¡Sigue el blog!

Capítulo 27

27
LLAMAS SIN ALMA


Sakti caminó alrededor del tronco, exasperada. La luna estaba insoportable. Los tres campamentos amparados bajo las ramas del Yggrdrasill bullían de actividad. Los aesirianos no desbordaban la suficiente magia como para crear incendios o hacer temblar la tierra; sin embargo, se encogían en el suelo y se agitaban de un lado a otro mientras se tapaban las orejas.
Sakti escuchó rugidos del lado aesiriano. Supo que había hambrientos voraces que perdieron el control sobre la transformación. «Si es cierto lo que cuentan los pacientes vanirianos, hay príncipes de las Arenas. Y si hay príncipes de las Arenas, tienen escuadrones de voraces y ampollas para revertir los cambios si se salen de control». Estaba tentada en ir donde sus tíos a suplicar por una dosis que la calmara. Se había refugiado al lado del tronco porque allí no había nadie. Si se transformaba, no le arrancaría la cara a Darius de un mordisco. Aunque tampoco podía darse el lujo de transformarse solo porque no había nadie cerca. Si se convertía en un Dragón justo debajo del soporte del Yggrdrasill, derribaría el árbol mágico y aplastaría los campamentos. No quería ni imaginar la regañina de Connor.
Los rugidos del lado aesiriano se intensificaron. Sakti quiso rugir también. Las marcas de la Profecía estaban hinchadas. En algunas partes la piel ya estaba cubierta con escamas de madreperla. Hasta la pierna lastimada dolía menos, porque la adrenalina de la transformación le daba energías. «No». Sakti apretó los dientes. Concentró todas sus fuerzas en componer el rostro, que se había empezado a transformar en hocico. «No lo hagas, Sakti Allena. Vas a proteger a Connor y lo que ha construido. No lo destruirás solo porque lo diga la luna de sangre».
Se preguntó por qué la luna estaba teñida en todo su esplendor. ¿Por qué no empezaba a menguar? ¿O es que sí estaba menguada, pero la distorsión de la magia hacía que los aesirianos la miraran cubierta por un velo de sangre?
Escuchó retumbos. Tardó un rato en comprender que eran reales y no una ilusión provocada por la luna. Los estallidos se repitieron. Sakti se puso en alerta. Venían del lado aesiriano. Eran continuos y poderosos, como una ráfaga de... ¡Fuego! Sakti corrió hacia el límite entre los campamentos neutral y aesiriano. Si los soldados perdían el control, derribarían las ramas del Yggrdrasill o quemarían el árbol. Pondrían en riesgo lo que Connor construyó.
No fue la única en llegar al límite. Aprendices de ambas razas estaban ahí, clavados como el poste de la cinta roja. Como era de baja estatura, Sakti tuvo que meter codazos y pisotear para llegar a la primera fila. Todos tenían la vista fija en los estallidos. Vio las flamas: eran azules. Una mangodria atacaba el campamento aesiriano.
—¿No harán nada? —preguntó a un hombre vestido de cazador. Era un desertor encargado de la seguridad del campamento neutral—. Si las llamas tocan las ramas, el Yggrdrasill se incendiará. Caerá sobre nosotros.
El luchador se mordió los labios, indeciso.
—Prometimos neutralidad. Si intervenimos tomaremos partido. A Connor no le habría gustado que estuviéramos en medio de la guerra.
Sakti apretó también los labios. ¿Es que no se daban cuenta de que ya estaban en medio de ella? Al atacar el campamento aesiriano, los vanirianos dieron vía libre a que los aesirianos contraatacaran. El campamento neutral estaba en medio de los dos frentes de guerra, sin posibilidades de escapar si la batalla se desataba.
La primera vez que estuvo en ese límite vio a muchísimos soldados preparándose para la guerra. Ahora los veía luchar contra arpías y groliens, envueltos en llamas de hielo. «No debería importarme que ataquen el lado aesiriano», se dijo. Ambos bandos corrieron ese riesgo al montar sus campamentos junto al árbol. Ella también tomaría la neutralidad. Si intervenía comprometería el campamento neutral y sería expulsada. No la recibirían en el lado vaniriano y en el lado aesiriano sería una prisionera rumbo al sacrificio.
Escuchó otra vez los retumbos pero no venían de las flamas. No estaban sincronizados con los estallidos y tampoco venían solo del lado aesiriano. Lo que fuera que provocara los retumbos, rodeaba todo el Yggrdrasill. Un grolien se agitó junto a ella.
—Oh, Dios —musitó con los ojos dilatados—. Son los hijos de Vanir.
Todos lo miraron preocupados.
—No los harán pasar —dijo una arpía, aunque sonó poco convencida—. Son muy altos. Rozarían las ramas y las romper---
Las ramas crujieron con un lamento. Al levantar la mirada, vieron que las gruesas ramas se bamboleaban como fideos. A la distancia vieron caer el extremo de una rama, que marcaba el fin del diámetro de la copa del Yggrdrasill. La tierra se estremeció con un estruendo, mientras que el aire se llenaba de gigantescas astillas que volaron por doquier, destrozando tiendas y empalando a aesirianos y vanirianos por igual. En el límite de la copa, en medio del polvazal con astillas y lamentos, se enmarcó la figura de un hijo de Vanir. Los retumbos de sus pisadas parecían el latido lento de un corazón.
Sakti tomó impulso para cruzar el poste con la cinta, pero en lugar de eso retrocedió. «No intervendré. Ya no soy una princesa aesiriana».
Alguien la tomó del codo y la jaló consigo. Sakti abrió la boca para chillar por el brazo lastimado pero Drake se la tapó para que no llamara la atención. La apartó de la multitud y la llevó al lado de una tienda bodega. Nadie les prestó atención. Aprendices y guerreros neutrales iban de un lado a otro, ya fuera al límite con el lado aesiriano para confirmar lo que sucedía, o ya fuera hacia el corazón del campamento neutral, en busca de equipo médico para atender a los heridos.
—Necesitamos sacar a Connor —dijo Drake.
Sakti asintió. Quizá los vanirianos respetarían el campamento neutral tal y como los aesirianos lo hicieron hasta el momento. Pero si los hijos de Vanir cruzaban la periferia del Yggrdrasill, lo derribarían. Lo aplastarían todo.
—¿Qué necesitas que haga? —preguntó al sicario.
—Que enfrentes al líder del ataque.
Sakti parpadeó, sin creer lo que escuchó.
—Si intervengo me...
—Te expulsarán del campamento neutral. Lo sé. Pero no podemos mover a Connor. No... Yo... —Drake bajó los hombros, derrotado—. Lo siento. No se me ocurre nada más.
Sakti se tomó un par de segundos para aceptar lo que le pedían. Si intervenía en el combate, no solo se la expulsaría del campamento de Connor, sino que también se pondría bajo la luz. Tanto los Aesir como los vanirianos la atraparían. Tendría que escapar, esta vez sola. Mientras el doctor estuviera herido, Darius y Drake se quedarían con él. Pero en realidad no tenía alternativa, ¿verdad? Porque Connor la necesitaba. La princesa asintió.
—Sé que no estás en tu mejor momento —agregó Drake mientras sacaba una daga envuelta en un paño húmedo con veneno—. Si te acercas a la mangodria, golpéala con esto. Acabarás más aprisa.
Extendió el arma pero Sakti la rechazó. Sin una palabra más, la princesa se apartó de Drake y retomó la vía hacia el poste de la cinta. Ya los primeros grupos de heridos cruzaban el límite, junto con las acusaciones. Los aesirianos heridos echaban en cara a los vanirianos el ataque; mientras que los vanirianos decían que los aesirianos violaron primero la tregua en la primera noche carmesí. En medio del caos, solo algo quedaba claro: ninguno de los dos bandos estuvo en paz bajo el Yggrdrasill. Desde el fallo de la tregua, desde la muerte de Connor, la confianza se había roto. «El único que puede enmendarlo es Connor».
Sakti cruzó el límite.
Sus pies desnudos caminaron por encima de ceniza todavía ardiente. Sus pasos cortos y renqueantes se hicieron más largos y firmes. Sus piernas se hicieron más largas y duras. Levantó nubes grises, negras y cálidas, que se le pegaron a la piel también incandescente. Las marcas de los brazos, piernas y cara pasaban del negro al rojo encendido. Esta vez el Connor de su mente se abstuvo de regañarla; apenas soltó un suspiro cuando las marcas explotaron con las escamas. Sakti apretó los dientes, que estaban filosos como navajas. «Hasta aquí», se dijo. Todavía le faltaba sacar las alas, la cola y convertir su rostro en un hocico. Pero si seguía con los cambios derribaría las ramas, igual que los hijos de Vanir. «En todo caso», se dijo mientras rugía, «esto debe bastar para llamar la atención».
Un estallido azul le marcó su próxima parada.

****

Dereck Sunkel avanzó por el campamento con los ojos atentos. No sabía a qué esperaba pero sí que era inevitable. Lemuria corrió el riesgo de advertirle. Lo menos que podía hacer era prepararse para no morir.
—Estás tenso —comentó Harald.
El príncipe iba delante de él con paso lento, también inmerso en sus pensamientos. Dereck miró la espalda esbelta de Harald, sin terminar de decidir si era una suerte estar bajo su cargo. Supo que lo cambiaron de príncipe por la misma razón que lo mantenían alejado de Huggin: no confiaban en él. Y con justa razón, claro. «Ahora que el príncipe Kardan ha liberado a Finn y Kylma, no sé lo que planeará para atrapar a la princesa». Los aprendices de Connor fueron sus aliados secretos para proteger a Sakti de la cacería. Pudo comprarle tiempo gracias a ellos.
Kardan los liberó después de sobrevivir a la falla de la tregua. El príncipe Sin se burló por el «arrebato» de generosidad del heredero, seguro de que se arrepentiría una vez que se sobrepusiera al susto del ataque. Dereck, en cambio, creyó ver auténtico arrepentimiento en Kardan por haber atrapado a los curanderos. Creyó que algo –o mejor dicho, alguien– comenzó a cambiar al príncipe de Masca. «Connor ha influido en él. Quizá entonces reconsidere la cacería de Dragones». Lamentablemente, el Emperador lo re-asignó a Harald antes de que el Guardián pudiese confirmar sus sospechas.
Como ahora tanto el Emperador como el príncipe heredero estaban en un campamento exterior al Yggrdrasill, Dereck estaba ciego y sordo sobre los nuevos planes para atrapar a los príncipes Dragón. El único lado bueno era que si los Aesir se daban cuenta de la extensión de su intervención en favor de Sakti, tendría tiempo para refugiarse en el campamento neutral. «O en el bando vaniriano». Estaba seguro de que Lemuria le daría una armadura y le permitiría esconderse entre su gente. Aunque tampoco quería ponerla en más peligro con semejante idea.
—¿No está usted tenso también, Alteza? —preguntó para desviar la atención—. Esa maldita luna me va a taladrar los oídos.
—Tomaste el jarabe.
—Igual duele, Alteza.
Los oídos le vibraban, pero al menos podía tenerse en pie. El jarabe tranquilizante se había agotado casi por completo en las noches de luna llena. Solo unos cuantos afortunados pudieron tomar las dosis restantes. La gran mayoría de aesirianos estaban recogidos en el suelo, hechos un puño de dolor.
—Deberíamos sacar a los voraces de aquí —sugirió Dereck cuando escucharon el rugido de un soldado del desierto—. Si se transforman podrían derribar una o varias ramas.
—Si saco a los soldados más fuertes, seremos blancos fáciles para los vanirianos —gruñó Harald, molesto—. Los muy malditos ya rompieron una tregua. No les daré ni una sola oportunidad para que vuelvan a hacer de las suyas. Mientras esté con vida, protegeré lo que queda del campamento de Connor.
Dereck apretó los labios. Las palabras de Lemuria resonaron en su mente:

«El rey quería echar la culpa a los aesirianos, como estoy segura de que tu Emperador planeó también echarnos la culpa a nosotros. Ambas partes fallaron a la tregua».

Era solo lógico que Harald fuese el primer príncipe en congeniar con Connor. Para ser un Aesir, era demasiado ingenuo. Ni siquiera podía ver que su mismo tío también tenía mano en la caída del joven doctor. Estaba seguro de que su tarea como encargado del extremo aesiriano era cuidar el campamento neutral de la intervención vaniriana; cuando en realidad el Emperador lo dejó atrás porque sabía que estallaría.
Harald resentía demasiado a los vanirianos como para dejarlos en paz. Aunque por lo general era sumiso y comedido, enceguecido por la furia era capaz de atrocidades al nivel de Sigfrid Montag. Si los vanirianos le daban una mínima señal de que serían una amenaza para el campamento neutral, Harald atacaría. Y sus soldados no se lo recriminarían porque lo consideraban gentil y bien intencionado. Creerían a pies juntillas que Harald habría actuado motivado por su sentido de justicia, y no por la venganza. Así, los Aesir podrían acabar con los vanirianos apostados junto al terreno neutral sin perder mérito delante de las tropas.
Qué sencillo que era de prever. Qué fácil era utilizarlo.
Dereck decidió entonces que estar bajo el mando de Harald era una bendición. El príncipe era demasiado estúpido. Podría engañarlo. Manipularlo. Usarlo para su propio beneficio, que era también el de Sakti. Aunque mantuvo su rostro serio y profesional, una sonrisa afloró en su corazón. Si de niño alguien le hubiese dicho que se convertiría en un hombre capaz de engañar a un Aesir, lo habría llamado mentiroso y loco. ¿Quién, en su sano juicio, conspiraría para utilizar a un príncipe? Se respondió a sí mismo: un hombre desesperado en busca de un futuro mejor para él, su princesa, Lemuria y la gente de ambos. «Eh. Parece que Connor también ha influido en mí». Ese mocoso era un verdadero prodigio.
Los retumbos los detuvieron. Príncipe y Guardián miraron hacia el extremo norte del Yggrdrasill, donde estaba la salida del lado aesiriano rumbo a terreno de combate. Por un momento creyeron que el campamento exterior, situado a una hora de distancia, estaba bajo ataque. Pensaron que los retumbos eran el eco del ataque vaniriano sobre el campamento de Su Majestad. Pero la verdad fue mucho peor.
Había fuego en el extremo aesiriano bajo el Yggrdrasill.
Fuego azul.
Dereck se petrificó. Harald sonrió. El príncipe lanzó un grito de júbilo; tomó la enorme hacha que cargaba a la espalda y la apretó. Los destellos aparecieron. Antes de que el Guardián pudiera reaccionar, Harald echó a correr hacia las llamas.

