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Capítulo 10

10
LAS ALMAS DE LOS CAÍDOS

—Tranquilízate, Dereck —susurró Sigfrid mientras lo sostenía por los hombros y lo obligaba a acostarse de nuevo.
«¿Qué pasa?», se preguntó. «¿Qué hace el señor Montag aquí?». Después reconoció unos gritos. «Kael…». Quiso hablar pero una sonrisa de sangre le atravesaba la garganta. ¿Cómo no se había muerto todavía? ¿Cómo Kael tampoco había muerto? Los gritos de su amigo lo estremecieron. Fue como si rugiera en una caverna donde se producía un eterno eco. Cuando abrió los ojos reconoció la tela blanca de una tienda y el uniforme de varios soportes médicos, que se movían alrededor como abejas apresuradas. Dereck escuchó un zumbido rápido por encima de sus voces urgidas y los gritos de Kael.
Al reconocerlo se sentó de un salto. Era una sierra. «Sus alas. ¡Le van a cortar las alas!». No podía permitirlo. Para un mago alado las alas eran mucho más valiosas que la vista, que las piernas, que las manos. Ya Dereck había lastimado mucho a Kael, ¿cómo iba a dejar que le arrebataran algo más? Pero el mareo y la debilidad pudieron más que él y Sigfrid lo recostó otra vez en la cama.
—Lo encontraron muerto —explicó el General—, pero los curanderos lograron revivirlo. Si no le cortan las alas Kael morirá por una infección. ¿Es eso lo que quieres?
Un sudor frío le bajó por la espalda. Por la cabeza le corrieron sin ningún orden fragmentos de la batalla anterior, pero supo con certeza que Sigurd hizo una carnicería con sus compañeros. También tuvo la sensación de que había visto algo peor que eso, pero no le pudo dar nombre, color o rostro al miedo que más lo había impresionado.
Cuando Dereck se calmó un poco, Sigfrid miró la camilla en la que a Kael Del Varten le amputaban las alas. Cruzó los brazos sobre el pecho y no parpadeó mientras el disco de metal giraba en las manos de un curandero. Algunos aprendices sostenían las piernas y los brazos de Kael, como si temieran que despertara y los derribara a todos por cortarle las alas maltrechas. Pero el muchacho no tenía fuerzas para defenderse. Apenas podía gritar, como si su voz fueran trozos de vidrio girando en una tormenta furiosa. «A pesar de todo eres afortunado, Kael», pensó el General. «Solo tú, Faldor y Dereck sobrevivieron. Ni uno más».
Llevaba cuatro semanas esperando en el campamento a una señal de Adad o del grupo de Sakti. Después de que se separaran del príncipe, el grupo de Sigfrid llegó sin ningún contratiempo a la muralla Oeste de Masca y se asentó en un campamento militar a esperar instrucciones. Por fin esa mañana una tropa liderada por el comandante Dionisio encontró lo que quedaba del grupo de Dereck y presenciaron, a lo lejos, el ataque de Sigurd a los sobrevivientes.
Sigfrid aún no tenía un informe en el que se le explicaran todos los detalles –ni lo tendría pronto, considerando que un sobreviviente tenía la garganta cortada, uno las alas amputadas y el otro un brazo y una pierna cercenados–, pero sabía que la batalla fue una masacre y que Sigurd logró escapar.
Los sobrevivientes y lo que quedaba de los cadáveres fueron transportados al campamento. En la tienda había varias camillas cubiertas con una sábana blanca, de las que emanaba el hedor de la carne y la sangre quemadas. Los soportes médicos se acercaban sistemáticamente a los cadáveres para trasladarlos a otra zona de la tienda, donde terminaban de llenar la planilla con los datos de los caídos si podían reconocer los cuerpos.
El General miró otro catre en la zona de cadáveres. La sábana que cubría el cuerpo no era lo bastante larga y dejaba al descubierto las puntas rojizas de las alas. El curandero que lo había guiado por la tienda le había dicho que murió rápido y que no sufrió, pero eso no alivió la frustración de Sigfrid. Se suponía que Katherine de Kerveinsen estaría a salvo en el Templo de las Doncellas, dentro del mismo Palacio de Masca. Pero ahora era otra víctima de las maquinaciones del come-almas.
—Es aquí, señor —dijo el curandero anciano mientras le daba unos golpecitos tímidos en el brazo para llamar su atención—. Aquí sentimos las otras almas.
Sigfrid quiso ver la amputación completa de Kael, porque sentía que era su responsabilidad. Fue quien tomó la decisión de cortarle las alas y le debía al menos eso. Pero el informe del curandero era muy importante como para ignorarlo.
—¿En Dereck? —preguntó con una ceja ligeramente levantada. El curandero tenía las manos en el pecho descubierto del soldado y asintió.
—Sí, están encarnadas aquí. Quizá usted también podría sentirlo si se acerca más…
El curandero hizo una seña para que Sigfrid tocara el pecho de Dereck. Apenas rozó la piel del muchacho lo vio todo.

