PANTOMIMAS
—Vaya, entonces tú eres el demonio Montag. ¡Mucho gusto, camarada! —dijo ese muchachillo recién entrado a la adultez.
Sigfrid bufó con desgano, pero incluso así Enlil continúo siempre extendiendo su mano para saludarlo. Hasta que un día…
—¡Vaya! —exclamó el nuevo General—. ¿Te sientes bien, pesadilla rara? ¡Es la primera vez que me estrechas la mano! —Sigfrid se separó rápidamente de él, avergonzado por esa reacción involuntaria que no tenía ni idea de dónde salió—. Ah, ya sé lo que eso significa —dijo su compañero—. ¡Nos estamos haciendo amigos! Ya es hora de que compartamos intimidades.
—¡No molestes! —gruñó Sigfrid—. Parece ser que tuviste suerte en tu primera expedición solo, y cuando eso sucede es cortesía felicitar a los Generales de esta forma. No te lo tomes como un elogio. Me comportaba de igual forma con el imbécil de tu padre, así que no te extrañe que haga lo mismo contigo. —Pero incluso Sigfrid, famoso por su inexistente compasión, se sintió algo mal al ver cómo el brillo alegre de los ojos de Enlil se tornó áspero de repente.
—¿Recuerdas cuando te dije que tengo dos sueños para mi vida? —preguntó mientras evadía la mirada del Primer General y se recostaba a la baranda que le permitía ver el jardín interno—. El primero es casarme con una mujer de la que me enamore, y el segundo es tener un hijo con ella para ser un buen padre. Y ya que somos amigos…
—No somos amigos.
—… me ayudarás dejando de compararme con ese imbécil que mató a mi madre y hermana frente a mis ojos, ¿queda claro, amigo?
—Ya te dije: no somos amigos.
—Y bien, camarada mío…
—Mucho menos camaradas.
—… ¿crees que llegue a ser un buen padre algún día?
Sigfrid iba a cortarlo e intentar marcar nuevamente los límites de su relación: mientras él se esforzaba por dejar claro que no quería la amistad del General Tonare, sino meramente algo profesional, Enlil se las apañaba para darse a conocer y, peor aún, conocer mejor a Sigfrid.
Y lamentablemente en ese momento, como en muchos anteriores y posteriores, el General Montag se quedó sin habla al ver los ojos alegres y la sonrisa cariñosa de aquel hombre ridículamente fuerte que, a pesar de ser miles de años menor que él, buscaba su amistad.
—Y yo qué sé… —gruñó, incapaz de seguir mirando los ojos de aquel.
—¿Ves? ¡Viniendo de ti eso es un gran elogio! Te lo digo: vamos a ser grandes amigos.
Pero las espadas tronaron nuevamente, borraron la sonrisa que Enlil esbozó hacía mucho tiempo y regresaron a Sigfrid a la realidad. Incluso cinco años después de su muerte, el General todavía se encontraba a sí mismo sumido en sus recuerdos sobre su mejor amigo, asesinado por las manos de su propio cachorro. Menos mal que Darius también murió, aunque Sigfrid todavía retenía una especie de resentimiento contra Sakti por no haberle dado una ejecución más perversa y acorde a su crimen: la hoguera o, mucho mejor, una muerte lenta a manos del mismo demonio Montag.
—Los niños avanzan muy bien —comentó Sakti antes de acercar una taza de té a sus labios, a la vez que veía la lucha entre Dagda y Airgetlam.
El primero tenía el cabello corto, con un fleco que le caía con cierta picardía sobre el ojo izquierdo; mientras que el segundo conservaba la cabellera larga recogida en una cola. Solo así podían diferenciarlos, porque ni siquiera los horribles años bajo la tutela de Sigfrid eran capaces de destruir la similitud extrema que aparentaban frente a otros.
El General miró la batalla de los cachorros. Dagda jadeaba horriblemente, atenazado por el dolor en las costillas después de un enfrentamiento contra Sigfrid como parte de su educación militar, a la vez que Airgetlam se esforzaba por aparentar que atacaba sin misericordia a su hermano. Era un ingenuo.
