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Capítulo 3

3
RELÁMPAGOS


Kehari era un pueblo grande y rico. No tenía calles relucientes de mármol, ni torres ni murallas que custodiaran a los pueblerinos. Pero tampoco tenía vagabundos, ni casas con goteras ni padres o hermanos con miedo a que el fuego consumiera su hogar una noche. Cada familia tenía una pequeña huerta a las afueras del pueblo. Pero si su cosecha se echaba a perder, podían tomar del cultivo común de los vecinos. Había suficientes bocas hambrientas para mantener tres panaderías distintas, que además daban trabajo a otros vecinos para que viajaran a los pueblos cercanos a vender pan. Las cinco herrerías tenían las fraguas ardientes incluso en madrugada, pues fundían el metal de los forajidos en armas y piezas de máquina basadas en los inventos del desierto.
Ante todo, Kehari era un pueblo feliz. Los días de mercado recibía la visita de los vecinos de otras villas, quienes intercambiaban ungüentos, pociones y telas a cambio de frutas, hierbas y el famoso pan del pueblo. Pero el punto más alegre, y también una de las mayores atracciones, era La Taberna. Estaba en un extremo de Kehari, cerca de un bosque y rodeada por tres casonas. La más reciente estaba justo al frente, cruzando la calle, y era también la más espaciosa. Allí se hospedaban viajeros ocasionales y visitantes habituales que se quedaban en el pueblo durante temporadas.
La Taberna misma formaba parte de una casona. En los pisos superiores había habitaciones de alquiler, mientras que en un extremo del salón principal había un pequeño escenario que presentaba a un grolien alto y de pelaje negro. Durante las funciones de comedia La Taberna temblaba con risotadas tan potentes que parecía que toda Kehari se hundiría. Pero eran las noches de tragedia cuando La Taberna se llenaba a reventar. Entonces el silencio cubría el salón como un manto, mientras la luz dorada de una hoguera perfilaba el drama que un solo hombre podía interpretar con entonaciones y voces tan distintas como la luna y el sol. Kel hacía su magia sobre el escenario y poseía a decenas de personas de todas las procedencias imaginables.
A pesar del encanto de las actuaciones y de la alegría general de Kehari, algunos tablones de La Taberna estaban manchados de sangre. En cada extremo del salón había un letrero enorme que ponía:

«Ni mirar ni tocar. Cada camarera tiene permitido romper veinte platos por mes. No nos hacemos responsables si deciden romperlos en tu cara».

Uno de estos letreros estaba justo por encima de la barra principal, donde había otra advertencia más pequeña:

«Nuestras camareras son expertas cazadoras, y tías y hermana del dueño del local. Y el dueño del local también es el doctor del pueblo. No te conviene hacerlas enojar».

Y por debajo de ese anuncio venía otro más pequeño:

«Si las molestas, el doctor solo te revisará si te apuñalan un ojo».

Y solo para asegurar que el mensaje llegara claro a todos los clientes, en la sección de cervezas de cada menú había un texto enmarcado:

«¿Ves al muchacho de la esquina? ¿Y el de la barra? ¿Y al actor/encargado de seguridad? Los tres te cuidarán de las camareras. Pero tampoco te gustará. (El doctor del pueblo tampoco te atenderá si te las has visto con sus hermanos)».

