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Capítulo 2

2
EL CASTIGO DEL MENSAJERO

El repiqueteo de las gotas contra la ventana la llamó. Sekmet abrió los ojos con pereza, todavía atrapada en sueños.
—Pronto partiremos —le dijo alguien—. ¿Te imaginaste que sería así?
La frescura de la tarde, la suavidad del césped, la firmeza fría y segura de la lápida en la que se recostaban… Por un momento todo estuvo allí, tan claro como el agua. Incluso sus emociones. Ellos, asustados. Ella, deseosa. Les apretó las manos para darles ánimos y ellos la abrazaron. Entonces notó que ella también temblaba.
Vieron el atardecer, sabiendo muy bien que sería el último que verían jamás.
Sekmet escuchó los latidos de sus corazones, débiles y ansiosos. Le sonaban a la última carrera de caballos moribundos en busca de un lugar adecuado para morir. Las palpitaciones se convirtieron en auténticos cascos de caballo. Alguien venía.
De nuevo las gotas de agua. Esta vez, cuando entreabrió los ojos, reconoció las cortinas cerradas. A través de ellas se colaba una luz mortecina que anunciaba una madrugada fría y lluviosa. Los amos se daban media vuelta y volvían a dormirse, pero los esclavos se estiraban y comenzaban el día.
Después de arreglar la cama y vestirse con el uniforme, abrió las cortinas para recibir los buenos días de la ciudad de Lahore. Aún estaba oscuro pero vio luces en los principales establecimientos. El carnicero, el verdulero, el panadero y el herrero de la cuadra más próxima tenían ya las luces encendidas, y otras tantas comenzaban a parpadear en las demás zonas de la ciudad.
Sekmet abrió la ventana y dejó que el viento frío de la madrugada le helara la cara para terminar de espabilarse. Escuchó con mayor claridad la lluvia, que aunque no era un aguacero sí dejaba caer gruesas gotas contra los alfeizares de las ventanas, las tejas del techo y las lozas de mármol de las calles. Incluso despierta le pareció que la lluvia eran los cascos de bravos caballos que corrían hacia ella.
Algunos coches ya circulaban por las calles. Las yeguas los jalaban mansas y obedientes, resignadas a soportar la lluvia. Sekmet las miró mientras rodeaban la plaza, que estaba justo frente a la propiedad de los Salvot. Sintió pena por ellas porque supo que extrañaban el establo. Cerró los ojos y se situó allí, en una de las tantas noches que durmió echa un ovillo sobre la paja húmeda, acercándose con timidez a los animales para alimentarse de su calor.
Agitó la cabeza y se apartó de la ventana. A veces le costaba creer que ya no estaba en un establo o acurrucada debajo de un árbol, como algunos esclavos. Tuvo suerte. A ella la eligió el amor Mark.
El día que llegó a Lahore experimentó la alegría más grande de toda su vida, sin imaginar que era solo el principio. Ningún aesiriano ni ningún otro humano habría contratado a una mocosa flaca y harapienta, pero Mark corrió hacia ella y su padre se lo permitió solo para verlo sonreír.
A Tiamat le dieron trabajo en una de las plantaciones del señor Frederick Salvot. También le dieron una casita de una habitación y un baño, que era la envidia de los demás esclavos. Los híbridos tenían que conformarse con chozas a las afueras de la ciudad o cuartos de servicio en los establos fríos y llenos de goteras.
Pero Sekmet fue la verdadera afortunada. Sus tareas eran bastante simples. No tenía que luchar contra las lluvias constantes para salvar los cultivos de su amo, ni tenía que llenarse los pies de barro arando la tierra o guiando al ganado. Ni siquiera tenía que correr de un lado a otro de la ciudad para llevar recados, aunque bien podía hacerlo si se lo ordenaban.
Su única tarea era ser compañera de juegos de Mark. Si el chico quería jugar a las escondidas ella fingía esconderse y dejaba que la encontrara. Si él quería pintar con crayones ella se sentaba al lado y le alababa los bonitos dibujos que hacía. Si él quería leer un cuento ella se sentaba en la cama y dejaba que el chico la enseñara a leer.
Ese era su único deber explícito. Pero había otro más importante, un trabajo implícito que seguía al pie de la letra como si se le fuera la vida en ello. Porque así era, en realidad. Aunque nadie jamás se lo dijo ella sabía que su verdadera tarea era cuidar de Mark. El chico era lo más valioso de la casa, lo más precioso de toda Lahore y quizá también de toda la región Oeste del continente principal.
Él era un mensajero.
Los mensajeros, según entendía Sekmet, eran criaturas enviadas por uno de los Dragones de la leyenda aesiriana. Eran trozos de su alma que se encarnaban en algunos elegidos con el único propósito de entregar un mensaje al pueblo aesiriano. Además de estos mensajes, los mensajeros tenían algo más: poderes.
Los aesirianos eran magos y por eso podían utilizar la magia de diferentes formas. Pero los mensajeros no eran estrictamente aesirianos y sus dones eran distintos a los de los demás hechiceros, pues eran un fragmento de los poderes de un Dragón.
Sekmet sabía que antes de que ella llegara a Lahore, aún incluso antes de que Mark naciera, hubo otra mensajera en la ciudad. Su nombre fue Krishna Salvot y ella entregó su mensaje durante una época de extraña sequía en un lugar donde siempre llovía. Aunque al principio los lahorenses recibieron el cambio de clima de buena gana, porque los cultivos corrían menos riesgos de inundarse, pronto la situación se complicó tanto que las semillas dejaron de echar brotes.
Por eso el Lord de la región envió a una Doncella de una ciudadela cercana a Lahore. Su tarea era sincronizarse con la ciudad e inundarla con magia para que el suelo pudiese cosechar aunque no lloviera. Cuando la Doncella se sincronizó se dio cuenta de que el problema no era la falta de lluvia sino una presencia mágica.
Así llegó a la casa de los Salvot, donde Krishna, de cuatro años, la esperaba.

