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Capítulo 8

8
DEMONIO

Los cuerpos comenzaban a heder. Las moscas que revoloteaban hacían todo más desagradable. Las carretas llevaban los cadáveres que ya no tenían ningún arreglo a la fosa común, en donde serían incinerados para evitar un brote de peste. Sigfrid sabía que hasta los cuerpos que de una pieza se unirían también a la hoguera sin importar los esfuerzos de la princesa.
Al fin la encontró. Estaba escoltada por soldados, sentada en el suelo junto a un cadáver. Nunca fue muy amiga de la suciedad, pero ahora estaba inclinada sobre el aesiriano a pesar del barro que le ensuciaba el vestido y las moscas que zumbaban sobre el cuerpo.
Sigfrid vio las sombras azuladas bajo los bonitos ojos de su protegida y la piel verde por el cansancio. Pero también vio el brillo de los ojos y el que brotaba de las manos, llenas de magia y vida. Se percató también del chiquillo que esperaba en silencio, observando con atención a la princesa para que cumpliera con la promesa de traerle de regreso a su hermano o padre.
No se daría por vencida. Sigfrid ya había visto las cinco tiendas donde se recuperaban los aesirianos que resucitaron por los poderes de Istar. La princesa no se detendría hasta llenar otras veinte más. A ella no le importaban el cansancio ni la suciedad mientras pudiera hacer algo por los heridos, moribundos o muertos por la guerra en el Oeste.
—Algunas veces —dijo el General mientras se sentaba al lado de Istar— hay que aceptar la muerte como una realidad. —La tomó de la mano para cortar el flujo de magia con el que pretendía resucitar al aesiriano—. Algunas veces se tiene que detener, Alteza.
—No molestes —le respondió ella más burlona que enojada—. Él no lleva ni un día así. Y yo me sé alguien que hasta el tercer día tuvo la gentileza de regresar a mi llamada. —Istar levantó una ceja y miró juguetonamente a Sigfrid. Pero luego recuperó la seriedad y susurró—: No me di por vencida contigo y no me daré por vencida con él.
Ella continuó a pesar de que Sigfrid gruñó como protesta. El resplandor nacarado de las manos transmitió vida y calor, al fin logró colarse en el cuerpo del muchacho y lo hizo. El aesiriano se arqueó cuando una corriente eléctrica le recorrió la médula. Abrió la boca para buscar aire y lo logró hasta que Istar le dio un par de toquecitos en la mejilla.
Después vino la parte favorita de Istar. Lo más gratificante para ella no era que los pulmones se llenaran de aire o que el corazón latiera de nuevo, sino la cara que ponían los amigos y familiares de los pacientes. El chiquillo se lanzó al resucitado y lo abrazó con fuerza a pesar del llanto. Para el muchacho la experiencia debía de ser muy, muy dolorosa. Pero cuando recuperara fuerzas recordaría lo mucho que lo echaron de menos y sabría lo afortunado que era de estar con vida.
Sigfrid giró los ojos cuando vio que Istar le dedicaba una de esas miradas que decían «Te lo dije». Intentó evadirla porque supo que lo miraría como cuando era pequeña y le pedía una hora más antes de irse a la cama u otro dulce más antes de lavarse los dientes. Supo que cuando le pidiera resucitar otro aesiriano más antes de marcharse él no podría negárselo. Nunca podía negarle nada.
Ella sabía muy bien el poder que tenía sobre él. Lo obligó a mirarla a los ojos y le dedicó una de esas sonrisas que le aseguraban obtener lo que quisiera. Si fuera una chiquilla egoísta el poder de su belleza pondría el mundo patas arriba. Pero no lo era y por eso Sigfrid tenía verdaderos problemas para protegerla de ella misma.
Apretó los ojos para evadirla mejor y la jaló consigo para arrastrarla a descansar si era necesario. El brazo de Istar le resultó muy delgado y ralo. Cuando la miró no la encontró. Lo que sostenía era el extremo de una manta.
Parpadeó un par de veces y después se sentó en el diván. Solo un sueño. Istar llevaba ya casi quince años muerta y solo podía verla a través de sueños. Miró el reloj de bolsillo y vio que durmió tres horas exactas, siguiendo al pie de la letra el itinerario de viaje que él mismo diseñó. Ahora debía retomar el mando.
Cuando iba a salir de la tienda escuchó una pluma que rasgaba el papel. Sakti estaba en el recibidor, haciéndole compañía aunque era tarde y debía estar durmiendo. Estaba sentada frente una mesa baja, practicando los ejercicios de caligrafía que la Doncella le encargó. Detrás de ella, colgando entre las telas que hacían las divisiones de la tienda, había un retrato de Istar.
Sigfrid no pudo evitar compararlas. No se parecían en nada. Istar tuvo los ojos celestes y el cabello con destellos rosados. En cambio sus hijos tenían los ojos y el pelo grises, además de los rasgos faciales y el tono moreno del príncipe Velmiar. Si Sakti heredó algo de su madre quizá era el cuello largo y la timidez. De ahí en adelante no tenía nada de ella.
Se le acercó para verla trabajar. La caligrafía de Sakti tampoco se parecía a la de Istar porque la niña era más lenta para escribir, las curvas las hacía más pronunciadas y las líneas más largas, aunque todavía un poco torcidas. Tenía una letra simple y clara aunque nada elegante. Pero dadas las circunstancias de su crianza era un milagro que solo tuviera que practicar caligrafía y no aprender a leer y a escribir desde cero.
Hace algunos meses no habría podido acercársele tanto sin hacerla saltar y botar la tinta. Sakti ya no se alteraba por su presencia y no daba ninguna muestra de percibirlo excepto cuando hablaba, aunque tampoco lo hacía mucho. Pero por lo que de vez en cuando decía Sigfrid se daba perfecta cuenta de que era observadora.
Sakti ya se había fijado en que los ciclos de sueño del General eran inusuales, con largos periodos de vigilia y tres horas exactas de descanso. También se había fijado en las conductas de sus compañeros de viaje y procuraba no importunarlos de ninguna manera. Sabía medir a Katherine y mantenerla complacida con su desempeño en las clases. También seguía con atención las conversaciones de Dereck y Kael. En un par de ocasiones les sugirió soluciones para los problemas que enfrentaron por una amenaza de emboscada en el camino y por un derrumbe en la ruta.
En poco tiempo Sigfrid aprendió que las habilidades de observación de Sakti eran una muestra de talento para la estrategia militar. Kael y Dereck debían ser capaces de resolver los problemas que surgieron en el camino, pero no pensaron en ninguna de las soluciones que Sakti les ofreció a pesar de que eran las respuestas más lógicas e inmediatas.
¡Ah, lo que sería de esa chiquilla en Masca! Estaba seguro de que los maestros que se le asignaran estarían sorprendidos y encantados con ella. Porque además del talento la princesa era aplicada.
—Es tarde, Alteza —dijo mientras consultaba de nuevo el reloj—. La Doncella se enfadará si no se mantiene despierta en la mañana.
—No puedo dormir —respondió ella mientras mojaba la pluma en el tintero—. Hay algo afuera.
Otra diferencia con su madre. De pequeña cuando Istar no podía dormir siempre acudía a sus nodrizas o a su Guardián. Sakti era diferente. En lugar de buscar a Adad, a Katherine o a Dereck, iba al recibidor a estudiar.
—Pensé que usted también lo había escuchado —siguió ella en un susurro quizá para no despertar a su hermano, que dormía en la habitación contigua—. Cuando cierra los ojos nunca se mueve, pero esta vez sí. Esta vez estuvo a punto de caerse del diván. Por eso pensé que lo había escuchado.
Sakti siguió con la tarea sin darle mayor importancia al asunto. Sigfrid notó que además de la pluma sobre el papel, las respiraciones acompasadas de Adad y Katherine en las otras habitaciones, y el viento que golpeaba la tienda desde el exterior, no escuchó nada más. Los soldados que hacían guardia eran lo bastante disciplinados como para no charlar en voz alta ni interrumpir el sueño de los demás, pero esa noche estaban en completo silencio. No escuchó sus murmullos, sus risas sofocadas ni sus pasos pesados y largos recorriendo el campamento.
Hizo una inclinación a Sakti y salió a investigar. A pesar del silencio vio que solo unos pocos dormían. Casi todos los soldados estaban levantados. Algunos recorrían el campamento de puntillas para dar mensajes y otros –la gran mayoría– hacían guardia al borde del campamento. El General distinguió los ojos aesirianos revisando la noche y el bosque.
Supuso que si no lo despertaron era porque todavía no detectaban ninguna amenaza real. Pero también supo que si Dereck y Kael despertaron a casi todos los soldados para hacer una guardia más segura debía de haber una buena razón.

****

Las siguientes dos semanas fueron difíciles. Sigfrid sabía que la región Oeste era conflictiva y que conforme se acercaran a Masca las cosas se complicarían más. Pero incluso así los hallazgos en el camino fueron más perturbadores de lo que había esperado.
La guardia se triplicó desde la noche que Sakti avisó haber escuchado algo. Al inicio Sigfrid creyó que era paranoia, pero desde la primera noche los soldados informaron que había una gran figura que se movía entre las sombras. A la tercera noche él también la vio aunque no pudo definirla. Lo único que distinguió fue el par de ojos amarillos que brillaron a la distancia, además de un jadeo pesado.
Creyó que era una jauría de lobos acosada por la hambruna y que seguía a la tropa para atrapar un caballo o robar algo de las provisiones. En todo caso los soldados estaban advertidos de no alejarse del campamento sin avisar y sin compañía.
Pero luego aparecieron otras señales que lo hicieron cambiar de parecer con respecto a los lobos. Los cadáveres en medio del camino lanzaron la primera gran señal. Aunque les costó sacar las cuentas por los brazos y piernas mutilados, los soldados contaron cincuenta y siete cuerpos. Pero debía de haber más desperdigados por el bosque. La tropa podía olerlos. Sigfrid había visto jaurías de hasta veinte miembros, pero los lobos no solían cazar aesirianos ni matar a tantas presas de una sola vez. Si cazaban en grandes cantidades era en invierno, cuando el frío los ayudaba a conservar los cuerpos para consumirlos después.
Además, un grupo aesiriano tan grande no habría tenido problemas para enfrentar una manada salvaje. Y en todo caso ¿de dónde salieron los cuerpos? ¿Eran de una caravana ambulante? ¿Refugiados que iban a Masca?
La tropa no se había recuperado de la conmoción cuando se encontraron con la siguiente alerta. Un día después del hallazgo llegaron a una ciudad para renovar los suplementos de comida y descansar a los animales. Fue como visitar una urbe fantasma. Todos los ciudadanos –humanos en su mayoría– se escondieron dentro de las casas. Ninguno salió a recibir a la tropa a pesar de que sonaron el corno para anunciar la llegada.
Esa falta de hospitalidad enfureció a Sigfrid. Pero cuando subió al templo para pedir explicaciones a la Doncella y a los sacerdotes del lugar no encontró a nadie. Más tarde los únicos aesirianos que quedaban en la ciudad –todos cachorros– le explicaron que los encontraron muertos hacía unos días y que ya los habían enterrado.
La Doncella, le dijeron, ordenó atacar a la ciudad vecina. Las relaciones entre ambas urbes habían decaído en los últimos años y los ciudadanos tenían riñas constantes. La gota que colmó el vaso fue la destrucción de los cultivos y la desaparición imperdonable de las únicas tres cachorras de la ciudad. Por eso ningún mago, soldado o civil dudó en acatar la orden de la Doncella.
Ya habían descubierto quiénes fueron los cuerpos en el camino. Los aesirianos nunca llegaron a su destino ni regresaron a casa.
Aunque no formaba parte de los planes, Sigfrid supo que no podía dejar el asunto de lado. Él y la tropa se desviaron del camino original para echar un vistazo en la ciudad vecina. Allí encontraron la misma situación: casi todos los ciudadanos que quedaban eran humanos, a los aesirianos adultos se les había pedido luchar contra sus vecinos, y la Doncella y los sacerdotes aparecieron asesinados en el templo.
Los humanos y aesirianos cachorros que quedaban se escondían en las casas porque habían visto merodear a una figura sin forma clara y de grandes ojos amarillos. Ya habían perdido a un niño desde la aparición de la criatura.
—Es extraño —comentó Katherine cuando Sigfrid dio el reporte—. Pensé que el Emperador ordenó a todas las Doncellas y a los Lores abandonar sus puestos e ir a Masca.
En parte Katherine dejó Kerveinsen por esa razón. La guerra contra los vanirianos en el Oeste era tan conflictiva que a veces ni las Doncellas ni la sincronización podían enfrentar las invasiones. Cuando los vanirianos se apropiaban de una ciudad mataban a la Doncella que gobernaba. Las mujeres aesirianas eran pocas y la habilidad Aesir para la sincronización era todavía más escasa. Por eso el Emperador ordenó que las Doncellas abandonaran las ciudades para refugiarse en Masca, donde esperarían a que la crisis pasara y pudieran regresar a sus puestos sin enfrentar graves peligros.
—¿Eso es lo más extraño para ti? —le preguntó Adad—. ¿Y qué hay de los enfrentamientos entre las Doncellas? No me explico cómo esas dos ordenaron el ataque a la ciudad vecina. ¡Si el Lord de la región Oeste se hubiese enterado las habría enviado a colgar a pesar de ser mujeres!
Sakti ya comprendía mejor las jerarquías del Imperio. En Lahore solo había captado que algunas ciudades tenían Doncellas, pero no entendía por qué otras estaban a cargo de algún comandante y otras de los sacerdotes.
El Imperio estaba dividido en dos continentes: el principal y el de las Arenas. A su vez, el continente principal estaba subdividido en seis regiones: la Oeste, la Suroeste, la Sur, la Este, la Noreste y la Norte. Cada región era un tipo de país bajo la administración de un Lord, que era el encargado de velar por el cumplimiento de la Ley del Imperio, recaudar los impuestos, reportarlos a Masca, seguir los proyectos establecidos por el Emperador y, por supuesto, velar por la seguridad civil y militar de su región.
Para esto los Lores y el Emperador asignaban a las ciudades más importantes de cada región una Doncella que asegurara la defensa de los aesirianos mediante la sincronización. Las Doncellas eran la máxima autoridad en sus respectivas ciudades: se encargaban de ejercer la Ley, protegían a los habitantes con la sincronización e intervenían en los conflictos entre los ciudadanos.
En otra época todas las ciudades contaron con una Doncella. Pero cada vez eran más escasas, así que cuando una ciudad no tenía había un comandante militar a cargo de todas las labores excepto la sincronización. Si una ciudad tampoco tenía a un comandante como líder, entonces los sacerdotes del templo eran los jefes.
Así que la jerarquía era fácil de entender: los sacerdotes reportaban a los comandantes, los comandantes a las Doncellas, las Doncellas al Lord de la región y los Lores al Emperador. Por eso Adad no entendía cómo dos Doncellas ordenaron el ataque a otra ciudad aesiriana cuando debían encargarse de la protección de sus respectivas urbes y trabajar juntas para asegurar el bienestar de la región Oeste bajo el mando del Lord.
—Creo que las engatusaron —sugirió Sigfrid—. No puedo creer que una Doncella pase por alto la orden del Emperador. Pero estas dos la ignoraron como si nunca la hubiesen recibido. Luego están los daños a los cultivos y las desapariciones de algunos cachorros, que debían de haberlas hecho pensar en una invasión vaniriana. Esa habría sido la opción más lógica.
»Pero en lugar de ello sospecharon la una de la otra. Algún rumor o una palabra mal dada las puso en alerta. La situación debió de ser crítica pero el Lord del Oeste está en Masca y no tenían a quién recurrir. Así que para proteger sus respectivas ciudades ordenaron a los habitantes enfrentar la amenaza aunque fuera aesiriana.
Los cuerpos en el camino debían de ser los ciudadanos enviados a luchar, aunque era poco creíble que todos hubiesen muerto en el enfrentamiento. Al menos debió de quedar uno que regresara a su respectiva ciudad pero no habían encontrado a ningún sobreviviente.
—Luego viene lo más extraño. Justo cuando las dos solo tenían en la ciudad a unos cuantos sacerdotes, unos cachorros y un montón de humanos, fueron asesinadas en el templo.
—Así que sugieres —dijo Adad— que alguien impidió que recibieran la orden de mi tío. Luego las puso en contra y las asesinó cuando estaban indefensas.
—Sí.
—Entonces tío Kardan tomó la decisión correcta al ordenar a las Doncellas refugiarse en Masca. De lo contrario toda la región Oeste estaría ahora en guerra civil a causa de rumores.
Había algo que todavía no calzaba. ¿Qué pasó con los aesirianos que se enfrentaron? ¿Quién los desmembró? ¿Los vanirianos? Sigfrid conocía muy bien las tácticas vanirianas: primero enviaban espías a las ciudades y atacaban después de recaudar suficiente información. Los vanirianos más grandes y difíciles de derrotar se lanzaban en estampida contra las ciudades y lo destrozaban todo.
Podían ser muy bárbaros para atacar pero no hacían leña del árbol caído. Una vez que mataban a un enemigo dejaban el cuerpo en paz. No necesitaban descuartizarlo para infundir miedo y rara vez aplicaban tortura. Además, de haber sido ese el caso Sigfrid estaba seguro de que habría encontrado huellas y evidencia de una estampida y un ataque vaniriano junto a los cuerpos. Pero no encontraron nada.
El General pensó en otra opción, la más grave. Pero antes de que él la mencionara alguien se le adelantó. Tal y como encontró soluciones a los problemas de Dereck y Kael, la primera en comprender lo que sucedía fue la tímida y silenciosa Sakti.
—Demonio —dijo la chiquilla mientras se acurrucaba junto a su hermano, un poco pálida de repente—. Es un demonio pensante.


Había varios tipos de demonios. Los primeros –y los más raros– eran los espíritus malignos, que aparecían de repente en lugares extraños. Podían aparecer por una invocación de magia negra o simplemente eran atraídos por energía negativa. Era poco común encontrar estos demonios porque preferían sitios como criptas, cuevas o abismos. Allí les era más fácil desatar ataques de pánico e inducir locura en las criaturas mágicas, que eran su presa. Se alimentaban del miedo y de la magia hasta drenar a sus objetivos.
Lo más tenebroso de estos demonios era que no se podían destruir porque no tenían un cuerpo físico que recibiera daño. Había períodos en los que estaban débiles o dormidos, pero nunca dejaban de existir ni influir en los alrededores. Siempre que una criatura mágica estuviera a su alcance, repondrían energía y serían más activos.
También había demonios de carne y hueso. Eran monstruos con apariencias diversas, desde las más horribles hasta las más hermosas, que se alimentaban de carne y magia. Estos demonios abundaban en la región Oeste y eran los que los krebins entretenían con las ceremonias de sacrificio.
También se podía clasificar a los demonios según su forma de pensar y actuar. Los espíritus malignos y los monstruos podían ser pensantes o no. Los no pensantes eran los que se guiaban por sus instintos básicos. Se alimentaban de carne o energía sin pensarlo. Aprovechaban cada oportunidad que tuviesen, eran salvajes y no razonaban. En cambio, los pensantes sí analizaban. Sus deseos iban más allá de comer y dormir. Eran capaces de tender emboscadas, elegir sus presas, engañarlas, expandir sus dominios y retirarse estratégicamente. Eran egoístas y, a menos de que se favorecieran, preferían acechar solos y no en manada.
Era justo ese tipo de demonio el que estaba detrás de los extraños sucesos en los bosques y en las ciudades.
Así que Sigfrid tenía dos opciones: la primera, ignorar a la criatura que hacía estragos en los alrededores y que además los seguía; y la segunda era exterminarla. Le fue fácil tomar una decisión porque su misión no era atacar vanirianos, defender ciudades ni cazar demonios, sino llevar a los príncipes portadores sanos y salvos a Masca.
El demonio pensante que los seguía todavía no había atacado porque esperaba la oportunidad adecuada. ¿Para qué dársela? ¿Y para qué darle un motivo más terrible que el hambre –como la venganza– para que los siguiera? De momento algo le impedía atacarlos. Podían ser los soldados. Kael y Dereck eran los mejores pero no los únicos con talento. Podía ser el General y hasta podían ser los mismos príncipes los que mantenían a raya al demonio. Fuera como fuese, si se mantenían en grupo y seguían con la ruta establecida estarían a salvo.
Lástima que el demonio no pensaba lo mismo que él.