De momento las advertencias habían servido y el último inconveniente grave fue hacía 33 años, cuando Zoe había roto la mano de un titán que la había nalgueado y Miriam le había sacado el ojo –con un trozo de plato roto– a un aesiriano que se había quitado los pantalones y le había levantado la falda en una esquina del local. La historia de esa legendaria noche había recorrido la zona neutral de la guerra. Cuando los clientes veían los tablones que aún hoy estaban teñidos de rojo, tenían claro que las advertencias eran firmes. Pero en realidad esa sangre era la de un tipo ebrio que le había roto el brazo a Zoe cuando ella lo apartó. Para mala suerte de él, esa noche había un sicario peli-rosado de visita en La Taberna y al día de hoy nadie ni siquiera recordaba al borracho.
Todas esas historias y recuerdos estaban a salvo en la memoria de Connor. Cuando se paseaba por el pueblo recordaba las miradas cautelosas que los niños le dirigían cuando él apenas tenía seis años. Los niños humanos no le tenían confianza porque sus ojos zafiro los intimidaban, y en el pueblo apenas había otros cuatro cachorros aesirianos que tampoco le tenían confianza por ser criado por humanos. Pero ahora los niños humanos ya estaban muertos o cuidaban nietos, mientras que de los niños aesirianos dos se habían marchado a la guerra y los otros se habían convertido en panadero y curtidor de cuero. Ambos tenían un buen negocio con La Taberna.
La calle por donde se había marchado una caravana del Escuadrón Vento con los cachorros aesirianos de Kehari había sido bloqueada con una verdulería. El prado que antes había rodeado el borde este del pueblo tenía ahora casas con felices familias vanirianas y humanas. La casa del viejo doctor –ya fallecido– se había convertido en un humilde hospital, y el pequeño cementerio se había ampliado para darle la bienvenida a los pueblerinos veteranos en su última estadía.
El cementerio también era alegre como Kehari. En lugar de verjas y árboles lúgubres, tenía setos y hortensias en medio de las lápidas. Para visitar los nichos había veinte caminos distintos y cada uno estaba franqueado por rosales bajo el cargo del jardinero del pueblo. En medio del cementerio había un peral que en la breve primavera se llenaba de flores blancas y perfumadas. Entonces el árbol parecía una pequeña nube lista para alzarse en el cielo. En otoño, en cambio, las hojas se transformaban en llamas naranjas, moradas y rojas que cubrían el cementerio con una alfombra de fuego. A Connor le parecía muy apropiado porque sabía que justo bajo el peral estaba enterrado un aesiriano que había portado una armadura roja como una hoguera.
Esa tarde el peral era verde oscuro. Se suponía que estaban en verano pero las tormentas se habían adelantado o alargado. Connor ya no estaba seguro. Tenía la impresión de que estaban en épocas de tormentas desde hacía años y no recordaba ni un solo día en que el suelo del cementerio estuviese seco.
Connor encendió la lámpara con una cerilla y cerró la portezuela de cristal para proteger la llama del viento y de la próxima lluvia. Situó la lámpara delante de la lápida y sonrió a su papá.
—Lo siento —le dijo—, pero hoy tampoco hay flores blancas. Quizá el otro año las haya —mintió.
Emilio había muerto un verano, cuando las flores del peral ya habían dado sitio a los frutos. Desde la primera vez que vio el blanco peral, el viejo cantinero había querido morir en primavera para que su hijo lo cubriera de flores perfumadas antes de tierra. Vivió hasta ser el humano más viejo de Kehari –con sus más de 93 años quizá fue el humano más anciano de todo el mundo–, pero no se marchó en la estación que había elegido. Aun así Connor había logrado que Drake le trajera flores blancas de su último viaje y cubrió con ellas a Emilio antes de cerrar el ataúd. No fueron flores de peral, pero supo que a su papá le hubiesen gustado también.
Lea, en cambio, sí murió en primavera veinte años antes que su esposo. Pero ella no fue tan quisquillosa como Emilio y le había dicho a Connor que se contentaría con cualquier flor que escogiera para ella. Esa tarde el doctor le llevó geranios pero no prendió una lámpara en su honor. Esa la ofrecería en la primavera del siguiente año. «Si todavía estoy aquí», pensó.
Un trueno retumbó desde el sur. Connor se giró después de que el relámpago alumbrara el cielo, justo a tiempo para que un vendaval le golpeara la cara. El pelo se le levantó. El peral, los rosales y las hortensias se agitaron y el cielo se oscureció aún más. Connor soltó un suspiro de fastidio. Había visitado a todos los pacientes del pueblo en la mañana para dedicar la tarde a Emilio en el aniversario de su muerte, solo para que otra condenada tormenta lo hiciera regresar a casa temprano.
Se llevó los dedos a los labios y luego transfirió el beso a la lápida de Emilio. Repitió el gesto con la de Lea e inició el camino a La Taberna. Kehari había crecido tanto que Connor apenas tuvo tiempo de llegar antes de que cayera la primera gota. Aún faltaban unas cuantas horas para la función de Kel de esa noche, pero los clientes habituales ya estaban allí. Miriam le lanzó una mirada de súplica mientras llevaba unas bandejas a un grupo grande, pero no le pidió ayuda. Los aniversarios de Emilio y Lea eran los únicos días en que su tía no le repetía que debían contratar a más camareros.
—Desde que Eleanor se casó —decía siempre la peli-verde— no damos abasto. ¡Ten piedad de nosotras!
Connor solía responderle entonces que sentían que el trabajo se había multiplicado solo porque la tía Eleanor se había encargado del trabajo de dos camareras por su cuenta. Miriam, Frigg, Frey y Zoe eran muy trabajadoras y eficientes, pero Eleanor fue una mesera excepcional. Como dueño de La Taberna, a veces Connor extrañaba más a su tía por sus talentos que por el parentesco. Aun así estaba feliz porque aunque Eleanor se había ido lejos, la familia de su esposo era buena con ella y ya tenía un hijo pequeño. Connor aún no conocía a su primito, pero Eleanor estaba haciendo planes para visitarlos en la próxima primavera.
«Aunque quién sabe si lo logrará. Con la guerra...». El doctor agitó la cabeza porque había ciertos pensamientos que no se permitía cerca de sus hermanos telépatas. Aunque pronto tendría que ir a la recepción del hostal, Dagda ayudaba a tomar y entregar órdenes mientras que Airgetlam preparaba las bebidas en la barra. Saludó a su hermano con una inclinación de cabeza y cruzó la puerta de servicio.
Connor hizo una mueca cuando vio que Zoe estaba a cargo de la cocina. La primera vez que comió algo preparado por ella entendió lo que era tener «mala cuchara». Lea y Emilio habían corregido las habilidades culinarias –o la falta de ellas– de Zoe y la habían convertido en una cocinera decente. Pero Connor estaba convencido de que las noches de menos ingresos eran las que tenían a Zoe en la cocina. Sabía, además, que a los clientes les alegraba más verla atendiendo mesas que escuchándola maldecir al otro lado de la barra.
—Hoy te ayudo —le dijo mientras le daba un beso en la mejilla.
Luego se apartó a toda prisa, porque Zoe tenía la maña de abrazarlo con todas sus fuerzas durante minutos, incluso si tenía un cuchillo recién afilado en las manos. Pero como siempre, Zoe se le adelantó y lo atrapó con un abrazo de oso. Cuando se aseguró de que el cuchillo de las verduras estaba sobre la tabla de picar, Connor fingió que sufría por el cariño de su hermana. Pero los dos sabían que era una farsa. Zoe había jurado que nunca dejaría ir al hermanito pequeño que había recuperado en una noche de tinieblas y a él le encantaba tener una hermana cariñosa y malhablada. Los dos se tenían el uno al otro cuando Drake se ausentaba durante largas temporadas. Y cuando el sicario visitaba el pueblo, los dos se le pegaban como garrapatas.
—Ni pensarás en la cocina con todo el trabajo que te espera esta noche —le dijo ella mientras lo estrechaba. Connor sacó la lengua porque Zoe era fuerte. La pitonisa le dio un último apretón y un besito en la barbilla—. Dile a papá que dejé una capucha al lado de la chimenea. Así estará más caliente.
Connor no preguntó a qué se refería, porque ya se había acostumbrado a las particularidades de toda su familia. El tío Vash roncaba si tenía comida picante en la cena. La tía Miriam coqueteaba con los clientes cuando Darius estaba encargado de la seguridad. La tía Frey tartamudeaba cuando atendía la mesa del trampero. La tía Frigg llevaba una aguja en el delantal para pincharse el dedo cada vez que alguien la ponía de mal humor. Kel no comía queso porque creía que le echaba a perder la voz. Airgetlam se acostaba hasta tarde para escribirle a su novia del pueblo vecino. Dagda practicaba malabarismo cuando estaba preocupado. Y Zoe era lo bastante distraída como para abrazar a alguien con un cuchillo o para soltar comentarios sin pillar que nadie la entendía al principio. En ocasiones hablaba de lo que estaba por venir como si ya hubiese pasado o todos estuviesen al tanto del futuro. A veces se le olvidaba que ni siquiera su familia de profetas tenía una percepción visionaria tan amplia como la de ella.
Connor asintió y salió de la cocina rumbo al gran apartamento en el edificio más viejo del hostal anexo a La Taberna. Cuando el doctor regresó a Kehari con toda su familia, Lea y Emilio accedieron a ampliar la gran habitación que habían convertido en hogar. Así las tías, el abuelo y los hermanos de Connor podían vivir con él. A cambio todos trabajaban para el local. Lea fue una comerciante implacable. Aprovechó que las tías y la hermana de Connor eran bonitas para atraer clientela. Vash y Kel eran los guardias de seguridad perfectos. Garrow aumentó la cosecha propia de La Taberna. Y Darius y los gemelos eran útiles para todo. Atendían las caballerizas y la recepción del hostal. Ayudaban a Garrow en los cultivos. Viajaban a los pueblos vecinos para comprar ropa de cama y licor. Y, como también eran guapos, de vez en cuando echaban una mano a las camareras para tener a las clientas felices. Emilio y Lea siempre habían tenido un negocio próspero, pero gracias a Darius y a los demás se hicieron escandalosamente ricos.
Y ahora todo era de Connor.
Pero él quería dejarlo atrás.
No podía ser malagradecido porque era feliz. Sus padres habían muerto de vejez pero no lo habían dejado solo. Al contrario, tenía una familia grande que lo quería y lo hacía sonreír. Cuando decidió que se dedicaría a tiempo completo a ser doctor no se sintió culpable de abandonar el hostal y La Taberna, porque Zoe y los demás se hacían cargo por él. Aunque cuando fue niño no tuvo mucho contacto con los magos del pueblo, ahora todos –humanos, vanirianos y aesirianos por igual– lo respetaban y le daban muestras de cariño. Algunos padres le habían pedido que tomara a sus hijos por aprendices y todas las niñas le regalaban flores cuando visitaba a los enfermos. Hasta se había convertido en otra atracción del pueblo, como la feria y La Taberna, pues algunos viajaban a Kehari para ser atendidos por él.
No podía quejarse. No podía ser malagradecido.
Pero ya no quería seguir allí. Mejor dicho, no podía. Aunque Kehari y los pueblos vecinos estaban en paz, él sabía lo que ocurría en otras zonas del continente. Lo sabía porque a pesar de la alegría de Kehari y de la paz de sus vecinos, a veces llegaban forasteros que no soportaban ver a alguien de una raza que no fuera la suya. Lo sabía porque La Taberna era el lugar perfecto para escuchar noticias. Porque varios de los viajeros que buscaban sus cuidados fueron heridos en guerra o estaban enfermos por culpa de ella. Y lo sabía porque cuando Sakti los visitaba, veía en su cara lo que la lucha a la distancia le estaba haciendo. La estaba dejando más hueca de lo que ya era.
Entonces, si él era tan feliz, si estaba tan colmado de bendiciones y talento, ¿cómo podía quedarse en Kehari? Si no le hacía falta el dinero, si tenía la suerte de una Alucinación, la bendición de dos Dragones y el poder de Anäel, ¿cómo podía permanecer en un sitio seguro cuando había gente más allá de su pueblo que necesitaba ayuda? No podía. Tenía que irse.
Pero...
Pero en las dos ocasiones que habló de sus intenciones solo encontró un muro de negación. Darius, Dagda y Airgetlam se opusieron rotundamente. Vash, Kel y Garrow le dijeron que no era prudente. Sus tías ni siquiera lo tomaron en serio. La única que no se opuso fue Zoe, pero ella tampoco le dio su apoyo incondicional. Solo su enigmática expresión de pitonisa. Al final Connor decidió quedarse porque fue por esa época que la salud de Emilio se vino abajo. No tuvo el corazón para marcharse cuando era lo único que su anciano padre amaba más que las flores blancas del peral.
Antes de cruzar la última puerta que lo separaba de su hogar, Connor se detuvo para tomar aire. En los últimos años se había detenido en ese pasillo muchísimas veces, dispuesto a plantear por tercera y última vez sus intenciones. «No se trata de pedir permiso», se decía siempre. «No soy un bebé. No soy un niño. Soy un comerciante. Soy un doctor. Soy mucho mayor de lo que mi padre fue cuando se casó con mi madre y tuvo hijos por primera vez. Por Dios, ¡ya soy un adulto!». Pero cada vez que cruzaba esa puerta perdía su resolución. Era como si se desinflara. Esta vez no fue la excepción. Cuando entró a la sala y vio a Darius y a Garrow al lado de la chimenea, supo que no podría decir cómo se sentía.
Darius masajeaba los hombros de Garrow para aliviar la tensión de sus huesos viejos. Los hijos de Garrow eran muy considerados con él, pero Darius siempre era el primero en buscarle abrigo si tenía frío o en calentar agua para sus articulaciones. La juventud de los aesirianos era larga pero su vejez también. Ya Garrow no podía inclinarse para recoger las hortalizas y necesitaba ayuda para absolutamente todo: comer, recostarse, avanzar, ir al baño... Darius siempre estaba listo para ayudar a su suegro.
El mestizo era noble, pero Connor sabía que consentía al anciano porque Garrow era un sustituto del padre que Darius nunca había tenido. Y eso le rompía el corazón a Connor. Darius había hecho hasta lo imposible para tener esa vida en Kehari. Todo lo que siempre había querido era un sitio seguro en donde pudiera ser feliz con su familia. El que sus cuñados y suegro se hubiesen sumado solo aumentó su dicha. Esa vida apacible que tanto mortificaba a Connor era justo lo que su padre se había ganado tras años de esfuerzo y pérdidas.
El deseo de Connor de partir era el equivalente a acabar con el sueño de su papá.
—Eh, llegas temprano —observó el mestizo.
Connor sonrió. Nunca le había gustado mentir, pero lo había hecho con mucha frecuencia en los últimos años. Le había hecho creer a su papá que estaba contento y satisfecho en Kehari.
—Es otra tormenta. No podía quedarme afuera. —Darius enarcó una ceja traviesa.
—Ni tú ni la visita.
Cuando Zoe le dijo que estaría ocupado esa noche, Connor se imaginó que recibiría a un nuevo enfermo en el pequeño hospital de Kehari o que tendría que viajar bajo la lluvia a atender una emergencia en algún pueblo vecino. Pero si Darius había atendido una visita para él en casa, entonces debía de ser un paciente muy grave. Connor se encaminó a la cocina, donde ya antes había operado a un par de pacientes. Pero cuando pasaba al lado del sillón largo, una figura saltó delante de él con un grito. Connor pegó un brinco por el susto pero no pudo gritar porque estaba demasiado sorprendido. Por un instante pensó en huir, porque la figura tenía una cabeza gigantesca y peluda, aunque un torso de aesiriano protegido con un peto de cuero. Darius y Garrow se rieron y la figura perdió toda gracia. Connor gruñó. Pensó que debía de ser una broma de Dagda y Airgetlam, porque esos dos eran un par de mocosos en cuerpos de muchachos. Pero los gemelos estaban trabajando en La Taberna. Eso solo le dejaba un sospechoso.
—¿Qué es eso, Drake? ¿Una máscara?
Su hermano peli-rosado levantó la gigantesca cabeza peluda que se había puesto sobre los hombros y se la entregó. Cuando Connor la sostuvo se dio cuenta de que era muy pesada. Tenía seis canicas oscuras, dos de ellas grandes y las otras cuatro más pequeñas acomodadas en hilera por debajo de las primeras. Unos colmillos gordos y peludos pendían de la boca.
—¿Qué se supone que es? —preguntó mientras Drake se sentaba en el sillón como si todos los días regresara a casa con un objeto tan extraño—. ¿Una máscara de araña?
—No. Una cabeza de demonio araña —lo corrigió Drake.
Ahora sí, Connor gritó y lanzó la cabeza a un rincón de la sala.
—¡Eh! —se quejó el peli-rosado—. ¡Trabajé muy duro por esa cabeza!
—¡Estás loco! —aulló Connor mientras agitaba las manos—. ¡Esa cosa puede tener veneno!
—Ah, sí. Al respecto... —Drake se descubrió el brazo derecho, forrado en vendajes—. ¿Crees que me puedas revisar esto? Hace un tiempo que no puedo moverlo y lo necesito para trabajar.
La sonrisa de Darius se esfumó. Ahora él tenía la misma expresión enojada de Connor. Era tan típico de Drake aparecerse de un momento a otro en Kehari. Lástima que la mayoría de las veces traía una herida terrible que él trataba como si fuera un simple rasguño. Cuando al fin Connor terminó de desvendar el brazo, descubrió que estaba azulado y frío. Tenía tres rasguños largos y finos que le habían hinchado la piel. Pensó que tendría que cortar el brazo para salvar al sicario, pero cuando olió la herida no le llegó olor a podredumbre.
—¿Te picó?
—Nop, solo me rozó con los pelos de los colmillos.
—... ¿Y no se te ocurrió que sostener la cabeza... ¡que dármela! nos iba a envenenar a los dos? —A veces la idiotez de los pacientes abrumaba a los doctores.
—Ay, pero cómo te preocupas. He cargado con esa cosa durante dos días y no se me han hinchado las manos. Supongo que ya no tiene veneno.
«Pero si aún lo tiene, entonces tengo que sacarlo para hacer el antídoto», supo Connor. Drake le sonrió, nada preocupado por su estado. Una de las ventajas de tener un hermano doctor era recibir tratamiento de calidad y gratuito. Y una de las ventajas de que ese hermano fuera Connor era que siempre recibiría un trato cariñoso, sin importar qué tan enojado estuviese su hermanito con él.
—Te voy a curar —le prometió Connor, aunque le latía una vena en la frente—, ¡solo para luego molerte a golpes!
—Sí. Yo también te quiero —bromeó Drake, pero luego Darius le dio un pescozón para borrarle la sonrisa despreocupada.
El sicario fingió un poco de seriedad para no preocuparlo más y Darius no lo regañó por ponerse en peligro. De entre todos sus hijos, a Drake era al único que no regañaba ni una sola vez porque siempre tenía el temor de alejarlo.
Connor murmuró algo entre dientes y fue a la esquina a recoger la cabeza peluda. Pero apenas se agachó delante de ella, un relámpago cayó al lado de la casona. El resplandor los dejó ciegos. Antes de que el retumbo los dejara sordos, escucharon que la ventana de la cocina se rompía en mil pedazos. Connor se llevó las manos a los oídos y se encogió de hombros, porque una vez le habían llevado a un paciente a quien le habían caído dos relámpagos. El primero de ellos le había dejado unos tatuajes como ramas de árbol en todo el cuerpo, pero el segundo le había parado el corazón.
Sintió más detonaciones e imaginó que la paz de Kehari había llegado a su fin. «Es un castillo vaniriano», pensó. «Están atacando el pueblo». Poco a poco los tímpanos empezaron a zumbarle. Estaba recuperando el oído. Cuando abrió los ojos vio estelas de luz, pero sus ojos también empezaban a recuperarse. Vio que Drake y Darius avanzaban a tientas hacia la cocina, mientras que Garrow se tapaba los oídos y le gritaba que siguiera a los otros dos.
—¡Fuego! —exclamó Garrow—. ¡El relámpago incendió un árbol! ¡Se va a quemar la casona!
Connor fue a la cocina, donde ya Drake bombeaba una palanca para llenar un balde de agua. Sería inútil, porque si la tormenta no apagaba el fuego no podrían hacerlo unos cuantos barriles. Darius estaba en el patio, empapándose mientras uno de los cedros que bordeaba la casona y limitaba con el bosque ardía como la punta de una tea.
Connor avanzó hacia él y lo agarró del brazo, porque supo que no podían hacer nada. Tenían que salir de la casona y evacuar el hostal y La Taberna antes de que el fuego y la invasión los consumieran a todos. Pero Darius se plantó en su sitio y sostuvo al doctor mientras le señalaba el cielo. Las nubes eran densas y oscuras, pero Connor distinguió un par de sombras que se arremolinaban entre los destellos de los relámpagos. No eran castillos flotantes.
Eran Dragones.
El batir de sus alas avivaba el viento como un huracán. Sus rugidos vibraban en el aire como truenos. Las dentelladas y el golpe de sus garras contra la coraza de escamas creaban chispas que caían al suelo junto a la lluvia.
Connor abrió la boca, incrédulo, porque supo lo que estaba pasando pero no lo creyó.
Sakti y Adad estaban peleando.
Un nuevo relámpago brotó de las alas de Adad y golpeó otro árbol junto al cedro ardiente. El impacto generó una corriente de aire como la que antes hizo explotar las ventanas. Connor y Darius se protegieron la cara con los brazos para que las hojas y las ramas sueltas no los golpearan. Cuando el doctor entreabrió los ojos, vio que el último relámpago no había iniciado un incendio. En su lugar había dejado un cráter del tamaño de un grolien y dentro había alguien, un muchacho. En lo alto del cielo el Dragón Blanco rugió y se lanzó en picada al suelo, pero el Dragón Negro aprovechó para colarse detrás de ella y lanzarle un coletazo a la nuca.
Sakti cayó atontada a unos metros del muchacho. El Primer Dragón tembló mientras se intentaba incorporar en la pata delantera, pero fue inútil. Tenía los labios levantados en una mueca de furia que habría espantado a un demonio. Sus ojos estaban furiosos y fijos sobre la figura ensangrentada en el cráter. Como no podía levantarse, estiró el cuello. Un punto de luz ámbar brilló en la base de su garganta.
—¡No!
Connor se soltó de Darius y corrió hacia al cráter.
—¡No, Allena, detente! ¡¿Qué haces?!
Darius corrió detrás, preguntándole qué hacía él. ¡No podía correr directo a una dragona a punto de echar fuego! Connor sorteó el cráter y se colocó justo delante de Sakti, con los brazos abiertos en cruz para detenerla, pero la llama ámbar se hizo más y más grande. Connor sintió el calor del aliento de la dragona. Sintió el pellizco ardiente de la llamarada que crecía delante de él para reducirlo a cenizas.
Antes de que Sakti descargara, un relámpago con alas de noche cayó sobre ella. Sakti rugió, pero su flama se elevó al cielo y perdonó a Connor. Adad había caído sobre ella con el impacto de un meteorito, tan fuerte que la debilitó lo suficiente como para que los cambios de reversa comenzaran. Adad la siguió para sostenerla conforme la princesa perdía la forma de un Dragón. Ella luchó más incluso en su forma aesiriana, pero a Adad le bastó con sostenerla del hombro derecho para inmovilizarla.
—¡Quédate quieta de una maldita vez! —ordenó el príncipe del desierto con una voz que fue mitad Dragón, mitad aesiriana—. ¿En qué demonios estás pensando, Allena?
Connor los miró mientras el fuego del cedro los iluminaba, el barro los ensuciaba y la lluvia los bañaba. Nunca los había visto pelear y le sorprendía mucho el resultado. Él siempre se imaginó que si alguna vez la situación se ponía tensa entre los dos, Sakti sería la que le patearía el trasero a Adad. Poco a poco, Connor retrocedió.
—No, por favor —suplicó Sakti con los ojos puestos en él—. No, por favor, Connor. ¡No lo hagas!
Connor se situó junto al muchacho que había caído con un relámpago. Su ropa estaba empapada de sangre porque tenía un corte en carne viva que le cruzaba del hombro derecho a la cadera izquierda. Con una mirada, Connor le pidió a Darius que lo ayudara a levantarlo.
—¡Noooo! —rugió Sakti. Una nueva llamarada salió de sus labios, pero no se atrevió a lanzarla a los profetas. Solo describió círculos luminosos de advertencia—. ¡No lo ayuden!
Adad la calló enterrando su cara en el barro.
—¡No! —suplicó Sakti—. ¡No, no, no, noooo!
Aunque Darius dudó por unos segundos, al fin ayudó a Connor a levantar al muchacho herido. Lo arrastraron lejos de los hermanos dragones y lo metieron a la casona.

