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Capítulo 7

7
HORA DE OLVIDAR: EL LUGAR FUERA DEL ESPACIO Y EL TIEMPO

Parpadeó confundida. ¿En dónde estaba? Giró sobre los talones y miró de un lado a otro, pero no vio más que bruma blanca arremolinándose alrededor. No percibió la sensación de cielo o tierra, y tampoco supo dónde era arriba o abajo. De un momento a otro vio una mota de luz que se acercaba a ella desde todas las direcciones.
No pudo explicarlo pero sin importar a dónde mirase allí estaba la misma luz. Al principio pensó que un grupo de personas la estaba rodeando, pero desechó la idea al instante porque tuvo una sensación extraña. Fue como si esperara por esa única luz, como si fuera parte de un plan encontrar –o dejarse encontrar– por quien cargara el farol.
La luz desapareció de golpe y la dejó mucho más desorientada que al principio. Le entraron ganas de llorar. Fue como si estuviese atrapada en una cueva de sacrificio para demonios y que esa luz fuera su única promesa de salir ilesa.
Como si esa luz fuera lo único que la amaba y lo único que ella necesitaba.
«Todo esto está mal», pensó mientras se encogía. Se cubrió las orejas con las manos, cerró los ojos y se acuclilló. Todo estaba patas arriba. Todo sucedía demasiado rápido. Ese día debió haber sido feliz porque así lo quiso el amo Mark. No podía asimilar que la propuesta de matrimonio del amo concluyera con la traición de un General hacia un príncipe.
Era demasiado. Todo ese día le parecía una cueva infestada de demonios en donde caminaba encadenada y ciega, sin saber en dónde estaba la salida pero con la seguridad de que nuevas amenazas y peligros caerían sobre ella. Y todo sin una luz. Todo sin Mark.
—Shhh… —le susurró una voz al oído—. Tranquila, gatita. Todo estará bien.
Sakti abrió los ojos. A través de la cortina de lágrimas descubrió el rostro amable de Mark, inclinado sobre ella. El mensajero llevaba una capucha blanca que lo cubría de pies a cabeza, y en las manos llevaba un farol cálido que disipaba la bruma.
Lo miró atónita por unos instantes sin creer de verdad que él estuviese allí, junto a ella. «Es que es un sueño, tonta», se dijo. «¡Y no me importa!». Alzó los brazos al cuello de Mark y lo rodeó con fuerza. Jamás lo había hecho. Siempre tenía cuidado cuando estaba con él, pero ahora no pudo contener las ganas de abrazarlo ni aunque lo hiciera perder el equilibrio.
Mark no cayó. Se inclinó por completo junto a ella y dejó el farol a un lado. La abrazó y le acarició el cabello en silencio. Sakti nunca se había atrevido a llorar delante de él por miedo a asustarlo y provocarle un ataque. Pero Mark se mantuvo firme ahora, como una roca, y la dejó llorar todo lo que quisiera.
—Si yo no fuera mensajero del Tercer Dragón quizá podríamos estar juntos —susurró él—, pero fue porque soy mensajero que te conocí en primer lugar. Si tú no fueras portadora y si yo no fuera mensajero, ¿nos habríamos conocido? ¿Nos habríamos querido? —Se separó de Sakti y le miró el rostro. En ese lugar no tenía ni un solo golpe ni el labio roto—. Dime, gatita, ¿si yo fuese alguien más me querrías? ¿Si no estuvieras prometida al Tercer Dragón me habrías dicho que sí hoy?
—Yo odio al Tercer Dragón —dijo ella con firmeza—. Por lo que le hizo al amo y por usarme para lastimarlo. —Recordó la promesa que hizo al señor Salvot y agregó—: Si debo irme de Lahore regresaré algún día por el amo Mark. Y no dejaré que nadie lo lastime de nuevo.
Mark le dedicó una sonrisa triste y se incorporó. Con una mano sostuvo el farol y con la otra levantó a la esclava. Luego la guio por el laberinto de bruma.
—Y yo te esperaría encantado pero… —hizo una pausa muy larga—. Pero yo ya no estaré allí.
Intentó avanzar sin decir ni una palabra más, pero se percató de que Sakti temblaba. La miró por encima del hombro y la vio tan pálida que parecía que se desplomaría.
—Pero el amo Frederick dijo que usted estaba bien… —murmuró ella—. Y si el amo no me espera en Lahore, ¿qué voy a hacer yo?