«El Segundo Dragón ya viene,
el Primero estará de camino.
Y el Tercero dormirá esperando
hasta que la luz de su templo se encienda.
Hasta que la luz de su astro se prenda en el cielo».

Después de entregar ese mensaje, Krishna ya no tuvo ninguna otra tarea en el mundo. Debía regresar a su amo. Su muerte fue rápida y hasta el señor Salvot decía que fue hermosa, porque Krishna no cayó como fulminada por un rayo ni se consumió en fiebres agonizantes.
En lugar de eso se convirtió en tulipanes y en mariposas de alas azules justo delante de la Doncella y sus padres, en el porche de la casa. Las mariposas revolotearon por la ciudad ante la mirada atónita de los aesirianos. Todos lo vieron. Todos lo sintieron. Las mariposas no eran solo lo que quedaba de Krishna, sino también el mensaje. Cuando las mariposas de añil se marcharon al este, supieron que el resto del continente escucharía las palabras del Tercer Dragón en el susurro de sus alas.
El prodigio fue toda una bendición para los aesirianos de Lahore. Cantaron, bailaron, rezaron y dieron ofrendas a Dios, felices por la gran noticia: la época de los Dragones se acercaba. Al fin la salvación estaba cerca. Pronto la maldición que caía sobre ellos se esfumaría por el poder limpio de los Tres Dragones.
Pero para los Salvot la pérdida de Krishna fue fatal. La madre, Milagro, perdió la cordura. El padre, Frederick, alentó a su mujer para que tuviesen nuevos hijos con la ilusión de recuperar su familia. Lo intentaron una y otra vez, pero siempre perdían a los bebés a los tres meses de embarazo. Los abortos solo empeoraron el estado de Mili.
Hasta que al fin fue el turno de Mark. Nació a los siete meses, flaco y frágil pero hermoso a los ojos de sus padres. Era la viva imagen del señor Frederick en su niñez, con el cabello rubio, delgado y suave, y los ojos del color del cielo, cálidos y felices.
Los aesirianos también lo recibieron con cariño. Por lo general eran adustos con todos los humanos, incluso con los bien acomodados como los Salvot. Pero nunca olvidaron el mensaje feliz de Krishna y la esperanza que les dio, así que honraban su memoria con buenos tratos a sus padres y hermano.
Tampoco les importaba que Mark tuviera algún poder, a pesar de que por regla general detestaban a los humanos que nacían con alguna esencia mágica que imitaba las de los aesirianos. Ellos consideraban que estos niños eran unos imitadores, unos burdos ladrones que obtuvieron esencias después de que sus antepasados vivieran tan cerca de los magos.
Pero a Mark nunca lo vieron así. Porque una noche, cuando el chico aprendía a hablar, cantó:

«El Segundo Dragón ya vino,
el Primero está de camino.
Y el Tercero dormirá esperando
hasta que la luz de su templo se encienda.
Hasta que la luz de su astro se prenda en el cielo».

A partir de entonces Mark cantó nuevos fragmentos todas las noches de luna llena. De bebé solo balbuceó durante el día pero en las noches sus labios se inundaron de magia. Nunca se convirtió en mariposas ni tulipanes, a pesar de que su voz se hizo más alta y clara con el paso de los años.
Los aesirianos lo amaron. Durante la luna llena se formaban alrededor de la casa para escucharlo cantar. Si había algo que querían tanto como la salvación de la Profecía era que el mensajero fuese feliz. Pero a pesar de su voz, Mark era frágil. Se enfermaba con tanta frecuencia que médicos, curanderos y sacerdotes visitaban la casa por lo menos cien veces al año, seguros en cada ocasión de que al día siguiente lo enterrarían.
Mark resistió y a los nueve años corrió hacia la niña que esperó toda la vida. Los aesirianos no aprobaron a Sekmet, pero guardaron silencio porque junto a ella el niño enfermaba menos y cantaba más. Por eso los Salvot jamás vieron infecciones en las heridas de la esclava, ni se atemorizaron nunca por sus ojos y cabellos grises. La amaron como a una hija más y le dieron todo lo que necesitaba: la habitación y los vestidos que habrían sido de Krishna, un sitio en su mesa para todas las comidas, un lugar frente al fuego de la casa…
Y por encima de todo, a Mark.


