¡Sigue el blog!

Capítulo 25

25
BARRERA

El mundo era una niebla blanca. Aunque sus pies estaban firmemente apoyados, estaba seguro de que no había suelo ni cielo. Flotaba en la certeza de un mundo incierto.
Una silueta apareció delante de él, envuelta en una capucha de oscuridad que se agrandaba y empequeñecía con cada latido del corazón agónico. Connor sintió un revoltijo en el estómago, porque supo que era la Muerte. En cualquier momento el ayudante de Dios tomaría la forma de la persona que Connor más había querido. Le extendería la mano y el doctor tendría que estrechar sus dedos helados.
Aceptó su destino a pesar del retortijón en el vientre. No podía hacer nada al respecto, ¿verdad? Era un simple mortal y acababa de morir. Inspiró profundo para darse valor y buscó un pensamiento agradable para cruzar al otro lado. Lo que le vino a la mente fue la certeza de que aunque moría joven, su vida fue plena. En sus últimos meses superó la tristeza que lo carcomía en Kehari y fundó las bases de un campamento neutral en donde vivió de la manera más justa que podía imaginar. «Ojalá que no sea en vano. Ojalá que alguien lo retome después de mí». Al pensar en esto lo embargó la tristeza. Pensó que quizá Drake querría tomar su lugar, pero pensar en Drake le recordó a su familia y, sobre todo, a Darius. Oh, lo lamentaba tanto por él. Al final el miedo de su padre se había materializado. ¡Cuánto lamentaba causarle una nueva tristeza!
Un par de manos se posaron sobre sus hombros. Connor se encogió, anticipando el frío, pero descubrió que las manos eran tibias como un rayo de sol en primavera. A lo lejos, la figura encapuchada le dio la espalda y se perdió entre la niebla.
—No vendrá por ti todavía. Alguien ha tomado tu lugar.
Connor se giró al reconocer la voz. Llevaba años sin escucharla.
—¡Alucinación! ¿Qué haces aquí?
El fantasma que lo guio por las ruinas del desierto lo saludó ahora con una sonrisa. Iba también con una capucha, aunque la suya era blanca como la luna sana. En sus manos llevaba un farol cálido que disipaba la bruma.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No me llamo Alucinación.
Alucinación avanzó hacia la dirección tomada por la Muerte. Connor lo siguió en silencio aunque tenía muchas preguntas. Para empezar, ¿estaba muerto de verdad? Alucinación dijo que la Muerte todavía no vendría por él, pero Connor sentía la herida en el pecho. Recordaba el punzón ardiente que le atravesó el corazón. Se llevó la mano a la herida y la sacó empapada de sangre. Al mirar atrás vio que dejaba una estela de sangre que flotaba con la niebla.
¿Era acaso ese un sueño previo a la muerte? De ser así, era mejor de lo que esperaba. Aunque estaba confundido y algo asustado al verse la camisa empapada, se encontraba bien. Se pegó en la mejilla con la mano limpia para saber si le dolería, de la misma manera en que a veces se abofeteaba a sí mismo en las largas noches en vela cuando le tocaba atender pacientes. Sintió la suave cachetada y el contacto de su mano fría. Inspiró fuerte. El aire le entraba a los pulmones con normalidad. Nada había cambiado, excepto... Sí, excepto el corazón. Su pecho no se agitaba lentamente con ningún latido. Al llevarse la mano a la yugular no sintió ningún pulso.
—Hemos llegado —anunció Alucinación.
El muchacho rubio esperaba al lado de una puerta abierta en medio de la neblina. Del otro lado llegaban gritos contentos, conversaciones alegres, carcajadas, una brisa fría y la luz del atardecer. Connor vio los contornos de edificios y calles blanquecinas, adornados por los colores de las ropas y el cabello de los aesirianos. Era una ciudad. Era Masca.
—Eres especial —le dijo Alucinación—. La primera vez moriste antes de nacer. Tu madre acabó contigo aun antes de saber que te amaba. Te salvó del mundo que apagó su voz. Por eso ahora, en esta nueva historia, eres diferente a la mayoría. Por eso todos te siguen. En el fondo sienten la luz que irradia un alma que no sufrió en la primera versión escrita.
Connor lo miró sin entender. Alucinación también le habló con acertijos en las ruinas del desierto. Miró la puerta abierta, a las personas que se asomaban allí y la alegría que irradiaban.
—¿La primera versión? ¿Qué es eso? ¿Es esa? —preguntó mientras señalaba la puerta—. No parece un sitio donde la gente sufra.
—No, aquí hay un fragmento de la segunda versión, que es la que has vivido. No te puedo mostrar la primera versión porque enloquecerías. La realidad comenzaría a desdoblarse para ti. Aunque... —Alucinación se llevó una mano al mentón, pensativo—. Bueno, aunque tal vez tampoco te afecte tanto. Como no naciste la primera vez, no hay recuerdos rotos contigo. Quizá no te afectaría. Pero no me arriesgaré. No importa que seas especial, o que tengas las bendiciones de Anäel, Adad, Allena y la mía. Se te salvó de ese mundo la primera vez. No hay necesidad de que sufras lo mismo que los Tres Dragones. —Alucinación le señaló la puerta—. Adelante. Pasa.
—¿Por qué? —Connor dudó—. Yo ya estoy muerto. No puedo volver ahí. ¿O sí?
—No te preocupes. Nadie te verá. Es solo un recuerdo. Uno que no está roto. Estarás a salvo.
Connor avanzó hasta el filo de la puerta. Vio una calle aledaña a Palacio, justo frente a una entrada pública. Un par de guardas en armadura de plata flanqueaba la entrada, aunque el portón corredizo estaba abierto de par en par. En la plaza dentro de Palacio había peones que descargaban baúles con comida, cohetes y pólvora de las carretas. Se preparaban para una fiesta. Connor miró de nuevo a Alucinación, sin saber qué sucedía.
—¿Por qué quieres que vea esto?
Alucinación evadió la mirada. Se apoyó en la puerta y apretó el farol entre las manos.
—Porque sucedió. Fue real. Y porque quiero que alguien sepa por qué lo hice. Para que se lo diga a ella. Para que no tenga miedo de saltar también. —Miró a Connor con una súplica en los ojos—. Por favor.
El doctor cruzó la puerta. El cambio de un plano a otro fue como un soplido helado en la cara, veloz pero incómodo. Al mirar atrás vio que la puerta había desaparecido y con ella, Alucinación. Connor quedó en medio de los peones que entraban y salían de la plaza. Se hizo pequeño para no estorbarles, pero ninguno lo regañó por estar en medio del trabajo. No podían verlo.
Se preguntó qué debía hacer. Estaba en Masca, pero no era la ciudad que había conocido. Hasta donde sabía la Capital todavía no se recuperaba de los estragos de la invasión vaniriana y todavía había cuadras enteras con escombros de mármol. La escena que se desplegaba ante sus ojos era diferente. Los edificios cercanos estaban enteros; todos los magos, hasta los peones, tenían una sonrisa en la cara. «Es como si no supieran que todos los príncipes y el Emperador están ahora de guerra rumbo a Tyr. Es como si esto que veo sucediera antes de la invasión a Masca».
Un hombre alto y encapuchado pasó junto a él. Llevaba las riendas de un caballo blanco de seis patas. Connor lo reconoció: era Dereck Sunkel. El soldado se encaminó a otra figura encapuchada a un lado de la entrada, a la sombra del muro. Era pequeña, menuda y claramente mujer. Cuando Dereck la alcanzó, la figura se enderezó.
—¡Me tenías en ascuas! —se quejó con un murmullo—. ¿Por qué tardaste tanto?
—Porque me gusta hacer las cosas bien hechas o no hacerlas del todo —respondió Dereck mientras se levantaba la capucha para enseñar un guiño travieso—. Aquí está su caballo, Alteza. Prométame que irá con cuidado.
—Te lo prometo —respondió Sakti. Connor no podía asegurarlo porque la princesa llevaba capucha y no podía verle el rostro, pero juraría que hablaba con una sonrisa en los labios. Para estar más seguro se acercó a ellos.
—Mire que si se cae el último de sus problemas sería que se rompa un hueso. ¡Pasé horas peinándola! ¡Qué disgusto si se despeina!
—Sí, gracias. Tardaste bastante también con eso.
—¡Desde luego! —Dereck se llevó una mano al pecho, dramático—. ¡Es su cumpleaños! ¡Tiene que lucir su mejor cara!
Aunque se hacía el payaso, Dereck era el soldado número uno del ejército. Y como tal se dio cuenta de que llamó la atención de los guardas. Como con las capuchas nadie se daría cuenta de sus identidades, se tomó la libertad de sujetar a Sakti de la cintura y levantarla hasta que alcanzara la silla de montar. Sakti se acomodó con la gracia de una princesa guerrera. Por debajo de la capucha, Dereck y Connor le vieron una auténtica sonrisa.
—Gracias, Dereck. El tuyo es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido.
El Guardián esbozó una sonrisa agradecida y honesta que enterneció a Connor. «En este momento, Dereck es feliz. Se va a meter en un montón de problemas por ayudar a Allena a fugarse, pero no le importa. Es feliz».
Sakti espoleó el caballo y se abrió paso entre los peones. Un guarda intentó detenerla, no porque sospechara que se trataba de ella sino porque iba montada en un caballo de la Realeza. A lo mejor pensó que se lo estaba robando. Los peones se corrieron, intimidados por las seis patas del corcel, y Sakti escapó. Antes de que los guardas dieran la señal de alarma, Dereck se coló detrás de ellos y los detuvo. Connor no alcanzó a escuchar lo que el Guardián decía, pues él se marchó con la princesa. Fue como si tuviera una cuerda invisible atada a Sakti, que lo arrastraba detrás de ella. No le dolía ni corría peligro, aunque sí se mareaba al ver pasar a su lado las caras estupefactas de los transeúntes.
Escuchó la risa de Sakti. Fue el sonido más agradable que había escuchado jamás. Sintió cosquillas en el estómago y comezón en las manos. Había carretas, personas y más caballos en las calles, por lo que Sakti no podía avanzar a toda carrera, como era evidente que le gustaría. Pero iba contenta. Al verla de espaldas, montada en un caballo blanco y cubierta con una capucha con encajes de plata, a Connor ya no le pareció una nube de tormenta, como la callada y lúgubre Sakti que los visitaba en Kehari. Le pareció un espíritu, una hija de la luna, un Dragón destinado a traer alegría y salvación al mundo.
Sakti lo llevó por la avenida principal, cerca de templos, estatuas y mercados. Por todos lados Connor vio signos de la inminente fiesta. Toda Masca se ponía de gala para celebrar el cumpleaños del Primer Dragón, sin sospechar que ella cabalgaba entre ellos, escurridiza. Connor supo que en Palacio todavía no se daban cuenta de que se había escapado; pero cuando lo hicieran se agarrarían a pescozones y la buscarían por todos lados mientras fingían a la plebe que todo estaba bien. Se imaginaba la cara de frustración del Emperador ante la falta de respeto y protocolo de Sakti.
