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Capítulo 3

3
MARCHA DE MAGOS

Se detuvo en la plaza. La lluvia se convirtió en torrencial y nadie saldría a empaparse. Pero ella estaba allí escurriendo de pies a cabeza, aunque el frío y el agua eran lo último en lo que pensaba.
Mark lleno de sangre…
El sacerdote y la daga…
Sus manos y sus piernas moviéndose solas…
Esas voces extrañas dentro su cabeza…
Una de las voces era de hombre, la misma del  sueño de llamas purpúreas. Pero la otra voz era femenina y muy, muy parecida a la suya. Y sin embargo era distinta. Un poquito diferente. Entonaba las palabras con mayor fuerza, como si todo lo que dijera fuera una orden.
Como si…
La recordó. Ya había escuchado esa voz antes, ¡muchísimas veces! Siempre se dijo que era una voz de locura que debía ignorar para no hacerle honor al odioso apodo por el que todos la llamaban. Pero en realidad era una voz que le causaba escalofríos, porque decía con claridad lo que pensaba y lo que quería hacer por venganza y crueldad.
Era la voz de un monstruo. La que mejor reflejaba su espíritu. La que desterró con éxito cuando conoció a Mark, porque no podía permitirse esos pensamientos junto al bueno del amo.
Pero allí estaba ella. La otra Sekmet había regresado.
—Y lo lastimó —murmuró mientras sus lágrimas se mezclaban con la lluvia—. No, yo lo lastimé.
Pensó de nuevo en Mark, que esa mañana le había hecho cariño en la mejilla, la había peinado para desatarle la cinta, para liberarla y pedirle que fuera suya. Ahora estaba tirado en el suelo con alguna herida interna fatal y con la garganta rasgada por los gritos.
No sabía qué era peor: que los gritos fueran de decepción y regaño por lo que le hizo, o de esperanza y cariño para decirle que todavía la quería. Le dolió mucho saber que lo más probable era que Mark la estuviera llamando para pedirle auxilio, porque todavía se sentía seguro junto a ella, porque todavía confiaba en su gatita.
Sekmet ya no confiaba en sí misma. «Estoy loca», se dijo. «Lastimé al amo, al amo, al amo. Y la sangre brotó, roja como las flores, roja como las flores, roja como las flores… ¿Por qué querría alguien lastimar al amo? Si alguien le pusiera un dedo encima yo lo mataría, ¡LO MATARÍA!». En su mente ese último pensamiento resonó con la voz de la otra Sekmet. «Mataré a todo aquel que lastime al amo. Todo aquel que lo toque tiene que morir». Se sintió mucho mejor. Al menos ya sabía lo que tenía que hacer. Ir a los sacerdotes no sería castigo suficiente, pero por suerte sabía de alguien que le daría el escarmiento correcto. Solo tenía que ir a la choza que estaba en la esquina de la cuadra de la casa Salvot.
La casa de su madre.
La fachada solo tenía una pequeña puerta, sin ventanas de ningún tipo. Si alguien salía a la calle a pesar de la lluvia, no se daría cuenta de lo que Tiamat hacía dentro. Cualquiera confundiría el sonido del látigo en la carne con el aguacero e incluso con algún trueno. Para cuando los sacerdotes fueran a buscarla –sí, lo harían, de eso no tenía duda– ella ya estaría más tiesa y destrozada que un pedazo de cuero en un establo.
Cuando llegó al porche no tembló. Estiró el puño y llamó a la puerta, lista para luchar contra su cuerpo si de nuevo echaba a correr sin sus órdenes. Esperó unos segundos a que le abrieran pero después tocó como posesa, cada vez más rápido y fuerte. La puerta se abrió de repente. Sekmet estuvo a punto de caerse de narices pero se mantuvo firme.
—¡¿Qué?! —Más que hablar, Tiamat ladró. Sekmet sonrió al sentir que el calor de la choza se escapaba al exterior, junto a un tufo a alcohol. Genial. Tiamat era más brutal cuando estaba borracha.
—¡He matado al amo! —anunció.
Pensó que lo diría sin dificultades, lista para afrontar las consecuencias de su pecado. Pero en cuanto la primera palabra salió, le tembló la voz y perdió parte de la entereza con la que se plantó delante de la puerta. Tiamat la miró como si fuera una alucinación producto del licor, como si no se creyera que había alguien bajo ese aguacero. En ese estado sería tan fácil burlarla. Solo tenía que echar a correr y listo. Aunque la krebin intentara perseguirla, la perdería en las densas cortinas de lluvia. Contuvo el impulso y gritó:
—¡He matado al amo, al amo, al amo! Está bañado en sangre rojacomolasflores, ¡no respira y…!
Tiamat la agarró del cuello y la metió en la casa. La empujó al suelo con tanta brutalidad que Sekmet se partió el labio. La mujer cerró de un portazo y corrió varios pestillos como si con eso pretendiera esconder un secreto. Permaneció inmóvil y muda junto a la puerta. La botella que sostenía en una mano le resbaló y regó el contenido en el suelo.
—¿Me estás diciendo que arruinaste tu boda con Salvot?
Así que lo sabía. Por supuesto. Por más que amara a su hijo, el anciano Frederick no consentiría una boda con Sekmet sin antes pedir el permiso de la madre. La chica sonrió triste al imaginar a sus dos amos ilusionados pidiendo permiso a Tiamat y luego sus expresiones de dicha cuando ella dijo que lo permitía.
Borró la sonrisa cuando Tiamat se lanzó sobre ella y la derribó. La colocó bocarriba y se le sentó encima. Con una mano le atrapó el cuello y con la otra le arañó la cara.
—¡¿Me estás diciendo que arruinaste tu boda con Salvot?! —repitió. Sekmet tragó saliva.
—Sí, señora.
No se guardó el chillido pero tampoco intentó detener a Tiamat. Dejó que la mujer la arrastrara hasta la chimenea. No opuso resistencia cuando le tomó una mano y se la sostuvo sobre las llamas.

