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Tiamat, ¿por qué?

TIAMAT, ¿POR QUÉ...?


El anochecer arrulló a las criaturas del bosque; pero los murmullos de los grillos y las ramas secas que se rompían al paso de una mujer interrumpieron la quietud nocturna. Silenciosa, Tiamat escondió la cabeza entre los largos pañuelos que escogió para el viaje de vuelta a casa.
Ya estaba harta. Lahore fue un buen sitio para ella pero siempre vivía con miedo. En la ciudad había magos por doquier y los humanos, como topos, vivían besándoles los pies.
Ella odiaba a los aesirianos.
Y odiaba tenerles miedo.
Sabía lo que la esperaba después de matar a Sekmet, porque reconoció al mago rubio que encabezaba la diligencia de aesirianos que llegó a Lahore en la mañana. ¿Cómo podía olvidar aquella noche de lluvia, relámpagos y sangre? ¿Cómo podía olvidar la desesperación que sintió antes y después de conocer a la niña aesiriana de cabellos grises?
Tiamat estuvo casada con un hombre que compartía con ella el temperamento fuerte y tirano. Ambos disfrutaban dar órdenes y ser temidos por los demás. Trabajaban los campos al igual que el resto de los krebins y hacían lo propio como esposos durante las noches, hasta que en una de las ocasiones Tiamat quedó embarazada.
Ninguno de los dos pudo escapar de la ilusión de ser padres. Se imaginaban que tendrían una cría con el mismo temperamento fuerte que le ayudaría a llegar lejos sin importar que tuviera que pisotear a los demás. Pero en lugar de ello obtuvieron a Sekmet.
Fue una tarde, cuando la lluvia la alcanzó después de que recogiera frutas de un árbol. Su embarazo estaba lo bastante avanzado como para impedirle labrar la tierra, pero no tanto como para que permaneciera en casa. Las gotas de agua se intensificaron y la sangre también.
Empezó con un leve dolor en el vientre. Tiamat supo que daría a luz pronto, pero el dolor aumentó tan deprisa que no pudo caminar ni pedir ayuda. Estuvo sola hasta que llegó la noche y para ese entonces el feliz bulto de su vientre había descendido por las piernas, flaca, deforme y muerta.
Tiamat la cargó, arrulló y besó, pero la criatura no respondió. Permaneció inmóvil, con la boca entreabierta en una extraña mueca y los ojos abiertos y opacos, sin vida.
—¿La quiere?
La voz del aesiriano retumbó a su espalda, pero Tiamat no reaccionó. Solo pudo abrazar el trozo de carne que habría sido su preciosa hija y sollozar por la bebé muerta. Siempre se enorgulleció de ser ruda y fuerte, incapaz de sentir apego por otros pero… no esta vez. ¡Se había hecho tantas ilusiones con su primer hijo!
Un leve llanto. Un pequeño balbuceo. Tiamat buscó la reacción en su niña, pero los labios muertos no pronunciaron sonido alguno. De nuevo el llanto. El magnífico sonido de un bebé. Fue entonces cuando se giró al aesiriano rubio y alto que estaba detrás de ella. El hombre cargaba en los brazos un bulto que se agitaba con movimientos suaves. La bebé empezó a llorar. El mago la calmó con un movimiento arrullador, digno de un padre experto. Miró a la krebin y dijo:
—Se la entregaré si jura protegerla con la vida. Por ahora no puedo encargarme de ella como la Ley me lo pide. Le daré esta niña si jura protegerla tal y como cuida esa… cosa. —Sigfrid arrugó la cara al ver la carne deforme de la bebé muerta.
—¿Será… mía?
—Hasta el día que yo vuelva por ella, sí. ¿La quiere? —Tiamat dejó caer el cadáver de su bebé y extendió los brazos al bulto que Sigfrid le ofrecía.
No se dio cuenta de que el General sonrió con malicia, alegre de quitarse un peso de encima. Sigfrid se arrepintió de la sonrisa casi de inmediato y la borró, preguntándose qué estaba mal con él. No debía estar complacido porque alguien más se haría cargo de la niña que él debía cuidar. Debía estar triste y resignado porque esto era lo mejor para la bebé. Aunque sabía que esa no era ninguna mentira, sí que estaba aliviado de alejarse de Sakti.
Todavía no podía perdonarla.
Todavía no podía perdonarse a sí mismo.
—Debo advertirle que esta niña no luce como krebin, mucho menos como humana —dijo el General—. Pero estoy seguro de que será una hija que cualquier padre desearía tener.
El entumecimiento de sus emociones comenzaba a ceder y estuvo a punto de retirar a la niña y quedársela, aun a costa de las consecuencias para Masca si la llevaba a la Capital. Pero al final superó el momento de debilidad y dejó que su raciocinio actuara por encima de cualquier sentimiento. Apretó a Sakti contra el pecho, miró una última vez sus mechoncitos –¡¿Por qué no se parecía a su madre?!– y le susurró:
—Juro que volveré por usted, Alteza… Así sea lo último que haga. —Entonces la entregó sin dudar o temblar, como si se quitara un parche de una herida todavía en carne viva. Tiamat la recibió con ojos locos de felicidad.