Al fin la princesa llegó a una enorme casa de techo rojo, flanqueada por muros. En lugar de detenerse en la entrada principal, Sakti cabalgó hasta una esquina, dobló y continuó hasta una entrada más humilde: la de servicio. Un guarda estaba enfrascado en una discusión con un mercader, que llevaba una carreta con víveres frescos para la casa. El otro guarda, en cambio, la dejó pasar con un leve asentimiento de cabeza. «Oh, Dereck lo compró», supo Connor al ver la sonrisa traviesa del guarda. ¿Conque Dereck rompía las reglas para mimar a Sakti, eh? Qué lindo detalle.
Adentro un mozo de cuadra la ayudó a desmontar y tomó al corcel por aparte. No hizo preguntas ni se entretuvo con Sakti. Dereck también compró su cooperación. Sakti entró a la casa, fijándose en cada esquina de que no hubiese más guardas ni sirvientes. Connor la siguió. Los pasillos se abrían ante él, majestuosos. Estaban hechos de mármol, como Palacio mismo. A los lados había jardines impresionantes, llenos de pétalos de colores que bailaban en espiral en el aire, cayendo desde los árboles hasta el césped, donde había más plantas. Había fuentes y riachuelos artificiales, en donde corrían pececillos de distintos colores. Connor estaba maravillado. ¡Nunca había visto jardines tan bonitos! «¿Esta casa es de Allena?», quiso saber. Seguro que Sakti, como princesa, tenía tierras propias. Aunque, pensándolo bien, ¿entraría ella a escondidas a su propia casa? Pero tampoco entraría a hurtadillas en donde no debía, ¿verdad?
Sakti alcanzó un nuevo pasillo y un nuevo jardín interno. Este tenía un pequeño estanque con patos. Alguien estaba sentado en un banco de piedra, delante del estanque, y lanzaba pan a las aves. Tras asegurarse de que no había nadie más cerca, Sakti saltó la baranda del pasillo con la gracia de una gata. Aterrizó en el césped en silencio y corrió de puntillas hasta el hombre.
—¡Amo! ¡Ya llegué! —anunció con alegría mientras lo abrazaba por detrás.
Sakti se separó un instante, justo para que el hombre se levantara del banco, se situara delante de ella, la agarrara de la cintura y comenzara a dar vueltas abrazado a ella.
—¡Feliz cumpleaños! —canturreó él con una sonrisa enorme—. ¡Feliz cumpleaños!
Con las vueltas, la capucha de Sakti cayó. El pelo lo llevaba recogido en una trenza lateral, adornado con horquillas en plata y diamantes negros. Pero lo que más resplandecía de ella era esa enorme sonrisa. Connor enrojeció. Hasta el momento había creído a pies juntillas que su hermana era la chica más bonita del mundo, ¡pero ahora tenía a una Sakti feliz al frente! «Lo siento, Zoe. Allena te gana hoy». Estaba seguro de que si se acercaba un poco más, Sakti lo quemaría con el calor de su alegría. Pero en cuanto miró al hombre que la hacía tan feliz, Connor se congeló.
El hombre era Alucinación.
—¡Le digo que está él solo! —gritó una mujer desde lejos—. Si la princesa hubiese venido, ¡la habríamos visto!
Sakti y Alucinación se detuvieron en seco.
—Oh, alguien burló a Dereck. —Sakti hizo un puchero.
Connor se preguntó qué pasaba. La escena lo divertía. ¿Acaso la princesa tenía un pasado que no había compartido con él ni con ningún otro profeta? ¿Un pasado que incluía escaparse de Palacio para encontrarse con un novio? Porque eso era lo que parecía. Sakti y Alucinación tenían toda la pinta de estar enamorados. Curioso como era, Connor empezó a imaginar una trágica historia de amor en la que Alucinación y Sakti solo podían verse a escondidas, porque les estaba prohibido quererse. Tenía sentido. Sakti era una princesa mascalina y Alucinación era... Connor lo miró mejor. Humano. Alucinación era humano. «Oh. ¡La trama se densa!». Estaba enganchado.
Alucinación se llevó un dedo a los labios para pedir silencio, mientras que con la mano libre tomaba a Sakti de la garra de Dragón. Lo hizo con suavidad y naturalidad, sin miedo a cortarse con las escamas o a que esa garra le rompiera los dedos.
—Ven. Sígueme.
Alucinación entró a un pasillo. Luego a otro, y otro, y otro. Ya no solo había jardines al aire libre, sino también salones, puertas cerradas a cal y canto y escalones. Alucinación, Sakti y Connor subieron de puntillas varios pisos, siempre a punto de que alguien los descubriera. En un momento pareció que los habían acorralado, pero Alucinación presionó un candil pegado a la pared. El retrato de un viejo General se corrió y descubrió un pasillo oculto, a dos metros por encima del suelo. Sakti saltó con los brazos estirados, se sostuvo al borde y se aupó por su cuenta. Luego se asomó y ayudó a Alucinación a subir. Como Connor estaba unido a la princesa, él también subió. El cuadro se corrió de nuevo y los dejó en la oscuridad. Escucharon los pasos apresurados de los guardas, que recién habían perdido el rastro de la princesa.
Alucinación volvió a pedir silencio, tomó la garra de Sakti y la condujo al interior del pasillo hasta llegar a una habitación oculta, iluminada por un vitral. El cuarto tenía dos pisos de altura. En la primera planta había colchones, almohadones y cobijas limpias. Unas gradas llevaban a una plataforma, en donde estaba el vitral. La parte inferior estaba compuesta por un círculo con vidrios de diferentes colores, que caían en la primera planta con chorros de luz. La parte superior, en cambio, era transparente. Ahí se veían las nubes, el atardecer y, más tarde, las estrellas.
—¿Desde hace cuánto encontró este sitio, amo Mark? —preguntó Sakti con una sonrisa traviesa.
En la mente de Connor resonaron las palabras del príncipe Kardan:

«Una vez tuve un amigo humano. A mi padre no le agradaba. Solía visitarlo en la mansión de tu abuelo. Mark sembraba jardines, yo lo miraba y Allena le servía té».

¿Era posible que Alucinación fuese el amigo Mark del que le habló el príncipe?
—Oh, desde hace unas semanas. A veces hasta yo me aburro de mis jardines, así que deambulo por la casa hasta que llegues del trabajo. —Mark le enseñó una mesita con cajas de bombones, dulces y una fuente de plata cubierta. Era obvio que ahí se escondía el pastel de cumpleaños—. Lo he estado abasteciendo.
Mark sonrió satisfecho consigo mismo. Reprimió el impulso de señalar cada pequeño detalle del cuarto, pero nada pasó desapercibido por Sakti o Connor. En el techo había serpentinas de colores; los colchones, almohadones y cobijas en el suelo despedían un agradable olor a detergente; en las esquinas había candelas aromáticas aún sin encender. En una pared había un cuadro abstracto con figuras de diversos colores; si se lo veía desde un ángulo parecía el retrato de un campo de flores; desde otro ángulo, parecía una familia de payasos; y desde otro ángulo parecía una constelación en un espacio de arcoíris.
Sakti sonrió, segura de que Mark recibió la ayuda de Dereck para preparar esa pequeña fiesta. El muchacho continuó:
—Sé que hoy había un baile en tu honor.
—No era la gran cosa. —Sakti levantó los hombros—. Nunca se anunció que yo asistiría. Creo que Su Majestad sabía que me escaparía. Ni siquiera me puso una escolta. O esperaba que me comportara bien por mi cuenta o tanto descuido es su regalo de cumpleaños. ¡Al fin un día entero sin él encima de mí!
—Ahí hay un violín —dijo Mark mientras señalaba un estuche, al pie de un estante—, pero me temo que no podremos escucharlo. Primero, porque no sé tocarlo. Y segundo, porque alguien podría oírnos e interrumpir tu cumpleaños. Así que... —Mark se aclaró la garganta. El rubor empezó a subirle desde el cuello, por lo que se apresuró a terminar antes de perder las agallas. Estiró una mano tímida a Sakti—... tendremos que imaginar la música mientras bailamos.
Ella sonrió. Fue una sonrisa ligera, dulce y tibia. Se llevó la mano al broche de la capucha, que todavía le cubría el vestido, y se la quitó. Connor reprimió una carcajada al ver la cara de Mark, pues el rubor conquistó su rostro. Mark luchó con todas sus fuerzas contra la sonrisa boba de sus labios. Sin éxito, por supuesto.
—¡Ah, vamos! —lo picó Connor—. ¡Eres peor que yo! ¡Eres peor que mi papá! Y eso ya es mucho decir.
Sakti tomó la mano de Mark, sin darle tiempo a que se recuperara. La princesa situó la otra mano del muchacho en su cintura y ella puso la garra sobre el hombro derecho de Mark. Sabía que lo había puesto nervioso, porque mantenía la sonrisa tibia y traviesa. Lo ayudó a recuperar algo de dignidad al guiar el baile en los primeros cinco pasos, hasta que Mark se recuperó y guio por su cuenta.
Mark tenía la vista pegada al suelo, tanto por la vergüenza como por el miedo a caerse. Al verlos, Connor supo que Mark no era un gran bailarín aunque Sakti sí que sabía bailar. La princesa se ajustó a su ritmo, sin tropezar ni pisarlo. Estaban tan coordinados que hasta el mismo Connor escuchó la música imaginaria de su baile.
—¿Está bien, amo? —preguntó Sakti con un susurro alegre.
—¿Eh? —Mark despegó la vista del suelo—. Claro, ¿por qué preguntas?
—Porque me recordó al día en que me invitó a la feria de atracciones que visitó Lahore. Se puso tan colorado que creí que se le iba a estallar la cabeza.
Connor se rio al ver que Mark se ponía rojo hasta las orejas. De verdad parecía que le estallaría la cabeza. ¡Sakti no tenía piedad a la hora de picar al pobre! Mark hizo un puchero y evadió la mirada, pero siguió bailando como si nada. Sakti sonreía y eso era lo importante. A la cumpleañera se le permitía de todo mientras estuviera contenta.
—¿Y aceptaste? —preguntó Mark, todavía sin mirarla—. Cuando te invité, ¿aceptaste?
—Usted es el amo. Era imposible que lo rechazara entonces.
