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Capítulo 24

24
EL MEJOR DE LOS ESTRATEGAS

—Oh, Sigfrid…
La voz de Istar le llegó desde lejos, como si fuera de un fantasma, a pesar de que ella estaba allí, delante de él. Tan bella como siempre, con la cara perfilada por la luz del cuarto creciente.
—Podía esperar esto de Kardan, pero no de ti.
Tenía la frente arrugada por el enojo pero los ojos irritados por la tristeza. Se sostenía el vientre con cariño y celo, como si quisiera proteger de todo y todos a la criaturita que llevaba dentro. En especial de él.
—Todavía no puedo creer que me hayas traicionado.
«…. traicionado, traicionado, traicionado…». La palabra le llegó fría y filosa como una daga que le rompía el cerebro, la garganta, las entrañas y el corazón. A Sigfrid se le quedó la lengua pegada al paladar. Aunque le hubiera gustado avanzar los pasos que lo separaban de la princesa, no pudo levantar los pies. Cuando Istar retrocedió hacia la puerta Sigfrid no pudo tan siquiera extender una mano para detenerla.
—¡No! —logró decir—. Yo jamás la traicionaría. —Istar se secó las lágrimas y dejó escapar una risita sarcástica.
—Oh, tonto. Si los traicionas a ellos me traicionas a mí. Nunca lo olvides.
Ahora sí, la mujer dio media vuelta y salió de la habitación. Tiró la puerta con tanta fuerza que al General le dio la impresión de que los goznes saltaron y se desajustaron. El eco del golpe se repitió como la palabra. «… traicionado, traicionado, traicionado…». Vio la puerta cerrarse una y otra vez, bloqueándole a Istar tan seguido que fue imposible soportarlo.
«No, por favor», pensó. «Dentro de poco dejaré de verla para siempre. Aunque sea una pesadilla, quiero verla. Aunque me esté odiando, quiero verla». Ahora sí pudo levantar los pies, ahora sí pudo avanzar hacia la puerta, pero cuando la abrió no vio a Istar.
Sakti estaba delante de él, mirándolo con curiosidad.
—¿Ya te despertaste?
Sigfrid parpadeó desconcertado. La chica llevaba una sencilla mudada blanca, aunque por encima estaba protegida por una armadura plateada que le cubría brazos, pecho y piernas. También tenía varias correas de cuero amarradas a la cintura y en el pecho, en donde cargaba muchas dagas. Eso, junto al reloj plateado de bolsillo que tenía en la mano, le dio la apariencia de un espíritu blanco.
—Increíble, ¡tres horas exactas! —exclamó la muchacha mientras consultaba el reloj.
Sigfrid sacudió la cabeza, todavía desubicado. Se sentó mejor en la silla –se había quedado dormido en el escritorio–, acomodó unos planos y después se levantó. Ah, diablos. Tenía que organizar a los lahorenses, tenía que formarlos en grupos y…
—Ya están organizados —lo tranquilizó Sakti al comprender lo que quería hacer Sigfrid. La princesa escondió las manos detrás de la espalda, zapateó el suelo con timidez y miró al General con una linda sonrisa. Parecía una niña que quería enorgullecer a su padre—. Me encargué de todos los preparativos mientras dormías. Pensé que sería una buena manera de agradecerte.
Sigfrid alzó una ceja. Sakti fue una excelente compañera de viaje en los últimos meses, bastante obediente y solícita. Pero ahora… ahora era mejor. Sigfrid notó que desde que el mensajero despertó Sakti había cambiado mucho. Era más dulce, más atenta, más alegre.
Era feliz.
La princesa lo guio a la baranda del segundo nivel para que viera el trabajo. Los lahorenses terminaban de prepararse bajo las órdenes de otros aesirianos que parecían más experimentados. Las jaulas con humanos estaban acomodadas en unos carretillos, listas para desplazar a los chivos expiatorios, y cada lahorense tenía al menos dos espadas a la cintura. Lo único que faltaba era la orden de partida. Sin duda fue un gran trabajo de organización.
—Estoy sorprendido —admitió Sigfrid mientras miraba a los lahorenses listos para la guerra. Parecían algo nerviosos pero su ansiedad por desterrar al invasor superaba cualquier temor. Lograr esa emoción era algo a lo que él estaba acostumbrado después de años de práctica, y que Sakti lo lograra de buenas a primeras lo sorprendía mucho—. Tiene talentos para la milicia, Alteza. —Sakti sonrió con timidez, cambió el peso de una pierna a otra y finalmente dijo:
Gracias a ti podré sacar a mis amos de este lugar y llevarlos a donde estén seguros. Si todo sale bien, no tendré cómo agradecértelo.
Sigfrid sintió un escalofrío incómodo. Sakti comenzaba a confiar en él, a pesar de que en Masca aprendió que no podía confiar en nadie. Debería celebrar que ella bajara la guardia, que le permitiera acercarse pero…

«Si los traicionas a ellos me traicionas a mí…».

… supo que no duraría mucho así. La gratitud de Sakti se convertiría en frustración, y la puerta que había abierto la cerraría a cal y canto cuando cierto profeta matara a cierto mensajero.
El General se limitó a asentir y preguntó:
—¿Dónde está el cachorro?
—Ahí —Sakti señaló una pila de libros sobre el escritorio y al muchacho enterrado bajo ellos—. Ha dormido desde que el amo Mark despertó. Si lo picas con un lápiz ni se mueve.
Sigfrid vio la expresión maliciosa de Sakti. Era obvio que lo intentó en un par de ocasiones.
—Espero que eso no sea un problema para salir de aquí —agregó la princesa, preocupada.
—No —contestó el General—. ¿Dónde está la mujer?
—¿Dioné? La dejé con los amos… —Sigfrid caminó hacia el tercer nivel antes de que Sakti pudiera decir algo más. Mientras avanzaba, el General la miró por encima del hombro y dijo:
—Prepárese, Alteza, porque los vanirianos verán hoy fuegos artificiales.


—¿Todo listo?
Los lahorenses afirmaron con un grito orgulloso mientras se formaban alrededor de Sigfrid y Sakti. Los aesirianos esperaban en la parte más profunda de los túneles, a la que nunca habían ido antes por temor a perderse.
—Bien, les explicaré lo que haremos ahora. Detrás de estas puertas se encuentra un túnel que lleva a una sala en el templo de Lahore —dijo Sigfrid al señalar una pared de piedra esmeralda, por completo lisa a excepción de la cabeza de un dragón a relieve que tenía la boca abierta—. Marcharemos en dos grupos. Uno liderado por mí y el otro por la princesa. ¿Sí, Alteza? —preguntó Sigfrid al ver que Sakti levantaba la mano.
—¿Puedes llevarte a todos los lahorenses contigo? Yo me quedaré atrás, acompañada solo por mis amos y dos aesirianos. Es lo único que necesito para hacer mi parte y me sentiré más tranquila si tengo a mis amos cerca.
Sigfrid miró entonces a los dos únicos humanos que estaban libres, sentados con la espalda apoyada a otra pared. Frederick Salvot dirigió una media sonrisa a Sakti mientras, ansioso por salir de los túneles, apretaba la mano de su hijo. Mark se abrazaba las rodillas y apenas si reaccionó al roce de su padre. Parecía que el mensajero veía todo alrededor como si se tratara de un sueño absurdo. Todavía no se acostumbraba al mundo de los despiertos.
—A Darius puedes llevártelo —agregó la princesa—. No me sirve si está cabeceando.
El profeta, que estaba apoyado a la pared detrás de Sigfrid y Sakti, entrecerró los ojos por el comentario pero no pudo contener un bostezo. Se estaba muriendo del sueño y lo único que quería era terminar con todo para encontrar refugio y dormir tranquilo.
—¿Segura? Tomará trabajo. —Sakti arqueó una ceja, como si dijera «Claro que tomará trabajo pero soy Sakti Allena. Será pan comido para mí»—. De acuerdo, Alteza. Yo también me llevaré los caballos. Ahora, si es tan amable. —Sigfrid le abrió paso para que se acercara a la pared. Después de bostezar y sacudir la cabeza, Darius también se corrió.
La princesa se detuvo frente al hocico del dragón y lo miró preocupada. La cerradura tenía el tamaño justo para que un grolien metiera la mano. Eso iba a doler. Nunca le gustaron mucho las puertas de sangre aunque reconocía las ventajas que tenían. Solo los descendientes directos de Aesir podían abrirlas. Esa era una de las razones por la que los profetas en Masca estaban custodiados con dos de esas puertas. Así solo la Realeza tendría acceso a ellos.
Metió la mano derecha en el cerrojo con forma de hocico. La recibió un ardor punzante. Unos dientes de metal se cerraron y le aprisionaron la mano. Apretó los ojos, muy consciente de que solo sería cuestión de segundos antes de que la puerta reconociera el sabor de su sangre y cediera. Pero en lugar de eso el cerrojo apretó con más fuerza. Sakti chilló. Temió que la puerta no la hubiera reconocido. Si así era en el mejor de los casos solo perdería la mano. Si la situación empeoraba la puerta la retendría hasta desangrarla o arrancarle el brazo, lo que sucediera primero.
—Es una puerta vieja, Alteza. Necesita más sangre para funcionar —intentó calmarla Sigfrid.
Sakti asintió y ya no emitió ningún sonido. No pudo hablar porque sintió los hilos de sangre escurriéndole por los dedos. Argh, sangre. ¡Cómo la detestaba! Tuvo la tentación de sacar la mano y salir corriendo para vomitar, pero entonces sí que la perdería.
Darius apretó los dientes, preocupado por su amiga, pero no pudo hacer más que esperar a que la puerta se tiñera por completo de carmesí. Para cuando al fin sucedió tuvieron que pasar algunos segundos antes de que escucharan un clic metálico. Después las fauces del dragón de piedra se abrieron. Sakti sacó el brazo deprisa y cayó de rodillas, mareada, mientras mantenía los ojos cerrados para no ver los hilillos carmesí.
El señor Frederick se le acercó, le tomó el brazo y lo envolvió en un paño. El anciano le preguntó si estaba bien, pero el sonido de la puerta al abrirse opacó su voz. La pared se dividió justo a la mitad de la cabeza del dragón y reveló un par de puertas que abrían el paso a un camino oscuro. Era el pasadizo al templo.
—Bien. Ahora tenemos que irnos. —Sigfrid se arrodilló al lado de Sakti y le susurró—: ¿Está segura de que puede hacerse cargo de ellos para ganar tiempo?
—Esto no es nada —respondió ella entre dientes. La mordida del cerrojo le había dolido, pero se daba cuenta de que la herida no era grave. Dentro de nada dejaría de sangrar—. Puedo hacerme cargo de ellos por mi cuenta. Solo deja a aquellos dos hombres de ahí conmigo.
Sakti señaló con la barbilla a un par de jóvenes altos y muy delgados que no calzaban para nada con el perfil de guerreros. Sigfrid les ordenó quedarse con ella e inició la marcha por el pasadizo. Los lahorenses lo siguieron a la vez que empujaban las jaulas. Mientras se introducían al pasillo, algunos miraron de soslayo a Sakti sorprendidos por el juego del destino. ¿Quién pudo imaginar que la tímida sirvienta de los Salvot fue siempre la princesa aesiriana prometida?
Pero cuando la miraron en esta ocasión ya no quedaban rastros de la chiquilla ingenua y torpe de la que se burlaron tantas veces. Sakti mantenía la cabeza erguida y miraba sin parpadear la entrada de los túneles, esperando desafiante a los enemigos que Sigfrid decía que atacarían por la retaguardia. En otro tiempo habría sido risible imaginar a la pequeña Sekmet luchando contra un grupo de vanirianos… Pero la que tenían al frente era la princesa Sakti Allena, a una Aesir. No a una indefensa krebin.
—¿Está segura de que estará bien? —preguntó el último lahorense mientras esperaba al filo de las puertas para cerrarlas.
—Tengo todo lo que necesito. Después los alcanzaremos.
El hombre asintió. Justo cuando iba a cerrar las puertas retumbaron los tambores y los cascos de los vanirianos. Sigfrid tenía razón: los enemigos ya habían encontrado el escondite. Estaban en el cementerio, probando loza tras loza hasta dar con la adecuada. En cualquier momento entrarían en estampida, listos para acabar con los aesirianos sin saber que los esperaba una sorpresa desagradable.
Quizá Sakti era una novata en la guerra, pero Sigfrid no la había dejado allí como una ofrenda de paz. El legendario General confiaba en los talentos militares de su ahijada.


—No lo puedo creer. ¡En verdad la dejaste sola! —bufó Darius mientras luchaba para que no se le cerraran los párpados.
El pasadizo no se parecía a los túneles en donde los lahorenses se atrincheraron. Las paredes estaban hechas de pura tierra, mohosa y húmeda; las telarañas pululaban y el aire era asfixiante. ¡Era increíble que a pesar de lo viejo que era el pasadizo no se hubiera derrumbado por un terremoto o por el paso de los años!
—Necesitamos ganar algo de tiempo para encontrar el núcleo —respondió Sigfrid mientras miraba con disimulo a Dioné. La mujer caminaba varios metros detrás de él, sola—. Y la princesa está lista para hacerse cargo de unos cuantos vanirianos.
Darius no respondió. Hasta los guardas enmascarados que cuidaban la prisión de los profetas comentaron más de una vez la mala vibra que sentían cuando veían a la muchacha pelear. Tenía mucho talento. Dentro de unos años sería imparable.
El primer enfrentamiento entre Sakti y los groliens no fue una buena experiencia, pero eso fue porque ella no estuvo preparada. Toda la persecución y el golpe que se había llevado la habían atolondrado. Pero ahora era diferente. Sakti era mucho más rápida y lista que muchos magos, y en ese momento esperaba preparada a los vanirianos.
Darius sabía todo esto pero aun así algo no calzaba. Estaba claro por qué Sigfrid dejaba atrás a Sakti, ¿pero por qué también dejaba al mensajero? ¿No temía que algo le pasara e impidiera que el profeta lo matara? Sigfrid no era de esos hombres que dejan las cosas al azar. Tampoco obviaría un detalle tan importante como mantener al blanco cerca.
Algo se traía entre manos pero Darius temía preguntar qué.

****

—Mi niñita, ¿estás bien?
—Estoy bien, amo —contestó Sakti mientras frotaba el brazo con suavidad y cariño.
El vendaje del anciano era cálido, como su sonrisa y su bondad. ¡Cómo quería al viejo! Mientras escuchaba los tambores se prometió que protegería a Frederick y a Mark sin importar qué.
—¿Sekmet? —se animó al fin el señor Salvot—. ¿Por qué nos quedamos atrás?
Sakti sonrió y llevó al anciano al lado de Mark para que se sentara. El muchacho todavía se abrazaba las rodillas y mantenía silencio. No había dicho nada desde que despertó.
—Para sacarlos de aquí, por supuesto —respondió la princesa—. Sé que el plan de Sigfrid es excelente pero es como mi tío dice: «No puedes dejar lo más valioso en manos de otros. Siempre tienes que contar con un plan b. El mejor estratega es aquel que deduce dos o tres resultados de un solo movimiento, y adelantarse a todas las posibilidades es lo único que asegura la victoria».
»Yo me adelantaré a cualquier eventualidad. Por eso, mientras los lahorenses utilizan a los humanos para escapar, yo utilizaré a los lahorenses para que ustedes puedan huir. —Se sentó de cuclillas frente a Mark—. No se preocupe, amo Mark. Su gatita lo sacará de aquí.
Fue entonces cuando Mark abrió la boca por primera vez. Suspiró con resignación, dejó de abrazarse las rodillas y tomó un portafolio de cuero que estaba a su lado.
—Yo no soy su amo, princesa. Y usted no es mi «gatita».
Fue como un balde de agua fría para Sakti, como una cachetada, como hierro hirviente en el pecho. Mark miró con algo de tristeza el portafolio, evadió la mirada afectada de la chica y luego la obligó a tomar la cartera, que contenía un cuaderno.
—Este de aquí es su amo. El Mark Salvot que quiso quedarse con lo que no era suyo, el Mark Salvot que mi padre recuerda y el Mark Salvot que tanto la amó… Ese Mark ya no existe. