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Capítulo 5

5
PACTO CON DIOS

Estaba frente a la puerta trasera de la casa de los Salvot. En la ciudad había tantos aesirianos uniformados que creyó que los amos Frederick y Mili la odiaban. Pensó que con el apoyo del sacerdote jefe armaron toda una armada para apresarla.

Los ojos cariñosos del señor Salvot cuando la veía jugar con Mark…
Los abrazos extraños que le daba Milagro Salvot, cuando la confundía con una de sus gatas y le daba alimento para mascotas…

¿De verdad ese par de viejecitos dulces la odiaban ahora? Recordó el aroma tranquilo de Mark, sus canciones bajo la luna llena y cómo sus palabras hacían cosquillas en el corazón de la gente. Si alguno o los dos padres de Mark lo hubiesen lastimado una sola vez también los habría odiado sin importar lo buenos que fueran con ella.
¿Cómo podía culparlos de no quererla más, si ella también se odiaba por lo que le hizo a Mark? Pero aun así allí estaba, frente la puerta. Se había puesto una franela raída de Tiamat que le quedaba grande. La falda del abrigo le llegaba hasta las rodillas y las mangas eran por lo menos del doble de sus brazos.
La mano izquierda, que era la quemada, estaba hecha un puño deforme y se la sostenía con cuidado. El olor a carne y sangre achicharradas la tenía mareada, pero aun así mantuvo la cabeza en alto. Tenía que entrar a la casa. Tenía que entregarse a los señores Salvot y dejar que la castigaran ellos mismos si eso era lo que querían. Y quizá, si veían lo arrepentida que estaba, la dejarían ver una última vez a Mark. Sekmet tenía miedo de verlo pálido y sin vida, pero estaba segura de que estaría tranquilo. Con esa imagen ella podía morir en paz.
Puso la mano sana sobre la puerta para abrirla con sigilo pero el llavín se encendió como una lámpara y la puerta explotó. Apenas tuvo tiempo de cubrirse el rostro. Las astillas volaron por doquier. Una se le clavó en la carne quemada y otra en una rodilla. Escuchó las voces de alerta de los lahorenses y se preguntó qué haría. Ser acusada de destruir propiedad privada no aumentaría o reduciría su sentencia por asesinato. Entrar a una casa ajena tampoco empeoraría la situación.
Así que entró a la cocina, que estaba desierta. Se coló de puntillas y llegó a la sala en la primera planta, en donde había un acceso a las escaleras que llevaban al segundo piso y a las habitaciones. Escuchó un crujido. Alguien se asomó por las gradas.
—¿Sekmet? —preguntó Dioné. Los ojos de la sirvienta se abrieron de par en par y bajó los escalones asustada—. ¡No! ¿Pero qué te pasó? ¿Qué ocurrió?
La chiquilla retrocedió asustada, confundiendo la preocupación de Dioné con furia. Escuchó otros pasos más pausados y la voz del señor Salvot llamando a Dioné y preguntando si Sekmet había regresado. El señor Salvot se asomó por las escaleras. Su cara de alivio se esfumó de un plumazo al ver el estado de la niña. Antes de que pudiera bajar para verla mejor, la puerta principal se abrió de una patada que la desajustó de los goznes.
Dioné y el señor Salvot miraron boquiabiertos al soldado de uniforme de alto rango con la pierna extendida, listo para dar otra patada a lo que se interpusiera en el camino. Un hombre enorme, el mismo que inauguró el discurso en Lahore, apareció detrás de él y le preguntó qué sucedía.
—¡La princesa! —gritó Dereck con la voz quebrada de la emoción. La sentía, estaba seguro, ¡al fin sentía a su protegida!—. La princesa Allena está en esta casa, ¡entréguenla o…!
Se quedó mudo. Aunque había otras dos personas en la habitación la única que vio fue a Sekmet. Ensangrentada, golpeada, casi desnuda a excepción de ese abrigo raído y con olor a asno. Supo que era Sekmet porque a pesar del cabello teñido de carmesí aún tenía mechones grises. Y también la misma mirada de espanto y agonía que puso cuando le azotaron el rostro hacía años.

