un nudo en el estómago. Los retumbos se hicieron más y más fuertes.
—Papá, ¿qué es eso? —balbuceó Connor.
—No es nada —mintió mientras sostenía a su hijo para que no se levantara—. Tienes una pesadilla. Cierra los ojos. Vuélvete a dormir.
Sostuvo a Connor tan fuerte que tuvo miedo de lastimarlo, ¿pero qué más podía hacer? Tenía la sensación de que si lo soltaba lo perdería de nuevo. Estuvo hecho un desastre durante tres noches seguidas porque creyó que su hijito se había muerto. Si ahora lo veía morirse de verdad por agotamiento o por una estúpida guerra, Darius se moriría con él.
Drake atravesó la cortina de la tienda. Venía sudoroso y pálido.
—Ya está —murmuró—. Allena se hará cargo.
Darius asintió aunque también apretó los dientes. Su hijo había sobrevivido una daga al corazón solo para estar en un nuevo peligro. Debía de ser una maldita broma. Debía haber algo que pudiera hacer, además de quedarse con él. No podía dejar que Sakti se encargara siempre de la parte difícil. Se forzó a pensar en una solución.
—¿Hay algún General en el extremo aesiriano? —susurró. No quería despertar de nuevo a Connor. Drake respondió con otro susurro:
—No. Escuché que el General Montag está en Tyr para resguardar la ciudad. Y el General Tonare estará en la retaguardia, en el límite de la zona neutra, aunque cada vez está más cerca de aquí. O eso dicen.
Ignoraba que Sigfrid bajó al sur para darle el pésame a Enlil. También desconocía la verdadera misión del General Tonare. Pero fuera como fuese, el resultado era el mismo: no había ningún General cerca que se hiciera cargo del ataque vaniriano. Darius escuchó el retumbo del Yggrdrasill. Las ramas se quejaban por encima de los campamentos.
«Debe de haber alguien más cerca», pensó desesperado. «Alguien que pueda intervenir». No podía contar con los vanirianos porque eran los responsables del problema. Fueron los que apuñalaron a Connor; claramente no tendrían intenciones de protegerlo si el Yggrdrasill se desplomaba sobre él. Eso solo le dejaba a los aesirianos. Había suficientes guerreros en el extremo norte; si los rumores eran ciertos además del príncipe Harald había príncipes de las Arenas y voraces. «Y con Allena debería de ser suficiente». Pero aun así no podía quitarse la sensación de que haría falta más. ¿Pero qué otra persona podría intervenir? ¿Quién más podría interesarse en defender el campamento neutral y así evitar que Connor corriera un nuevo peligro?
Resopló fastidiado porque sabía la respuesta.
—Quédate con Connor. Si hace falta, sácalo de aquí. Sabrás cómo.
Era lo mejor. Entre él y Drake, el sicario era más ágil de pensamiento. Respondía bajo presión mucho mejor que Darius; y, por lo tanto, tomaría la decisión adecuada para proteger a Connor.
—¿Adónde vas? —preguntó Drake. Darius rechinó los dientes.
—Al campamento aesiriano exterior.
Qué mal le sabía pedir la ayuda del Emperador.

****

La caída de la primera rama lo estremeció hasta la médula. No se esperó que los hijos de Vanir intentasen entrar al terreno a pesar del Yggrdrasill. «Lemuria debe de saber que así van a derribar el árbol. ¡Ella no lo haría!». Si las ramas caían no solo aplastarían el extremo aesiriano. También colapsarían sobre los campamentos neutral y vaniriano. ¿Entonces por qué...?
Recordó la última mirada que la mangodria le dedicó en la tienda. Le avisó para que se pusiera a salvo. Era la primera vez que Lemuria rompía el acuerdo silencioso de no revelar secretos militares. ¿Por qué lo hizo? «Porque no está de acuerdo con esto», se respondió. «Tal y como no estuvo de acuerdo con que se rompiera la tregua».
Los hijos de Vanir se detuvieron al borde del Yggrdrasill, sin derribar más ramas de momento. Dereck frunció la frente mientras corría en pos de Harald, hacia las llamas. Si la intención de Lemuria fuese derribar el árbol, los hijos de Vanir seguirían adelante. ¿A qué esperaban? ¿O es que acaso su propósito era otro?
Recordó otra vez la mirada de la mangodria. Le avisó en silencio. ¿Acaso le transmitió otro mensaje que él todavía no había entendido?
Una ráfaga ardiente se acercó a toda velocidad hacia él. Dereck rodó por el suelo para evadir las flamas, pero las tiendas y soldados detrás de él no tuvieron tanta suerte. Escuchó el crepitar de las tiendas y los gritos de sus compañeros. Al mirar atrás vio las siluetas de los oficiales, que se debatían entre las llamas en busca de una salida. Aunque el fuego azul era tan ardiente como uno normal, las quemaduras eran más leves y casi insignificantes. Pero uno a uno los oficiales fueron cayendo. Lo último que se debatía de ellos eran luces fosforescentes, que al final se extinguían ahogadas en las llamas. Dereck contuvo la respiración. Esas luces eran las almas de los soldados. Lemuria no solo los mató, sino que también extinguió por completo el único rastro que podía sobrevivir de ellos.
Dereck no fue el único que notó el resultado del fuego azul. Los soldados sobrevivientes gimieron cuando una nueva ráfaga ardiente se acercó.
—¡Detrás de mí! —rugió un hombre envuelto en armadura negra—. ¡Ahora!
Las llamas impactaron contra él pero no lo quemaron. Siguieron el movimiento de las manos de Remiak y bailaron en el aire en hilos cada vez más delgados, hasta refugiarse en una botellita de cristal azul en manos de un soldado alado. Dereck suspiró aliviado. Detrás de él escuchó las palabrotas de Raziel, Alain y Uruk, quienes luchaban por detener las llamas de la primera detonación y aprisionarlas en botellas de cristal.
—¡Maldita sea! —rugió Raziel—. ¿Dónde está el pelirrojo? ¡Nosotros nos especializamos en arena, no en fuego azul!
Harald le respondió con un grito de guerra. Todos miraron hacia el centro de la tormenta de fuego. El príncipe había alcanzado a la mangodria. Dereck sintió el corazón en la garganta al ver batallar al gigante pelirrojo contra Lemuria. Harald batía su hacha de centellas sin preocuparse de las llamas, que ni siquiera lo lamían. Sakti era la mejor hechicera de fuego entre los Aesir, pero Harald la seguía muy de cerca. Ni siquiera necesitaba mirar las llamas para controlarlas.
Lemuria se las ingeniaba para evadir los ataques cercanos de Harald. Cuando el príncipe la tenía frente a frente, le lanzaba el hacha al cuello o los brazos. Lemuria era más fuerte de lo que parecía y se las apañaba para repeler al pelirrojo con una patada y ponerse a salvo. Pero aunque se apartaba de Harald todavía estaba en el rango de ataque del príncipe, quien entonces le lanzaba los relámpagos del hacha mágica.
Una vez que los príncipes de las Arenas resguardaron el fuego maldito, Remiak dio la señal para apoyar a Harald. Dereck se mordió los labios, pero avanzó con los príncipes. Era su trabajo. Debía protegerlos aunque la amenaza fuera la mujer de ojos miel que le suplicó, con una mirada, que no muriera en el siguiente ataque.
