El mundo aesiriano es cruel, corrupto, oscuro; confiar en alguien es un error. Pero los Dragones deberán hacerlo, no para salvar al mundo sino para salvarse a sí mismos.

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  • Capítulo 23

    Hoy es el cumpleaños de Jennifer, una de las lectoras que más me ha apoyado en estos años. De momento, Dos Tronos está de parón porque estoy en sequía de creatividad (maldito bloqueo literario), pero tenía que hacer algo para Jenn. Tenía que darle un obsequio a la distancia. Así que este capítulo es para ella. ¡Feliz cumpleaños, Jenn!

    23
    VIÑETAS

    Ni el candelabro ni la chimenea estaban encendidos. El estudio estaba a oscuras, como si hubiese sido hecho con sombras, pero en el ventanal se reflejaron las nubes pintadas con el púrpura, naranja y rosado de un atardecer. Enlil supuso que lo que le hizo falta a Hakwer en sensibilidad, le sobraba con creces a este Emperador para apreciar la belleza de todos los días.
    Kardan era otra sombra más, con el traje y el largo cabello negro que le caía por la espalda. Estaba frente a la ventana, tan cerca de la cortina que se camufló con ella. Enlil apenas pudo diferenciarlo porque reconoció su palidez y los ojos del clan Aesir reflejados en el cristal, fijos en el sol que se ocultaba tras las Murallas del oeste.
    Los dos guardaron silencio un buen rato, hasta que al fin el General se aclaró la garganta y pidió que le repitiera la orden.
    —Los cuervos encontraron a la última de ellos. Tráela preñada.
    —... Pero...
    —Sé que quieres un hijo de Dioné —lo cortó el monarca—, pero tú sabes que eso no será posible. Ella no puede concebir y tarde o temprano debes tener un hijo. No importa con cuál mujer.
    —Pero usted quiere que sea con ella —soltó con insolencia. Dios, comenzaba a enfadarse.
    —Pero yo quiero que sea con ella.
    —... ¿Por qué yo? ¿Por qué no Sig? —agregó mientras señalaba al Primer General, que estaba cruzado de brazos en un rincón de la habitación. Con una mirada Enlil supo que Sigfrid no intervendría en la conversación a favor de su amigo, ni que respaldaría los argumentos del Emperador. Era un simple espectador neutral.
    —Porque el clan Tonare necesita un heredero y, aunque ella sea una campesina, desciende de una casa de nobles. Sus antepasados no fueron muy diferentes a los tuyos o a los míos. Su mansión principal incluso estaba en Masca. Si vas a tener un heredero, ¿no crees que es mejor que también tenga buena ascendencia materna?
    El Emperador no lo miró directo a los ojos, pero debió de presentir la incomodidad de Enlil porque lo observó a través del reflejo en el cristal.
    —Sigfrid ha sido el último de los Montag desde antes que mi padre, tú o yo hubiésemos nacido, pero sigue intacto. El tiempo no lo toca, lo que me parece bastante repulsivo incluso en un demonio. —Sigfrid esbozó una pequeña y escalofriante sonrisa, satisfecho por ese extraño cumplido, pero Enlil apretó los puños—. En cambio tú... No es que te estés haciendo más joven cada día...
    Enlil supo que era verdad. Había tomado el puesto de Reiner a finales del gobierno de Ryunkal Aesir XII, fue el Segundo General durante el reinado de su hijo y ahora también servía a su nieto. Fue un muchacho recién entrado a la adultez cuando estrechó la mano de Sigfrid en busca de su amistad por primera vez, pero ahora tenía canas y arrugas mientras que el engendro de su amigo seguía luciendo exactamente igual.
    No, ya no era joven y llevaba muchos años intentando concebir un hijo con su amada Di. Si seguía a ese ritmo, pronto él envejecería tanto que su semilla también sería inútil. Pero, aún así...
    —No —dijo.
    Kardan permaneció inmóvil delante de la ventana, atento al atardecer, como si Enlil jamás hubiese dicho ni una palabra. Pero Sigfrid cambió el peso de una pierna a otra y agitó un poco la cabeza, como si no se creyera que alguien fuese capaz de desechar la orden de un Aesir.
    El silencio los envolvió de nuevo. El sol comenzó a morir, y el naranja, púrpura y rosado comenzaron a teñirse de morado y azul oscuro. La primera estrella se asomó en el cielo.
    —Tiene que hacerse, Enlil. A menos que seas capaz de sobrevivir a un espadón en el corazón y puedas vivir tres mil años, debes darle al mundo un hijo que siga tus pasos. Y más importante aún... —Ahora sí, Kardan torció un poco el cuello, apenas lo suficiente para que Enlil viera sus ojos arder por la furia de una orden desacatada—... porque no dejaré que los hijos de mi hermana cumplan con una Profecía sin profetas que los guíen.
    A Enlil le agradaba Kardan porque era un Emperador listo y sensible. Sabía hacer y aceptar sacrificios, asumir responsabilidades y darse a respetar. Era un buen gobernante.
    Pero en ese momento lo odió con todo su corazón.
    —No —repitió.
    Su voz resonó en el estudio incluso después de que él saliera sin permiso y con un portazo. Sus pasos metálicos hicieron eco en los pasillos de Palacio, mientras la sonrisa de Dioné iluminó los recuerdos del día de la boda. El repiqueteo del carruaje mientras avanzaba hacia la Mansión Tonare lo calmó un poco, pero le recordó los sollozos de su mujer cuando al fin se animaron a consultar a un doctor y él dijo en voz alta lo que ambos sospecharon desde la primera vez que perdieron a un niño antes del segundo mes.
    Enlil también estuvo con ella cuando perdieron al segundo y al tercero, pero sospechó que debía de haber más, que Dioné tuvo que limpiar de sus muslos la sangre de hijos nonatos, sola, sin apoyo. Con el tiempo, ya ni siquiera tuvo que preocuparse por eso porque simplemente dejó de suceder. Sin importar cuánto se esforzaran ambos, ya ni siquiera podían invocar una pequeña vida.
    La cena le supo insípida, la noche le pareció bochornosa y los comentarios de sus esposas, Di incluida, le parecieron pura cháchara. Antes del postre, ya toda la Mansión sabía que estaba de mal humor. Pensó que lo mejor sería dormir en una habitación aparte porque estaba enojado con el Emperador, y Dioné no tenía por qué pagar los platos rotos. Pero luego recordó que habían planeado intentarlo de nuevo esa noche y supo que si la plantaba le haría un daño aún más grave.
    Y él la amaba mucho, muchísimo, más de lo que se amaba a sí mismo, más de lo que una vez amó a Alexia.
    Pero como lo sospechó, terminaron al poco rato de empezar porque él no estaba de humor y ella lo vio con claridad.
    —Sé que es mi culpa —dijo Di mientras se vestía, dándole la espalda—. Así que si quieres enfadarte con alguien, que sea conmigo. Tremenda esposa sería si además de negarte un hijo, te niego la oportunidad de liberar tu frustración.
    Su voz sonó dolida, amarga y resentida; y, cuando ella giró para mirarlo, sus ojos lo desafiaron a reprocharle, a gritarle. Enlil se contuvo lo mejor que pudo, se mordió la lengua para callar algo que lamentaría después, pero sus labios gritaron rebeldes a pesar de su esfuerzo. Sin embargo, no le reprochó barbaridades ni la culpó de algo sobre lo que ninguno de los dos tenía control. Su reproche fue para el Emperador, por su orden insensible y egoísta.
    Quizá no dijo nada contra su mujer, pero igual se sintió mal cuando terminó de contarle las órdenes recibidas, porque Kardan jamás las habría dado si Dioné pudiese tener hijos. Ella también lo sabría. Pero en lugar de lágrimas amargas o una mirada de desesperación, Di le dio un coscorrón y lo observó con ojos abiertos de par en par por la esperanza.
    —Eres un idiota —le dijo.
    Unos minutos después, Dioné se durmió acurrucada en los brazos de Enlil, todavía con las pestañas húmedas pero con una expresión serena, sosegada. Hasta ese momento él comprendió lo mucho que debió de haber sufrido. Claro, siempre supo que era difícil para ella aceptar que no podía tener hijos, siempre supo que estaba dolida por haber perdido a los niños que sí logró concebir. Pero el dolor que él había supuesto no se comparaba para nada con el que ella sentía de verdad.
    Ahora por lo menos tenía una solución para aliviar su pena.
    En silencio, Enlil se levantó, se cubrió con una bata y salió de la habitación, rumbo a su lugar favorito en toda la casa. Cuando llegó, se sentó al borde del corredor y contempló en silencio el jardín. Había intentado arreglarlo un poco él mismo, pero nunca tuvo buen gusto en la jardinería. Si no fuera tan celoso de ese sitio, o por lo menos si conociera a alguien con verdadero talento, daría ese lugar a un profesional para convertirlo en el sitio de reposo ideal. Por suerte, él estaba seguro de que Darlan se contentaría con la intención y la intimidad de ese pequeño santuario en donde su hermano honraba su memoria en los buenos y malos momentos.
    —He cambiado de opinión —dijo a la figura que entró al salón unos minutos después—. Haré lo que Su Majestad ha ordenado.
    Sigfrid avanzó y se sentó al lado de Enlil. Luego le pasó una botella de aguardiente y, para él mismo, se sirvió una taza de té.
    —Supe que ella te haría entrar en razón —comentó el Primer General, como si fuera algo obvio.
    Enlil se permitió una sonrisita burlona, porque supo que nadie jamás se imaginaría ese cuadro: el temible Demonio Montag bajo una noche estrellada, contemplando la sencillez de un jardín en la compañía de su mejor amigo... y bebiendo una puñetera taza de té. «Solo falta que siempre ande consigo toda una vajilla», pensó divertido.
    Luego miró la botella en la mano y olió la fragancia del alcohol. Dulce, pero fuerte. Justo como a él le gustaba. Su expresión se suavizó y se hizo idéntica a la de Dioné, porque al menos por esa noche podría sentir un poco de paz, por él, por Di, por las ilusiones que ambos albergaban... Y porque el engendro semi-inmortal a su lado se había preocupado en irlo a consolar. «En serio, ¡qué cuadro pintamos!».
    —¿Cómo lo supiste? —preguntó antes de dar el primer sorbo. Sigfrid respondió con la expresión más impasible del mundo.
    —Por mucho que tú quieras un hijo, ella lo anhela aún más. Mataría por tener un hijo tuyo aún si no fuera de ella, porque está dispuesta a amarlo para que sea de ambos. —Enlil arqueó una ceja.
    —... La princesa te lo explicó así, ¿verdad?
    —Por supuesto —gruñó Sigfrid—. ¿Quién crees que soy? ¿Señor Sensibilidad o algo así?
    Enlil rió por lo bajo, porque Sigfrid era un grandísimo bruto a la hora de empatizar con los sentimientos de las demás personas, pero escuchaba con atención a Istar. Y la princesa era buena en todo lo que su Guardián desconocía. De seguro que cuando Enlil no estuvo ahí para apoyar a Dioné, Istar tomó su lugar y la escuchó y consoló. «Ah, Darlan», pensó mientras miraba la tumba de su hermana. «Por raro que parezca, creo que Di y yo estamos bendecidos por tener a una princesa y a un engendro del demonio como amigos».
    Dio un nuevo sorbo y dijo:
    —Excelente. Me gusta.
    —Es solo licor.
    —¿Y qué?
    —... Eres muy simple.
    Enlil no estuvo seguro de si eso fue un cumplido o una burla. «Él no hace bromas pero conociéndolo... ¿tampoco fue un halago, verdad?». A pesar de eso, sonrió sin sospechar las consecuencias de la decisión de esa noche.

