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Capítulo 16

16
EL PRÍNCIPE DE LAS ARENAS

La luz entraba por tres ventanas de cinco metros de largo cada una. El salón de espera tenía unas columnas de mármol que sostenían el techo y adornaban la instancia; también tenía unos sillones suaves y acolchados, además de unas mesas con bandejas de plata. El candelabro en el techo le daba el acabado final, pues los abalorios de cristal descomponían la luz y creaban destellos de diversos colores.
Sakti no miraba los pequeños arcoíris ni comía las manzanas, las peras ni las uvas que las sirvientas colocaron para ella. Lo que veía sin siquiera pestañear era el cuadro central del salón, que retrataba a una bonita mujer de cabello rosado pálido y sonrisa cautivadora. No podía entender cómo esa princesa tan bella era su madre. Ella no se le parecía en nada. No tenía ni el cabello, los ojos, la nariz ni menos la sonrisa de Istar.
Le daba la impresión –tanto por el cuadro como por lo que había escuchado– que Istar fue capaz de iluminar una habitación con solo sonreír. Pero ella no podía hacer algo así. Su pelo era tan gris como una nube de tormenta y su figura delgada y baja la hacía parecer más frágil de lo que era. En apariencia ella no era lo que se esperaba de una princesa.
Pero por debajo de la superficie estaba la princesa perfecta que Masca había esperado. Con solo ocho años de vivir en la Capital, sus maestros y tío estaban encantados con ella y la llamaban «genio» porque le tomó muy poco tiempo ponerse al mismo nivel de sus primos. Había aprendido el protocolo, los modales, los había superado en estrategia militar, equitación y, lo que más enorgullecía al Emperador, en combate.
Quizá no era la más fuerte o la mejor espadachín, pero sí la más rápida, lista y tranquila. Analizaba en cuestión de segundos sus alrededores y a sus enemigos. No daba tiempo ni tregua. Era rápida y precisa a la hora de atacar y defender.
Cada vez que subía a un cuadrilátero de entrenamiento los reclutas la miraban con los ojos como platos porque su rapidez era tan abrumadora que le tomaba menos de un parpadeo colocarse al lado de sus contrincantes y cortarlos. Algunos se animaban a atacarla primero para evitar la desagradable sorpresa de ver el brillo de sus ojos salvajes antes de una cortada, pero ella no perdía los estribos. Se mantenía serena, no dejaba que los soldados la asustaran y más bien ella los aterraba con su precisión.
Como si eso no fuera suficiente, también era bastante buena en magia. No se destacaba por hechizos complejos y desproporcionados, sino porque lo que era básico e incluso patético para algunos ella lo hacía tan espectacular que avergonzaba a sus maestros. Lo mismo podía prender una vela con tocar la mecha, que provocar una enorme y feroz bola de fuego con un simple suspiro.
Pero lo que quizá había aprendido mejor era la política de los Aesir: el significado de una sonrisa. Para todos ellos era indispensable no sonreír de verdad en la Corte o con la familia. En poco tiempo comprendió que en Masca, en especial en Palacio, el amor no era compañero inseparable de la confianza. Sus primos la amaban y le dieron una calurosa bienvenida a la familia, con el Emperador a la cabeza. Su tío Kardan la quería y mimaba, la trataba como a la niña de sus ojos, pero eso no significaba que siempre era sincero con ella. Esto era recíproco pero él no lo recriminaba. Más bien lo alentaba con una afirmación muda porque la desconfianza era la naturaleza de los Aesir, algo que siempre fue y siempre sería.
Por tanto, Sakti aprendió la importancia de ser reservada, a no sentir las sonrisas que daba y a fingirlas. Eso fue lo que le enseñaron: las sonrisas de verdad eran para personas de confianza; y para ella, muy pocos mascalinos eran de fiar.
La diferencia fundamental entre Istar y ella, creía, era que su madre nunca aprendió la lección. Por eso su sonrisa era legendaria, porque fue tan sincera que tomó desprevenida a una familia de mentirosos ancestrales que la colocaron en un pedestal por romper la tradición y darles un respiro.
Escuchó las risas de sus primos y hermano, que venían al salón de espera. Sakti apartó la mirada del cuadro justo a tiempo para ver entrar a Adad, que tenía sujeto a Harald debajo del brazo en una de sus pequeñas y amables peleas. El pelirrojo casi siempre perdía por timidez en lugar de debilidad, tal y como sucedía en ese momento. Harald podía derribar a cualquiera si se lo proponía pero era muy inseguro como para intentarlo.
Kardan y Sin los seguían de cerca, pero el príncipe rubio estaba muy serio. Cuando entró al salón entrecerró los ojos sobre Sakti. Antes de que el Emperador convocara a una reunión, los muchachos asistieron a una práctica de combate. Sakti también estuvo allí y les ganó a todos con uno de sus suspiros flamígeros.
—Le quemaste como medio centímetro de cabello —explicó el príncipe Kardan—. Se lo dejaste disparejo.
—¡Oh, no, qué terrible! —se burló ella a la vez que se corría para que Kardan y Sin la acompañaran en el sillón.
Se llevaba bien con todos sus primos aunque tenía algunos roces con Sin. Ella no entendía cómo un chico podía perder tanto tiempo preocupándose por su apariencia, y a él no le entraba en la cabeza como a una chica –princesa, además- no le preocupaba ensuciarse en un entrenamiento o le daba lo mismo qué ropa usar.
Adad siguió torturando a Harald, prometiendo que lo soltaría y al instante siguiente atrapándolo de nuevo. El pelirrojo alzó de repente al muchacho y se lo cargó al hombro como si fuera un saco de papas. Harald comenzó a saltar de un lado para otro y meció a Adad con rudeza, pero eso no molestó a ninguno de los muchachos. Todo lo contrario: Kardan y Sin comenzaron a aplaudir y a hacer apuestas sobre quién sería el primero en cansarse, mientras Harald y Adad no dejaban de carcajear.
