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Capítulo 12

12
MASCA

El soldado se abrió paso entre la gente para subir al palacio de la Muralla. Era una extensa construcción rocosa que servía tanto para evitar la entrada de los refugiados y enemigos a la ciudad, como para dar habitación a soldados y ciudadanos que pasaron los controles médicos y que solo esperaban el permiso final para entrar a la Capital. El aesiriano se detuvo al ver las altas escaleras que debía subir y tomó aire antes de continuar.
Quinientos escalones más arriba encontraría un balcón desde el que se veían los campamentos alrededor de la Muralla y, por supuesto, la Capital en sí. Era como estar en medio de las dos caras de la moneda. Por un lado tenía los campamentos hacinados de refugiados enfermos y hambrientos que esperaban un permiso para entrar a Masca; mientras que al otro lado veía una enorme ciudad resplandeciente, con calles y avenidas llenas de flores y árboles fuertes, con edificios y casas construidas en mármol. Alrededor de la urbe había también casitas simples, rodeadas de cultivos y terrenos no tan esplendorosos como las calles hechas de piedra brillante. Pero las tierras de los agricultores estaban muy bien cuidadas y daban un aire pintoresco a la inmensa Capital.
—Señor, la gente está inquieta —dijo cuando alcanzó la cima.
A esa altura la brisa golpeaba con mucha fuerza, desacomodándole el cabello, pero la sensación de pureza era tan refrescante que poco le importó. El pasillo del balcón era de rocas macizas, como el resto de la muralla. Ahí había un escritorio grande protegido por una pared para que los refugiados no vieran al oficial que sellaba documentos.
—Pues solo haga su trabajo, soldado —respondió Sigfrid sin mirarlo. Toda su atención estaba en los documentos y en los sellos que tenía al frente.
El oficial tragó saliva para darse valor. Le dio náuseas imaginar cómo se sentirían los pobres diablos que debían darle malas noticias a Sigfrid. Lo que él tenía que decirle no era tan nefasto, pero sí sacaría al General de la agradable rutina del papeleo.
Ya tenía experiencia bajo las órdenes de Sigfrid en plena batalla. El General Montag era diestro en el combate, sabía dar discursos alentadores, crear planes brillantes y dar órdenes bien coordinadas que llevaban a la victoria a cualquier grupo de soldados por más pequeño o poco preparado que fuera. Pero si había que darle malas noticias la historia cambiaba. Sigfrid aterraba a todo aquel que lo mirara. Era incluso más alto que el promedio de los aesirianos, tenía una mirada severa y una personalidad temperamental, poco habituada a la relajación y a las bromas. Muy diferente al otro General del Imperio.
El aesiriano dejó escapar un suspiro de temor. Si tuviera que reportar a Enlil Tonare no sentiría la presión agonizante sobre los hombros, porque el Segundo General era amable, siempre sonriente y tan fuerte como el mismo Sigfrid. Bajo sus órdenes cualquiera estaba a salvo de todo peligro, incluido el psicológico, lo que la mayoría de las veces no era seguro con el General Montag.
—L-l-la gente está asustada, señor —tartamudeó—. Tienen miedo de que el come-almas ataque o que más refugiados contagien la peste. Todos los doctores están ocupados con el ejército y no hay ni uno solo atendiendo a los civiles enfermos. —El viento se llevó sus palabras y por un momento creyó que Sigfrid no lo escuchó—. Eso no es todo, señor. Hay un pequeño problemita con los Dragones. —Esta vez el General levantó la mirada y la clavó en los ojos del soldado—. Como las personas están tan asustadas comenzaron a rodear la tienda de los príncipes y ya la guardia no puede retenerlos. El comandante Dionisio dijo que los azotaría si no se alejaban, pero no obedecen. Tememos que el comandante cumpla con su palabra.
El soldado retrocedió cuando Sigfrid se levantó. La mirada del General cambió en menos de un santiamén. Ya no estaba concentrado o un poco relajado por el papeleo, sino molesto.
—Bien, Néstor. Trae al Inútil aquí para que le dé su merecido.
El soldado sonrió nervioso, hizo una rápida inclinación de cabeza y dio media vuelta para ir por el comandante. Néstor y el resto de oficiales sabían que Generales y príncipes se referían a Dionisio como el «Inútil», por ser poco agraciado para las artes militares. Flacucho, inseguro, incapaz de engendrar confianza a los soldados y, sobre todo, cobarde. El comandante Dionisio obtuvo su título como herencia de una ascendencia lejana que lo emparentaba con los Grendiere, uno de los clanes militares ya extintos.


Cuando el pacto con Dios se firmó, el Imperio Aesiriano quedó constituido en cinco grandes pilares. Cuatro de ellos eran las Casas Militares: los Montag, los Tonare, los Grendiere y los Kèrmiac. El quinto grupo eran los Aesir, la Familia Real y máximos gobernantes de los magos aesirianos. Pero las Casas Militares estaban malditas y cada una de ellas llevaba el peso de un mal que aniquilaría a sus miembros. Los Grendiere y los Kèrmiac hacía mucho que se extinguieron a causa de esas maldiciones, y los Montag y los Tonare eran los únicos que permanecían en pie.
Pero Sigfrid era el último de los Montag y el General no tenía ningún heredero. En cambio la Casa Tonare, liderada por Enlil, tenía descendientes. Aunque muy pocos los habían visto, se rumoreaba que el hijo del Segundo General sobrevivió a un enfrentamiento contra el come-almas y que además tenía hijos propios, entre ellos una niña.
Para todos era muy obvio que al ritmo de la guerra los Tonare serían los únicos sobrevivientes de la nobleza militar. Después del día de la Profecía ellos serían los únicos que permanecerían al lado de los Aesir para levantar el nuevo Imperio, ya limpio y perdonado por Dios.


Néstor suspiró mientras bajaba las gradas. El día de la Profecía, las maldiciones aesirianas, los Dragones, las Casas Militares, los Aesir, la magia… Su mundo estaba plagado de secretos, de misterios que hipnotizaban a los aesirianos y los enorgullecía de su cultura, de símbolos de poder y grandeza. Sigfrid Montag era uno de esos símbolos.
