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Capítulo 18

18
FICHA AL FRENTE

Sakti guardó silencio mientras su tío la regañaba. La llamaba tonta e impertinente por haber escalado hacia un Dragón, y le preguntaba una y otra vez qué rayos había pensado. Ella no lo sabía con certeza. ¿Tuvo miedo de Adad? Sí, mucho. Cualquiera se habría asustado si un Dragón le hubiera rugido en la cara. Pero tuvo más miedo a la idea de que él se lastimara solo y, peor aún, que la abandonara. Admitía que escalar por una torre que estaba a punto de colapsar no fue muy inteligente de su parte pero estaba muy sorprendida de sí misma.
Hace unos años, cuando vivía como una simple esclava krebin, no habría tenido las agallas para hacer lo de ese día. Pero descubrió que no le hacía falta el valor ni la habilidad, y se preguntó qué más podía hacer si se lo proponía.
—¿Entiendes lo estúpido que fue lo que hiciste, Allena?
—Sí, señor.
—¿Qué habríamos hecho todos si te hubieses lastimado? Eres muy valiosa, pequeña. Sin ti no hay Profecía.
Sakti apretó los labios. Le habría gustado que su tío dijera «Eres muy valiosa para mí, no quiero perder a mi única sobrina», pero lo que acababa de decirle era «No quiero perder una herramienta para la salvación». Sakti se guardó lo que pensaba y ofreció una disculpa.
El Emperador se había mantenido de pie delante de ella durante todo ese tiempo pero se agachó al fin y la abrazó. En ese momento, Sigfrid y Enlil entraron al estudio. A pesar de que una sirvienta había cambiado a Sakti, ellos todavía estaban llenos de polvo y sudor.
—¿Y bien? —preguntó Kardan, todavía sin soltar a su sobrina—. ¿Cómo está todo?
A Enlil lo envió a buscar a la comitiva del desierto para que ayudaran a atrapar a Adad. En el Reino de las Arenas eran muy comunes las transformaciones violentas y tenían más de un truco bajo la manga para lidiar con cachorros mutados. El General se acarició el chichón que tenía y negó con la cabeza.
—No están en sus cuarteles. Ya envié el mensaje a los controles de la frontera pero me temo que el príncipe Remiak saldrá de Masca antes de que llegue mi paloma.
—¿Remiak se fue? ¿Sin mi permiso? —Enlil alzó los hombros.
—Vino hasta aquí sin invitación y se fue sin despedida, Majestad. No debe sorprenderle, recuerde cómo era el príncipe Velmiar. En las Arenas no actúan igual que aquí.
«Además de que no trataste bien a tío Remiak», pensó Sakti. «Le negaste sus refuerzos. Claro que se marcharía molesto».
—Pero eso no es todo —agregó Enlil—. Kael… Kael también se fue. No sé si se marchó con el príncipe Remiak y los demás, o si estará siguiendo al príncipe Adad por su cuenta.
Sakti contuvo un silbido. Una cosa era que un príncipe se marchara molesto, pero otra muy distinta era que un soldado importante –un Guardián, además– no diera aviso de su partida al Emperador. Era algo bastante insolente que ella no se esperaba de Kael y que a todas luces tomó desprevenido a su tío.
—¿Es posible que él liberara a Adad?
—No. —A Enlil también se le había encargado revisar las mazmorras en donde estuvo el muchacho para buscar indicios de cómo escapó—. No había puertas ni soldados derribados, y esas celdas solo se pueden abrir con sincronización. Mi teoría es que el príncipe logró sincronizarse con la celda y escapó en silencio. Es un Aesir, así que el metal le habría respondido igual que a usted.
El Emperador asintió en silencio. Si Adad consiguió escapar él también tenía la culpa por no haber contado con la posibilidad de que el chico se sincronizara con la celda. Debió haberlo previsto.
—¿Atraparon Munnin y Huggin a Adad?
—No. El príncipe voló al Este, pero los cuervos no pudieron alcanzarlo. La tormenta les borró el rastro.
Sigfrid era el encargado de la partida de búsqueda y parecía tan frustrado como Enlil por no traer las noticias deseadas. ¿Cuáles eran las probabilidades de que una tormenta eléctrica se desatara después de la huída del príncipe? No muchas pero el nombre de Adad significaba «dios de la tormenta» por algo. Tenía gracia. En esto Sakti podía aportar algo más:
—La lluvia es de Anäel —dijo—. Él siguió a mi hermano.
Lo supo desde antes de que la sacaran de los escombros. Allí no estuvo oscuro solo por la capa de polvo, sino también por las nubes que habían cubierto Masca de un momento a otro. Los soldados creyeron que solo había un dragón, pero Sakti pudo distinguir otro rugido más grave y tranquilo. Sabía que el dragón de la lluvia mágica, Anäel, estuvo cerca y se interesó por la transformación de Adad. Quizá su intención inicial era pasar a saludar, pero con el desarrollo de los acontecimientos decidió seguir al príncipe. Eso la tenía tranquila. Anäel era una criatura beatífica que cuidaría a Adad el tiempo que fuera necesario.
—¿Sabes algo más? —le preguntó su tío mientras le apretaba con gentileza la mano lastimada—. Adad subió a tu cuarto por alguna razón. ¿Te dijo algo? —Sakti se estremeció al recordar la despedida.
—Que iría al desierto y que yo debía tomar su misión.
—¿Heimdall? —preguntó el Emperador con las cejas levantadas.
—No. El Oeste. Él quería que yo me hiciera cargo del Oeste.
A Sakti le sorprendió que su tío se tensara. No podía ser posible que después de todo lo que había pasado él todavía siguiera molesto porque Adad quería liberar la cabecera de la región Oeste de la guerra y…
Mark…
Recordó el baúl que había dejado en su habitación. ¡Diablos! ¡Después de que Adad se marchara la torre terminó de caerse! Los soldados lograron sacar a Dereck antes de que cayera la estructura, pero de los aposentos de la princesa ya no quedaba nada. Su precioso baúl estaba entre las rocas.
Y su amo, su queridísimo amo, podría tener un final parecido si alguien no detenía la guerra en el Oeste. O si no lo sacaban de Lahore antes de que fuera demasiado tarde.
—Bueno… Hacen mucha falta los soldados de Heimdall y ya no hay nadie que los libere…
El Emperador se levantó y le dio la espalda a Sakti, a la vez que la princesa lo miraba incrédula. ¿De verdad estaba pensando en enviarla en lugar de Adad? Si le hubiera visto el rostro habría visto la sonrisa retorcida y sospecharía algo. «Heimdall está en el suroeste y para llegar allí tiene que viajar por la ruta principal», pensó el monarca. «Sigurd podría seguirla de todas formas. Ella puede enfrentarlo y acabar con él. Tiene el poder sobre el fuego y agallas. ¿No lo demostró hoy cuando subió sin pensarlo por esa torre? ¡Puede hacerlo!».
—Ya que tu hermano no está y no sabemos si regresará a tiempo, quizá tú debas hacerte cargo de su misión y…
—No —lo cortó ella—. Yo también quiero trabajar en la cabecera del Oeste, no en Heimdall. —Su tío giró sobre los talones y la encaró.
—No me digas que serás tan insolente como tu hermano, señorita. Ya expliqué que Heimdall es una prioridad.
«No necesito que salves la cabecera si enfrentas a Sigurd y liberas Heimdall», agregó para sus adentros. Pero para su sorpresa Sakti cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró desafiante.
—Liberaré la fortaleza si antes voy a la cabecera. De lo contrario, no haré esa bendita misión y me valdrá un comino lo que suceda con los soldados en Heimdall.
—Allena, no hay nada en la cabecera —dijo el Emperador entre dientes. ¿Por qué justo ese día ella tenía que parecerse tanto al insolente de Velmiar?
—Para mí sí. Ahí está Lahore. —Sakti le explicó que quería regresar a la ciudad de la lluvia para salvar a la familia que la había criado.
—¿Quieres arriesgar el pellejo por unos humanos? ¿Estás loca?
—Ellos me salvaron la vida —insistió la chica—. Desde el principio era mi intención regresar para devolverles el favor, ¿qué mejor momento que este?
—Olvídalo. No te daré un ejército para que los sacrifiques en una ciudad de la cabecera solo por un poco de humanos. No vale la pena.