****

Divisaron la montaña Kapir dos semanas después de que la tropa comenzara las guardias nocturnas más estrictas. Esa era la primera de las cinco montañas Ka, que separaban la región Oeste del Valle Masca en donde se asentaba la Capital aesiriana.
Kapir era un volcán extinto en cuyas faldas había un bosque frondoso y agradable, en especial en primavera. En la cima tenía pocos árboles pero un alto pastizal ofrecía refugio de los vientos que soplaban desde el este y que traían consigo aire frío desde las otras cuatro montañas. Conforme se acercaban a Masca la cordillera incrementaba la altura.
Después de Kapir estaba la montaña Kare, luego Kaló, Kabosy –la más alta y con hielo en la cima– y finalmente Kapeika. En medio de estas montañas había bosques bien dotados y entre las últimas tres corrían un par de ríos. La cordillera se extendía más al norte y contaba con otras montañas, como los Tres Riscos. Sin embargo, la ruta de viaje de Masca al Oeste se podía realizar solo subiendo las montañas Ka.
Aunque el viaje era largo, cansado y bastante hostil, las montañas tenían sus beneficios. En todo momento se podía encontrar alimento en ellas. Los demonios de la región Oeste no las traspasaban por la claridad que se colaba entre las ramas de los árboles. Y, lo mejor, las montañas Ka ofrecían un muro de protección que alejaba a los viajeros del Pantano.
El Pantano era una vasta extensión de islotes flotantes, arena grisácea, bosquecillos de árboles raquíticos y muros erosionados a modo de cañón, todo rodeado de agua estancada. El Pantano siempre estaba cubierto por una densa bruma, que era la mezcla tanto de los vapores que brotaban de las aguas como del viento cargado de hielo que soplaba desde el suroeste.
El ambiente era frío, desolador y bastante deprimente. Era el hogar ideal para demonios pensantes y no pensantes. Pero a pesar de las dificultades del terreno y los demonios, hace años allí hubo poblaciones aesirianas, krebins y humanas que vivían de abastecer y hospedar a caravanas ambulantes que por una u otra razón no podían viajar hacia Masca a través de las montañas Ka. Pero todas las aldeas habían desaparecido por muerte y evacuación.
Los demonios regulares no eran el mayor peligro del Pantano. Allí habitaba una criatura mucho peor que convirtió el camino alterno por el Pantano hacia Masca en un camino suicida.
—Si avanzáramos un kilómetro al sur —le dijo Adad a Sakti mientras le señalaba una ruta que se perdía en la falda sur de Kapir— podríamos ver el Pantano. Pero no lo haremos. Viajaremos al este, por la ruta tradicional.
El príncipe señaló un camino ancho muy bien delimitado que se podía ver a kilómetros de distancia. La ruta estaba frente al campamento de la tropa y seguía en línea recta hasta la falda de Kapir. Allí las copas de los árboles difuminaban su rastro pero Sakti imaginó que el camino ascendía por la montaña, muy bien marcado.
—Cuando lleguemos a la Muralla Oeste de Masca podrás verlo.
Sakti no quería ver el Pantano. Se imaginaba a diferentes demonios rondando entre las brumas o esperando sumergidos en las aguas ponzoñosas a que un viajero perdido pasara cerca para cazarlo. A pesar de que pasarían mucho frío en Kabosy, estaba feliz de dejar atrás los demonios del Oeste. Aunque…
Bueno, tenía sus dudas. El demonio que seguía la tropa, el mismo que mató a muchos civiles y a dos Doncellas, no podía darse por vencido. Los demonios en general atacaban de noche o en días muy nublados porque detestaban la luz del sol. Pero aunque la tropa solo había visto a la criatura durante las guardias nocturnas el demonio también debía de estar muy activo durante el día. ¿Cómo, si no, se las arreglaba para aterrorizar dos ciudades y a una tropa nómada al mismo tiempo? Debía de correr de un lado a otro para alimentarse de los civiles en las ciudades y seguir a la tropa, lo que quería decir que estaba en excelente forma y tenía mucha resistencia.
Eso o que este demonio pensante no estaba solo y contaba con uno o dos más como él. Fuera como fuese no eran buenas noticias. Así se tratara de uno o toda una jauría de demonios pensantes, Sakti no creía que una criatura que se ha tomado tantas molestias dejase escapar a una tropa al llegar a las montañas Ka. Seguiría a los soldados sin importar el frío o la luz, o los atacaría antes de que alcanzaran Kapir.
Al pensar en eso se estremeció. Adad le frotó los brazos y le preguntó si tenía frío. La noche ya estaba cayendo. Soplaba una brisa helada a pesar de las antorchas que rodeaban el perímetro del campamento.
Mientras los príncipes regresaban a la tienda cargada por Galatea, la princesa respondió:
—Solo pensaba en lo extraño que es todo esto. El demonio pensante que nos sigue tiene mucha resistencia y es muy inteligente.
—Demasiado, diría yo —gruñó Adad. Aunque no lo decía en voz alta le incomodaba la muerte de dos Doncellas. ¿Habría más como ellas todavía en el Oeste, próximas a ser víctimas de ese demonio?
—Sería normal que un demonio con esas características tuviese un gran apetito, ¿verdad?
Adad le frotó los brazos, pues sabía que la aterraban los demonios. Si tenía que ser sincero él también estaba preocupado por eso. El demonio los seguía porque quería comerse a más de uno o dos aesirianos. Una tropa con excelentes soldados, entrenados física y mágicamente, debía de ser un banquete excepcional.
—Pronto llegaremos a Kapir y ya no sabremos nada de él. Tranquila. No nos comerá.
—No me preocupa que nos coma —dijo ella—. Un espíritu maligno no tiene la capacidad física para desmembrar un cuerpo, así que tiene que ser un monstruo. Pero aunque desmembró los cadáveres los dejó allí para que se pudrieran y los encontráramos. Eso quiere decir que a pesar de todo el esfuerzo que ha hecho no ha comido.
Adad se detuvo a unos pasos de la tienda al darse cuenta de lo que decía Sakti. Por el rabillo del ojo pescó que Sigfrid dejó de dar órdenes a un par de soldados, pues también se percató de lo que decía la princesa, y ahora le prestaba atención.
—Lo que me preocupa es que no come carne y al parecer tampoco magia —siguió Sakti—. Lo que me preocupa es no saber de qué se alimenta.
Aunque la chiquilla no dijo nada más, tanto los pensamientos de Adad como los de Sigfrid siguieron la misma línea. «¿Qué comió de los civiles y las Doncellas? ¿De qué quiere alimentarse ahora? ¿Qué quiere comer de nosotros?».
Esas preguntas rondaron la mente de Adad hasta irse a la cama. Aunque su hermana y Katherine se quedaron dormidas pocos minutos después de que apoyaron la cabeza sobre la almohada, el muchacho no pudo pegar ojo. En su mente vagó también un viejo poema, una oración que escuchó en labios de sacerdotes, soldados y príncipes. «Cuando el frío aumente…», decía el poema, «… sabré que hay algo que la llama».
Dio vueltas en el lecho hasta que no lo soportó más. Se levantó, registró uno de los baúles de viaje y sacó una bolsita púrpura. Cuando jaló la cinta que cerraba el forro la oscura habitación se iluminó con el resplandor azul que ardía en una pequeña botella de cristal. El príncipe miró el fuego azul y susurró:

«Cuando el frío aumente
y de mi boca el aliento salga;
cuando la brisa corte mi piel
y mi alma prisionera se agite en el pecho,
sabré que hay algo que la llama.

Es Sigurd quien la invoca.

Mas yo haré que mi alma
prisionera en mí se quede
porque esa bestia no impedirá
que llegue al Cielo».

Recitar el poema y ver el fuego azul no lo calmó, pero le dio un poco más de seguridad. Se acostó de nuevo, esta vez con la botella de cristal en la mano. Cerró los ojos. Aunque no tuvo sueños tranquilos pudo dormitar un poco antes del grito.


Sigfrid tenía los mismos pensamientos que su ahijado. Aunque las guardias se mantuvieron supo que los soldados estaban divididos en dos formas de pensar tras ver la montaña Kapir. Unos se sentían ya a salvo, como si la sola silueta de la montaña fuese suficiente para espantar a la bestia. Y otros se sentían en mayor peligro, pues sabían muy bien que ver Kapir no era lo mismo que estar en ella. La seguridad estaba a un día de camino y esa noche en la región Oeste era quizá más peligrosa que todas las anteriores por ser la última.
Aunque Sigfrid estaba de acuerdo con esto no aprobaba la atmósfera de la guardia. Unos estaban tan tranquilos que casi dormitaban de pie, mientras que otros estaban tan tensos que saltaban por cada chirrido de grillo.
Él se mantenía sereno y atento aunque con cada minuto que pasaba su mano se acercaba más a la espada que cargaba en el cinto. Lo cierto era que lo estaba esperando. Al igual que Sakti, el General sabía que el demonio no dejaría de seguirlos solo porque escalaran Kapir. Si la criatura no tenía intenciones de cruzar las cinco montañas entonces atacaría antes de que la tropa se acercara al volcán extinto. ¿Y qué mejor oportunidad que esa? La última noche, la última guardia, el último susto, el último descuido.
«¿Por qué ha esperado tanto?», se preguntó el General. «¿Miedo? ¿O confianza?». El poema que Adad recitó en su alcoba también estaba en la mente de Sigfrid, aunque el General todavía analizaba la situación para descartar lo peor. Sin embargo, cada suceso –los cuerpos, los rumores, la persecución– lo hacía pensar en una sola criatura.
«Está lejos del Pantano», se dijo como si quisiera darse ánimos. «Este no es su territorio. Aquí no tiene ventaja». Después se corrigió. «Aquí no tiene tanta ventaja. Pero siempre la tendrá».
Fue entonces cuando escucharon el grito. Al principio, él y los soldados creyeron que uno de los aesirianos fue cazado al fin por el demonio. Pero después se percataron de que ese grito bestial no podía pertenecer a un mago. El alarido fue una mezcla de dolor, estruendo y pánico, pero todo eso no era de lo que aullaba sino de quienes lo escuchaban. También había en el grito una horrible carcajada que helaba la piel y la sangre.
Era el grito de un demonio.
A pesar de que el General Montag era por mucho el hombre más estricto y cruel del Imperio Aesiriano, no pensó que los soldados fueran unos cobardes. No los culpó cuando vio que los vigías al borde del campamento se petrificaron de terror o retrocedieron como críos. Él, con todos sus años de experiencia, apenas pudo erguirse.
Abandonó el asiento al lado de una fogata y recorrió con lentitud el campamento, buscando en los límites el par de ojos dorados que vio en unas cuantas ocasiones. Entonces debió haberlos reconocido. Así se habría preparado mejor y no habría necesitado la observación de una niñita para empezar a sospechar el verdadero riesgo que corrían.
Al fin los divisó en el extremo suroeste del campamento. Sigfrid no gruñó ni gimió, tampoco palideció, ni se ablandó ni se tensó. Se preparó para recibir al demonio si cruzaba los límites del campamento, pero no contó con el dolor que los atacó a él y a los soldados.
Fue un punzón tan ardiente en el pecho que pareció que un espadón doble se le incrustó en el corazón. Sintió que las fuerzas se le escapaban a través de la boca. Aunque se la cubrió con una mano, la debilidad persistió. Los soldados, incluidos Kael y Dereck, lo imitaron. Un resplandor de diferentes colores pendió de los labios de todos ellos.
Sigfrid supo lo que era: justo lo que el demonio quería de ellos, lo que comía. El alma.
Levantó la vista al par de ojos satisfechos que esperaba a las afueras del campamento. Imaginó los labios estirados, las fauces abiertas como puertas y la lengua colgando por las comisuras, babeando del gusto.
Los músculos del demonio se tensaron. La criatura saltó del oscuro bosque al arco de luz del perímetro. Su largo y peludo cuerpo negruzco quedó suspendido en el aire por unos segundos, el tiempo suficiente para que los soldados lo vieran. Las patas traseras estaban un poco curvas, como las de los conejos. Tenía unas largas orejas que recordaban a una liebre. Las patas delanteras eran larguísimas y terminaban en unos pesados puños que parecían hechos para desmenuzar rocas. Lo más terrorífico era ese hocico de lobo, abierto de par en par con una sonrisa dentellada horrible que dejaba al descubierto la larga lengua y la baba.
Nadie se atrevió a pronunciar su nombre aunque todos sabían quién era. Nadie se atrevió a separar la mano de la boca para gritar porque temían que el alma los abandonara. Nadie pudo quitar la mirada de encima de las fauces negras como boca de lobo.
Las antorchas en el perímetro explotaron. Sus llamas doradas se convirtieron en frías estelas de luz que se alzaron como muros. El demonio chocó contra esta barrera repentina y su grito cambió. Todo el dolor que transmitía ya no era para sus presas, sino para él.
Los aesirianos vieron la figura que se retorcía en las llamas azules. Lo escucharon maldecir. Después el chillido que les había helado la sangre se desvaneció. El demonio se había ido.
Los soldados respiraron al fin. El dolor del pecho se detuvo de golpe y el resplandor que salía de las bocas regresó a donde pertenecía: dentro de ellos. Eso solo podía significar una cosa. Todos miraron la tienda cargada por Galatea y allí vieron al príncipe.
Adad tenía una bata de noche cubriéndole los hombros, pero que dejaba al descubierto su pecho desnudo y el cuello, en donde ya comenzaban a asomarse las marcas negras de la Profecía. Su rostro estaba enmarcado por la luz espectral del fuego azul, porque uno de los puños estaba bañado por las llamas mientras que en la otra mano sostenía la botellita de cristal.
Al verlo allí, tan regio a pesar de su juventud, los soldados no pudieron evitarlo: se arrodillaron e inclinaron la cabeza. El príncipe los había salvado de Sigurd, el come-almas.