Harald acortó de nuevo la distancia entre él y Lemuria. Esta vez no se conformó con el corte del hacha, sino que también cargó sus relámpagos. Volaría la cara de la mangodria a quemarropa. Dereck ahogó un grito. Uruk corría a su lado, así que estiró la mano, agarró una de las dagas del príncipe y la apuntó a Harald. Antes de que disparara, Lemuria corrió hacia el príncipe pelirrojo; lo agarró fuerte de la muñeca y lo forzó a lanzar la descarga por encima de ambos.
El Yggrdrasill gimió.
El estallido reventó una rama, que empezó a caer en un leve descenso sobre el campo de batalla. Vanirianos y aesirianos por igual miraron la muerte que caería sobre ellos.
La rama se detuvo a unos metros de aplastarlos, pues se quedó enredada entre las otras ramas. El árbol rechinó de nuevo. La copa se ladeó al norte. A la distancia escucharon el gemido del tronco, que luchaba por mantenerse firme y no irse de lado por el cambio de peso.
El corazón de Dereck palpitó a toda máquina.
—¡Hay que sacar la batalla de aquí! —gritó a Remiak, que estaba justo por delante de él—. Si Lemuria no quema el Yggrdrasill, ¡el príncipe Harald lo incendiará con sus relámpagos!
No terminó de decir esto cuando el hacha de Harald retomó sus chispeos. Dereck quiso agarrarlo a pescozones. «¡Será idiota! ¿Cómo se le ocurre intentarlo de nuevo?». La rama gigante pendía sobre ellos en un equilibrio precario, como un trapecista borracho en una cuerda floja. Lemuria era más lista y había empezado a retroceder; sabía que si forzaba a Harald a direccionar el ataque, esa o cualquier otra rama les caería encima. Pero a como estaban las cosas, no tendría tiempo de evitar los relámpagos de Harald.
El príncipe disparó. Lemuria retrocedió con zigzagueos para burlar el relámpago, pero este la siguió en el aire como un sabueso fiel. Imitó cada quiebre, cada cambio de dirección, cada paso, cada salto, hasta acortar más y más la distancia que lo separaba de la mangodria. Al fin el haz la alcanzó. Lemuria apretó los ojos. Dereck no pudo hacerlo y miró fijamente, atrapado por lo inevitable. El relámpago detonó con humo, fuego y más chispazos.
Lemuria no ardió ni se rompió en trozos carbonizados de carne. En su lugar, una figura blanca y gris convulsionó delante de ella, presa de los destellos.
Harald dejó caer el hacha. Las centellas se detuvieron y Sakti cayó de rodillas al suelo. Todavía algunas chispas brotaban de ella. El silencio envolvió el campamento durante los segundos que le tomó a Sakti recuperarse y ponerse en pie. Los soldados la miraron con el ceño fruncido y la boca abierta; la mayoría no sabía que se trataba de la princesa Dragón, porque en la forma de Sakti parecía un modelo nuevo de herramienta Fafnir. Tenía las patas y la garra transmutadas, además del rostro endurecido y surcado por los labios, que se extendían por las mejillas para dejar al descubierto los colmillos. Sus ojos grises brillaban como la plata.
—No ataques más, Harald —dijo la princesa con claridad. Su voz enderezó la espalda de los aesirianos, incluso de aquellos que todavía estaban encogidos en el suelo por la luna carmesí.
—¿Qué? —Harald tomó otra vez el hacha y la apretó. Los destellos volvieron a surgir y enmarcaron su rostro con luces y sombras macabras—. ¿Intervendrás de nuevo entre mi presa y yo?
—Te lo dije antes: tú y esa hacha van a derribar el Yggrdrasill. Agradece que evite que cometas una estupidez.
Miró la rama que pendía sobre ellos, a punto de caerse, y torció el gesto. Esa breve expresión fue clara: «Oh, Harald. ¡Qué torpe eres!».
—¡NO! —rugió el príncipe mientras las centellas se acentuaban—. ¡Ya no te interpondrás más! ¡Yo ya no te temo!
Sakti giró los ojos. Antes de que el príncipe disparara, una esfera de fuego se materializó delante de la princesa y salió disparada hacia Harald. Le dio de lleno en el pecho y lo lanzó con todas sus fuerzas a treinta metros de distancia. La esfera se desvaneció con la misma rapidez con la que apareció, sin apenas incendiar nada. Sakti escuchó el chasquido de la armadura de su primo, que se rompió por el impacto, y dio un asentimiento de aprobación. Aunque Harald era lo bastante bueno como para evadir las llamas azules sin siquiera proponérselo, todavía era el Aesir número dos en el uso del fuego. Sakti seguía en la cima.
La princesa se giró hacia la mangodria. Ladeó la cabeza y hasta el rostro se le suavizó por la sorpresa. Sus labios regresaron a la normalidad mientras sus cejas se unían en un solo punto.
—¿Tú? ¿Aún sigues con vida?
Cuando vio las llamas azules creyó que conocería a una nueva mangodria. No esperaba re-encontrarse con Lemuria. La vaniriana apretó los labios. También estaba cejijunta.
—Tuve suerte antes, tal y como tuve suerte ahora. —Miró a Sakti con cautela—. ¿Por qué me protegiste?
—En los últimos años he aprendido que una negociación es más efectiva que un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Así que quiero negociar contigo.
Las cejas de Lemuria siguieron unidas. La última vez que la vio, Sakti le tendió una trampa que estuvo a punto de matarla. Ni siquiera con la regeneración de mangodria pudo recuperarse al cien por ciento de las quemaduras provocadas en el castillo flotante sobre la Academia de las Arenas. Sakti era capaz de tenderle una nueva trampa, pero tampoco perdía nada si escuchaba a la Princesa Carmesí. «Además», se dijo, «mi misión es distraer. Comprar tiempo. Ser un señuelo. Esto funciona».
—Habla.
—Retira tus tropas del campamento aesiriano bajo el Yggrdrasill. Los soldados aesirianos saldrán también de aquí. Lleven la batalla lejos, donde el árbol no corra peligro de caer y aplastar el campamento vaniriano y el neutral.
—¿Y luego qué? —preguntó Lemuria con una sonrisa desdeñosa—. ¿Nos agarramos a pescozones tú y yo allá afuera?
—Agárrate a pescozones con quien quieras, menos conmigo. No me tomes en cuenta. No pretendo pelear ni en favor ni en contra de ninguno de los dos bandos. —Sakti cambió el peso de una pierna a otra—. ¿Aceptas?
Lemuria tragó fuerte. No quería luchar bajo el Yggrdrasill porque sabía tan bien como cualquiera que lo derribaría. Aparte de que podría matar a sus soldados y a los heridos que se recuperaban en el extremo sur, tampoco quería destruir el símbolo fresco del campamento neutral: el árbol de la vida. Pero tenía sus órdenes. Vanir quería que llamara la atención y que si podía derribara el árbol. Las leyendas nacen con símbolos. Vanir quería ahogar para siempre la leyenda de Connor y borrar todo símbolo que algún día inspirara una nueva leyenda de unión y amistad entre vanirianos y aesirianos.
«¿Por qué?», se preguntó Lemuria. La Torre del País de Hielo se alzó porque un hombre similar a Connor imaginó un mundo sin barreras de razas. En cierto sentido, el país de los vanirianos se levantó porque un aesiriano les dio un hogar. Ahora otro aesiriano les ofrecía la oportunidad de unirse al mundo sin necesidad de pelear. «¿Por qué Vanir quiere destruir esta ruta a un mundo mejor para nosotros?». No lo entendía. No tenía sentido. Le parecía egoísta, cruel y tan... propio de un Aesir. No de un vaniriano.