Sin soldados Sakti sabía que no podía hacer mucho. Tenía que ir a Lahore a como diera lugar, ¡tenía qué! ¿Pero cómo convencería a su tío? ¿Cómo demostrarle lo valiosos que eran los amos Mili, Frederick y Mark?
—¡Es un mensajero! —gritó—. ¡El hijo de los Salvot es un mensajero del Tercer Dragón! ¡Por eso cuidó de mí, para que estuviera a salvo antes de que Adad y Sigfrid me encontraran!
Su tío la miró incrédulo y luego se giró a Sigfrid para confirmar lo que decía la chica. El General no parpadeó al principio, pero después palideció y se llevó una mano a la cabeza, como si le doliera de repente.
—El humano… —susurró—. El que cantaba fragmentos de la Profecía en las noches de luna llena… El hermano de la niña que trajo las mariposas de añil…
—¿Qué? —gritó el Emperador—. ¿Cómo es que no me informaste de esto cuando trajiste a Allena a Masca?
¿Por qué no lo hizo? Sakti se imaginó que eso sería lo primero que Sigfrid habría hecho. Es más, hasta llegó a creer que el viaje repentino del General Montag al Oeste no era para salvar la región, sino para traer a Mark por órdenes de su tío. Esa idea le había hecho soportable la espera en Masca pero ya estaba harta de esperar. Era hora de actuar.
—Yo… no lo recordaba… —balbuceó Sigfrid—. Lo había olvidado por completo. Olvidé todo por completo…
Raro. Sakti había escuchado que Sigfrid era muchísimo mayor de lo que aparentaba, incluso más que Enlil, pero era más despierto que un niño. Nunca tenía lagunazos y jamás se olvidaba de los detalles. Era un misterio cómo se le escapó uno tan grande como Mark Salvot.
—Si no puedo ir a Lahore por ellos —sentenció Sakti—, entonces no haré ninguna misión. Ni la de Heimdall ni la del fuego en los controles de la frontera. Y lo digo en serio.
No dijo nada más, decidida a que la próxima vez que abriera la boca sería para dar las gracias por su nueva misión de rescate. Su tío la miró muy serio, casi que haciendo competencia de miradas con ella. Ni Sigfrid ni Enlil podían decir cuánto tiempo tardaron los dos Aesir así. Quizá Velmiar y todos los príncipes del desierto eran unos cabezotas, pero los Aesir de Masca no tenían nada que envidiarles en obstinación.
—¿Cómo está Dereck? —preguntó al fin a Sigfrid.
—Tiene una pierna rota en tres partes. No podrá montar en menos de un año.
—Entonces tú tendrás que acompañarla hasta Lahore.
Sakti no pudo guardarse la sonrisa de satisfacción. Ni siquiera la mandíbula tensa de su tío podía echarle a perder ese momento. ¡Iría a Lahore, vería otra vez al amo!
—Lamento que tengas que hacer de niñera, Sigfrid.
—No hay problema, Majestad. La última vez la princesa no me dio ningún problema.
—No lo digo solo por ella, sino también por Darius.
Ahora sí que la sonrisa se esfumó y fue sustituida por una ceja inquisidora. Sakti sabía que no la dejarían ir sin alguien que la vigilara en lugar de Dereck, ¿pero qué tenía que ver Darius en todo esto? Detrás de su tío, Sigfrid y Enlil tenían una expresión similar.
—¿A qué se refiere con Darius? —preguntó el Primer General.
—Él no irá también… ¿o sí? —Enlil se puso pálido de golpe—. Sigurd lo…
—Ir hasta la cabecera con todo un ejército llamaría mucho la atención, ¿no te parece, Allena? —interrumpió el monarca mientras se inclinaba sobre la muchacha—. Y lo último que quieres es perder el elemento sorpresa. Ya que estás tan segura de ti misma es obvio que no te hace falta una armada. Tendrás más que suficiente con el oficial más experimentado de todo el Imperio y con un profeta que guiará tus pasos. ¿O me equivoco?
No tendría un ejército. Diablos. Su tío se burlaba de ella, lo que le hizo hervir la sangre. ¿Creía que solo por una pequeña dificultad no tomaría el desafío? ¿Creía que eso bastaba para que ella se echara atrás? ¡Para nada! Podía ir sola a Lahore o con todos los aesirianos del mundo, que ella igual iba a alcanzar su cometido. Salvaría a Mark costara lo que costase.
—No te equivocas, tío. Liberaré al amo en Lahore y me haré cargo de Heimdall. Te lo juro.


