El mundo aesiriano es cruel, corrupto, oscuro; confiar en alguien es un error. Pero los Dragones deberán hacerlo, no para salvar al mundo sino para salvarse a sí mismos.

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    TORMENTA


    La cabeza le dio vueltas. Cuando Adad lo lanzó al suelo lo golpeó tan fuerte que lo habría noqueado, pero en lugar de eso solo lo dejó aturdido, como si el cuerpo estuviese dormido pero su mente entendiera muy bien lo que estaba ocurriendo. Escuchó la explicación de Adad y lo vio tomar la espada para rematarlo. Luego todo se hizo oscuro, aunque nunca sintió el metal entre las entrañas y la presión y el mareo fueron mucho más crueles que un simple desmayo. Sentía como si lo arrastraran por el Universo, como si miles de cangrejos cósmicos le pellizcaran el cuerpo para arrancárselo por pedacitos y luego volverlo a armar en otra parte.
    Cuando creyó que ya no lo soportaría más, que todo su ser desaparecería en una oleada de tinieblas, cayó de espaldas. El golpe fue lo bastante fuerte como para hacerle perder el aire, pero no pudo toser. Todo su cuerpo estaba adormecido y no reaccionó ante el dolor. Su mente también empezó a adormecerse y la luz de sus ideas empezó a menguar, a parpadear hacia el olvido.
    Escuchó un golpe metálico al lado de su oreja y sintió el peso de Adad por encima de él, aunque el príncipe no lo majaba. Adad respiraba con pesadez, verdaderamente agotado. Aunque a Darius le pesaban muchísimo los párpados como para abrirlos, percibió al príncipe casi como si pudiera verlo. En su mente vio una figura oscura como carbón, pero cubierta por grietas de las que brotaba magma. Era como si Adad tuviese miles de heridas, grandes y pequeñas, por las que escurría sangre de fuego.
    Alrededor del príncipe, las sombras y luces de la teletransportación se rompieron y los profetas cayeron de narices al suelo. Casi de inmediato el sicario, la pitonisa, el doctor y Kel se levantaron para detener a Adad, pero los cuatro giraron sobre pies inestables y se cayeron de nuevo.
    Ante ese cuadro, Adad se carcajeó. El príncipe se sentó a un lado de Darius y se llevó la mano al estómago.
    —¡Oh, Dios! ¡Sus caras! —se rio—. ¡Santo Cielo, sus caras, sus caras! ¡Pftttt! ¡Ja, ja, ja, ja!
    Adad también se cayó de espaldas, presa de un ataque de risas. Se quedó en el suelo, revolcándose entre carcajadas.
    —Qué odioso eres —lo regañó Sakti—. Tu broma no tiene nada de gracia.
    La muchacha al fin se había podido levantar, aunque estaba apoyada en Geri para mantener el equilibrio. Las piernas le temblaban tanto que no habría podido dar ni dos pasos sin ayuda. A sus pies, Zoe levantó la mirada. Vio la espada que Adad había clavado a un lado de Darius, luego al príncipe que se destornillaba de risa y luego a su amiga, cubierta por una túnica que apenas le llegaba por los muslos.
    —¿Una broma? —preguntó incrédula. Si no le daban una respuesta satisfactoria, podría arrancarle la cabeza a alguien. Adad al fin reaccionó y dijo:
    —Era un truco. Una puesta en escena para mi tío. Si cree que los he matado y Allena no me pudo detener, ya no los buscará más.
    Zoe abrió la boca para decir algo, pero en lugar de eso le resbalaron unas lágrimas. No supo si de alegría, de furia, de miedo o de satisfacción. Cuando miró a Sakti, la princesa retrocedió un paso y señaló a Adad.
    —Fue idea de él. Yo no supe nada hasta que los chicos nos teletransportaron.
