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Capítulo 5

5
LARGA NOCHE

El paladar de Sakti había perdido fuerza hacía años, así que casi toda la comida le era insípida. Pero le gustaba la textura de la carne y Connor preparaba un curry tan bueno que era capaz de resucitar las papilas gustativas de su amiga. Esa noche, el chico preparó una buena cena para despedir a Dagda aunque el platillo principal estaba dedicado a Sakti. Para cuando el doctor anunció que la cena ya estaba lista, ella llevaba salivando por el aroma por lo menos dos horas.
—Te ves mejor —comentó Darius mientras la ayudaba a sentarse junto a él—. Me alegra.
Sakti sí se sentía mejor. El hombro aún la estaba matando pero esa era la primera noche en muchísimo tiempo en que se sentía a gusto. Los cuidados de Darius la habían alegrado. Los mimos de Zoe la habían hecho sentirse mejor consigo misma. Y la comida que Connor había preparado para ella sería el broche de oro de su recuperación. Si al día siguiente se moría no le importaría ni en lo más mínimo.
No le sorprendió que Vash y las cuñadas de Darius no estuviesen para la cena. Miriam era la única que hacía mala cara cuando Sakti estaba de visita, pero a Vash y a las demás los tenía sin cuidado la estadía o la partida de la princesa. Además, alguien tenía que atender La Taberna.
Cuando Connor anunció que esperaban a un amigo nuevo del hospital, Sakti quiso golpear la mesa. Se moría de hambre y la ausencia del amigo de Connor atrasó la cena. Pero cuando el doctor resolvió que el invitado faltaría después de todo, Sakti se olvidó por completo de él. Se dedicó en cuerpo y corazón a comer, o por lo menos a esperar a que Darius la alimentara entre bocado y bocado. Ya no se lamentaba tanto por haber perdido la capacidad de usar bien una espada. Lo que ahora echaba de menos era levantar un tenedor.
Adad también estaba contento pues llevaba mucho tiempo sin probar un platillo digno de un príncipe. Connor había acertado con la cena y se preparó con antelación para satisfacer los apetitos de dos hambrientos voraces. La pequeña mueca de Kel era signo claro de lo bien que se la pasaban los príncipes. Aunque el grolien había crecido hasta sobrepasar a Vash, y su pelaje, que había pasado de castaño a negro, lo hacía ver imponente y peligroso, nunca había superado el trauma que Sakti le causó al comerse a su amigo Mauro. Pero como ella no le demostraba hostilidad, Kel se había acostumbrado a estar junto a ella sin temer convertirse en el próximo platillo de Sakti.
Fue hasta la hora del postre que el amigo de Connor se presentó. Sakti no prestó atención a su entrada ni al silencio que cayó en el comedor como un chapuzón. Notó las miradas sorprendidas en Dagda y Darius hasta cuando su amigo mestizo se quedó inmóvil, sin servirle una ración de la tarta de manzana y anís.
—Oh, esto se pondrá feo —murmuró Adad antes de meterse un trozo de tarta. Luego se echó atrás en la silla para ver el espectáculo. Sakti no comprendió lo que pasaba hasta que una garganta se aclaró detrás de ella.
—Hola —se animó el amigo de Connor—. Perdón por llegar tarde pero es que estaba... muy nervioso.
Lentamente, Sakti se giró hacia la entrada. Allí dos ojos ciegos estaban fijos en los de ella.
Por un momento no supo lo que pasaba. Se había sentido tan bien, tan tranquila. Casi contenta. Y luego...
Su trozo de tarta se prendió en fuego. La carne de gallina en su brazo se endureció con escamas. Darius casi se cae de la silla porque entre apagar el fuego y detener a Sakti no supo qué hacer. Zoe en cambio no tuvo ningún problema. Se estiró por encima de la mesa y cubrió la tarta ardiente con la tapa de una olla. Era obvio que supo que eso iba a pasar y se había preparado. Como luego Zoe siguió comiendo su porción de postre como si nada, Darius supuso que Sakti no quemaría la casona. Quizá ni siquiera mataría a nadie. Pero solo por si acaso la sujetó de la cintura para que no saltara sobre el Tercer Dragón.
—Estás herida y enferma —le recordó. Luego miró al sepulturero ciego—. Tú no tienes nada que hacer aquí, ¡vete!
—¡Yo invité a Jillian! —Connor se interpuso entre ellos y el Tercer Dragón—. ¡No puedes echarlo así!
«¿Jillian?», pensó Darius. «¿Es ese su nuevo nombre?». La sorpresa fue sustituida por una onda de comprensión: Connor había planeado ese encuentro. Para variar, el doctor se había hecho amigo de un sujeto posiblemente peligroso.
—Connor, tú sabías que Allena no quería verlo. Santo Cielo, ¡pensé que él ya se había marchado del pueblo! ¿Por qué lo trajiste aquí?
Connor dudó, porque desde el principio fue obvio que Sakti aborrecía al muchacho detrás de él. Enferma como estaba, no podía llevarle un desencadenante que la alterara. Pero...
—Se lo supliqué. —Jillian dio un paso hacia Sakti y Darius, apoyado en un nuevo bastón—. Sé que no querías verme, pero te he buscado toda mi vida. Yo...
—¡Cállate!
Unas navajas de aire pasaron justo al lado del Tercer Dragón y Connor. El doctor contuvo la respiración cuando un mechón de su cabello cayó entre giros al suelo. Dagda y Kel se levantaron a la vez, aunque tomaron direcciones contrarias y chocaron entre ellos. Connor supo que querían apartarlo antes de que Sakti lanzara una nueva onda de navajas descontroladas. Pero como Zoe siguió comiendo tarta y bebiendo té de menta, Connor quiso creer que la princesa no perdería la cordura. «Si fuese a pasar algo malo Zoe no estaría tan tranquila, ¿verdad?». O quizá estaba tan enfadada con él por haber alterado a Sakti que dejaría que la princesa lo machacara un poco antes de intervenir.
—Por favor escúchame —lo intentó de nuevo Jillian—. Yo...
Nuevas navajas pasaron al lado de Connor y su invitado, pero estas fueron más erráticas y dispares. Detrás de ellos, el sofá favorito de Garrow se despedazó. Aun así el Tercer Dragón abrió otra vez la boca para explicar su visita. Al instante todos sintieron el calor. En cualquier momento alguien se prendería en fuego. Pero antes de que Sakti usara la piroquinesis, Drake se levantó de su asiento con rudeza y estiró una mano hacia el invitado indeseado. Una navaja de verdad se clavó en el hombro del Tercer Dragón. Connor lo sostuvo cuando el dolor lo hizo perder el equilibrio, pero el calor se había extinguido.
—Vas a tener que largarte ahora mismo —declaró el sicario—. Si abres otra vez la boca, la cerrarás sobre una navaja. ¿Me entiendes?
—¡No tienen derecho a tratarlo así! —gritó Connor. Había pocas cosas que lo molestaran, pero ver cómo lastimaban a otra persona era una de esas—. ¡Él solo quería hablar! ¡Solo quería decir algo! —Miró a Sakti—. Por favor, solo deja que te lo diga. Y luego... luego él se irá.
No le gustaba echar a su invitado, pero tenía que negociar. Le gustaba creer que era bueno en eso y que Lea estuvo orgullosa de convertirlo en un buen negociante.
—No quiero. —Los ojos de Sakti parecían de piedra pero Connor supo que estaba frágil. Asustada. Aterrada. No lo entendió.
Jillian sí. El Tercer Dragón soltó un suspiro adolorido y asintió lentamente, aceptando su derrota.
—Lo entiendo.
Se apartó de Connor y se irguió fuerte sobre el bastón, aunque apenas lo usó para guiarse hacia la salida. Nunca había estado allí y ya se sabía el camino. El doctor se alarmó. Por Dios, ¡estaba herido! ¿Cómo podía dejar que se marchara con una navaja enterrada en el hombro? Lo menos que podía hacer era acompañarlo al hospital y atenderlo allí. Pero cuando iba a protestar, Jillian se detuvo junto a la puerta y cantó.

«... te esperé en aquellos templos
donde mi luz se encendió
a la espera de tu canción».

No fue más que un tarareo, pero todos contuvieron la respiración. Connor retrocedió un paso como si le hubiesen dado una bofetada. «Esa canción...». No, nunca la había escuchado pero algo dentro de él se estremeció con un recuerdo de otra vida, de otro tiempo. Jillian cantó otra vez.

«La canción del olvido.
La luz del perdón.
Porque esto es lo que...».

