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Capítulo 9

Dedicatoria: Este capítulo está dedicado a Azzarukko por sus palabras y comentarios.


9
EL PODER DEL COME-ALMAS

Todos los soldados creyeron que las órdenes del muchacho eran un intento suicida, pero también consideraron que era un buen plan con el único inconveniente de la juventud de Adad. Además, si hasta el General Montag se dejó convencer y no tenía otra solución, ¿por qué los soldados contradecirían a los superiores?
El único que intentó persuadir al príncipe fue Kael. A pesar de sus intentos, el plan de Adad se mantuvo y los grupos se dividieron como ordenó. Los caballos, las carretas y la esfinge estaban listos para partir. El príncipe abrigó a su hermana con una caperuza de viaje y la ayudó a montar al caballo que compartiría con Dereck hasta que el grupo se separara del ejército.
—Eres mi Guardián —le dijo a Kael, que estaba junto a él—, por eso te pido que confíes en mí como yo confío en ti. Ayuda a Dereck a cuidar de Allena.
Ahora que estaban seguros de que las cosas se harían como pidió Adad, los dos Guardianes sabían que necesitaban el apoyo del otro para cuidar a la princesa y a la Doncella en el Pantano. Aunque eso significaba que Adad estaría por su cuenta.
Adad no les dio tiempo de sentirse mal por él. Apenas vio que Sigfrid estaba a la cabeza de la tropa, listo para liderarla en una marcha rápida, bajó el muro de fuego. Las llamas azules se alzaron furiosas. Se despegaron del suelo y formaron una bola de fuego que se mantuvo en el aire, flotando.
El General dio la señal y todos los caballos salieron en carrera hacia Kapir. Adad mantuvo el fuego azul suspendido hasta que la última carreta abandonó el campamento. Después lanzó las llamas al camino y formó una nueva muralla que impediría a Sigurd seguir a la tropa.
Si es que no estaba ya tentado de atrapar las almas de un príncipe y su Dragón.
Esperó allí con la botella de cristal en una mano y con un mapa en la otra, estudiándolo, hasta que escuchó las ramas que se rompían detrás de él, anunciándole que era hora de correr.

****

—Tome, Alteza. Le gustará esto.
Sakti recibió el té sin decir ni una palabra, a la vez que el chico se sentaba junto a ella frente al fuego. Era un muchachillo de su edad, con ojos amarillos muy atractivos. Se preguntó qué haría un cachorrillo como él en el ejército y, más aún, en el grupo que la llevaría a Masca. Imaginó que lo escogieron para la misión para hacerla sentir en compañía de alguien de su edad aunque el joven soldado también debía de tener un talento especial.
—¿Cómo se te ocurre ofrecerle de esa cosa horrible que tú llamas «té»? —le soltó Dereck. Miró a la princesa—. No beba eso, Alteza. Le dolerá el estómago.
—Y seguro que tu mezcla de agua, pasto y tierra es mejor que mi té, ¿verdad, larguirucho? —le espetó el chico. Luego miró a Sakti—. Le aseguro, Alteza, que lo que yo preparo no le hará daño.
—¿Y quién me dio el té que me mantuvo con las tripas afuera por casi una semana? —lo cuestionó Dereck.
—Bueno, larguirucho… Tienes que tomar en cuenta que preparé ese té especialmente para ti —sonrió el chico con picardía.
Sakti no estaba segura de si esos dos se llevaban bien o mal. Aunque Dereck era simpático y en ocasiones algo bobo, era el segundo al mando después de Sigfrid. Los veinte soldados que los acompañaban charlaban con él con naturalidad, pero lo llamaban «señor» y lo trataban con respeto. Todos menos el chiquillo.
—Son primos —le susurró la Doncella, a la vez que Dereck y el chico se decían groserías y se sacaban la lengua como un par de críos—. El chico es Thof Sunkel, es hijo de un primo segundo de Dereck.
Sakti sabía que la familia Sunkel era un pequeño clan militar, pues casi todos sus miembros se unían al ejército. Supuso que Thof se sirvió del parentesco con Dereck para unirse a la tropa que buscó a la princesa por el Oeste, aunque todavía se preguntaba qué habilidad especial debía de tener para ser seleccionado como escolta a Masca.
«Quizá se especializa en romper la tensión», pensó. Lo que caía como anillo al dedo, dada la situación en la que se encontraban. Hacía dos semanas dejaron atrás a Adad y se separaron del resto de la tropa. El grupo que la llevaba por el camino del Pantano se había desviado antes de llegar a la falda de Kapir. Tomaron un sendero escondido y rodearon la montaña hasta situarse en una ruta en desuso que bordeaba el límite del Pantano.
Todavía no encontraban rastro de ningún demonio. Para seguir evitándolos se encargaban de caminar por el borde, sin adentrarse a la ciénaga. Pero incluso así durante el día y la noche les llegaba el tufillo fétido del Pantano. Era difícil imaginar que antes hubo pueblos cerca y dentro de ese lugar.
—Bien —dijo uno de los soldados mientras servía el estofado—, ya está listo. Recuerden: solo una ración por persona. No podemos abusar de nuestras provisiones.
Sakti recibió su plato a la vez que sentía un retortijón hambriento en el estómago. Su vida como krebin le había enseñado a soportar hambre. Cuando vio el tamaño de las raciones de los soldados en comparación con sus grandes tallas, se preguntó cómo soportarían ellos las semanas de viaje a pie –pues los caballos se quedaron con la tropa, ya que no podían andar por las ciénagas– con tan poco alimento.
—¿No hay ningún pueblo en el que podamos reabastecernos? —preguntó con timidez.
El cocinero, que era un pelirrojo de brazos enormes llamado Gunther, negó con la cabeza.
—No en esta parte del Pantano, Alteza. Todos los poblados desaparecieron por la aparición del come-almas.
Algo que Sakti no entendió fue por qué el demonio había vuelto. Según la historia que le contó Dereck, una Virtuosa atrapó a Sigurd hacía mucho tiempo. ¿Por qué el come-almas estaba de nuevo libre y al acecho? Le habría gustado formular la pregunta pero se dio cuenta de que a los soldados no les gustaba hablar de Sigurd, como si temieran que pronunciar su nombre lo invocara.
Sakti los notó nerviosos y atemorizados, a pesar de que le sonreían y le hablaban con dulzura para no asustarla. No solo temían al Pantano y a sus habitantes regulares –los demás demonios–, sino que también pensaban sin descanso en Adad. ¿Estaría bien el príncipe? ¿Habría engañado a Sigurd? ¿Habría escapado de él?
El que tenía peor aspecto era Kael, que ya en unas tres ocasiones había alzado vuelo para ir al lado de Adad. Solo se había devuelto al grupo de escolta porque sabía que para Adad sería peor perder a Sakti que perder un brazo o una pierna. Para el Guardián moreno era muy difícil cuidar de la princesa cuando tenía un vínculo mágico con Adad.
Si tenía que ser sincera, Sakti también estaba un poquito preocupada por su hermano, pero Adad se había despedido de ella tan valiente y confiado que era fácil creer que estaba bien. Él tenía que estar bien.
—¡Cambia esa cara! —exigió Thof mientras lanzaba un poco de sopa al rostro de Kael—. Traes una nube de tristeza a nuestro feliz campamento.
—Pues disculpa que recuerde dónde estamos —dijo entre dientes el Guardián mientras se limpiaba la cara—. Y disculpa también que recuerde en dónde está mi príncipe ahora.
Thof giró los ojos.
—No monopolices al príncipe Adad porque es de todos. ¿Por qué no te animas un poco más? ¡Yo sé que él está bien!
—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó otro soldado.
—Porque el príncipe es un Dragón y porque tiene el fuego azul. Pero más importante aún: porque hay personas que han sobrevivido a Sigurd sin el fuego azul.
Sakti dio un sorbo al té para alternar el sabor de las verduras con el de las hierbas, y prestó atención al chico soldado.
—No podemos olvidar que hace unos tres años el hijo del General Tonare enfrentó al come-almas y ganó.
—¿No estás modificando la historia? —preguntó Dereck—. Hasta donde yo sé, se encontró al come-almas en el camino y apenas salió con vida.
—No, no —dijo otro soldado—. Yo escuché que buscó al come-almas y lo enfrentó. Sobrevivió pero necesitó ayuda.
—¿Qué importa eso? —preguntó Thof—. Que lo haya encontrado o ido a buscar, o que lo haya derrotado o necesitara ayuda para sobrevivir. ¡El punto es que sobrevivió a un encuentro con el come-almas! Sin el fuego azul, sin el poder de un Dragón, sin…
—Con el poder de un Tonare —lo interrumpió Gunther—. No importa cuánto se prepare un soldado, su herencia ya predispone sus ventajas y desventajas. Mira a los Aesir —dijo mientras señalaba con las cejas a la princesa—, aunque no se preparen como soldados siempre van a tener mayor capacidad mágica que nosotros. Lo mismo pasa con las Casas Militares. Los Montag y los Tonare tendrán más oportunidades físicas y mágicas que los aesirianos promedio. Y nosotros somos magos promedio.
—Ah, y yo que creí que eras el perfecto compañero de viaje —dijo Thof mientras se secaba unas lagrimillas ficticias. Todo lo que hacía parecía teatro—. Pero tu pesimismo te ha colocado una casilla por debajo del larguirucho feo.
—Larguirucho guapo, señorito —lo corrigió Dereck—. Tú y yo sabemos que todas las noches rezas para que los genes que compartimos te hagan el favor y te parezcas más a mí.
El chiste logró sacar al fin una risilla al grupo, aunque Sakti tenía la cabeza en otra parte. «Alguien más ha sobrevivido a él», pensó. «Así que también vas a sobrevivir, hermano».