****

—Se hará lo que digo —zanjó Adad— y no acepto ninguna negativa. Ni siquiera de parte tuya, Sigfrid.
El príncipe miró con crudeza al General, como desafiándolo a decir algo más.
—Su Alteza es solo un cachorro —reprochó el hombre—. No hay forma de que pueda hacerlo.
—Muchas gracias por tu confianza —dijo el príncipe con sarcasmo—. Pero sí puedo. Y te agradecería que dejaras de tratarme como a un crío. —Sakti supo lo que Sigfrid diría antes de que abriera la boca.
—Usted es un crío.
Solo él le diría eso al príncipe portador del Segundo Dragón. Sakti sabía por qué a Sigfrid se le permitía hablarle así a Adad: ella y su hermano eran los ahijados del General, lo que quería decir que él era su tutor, su encargado y tenía tanto o más que ver en la crianza de los dos que el mismísimo Emperador.
—No apruebo esta conducta, Alteza —siguió Sigfrid—. Le solicito que se olvide de esa ridícula idea, guarde silencio y siga mis instrucciones. Es por su bien.
Hubo una época en que todo lo que Sigfrid dijese era misa para Adad. No solo fue el General quien lo educó en todo lo que conocía de estrategia militar y un tanto más de política, sino también el mismo que lo alzó y consoló de bebé cuando sus padres no estaban cerca. Aunque para Sakti el General era solo el tipo enorme encargado de llevarlos sanos y salvos a Masca, para Adad Sigfrid era mucho más que eso.
Era un padre.
Y lo quería y respetaba como tal.
Pero…
—¿Por mi bien, dices? —espetó mientras se llevaba una mano a la frente—. ¡Buena esa! Porque todo lo que haces es por mi bien, aunque yo te suplico que no lo hagas, ¿verdad?
… Pero ya Adad no confiaba en él.
Recordaba lo que el General le hizo en Lahore. A veces, cuando cerraba los ojos, revivía la escena. Su padrino lo arrinconaba contra la pared y le colocaba una mano que más se parecía a un hierro hirviente que a la que le enseñó a caminar. Luego lo miraba con sus fríos y crueles ojos, como si Adad no fuera el mismo chico al que consoló cuando sus padres murieron. Como si Adad fuera un vaniriano más.
—Déjennos —ordenó el príncipe a Dereck, Kael, Katherine y Sakti—. Esta reunión ha terminado y ya saben lo que tiene que hacer cada uno.
Los Guardianes y la Doncella miraron incómodos a Adad y después a Sigfrid.
—Alteza —se animó Katherine—, el General no aprueba que…
—¿Qué importa? —le soltó Adad—. Por si no te has dado cuenta, Lady Katherine, aquí el príncipe soy yo. El General —agregó mirando a Sigfrid— es uno más de mis súbditos y me obedece. Solo falta que a ti también se te haya olvidado que debes obedecer mis órdenes.
Todos notaron la expresión dolida de Katherine. «Qué complicado», pensó Sakti, «ser padrino o prima de un príncipe. A final de cuentas todo se reduce a quién da las órdenes y quién las sigue». Ella no tenía ningún problema en seguir órdenes. Tenía tantos años de práctica en obedecer como de vida, aunque imaginaba que para Katherine y Sigfrid era difícil doblar la rodilla cuando estaban tan acostumbrados a dar las órdenes. Para Sigfrid, en especial, debía de ser frustrante obedecer a un chico al que él mismo cuidó y todavía más cuando ordenaba locuras.
Dereck la tomó de los hombros con una mano y con la otra empujó la cabeza de Kael para que hiciera una reverencia. Katherine los imitó, aunque todavía estaba resentida y aturdida por el comentario de Adad. Dejaron al príncipe y a Sigfrid a solas en la habitación. Para darles un poco más de privacidad, Dereck los condujo afuera de la tienda.
Kael y Katherine extendieron las alas, tensas por la preocupación. Parecía que querían salir volando y alejarse de toda la locura; Sakti imaginó que lo harían de no ser por Adad.
—¡Ay, mi príncipe está loco! —murmuró Kael. Su piel morena estaba amarillenta, aunque se veía casi verde por el juego de luz azul que todavía ardía alrededor del campamento—. Proponer esa locura ¡y sin mí para darle apoyo!
Kael se estremeció. Justo después de que el muro de fuego azul se alzara para proteger el campamento, Adad convocó a una reunión de emergencia. Allí les explicó su plan: era hora de separarse.
—Juntos somos un gran banquete para Sigurd —les explicó entonces—. Los soldados, el Primer General, una Doncella y dos Dragones. Hasta ahora se las ha apañado muy bien para visitarnos todas las noches y aterrorizar a las ciudades en el día, pero incluso él no puede seguirle la pista a tres objetivos diferentes. Por eso, haremos lo siguiente…
El plan del príncipe consistía en dividir la tropa en tres grupos. El primero de ellos era el más grande, formado por casi todos los soldados dirigidos por Sigfrid, que marcharían por la ruta tradicional hacia Masca.
El segundo grupo estaría liderado por Dereck y Kael y contaría con la presencia de los mejores veinte soldados de la tropa. Ellos escoltarían a Sakti y a Katherine, ya que tomarían la ruta alterna del Pantano.
—¡El Pantano es el hogar de Sigurd! —había exclamado furioso el General al escuchar ese disparate—. Sigurd salió de su territorio para seguirnos y usted propone enviar a la princesa al Pantano, como si fuera una ofrenda de tregua. ¡Si Sigurd no la atrapa lo harán los demás demonios!
El príncipe tenía otra idea en mente.