****

Tenía un nudo en el estómago. Los retumbos se hicieron más y más fuertes.
—Papá, ¿qué es eso? —balbuceó Connor.
—No es nada —mintió mientras sostenía a su hijo para que no se levantara—. Tienes una pesadilla. Cierra los ojos. Vuélvete a dormir.
Sostuvo a Connor tan fuerte que tuvo miedo de lastimarlo, ¿pero qué más podía hacer? Tenía la sensación de que si lo soltaba lo perdería de nuevo. Estuvo hecho un desastre durante tres noches seguidas porque creyó que su hijito se había muerto. Si ahora lo veía morirse de verdad por agotamiento o por una estúpida guerra, Darius se moriría con él.
Drake atravesó la cortina de la tienda. Venía sudoroso y pálido.
—Ya está —murmuró—. Allena se hará cargo.
Darius asintió aunque también apretó los dientes. Su hijo había sobrevivido una daga al corazón solo para estar en un nuevo peligro. Debía de ser una maldita broma. Debía haber algo que pudiera hacer, además de quedarse con él. No podía dejar que Sakti se encargara siempre de la parte difícil. Se forzó a pensar en una solución.
—¿Hay algún General en el extremo aesiriano? —susurró. No quería despertar de nuevo a Connor. Drake respondió con otro susurro:
—No. Escuché que el General Montag está en Tyr para resguardar la ciudad. Y el General Tonare estará en la retaguardia, en el límite de la zona neutra, aunque cada vez está más cerca de aquí. O eso dicen.
Ignoraba que Sigfrid bajó al sur para darle el pésame a Enlil. También desconocía la verdadera misión del General Tonare. Pero fuera como fuese, el resultado era el mismo: no había ningún General cerca que se hiciera cargo del ataque vaniriano. Darius escuchó el retumbo del Yggrdrasill. Las ramas se quejaban por encima de los campamentos.
«Debe de haber alguien más cerca», pensó desesperado. «Alguien que pueda intervenir». No podía contar con los vanirianos porque eran los responsables del problema. Fueron los que apuñalaron a Connor; claramente no tendrían intenciones de protegerlo si el Yggrdrasill se desplomaba sobre él. Eso solo le dejaba a los aesirianos. Había suficientes guerreros en el extremo norte; si los rumores eran ciertos además del príncipe Harald había príncipes de las Arenas y voraces. «Y con Allena debería de ser suficiente». Pero aun así no podía quitarse la sensación de que haría falta más. ¿Pero qué otra persona podría intervenir? ¿Quién más podría interesarse en defender el campamento neutral y así evitar que Connor corriera un nuevo peligro?
Resopló fastidiado porque sabía la respuesta.
—Quédate con Connor. Si hace falta, sácalo de aquí. Sabrás cómo.
Era lo mejor. Entre él y Drake, el sicario era más ágil de pensamiento. Respondía bajo presión mucho mejor que Darius; y, por lo tanto, tomaría la decisión adecuada para proteger a Connor.
—¿Adónde vas? —preguntó Drake. Darius rechinó los dientes.
—Al campamento aesiriano exterior.
Qué mal le sabía pedir la ayuda del Emperador.