    Sakti acababa de descubrir lo mal que se sentía formar parte de los planes secretos de otras personas. A lo mejor Adad no le había dicho nada porque no confiaba en las dotes histriónicas de su hermana, pero definitivamente le había dicho a los gemelos que intervinieran apenas él hiciera algo sospechoso. Los chicos tenían que haberlo sabido, o de lo contrario no habrían logrado una escena tan magnífica y dramática con la teletransportación. Dagda y Airgetlam habían hecho un buen trabajo. Se graduaron de la escuela de timadores y manipuladores con honores.
    Ahora solo quedaba por saber en dónde estaban.
    —¡Papá, papá, papá! —llamó de repente Zoe.
    —Ay, que está bien —se quejó Adad—. No lo golpeé en serio...
    Pero el príncipe enmudeció y Sakti supo que algo no iba del todo bien. Los vendajes que Kel había puesto estaban empapados. Darius estaba tan pálido que casi parecía una herramienta Fafnir y todavía no había abierto los ojos. Cuando Connor se inclinó junto a él, todos se separaron y guardaron un silencio solemne.
    —Llama dentro y dile a papá que busque al curandero —ordenó Connor con voz calmada.
    A nadie le gustaba que pusiera esa voz porque era la que usaba para tratar pacientes. A los enfermos les venía de maravilla porque de inmediato se sentían a salvo, pero Dagda, Airgetlam y Drake la habían escuchado ya tantas veces como para saber lo que significaba. Además, ¡lo que Connor dijo no tenía sentido!
    —¿Que llame dónde? —se animó Airgetlam.
    —¡A la casa! —dijo Connor mientras señalaba una puerta.
    Entonces todos se dieron cuenta de que estaban en un patio, en una huerta con calabacines, zanahorias y otras verduras y hortalizas. Al otro lado del patio había un muro de árboles protegidos por la noche, pero la casa de dos pisos tenía ventanas alumbradas con calidez. En el interior se movieron unas sombras. Antes de que Airgetlam terminara de decidirse a avanzar, la puerta trasera se abrió. Por allí se asomó un hombre pequeño, con nariz y mentón largos. En los ojos verde oscuro se reflejaba el calor de una chimenea.
    El hombre examinó a Airgetlam con duda y certeza. Fue como si lo reconociera y al instante desechara la idea, solo para considerar de nuevo que tal vez sí lo conocía. El hombre luego reparó en las demás personas: en el otro chico que era idéntico al primero, en la muchacha (muchacho) de cabello rosado, en la bonita chica rubia, en el bultito peludo que era Kel, en los bultos peludos y enormes que eran Geri y Freki –y que estaban llenos de puré de calabacín, porque los habían aplastado con su llegada–, en la chica semi-desnuda que estaba con los lobos y en el muchacho desvergonzado que sí estaba completamente desnudo y que actuaba como si fuera lo más común del mundo.
    El hombre se habría podido quedar ahí por los siglos de los siglos, mirando a los extraños visitantes de su patio, de no ser porque alguien detrás de él abrió aún más la puerta.
    Esta vez Airgetlam sí reconoció al nuevo hombre.
    —¿Abuelo?
    Y Garrow sí lo reconoció a él.
    —¿Dagda?
    O casi.
    Airgetlam quiso gruñir, pero en lugar de eso soltó una risa y avanzó a zancadas hacia su abuelo. Garrow apartó al primer hombre que había abierto la puerta y estrechó a su nieto como si fuera un niño pequeño. Airgetlam le devolvió el gesto con fuerza, con un amor y una alegría que nunca creyó que sentiría tan de repente en un momento como ese.
    Casi de inmediato, el patio se llenó de más gente. Miriam, Frey, Eleanor, Frigg y Vash llegaron a toda prisa, aún algo somnolientos porque acababan de despertarlos las risotadas de Adad y los gritos de Garrow. Cuando se enteraron de lo mal que estaba Darius, Eleanor y Frigg corrieron a buscar al doctor de Kehari. Después de su característica sonrisita pícara y un guiño, Miriam entró a buscar algo para que Adad se cubriera. Y después de un buen abrazo y un beso, Connor le pidió a su papá Emilio que trajera un poco de agua para Darius.
