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Capítulo 17

17
EL VUELO DEL DRAGÓN

Adad no lo podía creer. Ya casi era mediodía. A pesar de que no bebió nada la noche anterior la cabeza le dolía como si tuviera una maldita resaca. No podía imaginar una peor manera de despertar: adolorido, confundido, enojado y mareado, y sin ningún motivo. «Quizá me estoy enfermando», pensó. «Me habré saltado una vacuna o algo».
Aunque intentó agregarle un poco de humor a su ánimo solo consiguió amargarse más. Ese día no era para risas. ¿Por qué el Emperador tenía que hacer una sesión justo el día después de la fiesta? ¿Por qué ahora, cuando el muchacho estaba enfermo? ¿Y por qué demonios Adad se enteró de la audiencia por la lengua descuidada de un sirviente?
A pesar del malestar corrió a los aposentos de su hermana y la despertó con rudeza. Por lo general tenía mucha paciencia con ella pero cuando la encontró somnolienta agregó más enfado a su humor de perros. Sakti no tenía la culpa de su estado. La noche anterior el Emperador celebró el cumpleaños con miles de luces en el cielo, y los mascalinos acompañaron el entusiasmo del rey con canciones y baladas que compusieron y entonaron en toda Masca. El alegre bullicio imposibilitó el sueño y por tanto príncipes, sirvientes, soldados y civiles pasaron en vela por la fiesta.
Ese nuevo día era muy opuesto al anterior. Para Adad no era nada alegre porque en ese momento, mientras arrastraba a Sakti por los pasillos, se estaba celebrando la audiencia que definiría el futuro del Reino de las Arenas.
Cuando llegaron a las puertas de la Sala del Trono a Adad le molestó la cara de sorpresa que pusieron los soldados al verlo. Era obvio que les informaron que el príncipe no debía pasar si aparecía pero a ninguno le gustaba contrariar al portador de un Dragón.
—Quiten esa estúpida cara —dijo irritado— y apártense.
Soltó a Sakti y quitó de un empujón a los guardias. No tenía tiempo que perder con ellos.
—Estás gruñón —le dijo Sakti pero guardó silencio cuando el príncipe la miró con furia.
Luego abrió las puertas y se encontró con lo que esperaba.
La Sala del Trono era una amplia habitación de mármol azul que tenía palcos en tres niveles, que estaban muy por encima de la planta principal. En cada compartimento había cinco asientos que correspondían a algún cortesano, comandante destacado, ministro, encargado especial o representante de diferentes partes del Imperio. Los príncipes también tenían un lugar especial en la primera planta, que estaba muy cerca del asiento principal.
El Trono estaba al fondo de la habitación, en una plataforma rodeada por escalones. Al igual que el resto del salón estaba hecho de mármol azul pero parecía más sólido e impactante que todo lo demás. Poco importaban los palcos privados, la araña de cristal en lo alto del techo o el vitral circular que rodeaba el enorme candelabro, y que dejaba que una franja de luz de diferentes colores iluminara el centro de la habitación. El Trono, vacío o con el Emperador, era un monumento que parecía hecho para Dios y no para mortales.
El efecto aumentaba cuando los dos Generales, tan altos como titanes, estaban al pie del Trono con los rostros serios como si estuvieran tallados en piedra.
En el centro del cuarto estaba el príncipe Remiak, rodeado por el aro luminoso del vitral. Cuando había entrevistas se colocaban cojines en ese punto para que el visitante se sentara allí a exponer sus dudas o a ser consultado, y para que luego escuchara la decisión final del Emperador. Pero Remiak estaba de pie y caminaba de un lado a otro, exigiendo a gritos los refuerzos que necesitaba para el desierto. El príncipe de las Arenas sabía que sus súplicas caían en oídos sordos porque los cortesanos no tendrían interés en ayudar al desierto. No había ni siquiera un representante de las Arenas allí.
Cambió la cara apenas Adad se asomó a las puertas. Ya Remiak no parecía furioso sino aliviado. Caminó hacia el muchacho y lo tomó del brazo; los dos –y Sakti, a la que llevaban arrastrada– se situaron juntos en el centro.
—No lo llamó por su cuenta, Majestad —dijo Remiak. Aunque estaba más calmado su voz todavía parecía un rugido—. Él tuvo que venir por cuenta propia.
—Esto no le concierne —se excusó el monarca—. Él y Allena ya tienen misiones asignadas. Y si prestas atención ningún otro príncipe fue convocado.
«Están dormidos», pensó Sakti mientras intentaba reprimir un bostezo. «Como debería estarlo yo». Estaba un poco molesta por la manera en que Adad la trataba ese día. No entendía nada de lo que sucedía y tampoco le importaba mucho, porque en realidad el Reino de las Arenas la tenía sin cuidado. Pero para Adad era muy diferente.
—Si se celebra una audiencia acerca del Reino de las Arenas es obvio que el heredero a ese trono debe estar presente. Si Su Majestad no fue capaz de pensar en algo tan simple debería considerar dejar de tomar porquerías en las fiestas.
Sakti se espabiló al escuchar eso, al igual que los cortesanos que dormitaban sin interés en la audiencia. Primero vieron a Adad como si se hubiera vuelto loco y después al Emperador para ver su reacción. El monarca arqueó las cejas y tenía tensa la mandíbula; miraba a Adad con tanta sorpresa como los cortesanos pero era difícil saber si estaba molesto por el atrevimiento o si todavía no lo asimilaba.
—Exijo que se me deje ir al desierto —siguió Adad— y que se me asigne una guarda de mil soldados para empezar. Recogeré otros mil en Norishka, en donde me esperarán cinco buques de guerra para cruzar el océano.
—No estás en poder de exigir nada —dijo el Emperador con una risa seca—. Ahora vete, por favor. Descansa y estudia para la misión que ya te asigné.
—¡No! Me rehúso a tomar esa estúpida misión y a seguir esas pendejas órdenes de…
—Adad… —lo llamó Sakti en voz baja—. ¡Detente! —Pero el príncipe siguió.
