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Capítulo 20

20
EL NIÑO EN EL BOSQUE

Hacía mucho frío. Desde hacía varias semanas los cielos estaban opacos. A veces caía una llovizna ligera. Otras, nieve. En ese momento una densa neblina les empapaba con minúsculas gotas de agua. Pero sin importar las inclemencias del tiempo la marcha no se detenía. Sigfrid insistía en adelantarse a cualquier criatura que rondara los campos. Sakti no sugería cuándo descansar o cuándo seguir, pues se conformaba con cerrar los ojos mientras cabalgaba. Darius era otro cantar.
—¡Aa---chuuuu! —estornudó el profeta—. ¿Podemos detenernos ya?
Después de criarse en la costa no se hallaba muy bien en un clima tan frío. La nariz la tenía roja y fría, y las sienes le latían. Se estaba resfriando. A su lado Sakti murmuró algo que pudo haber sido «Salud», pero Darius no estaba del todo seguro. Era un poco complicado entenderle a una chica que hablaba en sueños, más cuando los cascos de los caballos no se callaban.
—¡Aa---chuuuu! —estornudó otra vez—. ¡¿Podemos detenernos ya?! ¡Anciano!, ¿me oyes?
—Te oigo, cachorro —contestó Sigfrid sin volver a verlo, concentrado por completo en el camino. En esos momentos subían una pendiente pedregosa y los corceles no podían cabalgar a toda marcha—. Hay ladrones por toda la región. Es lógico que no podemos detenernos a campo abierto. Creí que tenías un poco de sentido común.
—¿SENTIDO COMÚN? —estalló Darius—. ¡Claro que tengo sentido común! Los que no tienen ni pizca de sentido común son ustedes. —Señaló a sus compañeros de viaje con desdén—. ¡Tú no descansas en días y esta descansa mientras cabalga!
Sakti bostezó y se desperezó como para confirmarle a su amigo lo extravagante que era. Después parpadeó y frunció el ceño, enojada. Los gritos de Darius la despertaron y ya sabía lo que eso significaba. Sigfrid se detuvo y se dirigió al muchacho:
—Mira, cachorro imprudente. Desde el primer día te hablé de las condiciones de viaje con las que trabajo. Uno, nadie me contradice; y dos, se viaja lo más silencioso posible. Tú has hecho exactamente lo opuesto no una, ¡sino varias veces! En mis tropas los soldados me obedecen o si no sufren las consecuencias.
—Pero qué lástima que no tienes un ejército cerca y que yo no soy un soldado —comentó Darius entre dientes.
Los dos se miraron a los ojos a la vez que Sakti suspiraba cansada. Contó hasta tres y, como lo esperaba, Darius y Sigfrid comenzaron a pelear. «¡Cachorro imprudente!», espetaba el General. «¡Perro viejo del gobierno!», respondía el profeta. Siempre era así. Darius sugería algo, Sigfrid lo ignoraba. Darius gritaba exaltado, Sigfrid lo reprendía.
Al principio del viaje Sigfrid intentó soportar los berrinches del profeta pero en algún momento recordó que su trabajo era ser General del Imperio. No niñera. Por eso su paciencia se acortó muchísimo y ya no le aguantaba nada a Darius. En ese momento, por ejemplo, les faltaba poco para bajarse de los caballos y agarrarse a puños. No se soportaban el uno al otro.
—¡Ya cállense! —los cortó Sakti—. ¿Por qué todo tiene que ser siempre así con ustedes? ¡No hacen más que retrasarme con sus riñas!
Apretó las riendas y adelantó la marcha, harta por las peleas. Su corcel se paró en dos patas y salió a todo galope, alegre. Sakti escuchó a Sigfrid maldecir su imprudencia pero era en vano. La princesa estaba muy orgullosa de sus habilidades como jinete, además de la obediencia del caballo, así que acarició la crin de Ka-ren para animarlo a seguir adelante.
La bestia terminó de subir la pendiente a pesar de la inclinación y de las piedrillas sueltas. Cuando llegó a la cima Sakti esperó a que Sigfrid y Darius la alcanzaran. El corcel del General también corría, aunque con un poco más de cuidado. Darius, en cambio, mantuvo una marcha lenta pero constante. Les tomaría un tiempo llegar hasta ella.
Sonrió por lo bajo mientras veía la precaución de sus compañeros. Seguro los volvía locos con sus acciones algo descabelladas, aunque los dos se cansaban tanto peleando entre sí que no la reñían. Respiró una larga bocanada de aire de montaña. El frío le dañaba la cara pero el resto del cuerpo estaba cómodamente acurrucado entre tanto abrigo. Miró el cielo gris y sonrió. Los cielos grises le recordaban a Lahore y el recuerdo de la ciudad de la lluvia invocaba también el rostro del amo Mark. Casi sin darse cuenta pasó la mano cerca de una bolsa sujeta a la silla de montar, en la que cargaba el baúl de madera vieja que tanto amaba.
Un ligero temblor la sacó de sus pensamientos. Su caballo también lo sintió y pateó el suelo, inquieto, antes de moverse asustado. Sakti apretó de nuevo las riendas y susurró palabras dulces para que Ka-ren se calmara.
—Es la marcha de Bithian y Mükael —le explicó al ver cómo los otros dos caballos y sus jinetes seguían en ascenso. Las rocas temblaban un poco, pero Darius y Sigfrid no lo notaban—. Tranquilo, Ka-ren. Bithian y Mükael utilizan la esencia de la tierra para no caer. Eso es todo, no hay nada que temer.
El animal se calmó un poco pero el temblor, aunque algo leve, continuó.
Sakti se despreocupó de Sigfrid y su amigo, y miró el camino que tenía adelante. Era una vía de tierra en medio de un bosque de árboles secos. La princesa arrugó la cara. Los bosques con ramas quebradizas abundaban en la región Oeste pero no le gustaban. La ponían nerviosa con los quejidos del viento y los «crac-crac-crac» imprevistos de las ramas, que daban la impresión de que algo rondaba aunque no hubiera nada que temer.
Observó con desgana el conjunto de troncos grises, imaginando las noches nerviosas que iba a padecer hasta que llegara a Lahore. «Tranquila», se dijo a sí misma. «Ya no hay nada que temer, Sakti Allena. Ya te puedes cuidar de los demonios. Además, nadie te hará daño si Sigfrid está cerca». Hasta un demonio monstruo tendría suficiente seso para evitar meterse con el aesiriano más temible de todos los tiempos.
De repente, por entre el ramaje vio una sombra. Sintió un vacío en el estómago por la sorpresa. Por simple reflejo jaló las riendas del corcel con fuerza. Esto hizo que el animal se asustara y se levantara en dos patas. Ka-ren bailó al borde de la cima, a un paso de perder el equilibrio y caer pendiente abajo pero…
—¡Alteza, no haga eso! —pidió Sigfrid mientras sostenía la espalda de Sakti.
… el General tomó las riendas de Ka-ren, chascó la lengua y calmó al caballo. Sakti tomó una buena bocanada de aire para calmarse y recuperó el equilibrio. Lo único que faltaba era que se cayera de la silla y se quebrara el cuello.
—Alteza, ¿está bien? —preguntó el General al ver que no recuperaba el color. Sakti no respondió sino que buscó entre los árboles. La sombra había desaparecido.
—Juraría que vi algo —murmuró después de tragar saliva. Sigfrid buscó también con la vista pero no había nada que temer.
—Está cansada, Alteza —dijo para consolarla.
—¡Qué va a estar cansada! —se quejó Darius cuando él y su caballo alcanzaron por fin la cima—. ¿Que no ves que se la pasa durmiendo?
—Estaba temblando —dijo Sakti—. Es más, todavía tiembla.
—Es solo que te llevaste un susto, por eso todo te tiembla —dijo Darius para calmarla, ya menos cascarrabias—. Todo está en orden.
Pero no era cierto. Sakti todavía sentía que la tierra se estremecía un poco, pero con la suficiente fuerza como para que las piedras más pequeñas saltaran a los cascos de los caballos. No sabía qué era eso pero además del temblor estaba segura de haber visto una sombra. Quizá eran chiquilladas de parte suya, pero no quería entrar al bosque.
—¿Podemos buscar otro camino? —preguntó a Sigfrid. El General la miró a los ojos por unos segundos, hasta que al fin asintió:
—Está bien, Alteza. Buscaremos otro camino.
—¿QUÉ? —preguntó Darius ofendido—. ¿Buscaremos otro camino solo porque ella lo dice?
—Sí.
—Pero… ¡a mí nunca me haces caso!
—No eres un príncipe, ¿o sí?
El profeta estaba listo para refunfuñar pero entonces sintió el temblor del que hablaba Sakti. Ya no eran solo las piedras pequeñas. Las medianas también saltaban. Darius también sintió las vibraciones del suelo a través del caballo. Al principio fue leve pero poco a poco tomó fuerza, como si alguien se acercara.
—¿Qué es---?
Darius miró el camino que recorrieron, casi seguro de que el temblor venía desde allí. Sakti y Sigfrid lo imitaron aunque al principio no vieron nada que los alertara. Solo sintieron ese constante temblor. Entonces distinguieron una nube de polvo. Y risas, carcajadas.
Sigfrid gruñó y lanzó una maldición.
—Nos vamos, ¡ahora! —dijo.
Sakti quiso preguntarle qué sucedía pero una de las carcajadas se hizo más fuerte y cercana. Lo siguiente que supo fue que Darius se le lanzó encima y de pasó los derribó a ella y al caballo.
—¡Cuidado! —gritó el profeta solo para que de inmediato lo que intentó capturar a Sakti lo jalara a él de los hombros.
Sakti nunca había visto algo así. Vio las garras de las patas, las alas y el dorso pálido y desnudo de una mujer, y después a Darius que ascendía como si fuera un ratoncillo presa de un halcón. «No», pensó mientras escavaba en sus recuerdos. «Ya he visto algo así antes, en la aldea». Sí, ya antes había visto una bandada de mujeres desnudas que volaban en el cielo en medio de carcajadas y gritos eufóricos.
—Una arpía —gruñó Sigfrid mientras sacaba una ballesta automática atada a la silla de montar.
El General apuntó hacia la mujer alada que se llevaba a Darius y disparó antes de que Sakti lo detuviera. La princesa ya veía a su amigo caer y romperse la cabeza al tocar el suelo, pero Sigfrid ya estaba acostumbrado a esas extrañas mujeres. En cuanto le dio en el corazón a la primera, otra atrapó a Darius del tobillo antes de que se matara. El General disparó contra otras que aparecieron entre las nubes y que estaban listas para lanzarse sobre él y Sakti.
—¡Tendrás que apañártelas por tu cuenta, cachorro! —le gritó mientras disparaba más flechas a otras mujeres.
Incluso bocabajo, Darius giró los ojos y le hizo una mueca de disgusto a Sigfrid. El mestizo se estiró hasta tocarse la punta de la bota, de donde sacó la única arma que el General le permitía cargar: una daga. Cortó parte del tobillo de la mujer alada, que lo dejó caer sin peligro.
Sakti se levantó de un salto, dispuesta a bajar la pendiente para ir a recoger a Darius. Entonces notó que la nube de polvo que habían visto antes era ahora más densa. Ya podía ver lo que la provocaba: unas criaturas altas y peludas que tenían cuernos y rostros de toros. Ya antes había visto esas criaturas, justamente el mismo día en que vio por primera vez a las arpías.