«Esta es la gran farsa», pensó Sakti mientras ella también aplaudía. «Jugamos a la familia feliz a la vez que planeamos apuñalarnos por la espalda». Eso lo tenía muy claro. Adad era un gran hipócrita, porque jugaba, reía y comía con los primos a los que planeaba abandonar, sin mencionar que elogiaba y se abrazaba con el tío del que quería escapar. Adad fingía, jugaba a la casita aunque sabía que el telón caería y la obra terminaría. Solo que todavía no sabía cuándo sucedería o si quería que todo eso acabara.
Sakti lo comprendía muy bien pero sabía que no era su lugar acabar con la función o hacer algo distinto. Ella también tenía que seguir el rol hasta que su hermano o su tío se cansaran de jugar.
—Suficiente —suspiró alguien—. Harald, bájalo. Adad, compórtate.
Un sirviente abrió la puerta del salón y el Emperador entró seguido de Enlil y Sigfrid. La entrada del General Montag fue suficiente para cortar la fiesta de raíz. Hacía ocho años, dos meses después de que Sakti y Adad llegaran a Masca, Sigfrid marchó de vuelta al Oeste. Partió con un gran ejército a la región que estaba bajo los ataques de los vanirianos y el come-almas, lo que suponía una misión larga y cansada. Entonces ¿qué hacía ahora en Masca?
Los príncipes estaban seguros de que lo descubrirían pronto. Fuera lo que fuese no creían que les gustase. En especial por la cara del General al ver cómo jugaban entre ellos. Rápidamente se irguieron con respeto y solemnidad. No veían muy seguido a Sigfrid pero sabían de sobra que ni siquiera el título principesco los salvaría de una mirada severa de parte de él si no aprobaba sus comportamientos.
—¡No sabía que vendrías! —dijo Adad, sorprendido—. Has estado mucho tiempo fuera.
—Hoy debía estar aquí —respondió el General mientras hacía una profunda reverencia. Luego llevó una mano a la túnica, sacó un pequeño paquete, se dirigió a Sakti y se lo entregó—. No quise perderme la celebración de este año. Feliz cumpleaños, Alteza.
Ah, el cumpleaños. Aunque los festejos en honor a la princesa siempre eran algo fantástico y extravagante, Sakti todavía no se acostumbraba a que celebraran por ella. Todavía le parecía algo más irreal que un sueño ver desde una torre a tanta gente gritando su nombre con júbilo, como si ella fuera un milagro. Aunque lo escondía muy bien, siempre la tomaba por sorpresa cuando alguien le decía «Feliz cumpleaños» y le ofrecía un regalo, cuando de pequeña tenía suerte si se acordaban de alimentarla.
—No debiste molestarte —respondió mientras recibía el obsequio con una sonrisa sencilla y agradable en los labios—. Muchas gracias y bienvenido a casa.
Sigfrid agachó la cabeza, concluyendo el ritual, y luego miró satisfecho a su ahijada. ¿Quién habría pensado que la chiquilla de hace ocho años aprendería tan bien el protocolo de comportamiento? Sakti sostuvo el regalo con la delicadeza que se esperaba de ella, sonrió y agradeció con la timidez de una cortesana, y esperaría a estar sola para abrir el paquete. Como toda una princesa.
Todavía evadía la mirada más de lo necesario pero Sigfrid pensaba que la chica se había convertido en todo lo que esperaban de ella. Por lo que había escuchado, era serena y tenaz en batalla, educada y discreta en sociedad. Hasta se había encargado de los más pequeños detalles. El cabello –que ahora lo tenía casi por la cintura– lo tenía peinado con pocas trenzas, por lo que se veía fresca sin presumir. En lugar de usar un vestido claro –como era costumbre en los cumpleaños– estaba de negro, como luto por sus padres que murieron el día en que ella nació. No había nada que reprocharle. Nada en absoluto.
—Lamento que tengamos que hacer esto hoy —se excusó el Emperador mientras abría la puerta disfrazada que llevaba a su estudio—. Apenas terminemos celebraremos tu cumpleaños como se debe, querida Allena.
Pocos sirvientes sabían que detrás de un panel oculto se encontraba la sala personal del monarca. Era una habitación cómoda con dos sillones a los lados de la puerta. En el techo guindaba otro candelabro de cristal, pero la luz entraba desde un enorme ventanal a un extremo. Cerca de allí estaba la chimenea, apagada ahora, además de una mesita circular con un tablero de ajedrez. Pero lo más increíble del cuarto, lo que siempre llamaba la atención de los príncipes sin que pudieran evitarlo, era el enorme escritorio negro.
El escritorio parecía estar hecho de piedra oscura, aunque en realidad era una madera pulcra sin un solo rasguño, mate como la noche. Encima había una lámpara de adornos de jade, unos cuantos sobres bien acomodados, una caja con sellos, otra con plumas y otra con tinta. Detrás, pegada a la pared, había una amplísima biblioteca con manuales de guerra, mapas, calendarios, registros y una que otra novela.
El Emperador se sentó detrás del escritorio, abrió una de las gavetas y sacó cuatro sobres tan negros como el mueble. Esperó a que los cinco príncipes se colocaran en línea recta y paralela al escritorio, mientras los Generales cerraban la puerta y la franqueaban. Luego dijo:
—Como saben, Sigfrid estaba encargado de recuperar la región Oeste; por eso no nos ha acompañado en los últimos años aquí. Lamentablemente los vanirianos han resultado más listos de lo que esperábamos.
El Emperador desplegó un mapa sobre el escritorio. Dejó que su hijo y sobrinos se acercaran un poco más para verlo y pidió a Sigfrid que les explicara la situación.
—El príncipe Harald está en la zona noroeste—dijo el General mientras señalaba un arco de bosques y ciudades lideradas por una urbe llamada «Puerta al Cielo»— pero tiene problemas para controlar las invasiones. Ya no hay Doncellas que puedan sincronizarse con las ciudades, así que los vanirianos se aprovechan de esto para atacar. Lo curioso es que sus tácticas actuales son muy diferentes a las tradicionales. Durante años han enviado primero espías a las ciudades y, cuando están seguros, envían estampidas de guerreros. Ahora más que nunca invaden desde el cielo.
—¿Envían arpías y pajarracos gigantes? —preguntó Adad.
—No. Llevan castillos flotantes.
