¡Sigue el blog!

Capítulo 6

6
EL PODER DEL NOMBRE

Cualquier duda que hubiese tenido se disipó del señor Salvot al ver al muchacho de cabellos y ojos grises. Aunque era varón era idéntico a Sekmet. El perfil de la nariz, la piel bronceada, la forma de los labios, incluso los pómulos... Era imposible que la esclava tímida y obediente que hizo tan feliz a su hijo no fuese hermana del aesiriano que acababa de abrir la puerta.
El joven también lo sabía, porque le bastó una simple mirada para reconocer a Sekmet. Sin perder ni un segundo cruzó la distancia que los separaba y se le lanzó encima con un fuerte abrazo. El señor Salvot apenas tuvo tiempo de apartarse, aunque al instante quiso separar al príncipe de Sekmet. La había apretado tan fuerte que la hizo aullar de dolor.
—Con cuidado, Alteza —lo reprendió la Doncella a la entrada de la habitación—. Dereck te informó que está herida, ¿verdad? Trátala con cuidado.
Adad asintió. Se arrodilló al lado de Sekmet y acurrucó la cabeza en el regazo de la niña. Allí se carcajeó entre lágrimas, demasiado feliz y emocionado como para controlarse. Parecía medio loco. El señor Salvot sonrió al verlo.
—Estarás bien, Sekmet. Aquí hay otro que te quiere como al mundo. —El anciano bajó la mirada, se secó unas lagrimillas y agregó—: Bueno, supongo que eso es todo… Cuídate, pequeña. Cuídate. Y recuérdanos siempre. Nosotros te recordaremos a ti.
En cuanto dio un paso hacia la salida el príncipe se giró a él y lo sostuvo de la mano. Adad tenía los ojos empañados pero su expresión no era la de un niñito llorón.
—¡Dereck me lo explicó! ¡Usted cuidó a mi hermana! Le daré lo que sea, ¡por Allena le daré lo que sea! Oro, perlas, gemas, ¡lo que sea! Solo pídalo y es suyo. —El señor Salvot lo miró con las cejas fruncidas.
—No necesito nada de eso.
—¡No importa, lo tendrá! —Se giró a la puerta—. ¡Katherine, encárgate de él! ¡Hazlo, rápido, rápido! Lo que sea que él quiera dáselo de mi parte. —La Doncella frunció el ceño, nada complacida con la labor de secretaria, y soltó:
—¿Y tú, Alteza? —Adad se levantó y arrastró al señor Salvot al recibidor, en donde lo dejó en manos de Dioné y Katherine. Se devolvió al cuarto y dio la última indicación:
—Yo me quedo con mi hermana para ponernos al tanto. ¡No interrumpirán! ¡NADIE!
Cerró de un portazo. El templo entero pareció temblar con la puerta.
Sigfrid y los demás la miraron por unos instantes, hasta que el General dio media vuelta y se retiró. Dereck y Kael se sentaron en la butaca del recibidor a esperar a que Adad dejara la habitación. Después de todo su trabajo como Guardianes era hacer de guardaespaldas para los príncipes. Aunque tampoco les sorprendería si el muchacho se quedaba encerrado en el cuarto incluso después de que ellos debieran marcharse a hacer patrulla nocturna. Katherine solo pudo soltar un suspiro de fastidio.
—Ah, vamos. No es bueno que la Realeza le deba nada a un ser humano, y por Allena todos los aesirianos le deben algo más que la vida al hombre que se hizo cargo de ella. —Katherine guio al señor Salvot y a Dioné a la salida. Puso una mano sobre los hombros caídos del anciano y preguntó—: ¿Entonces, no hay nada que desee ahora…?