****

La caída de la primera rama lo estremeció hasta la médula. No se esperó que los hijos de Vanir intentasen entrar al terreno a pesar del Yggrdrasill. «Lemuria debe de saber que así van a derribar el árbol. ¡Ella no lo haría!». Si las ramas caían no solo aplastarían el extremo aesiriano. También colapsarían sobre los campamentos neutral y vaniriano. ¿Entonces por qué...?
Recordó la última mirada que la mangodria le dedicó en la tienda. Le avisó para que se pusiera a salvo. Era la primera vez que Lemuria rompía el acuerdo silencioso de no revelar secretos militares. ¿Por qué lo hizo? «Porque no está de acuerdo con esto», se respondió. «Tal y como no estuvo de acuerdo con que se rompiera la tregua».
Los hijos de Vanir se detuvieron al borde del Yggrdrasill, sin derribar más ramas de momento. Dereck frunció la frente mientras corría en pos de Harald, hacia las llamas. Si la intención de Lemuria fuese derribar el árbol, los hijos de Vanir seguirían adelante. ¿A qué esperaban? ¿O es que acaso su propósito era otro?
Recordó otra vez la mirada de la mangodria. Le avisó en silencio. ¿Acaso le transmitió otro mensaje que él todavía no había entendido?
Una ráfaga ardiente se acercó a toda velocidad hacia él. Dereck rodó por el suelo para evadir las flamas, pero las tiendas y soldados detrás de él no tuvieron tanta suerte. Escuchó el crepitar de las tiendas y los gritos de sus compañeros. Al mirar atrás vio las siluetas de los oficiales, que se debatían entre las llamas en busca de una salida. Aunque el fuego azul era tan ardiente como uno normal, las quemaduras eran más leves y casi insignificantes. Pero uno a uno los oficiales fueron cayendo. Lo último que se debatía de ellos eran luces fosforescentes, que al final se extinguían ahogadas en las llamas. Dereck contuvo la respiración. Esas luces eran las almas de los soldados. Lemuria no solo los mató, sino que también extinguió por completo el único rastro que podía sobrevivir de ellos.
Dereck no fue el único que notó el resultado del fuego azul. Los soldados sobrevivientes gimieron cuando una nueva ráfaga ardiente se acercó.
—¡Detrás de mí! —rugió un hombre envuelto en armadura negra—. ¡Ahora!
Las llamas impactaron contra él pero no lo quemaron. Siguieron el movimiento de las manos de Remiak y bailaron en el aire en hilos cada vez más delgados, hasta refugiarse en una botellita de cristal azul en manos de un soldado alado. Dereck suspiró aliviado. Detrás de él escuchó las palabrotas de Raziel, Alain y Uruk, quienes luchaban por detener las llamas de la primera detonación y aprisionarlas en botellas de cristal.
—¡Maldita sea! —rugió Raziel—. ¿Dónde está el pelirrojo? ¡Nosotros nos especializamos en arena, no en fuego azul!
Harald le respondió con un grito de guerra. Todos miraron hacia el centro de la tormenta de fuego. El príncipe había alcanzado a la mangodria. Dereck sintió el corazón en la garganta al ver batallar al gigante pelirrojo contra Lemuria. Harald batía su hacha de centellas sin preocuparse de las llamas, que ni siquiera lo lamían. Sakti era la mejor hechicera de fuego entre los Aesir, pero Harald la seguía muy de cerca. Ni siquiera necesitaba mirar las llamas para controlarlas.
Lemuria se las ingeniaba para evadir los ataques cercanos de Harald. Cuando el príncipe la tenía frente a frente, le lanzaba el hacha al cuello o los brazos. Lemuria era más fuerte de lo que parecía y se las apañaba para repeler al pelirrojo con una patada y ponerse a salvo. Pero aunque se apartaba de Harald todavía estaba en el rango de ataque del príncipe, quien entonces le lanzaba los relámpagos del hacha mágica.
Una vez que los príncipes de las Arenas resguardaron el fuego maldito, Remiak dio la señal para apoyar a Harald. Dereck se mordió los labios, pero avanzó con los príncipes. Era su trabajo. Debía protegerlos aunque la amenaza fuera la mujer de ojos miel que le suplicó, con una mirada, que no muriera en el siguiente ataque.
Harald acortó de nuevo la distancia entre él y Lemuria. Esta vez no se conformó con el corte del hacha, sino que también cargó sus relámpagos. Volaría la cara de la mangodria a quemarropa. Dereck ahogó un grito. Uruk corría a su lado, así que estiró la mano, agarró una de las dagas del príncipe y la apuntó a Harald. Antes de que disparara, Lemuria corrió hacia el príncipe pelirrojo; lo agarró fuerte de la muñeca y lo forzó a lanzar la descarga por encima de ambos.
El Yggrdrasill gimió.
El estallido reventó una rama, que empezó a caer en un leve descenso sobre el campo de batalla. Vanirianos y aesirianos por igual miraron la muerte que caería sobre ellos.
La rama se detuvo a unos metros de aplastarlos, pues se quedó enredada entre las otras ramas. El árbol rechinó de nuevo. La copa se ladeó al norte. A la distancia escucharon el gemido del tronco, que luchaba por mantenerse firme y no irse de lado por el cambio de peso.
El corazón de Dereck palpitó a toda máquina.
—¡Hay que sacar la batalla de aquí! —gritó a Remiak, que estaba justo por delante de él—. Si Lemuria no quema el Yggrdrasill, ¡el príncipe Harald lo incendiará con sus relámpagos!
No terminó de decir esto cuando el hacha de Harald retomó sus chispeos. Dereck quiso agarrarlo a pescozones. «¡Será idiota! ¿Cómo se le ocurre intentarlo de nuevo?». La rama gigante pendía sobre ellos en un equilibrio precario, como un trapecista borracho en una cuerda floja. Lemuria era más lista y había empezado a retroceder; sabía que si forzaba a Harald a direccionar el ataque, esa o cualquier otra rama les caería encima. Pero a como estaban las cosas, no tendría tiempo de evitar los relámpagos de Harald.
El príncipe disparó. Lemuria retrocedió con zigzagueos para burlar el relámpago, pero este la siguió en el aire como un sabueso fiel. Imitó cada quiebre, cada cambio de dirección, cada paso, cada salto, hasta acortar más y más la distancia que lo separaba de la mangodria. Al fin el haz la alcanzó. Lemuria apretó los ojos. Dereck no pudo hacerlo y miró fijamente, atrapado por lo inevitable. El relámpago detonó con humo, fuego y más chispazos.
Lemuria no ardió ni se rompió en trozos carbonizados de carne. En su lugar, una figura blanca y gris convulsionó delante de ella, presa de los destellos.
Harald dejó caer el hacha. Las centellas se detuvieron y Sakti cayó de rodillas al suelo. Todavía algunas chispas brotaban de ella. El silencio envolvió el campamento durante los segundos que le tomó a Sakti recuperarse y ponerse en pie. Los soldados la miraron con el ceño fruncido y la boca abierta; la mayoría no sabía que se trataba de la princesa Dragón, porque en la forma de Sakti parecía un modelo nuevo de herramienta Fafnir. Tenía las patas y la garra transmutadas, además del rostro endurecido y surcado por los labios, que se extendían por las mejillas para dejar al descubierto los colmillos. Sus ojos grises brillaban como la plata.
—No ataques más, Harald —dijo la princesa con claridad. Su voz enderezó la espalda de los aesirianos, incluso de aquellos que todavía estaban encogidos en el suelo por la luna carmesí.
—¿Qué? —Harald tomó otra vez el hacha y la apretó. Los destellos volvieron a surgir y enmarcaron su rostro con luces y sombras macabras—. ¿Intervendrás de nuevo entre mi presa y yo?
—Te lo dije antes: tú y esa hacha van a derribar el Yggrdrasill. Agradece que evite que cometas una estupidez.
Miró la rama que pendía sobre ellos, a punto de caerse, y torció el gesto. Esa breve expresión fue clara: «Oh, Harald. ¡Qué torpe eres!».
—¡NO! —rugió el príncipe mientras las centellas se acentuaban—. ¡Ya no te interpondrás más! ¡Yo ya no te temo!
Sakti giró los ojos. Antes de que el príncipe disparara, una esfera de fuego se materializó delante de la princesa y salió disparada hacia Harald. Le dio de lleno en el pecho y lo lanzó con todas sus fuerzas a treinta metros de distancia. La esfera se desvaneció con la misma rapidez con la que apareció, sin apenas incendiar nada. Sakti escuchó el chasquido de la armadura de su primo, que se rompió por el impacto, y dio un asentimiento de aprobación. Aunque Harald era lo bastante bueno como para evadir las llamas azules sin siquiera proponérselo, todavía era el Aesir número dos en el uso del fuego. Sakti seguía en la cima.
La princesa se giró hacia la mangodria. Ladeó la cabeza y hasta el rostro se le suavizó por la sorpresa. Sus labios regresaron a la normalidad mientras sus cejas se unían en un solo punto.
—¿Tú? ¿Aún sigues con vida?
Cuando vio las llamas azules creyó que conocería a una nueva mangodria. No esperaba re-encontrarse con Lemuria. La vaniriana apretó los labios. También estaba cejijunta.
—Tuve suerte antes, tal y como tuve suerte ahora. —Miró a Sakti con cautela—. ¿Por qué me protegiste?
—En los últimos años he aprendido que una negociación es más efectiva que un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Así que quiero negociar contigo.
Las cejas de Lemuria siguieron unidas. La última vez que la vio, Sakti le tendió una trampa que estuvo a punto de matarla. Ni siquiera con la regeneración de mangodria pudo recuperarse al cien por ciento de las quemaduras provocadas en el castillo flotante sobre la Academia de las Arenas. Sakti era capaz de tenderle una nueva trampa, pero tampoco perdía nada si escuchaba a la Princesa Carmesí. «Además», se dijo, «mi misión es distraer. Comprar tiempo. Ser un señuelo. Esto funciona».
—Habla.
—Retira tus tropas del campamento aesiriano bajo el Yggrdrasill. Los soldados aesirianos saldrán también de aquí. Lleven la batalla lejos, donde el árbol no corra peligro de caer y aplastar el campamento vaniriano y el neutral.
—¿Y luego qué? —preguntó Lemuria con una sonrisa desdeñosa—. ¿Nos agarramos a pescozones tú y yo allá afuera?
—Agárrate a pescozones con quien quieras, menos conmigo. No me tomes en cuenta. No pretendo pelear ni en favor ni en contra de ninguno de los dos bandos. —Sakti cambió el peso de una pierna a otra—. ¿Aceptas?
Lemuria tragó fuerte. No quería luchar bajo el Yggrdrasill porque sabía tan bien como cualquiera que lo derribaría. Aparte de que podría matar a sus soldados y a los heridos que se recuperaban en el extremo sur, tampoco quería destruir el símbolo fresco del campamento neutral: el árbol de la vida. Pero tenía sus órdenes. Vanir quería que llamara la atención y que si podía derribara el árbol. Las leyendas nacen con símbolos. Vanir quería ahogar para siempre la leyenda de Connor y borrar todo símbolo que algún día inspirara una nueva leyenda de unión y amistad entre vanirianos y aesirianos.
«¿Por qué?», se preguntó Lemuria. La Torre del País de Hielo se alzó porque un hombre similar a Connor imaginó un mundo sin barreras de razas. En cierto sentido, el país de los vanirianos se levantó porque un aesiriano les dio un hogar. Ahora otro aesiriano les ofrecía la oportunidad de unirse al mundo sin necesidad de pelear. «¿Por qué Vanir quiere destruir esta ruta a un mundo mejor para nosotros?». No lo entendía. No tenía sentido. Le parecía egoísta, cruel y tan... propio de un Aesir. No de un vaniriano.
Pero no podía hacer nada, ¿verdad? Porque las leyes del rey eran absolutas. Nunca en su vida las había cuestionado, hasta ahora. La piel se le erizó porque comprendió de golpe qué tanto la había cambiado Connor. No quería luchar. Quería desertar como tantos otros. Seguro que el doctor le daba un sitio entre su gente mientras Dereck también desertaba, y los dos se escapaban a vivir felices. Pero no podía hacerlo. «Abigahil. Mis hermanas...». No podía abandonarlas. Ellas no comprenderían por qué lo habría hecho. No sabrían que había una mejor opción.
Lemuria inspiró fuerte y fingió su mejor sonrisa.
—Oh, Princesa Carmesí... Me encantaría seguir tu sugerencia, pero va en contra del objetivo de este ataque. Cometimos un error al confiar en ustedes: los aesirianos fallaron a la tregua. No cometeremos ese error de nuevo. Los aplastaremos hasta el último hombre.
—¿Y si te ofrezco algo mejor? —insistió la princesa.
—¿Y qué puede ser mejor que miles de soldados aesirianos aplastados por un árbol?
—Yo.
Sakti hizo algo que Lemuria ni ningún otro espectador alrededor, ni siquiera Dereck, se esperaba de ella: se arrodilló.
—Yo, Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón, me ofrezco como rehén de guerra para los vanirianos. A cambio de mi rendición solo pido que se perdone al Yggrdrasill, al campamento neutral y a todos los miembros en él.
Los soldados vanirianos y aesirianos gimieron unidos, sorprendidos y angustiados al mismo tiempo. Los príncipes de las Arenas lanzaron exclamaciones y palabrotas a Sakti por su imprudencia. Solo Lemuria calló, tomada desprevenida por el ofrecimiento.
—¿En qué demonios piensas? —soltó Raziel—. ¡No tienes derecho a ofrecerte cuando eres nuestra llave a la salvación! ¡Nos perteneces a los aesirianos!
Dereck apretó los labios. Tenía las manos congeladas, hechas un puño. Podía romperle la cara al príncipe voraz por ese comentario tan desatinado. Por suerte para Raziel, Remiak se interpuso y miró a Sakti fijamente.
—¿Por qué haces esto, Allena?
—Porque el campamento neutral es una idea que vale la pena proteger. —Sakti miró a la mangodria—. ¿Tus soldados de verdad quieren derribar el Yggrdrasill? ¿De verdad quieren aplastar el campamento neutral? ¿Lo quieres tú? Lo dudo. Detuviste a los hijos de Vanir al lado del Yggrdrasill por la misma razón que ahora me arrodillo ante ti: quieres proteger lo que Connor nos ha dado a todos. Así que por favor acepta mi ofrecimiento.
El corazón de Lemuria latió apresurado y contento. Una sonrisa iluminó su rostro. Si llevaba a Sakti, Vanir perdonaría el Yggrdrasill. Connor todavía podría construir el mundo ideal para que Lemuria y Dereck fueran felices. La mangodria extendió una mano para aceptar el trato de la Aesir. ¡Hasta se dejaría quemar la palma, igualito a como los príncipes aesirianos hacían promesas! La Princesa Carmesí levantó la garra para estrechársela y...
... un relámpago golpeó a Lemuria en el pecho.
Sakti jadeó. El destello pasó justo por encima de ella. Si se hubiese levantado, le habría dado en la cabeza. Quizá ni siquiera la transformación podría protegerla como hizo antes, cuando recibió el ataque de Harald.
—¡No! —aulló enojada. Sintió al príncipe pelirrojo detrás de ella. Se levantó con la fuerza de un huracán, dispuesta a prenderlo en llamas por su intervención—. ¡Eres un idiota! ¡¿Es que no veías que ya estaba resuelto?!
El puño de Harald se estrelló contra su pómulo izquierdo. Aunque tenía el rostro transmutado, Sakti escuchó el crujido del hueso. De no ser por la transformación, Harald le habría roto el cuello. Sakti cayó al suelo, atontada.
—Sakti Allena Aesir II, última princesa de Masca, segunda al Trono de las Arenas y portadora del Primer Dragón —recitó el pelirrojo—, yo, Harald Karir Aesir LVI, tercer príncipe de Masca, te arresto bajo el cargo de traición al Imperio Aesiriano. —Agarró a Sakti del hombro—. No tienes ningún derecho a---
Un puñetazo se estrelló en la nariz de Harald. El príncipe hizo un arco en el aire mientras caía de espaldas al suelo.
—¡NO SE ATREVA A GOLPEAR A MI PRINCESA! —rugió Dereck con ahínco, como si se hubiese transformado en un voraz.
Los soldados vanirianos soltaron un silbido. Ya lo habían visto todo: una princesa se arrodilló por voluntad ante una mangodria y un Guardián atacó a un príncipe. Los soldados aesirianos torcieron el gesto, seguros de que Dereck estallaría en miles de pedazos en cualquier momento por semejante atrevimiento. Los más fieles estaban asqueados por la intervención del Guardián. ¿Cómo se atrevía a levantar la mano contra un Aesir? Pero eran una minoría. Aunque no se atrevían a reflejarlo en sus caras, casi todos los soldados aprobaban el golpe del Guardián: no solo defendió a la princesa Dragón, sino que también dio un paso al frente para proteger lo que Sakti se había ofrecido a custodiar.
El campamento neutral. El legado de Connor.
Dereck se mantuvo en su puesto delante de Sakti, escudándola. Aunque no lamentaba su intervención, supo que estaba en un aprieto. Raziel gruñó. Remiak y Uruk fruncieron la frente con actitud reprobatoria. Alain se cruzó de brazos. No había marcha atrás. Con ese golpe terminó de marcar su ruta. Por ser fiel a Sakti se rebeló contra el Imperio.
Los brazos de los príncipes se cubrieron de arena hasta formar inmensos puños. Dereck mantuvo la frente en alto. Si iba a caer lo haría con dignidad. Uruk y Alain eran los menos felices con la decisión tomada, pero Raziel y Remiak rugieron con ánimo mientras los príncipes corrían hacia el Guardián con los puños en alto. Antes de que alcanzaran a Dereck, un estallido azul se expandió por doquier. La onda lanzó a los príncipes de espaldas. Las flamas lamieron las tiendas y el suelo. El Yggrdrasill rechinó otra vez; y la rama, prensada antes entre las otras, se precipitó envuelta en fuego azul.
Todo el Yggrdrasill tembló. El tronco se bamboleó levemente mientras la copa se agitaba de un lado a otro. Por doquier se escucharon los chasquidos de las ramas más débiles. Sonaron como los casquetes del País de Hielo, cuando en verano se rompían y caían al mar. «Caen bajo todo el Yggrdrasill. Caen bajo los otros campamentos», comprendió Dereck mientras se cubría la cabeza, seguro de que ese sería su último pensamiento.
La rama cayó sobre él. El golpe le dobló las rodillas y lo derribó. No tuvo tiempo de arrastrarse por el suelo, menos aún de correr. La oscuridad se lo tragó por unos segundos. Cuando abrió de nuevo los ojos, las imágenes y los sonidos le llegaron de manera confusa. ¿No estaba muerto? Las llamas azules se agitaban alrededor de él como las espigas en los campos de trigo, movidas por el viento. Se sobresaltó. Aunque la rama había fallado en matarlo, el fuego de Lemuria le quemaría el alma.
Un chapuzón de sangre le cayó encima. Confundido como estaba, creyó que al fin la luna carmesí había desatado una lluvia roja sobre el mundo. Pero cuando levantó la mirada no se topó con el ojo lunar, sino con el hocico de un Dragón. Sakti tosía sobre él. La sangre le salía de los orificios de la nariz y de las comisuras de los labios. El Primer Dragón soltó un rugido de dolor. Se había interpuesto para proteger al Guardián. La rama cayó encima del lomo, en el nacimiento de las alas. El golpe debió de ser lo bastante fuerte como para romperle la columna, pero aun así Sakti se las arreglaba para sostenerse sobre la pata derecha y evitar que la rama terminara de colapsar. Aunque casi todas las tiendas y muchos vanirianos y aesirianos estaban aplastados por los extremos de la rama, un puñado de gente se salvó por la intervención de la princesa Dragón.
Dereck se levantó de un salto. Estaba mareado. No solo tenía sangre de Dragón encima. Tenía una cortada en la cabeza. Quizá se la hizo al caer o Sakti lo golpeó con la coraza de escamas al terminar de transformarse. No importaba. Tenía que encontrar la forma de salvar a la princesa.
Antes de que se le ocurriera nada, Lemuria gritó. Dereck la vio acercarse a toda marcha. La mangodria corría por encima de la rama caída, con el puño envuelto en llamas. Atacaría a Sakti. A toda velocidad, el Guardián trepó por el costado del Dragón y se aupó también a la rama. Tomó posición de defensa. No quería pelear contra Lemuria, pero los dos siempre supieron que ese enfrentamiento era una posibilidad. Lemuria luchaba por Vanir. Dereck luchaba por Sakti. Bandos opuestos, batallas inevitables.
Lemuria cayó sobre él con el rostro arrugado por la furia. El pecho despedía sangre y humo por el ataque a traición de Harald. El Guardián aulló adolorido al sentir el fuego en el brazo. La vista se le desenfocó, perdió el equilibrio y cayó otra vez al suelo; pero no fue tanto por el dolor como por el efecto de las llamas azules. No sintió la quemadura en la piel, sino en su interior, en su alma. Aún la sentía. «Me consume», pensó mientras se retorcía en el suelo. Se quemaba por dentro. No podía apagar el fuego. Vio el destello de su alma delante de sus ojos. Se prendería en una última llamarada y...
Lemuria cayó de nuevo junto a él, pero ya no con furia sino con preocupación. Rodeó el cuerpo del Guardián con las piernas; con la mano izquierda le abrió la boca y con la derecha le palpó la lengua. Fue como si jalara la flamita de fuego azul que carcomía el alma de Dereck y la pellizcara entre los dedos. El Guardián dio una arcada y se giró de medio lado, derribando a Lemuria. La mangodria no lo reprendió y le dio palmaditas en la espalda para que respirara.
—¡¿Por qué te atravesaste?! —le gritó—. ¡Pude haberte matado!
Dereck quiso decirle que todo era un gran error. Seguro Lemuria quería atacar a la princesa porque creyó que Sakti le había tendido una trampa, ¡cuando en realidad todo era culpa de Harald! Debían detener el combate. ¡Debían detenerlo todo! «Podemos huir ya. Connor levantó un campamento neutral. La princesa lo protege. Hay miles de personas, humanas, vanirianas y aesirianas, que se unirán también al campamento. Ya nadie puede detener lo que Connor inició. Ni siquiera Vanir, ni siquiera el Emperador. Ahora somos una fuerza imparable». Pero antes de que pudiera decir nada, un puño de arena golpeó a Lemuria en el costado. La mangodria se dobló por la mitad, pero pudo levantarse de nuevo y huir de los ataques de los príncipes de las Arenas. Dereck quedó tendido de medio lado, incapaz de moverse. Un príncipe –no supo cuál– se detuvo unos instantes junto a él. Lo miró por cinco segundos, evaluando si seguía vivo. Dereck no pudo enfocar la vista, gemir, ni siquiera respirar. Estuvo seguro de que eso le salvó la vida, porque el príncipe lo ignoró y miró a Sakti.
—Quédate ahí, Allena. —Era Raziel—. No compliques aún más las cosas. Ya no hay nadie que te proteja. Ya eres nuestra.
El puño de arena rodeó el brazo del príncipe. Raziel echó a correr en pos de Lemuria, junto a sus primos y tío. Estaban empeñados en matarla antes de que todo el Yggrdrasill se viniera abajo.
Dereck soltó el poco aire que guardaba en el interior y dio una nueva bocanada. Aun se sentía débil y quemado por el fuego azul, pero ya podía moverse. Se levantó entre temblores. Avanzó hacia Sakti. La princesa todavía sostenía la rama, aunque cada vez su garra cedía más y más. Afortunadamente ya había gente con ella. Titanes, ordinarios, groliens y arpías se acomodaban bajo la rama para sostenerla y darle oportunidad a Sakti de quitarse.
—Alteza, la única forma será con los cambios de reversa —dijo el Guardián mientras se colocaba debajo de ella con los brazos extendidos—. Venga, yo la atajo.
Una  vez que los voluntarios estuvieron en posición, Sakti deshizo la transformación. Todavía conservaba la coraza de escamas cuando cayó sobre Dereck. El Guardián la apartó mientras los demás ponían lentamente la rama sobre el suelo.
—Argh, estoy harta —se quejó Sakti, encogida de dolor en brazos del soldado—. Ya no pasa ni un solo día sin que me rompa un brazo o una pierna. ¡Tiene que haber un límite!
Dereck sonrió. Abrazó a Sakti con suavidad para no lastimarla, pero también con todas las fuerzas de su corazón.
—Lo has hecho muy bien —lo felicitó ella con voz débil y adolorida—. Me has servido estupendamente. Gracias.
La sonrisa de Dereck se ensanchó. Esos años de espera y esos últimos meses de desprecio por parte de Generales y príncipes valieron la pena solo por el agradecimiento de Sakti.
El filo de un hacha le hizo un corte en el cuello. El Guardián se petrificó, seguro de que si se movía un centímetro Harald lo rebanaría. Sakti soltó un suspiro de fastidio mientras miraba al príncipe por encima del hombro de Dereck.
—Echaste todo a perder y sigues de necio con tus ataques. Si sigues así te voy a romper la mano fuerte. A ver si ya dejas de estropearlo todo.
Los ojos rojos de Harald la miraron con furia. El príncipe levantó el hacha. Sakti le giró los ojos al tiempo que Dereck la soltaba. Lo próximo que supieron todos fue que el Dragón se materializó de nuevo, esta vez con Harald bajo la garra delantera. El príncipe batalló para liberarse, pero Sakti le agarró el brazo derecho y lo prensó entre los dientes. El chasquido del radio confirmó la promesa de Sakti: le rompió el brazo al príncipe.
Sakti apartó el hocico. Mantuvo la forma de Dragón, con excepción del rostro, que retomó su forma aesiriana. Miró al príncipe que apretaba los dientes y se retorcía debajo de ella.
—Cálmate de una vez o te quiebro el otro brazo. —Su voz y sus colmillos eran todavía de Dragón—. No quiero pelear. En serio.
—¡Traidora! —aulló Harald—. No solo nos abandonaste hace años, ¡sino que ahora pretendes aliarte con vanirianos! ¡¿Por qué lo haces?!
Sakti miró al príncipe sin parpadear. Luego a los aesirianos y vanirianos que la ayudaron a escapar de la rama. No peleaban ni se miraban con desagrado. Eran neutrales o estaban tan hartos de la guerra como ella.
—Hago lo que hace falta para proteger el campamento neutral. Y ahora tú me vas a ayudar a detener a la mangodria y a nuestros primos para evitar que el árbol se caiga o se queme.
—¿Y por qué habría de ayudarte, traidora?
Sakti contuvo la respiración por un par de segundos, esperando no cometer un error.
—Porque creo que tenemos un objetivo común, querido primo. Tú también quieres proteger a Connor. —Miró de nuevo a aesirianos y vanirianos—. Todos queremos hacerlo.
Harald la miró sin comprender, cejijunto y con los dientes apretados. Su expresión fue cautelosa.
—Connor está muerto. No lo ayudarás si te entregas a los vanirianos.
—En eso te equivocas. Connor sobrevivió.
Las personas alrededor apretaron los puños y la miraron con ojos resplandecientes, ilusionados. Querían creerle. Querían que fuese cierto. Pero la miraron con la misma cautela y desconfianza de Harald, así que ella explicó:
—El Yggrdrasill, los curanderos, el corazón de Kel y el de tío Kardan lo salvaron. Y ahora tú lo has puesto en peligro.
Sakti miró las flamas azules y las ramas caídas; no culpaba a Lemuria de ese desastre, sino a Harald.
—Mientes. Yo sabría si Connor estuviese vivo. ¡Todos lo sabríamos!
—Oh, ¿en serio? Un sicario le apuñaló el corazón. Lo más lógico es que se guarde el secreto de que está vivo para evitar que el asesino lo busque de nuevo. Solo unos cuantos de confianza saben la verdad. Y tú, claramente, no eres de confiar.
Harald entrecerró los ojos. Lo que Sakti decía tenía sentido. Pero si el Emperador estuvo implicado en la recuperación de Connor ¡lo habría informado a los príncipes! En especial a él, a quien dejó a cargo del extremo aesiriano bajo el Yggrdrasill. Cuando se lo planteó a su prima, Sakti ladeó la cabeza y meditó por un par de segundos. Lista como era, encontró la respuesta de inmediato.
—Tío te mintió. Quizá ayudó a Connor pero no necesita el campamento neutral. No necesita alianzas con vanirianos. Supo que tú, tan gentil, sumiso e ignorante, te entregarías a la idea de proteger lo que Connor levantó. Supo que estallarías si los vanirianos hacían un solo movimiento. Tuvo razón, por supuesto. Siempre has sido fácil de manipular. —Al ver la expresión de Harald, agregó con desdén—: A que duele, ¿eh? Que te engañen. Que te utilicen. ¿Todavía crees que fuimos una verdadera familia? Solo fuimos una mentira. Pero Connor es la verdad.
—No, ¡TÚ MIENTES!
—No, Alteza. —Dereck se situó junto a Sakti—. Es cierto. Yo llegué a la misma conclusión que la princesa. Además ¿en serio cree que ella estaría tan tranquila si Connor de verdad hubiese muerto? Le acaba de romper un brazo porque me hizo una tonta cortada en el cuello. Imagine ahora lo que haría si los vanirianos hubiesen asesinado a Connor.
—Lo que haré —lo corrigió Sakti—. Alguien sí lo mató. Estoy calmada porque Connor se repuso, pero eso no apacigua mi furia. El responsable pagará por lo que le hizo.
El rostro aesiriano se transformó de nuevo en hocico. El Dragón retiró la garra y miró hacia las detonaciones de fuego azul. La batalla seguía. El Yggrdrasill caería si atrasaba más su intervención. Antes de marcharse, miró a Harald por el rabillo del ojo. No gruñó ni lo amenazó de nuevo, pero sus ojos hablaron: «Si de verdad quieres proteger el legado de Connor y a Connor mismo, hazlo bien esta vez. No más errores».
El Dragón se marchó. Serpenteó sobre las ramas, las tiendas y los cuerpos rotos. Dereck la siguió, junto a los vanirianos y aesirianos. Harald chascó los dientes.