Mark abrió la boca para decir algo pero la cerró con un chasquido. Aunque no la formuló, Connor leyó la pregunta en sus ojos: «¿Y ahora? ¿Ahora también aceptas mi invitación solo porque soy el amo?». Se preguntó entonces cuál era la verdadera naturaleza de la relación entre Sakti y Mark. A todas luces se querían. Estaban en sintonía el uno con el otro. Pero aun así había una barrera entre ambos que Connor acababa de notar. Mark se aseguraba de tener su rostro bien apartado del de Sakti, mientras que ella le hablaba sin mirarlo directamente a los ojos. No era vergüenza, sino precaución. Erigían esa barrera al propio, en especial Sakti. «Pero si ella la bajara», supo el doctor, «él también lo haría. Es lo que anhela. Si Allena se lo permitiera, él...». Le dolió terminar la idea. Ya no le parecía graciosa la escena del baile, sino dolorosa. Hasta Sakti, que sonreía, tenía una sombra de tristeza en los ojos porque ese momento tan precioso no se repetiría. Era peligroso.
—Gracias, amo —dijo la princesa mientras daba por terminado el baile—. Eso fue encantador.
Mark sonrió. La pena de hacía unos minutos se había desvanecido.
—De nada. Por cierto, me gusta tu vestido. Aunque... bueno...
—Es negro —concluyó ella por él—. Sé que no es muy festivo.
Connor entendía por qué Mark tuvo problemas antes al ver a Sakti sin la capucha: se veía como toda una princesa. Llevaba los hombros descubiertos y el cuello adornado por la cadena con el dije de plata que había sido de su madre. Las mangas y la falda eran largas, mientras que la cintura estaba bien definida por un juego de cintas de plata. Y como Dereck se había lucido con el peinado, el resultado era un cuadro más que bonito.
—Mis padres murieron en este día, así que celebro mi cumpleaños de negro.
—¿Te obligan al luto? —La voz de Mark reflejó la reprobación también de Connor. Debía de ser desagradable celebrar un año de vida con la sombra de la muerte de sus padres encima de ella.
—Nadie me obliga, pero es lo que se espera de mí.
Mark frunció los labios, descontento, aunque Sakti mantuvo el semblante relajado y contento. En verdad no le importaba ir de negro. Al final Mark decidió dejar el asunto pasar y señaló la mesa con comida.
—¿Primero el pastel o el regalo?
—Como usted desee, amo.
Sakti sonrió con una expresión que decía «Yo ya recibí mi regalo. El resto de este día será más de lo que habría deseado». A Connor le pareció encantadora. ¿Qué había pasado con esta Sakti feliz y llena de cariño? La princesa que él conocía era callada, fría y cruel; solo se ablandaba con los profetas. Pero la Sakti de Alucinación, de Mark, era dulce y cálida. Se le hizo un nudo en la garganta, porque supo que algo terrible sucedió entre ella y Mark, algo que la cambió para siempre. No quería averiguar qué.
Como no podían verlo, Connor se sentó entre ellos mientras comían y charlaban. Casi toda la conversación recayó en Mark. Aunque Sakti estaba contenta, se mantenía más callada que una persona normal. Aun así Connor la escuchó más de lo que nunca la había oído hablar. La oyó hacer comentarios graciosos y reír a veces tan fuerte que tuvo que callarse a sí misma para que los guardas no encontraran la habitación escondida.
Todavía quedaron bombones y pastel cuando Mark y Sakti se echaron en los colchones, con los estómagos hinchados de lo llenos que quedaron. Las candelas de la esquina prestaban su luz, pues la noche había caído. Mark se acostó de medio lado y ofreció su regalo de cumpleaños: un paquete envuelto en papel y cintas de colores. Al desenvolverlo, Sakti se encontró con una bufanda gris liliácea, con encajes y tejidos que parecían de fuego. La tela era suavecita y esponjosa, como si estuviera hecha de nubes de algodón. Al tomarla entre las manos, Sakti vio que los encajes y tejidos brillaban a la luz de la candela. Estaban hechos con hilos de oro.
—Es hermosa. ¡Me encanta!
—Eh... ¿E-entonces por qué te ve-ves triste? —tartamudeó Mark. Sakti tenía la frente fruncida y miraba la bufanda con ojos acuosos.
Ella se sentó sobresaltada al ver que el amo se había puesto un poco pálido, pero se relajó cuando vio que no estaba enfermo ni con indigestión. Solo estaba preocupado de que el regalo no le gustara de verdad.
—Usted siempre me ha dado regalos maravillosos, amo —explicó mientras abrazaba la bufanda—. Cuando éramos niños, me sorprendía con paquetes envueltos en papel y cintas de colores. Los aesirianos y los demás esclavos me veían mal, porque siempre iba bien vestida. Creían que me aprovechaba de usted y yo también lo creía. No era lo bastante buena para merecerlo. Por eso me esforcé en ser su esclava, pero... —Sakti levantó los hombros y soltó un suspiro—. Aunque usted no lo recuerda, sigue siendo el mismo. Gracias por eso.
Mark la miró compungido. Sakti tenía una tenue sonrisa mientras acariciaba los tejidos y la tela suave de la bufanda, pero también tenía su característica sombra de tristeza en los ojos. Aunque era feliz con Mark, también era triste. Porque tenía que mantener una barrera entre los dos para protegerlo.
—Quizá algún día pueda recordarlo todo —susurró Mark—. Quizá algún día recordaré las ferias en Lahore, los paquetes de colores, mis canciones y nuestros juegos. ¿Eso te haría feliz?
—Me basta con que usted esté bien. —Los labios de Sakti temblaron con una sonrisa—. Me basta con que usted viva. Soy feliz con lo que tenemos hoy.
Mark sonrió, aunque con la misma tristeza velada de Sakti. Entendió el mensaje: la barrera no podía caer. Su relación no podía cambiar. Sin importar lo que pudieran sentir, no podían pasar de ser amo y esclava, mensajero y princesa.
 Se llevó la mano al pecho, en donde tenía una hendidura justo por encima del corazón. Le dolía cuando estaba muy contento o muy triste, y siempre le dolía cuando miraba a Sakti. Pero era un dolor que aprendió a apreciar. Para él se había convertido en el significado de estar vivo.
El cielo se iluminó. Por la parte superior del vitral se veían las flores de fuego que se expandían por el firmamento después de cada explosión. Los dos sonrieron mientras miraban los fuegos artificiales. Era señal de que el Emperador continuó con la fiesta de los mascalinos aunque la homenajeada se divertía por cuenta propia.
—Allena —la llamó mientras se apoyaba en el codo para estar cerca de la princesa. Le acarició el único mechón que Dereck dejó fuera adrede, y susurró—: Te amo.
Sakti lo miró con un rostro apacible, libre de turbación. Ni siquiera se sobresaltó porque él estuviera tan cerca.
—Yo también lo quiero, amo.
Connor miró en silencio y con los puños apretados. «No, Allena. “Amar” es diferente a “querer”. Y tú no lo quieres. Tú lo amas también».
Mark se sentó por completo y rodeó la cintura de Sakti. Sus intenciones eran claras, pero no se movió más. No daría otro paso sin el consentimiento de Sakti.
Connor apartó la mirada. Era un intruso. Tenía un nudo en el estómago y el rostro ardiente. Aunque quería saber si al menos durante esa noche Sakti fue feliz, tampoco quería inmiscuirse en ese momento tan preciado para ella. Alucinación, ¡no, Mark!, hizo mal al mostrarle ese recuerdo. Aunque era de él, también le pertenecía a Sakti. Y estaba seguro de que ella no lo compartió con nadie, ni con Dereck, Zoe o ni siquiera Darius. ¿Con qué derecho podía Connor violar ese momento con su presencia silenciosa?
Una puerta se abrió en un extremo de la habitación. De allí venía la voz de Sakti, envuelta en un eco y un resplandor púrpura. Estaba suplicando.
—Amo, venga aquí. No salte, por favor no salte.
Connor se irguió. La Sakti y el Mark del cumpleaños no podían ver la puerta abierta, tal y como no podían ver al doctor. Connor miró por última vez a la pareja, todavía iluminada por los fuegos artificiales, todavía en el impasse que Mark creó con su confesión. Connor avanzó hacia la puerta sin atreverse a mirarlos por más tiempo. Respetaría la intimidad de su amiga. Jamás sabría si ella mantuvo la barrera o si le dejó caer una única vez.
El resplandor de la Estrella Púrpura lo engulló. Connor se sintió enfermo de inmediato. La cabeza le martilló y los ojos le lagrimearon. «Ahora que recuerdo, cuando la Estrella Púrpura apareció por primera vez también me enfermé. Pasé en cama mientras toda Kehari celebraba a esa maldita estrella». En aquel entonces, cuando era un chiquillo, su maestro dijo que era raro que se enfermara aunque la Estrella Púrpura fortalecía a los aesirianos. Ahora Connor comprendía que lo que tanto lo afectó fue el efecto que tenía esa luz en los profetas.
A través de las lágrimas, Connor vio las siluetas del Emperador, el príncipe Kardan, el General Montag y otros soldados más. Pero estaban apenas marcados, porque la fuerza del recuerdo estaba sobre Sakti y Mark. Ella con los brazos extendidos al muchacho, y él de pie sobre la baranda. El muchacho rio:
—¿Qué? ¿Piensas que me voy a suicidar o algo así? Tranquila, eso no es lo que ocurre. La Estrella Púrpura está alcanzando el cenit y pronto iluminará al máximo esta habitación. Cuando eso suceda…
Mark abrió los brazos. Miles de mariposas azules se materializaron y revoletearon por doquier.
—Mi hermana vino a recogerme, a llevarme de regreso al amo Marduk. ¿La puedes ver, Allena? No es una niña, ¡es toda una señorita!
Al instante apareció la silueta de una chica rubia, que flotaba detrás de Mark. La luz de la Estrella Púrpura se intensificó. Del otro lado de la baranda, desde el fondo, surgió una luz esmeralda. El dolor de cabeza de Connor se hizo más intenso.
—Yo también debo irme. —El fantasma de la chica se deshizo en luz blanca—. Si no lo hago, Darius y los chicos sufrirán más por su cuenta. No puedo permitirlo.
La luz se hizo más fuerte, pero Connor alcanzó a ver la sonrisa de Mark mientras se dejaba caer de espaldas, con los brazos abiertos en cruz. Corrió hacia él con la misma intención de Sakti: sostenerlo. ¡No podía dejar que...!
La luz lo encegueció. Cuando pudo ver de nuevo ya no estaba delante de la baranda. Ahora estaba en un cuarto en penumbras, iluminado por una lámpara sobre una mesa de noche. Sakti estaba sentada a la orilla de la cama. Del otro lado había un doctor.
—Alteza...
—Haz lo que te he ordenado... —dijo Sakti entre dientes—. Sálvalo.
El doctor apretó los labios y miró al paciente en la cama.
—Lo siento, Alteza. Ya he hecho todo lo que...
Un aruñazo lo cortó en seco. El hombre trastabilló mientras se llevaba la mano a la oreja. La retiró llena de sangre. Al mirar el suelo, vio su oreja cercenada.
—Vete entonces —gruñó Sakti. Estaba de pie, con la garra estirada. Aunque la camisa del doctor empezaba a empaparse, ella no tenía ni una gota de sangre en las manos—. Vete de una maldita vez, inútil.
