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Capítulo 23

23
MEMORIAS PERDIDAS

No supieron que se quedaron dormidos hasta que se despertaron. Fue como si el primer rayo del día cayera sobre ellos, acompañado de una brisa revitalizante; salvo que no hubo luz ni calor. Solo la brisa helada del Bosque Ambulante. Como sincronizados, todos los rebeldes se levantaron de un salto y buscaron a los invasores de un lado a otro. No había rastro de ellos ni en la orilla ni en los árboles que cercaban el lago. Lo único que destacaba era los cuerpos de los rebeldes fallecidos; no porque se quedaron inmóviles, tendidos en el suelo, sino porque estaban limpios. El pelaje de los groliens estaba húmedo y peinado. Las heridas de las arpías y ordinarios estaban sonrosadas, en contraste con la piel pálida. Las caras, uñas, brazos y piernas antes manchados de tierra estaban ahora inmaculados. Todos tenían los brazos cruzados sobre el pecho y flores amarillas sobre los párpados cerrados.
Los sobrevivientes se acercaron lentamente a los cuerpos sin saber lo que sucedió. ¿Quién hizo eso? ¿Y dónde estaban los soldados?
—La dama del lago se los llevó a su morada —respondió una voz aterciopelada, cerca de la entrada de la caverna.
Todos dieron un respingo y se giraron hacia Adad. El príncipe estaba sentado en una roca, con Kael recostado a su rodilla. Tenía una mano sobre la cabeza de su Guardián, pues le hizo cariño mientras dormía. El soldado alado acababa de despertarse, porque tenía los ojos abiertos como platos y miraba de un lugar a otro. Él estaba tan confundido como los demás. Adad continuó:
—No le gustó que derramaran sangre en su hogar. Pero le gustó mucho menos que el soldado de Mare la tocara. Ahora duerme —agregó mientras señalaba la cascada inmóvil—. Comer tanto le dio sueño.
Todos miraron el lago. Estaba tan liso como siempre, salvo que ahora parecía la mismísima luna de sangre. Todos supieron que fuese lo que fuera lo que habitara en ese lago, era lo bastante terrible como para devorar a una tropa entera; pero también era lo bastante benevolente como para no incluir en el platillo a los rebeldes y, además, hacerse cargo de los cuerpos de los fallecidos. ¡Qué criatura tan escalofriante y considerada!
—¿Se los llevó a todos? —preguntó una voz horrorizada. Los rebeldes se giraron hacia Dagda, quien estaba acompañado de un perplejo Geri y de una palidísima Riza—. ¿Viste que se llevaran a todos?
Adad lo miró sin pestañar. Otra vez intentaba recordar el rostro de ese muchacho que hacía eco con sus recuerdos trastornados por la fusión y el destino. Como vio que Adad no lo reconocía, Dagda desesperó. Tomó impulso para echarse al lago, pero Riza lo sostuvo del brazo antes de que molestara de nuevo la superficie lisa. Dos pares de brazos se sumaron a los de la muchacha: Luka y Aldith habían ido al rescate.
—Si mueves el agua —masculló el trampero— molestarás a la criatura que nos salvó.
Aldith agarró a Dagda con más fuerza y lo apartó de Riza y Luka. Lo levantó en el aire y lo empujó con todas sus fuerzas hacia el lado contrario. Dagda cayó al pie de un árbol. Aldith lo miró enojado.
—Ya hiciste bastante con haber traído a la tropa hasta aquí.
Los rebeldes jadearon juntos. Sus miradas incrédulas y acusadoras cayeron sobre Dagda. El gemelo miró a sus vecinos y amigos; todos le arrugaron la expresión. Miró a la tía Frey, quien lo vio con ojos grandes y asustados. Frigg dio un paso atrás a la vez que negaba rápidamente con la cabeza. Miriam bajó la mirada. Solo Garrow y Vash mantuvieron los ojos fijos en él; comprendieron por qué lo hizo pero juzgaban su imprudencia. Fue un idiota.
—¡TÚ! —bramó el tabernero grolien mientras avanzaba hacia Dagda—. ¡Nos traicionaste! ¡Lo sabía!
—¡No quise traerlos! —gritó Dagda mientras retrocedía sentado—. ¡Solo quise traer a mi hermano de regreso! ¡Los soldados se colaron!
—Lo hiciste a espaldas de todos —murmuró Garrow—. Oh, Dagda. Si nos hubieses dicho entonces...
—¿A espaldas de todos? —Dagda se atragantó. Su voz se tiñó de un tono amenazador que tensó a los rebeldes, aunque ninguno supo por qué. El gemelo señaló a Luka, a Aldith, al tabernero y a cuanto líder reconociera entre la muchedumbre—. ¡Ellos planearon a mis espaldas matar a mi hermano! Si intentar salvar a Airgetlam fue traición, que quede claro que ustedes me traicionaron primero.
El tabernero siguió adelante. Riza se interpuso para detenerlo, pero bastó con un empujón para quitarla del camino. Dagda se levantó para enfrentar al grolien con la furia y el miedo que ardían en su interior. Antes de que el líder rebelde lo alcanzara, Adad se interpuso. Tanto el tabernero como el gemelo dieron un paso atrás, porque no vieron a Adad llegar. Simplemente se apareció con sutileza. Kael estaba a unos pasos, con sus alas extendidas. El porte gallardo de su ascendencia de las Arenas era suficiente para mantener a los otros rebeldes apartados.
—Este es el niño de Darius —dijo el príncipe. El grolien miró los ojos desenfocados de Adad; aunque la locura era evidente, también lo era la lucha para sobreponerse a ella—. Si lo enfrentas, me enfrentas a mí.
Los dedos del príncipe comenzaron a chispear. Los groliens eran resistentes contra los hechizos mágicos, pero a esa distancia Adad podría volarle los sesos. Además, era un príncipe aesiriano, un Dragón además. Si se lo proponía, podía matar al mismísimo Demonio Montag. El tabernero retrocedió pero fijó su atención en Dagda. No estaba dispuesto a dejar pasar la culpa del gemelo.
—Estás desterrado —le dijo—. Eres un traidor y no te queremos más aquí.
Los rebeldes guardaron silencio, con excepción de Garrow, sus hijos y Riza. La familia de Dagda insistía en que debía de haber otra solución, mientras que Riza decía que la culpa no era solo de Dagda. Por suerte nadie le prestó atención y el gemelo la convenció de callar al llevarse el dedo a los labios con disimulo. Adad y Kael avanzaron hacia el grolien para lograr por las malas lo que las tías de Dagda no conseguían por las buenas, pero el muchacho los detuvo.
—Está bien. Aunque no era mi intención traer a los soldados aquí, acepto mi responsabilidad por lo ocurrido. Si es lo mejor, me marcharé.
—Dagda, ¡no! —Riza extendió una mano para sostenerlo, pero alguien la sujetó por atrás y la detuvo. La mano de Kryos parecía un témpano de hielo.
—Es lo mejor —repitió Dagda mientras avanzaba hacia las marcas de un par de botas, justo en el último sitio donde vio a su gemelo antes de la intervención del Dragón—. Solo necesito saber algo antes de marcharme. —Miró a Adad—. ¿Mi hermano está bien?
Los rebeldes torcieron el gesto. «¿Cómo puede ser tan necio?», pensaron unos. «¡Todo esto por su hermano! ¿Es que no entiende que jamás podrá recuperarlo?». Pero Dagda aún no podía darse por vencido. Menos cuando tenía una evidencia delante de sus narices: mientras que todos los rastros de la tropa invasora habían desaparecido –igual que la sangre y la tierra en los cadáveres de los rebeldes– las huellas de Airgetlam todavía eran visibles.
—Cuando uno ve el verdadero rostro del bosque y presencia a la dama del lago, no hay vuelta atrás. Esas son vistas no aptas para mortales —explicó Adad con una sonrisa.
Dagda le entendió: aquel que mirara la verdadera forma del Bosque Ambulante moriría o se volvería loco. Por eso Adad pudo mirar aunque todos los demás se quedaron dormidos; él ya estaba demasiado loco como para que la escena surtiera algún efecto en él. Y si así era, entonces había esperanza.
—Airgetlam está bien. Él no tiene mente ni voluntad propia. El bosque sabe que él necesita tanta ayuda como todos los demás.
Adad asintió. La cuestión era ¿a dónde fue Airgetlam? Si no tenía voluntad propia, no habría iniciado un camino por su cuenta a no ser que Enlil o Arker le indicaran que regresara al campamento militar si se encontraba solo tras una misión.
—Me llevaré al soldado que está en la caverna —indicó Dagda—. Será mi guía hacia mi hermano.
Vio la desconfianza de los rebeldes. A lo mejor creían que ahora que se le expulsó de la rebelión, se uniría a los militares por venganza. En sus caras también vio confusión.
—No hay ningún soldado adentro —le dijo Luka.
—Sí lo hay —lo corrigió Riza—. ¡Me encargué de que se quedara quieto en su lugar!
Tras la tunda que le dio, Arker debió de haber dormido durante el ataque del Bosque Ambulante y, por ende, estar a salvo. Todavía debía de estar noqueado allá adentro.
—No hay nadie —repitió Luka—. De veras.
Los rebeldes revisaron. Al cabo de unos minutos Riza fue junto a Dagda para confirmarle que Arker había desaparecido. Tampoco había indicios de él en los alrededores. Al único que encontraron fue a Ryaul, que se había noqueado a sí mismo con el veneno de la mantícora para evitar la vista del Bosque Ambulante. Dagda apretó los dientes. Ya sabía por qué su hermano se había marchado: Arker se lo había llevado mientras todos dormían. Adad estaba tan chiflado que apenas se daba cuenta de nada, por lo que no notó la huida de los dos telépatas sobrevivientes al ataque.
Los rebeldes, en especial los vanirianos sobrevivientes, comenzaron a desesperarse. Lanzaban miradas apremiantes a Dagda. La única razón por la que no se le tiraban encima era porque Geri y Adad los destrozarían si le ponían un dedo encima.
—Voy contigo —insistió Riza—. Yo también amo a Airgetlam. Haré todo lo que pueda para que regrese.
—Por eso necesito que te quedes. —Dagda bajó la voz—. Ahora que Kael está aquí, Adad tiene un mejor agarre de la realidad. Entre tú y Kael pueden ayudarlo a recuperarse lo suficiente como para sanar la mente de Airgetlam cuando yo regrese con él. Porque lo haré. Regresaré con mi hermano. Te lo prometo.
Riza apretó los labios. No le gustaba que la dejara por fuera ahora, cuando ambos acordaron salvar a Airgetlam juntos. Pero sabía que Dagda tenía razón. Adad tenía la capacidad de arreglar la mente de Airgetlam, pero antes necesitaba que le sanaran la suya. Además, ahora que los rebeldes expulsaron a Dagda ya ese no era un sitio seguro para los gemelos. Riza podía convencerlos de lo contrario o procurar que Adad garantizara la protección de Dagda y Airgetlam en cuanto regresaran. Respiró profundo y asintió.
Dagda y Geri marcharon juntos, guiados solamente por una corazonada.