¿Cuántos años podría tener el Primer General? Nadie lo sabía. Era el ícono de la guerra, de la supremacía aesiriana por encima de la vaniriana, de la perfección destructiva que todo mago debe alcanzar. Varias generaciones anteriores a Néstor podían vanagloriarse de haber luchado bajo las órdenes de Sigfrid, pero todos sus antecesores ya estaban muertos. Pero el General permanecía en pie, joven y fuerte, inmutable.
Desde que Sigfrid estaba en su puesto, varios Aesir subieron al Trono para gobernar por periodos largos y cortos, victoriosos o mediocres, ganando batallas y perdiendo otras. Pero todos esos Emperadores también estaban muertos y era ahora su descendiente Kardan quien gobernaba, también con Sigfrid a la cabeza del ejército.
Ahora, después de miles de miles de años, los Dragones vivían, respiraban y palpitaban en el mundo, también bajo la mirada guardiana del más antiguo y poderoso mago conocido. Era demasiado poder para una sola época. Todos los aesirianos sabían que algo grande y asombroso estaba a punto de suceder.
El soldado se paralizó de repente porque vio que una masa de gente se precipitaba a la frontera. Por un momento pensó que el miedo al come-almas ya los había hecho perder la cabeza, pero luego reparó en los dos cachorros vestidos de blanco que se dirigían al palacio en la Muralla.
Los dos estaban escoltados por una guardia que intentaba interponerse entre ellos y los plebeyos. Uno de los hombres estuvo a punto de alcanzarlos, pero un soldado lo derribó con un golpe directo. Néstor estuvo satisfecho al ver que su compañero le rompió la nariz al aesiriano anónimo, pues él también habría hecho lo mismo. Si un hombrecillo como aquel, lleno de costras y piojos, intentara tocar a cualquiera de los portadores de los Dragones hasta él se le lanzaría encima para derribarlo aunque fuera a mordiscos.
La situación empeoró. Los soldados perdieron terreno y muchos tropezaron por un buen golpe de los civiles. Gritaban, empujaban y aruñaban como una manada. Néstor supo que pronto provocarían una estampida. Lo último que necesitaban era a un montón de civiles enfermos entrando a la fuerza a Masca y aplastando a los portadores en el proceso.
Antes de que pudiese avisar a Sigfrid lo que ocurría la gran sombra del General lo cubrió por la espalda. Se encogió de hombros cuando Sigfrid mandó a callar y detener la algarabía; incluso se llevó las manos a los oídos para tapárselos como si fuera un chiquillo de cinco años en presencia de un tigre.
—¿Qué es esto? —preguntó el General con su voz profunda.
No importaba que estuviera quinientos escalones por encima de los campistas. Su voz fue fuerte y clara, y los estremeció como si estuviera a lado de cada uno. Era imposible no verlo, pues todo en él sobresalía: los ojos, los hombros, la inexpresividad de la frente y los labios, que solo tenían que curvarse un poco para transmitir mucho.
Varios de los civiles bajaron la mirada de inmediato y retrocedieron. Otros intentaron mirar a otra parte pero la impresión de los ojos de Sigfrid era demasiado dura como para ignorarla. Ninguno se atrevió a responder al General, aunque tampoco se decidían a alejarse de los príncipes.
Sigfrid miró a Adad que, lejos de avergonzarse como el resto de aesirianos, le dedicó una sonrisa descarada y subió los escalones. Los refugiados y soldados observaron en silencio mientras Adad y Sakti subían al balcón. Cuando los perdieron de vista tras la pared permanecieron inmóviles al pie de la Muralla, con los ojos fijos en la cima.
—Si esto se repite —vociferó el General a la plebe—, el comandante Dionisio podrá azotarlos a todos hasta la muerte, como lo propuso.
Dio un último bufido y giró sobre los talones. No le sorprendió escuchar el suspiro unánime de alivio de parte de los aesirianos, ni tampoco se preocupó por organizar de nuevo los campamentos. En poco tiempo todos regresarían a sus lugares porque sabían muy bien que lo disgustarían mucho si no lo hacían.
Y nadie quería molestar al Demonio.
—Néstor —llamó Sigfrid—. Cambio de planes, regresa aquí.
El soldado se paralizó pero no dejó que el miedo se le reflejara en la cara. La voz molesta de Sigfrid hizo que los pies le pesaran como plomo, pero subió un par de escalones y acompañó a sus superiores en el balcón. Allí esperó a que el General terminara de sellar unos documentos. Mientras tanto, el príncipe Adad le mostró la Capital a su hermana:
—Mírala, Allena. Es Masca.
Sakti miró la ciudad, se colmó de las calles de mármol, de los faroles, de los parques, de las tierras de cultivo en los alrededores y del tamaño de la urbe. Pensó que Masca bien podría ser un país por su cuenta. La Capital estaba construida en un enorme valle y parecía que ni un solo centímetro del territorio estaba desperdiciado.
La impresionó mucho ver los canales y los ríos que segmentaban en orden la ciudad, mientras que en los campamentos el agua se repartía por raciones. También la sorprendió la limpieza de las calles, que a esa distancia eran blancas como las nubes y parecían lustradas con aceite. Se imaginó que Masca brillaría en medio de la oscuridad en las noches de luna llena.
También le llamó mucho la atención el edificio que coronaba la Capital. Era la primera vez que lo veía pero estuvo segura de que siempre se imaginó el Palacio de Masca de esa manera: grande, rodeado por sus propias murallas de mármol, con altas torres que parecían acariciar el cielo, con plazas y jardines internos pulcrísimos, con esa aura de perfección y magnificencia. Por su puesto era blanquísimo como la espuma de mar. Aunque curiosamente lo llamaban «Palacio Negro».
Su hermano le dijo que, desde la Muralla Oeste, el Palacio estaba a unos tres o cuatro días de viaje en carruaje. Eso le servía para hacerse una idea de lo grande que era la ciudad, pero también el Palacio, ya que lo podía ver con bastantes detalles desde la distancia. Era, por excelencia, el edificio que resaltaba toda la belleza y perfección de la ciudad.