Mark, su sonrisa, sus canciones…

Al viejo Salvot se le empañaron los ojos.
—Bueno, sí hay algo…

****

La sonrisa de Adad se desvaneció cuando se percató de que ella temblaba y lo miraba asustada. Parecía una niña a punto de ser asaltada. La sola idea de un hombre tocando a su indefensa hermana le dio náuseas. Si se llegaba a enterar de que alguien abusó de ella recorrería de nuevo el Oeste entero para atrapar al desgraciado. Y después le daría el peor castigo que era capaz de imaginar: lo enviaría a Sigfrid Montag para que el más terrible de los demonios se divirtiera con el agresor de una princesa.
—No tengas miedo —le dijo—. Yo soy igual a ti.
Lentamente, para no asustarla, Adad se quitó la camisa y le mostró la espalda. Sonrió cuando la escuchó contener el aliento. Los doctores le dijeron que ella era indudablemente su hermana porque también tenía las marcas en la espalda. Pero mientras que las de Sekmet eran grises pálidas, las de Adad eran negras como la noche. Parecían tatuajes pero Sekmet supo que eran marcas vivas que crecían.
Como las de ella.
—¿Sabes lo que son? —preguntó el príncipe.
Sekmet no se atrevió a hablar pero negó con la cabeza, sumisa. Una esclava siempre responde. El príncipe se pasó un dedo por encima de una de las líneas, como si pudiera sentirla a pesar de no verla.
—Este es el hechizo que guarda a nuestros Dragones —explicó—. Él es el Segundo Dragón. —Se puso de nuevo la camisa, avanzó hacia Sekmet y agregó—: Y la que está en tu espalda es su hermana, el Primer Dragón.
Ahora que estaba tan cerca de ella y que la emoción del encuentro comenzaba a disminuir, Adad reparó en la cara aruñada y golpeada, el labio partido y la mano achicharrada que tenía una gruesa capa de pomada para calmar el dolor. Frunció el ceño. Alguien iba a pagar por eso.
Se arrodilló delante de ella y rozó las quemaduras con las puntas de los dedos. El primer impulso de Sekmet fue apartarse pero se quedó inmóvil. El contacto no le provocó ningún dolor sino una calidez agradable y segura, idéntica a la del amo Mark cuando dormía o le daba un beso en las heridas. Era amor. Aunque había algo más allí, algo que Sekmet solo había experimentado una vez en la vida cuando el mago que cayó del cielo la curó.
—Los doctores tienen razón, ¡estás sedienta de magia!
El príncipe señaló la mano. Las ampollas comenzaban a desinflamarse. Sekmet miró la herida, entre abrumada por la quemadura y agradecida por la sanación. ¿Magia? ¿Era eso lo que sintió en el contacto del príncipe, además de ese cariño que ella no podía explicar? Tenía que serlo, porque no podía haber nada más en el mundo que pudiese sanar su mano rostizada.
—¿Has escuchado la historia de los Dragones? —preguntó Adad—. ¿Sabes cómo transmitimos poder?
Otra vez Sekmet guardó silencio, pero su cabeza negó con timidez. El muchacho acarició de nuevo las ampollas. Aunque la herida aún ardía como si estuviese en la chimenea, Sekmet supo que estaba mejor, mucho mejor. Podía sentirlo.
—El Tercer Dragón da poder por medio de los sueños. El Segundo, por medio de su tacto. Y el Primero —esta vez Adad llevó los dedos a los labios de Sekmet— a través de su voz. Los doctores dicen que bloqueaste el flujo de magia y supongo que por eso te costará usar tu voz para transmitir poder. Pero aun así quiero que hables. No sabes cuánto he esperado por escucharte.
Se sentó al borde de la cama. Con delicadeza, para que ella no se apartara, colocó la frente sobre la de la niña. «He esperado por ti, Allena. Porque eres mi hermana, porque te amo, porque eres igual a mí. Y porque te necesito. Estamos en el mismo barco. Estamos atrapados en la misma red. Nos depara el mismo destino».
Sekmet se asustó al escuchar los pensamientos del príncipe con nitidez e intentó alejarse de él, pero Adad la sostuvo para que sus frentes continuaran unidas.
«Míralo. Y después huyamos juntos».