Sigfrid se daba perfecta cuenta de cuando uno de los gemelos intentaba proteger al otro de los castigos que el General infligía si creía que no estaban dando lo mejor de sí. Y Airgetlam no quería que por su poco desempeño su hermano recibiera otra paliza.
Los jóvenes Tonare también fingían no prestar atención alguna a las presencias de Dereck y Sakti, quienes acompañaban al General Montag en el entrenamiento. El Guardián desempeñaba perfectamente su papel como guardaespaldas al permanecer a unos pasos de la princesa, que a su vez disfrutaba de unos bocadillos y té que Sigfrid ordenaba siempre para contemplar el avance de los cachorros. Mientras padrino y ahijada estaban sentados a una mesa de campo colocada en el extremo del cuadrilátero, los gemelos se disputaban en pleno patio.
No era la primera vez que Sakti acompañaba a Sigfrid de esa manera. De hecho, ya era una costumbre. Algunas tardes, mientras los niños estaban condenados a leer por horas manuales de guerra y leyes, Sakti llegaba al despacho de Sigfrid para beber algo juntos. Otras, era el mismo General Montag quien buscaba a la princesa en la residencia Tonare.
No eran cercanos, pero a falta de más se reunían. Ninguno hablaba como en antaño lo hicieron con sus respectivos mejores amigos: Sigfrid con Enlil y Sakti con Darius. Aunque el General también se reunía con el Emperador de vez en cuando, sentía la necesidad de incluir en muchas de sus tardes a una tercera persona. Y aunque Sakti en realidad era muy solitaria y se las arreglaba bastante bien solo con la compañía de Dereck, tampoco se incomodaba ante Sigfrid.
Ambos sabían que en realidad tenían modos distintos de ver el mundo y a las personas, que no compartían los mismos gustos y que se guardaban resentimientos entre sí, pero en Masca eran más que capaces de jugar a las charadas y fingir que Sakti no sentía rencor por lo hecho a Mark, y que Sigfrid tampoco lo sentía hacia ella por su reacción frívola ante la muerte de Enlil.
—Después de cinco años de práctica, deberían ser capaces de al menos una batalla como la que sostienen. Pero parece que aún no entienden que en la guerra —dijo el General elevando un poco más el tono de voz— los vanirianos no se contendrán como ellos lo hacen.
Sakti y Sigfrid notaron cómo las manos de Airgetlam temblaron, aferrándose inútilmente al mango de la espada. Dagda estaba pálido por las heridas, y ambos temían que de un momento a otro colapsara. Si lo hacía, Airgetlam sería castigado por Sigfrid. La única forma para que eso no sucediera era que él derrotara de verdad a su hermano, pero eso significaba que Dagda recibiría más daños y heridas.
—La vida no es justa, mocoso —ironizó Sigfrid en voz alta al entender a la perfección los razonamientos de su aprendiz—, pero aquí puedes elegir: le das la paliza tú o se la doy yo.
Airgetlam apretó los labios pero no miró a Sigfrid. Dos segundos después levantó de nuevo la espada y se lanzó a su hermano con brutalidad, pero Dagda no le reprochó. Él también daba lo mejor de sí para enfrentarlo. Podrían seguir unos cuantos minutos luchando, pero sabían el resultado: ese día le tocaba a Airgetlam ganar, pero la victoria la tenía que conseguir después de muchas gotas de sangre y sudor esparcidas por el cuadrilátero. De lo contrario, uno de los dos no dormiría esa noche a causa del «entrenamiento extra» de Sigfrid, y el otro tampoco pegaría el ojo al preocuparse por su hermano.
—¿Más té, señores? —preguntó una sirvienta mientras acercaba una bandeja a Sakti y a Sigfrid, pero la princesa apenas levantó la mirada al reconocer la voz de la aesiriana.