Pero lo más increíble para Sakti eran las murallas de roca y mármol que rodeaban la Capital de un horizonte al otro. La protegían, la apartaban de la peste a las afueras y cerraban las puertas a la mayoría de los aesirianos para mantener el orden en el interior.
«De seguro no hay humanos aquí», pensó. No, claro que no. Los oficiales que impedían el paso a los civiles se suicidarían antes de permitir que un humano entrara a la Capital. «Y menos habrá krebins». No sabía si la idea la reconfortaba o la molestaba. Ella solo conocía la región Oeste del continente principal, y sabía de sobra que allí las personas tenían que preocuparse por demonios pensantes y monstruos, por invasiones vanirianas y por peste. En cambio Masca se evitaba eso.
La ciudad podía ser muy grande y hogar de muchísimos aesirianos –Sakti imaginaba que la población femenina debía de ser bastante elevada allí–, pero la mayoría de refugiados jamás podría entrar a la Capital. Los controles eran tan estrictos que incluso ella y su hermano tuvieron que esperar un par de días para que los doctores los vacunaran contra todas las enfermedades habidas y por haber, dieran el visto bueno y dijeran que no había riesgo de peste en ellos. Y eso que el sistema se agilizó porque eran príncipes. Si hubiesen sido refugiados habrían esperado hasta dos años para recibir la primera revisión.
—¿Ves aquella casa grande con techo rojo y jardines extensos por toda la propiedad? —preguntó Adad sin dar tiempo a Sakti de recuperarse de la primera impresión—. Esa es la casa de descanso Tonare.
Adad tomó un catalejo del escritorio de Sigfrid y se lo pasó a Sakti para que viera con mayor facilidad.
—Los Tonare tienen su residencia principal en la región Sur, pero desde hace unos cientos de años viven exclusivamente en Masca. Aunque aún se llama «casa de descanso» en realidad debería llamársele «residencia principal». Cuando era pequeño Enlil solía llevarme a su casa para que su esposa me atendiera. Es una mujer agradable, que hornea una galletitas de avena deliciosas.
El príncipe se mordió los labios al recordar el dulce sabor de su niñez. Luego señaló otra estructura al otro lado de la ciudad. Con el catalejo Sakti vio que el edificio, de varios metros de altura, parecía una torre con cada nivel marcado en la superficie por una leve franja.
—Esa era la casa de descanso de los Grendiere. Sin embargo, como el último de la familia Grendiere murió hace mucho tiempo el edificio se convirtió en la Biblioteca Aesiriana. ¿Y ves aquel parque que está allá? —Señaló un extenso rectángulo verde a dos kilómetros de la biblioteca, plagado de árboles y claros con fuentes—. Ahí antes estaba la casa de reposo de los Kèrmiac, pero hace mucho, incluso antes de que cayeran los Grendiere, un incendió atacó la mansión. Creo que el último de los Kèrmiac estaba mal de la cabeza, empezó el incendio y murió. ¿Y ves aquella casa enorme con un templo en medio de la propiedad? —Sakti buscó en los muchos templos que abundaban en la ciudad hasta que reconoció uno en particular.
—¿El que tiene una media luna en el techo?
—Sí, esa era la casa de descanso Montag pero ahora es un templo para monjes que rinden culto a la Luna.
—¿Y por qué, si Sigfrid aún vive? —El muchacho se mordió los labios porque no sabía la respuesta. Miró a su padrino y se lo preguntó. El General seguía en el escritorio, firmando y sellando cartas. Cuando terminó la última miró a los príncipes.
—Era una casa muy grande para mí solo, señor, y preferí dársela a su tatarabuelo para que dispusiera de ella como quisiera. Yo encontré otro lugar que resultaba más cómodo para mí.
Sigfrid entregó los papeles al soldado. Antes de bajar, Néstor dedicó una mirada tímida y furtiva a los príncipes. Adad ni se dio por enterado; siguió mirando la ciudad hasta que reparó en un edificio en el Palacio: parecía una torre nueva.
—¿Qué están construyendo? —preguntó. Tras seguir la mirada de Adad el General sonrió un poco irónico.
—Ese será el templo de los Dragones, señor. Su tío ordenó la construcción para honrarlos a usted y a su hermana. Por supuesto, aún falta para que esté finalizado pero ya cuenta con una historia interesante pues se está construyendo sobre los cimientos más viejos de la ciudad.
—¡Ah, por favor! —pidió Adad entre risas—. ¿Otra vez la historia del metal bendecido por Dios? —Cuando vio que su hermana no entendía la referencia, agregó—: Las leyendas dicen que Dios envió al mundo una estrella hecha con un metal resplandeciente. Cuando los aesirianos lo encontraron, descubrieron que podían crear armas extraordinariamente fuertes.
»Dios se molestó porque las armas hechas con el metal que Él mismo bendijo fueron utilizadas para matar. Pero no todo el metal se utilizó en armas. Una parte también se usó para construir edificios muy fuertes que duraran por siempre. Las leyendas dicen que Dios se molestó por la soberbia aesiriana y cada ciudad que los aesirianos construyeron con el metal fue destruida, menos una. Se dice que fue por esa época cuando se escribió la Profecía, y Dios accedió a dejar Masca impune para que los cimientos de la ciudad se convirtieran en la cuna de los Dragones.
—Pero esa no es toda la historia, señor —intervino Sigfrid—. Se dice que en lo más profundo del Palacio hay una cámara construida única y exclusivamente con ese metal. En esa cámara los profetas y el Emperador se reunieron con Dios para crear a los Dragones. Si ese cuarto en verdad existe podríamos llevar ahí a los profetas para que nos revelen más acerca de la Profecía y de cómo el poder de los Dragones debe ser utilizado.
El príncipe clavó la mirada en el General. El tono del comentario fue sarcástico, incluso incrédulo. Pero Adad creyó que, a su manera, Sigfrid contaba la verdad. ¿Era ese el plan del Emperador y los Generales? ¿Reunir a Dragones y a profetas en una habitación mística para terminar de condenarlos? El muchacho respiró hondo y pasó la mano por el mango de la espada que cargaba a la cintura.
