El mundo aesiriano es cruel, corrupto, oscuro; confiar en alguien es un error. Pero los Dragones deberán hacerlo, no para salvar al mundo sino para salvarse a sí mismos.

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  • Refuerzos

    REFUERZOS


    —Porque usted lo quiere salvar, Alteza. Quiere liberar a mi hijo. —Enlil miró la tumba de Njord, detrás de Sakti—. Usted lo ama como él nunca me amará a mí. Él nunca lo entenderá. Al fin lo he aceptado. Pero usted sí, ¿verdad? Usted siempre lo ha entendido.
    Sakti asintió. Ella siempre lo supo, desde la primera vez que vio a Enlil: él amaba muchísimo a su hijo. Era su mundo. La Sakti antes de la fusión comprendió muy bien a Darius, pero también a Enlil; y supo que el triste destino de los dos era resultado del azar. Enlil habría dado lo que fuera por ser un padre para Darius, pero las circunstancias no se lo permitieron. Y Darius era tan testarudo que nunca podría ver ni comprender los esfuerzos de Enlil para demostrarle lo mucho que lo amaba.
    Se viera como se viese, era una tragedia: un hijo resentido porque cree que su padre no lo ama, y un padre derrotado porque no sabe cómo expresarle su amor incondicional al niño que tiene su corazón. Sakti no supo qué era lo más triste: que Darius ignorara lo mucho que lo quería o que Enlil se haya dado por vencido y aceptado el resentimiento furioso de su hijo como algo inmortal.
    Si ella le contaba a Darius sobre ese momento, ¿le creería? Si ella le explicaba que Enlil había ido a buscarla para darle las esencias, para darle lo último que ataba a Darius a la voluntad del Emperador, ¿comprendería él los riesgos que tomó el General? ¿Vería el amor a través de la traición explícita de Enlil al Imperio? Al darle esa gema a Sakti, Enlil le dio la última llave que abriría la jaula de Darius.
    Al fin el mestizo sería libre.
    —¿Cómo supiste que las buscaría? —Enlil levantó los hombros y sonrió.
    —¿Es que no era obvio? Alteza, cualquiera con dos dedos de frente vería que usted es leal.
    La chica estuvo tentada a carcajear. ¿Leal? ¿Cómo podía Enlil llamarla leal cuando ella claramente traicionaba al Imperio? Lo hizo hace años, cuando fingió la ejecución de Darius, cuando robó las esencias para devolverlas a los profetas, cuando guardó silencio sobre la inminente invasión y cuando sacó a Zoe del Templo de las Doncellas a escondidas. Traicionaba ahora a su tío y a todo el Imperio al llevarse las esencias de su amigo.
    Sakti no era leal, sino la Aesir más mentirosa y embustera de todos.
    Como si Enlil le leyera el pensamiento, dijo:
    —Usted nunca juró lealtad al Emperador, Alteza. Claro, hizo los votos como todos los príncipes y guerreros que luchan bajo el estandarte aesiriano. Pero, en su corazón, su lealtad ha estado en otra parte. A veces los votos silenciosos son los más poderosos. —Sakti pensó en el amor de Enlil a Darius, tan fuerte e incondicional, pero mudo a los únicos oídos que en verdad debían escucharlo—. Su lealtad siempre ha estado aquí —agregó el General mientras se llevaba una mano al pecho, justo por encima de su corazón— y con todos los que guarda en su interior.
    Sakti meditó en silencio y sintió una extraña calidez al comprender que las palabras de Enlil eran ciertas. Ella fue leal a aquellos en su corazón, antes y después de la fusión. Era leal a los profetas, que le eran más amados y preciosos que su propia familia. Por eso se cortó un brazo para salvar a Connor.
    Incluso ahora, cuando no era más que un desperdicio del mundo, le era todavía leal al amo.
    Todavía había algo bueno en el cuerpo que albergaba las tinieblas de una portadora y su Dragón.