—¡Mi niña, mi niña!
Un relámpago iluminó el cielo y Sigfrid desapareció. A ella le importó poco. Tenía una niña en brazos, su niña, y eso era lo único que importaba. Besó la frente y los mechones de la bebé y descubrió un poco su cabecita para contemplarla mejor. Pero no le agradó.
Los mechones eran grises. La bebé abrió con timidez los ojos, del mismo color. Parecía la cría de un animal místico o un espíritu, pero no la de una persona. El cabello gris era símbolo de maldición y deshonra entre los krebins. Se creía que las mujeres que habían cometido adulterio daban a luz a niños con cabellos de anciano.
¿Qué sería peor? ¿Llevarle esa bebé a su esposo y que él pensara que compartió cama con otro hombre? ¿O confesar que su vientre estaba muerto, que sus entrañas jamás podrían darle un hijo sano y fuerte?
—¡Espere! —gritó Tiamat al aesiriano, pero ya era muy tarde.
Cuando alzó la mirada vio un ave gigantesca que levantó el vuelo con Sigfrid montado en ella, mientras la lluvia caía con fuerza y los relámpagos amenazaban con derribar los árboles.
Pensó en abandonar a la bebé bajo el mismo árbol en el que dio a luz a su hija muerta. Pero la mirada seria y fría del aesiriano caló muy hondo en ella, como si fuera una marca que jamás podría borrar. Sabía que si la dejaba morir, tarde o temprano ese mago le daría muerte a ella. Y no sería rápido, sino más bien lento y doloroso, al mejor estilo aesiriano. Así que la llevó a su casa, la presentó a su esposo y las desgracias comenzaron.
Jamás podría olvidar por qué la llamó Sekmet.
Detente —susurró una voz en medio del bosque. Tiamat regresó a la realidad—. Detente —repitió la voz.
—¿Quién eres? —gritó la krebin.
Yo soy Marduk.
Los destellos brillaron a sus pies. Tiamat saltó para evadir lo que fuera eso, pero a los lados se formaron signos que la encerraron en un pentagrama luminoso.
Vas a pagar por el daño que le hiciste a mi prometida.
Un dolor agudo le revolvió las entrañas. Fue como si sus intestinos y costillas se convirtieran en carbón, y la sangre fuera fuego. Se dobló en el suelo, adolorida. Apretó los dientes por unos segundos pero la intensidad del calor aumentó. Cuando su grito rasgó la noche la voz del pentagrama la ignoró.
Te burlaste de ella. La azotaste. Te llenaste de su sangre. ¡Y por eso yo haré que te conviertas en cenizas!
Tiamat supo que estallaría. En unos segundos sería un montón de trozos de carne ardiente.
—¡Alto! —interrumpió una nueva voz.
A pesar del dolor Tiamat reconoció al hombre que se asomaba entre los árboles. Nunca podría olvidarse de esa altura, esos ojos de hielo y el porte que infundía terror.
—¡Tú! —le gritó enfurecida. Él tenía la culpa de todo. Él le había entregado la maldición en forma de niña.
Sigfrid se detuvo sorprendido, porque no se esperó que la krebin lo reconociera. Menos con las vendas que le cubrían el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla.
—Es increíble que me reconozca, aunque prefiero que me trate de «usted» y no de «tú». No me gusta que tan siquiera las alimañas pronuncien mi nombre. —Sigfrid dio un paso hacia la híbrida, pero la voz de Marduk lo detuvo.
¿Qué vienes a hacer aquí?
—A reponer mi error. A matar a esta krebin.
¡Es mía para darle muerte! —espetó el Tercer Dragón. Sigfrid miró alrededor y vio búhos fantasmagóricos de ojos púrpura en algunas ramas, aunque no supo si la voz de Marduk venía de ellos o del pentagrama de luz—. A ti también debería matarte. Después del regalo y el poder que te di, después de la segunda oportunidad que tuviste ¡la dejaste con esta mujer! Debí haber enviado a un mensajero a criarla desde que era bebé. Mark fue solo un intento de último momento.
—Lamento mucho haberle causado problemas a la princesa —dijo el General—, pero ahora estoy aquí. Ahora me encargaré de que esté a salvo. —Marduk no dijo nada por unos segundos, pero el pentagrama luminoso se mantuvo a los pies de Tiamat.
Bien —dijo por fin—. Permitiré que te quedes a verlo. Pero yo, y solo yo, mataré a esta mujer del caos.
Las entrañas ardientes de Tiamat soltaron un olor rancio y siseos efervescentes. Sigfrid se apoyó en un árbol y vio a la mujer arder. Le agradó el espectáculo, aunque también tuvo que admitir que Tiamat era fuerte. A pesar de la muerte que la quemaba con besos de fuego, maldijo hasta el último instante:
—¡Es un monstruo! ¡Esa niña es un monstruo! ¡Sekmet es un monstruo!
La lengua se le cayó a pedazos. Aunque el cuerpo achicharrado continuó moviéndose entre llamas, ya no pudo decir ni una palabra más. Sigfrid miró el castigo sin pestañear, deseando que la tortura fuese eterna para esa mujer. Pero también se hizo una promesa.
«No es un monstruo», pensó. «Ni ella ni su hermano son monstruos. Aún. Yo me encargaré de que nunca se conviertan en uno. Me encargaré de que jamás se fusionen».