Un gemido lo detuvo. Todos torcieron la cabeza hacia Sakti, horrorizados por lo que habían escuchado y lo que estaban a punto de ver. Ella había apretado mucho los labios, pero sus ojos temblaban sobre Jillian y su rostro se estremecía. Connor sintió un nudo en la garganta porque... «Allena va a llorar». Pero antes de que siquiera una lágrima se asomara, ella se apartó de Darius y salió corriendo rumbo a su habitación.
Darius estiró una mano para detenerla pero lo pensó mejor. ¿De verdad estaba listo para...? No. Quizá nunca estaría preparado para ver a Sakti derrumbarse.
—La hice llorar. —Jillian se golpeó la frente—. No quería hacerlo. Solo quería saber si recordaba. Solo quería respuestas.
—No la hiciste llorar —lo cortó Drake fríamente. El sicario se apartó de la mesa y siguió el camino de Sakti—. No te creas tan especial porque no lo eres. Además, ella tiene más bolas como para llorar por una puta canción desafinada.
Jillian enmudeció y Connor jadeó. ¿En qué momento pasaron de un postre a una pelea con navajas de aire y de metal? Además de sorprendido, estaba avergonzado. No le parecía bien que todos en su familia quisieran echar a un invitado. «El lado bueno», pensó, «es que Jillian es ciego así que no puede ver sus expresiones». Pero seguro que aun así podía sentir la atmósfera. Dagda y Darius estaban tensos como gatos ariscos, y Drake y Sakti habían dejado claro que querían que Jillian se marchara.
El silencio se hizo largo, pesado e incómodo, hasta que una carcajada inundó el vacío que dejó la salida de Drake.
—Fue igual a cuando tuvo cinco años. ¿Te acuerdas? —preguntó Adad a nadie en particular mientras partía un trozo de tarta. Luego otro, otro y otro. Sin descanso. Como si le aplastara la cabeza a alguien con un mazo—. Fueron malos con ella, ¡malos! Así que los hicimos arder. Pero tú no quisiste que fuera para siempre y Allena se confundió. —La tarta de manzana y anís se había convertido en puré en el platito de Adad—. Fuiste malo, ¡malo, malo! Como madre y padre, ¡como las siluetas en el fuego!
Adad se carcajeó mientras apuñalaba lo que quedaba de su postre. Trozos de tarta le pringaron la cara como si fueran las vísceras de un sirviente en un mal momento en el sitio incorrecto. Darius enmudeció. Si antes sitió el calor de la piroquinesis de Sakti, ahora sintió la electricidad del próximo relámpago de Adad. «Está loco», comprendió. Por eso las tormentas no cesaban. Por eso afuera no había más que nubes oscuras. «Quizá... los dos están locos».
—Adad —lo llamó Zoe—, ¿te acuerdas de aquel libro de cuentos que me regalaste cuando cumplí los diez años? ¡Lo encontré hoy en la mañana! ¿Leemos algunos antes de dormir?
La carcajada maníaca de Adad se convirtió en una sonrisa tranquila y carismática, como las que el príncipe solía dar a los pequeños profetas antes de hacerles cosquillas.
—¡Claro que sí, pequeña! Les leeré a ti y a Allena antes de dormir. Tío casi nunca nos deja pasar la noche con ustedes, ¡así que hay que hacer algo especial para celebrarlo!
Adad chupó la cuchara con la misma sonrisilla alegre de sus días tranquilos e hipócritas en Palacio, cuando comía pasteles, preparaba vestidos para su hermana, estudiaba y urgía con los profetas un plan de escape. Adad no estaba allí, en Kehari, sino en Masca. Ni siquiera estaba en el mismo año que los demás, sino muy atrás en el pasado. El pelaje de Kel se erizó y Dagda movió los labios: «Vaya. Está bien chiflado».
Zoe se sentó junto a Adad, le quitó la cuchara y le habló de las muñecas de trapo que le habían enviado hacían tantísimos años, cuando cumplió los doce. Darius recordaba ese día porque fue una de las pocas ocasiones que el Emperador permitió que los príncipes Dragones pasaran la noche en la casita del lago para celebrar el cumpleaños de la profetiza. No le sorprendió que Zoe se acordara de la conversación que mantuvo entonces con Adad, porque con sus poderes de profeta podía ir de un tiempo a otro sin problemas. Pero cuando Adad empezó a repetir sus líneas y gestos de hacía tanto tiempo, Darius se asustó. «Chiflado» parecía quedarse corto para describir al príncipe.
Por encima de la conversación, Zoe dio una mirada discreta a su papá. «Yo me encargo de Adad, Drake de Allena y tú de él». Tres profetas para los Tres Dragones. Parecía justo. Darius agarró al tal Jillian del cuello y lo arrastró al patio de la casona.

****

Lo empujó contra la pared. No supo que se sentiría tan bien hasta que lo acorraló y le clavó los dedos en el hombro. Fue exactamente igual a como el Tercer Dragón lo había acorralado y agredido a él en pesadillas hacía tanto tiempo. Recordaba un encuentro particular cuando un hombre sin rostro, de cuerpo de papiro deforme, lo apabulló para que matara a un mensajero. «Esa vez me desperté con una mordida en el cuello», pensó rencoroso. Estuvo un poco tentado en desquitarse con esa nueva versión del Tercer Dragón, pero fue esa palabra, «nueva», la que lo detuvo.
—¿De verdad eres él? —preguntó.
Miró al muchacho. Solo un cachorrillo, nada más. No estaba hecho de papiro, sino de carne y hueso. Su rostro sí tenía rasgos y a Darius le daba la impresión de haber visto una cara similar en alguna parte, pero aun así no creyó que este tal Jillian tuviese algo que delatara su identidad de portador. Sus ojos, que eran la marca característica del Tercer Dragón, ni siquiera brillaban con la luz de la Estrella Púrpura. «Pero tiene las marcas», recordó el profeta. «Entonces sí es el Tercer Dragón». Aunque no el que había conocido, sino uno nuevo. Una persona distinta. Una nueva versión.
Darius se apartó y cruzó los brazos sobre el pecho, aunque el gesto era inútil contra un ciego. No podía parecerle imponente si su voz se quebraba.
—Voy a dejarte esto claro: no te acercarás a Allena. Ya le has hecho mucho daño.
Los ojos de leche le sostuvieron la mirada. Por un breve segundo Darius creyó reconocer un mar púrpura por debajo de la telaraña que cubría los ojos de Jillian, pero el muchacho soltó un suspiro de resignación y bajó la mirada antes de que el profeta pudiera confirmar sus sospechas.
—¿Ese es su nombre, Allena? Claro, ahora lo recuerdo. Qué bonito. —Jillian apretó un puño sobre el pecho—. Es cierto lo que dices. Sobre lastimarla. He tenido esa sensación toda mi vida. Yo... las llamas. Los cuerpos que arden en el fuego mientras ella gira con las manos extendidas. Eso... ¿eso también es mi culpa?
Darius ladeó la cabeza. ¿De qué estaba hablando ese muchacho? Luego lo recordó de golpe: él también había visto a Sakti bailar entre flamas. En una de sus visitas al lugar fuera del espacio y el tiempo había visto a una pequeña y demente versión de su amiga riendo a carcajadas mientras giraba en una danza de fuego. «Pero eso fue solo una visión. No hay forma de que Marduk... de que Adad... de que nadie más lo supiera». Aquella visión fue la primera señal que el Dragón y la portadora le lanzaron para pedirle que las salvara de la fusión. Y él les había fallado.
Pero el príncipe Dragón había hablado del fuego. También lo había visto. ¿Por qué?
Darius agitó la cabeza. Quizá Adad sí se había vuelto loco. O quizá las flamas que el príncipe describió, las mismas que ese nuevo Marduk y el profeta habían visto, eran una pieza del rompecabezas que Darius aún no había resuelto. «Quizá todavía estoy a tiempo para ayudarlas». Pensó en el gemido de Sakti al escuchar la canción del Tercer Dragón. Sonó tan triste y desesperada. Ya llevaba tiempo así, precisamente después de que se cortara el brazo para salvar a Connor y se fundiera. A Darius no le gustaba la presencia de ese Jillian porque no podía presagiar nada bueno. Ya los Tres Dragones estaban juntos y los engranajes de la Profecía rodarían otra vez para apurar el destino de los tres. Eso significaba que el día prometido se acercaba y que el tiempo de Darius se agotaba para cumplir su propia promesa. No quería que Sakti marchara hacia la luz de aquella ciudad de hierro, plata y jade que él había visto, pero si aquella visión era inevitable, si no había nada que pudiera hacer para cambiarla, lo mínimo que podía hacer era evitar que Sakti se marchara fusionada. Y quizá la presencia de Jillian podría ayudarlo a entender la clave para salvar a su amiga.
—La canción —dijo Darius—. ¿Cómo la recuerdas?
Él no la había escuchado antes pero sí la había leído. Le había regalado a Sakti un poemario titulado «El canto del Dragón», en donde había un verso como el que Jillian había entonado. Además, Darius estaba seguro de que sí había escuchado una melodía parecida. Mark la había tarareado varias veces durante la luna llena. Lo había escuchado cuando viajaron juntos a Masca. «Y eso fue lo que alteró a Allena. La canción le recordó a Mark». A él también lo había afectado. Antes de que Sakti gimiera, a él se le había hecho un nudo en la garganta.
—Ella la canta en mis sueños —respondió Jillian mientras ladeaba la cabeza—. Tiene la voz más hermosa en todo el universo.
Darius arqueó una ceja porque en todo el tiempo que llevaba de conocer a Sakti ni una sola vez la había oído cantar. ¡Ni siquiera en los cumpleaños!
—Pero la voz de ese otro sujeto... —continuó Jillian. Por la cara que puso, Darius supo que se refería a Adad—. Tengo la impresión de que también he soñado con él, pero suena distinto. Como si estuviera sumergido en lo más profundo del mar. Como si...
—¿Se hubiese vuelto loco?
—... No quería decirlo así, pero... ¿qué le pasa? ¿Está bien? ¿Qué estaba golpeando?
—Un trozo de tarta.
—Ah. Eso explica el olor a manzanas.
Darius guardó silencio porque Marduk tampoco estaba muy cuerdo. «No», se corrigió. «El Marduk en el lugar fuera del espacio y el tiempo estaba loco de atar. Pero este Marduk, Jillian, parece lúcido». Meditó un par de minutos qué haría. Sakti quería matar a Jillian pero quizá no le convenía. Quizá él podía aportar algo para deshacer la fusión y salvarla. Por otro lado, tampoco le hacía bien estar junto a un tipo que estaba tan obsesionado con ella que hizo quién sabe cuántas barbaridades antes de nacer y que la había buscado en vida como un sabueso sin más pistas que sus sueños.
Darius enterró otra vez los dedos en los hombros del muchacho, pero no lo lastimó.
—Dijiste que quieres respuestas. ¿Cuáles son tus preguntas?
—Solo ella me las puede dar. —Jillian intentó apartarse, pero Darius lo sostuvo con fuerza—. Por favor, solo quiero que ella me lo explique. Y también quiero pedirle perdón.
—No. —Darius negó con la cabeza aunque ese gesto era tan inútil como cruzarse de brazos—. Hazte a la idea de que soy la voz de Allena, sencillamente porque ella no tiene palabras para ti. Pero si me dices todo lo que sabes, todo lo que has visto en sueños, yo te diré todo lo que sé, todo lo que yo he visto en mis sueños.
Jillian dudó. Su expresión de cautela fue idéntica a las de Sakti y Adad, a las de los príncipes y el Emperador. Darius apartó las manos porque se le ocurrió que quizá ese chico era un Aesir después de todo.
—¿Y de qué me sirven tus sueños, cuando los míos son tan buenos que hasta me permiten ver? —preguntó Jillian con desdén.
Darius estuvo a punto de escupir sangre. «Oh, este mocoso sí que es un Aesir. No sé de cuál de ellos ni me importa, ¡pero sé que quiero romperle la cara!». El mestizo se aclaró la garganta y se golpeó el pecho para acentuar su valía. Otro gesto inútil.
—Soy un profeta —le dijo—. Soy el camino a las respuestas que buscas.