    ****

    No pudo creerse lo difícil que fue llegar ahí. Enlil contuvo un suspiro de cansancio, porque no quería que la novia lo malinterpretara como una señal de arrepentimiento. «Ajá. Como si yo fuera el que le tiene miedo al compromiso». Había recorrido ese camino en tantos lugares diferentes que para él casi era una rutina entrar al altar, decir unos votos y besar a la novia.
    Solo dos veces había estado nervioso en una boda suya. La primera, porque estaba desilusionado por haber roto la promesa que se hizo de casarse enamorado; y la segunda, porque cumplió al fin consigo mismo. Enlil acarició el bolsillo de la camisa, pero lo encontró vacío. Al principio se sintió angustiado, pero al instante recordó en dónde estaba el cascabel y se alivió.

    «Ve y ten ese bebé».

    La campanilla debía de sonar en ese momento en las manos de Di, allá en Masca. A pesar de la distancia, Enlil creyó reconocer su tintineo, idéntico a la risa de Darlan y a las ilusiones de Enlil y su esposa.
    Después de la muerte de su hermana, se hizo muchas promesas. Entre esas, casarse una sola vez porque él quería hacer sentir a una mujer lo que Darlan tanto anheló: ser única y especial. ¿Pero cómo podía hacerlo si seguía la costumbre de su clan y su región, y desposaba a más de una persona? Así que se juró elegir con cuidado a la mujer a la que le daría su corazón, la misma con la que no temería tener hijos, así fueran mil, y todos varones y más altos y fuertes que él.
    Ah, pero Askard... Si su abuelo y Darlan no hubiesen querido la paz en el Sur, Enlil le habría roto el cuello al Lord por haberle ofrecido una hermana. Negarla habría sido una afrenta política, un nuevo conflicto entre las familias de nobles y, probablemente, el inicio de una guerra civil en el Sur. Como General y como nieto de su abuelo, su tarea era evitar una catástrofe de esas proporciones, así que aceptó. Con el resto de sus esposas fue algo similar, pues le fueron ofrecidas por almirantes y comandantes. Por mucho tiempo, Di fue única en ese paquete de esposas, porque fue la única a la que él le propuso el matrimonio.

    «Tráela preñada».
    «Ve y ten ese bebé».

    Pero ahora también había perdido eso.

    «Después tráemelo para que yo pueda ser su madre».