****

Connor no pensó en nada más que en limpiar y coser, coser y curar, coser y salvar. Ni siquiera se dio cuenta de en qué momento Darius limpió la mesa de la cocina para convertirla en mesa de operación, ni notó quién le había pasado la aguja y el hilo, el alcohol y los paños limpios, las hierbas y las gasas. Se olvidó de los Dragones, la tormenta y el fuego que quemaba los árboles de su patio.
Fue cuando terminó la última puntada y se dedicó a vendar cuando vio por primera vez el rostro de su paciente. Rubio y joven. Común y corriente. Y vivo. Aunque había perdido mucha sangre, respiraba con normalidad y tenía buena temperatura. Connor se sentó en una silla y soltó un largo suspiro de cansancio. Cualquier operación era agotadora tanto para el paciente como el médico. Aunque esta apenas le había tomado casi una hora, le dolía la muñeca por hacer más de cincuenta puntadas.
Unos nudillos tocaron el marco de la entrada a la cocina para llamar su atención.
—¿Qué ocurre, Airgetlam?
Por la forma en que estaba recostado al marco, Connor supo que el gemelo llevaba mucho tiempo esperando a que terminara. Solo Kel y la increíble Eleanor se habían convertido en asistentes maravillosos –Zoe lo había intentado, pero era distraída–, pero todos habían aprendido a guardar silencio y esperar cuando trabajaba en un paciente.
—Todas las ventanas se rompieron —le informó—. Hay mucha gente que se cortó con el vidrio.
—¿En La Taberna?
Las ventanas del local estaban del lado contrario al impacto de los relámpagos, pero quizá la onda del sonido hizo muchos estropicios. Airgetlam hizo una mueca.
—En toda Kehari. Tienes una lista de espera en el hospital.
Connor se levantó de un salto. Hacía rato que los relámpagos de Adad golpearon el pueblo y quién sabe cuánta gente estaba herida de gravedad. Si Darius y los demás hubiesen estado en la cocina al momento de la explosión, el cristal pudo cortarles la cara o el cuello. Si alguien estuvo al lado de una ventana durante los impactos podría estar desangrándose mientras él perdía tiempo en la cocina.
Antes de que pudiera salir, la puerta que conectaba con el patio se abrió de un golpe. Connor recordó la tea que tenía en lugar de cedro, pero la lluvia y Drake se estaban encargando del fuego. Lo que no habían podido calmar era a Sakti. Tenía los labios estirados sobre las mejillas, los ojos dorados y el cuerpo cubierto de escamas, aunque también de barro. Connor supo que la muchacha saltaría sobre la mesa de cocina para acabar lo que había iniciado en el cielo, pero Adad logró agarrarla antes del pelo y le estrelló la cara contra la pared.
—Quédate quieta, por Dios —gruñó. Él también tenía los labios estirados, los ojos dorados y la piel cubierta de escamas, aunque las suyas eran negras—. Un poco más y me harás perder la paciencia. Y te juro que no te gustará nada.
Al que no le gustaba nada esa situación era a Connor. Adad no tuvo que haber golpeado tan fuerte a Sakti, en especial porque estaba herida. Con una mirada, el doctor supo que su amiga tenía la clavícula rota. A Darius tampoco le gustó, porque se apartó de la esquina en donde había esperado a que su hijo terminara de trabajar y se plantó delante de Adad.
—¡Suéltala! —le ordenó—. Ya la has lastimado bastante.
—¿Esto? —preguntó Adad mientras daba unos golpecitos al hombro de Sakti. Ella aulló y tembló. Se habría caído si su hermano no la tuviera tan sujeta del pelo—. No fui yo. Me dijo que se cayó. Además, si la suelto desperdiciará el trabajo que tu hijo hizo con tanto empeño. Está decidida a acabar con ese sujeto.
—¿Por qué?
Connor vio a Sakti y luego al muchacho cosido, vendado e indefenso. ¿Qué había hecho para merecer la furia de Sakti? Adad le sonrió pero a Connor no le gustó.
—Ah, eso... A ver, hermanita. Díselo. Dile por qué quieres acabar con un cachorro al que apenas has visto.
Aunque los ojos de Sakti fulminaron con ira al paciente de Connor, su mirada fue de súplica al ver al doctor. «Acaba con él», decían sus ojos. «Mátalo, mátalo. No lo salves». Connor retrocedió hasta situarse delante de su misterioso paciente, porque no podía imaginar lastimarlo o dejar que Sakti lo matara. Pero cuando la princesa miró a Darius en busca de apoyo, Connor vio algo más. Miedo. Y dolor. Mucho, mucho dolor, aunque supuso que no se debía a la clavícula rota ni al golpe que Adad le había dado.
—Por favor, Darius. Ayúdame a...
—¿Por qué? —le preguntó él mientras estiraba un brazo para sostenerla y apartarla de Adad. Por su voz, Connor supo que Darius podría ceder a Sakti. Después de todo era su mejor amiga y ella nunca le había suplicado nada, aunque le había dado todo a él—. Allena, ¿qué te ha hecho este tipo?
Ella abrió la boca para hablar, pero sus labios se encogieron sobre sus mejillas y las escamas comenzaron a caerse o a metérsele en la piel. Estaba muy débil como para mantener la transformación. Aun así miró a Darius sin parpadear, sin dudar.
—Es Marduk. Es el Tercer Dragón. Es... ¡Es...!
Connor sintió las navajas de energía alrededor y se quedó inmóvil, sin saber qué más hacer. Su danza cortó todo lo que encontraron a su paso. Las paredes se llenaron de estrías. Las tazas de cerámica se rompieron en el estante. Los jarrones con conserva se desquebrajaron y regaron el contenido sobre el suelo.
Sakti logró controlarse antes de que una navaja cortara a Darius. El mestizo sintió el filo invisible delante de su rostro y luego cómo el poder se retiraba arrepentido.
—Acaba con él, por favor —pidió Sakti antes de apartarse de Adad y salir de nuevo al patio. Darius, Airgetlam y Connor guardaron un silencio de muerte porque supieron que estuvieron muy cerca de convertirse en picadillo. Adad, en cambio, soltó un bufido.
—Ah, mujeres. No puedo creer que hasta ella cediera a esas estupideces emocionales.
Darius no supo si Adad intentó ser sarcástico o si hablaba en serio, pero no le importó. Se acercó al paciente de Connor. A pesar de las quejas de su hijo, lo sentó sobre la mesa para verle la espalda. Sí, ahí estaban. Eran oscuras como tinta, idénticas a las de Adad y Sakti, salvo que las marcas de la Profecía de ese muchacho eran pequeñas. Todavía no se habían estirado por los brazos ni por otra parte del cuerpo.
Un sabor amargo e inquietante le inundó la boca.
—¿Por qué la detuviste? —preguntó a Adad—. Si Allena lo hubiese matado, la Profecía que tanto te aterra ya no podría cumplirse.
—Oh, sí —concedió Adad—. ¿Por qué habré intervenido?
—Para que se cumpla, ¿verdad? —terció Connor mientras apartaba a Darius y recostaba otra vez al paciente—. Para salvarnos a todos, ¿verdad?
Pero cuando el doctor miró los rostros de Darius y Airgetlam, vio ceños fruncidos y cansados. Nunca había hablado con ellos sobre la Profecía. Solo había asumido que algún día, tarde o temprano, Adad y Sakti la cumplirían. Tal y como algún día, tarde o temprano, todos morirían por vejez o enfermedad. Era parte del ciclo de la vida. Algo ordinario. Ni más ni menos. Pero hasta ese momento se le ocurrió que quizá la Profecía nunca se cumpliría. Se le ocurrió que quizá Sakti y Adad jamás morirían.
Cuando miró a Adad, el príncipe le sonrió pero eso no lo calmó. Le pareció que esos labios estirados eran más electrizantes y terribles que los relámpagos.
—Ah, me pregunto si será por eso... —se limitó a decir el príncipe. Luego pasó al lado de Connor, Darius y Airgetlam, todavía con una sonrisa—. Si me disculpan, iré a tomar un baño caliente.
Aunque Adad se marchó, la cocina quedó impregnada de inquietud.
—¿Alguien irá por ella? —Drake apareció por la puerta que conectaba con el patio. Se había quemado las manos al apagar el fuego, pero sonreía como un lobo. Siempre sonreía así cuando veía a Sakti.
Connor, Airgetlam y Darius gruñeron juntos. Era el mismo gruñido que hacían todos –hasta Drake– cuando un cliente ponía ojos de bobo delante de Zoe.
—Papá —dijo Connor—, Zoe dejó una capucha junto a la chimenea. Así estará más caliente.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

Capítulo 2

2
EL SEPULTURERO


Dolía. En cada aleteo se iba de lado. Aunque recuperaba el control para volar en línea recta otra vez, en cada ocasión se desviaba más y más. Había experimentado dolores más agudos, pero supo que tenía que detenerse. De lo contrario no podría mover nunca más el único brazo que le quedaba. Se dejó caer en picada. Cuando rozó las copas de los árboles invocó poco a poco los cambios de reversa hasta aterrizar lentamente en un claro en el bosque. Dio un par de pasos adoloridos y se cayó de bruces. Se encogió en posición fetal y apretó los dientes, temblorosa.
Dolía, pero no se echaría a llorar. No era una niña. Ni siquiera una persona. Solo...

«... un error. Una vergüenza para sus padres. Un fracaso».