Este texto está protegido por Derechos de Autor.
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

6 comentarios :

  1. Por supuesto que seguía por aquí. Es más, me pasaba a diario, pero nunca acababa los comentarios, no sé por qué... :P. Repito lo que dije en el capítulo anterior: deben ser las clases, que me dejan tonto.
    En cuanto al capítulo, me ha parecido no solo interesante, me ha encantado.
    Me ha gustado saber más cosas sobre Sigfrid. No sé, es un personaje del que no enseñas demasiado, así que la gente tiene curiosidad. Es el morbo de lo desconocido... y eso que no me gusta considerarme morboso... Me he enterado de que sabe de la existencia de Marduk (bueno, esto ya lo sabía) y de que le permite hacer cosas hasta cierto punto, como matar a Tiamat, por ejemplo. Aunque tengo mis dudas, que mínimas, están ahí, ya que es una escena que no muestras (la del asesinato de Tiamat). Puede ser que:
    a)Fuera excesivamente violento y sangriento y ni te molestaste en escribirlo
    b)Realmente no la has matado.
    Habrá más posibilidades, pero es tarde y estoy cansado, así que no estoy realmente lúcido.
    Me ha gustado este cambio de punto de vista. El lamentado y pesimista de Tiamat la hace más humana, tener sus motivos y que nosotros los conozcamos... (aún dudo de su humanidad, las torturas con las que castigaba a Sakti, una cría (habló el crío...) me parecían excesivamente brutales e inhumanas.
    Bueno, seguiré leyendo y es bastante posible que mañana a esta hora tengas otro comentario mío. Voy a por "El Relato del virtuoso Ea"
    Saludos.

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  2. Gracias, Meleiz. Me encanta que intentes encontrar razones, soluciones y posibles sucesos. ¡La verdad me emociona mucho! Ojalá que con los próximos capítulos te entre más intriga, porque disfruto dejando cabos sueltos a diestra y siniestra para luego irlos amarrando de a poquitos.
    Te reitero: es un placer tenerte por aquí ;)

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  3. Yo creo que sí ha muerto Tiamat, ¡tiene que hacerlo! Además, no he sentido la más mínima lástima.
    También me ha gustado conocer cómo fue ese momento en el que cambió de opinión respecto a la niña, que no lo entendía muy bien.
    Un abrazo.

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  4. Me gusta dejar las dudas e irlas respondiendo a poquitos. Las razones de Tiamat las he explicado aquí, dejando al inicio el "misterio" de por qué trataba a Sekmet de la manera en que lo hacía.
    Verás que a lo largo hay muchas dudas, muchos sucesos que de primera entrada no tienen sentido pero, en cuanto avance la historia y se muestren más personajes, sus motivos, pasados y relaciones se irán revelando ;)
    ¡Muchas gracias por pasarte, Velkar! Yo también me paso por tu blog, pero todavía no he terminado de leer el capítulo 10 y me he vuelto loca con todos los deberes de la U. Espero me disculpes. ¡Ciao, y es genial tenerte por aquí!

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  5. Me gustó mucho toda esta explicación, aunque todavía me cuesta un poco aceptar la idea de una Tiamat tan deseosa de ser madre.
    Lo que sí, es que me entró la duda… cuando estaban buscando a Allena, buscaban a una niña de pelo rosado, como el de su mamá, pero Sigfrid sabía que tenía el pelo gris… o ¿fue tanta la confusión de esa noche que lo olvidó? o ¿lo convenció Adad que su hermana era en serio igual que su madre?
    En fin, me alegró mucho que el Tercer Dragón se hiciera cargo de la persona tan egoísta y violenta que trató a una niña con tanta crueldad y desprecio.

    - Kirala

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    Respuestas
    1. ¡Hola! Primero, perdón. ¡Hasta ahora veo tu comentario (y los otros)!
      Segundo, en siguientes volúmenes podremos ver que, en efecto, Sigfrid no estaba muy cuerdo el día en que dejó a Sakti con Tiamat.
      Pero es cierto lo que mencionas: el hecho de que "olvidara" el pelo gris es extraño. ¿Un error garrafal de él... o mío? D:
      Como siempre, ¡mil gracias por hacerme ver estos horrores! Revisaré con más detalle la historia, porque eso del pelo gris vs. pelo rosado es importante; y ahora no me acuerdo si lo resolví bien o si nunca se me pasó por la cabeza. ¡Lo escribí hace años! ¡Ah, qué desastre que soy!
      ¡De verdad, muuuuchas gracias por leer y hacerme ver estos desaciertos!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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