Al día siguiente se toparon con un gran problema. Sakti y Katherine viajaban en el centro del grupo, ya que así estarían protegidas sin importar en dónde apareciera un demonio. Por eso la princesa se tuvo que levantar de puntillas para observar por entre los brazos de los soldados, que se detuvieron de golpe.
Gunther viajaba justo delante de ella y se giró con tanta fuerza que su trenza pelirroja casi le golpea el rostro. El soldado se corrió lo suficiente para que Sakti viera el inconveniente: una amplia pared de rocas se extendía de lado a lado. Katherine podría sortearla si volaba por su cuenta y Kael podría cargar a Sakti hasta la cima. Pero los demás soldados se tardarían entre día y día y medio escalándola, además de que siempre corrían riesgos de caerse. Era un retraso no programado que implicaba un nuevo peligro en un sitio ya conflictivo.
—Saca el mapa, Gunther —pidió Dereck un poco malhumorado. El itinerario no tenía contemplado que el grupo se perdiera en los límites del Pantano—. Busquemos en qué parte nos desviamos.
El aesiriano robusto sacó un pedazo de pergamino y señaló con el dedo la ruta que siguieron.
—Aquí está el bosque en donde el príncipe utilizó el muro de fuego azul. De ahí caminamos y rodeamos Kapir. Al utilizar este camino llegamos a la falda sur de la segunda montaña, Kare. El mapa muestra que por aquí están las ruinas de un antiguo palacio… Creo que esa pared —señaló la formación rocosa frente a ellos—, es parte del castillo abandonado. Y según este mapa hay un paso entre las rocas que lleva al Pantano. Parece que es una especie de cueva. Si tomáramos ese paso no tendríamos que devolvernos, y podríamos recorrer el camino de islotes en la ciénaga hasta dar con el bosque que queda al pie de Kapeika, la montaña más cercana a la Capital. Si tomáramos ese camino podríamos tardar unos tres días. —Los soldados se miraron entre sí mientras debatían qué camino tomar.
—A ver, Dereck, ¿tú qué piensas? —preguntó Kael—. Por mí no hay problema de qué camino escojan, siempre y cuando pueda estirar mis alas. Además, recuerda que si nos perdemos de nuevo solo tengo que volar para buscar el camino correcto. —Dereck se había recostado al pie de un árbol flaco y tenía las manos por detrás de la nuca.
—Devolvámonos. Si cogemos el paso entre las rocas podríamos morir por vagabundos. El Pantano es el hogar de Sigurd. Aunque el demonio esté al otro lado del mundo, no me quiero meter en sus dominios. Mucho menos con dos jovencitas de sangre Aesir con nosotros.
Los soldados asintieron y se prepararon para devolverse. Uno de ellos reparó en que Sakti estaba pálida y con la mirada perdida en las copas de los árboles. Por un momento pensó que la niña veía algún pájaro perdido en esa tierra funesta. Pero cuando levantó la mirada comprendió que la palidez de Sakti era miedo.
Al distinguir la figura encorvada quiso hacer una broma, pestañear y reír, como si con eso la silueta desapareciera o se convirtiera solo en un montón de ramas enredadas. La risa se le quedó atascada en la garganta durante dos segundos y salió convertida en un grito de espanto. Mientras aullaba señaló a lo alto del árbol. Sus compañeros siguieron la mirada. Allí, sujeto de una rama, vieron una criatura de brazos largos. Traía una herida en un ojo y la oreja izquierda estaba cortada por la mitad, a diferencia de la derecha que seguía intacta y larga. La bestia sonrió y mostró un par de hileras de dientes puntiagudos y mortales. Se pasó la lengua por los labios y sus ojos amarillos brillaron con maldad.
Fue entonces cuando Dereck reaccionó.
—¡CORRAN! —gritó.
Los soldados corrieron hacia la formación rocosa. Sakti se quedó inmóvil por unos instantes, contemplando a Sigurd, hasta que Thof la jaló consigo.
—¡Busquen el paso entre las rocas! —indicó Dereck cuando Sigurd cayó sobre ellos. Los aesirianos intentaron buscar en la pared, pero cada vez que se acercaban una de las patas de Sigurd los agarraba y los lanzaba hacia el bosque, lejos de la muralla.
Supieron cuál era el objetivo de Sigurd: Sakti. El demonio medía más del doble de cada uno de ellos. Si no los podía agarrar, simplemente les pasaba por encima hacia la niña. En pocos segundos el come-almas pasó a casi toda la escolta y se detuvo a unos pasos de Thof, que escudaba a Sakti y a Katherine. El soldado miró por unos instantes al demonio hasta que dio media vuelta y corrió hacia la pared. La Doncella contuvo la respiración, aturdida. Apenas si se podía creer que Thof las había abandonado. Sakti no reaccionó. Se quedó inmóvil en su sitio. Sigurd encontró divertida la reacción de Thof y se carcajeó por lo bajo, muy grave, antes de saltar sobre las dos muchachas.
Sakti miró las garras, enormes y sucias. Sus entrañas se estremecieron por el grito de gozo del demonio. Un chispazo de luz la encandiló. Por un momento creyó que el monstruo la había alcanzado y esa luz cegadora sería lo último que vería antes de sumirse en la oscuridad. En cambio escuchó el aullido de dolor del demonio y las maldiciones de los soldados. Ella no era la única que se había encandilado.
El monstruo se detuvo antes de alcanzar a Sakti. Se irguió tan alto como era, se frotó los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Aulló de dolor porque fue como si los ojos se le hubiesen convertido en ascuas ardientes. La luz lo había cegado.
—¡Lo encontré, lo encontré! —gritó Thof—. ¡Por aquí está el paso entre las rocas!
El chico se volvió a sus compañero, pero se dio cuenta de que también quedaron afectados por la luz. Los soldados se frotaban los ojos con la misma intensidad de Sigurd, aunque la mayoría apretaba los dientes para aguantar el dolor.
—¡Lo siento, no supe qué más hacer! —se excusó la Doncella mientras sostenía a Sakti.
La niña también se restregaba los ojos y se estremecía como Sigurd. Ella no sabía soportar el dolor como los soldados, pero incluso así distinguió las palabrotas de su escolta y las indicaciones de Dereck:
—Vamos, ¡corran, corran!
El Guardián tomó a cada uno de los compañeros que tenía cerca y los guio hacia Thof. El chico los metió al paso entre las rocas. Sakti se dejó guiar como una oveja cuando sintió la mano de Dereck sobre los hombros. Ya en la cueva escuchó la última indicación del soldado aun por encima de los gritos estentóreos de Sigurd.
—¡Kael, faltas tú! —El mago alado estaba tan ciego como los demás y estaba al borde del bosque, lejos de la cueva. Sigurd se interponía entre él y la entrada.
Aun ciego, el come-almas entendió que la presa escapaba. Bajó las manos y giró el rostro hacia Dereck, como si pudiera verlo. Sus ojos amarillos estaban atravesados por líneas de sangre. Sigurd avanzó hacia el Guardián, alertado por los gemidos de los soldados.
Al entender sus planes Dereck tomó posición de defensa. Era la única barrera que protegería a Sakti y a los soldados del demonio. El Guardián se llevó una mano a la cintura para desenfundar la espada pero el cinturón estaba vacío. Había perdido el arma en medio de la confusión.
Sigurd rugió y se lanzó a él. Dereck se mantuvo en su sitio, listo para recibir al demonio y defenderse a patadas y puñetazos aunque sabía que no tenía caso. El come-almas era mucho más fuerte. Pero antes de que Sigurd pudiera asestarle un golpe fatal con esas garras enormes el demonio cayó derribado a los pies de Dereck. Tenía una espada incrustada entre los omoplatos. ¡Era el arma de Dereck! Miró más allá del monstruo y vio a Kael en posición de lanzamiento. Él había alcanzado a Sigurd con la espada.
—¡Kael! —lo volvió a llamar.
El mago alado giró el rostro hacia Dereck. Aunque estaba ciego supo tan bien como Sigurd dónde estaba su compañero. Corrió hacia él. Cuando escuchó los lamentos del demonio estiró una mano y le arrancó la espada de un tirón. Luego Dereck lo agarró del codo y lo lanzó a la cueva con los demás.
Sigurd se levantó de nuevo, aunque encorvado. Si su rostro fue feo antes lo era aún más con todo ese enojo por el ataque sorpresa. Dereck supo que no podía enfrentarlo, aun con la espada que Kael había recuperado para él. Así que golpeó el muro de piedra y dejó que sus esencias actuaran.
Un temblor desestabilizó a Sigurd, quien alzó la oreja sana para comprender un murmullo que se intensificaba. Antes de que el demonio comprendiera lo que sucedía, una cascada de rocas cayó sobre la entrada de la cueva. Dereck había provocado un deslizamiento.