    —Porque es leal, Alteza —continuó Enlil—, sé qué es lo que va a hacer. Sé cuál es su prioridad. Usted no planea quedarse para asegurar la salvación de Masca. Apenas tenga a todos los profetas a mano, se irá con ellos. —La muchacha asintió.
    —Nunca más volverán a saber de nosotros.
    —Oh, Alteza. No haga esto. Usted es más lista que esa patética mentira. —Enlil agitó la cabeza con suavidad y la miró con ojos tristes—. Sabe que aunque se marche con Darius y los chicos, tarde o temprano la encontraremos. Tarde o temprano, la Profecía habrá de cumplirse. Solo espero que para ese entonces haya cortado ya todos los vínculos con Darius.
    Sakti jadeó. ¿Cortar todo lo que la unía a Darius? Enlil la miró con un nuevo grado de compasión, porque él sabía lo sola que estaba. Si la chica todavía tenía algo en el mundo, era Darius, su amigo, su compañero. Si renunciaba a él, ¿qué le quedaba? Una familia que la cazaría para sacrificarla, la promesa de una muerte que la esperaba desde hacía milenios y un hermano tan condenado y desesperado como ella. Solo caos.
    —Si lo quiere, lo dejará ir. Tal y como yo lo he hecho —concluyó el General.
    Sakti meditó en silencio. Si eso la esperaba a ella, ¿podría enfrentarlo por su cuenta, sin Darius y los chicos? Cuando al fin el Emperador, Sigfrid, Enlil y el mismo Dereck la cazaran y la enviaran al sacrificio, ¿podría tolerarlo sola? ¿Podría caminar hacia la muerte sin mirar atrás en busca de un último apoyo, de una única persona que no quisiera su destrucción? Quizá. Quizá podría hacerlo, porque ella era un despojo y no la verdadera Sakti, no el verdadero Dragón. Ella no era la verdadera amiga de Darius, sino una sombra de lo que el mestizo solía llamar «cariño».
    —Por tu consejo y esto —dijo la muchacha mientras señalaba la cartuchera donde guardó las esencias de Darius—, te daré un obsequio.
    Sakti desenvainó una daga que cargaba en el cinturón, hecha de ónix y sombras. La daga maldita de los Tonare hizo que Enlil se estremeciera. El primer impulso del General fue estirar una mano hacia el arma, pero cuando escuchó los susurros malévolos que venían de ella tuvo un vistazo a la pulpa ensangrentada de Reiner debajo de él. Todavía bloqueaba esa memoria, todavía huía de ella y no quería recuperarla, en especial porque la daga había puesto el rostro deforme de Darius por encima del cráneo roto de Reiner.
    Enlil dio un salto hacia atrás y entornó los ojos sobre Sakti, furioso. Ese no era un obsequio, ¡era una venganza por pedirle que se apartara de Darius! La princesa respondió a su mirada con un rostro sereno y mudo y esperó a que la respiración de Enlil se acompasara para explicarle sus intenciones.
    —Supongo que sabes qué es esto —susurró Sakti, como si fuera brisa.
    Enlil asintió, todavía enojado. La historia de esa daga fue muy conocida entre los Tonare y los sirvientes que atendieron a la familia, como la anécdota de Sablie y Sekli, el padre y el hijo que se internaron al laberinto de pasillos secretos para matarse, sin salir ninguno de los dos. La daga negra, la daga Tonare, la primera empuñadura que mató a un padre y maldijo al resto de la familia a continuar con la nefasta maldición. El arma se había perdido con el tiempo, pero había marcado a generaciones enteras de los Tonare desde la distancia, obligándolas a matar, huir y odiar sin descanso.
    Sakti continuó tranquila, sin parpadear.
    —Esta arma ha alcanzado a tu hijo. Darius tiene una herida maldita que no deja de sangrar.