—… mierda que no pasaron por ningún filtro de inteligencia.
—Quizá quieras retirar eso —sugirió su tío en lo alto del Trono.
—¡Y un comino, asqueroso traidor que---!
—¡Adad! —lo llamó de nuevo Sakti pero esta vez en voz alta mientras lo jalaba de la manga. Luego susurró—: ¿Qué te pasa? ¡Te estás saliendo de control!
¡Suéltame! —se zafó él con rudeza a la vez que se giraba para mirarla—. ¡No vuelvas a tocarme, ¿entendiste?!
Sakti retrocedió pero no fue por las palabras, ni siquiera por el cambio de voz –que ella reconocía como la del Segundo Dragón–, sino por la apariencia de Adad. El muchacho tenía la mitad del rostro deforme, lleno de venas gruesas que se tensaban sobre la piel. El labio lo tenía estirado sobre la mejilla izquierda hasta por encima del pómulo, de manera que se le veían los dientes. Y el ojo izquierdo no era gris, sino amarillo como el de una serpiente.
—Eh… Creo que lo mejor es suspender esto temporalmente —dijo Remiak mientras sostenía a Sakti de los hombros y la apartaba poco a poco de Adad.
Yo no he acabado —dijo el príncipe mientras se giraba para encarar de nuevo al Emperador.
Su voz en esta ocasión fue más gruesa y potente que la del Dragón, más animal que aesiriana. También la lengua comenzaba a salírsele por la comisura del labio, mucho más larga y ancha que antes, con la punta curiosamente triangular. Los que no habían visto el cambio antes ahogaron una exclamación ahora. El brazo izquierdo del muchacho también empezó a mutar: se hizo más grueso, emblanqueció y se tensó como si fuera de piedra en lugar de piel. Los dedos se le alargaron y las uñas se le curvaron hasta formar garras. Luego Adad comenzó a gruñir y…
—¡Se va a lanzar! —avisó Remiak pero ya era muy tarde. Tan rápido que a Sakti le costó seguir la acción, Adad salió disparado hacia al Trono y saltó sobre su tío.
Pero antes de que lo alcanzara, el Emperador se incorporó y lo derribó. Chispas de luz electrizante saltaron de sus dedos y a Sakti se le quemó la vista cuando el rayo impactó en Adad y lo lanzó de espaldas.
Los cortesanos se incorporaron alarmados, algunos murmurando y otros gritando incoherencias. La mayoría se apartó de los palcos por su cuenta, aunque Sakti vio que algunos soldados se apresuraron a sacarlos de allí. También vio que Enlil y Sigfrid dieron un paso al frente, fieros y con las manos en las espadas como si pensaran en proteger al Emperador. Pero Sakti no entendía de qué.
Adad estaba en el suelo, indefenso y convulsionando por la corriente que le recorría el cuerpo. Remiak dijo algo que ella no comprendió e intentó sacarla de la Sala. Sakti se deshizo del agarre de su tío de las Arenas y corrió hacia Adad, mientras pedía a los Generales que no atacaran. Era obvio que su hermano estaba enfermo.
Solo eso podía explicarlo. Adad era muy dulce y juguetón, no gruñón ni grosero con ella. Algo debía de dolerle. Algo debía de tener para que la cara se le deformara de esa manera.
Se agachó al lado de su hermano y le tocó el hombro para hacerle saber que ella estaba con él. Remiak le gritó para que se detuviera pero fue demasiado tarde. En cuanto se colocó junto a Adad el príncipe reaccionó. Se incorporó de un salto, apartó a Sakti con la mano transmutada en garra y al instante siguiente se lanzó a ella.
Y la mordió.
Sakti sintió que los dientes –ahora puntiagudos, como si todos fueran navajas de metal– le rasgaban la carne y le alcanzaban el hueso de la mano, pero no chilló. La sorpresa le había trabado la lengua, pero lo que más la conmocionó fue la sangre, no el dolor o la mordida. ¿Cuánto tiempo llevaba sin sentir el líquido cálido y pegajoso sobre la piel? ¿Cuánto tiempo llevaba sin siquiera una pequeña cortada en el dedo?
«Roja como las flores, roja como las flores…», pensó.
Antes de que se le destrabara la lengua y gritara como loca, escuchó a Sigfrid llamando a Adad solo por el nombre. Alguien la agarró en brazos y la apartó del muchacho. Al instante siguiente escuchó el ruido inconfundible de cadenas, seguido de unos rugidos que más parecían de tigre que de aesiriano. «No», se corrigió. «De Dragón».
—¿Está bien, Alteza?
Enlil la tomó del rostro y la obligó a verlo a los ojos. Él la había apartado de Adad. Sakti estaba tan conmocionada que ni siquiera parpadeaba, así que Enlil chascó los dedos delante de ella. Cuando al fin reaccionó, el General le tomó la mano herida e hizo una mueca insatisfecha.
—Hay que vendarla y desinfectarla ya. ¡Mejor hubiera escuchado al príncipe Remiak, Alteza!
Enlil sacó un pañuelo y vendó muy fuerte la herida. Le pidió a Sakti que sostuviera el brazo por encima de la cabeza, pero al instante siguiente se dio cuenta de que la chica no reaccionaba del todo. Miraba espantada la sangre, con una expresión muy distinta al rostro inmutable que mantenía en los entrenamientos. Primero se había sonrojado como si tuviera mucho calor pero al instante siguiente se puso pálida, como si estuviera a punto de desmayarse.
«Oh, oh», pensó Enlil. «No, no puede ser que… ¿O sí? Lo último que hace falta es que le tenga fobia a la sangre». Pero entonces Adad gritó más larga y dolorosamente que antes, y eso captó toda la atención de Sakti y Enlil. Los dos miraron al príncipe que estaba en el suelo de la Sala, rodeado por un sinfín de cadenas que saltaban del piso y se le enrollaban para sostenerlo. Pero entre más lo atrapaban más eufórico se ponía él. El lado izquierdo del cuerpo se había hinchado mucho, tanto que hasta las costuras de la ropa estaban destrozadas. Remiak chupó los dientes y dijo:
—Así no, hombre, que lo estás torturando. Ya tiene bastante con la transformación como para que también tenga que sufrir con las cadenas.