****

Al otro lado de las rocas, los soldados escucharon el grito de furia de Sigurd. Se encogieron por la angustia, ciegos y adoloridos. La risa de Dereck sonó muy extraña en esas circunstancias.
—¡Ja, ja! ¡Eso fue escalofriante!
—¡¿Te parece divertido?! —le gritó Katherine—. ¡El come-almas estuvo a punto de matarnos a todos!
—Pero no lo hizo —señaló Dereck—. Gracias a su hechizo de luz logramos burlarlo.
—Y quedarnos ciegos en el proceso —se quejó entre dientes otro soldado.
El rumor del deslizamiento al fin se calló y los gritos de Sigurd quedaron atenuados. Si quería llegar a sus presas tendría que escarbar durante horas.
Un soldado chascó los dedos. Al instante una llamarada le ardió en la mano e iluminó la cueva. Dereck vio los rostros magullados y sucios de sus hombres, aunque lo que más les dolía eran los ojos. Algunos todavía no habían recuperado la vista y los que sí no aguantaban la intensidad del fuego.
—¡Y tú, Kael! Pero qué bárbaro, ¡qué lanzamiento! —continuó el Guardián. Tenía que aligerar el ambiente para animar a sus compañeros—. Apuesto a que si hubieras visto no le das.
—Tú y tu melodiosa voz me guiaron —respondió Kael con una sonrisa sarcástica—. ¿Y cómo es que no te quedaste ciego?
—Ah, esa es la especialidad del soldado número uno del señor Sigfrid —respondió Dereck—: anticiparse a lo que viene.
—El come-almas lo había derribado y tenía la cara contra el suelo cuando la Doncella lanzó el hechizo —explicó Thof en tono de burla—. Esa es la habilidad del soldado número uno del señor Sigfrid: tener suerte en momentos de crisis. En cambio yo no me quedé ciego porque estaba haciendo mi trabajo: buscar el paso entre las rocas.
—Cállate, adulador —dijo Dereck entre dientes, a la vez que su primo le sacaba la lengua—. Cualquiera habría creído que nos habías abandonado.
Pero él y los soldados sabían que Thof jamás lo haría. Era un chiquillo insolente pero era leal. Todos en el grupo lo eran.
—Ahora toca movernos —decidió Dereck cuando vio que el ánimo había mejorado—. Si Sigurd escarba nos encontrará. Tendremos que cruzar el paso entre las rocas.
—¿Y llegar al Pantano? —preguntó el mago con la llama—. ¡De seguro que ahí nos va a estar esperando Sigurd!
—No si nos apuramos —apuntó Kael—. Para alcanzarnos tiene que tomar el camino largo. O sea, subir y bajar las montañas Ka y desviarse a la ciénaga antes de llegar a Kapeika. Si nos apuramos llegaremos al camino principal de Masca antes de que él llegue al Pantano.