Un resplandor esmeralda alumbró el recuerdo. Los cinco encapuchados esperaban en una habitación circular de paredes oscuras, en el fondo de una torre cilíndrica. Al lado de las paredes había una escalera en forma de caracol que se perdía en las tinieblas conforme los escalones ascendían. Cuatro de los encapuchados rodeaban un pozo del que emanaba la luz esmeralda, mientras que el quinto estaba sentado en un trono, esperando.
—¿Está listo? —preguntó.
—Debe esperar, Majestad. Esto no depende de nosotros, sino de Él.
—Dios, por favor, que esto funcione —rezaron unos.
—Por favor, por favor, que acabe pronto —suplicaron otros.
El pozo alumbró más. La voz que estaban esperando comenzó a hablarles. Para algunos habría sido silencio puro –para el Emperador era así– pero no para ellos. Los cuatro profetas escucharon y uno respondió:
—Sí, todo está listo.
La quinta figura bajó del trono y se arrodilló frente al pozo. Cuando agachó la cabeza la luz destelló con blancos y celestes.
—Nosotros te hacemos, nosotros te llamamos, ¡sal de ahí, Primer Dragón Blanco! —ordenaron los profetas—. Para que tengas astucia y decisión. Para que brindes justicia.
—¡Nace bajo la mirada de las mil llamas de fuego! —dijeron dos de ellos.
—¡Nace bajo la estrella del Oeste! —exclamaron los otros dos.
Una parte de Sekmet dio su primer respiro de luz. Miró a quienes la invocaron. Bajo las capuchas vio lo flacos, frágiles y asustados que estaban. Pero por encima de todo sintió la esperanza que los llevó a crearla. Por un instante pensó en estirar una mano incorpórea hacia ellos hasta que una voz silenciosa, magnífica y comprensiva la detuvo con un favor.
«¿Que dé mi alma por ellos?», preguntó incrédula. La mano que había extendido hacia los profetas se retiró compungida. «¿Pero por qué habría de…?». Dios no le respondió y los profetas no la escucharon. Ellos solo siguieron con el hechizo.
—Nosotros te hacemos, nosotros te llamamos, ¡sal de ahí, Segundo Dragón Negro! Para que tengas astucia y decisión. Para que brindes justicia.
—¡Nace bajo la mirada de la estrella del Este! —dijeron dos de los encapuchados.
—¡Nace bajo la estrella de Arena! —continuaron los otros dos.
Una parte de Adad nació entre la luz. Él también miró la pequeñez y la esperanza de los profetas, y también escuchó la silenciosa petición de Dios: que sacrificara su alma por los aesirianos pecadores. Aunque venía de la luz una sombra de furia lo cubrió. La duda y el temor lo invadieron. Antes de que encontrara las palabras adecuadas para protestar los profetas crearon al último de los Dragones.
—Nosotros te hacemos, nosotros te llamamos, ¡sal de ahí, Tercer Dragón Púrpura!
Sekmet sabía cómo seguía el encantamiento. Sabía cuáles serían las siguientes palabras de los profetas. Pero algo cambió, algo que ni los adivinos previeron.
—¡Nace con la bendición de la Estrella Púrpura! —dijeron dos de los encapuchados.
—Nace bajo la esperanza del sueño, ¡nace bajo…!
—¡…este corazón! —interrumpió una niñita mientras se quitaba la capucha y se acercaba a la tercera luz que salía del pozo—. Te doy mi corazón, Marduk.
Una minúscula luz brotó de ella. Comparada con los destellos de los Dragones, que alumbraban como soles, el corazón de la niña profeta parecía una canica. Pero cuando se la dio al tercer resplandor el alma de Marduk brilló de forma distinta. Con más calidez y entereza, como si fuera más real que las almas de sus hermanos.
—¡¿Por qué hiciste eso?! —gritó uno de los profetas.
Cuando el hombre se quitó la capucha reveló un rostro deformado por la ira. El profeta agarró a la niña del brazo y le dio una bofetada tan dura que las paredes de la torre vibraron con el eco.
—Eso no era parte del hechizo —la regañó—. ¡Solo teníamos esta oportunidad!
—¡Estaban llorando! —reprochó la pequeña. Ella también empezó a llorar—. Míralos. Los primeros dos están sufriendo.
—Eso no importa. —Un anciano se quitó la capucha y soltó un suspiro de desesperación—. Son solo herramientas. Seres artificiales que no tienen por qué sentir.
—¡Pero sí sienten! —objetó ella—. Sienten porque dudamos al crearlos. Sienten, dudan y reniegan porque nosotros también lo hacemos. Son el reflejo de nuestros defectos. Queríamos hacer tres jueces perfectos pero solo tenemos uno.
—¡¿Uno?! —exclamó indignado el último anciano—. Tenemos a dos Dragones con ira y a otro con el corazón de una niña. ¿Cómo puede eso darnos aunque sea a un buen juez?
Cuando la niña lo miró, los Dragones supieron que ella era la más sabia de los profetas. En sus ojos zafiros se asomó la certeza de una sabiduría más poderosa que los años, como si el Dios de la voz silenciosa mirara a través de ellos.
—Porque así como son el reflejo de nuestro lado oscuro también podrán reflejar nuestro lado bueno —explicó ella con calma. Sus lágrimas empezaban a secarse sobre las mejillas—. Por eso nos comprenderán. Por eso los tres serán buenos jueces, ¿verdad, Dios?
La voz contestó. Fue breve y silenciosa pero llena de una serenidad magnánima que conmovió hasta a los ancianos escépticos. La niña sonrió cuando Dios le dio la razón. Ella se acercó al pozo y estiró las manos a las luces que nacieron del temor y la esperanza de los aesirianos. Sus dedos acariciaron los resplandores sedientos de consuelo como si fueran los pétalos de una flor.
—Será duro, lo sé, pero nunca estarán solos —murmuró a los Dragones—. Caminarán. Se caerán. Cometerán errores y los enmendarán. Estarán tristes, enojados y resentidos, pero también felices, decididos y satisfechos. Vivirán y al final todo saldrá bien.
Los profetas cantaron:

«Nosotros los llamamos, ¡oh, Tres Dragones!
Para que el poder de su voz, de su tacto y de sus sueños
limpie a la estirpe aesiriana.

Entreguen las almas mortales nacidas dentro del tiempo,
y las vidas prestadas y añoradas.

Nazcan bajo un sol imperecedero y una luna moribunda.
Nazcan de la carne del rey que hoy se postra a sus pies».

