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Capítulo 13

13
PROFETAS


Sin, Harald y Kardan guiaron a Adad y a Sakti al interior de Palacio. Los príncipes primero entraron a un vestíbulo con pinturas grandes, emblemas tejidos con hilos de oro sobre telas finas y brillantes, estatuas de hombres robustos y de bestias místicas diversas, y paredes con inscripciones e imágenes extrañas para Sakti.
A una señal de Kardan cruzaron otra puerta que los llevó a un jardín extenso rodeado por pasillos. El jardín era un cuarto de luz vanidoso que se extendía por media manzana de terreno. Sakti se acercó al borde del pasillo, miró hacia arriba y se dio cuenta de que los pisos superiores también tenían baranda y vista al jardín.
Siguieron adelante. Por un momento pensó que sus primos querían burlarse de ella, porque los pasillos, las gradas y los giros eran tantos que estaba completamente desubicada. No quería imaginarse sola en Palacio, sin su hermano o alguna otra compañía que la guiara en ese laberinto.
Se sintió más perdida y sola cuando notó que los guardas y sirvientes eran muy pocos. Casi todos estaban en parejas o en grupos de cinco personas, limpiando y haciendo guardas conjuntas para no perderse. Cuando los príncipes pasaban cerca de ellos, los aesirianos se corrían a un lado del pasillo y se inclinaban. Cada vez que eso sucedía Sakti se acercaba un poco más a Adad. Todavía no se acostumbraba a ese trato preferencial, aunque el muchacho le aseguraba que pronto le resultaría agradable y cotidiano.
Después de unos minutos ya no hubo sirvientes ni soldados. Los pasillos estaban en completo silencio y el Palacio más parecía un cuento de horror que el lugar idílico que Sakti imaginó cuando lo vio desde la Muralla Oeste. Luego llegó la oscuridad. Los pasos de los príncipes resonaron como si estuvieran en una cripta. Sakti sintió un descenso en la temperatura cuando las paredes a los lados del pasillo se cerraron, ya sin jardines que iluminaran o decoraran el camino. El silencio que guardaban Sin, Harald y Kardan no ayudó a mejorar la atmósfera.
De repente el príncipe de pelo negro se detuvo y encaró a Adad.
—¿Estás seguro de que quieres ver a los profetas ahora? Podemos dejarlo para después. No creo que eso —dijo mientras señalaba el cofre que Adad cargaba en un brazo— los ponga de buen humor y no es que ellos sean fresas azucaradas todos los días. —Adad arqueó una ceja.
—Muy bien, ¿qué pasa? Enlil y tú están comenzando a asustarme. Dije que quiero ver a los profetas, no a un grupo de ogros. —Luego se lo pensó mejor—. ¿No serán ogros, o sí?
—Ogros, ogros no… —dijo Sin, el príncipe rubio, mientras levantaba los hombros—. Pero no son muy simpáticos que digamos. Son unos insolentes.
Sin se corrió un mechón de cabello con una coquetería prepotente y a Sakti le pareció un vanidoso. Si algo había aprendido de su vida como krebin era que personas así no sabían juzgar muy bien el carácter de otros; así que los profetas no podían ser tan malos.
—Tienen una lengua bastante mordaz —agregó Harald—. Si escucharas lo que le han dicho al tío querrías cortarte las orejas.
El príncipe pelirrojo se estremeció y arrugó la cara, angustiado. Él no parecía vanidoso. De hecho era bastante descuidado con su apariencia, pues el pelo estaba recogido en una trenza deshecha y él no se daba cuenta o le daba lo mismo. También caminaba con cierta timidez. Quizá era por ese temperamento que Sakti se sentía un poco más identificada con él, aunque eso significaba que ya no estaba muy segura del carácter de los profetas.
—Vamos, Adad, déjalo para después —suplicó el pelirrojo—. Me voy a quedar sordo si escucho que te dicen alguna barbaridad.
—No seas tan exagerado, Hald —comentó Adad mientras avanzaba. Los príncipes reanudaron la marcha aunque no dejaron de intentar convencerlo—. Solo quiero hablar un poco con ellos. No busco problemas así que no tienen por qué ser groseros conmigo.
—Bueno —dijo Kardan—, en realidad es culpa tuya que ellos estén aquí.
—¿Disculpa?
Llegaron al final del pasillo, que terminaba en una enorme puerta circular de metal franqueada por veinte soldados. Los guardas eran distintos a los otros que vigilaban el Palacio. Estos oficiales estaban vestidos completamente de negro y tenían la cara cubierta con máscaras. Con solo verlos Sakti se estremeció.
