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Capítulo 4

4
VISIÓN DE UN DRAGÓN

El primer recuerdo de Dereck Sunkel era el día en que lo separaron de su madre. Tendría unos dos o tres años. En ese entonces su mundo entero eran los pasillos de mármol del templo de Lavenna, donde su madre gobernaba. No recordaba su rostro, pero sí la calidez de sus besos. El zumbido de su voz. El aroma de sus brazos.
Y su mano, que lo dejó ir.
Ese era el recuerdo más fuerte. Cuando un soldado lo tomó en brazos él extendió una mano hacia su madre para que no los separaran. Ella lo estrechó por un segundo y después lo soltó. Lo último que vio de ella fue su figura recortada por la luz, sentada en una butaca, inmóvil y silenciosa, mientras a él lo sacaban del templo.
Nunca estuvo en peligro pero entonces no lo supo. A tan corta edad todo lo que entendió fue que su mundo estaba al borde del colapso. Dereck no podía recordar en qué momento comprendió y aceptó lo que había sucedido, pero en algún punto todo tuvo sentido. No lo habían separado de su madre. Simplemente la familia de su padre lo había reclamado.
Aunque su madre era una Doncella, él no era tan significante. Solo era el niño que resultó de una recompensa. Su padre era un capitán reconocido que por su buen trabajo se ganó una noche en el lecho de una mujer con sangre Aesir. Cuando el niño ya no necesitó su leche, ni sus abrazos o besos, fue el turno del padre de hacerse cargo de él.
Dereck no era una excepción. Había otros niños como él en otras ciudades y regiones del Imperio. Y como él, la mayoría de esos niños formaba parte de una familia dedicada a labores militares. Desde el principio su camino estuvo marcado. Era un Sunkel. Era un soldado de nacimiento.
A cada momento Dereck descubría que la vida era un ciclo que se repetía una y otra vez. Le bastaba con visitar una nueva ciudad y mirar el templo para recordar aquel día, que fue también el comienzo de su carrera militar. Ahora su carrera militar era la razón por la que visitaba nuevas ciudades.
Miró los grupos de soldados que subían a la colina más alta de Lahore, escoltando a las niñas de la ciudad de la lluvia. La mayoría era humana. Las más desaliñadas –que no eran muchas– eran esclavas krebins. Y muy pocas, casi que contadas con los dedos, eran aesirianas. El soldado soltó un suspiro y de inmediato sintió un codazo en las costillas.
—Enderézate —ordenó el General entre dientes.
Dereck obedeció al instante aunque por dentro tenía el corazón encogido. «Si no hubiese fallado hace ocho años», pensó, «esto ya habría terminado. Ya la habríamos encontrado». Miró de nuevo a las chicas que subían al templo. ¿Alguna sería la princesa que estaba destinado a custodiar? Lo dudaba. Aún no había perdido la esperanza de encontrarla pero no podía sentirla. El enlace mágico que lo unía a la portadora del Primer Dragón debía hacerlo vibrar al verla, como si dentro de él se destruyera una galaxia entera. Como si estuviese sincronizado con la niña. Pero ni siquiera sentía mariposas. «Aunque qué se yo…», pensó deprimido. «Si el enlace funcionara, si de verdad yo fuese el elegido para protegerla, la habría hallado hace años».
—Que te endereces —repitió el General, pero esta vez la orden estuvo acompañada de una mirada de hielo.
Los años de práctica ayudaron a Dereck a suprimir un escalofrío, aunque supo que no pudo hacer nada por la palidez del rostro. Sin importar cuántos años pasara bajo su mando, el General Sigfrid Montag siempre le daría miedo. Lo curioso era que el Demonio Montag era uno de los pocos hombres que podían entender cómo se sentía, porque él también fue un Guardián Celestial.
—Quizá —murmuró— usted se equivocó, señor. Quizá yo no soy el elegido para ser Guardián de la princesa Allena.
—No —respondió el General mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. Con su rostro fuerte, la armadura dorada y sus hombros de montaña, el Demonio era mucho más impresionante que la estatua del héroe de Lahore bajo la que él y su pupilo vigilaban a los soldados que revisaban la ciudad en busca de niñas—. Tú eres el Guardián.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Porque yo nunca me equivoco.
Dereck sonrió. Sigfrid sí cometía errores pero siempre se las arreglaba para solucionarlos. A veces hasta les sacaba provecho para llevar más terror y desolación a las tropas vanirianas que se atrevían a pisar territorio aesiriano. No en vano los vanirianos lo habían apodado «Demonio Montag». Era el Primer General de las Fuerzas Armadas Aesirianas. La primera barrera de defensa entre el País de Hielo y el Imperio Aesiriano. La persona más cruel, sádica y talentosa que hubiese caminado alguna vez sobre la faz de la Tierra.
Dereck soltó otro suspiro, pero esta vez mantuvo la cabeza en alto y la espalda recta. Hace unos años él también estuvo tan seguro de ser el Guardián como el General. Hizo lo que se esperaba de él. Se convirtió en un soldado. Destacó. Y cuando llamó la atención de un superior importante fue recomendado como candidato al puesto de Guardián. ¿Qué tenía que perder si aplicaba al puesto? Nada, así que cumplió con el papeleo y zarpó al Reino de las Arenas.
Allí estaba la academia militar más importante del Imperio, donde estudiaban y se graduaban los mejores soldados. Allí también había otros quinientos muchachos que competían por el puesto de Dereck. Hasta ese entonces no había nada que lo diferenciara de ellos: todos provenían de familias dedicadas a las fuerzas militares y tenían experiencia y buenas referencias por su desempeño. No había nada que inclinara la balanza hacia uno de los postulantes.
Hasta el sueño que lo cambió todo.


