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Capítulo 11

11
RECUERDOS DE BATALLA

—Auch —se quejó Adad.
—No le dolería tanto si se quedara quieto, príncipe —lo reprendió la joven que lo atendía.
Adad hizo un puchero pero obedeció al instante. Otra muchacha se acercó a él, le ofreció fruta y el príncipe, encantado, abrió la boca para que le dieran uvas. Luego le preguntó a Sakti si también quería. La chica estaba con la cabeza recostada en el regazo del muchacho y parecía dormida pero respondió con claridad:
—No. Solo quiero que me lo cuentes todo. Dime cómo venciste a Sigurd.
—Qué rarita eres. ¿Así que te gustan los cuentos de terror antes de dormir? —se burló Adad a la vez que le acariciaba la cabeza. Sakti asintió y se acurrucó más en la sábana que las sirvientas le ofrecieron—. Bien, de acuerdo. Te complaceré.
Mientras una sirvienta le cambiaba los vendajes, otra lo alimentaba y otra le masajeaba los pies, el muchacho miró el trofeo que había ganado. En una mesa baja frente a él había un cofre abierto y en el interior estaba su premio: un trozo de carne nauseabundo y peludo. Adad sonrió y relató a Sakti cómo ganó la apuesta a Sigfrid.
Cómo cortó la oreja de Sigurd.