—Es esto o dejarlo perder los estribos aquí, entre tanta gente —se defendió Sigfrid.
Sakti vio que su padrino tenía una cadena en la mano, que se tensaba y brillaba por sí sola. Imaginó que era alguna especie de sortilegio que Sigfrid controlaba a larga distancia para atrapar a Adad. Remiak sacudió la cabeza y vio al Emperador.
—Primero evacuemos la Sala y los pisos cercanos. Después ponemos a Adad en algún lugar seguro. ¿Tienes un buen sitio?
—Uno de los calabazos le quedará como anillo al dedo a este insolente —respondió el monarca. Remiak gruñó:
—No es culpa suya estar malhumorado. Es la transformación. —Miró a Enlil y a Sakti y dijo—: Por favor sácala de aquí. Esto se va a poner un poco feo.
La muchacha se negó pero a Enlil le bastó levantarla un poquito para sacarla. Era tan fuerte y alto, y ella tan menuda y ligera, que fue como si un soplo de aire luchara contra un huracán. «¿Qué le pasa a Adad?», quiso saber ella. «¿Qué tiene?». Pero nadie le explicó nada. La prioridad era sacar a todos los cortesanos de allí, ella incluida.
—Enlil —lo llamó el Emperador antes de que salieran—. Trae a los profetas. Quiero que lean esto.
El Emperador señaló la espalda desnuda de Adad debajo de los tirones que una vez fueron camisa. Las marcas de la Profecía se movían sin control, se expandían, crecían y… se salían de la espalda para alcanzar los brazos y la nuca.
Algo extraño le sucedía a Adad.

****

—Cuáaaaaanto lo siento —dijo Dereck—. Perdón, perdón, perdóoooooon.
—En lugar de estarte disculpando —lo regañó Enlil mientras terminaba de vendar a Sakti— haz tu trabajo bien. No me importa cuántas copas te tomaste la noche anterior. Antes de que salga el sol debes estar en los aposentos de tu protegida, por si acaso se despierta y quiere salir. Menudo guardaespaldas eres si no estás cerca para hacer tu trabajo. Un poco más y le arrancan la mano.
Enlil hizo un pequeño lazo con la gasa y le pidió a Sakti que moviera los dedos. A ella todavía le dolía un poco pero mientras no sintiera la sangre en la piel ni viera ninguna mancha rojiza estaría bien.
—¿Qué le pasa a mi hermano? —preguntó a Enlil—. ¿Está enfermo? ¿Se va a poner bien?
—Está bien, solo está creciendo —respondió el General mientras guardaba la gasa y las hierbas en el botiquín—. Nuestro pequeño príncipe está sufriendo su primera transformación, eso es todo.
Al ver la cara confundida de Sakti explicó de qué se trataba:
—Cuando los cachorros aesirianos rondan los treinta años sufren la transformación, que es asimilar nuevas capacidades para el cuerpo. Es como un incremento exagerado de hormonas, que mejora y da habilidades. Por ejemplo, hace que la vista y el oído sean más agudos, que los músculos ganen mayor fuerza o que los huesos crezcan a un ritmo acelerado. Por eso no es algo muy agradable y pone a los cachorros de mal humor.
»Casi siempre dura unos días y no da mayores complicaciones, pero algunas veces hay cachorros que tienen reacciones físicas muy violentas y mutan. A veces hasta las sale pelo y otras cosas. Por eso se llama «transformación».
—¿A todos les pasa? —preguntó aterrada. No parecía algo muy agradable y no la entusiasmaba mucho la idea. Tampoco recordaba que algún aesiriano en Lahore sufriera algo similar, aunque era cierto que había poquísimos cachorros en la ciudad de la lluvia.
—Es solo otra etapa de la vida, Alteza, y todos pasamos por eso.
—¿Hasta tú? —Enlil sonrió.
—¡Uh, hasta yo! De eso hace mucho. Y también Sigfrid, y su tío, y su padre y su madre. Y ahora es el turno del príncipe Adad. —Luego agregó—: Estará bien. La de él parece una transformación un poco más violenta de lo normal, así que lo tendrán recluido para que no se lastime ni hiera a otros. En unos días volverá a ser el mismo. —El General dejó de lado el botiquín y se incorporó—. Ahora, princesa, si me lo permite…
—Espera —dijo Sakti—. Vas a ver a Darius, ¿verdad? Yo también quiero ir. Quedé en verlos hoy.
Estaba mintiendo pero no había empezado bien el día y le hacía falta algo que la hiciera sentirse mejor. La sonrisa de los gemelos, el cariño de Zoe y la sencillez de Darius eran justo lo que necesitaba.


«Esto se está saliendo de control», pensó Sakti asustada. Jamás había visitado a los profetas con otros que no fueran su hermano, los Guardianes y, muy de vez en cuando, el príncipe Kardan. Primero porque no les convenía y, segundo, porque cada vez que se le hablaba a Darius de soldados o príncipes se ponía muy pesado.
Después de la impresión de insolente que les dio a Sakti y a Adad descubrieron que en realidad era un buen tipo. Con ella, en especial, era muy atento y simpático. Pero si se mencionaba algo del gobierno, el profeta se transformaba. Uno de los temas tabú con él era Enlil Tonare. Del General estaba prohibido hablar en su presencia. ¿Cómo iba a reaccionar ahora que Enlil iba a verlo a la «prisión»? Y para empeorar más la situación, el General no iba solo sino en compañía del Escuadrón Vento.
El Escuadrón Vento era un equipo especializado de soldados, como el Mare, Fuoco y Terra, y los cuatro escuadrones eran el modelo perfecto de oficiales dedicados al gobierno sin importar la situación o las órdenes. Justo lo que más molestaba al profeta de los soldados.