«Si el amo ya no está con su luz», quiso agregar, «¿cómo sabré que todo estará bien?». Mark era su luz. Era lo único que le permitía soportar los abusos de Tiamat, el acoso de Héctor, las burlas de los krebins y los castigos de los sacerdotes. Cuidar de él era lo que daba significado a su vida y separarse de cualquier forma era como morir.
—Este sitio —dijo él, apretándole la mano sin detenerse— es el lugar fuera del espacio y el tiempo. El limbo en el que no sucede nada. El mundo de la quietud. El hogar de los ayudantes de Dios. Y la prisión del Tercer Dragón. Pero también es el lugar en el que nos despediremos.
»Tú estás aquí para que el General no borre tus memorias. Aquí tus recuerdos estarán a salvo y podrás protegerte. Así podrás diferenciar aquellos que te desean el bien de los que solo quieren controlarte.
»Pero… Pero yo estoy aquí por otra razón. Debo guiarte al Tercer Dragón y después… Después debo olvidarte. —La voz se le quebró. Intentó mantenerse firme para no darle el gusto a Marduk pero aun así le lagrimearon los ojos—. Te pedí que fueras mía a pesar de que sabía muy bien que el amo me castigaría. Ya el Tercer Dragón encontró un buen castigo para su mensajero. —Mark hizo otra pausa—. Mi padre ha pedido a la Doncella de Kerveinsen que me sane, pero para que resulte debo pagar un precio.
Sakti lo sabía. La Doncella también le ofreció sanarle la quemadura de la mano y los latigazos de la espalda a cambio de que ella pagara un precio. Pero no accedió porque debía pagar con los recuerdos de Mark. Para ella olvidarse de él era peor que morir. Aunque hubiese tenido que pagar con las memorias de Tiamat, los golpes, los abusos y los sacrificios, también se habría negado. Porque esos recuerdos tan horribles aumentaban el brillo de cada día junto a Mark y la ayudaban a entender lo afortunada que era de haberlo encontrado.
—Yo prefiero morir antes que olvidarte, gatita, pero ni siquiera me permiten morir. Intento rebelarme pero no puedo. Debo obedecer al Tercer Dragón. Debo aceptar su castigo, aceptar las condiciones de la Doncella, dejar que me sane… y dejar que te olvide.
Mark se detuvo, se giró y miró a Sakti a los ojos. Ella comprendió entonces que así como nunca había llorado delante de él para no asustarlo, él nunca permitió que ella viera su terror. Si lo hubiese hecho no la habría tomado desprevenida con la propuesta de matrimonio ni con el ataque de Marduk.
—Pero yo nací porque tú ibas a nacer. Nací para conocerte. Y por eso, aunque sane, voy a morir.
Cuando la rodeó Sakti sintió su pasión. Sintió la intensidad con que los dedos del amo se le clavaron en la carne. El calor de las mejillas. El aliento de Mark sobre el cuello. El contacto fue mucho más electrizante que los dedos del príncipe Adad.
—Si te olvido olvidaré también el alivio cada vez que te veo, las cosquillas en el estómago cada vez que te toco y las canciones que canto solo para ti. Si te olvido quedaré en blanco y buscaré fantasmas y razones en cada habitación y sombra, sin saber ni imaginar que lo que tanto me falta eres tú. Estaré a ciegas, marchando por un mundo no muy distinto a este, buscando una luz sin saber qué forma tiene. Buscándote a ti sin encontrarte jamás.
Mark se secó la mejilla con el dorso de la mano.
—Estaré perdido.
«Estaría exactamente igual a mí», pensó Sakti. Si a ella la obligaran a olvidar a Mark entraría en un estado de locura semejante. Sabía lo que era estar loca. Conocía de sobra las voces en la cabeza, las ganas de gritar de repente sin ninguna razón, las pesadillas, la paranoia y, sobre todo, la búsqueda de esa luz que pudiera salvarla. Mark fue su luz y lo sería siempre.
Se separó un poco del amo para que él la mirara a los ojos. Extendió una mano para sostener la de él y con la otra le acarició la mejilla. Mark se sobresaltó porque ella nunca lo había hecho. Él sabía que Sakti lo quería, pero nunca vio en ella una forma de cariño distinta a la de una esclava agradecida con su amo bondadoso. Ella nunca lo había tocado de una forma que los sacerdotes considerarían inapropiada por ser tan próxima e íntima. Ahora era diferente y Mark estaba profundamente agradecido por ese cambio.
