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Capítulo 23

23
LA SEÑAL DE LA VICTORIA

—¡Enjáulenlos!
—¡Sí!
Los látigos resonaron en los túneles. Algunos humanos gritaron asustados y otros reprocharon ofendidos. Darius se giró indignado para no ver lo que sucedía. En el primer nivel, oficiales y civiles aesirianos arrinconaban a los humanos lahorenses y los obligaban a entrar a grandes jaulas de metal. Sigfrid encabezaba el movimiento con órdenes funestas, sin ninguna consideración hacia los chivos expiatorios de su plan.
Cómo le habría gustado a Darius liberarlos. Ellos no tenían la culpa de lo que sucedía en Lahore, ¿por qué debían sacrificarse para que los aesirianos escaparan de la invasión? ¿Acaso no era justo que humanos y magos tuvieran las mismas posibilidades de salvarse? Pero supo que si decía algo al respecto sus quejas caerían en oídos sordos. Sigfrid lo apartaría para asegurarse de que no intentara jugar a héroe de humanos y Sakti…
Sakti no haría absolutamente nada. Darius la miraba y no podía creer lo que veía. Le costaba creer que la chiquilla tímida con voz de pajarillo que conoció hacía ocho años tuviera esa sonrisa de satisfacción en los labios. ¡Oh, Sakti AMABA el plan de Sigfrid! Alababa al General por la siniestra idea que requería del sacrificio de los humanos que se burlaron y abusaron tanto de ella cuando era una niña indefensa. Al fin todo el rencor que sentía hacia ellos era recompensado por su padrino.
No. Si Darius intentaba ayudar a los humanos no conseguiría nada ni del cascarrabias de Sigfrid ni de Sakti. Solo agregaría más dolores y pesares al problemón que ya le rondaba la cabeza.
Matar a Mark Salvot.
Cada vez estaba más cerca el momento de hacerlo.
Nunca tuvo problemas para relacionarse con las personas pero había aprendido a evitar las relaciones estrechas. Él sabía que tenía sentimientos muy intensos que podían generarle el mayor de los placeres o la más grande de las desdichas. El amor y la confianza que sentía por sus hijos lo nutrían y lo confortaban. Pero la desesperación tras perder a su esposa y a sus otros hijos casi lo mata. Por eso evitaba confiar o encariñarse con alguien más; temía mucho querer y perder de nuevo.
Por eso mismo nunca quiso ser amigo de los príncipes. Aunque Adad y Sakti eran sus aliados evitó reírse de sus bromas, preocuparse por sus penas, interesarse por sus vidas. Con Adad lo había conseguido. Fue sencillo porque aunque el príncipe era bastante simpático también era inseguro y egoísta. Adad se sentía tan traicionado por su familia que no dudaba en actuar de la misma manera y Darius no quería depositar su confianza en alguien así.
Pero con Sakti siempre fue distinto. Sin importar lo mucho que intentó apartarla, la princesa siempre le pareció una niña. Nunca se atrevió a ser grosero con ella, disfrutaba de su compañía silenciosa, de lo bien que se llevaba con Zoe y los gemelos y se preocupaba por hacerla sentir cómoda. Antes de que se diera cuenta, Sakti se convirtió en la confidente de todos sus temores y sus dudas. La que lo consolaba cuando de repente recordaba a los niños que había perdido. La que lo levantaba cuando caía y estaba a punto de darse por vencido. Y él era el oído que escuchaba todo lo que Sakti no podía decirle al Emperador, a Dereck o a su hermano.
Desde el primer día ella vio más allá del profeta cascarrabias que hacía rechinar los dientes de soldados y príncipes. Y con el tiempo él se convirtió en el único que podía comprender las ambivalencias de la personalidad de la princesa.
Se habían convertido en amigos.
Sakti era un misterio para todos en Masca, menos para él. Los príncipes y maestros no podían entender por qué ella era estricta en sus estudios pero apreciaba los momentos de soledad para fantasear. Era amable con las sirvientas pero no soportaba tener damas de compañía. Se unía a los juegos de sus primos pero en realidad no mostraba mucho interés por conocer a su familia. Era muy callada y tímida pero no dudaba en avanzar, en superarse a sí misma, en dejar a los maestros con la boca abierta y en derribar a quien tuviera que derribar para alcanzar su objetivo.
Ese objetivo, el mismo que estaba detrás de sus contradicciones de carácter, era ni más ni menos que Mark Salvot. Toda la bondad de Sakti y también toda su violencia existían para él. Ella se había convertido en lo que era por él.
Darius la comprendía porque él era igual. Todo lo bueno que tenía que ofrecer se lo daba a los gemelos y a Zoe. Y todo lo malo que guardaba en su interior lo proyectaba contra los que amenazaban a sus hijos. Todo el odio, todo el rencor, todo el poder demoledor que pudiera tener dentro estaba destinado a proteger a los niños. Porque los quería.
Él sabía que Sakti quería a Mark Salvot como a nadie en el mundo.
Darius lo sabía, porque él y la princesa eran amigos, se comprendían, se necesitaban el uno al otro. También se querían.
Por eso le pareció terriblemente irónico que para proteger a sus hijos tuviera que acabar con Mark Salvot. Matarlo era probablemente el equivalente a perder a Sakti. Ya no sabía si podría enfrentar la vida de la misma manera sin la amiga que le había traído estabilidad al mundo patas arriba que fue Masca para él.