«A Darius esto no le va a gustar nada», pensó.
Superaron en silencio todos los obstáculos que llevaban a la casa junto al lago y antes de cruzar la última puerta Sakti escuchó a Zoe:
—¡Allena y Adad ya vienen con el pastel!
A la golosa no se le escapaba nada. De seguro había escuchado los fragmentos del puente levadizo cuando cayeron al río. Sakti se la imaginaba mientras salía a toda prisa de su cuarto o entraba a la casa después de jugar en el jardín solo para toparla. Le dieron unas ganas terribles de adelantársele y apartarla antes de que los soldados y Darius se vieran.
Cuando cruzó la última puerta, Sakti apretó la marcha y dejó atrás a los soldados pero ya era muy tarde. Zoe la encontró a medio camino y vio al grupo de oficiales. Su cara de felicidad se turbó al instante.
—¿Allena, qué…? —Sakti negó con la cabeza, incapaz de darle una explicación.
—Tal vez sea mejor que yo le hable antes a Darius —se ofreció Dereck—. Ya sabe, dorarle la píldora antes de que…
—Sí, tal vez es lo mejor —accedió Enlil.
Dereck tomó la iniciativa y se llevó a Zoe y a Sakti al salón en el que usualmente se reunían con los profetas. Darius, por supuesto, tenía un libro metido en la nariz y no se había dado cuenta de nada. Dereck carraspeó y dio inicio:
—Ejem, ejem. ¿Cómo estás Darius?
—¿Qué se te ofrece? —le preguntó el profeta con una ceja levantada. Conocía lo suficiente a Dereck como para reconocerle en la voz cuando algo no estaba bien.
—Bueno, verás… la cosa está así.
Con gentileza le explicó que Adad pasaba por una transformación violenta y que la profecía en la espalda le mutaba también.
—No sabemos si el cambio de las marcas del príncipe será temporal o permanente, pero por si acaso el Emperador quiere que un profeta la lea.
—¿Y quiere que me acerque a un transformado feroz por el bien de su preciosa Profecía? No, gracias. Por favor dile que me importa un bledo lo que él quiera.
—Bueno, aquí es donde viene la parte incómoda —dijo el Guardián mientras se rascaba la cabeza—. El Emperador no quiere que tú o los chicos lean la espalda del príncipe. A la que quiere es… a Zoe…
Lo último lo dijo suavecito, como con miedo. Y no era para menos. Como lo supuso, Darius lo miró como si quisiera estrangularlo. Los ojos mestizos del profeta eran muy bonitos pero terribles cuando miraban a alguien con furia.
—Y tú vienes a quitármela, ¿es así?
—No… aquí es donde viene la parte más incómoda. —Dereck se quitó e hizo una seña a uno de los hombres.
A Sakti nunca se le olvidaría la cara que puso Darius al ver a Enlil aparecer detrás de Zoe. Se puso pálido de un golpe, la piel se le erizó y el cabello se le puso de punta.
—Zoe, ven acá —exigió mientras se ponía en pie.
Lo dijo entre dientes, como si hiciera un tremendo esfuerzo por no gritar ni tirarse encima de Enlil. Pero fue justo entonces cuando el Escuadrón Vento se acomodó detrás del General, como diciéndole que se pensara mejor lo que estuviera a punto de hacer. Sakti se dio cuenta de lo que Darius veía: al Segundo General del Imperio, a un Escuadrón de los Elementos, a un Guardián Celestial y a una princesa… quitándole a su hija. A Darius no le gustaba nada lo que ocurría, menos que la muchacha a la que consideraba su amiga pareciera estar en contra de él. Zoe estaba muy callada, con la mirada en el suelo y un poco temblorosa.
—No lastimaremos a tu hija —dijo al fin Enlil. Sakti sabía que esas eran las primeras palabras que el General daba a su hijo en mucho tiempo—. Solo queremos que lea la profecía del príncipe Adad y después regresará… Bueno, si ustedes también cumplen.
Darius no dijo nada, solo lo miró como si quisiera matarlo. La princesa se imaginó que, de conservar sus esencias de la mente, le habría provocado un aneurisma a Enlil.
—El Emperador está cansado de esperar. Tú y los niños no han cumplido con su trabajo…
—No somos empleados públicos —lo interrumpió Darius—. Somos prisioneros.
—Es una pena que lo veas así. —Enlil pasó una mano sobre los hombros de Zoe, como dejando claro que no había nada en el mundo que impidiera que se la llevara—. Si quieres verlo como un castigo, adelante. No han leído las marcas de los príncipes y no tenemos noticias de la Profecía. Mientras tu hija se hace cargo de leer al príncipe Adad, tú y los gemelos se encargarán de leer a la princesa Allena. Si quieren que la niña regrese con ustedes nos entregarán un informe de lo que han descifrado. Punto. Esas son las órdenes.
Enlil dio media vuelta y jaló a Zoe consigo, pero por el rabillo del ojo pescó que Darius se tensó y se preparó para lanzarse sobre él. Los soldados Vento se tensaron también y se prepararon para interceptarlo. Pero Darius se detuvo de repente porque Dereck se había entrometido.
—¿Pasa algo? —preguntó Enlil.
—Nada, señor. Todo está bajo control. —Dereck tenía una mano escondida tras la espalda, justo delante del abdomen de Darius. Allí sostenía una daga filosa como advertencia para el profeta.
—Bien. —Enlil quiso seguir adelante pero Sakti lo detuvo.
—¿Qué pasará con Zoe ahora?
—La llevaremos donde el príncipe, Alteza.
—¿Y después? A Darius y los chicos les tomará tiempo hacer un informe —«Si es que lo hacen», agregó para sus adentros—. ¿Qué sucederá con Zoe mientras tanto?