Aunque sus tareas eran sencillas, Sekmet decidió ayudar más en la casa. Fue en el mismo año que llegó a Lahore cuando decidió que ser solo la compañera de juegos de Mark no podía ser suficiente para él. Tenía que ser más útil. Tenía que ser como Dioné.
Esa era la otra sirvienta de los Salvot. No era humana ni krebin, sino aesiriana. Sekmet siempre se preguntó por qué una maga aceptaría obedecer a una familia de humanos. Dioné los trataba con respeto, hacía de inmediato cualquier cosa que se le pidiera e incluso se adelantaba a las necesidades de la familia.
A Mark lo adoraba. Era la primera en notar cuándo se enfermaría y la última en abandonar su lecho cuando tenían que velarlo. También era la que se encargaba de Sekmet cuando Tiamat la agredía. Le lavaba la cara y le sanaba los golpes. Cuando la niña se presentaba ante Mark, el chico no sospechaba que le acababan de dar una tunda. Si se enteraba se enfurecería tanto que el corazón le fallaría y Dioné, antes de conseguir escarmiento para Tiamat, movería toda la ciudad preocupada por él.
En verdad admiraba a Dioné. Era lista y sabía elegir lo mejor para Mark. Aunque Sekmet no entendía por qué ella servía ahora a los Salvot –¿por qué, además, no estaba casada o con hijos, cuando las mujeres aesirianas eran tan escasas?– imaginó que no lo haría siempre y que alguien más debería hacerse cargo de Mark el día en que ella se fuera. Por eso se esforzó en aprender todo acerca de su cuido: desde su platillo favorito hasta la temperatura ideal del agua de baño.
Dioné aceptó su entusiasmo y con el paso de los años le relevó ciertas tareas fáciles que tenían relación con el cuido de Mark. La primera era ir al pozo. Sekmet se levantaba a primera hora todas las mañanas. Sin importar el frío que hiciera o si llovía a cántaros, echaba la cubeta al pozo y sacaba por lo menos dos barriles de agua que calentaría para el baño de Mark.
Esa mañana no fue la excepción. Después de atarse el cabello con la cinta –esa era la única marca que tenía como esclava de los Salvot– se echó una capa encima y fue al pozo del patio. Tenía catorce años pero su fuerza física era una vergüenza. Para subir la cubeta tenía que llenarla a menos de la mitad para así llenar poco a poco los barriles. Se tardaba media hora más que el resto de esclavos que hacían tareas similares en otras casas, por lo que tenía que levantarse más temprano o soportar las miradas reprobatorias de los vecinos.
—Vaya, vaya —le gritó alguien al oído—, ¡pero si es la Loca Sekmet! ¿Aún no terminas las tareas? Eres una esclava vagabunda. ¡Debería denunciarte a los sacerdotes!
Sekmet se asustó por la amenaza y por la persona que tenía detrás. La cuerda del balde le resbaló de las manos y por poco sigue a la cubeta a las profundidades del pozo. Apenas tuvo tiempo de sostener la soga, pero para cuando lo hizo ya había alcanzado buena velocidad y se quemó la palma de las manos.
—¿Tienes miedo? —preguntó el muchacho—. Es porque no tienes la consciencia tranquila. ¡Ya sé! A lo mejor robas a los Salvot mientras duermen. O quizá envenenas al bobalicón de Mark y él, que está tan loco como su madre, cree que le das simples sopitas, ¿eh?
—El amo Mark no es un bobalicón —murmuró Sekmet.
—¿Qué dijiste, krebin? ¿Te atreves a responderme a ?
Sekmet guardó silencio y mantuvo la mirada baja. Héctor era otro chico humano bien acomodado y vecino de los Salvot, pero él y su familia no se parecían en nada a los amos de Sekmet. Eran groseros, desagradables y envidiosos. Los rumores decían que en más de una ocasión intentaron arruinar las cosechas de los Salvot, a pesar de que ellos no le hacían mal a nadie. Héctor también tenía el mal hábito de invadir el patio de su vecino como si fuera de su propiedad.
El patio no era lo único que irrespetaba. Acercó los labios al oído de Sekmet y sus manos bajaron desde los hombros hasta la cintura de la esclava.
—Le pedí a mi padre que te compre al viejo Salvot —murmuró—. Si te comportas todas las noches no temerás que en la mañana te entregue a los sacerdotes.
Sekmet apretó los ojos. Le tenía miedo a dos cosas: a Tiamat, sobria o borracha, y a los sacerdotes aesirianos. Como Lahore no tenía una Doncella asignada ni un comandante del ejército a cargo, eran los sacerdotes los que hacían valer la ley aesiriana.
Gran parte de esa ley la aplicaban a los krebins. No importaba si eran inocentes o no. Cada vez que un krebin era acusado de algún delito, los sacerdotes obviaban la investigación y el juicio para pasar directo a los látigos. A ella ya la habían castigado solo porque Héctor la acusó de haberle hecho un mal modo cuando se encontraron en la calle. Desde entonces nunca lo miraba a los ojos con tal de ahorrarle una excusa para que la enviara a los sacerdotes.
«Soy una buena esclava», pensó para darse ánimos. «No irrespeto a mis amos, les obedezco y los mantengo felices. Soy una buena esclava y no les doy motivos para que me envíen a los sacerdotes».
Una de las manos de Héctor bajó más. La otra se escurrió al pecho de Sekmet. Ella apretó  los dientes y contuvo un grito de humillación, impotencia, miedo y furia. No debía gritar. O Mark se despertaría, vería la escena, se enfadaría, se enfermaría y luego…
¡BAM! Parte del chorro de agua le cayó en las piernas porque la capucha no se las cubría. Héctor se aferró a ella para no caerse, pero el muchacho cayó al barro de todas formas. Una mano agarró a Sekmet y la jaló consigo. Antes de que se diera cuenta estaba sana y salvo detrás de su amo.
—¡Ay! —gimió Héctor, llevándose una mano a la frente—. ¡Me golpeaste!
Se sentó y miró con furia a su agresor. Sekmet pensó que el chico chillaría y se le lanzaría encima para golpearla, pero se lo pensó dos veces cuando se dio cuenta de que Mark fue quien lo había derribado. Héctor bajó la mano y se incorporó, echando chispas por los ojos. Sekmet notó el hilillo de sangre que le corría por la sien izquierda y después miró el barril de agua, ahora derribado en el suelo y con un pedazo de pellejo en una orilla.
—Eres un cobarde, Salvot —dijo Héctor entre dientes—. Me atacaste por la espalda.
—Vete —respondió Mark.
El mensajero apretó los puños. Aunque intentó controlarse estaba furioso. Los hombros le subían y bajaban, el pecho se expandía y contraía a cada segundo. Respiraba profundo, pero al instante siguiente exhalaba el aire; así el oxígeno no le llegaría al cerebro en unos minutos.
Mark no sabía controlar sus emociones fuertes. Cuando estaba muy feliz o muy furioso siempre respiraba así, y a menos de que lo calmaran de inmediato lo siguiente que sabría era que el suelo se acercaba a él a la velocidad de la luz. En realidad, ver a un muchacho de quince años con esos ataques era cosa de risa. Pero ser el culpable del ataque no era nada gracioso.
Héctor comenzó a esbozar una sonrisa, la última antes de retirarse y dejar el problema del ataque a Sekmet, pero sus labios se tensaron y retrocedieron. La esclava notó la mirada que el muchacho dirigió a alguien detrás de ella. Supuso que Dioné se había arrimado a la puerta de la cocina para fulminar a Héctor con sus ojos púrpura.
Héctor dio media vuelta sin dedicar una mirada más a Mark o a Sekmet. Lo mejor era retirarse con el rabo entre las patas, porque si se quedaba por más tiempo y enfurecía a Mark, el debilucho se enfermaría y la bruja mataría al responsable allí mismo. Y Dioné, aunque era sirvienta, podía matar a un humano que le diera motivos para ello. Era aesiriana y solo por eso estaba por encima de Héctor ante la ley.
—Vamos, amo —pidió la chica, jalando a Mark consigo hacia la casa.
Como lo supuso, Dioné esperaba en la puerta trasera. Entre las dos le quitaron el abrigo a Mark y lo sentaron cerca del fuego de la cocina para que entrara en calor y se relajara. Sekmet le frotó la espalda para tranquilizarlo.
—Odio a Héctor —dijo al fin Mark—. ¡Siempre le hace eso, Dioné!
Dioné le acercó una taza de té. Cuando el muchacho la tomó le pasó un paño en la cabeza para secarle el cabello. Al ver que Mark ya estaba mejor, Sekmet se escabulló a la puerta. Dioné la detuvo sin dirigirle la mirada.
—Alto, señorita. Te quedarás aquí con el amo Mark mientras yo voy por el agua. —Sekmet dio media vuelta y tomó el lugar de Dioné.
«¿No sería más fácil dejar los baldes en el patio y esperar a que los llene la lluvia?», pensó aunque sabía que ese era el pensamiento de un esclavo mediocre y perezoso. Mark no merecía una sirvienta así. Dejó que Dioné hiciera su trabajo y frotó con cuidado la cabeza del amo. Él permaneció sentado, dando sorbos ocasionales a la taza. De repente rompió el silencio:
—Hoy fui al templo. Vi al sacerdote jefe.
Sekmet quedó inmóvil. Por un momento no supo ni en qué pensaba, pero después se dijo que era una tonta al no notar que Mark estaba vestido de traje entero. Era muy temprano para que él estuviera despierto y arreglado, cuando por lo general abría los ojos cuando Sekmet le llevaba el desayuno. Era eso o el día estaba tan nublado que Sekmet no calculó bien la hora y fue ella la que durmió demás. Al fin la lengua le respondió y murmuró:
—¿Hice algo mal? —Mark se volvió a ella y la miró con una ceja enarcada a modo de pregunta.
—¿Por qué crees eso?
«Porque los humanos van al templo aesiriano solo cuando quieren acusar a los krebins de un delito», quiso decir Sekmet. Imaginó que Mark estaba disconforme con alguna actitud de su esclava y fue al templo a pedir que la escarmentaran. Solo eso podía ocurrírsele.
Mark la tomó de las manos. Al ver las quemaduras que le dejó la cuerda acercó los labios y besó las heridas. Sekmet se estremeció. A ella no le gustaba que le besara los golpes porque sabía que era indebido. Pero Mark lo hacía de todas formas y siempre le dedicaba una sonrisa mientras decía:
—Así van a sanar más rápido.
«No, el amo no me acusó de nada». Si Mark estuviera molesto no le habría dado ese beso, ni le sonreiría ni habría atacado a otro muchacho para protegerla.
—Hoy voy a cantar mi última canción —explicó Mark— y tenía que avisarle a los sacerdotes. A partir de mañana me dedicaré a algo más. Y a partir de mañana Héctor dejará de molestarte. Lo prometo.
Mark se sonrió como si guardara un gran secreto y cambió de tema con sutileza. Mientras Sekmet le secaba el cabello él comentó que los vecinos aesirianos hicieron maletas. «Otros que van a Masca», pensó la chiquilla, distraída. En el último mes tres familias aesirianas se marcharon de Lahore por las invasiones vanirianas a otras ciudades de la región. De no ser porque Dioné y Mark lo comentaban de vez en cuando, Sekmet no habría creído que el Imperio seguía en guerra. Después de todo, la vida en Lahore junto a Mark era lo más apacible y agradable que conocía.