Aunque Adad estaba más familiarizado con esa táctica, Sigfrid explicó a los otros príncipes que los vanirianos utilizaban unas extrañas estructuras que parecían castillos pero que se mantenían suspendidos en el aire y rodeados de nubes. Ya que la región Oeste era muy lluviosa, los aesirianos no sabían cuándo estaba a punto de llover o a punto de caer una invasión sobre la ciudad. Las nubes que rodeaban las fortalezas flotantes de los vanirianos eran gruesas y oscuras, así que los magos en tierra no podían ver los contornos del edificio hasta cuando ya era muy tarde: el castillo estaba sobre la ciudad y de entre las nubes caían rayos rojos que destruían todo.
—El príncipe Harald —dijo, refiriéndose a uno de los hermanos del Emperador y al padre de Harald, el primo de Sakti— no puede mantener a salvo a más de tres ciudades a la vez, así que el resto de la zona ya es territorio vaniriano. No puede recuperarlas sin antes abandonar las que tiene a salvo.
—Así que necesita una mano —agregó el Emperador mientras tomaba uno de los sobres. Allí había instrucciones, mapas, informes de soldados y un decreto de poder. Miró a su sobrino pelirrojo y dijo—: Harald, quiero que visites a tu padre y lo ayudes. Ya estás listo para ayudar en la guerra y es un desperdicio que te tengamos más tiempo aquí. Dile a mi hermano que te apruebo. —Estiró el brazo para entregar el sobre pero Harald no avanzó de inmediato.
—¿A la guerra? —preguntó el muchacho—. ¿Vamos para la guerra?
—Sí —le sonrió su tío—. A hacer el trabajo de un príncipe.
Ahora sí, Harald dio un paso al frente y tomó el sobre. El protocolo decía que él también debía esperar a estar solo para estudiar el contenido pero el muchacho ya sentía la impaciencia.
Sigfrid siguió con la explicación, saltando de la zona noroeste al suroeste. Allí había un golfo en forma de media luna, en cuyo centro había una isla.
—En el sur tenemos dos situaciones. El cabo al oeste fue invadido por humanos revolucionarios y están a punto de tomar la isla Ishbel. Los humanos reciben apoyo financiero y militar de los vanirianos, y si siguen así no tardarán en unirse al asedio a la Fortaleza Heimdall.
—Como saben, a los humanos no podemos lastimarlos. Todo se complica cada vez que tomamos represalias contra ellos. Así que —el Emperador tomó la siguiente carpeta y la estiró al príncipe rubio— Sin, tú te encargarás de calmar a los humanos, alejarlos de los vanirianos, llevarlos a algún lugar seguro y mantenerlos felices. Lo último que necesitamos es que los humanos en territorio del Imperio hagan de espías y secuaces de los vanirianos. —Sin se acercó para tomar el sobre pero el Emperador no lo soltó de inmediato—. Podemos perder Ishbel pero ni un poco más. No podemos dejar que siga a Heimdall, ¿entendiste?
—Sí, señor.
Sin tomó el sobre y regresó a su lugar, junto a Harald. Sigfrid siguió con la explicación, abarcando las ciudades del mapa que estaban cerca del golfo.
—Todas estas ciudades ya fueron evacuadas y la mayoría de los refugiados se dirigen a Masca. Solo algunos pocos buscaron refugio en algún lugar del Oeste, entre ellos Heimdall.
El General señaló el punto que estaba más cerca del golfo. Lo curioso es que había una cordillera en forma de arco que rodeaba el golfo, como si lo coronara. La Fortaleza Heimdall estaba construida en una de esas montañas.
—Pero la ciudad no puede brindarles auxilio, ya que está incomunicada por las rebeliones humanas y las evacuaciones de las urbes cercanas. Los vanirianos aprovecharon esto con un asedio masivo. De momento, Heimdall podrá resistir unos tres años más con los diecisiete mil militares en su interior, que se encargan de la protección de los cinco mil civiles que viven dentro de las murallas. Pero si lográramos salvar la Fortaleza, ese poder militar podría ayudar el resto del Oeste.
—En pocas palabras —dijo entonces el Emperador mientras tomaba uno de los sobres— hay que rescatar Heimdall. Veintidós mil personas es una cifra muy grande en una sola ciudad y no lo podemos ignorar. Adad, te toca hacerte cargo del rescate de la Fortaleza.
El príncipe tomó el sobre pero no regresó a su lugar de inmediato. Abrió la carpeta –para espanto de Harald–, leyó las primeras líneas de su informe y dijo:
—Esta es una misión de rescate militar, no civil. Heimdall es una ciudad de entrenamiento militar y allí hay seis de los diez mil guerreros del Ejército de Aesir. Ellos son la misión, ¿verdad? —Su tío le hizo una mueca.
—Regresa a tu lugar, sabiondo.
Adad se sonrió y regresó a su puesto, entre Sakti y Kardan. Pero en esta ocasión Sigfrid no recorrió el mapa con el dedo. El General también regresó a su lugar junto a Enlil y dejó que el Emperador continuara con la explicación.
—Los vanirianos invadieron Tyr, la Capital del Norte. Es una de las ciudades más antiguas del Imperio, casi tan vieja como Masca. No solo es importante por los soldados y civiles que viven allí, sino que también es un símbolo del Imperio. Que los vanirianos la tengan bajo su dominio por más tiempo es inaceptable. —Tomó el cuarto y último sobre y lo estiró a su hijo—. Kardan, de todos tú eres el único que ha logrado sincronización con Tyr. Estudia los mapas, la geografía, el clima, la historia, todo. No dejes ningún cabo suelto y recupera Tyr a como dé lugar. ¿Entendido?
—Sí, señor —respondió el príncipe mientras tomaba el sobre—. Y gracias.
La suya era quizá la misión más peligrosa de todas. Tyr era mucho más pequeña que Masca, pero mucho más grande que Heimdall y no tenía tantos soldados por civiles. Recuperarla era fundamental pero también sería muy difícil; y si para conseguirlo el Emperador consideraba enviar a su único hijo, al heredero, las cosas debían de estar bastante complicadas. Más si quería recurrir a la sincronización con la ciudad.
—Espera —pidió Adad cuando su tío comenzó a enrollar el mapa. El muchacho se acercó al escritorio y señaló el grueso de la región Oeste—. Solo hay cuatro sobres pero ninguno de nosotros irá a la cabecera de la región. ¿No quieres recuperar las ciudades del Oeste?
