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Capítulo 15

15
PLANES

Al principio no reconoció el techo de la habitación. ¿En dónde estaba? ¿Qué era ese olor fresco? ¿Y por qué escuchaba grillos? Sintió una brisa que se colaba por la ventana y vio que ya era de noche. Después escuchó un pequeño ruido, como el deslice de sedas, y torció un poco el cuello para ver qué sucedía.
Al principio le alarmó ver una figurita vestida de blanco que estaba hincada en el suelo, intentando acomodar los libros que estaban tirados por doquier. Entonces Darius recordó que esa era su habitación y que la chica de cabello gris era la princesa. Pero todavía no entendía por qué estaban en el cuarto.
Debió de hacer algún tipo de ruido porque casi de inmediato Sakti lo miró por encima del hombro. La chica tomó tres libros viejos y los acomodó en pilas diferentes que había amontonado a un lado del cuarto. Después caminó hacia la cama de Darius y permaneció inmóvil unos instantes, mirándolo con atención.
—¿Se siente mejor?
A Darius le chocó que la voz de la chica fuera bajita y dulce, incluso algo tímida. Habría jurado que sería igual de elocuente que Adad o que tendría el mismo tono arrogante de los demás príncipes. Pero la princesa movía los dedos con nerviosismo, no se paraba del todo erguida y lo veía entre confundida, asustada y preocupada.
Eso solo lo desubicó más.
—¿Qué pasó? —preguntó al fin mientras se apoyaba en el codo.
En cuanto intentó levantarse sintió un hueco en el hombro, otro en el pecho y uno más en la cabeza. Se recostó de nuevo y se llevó una mano al hombro, seguro de que la herida se le había abierto otra vez. Pero no tenía nada, la cicatriz seguía cerrada. Lo mismo el golpe del pecho.
—La niñita dijo que la oreja le hizo daño —explicó Sakti mientras cogía algo en la mesa de noche—. Cuando cayó al suelo se golpeó con uno de los libros y casi se despelleja la sien.
—¡Auch! —gimió cuando Sakti se inclinó sobre él y le puso un paño húmedo en el golpe. Quiso apartar a la princesa, pero ella lo regañó para que se quedara quieto.
—Es por su bien —dijo a modo de explicación. Darius aguantó el ardor, aunque poco a poco se apaciguó. Luego Sakti le dijo que sostuviera el paño por su cuenta mientras ella recogía un poco el cuarto—. Este lugar es un desastre —la escuchó gruñir—. Y estos libros son un peligro. No me voy a sorprender si la próxima vez que se tropieza se saca un ojo.
Darius la vio tomar los libros y acomodarlos como loca según el color de la portada y el tamaño de la cubierta. No dejaba que los libros se salieran ni un milímetro en las torres completamente llanas que había construido. Si algún libro no cumplía con sus expectativas lo acomodaba en una nueva columna.
Había recogido una buena parte del desorden, pero solo se veía el suelo del cuarto en poco más de un metro cuadrado. El resto de la habitación estaba tapizada por tomos desiguales, lo que la sacaba de quicio. «Ahora sí que lo he visto todo», pensó el profeta. «Una princesa obsesiva compulsiva limpiando mi cuarto como si fuera una sirvienta». Pero todavía no entendía qué estaba sucediendo. ¿Qué dijo Sakti de una oreja…? ¿Y qué Zoe de que le iba a hacer daño…?
Entonces lo recordó: el trozo de carne peluda en el cofre de Adad, su desagradable sensación al tocarla y las visiones que lo asaltaron. Recordó el enfrentamiento entre Sigurd y Adad, luego los rostros de Njord y los niños cuando el come-almas los encontró y, por último, la visión final: la del salón de hielo, la mujer de ojos miel y el fuego azul.
Se sentó de un salto en la cama a pesar del dolor de las cicatrices y la frente. Todo el cuerpo le tembló pero no pudo evitarlo.

«Tu primera misión será abordar a los profetas…
Solo necesito a uno…
Pero si la niña no sobrevive me traerás a los gemelos primogénitos...
Encárgate de que los descendientes de Aesir no le pongan la mano encima a ni uno de los profetas… »

Darius se estremeció y gimió al recordarlo. Alguien quería matar a sus pequeños. Alguien quería quitarle a su hija, Zoe. De repente cayó en cuenta de que los niños no estaban cerca. Tampoco el príncipe, quien tenía una espada, un arma con la que los había amenazado de…
—Shhh, shhh —lo tranquilizó Sakti. La chica lo empujó con suavidad a la cama y le apretó un poquito el paño en la herida—. Primero respire con calma. Después llamaremos a un doctor para que lo revise.
—¿Dónde están mis hijos? —preguntó alarmado. Tomó la muñeca de Sakti con fuerza, amenazando con rompérsela, pero a la princesa le bastó con hacer más presión en el golpe de la cabeza para que Darius la soltara.
—Cuando se desmayó los niños comenzaron a gritar como locos —explicó ella mientras se sentaba a su lado, en la cama. La chica se masajeó la mano pero no miró a Darius con resentimiento; todo lo contrario, era muy paciente con él—. Yo no me llevo bien con los niños pero a mi hermano le encantan. Y él es bastante bruto para tratar a personas enfermas, pero yo tengo un poquito más de facilidad. Así que él lo cargó hasta aquí y se fue a tranquilizar a los niños mientras yo me hacía cargo de usted.
Sakti se agachó para recoger otro libro, lo evaluó y después lo lanzó a una de las columnas, en donde aterrizó con exactitud, sin tambalear al resto.
—Aunque casi todo lo que he hecho es intentar ordenar este sitio. Es increíble que todavía no me haya encontrado una cucaracha o una rata, aunque es seguro que hay algunas por aquí.
Sakti se estremeció, recogió las piernas y se encogió en la cama. Allí permaneció inmóvil, tan quieta que pareció que no respiraba. Tenía la mirada fija en los libros, como si los catalogara mentalmente para recogerlos después. La pregunta era ¿después de qué? ¿A qué esperaba? «¿A que me confíe para que me mate mientras duermo?», se aventuró el profeta. «¿A que su hermano termine con los niños para que siga conmigo?». La idea lo aterrorizó pero en realidad no se sintió muy bien como para intentar levantarse de nuevo. Aunque a pesar del dolor tuvo que admitir que estaba bastante cómodo en la cama.
De la frente le llegó un olor a desinfectante, así que era muy probable que Sakti le limpiara la herida. La ventana –que él nunca había abierto en tres años de vivir allí– estaba corrida y dejaba entrar aire fresco. Darius también olió incienso y en una esquina vio una barra aromática, algo que incitaba al sueño y al descanso. Y la ropa –que él siempre dejaba en el suelo en el mismo orden que los libros– estaba doblada en una esquina, separada en limpia y sucia.
O la princesa de verdad era obsesiva compulsiva… o lo estaba cuidando. ¿Y por qué lo cuidaría si ella y su hermano querían matarlo?