Antes de que pudiera decir lo que pensaba una gruesa sombra cubrió los campamentos y la muralla. Adad vio las nubes grises que se acercaban desde el Oeste, en dirección contraria al viento. Sigfrid también vio la cortina de nubes y encrudeció el rostro. Dijo:
—Por favor ingresen a la Muralla. Los comandantes y yo nos haremos cargo.
—Tranquilo —dijo Adad—, no son vanirianos. —El muchacho miró a Sakti y le explicó—: Al parecer algunas invasiones vanirianas inician con nubes como estas. ¿Viste alguna así en el Oeste?
—No, solo una a pie. —Sakti recordó la vez que los vanirianos incendiaron las aldeas krebins pero no recordaba nubes.
—Claro, claro. Si hubieses visto una difícilmente te hubiera encontrado. Las invasiones aéreas esconden relámpagos en las nubes y dejan las ciudades invadidas en ruinas. Pero esto no es una invasión. Es Anäel.
El tumulto regresó a los pies de la frontera pero esta vez fue peor. Cuando Adad y Sakti intentaron abrirse paso al balcón en el que estaba Sigfrid, los aesirianos empujaron y suplicaron favores como si los príncipes fueran deidades. Pero esta vez exigían a los oficiales que los dejaran pasar antes de que la supuesta invasión los matara a todos.
—¡Solo en Masca sobreviviríamos! —gritaban unos.
—¡La sincronización nos protegería! —decían otros.
Pero todos callaron en cuanto Sigfrid se asomó de nuevo para establecer el orden:
—¡Silencio! Los vanirianos saben que es imposible invadir Masca, así que no lo intentan desde hace mucho. Además…
—Además, no es una invasión —dijo Adad mientras se asomaba al lado de su padrino. Sakti permaneció detrás, oculta tras la pared. No le gustaba llamar la atención ni sentir las miradas de los aesirianos sobre ella. Pero ese no era ningún problema para Adad, que les dijo—: Es Anäel, el dragón de la lluvia.
Luego dio un pequeño rugido. A Sigfrid le pareció que era el gañido de un cachorro, inaudible y un poco ridículo, pero escuchó un bramido bárbaro que provenía de las nubes. Él y los demás aesirianos levantaron la mirada. Entre los tirones grises y blancos se asomaron unas garras por un lado, un mechón de cabello por otro, unas fauces por aquí y los ojos por allá.
A Adad le molestó un poco la cara de pánico que pusieron los aesirianos al ver al enorme dragón que se escondía en las nubes, pero se guardó su antipatía. Cuando Anäel gruñó el muchacho extendió los brazos y dijo:
—Este es nuestro regalo para ustedes. Para que sigan esperando un poco más.
La primera gota cayó en la mejilla del príncipe. Adad tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su rostro no revelara el éxtasis del contacto. Luego la lluvia cayó en los campamentos. El agua cálida alivió los hombros tensos de Sigfrid y disipó un poco el mal humor que era habitual en él. Los campistas, civiles y oficiales se deshicieron en suspiros satisfechos, porque las costras comenzaron a sanar y se sintieron renovados y con energía a pesar de que muchos llevaban días sin comer.
—¡Lluvia mágica! —gritó algún niño y la euforia se desató.
A pesar de que las gotas eran gruesas y pesadas como granizo, los aesirianos dieron vueltas en círculos y se empaparon. Dejaron que el agua fluyera en las heridas, que les calmara la sed, les disipara las dudas y aliviara los temores. Dejaron que la lluvia mágica de Anäel los limpiara.
—Ordena que recojan suficiente de esta agua para Kael y para Dereck—murmuró Adad a Sigfrid—.Y después prepara nuestro transporte. En cuanto la lluvia cese iremos a Palacio.
Adad tomó a Sakti de la mano y la condujo a una puertilla oculta en el balcón. Sigfrid miró a los príncipes marcharse, luego a los aesirianos que se revolcaban de la dicha en el barro y en el agua, y pensó en lo rápido que iba todo.
«Habla con dragones», pensó. «Les pide favores y lo complacen. Los controla. Cada vez se funde más y más con el espíritu en la espalda. Y piensa como tal, también». Sigfrid había notado la pequeña mueca de disgusto de Adad cuando los aesirianos se asustaron al ver a Anäel. Tampoco se le pasó por alto por qué le pidió al dragón de la lluvia que dejara caer su regalo sobre los refugiados: para calmarlos y someterlos a la espera sin posibilidades de quejarse. Estaba pensando como príncipe. Estaba pensando como estratega. «Dentro de poco él y su hermana me darán grandes dolores de cabeza».
Sigfrid suspiró. Dejó que el agua se llevara sus preocupaciones y siguió a los príncipes al interior del castillo en la Muralla.

****

—Todo listo, Alteza —informó el General después de encender la mecha de un petardo.
A pesar de ser de día el cohete encendió el cielo con una estrella roja. Los oficiales de la ciudad reconocieron la señal y comenzaron a ordenar a los civiles para que se retiraran de las calles. La avenida principal desde la Muralla Oeste hasta el Palacio quedaría despejada en cuestión de minutos, sin un solo transeúnte o puesto de mercado.
—Le recuerdo que hay otros medios de transporte más cómodos. Como los carruajes —insinuó Sigfrid.
—Sabes que quiero montar a Galatea, ¿verdad?
—Sí, señor.
—¿Entonces por qué insistes en que use un carruaje? Es aburrido y lento.
—Porque en un carruaje las posibilidades de que se rompa el cuello son mínimas —respondió Sigfrid aunque sabía que Adad no le haría caso.
«Tiene mucho de su padre», pensó molesto. «La temeridad y necedad del príncipe Velmiar le contamina la sangre». Le habría gustado que Adad fuera obediente y tranquilo como su madre. Istar nunca le dio problemas al General. ¡Pero no, tenía que ser igual de imprudente y temerario que ese loco del príncipe Velmiar, siempre buscando el peligro por considerarlo «divertido»!
El General bufó pero se colocó a los pies de Galatea para que la esfinge le permitiera subir también. Los príncipes ya estaban montados en ella, pero la leona alada no tenía la tienda. Como decía Adad, viajarían a pelo.
