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Capítulo 19

19
EL BAÚL EN EL MERCADO

Sakti escuchó los murmullos de admiración de la gente cuando vieron pasar el carruaje de Enlil. Los mascalinos estaban más que acostumbrados a que el General viajara de su casa a Palacio cada vez que estaba en la ciudad, pero ahora que Sakti vivía en la mansión Tonare todos veían el carruaje con nuevo interés.
El Emperador era muy celoso con la muchacha durante los actos públicos, por lo que solía colocarla o a su lado o detrás de una escolta. Eso –y la distancia entre el palco principal y las plazas públicas– hacía que los mascalinos no conocieran muy bien el aspecto de la chica. Todos sabían que tenía el cabello y los ojos grises, como los de Adad, pero suponían que se parecía a la princesa Istar en todo lo demás. Y ese era un error mayúsculo.
Los aesirianos esperaban que la ventana del carruaje estuviera abierta, soplara un poco la brisa y la cortina se corriera para ver algún destello de luz, alguna mejilla sonrosada o la aparición de un ángel, cuando en realidad se toparían con una versión femenina de Adad. Eso no era malo pero los mascalinos se llevarían un chasco por haber colocado las expectativas demasiado alto.
Pero eso no era lo que tenía desanimada a Sakti. La emoción inicial de ver Masca menguó por muchos factores. Para empezar, la casa de Enlil estaba cerca de uno de los mercados más concurridos de la ciudad, además de una academia militar, un templo, un parque y más de diez monumentos distintos. A pesar de los muros que rodeaban la residencia, Sakti tenía una vista panorámica de Masca. Si se despertaba en medio de la noche, vería siempre la hoguera sagrada del templo. En la madrugada le llegaba el susurro de los mercaderes mientras abrían los negocios y por la tarde escuchaba los gritos de las rutinas de entrenamiento en la academia militar. Quizá no había puesto ni un pie fuera de Palacio o de la casa de Enlil, pero estaba satisfecha con lo que conocía de la Capital.
Por otra parte ¿cómo podía interesarse por apreciar más la ciudad con todo el trabajo que tenía por delante? Hasta el momento su vida en Masca consistió en estudiar ciencias políticas y estrategia militar, practicar con sus maestros de magia y esgrima, participar en los entrenamientos y visitar a los profetas. Pero ahora estaba eximida de todo eso porque iría a la guerra. Ya no tenía que prepararse para algún examen pero a cambio debía llenar una cantidad increíble de formularios, reportes y presupuestos. Habría podido con los informes e inventarios para la manutención durante el viaje de no ser por una cosa pequeña pero muy, muy importante: su baúl.
No lo encontraba. Todavía faltaba mucho para recoger todos los escombros de su torre, pero algunas de sus pertenencias ya habían aparecido. Entre ellas los restos de la cómoda donde puso el baúl antes de que Adad se transformara. Pero el cofre no estaba por ninguna parte. No la preocupaba que en el interior estuviera la pluma de dragón y que, en caso de que alguien encontrara el arca, cayera en manos equivocadas. Lo que la angustiaba tanto era haber perdido el regalo de despedida que su amo le dio. ¡Cómo le habría gustado regresar a Lahore con el tesoro para demostrarle a los Salvot –y en especial a Mark– cuánto los extrañó!
—¿Cómo va con los reportes, Alteza? —se interesó Enlil—. Si necesita ayuda estoy para servirla.
Enlil era de los que dejaban las cosas para el último momento. Cuando le daban los reportes en Palacio los guardaba para leerlos en el camino a casa. Pero cuando llegaba a su mansión los dejaba en una carpeta y hasta el día siguiente hacía las correcciones o sus propios informes… otra vez de camino a Palacio. Allí estaba sentado en su butaca, con una tabla que había modificado para convertirla en escritorio portable, terminando a prisa el trabajo antes de ir a alguna audiencia. Era una suerte que el cochero conociera muy bien sus hábitos y que mantuviera una marcha estable para no dañar los manuscritos.
—Ya terminé. Ahora solo espero la aprobación.
—Claro. Se me olvida que va con Sigfrid y que él siempre hace todo por adelantado.
En el peor de los casos, cuando le surgía algo que le impedía entregar el trabajo con uno o dos días de antelación, el General Montag era puntual. Sakti sabía que Sigfrid era muy estricto con todo, así que se esforzó en los documentos para no tener quejas de parte suya.
—Me hubiera gustado acompañarla —confesó Enlil mientras agitaba la mano para secar la tinta.
—¿En serio?
—Claro. Bueno… aunque lo hubiera pensado por Darius.
Sakti asintió sin decir nada. No habían vuelto a hablar del profeta desde la primera vez que viajaron juntos en carruaje porque ya no quedaba nada que decir. Enlil había cometido muchos errores, pero a su manera se preocupaba por Darius y lo quería. Podía ser que hasta lo amara pero eso no sería nunca suficiente para el profeta.
—Si me permite el descaro, creo que hoy se ve muy bella, Alteza. Encantadora. Su tío se llevará una muy buena impresión y la extrañará muchísimo.
Sakti sonrió y se sonrojó un poco, como se lo pedía el protocolo, aunque la reacción no fue del todo fingida. Todavía le daba pena cuando alguien le daba un cumplido, pero con Enlil además sentía un verdadero agradecimiento porque él sí notaba su esfuerzo. Se esmeró en lucir bonita ese día porque sería el último en Palacio durante mucho tiempo.
Retiraría la aprobación de sus documentos de salida, recogería a Darius y se despediría de los gemelos y del Emperador. Esperaba que los profetas ya no estuvieran enojados con ella o, que si lo estaban, la perdonaran al saber que pronto partiría. Y con su tío…
Bueno… Adad siempre le dijo que no debía confiar en él o en los príncipes y ella siguió las instrucciones. Pero eso no impidió que se encariñara un poco con todos. Con el vanidoso Sin, con la mole tímida que era Harald, con el perfeccionista Kardan y con el tío que era por partes iguales cariñoso y estricto con los sobrinos.