****

Apenas pudo sostenerse del árbol. El vómito trepó por su garganta y salió disparado a sus pies como una erupción volcánica. Dios, se sentía tan mal. Había recibido muchas tundas en su vida, pero ninguna tan salvaje como esa. Aquella muchacha en verdad lo detestaba. Solo eso explicaba que se hubiese ensañado tanto con su pobre cabeza. Si Riza hubiese tenido entrenamiento militar y por lo tanto más fuerza en los brazos, habría hecho mucho más que noquearlo. Lo habría matado. En realidad, quizá sí lo había conseguido. Cualquier aesiriano, fuese telépata o no, tendría secuelas graves después de tantos golpes a la cabeza.
—Airgetlam —lo llamó débil y mareado. Como si ya no tuviese suficiente con la neblina del Bosque Ambulante, la visión se le nublaba—. Si me desmayo tienes que cargarme. Te ordeno llevarme al campamento del General Enlil.
Airgetlam asintió. Sus ojos no se movieron del punto muerto en el que estaban perpetuamente fijos. Arker se preguntó si el gemelo podría sacarlo de esa dimensión alterna. ¿Sería capaz de encontrar la salida y su camino hacia el campamento militar? Si Arker no le hubiese dicho que caminara, el gemelo se habría quedado inmóvil delante del lago, rodeado de enemigos. En su estado Airgetlam no se habría defendido si los rebeldes lo hubiesen atacado, aunque quizá su hermano y el príncipe lo habrían defendido.
El príncipe... De entre todos, el Dragón fue el único que estuvo despierto. Sus ojos miraron la quietud de los durmientes y el lago sangriento con una expresión que causó escalofríos a Arker. El telépata ya sabía que el príncipe no estaba en sus cabales porque se le había informado de los expedientes médicos encontrados en Kehari. Pero una cosa era verlo escrito en el papel y otra muy distinta era presenciarlo. Por un instante Arker estuvo tentado en lanzar una onda telepática al Dragón para llevarlo a los Aesir, pero se lo pensó mejor. Además de que estaba demasiado débil, supo que no debía arriesgarse. Adad lo había visto, pero no lo miró. Sus sentidos estaban lo bastante espabilados como para percibir amenazas, pero no lo bastante como para registrarlas por largo tiempo. Si Arker hubiese atacado, Adad lo habría matado de un mordisco y después se habría olvidado por completo de él. Su mente perturbada no habría registrado la muerte recién provocada.
«¿De verdad nuestra salvación está en manos de ese Dragón?». De los dos príncipes portadores, Adad fue el más dulce y carismático. El cuerdo. Si ahora tenía esa expresión de absoluta locura no quería ni imaginar qué tan chiflada estaría la princesa Sakti Allena. Arker la había conocido cuando era un niño, en la misión de rescate militar de Heimdall que la misma princesa lideró. Aunque la vio muy bajita, menuda y silenciosa como para ser una princesa, sus ojos fríos, violentos y tristes lo habían asustado. Incluso de niño percibió todo el poder embotellado en ella y lo fácil que le sería desatarlo sobre el mundo sin arrepentimientos.
Otra arcada lo detuvo pero ya su estómago estaba vacío. No resistiría mucho tiempo más. Necesitaba un doctor. Su vida dependía de Airgetlam, pero el gemelo dependía de la guía de Arker para avanzar. «Aunque me cargue, solo caminaría sin seguir una dirección. Me moriría a su espalda y él ni cuenta se daría. Solo seguiría caminando hasta que él mismo se muriera de agotamiento».
Las siluetas entre la niebla se siguieron apareciendo a la distancia. Lo acompañaban en silencio. Arker no sabía si eran alucinaciones suyas, rebeldes que le seguían la pista o los fantasmas que se decía que rondaban en ese bosque. «¡Déjennos salir!», quiso gritarles pero supo que sería en vano. Si las siluetas pudieran hablar, le responderían que fue él quien entró sin permiso a esa tierra. Lástima que no era tan fácil salir como lo fue entrar. Arker ya le había pedido a Airgetlam que iniciara el enlace con Dagda para que la teletransportación los sacara de ese bosque a la vez que llevaban al otro gemelo al campamento militar. Pero fue en vano. Airgetlam tenía la esencia de la teletransportación, pero requería una mente activa para iniciar el enlace con Dagda. La única forma era que el otro gemelo comenzara la teletransportación por su cuenta. Pero después del disgusto de la invasión militar a la caverna, ya ni lo intentaría.
Escuchó el chasquido de una rama. Arker se detuvo, sudando frío. Tal vez se lo había imaginado. Tal vez la muchacha le hizo tanto daño en la cabeza que ya tenía alucinaciones auditivas. Pero no lo creía. Durante todo ese tiempo vio sombras y nubes de niebla que asemejaban personas, pero no escuchó nada. Ni siquiera sus pasos o los de Airgetlam.
Se giró tan rápido como su cabeza reventada se lo permitió. Apenas tuvo tiempo de ver las fauces abiertas de par en par de un lobo gigante. Arker levantó el brazo para protegerse la cara. Geri se lo prensó. Sus colmillos se enterraron en la carne. Con un simple movimiento feroz le rompió el brazo con un chasquido. Arker aulló, consciente de que el lobo solo tenía que jalar para arrancarle el brazo.
—¡Airgetlam! —gritó con todas las fuerzas que le quedaban—. ¡Ataca!
Geri echó la cabeza hacia atrás. Arker sintió que los músculos y el húmero se desprendían. Escuchó el crujido nefasto del hombro derecho. Pero antes de que la sangre pringara su rostro y el de Geri, el lobo se dobló por el costado y salió disparado contra un árbol. Antes de desmayarse, Arker vio a Airgetlam en posición de combate.
Un grito surgió del follaje. Dagda se lanzó desde los arbustos hacia la espalda de su hermano. Le rodeó las caderas con las piernas y el cuello con los brazos; se movió de un lado a otro hasta lanzarlo al suelo y lo sujetó con fuerza para cortarle la respiración. Aunque no acusara el dolor, igual deberían apagársele las luces si le faltaba oxígeno.
—¡Quédate-quieto! —gruñó Dagda mientras lo sostenía—. Esto-es-por-tu-¡bien!
Airgetlam forcejeó en el suelo. Como no sentía dolor, se agitaba de un lado a otro sin importar que se golpeara la cabeza, el pecho, los codos o las piernas; menos le importaba aun golpear a Dagda. Con Arker fuera de combate, Geri caminó ansioso alrededor de los gemelos, sin poder intervenir. Sus fauces y garras eran lo bastante terribles para herir de muerte a Airgetlam, y mientras los hermanos combatiesen cuerpo a cuerpo podría matarlos a ambos si intervenía. Las manos de Airgetlam cayeron a los costados, incapaces de continuar la lucha contra los brazos de Dagda. Geri agitó el rabo, contento de que el mayor de los gemelos entornara al fin los ojos. ¡Pronto acabarían con esta tortura! Pero entonces las manos de Airgetlam recuperaron parte de su fuerza. Insertó un codo en el abdomen de su hermano y, con la mano libre, agarró la espada que llevaba a la cintura. Geri intervino, espantado. Embistió contra los hermanos con la fuerza de un toro hasta separarlos. Fue más brusco de lo que planeó, porque lanzó a cada hermano contra un árbol diferente. Dagda quedó tendido debajo del suyo, jadeando entre toses, pero Airgetlam se levantó de inmediato y armado.
—¿Estás bien? —preguntó Geri angustiado, mientras miraba de un hermano al otro. Le preocupaba haberle roto una costilla a Dagda, pero tampoco se atrevía a quitarle el ojo de encima a Airgetlam mientras estuviese en capacidad de atacar.
Dagda también se levantó, aunque aturdido. Abrió los ojos como platos y agitó la cabeza para espabilarse.
—¿Por qué me interrumpiste? ¡Ya lo tenía!
Airgetlam se lanzó contra ambos sin rastro de temor. Geri apenas tuvo tiempo de esquivar el tajo de la espada, pero vio con horror que Airgetlam seguía directo hacia Dagda. El menor de los hermanos se quedó inmóvil, con la cara petrificada. De no ser por Geri, que saltó sobre Airgetlam a tiempo, una mitad del cuerpo de Dagda habría caído sobre los arbustos al lado del camino y otra debajo del árbol. Geri se apretó contra el suelo para aplastar a Airgetlam, hasta que la telequinesia lo levantó por el aire. El lobo aterrizó sobre un árbol bajo y lo destruyó con su peso.
Una vez libre, Airgetlam giró sobre los talones y se lanzó a Dagda. Su hermano perdió el equilibrio y se torció el tobillo. Mientras caía al suelo sintió un aguijonazo en el brazo. La espada le hizo un corte en diagonal por encima del codo. Cayó de medio lado. En la boca sintió el sabor de hojas muertas, tierra húmeda y sangre. Abrió los ojos a tiempo para ver a Airgetlam encima de él, con la espada levantada por encima de la cabeza. «Oh, por Dios», alcanzó a pensar. «Me partirá por la mitad».
Geri intervino otra vez a tiempo. El lobo embistió a Airgetlam por el costado izquierdo con una fuerza demoledora. Airgetlam chocó de medio lado contra un árbol. Esta vez el lobo supo que sí le rompió una costilla, además del brazo izquierdo, pues tenía el codo doblado.
—¿Qué haces? —gimió Dagda—. ¡No lo ataques!
—¡No quiero hacerlo! ¡Pero tampoco voy a dejar que te mate!
Dagda se llevó la mano al brazo herido. El corte ardía, la sangre hervía. La manga se la había empapado y el resto de la camisa se teñía de rojo rápidamente. Geri tenía razón. Si quería recuperar a Airgetlam no podía darse el lujo de dudar. Tenía que golpear con todo a Airgetlam, porque su hermano atacaba sin reservas. Eso lo tenía muy claro, pero cuando estaba delante de él perdía el valor de hacerle algo más grave que asfixiarlo.
Airgetlam se giró de nuevo. No acusó el dolor de la costilla y el brazo roto. Solo miró a sus amigos con unos ojos inexpresivos y un rostro de acero. Aturdido, Dagda se apretó la herida. «Ese no es Airgetlam». Su hermano mayor siempre lo miraba con una sonrisilla confidente y un brillo listo en los ojos. «Ese no es mi hermano. ¿Dónde está?». Más aún, ¿podría recuperarlo? ¿Aun cuando él y Geri se unieran para destrozarle cada hueso del cuerpo y llevarlo a Adad, podrían traer de regreso la mente de Airgetlam?
No pudo respirar. Un nudo le taponeó la garganta. Las lágrimas se le agolparon en los ojos. Estiró los dedos para secárselas, pero no pudo moverse. Despacio, él y el lobo comenzaron a levitar. Los dos jadeaban por un aire que no les llegaba a los pulmones. Airgetlam tenía la mirada fija en ellos mientras los asfixiaba con la telequinesia. Dagda sintió la mano mental del muchacho sobre su pecho, justo donde latía su corazón. Dios, ¡se lo iba a explotar, a arrancárselo del pecho! Se imaginó con claridad a Airgetlam bañado en sangre, mientras avanzaba perdido en el Bosque Ambulante, sin echar una mirada a los cadáveres de los amigos que no hicieron nada más en los últimos meses que buscar salvarlo. Nunca sabría que mató con sus propias manos a su gemelo.
Un puño de aire golpeó a Airgetlam en la boca del estómago. El muchacho se partió por la mitad, chocó otra vez contra el árbol, esta vez de espaldas, y lo derribó. El tronco se partió por la mitad con una explosión de astillas. Geri y Dagda cayeron al suelo entre jadeos. Dagda temblaba de pies a cabeza, asustado por el golpe que acababa de propinar, aunque Geri se puso en pie de inmediato. La mente vacía de Airgetlam todavía bailaba sobre ellos, lista para sujetarlos de nuevo. El lobo se lanzó hacia Airgetlam mientras el gemelo todavía estuviese en el suelo, mientras que Dagda extendió una muralla mental para proteger al mensajero de un nuevo embate de telequinesia. Pero supo que sería imposible. Su mente temblaba tanto como su cuerpo. ¿Cómo pudo golpear así a Airgetlam? «Él no sabe lo que hace. Él no merece esto».
Geri aulló. Dagda no tuvo que levantar la mirada para saber que su patético escudo falló, porque lo sintió romperse contra la espada de Airgetlam. Sintió también el corte que Geri tenía en la pata derecha. Ardía tanto como el corte que Dagda tenía en el brazo. Apretó los dientes. Airgetlam era su hermano. Si alguien tenía que enfrentarlo para salvarlo, era él. No podía dejarle todo el trabajo a Geri. Lanzó un grito y se levantó. No supo de dónde sacó fuerzas, pero consiguió que sus piernas temblorosas corrieran con la potencia de un tren hacia Airgetlam. Éste apartó la mirada del lobo por un segundo y miró al adversario que entraba de nuevo a combate. Geri aprovechó entonces para lanzar un zarpazo al estómago de Airgetlam.
La armadura echó chispas por la fricción de la garra de dragón y rechinó con un rugido. Aunque cumplió en proteger de la mayor parte del impacto, las puntas de las garras de Geri tenían pintas de la sangre de Airgetlam. El muchacho sin mente volvió a centrar su atención en el lobo y le lanzó un golpe mental, pero esta vez el escudo de Dagda aguantó el embate y Geri tuvo tiempo de apartarse.
Dagda llegó a la retaguardia de Airgetlam y lo tacleó. Airgetlam cayó, pero dio una vuelta en el suelo y se colocó por encima de su hermano. Como nunca soltó la espada, la dejó caer sobre la cabeza de Dagda. Éste apenas pudo esquivar el golpe, aunque falló en burlar un puñetazo del brazo libre de Airgetlam. Por suerte para él, ese era el brazo que Geri le había roto con una embestida, así que el golpe en la mandíbula fue poca cosa. Aun así Dagda arrugó la cara. Aunque a Airgetlam no le dolía la fractura, de solo verle el brazo él sentía el dolor.
Geri embistió de nuevo. Airgetlam se defendió con un escudo telequinético, de forma que ni él ni Geri retrocedieron. Estaban empatados, divididos por una fina capa invisible que a veces cedía ante la fuerza del lobo y a veces avanzaba con la potencia de Airgetlam. Dagda estaba debajo de ambos, bien sujeto contra el suelo por las piernas de su hermano. A la fuerza de Geri agregó la de su mente. Airgetlam se echó para atrás unos centímetros. Tuvo que aumentar la potencia de su escudo para no caerse sentado, a lo que Dagda y el lobo respondieron con más fuerza.
Airgetlam bajó la mirada. Aunque sus ojos estaban inexpresivos, en ellos se asomó la comprensión: supo quién era el responsable de ese contratiempo. En un parpadeó volvió a tomar la espada. En su estado podía concentrarse en el escudo y a la vez atacar físicamente, una ventaja que Dagda no tenía. El gemelo no se percató de las intenciones de su hermano, pues toda su concentración estaba en apoyar a Geri. Sin embargo, el lobo advirtió el movimiento a tiempo y, con una fuerza bárbara, logró al fin romper el escudo de Airgetlam.
Airgetlam cayó de espaldas. La espada que estuvo a punto de clavar en Dagda describió un arco en el aire, hasta quedar perpendicular sobre el suelo, con la punta hacia lo alto. Dagda giró sobre el costado a tiempo para ver que Geri caía sobre Airgetlam. Las garras del lobo describieron dos surcos gruesos y uno delgado en el lado izquierdo del rostro del gemelo. Dagda aguantó un alarido, porque por primera vez vio a Airgetlam arrugar la cara. La herida, que le pasaba por encima del párpado, fue lo bastante fuerte como para que hasta la mente vacua la registrara. Pero lo que de verdad le hizo un nudo en el estómago fue el alarido de Geri. Fue como si la mismísima luna de sangre hubiese caído sobre el lobo con todo el peso de su mole y su locura. Las manos de Airgetlam y el suelo debajo de él se llenaron de la sangre del mensajero. La mente de Dagda quedó tan en blanco como la de su hermano. Todo lo que alcanzó a comprender fue que ese pudo haber sido él. Airgetlam había intentado apuñalarlo como tres veces, y Geri tomó su lugar en la última acometida.
Lejos de retroceder, el lobo se echó para adelante. La punta de la espada asomó por el lomo. Esa imagen fue suficiente para que Dagda reaccionara. No quería lastimar a Airgetlam más de lo necesario pero tampoco quería perder a Geri. Se levantó y echó a correr hacia el lobo, justo a tiempo para ver que el mensajero lanzaba la cabeza hacia la frente de Airgetlam. ¿Qué intentaba? ¿Morderlo? ¿Noquearlo? ¿Qué quería...?

****

Caminaba por un pasillo alto y ancho, hecho de mármol. Era el Palacio de Masca, pero al mismo tiempo no lo era. Y él era Dagda y Airgetlam, pero al mismo tiempo no era ninguno. El pasillo tenía barandales. La luz del jardín anexo creaba destellos sobre él, pero se sintió seguro hasta que alcanzó una esquina a oscuras. Allí lo esperaba un hombre encapuchado. Por las manos arrugadas y dobladas, y la joroba, era un anciano con reuma. No le importó. ¿Por qué habría de? Una vez que recibiera de él lo que necesitaba, enviaría a matarlo. Era tan solo un cabo suelto.
—¿La tienes? —le preguntó con sequedad.
—Sí. —El anciano sonrió por debajo de la capucha, pero a este Airgetlam que era a la vez Dagda, pero que a la vez no era ninguno de los dos, no le interesó verle la sonrisa—. La daga maldita de los Tonare.
El encapuchado le ofreció una daga oscura como el alabastro, con el escudo de la Casa Militar. Toda ella era oscuridad. Una sonrisa turbia se asomó a los labios del gemelo que nació como único. Tomó la daga, anticipando su poder, pero no sintió nada en ella. No había intención, ni instinto asesino, ni inteligencia maligna.
—¿Estás seguro de que...?
Alguien le dobló las rodillas por detrás. Dos pares de manos lo sujetaron de los hombros y lo obligaron a plantar las rodillas al suelo. Miró al anciano, pero el hombre se había recogido en su capucha y retrocedió, sumiso. Unos pasos metálicos y pesados como bola de cañón resonaron detrás de él.
—Esa no es la daga —dijo la fría voz de su padre—. ¿Crees que soy tan idiota como para dejársela al hombre que me la entregó hace poco para matar a mi viejo?
Darius Tonare se situó delante de él. En sus manos sostenía la auténtica daga maldita. Sus ojos lo terminaron de clavar al suelo, sin piedad, sin nada más que vacío y oscuridad. Esta versión de Dagda/Airgetlam se estremeció al comprender lo que pasaría. Se retorció, pero los hombres de Darius lo sostuvieron con firmeza. Darius sabía elegir bien a sus subordinados. Por eso había sobrevivido a la maldición contra su padre y lo haría ahora contra su hijo mayor.
Dagda/Airgetlam miró a uno y otro lado del pasillo, en busca de un sirviente, un soldado, ¡alguien que impidiera su muerte! No había nadie... No, se equivocaba. Aunque estaba lejos, divisó a alguien en el jardín. Eran tres mujeres. Dos eran sirvientas que tenían las manos apretadas contra los muslos, las miradas bajas y los hombros tensos. No se habían percatado de la situación de Dagda/Airgetlam porque lidiaban con su propio infierno: estaban de pie, detrás de la tercera mujer, haciéndole compañía. Ésta estaba sentada en un banquillo de piedra, en medio de las flores, con la vista fija en un libro. Su cabellera gris brillaba con destellos de plata bajo el sol, pero toda ella era una nube de tormenta. Aun en su posición tan aparentemente inofensiva, guardaba un aura de cuidado. En donde quiera que estuviesen sus pensamientos, no estaban en el libro. No estaban en ningún plano apto para mortales.
Estaban en las flamas, en la hoguera que prendía todos los días en su mente para castigar a los que fueron «malos» con ella. Por desgracia, ese mundo estaba lleno de gente así. Dagda/Airgetlam era uno más de ellos, como las sirvientas que escoltaban a la princesa, como los hombres que sostenían al hijo maldito, como el mestizo de la daga de alabastro, como el mundo entero. Todos estaban condenados.
La princesa apartó la mirada del libro. Las sirvientas se tensaron aún más, a la vez que Sakti situaba sus ojos grises sobre los zafiros de Dagda/Airgetlam. Él no vio nada en ellos. Le dio la sensación de estar mirando en el vacío. Aun así movió los labios con una súplica. Si alguien podía salvarlo ahora, era la princesa Dragón. Ella mantuvo sus ojos en él por unos instantes más, hasta regresar de nuevo al libro sin que nada hubiese cambiado para ella. ¿Acaso lo había visto? ¿Comprendía que un hombre estaba a punto de morir a unos metros de ella? Las sirvientas sí que lo sabían, porque se habían llevado las manos a la boca al ver la situación de Dagda/Airgetlam. El horror se pintaba en sus rostros.
Darius chascó la lengua.
—Ni te molestes —le dijo—. A ella no le importamos nada. El mundo entero podría arder en llamas y ella lo ignoraría por completo.
Levantó la barbilla de su hijo y pasó la daga de un lado a otro del cuello. Una sirvienta gritó a la distancia. Las manos de piedra que sostenían los hombros de Dagda/Airgetlam al fin lo dejaron caer sobre el frío suelo de mármol. El aire... La sangre... La oscuridad...
Las carcajadas.
El sol sonrió sobre ellos mientras corrían sobre la arena, hacia el mar. La espuma los recibió con un abrazo frío, invitándolos a la profundidad; pero antes de que la corriente se los llevara, su padre los agarró a cada uno de la cintura y los levantó con una carcajada. Ellos rieron encantados, mientras Darius daba vueltas en círculos sobre el agua. En la orilla, mamá y Zoe los miraban con los brazos cruzados y una mirada reprobatoria, mientras que Drake apretaba los puños, deseoso de que papá tuviera un tercer brazo para que pudiera sostenerlo a él también en ese tiovivo de diversión.
Un relámpago cayó sobre ese recuerdo. No quedó nada de Darius ni los gemelos, de Zoe o Drake, de Njord o del bebé que cargaba en su vientre. No quedaron más que imágenes diluidas de un pasado que no pasó, y un futuro mejor todavía sin escribir. Y la voz...
—Si es así, debes sacrificar algo...
—¡Lo que sea!
Un nuevo relámpago, una nueva luz cegadora y otra voz menos estable:
—Serán los guardianes de las memorias perdidas —Marduk suspiró sobre sus almas—. Recordarán para evitar que otros recuerden...
En una cueva, un par de lobeznos vinieron al mundo.