Estaba en una habitación blanquísima, con un solo sillón pálido que estaba justo delante de él y que le daba la espalda. Cuando la figura sentada se giró, Dereck encontró a un hombre hecho de papiro que se levantó y caminó hacia él. Sin importar cuánto se esforzara no pudo ver nada en el rostro sepia. Nada, excepto unos profundos ojos púrpura.
La criatura le dio escalofríos pero no pudo apartarlo cuando el hombre sin rostro le puso una mano en el pecho. Ese simple gesto le envió una descarga por todo el cuerpo. Dereck se contrajo. Por encima del dolor sintió algo más: energía pura. Por un instante creyó que explotaría en la pesadilla y despertaría con un grito. La descarga lo recorrió y se unió a él como si siempre hubiese estado destinada a formar parte de él, a convertirse en él.
El dolor desapareció como si nunca hubiese estado allí, aunque su recuerdo todavía resonaba como un eco en el interior de Dereck.
Ya estás listo —le dijo el hombre sin rostro—. Te nombro su Guardián Celestial. Y para que cumplas con tu trabajo te doy esto. —El hombre de papiro le entregó un huevo dorado. Cuando lo tuvo en las manos Dereck sintió el palpitar de la criatura dentro del cascarón—. Haz que la Doncella que más amas empolle ese huevo por ti. Por ser tuyo compartirá tu alma. Pero por poseer mi poder será mi mensajero y algún día ese poder deberá regresar a mí.
El hombre sin rostro lo despertó con el chasquido de los dedos. Al principio Dereck pensó que era solo una rara pesadilla provocada por una indigestión nocturna. Cuando intentó dormir de nuevo descubrió que todavía tenía en la mano el pequeño huevo dorado.
El latido en el cascarón se hizo cada vez más fuerte. En cuestión de días el huevo pasó del tamaño de una uva al de una manzana, y luego al de un melón. Dereck se imaginó que el huevo de su pesadilla contenía a un demonio. Pero cada vez que se decidía a aplastarlo, cada vez que ponía el pie sobre el cascarón para terminar con lo que fuera que estaba dentro, su corazón se contraía. «No, no puedo hacerlo», pensaba en cada ocasión. ¿Qué otra alternativa tenía además de seguir las instrucciones del hombre sin rostro? Ninguna, salvo pedir permiso para regresar a casa.
A Lavenna. Al templo de mármol. A su madre. La mano que lo dejó ir podría recibirlo ahora.
Cuando regresó descubrió que su madre murió al dar a luz a otra cría de recompensa. El cachorro habría estado en casa de su padre si hubiese sido varón. Pero resultó ser una niña y, en la ausencia de su madre, heredó el título de Doncella de Lavenna. Con una sola mirada Dereck amó a su media hermana Valeria, de tres años.
Apenas una semana después de darle el huevo de oro, recibió la visita del hombre más importante de la armada. Jamás podría olvidarse del espectáculo del aesiriano más grandioso que había visto en la vida, montado sobre una gigantesca ave de noche. Ni siquiera las esfinges que vio en la Academia de las Arenas podían competir con la majestuosidad del cuervo Munnin.
Sigfrid había llegado justo a tiempo, en compañía de un mago de alas negras llamado Kael. Después de una orden, Dereck los guio al salón donde su hermana había construido un nido de cobijas y almohadas. Valeria estaba allí, presa de un ataque de risas y saltos. El cascarón se rompía.
Por cada trozo de cáscara que caía al suelo, Dereck sintió una conmoción en el pecho idéntica a la de cuando el hombre sin rostro lo tocó. Las galaxias eclosionaron en su interior. Cuando el cascarón terminó de abrirse salió un pichón negro del tamaño de una sandía, que pio como loco. Valeria lo alzó para consolarlo. No la asustaron el pico, la pelusilla del pájaro ni sus ojos grandes y desproporcionados.
Los mismos que vieron a Dereck como si supieran que el alma del aesiriano era suya también. Como si lo que el pichón piaba fuera el nombre del muchacho.
El Primer General puso su pesada mano sobre el hombro de Dereck.
—Soñaste con el Tercer Dragón —le dijo—. Este cuervo mensajero es la prueba de que él te ha elegido como Guardián de la princesa que portará al Primer Dragón. Por eso a partir de ahora estarás bajo mi tutela.
Esa misma noche Dereck tomó al pajarillo y voló rumbo a Masca, en compañía del mago alado y el General. En la Capital aesiriana pasó por la tortura que Sigfrid llamaba «entrenamiento» y se preparó lo mejor que pudo para ser Guardián de la princesa Sakti Allena.
Y al pichón lo nombró Huggin.