****

Escuchó los grillos que cantaban en el bosque que rodeaba el pueblo, además de la respiración de los dos pacientes que habían llegado ese día con una pulmonía. Más que eso, escuchó la lluvia constante que caía sobre los tejados al ritmo de una canción a veces triste, a veces furiosa, a veces confundida. Jillian se quitó las botas enlodadas y los calcetines mojados para no ensuciar el piso del hospital. La puerta principal tenía una campanilla atada para avisar cuando entraba alguien, pero los aprendices de Connor le habían enseñado a entrar sin activarla. Jillian no quería despertar a Finn, que hacía guardia. En momentos como ese su ceguera era un alivio, porque no necesitaba prender una lámpara para iluminar su camino ni despertar a los pacientes.
Pero Jillian nunca se había sentido tan a oscuras como después de hablar con Darius.
En silencio avanzó hacia la habitación donde Connor le había dejado quedarse. Se sentó al borde de la cama, se llevó las manos a la cara y permaneció en silencio aunque quería gritar.
Era el portador del Tercer Dragón de la Profecía aesiriana y la mujer con la que soñaba era el Primer Dragón. Su prometida. Su Dama Blanca. En el fondo siempre lo supo y por eso fue fácil creer las palabras de Darius. Todo habría estado bien porque al fin había encontrado las respuestas que buscó por tanto tiempo: ¿quién era él?, ¿quién era la mujer de sus sueños?, ¿qué significaba su existencia? Pero las respuestas de Darius le habían traído más preguntas y un profundo miedo.
—La salvación de los aesirianos depende de la muerte de los Dragones. Adad y Allena nunca lo han aceptado. Pero tú... Tú siempre lo has buscado. Creo que en el fondo siempre has querido nacer para morir con ella.
Lo que había asustado a Jillian fueron los horrores que Darius le describió. Lo que le había hecho a un chico, a su propio mensajero, por haber amado a Sakti. Lo que le había hecho al profeta mestizo para convencerlo de matar a Mark Salvot. ¿Y todo para qué? ¿Para tener a una mujer que nunca lo había amado y que nunca lo haría? «No», pensó. «Ella sí me amó. En mis sueños. Yo la tenía a ella tanto como ella me tenía a mí». ¿Pero era eso verdad? ¿Eran esos sueños verdad? ¿O solo una fantasía?
—Los poderes de los Dragones residen en tres aspectos —le explicó el profeta—. El Primer Dragón transmite poder con su voz.
A Jillian le pareció lógico. En sus sueños, las palabras, las canciones y los gritos de Sakti lo estremecían con una sacudida directa a su alma.
—El Segundo Dragón transmite poder con el tacto. Tocar a Adad es como acariciar un relámpago puro. —Darius hizo una pausa—. Y el Tercer Dragón, el Púrpura, transmite poder con sus sueños. Así qué dime, ¿qué más ves en tus sueños?
Jillian no supo explicarlo. Todo lo que le llegaban eran fragmentos de una niña gris girando al ritmo de las llamas. Sus saltos felices en una habitación de hielo. Sus canciones cada vez más tristes y silenciosas hasta desaparecer por completo. Y la luz. La luz. Y un espectro de todos los colores del Universo, incluidos aquellos que nadie podía ver. El espectro estaba delante de él, con un dedo invisible sobre los labios también invisibles y sonrientes.
—Será nuestro pacto. Nuestra Profecía —decía ese gesto, aunque Jillian tenía la impresión de que el espectro de arcoíris era tan mudo como él era ciego.
Jillian intentó describir esas escenas pero sus palabras no fueron suficientes para transmitir las sensaciones, los brillos y las tinieblas de sus sueños. Pero se esforzó. Explicó a Darius tan bien como pudo en qué consistían sus visiones oníricas. Lo único que se guardó fueron los «otros sueños», aquellos que eran mudos. Los de la mujer de ojos púrpura.
Los tenía desde pequeño y siempre que despertaba se sentía diferente. La mujer le daba obsequios palpitantes que él tomaba con manos temblorosas. A veces le llevaba plumas. A veces flechas o cascos. A veces muñecas. A veces copos de nieve. Jillian no podía decir qué pasaba con esos objetos tras recibirlos, aunque estaba seguro de que formaban parte de un rompecabezas que él tenía que armar. Pero sabía también que aunque uniera todas las piezas jamás vería el paisaje que debían formar juntas.
—¿Me volveré loco? —le preguntó al profeta. Lo que había hecho antes, cuando era Marduk, le parecía una barbarie digna de un rey demente en su reino de niebla y ruina—. ¿Como ese sujeto? ¿Como... Adad?
Darius guardó silencio por un momento.
—Yo siempre creí que tú ya estabas loco. Que fuiste el primero en enloquecer. —Darius se llevó una mano a la espalda, aunque Jillian no lo pudo ver—. ¿Lo has escuchado alguna vez? ¿A tu Dragón? ¿O eres tú el Dragón y el portador está dormido? ¿O es que acaso los dos ya se han fundido?
Jillian no lo supo. Ni siquiera entendió lo que Darius le había dicho. Toda su vida había buscado respuestas y ahora solo quería escapar de las nuevas preguntas que habían aparecido en su camino.
Un crujido.
Estiró una mano hacia el bastón que puso junto a la cama, pero la intrusa se abalanzó sobre él antes con la fuerza de una fiera. Un rodillazo lo partió por la mitad y lo lanzó de espaldas a la cama. Un par de piernas lo rodearon exactamente igual a como Connor lo había inmovilizado cuando despertó en el hospital. La única diferencia era que nadie le sujetó las manos así que las estiró para apartar a la intrusa.
Solo recibió una mordida que le sacó la sangre. Jillian gimió pero un cabezazo lo aturdió.
—¡Shhh! —le ordenó su atacante.
Jillian contuvo el aliento porque reconoció la voz. Sakti estaba empapada de pies a cabeza y temblaba. El Tercer Dragón no supo si de frío o de furia, pero su miedo, sus dudas, la oscuridad que había descubierto en las revelaciones de Darius... Todo eso se había esfumado. Lentamente levantó una mano sangrante, casi esperando un nuevo mordisco que detuviera lo que estaba a punto de poner en marcha.
Sakti no lo detuvo. Dejó que la mano cálida de Jillian trepara por su cuerpo mojado hasta su rostro. El muchacho sintió los labios estirados sobre las mejillas. Las escamas filosas y heladas que le cortaron las puntas de los dedos. Y también las grietas. Delante de él había una figura incolora con surcos grandes y pequeños en todo el cuerpo, rodeada de tinieblas densas e infinitas que surgían de ella misma.
—Te veo —le dijo mientras le acariciaba el rostro—. Estás rota.
Las escamas retrocedieron en la cara de Sakti.
—Tú me rompiste.
Jillian mantuvo la mano en su lugar y Sakti no lo apartó. Se quedaron así durante segundos eternos. El Tercer Dragón no supo si Sakti pensaba en la forma más entretenida de matarlo o si esperaba a que la otra mano de Jillian recorriera su cuerpo. Fuera como fuese, su entrepierna se endureció ante las posibilidades. Supo que Sakti lo sentía, era imposible que no, pero ella se mantuvo encima sin apartarlo o motivarlo.
Lentamente, ella se inclinó sobre él. Jillian se quedó sin aliento aunque su pecho subía y bajaba en un intento por respirar. Imaginó que Sakti lo besaría, que lo vería con la absoluta entrega que él había contemplado en sus sueños. En lugar de eso, los colmillos furiosos le mordieron la oreja izquierda. «Estoy loco», pensó. Debería estar asustado por el odio que emanaba de la princesa Dragón, pero estaba excitado. Un apetito más viejo que el tiempo mismo estaba más que feliz con ese encuentro enfermizo. «Seguro que se trata de Marduk», pensó. El Dragón Púrpura que había sido antes de nacer estaba ahí y formaba una parte significativa de él. Quizá era él mismo.
—Canta —susurró Sakti. Jillian no la entendió. Solo escuchó desprecio.
—¿Q-qué?
—Can-ta —repitió la princesa lentamente.
Sin que ella se lo explicara, Jillian supo que su vida dependía de una canción.