Sus primos estaban todavía más atareados que ella con sus misiones porque no tenían que trabajar en el presupuesto de tres personas y tres caballos, sino en los de cientos de soldados y un número similar de monturas. Por eso no podría verlos. Pero ansiaba que el Emperador la despidiera con una sonrisa triste, como si pensara en si la vería regresar o no.
Y después, por supuesto, ella volvería a Masca con los amos Salvot, con una sonrisita descarada y un «Ja, já. Te lo dije» en la boca. Regresaría con sus misiones completas para vivir con el lujo de una princesa sin más lecciones ni deberes políticos. Solo quería servir a los Salvot allí, en Masca.
—Hagamos algo —propuso Enlil—. Solo por hoy démosle una miradita al mercado. Siempre ha querido verlo de cerca, ¿verdad?
Enlil quizá la percibía algo triste y solo quería alegrarla. Lo más probable es que la creyera asustada porque al día siguiente partiría de la Capital pero ella no tenía miedo. «Ya no» quiso responderle. «No quiero ver el mercado. Solo quiero ir a Palacio, terminar con todos los deberes y revisar los escombros de mi cuarto. Solo quiero mi baúl». Pero negarse así no solo rompería el protocolo, sino también los sentimientos de Enlil. Así que sonrió y dijo:
—Me basta con abrir un poquito la cortina. Lo suficiente para ver la gente ir y venir.
Enlil la complació. Con el sol de la mañana Masca brillaba como hecha de luz. Incluso en una zona tan ajetreada como el mercado las calles resplandecían blancas. En las aceras estaban los puestos; aunque la gente se detenía allí para comprar, el flujo de carretas, carruajes y caballos era constante en la calle.
Escuchó las ofertas de quesos, verduras y frutas, de camisas, túnicas y botas, incluso de muebles, platos y plantas. La distrajo el rumor de los pasos y los murmullos de los mascalinos mientras hacían compras. Incluso la divirtió un poco notar que algunos cuellos se estiraban para ver algo a través de la ventana. Le habría gustado sentarse un poco más cerca, pero no llevaba su capa.
No era solo por el protocolo de Palacio sino por el de toda Masca. Por culpa de la maldición aesiriana casi no nacían mujeres y por eso eran un bien tan preciado como las joyas y las propiedades. Como era una chica no podía andar por allí enseñando la cara a no ser que quisiera llamar la atención. El rostro descubierto de una mujer entre tanta gente podía ser interpretado como una provocación o un permiso de cortejo, y a ella no le interesaba ni lo uno ni lo otro.
En Lahore también fue así pero nunca tuvo que cubrirse por esas preocupaciones. Allí fue una krebin que no merecía la mirada lujuriosa de los aesirianos –aunque todavía recordaba con desprecio al descarado de Héctor–. Pero ahora era diferente.
—¡Artículos de segunda mano! —pregonó alguno de los mercaderes—. ¡Cubiertos, libros, baúles!
Desde el carruaje la chica buscó al hombre del anuncio. No tenía por qué llamarle la atención pero sintió la atracción de un imán al escuchar la palabra «baúles». Fue idéntico a cuando vio su tesoro en la casa de los profetas.
Y de la misma forma, allí estaba…
Lo vio en la mano regordeta de un hombre que lo mostraba al público, en busca de algún comprador. Sabía que era su baúl por el color desteñido de la madera, por la forma achatada de la cerradura, por el dibujo de una flor también incolora a un lado. Sakti se pegó tanto a la ventana que uno o dos de los curiosos que esperaron verla dieron un salto hacia atrás, sorprendidos por los ojos grises de la chica. El carruaje no se detuvo, el mercader se perdió de vista y…
… Y Enlil la sentó de nuevo en su lugar. Aunque dejó la cortina descorrida, ya Sakti no pudo ver al mercader ni su precioso baúl.


—Por aquí —rezongó Darius entre dientes. Todavía estaba molesto. No la miraba cuando hablaba y sus palabras eran más cortantes que tiernas pero ella no se cohibió. Se alzó de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias. —El rostro de Darius se suavizó un poco pero todavía estaba resentido por lo de Zoe.
—El pasadizo está bajo el agua —explicó mientras señalaba una línea oscura que se perdía en el lago y se extendía hasta el otro lado, en donde había una muralla de metal—. La calzada lleva a un túnel en el muro y más allá el camino se bifurca en dos. Pero no sé a dónde lleva cada uno.
Sakti había visto los planos de Palacio. Al sureste estaba el Templo de las Doncellas, así que suponía que un camino hacia esa dirección era el atajo que utilizaba Huggin, el cuervo de Dereck, para visitar a Valeria, la Doncella que era media hermana del Guardián Celestial. Con suerte el otro camino llevaría afuera de Palacio, o por lo menos cerca de alguna salida.
—¿No estás seguro?
Cuando descubrieron que había un pasadizo secreto que comunicaba la prisión de los profetas con el exterior Darius se convirtió en el encargado de explorarlo.
—Está bajo el agua —repitió el mestizo—. Puedo contener la respiración por bastante tiempo pero no el suficiente para explorar todo allí abajo. Con costos llegué al cruce.
Quizá era demasiado temprano para intentar usar la ruta de escape pero Sakti estaba desesperada. Necesitaba conseguir su baúl. ¿Qué pasaría si alguien lo compraba y encontraba la bendita pluma mágica? De solo pensarlo se estremeció. Necesitaba salir y recuperar su tesoro, pero no podía pedir a su tío o a Enlil que la llevaran de inmediato al mercado porque tenía una audiencia dentro de un par de horas y levantaría sospechas. Le preguntarían por qué le interesaba tanto un baúl desgastado, dónde lo había visto por primera vez, quién se lo regaló, qué tenía dentro…
Demasiadas preguntas que ella no quería responder. No. Su única opción era el pasadizo.
—No sé qué tan largo es el camino —le recordó el profeta—. No creo que tengas mucho tiempo. —Masca era muy grande y Sakti había visto el baúl a hora y media de Palacio.
—No me importa. Correré o volaré si es necesario. —Estuvo a punto de echarse al agua cuando uno de los gemelos le colocó una capucha sobre la cabeza.
