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Capítulo 14

14
DARIUS, EL MESTIZO


El mercado del pueblo estaba atestado de personas pero muy pocos llevaban alguna compra. La mayoría marchaba con las manos vacías, maldiciendo su suerte y al Lord, o suplicando a algún vendedor que rebajara los alimentos.
—Dos canastos de manzanas, por favor —pidió la mujer mientras buscaba el dinero en el bolso.
—¿Conque dos, eh? —sonrió el ventero mientras miraba al niño que cargaba las bolsas de la compra junto a su madre—. Lo estás alimentando bien. Dentro de nada Darius se convertirá en un hombre y podrás visitar otros pueblos sin que te acosen.
Sonrió a la aesiriana. Aunque ella llevaba una capucha pudo verle el rostro bronceado y los ojos zafiro. Algunos mechones rosados se le salían por delante y ondeaban con la brisa marina. Zoe le devolvió la sonrisa y se inclinó un poco sobre Darius para acariciarle la cabeza, muy orgullosa de él. Pronto tendría que dejar de hacerle ese cariño. Su hijo todavía no la apartaba por vergüenza pero dentro de dos años, cuando tuviera catorce, él ya sería más alto que ella y no le gustaría que lo tratara como a un niño.
Darius alzó la mirada y la observó sorprendido con sus ojos mestizos. No había prestado atención a la conversación de su madre y el mercader. Zoe buscó lo que Darius había mirado antes y vio, en una esquina, a un grupo de muchachos que los miraban con curiosidad.
El ventero le dio un canasto de manzanas al niño. A pesar del nuevo peso Darius se mantuvo firme. Miró la fruta, luego a los muchachos de la esquina, otra vez la fruta y luego al mercader.
—¿Por qué las personas no están comprando mucho hoy? —preguntó—. Todos están… preocupados.
La sonrisa del ventero se esfumó. El hombre soltó un suspiro de resignación y explicó:
—El Lord de la Península aumentó los impuestos y no todos pueden pagar. Hasta yo tuve que aumentar los precios para pagarle a ese tacaño.
Darius sabía que las manzanas no crecían en la Península. Ahí era demasiado caliente para cultivarlas, así que había que importarlas de otras regiones. Ese solo canasto quizá era el equivalente a muchas cenas para toda una familia. De nuevo miró a los muchachos de la esquina, meditabundo.
—¿Qué te parece si compramos cuatro canastos más? —le preguntó su madre. Darius frunció el ceño, alarmado.
—Sé que no puedo comer tantas manzanas, ¡se perderían!
—¿Entonces por qué no vas a hacer amigos y las compartes con ellos?
La sorpresa de Darius se convirtió en pura alegría. El niño bajó las bolsas, tomó los canastos, se despidió con un beso y prometió que regresaría pronto. Zoe y el ventero lo miraron zigzaguear entre la gente, con los cestos, hasta que llegó a la esquina. Darius y su madre no vivían en el pueblo, sino en una colina alta en donde estaban apartados de la multitud. Pero cuando bajaban al poblado todos descubrían que eran simpáticos y confiables.
—Qué curioso —susurró el mercader mientras veía a Darius haciendo nuevos amigos—. Durante años me he preguntado cómo una vendedora de pócimas y su hijo se las arreglan mejor que nosotros para comer. —Miró a Zoe con ojos inquisidores—. Muchos aquí se mueren de hambre pero…
—Supongo que tenemos suerte —lo interrumpió ella con una sonrisa—. Además, Darius y yo tenemos una pequeña huerta. Casi todo lo que comemos viene de ahí.
Al poco tiempo regresó su hijo con varios niños y muchachos que corrían a su lado, sonrientes como el sol. Algunos cargaban los cestos y otros masticaban una manzana.
—Hasta pronto, Darius —dijo un muchacho un par de años mayor que él mientras le alborotaba el cabello. Luego miró a Zoe—. Y gracias, señora.
Los cachorros se perdieron alegres entre el gentío, camino a sus casas para compartir la fruta con sus familias. Zoe y Darius también se marcharon a su hogar. El camino era largo pero valía la pena recorrerlo. La brisa soplaba fresca entre los árboles que rodeaban la ruta. El ruido del pueblo y el puerto no llegaba a la colina, pero tenían un peldaño por patio y el mar entero como paisaje. Por las noches las estrellas brillaban como en ningún lugar y ambos se sentaban en el corredor exterior de la casa para contemplarlas y descifrarlas, como si escondieran mensajes que solo ellos dos conocían.
Esa noche trabajaron en las pócimas, que eran la pantomima de Zoe por oficio. La mayoría era simples medicinas contra venenos y enfermedades menores, pero a veces también trabajaban con pociones e ingredientes para hechizos peligrosos. Darius sabía que el negocio de su madre era una forma de pasar el tiempo porque raras veces tenía clientes. A pesar de eso Zoe siempre pagaba los impuestos. Cuando no estaba trabajando en la huerta o con las pócimas, le enseñaba a Darius lo que sabía de esgrima y magia.