—¿Nos vas a acompañar? —preguntó el muchacho cuando Galatea se agachó para recoger a Sigfrid—. Pensé que te quedarías para asegurarte de que Dereck y Kael entren a Masca. Si se quedan en los campamentos morirán como perros.
—Ellos estarán bien. Además —agregó mientras se acomodaba entre los príncipes y los rodeaba con los brazos—, no dejaría que montaran a Galatea sin protección. Ya que Dereck y Kael no pueden hacerlo me corresponde a mí asegurarme de que no se maten por imprudentes.
Adad tragó fuerte sin saber con exactitud cómo debía sentirse con Sigfrid tan cerca de él. Antes se habría sentido a salvo rodeado por los brazos que lo alzaron de niño, pero ya no. Ahora en su interior había una mezcla de añoranza por el pasado, rencor por la mentira y esperanza para el futuro, pero no se atrevía a concebir muchas ilusiones.
Lo único que quería era llegar a Palacio, conocer a los profetas y acercarse un poco más a su ansiada libertad. Apretó el pequeño cofre que llevaba consigo –ahí estaba el trofeo que ganó de Sigurd–, se despejó la cabeza y ordenó la marcha.
Era hora de regresar a casa.

****

Por lo general el viaje hacia Palacio les habría tomado unos tres días. Pero Galatea era mucho más rápida y atolondrada que un carruaje, y no se perdía la oportunidad de correr y volar cada vez que podía.
Por eso las calles estaban despejadas. Los mascalinos sabían que los príncipes portadores estaban en la ciudad y que no podían esperar para regresar a Palacio, junto al Emperador y los primos que los esperaban allí.
Sakti no tuvo tiempo de ver los edificios o disfrutar de los parques, porque Galatea se movía tan rápido que todo era una mancha difusa alrededor. La esfinge correteaba por las calles, ronroneando de la felicidad; y alzaba el vuelo de vez en cuando, describiendo peligrosos círculos en el aire. Adad reía emocionado y animaba a su mascota a hacer más giros. Sigfrid reprendía a la bestia y al príncipe, y les ordenaba discreción.
El viaje que debió tomarles días duró poco menos de uno con descansos incluidos. Para cuando alcanzaron las murallas de Palacio estaban a unas cuantas horas del anochecer.
—¿Estás mareado? —preguntó burlón Adad al ver que Sigfrid se llevaba una mano al puente de la nariz. Sigfrid no respondió. No dijo nada mientras Galatea trotaba hacia las puertas de la muralla del Palacio, que se abrían por fin.
El corazón de Sakti latió aprisa cuando las puertas se corrieron. ¡Qué diferente era Masca a los campamentos! Los mascalinos que estaban afuera de Palacio permanecían ordenados y tranquilos, mirando a los príncipes entrar a la casa de reyes. No empujaban ni chillaban eufóricos aunque los ojos les brillaban al paso de la esfinge.
Galatea, coqueta como su dueño, disminuyó el ritmo para que los civiles la contemplaran. A Sigfrid no pareció incomodarle la presunción y a Adad le fascinó la entrada, pero a Sakti la mortificó. Se encogió todo lo que pudo y se escondió entre el General y el príncipe.
—¿Por qué haces eso, Allenita? —le preguntó Adad—. ¿Es que no sabes que a ellos les place verte? —La jaló para sacarla de su escondite y dejar que los mascalinos la vieran—. No naciste aquí ni en el desierto, eres una extranjera. ¡Pero cuánto te deseaban en Masca, protegida en sus Murallas! ¡Cuánto te deseaban en la Capital, donde perteneces! No en una ciudad con el barro hasta los tobillos.
Sakti notó el tono desdeñoso que Adad usó para referirse a Lahore, pero no lo contrarió. Aunque le molestó que hablara mal de la ciudad que fue su hogar, no le gustaba pelear ni enojar a otros. Al igual que lucirse en público, como Adad o Galatea.
Apenas la esfinge cruzó las puertas, se detuvo. Sakti pensó que debía de haber un protocolo que los nobles y las bestias grandiosas se sabían al dedillo, porque Adad y Sigfrid aprovecharon para bajar y permanecieron inmóviles, como estatuas de dioses, cerca de las puertas.
Ella quedó protegida en la melena de Galatea, aterrada cuando escuchó los rugidos de aprobación y felicidad de los mascalinos. No solo eran palabras convertidas en vítores o aplausos ensordecedores, sino auténticos bramidos como si fueran leones satisfechos. Sakti recordaba que los aesirianos de Lahore rugían así en muy pocas ocasiones, como cuando se celebraba el festival de verano o alguna fecha religiosa importante. También recordó una ocasión en que sacrificaron a un criminal aesiriano y cómo rugieron excitados cuando le echaron brasa ardiente.
—Animales —dijo Tiamat en esa ocasión—. Bestias salvajes.
Sakti sabía que la krebin tenía un poquito de razón y ahora, rodeada de un sinfín de magos excitados, estaba incómoda e insegura. Las puertas comenzaron a cerrarse y con eso terminó el espectáculo. Adad sonrió hasta que las puertas se cerraron por completo –poco le faltó para lanzar besos– y después se apoyó en Galatea, exhausto.
—Es un público exigente —bromeó pero nadie se rio de su chiste. Luego levantó los brazos e invitó a Sakti a lanzarse a ellos—. No me malinterpretes, hermana. Tu timidez es encantadora pero no puedes esconderte en Galatea siempre. Hay un protocolo que seguir y a veces tendrás que participar en actos públicos.
—Habrá tiempo para trabajar en eso —comentó Sigfrid—. Ya se le enseñará a la princesa a actuar como tal.
«No estoy aquí para aprender a ser una princesa», pensó la chica mientras bajaba de la esfinge. «Estoy aquí para ser una mejor sirvienta. Para aprender a proteger al amo». Pero sabía que decir algo así enfadaría a Adad así que guardó silencio.
Se dejó guiar por el príncipe, que la condujo por una escalinata a lo alto de la plaza en la entrada principal de Palacio. Adad le susurró una serie de instrucciones acerca de cómo actuar cuando encontraran a la comitiva de recibimiento, pero Sigfrid se percató de que a Sakti todo lo que le entraba por un oído le salía por el otro.