    Las palabras de Di resonaron en su cabeza, junto al tintineo del cascabel. «Lo hago por ella», se dijo para convencerse. «Por nosotros. Di está dispuesta a perderme por meses y años si es necesario, con tal de que al fin seamos una familia. Así que yo también puedo sacrificar mi honor con unos votos hipócritas». Esa idea fortaleció su resolución y apretó la mano de la mujer a su lado, para disipar cualquier duda de ella.
    Los ojos zafiro de Zoe lo estudiaron, como habían hecho la primera vez, como lo hacían siempre. Enlil vio la duda, la cautela, las ganas de dar media vuelta y huir de nuevo de él. Pero él imaginó que los ojos eran púrpura, que los cabellos rosados eran negros como el azabache y que la sonrisa de Dioné bailaba en esos labios. Luego él sonrió, como lo hubiese hecho si Di fuera quien le sostenía la mano.
    La duda se evaporó y un rubor se asomó a las mejillas de Zoe. «Arderé en el Infierno», pensó el General mientras se inclinaba para besarla. «Arderé por siempre o mi alma se extinguirá entre las llamas. No sé qué será peor». Ella le apretó la mano y abrió los labios para recibirlo entero. Él sintió la valentía y el amor en ese gesto, y la piel se le erizó por saberse condenado.
    Era un maldito infeliz, precisamente el tipo de hombre que esa mujer había evitado toda su vida.
    Ella era cauta, en exceso, y había construido una armadura de acero alrededor de su corazón para protegerlo. Enlil intentó acercarse a ella desde todos los ángulos posibles, siempre fallando miserablemente. Se había hecho pasar por un simple soldado para cortejarla, justificando cada vez que se veían que debían estar juntos porque así lo quería el destino. ¿Cuántos años llevaban en ese pulso? ¿Durante cuánto tiempo Zoe lo ignoró? ¡Joder, hasta lo había apuñalado en una ocasión para que la dejara en paz! Pero él nunca se dio por vencido y poco a poco encontró grietas en la armadura.
    Iría al Infierno porque logró colarse allí, porque disfrazó su interés egoísta con buenas intenciones cuando cortejó hasta el cansancio a una mujer que no amaba. Estaba condenado porque había despertado sentimientos en un corazón que desde el principio él nunca pensó en corresponder.
    Las puertas se abrieron y la pareja anterior salió envuelta en aplausos. Enlil se despegó de Zoe y la situó al lado del muro, para que dejaran pasar a la comitiva. «Tin-tin-tin», sonaron los cascabeles mientras los parientes y amigos de la primera pareja los felicitaban con sonrisas, palmadas y abrazos. Enlil los siguió de vista cuando pasaban al vestíbulo del templo, imaginando que irían a alguna casa cercana a celebrar el enlace.
    Luego escuchó que alguien lo llamaba y vio a un novicio en la puerta del salón principal, avisándole que ya era su turno. Enlil jaló de nuevo a Zoe, convencido de que tenían que hacer el ritual antes de que ella se arrepintiera y pospusiera la boda. Cuando ella no avanzó, temió que la mujer se deshiciera de su mano y huyera, pero Zoe solo se tardó un poco porque tenía la mirada fija en los recién casados y sus amigos, que se perdían de vista.
    Lentamente, ella levantó los ojos y observó a Enlil. Ahí estaban de nuevo la duda y la cautela, y por un momento el General pensó en decirle que tenía razón, que debía confiar en sus instintos y alejarse de él a como diera lugar, pues lo único que le interesaba de ella era un niño. Pero recordó la mirada ilusionada de Dioné mientras sonaba el cascabel en sus manos, esperando sostener en ellas a un hijo de Enlil, y supo que no diría ni una palabra. «Arderé en el Infierno, pero le daré ese niño y lo amaré con todo mi corazón».
    Así que sonrió de nuevo y la jaló al interior.

    ****

    Los siguientes meses no fueron malos pero Enlil los sintió en la garganta, idénticos a las manos de Reiner mientras lo estrangulaban. En la Península los días eran soleados y apacibles a pesar del trabajo arduo, los casos ocasionales de piratería y la ansiedad, siempre la ansiedad.
    Al principio justificó su pasión con el enlace reciente, pero luego tuvo que esforzarse más en las caricias matutinas, en las miradas, en las palabras susurradas al oído y en los besos castos en el cabello, para que Zoe consintiera recibirlo en sus brazos durante la noche.
    «Tal vez estoy malacostumbrado», pensó. Lo normal era que le ofrecieran la novia, no que él suplicara por una boda y temiera que lo plantaran en el altar. Lo normal era que Di lo abrazara y le sonriera como si solo él existiera para ella, pero de Zoe obtenía muy pocas muestras de cariño y muchas miradas cautelosas, como si su corazón estuviese resguardado incluso en el matrimonio.
    No obstante, él sabía que la tenía en la palma de la mano, porque cada vez que se ponía el uniforme y se marchaba bajo la excusa de un patrullaje militar, temía que al regresar Zoe hubiese escapado. Pero ella siempre estaba al pie de la colina, esperando su regreso. Esa era toda la prueba que Enlil necesitaba y le bastaba con eso para retomar las súplicas y los esfuerzos para llevarla a la cama.
    —Ay —suspiró Zoe una tarde, después de que Enlil regresara de uno de esos patrullajes, con flores y un pequeño obsequio—, si no te conociera diría que esta insistencia tuya es para dejarme preñada.
    Lo dijo en tono de burla, pero sus ojos observaron a Enlil con la cautela y sospecha de la primera vez que se conocieron. Al ver esa mirada, Enlil se preguntó por qué ella había aceptado casarse si tenía tantas dudas. El agua hirvió en la caldera, pero Zoe la ignoró porque tenía la mirada fija en su esposo. Él supo que le estaba dando una oportunidad para ser sincero y marcharse antes de que fuera demasiado tarde, pero Enlil corrió la silla, se levantó y avanzó hacia ella. La rodeó por la cintura y se inclinó para besarle el cuello, con tanta ternura y pasión que nadie dudaría de su amor.
    —Entonces no me conoces —susurró a su oído.
    La sintió estremecerse en sus brazos. Se le daba bien el utilizar esa voz grave para excitar a una mujer. Dioné caía redondita cada vez que él empleaba esa técnica, aunque, para ser honesto, él caía más rápido y fácil cada vez que su esposa en Masca le dedicaba una sonrisa. Cerró los ojos e imaginó de nuevo que Zoe era Di, que esa cocina humilde y cálida era el hogar que ambos compartían. Zoe tembló otra vez, ahora tan unida a él que Enlil supo que esa noche sería diferente, que con unas palabras bien puestas lograría que Zoe agregara por fin lo que hacía falta para concebir un niño.
    —Si me conocieras bien, entenderías que sí, quiero un hijo contigo.
    —... ¿En serio? —La voz de ella fue ronca, una mezcla de esperanza y duda.
    Lo amaba, Dios, lo amaba, pero cada fibra de su ser le decía que no debía hacerlo, que debía apartarse de ese hombre antes de que saliera lastimada. Enlil admiró la sabiduría de esa prudencia, pero desde hacía mucho tiempo él sabía que el corazón de las personas no se guía por la cautela, sino por el deseo.
    Y Zoe deseaba amarlo, anhelaba confiar en él, creer en él.
    Así que Enlil le besó el lóbulo de la oreja y murmuró:
    —Quiero una familia.
    Aunque nunca le dijo que con ella.