El Emperador tuvo problemas para contener la sonrisa. Al fin su estratagema comenzaba a andar. Esa reunión era más que repartir misiones. Era también repartir mentiras, estirar hilos y manipularlos. Había esperado ocho años por ese momento y le costaba contener la alegría. Pero lo haría, porque era un mentiroso de familia y porque sus dos Generales estaban allí para respaldarlo. «A morder el anzuelo, querido», pensó. «Y tú también, mi pequeña Allena. En especial tú». Luego dijo:
—No hay suficientes príncipes para recuperar esas ciudades. Además, Sigfrid considera que rescatar toda la región tomará 20 años. Los vanirianos están a cinco de conquistarla por completo, sumando las misiones de Sin, Harald y la tuya. He decidido utilizar mejor nuestros recursos y salvar solo aquellos puntos que nos brinden una ventaja estratégica.
—¿Te refieres a soldados, zonas costeras y minas? —preguntó Adad mientras señalaba Heimdall, Ishbel y las ciudades en el noroeste que estaban custodiadas por el tío Harald—. ¿Y qué hay de toda la gente de la cabecera? ¿Qué hay de las ciudades que están cerca del Mar del Oeste? ¿Vas a dejar que las tomen y los vanirianos maten a toda esa gente?
El Emperador pescó el pequeño estremecimiento de Sakti. La muchacha pudo esconder su escalofrío a los príncipes, pero el monarca y los Generales lo vieron claro como el agua. Ella también estaba interesada.
—No tengo otra opción. No hay suficientes príncipes ni Generales para tomar la región Oeste sin descuidar Masca y las demás regiones.
—¡Yo la tomaré! —dijo Adad—. Heimdall aguantará mucho más con sus recursos propios. Yo puedo trabajar en la región Oeste por un tiempo y después iré a la Fortaleza.
—No. La Fortaleza es una prioridad.
—Pero…
—¿Quieres que sea sincero contigo? —lo cortó su tío—. Escucha con claridad, que no eres un niño. En Adyn y el resto de la cabecera del Oeste no hay ni cuatro mil soldados, pero en Heimdall hay diecisiete mil. En la Fortaleza hay solo cinco mil civiles, mientras que nuestros cálculos dicen que en la cabecera hay unos doscientos mil con vida. Haz cuentas, sobrino.
»Liberar el Oeste no significa repoblarlo de inmediato, sino recuperar todas las ciudades, situar bases militares en ellas y evacuarlas de civiles hasta que sean seguras de nuevo contra los vanirianos. ¿Y a dónde crees que irán los doscientos mil civiles que escapen del Oeste? —Hizo una pausa y luego enfatizó—: A Masca.
»Todos enfermos, débiles e inútiles, esperando a las afueras de la Capital aunque todos sabemos que no pasarán. Es cierto que la mayoría morirá de camino pero aun así llegarán muchos civiles a las afueras de las murallas. Y en este momento Masca no tiene tantos soldados como me gustaría. Tiene reclutas, cierto; pero no soldados experimentados. Casi no podemos enviar a ninguno a otras regiones por el exceso de civiles que debemos proteger dentro y fuera de la Capital.
»Así que dime qué es mejor. ¿Salvar a aesirianos en condiciones de ayudar a Masca y a otras regiones? ¿O salvar a unos muchos que no nos darán más que trabas? A veces tenemos que tomar decisiones drásticas, Adad. Ese es nuestro trabajo como gobierno.
En parte el Emperador creía esto. Era horrible aceptarlo, pero estratégicamente era mejor usar todas las fuerzas y recursos en puntos clave. Si salvaban a los mejores aesirianos pasada la crisis en el Oeste repoblarían la región con excelentes especímenes. Pero en parte también quería que Sakti se ofreciera a salvar el Oeste porque eso, eventualmente, la llevaría a enfrentar al come-almas.
Había esperado ocho años para acabar con el demonio y estaba convencido de que su sobrina era el arma indicada para el trabajo. Pero ella no era una espada fácil de empuñar; requería cierta maña. No importaba cuánto Adad suplicara por una oportunidad para hacer el trabajo: la que tenía que lidiar con Sigurd no podía ser otra que Sakti. Tan sencillo como eso.
El monarca dio por terminada la discusión con su sobrino y miró a la muchacha.
—Allena, no hay misión de rescate para ti porque desempeñarás una tarea en casa. De todos nosotros tú eres la mejor en el dominio del fuego. Por eso te designaré Guardiana de la Muralla Oeste.
—Fuego azul —comprendió ella.
—Así es. Tantos refugiados desde el Oeste serán un cebo irresistible para Sigurd y no podemos dejar que devore tantas almas. De lo contrario se hará muy fuerte y podría intentar entrar a Masca. Por eso tu tarea consistirá en mantenerlo a raya… y en matar a varios refugiados.
—¿¡QUÉ!? —gritó Adad, indignado—. Bromeas, ¿verdad?
—Para nada. Sabes que ni un cuarto de los refugiados entrará jamás a Masca, pero aun así la Capital debe costear las medicinas, la comida y demás recursos de los campamentos alrededor de la Muralla. ¿Para qué hacer todo ese gasto cuando podemos utilizar mejor nuestros recursos en herramientas para los soldados de Heimdall cuando los liberes?
Adad abrió la boca, indignado, pero no encontró palabras que describieran su turbación. Sus primos parecieron también incómodos por lo que acaban de escuchar, pero a ellos jamás se les ocurriría contradecir al Emperador. Sakti, en cambio, ni parpadeó. Era difícil saber si aceptaba los razonamientos de su tío o si simplemente no le interesaba ni lo uno ni lo otro.
—Allena es perfecta para el trabajo. No solo es capaz con el fuego, sino que también es muy inteligente. ¿Verdad que encontrarás la forma de que las muertes parezcan resultado de un trágico accidente? —preguntó con cariño a la muchacha. Adad intervino:
—¡NO! No puedes pedirle a mi hermana que se manche las manos de sangre. Envíame al Oeste. ¡Salvaré a los civiles y no tendrán que evacuar! ¡Y después iré a Heimdall! Pero primero ¡el Oeste!