—Además —dijo el General al príncipe— todavía no se la presenta en sociedad. Por esta ocasión le excusarán cualquier falta.
Sakti no sabía si sentirse aliviada u ofendida por ser considerada una incivilizada, pero tenía el suficiente sentido común como para no pelear por ello. Mientras se mantuviera al lado de Adad y actuara como él, todo estaría bien. Cuando el muchacho se detuvo de golpe ella estuvo a punto de tropezar. El príncipe susurró algo que Sakti entendió a tiempo, y se arrodilló a la vez que Adad y el General. Parecía ensayado.
—Ocho años de desobediencia, lejos de casa y haciendo lo que te vino en gana —bramó una voz. Sakti hizo lo mejor que pudo para no estremecerse pero fue difícil. Tenía la vista clavada en el suelo pero por el rabillo del ojo percibió que una sombra gigantesca se acercaba a ella—. Y cuando al fin te dignas a regresar, entras a mi ciudad montando una fiera salvaje, deteniendo el tránsito y los mercados. ¿Tienes idea de las pérdidas económicas que generó tu «entradita», Adad? —La voz continuaba seria, imbatible, con un eco similar a la de Sigfrid—. Sé que eres hijo de Velmiar pero también lo eres de Istar. ¿No puedes mostrar un poco más de compostura, muchacho?
—Vale —dijo Adad mientras levantaba la mirada. Sakti estuvo a punto de hacer lo mismo solo por imitar a su hermano, pero Sigfrid le dio una señal discreta para que ni se le ocurriera hacerlo—. La próxima vez sigo el papeleo. Mando una nota al sindicato de comerciantes y otra a ti. ¿Con eso bastará?
—Insolente —siseó la voz justo antes de que Sakti escuchara el coscorrón en la cabeza y un gemido exagerado de parte de su hermano.
—¡AAAYYYY! ¡Duele!
—No tanto como quisiera —respondió la voz—. Levántate, cachorro testarudo.
Antes de que Adad pudiera obedecer, Sakti vio que una mano blanquísima agarró al príncipe del cuello de la camisa y lo levantó de un tirón. Poco le importaron las advertencias de Sigfrid y alzó la mirada para ver qué sucedió con Adad. Se imaginó que al príncipe lo estarían agarrando a golpes o que unos soldados lo estarían arrastrando lejos de ella, pero el muchacho estaba de pie, dándole la espalda y rodeado por los brazos de un hombre alto y de tez pálida.
El muchacho estaba mudo, con los labios apretados, pero Sakti también vio el rubor de sus mejillas. Supo, con tan solo verlo, que ese era uno de los momentos en los que Adad no sabía si sentirse furioso o a salvo. El hombre le acarició el cabello con ternura, con el mismo gesto que el señor Salvot utilizaba en Mark. Al poco rato Adad consintió el brazo y hundió el rostro en el pecho del aesiriano.
Al darse cuenta de que su hermano estaba bien, se concentró en el hombre que lo había regañado. Era muy alto, aunque no tanto como Sigfrid. La piel era tan blanca que parecía enfermo; el rostro era largo, anguloso y muy agradable; y el cabello negro le llegaba hasta la cintura. Estaba vestido con una túnica de seda negra, que lo cubría de pies a cabeza. Todo él exhumaba un aura de grandeza y perfección que a Sakti le pareció una representación aesiriana de la misma Capital.
El hombre separó un poco a Adad, que no se atrevió a quitar la vista del suelo. Después le dio un beso en la cabeza, donde Sakti supuso que le dio el coscorrón.
—Eres un grandísimo idiota, Adad. No tienes ni idea de lo preocupado que estuve por ti. Nunca, jamás, te vayas de nuevo de esa manera. ¿Comprendes?
Toda la fortaleza y la energía rebelde de Adad parecían haberse ido por el retrete. El muchacho asintió con timidez e incluso musitó un débil «Lo siento».
—Sé un niño bueno de ahora en adelante, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Buen chico.
El hombre acarició la cabeza del príncipe y después miró al muchacho a los ojos. Fue entonces cuando Sakti se estremeció de verdad: los ojos del hombre tenían algo espantoso que todavía no podía descifrar. Quizá dio un pequeño salto en su sitio, porque el aesiriano reparó en ella de inmediato.
La miró sin pestañear y esbozó una sonrisa encantadora con sus labios finos. Pero lo único que Sakti vio fueron los ojos completamente negros con excepción del iris, que era de un celeste fulminante.
—Ah, esta es nuestra pequeña Allena —dijo el hombre mientras hacía una seña a Sakti para que se levantara. Pero la niña no se movió, no podía hacerlo. Esos ojos tan extraños la tenían hipnotizada, aterrada; ni siquiera podía respirar.
—Discúlpala —pidió Adad mientras la levantaba. A Sakti no le importó actuar como una chiquilla cuando se escondió detrás del príncipe. ¡Al Diablo con el protocolo o lo que fuera! —. Es muy, pero muy tímida.
El hombre rio. A Sakti la desconcertó la armonía de esa carcajada. Había imaginado que el aesiriano parecería demente si se carcajeaba, pero su risa fue muy agradable, cálida y alegre. La chica se asomó un poco para verlo. Tuvo que admitir que de no ser por los ojos lo habría tomado por un hombre más: ni bueno ni malo.
—Tu madre también se escondía detrás de mí de esa forma —le dijo a Adad. Luego miró al General—. ¿Lo recuerdas, Sigfrid? Istar se pegaba tanto a mis talones que a veces tenía que separarla para que no me hiciera tropezar.
—Lo recuerdo, Majestad —respondió Sigfrid, todavía arrodillado—. La princesa lo adoraba.
—Y yo la adoraba también. —Adad ganó algo de confianza, jaló a Sakti contra su voluntad y la colocó de frente al extraño hombre.
—¿No te lo dije? ¿Verdad que es como mamá?
—Sí, igualita.
—¡Tiene la misma cara, ¿verdad?!
El hombre levantó una ceja. Miró primero a Adad como si fuera un idiota, después a Sigfrid como para confirmarlo y por último a Sakti. La chica, que había visto un retrato de la princesa Istar, también había levantado una ceja. Hasta ella sabía que no se parecía en nada a su madre; el único que insistía con ese disparate era Adad.
