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Capítulo 22

22
LA PROFECÍA DEL MENSAJERO

Darius esperó sentado en las gradas que llevaban al segundo nivel de los túneles. Detrás de él, en el segundo piso, Sigfrid se informaba de la situación de los lahorenses mientras que en el tercer nivel Sakti hablaba a solas con el señor Salvot.
Un escalofrío recorrió la espalda del profeta al pensar en lo que tendría que hacer. El anciano Salvot fue amable con él en cuanto intercambiaron palabras, e incluso ordenó a Dioné que le diera ropas limpias al muchacho. Eso solo le remordía más y más la conciencia.
No quería quitarle a su hijo.
Él sabía lo mucho que dolía perder a uno.
Se sentía chantajeado, sucio y utilizado, y el hecho de que Mark Salvot durmiera indefenso desde hacía ocho años no le ayudaba a sentirse mejor.
Para empeorarlo todo, no podía quitarse de la mente la expresión de Sakti, confundida y desubicada al ver al nuevo Mark. Su rostro de niño inocente había cambiado para dar paso al de un hombre joven, pálido y raquítico, con un leve rastro de barba. Aun así él seguía emitiendo ese olor que Sakti solo podía relacionar con el hogar. Mark seguía siendo el amo al que ella tanto quería.
—Mira sus ojos... —comenzaron los susurros. Darius levantó un poco la mirada y descubrió que algunos lahorenses lo señalaban y lo observaban con intensidad mientras cuchicheaban entre sí.
«Idiotas, parece que jamás han visto un mestizo». El profeta suspiró resignado e intentó ignorarlos, pero entonces sintió una mano sobre el hombro. Saltó de su sitio cuando se dio cuenta de que el rostro de Dioné estaba a unos centímetros del suyo. Lo había asustado. Ni siquiera la había escuchado cuando se acercó o acuclilló a su lado.
—El amo quiere hablar con usted, joven Darius —dijo la aesiriana.
Dioné se levantó y señaló al señor Frederick, que bajaba las gradas con ayuda de Sakti. El muchacho sintió que las orejas se le enrojecían. Aunque era una estupidez temía que el anciano Salvot sospechara la tarea asesina que debía llevar a cabo. Pero lo único que había en el rostro del humano era una ceja levantada y una expresión curiosa. Darius también enarcó una ceja, más porque Sakti lo veía como si fuera la primera vez.
—¿Qué? —le preguntó.
—Tus ojos —dijo ella cuando lo alcanzó.
—El cielo y la tierra pelean… —dijo el anciano con voz débil, mientras señalaba los ojos del profeta. A Darius le molestaba que la gente lo mirara así en los primeros encuentros, pero no pudo enfadarse con la cabeza algodonada del señor Salvot.
—Soy mestizo —le explicó—. Por eso mis ojos son así.
En cuanto lo dijo se sintió más observado. Miró por encima del hombro el resto de los túneles y se percató de que todos los lahorenses tenían algo que ver con él. No eran uno, ni cinco, ni diez, sino todos los que estaban allí, mirándolo. «¿Qué pasa…?», se preguntó. «¡Ni que fuera un pecado ser mestizo!».
—Esto es para usted, joven Darius —le dijo Dioné mientras le ponía algo en las manos.
Darius observó el regalo. Era un pergamino sujeto con un lazo púrpura, de apariencia inocente a primera vista. Pero el profeta supo que algo no estaba bien; había algo, una especie de fuerza mágica que le suplicaba quitar el lazo. Sintió miedo. Jamás había sentido una urgencia así, como si un poder invisible intentara controlarlo.
—Todavía no lo abra —le pidió Dioné. El muchacho se mordió los labios. Le costaba mucho controlar el impulso pero hizo lo mejor que pudo.
Fue entonces cuando apareció Sigfrid. El General bajaba las escaleras para reunirse con Sakti y los demás. Ya estaba al tanto de todo lo sucedido en Lahore desde el primer día de invasión y su mente trabajaba en varios planes de escape. Le habría gustado estudiar unos planos de la ciudad, pero se había percatado de los murmullos de los lahorenses al ver a Darius y quería asegurarse de que todo estuviera bien.
Apenas vio el pergamino que el muchacho sostenía, entrecerró los ojos… Esa aura… Vio una especie de humo brillante alrededor del papel, como si emitiera luz púrpura.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Una profecía… —respondió el anciano Salvot, mirando primero a Darius y después a Sigfrid. El anciano se encogió de hombros cuando el General entrecerró los ojos sobre él, como retándolo a que le hablara de nuevo.
—Hemos esperado este momento durante ocho años —explicó Dioné—. Es la última profecía del mensajero y es un profeta el que debe ponerla en marcha…