Sakti no entendía a su hermano. Estaba muy lleno de contradicciones. Cuando estaban solos el príncipe le hablaba de sus días de libertad, de cómo enviarían al carajo a los aesirianos y su dichosa Profecía. Pero aun así se alteraba si no podía hacer algo para ayudar a los civiles. Era un bobo.
Pero Sakti también se sintió ansiosa. No por la tarea que le encomendó su tío, porque eso en realidad la traía sin cuidado. En los últimos años había aprendido a tener prioridades, y a darle valor a estas por encima de los sentimientos heroicos que su hermano tenía de vez en cuando. En este caso Sakti ya tenía clara su prioridad: la cabecera del Oeste.
Lahore formaba parte de la cabecera.
Mark todavía la esperaba allí.
—¡Envíame al Oeste!
—¡No! —El Emperador levantó un poco la voz y se incorporó. Kardan, Harald, Sin y Sakti bajaron la mirada como si la cosa fuera con ellos, pero Adad no dio un paso atrás—. ¡Irás a Heimdall y fin de la discusión!
—Estoy de acuerdo con Adad —dijo alguien—. No debe ir a Heimdall.
El Emperador y los príncipes se giraron y vieron que la puerta camuflada estaba abierta. Pensaron que Enlil y Sigfrid se tensarían por la intromisión pero, después de reconocer al hombre, los Generales inclinaron la cabeza y lo saludaron. Detrás del aesiriano, que era moreno y de cabello negro, había unos cinco hombres vestidos de pies a cabeza con trajes de tela roja. Las caras también las tenían cubiertas con pañuelos y una máscara, que ocultaban por partida doble los rostros.
—Ah, eres tú —dijo entre dientes el Emperador, no muy emocionado de ver al nuevo—. Tus guardaespaldas tendrán que esperar afuera. Nadie con máscara puede estar en mi presencia. —El hombre moreno hizo una seña y los extraños soldados se marcharon.
—¿Interrumpo algo? —preguntó el mago mientras entraba al estudio. Tenía un acento curioso.
—No —dijo el monarca—, ya terminamos. ¿Puedes decir qué se te ofrece?
—¿Qué? ¿No puedo visitar a mi sobrina cuando cumple años? —El hombre se colocó al lado de Adad, lo miró con atención y levantó una ceja cuando el muchacho no le dijo nada—. Solo falta que me digas que ya no te acuerdas de mí, Adadcito.
Con eso el príncipe recordó.
—¡Tío Remiak! No te reconocí. —El muchacho estuvo a punto de abrazar a su tío, pero él lo tomó del rostro y lo apretó con fuerza hasta levantarle los labios para verle los dientes.
—Bien, bien, todo está bien. Eres un cachorro sano y capaz de cuidarte a ti mismo, ¿no? —Lo soltó con brusquedad y Adad se llevó las manos a las mejillas adoloridas—. No te había visto desde que tenías siete años, cuando Allena estaba a punto de nacer y el estúpido de mi hermano decidió hacerse el héroe.
Remiak se acercó entonces a Sakti. La princesa tenía la cabeza alta, pero los ojos se dirigían al suelo. El príncipe de las Arenas tomó a la muchacha de la barbilla y movió el cuello a uno y otro lado para estudiarle el perfil.
—Buen cuello, buena posición de las orejas en caso de transformación… —La tomó del rostro y le expuso los dientes tal y como hizo con Adad. Luego la soltó—. Eres de buena raza. —Luego le sonrió, aunque supo que Sakti no lo conocía y se le haría raro el saludo—. Feliz cumpleaños, querida.
—Puedes pasar tiempo con ella si lo deseas —lo invitó el Emperador con naturalidad, como si la pelea con Adad no acabara de ocurrir. Él estaba bastante tranquilo pero los jóvenes príncipes estaban incómodos y confundidos por la entrada del príncipe de las Arenas—. Ya terminamos aquí. Chicos, pueden retirarse.
—De hecho —dijo Remiak mientras se giraba al Emperador—. Me gustaría que ellos se quedaran unos minutos, por lo menos Adad y Allena. Tengo algo que pedirles.
—… De acuerdo… —El Emperador frunció el entrecejo y se sentó de nuevo—. ¿Qué quieres?
—Refuerzos —dijo sin distracciones, aunque muy serio y erguido—. Refuerzos para el desierto. El Reino de las Arenas está bajo ataque y solicito formalmente refuerzos para salvarlo. —El Emperador lo miró confundido.
—¿Vanirianos? Una invasión vaniriana al desierto es imposible sin que antes cruzaran el continente principal o violaran la frontera este del Reino de las Arenas. Y en el Este está la zona negra.
—Pues asómbrate, saltaron la zona negra. Usaron una especie de artefactos flotantes y con eso atacan las ciudades. Estamos en problemas.
El Emperador recostó la cabeza en el respaldar de la silla, frustrado. Genial. Eso era lo último que necesitaban. Los castillos flotantes que utilizaban para atacar la región Oeste también les estaban sirviendo para atacar el Reino de las Arenas.
—¿Y qué hay de la Academia de las Arenas? El último censo dice que el desierto tiene el doble de soldados que el continente principal. —Remiak alzó los hombros.
—Algo similar a la Fortaleza Heimdall sucedió con la Academia de las Arenas. Sabemos que puede durar hasta 20 años completamente incomunicada, pero queremos evitarlo. Y tú también, ¿no?
Para asombro de los jóvenes príncipes, el hombre moreno se saltó todos los protocolos de comportamiento. No esperó permiso del Emperador para acercarse al escritorio, lo miró a los ojos y lo llamó por su nombre de pila:
—Kardan, en esa Academia hay más de siete mil soldados comprobados que forman parte del Ejército de Aesir. Si queremos Profecía no podemos perderlos. Y en el desierto están las ruinas de la Virtuosa Sakti Allena Aesir I. Tampoco queremos perderlas pero no tenemos tantos soldados para protegerlas, además de las ciudades y las guarderías. También estamos cortos de recursos como agua y comida. Los vanirianos nos los están quitando.