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Lo espabiló el grito de Airgetlam. Dagda se aferró a ese alarido para escapar de los recuerdos de un mundo que él no había visto. Por su mente pasaban imágenes veloces de un Imperio deshecho, de sangre esparcida por doquier como si fuese césped, y de noches eternas y en vela en las que planeaba la muerte del hombre que lo había lanzado a una cripta a morir de hambre. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué...? Un momento, ¿hacer? ¿Hacer qué cosa? Los recuerdos falsos se fueron desvaneciendo a toda velocidad. Lo único que se quedó grabado fue el corte en el cuello. Los ojos de acero que no parpadearon mientras lo degollaban. El filo ardiente bajo la garganta.
Y el grito de Airgetlam, claro.
Dagda miró a su hermano. Airgetlam estaba a un par de pasos, tan cerca que solo tenía que estirar un brazo para sostenerlo por fin. Pero Dagda no pudo moverse. Su cuerpo sudoroso convulsionaba en el suelo sin que él pudiese sentir dolor. Airgetlam, en cambio, estaba sentado. Sobre su regazo tenía la cabeza de Geri. El muchacho se miraba las manos, ensangrentadas hasta por debajo de los codos. Sus ojos estaban desenfocados, como si uno viera hacia la derecha y el otro hacia la izquierda, o como si uno mirara la realidad y otro todavía estuviese preso en las memorias que Geri guardaba en su interior.
«...n...nNn...», leyó Dagda. «...n...nn...NnN...». Las palabras luchaban por aparecer en la mente de Airgetlam, ya no en blanco, ya no insensible. Una imagen nueva se apareció ahí, aunque estaba diluida en tinta gris.
—No te preocupes —murmuró Enlil en ese recuerdo distorsionado—. Te prometo que no te pediré que le hagas daño a tu familia. Tú tampoco los traicionarás.
«¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!», aulló al fin la mente de Airgetlam porque Enlil rompió su promesa. Aunque no recordaba las palabras, los nombres, ni las memorias mismas, en su confusión Airgetlam supo lo que había hecho. Había atacado a Geri. Había traicionado a alguien de su familia.
—No... —Dagda estiró una mano temblorosa hacia Airgetlam—. E-espera...
Su hermano no lo escuchó. Solo agitó la cabeza de un lado a otro, con los ojos llenos de lágrimas y sangre. Los rasguños que le hizo Geri lloraban también. Airgetlam se arrastró sentado. La cabeza del lobo cayó al suelo, inmóvil. El muchacho retrocedió más, más y más. Todo su rostro era una mueca de espanto, era el horror mismo transformado en carne. Si alguna vez hubo alguien necesitado de un abrazo y de la promesa de que todo estaría bien, ese era Airgetlam. Dagda lo habría dado todo por poderse levantar, rodear a su hermano con su calor y cariño, y decirle una y otra vez que estaba a salvo, que todo se solucionaría.
Airgetlam logró levantarse sin advertir siquiera que Dagda temblaba cerca de él, tan cerca, sin poder mover más que el brazo. Impotente, miró a Airgetlam dar media vuelta, arrastrar los pies y tambalearse de un lado a otro. Con cada paso que daba parecía más cerca de besar el suelo que de huir, pero de alguna forma lo consiguió. Alcanzó el límite marcado por los árboles, se introdujo en la floresta y se perdió sin que Dagda pudiera seguirlo. Solo escucharlo. Todo lo que oía eran las palabras mudas que Airgetlam no lograba formular en su mente perturbada, así como sus pasos erráticos, cada vez más lejanos.
Dagda se arrastró por el suelo, en dirección al camino tomado por su hermano. Se detuvo al escuchar un nuevo ruido, sibilante, terrible y pesado. Era Geri. El lobo estaba tendido en el suelo, justo a su lado. Tenía la cabeza y las patas inmóviles, tiesas como las ramas del Bosque Ambulante. Lo único que apenas se movía era su pecho. Debajo del mensajero había un charco de sangre, que había empapado también a Dagda. El muchacho ahogó un grito. No era doctor pero aprendió lo suficiente de Connor como para reconocer una herida fatal. Sabía que un charco de sangre tan grande como ese no era cosa de risa.
—Geri... —lo llamó con suavidad. Se arrastró hasta él y le acarició la cabeza—. Geri...
El lobo entreabrió los ojos. En ellos Dagda miró la más absoluta resignación.
—Síguelo —murmuró el mensajero—. Se te va a escapar.
Un hilillo de sangre se le escapó por la nariz. Las comisuras de los labios también estaban embadurnados con carmín. Los ojos de Dagda lo traicionaron con una gruesa capa de lágrimas, aunque luchó para que no se le salieran. No tenía derecho a llorar cuando Geri enfrentaba su muerte con tanta valentía. Lástima que su voz también lo traicionó con un quiebre:
—Tranquilo. No llegará muy lejos. Lo alcanzaré más tarde.
Se apoyó sobre los codos hasta sentarse. Terminó de arrastrarse junto a Geri y tomó la cabeza del lobo en su regazo, donde la acunó con cariño.
—No te preocupes —susurró. Perdió la batalla contra las lágrimas. Dos cayeron sobre la frente de Geri y el resto le empapó las mejillas—. No me iré a ninguna parte.
Le acarició la cabeza, el cuello y el lomo, pero Geri no reaccionó. Su cuerpo seguía inmóvil. Airgetlam debió de herir algún nervio cuando lo atravesó con la espada. Dagda agradeció esa misericordia del destino, porque al menos Geri se marcharía sin dolor.
—Se pondrá bien —le prometió el lobo con un débil murmullo—. Le di recuerdos rotos. Los olvidará también, pero le dejarán un agujero que deberá rellenarse con memorias completas. Regresará. Y cuando lo recuperes dile que está bien, que no lo resiento. Si necesita perdón, dáselo de mi parte.
Dagda no respondió con palabras, porque tenía un nudo en la garganta. En cambio apretó más fuerte a Geri y puso más cariño y corazón en sus caricias. Aunque el cuerpo de Geri no pudiese sentirlas, su corazón y su alma tal vez sí podrían.
—Y dile a Freki... —Geri ahogó un quejido, aunque Dagda no supo si fue de dolor o de tristeza—... que lo siento mucho. Debimos irnos juntos, tal y como vinimos. Lamento mucho dejarlo solo con esas memorias...
—Está bien. Se lo diré.
Dagda recostó la cabeza en la frente de su amigo. Sentía el corazón de Geri bajo la mano izquierda, cada vez más débil y lento. Sentía cómo el mensajero se iba.
—Dagda...
—¿Hmm?
—Gracias por quedarte conmigo.
—De nada.
Una mano se situó sobre la frente de Geri. Los ojos púrpura no lo asustaron tanto como se lo había imaginado, así que el mensajero se entregó a ella, sumiso y resignado. Dagda nunca vio a Dioné junto a él. Pero sí sintió cuando la mujer se llevó el trozo de Marduk que Geri custodiaba, porque estuvo junto al lobo cuando dio su último respiro.

