Kael se incorporó lo mejor que pudo. Tenía todo el cuerpo magullado y un ojo hinchado por el puñetazo que recibió. ¡Maldita sea! Se especializaba en hechizos, no en peleas cuerpo a cuerpo, y los groliens eran muy resistentes a los mejores de sus ataques. Si acaso logró neutralizar a dos, pero todavía había siete groliens que se mantenían muy enteros. Él, en cambio, estaba lleno de moretones y heridas. Si tan solo pudiera volar, si tan solo pudiera estar por encima de sus cabezas unos cuantos segundos, podría lanzar un hechizo comprometedor para ellos. Pero lanzarlo en el suelo, al mismo nivel que los enemigos, sería suicidio.
—¿Notaron que tiene unos muñones en la espalda? —dijo uno de los vanirianos, con una sonrisa pícara—. Hasta los aesirianos tienen un término para gente como él: mutilado.
Kael apretó los ojos con tanta fuerza que incluso creyó que el cerebro los absorbería. Cuánto daría por volar de nuevo. Cuánto daría por ser el niño feliz, listo y útil que una vez sirvió a Velmiar.
«Interesante», susurró una voz en su cabeza. Kael se estremeció, porque sintió que una mano invisible le acariciaba los muñones. Creyó que se trataba de un kredoa que se había colado detrás de él, así que preparó un hechizo y lo lanzó. No escuchó el grito de ningún vaniriano, pero la pared que estaba detrás de él soltó una buena capa de polvo marmóreo.
«No te atrevas a destruir mi Edén», lo regañó la voz. «Te ayudaré si me permites hacer un pequeño experimento contigo».
El polvo que había saltado de las paredes tendría que servir como distracción. Kael no sabía qué era esa extraña voz y tampoco quería quedarse a averiguarlo, así que se escondió entre la cortina de polvo e intentó huir. Pero uno de los groliens se acercó a él antes de que se perdiera de vista, y lo hizo con tal velocidad y fuerza que embistió al aesiriano y lo golpeó contra la pared. Era inútil. Kael estaba perdido.
«Equipo de herramientas Fafnir a la sección U–7126. Misión: ejecución».
El grolien avanzó hacia Kael, a la vez que abría y cerraba los puños como si fueran tenazas. El aesiriano había visto suficientes peleas para saber que ese movimiento significaba que el grolien lo decapitaría con las manos. Pero justo antes de que el vaniriano lo alcanzara, tres haces de luz salieron disparados de la pared. Las luces blanquecinas tenían forma de dragones bípedos, que se lanzaron sobre los vanirianos sin compasión alguna.
Kael permaneció inmóvil e incrédulo mientras las herramientas Fafnir cumplían con la misión y ejecutaban a los vanirianos. El muchacho reconocía a las criaturas, porque las había visto en las expediciones arqueológicas de Velmiar, lo cual no las hacía menos terroríficas ni más simpáticas.
«Interesante», repitió la voz de la sincronización. Kael sintió de nuevo las manos invisibles, aunque esta vez le pareció que tenían muchos dedos. «Esto es lo que llaman un mago alado, ¿verdad? Eres un pajarillo al que le han cortado sus alas. Quiero analizarte. Me pregunto... si será posible que...».
El Guardián no escuchó el resto del comentario porque sintió unos pellizcos incómodos en brazos, piernas y espalda. La pared que antes fue de sólido mármol ahora era blanda como gelatina y lo absorbía. Además, unos cables salían de la roca modificada, lo pellizcaban, se le insertaban en la piel y lo rodeaban como si fueran una camisa para locos. Apretaron y punzaron con tanta fuerza que Kael gritó.
«Oh, un llorón», bufó la voz. «No me gustan los sujetos chillones. Son malos objetos de estudio».
Uno de los cables se incrustó en la nuca de Kael y lo puso a dormir mientras la voz hacía su experimento con él.
«Misión ejecución en sección U–7126, completada. Un éxito», recitó. «Tren Azor de camino al jardín del Edén. Grupo de híbridos...». La mujer hizo una pausa, mientras que con la sincronización observaba a Geri, Ryaul y los profetas, que se marchaban. Habían llenado las cantimploras en el lago subterráneo y ahora iban de camino a la superficie. Les tomaría unos cuantos días, pero lo lograrían.
Los híbridos... podría matarlos, podría acabar con la amenaza de su sangre mestiza, pero...
Vio a Darius.
Vio al muchacho pasar un brazo por encima del hombro de un gemelo, para ayudarlo a avanzar porque todavía estaba débil. Pudo haber matado a los híbridos con las herramientas Fafnir, pudo haber modificado momentáneamente el agua para envenenarlos, o variar la presión de las ruinas para ahogarlos, o pudo haberlos decapitado en cuanto llegaron al Edén. Pero no lo hizo. Incluso sanó al gemelo herido para que se sobrepusiera a la pequeña infección que lo tenía con fiebre.
Y todo por Darius.
«No es él», se dijo a sí misma. «No es mi Fafnir, no lo es».
Lo que quería decir que podía matarlos a él y a los híbridos. Se sintió tentada a enviar una herramienta Fafnir para acabar con ellos, pero cambió de opinión en el último momento. «No es Fafnir... Pero se le parece lo suficiente como para que los deje ir».
La Aesir decidió perdonarlos, se acomodó entre los cables de sincronización que la rodeaban en el Hlidskjalf, estudió el resto de la estructura y se concentró en el experimento con el alado mutilado. «Ahora hay que experimentar, experimentar es bueno, experimentar… aleja las memorias que hacen daño». Así que trabajó en Kael para darle alas no solo a sus recuerdos.