—¡Muévete, Darius! —gritó Sigfrid mientras disparaba la última flecha cargada de la ballesta.
El General hizo un sonido con la lengua y Ka-ren, que se había levantado poco después de que Darius lo derribara, se situó junto a Sakti para que montara. La muchacha creyó que su amigo no tendría tiempo de llegar porque había caído en plena pendiente. Pero ella no se había acomodado en la silla cuando Darius ya estaba listo en su asiento.
—¡Cabalga! —la urgió el profeta cuando ella se le quedó viendo sorprendida.
Darius salió disparado hacia el bosque. Sigfrid no tardó en unírsele, a la vez que cargaba la ballesta sin preocuparse de perder el equilibrio. Ka-ren siguió a los otros dos caballos antes de que Sakti pudiera reaccionar. La princesa apenas tuvo tiempo de sostenerse de las riendas, todavía incapaz de seguir el ritmo de los acontecimientos.
El temblor se hizo más fuerte, las piedras saltaron con mayor intensidad y la tierra le llevó el eco de los cascos de las criaturas que la perseguían. Desde el cielo le llegaron las risas y el batir de alas de las mujeres. No se lo pudo creer. Tuvo que mirar por encima del hombro y de la cabeza para aceptar que esas extrañas criaturas la perseguían. Estaba tan conmocionada que apenas podía escuchar a Sigfrid y a Darius discutir.
—¡Por el camino! —gritó Darius.
—¡Por el bosque! —lo contradijo Sigfrid, que había ganado el liderazgo de la carrera. El General se desvió del camino para adentrarse a la espesura de los árboles.
Darius maldijo la decisión de Sigfrid, pero se adentró en el bosque de todas formas. Ka-ren siguió el camino de los otros caballos. De inmediato Sakti notó que las ramas les daban más problemas a las arpías y les dificultaban acercarse a ella. Miró de nuevo hacia atrás, con la esperanza de que las criaturas con cuernos también tuvieran problemas para seguirla en medio del bosque. Pero las bestias eran robustas y hábiles. Ni los árboles, rocas y raíces disminuían su marcha. Si algún tronco estaba en el camino, simplemente lo derribaban en medio de la carrera. Miró perpleja la brutalidad de sus perseguidores, que acortaban la distancia a pesar de que Ka-ren corrían tan rápido como sus patas y los árboles se lo permitían.
—Allena —le gritó Darius—, trata de…
Un golpe casi la noquea. Cuando se dio cuenta, Sakti estaba bocarriba en el suelo con un punzón en la frente y la visión borrosa. Cuando se espabiló por completo notó la rama de un árbol que se movía levemente en son de burla. La condenada rama la golpeó en el rostro tan fuerte que la hizo caer. Se levantó temblorosa mientras se apoyaba en un árbol. Miró el camino delante de ella, pero Darius, Sigfrid y los caballos ya no estaban a la vista. Estaba sola. El temblor a sus pies le recordó lo más serio: la estaban persiguiendo y ella iba a pie.
Se apresuró a huir. Al principio las piernas le temblaron tanto que le fue casi imposible dar más de tres pasos sin tropezar. Pero el miedo le desató la adrenalina y con eso ganó fuerzas para recuperarse del golpe y huir entre las ramas. Pero aunque era muy buena corredora no podía compararse a los corceles de seis patas ni a las criaturas que la perseguían. No sabía qué hacer. Se sentía como una liebre perseguida por perros de caza. Se preguntó si alguna liebre alguna vez se enfrentó a sus persecutores.
«Pero…», se dio cuenta de repente, «… yo no soy una liebre. Soy un Dragón». ¿No se había dicho antes que ya no tenía nada que temer? ¿No era ahora una princesa aesiriana? ¿No era el terror de los reclutas en Masca? Se detuvo y encaró a las criaturas que la perseguían. Se paró firme, puso una mano sobre los labios a modo de embudo y sopló. Una combinación de miedo y valentía fue la chispa que incendió la llama dentro de ella. Sakti solo la dejó arder y la dirigió a sus perseguidores. No por nada era la mejor de los príncipes mascalinos en el uso del fuego.
La bola de llamas voló desde ella, atravesó el bosque, derribó varios árboles y finalmente impactó en las criaturas que estaban a la cabeza de la estampida. El fuego los hizo retroceder, uno de los monstruos incluso trastabilló…
… Pero eso fue todo.
Las flamas se disiparon segundos después y dejaron al descubierto a unas criaturas muy sorprendidas. La sonrisa de victoria que Sakti había esbozado después del disparo se desvaneció porque la criatura que lideraba el grupo –el mismo que había recibido lo más fuerte del ataque–, apenas si se apagaba a manotazos unas pequeñas llamas del pecho. Después de eso se rio. El ataque no hizo más que chamuscarle el pelaje. Para sorpresa de Sakti las criaturas rompieron en una carcajada colectiva y miraron a la princesa con malicia.
—Oh, oh… —murmuró ella.
Eso era lo mejor que tenía. Si el fuego no les había hecho daño nada más lo haría. Las bestias lanzaron un grito de guerra, alzaron los puños y unas enormes hachas que llevaban consigo, y reanudaron la persecución. Sakti dio media vuelta e inició la huida.
—¡Sigfrid! ¡Darius! —llamó a gritos. Estaba asustada, muy, pero muy asustada. Aterrada era la palabra más adecuada.
Sin importar cuánto llamó a sus compañeros ninguno le respondió. El corazón le latió como loco, el golpe en la cabeza le dolió muchísimo y las piernas le pesaron como plomo. ¿Podía haber algo peor? Se dio cuenta de que sí. De repente sintió un punzón agudo en el hombro derecho y un golpe tan bárbaro que la hizo perder el equilibrio y caer de bruces. A pesar de que se golpeó la cara y se le metieron piedras pequeñas y ramas secas a la boca, intentó levantarse de inmediato para seguir corriendo. Pero no pudo hacerlo.