El doctor dudó por un instante, pero finalmente se marchó. Dejó su oreja en el suelo y cerró la puerta tras de sí.
Connor se acercó a la cama para ayudar, pero Sakti no lo escuchó. La princesa bajó los hombros y se llevó las manos al rostro. Lloraba. Connor apretó los labios. Darius nunca la había visto llorar, y ahora él sí. Porque era un sucio intruso. Además de robarle el secreto de su momento más feliz, le robaba ahora el instante de su más terrible desolación. Estaba mal. Él no tenía derecho a inmiscuirse en ninguno de sus recuerdos.
Sakti se abofeteó a sí misma para recuperar la compostura y se restregó las lágrimas con fuerza y odio. Para cuando se calmó y retomó su sitio a la orilla de la cama, vio que Mark ya estaba despierto. Pero no como Sakti quería, sino a medias. Tenía los ojos entreabiertos y ausentes. Miraba a Sakti, pero al mismo tiempo no la veía. Ella le sonrió para que se sintiera a salvo y lo tomó de la mano. Entonces sí la vio.
—Ya te encontré... —murmuró con una sonrisa antes de dormirse de nuevo.
Connor apretó los labios. Entendió la impotencia del doctor previo. Mark respiraba entre jadeos. Tenía los labios y las uñas azules. El rostro pálido. El pecho hundido. Connor estiró un brazo y, con suavidad, palpó la hendidura. Debajo del esternón sintió el corazón enfermo y débil que luchaba por latir. Miró de nuevo a Sakti, fiel junto a Mark. Apretaba la mano del muchacho entre las suyas y lo miraba con la frente fruncida, concentrada, como si con la fuerza de su pensamiento pudiera mantenerlo vivo. Connor supo que era inútil. Mark se moría.
El reloj de la pared empezó a correr a toda prisa. Los minutos se pasaron como si fuesen segundos. Connor vio las siluetas de nuevos doctores que entraban para revisar a Mark, sin resultado, así como al sirviente que limpió la oreja y sangre del piso. Todos pasaron rápido, sin que Sakti les pusiera atención. Ella se quedó inmóvil, apenas sin parpadear o respirar. Era la misma Sakti fiel que se había quedado junto a Darius luego de que Drake lo apuñalara. Connor sabía que Sakti era más que capaz de quedarse inmóvil y en vela durante noches, cuidando a la persona que quería. Pero cuando el reloj recuperó el ritmo habitual del tiempo y marcó las tres de la madrugada, la vela de Sakti había acabado. Solo se escuchaba el paso del segundero. Mark ya no jadeaba.
Sakti respiró profundo. Apretó los ojos y la mano de Mark contra el rostro. Cuando al fin soltó al muchacho y se levantó, no había rastros de lágrimas en sus ojos. Con su silencio habitual, llenó un balde de agua en el cuarto de aseo, lo llevó junto a Mark y lo desvistió. Connor la miró con un nudo en la garganta mientras Sakti limpiaba el cuerpo de Mark con calma, sin temblar, sin gritar. Lo mismo podía estar zurciendo un calcetín. Los ojos de Connor ardieron. Se hizo un puño contra la pared y se puso a llorar. Aunque no conocía bien a Alucinación, lo consideraba su amigo. Y acababa de verlo morir. Ya eso debía bastar para su tristeza. Pero además vio también morir a la Sakti cariñosa que nunca pudo conocer. Quería agarrarla de los hombros y zarandearla hasta sacarle las lágrimas, pero supo que no podría hacerlo ni aunque ella lo mirara en el recuerdo. Junto con la muerte de Mark, presenció el nacimiento de la Sakti lúgubre como nube de tormenta.
Un rectángulo de luz se abrió sobre el cuerpo inerte de Mark. Sakti no lo notó. Siguió adelante en calma, vistiendo al amo para el funeral. Connor miró hacia la puerta abierta. Del otro lado estaba Mark con la capucha blanca y el farol. Connor se levantó como impulsado por un resorte y se lanzó a ese Mark. Los dos rodaron por un mundo de sombras y luces, donde no había suelo ni techo. Tal vez ni siquiera había aire.
—¡No tenías derecho a enseñarme esto! —aulló el profeta mientras agarraba a Mark de los brazos con la suficiente fuerza para rompérselos—. ¡No tenías derecho a saltar!
—Tenía que hacerlo —dijo Mark—. Por ella.
Connor gruñó y apartó al muchacho de un empujón. No quería nada que ver con él. ¡No soportaba que le hubiese roto el corazón a Sakti!
—¡No, espera! —gritó Mark mientras extendía una mano a él—. ¡No te alejes o...!
La distancia entre los dos aumentó. Connor rodó por su cuenta, extraviado, y perdió de vista a Mark. Flotaba en la noche, sin lugar en donde caer. Finalmente una fuerza lo atrajo al suelo. Connor cayó con la potencia de un meteorito sobre un piso frío. La habitación retumbó con él. Se preguntó cómo podía dolerle todo el cuerpo cuando ya estaba muerto.
Se levantó lentamente. Estaba en una habitación de mármol blanco. Un enorme ventanal dejaba que la luz de la mañana se filtrara. Las cortinas ondeaban con la brisa fría. Un escritorio de caoba estaba a un lado de la ventana, bien provisto de papel, plumillas y tintero. Una pared tenía una biblioteca completa, mientras que las otras dos tenían pinturas y un espejo. En la sala había pedestales con bustos, estatuillas y otras pequeñas obras de arte. Al lado de Connor había un diván con almohadones de seda y terciopelo, pero claro, él tuvo que aterrizar en el piso. Era una sala de estar privada y apacible.
Alguien llamó a la puerta. Connor notó la presencia silenciosa de Sakti. Llevaba un vestido de seda plateada. Como estaba justo delante del ventanal, el doctor la había confundido con una cortina. Sakti fue hacia la puerta y la abrió en silencio. Dejó pasar a una sirvienta pálida y tímida, quien hizo una reverencia igual de silenciosa. De no ser por el trino de los pajarillos al otro lado del ventanal, Connor habría creído que se quedó sordo.
La sirvienta entregó un sobre a Sakti. Al abrirlo, la princesa sacó hojas y flores secas. Connor reconoció el aroma del té: era ruda. Sakti puso el sobre en el escritorio. Tomó una plumilla y un bloc de notas. Escribió un mensaje y lo mostró a la sirvienta. Connor leyó: «¿Segura que funciona?». La sirvienta asintió. Sacó una plumilla y una libretilla del bolsillo del delantal y escribió una respuesta: «Pero úselo con cuidado. Sé de mujeres que han muerto al abusar del té». Connor jadeó. Solo había una razón por la que una mujer abusaría del té de ruda: abortar.
La sirvienta hizo una reverencia y fue hacia la puerta. Sakti la agarró del brazo. La sirvienta la miró aterrorizada, pero no emitió ni un sonido. Se mordió los labios para que ni siquiera un quejido rompiera el silencio del cuarto.
—¿Se lo has dicho a alguien? —preguntó Sakti.
Connor se encogió con una arqueada. La sirvienta cayó de rodillas al suelo. Sakti la levantó. Cerró la puerta y acorraló a la criada contra una pared.
—Habla —ordenó.
Connor se llevó las manos a las orejas. La voz de Sakti sonaba bella y horrible al mismo tiempo. Era apenas un murmullo ronco, como si la princesa hablara por primera vez en años, pero todo se estremecía al escucharla. Las cortinas dejaron de moverse con el viento. Los pajarillos se callaron. Connor no sabía si escaparon en volandas o si cayeron muertos al jardín. «Es como la luna de sangre», pensó el profeta, asustado. Se sentía exactamente igual. La voz de Sakti provocaba desbalances. Excitaba la magia de Connor pero también lo aterraba hasta la médula.
La sirvienta movió los labios, sin decir palabra. Sakti le apretó el cuello como si quisiera estrangularla. La dejó libre unos segundos después, como advertencia. La criada tomó aire y respondió con voz temblorosa.
—A nadie, Alteza. ¡No le he dicho a nadie!
—Mentirosa.
La levantó desde el cuello hasta despegarle los pies del suelo. Connor se quedó petrificado. Como era un recuerdo él no podía intervenir. Tampoco podía apartar la vista. «Allena no lo hará. Allena no la matará».
—¡No le he dicho a nadie, Alteza! —sollozó la sirvienta cuando Sakti le permitió respirar—. ¡Lo juro!
—Mientes. Escucho las mentiras. Por eso me gusta el silencio.
Sakti apretó más tiempo, hasta que el rostro de la criada se puso morado. Cuando llegó al límite, la soltó y la dejó caer a sus pies. La sirvienta tosió. Se arrastró por el suelo entre convulsiones, a cualquier sitio lejos de Sakti. Pero las dos sabían, y Connor también, que no tenía escapatoria. No había a dónde huir.
Sakti se colocó junto a ella. Se levantó la falda por encima del tobillo. Tomó impulso y le propinó una patada en el vientre. La criada salió disparada hacia la biblioteca. Cayó de medio lado, con los libros. Sakti se sentó en el diván con una pierna cruzada sobre la otra y miró a la sirvienta con una advertencia clara: «Dime la verdad. Sabes lo que pasará si no lo haces».
—A mi hermana pequeña —susurró la mujer entre lágrimas—. ¡Pero ella no hablará, Alteza! ¡Es solo una chiquilla! ¡No es una amenaza! ¡Lo juro!
Sakti ladeó la cabeza, con los ojos cerrados. Escuchaba hasta el último tintineo de la confesión. Al fin asintió. Aceptaba la verdad de la criada. Al ver esto, la sirvienta soltó un suspiro de alivio y se mordió los labios. No más palabras. No más ruido que molestara a la princesa. Con manos temblorosas, tomó la plumilla y la libreta y escribió: «¿Puedo retirarme, Alteza?». Sakti la miró con sus fríos ojos grises.
Y negó con la cabeza.
La criada tomó fuerzas de flaqueza. Se levantó de un salto, corrió hacia la puerta y la abrió a velocidad de vértigo...
Solo para que Sakti la jalara de nuevo del brazo justo antes de que escapara. La princesa la empujó con suavidad hacia la pared y le puso el índice izquierdo sobre la punta de la nariz. La criada se llevó las manos al rostro y aulló. Connor gritó con ella. La cara de la mujer se llenó de surcos anaranjados, brillantes como ríos de lava que bajaban por todo el cuerpo. Las partes libres se fuego se resecaron como arcilla. La sirvienta cayó de rodillas entre forcejeos y gritos de espanto, que retumbaban en la habitación y los pasillos aledaños. «Alguien vendrá a ayudarla», se dijo Connor. «Es imposible que no la oigan. ¡Alguien vendrá a salvarla!». Pero la sirvienta se deshizo en cenizas sin que nadie llegara a socorrerla. Sakti cerró la puerta con un leve chasquido. El silencio regresó a su cuarto.