Todo había apuntado a que Dereck sería un buen Guardián. Había igualado a Kael en muchas áreas y lo había superado en otros talentos militares. Pero cuando al fin llegó el día en que la princesa Istar daría a luz al Primer Dragón, todo salió terriblemente mal. Los vanirianos atacaron con todas sus fuerzas en cada uno de los frentes aesirianos. Istar y el príncipe Velmiar, heredero de las Arenas, desaparecieron. Abandonaron la seguridad de la fuerza militar y se llevaron a sus hijos consigo: a la princesa que todavía estaba por nacer y al portador del Segundo Dragón. Para cuando al fin el Guardián de Istar la encontró, ya era muy tarde.
Dereck no podía tan siquiera imaginar la congoja que debió producir el vínculo que unía a Sigfrid con Istar. Encontrarla muerta. Fallar. Regresar a Masca con uno solo de los cuatro príncipes que debía llevar de vuelta a casa. Sigfrid era parco en palabras pero en ese entonces no hicieron falta para que Dereck supiera lo que sucedió: los padres murieron, el pequeño príncipe Adad estaba solo y la princesa recién nacida quedó atrás, en un sitio que el General eligió para su protección.
Dereck se frustró. Se suponía que él sería la protección de la niña, pero ni siquiera se le reveló su paradero. Hasta unos años después, cuando el humo en el Oeste alertó al General y al Emperador. Entonces lo enviaron a las aldeas krebins antes de que el fuego consumiera a la princesa.
Pero falló. Por más que buscó y re-buscó, por más que levantó escombros y cenizas, no la encontró. Todo lo que halló a su paso fue tierra estéril por el fuego. Y barbarie. El General Montag le daba miedo pero también le provocaba admiración y respeto. Pero cuando Dereck conoció las aldeas se preguntó en qué demonios había pensado su mentor. Debía de estar loco. ¿Dejar a una bebé en medio de esa gente? ¿Abandonarla a su suerte entre unos incivilizados que ofrecían sacrificios a demonios y golpeaban a niños indefensos?
Aún no podía quitarse de la mente el rostro deforme de Sekmet. Cada vez que pensaba en su protegida, cada vez que invocaba su presencia para encontrarla, veía las manitas ensangrentadas. Sentía el temblor de su cuerpecito. Veía los ojos asustados e hinchados de una niña que pecaba por ser diferente. Tal vez no había encontrado a la princesa porque temía descubrirla golpeada, mutilada y abusada de otras mil formas distintas. Temía encontrarla en el mismo estado de Sekmet.
Pero si él no podía hallarla alguien debía hacerlo. Por eso el Emperador armó toda una partida de búsqueda que llevara a la niña sana y salva a Masca, la Capital aesiriana. Pero ya habían recorrido ciudades y pueblos durante ocho años sin éxito. Aunque la buscaban entre aesirianas, humanas y krebins, no había rastro de ella. Ninguna chica tenía las marcas de la Profecía. Ninguna desataba la destrucción de una galaxia dentro de Dereck. Y ninguna había traído consuelo al portador del Segundo Dragón.
Adad buscaba con desesperación a su hermana.