Por lo general los padres eran los encargados de instruir a sus hijos en esas artes, pero Darius no conocía al suyo. Desde un principio él y su madre estuvieron solos. No tenían a nadie más, salvo a unos amigos en el pueblo que ayudaron a Zoe cuando dio a luz y que todavía ahora los invitaban a almorzar en su casa dos veces al mes.
Darius vigiló el cocimiento de unas hierbas mientras su madre picaba unas cuantas raíces. El sonido del cuchillo contra la tabla cesó de repente y se extendió casi por una eternidad. Darius la miró con una sonrisilla, porque a veces Zoe recordaba de imprevisto algo importante –como una compra que no hizo, un encargo que olvidó– y hacía una mueca divertida. Pero esta vez ella lo miró con ojos abiertos de par en par.
—Apaga todas las luces —le ordenó mientras corría hacia la lámpara de aceite que iluminaba la cocina—. El fuego también.
Darius reprochó porque entonces las hierbas se echarían a perder pero era un chico obediente. Apagaron todas las luces y se sumieron en la oscuridad. Zoe tanteó hasta dar con la mano de su hijo para guiarlo fuera de la casa. Esa noche había luna nueva y solo las estrellas los alumbraban. Pero desde donde estaban podían ver el pueblo, que se asemejaba a una caja de fósforos con varios niveles, rodeada de cultivos secos y marchitos. Algunas luces titilaban en las ventanas y en los faros de las calles, pero la mayoría se había extinto hacía horas.
De un momento a otro varias antorchas se prendieron alrededor del pueblo. Al sonido del mar se unieron tristes gritos de guerra. Al principio Darius no entendió lo que sucedía pero luego vio las casas en llamas y escuchó choques metálicos. Debían de ser espadas de cuarta categoría, rastrillos, martillos y cualquier otra herramienta que los campesinos utilizaran como arma.
Era una invasión.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó a Zoe.
Tuvo miedo. Su madre escondía varios cuchillos en toda la casa por si acaso alguien entraba en la noche a hacerles daño, pero él sabía que no podría defenderla si los invasores subían a la colina. Ella levantó los hombros y lo rodeó con sus brazos para hacerle saber que todo estaría bien.
—Nada. Los del otro pueblo no nos verán si dejamos las luces apagadas. Cuando amanezca todos estarán muy cansados como para seguir luchando. —Al ver la cara compungida de su hijo, agregó—: Tranquilo, nadie morirá esta noche.
Durmió junto a su madre, con los oídos tapados para bloquear el martilleo del metal. Darius sabía que Zoe era confiable: jamás se equivocaba y jamás mentía. Cuando ella decía que algo iba a suceder, sucedía. Cuando decía que nada iba a pasar, todo permanecía en calma. Pero aun así no pudo tranquilizarse.
Cuando amaneció vio que su madre tuvo razón. Ya no había peleas. Desde la distancia vio las siluetas de los pueblerinos y los invasores, que se movían quejumbrosos de un lugar a otro, lamentándose como almas en pena pero sin hacerse más daños. Su madre había dicho que nadie iba a morir pero el pueblo quedó destrozado. A Darius no le gustó el paisaje lleno de carbón y cenizas. Aunque el día anterior los pueblerinos estaban tristes en el mercado todavía tenían un hogar a donde regresar. Pero ya no. Todo estaba en ruinas.
Zoe le permitió bajar a ayudar. Mientras asistía a los lastimados, Darius descubrió que los invasores también eran aesirianos y que venían de un pueblo en una planicie. Allí tenían más problemas para enfrentar los impuestos del Lord, porque no tenían un puerto o un acceso al mar para sobrevivir de la pesca. Tampoco podían cultivar porque no tenían agua. Lord Anterius se había apropiado de todas las fuentes y cobraba por las nubes por cada gota. Por eso los pueblerinos de la planicie se animaron a invadir un territorio con más oportunidades.
Pero el plan no resultó porque estaban débiles y enfermos por el hambre. Si los aesirianos del puerto hubiesen estado más fuertes los habrían machado. Pero todos estaban en el mismo bote. Todos estaban desesperados y con el estómago vacío.
Así que cuando Darius les sugirió que se unieran y derribaran juntos los cimientos del pueblo, nadie se opuso. Al principio hubo roces pero la actitud positiva de Darius y las pócimas de Zoe los ayudó a ganar fuerzas y buen humor. El viejo pueblo cayó como fichas de dominó. Se levantaron casas y edificios más robustos. Los cultivos alrededor se enriquecieron con nuevos brotes. Derribaron árboles y construyeron botes más resistentes para llenar los estómagos con pesca de aguas más profundas.
Poco a poco más personas se les unieron. Los rumores de aliento corrieron por la costa y el interior de la Península. Otros vecinos abandonaron sus pueblos marchitos y se unieron al poblado que florecía con la ayuda de un niño. Cuando al fin todos lograron pagar la cuota pendiente de impuestos, la aldea suspiró con alivio porque parecía que todo saldría bien.