En Lahore todas las noches de luna llena eran noches de fiesta. La mayoría de sacerdotes y aprendices del templo bajaban a la ciudad. Los vendedores de comida hacían una rebaja especial en un mercado festivo nocturno; y los aesirianos más diestros en el uso de sus esencias daban pequeñas demostraciones a los cachorros y sus padres. De esta forma se procuraban algunos aprendices y, por tanto, un dinerillo que seguiría llegándoles mientras los cachorros aprendieran magia con ellos.
La plaza también se llenaba de juegos, atracciones y bailes. Aunque en Lahore llovía casi siempre, en las noches de luna llena hacía un tiempo fantástico. Las nubes se disipaban, se veían con claridad las estrellas y la luna alumbraba las calles con su magnificencia plateada.
La mayor atracción de las fiestas era la casa de los Salvot. Los aesirianos se acomodaban alrededor de la casa, siempre respetando el jardín de tulipanes que el señor Frederick cuidaba como a la niña de sus ojos. Los puestos principales eran los que estaban en el mismo jardín. Allí se sentaban los tres grandes sacerdotes de Lahore, los padres de Mark y, para desagrado de muchos, Sekmet. Mark le daba a ella el mejor lugar siempre.
Poco a poco, el alegre barbullo de la fiesta se fue apaciguando hasta que se escucharon solo los grillos y el viento entre las hojas, provenientes de los bosques que rodeaban la ciudad. Los aesirianos guardaron silencio, sentados en las calles y aceras, con la vista fija en la entrada de la casa. Al fin salió Mark, abrigado como siempre. Subió a un cajón que Dioné colocaba para él en esas noches para asegurarse de que los lahorenses que no consiguieron buen lugar al menos distinguieran la cabeza rubia del mensajero.
Mark miró la luna. Las canciones estaban dentro de él pero las recordaba solo cuando veía la cara plateada que colgaba del cielo. Era como un talismán que con una mirada abría una caja de música. El muchacho tomó aire y la boca se le inundó de palabras.