****

Dereck esperó impaciente en el ala este del templo, en el recibidor de los aposentos de Katherine, la Doncella de Kerveinsen que viajaba con la tropa. La butaca acolchada le parecía una tortura del tiempo.
De vez en cuando pensaba en el anciano y en la aesiriana de la casa. Sekmet estaba muy herida pero cuando Dereck intentó cargarla ella lo apartó con sus puños debiluchos. ¿Habría luchado por quedarse en un lugar donde la maltrataban? Lo dudaba. «Lo más probable», pensó mientras pisoteaba el suelo, «es que buscara ayuda en ellos. Y que ellos se la hubiesen brindado».
Al final el dolor la venció y Dereck tuvo que sacarla de allí. Sigfrid, en cambio, se quedó atrás para pedir explicaciones por el estado de la niña. Dereck se estremecía con lástima cada vez que recordaba la cara de espanto del anciano cuando Sigfrid se le acercó.
Al instante siguiente la imagen de la niña ensangrentada asaltaba su mente. Si era su protegida… Sacudió la cabeza. No había «si» que valiera. Era ella. Estaba seguro. Lo sentía en las entrañas. No podía creerse lo imbécil que era. La había encontrado hacía ocho años y la había abandonado porque no la reconoció. Si se moría sería culpa de él.
Exasperado, se levantó y recorrió la antesala como un gato enjaulado. No había nada que quisiera tanto en el mundo como entrar al cuarto de la Doncella para supervisar él mismo la curación.
Se detuvo en seco cuando escuchó que una puerta se abría, pero no era la que llevaba al cuarto. Cuando miró la entrada del recibidor vio al General Sigfrid en compañía del anciano Salvot y Dioné. La aesiriana de ojos púrpura y largo cabello negro estaba un poco pálida y ojerosa, lo cual era toda una ganga tomando en cuenta que el temible Sigfrid Montag debió de gritarle unas cuantas amenazas.
El anciano no tenía mejor aspecto. Los ojos los tenía irritados y la nariz roja y congestionada. Temblaba como una hoja y caminaba jorobado y con pasitos tímidos. También cargaba un pequeño paquete envuelto en un pañuelo púrpura, al que sostenía como si fuera un bebé. Sin necesidad de palabras Dereck comprendió que ese hombre estaba ahí para despedirse de Sekmet.
El General se dejó caer en la butaca donde estuvo antes Dereck, con el ceño fruncido y la boca curvada en una mueca de desagrado.
—Sí es la princesa —resopló. Dereck ya lo sabía pero nunca estaba demás asegurarse.
El General le explicó que los Salvot contrataron a Tiamat y a Sekmet cuando llegaron a Lahore después de la invasión a las villas de los krebins. Aun cuando desconoció el nombre de la mujer que quedó a cargo de la princesa la recordaba a la perfección. Jamás olvidaría el rostro moreno y adusto de la krebin que cuidaría de su ahijada. Esa descripción era la que dieron en la casa Salvot. «Y escapó», pensó el General. «La muy maldita dejó a la princesa moribunda y escapó. Pero yo te encontraré, Tiamat. Y eso no te gustará nada».
Antes de que Sigfrid pudiera terminar el repertorio mental de torturas que aplicaría, dos doctores abandonaron el cuarto de la Doncella. A pesar de las heridas estaban seguros de que la niña se recuperaría. No tenía signos de desnutrición ni infección, pero sí los mismos síntomas de Adad. Tenía bloqueado el flujo de magia del cuerpo. Por eso cuando perdía el control sobre la magia no creaba desbalances y era imposible percibirlos a la distancia.
—El bloqueo no es natural, sino forzado. Ella misma lo hizo.
—¿Por qué? —preguntó Dereck.
—Para protegerse, quizá.
Era sencillo imaginar la situación de Sekmet. Criada entre una gente tan supersticiosa, sus habilidades naturales fueron consideradas un mal augurio en lugar de una bendición, por lo que fue rechazada y abusada. Para sobrevivir se adaptó lo mejor que pudo a las condiciones del ambiente. Y eso significaba renunciar a su propia naturaleza.
—Pero es por eso también que las heridas sanan con mayor rapidez ahora que el flujo está siendo restablecido. Su cuerpo está sediento de magia. Dentro de algunos días sanará por completo y en un par de semanas apenas si tendrá cicatrices. De hecho, las cicatrices más viejas están desapareciendo también. Y las marcas… —Los ojos del médico brillaron de emoción—. Las marcas de la Profecía se hacen más claras.
Los aesirianos suspiraron. La Profecía, la salvación de los aesirianos a cambio del sacrificio de los Dragones y sus portadores. La razón por la que esa niña y su hermano eran tan valiosos para el Imperio.
El señor Salvot dio uno de esos tímidos pasos, apretó el paquete que cargaba y suplicó que lo dejaran ver a Sekmet. Al principio Sigfrid ignoró a Frederick. Entreabrió la puerta del cuarto en el que estaba Sekmet con la Doncella y las observó. Katherine susurraba con su suave voz de sirena, pero Sekmet estaba encogida de miedo contra una pared. Tenía las piernas recogidas, como si temiera que se las arrancaran de un mordisco.
Sekmet era una krebin y como tal no estaba a salvo en un templo aesiriano. Por eso estaba tan asustada. Pero la niña necesitaba entender que no era Sekmet, sino Sakti Allena. Y como tal no tenía nada que temer. Sigfrid podría decírselo. Dereck también. Quizá incluso la Doncella ya se lo estaba diciendo. Pero ella no entendería y, si entendía, no creería. Tan fácil como eso. Así que necesitaban a alguien en quien ella confiara.
—Pasa —ordenó el General, mirando con desagrado al señor Salvot—. Haz rápido la tarea que el mensajero del Tercer Dragón te encomendó.
Los pasos lentos y temerosos del anciano se alargaron; de haber tenido unos años menos habría corrido hacia Sekmet. Apenas se coló al cuarto la llamó a gritos y la chiquilla reaccionó levantando la cabeza y observándolo con una mezcla de cariño y arrepentimiento. Tras una seña de Sigfrid, Katherine abandonó el cuarto y cerró la puerta.
—La mano quemada —dijo el General cuando la Doncella se reunió con los demás en el recibidor— podría sanarla.
—Se lo ofrecí, pero no quiere pagar el precio —contestó Katherine—. Le espanta la idea, a pesar de que olvidar es lo mejor que podría sucederle ahora.