—Yo ya sabía eso —murmuró con los dientes apretados—. No necesitaba que me lo dijeras.
Quizá si cerraba los ojos y se dormía, el brazo estaría sano cuando despertara. Quizá... «No. Necesito que alguien me lo acomode». Sakti se arrastró por el suelo, por encima de las raíces y las hojas caídas y empapadas. El musgo frotó su piel con la suave caricia de una esponja, pero Sakti sintió las escamas que dormían bajo la alfombra verde. El vestido que Dereck le había dado se había hecho pedazos cuando se transformó, pero no le importaba. En los últimos años casi había dejado de ser aesiriana para convertirse en algo más, en algo distinto. Aunque luchaba contra la urgencia de andar sobre tres patas y surcar los cielos, día a día, mes a mes, año a año, se convertía más y más en un dragón.
—Hermano... —llamó con debilidad.
Adad nunca intentó luchar contra esa segunda naturaleza, que a lo mejor era la única y verdadera. Un aliento cálido alborotó el cabello de Sakti y un ojo dorado se abrió justo delante de ella. Al verla herida, la pupila del Dragón Negro se contrajo con espanto. El Dragón se levantó poco a poco, con sus escamas cubiertas por una pelusilla de pasto, musgo y hongos. «¿Cuánto tiempo lleva durmiendo?», se preguntó Sakti. «Cielos. Solo le falta una cueva llena de monedas de oro para ser un típico dragón de cuentos de hadas». El Dragón Negro extendió sus amplias alas y golpeó las copas de los árboles.
«¿Quién ha sido?», rugió. El aire vibró con su furia. «¿Quién se ha atrevido a lastimar a mi hermana? ¡Dime!».
—Necesito tu ayuda —susurró ella.
Si le decía que se había dejado atrapar por un grupo de cazadores, Adad iría a quemar el campamento y a destrozar a Sigfrid. Luego regresaría, intentaría reacomodarle el brazo y le daría un sermón por haberse puesto en peligro. Pero quién sabe cuánto tiempo le tomaría eso y ella necesitaba ayuda ya. Adad también debía de saberlo, porque recogió las alas y, poco a poco, invocó los cambios de reversa. A él le costaba más. Pasaba tanto tiempo como Dragón que se le olvidaba cómo ser aesiriano otra vez. Pero tenía que hacerlo, porque no podía ayudar a Sakti con garras gigantescas, colmillos y escamas. Necesitaba manos y brazos calurosos.
Cuando se convirtió en un hombre, Adad la rodeó con cuidado y la protegió del frío.

****

La tormenta no había parado. El agua caía como si el cielo se hubiese convertido en un mar suspendido en una bóveda de cristal y alguien hubiese abierto la escotilla que impedía que el agua se regara. Enlil no envidiaba a los pobres soldados que debían hacer guardia al borde del perímetro. Seguro que estaban calados hasta los huesos.
Inspiró con fuerza y saboreó el humo amargo. Había empezado a fumar después de la muerte de Darlan, pero lo había dejado por dos razones. La primera era que no le sentaba bien, en especial cuando estaba en campos de batalla. En combate requería de todas sus fuerzas pero perdía resistencia si se llevaba una pipa a la boca los días previos al enfrentamiento. Quizá los fumadores expertos no tenían ese problema, pero entre más estrés enfrentaba más fumaba, menos resistencia tenía durante batallas largas y más se preocupaba por eso. El círculo vicioso perfecto. La única manera de romperlo era cambiar la pipa por algo más.
Y la segunda razón por lo que lo había dejado... No. No la recordaba. Enlil entrecerró los ojos. A veces tenía esa sensación de vacío, como si le hubiesen arrancado una parte de su cerebro, un trozo de su ser. Sus recuerdos fallaban en detalles nimios, insignificantes para cualquiera. Pero la pérdida de esas pequeñeces le ardía como si tocara un témpano de hielo con los dedos desnudos. A veces el dolor se iba, adormecido por tanto frío. Otras veces, en cambio, lo desesperaba porque tenía la impresión de que en esos detalles, en esos pequeños momentos borrados por imprecisiones, se escondía algo grande que lo había hecho inmensamente feliz.
¿Cómo pudo olvidar algo así?
—Genial —murmuró alguien detrás de él—. Otra vez eres una chimenea andante.
Enlil sonrió tenuemente y dejó escapar el humo por entre los labios, para que saliera por la cortina de la tienda. El vapor se desvaneció en el exterior, aplastado por los goterones furiosos de la tormenta. Enlil vació el hornillo, cerró la cortina y se situó al lado del catre. La lámpara le iluminó la silueta de Sigfrid y le provocó una mueca. Muy pocas veces lo había visto tan herido.
—Es de noche.
—De madrugada. En un par de horas saldrá el sol.
—¿Iniciaste la búsqueda de la princesa?
—Sabes que no. En tu estado y con esta tormenta era estúpido siquiera intentarlo.
Enlil no quiso admitir que también le daba miedo retomar la búsqueda. A pesar de las nubes, la luna carmesí alumbraba de vez en cuando. Era esa luna moribunda la que lo había hecho revisar entre los compartimentos de Sigfrid para encontrar la condenada pipa. Había visto lunas rojas en su vida, pero siempre calzaban con el calendario de eclipses. Esta, en cambio, no había sido pronosticada.
Y la herida de Sigfrid... Se suponía que esa era noche de luna llena y era entonces cuando las habilidades mágicas del Demonio Montag estaban en su tope, incluida la habilidad regenerativa. Pero el coletazo que le había dado Sakti lo había noqueado y todavía tenía el pecho surcado con una herida al rojo vivo. Sigfrid también debió de saber que algo estaba mal, porque ni siquiera intentó moverse. Se quedó en el catre como el paciente responsable que nunca había sido.
—Atacaste a la princesa.
Enlil había observado el avance de Sigfrid y Dereck a través de unos binoculares y vio la escena. Cuando Sakti se situó delante del Primer General, Enlil se esperó de todo menos el puñetazo que Sigfrid le había lanzado. Si Sakti no se hubiese corrido a un lado, Sigfrid le habría partido el cráneo. La promesa de la salvación se habría muerto con el cerebro hecho pulpa sobre un lodazal de barro y excrementos.
Como Sigfrid no hizo ningún comentario sobre la observación de Enlil, el Segundo General dejó el asunto de lado.
—Es hora de que nos separemos. Si en un par de días se sana la herida, debes ir al campamento de Su Majestad para mantenerlo informado. Yo entraré más al Este.
—¿Llevarás a Dereck y Kael? —Enlil lo pensó, pero desechó la idea.
—Si encontramos a los profetas, no les gustará lo que haré. Y no creo que a mí me vaya tan bien como a ti en apartar a Dereck si se le ocurre agarrarme.
Hace unos años Enlil habría podido tumbar a los dos Guardianes Celestiales. Pero ahora la edad le pesaba como el caparazón de una tortuga y no podía quitársela de encima. Si las cosas hubiesen tomado el rumbo correcto, él ya se habría retirado como General. Si él hubiese criado a Darius en Masca, si Sakti hubiese nacido en Irem, si la historia se hubiese escrito como habían planeado, Darius sería ahora el Segundo General y Sakti marcharía con él por el Imperio, poniendo orden como la princesa aesiriana que debía ser.
Sigfrid también lo sabía porque lo miró largo rato sin parpadear. Últimamente le había dado por mirarlo así cuando estaban solos. Sin que Sigfrid se lo dijera, Enlil había descubierto que su amigo temía ser pronto el último General aesiriano. Le habría gustado reírse y decirle que se preocupaba por nada. Él era Enlil Tonare, de los más grandiosos Generales que esa Casa había dado al Imperio. Era el guerrero que podía sostener un enfrentamiento contra el Demonio Montag como un igual. Pero él sabía que todo había cambiado. Ya no era ese hombre fuerte y joven que había luchado hombro con hombro junto a Sigfrid. Ahora era un anciano en una guerra que se había hecho muy rápida y ruda para él. Como Sigfrid, Enlil sabía que su muerte estaba cada vez más cerca.
Apretó la pipa y la situó sobre el baúl al lado del catre.
—Quédatela. Si me la llevo seré toda una chimenea.
—La voy a romper para que dejes de una vez ese hábito tan desagradable —gruñó Sigfrid mientras Enlil cruzaba la cortina hacia la lluvia.
El Segundo General se rio porque supo que Sigfrid no rompería la pipa sin importar cuánto la detestara. Si la próxima noticia que recibía de Enlil era que había muerto, la pipa sería el último recuerdo que tendría de su amigo. Y entonces la atesoraría más de lo que la aborrecía ahora.

****

Reacomodarle el brazo fue inútil. Adad no tenía la delicadeza ni el conocimiento de un curandero y Sakti sospechó que el golpe de Sigfrid le había hecho más daño del que había esperado. Cuando el General la golpeó, ella creyó que le había dislocado el hombro. Pero la hinchazón le había cubierto casi todo el extremo superior. Cuando Adad le palpó la herida, los dos sintieron una pelota de sangre por debajo de la piel.
Adad quiso llevarla a Kehari de inmediato, pero los dos supieron que Sakti no aguantaría un viaje sobre el lomo del Dragón Negro. El dolor y el mareo la harían caer y ella estaría deshecha en el suelo antes de que Adad se diera cuenta de que se había caído.
—Si empeoras —le había dicho el príncipe mientras salían del bosque— te llevaré al pueblo más cercano. Así que sé fuerte.
Pero sabían que sería inútil. Ningún doctor entendería el cuerpo de una paciente que se transformaba a voluntad en un dragón. En todo caso, en el camino no encontrarían pueblo o curandero en condiciones de recibirlos, y no podrían entrar a una ciudad sin revelar que eran los príncipes traidores.
La primera aldea que encontraron estaba desierta, pero en pie. Las casas se alzaban entre un paraje de maleza y las chimeneas tenían cenizas frías. Sakti llevaba tiempo sin ver humanos, pero supo que allí vivieron muchos. ¿Qué los había hecho evacuar? ¿Los Fafnir que los aesirianos habían soltado por la frontera del Este con el Sur? Los aesirianos habían empezado a reclutar humanos para las primeras líneas de defensa, así que quizá escaparon antes de enfrentar un alistamiento militar forzado. ¿O tenían miedo a una estampida vaniriana? Fuera lo que fuese, los pueblerinos se habían llevado toda la comida y todo lo que pudieran cargar.
Aun así Adad encontró ropa y algunas frazadas para defenderse del frío. Esa primera noche pudieron dormir bajo techo, pero el resto del trayecto se conformaron con las estrellas. Si tenían suerte dormían bajo un árbol.
Las siguientes aldeas del trayecto estaban deshechas. En unas encontraron los esqueletos derretidos de groliens y arpías, así como la bandera ondeante del Imperio que los soldados habían dejado para reclamar el territorio embadurnado de sangre. Otras tenían alfombras negras de aves de rapiña que disfrutaban de un festín de carne putrefacta.
—Los carroñeros los han asaltado —observó Sakti—. No les queda nada.
Poco tiempo después de huir de Masca junto a los profetas, a los príncipes Dragones les dio curiosidad en deambular por el mundo. Ahora que eran libres podían ir a donde quisieran. Mirar paisajes. Conocer gente. Disfrutar de una vida que como príncipes jamás tuvieron. Pero por encima de toda la belleza que habían esperado encontrar, vieron mucho más. El desprecio de los aesirianos hacia los vanirianos. La lástima contenida de los vanirianos hacia los humanos. Los resultados de las rencillas entre unas razas y otras. Las calaveras vanirianas reducidas a rocas derretidas. Los cuerpos aesirianos hinchados por la descomposición. Y las personas que visitaban los pueblos destrozados cuando el peligro ya había pasado, para llevarse lo que los vencederos no habían saqueado. Ropa. Comida. Hierro. Cuero. Lo que fuera.
Adad los había llamado «carroñeros» porque se alimentaban de lo que los muertos habían dejado atrás. Pero ni el príncipe ni Sakti habían puesto un rostro fijo sobre estos carroñeros, porque a veces los que buscaban entre los desperdicios eran vanirianos. A veces eran aesirianos y a veces también eran humanos. Sakti había llegado a la conclusión de que en ese mundo todos podían ser de todo: invasores, víctimas, inocentes, culpables y carroñeros.
—Este fue un dragón —sonrió Adad cuando cruzaban un paraje de tierra oscura.
Sakti no necesitó mirar el suelo cuando su pie aplastó algo crujiente. Sin siquiera ver, supo que había hecho añicos lo que quedaba del cráneo de un cazador. Ni los carroñeros más expertos encontrarían nada más que cenizas y huesos en ese viejo campamento.
—Se lo merecían —susurró Adad, ahora sin rastros de sonrisa—. Después de cazarnos como moscas esto era lo menos que debían pagar.
La libertad había aburrido a Adad poco después de que las cacerías se intensificaran. Había soportado el hedor de los pueblos y campos de batalla derrotados, pero no había aguantado la última exclamación de fuego de un dragón joven mientras un grupo de cazadores le perforaba los pulmones con lanzas de metal del tamaño de un grolien. Fue la primera vez que Adad redujo a cenizas un campamento y cuando renunció a deambular en la forma de un aesiriano. A partir de entonces, el mundo dejó de importarle tan siquiera un poco.
A Sakti, en cambio, la atrajo aún más. No, quizá lo correcto era decir que el mundo la intrigaba. Cuando veía los campamentos de cazadores desde lejos, o cuando veía a los carroñeros que buscaban entre los cadáveres, o cuando miraba los tizones ardientes de los pueblos mientras los consumían el acero y el fuego, estaba segura de que Adad había tomado la decisión correcta al cambiar su vida de aesiriano por la de un dragón durmiente en lo más profundo del bosque.
Pero cada vez que se decidía a unirse a su hermano pensaba en lo que eso significaba. Tenía que decirle adiós a su amigo Darius. Tendría que renunciar a los emparedados de carne de Connor. Tendría que despedirse de las ideas ingeniosas de Dagda y Airgetlam. Tendría que olvidarse de la cara sonrojada de Zoe cada vez que Drake decía algo vergonzoso que tomaba desprevenida a la pitonisa. Se decía que no importaba cuánto los extrañara, ellos nunca podrían brillar lo suficiente como para que ella quisiera permanecer en ese mundo.
Pero entonces los visitaba y se preguntaba cómo un mundo tan nauseabundo y teñido de sangre había producido a un amigo cariñoso, a un curandero gentil, a unos gemelos protectores, a un sicario leal y a una profetiza valiente. «¿Cómo el mundo que me engendró a mí los engendró también a ellos?». No lo podía entender.
—¿No vas a intervenir? —preguntó ella antes de morder la manzana que Adad sostenía.
No podía levantar el brazo. Apenas podía mover los dedos, así que no podía sostener objetos o alimentarse por su cuenta. En la oscuridad los ojos grises de su hermano miraron la manzana mientras que, a lo lejos, ardía un pueblo. El viento les traía los gritos de las espadas, mezclados con los de los invasores y los invadidos.
—No. ¿Tú lo harías?
Sakti negó con suavidad, porque el movimiento le dolía. Aunque no estuviese herida, ella también habría observado las llamas que consumían otro pueblo. Lo había hecho antes, envuelta en la noche y protegida por la distancia. Como las estrellas, ella había sido testigo silenciosa de centenas de muertes.
—Este mundo —dijo Adad— estaría mejor sin ellos.
—¿Los aesirianos?
—Todos. Aesirianos, vanirianos, humanos. Nosotros. Dios se equivocó al crearnos.
Sakti mordió de nuevo la manzana y tragó.
—¿Y si no estuviésemos? Si tú y yo no estuviésemos aquí, si los Dragones y los portadores no se hubiesen fusionado, ¿crees que todo sería diferente? ¿Verían ellos el mundo de otra forma?
Abrió la boca para morder otra vez pero Adad retiró la mano, enojado.
—No hay nada que él pueda hacer. Olvídalo de una vez.
Adad lanzó la manzana a unos arbustos, se echó al suelo de medio lado y fingió que dormía. No habían prendido una hoguera para no llamar la atención de los guerreros que combatían en el pueblo lejano, así que Sakti se quedó sola salvo la oscuridad y el frío. Se suponía que ella era igual a su hermano. Se suponía que eran idénticos. Pero ella todavía no había podido renunciar a recorrer el mundo en busca de algo más que los cuerpos hinchados. Todavía no había renunciado a la promesa de Darius de que lograría revertir la fusión. Pero Adad ya se había dado por vencido y se había sumergido en una oscuridad más profunda que las escamas que lo cubrían. No había nada que lo sacara de allí. Ni siquiera su hermana.