—Ya sabes que los profetas no siempre han estado en Masca, ¿verdad? —dijo Kardan entre dientes—. Su clan escapó del Imperio hace muchos años. Cuando la era de los Dragones comenzó con tu nacimiento, papá ordenó encontrarlos y traerlos aquí por la fuerza si era necesario. —Adad tragó saliva.
—A la fuerza, ¿eh?
Adad sabía qué era ese lugar.
Cuando su primo ordenó a los hombres que abrieran la puerta, quince de los veinte soldados pusieron las manos en unas grietas especializadas del enorme portón. Los aesirianos jalaron y los músculos se les resaltaron por el esfuerzo, pero la fuerza bruta no fue suficiente. También se necesitó magia. El metal de la puerta comenzó a brillar y a correrse poco a poco, con dificultad, porque los soldados utilizaron la esencia de los minerales. Fue como si el muro perdiera un poco de solidez, pero sin convertirse en un líquido. Más parecía una masa espesa que una puerta.
Cuando la gruesa mezcla de metal se corrió, dejó al descubierto un tipo de cerradura que Sakti jamás había visto en la vida. Era una especie de flor tallada en una losa de mármol, con unos diminutos picos. La flor estaba rodeada por un epígrafe en letras de aesiriano antiguo. Harald se acercó a la cerradura y puso la mano en ella. Al instante la flor y el epígrafe se tiñeron de rojo. Sakti sintió un retortijón en el estómago.
—Es una puerta de sangre —le susurró su hermano—. Estas cerraduras solo se abren si un Aesir las alimenta. Si otro mago lo intentara lo desangraría hasta matarlo.
La flor tallada cedió, se partió por la mitad y la losa se abrió como si fuera una puerta doble. Harald se masajeó la mano, que la tenía roja y con la marca a relieve de la cerradura.
—Pasaremos los cinco —informó Kardan a uno de los hombres enmascarados.
El soldado asintió sin decir ni una palabra y dejó que los príncipes continuaran el camino. Sakti fue la última en cruzar el umbral y la puerta de sangre se cerró tras ella. Cuando miró por encima del hombro vio que los soldados que forzaron la primera capa de metal soltaron el extraño portón circular y cayeron exhaustos al suelo. Los cinco compañeros que no habían intervenido los atendieron y cuidaron mientras recuperaban las fuerzas. Después el camino quedó bloqueado y ella ya no supo más de ellos.
—Uy, qué miedo —se burló Adad—. Olviden lo de los ogros. Parece que están custodiando a asesinos seriales o algo así.
Sus primos no rieron por la broma, sino que avanzaron por el oscuro pasillo sin decir ni una palabra. Al final había un rayo de luz, aunque antes de que lo alcanzaran un par de siluetas les ordenaron detenerse.
—Los Dragones vienen a ver a los profetas —informó Kardan mientras seguía con paso seguro—. En nombre de mi padre, yo apruebo esta visita.
Las siluetas permanecieron inmóviles y esperaron a que el grupo de príncipes se les uniera en la luz. Era otro par de soldados enmascarados, que detuvieron a Adad y a Sakti para que no empujaran al resto. Luego hicieron una seña para que esperaran.
Sakti se asomó por encima del hombro de uno de sus primos y se dio cuenta de que el pasillo terminaba en un acantilado. Al aire libre había una pequeña plataforma con un par de sillas, en las que de seguro se sentaban los enmascarados a hacer su guardia. En medio del precipicio había otra plataforma, más larga y con baranda a los lados. Era un camino en medio del vacío.
Los soldados zapatearon el suelo. Temblaba cada vez que lo hacían. Sakti se aferró a Adad, preguntándose qué sucedía. De repente, de la pequeña plataforma en la que esperaban surgió un camino de piedra que se unió a la calzada en medio del precipicio.
Los enmascarados avanzaron sobre el nuevo camino e invitaron a los príncipes a seguirlos. Sakti se preguntó cómo era posible que el Palacio fuera tan grande como para tener esos espacios abiertos en la propiedad. El precipicio era muy alto y al fondo corría uno de los ríos que atravesaban la Capital. A esa altura el viento soplaba muy fuerte, pero había una baranda para que los príncipes se sostuvieran.
Cuando llegaron al final de la plataforma, los soldados zapatearon de nuevo. La ruta que los unía al inicio de la calzada se cayó a pedazos y los dejó incomunicados. Pero luego los enmascarados fueron al otro extremo de la calzada, zapatearon otra vez y un nuevo camino de roca unió la plataforma con la siguiente calzada separada.