Pero un día un hombre regordete, cuya panza apenas podía disimular bajo ropas de seda, se presentó en el pueblo. Lord Anterius tenía un bigote poblado que le cubría la nariz. Cuando respiraba los pelillos vibraban con un tono agudo. Cuando soltaba el aire el bigote se sacudía con sonido grave. Tenía los dedos cubiertos de anillos de oro y en el cuello le colgaban tres cadenas de plata, cada una con un rubí del tamaño de un puño.
Su montura era un corcel de seis patas, una raza criada para la Realeza, la Nobleza y lo mejor del ejército por su altura, resistencia y velocidad. Pero el caballo de Anterius tenía una expresión de agonía, como si prefiriera mil veces ser un asno en lugar de un ejemplar magnífico si con eso pudiera quitarse a ese gordo de encima. Era un milagro que Anterius no le hubiera roto el lomo con tanto peso.
Darius estaba ayudando a una pareja de ancianos a reconstruir su casa cuando Anterius llegó. Apenas el cachorro lo vio arrugó el rostro. No lo perturbó la riqueza ostentosa, sino la escolta que estaba detrás del Lord. Ellos no montaban corceles de seis patas ni vestían el uniforme del ejército, pero estaban armados hasta los dientes. Darius supo que eran mercenarios pero el miedo que sintió la noche de la invasión se había esfumado. Solo le quedó una sensación amarga y ardiente en la boca del estómago.
En realidad él era un chico encantador. Siempre correcto, siempre educado. Pero si había algo que no soportaba eran los irresponsables prepotentes. Cuando estaba delante de uno se le soltaba la lengua y disparaba comentarios irónicos que hacían arder las orejas. Así que cuando Anterius se detuvo delante de él y los ancianos, Darius perdió los estribos. Habría perdonado la sonrisita de desdén del Lord al ver las ropas sucias y las manos llenas de ampollas de los campesinos, pero no le perdonó el temblor de la anciana cuando vio a los mercenarios ni la respiración agitada y pesada del anciano. A los dos perfectamente les podía estar dando un infarto del puro susto. ¿Y él que haría si ellos dos se morían? Además de su madre, esa pareja era lo más cercano que tenía a familiares porque eran los que lo habían ayudado a nacer.
—¿Quién está a cargo de este pueblo? —preguntó el Lord con voz delicada.
—En la teoría se supone que es usted pero en la práctica claramente no es así —soltó Darius.
Los ancianos apretaron los dientes y bajaron la mirada, acongojados. Solo un chiquillo imprudente se dirigiría así al hombre más poderoso de la región. El Lord enfocó los ojos sobre Darius, ofendido. Supo que esa era una oportunidad de oro para mostrar a los pueblerinos lo que pasa si se le falta el respeto al Lord. Así que estiró una mano para ordenar a un mercenario que azotara al cachorro pero se detuvo cuando vio los ojos de Darius.
—¿Tú eres el mestizo? —preguntó incrédulo.
Había escuchado los rumores de un mestizo que había unido a los pueblos de la costa en un próspero asentamiento, donde la pesca abundaba y los cultivos crecían. Un simple poblado no era interés para un Lord pero un posible rival, sí. Cualquier rastro de luz en la Península corría peligro de hacer una chispa e iniciar un incendio de revolución. Si quería mantener sus dedos de oro, su estómago lleno y su escolta armada tenía que apagar las luces antes de que encandilaran.
Anterius había esperado a un hombre barbado que infundiera respeto. No a un cachorrillo malcriado. Así que soltó una carcajada. Se bajó del caballo –el corcel bufó agradecido–, agarró a Darius de las mejillas y le apretó el rostro.
—¿Decenas de personas perdieron la cabeza para seguir a un chiquillo? ¡Jamás imaginé que los plebeyos se rebajaran a escuchar a un mocoso! —Darius se apartó de él, asqueado, mientras se restregaba las mejillas. Los anillos de Anterius estaban llenos de sudor.
—Bueno —contraatacó el chico—. Muchos jamás creyeron que un Lord gordo y viejo saldría de su palacio para visitar a sus olvidados súbditos. ¡Parece que los milagros sí pasan!
La sonrisa de Anterius se esfumó porque supo que justo así comenzaban las revoluciones. El hombre barbado y admirable que había temido todavía no había crecido, pero ya estaba delante de él. La pregunta era ¿qué haría? ¿Cómo lo apagaría antes de que diera el chispazo que lo prendiera todo?
La escolta ya había llamado la atención de los pueblerinos. Si mataba a Darius delante de tanta gente solo lo convertiría en un mártir. Él mismo prendería la llama. Si lo azotaba solo le daría una razón más al chico para convertirse en el hombre que Anterius temía. «Pero si lo odiasen…», meditó el Lord, «la flama se apagaría. Será como una cerilla carbonizada». Así que sonrió con desdén y dijo:
—A veces hay que sostener la lengua, pequeñín. Las consecuencias de un comentario pueden ser peores de las que te imaginas. —Darius cruzó los brazos sobre el pecho, como para retarlo, pero Anterius lo ignoró y miró a los pueblerinos—. A partir de ahora solo los barcos con el permiso del Lord podrán pescar lejos de la costa. Las naves que no tengan el permiso serán destruidas. Y sus tripulantes, detenidos.
