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Capítulo 21

Este capítulo está dedicado a Jeniffer Asuka, Brysa, Jimeneydas, Links y todos aquellos que me han estado acompañando en estos meses de trabajo. Sé que no es suficiente darles las gracias en un capítulo, pero por algo se empieza. Su apoyo en verdad que ha sido invaluable, y por eso se los agradezco profundamente. Espero que este capítulo sea de su agrado ;)


21
LOS TÚNELES DE LAHORE

Las ramas se rompieron a su paso mientras la llovizna ligera empapaba las últimas hojas muertas de los árboles y las capuchas de los viajeros. El cielo sobre el bosque era gris pero el cielo sobre la ciudad era peor: nubes negras como la noche se arremolinaban sobre Lahore a la vez que unos relámpagos rojizos nacían de los oscuros nubarrones y, de vez en cuando, hacían contacto con la tierra.
Las nubes parecían seres vivos, hambrientos y vivaces, furiosos y destructivos. Desde la primera vez que las vieron, Darius, Sigfrid y Sakti supieron que la ciudad de la lluvia llevaba un buen tiempo bajo esas nubes, sin posibilidades de ver el sol, atrapada en una noche eterna.
Tras meses de viaje al fin llegaron a una colina distante en la que tenían una vista panorámica de la ciudad. Los árboles les ofrecían refugio de la lluvia y de las miradas de los invasores, por lo que observaron la situación con detenimiento. La torre del templo de Lahore ya no estaba sobre la colina más alta de la ciudad, coronándola. En su lugar solo quedaban escombros, salvo una sección de la estructura que a duras penas se mantenía en pie.
Las nubes sobre la ciudad nacían de un enorme remolino a partir del cual se expandían como brazos de humo denso que abrazaban Lahore. El mármol de las calles y de los edificios, que alguna vez fue de tonos pasteles, ahora era tan oscuro como el cielo. Las calles estaban rotas, llenas de cicatrices, como si hachas y espadas se hubiesen dedicado a atacarlas. A pesar de la constante lluvia la plaza estaba teñida de un color carmesí que se negaba a salir con el agua. Muchas de las casas y edificios estaban en ruinas, y otras aún se mantenían en pie en medio de los escombros.
A Sakti poco le importó que los aesirianos, humanos y krebins que vivieron allí sufrieron una cruel matanza, o encontrar los cuerpos cuando entrara a la ciudad. Lo único que quería era llegar al pórtico de los Salvot, cruzar la puerta y encontrar a sus amos sanos y salvos, con una sonrisa en las caras y listos para partir a un lugar seguro. Pero para eso debían encontrar la manera perfecta de entrar a la ciudad. No podían ser vistos por los vanirianos que rondaran los escombros ni por los que permanecían en lo alto del cielo, ocultos entre las nubes y listos para disparar uno de esos mortales relámpagos rojos. Lo único que podían hacer era esperar, así que se ocultaron a las afueras de la ciudad e idearon cómo entrar.
—¡Sigfrid! —llamó la muchacha a todo pulmón.
—Tenías que separarte del campamento, ¿no? —preguntó Darius mientras seguía los pasos de la muchacha.
—Tenía que ir al baño —respondió ella mientras giraba para encarar a Darius y ponía las manos sobre la cadera—. Por supuesto que tenía que alejarme del campamento para hacer lo mío. Tú, por otra parte, no tenías por qué seguirme.
—¿Crees que los vanirianos no dudarían en atraparte solo porque estás usando un árbol de baño? No seas tan ingenua, ¿sí?
Darius se llevó la mano a la frente. Ese clima no le hacía nada bien. Ya llevaba varios meses con un resfriado persistente y caminar bajo la lluvia solo hacía que la fiebre aumentara. A pesar de que la capucha de viaje impedía que se empapara sentía la espalda como un témpano de hielo.
—¡SIIIIIIGFRIIIIIIIIIIIID! —gritó de nuevo Sakti. Darius se encogió porque el alarido de su amiga le resintió la cabeza—. ¿Adónde se fue? ¿Crees que nos esté buscando?
—Te estará buscando a ti, que a él le importa un comino en dónde esté yo —contestó mientras se llevaba las manos a las orejas—. Y me sorprende que él y los vanirianos no nos hayan encontrado con tus alaridos. ¿Quieres bajarle el volumen?
—Qué gruñón eres —respondió ella. Eso dio pie a que los dos comenzaran a pelear en medio de un claro, sin siquiera percatarse de las criaturas que estaban alrededor, ocultas detrás de los árboles y arbustos, observándolos.
—Son bastante gritones, ¿verdad? —preguntó un grolien en medio de susurros.
Sus compañeros asintieron mientras veían a una princesa llamando al General a punta de gritos, a la vez que le repetía al profeta una y otra vez que «Él no tenía por qué haberla seguido al baño». Por su parte, el muchacho no dejaba de quejarse de lo mal que se sentía y lo mucho que agradecería que bajara la voz. Aun así él no hacía nada para dejar de gritar.
—Es increíble lo mucho que unos cachorros se descuidan cuando no tienen un adulto que los vigile, ¿verdad? —preguntó otro vaniriano con aspecto semejante al de un aesiriano.