Uno de los guardias les hizo una seña para que avanzaran y repitió el proceso tres veces más hasta que alcanzaron la última sección del camino. Esta era más larga y ancha, casi parecía un puente. En un recodo los príncipes divisaron una casa larga de madera, de una sola planta y con techo rojo que estaba rodeada por un muro de metal. Pero también se percataron de algo más.
Escucharon risas.
Risas de niños.
Cuando llegaron al otro extremo del precipicio encontraron a un tercer enmascarado, que hacía guardia delante de otra puerta de sangre incrustada en el último muro. Esta vez fue Sin quien abrió la cerradura. Los soldados dieron paso a los príncipes, pero no entraron.
Después de que la última puerta se cerrara tras ellos, los príncipes se encontraron en una calzada bordeada por arbustos pequeños y flores bonitas. Sakti parpadeó, anonadada por el contraste. ¿Por qué un lugar tan agradable como ese, que parecía sacado de un cuento de hadas, estaba detrás de puertas de sangre y puentes traicioneros que caían y se levantaban según el placer de los guardas? Y también estaban esas risas contagiosas, esas risas preciosas de niños pequeños. ¿Qué era ese extraño lugar?
La chica avanzó cuando Kardan les dio la señal. La casa que habían visto antes se hacía cada vez más grande, y el río del precipicio se convertía allí en un lago juguetón y tranquilo. De repente Sakti vio movimiento y jaló a Adad para que se detuviera. Los portadores permanecieron inmóviles mientras veían a lo lejos, en un jardín cerca de la casa y enfrente del lago, a tres niños correteando y gritando con alegría.
Dos eran chicos idénticos de cabello negro. La tercera era una niñita rubia más pequeña que ellos, que los correteaba mientras los llamaba por nombres cariñosos.
—Eh, Kardan… —murmuró Adad—. Por favor explícame qué está sucediendo porque no entiendo nada. —El príncipe de cabello negro suspiró y señaló a los niños.
—Esos son los profetas.
El muchacho se puso pálido de repente y palpó la espada que tenía a la cintura. ¡Cómo le pesaba! Se suponía que debía convencer a los profetas de que se le unieran y matarlos si no le hacían caso; ¿pero cómo podía asesinar a tres niños? ¡Él no tenía corazón para hacer eso!
—¡Pero pensé que eran ogros!
—Oh, se pone mejor —lo tranquilizó Sin—. Esos son los mini-ogros. Es el gran-ogro por el que tienes que preocuparte.
—¿Hay más? —preguntó Adad casi que gritando.
Sakti supo que no fue intención de su hermano pero la sorpresa lo había afectado. En cuanto el príncipe gritó, los niños dejaron de jugar y los miraron fijamente. Luego gritaron asustadísimos, salieron corriendo y se escondieron en la casa.
—Tenías que asustarlos, ¿no? —bufó Harald mientras se tapaba las orejas—. Ahora él nos va a disparar sus insultos. ¡Ah, es tan inteligente! No puedo seguirlo en la conversación y eso me hace ver más idiota de lo que soy.
—Tranquilo, tranquilo —dijo Sin mientras le daba unas palmaditas y lo empujaba. Adad y Sakti estaban confundidos pero siguieron adelante—. Si los niños están cerca él no dirá vulgaridades. Es muy cuidadoso con eso.
Avanzaron por la calzada hasta llegar a la entrada de la casa. La puerta era de papel y corrediza, tan común y sencilla que casi era una burla a las puertas de sangre y al camino de rocas. Cuando entraron a la casa a Sakti le chocó que el lugar fuera tan luminoso, humilde y bonito. Después de todo lo que había visto esperaba que los profetas vivieran en una catacumba y que vistieran túnicas largas y negras. Incluso que leyeran la fortuna con huesos exhumados. No que fueran niños que correteaban con grititos y saltitos.
Kardan los condujo hasta un pasillo exterior, que bordeaba la casa como si fuera un corredor. Allí podían ver el jardín en el que jugaron los niños, además del lago y el muro de metal que bordeaba la propiedad. Al verlo así Sakti comprendió algo: Masca era como una burbuja apartada del resto del continente; pero dentro de ella había otra burbuja: el Palacio y, aún dentro de él, la casa de los profetas. Ese debía de ser el sitio mejor resguardado en todo el Imperio.
Caminaron por el corredor hasta llegar a una habitación que estaba justo de frente al jardín. Sakti iba a seguir adelante, pero Harald la detuvo y negó con la cabeza, asustado.
—Darius —comenzó Kardan, que sí había llegado a la habitación—, venimos a…
Pero calló cuando alguien le lanzó un libro a la cara. Sakti no supo si debía reírse o asustarse. A ella la habría tomado por sorpresa el lanzamiento, pero el príncipe parecía que ya se lo esperaba porque atajó el libro antes de que lo golpeara.