Desde lejos les llegó el olor inconfundible de otro pueblo atacado. «Las batallas se están extendiendo más», pensó Sakti mientras olía la madera quemada y la sal de la sangre mezclada con el rocío mañanero. «Dentro de poco entrarán en el cuadrante neutral».
Kehari era uno de varios pueblos donde aesirianos, vanirianos y humanos convivían en paz. Durante la invasión a Masca los vanirianos colonizaron gran parte del Este y casi toda la zona que limitaba con la región Norte era aún territorio vaniriano. Pero hubo ciertas zonas donde la invasión no supuso sangre ni rencores, sino una nueva forma de vida. Un sitio donde los vanirianos no tuvieron que levantar las hachas para hacerse respetar. Un terreno donde los aesirianos no miraban con desdén la desnudez de las criaturas que venían del País de Hielo. Un lugar donde hasta los humanos podían caminar con la cabeza en alto sin temor a que alguna de las dos razas de magos se la cortaran. Allí ni siquiera había campamentos de cazadores que provocaran miles de descargas y relámpagos de parte de Adad.
Pero año tras año el cuadrante neutral disminuía. Pronto la guerra también llegaría a donde había paz.
Sakti avanzó con la cabeza baja y los dientes apretados, esperando que el sol le calentara las articulaciones. Aunque eso significara que los cadáveres hederían más fuerte, ella ya no podía soportar el frío en los huesos. Adad debía de saber que ella no aguantaría otra noche bajo la intemperie. A pesar de que tenía frío, los ojos le ardían y sabía que tenía la piel caliente. Se decía que tenía que recuperarse para devolverle a Sigfrid los efectos de ese golpe, pero luego recordaba que ella le había dado un buen coletazo. Con suerte el General también titiritaba por una fiebre.
Una nube pasó por encima de ella. Sakti soltó un suspiro, porque la época de tormentas apenas permitía que el sol se asomara por el horizonte.
—¿Es idea mía o ahora las tormentas son más largas? —pensó en voz alta—. Antes no duraban tanto.
—Hasta los cielos saben que aquí abajo nada merece el Sol —respondió Adad, sombrío.
Sakti giró los ojos. ¿Por qué su hermano se había hecho tan pesimista? Antes de la fusión él había sido carismático y entusiasta. Y ahora era una nube negra andante. Decidió dejarlo pasar, porque ella tampoco era un paraje soleado. Pero cuando miró otra vez el camino, vio movimiento en el pueblo. Adad se detuvo ante la alarma de Sakti. No tenían miedo de encontrarse con carroñeros de ninguna raza, pero preferían evitarlos.
Al poco rato comprendieron que no había un grupo de personas, sino un único caminante que arrastraba un cuerpo hacia una fosa. Eso era nuevo. Sakti nunca había visto que un carroñero se preocupara en darle sepultura a los restos que robaba.
Adad había empezado a caminar lejos del pueblo para bordearlo y evitar encuentros incómodos. Pero Sakti avanzó hacia las ruinas cenicientas, atraída por la novedad. Al poco rato Adad la siguió. El carroñero nunca dio muestras de verlos acercarse, ni siquiera cuando se detuvieron al lado de los montículos que estaban en fila recta. Debió de haberlos visto, aun dentro de la fosa mientras colocaba el cadáver. «Ha hecho tumbas», observó la princesa. Algunos montículos eran más grandes que otros, pero todos tenían algún objeto encima: una espada, un anillo, un casco, una flauta rota, una muñeca de trapo, una flor...
Iba a decir algo pero descubrió un nudo en su garganta. Cuando miró a Adad, vio que el príncipe había palidecido. El labio inferior le temblaba, porque también quería decir algo pero no podía. Con gentileza, Adad le tomó la mano y le acarició los dedos. Sakti lo comprendió: los dos estaban conmovidos. Era la primera vez que veían a alguien en medio de tanta muerte intentando llevar un último consuelo. Este no era un carroñero, sino un sepulturero.
Tras bajar el cadáver, el sepulturero se aupó para llegar a la superficie. Tenía los pantalones, la camisa y las manos llenas de tierra, tan sucias que seguro no había tomado un baño en semanas. Aunque el hombre levantó la mirada un instante, no dio muestras de haber visto a Sakti y a Adad. Palpó el suelo hasta dar con una pala con la que empezó a lanzar tierra a la fosa. Lo hizo despacio, con solemnidad, con murmullos suaves. Oraba. Le deseaba al fallecido un viaje seguro al Más Allá. Adad y Sakti se quedaron plantados delante de la tumba, en silencio, como feligreses devotos delante de un sacerdote piadoso.
Cuando al fin el sepulturero terminó, se agachó y palpó el suelo. Primero afirmó la tierra sobre la tumba y luego sus manos tantearon hasta dar con un bastón. Era tan alto como su dueño, con un extremo forrado en tela y el otro tan grueso como una rodilla. El sepulturero puso el extremo de tela sobre el suelo y avanzó un par de pasos con la vista al frente, antes de detenerse en seco.
Los Dragones lo miraron. Tenía el cabello largo y sucio, pero por debajo de la tierra era rubio. Tenía la cara algo quemada por el sol y el viento, pero no tenía ni una arruga. Era un muchacho, apenas un chiquillo, pero sus ojos ya estaban cansados y viejos como los de un anciano. No enfocó a los dos aesirianos que tenía delante, sino que los atravesó con una película de leche. Sakti entendió entonces que el sepulturero era ciego.
—¿Hola? —llamó el muchacho—. ¿Hay alguien ahí?
«Esa voz...». Sakti se paralizó. La carne se le puso de gallina y los escalofríos de la fiebre se intensificaron. Adad retrocedió un paso, alarmado, y el sepulturero se puso en guardia.
—Sé que hay alguien. —Su voz fue firme, como la posición que tomó con el bastón delante de él, listo para repartir porrazos—. No te haré daño si no me lo haces a mí.
El estómago de Sakti se contrajo con una pirueta. Antes de que ella pudiera ordenar sus pensamientos, las escamas le atravesaron la piel. La princesa se lanzó sobre el sepulturero sin que Adad la detuviera y sin que el bastón la frenara. Lo derribó con una patada. Le majó la mano para que no pudiera coger otra vez el bastón y con el otro pie le pisó el pecho para que no se levantara.
—¡Habla de nuevo! —ordenó ella con su voz de Dragón. Si no estuviese tan adolorida y enferma ya lo habría molido entre sus fauces.
Aunque el muchacho se tensó por el golpe, se relajó con la voz de Sakti. Sus ojos de leche la enfocaron y a Sakti le dio la impresión de que la estaban viendo aunque eran ciegos. El sepulturero guardó silencio por unos segundos, pero la precaución y el miedo iniciales se habían esfumado. En lugar de eso solo quedaba reconocimiento.
—He soñado contigo —dijo al fin.
La voz le tembló. En una parte muy lejana de la mente de Sakti, una voz idéntica le susurró. «Arderán en sueños, en pesadillas eternas». Luego la voz gritó adolorida y traicionada en una habitación circular custodiada por luces juzgadoras.
—He soñado contigo todas las noches de mi vida —repitió el sepulturero. Se llevó la mano libre a la cara, porque las lágrimas empezaron a formar rastros sucios en sus mejillas—. ¡Te he buscado por tantas partes, por tanto tiempo! ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Cómo me has encontrado? ¿También has soñado conmigo?
Una corriente de aire sopló entre ellos. En alguna parte del pueblo los restos de una casa se desplomaron sobre su peso.
—Sí —respondió Sakti al cabo de unos segundos. El nudo en su estómago se tensó aún más—. He soñado con encontrarte. He esperado este momento para matarte, Marduk.
Los ojos grises de Sakti brillaron con la furia amarilla de una serpiente. Los labios se estiraron en un rostro que ya no era aesiriano, sino el de un Dragón furioso.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