Mark, su beso cariñoso –Así van a sanar más rápido– y sus manos cálidas tomando las de ella.

Sekmet apretó la otra mano y se clavó las uñas en la palma. La quemadura del día anterior había sanado –el hechizo del amo lo hizo–, pero esa nueva quemadura, mucho más severa y dolorosa, no sanaría.
Mark la habría besado, pero ahora estaba muerto.
Mark la habría tomado con suavidad y cariño, pero ahora estaba muerto.
Mark se la habría vendado mientras la miraba con ternura, pero ahora estaba muerto.
Ya no podría defenderla nunca más de los abusos de Héctor o Tiamat, de la misma manera que no podía evitar que la piel de Sekmet se retorciera en las llamas.
Sekmet aguantó hasta que la mujer lanzó un chillido y la apartó del fuego con un tirón.
—¡Estúpida maldición! —gritó.
La mano de Tiamat estaba más enrojecida y abombada que la de Sekmet, gracias al hechizo de Dereck Sunkel. De no ser por la maldición –en realidad era una bendición para Sekmet– tal vez Tiamat ya la habría matado.
Aunque…

Los relámpagos, la lluvia, la bola de carne muerta, el aleteo furioso de un ave gigante.
Y la bebé.
La bebé en brazos de una montaña musculosa y de fríos ojos azules.