En Masca Sakti había aprendido mucho de la organización política en el continente principal, pero el Reino de las Arenas era otro país completamente diferente del que sabía muy, pero muy poco. No entendió mucho de lo que Remiak estaba comunicando, pero si la prioridad en la misión de Adad era salvar a seis soldados del Ejército de Aesir era claro que no podían dejar a siete mil de esos guerreros a merced de una invasión vaniriana.
El Emperador lo pensó un poco y al final dijo:
—No tenemos soldados suficientes ahora para enviarlos al desierto, Remiak. Tenemos a algunos en las Fortalezas Kranvella, Toaldria, Mehnir y Norishka, pero apenas si evitan que pase lo mismo que en el Oeste. Lo único que se me ocurre es enviar a los que están en Heimdall pero tendrás que esperar a que Adad los saque de allí.
—Pedí refuerzos —aclaró Remiak—, pero no me referí a soldados. Lo que quiero, primo, son príncipes. Necesitamos a Adad y a Allena.
El Emperador lo miró como si estuviera loco, mientras que los chicos príncipes se miraron entre sí. Eso se salía por completo de los planes.
—El desierto puede darle más educación y preparación a Adad y a Allena. Tienen la sangre de las Arenas, podrán lograrlo. Con sus poderes y su presencia animarán a los soldados, liberaremos a los que están en la Academia y nos desharemos de la invasión antes de que alcance niveles críticos.
—No —lo cortó el Emperador—. Necesito a Adad y a Allena aquí, ¡no puedo enviarlos hasta al otro lado del mundo!
—¡También son nuestros sobrinos! —rugió Remiak—. Quizá se criaron en este lado del mundo, pero Adad es el heredero al Trono de las Arenas y Allena es la segunda. Pertenecen más a nosotros que a ustedes.
Los príncipes creyeron que el Emperador respondería de manera rápida y brutal, pues nadie nunca, jamás, le hablaba de esa forma. Pero el monarca solo tensó el rostro y los hombros, y observó con ferocidad a Remiak. Eso por sí solo ya era bastante malo.
—Niños, retírense —ordenó—. Estudien sus misiones y prepárense. En menos de un mes saldrán de Masca.
El príncipe Kardan tuvo que dar empujoncitos a Adad para que avanzara porque el muchacho se negó a moverse o no comprendió la orden. Todo estaba patas arriba. No solo lo obligaban a ignorar a los civiles en el Oeste, sino que tampoco lo dejarían ayudar la tierra de su padre. Y eso era peor de lo que había imaginado para ese día. Al final él y los demás príncipes abandonaron el estudio y se dirigieron a sus respectivas labores. Kardan y los demás a estudiar sus misiones; Adad y Sakti a visitar a los profetas.
Mientras tanto, la discusión siguió en el estudio del Emperador.
—Espera a que Adad recupere Heimdall y después puedes llevártelo junto a los soldados de la Fortaleza.
—¿Qué tal si mejor me das a Adad y envías a alguien más a Heimdall? Sabemos hacia dónde va la invasión en el desierto. Si no actuamos ya después será muy tarde.
—No, ocupo a Adad para Heimdall.
—Envía a Dereck o a Kael. Son listos, podrían hacerse cargo de la misión.
—Son los Guardianes de Allena y Adad, y quiero que actúen como tal. No tiene sentido que en nombre sean guardaespaldas de ellos si no los están cuidando. Además… Kael no está bien. Perdió las alas en un enfrentamiento hace ocho años y todavía no se recupera. No creo que esté emocionalmente listo para ir al Oeste por su cuenta.
La noticia conmocionó un poco a Remiak. Conocía a Kael desde que era un chiquillo, cuando era escudero del príncipe Velmiar. Siempre fue muy alegre y cumplido. Imaginarlo ahora sin alas fue casi tortuoso.
—Envía a Montag o a Tonare.
—Enlil partirá en cinco semanas a entrenar a unos reclutas en la Fortaleza Norishka, porque allá estamos cortos de soldados. Es obvio que no puede ir a Heimdall. Y Sigfrid acompañará a Allena al Oeste.
—¿Pero no dijiste que…?
Remiak había escuchado suficiente para saber que la misión de Sakti era estar en la Muralla Oeste, quemando civiles y demonios. Pero quizá había pasado algo por alto.
—¿Qué hay en el Oeste?
—Sigurd —explicó el Emperador—. El come-almas hace mucho que no visita la Muralla. No se lo dije a los chicos, pero Sigurd es una de las razones principales por las que Sigfrid no pudo rescatar el Oeste en ocho años. Sabes que Sigfrid es un gran estratega, podría solo contra todos los vanirianos si fuese necesario.
—Me halaga, señor —comentó Sigfrid con una leve sonrisa.
—Pero él no es un Aesir, no tiene control sobre el fuego azul. Mientras no tenga poder sobre el arma que derrotará al come-almas no podrá destruirlo. Sigurd hace tanto o más daño que los vanirianos en el Oeste y planeo que Allena se haga cargo de él.
—¿Y por qué no lo dijiste así? ¿A qué estás jugando?
—A ganar —respondió con sequedad—. Adad no es el mismo niñito dulce que conociste. Es un rebelde, no es sincero con sus palabras ni con sus acciones.
—¿Qué esperabas? —se burló Remiak—. Es un Aesir. Ninguno de nosotros es sincero con sus acciones o palabras. Así hacemos política. Así actuamos en familia.
—Quiere escapar de la Profecía, Remiak, ¿comprendes? Ha demostrado que es capaz de ello si no le tenemos la soga lo suficientemente corta. Con Allena es más complicado. Ella hace lo que Adad le pida y… es más difícil comprenderla. Dime, Remiak, ¿notaste algo en ella? ¿Puedes suponer algo de nuestra sobrina con verla por primera vez?
Remiak no contestó. Podía suponer que el príncipe Sin era un engreído por la forma en la que se mantenía en pie y se corría el cabello de la cara. Por el contrario, Harald era un muchacho fortachón que estaba inseguro de su apariencia y su potencial. Por eso miraba al suelo y se encorvaba. Kardan era más seguro y tranquilo, pero todavía no estaba satisfecho consigo mismo. Era muy perfeccionista. Por eso miraba con atención los gestos del Emperador y los Generales, para aprender de ellos. Adad era el más transparente de todos: un sensible bobo que no podía dejar de lado sus emociones ni pensar con frialdad. Todavía le faltaba eso para ser un príncipe perfecto.