Pero no podía hacer nada, ¿verdad? Porque las leyes del rey eran absolutas. Nunca en su vida las había cuestionado, hasta ahora. La piel se le erizó porque comprendió de golpe qué tanto la había cambiado Connor. No quería luchar. Quería desertar como tantos otros. Seguro que el doctor le daba un sitio entre su gente mientras Dereck también desertaba, y los dos se escapaban a vivir felices. Pero no podía hacerlo. «Abigahil. Mis hermanas...». No podía abandonarlas. Ellas no comprenderían por qué lo habría hecho. No sabrían que había una mejor opción.
Lemuria inspiró fuerte y fingió su mejor sonrisa.
—Oh, Princesa Carmesí... Me encantaría seguir tu sugerencia, pero va en contra del objetivo de este ataque. Cometimos un error al confiar en ustedes: los aesirianos fallaron a la tregua. No cometeremos ese error de nuevo. Los aplastaremos hasta el último hombre.
—¿Y si te ofrezco algo mejor? —insistió la princesa.
—¿Y qué puede ser mejor que miles de soldados aesirianos aplastados por un árbol?
—Yo.
Sakti hizo algo que Lemuria ni ningún otro espectador alrededor, ni siquiera Dereck, se esperaba de ella: se arrodilló.
—Yo, Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón, me ofrezco como rehén de guerra para los vanirianos. A cambio de mi rendición solo pido que se perdone al Yggrdrasill, al campamento neutral y a todos los miembros en él.
Los soldados vanirianos y aesirianos gimieron unidos, sorprendidos y angustiados al mismo tiempo. Los príncipes de las Arenas lanzaron exclamaciones y palabrotas a Sakti por su imprudencia. Solo Lemuria calló, tomada desprevenida por el ofrecimiento.
—¿En qué demonios piensas? —soltó Raziel—. ¡No tienes derecho a ofrecerte cuando eres nuestra llave a la salvación! ¡Nos perteneces a los aesirianos!
Dereck apretó los labios. Tenía las manos congeladas, hechas un puño. Podía romperle la cara al príncipe voraz por ese comentario tan desatinado. Por suerte para Raziel, Remiak se interpuso y miró a Sakti fijamente.
—¿Por qué haces esto, Allena?
—Porque el campamento neutral es una idea que vale la pena proteger. —Sakti miró a la mangodria—. ¿Tus soldados de verdad quieren derribar el Yggrdrasill? ¿De verdad quieren aplastar el campamento neutral? ¿Lo quieres tú? Lo dudo. Detuviste a los hijos de Vanir al lado del Yggrdrasill por la misma razón que ahora me arrodillo ante ti: quieres proteger lo que Connor nos ha dado a todos. Así que por favor acepta mi ofrecimiento.
El corazón de Lemuria latió apresurado y contento. Una sonrisa iluminó su rostro. Si llevaba a Sakti, Vanir perdonaría el Yggrdrasill. Connor todavía podría construir el mundo ideal para que Lemuria y Dereck fueran felices. La mangodria extendió una mano para aceptar el trato de la Aesir. ¡Hasta se dejaría quemar la palma, igualito a como los príncipes aesirianos hacían promesas! La Princesa Carmesí levantó la garra para estrechársela y...
... un relámpago golpeó a Lemuria en el pecho.
Sakti jadeó. El destello pasó justo por encima de ella. Si se hubiese levantado, le habría dado en la cabeza. Quizá ni siquiera la transformación podría protegerla como hizo antes, cuando recibió el ataque de Harald.
—¡No! —aulló enojada. Sintió al príncipe pelirrojo detrás de ella. Se levantó con la fuerza de un huracán, dispuesta a prenderlo en llamas por su intervención—. ¡Eres un idiota! ¡¿Es que no veías que ya estaba resuelto?!
El puño de Harald se estrelló contra su pómulo izquierdo. Aunque tenía el rostro transmutado, Sakti escuchó el crujido del hueso. De no ser por la transformación, Harald le habría roto el cuello. Sakti cayó al suelo, atontada.
—Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón —recitó el pelirrojo—, yo, Harald Karir Aesir LVI, tercer príncipe de Masca, te arresto bajo el cargo de traición al Imperio Aesiriano. —Agarró a Sakti del hombro—. No tienes ningún derecho a---
Un puñetazo se estrelló en la nariz de Harald. El príncipe hizo un arco en el aire mientras caía de espaldas al suelo.
—¡NO SE ATREVA A GOLPEAR A MI PRINCESA! —rugió Dereck con ahínco, como si se hubiese transformado en un voraz.
Los soldados vanirianos soltaron un silbido. Ya lo habían visto todo: una princesa se arrodilló por voluntad ante una mangodria y un Guardián atacó a un príncipe. Los soldados aesirianos torcieron el gesto, seguros de que Dereck estallaría en miles de pedazos en cualquier momento por semejante atrevimiento. Los más fieles estaban asqueados por la intervención del Guardián. ¿Cómo se atrevía a levantar la mano contra un Aesir? Pero eran una minoría. Aunque no se atrevían a reflejarlo en sus caras, casi todos los soldados aprobaban el golpe del Guardián: no solo defendió a la princesa Dragón, sino que también dio un paso al frente para proteger lo que Sakti se había ofrecido a custodiar.
El campamento neutral. El legado de Connor.
Dereck se mantuvo en su puesto delante de Sakti, escudándola. Aunque no lamentaba su intervención, supo que estaba en un aprieto. Raziel gruñó. Remiak y Uruk fruncieron la frente con actitud reprobatoria. Alain se cruzó de brazos. No había marcha atrás. Con ese golpe terminó de marcar su ruta. Por ser fiel a Sakti se rebeló contra el Imperio.
Los brazos de los príncipes se cubrieron de arena hasta formar inmensos puños. Dereck mantuvo la frente en alto. Si iba a caer lo haría con dignidad. Uruk y Alain eran los menos felices con la decisión tomada, pero Raziel y Remiak rugieron con ánimo mientras los príncipes corrían hacia el Guardián con los puños en alto. Antes de que alcanzaran a Dereck, un estallido azul se expandió por doquier. La onda lanzó a los príncipes de espaldas. Las flamas lamieron las tiendas y el suelo. El Yggrdrasill rechinó otra vez; y la rama, prensada antes entre las otras, se precipitó envuelta en fuego azul.
Todo el Yggrdrasill tembló. El tronco se bamboleó levemente mientras la copa se agitaba de un lado a otro. Por doquier se escucharon los chasquidos de las ramas más débiles. Sonaron como los casquetes del País de Hielo, cuando en verano se rompían y caían al mar. «Caen bajo todo el Yggrdrasill. Caen bajo los otros campamentos», comprendió Dereck mientras se cubría la cabeza, seguro de que ese sería su último pensamiento.
La rama cayó sobre él. El golpe le dobló las rodillas y lo derribó. No tuvo tiempo de arrastrarse por el suelo, menos aún de correr. La oscuridad se lo tragó por unos segundos. Cuando abrió de nuevo los ojos, las imágenes y los sonidos le llegaron de manera confusa. ¿No estaba muerto? Las llamas azules se agitaban alrededor de él como las espigas en los campos de trigo, movidas por el viento. Se sobresaltó. Aunque la rama había fallado en matarlo, el fuego de Lemuria le quemaría el alma.