Un jadeó cruzó el pueblo. Nadie ahí tenía un barco. Solo había botes porque eran más fáciles de construir y mantener. ¿Pero un barco? No, de ninguna manera. Cortar la madera, transportarla, moldearla… todo el proceso era muy costoso. Además, aunque cada familia pudiese construir un barco también tendría que pagar el impuesto para recibir el permiso del Lord. O de lo contrario la nave ardería y los tripulantes irían a los calabozos o a los campos de trabajo forzado.
—¡No puede hacer eso! —chilló Darius, pálido.
Anterius sonrió. Cuando el pueblo tuviese hambre de nuevo todos culparían al niño mestizo por haber enfurecido al Lord. Esa lengua mordaz se callaría para siempre.
—¡Está mal! ¡No puede hacerlo! —repitió Darius. Pero la cara pálida se iluminó con una idea y el cachorro gritó—: ¡Es ilegal! ¡Lo que usted está haciendo es mala praxis! —Luego agregó con el tono del hombre inteligente que algún día sería—: Hasta yo sé que a un Lord lo pueden remover de su cargo si hay suficientes evidencias de su abuso de poder.
—Uy, qué miedo —se burló Anterius—. ¿Irás tu solito a Masca a acusarme? ¿Crees que alguien le creerá a un cachorro sarnoso como tú?
—Bueno, pues si no le creen a él me creerán a mí —dijo uno de los pueblerinos. Darius sintió un par de manos viejas que se posaban sobre sus hombros. Levantó la mirada y vio a Trevor, el anciano al que estaba ayudando a construir la casa—. Con él y conmigo ya somos dos testigos, milord.
—Conmigo somos tres —se aventuró otro hombre.
—Y conmigo, cuatro.
—Nosotros sumamos seis…
Las voces se unieron y contaron, contaron, contaron. Anterius retrocedió, aturdido. Su plan le había explotado en la cara: en lugar de despreciar al chiquillo los pueblerinos lo habían respaldado. Todos hacían planes de viajar a Masca a denunciarlo. De repente la iniciativa se tornó un poco más macabra y algunos hombres tomaron palas y picos. No tenían intención de atacar al Lord –tenían más cabeza como para acercarse a un hombre tan bien defendido–, pero la amenaza fue suficiente para que Anterius echara a correr. El hombre montó a toda prisa a su pobre corcel y ordenó a la escolta que lo defendiera. Pero los mercenarios también tenían más cabeza y sabían que no todos se librarían de una horda furiosa de pueblerinos, así que dieron media vuelta y se retiraron.
—¡Me las vas a pagar, niño! —gritó Anterius mientras su corcel avanzaba tras la escolta—. ¡Un día pagarás por haberme humillado! —Darius permaneció inmóvil, apenas con una ceja levantada, mientras los pueblerinos se carcajeaban.
—Bien hecho, pequeño héroe —le decían algunos mientras le alborotaban el cabello—. Lo echaste tú solito.
Pero Darius sabía que no era cierto. Solo le lanzó unos cuantos insultos al Lord sin imaginar que los pueblerinos intentarían enfrentar a Anterius, alentados por palabras imprudentes. Tenían suerte de que la escolta fuese de mercenarios y no de soldados. Entonces todo habría sido distinto.
Tres meses después todo el pueblo estaba en una sola pieza y sin impuestos nuevos. Todo fue bien hasta tres años después, cuando la venganza del Lord cayó sobre el mestizo.

****

Su madre estaba vigilando el cocimiento de unas hierbas cuando se giró a él de repente, con un sobresalto. Darius sonrió.
—¿Qué se te olvidó esta vez, mamá?
La miró divertido, con el cuello inclinado. Uno de sus placeres más grandes era hacerle notar lo alto que estaba, porque entonces ella giraba los ojos y le metía un codazo. Pero en esta ocasión ella lo agarró de las mejillas y lo miró como si fuera la primera vez que lo veía.
—Hierbas, muchas hierbas —dijo—. Y hongos.
Zoe le dio una lista de varios ingredientes que olvidó para las pociones. Darius silbó porque tendría que visitar tres pueblos, incluyendo el más cercano. Sería un viaje largo. Además, la época de lluvias estaba a punto de comenzar y con su suerte seguro que la primera llovizna caería esa noche.
Como no quería regresar a casa lleno de barro, Darius salió temprano. Hizo la primera parada en el pueblo donde lo proclamaron héroe por su lengua afilada. Además de las compras ayudó en la huerta de la pareja de ancianos que lo habían defendido cuando Anterius hizo su infame visita. Sin importar cuánto tiempo pasara, ellos siempre lo recibirían y siempre lo invitarían a almorzar.
