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Hacia la ciudad de Lahore

HACIA LA CIUDAD DE LAHORE

El fuego de la chimenea era agradable. Sigfrid bebió el té con calma pero Enlil recorrió la habitación como desquiciado. Solo a veces se detenía para mirar hacia la ventana.
—… y no le gusta el frío. Debería llevar al menos diez abrigos, ¡el Oeste es una región helada!
Sigfrid bebió en silencio. Odiaba a las personas que hablaban sin detenerse. Aunque por lo general Enlil era la excepción a la regla, su amigo ya le estaba colmando la paciencia.
—Verás, Enlil, no me importa ni un comino si tu hijo siente frío o no mientras estemos de viaje. La que me preocupa es la princesa. Aún no he ido a dormir porque espero que me informes un poco sobre ella. Ya debes de conocerla un poco más porque se ha quedado en tu casa por dos semanas.
—No te has ido a dormir porque no te gusta dormir —aclaró Enlil, haciendo que su amigo enarcara las cejas—. Todos necesitan descansar pero tú prefieres permanecer en vela toda la noche, ¡todas las noches!
—No me gusta sentirme seguro, si es lo que quieres decir. Es entonces cuando se corre mayor peligro.
Bebió otra vez antes de pedir de nuevo información sobre la princesa. El día que Adad escapó se dio cuenta de que la chica tenía agallas y, más aún, que podía ser impertinente. Si se le plantó al Emperador sin el brazo a torcer hasta que le permitiera ir a Lahore, ¿no actuaría igual en el viaje si algo se entrometía en su objetivo? Quiso conocer un poco más de ella para saber cómo tratarla si le tocaba vérselas con Sakti en modo «yo soy la que manda, tú solo obedéceme».
 Enlil se sentó en el sillón que estaba frente al de Sigfrid, pero no dejó de frotarse las manos por la preocupación. Podía vivir con la idea de Sakti fuera de Masca porque la había visto en los entrenamientos, pero temía por Darius. ¿Qué pasaría si encontraba a Sigurd? O peor aún ¿y si se le soltaba la lengua filosa y ofendía a Sigfrid?
—Es muy callada y… bueno, tiene muy mal gusto.
—Ya lo sabía. Se lleva muy bien con tu cachorro, ¿qué esperabas? —Enlil arqueó las cejas.
—Odias mucho a mi hijo, ¿no?
—No me agrada. No me gusta cómo te mortificas por él. —Dio otro sorbo y continuó—: ¿A qué te refieres con que tiene mal gusto?
—¿La princesa? Ah… tal vez es algo sin sentido. Esta tarde pasamos cerca del mercado y… —se detuvo cuando sintió la ceja acusadora de Sigfrid—. Ya sé, ya sé. No te hace ni pizca de gracia que una princesa se pasee por un mercado pero no me importa. La pasamos bien. Hasta Darius fue un poco menos cascarrabias conmigo cuando le compré un libro, gracias a la sugerencia de la princesa. —Luego sonrió—. Me encanta tu ahijada. Quizá es un poco complicado entenderla pero es muy amable conmigo.
—¿Y qué compró?
—¡Bah!, un baúl horrible. Si lo hubieras visto: una caja de madera vieja con cerradura oxidada, aunque olía a pino recién cortado. Menos mal que se lo regalaron porque la chuchería esa no vale nada. Y el pañuelo…
Enlil siguió hablando sin darse cuenta de que Sigfrid casi se atraganta con el té. ¿Un baúl feo? ¿Dónde…?

El anciano Salvot, el paquete púrpura que cargaba como un bebé, Sakti llorando hecha un ovillo en la cama, abrazando un baúl viejo y un pañuelo púrpura…

—Sigfrid, Sigfrid… ¿Estás bien?
La voz de Enlil se escuchó tan cercana que casi pareció un grito. Sigfrid notó que su amigo lo sostenía por los hombros, mientras que la taza de té estaba en la mesa de bocadillos. Enlil había evitado que se cayera.
—¿Otro recuerdo? Te digo, eso me preocupa. El que bloqueó tus memorias tenía una capacidad increíble. ¿Dónde sucedió el recuerdo que acabas de recuperar? —Sigfrid apoyó la cabeza en el respaldar del sillón.
—En el templo de Lahore.
Enlil descansó la barbilla en la mano derecha, mientras se sentaba sobre la mesa. Alguien había jugado con los recuerdos de Sigfrid en Lahore. Después de que Sakti les hablara del mensajero Mark Salvot, él mismo estudió la mente de Sigfrid para averiguar por qué tuvo un lagunazo tan grave. Lo que encontró no le hizo ni pizca de gracia.
—Debes tener cuidado porque cuando vuelvas a Lahore es posible que algunos de tus recuerdos sean bloqueados de nuevo. Pudo haberlo hecho la princesa sin querer, ya que la conociste cuando estaba muy confundida. No sería extraño que hubiera dejado salir magia sin desearlo y que el resultado fuera el bloqueo al azar de algunos de tus recuerdos.
—¿Pero…?
—Pero puede que otra persona haya intervenido. ¿Qué te hizo recordar?
—El baúl —respondió Sigfrid sin dudarlo. Había aprendido de Enlil que aún más importante que recuperar el recuerdo bloqueado era recordar lo que lo había desbloqueado—. En Lahore un humano le dio un baúl a la princesa. Creo… que nunca volví a ver ese baúl.
—Entonces sabes lo que eso significa, ¿no? —Sigfrid no respondió pero esperaba que su amigo terminara de confirmar sus sospechas—. Tenemos un espía. Si el baúl que la princesa obtuvo hoy en el mercado es el mismo que consiguió en Lahore, eso quiere decir que alguien mezcló el cacharro ese con los artículos del mercado. La pregunta ahora es ¿por qué?
—Supongo que podré averiguarlo durante el viaje porque no creo que la princesa deje en Masca algo que le fue robado antes. No es nada tonta, ¿cierto? —Enlil asintió—. ¿Algo más que deba saber de la princesa, además de su pésimo gusto por artefactos personales?
Enlil se rascó la nuca. Había algo importantísimo que tenía que decirle pero no podía recordarlo. Genial. Él también tenía lagunas mentales, aunque las suyas quizá sí tenían que ver con la edad. Al final negó con la cabeza y le deseó las buenas noches.
—Enlil —lo llamó Sigfrid mientras se recostaba al sillón, con una mano en la espada. Estaba en un lugar seguro pero los hábitos militares no morían ni aunque estuviera en casa de su amigo—, mientras yo no esté en Masca tendrás que asegurarte de que el espía no se acerque a los profetas. El Emperador sabe cuidarse solo pero tampoco lo descuides.
—No te preocupes. Antes de irme al Este dejaré todo arreglado. No dejaré que nadie se acerque a mis nietos ni al Emperador. De eso puedes estar seguro. Buenas noches, Sigfrid.
—Buenas noches, Enlil.