    ****

    Esa noche, Enlil miró las estrellas. A Zoe le gustaba hacerlo al aire libre, sobre una manta o el césped del patio, con el sonido incesante de las olas al pie del risco y los grillos en el bosque cercano. Tenía que admitirlo. Era romántico... y sensual. Él nunca se había acostado con Dioné así, tan salvaje y fresco. A lo mejor se lo propondría cuando la encontrara de nuevo.
    Como si Zoe adivinara que él pensaba en otra mujer, se movió en su abrazo y abrió los ojos. Cuando ella se sentó para estirarse, Enlil admiró las líneas de su cuerpo. Los hombros perfilados y suaves, la silueta de los omoplatos, las curvas de las caderas y la delicadeza de los pechos. Era una mujer bella, cualquier hombre con dos dedos de frente mataría por ser amado por ella. Pero Enlil la compadeció, porque no había hecho nada para merecer ser engañada por un hombre mentiroso.
    Excepto, claro, nacer profetiza y saber burlar al Imperio que cazaba a la última de ese clan.
    Zoe lo miró y le acarició el pecho. Luego se inclinó sobre él con una sonrisa y lo besó. Él la correspondió y la apretó contra sí. «No la amo, pero tampoco la odio. Quiero que sea feliz. Después de que me dé un hijo, quiero que sea feliz». Ella se apartó un poco, pero se acostó sobre él y quedó protegida en sus brazos. Enlil le acarició el cabello y la miró a los ojos, que resplandecieron como dos estrellas de mar y fuego azul.
    —Es la primera vez que me miras así —le dijo. Era también la primera vez que ella buscaba un beso, pero Enlil se lo calló.
    —¿Ah, sí? —preguntó con inocencia, con pura ternura en la mirada.
    —Antes —se animó Enlil— me mirabas siempre con... precaución.
    Pero cuando Zoe le besó el pecho, el General supo que de ahora en adelante solo encontraría devoción en esos ojos. Por una parte, la ansiedad de los meses anteriores se desvaneció, porque ya todas las murallas habían caído y, con eso, en cualquier momento lograría preñarla. Entre más pronto estuviese embarazada, más pronto podría dejar de fingir. Pero por otro lado sintió una nueva inseguridad, porque debía asumir la responsabilidad de los sentimientos de Zoe. Como no los correspondería con amor, debía pagar con un castigo. «Ah. Definitivamente voy a arder en el Infierno».
    —Yo... —Zoe le acarició la mejilla con una mano, pero luego siguió el contorno de los ojos de Enlil—. Yo... no veo nada cuando te toco.
    —¿Eh?
    —Cuando te toco no veo nada. Ni tu pasado, ni tu futuro. Ni siquiera tu presente.
    Zoe se sonrojó, como si le apenara tener que explicar su don de visionaria. Ese era un tema que nunca habían tocado, aunque cualquiera que la conociera presentiría esa habilidad. La manera en que miraba a las personas, como si observara algo a través de ellas. La forma en que caminaba, evitando simples obstáculos aun antes de que se le presentaran. La sonrisa que se asomaba a sus labios cuando llovía o salía el sol, cuando un árbol caía o una planta florecía en el lugar menos esperado en el momento menos indicado, como si ella lo supiera, como si el destino le susurrara al oído secretos que no compartía con nadie más. Nadie la llamaría profetiza abiertamente, pero cualquiera presentiría en su corazón que ella era mucho más que una simple adivina.
    —Eres el único del que no sé nada —continuó ella con un susurro tímido—. Y eso me... me asusta. Pero también... me... me atrae.
    Y ahí estaba, la última confesión, la última barrera.
    Enlil se sentó con ella sobre el regazo y la besó. No la amaba, no la odiaba, pero tampoco le era indiferente. Esa mujer sería la madre de su hijo, le daría el regalo que él había buscado por tanto tiempo. Ya que no correspondería a sus sentimientos como un hombre, lo mínimo que podía hacer era darle una parte suya que solo le había ofrecido a Dioné. Quizá le daría más, si es que su cuerpo podía dárselo. Dioné lo comprendería y perdonaría, porque a ella también le gustaría darle un tipo de pago o agradecimiento por el niño que le arrebataría.
    —Enlil... —lo llamó ella mientras le clavaba las uñas y arqueaba la espalda.
    Él la apretó más fuerte, intentando borrar el fantasma de Dioné sobre ella. Siempre creyó que mientras invocara a su esposa en la cama de Zoe, no le sería infiel a Di; además, así podría ser más afectuoso y apasionado para concebir a su hijo con auténtico amor. Pero ya que Zoe lo había dejado entrar por completo, él borraría a Dioné por esa noche y la amaría por los ojos zafiro, el cabello rosa y el vientre fértil.
    La amaría por quien era esa única vez.