Lo descubrieron una mañana, cuando la esfinge amaneció en medio del campamento como si hubiese estado allí la noche anterior. La cara que puso Sigfrid entonces asustó a toda la tropa, menos a Dereck. Una ventaja de su entrenamiento con el General fue que aprendió a diferenciar entre su típico mal humor y la preocupación. En ambos casos sus expresiones eran muy parecidas, excepto que cuando estaba preocupado parecía estar a punto de sufrir un derrame cerebral en lugar de arrancarle la cabeza a alguien.
La única persona que podía preocupar de esa manera al General era su ahijado, el príncipe Adad.
Porque era lo único que le quedaba de la princesa Istar.
Como el príncipe sabía esto era también el único en el mundo que podía salirse con la suya en un argumento contra Sigfrid. El General estuvo furioso durante semanas porque el muchacho logró convencerlo de dejar que se quedara en la partida de búsqueda de su hermana. Lo único que consoló al General fue el coscorrón seguro que el Emperador le daría por haberse escapado de Masca. Eso y las terribles rutinas de entrenamiento de la madrugada para Kael como castigo por sucumbir a la rebeldía de su protegido.
Incluso entonces pareció que la expedición tendría éxito, que en cualquier momento encontrarían a la princesa y regresarían a Masca. Pero Adad enfermó. Al principio los doctores no pudieron explicar por qué había días en que el muchacho simplemente no se podía levantar de la cama, o por qué estaba tan confundido y aletargado. Un día estaba bien y al siguiente, no. Esos episodios ocurrían sin que nadie encontrara un motivo, aunque Adad lograba reponerse unos días después para retomar el viaje.
Fue hasta el quinto ataque que los doctores comprendieron qué le pasaba. Tenía un bloqueo de magia. Como era portador de un Dragón tenía todas las esencias mágicas a su alcance. Era como si Dios hubiese derramado una lágrima llena de todo su poder y la embotellara en el cuerpo del príncipe. Pero él era solo un muchacho y su cuerpo apenas podía asimilar tanta energía. Así que para no colapsar su cuerpo bloqueaba la magia. Lástima que los magos la necesitaban para vivir.
—Se pondrá bien —aseguraron los doctores—. Para cuando crezca su cuerpo ya habrá asimilado el flujo de magia.
Adad no había colapsado antes porque en Masca estaba con su tío. El Emperador no era un portador de Dragón, pero era un Aesir desde la coronilla hasta la punta de los pies y sobrepasaba por mucho a un mago promedio. Era lo que se conocía como una fuente de poder: un aesiriano con tanta energía que bañaba a otros con su poder, regulándolos. Gracias a él Adad había asimilado su magia antes. Así que todo lo que necesitaba para ponerse mejor era una nueva fuente. Fue entonces cuando la Doncella de Kerveinsen se unió al viaje para asistir al príncipe.
Pero esto supuso una nueva preocupación para Dereck. El Emperador y Sigfrid no creyeron que fallara en encontrar a la princesa por su cuenta, pues lo lógico habría sido que la niña desatara un pequeño desbalance. Con una invasión, flamas, sangre y cuerpos por doquier, el miedo la habría dominado. Habría desbordado su magia, que tenía la misma potencia de la de Adad. Cualquiera, hasta la más insignificante de las criaturas, habría sentido el temor mágico de un Dragón.
Pero no hubo despliegue de magia. No hubo nada.
Cuando Adad se enfadaba todos lo sentían en el aire, en el suelo, en el sol. Cuando estaba contento, se lo sentía en el ambiente. La tropa entera y las ciudades que lo habían hospedado podían sentir su magia en cada cambio de humor.
Pero nadie podía sentir a la princesa. Nadie percibía su magia. De nuevo el único que tenía alguna oportunidad de encontrarla era Dereck pero él estaba a ciegas. Había meditado tanto en el asunto que llegó a la conclusión de que su protegida también debía de haber bloqueado su magia. Nunca tuvo una fuente que la ayudara a regular su poder. Y en una sociedad híbrida donde el poder ocasionaba miedo y dolor, ¿qué lugar había para ella? Dereck lo supo: para sobrevivir en ese mundo su princesa bloqueó la magia. Apagó el faro que todos buscaban.
En ese mar de incertidumbre Dereck tenía que tomar el timón y guiar a la tropa a la portadora del Primer Dragón. Las niñas que subían al templo no le producían ninguna sensación inusual. A lo mejor Lahore tampoco era la ciudad donde lo esperaba su protegida. Pero solo por si acaso debía intentarlo de nuevo.
Cerró los ojos e intentó visualizar a la princesa pero lo único que le llegó fue dolor. Las manitas que se agitaban ensangrentadas. Las llamas de la invasión. La mejilla destrozada. Las cenizas que se arremolinaban como nieve gris a los pies de los aldeanos. Dereck se esforzó en ir más allá de ese recuerdo. Debía superar la imagen de aquella niña híbrida.
Sintió las llagas abiertas en el hombro y en la espalda. La sangre esparcida por el suelo. El sueño. El frío. La soledad. La tristeza. Las cenizas desaparecieron. La aldea se esfumó. Entre el humo y el fuego que había visto antes se formó otra escena. Una habitación con paredes de sangre, hirviente como un infierno de licor.
Dereck olió el tufo del alcohol mezclado con sangre y carne quemada. La mano le ardió como si estuviese sumergida en un tazón de lava. De repente fue él quien estaba tendido en el suelo, asustado y desnudo. Solo y...