«S… ¿Sangre?», pensó al ver la película rojiza en la palma de la mano. Los dedos le temblaron y la piel se le erizó. Cuando se llevó la mano al hombro herido se dio cuenta de que tenía una lanza atravesada. La tierra convertida en barro carmesí. El olor a sudor y sal. El mareo, los puntos de luces, las voces de Tiamat y los aldeanos. «Roja como las flores, roja como las flores, rojacomolasflores…». Todo se difuminaba, se hacía borroso e inestable. Hasta el temblor y los gritos de las criaturas se desvanecieron.
«Tch», escuchó en su mente. Fue un chasquido de insatisfacción. «Todo lo tengo que hacer yo…». Sintió una especie de bofetada pero no le importó. Era hora de que el Dragón se hiciera cargo.


—¿Dónde está? —preguntó una de las criaturas—. La teníamos acorralada, ¡no puede haberse ido así nomás!
El extraño hombre con cuerpo de toro bípedo negó con la cabeza, mientras él y sus compañeros buscaban entre los matorrales y en los árboles de alrededor.
—¿Qué fue lo que hizo? —preguntó uno de ellos, frustrado.
—¿Qué crees? Este lugar tiene mucha neblina y ella se aprovechó de eso. La neblina está hecha de agua, al fin y al cabo.
—¿Y qué con eso? —El otro giró los ojos, como si estuviera cansado de lidiar con un tonto.
—Si la princesa aesiriana es una Virtuosa, tiene todas las esencias mágicas. Eso significa que pudo usar la esencia del agua para adensar más la neblina y esconderse.
—¡Ey, aquí está la lanza! —indicó uno de los monstruos. Pero cuando intentó tomar el arma soltó un chillido lastimero: se había quemado los dedos.
—A ver si me explicas eso ahora, sabelotodo.
—Usó la esencia del fuego para quitarse la lanza y cauterizar la herida a la vez, tontuelo. ¿Ves qué fácil que es?
Las dos criaturas parecían muy habituadas a pelear entre sí. Se miraron como si quisieran agarrarse a golpes, pero cualquiera se daba cuenta de que eran amigos y les gustaba fastidiarse mutuamente.
—Ya no peleen —dijo otro de los monstruos mientras apartaba unos arbustos. A pesar de la niebla densa todos vieron el rastro de sangre en el suelo—. La princesa está cerca. Atrapémosla antes de que el Demonio Montag nos encuentre. Debemos llevarla al señor Vanir.


El Dragón apretó con una mano la herida en el hombro. A pesar de que la había cerrado con el arma caliente –que era de metal–, la ropa y el cabello todavía le chorreaban sangre. Aunque en ese momento el espíritu estaba en control del cuerpo todavía persistían muchos de los síntomas de Sakti. La náusea, el dolor de cabeza, la debilidad de las piernas… Tenía que hacer un esfuerzo muy grande para no desplomarse allí mismo.
—Estamosmuertas,estamosmuertas,esta… —estalló Sakti.
¡Calla! —le pidió el Dragón mientras recuperaba el control. Se detuvo y se apoyó en un árbol para no caer—. ¡Me duele la cabeza y no puedo pensar! Tranquila… todo estará bien.
Respiraba con dificultad. El golpe de la rama no noqueó a Sakti pero aturdió bastante al Dragón. La pausa para tomar aire no le duró mucho porque casi al instante sintió las vibraciones en el suelo. No contaba con estar lejos de las bestias por mucho tiempo, pues el rastro de sangre sería más que suficiente para guiarlas hasta ella. Y tampoco pudo ganar mucha distancia por el dolor.
No podía quedarse a enfrentar a las criaturas. Ya Sakti había demostrado que el fuego no les hacía la gran cosa. Tampoco podía seguir corriendo. Solo había algo que podía hacer.


—Aquí acaba el rastro —dijo uno de los hombres toro. Dio veinte pasos al frente pero era inútil. Regresó al lado de sus compañeros y repitió—: Aquí acaba el rastro. Tendremos que separarnos para buscarla.
—¡Ah! —exclamaron frustrados los otros, casi que agarrándose los mechones de cabello que les crecían de todas partes.
El Dragón esperó en silencio, apenas capaz de controlar el temblor del cuerpo. A duras penas mantenía fría la cabeza, pero el miedo de Sakti era tan terrible que no podía evitar los estremecimientos.
Estaba oculta en un agujero hecho entre las raíces de un árbol seco, con los ojos al nivel del suelo de sus perseguidores. A pesar de la situación, el Dragón estudió las cercanías con detalle para encontrar la manera de escapar. Debía esperar a que las extrañas criaturas se marcharan, pero no podía quedarse allí más tiempo del necesario. Tenía que encontrar a Sigfrid y a Darius para que la ayudaran.
De repente se percató de una figura en lo alto de un árbol. Era una capucha negra que realizaba un mimetismo casi perfecto con la corteza del árbol. Si bien las arpías y las criaturas con cuernos no lo notaron, el Dragón supo de inmediato que alguien se ocultaba debajo de la capa. Por un momento pensó que se trataría de Darius o Sigfrid, que la había encontrado y solo esperaba el momento adecuado para ir por ella. Pero entonces alguien se asomó entre la capucha y miró a la princesa directamente a los ojos, sorprendido de verla allí.
El Dragón también se sorprendió al ver a un muchacho de ojos verdes y cabello rosa pálido. Era mucho más joven que ella y casi tenía la apariencia de un niño perdido en el bosque. Pero se veía bastante confiado y seguro a pesar de que se escondía de las criaturas que perseguían a Sakti. El Dragón reparó que la túnica del chico era la misma que la muchacha vislumbró en medio del bosque minutos antes de entrar en persecución.