—Por eso tenemos que atraparlos ahora —dijo una arpía—. El General Montag nunca se descuida de esta manera. Si no los atrapamos ahora nunca podremos hacerlo. Después de esto —dijo señalando a los peleones— el Demonio se encargará de vigilarlos aún más. —Los vanirianos se miraron entre sí para consultar la propuesta. Después vieron al par de aesirianos descuidados que andaban solos sin ninguna protección. Eran una presa fácil—. Si no lo hacemos ahora jamás tendremos el poder de un Dragón y el de un profeta.
Eso fue suficiente. Con cuidado de no hacer ruido los vanirianos se desplazaron alrededor del claro para tenerlos completamente rodeados.
—¡No tenías por qué seguirme al baño! —gritó de nuevo Sakti, enfurecida, mientras señalaba a Darius con un dedo amenazador.
—¡Oh, perdóneme Majestad! Solo la seguí en caso de que necesitara papel de baño —respondió el muchacho con sarcasmo mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
—¿Sabes qué? No es mi culpa que estés gruñón hoy. Además, no me puedes llamar «Majestad». Tienes que llamarme «Alteza». El título «Majestad» se usa solo para el Emperador. —Sakti adoptó una posición muy semejante a la de Sigfrid, se aclaró la garganta y lo imitó—: «Me decepcionas, Darius. Eres hijo de un General, deberías saber eso».
—¡Grrrrrrr! —gruñó el muchacho mientras movía las manos como asimilando que estrangulaba a Sakti—. ¡Ya es suficiente, Allena! ¿Quieres que me vaya? Pues que te vaya bien, ¡porque me voy! —Pero cuando se dio la vuelta notó tres pares de ojos que lo miraban con burla. Darius retrocedió unos pasos pero escuchó que Sakti hacía lo mismo. Eso quería decir que la muchacha también se había encontrado con unos enemigos—. Por eso te dije que te callaras. Mira lo que has hecho: nos han encontrado.
—No me puedes culpar de esto, tú también estabas gritando….
—¡Silencio! —ordenó un grolien mientras golpeaba el suelo con el hacha—. Son unos gritones y me están dando dolor de cabeza. ¡A ellos!
Uno de los groliens se adelantó para golpear a Sakti. La chica se quedó inmóvil, sin saber muy bien qué hacer, pero Darius se interpuso entre ella y el atacante. Lo golpeó con fuerza en la cabeza y Darius cayó a unos metros, inmóvil. Sakti miró a su amigo sin podérselo creer. Sabía que los groliens tenían fuerza pero… eso era demasiado. Lo que más la sorprendía era que el resto de vanirianos también estaban anonadados.
—¿Por qué hiciste eso? —gritó entonces una arpía mientras se acercaba a Darius para asegurarse de que estuviera vivo—. Pudiste haberlo matado.
—No controlo mi propia fuerza —se excusó el grolien.
Luego se giró a Sakti para amenazarla. Sus ojos daban un mensaje claro: «Dame problemas y terminarás igual que él». Sakti no opuso resistencia cuando un par de arpías la ataron de manos. ¿Cómo podría, si era superada tanto en número? De lo único que se aseguró fue de que el grolien que se llevaría a Darius lo cargara con delicadeza.
Cuando una de las arpías la empujó para que comenzara a caminar escucharon ruidos en el bosque. Todos miraron la barrera de arbustos, vieron que las ramas se partían a los lados y una enorme figura apareció allí. Por un momento Sakti sonrió y los vanirianos se tensaron por el miedo… pero solo era un grolien más.
—¡Goliath! —Una arpía rechinó los dientes, se acercó a su compañero y le dio un manotazo en el estómago a modo de castigo—. Eres un estúpido, ¡nos asustaste! Creíamos que eras el Demonio Montag. —Luego se percató de que su amigo tenía varias cortadas y que sangraba—. ¿Qué pasó?
—Encontramos al General —respondió Goliath—. Mató a todos los de mi equipo de vigilancia. De milagro escapé y capturé sus caballos. —El grolien jaló unas correas y detrás de él aparecieron los corceles de seis patas que habían acompañado a Sakti durante el viaje—. No podrán hacer mucho si no tienen medios de transporte.
Goliath miró a la princesa y a Darius. El grolien parecía un poco aturdido por el encuentro previo con Sigfrid, así que no dio ninguna reacción a pesar de que vio a las nuevas presas. La arpía que lo había regañado estaba de pronto cariñosa con él, y sugirió regresar a la ciudad para buscar medicinas y vendas.
—Además, el Demonio Montag ya debe de estar buscando a estos dos cachorros. No queremos encontrarlo.
Los vanirianos caminaron hacia la ciudad. Para evitar las quejas de Sakti la amordazaron. Cuando entraron a Lahore la princesa miró de un lado a otro. Aunque desde la distancia sabía que la ciudad estaba prácticamente en ruinas no podía salir de su asombro. Todo era más extraño de cerca. La herrería en la que el señor Salvot preparaba sus mulas de campo, destruida. La tienda de telas favorita de Dioné, quemada. La carpintería de donde salían los juguetes de Mark, destrozada. Tan solo esperaba que la casa de sus amos fuera de las que se mantenían en pie porque ella no sabía en dónde más buscar.
El grolien Goliath reparó en la mirada de Sakti y dijo:
—La princesa y el profeta están aquí por una razón. ¿Qué tal si ella sabe del paradero del mensajero?
Los vanirianos se miraron entre sí.
—Bueno… —dijo una de las arpías—. No hemos destruido Lahore porque todavía no hemos encontrado al mensajero. Y es cierto que los reportes que tenemos indican que la princesa vivió aquí un tiempo.