Avanzaron en silencio. Como Adad había derribado su torre no tenía habitación. Y como ella era la portadora de un Dragón su tío siempre fue muy estricto con la seguridad a la hora de dormir. No bastaba con una cama confortable en una torre aislada y custodiada por casi una centena de soldados, necesitaba algo más. Ese algo siempre fue Dereck pero como estaba herido no podían contar con él. Así que el Emperador pidió a Enlil que se hiciera cargo de la chica.
—De todas formas dentro de poco se irá de Masca. Si se queda a vivir un tiempo en tu casa podrás enseñarle lo último que haga falta en estrategia —decidió el monarca.
Sakti estaba un poco nerviosa. Era la primera vez en ocho años que salía de Palacio y tenía una curiosidad tremenda por ver Masca, aunque fuera de noche. Pero Enlil no le permitió que corriera la cortina del carruaje. El General leía unos informes sobre edificios dañados durante la huida de Adad, pero también se sostenía una bolsa de hielo sobre el chichón que se hizo al salvar a la muchacha. Ella no estaba acostumbrada a verlo así, tan serio y enfadado, y tampoco le gustaba.
—Gracias por haberme ayudado hoy —se animó la princesa mientras tamborileaba sobre la cubierta de fieltro de la butaca—. Lamento que te hayas lastimado por mi culpa.
—Esto no es nada, Alteza. Un raspón es toda una ganga por salir con vida de allí. Usted no está lastimada, ¿o sí?
A Sakti le dolía el estómago por la telequinesis de Enlil, pero no se atrevió a quejarse. Podría estar mucho peor de no ser por Dereck. Lo había visto en la enfermería y estaba mal. No tan grave como cuando Sigurd le cortó la garganta, pero sí lo bastante golpeado como para estar en coma. Si su Guardián no hubiera agarrado a Enlil, tanto el General como ella estarían en cuidados intensivos ahora.
—Estoy muy bien. No hay razón para posponer mi partida por mucho tiempo.
Se arrepintió de sus palabras en cuanto las dijo. El semblante sombrío de Enlil regresó, como si la misma nube funesta que acompañaba a Sigfrid lo hubiera seguido ahora a él. El General dejó a un lado los informes, se inclinó un poco sobre Sakti y la vio muy serio.
—Quiero pedirle un favor, Alteza. ¿Lo haría por mí? —Ella asintió—. A Sigfrid no le cae muy bien Darius y sé que aunque se lo pida no lo vigilará tanto como a usted. ¿Puedo entonces confiar en que usted cuidará de mi hijo?
—Claro. —Sakti alzó una ceja—. ¿Pero por qué me lo pides?
Enlil se apartó un poco y la miró como si considerara decirle algo importante.
—Usted es la única de los Aesir que en verdad se preocupa por los profetas. Como hoy, cuando preguntó por Zoe. Usted es la única amiga de Darius aquí.
«También él es mi único amigo en Masca», pensó ella en silencio. «En realidad, es el único amigo que tengo en el mundo». Pero eso no era del todo cierto. Tenía a los gemelos Dagda y Airgetlam, tenía a Zoe y también al Primer Dragón. Pero la amistad de Darius era la más valiosa para ella y para el espíritu de la Profecía con el que compartía cuerpo. Aunque sabía que su tío debía traerse algo entre manos, le alegraba que el profeta viajara con ella a Lahore. Solo esperaba que Darius no se marchara enojado por dejar que Enlil se llevara a Zoe.
—No puedo evitar preocuparme, aunque sé que tomarán el camino por las montañas Ka y no el Pantano —murmuró el General—. Me da la impresión de que Darius es un cabezota y temo que cometa una estupidez si se le presenta la oportunidad.
Sakti no dijo nada aunque comprendió a lo que se refería Enlil: Sigurd, el come-almas que acabó con media familia de Darius cuando los llevaban presos a la Capital. Como el profeta no hablaba al respecto, Sakti no conocía muy bien la historia. Solo sabía que Darius odiaba por partes iguales a Sigurd y a Enlil por lo que había sucedido porque, según él, si Enlil no los hubiera atrapado y llevado al Pantano Sigurd nunca los habría encontrado.
Él estaba tan dolido por eso y ella había llegado a quererlo tanto que deseó compartir con Darius la repulsión hacia Enlil. Pero nunca pudo porque el General no era lo que su hijo creía. El príncipe Kardan le confió a Sakti que Enlil era el que regaló el cesto de muñecas a Zoe y elegía los juguetes de los gemelos todos los años. Cuando estaba fuera de la ciudad, enviaba cartas con frecuencia al Emperador y a Dereck para preguntar por Darius y los niños. También se encargaba de costear su manutención en la casita del lago y no escatimaba en gastos con tal de que estuvieran cómodos, bien alimentados y cuidados. Incluso cuando Darius demostró tener problemas de vista, fue Enlil quien pidió ayuda a Sakti para elegir unas gafas.
Por supuesto, los profetas no tenían ni idea de esto y ella no se los diría. Darius odiaba tanto a su padre que habría dejado de comer si se enteraba y los gemelos lo imitarían sin chistar. Y Zoe… Bueno, ella quizá sí lo sabía. Era la profetisa por excelencia, se suponía que nada se le escapaba. Pero si así era ¿por qué no le hacía ver a su padre que Enlil los cuidaba de alguna forma? Esa era la impresión que tenía Sakti del Segundo General: era una especie de ángel de la guarda que actuaba desde las sombras por el bien de los profetas. Pero eso tampoco era del todo acertado. Enlil permitió que encerraran a su hijo y nietos, y fue también el que los trajo a la fuerza a Masca. Eso fue muy tirano de su parte, no angelical.