****

Soltó un suspiro largo y silencioso. Lo único que se escuchaba eran los platos cuando Connor los remojaba para quitarles el jabón y cuando Zoe los metía en el estante. Kel, Drake, Dagda y Garrow estaban sentados a la mesa de la cocina, a la espera de la tormenta que iba a desatarse en la familia. Todos sabían lo que se avecinaba pero Darius no sabía cómo empezar.
Amaba a su hijo. Amaba la bondad y la inocencia de su pequeño Connor porque repartían sol y calidez en todas partes. Pero Darius tenía la impresión de que la naturaleza de su hijo había hecho más daño que bien esa noche.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó al fin. Cuando escuchó su voz comprendió lo enojado que estaba. Él estaba encargado de secar los platos después de que Connor los remojara y estaba seguro de que alguno se le rompería entre los dedos—. ¿Por qué lo trajiste? ¿Por qué no lo despachaste apenas...?
—Yo no echo a nadie —lo interrumpió Connor—. Mis padres me enseñaron a ser cortés con todos los extraños. ¿Es que a ti no te enseñaron nada tus padres?
—¡Connor! —rugió Dagda mientras se levantaba. El gemelo apoyó los brazos sobre la mesa y miró a su hermano pequeño como si fuera un monstruo.
Connor se sintió como tal. Sin importar qué tan frustrado estuviera, no tenía ningún derecho en usar las palabras que más dolían a su padre para lastimarlo. Hasta Lea, que nunca fue muy aficionada de Darius, estaría avergonzada por lo que Connor acababa de decir.
—Lo siento. No estuvo bien lo que dije. —Connor se olvidó de los platos y miró a Darius—. Pero tú tampoco te comportaste bien con Jillian. Lo echaste de mi casa como si no valiera nada. ¿Y esperabas que no me enojara?
—Su presencia volvió loco a Adad —comentó Zoe mientras guardaba los cubiertos en una gaveta. Connor apretó la mandíbula.
—¡Oh, entonces eso justifica que trataran a Jillian así, ¿verdad?!
—Connor —le llamó la atención Darius—. No te desquites con Zoe.
Genial. ¿Es que todos estaban en contra suya?
—No dije eso, Connor —intervino Zoe—. Solo hice una observación. Todo esto era inevitable, así que esta discusión no tiene sentido.
Connor y Darius fruncieron la frente en un gesto idéntico. Aunque nadie lo dijera en voz alta, todos en casa sabían que Zoe siempre tomaba partido con el que llevara la razón. Pero ahora no quedaba claro de qué parte estaba la profetiza.
—Sabías que Allena no quería verlo. Ahora está encerrada en su cuarto y no deja a nadie dentro —reprochó Darius.
Cuando Drake no pudo hacer nada por Sakti, Darius creyó que él sí lo lograría. Ese era su trabajo como el mejor amigo. Pero Sakti tampoco lo dejó entrar. Ni siquiera le habló a través de la puerta. Darius se preguntó si ella estaría llorando sobre la cama como no había llorado cuando Mark murió. En ese instante no había nada que quisiera más que abrazarla y hacerle saber que todo estaría bien, pero se sentía tan... impotente. Como Sakti siempre había sido la fuerte de los dos, como ella siempre había sido la que ofrecía consuelo y resolvía los problemas, Darius no tenía práctica. «Por eso es que aún no he revertido la fusión». Estaba enojado consigo mismo. ¿Cuántas veces tenía que fallarle a Sakti?
—No pensé que reaccionaría así —se defendió Connor—. Pensé que una vez que escuchara lo que él tenía que decirle, Allena se sentiría mejor.
Darius soltó otro suspiro. Era precisamente esa actitud positiva de Connor lo que hacía que todos lo que lo conocieran lo quisieran y respetaran. Él siempre esperaba lo mejor de las personas y por eso les daba todo cuanto podía. Era hermoso. Pero también terrible.
—Connor, los Tres Dragones no pueden estar juntos. Porque entonces la Profecía tendría que cumplirse. Y entonces perderíamos a Allena. Perderíamos todo lo que hemos conseguido.
«Eso es inevitable», escuchó Connor en su mente. Cuando miró por el rabillo del ojo a su hermana, supo que ella le había hablado solo a él. Darius continuó.
—Por favor despacha a Marduk... a Jillian mañana mismo.
Darius se concentró de nuevo en los platos para dar por terminada la discusión, pero Connor apretó los puños y se separó del fregadero.
—De acuerdo. Pero me iré con él.
El silencio cayó como un relámpago. Impactante. Destructor.
—Tú no vas a ninguna parte —dijo Darius lentamente, con los ojos mestizos fijos en los del doctor.
—No puedes detenerme. —Connor se preguntó a qué le tuvo miedo por tanto tiempo. Los ojos de Darius se esforzaban en transmitir enojo, pero Connor no lo sintió. Esa mirada no le importó—. Iré.
Era cuestión de voluntad. Solo tenía que tomar su botiquín y empezar a caminar. No necesitaba el permiso de nadie más que el propio.
—Argh, ¿otra vez con eso? —gruñó Dagda—. Ya lo hemos hablado antes, Connor. Es una idea idiota.
A Connor no le importó, pero a Drake sí.
—¿De qué están hablando?
—Este tontuelo quiere salir de la zona neutra e ir directo a la guerra.
—¿En serio?
Drake miró a Connor con una ceja arqueada. El doctor apretó los puños. No necesitaba el permiso de nadie para irse, ¡pero Dios! ¿Es que era mucho pedir un poco de apoyo de su familia? Ya estaba muy grandecito como para echarse a llorar pero se sentía desconsolado. No estuvo bien que Darius y los demás echaran a Jillian, de la misma manera que no estaba bien que se burlaran y desecharan sus aspiraciones. La ceja de Drake no bajó pero su voz fue cálida:
—¿Por qué quieres ir a la zona de combate?
Connor jadeó. Drake era el primero que se lo preguntaba. Todos los demás lo habían despachado sin mostrar ni una pizca de interés en sus preocupaciones.
—¡Porque puedo ayudar! —dijo—. Tengo la lluvia mágica de un dragón, pero me escondo en un sitio seguro sin nada que temer. Allá afuera hay gente a la que puedo salvar y ¡me parte el alma quedarme aquí mientras me necesitan allá!
Se había enojado tanto que estrelló un puño contra el fregadero. Connor no lo notó, pero Drake sí. Dagda soltó un bufido.
—Si sales de la zona neutra no lograrás nada más que matarte. No puedes cambiar el mundo, Connor. No importa cuánto lo quieras o cuánto te esfuerces.
—¡No con esa actitud! —gruñó el doctor.
—No vas a salir —resolvió Darius—. Por favor no insistas.
—¡No lo entiendes! —aulló Connor—. Todos los días siento este... ¡este vacío dentro de mí! ¡Me duele! —Ahora sí, las lágrimas se le agolparon en los ojos—. ¿Por qué no lo quieres ver? ¡NO SOY FELIZ AQUÍ!
Y a eso se resumía todo. A pesar de su familia, de su riqueza, de su talento, ¡de todo!, era desdichado. Estaba insatisfecho. Quizá en realidad había invitado a Jillian a cenar porque el muchacho había hecho lo que Connor más quería: echarse a caminar en busca de aquello que llenara el vacío de su corazón. Jillian siempre supo que estaba buscando a una persona, pero Connor no sabía qué era lo que le hacía falta. Lo único que sabía con certeza era que el camino que debía recorrer para sanar su dolor involucraba ayudar a otros. Era algo que solo él podía hacer y por eso tenía que hacerlo.
Darius le enterró los dedos en los hombros, pero no lo lastimó. El mestizo también tenía los ojos acuosos y eso solo hizo sentir peor a Connor.
—No sé lo que te pasa. ¿Es que sientes que aquí nadie te quiere o...?
—¡No es eso! ¡Es solo que...!
—Porque aquí todos te queremos. Connor, este es tu lugar. Kehari te necesita. Los pueblos vecinos te necesitan. Yo te necesito. —La voz de Darius se quebró—. Dagda tiene razón. Si sales de la zona neutra te van a matar. No importa si son los vanirianos o los aesirianos. Y con eso no ayudarás a nadie. No conseguirás nada más que partirme el corazón. ¿Es que no lo entiendes? —Darius tragó fuerte—. No puedo enterrar a otro hijo.
Connor se desinfló otra vez. ¿Cómo pudo ser tan egoísta? Darius había sufrido y perdido tanto. ¿Cómo podía forzarlo a pasar de nuevo por la incertidumbre y la angustia por la posibilidad de perder a otro cachorro? ¿Es que su padre significaba tan poco para él? Connor estuvo a punto de saltar hacia el mestizo para abrazarlo y prometerle que jamás se marcharía, pero una voz lo interrumpió.
—No es justo lo que haces, Darius. —La suave voz de Sakti vino de la sala de estar. Cuando se asomaron vieron a la princesa sentada en el sillón largo, al lado de la chimenea para calentarse—. No está bien que lo manipules así.
Sakti estaba empapada y pálida. Las heridas de su rostro se habían desinflamado en los últimos días pero parecía que la lluvia había lavado las fuerzas que había recuperado con ayuda de Darius y Connor. Una parte del mestizo se preguntó qué estaba haciendo Sakti allí. ¿Había salido? ¿Cuándo regresó? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí escuchando la discusión? Pero otra parte de él estaba enfadada y ofendida. ¿Acaso escuchó bien? ¿De verdad Sakti lo acusaba de manipular a Connor?
—¿De qué estás hablando?
—La culpa es un arma efectiva para controlar a los de buen corazón. —Sakti inclinó la cabeza en una reverencia irónica—. Una manipuladora reconoce a otro manipulador. Después de todo, soy una Aesir.
Darius se quedó sin aire. Fue como si le hubiesen dado una patada en la entrepierna, otra en la boca del estómago y luego una ronda de cincuenta cachetadas. Por un momento no supo cómo reaccionar, qué hacer o qué decir.
—¡Traidora! —gritó.
Se suponía que era su amiga. Que ella siempre estaría de su lado, que siempre lo apoyaría. ¿Cómo podía ahora acusarlo tan terriblemente por amar a su hijo? Sakti no perdió su aplomo.
—Tu hijo te acaba de decir que está sufriendo, así que deberías ayudarlo a sentirse mejor. Pero lo haces sentir culpable de su miseria. ¿Qué parte de eso está bien?
De nuevo sintió las patadas y las cachetadas. Para ser tan callada, Sakti en verdad sabía empuñar las palabras para que dolieran en los sitios adecuados.
—¡Estoy protegiendo a mi hijo! ¡¿Está mal que quiera mantenerlo a salvo?! ¡Dime, oh gran Sakti Allena, qué debería hacer si es que tanto sabes!
Sakti cruzó una pierna sobre la otra y sonrió. Bueno, no fue una sonrisa, sino más bien un estiramiento de labios breve y eternamente prepotente. Darius entendió por qué Sigfrid había golpeado a Sakti. ¡Dios, en verdad que esa mujer podía ser exasperante a veces!
—Déjalo que siga su propio camino —aconsejó la princesa—. Entiendo que tengas miedo. Entiendo que quieras protegerlo. Pero tienes que aprender a dejar ir, Darius. Y Connor —Sakti miró al doctor— tú tienes que aprender que está bien luchar por lo que anhelas. Eso no te hace egoísta. No te hace una mala persona. Solo te da más fuerzas para hacer mejor lo que ya haces bien.
Darius apretó los puños. En ese momento no pudo recordar todo el amor que sentía hacia Sakti y ni una sola vez en que la muchacha le pareciera tan odiosa como ahora. Dio un paso hacia ella con el único propósito de abofetearla para hacerla entrar en razón, pero Zoe se le adelantó. La profetiza tomó un paño que había puesto a calentar junto al fuego y cubrió la cabeza de Sakti para empezar a secarla. La muchacha lo miró con ojos cristalinos. «Papá, incluso en su estado ella puede patearte el trasero», le transmitió. «Y si ella no pudiera hacerlo, yo lo haría».
Darius jadeó. En casa todos sabían que Zoe siempre tomaba partido con el que llevara la razón. Y también sabían que no les convenía hacerla enojar. Drake era el mejor luchador de la familia, incluso mejor que Dagda y Airgetlam que habían recibido el entrenamiento militar de Sigfrid Montag. Pero después del incidente del hombre que le había fracturado el brazo a Zoe, Drake se dedicó en cuerpo y alma a enseñarle a defenderse. La enseñó a lanzar cuchillos, a golpear en los puntos justos, a jugar sucio. El sicario no se dio por satisfecho hasta que la chica logró noquearlo en un encuentro serio. Cuando despertó, Drake había afirmado que fue la patada alta más rápida, fuerte y perfecta que había visto jamás. Y si algo habían aprendido de Drake era que el chico no decía mentiras piadosas. No elogiaría a un contrincante sin decirlo en serio.
—En realidad no importa nada lo que Allena diga —dijo Dagda. El muchacho notó que Zoe estaba de parte de Sakti y Connor, pero eso no lo detuvo—. Al final de cuentas el que manda es papá. Como sus hijos debemos obedecerlo.
Sakti alzó una ceja, tentada en recordarle quién fue el que más protestó cuando Darius les había prohibido que lo acompañaran al Reino de las Arenas.
—Tú también tienes que aprender a dejar ir —comentó ella—. Entre más pronto lo aceptes, mejor preparado estarás para cuando Airgetlam se case.
Dagda jadeó y Zoe soltó un silbido.
—¡Qué bárbara! —comentó la profetiza—. De verdad que sabes dónde golpear.
—Es un talento.
Zoe sonrió por la ocurrencia de Sakti pero en su interior sintió la misma inquietud de Airgetlam cuando llegó a Xadiz: la paz había llegado a su fin, empezando por su familia. Pero la desesperación no la consumió pues sabía que era inevitable. Los engranajes estaban girando otra vez. En realidad, nunca se habían detenido.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina

Capítulo 4

4
XADIZ


A pesar de que los Dragones ya no batallaban en el cielo, la tormenta continuó. Cada goterón caía con la fuerza de un pequeño meteorito. Darius se puso una capucha pero se había mojado antes, cuando ayudó a Connor a sacar al muchacho del cráter.
El Tercer Dragón.
¿Quién lo habría creído?
Avanzó en silencio entre los árboles y los charcos. Antes de salir a buscarla, Connor le había dicho que Sakti tenía rota la clavícula. La princesa era ruda y fuerte, pero no podría llegar demasiado lejos en su estado. Aun así Darius supo que Sakti lo intentaría, porque no podría estar a menos de cien metros del Tercer Dragón sin intentar acabar con él.
Connor había tenido prisa en ir al pequeño hospital del pueblo, pero su curiosidad le había ganado. En ese aspecto todavía era un niño.
—Papá, ¿por qué Allena quería matar a ese muchacho?
Él lo pensó un rato.
—Porque hace mucho tiempo, antes de que el Tercer Dragón naciera, él ya había intervenido en el mundo. Y algunas de las cosas que hizo lastimaron mucho a Allena.
Había enviado a mensajeros como Geri y Freki. Había evitado que Darius fuera al Reino de los Espíritus después de enfrentarse a Sigurd. Había enviado la pluma de Dragón que salvó a Sakti de morir desangrada. Pero también había herido a Mark y le había encargado a Darius acabar con el mensajero de Lahore. Y ahora, después de tantísimo, tantísimo tiempo, el Tercer Dragón había regresado a las vidas de Darius y Sakti. En su corazón, el mestizo supo que eso no era bueno. «Me preocuparé por eso después», decidió. «Ahora lo importante es encontrar a Allena».
Temió haberse perdido. La noche ya había caído y la lluvia no había parado. Incluso con la visión ajustada, el bosque le parecía demasiado oscuro y peligroso. Lo había recorrido con los muchachos y con sus cuñadas en cacerías y cosechas, pero siempre durante el día. «Debí traer a los lobos», pensó. Si Geri y Freki no habían salido de caza, estaban descansando en las caballerizas. Ellos tenían mejor visión nocturna, pero se guiaban más por el olfato que por los ojos. Durante la noche y con un aguacero que despertaba los olores más escondidos de la tierra, el bosque debía de serles un arcoíris fantástico.
Estuvo a punto de darse por vencido hasta que vio algo entre unas rocas. Eran tres grandes piedras que su familia utilizaba como punto de encuentro. Allí habían repartido tareas, herramientas, cargas y cosechas. Aunque al bosque podía entrar cualquiera, a Darius le parecía que era una extensión de su patio y otra parte de su hogar. «Debí suponer que estaría aquí», pensó. En ese sitio Darius la había ayudado a sembrar una raíz que nunca había florecido.
Reconoció a Sakti porque su cabeza gris y empapada parecía una cuarta roca. Cualquier otra persona habría pasado de lejos sin reconocer a una persona, pero Darius conocía ese lugar de memoria. Avanzó hacia ella con una sonrisa tranquilizadora, pero cuando la alcanzó vio que Sakti estaba en muy mal estado, sentada sobre el barro como una niña abandonada. El hombro derecho estaba más alto que el izquierdo, torcido en un ángulo que le causó escalofríos. El golpe que le había dado Adad con la cola se le había hinchado en la nuca, a pesar de que entonces tuvo escamas que la protegieron de lo más severo del ataque. La cara también se le había hinchado por el golpe que el príncipe le dio contra la pared de la casona. Tenía una cortada en la nariz, a la altura de los ojos, y un párpado amoratado que no podía abrir. Sin las escamas Sakti estaba flaca y sucia, llena de barro. Si unos días antes a Dereck le había parecido que la princesa era la criatura más hermosa en el mundo, ahora a Darius le pareció la más enferma y miserable. Ella torció un poco el cuello para verlo, pero al instante se contrajo de dolor y regresó a su posición inicial. En ese breve instante en que sus ojos se encontraron, Darius sintió todo el sufrimiento de su amiga.
Se inclinó sobre ella y le puso la capucha que Zoe había colocado junto al fuego. La había guardado por debajo de la suya para protegerla de la lluvia y todavía estaba calentita. Sakti soltó un suspiro de placer aunque Darius supo que la capucha se enfriaría pronto con los goterones.
—Volvamos. —Supo que tendría que cargarla. Ella no estaba en condiciones de dar ni un paso más.
—¿Lo mataron?
—No.
—Entonces me quedo aquí.
Sakti lo sacaba de quicio cuando se negaba a hacer algo lógico. Como escapar de Masca con él y los niños. Como quedarse en Kehari con él y los chicos. Como ir a la casona a que Connor la curara. Pero ella siempre tenía sus motivos y él sabía lo que era el rencor. Sakti no le echaba sal a la herida cuando él estaba rencoroso y Darius no vio motivo para actuar así con ella. Después de todo, podía entender por qué su amiga detestaba tanto al Tercer Dragón.
Pero había algo más que él entendía muy bien. Lo había visto en varios pacientes de Connor luego de que perdieran a un ser querido o cuando la desesperación de una enfermedad se les había anidado en el corazón. Él mismo lo había sentido cuando despertó por primera vez en la casita del lago en Masca. Lo estaba viendo ahora en Sakti.
La rodeó con cuidado y le dio un beso largo y cálido en la frente. Ella era ruda y no flaqueaba ante cualquier persona, pero se encogió contra él y acurrucó la cabeza contra el pecho de su amigo.
—Sigfrid me golpeó en el hombro y me duele mucho —le confesó. Otra vez le pareció una niña bajo la lluvia, solo que ya no estaba abandonada. La habían ido a recoger.
—Le dijiste a Adad que te caíste.
—Adad también me golpeó pero tú viniste a buscarme. ¿A cuál de los dos debo decirle la verdad?
Darius sonrió. Se sentía muy bien ser el favorito de Sakti aunque eso implicaba que también tenía una gran responsabilidad. ¿Pero qué más daba? Cuando se conocieron Sakti no tenía ningún motivo para sacarlo de la bruma y aun así lo había hecho. Ella le había dado todo y nunca le había pedido nada.
—Estarás bien —le prometió—. Dentro de nada, todo el dolor se irá. Absolutamente todo.