«El primero, que es el Segundo,
nació bajo la mirada
de la estrella del Este,
en el filo de la espada
del Guerrero de Arena».

Cuando comenzó a cantar Sekmet dejó escapar un suspiro de alivio. Lo mismo hicieron los sacerdotes sentados detrás de ella, Dioné, que miraba desde la ventana de la casa, y el resto de aesirianos de Lahore. Se entregaron a la voz de Mark y dejaron que les cantara la historia de los Dragones.

«La segunda, que es la Primera,
nació bajo la mirada
de las mil llamas de fuego
que resplandecen bajo la luz
de la estrella del Oeste.

Y el último, que es el Tercero,
está oculto en el sueño eterno,
esperando a tu nacimiento
desde que las luces de los templos
se prendieron para decirte “hola”.

Y seguiré esperando
hasta que mi luz se encienda
en aquellos templos
donde tú me estarás esperando.

La Luna te arrancará prisionera
y te llevará al seno de los que esperan,
en donde visitarás
a los que el futuro visita.

Y yo, en cambio,
seguiré esperando,
hasta que mi luz arda
en aquellos templos
donde te estaré esperando».

Su voz cesó y los aesirianos aplaudieron felices. Uno de los sacerdotes respiró con dificultad detrás de Sekmet, como si la nariz se le hubiera congestionado. El sacerdote contenía las lagrimillas. Algo tenía la voz de Mark que causaba cosquillas en el corazón de la gente. Hasta Sekmet, que estaba tan dichosamente acostumbrada a escucharle hablar y cantar, de vez en cuando tenía problemas para contenerse.
Esta vez se contuvo. Mark la miró y le sonrió. Extendió una mano y abrió de nuevo la boca para llamarla. Antes de que Sekmet pudiera tomarlo y levantarse con su ayuda, el movimiento alrededor se detuvo.
Fue como si Mark y todo Lahore se convirtieran en un cuadro, que de repente ardió en llamas púrpuras. La tela, que antes fue la realidad, se deshizo en tirones de niebla blanca que la dejaron rodeada por una nada infinita.
Sekmet esperó, helada. No había nada. El suelo a sus pies no existía. El horizonte era un concepto inservible en un mundo de completa blancura. Las nubes estaban tanto por debajo como por encima de su cabeza. Silencio. Inmovilidad. Eternidad. Espera.
—Amo —llamó al fin.
Creyó que su voz sería inaudible pero se repitió como eco a través de la niebla: «Amo, amo, amo, amo, amo». Mark no respondió.
—El mensajero ha de ser castigado —le murmuró una voz en el oído.
Sekmet imaginó que era Héctor. Giró el cuello para apartarse de él y se encontró con una imagen nueva. Llamas púrpuras danzaban y quemaban luces que eran almas, gritos, esperanzas y corazones. Llamas que consumían la niebla y el tiempo. En medio del fuego reconoció un par de ojos.
Fue inútil que intentara distinguir un rostro; no había. La nariz, las cejas, los pómulos, la frente, los labios. Nada de eso existía. Solo estaban los ojos púrpura, mirando a través del fuego, observándola con la misma ternura con la que Mark la miraba cuando le besaba una herida.
Pero no era Mark. Ese joven sin rostro no era el amo Mark.
—¿Quién eres? —preguntó.
—El que le dará el escarmiento al mensajero que pretende tomar lo que no es suyo. —El fuego la rodeó y comenzó a quemarle algo más que la piel—. Yo soy Marduk.
—Marduk… —repitió Sekmet.
Creyó que gritaría por el dolor, pero susurró el nombre como si todavía estuviera dormida. Las llamas se habían ido. Un par de ojos todavía la observaban pero ya no eran púrpura sino azules.
Mark le acariciaba con suavidad el rostro. Cuando vio que la despertó, se sonrojó como un farol y apartó la mano a toda prisa. Tartamudeó una disculpa pero Sekmet apenas lo escuchó. El sueño fue tan raro y repentino que todavía estaba abrumada. Poco a poco recordó la noche anterior. Después de terminar de cantar, Mark la llamó y se entretuvieron un rato en la fiesta, hasta que un sacerdote abordó al mensajero y habló con él en murmullos.
Después de eso Mark y su esclava se retiraron. El muchacho no le dijo nada a Sekmet, pero su rostro evidenció que le disgustó la charla. Ella no entendió nada de la conversación, porque fue críptica, como si su amo y el sacerdote hablaran de un secreto de máxima seguridad. Mark no estaba enojado pero pidió a Sekmet que lo arrullara hasta que se quedara dormido.
Para Mark ser «arrullado» significaba que alguien dormiría a su lado para tranquilizarlo. Su favorita para la tarea siempre era Sekmet. Se quedaba dormido al instante y su cuerpo generaba tanto calor que ella también se dormía. Aunque sabía que no estaba bien que una esclava durmiera en la cama con su amo, nunca podía negársele. Se había acostumbrado a arrullarlo desde que era niño y le parecía tonto negarle un capricho inocente ahora. En especial porque a veces Mark necesitaba desesperadamente que lo arrullaran para no tener un ataque.
Lo único diferente en esta ocasión fue el sueño de las llamas púrpuras, que dejaron a Sekmet aturdida, extraviada y cansada. Deseó cerrar los ojos, acurrucarse con Mark y dejar que el mensajero le pasara los brazos por encima de los hombros.
Pero la luz se colaba por la ventana. ¡Ya había amanecido y ella no había ido por los barriles de agua! Se lanzó de la cama y buscó el uniforme en el suelo, lista para salir de la habitación en cualquier momento. Pero entonces…

A las afueras de Lahore, el centinela sopló un corno. El ejército a la distancia gritó y elevó el puño por un segundo, mientras continuaba con la marcha. No era un grito de guerra. Era un aviso.