****

Sigurd rio, arrancó la espada del pecho de Kael y después se dirigió a Dereck. El muchacho apenas lo vio. Había matado a su amigo. Sintió el corte en la garganta, la debilidad casi inmediata y la tierra áspera contra la mejilla cuando cayó de lado. La sangre se precipitó sobre él y el suelo, ahogándolo. Vio que Sigurd avanzó hacia Sakti, pero Thof dio un paso al frente y sacó la espada para proteger a la princesa y a la Doncella.
—Antes de que le pongas un dedo encima a la princesa tendrás que pasar por encima de mí.
«No, ¡tonto!», pensó Dereck. Sigurd se rio con ganas, como si un ratón hubiese amenazado de muerte a un león. Para el come-almas sería más que fácil matar al muchacho y a las dos chicas que se escudaban tras él. Cuando el demonio dio un paso hacia ellos, Thof se lanzó con la espada en alto. Sigurd le respondió con la lengua de acero, pero el chico era el oponente más bajo que había enfrentado hasta el momento y por eso pudo burlar mejor los ataques. Cuando Thof le hizo un corte en la cara, el demonio retrocedió. No se pudo creer que ese maldito mocoso sí lo alcanzara.
—No te enojes, Sigurd, porque no hay nada de qué preocuparse —se rio Thof mientras señalaba la cortada en la mejilla del come-almas—. Ya eras feo antes así que no hay mucha diferencia.
Sigurd gruñó y saltó sobre Thof sin misericordia, sin darle un respiro. La sonrisa del chico se esfumó cuando comprendió que estaba en problemas. Las bromas se habían acabado. Ya no podía atacar, solo defenderse. Katherine también lo entendió y al fin reaccionó. Jaló a Sakti consigo, quizá lista para alzar vuelo y superar esa enorme pared, pero la princesa no se movió de su sitio.
—Espera —le ordenó con los pies plantados en el suelo, la mirada fija en la batalla y la voz serena, cortante y fría.
No tenía miedo. No tenía miedo pero eso aterró a Dereck. El soldado recordó la cara tranquila de la niña cuando descubrió que Sigurd los seguía y su calma mientras todos los soldados solo querían echar a correr despavoridos. ¿Por qué Sakti no estaba asustada, como Katherine, Thof, Dereck y los demás?
La suerte de Thof se acabó. Sigurd lo pateó tan fuerte que lo hizo soltar la espada. Para cuando intentó recuperarla el come-almas lo agarró de una pierna, lo mantuvo suspendido delante de él y tomó la cabeza del chico como si fuera una uva. Katherine cerró los ojos pero Sakti permaneció firme cuando el demonio jaló.
El cuerpo de Thof se partió por la mitad.
—¡NO! —aulló Dereck, pero ni Thof ni Sigurd lo escucharon.
Katherine se tapó los oídos como si no soportara sus propios gritos de pavor, pero Sakti no se movió. Ni siquiera palideció. Miró el cuerpo mutilado del joven soldado. Luego los trozos de guerreros desperdigados por doquier. Y después los ojos amarillos del come-almas.
Por un momento Dereck creyó que la chiquilla entendería de golpe que estaba a punto de morir. Esperó con ansia y horror el instante en que el rostro de Sakti se deformaría por miedo y exclamaría el último grito de su vida. Pero en lugar de eso una sonrisa esplendorosa se asomó a sus labios.
—¿Eres más fuerte que el Emperador? —preguntó ilusionada, casi con inocencia.
A Sigurd lo tomó por sorpresa la reacción de la chiquilla, pero hinchó el pecho con orgullo, lanzó los trozos de Thof a un lado y dijo:
Por supuesto. Soy el ser más poderoso de la Tierra.
Sakti hizo algo más inesperado: rio. La chiquilla tímida y temerosa de demonios rio con ganas y placer en la cara del peor de todos. Fue tan irreal ver su carita risueña en ese teatro de pesadilla que Dereck pensó que estaba alucinando por la pérdida de sangre.
—Eso lo dudo pero sí eres fuerte —accedió ella. Se secó una lagrimilla de felicidad que le corrió por la mejilla. Luego extendió la mano y dijo—: ¿Quieres unirte a nosotros? Juntos, tú, mi hermano y yo podemos derrotar al Emperador. Mientras no te comas nuestras almas dejaremos que hagas con el mundo lo que te plazca. ¿Tenemos un trato?
A pesar de que Sigurd estaba de espaldas a él, Dereck vio que la quijada del demonio cayó casi al suelo por la incredulidad. Katherine también abrió la boca de par en par y miró a Sakti con ojos vidriosos. La Doncella se recuperó de su estupor y tomó una gran bocanada de aire para gritar un sinfín de improperios a la princesa, pero Sigurd se le adelantó con una risotada estridente y gutural. El monstruo se tiró a los pies de Sakti, golpeó con los puños los huesos que cubrían el suelo y se sostuvo el estómago mientras se destornillaba de la risa. Dereck no supo qué le parecía tan gracioso al demonio. ¿Que una chiquilla quisiera hacer un trato con él o que la princesa por la que tantos soldados murieron los traicionara con la propuesta?
—Si no te parece la idea solo tenías que rechazarla. No tenías por qué reírte —reprochó Sakti. La carita risueña había desaparecido y solo quedaron los ojos grises con iris rasgados—. Vete —ordenó mientras le daba la espalda—. Necesito que estés vivo aunque seas una bestia estúpida.
La carcajada de Sigurd se detuvo de inmediato. Su sonrisa se convirtió en un rictus de orgullo herido.
¿Estúpida, dice? Nadie me da la espalda ni me humilla de esta forma, jovencita. Mucho menos las almas que más deseo.
Sigurd se incorporó de un saltó, sacó la lengua y la lanzó a la espalda de Sakti. Ella no se volteó a enfrentar al come-almas porque supo que no hacía falta. Escuchó el chillido de Katherine mientras se interponía entre ella y el demonio. Cuando Sakti miró por encima del hombro vio que la Doncella casi estaba sobre ella, separada apenas por un par de centímetros.