Enlil guardó silencio. Miró primero a Darius, que estaba tan tenso como una escoba, y después a Sakti. La princesa pocas veces se preocupaba por algo pero por Zoe demostraba suficiente interés. No la dejaría a la deriva. Enlil le sonrió y dijo:
—La llevaremos a un lugar seguro y cómodo en donde no le hará falta nada. Estará bien. Gracias por preocuparse por ella, Alteza.
Enlil se despidió con una reverencia y se marchó sin que Darius pudiera hacer nada al respecto. El General sabía que, de alguna manera, la princesa lo había dejado marcharse con Zoe. Por lo menos confiaba en él lo suficiente como para creer en su palabra de que a la profetisa no le pasaría nada.
Cuando escucharon girar la cerradura de la puerta que los separaba por completo del General y los soldados, Sakti y Dereck se relajaron pero Darius no. A Sakti no le sorprendió que, una vez libre de la daga, su amigo se desquitara y que Dereck saliera disparado al jardín.
—Auch —se limitó a decir el Guardián mientras se masajeaba la mejilla en donde Darius le había asestado un puñetazo.
—Maldito —dijo Darius—. ¡Eres un maldito! ¡Vienes con pretensiones falsas de comportarte como mi amigo, pero al instante siguiente me amenazas con un puñal!
—No tuve otra opción —se disculpó Dereck—. Los del Escuadrón Vento estaban listos para tumbarte y son muy, pero muy fuertes. Y juegan muy, pero muy sucio. Tú ya deberías saberlo. Ellos fueron los que acompañaron al señor Enlil cuando te atraparon en la Península. —Darius chupó los dientes y se encaró a Sakti.
—¡Y tú, Allena! ¡Se supone que eres mi amiga! ¿Por qué no impediste que se llevaran a mi hija?
—Porque no creo que la lastimen —dijo Sakti—. Yo me encargaré de eso. Sé que Enlil cumplirá con su palabra porque es un hombre de honor. —Darius giró los ojos y por un momento pensó en estrangular a la princesa por lo que acababa de decir—. Los del Escuadrón Vento, en cambio, tienen muy mala fama. He escuchado que bajo las órdenes de un General son decentes. Pero por su cuenta, violan y matan al que se les atraviese. Como soy tu amiga no voy a dejar que saltes sobre ellos y te hagan daño.
Sakti extendió la mano a Darius para calmarlo, pero también para pedirle consejo y consuelo. Estaba muy confundida con todo lo que sucedía en ese momento, no solo por la transformación de Adad sino también por lo que había escuchado de la región Oeste. Ah, la región Oeste, donde estaba su amo… Si tan solo pudiera verlo, si tan solo pudiera viajar hasta Lahore para sacarlo de allí antes de que la guerra fuera imparable.
Darius la apartó con un manotazo, asqueado de que Sakti quisiera tocarlo. El golpe le dolió a la princesa porque esa era la mano que Adad le había mordido. Pero lo que más resintió fue la mirada de Darius. La observaba de la misma manera que miraba a Kardan cada vez que el muchacho visitaba la casita del lago.
Darius veía a Sakti como a una Aesir. No como a una amiga.
El mestizo salió del cuarto y cerró la puerta de un golpe para dejar claro que no quería verla por el resto de la semana.
—Es una suerte que los chicos no estuvieran aquí —le dijo Dereck mientras iba a su lado para tomarla de la mano y asegurarse de que no se la hubiera lastimado más—. Pero no tardarán en enterarse de lo que ha sucedido. Sería bueno irnos ahora, antes de que el par nos caiga encima.
Dereck tenía razón. Cuando los gemelos se enojaban se parecían mucho al Darius Ogro Cascarrabias. Pero antes de seguir al Guardián algo le llamó la atención. Estaba en una esquina, sobre una pila de libros; parecía descuidado, como todo en el cuarto, pero tenía un brillo especial que era solo para Sakti.
Avanzó hacia el pequeño cofre como atraída por un imán. «Ah», pensó. «Hace tanto que no los veo». Eran el baúl que olía a pino recién cortado y también el pañuelo púrpura que su amo le había regalado antes de irse de Lahore. Sakti tomó ambos objetos y los abrazó, añorando estar con Mark. Si tan solo pudiera ir…
—Alteza… —la llamó Dereck. Sakti escondió el baúl y el pañuelo en la túnica.
—Vámonos —dijo.


La luz se colaba con timidez por una de las ventanas de las mazmorras, lo que hacía que la puerta de metal de veinte metros de altura brillara con elegancia. Sigfrid la miró sin pestañear, a la vez que deseaba convencerse de que nada sucedía. La transformación le parecía muy precoz, muy violenta. Y la forma que Adad estaba tomando...
—¿Cómo está? —preguntó Kael, sacando al General de sus pensamientos.
—Dormido —respondió. Dio media vuelta y caminó por los pasillos de piedra negra—. No tienes que quedarte a custodiarlo. Nada ni nadie pueden salir o entrar de esa celda sin sincronización, así que el príncipe estará bien.
Sigfrid escuchó a su joven pupilo suspirar involuntariamente. Aunque él mismo no era una persona alegre, extrañaba al Kael sonriente, optimista y bromista que conoció hacía unos años. El General avanzó por las mazmorras hasta que unos gritos, maldiciones y pasos que venían hacia él lo detuvieron.
—¡Suéltame, suéltame! ¡No me pongas ni un dedo encima, soldado apestoso!
—Métanla en la celda, ¡ya!
A la orden, el aesiriano lanzó a Zoe al calabozo. Casi de inmediato, como si tuvieran que encerrar de prisa a un animal rabioso, él y otros tres hombres más –incluido Enlil– cerraron con todas sus fuerzas la puerta. Zoe corrió para embestirla, pero apenas logró que la portezuela temblara un poco.
—¡Hasta que al fin! —exclamó Enlil tras escuchar el quejido de Zoe por el golpe.