El hombre rio de nuevo –quizá porque la ceja levantada de Sakti era idéntica a la suya– y concedió la locura al príncipe.
—Sí, Adad. Allena es la viva imagen de Istar.
Luego se inclinó delante de Sakti y la abrazó antes de que la chica pudiera chillar y saltar hacia atrás. Al principio ella no supo cómo reaccionar. Más que miedo el hombre le generaba confusión. Juzgarlo por sus inusuales ojos parecía injusto en especial porque ella sabía lo terrible que era ser juzgada por su apariencia. Pero todavía no sabía qué esperar de él. Algo en su figura la tenía en alerta, pero el aroma y el cómodo calor de sus brazos la incitaban a confiar.
—No confíes en nadie, Allena. Solo en mí —le había dicho su hermano antes de subir a Galatea. Aun así él también se dejó persuadir por el abrazo de ese hombre, como si el aesiriano tuviera el poder de derribar con un toque las barreras de rechazo.
—Bienvenida a casa, mi pequeña —dijo el hombre mientras le daba un beso en la mejilla—. Cómo deseábamos conocerte.
Se incorporó y extendió una mano para mostrar al resto de la comitiva. Él tenía una presencia tan grande que opacó al resto del grupo, conformado por tres muchachos de más o menos la edad de Adad. Uno tenía el cabello rubio y ojos rojos; otro también tenía los ojos de ese color, aunque era pelirrojo y tenía una contextura más robusta que el muchacho anterior. El último de ellos era la réplica joven del hombre de traje negro. También tenía el cabello largo y oscuro, la piel pálida, el rostro delgado y los ojos pintados solo por esa estela celeste fulminante. O eran hermanos, o padre e hijo.
—Tus primos, los príncipes Sin, Harald y mi heredero, Kardan.
Al presentarlos los príncipes se arrodillaron delante de ella y Adad. Una vez más allí había un protocolo que ella no comprendía. Sakti pestañeó, apenas capaz de asimilar que esos chicos bien vestidos y educados eran su familia. El hombre no podía ser otro más que su tío, el Emperador. Miró confundida a Adad pero el muchacho estaba feliz, nada incómodo a pesar de que le repitió una y otra vez que no podía confiar en ellos.
—Quiero que conozcas a alguien más. —El Emperador hizo una seña a un hombre que esperaba más atrás y que también se había arrodillado. El aesiriano se levantó, se situó al lado del Emperador e inclinó la cabeza—. Él es Enlil Tonare, el Segundo General.
Sakti se preguntó si los aesirianos de la Capital comían o bebían algo para crecer tanto. O quizá era una característica de las Casas Militares. Enlil era apenas unos cuantos centímetros más bajo que Sigfrid, pero tenía los hombros y la espalda tan anchos como los del Primer General. También parecía mayor, pues en su cabello castaño y en su barba desalineada se asomaban unas cuantas canas. Tenía un par de arrugas en la cara, acentuadas por la enorme sonrisa. Quizá la facilidad que tenía para estirar los labios con simpatía era lo que lo hacía ver mayor que Sigfrid, que casi no sonreía –a no ser para asustar a otros–. A pesar de esto había algo joven y agradable en Enlil Tonare además de la sonrisa feliz. Eran los ojos verdes esmeralda, que eran como un par de alegres fumarolas. O como una piscina de jade, profunda y relajante.
—Espero que haya disfrutado el viaje, Alteza —dijo él mientras se arrodillaba de nuevo. Era tan grande que incluso agachado su cabeza estaba por encima de la de Sakti—. También espero que el cascarrabias de Sigfrid no le amargara el viaje. Casi siempre es un bruto odioso pero no hay nada que hacer al respecto. Como es bueno en su trabajo hay que perdonarle su defectuosa personalidad.
Sakti no pudo evitar sonreír, aunque sabía que no era nada gracioso. Nunca, jamás, había imaginado que alguien fuera capaz de hablar así de Sigfrid, menos en su presencia. Pero el General Tonare lo decía con tanta facilidad y ligereza que resultaba un poquito divertido.
La chica se llevó una mano a la boca para esconder la sonrisilla pero al instante siguiente miró a Sigfrid, sintiéndose culpable. Pero el General no parecía molesto ni irritado. Intentaba fingirlo pero un brillo en los ojos delataba que Enlil tenía derecho a llamarlo «bruto» y «cascarrabias» cuando fuera y donde fuera.
—La verdad es que tuvimos algunas pequeñas complicaciones en el viaje —intervino entonces Adad. El muchacho entregó el pequeño cofre al Emperador y dijo—: Es un regalo de paz, tío, para que me perdones por haberme escapado a buscar a Allena. Pero también es para tranquilizarte. Nunca estuve en peligro porque puedo cuidarme solo. Con esto sabrás que ya no tienes que preocuparte siempre por mi seguridad.
El Emperador alzó la tapa del cofre y al instante siguiente lo apartó. Hizo una mueca por la podredumbre, pero se preparó mejor para la segunda vez y estudió el regalo.
—Cielos, gracias, Adad —dijo con sarcasmo—. Quieres enseñarme los beneficios de una dieta vegetariana, ¿no? Porque con esto no creo que pueda comer carne de nuevo.
Esta vez fue Adad el que se carcajeó. Sakti se dio cuenta de que su hermano y su tío no se parecían mucho físicamente, pero sus risas eran igual de cautivadoras.
—¡No bromees, por favor! No es que me costara mucho conseguirte este regalito pero de verdad sudé la gota gorda para traértelo.
Adad metió la mano al cofre y sacó el trozo de oreja, lo que hizo que el Emperador, los príncipes y Sakti se estremecieran del asco. Al parecer tenían algo común: eran unos fanáticos de la limpieza, menos Adad.
—Tenemos que ponerlo en una vitrina con una enorme placa para que los soldados, los sirvientes y los Lores que pasen cerca la vean y se rían. Algo así como: «El come-almas grita porque no oye. ¡Cuánta falta le hace su orejita!». O «Sigurd Orejas de burro, incluso mutilado parece conejo». No sé, no sé… No he pensado mucho en las inscripciones, la verdad es que no soy muy bueno para inventarlas.