—Siempre he querido hacerte una pregunta —se animó la princesa—. ¿Por qué Darius y los chicos están encerrados en Palacio? —El General levantó una ceja.
—Porque son profetas. Su clan escapó una vez del Imperio y costó mucho encontrarlos. No podemos dejar que se vayan de nuevo, menos con la Profecía en ciernes.
—Déjame cambiar la pregunta.
Sakti sabía que estaba siendo imprudente e incluso descortés, pero tenía curiosidad desde hacía ocho años. Darius nunca le diría nada al respecto, pero ella creía que saber la ayudaría a comprenderlo mejor. Si iba a viajar con él en los próximos meses entenderlo sería lo más sano para los dos.
—¿Por qué encerraste a Darius?
No se arrepintió de ser tan directa, aunque sí le preocupó que Enlil ignorara furioso la pregunta y regresara a los informes. Pero el General le sonrió, aunque lo hizo con tal tristeza que los ojos alegres se le oscurecieron.
—Para protegerlo, Alteza. Y también… porque le temo. —Sakti bajó la mirada.
—La maldición…
—«El hijo matará al padre».
Las Cuatro Casas militares estaban malditas. Dos de ellas –la Grendiere y la Kèrmiac– ya habían caído por esto. Solo quedaban los Montag y los Tonare. Sakti no sabía cuál era la maldición de Sigfrid pero todos conocían la de los Tonare porque era la que más daba de qué hablar: en esa familia el hijo varón siempre mataba al padre.
—Yo maté al mío, Alteza —le confesó Enlil— y fue la experiencia más gratificante de toda mi vida. No puede ni imaginar lo mucho que lo odiaba. Todavía hoy lo aborrezco. Pienso en él y me hierve la sangre.
Enlil apretó tanto los puños que las venas en los brazos se le saltaron. Sakti temió que al General le diera una rabieta como las de Darius, pero por suerte eso no sucedió.
—A veces, cuando miraba el techo de mi cuarto desde la cama, divagaba en cómo moriría él. ¿Aplastado por una estampida de vanirianos? ¿Herido en batalla? ¿Enfermo en algún lugar lejos de casa? Y al instante siguiente me carcomía el terror.
»Me preguntaba si dentro de veinte, cincuenta, cien o doscientos años mi hijo estaría en la misma cama, pensando exactamente lo mismo. La idea me estremecía. ¿Y si yo hacía algo que mereciera el odio de mi hijo, aunque fuera la mitad de intenso que el mío? Nadie debería ser despreciado como yo repudiaba a mi padre. Y tampoco nadie debería odiar como lo hacía yo. Apenas podía soportarlo entonces. Así que hice una resolución: no le daría a mi hijo una excusa para odiarme. Lo amaría, lo protegería, sería un buen padre y acabaría con la maldición de mi familia. Sería para él todo lo que mi padre no fue.
«Pero aun así mataste al viejo General Tonare. Sabías que no te hacía ningún bien odiarlo, pero seguiste adelante. Tal y como Darius seguiría resintiéndote aunque se diera cuenta de cómo lo cuidas», pensó la princesa.
—Entonces conocí a mi esposa. —La nueva sonrisa de Enlil sí fue alegre, como el sol; tanto que Sakti también sonrió con timidez—. Maravillosa. Es la mejor mujer del mundo. No se puede imaginar lo mucho que la amo, Alteza. Estaba seguro de que con Di tendría un hijo precioso, que lo criaríamos bien, que lo convertiríamos en un buen hombre. Pero no es posible.
»Di no puede tener hijos.
Enlil se mordió los labios. La sonrisa feliz ya no estaba pero tampoco la furia con la que habló de su padre.
—Algunos creyeron que eso me alivió, que me alegró que mi mujer no pudiera darme hijos que me mataran algún día. Pero la verdad es que me desilusionó. Quería tener un hijo, Alteza. Soñaba con alzarlo en mis brazos, besarle su cabecita y apretarlo en las noches de tormenta para que supiera que yo lo protegería. Quería jugar con él, escuchar su risa y consolar su llanto. Quería ser un padre. En verdad dolía estar privado de él. Luego la oportunidad se presentó. ¿Qué es lo que sabe del clan de los profetas?
—Lo que dijiste antes —murmuró la muchacha—. Que escaparon hace mucho, mucho tiempo.
—Su tío los mandó a buscar por la Profecía y los cuervos encontraron a la última de los profetas. Era una mujer muy inteligente, todo lo veía. Sabía cuándo intentarían atraparla, así que huía y dejaba pistas falsas. Nunca se quedaba en un solo lugar y hacía que las partidas de búsqueda dieran vueltas en círculos. Era imposible atraparla porque era como el viento: sin ataduras, solitaria, libre de hacer lo que quisiera sin depender de nadie. Así que el Emperador ideó darle cadenas a este viento.
Las escrituras decían que solo una de las Casas Militares sobreviviría a la Profecía. De los Montag solo quedaba Sigfrid, soltero y sin descendencia bastarda. El Primer General siempre se negó a tener hijos porque decía que su maldición era mil veces peor que la de los Tonare y no estaba dispuesto a que la corrupción de su sangre manchara el mundo cuando estuviera libre de pecado.
Pero los Tonare tenían una tradición familiar que caía como anillo al dedo en esta situación: era costumbre que tuvieran más de una esposa. De hecho, Enlil contrajo muchas nupcias antes de conocer a su querida Di, aunque solo a esta la consideraba como tal.
—Debía presentarme a Zoe como un civil, cortejarla y preñarla. Cuando estuviera embarazada yo dejaría de fingir y la traería a la Capital, porque en su estado sería difícil que opusiera resistencia. Así todos ganábamos: tendríamos a dos profetas en Masca y la Casa Tonare tendría un heredero. Sea sincera, Alteza: ¿no le parece un plan despreciable?