Los profetas señalaron al quinto mago, que esperaba arrodillado. Esa fue la señal para que se quitara la capucha y revelara el rostro. La piel era blanca como la espuma de mar, el cabello oscuro y los ojos completamente negros salvo el iris, que brillaba con una luz celeste fulminante.
La voz silenciosa de Dios habló de nuevo y los profetas levantaron la vista. Otros tres destellos descendieron de las tinieblas en lo alto de la torre; se colocaron frente a las luces que salieron del pozo. Las almas recién llegadas y las almas de los Dragones se miraron y se reconocieron. En ese momento, la otra parte de las conciencias de Adad y Sekmet se formó. Fue como si una cadena indestructible se soldara entre las almas de los Dragones y las de sus portadores.
—Ellos son los príncipes que los atarán a este mundo —explicó uno de los profetas mientras señalaba las luces que bajaron del cielo.
—Y a cambio ustedes les prestarán sus poderes.
—Estas almas inmortales se apiadarán de las suyas cuando caminen juntos por el mundo.
—Pero ahora les toca dormir. —La niña profeta se separó del pozo con una triste sonrisa porque sabía que nunca más los volvería a ver—. Así que cierren los ojos y duerman, duerman, duerman, duerman…
Las almas se aletargaron. Sin importar la compasión de la niña, su consuelo, o incluso la calidez de la voz de Dios, la duda ardió en ellos. El Primer Dragón se agitó como un perro rabioso. El Segundo Dragón fue más medido en su enojo pero antes de que se durmiera supo lo que haría al abrir los ojos. Pelear. Lucharía hasta el final contra el destino que lo había marcado nomás al salir del pozo.
El Tercer Dragón se dejó guiar por el arrullo de la niña, ansioso por nacer. No había nada que quisiera más que llorar tras venir al mundo, envuelto en sangre y el amor de una madre. Quería disfrutar los placeres y las angustias de un cuerpo. Añoraba compartir un mundo junto a sus hermanos de destino. Pero por encima de todo quería vivir junto al Primer Dragón.
Aun antes de nacer estaba decidido a hacer cualquier cosa por ella.
Cualquier cosa…

****

La visión terminó. Sekmet abrió los ojos a la vez que el príncipe Adad. Ya no estaban sentados al borde de la cama sino acostados en ella.
«¿Lo sentiste, verdad?», transmitió el príncipe. Su frente cálida todavía estaba unida a la de Sekmet. «¿Sus almas y las nuestras, sus deseos y los nuestros?». Sekmet asintió.
Entregar el alma del Dragón.
Entregar la vida del portador.
Y luego…

«¡Soy la opción que le asegura vivir sin la amenaza del sacrificio!».

Mark, ¡qué tonto! ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se arriesgó a salvar a una condenada que no tenía ninguna posibilidad de salvarse? Se dio cuenta de que lloraba cuando los dedos del príncipe le secaron las mejillas. Era dedos electrizantes, como truenos. Llenos de poder.
—Mi pequeña Allena... Mi hermana.
Allena.
Hermana.
Sekmet se estremeció por esas dos palabras porque le arrancaron la identidad con la que vivió todo ese tiempo. Fue como nacer de nuevo y convertirse en otra persona. No estaba segura de querer eso.
—Mi pequeña Allena —repitió Adad mientras sonreía y le besaba la frente—. O mejor dicho, mi pequeña Sakti Allena. —Adad se acurrucó junto a ella—. Te he buscado por todas partes y ahora que te encuentro no puedo creerlo. ¡Ah! ¿Cómo debo llamarte? ¿Sakti o Allena? ¿Cuál te gusta más?
Como Sekmet no respondió él le explicó:
—El nombre tiene poder. Por eso cada nombre significa algo. El mío, por ejemplo, significa «dios de la tormenta». El de Dereck significa «líder». El de Kael significa «flor». Y el de Sigfrid significa «victorioso». Tú tienes dos nombres. Sakti significa «poder» y creo que es bastante adecuado para ti. Pero mamá también te nombró «Allena», que significa «belleza». —El príncipe sonrió mientras lo dijo—. Me gusta. ¿Puedo llamarte así, verdad? Tú me puedes llamar Adad a secas. O Adadcito, lo que quieras.
Allena.
Sakti Allena.
«Me gusta Sakti». Sekmet se estremeció al escuchar la voz de su mente a la que tanto había temido. Aunque ahora estaba segura de que era la voz del espíritu que habitaba en las marcas de la espalda. «Es muy adecuado, portadora». Adad le acarició el cabello y le preguntó:
—¿Cuál era tu nombre antes de conocernos?
—Sekmet.
El príncipe sonrió al escuchar por primera vez la voz de su hermana. Como lo supuso no transmitió magia pero le pareció la vocecita más linda que había escuchado jamás. Pero al poco tiempo comprendió el significado de ese nombre y su sonrisa se convirtió en una sombra de tristeza.
—No me gusta. Significa «devoradora de cadáveres», «diosa de la guerra». No. A partir de ahora dejarás de ser Sekmet. Hoy serás por y para siempre la princesa Sakti Allena Aesir II. Mi hermana. Mi pequeña Allena.