Katherine la miró incrédula, con los ojos vidriosos. Cuando bajó la mirada al pecho vio que en su vestido blanco crecía con rapidez una flor roja. En medio de los pétalos de sangre resaltaba la lengua negra del come-almas, que la había atravesado. Cuando la Doncella miró otra vez a Sakti la princesa comprendió que lo que más la impactaba era que la niña flaca y silenciosa que había educado en los últimos meses ni siquiera parpadeara ahora.
—No lo entiendo —dijo incrédula—. Se supone que los Dragones son criaturas benévolas, pero dejaste que Thof muriera.
Respiró profundo para darse fuerzas, pero un hilillo de sangre le escurrió por los labios y en las mejillas corrieron un par de lágrimas. Una idea ensombreció el rostro de Katherine. La traición le dolió más que el golpe del come-almas.
—Dejaste que todos murieran, ¿verdad? ¡Fingiste todo este tiempo! ¡Sabías que el demonio nos seguía! Pudiste alertarnos, pudiste escapar y salvarnos a todos, ¡pero dejaste que nos matara!
—¿De qué hablas? —replicó Sakti mientras levantaba los hombros.
Dereck se preguntó si su protegida comprendía lo que pasaba. ¿Entendía que a Thof acababan de aplastarle la cabeza? ¿Entendía que su prima se estaba muriendo porque la había escudado? Sakti siguió como si nada, con un tono condescendiente:
—Pudiste volar, pero te quedaste aquí. Pudiste retroceder medio paso y dejar que Sigurd me hiriera, pero me protegiste. Tú eres la que pudo salvarse a sí misma y no lo hiciste.
La Doncella enmudeció con la mirada fija en la chica. Se tragó cualquier reproche que quisiera hacer, pero dio con la pregunta correcta:
—¿Quién eres?
Dereck notó la tímida sonrisa de placer en los labios de Sakti. La niña abrió la boca para responder, pero Sigurd sacó la lengua y Katherine perdió el único apoyo que la había sostenido hasta el momento. Cuando la Doncella cayó a los pies de Sakti le gritó para que escapara. Sigurd echó la cabeza hacia atrás y el Pantano se llenó de luces. Eran las almas de los caídos. Los labios de Katherine se iluminaron por unos segundos, antes de que su alma volara hacia Sigurd. Después la Doncella guardó silencio.
El come-almas miró a Sakti con una sonrisa de oreja a oreja. Su expresión anunciaba la muerte de la niña. Luego levantó los brazos y las espadas y hachas de los soldados se levantaron en el aire. Las armas levitaron vacilantes, porque la nueva esencia del demonio aún no se asentaba en el estómago con el resto de las almas. Pero después todas las armas se estabilizaron y los extremos más filosos apuntaron hacia Sakti. Tomaron impulso y salieron disparadas a ella.
Sakti no se movió. Miró las espadas y las hachas y las recibió con un muro de carne. Dereck se estremeció cuando los cuerpos desechos de sus compañeros se levantaron juntos para proteger a la niña. A pesar de la distancia escuchó el corte de la carne, la salpicadura de la sangre y el crujido de los huesos.
Sigurd miró el truco y alzó una de sus peludas cejas.
Tenía entendido que todavía no sabe usar magia, Alteza.
—Te equivocaste —respondió ella mientras se asomaba por entre los cadáveres. Su cara se iluminó con una ligera sonrisa pícara cuando vio un puntito brillante en el pecho chamuscado del demonio—. Mi hermano me enseñó. Y más de lo básico, debo agregar.
Las espadas se desprendieron de los cadáveres y volaron en dirección al come-almas. Sigurd se cubrió el rostro con sus robustos brazos y permaneció inmóvil, recibiendo los golpes para atacar después. Pero cuando la lluvia de armas cesó y él se irguió de nuevo, Sakti ya estaba delante de él con una mano extendida hacia su pecho.
En ese momento todo se detuvo y se hizo borroso. La imagen perdió nitidez, los colores se difuminaron, los contornos desaparecieron y solo quedó una espesa neblina que se convertía en oscuridad.
Sigfrid suspiró molesto. ¿Por qué Dereck se desmayó justo en el clímax de la batalla? ¡Ahora no sabría cómo Sakti se las ingenió contra el demonio! Pero sí sabía que la niña los había engañado. Todos creyeron que ella todavía no sabía controlar ni una pizca de los poderes del Primer Dragón, pero pudo levantar más de quince cadáveres con la esencia de la telequinesia para protegerse del come-almas. ¿Qué otros poderes controlaba? Debía de tener uno o dos trucos más bajo la manga. ¿Cómo, si no, sobrevivió a Sigurd sin ningún soldado que la protegiera?
Además, Sakti también propuso un trato al come-almas: derrotar al Emperador. ¿Con qué fin? ¿Qué ganaba ella con eso? ¡Tan solo insinuarlo era traición! Aunque no entendió por qué la princesa habría pensado algo así, supo que Katherine tuvo razón: la niña dejó que los soldados murieran. Si podía controlar la telequinesia o algún otro poder pudo haber intentado salvarlos. Pero se quedó plantada al margen de la batalla. Midió con paciencia al come-almas, observó sus movimientos, lo estudió.
El General sonrió porque supo que Sakti tenía potencial y nada de corazón. Se parecía a él. «Dentro de nada tendré una excelente oponente en la estrategia». Un príncipe talentoso en la estrategia militar era una pieza bienvenida y valiosa para el Imperio. Pero borró la sonrisa porque quizá no era buena idea que su ahijada tuviese esa habilidad.
No podía lidiar con ella si era igual a Adad: rebelde y problemática. Si era lista y se ponía en su contra, ¿cómo podría controlarla? Supo que por el momento no podía hacer nada. Sakti no sabía que él estaba al tanto de sus intenciones, así que tenía que esperar. Tenía que guardar silencio y observarla para saber qué tanto control tenía sobre su magia y por qué quería aliarse a Sigurd. «¿Adad lo sabe?», se preguntó el General. «¿Sabe que su hermana propuso un trato a un demonio?». Si lo sabía Sigfrid podría estar lidiando con algo mucho más grave.