—Además —agregó el grolien que cargaba a Darius—, el profeta también está aquí. ¿Tal vez tiene la capacidad de encontrar a un mensajero con poderes visionarios?
Cuando se le ocurrió esto, una de las arpías se acercó al profeta para despertarlo pero el golpe fue tan fuerte que estaría noqueado un buen tiempo.
—Si lleváramos el Primer Dragón, un profeta y un mensajero al rey Vanir, ganaríamos mérito y fama —sugirió Goliath.
El grolien que había noqueado a Darius, el que parecía tener menos tacto, se acercó a Sakti y la levantó del brazo.
—Usted nos llevará al mensajero, princesita. ¿No está aquí para buscarlo a él? —Le quitó la mordaza y pidió—: Díganos en dónde está.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Porque si no —el grolien se pasó un dedo por el cuello— el profeta se queda sin cabeza. De por sí hay más en Masca.
Sakti no creía que los vanirianos esperaran toda la vida para entrar a Masca. Ya habían intentado varias veces invadir la Capital pero nunca lo lograron. Jamás en la vida habían estado ni a diez kilómetros de Palacio, así que acercarse a Zoe o a los gemelos sería misión imposible. Aun así sabía que Darius no era la prioridad de los vanirianos. No les costaría nada matarlo si ella no cooperaba.
—Es la casa frente a la plaza —dijo a regañadientes.
Los vanirianos se sonrieron y la arrastraron hacia una sección de Lahore donde las casas todavía se mantenían en pie. Era el barrio de humanos. Las chozas krebins estuvieron a las afueras de la ciudad, junto con los establos y los cultivos. Todo eso ya no existía. Las casas y los edificios aesirianos también estaban cerca de la plaza, pero eran hechos de mármol al igual que las calles; y de eso solo quedaban piedras. En cambio, las casas de los humanos acomodados eran bonitas, a pesar de estar hechas de madera. Los vanirianos debían de saber eso muy bien antes de atacar Lahore, porque justo esas casas eran las que se mantenían en pie a pesar de las terribles condiciones. Algunas estaban ladeadas, como si las bases hubiesen sufrido una zancadilla. Otras tenían los techos y las chimeneas derruidas pero en general se conservaban bien.
Mientras avanzaba frente las casas, el corazón de Sakti latió tan fuerte que sintió que la sangre se le saldría a propulsión de los oídos y los dedos. Tenía mariposas en el estómago. Tan cerca, tan cerca, ¡al fin tan cerca! Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para no apretar el paso ni echar a volar hacia la casa a la que tanto deseaba regresar.
Al fin llegó. En sus recuerdos, a pesar de las constantes nubes de Lahore, ella siempre veía un rayo de sol sobre la casa de los Salvot. Era como si las nubes se confabularan para que solo la casa del mensajero recibiera un rayo de alegría en toda Lahore. Sakti también recordaba el jardín de tulipanes amarillos, cuyos pétalos brillaban como si fueran sonrisas.
Pero ahora todo estaba a oscuras. Del jardín no quedaba más que tierra enlodada. El porche de la casa estaba semi-destruido porque las bases estaban inclinadas. La pintura estaba descarapelada y las ventanas, rotas. Las paredes tenían marcas con forma de manos y cuerpos pintados por el lodo y la sangre. A pesar de que los relámpagos no dispararon contra las casas de los humanos quedó claro que la lucha sí había llegado hasta allí.
—¿Es esta? —le preguntó el grolien que había lastimado a Darius.
Sakti miró la casa, intentando cuadrar la imagen de sus recuerdos con la que tenía al frente. Después miró al grolien, sonrió y dijo:
—Sí, gracias.
Sakti avanzó hacia él mientras el grolien enarcaba una ceja y se preguntaba por qué la princesa le daba las gracias. ¿Por qué en un momento como ese, cuando ella era prisionera? Entonces un destello rozó la mejilla del vaniriano y aterrizó en las manos atadas de la princesa. Antes de que el grolien se diera cuenta de lo que sucedía, las manos de Sakti se convirtieron en un destello plateado. La muchacha lo rozó al pasar pero él ya no se dio cuenta de nada más. Apenas la chica lo dejó atrás la cabeza del grolien cayó al suelo. Su cuerpo de toro se mantuvo erguido unos segundos más pero después colapsó.
Mientras tanto los demás vanirianos luchaban contra uno de ellos, que de un momento a otro había atacado y lanzado una espada a Sakti para que luchara también.
—¿Qué haces, Goliath? —preguntó una de las arpías al ver que su amigo terminaba de matar a otro grolien.
—¿Qué parece? —le preguntó Sakti.
La vaniriana quiso girar sobre los talones para encararla pero ya era demasiado tarde. Sakti le atravesó la espalda con un arma, la misma con la que degolló al otro grolien.
—Todas las princesas crean problemas y arrastran a los demás en ellos —susurró a la arpía mientras la soltaba. Sakti le había dañado la columna, así que la vaniriana perdió la sensibilidad de las piernas y cayó sin el apoyo de la muchacha—. De todas las princesas que podían existir, yo soy la más caótica.
A pesar de la herida, la arpía no perdió el conocimiento. Miró la pequeña figura de Sakti pasar a su lado para alcanzar a un vaniriano ordinario que intentaba huir de Goliath. Antes de que el hombre la derribara, la espada de Sakti ya le había cortado de un tajo la cabeza. Rápido, brutal, sin ningún remordimiento.