    Fue como si el mundo entero colapsara. Enlil quiso correr hacia Sakti, quitarle la daga de un golpe y apuñalarla una y otra vez por mentirosa, pero ella lo calmó antes de que perdiera los estribos. Darius aún estaba vivo. Darius aún luchaba contra la maldición. Y el hijo que lo había herido también luchaba, también buscaba la salida del laberinto que el puñal de ónix había trazado para él.
    —Mi obsequio de agradecimiento es este —concluyó la princesa—: la promesa de que Darius se salvará de la maldición Tonare. Tu hijo no morirá a manos de tus nietos. El ciclo se ha roto.
    La hoja negra vibró. Una ranura apareció en un borde. Luego otra, otra y otra, hasta que el ónix se transmutó en una roca quebradiza y opaca, desquebrajada como labios del desierto. La daga se había roto. La brisa sopló y arrastró el puñal, que se había convertido en polvo en la mano de Sakti.
    Enlil recordó que hacía unos años él había puesto un diente de león delante de la tumba de Njord, justo donde la princesa estaba ahora, y que el espíritu de su nuera había soplado sobre la flor para pedir un deseo. Y ahora Njord había soplado otra vez y su deseo se había cumplido.
    Darius era libre de la maldición Tonare.

    ****

    La sincronización le reportó el último censo. El Emperador arrugó la frente, sin saber muy bien qué hacer. Los civiles estaban a salvo en los túneles, pero había otros dos grupos pequeños en la superficie que necesitarían ayuda para sortear a los hijos de Vanir. Pero ¿cómo podía ayudarlos? Todos los equipos de combate ya estaban en batalla, los embriones Fafnir apenas estaban madurando y, además, él apenas tenía fuerzas para interpretar los datos de la sincronización.
    El trabajo con los embriones había tomado gran parte de la energía que le dio el núcleo extra, así que le tomaría un buen tiempo ser capaz de enviar indicaciones por medio de la sincronización, y aún más modificar la estructura de la ciudad.
    «Kardan y Zoe estarán bien por su cuenta», pensó mientras acariciaba la energía de su hijo. A pesar de la distancia, el Emperador lo sintió sobresaltarse. Incluso sintió las manos heladas del príncipe heredero mientras acariciaba una pared, en busca de un rastro de energía para saber si su padre al fin estaba despierto. El monarca sonrió enternecido, porque supo lo preocupado que estaba su hijo por él. A pesar de todo lo malo que había hecho en la vida, todavía había alguien que lo quería.
    Luego sintió a Zoe, que no se había detenido a pesar de sentir el cambio en Masca. Ella simplemente siguió avanzando hacia una meta incierta, segura de que el príncipe la seguiría hasta el final. A los pocos segundos, Kardan corrió tras ella y la tomó otra vez de la mano, embobado. El Emperador agitó la cabeza. ¿De dónde salió su hijo tan masoquista? La única ventaja de que el príncipe estuviese tan pendiente de ella era que la pitonisa podría prever el peligro vaniriano a tiempo, y ponerse a salvo junto con Kardan. Por eso ellos dos estarían bien.
    Pero... ¿y Darius? El Emperador sintió el retumbo de los pasos del hijo de Vanir, cada vez más cerca del profeta herido, el peli-rosado desesperado y la bola de pelos que era o muy valiente o muy cobarde como para abandonar a los aesirianos y echar a correr. ¿Qué haría con ellos? ¿Los ayudaría o...?
    No. La bola de pelos era un vaniriano, no tenía ninguna relación con el peli-rosado y Darius era sencillamente insoportable. Ese mestizo bastardo no era más que un dolor de cabeza, ¿por qué habría de salvarlo ahora? Se había contenido de matarlo durante años de cautiverio e insolencia para no desagradar a Enlil, pero siempre había esperado un milagro para deshacerse de él. Como que en un invierno pillara un resfriado muy severo. O que se echara a nadar al lago, le diera un calambre y se ahogara. O que estuviese medio desangrado en una calle a punto de colapsar bajo el peso de un monstruo vaniriano...