****

Los árboles dificultaron el camino y las piedras amenazaron con hacerlo tropezar. Pero el príncipe no podía caer todavía.
De vez en cuando miraba por encima del hombro para calcular la ventaja que tenía sobre Sigurd. El demonio lo perseguía desde hacía un par de horas y en unas cinco ocasiones lo alcanzó y derribó. «Es orgulloso y confiado», pensó el muchacho. «Me considera una presa fácil. Por eso todavía no me ha matado, está jugando».
Adad tenía un brazo recogido en un cabestrillo confeccionado con prisa después de que Sigurd lo lanzara contra unos árboles. También tenía un golpe hinchado en la mejilla –regalo de una patada del come-almas– y una profunda y punzante herida en la rodilla. Pero él no se daba por vencido. Todavía no. Primero tenía que encontrar la formación rocosa que vio en el mapa.
De vez en cuando Sigurd cogía otro camino en medio del bosque para sorprenderlo de frente, pero en ese momento corría a unos quince metros detrás del príncipe. «Está jugando, está jugando», se dijo el muchacho. «Pero pronto el que se divertirá seré yo».
De repente escuchó la corriente.
...
¡Sí, era la corriente del río! Fue como un murmullo, como un secreto del bosque, pero Adad lo escuchó con facilidad a pesar de las carcajadas lunáticas de Sigurd, sus jadeos y el corazón acelerado del príncipe. Adad tenía impreso el mapa en su mente como una marca al rojo vivo. A medio día de camino había una pared rocosa que formaba parte del cañón que atravesaba la región Oeste en un zigzagueo desde el suroeste hasta el noreste. Al otro lado de la pared estaba uno de los ríos más anchos del continente principal. Ese río se unía más adelante con la corriente que nacía en una de las montañas Ka y ¡bingo!: corría cerca del camino principal de Masca.
El plan era sencillo: recorrería en unas horas la distancia, llegaría al cañón y atraparía a Sigurd en una cueva. El príncipe sabía que con la esencia de la tierra podía hacer una excelente prisión para el come-almas. Luego seguiría la ruta del río para llegar a Masca.
De repente una de las manotas del demonio lo tomó de un tobillo y lo jaló. Adad cayó de bruces y se golpeó la cabeza y la espalda cuando Sigurd lo lanzó contra un enorme árbol. Sintió los pasos pesados del come-almas mientras se acercaba a él, así que apretó la botellita de cristal que tenía escondida en la mano lastimada. «No, todavía no», se dijo. «No hasta que lo tenga acorralado en el cañón».
No intentó levantarse porque supo que no podría mantenerse en pie con el tobillo herido y no tenía sentido perder más fuerzas en una carrera inútil. «Pero el cañón está tan cerca», pensó. «Solo un poco más. Solo unos metros más y lo encontraré».
Se le ocurrió una idea disparatada para acortar la distancia, pero no estaba tan seguro de si el demonio colaboraría con él. En todo caso miró desafiante a Sigurd y le dedicó una sonrisa tan burlona que hasta el mismísimo Emperador le habría dado una bofetada por el atrevimiento. El come-almas mostró los dientes, tomó de nuevo a Adad del tobillo lastimado, dio unos tres giros sobre los talones para ganar impulso y lanzó al príncipe.
Adad sobrevoló los árboles más pequeños. Aterrizó a más de cien metros de Sigurd, que ya corría de nuevo hacia él para machacarlo un poco más. Adad se cubrió la cabeza para evitar abrírsela, pero aun así el golpe resonó dentro de él. Debía de tener una contusión de los mil demonios y decenas de huesos rotos, pero se obligó a continuar. «Un poco más», pensó mientras se levantaba. «El río está cerca, solo un poco más». A pesar del dolor avanzó dando saltos en una pierna. Ya podía ver el cañón, ya podía ver la pared rocosa, ya podía escuchar las piedras que rodaban en el río que estaba a unos metros.
Sigurd lo alcanzó en un santiamén y lo empujó contra una enorme roca. Sintió el aliento cálido del come-almas, que lo tenía atrapado contra la pared. La risa del demonio fue tan estridente que el muchacho imaginó a los pájaros temblando en los nidos y a los zorros ocultos en sus cubiles. Luego sintió el dolor asfixiante en el pecho y la energía que le subía del corazón a la garganta, rumbo al estómago de Sigurd. Era ahora o nunca.
A pesar de que le dolía el brazo se las arregló para destapar la botellita. El fuego se escurrió entre sus dedos como si fuera arena y bailó con gracia cuando lo dirigió al hocico de Sigurd. El come-almas gruñó y se llevó las manos a los ojos para protegerlo de la luz azul que tanto detestaba. Cuando soltó a Adad el muchacho desenfundó la espada con la mano. El arma describió un arco plateado que cercenó de un tajo una de las orejas del come-almas. A duras penas atrapó el trozo de carne con la mano herida y lo acomodó lo mejor que pudo en un bolsillo.
Ya tenía lo que necesitaba. Ahora lo importante era escapar. La tímida llama azul se multiplicó como si le echaran aceite y Adad lanzó una gran bola de fuego contra Sigurd. Mientras el come-almas se estremecía por el dolor y las fuerzas que perdía en las almas que escapaban, Adad luchó por subir a la gran roca.
No fue fácil. La espada le pesaba mucho, una de las manos estaba lastimada y sostenía una botellita de cristal y un tobillo estaba probablemente roto. Aun así escaló la roca –que era de unos cinco metros– porque no podía quedarse allí. No era tan tonto como para ilusionarse con matar a Sigurd. Podía debilitarlo con el fuego azul, pero nadie sabía cómo arrancarle el alma del primer niño al que comió. Mientras la tuviera en su interior sería inmortal.
Ignoró el dolor de la pierna, el de las muñecas y el de la cabeza. Tenía que escalar, tenía que regresar a Masca por Sakti. No podía morir y dejarla a merced de Sigfrid y los demás. Dio un último quejido y al fin alcanzó la cima de la roca. Se sostuvo lo mejor que pudo, se arrastró por la superficie y llegó al otro extremo. El río corría veinte metros debajo de él y la otra pared del cañón estaba a unos buenos cuarenta metros. Sería imposible saltar la distancia y no podría bordear el río porque la orilla era irregular.
Solo tenía una opción, pero…
¡AAAARG! —rugió Sigurd.
Adad saltó del susto cuando sintió el peso del come-almas en la roca. Giró sobre los codos y vio que el demonio, envuelto en llamas, lo acompañaba en la cima. Adad sacó de nuevo la espada y puso la punta sobre la roca. «Por favor, ¡que funcione!», rezó. Usó todas sus fuerzas físicas y el deseo en un único pensamiento: partir la roca por la mitad. Sabía que un guerrero bárbaro solo conseguiría que la mitad en la que él estaba cayera al río, pero Adad también usó magia. Por eso, cuando la roca se partió, el muchacho se concentró en que el extremo a los pies de Sigurd se desmenuzara. El demonio perdió el equilibrio y cayó al interior de la roca, que con el poder de Adad se convirtió en un espacio hueco del tamaño del come-almas.