Respiró profundo y se dejó arrastrar por la realidad para salir de los recuerdos de Dereck. Después de unos segundos se percató de que aún estaba allí, en el momento borroso del encuentro entre Sakti y el come-almas. Sintió un par de presencias. Cuando se giró para verlas un par de espectros sin forma le ofrecieron un saludo. Sigfrid los miró fijamente hasta que las apariciones al fin tomaron rostros. Eran Lerion y Thof.
—Señor.
Los soldados tomaron posición firme, como si todavía estuviesen vivos y enteros. Sigfrid había visto sus cuerpos deshechos y rostizados sobre las camillas, pero mantuvo el rostro impasible. Tensó los hombros y se irguió como cuando iba a dar instrucciones a una tropa.
—Descansen e informen.
Lerion dio un paso al frente.
—Somos los rezagados. La princesa liberó las almas de nuestros compañeros y derrotó a Sigurd. Nosotros quedamos atrás para informarle, señor.
Thof dio un paso al frente, chascó los dedos y el momento borroso ganó nitidez de nuevo. Aunque Dereck no lo había visto, el alma de sus compañeros lo recordaba muy bien. Sigfrid vio a Sakti y al come-almas como si fuesen un cuadro congelado en el tiempo. La niña tenía la mano extendida al pecho del monstruo y sonreía como una gata apunto de devorar a un ratón. Sigurd la veía con el rostro deforme por las cortadas, con los labios levantados sobre el hocico y los dientes al descubierto. Sigfrid supo cuáles eran las intenciones del demonio antes de que el tiempo siguiera su curso.
Una gota de sangre resbaló lentamente del hocico del come-almas, mientras que alrededor las espadas y hachas terminaban de caer al suelo. Luego todo se precipitó, como en una cascada. La lengua de Sigfrid salió disparada a Sakti y la golpeó en el hombro izquierdo, pero ella llegó a rozar el pelaje chamuscado del monstruo.
Cuando Sakti cayó por el golpe de Sigurd el demonio se prendió en llamas azules. El General abrió los ojos, tenso como un arco. ¿Cómo pudo Sakti crear el fuego maldito? No. Ningún mago podía hacer fuego azul y solo los Aesir podían controlarlo. ¿Pero cómo…?
—Ah… rojacomolasflores, rojacomolasfloresrojacomolasflores… —la escuchó gemir.
La vio encogida en el suelo, con la mano derecha sobre el hombro herido. Sigurd agitó los brazos y perfiló sombras azules sobre el cuerpo de la niña.
¿Qué has hecho, mocosa? —gritó—. ¡¿Qué has hecho?!
Sakti se sentó entre espasmos y miró con ojos fuera de órbita a la antorcha viva. No pudo mover el brazo izquierdo, pero levantó el derecho, empapado en sangre, y señaló las llamas.
—¡Fuego! —rugió—. ¡Fuego, fuego, fuego! El regalo de mi hermano, ¡su obsequio para destruirte! —Su rugido se convirtió en una carcajada lunática, como la de Sigurd cuando rechazó la oferta de la princesa—. ¡Fuego! —repitió—. ¡Fuego azul para acabarte!
Las llamas se alzaron como las ramas de un árbol sacudidas por un huracán. En medio del fuego se prendieron otros destellos de distintos colores, mucho más limpios y puros que las flamas malditas. Las estelas se separaron de Sigurd y ascendieron como en un torrente al cielo. Eran tantas, tantísimas almas, que el General no pudo ni empezar a contarlas.
Solo notó que dos de ellas se apartaron de las demás y se unieron a Dereck.
—Los demás nos dijeron que teníamos que quedarnos con él para que sobreviviera —le informó Thof. Por su cara, Sigfrid supo que lamentaba mucho no haberse despedido del primo con el que peleaba cada dos por tres—. Y también para entregarle un mensaje, General.
Las almas aún salían en torrentes de luz, pero el demonio ya no era lo único que ardía. Sakti había perdido el control. Sigfrid la vio otra vez encogida en el suelo, aterrada mientras susurraba entre dientes. Ya no era la niña que propuso un trato al come-almas o la que levantó un muro de cadáveres para protegerse. Era solo una chiquilla sola y asustada en un mar de fuego azul.
Las llamas se lanzaron voraces sobre los cadáveres, los huesos, las espadas y las hachas. Luego subieron a los arbolillos y lamieron la enorme pared que impidió a Thof escapar con la Doncella y la princesa. Sigfrid tuvo que contener el impulso de correr hacia Sakti para salvarla antes de que las llamas la devoraran, porque supo que eso no estaba pasando, que ya había ocurrido y que la niña estaba a salvo.
Pero justo cuando empezó a dudarlo, justo cuando creyó que el fuego sí la consumiría, una voz suave y agradable resonó entre las llamas. Las lenguas de fuego se contrajeron. Abandonaron los arbolillos, bajaron de la pared, soltaron los cadáveres y se levantaron en una gran ola azul. Sigfrid siguió la dirección de las flamas, que se dirigían a la cúspide de la pared. Allí distinguió las siluetas de varios aesirianos, montados a caballo y con la cara descompuesta por el terror.
Entre ellos destacaba el único que mantenía un rostro sereno e impasible. El fuego se contrajo otra vez en una esfera furiosa que ardió sobre la palma de Adad. El príncipe miró el cuerpo rostizado de Sigurd con ojos desapasionados. Cuando el come-almas se irguió sobre las patas carbonizadas y llenas de ampollas, devolvió al príncipe una mirada furiosa. Gruñó por lo bajo porque supo muy bien que a Adad le bastaba con enviar todo ese fuego contenido a él para acabarlo.
Pero el príncipe no se movió y Sigurd retrocedió un paso. Luego otro, otro y otro, hasta que supo que Adad no haría nada. Sin pensarlo más echó a correr. Su cuerpo humeante dejó una estela de vergüenza y humillación entre los árboles cuando retrocedió al Pantano. Sigfrid lo supo entonces. «La princesa no fue la que ofreció el trato al come-almas. Fue el príncipe. Él lo planeo. Su hermana solo dio el mensaje a Sigurd».
Sin que nadie se lo dijera, el General comprendió por qué Adad lo había hecho.