****

Estaba exhausto y satisfecho. La tormenta le había traído 70 pacientes con cortaduras graves, 20 con cortaduras superficiales, uno con un ojo deshecho, otro con un brazo envenenado por pelo de demonio araña y otra con una clavícula rota. Sakti fue a la última a la que atendió y lo lamentaba. Con excepción del Tercer Dragón, todos estaban en mejores condiciones que la princesa. La clavícula estaba mucho más que rota. Estaba deshecha en tres sitios diferentes, aunque el hueso había intentado sanar. Connor sospechó que el verdadero daño lo había hecho la transformación, pues había obligado a la clavícula a crecer y medio sanar sin la ayuda necesaria. Como consecuencia las fracturas se habían calcificado de manera incorrecta y Connor tuvo que romperlas otra vez para iniciar una sanación apropiada.
Darius y Dagda lo ayudaron a sostenerla pero aun así Sakti logró patearlo en la entrepierna. Connor no se lo tomó a mal. Ella no era la primera ni la última paciente que le asestaría un golpe por acto reflejo al dolor. «Debí dejar que los aprendices se encargaran de los demás. Desde el principio debí ayudar a Allena», pensó mientras salía de casa rumbo al hospital. Había cabeceado un poco después de atender a Sakti pero estaba intranquilo con tanta gente hospitalizada. Airgetlam se había quedado en el hospital para poner orden si era necesario y sus dos aprendices a médico prometieron que se quedarían para atender otras emergencias. Él les tenía confianza a su hermano y a los aprendices pero le gustaba tener el control absoluto de situaciones como esa. No obstante, sabía que tenía que aprender a dejar ir. Tenía que permitir que sus estudiantes atendieran casos por su cuenta, tal y como su maestro se lo había permitido a él. De lo contrario no aprenderían nada. «Y Kehari se quedaría sin doctor preparado cuando yo me vaya». Lejos de casa, esos pensamientos rondaban libres con más frecuencia.
Además de los heridos, la tormenta había dejado barriales alrededor del pueblo aunque las calles adoquinadas –otro signo de la prosperidad de Kehari– apenas tenían algunos charcos. A uno y otro lado Connor vio restos de techado y pueblerinos que evaluaban los daños de las tejas y las ventanas. El doctor se identificó con sus vecinos, porque las ventanas de su casa y negocios también estaban rotas y el tejado de una de sus casonas se había levantado por los aires. Darius, los gemelos y Drake tendrían que subir a repararlo. La tormenta también había dejado un olor a ozono en el ambiente. A Connor le pareció muy fresco aunque se mareó un poco por todo ese aire limpio que le entró directo al cerebro en una sola bocanada.
En la última época de gripe el hospital olió a ungüento y jarabe para la tos. Connor imaginó que después de anoche allí olería a sangre. Sin embargo, en el hospital también flotaba el aroma de la tormenta y a Connor le pareció muchísimo más agradable. La mayoría de los pacientes ya se había ido a sus casas, pero los más graves dormían aún en las habitaciones que el maestro de Connor había preparado él mismo para ese fin. A veces todavía escuchaba al viejo doctor.
—Te enseñaré mi arte a cambio de una condición —le había dicho su maestro hacía incontables años, cuando Connor apenas era un cachorrillo que ignoraba el paradero de sus padres biológicos—. Atenderás a todos por igual. Aesirianos, vanirianos y humanos.
En aquel entonces Connor no entendió lo difícil que había sido para el anciano curandero poner esa condición cuando él mismo tenía problemas para atender a otros que no fueran aesirianos. Pero se había esforzado por ser justo e imparcial. Al final de su vida había educado a un doctor todavía más justo y desinteresado y había fundado un hospital humilde que admitía a todos los pacientes por igual. Cuando a Connor le llegó el turno de tener aprendices, él también les puso condiciones. A la de su maestro agregó otra:
—Cuando estén listos, se marcharán de Kehari y le enseñarán a otros todo lo que les he enseñado. Así nadie, en donde quiera que esté, sufrirá sin que alguno de nosotros le pueda ayudar.
Sabía que Kylma, el aprendiz mayor, tenía familia en el norte y que planeaba ir allí apenas terminara de prepararse con Connor. El otro aprendiz, Finn, quizá se quedaría en Kehari pero a Connor no le importaba. Porque si Finn se quedaba entonces él podía marcharse con menos remordimiento.
Paseó por los pasillos en silencio, como un fantasma. Pronto se dio cuenta de que no tuvo que preocuparse de nada, porque Airgetlam, Kylma y Finn se habían hecho cargo de todo. Se le ocurrió que podía regresar a casa para revisar el vendaje de Drake y asegurarse de que Sakti no tuviera dolor. Pero su curiosidad lo hizo avanzar hacia la habitación del fondo, la que destinaba a pacientes moribundos o con alguna enfermedad contagiosa. Tras cerrar la puerta miró la única cama ocupada. Las sábanas blancas aún olían a detergente aunque Connor también pilló el tenue aroma de la sangre. Airgetlam había cubierto la ventana con una cortina gruesa para que el viento no la levantara, pero el doctor la corrió para que el aire limpio entrara. Luego se acercó a la cama.
Uno de los aprendices lo había bañado; tras quitarle las capas de barro y suciedad, había dejado nada más que a un chiquillo. El cachorro no le pareció una amenaza ni de lejos. No era muy musculoso, pero estaba en forma. Le faltaba comer un poco más de carne pero tenía buen color de piel. Era sano, con excepción de la herida que Sakti le había hecho. Connor supo que el chico sanaría mucho antes que la princesa.
Se inclinó sobre él para hacer la revisión de rutina. Al instante el paciente abrió los ojos, estiró una mano y agarró a Connor del hombro. Tenía fuerza, eso era seguro, pero tenía puntadas en el pecho y el doctor sí comía suficientes porciones de carne y tenía buen tono muscular. Con un padre que era excelente espadachín, dos hermanos mayores que eran Generales, otro hermano que era un sicario y unas tías que no necesitaban de nadie para romper las caras de los clientes atrevidos, Connor sabía defenderse. Apartó la mano con un golpe, se lanzó a la cama y rodeó con las piernas al paciente para inmovilizarlo. Le sujetó los brazos y esperó a que se calmara.
—No te preocupes, te soltaré apenas te relajes. Estás herido así que tienes que prometer que no te moverás. No quiero darte más puntadas si podemos evitarlo.
Cuando el muchacho se calmó Connor dio su aprobación con un asentamiento de cabeza, aunque supo que el otro no podría verlo. Le había revisado las pupilas poco antes de coserlo y sabía que era ciego.
—La chica que estaba conmigo... —murmuró el paciente.
—No te preocupes, no te lastimará más —le aseguró el doctor mientras se apartaba—. Está lejos de aquí.
—¡¿Lejos?! —gritó el muchacho. Se sentó de un salto, aunque al instante se contrajo del dolor. Connor lo iba a regañar por testarudo, pero el paciente continuó—. ¿Cómo que lejos? Pero... pero... ¡me tomó toda la vida encontrarla! ¡No puedo perderla ahora!
Connor levantó la ceja. Todos los aesirianos sabían que el Tercer y el Primer Dragón estaban prometidos en la Profecía, pero después de lo que vio anoche creyó que este muchacho estaría agradecido de estar lejos de Sakti. «No puede ser tan masoquista como para querer estar con Allena incluso después de que casi lo matara, ¿verdad?».
—¿Por qué quieres estar con ella? —le preguntó con cautela. El muchacho ciego sonrió. Su expresión denotaba un carácter reservado pero cuando habló lo hizo con naturalidad y alegría, como si conociera a Connor desde siempre.
—¡Porque he soñado con ella toda mi vida! Nos he visto caminar juntos de la mano. Ella ha corrido hacia mis brazos en una habitación de hielo y agua. Me ha amado y me ha besado aunque el Infierno ha ardido alrededor nuestro. ¿Cómo no voy a querer estar con ella?
Connor alzó la otra ceja. Los ciegos de nacimiento no soñaban con imágenes. Pero cuando le preguntó a qué edad perdió la vista, el muchacho le dijo que había nacido ciego. Torció el rostro hacia la ventana, de donde le llegó la calidez del sol y la frescura de la brisa.
—He visto su cara infinidad de veces —dijo con voz suave, como si le hablara a un sueño que estuviese a punto de esfumarse—. Sus ojos y su cabello grises, como las nubes de tormenta. Su expresión seria y cruel. Pero también... —El muchacho agitó la cabeza—. Aunque siempre supe que la reconocería por su voz. En mi sueño ella canta.
«¿Quién? ¿Allena?». Connor nunca la había oído cantar. Ni siquiera la había escuchado tararear.
—¿Puedo verla, por favor? —pidió el paciente—. Bueno, no como tú la ves sino como yo la veo. Por favor.
Connor lo meditó. Sakti claramente no tenía intenciones de verlo pero el chico era interesante. Un ciego que podía ver en sueños.
—Creo que ella no quiere verte. Te hirió.
La sonrisa del muchacho se desvaneció. Se llevó la mano al pecho y recorrió la cortada con la punta de los dedos, a pesar del vendaje. No pareció triste ni contrariado, pero sí meditabundo.
—A veces tengo la impresión de que le he hecho daño —admitió—. No recuerdo cómo pero sé que le debo una disculpa. Él me lo dijo.
—¿Quién?
Connor creyó que el muchacho le hablaría de Adad, el sujeto que estaba con Sakti e impidió que ella lo matara. Pero el Tercer Dragón ladeó la cabeza y sonrió otra vez. Connor sintió escalofríos aunque no de miedo, sino de reconocimiento.
—La misma persona que me habló de ti. No sé su nombre pero antes de despertar me dijo que tú estarías conmigo y que podía confiar en ti, porque él ya confía en ti.
Un ciego que podía ver en sueños. Un ciego con algún poder de premonición. ¡Claro que era interesante! Más aún porque Connor tenía una sospecha de quién era esa otra persona misteriosa que su paciente había visto en sueños.
—Descríbemelo.
—Es rubio, con ojos de color del cielo y una sonrisa que...
—... hace cosquillas —lo interrumpió Connor. Luego sonrió—. Hola, Alucinación. Yo pensé que ya no volverías por aquí.
—Ah, él también dijo algo al respecto —apuntó el Tercer Dragón, muy serio—. Dijo que no lo llames «Alucinación».
Connor soltó la primera carcajada del día.

****

Alguien estaba junto a su puerta. Sakti se sobresaltó pero no pudo moverse porque el dolor y el sedante de Connor la tenían inmovilizada. Aun así pudo abrir los ojos y mirar a la visitante. La luz reflejaba una cabellera verde y una expresión fastidiada. Cuando Miriam vio que Sakti estaba despierta se alejó por el pasillo.
La princesa guardó silencio aunque justo a su lado Darius pataleaba con suavidad. A lo mejor estaba persiguiendo a un conejo o nadando en la Península. Sakti lo envidió porque ella no podía soñar. Su último sueño fue en el desierto, después de cortarse el brazo izquierdo y fusionarse. A partir de entonces, cuando cerraba los ojos, no veía más que tinieblas. A veces era una ventaja, porque sus preocupaciones no la perseguían en pesadillas y podía dormir como un leño. Pero de vez en cuando ansiaba con desesperación un sueño alegre que le calentara el corazón. Y siempre despertaba con la triste sensación de que para ella dormir y morir eran lo mismo. «Cuando me muera», pensó, «no iré a ninguna parte. Solo me sumergiré en tinieblas. Ni siquiera soy lo bastante buena como para ir al Infierno donde Miriam quiere que acabe».
Sabía que no le caía bien a la cuñada de Darius. En su primera estadía creyó que Miriam le resentía todavía cómo le sacó a Garrow la identidad de su esposa vaniriana. Pero luego reparó en las miradas ansiosas que Miriam le daba a Darius. Eran parecidas a las que las sirvientas de la casita del lago le hacían al mestizo, pero mucho más fervientes. A Sakti le había hecho gracia, no por la desesperación de Miriam sino por la de Darius.
A él simplemente no se le daban bien esas cosas. Se quejaba de que los gemelos se comportaban todavía como chiquillos traviesos aunque él mismo parecía un niño tímido cuando se cruzaba con Miriam. Y si a eso le agregaba que la peli-verde no se andaba con rodeos, se armaba el caos. Con un roce, Darius saltaba. Con una sonrisa, él apartaba la mirada. Ante la perspectiva de quedarse solos, el mestizo huía. Y si Sakti estaba cerca, él se escudaba detrás de ella. Por supuesto que Miriam terminaría detestándola porque, literalmente, la princesa se interponía entre ella y el profeta. Miriam debía de darse cuenta de que Sakti no tenía intención de intervenir ni interés en Darius, pero no importaba. De igual forma Sakti ocupaba un lugar que Miriam anhelaba. Estaba al lado de Darius. Era su confidente, su favorita, la única mujer además de Zoe a la que no le apartaba la mirada.
Y aunque Sakti no tenía ningún interés romántico por Darius, tampoco quería que Miriam la apartara. Él era su amigo. Podía compartirlo siempre y cuando no le quitaran el sitio que ella se había hecho después de tantas aventuras y tristezas junto al mestizo. Pero año tras año, visita tras visita, el miedo se abrió un hueco en ella. A Darius se le daban fatal los rituales de seducción, pero Miriam era tenaz y se estaba abriendo espacio en la cabezota densa del profeta. Sakti lo sabía porque Darius evitaba con más ahínco a Miriam.
—Si no actúas pronto ella va a perder el interés —le había dicho Sakti en su última visita al pueblo.
No tuvo que decir nombres porque Darius supo a quién se refería. El comentario tomó desprevenido al mestizo y lo hizo escupir parte del té y atragantarse con el resto. Connor se había asomado desde la cocina y le palmó la espalda para que respirara de nuevo. Luego se marchó, creyendo que su papá estaba sonrojado por la tos. Pero Sakti sabía más.
—Es complicado —susurró Darius—. Es la hermana de mi esposa.
—¿Y?
—No estaría bien. Aún no.
A Sakti le parecía que todos en la familia estarían bien con ese cambio. Garrow y las muchachas habían superado la muerte de Njord y habían soltado en varias ocasiones que les gustaría cuidar a más hijos del mestizo. Los gemelos, Vash, Kel y Drake tenían una apuesta sobre quién se rendiría primero: ¿Miriam o Darius? Y Zoe, que era la niñita de papá por excelencia, había aceptado que si su padre iba a retomar su vida sería bueno que lo hiciera con alguien que no lo apartara de Kehari y la familia.
Comprender eso le había hecho una úlcera en el estómago a Sakti. Si la familia de su amigo lo aprobaba, y el mismo Darius había empezado a considerarlo, ella no podía ponerse de por medio. Tenía que apoyarlo. A fin de cuentas, era por su bien.
—No esperes hasta que sea demasiado tarde —lo aconsejó. Darius giró los ojos y sonrió.
—Podrá esperar un poco más.
—¿Un año? ¿Dos? ¿20? Creo que eres fantástico. Pero nadie puede esperar por tanto tiempo, ni siquiera por alguien como tú.
Pero Darius, bendito sea, había esperado más. Por eso estaba acurrucado en la cama de su amiga enferma en lugar de su propia cama o en la de Miriam. Y Miriam, bendita también, todavía esperaba. Sakti estaba tentada a unirse a la apuesta de los gemelos con un tiquete que dijera «Ni él da un paso adelante ni ella uno atrás, y esto sigue por siempre jamás». De seguro que ganaba.
A su lado, Darius al fin atrapó el conejo.