Adad soñaba siempre con el mismo recuerdo. Él y sus padres cruzaban los cielos sobre una criatura de noche. Su madre cantaba, su padre le mostraba las estrellas y Sakti pateaba cada vez que él le hablaba. A través del vientre Adad sentía el ansia de su hermana por estar en sus brazos. Ella todavía no había nacido pero ya sabía que él estaba allí, esperándola. Adad no podía recordar ningún momento más feliz que ese en toda la vida.
Las estrellas alrededor se encendieron. Explotaron y consumieron la noche. Se convirtieron en llamas y humo. El sueño se convertía en pesadilla y en realidad, porque ese también era un recuerdo. Todas las noches Adad revivía el incendio del templo. Los caballos desangrados. El miedo mientras corría por los pasillos, buscando a papá, intentando salvar a mamá, llorando como debía de estar llorando su hermana. Luego sentía una sombra detrás de él y el sueño acababa.
Cuando era pequeño esas pesadillas lo hacían gritar. Cuando llamaba a gritos a su madre el que lo consolaba era Kael. Así recordaba que su familia se había ido. Ya no era un niño pero todavía soñaba. Todavía veía las estrellas y el fuego. La sombra al final de la pesadilla lo salvó pero cuando abría los ojos despertaba con amargura en la boca del estómago. Había perdonado a Sigfrid por llegar tarde para salvar a sus padres. Pero en el fondo nunca le perdonó que lo salvara a él y que dejara atrás a la bebé. Habría preferido ahogarse en el humo y consumirse en ese averno en lugar de vivir sin ella.
Por eso convenció a Sigfrid de que lo dejara quedarse en la partida de búsqueda. El General era un verdadero ogro, pero Istar enseñó a Adad que hasta los ogros tienen corazón.
—Si me dejas quedarme, si me dejas encontrarla, te perdonaré —le había dicho—. Te lo perdonaré todo.
No le pareció bien usar esas palabras contra su padrino, pero tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Porque lo más difícil del día del incendio en el templo no fue perder a sus padres, sino perder a su hermana. A la única que era como él. A la única que lo amaría sin condición aunque se convirtiera en un monstruo, porque ella también lo sería.
«Es mía», pensó cuando la luz del Primer Dragón se encendió en los templos aesirianos para anunciar su concepción. «Es mía», pensó cuando la vio y sintió crecer en el vientre de su madre. «Es mía», pensó mientras el doctor le hablaba suavemente para distraerla de la inyección.
Adad sonrió cuando Sakti ignoró al médico, se giró de medio lado sobre la cama y se echó a dormir. Era suya y ella no le pondría atención a nadie más que a él. Resignado, el doctor recogió sus instrumentos y se marchó.
—Estuvieron a punto de matarla, señor —le susurró a Adad en la puerta.
El príncipe tensó la mandíbula porque lo sabía. Si Dereck no la hubiese percibido a tiempo Sakti se habría muerto por los golpes. Sin medicinas y magia habría muerto sin remedio. El doctor continuó:
—Esa actitud y esa mirada… No creo que esté bien de aquí —se llevó un dedo a la sien y lo movió en círculos.
Adad asintió y despidió al médico antes de que prescribiera lo mismo que siempre le prescribía a él: descanso. Los bloqueos de magia podían tratarse con contacto con fuentes de poder y muchas horas de sueño. Él podía darle eso a su hermana. A partir de ahora ambos se cuidarían el uno al otro. Como siempre debió ser.
Se metió a la cama y abrazó por la cintura a la niña. Esa sería la primera de muchas noches en que estarían juntos. Le contaría los cuentos del Reino de las Arenas que su padre le había contado. Le cantaría las canciones que su madre le había cantado. Al fin podría ser el hermano mayor que había añorado ser.
Antes de que pudiera recordar alguna historia sintió el cuerpecillo que temblaba. Los hombros que se sacudían con timidez y desesperación. Se sentó y miró el rostro de Sakti. Aunque había enterrado la cara en la almohada Adad supo que lloraba. A lo mejor le había lastimado otra vez la espalda cuando la abrazó. Le besó la cabeza con ternura para pedir perdón. Así escuchó los susurros de su hermana…
—Amo Mark, quiero verlo, quiero verlo. No quiero irme, no quiero irme. Quiero quedarme con el amo Mark, con el amo, amo, amo…
… y sintió un cuchillo frío en el corazón. No era justo. Ella era suya y de nadie más. ¿Quién era ese tal Mark? NA-DIE. Si su hermana iba a llamar a alguien entre lágrimas sería a él para irla a consolar de inmediato. Estiró la mano para hacerla entender pero se congeló al instante.
«Está sedada y traumada», le susurró una voz simpática en la cabeza. Su mano regresó al costado con lentitud y suavidad. «Sabes que no puedes molestarte con ella por sentirse sola y querer estar con alguien de confianza. Sabes muy bien, portador, que ella apenas si te conoce de un par de horas. No la fuerces. Si te quisiera al instante sería una chiquilla que da su cariño a cualquiera. Y no eres cualquiera. Por eso llegará el día en que nos dará su confianza solo a nosotros, sus hermanos».
La furia se calmó. La amargura en la boca del estómago se disipó. Adad estiró otra vez la mano, pero esta vez fue para secar las lágrimas que Sakti había llorado hasta quedarse dormida.
—Tienes razón —susurró—. No debo molestarme con ella.
Miró el espejo al pie de la cama. Allí había un Adad idéntico a él. Las mismas ropas de seda. La misma piel morena del desierto. Los mismos cabellos grises. Y casi los mismos ojos, excepto que las pupilas estaban rasgadas verticalmente.
Si la presionas —dijeron el reflejo y los labios de Adad con voz ronca—, la asustarás. No sería un buen primer paso para planear el escape con ella.
—Tienes toda la razón —concedió Adad con una sonrisa—. Si tengo paciencia ella se abrirá a mí. Ya no estaremos solos. Podremos huir con ella de todo esto. Del Imperio y de la Profecía.
La arropó y le dio un último beso de buenas noches. Quería dormir con ella para ser lo primero que viera apenas despertara en la mañana, pero no le gustaría nada si llamaba en sueños a otra persona. Lo enfurecería. Toda esa ira debía ir a alguien más, no a ella. Cuando llegó a la puerta la miró de nuevo dormir. La última pieza de su corazón estaba finalmente con él.
—Buenas noches, mi pequeña Allena —susurró antes de cerrar la puerta.
—Buenas noches, príncipe.
Un escalofrío recorrió la espalda de Adad. El General Montag estaba en el recibidor, a un lado de la puerta, recostado a la pared y cubierto de pies a cabeza con vendajes. Ni un pelo ni una uña estaban sin cubrir. El hombre ladeó la cabeza y repitió:
—Buenas noches, señor. Parece que no me escuchó.
—Sí te escuché es solo que… me asustaste. Tienes el mal hábito de ser tan callado. Si no fueras tan grande serías un gran espía.
El príncipe se frotó los brazos, un poco incómodo por la presencia repentina del General. Chupó los dientes por lo bajo. Siempre era precavido cuando hablaba con el Dragón. Jamás lo hacía si había alguien más cerca. ¿Qué haría ahora si Sigfrid lo había escuchado?
Recordó entonces el llanto de su hermana y el nombre que invocó con tanto cariño a pesar de que Adad estaba con ella. Fue como si una mano helada le estrujara el corazón.
—Tengo una misión para ti —dijo con rencor—. Necesito que mates a alguien.
—Oh, es una petición extraña viniendo de usted. —A pesar de los vendajes Adad descubrió una sonrisilla cínica y cruel en los labios de Sigfrid.
—¿No lo harás?
—Por usted, príncipe —dijo el General mientras hacía una reverencia—, haré lo que sea.
—Bien. —Adad sonrió con malicia y sus ojos cambiaron de nuevo por los del Segundo Dragón, pero no le importó. Sigfrid nunca antes reparó en esos breves cambios y no lo haría ahora—. Su nombre es Mark. Averigua quién es y acaba con él.
—Mark, ¿eh? —Sigfrid chascó la lengua—. Creo que se trata de la misma persona, señor. El anciano que vino hoy al templo tiene un hijo llamado Mark Salvot quien es, además, un mensajero del Tercer Dragón.