… olvidada. Nadie se daría cuenta de que había muerto. A nadie le importaría.
¿De verdad alguna vez estuvo viva? Lo dudaba. Nunca existió. Solo fue un error, una ilusión, una nube de tormenta en un cielo despejado. Lo único que siempre fue real fue ese dolor eterno que la había aturdido. Pronto, en cualquier momento, se desharía en cenizas y nadie lo sabría. Ni ella misma.
Su cuerpo reaccionó. Primero intentó que la mano chamuscada se moviera, pero las ampollas eran tan grandes que hasta la sola circulación de la sangre dolía como si la clavasen a un madero. Después lo intentó con la otra, que le reaccionó con un poco más de fuerza. Dolía. Todo dolía. Pero tenía que incorporarse, tenía que buscar ayuda, tenía que…
«No, el amo», pensó Sekmet. «No te muevas, por favor. Quédate quieto, cuerpo, quédate aquí. Muramos en paz. Muramos por el amo. Por el amo». Si se deshacía tal vez podría dejar al mundo libre de su mancha. Sería como si de verdad nunca hubiese estado allí. Y si ella no existía entonces quizá Mark nunca saldría lastimado.
Sus ideas frágiles y desorganizadas no pudieron dominar la consciencia que tomaba el control sobre su mente y su cuerpo. Tenía que levantarse. Tenía que buscar ayuda. Tenía que sobrevivir. El amo querría eso. Estaría feliz de que ella se levantara y lo fuera a buscar. «Aunque sea para morir junto a él», pensó Sekmet y supo que era verdad. Mark estaría encantado de que ella lo siguiera al otro mundo para que lo cuidara y fuera suya en muerte.
Pero jamás podría verlo. Ya nunca más tendría la oportunidad de ver a Mark de nuevo, porque aunque él la esperara –y lo haría, porque era un buen amo– nunca podría alcanzarlo. Era imposible que alguien como ella pudiera ir al mismo lugar que él. El Cielo, se dijo, debía de ser selectivo. Como la vida.
Si te llevara al amo —dijo alguien en voz muy baja—, ¿dejarías de luchar y me permitirías buscarte ayuda?
Sekmet abrió los ojos de golpe. Oh, no. Un chillido de ratón escapó de sus labios cuando reconoció la voz de la otra chica. Había perdido la cabeza. Era la Loca Sekmet. Sabía que aunque agitara sus pensamientos no podría sacar la voz de su mente. Porque la voz ya no estaba dentro sino fuera de ella.
Si te llevara al amo Mark, ¿me escucharás? ¿Dejarás de negarme? ¿Me aceptarás?
Quizá, si no respondía, la voz la ignoraría y callaría de nuevo. Quizá, si se hacía la muerta, se moriría de verdad. Pero sus labios esbozaron una diminuta sonrisa como si dijeran «Eso no funcionará» y ella supo por qué.
La voz ya no sonaba dentro de su cabeza porque fue ella misma la que habló. Así como sonrieron, sus labios murmuraron antes las palabras de la otra Sekmet. Su cuerpo se movió de nuevo, ajeno al dolor y al espanto de la esclava. Cuando se incorporó sobre un codo quedó frente a frente con el espejo de la casa.
Allí la recibió el reflejo de la voz, apoyada sobre el codo. Con la piel abierta en el hombro y en la espalda. Con las mismas cicatrices que Sekmet. Con los mechones grises. Era igual pero era distinta. Sus ojos eran diferentes, con rayas verticales en lugar de pupilas.
Por el amo, que nos aceptó a pesar de ser un monstruo —susurró su reflejo—, ¿me dejarás guiarte?
—No.
No podía dejar que otra voz se acercara a Mark. No podía desaparecer para dejar un reflejo en su lugar.
—¡NOOOO!
Cerró los ojos. Fue como cuando la encerraban en las cuevas de sacrificio de los demonios. Con un parpadeo todo se destrozó. El espejo, la chimenea, la puerta delantera y la trasera. Escuchó la explosión de astillas, ladrillo y vidrio, y luego el pitillo del silencio. Cuando se atrevió a mirar de nuevo, el espejo estaba destruido y los trozos estaban esparcidos por el suelo. En cada fragmento se reflejaban los ojos de la otra Sekmet, que comenzaba a desvanecerse.
Por el amo que nos aceptó a pesar de ser un monstruo…
Sekmet no escuchó el resto. Se tapó los oídos. Resintió el dolor, el frío, la debilidad y, sobre todo, las ganas de estar a salvo. Las ganas de estar con Mark. Al final, quizá, el reflejo sí había ganado la batalla.