La chiquilla lo había sorprendido. Casi todo el trayecto estuvo callada y tranquila, sin ganas aparentes de dar problemas… Hasta que la metieron en la primera celda. ¡Ah, era como un diablo con cara de ángel! La chica había hecho tantos destrozos que la celda quedó inhabitable ¿y cómo podía él dejar a su nieta en un lugar tan descuidado? Pero cada vez que la metía a una nueva celda, Zoe lograba ponerla patas arriba o zafar los goznes de la puerta. Podía parecer una lindura pero tenía más fuerza de la que aparentaba.
—¿Y se supone que va a vivir en mi casa? —se preguntó espantado.
Zoe era una profetisa, su nieta y, aunque a ella no le gustara, una Tonare. No podía dejarla en un calabozo para que se pudriera y ya iba siendo hora de que disfrutara de las comodidades que su apellido pudiera darle.
Se percató de la presencia de Sigfrid y de la ceja cuestionadora de su amigo.
—Ni preguntes —le pidió. Luego señaló la enorme puerta que Sigfrid miraba antes y preguntó por Adad—: ¿Está adentro? ¿Cómo se encuentra?
—Duerme. Estará allí hasta que se le pase lo peor de la transformación. No podrá salir de aquí... Y tampoco el demonio que tienes por nieta.
—Ah, pero es un demonio lindo, ¿no te parece? —sonrió Enlil muy orgulloso.
A pesar de que él y los soldados estaban bastante adoloridos por los golpes que Zoe les había propinado con el berrinche, se levantó de un salto y acompañó a su amigo a la salida. Tanto Adad como Zoe estarían a salvo y calmados en esas mazmorras, que estaban hechas con el metal bendecido por Dios.
Era una sección especial de los calabozos, construidos para retener a los peores criminales o custodiar a los prisioneros más importantes. Adad y Zoe entraban en la última categoría. No podrían salir de allí sin la sincronización.
Mientras se marchaban, Kael miró la puerta que custodiaba a su protegido. Allí estaba el poder de un Dragón para salvar las Arenas pero… no se ilusionó. Dio un último suspiro y siguió a los Generales.
Zoe, al otro lado de la puerta que la retenía, sonrió. Todos los perros del gobierno podían creer que la tenían atrapada. Pero ella sabía mucho más que eso.


—Voy a cambiarme de ropa. Hace mucho calor —dijo a Dereck y le cerró la puerta en la cara.
«Qué excusa tan patética», se dijo pero fue lo único que se le ocurrió para que Dereck no insistiera en acompañarla. Dereck y su cuervo Huggin eran como las sombras de Sakti: siempre a unos pasos de ella. Por eso enseñar a Darius telequinesia resultó tan difícil en ocho años; porque Dereck siempre estaba con ella, tal y como Kael siempre estaba con Adad. Solo en contadas ocasiones los príncipes estaban libres de sus Guardianes, como cuando debían presentarle informes al Emperador, o asistir a las sesiones de entrenamiento de Enlil o a las que ellos mismos impartían a cadetes.
Le habría gustado no tener que esconderse tanto de Dereck, pero no quería que nadie en Palacio se enterara del baúl. Era suyo, solo suyo, ¡nunca de alguien más! Sabía que la pluma de Dragón que contenía era un tesoro muy valioso, algo que en manos del Emperador sería muy beneficioso para él.
—Pero es mío —se dijo—. Solo mío.
Era el regalo de su amo. Apretó el cofre y el pañuelo, a la vez que los olía. No tenían el aroma de Mark, lo cual la decepcionó mucho, pero no era desagradable sentirlos tan cerca porque era casi como estar de nuevo con el amo. ¡Cuánto lo extrañaba!
—Shhh… —susurró alguien detrás de ella.
Sakti no había visto la figura que la esperaba a un lado de la puerta. El intruso la tomó con una mano de la cintura y con la otra le tapó la boca para que no gritara. Ella no sabía qué hacer ni qué pensar. ¿Era un asesino enviado para acabar con ella o un secuestrador?
—Te voy a soltar, Allena —ofreció el muchacho—. Pero a cambio debes prometer que no llamarás a Dereck. Confía en mí, ¿sí? —Sakti asintió con docilidad, en parte porque era todo lo que podía hacer y en parte porque había algo que reconocía en el intruso. Él cumplió su palabra y la soltó con delicadeza, al tiempo que ella se giraba para encararlo.
Tuvo problemas para reconocerle el rostro. El muchacho era más alto que ella y tenía un ojo amarillo y otro gris. El cabello emitía destellos de plata y las manchas blancas de la piel le daban una apariencia extraña. Más que un monstruo o una persona parecía un ángel con lepra.
—¿Hermano?
El pequeño baúl de Mark dejó de importarle. Lo colocó sobre la cómoda y se preocupó por Adad. Fue al lado del muchacho. Aunque al principio temió contagiarse de lo que tuviese Adad, se decidió a ponerle las manos con delicadeza sobre las mejillas.
—Estás enfermo —susurró ella—. Necesitas un doctor.
—No —dijo Adad con voz seria—. Lo que necesito es irme… y despedirme. —Le dio un beso en la frente y después se acercó al ventanal del cuarto—. Me gustaría llevarte conmigo pero no puedo. Necesito hacer esto solo y tú necesitas tomar mi lugar en el Oeste. Convence a tío Kardan de que te deje salvar la cabecera. Toma mi lugar.
Sakti miró confundida a Adad mientras él abría la ventana. «Toma mi lugar», dijo pero ella no podía comprender. El príncipe giró el cuello para verla por encima del hombro. Tenía la mitad de la cara transfigurada con esa mueca tan rara pero habló como si no pudiera sentirla:
—Me voy al desierto, hermanita.
—Pero… ¿Pero que hay de Darius y los niños? Prometimos que escaparíamos los seis juntos.
—Tendrás que sacarlos por tu cuenta.
—¡No! —gritó indignada y asustada por partes iguales—. ¡Prometiste que los seis saldríamos juntos! ¡No puedes faltar a tu palabra! —Luego escuchó un golpe en la puerta.
—¿Princesa? —llamó el Guardián—. ¿Está todo bien?