—Lo siento —sonrió aunque sus labios escondían enojo—, pero yo no soy Harald. Puedes intentar lanzar todos los libros que te dé la gana pero lo único que conseguirás será enojarme y que mi padre les corte el suministro de tomos. ¿Quieres eso?
El príncipe guardó silencio por unos instantes, pero los demás no lo acompañaron hasta que bajó la guardia. Parecía ser que el lanza-libros se daba por vencido.
—Como decía —continuó Kardan—, venimos a verte, Darius.
Entonces Adad y Sakti se colocaron detrás del príncipe heredero y vieron la habitación. Era un desastre. El suelo estaba repleto de libros, en una mesa había una bandeja con unas diez tazas vacías y tiradas de lado, y había cojines desperdigados por todo el cuarto. En uno de los cojines estaba un muchacho de cabello negro, sentado con las piernas recogidas y con un libro en las manos. Parecía muy mayor como para estar lanzando libros, así que Sakti no creyó que él fuera el culpable del tomo que casi golpea a Kardan.
Buscó en la habitación y vio en una esquina, detrás de una pila de almohadas, a los tres niños. Uno de ellos tenía un libro abrazado contra el pecho y veía a Kardan como si esperara el momento adecuado para lanzarle su munición.
—Dos de los Tres Dragones están en la ciudad y pidieron verte, Darius —continuó el príncipe—. Quieren que leas un signo especial.
—Y yo quiero que nos saquen de aquí pero ustedes insisten en que no será así —contestó el profeta mayor, sin apartar la mirada del libro—. No todos tenemos lo que queremos, así que viva con ello. —Kardan respiró profundo y continuó:
—Hay una razón por la que están aquí y…
—Y esa es que ustedes son un grupo de majaderos ineptos que no pueden hacer su trabajo solos, así que aterrorizan a unos niños. Muy valientes, increíble. A veces me pregunto si pueden ser más mediocres.
—Mira, no vine aquí a pelear —gruñó Kardan mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, molesto—. Vine a pedirte que hagas tu trabajo, que cumplas con la razón por la que estás aquí.
—Por la que me tienen atrapado aquí, querrá decir su Estupideza —gruñó el otro.
—Muestra un poco más de respeto. Tienes suerte de que después de lo de la otra semana mi padre no te haya ejecutado.
—¿Hablamos del mismo padre cobarde que envía a su hijo malcriado a decirme qué hacer y a asustar a mis hijos? Lo siento —agregó con una risa seca—, pero no puedo tener miedo de un gallina que se esconde detrás de su cachorro engreído. Es una burla de hombre.
—¡Cállate! —gritó Kardan mientras preparaba un pequeño látigo que cargaba a la cintura.
—Espera, espera, espera —intervino Adad. El muchacho se situó entre Kardan y Darius, que se había levantado para enfrentarse al príncipe—. Creo que esto se está saliendo un poquito de control. Kardan, ¿por qué mejor no te retiras? Yo me encargaré de esto.
—¿Retirarme? ¿Así nomás, después de lo que este bastardo dijo de mi padre? ¡Ha faltado el respeto al Emperador! ¡Merece castigo!
En ese momento la niñita escondida en una esquina comenzó a llorar. Los hermanos mayores no sollozaron, pero vieron a Kardan con tanto resentimiento que Adad se preguntó si ya antes alguien había castigado a Darius. Él sabía que en Masca el castigo por ofender al Emperador no era ver a la pared por un par de horas, sino ser azotado en público, bajo el sol y sin tratamiento médico para evitar una infección en la espalda. Después de eso seguían dos días en el calabozo infestado de ratas.
—Lo que veo aquí —dijo Adad mientras se plantaba a Kardan— es a un hombre desarmado con tres niños pequeños, y a cinco príncipes que pueden azotarlo cuando quieran. Pero eso no me parece justo. —Después se acercó a Kardan y le susurró al oído—: Su conducta no es agradable pero tu reacción me da vergüenza. Un príncipe no puede ser tan impulsivo, menos el que va a heredar el Trono. —Luego lo empujó con suavidad y lo llevó al corredor—. Quiero que los tres se vayan, por favor. Sea cual sea el problema que él tiene con ustedes no quiero que me afecte. Así que largo.
Sakti estaba segura de que ningún otro príncipe podría despedir de esa manera al hijo del Emperador. No tenía que saberse el protocolo para suponer algo tan obvio. Kardan fulminó a Adad con la mirada, le gruñó y se retiró furioso. Harald y Sin lo miraron sin saber cómo reaccionar, hasta que Adad les dio unas palmaditas en la espalda:
—De ser necesario yo asumo la culpa. Se pueden ir en paz.