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó con los ojos entrecerrados.
Sakti murmuró algo pero lo que Darius escuchó fue otra cosa: «Volver a casa. Ser libre para servirlo». Sakti se corrió un poco, lo suficiente para rozarle los dedos. Con ese breve contacto Darius vio a un chico rubio con una sonrisa envidiable. Pero tan rápido como las imágenes de Mark llegaron, desaparecieron y se llevaron consigo la punzada ardiente de cariño que lo había abordado. Fue como cuando tocó la oreja de Sigurd: había visto y sentido la esencia de la princesa, pero ella no lo perturbó hasta hacerlo desvanecer.
Siempre creyó que se estremecería al tocar a un príncipe, porque vería demasiada arrogancia y crueldad. Pero con Sakti no fue así. Ella no le generaba disgusto, era tímida en lugar de una chiquilla mimada y engreída, y tenía algo que agradaba a Darius. «Es una niña», se dio cuenta el profeta. «No tiene la culpa de lo que está sucediendo, como Zoe y los chicos. Como yo».
Esa idea le dio esperanzas. Quizá tenía una oportunidad. Quizá al fin lograría sacar a sus hijos de Masca y recuperar parte de lo que perdió cuando los encerraron allí.

****

Los gemelos sortearon los obstáculos de la habitación mientras perseguían el hada de luz que bailaba y giraba en la sala. Saltaban sobre la mesa baja, se subían a las pilas de libros para intentar atraparla y chillaban felices cuando sentían las cosquillas cálidas en los dedos cada vez que estaban a punto de cogerla.
Mientras el par de hermanos convertía el cuarto desastroso en un verdadero caos, Adad los vigilaba desde un rincón. «Qué fácil es tranquilizar a los niños», pensó muy orgulloso al ver que su idea convirtió el llanto de los chicos en risas puras. «Tienen mentes muy simples». Ese era el truco más viejo del libro: un hada de luz para que los chicos corretearan. Era el juego básico de todos los niños aesirianos; hasta Adad recordaba que su padre creaba ese tipo de estelas para que el pequeño príncipe las persiguiera y aprendiera a hacer sus propios destellos de luz.
Si tenía que ser sincero, no creyó que funcionaría. Pensó que los chicos berrearían y lo harían sentir estúpido por recurrir a algo tan simple, pero los ojos de los gemelos y la niñita se iluminaron maravillados al ver la estela, como si nunca hubiesen visto algo igual.
La pequeña Zoe fue la primera en cansarse de perseguir la luz, pero, mientras sus hermanos seguían el juego, ella corrió a su habitación a buscar algo con qué divertirse.
—¡Ta-da! —dijo la niñita al regresar y le enseñó a Adad sus juguetes.
Era un cesto con dos bonitas muñecas de trapo, varios vestidos a medida y lazos, además de unos cuantos peines. El príncipe creyó que le pediría jugar a las muñecas, pero a Zoe solo le interesaban los cepillos… y el inusual cabello gris del muchacho.
Así que mientras los gemelos corrían, él los vigilaba y Zoe lo peinaba. Le fascinó lo fácil que era estar con los tres pues, la verdad, eran una lindura de niños. «Si tengo que matarlos me pesará mucho», pensó mientras Zoe le ponía uno de los lazos.
Al fin uno de los chicos dio una voltereta en el aire y atrapó el hada de luz. Mientras el niño saltaba con su premio en alto, su hermano cruzaba los brazos y tomaba aire para recuperarse de la carrera.
—¡Gané, gané! —Luego los dos fueron hacia Adad y le preguntaron si podía enseñarles a hacer estelas como esa.
—Claro, es muy sencillo. De seguro su papá también las hace…
—Ya no —murmuró distraída la niña mientras escogía entre un moño azul y otro verde—. Y Dag y Airget tampoco pueden. —Eso le pareció extraño a Adad porque en realidad no se necesitaba mucha destreza para crearlas.
—¡Pero es sencillísimo! Miren. —El hada de luz en las manos del gemelo se desvaneció y otra nueva apareció en la palma del príncipe—. Puedo enseñarles y también a su papá, por si acaso quieren jugar de nuevo.
Por el rabillo del ojo vio que la niñita se sonrió con condescendencia, como si disculpara a Adad por decir alguna estupidez. El muchacho quiso defenderse, insistir en enseñarles, pero entonces escuchó pasos. La puerta que llevaba al interior de la casa se abrió. Por allí entraron Darius y Sakti.
Zoe y sus hermanos se olvidaron por completo de Adad y corrieron a recibir al profeta. Los tres le abrazaron las piernas, mientras le preguntaban a gritos si sentía mejor. Adad se sintió un poco mal por Darius. El muchacho todavía estaba algo pálido, el golpe de la sien lo tenía cubierto con un parche y se le notaba en los ojos que estaba muy cansado y adolorido. Pero aun así se arrodilló frente a los chicos y los calmó, diciéndoles que todo estaba en orden.
Eso solo pesó más al príncipe. ¿Qué haría si Darius no aceptaba formar una alianza con él y Sakti? Para asegurar la libertad que tanto ansiaba tenía que atar todos los cabos y los profetas eran uno de los más importantes. O los tenía de su lado o nadie más lo haría. O se le unían o los mataba. Pero no tenía corazón para acabar con unos niños pequeños y un padre cariñoso. No tenía corazón para asesinar a una familia.
—Es mentira… —susurró la niña con la voz quebrada mientras acariciaba el hombro de Darius—. Te duele.
—Tranquila, no es mucho.
El muchacho tomó a Zoe y la alzó, a pesar de que le dolían las cicatrices como los mil demonios. La niña se acurrucó en el pecho de Darius, aunque luego torció el cuello para ver a Sakti. La princesa esperaba en el marco de la puerta, sin saber si debía cruzar la habitación para situarse junto a Adad o si debía guardar silencio para no interrumpir el momento familiar de los profetas.
Sakti miraba el suelo pero sintió los ojos de Zoe sobre ella. Alzó la mirada para responderle; no la miró con hostilidad pero sí con un poco de recelo, como si temiera que la niña le hiciera un mal modo. Zoe primero la miró fijamente, luego se sonrió, abrió los ojos fascinada y estiró el brazo a ella.
—¡Qué lindo pelo! Me gustaría tenerlo así —exclamó mientras atrapaba un mechón gris de la princesa—. ¿Puedo jugar con él? ¿Puedo, puedo?
Adad fue el único que sonrió por el comentario, porque Sakti se paralizó sin saber muy bien qué hacer. Era la primera vez que otra niña le daba un cumplido por su apariencia. Y los gemelos y Darius también parecían sorprendidos. Los niños miraron a Zoe como si le preguntaran algo, y después miraron con la misma curiosidad y fascinación a Sakti. Darius hizo algo semejante: evaluó la sonrisa de Zoe y después la reacción de la princesa, y eso mortificó a la chica. No le gustaba que tantas personas la miraran a la vez.