—¡Ah! ¡Ten más cuidado, zoquete! —pidió entonces Darius mientras se tambaleaba un poco. Sakti no sabía qué lo había despertado: los gritos de los vanirianos o la amenaza de decapitarlo—. Casi me cortas.
A pesar de estar rodeado de vanirianos se llevó una mano a la frente y se arrodilló, todavía resentido por el golpe que le dieron. Los groliens que estaban al lado ni siquiera lo rozaron porque en cuanto intentaron atraparlo cayeron cortados en pedazos. Sakti llegó al lado del muchacho sin sorprenderse de la lluvia de carne y le preguntó si ya se sentía bien.
—De maravilla con la gripe y el chichón del tamaño de una montaña, muchas gracias —comentó el profeta con sarcasmo.
Luego escuchó el grito del último sobreviviente en pie. El grolien se había lanzado a Goliath para acabarlo pero en cuanto clavó el hacha en el cuello no pudo cortárselo. Goliath levantó la espada de doble filo que llevaba, rasgó la garganta de su atacante y luego le dio un empujoncito para que cayera de espaldas.
«Brutal», pensó Darius cuando vio que el grolien, aunque no podía gritar, todavía estaba vivo. También notó que una de las arpías estaba con vida y veía lo que sucedía, aunque no podía mover ni un dedo. Después el cuerpo de Goliath también cayó a pedazos. Los brazos, las piernas, los hombros, la cabeza… Todo cayó como si fuera un traje. En lugar del grolien quedó un hombre alto con la gabardina teñida en carmesí.
—¿Viste, Sigfrid? —preguntó Sakti mientras señalaba el cuerpo del primer grolien al que atacó—. ¡Lo maté! ¡No fue tan difícil, de verdad lo hice!
Lo que más le había costado fue prepararse para ver la sangre. Pero una vez que el Dragón tomaba parte del control del cuerpo, Sakti se daba cuenta de que podía tolerar mejor el olor del líquido carmesí. Todavía la mareaba un poco pero si se unía más con el espíritu sus problemas disminuían considerablemente.
—Lo vi, Alteza —respondió el General mientras dejaba caer la espada sobre el cráneo del grolien a sus pies para acabar con él.
Después se sacudió un poco los hombros para quitarse el exceso de sangre del disfraz de Goliath. Antes, cuando estuvo en el bosque a las afueras de Lahore, le fue fácil enfrentarse solo al grupo de ese grolien, sonsacarle información y luego mezclarse con el grupo que atrapó a Sakti y a Darius.
—Yo sabía que usted podía. Los groliens quizá son más altos y fuertes, pero usted es mucho más rápida que ellos. Saque ventaja de eso. —Sigfrid avanzó hacia Sakti y le dio unas palmaditas agradables en la cabeza con la mano libre. Luego le quitó las ataduras para que pudiera maniobrar mejor la espada—. Bien hecho, Alteza. Ahora termine el trabajo.
El General señaló a la arpía que Sakti había inmovilizado. Darius palideció cuando su amiga, muy ilusionada, fue al lado de la vaniriana y la volteó con el pie para que la mirara cuando terminara con ella.
—Estás enfermo —siseó el profeta—. ¡La felicitas por convertirse en una asesina!
—Tú no tienes las manos más limpias que ella —apuntó Sigfrid mientras señalaba la espada que Darius sostenía en la mano.
El General había notado aún bajo el pesado disfraz de grolien que Darius se estaba despertando. Así que le había lanzado una espada, tal y como se la lanzó a Sakti. Darius quizá no celebraba haberse defendido con éxito como la muchacha, pero ese día él también había acabado con el grolien que lo cargó hasta Lahore.
—En una guerra es matar o morir —le dijo el General—. Además… no se te olvide que estás aquí para matar a alguien.
Darius arrugó la cara y se agitó involuntariamente. No le gustaba pensar en la orden que el Emperador le había dado. Luego escucharon el gañido de la arpía. Cuando la vieron Sakti estaba sobre el cuerpo de la vaniriana, con la espada a un lado y la cabeza vaniriana al otro. Darius se estremeció. Cuán diferente era esa Sakti a la chiquilla que él tuvo que cargar porque estaba aterrada de los groliens. Esos vanirianos eran más grandes y fuertes que ella, pero a Darius no se le olvidaban los rumores de los entrenamientos de los príncipes. Sakti siempre fue una de las favoritas en los encuentros porque al parecer era muy rápida y certera.
Aunque le doliera admitirlo, su amiga era una Aesir. Y como tal tendría algunos de los defectos de su familia. Darius solo esperaba que Sakti no se convirtiera en un monstruo irreconocible para él.
—Tenemos que ocultarnos pronto —indicó Sigfrid mientras sostenía a los caballos.
Bithian, Mükael y Ka-ren habían recibido un buen entrenamiento y solo se apartaron lo suficiente de la batalla para no resultar heridos. Al ver que sus amos estaban bien regresaron a ellos sin chistar.
—Tenemos que refugiarnos antes de que los vanirianos en las nubes vean los cadáveres.
Sakti ya estaba en el porche de la casa de los Salvot. Había acomodado la espada en el cinto y se había lavado las manos con el agua de lluvia.
—¿Cómo me veo? —preguntó a Darius.