Olvidar. Ese era el don de Katherine: curar heridas y enfermedades graves si el enfermo accedía a pagar un precio: olvidar una o varias memorias valiosas.
Para algunos el don de Katherine era un lujo magnífico, pero no para Sigfrid. Él sabía que en realidad la Doncella tan solo tenía la capacidad de ejecutar un hechizo más complejo que simple sanación de curanderos, pero el verdadero poder de curación no lo tenía.
Esa esencia era casi un mito. Solo una aesiriana en toda la historia la había tenido: la princesa Istar, la madre de los Dragones. Para curar ella nunca necesitó que sus pacientes pagaran un precio. Todo lo que requería estaba dentro de ella, pues ejecutaba la sanación con su propia energía. Lo hacía sin dudarlo, sin preguntar o pedir algo a cambio.
Para Sigfrid el don de Katherine no era más que espectáculo de circo, aunque él nunca lo diría en voz alta. No podría faltarle el respeto a una Doncella, mucho menos a una que tenía un vínculo sanguíneo tan cercano a los príncipes.
Las Doncellas eran mujeres con algún parentesco a la Familia Real. En tiempos antiguos algunas fueron hijas de primos de príncipes. A veces hasta nietas de príncipes que no accedieron al Trono. Pero ahora las Doncellas eran hijas legítimas o bastardas de algún primo quinto, sexto o séptimo de los príncipes herederos.
El grado de parentesco era tan lejano a la Familia Real que las Doncellas no tenían ninguna posibilidad de acceder al Trono o al título principesco. Sin embargo, las Doncellas todavía tenían sangre Aesir y por tanto podían sincronizarse con las ciudades aesirianas hechas de mármol. Por eso tenían ciertos beneficios y una buena posición en la jerarquía de poderes del Imperio.
La sincronización era la habilidad de los Aesir de unirse mágicamente al mármol de las ciudades, con lo que podían modificar su estructura. Así podían proteger las ciudades y a sus habitantes de amenazas internas –como algún criminal– y externas –como algún vaniriano–.
Katherine no era una simple Doncella bastarda, como casi todas. Además de ser hija legítima, su madre también fue Doncella –ya fallecida– y su padre fue un príncipe de las Arenas –también muerto–, hermano de Velmiar –el esposo de Istar y padre de Adad–.  Katherine era prima hermana de los príncipes portadores. Además, como tenía sangre del desierto también compartía una característica de algunos magos de las Arenas: las alas.