—Oh, no pongas esa cara —le dijo Sakti casi juguetona—. Verás que cuando regresemos a Masca ni te acordarás de lo que pasó aquí.
Sakti sabía que Darius no estaba de acuerdo con el sacrificio de humanos pero, por suerte, no era muy diestra en leer mentes. Si hubiese sido buena en eso Darius no habría podido viajar con ella todos esos meses, pensando en la misión que le asignó el Emperador.
—Me cuesta creer que la dulce hermana mayor de mis hijos no tenga ningún problema con esto —le soltó el profeta.
La miró a los ojos como pocas veces se atrevía a hacerlo. Era su costumbre no incomodar así a una mujer pero la princesa no era cualquier chica. Era su amiga, ¿no? Y eso significaba que ella le había dado el permiso de hablarle con sinceridad, sin tapujos.
—Siempre me agradaste porque eras diferente a los demás Aesir, pero esto… —Darius señaló las jaulas—… esto es muy cruel, Allena. Yo no sabía que tú podías ser así, como tu tío. —Por un momento creyó que Sakti lo vería como si le acabara de dar un puñetazo en la cara pero la muchacha lo único que hizo fue sonreírle con condescendencia.
—Tú siempre me agradaste porque no eres cruel, Darius. A mí me agradan las personas que son mejores que yo.
Guardaron silencio mientras veían el movimiento en el primer nivel. Además del encierro de humanos, los aesirianos también se dedicaban al afilamiento de espadas, hachas y puntas de flechas. Otros, en cambio, entrenaban en el combate cuerpo a cuerpo y con armas. En poco tiempo Sigfrid se había encargado de que el guerrero durmiente dentro de los magos despertara. Ya no se esconderían más en los túneles como ratas asustadizas. Saldrían a luchar como leones.
—Estamos listos —anunció una voz cantarina.
Sakti giró y recibió con una sonrisa a Dioné, que también sonreía. La otra sirvienta de los Salvot llevaba la capucha de viaje y estaba acompañada de un muchacho más joven que Darius, también encapuchado.
—Cuídate —pidió Sakti—. Los amos y yo contamos con tu regreso.
La princesa hizo una seña que llamó la atención del General. Cuando vio que Dioné y el aprendiz de sacerdote de Lahore estaban listos, Sigfrid subió al segundo nivel para que los aesirianos lo miraran. Hasta los humanos dejaron de quejarse por el encierro. Así de imponente era la pose de Sigfrid antes de un discurso.
—Hemos decidido pelear —comenzó el General—, ¿pero qué otra cosa podíamos hacer? Somos aesirianos. Somos guerreros por naturaleza, somos nuestros propios dioses. Doblar la rodilla ante los vanirianos es un pecado hacia nosotros mismos que no podemos cometer nunca más. Es hora de redimirnos. Es hora de atacar y no dejar nada intacto. Los vanirianos no pueden olvidar de nuevo las consecuencias de enfrentar al pueblo de los Aesir.
Sigfrid hizo una pausa y enfocó la mirada en algunas caras. Lo hizo de tal forma que cada uno de los aesirianos sintiera que le hablaba a él y solo a él. Luego señaló a Dioné y al muchacho que la acompañaba y dijo:
—Nuestros hermano y hermana fueron elegidos para visitar el territorio que el enemigo nos quitó. Cuando regresen a los túneles traerán consigo el núcleo sustituto de Lahore. La princesa intentará sincronizarlo y con ello la ciudad revivirá para convertirse en nuestra aliada en la batalla. ¡Anímenlos, vitoréenlos, agradézcanles! ¡Gracias a ellos obtendremos la victoria!
Sigfrid se corrió para que Dioné y el muchacho bajaran las gradas. Los lahorenses les abrieron camino, tal y como lo hicieron a Sigfrid cuando el General llegó por primera vez a los túneles. Mientras la sirvienta de los Salvot y su compañero de misión se dirigían a la salida del refugio, los aesirianos los vitorearon con rugidos y los puños en alto. Se olvidaron por completo del General y se concentraron en los dos magos que subirían a la superficie.
Mientras tanto, Sigfrid giró sobre los talones y encaró a Darius.
—Es hora de continuar con lo planeado.
—¿A qué te refieres? —preguntó el profeta con escalofríos. ¿Era hora de matar a Mark?
—No te asustes —dijo Sakti mientras tomaba a su amigo con delicadeza, preocupada por la repentina palidez de Darius. Alzó una ceja por la reacción de su amigo y le explicó—: Mientras Dioné y ese muchacho buscan el núcleo sustituto, tú buscarás en el amo Mark algún rastro de Profecía. —El mestizo miró primero a Sakti, luego a Sigfrid y después otra vez a la princesa.
—¿Por qué crees eso?
—¿Por qué otro motivo dejaría el tío que viajaras con nosotros si no era para utilizar tus poderes como profeta? ¿Verdad que tengo razón, Sigfrid? —La princesa dedicó al General una mirada significativa.
—Por supuesto, Alteza. Usted es tan perceptiva como su tío. Tiene razón.
Sakti tomó a Darius del brazo y lo encaminó al tercer nivel.
—Esto significa mucho para mí, Darius. Porque el amo Frederick… y yo también… Los dos creemos que puedes despertar al amo Mark.
—¿A qué te refieres? —preguntó mientras veía la cara de Sakti. Jamás la había visto tan ilusionada y él jamás se había sentido tan sucio y rastrero como en ese momento.
—Después de que el amo escribiera su profecía, durmió y no despertó más. Lleva ocho años en coma; pero tú leíste el mensaje y quizá… quizá lo que lo puso a dormir ya no lo afectará más porque tú estás aquí…