    ****

    En las semanas posteriores, no tuvo tiempo de estar ansioso o preocupado. Como Zoe lo creía un simple soldado raso, cada cierto tiempo debía marcharse en esos famosos patrullajes militares para mantener su fachada intacta. Sin embargo, uno de esos patrullajes sí resultó una verdadera misión de tres semanas, pues la tropa en donde fingía debió seguirle la pista a un grupo pirata que había atacado varios pueblos costeros.
    Al final los perdieron de vista, pero la tropa debió marchar al cuartel general de la zona, en la ciudad Llain, la cabecera del Este, para reportar la situación.
    —Te lo has tomado demasiado en serio.
    Sigfrid puso la taza de té al lado de Enlil y luego se sentó frente a él, con una mesa de bocadillos entre ambos. Enlil supo que su amigo no lo apresuraría ni que le echaría en cara que era difícil mantener el orden en el Imperio mientras el Segundo General jugaba al enamorado en la Península, aunque también supo que era verdad. Se había tomado todo demasiado en serio. El cortejo, la seducción, el matrimonio... Toda la situación le generaba un grave peso de conciencia, pero aún así seguía inmiscuido en ella con seriedad. Se estaba cavando su propia tumba con mucha diligencia.
    Enlil dio un sorbo de té. Era dulce como frutas y miel, pero al final dejaba un sabor fuerte y ardiente en la garganta.
    —Excelente. Me gusta —felicitó a su amigo. Sigfrid levantó los hombros y bebió como si la cosa no fuera con él.
    —Te gusta todo lo que tiene licor. Tienes un paladar muy simple.
    —Y tú tienes órdenes del Emperador —apuntó él, para ir directo al grano. Sigfrid no estaría tan cerca de la Península si no tuviese noticias para él.
    —No te preocupes por eso. Las órdenes de Su Majestad pueden esperar un poco más.
    —... ¿En serio?
    —Ajá.
    Enlil esbozó una pequeña sonrisa, bebió un poco más y se preguntó en qué momento consiguió ese milagro. Cuando tomó el puesto de General se empeñó en convertirse en amigo de Sigfrid, aunque al principio solo chocó de golpe contra un muro de indiferencia. Pero poco a poco, encuentro tras encuentro, misión tras misión, año tras año, logró abrirse paso en las defensas del Demonio Montag. Cuando tenían opiniones encontradas, discutían; cuando necesitaban apalear a alguien, entrenaban; y cuando debían defender algo –una ciudad, un noble, una idea en la que sí estaban de acuerdo– confabulaban juntos.
    Su amistad no fue algo que surgió de la noche a la mañana, sino algo que construyeron juntos después de varios años de encontronazos, malentendidos y esfuerzos conciliadores de parte de Enlil. Pero por eso mismo era más fuerte y duradera que muchas otras relaciones, porque estaba construida en confianza y respeto mutuos. No, no fue fácil entablar amistad con Sigfrid, pero en el proceso Enlil ganó muchos beneficios, entre ellos paciencia, facilidad de tacto –nadie sospecharía que había cosechado una personalidad tan simpática por el esfuerzo de llevarse bien con el Demonio Montag– y, por sobre todo, la lealtad de Sigfrid.
    Por eso mismo era que el Primer General estaba ahí, para asegurarse de que su amigo asimilara bien la carga de engañar a una mujer pues, de los dos, Enlil era el único con conciencia. Hasta donde Sigfrid entendía, tener una era un verdadero fastidio.
    —¿La profetiza no sospecha nada? —preguntó el Primer General.
    —No. —Enlil esbozó una sonrisa triste—. Los sacerdotes dicen que los adivinos y profetas necesitan de la voluntad divina para tener visiones. —Dio un pequeño sorbo al té—. ¡Ah!, Dios en verdad debe de querer que tenga un hijo con esa pobre mujer o no la tiene en muy alta estima. De lo contrario, hace rato la habría avisado sobre lo que pasará. Ah, ¡Dios puede ser tan engañoso!
    —No sé de este dios —comentó Sigfrid un poco desdeñoso, mientras sacaba una pequeña botella negra de entre la túnica y la agitaba para Enlil—, pero sí sé de tu esposa, y ella es una mujer tenaz e inteligente. Su esfuerzo es en verdad importante para esta empresa.
    Enlil asintió y tomó la botella. Disfrutó de dos tazas de té más y después se bebió de un trago la pócima que Dioné le había enviado. Él no sabía de qué estaba hecha, aunque Sigfrid había intentado bromear una vez y dijo que a lo mejor era caldo de lágrimas de huérfanos. Fuera como fuese, tenía dos efectos extraños. El primero, que le quitaba el sabor a la comida durante semanas; y el segundo, que lo protegía de los poderes visionarios de Zoe.
    Burlar los poderes de un profeta requería de hechicería muy elevada. Y como los sacerdotes decían que los profetas recibían los susurros de Dios, muchos creían que solo era posible burlarlos con magia negra. Fuera como fuese, el resultado era el mismo. «Ah, estoy condenadísimo al Infierno».
    Sigfrid no dijo nada, pero puso un sobre oscuro sobre la mesa. Una sonrisa más feliz se asomó a los labios de Enlil, quien tomó la carta y la leyó en silencio.