Caminaron durante horas. Kael había ordenado a Lerion, el mago de la flama, que la apagara. Si en lo profundo de la cueva había gas todos explotarían. El camino lo había iluminado el hada de luz de otro soldado, Thefna. En Lahore Sakti vio esas luces en un par de ocasiones, pero no les había prestado atención porque los niños aesirianos las apagaban apenas ella se los quedaba viendo. Ahora la miró encantada. El hada avanzó con giros silencios, como una mariposa que apenas batía las alas, y alumbró un extenso túnel.
De un momento a otro las paredes y el suelo irregulares se convirtieron en rocas lisas. Estaban en un pasillo que a veces se abría con entradas a los lados a otros pasadizos. Habían llegado al castillo abandonado en la montaña.
De vez en cuando encontraban estatuas de granito en los pasillos. Los años habían tejido telarañas sobre las figuras y las capas de polvo casi que se habían petrificado sobre los labios, las manos y los torsos de roca. Pero el tiempo también había desgastado el granito, porque a algunas estatuas les faltaba la nariz o el mentón, o estaban deshechas en las bases y desperdigadas por el suelo como canicas en la habitación de un niño desordenado.
A pesar de esto las expresiones de algunas estatuas eran claras, casi tanto como el día en que las habían esculpido. Sakti no era muy educada en la cultura aesiriana y no podía reconocer a ninguna. Pero los soldados se la pasaban discutiendo a qué difunto rey pertenecía ese o aquel rostro. También se preguntaban por qué el palacio estuvo construido en simple roca y no en mármol, como todas las construcciones aesirianas importantes.
Cuando llegaron a una galería, las discusiones cesaron y se convirtieron en una exclamación unísona. La habitación era enorme, circular, fría y muy húmeda, con un fuerte hedor a podredumbre, pero en el centro había una enorme y majestuosa estatua. A pesar de las telarañas, el polvo y el desgaste de los años, el aesiriano de roca infundió respeto. La expresión serena de su rostro y la posición de sus manos, que parecían sostener algo en el aire, provocaban una admiración solemne. El largo cabello de granito, con los dos mechones detrás de las orejas, y el perfil definido de la nariz, recordaron a Sakti al Emperador que se había arrodillado delante de las luces de los Dragones cuando se estableció el Pacto con Dios.
—¡Es el Virtuoso Nanderian! —exclamó uno de los soldados.
Todos –menos Sakti– habían visto desde pequeños las representaciones de los siete Virtuosos. Sabían que muchas de las estatuas y cuadros que habían visto eran diferentes, porque después de tantos siglos nadie recordaba con exactitud los rostros de cada Virtuoso. Pero en general tenían alguno que otro rasgo característico.
—Él fue el Virtuoso que desterró a los vanirianos al País de Hielo cuando profanaron la tumba del padre Aesir, ¿verdad? —se aventuró Thof—. ¿Entonces eso significa que estamos en una Torre?
Los aesirianos se miraron entre sí y sonrieron con alegría, aunque Sakti no comprendió por qué. Cuando Dereck se percató de la expresión de su protegida, le explicó que la Torre de cada Virtuoso era un edificio que se había perdido con el tiempo, olvidado cuando su dueño moría. Sakti no entendió muy bien cuál era la emoción de encontrar un edificio viejo pero los soldados estaban tan complacidos que se quedó callada. No valía la pena arruinarles la felicidad que consiguieron después de pasar el susto de sus vidas al toparse al come-almas.
—Aggg, ¡asco! —exclamó Kael.
La emoción de sus compañeros se convirtió en una mirada colectiva de sorpresa. Cuando observaron al mago alado vieron su expresión de asco mientras se sacudía la cabeza.
—Me… cayó una… baba encima —explicó entre dientes.
Todos miraron hacia el techo. El hada de luz de Thefna se aventuró por encima de sus cabezas. Giró sin descanso segundo a segundo, sin jamás llegar al tope. Su luz se reflejó en las paredes de una torre, donde había más figuras. Al principio creyeron que eran más estatuas pero sulfuraban baba azul y algunas se sacudieron al paso de la luz. Eran capullos.
Cuando Dereck miró el piso vio que ahí había más baba. Sakti se le acercó y se encogió contra él, asustada.
—Son demonios —murmuró.
—No —la corrigió Kael con un susurro—. Son vanirianos, de los que no se pueden ver. —Los soldados lo miraron con una ceja arqueada, preguntándole cómo lo sabía—. Vi estos capullos en el Reino de las Arenas, cuando el príncipe Adad y la princesa Sakti iban a nacer. Estos sitios son como nidos donde crían a los vanirianos cerca del campo de batalla. —Luego hizo una pausa—. Nunca vimos que un capullo se abriera o que saliera un vaniriano, así que asumimos que eran de los invisibles.
Los soldados guardaron silencio. Todavía no se habían recuperado de la conmoción tras encontrar a Sigurd y estaban seguros de que no podrían enfrentarse contra todos los vanirianos que esperaban dormidos en los capullos. El hada de luz se cansó de ascender y regresó junto a los soldados aesirianos.
Sin decir ni una palabra más, avanzaron en silencio.