Un chapuzón de sangre le cayó encima. Confundido como estaba, creyó que al fin la luna carmesí había desatado una lluvia roja sobre el mundo. Pero cuando levantó la mirada no se topó con el ojo lunar, sino con el hocico de un Dragón. Sakti tosía sobre él. La sangre le salía de los orificios de la nariz y de las comisuras de los labios. El Primer Dragón soltó un rugido de dolor. Se había interpuesto para proteger al Guardián. La rama cayó encima del lomo, en el nacimiento de las alas. El golpe debió de ser lo bastante fuerte como para romperle la columna, pero aun así Sakti se las arreglaba para sostenerse sobre la pata derecha y evitar que la rama terminara de colapsar. Aunque casi todas las tiendas y muchos vanirianos y aesirianos estaban aplastados por los extremos de la rama, un puñado de gente se salvó por la intervención de la princesa Dragón.
Dereck se levantó de un salto. Estaba mareado. No solo tenía sangre de Dragón encima. Tenía una cortada en la cabeza. Quizá se la hizo al caer o Sakti lo golpeó con la coraza de escamas al terminar de transformarse. No importaba. Tenía que encontrar la forma de salvar a la princesa.
Antes de que se le ocurriera nada, Lemuria gritó. Dereck la vio acercarse a toda marcha. La mangodria corría por encima de la rama caída, con el puño envuelto en llamas. Atacaría a Sakti. A toda velocidad, el Guardián trepó por el costado del Dragón y se aupó también a la rama. Tomó posición de defensa. No quería pelear contra Lemuria, pero los dos siempre supieron que ese enfrentamiento era una posibilidad. Lemuria luchaba por Vanir. Dereck luchaba por Sakti. Bandos opuestos, batallas inevitables.
Lemuria cayó sobre él con el rostro arrugado por la furia. El pecho despedía sangre y humo por el ataque a traición de Harald. El Guardián aulló adolorido al sentir el fuego en el brazo. La vista se le desenfocó, perdió el equilibrio y cayó otra vez al suelo; pero no fue tanto por el dolor como por el efecto de las llamas azules. No sintió la quemadura en la piel, sino en su interior, en su alma. Aún la sentía. «Me consume», pensó mientras se retorcía en el suelo. Se quemaba por dentro. No podía apagar el fuego. Vio el destello de su alma delante de sus ojos. Se prendería en una última llamarada y...
Lemuria cayó de nuevo junto a él, pero ya no con furia sino con preocupación. Rodeó el cuerpo del Guardián con las piernas; con la mano izquierda le abrió la boca y con la derecha le palpó la lengua. Fue como si jalara la flamita de fuego azul que carcomía el alma de Dereck y la pellizcara entre los dedos. El Guardián dio una arcada y se giró de medio lado, derribando a Lemuria. La mangodria no lo reprendió y le dio palmaditas en la espalda para que respirara.
—¡¿Por qué te atravesaste?! —le gritó—. ¡Pude haberte matado!
Dereck quiso decirle que todo era un gran error. Seguro Lemuria quería atacar a la princesa porque creyó que Sakti le había tendido una trampa, ¡cuando en realidad todo era culpa de Harald! Debían detener el combate. ¡Debían detenerlo todo! «Podemos huir ya. Connor levantó un campamento neutral. La princesa lo protege. Hay miles de personas, humanas, vanirianas y aesirianas, que se unirán también al campamento. Ya nadie puede detener lo que Connor inició. Ni siquiera Vanir, ni siquiera el Emperador. Ahora somos una fuerza imparable». Pero antes de que pudiera decir nada, un puño de arena golpeó a Lemuria en el costado. La mangodria se dobló por la mitad, pero pudo levantarse de nuevo y huir de los ataques de los príncipes de las Arenas. Dereck quedó tendido de medio lado, incapaz de moverse. Un príncipe –no supo cuál– se detuvo unos instantes junto a él. Lo miró por cinco segundos, evaluando si seguía vivo. Dereck no pudo enfocar la vista, gemir, ni siquiera respirar. Estuvo seguro de que eso le salvó la vida, porque el príncipe lo ignoró y miró a Sakti.
—Quédate ahí, Allena. —Era Raziel—. No compliques aún más las cosas. Ya no hay nadie que te proteja. Ya eres nuestra.
El puño de arena rodeó el brazo del príncipe. Raziel echó a correr en pos de Lemuria, junto a sus primos y tío. Estaban empeñados en matarla antes de que todo el Yggrdrasill se viniera abajo.
Dereck soltó el poco aire que guardaba en el interior y dio una nueva bocanada. Aun se sentía débil y quemado por el fuego azul, pero ya podía moverse. Se levantó entre temblores. Avanzó hacia Sakti. La princesa todavía sostenía la rama, aunque cada vez su garra cedía más y más. Afortunadamente ya había gente con ella. Titanes, ordinarios, groliens y arpías se acomodaban bajo la rama para sostenerla y darle oportunidad a Sakti de quitarse.
—Alteza, la única forma será con los cambios de reversa —dijo el Guardián mientras se colocaba debajo de ella con los brazos extendidos—. Venga, yo la atajo.
Una  vez que los voluntarios estuvieron en posición, Sakti deshizo la transformación. Todavía conservaba la coraza de escamas cuando cayó sobre Dereck. El Guardián la apartó mientras los demás ponían lentamente la rama sobre el suelo.
—Argh, estoy harta —se quejó Sakti, encogida de dolor en brazos del soldado—. Ya no pasa ni un solo día sin que me rompa un brazo o una pierna. ¡Tiene que haber un límite!
Dereck sonrió. Abrazó a Sakti con suavidad para no lastimarla, pero también con todas las fuerzas de su corazón.
—Lo has hecho muy bien —lo felicitó ella con voz débil y adolorida—. Me has servido estupendamente. Gracias.
La sonrisa de Dereck se ensanchó. Esos años de espera y esos últimos meses de desprecio por parte de Generales y príncipes valieron la pena solo por el agradecimiento de Sakti.
El filo de un hacha le hizo un corte en el cuello. El Guardián se petrificó, seguro de que si se movía un centímetro Harald lo rebanaría. Sakti soltó un suspiro de fastidio mientras miraba al príncipe por encima del hombro de Dereck.
—Echaste todo a perder y sigues de necio con tus ataques. Si sigues así te voy a romper la mano fuerte. A ver si ya dejas de estropearlo todo.
Los ojos rojos de Harald la miraron con furia. El príncipe levantó el hacha. Sakti le giró los ojos al tiempo que Dereck la soltaba. Lo próximo que supieron todos fue que el Dragón se materializó de nuevo, esta vez con Harald bajo la garra delantera. El príncipe batalló para liberarse, pero Sakti le agarró el brazo derecho y lo prensó entre los dientes. El chasquido del radio confirmó la promesa de Sakti: le rompió el brazo al príncipe.
Sakti apartó el hocico. Mantuvo la forma de Dragón, con excepción del rostro, que retomó su forma aesiriana. Miró al príncipe que apretaba los dientes y se retorcía debajo de ella.
—Cálmate de una vez o te quiebro el otro brazo. —Su voz y sus colmillos eran todavía de Dragón—. No quiero pelear. En serio.