—Llamarás la atención si vas descubierta —le explicó Darius— y necesitarás una escolta. —Señaló a los gemelos con un asentimiento de cabeza y los chicos se situaron junto a ella, listos para seguirla—. Te acompañaría yo mismo pero la idea es mantener un perfil bajo.
Los ojos de Darius resaltarían más que el cabello gris de Sakti y la chica no podía ir sola. Los mascalinos se la comerían viva si iba por su cuenta. Quizá hasta algunos oficiales la detendrían para ofrecerle compañía y, cuando vieran que era ella, la llevarían de regreso a Palacio. Eso significaba problemas con su tío.
Los gemelos todavía eran como niños. Saltaban, corrían, bromeaban, se reían y hacían travesuras igual que cuando ella los conoció, a los nueve años. Ahora tenían diecisiete y eran más altos que Sakti pero no sabían comportarse. Tal vez sería ella la que tendría que cuidarlos pero no le importó. Si iba acompañada no destacaría entre las demás chicas y Dagda y Airgetlam podían ser una buena escolta si usaban la expresión adecuada. O sea, si parecían enojados.
—No se separen mucho —les pidió.
Dio un paso y colocó el pie sobre la fría superficie del lago. Luego dio otro, pero en lugar de hundirse se mantuvo a flote. Esperó unos segundos para mentalizarse por completo y luego hizo la magia. El agua se corrió a uno y otro lado, y levantó dos paredes líquidas que bordeaban un camino de lozas que descendían. Esa era la línea oscura que veían desde la superficie. Sakti avanzó por la calzada con cuidado de no resbalar e hizo una seña para que los gemelos la siguieran.
—Nos apresuraremos tanto como podamos —le dijo a Darius mientras se marchaban. Las paredes líquidas se hacían altas con cada paso que daban pero pronto bajarían. El lago quedaría de nuevo liso y ellos continuarían por debajo del agua, a salvo en una burbuja de aire resguardada por la magia de la princesa—. Por favor, ten todo listo cuando regresemos.
El agua se cerró sobre su cabeza antes de que pudiera escuchar alguna respuesta grosera de parte de Darius. Se suponía que ella visitó a los profetas para asegurarse de que su amigo tuviera todo empacado. El muchacho, por supuesto, no tenía maletas listas aunque Sakti no sabía si Darius estaba decidido a quedarse en Masca o solo dudaba del viaje.
Ella y los gemelos avanzaron hasta el muro de metal que franqueaba la prisión de los profetas. Cada paso que daban los sumergía más. El agua alrededor dejó de ser clara, se enturbió y dificultó el paso de la luz. Cuando llegaron al muro encontraron el túnel del que habló Darius pero cuando entraron quedaron a oscuras.
Sakti chascó los dedos y en la palma le apareció una pequeña llama que alumbró como si fuera una estrella. De no ser por el fuego habrían sentido el frío de la cueva. Dagda y Airgetlam, siempre tan traviesos y curiosos, sacaron una mano de la burbuja de Sakti. Cuando la metieron de nuevo, la tenían mojada y entumida.
—¿Cómo es que Dereck y Huggin pueden nadar aquí sin ahogarse o congelarse? —preguntó uno de los chicos.
—Son aprendices de Sigfrid y él es muy rudo con sus entrenamientos. Supongo que esto no es nada para ellos ahora.
Cuando llegaron al cruce de caminos Sakti tomó el de la derecha. El otro iba al sureste y, como era probable, al Templo de las Doncellas que permanecía dentro de Palacio. El camino que eligió la princesa no trajo mayores cambios pero sí una angustia muy grande para los gemelos. Ellos no recordaban qué tan grande era Palacio. Se desesperaron cuando Sakti les dijo que todavía debían de seguir dentro.
El camino era ridículamente largo y oscuro. No se les ocurría que alguien pudiera atravesarlo sin las esencias del agua y el fuego, o sin la respiración de un pez. Por eso, cuando pescaron un brillo sobre sus cabezas, lo vieron como si se tratara de Dios. Debían de haber llegado a un lago similar al de su prisión y estaban en el puro fondo. A Sakti le habría gustado subir de una vez pero no se creía capaz de mantener la burbuja estable sin tocar el fondo y tampoco quería alejarse de las lozas. Estaban allí marcando la ruta por una razón.
Ingresaron a un nuevo túnel pero este no fue tan largo como el anterior. En lugar de ir en descenso iba de subida. En unos minutos dejaron de estar sumergidos pero todavía no habían alcanzado la superficie. Llegaron al final de la cueva, en donde apenas tenían un pequeño espacio húmedo para moverse y donde el aire era pesado y lleno de moho.
Sakti estuvo a punto de desesperarse pero la naturaleza imaginativa de los gemelos demostró que eran una excelente compañía. Los chicos sabían que quien quiera que se tomara la molestia de construir esa ruta no la habría terminado en un rincón sin salida. Después de buscar con detenimiento encontraron una trampilla en el techo.
Sakti se subió a los hombros de Dagda y corrió la portezuela. Al principio le costó porque llevaba cerrada quién sabe cuántos años. Pero después de un golpe no solo la abrió sino que también aflojó unos trozos de tierra que le cayeron encima. No le importó siguió empujando y luego…
La luz. Y el aire. Todo era fresco allá arriba. Sakti se coló por la trampilla. Mientras los gemelos la seguían miró anonadada el bosque al que habían llegado. «Es un parque», comprendió al escuchar el rumor de la ciudad. «Un parque cerca de Palacio». Encontró la sombra que proyectaba una de las torres de vigilancia de la muralla, pero no se preocupó de que la vieran. Los árboles allí eran lo bastante densos como para cubrir el sitio y la vegetación también era espesa. Sakti dudó que algún mascalino rondara por allí.
—Parece que es mejor de lo que imaginé —comentó uno de los gemelos.