Adad miró a Sigfrid como si le preguntara si estaba bromeando, y gruñó exasperado al ver que no era ninguna broma.
—¡Ay, maldito sea! ¡No puedo tomar la vida de un mensajero! Si Marduk lo envía es para alguna misión que considera importante.
—Y aunque pudiera matarlo, señor, creo que no se vería bien. No después de que usted accedió a salvarle la vida. —El príncipe abrió los ojos como platos y se rio con desdén.
—Jamás haría eso.
—Cito: «Katherine, encárgate de él. Hazlo, rápido, rápido. Lo que sea que él quiera dáselo de mi parte». —Sigfrid no le agregó la emoción y el tono a las palabras del príncipe, pero las repitió con exactitud—. El anciano al que usted juró darle lo que quisiera por haber cuidado de la princesa pidió a la Doncella que sanara a su hijo.
Adad gruñó de nuevo, pero recordó que el poder de Katherine solo era efectivo si el paciente olvidaba. Para el príncipe quien quiera que olvidara a su hermanita era un desdichado. ¿Y cuál otro, sino ese, sería el recuerdo que debía pagar? ¿Qué era tan o más valioso que el recuerdo de Sakti?
—Ah, está bien. Entonces olvida lo que dije. ¿Y qué haces vestido así?
Adad ya antes había visto al General cubierto de vendas y con una capucha gruesa encima. Cuando era pequeño se alejaba de él porque le parecía un mago de las Tinieblas. Incluso ahora, que era un muchacho, no entendía por qué Sigfrid se vestía así. Solo sabía que lo hacía durante algunas noches.
—Me equivoqué, Alteza —respondió el General mientras levantaba los hombros—. No debí dejar a la princesa en manos de esa mujer del caos. Pienso ir a reparar mi error. —Adad sonrió y sintió las cosquillas de satisfacción del Segundo Dragón en la espalda.
—Que te diviertas. Tráeme un recuerdo, ¿sí?
Adad dio una última sonrisa de despedida y se encaminó hacia su habitación al otro extremo del templo. El General lo agarró de un brazo con mucha fuerza y lo lanzó contra la pared. Allí lo arrinconó y lo miró a los ojos. El príncipe lo miró con las cejas arqueadas. Sigfrid nunca lo había empujado o golpeado; ni siquiera le había alzado la voz a pesar de que era un cascarrabias innato.
—Sigfrid, me haces daño —le dijo pero el General guardó silencio y lo miró fijamente, sin pestañear, sin respirar. La mano dura que lo apretaba se hizo más fuerte, tanto que Adad perdió la compostura—. ¡Te digo que me sueltes! —gritó.
Se esperó de todo: que Sigfrid lo obedeciera o que ahora sí le respondiera con un grito. Pero no se había esperado la reacción del General: chascó la lengua, decepcionado.
—¿Otra vez? Esperaba que hablara solo, no con el Dragón —susurró con voz de metal. Soltó un suspiro de resignación—. ¿Cuántas veces habremos pasado por esto? ¿Por qué insiste en contactarlo? ¿No entiende que así se convertirá en una bestia?
Adad se estremeció. No lo molestó tanto que Sigfrid lo hubiese pillado como que tratara al Dragón de bestia. En Masca el príncipe escuchó varias veces los susurros de los sacerdotes. Debían controlar a la bestia. No podían dejar que despertara. No podían dejar que se revelara. Debían mandarlo al sacrificio a como diera lugar. Para ellos solo era una cosa, una herramienta que debían manipular.
Estuvo a punto de cometer el error de avisar al Emperador sobre las intenciones perversas de los sacerdotes. Pero reparó en las miradas de su tío. En sus sonrisas y palabras. Todo era falso. Todo era una ilusión. Comprendió entonces que él también planeaba sacrificarlo. Estaba solo en una ciudad colmada de gente.
¿Pero Sigfrid? No. Nunca dudó de la lealtad del General. Sigfrid era el Demonio Montag pero era su padrino. El Guardián de su madre. El hombre que tomó el lugar de su padre cuando el príncipe Velmiar murió. Sigfrid nunca los había tratado a él o al Dragón como objetos.
Hasta ahora.
—Tú también eres como ellos, ¿eh? —Descubrirlo lo dejó con un sabor amargo en la boca—. Déjame ir. Ignora lo de esta noche y sigamos adelante, ¿de acuerdo?
—No.
Sigfrid le sujetó la cabeza con una mano que fue como hierro hirviente. El contacto primero lo hizo gemir y después gritar. La mano del General era todavía más caliente que las llamas que consumieron a sus padres. Y había algo más como… una succión que vaciaba el contenido de su mente. La sonrisa en el espejo desapareció. La voz simpática en la cabeza enmudeció. Una pared se irguió en la mente de Adad como si…
«… intentara separar mi consciencia de la del Dragón». Ese pensamiento lo alertó. «¡Como si intentara separar las almas gemelas!». Metió las uñas en la mano de Sigfrid y pateó. No podía dejar que los separaran. No podía cortar el vínculo de la única voz que se apiadó de él cuando descubrió que lo lanzarían a un sacrificio como si fuese un objeto desechable.
—¡Maldito seas! —gritó. Ojalá alguien lo escuchara. Ojalá Kael regresara y lo protegiera de Sigfrid—. ¡Me traicionas! ¡Traicionas al hijo de tu protegida, a tu ahijado!
Las piernas perdieron fuerza. No pudo levantarlas más para patear y tampoco se pudo sostener. Sigfrid se inclinó para sujetarlo y guardó silencio mientras la voz de Adad se debilitaba.
—No lo traiciono, Alteza —le susurró—. Solo lo protejo. Todo esto es por su bien.
Sigfrid esperó mientras la mente de Adad se vaciaba de los recuerdos del Segundo Dragón. No le gustaban esos encuentros porque el príncipe no se podía levantar en la mañana ni coordinar dos ideas con sentido. Cada vez que lo pillaba hablando con el Dragón cortaba el vínculo, pero Adad tardaba días en reponerse. «Si tan solo dejara de hacer contacto los dos podríamos evitarnos esto», pensó mientras apretaba los dientes. «¿Por qué no lo entiende?».
Adad estaba a punto de dormirse. Lo sintió en la respiración, en la manera en que temblaba como una hoja. El príncipe levantó una mano débil para apartarlo pero fue como la caricia de un niño. El General apenas lo sintió.
—Tu nombre también significa «cazador de dragones»… —murmuró.
La mano cayó a un lado. Sigfrid supo que tardaría días en ponerse en pie. «No importa», pensó mientras acomodaba a Adad para llevarlo a su cuarto. «La princesa aún no está en condiciones para viajar. Los dos podrán descansar hasta entonces».
Antes de que pudiera marcharse sintió algo sobre él.
Una mirada.
Por reflejo extendió la mano hacia donde sintió al intruso. A él nunca lo habían pillado desprevenido en un encuentro con Adad. Supuso que siempre había una primera vez para todo pero esa sería también la última vez.
La puerta del dormitorio se abrió con una ráfaga de aire. Sigfrid vio a su pequeña intrusa, descalza y con los ojos fijos en el hermano que acababa de conocer. Sakti luego miró al General.
Lo había visto todo.
Por las pupilas dilatas y la expresión confusa, supo que la chiquilla estaba todavía sedada. Pero comprendió también que Sakti estaba lo bastante espabilada como para mantenerse en pie y sumar uno más uno. Aunque creyera que soñaba, cuando viera a Adad decaído al día siguiente recordaría la pelea entre el príncipe y su padrino. Hablaría y…
Forzaría otro encontronazo que podría evitarse con mucha facilidad. Sigfrid dejó a Adad en el suelo y avanzó hacia la niña. Se inclinó sobre ella. Con una mano la sostuvo de los hombros para que no retrocediera y con la otra le cubrió los ojos. Sintió el cuerpecillo delgado y tembloroso. Estuvo seguro de que esa mente no opondría ninguna resistencia.
—No quiero que se convierta en un monstruo, Alteza —susurró a Sakti—. Haré que olvide esto. Jamás dejaré que se fusione.
De los dedos del General brotó una luz que la cegó. Sakti escuchó la voz del Dragón. «No permitiré que nos controles». Antes de que el hechizo del General pudiera borrarle la memoria, ella ya estaba en otra parte.
En un lugar de niebla blanca en donde reinaba el silencio.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