****

Adad se había quedado en el bosque antes de la montaña Kapir para demostrar que nadie podría controlarlo nunca más. Aquella noche en la tienda, Sigfrid escuchó el trato de su ahijado: mientras el General llevaba a un grupo a Masca y Sakti escapaba en compañía de los mejores soldados, Adad enfrentaría al come-almas.
—Lo derrotaré —le dijo— y traeré una prueba para ti y el necio de mi tío. Cuando vean que derroté al come-almas no volverán a controlarnos ni a mí ni a mi hermana. ¡Promételo!
—¿Y si muere? ¡¿Qué haremos si el come-almas lo mata y devora su alma?! —le gritó el General—. Piense en las consecuencias. ¡Piense en los aesirianos si el demonio absorbe el alma y el poder de un Dragón!
—Si eso sucediera todos ustedes llorarían por la Profecía y no por mí, así de fácil —lo cortó Adad con una tímida sonrisa en los labios.
Sigfrid retrocedió, avergonzado. No pudo creerlo. ¿De verdad Adad le importaba tan poco como para enfadarse al pensarlo muerto? Incluso él, tan cínico y cruel, sabía que esa no era la reacción correcta. Si su ahijado moría debía sentirse triste y desolado, no enojado con Adad por dejar una Profecía sin cumplir.
El príncipe aprovechó la turbación del General y continuó:
—Aunque no acabe con el come-almas él no me matará.
El muchacho jugó con la botellita de cristal vacía. Como no lo vio a los ojos Sigfrid supo que Adad estaba dolido.
—No moriré porque no puedo dejar a mi hermana en tus manos. Ya no confío en ti para protegerla. —Hizo una pausa y sonrió de nuevo, aunque sin ganas—. Volveré aunque Sigurd me derrote. Si regreso sin honor, entonces tú y tío pueden seguir jugando conmigo. Entonces no pondré objeción. Pero antes, no. Antes enfrentaré esta prueba. Antes les demostraré de lo que soy capaz.
Sigfrid lo permitió. Aceptó el trato de Adad; no porque estuviera completamente seguro de que el príncipe regresaría a salvo, sino porque sabía que se lo debía. Por todos los engaños, las mentiras y la manipulación le debía a Adad la oportunidad de demostrar su valía.
Supo –o lo quiso creer– que el muchacho regresaría por Sakti. Regresaría así tuviera que arrastrarse por las cinco montañas que lo separaban de Masca, sin brazos ni piernas. Regresaría pero Sigfrid no sabía si soportaría ver al príncipe después de su encuentro con Sigurd.
Así ganara o perdiera, nada volvería a ser lo mismo entre Adad y el General.