****

Tenía un nudo en la garganta. Quería echarse a llorar. El pecho le dolía en donde Harald la golpeó. Todavía temblaba por el susto de haber quemado a Dereck. Su corazón era un pozo de desesperanza. «Oh, ¿qué he hecho?». No debió soltar esa maldita explosión que terminó de derribar la rama. Ahora, a la sombra del Yggrdrasill, todo ardía. ¿Cuántas ramas más habían caído? Lo único que quería era marcharse pero no podía sin antes estar segura de que Abigahil cumplió su misión. Lo sabría cuando el campamento aesiriano exterior enviara refuerzos y las llamas verdes estallaran lejos del Yggrdrasill. Además, los príncipes de las Arenas tampoco la dejarían marchar así porque así.
«Por favor, Dereck», pensó mientras lanzaba una descarga contra un pétreo puño de arena. «Haz que la Princesa Carmesí intervenga de nuevo. O si no, no podré mantener esto por más tiempo. Vanir me descubrirá». Todavía mantenía a los hijos de Vanir en la periferia del Yggrdrasill. Pero si insistía en enfrentar a los príncipes por su cuenta, el rey le preguntaría más tarde por qué dudó en emplear a los soldados más fuertes para derribar el árbol de la vida. Si le daba una sola razón para sospechar, pondría todo en peligro.
No podía arriesgarse a que Vanir descubriera que faltaba un antídoto.
Un hilo de arena le rodeó el tobillo. Lemuria lo majó con el pie libre. Le dio la impresión de que era una serpiente escurridiza y traicionera. Supo que fue una distracción cuando escuchó el siseo de la arena en el flanco descubierto. Los príncipes habían unido sus puños en uno solo. Era demasiado tarde para evadir el ataque, así que se giró con los brazos cruzados frente a la cara para resguardarse.
El Primer Dragón llegó justo a tiempo para escudarla. Sonó como si el mar entero chocara contra un rompeolas y lo derribara. Solo que Sakti no cayó. Aunque el golpe la hizo retroceder, controló la arena con sus poderes y la escurrió a los lados. Los príncipes retomaron posición. Recuperaron el control sobre la arena y crearon un nuevo puño; pero antes de que golpearan a Sakti, las llamas de fuego azul impactaron la arena.
El Dragón miró a Lemuria sin parpadear y dio un leve asentimiento de cabeza: llegaron a un acuerdo de protegerse. Al menos por el momento.
—¡Maldita! —rugió Raziel—. ¡Hiciste una alianza con nuestros enemigos!
Sakti gruñó exasperada. Raziel siempre fue el más iracundo de los príncipes del desierto. También el más desagradable y estúpido. ¡Qué rápido saltaba a conclusiones! Lástima que sus soldados compartían ese defecto, más ahora que la luna carmesí brillaba asomada por entre las ramas rotas. Los gruñidos rodearon a mangodria y Dragón. Por todas partes había hombres y mujeres con rostros surcados de venas, ojos resplandecientes, uñas convertidas en garras. Sakti gruñó también aunque no estaba segura de que pudiera enfrentar a la tropa de voraces de Raziel. Como Dragón era más fuerte que como aesiriana, aun cuando resentía la mordida de Freki y la clavícula; pero no se atrevía a lanzar coletazos, extender las alas o lanzar llamaradas mientras estuviera bajo el Yggrdrasill. Tenía que llevar la batalla fuera de los campamentos.
Lástima que Lemuria no estaba al tanto del plan de Sakti. Confiada en el apoyo de la princesa Dragón, la mangodria se lanzó a Raziel. El príncipe de las Arenas gruñía con la cara transmutada pero todavía no se había convertido en mantícora. Si lo envolvía en fuego azul mientras estuviese ocupado, podría matarlo. Sakti sintió el fuego antes de que apareciera. No tenía intenciones de enfadar más a Lemuria con una herida, pero la mangodria la dejó sin elección: si la dejaba disparar las llamas consumirían más ramas y el árbol de la vida se convertiría en un mar de fuego quema almas.
Lanzó un coletazo a Lemuria.
Procuró ser lo más delicada posible pero aun así derribó a la mangodria. Lemuria salió disparada treinta metros, en dirección a las afueras del Yggrdrasill, y derribó en su camino a los voraces cercanos a ella. «Lo siento de verdad», quiso decirle Sakti. «¡Lo único que quiero es que salgan de aquí!». No estaba a favor ni en contra de ningún bando. Todo lo que quería era apartar la batalla de Connor.
Dos filas de navajas se prensaron en la cola del Dragón. Sakti rugió y agitó la cola para quitarse de encima a un voraz, que había aprovechado la distracción de la princesa para detenerla. Dos voraces más le cayeron encima, uno sobre el nacimiento de las alas y otro en el cuello. Aunque la coraza la protegía de los mordiscos y aruños, a veces los voraces hallaban los sitios entre las escamas y le hincaban los dientes. Lo próximo que escuchó fue el rugido de la mantícora. Por el rabillo del ojo vio que Raziel agitaba el aguijón. Su rostro gatuno y aesiriano esbozaba una sonrisa de victoria adelantada.
El Yggrdrasill volvió a gemir. El suelo tembló. El aguijón de Raziel se detuvo. Los voraces y Sakti miraron hacia el extremo norte. Los hijos de Vanir se adentraban al campamento, rompiendo a su paso las ramas. La copa del árbol se estremecía sobre ellos. Sakti se agitó debajo de los voraces, desesperada. Tenía que detener a los monstruosos hijos de Vanir antes de que lo destrozaran todo.
Un nuevo relámpago de Harald entró en escena. Esta vez no derribó ninguna rama, sino que impactó de lleno en el pecho del hijo a la cabecera. El vaniriano retrocedió un par de pasos, pero no cayó. A la distancia, Sakti reconoció la figura todopoderosa del príncipe pelirrojo, solo delante de los vanirianos. Sostenía el hacha en la mano débil. Harald la miró por encima del hombro. Fue una mirada de despedida. Miró de nuevo a los hijos de Vanir y corrió hacia ellos con el hacha en alto, relampagueante.
—¡Idiota! —masculló Remiak. El príncipe del desierto miró a los príncipes y soldados alrededor—. ¡Todos, hacia él! ¡Denle apoyo! ¡Ahora!
Raziel miró a Sakti con los labios levantados pero no la aguijoneó. «Ahora sí, Allena. Esta vez quédate aquí», dijeron los ojos del príncipe antes de que echara a correr a toda máquina hacia los hijos de Vanir. Los demás voraces corrieron detrás de él. Sakti creyó que los tres soldados que la tenían mordisqueada y aruñada se unirían a la estampida de guerreros, pero se quedaron firmes sobre ella, apresándola. Se dijo que no importaba. Harald la había ayudado. El pelirrojo encaró a los hijos de Vanir y motivó a los demás soldados a seguir su ejemplo. Ahora que sabía que Connor vivía bajo el Yggrdrasill se esforzaría en sacar la batalla.
Pero los chasquidos de las ramas continuaron. La copa se estremeció más y más. Los pasos de los hijos de Vanir siguieron adelante, junto con los gritos de los aesirianos instigados por la luna carmesí. Sakti sintió el aumento de energía y la sed de sangre de los guerreros. Una revuelta florecía bajo el árbol, idéntica a la que llevó al ataque de Connor. Tenía que intervenir. ¡Tenía que hacer algo!
El voraz que la tenía sujeta de la cola soltó un gañido. No supo por qué, pero Sakti se vio libre de él. Aprovechó la ocasión y lanzó un coletazo al transformado que la tenía agarrada de la pata. Giró en el suelo para quitarse al otro de encima. Una vez libre tomó posición para recibir un nuevo ataque; sin embargo, los voraces ya estaban contenidos en el suelo por guerreros de las apariencias más variadas. Ahí estaban los voluntarios aesirianos y vanirianos que la ayudaron a quitarse la rama de encima, así como soldados de ambos bandos, y también guerreros del campamento neutral. Aprendices médicos tenían jeringuillas en las manos y esperaban a que los guerreros inutilizaran por completo a los voraces para inyectarlos y dormirlos. Dereck estaba ahí, entre ellos, y miraba a Sakti con una sonrisa de disculpa.
—Lamento la tardanza, Alteza. Es que encontré a más gente en el camino.
Un humano manco le dio un empujón a Dereck para situarse delante de la princesa. Llevaba un asta con una sábana –alguna vez blanca– llena de barro y sangre. Con la misma suciedad alguien pintó un escudo gigantesco y precioso: era el Yggrdrasill. Rodni plantó el asta en el suelo y miró al Dragón con el ceño apretado.
—Drake dijo que no tardarías nada en solucionar este problema ¡pero ya te has tardado bastante! Tengo que admitir que estoy muy decepcionado de la Princesa Carmesí a la que tanto temen los vanirianos, y del Primer Dragón que tanto veneran los aesirianos.
Sakti gruñó. No necesitaba que un tipo cualquiera le soltara semejante insolencia. Rodni ignoró la advertencia del Dragón y siguió adelante:
—Ahora nosotros nos haremos cargo. Si quieres eres bienvenida a echar una mano, tesoro.
La princesa miró a Dereck con una orden clara en los ojos. Su Guardián cumplió al instante y le dio un manotazo a Rodni en la cabeza. Vanirianos, humanos y aesirianos por igual sonrieron. Aunque estaban tensos habían recuperado parte del buen humor en la compañía mutua y en la promesa de defender juntos aquello en lo que creían.
Unidos marcharon hacia el extremo del árbol. El Primer Dragón serpenteó delante de ellos.

****

El polvo y el humo de las llamas lo envolvían todo. El sudor resbalaba en la cara de Harald. Podía escuchar los rugidos de los voraces que se acercaban para socorrerlo. Supo que no llegarían a tiempo.
Los centelleos empezaron a pellizcarlo. Su hacha estaba hambrienta de sangre vaniriana pero no se atrevía a agitarla con la fuerza de antes. Sakti no le perdonaría más errores. Y él tampoco se los perdonaría. «Connor está vivo», pensó mientras levantaba el hacha con la mano sana. «El árbol no puede caer sobre él». Disparó sobre el hijo de Vanir más próximo pero apenas logró que retrocediera dos pasos. Para matarlo necesitaba atravesarle la piel detrás de la oreja, que era el sitio más blando cercano al cerebro. Pero no tenía forma de llegar hasta ahí; además, tampoco podía dejar que el vaniriano se desplomara tan cerca del Yggrdrasill o si no lo derribaría.
«Esto es todo», se dijo mientras esquivaba el puño de otro hijo. «No puedo hacer nada más». Por su retaguardia se acercaba el manotazo del tercer hijo de Vanir. Era demasiado tarde como para esquivarlo. El golpe fue como el beso de una ola gigante. Se sintió revolcar en el mar, arrastrado por una fuerza mil veces superior a la suya. No pudo hacer nada salvo aferrarse al hacha, en busca de un punto de apoyo que lo ayudara a salir de la oscuridad.
Las centellas se apagaron. Harald solo escuchó el rugido distorsionado de un voraz.

****

Los voraces a la delantera vieron al príncipe caer. Eso solo los envalentonó más. Se lanzaron a los hijos de Vanir tal y como sus compañeros se lanzaron antes a la princesa.
—¡Los Fafnir! —ordenó Remiak a Alain y Uruk—. ¡La mangodria ya no está! ¡No puede deshacerlos!
Collares de perlas aparecieron alrededor de los cuellos de los tres príncipes. Las perlas salieron volando en diferentes direcciones. Antes de que tocaran el suelo soltaron un denso vapor blanco que se solidificó en figuras bípedas armadas con garras y colmillos. Los Fafnir soltaron un rugido y se lanzaron sobre los hijos de Vanir para apoyar a los voraces. La saliva de las herramientas empezó a echar humo negro en contacto con el pelaje y la piel de los hijos.
Sakti y el grupo neutral llegaron a tiempo para ver que el primer hijo de Vanir se desplomaba entre lamentos, con la cabeza cada vez más deshecha por el ácido de los Fafnir. Los vanirianos que venían con la princesa gruñeron o apartaron la vista, afectados. Aunque prometieron neutralidad no podían mirar la muerte de sus compatriotas sin odiar a los responsables.
Otro hijo de Vanir seguía adelante. Caminaba en dirección al tronco del Yggrdrasill a pesar de que tenía voraces en las patas, que lo mordían hasta arrancarle tiras de carne, y que los Fafnir trepaban por su cuerpo, dejando caer la baba ácida sobre la piel. Al fin una pierna le flaqueó y el vaniriano cayó arrodillado. Sus quejidos helaban la sangre pero también motivaban a los demás hijos de Vanir. «Es el alfa de este grupo», comprendió la princesa mientras serpenteaba hacia él cada vez más rápido y con mayor impulso. «Si lo saco la manada lo seguirá».
Embistió al hijo de Vanir con todas sus fuerzas. Contó con la ayuda de los Fafnir y voraces para hacerlo retroceder. Cuando el hijo de Vanir se debilitó lo suficiente, Sakti le hincó las garras en el cuello y extendió las alas. El esfuerzo hizo que las extremidades lastimadas le lanzaran advertencias de dolor, pero igual siguió adelante. Levantó al hijo de Vanir tal y como un dragón habría levantado a un búfalo en plena cacería.
Atravesaron juntos la copa exterior del Yggrdrasill. Incluso con las escamas, Sakti sintió el arañazo de las ramas como si le recriminaran: «¡Tu trabajo es protegernos! ¡No lastimarnos más!». El Dragón voló por encima del Yggrdrasill hasta salir por completo del campamento aesiriano. En el aire lo vio todo: la copa destrozada, las ramas esparcidas por los campamentos bajo el árbol, las flamas que lamían tiendas, madera y soldados, y las tropas de respaldo que venían del campamento militar exterior.
Soltó al hijo de Vanir. Mientras caía, el gigante dio vueltas en el aire. Los Fafnir y dos voraces –que por tozudos siguieron aferrados para destrozarle las piernas– se agarraron fuerte a él. Cuando tocó el suelo todo saltó y rebotó con él. Sakti inspiró y echó la cabeza hacia atrás. En la base del cuello brilló un destello ámbar. Uno de los voraces comprendió y agarró al otro de la cola para echar a correr. Apenas tuvieron tiempo de escapar. El Dragón soltó su descarga sobre el hijo de Vanir.
Las herramientas se deshicieron con el contacto de las flamas. El vaniriano gigante se cubrió la cabeza con las manos y se retorció en el fuego. Aunque le provocaría horribles quemaduras, Sakti supo que no lo mataría tan fácilmente. Tampoco era su intención. Si mataba al vaniriano, otro hijo tomaría su lugar como alfa y tendría que cazarlo también.
La manada bramó al unísono. A pesar de que tenían encima a voraces y herramientas, los hijos de Vanir echaron a correr hacia el exterior del campamento. Su presa era Sakti. La princesa detuvo la descarga. Esperó suspendida en el aire a que los hijos de Vanir la alcanzaran. Ahora todo lo que tenía que hacer era guiarlos lejos del árbol. Los aesirianos los seguirían junto con los demás guerreros. Entonces podrían seguir esa ridícula batalla en un sitio menos peligroso.
Un aguijonazo le atravesó el cuello. El Dragón parpadeó, confundida. Se llevó la garra delantera al cuello. Aunque no podía sacársela con las garras, sintió la aguja que se le clavó en la carne en medio de las escamas. Miró atónita el límite del Yggrdrasill. Remiak tenía apuntada una ballesta hacia ella. Volvió a disparar. La nueva aguja dio en el mismo sitio que su predecesora.
«No sabía que tenía tan buena puntería», alcanzó a pensar antes de que la visión se le desenfocara. Luchó por mantenerse a flote pero las alas comenzaron a retraerse en la espalda. Su tío la había inyectado una ampolla para los cambios de reversa. Como la coraza se hacía más y más delgada, dos agujas más lograron atravesar por debajo de la axila y el abdomen. El Dragón también cayó con un retumbo al suelo. Agitó la cabeza de un lado a otro para espabilarse. Si no salía de ahí, los hijos de Vanir la aplastarían con sus puños. Sin su coraza de Dragón no podría sobrevivir. ¿Por qué su tío disparó en una situación tan peligrosa?
Un hijo de Vanir se detuvo junto a ella, con el puño en alto. Sakti apretó los dientes y concentró una descarga para protegerse, pero las ampollas la habían aletargado y le era más difícil controlar la magia. Por suerte los voraces alcanzaron a los vanirianos. Sakti se agachó cuando vio, por el rabillo del ojo, la sombra de la mantícora. El aguijón picó la pata del hijo de Vanir, haciendo que éste saltara en una sola pierna. El suelo se estremeció con cada salto. Raziel no perdió tiempo y lanzó la cola hacia Sakti, para tumbarla de una vez por todas. La princesa concentró su atención en él para dispararle una esfera flamígera, pero el aguijón se acercó muy rápido, demasiado. La golpearía y...
El golpe fue seco, casi mudo. Raziel gruñó con los ojos puestos en la melena pelirroja. El aguijón se retiró con dificultad, apresado como estaba en la armadura de músculos que era la espalda de Harald. El príncipe se bamboleó y dio un paso dubitativo hacia Sakti, a punto de caerse. Se mantuvo en pie a duras penas. La princesa lo miró con los ojos abiertos de par en par, sin aliento. No podía ver el rostro de Harald, magullado y destrozado como estaba. La mitad izquierda de su cara estaba hundida; era una mezcolanza de piel, sangre y... ¿sesos? ¿Tenía ojos? Sakti no sabía si se los habían arrancado o si es que tenía los párpados tan hinchados y amoratados que parecían cuencas. Su cuerpo estaba cubierto por sangre y trozos de armadura rotos y encarnados.
Una sombra cayó sobre ambos. Al levantar la mirada, vio otro hijo de Vanir con el puño levantado. El vaniriano lo dejó caer, pero todo lo que Sakti sintió fue el golpe de su espalda contra el suelo. Y la sangre de Harald, que la pringó en la cara, en el pecho, en el abdomen. Su primo la había empujado y caído sobre ella. Recibió en la espalda el golpe y aún mantuvo los brazos y piernas flexionados contra el suelo para actuar como escudo de la princesa. Sakti escuchó el retumbo de los huesos. El impacto de los órganos, que explotaron dentro del cuerpo. Cuando el hijo de Vanir retiró el puño, Harald se desplomó sobre ella, pesado y fláccido. No sintió la respiración de su primo encima de su cuello, pero sí sintió los últimos dos latidos. Y la sangre, que le salía de la boca y los ojos, los oídos y las entrañas, que se le habían reventado.
Sakti cerró los ojos. No estaba al lado del Yggrdrasill. Estaba en una cueva, encadenada de pies y manos. Se miraba a sí misma en la pared rocosa, como si se tratara de un espejo. Solo que no era Sekmet, sino la niña que bailaba delante de las flamas. Los cuerpos en la hoguera se habían carbonizado. No eran más que puñados de ceniza tiesa que caerían con el soplido del viento. No eran más que las sombras del demonio que estaba detrás de ella, ¿encima de ella?, con el puño en alto para terminar lo que empezó.
Escuchó los gritos de pavor. Los aullidos de los voraces. Las carcajadas de la luna en lo alto, que resonaban con la desgracia junto al árbol. Cuando Sakti abrió los ojos no vio al demonio de sus desvaríos ni al hijo de Vanir que quería aplastarla. Vio trozos de él, grandes y diminutos, que se precipitaban al suelo. Llovía sangre. Llovía carne.
En su mente escuchó la voz de Tiamat.