No. Aunque Sekmet no tuviese ese molesto hechizo todavía la conservaría con vida. Por él. Para evitar su furia y su castigo. Pero si se ponía a pensarlo ¿encontraría de nuevo a ese mago? No. Tiamat ya no vivía en la aldea donde le entregaron a Sekmet, así que su pista estaba fría. Tanto ella como la chiquilla pudieron haber muerto en la invasión de hace unos años. Quizá el mago ya las daba por muertas y lo que fuera que hubiera esperado de Sekmet ya lo había desechado.
Aunque se lo encontrara de nuevo, ¿qué haría? Sekmet pudo haber muerto por muchas razones: alguna enfermedad, algún accidente que su madre no pudo evitar, algún castigo dado por los sacerdotes. No se podía esperar mucho de la vida de un krebin.
Además, si la chiquilla desaparecía ¿quién la echaría de menos? Nadie. El único bobo que llegó a quererla estaba muerto. Ni a Mark ni a sus padres les interesaría ya el destino de la esclava malagradecida que lastimó al muchacho. Lo más probable es que el viejo Salvot quisiera vengarse de ella.
Sekmet ya no tenía ninguna utilidad real para Tiamat. Lo único interesante que consiguió fue convertirse en el centro de atención de un chico enfermizo, débil y por suerte adinerado. Si Sekmet se hubiera casado con Mark eventualmente la fortuna de los Salvot habría sido de Tiamat. Los padres estaban viejísimos y el muchacho tenía un pie en la tumba desde que era pequeño. Por más que lo cuidasen todos los médicos de Lahore sabían que Mark moriría muy joven. Y cuando eso sucediera Sekmet no podría evitar que Tiamat tomara posesión de la riqueza. Era tan cobarde e inútil que no haría nada por detener a su madre, presa del miedo que le tenía.
Pero las cosas cambiaban si Mark estaba muerto antes de la boda. La fortuna no era más que un sueño que se desvanecía, mientras que el castigo de los sacerdotes y lahorenses se convertía en una realidad cada vez más aterradora.
Si el mensajero estaba muerto, los aesirianos pedirían la cabeza de la asesina. Como la Loca Sekmet no era más que una cría no sería raro que quisieran castigar también a la mujer que no le enseñó a respetar la vida de quienes eran superiores a ella. Por la metida de pata de Sekmet, a Tiamat la esperaba algo peor que la horca.
«Pero si voy a morir», pensó con odio, «moriré satisfecha». ¿Qué importaba la estúpida maldición? Si cada golpe que daba a Sekmet lo recibía amplificado cuando matara a la chiquilla ella también moriría. ¿Pero qué importaba eso si cuando los aesirianos la atraparan le darían una muerte aún peor de lo que ella podía imaginar?
Con dos botellas de ron encima esa le pareció la solución más sensata. Se tambaleó hacia la pared, en donde colgaba el látigo que utilizaba para fustigar al ganado cuando araba la tierra y a Sekmet cuando se quería divertir. Cuando regresó al lado de la chiquilla se le tiró de nuevo encima y le arrancó a tirones la ropa que Mark mandó a confeccionar para el día especial en que le pediría ser su esposa.
Tiamat la arrancó con uñas y dientes. Convirtió la falda y la blusa en tirones de tela. Algunos cayeron en la hoguera y avivaron las llamas, y otros se tiñeron de rojo cuando Tiamat lanzó el primer latigazo sobre la piel desnuda.
El golpe rebanó de un tajo la piel del hombro derecho y lanzó gotas de sangre oscura a las paredes y a la cara de Tiamat. La mujer se incorporó para secarse la sangre que le cayó en los ojos –ella sabía muy bien que era difícil sacar la mancha– y le dio tiempo a Sekmet de ponerse bocabajo.
Después de limpiarse la vista dejó caer el segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto golpes, uno tras otro, hasta que las heridas se mezclaron en una sola. Después se detuvo. El hombro y la espalda se le abrieron con grietas ardientes. El dolor la aturdió, pero la furia le dio fuerzas para mantenerse en pie mientras la sangre le manchaba la camiseta y le escurría por los muslos. ¡Dolía como los mil demonios! Pero Tiamat tenía más aguante que la chiquilla que gritaba y pataleaba. «Y quizá», pensó un poco más lúcida porque el alcohol comenzaba a bajársele, «Sekmet se morirá de miedo y no por los golpes». Quizá Tiamat podría sobrevivir a la paliza.
«Ya es hora de deshacerme de esta cosa», pensó. «Ya es hora de acabar con esta devoradora de cadáveres». Dejó caer más golpes. Atacó con tanta fuerza que trozos de carne saltaron de la espalda de Sekmet. Los hombros, la espalda, las nalgas, las piernas. Tiamat azotó todo lo que podía aguantar en su propio cuerpo, maravillándose de que la mocosa sangrara tanto. «Pero la sangre no es suficiente», pensó. «Las marcas. Tienen que desaparecer. Tengo que borrarlas».
Sekmet tenía marcas de nacimiento en la espalda. Eran líneas delgadas y curvas que parecían un tatuaje de color gris pálido, más que alguna mancha de luna o de sol. Las marcas, ¡cómo las odiaba! Como el cabello y los ojos grises de la niña. ¿De dónde las habría heredado? ¿Qué cosa podían ser los padres de esa chiquilla como para que Sekmet tuviera atributos tan extraños? ¿Quizá el mago que se la entregó se quería deshacer de ella por esas odiosas marcas en la espalda? No es que fueran horribles o que parecieran alguna malformación, pero las marcas crecían como si tuvieran vida propia. Y sin importar cuánto le azotaran la espalda volvían a aparecer por encima de las cicatrices. Y eso era, por supuesto, una señal de mal agüero.