La princesa avanzó hacia el escritorio. Pasó justo al lado de Connor, quien se apartó de un salto, aterrorizado; pero ella no lo vio. Sakti sacó una tetera de un cajón. Ya tenía agua. Todo lo que hizo fue calentarla con sus manos, que ardían como hierro en la fragua. Connor notó entonces algo que le revolvió el estómago tanto como la muerte de la criada.
Sakti tenía dos brazos sanos. Ninguna garra.
Cuando el agua hirvió, la princesa se sirvió una taza de té de ruda. Se levantó con la taza entre las manos y miró el ventanal, justo el lado donde el cristal no estaba corrido. Los pájaros aún no habían regresado, aunque el viento soplaba de nuevo y le lanzaba el vapor a la cara. Connor vio que dudaba. Sakti aspiró profundo y dio un paso hacia el escritorio, para regresar la taza de té. Se quedó inmóvil mirando la ventana. Connor buscó qué había llamado su atención. ¿Un intruso, quizá? ¿Un testigo del cruel asesinato que acababa de cometer? No vio nada. Al seguir la mirada de Sakti, no vio nada más que su...
Sakti se giró hacia donde estaba él. Connor se sobresaltó, pero los ojos de la princesa divagaron más allá del muchacho, sin verlo. Miró de nuevo hacia la ventana. Esta vez, cuando Connor siguió su mirada, vio lo mismo que ella: a él. «Se supone que no debería verme. ¿Qué pasa si ve mi reflejo?». Tuvo un mal presentimiento.
El ventanal estalló delante de ambos. Connor se cubrió el rostro, aunque el vidrio lo atravesó sin hacerle daño.
—¡No puedes perseguirme! —aulló Sakti—. ¡No nacerás!
Se tomó el té a gorgor, aunque estaba hirviendo. Regresó al escritorio y se sirvió una taza más. Connor fue a su lado para detenerla. Si tomaba más de lo debido se provocaría una hemorragia. Ella no lo escuchó. No lo vio más, ni siquiera en el reflejo de los cristales rotos.
—¡Allena, detente por favor! —suplicó cuando Sakti iba por su tercera taza—. ¡Te vas a matar! ¡Te vas...!
Una puerta se abrió detrás de él. Antes de que se diera cuenta, un par de brazos lo agarraron de la cintura y lo jalaron consigo. La habitación desapareció. Otra vez flotaba en la oscuridad, dando vueltas sin sentido. Apretó los ojos y dejó que Mark lo llevara a donde debía estar.
—¿Por qué insistes en enseñarme a gente morir? —preguntó.
Cuando abrió los ojos, estaba otra vez en el mundo de niebla. Mark lo soltó y lo miró entristecido.
—Ese último recuerdo no debías verlo. Está roto. Tú... ¿te encuentras bien? —Connor lo miró con los ojos ardientes de lágrimas. Estaba triste por la criada, pero sobre todo por la desesperación de Sakti—. ¿Te sientes diferente?
—¿Y tú? ¿No sientes nada al saber que Allena abortó a tu hijo?
—No era mío —respondió Mark, todavía entristecido—. Ese era un recuerdo roto. La memoria de un pasado que ya no pasó. Era un trozo de la primera versión, una escena que no se escribió en esta nueva historia. —Mark hizo una pausa—. ¿En verdad no sabes quién era el niño?
—¡No, no sé nada! —aulló Connor—. ¡Explícame de una maldita vez qué sucede! ¡Y ay de ti si me sales con un «Ya te lo dije, ¿es que no te acuerdas?»! ¡Quiero respuestas!
—Pregunta.
Connor tragó fuerte. Creyó que Mark le respondería otra vez con acertijos. No se esperaba que aceptara sus condiciones.
—¿Qué relación tenían tú y Allena?
—En esta versión yo fui un mensajero de Lahore. Allena entró a mi servicio cuando aún se llamaba Sekmet, cuando todavía desconocía que era una princesa Dragón. Bajo el disfraz de amo, yo la protegí mientras su hermano la reclamaba. El Tercer Dragón me castigó poco antes de separarme de ella por primera vez. Cuando nos volvimos a ver, yo ya no la recordaba. Pero ella sí. Ya una princesa, me ofreció su protección. Cuidó de mí hasta mi muerte.
—¿La amabas?
—Aún la amo.
—¡¿Entonces por qué saltaste?! —Connor lo empujó con todas sus fuerzas. Al ponerle las manos en el pecho sintió la hendidura. Pero no el corazón. Como el suyo, el corazón de Mark también había dejado de latir—. ¡Le rompiste el corazón! ¡Ella te amaba y tú la abandonaste! ¡La traicionaste!
—¿De verdad lo crees? —preguntó Mark. Al verlo a los ojos vio que el mensajero también tenía lágrimas—. ¿De verdad crees que ella también me amaba?
Connor se apartó de él. Quería agarrarlo a pescozones, arrancarle el pelo y arrastrarlo a los pies de Sakti para que le pidiera perdón por ser tan idiota. ¡¿Cómo podía ser tan denso de cabeza?!
—Pero en algo te equivocas —siguió Mark—. Yo no la abandoné. No la traicioné. Siempre permanecí a su lado. Nunca me separé de ella. —Sonrió al profeta—. ¿Ahora entiendes por qué te ayudé en el desierto?
Connor abrió la boca para decirle que no entendía nada, pero se calló. Comprendió: Mark cuidó de él para cuidar también de Sakti.
—¿Nos... estabas protegiendo a todos?
—Ustedes son la razón por la que ella aún tiene corazón. Si yo se lo rompí, los profetas lo sanaron.
Connor tragó fuerte. ¿Era por eso que Mark estaba ahora con él? ¿Lo cuidaba también en la muerte?
—¿Por qué saltaste? Sabías que ibas a morir, ¿verdad? ¿Entonces por qué...?
—Porque no debe haber una tercera versión. Si la hubiese, podría haber una cuarta, una quinta, una sexta... El ciclo se repetiría una y otra vez, si es que tenemos suerte. Sería una sucesión continua de dolor tras dolor para los Dragones. En caso de que no haya suerte, esta será la versión definitiva. De ser así, lo que elija Allena podría salvarla o condenarla. Salté porque quería asegurarme de que se salvaría. Quería protegerla como ella me protegió a mí. Esa siempre ha sido mi misión.
Connor empezaba a entender.
—La Profecía ya se ha cumplido antes, ¿verdad? En la primera versión.
—Sí. —Mark soltó un suspiro—. Fue un desastre, así que Dios hizo borrón y cuenta nueva. Como resultado, el Tercer Dragón esperó en el lugar fuera del espacio y el tiempo y se volvió loco. Adad ya ha resbalado a la locura y Allena comienza a desdoblarse. No hay tiempo que perder. Si siguen así, cuando lleguen al salón de juicio harán un nuevo desastre. ¿Entiendes? —Mark agarró a Connor de los hombros—. Deben ir a cumplir la Profecía ya, mientras todavía guarden un poco de cordura. Mientras todavía tengan amor en su corazón.
Connor tragó fuerte. Adad estaba mal; como su médico de cabecera él lo sabía mejor que nadie. Y Sakti tampoco estaba muy cuerda.
—Pero si... si cumple la Profecía, Allena...
—Morirá —terminó Mark por él—. Por eso también salté antes que ella. Para atajarla cuando caiga. —El mensajero sonrió, aunque también lloraba—. No pudimos estar juntos en vida. Pero si la ayudas a elegir bien, y si ella aún me quiere, entonces quizá podremos estar juntos en muerte. Entonces podremos hacer eterno su cumpleaños.
Connor apretó los puños. ¿Todavía podía hacer algo por Sakti? Y si así era, ¿debía enviarla a morir?
—Debería ser decisión de ella. Si se cumple o no la Profecía, ella debería elegir. ¡No la puedo forzar a hacerlo!
—Claro que no la forzarás. Yo tampoco pretendo hacerlo. —Mark se separó un paso de él y agregó—: Pero creo que... ya lo ha elegido. —Connor lo miró con una incógnita en los ojos, pero antes de que pudiera decir nada el mensajero continuó—: Pero Allena aún está perdida. Ella aún busca una respuesta. Y sin esa respuesta no se siente en la capacidad de elegir bien.
—Entonces ¿quieres que yo le dé la respuesta?
—No. Sé que dije antes que eras especial, pero eso no significa que puedas resolver el obstáculo que se interpone entre Allena y un final apropiado. Yo tampoco tengo la respuesta. Ni siquiera sé qué espera Allena encontrar. Tal vez ya no tenga tiempo de hallar lo que busca. Pero por si acaso soy yo lo que necesita, por favor dale esto. —El farol de Mark se convirtió en un paquete envuelto en papel y cintas de colores—. Y dile que no tenga miedo de saltar. Que no tenga miedo de dejar ir. Yo estaré ahí para recibirla.
Era la bufanda. Connor se la había visto puesta a Sakti cuando iban rumbo al Reino de las Arenas; pero se perdió con el resto del equipaje en el naufragio del barco de Telius. Seguro que le daba un patatús si le llevaba su tesoro perdido.
—¡Espera! Yo ya estoy muerto. ¿Cómo puedo darle esto?
—Te lo dije antes, ¿verdad? La Muerte no vendrá por ti todavía. Alguien más ha tomado tu lugar. —Mark tragó fuerte y bajó la cabeza—. Lo siento mucho. Te doy mi más sentido pésame.
Connor lo miró sin entender mientras recibía el paquete de Mark. El mensajero se limitó a señalar algo detrás del profeta. Al girarse, Connor se vio a sí mismo de medio lado, en la lejanía. Un grolien caminaba hacia esa otra versión suya. El Connor lejano estiró la mano hacia el grolien y esperó a que él la estrechara.
El doctor miró sin entender. El grolien inspiró fuerte. Antes de tomar la mano, giró el cuello hacia Connor y Mark, y sonrió. Connor lo entendió.
—No, espera...
Kel agitó la mano en una despedida...
—¡NO, ESPERA!
... y luego la estrechó con la mano helada de la Muerte.
Kel desapareció entre la bruma. Connor ahogó un grito. ¿Cuántas muertes tenía que presenciar en un día?
—¿Por qué? —sollozó—. ¿Por qué Kel? ¡Él no hizo nada malo! ¿Por qué...?
—Porque estaba cerca cuando te apuñalaron. Fue el primero en llegar a tu lado, junto con Ceniza. Pero a diferencia del krebin, Kel representaba una amenaza para tu asesino. Así que también lo apuñaló. Pero tú absorbiste la mayor cantidad de veneno y Kel era vaniriano. Él tenía cincuenta por ciento de probabilidades de sobrevivir, y otro cincuenta por ciento de morir.