Mark se sentó en la cama como si un resorte le empujara la espalda.
—¿Qué pasa? —preguntó al ver que Sekmet se quedó de cuclillas, inmóvil mientras recogía una media.
—N-nada, perdón —respondió ella mientras se llevaba un dedo al oído—. Me pareció escuchar algo. Como una de esas trompetas que usan para el festival de primavera, cuando anuncian al ganador de la carrera. —Sekmet tomó la cinta para atarse el cabello pero Mark la detuvo con un grito:
—NO. —Salió de la cama, abrió una gaveta del armario y sacó un paquete envuelto en cintas de colores—. Te prohíbo salir de casa hoy. Ni siquiera vayas al pozo. Tu primera tarea es ponerte esto.
Al ver el paquete, Sekmet se preguntó a qué jugaría Mark ese día porque todos los fardos que él le regalaba tenían ropas nuevas. Así celebraba varias fechas especiales: su cumpleaños, el de sus padres, el día que perdió su primer diente de leche, cuando subió por primera vez a un árbol y, por supuesto, cuando conoció a Sekmet. Esa era la celebración más grande del chico. Pero Sekmet se conocía el calendario al dedillo y sabía que no había ninguna fecha especial que celebrar ese día.
Cuando salió del cuarto de baño, se convenció una vez más de que no merecía a un amo como Mark que la vestía siempre como a una princesa. Traía un vestido negro de tirantes que le llegaba por encima de las rodillas, y debajo llevaba una blusa blanca de mangas largas y cuello alto. Las botas y las medias se encargaban de protegerle las piernas del frío.
Mark la esperaba sentado al borde de la cama. Él también estaba listo, vestido de traje entero. Sonrió al verla y le pidió que se sentara al lado. Le ató el cabello con la cinta negra de siempre, hasta conseguir una bonita trenza corta. La tomó de la mano y la condujo por la segunda planta de la casa. Pasaron frente a la habitación de Krishna –que era también la de Sekmet– y se detuvieron frente al estudio del señor Salvot. Mark llamó a la puerta y preguntó si los preparativos estaban listos.
—Todo listo, hijo —respondió su padre desde adentro—. Pasen.
Mark respiró profundo, sonrió y giró la perilla. Entró jalando a la esclava y se colocó en el centro de la habitación. El señor Frederick, Dioné y el sacerdote con el que Mark conversó la noche anterior esperaban en una butaca. El señor Salvot también llevaba traje entero y Dioné traía un vestido de seda que combinaba con sus ojos. Eran los únicos que sonreían, pues el sacerdote tenía el ceño fruncido y arrugaba un trozo de papiro en el puño.
—Bueno —dijo el aesiriano con desdén—. Acabemos con esto.
Mark soltó a Sekmet y se colocó frente a ella. Extendió una mano hasta que sus dedos acariciaron la punta de la cinta en el cabello, luego la jaló y deshizo así el peinado que él mismo le preparó.
—Le he pedido a mi padre que te libere —dijo Mark.
«Conque eso significaba la cinta…», pensó la muchacha.
—El pergamino que tiene el sacerdote es el documento que te libera. Pero para que sea válido es necesario que firmes… Y que aceptes esto.
Mark se llevó una mano al bolsillo del saco, plantó una rodilla en el suelo y con la otra mano tomó los dedos de Sekmet.
—¿Te casarías conmigo?
Colocó la alianza de oro blanco en la palma de la muchacha y esperó la respuesta. Ella abrió los ojos de par en par, a la misma velocidad con que la comprensión la golpeó. La charla de la noche anterior, la visita de Mark al templo… y las sonrisas. Mark era un tonto que quería unir su destino al de una sucia krebin.

Un sonido grave se escuchó a la distancia. Todavía lejos de Lahore, los soldados exclamaron y sonaron sus trompetas y cornos.