El joven se recuperó del asombro y adquirió una expresión más seria y serena. Con sigilo saltó de una rama a otra una y otra vez, hasta que se perdió en las copas de los árboles. De mala gana el Dragón supuso que el aesiriano se escondería de nuevo con la capa, sin permitir que las criaturas lo percibieran y sin ofrecerle ayuda alguna.
Mientras tanto, los monstruos ya estaban cansados de buscar en vano.
—Tal vez la niña se encontró con sus acompañantes —sugirió uno de ellos.
—Imposible —comentó uno que estaba cerca del escondite de Sakti—. No los he escuchado desde que se enfrentaron al grupo de Elías y Knafia. O están muertos o muy lejos de aquí, distraídos.
—Con suerte es lo último —comentó otro, sombrío—. El Demonio Montag estaba con el otro chico, ¿no? El Demonio Montag es el Demonio Montag. Es imposible matarlo.
—¡Cállate, ¿sí?! —pidió uno mientras le daba un coscorrón en la cabeza—. No seas tan pesimista. Ya bastante nos cuesta a algunos estar en el mismo bosque que él como para que tú hagas esos comentarios.
—Bueno, bueno, a ver. Dividámonos ya —ordenó el cabecilla—. Si la mocosa se nos escapa estamos muertos. ¡Vamos!
Las criaturas se dispersaron y comenzaron a alejarse de allí. El Dragón suspiró con alivio pero su tranquilidad fue breve. A la distancia, el alarido de una arpía aterrorizó no solo a la joven sino también a los monstruos, que se reagruparon al instante. Desde su escondite captó un rayo de luz tan potente que cegaba. Luego vio a un grupo de arpías que se dirigía hacia allí, corriendo en lugar de volar.
Uno de los monstruos con forma de toro se adelantó para atrapar a una de las mujeres. La agarró por los hombros y la miró a los ojos.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Jyel… fue horrible —respondió la mujer—. Descubrió a un muchacho en uno de los árboles y él la mató de inmediato. ¡Fue tan rápido, tan brutal! Pensamos que nos perseguiría pero… —miró por encima del hombro y se dio cuenta de que no había nada de qué preocuparse—… creo que huyó.
—Pudo habernos matado, ¿verdad? —intervino otra de las mujeres aladas—. Nos hirió a todas pero… eso fue todo.
Las arpías no volaban porque tenían las alas bastante rasgadas. Eran incapaces de mantenerse en el aire por más de unos segundos. Quien fuera ese chiquillo era bastante astuto y fuerte.
—¿Fue el profeta o el General? —preguntó otro monstruo.
—Ninguno. Ellos peleaban contra el grupo de Elías y Knafia y…
Fue entonces cuando la mujer reparó en el escondite del Dragón. Si los monstruos toro no fueran tan altos y hubiesen revisado mejor el suelo, habrían visto el pequeño reflejo de los ojos grises de la princesa en medio de unas raíces. La arpía señaló el escondite y aulló:
—¡La princesa! ¡Allí está!
Antes de que el Dragón se diera cuenta, uno de los monstruos arrancó de raíz el árbol bajo el que se escondía. Ni siquiera tuvo tiempo de saltar del agujero e intentar correr, porque otra de las criaturas la tomó del cuello y la golpeó contra uno de los árboles.
—Con delicadeza —pidió una de las arpías al ver que el monstruo ahogaba a Sakti—. No puedes matarla. La señora Aegis quiere hablar con ella y luego llevarla viva al señor Vanir.
El monstruo dejó de apretar con tanta fuerza aunque tampoco liberó a la princesa.
—Bien, tenemos a una de dos —dijo otra de las arpías—. Ahora nos falta el profeta…
Pero justo en ese momento sintieron una brisa de aire helado que atravesó al grupo.
—No —los interrumpió una voz. Las criaturas se voltearon a un extremo del claro. Ahí estaba Sigfrid con la espada ensangrentada en una mano y tres cabezas femeninas en la otra, sujetas del cabello—. Lo que les falta en este momento es un grolien.
El monstruo que tenía a Sakti sujeta no gimió ni dio ninguna muestra de dolor. Simplemente se cayó a pedazos, como si una cuchilla invisible lo hubiese partido en trocitos. Sakti también cayó pero antes de que tocara el suelo Darius la atajó.
El profeta miró –con el mismo horror de las arpías y los monstruos cornudos– cómo los miembros del cuerpo caían sin más al suelo. A Sigfrid solo le tomó una milésima de segundo. El General había caminado entre los vanirianos con calma pero tan rápido que pareció un vendaval. Solo necesitó eso para rebanar a uno de los gigantescos monstruos peludos sin importar que la criatura fuera más grande que él.
—De--- Demonio Montag… —susurró uno de los monstruos.
Sigfrid sonrió por el apodo y esa fue como una señal para que las criaturas retrocedieran. Una de ellas no se dejó dominar por el miedo. Apuntó con el hacha a Sakti y a Darius y dijo:
—¡Si da un paso más, los mato! ¡No podrá impedir el golpe y matarnos a la vez!
—¿Ah, no? —lo retó Sigfrid. El General estuvo tentado a dar un paso al frente pero se detuvo al instante. Su expresión pasó de la confianza a la sorpresa, y de la sorpresa a la precaución—. Darius, no te muevas —ordenó.
—¡Así es, que no se mueva! —dijo la criatura mientras batía el arma.