    Podía ignorar al profeta. Aún cuando tuviera intenciones reales de salvarlo, no podría hacerlo porque no tenía tiempo ni energía suficiente para enviarle refuerzos. En verdad no había nada que pudiera hacer para ayudarlo.
    Pero luego recordó la sonrisa bonachona e ilusionada de Enlil cuando hacía planes para criar a Darius en Masca; y recordó también a Sakti en la torre del metal bendecido por Dios, inclinada sobre el cuerpo de Mark para despertarlo. Enlil nunca pudo llevar a cabo su plan y Sakti no volvió a ser la misma cuando el mensajero murió. Pero el General todavía albergaba sueños y la princesa todavía volcaba su confianza en alguien; y para ambos esa persona era Darius. ¿Podía entonces quedarse simplemente cruzado de brazos, sin hacer absolutamente nada? Él detestaba al mestizo, pero Enlil y Sakti le eran queridos. A los dos ya les había quitado bastante y les quitaría todavía más. Lo mínimo que podía hacer ahora era proteger a Darius por ellos.
    ¿Pero cómo?
    En ese momento, la sincronización le transmitió un nuevo dato. Una noticia tanto alentadora para su dilema, como terrible para su tranquilidad como padre. Él no podía hacer absolutamente nada por el momento, ¡nada!, nada más que...
    Miró al chico a sus pies. Connor lo observaba con las cejas levantadas y la boca abierta, porque llevaba ya bastante tiempo llamándolo y preguntándole si estaba bien.
    —No tiene muy buen aspecto —comentó el soporte médico mientras se revolvía en los cables que lo tenían sujeto—. En el botiquín tengo medicinas para el dolor y el mareo. También tengo algo de suero y unos emparedados de carne fría muy, muy ricos. Sería bueno que se los comiera para que las pastillas no le caigan muy pesadas al estómago. ¡Ah, pero sin la carne! Me imagino que lleva tiempo sin comer, así que no hay que forzarlo a digerir mucho. Pero qué lástima que la carne se pierda... Aunque supongo que yo me la puedo comer. Y el pan ya sabe un poco a carne, así que también podrá saborearla sin forzar el estómago. Y si...
    —¿Por qué haces eso? —lo cortó el Emperador.
    Connor abrió y cerró la boca sin decir nada coherente, hasta que finalmente tomó aire y aclaró las ideas.
    —Perdón. Ya me han dicho que hablo sin parar cuando estoy nervioso o muy emocionado. Lo hago sin querer.
    El chico intentó mantener la calma, pero el Emperador lo sintió estirar los dedos de los pies para liberar un poco la tensión. Al cabo de unos segundos, Connor no lo aguantó más y se soltó a hablar de nuevo.
    —En el botiquín tengo medicinas para el dolor y el mareo. También tengo algo de suero y unos emparedados de carne fría muy, muy ricos. Sería bueno que...
    —Sí, sí, eso ya lo dijiste antes —gruñó Kardan. Soltó un suspiro y repitió—: ¿Por qué haces eso?
    —Perdón. Ya me han dicho que hablo sin parar cuando...
    —No lo repitas —lo cortó el Emperador—. Lo que te estoy preguntando es por qué haces esos ofrecimientos en tu situación. En lugar de ofrecer medicina y comida, deberías pensar en cómo matarme.
    —¡Yo nunca haría eso! —jadeó Connor, ofendido.
    —Deberías. —El Emperador recostó la cabeza en el respaldar—. Soy enemigo de tu padre. Si Allena no hubiese intervenido, lo habría enviado a ejecutar por el supuesto asesinato de Enlil. Y aun cuando Enlil hubiese regresado, no me habría sentido ni un poco culpable de rebanarle el cuello a ese mestizo insolente. ¿Y aún así me ofreces ayuda?
    Sonrió cuando Connor lo miró sin pestañear. Estuvo seguro de que el chico le respondería con una insolencia. Se parecía tanto a Darius que debía de tener la misma lengua mordaz. Pero la expresión del chico se suavizó con lástima, ¡lástima!, y bajó la mirada.