Esa era otra a la que le gustaban las pantomimas, y hacía mucho que Sakti dejó de rebanarse los sesos cada vez que la veía. Dioné estaba ahí otra vez, disfrazada de sirvienta. No era la primera vez que la encontraba, ni la primera en que la mensajera fingía ser una sumisa empleada que no estaba enterada de nada.
—Sí —contestó Sigfrid mientras extendía la mano para tomar él mismo la bandeja—, pero vete. Prefiero que nos atiendan sirvientas que no estén en estado tan avanzado.
Sakti no pudo evitar poner los ojos en blanco cuando Dioné agradeció la preocupación de «su sabio señor y General». Por supuesto, esa no era la primera vez que Dereck y Sigfrid veían a Dioné como sirvienta, pero curiosamente ambos olvidaban haberla conocido cada vez que la encontraban.
Y aunque Sakti era partidaria del mundo entero cuando se trataba de clasificar a Sigfrid como un ser con las emociones retorcidas a niveles crueles, debía admitir que su padrino, aun bajo sus palabras y mandatos toscos, se preocupaba de verdad al ver a una mujer embarazada intentando servirlo. Quizá se sentía avergonzado por ello, o quizá era una especie de compasión que se prendía en su cerebro porque, de alguna manera, una parte de su ser sentía que no era la primera vez que veía a Dioné, quien fue una vez esposa de Enlil y, también, una especie de amiga para él. Al menos fue alguien que podía hacerle bromas a Sigfrid sin ni siquiera recibir una mirada fría cargada de malos augurios, y eso ya era mucho decir.
Dioné reparó en la mirada indiferente que Sakti le dirigía, y le sonrió con dulzura antes de retirarse y desaparecer como una sombra, o como humo. Ya la princesa ni siquiera se molestaba en dirigirle la palabra, porque sabía que se arriesgaba a que de un momento a otro las personas creyeran que estaba hablando sola, incapaces de recordar que hacía menos de medio segundo hubo una bonita sirvienta de mechones negros y ojos púrpura frente a la princesa.
Mucho menos le daba vueltas al asunto de que Dioné llevaba ya cinco años apareciendo y desapareciendo cada vez que se le antojaba, y que en todo ese tiempo estuvo embarazada. A veces Sakti se preguntaba si de verdad no estaba imaginando cosas, porque las apariciones de Dioné estaban muy bien justificadas en que era mensajera. Pero su embarazo tan extenso… no, no existía ninguna explicación para eso.
Sakti suspiró mientras bebía nuevamente su té, una mezcla que Sigfrid ordenó especialmente para ese día. En esos cinco años la princesa también aprendió que su padrino, además de un genio en la guerra, era un experto amante de tés.
—“Portadora, levanta la vista” —pidió el Dragón—. “Creo que al fin ha llegado la visita que hemos esperado”.
Sakti obedeció y vio que, en uno de los pasillos superiores que rodeaban la plaza de entrenamiento, estaba un soldado de uniforme y máscara negros que contemplaba la práctica con fingido desinterés. Ese guardia de máxima categoría, si bien no tenía por qué esconderse, tampoco tenía nada que hacer en ese lugar del Palacio, porque los soldados que atendían la responsabilidad de custodiar la prisión de los profetas y el Templo de las Doncellas nunca eludían su responsabilidad.
El enmascarado, al reparar en la breve mirada que le dirigió Sakti, se apartó de la baranda y se marchó hasta perderse de vista. La princesa volvió a prestar atención al enfrentamiento de los gemelos, en el que Airgetlam le daba golpes brutales a Dagda que más parecían dolerle a él que a su pobre hermano herido. Entonces la princesa suspiró, apartó la taza y se excusó:
—Debo volver al Salón de Juicio, me espera una larga tarde. —Sakti se volvió a Dereck y le dijo—: Quédate. El rendimiento de los niños ha bajado un poco, y quizá puedas ayudar a Sigfrid para instruirlos. —El General aceptó el ofrecimiento de la princesa con un asentimiento de cabeza—. Ven por mí antes de la puesta del sol, Dereck.