—Cuando regrese —dije ella con suavidad— lo sacaré de allí. Y lo recordará todo de nuevo.
—No lo entiendes —susurró él—. Cuando regreses y te mire no te reconoceré. Desapareceré, dejaré de existir y en mi lugar habrá alguien más. Alguien que no sabrá quién eres, alguien que tú tampoco conocerás.
—Aun así —dijo ella— regresaré por el amo.
Mark todavía tenía los ojos irritados, pero sus labios se estiraron con una de esas sonrisas que hacían cosquillas en el corazón. El muchacho se inclinó sobre Sakti…
—De acuerdo, entonces esperaré por ti…
… pero no pudo besarla. Apretó los dientes para no gritar, pero el dolor fue tan fuerte que se contrajo con arcadas como si lo estuviesen apuñalando. Sakti intentó sostenerlo, pero el mensajero comenzó a flotar como si el lugar fuera del espacio y el tiempo estuviera hecho de agua. Allí, suspendido frente a Sakti, Mark se revolvió y chilló como si lo quemaran desde dentro. Sakti se congeló por un segundo hasta que recordó quién era el único que atacó así a Mark antes.
—¡MARDUK! —gritó furiosa—. ¡Suéltalo AHORA!
Una carcajada estremeció la bruma.
Es el castigo que merece…
Unos brazos de papiro se materializaron alrededor de la cintura de Sakti. Sintió la superficie áspera de lo que habría sido una nariz recorriéndole la curva del cuello hasta la oreja. Dio un salto para apartarse de Marduk, pero él la contuvo en un abrazo duro como trampa de oso.
Lo que el mensajero siente —murmuró el Tercer Dragón— no es más que una ilusión. Es parte de mí, ¡por supuesto que te ama! Al igual que los cuervos mensajeros y el resto de mis fragmentos desperdigados en el tiempo y el espacio, cumpliendo misiones por ti. Pero la ridícula idea que tiene de amarte y desearte no es más que una ilusión. Comparado conmigo él no te ama nada.
El Tercer Dragón liberó a Mark con el chasquido de los dedos. El mensajero cayó hincado a los pies de Sakti, con arcadas. Los ojos de ella ardieron al verlo allí, tan indefenso y adolorido. No hubo nada en el mundo que quisiera tanto como tomarlo entre sus brazos y arrullarlo hasta que se quedara dormido, pero Marduk la apretó aún más fuerte. No la dejó escapar a pesar de que forcejeó como nunca lo hizo cuando Tiamat la golpeó, o cuando los sacerdotes la castigaron, o cuando la metieron en las cuevas de sacrificio.
Eres un Dragón, cariño —se burló Marduk—, pero aún no conoces todas las esencias que están dentro de ti. Aun cuando lo quieras no puedes detenerme. No tienes lo que se necesita para salvar de mi furia al mensajero.
Cuando lo dijo Sakti vio lo que le ocurría a Mark en Lahore. Fue como si le descorrieran un velo y pudiese ver a través de una ventana. Lo vio postrado en la cama y junto a la Doncella de Kerveinsen, pálido y sudoroso, convulsionando y vomitando sangre. Katherine intentaba sanarlo, pero Mark se rehusaba. En el lugar fuera el espacio y el tiempo el alma del mensajero todavía luchaba por conservar sus recuerdos.
—¡Amo! —lo llamó ella—. ¡Olvide!
Mark levantó la mirada de inmediato, como si una descarga eléctrica lo hubiese espabilado. A Sakti se le hizo un nudo en el estómago porque él nunca la había visto así: tan resentido como si le hubiesen dado una bofetada.
—… Pero no quiero estar a oscuras…
Sakti se mordió la lengua. La tristeza de Mark le hacía daño pero tenía que soportarla. Tenía que ser valiente. Tenía que salvar al amo aunque él no quisiera.
—Si el amo me olvida, se recuperará y yo podré regresar por él. Pero si el amo no olvida, morirá y me dejará a mí a ciegas. Si el amo en verdad me quiere… —el nudo del estómago subió a la garganta pero tragó fuerte y siguió—… lo hará por mí. Se sumergiría en las tinieblas si con eso me dejase a mí en la luz, ¿verdad?