—¡Traidora! —aulló Harald—. No solo nos abandonaste hace años, ¡sino que ahora pretendes aliarte con vanirianos! ¡¿Por qué lo haces?!
Sakti miró al príncipe sin parpadear. Luego a los aesirianos y vanirianos que la ayudaron a escapar de la rama. No peleaban ni se miraban con desagrado. Eran neutrales o estaban tan hartos de la guerra como ella.
—Hago lo que hace falta para proteger el campamento neutral. Y ahora tú me vas a ayudar a detener a la mangodria y a nuestros primos para evitar que el árbol se caiga o se queme.
—¿Y por qué habría de ayudarte, traidora?
Sakti contuvo la respiración por un par de segundos, esperando no cometer un error.
—Porque creo que tenemos un objetivo común, querido primo. Tú también quieres proteger a Connor. —Miró de nuevo a aesirianos y vanirianos—. Todos queremos hacerlo.
Harald la miró sin comprender, cejijunto y con los dientes apretados. Su expresión fue cautelosa.
—Connor está muerto. No lo ayudarás si te entregas a los vanirianos.
—En eso te equivocas. Connor sobrevivió.
Las personas alrededor apretaron los puños y la miraron con ojos resplandecientes, ilusionados. Querían creerle. Querían que fuese cierto. Pero la miraron con la misma cautela y desconfianza de Harald, así que ella explicó:
—El Yggrdrasill, los curanderos, el corazón de Kel y el de tío Kardan lo salvaron. Y ahora tú lo has puesto en peligro.
Sakti miró las flamas azules y las ramas caídas; no culpaba a Lemuria de ese desastre, sino a Harald.
—Mientes. Yo sabría si Connor estuviese vivo. ¡Todos lo sabríamos!
—Oh, ¿en serio? Un sicario le apuñaló el corazón. Lo más lógico es que se guarde el secreto de que está vivo para evitar que el asesino lo busque de nuevo. Solo unos cuantos de confianza saben la verdad. Y tú, claramente, no eres de confiar.
Harald entrecerró los ojos. Lo que Sakti decía tenía sentido. Pero si el Emperador estuvo implicado en la recuperación de Connor ¡lo habría informado a los príncipes! En especial a él, a quien dejó a cargo del extremo aesiriano bajo el Yggrdrasill. Cuando se lo planteó a su prima, Sakti ladeó la cabeza y meditó por un par de segundos. Lista como era, encontró la respuesta de inmediato.
—Tío te mintió. Quizá ayudó a Connor pero no necesita el campamento neutral. No necesita alianzas con vanirianos. Supo que tú, tan gentil, sumiso e ignorante, te entregarías a la idea de proteger lo que Connor levantó. Supo que estallarías si los vanirianos hacían un solo movimiento. Tuvo razón, por supuesto. Siempre has sido fácil de manipular. —Al ver la expresión de Harald, agregó con desdén—: A que duele, ¿eh? Que te engañen. Que te utilicen. ¿Todavía crees que fuimos una verdadera familia? Solo fuimos una mentira. Pero Connor es la verdad.
—No, ¡TÚ MIENTES!
—No, Alteza. —Dereck se situó junto a Sakti—. Es cierto. Yo llegué a la misma conclusión que la princesa. Además ¿en serio cree que ella estaría tan tranquila si Connor de verdad hubiese muerto? Le acaba de romper un brazo porque me hizo una tonta cortada en el cuello. Imagine ahora lo que haría si los vanirianos hubiesen asesinado a Connor.
—Lo que haré —lo corrigió Sakti—. Alguien sí lo mató. Estoy calmada porque Connor se repuso, pero eso no apacigua mi furia. El responsable pagará por lo que le hizo.
El rostro aesiriano se transformó de nuevo en hocico. El Dragón retiró la garra y miró hacia las detonaciones de fuego azul. La batalla seguía. El Yggrdrasill caería si atrasaba más su intervención. Antes de marcharse, miró a Harald por el rabillo del ojo. No gruñó ni lo amenazó de nuevo, pero sus ojos hablaron: «Si de verdad quieres proteger el legado de Connor y a Connor mismo, hazlo bien esta vez. No más errores».
El Dragón se marchó. Serpenteó sobre las ramas, las tiendas y los cuerpos rotos. Dereck la siguió, junto a los vanirianos y aesirianos. Harald chascó los dientes.

****

Tenía un nudo en la garganta. Quería echarse a llorar. El pecho le dolía en donde Harald la golpeó. Todavía temblaba por el susto de haber quemado a Dereck. Su corazón era un pozo de desesperanza. «Oh, ¿qué he hecho?». No debió soltar esa maldita explosión que terminó de derribar la rama. Ahora, a la sombra del Yggrdrasill, todo ardía. ¿Cuántas ramas más habían caído? Lo único que quería era marcharse pero no podía sin antes estar segura de que Abigahil cumplió su misión. Lo sabría cuando el campamento aesiriano exterior enviara refuerzos y las llamas verdes estallaran lejos del Yggrdrasill. Además, los príncipes de las Arenas tampoco la dejarían marchar así porque así.
«Por favor, Dereck», pensó mientras lanzaba una descarga contra un pétreo puño de arena. «Haz que la Princesa Carmesí intervenga de nuevo. O si no, no podré mantener esto por más tiempo. Vanir me descubrirá». Todavía mantenía a los hijos de Vanir en la periferia del Yggrdrasill. Pero si insistía en enfrentar a los príncipes por su cuenta, el rey le preguntaría más tarde por qué dudó en emplear a los soldados más fuertes para derribar el árbol de la vida. Si le daba una sola razón para sospechar, pondría todo en peligro.
No podía arriesgarse a que Vanir descubriera que faltaba un antídoto.
Un hilo de arena le rodeó el tobillo. Lemuria lo majó con el pie libre. Le dio la impresión de que era una serpiente escurridiza y traicionera. Supo que fue una distracción cuando escuchó el siseo de la arena en el flanco descubierto. Los príncipes habían unido sus puños en uno solo. Era demasiado tarde para evadir el ataque, así que se giró con los brazos cruzados frente a la cara para resguardarse.
El Primer Dragón llegó justo a tiempo para escudarla. Sonó como si el mar entero chocara contra un rompeolas y lo derribara. Solo que Sakti no cayó. Aunque el golpe la hizo retroceder, controló la arena con sus poderes y la escurrió a los lados. Los príncipes retomaron posición. Recuperaron el control sobre la arena y crearon un nuevo puño; pero antes de que golpearan a Sakti, las llamas de fuego azul impactaron la arena.
El Dragón miró a Lemuria sin parpadear y dio un leve asentimiento de cabeza: llegaron a un acuerdo de protegerse. Al menos por el momento.
—¡Maldita! —rugió Raziel—. ¡Hiciste una alianza con nuestros enemigos!
Sakti gruñó exasperada. Raziel siempre fue el más iracundo de los príncipes del desierto. También el más desagradable y estúpido. ¡Qué rápido saltaba a conclusiones! Lástima que sus soldados compartían ese defecto, más ahora que la luna carmesí brillaba asomada por entre las ramas rotas. Los gruñidos rodearon a mangodria y Dragón. Por todas partes había hombres y mujeres con rostros surcados de venas, ojos resplandecientes, uñas convertidas en garras. Sakti gruñó también aunque no estaba segura de que pudiera enfrentar a la tropa de voraces de Raziel. Como Dragón era más fuerte que como aesiriana, aun cuando resentía la mordida de Freki y la clavícula; pero no se atrevía a lanzar coletazos, extender las alas o lanzar llamaradas mientras estuviera bajo el Yggrdrasill. Tenía que llevar la batalla fuera de los campamentos.