—Sí, Alteza —respondió el muchacho, con un tono que evidenciaba dos sentimientos encontrados.
Por una parte, agradecía no tener que morirse del aburrimiento por las labores de Sakti como Jueza de la Corte. No importaba cuántos años tenía de acompañar a su protegida en su deber: cruzar el umbral del Salón de Juicio siempre le causaba malestar al saber que le esperaban horas con sobre-exceso de tedio. Pero, por otra parte, librarse de ello no era tan dulce si a cambio tenía que colaborar en la tortura a los hijos de Darius.
Él, como experto aprendiz de Sigfrid, sabía que su mentor no era nada dulce con los reclutas, mucho menos con los magos a los que tenía que entrenar con suma dedicación. Pero le parecía que el trato del General a los jóvenes profetas era simplemente cruel: una verdadera tortura psicológica, además de la física.
La princesa dejó atrás la mesa de bocadillos, a Dereck y a Sigfrid, a los sirvientes que les atendían, al cuadrilátero y a los gemelos. Entre más se alejaba, los sonidos del patio se confundían con el resto del Palacio, sumido en un silencio que no era coincidencia. No había nadie en los alrededores. Nadie, salvo una persona.
—¿Y bien? —preguntó la princesa mientras seguía con su camino, conocedora de la sombra que salió de uno de los pilares que sostenían el pasillo y que ahora la seguía.
—Se acerca una invasión —informó el soldado enmascarado—, una muy grande. Las arpías y los groliens esperan a varios kilómetros de distancia, pero los kredoa ya llegaron. Ya se filtraron en Masca. —Sakti detuvo su andar.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—¿Y? —A su espalda, el soldado dudó por un momento pero luego le soltó:
—¿Y qué con ese «y» tan descuidado? Pensé que…
—¿Tomaría cartas en el asunto?
—Pues sí.
—De momento no me interesa —confesó la princesa mientras levantaba los hombros—, puedo apañármelas cuando llueven arpías del cielo. Lo que me impresiona un poco son tus habilidades de espía. ¿Cómo sabías que habría una invasión? —El enmascarado pareció apresurado de repente e intentó explicarse, pero Sakti lo interrumpió antes de que pudiera decir algo coherente—. ¿Cómo te diste cuenta de que hay kredoas en Masca? Nadie puede verlos… A no ser, claro, que hayas encontrado a alguien que sí. —Sakti notó cómo los hombros del soldado se relajaron y, aunque tenía máscara, la princesa sabía que estaba sonriendo—. ¿Lo encontraste?
—Sí, lo encontré —respondió con aire soñador antes de que se tensara nuevamente—, pero hay algo urgente que debo decirte porque también descubrí que…
—Shhh. —Sakti se acercó velozmente a él y colocó un dedo donde se supondría que estaba su boca. La princesa no miró al soldado en ese momento, sino que observó por encima del hombro a la vez que agudizaba el oído—. Alguien viene en esta dirección y lo mejor es que nadie se dé cuenta todavía sobre la invasión.
—¿No es peligroso? —inquirió el muchacho en un susurro, tal y como Sakti.
—Para los que no sepan, sí. Para ti y para mí, no. De hecho, es la distracción perfecta. Confía en mí. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que la invasión sea oficial? —El soldado pareció preocupado.
—Podría ser en unas horas, esta noche, mañana, la próxima semana… Están en todas partes, salvo en el Palacio. —El enmascarado esperó un momento antes de agregar—: El Emperador está exhausto, ¿verdad? ¿Desde hace cuánto no se sincroniza?
—No lo sé, pero si no se ha dado cuenta de la presencia de los kredoas y la tuya significa que está sumamente agotado. Pero no te preocupes: se dará cuenta a tiempo. Ahora tú debes salir del Palacio, no vaya a ser que se le ocurra sincronizarse pronto. Te descubriría. —El soldado pareció indeciso por un momento, pero finalmente decidió continuar:
—Cuando entren al Palacio, revelarán su presencia. Y cuando lo hagan, sabes a quiénes buscarán… ¿verdad?