El príncipe sintió que la cabeza le explotaría por el esfuerzo pero no perdió de vista todos los detalles: el fuego azul debía arder con control, la roca debía aprisionar a Sigurd y él no podía caer al río. No todavía. Cuando se aseguró de que el demonio estaba en el interior se concentró en que la mitad en dónde él estaba se uniera de nuevo al resto del cañón. Fue una tarea hercúlea pero los extremos de las rocas se unieron otra vez y que la abertura se selló.
La roca se estremeció. Tembló tanto como el cuerpo del príncipe. Por un momento la visión de Adad se nubló. Pensó que se adormecería sobre la roca pero el calor le quemó las palmas de las manos y lo despertó. Sigurd todavía ardía en el interior.
—Una prisión en las entrañas de la Tierra —musitó débilmente—. Como la Virtuosa te prometió, Sigurd. Aquí arderás por el resto de la eternidad.
Pensó volver al bosque. Su idea de seguir el río parecía arriesgada, porque con sus heridas y la irregularidad del cañón no sería raro que cayera al agua y se ahogara. Pero antes de que pudiera marcharse notó que la roca se pintaba con motas azules. Luego las motas se convirtieron en vejigas que se hincharon como en la piel de una criatura.
«¡Seré idiota!», pensó desilusionado. «El fuego azul convierte en llamas todo lo que toca». Parecía que la gran roca se fundía. Adad se incorporó a pesar del tobillo porque ya no soportaba el calor en las rodillas y las manos. ¿Pero qué podía hacer? Era obvio que no podía dejar que el fuego azul ardiera a diestra y siniestra. Todo el cañón y el río se convertirían en fuego maldito, y no pasaría mucho tiempo antes de que el bosque y gran parte de la región Oeste sufrieran el mismo destino.
Pero para controlar el fuego y guardarlo en la botellita de cristal necesitaba liberar a Sigurd. Y esa no era una buena opción.
Antes de que tomara una decisión, una larga navaja negra atravesó la roca fundida y lo hirió en el hombro. Adad gritó y perdió el equilibrio. Caminó hacia atrás sin control, preguntándose qué era esa cosa larga y filosa.
La roca a sus pies se desmenuzó y estalló, convertida en fuego azul que ardía sin control. Algunas llamas cayeron sobre él, otras al agua. En medio del crepitar lo que más aturdió al muchacho fue el rugido y la vibración de la cosa que lo hería.
El come-almas se irguió en lo que quedaba de roca y se lanzó sobre Adad, todavía envuelto en llamas. La lengua del demonio estaba extendida y hería el hombro del príncipe. Los dos cayeron al río como si fueran una bola de fuego, sin oportunidad de separarse.
El golpe contra el agua fue muy duro. Adad supo que lo habría noqueado de no ser por el dolor punzante en el hombro, que lo espabiló. Abrió los ojos solo para toparse con la mirada dorada de Sigurd, que extendía los brazos para ahogarlo con sus propias manos.
El agua no apagó el fuego azul, sino que las llamas ardieron con un movimiento líquido espectral y se expandieron. El agua se convirtió primero en vapor y después en flamas azules. El muchacho imaginó que en ese momento el río se convertía en una masa ardiente quema almas. Si no se apresuraba ni él podría controlar al fuego maldito ni reducirlo a una llamita dócil que regresara a la botella.
Con una gran fuerza de voluntad hizo que las llamas dispersas en el río giraran alrededor de él y Sigurd. Pronto se formó un torbellino que iba en contra de la corriente y que empujaba al fondo al príncipe y a la bestia. Adad también se percató de que todavía había almas que escapaban de Sigurd y que ellas desafiaban la corriente y regresaban a la superficie.
«Son ligeras como espíritus», pensó. «Necesito serlo también». Así que dio paso al espíritu que cargaba en la espalda: el Segundo Dragón. El príncipe sintió el gruñido amable de su amigo, que lo regañaba por no haber pensado en eso antes. El alma y los pensamientos de Adad quedaron relegados a segundo plano y casi no se percató de cómo el Dragón dirigió el fuego a Sigurd para hundirlo. Mientras tanto, el cuerpo ascendió a la superficie.
Dio una gran bocanada cuando sintió el aire en la cara. El Dragón abrió los ojos, sacudió la cabeza para despejar la visión y se percató de que la situación era peor de lo que imaginó. Las llamas lamían los dos extremos del cañón y el río parecía una sopa hirviente. Destapó la botella de cristal y rugió, como si su voz grave de espíritu tuviera más poder que la de Adad. El efecto fue casi inmediato: las llamas al pie del cañón se unieron al río y todas las estelas azules que ardían por encima y debajo del agua entraron a la botella. El gran torbellino de fuego se precipitó al interior de la cárcel de cristal, con lo que la corriente se hizo más brava e inestable.
Cuando no quedó ni una luz del fuego maldito, el Dragón cerró la botella y la abrazó contra el pecho. Contuvo la respiración justo a tiempo, y dejó que la corriente lo meciera y hundiera con violencia. Cuando sintió el golpe contra una roca aruñó la superficie con una mano y ahí se quedó todo lo que pudo.
Cuando el aire empezó faltarle escaló la roca y volvió a la superficie. Las olas todavía estaban bravas y a cada rato lo sumergían, pero no le importó. «Estamos vivos», le comunicó a Adad. «Ahora debemos regresar a Masca». Pero justo cuando pensó en esto escuchó un rugido a su espalda. Apenas tuvo tiempo de girarse para ver a Sigurd saltar del agua como un tiburón blanco. El Dragón no supo qué hacer, pero Adad recuperó el control del cuerpo. En un santiamén destapó la botella y lanzó el poder flamígero contra el come-almas.
Sigurd salió disparado con la misma barbaridad con la que lanzó a Adad contra los árboles, y chocó contra la otra pared del risco.
«¡Recoge el fuego!», lo urgió el Dragón. «Se saldrá de control de nuevo si no lo haces». Adad estuvo a punto de obedecer pero Sigurd comenzó a escalar la pared. Estaba escapando. Y si huía buscaría a Sakti. Quizá no la encontraría pero Adad no podía fiarse. Por eso ordenó a casi todo el fuego regresar a la botella, menos a una pizca.
«Quédate en él», le ordenó. «Arde cuando un príncipe te lo ordene». Sabía que la pequeña chispa que quedaba en el pecho de Sigurd no se incendiaría sin control y que podría permanecer allí por un buen tiempo sin que el come-almas se diera cuenta. Esperaba que Sigurd no encontrara a Sakti pero, si lo hacía, ella tendría un poco de ayuda para sobrevivir.
El come-almas alcanzó la cima, se sacudió el pelaje y miró a Adad. Sacó la lengua para lamerse la oreja herida y después le dedicó una sonrisa malvada al príncipe. «Voy a vengarme», decía esa sonrisa. «Voy a quitarte lo que más amas». Cuando el demonio echó a correr, a Adad no le cupo duda de que cazaría a Sakti.
Era imposible que él lo alcanzara antes de que diera con ella, pero podía apresurarse para apoyarla. Así que a pesar del dolor, los golpes y la debilidad, se soltó de la roca. No podría seguir la orilla del río por la irregularidad del terreno, pero podría dejarse llevar por la corriente para llegar más pronto al camino principal a Masca. Después de sobrevivir a Sigurd y a una tormenta de fuego azul una corriente turbulenta no sería nada para él.
Así que se dejó llevar.