—Una, dos y… ¡tres! —La roca salió disparada y dio paso a Dereck, Gunther, Thefna y sus poderosas piernas. De una patada habían quitado la roca que los separaba del Pantano.
—Eso se llama presumir —dijo Thof mientras empujaba a Dereck para que dejara salir a los demás.
—Lo que pasa es que estás celoso de mí y mi poder, chiquillo.
—Ya quisieras —bromeó Thof mientras ayudaba a la Doncella y a Sakti a bajar. Con la princesa no tuvo problemas pero con Katherine fue otra historia.
—¡Odio este lugar! —dijo ella entre dientes.
En los últimos tramos el camino se hizo tan estrecho que sus alas y las de Kael se habían golpeado una y otra vez contra las rocas. Las alas blancas de Katherine estaban sucias de tierra y sangre por las cortadas; mientras que las de Kael estaban magulladas y adoloridas.
Las alas del Guardián se parecían a las de los murciélagos y podía plegarlas muy cerca del cuerpo. Cuando usaba una capa o se vestía de negro costaba mucho verlas. Pero en un sitio tan húmedo y estrecho, como el paso entre las rocas, tenía que desplegarlas para mover los brazos. Para Katherine era peor porque sus alas eran como las de las águilas. Aunque las plegara no podía unirlas a su cuerpo como lo hacía Kael.
Los alados estaban de un humor de perros. Los soldados sabían muy bien que no tenían que lidiar con ellos si estaban enfadados por algo relacionado a sus alas. Katherine y Kael no fueron los únicos perjudicados. Muchos soldados también tenían un cuerpo corpulento. Algunos, como Gunther y Dereck, se quedaron atascados como mil veces en los pasillos estrechos. A eso había que agregar la fatiga física y nerviosa. Además de resentir los golpes de Sigurd, tenían los sentidos en alerta en caso de que el come-almas o los vanirianos que dormían dentro de la montaña aparecieran para atacarlos.
—Estoy seguro de que pronto saldremos de aquí —dijo Dereck con una sonrisa para calmar a Katherine—. Gunther, ¿qué dice el mapa? —El fornido pelirrojo sacó el pergamino. Puso el mapa en el suelo y lo estudió.
—Estamos en medio del Pantano, entre Kabosy y Kapeika, las dos últimas montañas antes de llegar a Masca. Estamos a dos días del camino principal a la Capital. —Los soldados bufaron mientras miraban alrededor.
El Pantano, su suelo inestable, su hedor y su bruma estaban ahí, frente a ellos. Llegaron en plena oscuridad, a unas horas del amanecer, pero Dereck sabía que poco importaba si hubieran llegado a medio día. El Pantano siempre los recibiría con su oscuridad desalentadora y su eterna bruma helada.
—No nos queda más que caminar entre los islotes, ¿verdad? —Gunther asintió—. Pues ni modo, en marcha. —Al ver el agotamiento de sus compañeros agregó—: Sé que están cansados pero solo caminaremos unos cuantos kilómetros. Verán los frutos cuando lleguemos a casa. Andando.
Atravesaron la ciénaga saltando de islote en islote, esperando encontrar un suelo más firme en el que pudieran descansar o al menos un indicio de bosque. Cuando al fin llegaron a una orilla estable divisaron los árboles secos de una pequeña floresta.
La Doncella soltó un bufido y corrió hacia los árboles, ansiosa por descansar bajo las ramas. Los soldados suspiraron agradecidos. Más que los pies adoloridos lo que resentían eran los oídos. Creyeron que Sakti, tan pequeña e indefensa como era, se quejaría del agotamiento una y otra vez. Pero la niña guardó silencio y mantuvo el ritmo de la tropa sin una palabra de reproche. En cambio Katherine, tan mayor que era, los plagó con sus quejas durante horas.
—Uh, se ha caído —dijo Thof al ver cómo la Doncella tropezaba y caía de bruces al suelo. Katherine gritó pero los soldados la ignoraron—. Será gritona —rezongó el chico.
Los gritos persistieron. La muchacha se levantó casi de un salto y giró sobre los talones una y otra vez. Cuando vieron que se sacudía el vestido y que no dejaban de gritar, los soldados apretaron el paso para alcanzarla.
—¿Qué pasa? —preguntó Dereck. Hasta él empezaba a perder la paciencia.
En su ataque de pánico Katherine se había olvidado de hablar. Como no podía explicarlo señaló todo alrededor. Dereck descubrió una roca lisa y blanca por debajo de la niebla que cubría el suelo. Cuando un soldado dio un mal paso y aplastó otra roca con un crujido, todos contuvieron el aliento y se apiñaron como un rebaño de ovejas para protegerse las espaldas.
No eran rocas. Katherine había tropezado con uno de los huesos que alfombraban el suelo.
—Es un mar de cadáveres —murmuró Thof—. Como el que encontramos antes de visitar aquellas dos ciudades.
La diferencia era que estos cuerpos ya llevaban tanto tiempo a la intemperie que perdieron toda la carne. Dereck pasó una mano sobre los hombros de Sakti y la apretó. Buscó los ojos de su protegida para hacerle saber que todo estaba bien pero la chica estaba calmada. Lo mismo habría sido que el suelo tuviese una capa de césped que una de sangre.
—Forman un camino —notó Dereck. Vio la posición de las piernas y la silueta de los cuerpos caídos—. Creo que estaban huyendo cuando… bueno, cuando…
—Cuando murieron —terminó Kael—. O mejor dicho, cuando los mataron.
Kael hizo una seña para que avanzaran. A pesar del cansancio todos reanudaron la marcha. El temor los había alimentado. Al principio procuraron caminar con cautela para alejar así el miedo, pero empezaron a trotar a los pocos minutos. No querían toparse con el que mató a los aesirianos que estaban en el suelo.
Sakti también iba al trote pero estaba tan calmada que Dereck la sintió fuera de lugar. Ella miró en silencio los árboles y luego apretó el brazo del Guardián para llamarlo.
—¿Por qué no corremos ya? —le preguntó.
Dereck sonrió. Quiso echar a correr apenas vio los huesos pero no quería asustar a la Doncella y a Sakti. La princesa, en especial, le pareció que no podría soportar el miedo.
—Porque estamos bien, Alteza —le mintió—. Solo apretamos la marcha para llegar pronto a casa.
Quizá fue imaginación suya pero podría jurar que Sakti le dio una diminuta sonrisa condescendiente. También le pareció que sus irises eran líneas verticales en lugar de esferas. La niña levantó los hombros y miró hacia los árboles antes de que él pudiera confirmarlo.
—Di lo que quieras —dijo con su suave voz—, pero hace rato está aquí.
Dereck miró los árboles de Sakti. El bosque en esa sección del Pantano era enfermizo y gris, como toda la ciénaga. Los troncos eran delgados y quebradizos, y juntos formaban el escenario perfecto para una pesadilla. Dereck entrecerró los ojos porque le pareció que un árbol era más grueso que los otros. Cuando miró de nuevo el árbol había desaparecido. Siguió avanzando pero a cada rato descubría un árbol grueso que se movía entre los demás.
¿Qué era eso? No podía ser un árbol sino una sombra que se paseaba por el bosque. Cuando comprendió que lo que había confundido por ramas eran una oreja corta y otra larga, y que lo que había confundido por tronco era una columna cubierta de pelaje, agarró a Sakti y echó a correr. Apenas pudo gritar a los soldados para que lo imitaran.
Sin necesidad de mirar atrás supo que Sigurd había saltado por entre los árboles. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí, siguiendo a la tropa en silencio? «Es sádico», comprendió mientras saltaba sobre los huesos. «Le gusta mirar mientras nos consume el miedo. Y luego ataca». Detrás de él los soldados huían a toda velocidad. Sigurd los seguía de cerca, embistiendo los árboles que se le atravesaban en el camino.
Por un momento creyeron que podrían superarlo en la carrera, pero el come-almas saltó con sus largas patas y cortó el camino a los que iban más adelantados. Los pies de Dereck resbalaron cuando frenó de golpe. Por un instante creyó que se caería y que Sigurd lo golpearía con sus enormes puños pero el demonio se quedó inmóvil, jadeando.
Al verlo mejor notó que estaba herido. Además de la oreja y el ojo cortados, el come-almas tenía una quemadura en el pecho. Los hombros le subían y le bajaban al ritmo de una respiración estentórea. «Está agotado», supo el soldado. «No las tiene todas consigo».
Sus compañeros también lo entendieron porque desenfundaron las espadas en lugar de aprovechar la pausa para escapar. «Si es posible acabar con él sin el fuego azul», pensó Dereck mientras se colocaba delante de Sakti y desenfundaba, «es ahora». Si el hijo del General Tonare había sobrevivido a un encuentro contra el demonio también podrían hacerlo veinte de los mejores soldados de Sigfrid Montag.