El profeta arqueó una ceja. Aunque a Sakti no le molestaba ensuciarse para entrenar, sí la sacaba de quicio permanecer sucia más de lo necesario. Era una fanática de la limpieza y el orden pero nunca fue coqueta. Sin embargo, la chica se había lavado la cara con la lluvia para limpiarse la sangre que le pringó el rostro. También se había frotado un poco la capucha de viaje, lo suficiente para que las pintas rojas que le cayeron pasaran desapercibidas. Y a pesar de tener la cabeza mojada el pelo se lo había arreglado un poco.
—Bonita —le dijo mientras subía al porche.
Sigfrid lo siguió, todavía en compañía de los caballos. El corredor era lo bastante grande como para que todos entraran, incluidos los animales. Sakti giró sobre los talones, muy emocionada y sonriente. Se encaró a la puerta, rozó con los dedos la perilla y se detuvo. Respiró profundo, cerró los ojos y puso la frente sobre la puerta.
—¿Qué haces? —Darius miró incrédulo a Sakti mientras olía la entrada.
—Este es un momento muy especial —explicó ella—. Lo estoy grabando en mi mente. El tacto de la perilla, la textura de la puerta, el olor…
—Ajá. —Darius la apartó y abrió la puerta sin tanta ceremonia—. Solo quiero un lugar donde dormir. Puedes grabar todos los recuerdos que quieras adentro, ¿te parece?
Pero en cuanto se fijaron en el interior se dieron cuenta de que algo no estaba bien. Sakti había esperado encontrar todo en orden. No se hacía ilusión de ver a sus amos reunidos frente a la chimenea con una sopa caliente como cena, pero tampoco creyó que se encontraría los muebles destrozados, el tapiz de las paredes rasgado, el candelabro derribado en medio de la sala, el aire pesado, lleno de moho y humedad.
—Oh… —se limitó a decir Darius mientras Sigfrid cerraba la puerta tras de sí.
Todo estaba a oscuras. Más que la casa cálida que acogió a Sakti parecía una cripta sacada de una pesadilla. A pesar de la falta de luz Darius percibió las formas de los sillones destrozados y el escaparate en el que, imaginó, alguna vez estuvieron los adornos y los portarretratos. Avanzó con cuidado y se agachó cuando sintió el marco de un retrato.
Al recogerlo…

Las noches de luna llena, las canciones, los cuentos junto a la chimenea, los juegos y las risas.

… sintió el polvo en el suelo. Hacía mucho que nadie estaba en el recibidor.
—¡Amo! —gritó Sakti. Darius la escuchó subir los escalones y a Sigfrid pidiéndole cuidado.
Dejó el cuadro en el suelo, sin ganas de descubrir el rostro que se pintaba en él. Siguió al General, que también subía las gradas. Mientras avanzaban el profeta tocó la baranda y la pared. Todo le traía imágenes. Las risas y las canciones de Mark. Los suspiros de Sakti mientras bajaba y subía los escalones para llevar agua, comida o juguetes a su amo. Los latidos de su amiga y los del mensajero. La infinita felicidad que les corría por las venas mientras vivieron juntos en esa casa.
Un portazo sacó al profeta de las visiones. Sakti no se había detenido frente a la puerta de Mark para inmortalizar el momento. Intentó abrirla pero quizá la encontró trabada así que la pateó hasta que cediera. Cero puntos en elegancia pero cien en esfuerzo.
Se quedó inmóvil apenas vio el cuarto. Sigfrid y Darius la alcanzaron. Nada. La cama estaba vacía y había un gran desorden. No había rastros de pelea, pero a Sakti le costaba relacionar la imagen que veía ahora con los recuerdos felices que tenía de ese cuarto. Entró a la habitación y la revisó de cabo a rabo. Darius no supo si para dar con el Mark de sus recuerdos o con una pista que lo llevara a él. Cuando no encontró nada, Sakti se sentó al borde de la cama, recogió las piernas y escondió la cara en las rodillas.
—No lo entiendo —dijo—. ¿Dónde puede estar el amo?
Darius recorrió las paredes con las puntas de los dedos pero no vio más que imágenes felices.
—No veo nada violento, Allena. No creo que le hayan hecho daño aquí, así que pudo haber escapado antes de que llegáramos a Lahore. No te preocupes, seguro que está bien. Los vanirianos aún creen que él sigue en la ciudad y es por eso que aún no la han destruido.
—¿De verdad lo crees? —preguntó ella con timidez mientras alzaba la mirada.
—Por supuesto —sonrió Darius.
—Gra---
Sigfrid avanzó hacia ella, le tapó la boca con una mano y pidió silencio. Darius también obedeció y escuchó.
Griun…
Un chirrido en el primer piso. Luego otro. Alguien subía las escaleras. El General tomó a Sakti y a Darius y los escondió detrás de la puerta del cuarto. Los cachorros todavía estaban armados, pero el General prefirió escudarlos detrás de su gran cuerpo. En un espacio tan limitado prefería hacerse cargo él para que ni la princesa ni el profeta salieran lastimados.
Esperó con calma. El piso de madera, desde hace mucho desacostumbrado a que alguien anduviera por él, crujía a pesar de los pasos ligeros de quien quiera que se aproximaba. Sakti se llevó una mano a la boca cuando vio que una luz se acercaba. Vio una sombra pero no pudo darle forma aunque debía de ser una persona con un farol.