Permaneció inmóvil por unas horas, incapaz de levantar un dedo. «Este no es lugar para un príncipe», pensó en algún momento. Estaba echado tan largo como era en la orilla del río para reponer energías. La ropa la tenía rota y empapada, el cuerpo lo tenía magullado y congelado, pero su actitud nunca estuvo más fuerte.
Viajó casi una semana en el río, a veces arrastrado por la corriente y otras –cuando la orilla se lo permitía– caminando. Esa era una de las paradas que de vez en cuando se obligaba a tomar para reponerse, pero notaba que en cada ocasión el cuerpo le exigía más horas de descanso.
A ese paso se iba a enfermar. Era un milagro que las heridas todavía no se hubiesen infectado, aunque Adad sabía de sobra que no podía atenerse a la suerte. Si no recibía tratamiento pronto podría pescar la peste.
Escuchó el susurro de unos pasos y apenas pudo entreabrir los ojos para ver unas botas y unos cascos de caballo que se acercaban a él. Esperó a que los hombres lo rodearan y no se estremeció cuando uno le colocó la punta de la espada al cuello, como tentándolo.
Adad se limitó a mirar al soldado a los ojos. Su tío le había dicho una vez cuando era niño que los soldados reconocen a un líder por la mirada. Saben con tan solo ver los ojos de una persona cuándo deben obedecer y cuándo pueden pasar por encima de él.
—Por eso hay que tener fuerza en la mirada —le había dicho—. Los Aesir la tenemos, solo necesitamos aprender a utilizarla.
Así que Adad observó al hombre sin pestañear, asegurándose de transmitir la ferocidad y el dominio de su sangre Aesir. No tuvo que esperar mucho tiempo. Notó en la mirada del soldado que él reconocía la fortaleza del príncipe y quizá también su identidad, porque eran muy pocos los aesirianos con los ojos y el cabello grises.
—Llévame al camino principal a Masca —ordenó— y después cerca del Pantano. A esperar a mi hermana, la portadora del Primer Dragón.