Sakti no sabía cuál porque le costaba diferenciarlos. Los chicos se vestían muy semejantes, mantenían el mismo largo de cabello y hasta hablaban igual. Lo hacían a propósito para confundir a los guardias y sirvientes –y lo lograban, claro–, aunque Darius y Zoe no tenían problemas para identificarlos. Adad también aprendió a leer entre líneas para saber cuál era Dagda y cuál Airgetlam, pero Sakti era incapaz de encontrar la diferencia. Y por eso se ganaba un refunfuño y un giro de ojos de parte de los gemelos.
—Trampilla tapada —informó el otro hermano mientras se sacudía el pantalón—. No te olvides de la capa, Allena. —Cuando la princesa estuvo cubierta el chico le extendió una mano burlona—. ¿Vamos, milady?
Sakti sabía que Dagda –o Airgetlam, el que fuera– se burlaba del protocolo pero no le importó. Le devolvió la sonrisa y le dio la mano. Tenían un largo camino que recorrer antes de encontrar el mercado correcto.

****

Los chicos estaban fascinados aunque Sakti supo que les habría gustado que Masca no fuera tan esplendorosa para poder burlarse de ella. La avenida principal a la Muralla Oeste era la que Enlil recorría todas las mañanas, así que Sakti la siguió. Era larga y llena de cosas interesantísimas, como las vitrinas de tiendas caras –que eran las que estaban más cerca de Palacio–, las macetas con flores que colgaban de los faroles y astas en las aceras y los monumentos que estaban en las circunvalaciones, que unían las rutas secundarias a la avenida principal.
Y todo blanco, blanco, blanco… Lo que agregaba color a la ciudad eran los aesirianos, vestidos con sedas brillantes y con las largas cabelleras de diferentes colores. Había castaños o personas con un cabello tan negro como el de los Aesir. Mechones verdes como césped y melenas naranjas y desafiantes como hogueras. Otros tenían el pelo de diferentes tonos azules o púrpuras, y algunos parecían flores con las capas de cabellos rojos o lilas.
A Sakti le frustró no recordar cómo se veía el mercader que tenía su baúl. Le sería mucho más fácil encontrarlo si por lo menos se hubiese percatado del color de cabello y ojos, pero no había pescado más que la mano regordeta que sostenía su tesoro.
Mientras avanzaba por la ciudad intentaba estudiar a todos los mascalinos. Les miraba las manos y los descartaba si eran delgados. También los eliminaba de su lista de sospechosos si iban muy bien vestidos, si tenían anillos o si los escuchaba hablar y no tenían voz áspera de anunciador. De no haber llevado la capa más de alguno le habría visto los ojos y hubiese sospechado que la chica planeaba asaltarlo.
—Aquí —dijo cuando al fin encontraron el mercado correcto.
Sakti lo reconoció por la estatua que representaba a uno de los Siete Virtuosos, la misma que podía ver desde la mansión Tonare por el reflejo que hacía el sol en su superficie de bronce. Lo que le costó encontrar fue el puesto. No había pillado muy bien si estaba cerca de una fuente común o de algún parque. Solo sabía que estaba en medio de la algarabía de compradores y vendedores, entre quesos, frutas, camisas y túnicas. Los gemelos la acompañaron a revisar cada puesto hasta que Sakti escuchó la voz que se había grabado en el cerebro:
—¡Artículos de segunda mano! ¡Cubiertos, libros, baúles!
Allí estaba el mercader. Esta vez se fijó bien en su aspecto: sus pequeños ojos dorados, el pelo corto y negro, el bigote, las mejillas, el cuello, las manos y el abdomen rechonchos, y manchas de sudor en las axilas y pecho de la camisa.
Airgetlam –o Dagda, el que fuera– le apretó la mano.
—¿Es ese el baúl? ¡Porque creo que lo está vendiendo!
El mercader atendía a un encapuchado que tenía en las manos su precioso baúl. Cuando el hombre se quitó la capa para refrescarse, Sakti lo estudió también en caso de que tuviera que perseguirlo por toda la ciudad para recuperar el pequeño cofre. Tenía el cabello rojo, las manos delgadas y…
Una nalgada. Sakti pegó un brinco y dio un pequeño chillido. A pesar de la capucha los gemelos se percataron de que se había puesto roja como un tomate. Uno de los chicos le preguntó qué le había pasado, pero el otro lo comprendió cuando vio que un muchacho se alejaba a paso lento, sonriendo por encima del hombro y con los ojos puestos en Sakti, esperando a que la chica lo buscara también.
Pero ella no lo hizo. Se quedó inmóvil y avergonzada.
—Ni lo pienses —escuchó a su lado. El gemelo que había visto al primer pretendiente encaró a otro que se había acercado para llamar la atención de Sakti—. Ella viene conmigo. —Le pasó un brazo por los hombros y la acercó a él para protegerla. Luego le susurró—: Te están cortejando. Papá dice que es muy común que lo hagan así en las grandes ciudades. —Ella apretó los puños.
—Recojamos mi baúl y vayámonos de aquí de una buena vez.
El chico creyó que era una buena idea. Antes no se habían dado cuenta pero ahora veía los ojos lujuriosos de muchos hombres que miraban sin pestañar la figura encapuchada de Sakti y las curvas de sus caderas.
Cuando se encaminaron al puesto se percataron de que el hombre pelirrojo que iba a comprar el baúl ya no estaba allí. Sakti apretó la marcha, preocupadísima. ¡Si el hombre lo había comprado ella tendría que perseguirlo y no tenía ni idea de qué dirección tomó! Pero el pequeño cofre todavía estaba en el puesto, en un sitio apartado del resto de la mercadería. Cuando ofreció comprarlo el mercader se negó.
—Lo siento, querida, llegas como dos minutos tarde. Ya está apartado. Dentro de poco vendrán a pagar el resto y a recogerlo. —Sakti creyó que se moriría de la angustia pero uno de los hermanos se le adelantó:
—¿Sabe a dónde fue este hombre? Podríamos hablar con él para que nos lo ceda.
—Mira bien este lugar, cachorro —dijo el mercader—. La gente va y la gente viene, pero no presto atención a dónde. Si no tengo los ojos fijos en mi puesto mi mercadería se iría pero no vendría de vuelta.