    —Debe ser terrible —murmuró Connor—. Debe de sentirse muy solo. —El chico respiró profundo y continuó—: Solo una vez he matado a alguien. Ella estaba lastimada, se estaba muriendo y no había nada que yo pudiera hacer. Todos los días y todas las noches me digo que lo hice por piedad, y que otra persona la habría dejado sufrir solo porque sí. Pero aun así fue el momento más aterrador de mi vida. —Connor levantó la mirada y lo miró con claridad, sin vergüenza ni enojo. Sin nada más que honestidad—: ¡Nunca tuve tanto miedo y nunca me sentí tan solo como cuando ayudé a Kiria! No quiero sentirme así nunca más, ¡y no quiero que nadie más esté tan asustado y solo como yo! ¡Tan asustado y solo como usted, como Allena, como Adad! Es horrible. ¡Lo detesto!
    Sus palabras resonaron en la Sala. Kardan lo miró envuelto en el eco y la luz de los cables, sin saber muy bien cómo sentirse. ¿Ofendido por la lástima de Connor? ¿Confundido por las palabras del chico? Algo era seguro: debía darle el crédito de ser un buen observador, porque sí, era cierto: estaba solo y asustado. Lo había estado desde pequeño, cuando comprendió que debía utilizar a su hermana pequeña como una herramienta para cumplir con su tarea. Enlil y Sigfrid entendían muy bien sus razones, porque ellos también habían mentido y renunciado a mucho por un bien común. Pero ante los demás siempre serían unos monstruos insensibles. Pero Connor no era como los demás. El chico miraba el mundo de una manera diferente. «Bien, ha logrado llamar mi atención», decidió el Emperador.
    El chico hizo una mueca y continuó:
    —No me gusta que las personas se sientan mal y usted de verdad tiene muy mal aspecto. —Connor ladeó la cabeza y ofreció una sonrisa bonachona, como la de Enlil, aunque mucho más tranquilizadora—. Se puede comer un emparedado sin la carne. Luego se toma las medicinas y si me deja, le pongo el suero. Ya con eso se va a sentir mucho mejor.
    Kardan lo miró otro rato, mientras la sincronización le transmitía la información sobre los grupos de Darius y Zoe. El mestizo era una molestia y la pitonisa había enamorado al príncipe heredero sin pretenderlo ni con intenciones de corresponderle. Pero este chico, Connor, era distinto. Era pura calidez, pura inocencia, pura ignorancia. «Se va a morir. En este mundo corrupto y cruel es imposible sobrevivir sin dejarse corromper y cometer crueldades».
    La sincronización liberó a Connor. El chico estiró las piernas y los brazos con cuidado de no lastimarse las costillas rotas por los cables. Empezó a quitarse el botiquín para darle la medicina al Emperador, pero Kardan lo detuvo en seco:
    —Tu padre está muriendo en Masca.
    El chico palideció; luego parpadeó un par de veces y volvió a sonreír.
    —Creo que se equivoca. Mi papá no está en Masca. Está muy, muy lejos de aquí. A salvo.
    —Tiene varias heridas en el abdomen y el costado, heridas que no dejan de sangrar. Y lo acompañan un muchacho de cabello rosado y una asquerosa bola de pelos.
    La sonrisa tembló en los labios de Connor. La palidez lo golpeó otra vez y los ojos se le empañaron. Kardan lo sintió luchar contra las lágrimas y el nudo en la garganta, pero lo vio con claridad: era tan solo un niño asustado y perdido en ese mundo corrupto y cruel.
    —Por favor, déjeme ir con él —suplicó con la voz cortada—. Yo... yo... prometo que regresaré después. Si me deja ir con mi papá, si me deja ayudarlo, haré todo lo que usted quiera.
    El Emperador soltó un suspiro.
    —Puedes retirarte.
    Connor lo miró con ojos gigantescos, como un conejo asustado e indefenso delante de un lobo.