—Por eso te lo dije —Sakti se separó del soldado y empezó a alejarse de él rápidamente, con la intención de desaparecer antes de que llegaran nuevas personas a ese pasillo—, confía en mí. Yo me haré cargo de los últimos detalles.
La princesa desapareció antes de que el enmascarado pudiera decir algo más y, segundos después, aparecieron algunos sirvientes en el corredor, quienes se intimidaron un poco al ver las ropas de categoría del soldado. El aesiriano, sin embargo, apenas les prestó atención. Sabía que lo mejor era seguir el consejo de Sakti, aunque se preguntó si sería capaz de mantenerse al margen y esperar.
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En lugar de ir a la Sala de Juicio como dijo, Sakti se encargó de atar varios cabos sueltos antes de que pudiera aprovecharse de la invasión. El enmascarado tenía razón: el ataque podía ocurrir en cualquier momento, pero la muchacha sentía su instinto alerta, diciéndole que debía poner todo en su lugar sin más demoras. Y, para ello, tenía que regresar a la residencia Tonare.
Las esposas del General fallecido se extrañaron de verla llegar tan temprano, pero la princesa no dio muchas explicaciones. Simplemente se dirigió a su cuarto para cambiar sus ropas de jueza por unas más apropiadas para la actividad física.
Aunque ahora llevaba una especie de vestido largo negro, un luchador experto se habría fijado en las aberturas que había en la falda, a cada lado de las piernas, de manera tal que la muchacha pudiera estirarse sin preocupación o impedimento alguno.
Las mangas largas del vestido le cubrían incluso hasta la mitad de la mano, pero en las muñecas llevaba esposas de metal que, más que un adorno, eran un instrumento de protección. Sakti también llevaba un cinto que, además del lugar para cargar una espada, tenía compartimientos de cuero en los que alistó, entre otras cosas, hierbas, medicina, unas cuantas galletas y algo de dinero.
Con todo, el vestido negro era en realidad una especie de chaqueta larga ajustada a su cuerpo que confundiría de primera entrada a un enemigo, ya que aparentaba que Sakti era una muchacha frágil. No obstante, la tela era ligera y fresca, pero tan fuerte que proveía a la princesa con un atuendo que difícilmente se dañaría durante el combate.
Y además de la chaqueta, Sakti también llevaba otras ropas cómodas por debajo. En las aberturas en la falda se veía parte de un pantalón blanco a la medida de su portadora, además de las cómodas botas negras que cubrían hasta un poco más arriba de las rodillas.
Después de cambiarse, Sakti tomó una espada de las muchas que adornaban su habitación. No se trataba de alguna arma de Virtuoso, pero la princesa no sentía la necesidad de arriesgarse a buscar la espada de Set o la maza de Heimdall –la hoz de Maat ni siquiera era una opción para ella– en las habitaciones del Palacio en las que reposaban. Eso solo llamaría más la atención, y estaba segura de que no las necesitaría para la expedición breve de esa noche.
La espada que tomó, sin embargo, no era común. En lugar de ser larga y delgada, como las que solían preferir las mujeres, Sakti tomó una más corta –pero aún así no pequeña– cuya hoja era más ancha de lo normal. El borde, en lugar de ser liso, tenía tres grandes pronunciaciones a modo de dientes curvos pero de un filo casi inigualable. El mango de la espada era muy grande, como para un guerrero de la talla de Sigfrid. Aún así, la princesa la tomó con naturalidad y la blandió con destreza, antes de guardarla en una funda que más tarde ató a su espalda, ya que el grosor del arma le impedía cargarla a la cintura.
—“La capucha” —le recordó el Dragón—. “Nunca está de más ser prevenidas.”
Sakti abrió nuevamente su guardarropa para buscar una capucha negra y, además de ella, encontró una bonita bufanda gris liliácea con tejidos que parecían ser marcas de fuego. Su amo se la había regalado en el único cumpleaños de la princesa que pudieron celebrar juntos en Masca. Hacía frío así que, ¿por qué no usarla? También sería una bonita manera de que su amo participara de la aventura.