5 comentarios :

  1. Aquí estoy yo finalmente, tras cuatro o cinco días sin hacer ningún comentario, pero es que se me acaban los capítulos... en cuanto llegue al ocho se terminó.
    Bueno, en primer lugar, una gran idea eso de reunir ambos blogs en uno, eso hace el acceso mucho más cómodo (ahora tengo que configurar otra vez mis blogs seguidos y mi blogroll con mi conexión de 56kb/s... mejor que empiece cuanto antes :P)
    Ahora el capítulo:
    Me ha gustado (me repito mucho, tengo que buscar otros términos y expresiones :P). No me ha gustado nada Sigfrid, no sé... no me acaba de gustar la medida que toma, teniendo en cuenta que el Adad confiaba en él, es como si también hubiera traicionado mi confianza.
    Kael y Dereck me han gustado. Ambos han obedecido las órdendes aún a pesar de su voluntad, y han sopesado las ventajas e inconvenientes de ayudar a Sigfrid o no, lo que les da un toque de humanidad (últimamente, las historias que leo parecen de robots en vez de de personas...)
    Pasemos al final. No sé que pensar. No sé si la habitación blanca es lo que creo que es, o al menos lo que sospecho que es. Todos tenemos nuestra propia "Sala Blanca", donde nos escondemos, donde nos refugiamos, lloramos en silencio... (no quiero ponerme ni filosófico ni poético, así que lo dejaré ahí), por lo que sospecho que lo que ha pasado es que El Primer Dragón ha tomado el control de Sakti, y ahora ella solo puede estar en su "Sala Blanca", observando todo lo que ocurre pero sin participar, no sé si me explico... como si estuviera encerrada en una esquina oscura de su subconsciente.
    O también puede pasar otra cosa: qu yo me esté complicando la vida y que realmente la "Sala Blanca" sea eso, una sala blanca que exista físicamente, y que lo que se ha transferido no sea solo la conciencia sino también el cuerpo de Sakti, ambas posibilidades me parecen correctas, y una buena forma de dar suspense para el capítulo siguiente (como yo ya puedo leerlo, pues no me preocupo demasiado, mañana sabré que es)
    Bueno, algo largo me ha quedado, enhorabuena si has llegado hasta el final de este tochazo infumable de comentario, pero es tarde y me da por escribir mucho :P.
    Saludos y que te vaya muy bien, Meleiz.