—¿Te agrada, Zoe? —preguntó Darius. La niñita pidió que la bajaran mientras asentía.
—Sí. Me va a gustar mucho jugar con ella. Siempre quise una hermana mayor en la que pudiera confiar. —Luego fue hacia Adad, recogió las muñecas y los cepillos en el cesto, y le dio al príncipe un sonoro beso en la frente—. ¡Muá!
—¿Y eso? —preguntó el muchacho mientras alzaba las cejas y sonreía entre encantado y sorprendido. Zoe solo sonrió y se escapó de la habitación. A una mirada de Darius, los gemelos la siguieron y cerraron la puerta. Ahora solo quedaban él y los príncipes—. Son unos niños preciosísimos —dijo Adad pero Darius no respondió. Miraba hacia la puerta, como si pensara en algo—. Y… ¿ya te sientes mejor? De haber sabido que tendrías una reacción física tan violenta habría preparado mejor la habitación. De verdad que no me lo esperaba.
Hizo una seña a Sakti para que se sentara junto a él. La chica se acomodó al lado de su hermano en un rincón, cerca del cofre con la oreja cercenada de Sigurd. Los dos miraban a Darius pero el profeta todavía les daba la espalda.
—¿Ya tomaste una decisión? —preguntó al fin Adad.
—No. Aún no.
—¿A qué estás esperando?
Darius todavía no los veía y eso irritó a Adad. Pronto vendría algún guarda a recogerlos y llevarlos a la fiesta del Emperador. No quería tener a terceros cerca cuando hiciera el trato con los profetas o los matara. Estuvo a punto de quejarse pero entonces el profeta soltó:
—Alguien se coló en mi visión. Alguien más vio lo que yo vi.
—¡No! —gimió Adad. Sakti preguntó con timidez qué sucedía y el príncipe le explicó—: En una visión hasta el mejor de los profetas tiene sus pensamientos expuestos y Darius ya estaba al tanto de mis planes. Ahora imagina por un momento que algún adivino viera, sintiera y pensara lo mismo que él; y que después le llegue con el chisme a tío Kardan. ¡Ahí sí que podemos echar por la borda nuestros planes!
—No fue nadie que sirviera al Emperador —lo tranquilizó Darius mientras se giraba a él. Luego se pensó mejor sus palabras y soltó—: Ni siquiera era aesiriano.
—¿A qué te refieres?
Pero otra vez el profeta guardó silencio. Los príncipes podían verle la cara pero él todavía no los miraba. Todavía recelaba y pensaba. Todavía no confiaba en ellos pero…

«Tu primera misión será abordar a los profetas…
Pero si la niña no sobrevive me traerás a los gemelos primogénitos...
Siempre quise una hermana mayor en la que pudiera confiar».

—¿Sabe cuál es el don de los profetas? —preguntó distraído.
—Ver en el pasado, el presente y el futuro —respondió Adad sin chistar—. Como tú al tocar la oreja de Sigurd.
—Sí, por lo general yo necesito un estímulo físico para tener una visión. Muy pocas veces he tenido alguna sin razón aparente. —De nuevo la pausa, de nuevo la duda… Y de nuevo las voces del hombre en el trono de hielo, la mujer del fuego azul y Zoe.

«Siempre quise una hermana mayor en la que pudiera confiar».

Yo necesito un estímulo —repitió—, pero Zoe no. Zoe es la mejor de nosotros. Lo sabe, lo ve y lo entiende todo con facilidad. No necesita ningún estímulo. A veces creo que ni siquiera necesita visiones. A ella le basta con mirar a alguien a los ojos para saber si nos traerá fortuna o no… Si podemos confiar o no.
Luego miró a Sakti y recordó la sensación agradable al tocarla. Sí, a él también le gustaba. Quizá no era tan sensible como Zoe pero también percibía algo interesante en la princesa, algo que lo empujaba a creerle, a aceptar la oportunidad, a intentar salir de allí con ella.
—Yo no he decidido confiar en ustedes —dijo mirando a Adad; el príncipe todavía no le gustaba ni un poco—, pero mi hija sí. Y el criterio de Zoe es mejor que el mío. Pero antes de dar el paso de no retorno tengo un par de preguntas.
—Dispara.
—¿Serán siempre, siempre, de confiar?
—Mientras ustedes lo sean con nosotros —respondió Adad—, Allena y yo lo seremos con ustedes.
—¿Y lo que se diga aquí, quedará aquí? —Adad levantó los hombros.
—Claro.
—No, piénselo más —exigió Darius mientras avanzaba hacia ellos, con la mirada mestiza fija y furiosa en Adad—. Quiero que piense mi pregunta, me mire a los ojos y sea completamente sincero conmigo al responder. Porque después de lo que diga no habrá marcha atrás. Si alguno de los dos me traiciona o si tan siquiera piensa en decir algo a ese maldito Emperador, entonces traeré a mis niños aquí y dejaré que nos maten de una vez y por todas. Eso sería mucho más misericordioso.
—Está bien, tranquilo, tranquilo —dijo Adad mientras alzaba las palmas en son de paz—. Cielos, no tienes por qué ser tan dramático. —Luego intentó ponerse serio. Miró a Darius a los ojos, guardó silencio un par de segundos y al fin dijo—: Lo que digamos aquí, se quedará aquí. Mi hermana no es una chismosa y yo no soy ningún idiota. Si quiero tu confianza tengo que darte la mía; eso lo sé bien. Así que acepta mi palabra: lo que sea que quieras ocultar de los demás puedes confiárnoslo a nosotros. Nadie nunca, jamás, lo sabrá.
Darius fulminó a Adad con la mirada por unos segundos, pero aceptó la respuesta después de ver los ojos de Sakti. En ellos no había malicia, ni siquiera curiosidad. De momento la chica le parecía digna de confianza… e inteligente. Darius tuvo la certeza de que si el príncipe estuviese en algún momento a punto de cometer un desliz, Sakti lo solucionaría y todo estaría bien. «Zoe confía en ella», se recordó. «Y Zoe ve más allá que yo».
Así que tomó aire y explicó:
—La que se entrometió en mi visión era una vaniriana. No pregunten cómo lo sé —se adelantó al ver que Adad abría la boca—. Simplemente lo sé. Pero no es solo extraño que haya entrado a la visión de un profeta, sino que lo hizo en la mía… Cuando en realidad tenía mayor facilidad de colarse en la de los niños o la de Zoe.
—¿Los gemelos también tienen mayor proyección que tú? —preguntó Adad, incómodo. La noticia de un vaniriano en la visión del profeta era tan mala como la de un adivino aesiriano.
—No, en realidad Dagda, Airgetlam y yo tenemos… —pensó bien la palabra y siguió—… frecuencias similares. En capacidad adivinatoria estamos empatados. Zoe es la que nos saca ventaja y por mucho. —Luego se rascó la nuca, lo que le dio un aire mayor y cansado—. Pero aun así, la vaniriana tenía mayor facilidad de meterse en alguna visión de los gemelos o la de Zoe porque… ellos… Mi esposa…
—… ¿Ajá?