****

Sigfrid supo que era su culpa por presionar tanto a Adad. Seguro que el muchacho propuso ese trato con el come-almas en un intento desesperado por encontrar aliados contra la manipulación del General y el Emperador. ¿Pero de verdad estaba dispuesto a pagar un precio tan grande para librarse de lo que se esperaba de él? ¿Consideraba al come-almas el menor de dos males al compararlo con el General y el Emperador? Sigfrid no supo cómo tomarse eso.
—El mensaje, señor —dijo Lerion mientras señalaba a los soldados que Sakti no había salvado y las cenizas del fuego azul que Adad había controlado—, es que los Dragones están despiertos. Y no pretenden seguir la Profecía.
A Sigfrid no le sorprendió escucharlo. Había visto escenarios más terribles que el Pantano, pero lo que Sakti y Adad provocaron a tan corta edad hablaba fuerte de lo que serían capaces de hacer con más edad. ¿Qué haría entonces?
Vio a Adad. El muchacho guardó el fuego azul en la botellita de cristal y saltó. Cualquier aesiriano sin alas se habría roto las rodillas al dejarse caer desde semejante altura, pero Adad aterrizó con la gracia de un Aesir. Majestuoso y ligero como si fuera aire. Dirigió una última mirada al camino del come-almas y asintió porque supo que hizo un buen trabajo. Sigurd no regresaría.
Pero cuando vio a Kael perdió el rostro inexpresivo y magnífico de un príncipe. Ante la sangre y las alas rotas de su Guardián pareció el niño de siete años que un día descubrió que lo había perdido todo: a sus padres y a la hermana que había esperado por toda la eternidad. Pero Adad se recuperó, se hincó al lado de su hermana y la tomó en brazos para consolarla.
—Tranquila —susurró él. Sus palabras llegaron claras a los oídos de Sigfrid—. Lo hiciste bien, Allenita. Todo salió bien, tranquila.
Adad la meció y le acarició la cabeza con ternura, como si el cuerpo sin vida de Katherine o los dos trozos de Thof no estuvieran allí. Ella le pasó el brazo derecho por el cuello y lo estrechó. También le preguntó algo, pero el General no le entendió.
—Sí, tuve éxito —respondió el príncipe—. Traje la prueba de que ya no estamos bajo su control. Tío y Sigfrid serán unos idiotas si incluso así intentan manipularnos de nuevo.
La escena se convirtió en humo. Las volutas se arremolinaron frente a Sigfrid, las figuras de Thof y Lerion se desvanecieron y el General abrió los ojos. Ya no estaba en el Pantano, sino en la tienda del campamento al lado de Dereck.
Algunos curanderos vendaban la espalda de Kael, otros seguían con el inventario de muertes y unos pocos limpiaban los instrumentos médicos. El curandero anciano todavía estaba al lado de Sigfrid, tomándole el pulso a Dereck.
—Sobrevivirá, sobrevivirá —afirmó—. Los Sunkel son rudos, casi tan buenos como los Montag o los Tonare. —Luego hizo una seña y una curandera se acercó a ellos. La mujer traía una bandeja con dos tazas de té y las ofreció—. Por la princesa y los Guardianes —dijo el anciano mientras levantaba su taza—. Por sobrevivir al come-almas.
Después de tomarse el té de un sorbo se excusó para asegurarse de que vendaban bien a Kael. Sigfrid quedó solo junto a Dereck. Sintió el calor del té a través de la cerámica. Tenía muchas ideas en la mente. «El príncipe lo logró», pensó. «Sobrevivió. Ganó». Se sintió aliviado y orgulloso a partes iguales, pero después comprendió que no todo eran buenas noticias. «Ahora será más difícil».
—¡Ah, qué hermosas! —exclamó la curandera al tiempo que un par de luces se desprendieron del pecho de Dereck.
Cuando las luces se detuvieron frente al General la curandera abrió los ojos de par en par, sorprendida. Eran como estrellas en el cielo, bellas y cálidas. Sigfrid las miró con rostro impasible. Guardó silencio por unos segundos y después asintió a los destellos.
—Recibido. Ya pueden retirarse.
Las luces dieron un par de giros suaves, ascendieron un poco y desaparecieron antes de que alcanzaran el techo de la tienda.
—¿Las escuchó? —preguntó la curandera. A pesar del miedo que Sigfrid Montag generaba en todos los que lo veían, ella se animó—. ¿Qué dijeron?
—«Permita que nos salven» —murmuró Sigfrid—. «Permita que tomen esa decisión».
La curandera ladeó la cabeza sin entender el mensaje, aunque el General comprendió que el sacrificio de la Profecía debía ser voluntario, sin trampas ni manipulaciones de por medio. ¿Pero cómo podía eso ser si Adad y quizá también Sakti se negaban? La única manera era controlarlos. Solo así llegaría el sacrificio, el día de la Profecía, la salvación. Solo así se extinguiría la maldición.
—¡Me encantaría entender el lenguaje de los espíritus! —comentó la mujer mientras Sigfrid se bebía de un sorbo el té—. La leyenda dice que los que escuchan la voz de los espíritus escuchan también la voz de Dios. Usted es afortunado, General Montag: Dios le susurra al oído.
Sigfrid devolvió la taza y se dirigió a la salida sin decir ni una palabra, pero la curandera lo detuvo con timidez:
—¿Puedo saber qué hizo para entender el lenguaje de Dios? Ningún aesiriano nace con ese don. —Sigfrid la miró inexpresivo, guardó silencio por un par de segundos y después respondió:
—Solo hay dos formas de entender a un espíritu. La primera es ser uno mismo un espíritu. —La mujer asintió con las cejas levantadas, como si aceptara la obviedad que nunca supuso—. Y la otra forma… es haber estado a punto de convertirse en un espíritu. Morir… y regresar.
No dio tiempo a la mujer para hacerle otra pregunta. Se giró con rapidez, corrió la cortina de la tienda y salió al exterior. «Niña ingenua», pensó. «Nadie puede escuchar o hablar con Dios porque Él no existe».