El grito lo había alertado. Dereck intentó abrir la puerta pero uno de los muebles del cuarto se levantó y la trabó tan fuerte que de seguro el soldado se golpeó o majó los dedos.
—Eso le enseñará a no meterse donde no lo llaman —siseó Adad enojado mientras Dereck empujaba la puerta sin éxito. Cambió el tono de voz por uno más dulce al mirar a Sakti—. Ahora ven aquí. Dame un abrazo de despedida y buena suerte.
La chica dudó, más que nada por resentimiento. Su hermano la abandonaba pero ella no podía desobedecerlo. Todo lo que Adad decía, ella lo hacía. Así que se dejó rodear por sus brazos, sin importarle que uno de ellos pareciera una garra capaz de partirla por la mitad.
De repente sonó una alarma. El viento que se colaba por la ventana le trajo a Sakti gritos y pasos metálicos de soldados que corrían de un lado a otro, bajo la prisa de órdenes distintas.
—¡Alguien está en el cuarto de la princesa! —gritaba Dereck—. ¡Quiero que me traigan su cabeza si le ha hecho daño a mi protegida!
—¡El príncipe escapó de la celda! —gritaban otros—. Búsquenlo antes de que se transforme. —Fue entonces cuando Sakti recordó que Adad debía estar encerrado en alguna parte.
—¿Cómo escapaste?
—Ah. —Adad sonrió de manera traviesa—. Una amiga me ayudó.
Pero al instante siguiente la cara se le tensó. Empujó a Sakti con tanta rudeza que la lanzó a la cama. «Otra vez», pensó ella al ver que el muchacho se agitaba y agachaba por el dolor. «De nuevo está cambiando». Esta vez el brazo derecho se transmutó en garra blanca. El otro ojo también se le puso amarillo y el rostro terminó de deformarse. Ahora parecía un hocico. La espalda se le ensanchó, el tronco se le alargó, las piernas ganaron grosor y…
Lo que antes fueron manchas blancas se convirtieron rápidamente en escamas. El cuello se alargó y de las sienes salió un par de cuernos blancos. Luego sucedió lo que más sorprendió a Sakti: dos protuberancias salieron de la espalda de Adad entre aullidos de dolor y se convirtieron en alas húmedas. También surgió la cola, que salió disparada de la base de la espalda con fuerza, rompió el marco de la ventana y parte del balcón.
Sakti escuchó el grito de asombro de los soldados que estaban al pie de la torre, pero los gemidos de los oficiales le parecieron de ratoncillos cuando Adad rugió. Ya no quedaba ni rastro del príncipe. Lo que Sakti tenía al frente era una fiera enorme y feroz.
«¡Se convirtió en un dragón!», pensó boquiabierta. «¡En un puto dragón de verdad!».
«Bueno, ¿y qué esperabas? ¿Que se convirtiera en mariposas?», sonó otra voz en su mente. «¿Por qué crees que nos llaman Dragones? ¿Porque se oye bien?».
Sakti no se atrevió a responderle al Primer Dragón porque estaba muy ocupada viendo al Segundo. Adad le rugió en la cara con tanta fuerza que creyó que se la comería. La criatura sintió la brisa que soplaba afuera de la habitación, ignoró a la princesa, se lanzó al balcón y miró el cielo. Azul, claro, libre, infinito. Extendió las alas como si ya presintiera el placer de volar y las dejó secar al sol.
Todos los soldados que Dereck había movilizado, y también los que buscaban a Adad, se quedaron boquiabiertos al verlo. No era tan grande como otros dragones pero tampoco dejaba de ser increíblemente bello. Como se esperaba de una promesa de salvación. Todavía estaba tierno y blanco, como una cría, pero dentro de unos años las escamas se endurecerían y oscurecerían, los cuernos se le harían más largos, las garras más filosas… Entonces sería el Dragón Negro.
—¡Adad! —gritó de repente alguien—. ¡Ven aquí en este instante!
Era el Emperador, que apareció acompañado de los dos Generales. Mientras los demás aesirianos miraban a la criatura llenos de admiración, solo él permanecía inmune a la magnificencia de su sobrino. El Dragón lo miró y gruñó. Estaba tan confundido y adolorido que era incapaz de recordar qué o quién era, pero supo de buenas a primeras que el Emperador no le caía tan bien. Estaba enojado con él.
Sin pensarlo mucho, el príncipe transformado abandonó lo que quedaba de balcón y subió al techo de la torre, donde estaría a salvo de las lanzas y flechas que los guardias pudieran lanzarle.
Algún soldado entre la multitud gritó que las alas todavía no estaban secas, que podría romperse el cuello si se animaba a volar. Un escalofrío recorrió a Sakti al escuchar esto. Tenía que detener a Adad antes de que se hiciera daño. Se asomó al balcón aunque no sabía qué hacer. En cuanto salió al balcón, a su tío y a los demás se les heló la sangre.
—¿Qué está haciendo Allena allí? —gritó el Emperador mientras agarraba a Dereck del cuello de la camisa.
—Es su habitación, señor —se defendió el soldado—. No sabía que el príncipe estaba dentro y en cuanto intenté entrar me trabó la puerta. Por eso movilicé rápido a los guardas.
Al monarca le habría gustado enfadarse con Dereck por lo que sucedía, pero no podía hacerlo. El Guardián no tenía la culpa de nada. El Emperador lo soltó y dijo:
—Hay que sacar a Allena de allí y rápido, antes de que Adad la lastime.
—Yo puedo hacerlo —se ofreció Enlil—. Puedo bajarla pero necesito que alguien más se ocupe del príncipe. No puedo concentrarme en los dos al mismo tiempo.
Los Tonare contaban con las esencias de la mente, lo que significaba que él podía arrastrar a la princesa con telequinesia. Pero como la torre se caía a pedazos por los desastres del Dragón, Enlil necesitaba concentración adicional y estar más cerca de la chica.