Unos dedos duros como trampa de oso se cerraron sobre sus hombros. Cuando abrió los ojos se desubicó porque no recordaba que el mundo fuera una gran loza de mármol que reflejara su rostro y el de Sigfrid.
—¿Estás bien? —preguntó el General, que lo sostenía.
Dereck se enderezó lo mejor que pudo, aunque sintió las piernas débiles y la cabeza confundida. Reparó en las voces de soldados y civiles, que veían una gran nube de humo en una esquina al otro lado de la calle. Sigfrid siguió su mirada y dijo:
—Pasó antes de que perdieras el equilibrio. Dicen que allí vive una alcohólica. Seguro una botella cerca de la chimenea causó el incendio.
Fuego, fuego, fuego. Las tejas de arcilla ardían en el techo, la puerta desparramada, el interior… Pero nadie intentó apagar el incendio ni rescatar a la dueña de la choza, si es que estaba adentro. Los lahorenses sabían que allí vivía Tiamat pero no la tenían en muy alta estima. ¿A ellos qué podía importarles la vida de una krebin tan vulgar como ella?
Dereck avanzó hacia el lugar. Primero a pasos tímidos. Todavía no se recuperara de la visión. Después más rápido, como si ahora la visión fuera combustible para sus piernas. Sigfrid lo llamó pero él lo ignoró. Lo único que importaba era llegar a la choza.
Se plantó en el porche, ignorando el calor de las llamas que le hacía cosquillas peligrosas en las mejillas. Ignoró el humo que le quemaba la nariz. Ignoró las astillas de la puerta que se incendiaban a sus pies. Dio un paso al frente y vio el interior.
Fuego, fuego, fuego. Pero también sangre, sangre, sangre. «¡Roja como las flores, rojacomolasflores!», pensó con desesperación sin saber por qué. Vio los trozos de tela carmesí, que se incendiaban, y las piezas de vidrio, esparcidas por el suelo, que se resquebrajaban más a causa del fuego.
En los cristales creyó reconocer algo más.
Una mirada.
Después escuchó la voz que había esperado escuchar siempre; la voz que debería darle órdenes de ahora en adelante.
Llévame con ella…
Con eso Dereck vio el camino. 