Connor lo miró abrumado. Si Kel pudo haberse salvado ¡debió haberlo hecho! Mark continuó lo más claro posible:
—Del otro lado, Ceniza pudo darte un poco más de tiempo. Y gracias a que Dereck encontró el antídoto, el Emperador halló el modo de devolverte el favor que le hiciste hace tiempo en Masca. Lo único que necesitaban era un corazón sano que tomara el lugar del que habías perdido.
Connor se llevó la mano al pecho. Sí, comenzaba a sentirlo. Como un zumbido de abeja. Como un aguijón. Regresaba a la vida.
—Cuando se lo propusimos, Kel aceptó. Si se negaba, tenía tantas posibilidades de sobrevivir como de morir. Pero si aceptaba, tú definitivamente regresarías. Dijo que fue la decisión más sencilla que había tomado jamás. Y también me dio un mensaje para ti. —Mark esperó a que Connor le diera permiso para decírselo, pero como vio que el profeta estaba muy afectado tomó la decisión por él—. «Gracias, hermano. Nos veremos al otro lado».
Connor se encogió. Era culpa suya. Si hubiese escuchado y obedecido a Darius, si se hubiese quedado en Kehari, Kel todavía estaría cantando en su escenario. Él lo había matado. Había acabado la gira de su hermano al obligarlo a morir.
—Connor —Mark se inclinó junto a él y le acarició la espalda—. Kel era vaniriano.
—¿Tú también me vas a decir que su vida valía menos que la mía porque no era aesiriano?
—No. Lo que te quiero decir es que su muerte vale más que la tuya porque era vaniriano. Los vanirianos no están malditos, como los aesirianos. Al morir, ellos van al Cielo o al Infierno. ¿En dónde crees que está tu hermano ahora?
Connor sabía dónde. Estaba seguro.
—¿Quién le propuso esto a Kel?
—Nosotros. La Muerte y yo. Hicimos buenas migas justo después de que yo saltara. ¿Por qué crees que Darius aguantó tanto tiempo con las tripas por fuera luego de que Drake lo apuñalara, eh?
Connor no se rio de su broma. Mark aceptó su derrota con un suspiro.
—Lo siento. Pero por favor entiende que fue decisión de Kel. No lo forzamos a nada. Él saltó por ti tal y como yo salté por Allena. El amor tiene diferentes formas, pero cuando es real, cuando es auténtico, todas sus formas tienen una misma cara: vida. Vives porque Kel, y muchos más que te esperan, te quieren con todas sus fuerzas. —Mark desacomodó el cabello de Connor—. Ahora vuelve. Ya va siendo hora de que regreses a tu mundo.
Connor sintió que la brisa lo succionaba. Se iba. El mundo de niebla se desvanecía, junto con Mark.
—Espera un momento. ¡Esta segunda versión! ¿Es mejor que la primera?
Se negaba a creer que la historia que él vivía era peor a la que no pudo vivir. Tenía que asegurarse de que la muerte de Kel no fuese en vano por culpa de una historia mal escrita.
—Sí, mucho mejor. —Mark sonrió—. Tú estás en ella. Allena aún habla. Marduk no tiene pesadillas. Darius ama a sus hijos. El príncipe que será Emperador añora cada día ser mejor. Créeme: esta es la historia que debió escribirse desde el principio. Pero no se habría logrado sin los errores de la primera versión. Ya ves: aunque nadie lo recuerda, todos han aprendido de sus errores.
—¿Y qué hay de ti? —gritó Connor. Mark le parecía cada vez más distante—. ¿Eres mejor que tu primera versión de la historia?
La sonrisa de Mark se ensanchó. A pesar de la distancia, Connor escuchó con claridad su respuesta.
—Tú eres especial porque la primera vez moriste antes de nacer. Pero yo soy aún más especial porque la primera vez ni siquiera existí. Yo soy el gran desbalance de esta ocasión.
Un escalofrío recorrió a Connor. Abrió los ojos de golpe. Todo le dolía. Era como tener resaca, pero peor, mil veces peor. ¡Casi deseaba estar muerto! «No», se regañó. «No seré malagradecido con Kel. ¡Nunca volveré a pensar en estar muerto, ni de broma!». Estaba mareado y débil. No podía enfocar bien la vista pero se dio cuenta de que estaba en una tienda. Vio los contornos de las columnas, los baúles de viaje y los estantes móviles con medicinas y vendas. Junto al catre había un estante, con una lámpara. Y sentado junto a la cama estaba el Emperador. Connor gruñó. Se hubiese sentido mucho mejor si Drake estuviese junto a él.
—Conque eres de esos que se despiertan de mal humor, ¿eh? —lo picó el Emperador.
Connor apretó los ojos. No podía quitarse de la cabeza la despedida de Kel ni la idea de que ese respiro, ese despertar, era por derecho del grolien cantor.
—Mi hermano está muerto —murmuró mientras se le salían las lágrimas.
—Es cierto lo que dice Harald: tratas a ese grolien como si fuese tu sangre. —En la voz del Emperador hubo puro desdén.
—Ahora tengo su corazón.
—¿Lo sabes? Bueno, pues ahora me haces sentir algo idiota. Esperaba a que despertaras para explicártelo.
Connor se encogió de medio lado. Además de que todo el cuerpo le dolía, estaba triste. Comenzaba a aceptar que Kel se había ido. Estaba de luto. No necesitaba los comentarios crueles de nadie, porque Kel no fue un chiste. Su sacrificio no era cosa de risa.
—Para. Es vergonzoso que llores por una bola de pelos.
—¿Es que jamás ha perdido a un hermano?
—Claro que sí. Mi hermana Istar y mi hermano Sin. Y también a mi hermano Harald. Aunque no está muerto, bien podría estarlo. Nunca se recuperó de la sincronización forzada. Está muerto en vida por culpa de bolas de pelos como por la que lloras. Así que para de una maldita vez.
Connor no paró. Emperador o no, nadie tenía derecho a exigirle que suprimiera su angustia. El monarca gruñó en su silla y se echó para atrás, disgustado, pero no riñó más con Connor.
—Tuviste suerte. El híbrido te dio tiempo antes de que los aprendices pudieran intervenir.
Connor gimió. «¿También Ceniza? ¡NO!». Se irguió con dificultad, solo para caer tumbado de nuevo.
—¿Qué le pasó a Ceniza?
—¿Al híbrido? Nada, está bien. Pero... —El Emperador agitó la cabeza—. Parece que no es mitad humano y mitad aesiriano, sino mitad humano y mitad espíritu.
Connor lo vio con ojos grandes. Drake le explicó que los krebins apartaban a los híbridos de cabellos y ojos grises porque creían que eran producto del adulterio de sus madres con espíritus y, por tanto, un mal augurio. A Connor le pareció un mito ridículo pero ahora ya no estaba tan seguro.
—¿Mitad espíritu?
El Emperador asintió.
—Hay un árbol afuera. Me dijeron que empezó a crecer cuando te apuñalaron. Para cuando yo llegué a buscar a mi hijo, el árbol ya había crecido. Tú y ese híbrido estaban en el tronco. Todos dicen que es un Yggrdrasill, un árbol de la vida. Las leyendas dicen que solo los espíritus del bosque pueden sembrar ese árbol. Y todo indica que el híbrido lo hizo.
Connor apretó los labios. Tenía que disculparse con Ceniza. Todo ese tiempo, cuando el híbrido habló de su «papá», Connor creyó que hablaba de un amigo imaginario. Y ahora resulta que a lo mejor ese «papá» era un espíritu con el poder de sembrar un Yggrdrasill, y le heredó la habilidad a su hijo.
—En verdad tienes un grupo variado de seguidores —meditó el Emperador en voz alta.
—Amigos. Son mis amigos.
Se sentía mal. No quería más que dormir y llorar a Kel en sueños.
—¿Va a matarme? —preguntó al Emperador.
—¿Por qué lo haría?
—Porque usted envió a los sicarios. Ellos hicieron todo esto.
El Emperador lo miró con un rostro imperturbable, aunque Connor supo que lo puso en un aprieto. No se suponía que supiera el plan de los sicarios.
—Las órdenes eran que atacaran después de la luna de sangre. Yo necesitaba respetar la tregua. Hasta el momento puedo asegurar que ninguno de mis hombres rompió el trato.
«Pero alguno debió de hacerlo», dijeron los ojos del Aesir. Connor también lo sabía. Además, estaba seguro de que los vanirianos también enviaron sus asesinos. El Emperador habría sido discreto y enviado solo a uno, dos o tres sicarios a lo mucho. Ellos solos no habrían hecho tanto desastre en el campamento neutral. Además, tampoco habrían atacado al príncipe heredero ni de broma.
—¿Quién comenzó el ataque?
—No lo sé —respondió el monarca. Connor le creyó—. Nadie sabe nada. La luna de sangre lo hizo aún más confuso. —Miró al doctor—. Pero si recuerdas quién te apuñaló, podremos poner fin a esto.
—No lo recuerdo —mintió Connor—. No sé qué pasó.
El Emperador lo evaluó. Era el Aesir por excelencia y por eso sabía reconocer una mentira cuando la tenía de frente. Connor lo ignoró y siguió con otra pregunta:
—Si envió a sicarios antes, ¿por qué no me mata ya?
—Porque tú salvaste a mi hijo. Lo sanaste de las flechas que lo alcanzaron. Y además lo hiciste aunque parece que sabías mis planes.
Connor entendió: dejarlo vivir era un nuevo agradecimiento por haber ayudado a su hijo. Si el príncipe no hubiese estado con Connor durante el ataque, el Emperador no sería tan misericordioso. Seguiría adelante con sus planes. Lo único que todavía perturbaba al monarca era cómo se enteró el doctor de los sicarios, pero Connor no delataría a Kardan hijo ante su padre.
—Así que me dejó vivir. E hizo algo más. —El doctor lo miró directamente a los ojos. No se dejó intimidar por esa mirada fantasmagórica—. Es imposible trasplantar de un grolien a otras personas. Los cuerpos huéspedes rechazarían los órganos. Así que dígame cómo hizo para que el corazón de mi hermano lata ahora en mi pecho.
Kardan sonrió y le enseñó la mano. Era negra como el alabastro. Connor pensó que tal vez tenía gangrena, aunque lo desechó porque la piel brillaba como si estuviese pulida. Además, no hedía. Le costó más darse cuenta de que en la palma tenía una esfera negra como la noche.
—Es el núcleo que me diste en Masca. Gracias a este núcleo he vivido los últimos cincuenta años. Y gracias a él, viviré lo que me quede de tiempo. Yo ya no necesitaba mi corazón.
Connor miró el pecho del Emperador, quien lo complació al quitarse la camisa y enseñarle las vendas.
—Yo... no entiendo.
—Necesitabas un corazón sano. El grolien tenía uno, pero tu cuerpo lo rechazaría. Y mi corazón no estaba completamente sano, pero lo aceptarías a la perfección.
—Sigo sin entender. Entonces... ¿tengo dos corazones?