Una mano le estrujó el pecho cuando comprendió que esa era la diferencia entre los dos. Siempre se protegerían. Siempre se querrían. Pero el amor de Mark era honesto, mientras que el de ella era egoísta. Sakti siempre lo amaría como una esclava ama a su dueño. En el fondo, quizá, lo que más amaba de él era que la salvó.
En cambio, el amor de él era mucho más profundo y sincero, mucho más peligroso y real. Sakti nunca podría sacrificar los recuerdos que la unían a Mark porque eran su última felicidad, mientras que le pedía a él que los borrara. Conocía los sentimientos de su amo y se aprovechaba de ellos para lanzarlo al vacío que tanto lo aterraba.
Él nunca le pediría ese sacrificio.
«Pero es porque volveré», pensó para convencerse. «Volveré por el amo y todo regresará a la normalidad. Me recordará. Pero si el amo no me olvida ahora, morirá y no podré verlo. Será peor».
Aunque sabía que esto era cierto la culpa le recriminó su egoísmo. Quizá lo más misericordioso era dejar que Mark muriera con sus recuerdos intactos. Pero simplemente no podía imaginar un día sabiendo que estaba viva y él no. Mientras Mark viviera, mientras existiera la esperanza de que estarían juntos de nuevo, podría seguir adelante. No le importaba ser egoísta con Mark mientras tuviese esa esperanza.
Él lo supo. Supo que la chica que tanto amaba no lo quería lo suficiente como para dejarlo ir. Pero igual sonrió y la miró con más cariño y ternura que nunca, porque él sí podía dar ese salto ciego.
Su cuerpo comenzó a convertirse en tirones de niebla que se evaporaban y desaparecían. Soltó un suspiro de alivio, como si el dolor se convirtiera en placer. Nunca dejó de mirar a Sakti. La observó como si quisiera dejar su figura impregnada en las retinas, como si con eso pudiera burlar el procedimiento, sanar y seguir recordándola.
—Te echaré de menos… —murmuró cuando ya solo le quedaba el pecho y la cabeza—. Te esperaré.
Sakti miró los ojos de Mark hasta que también se evaporaron en niebla y luz. Cuando él se fue por completo ella apretó los dientes. Fue difícil mirarlo hasta el final, porque supo que él esperó escucharla decir que lo quería. Pero no se atrevió a decirlo.
¡Qué iluso! —se carcajeó Marduk—. Hasta el final siguió esperando lo imposible.
Sakti extendió una mano para abofetearlo. Nunca había devuelto un golpe en la vida pero estaba demasiado enojada como para reprimir el impulso. El apretón que la sostenía se hizo más fuerte. La niebla giró alrededor y ella también giró, como en un vórtice. La presión fue tan insoportable que tuvo que apretar los ojos para que no se le salieran. Cuando todo se estabilizó de nuevo estaba en otro sitio.
El cuarto era blanquísimo pero ya no había niebla. Había sillones, mesas, libreros y libros blancos. Le costó distinguir las formas porque todo tenía el mismo color y no había ni una sombra. Ahí no se podía percibir profundidad o distancia. Lo mismo habría sido que el sillón más cercano estuviese a días de distancia como a un par de pasos.
El eco de una carcajada resonó en las paredes y en los muebles. Marduk la alzó por la cintura y dio vueltas en círculos con ella, como si bailara. Su risa era la música. El cuarto giró con él, deformándose, como si la locura del Dragón hubiese contagiado a la habitación entera. Sakti lo golpeó en el pecho con todas sus fuerzas y logró que trastabillara. Pero cuando el Tercer Dragón cayó de espaldas lo atajó uno de los muebles.
Cayó sentada en el regazo de él. Se apartó lo más rápido que pudo pero Marduk la sostuvo. Sakti se estremeció cuando él se le acercó al cuello como para olerla aunque le faltaba nariz. Si en la cara de papiro le aparecía una boca y de allí surgía una lengua para lamerla, Sakti vomitaría lo poco que había comido en el día.
Ya falta poco, poquísimo —susurró él. Su aliento era frío y cálido a la vez—. Así que no estés triste. Cuando llegues a Masca solo tendrás que esperar un poco para que mi luz se encienda en los templos. Y cuando nazca ¡podremos morir juntos!
Sakti no pudo apartarse de él sin importar cuánto forcejeara. En ese mundo no resentía los latigazos ni la quemadura, pero se sentía como un bebé luchando contra un muro de roca.