****

Connor le había hecho un vendaje en ocho y se lo cambiaba dos veces al día. Como no tenía brazo izquierdo, el vendaje corría riesgo de aflojarse. Y si se aflojaba, Connor estaba de inmediato junto a ella para socarlo de nuevo. Sakti no era llorona pero sabía lo que significaba el dolor. Sabía lo que significaban las fracturas ardientes como hielo que la estremecían con la caída de cada tormenta.
No volvería a coger una espada.
Gracias a Connor podría mover otra vez el brazo y los dedos, pero había esperado muchos días para recibir tratamiento. Se había transformado antes de tiempo. Aunque las fracturas sanaran bien nunca recuperaría toda la fuerza. Y, lo peor, tampoco podría levantar el brazo con soltura. Sus movimientos serían siempre limitados.
Así, pues, nunca volvería a coger una espada. «Y una vez, hace mucho tiempo, fui heroína de guerra», pensó de mala gana. La idea de que Darius y los gemelos pudieran derrotarla en un duelo amistoso la hacía sentirse mal.
Adad la había ignorado. De vez en cuando lo veía en la casona, de paso hacia su habitación o a cenar. Iba con el pelo teñido de negro y, a veces, con capas de maquillaje para cubrirse las marcas de la Profecía. La sorprendía que tomara ese cuidado, porque aunque al príncipe le gustaba evitar los pueblos no se preocupaba en ocultar su identidad. Claramente se disfrazaba ahora para no traer sospechas ni problemas a la familia de profetas.
Ella no extrañaba a su hermano porque tenía a Darius. El mestizo había descuidado un poco a Garrow para estar con ella, pero el anciano se lo tomaba bien y a Sakti le caía aún mejor. Aunque siempre apretaba los dientes cuando Connor le cambiaba el vendaje y el frío se le metía en los huesos, Darius sabía que estaba adolorida. Le daba frazadas calentadas junto a la hoguera para aliviarla y la alimentaba como si fuera un pajarillo con el ala rota. No la dejaba por su cuenta más de diez minutos al día. Antes y después de la fusión Sakti disfrutaba estar sola, por lo que creyó que los cuidados constantes de Darius terminarían hartándola. Pero no fue así. Sakti no lo supo al principio, pero Darius lo notó en el primer momento: ella no quería estar sola.
Fue al cuarto día cuando Connor accedió a que la princesa se levantara y anduviera por la casa. Zoe estuvo mucho más entusiasmada por esa idea que la misma Sakti. Le cortó el pelo por debajo de los hombros y lo tiñó como a Adad; luego le ajustó uno de sus vestidos y le tomó medidas para encargarle otros dos. A pesar de la fusión, Sakti recordaba que Zoe siempre la peinaba y la vestía como si fuera su muñeca a tamaño real. Después de tanto tiempo, eso no había cambiado.
Ese día coincidió con la despedida de Airgetlam.
Kehari no tenía cristalería así que los pueblerinos tuvieron que encargar ventanas en las villas vecinas. Los gemelos habían trabajado en las ventanas más importantes del hospital y el hostal, pero todavía faltaban cristales para muchas habitaciones y para La Taberna. Si había algo más tedioso que evitar que el agua y el frío entraran a una habitación, era viajar en época de tormentas. Pero a Airgetlam no le importaba. Por el contrario, estaba encantado de ir a Xadiz.
Aunque ese pueblo quedaba lejos en comparación con otros, las ventanas allí saldrían a mejor precio (Lea no había criado a un comerciante tonto). El cristalero de Xadiz tenía muy buena relación con el curandero/tabernero de Kehari. Faltaba menos. Después de todo, la hija del cristalero era la novia del hermano mayor de Connor.
Sakti no comentó nada al respecto, aunque supo que Darius estaba algo nostálgico. Ella misma sentía un hormigueo en las puntas de los dedos al imaginar que quizá esa chica en Xadiz se iría a vivir a Kehari para ser la madre de los hijos de Airgetlam. O a lo mejor sería Airgetlam el que se iría a vivir a Xadiz. Al ver a ese muchachote tan contento y seguro de sí mismo mientras ajustaba la clavija maestra de la carreta, Sakti supo que faltaba poco para que una de las dos cosas sucediera. Si no era esa chica de Xadiz, sería otra en cualquier parte del mundo. Airgetlam era lo bastante interesante y fuerte como para llamar la atención de una familia con chicas en edad casadera. Y, a diferencia de su padre, a él no se le daba mal el cortejo. O por lo menos no tan terriblemente mal como a Darius.
Airgetlam se despidió de todos con un abrazo. Cuando llegó a Sakti le sonrió con malicia y cruzó los brazos sobre el pecho. Ella supo que le estaba echando en cara lo alto y fuerte que se había hecho, mientras ella había dejado de crecer aun antes de su primera transformación. Sakti estaba segura de que no había crecido mucho porque no comió lo suficiente cuando era niña. En cambio Airgetlam y sus hermanos siempre estuvieron bien alimentados y tenían sangre Tonare. Aún no habían alcanzado la talla de Enlil, pero lo harían. Hasta la misma Zoe era ya más alta que sus tías como por cabeza y media. A Sakti le sacaba dos cabezas de ventaja.
Si no tuviera la clavícula rota, Sakti le habría dado un puñetazo en el estómago a Airgetlam para sacarle el aire y borrarle esa sonrisita de superioridad. Era humillante que un niño al que ella le había limpiado los mocos pudiera echársela ahora sobre los hombros sin ni siquiera resentir el peso adicional.
—¿Podrás solo con la carreta? —le preguntó. Airgetlam giró los ojos.
—Claro. Además, no estaré solo. Voy con una comitiva que también necesita ventanas.
Sakti había visto las carretas de otros pueblerinos y sabía que Airgetlam podría controlar los caballos. Incluso defenderse si en el camino caía en una emboscada. Pero siempre lo había visto al lado de Dagda. Para ella, uno no existía sin el otro. Pero Dagda se quedaría en Kehari una semana más para trabajar en los tramos de techo y las goteras que aún quedaban pendientes de reparar. Después iría por su cuenta a Xadiz para ayudar a su hermano a transportar un paquete tan frágil.
—Te preparé la especialidad de la casa para el camino. —Connor señaló la canasta que había puesto sobre el asiento del conductor—. También hay carne de conejo en conserva para que comas mañana. Y esta vez por favor recuerda cocinarla. No voy a ir a medio camino de Xadiz solo para darte infusión y masajearte la barriga.
—... ¿Por qué me tratas como si fuera un niño? —preguntó Airgetlam con una mueca indignada. Connor lo miró como si fuera tonto—. ¿Por qué me trata como si fuera un niño? —preguntó a los demás, pero solo Dagda levantó los hombros en simpatía. Los demás pusieron la misma expresión de Connor.
Cuando la carreta de Airgetlam se unió a la caravana y marchó por la calle principal, todos supieron que enfrentarían unos días inusualmente callados. Aún tenían al torbellino de Dagda, pero un gemelo se comportaba mejor cuando estaba solo.