Los príncipes suspiraron aliviados y asintieron.
—Si hay problemas avisa —dijo Sin—. Enviaremos a alguien dentro de una hora para asegurarnos de que todo está bien. —Adad no creía que un hombre desarmado y tres niños significaran un gran reto para él, pero accedió—. Y no se te olvide la fiesta. Esta reunión tiene que terminar temprano para que se cambien de ropa y todo lo demás.
Sin y Harald dieron una inclinación de cabeza a Adad y acariciaron los mechones grises de Sakti como si la conocieran de toda la vida. Después se marcharon.
—Uf, eso casi se pone feo —bromeó Adad cuando no había moros en la costa. Luego tomó aire y miró a Darius—. Profeta, tenemos una propuesta para…
—No, no y no. La salida está por ahí. Ahora largo.
El profeta les dio la espalda, caminó hacia la esquina y tomó a la niñita en brazos para consolarla. Ahora Adad comprendió por qué Kardan se molestó tanto con Darius. ¡El tipo era un grosero!
—Oye, oye, oye —exigió mientras tomaba al muchacho de la muñeca y lo obligaba a verlo directo a los ojos—. Mi hermana y yo no vinimos aquí para que nos des la espalda, así que…
Se calló al ver los ojos del profeta. Sakti también quedó impactada. Los ojos de Darius eran una extraña mezcla: la parte superior de cada ojo era color azul zafiro, mientras que la inferior era verde esmeralda. Los dos colores se mezclaban con sutileza en el medio, así que parecían el paisaje de unas montañas muy coloridas y un cielo despejado.
Eran unos ojos muy hermosos, nada aterradores como los de Kardan o su padre, pero sí muy impactantes. Sakti estaba acostumbrada a que los ojos de los aesirianos tuvieran un brillo mágico muy característico, pero los de Darius eran todavía más inusuales y fuertes.
—¿Eres mestizo? —preguntó Adad sin poder creerlo. Darius se soltó del príncipe y se apartó.
—Soy una persona —respondió con sequedad.
Se dirigió a un cojín y se sentó con la niña en brazos. Los otros dos niños lo siguieron y se quedaron unidos a él, como si separarse fuera el equivalente a la muerte. Adad sonrió algo enternecido. Eran una familia, tan simple como eso. Eso era lo que las puertas de sangre, los soldados enmascarados y los puentes de roca custodiaban como si se tratara de asesinos seriales: tres niños y un padre.
—Ya, comprendo. Yo también soy mestizo —dijo con simpatía—. Mi madre era princesa aesiriana y mi padre, aunque también era príncipe, provenía de la estirpe del desierto. La sangre de las dos estirpes corre por mis venas y eso me hace mestizo.
—¿Y qué quiere? ¿Un premio?
Adad sintió que la paciencia estaba a punto de agotársele. Parecía que al tipo no se le podía hablar ni con amabilidad ni con arrogancia: de todas formas contestaba con insolencias. Pero antes de que reclamara sintió la mano tímida y fría de su hermana en el hombro.
—Están encerrados aquí —dijo Sakti—. Esta casa no es un hogar. Es una prisión bonita, pero prisión al fin y al cabo.
«Y cualquiera estaría de mal humor si lo tuvieran atrapado», pensaron los príncipes a la vez. Si bien eso no justificaba que Darius fuera un pesado con todo el mundo por lo menos lo explicaba.
—¡Eso es genial! —dijo Adad mientras aplaudía. Darius gruñó pero se abstuvo de hacer algún comentario sarcástico ahora que la niñita comenzaba a calmarse. El príncipe se sentó delante del profeta, como si fuera un amigo de toda la vida, y le dijo—: Quieres escuchar lo que tengo que decirte. Te agradará, te lo prometo.
El príncipe se aclaró la garganta, luego puso las manos sobre los hombros de Darius y lo miró directo a los ojos.
—Queremos hacer un trato con ustedes y así los seis seremos libres.
Adad les explicó cómo él y Sakti querían huir de la Profecía, lo molestos que estaban por la traición y manipulación de su familia, y el miedo que tenían de permanecer atrapados en una vida y un destino que otros eligieron para ellos.
—Allena y yo planeamos quedarnos aquí hasta que los dos controlemos a la perfección nuestros poderes. Solo entonces podremos enfrentarnos al General Montag y al Emperador. Pero como ya deben saber, mientras mi tío cuente con el poder de los profetas podrá encontrarnos y hasta quizá controlarnos. El vínculo entre los profetas y los Dragones es fuerte aún y no podemos despreciarlo.