Apenas tuvo tiempo de terminar las compras en los otros dos pueblos. Para cuando regresó ya era noche cerrada. Las luces de su casa estaban apagadas pero la puerta no tenía seguro. Darius supuso que su madre había ido a dormir temprano y que le dejó la puerta abierta para que entrara fácil y en silencio. Fue al cuarto de Zoe para desearle las buenas noches pero no la encontró en la cama ni en la habitación. Debía de estar dormida en algún sillón o recostada a la mesa de la cocina pero no la encontró en ninguna parte. Pensó en salir a buscarla, porque era extraño que su madre desapareciera sin siquiera dejarle una nota avisándole dónde estaría. Pero entonces notó que la puerta que comunicaba la sala con el patio estaba abierta de par en par.
Su estómago hizo una pirueta como si cayera por un abismo. Supo que si avanzaba encontraría una pesadilla, pero también que si se quedaba quieto estaría atrapado para siempre en un momento de incertidumbre.
Encontró a su madre tendida sobre el césped. Los muslos y los brazos tenían las marcas de las dagas que le habían arrancado la ropa a tirones. Estaba bocabajo, con las piernas abiertas. Darius supo que la habían revolcado en el charco de sangre alrededor y que la habían tendido allí, inmóvil e indefensa, mientras abusaban de ella sin que nadie pudiera defender su honor. Cuando comprendió la gravedad de lo que su madre sufrió su mente se desconectó. De ahí en adelante no tenía recuerdos claros.
Más tarde supo que corrió al lado de Zoe porque allí fue donde lo encontraron petrificado, mudo y empapado. La primera lluvia que pronosticó cayó sobre él, aunque no la sintió.


—¿Ya te sientes mejor? —le preguntó la anciana mientras le ponía en las manos un tazón de sopa caliente—. Anda, come. Te sentirás mejor.
Pero Darius continuó con la mirada perdida, sin parpadear. La mujer le meció el hombro con suavidad pero una tos detrás de ella la detuvo. Por encima del hombro vio que su esposo estaba bajo el marco de la puerta y que la miraba con las cejas arqueadas. Esa era la señal para que dejaran al cachorro solo de nuevo.
—¿Aún tiembla? —preguntó él mientras cerraba la puerta.
—No, ya no tiene frío. —Aunque susurraban sus voces se colaron a la habitación—. Pero habrá que cuidarlo para que no le dé una pulmonía. ¡Cinco días bajo la lluvia! Te dije que debíamos enviar a alguien antes. ¡Es temporada de tormentas, por Dios!
—Sí, ya sé, ya sé —refunfuñó Trevor—. ¿Pero qué querías que hiciéramos? Zoe y Darius no bajan mucho al pueblo, ¿cómo podíamos saber que ella había muerto?
—Sabíamos que algo no andaba bien —susurró la anciana con pesar—. Gente como esa no es de por aquí… Vestían muy elegantes. —La voz de la mujer se ahogó por la angustia—. Mira el estado en que está por ver el cuerpo de su madre así. ¡Pobrecito!
El anciano giró los ojos, aun cuando los mismos pensamientos le rondaban la cabeza desde hacía un buen tiempo. Justo cuando Darius salió a visitar los otros dos pueblos, un grupo de hombres uniformados pasó lejos del poblado y se perdió con dirección a las colinas.
—Debió de ser el Lord Anterius —susurró el anciano—. Él debió de enviar a los asesinos para vengarse de Darius.
El hombre apretó los puños, colérico. Muy pocos aesirianos podían vanagloriarse de llegar a viejos porque muchos morían antes por guerra o peste. Pero de todas maneras maldecía su edad. Si no fuese tan viejo él mismo pediría justicia por los actos del Lord. Le gustaría encarar a ese gordo y hacerlo pagar, pero le sería imposible tan siquiera mantener la compostura necesaria durante el viaje hacia el palacio del Lord. Y si él tenía tantos deseos de hacer justicia, ¿cómo podía sentirse Darius en su mutismo?
Trevor recogió una cobija que dejó calentando al fuego para dársela al cachorro. Pero cuando entró en la habitación donde lo cuidaban vio que Darius había desaparecido.


—¿Para qué saliste bajo la lluvia? —susurró agotado. Subir la colina era mucho trabajo para sus rodillas y espalda adoloridas—. ¿No ves que mi pastelito ahora se enojará mucho contigo?
Darius no respondió a su broma. Ya se lo esperaba. No era como si un chiste pudiese borrar todo el dolor. El mestizo terminó de amarrarse una espada al cinto, con la mirada fija en una lápida al borde del precipicio, en la parte trasera de su casa.
—Los hombres del pueblo me ayudaron a enterrarla —explicó Trevor—. Todos hemos pasado por esto Darius. No eres el primer ni el último cachorro que pierde a sus padres de esta manera.
—Mataré al que le hizo esto.
Trevor suspiró.
—No tomes ese camino porque te condenará, tal y como ha condenado a todos los que lo han recorrido. No te manches las manos. Solo te provocará más dolor.
Avanzó a Darius y le puso una mano sobre el hombro, como hizo cuando Lord Anterius visitó el pueblo. Solo que esta vez tuvo que levantarse de puntillas para alcanzar al muchacho.