    —¿En serio?
    —Sí, vete. Haz lo que mejor te parezca. Pero recuerda esto. —Hizo una pausa y levantó el dedo en el aire para marcar sus palabras—. Esta es una excepción. Es mi agradecimiento por la ayuda que me has dado hoy, pero no habrá una próxima vez. En cuanto salgas de mi vista, la cacería comenzará. Dragones y profetas por igual han de cumplir la Profecía. ¿Entiendes?
    Connor lo miró en silencio, pero la sincronización era tan débil aún que el Emperador no pudo percibir sus ideas y preguntas, a pesar de que debía de tener miles. Al fin el chico asintió y dijo:
    —Si alguna vez me vuelve a ver, será porque yo lo decidí. Será porque habré tomado un rol en todo este embrollo y elegí llevarlo a cabo.
    —Oh, ¿y cuál será ese rol? —preguntó el monarca, divertido. Connor le había parecido un gatito asustadizo con su habladuría nerviosa, pero ahora estaba tan serio y solemne que parecía otra persona.
    —No lo sé. Aún no lo sé. Pero supongo que para entonces lo habré descifrado.
    El chico le regaló una sonrisa, dio media vuelta y echó a correr hacia la puerta. El monarca soltó otro suspiro cansado, cerró los ojos y escuchó las pisadas de Connor mientras se alejaban... y luego otra vez mientras regresaban. Abrió de nuevo los ojos, vio al chico doctor detenerse al pie del Hlidskjalf y quitarse el botiquín. Connor sacó dos bultos pequeños envueltos en paños, subió las gradas al Trono y puso la entrega en el regazo del Emperador. Luego le guiñó un ojo y dijo:
    —Dos emparedados. Pero recuerde, ¡sin carne! Sea un buen paciente y recupérese.
    Luego tomó el botiquín, se lo colocó en la espalda y echó a correr. Esta vez sí desapareció por la puerta. Kardan escuchó anonadado sus pisadas rápidas, miró el par de emparedados en el regazo y el estómago le rugió.
    No, Connor no se parecía a Darius. Tenía las facciones odiosas del mestizo, pero sus rasgos, su sonrisa, su calidez y buena voluntad tan fuera de lugar... Era alguien más. Era Istar.
    Con una sonrisa, desenvolvió el primer emparedado y empezó a comer. En su mente, Connor e Istar lo regañaron por hacer trampa y masticar la carne.

    ****

    Una vez, hacía mucho tiempo, una ola lo revolcó. El mar lo había succionado y sus pies se habían tambaleado inestables sobre la arena. El agua se le metió en la boca, la nariz y los ojos. Cuando intentó levantarse y regresar a la superficie, solo se topó con el fondo. El agua lo envolvió, el mar le dio vueltas como si fuese un trompo, y la corriente se convirtió en anguilas que lo encadenaron a la arena y la sal.
    Lo que más recordaba de ese día era la fuerza bárbara del mar mientras lo arrancaba de la tierra. Luego la furia del aire mientras regresaba a sus pulmones, para reclamarlo de vuelta. También recordaba el rostro de su madre, borroso por el agua salada que todavía le atenazaba los ojos. Y el llamado de su mamá mientras lo mecía y le daba palmaditas para que vomitara el agua tragada.
    Había sido solo un niño, no más de cuatro años, pero esa primera sacudida lo había impresionado mucho. Fue cuando aprendió que la vida era muy frágil y fácil de perder. Para morir, solo necesitaba estar vivo. Para ahogarse, solo tenía que respirar. Desde entonces había aprendido muchas más lecciones y sufrido revolcones más violentos, tanto en el mar como en la tierra. Pero, con excepción de su madre, Njord y Fenran, ninguna sacudida lo había aturdido tanto como esa primera ola traicionera.
    Hasta ahora.
    Estaba a punto de romperse. Cada vez que intentaba levantarse, cada vez que intentaba avanzar hacia la superficie, la daga lo detenía.