Capítulo 1

1
CAZADORES

El hombre los guio por rutas estrechas, franqueadas por las tiendas del campamento. Por todas partes había aesirianos que se movían de un lado a otro. Algunos llevaban leña a las piras que iluminaban a los grupos. Otros transportaban lonas y maderos para construir techos altos con los que pudieran defender las piras de la inminente tormenta. Por encima de los truenos distantes destacaban las voces de los negociantes, que anunciaban a voz en grito la belleza de las ninfas de agua, la vitalidad de un supuesto unicornio, la magia de los colmillos de un dragón cazado a diez días de distancia y la venta de esclavos krebins.
Las botas metálicas de Dereck Sunkel hacían un sonido de succión con cada paso sobre el barro. Un olor agrio, mezcla de sudor, heces, azufre y aserrín, se le metió en la nariz y los ojos le lagrimearon. No le gustaba ese sitio. Los campamentos de cazadores eran sucios y desorganizados. Las partidas de cacería se unían y se marchaban del campamento a como mejor les pareciera, pero ninguna recogía los charcos de sangre, las vísceras y las cornamentas de las bestias que habían cazado, vendido y matado.
Hacía mucho tiempo, su princesa había impulsado una ley para regular las cacerías y los campamentos. Aunque le hubiese gustado erradicarlos por completo, Sakti sabía que no podía detener la cacería de criaturas mágicas así que había optado por legalizarlas para que fuesen menos brutales. En aquel entonces, Sakti había propuesto varios proyectos como ese, nacidos de la compasión, para evitar el sufrimiento y la humillación de bestias que pecaban de ser admiradas por su belleza y su poder. «Aquellos fueron días felices», recordó el soldado con añoranza. «Eran los días en que Mark estaba vivo».
Pero cuando el mensajero murió, Sakti perdió el interés en prácticamente todo. Se olvidó de las buenas intenciones y las ideas que Mark había plantado en su interior. Se había olvidado de sonreír. A veces Dereck pensaba que hasta se le había olvidado el color del sol, como si no pudiera ver ni percibir su luz ni aunque estuviese a pleno día.
Ese campamento gris, coronado por un cielo de nubes oscuras y alfombrado por las alas negras de las aves de rapiña atraídas por la putrefacción, le pareció el epítome perfecto del instante en que todo se vino colina abajo.
Quizá por eso mismo era el sitio ideal para que todo empezara a mejorar.
El guía sorteó tiendas, charcos y personas. Aunque nadie se quitó del medio, el flujo de cazadores y compradores era constante. El campamento estaba vivo y Dereck se unió al flujo de la gente como si fuera uno más de ellos. Entre los cazadores descubrió figuras altas e imponentes. Todavía no se acostumbraba a ver titanes lejos de una armadura y sin uniforme del ejército, pero supuso que era parte del rumbo que había tomado el mundo cuando Edén y las primeras ciudades acuáticas se levantaron de entre los siglos de olvido que las separaron de la nueva época. Ahora los titanes eran otra parte del mundo.
Por eso el campamento no se partía en dos al paso del guía que conducía a Dereck y al hombre encapuchado. Hace unos años los aesirianos habrían retrocedido con solemnidad ante la figura de Sigfrid Montag. Pero con la capucha que le cubría la armadura dorada de hombro derecho, Sigfrid era solo un titán más y no el Primer General de las Fuerzas Armadas Aesirianas.
Al fin alcanzaron una sección apartada del campamento. Allí las tiendas tenían una estructura de hierro, pues eran las jaulas que contenían a las bestias más peligrosas y valiosas. Dereck vio cachorros de esfinge, renacuajos gigantes en peceras de agua sucia y dos lagartijas escamadas, con collares de hierro. A una segunda mirada se dio cuenta de que eran cachorros de dragón. Si los cazadores no habían matado ya a la madre, la dragona les haría una visita muy pronto. También vio los miles de ojos de una esfera de carne, el centelleo de dos o tres miradas ocultas en otra pecera, y las sonrisas dentadas de algo que parecía aesiriano, pero que no lo era.
—Cazan demonios —observó el soldado. La región Oeste era la que tenía más demonios, pero allí en el Este también había algunos, en especial en lo más profundo de los bosques.
—Algunos demonios también tienen magia —se excusó el guía—. Las sirenas come-hombres fueron consideradas demonios hasta que se pudo comprobar que tenían esencias. Entonces se las consideró criaturas mágicas.
Dereck guardó silencio. Ciertamente la línea divisoria entre lo que era un demonio y lo que era una criatura mágica era algo difusa. Pero casi todos estaban de acuerdo en que las criaturas mágicas eran más sencillas de cazar y matar, mientras que los demonios eran más difíciles y peligrosos. Quizá por eso en esa sección también había vanirianos enjaulados y heridos, así como esclavos sucios y greñudos. Los vanirianos y los krebins debían de estar ahí para saciar el apetito de los demonios si estos lograban escapar.
El guía se detuvo delante de la tienda más grande que Dereck había visto hasta el momento. Parecía la carpa de un circo. El cazador sonrió como un lobo. Su mejilla derecha tenía tres cicatrices blancas y los brazos musculosos estaban llenos de otras heridas fantasmas. Eran sus premios de guerra, las pruebas de sus encuentros previos a criaturas poderosas que sobrepasaban hasta a los aesirianos en ferocidad y magia. Sus ojos grandes, coronados por cejas canosas y gruesas, se iluminaron con codicia. Ese hombre era un cazador hasta la médula. Pero ahora era un negociante a punto de mostrar su mercadería más valiosa, esa que solo mostraría a los clientes adecuados.
—Prepárense para quedarse sin palabras, caballeros. Mi equipo encontró a esta criatura en lo más profundo del bosque. ¿Es un dragón? ¿Un espíritu? ¿Una ninfa alada? ¡A lo mejor es una nueva especie! ¡A lo mejor...!
—Cállate —ordenó el hombre encapuchado—. Estás malgastando mi tiempo.
El guía se encogió de hombros al escuchar la voz de tigre de Sigfrid. Eran las primeras palabras que el General había pronunciado en todo el día. Sigfrid era grosero y cruel todo el tiempo, pero su humor empeoraba conforme se acercaba la luna llena. Y justo en unos minutos empezaría la primera luna llena del año. Dereck conocía lo suficiente a su General como para saber que le convenía aligerar el ambiente. Así que chascó los dedos para sacar al cazador de su estupor y obligarlo a entrar a la tienda sin más demora.
El interior de la carpa estaba iluminado con antorchas. En el punto más alto había un agujero por donde se colaría la luz del sol en un día sin pronóstico de tormenta. Los haces de fuego rodeaban una jaula alta y ancha, en cuyo interior había montículos de arena. «No, arena no», pensó el soldado mientras se acercaba. ¿Qué estaba viendo? A unos pasos de la jaula comprendió que lo que le parecieron dunas eran en realidad los contornos de un cuerpo gigante y lo que creyó que era arena eran escamas de madreperla.
Sintió detrás de él la mirada inquisidora de Sigfrid, pero Dereck no se estremeció porque tenía buenas noticias que reportar a su General.
—Es ella. La hemos encontrado —anunció. Sonrió y avanzó hacia la jaula—. Hola, Alteza.
Un par de ojos dorados se abrió en medio de lo que había parecido arena blanca. Un cuello largo y blanquecino, coronado con un hocico regio y un par de cuernos finos, se alzó por encima del cuerpo. Las alas de Sakti eran láminas tersas y translúcidas, plegadas sobre el lomo. Las patas traseras eran musculosas y la cola era larga y ancha, mucho más filosa y poderosa que todos los espadones del mundo combinados.
Dereck supo que era ella cuando escucharon los rumores de la última gran cacería de un equipo. Durante los últimos meses varios cazadores se habían vanagloriado de cazar dragones de dos patas que, en realidad, solo eran herramientas Fafnir con los núcleos descargados después de alejarse demasiado de las ciudades de mármol. Pero esta nueva criatura, decían los rumores, no se deshacía con el fuego ni se convertía en neblina después de unas horas. La criatura podía tener el cuerpo y el tamaño de un dragón y luego tomar la forma de una mujer escamada. Pero lo que convenció a Dereck de que valía la pena confirmar el rumor era que a la misteriosa criatura le hacía falta una extremidad. La garra izquierda.
Aun con el muñón, el soldado había quedado anonadado por la majestuosidad de su princesa.
—Está más hermosa que nunca, Alteza —dijo de todo corazón.
Estaba tan, tan orgulloso de ella, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. No cuando alguien escalofriante detrás de él estaba tan enojado con la princesa fugitiva.
A pesar de la jaula, Sakti extendió las alas. Lo hizo despacio para no golpearlas contra las barras. A Dereck se le ocurrió que quizá Sakti intentaría escapar. En esa forma tenía fuerza de sobra para traerse abajo la jaula y quemar la carpa. Podría incluso incendiar todo el campamento de cazadores. Pero apenas abrió las alas, Sakti invocó los cambios de reversa. Su cuello largo se contrajo con docilidad. Las patas musculosas tomaron los contornos de muslos y pantorrillas. La cola se encogió. Las garras y los cuernos retrocedieron. Las alas se empequeñecieron hasta desaparecer en la espalda. Algunas escamas regresaron a la piel mientras que otras cayeron al suelo como auténticos granos de arena.
Dereck bajó la mirada y plantó una rodilla al suelo. Extendió un paquete que llevaba consigo, como si se tratara de una ofrenda. Las manos frías de Sakti lo tomaron, solo para desenvolver lo que ella sabía que encontraría: ropa. Mientras la princesa se mudaba, Dereck se levantó para encarar al cazador. El hombre miraba entre anonadado y lujurioso a la mujer aprisionada, pues claramente era la primera vez que la veía sin las escamas. El soldado tuvo que chascar los dedos delante del guía para que él le prestara atención.
—Ya puedes retirarte. —El cazador lo miró con una ceja arqueada y sonrió.
—No, ustedes ya pueden irse. He cambiado de opinión. Ella ya no está a la venta. —Su sonrisa lujuriosa aumentó con una pizca de codicia—. A no ser que puedan pagar cinco veces más de lo que acordamos la primera vez.
Una manota tan grande como la de un grolien lo levantó de la cabeza hasta despegarle los pies del suelo. La sonrisa del cazador se borró. En su lugar quedó una expresión de auténtico miedo porque supo que su cabeza podría convertirse en una uva aplastada.
—Acepta este nuevo pago —murmuró Sigfrid. Su voz sonó como un vendaval en una caverna profunda y oscura—. Te dejaré ir aunque enjaulaste a la Aesir que porta al Primer Dragón.
Sigfrid azotó al cazador contra el suelo. El hombre arañó el piso y miró con insolencia al encapuchado y al soldado, pero la furia se desvaneció cuando miró otra vez la jaula. Allí ya no había un dragón, ni una mujer escamada ni una mujer desnuda, sino una princesa. Sakti se inclinó sobre los barrotes, ataviada con un vestido gris con encajes de plata que hacían juego con sus ojos y su caballera grises. A pesar de las marcas de carbón que le cruzaban el cuello y las mejillas, Sakti le pareció elegante. Tenía la majestuosidad de una reina.
—No te olvides de abrir la jaula —indicó ella.
Apenas retiró el candado y las cadenas que aseguraban los barrotes, el cazador se marchó. Dereck lo miró por el rabillo del ojo, a la vez que extendía una mano para sacar a Sakti de la jaula.
—¿Se propasó con usted de alguna manera, Alteza?
Por su tono de voz, Sakti supo que Dereck estaba dispuesto a cortarle las manos y la lengua a cualquier hombre que se atreviera a tocarla o decirle improperios. Ella negó con la cabeza para calmar a su Guardián y después miró a Sigfrid.
—General —lo saludó.
—Princesa.
Un silencio pesado cayó sobre los tres. Era la primera vez que se veían en más de 50 años.
—Está bajo arresto por traición —dijo por fin el General.
Aunque estaba encapuchado de pies a cabeza, Sakti vio un resplandor dorado en la mano derecha de Sigfrid. Al instante unas cadenas surgieron del suelo para apresarla pero ella no se movió. Las cadenas la rodearon y la apretaron, pero al cabo de unos segundos desaparecieron en el aire. Sakti sabía que estaban ahí porque podía sentirlas, pesadas y gruesas. Si intentaba escapar, Sigfrid las materializaría de nuevo para detenerla pero era obvio que el General esperaba decencia de parte de ella. Después de tanto tiempo, lo menos que Sakti podía hacer era entregarse sumisamente.
—Por lo menos podrías verme a la cara mientras me «arrestas» —dijo ella con un tono burlón.