—Pero aun así lo habrá visto a él, ¿no? —se animó el otro gemelo, incómodo—. Llamaba mucho la atención con la cara tan… peluda y negra… —Sakti y el tendero lo miraron confundidos.
—Me parece que el tipo no tenía barba —apuntó el mercader.
—Y era pelirrojo, estoy segura.
Dagda los miró con una ceja enarcada.
—Tenía las manos velludas, el cabello a ras pero la cara era peluda, como una pelusilla negra. —El hombre los despachó con una mano.
—Si me van a venir con cuentos mejor váyanse. Compren algo o desaparezcan. No tengo tiempo que perder con niños.
Otro hombre se acercó al puesto y el tendero ignoró a la princesa y a sus amigos. Pero Sakti no lo soportaría. No había caminado como dos kilómetros desde Palacio ni soportado que la toquetearan para que un mercader la despachara sin más.
—¡Dame mi baúl o ya verás! —amenazó mientras apartaba al otro aesiriano de un empujón y se sacaba el collar que llevaba al cuello.
La cadena era de plata finísima y resplandeciente, pero apenas era lo bastante buena como para compararse con el dije que la adornaba. El pendiente también estaba hecho de plata y representaba a un ángel femenino, con un ala extendida y la otra cubriendo un pecho. La joya tenía detalladas las curvas, los mechones de cabello lacio, las plumas de las alas y tenía pequeños diamantes incrustados para realzar la belleza del acabado. Era pesado y algo grande, pues apenas cabía en la mano de la princesa.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó mientras le enseñaba el pendiente—. Si lo que te interesa es dinero yo puedo dártelo. Puedo aumentar la suma que pides por el baúl porque yo soy…
Sakti creyó que le cortarían el cuello pero la cadena se rompió antes. El dije resbaló de sus dedos pero no cayó al suelo. Se fue a salvo en la mano de algún ladrón, que se abrió paso entre la gente y escapó. La chica miró anonadada al criminal que avanzaba como una abeja ebria y se perdía de vista.
Luego sintió otra nalgada.
Dio un brinco y miró furiosa a un hombre que se había detenido a unos metros, sonriente. Sakti sabía que el tipo esperaba alguna clase de invitación para seguir con el cortejo, pero ella lo miró con ganas de cortarle las manos y luego buscó a los gemelos. ¡Menuda escolta eran si ya dos tipos la habían toqueteado de esa forma tan descarada! Pero los chicos… no estaban por ninguna parte. Estaba sola en medio de un mercado infestado de hombres que se habían percatado de que no tenía escolta y, para empeorarlo todo, acababan de asaltarla.
—¿No va a hacer algo? —preguntó al tendero. El hombre levantó los hombros.
—Solo a ti se te ocurre sacar algo tan brillante aquí. Es un mercado, no un templo lleno de santos. E incluso allí también hay ladrones.
—Yo podría ayudarte —se ofreció el aesiriano que ella había corrido para obligar al tendero a darle el baúl—. Ayudaría a una damisela en problemas a cambio de un beso. Eso sí… no en mi mejilla, ni en mi boca, sino un poco más abajo…
Luego otra nalgada pero Sakti ya no saltó ni se giró para ver al nuevo ofensor. Estaba roja pero no de vergüenza sino de furia. Si estuviese armada de verdad les cortaría las manos. Pero incluso así no podía seguir perdiendo más tiempo. Tenía dos opciones: quedarse cerca del puesto a esperar a que los gemelos y el hombre que quería comprar el baúl regresaran para poder hacer un trato… o correr detrás del ladrón, para recuperar su collar.
De verdad quería su baúl con toda el alma pero… el collar era el regalo de cumpleaños que Sigfrid le dio. No solo le gustaba porque era bonito sino también porque perteneció a su madre. La princesa Istar lo había usado también y deseó legárselo a su hija. Quizá Sakti no había heredado ni el cabello ni la bella cara de su madre, pero sí tenía algo de ella, algo igualmente lindo. No podía perderlo.
Además, si su tío o Sigfrid preguntaban por el pendiente y ella no lo tenía…
¡Brrr! De solo pensarlo se estremeció.
—Voy a regresar por mi baúl —advirtió al mercader—. Y si no está te juro que te pudrirás en las mazmorras.
Lo dijo lo más seria y amenazante que pudo, pero cuando echó a correr para perseguir al ladrón escuchó la burla del tendero. «No importa. Haré que se ahogue con su risa la próxima vez que lo vea», pensó.
El ladrón se había mezclado con la gente hace mucho pero ella siguió su rastro como un sabueso. Recordaba que el hombre tenía el cabello de un saturado verde esmeralda, llevaba pantaloncillos, botas y una camiseta azul sin mangas. Sakti pasó entre la gente como un rayo, veloz y certera. Los transeúntes se quejaron detrás de ella pero no se detuvo. De lo único que se aseguró fue de mantener la cabeza cubierta y no tropezar con los pliegues del vestido.
Al fin lo encontró.
—¡Ey! —gritó la chica—. ¡Ese es mi pendiente!
La sangre le hirvió cuando vio que el tipo intentaba revender el dije en un sitio de compra y venta. El aesiriano primero miró a Sakti como si no pudiera situarla, pero reaccionó cuando vio que la chica se acercaba a él a toda velocidad. Apartó el dije del dueño de la tienda y echó a correr.
En menos de un santiamén Sakti pasó por delante del negocio. Cuando el ladrón notó que la muchacha lo estaba alcanzando se internó en una de las rutas secundarias que se alejaba de la avenida principal y llevaba a algún barrio. A ella no le importó. Supo que tendría problemas para regresar pero no se detuvo.
Entró a la nueva calle. Persiguió al ladrón por aceras menos concurridas y lo siguió por callejones estrechos. Quizá el tipo la estaba llevando a una trampa pero ella estaba tan enojada que no le importó. Agarraría a ese hombre y le daría una tunda. «Ya es hora de acabar con esto», decidió. «Aquí se acaba el juego del gato y el ratón». Aumentó la velocidad y…
—¡AH! —gritó el ladrón cuando Sakti apareció delante de él—. C-c-c- ¿Cómo hiciste eso?