—¡Estás demente! —aulló.
Quizá sus gritos agudos lastimarían los oídos de Marduk. El hombre de papiro sonrió con labios invisibles y la miró con ojos divertidos.
No estoy del todo cuerdo, eso te lo concedo. Pero para haber visto toooodo una segunda vez, me mantengo en excelente forma. En esta ocasión —agregó mientras se inclinaba sobre ella— todo saldrá bien. En esta ocasión sí moriremos juntos.
Sakti apretó los labios porque no quería sentir el beso que se acercaba a ella. Un ladrido gutural detuvo a Marduk a unos centímetros de su boca. El ladrido se repitió. Se multiplicó y se convirtió en decenas de rugidos. Sakti estuvo a punto de caer al suelo porque Marduk se medio levantó, consternado. Siguió su mirada y revisó las paredes del cuarto. No había ni una puerta o ventana –¿cómo habían entrado?– y los muros parecían de roca sólida. Pero las paredes se doblaban entre cada rugido como si fuesen de papel. Al principio no entendió que forma tomaban pero luego lo comprendió: eran como un hocico gigante. Lo que sea que estuviese afuera intentaba atravesar los muros a mordiscos.
Está loco por la fluctuación del tiempo, pero aun así todavía huele cuando algo no anda bien, ¿eh? —murmuró Marduk. El hombre sin rostro intentó sonar despectivo pero no engañó a Sakti: estaba asustado. Él la ayudó a levantarse y la miró con ojos más calmados y gentiles, como si una lluvia le hubiese bañado la locura de su carcajada—. Debes irte antes de que entre. No te preocupes por mí, es a ti a la que busca. Eres tú la que no pertenece a este mundo.
A pesar de que el perro gigante, sus rugidos y hocico de acero le pusieron la piel de gallina, Sakti no quiso irse. ¡No! Debía quedarse para ver que el perro destripara a Marduk. Si ese monstruo estaba enfadado por la presencia de Sakti el que debía pagar era el responsable. Ella no tenía la culpa de estar allí. El que la había llevado era Marduk y él lo sabía. Por eso temía al perro.
El hombre sin rostro le puso una mano sobre los hombros y la empujó. Lo hizo con delicadeza pero Sakti sintió que una fuerza tremenda la hundía en el suelo y más allá. Algo la arrastró lejos de ese mundo blanco.
Yo lidiaré con Tiempo, uno de los ayudantes de Dios. Tú sigue adelante, querida. Hasta que nos volvamos a ver. Hasta que nazca de nuevo.
La presión ganó fuerza. El vórtice la arrastró en picada. Abrió los ojos justo cuando creyó que chocaría contra el fondo. Su primer impulso fue saltar y gritar, pero su cuerpo le lanzó una descarga de dolor y su garganta se contrajo. La espalda, los hombros y las nalgas le escocieron por los latigazos, y la mano rostizada ardió como si otra vez estuviera en la chimenea.
Los ojos también le ardieron, pero no supo si por el dolor, la furia contra Marduk o la tristeza por Mark. Estaba deshecha, triturada. A pesar de todo lo que sufrió desde pequeña nunca se sintió más indefensa, asustada y usada que en ese momento. Nada jamás estaría bien.
«No. Todavía hay esperanza. El General falló», pensó. «Recuerdo lo que hizo anoche, recuerdo que quiso hacerme lo mismo que al príncipe y…». Pero no pudo terminar el pensamiento. ¿De verdad vio al General traicionar al príncipe? Quizá fue solo un sueño antes del sueño. Quizá todo lo que vio –el mundo blanco, Mark, el Tercer Dragón, el Tiempo– no fue más que una ilusión. Quizá…
No. Todo fue real. —Sakti pensó que se estremecería al escuchar la voz del Dragón, pero no lo hizo. Buscó el espejo al pie de la cama y allí la vio: la chica de cabello gris y cuerpo torturado idéntica a ella, con excepción de los ojos que eran más fríos—. Todo esto es real, portadora.
Sakti guardó silencio por unos segundos, intentando asimilar lo que sucedía. No estaba en el cuarto de Mark, junto a su amo dormido. Estaba en una recámara del templo, en una cama suavecita y elegante con miles de detalles lujosos. La brisa se colaba por una celosía. La cortina de seda traslúcida se mecía al compás del viento. A pesar de la luz Sakti supo que las nubes cubrían de nuevo Lahore y que llovía. Escuchó el repiqueteo de las gotas en el alfeizar, igual que hace dos días pero...