El General avanzó hacia la torre a pesar de los trozos de roca que caían a cada momento. Sigfrid y Dereck chiflaron al aire y casi al instante se materializaron los cuervos mensajeros, envueltos en sus plumas de noche. Huggin y Munnin eran tan grandes como un caballo pero los picos y las garras de las patas eran mucho más terroríficas que los hocicos o las coces de un corcel. Sus ojos eran como dos canicas de sangre en donde ardían llamas carmesíes. Sus alas apenas hicieron ruido al acercarse, aunque eran enormes y fuertes, tan veloces como alas de dragón. A pesar de que Masca era una ciudad inmensa, ambos solo necesitaban unos segundos para moverse de un sitio a otro.
Cuando vieron que Enlil avanzaba al pie de la torre, los cuervos se lanzaron a las rocas que caían. Eran resistentes como un muro y fuertes como un toro, así que agarraron los escombros en medio vuelo, entre las patas, y los lanzaron lejos. Los que no pudieron sujetar, los embistieron para que no cayeran sobre Enlil. En un momento se acercaron al balcón para sacar ellos mismos a Sakti pero la cola de Adad se había estirado mucho y daba latigazos furiosos sobre la torre. Si la cola los hubiese alcanzado, los habría derribado junto a las rocas.
—¡Sácala ya, Enlil! —pidió Sigfrid porque la cola de Dragón no había detenido a Sakti—. ¡Antes de que la golpee!
Sakti ignoró los gritos de los soldados y los coletazos de Adad, y se abrió camino al techo de la torre. Usó las grietas que las garras de Dragón habían dejado para trepar. Su tío le gritó para que se detuviera pero supo que ella no lo escuchaba. ¿En qué estaba pensando? ¿En bajar ella misma a Adad? El Emperador apretó los dientes porque comprendió de golpe que su sobrina era como el príncipe Velmiar: temeraria e imprudente. «¡Probablemente no está pensando en nada! Su padre nunca meditaba antes de hacer estupideces como esta», se lamentó. Supo que si Velmiar todavía estuviera con vida estaría también arriba en esa torre, haciendo algo similar.
—¡AHORA, ENLIL, AHORA! —gritó Sigfrid—. ¡SÁCALA AHORA!
La cola de Adad golpeó las tejas cerca de Sakti y parte del techo se desmoronó por el impacto. La princesa también estuvo a punto de caerse, pero se aferró a la parte firme antes de que todo colapsara. El Emperador y Sigfrid supieron que ella podía alcanzar a Adad. Tenía agallas o le faltaba cerebro. Estaba cerca, ¡muy cerca! Sakti estiró el brazo a la siguiente grieta para subir un poco más…
… pero cayó. Los soldados contuvieron la respiración, seguros de que Sakti se estrellaría contra los escombros. Sigfrid notó que ella caía más rápido que los despojos y que se sostenía el estómago. Su caída no era natural. A ese ritmo alcanzaría el suelo más rápido que muchas de las rocas.
Al fin Enlil se colocó al pie de la torre, justo por debajo de Sakti, y abrió los brazos para recibirla. El Segundo General consiguió jalar a la princesa con la telequinesia, pero aunque la atajara ninguno de los dos podría evadir a tiempo los escombros que ya se les venían encima. Ni siquiera con la ayuda de Huggin y Munnin, que apartaban tantas rocas como podían, conseguirían salvarse.
Aunque apenas tenía tiempo, Sigfrid tomó impulso. Debía llegar junto a Enlil, agarrarlo de los hombros apenas Sakti estuviera con él y lanzarlos lejos del inminente colapso. Pero antes de que diera un paso Dereck se le adelantó. El Guardián sorteó los escombros que los cuervos mensajeros no habían apartado. Para cuando alcanzó a Enlil, Sakti ya estaba en los brazos del General; así que Dereck hizo exactamente lo que Sigfrid había planeado.
El suelo tembló. El estruendo de los escombros fue más fuerte que el rugido del Dragón. Los soldados y el Emperador retrocedieron para evitar un golpe, pero aun así los envolvió la nube de polvo que siguió al colapso. Todos escucharon las toses de unos y otros, los crujidos de la torre, que terminaría de desplomarse dentro de poco, y los gañidos impacientes de Adad, que ya no podía esperar a volar.
—¡Aquí están! —gritó alguien a pesar del polvo atravesado en la garganta—. ¡La princesa está bien!
El Emperador avanzó hacia donde le indicó la voz. Enlil había aterrizado contra una de las columnas del pabellón cercano a la torre. Tenía un golpe sangrante en la cabeza y estaba lleno de polvo, pero se encontraba lo bastante bien como para soltar palabrotas. Sakti estaba sobre él, apretándose el estómago porque Enlil la había sostenido de allí con telequinesia. Aunque de seguro no estaba lastimada todavía no podía asimilar la sensación. Kardan quiso abrazarla y regañarla. ¡El puto susto que le había dado merecía un castigo eterno, pero un abrazo igualmente largo! Pero antes de que pudiera alcanzarla una sombra cubrió el lugar.
—¡Las alas se secaron! —anunció alguien.
El rugido del Dragón fue una mezcla de gozo y grandeza. A pesar de la cortina de polvo todos lo vieron cuando batió las alas y se lanzó al vuelo. Por un instante pareció que no podría sostenerse y caería sobre ellos, pero Adad se recuperó, subió, subió, subió…
Y se fue, acompañado por unas nubes grises que avanzaron en contra del viento.
—¡Que lo persigan! —gritó el monarca—. ¡Que los cuervos lo persigan antes de que sea demasiado tarde!
Pero cuando buscó a Sigfrid y a los mensajeros se dio cuenta de que estaban con otros soldados alrededor de los escombros. Avanzó hacia el General Montag, enfadado de que ignorara sus órdenes. Pero apenas alcanzó los escombros se percató de que uno de los cuervos –Huggin– quitaba piedras como loco.
—Le cayeron encima —dijo Sigfrid, sombrío.
—¿A quién?
—A Dereck. Está debajo de los escombros.


Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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