Arrebatarle la vida a una persona porque tomó la de alguien más no te hace más justo ni más feliz, ni menos asesino. También serás culpable.
Pero cuando Darius se separó supo que no podía razonar con él. En el estado en el que se encontraba nadie podía. Aún no había asimilado lo que sucedió. Necesitaba una salida para comprenderlo y aceptarlo. Y con su corazón roto de niño creía que la espada que fue a recoger a su casa le daría la respuesta que estaba buscando.


Le fue fácil llegar al palacio del Lord. El viaje tomaba tres días a pie, pero Darius no notó el tiempo pasar. Las madrugadas y los atardeceres se habían congelado para él. Ni sus pies ni sus piernas le fallaron ni una sola vez, a pesar de que tenía ampollas por la caminata sin tregua y que los músculos estaban tensos y temblorosos.
No se dio cuenta cómo o cuándo logró infiltrarse en la mansión de Anterius pero ahí estaba. Antes de que pudiera advertirlo estaba cruzando espadas con un soldado. Al verlo a los ojos no vio los irises verdes ni las pupilas contraídas por la determinación, sino a un niño que lloraba por una rodilla rota. Darius golpeó la pierna del soldado con la parte sin filo de la espada. Cuando el oficial perdió el equilibrio el muchacho lo golpeó con la empuñadura. Tomó un respiro y se aseguró de que el soldado no se levantara, y notó los otros guardias que estaban tendidos en el suelo, noqueados. ¿Lo había hecho él?
Cuando llegaron más guardias lo comprobó. Con rozarlos o apenas mirarlos sabía cómo derrotarlos. Supo sus nombres, sus rencores, sus esperanzas, los recuerdos más satisfactorios de sus vidas. Una parte de él se preguntó qué estaba sucediendo, qué eran esas imágenes que su mente proyectaba. Pero el resto de él estaba furioso, demasiado adolorido por la pena como para detenerse.
Cruzó los pasillos. Derribó guardas. Subió los escalones. Noqueó soldados. Rompió una puerta de una patada. Derribó más oficiales. Y llegó a la sala donde se escondía Lord Anterius, tembloroso y encogido del miedo. Darius recorrió la distancia que lo separaba del gordo tacaño con cinco zancadas y levantó la espada.
—¿Creíste que no haría nada al respecto? —gritó—. ¿Creíste que no vengaría a mi madre?
Su voz sonó terriblemente fuerte, como si en esos días de mutismo hubiese hospedado un huracán que ni él podía contener ahora.
—¡No he hecho nada, lo juro! —gimoteó el Lord mientras retrocedía sentado en el suelo. Pero por cada paso que lograba escapar Darius daba otros dos.
—¡No juegues conmigo! ¡Te haré lo mismo que los sicarios hicieron a mamá!
Antes de que dejara caer la espada unos aplausos pausados y sonoros lo detuvieron. Darius se giró rápido a la puerta, preguntándose cómo todavía había soldados en esa zona. ¡Estaba seguro de haberlos derriba a todos! Pero en la puerta no había un guarda sino un hombre alto, mayor y de barba desarreglada, que aplaudía con poco interés.
—Te felicito, cachorro —dijo el aesiriano—. ¿Me dejas llamarte por tu nombre, Darius?
El muchacho no supo qué hacer: ¿matar al Lord antes de que ese hombre lo atacara a él? ¿O encargarse del intruso primero y después del gordinflón?
—Francamente no esperaba que pudieras ni con uno de los soldados, aunque es cierto que tenían órdenes de no lastimarte —siguió el otro—. Pero no te quitaré el mérito que ganaste al entrar como todo un campeón a este lugar. Dime, ¿te interesaría unirte al ejército?
Darius bufó con desdén. A él las batallas no le llamaban la atención. Prefería quedarse en casa, leyendo un buen libro y bebiendo una taza de té. Si todo lo que le ofrecía ese anciano era unirse al ejército entonces no tenía por qué prestarle más atención. Era hora de terminar su misión. Pero antes de que pudiera acorralar de nuevo al Lord, Anterius se escabulló detrás de unos muebles y gimoteó:
—General Tonare, ¡mate a este niño! ¡Es una orden!
—No. —Enlil rio divertido por el pánico del Lord—. Él es especial, no puedo matarlo. Aunque por supuesto puedo hacer algo para ayudarlo, señor.
Enlil apareció al lado de Darius. El cachorro miró al General sin comprender cómo apareció de repente junto a él, pero Enlil lo empujó antes de que pudiera decir una palabra. El chico cayó de espaldas a varios metros de distancia, sin creer que un simple golpecito de ese hombre resultara tan terriblemente fuerte.
—Admiro tu fuerza pero no puedo dejar que lo mates —dijo Enlil con una sonrisa simpática—. El Emperador ya está informado de sus actos de corrupción y ha ordenado llevarlo a Masca para castigarlo. No eres quién para juzgar al señor Anterius, pero puedes venir conmigo si quieres. Así lo verás recibir su merecido. ¿Qué te parece? De paso te ofreceré una plaza en mi ejército y en mi casa. Es una buena oferta, ¿verdad?