Cuando terminó de ponerse la bufanda y echarse la capucha, Sakti salió del cuarto sin mirar atrás. Eligió cuidadosamente los pasillos que recorrería, para así evitar encontrarse con los soldados de la casa Tonare o con las múltiples viudas de Enlil. Cuando encontró un cuadro enorme del General fallecido, la princesa supo que había llegado al ala de la mansión en la que estaba el cuarto de Enlil.
Con cierta ironía se preguntó si Dioné era también experta en pinturas, porque no solo se borró a sí misma de las memorias de todos quienes la conocieron, sino también del cuadro en el que una vez estuvo retratada junto a su esposo. Sakti recordaba a la perfección cómo en la pintura aparecían Dioné y Enlil abrazados, con una placa de metal debajo del cuadro señalando sus nombres.
Pero ahora en el retrato solo aparecía Enlil, exactamente en la misma posición y con la misma expresión que tenía en el cuadro original. Y aunque ya no abrazaba a su mujer la pintura tenía tal naturalidad que nadie echaba de menos a la aesiriana que una vez también estuvo retratada en ella. La placa, por supuesto, también había cambiado.
Pero el cuadro no era el vigía de esas habitaciones. Los soldados de la casa Tonare eran fieles a su señor, incluso con éste estando muerto. Habían solicitado al Emperador y a Sigfrid permanecer en la mansión, con la excusa de proteger a las mujeres y a la nueva señora de la casa: Sakti. Pero la princesa sabía que los aesirianos también le guardaban un poco de recelo por no haber aceptado de primera entrada la culpa de Darius como asesino de Enlil.
Los aesirianos hacían estricta guardia en el ala de descanso de los Tonare, pero Sakti se las apañó tan bien para eludirlos que comenzaba a creer que ella también sería una excelente espía para infiltrarse en territorio enemigo. Llegó a un cruce de pasillos en el que sabía que había al menos dos soldados bien fornidos haciendo guardia frente al cuarto de Enlil.
La princesa sacó de uno de los compartimientos de cuero que cargaba a su cintura una pequeña esfera de metal con runas azules. La agitó en su mano, y las marcas comenzaron a parpadear, intercalando el azul por el rojo. Sakti entonces dejó que la esfera rodara hasta situarse a los pies de los guardas. Los aesirianos de inmediato apuntaron sus lanzas al pequeño objeto, que continuaba cambiando de color, y, cuando las runas dejaron de parpadear para ser completamente rojas, de las marcas brotó un denso humo gris.
Los soldados primero retrocedieron y luego se taparon la boca y la nariz, incapaces de contener la tos. Después, simplemente cayeron inconscientes. Cuando Sakti reconoció el sonido seco de sus grandes cuerpos colapsar, y el tintineo de las lanzas al caer, la muchacha salió de su escondite y se plantó frente a la puerta del cuarto del General, antes de abrirla con una patada. El humo no la afectaba, ya que además de aprender el hechizo para crear esas esferas de metal, también había fortalecido su cuerpo para hacerse inmune a sus efectos.
El cuarto de Enlil era enorme, exacto para la talla que tuvo el General. Además de la gran cama matrimonial, Sakti también descubrió amplios ventanales, armarios gigantescos, libreros colmados y en completo orden –era obvio que Darius no heredó sus descuidos de parte de Enlil–, y un garrafal escritorio apto para un gigante.
La princesa bufó. Había muchísimos sitios en los que Enlil pudo haber ocultado lo que ella buscaba, y sabía que el General no fue tonto y que al menos dejó uno o dos hechizos que escondieran la localización de las esencias de su hijo y nietos. Quizá el mismo Sigfrid ya se había llevado las joyas con las esencias para ser él el nuevo carcelero de esos poderes. Si así fue, el plan de Sakti se arruinaba.