    —Creo que sí está despierto —dijo al chico a sus hermanos, mientras acariciaba el cuello de Darius para reanimarlo—. Pero no puede abrir los ojos.
    —¿Por qué? —preguntó Geri mientras Freki le daba lengüetazos a Darius. Connor lo miró como si fuera idiota.
    —Ay, no sé. ¿Será que estar medio desangrado le cayó mal? —preguntó con sarcasmo.
    La herida llevaba el peso de la condición de Darius, pero Connor también percibió que el flujo de energía estaba débil. Además de la pérdida de sangre, se le estaba agotando el poder. «Se está quedando sin magia». Lo único que podía hacer para ayudarlo era usar los puntos de presión, pero Connor sabía que era una solución que no funcionaría por mucho tiempo más. Darius necesitaba magia, su magia, y en eso Connor no podía ayudarlo.
    —Darius. —Sakti se inclinó junto a su amigo y le dio la mano, justo como cuando Drake lo había apuñalado—. Esto te va a doler un poco, así que aguanta.
    Conociéndola, Connor imaginó que Sakti le daría una buena bofetada para despertarlo. Pero solo le sostuvo la mano con fuerza, a la vez que una luz esmeralda y zafiro se extendía por las venas del brazo de Darius y le recorría el cuerpo. El mestizo arrugó la cara y apretó los dientes, pero no se pudo mover. Aun así, Connor supo que sufría.
    —¡¿Qué le has hecho?!
    —Le devolví sus esencias.
    Connor abrió y cerró la boca, miró el botiquín que Sakti había abierto para sacar una cartuchera, y luego la miró a ella, sin saber qué decir. Quería gritar miles de groserías, pero apenas pudo soltar un silbido. ¡No podían darle las esencias así porque así! Tenían que prepararlo, dejar que su cuerpo se recuperara de las heridas y luego exponerlo poco a poco a su magia, para que no terminara de colapsar. «Ya está», pensó al borde de un ataque de pánico, «si empieza a sacar sangre por los oídos, nunca más le dirigiré la palabra a Allena».
    Pero el rostro de Darius se suavizó un poco y al fin gimió por lo bajo. No fueron palabras claras, pero Connor lo entendió. «Me siento fatal». Luego abrió los ojos. Cuando miró a Sakti, tuvo energía para enarcar una ceja. «Estás loca. Eso dolió mucho más que un poco», decían sus iris mestizos. Pero Sakti asintió en silencio y soltó todo el aire que había contenido durante esos segundos de dolor. Solo entonces comprendió Connor que la chica en verdad se había asustado de que Darius no pudiera despertar nunca más. A lo mejor le dio las esencias por pura desesperación ante la idea de perderlo.
    El muchacho revisó los reflejos de las pupilas. Aunque su papá estaba despierto y entendía lo que pasaba, también estaba aturdido. El viaje entre dimensiones le había sentado fatal. Y el golpe de Adad no fue tan inocente como el príncipe había dicho. Con todo, Connor estuvo seguro de que podría salvarlo. Su padre tenía una resistencia magnífica que lo había acompañado en los últimos meses y el flujo de energía en los puntos vitales estaba mucho, mucho mejor. Podían hacerlo. Él y Darius podían superar esa herida.
    —Vas a estar bien —le prometió y supo que no lo decía por decirlo.
    Alguien se colocó detrás de él.
    —¿Pidieron un balde de agua?
    —No, solo un poco —contestó Connor al tiempo que levantaba la vista para ver a su madre Lea—. Además, ya no hace falta porque ya está...
    Lea dejó caer el agua sobre Darius. Fue una cascada. Connor abrió la boca en una enorme «o», porque el agua le había pringado las piernas y las manos ¡y estaba congelada! No le sorprendió que al fin Darius reaccionara por completo y que incluso se sentara de un salto. El remedio de los moribundos: agua helada.