—Njord, mi esposa, era aesiriana… —musitó Darius—. Pero su madre era vaniriana. Mis hijos tienen un cuarto de sangre vaniriana y por eso un vidente vaniriano tendría más facilidad con ellos que conmigo.
A Darius no le sorprendió la reacción de Adad. Al príncipe se le erizó la piel, los ojos casi se le salieron de órbita, abrió tanto la boca que casi se le cae y se puso tan pálido que pareció algún medio hermano del príncipe Kardan. Claro que la noticia lo impactó; quizá no le hizo nada de gracia la unión entre un aesiriano y una mujer mitad vaniriana, pero no pudo decir nada. La sorpresa le había quitado el habla.
Sakti, en cambio, apenas si parpadeó un par de veces y ladeó la cabeza. Ella no estaba juzgando, solo intentaba comprender.
Y eso le agradó muchísimo a Darius.
—Es obvio que el Emperador no lo sabe ni debe enterarse. De lo contrario por más profetas que sean enviaría a mis niños a la horca. Y a mí… bueno, no me mataría, pero yo no podría soportar que algo les sucediera a mis hijos. Eso es impensable. —Adad apenas comenzaba a salir de su asombro.
—P-p-pero… ¡¿cómo es posible?! ¿Cómo pueden una vaniriana y un aesiriano…? Bueno… ya sabes —carraspeó—: ha-cer-lo. ¡Somos razas diferentes!
—Ni tanto. —Darius se masajeó el golpe de la cabeza y después, poco a poco, se sentó frente a los príncipes—. Este lugar no tiene casi nada que valga la pena. Excepto los libros. —Darius acarició las cubiertas a su lado, todos tan desordenados como en el resto de la habitación—. El patán del Emperador envía libros constantemente para que los niños y yo los estudiemos. Cree que entre más historia conozcamos, mejor haremos eso que el muy imbécil llama «nuestro trabajo». Pero a mí me gusta leer por pasatiempo y no he desaprovechado la oportunidad de aprender todo lo que más tarde me pueda servir.
»Estos —dijo señalando una pila de libros tan desordenada que era difícil saber a cuáles se refería— son particularmente interesantes. Forman parte de una recopilación a la que solo unos pocos pueden acceder.
Adad se masajeó las sienes, preguntándose por qué Darius daba tantas vueltas antes de ir al grano.
—¿Qué es lo que quieres decir? ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro?
—Conocen la historia de la creación, ¿no? La historia de Aesir, Masca, sus hijos, la maldición de Dios y el Pacto: la Profecía. —Sakti asintió, muy feliz de entender cada vez más lo que los magos hablaban cerca de ella—. ¿Conocen la segunda versión? ¿La que narra la muerte de Aesir?
Sakti borró la sonrisa, decepcionada. De eso último no sabía nada; pero Adad se sonrió y dijo:
—El padre Aesir se convirtió en rastros de luz a la hora de morir y sus hijos crearon un cenotafio en su honor, justo en donde él nació. Después fundaron el Imperio. —Pero cuando Adad terminó, Sakti supo por la mirada de Darius que el príncipe estaba equivocado. Esa historia era una mentira.
—Aesir murió y sus hijos lo embalsamaron, príncipe. Sus hijos no levantaron una tumba vacía, sino un pequeño mausoleo. Después fundaron el Imperio. Pero lo que ninguno de ellos esperaba era que la muerte de Aesir significaba la vida de Vanir.
—Estás blasfemando —dijo Adad muy serio. Por toda respuesta Darius tomó uno de los libros y se lo pasó al príncipe.
—Puede leerlo aquí si quiere, pero sacarlo de esta casa sería peligroso. Creo que el Emperador no pretendía que este libro llegara a mí. Me parece que se coló por error.
Adad tomó el libro con desconfianza y mala gana. Era un códice grande y pesado, tan viejo que las hojas eran quebradizas y los trazos estaban reforzados, como si cada lector del libro recalcara las palabras para que el tiempo no las borrara. El príncipe las ojeó primero un poco escéptico, luego alarmado. Sakti también se asomó para leer pero no comprendió nada. El texto estaba escrito en aesiriano antiguo y ella solo conocía la lengua humana.
—Esto no puede ser cierto… —murmuró Adad—. No puede ser cierto porque entonces todo lo demás…
—… sería una mentira —concluyó Darius por él—. Déjeme explicarlo todo y después pondré mis condiciones para ayudarlos a escapar. ¿De acuerdo?
Adad asintió, pero tomó la mano de Sakti como si quisiera darse valor para enfrentar una mala noticia. Darius carraspeó un poco y comenzó:
—La historia cuenta que Aesir fue el primer mago de la Tierra. Tiempo después llegó Masca, la que se convertiría en su esposa. Los dos tenían todas las esencias mágicas que los hacían Virtuosos. Tuvieron decenas de hijos y cada uno de ellos heredó alguno de sus poderes. Y después, Aesir murió.
»Sus hijos embalsamaron el cuerpo y lo enterraron donde nació. El primogénito fue coronado rey y, bajo su mandato, los demás hijos de Aesir se expandieron por la Tierra y fundaron el Imperio Aesiriano.
»Pero en cuanto los magos dejaron la tumba, Vanir nació. —Adad quiso protestar pero Darius le hizo una seña para que le permitiera continuar—. Aún no sé cuál es la razón, pero parece que Vanir nació dentro de Aesir. Él siempre estuvo allí, atrapado en el cuerpo del primer mago, y algo le impedía salir. Cuando Aesir murió Vanir pudo escapar pero en el proceso destruyó el cadáver de su hermano.
»Después Vanir intentó que los hijos de Aesir lo reconocieran como padre, ya que él también estuvo allí cuando se les engendró. También exigió su lugar como rey al ser hermano de Aesir y legítimo heredero. Sin embargo, como destruyó el cuerpo de Aesir los hijos no lo reconocieron ni siquiera como tío. Vanir intentó persuadirlos pero ellos lo rechazaron. Y por eso, él se marchó y se retiró de la historia.
Darius hizo una pausa y miró a Adad a los ojos.
—Eso significa que aesirianos y vanirianos venimos del mismo lugar. Solo somos estirpes distintas de la misma raza. Tal y como los príncipes de las Arenas son otra estirpe de los Aesir del continente principal.
Esperó a que digirieran la información. No le sorprendió que Adad todavía estuviera un poco escéptico. Solo Sakti escuchaba con atención y paciencia para formar su propio criterio.
—Después viene lo que todos conocemos: el Imperio creció y se fortaleció, los aesirianos vivían en paz en su feliz utopía. Hasta que los humanos llegaron.
Sakti sabía que con la aparición de los humanos Dios pidió a los aesirianos que legaran el mundo y se extinguieran. Eso desencadenó el gran pecado de los magos, la maldición de Dios y la posterior firma del Pacto: la Profecía.