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

10 comentarios :

  1. Hola Ángela, soy Calonge.

    Hoy he leído el capítulo seis. Durante la lectura he tenido la sensación de estar leyendo un guión.
    No te has planteado la posibilidad de transformar esta historia en el guión de una serie, ya tienes la mitad del trabajo hecho y la imaginación no te falta.

    Un saludo. j-calonge@hotmail.com

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  2. Je, je...qué curioso que lo mencione, ¡mi vida es genial! Estoy pensando llevar el énfasis de producción audiovisual en mi carrera, y ya ve que por ahí va la cosa...Además, me han dicho que mi voz y mi personalidad es perfecta para doblar voces, así que gracias a Dios siento que todo va por buen camino.
    Gracias por el comentario...de seguro voy a tener lindos sueños hoy!
    Nota: ¡mi cuarto comentario! ¡No me lo puedo creer! ¡¡¡Soy la chica más feliz del mundo!!!

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  3. Me alegro de que seas tan feliz.

    Yo hoy me retiraré durante algo más de una semana con la intención de adelantar “La estela de los buitres”. Gracias a dios tengo la posibilidad de huir del mundanal ruido de vez en cuando. Durante todo este tiempo estaré off-line pero, cuando vuelva subiré algún nuevo texto al blog y pasaré por el tuyo para ver como va el trabajo.

    Un amigo.

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  4. Bueno, he tardado mucho, pero más vale tarde que nunca, así que aquí está, pero antes de empezar me gustaría citar una frase tuya y contestarla:
    "Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios"
    Gracias a tí, Ángela, por escribir esta historia que me tiene atrapado.
    Ahora paso al capítulo:

    Me ha gustado. Me había olvidado por completo de Derek, pero me ha gustado volver a saber de él. Y conocer su pasado también, y además venía bien un buen cambio de aires... En cuanto a trama, está bastante bien, quizás cuentes demasiadas cosas de forma indirecta, sin decirlo claramente, vamos. De todas formas, me ha gustado mucho.
    Enhorabuena, y sigue escribiendo.
    Ah, y Feliz Año Nuevo, que no quería que acabara el día, y el año, sin haber escrito al menos un comentario más.

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  5. Hola, Meleiz. Eso de contar cosas por pasada es, de hecho, parte de mi idea a la hora de describir los personajes. Quiero que llegue un momento en que sabemos muchas cosas dispersas de un personaje cuando ¡bam!, aparece o sucede algo que explica de manera más detallada el porqué de esas cosas dispersas que quizá antes no tenían tanta coherencia.
    Mil gracias, un honor que me leas ;) Feliz 2009!

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  6. ooh!! fantástico este empisodio! muy bien relatado y muy atrapante, ademas de que explica bastantes cosas que hasta ahora no había entendido

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  7. Qué dicha que te haya gustado Foxys. Qué gustazo tenerte por aquí!

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  8. Definitivamente tu manera de afrontar esta historia es peculiar y atrayente; no puedo negarte que me ocurre lo que dices en los comentarios: a veces me lío un poco con los datos dispersos, pero si serán solventados más adelante, entonces, perfecto.
    Desde luego de una cosa no me caber la menor duda: tu imaginación es portentosa.

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  9. Me gusta el cambio que experimenta la historia en este capítulo, aunque al igual que le ha pasado a Velkar, me he despistado un poco al principio con tanta información.

    La historia promete.

    Saludos,

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  10. Gracias por pasarte otra vez, Nando. Y como digo: a lo largo verás capítulos con mucha información, porque me gustan las historias que desafían al lector a estar atento para seguir la pista. Y créeme, hay que poner mucha atención para entender algunas cosillas y sospechar otras que están muy ocultas pero que son fundamentales para el desenlace de la novela. Sin embargo, espero que con el tiempo tú y el resto de lectores se sientan cómodos con la novela y con sus personajes.
    ¡Saludos!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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