Dereck sintió las comillas en la última palabra y supo que Sakti podría librarse de ellos si lo quisiera. De la misma manera que pudo haberse librado solita de la jaula si lo hubiese decidido. Sigfrid dio un paso hacia la princesa y se impuso tan alto como era. Luego se descubrió el rostro. Se miraron el uno al otro, para ver qué tanto habían cambiado. Las marcas de la Profecía habían cubierto el cuerpo y el rostro de Sakti, pero 50 años era poco tiempo para marcar la cara de un aesiriano. Todavía estaba tan joven y tan fuerte como cuando se le dio el título de heroína de guerra. Sin embargo, cualquiera podría verle en los ojos mucho más de los 85 años que tenía. Aunque todavía le faltaban 15 veranos para la mayoría de edad, Dereck supo que ya había perdido sin remedio a la niña.
La princesa dio un asentamiento de reconocimiento y comentó:
—Te queda bien la barba.
—Con tanto trabajo que me ha dado no he tenido tiempo de presentarme mejor —se quejó el General antes de cubrirse otra vez. Sin embargo, Sakti y Dereck supieron que exageraba.
Hasta ese momento el único General barbudo que Sakti había visto era Enlil Tonare, porque aunque Sigfrid solía mantener el cabello por debajo de los hombros siempre andaba con un rostro lampiño. Ahora, en cambio, se había cortado el pelo y se había dejado crecer la barba. Sin embargo, no era tan descuidada como la de Enlil sino que estaba pareja y resaltaba los rasgos masculinos del último Montag. «Supongo que es más fácil cortarse el pelo una vez cada dos o tres meses que rasurarse todas las mañanas», pensó la princesa. Sakti supuso que Sigfrid tenía poquísimo tiempo para dedicar a sí mismo después de que Adad dejara la Capital aesiriana aplastada bajo las ruinas de unos castillos vanirianos.
Después de que Dereck la cubriera con una capucha, iniciaron el camino de regreso a la tropa, que esperaba fuera del campamento de cazadores. Sakti avanzó en silencio, meditabunda, entre Dereck y Sigfrid. Al Guardián no le sorprendió que estuviese tan callada porque ella siempre había sido así, silenciosa como una nube que oculta en su interior el más devastador de los relámpagos. Él solo esperaba que no le explotara en la cara.
—¿Cómo está tu hermana, Dereck? —preguntó la princesa mientras miraba la pecera que escondía a los demonios de agua. El soldado tragó fuerte y guardó silencio por unos segundos.
—Nunca la encontré.
Sakti se olvidó de las criaturas fantásticas y tenebrosas para mirarlo. Sus ojos no tenían lástima, ni burla, ni indiferencia ni compasión. Solo sinceridad.
—Lo lamento mucho.
—Yo también.
Dereck quería hacerle muchas preguntas como ¿dónde estaban los profetas? ¿Había Darius sobrevivido a la herida de Drake? ¿O acaso Adad sí llegó a matarlo? ¿Pudo ella protegerlo? ¿Pudieron esconderse el mestizo y sus hijos? El Emperador quiso ir tras los Dragones y los profetas apenas huyeron, pero la reconstrucción de Masca había tardado más de lo que había querido.
Incluso tantos años después de aquellas noches de rescate, algunas secciones de la Muralla de la Capital estaban rotas. Había cuadras llenas de escombros donde reposaban los restos de todos los edificios y las calles colapsadas de Masca, como si fuesen cementerios de mármol. Y todavía había calles y avenidas desaparecidas por el último desbalance de Sigfrid. Aunque el desierto había auxiliado la Capital y enviado tropas con el poder de los titanes, los voladores y los Fafnir, los magos todavía no habían podido arrancar a los vanirianos el control que ganaron durante la invasión a Masca. Vanirianos y aesirianos se debatían sin descanso en el continente principal, sin que ninguno diera el brazo a torcer.
Aunque Edén le había dado al Imperio un poder que no había tenido durante milenios, las tropas del País de Hielo tenían una fuerza capaz de aplastar legiones aesirianas bajo las pezuñas. Los hijos de Vanir eran cada año más grandes y poderosos. Fue apenas hace cinco años cuando al fin los aesirianos encontraron el nido de abejas reina más grande en el continente principal: el que estaba en el Pantano, en el paso entre las rocas que Dereck, Kael y Sakti habían cruzado junto a una Doncella alada y veinte soldados que estaban muertos desde hacía tiempo. En aquel entonces creyeron que los panales albergaban kredoa. Si en lugar de escapar hubiesen investigado más, habrían encontrado a la abeja reina y entendido lo que se les avecinaba. Ese panal estuvo allí durante años, quizá durante generaciones. Si algo había aprendido Dereck de los vanirianos era que tenían mucha paciencia. Sabían planear. Sabían esperar. Habían soportado la furia y arrogancia de los aesirianos sin revelar sus cartas hasta que ya fue demasiado tarde para sus enemigos. En ese sentido, quizá, se parecían a la silenciosa Sakti.
—¿Dónde está su hermano, Alteza? —preguntó Dereck.
—En algún bosque, en alguna montaña —respondió ella mientras se ajustaba más la capucha. A pesar del ir y venir de cazadores y compradores, centenas de ojos estaban fijos en ella. A Dereck le entraron ganas de rodear los hombros delgados de su protegida, pero supo que Sigfrid no se lo permitiría. Ahora estaban escoltando a una criminal. No a una princesa.
—Debe colaborar más, Alteza —la aconsejó el Guardián.
—¿Por qué? ¿Consideran usar tortura si no les doy las respuestas que quieren escuchar?
El tono de Sakti era tan impasible como su rostro, pero Dereck supo que la idea la divertía. Oh, sería tan gracioso que los aesirianos golpearan, quemaran y encerraran a la mujer que debía liberarlos. Eso sin lugar a dudas que resolvería todos sus problemas, ¿verdad?
—Hay muchas maneras de hacerla hablar —terció Sigfrid. Su voz fue igual de suave a la que utilizó con el cazador guía—. Incluso una traidora tiene corazón. O debería tenerlo.
Dereck comprendió que era un mal tercio. Sigfrid lo había llevado porque podía confirmar la identidad de Sakti si utilizaba el vínculo mágico que la unía a ella, pero esa era una reunión entre un padrino y una ahijada resentidos y enfadados. Un soldado, sin importar que fuera tan especial como el Guardián de un Dragón y el pupilo de un General, no tenía nada que hacer ahí.
Sigfrid no le perdonaba a la princesa que hubiese escapado justo cuando el Imperio estaba tan débil y necesitaba la fortaleza de los Dragones. Y cuando Sakti se adelantó hasta bloquearle el camino a Sigfrid, Dereck supo que ella no le perdonaba absolutamente nada: la manipulación, la muerte de Mark, la amenaza implícita que había hecho a su corazón o, mejor dicho, a los que guardaba en él: a los profetas. Sakti no dijo nada, pero sus ojos brillaron con destellos plateados por debajo de la capucha y hablaron a mares: «No los metas en esto. Nunca más». Sigfrid gruñó con desdén.
—Cachorra insolente. Cuando la conocí por primera vez tenía muy altas expectativas de usted. Era obediente y aplicada. Respetuosa y agradable. La hija que se esperaba de mi protegida. —La voz del General se hizo más sombría y helada. Nefasta. Cruel—. Entonces entró ese cachorro bastardo y todo se vino abajo. La contaminó. La puso en nuestra contra. Pero usted todavía tenía arreglo. Todavía era la portadora que el Imperio necesitaba. Pero luego vino esa... esa cosa... y ya no tuvo remedio. La perdimos. Ni siquiera eliminando a ese paria pudimos recuperarla. Ese asqueroso bicho inmundo corrompió nuestra llave a la salvación. Usted ya no es la hija de mi protegida, sino un error. Una vergüenza para sus padres. Un fracaso.
La boca de Dereck se secó. Las palabras de Sigfrid le supieron a hierro amargo y le hicieron apretar los puños. Quizá una parte de su enojo era un eco de la furia contenida de Sakti, pero la mayoría era de él. No le gustó que llamara «error» a su princesa. No le gustó que hablara con tanto desdén de Darius. Pero lo que menos le gustó fue que tratara a Mark como si fuera un insecto, cuando en realidad el mensajero había sacado a relucir lo mejor de Sakti. En ese instante al fin Dereck lo vio todo con claridad. «Si la Profecía falla, si después del día prometido seguimos malditos, ¡todo será culpa suya! ¡Del General Enlil, del Emperador y del señor Sigfrid! Ellos nos han condenado».
Sakti retrocedió un paso pero el Guardián supo que no era en signo de derrota.
—Gracias —susurró la princesa mientras daba media vuelta—. Has confirmado lo que sospechaba.
Dereck comprendió entonces algo más. Sakti pudo librarse de la jaula por su propia cuenta, pero no lo intentó. Pudo derrotar a los cazadores que la atraparon, pero se dejó capturar. Pudo haber roto el hechizo de las cadenas de Sigfrid, pero se dejó rodear por ellas. Y todo porque había estado esperando una respuesta. Sigfrid ya se le había dado.
—No me dé la espalda, cachorra —gruñó el General. Esta vez no contuvo la voz y varios cazadores se quedaron viendo la escena—. Cuando lleguemos a mi campamento responderá las preguntas que le haga. Me dirá dónde está su hermano. Me dirá dónde están los profetas. Y después me ayudará a capturarlos a todos.
Dereck supo que debía detener al General antes de que Sakti soltara el relámpago que escondía en su silencio. Pero la princesa encaró otra vez al General y el soldado supo que las cartas ya estaban sobre la mesa. La tormenta iba a caer sobre ellos.
—Has olvidado hacer la pregunta más importante, Sigfrid —dijo ella con voz suave y pausada—. Tenías que haber empezado con «¿Qué ha hecho en estos años, Alteza?». Pero no te preocupes, yo te lo diré. He estado pensando. He estado cuestionando. He estado meditando. ¿Por qué soy lo que soy? ¿Por qué soy un «error», como dices? Y, ¿sabes?, al final encontré la raíz y ni Darius ni el amo Mark tienen la culpa de en lo que me he convertido.
A la distancia la lluvia empezó a caer con timidez sobre las copas de los árboles. Dereck la escuchó acercarse lentamente, como la ola perezosa a la orilla de un lago durante un día de poco viento.
—Si no hubiese conocido a Darius, no habría aprendido el valor de cuestionar lo que se me dice. Todavía sería sumisa. No habría conocido a Darius si Adad no me hubiese llevado a los profetas. Adad no me habría llevado a ellos si él no me hubiera encontrado en Lahore. No me habría encontrado en Lahore si el amo Mark no me hubiese cuidado. El amo no me habría aceptado si las aldeas krebins no hubiesen ardido. Las aldeas no habrían ardido si los vanirianos no me hubiesen buscado allí. Y ellos no me habrían buscado si alguien no me hubiera abandonado entre los híbridos.
La brisa se hizo más cortante y fría. La tormenta estaba más cerca. Los puños de Sigfrid estaban apretados.
—Olvidemos por un instante que fuiste tú el que me dejó allí. Centrémonos en por qué lo hiciste. ¿Porque te preocupaba que los vanirianos atacaran con todas sus fuerzas Irem o Masca si los dos príncipes Dragones estaban en un solo lugar? Sí, puede ser. Me parece bastante válido, una justificación excelente. Pero tengo otra hipótesis. Se suponía que yo nacería en el desierto pero mis padres escaparon. Volaron al otro lado del mundo sobre una esfinge justo cuando estaban más vulnerables. ¿Por qué, Sigfrid? ¿Por qué?
Dereck también se lo había preguntado muchas veces. Si Istar y Velmiar hubiesen seguido el plan, Sakti habría nacido en Irem. Habría crecido en una guardería, rodeada de seguidores cariñosos; o en los jardines de Palacio de Masca, servida por cuidadoras fascinadas por la promesa de su espalda. Pero no. Sakti se había criado entre krebins que la golpeaban y castigaban por ser diferente.
—Ellos huyeron por la misma razón que Adad y yo escapamos de Masca. Huyeron porque tú y tío los habían manipulado. —Sakti saboreó las siguientes palabras—. Me abandonaste en el Oeste porque soy tu error. Tu vergüenza. La prueba de que traicionaste a mi madre. La prueba de que eres un fracaso de Guardián.
Un destello de luz cercano anunció la caída de la tormenta. El primer relámpago cayó cerca del campamento, apenas a unos metros del borde este. Tronó tan fuerte que varios cazadores se encogieron sobre el suelo, con las manos sobre las orejas. Pero Dereck apenas lo escuchó porque lo que oyó fue el crujido de la clavícula de Sakti cuando Sigfrid la golpeó con todas sus fuerzas. A pesar de la conversación venenosa entre el General y la princesa, Dereck no se esperó ningún golpe. Sakti sabía que era muy pequeña como para herir a Sigfrid con un solo puño. Y Sigfrid nunca, jamás, había levantado la mano contra un Aesir por la furia. Por eso no pudo hacer nada para defender a Sakti, aunque la princesa reaccionó en el último momento. Si no se hubiese corrido a un lado, el General le habría roto el cráneo.
Sakti cayó al suelo de medio lado, incapaz de levantarse o mover el brazo derecho. A pesar de la capucha, Dereck supo que Sigfrid le había fracturado la clavícula. Esta vez, cuando el General estiró una pierna para patear a la princesa, Dereck sí pudo reaccionar. Se coló por detrás del General y lo sostuvo por las axilas. Apenas pudo detenerlo por un par de segundos, porque al instante Sigfrid le lanzó el codo a la cara y le quebró la nariz. Una cortina carmesí con destellos dorados nublaron la vista de Dereck, pero el soldado supo que Sakti pudo levantarse y echar a correr porque escuchó al General gritándole que se detuviera.