—Sí. —El Emperador se miró la mano—. El núcleo ha marmorizado mi sangre y casi todo mi cuerpo. Mi corazón también tenía rastros de marmorización. Se detendría en cualquier momento y me quitaría tiempo de vida, si no es que me mataba de inmediato. —Hizo una pausa y miró a Connor a los ojos—. Los detalles tendrás que preguntárselos a los doctores que te operaron. Tienen ideas de científicos locos, pero acepté su propuesta porque tú los aceptaste como aprendices. Sin embargo, me explicaron que los dos corazones se complementan. El del grolien sería rechazado, así que necesita la ayuda del mío para mantenerte vivo. Y el mío podría hacerte marmorizar y matarte también, pero el corazón de vaniriano contrarresta el efecto latente del núcleo e impide la marmorización. Así que felicidades, tienes literalmente lo que siempre tuviste metafóricamente: un corazón que late por causas vanirianas y otro por causas aesirianas.
Connor guardó silencio. No sentía dos latidos, sino uno solo, estable aunque aún algo débil. Tendría que pedir más detalles a su médico de cabecera.
—¿Y qué hay de usted? ¿Cómo es que está vivo si no tiene corazón?
—Ya te lo dije: el núcleo se encarga de ello. —El Emperador se miró la mano—. Mi tiempo está contado desde hace meses. Pronto no podré comer ni respirar. Pensé que moriría cuando el corazón se me convirtiera en una piedra. Pero por habértelo dado, ahora tengo algo más de tiempo. Ahora podré aguantar hasta que el cerebro se marmorice.
—Se está convirtiendo en una herramienta. Como la Emperatriz de Edén.
—Sí.
—Lo siento.
—Yo no. He hecho sacrificios toda mi vida. No tengo miedo de hacer uno más.
Connor le leyó en los ojos que de verdad estaba dispuesto a hacer lo que hiciese falta, incluso forzar sacrificios ajenos. Como el de Adad y Sakti. «Este hombre tiene corazón de piedra. Siempre lo tuvo y siempre lo tendrá. No importa que me lo haya dado a mí».
—Si me dijeras quién te apuñaló, encontraría al atacante de mi sobrino Harald y de mi hijo Kardan —continuó el Emperador con voz pausada, la mirada tenebrosa fija en el rostro ceniciento de Connor—. Fue el mismo veneno. Vengaría el daño a mi familia y a la tuya. El grolien que lloras como a un hermano murió a manos del vaniriano que te atacó.
—Ya le dije que no sé nada. —Connor apretó los puños—. Por favor váyase. Necesito dormir.
Supo que al Emperador le sentaría mal que lo despachara, pero no le importó. Ya a estas alturas todos los Aesir debían de tener claro que Connor los trataría como iguales, sin reverenciarlos ni temerlos. Les hablaría sin tapujos ni halagos. Sería honesto con ellos, salvo en aquellos casos en que una mentira salvara vidas. Como ahora. Aunque el Emperador supiese que el atacante de Connor fue el mismo de Kardan, no podía cargar contra todos los vanirianos sin iniciar un nuevo combate en el campamento neutral. Sus soldados no aprobarían la táctica, pues la verían como una nueva afrenta al doctor. Pero si contaba con el testimonio de Connor, tendría también una justificación real para iniciar una nueva masacre. Ni siquiera los vanirianos podrían quejarse. Se sentirían en la obligación moral de entregar a Marvin por traición.
El Emperador se tensó en la silla. Connor estuvo seguro de que lo agarraría del cuello y le sacaría una confesión a como diera lugar.
En ese momento la tienda se abrió. Al ver a Drake, los ojos le ardieron de emoción y tristeza: su hermano mayor estaba a salvo, pero eso significaba que ahora los dos debían llorar a Kel, el hermano menor. Alcanzó un nuevo límite de emoción al ver que el sicario estaba seguido por dos personas más. Darius y Sakti tenían una pinta horrible, en especial Darius. Parecía que un demonio se lo había tragado, lo masticó y escupió, y se lo volvió a tragar. Supo que ese aspecto era culpa suya.
—¿Papá?
Darius y Sakti corrieron hacia él. Apartaron al Emperador con un buen empujón –lo tiraron de la silla al suelo– y rodearon al doctor con un fuerte abrazo. Connor no supo a quién sentía más fuerte: a Darius, que casi lo estrangulaba con sus brazos helados y temblorosos; o Sakti, que con su único brazo herido lo sostenía como no pudo sostener a Mark. Connor no esperaba menos cariño de su padre, pero el arrebato de Sakti lo conmovió hasta las lágrimas. Por suerte la princesa sabía recuperar la compostura, o Connor se habría muerto ahogado mientras los abrazaba y lloraba también. Sakti se apartó y separó a Darius un momento para que Connor respirara en paz.
—L-lo s-s-sie-en-to —hipó el doctor—. No te enojes conmigo, papá.
Darius lo volvió a abrazar, pero ya Sakti no intervino más. Fue hacia la entrada, que ondeaba por la salida discreta del Emperador, y dejó a la familia a solas. La princesa salió en pos de su tío.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina

El árbol gris

EL ÁRBOL GRIS

Tenía que admitirlo: Darius se comportó muy bien. Aunque aún iba cabizbajo, el profeta era capaz de avanzar en línea recta. Aunque su cara seguía pálida y triste, retenía las lágrimas. Para eso se detenía a tomar aire, se llevaba la mano al puente de la nariz y exhalaba en tres soplidos rápidos. Sakti le miraba en silencio y en silencio reanudaba la marcha junto a él.
Era consciente de que conforme avanzaban sus pasos eran más lentos. Ninguno quería llegar a la confirmación de lo que ya sabían. No querían encontrar la prueba irrefutable de la partida de Connor, pero no tenían otra alternativa. De lo contrario nunca podrían superar la pérdida.
La pierna herida trastabilló y Sakti cayó de bruces al suelo. Aunque se cortó el labio contuvo un gemido, porque no quiso perturbar a su amigo.
—¡Déjame cargarte, Allena! —reprochó Darius mientras se agachaba junto a ella para levantarla. Cuando le vio la sangre en el labio, el mestizo rompió otro trozo de camisa para detener la hemorragia.
—Estoy bien —dijo ella mientras agarraba la tela—. No te preocupes por mí.
—Estás herida. ¿Por qué no quieres que te cargue? ¡Freki te trituró la pierna! ¡Es una locura que  avances así!
«No quiero que me cargues porque ya cargas mucho. Además, esta es mi penitencia». Sakti se guardó las palabras y esquivó la mirada de Darius, sabiendo que su amigo la cargaría de todas formas. Estaba enojada consigo misma. Se suponía que era la roca firme de Darius, el pilar en donde él se apoyaría cuando la tristeza lo derribara de nuevo. ¿Cómo iba él a apoyarse en ella cuando ella no se podía tener en pie por su cuenta?
Darius soltó un suspiro ante la tozudez de su amiga.
—Quédate aquí —dijo mientras iba hacia los árboles. Arrancó una hoja tierna, aunque ancha, y la limpió con agua. Al regresar la puso sobre el labio herido de Sakti—. ¿Sabes que si pones el reverso de una hoja sobre una herida, dejará de sangrar más rápido?
—¿Quién te dijo eso?
Se reprendió de inmediato por esa pregunta estúpida. ¿Quién más iba a ser, sino Connor? ¡Ojalá Freki le hubiese arrancado la lengua! ¡Así no diría idioteces! Para su sorpresa, Darius negó con la cabeza.
—Mi madre me lo enseñó. Ella hacía pócimas, brebajes y medicinas. Me enseñó a hacer algunas, pero nunca tuve cabeza para eso. Siempre creí que Connor lo había sacado de ella...
El tono de Darius cayó hasta ser apenas audible. El mestizo tomó aire y lo dejó salir en tres resoplidos rápidos. Intentó sonreír para consolar a Sakti pero ella lo reprendió:
—No tienes que hacerlo si no sientes ganas. No te fuerces tanto.
Darius asintió y la tomó en brazos. El intento de sonrisa desapareció. Aunque al principio caminó con firmeza, pronto respiró profundo y resopló seguido, en series de tres. Sakti sintió cómo empezaba a temblar ligeramente sin que ella pudiera hacer nada para consolarlo. Pasó el brazo sobre el hombro de él y lo abrazó mientras avanzaban. Darius la estrechó más fuerte aunque los dos sabían que estaban llegando al límite de sus fuerzas. Si Freki no los hubiese apaleado tanto, podrían alcanzar el campamento de Connor para despedirlo con un poco de dignidad, y no hechos jirones como iban.
Se afianzó más a Darius y apoyó la barbilla en el hombro de él, con la vista fija en el camino que dejaban atrás. Todavía el bosque y el cielo se le desdoblaban en dos realidades. Lo único que se mantenía estable en esa distorsión era Darius, porque no había vuelto a convertirse en el mestizo del pasillo. A Sakti se le antojaba que Darius se mantenía entero ante sus ojos –es decir, sin desdoblarse– porque el sujeto del pasillo no habría podido sentir la tristeza que lo embargaba ahora. Le parecía que el hielo que quemaba a su amigo era lo único que la mantenía cuerda. Porque si Darius también se hubiese desdoblado ante su percepción, como los árboles y todo cuanto la rodeaba, quizá Sakti se hubiese desdoblado también. Habría perdido lo poco que le quedaba de cordura.
Darius se detuvo de repente con un sobresalto y retrocedió dos pasos. Antes de que Sakti pudiera preguntarle qué pasaba, tres figuras armadas se situaron detrás del profeta. Los groliens llevaban hachas con filos limpios, aunque los mangos todavía tenían pringues de sangre. Éstos no eran como el último grupo que encontraron, el que les dio la noticia de la muerte de Connor. «Están aquí para eliminar a los aesirianos que se acerquen al campamento neutral», comprendió Sakti. «Están aquí porque siguen en guerra».
Por el rabillo del ojo vio que otros tres vanirianos se habían detenido delante del profeta. Uno de ellos avanzó con el hacha a media altura. Sakti se giró para encararlo.
—Si le pones un dedo encima te arrancaré toda la mano.
En su mente escuchó que Connor le chasqueaba la lengua. Si el doctor pudiese escucharla tal y como la mente trastocada de ella podía oírle, la princesa le habría dicho que no se preocupara. No planeaba forzar la transformación más allá de sus capacidades; además, Darius podía cargarla porque en esa forma era ligera como una pluma. ¡Ya quería verlo cargando a un Dragón entero!
—Si le haces daño —continuó la princesa mientras los labios se le estiraban sobre las mejillas, los ojos le brillaban amarillos y las marcas de la Profecía se le hinchaban un poco— los haré pedazos a todos y me los comeré uno por uno. Te lo juro.