«¿Creíste que me gustaban tus estúpidas flores? ¡Son rojas carmesí, como la sangre! Rojas, ¡como tu asquerosa sangre!».

«Si me aferrara a esto», pensó, «volvería a ser Sekmet. Volvería a ser dos. Quiero –no quiero– empezar de nuevo –¡JAMÁS!». Su mente volvió al silencio. A la fusión. El mundo entero se fundió con ella en el pavor, porque ni siquiera la luna aullaba. Todo había enmudecido. Solo se escuchaban las respiraciones contenidas. El miedo. La sentencia: un monstruo había matado a otro monstruo con tan solo cerrar los ojos. Lo asesinó con un desborde de magia descontrolado. Sakti era la peor de las amenazas.
Lentamente se puso en pie. Fue difícil, porque el cadáver de Harald pesaba con todos los pecados del mundo y los de ella misma. Se levantó cubierta de escamas y sangre. Miró los extremos del Yggrdrasill. Todos la miraban, pero nadie respiraba. Raziel y sus voraces tenían la cola entre las patas. La ballesta de Remiak le resbaló de las manos, que temblaban. Hasta los hijos de Vanir la miraban a ella, diminuta e insignificante, con auténtico terror.
Vio los ojos miel y ardientes de Lemuria por debajo de una rama a punto de caer. La mangodria también le tenía miedo. También la juzgaba. También quería escapar de ella. Pero por encima de todo, quería lo mismo que Sakti.
Que ardiera.
La vio chascar los dedos pero la princesa no se movió. Esperó en silencio la descarga, la sentencia, la ejecución. Las flamas ardieron alrededor suyo, en una danza de hielo. La engulleron. Sakti extendió el brazo para que la llama trepara por él más fácil y rápido. Sintió el pellizco frío y ardiente al mismo tiempo y después...
... las flamas se desvanecieron. El fuego se extinguió.
«¡No lo detengas!» quiso gritarle, pero sus palabras se ahogaron al ver el rostro de Lemuria. La mangodria no había detenido el fuego. La princesa miró alrededor. El cuerpo destrozado de Harald todavía estaba junto a ella, al igual que los fragmentos esparcidos del hijo de Vanir que cortó con el desbalance de magia. Aunque algo rostizados, los cuerpos estaban enteros porque carecían de lo que el fuego azul quemaba: el alma. El campo alrededor era un pozo de cenizas. Lemuria no tuvo piedad con su descarga. Atacó a matar.
Sakti sintió frío en el pecho. Aunque la idea negaba a formarse en su cabeza, en el corazón lo sabía. Lemuria se lo confirmó con una mirada de lástima infinita.
—Lo siento —le dijo la mangodria—. Pobre, pobre. Eres una verdadera abominación. Ni siquiera existes de verdad. —Chascó los dedos y le hizo una seña a un hijo de Vanir—. Sé misericordioso. Aplástala. Ella ya no atacará. Le estarás haciendo un favor.
Sakti bajó la mirada. Apretó el puño y los dientes. Lemuria tenía razón. No atacaría. No tenía sentido. El hijo de Vanir dudó por unos segundos. Se acercó con pasos lentos y pesados, como el latido de un corazón agonizante.
—Apúrate... —susurró Sakti.
El hijo de Vanir detuvo la pata por encima de ella cuando una mujer se coló por detrás de Sakti y la abrazó. La princesa reconoció el olor a vainilla y la calidez de los brazos de Zoe. La profetiza la tenía bien rodeada por la cintura y miraba a Lemuria fijamente.
—Atrás —le ordenó—. No le tocarás ni un pelo. O esto se pondrá feo para tus vanirianos.
Una figura alta y peluda pasó al lado de Zoe. La oreja larga de Sigurd bailó sin la compañía de la otra, que seguía dispareja tras el corte que Adad le hizo hacía tantos años. El demonio abrió el hocico y de inmediato un resplandor iluminó sobre Zoe y Sakti. El hijo de Vanir se tambaleó. De sus labios brotaba una luz.
—Suficiente —dijo Zoe y al instante el alma regresó, el vaniriano recuperó el equilibrio y Sigurd pegó la mirada al suelo con el rostro tenso y furioso.
—Tengo hambre —se quejó el demonio.
—Calla.
Sigurd cerró el hocico sin ningún reproche más. Zoe miró a Lemuria de manera desafiante. Las dos sabían bien que un enfrentamiento entre el come-almas y la mangodria llevaría a la vaniriana a la victoria, porque manipulaba a la perfección el arma para acabar con el demonio. Pero Zoe se mantuvo firme en su amenaza y Lemuria perdió el interés.
—Da igual —dijo mientras chascaba los dedos para llamar la atención de sus soldados—. La batalla ya no tiene sentido. Hagan lo que hagan, los aesirianos ya perdieron. —Miró a Sakti—. El Primer Dragón no tiene alma.
La mangodria abandonó el campo de batalla sin que nadie lo evitara. Tampoco nadie celebró. El silencio reinó en voraces y príncipes, en soldados y guerreros neutrales, en el árbol y en la luna. Todos miraban a Sakti y al círculo de cenizas que dejó el fuego azul junto a ella, sin tocarle ni un pelo.
En el Norte, a lo lejos, escucharon un retumbo. Una llamarada verde se levantó en el cielo y luego se apagó.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