    Connor le había dicho que necesitaba reposo, que la herida era grave y no podía complicarla aún más. Pero Darius se había olvidado de la ola, de la fragilidad de la vida y lo fácil que era morirse. La herida le impedía hacer mucho de lo que antes era sencillo para él, pero siempre que le daba problemas, siempre que se abría y lo hacía tambalearse, había alguien cerca para levantarlo. Sakti y Connor siempre estaban ahí para él, y por eso, a pesar de las advertencias de su hijo, Darius creyó que todo estaría bien. Sakti y Connor jamás lo dejarían caer.
    Pero ninguno de los dos estaba cerca ahora y la ola lo había derribado de nuevo. Lo estaba revolcando en ese momento, arrastrándolo a la parte más oscura y sombría del mar. Darius sintió la presión del agua sobre él. Cuando se le acabara el aire, ni las burbujas le harían compañía.
    —Ah, pero qué desastre eres —le dijo alguien.
    Se suponía que debajo del mar no había voces. En el fondo, ni siquiera las olas se escuchaban.
    —No quiero ponerme pesado, Darius, pero necesito que llegues hasta el final. Si te mueres antes, todo el trabajo de los demás ayudantes de Dios y de los mensajeros habrá sido en vano. Creo que ni yo podría arreglar las cosas.
    A su lado, flotando en la oscuridad, Mark le sonrió.
    —Bah, supongo que no queda más remedio que echarte una mano. —La sonrisa del mensajero se ensanchó—. Ya mandé los refuerzos.
    Darius estiró una mano hacia él, pero el agua vibró con un latido fantasmagórico y Mark y el fondo del mar se disolvieron. En su lugar quedó una nueva oscuridad, pero esta era mucho más sonora y distorsionada que la relativa calma del océano. «Masca», comprendió al reconocer los escombros de los tejados y el cuerpo del grolien que él había matado. Debía de estar confundido y asustado. Pero aunque no podía moverse, jamás se había sentido más lúcido y seguro de lo que tenía que hacer.
    —Drake. Kel —los llamó.
    El sicario y el pequeño grolien habían estado discutiendo entre murmullos sobre lo que iban a hacer. En sus rostros estaba marcado el pánico. La frente de Drake y el pelaje de Kel brillaban por el sudor. Darius lamentó mucho que el niño estuviese tan asustado, pero no se esperó que Drake también lo estuviera. El peli-rosado era listo. Él sabía lo que tenía que hacer, lo único que podía hacer. No debía dejarse asustar, ni siquiera por las vibraciones que reverberaban en el suelo y la silueta gigantesca que se aproximaba por la calle.
    —Váyanse —les dijo.
    Kel abrió la boca y jadeó como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Luego arrugó la cara y se lanzó al lado de Darius, temblando. Drake, en cambio, apretó los labios y desdibujó el miedo de hacía unos segundos. Darius no supo si fue para hacerse el valiente o porque ya había aceptado la única solución posible.
    —No, no, ¡no! —lloró Kel—. ¡No me voy sin ti! ¡Jamás, jamás, jamás!
    Kel dijo algo más, pero Darius no lo entendió. Los ojos café del grolien resplandecieron como monedas y los lagrimones que rodaron por su cara parecieron pequeñas lunas plateadas. Darius lo amó. Era una lástima que no hubiesen podido estar más tiempo juntos.
    —Eh, no llores —lo consoló.
    Creyó que ya no tenía fuerzas, pero su cuerpo cooperó con él y pudo levantar la mano a la altura del rostro de Kel, para secarle una lágrima.
    —Sé un buen chico, ¿de acuerdo? Escucha a tus hermanos, obedécelos y ayúdalos a encontrar a tu hermana. Después salgan de aquí a como dé lugar. Mientras ustedes estén a salvo, yo también lo estaré.