    Apresúrate.
    Te espero.
    Te amo,
    Di.

    Luego se levantó, se despidió con una inclinación de cabeza y Sigfrid le respondió con una igual. De camino hacia la puerta, Enlil echó la carta de Dioné en la chimenea para que el fuego la consumiera y jamás cayera en manos de Zoe. Solo se detuvo una vez en el umbral.
    —Ah, sobre los piratas...
    —Ya te lo dije —le respondió Sigfrid con la vista fija en las llamas—, te lo has tomado demasiado en serio. Vete de una maldita vez.
    Enlil asintió y cerró la puerta, porque su amigo cascarrabias se haría cargo de otro pequeño problema más con tal de darle el tiempo necesario para engendrar a un niño bajo las condiciones que mejor le parecieran.

    ****

    Cuando llegó al fin al pie de la colina, la tarde estaba teñida de púrpura, naranja y rosado, como cuando recibió la orden del Emperador en el estudio. Zoe estaba allí, cruzada de brazos, con un chal sobre los hombros y con el ceño un poco fruncido. Enlil esbozó una sonrisa mientras se acercaba a ella porque sabía reconocer a una mujer enojada. No se había casado tantas veces en vano. También había aprendido a esperar en silencio una réplica, porque si se defendía o disculpaba antes solo metería la pata en algo más.
    Se detuvo delante de ella y vaciló un instante, sin saber si debía abrazarla o quedarse mirándola como idiota. Los ojos de ella chispearon. Miraron la barba descuidada, el uniforme sudoroso y luego las bridas en la mano de Enlil, que sujetaban un caballo pardo.
    —No se quedará mucho tiempo —dijo él mientras acariciaba el hocico del animal—. El próximo patrullaje será largo, así que me dieron una montura para el camino. Después lo devolveré a las caballerizas de donde salió.
    Supuso que eso era lo que la tenía tan enfadada, porque no era barato mantener un caballo en una pequeña colina, menos uno de raza grande. Quizá no era un corcel de seis patas, de los que criaba la Nobleza y que solo unos cuantos soldados de alta categoría podían montar, pero era bastante alto y fuerte, lo suficiente para soportar el peso de un hombre de la talla de Enlil.
    Zoe dio un paso al frente y levantó los puños como si quisiera golpear a su esposo; pero, en lugar de eso, agarró la camisa de Enlil y lo jaló hacia sí, para que sus rostros quedaran a la misma altura. Luego lo besó, aunque con furia en lugar de amor. Cuando se separó de él, le dio una bofetada.
    —¡Idiota! —chilló con los ojos llorosos—. ¡Idiota, idiota, idiota! ¿Tienes idea de lo preocupada que estuve? ¡Llegas tarde!
    Y después lo abrazó. Fue como si una púa helada se le enterrara en el corazón. «Oh, Darlan. Voy a arder en el Infierno», pensó mientras veía a la mujer que temblaba encogida en su pecho. Quizá la pócima de Dioné evitaba que Zoe viera el funesto futuro que le reparaba el camino junto a Enlil, pero sí percibía algo.
    En el fondo sabía que su miedo más profundo estaba a punto de golpearla de frente.
    A pesar de que los tonos cálidos del atardecer se habían convertido en morados y azules oscuros, Enlil sintió la intensidad del amor de Zoe, el calor de su preocupación, la ventisca de su miedo y la dulzura de su alivio, porque todavía tenía tiempo.
    Pero aún así no sintió nada por ella, salvo lástima.
    —Lo siento —le susurró.
    Al menos eso sí lo sentía. Al menos eso sí era verdad.