La amenaza funcionó, porque el grolien retrocedió con cuidado, aunque mantuvo el brazo estirado y con el hacha a media altura. Sakti mantuvo la vista fija en el arma, mientras el vaniriano estiraba un poco más el brazo, despacio, en dirección a Darius. Con el extremo nulo del hacha, el grolien levantó la barbilla del mestizo para mirarlo mejor. El grolien retiró el arma también despacio, a la vez que soltaba un leve suspiro. Se aclaró la garganta y preguntó:
—¿Es Darius?
El profeta lo miró con sus ojos mestizos. Tenía un nudo en la garganta, así que se limitó a asentir. Las arpías que estaban junto al jefe cambiaron sus expresiones violentas por unas de tristeza, y bajaron la mirada. Los groliens detrás de Darius bajaron las armas y relajaron los hombros, a la vez que intercambiaban expresiones dolidas. El líder tragó fuerte y bajó su hacha.
—Mi nombre es Donar. Yo... conocí a su hijo. —Donar tragó fuerte—. Fue un hombre grandioso.
Darius volvió a asentir, aunque despacio, como si el tiempo en su interior corriera más lento que el de los demás.
—Darius, bájame —ordenó Sakti al verlo luchar—. Yo me hago cargo.
Apenas la princesa se apoyó en la pierna sana, Darius se encogió como un niño. Sabía que no podía dejar caer todo su peso en Sakti, así que se limitó a inclinarse, apoyar la frente en el hombro sano de su amiga y abrazarla. Sakti dejó que llorara sobre ella y alzó el brazo lastimado para acariciarle el cabello. Mientras consolaba a su amigo, miró a los vanirianos. Las intenciones del grupo habían cambiado. No querían hacerles daño. Tres groliens y dos arpías tenían la vista clavada en el suelo para respetar el luto del profeta; pero el cuarto grolien, Donar, tenía la vista fija en Sakti y Darius, en especial en Darius. Donar también tenía lágrimas en los ojos. Sakti supo que la presencia de Connor estaba otra vez ahí, guiándolos hacia él. Lo hizo desde el comienzo del viaje. Connor había dejado las migajas de su buena voluntad esparcidas por todo el camino: en la aldea krebin, en el grupo vaniriano que los ayudó a salir del río, en Delya, en el grupo que les comunicó su muerte y ahora en este nuevo equipo vaniriano. Por eso, cuando Donar se ofreció a llevarlos al campamento neutral, Sakti aceptó la ayuda.
Los vanirianos los guiaron hasta una carreta oculta a un lado del camino. El suelo tenía una lona que olía a sangre y en el fondo estaba el cadáver cubierto de un grolien asesinado por las manos de algún aesiriano enloquecido por la luna carmesí. Sakti y Darius montaron sin chistar, pues la princesa poco podía avanzar con su pierna herida y el profeta simplemente no estaba de humor para hacer algo más que llorar. Una arpía se encargó de guiar a la mula, mientras que el resto de vanirianos caminó alrededor de la carreta a modo de escolta.
La otra arpía llamó la atención de Sakti y, sin decir ni una palabra, le entregó un frasco. Al abrirlo, Sakti olió la fragancia característica de la medicina de Connor. El joven doctor seguía empeñado en ayudarles aunque estaba muerto. Sakti desvendó la pierna lastimada. Con ayuda de Darius aplicó la pomada y volvió a vendar. La vaniriana alada apenas la volvió a ver mientras se curaba, aunque Sakti supo lo que pasaba por la mente de ella y sus compañeros. Eran listos y ya hicieron la suma: Connor fue un profeta, por lo tanto su padre también lo era. Y la muchacha de cabello gris y mirada intimidante no podía ser otra que la princesa Dragón. Ni siquiera el pelo mal teñido de Sakti –apenas le quedaba tinte negro en las puntas– podría esconder su identidad, en especial porque no llevaba maquillaje que le cubriera las marcas de la Profecía que tenía en la cara y el resto del cuerpo.
Darius logró calmarse más pronto de lo que Sakti calculó. Pensó que era culpa suya: como estaba herida, Darius se obligaba una vez más a mantenerse fuerte, aunque seguro tenía ganas de hacerse un ovillo y llorar durante semanas. Sakti le acarició el pelo. «Seguro quedará todavía algún doctor por ahí que se hará cargo de esta pierna. Ya no tendrás que preocuparte más por mí y podrás llorar todo lo que quieras. Entonces comenzarás a estar bien». Estaba convencida de que entre más pronto Darius se sacara la tristeza con lágrimas, más pronto se recuperaría.
En cuanto llegó a esta conclusión alcanzaron el límite del bosque. Desde allí vieron el campamento neutral. Sakti se esperaba una ruina carcomida por el fuego, con grupos dispersos de vanirianos y aesirianos a la distancia, en espera del último adiós a Connor. En lugar de eso vio a la distancia un árbol gris gigantesco. El tronco ceniciento era tan gordo como una torre y se alzaba al cielo con una silueta esbelta, aunque algo retorcida. Las ramas se abrían por todas partes. Algunas se estiraban como si quisieran acariciar las nubes mientras que otras se extendían paralelamente al suelo, como una gran y alta sombrilla que se expandía a cien metros alrededor del tronco. Las tiendas de campaña se cobijaban bajo la sombra de las ramas. Sakti vio que en un extremo había solo aesirianos, en el otro solo había vanirianos, pero conforme más cerca se estaba del tronco más común era ver a vanirianos y aesirianos convivir como un solo grupo. Comprendió entonces que esos que estaban en el medio eran los compañeros de equipo de Connor, mientras que los soldados en uno u otro extremo eran los pacientes que el doctor había atendido y que todavía hoy servían a sus ejércitos.
Estaban ahí para presentar sus respetos al doctor.
Sakti vio que del bosque salían más grupos, casi todos vanirianos. Las carretas llevaban cadáveres. Los centinelas tomaban los cuerpos y los apiñaban en piras acomodadas alrededor del campamento, bien lejos de las ramas del árbol gigante. Si alguna carreta llevaba heridos, entonces aparecían doctores de las apariencias más variopintas, quienes evaluaban a los enfermos y los transportaban en nuevas carretas al interior del campamento.
—Mira —susurró a Darius—. Todavía mantienen las enseñanzas de Connor.
—Es la forma en que lo mantendremos vivo —murmuró a su vez Donar.
Cuando su carreta llegó al borde del campamento, los centinelas tomaron el cadáver que iba al fondo y lo reunieron con los demás. Sakti no vio el momento en que Donar llamó por señas a un titán. Se percató de la presencia de Yashin hasta que él se situó justo al lado de la carreta y se apoyó de un extremo. Casi la voltea mientras miraba a Sakti y a Darius con los ojos desorbitados. No necesitó una larga observación para confirmar que eran ellos.
—Yo me hago cargo —dijo el titán.
Dos aprendices los montaron en una nueva carreta. Antes de que empezaran a andar, Sakti vio a la arpía que le dio la pomada de Connor. La vaniriana no dijo nada con los labios, pero la princesa pudo leer su mirada: «Paga el precio de Connor. Ayuda a la próxima persona que lo necesite». Sakti no tenía el corazón bondadoso del doctor, pero supo que su plan original de honrarlo al pedir paz sería un buen precio por la pomada. La paz salvaría miles de vidas.
Los aprendices le revisaron la pierna mientras se adentraban al corazón del campamento. Las ramas sobre ellos creaban agujeros de luz y sombra. Sakti sentía curiosidad por el árbol gigante, en especial porque nunca había oído hablar de él. De lo contrario lo recordaría como una marca de territorio importante. Darius, en cambio, estaba ensimismado, sin prestar atención a nadie.
Reaccionó hasta que alguien lo llamó. Sakti también se giró hacia la voz de Drake. El peli-rosado estaba sentado frente a una hoguera, rodeado de amigos que le daban su apoyo y compañía. La carreta se detuvo. Drake corrió hacia ellos, saltó al interior de la carreta y aterrizó delante de Darius, a quien rodeó con un fuerte abrazo. El mestizo respondió con el propio, a la vez que las lágrimas volvían a aflorar. Sakti se mordió los labios. No podía echarle nada en cara a Darius por liberarse con Drake, o a Drake por consolar a Darius; pero lo cierto era que se sentía desplazada. Desde que se conocían era ella la encargada de consolar al mestizo. Recordó lo que Freki le dijo la madrugada previa a volverse loco:

«¿Qué pasará con él cuando ya no estemos?».

Acababa de descubrirlo: Darius estaría bien. Ella ya no tenía más excusas para aplazar lo inevitable.
Drake se separó. Tenía los ojos irritados, pero se había aguantado las lágrimas.
—Ven. Te llevaré a verlo.
Darius apretó los labios. Era consciente de la mirada de los aprendices y guerreros alrededor. Todos le miraban con tristeza, porque sabían quién era y que estaba a punto de ver el cadáver de su hijo, preparado ya para la cremación.
El profeta asintió y bajó de la carreta, guiado por Drake.
—Allena —la llamó—, ¿necesitas que te cargue?
Intentó hacerse pequeña para no inmiscuirse entre padre e hijo, pero tanto Darius como Drake la miraron en busca de apoyo. Querían que ella también formara parte de esa despedida íntima.
—Puedo andar por mi cuenta.
Los siguió en silencio. Como le dolía mucho ver los hombros cabizbajos de Darius, prestó atención a las personas alrededor. Los amigos que acompañaron al sicario alrededor de la hoguera eran tan variopintos como los doctores en la periferia del campamento. Vio a un humano manco, a un krebin gris, a tres titanes, arpías, groliens, aesirianos con armaduras de cazadores y con armaduras del ejército, a dos humanos más, y también a Finn y Kylma. Sakti entrecerró los ojos. ¿Qué hacían los aprendices de Kehari ahí? Y sobre todo ¿dónde estaba Kel?
Drake los guio a una tienda cercana, que formaba parte de una hilera continua de tiendas. Esa sección tenía varias filas que bordeaban los caminos del campamento a modo de calles. Sakti frunció la frente. Le gustaba el orden del campamento, que asemejaba a una ciudad andante. Pero se preguntó qué haría el cuerpo de Connor tan cerca de tiendas donde aprendices y guerreros dormían, y guardaban víveres y medicinas. ¿No debería estar con los demás cadáveres, a las afueras del campamento, cerca de las piras funerarias?
Aunque el sol brillaba en lo alto, las ramas del árbol gris hacían que el campamento se mantuviera fresco y a la sombra. La tienda que Drake eligió tenía encima una lona negra que la mantenía aún más fresca. Pero al cruzar la gruesa cortina los envolvió el tibio calor de una lámpara. Sakti parpadeó encandilada. A pesar del resplandor de la linterna junto al catre, tuvo que acostumbrarse a la oscuridad que reinaba adentro.
Y aun cuando se acostumbró, creyó que sus ojos le jugaban una mala pasada. Connor estaba recostado en los almohadones, pálido como el árbol ceniciento, y junto a él estaba la persona menos esperada de todas.
El Emperador.


"Los Hijos de Aesir: El canto del Dragón" © 2016. Ángela Arias Molina
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!