****

El señor Salvot abrió la puerta con cuidado de no derramar la sopa que llevaba en la bandeja. Pero apenas vio la cama, las manos le fallaron y la comida se regó. No estaba. Mark no estaba acostado, no estaba por ninguna parte. Pensó en gritar, en aullar; necesitaba a Dioné, necesitaba que lo ayudara a encontrar a Mark, a buscarlo por toda Lahore si era necesario.
Pero Mark no se había marchado. Después de varias semanas en coma al fin había despertado. Estaba de pie, al lado de la ventana y con la mirada perdida en ella. Nieve. Ya no caía lluvia, sino nieve. Debía de llevar un buen tiempo dormido.
—¡Mark, hijo! —El señor Salvot saltó la bandeja en el suelo y fue al lado del muchacho. Pero cuando lo abrazó por la espalda el chico no dio muestras de reconocerlo.
—Se ha ido… —murmuró Mark—. Ella ya no está, ¿cierto? —El anciano Salvot tragó fuerte.
—Sé que estás triste pero ella tuvo que marcharse. Tu gatita está a salvo, eso lo sé…
—Ella no es mi gatita —lo interrumpió el chico—. Porque yo no soy Mark. Al menos no el que criaste.
Frederick se apartó de él para verle el rostro. El chico estaba pálido, los ojos los tenía rojos de tanto dormir y los pómulos comenzaban a marcársele. Mark no parpadeaba; solo veía la calle que pasaba delante de la casa como si pudiera ver la tropa aesiriana que se había marchado hacía unos meses.
—Solo estás triste —dijo el anciano mientras lo empujaba con cariño para que se recostara un momento—. No sabes lo que dices…
—No estoy triste —lo interrumpió otra vez—. Ya te dije que no soy ese Mark.
El muchacho giró sobre los talones. A pesar de que su papá estaba al frente a la que miró fue a Dioné. La sirvienta estaba al lado de la puerta, atraída por el sonido de la bandeja cuando cayó al suelo.
—Tú eres Dioné, ¿verdad? Tengo una tarea para ti. —Mark abrió el cajón del escritorio que tenía al lado y dijo—: Dentro de ocho años llegarán a Lahore tres personas importantes. Una de ellas será la princesa, otro el General y, el que más me interesa, será el profeta. Lo reconocerás porque en sus ojos pelean el cielo y la tierra. Él es importante, es la pieza elegida por el amo Marduk para dar marcha a su vida. Cuando lo conozcas quiero que le des esto.
De la gaveta tomó un pergamino. Se apoyó sobre el escritorio, acercó el tintero, tomó una pluma y respiró profundo, como para darse ánimos.
—Esta será mi última profecía —anunció—. Este yo no se opondrá a los deseos de mi amo. Después de esto solo quedará dormir y esperar.
El muchacho recitó mientras escribía…

****

—Todos sabíamos que algún día un profeta aesiriano visitaría nuestra ciudad. Por eso todos lo hemos esperado, profeta Darius. —El muchacho levantó una ceja, desconcertado.
—Explíquenme de nuevo qué hago en el centro de esta multitud.
—Estamos esperando a que leas la profecía del amo Mark —respondió Sakti, sentada en un bulto de pieles en el segundo nivel de los túneles, como si se tratara de un trono.
A su lado estaba Frederick Salvot, aunque el anciano estaba a todas luces intimidado por Sigfrid. La princesa veía a todos los aesirianos: niños, adultos y ancianos tenían la mirada fija en Darius y de vez en cuando comentaban lo extraños que eran sus ojos.
—Esto es bastante incómodo… —murmuró el muchacho.
La mitad de esa incomodidad tenía que ver con la gente que lo rodeaba. La otra parte venía del pergamino, que casi latía, lloraba, gemía, llamaba… La mano Darius estaba como posesa, parecía un diablillo que el profeta apenas podía controlar. Necesitaba retirar el lazo, necesitaba leer el pergamino…
—Ábrelo, Darius —ordenó Sigfrid—. Entre más pronto lo hagas más pronto sabré cuál estrategia conviene usar.
El General nunca necesitó la visión de un profeta para saber cómo actuar, pero esta era una ocasión especial. Nunca, jamás, había visto un objeto tan impregnado de poder como ese bendito pergamino. «Que un humano pueda hacer algo así…», pensó Sigfrid. «Pero, de nuevo, no se trata de un simple humano sino de un mensajero». Lo cual generaba otra pregunta: ¿por qué el Tercer Dragón había creado a un mensajero tan poderoso?
Darius miró el extraño pergamino… ¡Ah! ¡Cómo deseaba abrirlo, saciarse de las palabras escritas en él, sentir su poder fluyendo en la lengua! Pero a la vez tenía miedo. Sentía que cuando quitara la cinta daría el paso sin retorno. Aun así lo hizo. La piel de los dedos se erizó cuando al fin tocaron el lazo y jalaron con fuerza, como si quisieran destruir la cinta. Amplió el trozo de papel y los ojos se fijaron en cada línea, en cada sílaba. Luego fueron los labios los que cayeron bajo el hechizo del pergamino. Le picaron y le temblaron como si apenas soportaran estar unidos a la cara de Darius. Querían hablar por su cuenta.
—¿Qué dice, Darius? —preguntó Sakti, impaciente. El profeta tomó aire y con voz quebradiza narró el mensaje que Mark había dejado:
—«Cuando tres estrellas del Este visiten esta ciudad condenada, las luces de Lahore brillarán para luchar contra la oscuridad de las nubes que trajeron la noche. El mármol y el marfil de estas calles, la amatista y el zafiro de sus cuevas, y la luz de su templo, se unirán bajo el canto del linaje Real, convirtiendo a la ciudad en un manto de sangre…
»Sangre del enemigo que, derrotado, recordará el don exquisito de los Aesir. Cuando el oscuro templo de entre sus nubes caiga y el blanco santuario de esta ciudad dispuesta a morir se desplome, la espada de metal virgen prometerá nueva vida a aquel que espera en silencio. —Darius tragó saliva al ver la próxima línea—. Cuando los labios del profeta pronuncien esta predicción, él tomará el lugar del mensajero y el hechizo no se romperá sino hasta que los ojos se opaquen después de la derrota del invasor vaniriano. Cuando la victoria llegue una nueva luz recorrerá el mundo: los templos de cada ciudad se encenderán, los aesirianos sentirán paz… los vanirianos, zozobra.
»Una vieja promesa se cumplirá. El Tercer Dragón nacerá… El Tercer Dragón vivirá… El Tercer Dragón volará».
Darius tragó saliva pero fue imposible. La garganta y la boca estaban secas. De repente le pesaron mucho los párpados y los rostros de las personas que lo rodeaban perdieron definición. Solo pudo pensar en dormir. Sacudió la cabeza y caminó hacia las gradas.
—Toma —dijo tras poner el pergamino en manos de Sigfrid—. Si esta payasada ya terminó me voy a dormir. Seguro que es tarde.
Sigfrid primero miró el pergamino, luego a Darius y después sonrió. El papel era solo eso: papel. Ya no emitía ni pizca de magia; toda esa energía púrpura se había trasladado al profeta. No supo por qué pero eso lo alegró. Luego escuchó los aplausos y los rugidos de satisfacción de los lahorenses. El profeta ya no estaba a la vista, pero todos los aesirianos recordaban sus palabras como si las tuvieran impresas con fuego en la mente.
La profecía del mensajero fue clara: el Tercer Dragón nacería dentro de poco y los lahorenses vencerían a los vanirianos. ¡No podía haber mejores noticias que esas! Estaban listos para celebrar largo y tendido, pero las luces de los túneles bajaron de intensidad.
—Es hora de dormir —anunció Dioné—. Las luces se hacen tenues cuando cae la noche.
La sirvienta se acercó al viejo Salvot, lo tomó del brazo y lo llevó al tercer nivel, donde Mark dormía.
—Usted también debe descansar, Alteza —dijo Sigfrid mientras se tronaba los dedos para prepararse a trabajar—. Descanse junto a Darius. Me sentiré más tranquilo si sé que están juntos.
La idea de dormir provocó un bostezo a Sakti. La chica se levantó, se estiró un poco y miró a Sigfrid sin pestañear.
—¿Y tú vas a dormir?
—No.
Sakti ya se lo esperaba. Sigfrid nunca dormía. Bueno, casi nunca. Sus ciclos de sueño eran bastante curiosos. A la princesa le costaba creer que una mole de magia, fuerza e inteligencia como la que era Sigfrid Montag pudiera trabajar varios días seguidos con escasos descansos de unas tres horas. No la sorprendía que los vanirianos trataran a su padrino por el nombre cariñoso de «Demonio».
—Eso no es bueno —dijo ella mientras pasaba a su lado—. Ocupo un General en óptimas condiciones para sacar a mis amos de aquí. Así que procura dormir aunque sea un poco.
Sakti subió los escalones sin mirar de nuevo a Sigfrid, pero el General enarcó una ceja por el comentario. ¿De… de alguna manera le pedía descansar?
—Ah —entendió—. Es tosca como el padre…
Sigfrid no subió las gradas sino que fue a un escritorio acomodado para él en el segundo piso. Allí había varios planos de la ciudad y otros de los túneles, aunque los últimos estaban hechos a mano a partir de los recorridos improvisados de los lahorenses.
Mientras se acomodaba para trabajar le llegaron las voces de los hombres a los que había nombrado oficiales. Estaban en el primer nivel, poniendo orden entre los lahorenses. A pesar de que las luces estaban tenues, muchos todavía conversaban en voz alta y con una sonrisa de oreja a oreja. Les costó controlar la alegría. Pero luego, poco a poco, los lahorenses se durmieron. Solo algunos estaban despiertos. La mayoría era oficiales que hacían guarda para acompañar al General en la vigilia.
Aunque Sigfrid quiso concentrarse en los planos no pudo quitarse de la mente la profecía del mensajero. Extendió sobre el escritorio el pergamino que le dio Darius y releyó el mensaje: «Cuando los labios del profeta pronuncien esta predicción, él tomará el lugar del mensajero y el hechizo no se romperá sino hasta que los ojos se opaquen después de la derrota del invasor vaniriano».
Las profecías podían ser engañosas. Podían usar palabras bonitas para complicar lo que era sencillo, pero Sigfrid ya tenía práctica para entender los juegos de palabras. Para él era claro como el agua: Darius tomaría el lugar del mensajero. ¿Y cómo lo haría, si no era matándolo? «Al igual que el Emperador Kardan», pensó el General, «el Tercer Dragón ha elegido a Darius para acabar con el mensajero». ¿Pero para qué un Dragón se tomaría la molestia de utilizar un profeta para matar a un humano postrado en una cama? ¿Cuál era el objetivo?
Pensó en el aura poderosa que emanaba antes del pergamino. Luego en el extraño poder que el humano ejercía sobre la princesa, que la había llamado hasta Lahore a pesar de los ocho años de comodidades en Masca. Y luego pensó en la última visita que había hecho a la ciudad.

«Debes tener cuidado porque cuando vuelvas a Lahore es posible que algunos de tus recuerdos sean bloqueados de nuevo. Pudo haberlo hecho la princesa sin querer, ya que la conociste cuando estaba muy confundida… Pero puede que otra persona haya intervenido».

Sigfrid no lo creía, era risible. Pero… el pergamino. Y la obediencia con la que los lahorenses y la princesa reverenciaban al mensajero. ¿Sería posible? Si Mark embrujó un pergamino con tanta fuerza quizá también podía ser el responsable de las pérdidas de memoria de Sigfrid. Tal vez no lo hizo ni siquiera al propio, solo sucedió…
Como una fuga de magia.
Pero si así era entonces… «Entonces el poder del humano es más grande de lo que sospechábamos. Este mensajero no es cualquier mensajero».

«Una vieja promesa se cumplirá. El Tercer Dragón nacerá…».

¿Sería posible que con la muerte de Mark Salvot… el Tercer Dragón nacería?
—Interesante… —se limitó a decir Sigfrid. Una pequeña sonrisa le cruzó los labios.

****

En las paredes, a los lados de los pasillos, se crearon siniestras sombras producto de las antorchas que iluminaban el camino de roca celeste y negra. Los soldados vanirianos marchaban con firmeza. Por la ventana se veía la más hermosa de las noches: una luna en cuarto creciente iluminaba el palacio oculto entre las nubes invasoras.
Era una de las maravillas que utilizaba la tecnología de la Virtuosa Sakti Allena Aesir I. ¡Los aesirianos eran unos ineptos! Dejaron que las ciudades con todos esos avances mágicos se perdieran en las arenas del desierto y en las sabanas que limitaban con el País de Hielo. Tal y como dejaron que las Torres se perdieran. Pero los vanirianos eran astutos, muy astutos: no desaprovecharían las armas que los mismos aesirianos crearon pero que dejaron de lado por tontos.
El hombre avanzó con paso seguro, con dos kredoa, tres arpías y cuatro groliens pisándole los talones. Llegaron a una alta puerta negra y pidieron entrar. La puerta cedió y dio paso a una habitación opulenta llena de tapices. En el centro del cuarto había una mujer acomodada sobre un bulto de pieles y abrigos.
—Mi señora… —dijo el hombre mientras él y sus subordinados se arrodillaban—. Los grupos de Goliath y Fertho no se han reportado ni hay rastros de ellos.
—Ah… —respondió en un susurro la mujer—. ¿Ya los buscaron en la ciudad?
—No tenían órdenes de entrar, debían vigilar el perímetro. Si están perdiendo el tiempo y preocupándonos en vano, los castigaremos con severidad en cuanto aparezcan.
—Oh, mi Kruth. No creo que sea culpa de Goliath o Fertho —dijo la mujer mientras se levantaba.
Caminó hacia el hombre con sensualidad, se inclinó sobre él con delicadeza como si le fuera a dar un beso… Pero lo tomó del rostro con ferocidad, con las uñas enterradas en lo profundo de las mejillas, como si quisiera arrancarle la piel a tirones.
—Es culpa del Demonio Montag porque ya están aquí… ¿Verdad, Darius?
Empujó a Kruth lejos de las pieles. Luego le cayó encima y le apretó el pecho. Un calor sofocante quemó el interior del vaniriano; justo cuando el hombre creía que moriría la mujer lo soltó. Darius dejó de mirar la situación desde los ojos de Kruth para mirarla a través de los propios. No entendió qué pasaba. ¿Qué hacía él allí…? ¿Qué era eso…? ¿Un sueño? Miró el cuerpo que había poseído antes y luego se miró las manos. No, él estaba allí, eso era real, se sentía real y…
—Hola, profeta. Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?
La voz era dulce, casi melosa, pero Darius retrocedió espantado por ella. «Es un sueño», se dijo. «Tranquilo, solo despierta, solo despierta…». Pero no pudo calmarse ni despertar. Tenía los ojos fijos en la mujer, que tenía un bonito cabello verde oscuro y unos provocadores ojos miel. Ah. Ya la había visto.
Lemuria Aegis… —La voz de Darius pareció la de un espectro. Lemuria sonrió al escucharlo, se acercó contoneando las caderas como si supiera muy bien lo que hacía y, con su voz de diablo con disfraz de ángel, dijo:
—Dime, ¿ya sabes cómo destruir a los Dragones? ¿Los aesirianos ya encontraron una manera de controlarlos? Porque nosotros ciertamente sí. ¿Dónde está el mensajero, Darius? ¿Dónde se han escondido?
—No… —La voz de la mujer fue como una especie de sirope que se le metía en los oídos, le llegaba al cerebro y hacía que todo se volviera confuso—. ¡Basta!
Y sus ojos… ¡Oh, sus ojos! Eran como dos esferas de fuego, como la mirada de una serpiente al encantar un pajarillo. Darius era el pajarillo que, a pesar de todo, se resistía a caer preso en el embrujo. Pero supo que con eso no sería suficiente. Sin importar sus esfuerzos estaba seguro de que Lemuria le leía el pensamiento. No. Se los arrancaba. Era como si los tomara con los dedos, los jalara, los retorciera y los extirpara sin apartar los ojos. Darius pensó que al menos el Emperador Kardan no le causaba semejante dolor cuando lo miraba con los ojos de los Aesir. Pero Lemuria… ¿qué quería Lemuria…?
—¡NO! —chilló Darius al entenderlo.
Se arrodilló y se llevó las manos a los oídos, como si con eso pudiera evitar que la mujer se metiera en su mente. No podía mostrarle, ni siquiera por error, en dónde estaban escondidos. Si Lemuria lo veía… ¡Si lo veía mataría a toda esa gente! Darius estaría allí, vería los cuerpos de los lahorenses, los cadáveres de los niñitos que esperaban con ansias regresar a la luz del día. Sakti pelearía, lucharía por defender a sus dos amos pero… pero quizá no lo conseguiría, quizá los vanirianos la harían picadillo y él perdería a la amiga a la que tanto quería.
—Oh, Darius… Solo eres un niño… —susurró Lemuria—. Tan pequeño y ya sabes que los recuerdos tristes son los que bloquean la mente…
Njord en el suelo…
La sonrisa dentellada del come-almas…
Los niños en sus garras…
Darius rechinó los dientes.
—¿Quieres que acabe? —ofreció Lemuria, melosa—. El señor Vanir puede darte el dulce placer de olvidar. Puede salvarte de ti mismo, de tu rey retorcido y de esas bestias que condenaron tu vida, los Dragones. Él puede salvarnos a todos… —Lemuria le levantó el rostro, lo obligó a mirarla a los ojos y a acercar su rostro al de ella—. Solo tienes que dejarte caer, mi pequeño profeta…
Los labios de Darius temblaron cuando los de Lemuria se le acercaron a la boca. Caer sonaba bien, dejarse llevar, dejar de luchar… Pero…
—¡BASTAAAAAAA! —gritó.
Esperaba que el grito apartara a Lemuria pero cuando abrió los ojos se dio cuenta de que ya no estaba en el palacio que flotaba sobre Lahore. Estaba en los túneles, sentado sobre un bulto de pieles que le servían de cama. Tenía la camisa pegada a la espalda, empapada de sudor. Las manos le temblaban. Cuando se las llevó a la frente para secarla se dio cuenta de que tenía varios chichones. ¿En qué momento se había golpeado? Supuso que se movió mucho mientras soñaba y que se lastimó mientras dormía. De seguro que al día siguiente amanecería con moretones cubriéndolo de pies a cabeza.
—Solo fue un sueño —se dijo—. Solo un estúpido sueño…


—Señora… ¿está bien?
—De maravilla, Kruth, de maravilla. Lamento si te lastimé.
El vaniriano sonrió a medias mientras se frotaba el pecho. Lemuria estaba hincada y se masajeaba la mano, de donde se desprendía un humo negruzco y un fuerte olor a carne quemada.
—Debes tener más cuidado cuando te quedas dormido. Todos ahora somos buenos recipientes para que el profeta utilice la proyección astral y se informe de nuestros planes.
—L-l-lo siento. No sabía que…
—No te preocupes, creo que el profeta tampoco lo sabía. Esto pasó por accidente. Pero si informa al General de lo que sucedió es posible que aprenda a dominar ese poder.
—Señora, ¿qué haremos?
—Irnos —dijo la vaniriana mientras se erguía. Caminó hacia las pieles que le sirvieron de asiento y tomó una capa—. La profecía de un mensajero del Tercer Dragón es tan creíble como la de cualquier profeta aesiriano.
Lemuria abrochó la capa y se retiró del salón mientras recitaba la última profecía de Mark.
—«Cuando tres estrellas del Este visiten esta ciudad condenada, las luces de Lahore brillarán para luchar contra la oscuridad de las nubes que trajeron la noche…».
Su voz fue como un fantasma que se perdía en los pasillos del castillo flotante.
—«Cuando los labios del profeta pronuncien esta predicción, él tomará el lugar del mensajero y el hechizo no se romperá sino hasta que los ojos se opaquen después de la derrota del invasor vaniriano».
«¡Ah!», pensó la vaniriana. «Pero verás, mi amigo Darius, que ni tú ni yo dejaremos que esa profecía se cumpla… Al menos no por ahora».

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Hola angela !!! llego a tu blog gracias a andreas ella me lo recomendo y tu historia me encanto y me atrapo , me dije que iba a dejarte un saludo en el cap 20 pero ya vez me di cuenta de que estaba en el 22 quiero felicitarte por tu historia, aunq recien estoy comenzando a leerla me ha inspirado muchas emociones y lo bueno es que hay mucho todavia que leer !!!! atte Grace

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    Respuestas
    1. ¡Hola! Muchísimas gracias por leer y comentar. ¡Me hace mucha ilusión cada vez que un nuevo lector aparece y me deja un saludito!

      Ojalá que la historia te guste. Aún me queda mucho por mejorar y aprender, pero te prometo que cada capítulo tiene mucho esfuerzo y ganas para agradecer a los lectores

      Bienvenida a la blognovela. Ojalá podamos leernos más seguido por aquí ;)

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