¡Qué interesante! —se burló el demonio después de tomar aire. Su voz fue como el crujir de vidrios o como cuchillos cortando carne. Los soldados no sabían qué era peor: la voz de Sigurd o que pudiera hablar—. Tan valientes, los aesirianos. A pesar de estar frente una muerte segura se levantan para pelear. Admirable. —El come-almas esbozó una sonrisa tramposa, llena de dientes afilados—. ¿Qué les parece si hacemos un trueque? Sus vidas y almas a cambio del Primer Dragón.
Kael avanzó hasta el lado de Dereck para ayudarlo a escudar a Sakti. Se quitó la capa y extendió las alas, listo para todo.
—No, gracias —respondieron los Guardianes a la vez.
El come-almas se lanzó sobre los tres. Casi todos los soldados en la retaguardia lanzaron llamas de fuego que golpearon al demonio en la cara con una explosión. Cuando Sigurd se recuperó ya Dereck había apartado a Sakti y Kael había levantado el vuelo.
Una lluvia de relámpagos cayó sobre ellos. Desde lo alto Kael disparaba descargas eléctricas para el come-almas, pero el demonio las esquivaba antes de que le dieran. Las piedras y los huesos se pulverizaban en lugar de Sigurd. Los arbolillos se prendían en llamas cuando el demonio burlaba los ataques de los otros soldados.
Sakti había visto presentaciones de magia en Lahore, pero era la primera vez que veía a varios magos desatando su poder sin miedo a las consecuencias. Se contrajo cuando sintió toda la energía liberada, como si las bolas de fuego y los relámpagos la golpearan a ella. Con tanto poder Sigurd debía caer. Pero cuando miró el encuentro se dio cuenta de que era una batalla injusta. No importaba la coordinación de movimientos o la potencia de los hechizos, que hacían temblar el suelo e incendiaban alrededor. Ningún ataque, ninguno de los sablazos o de los puños tocaba al demonio.
Dereck la tomó de los hombros para espabilarla.
—Thof, llévatelas lejos —ordenó—. Nosotros lo distraeremos mientras ustedes van al camino principal.
La Doncella y Thof agarraron a Sakti de la mano y la levantaron. Antes de que Sakti pudiera decir algo, Dereck le sonrió y corrió hacia los demás.
—¿Los vamos a dejar? —preguntó cuando Thof y la Doncella echaron a correr con ella.
—No hay otra opción —respondió Katherine mientras avanzaban—. Si él devora el alma de un Dragón se acaba todo para nosotros.
Sakti miró el rostro del chico soldado. Thof no había dudado en acatar la orden pero apretaba los dientes. ¿Planeaba regresar a ayudar apenas las dos estuvieran a salvo? Sakti supo que no tenía sentido. Cuando miró por encima del hombro vio que los soldados habían recurrido a las últimas tácticas de desesperación. Como el fuego y los relámpagos no lo alcanzaban habían agarrado a Sigurd de las patas.
El come-almas había apartado a los primeros dos aesirianos pero los demás se pegaron a él como garrapatas. Aunque era fuerte no pudo avanzar con tanto peso. Miró a Sakti, que se perdía entre la niebla. Al fin una descarga lo alcanzó en la espalda y una bola de fuego le pegó en el rostro.
Sigurd gruñó por lo bajó. Se alzó, echó la cabeza hacia atrás y aulló. Todos se detuvieron de inmediato, aturdidos por el dolor en el pecho. Cuando Thof vio el resplandor en sus labios y en los de Katherine, miró atrás con espanto. Alrededor de Sigurd los destellos en los labios de los soldados brillaron como luciérnagas.
Un destello se separó de un soldado. El mago cayó a un lado y su alma fue directo al hocico abierto que la había llamado. Sigurd se relamió los labios. Tomó en su enorme puño el cuerpo inmóvil, aplastó la cabeza como si fuera una uva y lo lanzó a lo lejos, contra los árboles. Después sonrió.
Los soldados se apartaron de él, aterrados. Supieron que la próxima vez que el demonio llamara almas ellos caerían como marionetas sin hilos. Pero cuando Sigurd señaló a Sakti con ojos lunáticos, como diciéndole que ella era la siguiente, todos se repusieron y aceptaron lo inevitable. Si Sigurd les quitaba el alma no podrían detenerlo. El demonio iría tras la princesa y todo el esfuerzo sería en vano.
Tenían que arreglárselas para estorbar al monstruo aun cuando les arrebatara el alma.
Sin necesidad de una señal los soldados se apiñaron juntos sobre Sigurd, a la vez que se arrancaban a tirones pedazos de tela del uniforme y los cinturones. Aunque el demonio se balanceó de un lado a otro para quitárselos de encima, los soldados pudieron enredar las ropas a las extremidades del come-almas. Aunque perdieran el alma sus cuerpos serían peso muerto para él.
Thof supo que no podía desperdiciar el sacrificio de sus compañeros. Aunque Sakti y la Doncella se habían quedado inmóviles las obligó a avanzar. Dereck miró por encima del hombro al grupo que se alejaba y aprobó la decisión de su primo con un asentimiento de cabeza. Luego miró a Kael. Ambos eran los soldados más fuertes del General Montag. Tenían que aprovechar la táctica de sus compañeros para acabar con el demonio.
Sigurd echó otra vez la cabeza hacia atrás y las almas se aparecieron de nuevo por los labios de los aesirianos.
Antes de que el resplandor escapara de Thefna, Sigurd lo agarró de la cabeza y se la arrancó. Gunther no se había amarrado al come-almas pero había levantado un par de hachas gigantescas ideales para sus enormes brazos. Corrió hacia el monstruo para clavarle una en el cráneo pero Sigurd esquivó el golpe. Cuando Gunther intentó asestarle la otra hacha, el demonio levantó un puño y detuvo el ataque con el cuerpo del soldado que se había amarrado allí. Gunther retrocedió, aturdido por atacar a un camarada, pero el come-almas no le dio respiro. Arrancó con la otra mano el hacha que el pelirrojo había clavado en su compañero, se la tiró a Gunther y se la clavó justo en la frente. El alma salió de los labios muertos como un vapor fosforescente. El monstruo tomó el cuerpo robusto del pelirrojo y lo partió por la mitad, como si fuera un palillo.
La sangre le pringó el rostro.
La niebla del Pantano se tiñó de carmesí.
El miedo había inmovilizado a Dereck pero enardeció a sus compañeros. Aunque el Guardián se dijo que tenía que moverse, que tenía que avanzar y ayudarlos, no pudo dar ni un paso. Los vio caer. Sigurd aulló otra vez y las almas de los soldados que se habían atado a él se unieron a la de Gunther y Thefna. Sigurd agarró sus cuerpos uno a uno, rápido como un huracán, y los rompió como si fuesen de cristal.
Los huesos en el suelo pasaron del blanco al rojo. A pesar de la distancia a Dereck le llegó el olor del sudor y las entrañas, una mezcla de sangre y heces. «¡Muévete!», se ordenó, «¡todavía puedes salvar a algunos!». Pero las piernas se quedaron inmóviles en su sitio.
Un trueno bramó desde lo alto. Aunque ninguna parte de su cuerpo le respondía como quería, Dereck pudo levantar la mirada a tiempo para ver a Kael, que se tiraba en picada a Sigurd. «No, no, ¡no!», quiso gritarle pero tampoco pudo. Un disco de luz giraba en la palma de Kael. Era una sierra de luz, que de seguro tenía la intención de cortarle la cabeza al monstruo.
Pero a Sigurd le bastó con estirar uno de sus puños antes de que Kael lo alcanzara. Lo agarró de las alas y lo estrelló contra el suelo. A pesar del golpe Kael lanzó el hechizo pero Sigurd movió el cuello a un lado, como una serpiente, y esquivó el golpe. Luego levantó al aesiriano y le retorció las alas. Los huesos crujieron.
Dereck vio el chorro de sangre a presión que salió de la unión de las alas en la espalda. Fue lo que necesitaba para reaccionar. Ya había demostrado que no era un buen comandante, o de lo contrario habría actuado con la muerte de sus hombres. Pero sí era un buen amigo y no dejaría que Kael corriera el mismo destino de sus compañeros.
Pero cuando al fin pudo avanzar, Sigurd agarró a Kael y lo lanzó. Dereck se preparó para atajarlo pero sus reflejos aún estaban un poco aletargados y no pudo reaccionar a tiempo. Kael voló por encima de su cabeza y calló como un muñeco de trapo a varios metros. Cuando tocó suelo Dereck escuchó un chillido.
Pero no fue de Kael, sino de Katherine. A través de la niebla, Dereck reconoció las figuras de la Doncella, Sakti y Thof. Sigurd les había cortado el paso con el cuerpo maltrecho de Kael.
—¡No te detengas! —le gritó a Thof—. ¡Sigue! ¡Huye, huye!
No podía entretenerse con su primo. Tenía que confiar en que Thof haría su trabajo y él tenía que hacer el suyo. Tenía que hacer que los sobrevivientes retrocedieran. Debía aprovechar que Thof y las chicas les sacaban ventaja. Aunque estaban heridos los soldados todavía podían luchar y retroceder al mismo tiempo, dándole más tiempo a Thof para escapar. Si aguantaban un poco más, si mantenían la distancia con Sigurd, podrían llegar al camino principal. Y a lo mejor allí estaría la tropa del General Montag, lista para darles apoyo.