¿Pero Sakti? Remiak intentó descifrar algo de su sobrina, pero no pudo. No supo si era tranquila o problemática, tímida o calculadora, cobarde o valiente, respetuosa o insolente. Ni en su cara ni en su postura había leído algo de ella.
—Yo tampoco la comprendo —dijo el Emperador—. Es contradictoria. Insegura cuando está en un salón de baile, certera cuando está en una plaza de entrenamiento. Es callada casi siempre, pero cuando suelta la lengua no dice ninguna estupidez y habla con una fluidez que ni imaginas. A veces es torpe con el cuchillo y el tenedor, pero dale un arco y una flecha y tiene una puntería que eriza la piel. No es nada buena con las artes de la mente, pero bloquea la suya con precisión de cirujana.
—¿Y es buena con el fuego?
—La mejor. No me sorprenderé si logra la piroquinesis. Por eso quiero que se encargue del come-almas y Sigfrid la ayudará a ganar experiencia antes del encuentro final.
Remiak comprendió. Sigurd era una amenaza tan mala o peor que los vanirianos, y alguien tenía que hacerse cargo de él. Eso significaba que no podía contar con Sakti para ayudar al desierto. Pero no podía irse sin refuerzos.
—Envía a Huggin y a Munnin a Heimdall, y deja que Adad vaya al desierto.
—Huggin y Munnin toman el liderazgo militar en Masca cuando Sigfrid o Enlil no están. Sin ellos Masca está bastante desprotegida en caso de invasión. Y no puedo dejar la Capital sin amparo.
Remiak hizo mala cara y tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no agarrar al Emperador a bofetadas. El príncipe de las Arenas comprendió que no podían dejar en desventaja al continente principal, pero tampoco podía marcharse sin la ayuda que su país necesitaba con urgencia. Kardan comprendió esto y dijo:
—Descansa por hoy y déjame pensar en una solución. Hoy es día de festejo, no de pelea. Nuestra sobrina cumple veintidós años.
—También es día de luto —agregó sombríamente Remiak—. En este día perdiste una hermana y yo un hermano. Por favor, haz que todo esto valga la pena.

****

—¡Feliz cumpleaños! —exclamaron los tres jóvenes al unísono antes de lanzarse a los brazos de la princesa.
Sakti no confiaba en muchas personas en Masca, pero sí en ellos. Devolvió el abrazo a los chiquillos y les sonrió sin reparos, agradecida y feliz. Al final los chicos profetas demostraron ser unos niños lindísimos.
—Gracias, Zoe, Airgetlam y Dagda. —Los gemelos se separaron, la miraron muy serios y preguntaron juntos:
—¿De vainilla, chocolate o fresa? ¿Cuál es el sabor del pastel?
—Con cubierta de vainilla, relleno de chocolate con trozos de fresa, manzana y almendras, acompañado de gajos de naranja… Tal y como les gusta.
—¡Bien! —exclamaron los hermanos mientras chocaban las palmas en el aire. Luego se lanzaron a la cintura de Sakti y le agradecieron por la mezcla de sabores para el pastel.
—Oye… —interrumpió Zoe al jalar a la princesa de la manga del vestido—. ¿Puedo jugar con tu cabello? —La profetisa todavía se entretenía con el inusual color de pelo de los príncipes. En eso seguía siendo la niña de seis años que conocieron hacía mucho tiempo.
—Claro que sí. Pero primero quiero enseñarle algo a tu papá.
Sakti caminó con torpeza, arrastrando a los gemelos que se le abrazaban a la cintura como si fueran niños pequeños. Después de unos pasos llegó a la sala en la que usualmente interactuaba con los profetas, la misma en la que conoció a Darius. El lugar tenía almohadones cómodos en lugar de sillones y estaba delante de un jardín hermoso con un lago tranquilo. Era el lugar perfecto para vivir… si no estuviera tan desordenado por los libros tirados en el suelo. Algunas cosas jamás cambiarían ni aunque a Sakti se le fuera la vida en limpiar ese desastre.
—Démosle gracias a las sirvientas por venir a limpiar cada semana, porque de lo contrario morirían ahogados en este mar de libros —refunfuñó Adad detrás de su hermana.
—Oh, oh… Alguien amaneció de mal humor —bromearon los gemelos mientras soltaban a Sakti y jalaban al príncipe de las mejillas. El muchacho se zafó de los hermanos y se sentó en el pasillo. Se recostó a un pilar de madera frente al lago.
—Hola, Darius —saludó Adad sin volverlo a ver.
—Hola, príncipe —respondió él sin levantar la vista de un grueso libro.
Después de terminar de leer una página levantó la mirada y cerró el códice. El sol se reflejó en sus lentes, lo que tomó desprevenida a Sakti y la encandiló. Desde hacía unos meses Darius empezó a usar gafas para leer. Era «un error de fábrica», como la muchacha oía decir a Enlil de vez en cuando.
—Hola, Allena —saludó el profeta con una sonrisa simpática en los labios. Adad todavía le parecía un poco pesado pero Darius quería mucho a Sakti. No en balde se convirtieron en mejores amigos durante esos años de prisión y derribaron las barreras que los separaban. Él no era un cascarrabias con ella y la chica le tenía más confianza que a su propia sombra.
—Dereck y Kael no nos acompañan hoy —le dijo la muchacha mientras ayudaba a Zoe a quitar unas trenzas—. Sigfrid volvió del Oeste y deben presentarle un informe sobre nuestro avance y el de ustedes. —Darius sonrió y se quitó las gafas de media luna que Sakti eligió para él.
—Pues entonces no hay mejor momento que este, ¿o sí?
El profeta se levantó y se dirigió al jardín, seguido por la princesa. Sus hijos se sentaron al lado de Adad para mirar la lección, aunque el príncipe parecía distraído. Sakti se colocó a la orilla del lago y dijo:
—Bien, ya te enseñé las bases de la telequinesia. Lo bueno de esta esencia es que puedes dominar las partículas alrededor de ciertos elementos que sueles dominar con otras esencias. Por ejemplo, el agua.