Pero el movimiento brusco fue su perdición. Si Darius antes estuvo sorprendido por el corte limpio que mató al otro como si fuera cerdo en una carnicería, en ese momento estuvo a punto de trastornarse para siempre. Los monstruos peludos y las arpías perdieron brazos y piernas delante de sus ojos. Fue como si unas ráfagas invisibles bailaran sin control entre ellos, cortando cada cosa que se moviera. Darius no se atrevió siquiera a respirar. Se mantuvo inmóvil, percibiendo el paso de las ondas de aire, su malicia, la energía que escapaba de control y…
Y los gritos. A diferencia de la criatura a la que Sigfrid mató, las demás gritaron, chillaron e intentaron escapar. Pero entre más se movían más daño recibían. Cuando la carnicería al fin se detuvo Darius todavía no podía moverse.
—¿Qué---?
Vio los trozos de cabezas, brazos y troncos. La sangre esparcida por todas partes…
—¿Qué---?
—No te muevas aún —lo reprendió Sigfrid.
El General dejó caer las cabezas de las arpías que degolló y caminó hacia Darius y Sakti. Se arrodilló frente a la princesa. Le levantó el rostro con delicadeza y la obligó a verlo a los ojos. La llamó con un susurro, casi con dulzura, y al instante Sakti parpadeó.
—Ah, Sigfrid… Y Darius… —dijo somnolienta.
Después se dio cuenta del desastre en el que estaban. Si antes estuvo mareada por la herida del hombro ahora sí que quería vomitar. Sangre,sangresangresangre por doquier. La náusea, el dolor de cabeza, el temblor, la locura
—No pierda el control sobre sus esencias, Alteza —le pidió Sigfrid mientras se levantaba y miraba los trozos de cuerpos—. Si lo hace puede matarnos a Darius y a mí.
El profeta palideció.
—¿Quieres decir que Allena… hizo esto?
—Perdió el control —respondió el General mientras pateaba una de las cabezas de los toros—. Pasa con los cachorros cuando tienen miedo, es muy común. Pero Alteza, usted ya no es una niña. Lamento decirle esto pero es vergonzoso que una princesa pierda el control de esta forma.
Sakti se llevó las manos a la boca pero Darius no supo si porque estaba espantada por lo que había hecho o enojada por lo que Sigfrid había dicho.
—Lo siento… —murmuró ella.
—Ah, yo no —suspiró a la vez Sigfrid—. No me molesta cómo los mató. Se lo merecían por perseguirla. Lo único que lamento es que los matara por accidente y no con intención.
—Eres un enfermo —gruñó Darius.
—No pongas esa cara, cachorro —le espetó el General—. No actúes como un santo que nunca ha perdido la cabeza ni el control. Si no mal recuerdo, tuviste un pequeño incidente en la mansión de Lord Anterius…
Darius chupó los dientes. Sabía que Sakti no tenía la culpa de lo que acaba de suceder. Ella no era la primera ni la última en perder control debido al miedo o la confusión. Y tener el cuello apretado por un bicho como seis veces más grande que ella debió de ser escalofriante.
—Vámonos —pidió el mestizo mientras tomaba a Sakti en brazos. Se daba cuenta de que su amiga no podría caminar ni que le haría bien seguir allí. Si se quedaban por más tiempo a lo mejor se conmocionaría mucho.
—Como quieras, cachorro —accedió Sigfrid mientras señalaba el camino que tomarían—. Será mejor que busquemos a los caballos y encontremos un lugar para descansar antes de que vengan más arpías y groliens.
—Pensé que eran vanirianos —comentó Darius mientras lo seguía. Sigfrid se detuvo en seco y dejó escapar un sonoro suspiro de decepción—. ¿Qué? —gruñó el profeta, molesto.
—Las arpías y los groliens son vanirianos, Darius —le respondió el hombre mientras se llevaba una mano al puente de la nariz, frustrado—. Eres hijo de un General, deberías saber eso.
—¡No soy hijo de un General! —aulló Darius. Lo único que consiguió fue que Sigfrid pusiera los ojos en blanco por su necedad.
—Ya que no lo sabes —empezó el General mientras retomaba el camino—, será bueno explicártelo. Quizá la princesa también aprenda algo. Entre los vanirianos, al igual que los aesirianos, hay grupos de individuos que comparten alguna característica física o mágica.
—O sea, familias —cortó Darius.
—Serían más bien como sub-razas —corrigió Sigfrid—. Las arpías son vanirianos con alas. La mayoría son mujeres, aunque también puede haber machos sanos. No suele haber muchos porque casi siempre nacen mujeres. Y cuando nacen hombres suelen ser deformes: tienen un cuerpo regordete, alas más largas y pesadas, tres cabezas y un retardo mental. —Sakti, en brazos de Darius, recordó entonces a las criaturas que vio en el cielo hacía muchos años, cuando la aldea de krebins fue atacada.
—¿Son como aves de tres cabezas? —preguntó. Sigfrid asintió.
—Son bastante estúpidos pero los vanirianos utilizan todo lo que tengan al alcance. Por eso es que los vanirianos ordinarios los usan como medio de transporte. Los vanirianos ordinarios son individuos con características muy semejantes a los aesirianos. Ellos no llegan a desarrollar ninguna transformación, por lo que suelen ser utilizados como espías para infiltrarse en las líneas aesirianas.
Darius arqueó una ceja y miró a Sakti. Aunque todavía estaba molesto con Sigfrid apretó la marcha para no perderse la explicación.
—¿Entonces es posible que haya de esos vanirianos en Masca o en otra ciudad sin que nadie lo sepa? —preguntó. El General apartó unas ramas del camino y continuó:
—No importa cómo luzcan, los vanirianos comparten una energía mágica similar entre ellos pero que difiere a la de los aesirianos. Como las ciudades están hechas de mármol, informan del invasor a quien esté sincronizado con ellas. —Darius volvió a preguntar:
—¿Y si la ciudad no tiene un noble que esté sincronizado o ese noble no está sincronizado en ese momento? —Sigfrid se rio por lo bajo, como si de verdad disfrutara dar esa pequeña lección.