A pesar de que Sigfrid la cubría, vio los dedos pálidos y largos que se sostuvieron al margen de la puerta. Luego la persona entró y…
—Un paso más y morirás.
… la espada de Sigfrid voló feroz al cuello de la mujer. El General se detuvo antes de que hiciera un corte irremediable. Sabía que el susto y el frío contacto eran más que suficientes para agarrar fuera de base al más avispado de los enemigos.
—¿Quién eres y qué quieres? —preguntó con su voz de tigre.
—La sirvienta de esta casa —contestó la aesiriana.
Sakti reconoció la voz. Salió de su escondite y miró a Dioné, la otra criada de los Salvot. Dioné llevaba un vestido azul que a pesar de estar algo desteñido le quedaba muy bonito. Estaba cubierta por una capucha de viaje desgastada y en la mano llevaba una vieja lámpara de aceite.
—¡Sekmet! —dijo al reconocer a Sakti. Los ocho años de Masca, protocolo, educación y elegancia se fueron por el retrete. Sakti apartó la espada de Sigfrid y se lanzó a los brazos de Dioné—. No lo puedo creer, ¡creciste tanto! —exclamó la sirvienta mientras abrazaba a la muchacha. Pero luego se apartó de ella, inclinó la espalda y agachó la cabeza—. Princesa.
—¡No! —le pidió Sakti—. No contigo, Dioné, jamás contigo.
Dioné reparó entonces en Darius pero el muchacho le apartó la mirada. Tenía la costumbre de no ver a los ojos a una mujer desconocida –lo consideraba grosero–, pero había pillado que los de Dioné eran púrpura. Un color bastante inusual y… también… había algo más. Darius no supo qué. ¿Había visto a Dioné antes en alguna parte o…?
—Es mi amigo Darius —lo presentó Sakti.
—Darius —repitió Dioné, encantada—. Mucho gusto, puedes llamarme Dioné si quieres.
—… Gracias… —El profeta tenía una sensación extraña que no se podía quitar de encima ni descifrar. Sakti le recordó que había muchas otras cosas en qué pensar:
—Dioné, ¿dónde están los amos? —preguntó—. Vine a sacarlos de aquí, a llevarlos a un lugar seguro.
—Están bien —contestó la mujer—. Están escondidos con el resto. Te lo explicaré en el camino. Tenemos que irnos pronto.
Dioné apagó la lámpara y agarró a Sakti del brazo para llevársela, pero Sigfrid no lo permitió. Él no confiaba en desconocidos, menos en alguien que tenía la osadía de tocar a la princesa de forma tan casual. Al ver que el General no iría a ninguna parte sin ninguna explicación, Dioné dijo:
—Los vanirianos revisan con regularidad las casas en busca de sobrevivientes. Si nos encuentran estaremos en problemas. Tenemos que ir al refugio antes de que vengan.
—¿Qué refugio? —preguntó la princesa.
—Los túneles subterráneos. Los vanirianos no sabían que había túneles aquí y los hemos usado como escondite.
—¿Túneles en Lahore? ¿De qué hablas?
—Las ciudades más viejas están construidas sobre las ruinas de las ciudades originales del Imperio Aesiriano —explicó Sigfrid a Sakti—. Sabía que Lahore estaba sobre algunos túneles pero estos nunca se terminaron. La Virtuosa Sakti Allena I murió antes de que la ciudad estuviera conectada con las demás urbes del reino mediante los túneles. —Dioné asintió.
—Así es. Los túneles no están terminados y por eso no los pudimos usar para escapar. Pero son un buen refugio.
Luego hizo algo que Sakti y Darius jamás se habrían atrevido a hacer. Es más, ningún aesiriano en su sano juicio lo habría hecho: Dioné estiró el brazo y agarró la muñeca de Sigfrid mientras lo veía a los ojos.
—Tenemos que irnos ya, General Montag. Antes de que los vanirianos revisen el barrio, vean los cadáveres que están afuera e inspeccionen la casa.
Sakti y Darius esperaban que Sigfrid apartara a Dioné de un manotazo, porque en su vida solo príncipes y Emperadores le habían ordenado algo; y ni siquiera ellos se atrevían a tocarlo de esa manera. Pero para su sorpresa, Sigfrid asintió y empujó a Darius delante de él para que no se quedara atrás.
—De acuerdo, guíanos —accedió el General.
Dioné lideró la marcha, seguida de Sakti y después de Darius. Sigfrid iba en la retaguardia. A Sakti le alegraba que se pusieran de camino sin más preámbulos, pero Darius sintió escalofríos. Supo que la reacción de Sigfrid no era la común en él.


Lahore fue invadida hacía nueve meses. Los lahorenses estaban al tanto de las invasiones que sufrían las demás ciudades, pero estaban acostumbrados a que los problemas de la guerra no los tocaran. Sin embargo, una tarde las usuales nubes grises que siempre cubrían la ciudad de la lluvia se tiñeron de negro.
«Es solo una tempestad», decían algunos. «Ah, el invierno llegó más rápido este año», decían otros. Pero entonces, cuando los brazos de nubes ya tenían cubierta la ciudad, los relámpagos saltaron sobre los edificios. Fue como si tuvieran vida e inteligencia propias. Las arpías bajaron poco después de los relámpagos y, cada vez que un aesiriano intentaba defenderse de ellas, ¡BUM! Uno de los rayos lo alcanzaba y fulminaba.