—Lo que las versiones oficiales no dicen es que en esa época de caos Vanir regresó a la escena con su propio reino fundado y con sus hijos como vasallos.
—No, espera, espera —lo interrumpió Adad—. Entre la muerte de Aesir y la Profecía hay como un millón de años de por medio. Así que no puedes hablar del mismo «Vanir», ¿verdad? —Darius sonrió con condescendencia, burlándose del muchacho.
—Esto está escrito como un cantar, príncipe. Por supuesto que el escritor se habrá tomado alguna licencia poética o algo similar. Es claro que el Vanir de la época de la Profecía es un descendiente del Vanir de la muerte de Aesir. Quizá es solo una manera de referirse a la estirpe del primer vaniriano o, en el caso más extremo, era un tipo que pertenecía a una familia con la tradición de llamarse como el padre. Aquí también sucede, ¿no? Tiene sentido.
—Bueno, disculpa —rezongó Adad entre dientes—. El Imperio Aesiriano es muy antiguo. ¿Sabías que hay registros de los seres humanos cuando llegaron al mundo, con mucho más pelo que ahora y con mucha menos ropa? En cambio, los aesirianos casi no hemos cambiado. Tenemos vidas seis veces más largas que las de ellos y una cultura más longeva e inmutable por la convivencia de diferentes generaciones. Los vanirianos viven tanto o más que nosotros y hoy estás poniendo en duda todo lo que me enseñaron de la Creación. Así que disculpa si me altero y pregunto si un tipo que nació de un cadáver es capaz de vivir por casi un millón de años, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —sonrió Darius, un poco divertido. Ya parecía menos cascarrabias que antes pero Adad estaba mucho más irritado—. En fin, cuando este Vanir apareció traía consigo su propia armada: los hijos de Vanir. Fue entonces cuando comenzó la guerra entre aesirianos y vanirianos.
»Luego Dios se apiadó de sus primeros hijos, les prometió la salvación y firmó el Pacto. Pero en todo esto dejó por fuera a los vanirianos. Por eso los motivos de la guerra cambiaron. Al principio los vanirianos peleaban por los territorios y el poder que los hijos de Aesir negaron al primer Vanir. Pero con la promesa de la Profecía, los vanirianos comenzaron a pelear también por la salvación. En pocas palabras, ustedes son la razón de la guerra actual.
—Eso no es nada nuevo —dijo Adad mientras miraba el códice en su regazo—. Los vanirianos han intentado varias veces matarnos a mí y a mi hermana. Acabar con nosotros sería un golpe duro para el Imperio. Terminaría con la esperanza de la Profecía y sería fácil conquistarnos al fin.
—Así es, al fin —accedió Darius—. Aesirianos y vanirianos llevan mucho tiempo esperando la época de los Dragones y se han preparado para ello. Solo basta con ver lo que ha hecho el Emperador: ha ordenado a las Doncellas de todo el continente refugiarse en Masca, para protegerlas de la guerra y contar con ellas y la sincronización después de la Profecía.
»Con ayuda de los Generales Montag y Tonare recupera los territorios que ha perdido en la guerra y adiestra a los soldados que formarán el Ejército de Aesir, el que según la Profecía acompañará a los Dragones a la ciudad de hierro, plata y jade.
»Tiene un par de Guardianes Celestiales decentes para ayudar en las tareas militares y cuenta con la ayuda de dos cuervos mensajeros. También ha atrapado a los profetas que escaparon del Imperio hace tanto tiempo y los ha reunido con los dos Dragones que ya nacieron. En este momento tiene todas las fichas en Masca y la Capital nunca ha sido tan segura y poderosa como ahora.
—¡Eso lo sé muy bien! —estalló Adad—. Tío Kardan lo ha planeado todo, no ha dejado ni un cabo suelto. Por eso necesitamos la ayuda de los profetas para escapar.
—¿Y dejar Masca? ¿Ir al otro lado de las fronteras?
—Allí estaremos más seguros, lejos de la manipulación del Imperio Aesiriano.
—¿Y qué hay de los vanirianos? Para ellos la espera también ha sido larga. También han tenido tiempo de prepararse.
Adad quiso reírse, decir que después de derrotar al come-almas era más que capaz de hacerse cargo de una tropa vaniriana, pero la lengua se le quedó pegada al paladar. Comenzaba a entender a dónde quería llegar Darius. El profeta lo miró con severidad y después señaló el cofre que estaba al lado del príncipe.
—Hace poco más de tres años, por orden del Emperador, el General Tonare nos atrapó a mi familia y a mí en la Península. Su misión era traernos a todos aquí. Pero hubo un inconveniente en el viaje. La caravana del General no pudo entrar por las puertas Este ni Sur y tuvo que tomar un camino alterno para llegar hasta la puerta Oeste de las murallas de Masca. Pero en el camino también hubo problemas y nos desviamos al Pantano. —Adad bajó la mirada.
—Fue entonces cuando se toparon con Sigurd. Cuando tu esposa…
—Intentamos escapar del General —lo cortó el profeta, como si no quisiera escuchar la lástima en la voz de Adad— y nunca esperamos que el come-almas apareciera. ¿Por qué habría de hacerlo? Pero ahora creo que lo planeó todo… No fuimos solo un bocadillo que se atravesó en su camino. Él nos buscó.
Adad y Sakti se miraron entre sí, sin saber por qué Sigurd perseguiría a los profetas. Hasta donde sabían en ese momento nadie estaba al tanto de que el Emperador encontró a los profetas y los condenaba a Masca. ¿Cómo pudo Sigurd saberlo? ¿Cómo pudo ir a buscarlos?
—Creo que Sigurd estuvo detrás del incidente que hizo que el General y el Escuadrón Vento tomaran un camino alterno. Nos llevó al Pantano y aprovechó mi desliz para atacarnos. El bicho es inteligente, no lo niego, pero él no lo planeó solo. Alguien lo ayudó.
Luego les habló de la visión: de la sala de hielo, el trono, las tres figuras, la mujer del fuego azul…
—Sigurd está trabajando con los vanirianos, está siguiendo sus órdenes. —Sintió la certeza de su poder como profeta y dijo con convicción—: Los vanirianos liberaron a Sigurd de la prisión de la Virtuosa Maat. El rey vaniriano quiere acabar con los profetas, evitar la salvación aesiriana, apoderarse de la mejor pitonisa y, con eso, usar también el poder de los Dragones. Ni ustedes ni nosotros estaremos a salvo si salimos de Masca.
Adad guardó silencio por unos instantes, meditabundo. Sabía que Sigurd intentaría atraparlo para vengarse por la derrota y la oreja cercenada. Además, las almas de los príncipes y los Dragones eran un platillo suculento que no podía obviar. En cuanto tuviera la oportunidad intentaría atraparlos. Algo similar sucedía con los profetas, ellos también corrían peligro de que el come-almas terminara lo que empezó.