    (EL COMENTARIO ANTERIOR ESTÁ ELIMINADO PORQUE ME QUEDO INCOMPLETO, HICE UN COPIAR/PEGAR BASTANTE CUTRE, AQUÍ ESTA ENTERO)

    ResponderEliminar
  2. Bueno, algo se van aclarando las cosas aunque sigo pensando que eres un poco inclemente con tus lectores, jaja.
    Enhorabuena; la verdad es que quedan ganas de saber lo de la sala blanca.
    Ah, muy original lo de la canción de fondo, sí señora.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Hola, Velkar. ¿Sabes qué sucede? No soy muy fanática de los textos que me dicen todo de una vez; me gusta que me pongan a pensar, a crear posibles soluciones para lo que sucede, que me sorprendan... Por eso intento (tal vez demasiado, y quizá ni lo hago bien) que mis textos sean como los que me gustaría encontrar. No creo en subestimar al lector (tampoco en martirizarle el cerebro para que busque a lo loco, jaja, tanto así no!), y me esfuerzo en crearle rompecabezas para que, junto a la lectura, los vaya armando.
    ¡Un saludo y gracias por leer!

    ResponderEliminar
  4. Cuando el Príncipe dice que el peor castigo que se le podía ocurrir era enviar a alguien con una persona que le infligiera el peor castigo (el Demonio Montag), me reí bastante, pero me pareció una decisión muy sabia.
    Pobre Sakti, con una vida de tortura e incomprensión que la han llevado al borde de la locura :(
    Quería hacer 1 observación: en el párrafo que inicia con “De los dedos del General…”, en la segunda oración dice “…de que se el resplandor…”, cuando debería ser “…de que el resplandor…”. Me alegra mucho que te sirvan estas pequeñas observaciones :D De verdad, me gusta mucho esta historia.

    - Kirala

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola de nuevo :) ¡Sí, muchas gracias por las observaciones! Es increíble la cantidad de dedazos que se me van. ¡Pero con tu ayuda la próxima versión de este libro quedará muy coqueta y limpia! Gracias por seguir con la lectura <3

      Eliminar

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!