La Doncella de Kerveinsen se sentó en la butaca en la que antes estuvieron Dereck y Sigfrid. Se pasó el cabello castaño por encima de un hombro y comenzó a peinarlo a la vez que decía:
—Adad es un mentiroso. Eso o sus recuerdos no son muy buenos. Él dice que su hermana se parece a su mamá, pero en realidad se parece mucho a él. Son como dos gotas de agua. ¡No puedo creer que durante todo este tiempo estuvimos buscando a una niña de cabello rosado cuando en realidad lo tiene gris!
Dereck sonrió con amargura. «Hace ocho años yo también busqué a una niña de cabello rosado. ¡Ni se me ocurrió que se pareciera tanto al príncipe!».
—Entonces ¿cuándo le dirán a Adad que ya encontramos a su hermana? —Katherine lanzó la pregunta como si fuera un cuchillo. Miró al General y arqueó una ceja interrogativa—. Tenemos que decirle. Yo creo que casi todos los ataques que le dan son más nerviosos que otra cosa.
El General meditó en lo que decía la Doncella. Ni Adad ni Sekmet estaban en buenas condiciones por su cuenta. La niña, en especial, necesitaba el contacto con alguien igual a ella para que comprendiera lo que le sucedía. Ya era hora de reunirlos.
Sigfrid asintió. Miró a Dereck y con eso bastó para dar la orden: «Tráelo».