La chica primero se manifestó como un borrón y después ¡puf!, allí estaba. Ese era uno de los trucos que utilizaba durante los entrenamientos militares. Resultó que tenía piernas resistentes y rápidas, y como sus maestros pronto notaron que ella no tenía mucha fuerza física decidieron fortificar una condición que le diera ventaja en las batallas.
Esa era su velocidad. Los reclutas la temían porque a Sakti le tomaba menos de un parpadeo situarse de un lado del cuadrilátero a otro. Movía la espada tan rápido que desarmaba hasta al más fuerte cuando acertaba. Y ella era certera casi siempre.
—Dámelo —ordenó mientras estiraba una mano—. Recibí entrenamiento militar y puedo lastimarte mucho si me haces enojar. Te conviene darme mi pendiente en este instante.
El ladrón tragó saliva, estiró una mano para entregarle el collar…
Y luego alguien la sostuvo desde atrás. Sakti sintió que un brazo duro como acero se cerró alrededor de su cintura y una mano que parecía garra de oso le cubrió la boca. Pero no pudo ver ninguno de los dos. Para sus ojos lo que la tenía sujeta era el aire. Miró al ladrón porque sospechó que estaría usando magia para atraparla pero el tipo salió corriendo asustado.
Lo que fuera que la tenía atrapada la arrastraba hacia un callejón sin ventanas. Si la llevaba hasta allí podría hacerle lo que quisiera sin que nadie se diera cuenta. Quizá la habían asaltado y toqueteado ese día, pero Sakti no era una inútil y sabía lo que tenía que hacer. Dobló las rodillas y se agachó. Sabía que con ese movimiento su captor invisible contraería el abdomen y perdería fuerza en el agarre. Cuando sintió que el brazo de acero se aflojó un poco, Sakti golpeó las costillas del atacante con los codos. Al instante escuchó el quejido del hombre y la mano que le apretaba la boca también se aflojó. Antes de que el tipo la cubriera de nuevo, Sakti le dio un mordisco a la palma para que la soltara por completo. Funcionó. Cuando se soltó giró para dar algún otro golpe pero… no había nadie allí.
—¡Agáchate! —gritó alguien.
Sakti reconoció la voz. Obedeció justo cuando un madero golpeó el aire donde estuvo su cabeza. El trozo de madera se estrelló contra algo de lo que salpicó un líquido rojo muy oscuro. El olor a sal, el brillo inconfundible de la sangre, el mareo…
—¿Qué haces? ¡CORRE!
Uno de los gemelos la levantó y echó a correr con ella. El otro, que era el que sostenía el madero, se quedó atrás un par de segundos pero al final lanzó el leño y los siguió. Corrieron calle abajo, pasaron por la estatua de algún viejo General y llegaron de nuevo a la avenida principal. Cuando estuvieron a salvo se dejaron caer en una banca para tomar aire.
—¿En qué estabas pensando? —le preguntó Dagda—. Tú sola en esa calle, con ese tipo…
—¡No fue mi culpa! —lo enfrentó ella—. ¡Ustedes desaparecieron, me dejaron sola y tuve que arreglármelas por mi cuenta! —Airgetlam la tomó de la mano y la miró muy serio.
—¿Sabes quién era ese tipo? ¿El que te tenía sujeta?
—No lo vi… En ningún momento lo vi. Era… invisible… —Lo que sí vio fue la sangre cuando salpicó. Y el leño—. ¿Cómo supiste dónde golpear?
—¿De verdad no lo viste? —insistió el chico. Sakti negó con la cabeza—. Ese era el tipo que quiere comprar tu baúl.
—¿El pelirrojo?
—No es pelirrojo —dijeron los gemelos a la vez, sincronizados—. Tiene vello negro en toda la cara y unos ojos muy pequeños y rojos.
Sakti arqueó una ceja. Ella no había visto nada así; tampoco el mercader, que había ignorado al grupo cuando uno de los chicos habló de la peculiar apariencia del comprador anónimo.
—¿Es por eso que me dejaron en el puesto? ¿Lo siguieron? —Los chicos asintieron.
—No me dio buena espina, Allena. Sé que quizá no me crees pero te juro lo que vi. —Dagda se estremeció pero tuvo el consuelo de que su hermano le sonrió—. Lo que vimos.
—Ese tipo —agregó Airgetlam mientras se estremecía—… No sé, pero… no me pareció aesiriano. No sé lo que era. —Luego vio a Sakti y se sonrojó—. No me mires como si me hubiera vuelto loco.
—Nunca creería eso —lo consoló la chica pero sí le pareció extraño que los gemelos vieran algo que ella no.
—Ahora, si eres tan amable, ¿puedes explicarnos qué hacías allí? —preguntó Dagda—. Pudiste haberte hecho daño.
Sakti giró los ojos. Quiso darle un par de coscorrones a cada uno y recordarles que una escolta debía permanecer al lado de una chica, pero se contuvo porque ellos la habían salvado.
—Cuando ustedes me dejaron alguien me asaltó. Se llevó el pendiente de mi madre. —Se llevó la mano al cuello; extrañaba el peso del dije y la fría cadena de plata—. Casi atrapo al ladrón pero escapó con lo que sucedió después. ¡Argh, voy a estar en problemas!
Dagda la tomó de la otra mano y luego sostuvo a su gemelo. Así formaron un pequeño círculo. Sakti no supo qué pretendían los chicos hasta que sintió la corriente de energía que fluía de ella a los profetas.
—Lo encontraremos —prometieron Dagda y Airgetlam—. Ya verás que sí.


Con sus habilidades visionarias, los chicos extrajeron de Sakti todo lo que sabía del ladrón y vaticinaron dónde lo encontrarían. Cuando el criminal vio a la princesa intentó escapar, pero esta vez ella fue más rápida y tenía la ayuda de un par de muchachos. Lo que más la alegró de recuperar el pendiente fue la tunda que dio al ladrón. ¡Estaba tan frustrada por todo lo que había sucedido ese día y alguien tenía que pagar!
—Si no me hubieras robado —le dijo cuando le dio el último puñetazo— me habría desquitado en alguien más.