—Por eso la tercera parte seré yo solo. Me quedaré atrás para enfrentar al come-almas, mientras que los mejores soldados llevan a mi hermana por el último camino al que se le ocurriría a Sigurd.
El plan del príncipe era enfrentar al demonio come-almas con el poder del fuego azul. No esperaba derrotarlo, pero sí alejarlo lo suficiente de la tropa y de Sakti. Si el príncipe fallaba en el intento Sigurd iría detrás del grupo de Sigfrid. Aunque enfrentara a todos los soldados no encontraría a Sakti y la chica estaría en Masca antes de que al demonio se le ocurriera buscarla por el camino en el Pantano.
—Y yo me protegeré con el fuego azul —les dijo el príncipe—. Mientras lo tenga conmigo nada podrá tocarme.
Las palabras de su hermano todavía le resonaban en la mente. Sakti había visto muchos demonios en la vida, pero nunca había sentido algo tan espeluznante como el grito de Sigurd o el dolor del alma cuando la criatura intentó arrancársela del cuerpo. Vio el muro de fuego azul y recordó la alta figura del demonio retorciéndose por las llamas y luego escapando.
—¿Quién es Sigurd? —preguntó con su suave voz. Los Guardianes y la Doncella la miraron como si les estuviera jugando una broma, aunque sabían muy bien que Sakti no conocía mucho de la historia aesiriana.
—Sigurd es un demonio legendario, Alteza —explicó Dereck. El soldado se sentó a la entrada de la tienda, junto a la princesa—. Hace mucho tiempo una estrella bajó a la Tierra. Allí vino Sigurd, que se comió la luz del astro. Las estrellas, Alteza —dijo mientras le pasaba un brazo por encima de los hombros y con el otro señalaba el cielo. Allí brillaba una única estrella, pues la luz del muro opacaba las demás—, son las gemelas de nuestra alma. Hay tantas estrellas en el cielo como aesirianos nacidos y por nacer. Y cada vez que una estrella se apaga, el alma de un aesiriano se esfuma.
Dereck se aclaró la garganta, a gusto de contarle una historia a su protegida.
—La primera estrella que Sigurd comió era el alma de un niño. El cachorro murió y Sigurd obtuvo sus poderes. Al ser la primera criatura capaz de devorar un alma, este demonio creó un desbalance que tambaleó al mundo y lo sumió en la oscuridad. A partir de ahí todo lo que estaba con vida murió porque sus almas fueron absorbidas por la boca de Sigurd, lo que lo hacía más y más fuerte.
»Pasaron muchísimos años de terror hasta que nació la Virtuosa Maat. Un Virtuoso es un mago con todas las esencias mágicas, por lo que cuando nace o muere agrega o quita magia al mundo. Y eso significa una cosa: otro desbalance.
»Así, pues, la Virtuosa Maat creó un desbalance con su nacimiento. Era claro que su destino sería librar al mundo del poder maligno de Sigurd. Y lo logró. La Virtuosa creció y enfrentó al come-almas; cuando lo venció lo condenó a las entrañas de la Tierra. De haber podido matarlo lo habría hecho.
—¿Y por qué no lo hizo? —preguntó la chiquilla.
—La Virtuosa le arrebató todas las almas que Sigurd había devorado durante su reinado de terror, pero no pudo liberar una única alma: la del primer niño que comió. Mientras no se libere esa alma Sigurd será inmortal. Por eso la Virtuosa lo selló. Sin embargo… —la voz de Dereck ganó un tono de tristeza que preparó a Sakti para algo horrible—. Sin embargo, al derrotar a Sigurd el mundo no recuperó el equilibrio. La Virtuosa tenía tanto poder que con tan solo respirar dañaba al mundo por el que luchó a muerte. Así que la Virtuosa tomó su arma, se la clavó en el pecho y se quitó la vida. Con eso el equilibrio se restableció y el mundo volvió poco a poco a la normalidad.
Dereck y Sakti guardaron silencio; lo mismo hicieron Kael y la Doncella. Era una pausa de luto por una Virtuosa nacida y muerta hacía muchísimo tiempo.
—Todo siempre termina con un sacrificio —murmuró Sakti entre dientes—: ¿Y cuál es el truco del fuego azul?
—Es fuego maldito, Alteza. Cuando Sigurd llegó al mundo, Dios ofreció a los Aesir el fuego azul y el control sobre él. El fuego azul es lo único capaz de retener y debilitar a Sigurd porque puede arrebatarle las almas que ha comido. Pero también puede quemar las almas que toca. Extinguirlas. Destruirlas. Acabar con lo único inmortal en nosotros. Condenarnos a la inexistencia.
La piel de Sakti se erizó. Qué irónico era que los aesirianos temieran y reverenciaran por partes iguales al fuego azul, de la misma manera que admiraban a los Dragones que debían ofrecer sus almas al exterminio. Miró el muro de fuego. Recordó la espalda de su hermano y su silueta contrastada por la llama azul que le brillaba en la mano. ¡Tanto poder! Cuando escuchó las rodillas de los soldados doblarse ante él ella quiso imitarlos.
Y sobre todo, que Adad la enseñara. Que Adad compartiera con ella el secreto de su magia, para enfrentar con éxito a un demonio cuyo jadeo erizaba la piel. ¡Cuánto quería contar con el poder y el dominio de Adad! Y cuánto deseaba que el poder de su hermano los liberara a los dos.
—¿En qué piensa, Alteza? —le preguntó Dereck. La niña miró el muro, pero sus ojos brillaron con la rara frialdad que a veces el Guardián percibía en ella y que lo tomaba desprevenido.
—En que Adad tiene razón. Es hora de ser valientes.