El efecto fue el esperado. Los príncipes se miraron entre sí confundidos, el Emperador frunció las cejas y le preguntó a Sigfrid si esa porquería era del come-almas, y Enlil fijó los ojos en el trozo de carne.
—Sí, sí, sí, es de Sigurd. Este es un aperitivo. La próxima vez que me lo tope lo haré picadillo y lo traeré en trocitos para ti, tío —dijo Adad risueño mientras colocaba la oreja en el cofre—. Mientras tanto dejemos que el orgullo de Sigurd se revuelque herido. Una parte de él está en manos del Emperador y todo gracias al portador del Segundo Dragón. Dudo mucho que ahora quiera meterse con los campamentos en la Muralla Oeste. Después de todo ¿quién quiere disgustar al tío de dos Dragones? ¿Quién, en su sano juicio, se quiere meter con los Dragones?
Sakti le pasó un pañuelo a Adad para que se limpiara la mano, lo que dio una excusa a los hermanos para ignorar la mirada inquisidora del Emperador.
—¿En qué demonios estab---?
—Los profetas —lo interrumpió Adad antes de que lo reprendiera—. Se me acaba de ocurrir que sería buena idea visitar a los profetas. —El príncipe señaló el cofre que sostenía el Emperador y explicó—: ¿Verdad que es extraño que el come-almas esté de nuevo libre en el mundo? ¿Cómo escapó de la prisión que hizo la Virtuosa para él? Me parece raro. Pero quizá si los profetas tuvieran acceso a la oreja podrían ver cómo escapó. Podrían ayudarnos a deshacernos de él, ¿no te parece?
—¿Quieres ver a los profetas?
Sakti sintió el cambio de atmósfera. Ya entre su tío y su hermano no había esa vibra fraternal tan agradable, sino una especie de enfrentamiento. Adad se irguió y avanzó un paso, lo suficiente para escudar a su hermana.
—Sí. Los profetas son sensibles y pueden ver el pasado y el futuro de los objetos que tocan. Por eso quiero que usen la oreja mientras esté todavía fresca. Creí que te interesaría tener una pista para deshacernos de Sigurd. Y no quiero que pienses que soy un grandísimo presumido, pero creo que sería buena idea que me lo explicaran directamente a mí. Si pude cortar al come-almas ahora, en una segunda oportunidad podría matarlo con el conocimiento adecuado. ¿No te parece?
La pregunta sonó a desafío. Antes de que el Emperador pudiera decir algo Enlil se levantó y enfrentó a Adad:
—Príncipe, no creo que sea buena idea llevarle esa oreja del demonio a los profetas. Y es que… bueno… —De repente el inmenso hombre se puso nervioso. Enlil se dio cuenta de que había llamado la atención de todos los príncipes y apenas tuvo una idea para salir del apuro—: Bueno, los profetas no son muy «amables» que digamos. No sería bueno herir susceptibilidades, ¿verdad?
—¿Y por qué habría de hacerlo? —preguntó el príncipe—. Los profetas deben obedecer al Emperador y estoy seguro de que él quiere proteger su Imperio, ¿cierto? En especial de criaturas como Sigurd, ¿verdad?
De nuevo la pregunta desafiante. El Emperador miró al muchacho con los ojos entrecerrados, como si se preguntara qué no le gustaba de esa propuesta. A simple vista parecía muy inocente y lógica, pues el trabajo de un príncipe era proteger a sus súbditos. Pero él sabía leer entre líneas y sospechar razones ocultas en las acciones mejor intencionadas.
«Es algo que también debo aprender», se dio cuenta Sakti. «Eso es tan o más importante que el bendito protocolo de comportamiento».
El Emperador miró por un instante a Sigfrid, después pasó un brazo por encima de los hombros de su sobrino y le entregó el cofre.
—Tienes razón, Adad. Es importante averiguar pronto cómo deshacernos del come-almas. Puedes ir a verlos. —Sakti notó la angustia de Enlil y temió que los profetas fueran unos odiosos. Eso solo dificultaría las cosas—. Tus primos te guiarán a ellos. Mientras tanto me aseguraré de que los preparativos estén listos.
—¿Preparativos? —Esta vez fue Adad el que se puso a la defensiva.
—Claro. Los preparativos para la fiesta de recibimiento. No todos los días mi sobrino testarudo y mi sobrina favorita regresan a Masca. Esto hay que celebrarlo. —El Emperador dio una palmadita a Adad y lo empujó hacia los otros príncipes—. Anda, apresúrate. Y de paso dale un pequeño recorrido a tu hermana, ¿de acuerdo?
«¿Así? ¿Tan… fácil?», se preguntó Sakti. Pero si Adad recelaba tanto como ella lo fingió muy bien. El muchacho la tomó de la mano, la presentó de nuevo a los otros príncipes y los siguieron al interior de Palacio, todo mientras sonreía y les contaba de los mejores momentos de su viaje.
Pero mientras se marchaban ella miró por encima del hombro al Emperador y a los Generales. Sigfrid y Enlil se estrecharon la mano –duraron una milésima más de lo que era común entre compañeros, así que Sakti supuso que eran amigos–, y después los dos murmuraron algo cerca del Emperador. Su tío asintió y desde lejos la miró.
Sakti no podía decir que la observó con odio o repugnancia, porque no era cierto. Pero había algo en sus ojos que un tío no debía sentir hacia su «sobrina favorita» y eso era desconfianza.
Al igual que Adad, el Emperador no confiaba en sus sobrinos. Ni siquiera en ella, la menor de la familia y la hija de su hermana preferida.
Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Me encantaría conocer Masca… y a Galatea X)
    Tenía una pequeña observación que quería hacerte: en el párrafo que inicia con “Los Tonare tienen…”, en la oración que inicia con “Es una mujer…”, dice “…una galletitas…”, cuando debería ser “…unas galletitas…”.

    - Kirala

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    Respuestas
    1. ¡Ah! ¡Sigo con la mar de errores! Muchas gracias por señalarlos <3

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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