Pero sus hombres estaban tan asustados y molestos que no escucharon razones ni órdenes. Se lanzaron a Sigurd con la misma ira ciega de Kael. En algún momento comprendieron que no había nada que los salvara y que más valía lanzarse a morir que esperar a que se lanzaran a ellos. Pero cada vez que alcanzaban a Sigurd, a él le bastaba con estirar un puño o una pata para detenerlos. Al instante las almas los abandonaban e iban directo al hocico hambriento. Luego el demonio aplastaba los cuerpos y los agarraba de los brazos o de las piernas para despedazarlos.
Más huesos y vísceras se unían a la alfombra de esqueletos que cubría el suelo.
«¿Por qué lo hace?», se preguntó Dereck. «¿Por qué los mutila?». Poco a poco los gritos aesirianos se acallaron. Dereck comprendió entonces que él era el único que se mantenía en pie. Estuvo tan aterrado que se mantuvo al margen del daño y ahora era el único que se interponía entre el come-almas, Thof y las chicas.
Le había llegado la hora.
Pudo ser diferente —le dijo Sigurd. Cuando se detuvo delante de él, Dereck vio que era incluso más alto que el General Montag—. Si me hubieran obedecido esto pudo ser diferente.
—Habría sido peor —respondió Dereck.
Mantuvo la voz firme a pesar de que el cuerpo le temblaba. Lentamente, para no desatar un ataque de parte de Sigurd, tomó la espada de uno de sus compañeros. Si a ellos no les sirvió una sola él utilizaría dos.
—Habrías matado a la princesa, a nuestra llave a la salvación —continuó mientras tomaba posición de ataque—. ¿Sabes por qué todos se sacrificaron a pesar de que te temían? Porque sabían que al final el sacrificio de la princesa los salvaría a ellos también. —Sigurd sonrió.
Oh, ¿y me temes tú a mí? —Sacó la lengua y se lamió el hocico, que tenía pintas de sangre.
—Sí, te temo. Te temo más de lo que ellos te temieron. Y por eso mismo te daré más batalla.
Decirlo lo tranquilizó. El cuerpo dejó de temblarle, la visión se le despejó y la sangre fluyó por los músculos. Al sentir la corriente de adrenalina, Dereck se lanzó al come-almas. Esquivó con facilidad los golpes del demonio y le dio unas cuantas cortadas con los movimientos sincronizados de las dos espadas.
Pero entonces Sigurd le lanzó la lengua, que resultó ser dura como una roca, rápida como un látigo y flexible como una lagartija. Dereck no se había esperado ese movimiento. La lengua de Sigurd se movió con tanta agilidad y furia que Dereck sintió que estaba luchando contra un gran espadachín. Las espadas del soldado vibraron por los golpes y los pies le resbalaron entre los huesos en la tierra.
Cuando notó que Sigurd no lo hacía retroceder, sino dar vueltas en círculos, tuvo una corazonada. «Quiere quitarme de en medio. Quiere tener a la espalda el camino por donde se fueron Thof y las chicas. ¡Quiere dejarme atrás y perseguirlos!». No supo si sentirse aliviado porque Sigurd no tenía intenciones de matarlo o molesto porque al come-almas le valía un comino lo que sucediera con él.
Sigurd logró lo que quería. Si daba un salto hacia atrás podría correr hacia Thof. Para cuando al fin Dereck lo alcanzara, el demonio ya habría hecho su trabajo. «Pero si aprovecharon todo este tiempo, ellos ya le llevan mucha ventaja». Dereck se preparó para correr tras Sigurd apenas el demonio retrocediera pero entonces reconoció unas siluetas a menos de veinte metros. ¡Thof, la Doncella y Sakti todavía estaban allí! ¡Se quedaron plantados en el mismo sitio donde Kael cayó!
Dereck soltó una maldición. La niebla se despejó lo suficiente para que viera la enorme pared que cortaba el camino. Sigurd los había acorralado. El Guardián comprendió por qué el monstruo los siguió en silencio por el bosque. Si hubiese atacado antes quizá los soldados habrían tomado otra ruta y no habría podido emboscarlos en un callejón sin salida.
La pared era demasiado inclinada y lisa como para que la escalaran, y la única que podría superarla era Katherine. Dereck no entendió por qué la Doncella alada se quedó allí, en lugar de tomar a Sakti consigo. ¿Qué importaba que dejara a Thof atrás, si con eso salvaba a la portadora del Primer Dragón? Luego recordó los chillidos de Katherine cuando cayó sobre los huesos y cuando lanzaron a Kael en el camino. ¡Era demasiado histérica como para pensar con claridad!
Supo que tenía que retener a Sigurd un poco más, aunque fuera solo para esperar un milagro. En cuanto notó que el come-almas se tensó para saltar hacia atrás, Dereck usó las espadas a modo de tenaza. La lengua del demonio se retiró para acompañar a su dueño en la persecución de la princesa, pero el Guardián la prensó con las armas.
Aunque estuvo a punto de perder el equilibrio por la táctica, Sigurd se mantuvo firme. Al ver que no podría liberar la lengua levantó los labios del hocico en una mueca feroz. Cambió de parecer: ¡sí que mataría a Dereck antes de ir por Sakti!
El Guardián cerró los ojos, resignado. Aceptó su destino y prensó la lengua del demonio tan fuerte como pudo para que por lo menos le dejara una cortada profunda que no le permitiera olvidarse de él. Sigurd se incorporó para darle un zarpazo, pero recibió un ataque por la espalda antes de que dejara caer la garra sobre el aesiriano.
Dereck escuchó el zumbido electrizante y el aullido de Sigurd. Cuando abrió los ojos vio que el demonio tenía el pelaje chamuscado y que de la espalda salía un humo denso. Alguien alcanzó al come-almas con un rayo de electricidad lo bastante fuerte como para llamarle la atención y enojarlo, pero no tanto como para inutilizarlo.
Sigurd se olvidó de Dereck. Giró el cuello para ver a su atacante. Kael estaba levantado, con una mano apoyada en la pared al final del camino, mientras que la otra apuntaba a Sigurd. De la espalda le sobresalían los huesos de las alas rotas.
«Tonto», pensó Dereck. «Puedes hacer algo mejor que eso. ¡Puedes disparar mejores relámpagos que ese! ¿Por qué no lo hiciste?». Aunque Kael apenas se mantenía en pie miró a Dereck con determinación. De un golpe el soldado entendió por qué su amigo no atacó con todo lo que le quedaba. Un relámpago más fuerte habría electrocutado también a Dereck, porque las espadas habrían conducido la corriente. «¡Qué idiota!». Dereck chascó la lengua. A él no le importaba terminar achicharrado si podían acabar con Sigurd.
El demonio giró sobre los talones y pateó a Dereck en el abdomen. El golpe tomó por sorpresa al soldado, lo hizo soltar las espadas y Sigurd quedó libre para correr hacia Thof y las chicas. «¡Los va a alcanzar!». Aturdido, Dereck se levantó, tomó una espada y la lanzó hacia el come-almas.
La espada voló hacia Sigurd. ¡Lo atravesaría y lo derribaría el tiempo suficiente para que Thof y los demás corrieran hacia Dereck! Quizá podrían escapar. Pero el monstruo se dejó caer al suelo. El arma le rozó la cabeza y siguió su trayectoria sin ningún inconveniente.
Hasta que alcanzó a alguien.
Dereck miró incrédulo su arma, que alcanzó un blanco que no tenía previsto. Las piernas le fallaron y cayó arrodillado, sin poder creerlo. ¿Cómo supo Sigurd cuándo esquivar el arma? ¿Y cuáles eran las probabilidades de que otra persona resultara herida? Dereck tembló cuando vio que la camisa de Kael se teñía de rojo por la espada que le atravesaba el pecho, y que lo tenía aprisionado contra la pared rocosa.
Sigurd se levantó y miró el resultado con una sonrisa de oreja a oreja.
Vaya… —rio—. ¿Quién diría que el soldado número uno mataría al número dos?
Caminó hacia Kael con tranquilidad e ignoró a los chicos que lo miraron horrorizados. Tomó la espada y la arrebató de un tirón, excitado por la sangre. Kael cayó a sus pies. Sigurd lo ignoró para regresar al lado de Dereck. Se detuvo delante de él, ronroneando como un gatito feliz, pero Dereck no se estremeció. No vio la espada ni la sonrisa alegre del demonio. Todo lo que vio fue el cuerpo de Kael, tendido en el suelo, mientras Katherine lo sacudía desesperada para despertarlo.
No pudo pensar en nada, excepto que él mismo había matado a su mejor amigo.
Sigurd le pasó el filo por la garganta. Fue como un pellizco de fuego. Dereck se llevó una mano al corte, pero las fuerzas lo abandonaron casi al instante y cayó de medio lado.
Tomará un poco de tiempo para que muera —se burló Sigurd—. ¡Así que siéntese y disfrute el espectáculo!
Sigurd lanzó la espada a un lado y miró a Sakti. Pero cuando dio un paso hacia ella, Thof la escudó y desenfundó la espada.
—Antes de que le pongas un dedo encima a la princesa —dijo con expresión seria— tendrás que pasar por encima de mí.
A pesar de su valentía, Dereck supo que su primo no tenía ninguna posibilidad contra el demonio.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