Sí. Le parecía horrible pero no se atrevió a decirlo. Su tío planeó criar profetas como si criara cerdos para tenerlos atados en Masca y a la mano para la lectura de la Profecía. Le parecía abominable porque el secreto de su éxito estaba en aprovecharse de la debilidad de una mujer embarazada y la de un niño pequeño, indefenso e inocente.
Lo odié. Creo que fue la única vez que dije «No» a Su Majestad.
—¿Te le negaste? —preguntó incrédula.
Su tío no le llegaba ni a los talones a los grandes tiranos de la historia, pero tampoco reaccionaba muy bien cuando le llevaban la contraria.
—No podía hacerlo, Alteza. No podía engañar a Di o tener un hijo con otra. Ella deseaba un niño tanto como yo, ¿cómo la iba a traicionar de esa forma? —Luego se rio—. Pero cuando se lo conté me dio un coscorrón. «Eres un idiota», me dijo. «Ve y ten ese bebé. Después tráemelo para que yo pueda ser su madre». Puedo decirle no al hombre que reina sobre dos continentes, pero no puedo negarle nada a mi mujer.
Así que cumplió las órdenes del Emperador bajo una condición: solo el niño iría a Masca, en donde lo criaría como heredero de su Casa. Engañó a la profetisa, la cortejó y la preñó. Y cuando el niño nació, Enlil lo apartó de ella…
… solo por cinco segundos.
—Lloró tanto y cada grito fue como una puñalada. «Te odio, te odio, te odio. Devuélveme, devuélveme, devuélveme…». —Enlil negó con la cabeza, muy serio—. No pude hacerlo. Darius necesitaba a Zoe y yo… yo no quería hacerle lo mismo que me hizo mi padre. No quería quitarle a su madre.
»Sigfrid y Di estaban furiosos, me ordenaron que tomara a Darius. Pero Zoe dijo que él no sobreviviría sin su leche a pesar de que le dieran una nodriza. La había visto predecir tantas cosas y lo dijo tan en serio que le creí. No habría podido soportar que Darius muriera de hambre por mi culpa.
—¿Por qué no te la llevaste a ella también? —Enlil meció la cabeza.
—Zoe dijo que si se la llevaban se aseguraría de ahogar a Darius.
Sakti se estremeció. ¡La mujer tenía que haber estado loca para amenazar la vida de su recién nacido! ¡Y Darius tanto que la quería! Siempre que hablaba de ella lo hacía con un cariño inmenso y triste por haberla perdido tan joven.
—Supongo que estaba mintiendo —la calmó Enlil— pero ella sabía que yo no me arriesgaría.
Así que los dejó en paz. Sigfrid y Di, que lo habían acompañado hasta la Península para recoger a Darius, intentaron llevarse al bebé por la fuerza pero Enlil no lo permitió. Se enojó tanto con ellos que los amenazó de tomar represalias si hacían algo a Darius. Sakti se preguntó qué tan malo sería Enlil cuando estaba de verdad furioso. Debía de ser terrible si el mismísimo Demonio Montag se tomó la amenaza en serio y desechó la orden del Emperador de traer al bebé.
—Tuve un hijo pero no pude ser el padre que quise. Darius creció con la idea de que lo abandoné antes de que naciera. Me vio por primera vez cuando perdió a su madre y después cuando toqué a su puerta con un Escuadrón a mi espalda para traerlo a Masca. No puede relacionarme con nada bueno.
—Y por eso temes que te mate.
—No. —Sakti no recordaba haber visto una expresión tan triste y desolada como la de Enlil—. No tengo miedo de que acabe conmigo. En la Península construyó su vida. Tenía esposa y seis hijos. Cuando llegó a Masca estaba viudo, casi muerto y perdió tres niños más pequeños que su hija. Conozco el miedo de estar a punto de perder a un solo hijo pero no el dolor de su muerte. Darius perdió a tres. Tiene derecho a vengarlos si quiere. Yo lo haría.
Sakti no entendió. Si Enlil se preocupaba tanto por Darius y no temía que lo matara, ¿entonces por qué lo dejaba preso? ¿Por qué no lo llevaba a la mansión Tonare y lo trataba como a su heredero, si es que lo consideraba como tal? Darius era bastante testarudo y rencoroso pero también podía ser amable, comprensivo, cariñoso y noble. Si recibía el tratamiento adecuado se comportaría muy bien y hasta llegaría a acostumbrarse a la vida de heredero. Si no por su bien, sí por el de los gemelos y Zoe.
—Lo que tanto temo de él son sus ojos.
—¡Pero son bonitos!
A veces Sakti escuchaba a los cortesanos menospreciar a Darius por ser mestizo, pero ella creía que era envidia. Mestizo o pura sangre, plebeyo, noble o de la Realeza. Nada de eso importaba. Ojos mitad zafiro y mitad esmeralda eran preciosos sin importar a quién le pertenecieran. En el caso de Darius esos ojos eran solo otro de los atributos que tenía, que eran muchos más de los que podían contar los cortesanos juntos.
—Supongo que se ven bien cuando está feliz. Pero nunca lo he visto así… de cerca, por lo menos. Dicen que parece que tiene un paisaje pintado en los ojos. ¿Es cierto?
—Sí. La parte verde es idéntica a la tuya y parece una montaña. Y el zafiro supongo que es de la madre. —Enlil asintió distraído—. Parece el cielo.
—Cuando él me mira todo lo que veo es fuego. Llamas, furia, odio. Noches en vela mirando el techo y pensando en mil formas distintas de morir o de matar. En realidad no hay diferencia. Cuando se odia y se es odiado como un Tonare, se mata y se muere. Lo que temo es ver que el odio de mi hijo sea como el que yo le tuve a mi padre. No pude romper la maldición. —El General se estremeció—. Pero todas las noches rezo para que él sí lo haga. Rezo para que no acabe en manos de sus hijos, como sí es probable que yo muera.