Dereck intentó correr detrás de ambos, pero el golpe de Sigfrid lo había derribado. Ni siquiera sabía si estaba despierto. Lo que lo espabiló fueron los goterones de agua, mezclados con los gritos del General mientras apartaba a empujones a los cazadores que le bloqueaban la ruta que Sakti había tomado. «Debo levantarme», pensó Dereck mientras agitaba la cabeza. «Si el General la alcanza... ¡Y la trampa...!».
Echó a correr. Al principio estuvo tan desubicado que a lo mejor dio vueltas en círculos o avanzó en la dirección contraria del General y la princesa, pero una corazonada lo hizo doblar rutas alternas, pasar entre tiendas y cazadores y avanzar por entre los barriales provocados por la tormenta. Llovía con tanta fuerza y los relámpagos caían tan cerca que Dereck apenas podía ver o escuchar nada. Pero cuando al fin reconoció una enorme figura encapuchada, el soldado la embistió con todas sus fuerzas. Sigfrid y él rodaron por el lodo. Dereck conocía los movimientos básicos de Sigfrid, así que se apartó antes de que el General le diera un cabezazo que lo noqueara. Levantó la mirada por un segundo, apenas para asegurarse de que Sakti escapaba. Vio su melena gris empapada mientras se perdía entre el gentío. Luego esquivó un puñetazo que iba hacia su quijada, pero no pudo evitar el rodillazo que lo partió por la mitad y le sacó el aire. Intentó aferrarse a Sigfrid y explicarle a gritos que no podía herir a Sakti. «La princesa se había dejado atrapar. ¡Estaba dispuesta a que nos la lleváramos! Y usted la hizo cambiar de opinión con sus palabras, ¡grandísimo idiota!». Pero hasta los golpes más débiles de Sigfrid eran demoledores y Dereck no pudo sostener al General ni levantarse.
A la distancia, Sakti gritó. «Llegó al perímetro del campamento», supo Dereck. Algún soldado la habría reconocido y agarrado. Herida como estaba, cualquier cosa que la rozara le dolería como los mil demonios. El Guardián se esforzó en sentir el dolor de Sakti por medio del vínculo mágico, porque supuso que eso lo espabilaría lo suficiente para ir en su auxilio. Pero apenas lo intentó, sintió grietas ardientes en todo su cuerpo. Se estaba despedazando. Una fuerza indescifrable lo estaba destruyendo.
Un nuevo relámpago cayó en medio del campamento e incendió las tiendas más altas. A pesar de la lluvia, el fuego se extendió como una serpiente escurridiza, pero nadie intentó apagar las llamas. Todos tenían la mirada puesta en la figura blanca que se levantaba al borde del campamento. Dereck se levantó sobre un codo a tiempo para ver a Sakti mientras desplegaba las alas. Los soldados que debieron de haberla cogido seguro ahora se apartaban de ella, sorprendidos o heridos por la repentina aparición de las filosas escamas de madreperla. Con la lluvia, las nuevas alas de Sakti no secarían lo bastante como para permitirle volar pero Dereck supuso que la princesa daría coletazos y escaparía sobre las patas.
Unos destellos de oro rodearon al Dragón y lo tiraron al suelo. Dereck escuchó el gañido de dolor de Sakti al caer sobre la clavícula herida, que no habría podido sanar a pesar de la transformación. Los cazadores habían retrocedido, así que Dereck vio claramente a Sigfrid mientras se acercaba a Sakti. Una cadena de oro brillaba en el puño del General.
—¡No, deténgase! —aulló Dereck—. ¡Apártese, rápido!
Pero Sigfrid lo ignoró y avanzó hacia la princesa mientras desenfundaba el espadón que llevaba a la cintura. «¿Ha perdido la cabeza?», se preguntó Dereck. «¿Es que quiere matarla?». No se podía creer que las palabras de Sakti hubiesen irritado tanto a Sigfrid como para que la atacara. Ese comportamiento era muy violento, incluso en alguien tan usualmente malhumorado como el General.
—¡Apártese! —gritó otra vez Dereck. Sacó fuerzas de flaqueza, se levantó y corrió de nuevo hacia Sigfrid.
Tenía que detenerlo antes de que hiriera a Sakti, pero también antes de que...
Fue demasiado tarde. Al fin Sigfrid estuvo dentro del rango de ataque de la princesa. Sakti se levantó sobre las patas traseras, rugió y las cadenas mágicas que la aprisionaban se rompieron en miles de fragmentos electrizantes que se esparcieron con la lluvia y electrocutaron a los que estaban más cerca. Sigfrid se detuvo por el pellizco de electricidad y Sakti giró sobre las patas a toda velocidad. Su cola de acero golpeó a Sigfrid con todas sus fuerzas y mandó a volar al Primer General contra unas tiendas.
Sigfrid era un hueso duro de roer pero hasta él resintió un ataque directo del Primer Dragón. El General aún no se había espabilado cuando Sakti se detuvo delante de él, gruñendo. Tenía los labios levantados y los dientes al descubierto. Un destello ámbar empezó a formarse en la base de su cuello, porque preparaba una bonita descarga de fuego para Sigfrid. Pero al fin Dereck los alcanzó y se situó entre el Dragón y el General.
—Lo sé, Alteza, ¡lo sé! —imploró el Guardián—. Ya lo he entendido, ¡de verdad! Pero por favor deténgase. Muchas vidas inocentes dependen de que el General siga con vida. Si lo mata perderemos el control que hemos recuperado en los últimos años. ¡Los vanirianos ganarán y nos matarán a todos!
El destello ámbar se desvaneció, pero los labios se mantuvieron levantados y el gruñido quedó constante por varios segundos. Al fin Sakti acercó su cabezota de Dragón el rostro ensangrentado de Dereck. Por un momento, el rostro de la princesa fue aesiriano otra vez.
—A veces pienso que el mundo estaría mejor si los vanirianos destruyeran a los aesirianos —siseó ella. Su voz fue gutural, de dragón—. Pero luego aparece alguien como tú que me hace cambiar de opinión. Otra vez. Y de nuevo me hallo sin respuesta. Otra vez.
A pesar del aguacero, los dos escucharon los pasos metálicos y las voces de los soldados que empezaban a rodearlos para atrapar al Primer Dragón.
—La trampa... —murmuró Dereck—. ¡Alteza, si se va a ir debe hacerlo ya! —Sakti ladeó la cabeza y lo miró con ojos amarillos. A Dereck le gustaban más cuando eran grises.
—Dereck... —susurró ella—. ¿De qué lado estás?
Antes de que el Guardián pudiera responder, el rostro de Sakti fue otra vez el de un Dragón. Ella giró, se irguió sobre las patas traseras y agitó las alas. Cuando despegó levantó una cortina de agua y barro que cubrió a Dereck y a su mentor. Entre los gritos de la tormenta, los cazadores y los soldados, el Guardián reconoció el «clic» de las lanzadoras que habían construido para ese momento. Varias redes volaron por los cielos hacia el Dragón, pero el peso de la lluvia derribó la mayoría, Sakti burló las demás y la única que sí alcanzó a la princesa se deshizo en llamas cuando ella dio un rugido de fuego.
Sakti desapareció entre la tormenta.
Dereck miró las nubes que el Dragón había atravesado. En el campamento los cazadores luchaban contra las llamas que había provocado aquel fatídico relámpago. Los pasos metálicos de la tropa de Sigfrid los rodearon, también envueltos en gritos con preguntas e instrucciones. Antes de que Dereck pudiera tan siquiera procesar lo que acababa de ocurrir, ocho oficiales uniformados con armadura escarlata de pecho y hombro derecho lo rodearon. El Escuadrón Fuoco desenvainó a la vez y lo apuntó con ocho espadas distintas. Dereck vio las expresiones de lamento de sus compañeros, pero supo que ellos solo seguían órdenes.
Un hombre alto, envuelto en una armadura dorada de pecho y hombro derecho, se abrió paso entre los oficiales de alta categoría y encaró al Guardián. Dereck nunca había visto tanta furia en la expresión de Enlil Tonare.
—Al suelo, Sunkel. Terminemos con esto de una vez.
Los años de entrenamiento militar lo empujaron a obedecer, pero Dereck se detuvo. No podía arrodillarse. No podía ofrecerse tan fácilmente.
—Señor, no...
—Al suelo, he dicho.
—¡Pero señor...!
—¡Arrodíllate!
Dereck tembló. El Escuadrón Fuoco se esforzó en mantener un rostro impasible, pero Dereck vio su miedo y su lástima. Los soldados de Sigfrid también tenían marcado el temor porque nunca nadie, jamás, habría imaginado que a Dereck Sunkel, el soldado número uno del ejército, el Guardián de la princesa portadora del Primer Dragón, sería condenado a un lavado de cerebro.
—Él protegió al General Montag —intervino alguien—. ¡Dereck impidió que la princesa quemara al General!
—Cuando quiera tu opinión te la pediré, Kael —cortó Enlil con frialdad.
Kael se había abierto paso entre el Escuadrón, pero las palabras del Segundo General lo hicieron retroceder. El mago alado miró con desesperación a Dereck porque supo que les quedaba poco tiempo. Si Dereck caía en un lavado de cerebro faltaría poco para que Kael lo siguiera. Y entonces ¿quién defendería a los Dragones? ¿Quiénes protegerían a los príncipes?
Dereck se arrodilló. Cuando Enlil le puso una mano sobre la cabeza, el soldado lo fulminó con sus ojos verdes como el bosque.
—¿Al menos me preguntará por qué lo hice?
—... ¿Por qué atacaste a tu oficial a mando y dejaste escapar a una fugitiva? —La voz de Enlil fue tan parecida a la de Sigfrid que Dereck estuvo seguro de que no importaba lo que respondiera. Sus palabras caerían en oídos sordos. Pero aun así tenía que intentarlo.
—Para eso me eligieron. Para eso me seleccionaron de entre miles de candidatos. Para eso el Tercer Dragón me dio el huevo de Huggin: para protegerla. Por eso ataqué al hombre que le quebró la clavícula. —La mano de Enlil se iluminó, pero Dereck no sintió calor alguno sino frío puro. Como si la tormenta que los rodeaba fuera de nieve y hielo—. Me eligieron para protegerla, incluso de sí misma. Y por eso no dejé que hiciera algo que pudiera lamentar después. Por eso no dejé que matara al General Montag.
El hechizo de Enlil se intensificó. Dereck apretó los dientes, deseando y aferrándose todavía a la esperanza de que sus recuerdos y pensamientos se quedarían con él. No pudo recordar algún momento en el que tuviera tanto miedo como en ese instante.
—¿De qué lado estás? —preguntó de repente Sigfrid. Dereck supo que el Primer General todavía estaba en el suelo, demasiado herido y cansado como para levantarse aún. El soldado tragó fuerte, porque quizá las siguientes palabras serían las últimas que pronunciaría en su vida.
—En el de ella. Siempre.
Apretó los ojos, aterrado. Sabía que si miraba hacia su izquierda Kael le mantendría la mirada en un último e incondicional apoyo, pero tenía demasiado miedo como para ver a su amigo. Porque entonces quizá diría algo que comprometería a Kael. Enlil no esperaría a que el mago alado cometiera un desliz delante de una tropa entera. Lo arrodillaría y le lavaría el cerebro sin siquiera darle la oportunidad de defenderse.
Pero Enlil retiró la mano y el hielo que congelaba sus pensamientos se disipó. Dereck perdió el equilibrio y cayó sobre el lodo. Sus dedos acariciaron el barro, agradecidos.
—Es cierto que salvaste a tu oficial a mando. Eso te salvó a ti. Pero esta es una excepción. No habrá una segunda oportunidad. —Dereck respiró profundamente y se arrodilló de nuevo.
—Lo entiendo, señor. Gracias.
Enlil asintió y pasó a su lado para situarse junto a Sigfrid. El golpe del Dragón le había deshecho la capucha y la armadura. Tenía trozos de metal incrustados en la piel. Ni siquiera el peto que usaba por debajo le había evitado el daño.
—Hay que llevarte a un curandero de inmediato —señaló Enlil mientras se pasaba el brazo de Sigfrid por encima de los hombros—. ¿Puedes avanzar? ¿Me escuchas?
Sigfrid se levantó con el apoyo de Enlil y miró fijamente a Dereck.
—Le dijiste a la princesa que lo sabes, que lo has entendido. ¿A qué te referías?
Pero antes de que Dereck pudiera responderle, Sigfrid se tambaleó. De no ser por Enlil habría caído de nuevo al suelo. El Segundo General ordenó a los soldados que se quitaran de en medio para llevar a Sigfrid donde un curandero y le pidió a Kael que lo ayudara a cargar a Sigfrid. Pero el mago alado se quedó plantado en su sitio, con la mirada fija en el cielo. Por un instante Enlil y Dereck creyeron que Sakti había regresado y que atravesaría las nubes envuelta en flamas para acabarlos a todos. Pero en lugar de un dragón, la luna se asomó por entre las nubes.
Pero no era una luna plateada como la que esperaban, una luna llena capaz de provocar desbalances.
Por entre los vapores grises de las nubes de tormenta se asomó una moneda teñida de sangre.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina
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