«Como todo en ella», pensó la krebin. «Todo lo que toca se convierte en cenizas. Todo lo que ama muere. Está destinada a ser infeliz y a traer infelicidad. Es una criatura maldita». Un golpe más y estaría muerta. Un golpe más y…
El corno.
Tiamat detuvo el último golpe, pues sabía muy bien que ese sonido era la señal de un armamento aesiriano. Un mago habría escuchado el aviso del ejército a kilómetros de distancia, pero Tiamat era una krebin con escasa sangre aesiriana. Era más que nada humana por lo que sabía que el corno estaba cerca. Demasiado cerca.
El corno sopló de nuevo pero esta vez fue seguido por vítores militares. Sin saber por qué, Tiamat sintió un escalofrío que le bajó por la espalda. Su cabeza ya se había despejado del alcohol y ahora que veía la sangre en las paredes y en el suelo, y el cuerpo inmóvil y deshecho frente a la fogata, se daba cuenta de su error.
La había matado.
Los ojos de la montaña musculosa…
La había matado.
Los ojos fríos y crueles, que le encomendaban algo preciado…
La había matado.
… y juraban que acabarían con ella si algo le pasaba a la niña.
Tiamat retrocedió hasta chocar contra la puerta. Allí resbaló y se dejó caer sentada junto a la botella olvidada que apenas guardaba un chorrillo del contenido.
Luego escuchó el rugido.
Oyó las pisadas mojadas de hombres enfundados en botas de cuero o metal, todos recorriendo las calles de mármol de Lahore. Escuchó el repiqueteo de las armaduras, lanzas y espadas, además de los vítores militares cada vez que sonaba el corno. Pero nada de eso se comparaba con el rugido de algo que parecía un león gigante.
La krebin imaginó la marcha de un escuadrón en compañía de alguna extraña criatura. En su mente vio a los lahorenses curiosos que se asomaban por las ventanas para mirar a los soldados. Incluso se los imaginó abriendo las puertas para ver desde los porches.
Y vio también una chocita solitaria y a oscuras, sin ventanas y con la puerta cerrada a cal y canto a pesar de que todas las demás estaban iluminadas y vivas, con varios ojos fijos en el ejército. Para un observador experto la choza de Tiamat sería un lugar sospechoso que sería bueno recordar y vigilar.
En las filas del ejército sobraban los observadores expertos.
Se secó el sudor de la frente, corrió los pestillos y se asomó con timidez a la puerta, esperando que la franja de luz que escapaba fuera suficiente para despistar a cualquiera. Al principio no pudo ver nada más que las luces de las casas, ya que la fuerte lluvia impedía distinguir formas claras en la calle. Además, el día estaba tan nublado que casi parecía de noche.
Pero después reparó en las sombras que se dirigían a la plaza, en especial una enorme a cuatro patas y con una tienda en el lomo. La criatura rugió de nuevo, provocándole escalofríos. Tiamat adivinó qué era: una esfinge. Había escuchado historias sobre esos animales originarios del desierto, ¿pero qué hacía una esfinge al otro lado del mundo?
Distinguió los estandartes que traían los soldados a la cabecera: representaban el emblema del Imperio Aesiriano, con los Tres Dragones –el Negro, el Blanco y el Púrpura– custodiados por un par de armas interpuestas a modo de escudo, todo sobre un fondo dorado. Detrás del estandarte de los Aesir venían banderas de fondo negro, con una luna llena bordada con hilo de plata. En su sencillez estas banderas eran más terroríficas que el escudo del Imperio.
Los soldados llevaban una capucha de viaje que los protegía de la lluvia y les cubría el rostro. Así parecían la representación de la muerte, un agüero no muy prometedor para Tiamat.
El corno sopló de nuevo, pero en esta ocasión los soldados no respondieron con un grito ni con el puño en alto. Se detuvieron a la vez, como si estuvieran sincronizados, y esperaron órdenes. Un grito les ordenó que formaran filas. Los oficiales se acomodaron en dos grandes hileras al lado de la esfinge.
Luego, silencio.
La esfinge avanzó entre los oficiales hasta situarse en el centro de la plaza. Se agachó y esperó a que un par de soldados desplegaran una escalera desde la tienda en el lomo. Y después él salió.
Tiamat lo reconoció no por los ojos que la habían perseguido en pesadillas, sino por los hombros anchos que se asemejaban tanto a una montaña. Esos hombros que coronaban la espalda amplia de un aesiriano de más de dos metros y medio de altura. El mismo mago que le entregó a Sekmet hacía catorce años bajaba ahora de la tienda, sin capucha, vistiendo una armadura dorada de pecho y hombro derecho. Cuando el hombre bajó, miró las casas y edificios de Lahore para comprobar que en todas hubiese personas que le escucharan.
—¡Lahorenses! —Su voz fue como la de un tigre, más potente que la lluvia y el rugido de la esfinge juntos. Se oía a la perfección en toda Lahore—. Su ciudad ha sido bendecida con la visita de la Doncella de Kerveinsen y con la del príncipe Adad. —Cuando dijo esto, Tiamat escuchó chillidos de emoción desde distintas partes—. El príncipe Adad, heredero al Trono de las Arenas y portador del Segundo Dragón de la Profecía.
Las exclamaciones se hicieron más fuertes. Algunos aesirianos incluso salieron de sus casas y se acercaron emocionadísimos a la plaza, sin importarles la lluvia. Pero los lahorenses se detuvieron en seco a una seña del hombre.