Lástima que Lemuria no estaba al tanto del plan de Sakti. Confiada en el apoyo de la princesa Dragón, la mangodria se lanzó a Raziel. El príncipe de las Arenas gruñía con la cara transmutada pero todavía no se había convertido en mantícora. Si lo envolvía en fuego azul mientras estuviese ocupado, podría matarlo. Sakti sintió el fuego antes de que apareciera. No tenía intenciones de enfadar más a Lemuria con una herida, pero la mangodria la dejó sin elección: si la dejaba disparar las llamas consumirían más ramas y el árbol de la vida se convertiría en un mar de fuego quema almas.
Lanzó un coletazo a Lemuria.
Procuró ser lo más delicada posible pero aun así derribó a la mangodria. Lemuria salió disparada treinta metros, en dirección a las afueras del Yggrdrasill, y derribó en su camino a los voraces cercanos a ella. «Lo siento de verdad», quiso decirle Sakti. «¡Lo único que quiero es que salgan de aquí!». No estaba a favor ni en contra de ningún bando. Todo lo que quería era apartar la batalla de Connor.
Dos filas de navajas se prensaron en la cola del Dragón. Sakti rugió y agitó la cola para quitarse de encima a un voraz, que había aprovechado la distracción de la princesa para detenerla. Dos voraces más le cayeron encima, uno sobre el nacimiento de las alas y otro en el cuello. Aunque la coraza la protegía de los mordiscos y aruños, a veces los voraces hallaban los sitios entre las escamas y le hincaban los dientes. Lo próximo que escuchó fue el rugido de la mantícora. Por el rabillo del ojo vio que Raziel agitaba el aguijón. Su rostro gatuno y aesiriano esbozaba una sonrisa de victoria adelantada.
El Yggrdrasill volvió a gemir. El suelo tembló. El aguijón de Raziel se detuvo. Los voraces y Sakti miraron hacia el extremo norte. Los hijos de Vanir se adentraban al campamento, rompiendo a su paso las ramas. La copa del árbol se estremecía sobre ellos. Sakti se agitó debajo de los voraces, desesperada. Tenía que detener a los monstruosos hijos de Vanir antes de que lo destrozaran todo.
Un nuevo relámpago de Harald entró en escena. Esta vez no derribó ninguna rama, sino que impactó de lleno en el pecho del hijo a la cabecera. El vaniriano retrocedió un par de pasos, pero no cayó. A la distancia, Sakti reconoció la figura todopoderosa del príncipe pelirrojo, solo delante de los vanirianos. Sostenía el hacha en la mano débil. Harald la miró por encima del hombro. Fue una mirada de despedida. Miró de nuevo a los hijos de Vanir y corrió hacia ellos con el hacha en alto, relampagueante.
—¡Idiota! —masculló Remiak. El príncipe del desierto miró a los príncipes y soldados alrededor—. ¡Todos, hacia él! ¡Denle apoyo! ¡Ahora!
Raziel miró a Sakti con los labios levantados pero no la aguijoneó. «Ahora sí, Allena. Esta vez quédate aquí», dijeron los ojos del príncipe antes de que echara a correr a toda máquina hacia los hijos de Vanir. Los demás voraces corrieron detrás de él. Sakti creyó que los tres soldados que la tenían mordisqueada y aruñada se unirían a la estampida de guerreros, pero se quedaron firmes sobre ella, apresándola. Se dijo que no importaba. Harald la había ayudado. El pelirrojo encaró a los hijos de Vanir y motivó a los demás soldados a seguir su ejemplo. Ahora que sabía que Connor vivía bajo el Yggrdrasill se esforzaría en sacar la batalla.
Pero los chasquidos de las ramas continuaron. La copa se estremeció más y más. Los pasos de los hijos de Vanir siguieron adelante, junto con los gritos de los aesirianos instigados por la luna carmesí. Sakti sintió el aumento de energía y la sed de sangre de los guerreros. Una revuelta florecía bajo el árbol, idéntica a la que llevó al ataque de Connor. Tenía que intervenir. ¡Tenía que hacer algo!
El voraz que la tenía sujeta de la cola soltó un gañido. No supo por qué, pero Sakti se vio libre de él. Aprovechó la ocasión y lanzó un coletazo al transformado que la tenía agarrada de la pata. Giró en el suelo para quitarse al otro de encima. Una vez libre tomó posición para recibir un nuevo ataque; sin embargo, los voraces ya estaban contenidos en el suelo por guerreros de las apariencias más variadas. Ahí estaban los voluntarios aesirianos y vanirianos que la ayudaron a quitarse la rama de encima, así como soldados de ambos bandos, y también guerreros del campamento neutral. Aprendices médicos tenían jeringuillas en las manos y esperaban a que los guerreros inutilizaran por completo a los voraces para inyectarlos y dormirlos. Dereck estaba ahí, entre ellos, y miraba a Sakti con una sonrisa de disculpa.
—Lamento la tardanza, Alteza. Es que encontré a más gente en el camino.
Un humano manco le dio un empujón a Dereck para situarse delante de la princesa. Llevaba un asta con una sábana –alguna vez blanca– llena de barro y sangre. Con la misma suciedad alguien pintó un escudo gigantesco y precioso: era el Yggrdrasill. Rodni plantó el asta en el suelo y miró al Dragón con el ceño apretado.
—Drake dijo que no tardarías nada en solucionar este problema ¡pero ya te has tardado bastante! Tengo que admitir que estoy muy decepcionado de la Princesa Carmesí a la que tanto temen los vanirianos, y del Primer Dragón que tanto veneran los aesirianos.
Sakti gruñó. No necesitaba que un tipo cualquiera le soltara semejante insolencia. Rodni ignoró la advertencia del Dragón y siguió adelante:
—Ahora nosotros nos haremos cargo. Si quieres eres bienvenida a echar una mano, tesoro.
La princesa miró a Dereck con una orden clara en los ojos. Su Guardián cumplió al instante y le dio un manotazo a Rodni en la cabeza. Vanirianos, humanos y aesirianos por igual sonrieron. Aunque estaban tensos habían recuperado parte del buen humor en la compañía mutua y en la promesa de defender juntos aquello en lo que creían.
Unidos marcharon hacia el extremo del árbol. El Primer Dragón serpenteó delante de ellos.

****

El polvo y el humo de las llamas lo envolvían todo. El sudor resbalaba en la cara de Harald. Podía escuchar los rugidos de los voraces que se acercaban para socorrerlo. Supo que no llegarían a tiempo.
Los centelleos empezaron a pellizcarlo. Su hacha estaba hambrienta de sangre vaniriana pero no se atrevía a agitarla con la fuerza de antes. Sakti no le perdonaría más errores. Y él tampoco se los perdonaría. «Connor está vivo», pensó mientras levantaba el hacha con la mano sana. «El árbol no puede caer sobre él». Disparó sobre el hijo de Vanir más próximo pero apenas logró que retrocediera dos pasos. Para matarlo necesitaba atravesarle la piel detrás de la oreja, que era el sitio más blando cercano al cerebro. Pero no tenía forma de llegar hasta ahí; además, tampoco podía dejar que el vaniriano se desplomara tan cerca del Yggrdrasill o si no lo derribaría.