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Sakti era una persona solitaria y callada que se hallaba muy bien por su cuenta. Pero le gustaba cambiar su soledad por la compañía de los profetas, en especial la de Darius, porque junto a él se sentía comprendida, querida, cálida y a salvo, sin necesidad de renunciar a su silencio. Pero en ese momento habría dado lo que fuera por ser una persona bulliciosa y alegre. Avanzaban por el bosque en un silencio tan turbio como las profundidades del mar. La compañía de Darius era ahora fría y sombría; no porque el profeta la despreciara, sino porque él caminaba sin notar la presencia de Sakti o tan siquiera la presencia de él mismo.
Era media mañana y el sol brillaba en un cielo límpido. Era un día precioso. Aun así Sakti titiritaba. Aunque sus ojos registraban los colores y las formas agradables del bosque, no podía percibirlas. Era como si por debajo de esa aparente tranquilidad pudiese ver otra capa del mundo. O, mejor dicho, la verdadera cara de la realidad. Bajo la apariencia frondosa y verde de los árboles se escondían ramas resecas y negras como huesos de carbón. Las flores escondían una podredumbre que atraía insectos repugnantes y llenos de pus. La fresca brisa de la mañana que soplaba entre los árboles era en realidad un lamento que aullaba en los oídos de la princesa. Ese bellísimo cielo azul no era nada en absoluto. Ni siquiera guardaba la noche, sino una oscuridad completa que estiraba los dedos hasta alcanzar y manchar las almas de quienes caminaran bajo el firmamento.
Sakti se detuvo a tomar aire. Sabía que todo estaba en su cabeza y que su cabeza nunca había estado bien, ni siquiera antes de la fusión. Pensó en Adad. El príncipe recordaba y murmuraba eventos que Sakti no podía recordar del todo, aunque a veces creía ver algunos destellos de lo que trastornaba tanto a Adad. Ahora tenía una nueva percepción de la realidad que la desorientaba y hería. Aunque su hermano nunca se lo dijo, supo que así fue cómo él empezó. Un día vio el cielo azul y negro al mismo tiempo; a los árboles florecidos y resecos a la vez; a las personas vivas y muertas, sanas y enfermas, buenas y perversas.
¿Qué impidió que la mente de Sakti se deteriora como la de Adad? La esperanza. Darius le había prometido que revertiría la fusión y ella le había creído; pero Adad nunca pudo creer en la promesa del profeta. Con su corazón desarmado, el príncipe perdió la batalla contra el mundo. Aun antes de encontrar a Jillian, la mente de Adad había estado resbalando hacia un abismo. La presencia del Tercer Dragón solo le dio el empujón final.
Ahora Sakti también resbalaba. En una noche perdió la esperanza que le quedaba. La muerte de Connor no solo rompió el corazón de Darius, sino también el hilo que todavía unía a Sakti con el mundo. Un mundo que castigaba con la muerte a las personas buenas y cálidas –como Connor y el amo Mark– era un mundo con árboles de huesos de carbón, cielo oscuro, fragancia de podredumbre y aullidos en el viento.
«Es un mundo que merece muerte...».
Agitó la cabeza. Miró a Darius, que caminaba cabizbajo y meditabundo delante de ella. Tenía que aferrarse a él. Era lo último que le quedaba para no caer al abismo de Adad. Sin Darius estaba segura de que abandonaría su forma aesiriana, se dormiría en lo profundo del bosque y solo despertaría miles de años después para encontrar al mundo destruido o destruirlo ella misma. ¿Y cómo podía ella destruir el mundo en donde todavía vivía su amigo? No podía matarlo a él también. Ya le había hecho bastante daño.
El problema era que en ese momento Darius tampoco estaba allí. El mundo de él no se desdoblaba en dos realidades, como el de Sakti, sino que se cubría con la niebla gris del Pantano. La princesa sabía que si lo ayudaba, si le daba el tiempo suficiente para sanar, él recuperaría el color. Darius podía ponerse bien junto a Dagda y Airgetlam, Zoe y Drake, Geri y Freki. ¿Pero podría ponerse bien junto a ella? Lo dudaba. Ella no podría verlo a los ojos sin recordar a Connor, y Darius no podría mirarla sin recordar que su hijo se marchó motivado por el consejo de la princesa. Aunque los dos intentaran enmendar su amistad y mantenerse unidos, esa sombra siempre estaría sobre ambos.
Así, pues, Sakti caería al abismo. Solo era cuestión de tiempo.
Llamó a su amigo con un nudo en la garganta. Si su locura era inevitable, tenía que decírselo antes de que el recuerdo de Darius se desdoblara en dos versiones, como la realidad. Tenía que decirle cuánto lo lamentaba, antes de que se olvidara de Darius, de los buenos momentos que pasaron juntos, de las tristezas que superaron al lado del otro, y de las promesas silenciosas y dichas en voz alta que se hicieron mutuamente. Tenía que darle las gracias antes de que ella, lo último que quedaba del Dragón y de la portadora, se perdiera en la locura.
Darius se giró. Sakti alcanzó a ver los párpados caídos y cansados, las ojeras y la palidez. Luego sintió el calor y todo ardió en llamas.
Por un instante estuvo segura de haber perdido la locura de un solo golpe. El fuego ardía delante de ella. En donde antes estuvo Darius había ahora una hoguera gigantesca. Sakti sonrió. Aspiró el olor a humo y carne quemada. Estiró los brazos y empezó a dar vueltas en círculos. Su falda giró con ella, junto con sus carcajadas lunáticas. No estaba en un bosque, sino en el patio de Palacio de Masca. Se preguntó qué hacía ahí, por qué reía aunque estaba triste, y por qué giraba con el cuerpo de una niña. Pero al mismo tiempo se entregaba a ese momento, incapaz de percibir su propia confusión. Ella también se había desdoblado. Ahora era dos versiones de la misma persona.
El fuego se extinguió. Ya no era una niña y la hoguera ya no ardía delante de ella. El patio se había convertido en un pasillo en tinieblas, guardado por la noche. No había nadie más que ella y Darius. El mestizo la tenía acorralada contra la pared. Con un brazo la tenía sujeta de la cintura y aupada a la cadera de él, mientras que con la otra le levantaba la falda para acariciarle los muslos y las nalgas.
La Sakti que hasta hacía poco había caminado por el bosque con él se preguntó qué diablos sucedía. Esa escena era sencillamente imposible. Su Darius era un pelmazo cobarde que evadía la mirada de las mujeres y se escondía detrás de ella cada vez que Miriam le guiñaba el ojo o le acariciaba el brazo. Darius era el tipo de hombre que se sonrojaba y tartamudeaba como idiota para pedir una cita. Era adorable. Por eso Miriam se había decidido por él. ¿De dónde sacaría el estómago para soltar su pasión en medio pasillo? La Sakti del bosque quería apartarse. Eso estaba mal, muy mal. Ella no deseaba al mestizo de esa forma.
Pero la otra Sakti, la mujer que había llegado por voluntad al pasillo, la misma que bailó delante de una hoguera en carne viva cuando era una niña pequeña, se aferró al mestizo con fuerza. Le abrió la camisa de un jalón. Los botones saltaron y rebotaron en el pasillo. Rodeó el cuello del hombre con un brazo, mientras que con el otro le acariciaba el pecho para que él bajara la guardia. Funcionó por un segundo. Darius se apartó tomado por sorpresa, pero cuando descubrió el engaño ya era demasiado tarde: Sakti se le había lanzado al cuello y lo mordió por debajo de la oreja. Al otro día no tendría manera de esconder el chupetón.
Lo que desconcertó más a la Sakti del bosque no fue que la Sakti del pasillo correspondiera la pasión de ese Darius, sino que lo hiciera con un odio visceral. Lo detestaba. De todo el cotilleo de Palacio, lo único que la interesaba eran las apuestas alrededor de la maldición Tonare. Ella misma participaba. Sus números estaban en Enlil y en los hijos bastardos de Darius.
El mestizo la apartó como si se tratara de una sanguijuela y la pegó contra la pared, pero aún sin soltarle las caderas y la cintura. La Sakti del pasillo sonrió con desprecio. Sus labios sabían a carmín y cobre. La Sakti del bosque se estremeció por el sabor de la sangre, pero también por los ojos de Darius. Él también la detestaba. La aborrecía con toda su alma. Comprendió entonces que ese encuentro era una apuesta, como las que giraban alrededor de los Tonare. Dos personas, unidas y separadas por el odio mutuo, se debatían para sacarle gemidos de placer al otro. Jugaban duro y aún ninguno había ganado o perdido.
Darius la miró con desprecio. Ella se armó con su desinterés y acercó al mestizo antes de que él actuara. Aunque a veces ninguno ganaba en esos encuentros, siempre se contaba con la satisfacción de adelantársele al otro para estropearle los planes. Darius apretó los dientes, pero se dejó ir. Huir era lo mismo que perder. Sus labios ardientes se tocaron. Los dedos fríos del mestizo pellizcaron los muslos de la princesa, mientras que ella enterró las uñas en el pelo y en la herida debajo de la oreja.
El pasillo desapareció. Los árboles regresaron y la princesa de Palacio se esfumó. Al fin Sakti pudo apartar la cara. Agarró más fuerte el pelo de Darius y tomó impulso para darle un cabezazo. Antes de que el golpe conectara justo en la frente, Darius la lanzó al suelo como si se deshiciera de un saco apestoso de papas. Sakti logró rozarle el mentón con la coronilla de la cabeza, lo que hizo que Darius se mordiera la lengua; y ella cayó de espaldas al piso, sin aire. Los dos se encogieron adoloridos en el suelo, pero apenas se rozaron se apartaron con un brinco.
—¡¿Por qué demonios hiciste eso?! —gritaron ambos. Se miraron el uno al otro, confundidos y repugnados.
—¡Tú empezaste! —gritó el profeta mientras se llevaba la mano al cuello, por debajo de la oreja izquierda. Apartó los dedos de inmediato. Estaban ensangrentados. El rubor subió por las mejillas del mestizo—. ¡M-m-m-me mordiste!
Sakti apretó los labios. Tuvo miedo de tragar fuerte y saborear la sangre de Darius. Estaba avergonzada de lo que hizo o no hizo en ese pasillo, pero no podía negarlo cuando la evidencia era tan clara.
—¡Pero porque tú iniciaste! —gritó ella. Sintió cómo se sonrojaba—. ¡Me estabas tocando!
Ahí estaba el Darius idiota que ella tanto apreciaba. Más que sonrojado, era un tomate gigantesco. Abría y cerraba la boca sin encontrar las palabras adecuadas y miraba hacia todas partes menos a Sakti. Claro que él jamás la acorralaría contra la pared para besarla, y ella menos correspondería su arrebato. Darius todavía estaba hecho un manojo de nervios como para meditar en qué pasó y por qué, pero Sakti comenzaba a calmarse. Su Darius jamás le pondría un dedo encima. Aquel hombre de mirada turbia no era el mestizo que ella conocía, y la mujer que mordió al profeta tampoco era ella misma.
Eran dos versiones completamente diferentes.
Si Sakti no estuviese ya media loca la idea le habría dado un buen dolor de cabeza.
Darius calló de repente y contuvo la respiración. Sakti vio la advertencia muda en los ojos mestizos: «No te muevas». Escuchó un gruñido detrás de ella, como de perro rabioso y adolorido. Sakti relajó los hombros y acompasó su respiración, porque si se tensaba solo llamaría más la atención del animal. Tuvo un mal presentimiento porque el único que podía hacer esos sonidos era Freki. El lobo jadeaba y aruñaba el suelo. Aun de espaldas a él, podía imaginarlo con el pelaje erizado, las orejas altas, las patas abiertas de par en par y dando arcadas con el hocico abierto contra el suelo. Estaba enfermo. En otras circunstancias ella lo habría ayudado, pero su percepción desdoblada de la realidad no solo funcionaba con la vista, sino también con el oído. Oía a Freki gruñir, pero al mismo tiempo escuchaba a un animal que no era Freki, sino un lobo-dragón salvaje y sin consciencia de sí mismo. Supo que si se movía esa bestia la descuartizaría.
Las arcadas de Freki se detuvieron. Sakti sintió los ojos del mensajero sobre su espalda y más allá de ella. Miraba a Darius y él todavía no se había repuesto de la visión. Sakti movió los labios. «Relájate. Hazte el muerto. Pero no te muevas». Darius se esforzó, pero solo logró tensarse más. Una rama se rompió debajo de él. Su chasquido sonó como una avalancha en el bosque silencioso.
Freki soltó un largo aullido. El bosque le respondió con decenas de aullidos similares. Sakti miró de un lado a otro, segura de que el mensajero había provocado a los lobos cercanos para que se le unieran. Sin pensarlo más, la princesa se levantó y agarró a Darius del hombro para levantarlo también. El esfuerzo le dolió, porque Darius pesaba como una roca y la clavícula todavía no estaba del todo recuperada.
Por suerte Darius reaccionó. Justo cuando Freki se lanzó sobre ellos, el profeta se levantó y agarró a Sakti de la cintura para correr con ella. Corrió hacia dos árboles torcidos que estaban muy unidos, apenas separados por una franja. Como Sakti era muy delgada, la lanzó por ahí y le gritó que corriera. Él no pudo cruzar –y menos lo haría Freki–, así que trepó los árboles con la agilidad de un gato. Freki lo siguió. Se levantó sobre las patas traseras y apoyó todo su peso sobre los árboles, que comenzaron a doblarse. Sakti, que estaba al otro lado al pie de ellos, se arrastró sentada por el suelo. Si Freki no la atrapaba, los árboles derribados la aplastarían.
—¡Freki! ¡Detente! —gritó.
El lobo la observó a través de la franja. Sus ojos no reflejaban ningún color, sino imágenes. Sakti se lo quedó mirando, atrapada, mientras los recuerdos del lobo la succionaban hacia...


... el pasillo donde se acorralaron mutuamente estaba ahora manchado de sangre. Desde la distancia vio los pringues en el rostro de Darius y en la pared detrás de él. Una sombra carmesí se expandía por debajo del hijo mayor del mestizo. ¿Cuál era su nombre? Sakti no lo recordaba. Lo más seguro era que nunca le prestara atención. «Uno menos para mi apuesta», pensó mientras regresaba al libro. No le preocupaba. Durante generaciones, los Tonare habían aniquilado a prácticamente todos sus hijos y siempre caían en manos del único sobreviviente. Darius aún tenía dos hijos mellizos. La chica estaba en el Templo de las Doncellas, bajo la tutela de la madre de Sakti, mientras que el chico estaba... No, no lo sabía. Tampoco le importaba. Uno de los dos mataría a Darius. Punto. No había nada más que pensar.
Salvo en el fuego. La vida se le pasaba entregada a ese recuerdo. La hoguera, los aullidos, los cuerpos carbonizados que todavía se retorcían con debilidad entre las flamas...
Una de las damas de compañía soltó un alarido detrás de ella. Sakti se encogió y se llevó las manos a las orejas. Detestaba escuchar las voces de las demás personas. Decían una cosa, pero se referían a otra. La sirvienta gritaba horrorizada pidiendo ayudada para el hombre asesinado, pero Sakti escuchaba lo que en verdad sentía. La realidad se desdoblaba para ella en los sonidos. Y como siempre, esa sirvienta era una maldita mentirosa. No gritaba por Dagda/Airgetlam, sino por ella. Temía que Darius y sus hombres la acorralaran y le cortaran también la garganta. Temía que si no hacía bien su trabajo, Sakti la echara en la hoguera de su recuerdo. Temía que si fallaba en ocultar sus retorcidas intenciones, Sakti caminara hacia la luz de la Profecía para matarlos a todos.
—Cállate —murmuró la princesa. Como rara vez hablaba, cada vez que lo hacía le dolía la garganta—. Eres muy ruidosa.
La dama de compañía que guardó la compostura se dejó caer de rodillas al suelo. Se cubrió los labios con la boca para no emitir ni un suspiro de admiración ante la voz mágica de Sakti. Sus ojos estaban dilatados, excitados y aterrados al mismo tiempo, y fijos en la princesa. La otra sirvienta, en cambio, retrocedía entre jadeos. En su rostro solo había horror. Lo había estropeado todo. Las instrucciones de la princesa fueron claras: calla y vive; habla y muere.
—N-no —suplicó—. No, por favor...
Sakti se llevó la mano a la sien. Nadie jamás comprendería lo mucho que le dolían sus voces mentirosas. Los únicos que lo entendían eran Marduk y Adad; uno no podía dormir en paz sin ver las pesadillas del mundo, mientras que el otro no aguantaba una caricia sin que el pecado de los demás le quemara la piel. La gente jamás comprendería cómo sus almas pecadoras convertían las vidas de los Dragones en un infierno.
Sakti extendió una mano hacia la mujer. Apenas le rozó la punta de la nariz pero eso fue suficiente. Su cara comenzó a llenarse de surcos brillantes como lava, que bajaron por el cuello, el pecho y el resto del cuerpo. Las partes libres de los ríos de fuego se resecaron como arcilla. La mujer abrió la boca en un último «¡Nooooo!», pero todo lo que surgió de ella fue humo. Sus ojos estallaron, su cara se derritió y toda ella se consumió en un fuego que ni siquiera dejó cenizas en el viento.
La cabeza de la princesa dejó de martillar pero...


... la pierna comenzó a dolerle horrores tan de repente que Sakti aulló como los lobos del bosque. Tenía sangre y tierra en la boca. Todo el cuerpo le dolía como si la hubiesen azotado contra el suelo mil veces. El peso de Freki le cortó la respiración y el grito. El lobo le iba a quebrar las costillas.
—¡Suéltala! —rugió Darius.
El mestizo estaba montado en el lomo de Freki. Lo tenía agarrado de los cuernos para apartarle la cabeza y echarlo hacia atrás. El truco funcionó. Sakti dio una gran bocanada cuando se vio libre del lobo, pero sintió de nuevo el dolor de la pierna. ¿Qué había pasado? Al mirar alrededor se percató de que mientras su mente estaba atrapada en esa visión el enfrentamiento contra Freki siguió adelante. Se revisó la pierna, segura de que el lobo se la había roto.
—Primero Sigfrid y ahora Freki —gruñó.
La pierna izquierda tenía tres rasguños profundos y lo que parecía una mordedura en el muslo. Sakti apretó los dientes. Estaba segura de que por ahí había una vena o una arteria importante. Si no hacía algo se desangraría.
El mensajero se sacudió a Darius y lo lanzó contra un árbol. Sonó como el gong de un templo. Sakti se giró hacia su amigo, que estaba tendido en el suelo, sin aire y con los ojos fijos en Freki. El lobo estaba sobre él. Su pata de dragón le apretaba el pecho para romperle el esternón. Darius no podía respirar y sus intentos por apartar a Freki eran inútiles. De repente Darius se detuvo. Sakti creyó que se había desmayado, pero tenía los ojos abiertos y la cara transformada en la del... Darius del pasillo. «¡Son los ojos de Freki!», comprendió Sakti. Tuvo aquella nueva visión al mirar fijamente al mensajero. Darius estaba en la misma situación; no podía sentir el peso de Freki, ni escuchar los aullidos cercanos, ni mirar a Sakti. Estaba atrapado en los recuerdos rotos reflejados en la mirada del mensajero.
Sakti apretó los dientes. En su cabeza escuchó la voz de Connor regañándola por lo que iba a hacer. «Es por eso que te costó tanto recuperarte de la clavícula», sonó el doctor. ¿Pero qué otra opción tenía? Si usaba la piroquinesis, mataría al lobo y quemaría a Darius. No podía perder a ninguno de los dos, porque ya había perdido al amo y a Connor. Su plan dolería mucho menos que esas muertes. «Además», pensó mientras invocaba la transformación, «Connor ya no está aquí para regañarme por esto».
Se lanzó a Freki con la fuerza de un toro y lo embistió de lado. Darius dio una bocanada y se giró en el suelo para recuperar el aliento. Sakti apenas le puso atención. Situó la mayor parte de su peso en la pata inferior derecha y en la cola, pero su brazo y pata heridos resintieron la postura a cuatro patas. Sakti extendió las alas. Estaban húmedas y no podrían levantarla, pero el plan no era echar a volar sino intimidar al lobo.
Freki la miró con ojos vacíos y llenos a la vez. Sakti supo que si miraba de nuevo esos ojos quedaría atrapada en recuerdos que no debía poseer. Se concentró en el pelaje erizado, en las orejas levantadas y en la espuma que rodeaba el hocico del mensajero. Toda su postura era de cuidado. Si Sakti no pudiese transformarse, Freki los habría matado.
Porque ese no era Freki, sino otra versión del lobo. Él también se había desdoblado.
«Lo siento, Freki», pensó la princesa. En lo más profundo de su ser estuvo segura de que ella tenía la culpa de que el lobo hubiese perdido la cordura. Sakti rugió. Los aullidos cercanos se detuvieron en seco. Los pájaros cercanos se levantaron en bandadas, envueltos en sus graznidos de terror. El cielo se cubrió de sombras plumíferas mientras las aves escapaban del Dragón. El pelaje de Freki se erizó aún más, pero agachó las orejas y metió el rabo entre las patas. El lobo retrocedió con tres pasos tímidos hacia la espesura de los árboles y echó a correr apenas el follaje le dio cubierto. Sakti mantuvo su forma de Dragón unos segundos más, hasta asegurarse de que el mensajero se había marchado y que los demás lobos escaparon.
Darius le echó una capucha encima apenas ella invocó los cambios de reversa. Sakti se encogió en el suelo, sin saber qué lado del cuerpo le dolía más: el derecho, con la clavícula resentida, o el izquierdo, con la pierna triturada. Darius la sentó con la espalda recostada a un árbol y le revisó la herida. Por unos segundos tuvo la expresión de un hombre que sabe lo que debe hacerse. Sakti confió en que lo que él hiciese la salvaría. Darius rasgó la falda de su camisa para hacer vendas; pero en cuanto puso el paño en la mordida se congeló.
—No... no sé qué hacer —murmuró—. C-Connor... él sabría qué... Pero yo...
Sus manos temblaron. Darius agachó la cabeza. Aunque Sakti se había llevado la peor parte del ataque, vio que Darius también estaba hecho un desastre. Además de la mordida y los aruños que ella –no, la Sakti del pasillo– le había hecho, tenía un buen golpe en el esternón de parte de Freki. Pero con todo, el peor aspecto se lo daba la tristeza. El recuerdo de su hijo lo estaba derrumbando.
Sakti se apretó la pierna y chilló. Cuando Darius olió la carne quemada la tomó de la mano para apartársela pero ella no cedió.
—Escúchame bien —dijo la princesa entre dientes, mientras el calor de una piroquinesis controlada le saturaba las heridas—. Necesito que te mantengas fuerte por mí. Si quieres llorar, puedes hacerlo. Si quieres pasarte días enteros en la cama, puedes hacerlo. Y si quieres desmoronarte y enviar al Infierno todo, puedes hacerlo. Pero todavía no. Primero tenemos que alcanzar a Connor. Para despedirlo.
Darius apretó los labios y los puños. Sakti creyó que al fin ella podría llorar, pero sus ojos estaban secos. Y aunque sentía un nudo en la garganta, las palabras le salían con soltura. Se odió por eso, porque estuvo segura de que Darius no comprendería que ella también estaba triste y que creería que la muerte de Connor no significaba nada para ella.
—Podrás desmoronarte una vez que encontremos el legado de tu hijo. No estaría bien llorarlo sin ver todo lo que levantó por su cuenta. Pero trata de aguantar hasta entonces.
Porque ese era el meollo del asunto, ¿verdad? Connor se marchó de Kehari porque quería ayudar. Quería marcar una diferencia en el mundo. Y en muy poco tiempo lo logró: levantó un campamento neutral, provocó la deserción de soldados de ambos ejércitos y logró una tregua entre los dos gobiernos. Aunque el pacto había fallado, Connor logró su propósito: consiguió paz. Sakti estaba segura de que mañana, cuando alcanzaran el campamento neutral, vería columnas enteras de soldados presentando sus respetos al joven doctor. Si ella quería asegurarse de que el legado de Connor se mantuviese intacto, tenía que estar ahí. De lo contrario los representantes de los gobiernos se culparían el uno al otro y sembrarían de nuevo la enemistad entre ambas razas. Echarían por la borda el esfuerzo de Connor y su muerte habría sido en vano. En cambio, si el Primer Dragón y el padre de Connor pedían paz, protegerían lo que el muchacho había conseguido. Era la mejor forma de honrarlo.
—Aguanta las lágrimas. Cuando ya no puedas más, yo estaré ahí para consolarte. Si quieres.
Sakti soltó un último gemido. La pierna ya no sangraba, pero ardía. ¿Ahora qué tenía que hacer? ¿Vendarla para que no se infectara o dejarla al aire libre para que se secara? Connor sabría cómo actuar...
Darius la vendó. Sus manos temblaban, pero se aseguró de que las vendas quedaran firmes sin cortar la circulación. A Sakti le dolió el cuidado que el mestizo puso en curarla, porque significaba que no la resentía. Todavía estaba demasiado triste como para culparla.
—Está bien —aceptó Darius, con la cabeza y los hombros cabizbajos—. Haré lo que digas.
Sakti lo abrazó. Apretó los dientes para que Darius no se percatara del dolor de su hombro. Todo lo que importaba ahora era darle la fuerza para que pudiera avanzar.
—Me agradas más así —susurró él. Sakti supo que se refería a la visión en donde los dos se besaron con odio.
—Tú también. Aquí no eres un idiota. —«Y yo soy menos malvada, supongo», agregó para sus adentros.
—¿Qué fue eso? ¿Y por qué Freki nos atacó?
Sakti negó con la cabeza. En su mente trastocada comprendía la percepción de las realidades desdobladas, pero no la causa o relación con lo que le pasó a Freki. Además, carecía de las palabras para explicar la manera en que miraba los árboles florecidos y resecos a la vez; el cielo azul y negro, sin estrellas; y las flores brillantes y marchitas. A lo mejor le daba un buen dolor de cabeza a Darius si intentaba explicarse, y a él ya le dolía demasiado el corazón como para darle más pesares.
Así que Sakti volvió a negar con la cabeza y dejó que Darius la abrazara.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 22