Pero aun así…
—Tú quieres escapar. Quieres dejar Masca aunque eso signifique encontrar a Sigurd. —Luego se corrigió—. No, lo que tú quieres es encontrar a Sigurd.
—La última vez no estaba preparado —dijo Darius entre dientes, con la mirada oscurecida y con la sonrisa esfumada.
A Adad y a Sakti les dio la impresión de que esa era la cara que reflejaba cómo se sentía el profeta. Darius quizá era cariñoso con sus hijos y los amaba con toda el alma, pero no sentía de corazón las sonrisas que les dedicaba para calmarlos. Tampoco era el muchacho cascarrabias que lanzaba insultos a los príncipes y a los guardias. Esa era solo una fachada. Lo que en realidad escondía eran un odio muy profundo y unas ganas terribles de vengarse.
—Sigurd tenía órdenes de atrapar a Zoe y matar al resto. Por eso acabó con cuatro de nosotros.
Adad sintió un nudo en la garganta. Cuando estuvo a solas con los niños algunas frases sueltas le hicieron suponer que no solo la madre había muerto. Hubo otros tres niños que perecieron a manos del come-almas.
—Los Generales intervinieron, espantaron al demonio y a los sobrevivientes nos trajeron a Masca.
Adad quiso protestar porque en los últimos ocho años Sigfrid estuvo con él. Pero entonces recordó una ocasión en la que Munnin, el cuervo mensajero del General, llegó a la ciudad en la que estaban instalados en esa ocasión. Munnin tenía un mensaje importante de parte de Enlil y Sigfrid tuvo que abandonar a Adad por casi tres semanas.
En ese entonces el príncipe no había entendido lo que sucedía, pero ahora supuso que Enlil solicitó con urgencia la asistencia de Sigfrid para salvar a los profetas de las garras de Sigurd. A pesar de la distancia, con ayuda del cuervo mensajero Sigfrid habría llegado al Pantano en poco más de un parpadeo.
Luego Darius continuó:
—Ni el Emperador ni los Generales querían que intentáramos escapar de nuevo. Así que cuando desperté aquí ya nos habían quitado nuestras esencias. Nos dejaron lo suficiente para vivir.
Adad comprendió por qué Zoe se rio de él cuando insistió en enseñarles a hacer las estelas de luz. Ella y los chicos se emocionaron con el hada del príncipe porque tenían mucho tiempo de no ver una. Ni ellos ni su papá podían invocarlas si les quitaron parte de sus poderes.
—Así que aquí entran mis condiciones para ayudarlos a escapar. Si no les gustan, entonces no hay trato, ¿entienden?
Adad creía que era Darius el que no entendía: si no había trato, los profetas se quedaban sin vida. Tan simple como eso. Pero discutirlo en ese momento no ayudaría a que el muchacho les prestara su ayuda, así que calló y asintió.
—Primero, nos ayudarán a encontrar nuestras esencias. Los cuatro teníamos la telequinesia, la telepatía y las demás artes de la mente. Sin ellas estamos desarmados. —Adad silbó. Las esencias de la mente eran muy escasas, poquísimos magos las tenían y, por lo general, solo estaban en aesirianos de alguna casta privilegiada—. Dagda y Airgetlam son gemelos, lo que quiere decir que tienen el poder sobre la luz y las sombras. Ese poder combinado puede alterar dimensiones y conseguir la teletransportación. —Adad sonrió.
—Claro, entiendo. Escapar de Masca sería mucho más fácil con el poder de los gemelos al máximo. Tienes que admitir que mi tío no es ningún estúpido, ¡él también lo sabía y por eso les quitó esas esencias!
Darius no pareció muy feliz por el cumplido hacia el hombre que lo tenía atrapado en Masca, pero no buscó pelea.
—Aunque los poderes que nos arrebataron son buenos, la verdad es que no sabemos cómo usarlos. Mis hijos y yo éramos los únicos con la telequinesia, así que no aprendimos a controlarla muy bien. No teníamos quién nos enseñara en la Península. Así que aquí entra mi segunda condición: ustedes nos enseñarán. —Adad alzó una ceja.
—¿Disculpa?
—Ustedes mismos lo han dicho. Ahora que están en Masca, el Emperador dará a sus sobrinos los mejores maestros para que aprendan a controlar el sinfín de esencias que tienen. Y ustedes nos transmitirán esas lecciones.
—… Eh… Está bien… —accedió Adad—. ¿Pero por qué quieres que te enseñemos? Entiendo que es importante controlar las esencias con las que nacemos, ¿pero por qué quieres un maestro ahora si nunca lo has tenido?
 —Porque aquí entran mis últimas dos condiciones: cuando escapemos de Masca lo más probable es que Sigurd nos busque para perseguir a mis hijos. Cuando eso suceda yo me haré cargo de él y más me vale tener por lo menos un truco bajo la manga.
—¿¡Estás loco!? —casi gritó Adad—. Pocos han sobrevivido a Sigurd. Y no me tomes por engreído, pero yo me salvé por ser portador. No hay forma de que tú…
—Cállese —ordenó Darius con severidad, pero sin levantar la voz—. No sabe cuánto quiero cortarle el cuello a Sigurd. Lo haré, juró que lo haré algún día. Lo mío es personal, no una chiquillada. —Adad se mordió la lengua, muy consciente y resentido de que Darius consideraba que su pelea contra el come-almas fue solo una cosa de niños. El profeta miró a Sakti y agregó—: Mi cuarta condición es en caso de que falle al enfrentar a Sigurd. Si eso llegase a suceder ustedes cuidarán a mis hijos.
Los príncipes levantaron una ceja. Adad con un poco de desprecio, Sakti con espanto. Al muchacho le caían bien los niños profetas pero el mestizo lo estaba sacando de quicio. Y a Sakti los chicos la aterraban. Creía que todos los niños eran crueles, capaces de sostenerla de brazos y piernas para dejarle caer una espada de madera en la cabeza y matarla de un golpe. El único niño bueno que conocía era su amo Mark y no había garantía de que los hijos de Darius fueran también una lindura con ella.
Pero era lo bastante inteligente como para comprender que no tenía más opción que aceptar el trato. Por eso, ella y su hermano asintieron.
—Bien, entonces ya es oficial. Tenemos un trato. —Pero ni Darius ni Adad se apretaron la mano. El príncipe tomó el cofre y empezó a alistarse para irse, pero entonces se dio cuenta de que hacía falta algo más.
—Allena, ¿recuerdas que tienes algo para él? Debemos aprovechar ahora, no sé cuándo podremos regresar aquí. —Al decirlo, Sakti se sonrojó y miró a su hermano con ansia—. Anda, enséñaselo ya. No tenemos toda la noche —rezongó el muchacho a la súplica muda de la chica.
Sakti no lo miró resentida, solo resignada. Abrió los botones del vestido a la altura del abdomen y sacó un paquete envuelto en un pañuelo púrpura. A Darius le pareció curioso que nadie sospechara que la chiquilla escondía algo así en su ropa. La princesa se levantó, caminó con la cabeza inclinada hacia Darius y le entregó el paquete.