—Definitivamente eres hijo de un General. —Darius gruñó pero no respondió con ninguna grosería para que Sigfrid continuara con la explicación—. Esa es una pregunta muy acertada y su respuesta es la razón por la cual la región Oeste ha caído. En las ciudades ya no hay Doncellas que se sincronicen, por lo que son invadidas con facilidad. Aún están los sacerdotes para proteger la ciudad, pero sus poderes no se pueden comparar al de las Doncellas. Por eso los vanirianos ordinarios tendrían mayor ventaja para invadir una ciudad, pero no solo sirven para eso. También son utilizados como hechiceros, aunque con mayor frecuencia como luchadores.
»Los groliens también son utilizados en el combate directo. Más que nada sirven como primer grupo de ataque por sus cuerpos robustos. Para derrotarlos no basta usar simple magia. Hay que utilizar fuerza bruta contra fuerza bruta.
Sakti comprendió entonces por qué su bola de fuego no funcionó contra los vanirianos, pero era risible la idea de un aesiriano enfrentándose cuerpo a cuerpo contra uno de esos bichos. Quizá Sigfrid sí podía porque, como decían los vanirianos, era una especie de demonio. Era invencible. Pero ella era tan pequeña en comparación con los groliens… No se imaginaba que tuviera oportunidad contra ellos.
—Otra sub-raza son los kredoa. En realidad son vanirianos entrenados solo como hechiceros y los vanirianos ordinarios pueden entrar en esa orden. Sin embargo, la mayoría de ellos nacen ya como kredoa: suelen tener ojos pequeños, redondos y rojos, y estar cubiertos de vello. No son agradables a la vista, pero pueden pasar desapercibidos porque se especializan en hechizos de ilusión.
Sakti se estremeció al recordar el incidente en el mercado de Masca y la descripción que hicieron los gemelos del tipo que intentó comprar el baúl con la pluma de Dragón. Cuando vio el semblante de Darius se dio cuenta de que él pensaba lo mismo y por eso insistía con las preguntas:
—¿Como hacerse pasar por alguien más o no ser vistos por nadie?
—Sí. Sus hechizos son solo inservibles con los de su propia especie, pero los aesirianos no podemos verlos. Yo los he visto solo ya cuando han sido capturados y debilitados.
—¿Y la Realeza vaniriana? —preguntó ahora Sakti—. Si la Realeza aesiriana se especializa en la sincronización con las ciudades, ¿en qué se especializa la Realeza vaniriana? —Sigfrid se detuvo y meditó la pregunta.
—No contamos con esa información, Alteza —admitió mientras se volvía para verla—. Aunque… bueno, esto es solo un rumor. Se dice que además de Vanir están las abejas reina o mangodrias, como también se les llama.
—Son vanirianas hembras, ¿cierto? —preguntó el profeta. Sigfrid asintió.
—Son un tipo especial de hembras. Las arpías solo pueden dar a luz una vez. Dos, a lo mucho, ya que su cría nace con alas o cuernos y las desgarra hasta la muerte. Pero las mangodrias no mueren después de dar a luz. Se rumora que de ellas pueden nacer cualquier cantidad de vanirianos sin importar la sub-raza. Se cree que las mangodrias son hembras destinadas a la reproducción y que de ellas nacen vanirianos muy poderosos, pues el padre de las crías es el mismo rey vaniriano. De ahí que a las mangodrias se les conozca también como «abejas reina». Pero esto es solo un rumor.
—¿Por qué solo un rumor? ¿Nadie ha visto jamás a una mangodria?
—Yo he visto mangodrias, Alteza. Son mujeres que Vanir suele utilizar como Generalas. Son muy astutas y tienen habilidades sorprendentes. Pero cada una de las mangodrias que he visto desapareció del combate de un momento a otro hasta que otra llegó a sustituirla. Nadie sabe qué pasó exactamente con la mangodria anterior. Algunos creen que comienza a ser utilizada como máquina de reproducción para contar con más vanirianos en el combate, pero nadie está seguro de eso porque en realidad tampoco se ha visto a un hijo de Vanir. De allí que sea un rumor.
—¿Y qué? ¿Nadie se ha tomado la molestia de averiguarlo?
—Nadie puede averiguarlo, Alteza. El territorio vaniriano es impenetrable, por lo que ningún aesiriano puede echar un vistazo para ver si el rumor es cierto. La última mangodria que vi en campo de batalla desapareció hace poco más de cien años. Creo que su nombre era Njordian. —Sigfrid dio por terminada la lección y reanudó la marcha—. Hoy habrá luna llena y no quiero que la noche nos sorprenda.
—¡Una última pregunta! —gritó Darius—. ¿Es posible que una mangodria y un aesiriano tengan hijos? —Sigfrid frunció el ceño con disgusto.
—¡Asco! ¿Para qué querrían una vaniriana y un aesiriano juntarse y tener hijos? Es desagradable…
—¿Pero es posible?
—Los vanirianos y los aesirianos tienen muchas características que los hacen muy diferentes. Sería imposible que tengan hijos.
—Pero los aesirianos y los humanos son de diferentes razas y aun así pueden concebir —apuntó Sakti—. El resultado es un híbrido, un krebin que puede tener características de ambos padres. Como magia por accidente.
—Jamás he visto un híbrido entre un vaniriano y un aesiriano, y ciertamente no creo que tal cosa exista. Pero si la unión pudiera darse supongo que la cría sufriría consecuencias semejantes a los krebins. —Sigfrid siguió el camino, todavía incómodo por la pregunta de Darius.