****

El señor Salvot murmuró palabras consoladoras a la vez que acariciaba el cabello de Sekmet. La tenía abrazada contra el pecho, con cuidado de no lastimarle la espalda cosida y la mano cubierta de ungüento. Ella no dejaba de repetir lo mucho que lo sentía. No importaba que el anciano la consolara, ella todavía lamentaba lo que sucedió a Mark
—Lastimé al amo, lastimé al amo, lastimé al amo…
—No, no lo hiciste. Escúchame muy bien, Sekmet. —Se apartó para levantarle la barbilla y obligarla a verlo a los ojos—. Tú no dañaste a Mark, jamás lo harías. Si hiciste algo fue salvarlo. Él está… bien.
No, no estaba bien. Esa era una mentira que en realidad decía «Todavía está vivo, pero apenas». Sekmet lo entendió y dio un salto en la cama; con la mano sana apretó el brazo del señor Salvot y suplicó que la dejara ver a Mark. Frederick inclinó la cabeza y dijo:
—No podemos, Sekmet. Ya no podemos. Escucha, ¿sí? ¿Sabes por qué hay una tropa en Lahore? ¿Lo sabes?
Sekmet creyó que para apresarla, pero ahora que tenía la cabeza más despejada sabía que lo más probable es que se tratara de una ofensiva contra una tropa vaniriana. Pero se equivocaba.
—Los soldados acompañan al príncipe Adad, que busca a su hermana. A la princesa. A ti. —Tomó a Sekmet y la sentó en el regazo, acurrucándola—. ¿Quién diría que en mi casa tuve a una princesa, eh? Bueno, Mark sabía. Siempre lo supo, desde el inicio, desde que te esperaba. Lo supo porque es un mensajero del Tercer Dragón. ¿Sabes qué son los Dragones?
Sekmet sabía, o al menos un poco. Los Tres Dragones eran los espíritus salvadores de la leyenda aesiriana, la Profecía. El Primer Dragón –el Blanco–, el Segundo –el Negro– y el Tercero –el Púrpura– eran los espíritus que algún día se manifestarían en los príncipes portadores. Cuando los Tres Dragones estuvieran juntos se sacrificarían para salvar a los aesirianos de la maldición que pesaba sobre ellos.
Esa maldición era terrible: el Imperio siempre estaba en guerra contra los vanirianos y debía afrontar la caída paulatina de los pilares políticos y militares que lo sostenían. Los aesirianos, además, debían enfrentar la fatal enfermedad conocida como peste. Para rematar, casi no nacían mujeres. Se creía que de cien aesirianos una era mujer. Eso significaba que la población aesiriana disminuía poco a poco, amenazando con extinguir la raza.
Mark le había contado la historia.
Hace mucho, mucho tiempo, Dios envió al primer mago a la Tierra. Ese era Aesir. Tiempo después envió a Masca, la segunda maga. Aesir y Masca se convirtieron en esposos y tuvieron una enorme familia. Los hijos de Aesir, mejor conocidos como los aesirianos, eran magos que heredaron alguna esencia de su padre. Algunos podían dominar el viento. Otros el agua. Algunos dominaban los minerales, otros la luz, algunos el fuego, la telepatía...
Cuando Aesir murió el primero de sus hijos fue coronado rey y el resto de la prole se extendió por la Tierra. Los aesirianos conquistaron cada punta y abismo del globo, no había sitio que no pisaran. Así fundaron el Imperio Aesiriano.
Entonces Dios les reveló cuál era su misión: ser sus mensajeros, los guardianes de las criaturas predilectas del Creador: los seres humanos. Lo que Dios quiso de los aesirianos era que prepararan el camino para los humanos; que los instruyeran, protegieran, les legaran la Tierra y que después desaparecieran.
Los aesirianos se negaron. ¿Cómo ellos, que eran capaces de controlar el fuego y cruzar los cielos, servirían a unas criaturas que se quemaban si se acercaban mucho a una vela? ¿Cómo legarían el mundo a los humanos, que eran envidiosos, egoístas e incapaces de entender y respetar el balance mágico del mundo? ¿Por qué ellos, los aesirianos, serían suplantados?
Así que le dieron la espalda al Creador y a su misión. Los atacaron. A los que no mataron, los esclavizaron. A los humanos, a las criaturas favoritas de Dios, a los que no poseían magia y que aun así eran superiores a ellos.
Furioso, Dios los maldijo. La peste acabó con los más débiles y con muchos de los fuertes. Las ciudades que construyeron quedaron en ruinas y la hermandad que unía al Imperio se rompió. Los magos restantes lucharon entre sí por tierras con recursos, por techos, por mujeres. Se olvidaron del equilibrio que tanto respetaban y lo rompieron adrede, creando desbalances que no solo amenazaron con destruirlos a ellos sino también al mundo.
Pero en algún punto Dios se apiadó de ellos y les hizo una promesa: si demostraban ser dignos de su perdón, les enviaría a tres criaturas mágicas que nacerían entre ellos. Esas criaturas eran los Dragones, espíritus de Dios encarnados en cuerpos aesirianos, con todas las esencias mágicas del Universo al alcance.
Solo ese poder limpiaría a los aesirianos. Solo ese poder los salvaría. Pero para eso los Dragones debían sacrificarse, ofrecer sus almas y las vidas de sus portadores por la salvación de un pueblo de pecadores.
—Por eso los lahorenses son tan buenos con Mark —explicó el señor Salvot—. Como mi hijo es mensajero de un Dragón aquí lo tratan con cariño. Para ellos él es un regalo, una promesa de que el Pacto con Dios se cumplirá. Pero los lahorenses nunca se preguntaron cuál es la misión que el Tercer Dragón encomendó a Mark. Esa misión, Sekmet, eras tú.
La Profecía decía algo más: el Primer y el Tercer Dragón estaban prometidos el uno al otro, tal y como Aesir y Masca lo estuvieron al inicio. El Segundo Dragón era un puente entre los dos y el juez que precedería la elección que harían en el último día maldito de los aesirianos.
—Fue varios años después de que mi Krishna muriera —le confió el anciano, con la voz quebrada y los ojos empañados—. Estaba perdiendo a Mili. Sabía que ella no soportaría un aborto más, que si perdía otro bebé se suicidaría. Pero entonces tuve un sueño. El Tercer Dragón vino a mí y…
Y le dijo que el Primer Dragón –¡Su amada Blanca, su prometida!– nacería pronto.