Extendió la mano al lago. Le bastó con moverla y pensar en la acción para levantar una esfera de agua, que estaba rodeada por un resplandor celeste. Después le dio varias formas para demostrar la versatilidad de la esencia y luego devolvió el líquido al lago.
—Puedes hacer lo mismo con las rocas, pero no con el fuego y el aire. Lo que puedes controlar hasta cierto punto es la onda de calor del fuego con un escudo de telequinesia, pero llegará el momento en que el fuego ganará terreno. Todo depende de la cantidad de poder y dominio que se tenga. Para controlar otros elementos con la telequinesia debes pensar en cómo es el elemento en sí. Por ejemplo, si quieres controlar el agua, debes pensar en lo frágil y fría que es. Si utilizas más poder del necesario lo único que lograrás es chapotear un rato. Lo mismo sucede con las rocas. Si quieres levantarlas debes pensar en lo fuertes que son y, por lo tanto, usar más poder. Si usas poco no podrás moverlas ni un centímetro. ¿Entiendes? —Darius le sonrió.
—Claro que entiendo. ¿Cuándo me enseñarás a dominar lo que no veo? —La princesa le devolvió la sonrisa y respondió:
—Te enseñaré algo mejor. —Esta vez Sakti extendió la mano a Zoe, la levantó del suelo y la colocó justo delante de ella, a un metro de altura—. ¿Sientes algo en particular, Zoe? —La profetisa cerró los ojos antes de contestar.
—La sangre… fluye diferente. —Sakti sonrió y bajó a la niña al suelo.
—Lo bueno de que no tengas la esencia es que puedes practicar sin poner en peligro a otros. Para levantar a un ser vivo debes querer levantarlo absolutamente todo. Si te concentras solo en la cabeza, se la arrancarás. Si te concentras solo en la parte externa, no levantarás los órganos y se desangrará por dentro.
»Primero siente todo lo que está dentro de ti, tus signos vitales, los latidos de tu corazón, las contracciones de tus órganos. Cuando hayas aprendido a sentir todo en tu interior, intenta sentir el de algún ser vivo pequeño, como una rata. Aún sin esencias deberías ser capaz de percibir sus signos vitales y darte una idea de la posición de cada uno de sus órganos. ¿Entiendes?
Darius sonrió, cruzó los brazos sobre el pecho y asintió. Sakti entró de nuevo a la casa. Ya había terminado la lección y no tenía sentido arriesgarse de más. Si algún soldado entraba para vigilarlos los pillaría en mal momento.
—¿Estás bien, Adadcito? —preguntó Zoe cuando pasó al lado del príncipe. El muchacho estaba un poco pálido y malhumorado pero era casi imposible contestar de mala manera a la profetisa.
—No es nada, pequeña. Solo me duele un poco la cabeza.
Zoe le besó la frente antes de sentarse detrás de Sakti, quien estaba delante de dos pilas de libros. Luego siguió quitándole las trenzas para peinarla ella misma. Darius, que las seguía de cerca, aprovechó para tomar un paquete entre el reguero de libros y dárselo a su amiga.
—Toma, feliz cumpleaños. Creo que te gustará, incluso puede que lo halles familiar. —La muchacha quitó la envoltura y descubrió un viejo libro conservado con esmero.
—«El canto del Dragón» —susurró al ver el título del libro—. Gracias.
—No, léelo —pidió Darius.
Sakti leyó la primera página. Sus ojos se abrieron de par en par. Luego pasó a la siguiente página, a la que estaba después y a las demás… En cada una encontraba versos muy familiares que repasaba como si se los supiera de memoria. Eran un poco diferentes a los que ella conocía, pero no había duda: venían de la misma persona.
—¡Las canciones de mi amo! —exclamó con alegría. Se levantó de un salto, se tiró al cuello de Darius para abrazarlo y le dio un beso en la mejilla—. ¿Cómo sabías que…?
—¡Oh, qué tontita! Soy un profeta, ¿recuerdas? Eso y que además viene firmado, ¿ves? —Darius se dirigió a la última página y leyó—: «Soy el Dragón que llora por la frialdad de mis hermanos, el que espera en silencio y calla su dolor. Soy el que todavía no nace, cautivo de la marea del espacio y del tiempo. Soy el destinado a amarte, mi bella dama, mi hermoso Primer Dragón Blanco. Yo soy el Dragón de la mirada púrpura, el Tercer Dragón que aún no vive». Si me lo preguntas, creo que tu novio es un poeta frustrado. —Sakti soltó a Darius, le dio un coscorrón en la cabeza y luego un codazo en las costillas.
—¡Argh! ¡Ese Marduk no es mi novio! Antes preferiría que me sacaran los ojos y me extirparan el cerebro ¡viva! —Por un momento pareció dispuesta a darle una tunda a su amigo, pero se contuvo, abrazó el libro con cariño y con tono amable dijo—: Pero como tiene las canciones de mi amo no me enojaré contigo.
—Gracias —contestó Darius en tono burlón, mientras Sakti se sentaba de nuevo delante de Zoe y dejaba que la profetisa jugara con su cabello.
Los gemelos bromearon con la princesa y Darius se sentó a observar a sus hijos y a su amiga. Esa era la pequeña fiesta que solían tener cada vez que se reunían, en lugar de leer la Profecía como el Emperador lo ordenaba. El único que no se unió a la alegría fue Adad, que seguía sumergido en sus pensamientos a pesar de lo fuerte que le latían las sienes.
Pensaba en Remiak y en la amenaza que corría el desierto. Pensaba en Irem, la capital de las Arenas, y en los tíos que tenía allí. Pensaba en el país en el que debió criarse. «La tierra de mi padre me necesita. ¿Qué haremos, Dragón?», preguntó en su mente pero por toda respuesta obtuvo un dolor de cabeza.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Fue como si el Dragón gruñera de dolor y se estremeciera en las entrañas del príncipe. No era solo el dolor de cabeza, sino también un feo mareo y una sensación de inestabilidad atroz. Adad supo que algo no andaba bien. «¿Qué te pasa, Dragón…?». El dolor de cabeza disminuyó un poco pero sin ninguna razón aparente se sintió furioso. «¿Qué nos pasa…?».
Pero ni él ni el Dragón tenían idea. Para cuando todo comenzó ya era muy tarde.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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