Sakti quiso preguntarle a su amigo por qué preguntaba algo que él ya sabía. ¿No le había dicho hacía ocho años que su esposa era mitad vaniriana? Pero por la reacción de Sigfrid se dio cuenta de que no era un tema de conversación adecuado cerca de los oídos del Primer General. Lo que sí la sorprendió, sin embargo, fue la reacción de su amigo. El corazón de Darius latía apresurado, la cara estaba pálida y el profeta sudaba. Parecía que acababa de ver un fantasma.


La noche cayó con un manto de frío. La fogata brindaba algo de temperatura, pero no era suficiente para calentarse en una región tan hostil. Darius quiso estar en la Península, con el cómodo calor de la noche en su hogar. Por suerte para él las sirvientas en casa de Enlil prepararon un equipaje bien provisto de frazadas. Además, los corceles también emitían un agradable calor corporal.
Sonrió al ver a la muchacha dormida junto a él. Pasó la mano por la frente de Sakti, mientras aguantaba la risa. Había procurado no reírse de ella por el chichón que le regaló la rama. Le causaba gracia que él y Sigfrid, a pesar de haber estado discutiendo mientras huían de los vanirianos grolien, evitaron la rama en medio del camino. Sakti fue la única que recibió el golpe.
Cuando encontraron a los caballos sanos y salvos, la muchacha se lanzó a Ka-ren y buscó ropas nuevas en el equipaje. Sigfrid y Darius apenas tuvieron tiempo de voltearse mientras Sakti se desnudaba para deshacerse de las ropas ensangrentadas. Después la muchacha las apartó con asco. Y como si eso fuera poco, la chica tomó una espada y cortó los cabellos teñidos de carmesí. Aunque aún conservaba el pelo largo había mechones disparejos que no lograban acomodarse.
—Hoy lo hiciste bien, cachorro —reconoció Sigfrid, recostado a un árbol—. Sabes usar la espada.
—Mi madre me enseñó —se limitó a responder el profeta.
No tenía ganas de pelear. Después del susto de ese día tuvo tiempo de pensar en lo sucedido. Él y Sigfrid se enfrentaron al grupo de vanirianos que los emboscó. Si no hubiera sido porque el General le prestó una espada, él estaría muerto. Solo por eso haría una tregua con el tipo durante la noche. El profeta miró el cielo y dijo:
—Hoy hay luna llena, ¿eh? ¿Eso significa que te harás cargo de los vanirianos que nos siguieron?
Escuchaba las ramas que se quebraban cada vez que un grolien les pasaba por encima. También de vez en cuando le llegaban risillas ahogadas y veía la silueta de una arpía que volaba por encima del campamento, como si fuera un murciélago.
—Lo pensaré —dijo el General—. Ahora vete a dormir.
Darius miró a Sigfrid. El hombre estaba cubierto de vendajes desde el cabello hasta la punta de los pies y, para rematar, tenía varias capuchas encima. Lo único que se veía de él eran los ojos. El profeta podría haber hecho un comentario al respecto pero prefirió guardar silencio. Se acomodó al lado de Sakti y la abrazó para calentarse. Los caballos dormían de pie, y formaban un círculo alrededor del fuego y en torno a los jinetes. A pesar de que el muchacho sentía la mirada de Sigfrid sobre él, no tuvo problemas para quedarse dormido.
Al poco tiempo las nubes bloquearon un poco la luna. Sigfrid calculó la cantidad de luz. Aunque todavía había suficiente resplandor como para quemarle la piel, salió de la sombra que le ofrecía el árbol. Luego comenzó a susurrar un hechizo, al tiempo que una neblina luminosa brotaba del suelo, se expandía alrededor del campamento y lo encerraba en un círculo. Cuando estuvo seguro de que nadie salvo él rompería el sortilegio, salió del círculo luminoso. Sus pies traspasaron la neblina como si nada pero supo que eso no sucedería si algún vaniriano cruzaba la barrera de luna. Si un enemigo lo intentaba tan solo se repetiría el desmembramiento de la tarde.
Sintió la mirada de codicia de los vanirianos, que sopesaban si atrapar a Darius y a Sakti o retirarse por el momento.
—La única manera de traspasar esa barrera es matando a su creador —dijo en voz alta mientras se alejaba—. Pueden intentar matarme ahora si quieren.
Alcanzó un nuevo claro y allí esperó a los vanirianos. Para su decepción, la mayoría fue inteligente y escapó. Pero nunca faltaban los tontos que creían que acabarían con el Demonio Montag que había aterrorizado a generaciones de soldados vanirianos.
Unos tres groliens y otras tantas arpías se lanzaron a él.
—Qué desperdicio de energía… —pensó en voz alta mientras sacaba la espada.
Y pensar que estuvo a punto de seguir el consejo de Darius y utilizar el poder de la luna llena para acabar con los vanirianos... Ninguno de ellos valía la pena el riesgo. No valían la pena llamarla ni arriesgarse a que lo reclamara esa noche.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Ánimo, Ángela!, Ojalá soluciones todos esos inconvenientes cibernéticos pronto. No te preocupes, que nosotros esperaremos lo que sea necesario.... (y ve haciendo un respaldo virtual en box.net para futuros contratiempos, jeje)

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  2. Gracias, jimeneydas... En verdad espero que sea pronto. Extraño mucho mi compu ToT Por ahora sólo puedo recurrir a las compus de la U, y la de la radio, por lo que me es algo incómodo re-escribir...es que no aguanto estar rodeada de gente cuando voy a dedicarme a mi historia. Y no te preocupes, que también buscaré información acerca de box.net Como la experiencia lo demuestra: es necesario hacer respaldo por todas partes u_u
    Nota...o comentario lleno de sabiduría para cualquier usuario de este blog: Cuando estén en épocas de lluvias, y de rayos, ¡DESCONECTEN las compus y todos los electrodomésticos! Los papás tienen razón cuando dicen que algo se puede quemar ToT
    Saludos, y gracias por haberse pasado por el blog ;)

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