El sacerdote, Dioné y Sekmet se llevaron una mano al oído al sentir el eco que resonaba como si los cornos estuvieran justo en la habitación.
—¿Sucede algo? —preguntó el señor Salvot al notar el movimiento sincronizado.
—No, nada —respondió el sacerdote—. Es solo un corno militar. Una tropa avisa que viene hacia acá pero el oído humano no puede distinguir el sonido por la distancia. De venir una tropa, me temo que la boda deberá posponerse —una sonrisilla burlona se asomó a sus labios— porque la ley demanda que no se celebre ninguna actividad cuando hay que atender a la milicia… A no ser, claro —la sonrisa se le borró—, que la boda se celebre ahora mismo, antes de que la tropa llegue.
—¡Sekmet! —gritó Mark—. ¿Me dirás que sí? Debemos apurarnos.
Ella balbuceó algo para ganar tiempo pero no sabía qué responder. «Esto no está bien». Ella era una esclava. Mark era un amo. ¿Cómo podía…?
La cabeza le vibró como si la hubiesen golpeado con un leño. Al principio fue tan solo un pequeño punzón pero luego el dolor se hizo insoportable. Crispó las manos y se las llevó a la frente. Dio un paso vacilante hacia atrás y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero Mark la sostuvo de la cintura.
Sekmet se restregó los ojos y retrocedió sin poderse controlar, moviéndose tan brusco que ni siquiera Mark pudo sostenerla estando arrodillado. Se levantó para ayudarla antes de que se golpeara la cabeza contra la pared, pero ella se detuvo.
Te dije que te estaba prohibida —dijo con voz gélida.
Mark la sostuvo del codo pero también se detuvo en seco. Le miró los ojos con cautela. Aunque seguían siendo grises no vio en ellos el brillo que tanto quería. Eran más fríos que las madrugadas de Lahore. Al verlos mejor notó que los irises eran un pelín más grandes, tenían rayitas púrpuras y la pupila estaba rasgada de manera vertical. Quizá nadie más lo habría notado pero a él jamás se le pasaría por alto ese detalle.
—Suéltela —murmuró. La voz le tembló y apenas pudo sostener el codo de Sekmet, pero no escapó cuando ella se le acercó y apoyó la frente en su pecho.
 —Quisiste tomar a quien no te pertenece y ahora debo castigarte. ¿Verdad que lo entiendes, mensajero?
«Esa no es su voz», pensó Mark. «Esta no es la voz de mi gatita». La voz de Sekmet era ahora ronca y daba la misma sensación de un pizarrón aruñado por un maestro cruel. Los vellos se le erizaron y el brazo que sostenía el codo de la esclava resbaló flácido. Al instante siguiente se dijo que no podía ser cobarde. Tensó los brazos y tomó el rostro de Sekmet entre las manos, obligándola a verlo a los ojos.
—¡Suéltela! Ella nació sin la oportunidad de escoger. Pero yo estoy aquí ¡y soy lo mejor para ella! ¡Soy la opción que le asegura vivir sin la amenaza del sacrificio!
Eres un caprichoso —le dijo ella a la vez que le colocaba una mano sobre el pecho.
Sonó un crujido. Mark sufrió un espasmo. Dioné y los otros dos hombres dejaron escapar un chillido. Las manos de Mark resbalaron y quedaron colgando sin fuerza, solo para que después el muchacho saliera disparado hacia la pared. Chocó contra ella y allí se quedó, con los pies suspendidos en el aire y la espalda apoyada contra la pared. Por debajo de la ropa se veía que el pecho se le había hundido. Tenía una vena muy marcada en el cuello y otra en la sien. Parecía que los ojos se le saldrían. Un hilillo de sangre le resbaló por el labio y la nariz.
Creíste que el matrimonio la mantendría a tu lado, que jamás tendrías que renunciar a ella. Que ella jamás te abandonaría. Pero te equivocaste, porque por la propuesta ahora yo te separo de ella.
Sekmet miró al señor Salvot. El anciano veía con horror a su hijo, con los brazos extendidos para acunarlo, pero inmóvil, incapaz de avanzar los pasos que lo separaban de su hijo.
Frederick Salvot —llamó la chica—, prometí darte un hijo y dejarlo con vida incluso después de que cumpliera su misión. Lo siento, pero tu hijo olvidó por qué lo envié en mi lugar y me desafió. El castigo que merece es la muerte.
Sekmet tenía una mano extendida al frente, como si con ella controlara el cuerpo de Mark. Cuando cerró el puño el muchacho dejó escapar un alarido tan desgarrador que los aesirianos y el humano se estremecieron y gritaron con él. Miró con gozo el rostro de Mark y movió el puño para sacudir al mensajero de un lado para otro. Los gritos se hicieron más fuertes, como música para sus oídos.
En una sacudida se percató de que ocultaba algo en la mano. Abrió el puño. Cuando vio la alianza de oro blanco sonrió con burla. ¡Qué ingenuidad! Marduk llevaba toda una eternidad planeando tenerla junto a él y un chiquillo como Mark no le ganaría la partida. Pero tenía que reconocer que el anillo fue un buen detalle.
Lo apretó contra el pecho para sentir el latido del corazón de Sekmet. Ese solo gesto lo hizo sentirse uno con ella. «Pero pronto seremos dos», pensó. «Pronto naceré. Solo nos falta la muerte de cierto mensajero entrometido». De nuevo dirigió el puño hacia Mark y lo apretó con mayor fuerza para estrujar el corazón del muchacho. Pero…
«Esos gritos no son de dolor…». El pensamiento cruzó fugaz su mente. «Sus gritos me llaman…».
Notó entonces que Mark no gritaba «¡AY!» ni «¡NO!» ni «¡UY!». Gritaba un nombre cariñoso a pesar de que las heridas eran graves y ya no debía de tener fuerzas.
Llamaba a su gatita.
Marduk sintió el mismo punzón ardiente con el que golpeó a Sekmet. La cabeza quiso explotarle. Las manos se crisparon y dejaron caer el anillo. La espalda se le arqueó y tuvo que dejarse caer al suelo. «¿Me está obligando a soltarla?», se preguntó. Antes de que pudiera hacer algo al respecto él ya no estaba allí.
El cuerpo de Sekmet quedó temblando en el suelo, sacudido por espasmos dolorosos, hasta que escuchó la caída de un objeto ligero como una pluma y que aun así le pesó en el corazón como una bala de cañón. Mark estaba tendido en el suelo. Escuchó el grito del anciano Salvot, sus pasos apresurados mientras corría hacia Mark, y el silencio ensordecedor que siguió cuando el anciano se arrodilló junto a su hijo destrozado.
«Es una pesadilla», pensó Sekmet. «Como la de las llamas púrpuras. Cuando despierte estaré junto al amo, que estará haciéndome cariño en la mejilla». Pero cuando se irguió sobre el codo y vio a Dioné y al señor Salvot acuclillados sobre el muchacho inmóvil, sintió que la habitación, la ciudad, ¡el mundo entero!, colapsaban sobre ella.
Vio a su querido amo tendido en el suelo, con el pecho hundido e inerte y el chorro de sangre que le salía de la boca y la nariz.
—¡Lo mató! —Sekmet se había olvidado del sacerdote pero él nunca se olvidaría de ella. El aesiriano se situó de frente, le bloqueó la vista del mensajero y tomó la daga que cargaba en el cinturón—. La Loca Sekmet ha matado a Mark Salvot y yo la presentaré a la justicia.
Sekmet apretó los ojos cuando el filo de la daga se dirigió a su cabeza, pero el golpe nunca llegó. Cuando los abrió otra vez se dio cuenta de que ya no estaba echada en el suelo, sino hincada. Con las manos detenía la daga del sacerdote.
«Corre», le ordenó una voz. No pudo prestarle atención. ¿Qué sucedía? ¿Por qué su cuerpo se movía por cuenta propia? Como ella no reaccionó, la voz de su cabeza soltó un bufido y le susurró de nuevo: «Entonces pones nuestra vida en mis manos, portadora».
Para su asombro –y el del sacerdote– Sekmet le arrebató el arma y la lanzó a la pared, donde la clavó. Después echó a correr.
«¡Espera!», pensó desesperada. «¡El amo, el amo, EL AMO!».
Pero sus piernas no se detuvieron hasta abandonar la casa y nadie la siguió.