22
EMBOSCADA

Los despertó el grito de Darius.
La luna se tiñó en el cuarto creciente, mucho antes de que se convirtiese en luna llena. Todas las tardes de esa semana sintieron su ojo irritado sobre ellos. Los malos sueños, el insomnio y el mal humor habían empezado a dañar la armonía que restauraron al hacer las paces en el río. Por eso concordaron parar todo el día de la luna carmesí, para dormir antes de que empezara la noche más agotadora. Estaban tan cansados que siguieron durmiendo aun cuando la luna empezó a gritar, si bien sus sueños fueron intranquilos y perturbadores.
Sakti había esperado finalizar su sopor con un terremoto o una lluvia de fuego lanzada por la misma luna. No por Darius. Cuando él gritó, la princesa sintió que todo el soporte de la realidad se rompía. El suelo, el cielo y las estrellas dejaron de existir. Por un terrible instante ella misma se sintió desaparecer. Para no evaporarse en la incertidumbre, se aferró al alarido de su amigo aun cuando esa voz herida estaba llena de navajas que le cortaban el alma. Aun aterrada y confundida por el desbalance, comenzó a sospechar. A saber. Al aferrarse a la voz de Darius para despertar, percibió un eco de lo que afectó a su amigo.
Se despertó por completo antes de que pudiera aprehender el significado de ese grito.
Freki estaba hecho un puño junto a ella, con las patas delanteras sobre los ojos. Toda la cabeza le temblaba del miedo. Siguió llorando aun cuando Sakti le acarició la cabeza y Darius dejó de gritar. El profeta los miró perplejo, con los ojos dilatados y celestes. Oh, tan celestes. La princesa contuvo la respiración, porque si Darius tenía uno de sus ataques de sonambulismo la pulverizaría. Aunque ya podía mover mejor el brazo, no estaba en condiciones de derribar a un hombre casi dos veces más alto que ella, con más fuerza física y enloquecido por la luna maldita.
—Creo... —susurró el profeta al fin— que he tenido una pesadilla. Una horrible pesadilla. Pero no puedo recordarla. —Se arrastró hasta el nicho de hojas donde dormía Sakti y se acurrucó junto a ella—. No quiero recordarla. No quiero que sea real.
—Yo tampoco.
Esa primera noche la pasaron acurrucados en la raíz hueca de un roble, donde tenían lugar suficiente para guarecerse y hasta encender una pequeña fogata. Sin embargo, no hubo fuego. Todo el calor que recibieron fue el de sus compañeros de viaje. El bosque les llevaba los gritos lejanos y no tan lejanos de otras criaturas mágicas afectadas por la luna. Escuchaban cascos de caballos y de groliens. Tajos de espadas y aruños de garras. Aullidos, bramidos y carcajadas. El viento también les llevó el olor a humo y el sonido de las explosiones. Cada vez estaban más cerca del campo de batalla. No querían sumarse a un enfrentamiento ahondado por la luna carmesí.
Aunque tenían frío, estaban asustados y querían consuelo, Freki y Sakti se lo dieron todo a Darius. Se dijeron que la luna lo afectaba más por ser profeta. Mientras que el lobo se sentía inseguro y Sakti bastante inestable, Darius escuchaba voces que no eran traídas por el viento y veía fantasmas donde no había ninguno. Ni siquiera cerrar los ojos lo ayudaba a perderle la pista a los esqueletos que merodeaban por entre las ramas de su mente perturbada.
Cuando al fin la mañana llegó y la luna dejó de gritar, el silencio los abrumó tanto o más que el ruido. Ni siquiera los pájaros trinaban. Los oídos les cimbraban. Cada paso sobre las hojas secas, cada respiración profunda, los hacía mirar en todas direcciones. Abandonaron el refugio en silencio y caminaron rumbo al norte. No tenían hambre, ni siquiera Freki, que era el más glotón. Estaban seguros de que en cualquier momento se encontrarían con los cuerpos reventados de soldados vanirianos y aesirianos. Se encontrarían con cabezas clavadas en picas, hígados enredados en las ramas como si fuesen cintas de fiesta, y manos y piernas esparcidas por el suelo en una última danza. Esa perspectiva le mataría el apetito a cualquiera.
No hubo nada en el mundo que Sakti quisiera más que caminar sujeta de la mano de Darius para consolarlo. Lo habría hecho si no le doliera levantar el brazo por más de cinco minutos. El profeta avanzaba como un muerto viviente. Desesperado. Pasmado. Era como caminar otra vez con él por el Pantano tras la cremación de Fenran, pero mucho más perturbador y triste. Era claro que todavía no asimilaba la realidad del día. En ese estado, lo único que Sakti podía hacer era caminar muy cerca de él para que no se fuera de lado cada diez pasos. Freki caminaba al otro lado del profeta por la misma razón.
Llegaron al borde de un camino principal que atravesaba el bosque. Era el sitio ideal para una emboscada de ladrones; por lo tanto, era el tipo de camino que habían evadido con tanto esfuerzo. Antes de que pudieran cruzarlo para meterse en el follaje contrario, escucharon crujidos de hojas secas y respiraciones pesadas. Eran jadeos. Un grupo vaniriano apareció por entre los árboles. Los tres groliens a la cabeza se lanzaron al camino principal sin verificar que estuviera libre. Cuando repararon en la presencia de Sakti y su grupo, se paralizaron. Los compañeros detrás de ellos los imitaron. Todos tenían quemaduras superficiales. El pelaje de los groliens todavía olía a pelo chamuscado; los guerreros ordinarios habían perdido el bigote y hasta las cejas en el incendio y las arpías tenían pequeñas llagas en la membrana de sus alas. Aunque se mantenían en pie, estaba claro que eran los sobrevivientes de una catástrofe. Encontrarse con aesirianos, aunque fueran solo dos, debía de ser lo último que querrían.
—No atacaremos si ustedes no atacan —dijo la princesa después de un incómodo silencio en que las dos partes se evaluaron mutuamente.
Anoche se quedó quieta cuando pensó que Darius estaba sonámbulo porque sabía que carecía de la fuerza física para noquearlo. Pero si hubiese querido matarlo, habría podido. Aunque todavía se recuperaba del ataque de Sigfrid, ya tenía energía suficiente para prender a un ejército de cien herramientas Fafnir. Podría hacer lo mismo con unos cuantos vanirianos heridos. Pero ¿cuál era el caso? En esos cincuenta años había aprendido que la guerra era ridícula. Si podía evadir un enfrentamiento debía hacerlo. Si no por ella, entonces por Darius. No había necesidad de perturbarlo más.
El grolien líder dio un leve asentimiento de cabeza. Tragó fuerte y dijo:
—¿Van al campamento neutral?
El corazón de Sakti palpitó tan fuerte que se quedó sorda. No. Además del suyo, lo que escuchaba eran los corazones de Darius y Freki. Estaba tan sobrecogida que apenas logró asentir.
—Vayan bajo su propio riesgo. La tregua fracasó.
—¿Tregua? ¿Qué tregua?
—La que firmaron los Aesir, la mangodria y el rey Vanir en el campamento neutral —explicó una arpía con voz de cristal. Los ojos se le empañaron. La amiga al lado continuó por ella.
—La han roto. Ambas partes la rompieron al mismo tiempo.
Sakti sintió un hueco en el estómago. De repente prefería estar otra vez en el hueco del roble, acechada por pesadillas lunares, que estar bajo plena luz de la mañana a punto de recibir la terrible noticia que Darius presintió la noche anterior.
—Si lo tienen a bien, escuchen este consejo —continuó el líder del grupo—. Guarden la distancia en estas dos noches restantes. Después sigan adelante. No serán los únicos que querrán presentar sus respetos. En los dos bandos hay gente fiel a la tregua. En ambos bandos hay gente buena que honrará su memoria con una tregua eterna.
Sakti abrió la boca para hablar, pero al principio ninguna palabra le salió. Dios. Tenía un nudo en el estómago, en la garganta, en el corazón. No podía acordarse de ningún momento desde la fusión en que la voz se le quebrara.
—¿Qué memoria?
—... La del doctor. —Un enorme lagrimón calló por la mejilla izquierda del grolien—. Ha muerto.
Esta vez, el grito de Darius no los despertó. Solo terminó de hundirlos más en la pesadilla.