****

Jadeó exhausto. Levantó los labios y gruñó por lo bajo, sin atreverse a hacer ruido. Los músculos estaban tensos, las quemaduras le ardían y sangraban pero lo que más le dolía era el orgullo herido.
¡Derrotado! ¡El gran come-almas fue derrotado por dos cachorros! Primero por Adad, aunque Sigurd se consolaba con que el chico tuvo suerte de caer al otro lado del río. De lo contrario quizá –eso sí, solo quizá– el resultado habría sido diferente. Al principio se divirtió mucho acosando y machacando al príncipe, pero con el juego lo subestimó. Por eso Adad le cortó la oreja, lo quemó lo suficiente con el fuego azul y se separó de él a tiempo.
Sigurd sacó la larga lengua y se chupó la oreja cortada. Todavía sabía a sangre y metal. Luego se chupó al pecho y despreció el sabor, que era una mezcla de carbón, pus, burla y derrota. ¡De verdad había subestimado a Adad! ¿Cómo no se dio cuenta de que el muchacho dejó residuos de fuego azul en su pelaje poco antes de que se separaran? Dejó el obsequio porque sabía que Sigurd perseguiría a Sakti y que ella podría aprovechar una llamita minúscula para provocar todo un incendio. Por un descuido en el primer combate Sigurd perdió el segundo contra una chiquilla que apenas conocía lo básico de la magia.
Al pensar en lo tonto que fue –¡y en cómo lo burlaron!– intensificó el gruñido. Pero al divisar un movimiento brusco guardó silencio. Entrecerró los ojos lo suficiente para que el reflejo dorado no se asomara entre los arbustos, y dejó de respirar para que el movimiento de los hombros no delatara su ubicación.
Estaba a más de trescientos metros del campamento, en lo alto de una colinilla cubierta de bosque para observar a los aesirianos sin ser descubierto. Los soldados recorrían el perímetro o salían de él a caballo para guiar a un grupo de refugiados a algún campamento civil. El grupo de tiendas blancas y verdes estaba separado de otros campamentos –civiles, ganaderos, médicos, estratégicos– por unos diez o veinte metros. Y todos los campamentos formaban también un perímetro que se extendía por una llanura de unos dos kilómetros alrededor de la máxima fortaleza: Masca.
La blanquísima y alta Muralla Oeste de la Capital le daba sombra a todos los campamentos. Sigurd vio el hacinamiento de los refugiados de la región Oeste, que esperaban con paciencia un pase a Masca. La mitad de esos aesirianos moriría a las afueras por alguna infección, casi la otra mitad sería rechazada y solo unos poquísimos entrarían a la Capital.
No era la primera vez que el come-almas espiaba los campamentos que estaban al borde. Casi siempre esperaba alguna presa fácil y descuidada que se alejaba de la seguridad del grupo, pero nunca se atrevía a atacar los campamentos por la misma razón que los refugiados esperaban a las afueras de la muralla aunque sabían que no recibirían un pase: la seguridad.
Los límites de la Capital eran vigilados constantemente por excelentes guerreros y, de vez en cuando, algún príncipe con el fuego azul hacía ronda. Los soldados no estaban informados de los horarios de ronda, menos los civiles, así que Sigurd no podía adivinar cuándo enfrentaría el fuego maldito y cuándo no. Como si eso fuera poco, de vez en cuando los cuervos mensajeros de Masca también visitaban esa sección de la Muralla para reforzar el orden y la estructura de los campamentos.
Y no era nada fácil vérselas con los cuervos. Eran tan rudos como los Generales.
Justo de lo que se escondía en ese momento.
Sigurd no parpadeó ni respiró cuando Sigfrid salió de la tienda de curanderos y giró el cuello para buscar en el bosque el origen del furioso gruñido que percibió. El come-almas sabía que el General no era ningún idiota, que estaba al tanto de que el demonio los espiaba. Pero Sigfrid también sabía que, herido o no, era estúpido buscar batalla con Sigurd. Los dos estaban bastante igualados en poder y preferían no vérselas con el otro para evitar resultados desagradables.
Sigfrid dio media vuelta y buscó un caballo. Quizá iría a alguno de los campamentos más cercanos a la Muralla, en donde estarían los príncipes recibiendo los cuidados y mimos que merecían sus títulos. ¿Y para qué se quedaría Sigurd viendo eso? No podría averiguar con certeza la tienda en la que estaban, ni tampoco podría enfrentarse a Adad, el fuego azul y al General Montag a la vez. Era imposible.
«Diablos», pensó con un gruñido. «Tendré que dejarlos ir».
La idea no le gustó nada. En su estado –herido y hambriento de almas– no podría hacerles nada en los alrededores de la Muralla; menos cuando superaran los controles de la frontera y entraran a la Capital. Ahí nada ni nadie podría tocarlos. Las murallas eran inexpugnables: nada que no fuese bienvenido podía entrar a la ciudad.
Él lo sabía muy bien porque lo había intentado más de treinta veces. ¡Llevaba años intentándolo! Pero no podía traspasar las altas murallas ni llegar a Palacio para atrapar a los profetas. Por eso le daba tanto coraje que los Dragones se le escaparan también: todos los trofeos que ansiaba estaban escondidos y a salvo en el único lugar al que no podía acceder.
«Pero tarde o temprano tienen que salir», pensó. «Tarde o temprano los Dragones saldrán de Masca. Cuando eso suceda me haré de alguna de sus almas y entraré a la Capital a terminar lo que dejamos inconcluso, Darius. Iré por ti y los demás profetas».
Sigurd dio media vuelta e inició la carrera hacia el Pantano. Los demonios también tenían alma y serían un sustituto adecuado mientras recuperaba fuerzas para atacar de nuevo el Oeste, engañar Doncellas y devorar sus almas.
Paciencia —se dijo a sí mismo—. Me haré del poder de los Dragones antes de que Lemuria me destruya.
Y pensó en los otros enemigos que tenía más allá del Mar Congelado del Oeste.