El Tiempo está enfermo —le dijo el hombre sin rostro en su mundo de niebla—. Su mente está corrompida porque los acontecimientos son distintos a la primera vez. Y por eso no sé qué rumbo tomará la historia cuando ella nazca. La primera vez cambió el flujo del tiempo, ¿por qué no habría de hacerlo en esta segunda ocasión? Así que me adelantaré a lo que pueda suceder y me encargaré de que esté sana y salva sin importar qué. Frederick Salvot, ¿deseas tener un nuevo hijo? ¿Me otorgarías el seno de tu mujer y el cuerpo de tu hijo para enviar al mejor de mis mensajeros?

—Y yo dije que sí. ¡Sí, sí, sí! Con una condición: que no me lo quitaría después. Krishna era fuerte y sana, pudo haber llegado a vieja y con muchos nietos. Pero me la arrebataron porque cumplió con la misión que le fue asignada. Esta vez sería diferente. Esta vez mi hijo se quedaría conmigo aun cuando cumpliera la misión. Esta vez mi hijo me sobreviviría. ¿Entiendes, Sekmet, por qué te quiero tanto? Por ti tuve a Mark. Si tú no existieras Mark no habría nacido. Tú me obsequiaste a mi hijo. Pero Mark…
El señor Salvot recogió el paquete púrpura que había dejado a un lado de la cama para abrazar a Sekmet. Acarició el pañuelo. Cuando unas lágrimas cayeron sobre la tela se limpió la cara con las manos.
—La misión de Mark era cuidarte hasta que llegaran por ti para llevarte a Masca, junto a tu hermano. Pero Mark fue como los aesirianos de la historia. Él no aceptó su misión. Quería más, te quería a ti. Él… —Hizo una pausa y sonrió, aunque los labios le temblaron de la tristeza—. Él se enamoró de la prometida de su amo y por eso fue castigado.
Sekmet recordó el dolor de cabeza de la mañana, las palabras que salieron de su boca con la voz de un hombre, la satisfacción malévola al escuchar a Mark y el deseo de matarlo para poder nacer.
Pero también recordó el segundo dolor de cabeza, el que provocó ella para recuperar el control del cuerpo y detener al que quería asesinar al amo. ¡Ella intentó proteger a Mark! ¡Ahora lo recordaba! Pero eso no borraba que por culpa suya el amo estaba ahora herido en la cama, en compañía de su madre loca que lloraba sin consuelo por el muchacho que quizá nunca despertaría.
—Mark sabía las consecuencias de lo que haría. Sabía que el Tercer Dragón no lo permitiría. Pero por ti él haría lo que fuera. Arriesgaría su vida si con eso podía salvar la tuya.
—¿Qué quiere decir?
Sekmet miró con espanto al señor Salvot. La historia de que ella, la Loca Sekmet, era una princesa aesiriana era muy difícil de creer. Quizá era una broma cruel. Pero Mark sí que era un mensajero del Tercer Dragón y sí que estaba herido por culpa de su gatita. El señor Salvot miró con tristeza a Sekmet y dijo:
—¿De verdad te lo tengo que decir?
Sekmet recordó una parte de la historia a la que no había prestado atención hasta ahora: los Dragones debían sacrificarse, ofrecer sus almas y las vidas de sus portadores por la salvación de un pueblo de pecadores.
«¡No daré mi alma!», siseó la voz de la otra Sekmet dentro de su cabeza. «¿Tú darías tu vida por ellos?». Recordó a Mark cuando el Tercer Dragón tomó control sobre su cuerpo:

«¡Soy la opción que le asegura vivir sin la amenaza del sacrificio!».