****

Kael chocó contra un árbol. De nuevo. Estaba seguro de que la próxima vez que la neblina se disipara, lo dejaría frente a frente a un demonio. Como si ya no fuese suficiente con pasar una noche de sangre en la más absoluta de las soledades, también tenía que soportar la intranquilidad del Bosque Ambulante. El Guardián apretó su bufanda contra la nariz y la boca, para conservar algo de calor. Todos sus sentidos estaban alerta, aunque poco importaba. Sus ojos no veían más que sombras cenicientas en medio de la neblina. Su olfato percibía solo el aroma de las hojas mohosas bajo sus pies. Y su oído solo escuchaba rumores, fantasmas entre la brisa. Ansiaba extender las alas y salir pitando de ese sitio. Pero la sola idea de volar tan cerca de la luna le daba vértigo. Además, no estaba seguro de que pudiera escapar de ese bosque. Tenía la impresión de que si intentaba volar, la niebla lo acompañaría. Estiraría sus dedos grises hacia él, sin mostrarle el inicio del cielo ni el final del suelo. Deambularía eternamente en el aire, sin saber siquiera en dónde aterrizar. Por lo menos ahí abajo tenía el suelo para creerse apoyado en algo.
«Con razón el algoritmo de geolocalización falló», pensó el alado. «Dudo mucho que este sitio se encuentre en el mismo plano que todo lo demás». Si Enlil hubiese podido atravesar la barrera del Bosque Ambulante, seguro habría apoyado la hipótesis de Kael: estaba en otra dimensión, en otra versión del mundo aesiriano en donde también brillaba la luna de sangre. Los Tonare fueron un clan poderoso que con las esencias de la mente podían eliminar la existencia de las cosas y personas en un plano, e incluso abrir puertas de una dimensión a otra. Pero, como todos los grandes dones de los aesirianos, esa habilidad se hizo menos común entre los Tonare. Como telépatas todavía podían cancelar la existencia de sus enemigos, pero ya no tenían el control para abrir puertas ni ventanas entre un plano y otro. A lo mucho, Enlil podía hacer grietas pero nada más. Le habría gustado conocer el Bosque Ambulante, aunque fuera solo para experimentar el paso de un plano a otro.
Lástima que el Bosque Ambulante jamás lo dejaría pasar. Kael apretó los dientes. Era vergonzoso ser rebajado de categoría por un soldado tan joven como Arker. El muchacho era talentoso y merecía ser el discípulo de Enlil tanto como Kael y Dereck merecían ser los discípulos de Sigfrid. Pero Arker apenas tenía cincuenta y ocho años. ¡Un cachorro al mando de un soldado que sirvió como escudero del heredero del desierto y como Guardián del Segundo Dragón! Aun así, tenía que admitir que Arker era listo. Si sospechó que el Bosque Ambulante era una dimensión alterna con consciencia propia, llegó a la conclusión adecuada: ¿por qué la neblina dejaba pasar a los refugiados y a las herramientas, pero no a los soldados? Los Fafnir no tenían voluntad propia y los refugiados querían escapar de las tropas. Justo igual que Kael. Pero más aún: la conciencia del Bosque Ambulante era lista y activa, en lugar de pasiva. Era difícil categorizarla como benevolente o traviesa, pero caía en el espectro de una consciencia de espíritu. Si se había solidarizado con la causa de otro espíritu, daría refugio a aquellos a quienes concordaran con él. «Me dejó entrar porque sabe que estoy a favor de mi príncipe. Sabe que sirvo al Dragón que se esconde entre su niebla».
Escuchó a tiempo el aleteo. Inició muy leve, como el roce de una tela de seda; pero ganó intensidad de un momento a otro, como un terremoto. Si hubiese tenido menos experiencia, el ataque habría derribado a Kael. Sin embargo, el soldado extendió sus alas y aprovechó la corriente adecuada para burlar la embestida de otra criatura alada. La ráfaga de la mantícora no lo dejó levantar el vuelo por completo, pero le dio tiempo suficiente para apartarse. Cincuenta metros lo separaban de Ryaul Borub. Kael apretó los dientes. Cuando se enteró de que Ryaul se mezcló en el viaje de sombras y luces de Dagda, rezó que fuera en lealtad a Adad. El arqueólogo admiraba demasiado a Velmiar como para estar conforme con los planes preparados contra los príncipes Dragón. Pero era difícil saber las intenciones de un mago transformado, en especial de una mantícora. Incluso Ryaul, tan torpe y sumiso, se convertía en una fiera incontrolable cuando tenía la forma de león alado. A decir verdad, el arqueólogo no era la persona más apropiada para tener el enorme poder de ataque de una mantícora. No sabía controlarlo como los voraces entrenados en guerra.
—¡No quiero hacerte daño! —le gritó para que Ryaul dejara de agitar el aguijón como un gatito juguetón.
—No te preocupes. No se lo harás.
En lo alto de un peñasco, a unos pasos detrás de él, vio un par de siluetas. Reconoció a Dagda, pero no a la chica. La niebla bailaba por debajo del peñasco. Kael estaba seguro de que si intentaba acercarse demasiado al gemelo, el Bosque Ambulante cubriría a Dagda y lanzaría al mago del desierto por un acantilado. «Menos mal que tengo alas», se dijo.
Ryaul se acercó despacio, con las orejas pegadas al cuello y el aguijón tenso, listo para disparar su descarga. Kael chascó la lengua. No solo Arker lo había superado, sino también Dagda: el gemelo se le había adelantado y le tendió una emboscada con la ayuda de una mantícora. Debió haberlo previsto: como profeta, Dagda podría predecir el movimiento de las tropas. Kael lo había descartado porque los gemelos no eran tan hábiles como Zoe. Pero si tenía una excusa para fallar en ese detalle, no la tenía para obviar que ese chico recibió el mismo entrenamiento militar que él. Sigfrid Montag lo había educado a conciencia en estrategia militar.
—Quiero a mi hermano de regreso —sentenció Dagda desde lo alto. La chica junto a él llevaba un arco. Tensó la flecha y la apuntó a Kael.
—Y yo quiero a mi príncipe —respondió el alado, a la vez que se quitaba el cinturón. La espada cayó a sus pies con un retumbo—. Nuestros objetivos no son excluyentes. —Lo animó ver que una pequeña sonrisa se asomaba a los labios de Dagda.
—Sabía que dirías eso.
Kael devolvió la sonrisa, seguro de que era el turno de la chica en bajar el arco. Sin embargo, ella también sonrió y disparó. Kael evadió la flecha que iba hacia su pecho con un solo paso, pero recibió un golpe por la espalda. Quedó suspendido en el aire, levantado por la cola de la mantícora. Ryaul soltó el aguijón cuatro segundos después. Ya el daño estaba hecho. Kael no podía moverse. El mundo se desvaneció.
Cuando despertó se encontró de frente con uno de los lobos-dragón. Geri lo miraba con los ojos entrecerrados. Su expresión era clara: «Dame un motivo y te arranco la cara de un mordisco».
—No tienes de qué preocuparte —murmuró Kael. La cabeza le daba vueltas—. Todavía no me puedo mover. El veneno de mantícora es muy efectivo.
—Bien.
Esa era la voz de Dagda. El gemelo estaba en alguna parte donde Kael no pudiera verlo. ¿En dónde estaban? El soldado giró los ojos de un lado a otro, en busca de pistas. Parecía una cueva, aunque no podía distinguir más detalles porque no podía levantarse ni girar el cuello.
—Pensé que habíamos llegado a un acuerdo. Dagda, no soy tu enemigo.
—Eso quiero creer. Tú jugabas con nosotros cuando éramos niños. Me fastidiaría mucho saber que cargas parte de la culpa por el estado de mi hermano.
Dagda hizo una pausa. Kael no podía verle las ojeras provocadas por la luna carmesí, ni el rostro pálido y cansado. El gemelo se llevó una mano al pecho. Desde la noche anterior sentía un malestar en la boca del estómago, como si alguien le hubiese arrancado un buen trozo de su corazón. Era parecido a lo que sintió cuando descubrió el estado de Airgetlam, aunque más persistente. Al menos con Airgetlam todavía guardaba la esperanza de recuperarlo, pero con esa nueva sensación sentía una pérdida absoluta.
—¿Pasó algo anoche? —preguntó a Kael—. ¿Las tropas preparaban un gran ataque contra la región neutra?
Pensó en Zoe, en Darius, en Connor, en Kel, en Drake, en Sakti... ¿En dónde estaban? Los rebeldes habían salvado a tantos civiles como pudieron, pero no encontraron al resto de la familia de Dagda. ¿Estarían a salvo? ¿O las tropas los habían encontrado justo anoche?
—No tengo idea. Aunque te cueste creerlo, ya no soy una gran ficha del ejército. Mis superiores ya no confían en mí.
—Porque eres fiel a Adad y eso no les sirve a ellos.
Como no hacía falta decir nada más, Kael guardó silencio. Sabía lo que Dagda quería preguntarle y que necesitaba tiempo para armarse de valor para la respuesta. En el fondo, el gemelo lo sabía.
—¿Podré recuperar a mi hermano? ¿Podrá Airgetlam ser él otra vez?
—... No lo sé. De todos los soldados que han sufrido un lavado de cerebro, ninguno sobrevivió por mucho tiempo. No se cuidan. No comen ni duermen por voluntad propia. Priorizan la misión a la supervivencia. No tienen miedo, pero una buena dosis de miedo es necesaria para querer salvar el pellejo.
—Eso no es lo que pregunté. Quiero saber si lo que le hicieron a mi hermano tiene arreglo.
—Dagda... Tú ya sabes la respuesta.
El lavado de cerebro era permanente. O si tenía arreglo, Enlil carecía de la habilidad para enmendar lo que hizo. Kael sintió la desesperación de Dagda. Aunque la noticia lo afectara, no debía de cambiar lo que el muchacho ya había supuesto o planeado. Igual haría todo lo que pudiera para salvar a su hermano del ejército. Si fallaba en recuperar su mente, dedicaría el resto de sus días a encontrar una cura y a cuidar a Airgetlam.
—Eh, ¡tranquilo! —Geri se apartó de Kael y fue hacia el gemelo. Aunque el soldado no podía verlo, supo que Dagda sollozaba contra el lomo del mensajero—. Mientras haya vida hay esperanza. Solo porque el anciano cabeza hueca sea incapaz de enmendar sus errores no significa que nosotros tampoco podamos hacer nada. Airgetlam va a ponerse bien. Te lo prometo.
A Kael le habría gustado hacer esa promesa, pero no tenía el descaro necesario. Ninguno de los soldados que Enlil castigó antes se sobrepuso al lavado. El General ni intentó reestablecer sus mentes, ni siquiera con los que sobrevivieron más allá de lo que su condena ameritaba. ¿Por qué habría de ser Airgetlam la excepción? «Porque es telépata», se respondió a sí mismo, «y porque es el nieto del General Tonare. Si es posible hacer un lavado de cerebro débil o temporal, el General lo habría hecho». El problema era que no podía alentar las esperanzas de Dagda con una sospecha sin fundamentos.
—Kael —lo llamó el gemelo con la voz quebrada.
Al alado se le hizo un nudo en el estómago. «Ese chiquillo podrá llegar a ser tan alto como su abuelo y siempre se oirá como un mocoso cuando está triste». Él no se había enlistado para hacer llorar a los niños que vio crecer en la casita del lago, o para traicionar a los hijos del hombre que más admiraba. Si acaso, se enlistó para lo contrario.
—Necesito que me ayudes a llegar a Airgetlam. —Dagda al fin se situó junto a él. Kael no sabía cuál de los gemelos tenía el aspecto más cansado y enfermizo—. Sé que los soldados pretenden alcanzar la guarida de la rebelión. Tú eres el guía porque eras el único que podía entrar al bosque. Antes de que los traigas, prefiero que me acompañes a verlos.
—Déjame adivinar: planeas que regrese llevándote como botín de guerra. Los demás bajarán la guardia ante mí, puede que hasta me den unas palmaditas de felicitación y se contenten otra vez conmigo. Y entonces, ¡bum! Los ataco mientras tú alcanzas a Airgetlam. Hacemos una gran salida y regresamos a la guarida rebelde. A cambio de ayudarte, me dejarás ver a mi príncipe.
—Parecido, sí.
—No va a funcionar. Es demasiado obvio. A Arker no se le escapa nada. Se dará cuenta de inmediato de que es una trampa. Te borrará la mente antes de que des un paso hacia tu hermano.
—Dije que era «parecido» a lo que decías. No igual. —Dagda apretó los puños y se sonó los nudillos—. Yo me encargo de llevarnos con tus compañeros de tropa vía teletransportación. Tú te encargas de darles una tunda a todos mientras yo voy por mi hermano. Si no mal recuerdo, el segundo mejor soldado de toda la Armada Aesiriana puede patearle el trasero a los cuatro Escuadrones de los Elementos a la vez. ¿O es que a ellos se les olvidó? ¿Y a ti también?
—¡Gracias! —si se hubiese podido mover, le habría dado un abrazo—. ¡A ellos sí se les olvidó que puedo patearles el trasero cuando me venga en gana! Si no lo hago, es porque es inconveniente.
—¿Para ti o para ellos?
—Para Adad y Allena. —Miró a Dagda a los ojos y bajó todas las barreras que protegían su mente. Quería que el gemelo viese que era honesto—. Dereck y yo nunca dejamos de servir a nuestros príncipes. El tiempo y la distancia podrán separarnos, pero nunca los traicionaremos. Durante todo este tiempo hemos trabajado en mantenerlos a salvo. Dagda, sé que Dereck parece idiota todo el tiempo, pero no lo es. Él siempre supo que ustedes estaban en Kehari. Aunque Connor y Darius se esforzaron en guardarse el nombre del pueblo cuando viajaron con él por el desierto, Dereck lo dedujo con lo poco que tu padre y hermano soltaban al respecto. —Hizo una pausa—. Durante la misión de rescate a Masca, él supo que la princesa planeaba escapar con ustedes. Y la dejó marchar porque confiaba en ella. Aún lo hace.
Dagda guardó silencio mientras evaluaba la sinceridad de Kael. El Guardián no supo si el gemelo le leía la mente. Si así era, Dagda era sigiloso y respetuoso. No le revolvía cada rincón del cerebro en busca de alguna trampa, como sí lo habría hecho Enlil. Y si no le leía los pensamientos, además de respetuoso era confiado: el muchacho elegía creer en Kael no por ser soldado ni Guardián, sino porque eran amigos. O al menos lo fueron en los días de juegos y guerras de bromas en la casita del lago.
El eco de unos pasos interrumpió la evaluación. Más que pasos, eran tropiezos. Kael se permitió una sonrisilla. Reconocería el andar de Ryaul en cualquier parte.
—No lo trajeron —apuntó Geri—. Tendríamos más oportunidades de salvar a Airgetlam si sacaran a Adad de esa cueva.
—De verdad lo intenté. —La voz de Riza estaba desgastada de tanto cantar—. No importa qué canción le demos. ¡Se niega a combatir soldados!
—¿Ryaul?
—Ya lo dije antes. Yo tampoco--- ¡Ay! —El arqueólogo tropezó con una roca y pegó la sien contra la pared de la caverna. El único lado bueno de caerse tanto era que ya tenía el cráneo muy duro—. Yo tampoco pelearé contra los soldados. —Ryaul se masajeó el chichón. Se levantó con los brazos extendidos para palpar la pared, pero volvió a tropezarse enseguida—. ¡Me aplastarían! ¡Me atraparían! ¡Me condenarían por traición! ¡Me...! Ay, creo que me raspé la rodilla. ¿Está sangrando mucho? No puedo ver nada.
Dagda, Riza y Geri soltaron un suspiro colectivo. Si la mantícora hubiese ayudado en los enfrentamientos anteriores, quizá ya habrían recuperado a Airgetlam. Pero Ryaul no solo se negaba a intervenir en un enfrentamiento directo, sino que también les recordaba a cada rato por qué era mala idea que interviniera: sin la transformación, era la torpeza encarnada. Más que estaba ciego sin sus gafas. La única razón por la que aceptó colaborar en la captura de Kael fue porque contaba con que el Guardián de Adad tuviera más éxito que las canciones de Riza en sacarlo de esa bendita cueva.
—Nos vamos apenas Kael se recupere del veneno. —Riza y Geri asintieron a la indicación de Dagda, pero Kael se atragantó.
—¿Iremos en luna de sangre? Sé que dije que les puedo patear el trasero a los Escuadrones, pero no me arriesgaría en una noche así. Además, ¡faltan los demás rebeldes!
—Nadie más vendrá. —Dagda apartó la mirada—. Airgetlam solo nos tiene a nosotros.
Kael tuvo suficiente delicadeza para no tocar más el tema. Afinaron los detalles del plan mientras el Guardián se reponía al veneno de la mantícora.
—No debería de ser tan difícil —apuntó el gemelo—. La teletransportación nos llevará directo a Airgetlam. Prácticamente aterrizaremos junto a él. Solo tenemos que asegurarnos de apartar a los soldados antes de iniciar el camino de regreso.
Para eso necesitaban que Kael atacara como loco mientras Riza, Dagda y Geri recuperaban a Airgetlam. El lobo protegería a los aesirianos si algún soldado ignoraba a Kael para encargarse de ellos, y Riza apoyaría con su arco y flechas a Dagda mientras el gemelo establecía la conexión de regreso al Bosque Ambulante.
—Básicamente es entrar y salir —concluyó Riza. Dagda y Geri asintieron con determinación.
—Lamento arruinarles la fiesta —interrumpió Kael mientras estiraba un brazo adormecido—, pero también tendrán que lidiar con Airgetlam. Él es la verdadera amenaza. Si Arker le dice que pelee, lo hará. La ventaja de Airgetlam no es que sea insensible al dolor o al miedo, sino que ninguno quiere lastimarlo.
Dagda no necesitaba que se lo dijera. Cuando intentó salvar a su hermano en Xadiz, Airgetlam lo derribó al recibir la orden de Enlil. Aun sin el lavado de cerebro, Airgetlam siempre fue más fuerte que él. Sus golpes eran más certeros y dolorosos, aunque más lentos que los de Dagda.
—Si golpeo primero, tendré la ventaja. —Riza le lanzó una mirada de reproche—. ¿Qué? Si tengo que noquearlo para salvarlo, lo hago.
Tras atrapar al Guardián, Dagda y los demás aprovecharon que los refugiados dormían y que nadie hacía guardia, para así colarlo en una de las galerías cercanas a Adad. Nadie husmearía por ahí ni antes ni después de que rescataran a Airgetlam. Eso les daría tiempo suficiente para que Kael se recuperara, así como para decidir su próximo movimiento apenas rescataran a Airgetlam. De momento, Dagda tenía claro que ya no podía confiar en los rebeldes. Mientras su hermano estuviera en ese estado, tenía que protegerlo a como diera lugar.
Se pusieron manos a la obra en cuanto Kael recuperó la movilidad. Formaron un círculo y se tomaron de las manos; Riza y Kael pusieron una sobre el lomo de Geri para incluirlo, mientras que Ryaul retrocedió entre tropiezos. Prometió intentar sacar a Adad de su sopor para que el príncipe los estuviese esperando en ese punto. Así empezaría a reparar la mente de Airgetlam lo más pronto posible. Dagda y los demás respiraron muy profundo. Se prepararon para el viaje entre dimensiones. La cueva se curvó. El suelo se hundió bajo sus pies; las paredes se derritieron lentamente como mantequilla; las sombras los rodearon. Giraron junto a ellos despacio, despacio, como fantasmas en medio de la niebla. Desde lejos, Dagda sintió la mente débil y vacía de su hermano, y se aferró a ella con todas sus fuerzas. «Si todavía hay algo a lo que pueda sostenerme», pensó mientras unía sus pensamientos ensordecedores a los mudos de Airgetlam, «todavía hay algo que podemos recuperar en su mente». El enlace conectó. Dagda estiró una mano, seguro de que agarraría a Airgetlam al instante siguiente.
Las sombras giraron al lado contrario. El suelo se solidificó, las paredes se reestablecieron y la cueva se materializó de nuevo. Pero esta vez ya no estaban solo Dagda y sus aliados, sino también varios hombres uniformados. Cuatro de ellos llevaban una armadura azul de pecho y hombro derecho; la armadura de otros ocho era de color carmesí, y los restantes llevaban una insignia con el escudo Tonare cosida en el pecho. Eran los telépatas. Uno de ellos agarraba la mano de Dagda con fuerza, sin rastro de calor. Estaba helada como la de un muerto. El muchacho se quedó sin aliento al mirar frente a frente un rostro tan idéntico y a la vez tan diferente al suyo.
Airgetlam lo había atrapado.