7 comentarios :

  1. Puff...esto se pone interesante, adad no se sabe que hace, aunque me parece que sale al final....no digo na mejor, pero solo una persona puede salvar a Sakti de sigurd, aparte de la misma sakti, y ¿quien podria ser aparte de Adad? Mejor dejo que sean los propios hechos quienes hablen por si solos. Me ha parecido un capitulo muy extraño, se mueren casi todos, y todo es tan...macabro...no se, me gusta y el final queda tan interesante. Me he liado un poco con la historia de Maat y los virtuosos, no se supongo que la tendre que leer otra vez. Pero en serio esta muy currado el capitulo, estoy esperando ansioso el 15 de noviembre!!!

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  2. Bien, capítulo espectacular, en el que demuestras, como siempre, que no tienes reparo en acabar con quien haga falta.
    Siempre se me presentan expresiones que se me hace extrañas para mi castellano de aquí de España, lo cual no quiere decir que sean incorrectas. A excepción de ésta: "Entre más almas consume..." Yo creo que tendría que se: "Cuantas más almas consume...", pero en fin, puedo estar equivocado.
    Me ha encantado la leyenda de Maat, quien llega a suicidarse por no provocar mál a su pueblo. Magnífico. Hay suicidas que salvan mundos, pero que previenen males no se conocen muchos. Fabuloso.
    Creo que te dejaste un lapsus en "Un mago cerca sw Sakti...".
    En cuanto a lo de las descripciones, no pienses que no esté bien, cada cual utiliza el estilo que le parece, era solo una duda que tenía al respecto.
    Un abrazo, Ángela.

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  3. Perdón por las faltas previas. Debí revisar el mensaje antes de enviarlo.

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  4. Hola, Velkar. Mil gracias por tus apreciaciones, mira que con esa anotación sobre "entre" o "cuando" me he puesto a pensar. Tendré que informarme para ver cuál de las dos es correcta, o si ambas lo son ;)
    Tambien gracias por lo del sw. Qué terrible. Y se supone que este capítulo ya está debidamente editado. Ahora podré editarlo COMO SE DEBE. Mil gracias :D
    Te envió saludos, y mis eternas disculpas por no estar leyendo "Leureley" en estos momentos. Por favor: échale la culpa a mis cursos. ¡Los odio! TwT
    Saludos ;)

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  5. Me parece increíble el sacrificio de los soldados… dejarse morir para al menos servir de lastres. ¡Qué grandes héroes!
    Tenía un par de observaciones que quería hacerte: en el párrafo que inicia con “Los dos alados estaban…”, dice “…sin estaban…”, cuando debería ser “…si estaban…”. Y, en el párrafo que inicia con “La espada voló hacia…”, dice “…para que Thof y los demás corrieran hacia Dereck!”, pero creo que debería ser “…corrieran hacia Kael”.
    ¡Uy! Que estrés estar atrapado entre una pared y el come-almas.
    Y las alas de Kael… bueno, en serio me dolió cuando se las quebraron. ¡Y con lo mucho que me gustaban!

    - Kirala

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  6. Estaba revisando un comentario anterior que te escribí que decía:"en el párrafo que inicia con “La espada voló hacia…”, dice “…para que Thof y los demás corrieran hacia Dereck!”, pero creo que debería ser “…corrieran hacia Kael”. Pero creo que entendí la vuelta al revés y creí que se iban a escudar con Kael, ahora que estaba consiente, para que les indicara cómo escapar y que Dereck se iba a quedar con Sigurd para darles más tiempo... no sé porqué entendí eso :P Pero lo volví a leer y ahora sí entendí que el punto era que TODOS escaparan juntos... esque eso de pasar tan cerca de Sigurd... como que a mi mente no le parecía y por eso no lo entendí a la primera, jajajaja

    - Kirala

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    Respuestas
    1. Ja, ja. Con justa razón: ¿quién pasaría al lado de semejante bicho? Claramente, los desesperados :D ¡Gracias por leer y comentar!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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