****

A pesar de la ansiedad y la expectativa de visitar Xadiz, la lluvia le había estropeado el humor. Darius mantenía las carretas de la familia en muy buen estado pero no todos en Kehari tenían tiempo o los ingresos para restaurar un vehículo. El temporal había hecho barriales catastróficos, había provocado deslizamientos y había incendiado árboles con los relámpagos. Varias carretas se habían quedado atascadas en el barro y algunas tenían aros rotos por los saltos inestables del camino. La de Airgetlam no se había roto pero él se había bajado para empujar las de sus vecinos o reparar las ruedas que se habían estropeado. Estaba calado y seguro de que Connor tendría que darle mil sopas y medicinas para salvarlo de una pulmonía.
En dos ocasiones la caravana vio el impacto de un relámpago sobre los árboles. Estuvieron lejos del primero de ellos y la escena hasta les resultó hermosa. Fue uno de esos momentos de revelación en donde el mundo se mostraba poderoso y magnífico de las maneras más sencillas posibles. Pero la segunda vez estuvieron demasiado cerca. Airgetlam sintió venir el relámpago. Los vellos de la nuca, brazos y piernas se le pusieron de punta rápida y dolorosamente. Sostuvo las riendas tan fuerte y rápido como pudo, igual que sus compañeros de viaje, pero fue inútil. La luz los dejó ciegos. El trueno retumbó como la erupción de un volcán. Los caballos se levantaron sobre las patas traseras a la vez, espantados, horrorizados. Dos jinetes cayeron en los charcos. Dos carretas chocaron en lados contrarios cuando los caballos intentaron escapar por rutas distintas. Y por un terrible y eterno segundo pareció que otro relámpago caería sobre la caravana.
Pero el relámpago nunca llegó –o sí lo hizo, pero lejos, muy lejos– y Airgetlam expandió su percepción telepática para lanzar una onda de calma a los caballos. No fue lo bastante veloz para salvar a uno de los jinetes caídos, pues su corcel lo pisoteó y le rompió la pierna. Pero la silenciosa intervención de Airgetlam evitó que los caballos se escaparan y les permitió a todos terminar el viaje lo más pronto posible.
—Esto no me gusta —comentó Aldith, el trampero de Kehari por el que babeada Frey, la tía de Airgetlam—. Estas tormentas no son normales.
—¿Serán de castillos? —se animó el hijo del lechero entre los balidos que salían de su carreta. Airgetlam no sabía qué se le había metido en la cabeza para hacer el viaje con sus cabras en tan mala época.
Todos miraron el cielo, tapizado con nubes oscuras, y luego miraron al gemelo. En Kehari creían que él y su familia venían del Oeste, escapando de las invasiones vanirianas. Hace unos días él creyó que la tormenta era cosa de Adad, pues la tempestad había empeorado cuando el príncipe llego a Kehari. Pero ahora no estaba tan seguro. ¿Podía Adad mantener una tormenta en su forma aesiriana? Y, si así era, ¿por qué lo hacía? Airgetlam levantó los hombros.
—Las tormentas de los castillos vanirianos son malas, pero no tan malas. Además, sus relámpagos son rojos y estos no.
—Esto no me gusta nada —repitió el trampero—. Esta tormenta me da la misma impresión de la luna roja. —Se estremeció—. Como si viniera el fin. No me gusta.
Todos asintieron, hasta Airgetlam, porque esas palabras tan sencillas resumían muy bien lo que sentía. Él no había visto la luna de sangre porque las nubes habían sido densas. Además, aquella noche le tocó dormir temprano para el turno de la mañana en La Taberna. Pero en sueños sintió la luna. Tuvo pesadillas sudorosas en donde se ahogaba en un lago plateado que se teñía de carmesí, porque una plumilla gigante desangraba a un dragón de escamas de madreperla. Despertó con nauseas. Su familia también tuvo pesadillas pero apenas podían recordarlas. Dagda había soñado que una mujer de sangre lo perseguía en la luna. Darius no dijo nada, pero Airgetlam sospechaba que soñó con Fenran otra vez. El único que no había soñado nada fue Connor, seguro porque era tan bueno que hasta la luna carmesí le dio pase libre de pesadillas.
Pero Zoe... Ella fue la que tuvo peor noche. Airgetlam lo vio en su cara. En la palidez de sus labios, en los ojos irritados y en las ojeras purpúreas. Cuando la enfrentó para que dijera lo que había soñado, ella simplemente levantó los hombros y dijo que era inevitable. Inevitable. Luego se marchó a hacer lo suyo y recuperó su alegría usual como si nada.
Inevitable.
Airgetlam se preguntó si debajo de esas nubes oscuras había un ojo semi-cerrado inyectado en sangre. Recordó la maña de Sigfrid de ocultarse durante las lunas llenas y se preguntó si el General había tenido pesadillas durante aquella noche. A lo mejor no. Sigfrid apenas dormía.
Cuando al fin vieron la silueta de Xadiz, todos soltaron un suspiro ignorante de alivio. Se acercaron al pueblo envueltos en la oscuridad, alumbrados solo por las pocas lámparas de cristal que habían sobrevivido a tan escabroso viaje. Los faroles de Xadiz estaban apagados por el aguacero así que Airgetlam no sospechó de la poca luz del pueblo. Solo unas ventanas alumbraban como ojos somnolientos.
No vieron la fila de hombres armados que custodiaban al pueblo sino hasta que ya estaban frente a ellos. A pesar de que el equivalente a un mar caía en goterones incesantes, la boca de Airgetlam se secó. «Soldados. Dios. Soldados». El estómago se le contrajo cuando vio que eran ocho hombres con armaduras azules de pecho y hombro derecho. Estuvo a punto de bajarse de la carreta y echar a correr, pero uno de los panaderos de Kehari se le adelantó. Se llamaba Oryon. Era un hombre simpático. Su esposa hacía el pan de mantequilla más rico que Airgetlam había probado jamás.
Y era un grolien.
Un soldado levantó el brazo. Su mano se contrajo como una garra. Los goterones vibraron en el aire, se unieron y formaron una réplica de agua de la mano del oficial, que se lanzó como un látigo hacia Oryon. Airgetlam se estremeció cuando escuchó el golpe. Sin necesidad de voltearse supo que la garra había atravesado el pecho del panadero. Lentamente, el brazo de lluvia arrastró el cuerpo hasta llevarlo a los pies del soldado. Airgetlam no se atrevió a verlo.
—¿Hay algún otro vaniriano entre ustedes?
Airgetlam apretó los labios. Todos en la caravana lo conocían. Sabían que vivía con Kel y Vash. Joder, ¡hasta lo habían oído llamarlos hermanito y tío! Bastaba una mirada. Bastaba que alguno lo señalara con el dedo. Eso sería suficiente para que su cadáver le hiciera compañía a Oryon.
—No, señor —respondió Aldith.
—¿Por qué viajaban con él?
Airgetlam apretó también los ojos. Supo que la lluvia se convertía en lanzas de hielo. Una mala respuesta y todos serían empalados.
—Porque somos sus vecinos —siguió el trampero. Airgetlam no podía creer que tuviera la voz tan firme—. Hacía un buen pan.
En su carreta, el hijo del lechero abrazó una de sus cabras. Airgetlam estaba seguro de que lloraba. Los soldados guardaron silencio. Más y más lanzas de hielo se unían a las primeras.
—Lo preguntaré de nuevo. ¿Hay algún otro vaniriano entre ustedes?
—¿De verdad eso haría una diferencia?
Airgetlam no supo de dónde obtenía Aldith su valor, ¡pero joder! Si salían vivos de esa iba a hacer hasta lo imposible para ayudar a Frey a conquistarlo. ¡El tipo era una joya!
Las lanzas de hielo tomaron impulso y... cayeron deshechas con un chapoteo. El Escuadrón Mare no se carcajeó pero sus tímidas sonrisas fueron burla suficiente.
—Adelante. Todos los aesirianos son bienvenidos a las villas y ciudades aesirianas.
Aldith entró sin titubear y Airgetlam lo siguió. No podía quedarse ni un segundo más delante del Escuadrón, listo para que reconocieran su rostro. Cuando fue nombrado General en Masca todos los Escuadrones y equipos de élite los conocieron a él y a Dagda. Fue una actividad de protocolo para que los oficiales de máxima categoría conocieran a sus próximos jefes, aunque los gemelos supusieron que también era para que conocieran a los chicos que debían vigilar en los próximos años.
Por suerte el Escuadrón Mare era el que menos visitaba Masca y el que menos contacto tuvo con los Generales gemelos. Puede que incluso ninguno de esos soldados hubiese formado parte del Escuadrón cuando Airgetlam fue presentado. Aunque los Escuadrones de los Elementos solían tener ocho oficiales, sus números variaban de misión en misión.
Cuando ya habían recorrido un buen trecho, el hijo del lechero jadeó y apretó su cabra, que baló adolorida. Airgetlam miró la cara asustada del muchacho y siguió su mirada: en el centro del pueblo había una tarima. En lo alto había una viga, de la cual pendían diecisiete cuerdas enrolladas alrededor del cuello de diecisiete personas. A algunas Airgetlam solo las había visto a lo lejos, pero a otras las conocía mejor. Reconoció al herrero que le había arreglado los cascos a su caballo en la última estadía en Xadiz. A la costurera que le había propuesto encargarse de su traje de novio si se comprometía. Al niño que Kel había levantado sobre los hombros para saber lo que vería desde lo alto cuando se convirtiera en un adulto. Groliens, arpías y ordinarios pendían descalzos y empapados. Incluso había un kredoa también. La lluvia formaba caminos sobre sus cuerpos y caía a la tarima, gota a gota, desde las puntas de los dedos.
Airgetlam jadeó. El Escuadrón Mare no había ejecutado a todos los vanirianos de Xadiz, así que los demás escaparon o estaban escondidos con sus vecinos. Y cuando el Escuadrón los encontrara, los subirían a la tarima junto a los aesirianos traidores que se atrevieron a socorrerlos. Supuso que eso fue lo que le pasó a Isma, que estaba al lado del niño grolien. Por los cardenales, Airgetlam supo que a su cuñado le habían roto las articulaciones antes de morir. Tenía úlceras en el costado y la cara. Lo habían quemado con un punzón ardiente.
El corazón le martilló los oídos. No le importó el aguacero. Solo quería dar media vuelta y enfrentarse a todas las tormentas y relámpagos que fueran necesarios con tal de regresar a casa. Pero supo que sería imposible. El Escuadrón Mare no lo dejaría marchar. Los soldados guardaban el perímetro para que nadie entrara ni saliera. Todos allí estaban atrapados. Pensó en Dagda. Su hermano vendría solo. No podría mezclarse con una caravana para pasar desapercibido. El Escuadrón podría reconocerlo y si Dagda intentaba escapar, terminaría igual que Oryon.
La caravana se disipó. La relación entre Kehari y Xadiz era buena, así que todos tenían amigos que los recibirían. Pero mientras cada uno iba por su lado, Airgetlam los notó distraídos. En negación. Tenían cara de estar en una pesadilla. Él se sentía así. Finalmente llegó a la caballeriza de su suegro. En otras ocasiones Isma y Ralo lo ayudaron a desmontar, pero supo que nadie vendría a ayudarlo ahora. Hasta el caballo sentía el miedo que flotaba en cada goterón que caía sobre Xadiz. Cuando al fin terminó de desempacar y se plantó delante de la puerta del cristalero, Airgetlam creyó que nadie le abriría. Se resignó a dormir en la carreta.
Pero la puerta se abrió de repente y Riza saltó directo a sus brazos. Airgetlam quiso apartarla para verle la cara, porque tenía un ojo morado. Pero supo que el gesto le dolería. Recién había perdido a un hermano y ahora necesitaba consuelo.
—Lo lamento —le dijo. No se le ocurrió nada más.
Riza lloró sin tregua pero Ralo, que apenas tenía nueve años, apareció detrás de ella y los hizo pasar. Luego cerró la puerta y la trancó. Su sonrisa juguetona y chimuela había cambiado por una expresión sombría. Airgetlam vio que tenía un chichón con forma de huevo al lado de la oreja y que llevaba un abrigo de Isma puesto, quizá para sentir el calor y la protección de su hermano aunque Isma se había ido.
—Lo lamento —repitió, pero sus palabras se ahogaron con un nudo.
En la viga sobre la tarima había todavía espacio suficiente para otras veinte sogas. Airgetlam sospechó que si no hacía nada al respecto, al final de la semana Dagda pendería de una de ellas. Su pecho estaría atravesado y hueco por la garra de lluvia que lo habría atacado cuando intentara defenderse o entrar a la fuerza por su hermano mayor. En la oscuridad que los envolvía, Airgetlam supo que la paz de la zona neutra había llegado a su fin.

"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2015. Ángela Arias Molina
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