El profeta lo tomó confundido por la reacción de la niña. Era casi como si le diera vergüenza. «La viste limpiando tu cuarto, así que no debería sorprenderte con actitudes tan anti-princesa», se dijo a sí mismo. Acarició el pañuelo, no vio nada. Abrió el paquete y encontró un pequeño baúl de madera vieja que olía a pino recién cortado. De nuevo no vio nada. El baúl no le estimulaba ninguna visión.
Abrió el arca y encontró un trozo de papel y una pluma blanca con una espiral de colores en el centro. Desplegó el papiro y leyó, pero después de las primeras líneas se sonrojó un poco. No pudo evitarlo y miró a Sakti, comprendiendo ahora por qué la niña estaba tan avergonzada. El papiro era una tierna carta que un chico llamado Mark Salvot escribió para ella.
—¿Qué dice? —preguntó Adad mientras se estiraba para tomar la carta.
—¡NO! —chilló Sakti mientras se lanzaba a la mano de Adad para detenerlo.
El príncipe pareció un poco malhumorado y miró a Darius exigiendo una explicación. No hacía falta ser un genio para comprender que Sakti nunca dejó que su hermano leyera la carta. Darius podía tener muchos defectos y ser un grandísimo insolente con la Realeza. Pero no podía serlo con una chica. Por eso pensó en dejar la carta de lado para no avergonzar más a Sakti, pero entonces vio los caracteres al pie del papel.
No eran letras de lengua humana. Eran trazos precisos, escritos con una extraña tinta azul que Darius no había visto en ningún libro. Pero lo que más le sorprendía era que el verso estaba escrito con caracteres tan viejos que solo podían ser aesiriano antiguo. Leyó de nuevo la carta y, por lo que dedujo, se dio cuenta de que el chico Salvot era humano. Miró a Sakti y preguntó:
—¿Entiende lo que está al pie? —Ella negó con la cabeza—. Me lo imaginaba…
Eran muy pocos los que entendían aesiriano antiguo; solo los escribas, el Emperador por deber y algunos funcionarios del gobierno. Ni siquiera los príncipes Kardan, Harald y Sin conocían todo el alfabeto, pero Darius sí. Él aprendió allí mismo, entre los libros. Con unas buenas horas de estudio le fue fácil aprender el concepto y la pronunciación de casi todo el antiguo idioma. Para él era tan sencillo que estaba seguro de que, de haber sido criado en Masca, lo habrían elegido como escriba. Por eso le sorprendía que un humano conociera la lengua y la escribiera con pulcritud.
—Me tomará un poco de tiempo estar seguro de lo que dice, pero básicamente habla de una llave para entrar a otros mundos.
Cerró la carta y se aseguró de dejarla lejos de Adad, con lo que recibió la mirada de agradecimiento de Sakti. La chiquilla le caía cada vez mejor. Luego tomó la extraña pluma. Aunque la observó con detalle no tuvo ninguna visión. Solo la certeza de qué era ese objeto.
—Es una pluma de Dragón —dijo—. La leyenda dice que cuando los Dragones fueron creados, sus almas y las de los portadores se dirigieron al seno de los que esperan a nacer. Al dejar el pozo del Pacto las almas subieron al cielo con forma de dragones y varias estelas de luz cayeron a la tierra en su ascenso. Esas estelas son las plumas de sus alas, las plumas de Dragón. —Luego la devolvió al baúl con cuidado, rozándola como si fuera un bebé—. No son comunes pero sí muy poderosas. Si cayeran en manos equivocadas podrían generar mucha destrucción. ¿Por qué tienen una?
—El tipo que se la dio a mi hermana —dijo Adad con antipatía— resultó ser mensajero del Tercer Dragón. Marduk suele hacer eso: dar regalos. Solo basta con ver a los cuervos de Sigfrid y Dereck, ¡son sus mascotas! No me cabe duda de que Marduk entregó la pluma por algo pero quiero saber por qué. Además… —Aquí se puso más serio, casi como si le doliera lo que estaba diciendo—, ¿por qué Marduk interviene de esta manera? No ha nacido pero actúa en el mundo desde el lugar fuera del espacio y el tiempo. ¿Por qué, cómo lo hace? ¿Y por qué está allí? Es un cabo suelto y ni tú ni yo podemos dejar cabos sueltos.
Darius asintió, cerró el baúl e intentó devolvérselo a Sakti. Pero ella se negó y dijo que lo mejor era que se lo dejara el profeta, en caso de que le fuera útil para sus visiones. Darius solo podía pensar en lo que decía el verso al final de la carta: «La llave de la puerta que lleva a otro mundo. Dale esta llave a alguien en la Capital. Lo vi en sueños».
—De momento no puedo decirles qué está sucediendo, pero tenemos tiempo para averiguarlo antes de escapar de aquí. —La idea de huir reanimó el humor del príncipe.
—¡Cierto! Entre más pronto empecemos, mejor. Primero debemos comenzar por encontrar al tipo que tiene tus esencias. ¿Sabes quién es?
Darius apretó la mandíbula, disgustado. Al pensar en él se le secó la garganta y se le adormeció la lengua, pero se obligó a pronunciar su nombre.
—El General Enlil Tonare las tiene.
Adad levantó las cejas y abrió la boca, sin poder creerlo. Si tenía que ser sincero, apreciaba a Enlil. El tipo era un buenazo. Lo consintió mucho cuando era niño y era, por mucho, el General más simpático del Imperio. Adad no conocía a nadie que le tuviera antipatía a Enlil porque él nunca hacía nada para ganarse enemigos. ¿Por qué tendría las esencias de otra persona? Era algo que contradecía mucho su carácter. «A no ser que todo este tiempo fingiera delante de mí», pensó el príncipe. «Y no me sorprendería, todos han fingido por mí».
—Está bien —accedió el muchacho—. Hoy mismo empezaré a investigar en el banquete. Haré preguntas discretas a sus esposas –si lleva a alguna–, a sus sirvientes y a su hijo. —Los ojos le brillaron por la idea—. ¡Cierto, cierto! Hoy aprovecharé para conocer a su hijo. ¿Sabes?, creo que el tipo te agradaría, Darius. Yo no lo conozco pero dicen que él es el único que ha sobrevivido a Sigurd…
Mientras Adad seguía hablando, Sakti recordó la conversación de los soldados que la llevaron por el Pantano:

«Hasta donde yo sé, se encontró al come-almas en el camino y apenas salió con vida…
Yo escuché que buscó al come-almas y lo enfrentó. Sobrevivió pero necesitó ayuda…
… hace unos tres años el hijo del General Tonare enfrentó al come-almas y ganó».