—Escúchenlo —ordenó el mago— y obedézcanlo, porque nuestro príncipe tiene algo que pedirles.
Se apartó del pie de la escalera y esperó a que la tienda se abriera de nuevo. Primero salió un hombre alto –aunque no tanto como el primero– con capucha y luego le siguió otro. Estos dos se colocaron al lado de la escalera y se hincaron. Después salió una figura abstracta vestida de blanco, que fue recibida por uno de los oficiales arrodillados.
Y al final salió un muchacho también encapuchado pero con un modo de caminar más elegante, majestuoso, mágico. Tenía algo en sus modos que atraían. Tiamat supuso que los lahorenses no gritaron emocionados en esta ocasión porque la lengua se les había quedado trabada en el paladar.
Cuando el muchacho bajó de la esfinge y caminó como si quisiera ir al borde de la plaza, el oficial que quedaba arrodillado lo siguió. El joven hizo una seña a la figura de capucha blanca, que reaccionó quitándose el gorro y llevando una mano al cielo.
Las gotas de lluvia quedaron suspendidas en el aire. Las nubes que teñían el cielo de negro y gris se disiparon poco a poco, y después el sol iluminó Lahore. La lluvia inmóvil se evaporó por una suerte de magia.
El muchacho se descubrió el rostro. Los oficiales en filas lo imitaron y se arrodillaron. Ahora, con la claridad del día, Tiamat vio a un gran grupo de soldados aesirianos de la mejor calaña. Reconoció los cabellos de diferentes colores, las facciones duras de sus pómulos e imaginó los colores diversos y puros de sus ojos, parecidos a los de animales.
La figura blanca se quitó la capucha. Los lahorenses comprendieron por qué les pareció tan informe: debajo de la capa se escondía una Doncella alada. Sus alas blancas eran tan grandes que necesitaba un capuchón de la talla de una mole para cubrirlas y protegerlas de la lluvia.
Tiamat no culpó a los lahorenses por dejar de prestar atención al príncipe para mirar a la Doncella. Era extraño ver a una mujer aesiriana y todavía más raro a una Doncella con algún parentesco con el desierto, pues solo allí nacían aesirianos alados. Bastó un gesto del hombre de armadura de pecho y hombro derecho para que todos recordaran al príncipe.
El muchacho abrió la boca. Aunque sus palabras eran más suaves y dulces que las del mago que precedió el discurso, el viento transportó sus deseos.
—Lahorenses —dijo—, quiero pedirles su ayuda. He buscado algo por más de ocho años. He visitado cada pueblo, ciudad y valle de esta región solo para encontrar mi tesoro. Y ahora estoy aquí. Mis órdenes son simples: tráiganme a todas las niñas entre los doce y dieciséis años. No me importa su raza o condición social. Las llevarán a todas a mi presencia, al templo de Lahore.
Sin otra palabra regresó a la tienda cargada por la esfinge. La Doncella lo siguió, pero no los oficiales que los acompañaron antes de bajar. A una señal del mago de armadura dorada, las filas del ejército se rompieron y se acomodaron en diferentes grupos. El hombre dijo:
—Enviaremos soldados a cada parte de Lahore. Por favor colaboren con ellos y entreguen a las niñas. Son libres de acompañarlas si quieren. Dentro de poco ellas estarán con ustedes de nuevo.
La esfinge se levantó y dos grupos de soldados la acompañaron a la colina más alta de Lahore, donde estaba el templo. Los demás oficiales se dispersaron por la ciudad. Tiamat cerró de un portazo.
Alguno de ellos vendría a la choza. ¡Malditos los aesirianos! Con su olfato olerían la sangre de Sekmet, entrarían y verían el cadáver tendido frente al fuego. Apresarían a Tiamat y cuando informaran al hombre de los temibles ojos lo que encontraron, ella conocería cara a cara la tortura.
El hombre rubio, con cuerpo de montaña y ojos como el cielo, con la armadura de pecho y hombro derecho, solo podía ser una cosa: un General del ejército aesiriano. Tiamat no era ninguna estúpida. El General acompañaba al príncipe que buscaba a una niña entre los doce y dieciséis años. Los dos buscaban a alguien. Buscaban a Sekmet.
—¡DIABLOS! —maldijo.
La mantuvo con vida por catorce años y ahora, justo antes de que ese par llegara en compañía de toda una tropa, la mató. Lo que esperaba a Tiamat era algo peor que la muerte que podían darle los sacerdotes: la tortura de un General que era la pesadilla de los vanirianos.
Tenía que irse, tenía que huir. Tenía que escapar de una muerte segura. Recorrió la choza y alistó a toda prisa una mochila, en la que echó lo que consideró necesario: ropa, alguna conserva y uno que otro cuchillo. Estuvo a punto de tomar el látigo pero prefirió dejarlo donde estaba. Cuando encontraran el cuerpo sin vida de Sekmet enviarían un equipo de rastreo tras ella. Debía ganarles terreno y dificultarles que la hallaran. Llevarse un arma apestando a la sangre de su víctima no era muy sensato.
Se puso una mudada limpia, aunque la sangre en la cara no se la pudo quitar. ¿Qué tenía la sangre de Sekmet que era tan difícil de lavar? No lo sabía y creía que conocer la respuesta implicaría encontrarse con el General.
Se dirigió a la puerta, miró por última vez el cuerpo de Sekmet y sonrió. Se marchó sin ningún remordimiento.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