Pero ya no podría ir a recoger agua al pozo, ni preparar el baño de Mark, ni secar el cabello rubio del muchacho junto al fuego, ni sentarse junto a él para leer alguna novela. Ahora estaba al lado del príncipe Adad. Él estaba cobijado hasta las orejas, con la cara pálida y la frente cubierta por una película de sudor. Sakti acarició con timidez la frente del príncipe y la descubrió fría. Tenía muy mala pinta y de seguro que se sentía peor a como se veía.
—Lo sé… —dijo ella—. Esto está sucediendo…
El reflejo del Dragón alzó las cejas y la miró con incredulidad.
Entonces, ¿lo crees? ¿Crees que esto está pasando?
—Sí.
¿Crees que soy real?
—Sí.
¿Ya no crees que soy una locura?
—No.
Entonces… —hizo una pausa dubitativa, llena de timidez. Sakti reconoció el mismo gesto inseguro de los dedos que ella hacía cuando sentía vergüenza. Se preguntó si era suyo realmente o si le pertenecía a la chica que estaba en las marcas de la espalda—. Entonces, ¿me aceptas?
La pregunta fue rara pero Sakti la comprendió. Durante todos esos años, cuando la entregaban a los demonios, cuando la golpeaban, cuando la aborrecían, siempre hubo una voz en su cabeza que le daba ánimos. Era el Primer Dragón. A lo mejor el poder que cortaba a los demonios en pedacitos era también el Dragón, protegiendo a su portadora.
¿Y cómo se lo había pagado Sakti? Negándola. Despreciándola. Mandándola a callar. Tuvo tanto miedo de esa voz que hizo lo mismo que los krebins hicieron con ella. No estuvo bien de su parte. Nunca debió haber negado el vínculo que había unido su alma con la del Dragón el día que los profetas y Dios hicieron un Pacto.
—Sí —respondió y al decirlo se sintió mejor—. Te acepto.
Con eso supo que también se aceptaba a sí misma, lo que fue, lo que era y lo que sería más adelante. Al Dragón le brillaron los ojos con una magia infantil. A pesar de que tenía la mirada fría de una mujer que hubiese vivido mil años, Sakti comprendió que también era una niña como ella. El Primer Dragón se aclaró la garganta, esbozó una sonrisa tímida y preguntó:
¿Qué haremos ahora?
Sakti miró al hermano enfermo que tenía al lado pero pensó en Mark, también en cama, quizá todavía débil y ahora sin recuerdos. A pesar de que no llevaba ni un día de conocerlo, sabía que el príncipe la amaba. Adad casi que tenía escrito en la frente «Te quiero», pero ella dudó mucho que lo llegara a querer con la misma intensidad o la mitad de lo que quería a Mark. Pero aun así…

«Si te olvido quedaré en blanco y buscaré fantasmas y razones en cada habitación y sombra, sin saber ni imaginar que lo que tanto me falta eres tú. Estaré a ciegas, marchando por un mundo no muy distinto a este, buscando una luz sin saber qué forma tiene. Buscándote a ti sin encontrarte jamás».

… no tenía más opción que irse con el príncipe, para regresar un día por el amo que sacrificó tanto por ella.

«Aun cuando lo quieras no puedes detenerme. No tienes lo que se necesita para salvar al mensajero de mi furia».

Las palabras de Marduk le dejaron un mal sabor de boca. Sí, todavía no podía salvar a Mark, todavía no podía hacer nada por él. Pero un día sería capaz de protegerlo y devolverle todo lo que sacrificó por ella. Pero para eso debía despedirse de él. Debía ir a Masca, la Capital aesiriana, y aprender a dominar la energía del Dragón para ponerla al servicio de su amo. Debía ser fuerte por él.
Por el amo, que nos aceptó a pesar de ser un monstruo —susurró el Dragón—. Por el amo haré lo que pidas.
—Por el amo —dijo Sakti— nos fundiremos.
Pero en realidad no tenía ni idea de lo que decía con eso.

****

Una semana después, Sakti y Adad ya se podían mantener en pie. Las heridas de ella ya habían cerrado y cicatrizaban con éxito, y el ánimo del príncipe también mejoró mucho. Así que Sigfrid ordenó que la tropa partiría de vuelta a Masca.