Después regresaron. No tenían tiempo de volver al mercado por el baúl de Sakti. Con suerte apenas lograrían llegar a Palacio. Cuando llegaron a la trampilla secreta se aseguraron de dejarla bien oculta antes de entrar. Era una buena ruta de escape y no tenían por qué echarla a perder con un descuido. El camino de regreso ya no les pareció largo, aunque en la cueva acuática echaron de menos la luz del sol. Cuando al fin llegaron a la prisión a los gemelos les sorprendió que les agradara el jardín y la casa.
—Masca no está tan mal —dijo uno de ellos mientras avanzaban hacia la casa—, pero hay mucha gente para mi gusto.
No les sorprendió ver a Darius en la misma sala desacomodada de siempre, pero sí los tomó fuera de base las maletas que estaban a su lado.
—¿Las hiciste? —preguntó Sakti. Luego se devolvió al jardín para ver el cielo—. No parece que se venga el fin del mundo ¡pero es una señal!
Los gemelos se rieron de la broma pero Darius no. ¿Todavía seguía enojado con ella por lo de Zoe? ¿Cómo podía ser tan rencoroso? Sabía que tenía que cambiar pronto de tema, así que dejó que Dagda y Airgetlam le relataran la expedición. Cuando los chicos le contaron lo del extraño hombre que intentó atrapar a Sakti, apretó los labios con disgusto y le dio un pequeño coscorrón a cada uno.
—Eso pasa por dejarla sola —los regañó. Pero al instante siguiente los abrazó porque sabía que no los vería en mucho tiempo—. En resumen, no encontraste el baúl. ¿Qué harás ahora?
—Tengo un plan b —le confió Sakti—, pero sé que no te va a gustar…
Darius arqueó una ceja sin saber muy bien si quería escuchar o no el nuevo plan de su amiga. Pero entonces llegaron los soldados. Era la hora de la despedida. Al día siguiente se irían de Masca.

****

Sakti se estremeció sin querer y apretó las carpetas que el Emperador acababa de entregarle. La despedida fue justo lo que esperó: su tío la abrazó, la besó, le dijo que la extrañaría, le deseó suerte y le entregó todos los documentos que necesitaba para salir de los controles de la frontera. Pero también hizo algo más: trató a Darius con amabilidad. Le ofreció una copa de vino y pastelitos y luego soltó la bomba que profeta y princesa esperaban después de ese cambio de actitud:
—¿Ya pensaste qué hacer con tu hija cuando esté en edad de casarse? —le preguntó a una distancia prudente, como si temiera que Darius se le lanzara encima o le escupiera en cualquier momento—. Mi hijo ha demostrado interés en Zoe. La vi y me parece una chica adecuada, así que por favor considera nuestra oferta. Yo haré lo propio para que nos llevemos mejor porque puede que algún día compartamos nietos.
Luego los sacó del estudio porque sabía que no quería soportar las ofensas y maldiciones de parte de Darius. Sakti, en cambio, sí las escuchó todas. De no ser por los soldados Vento que los escoltaban hacia una salida de Palacio, Darius la estaría zarandeando.
—¿Lo sabías? —le preguntó a gritos—. ¿Tenías idea de algo tan horrible? ¡No va a pasar! Sobre mi cadáver, ¡mi niña no se irá con un asqueroso Aesir!
Sakti no pudo responder aunque sí, lo sabía. O mejor dicho, lo presintió. Al principio para Kardan, Sin y Harald era un calvario tener que ir a ver a los profetas, pero de un momento a otro el príncipe heredero se interesó en acompañar a Sakti y a Adad a la prisión. Se quedaba tanto tiempo como Darius y los gemelos lo permitieran y hacía un esfuerzo increíble por ser amable con ellos. Él decía que se quería llevar bien con los amigos de sus primos, pero a Sakti no le pasaban desapercibidas las miradas que dirigía a Zoe.
—¡Es un asaltacunas! —gruñó Darius.
«Ahora es muy mayor para ella», accedió Sakti para sus adentros. «Pero algún día no lo será y Zoe es lo bastante bonita para tener un príncipe como pretendiente». Lo que más la intrigaba era que su tío en verdad considerara la unión. Zoe era, quisiera o no, una Tonare, y las Casas Militares y los Aesir nunca se mezclaron por temor a unir las maldiciones que afectaban a cada familia. «Tal vez el tío no lo diga en serio. Tal vez ahora no encuentra excusas para negarle esto a Kardan. O tal vez solo disfrute molestar a Darius… y a mí, porque ahora tengo que soportar su genio».
Para empeorarlo todo llegaron a la salida de los carruajes y, por supuesto, el que los llevaría a la mansión Tonare no era otro más que el propio Enlil. El General los saludó con una inclinación de cabeza, aunque apenas se atrevió a ver a Darius y el profeta gruñó. Sería un viaje muy largo e incómodo pero no había otra opción…
—Lo siento —murmuró Sakti—. Lo que voy a hacer no te va a gustar nada…
Antes de que su amigo le preguntara a qué se refería, Sakti corrió hacia Enlil y se lanzó a la cintura del General para abrazarlo. Un escalofrío corrió libre y siniestro por la espalda de Darius. Se le contrajo el estómago, se le erizó el vello de los brazos y las palmas de las manos le sudaron. Pero antes de que pudiera tan siquiera gemir del asco, escuchó a Sakti:
—¡Te voy a extrañar muchísimo, Enlil! ¡Hagamos algo juntos hoy, por favor! ¡Lo que sea!
En lugar de ir de camino a la mansión Tonare, fueron al mercado. Darius tuvo problemas para soportarlo. No solo tenía que compartir carruaje con el tipo al que más detestaba en todo el planeta, sino que encima tenía que aguantar la conversación amigable entre Sakti y Enlil mientras iban en el coche, ignorándolo a él.