—¡No estoy interesado en unirme a ningún ejército! —vociferó Darius mientras se incorporaba y señalaba a Enlil y a Anterius—. ¿Cuál es el caso de servir a un gobierno de corruptos que envían a asesinos a matar a las madres de otros? ¡No confío en eso que ustedes llaman «justicia»! Yo haré mi propia justicia. ¡Vengaré la muerte de mi madre aquí y ahora!
—¡Ya te dije que yo no maté a tu madre! —chilló Anterius—. ¿Para qué diablos lo haría? ¿Qué gano con eso? ¡Tengo cosas más importantes que hacer en lugar de preocuparme por zorras y cachorros como ustedes!
Recurrir a insultos no era lo más inteligente en ese momento, pero Anterius se sentía más seguro con Enlil protegiéndolo. Ordenó de nuevo al General que acabara con el chiquillo pero Enlil miró pensativo a Darius por unos segundos, como evaluándolo.
—¿Matarías al asesino de tu madre sin importar quién sea? —preguntó con voz grave. Darius sostuvo la espada y se preparó para atacar.
—¡De eso puedes estar seguro!
Se lanzó a Enlil y apuntó al pecho. Era obvio que no se desharía del hombre con simples estocadas, ¡tenía que apostarlo todo para derribarlo! Pero antes de alcanzarlo el General estiró el largo brazo y detuvo la espada con la mano desnuda. Logró cambiar el ángulo del arma y sostuvo la hoja por los extremos sin filo.
—Voy a preguntarte algo —dijo mientras detenía con facilidad al mestizo. A Darius lo frustró que ese anciano lo retuviera como si peleara contra un mocoso de cinco años y lo enojó más no poder librarse de él. No podía soltar el arma, no podía retirarse. Estaba atrapado por su propia imprudencia—. ¿Tu madre te explicó qué era ella y qué eres tú? ¿Te dijo por qué naciste?
Darius frunció el ceño, preguntándose si el anciano quería distraerlo. La pregunta nada tenía que ver con lo que él vino a hacer así que…
—Oh, sí tiene mucho que ver —dijo entonces Enlil—. No hago preguntas al azar y te respeto lo suficiente como para no querer engañarte o distraerte. Así que te lo repito, ¿te explicó tu madre qué eres y lo que se espera de ti?
Darius miró confundido al General. «¿Me… me leyó la mente?», pensó con celo.
—No es difícil hacerlo, tienes las defensas bajas. Eres como un libro abierto.
Entonces Darius sí soltó la espada y retrocedió asustado. La telepatía era un don muy extraño. Pocos aesirianos nacían con esa esencia…
… y él era uno de esos.
Era el único en la Península con ese poder. ¿Por qué ese hombre también lo tenía? Enlil suspiró y lanzó la espada a un lado, lejos de Darius y el Lord.
—Lo sabrás a su debido tiempo. Pero ahora dime, ¿sabes qué era tu madre? Eres un chico inteligente. Si ella no te lo dijo al menos debiste de suponerlo, ¿verdad?
Pero la mente de Darius no registró nada al respecto. Enlil percibió en él pensamientos erráticos de curiosidad y recelo, y fragmentos de recuerdos de un cuerpo mancillado, cubierto de sangre… Y la lluvia, empapándolo, asustándolo, congelándolo… Darius no sabía nada de lo que Enlil hablaba.
—Lo que le sucedió a tu madre ya estaba predeterminado, y ella lo supo y aceptó. ¿Por qué creías que eligió ese estilo de vida? Siempre alejada de otros. Tenía poco contacto con las personas. Siempre obtenía lo necesario sin esforzarse demasiado. Conocía todo sin que hubiese una explicación lógica. ¿No te parece que ocultaba algo muy importante? ¿Jamás te has preguntado por qué te escondía tanto?
De nuevo la curiosidad, la precaución, el cuerpo ensangrentado, la lluvia… y la sonrisa triste en el rostro de Zoe al despedirlo por última vez. Enlil sabía que Darius le prestaba atención.
—Ella era una profetisa —soltó el General—. Pertenecía a un clan antiguo que escapó de Masca y de la mirada de los Emperadores hace mucho, mucho tiempo. Tú eres su único hijo, el último de los profetas.
Enlil dio un tímido paso al muchacho, como para tantearlo. Darius permaneció inmóvil, con los ojos mestizos fijos en los del General.
—Mientras tú y tus descendientes no acaben con lo que empezó hace mucho, mucho tiempo, no podrán descansar. La maldición aesiriana los seguirá. Acabas de perder a tu madre y créeme: perderás a muchos más. La única forma de acabar con esto es con la lectura de la Profecía. —Enlil dio otro paso, pero este fue más pesado y melancólico. Como su sonrisa—. Lo peor de todo es que también heredaste una terrible maldición de tu padre.
—¿Mi… padre? —preguntó el cachorro sin entender.