—Cabalgue con cuidado, Alteza —pidió el Segundo General mientras revisaba por tercera vez que la silla y las pertenencias de Sakti estuvieran debidamente ajustadas.
No le preocupaba que Sakti entrara a combate pero verla subida al enorme corcel de seis patas sí logró asustarlo. El animal medía sus buenos dos metros de altura. Si ella se caía el caballo la aplastaría.
—No te preocupes. No tengo miedo a los caballos ni a las caídas. —Sabía que Ka-ren era muy grande para ella pero no le importaba. El corcel era inteligente y simpático y ella se sentía a gusto en la silla—. Además, si me caigo solo aprenderé a cabalgar mejor.
Enlil bufó pero Sakti dio por cerrada la discusión con una sonrisa. Miró a uno de los cuervos y dijo:
—Huggin, cuida bien de Galatea en mi ausencia, ¿de acuerdo? —El ave se acercó a Sakti, tomó la forma de Dereck e hizo pucheros.
—¡Buá! ¿Y quién me va a cuidar a mí?
—Alteza, Huggin tiene muchos deberes que cumplir en nuestra ausencia. Hacerse cargo de una esfinge no es parte de sus tareas.
Huggin miró aburrido a Sigfrid. Él era, probablemente, el hombre de pensamiento más cuadrado que conocía. Cuidar de Galatea no era algo difícil, en especial porque él y la esfinge se llevaban muy bien.
—Haré lo mejor que pueda, señores —respondió el cuervo con una reverencia. Luego tomó su forma de ave. Mientras tanto Darius veía las ventanas en búsqueda de su hija. Como no la vio fulminó a Enlil con la mirada mestiza.
—Escucha, anciano: si algo le pasa a Zoe mientras no estoy te juro que me las pagarás.
—Estará a salvo —prometió Enlil.
El General sonrió para tranquilizarlo pero el profeta lo ignoró. Cuando Sigfrid ordenó la marcha, los tres salieron de los jardines de la residencia Tonare. Los caballos de seis patas, además de tener algunas habilidades mágicas, eran rapidísimos. No tanto como un cuervo mensajero pero sí lo bastante buenos como para que cruzaran la ciudad en cinco horas, aprovechando que en la madrugada todavía no había gente en las calles. En poco tiempo estarían en los controles de la frontera.
—¿Ya se fueron? —Una mujer de voz dulce y suave salió al jardín y rodeó con sus brazos la cintura de Enlil.
—Sí. Pero creo que olvidé decirle algo a Sigfrid…
Ah, no lo podía recordar. ¡Pero era tan, tan importante! Su esposa se acomodó en sus brazos mientras Enlil intentaba concentrarse en lo que le faltó decir a Sigfrid la noche anterior. Entonces…
—¡DEMONIOS! —bramó mientras se llevaba las manos a la cabeza—. ¡Olvidé decirle que la princesa le tiene pavor a la sangre!
Di levantó las cejas y después dejó escapar una sonrisilla burlona.
—Vaya, qué problema. En una región donde abundan las guerras, los vanirianos y el come-almas, no es nada raro sufrir uno o dos rasguños graves, ¿cierto? —Enlil asintió mientras imaginaba todos los peligros que Sakti correría—. Piénsalo de esta forma: así como caer de un caballo le enseñará a cabalgar mejor, sangrar una o dos veces la ayudará a superar el miedo. Solo espero que Sig pueda con todo. ¡Es mucha responsabilidad cuidar a un joven rebelde y a una niña algo tocadita de la cabeza!
La esposa de Enlil le dio un dulce beso sin que él pudiera pensar en otra cosa que en Sakti y su fobia.

Este texto está protegido por Derechos de Autor.
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molin

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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