    —... despierto... —murmuró Connor, incrédulo.
    El chico miró la sonrisa malvada de su madre mientras Lea estiraba el cuello de la camisa de Darius para echarle los últimos cubitos de hielo por la espalda. «¡Qué miedo! ¡Mamá puede ser muy cruel!». Era claro que todos pensaron lo mismo, porque hasta el mismo Adad –que se había reído al principio por la cara de espanto de Darius cuando le echaron el agua– retrocedió un paso ante esa pizca que marcaba la diferencia entre una «broma de bienvenida» y un cruelísimo «te voy a hacer pagar por todos los años que mantuviste a mi bebé lejos de casa».
    —Psss —llamó Dagda en un susurro, intimidado. Él y Airgetlam se pegaron a Connor—. ¿Quién es la gordis?
    Aunque hizo la pregunta muy, muy bajo, Lea clavó los ojos en los gemelos. Dagda y Airgetlam se escudaron detrás de Connor, como si Lea fuera más aterradora que la mezcla de un Fafnir, Sigfrid y Sakti transformados.
    —Es mi mamá —respondió Connor.
    Lea estiró una mano para levantarlo. Él se dejó llevar por el impulso y permitió que su madre lo estrujara contra sus pechos. Ya no era tan alta como se lo pareció hacía unos años y sí había engordado unos cuantos kilos, pero el olor y la sensación de hogar seguían allí, con ella. En sus brazos, Connor sintió que nunca se había ido de casa, que siempre estuvo allí, en el corazón de su madre.
    —Ya volví —dijo—. Ya estamos todos en casa.
    Un relámpago cruzó el cielo, pero no importó. Ahora estaban a salvo de cualquier tormenta.

    ****

    Miró en silencio el cuerpo. No lo reconocía. Kael Del Varten dijo que era el príncipe Sin y Kael Del Varten no era un mentiroso. Kardan miró los dedos flacos y quemados, las mejillas hundidas, el cabello quebradizo como paja, las costillas que sobresalían entre la piel... ¿De verdad ese hombre podía ser su hermano? ¿En dónde quedaba aquel muchacho guapo y creído que se despidió con una carcajada y la promesa de liberar ciudades en su nombre? Quizá era bueno que no lo reconociera, porque entonces el entumecimiento de su corazón cedería y rompería a llorar.
    Pero luego recordó que el hombre que estaba tendido a sus pies fue una vez un niño. Y que ese niño le había pedido hacía incontables noches que lo acompañara, porque le daba miedo dormir en la oscuridad. Sin no se lo dijo, pero él supo que no se lo había pedido a Hakwer porque su padre lo habría abofeteado por cobarde.
    —Pero tú eres bueno —le había dicho—. ¿Verdad?
    Kardan lo había cargado hasta su habitación. Se había metido en la cama con él, le había leído un cuento y le había dado un beso en la frente justo antes de que el niño se quedara dormido, abrazado a su hermano mayor. Y ese mismo niño lo había abrazado de nuevo unos meses después de la muerte de Istar. Ese niño había abandonado su puesto, no para visitar a su hijo o al sobrino que había quedado huérfano. Ni siquiera había regresado a casa para llorar a la hermana que era bella como un atardecer, sino para abrazar al hermano que tenía corazón de metal y se despedazaba de tristeza. Había regresado para decirle que todo estaría bien.
    —Harald y yo estamos aquí. Los tres, tú y nosotros, la lloraremos juntos —le había dicho entonces, en la misma Sala del Trono.
    Al abrazarlo, le hizo cariño en la cabeza. Fue como si allí hubiese un botón invisible que solo Sin pudiese encontrar, porque cuando lo apretó desató el torrente de tristeza que Kardan había frenado para soportar la ausencia de Istar. De entre todas las personas en el mundo, sus hermanos eran los únicos que podían encontrar y apretar esos botones que abrían las compuertas de su corazón. Y en aquel entonces, solo le quedaban dos hermanos.