    Darius siempre creyó que esas palabras estaban demás, porque nunca había hecho nada para que Kel dudara de que pertenecía con ellos. Desde que lo conocieron, le habían dado un hogar, hermanos y hermana, y un padre. Pero solo por si acaso, solo por si alguna vez lo dudó o por si lo dudaría algún día, debía decírselo ahora, para que quedara claro.
    —Cuida a nuestra familia en mi lugar.
    Kel le apretó la mano y se encogió sobre él como si fuera una garrapata. Darius supo que Drake tendría que arrastrarlo para sacarlo de esa calle antes de que el hijo de Vanir los alcanzara. Miró al peli-rosado para pedirle que se hiciera cargo, pero descubrió que su hijo no había cambiado nada. Drake se había convertido en un muchachón robusto y fuerte, vulgar, grosero y violento, pero en el fondo seguía siendo el niño que apretaba los labios y congelaba el rostro cuando quería llorar. En el fondo, todavía era un bebito llorón y refunfuñón.
    —No puedes morirte —sentenció el sicario—. No puedes.
    —Llévatelo...
    —¡No puedes! —rugió Drake—. Me lo debes. ¡No corriste hacia mí cuando te necesitaba! ¡Te congelaste! ¡Me abandonaste! Ahora no me puedes negar esto, ¡te tienes que levantar! ¡Tienes que correr conmigo! ¡Ya no me puedes abandonar más!
    Darius en verdad lo intentó, pero ya no pudo. Había ciertas cosas que eran sencillamente imposibles. Debió haberse muerto aquel día en el desierto, cuando Drake le destrozó las entrañas. Pero Connor y Sakti habían comprado tiempo para él. Lo habían mantenido con vida aun cuando en el cuaderno de la Muerte, el nombre de Darius ya había marcado su tiempo de salida. Quizá ya había vivido más tiempo del que le correspondía. «Con toda la sangre que he perdido en estos meses, ya tuve que haberme muerto unas 15 veces. ¡Más bien es raro que no me haya muerto ahora!». Pensó que a lo mejor la Muerte le estaba haciendo un favor: le estaba dando tiempo para que hiciera lo último que debía. Le estaba dando la oportunidad de irse sin ningún arrepentimiento.
    Estiró la mano libre hacia Drake. Por una fracción de segundo temió que el sicario lo apartara, pero el muchacho lo estrechó con la misma fuerza con la que Kel se aferraba al otro lado de Darius.
    Se vieron a los ojos. Drake era duro como la roca. Con ese rostro congelado, cualquiera lo creería insensible e inconmovible. Su padre se moría frente a sus narices y él no tenía ni una lagrimita al borde de los ojos. Pero Darius no era cualquiera: era el hombre que lo había recibido cuando vino al mundo, el que le cambió los pañales y le limpió la nariz. Él conocía a su muchacho. Conocía a su campeón.
    Y sabía que, por dentro, Drake no era tan insensible, frío y firme como por fuera.
    «No te puedes morir», le transmitió el chico, como cuando era niño. «No puedes. Por favor».
    Darius sabía que con Dagda, Airgetlam y Connor no tenía que decir esas palabras, porque ellos ya lo sabían. Pero solo por si acaso, solo por si alguna vez Drake lo dudó o por si lo dudaría algún día, debía decírselo ahora. Para que quedara claro.
    —Te amo.
    Drake apretó los labios y los ojos, para que su superficie no se rompiera. Pero Darius lo sintió en la mano que sostenía la suya y supo que Drake lo lloraría dentro de unos minutos, cuando muriera. Pero por el momento, el sicario logró componer el rostro y mantenerse tan entero como siempre.
    —Yo también te amo.
    Fue en ese momento que la daga se deshizo en la mano de Sakti.
    Fue en ese momento que el Emperador dejó ir a Connor.
    Y fue en ese momento que los refuerzos de Mark aparecieron.
    Zoe y Kardan llegaron antes que el hijo de Vanir.


    "Los Hijos de Aesir: Dos Tronos" © 2015. Ángela Arias Molina

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