Capítulo 26

26
YGGRDRASILL


Renqueó bajo las ramas del árbol gigantesco. La mayoría de los aesirianos, vanirianos y sí, alguno que otro humano, estaban concentrados en correr de un sitio a otro con medicinas y paquetes. Pocos le prestaron atención, aunque siempre hubo aquellos que se le quedaron viendo por ser mujer sin capucha. Sakti avanzó con los dientes apretados, consciente de que con cada paso disminuía la presencia vaniriana. Iba hacia al extremo aesiriano.
Alcanzó a Su Majestad poco antes de que él llegara a un poste adornado con una cinta roja, custodiado por dos soldados. Eran los centinelas que vigilaban la entrada al lado aesiriano.
—¿Por qué lo hace? —preguntó Sakti antes de que su tío alcanzara a los centinelas—. ¿Por qué lo deja vivir aunque lo envió a matar?
—¿Disculpa? —El Emperador se giró a ella con una ceja arqueada. Sus ojos se movieron con discreción de un lado a otro, en busca de oídos que hubiesen escuchado la acusación de Sakti. Por suerte no había nadie lo bastante cerca para espiar la conversación.
—No se haga el tonto, señor. Sé que Connor es una amenaza para el mundo de un Aesir. —Sakti señaló el campamento neutral—. ¿Cuánto tiempo le tomó? ¿Dos meses y medio? Y en ese tiempo consiguió un campamento neutral, un buen puñado de aprendices, a saber cuántos desertores militares, el reconocimiento de dos gobiernos en guerra y una tregua cuyo fracaso nadie jamás le culparía a él. Y todo eso lo logró con una sonrisa. A que da miedo, ¿verdad?
El Emperador mantuvo la frente en alto pero guardó silencio. Porque sí, daba miedo. Él todavía no terminaba la reconstrucción de Masca aunque ya habían pasado cincuenta años tras la invasión, mientras que en dos meses y medio Connor logró que dos bandos en eterna guerra se pusieran de acuerdo. El doctor tenía mejor madera de líder que el mismo Emperador.
—¿Cuál es tu punto, Allena?
—Mi punto es que desde hace tres noches apenas he podido dormir, segura de que Connor estaba muerto. Y cuando al fin lo encuentro, él está a merced del imbécil que envió a matarlo. ¿Ya ve a dónde quiero llegar, señor?
Oh, sí que lo veía. Sakti estaba furiosa por el miedo, la tristeza y la impotencia que sintió al creer que su amigo murió sin que ella pudiera protegerlo. Ahora alguien tenía que pagar por esos días de tormento.
El Emperador avanzó hacia ella para asegurar que solo Sakti lo escuchara. La princesa se tensó, lista para atacarlo ante la primera sospecha. Lo miró fijamente, con ojos que no perdonan.
—Quizá tengas razón en que mandé hombres tras él. Pero te aseguro que no soy responsable del estado de tu amigo.
—¿Entonces quién?
—Pregúntaselo a él. Sabe quién lo atacó pero no quiere decirlo. Es un tonto empedernido.
Frunció los labios. Connor era una amenaza precisamente porque se empeñaba en proteger a otros, aun cuando lo traicionaban. Si hubiese sido un Aesir, toda su familia se habría aprovechado de esa flaqueza para traicionarlo cuantas veces fuesen necesarias. Pero en Connor no parecía una debilidad, sino una cualidad atractiva que instaba a otros a apoyarlo y proteger su confianza. Aesirianos y vanirianos por igual quedaban deslumbrados por el carácter del doctor.
Era precisamente por eso que el Emperador lo dejaba vivir ahora. Aunque estaba seguro de que ninguno de sus hombres dio el golpe de gracia, no podía garantizar que no hubiesen participado en la revuelta que rompió la tregua. Lo que sí sabía era que su hijo estuvo ahí, en el epicentro del pandemónium. Kardan habría muerto de no ser porque Connor lo ayudó a combatir el veneno hasta que él mismo recibió un ataque al corazón.
—Si consigues que te lo diga —continuó el Emperador— no enfrentes sola al sicario. Utiliza un veneno letal para matar príncipes. El mismo sujeto atacó a Harald y a Kardan. De no ser por Connor, ninguno de los dos habría sobrevivido. Por eso lo dejo en paz ahora: para darle las gracias.
Sakti lo miró sin parpadear, sin creerle. Aunque Connor hubiese ayudado a los príncipes seguía siendo una amenaza. Y el Emperador que ella recordaba, el hombre que planeó la muerte de la persona más dulce e inofensiva que Sakti había conocido jamás, no cambiaría de opinión ahora.
Su tío la miró con pesar. Sakti era una ruina de lo que él recordaba. Estaba herida de pies a cabeza; demostraba el cansancio de las noches de sangre. Pero aun así tuvo la certeza de que ella podría despedazarlo si se lo proponía. Sakti era un desastre furioso, el tipo de cataclismo inestable que podía salvar o condenar a todo un pueblo.
—Estás molesta conmigo —dijo con voz suave, aunque tenía la frente fruncida—. Pero no tienes ningún derecho. Yo sí. Nos traicionaste. Nos abandonaste. No me culpes ahora por hacer lo que debe hacerse para salvar a mi gente.
—¿Eso es lo que se dice a sí mismo, señor? Debe de ser muy sencillo vivir con una conciencia tan complaciente.
El Emperador ignoró la pulla y dio media vuelta.
—Respetaré la alianza firmada con Connor —señaló la cinta roja del poste—. ¿La ves? Es el límite entre el campamento neutral y el aesiriano. El trato me impide tomar prisioneros en terreno neutro, pero en mis dominios se hace lo que yo diga. Si cruzas, no te quejes.
—Oh. ¿Y qué hará si me marcho por el otro extremo, señor?
—No lo harás. —El Emperador llegó al poste y se despidió con una sonrisa desdeñosa. ¡Qué irritado estaba con ella! El único consuelo era que Sakti también estaba cabreada—. Sé que no dejarás a Connor. Eres como todos los que lo siguieron: él también te ha encandilado.
El Emperador siguió adelante. Sakti lo dejó avanzar y se acercó al límite hasta que estuvo segura de que él ya no la miraría más. Desde ahí vio que el campamento militar estaba lleno de soldados, divididos en grupos de diez. Algunos equipos comían frente las hogueras, repasaban mapas, discutían estrategias o atendían sus armas. A la distancia escuchó gritos de entrenamiento. Seguro los soldados limpiaron el terreno para hacer plazas de combate temporales. Sakti apretó los labios y frunció la frente. Ahí no había unas cuantas tropas: eran regimientos completos. Estaba segura de que si se adentraba a ese extremo encontraría tiendas con banderines. Ahí debía de haber coroneles, tenientes, comandantes y capitanes. Su tío se preparaba para una gran batalla justo al lado del grupo que prometió neutralidad. La había acorralado: definitivamente ella no se iría mientras las tropas estuvieran a la par de Connor. Estaban en un impasse: su tío no intentaría nada contra Connor mientras ella se quedara en el campamento, y ella no intentaría nada contra el Emperador por temor a poner en peligro a Connor.
Antes de regresar a la tienda donde descansaba su amigo, Sakti vio una llama andante del lado aesiriano. Aguantó un silbido. Harald siempre la impresionó por su tamaño, pero ahora estaba enorme. El príncipe andaba escoltado por tres guardias; uno de ellos parecía amigo cercano, pues avanzaba más cerca de Harald y le hablaba mientras el príncipe revisaba un papiro. De todos sus primos, Harald siempre le pareció el mejor. A Sakti le alegraba ver que él había superado ya muchos de sus defectos: ya no iba encorvado y mantenía su impresionante cabellera bien limpia y cuidada, y no en aquella trenza maltrecha que siempre hacía llorar de la angustia a Sin.
Levantó la mirada al sentirse observado. Sakti vio de nuevo al primo de sus recuerdos. En el rostro adulto de Harald apareció el mismo miedo infantil hacia Sakti. El príncipe palideció y boqueó como pez fuera del agua. Sakti estuvo segura de que daría media vuelta y escaparía de ella. Harald la sorprendió al recuperar el control sobre sí mismo. Se aclaró la garganta, pasó el papiro a los oficiales y les dio sus órdenes. Mientras los soldados se iban, Harald avanzó a Sakti.
Se plantó delante de ella, cabizbajo y tímido.
—Hola —la saludó mientras se rascaba la cabeza—. ¿Cómo has estado?
—No tan bien como tú.
Eran el contraste más claro del mundo: él, gigantesco, resplandeciente y asustado; ella, pequeña, sucia y escalofriante.
—Te he extrañado —confesó el príncipe.
—¿Por qué? Siempre te he aterrado.
Harald hundió aún más los hombros.
—Somos primos, familia. ¿Es que eso no cuenta?
—Para mí no.
No echó de menos a ningún Aesir. Apenas pensaba en ellos. Tenía la familia que necesitaba en su hermano y en los profetas. Harald la miró compungido por su franqueza. Carecía de palabras para seguir; Sakti tampoco era conversadora, así que estaban destinados a un silencio incómodo.
—Por favor di algo —suplicó al fin Harald—. ¿Es que no lo extrañas? ¿Las cenas? ¿Las sesiones de estudio? ¿Las prácticas de combate, los juegos de la tarde? Echo de menos la familia que tuvimos. Ahora somos extraños.
—Esa familia nunca existió. Ya debes de saber que todo fue un engaño.
—No lo fue para mí.
—Para Adad y para mí sí.
—Entonces... —La voz de Harald tembló ahogada—, ¿eso significa que no regresaremos a lo que fuimos antes?
—Antes solo fuimos una mentira.
—Habla por ti —sonrió el príncipe con tristeza—. Pero en el pasado que recuerdo, en aquellos años que compartimos todos juntos en Masca, no fuimos una mentira. Fuimos puros. —El príncipe apretó las manos—. He querido hablar contigo desde hace años, aunque no sabía qué decirte. Pero acabo de encontrar las palabras. Tengo que decírtelas ahora porque sé que nunca más te volveré a ver. Ahora que Connor está muerto... —Harald se sobresaltó. Carraspeó y miró a Sakti con pesar—. Eh... lo siento mucho. Sé que era tu amigo. Darius debe de estar destrozado. En verdad lo lamento por él.
Sakti apretó los labios, tomada por sorpresa. ¿Es que Harald no sabía que Connor sobrevivió? Ahora que lo pensaba mejor, parecía que todo el mundo lo ignoraba. «Así es como lo protegen», comprendió. Connor había sobrevivido, pero tenía un hueco en el pecho y estaba muy débil. No podía defenderse. Si el sicario frustrado se enteraba de que un golpe directo al corazón falló en matarlo, lo intentaría de nuevo. Si la primera vez participó de una revuelta fatal que culminó con la muerte de centenas de personas, ¿qué haría ahora? Mientras Connor estuviese muerto para el mundo, estaría a salvo, así como su campamento neutral.
Sakti aceptó el pésame con un asentimiento de cabeza e instó a Harald a continuar. Por alguna razón él desconocía el estado de Connor y Sakti no lo sacaría de su error. Harald carraspeó para retomar el hilo de sus pensamientos.
—Sé que te esfumarás después del funeral. Desaparecerás para siempre. Tío hará todo lo que pueda para encontrarte, pero tú y yo sabemos que fracasará. Él es listo, pero tú lo eres aún más.
Sakti mantuvo el rostro impasible para ocultar que le gustaba hacia donde iba la conversación. El Harald que ella recordaba era un pésimo mentiroso y rara vez caía en el pasatiempo favorito de los Aesir. Aunque solía halagar a la gente, lo hacía de corazón y sin intenciones veladas. A no ser que en los últimos años recibiera un curso intensivo de interpretación y engaño, le daba cumplidos a su prima con sinceridad. O por lo menos Sakti le creía.
—Sé que nuestros caminos no se cruzarán otra vez, así que debo decirte esto: lo siento. —Harald tomó aire—. Te hemos hecho mucho mal, Allena. Pero también te hemos querido. Y sé que hubo un tiempo en el que tú nos quisiste también. Aunque digas que todo fue una mentira, sé que la creíste. O que quisiste creerla. Y en honor a esa mentira que para mí fue verdad, te pido que me perdones.
El príncipe la miró con una intensidad a la vez sumisa y demandante. Quería un perdón o una condena, pero Sakti no encontraba la fuerza para darle ninguna de las dos. Si lo meditaba, Harald en realidad no le hizo ningún daño. No sobornó a Darius para que matara a Mark, ni organizó la fiesta púrpura, ni ordenó manipularlos a ella y Adad. Pero era un Aesir obediente. Aunque creyera que nunca podrían atraparla, él lo intentaría si el Emperador se lo ordenaba. Era un cómplice, exactamente como Kardan fue cómplice en la muerte de Mark, o como Sigfrid y Enlil eran cómplices del Emperador. También era culpable.
El príncipe retrocedió un paso y soltó el aire con un gemido, porque supo que no habría perdón. En el fondo había creído que su prima se lo daría, que podría enmendar parte del pasado perdido.
—Lo siento de verdad —repitió. Sakti casi sintió lástima por él—. Allena, yo...
Se calló. El príncipe arrugó la frente y miró más allá de su prima. Sus ojos se abrieron de par en par. Abrió los labios con una mueca espantosa que dejó al descubierto los dientes. Una vena empezó a latirle en el cuello, igual que le pasaba a Sigfrid cuando estaba furioso. Sakti miró hacia atrás, en busca de qué lo transformó de un hombre a punto de echarse a llorar a una máquina de ira.
Drake estaba lejos, delante de la tienda de Connor. Hablaba con Finn. Los dos tenían mal aspecto, pues la preocupación les oscurecía la mirada. Al principio Sakti no pilló qué podría enfadar tanto a Harald. Pero luego Drake levantó la mirada, avisado por sus sentidos de que alguien lo observaba. El sicario no miró a Sakti; toda su atención recayó en el gigante pelirrojo. Entonces los ojos de Drake también se abrieron de par en par, con auténtica zozobra.
Harald rugió. Apartó a Sakti de un empujón y corrió hacia Drake, embistiendo a quien estuviese en su camino. Sakti cayó sentada sobre la muñeca izquierda. Genial. Primero Sigfrid, luego Freki y ahora Harald. ¿Es que ya no podía andar sin que alguien la lastimara?
El estruendo la espabiló. Al mirar atrás, vio que Harald hizo un cráter justo donde antes estuvieron Finn y Drake. El sicario puso a salvo al doctor con un empujón y evadió el golpe con sus reflejos de gato. Tras una larga inspección decidió su ruta de escape: corrió directo hacia Sakti. Harald salió del cráter en pos del sicario. En la mano llevaba un hacha que resplandecía con relámpagos. Drake corría en zigzags, empujando a los aprendices y guerreros que Harald derribó antes, y que ahora se ponían de pie a duras penas. Harald avanzó a zancadas con la vista fija en su presa. Calculó la trayectoria del sicario, apuntó el hacha hacia él y...
... aguantó el disparo. Sus relámpagos saltaban del hacha con mayor intensidad, listos para destruirlo todo, pero Harald enfrentaba un terrible obstáculo: Sakti. Como vio que Drake no llegaría a tiempo hacia ella, Sakti se forzó a alcanzar al sicario. Hacía años tuvo una habilidad asombrosa para aparecer y desaparecer como borrones en el campo de batalla. Ahora el esfuerzo la había lastimado más. De no ser por los reflejos de Drake, Sakti se habría caído de espaldas. El sicario la sostuvo cuando la pierna herida cedió debajo de ella.
—¡Mierda! —susurró el peli-rosado—. Me esforcé durante semanas para que no me viera ¡y tenía que notarme justo ahora!
—¡ALLENA! —Harald acortó la distancia con sus zancadas de titán. El hacha soltaba más y más chispazos—. ¡Quítate de mi camino! ¡Voy a matar a ese sujeto!
—Baja tú el arma —dijo ella—. ¿O es que no ves el árbol gigante? Si fallas un disparo, arrancarás las ramas. Si una sola cae, aplastará medio campamento.
Harald miró las ramas del Yggrdrasill, cejijunto. Peló los dientes y gruñó. Maldita sea. Sakti tenía razón. A regañadientes dejó de apretar el hacha. Los chispazos perdieron fuerza poco a poco, aunque los ojos del príncipe todavía brillaban decididos.
—Ahora quítate. Mataré con mis manos a ese sujeto. —Sakti frunció la frente.
—¿Por qué quieres...?
—¿Recuerdas la lista? —la interrumpió Drake mientras la abrazaba de la cintura.
Al fin Sakti comprendió. Cuando se encontró con el sicario en el desierto, le robó una lista con todos los «trabajos» que había hecho. Harald era uno de ellos. Drake atrapó y vendió al príncipe a los vanirianos. Sakti abrió la boca en una «o». En aquel entonces los vanirianos achicharraban a los Aesir con sincronizaciones forzadas. El odio del príncipe era más que comprensible.
—¿Lo conoces? —preguntó Harald con una voz llena de odio al ver que Sakti no apartaba al sicario aunque él la sostenía con tanta intimidad. Ella asintió.
—Es hermano de Connor. También es un profeta.
Esperaba que con eso Harald entendiera el mensaje: Sakti siempre actuó en favor de los profetas. Si insistía en perseguir a Drake, se enfrentaría cara a cara con la Princesa Carmesí. Ella contaba con que el miedo que Harald le tenía fuera suficiente para apartarlo; sin embargo, el rostro del príncipe se mantuvo igual de furioso y decidido. «Oh, oh», pensó Sakti. Los chispazos habían disminuido, pero no cesado. Aunque Harald no disparara, igual podría cortar a ambos con su enorme hacha. Más porque ella fue lo bastante idiota como para dejarlo acercarse a tiro de piedra. Todo lo que tenía que hacer era estirar el brazo para alcanzarlos.
Drake besó a Sakti en la mejilla.
—Ah, vamos. No se te olvide decir que también soy tu novio.
La princesa estuvo a punto de girar los ojos. ¡Ese no era momento para bromas! Solo se abstuvo de regañar a Drake porque las chispas de Harald desaparecieron de inmediato. El príncipe abrió la boca de par en par y los miró con desesperación. Sakti no sabía si estaba rojo de la ira o de la vergüenza. Fuera como fuese, el truco de Drake les ganó tiempo. El sicario se aclaró la garganta y señaló con la cabeza el poste con la cinta roja.
—Cruzó el límite, Alteza. Mi hermano lo expulsó la primera vez que rompió la regla de oro del campamento neutral. Y usted lo acaba de hacer de nuevo.
Tomó a Harald por sorpresa. Aunque el príncipe todavía estaba molesto, recuperaba su actitud incómoda usual. Miró de un lado a otro. Los aprendices y guerreros del campamento neutral tenían la vista fija en él. Lo miraban resentidos. Hasta los centinelas que guardaban el poste tenían la frente fruncida.
—¿Cree que porque mi hermano está muerto puede violar otra vez su campamento? —le recriminó Drake.
Harald miró atrás, hacia el cráter. Esa era la prueba más clara de la afrenta a la memoria de Connor. El príncipe apretó los labios y avanzó hacia el poste. Sakti y Drake se corrieron para dejarlo pasar. Antes de que Harald entrara al extremo aesiriano y se perdiera detrás de los centinelas, Sakti vio su expresión resentida. Sakti le negó el perdón y también la posibilidad de vengarse del responsable de los peores años de su vida.
—Drake, ya puedes soltarme.
—¿Segura? —sonrió el sicario—. Me parece que necesitas de mí para no caerte.
—Y a mí me parece que acabas de usarme de escudo —Más que sostenerla, Drake se refugió detrás de ella—. Te prometo que puedes esconderte detrás de mí cuando estés en peligro. Pero por el momento la amenaza se ha ido. Ya puedes soltarme.
Drake se apartó. Aunque la pierna seguía doliendo, Sakti se mantuvo erguida. El sicario borró la sonrisa y la miró con el peso de las noches sin dormir.
—Tuve miedo —confesó él en un susurro—. Creí que perdí a Connor.
—Yo también tuve miedo —aseguró Sakti después de una pausa.
—Todavía lo tengo. —Drake se pasó la mano por el pelo. Se rascó la cabeza como si con eso pudiera despertar sus neuronas aletargadas—. Kel murió —dijo al fin con los ojos apretados.
Iba a seguir hablando pero la voz se le quebró. Arrugó la cara. Los labios y hombros le temblaron. Sakti inspiró fuerte, reforzó su pierna sana para poder sostenerse por más tiempo y dejó que Drake se apoyara en el hombro sano de ella. Intentó también levantar el brazo para acariciarle el pelo, tal y como lo hizo en esos días con Darius. Pero el golpe que se llevó gracias al empujón de Harald le resintió el brazo más de lo que esperaba. Tuvo que conformarse con abrazar la cintura de Drake con suavidad.
—Todavía no se lo digo a papá —siguió el sicario con voz ahogada—. No tengo corazón para decírselo.
—Está bien —murmuró Sakti—. Yo se lo diré.
Aunque por lo general tenía una voz fría, en esa ocasión le dio algo de calor. Drake se relajó, agradecido por el esfuerzo de la princesa. Después de unos segundos se apartó de ella a la vez que se restregaba los ojos. Confiaba lo suficiente en Sakti como para dejarla verlo llorar, pero aun así le disgustaba. No quería hacer nada para verse débil delante de ella.
Sakti estiró la mano para que el sicario se la estrechara.
—Creo que sí necesitaré que me ayudes —dijo—. La pierna me está matando.
Drake asintió, aunque supo que ella mentía. Aunque le doliera la pierna, era capaz de avanzar. Si le ofrecía la mano era para consolarlo y darle apoyo mientras se encaminaban a una nueva tristeza. De nuevo Sakti dejaría que Drake se escudara detrás de ella, en especial porque el enemigo era aceptar la muerte de un hermano.