9 comentarios :

  1. Antes de comentarte el capítulo, quería decirte que he agregado tu blog al Blogroll de El Último Arcano (mi blognovela, espero que no te importe)
    Ahora sí.
    Hay oica cisa que comentar en este capítulo. Me imaginaba que Sekmet se sentiría culpable, pero no que fuera a dejar que Tiamat la matara... no me lo esperaba.
    Menos mal que los aesirianos aparecieron en el momento justo.
    Supongo que todos ellos darán mucho de que hablar, seguiré leyendo a ver como se desarrolla la trama.
    Mark está vivo... o al menos eso cree Sekmet. Es un alivio que no lo maten.
    Lo de la otra Sekmet y Marduck también es algo con lo que vas a poder jugar mucho.
    Estoy bastante interesado por ver como sigue desarrollándose esto.
    Seguiré leyendo y comentando, una lástima que falten desde el capítulo 7 unos cuantos...

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  2. Gracias, yo también voy a agregarte a mi blogroll aunque sí tengo una petición. Si vas a agregar mi blog, por favor agrega aesir1.blogspot.com en lugar de aesir-3dragones.blogspot.com
    La razón es que el primero es el blog principal, y el segundo es el primer volumen de la saga. En teoría, ya había terminado este volumen pero he decidido editar tooodos los capítulos.
    Aunque por alguna razón la edición de los mismos me cuesta un poco, para celebrar estas fechas subí otros: el 7, el interludio, y el 8. Cuando tenga más capítulos editados, subo los que siguen.
    Mil gracias por leer, y espero que disfrutes de la saga ;)