—Ya sabe lo que pienso, Alteza. No es no.
Sigfrid cruzó los brazos sobre el pecho y se negó a sentarse o arrodillarse junto al príncipe. Adad estaba acomodado en un sillón de pieles, desafiando con la mirada al General. ¡Cuántas veces Sigfrid se había parado así delante de él, tan majestuoso! El General Montag tenía una condenada mirada que helaba la sangre de cualquier persona. Quizá había ocasiones en las que intentaba no verse tan intimidante pero no tenía éxito. Cuando Adad era pequeño y su padrino lo regañaba se sentía culpable, mortificado y se juraba una y otra vez que nunca contrariaría de nuevo al General.
Pero esta vez no. Sigfrid podía cruzar los brazos sobre el pecho, erguirse todo lo que quisiera y gruñir todo lo que le diera la gana. Él no iba a cambiar de idea ni se dejaría mangonear de nuevo por el General.
—Ya me harté de que me digas qué hacer o dejar de hacer. También me harté de que me trates como a un chiquillo, cuando en realidad soy tu príncipe. Y sobre todo —agregó sin siquiera contener la voz y la furia del Dragón— ya nos hartamos de que intentes controlarnos.
Le molestó que Sigfrid ni siquiera parpadeara al escuchar las voces del portador y del Dragón mezcladas. El General levantó una mano con rapidez y estuvo a punto de lanzarse sobre Adad para aplicar de nuevo el hechizo que le borraría la memoria y cortaría el vínculo con el Dragón. Adad fue más rápido que él. Solo por una suerte de reflejos Sigfrid no se clavó en la espada que el príncipe desenvainó y colocó en posición de defensa delante de él.
—En verdad pensó en herirme, Alteza —alcanzó a decir el General, sorprendido y aterrado. El Adad que él crió nunca, jamás, se habría atrevido a amenazarlo con una espada. Ni siquiera a pensarlo.
—¿Entonces no tengo derecho a defenderme aunque mi padrino ha pensado y actuado contra mí? —soltó el muchacho. Luego dejó que el Dragón hablara:
Piénsalo mejor. ¿De verdad ibas a hacer ese truco de porquería que deja este cuerpo maltrecho durante días, justo cuando el come-almas anda cerca? Usa esa cabezota e imagina qué sucedería si el demonio rompe las filas y encuentra al portador de un Dragón incapaz de levantarse a saludarlo. —Agregó con una risa seca—: Tú no proteges a tu ahijado. Lo controlas, que es diferente.
Si el General se percataba de cuándo hablaba el Dragón y cuándo Adad, lo disimulaba muy bien. El Segundo Dragón miró al General y lo fulminó con ira. ¡Cómo lo detestaba! Pero sentía también la onda de cariño de Adad, que más que molesto por la traición de Sigfrid estaba desilusionado y triste. Le dedicó un último gruñido y se retiró. Cuando Adad recuperó el control, bajó la espada y comenzó:
—Esto es lo que vamos a hacer…


A Dereck nunca se le olvidaría esa madrugada. Sakti y él estaban sentados al lado de una hoguera. La niña dormitaba apoyada en su pecho, esperando a que la conversación entre el General y el príncipe terminara para que pudiera volver a la cama y dormir un par de horas más.
Pero sin que se escuchara nada, tanto ella como los soldados esparcidos por el campamento se irguieron y miraron hacia la entrada de la tienda. Dereck también lo hizo. No hubo ningún ruido, ninguna maldición dicha entre dientes, ningún golpe o gruñido, pero todos percibieron la salida del General antes de que él se asomara por las cortinas y saliera con la cara torcida por la furia.
Dereck supuso que cualquier persona, hasta un ser humano sin ninguna habilidad mágica, percibiría la furia de Sigfrid Montag a kilómetros de distancia. Cualquiera sabría que no era buena idea acercarse a él si estaba con un humor de perros. Por eso la piel se le erizó cuando el General marchó directo hacia él.
Dereck no supo si debía levantarse, arrodillarse o pedir clemencia. El General lo alcanzó antes de que tomara una decisión. El soldado abrazó a Sakti como si utilizara el cuerpo de la chiquilla a modo de escudo. Pero lo que salió de la boca del General no fue un insulto, ni un grito, ni una reprimenda, como esperó el Guardián.
—Alístate —murmuró entre dientes, todavía molesto—. Se hará lo que el príncipe dice.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Amiga Ángela. No voy a poder disponer del pc apenas durante un tiempo. Traté de imprimir tus capítulos para poder irlos leyendo y no he podido. A nos que me los remitas de alguna manera (e-mail), tardaré hasta que puede volver a comentar.
    Un abrazo.

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  2. Hola, Velkar, perdón por responder tan tarde pero es que de verdad he andado de loca con el sinfín de cosas por hacer :(
    En cuanto a no poder imprimir los capítulos, es que hice algo para que nadie pudiera copiar el contenido del blog. Sé que da lata en ocasiones sencillas como en las que solo se quiere marcar algo o imprimir el texto para leerlo más cómodo en papel, pero espero que comprendas -como autor que eres- que toda medida para proteger nuestras novelas nunca está demás ;)
    Saludos y a ver cuándo podré pasarme por la Leyenda de Leureley, que extraño tener tiempito para leerla ToT

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  3. Angela, al fin puedo pasar por aquí y ¡no me ha dado problema la página esta vez!
    Bien, me ha encantado reencontrarme con la historia. Tengo la sensación de que no se me han olvidado demasiado detalles. Lo cierto es que sigue siendo francamente interesante y está maravillosamente bien escrita.
    Sólo una cosilla me llamaba la atención antes y lo he corroborado al leer este magnífico capítulo. Quizá tu historia adolece de mayores descripciones "colaterales" por llamarlas de alguna manera, quiero decir, descripciones de lugares, ambientes... ¿Está hecho así a propósito?
    Nada más. A ver como acaba ese duelo entre seres de tal extremo poder.
    Un abrazo.

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  4. Hola, Velkar, ¡qué placer tan grande tenerte por aquí! De una vez, quisiera disculpar mi LAAAARGA ausencia en Leureley, pero ni en las vacaciones pude hacer mucho por ponerme al día :(
    En fin, en cuanto a lo que preguntas... Pues de hecho evito hacer descripciones de algunas cosas precisamente para crear incertidumbre en el lector, en especial con ciertos sucesos que quiero que se mantengan "misteriosos" hasta que llegue el momento de explicarlos por completo...
    Pero lo de la falta de descripciones de lugares y ambientes es un fallo mío. Uno grave que, gracias a tus anotaciones, me doy cuenta que debo trabajar y mejorar. Pero de momento, debo dejar reposar la novela para poder separarme un poco de ella y, a la hora de revisarla nuevamente, ser más crítica conmigo misma. ¡Gracias por tus anotaciones! Créeme que las tomaré en cuenta.
    ¡MIL ABRAZOS!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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