****

Miró el tablero por varios minutos, inmerso en sus pensamientos. Después, con una lentitud segura, tomó una de las fichas y la movió. Solo eso. La reina ya entró al juego. Ahora tocaba ver qué harían los vanirianos o Sigurd con Sakti.
—¿Se arrepiente de haber accedido, Majestad? —preguntó Sigfrid—. ¿Teme por la princesa? —Kardan lo miró en silencio, indeciso. Los dos Generales eran un par de sombras apenas definidas por la luz de la chimenea.
—No lo sé. Temo por ella tanto como por Sin, Harald, Kardan e incluso por el testarudo de Adad. Pero todavía no la has visto en una plaza de entrenamiento. Es escalofriante. Me apena decirlo, pero ella me da miedo. Incluso me causa pesadillas de vez en cuando. Espero que mi sobrinita haga lo mismo con los vanirianos.
—La pesadilla de un rey es el sueño de sus enemigos o su infierno. Yo estaré allí para que sea lo último.
El Emperador rio. El Demonio Montag era el cuento de terror de los niños vanirianos y el peor augurio de las tropas que se atrevían a pisar suelo aesiriano. Pero incluso así, Sigfrid también le daba pesadillas a él. Aunque sabía que el General moriría antes de ponerle un dedo encima, le temía. No con el pánico de un enemigo, pero sí con el respeto solemne de un aliado.
—¿Cómo se comportó Allena en tu casa, Enlil? Espero que no te diera problemas de camino.
—Ninguno, señor.
Enlil estaba muy callado. No recordaba un día tan agitado como ese y todavía le faltaba mucho para terminar. Debía recoger a Zoe –al Demonio angelical, como la llamaba en sus pensamientos– y llevarla a casa. Pero antes tenía que pasar por la peor prueba de todas…
Un golpe en la puerta.
… su hijo.
Sigfrid abrió la portilla del estudio y un par de soldados del Escuadrón Vento entraron con Darius bien sujeto. Lo pusieron de rodillas en el suelo de mala gana, sin importarles que lo lastimaran. Era cierto que el muchacho no colaboraba con sus forcejeos, pero Enlil detestaba que trataran a su hijo como basura.
—Gracias, caballeros —dijo el Emperador—. Pueden esperar afuera.
Los oficiales soltaron a Darius, inclinaron la cabeza y salieron. Al mismo tiempo Sigfrid sacó una cadena, la envolvió en la mano y la hizo brillar. Unas cuantas cadenas mucho más gruesas y fuertes salieron disparadas del suelo y sostuvieron al profeta, tal y como lo habían hecho más temprano con Adad.
—Entre más forcejees más saldrán —le advirtió Kardan—. Si te mantienes tranquilo casi ni las sentirás. —Luego le sonrió con simpatía—. ¿Cómo estás, Darius? Espero que bien. Mi sobrina me habla maravillas de ti. Dice que eres un muchacho encantador. La última vez que nos vimos no lo demostraste, pero espero que haya sido una impresión incorrecta de mi parte.
Pero por si acaso tenía a Darius lejos para evitar un escupitajo. Ah, sí… Esa fue la decisión correcta. Darius lo veía como si quisiera explotarle el cerebro. «Y lo habría hecho si no le hubiésemos quitado las esencias de la mente», pensó el monarca con ganas de mandarlo a azotar. Pero no podría hacerlo porque sabía lo que el muchacho significaba para Enlil. Tal vez Kardan no amaba ni pizca a los profetas, pero al General Tonare lo consideraba uno de sus amigos más queridos.
—De seguro te haces muchas preguntas. Como qué estás haciendo aquí o en dónde está tu hija…
—¡Si le ponen un solo dedo encima…!
—Está de maravilla —lo cortó el Emperador—. Los rehenes pierden valor si se les daña.
«Eso y que tu hija tiene más amigos de los que te imaginas. Enlil nunca dejaría que alguno de ustedes se pudriera en una celda, Allena me rostizaría si algo le pasa a la niña y Kardan… Ah, mi Kardan está encantado con tu hija».
—Pero eso no significa que estará del todo bien. De seguro le hará daño extrañar a su papá y a sus hermanos. —Bien, al fin se calló. Por ese día ya tenía suficiente con los insolentes y no necesitaba escuchar la lengua filosa de un profeta malhablado—. Mira esto.
El Emperador se levantó y abrió un cofre que estaba en un mueble cercano. De allí sacó una espada y la puso delante de Darius para que la viera mejor. Estaba filosa y limpia pero no tenía nada. Ni un adorno en el mango ni una inscripción en la hoja, y eso era rarísimo.
—Una espada virgen —anunció Kardan—. Quedan muy pocas en nuestros días. Las espadas mágicas adquieren inscripciones según el tipo de sangre de la primera persona a la que matan. Escuché que en la Península le diste una tunda a unos cuantos soldados, ¿verdad? Si los rumores son ciertos sabes manejar una espada muy, muy bien. Entonces eres el verdugo perfecto para la víctima perfecta.
—¿Qué?
Darius se estremeció, incómodo por la dirección que tomaba la entrevista. Se daría por satisfecho esa noche si le devolvían a Zoe. Solo eso. Guardaría silencio, se mordería la lengua para no decir ninguna estupidez y hasta leería algo en la espalda de Sakti si con eso tenía a Zoe de nuevo con él.
—Saldrás de Masca, Darius, y lo harás de buena gana. No quieres que lo de hoy se repita, ¿verdad? Los gemelos se sentirán muy solos si algo llegara a separarlos.
Darius se mordió las mejillas por dentro pero no pudo controlar su respiración. Los hombros le subieron y bajaron furiosos y los ojos le chispearon, pero por debajo de la armadura de ira estaba desnudo. Salvo por el miedo.
—A cambio de tu hija y de la promesa de no arrebatarte ningún otro cachorro, te pido que le quites la vida a alguien. Tú, Darius Tonare, matarás a Mark Salvot.