«Cuando los labios del profeta pronuncien esta predicción, él tomará el lugar del mensajero…».

Ah. Sakti creía, entonces, que así como Darius tomaría el lugar de Mark, Mark tomaría el de Darius. Por eso creía que su amo podía despertar. ¿Pero eso significaría que Darius caería en el coma del mensajero? «No…», supo el profeta. «Mis visiones han cambiado, ahora son más vívidas, más reales». Desde que leyó el pergamino se sentía diferente. Zoe siempre fue la más certera de los profetas, pero Darius comenzaba a percibir emociones, recuerdos y visiones mucho más detalladas.
Recordó el extraño sueño en el que vio a la vaniriana Lemuria Aegis. Además de ese, en las últimas noches también había soñado con otras escenas que, aunque distintas, las percibía más reales que la vida misma. Una ciudad enorme surgiendo de la arena; la Capital aesiriana bañada de luz púrpura; y –la más intensa– una columna de luz que subía al cielo, tan cegadora que ni los párpados podían protegerle los ojos.
De seguro que antes esos eran los sueños que acompañaban el coma de Mark. Darius estaba seguro de que eso era lo que significaba esa línea de la profecía: sus poderes como profeta se habían intensificado ahora mientras que los de Mark, quizá, disminuyeron. Y si ya Mark no soñaba con escenas del futuro no tenía sentido que siguiera en coma. Quizá Sakti tenía razón y él podía despertarlo. Pero…
Pero Mark iba a morir. Darius iba a matarlo. Por eso no quiso conocer al señor Salvot, ver lo dulce y atento que era con Sakti y con él. Por eso no debió hacerse amigo de Sakti. Así, quizá, no sería tan difícil acabar con la piedra angular de un viejo amable y de una amiga querida.
Cada paso que lo acercaba a Mark le pesaba como si fuera plomo. Las piernas no habrían podido mantenerlo en pie de no ser porque Sakti lo guiaba y sostenía. Él no era un asesino, sentía que no podía hacerlo. Pero tenía que. Por sus hijos tenía que hacerlo.
Al fin llegaron a la cortina blanca al fondo del tercer nivel. Sakti descorrió el telón y guio a su amigo al interior.
—Amo Salvot, mi amigo está aquí —anunció.
El anciano se levantó de una silla que estaba en el rincón de la habitación improvisada. ¡Arg! Darius creyó que no podía haber un rostro más ilusionado que el de Sakti en ese momento, que era como el de una niñita con montones de regalos por abrir el día de su cumpleaños. Pero el viejo Frederick superaba por mucho la emoción de su esclava. El cuerpo le temblaba como gelatina, las mejillas estaban sonrojadas, los ojos los tenía dilatados y brillantes, y Darius juraría que hasta le habían crecido unas hebras de pelo más solo de la pura felicidad.
El anciano fue hacia el profeta y lo tomó de las manos. Lo vio como si fuera una aparición, como un ángel enviado a su lado para hacer un milagro. Pero a pesar de la ilusión el quiebre de su voz también demostró miedo de que sus esperanzas fueran vanas.
—Si hay algo que yo pueda hacer, lo que sea…
Sakti apretó también el brazo de Darius. Antes de que el profeta se diera cuenta, la chica le plantó un beso en la mejilla.
—Por favor, haz lo que puedas —susurró ella a su vez—. Por favor...
El muchacho se tuvo que morder la lengua para no desarmarse, llorar y confesar que estaba allí para matar a Mark. Sigfrid no había entrado al cuarto pero estaba en el umbral y con los brazos cruzados sobre el pecho. Sus fríos ojos estaban sobre el profeta, como una amenaza silenciosa y mortal para que no abriera la boca.
A pesar de los nervios, Darius se separó del anciano y de Sakti. Se acercó a la cama y se sentó al lado de Mark. El mensajero tendría unos veintitrés años. Como humano ya no era considerado un muchachillo, pero para Darius esa era una edad muy tierna como para morir. Y estaba dormido, tan indefenso…
—¿C-cómo lo hará…? —preguntó con timidez el viejo Salvot—. ¿Le dolerá a Mark? ¿Pero podrá despertar?
—No lo sé —admitió el profeta. Luego pensó en voz alta—: Lo que me pidieron es que busque rastros de la Profecía en él. En el caso de los portadores, o sea en Allena y el príncipe Adad, los rastros los tienen tatuados en el cuerpo. En la espalda tienen las marcas de la Profecía, que son signos en aesiriano antiguo que relatan el Pacto. Esas marcas ahora están incompletas pero crecen todos los años.
—¿Crees que el amo también tiene marcas? —se animó Sakti. Ella no recordaba haber visto nada inusual en Mark cuando eran niños.
—Lo dudo. Él no es un portador, solo un mensajero. Pero tú dijiste que él cantaba trozos de la Profecía todas las noches de luna llena. Tiene algo, eso es seguro; pero no está por fuera, sino por dentro.
Entonces supo lo que tenía que hacer. Se inclinó sobre Mark, le puso la mano derecha sobre la frente, la izquierda sobre el hombro y luego cerró los ojos. Se concentró y dejó que la luz lo guiara a la mente del mensajero.
Al mundo de sueños donde descansaba el amo de Sakti.

****

—¡Aaahhh! —gritó el muchacho al caer en un charco de agua y barro.
Desde que abandonó los túneles el nerviosismo le jugaba bromas crueles y hacía que saltara y cayera cada vez que escuchaba algo sospechoso.
—¿Quieres que nos descubran, Gerian? Sé más discreto —pidió Dioné.
—Lo siento —respondió el muchacho mientras se levantaba—. Es que soy muy torpe.
—Deja de decir eso y ayúdame a mover esta piedra.
Gerian se apoyó sobre una pesada losa en la pared del templo de Lahore y ayudó a Dioné a empujarla. A pesar de que la lluvia era fuerte y el barro los hacía resbalar, entre los dos corrieron la enorme roca. Descubrieron un pasadizo secreto que llevaba al interior del santuario, a un cuarto específico. Se apresuraron y entraron a él. Tenían que actuar rápido antes de que algún vaniriano que rondara por allí los descubriera.

****

—Bienvenido, profeta. ¿Estás cómodo?
Un escalofrío recorrió la espalda de Darius. Tragó saliva al ver en dónde se encontraba. Estaba sentado en un suave sillón, en una habitación blanca tapizada por una biblioteca del mismo color. Un hombre le hacía compañía desde una mecedora.
—No realmente —soltó al reconocer a su anfitrión—. Estoy aterrado. ¿Estoy donde creo que estoy?
Aunque delante de él parecía haber una espesa neblina que le impedía discernir cualquier otro detalle además del color del cuarto, estaba seguro de que el otro hombre le sonreía.
—Así es. Has vuelto a mí. Te felicito. Esta vez no tuviste que morir para encontrarnos. —Darius chupó los dientes y hundió el rostro en las manos.
—Mentiste, Marduk. Rompiste tu promesa. No me diste el poder para salvar a mis hijos.
—Ah, en eso te equivocas, profeta. Te envié a mi Sakti y con ella un pequeño obsequio.
—No sé de qué estás hablando.
—¡Por supuesto que no, muchacho! Aún no ha llegado el momento. Pero llegará, créeme. Por ahora quiero que me pagues el favor por adelantado. Quiero que mates a Mark Salvot.
—¿Y si me rehúso?
—Oh, no lo harás. No puedes. Tienes que hacerlo. ¿Recuerdas la primera vez que nos conocimos? —Darius respiró profundo y, muy a su pesar, asintió.
—¿Cómo olvidarlo?

****

—¿Es esta?
—Sí. Los sacerdotes intentaron activar este núcleo sustituto cuando comenzó el ataque, pero murieron antes de sincronizarlo con la ciudad. Los vanirianos los mataron con uno de los relámpagos. Se encargaron de atacarlos mientras estaban en el templo. —Dioné miró una pequeña roca rojiza redonda que brillaba en la pared.
—¿Y la puedo coger?
—Este núcleo me repele a mí. Al principio creía que era porque todavía no soy sacerdote, pero el General Montag dijo que los núcleos son exigentes y que raras veces se dejan cargar por hombres. Dijo que una mujer sería más apta para llevar el núcleo hasta los túneles.
Dioné tomó aire y se preparó para tomar el núcleo. La piedra estaba incrustada en una de las paredes desquebrajadas del templo y formaba parte de un mural en el que se representaba a dos ejércitos combatiendo delante de una gran ciudad. En el cielo de la escena, los Tres Dragones ascendían desde la torre más alta de la ciudad de hierro, plata y jade. Era el día prometido. El día de la Profecía.
La sirvienta estiró las manos hacia la piedrecilla y susurró:
—Que con esto pueda servir a mi amo.

****

—Acababa de encontrar a Sigurd —relató Darius—. Solo recuerdo que estaba molesto, que quería desangrarlo como hizo con Njord. Algún día ese infeliz me las va a pagar. Algún día lo haré arrepentirse por haberme quitado lo que más amaba en el mundo.
—Estabas tan molesto que no notaste las heridas que te hizo. Supongo que ni sentiste dolor.
—No, ni un poco. En un momento estaba luchando a muerte contra el que asesinó a mi esposa y secuestró a mis hijos, y en otro instante estaba sentado en este mismo sillón. No podía estar más confundido.
—Y te ofrecí una segunda oportunidad con tal de que me hicieras un favor. Sé que accediste a colaborar con mi hermano Adad para que no se cumpla la Profecía. Aunque eso nos pone en bandos opuestos, quiero que sepas que no te considero mi enemigo. Francamente deseo que cuando la Profecía se cumpla, tú y tu familia puedan vivir en paz.
—Pero quizá será imposible. Todos somos iguales: humanos, krebins, vanirianos, aesirianos. Todos somos personas, todos merecemos misericordia. Pero todos lo han olvidado. Estamos en guerra. Hoy me pides matar a un humano. Mañana un vaniriano podría matarme a mí y pasado mañana un aesiriano podría matar a alguno de mis hijos. Todo por esta estúpida guerra.
—Eso no tiene que ser así si matas al mensajero —intentó convencerlo Marduk—. Con su muerte yo entraré en escena. Si los Tres Dragones se reúnen, la Profecía se cumplirá y la guerra acabará. Tú y los tuyos podrían vivir en paz y libres dentro de poco. Todo lo que tienes que hacer es un corte casi insignificante en la muñeca, en el cuello, en el estómago, donde te plazca. Pero hazlo después de que el padre muera. Le prometí que vería a su hijo vivir. Pero una vez que el anciano esté muerto ya nadie necesitará al mensajero. Mark no tendrá nada más que hacer en el mundo.

****

—¿Está bien? —preguntó Gerian al detenerse para esperar a Dioné.
Su estadía en el templo fue breve y ahora se dirigían a toda prisa a los túneles. Dioné asintió entre jadeos, incapaz de hablar. El núcleo de la ciudad había dejado que lo cargara, pero segundo a segundo le arrebataba magia. Podía sentir el calor de la energía mientras pasaba de sus manos a la piedra, y cómo sus fuerzas flaqueaban a cada instante. Supo que tenía que avanzar más rápido, o de lo contrario ella y Gerian estarían en problemas.
Escuchó un fuerte chapoteo detrás de ella. Cuando Dioné y el aprendiz de sacerdote se voltearon, vieron que tres groliens, dos arpías y cinco hombres los habían alcanzado. Los vanirianos los rodearon antes de que pudieran pensar en escapar. Aunque estaba cansada y aturdida por el núcleo, Dioné estaba lo bastante espabilada como para sospechar que allí también podía haber un kredoa. Ese sería el más peligroso.
Gerian se colocó espalda con espalda detrás de Dioné, para protegerse mutuamente. Aunque el novicio parecía frágil y asustadizo, se llevó una mano al cinto. Ahí cargaba dos espadas y una se la ofreció a Dioné. Ella no se había esperado que en una situación así el primero que reaccionara fuera Gerian.
—Gracias. Sí resultaste ser valiente —bromeó mientras tomaba el arma.
—Lo que sea para que la Profecía se cumpla.

****

—Si mato a Mark Salvot, ¿veré a los otros tres?
—Si todo sale de acuerdo al plan no tendrás ningún inconveniente en verlos de nuevo.
Darius apretó los puños con fuerza. Si mataba a Mark ganaba mucho: el Emperador no lo molestaría por un buen tiempo y podría ver a sus otros tres hijos, a aquellos que perdió durante su encuentro con Sigurd. Marduk podría ser el más astuto y peligroso de los Tres Dragones pero cuando prometía algo lo cumplía sin importar qué, ¿cierto? No tenía por qué mentir. Pero aun así…

La cara ilusionada de Sakti. Su esfuerzo al contener la emoción y el temblor del pulso. El beso de agradecimiento anticipado que había dado a Darius…

—No —dijo, muy seguro de su decisión. Sakti era su amiga. No podía traicionarla—. No puedo matar al humano. A diferencia del Emperador, Sigfrid y tú, yo no me convertiré en un asesino. El fin no justifica los medios y esa es mi última palabra. —Se incorporó pero Marduk lo detuvo mientras señalaba a los que estaban detrás del profeta.
—¿Y si te dijera que el mensajero lo desea? ¿Aun así no lo matarías?

****

El ardor fue intenso. La lluvia solo intensificó el dolor de la herida. Gerian tuvo problemas para mantener el equilibrio cuando un grolien lo atacó de nuevo. La primera vez le hizo una herida en el hombro y él temió que en el segundo golpe le hiciera añicos la cabeza.
—¡Dioné! —gritó pero la aesiriana no le respondió.
Estaba viva. Supo que era ella a la que escuchaba pelear contra los otros dos groliens, a pesar de ser mucho más pequeña que los contrincantes. Gerian quería ir a ayudarla pero su oponente no se lo permitía. Además, aunque pudiera burlar al enorme vaniriano tendría que lidiar con los otros. Ellos no habían entrado a combate pero estaban a los lados, burlándose y listos para atacar apenas fuese necesario.
—¡Huye!
—¡Noooo!
El contrincante de Gerian era mucho más grande y fuerte que él. Cualquier aesiriano sabría que no tenía oportunidad de salir vivo de esa, pero Gerian estaba motivado: si el núcleo caía en manos de los vanirianos la huida de Lahore sería más difícil. Si los planes se dificultaban, los vanirianos podrían ponerle las manos encima al mensajero y los lahorenses habían protegido con sus vidas al humano Salvot. Los vanirianos lo querían por una razón. Aunque los aesirianos no sabían por qué, tenían bastante claro que no podían entregarlo a los enemigos.
El novicio susurró un encantamiento y su espada emitió una potente luz que cegó a todos alrededor, con la excepción de él mismo. Su hechizo no lo afectaba. Mientras los vanirianos se encogían y cerraban los ojos, el muchacho buscó a Dioné en el campo de batalla. Por un momento le pareció verla en manos de uno de los groliens, que la sujetaba por el cuello. Dioné se enterraba las uñas en el brazo derecho y sangraba. Gerian intensificó la luz para que a los vanirianos no les bastara con cerrar los párpados. Como lo esperaba el grolien que sostenía a Dioné la soltó para taparse mejor los ojos. Gerian aprovechó la oportunidad para acercarse a la aesiriana y llevarla a un lugar seguro, pero cuando estaba a unos pasos de ella escuchó el hechizo de un vaniriano. Al instante todo rastro de luz se desvaneció. Una oscuridad completa los rodeó, y ni vanirianos ni aesirianos pudieron ver los contornos de las ruinas o las siluetas de enemigos y aliados.
Gerian supo lo que tenía que hacer pero no le gustó. El vaniriano que había lanzado el contra hechizo le había hecho jaque. Si quería sobreponerse a la oscuridad tenía que hechizar de nuevo la espada para que emitiera luz, pero esta vez con tanta fuerza que él mismo se quedaría ciego. Pero si no lo hacía… ¿quizá los vanirianos no tendrían inconvenientes en ver en esa oscuridad? ¿Quizá tenían mejor visión nocturna y podrían distinguir siluetas que él no?
Se decidió. A pesar de que no veía nada avanzó hacia donde vio a Dioné por última vez y tanteó con las manos. La encontró arrodillada en el suelo, herida y agotada. Gerian supo que era ella por la fragilidad de los hombros y la textura de la capucha de viaje, así que tenía que ser una mujer y no arpía. La tomó por el brazo, le pidió que cerrara los ojos y él hizo otro tanto. Después recitó el encantamiento de la espada de luz, la clavó entres unas rocas y huyó.
De no ser por la costumbre de los aesirianos de enseñar esgrima a los niños, él no habría podido defenderse. De hecho no podía creer que recordara cómo pelear, pues llevaba mucho tiempo sin practicar. Pero le sorprendió aún más que su mente funcionara al ritmo de la situación, que no se quedara en blanco por el temor justo cuando los vanirianos lo pillaron. Incluso ahora le sorprendía lo bien que recordaba Lahore a pesar de que no podía ver por dónde andaba, porque la luz todavía era tan fuerte que no se atrevía a abrir los ojos. A pesar de los restos de roca desperdigados por doquier, recordó el número de pasos que separaban una avenida de otra. Sin necesidad de ver nada supo que pasaba delante de lo que una vez fue el puesto de chequeo de sacrificios. Luego corrió delante de un viejo establo. Después delante de una carnicería, seguida de una panadería…
Supo que los vanirianos no lo perseguían porque no escuchó ni las pesadas pisadas de los groliens ni el batir de alas de las arpías. Lo que le llegaron fueron las maldiciones distantes de los vanirianos, que todavía debían de estar cerca de la espada luminosa, con los ojos adoloridos a pesar de que se los cubrieran.
Durarían así un buen tiempo. La espada no dejaría de brillar sino hasta que él se calmara, y ya que se había llevado el susto de la vida no creía que se tranquilizara pronto.
Guio a Dioné a una de las casas que todavía se mantenían en pie y se ocultaron dentro.
—¿Estás bien? —Gerian abrió los ojos y parpadeó varias veces para que la vista regresara a la normalidad.
—Sí —contestó Dioné—. Lo mejor será que…
—¿Lo tienes?
—¿P-perdón?
—El núcleo, ¿lo tienes? —A pesar de que todavía no distinguía muy bien los contornos vio que la mujer parpadeó varias veces.
—No.
—¿Lo escondiste o ellos lo tomaron? —Dioné volvió a parpadear con inseguridad.
—N-no lo sé… Quizá cayó y…
—Está bien —dijo Gerian, de repente en el papel de líder valiente y comprensivo—. Nada pasa si ellos no lo encuentran y estoy seguro de que no podrán reconocerlo. Ni siquiera sabían lo que queríamos. Lo importante es que lo encontramos primero y lo volveremos a hacer cuando el señor Montag utilice a los chivos expiatorios. Supongo que para eso necesitaba un plan b.
De repente Gerian se dio cuenta de que veía borroso no por la luz de la espada, sino porque estaba mareado. Se dejó caer al suelo y recostó la espalda a la pared. Estaba empapado de pies a cabeza, pero solo la mitad era agua. El resto era sangre.
—¿Crees que las garras de los groliens tienen veneno? —preguntó mientras se veía el brazo, que tenía un feo aruño—. Los muy cochinos no se lavan y no me sorprendería que se me caiga el brazo.
Se revisó el golpe y se percató de que, además del tajo que le hizo la espada, tenía tres tirones de piel en donde el grolien lo aruñó. Recordó que Dioné también estaba herida. Pero en cuanto vio a la mujer se dio cuenta de que no tenía ni un rasguño. Bueno, sí en la cara y en las manos, pero los brazos los tenía intactos. Sin moretones o hilillos de sangre.
—¿Pasa algo? —preguntó ella cuando reparó en la mirada confusa de su compañero.
—No, nada. Me alegra que estés bien, pensé que estabas más lastimada. ¿Crees que puedas llevarme a los túneles? No creo aguantar por mucho tiempo más. —Dioné miró la herida de Gerian con prudencia.
—¿Puedes guiarme? Es que aún no veo bien.
Gerian asintió mientras Dioné lo tomaba por el brazo sano y le daba apoyo. Salieron de la casa. La lluvia los acompañó de nuevo mientras iban al cementerio de la ciudad.

****
           
Darius parpadeó sin creer lo que veía.
—Eres un monstruo, Marduk. ¡Los tienes atrapados como si fueran animales!
—Eres muy sensible, profeta —se excusó el Tercer Dragón mientras levantaba los hombros para restarle importancia.
Marduk dejó la mecedora y se acercó a Darius para ver a sus presas con más detalle. Eran un niño rubio sujeto por cadenas y un muchacho, también rubio, amarrado con hilos plateados. Los dos estaban dormidos.
—Has venido por él —dijo Marduk mientras señalaba al mayor de los prisioneros.
Darius miró con disgusto al Tercer Dragón solo para confirmar lo que ya sabía: el cuerpo de Marduk no estaba hecho de carne sino de un montón de papiro que simulaba la silueta de un hombre. No tenía ningún rasgo en la cara, a excepción de los ojos púrpura.
—¿Que he venido por él?
—Sí, por el Mark Salvot que será de hoy en adelante. Lo condené a olvidar y ha olvidado. El Mark que mi Sakti conoció no volverá jamás. En su lugar esta vez preparé a un Mark que sí obedecerá mis órdenes sin titubear. Morir por mi mandato no podría importarle menos. —A un gesto de la mano los hilos que sostenían a la versión adulta de Mark se cortaron y Darius apenas tuvo tiempo de sostener al muchacho para que no se estrellara contra el suelo—. Ya sabes, Darius: mátalo y tu recompensa será gratificante. Adiós.
—No, espera.
—¡Adiós!
—¡NOOOO!
—¿No qué? —Darius se sobresaltó al escuchar la voz tan cercana al oído y sentir la respiración de otra persona sobre el cuello. Jadeaba, sudaba y temblaba. Los típicos síntomas de sus visiones—. Te he hecho una pregunta. ¿Estás bien?
Sakti chascó los dedos delante de Darius y el muchacho parpadeó varias veces. Ya no estaba en el lugar fuera del espacio y el tiempo, sino en la habitación improvisada de los Salvot.
—No… digo, sí. ¡No me hagas preguntas ahora!
Sakti alzó una ceja pero no refunfuñó. Darius se ponía nervioso cada vez que tenía una visión y no quiso presionarlo. El señor Salvot, en cambio, se frotó las manos con frustración y se desesperaba más y más mientras veía a Darius frotarse las sienes para pensar las cosas mejor.
—¡Ey! ¡Volvieron! —Sakti y el señor Frederick se incorporaron al escuchar el murmullo creciente de los lahorenses que estaban en el primer nivel. Las exclamaciones de preocupación y angustia no auguraron nada bueno. Los gritos y llantos tampoco.
—¡Dioné!
El señor Salvot bajó al segundo nivel tan apresurado que parecía que se quitó como veinte años de encima. Los gritos le decían que no ocurrió precisamente un milagro y se preocupó por su sirvienta. Sakti y Darius se miraron el uno al otro y decidieron bajar también. Sigfrid ya estaba en el segundo nivel, observando a los recién llegados y a los civiles que formaban un círculo alrededor de ellos.
—¿Qué ocurrió? —preguntó el General con su voz de trueno. Los lahorenses callaron. El silencio y la incertidumbre fueron insoportables.
—Nos atacaron —explicó Gerian, apoyado por completo en Dioné. Un charco de sangre se formaba alrededor de ambos, lo que preocupó al novicio. ¡Cómo se molestaría si se moría desangrado!—. Nos encontraron a las afueras del templo, cuando regresábamos.
—¿Y el núcleo? —Gerian tragó saliva, temiendo no tanto por la herida como por Sigfrid.
—Dioné lo traía consigo pero lo perdió cuando nos acataron. Ellos no sabían que teníamos el núcleo con nosotros.
Sigfrid observó sin parpadear a Dioné y a Gerian. La mirada del General fue tan cortante y mortificante como el silencio que impuso al abrir la boca. Al final sonrió –un gesto que causó más escalofríos que alivio– y dijo:
—Un doctor te revisará, niño. Revisen si la mujer tiene algún rasguño grave.
Los lahorenses miraron a Sigfrid sin creer lo que acababa de ocurrir. Parecía que al General poco le importaba que dos de los suyos fueran atacados y uno herido de gravedad. Lo peor era que tampoco le importaba que los vanirianos pudieran tener el núcleo sustituto de Lahore.
—Pero… ¡Pero ahora nos encontrarán! ¡Gerian de seguro dejó un rastro de sangre! ¿Qué haremos ahora? —gritó un aesiriano.
—Pues es obvio, ¿no? —respondió el General. Su voz neutra y fría era casi tan mala como cuando gritaba—. Nos iremos a la guerra. Lo más probable es que ya sepan dónde estamos y que estén monitoreando la situación con mayor facilidad. No podemos esperar por mucho tiempo más.
Todos se dirigieron miradas nerviosas. Se habían preparado, incluso estuvieron entusiasmados mientras practicaban y afilaban las armas, pero todavía no estaban listos para un encuentro. Sigfrid se dio cuenta de la incertidumbre y dijo:
—¿Creían que podríamos refugiarnos aquí para siempre? La comida escasea, el aire se hace más pesado y no hay soldados experimentados en la ciudad. Tarde o temprano los vanirianos descubrirán estos túneles y los matarán sin que ustedes puedan hacer nada al respecto. Pero conmigo aquí no hay nada que temer. Yo los lideraré a la victoria y con el poder de un profeta, hijo de un General, más el de la princesa portadora del Primer Dragón de nuestra parte, los vanirianos no tienen oportunidad de vencernos. ¿O quizá estaban esperando una señal más que les asegurase la victoria?
Sigfrid terminó el discurso, esperando la respuesta a la que estaba tan acostumbrado: a aesirianos con expresiones convencidas y decididos a luchar. Pero en lugar de ello vio que los lahorenses tenían los ojos abiertos de par en par y que aguantaban la respiración religiosamente. No lo estaban mirando a él. De un momento a otro los lahorenses se tiraron de rodillas, con la frente pegada al suelo. No lo estaban reverenciando a él, sino a alguien más. Sigfrid se giró para ver quién, además de él, podía infundir tanto respeto. La respuesta no le gustó mucho. De hecho, no le gustó para nada.
Sakti y Darius estaban detrás de Sigfrid, confundidos por el comportamiento de los lahorenses. La expresión ceñuda y liada del General solo los embrolló más. Ambos se voltearon, curiosos por ver quién provocaba tal expresión en Sigfrid. Cuando lo vieron Darius sintió un escalofrío recorrerle la espalda, mientras que a Sakti la invadió una sensación de felicidad que le embotó los sentidos.
Estaba asomado al tercer nivel, recostado a la pared porque las piernas apenas podían sostenerlo. Los párpados los tenía decaídos, estaba tan pálido que parecía enfermo y le temblaba tanto el cuerpo que no sería una sorpresa si se desplomaba de un momento a otro.
Pero a Sakti le pareció lo más hermoso que había visto en la vida.
—¡Amo Mark! —gritó.
Corrió hacia él, saltando los escalones de dos en dos en parte porque no podía esperar a abrazarlo y en parte porque de verdad temía que Mark se cayera y se golpeara. No se había levantado en ocho años. Por supuesto que las piernas no lo sostendrían mucho tiempo.
Mientras el señor Salvot se las apañaba para seguir a la princesa, los lahorenses comenzaron una plegaria colectiva de agradecimiento. Sus susurros se convirtieron en una canción que creaba escalofríos, porque combinaba la gratitud con un sentimiento mucho más perverso y violento.
Ya no había nada que los detuviera. Ya no había nada que los asustara. Un General, un profeta, la portadora del Primer Dragón y el mensajero del Tercero. Con seres tan poderosos de su parte los lahorenses no podían perder. La última señal había sido dada: el despertar del mensajero era la última bendición que aseguraría la caída del invasor vaniriano.
Era hora de matar.
Era hora de ir a la guerra.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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