Lo que derrotó a los lahorenses fue la destrucción inmediata del templo. Cuando los rayos lo derribaron, los magos supieron que no podrían activar el núcleo central de la ciudad para defenderse temporalmente. Esa fue la muerte inmediata de Lahore. Sin templo no hay núcleo central ni sacerdotes. Y sin ninguno de los dos, la ciudad ni siquiera podía defenderse con una sincronización en modo automático que no requiriera de una Doncella.
—Pero muchos ya sabíamos qué buscaban los vanirianos —continuó explicando Dioné—. Nos dimos cuenta de qué secciones de la ciudad destruían y cuáles evitaban tocar con los rayos. Por eso algunos se encargaron de pelear contra los invasores mientras los demás buscábamos refugio y lo salvábamos a él. De milagro dimos con los túneles y logramos ponerlo a salvo.
Empujó una enorme lápida del cementerio, aunque en realidad no tenía ningún nombre tallado sino, más bien, un escudo. Sigfrid dijo que era uno de los viejos emblemas del Imperio: el de la Época de Esplendor, el Emblema del Olivo. Después de que Dioné la empujara, la loza cedió y dio paso a unas gradas de mármol que descendían hasta la oscuridad.
—La entrada a los túneles —indicó.
La mujer miró los alrededores para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Habían salido de la casa de los Salvot con tanta prisa y nervios que apenas tuvieron tiempo y cabeza para asegurarse de que no los perseguían. Después entró, seguida de cerca por Darius y Sakti. Cuando Sigfrid y los caballos entraron, la loza se cerró sola.
Aunque al principio tenían que ir con cuidado para que los caballos se acostumbraran a los escalones, poco a poco se percataron de las características del curioso refugio subterráneo. Si bien parecía que las gradas llevaban a un lugar sombrío, entre más descendían más alumbraban los escalones y las paredes. Era como si miles de luciérnagas estuvieran pegadas al mármol.
—Vaya… —silbó Darius cuando al fin llegaron al refugio.
Los túneles en realidad parecían una ciudad subterránea. El piso, al igual que las calles de Lahore, era de mármol aunque de color esmeralda. El techo se sostenía por columnas del mismo material. Había personas sentadas en el suelo que hablaban entre sí, acomodadas sobre abrigos de piel. Mientras tanto, unas cortinas improvisaban paredes para dar su espacio a cada grupo o familia. Darius distinguió gradas, tres niveles y algunas construcciones sin terminar.
—¿Por qué los llaman túneles? Bien podría ser una ciudad subterránea. —Dioné sonrió y respondió:
—Hace mucho tiempo existió una Virtuosa con un sueño ambicioso. Ella deseaba que todas las ciudades de su reino estuvieran conectadas. Para esto aprovechó la cualidad del mármol y de la sincronización para crear estaciones subterráneas en las que los medios de transporte y comunicación con las demás ciudades fueran una prioridad. ¿Te suena conocido? —Darius sonrió.
—¡Claro que sí! Estás hablando de Sakti Allena Aesir I y su logro más importante fue la tecnología que utiliza magia como fuente de energía. Creó máquinas hechas de metal para que cruzaran los túneles que conectaban las ciudades. Su invento más sorprendente fue un tipo de máquina capaz de curar cualquier enfermedad. Pero la asesinaron antes de que todas las ciudades de su reino estuvieran conectadas. Por desgracia sus hijos no contaban con la misma astucia. El Imperio Aesiriano decayó y la tecnología se dejó de lado.
—Estos túneles iban a ser el centro de bienvenida de los viajeros de otras ciudades que llegaban en las máquinas de metal de las que hablabas. Pero, como bien lo dijiste, la Emperatriz murió antes de concluir su sueño y en la época pareció inútil continuar con la construcción de estos túneles cuando el Imperio estaba decayendo. —Los aesirianos guardaron silencio al observar lo que en otra época habría sido una gran ciudad subterránea.
—Es la primera vez que veo algo así —comentó Darius—. Jamás creí que lo vería. Pero ¿por qué el mármol brilla? Pensé que el núcleo central de Lahore había muerto. —Dioné suspiró.
—No lo sé. En cuanto encontramos los túneles las paredes comenzaron a iluminarnos. Entre más éramos, mejor iluminados estábamos.
—Es porque los túneles utilizan magia como fuente de poder. —Sakti, Dioné y Darius se voltearon a Sigfrid—. Los núcleos centrales y las ciudades solo pueden sincronizarse con un miembro de la Realeza aesiriana, pero la Virtuosa quería que las ciudades estuvieran vivas siempre que un aesiriano permaneciera en ellas, dándoles magia. Los túneles reaccionaron a la magia aesiriana. Es por eso que hay iluminación.
—¿Cómo sabes esto? —preguntó Sakti, curiosa. Siempre había tenido el concepto de Sigfrid como un hombre instruido únicamente en la guerra y no en otras artes o ciencias.
—No es la primera vez que visito túneles como estos, Alteza. —Luego cambió de tema con brusquedad—. ¿Dónde está el mensajero?
Cuando el General pronunció la palabra «mensajero» se hizo silencio total. Darius, Sigfrid y Sakti notaron que todos los aesirianos en los túneles tenían los ojos sobre ellos y pronto los susurros comenzaron.
—Miren… ¿No es esa la Loca Sekmet?