Darius guardó silencio por un instante, evaluando las palabras de Adad. A Sakti le dio la impresión de que el profeta tenía el mismo concepto que Adad de todos los Aesir, y que no confiaba en sus palabras sin buscarles motivos alternos.
—Y quieren hacer un trato con los profetas para que no los busquen, ¿es eso?
—Ajá.
—¿Y si nos negamos?
Adad se separó de Darius y esbozó una sonrisa escalofriante. Sus pupilas se convirtieron en dos líneas verticales y su voz se hizo grave.
Esperamos no llegar a eso pero ahora que conocen nuestras intenciones no podemos arriesgarnos a que lleven el rumor a los oídos equivocados —dijo el Segundo Dragón—. Si no contamos con el apoyo de los profetas, nadie lo tendrá. De eso nos aseguraremos.
—Conque matarnos, ¿eh? —se burló Darius con voz impregnada de odio—. Bastante valiente. Casi tan noble como la idea de ese Emperador de pacotilla de tenernos atrapados aquí.
—Oye, no te molestes —se defendió Adad mientras hacía un puchero—. ¿Crees que me muero de las ganas de dañar a tu hijita o al par de gemelos tan simpáticos que tienes? —dijo mientras hacía un guiño a los hermanos, que tenían los ojos de azul zafiro—. La idea no me complace. Pero por mi hermana y su libertad yo haré lo que sea. Incluso matarte a ti y a tus cachorros.
Darius miró a Sakti, que esperaba en el corredor, nerviosa y tímida. La niña se estremeció por el rencor en los ojos del profeta, pero la mirada mestiza se suavizó cuando la vio temblar. Darius apartó la mirada de ella pero cuando miró a Adad otra vez el rencor estaba allí. Sakti ladeó la cabeza, sin saber muy bien qué vio en los ojos del mestizo. ¿Vergüenza, lástima, arrepentimiento? No estaba segura pero le parecía que no era una mala persona. Solo un poco malhumorado.
—Sé sincero conmigo, profeta. Si tuvieras un arma a tu alcance y una buena posibilidad, ¿no nos matarías a Allena, los soldados y a mí con tal de sacar a tus hijos de aquí?
—No soy un asesino —respondió el mestizo, ofendido.
—Yo tampoco pero por Allena me convertiría en uno. ¿Y tú qué harías por tus hijos?
—¡Lo que sea!
—Entonces ahí tienes tu respuesta. —Adad se quitó la espada del cinturón y la colocó todavía enfundada sobre las rodillas—. He sido sincero contigo y no quiero hacerles daño. Así que por favor no me obligues a hacerlo, porque ya no dudaré. Mi tío se enfadará si los asesino pero no me ejecutará ni me dejará en los calabazos por mucho tiempo. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos. ¿Y tú?
Darius miró la espada sin pestañear, apretando a los niños que tenía al lado. Fue entonces cuando Sakti comprendió la esencia de ese muchacho: estaba asustado, aterrado. A él también lo condenaron a una vida y un destino que no había elegido. Solo quería ser libre y sacar a sus hijos de ahí, pero estaba ciego en las tinieblas. «Está enojado porque no sabe qué hacer ni en quién confiar». Sakti podía entender esa impotencia. Ella también se había sentido así.
—¿Cómo burlaríamos los controles de la frontera? —preguntó uno de los hermanos.
Adad miró al niño, sorprendido de su fluidez y su agudeza a pesar de que no podía tener más de ocho o nueve años. El príncipe sacó el mapa que llevaba en el bolsillo, buscó un plano de Masca y lo enseñó a los profetas.
—¿Ves este punto de aquí? Esta es la puerta de la Muralla Oeste, que ha estado por mucho tiempo bajo el liderazgo del comandante Dionisio. O el Comandante Inútil, como muchos lo llamamos. Por eso es el punto más débil de toda la Muralla.
—Si no da la talla lo van a sustituir —intervino el otro gemelo, muy serio—. Esa puerta es la que está amenazada por el come-almas. No dejarán que cualquiera la comande si no puede enfrentarse al monstruo.
—Vaya, vaya, son muy inteligentes, ¿eh? —comentó Adad, fascinado—. Pero aun sin Dionisio podríamos escaparnos por la puerta Oeste. Como Sigurd está cerca, el Emperador envía con regularidad a príncipes que puedan controlar el fuego azul. Cuando tengamos suficiente control Allena y yo nos ofreceremos como voluntarios y solo tendremos que preocuparnos por sacarlos a ustedes a escondidas. Estoy seguro de que encontraremos la forma.