"Los Hijos de Aesir: Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

11 comentarios :

  1. εïз Azarukita εïз18 de octubre de 2007, 10:33

    y_y
    Este capítulo, cambia mucho la forma, pero para bien, sabe... auque haya utilizado eso del matrimonio y tenga claro, algo de romance.... pero yo lo sentí mas del lado crudo, visceral... si me explico?
    mmmmm como que, la locura es el estado donde cumplimos todas nuestras fantasias?
    las canciones, wow...
    ... tal vez la musika q tenga tamb me influya , pero esque en serio es genial leerla con ananbanth! xD

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  2. Me está encantando. Me encanta el romance y la sangre :p

    estos son los capítulos que tienes reescritos. ¿El resto se pueden leer? O vas a cambiar muchas cosas??

    Sobre el diseño de tu página, como haces para tener esas pestañas azules en for,a de menu?En mi blog también teng unas pero no sé como hacer para que muesrte lo que quiero. Espero que no te sea mucha ,olestia responderme

    Tu historia está muy bien, de verdad

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  3. Hola, Luxuria. Muchas gracias por leer. Yo también he comenzado con tu historia, pero aún no he podido comentar por el factor llamado tiempo u_u
    En cuanto a lo de las pestañas, dame unos cuantos días para publicar dos entradas de cómo logré hacer los menú que ves ahí. La primera se publica el viernes 14 de noviembre, y la otra (que creo es la que te sirve más) espero que esté lista para el 16 ó 18 de noviembre.
    Muchas gracias, y ciao ;)

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  4. Me ha gustado. En principio me había metido en la piel de Mark... el pobrecito trastornado por la muerte de su madre... y vas tú y lo matas!! xD. No, me gusta que puedas deshacerte de los personajes con facilidad, y sin florituras ni muertes épicas. Cuando una persona se muere, se muere, y el mundo no empieza a girar a su alrededor, no sé si me explico.
    No sé por qué, pero lo de Marduck me lo imaginaba. Sabía que había un poder dormido en ella (cada vez encuentro más similitudes con mi blog-novela, y como yo tardo más en publicarla vas a pensar que te he plagiado...)
    Si quieres que te comente más en profundidad, y con más tranquilidad (y sin las limitaciones que ofrece blogger), siempre puedes agregarme al MSN (dime si quieres que te dé mi correo en tu próximo comentario, y yo en el capítulo 3 te lo pongo)

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  5. Hola, Meleiz. Gracias por continuar leyendo. Me dices que Mark está transtornado con la muerte de su madre pero ella todavía está viva O.o La que está muerta es su hermana mayor ;)
    En cuanto a lo del msn, si quieres lo podemos intentar pero sí te adelanto que no me conecto al MSN muy seguido. Tampoco soy muy fanática a él pero si quieres podemos agregarnos ;)

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  6. Es verdad, la muerta es la hermana. Perdona, no me fijé demasiado, un fallo mío. De todas formas, está trastornado, que es lo que importa, xD.
    Yo tampoco uso demasiado el MSN, pero suelo tener quedadas con amigos y nos tiramos unas horas hablando, así que de vez en cuando sí que estoy por ahí.
    Mi dirección es: mpena_arias@hotmail.es
    Ahora paso a comentarte el tercer capítulo.

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  7. o__________________o

    me encanta!
    pobrecito mark! me caia bien el niño T_T (aunque bastante avansadito querer casarse a lso 15 años ¬¬)

    muy bueno!

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  8. Bien, el capítulo es ampliamente interesante y ha conseguido engancharme definitivamente. Me resulta curioso cómo concibes los capítulos, muy completos, no sé... Cada uno es casi una historia independiente. Me gusta.
    Aportaciones:
    1.-Mark solía caer enfermo "varias veces". ¿Cada cuánto tiempo? Deberías especificar más pues todo el mundo ha estado enfermo varia veces. No sé si me explico...
    2."-Pero qué asqueroso humano", dice Dioné.No entiendo muy bien. Si no es una pregunta sobraría la tilde en "qué".
    3.-la joven se entregaría "así misma". Es incorrecto. Deberí ser "a sí misma".
    Un saludo y seguiré leyendo.

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  9. Hola, Velkar! Gracias por tus aportaciones.
    1. Toda la razón, he de especificarlo mejor ;)
    2. Quizá esté equivocada pero... ¿no que los "qué" se tildan en pregunta y admiración, o cuando se habla del "qué" (persona, causa, etc.)? Creo, entonces, que no estoy utilizando ahi mal la tilde, pero de todas maneras buscaré el uso correcto y lo corregiré de ser necesario.
    3. Gracias, toda la razón. ¡Qué pena y qué fallo! Ya lo cambié en el manuscrito, y espero cambiarlo en el blog también cuando haga mi megaupload, jajaja!

    ¡MIL GRACIAS POR PASARTE! :)

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  10. Muy buen capítulo.

    Es muy completo y tiene un poco de todo. La historia ha mejorado mucho y ya no podré evitar seguir leyéndola.

    Felicidades, escribes muy bien.

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  11. Cielos, muchas gracias, significa mucho para mí viniendo del escritor cuya blognovela me tiene tan enganchada que ahora, cada vez que miro mi celular, procuro tenerlo lejitos... He de confesarte que con el prólogo sobre "La onda" he quedado marcada de por vida, y ahora no podré confiar de nuevo en ningún celular, jaja.
    Pero ya, en serio, muchas gracias. Cualquier error que mires o sugerencia que hagas será más que bienvenida. ¡Aprecio mucho tus visitas y comentarios! Y prometo estar de vuelta en tu blog, en serio, tan solo dame un par de semanas más para ir a la quietud de las vacaciones.
    ¡Nos leemos!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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