    Y ahora solo le quedaba uno.
    —¿Cómo está Harald?
    Al principio nadie le respondió, quizá porque ninguno de los presentes era doctor. Pero pasados unos segundos todos se miraron los unos a los otros para animar a alguno a responder. Uno de ellos respiró profundamente, dio un paso al frente y se golpeó el pecho. Istar le había dicho que así era como los príncipes del desierto saludaban al rey. Era la máxima de respeto y amor que podían dar, porque significaba que llevaban las órdenes, dichas y desgracias del rey en el corazón.
    —La última vez que lo vi, estaba fatal —respondió con sinceridad Alain—. Pero Adad se encargó de darle toda la atención necesaria. —El Emperador no se lo pidió, pero Alain fue más allá—. No sé si su hermano sobrevivirá o no. Incluso si lo logra, dudo mucho que vuelva a ser el hombre que usted recuerda. Pero puedo decirle que su hermano Sin dio hasta el último aliento para que el príncipe Harald sobreviviera. Y Su Alteza también dio pelea hasta el final en la sincronización. Aun si el príncipe Harald falleciera, usted ha sido bendecido con hermanos valientes. Majestad, no se atreva a tener el corazón débil que sus hermanos jamás se permitieron.
    ¿Por qué los príncipes de las Arenas eran tan poco delicados para hablar? Incluso cuando intentaban ser amables eran groseros. Sin embargo, el monarca supo que ese muchacho tenía razón. No podía aflojar ahora. Sin no se lo habría perdonado. Y Harald necesitaba que fuera fuerte. De lo contrario, el sacrificio de ambos sería en vano.
    —¿Cuál es la situación allá arriba?
    Kardan se masajeó las sienes. «Todavía no», se dijo. «Después, más tarde, cuando todos se vayan». Entonces lloraría a su hermano. Eso si no se desmayaba de agotamiento antes.
    Alain volvió a tomar la palabra.
    —Todavía hay algunas naves que se niegan a caer del todo. Creemos que las demás vendrán mañana. Sin Adad y sin Allena no podremos atacar por sorpresa con la Estrella de Carmeil, pero ahora los números están a nuestro favor. Tal vez si subimos a algunos Fafnir, las naves se caerán solitas.
    Una pequeña sonrisa cruzó los labios de Alain al imaginar el terror de los vanirianos mientras las herramientas se volvían locas de atar en los castillos flotantes. Toda esa energía vaniriana debía de ser sangre fresca para ellas.
    Pero luego la sonrisa se esfumó y él vaciló.
    —¿De verdad se han ido? ¿En verdad...?
    «... escaparon...», quiso decir, pero no se atrevió. No. Adad no era un cobarde, ¡no escaparía! Y Sakti tenía más agallas que un pez. La palabra no era «escapar», sino... «traicionar». Si los dos se habían marchado, los habían traicionado a todos. A los aesirianos, a la Profecía, a su familia.
    —Podremos apañárnoslas sin ellos —comentó Remiak, con los brazos cruzados.
    Él tampoco se lo podía creer. Más que enfadado, estaba dolido. Después de lo que habían pasado juntos, después de los meses de viaje, planes y de las batallas hombro a hombro, había esperado la confianza de sus sobrinos. Y a cambio recibía una puñalada en la espalda. Los hijos de su hermano Velmiar lo habían dejado atrás y ni siquiera le habían explicado por qué. Sencillamente se fueron.
    —Sí, estoy de acuerdo. Podemos apañárnoslas sin ellos, al menos de momento. Tenemos a sus Guardianes, ¿verdad, Kael? —El alado asintió.
    —Dereck bajará tan pronto como se convenza de que su hermana está a salvo o muerta. Los dos estamos para servirlo.
    Kael Del Varten no era un mentiroso, pero el Emperador Kardan Aesir XXIII había aprendido que hasta las personas honestas guardaban secretos. Como Istar. Ella había celado muy bien sus planes de escapar y él nunca lo sospechó.
    —Perfecto. Nos haremos cargo de los vanirianos que quedan, pero no quiero que derriben más naves. Ya Masca ha sufrido suficiente.
    ¿Qué tipo de Emperador sería si permitía que más partes de su bella ciudad quedaran reducidas a cenizas? «El mismo tipo de hermano mayor que ha permitido que sus hermanos pequeños mueran antes que él», susurró una voz de culpa que sonaba a Sin e Istar, a Adad y Sakti, incluso a él mismo. «Todavía no», se repitió. «Todavía no te desplomes. Espera un poco más, solo un poco más».
    La sincronización le transmitió los datos de una nueva batalla. La ayuda vaniriana venía de camino a rescatar lo poco que quedaba de sus fuerzas en la parte este de la ciudad.
    —No habrá descanso esta noche —anunció, aunque él mismo estaba agotado.
    Asignó tareas para apoyar a los Generales, a los titanes y a los Fafnir. Incluso dio instrucciones para ayudar al príncipe Kardan a regresar a Palacio. Los príncipes Morak, Remiak y Raziel se golpearon el pecho. Avanzaron hacia la salida con la guardia que los había escoltado hasta Palacio, pero se detuvieron bajo la puerta al notar que Alain no se había movido de su sitio.
    —Majestad, tengo algo que comunicarle antes de que me marche.
    —¿No puede esperar? —soltó el Emperador. Lo último que quería era escuchar otro «conmovedor» discurso de un príncipe del desierto.
    —No. Si muero en combate esta noche habremos perdido información valiosísima.
    —Habla.
    —Antes de que los doctores se lo llevaran, el príncipe Harald me dijo algo. Quizá deliraba por el dolor y el agotamiento, pero no lo creo. —Miró el cuerpo rostizado de Sin, tan cerca suyo que habría podido cubrirlo con su sombra—. No lo creo —repitió.
    Alain levantó los ojos y encandiló con ellos al Emperador. Su mirada estaba llena de promesas e ilusiones. En medio de la oscuridad del abandono de los dos Dragones, Alain había encontrado la luz.
    —Me dijo que el príncipe Sin luchó mucho antes de que lo atraparan. Viajó miles de leguas antes de caer en manos del enemigo. Pero cayó solo cuando estaba seguro de que jamás encontrarían la última misión que él había completado para el Imperio.
    Muy bien, ya había picado su curiosidad. Kardan ladeó la cabeza para invitar a Alain a terminar la noticia.
    —Un hijo —concluyó el príncipe. El Emperador tardó un momento en asimilarlo.
    —Un bastardo.
    Eso no tenía importancia. Un bastardo no era ni más ni menos para los vanirianos o los aesirianos. Era poco probable que el niño tuviera alguna habilidad de la Realeza, como la sincronización. Después de todo, el hijo mayor de su hermano –el otro príncipe Sin– tuvo una madre emparentada con los Aesir y aun así no había logrado sincronizarse con ninguna ciudad.
    Y aunque el bastardo sí tuviera la habilidad, no se animaría a probarla porque tenía buenas posibilidades de morir achicharrado en un centro de control. Incluso puede que su madre ni siquiera le dijera quién era su padre, por temor a darle muchos aires o parecer una amenaza para los Aesir. Sin habría tenido la cabeza suficiente para dejar bien claras las consecuencias de un niño bastardo persiguiendo derechos que no tenía.
    Pero Alain esbozó una pequeña sonrisa que albergó tantas esperanzas como sus ojos.
    —No un bastardo cualquiera —dijo—. Un bastardo Dragón.
    En algún lugar lejano, un trueno retumbó y una tormenta se desató.

    "Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015. Ángela Arias Molina

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