****

Adad despidió a las sirvientas con un gesto de la mano. Sus heridas estaban vendadas, el tobillo ya no lo tenía hinchado –solo un poco resentido– y estaba bastante complacido consigo mismo. En ese momento los días en el frío y violento río parecían una inverosimilitud. Tenía el estómago lleno, la cabeza despejada y el cuerpo cálido por la fogata que ardía a un lado y la chiquilla que estaba enroscada en su regazo como si fuera una gata.
El aire estaba impregnado por una mezcla de olores: ungüento para sus heridas y la de Sakti, jabón, incienso de lavanda y carne putrefacta. Sabía muy bien que las sirvientas aromatizaron la habitación más por contrarrestar el olor de la oreja de Sigurd que por complacer a los príncipes, pero a Adad eso no le importaba. Para él la podredumbre de la carne era tan dulce como el aroma a flores que despedía la cabeza de su hermana.
«Pronto», se dijo. «Con esto pronto seremos libres de la Profecía. Por fin nos dejarán en paz». Se imaginó el rostro del Emperador cuando viera la oreja. Con un poco de suerte su tío y Sigfrid dejarían de manipularlo y él podría vivir tranquilo como un príncipe más, sin ser el Segundo Dragón.
Pero no era ningún idiota. Esa era solo una ilusión. Jamás podría tener una vida normal mientras cargara con el espíritu de un Dragón. Si bien la oreja del come-almas probaría al Emperador y al General que él ya no era ningún mocoso fácil de controlar, tarde o temprano intentarían utilizarlo de nuevo. Por eso debía dar el siguiente paso de su plan.
—Allena —murmuró—, ¿estás dormida?
—No.
—¿Recuerdas el plan?
—Tú derrotarías a Sigurd. Y si yo lo encontraba le pediría una tregua para mantener al Emperador ocupado en algo más. Pero eso último no resultó muy bien.
—No importa. Sigurd ya no puede tocarnos y yo lo he derrotado. Todo va de acuerdo al plan. Ahora sigue algo más. —Sakti se sentó a su lado, con la sábana cubriéndola, y acurrucó la cabeza en el hombro del muchacho.
—Tarde o temprano tendremos que salir de Masca, ¿verdad? —preguntó con su voz de pajarillo.
—Sí. Pero mientras no nos hagamos cargo de cierto elemento, tío y Sigfrid podrán encontrarnos aunque escapemos. Debemos romper un vínculo, hermanita. O manipularlo. —Se estremeció entre horrorizado y fascinado por la palabra—. Dios no hizo un Pacto por sí mismo; lo hizo con ayuda de unos profetas. —Al pensar en ello la piel se le erizó. O quizá era la reacción del Segundo Dragón al pensar en los descendientes de los aesirianos que lo crearon—. Mientras el clan de los profetas exista, los Dragones estarán vinculados a los aesirianos. Ellos todavía tienen poder sobre nosotros. ¿Sabes lo que eso significa?
—¿Que queremos tener su poder de nuestro lado? —Adad sonrió.
—Así es: los convenceremos de ser nuestros amigos.
—¿Y si se niegan?
—Simple —dijo el príncipe mientras miraba la espada que estaba al lado del cofre, la misma que cortó de un tajo la oreja del come-almas—. Los mataré.
Adad pasó un brazo por encima de los hombros de su hermana y cerró los ojos. Los dos estaban cansados y, después de esos días, nada los repondría más que un sueño compartido. «Estamos solos en esto, Allenita», pensó el muchacho. El recuerdo de Katherine lo asaltó, así como la sonrisa de Kael y las bromas de Dereck. Al pensar en ellos los ojos le escocieron. Sabía que los Guardianes estaban en malas condiciones; sabía muy bien que Kael no volaría nunca más y que Katherine ya ni siquiera respiraba. Pero lo peor era saber que eso era culpa de él y de su deseo de libertad.
«Solos, tan solos», pensó mientras estrechaba a su hermana. «Que Dios se apiade de nuestras almas». Sintió el peso de las muertes de los casi veinte soldados a los que él y su hermana condenaron, además de las miles de almas que abandonaba si lograba escapar de la Profecía. Intentó deshacerse de la culpa pero no pudo.
Porque quizá dentro de nada tendría que matar a alguien de frente. Quizá pronto tendría que matar a los profetas. Y no estaba seguro de ser tan firme contra ellos como lo fue contra Sigurd.
Pero mientras él se estremecía por dentro al pensar en ello, Sakti comenzaba a soñar. Se imaginó lo que le esperaba en Masca, el control que aprendería sobre sus poderes y luego la ansiada libertad. La muerte de los profetas la tenía sin cuidado mientras ella pudiese regresar a la ciudad de la lluvia, plantarse en el porche de la casa con jardín de tulipanes y servir de nuevo al chico que la esperaba en Lahore.
Lo único que quería era volver a Mark.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. Wou!!! No se por qué sigues diciendo que no te gustan tus capitulos, a mi me encantan, mucha accion y por primera vez se ven los verdaderos sentimientos del principe Adad hacia todo el mundo en general, me refiero a sus personas mas cercanas he incluso al dragon, fabulosa la patada en... no pude parar de reir!!! simplemente fue algo tan inesperado!
    Lynkx