****

Una explosión sacudió toda la cueva. Una sección del techo cedió y cayó como cascada sobre el rincón donde los rebeldes guardaban sus armas. En la galería principal, niños, adultos y ancianos se sobresaltaron somnolientos y confundidos. La cabra de Luka baló quejumbrosa. Los murmullos de los hombres zumbaron en la caverna. Las voces cálidas de las mujeres consolaron a los niños.
Otra explosión abrió una pared de un tajo. Entre el polvazal salieron el lobo gigante y una figura de enormes alas negras. Por un instante todos creyeron que el mensajero y la mantícora peleaban, pero luego repararon en que la figura alada también tenía silueta de hombre. No era Ryaul. Las voces callaron. Ya ningún rebelde estaba somnoliento ni medio acostado; al contrario, todos estaban en alerta y de pie, listos para escapar si la situación lo ameritaba. ¿Pero escapar de qué? En todo ese tiempo nunca corrieron peligro en la caverna. Ni siquiera el Dragón chiflado los había amenazado. Geri y el alado retrocedieron de espaldas, juntos y tensos. No peleaban entre ellos, sino que formaban un equipo contra las nuevas siluetas que surgían de entre el polvazal. Cuando los rebeldes reconocieron las armaduras celestes y rojas, una cascada de gritos inundó la galería.
—¡Tch, tch, tch! —sonrió un soldado de Mare—. Oh, Kael. Qué predecible eres. Como si de verdad fuéramos a confiar otra vez en ti.
—¡Suéltenlos! —gritó a su vez el alado—. ¡Libérenlos ahora mismo!
Un oficial de Fuoco llevaba a Riza sujeta del cabello, mientras que un telépata, Arker, llevaba a Dagda. Los dos iban golpeados y con cortadas, así como con chorros de sangre por debajo de la nariz y los labios. Les habían dado una paliza. Los telépatas se formaron alrededor de sus compañeros en una posición de defensa, mientras que los Escuadrones tomaron actitud de ataque. Los de Fuoco desenvainaron espadas y lanzas de fuego, mientras que los cuatro de Mare destaparon las botas de agua que llevaban a la cintura, junto a las espadas. De ahí sacaron hoces líquidas y lanzas de hielo, que mantuvieron suspendidas hacia los rebeldes, pero sobre todo hacia Kael y Geri. Antes de que iniciaran el ataque, el comandante los detuvo con un gesto del brazo.
—Eh, Arker —se quejó el soldado que llevaba a Riza—. ¿Qué haces? ¡Empecemos de una vez! ¡Bórrale la mente al otro muchacho para terminar pronto con esto!
—No. —Arker inspeccionó la galería. Vio el horror, la sencillez y la insignificancia de los rebeldes, y miró de nuevo a Kael a los ojos—. Las órdenes del General son recuperar al Dragón y al otro gemelo. No hace falta matar a los rebeldes aesirianos ni a Kael. —Arker bajó los hombros e inclinó la cabeza. Era la última señal de respeto que le dedicaría al Guardián en público—. Atáquenlo, pero no lo maten. Lo necesitamos para atrapar al Dragón.
—¿Y qué hay de los vanirianos? —preguntó un soldado de Mare.
—Todo vaniriano es enemigo de nuestro pueblo. Aunque los rebeldes no lo sepan, debemos salvarlos de ellos. Ataquen.
Látigos de fuego azotaron a los vanirianos más cercanos. Las paredes que recibían un roce se deshacían en una cascada de escombros. Las lanzas de hielo volaron en todas direcciones, empalando por aquí y por allá a groliens y arpías. Los gritos inundaron la caverna, así como los pasos apresurados de aesirianos y vanirianos, que huían hacia la salida de la caverna. Al principio los soldados se permitieron una sonrisa triunfal porque dominarían sin resistencia, pero al cabo de unos instantes los primeros dos soldados de Fuoco cayeron embestidos por Geri. Cuando un oficial de Mare dirigió su lanza hacia el lobo, un rayo de luz cortó el hielo en miles de fragmentos. Kael también entró en combate con su especialidad en hechizos.
Dagda entreabrió los ojos. Vio las siluetas de los soldados y los rebeldes, pero indefinidas. Eran más fantasmas del Bosque Ambulante. Al único que vio con total nitidez fue a Airgetlam, a unos pasos delante de él, dándole la espalda, inmóvil pero listo a avanzar apenas se le diera la orden. Arker la dio. Airgetlam avanzó junto con el escudo de telépatas, que se dirigían a defender a los oficiales que lidiaban con Geri y Kael. Dagda estiró una mano para detener a Airgetlam, pero de inmediato sintió la resistencia de Arker. El telépata lo sostuvo de las muñecas y le pasó un brazo alrededor del cuello para noquearlo con la falta de aire. Era una llave, ¡una de la que Dagda sí sabía cómo liberarse! El gemelo se agachó para que Arker perdiera el equilibrio y dejó caer el codo sobre el abdomen del telépata para sacarle el aire. Arker lo soltó solo por una fracción de segundo. Intentó agarrarlo de nuevo, pero ya era demasiado tarde: Dagda se giró hacia él y le dio un cabezazo con todas sus fuerzas. Los dos quedaron mareados, pero el gemelo tenía toda su furia y todo su temor para seguir adelante. Se lanzó hacia Arker y lo derribó con su propia llave.
—¡Debiste hacer caso y borrarme la mente, maldito hijo de puta!
—¡NO! —Arker levantó la cabeza y golpeó el mentón de Dagda. La boca del gemelo se inundó de sangre a la vez que el telépata se salía de la llave y derribaba a Dagda—. ¡El General nunca quiso borrarle la mente a tu hermano! Pero si alguien también va a tocar la tuya, ¡prefiere hacerlo él y no un novato como yo!
Los dos giraron por el suelo, en medio de explosiones y latigazos de hielo; en medio de gritos y estampidas. Dagda olió la sangre. La sintió por debajo de su espalda cada vez que giraba en el piso. ¿De quién sería? ¿Del tabernero grolien que siempre lo miró con malos ojos por ser nieto de Enlil? ¿Del tío Vash? ¿De las niñas arpía que llevaban algo de alegría a la cueva cada vez que se reían con sus vuelos? Otra matanza que era culpa suya. Si no hubiese planeado recuperar a Airgetlam a escondidas de los rebeldes, los soldados no habrían invadido la caverna del Bosque Ambulante. «Pero ellos planeaban matar a Airgetlam a mis espaldas», se recordó. «¡Planeaban quitarme a mi hermano para siempre!».
Como siempre, el enojo le dio fuerzas para seguir peleando. Pero no importaba que su sangre Tonare lo hiciera más fuerte que un mago promedio, o que el entrenamiento recibido por parte de Sigfrid le diera más resistencia que un soldado ordinario. Arker lo superaba en condición física y experiencia. Lo que generalmente era una ventaja para Dagda, ahora era nada en comparación con un comandante telépata.
—Date por vencido, por favor —pidió Arker mientras se afianzaba por encima de Dagda—. No quiero pelear si puedo evitarlo. Ahora que tu hermano mayor se ha ido, eres el único heredero con entrenamiento militar para tomar el puesto de tu abuelo. ¿Es que no lo entiendes? Un día serás mi General y quiero servirte bien.
—¡YO NO SERÉ TU GENERAL! —Dagda logró liberar una mano. La convirtió en un puño de hierro y la estrelló contra la nariz de Arker. El crujido del soldado fue alegría para Dagda—. Y algo más. —Separó al telépata con un empujón y se arrastró en el suelo para ganar algo de distancia. Nunca había intentado eliminar la existencia de un objeto, pero estaba listo para destruir a su primera persona. Así se explotara la cabeza, ¡acabaría con todos los soldados!—. ¡No hables de mi hermano como si estuviera muerto! Aún está aquí ¡y lo voy a recuperar!
—Oh... —A pesar de que tenía la nariz torcida y le salía sangre a chorros, Arker miró a Dagda con compasión en lugar de rencor—. Aunque no está muerto sabes que lo has perdido. De verdad que no hay ninguna diferencia.
El corazón de Dagda dio un vuelco de terror. Volcó todo su poder en un único pensamiento: eliminar la existencia del hombre delante de él. Mientras las lágrimas le nublaban la vista, supo que fallaría. Destruiría los cadáveres, los rebeles que escapaban, la caverna y a sí mismo, pero no a Arker. Aun con todo el poder de un Tonare, fallaría miserablemente en su cometido. El soldado supo las intenciones de Dagda y se preparó para levantar sus barreras. Pero antes de que el ataque de Dagda se dispersara en todas direcciones, una bandeja de panadería golpeó al soldado en la cabeza. Fue como si una campana de hierro resonara en la caverna.
Anonadados, Arker y Dagda miraron a la ofensora. Riza tenía la cara ensangrentada y amoratada, pero no se le veía disminuida de ninguna manera. Al contrario, estaba más fuerte que nunca. La muchacha sostuvo con fuerza la bandeja, que era más ancha que ella. Se permitió una pausa para tomar aire antes de reanudar su ataque. Agitó la bandeja a un lado, y golpeó a Arker en la barbilla. La agitó al lado contrario, y le dio en la mejilla. La volvió a agitar y le dio de lleno en la sien izquierda.
—¿Riza? ¿Qué haces? —preguntó Dagda mientras la muchacha seguía golpeando y golpeando, sin que Arker cayera al suelo. No sabía si es que Riza golpeaba muy débil o si el soldado estaba muy confundido como para defenderse, atacar o desplomarse.
—Tu amigo... —agitó la bandeja y golpeó otra vez en la barbilla— ... alado... —golpeó en la frente—... dijo que... —golpeó en el pómulo—... el punto débil... —golpeó en la mejilla derecha—... de los telépatas era la... —golpeó en la oreja izquierda—... ¡cabeza!
Riza levantó la bandeja por encima de ella y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre Arker. Cuando la muchacha se apartó, la lámina estaba tan abollada que parecía hecha de papel. Dagda miró la espalda del soldado, todavía erguida, todavía firme. Ese sujeto había aguantado una paliza a la cabeza y seguía en pie. ¿Cómo creyó que él podría derrotarlo con llaves en el piso y alguno que otro golpe? Al fin Arker se desplomó. Cayó de espaldas, con los ojos apretados en moretones hinchados. La bandeja resbaló de las manos de Riza. Solo fue otro ruido más en medio del caos de la caverna, pero para la muchacha sonó como la detonación de un planeta entero.
—¿Lo maté? —preguntó con un hilo de voz. Dagda la atajó antes de que se desplomara y se despellejara las rodillas. Ella miró el cuerpo de Arker, sin saber si el soldado estaba vivo o muerto—. Yo... yo... ¡yo solo quiero a Airgetlam de regreso! —Se refugió en el pecho de Dagda. Aunque su voz sonaba apagaba, el muchacho la entendió con claridad—. Colgaron a mi hermano, quién sabe cómo mataron a mi madre, ¡y se niegan a devolverme a mi Airgetlam! ¡Yo solo...!
—... estás desesperada —concluyó Dagda por ella, a la vez que la levantaba—. Entiendo. Vamos. Estoy listo.
—¿Listo para qué? —preguntó Riza con la cara empapada de lágrimas y sangre.
—Para recuperar a Airgetlam. Y luego dejarlo ir contigo.
El pelo de Riza ganó algo de color. Fue muy leve como para que se notara, mucho menos en la caverna iluminada a veces sí y a veces no por los latigazos de fuego del Escuadrón Fuoco. Aun así, Dagda supo que la hizo sentir mejor en medio de la desesperación. Y él también se sentía más tranquilo, porque comprendió que Riza no le arrebataría jamás a Airgetlam. Lo rescatarían juntos. Si salvaban su mente, disfrutarían con él veranos e inviernos venideros. Y si fallaban en recuperar los recuerdos, las travesuras y las sonrisas de Airgetlam, entonces lo cuidarían juntos. Ahí, en esa cueva, se convirtieron en hermanos.
Ryaul pasó corriendo junto a ellos, desnudo y lleno de moretes. Riza volvió a esconder la cara en el pecho de Dagda. Esta vez le ardían las orejas de la vergüenza.
—Yo tampoco quería ver eso... —murmuró Dagda entre dientes. ¡Ah, Ryaul! ¡Vaya manera de arruinar ese momento de entendimiento!
Sintió calor. Mucho calor. Un ronroneo grave vibró con una suave amenaza entre las rocas. Al mirar al interior de la galería, hacia el túnel que llevaba a lo más profundo de la caverna, Dagda vio dos ojos amarillos, gigantescos y locos. Comprendió por qué Ryaul corría así: se había desvestido para transformarse y escapar. ¡Por eso no se había tropezado aunque había tantos cadáveres alrededor! Dagda agarró a Riza de la muñeca y echó a correr con ella.
—¡¿Qué pasa?! —preguntó la muchacha. El calor se expandió por el piso y las paredes de la caverna.
—¡Es Adad! ¡Algo lo molestó y creo que despertó de muy mal humor!
No tuvieron problemas de pasar entre los soldados y los rebeldes, pues Ryaul había pasado antes por ahí ya transformado en mantícora; los oficiales todavía se recuperaban del paso del transformado y retomaban sus posiciones. Uno de Mare preparó una hoz de agua en cuanto vio al gemelo, pero el arma cayó con un chapoteo en cuanto el soldado vio la figura que salía de las profundidades de la caverna. El enfrentamiento cesó para convertirse en un «sálvese quien pueda». La multitud se convirtió en una estampida. Riza y Dagda lograron mantenerse juntos, aunque a duras penas. Cuando llegaron a las afueras de la caverna, Riza jaló a su amigo a la vez que señalaba al grupo de telépatas a la orilla del lago inmóvil. Airgetlam estaba ahí, empapado de sangre enemiga. Tenía la espada desenfundada. Cadáveres de hombres y niños vanirianos estaban desperdigados bajo sus pies, pero su mirada estaba fija y vacía en algo más: dos soldados de Fuoco habían prensado las alas de Kael al suelo con un par de cadenas gigantes, que estaban al rojo vivo. Dagda comprendió por qué Adad había despertado: el dolor de su Guardián lo había llamado.
El aliento cálido y furioso del Dragón sopló detrás de ellos. Todos, rebeldes y soldados, miraron hacia la figura oscura que atravesaba la cascada. Retrocedieron lentamente, demasiado asustados como para correr, demasiado anonadados como para quedarse plantados en un solo sitio. Dagda tragó fuerte. Adad jamás lo lastimaría. El príncipe simpático, juguetón y cariñoso que lo cargó de caballito y le enseñó las bromas más creativas nunca le haría daño. Pero ese no era Adad, o al menos no lo era en ese instante. Enlil no le había lavado la mente, pero estaba igual de perdido que Airgetlam. Adad también necesitaba que alguien lo rescatara.
—¡Nuestro príncipe está aquí! —exclamó el líder de Fuoco.
El soldado se acercó a Kael; lo agarró del pelo y lo levantó para que mirara de frente a Adad. El alado apretó los labios pero no se permitió gritar. Aunque las cadenas le quemaban las alas, estaba dispuesto a soportarlo por Adad.
—Eh, diste una gran batalla —le dijo el oficial—. Derribaste a tres de los nuestros antes de que pudiéramos rodearte. ¡Bien hecho! No cualquiera se enfrenta a un Escuadrón de los Elementos.
—Hay algo que no comprendes —masculló Kael—. Ustedes no me están usando para atrapar a mi príncipe. Yo los estoy usando para recuperarlo.
Kael estiró el codo hacia atrás para golpear el abdomen del soldado. El oficial se apartó con un paso ligero y una sonrisa burlona, seguro de sí mismo. Pero no contó con que Kael giraría en el aire, a su altura. Las cadenas incandescentes que sostenían sus alas giraron con él, así como los otros dos oficiales que las tenían sujetas de los extremos. Con el giro ambas cadenas golpearon al líder de Fuoco, quien cayó con un estruendo metálico idéntico al de sus dos subordinados. Para cuando se levantaron, ya Kael había alzado el vuelo con sus alas heridas, todavía atravesadas por las cadenas desde los extremos contrarios. El soldado del desierto trazó un círculo de luz frente a él. Se permitió una sonrisilla cuando vio la cara que pusieron sus compañeros en el suelo.
—Sí que se les había olvidado, ¿eh? —los picó—. Tranquilos. Ahora siempre recordarán que todavía les puedo patear el trasero.
El aro de luz se prendió. Los soldados de Escuadrón se refugiaron detrás de los telépatas, quienes levantaron un escudo telequinético para recibir la descargar de energía. Kael sonrió más, casi enternecido por la inexperiencia de los oficiales. ¡Como si de verdad fuese a lanzar un ataque que ellos pudieran bloquear! Bajo los pies de cada soldado se dibujó un círculo de luz idéntico al de Kael. Cuando el mago alado disparó, la energía los golpeó desde el suelo.
Los gritos y las centellas calzaron muy bien con la niebla espesa alrededor de la cueva. Al principio los rebeldes miraron el ataque anonadados. Pero luego uno alzó un puño victorioso y soltó una exclamación de júbilo. Los demás lo imitaron. Todos se habían olvidado del Dragón.
—¡Detente, por favor! —gritó Dagda entre los rebeldes—. ¡Lastimas también a Airgetlam!
El gemelo uniformado no gritaba, pero el hechizo lo hacía convulsionar de pie, como al resto de los soldados. Kael deshizo el círculo con un gesto de la mano. Los oficiales cayeron de rodillas, entre el abucheo general de los rebeldes. Un vaniriano apretó los puños. Dio tres pasos furiosos hacia el soldado más cercano, hasta que el hombre de armadura escarlata levantó la mirada y lo vio con ojos completamente lúcidos. Aunque estaban adoloridos, cada soldado se irguió. Los músculos de la cara les temblaban por la electricidad que todavía corría por sus cuerpos, pero se mantenían más que espabilados. Ahora sí estaban listos para luchar con todo.
—Basta —dijo Kael desde lo alto.
El soldado voló lentamente hacia la cascada. La cabeza acorazada de Adad se asomaba por entre la caída de agua. Sus ojos miraban desenfocados hacia todas partes, furiosos, tristes, confundidos y asustados. Cuando Kael se detuvo delante de él, el Dragón enfocó los ojos desquiciados en la figura de su Guardián. Peló los colmillos. El calor de su cuerpo se intensificó. La cascada empezó a echar vapor.
—Gracias por venir por mí, Alteza —murmuró Kael mientras estiraba una mano temblorosa hacia la cabeza del Dragón, justo en medio de los ojos. En su mente se decía que no tenía nada que temer. No había por qué temblar—. Ya estoy aquí. He venido a servirte, mi pequeño Adad.
Al poner la mano sobre las escamas de noche, Kael sintió el frío de Adad. Los ojos amarillos y locos se hicieron grises y dulces. El Dragón lo miró, ¡y Dios!, lo reconoció. Adad echó la cabeza hacia adelante tan de repente que Kael estuvo a punto de caerse. Logró afianzarse a la frente de su príncipe y abrazarlo, al menos en esa forma.
—Ya estoy aquí, Adad. Por favor no vuelvas a dejarme atrás. Nunca más.
—¡KAEL! —gritó el líder de Fuoco—. Trae tu trasero aquí abajo en este instante. No reportaremos este «malentendido» si cumples las órdenes del General y llevas al príncipe Dragón de regreso a donde pertenece.
—Oh, sí que lo llevaré —respondió el alado. El Dragón se apartó un centímetro, asustado. Aunque Adad tenía la majestuosa forma de una bestia, en su corazón seguía siendo el niño temeroso de una traición—. Pero él es quien decide a dónde pertenece. Lo llevaré a Su Majestad, pero solo cuando mi príncipe esté listo. Ahora ya se pueden ir a darle mi mensaje a los Generales: ya estoy listo para retomar mi lugar de Guardián junto a mi protegido.
—Oh, eso sí que no —masculló uno de Mare—. ¡No vinimos hasta esta tierra de nadie para marcharnos con las manos vacías!
El soldado estiró las manos hacia el lago. Un látigo de agua surgió de la superficie; al principio era fino como un lazo, pero conforme el soldado le daba forma se hizo grueso y duro. Era la hoz de agua más grande que nadie había visto jamás. Los rebeldes jadearon y contuvieron el aliento. El oficial de Mare sonrió, seguro del horror que provocaba en sus víctimas.
—¡El lago! —aulló una mujer—. ¡Tocó el lago!
Al verles los ojos, el soldado se percató de que los rebeldes no lo miraban ni a él ni a la hoz, sino a la superficie lisa como espejo. Ni una onda crecía desde su centro. Ninguna ola se agitaba hacia la orilla. De repente, el estallido de la catarata se detuvo. La cascada quedó suspendida en el aire; cada gota inmóvil en su sitio. No hubo ni un ruido, como si algún dios caprichoso hubiese silenciado la dimensión del Bosque Ambulante.
«Deberíamos irnos», quiso decir Dagda a Riza. Pero cuando sus labios se movieron, no emitieron ninguna palabra. Riza cambió el peso de una pierna a otra, pero las hojas y los guijarros húmedos no crujieron bajo sus pies. Ella también quería marcharse, pero se dio cuenta al mismo tiempo que Dagda, y al mismo tiempo que los demás rebeldes, que no podía.
Había algo detrás de ella.
Había algo detrás de cada uno de los rebeldes.
Podía moverse. De hecho temblaba de pies a cabeza. Pero estaba segura de que si miraba por encima del hombro o si echaba a correr en dirección a los árboles, se toparía con el verdadero rostro del Bosque Ambulante. «No, con todos los rostros ocultos en él», se corrigió. Ni siquiera tenía el valor para mirar más allá de los hombres y mujeres al otro lado del lago. Solo podía mirar la superficie, de donde pendía la hoz que el soldado había invocado. El oficial también se había quedado inmóvil, presa del miedo de la figura que percibía a su espalda y del agua inmóvil que había perturbado.
De la punta filosa de la hoz resbaló una gota, que recorrió el arma con la delicadeza y premura de una bailarina. Cuando llegó a la base del arma, permaneció suspendida sobre el lago en una espera paciente y dolorosa. Cuando al fin cayó a la superficie, lo impensable ocurrió: formó una onda perfectamente circular que se expandió hacia la orilla del lago.
La hoz cayó en cascada, solo para levantarse de nuevo con una ola gigantesca. Un alarido agudo surgió del lago. Dagda alcanzó a ver que unos largos dedos blanquecinos surgían del agua; no supo si eran de carne fría y putrefacta, o de agua espesa. Sus ojos se movieron por los dedos, en dirección al brazo, al hombro y a la cara de lo que fuese que surgiría del lago; pero en ese momento una mole lo derribó al suelo. Riza y él quedaron sepultados sobre Geri. El lobo tenía el pelaje erizado. Su corazón palpitaba tan aprisa y tan fuerte que clavaba a los dos aesirianos al suelo. Aunque no se podía escuchar nada por encima del grito eterno del lago, Dagda supo lo que Geri quería decirle: «¡No lo miren!».
El mensajero pegó el hocico al suelo y se tapó los ojos con las patas delanteras. Dagda se asomó por debajo del lobo en busca de aire. Entreabrió los ojos, solo para ver que los rebeldes más cercanos también se habían echado al suelo. Estaban arrodillados, con la frente pegada a los guijarros húmedos y las palmas extendidas hacia el lago; sumisos como vasallos ante un dios en su templo. A Dagda se le ocurrió que eso era precisamente lo que pasaba: el Bosque Ambulante no solo era un refugio sagrado, sino un templo, y los soldados lo habían profanado. La deidad de ese sitio se haría cargo de ellos.
Vio el contorno del pie de la silueta que había esperado detrás de él. Era negro y mugriento, como un cadáver cubierto en brea. Cerró los ojos y pegó la frente en el suelo. Ya había visto más de lo que debía.
Los soldados no se arrodillaron. Miraron fijamente, apresados, juzgados, condenados. Sus gritos se unieron al alarido del lago y a la marcha chapoteante de los fantasmas del bosque.