****

Zoe abrió los ojos y estiró los brazos. Tenía los hombros entumidos por el duro camastro de la celda y le gruñía el estómago por el hambre. La huida de Adad fue un éxito pero por eso se habían olvidado de alimentarla. «No importa. Dentro de nada voy a disfrutar de unas galletas buenísimas».
Se peinó el cabello mientras bostezaba. No le importaba que Enlil la encontrara somnolienta, pero si los soldados del Escuadrón Vento la veían en un mal momento no lo soportaría. Tuvo tiempo de restregarse los ojos, alisar el catre y planchar el vestido. Cuando el cerrojo se corrió con la sincronización, Zoe ya llevaba un buen tiempo sentada a la orilla de la cama y con la mirada fija en la puerta. Enlil arqueó una ceja cuando sus ojos se toparon con los de ella pero no dijo nada de su apariencia. El General mostró una bolsita que llevaba en la mano y se la ofreció a Zoe.
—La huida del príncipe Adad puso todo patas arriba. Esta es la última vez que soportarás hambre bajo mi cuidado.
—Lo sé —respondió ella antes de probar una de las galletas. «Diablos. Están como lo supuse, tan buenas que no puedo odiarlas».
Enlil no se atrevió a pasarle el brazo por encima de los hombros, lo cual era bueno. Las antorchas iluminaban el pasillo y las gradas, así que la chica no corría peligro de tropezar. Tampoco se iba a perder porque había cuatro oficiales Vento que con mucha amabilidad le mostraban el camino y se aseguraban de que no se devolviera.
—Me disculpo si el escape te asustó. Sabía que el príncipe estaría cerca de tu celda y aun así no tomé mayores precauciones. Pudo haberte lastimado con la transformación.
—No hay problema. —Zoe le sonrió casi simpática porque sabía que a Enlil le estremecía su capacidad visionaria—. Lo vi venir.
«Desde hace mucho tiempo, de hecho», agregó para sus adentros. «Supe que Adad necesitaría una ayudita para escapar y a mí no me molestaba darle una mano». ¡Ja!, como si las celdas de sincronización fueran un reto para un príncipe bien aconsejado. Se había dejado atrapar para guiar a Adad, para decirle cómo podía salir de la celda. Pagó un precio alto por ayudar a su amigo pero sabía que valdría la pena. «Ya movieron una ficha, papá. Tú también entras al juego. Mientras yo cuidaré la retaguardia».
Deseó darle un beso de despedida a Darius pero no podría. Todavía era demasiado pronto para que estuvieran reunidos de nuevo.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. ALCINOO OTRA PLAGIADORA JUM!

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  2. PLAGIAS CON PENELOPE TE DESCUBRI

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  3. "PLAGIAS CON PENELOPE TE DESCUBRI"

    "ALCINOO OTRA PLAGIADORA JUM!"

    Estos dos comentarios fueron puestos por un usuario anónimo. No tengo ni idea de quién es, pero se me hace que ha visitado Predicado.com, porque alcinoo es un usuario de ese sitio.

    No sé que pretende con esos comentarios, pero donde me dice "plagias con penelope" me está insultando. Además de que no tengo ni idea de quién rayos es Penélope, ¿me está diciendo que plagio? Plagiar es tomar el trabajo de alguien más y presentarlo como propio. Plagiar es imitar el trabajo de alguien más y decir que es tuyo.

    Los hijos de Aesir es MI trabajo, y aunque sé que aún le hace falta mucho por mejorar, me siento orgullosa de esta historia.
    Dejaré esos comentarios anónimos sólo para que otros usuarios vean hasta donde puede llegar la falta de respeto, y que se note cómo defiendo mi trabajo. No por nada lo puse bajo derechos de autor.

    Los comentarios anónimos seguirán siendo bienvenidos siempre y cuando sean constructivos. Esto para darle la oportunidad a usuarios con buenas intenciones como Links de comentarme, porque ya bastante hacen con leerme. No podría negarles la oportunidad de compartir su sabiduría conmigo.

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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