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  2. Amiga Ángela, por aquí seguimos. No te preocupes por los lapsus éstos que te señalo. Cada vez que releo un capítulo de los míos (si no los he leído 100 veces cada uno, no los he leído ninguna) encuentro fallos de este tipo. Debe ser algo muy normal.

    "se retiro asustado", falta la tilde de "retiró".

    En la expresión "donde fuera que estaba", quizá fuera más fácil decir "donde quiera que estuviese"?

    "una historia contada hacia muchos años", falta la tilde en "hacía".

    Hay un párrafo en que las palabras "aburrir" y "aburrido" quizá estén demasiado cercanas.

    "morirá por lo golpes". Falta la "s" en "los".

    Por lo demás, hay algo que llevo pensando hace un tiempo y ahora me decido a contrastar contigo. Soy muy poco conocedor del mundo del manga y el anime, pero tengo la sensación de que tu historia (no sólo por las ilustraciones) está bastante influenciada por este mundo, ¿es así? Desde luego, leyendo, uno se hace imágenes en la mente como si estuviera visualizando la historia a través de una serie de dibujos japonesa.
    Enhorabuena una vez más.

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  3. Hola, Velkar. Miles, miles de gracias por señalarme estos errores tan nefastos. Y disculpa que los encuentres :s Lo bueno de todo, es que de verdad me ayudas a mejorar el texto y eso, amigo mío, no tiene precio.
    Ahora, en cuanto a lo que planteas, es cierto. No he consumido mucha literatura de fantasía épica. A decir verdad, en este momento solo recuerdo haber leído una saga que incluya dragones, y esa es la saga "Harry Potter".
    Las criaturas que aparecen en "Los hijos de Aesir", los demonios, los espíritus y todo lo demás, son seres que nacieron a partir de imágenes del anime y del manga japonés.
    Pero creo que el mayor aporte que estos dos géneros han dado a la historia -el anime y el manga- es la manera en la que está construida y narrada.
    La construcción de la trama y de los personajes -los cuales espero que no sean tan planos-, así como el uso de flashbacks en el momento preciso para explicar el porqué de un acontecimiento o parte del pasado de un personaje, es una construcción que hasta el momento no he visto explotada en la literatura -aunque también puede ser que no he leído mucha literatura del género fantasía épica-, pero sí muy utilizada en el manga y anime japonés.
    La manera en la que "Los hijos de Aesir" está concebida nace precisamente a partir de mi admiración por la forma en que las chicas CLAMP construyen sus tramas y personajes (te recomiendo mucho sus mangas, ¡sus historias son fenomenales!) y, más recientemente, Mochizuki Jun, autor de "Pandora Hearts" (otro manga muuuuy recomendado).
    Es increíble lo mucho que se puede aprender al ver otros modos de contar historias, como el anime, el manga y el lenguaje cinematográfico.
    ¡Saludos!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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