No sabía nada de él y cada vez que intentaba preguntar por su padre el rostro de Zoe se tornaba sombrío y cambiaba el tema con una sonrisa angustiada. Darius dejó de preguntar porque comprendió que le traía malos recuerdos a su madre. Pero aunque amaba a Zoe con todo su corazón y le debía todo lo que era, siempre echó de menos la presencia de un padre que lo apoyara.
—La Casa de tu padre está maldita, Darius. Él mató a su progenitor y este mató al suyo, y este al suyo… y la cadena sigue a lo largo de las generaciones. Todos los padres han muerto a manos de sus hijos. Parte de tu destino es matarlo a él, o él te matará a ti para cortar de una vez la cadena del maleficio que los une.
—¡Es una ridiculez! —comentó Darius mientras retrocedía los dos pasos que Enlil dio hacia él—. Es un maleficio fácil de romper. Solo basta con que ninguno de los dos quiera matar al otro.
—No es tan fácil, Darius —explicó Enlil, aunque esta vez no intentó avanzar hacia el muchacho—, porque la maldición de tu padre es muy antigua. —Sopesó un poco las palabras pero después soltó la noticia como si fuera un latigazo—: Él es el líder de una de las cuatro familias de la Nobleza Militar. Las Casas Militares están encadenadas a un horrible maleficio, condenadas a desaparecer a garras de los demonios que deben enfrentar.
»Esa cadena no se romperá a menos que uno de los hijos de la familia evada el camino de la venganza, del temor, de los asesinos… Y mírate ahora —agregó mientras señalaba la espada y después al Lord—, ¡tú has tomado ese camino!
»No sabes si has matado a algún soldado al venir aquí y estuviste a punto de matar al Lord. Sé que eres un buen chico, pero ya haz jurado que matarías al asesino de tu madre. Yo sé que así será, porque está en tu sangre, en tu cabeza, en tus genes. No puedes hacer nada para detener esa necesidad que sientes. Tu padre mató al suyo y tú lo matarás algún día a él.
Esta vez Enlil caminó a Darius sin ninguna timidez. Tomó al chico del brazo, dispuesto a llevárselo a rastras si era necesario. Pero mientras él hacía esto Darius digería toda la información. ¡Todo tenía sentido ahora! Zoe escondió a Darius no solo de su destino de profeta sino también de la maldición de su padre. Quiso protegerlo, evitar que la maldición lo encontrara.
Pero ya era muy tarde.
Sintió una enorme ansiedad, un deseo incontrolable de vengarse, acabar con todo, destruir, matar. «No soy un asesino», pensó con la inocencia de niño que todavía le quedaba. Ahora estaba avergonzado de haber derribado a los soldados y del placer cuando se vio reflejado, con la espada en alto, en los ojillos asustados del Lord. Pero al instante siguiente la parte malvada que despertaba en él le dijo lo contrario: «Pero te convertirás en uno».
Perdió el control en cuanto ese funesto pensamiento cruzó su mente. Enlil lo soltó de inmediato, como si una corriente eléctrica le recorriera el brazo con que lo sostenía. El suelo tembló bajo los pies del Lord y de Enlil. Vieron los cuadros de la sala, los muebles, las ventanas, las cortinas, ¡todo se estremecía! Se difuminaba, se desquebrajaba, se desvanecía.
—¡Detente! —pidió Enlil—. ¡Contrólate! ¡No dejes que tu magia te domine! Sin control la telequinesia que posees puede alterar dimensiones. ¡Te matarás!
Pero no había nada que hacer. Darius había perdido el control. Se llevó las manos a la cabeza, como si le doliera mucho, y el aire se revolvió y se hizo pesado. Enlil tuvo que retroceder, incapaz de soportar la presión. El suelo a los pies del muchacho se desquebrajó y empezó a desvanecerse como si fuera humo. Pero a la vez las paredes del salón se acercaron más al chico, como si el poder de Darius atrajera y devorara el espacio.
Enlil supo que no podía hacer nada para salvar a Darius. Solo podía retroceder, tomar a Anterius y saltar por alguna ventana antes de que el castillo se destruyera. Cuando estuvo en el alféizar dedicó una última mirada al profeta. Deseó con todo el corazón que el chico sobreviviera. Después se lanzó por la ventana y se llevó al Lord consigo.
A lo largo y ancho del palacio los soldados despertaron de golpe, alarmados. No entendieron muy bien lo que sucedía pero sintieron el peligro y el escape incontrolado de magia. Tenían que huir antes de que el caos los destruyera como a la mansión, que se desintegraba. Esa noche el palacio del Lord de la Península simplemente desapareció. Lo único que quedó de la estructura fueron las bases.
Al día siguiente solo una persona se levantó de entre los escombros.
Darius se acarició la espalda tras quitarse una roca de encima. No recordó todo lo ocurrido pero sí supo que era el culpable de ese desastre. Y no le importó. Tampoco tenía nada que hacer ni a dónde ir… «Espera», pensó. «Sí lo hay. Me habían invitado a almorzar». Se levantó, tanteó el suelo y empezó a caminar. Ojalá los ancianos cumplieran su promesa.

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"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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