«Esto es todo», se dijo mientras esquivaba el puño de otro hijo. «No puedo hacer nada más». Por su retaguardia se acercaba el manotazo del tercer hijo de Vanir. Era demasiado tarde como para esquivarlo. El golpe fue como el beso de una ola gigante. Se sintió revolcar en el mar, arrastrado por una fuerza mil veces superior a la suya. No pudo hacer nada salvo aferrarse al hacha, en busca de un punto de apoyo que lo ayudara a salir de la oscuridad.
Las centellas se apagaron. Harald solo escuchó el rugido distorsionado de un voraz.

****

Los voraces a la delantera vieron al príncipe caer. Eso solo los envalentonó más. Se lanzaron a los hijos de Vanir tal y como sus compañeros se lanzaron antes a la princesa.
—¡Los Fafnir! —ordenó Remiak a Alain y Uruk—. ¡La mangodria ya no está! ¡No puede deshacerlos!
Collares de perlas aparecieron alrededor de los cuellos de los tres príncipes. Las perlas salieron volando en diferentes direcciones. Antes de que tocaran el suelo soltaron un denso vapor blanco que se solidificó en figuras bípedas armadas con garras y colmillos. Los Fafnir soltaron un rugido y se lanzaron sobre los hijos de Vanir para apoyar a los voraces. La saliva de las herramientas empezó a echar humo negro en contacto con el pelaje y la piel de los hijos.
Sakti y el grupo neutral llegaron a tiempo para ver que el primer hijo de Vanir se desplomaba entre lamentos, con la cabeza cada vez más deshecha por el ácido de los Fafnir. Los vanirianos que venían con la princesa gruñeron o apartaron la vista, afectados. Aunque prometieron neutralidad no podían mirar la muerte de sus compatriotas sin odiar a los responsables.
Otro hijo de Vanir seguía adelante. Caminaba en dirección al tronco del Yggrdrasill a pesar de que tenía voraces en las patas, que lo mordían hasta arrancarle tiras de carne, y que los Fafnir trepaban por su cuerpo, dejando caer la baba ácida sobre la piel. Al fin una pierna le flaqueó y el vaniriano cayó arrodillado. Sus quejidos helaban la sangre pero también motivaban a los demás hijos de Vanir. «Es el alfa de este grupo», comprendió la princesa mientras serpenteaba hacia él cada vez más rápido y con mayor impulso. «Si lo saco la manada lo seguirá».
Embistió al hijo de Vanir con todas sus fuerzas. Contó con la ayuda de los Fafnir y voraces para hacerlo retroceder. Cuando el hijo de Vanir se debilitó lo suficiente, Sakti le hincó las garras en el cuello y extendió las alas. El esfuerzo hizo que las extremidades lastimadas le lanzaran advertencias de dolor, pero igual siguió adelante. Levantó al hijo de Vanir tal y como un dragón habría levantado a un búfalo en plena cacería.
Atravesaron juntos la copa exterior del Yggrdrasill. Incluso con las escamas, Sakti sintió el arañazo de las ramas como si le recriminaran: «¡Tu trabajo es protegernos! ¡No lastimarnos más!». El Dragón voló por encima del Yggrdrasill hasta salir por completo del campamento aesiriano. En el aire lo vio todo: la copa destrozada, las ramas esparcidas por los campamentos bajo el árbol, las flamas que lamían tiendas, madera y soldados, y las tropas de respaldo que venían del campamento militar exterior.
Soltó al hijo de Vanir. Mientras caía, el gigante dio vueltas en el aire. Los Fafnir y dos voraces –que por tozudos siguieron aferrados para destrozarle las piernas– se agarraron fuerte a él. Cuando tocó el suelo todo saltó y rebotó con él. Sakti inspiró y echó la cabeza hacia atrás. En la base del cuello brilló un destello ámbar. Uno de los voraces comprendió y agarró al otro de la cola para echar a correr. Apenas tuvieron tiempo de escapar. El Dragón soltó su descarga sobre el hijo de Vanir.
Las herramientas se deshicieron con el contacto de las flamas. El vaniriano gigante se cubrió la cabeza con las manos y se retorció en el fuego. Aunque le provocaría horribles quemaduras, Sakti supo que no lo mataría tan fácilmente. Tampoco era su intención. Si mataba al vaniriano, otro hijo tomaría su lugar como alfa y tendría que cazarlo también.
La manada bramó al unísono. A pesar de que tenían encima a voraces y herramientas, los hijos de Vanir echaron a correr hacia el exterior del campamento. Su presa era Sakti. La princesa detuvo la descarga. Esperó suspendida en el aire a que los hijos de Vanir la alcanzaran. Ahora todo lo que tenía que hacer era guiarlos lejos del árbol. Los aesirianos los seguirían junto con los demás guerreros. Entonces podrían seguir esa ridícula batalla en un sitio menos peligroso.
Un aguijonazo le atravesó el cuello. El Dragón parpadeó, confundida. Se llevó la garra delantera al cuello. Aunque no podía sacársela con las garras, sintió la aguja que se le clavó en la carne en medio de las escamas. Miró atónita el límite del Yggrdrasill. Remiak tenía apuntada una ballesta hacia ella. Volvió a disparar. La nueva aguja dio en el mismo sitio que su predecesora.
«No sabía que tenía tan buena puntería», alcanzó a pensar antes de que la visión se le desenfocara. Luchó por mantenerse a flote pero las alas comenzaron a retraerse en la espalda. Su tío la había inyectado una ampolla para los cambios de reversa. Como la coraza se hacía más y más delgada, dos agujas más lograron atravesar por debajo de la axila y el abdomen. El Dragón también cayó con un retumbo al suelo. Agitó la cabeza de un lado a otro para espabilarse. Si no salía de ahí, los hijos de Vanir la aplastarían con sus puños. Sin su coraza de Dragón no podría sobrevivir. ¿Por qué su tío disparó en una situación tan peligrosa?
Un hijo de Vanir se detuvo junto a ella, con el puño en alto. Sakti apretó los dientes y concentró una descarga para protegerse, pero las ampollas la habían aletargado y le era más difícil controlar la magia. Por suerte los voraces alcanzaron a los vanirianos. Sakti se agachó cuando vio, por el rabillo del ojo, la sombra de la mantícora. El aguijón picó la pata del hijo de Vanir, haciendo que éste saltara en una sola pierna. El suelo se estremeció con cada salto. Raziel no perdió tiempo y lanzó la cola hacia Sakti, para tumbarla de una vez por todas. La princesa concentró su atención en él para dispararle una esfera flamígera, pero el aguijón se acercó muy rápido, demasiado. La golpearía y...
El golpe fue seco, casi mudo. Raziel gruñó con los ojos puestos en la melena pelirroja. El aguijón se retiró con dificultad, apresado como estaba en la armadura de músculos que era la espalda de Harald. El príncipe se bamboleó y dio un paso dubitativo hacia Sakti, a punto de caerse. Se mantuvo en pie a duras penas. La princesa lo miró con los ojos abiertos de par en par, sin aliento. No podía ver el rostro de Harald, magullado y destrozado como estaba. La mitad izquierda de su cara estaba hundida; era una mezcolanza de piel, sangre y... ¿sesos? ¿Tenía ojos? Sakti no sabía si se los habían arrancado o si es que tenía los párpados tan hinchados y amoratados que parecían cuencas. Su cuerpo estaba cubierto por sangre y trozos de armadura rotos y encarnados.