—¿Y qué haremos con el monstruo? ¿Qué haremos cuando venga a buscarnos? —preguntaron los gemelos a la vez. Adad arqueó una ceja y sonrió.
—No creo que Sigurd sepa, por obra y gracia de Dios, cuándo escaparemos de Masca así que no debemos preocuparnos por él. Pero si por alguna razón nos encuentra haremos lo que los príncipes hacen: controlar el fuego azul. —Los niños miraron con disimulo a su padre, pero Darius todavía sopesaba las opciones—. No tienen que preocuparse por él —añadió el príncipe con confianza.
Luego hizo una seña a Sakti para que le pasara el cofre. La chica lo había tomado cuando Adad se interpuso entre Darius y Kardan, y ahora lo colocó entre los profetas y el príncipe. Antes de que Adad lo abriera advirtió a los niños que se taparan la nariz.
—Yo podré encargarme de esa cosa. Ya lo he hecho antes. —Adad abrió la tapa y les mostró el trozo de oreja putrefacta—. Cuando lo enfrenté se me escapó. De haber tenido un mayor control quizá lo habría matado de una vez por todas. Pero dentro de unos años mi hermana y yo seremos imparables, y el poder de Sigurd ya no será una amenaza. Únanse a nosotros y no deberán preocuparse por el come-almas.
Adad volvió a su posición original, con la espada en las rodillas, y esperó.
—¿Qué dicen?
Las expresiones de Darius y sus hijos no fueron las que esperaba. Adad imaginó que después del asco estarían encantados de hacer el trato con él, pero los gemelos apretaron los puñitos, cerraron los ojos e hicieron un pequeño puchero, como si estuvieran a punto de llorar. La niña en cambio miró el trozo de carne con ojos serenos, como si pensara en una idea compleja y profunda.
Pero el que tenía peor cara era Darius, que había abierto la boca sin creer lo que veía.
—¡Es imposible! —gritó de repente. La niña salió de su trance, se lanzó al lado de uno de sus hermanos y se apartó de su papá—. ¡Es un engaño! Esto no puede ser del come-almas, ¡nadie jamás le ha hecho un rasguño!
—Es fácil rasguñarlo, la verdad. Lo que es difícil es quedar vivo después de hacerlo. —Adad tamborileó sobre la funda de la espada y continuó—: Yo puedo hacer lo uno y lo otro. Imagina cuando domine todos mis poderes. Podríamos…
—¡Es imposible! —lo interrumpió Darius. El profeta se lanzó a él y lo tomó por los hombros con fuerza, metiéndole las uñas a pesar de la camisa y la túnica—. Nadie puede sobrevivir al come-almas, ir tan campante y presumirlo. Los Generales lo enfrentaron y apenas si lo hicieron huir. ¿¡Cómo un chiquillo engreído, egoísta y cobarde podría hacerle frente!? ¡Explíquelo! ¡Porque no es justo! ¡Yo no pude hacerlo!
—Q-¿qué te pasa? —preguntó Adad casi en el suelo por la fuerza con la que Darius lo empujó—. ¡Soy un Dragón! Es obvio que soy más fuerte que un General, así que…
Se calló cuando se percató de cómo lo miraba el profeta. Darius había intentado humillarlo pero su voz desesperada lo traicionó. Parecía que estaba a punto de llorar.
«¿Qué le pasa, por todos los cielos?», se preguntó. Pero empezó a atar cabos. Recordó que Enlil le advirtió que los profetas no reaccionarían bien al ver la oreja de Sigurd. Los gemelos estaban aterrados por la posibilidad de encontrarse al come-almas, como si el demonio los persiguiera. Y para ser una familia les faltaba por lo menos un miembro: la madre. ¿Dónde estaba la mamá de los gemelos y la niña rubia? ¿Dónde estaba la pareja de Darius?
Adad bajó la mirada y vio el pecho del mestizo. El muchacho tenía buenas ropas pero estaba descuidado. El pantalón le quedaba flojo en la cintura, como si hubiera perdido peso, y la camisa no estaba del todo abotonada. Por eso Adad vio la cadena que colgaba del cuello del profeta y que tenía enroscada una alianza de matrimonio.
—Lo siento… —musitó—. Debí haberme dado cuenta, el General Tonare me lo…
—¡No mencione su nombre en mi presencia! —gritó Darius, empujándolo ahora sí al suelo.
Adad pensó que el profeta se le lanzaría encima y lo noquearía con un buen puñetazo. Si él hubiera perdido la cordura lo habría hecho. Por eso se sorprendió cuando Darius se hincó y tomó la oreja de Sigurd, mientras la niñita gritaba:
—¡No, papá! ¡Te va a lastimar, no!