Enlil le daba a la princesa consejos para hacer más cómodo el viaje al Oeste y le decía lo mucho que la extrañarían las sirvientas y Galatea, la esfinge de Adad. Sakti hablaba de qué afortunados eran los cadetes de la Fortaleza Norishka porque Enlil viajaría pronto allí para traerlos a Masca y entrenarlos. Darius dio un suspiro cuando al fin el carruaje se detuvo y Sakti y Enlil bajaron para visitar el mercado. Creyó que podría al fin descansar un poco y librarse del mal humor que le generaba la alegría de esos dos, pero la puerta del coche permaneció abierta.
—¿No vienes, Darius? —lo invitó Enlil.
El profeta quiso responderle con alguna grosería pero vio que Sakti, detrás del General, le imploraba que bajara sin dar problemas. «Claro», comprendió el muchacho. «Solo está usando al anciano para buscar su bendito baúl. No es como si de verdad quisiera pasar tiempo con él». Así que bajó.
Soportó por un tiempo más la amabilidad entre Sakti y el General Tonare, pero lo que le costó asimilar fue la gente del mercado. Tantas, tantas personas y tantas caras distintas. Se había acostumbrado a los poquísimos visitantes que tenían, a las mismas sirvientas, a los guardias anónimos que eran uno solo porque todos usaban la misma máscara… Ver tantas facciones, ojos y colores de cabello diferentes lo desubicó y lo hizo sentir como un extranjero. Él no calzaba allí, en esa ciudad. Quizá, si nadie le prestara atención a él y a su grupo, habría sentido lo contrario. Pero la gente se apartaba al paso del General. Cuchicheaban, miraban la capucha de Sakti, luego los ojos mestizos de Darius y comprendían de inmediato quién era él.
—El hijo del General Tonare…
—El heredero de los Tonare…
Los murmullos le hicieron hervir la sangre. Dio media vuelta para regresar por donde vino, pero entonces Sakti los jaló a él y a Enlil.
—¡ALLÍ! —gritó la princesa.
El mercader no la reconoció. Inclinó la cabeza y actuó casi como un cortesano, muy agradecido y agraciado por la presencia del General y la princesa. Sakti tomó uno de los libros viejos que estaban en el puesto, se lo dio a Enlil y le susurró:
—A Darius le gustan los libros. No creo que quiera hacer las paces de inmediato, pero si en verdad te interesa llevarte bien con él no hay mejor forma de empezar. —El General levantó una ceja y susurró:
—¿Quiso hacer este paseo para que yo y Darius nos lleváramos bien? —Sakti puso en práctica todo lo aprendido en Masca: se sonrojó como una cortesana, los ojos le brillaron como si la misma luz de Dios los alumbrara y sonrió lo más dulce que pudo.
—Claro que sí. Tú me agradas muchísimo. Quiero que seas feliz.
A Sakti en verdad le agradaba el General Tonare porque era un buenazo. Pero aprovecharía la oportunidad de valerse de su talón de Aquiles –Darius– para lograr lo que quería. Así que mientras Enlil se armaba de valor para ofrecer algo al muchacho, Sakti se inclinó sobre el mercader y lo agarró con rudeza del cuello de la camisa.
—¿Me recuerdas? —preguntó entre dientes mientras le mostraba el dije, segura de que esta vez nadie la asaltaría—. No has vendido mi baúl, ¿verdad? Porque no te conviene nada.
El regordete mercader la miró sin podérselo creer. La chica del pendiente de ángel, la misma de esa tarde, con los chicos gemelos… La misma a la que habían asaltado, nalgueado… La misma de la que él se había burlado… Palideció al instante de miedo porque recordaba la amenaza: «… si no está te juro que te pudrirás en las mazmorras».
Todos lo miraron atónitos, alegres e envidiosos porque creyeron que la chica le estaría haciendo un cumplido. Después de todo era la princesa, la portadora del Primer Dragón, lo más sagrado para los aesirianos después de Dios. Pero Sakti lo tenía sujeto con rudeza sin la delicadeza de princesa con la que habló antes a Enlil. Ahora miraba al mercader como si estuviera a punto de sacarle los ojos si no le daba el bendito baúl.
El tendero estiró una mano hacia los artículos apartados y puso sobre la tabla lo que Sakti le pedía.
—El hombre no llegó a recogerlo pero no debería tardarse mucho. Pagó un buen adelanto y si no lo encuentra…
El mercader se estremeció aunque Sakti sabía que el otro comprador quizá estaba demasiado adolorido por la tunda que le dio uno de los gemelos. Volvería, oh sí, pero no todavía.
—Sabías que era mío, ¿verdad? —le preguntó en un siseo. Aunque le gustaba mucho su tesoro sabía que no era del todo bonito. Para cualquiera parecería una chuchería que no valía más de cinco monedas de cobre, mucho menos un gran adelanto—. Sabías que alguien lo había robado de entre las pertenencias de la princesa. —El hombre asintió con las orejas rojas.
—Pero no sé quién lo hizo, Alteza.
—No me importa —dijo ella mientras tomaba el baúl. En una esquina vio un pañuelo púrpura y lo tomó. Increíble. ¡Hasta su pañuelo estaba en venta!—. Gracias por el regalo que haces a tu princesa —dijo lo bastante alto para que los que estaban más cerca la escucharan—. Darme esto así nomás es muy amable de tu parte.
Se marchó, no sin antes asegurarse de que la pluma de Dragón estuviera allí dentro. Ahora que ataba cabos lo más probable era que el hombre que estuvo a punto de comprar su baúl siempre supo que era de ella. Quizá lo que quería era la pluma. «Y supo quién era yo, a pesar de la capa», comprendió. «Por eso intentó atraparme». Se preguntó si el tipo lo habría logrado de no ser por los gemelos. Qué raro que ella no pudiera ver al atacante, pero que Dagda y Airgetlam sí…
«Ahora eso no importa», pensó. «Lo único que importa es salir de Masca, ir a Lahore, salvar al amo… Lo demás puede esperar». Apretó el baúl contra el pecho, dispuesta a no perderlo nunca jamás. Solo unas horas más y estaría de camino a la ciudad de Lahore. Pero mientras aprovecharía el paseo nocturno por el mercado en compañía de su amigo cascarrabias y el General buenazo. Ahora sí que nadie la asaltaría ni la nalguearía.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017 Ángela Arias Molina

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