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  3. Este capitulo esta bueno pero algunas cosas no me cierran, por ejemplo lo de la magia, si supuestamente quien la lastimaba recibía hasta el triple de daño entonces con el golpe de un latigazo la otra persona (latigazo x3) devería haber recivido un golpe lo suficientemente fuerte como para partirle la piel de una, pero buneo supongo que no todos los hechizon salen siempre bien así que pensado así es entendible, y que bronca Tiamat! me dan ganas de zarandearla, y a Sekmet tambien por ese último saque de reveldia U_U cosa barbara XD jajaja

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  4. Otro capítulo bien interesante. Aunque la misión y el destino de Sekmet son claros, supongo que el futuro nos deparará muchas sorpresas. Por otro lado debo decir que es fascinante tu firmeza a la hora de presentar escenas duras, por llamarlas de alguna manera. En éste no he encontrado nada que comentar a nivel gramatical. Enhorabuena Ángela y pronto seguiré con el tercero.
    Un saludo.

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  5. Desde luego la historia de Sekmet no es precisamente un paseo por un jardín de rosas. Me parecen impactantes muchas escenas por su dureza, casi duele la espalda al leerlo.

    Me gusta que salgan nuevos personajes, amplía la historia y da ganas de saber qué pasará.


    Felicidades, esta muy bien.

    Nando.

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  6. Gracias, Nando. Releyendo este capítulo me entró coraje, porque encontré varios errores y todavía está escrito tipo telegrama. Parece que tendré que editarlo nuevamente (y eso que hace unos meses que según yo ya estaba re-listo).
    Pero bueno, de verdad mil gracias por pasarte y comentar. En cuanto a los nuevos personajes, ¡tranquilo! Que entrarán muchísimos más en juego, son tantos que tendrás que poner atención para seguir bien la pista de lo que sucede, porque todos tienen sus historias que contar y sus habilidades que compartir.
    ¡Un saludo!

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  7. Eso que mencionas de releer algo y encontrar errores o cosas que cambiar estoy convencido de que nos pasa a todos.

    Cualquier texto es mejorable. Yo leo mis capítulos y me pasa exactamente lo mismo, asi que te entiendo perfectamente.

    Saludos,

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  8. En serio me absorbió tanto este capítulo. Con tan buenas descripciones, en serio puedo “ver” lo que está ocurriendo, en vez de sólo leerlo.
    Quería aprovechar para indicar que, en el párrafo que comienza con “Tiamat detuvo el último golpe…” dice, “sabía muy que…”, en vez de “sabía muy bien que…” Sólo quería señalar ese pequeñísimo detalle.

    -Kirala

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Kirala! Muchísimas gracias por leer, comentar y anotar el error. ¡Ya lo corrijo en el manuscrito! Ojalá que el resto de la historia te siga gustando :)

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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