****

Aunque la cantimplora estaba llena, Sakti la dejó sumergida en el río por más tiempo. La corriente helada le adormecía la mano. En la superficie se reflejaba una versión distorsionada de la luna carmesí. De repente, la princesa odió la luna. En un arrebato de furia, sacó la cantimplora, tomó impulso, y la lanzó al centro del río, ahí donde el reflejo de sangre se reía de ella. Cayó con la fuerza de un proyectil, pero al instante siguiente la corriente se reestableció y la luna volvió a reflejarse con burla.
Sakti apretó los dientes y respiró profundamente. ¿En qué estaba pensando? No podía darse el lujo de perder la bendita cantimplora y esa imprudencia tan solo le volvió a lastimar el brazo. No tenía cómo calmar el dolor, pues ni Darius ni Freki estaban cerca para frotarle con suavidad la herida, y ella tampoco podía hacerlo sin brazo izquierdo. No le quedó más remedio que aguantarse, desnudarse a como pudiera y buscar la cantimplora. Si tenía suerte la corriente todavía no se la habría llevado río abajo.
Otra persona habría refunfuñado por meterse a un río helado en plena madrugada, pero Sakti tenía experiencia en guardarse sus quejas. Además, el agua era lo único que la mantenía espabilada y unida a esa horrorosa realidad donde ya no había un Connor. Su corazón de hielo pertenecía al frío.
—Allena —la llamó Freki desde la orilla—. Te dará una recaída. Ven.
—Busco la cantimplora —se excusó la princesa.
En esa parte el río era poco profundo, lo suficiente para que pudiera agacharse y tantear el fondo con su brazo lastimado. Freki le advirtió que podría torcerse un tobillo. No hubo la princesa descartado la advertencia con un giro de los ojos cuando, en efecto, el pie derecho se quedó prensado entre dos piedras. Sakti perdió el equilibrio, se torció el tobillo y cayó, quedando sumergida por unos instantes. Consiguió erguirse al poco tiempo, pero tenía una nueva herida. El único lado bueno era que encontró la cantimplora.
Regresó a la orilla entre renqueos. Freki la eximió de una mirada de «Te lo dije». En lugar de eso, el lobo vio la ropa de Sakti y el pañuelo donde ella había desplegado el botín de esa noche: moras, hongos, castañas y hasta pescados. La princesa se sacudió el agua del pelo y sopló sobre su pecho, brazo y muslos. Su aliento de Dragón bastó para secarla, aunque todavía temblaba del frío.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella mientras tomaba la blusa—. ¿Por qué dejaste a Darius solo?
—Al fin se quedó dormido —murmuró el lobo. Tenía la voz ronca.
—Igual no debiste dejarlo solo. —Mientras se vestía, Sakti señaló el cielo con la barbilla—. Hay luna de sangre y él es un profeta. Tendrá pesadillas, caminará dormido y se hará daño. Y además... —Sakti tragó fuerte. Otra vez tenía un nudo en la garganta—. Está triste...
La voz apenas le salió. Ella y el mensajero guardaron silencio, en espera a que la princesa al fin se rompiera como Darius. Pero no pasó nada. Sakti resopló. No podía llorar. Había perdido esa capacidad aun antes de la fusión. Quizá la muerte de Mark rompió tanto a la portadora y al Dragón que ahora ella no podía desmoronarse. Lo que ya estaba roto no podía romperse de nuevo.
Freki agachó las orejas. Antes de que Sakti terminara de vestirse, el lobo echó la cabeza sobre el hombro sano de la princesa, en busca de consuelo. Sakti se lo dio. Le acarició el lomo en silencio, hasta que el lobo dejara de temblar. Por suerte Freki se tranquilizó pronto, porque ella de verdad estaba preocupada de que Darius tuviera un ataque de sonambulismo, o que una pesadilla lo despertara y se encontrara solo con su tristeza.
—Te duele el brazo —murmuró el mensajero—. Pero aun así abrazaste a Darius cuando se puso a llorar; aun así buscaste comida para hacerlo sentir mejor; y aun así buscaste la cantimplora que tú misma tiraste.
Sakti guardó silencio. Aunque era reservada, era sencilla de entender por quienes la conocían mejor. Si Darius no estuviese tan afectado, él también se habría dado cuenta de los miles de esfuerzos que ella hacía para cuidarlo. Se habría dado cuenta de que lo abrazó y le acarició el cabello aunque esos movimientos hacían que el brazo le doliera horrores; habría notado el sabor suave del té que le sirvió a lo largo del día para calmarle los nervios; o el silencio con que prendió la hoguera para no perturbarlo; o que ella había recolectado moras para hacerle una mermelada para el desayuno. Con el tiempo, Darius lo notaría, pero aún le tomaría tiempo. Aún tenía que procesar la noticia recibida el día anterior. Aunque había llorado, al instante entró en negación y echó a andar a lo que quedaba de campamento neutral, solo para desplomarse otra vez cuando asomó la luna de sangre. Porque ella lo conocía bien, o en todo caso, porque una vez la portadora y el Dragón lo conocieron mejor, supo que Darius entraría y saldría de la negación a la desesperación una y otra vez. Y mientras estuviera así, ella haría todo lo posible para llevarle un poco de consuelo, aunque fuese en forma de mermelada.
—Allena, eres muy buena con él. Pero ¿cómo te sientes tú?
—... Culpable. Yo fui la que instigó a Connor.
En cualquier momento eso le explotaría en la cara. Sin importar cuántos abrazos, té o mermeladas hiciera para Darius, la única forma de ayudarlo de verdad era estar ahí cuando al fin el profeta reventara y la señalara con el dedo. Sakti esperaba ese momento con tensión y miedo. Podía soportar que Darius estuviera furioso con ella, pero no que el profeta se le alejara cuando no había nadie más cerca para consolarlo.
Freki le lamió la mejilla. Ahora era su turno de consolarla a ella.
—¿Qué pasará con él cuando ya no estemos? —preguntó el lobo.
Sakti sacudió la cabeza. Había mucho en el futuro en lo que no quería pensar.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
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