¿Y cuánto tiempo dijo Darius que llevaban en Masca él y sus hijos? Sakti miró a Darius y vio que tenía la mandíbula todavía más tensa. El profeta miraba los libros al lado con el ceño fruncido, cada vez más molesto con lo que el príncipe decía de Enlil y de su hijo. Y esos ojos…
Mitad azul zafiro. Mitad verde esmeralda.
Como el esmeralda en los ojos de Enlil.
—¡AUCH! —gimió Adad cuando sintió un pellizco en la mejilla—. Allenita, ¿por qué hiciste eso?
Sakti no supo cómo comunicarle sus sospechas. Lo único que tenía claro es que no podía dejar que Adad siguiera parloteando e incomodando a Darius cuando el profeta la había salvado de que la carta de Mark cayera en manos del príncipe.
Adad quiso reprochar más pero entonces escucharon una sacudida en medio de los arbustos. Al príncipe se le erizó la piel al imaginar que alguien escuchara su conversación con Darius. Pero antes de que se le ocurriera buscar entre los arbustos para matar al espía, una figura salió de entre los matorrales que estaban a un lado del lago.
Los príncipes y el profeta miraron a la figura acercarse a la casa, que se quejaba:
—Yo y este maldito atajo —murmuraba—. ¡Siempre tengo que complicarme la existencia solo, ¿no?!
El intruso se detuvo al lado del corredor mientras se quitaba unas cuantas ramitas de la cabeza y se sacudía las gotas que le empapaban el pelo. Resultaba curioso que la cara la tuviera tan mojada pero la ropa seca. Al verlo Adad no supo si alegrarse o preocuparse.
—¡Dereck! —exclamó el príncipe—. ¿Ya estás bien? —Pero antes de que el muchacho se lanzara a abrazar al Guardián, Sakti lo detuvo por el codo.
—No es Dereck. Mi Guardián tiene los ojos verdes. Este tipo los tiene rojos.
El hombre que se parecía tanto a Dereck sonrió al darse cuenta de que los príncipes lo veían. Se inclinó y les hizo una reverencia.
—¡Saludos, Altezas! Su tío me ha pedido llevarlos al banquete. —Luego miró al príncipe a los ojos y agregó—: Es cierto que no soy el amo Dereck. Yo soy Huggin. —Ahora sí, Adad no dudó en recibir al hombre.
—¿Huggin? ¡Increíble! ¿Ya tomas forma aesiriana?
—No —respondió el otro muy triste—. El señor Munnin ha intentado enseñarme pero solo consigo la forma del amo Dereck. Soy un cuervo muy tonto, príncipe.
Sakti recordó al cuervo mensajero de su Guardián, el mismo pajarraco gigante que la había asustado el día que conoció a Dereck cuando las aldeas krebins fueron atacadas. Miró boquiabierta al cuervo con la forma del Guardián pero él no la miró a ella. Al que observó fue a Darius; se acercó al profeta y le estrechó la mano antes de que el muchacho lo evitara.
—¡Vaya! Mi amo querrá conocerlo, lo sé. Cuando venga aquí se pueden hacer amigos, ¿de acuerdo? ¡Será genial: Dereck Sunkel y Darius Tonare como grandes amigos!
Darius apartó la mano con disgusto y Adad abrió la boca mientras señalaba al profeta.
—¿¡Tonare!? —gritó incrédulo—. ¿Eres un Tonare? ¿¡Eres hijo de Enlil!?
Entonces comprendió que Darius era el único hijo del General, al que los soldados del Imperio admiraban por haber sobrevivido a Sigurd. Se sintió estúpido por no haberlo comprendido antes. Darius lo miró como si pensara seriamente en escupirle en la cara. Al final se limitó a sisear:
—No soy ningún Tonare, gracias.
Si antes Darius estuvo de mal humor ahora era como un tifón. Solo porque le gustaban los libros no los estaba pateando ni destruyendo. Pero ni Adad ni Sakti lo culpaban ya por esos cambios repentinos de humor, pues ahora comprendían que la situación del profeta era mucho más complicada de lo que parecía. Si era hijo de Enlil ¿por qué lo encerraron en Masca? ¿Por qué no fue criado como el heredero de la Casa Tonare?
—Bueno, ¿nos vamos ya? —preguntó Huggin, ignorando el berrinche del profeta—. Tomé un atajo para que llegáramos a tiempo a la fiesta.
—¿Un atajo? —preguntó Adad.
—Sí. Es que estaba en el Templo de las Doncellas, visitando a mi mamá, y casi no me da tiempo de venir por ustedes.
Los príncipes y el profeta arquearon una ceja, preguntándose qué sería la madre de Huggin. Él y el otro cuervo mensajero, Munnin, nacieron de huevos dorados. Punto. Nunca hubo una cuerva que los pusiera. Huggin se dio cuenta de la confusión así que explicó:
—La hermana de mi amo, la Doncella Valeria, fue la que me empolló. Eso la hace mi mamá, ¿no? La visito siempre que puedo pero hoy me avisaron tarde que debía recogerlos, así que usé el pasadizo para llegar a tiempo. —Luego agregó—: Conozco estos cuartos porque aquí instruyeron al amo Dereck y a Kael para convertirlos en Guardianes. En ese tiempo el amo Dereck encontró un pasadizo secreto que conecta al Templo de las Doncellas, y así la visitaba a escondidas. Está debajo del agua —dijo mientras señalaba el lago.
Los príncipes y el profeta arquearon las cejas y después se miraron entre ellos. ¿De verdad era así de simple? ¿Tantos guardias enmascarados, puertas de sangre y puentes de roca reducidos a nada por un pasadizo? No podía ser tan bueno, ¿o sí?
—Tío Kardan y Sigfrid debieron enfadarse cuando se enteraron de lo que hacía Dereck —se animó Adad.
—Oh, no —dijo el cuervo, alarmado—. Ellos nunca se enteraron. ¿Verdad que podemos guardar esto entre nosotros? ¡No quiero que castiguen al amo Dereck por mi culpa!
Adad no lo pudo evitar y se carcajeó. ¡Bingo! ¡Ya tenían un modo de escape si la teletransportación de los gemelos fallaba! Darius y Sakti también lo comprendieron, así que el profeta olvidó gran parte de su enojo y la princesa se sonrió un poco.
—¡Tranquilo! No diremos nada a nadie. De eso puedes estar seguro.
Adad miró a Darius y se dio cuenta de que el profeta entendía lo que debía hacer: su tarea en el plan de escape sería estudiar ese pasadizo. Huggin se dio cuenta de la hora –debía recogerlos antes del anochecer y ya todo estaba a oscuras–, tomó a los príncipes de las muñecas y salió disparado para sacarlos de la casita del lago. No les dio tiempo de despedirse de Darius pero al profeta no le importó.
Darius quedó recostado al marco de la puerta del corredor, siguió la espalda de los príncipes hasta que desaparecieron. Después sus labios se estiraron automáticamente. Estaba aliviado. Estaba complacido. Por primera vez después de muchos años de encierro encontraba un rastro de esperanza. Comenzaba a ver la luz al final del túnel.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

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