****

Dereck se dijo que era un idiota. No debía insistir en esas citas a escondidas. Eran peligrosas. Hasta donde sabía, Lemuria podía estar manipulándolo. Pero cada vez que la miraba recordaba por qué reincidía en su idiotez: empezaba a amarla. El vínculo que los unió la primera vez se hacía más y más fuerte en cada encuentro. Se transformaba en una criatura que echaba raíces en ambos, aunque Dereck aún no sabía si se trataba de las raíces de una bonita flor o de los tentáculos de una pera de la angustia, que lo cortaría apenas encontrara un agujero en la armadura que escudaba su corazón.
Lemuria lo esperaba en una bodega de medicinas. Estaba de pie, paseándose por la tienda como gata encerrada. Dereck supo que esa reunión sería breve. Apenas ella lo vio, fue junto a él para besarlo. La estrechó con fuerza porque sintió que ella lo necesitaba. Lemuria tenía hambre de él. Aun después de que se besaran, permaneció refugiada en sus brazos. Otra idea peligrosa e idiota volvió a surgir en la mente de Dereck: ¿y si pudieran quedarse así para siempre? ¿Y si vivieran en un mundo donde pudieran estar juntos? En los últimos días lo embargaba la idea de un futuro junto a Lemuria. Se preguntaba qué sería despertar todos los días con ella. ¿Vivirían en el campo, en una ciudad o en una pradera del País de Hielo? ¿Envejecerían juntos?
Hace unos años no habría albergado tales pensamientos. Ni siquiera en el desierto, cuando se acostaron, imaginó un futuro con la mangodria. Esa nueva faceta del juego de sombras era culpa de Connor. Si el muchacho no hubiese creado el campamento neutral, Lemuria y Dereck solo se habrían reencontrado en el campo de batalla como enemigos. Pero ahí tenían la oportunidad de conocerse. Abrazarse. Enamorarse. Connor les ofreció una probadita de un mundo mejor.
No quería hacerse falsas ilusiones pero creía que Lemuria pensaba igual. Quizá se hacía las mismas preguntas que Dereck. A lo mejor pensaba en un futuro con él. Debía de hacerlo, o de lo contrario no habría hecho lo que hizo.
La mangodria se separó de él y lo miró a los ojos.
—¿Funcionó?
Dereck asintió.
—El Yggrdrasill le dio tiempo. Pudimos darle el antídoto. Connor se repondrá.
El Yggrdrasill, ese árbol gigante que los cobijaba bajo sus ramas, era una verdadera maravilla. Dereck viajó junto a la escolta del Emperador para garantizar la seguridad del príncipe Kardan. A él no se le permitió llegar al tronco, que se convirtió en el centro del campamento neutral. Tras el ataque, los aprendices y guerreros de Connor aprendieron la lección y se hicieron más desconfiados. No dejaban pasar a cualquiera y ambos bandos lo respetaban. Pero los rumores no respondían a límites de territorio y corrían en los tres campamentos: el neutral, el aesiriano y el vaniriano.
Dereck escuchó decir que el tronco tenía un nicho, donde Connor y Ceniza estuvieron refugiados tras el ataque. Todos estaban de acuerdo en que el Yggrdrasill surgió cuando apuñalaron al doctor, aunque no podían decidir qué desató el brote del árbol mágico: ¿la sangre de Connor? ¿La presencia de ese krebin, que aparentemente era hijo de una humana y de un espíritu del bosque? ¿La combinación de ambos factores? Fuera como fuese, el resultado era el mismo: un árbol gigantesco cuyas ramas se extendían cien metros a la redonda.
En ambos bandos la gente juraba haber visto una esfera de savia en el centro del tronco. Allí fue donde encontraron a Connor y Ceniza. Los sacaron a punta de hachazos. Ceniza boqueó apenas entró en contacto con el aire pero al doctor lo hallaron muerto. Tenía el corazón deshecho, encogido en una masa sanguinolenta y negra.
Pasó un buen rato para que a un soporte médico de la escolta del Emperador se le ocurriera que todavía había esperanza. Los que sacaron a Connor tenían heridas por el ataque al campamento, pero se curaron gracias a la savia helada que les cayó encima al abrir la esfera. Eso le dio una idea a Finn: si la savia del Yggrdrasill tenía propiedades curativas y Connor estaba cubierto de pies a cabeza con ella, ¿podría contrarrestar los efectos del veneno? Claro, eso no solucionaba el problema del corazón deshecho. Entonces Kylma intervino: ¿y si se encontraba un nuevo corazón? El cuerpo de Connor estaba prácticamente congelado. La savia lo había conservado bien. Si los titanes regresaron a la vida después de milenios de sueño, ¿por qué no habría de hacerlo también Connor si se lo reanimaba con un corazón nuevo? No tenían nada que perder, así que lo intentaron.
Solo hubo un momento de crisis en que estuvieron a punto de darse por vencidos: la sangre envenenada no fluía. Tras extirpar el corazón de Kel para el trasplante, notaron que la sangre del grolien no se coaguló. A lo mejor fue porque recibió menos veneno que Connor, pero había otra posibilidad: el veneno era menos potente en vanirianos. Por eso Dereck le pidió ayuda a Lemuria.
—Si me dieras el antídoto —le dijo entonces, amparados en la oscuridad de una tienda del campamento— quizá podrán salvar a Connor. El Yggrdrasill lo tiene suspendido entre la vida y la muerte. ¡Aún puede regresar!
—No funcionará —respondió Lemuria. Tenía los ojos irritados. Acababa de ver las pilas de cadáveres vanirianos tras el desborde durante la luna carmesí—. El antídoto es otra versión del veneno. Ambos están diseñados para matar aesirianos.
—¿Qué es?
Los soportes médicos y los aprendices del campamento neutral no tenían ni idea de qué tenía el veneno. Era un gran misterio, incluso para el herborista favorito de Connor. Lemuria tardó un rato en responder.
—Es la sangre de Vanir. Todo en él existe para matar a tu raza.
Vio el miedo de Lemuria. Pero también su indignación. Ella firmó la tregua. Era la responsable de garantizar su validez del lado vaniriano. Y ahora resultaba que uno de los suyos era responsable del fracaso de la tregua.
—¿Por qué atacar a Connor? Él no...
—El rey quería echar la culpa a los aesirianos, como estoy segura de que tu Emperador planeó también echarnos la culpa a nosotros. Ambas partes fallaron a la tregua.
Dereck asintió despacio. Él no estaba enterado de ningún plan de asesinato, pero tampoco sería raro ni una novedad. No sería la primera vez que el Emperador jugaba con la vida de un profeta.
—¿Pero por qué durante la tregua? Ustedes la pidieron.
—A Vanir no le importó —Lemuria torció el gesto—. Cuando vio que el príncipe Kardan estaba con Connor, dio la orden de ataque. —Dereck palideció. Lemuria entendió su pregunta muda y asintió—: Sí, el rey estaba en el campamento neutral. Era uno de los aprendices de Connor. Pero ya regresó al castillo flotante. Se aseguró de que lo cuenten como uno de los muertos. El ataque mató también a varios aprendices.
Dereck entendió entonces que Lemuria corrió muchos riesgos al buscarlo y amarlo cuando coincidían en el campamento neutral. Aunque ninguno hablaba al respecto, sabía que las mangodrias eran las mujeres de Vanir. ¿Qué haría el rey de hielo si se enteraba de que su Generala se acostaba con otro hombre justo bajo sus narices?
Lemuria accedió correr un nuevo riesgo al buscar el antídoto para Connor.
—Pero no funcionará. Ya te lo dije: la sangre de Vanir mata todo lo que sea aesiriano.
—No te preocupes por eso. Verás que todo tiene solución.
Sí, porque además de que a Connor le darían el corazón de Kel, el doctor no era completamente aesiriano. También tenía la sangre de una mangodria. Quizá eso sería suficiente.
Una hora más tarde, Lemuria le entregó un tubo de ensayo taponado. El líquido en su interior parecía agua, aunque todavía más transparente. Cuando Dereck tomó el tubo, descubrió que no pesaba nada. Era aún más ligero que el aire.
Ni Finn ni Kylma le preguntaron cómo consiguió el antídoto. Llevaban semanas siguiendo sus instrucciones al pie de la letra: inyectaron adrenalina a Sakti, facilitaron la salida de desertores heridos desde los campamentos militares hacia el neutral y prestaron atención a cualquier plan que involucrara a los príncipes Dragón.
Por suerte todo funcionó. Finn y Kylma lo lograron. Con ayuda del antídoto, la savia del Yggrdrasill, el corazón de Kel y el corazón cuasi marmorizado del Emperador, repararon el cuerpo de Connor para recuperarlo. Connor tenía una suerte tremenda. Seguro eran bajas las posibilidades de que se juntaran todos los elementos que podían salvarlo, y aun así se dieron.
Lemuria soltó un suspiro de alivio al escuchar las buenas noticias de Dereck. El soldado le sonrió y le acarició los hombros.
—Lo siento. Sé que te expusiste al robar el antídoto. Espero que valga la pena.
—Lo valdrá. —Lemuria tomó la mano de Dereck y la besó—. Ahora tengo que irme.
Pero no se fue, al menos no de inmediato. Se quedó delante de él, mirándolo con sus ojos de miel. Dereck le sonrió.
—Te prometo que sea lo que sea, no moriré.
Ella asintió y se fue. No hubo beso de despedida. Dereck supo que Lemuria lo guardaba para después, porque anhelaba un «después». Los vanirianos preparaban una tormenta. Sin fallar a su papel de mangodria, Lemuria puso en aviso a su amante.

****

Sakti se sentía mucho mejor ahora que estaba bañada, cosida, vendada y con comida en el estómago. Darius era otro cantar. Cuando se enteró de la muerte de Kel apenas reaccionó. Miró a la princesa fijamente, para asegurarse de que no mentía y miró luego a Finn. El aprendiz de Connor asintió para confirmar la muerte. Darius apretó los labios y despacio, muy despacio, asintió también. Lo comprendía. Después se limitó a escuchar las explicaciones de Finn y Kylma. No dijo ni una palabra, ni preguntó nada ni derramó ni una lágrima. Al final solo pidió estar a solas con Connor.
Sakti esperó hasta caída la tarde, cuando ya las estrellas asomaban en el cielo y el sol palidecía en el lejano horizonte oeste. Conocía bien a Darius. Aunque el mestizo no se permitió ninguna reacción debía de estar desecho por dentro. No era bueno que estuviera solo por tanto tiempo.
La princesa avanzó al centro del campamento. Todo era silencio alrededor del tronco. Las raíces del Yggrdrasill sobresalían tan gigantescas como las ramas, lo que hacía imposible montar una tienda. Además, el tronco gris y agujereado generaba respeto y nadie quería violar el aura sagrada que emanaba. En ese sitio encontraron a Connor. Hasta los aprendices que ignoraban que el doctor sobrevivió sentían reverencia hacia el nicho de savia. Las leyendas nacen con símbolos. Sakti estaba segura de que Connor se convirtió tanto en una leyenda como en un símbolo gracias al campamento neutral, pero ahora además tenía el respaldo de un árbol mágico. Era el gran símbolo de su historia, una que se contaría por generaciones.
Darius estaba sentado en una de las raíces, con la vista fija en el nicho. Sakti se sentó junto a él con su discreción usual. Las palabras nunca se le dieron muy bien, así que ni siquiera buscó frases consoladoras. Porque no las había. Aunque Connor sobrevivió, Darius igual perdió a otro hijo.
—Es un fresno —dijo el mestizo mientras acariciaba la raíz en la que se sentaba—. Pero no tiene hojas.
—Ya saldrán. Tarde o temprano, todo florece de nuevo.
Darius asintió aunque tenía los hombros hundidos. Sakti no hablaba del árbol, tal y como él no estaba ahí para mirar el nicho. El mestizo se restregó los ojos. Los tenía irritados y bordeados con ojeras.
—¿Soy una mala persona? —preguntó a su amiga—. He intentado llorar por Kel. He intentado sentirme mal pero...
—... estás aliviado de que fuera él y no Connor —terminó Sakti—. No eres el único.
Drake, Finn, Kylma, los demás que sabían... Aunque ninguno lo decía en voz alta, estaban aliviados con el resultado. No era porque Kel fuese insignificante o que su ausencia no les doliera. Pero Connor era especial. Sakti estaba segura de que ni siquiera Kel resentiría a Connor por sobrevivir en su lugar.
—Los últimos días han sido muy duros para ti. Estás agotado de cuerpo y espíritu. Duerme un poco. Descansa. En cualquier momento te pegará el duelo y volverás a sentirte fatal. Lamentarás a Kel como se debe.
—¿Y si no puedo? —Sakti lo miró con su expresión de «Eres un idiota».
—Podrás. Tú tienes corazón.
Dio unas palmaditas a la mano fría de su amigo. No podía hacer nada más que acompañarlo. Miraron el Yggrdrasill. Era en verdad impresionante. Sakti le estaba agradecida al espíritu que lo sembró. De no ser por el árbol, Connor no estaría ahí con ellos y la realidad seguiría desdoblándose delante de la princesa.
Finn les explicó el complicado proceso con el que sanaron el cuerpo de Connor. En cuanto Sakti se encontrara con Dereck, le daría una palmadita de felicitación y hasta un abrazo. ¡Su Guardián era magnífico! No le importaba qué hizo ni cómo. Lo único que importaba era el resultado: Dereck encontró el elusivo antídoto. Pero en cuanto al Emperador, Sakti no sabía cómo reaccionar. Desconfiaba de él y lo resentía por tantísimas razones que ya había perdido la cuenta, pero tampoco podía dejar de lado la importancia de su intervención.
—Antes que nada, deben tener algo claro —empezó a decirles Kylma—: Connor sí murió. Si está aquí ahora es por la combinación de un milagro y la ciencia. Es un experimento que hasta ahora ha sido exitoso. Pero todavía es posible que el experimento falle y Connor muera.
—Buscamos un corazón aesiriano sano para él —siguió Finn—, pero no había ninguno. Todos estaban destrozados o enfermos. Lo mismo con los muertos vanirianos. El único sano era el de Kel. El inconveniente es que los groliens no son donadores universales, ni siquiera a otros vanirianos que no sean groliens.
—El Emperador ofreció el suyo —continuó Kylma— pero explicó que estaba empezando a marmorizarse. No estaba del todo sano, pero se nos ocurrió que podría servir si usábamos la marmorización como ventaja.
Usaron el corazón del Emperador como núcleo. Lo despojaron de la carne y lo redujeron a una canica de poder. Al estar cargado con energía aesiriana, el cuerpo de Connor no lo rechazaría. Su inconveniente más grave era que, por ser piedra, no latiría. Ahí entraba el corazón de Kel: se encargaría de latir y contrarrestar el efecto de marmorización, para que la sangre de Connor no se contaminara. Con el apoyo del núcleo, sería aceptado por el organismo del doctor. Finn y Kylma culminaron esta quimera con ayuda del Yggrdrasill: la savia sirvió para sanar los cortes hechos al corazón de Kel –por donde introdujeron el corazón marmorizado del Emperador– y potenciar los resultados de la operación.
El nicho todavía lloraba savia fresca y tenía marcas en donde los aprendices rasparon para tener muestras. Ceniza, el chico híbrido responsable del Yggrdrasill, sugirió usar la savia como otra fuente de medicina. Aún tenían que hacer muchas pruebas para conocer mejor los efectos del Yggrdrasill; pero por el momento a Connor le daban de beber cucharaditas de savia diluida en agua con la esperanza de agilizar su recuperación.
—Allena —la llamó Darius—. Gracias por todo. No habría soportado estos días sin ti.
Sakti apretó los labios y asintió. Aunque era cierto que Darius era un desastre cuando estaba triste, ella tenía parte de la culpa de lo que pasó. Se sentía responsable por motivar a Connor a marcharse. Por lo menos debió haber ido con él para vigilarlo, ¿aunque cómo iba a imaginar que el doctor se iría la misma noche en que ella abrió la boca?
—Creo que todo estará bien ahora —continuó el mestizo. Todavía tenía los hombros hundidos pero a Sakti le alegró escuchar los indicios de una mejora de ánimo—. El sicario no intentará acercarse a Connor mientras crea que está muerto. Y si tu tío o primos intentaran aprovecharse de él mientras está débil, lo protegeremos. Me ayudarás, ¿verd...?
El grito de la luna lo interrumpió. Darius y Sakti se encogieron. El mestizo se cubrió las orejas mientras que Sakti perdió el equilibrio y cayó al suelo, en donde se encogió en posición fetal. El aullido del cielo era una navaja en sus cabezas. Por entre las ramas del Yggrdrasill, Sakti vio la luna de sangre. «No puede ser», pensó mientras la luna se asomaba por el horizonte. «Ya debería ser cuarto menguante. No debería estar tan grande». Pero lo estaba. El ojo carmesí estaba completamente abierto, más grande incluso que la noche anterior. Miraba agonizante a un mundo a punto de morir con ella.

****

Lo despertó el aullido. Airgetlam miró de un lado a otro, confundido. No reconocía nada. Ni siquiera recordaba su nombre. El grito le apuñaló la cabeza otra vez. Sus oídos vibraron adoloridos. Su instinto fue cubrirse las orejas pero no pudo mover los brazos. Por entre las lágrimas de dolor vio que estaba atado, tendido de medio lado en un colchón duro de paja. Aunque no sabía qué era la paja o que así se llamaba. Tampoco sabía que estaba en una cueva porque nunca había visto una.
¿Qué sucedía? No podía recordar nada. No podía...