—Sí, sí, ¡la Loca Sekmet! ¡La esclava de los Salvot!
—¡La Loca Sekmet!
Sakti agachó la cabeza, avergonzada. El apodo de su infancia la perseguiría por siempre.
—Hay que poner orden —murmuró Sigfrid al agacharse un poco para que Sakti lo escuchara—. ¿Debo hacerme cargo o lo hace usted?
La princesa miró a los aesirianos y humanos que la observaban. Algunos parecían sorprendidos de verla, en especial porque llevaba una capa de viaje de buena costura. En cambio, otros la miraban con sonrisas burlonas y ojos acusadores.
—Encárgate tú. A ti se te dan bien los monólogos —pidió ella, nerviosa.
La timidez de Sakti se multiplicó por mil. No importaron los años en Masca ni las lecciones que recibió. Quizá se había aprendido el protocolo de comportamiento y había alcanzado un buen nivel de lucha en los entrenamientos, pero siempre se quedó estancada en las presentaciones en público. Jugó nerviosa con los dedos, retrocedió unos pasos y se escondió detrás de Sigfrid. El General suspiró. Quizá había ciertos hábitos que no podían quitarse y la verdad era que la timidez de Sakti no importaba mucho en esos momentos. Se aclaró la garganta y comenzó:
—Lahorenses —su voz de tigre fue un llamado de atención. Los humanos y aesirianos sobrevivientes cortaron la cháchara y lo miraron de inmediato, atrapados por su increíble presencia—, hace ocho años el príncipe Adad Aesir VI y yo visitamos esta ciudad en búsqueda de la princesa portadora del Primer Dragón. Hoy, esta princesa regresa para encontrar al mensajero que el Tercer Dragón envió a Lahore. Ustedes saben a quién me refiero: quiero saber dónde está Mark Salvot, el humano profeta.
Los lahorenses se miraron los unos a los otros, nerviosos. Pero luego uno de ellos se levantó, corrió la piel que usaba de funda y la apartó. El resto de sobrevivientes, la mayoría aesirianos, lo imitó al instante. En cuestión de unos segundos los lahorenses habían despejado un camino que llevaba a los niveles superiores de los túneles.
Sigfrid se adelantó, llevando a Sakti bajo el brazo. Apenas comenzó a andar por el camino improvisado, los aesirianos se arrodillaron y agacharon la cabeza. Los humanos los imitaron de inmediato, más por temor a una represalia que por respeto a Sakti.
Llegaron a las gradas que llevaban al segundo nivel. Sigfrid soltó las riendas de los caballos y los dejó a cargo de un muchachillo que tenía cara de mozo de cuadra. El General subió los escalones sin darle un respiro a Sakti, imbatible y majestuoso. Casi parecía un príncipe en lugar de un General. En el segundo piso había más personas, que también se arrodillaron al paso del grupo. Luego llegaron al tercer nivel, donde todavía había más personas. Pero este era el último piso. Esos eran los últimos metros que la distanciaban de él.
Al final del camino había una cortina blanca, que parecía apartar el resto del campamento de alguien de mayor categoría. Sakti no necesitaba que se lo dijeran. Su amo, su queridísimo amo Mark, estaba al otro lado de esa cortina. Ella y Darius, que los seguía, sintieron el corazón en los oídos. Sakti no pudo contener la felicidad y Darius…
Darius se sintió mal.

«Tú, Darius Tonare, matarás a Mark Salvot».

Para eso viajó. Para matar al muchacho que su amiga llamaba en sueños. No quería conocerlo. No quería verlo. No quería tener nada que ver con él. Pero… si no lo mataba…

«A cambio de tu hija y de la promesa de no arrebatarte ningún otro cachorro…».

Los hombres que estaban al final del camino también se arrodillaron pero la diferencia que marcaron fue el golpe sonoro que se dieron en el pecho. Eran soldados.
—Señor —dijeron.
—Después de ver al mensajero quiero que me informen de la situación actual de la ciudad —ordenó Sigfrid sin siquiera mirarlos.
—Sí, señor.
Luego alcanzaron la cortina. Sigfrid puso la mano sobre ella sin ningún acto solemne. Sakti sintió mariposas en el estómago. Darius, un nudo por la preocupación y el estrés.

«… te pido que le quites la vida a alguien».

Sigfrid corrió la cortina. El nudo de Darius subió a la garganta cuando vio dos figuras indefensas en el cuarto improvisado.

«Tú, Darius Tonare, matarás a Mark Salvot».

En la habitación había un bulto de pieles a modo de cama y cobija, y un anciano delgado dormía sobre ellas. Tenía la piel rosada llena de marcas de vejez, le quedaban apenas unos mechoncillos de cabello blanco y las manos estaban arrugadas. A pesar de que había perdido peso, Sakti lo reconoció al instante: era su amo Frederick.
Pero el otro que estaba arropado, el que dormía bajo el cuerpo indefenso del señor Salvot… El otro no era el niño que ella recordaba. El otro era un hombre joven, tan delgado que los pómulos le resaltaban en la cara. Sakti no lo aguantó más. Con timidez se acercó a Dioné, que los había acompañado hasta allí, y le preguntó quién era.
La aesiriana parpadeó pero no se atrevió a decir lo que era obvio. El tiempo había pasado. A pesar del sueño eterno en el que estaba atrapado, el niño se había convertido en hombre.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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