Aún así, la princesa fue paciente y revisó cajón por cajón, armario por armario, incluso almohadón por almohadón. Estuvo a punto de darse por vencida cuando descubrió que había una pequeña mariposa azul esperando en uno de los pilares de la cama. Al reparar en su presencia, el insecto batió sus alas y comenzó a revoletear por la habitación. Sakti esperó pacientemente hasta que la mariposa eligiera uno de los armarios.
Para cualquiera, tomar los revoloteos de una mariposa por presagios, guías y consejos era una estupidez. Pero no para Sakti. Las mariposas azules que creaban destellos mágicos como esa no eran nada comunes. Las había visto el día en el que su amo murió, y a lo largo de esos años también las había visto revolotear en el jardín de Allen y en la tumba de Mark. Los soldados y las viudas ya se habían acostumbrado a la estadía permanente de esas hermosas mariposas, pero no reparaban en que los insectos nunca entraban en la casa, no revoloteaban por los pasillos, mucho menos en las habitaciones.
Además, los ventanales en el cuarto de Enlil estaban cerrados. La mariposa no tuvo manera de haber entrado. Simplemente se apareció allí para enseñar a Sakti el escondite que estaba buscando.
La princesa abrió el armario y, al ver que la mariposa se posaba en el cajón más alto, acercó una silla para asomarse. Allí encontró las mismas cobijas que halló en su primera búsqueda. Pero la mariposa continuaba revoloteando por ahí, así que las esencias tenían que estar ocultas entre las frazadas. Sakti removió las cobijas una y otra vez, pero no dio con nada…
… hasta que sintió que su mano caía por una especie de vacío. Al principio no sentía sus dedos, y temió que el hechizo de Enlil los hubiera destruido. No obstante, pasados unos segundos palpó algo semejante al césped. El efecto era sumamente extraño e inesperado, pero pronto la princesa supo qué fue lo que hizo el General.
—Muy inteligente, Enlil —dijo la joven mientras estiraba sus dedos con la esperanza de dar con algo. Finalmente, sintió una caja de madera—. Escondiste las esencias en otro mundo.
De hecho, ése era un hechizo que ella misma se esforzaba por aprender, pero que todavía no conseguía realizar. Al parecer, el truco estaba en crear una especie de puerta entre su mundo y otro, ya fuera imaginario o real.
Entender la teoría no le era difícil ya que, después de todo, su aventura en el Reino de los espíritus le enseñó que existían miles de mundos, y que incluso éstos tenían millares de dimensiones diferentes. Pero crear una puerta entre uno y otro era lo complicado. Enlil solo logró crear una pequeña abertura entre las frazadas para que su mano pudiera dar con las esencias. De seguro que algo más complicado, como una puerta para un cuerpo entero, era algo que se salía por completo de sus capacidades.
Sakti tomó la caja, la jaló hacia sí y la miró. Era un pequeño joyero. En él también había varias runas, y ya ni siquiera se sintió sorprendida. Los hechizos que aprendió en cinco años por su propia cuenta eran trucos mágicos dictados en los libros que encontró en la casa Tonare. No era de extrañar que Enlil también los conociera.
Guardó la cajita en uno de sus compartimientos de cuero, algo molesta. Había planeado que nadie se percatara de su participación en la liberación de Zoe, pero parecía ser que Enlil no le había dejado muchas opciones. Las runas en el joyero eran una alerta, y la princesa no tenía dudas de que en cuanto lo abriera para sacar las esencias las marcas avisarían a Sigfrid sobre el hurto de las joyas. Después de todo, Enlil solo podía confiar ese papel a su mejor amigo.
Ya Sakti no tenía nada que hacer en la habitación del General. Se encargó de que el cuarto estuviera acomodado al salir y, antes de seguir a la mariposa de añil por el mejor camino, se aseguró de tomar la esfera de metal que había lanzado a los soldados. Después de todo, ¿qué clase de espía sería si dejaba la evidencia en la escena del crimen?

