El muchacho gritó bajo él. Su rostro se contrajo con agonía. La sangre brotó por el costado como río de una naciente. Pero aun así le sonrió y extendió una mano fría a su cara. Una mano congelada que aun así le calentó el corazón.
—Ya casi sales de ahí. Ya no estarás perdido. Ya casi te encuentro.

Airgetlam se encogió de medio lado. Lo recordaba. Sabía quién era Dagda. Era su... su... ¡Demonios! ¿Cómo se decía? ¿Cuál era la palabra? Era la persona con la que nació. Compartían madre y padre. Tenían historias de travesuras y lágrimas. De felicidad y fracasos. ¿Por qué no podía recordar la palabra? ¿Por qué no podía traducir sus sensaciones a pensamientos completos, coherentes? Se sentía frustrado. Y solo, muy solo. ¿En dónde estaba?
Otro aullido le acuchilló la mente. Tuvo miedo de que los pocos recuerdos que tenía se le salieran por los oídos. ¿Sería posible? No lo sabía. ¡No sabía absolutamente nada! Solo que algo terrible sucedió, algo que le quitó las palabras y lo llevó a despertar atado.
Por entre los gritos del cielo escuchó también golpes constantes que se hacían más fuertes. Eran pisadas. Una luz cayó de repente sobre él, lastimándole el ojo derecho. El izquierdo apenas le dolió. Una frase completa saltó a su mente: «Estoy ciego. Geri me aruñó el ojo». ¿Pero quién era...?

El lobo gigante sobre su regazo. Las manos sumergidas en el charco cálido que le empapaba las piernas y la camisa.

—¡NOOOOOOOOOOOOO!
La palabra afloró en sus labios. No, no era una palabra. Era una emoción. Una vida entera. Una muerte. Ahora, cada vez que la dijera, recordaría al lobo gigante que agonizaba sobre él. Recordaría al bueno de Geri. Recordaría a los lobos-mensajeros que secundaban a los profetas gemelos en sus travesuras.
—¿Qué haces? —preguntó una voz ronca y cruel—. ¡Déjalo!
—¡Sufre! —Alguien le puso un paño helado sobre la cabeza. Oh, se sentía bien. Muy bien—. ¿Te molestaría apartar la lámpara? Lo lastimas.
El ojo sano de Airgetlam miró a un muchacho pecoso y blanco como la leche. Tenía el pelo sudoroso y largo, pegado a la frente. Detrás de él había un hombre con cuerpo y cuernos de toro.
—Eh, hola —le sonrió el muchacho—. ¿Me reconoces? Soy Luka. Tu familia le compraba leche a la mía.
Airgetlam lo miró sin comprender. Tantas, tantas palabras y él no entendía ni una sola. Lo único que quería era ver a Dagda. Saber que estaba bien.
—Es inútil —dijo el grolien detrás de Luka—. Mejor apártate de él antes de que enloquezca y ataque.
—No. —Luka se pasó la lengua por los labios y miró a Airgetlam—: Tu familia tenía una hospedería en Kehari. Hubo un invierno en el que llovió tanto que todos los hombres del pueblo tuvimos que hacer muros con sacos de arena para salvar los cultivos. Los dos nos enfermamos y nos tocó compartir cuarto en el hospital. Y hace cinco festivales de verano invité a tu hermana a bailar, pero me eché para atrás porque me empezó a doler el estómago. Hasta el día de hoy mantengo que tú y Dagda envenenaron las bebidas para que nadie bailara con Zoe.
Muy a su pesar, Airgetlam sonrió. No podía reproducir las palabras de Luka ni aunque amenazaran con lanzarlo a la hoguera, pero las entendió. En su mente se dibujó la escena de una noche de festival. Había muchos detalles confusos, otros que quizá nunca sucedieron, pero el cuadro era tan vívido que podía tomarlo como verdadero. Sí, era cierto que envenenaron las bebidas. A Dagda se le ocurrió echarles una mezcla de hierbas con las que Connor experimentaba en aquel entonces para hacer infusiones desparasitantes. Cuando el joven doctor se enteró de la travesura de sus hermanos los castigó con limpiar las letrinas del hospital, que quedaron sucias tras la visita de las víctimas de semejante broma.
Airgetlam se mordió los labios. Los tenía resecos. Dijo la única palabra que recordaba bien.
—¿Dagda?
Luka asintió. En contra de los reproches del grolien, el hijo del lechero sacó una daga y cortó las sogas que sujetaban a Airgetlam de las muñecas y tobillos. Se pasó el brazo sano del muchacho por encima de los hombros y lo levantó. Airgetlam chilló. Todo el cuerpo le dolía. ¿Para qué se tomaron la molestia de amarrarlo? Jamás podría levantarse por su cuenta.
—¡Es un prisionero! —se quejó el grolien—. ¡Déjalo ahí!
—Es una víctima —lo cortó Luka—. Y se viene conmigo.
No pudo poner atención al camino. Entraba y salía de la inconsciencia. Intentaba caminar pero las piernas se habían olvidado del truco de avanzar solas. Se concentraba tanto como podía en las sensaciones, en el dolor, en el frío y la oscuridad de la cueva, pero su mente divagaba confusa. Sin palabras era difícil aferrarse a la realidad. Solo siguió adelante porque Luka era un santo y porque la imagen de Dagda, desangrándose bajo él, le echaba leña al fuego de su resolución.
No supo en qué momento llegaron a un caverna iluminada con linternas. En el suelo había catres de paja, aunque estos estaban cubiertos con trapos y sábanas rotas para dar más comodidad a los heridos. Airgetlam vio quemados, personas sin brazos o piernas, hombres y mujeres vendados, y cuerpos cubiertos con sábanas sucias. Tembló. Un recuerdo asaltó su mente. Era en el hospital. Él y Dagda ayudaban a cargar los cuerpos de los niños y ancianos que no resistieron la temporada de resfriados. Connor tenía la mente fruncida mientras llenaba los certificados de defunción. Dagda tampoco sonreía. Estaba de pésimo humor porque Darius también se había resfriado y por unos días creyeron que lo montarían a la carreta con los demás cadáveres.
¿Y si Dagda tenía una sábana encima? ¿Qué haría?
Alguien apartó a Luka de un empujón. Antes de que Airgetlam se estrellara contra el suelo, dos pares de manos, gigantescas y duras, lo sostuvieron. Los groliens lo arrastraron a través de la caverna hacia la siguiente galería. Airgetlam apenas podía mover la cabeza, mucho menos resistirse. No vio a Dagda por ninguna parte.
Lo próximo que supo fue que estaba sentado en una silla, otra vez atado de pies y manos. La cueva era pequeña y oscura, salvo por la lámpara que pendía del techo por encima de su cabeza, encandilándolo. Escuchó voces. Gritos convertidos en susurros. Acusaciones. Tuvo la impresión de que había gente alrededor, resguardada por las sombras. Hablaban entre ellos; quizá también le hablaban a él, pero Airgetlam no podía entenderles. Apenas escuchaba nada.
Una sombra se apareció delante de él y le cruzó la cara con una sonora cachetada. Sintió la sangre que le escurría de los aruños del lado izquierdo, abiertos otra vez. Los oídos le vibraron con un pitido. El grolien lo agarró de la camisa sucia y lo levantó con todo y silla. Aunque lo tenía frente a frente, Airgetlam apenas podía verlo. El grolien lo zarandeó. Vio que movía los labios, pero no escuchó lo que decía. ¿No escuchaba o no entendía? Algo no estaba bien con su cabeza. Lo mismo que acabó con sus palabras aletargó su mente.
—¡Suéltalo! —escuchó a Luka en la oscuridad—. No oye bien. ¡Lo han destrozado!
No entendió nada más. Vio luces y sombras desfilar delante de sus ojos. Los rostros que se detenían delante de él no le decían nada. No despertaban ningún recuerdo y, por tanto, Airgetlam los olvidaba al instante. Se le ocurrió que cien personas distintas lo estaban entrevistando, aunque a lo mejor solo eran tres.
Luka apareció de nuevo. A él le entendió mejor. Al ver al lechero su mente se iluminó con más recuerdos sobre Kehari. Eran memorias sencillas, algunos dirían que sin valor; pero para alguien sin recuerdos, para alguien perdido, eran boyas en el mar del olvido. Airgetlam se aferró a ellos en busca de más recuerdos. De pinceladas de su hogar. ¿Tenía familia además de Dagda? Sí, Darius. Y Connor. Pero los rostros de ambos estaban diluidos, borrosos. También había mujeres. ¿Una hermana? Creía que sí. Su cara estaba en blanco. ¿La recordaría alguna vez? ¿Los recordaría a todos?
Un nuevo hombre si situó delante de él. Airgetlam no supo su nombre, pero sí que lo conocía desde antes como a Luka. Tenía los ojos saltones y ensangrentados, cubiertos por unas gafas rayadas. ¿Quién era? El hombre no dijo nada. Airgetlam desesperó. Era importante. No podía permitir verse débil y confundido delante de él porque si no entonces no... no...

«Se repite siempre que te veo. Es solo que ya no me abruma. Ya es parte de mí».

... no vería el cabello rojo nunca más.
En su mente apareció una chica. Supo que sonreía pero no podía verle ningún rasgo de la cara. ¡Pero era tan importante! Si el hombre lo consideraba indigno, ya no le permitiría llenar el vacío de esa chica.
Kryos cortó las sogas. El brazo roto de Airgetlam latía desesperado. Las amarras no le hicieron ningún favor. El cristalero lo ayudó a levantarse. Igual como hizo Luka antes, Kryos se pasó el brazo sano de Airgetlam por encima de los hombros para sostenerlo mientras avanzaban. ¿Significa que todavía contaba con su aprobación? ¿La tuvo alguna vez? El cristalero lo guio fuera de la caverna de interrogación. Otra vez su mente divagó. No podía aferrarse a ese momento. Solo reaccionó cuando escuchó la voz de Kryos desde lejos, diciéndole algo importante que él no entendió. El cristalero se detuvo y miró al muchacho con una expresión suave y agotada. Luego miró más allá. Airgetlam siguió su mirada.
Dagda estaba al otro lado de un corto pasillo. Su hermano también avanzaba con ayuda de otra persona, un sujeto moreno y de alas que Airgetlam falló en reconocer. Dagda sonrió al verlo y se apartó de Kael. Corrió hacia él y lo derribó. Cayeron al suelo, abrazados. Airgetlam lo apretó con todas las fuerzas del brazo sano, y también con las del brazo roto. No le importó que le doliera. Era al único que recordaba con certeza. Junto a él, su mente se iluminaba con recuerdos. Eran breves y borrosos, pero supo que si se quedaba con Dagda y miraban juntos, los recuerdos se harían más nítidos y reales. Regresaría a lo que una vez fue.
Dagda se apartó. Se sentó a un lado mientras se restregaba los ojos. Estaba llorando y riendo al mismo tiempo, un cuadro nada atractivo aunque Airgetlam no se lo podía reprochar. Él también reía y lloraba. Los dos ignoraban los rostros cejijuntos de los rebeldes alrededor. Aunque la luna aullaba en el cielo, encrespando a todos, Dagda y Airgetlam no podían escucharla. Estaban sordos para ella.
—¡Airgetlam!
Levantó la mirada. Una chica apareció detrás del hombre alado. Aunque era evidente que lo conocía, Airgetlam no la recordaba. La chica se quedó inmóvil bajo la sombra de las alas de Kael. Los aesirianos se taparon las orejas tras un nuevo aullido lunar, pero ella apenas se encogió. Toda su atención caía en él. De los ojos brotaron grandes lagrimones. Mientras Kael, Kryos, Luka y los demás se hacían un ovillo por el dolor, la chica corrió hacia Airgetlam. Su cabello blanco se tiñó de rojo, como una manzana, como un atardecer. Al fin Airgetlam la reconoció. Extendió el brazo bueno para recibirla. Riza encajaba perfectamente allí, apretujada contra su pecho.
No sabía lo que quería decir porque había olvidado la palabra correcta, pero no la sensación. Lo lamentaba. Lo sentía. Estaba avergonzado de haberla olvidado, de no saber por completo quién era. Lo único que sabía era que la amaba y que no volvería a olvidarla. Ni a ella, ni a Dagda ni a ningún otro miembro de su familia.
Otra vez su mente divagó. Su agarre de la realidad iba y venía. Cuando se dio cuenta estaba otra vez en una silla, aunque ya no estaba atado. Un hombre de cabello y ojos grises, con tatuajes de noche en el rostro, tenía la mano sobre su cabeza. Lo reconoció. Sí. ¡El príncipe jugaba a caballito con él y sus hermanos! Quiso sonreírle, saludarlo, pero no le salió ninguna palabra. Aunque sabía quién era, no podía recordar el nombre de Adad; mucho menos decirlo en voz alta. El príncipe Dragón retrocedió un paso. Riza tomó su lugar frente a Airgetlam y le acarició el lado izquierdo de la cara.
—Lo siento —dijo Adad—. No puedo hacer más de lo que Geri y Dagda ya hicieron por él. Sus recuerdos aparecen de imprevisto e imprecisos. No serán fidedignos aunque bastarán. Pero... —Adad se llevó una mano a la cabeza. A él también le costaba ordenar sus pensamientos—. Piensa en sensaciones. Las palabras... Las ha olvidado todas. Lo lamento. No volverá a hablar.
Airgetlam entendió lo que dijo. Abrió la boca para reprochar pero nada salió de ella. Lo intentó. ¿Qué era lo que quería decir? ¿Cómo se decía? Solo logró un gemido de desesperación. ¿Así sería como pasaría el resto de sus días? ¿Sin ser capaz de decir que lo sentía? ¿Sin poder decir «Lo siento» o «Te amo»? Riza lo abrazó.
—No importa —le aseguró—. Ya estás aquí. Ya has regresado. Es lo único que de verdad importa.
Dagda estaba detrás de ella, apoyado otra vez en Kael. Estaba pálido. Todavía no se recuperaba de la herida en el costado. Avanzó hasta situarse junto a Airgetlam. Le puso la mano sobre el hombro y con timidez, casi que con miedo, enlazó con su mente. Airgetlam se encogió asustado, porque más allá del ojo izquierdo, el brazo, las costillas y el abdomen, lo que de verdad estaba herida era su mente. Estaba en carne viva. Supuraba pus y sangre como una llaga. No quería que nadie le abriera más la herida. Sin embargo, el enlace de Dagda no dolió. Más bien fue un bálsamo para el dolor. «No importa», le transmitió Airgetlam. «Piensa como necesites hacerlo. Yo siempre te entenderé. Siempre podrás hablar conmigo aquí». Se dio un par de toquecitos en la cabeza. Ser un telépata tenía sus ventajas.
Por un momento Airgetlam creyó que todo estaría bien. Tenía todo lo que necesitaba.
Un hombre se aclaró la garganta. Venía de la boca de un túnel, abrazando a una mujer rubia que tenía los ojos irritados y las mejillas surcadas de lágrimas. Airgetlam tampoco reconoció a Aldith o a Frey. Los dos se detuvieron delante de Dagda y Airgetlam. Frey los abrazó a ambos, hecha un mar de lágrimas. Dagda sonrió y le aseguró que estarían bien, pero su tía no dejó de llorar. Aldith los miró con pesar.
—No hay forma de decir esto —se excusó—. Así que solo lo diré.
No le parecía justo estropear la reunión de los hermanos después de la cruda entrevista que los líderes rebeldes le hicieron a Airgetlam, en donde determinaron que el muchacho tenía el cerebro frito después del trauma. Aldith no quería empeorar la condición mental de Airgetlam ni importunar a Dagda, que también estaba herido. Pero tarde o temprano tenían que enterarse. A la larga, le darían las gracias por avisarles a tiempo para ir al funeral.
—Un par de rebeldes regresaron a la cueva. Traen malas noticias. —Aldith tragó fuerte. Los oídos le vibraban con los lamentos de la luna—. Lo lamento. Connor murió hace tres noches. Lo siento mucho.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!