Una sombra cayó sobre ambos. Al levantar la mirada, vio otro hijo de Vanir con el puño levantado. El vaniriano lo dejó caer, pero todo lo que Sakti sintió fue el golpe de su espalda contra el suelo. Y la sangre de Harald, que la pringó en la cara, en el pecho, en el abdomen. Su primo la había empujado y caído sobre ella. Recibió en la espalda el golpe y aún mantuvo los brazos y piernas flexionados contra el suelo para actuar como escudo de la princesa. Sakti escuchó el retumbo de los huesos. El impacto de los órganos, que explotaron dentro del cuerpo. Cuando el hijo de Vanir retiró el puño, Harald se desplomó sobre ella, pesado y fláccido. No sintió la respiración de su primo encima de su cuello, pero sí sintió los últimos dos latidos. Y la sangre, que le salía de la boca y los ojos, los oídos y las entrañas, que se le habían reventado.
Sakti cerró los ojos. No estaba al lado del Yggrdrasill. Estaba en una cueva, encadenada de pies y manos. Se miraba a sí misma en la pared rocosa, como si se tratara de un espejo. Solo que no era Sekmet, sino la niña que bailaba delante de las flamas. Los cuerpos en la hoguera se habían carbonizado. No eran más que puñados de ceniza tiesa que caerían con el soplido del viento. No eran más que las sombras del demonio que estaba detrás de ella, ¿encima de ella?, con el puño en alto para terminar lo que empezó.
Escuchó los gritos de pavor. Los aullidos de los voraces. Las carcajadas de la luna en lo alto, que resonaban con la desgracia junto al árbol. Cuando Sakti abrió los ojos no vio al demonio de sus desvaríos ni al hijo de Vanir que quería aplastarla. Vio trozos de él, grandes y diminutos, que se precipitaban al suelo. Llovía sangre. Llovía carne.
En su mente escuchó la voz de Tiamat.

«¿Creíste que me gustaban tus estúpidas flores? ¡Son rojas carmesí, como la sangre! Rojas, ¡como tu asquerosa sangre!».

«Si me aferrara a esto», pensó, «volvería a ser Sekmet. Volvería a ser dos. Quiero –no quiero– empezar de nuevo –¡JAMÁS!». Su mente volvió al silencio. A la fusión. El mundo entero se fundió con ella en el pavor, porque ni siquiera la luna aullaba. Todo había enmudecido. Solo se escuchaban las respiraciones contenidas. El miedo. La sentencia: un monstruo había matado a otro monstruo con tan solo cerrar los ojos. Lo asesinó con un desborde de magia descontrolado. Sakti era la peor de las amenazas.
Lentamente se puso en pie. Fue difícil, porque el cadáver de Harald pesaba con todos los pecados del mundo y los de ella misma. Se levantó cubierta de escamas y sangre. Miró los extremos del Yggrdrasill. Todos la miraban, pero nadie respiraba. Raziel y sus voraces tenían la cola entre las patas. La ballesta de Remiak le resbaló de las manos, que temblaban. Hasta los hijos de Vanir la miraban a ella, diminuta e insignificante, con auténtico terror.
Vio los ojos miel y ardientes de Lemuria por debajo de una rama a punto de caer. La mangodria también le tenía miedo. También la juzgaba. También quería escapar de ella. Pero por encima de todo, quería lo mismo que Sakti.
Que ardiera.
La vio chascar los dedos pero la princesa no se movió. Esperó en silencio la descarga, la sentencia, la ejecución. Las flamas ardieron alrededor suyo, en una danza de hielo. La engulleron. Sakti extendió el brazo para que la llama trepara por él más fácil y rápido. Sintió el pellizco frío y ardiente al mismo tiempo y después...
... las flamas se desvanecieron. El fuego se extinguió.
«¡No lo detengas!» quiso gritarle, pero sus palabras se ahogaron al ver el rostro de Lemuria. La mangodria no había detenido el fuego. La princesa miró alrededor. El cuerpo destrozado de Harald todavía estaba junto a ella, al igual que los fragmentos esparcidos del hijo de Vanir que cortó con el desbalance de magia. Aunque algo rostizados, los cuerpos estaban enteros porque carecían de lo que el fuego azul quemaba: el alma. El campo alrededor era un pozo de cenizas. Lemuria no tuvo piedad con su descarga. Atacó a matar.
Sakti sintió frío en el pecho. Aunque la idea negaba a formarse en su cabeza, en el corazón lo sabía. Lemuria se lo confirmó con una mirada de lástima infinita.
—Lo siento —le dijo la mangodria—. Pobre, pobre. Eres una verdadera abominación. Ni siquiera existes de verdad. —Chascó los dedos y le hizo una seña a un hijo de Vanir—. Sé misericordioso. Aplástala. Ella ya no atacará. Le estarás haciendo un favor.
Sakti bajó la mirada. Apretó el puño y los dientes. Lemuria tenía razón. No atacaría. No tenía sentido. El hijo de Vanir dudó por unos segundos. Se acercó con pasos lentos y pesados, como el latido de un corazón agonizante.
—Apúrate... —susurró Sakti.
El hijo de Vanir detuvo la pata por encima de ella cuando una mujer se coló por detrás de Sakti y la abrazó. La princesa reconoció el olor a vainilla y la calidez de los brazos de Zoe. La profetiza la tenía bien rodeada por la cintura y miraba a Lemuria fijamente.
—Atrás —le ordenó—. No le tocarás ni un pelo. O esto se pondrá feo para tus vanirianos.
Una figura alta y peluda pasó al lado de Zoe. La oreja larga de Sigurd bailó sin la compañía de la otra, que seguía dispareja tras el corte que Adad le hizo hacía tantos años. El demonio abrió el hocico y de inmediato un resplandor iluminó sobre Zoe y Sakti. El hijo de Vanir se tambaleó. De sus labios brotaba una luz.
—Suficiente —dijo Zoe y al instante el alma regresó, el vaniriano recuperó el equilibrio y Sigurd pegó la mirada al suelo con el rostro tenso y furioso.
—Tengo hambre —se quejó el demonio.
—Calla.
Sigurd cerró el hocico sin ningún reproche más. Zoe miró a Lemuria de manera desafiante. Las dos sabían bien que un enfrentamiento entre el come-almas y la mangodria llevaría a la vaniriana a la victoria, porque manipulaba a la perfección el arma para acabar con el demonio. Pero Zoe se mantuvo firme en su amenaza y Lemuria perdió el interés.
—Da igual —dijo mientras chascaba los dedos para llamar la atención de sus soldados—. La batalla ya no tiene sentido. Hagan lo que hagan, los aesirianos ya perdieron. —Miró a Sakti—. El Primer Dragón no tiene alma.
La mangodria abandonó el campo de batalla sin que nadie lo evitara. Tampoco nadie celebró. El silencio reinó en voraces y príncipes, en soldados y guerreros neutrales, en el árbol y en la luna. Todos miraban a Sakti y al círculo de cenizas que dejó el fuego azul junto a ella, sin tocarle ni un pelo.
En el Norte, a lo lejos, escucharon un retumbo. Una llamarada verde se levantó en el cielo y luego se apagó.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
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