Mark siempre pensando en ella, siempre cuidándola. Los besos a sus heridas y sangre sucia no eran tan temerarios ni dulces como la apuesta que hizo al pedirle que se casara con él. Apostó su vida a cambio de la de Sekmet y perdió.
El señor Salvot continuó:
—Como era muy posible que esto no tuviera el final feliz que él tanto deseó, preparó algo para protegerte. Esto es para ti. Es el último regalo de hoy. —El anciano le entregó el paquete púrpura. Sekmet acarició el pañuelo y miró al señor Salvot con ojos irritados—. Hasta aquí llega mi participación, hijita. A partir de ahora, por ti y por Mark, debes partir y separarte de él. De lo contrario, el Tercer Dragón…
«… terminará lo que empezó». Aunque el señor Salvot rompió a llorar y no pudo terminar la frase, Sekmet supo que eso fue lo que quiso decir. El anciano la abrazó tan fuerte que le resintió los azotes en la espalda, pero a ella no le importó.
—¡Yo no soy una princesa! ¡No tengo que irme!
—No sabes cómo desearía que así fuera —le susurró el señor Salvot al oído—, pero ya te lo dije: porque eres lo que eres, mi Mark pudo nacer. Ahora tienes que ir a Masca y aprender lo que sea que te quieran enseñar allí. Y entonces… —el anciano bajó el volumen de los susurros—… y entonces regresarás a casa, ¿verdad? A cuidar de mi muchacho.
El Tercer Dragón mataría a Mark si ella se quedaba en Lahore. Pero si de verdad era la princesa portadora de otro Dragón entonces tenía el mismo potencial del hombre sin rostro. Si en Masca le enseñaban a desarrollar ese talento entonces podría proteger a Mark.
—Promételo, Sekmet —suplicó Frederick—. ¡Promete que regresarás algún día a Lahore y cuidarás a Mark, tal y como él cuidó de ti! ¡Promételo!
Sekmet sintió una pizca de esperanza y escuchó la otra voz de su cabeza. «Si me aceptas, portadora, si me escuchas… te prestaré mi poder. Todo por el amo, que nos aceptó a pesar de saber lo que somos: un monstruo». Tragó fuerte, rodeó al anciano con los brazos y enterró el rostro en el pecho flácido y tibio de Frederick.
—Sí, lo prometo.
En ese momento la puerta de la habitación se abrió.

Este texto está protegido por Derechos de Autor

"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

5 comentarios :

  1. El capítulo ha sido muy interesante. Han pasado muchas cosas, de las que solo me he enterado de la mitad. El final me ha resultado extremadamente confuso, apenas me he enterado de lo que ocurría, pero eso no quita que no sea magnífico.
    Por cierto, este es el primer comentario del año!!!! Espero que el resto de los capítulos me sigan deleitando tanto como este.

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  2. Me pasa un poco como a Meleiz, que hay momentos en los que sigo bastante confundido. Es interesante dar datos extraños al principio que mantienen al lector alerta para poco después sacarle del estupor haciendole comprender. En otro caso se puede generar el efecto contrario.
    Me da la sensación de que te pasa algo parecido a lo mío, pero al revés, jaja. En el próximo capítulo te diré.
    Por lo demás, la historia va avanzando con gran interés y maneras más que correctas. Sigue habiendo expresiones que me suenan raras, pero ya te dije que creo que es porque usamos castellanos distintos. "Poner atanción a..." Aquí decimos "poner atención en..." O "suertudo" no es un adjetivo que nos suene muy bien en España.
    Otro aspecto que me ha llamado la atención es la rudeza con la que los magos tratan a los Salvot. Un poquito injustos, no?
    Un saludo afectuoso, Ángela. Seguimos en contacto.

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  3. Lo del castellano diferente sí que es cierto. He visto que en España usan mucho "ir por a" (o era "ir a por"??), mientras que aquí jamás metemos el "a". Para mí, la manera de ustedes me suena muy rara, jaja!
    En cuanto a la confusión, pues la idea es que se líen un poco y que luego, al final, todos los cabos se atan y ustedes comprenderán :)
    ¡Gracias por pasar!

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  4. Me encanta cómo va la historia. Sólo quería hacer 1 observación: en el párrafo que empieza con “Las Doncellas eran mujeres…”, en la última oración dice “…sétimo…”, cuando debería ser “séptimo”. Espero que te sirvan mis pequeñas observaciones :D

    - Kirala

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    Respuestas
    1. ¡Claro que tus observaciones me ayudan! En especial porque ya han pasado meses desde que hice la última revisión de este tomo (estoy trabajando en la del segundo libro), y siempre, siempre, sieeeeempreeeee, se me van dedazos. ¡Muchas gracias por leer y tomarte tu tiempito para comentar! :D

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