    ****

    Zoe no dijo nada al respecto, pero Enlil supo que estaba decepcionada porque solo se quedaría dos días en casa. La tropa de fachada haría varios recorridos a lo largo de la costa en busca de los piratas, desde la punta de la Península hasta el límite con la provincia Norte del Imperio, pero él planeaba separarse de la unidad y retomar algunos trabajos pendientes en el centro de la región Este. Sigfrid había dicho que no debía preocuparse por el trabajo acumulado, pero Enlil llevaba mucho tiempo sin estar al mando de una tropa y sin recibir detalles de la campaña militar. ¡Cómo echaba en falta su trabajo! ¡Dios, hasta extrañaba el papeleo!
    Fuera como fuese, dentro de dos días tendría la excusa perfecta para alejarse por una buena temporada. Era la oportunidad perfecta para olvidarse de la pantomima y poner orden a su mente. Lástima que el recorrido por la costa no duraría más de seis meses, o de lo contrario habría aprovechado para visitar Masca.
    Enlil se sintió mal por estar ilusionado con la salida, cuando Zoe estaba tan triste. Ella no se quejó ni hizo muecas por la noticia, ni siquiera se molestó por el caballo travieso que se comió parte del jardín. Pero Enlil adivinó su tristeza por lo mucho que se esforzó en sonreír y ser encantadora.
    Las comidas fueron mucho más sabrosas y abundantes, la cama mucho más apasionante, y las caricias y los besos fueron más dulces. Fue como al principio de su relación, cuando Enlil buscaba el cariño de Zoe con mil y un detalles distintos, aunque ahora era él el blanco de esas atenciones.
    Enlil siempre supo que esa farsa llegaría algún día a su fin, y que debía hacer algo para que el golpe fuera menos trágico para ella, pero nunca encontró el valor para apartarla o desairar sus intentos. No quería ver su expresión herida y, por sobre todo, quería callar el llanto de la campanilla que Dioné custodiaba en Masca.
    Quería convertir esos tintineos en risas de bebé.
    En la última madrugada que compartieron juntos, el cielo estuvo nublado. Desde la colina, los dos vieron que una tormenta barría el mar y golpearía el pueblo.
    —Vas a pasar frío —apuntó Zoe mientras revisaba una vez más las cintas de las alforjas, meditabunda.
    —Pasar necesidades viene en el contrato —respondió él con una sonrisa, impaciente por marcharse y ser de nuevo el General Tonare.
    Pero Zoe levantó la mirada de pronto y clavó los ojos en él. Enlil jamás la había visto así, tan... indefensa. En todas las facetas que ella le había mostrado, en todas sus expresiones de fastidio, enojo, dulzura y amor, jamás se había mostrado débil. Por el contrario, siempre hubo en ella una fortaleza admirable que Enlil siempre respetó.
    —Jamás me abandonarás, ¿cierto?
    La garganta de Enlil se secó, al tiempo que los ojos de ella se empañaban. Ese era su miedo más profundo: darlo todo, amarlo todo y luego perderlo todo. Abrir la coraza que la protegía y que luego esa persona a la que dejó entrar la abandonara. Algunas personas tienen un pavor insoportable a las arañas, a las cucarachas, al fuego, a la guerra, a la muerte... pero ella le temía a la traición.
    Y sin saberlo –o quizá sí– se había casado con el heraldo de su temor.
    Enlil se preparó para recibir las lágrimas con una mentira disfrazada de sonrisa y besos, pero ella se cubrió el rostro con las manos y dijo dos palabras que enmudecieron a la brisa, la tormenta y al caballo, que hasta ese entonces había piafado impaciente por empezar a correr. La garganta de Enlil se secó de nuevo, pero los tintineos en Masca lo ayudaron a recuperar la compostura.
    —¿Qué dijiste?
    —Estoy embarazada.
    Dos palabras que Enlil siempre había querido escuchar.
    Antes de que Zoe comenzara a llorar del susto o la alegría, él la levantó y la abrazó.
    —Te amo —dijo mientras la apretaba como si quisiera fundirse con la mujer.
    —Yo también te amo —respondió ella con un susurro.
    Pero no, eso estaba mal. Enlil no se lo había dicho a Zoe, sino al niño que crecía dentro de ella. Lo amaba, lo amaba, ¡siempre lo había amado! Pero no podía arruinar el momento con una explicación como esa. Además, su hijo no la necesitaba porque a partir de ese momento, y para siempre, sabría que tenía el corazón de su padre en sus manos.
    —¿Regresarás? —bromeó Zoe cuando Enlil le dio un último beso y se aupó a la montura.
    Lo peor de los miedos era cuando atacaban después de creerse superados. En ese momento Enlil supo que Zoe jamás se recuperaría, precisamente porque ya estaba segura de que no había nada que temer y dentro de unos meses estaría desarmada cuando enfrentara a su peor pesadilla. Pero él estaba tan contento, tan feliz, que todas sus aprensiones desaparecieron.
    —Por supuesto —sonrió y la miró como un enamorado incluso cuando el caballo echó a andar y se perdió colina abajo.
    Pero él no regresó. Ni siquiera se unió a la tropa de fachada o retomó misiones en el corazón del Este.
    En lugar de eso, viajó a Masca.

    "Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2013-2014. Ángela Arias Molina

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