Este texto está protegido por Derechos de Autor

"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. Wow, impresionante como siempre. Bueno mi nombre es David, aunque prefiero Lynkx, la verdad, ya descubriras mas adelante el porqué si sigues leyendo mi historia.
    Pero esto no viene al caso, no se porqué se te ocurre que este capitulo no es bueno, en serio yo creo que lo es.... lo que sucede con esta lucha es que se toma desde el punto de referencia de Sigfrid que esta con los espiritus de los soldados caidos, y eso hace que la descripción de los sucesos se haga mucho menos específica. De todos modos me encantó, se hace muy entretenida la lectura, y me alegré de que tambien tu tuvieras leyes que rigen el mundo de la magia y de las almas... esta vez lo entendi todo a la perfeccion segun creo claro, seguro que hay algo por ahi en lo que flaqueo...
    Tambien me gusto que sigfrid comprendiera de una vez a los dragones, porque yo tambien entendí lo que sentían, en serio tienes que volver a hacer esto y si lo haces que no sea asi de este modo en medio de una batalla, sino como una charla tranquila entre un dragón y cualquier aesiriano, en serio que me gustaría escuchar los pensamientos de un Dragón!!!
    Espero con impaciencia el proximo capitulo, en serio que me encantó.

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  2. Bueno, otro estupendo capítulo que me leí.
    Desde luego, no hay manera de acabar con el maldito come-almas, leñe, jeje.
    Por lo demás, yo creo que Sigfrid se aliará con Sakti y su hermano cuando llegue el momento de la traición.
    Mira a ver si es necesario corregir estas cosillas:

    "empezó moverse". ¿No faltaría un "a"?

    "no sabría que otros poderes..." ¿No le faltaría la tilde a "que"?

    "omiten..." Creo que la conjugación exacta sería "omitan..."

    "sorprende" ¿No sería "sorprendente"?

    Existe un "delante" al que le falta el "de" después de él.

    ¿Has comprobado ya lo de "entre" y "cuanto" que te comenté en el anterior? Aquí vuelve a aparecer.

    En "sin tú dentro", no sé si querías decir "sin ti dentro".

    Nada más. Un beso fuerte, Ángela.

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  3. ¡Arg! Qué infiidad de metidas de pata de mi parte. ¡Mil gracias por avisarme! Ya está corregido en el blog y en el manuscrito. Lo que más coraje me da es que se supone que ya no debería tener horrores como esos. De verdad, amigo, que te lo agradezco mil.
    ¡Saludos y gracias también por pasarte!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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