Después Darius cayó al suelo como fulminado por un rayo.

****

Vio todo con precisión: la energía que emanaba de las rocas, de los árboles y de Adad. El príncipe se le lanzó encima con furia y describió un inesperado arco plateado con la espada. Luego la criatura sintió un dolor agudo en la oreja y se estremeció al ver los ojos fríos y rasgados del muchacho cuando atajó el trozo de carne.
Darius lo vio todo a través de los ojos dorados de Sigurd y percibió lo mismo que él. Qué curioso que una criatura legendaria como el come-almas gruñera con tanta ferocidad cuando en realidad estaba a punto de orinarse del miedo. ¿Por qué temía tanto a Adad, que todavía era un muchachillo? ¿Qué era lo que perturbaba tanto su confianza?
«No importa», se dijo. «Esto no es lo que quiero ver». Así que navegó a través de los recuerdos contenidos en la oreja. Vio a través de los ojos de Sigurd el rostro espectral de todas sus víctimas. Su estómago sintió el placer de cada alma que entraba al hocico del demonio.
Hasta que al fin se detuvo en los rostros ansiados y amados que había buscado. Darius sintió un nudo en la garganta cuando los vio. Allí estaba ella, junto a sus seis cachorros. Los siete inmóviles, petrificados, aterrados. Sigurd alzó una de las garras, Njord dio un paso hacia atrás e intentó proteger a los niños. Pero antes de que el demonio asestara el golpe la escena se congeló, se difuminó y se deshizo como si fuera un espejo roto.
Detrás de los fragmentos del recuerdo apareció una cortina de luz celeste que bloqueó todo. Darius no supo qué estaba pasando. ¿Por qué ya no estaba en el Pantano? ¿Qué hacía en esa extraña habitación de hielo?
La sala tenía al fondo una escalinata, coronada por algo que parecía un trono. Allí había tres siluetas: dos de pie y una sentada. Sigurd –y Darius, que se sentía en la piel del demonio– estaba arrodillado al pie del altar, sumiso y extasiado. ¡Libre al fin! ¡Libre de la prisión de Maat!
Si no quieres que acabe lo que empezó la Virtuosa —amenazó una voz—, te sugiero que hagas bien tu trabajo. Tu primera misión será abordar a los profetas. Solo necesito a uno. Prefiero que me traigas a la niña y si lo deseas puedes conservar a su mellizo. Quizá eso amplíe sus poderes. Pero si la niña no sobrevive me traerás a los gemelos primogénitos. El padre no me sirve, así que a él y a los dos menores mátalos. Eso sí: encárgate de que los descendientes de Aesir no le pongan la mano encima a ni uno de los profetas. Si no… Bueno, no tengo que recordarte lo que mi Lemuria Aegis puede hacerte, ¿verdad?
En ese momento una llama de fuego azul se encendió en la palma de una mujer. Sigurd reconoció el cabello verde y los ojos miel de la vaniriana, que esperaba al lado del rey.
Tenemos compañía —susurró ella.
La sangre de Darius se congeló en sus venas. Ya no veía con los ojos de Sigurd sino con los suyos. Aún estaba en la sala de hielo pero era como si el recuerdo se hubiese detenido. Sintió las manos de una mujer rozándole el cuello. Se giró a ella y reconoció los ojos miel de la que había invocado el fuego azul, pero no su rostro: era apenas una sombra con ojos y curvas de mujer.
Tú eres Darius, el profeta. Pero no me sirves.
Cuando ella le tocó el pecho Darius sintió que la vida se le escapaba como chorros de agua a través de las grietas de un cántaro. Muchos recuerdos de su infancia se agolparon en su mente. Sintió el sabor de los primeros besos. La dicha de los primeros hijos. La tristeza y la frustración del abandono, de la muerte y la desesperación. Después sintió la sangre que le salió de la boca, y el ardor de las heridas en el hombro y en el pecho. El recuerdo de las garras y la lengua filosa de Sigurd todavía no había abandonado su piel y quizá nunca se iría.
Aún estás vacío. Vuelve cuando sepas un poco de los Dragones. Vuelve cuando sepas cómo derrotarlos. —La voz de la mujer se apagó y todo se tornó oscuro. Darius no pudo respirar pero escuchó unas voces histéricas y asustadas a lo lejos:
¡Rápido! Detengan la hemorragia…
¿Qué no oyen? ¡Detengan la hemorragia! Si no lo hacemos va a…
Y las voces se desvanecieron por completo. 


Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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