Los soldados se movieron de un lado a otro en la plaza, atendiendo los últimos detalles que debían estar listos para la partida. Los estandartes estaban en posición, al frente de la tropa. Las carretas con las provisiones estaban listas, los caballos ensillados y la esfinge con la tienda en el lomo. Solo faltaba que los príncipes y la Doncella se despidieran.
Adad abrazó a Sakti por los hombros mientras agradecía a los sacerdotes su hospitalidad. Lo ideal era que, como princesa, Sakti también agradeciera con sonrisas y reverencias, pero miraba el suelo con timidez y con los ojos empañados. De vez en cuando levantaba la vista y miraba por encima del hombro, buscando la casa con el jardín de tulipanes que estaba frente la plaza. Pero ni el señor Salvot, Dioné ni la señora Mili salieron a despedirla.
Fue como si la casa de Mark estuviera sola, ajena al ajetreo de los lahorenses que despedían a la comitiva. La casa, que otrora brilló con luz propia, como sabiéndose afortunada por los habitantes dentro de sus paredes, ahora estaba en penumbra. Fue como si hubiese envejecido veinte años en cuestión de una semana. Ya no contaba con la energía tímida de la esclava que subía y bajaba escaleras para servir a su amo, ni con la sonrisa y la voz del mensajero que alegraba las flores y a los lahorenses que pasaban cerca. Todo eso se acabó. Ahora solo quedaban dos ancianos enfermos y débiles y un chico con la mente vacía.
—No llores, Allenita —susurró el príncipe mientras la encaminaba hacia la esfinge—. Serás muy feliz en Masca. Yo me encargaré de eso.
Mientras caminaban por la plaza, Sakti escuchó murmullos no muy distintos a la primera vez que estuvo en Lahore. Las personas la señalaban, se reían de ella y la llamaban «Loca Sekmet». Pero también estaban incrédulos, porque veían que los rostros de Sakti y Adad se parecían como dos gotas de agua. No debía saberles muy bien que la niña de la que tanto se burlaron fuera la portadora del Primer Dragón.
La Doncella acarició la cabeza de Sakti al pasar al lado de los príncipes y le ofreció prepararle un té en la tienda. Katherine se encariñó con ella porque le tenía lástima a su cuerpecillo delgado y maltrecho. La Doncella subió a la esfinge con la ayuda de Dereck y Kael. Antes de que los príncipes la siguieran, Adad detuvo a su hermana y le susurró:
—Te voy a contar algo. Esta esfinge me la regaló papá unos meses antes de que nacieras. ¡A que es linda! Me la obsequió cuando aún era cachorra. Era así de pequeñita —dijo mientras hacía un espacio pequeño con las manos— y solía arrullarla en mis brazos. Es ahora ella la que me carga a mí. Es gracioso, ¿verdad? Galatea es el último regalo que me dio y la quiero como no tienes idea. —Adad se arrodilló al lado de Sakti y le susurró al oído—: Tú y Galatea son lo único que tengo en verdad. Solo ustedes jamás me traicionarían.
Miró al General, que daba órdenes a unos oficiales. Sigfrid se percató de la mirada del príncipe, hizo una inclinación con la cabeza y siguió con su trabajo. Adad le sonrió con cariño y agitó la mano para saludarlo, pero en cuanto el General dio media vuelta el muchacho dijo:
Fue un error confiar en él. Un error que no cometeremos dos veces.
Sakti contuvo el aliento. Vio la mirada del Segundo Dragón. Adad recordaba aquella noche. ¿Qué habría hecho que el hechizo del General perdiera efecto? A lo mejor la presencia de Sakti lo cambiaba todo. Aún no entendía muchas cosas, pero le habían explicado que ella y su hermano eran fuentes de poder, por lo que ampliaban los poderes de otros magos. A lo mejor ella ayudaba a Adad a contrarrestar los efectos del hechizo del General.
—En Masca están los profetas —dijo él casi sin despegar los labios—. Allí aprenderemos a controlar nuestros poderes y ganaremos la confianza de los profetas. Y después, cuando tengamos las dos cosas, saldremos de la Capital. Seremos libres, Allena. Mientras yo esté vivo nadie, jamás, te hará daño. La Profecía no podrá tocarte. Te lo prometo.
Adad se incorporó y la llevó a la esfinge. Acariciaron la nariz grande y húmeda de la leona alada y luego pidieron ayuda a Dereck y Kael para que los subieran a la tienda. Antes de que montaran, Sigfrid los alcanzó para darles los últimos detalles.
—Estamos listos. Solo falta que Dereck se encargue del flanco izquierdo.
—Voy de camino, señor —le contestó el soldado. Pero antes de marcharse miró a Sakti muy serio—. No le fallaré de nuevo. Lo juro. —Hizo un saludo militar y se fue.
—En cuanto a usted, princesa… —Sigfrid se inclinó sobre Sakti y le puso la mano sobre el hombro. Fue un gesto sencillo, de confianza, casi de cariño, pero a la chica se le puso la piel de gallina—… espero que disfrute del viaje…

Un santuario en llamas…
… una mujer que le sonreía en medio del llanto…
… un hombre gritándole mientras mantenía la espada en alto…

—… La región Oeste no es amigable, pero hay bosques que de seguro le gustarán.
Sakti miró al General sin entender qué sucedió. En cuanto Sigfrid retiró la mano las imágenes se esfumaron. Como no pudo comprenderlo, y porque además esa mole gigantesca de General le daba miedo, Sakti bajó la vista y guardó silencio.
—Gracias, Sigfrid —respondió el príncipe cuando vio que ella se quedó muda—. Estoy seguro de que Allena disfrutará el viaje. Ahora sigue adelante, ya no te atrasaremos más.
El interior de la tienda estaba tapizado con telas y manteles de diferentes colores, que colgaban y delimitaban las habitaciones. Había muebles livianos, cojines, libros y lámparas de aceite colgando del techo, y todo se mantenía en perfecto equilibrio. Debía de ser magia, porque a pesar de que Sakti escuchó el rugido de Galatea y los pasos de caballos y soldados saliendo de Lahore, la tienda se mantuvo quieta como si estuviera en tierra.
Aunque su hermano y Katherine la llamaron para tomar té, Sakti se acomodó con cuidado a la salida de la tienda para ver una última vez la ciudad del amo. En ningún momento dejó de mirar la casa en la que fue tan feliz junto a Mark. La brisa helada de Lahore le desacomodó el cabello. Las nubes se hicieron más grises, como si estuviesen a punto de llorar para despedirla. Llovería pronto y haría frío. Ella tan solo esperó que su amo Mark estuviera bien arropado.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017 Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Lo tenía leído hace ya tiempo, pero no sé por qué lo he dejado pasar poco a poco, poco a poco... y al final pasa lo que pasa. Es cosa de las clases, que me vuelven tonto :P
    Bueno, el capítulo ya no lo tengo tan fresco, pero me acuerdo lo suficiente para hacerte un comentario decente.
    El capítulo ha sido... curioso. Enseñas muchas cosas, pero explicas el mínimo, lo que lo hace interesante. No dices por qué están ahí, qué es la habitación exactamente, o por qué el tiempo ha podido hacer un pacto exactamente con Marduk.
    Mark ha sobrevivido, si nos fiamos de Marduk. Es un alivio, seguro que en el futuro volverá a salir.
    Sigfrid no ha sido excesivamente representativo en este capítulo... me gusta el personaje, y tengo ganas de saber más de él, creo que es bastante complejo, e interesante.
    La visión que tiene Sakti al ser tocada por el general me intriga...
    Bueno, a ver como continúa esto...

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  2. Muchas gracias, Meleiz. Pronto no tendrás ninguna respuesta, sino más y más preguntas, pero todo a su tiempo ;)
    Gracias por leer y comentar. Un gustazo saber que todavía andas por aquí :p

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  3. Aquí parece que nadie está contento con su destino... Supongo que forma parte del espíritu de la historia.
    Me ha gustado especialmente la figuración del Tiempo como un bestia salvaje. Muy original.
    He echado de menos alguna descripción del rostro o la expresión de MArduk.
    Un abrazo!

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  4. Hola, y gracias por pasar. Pues sí, la idea de no describir el rostro de Marduk es precisamente esa: Marduk NO tiene rostro (por el momento) y en él solo es visible los ojos púrpura. Ese es su color XD
    Y sí, el "espíritu" de la historia es eso: casi todos no están felices con el destino que tienen deparados y la trama se da a partir de su lucha contra ese destino. Esa es más o menos la idea.
    Ciao y gracias por pasarte!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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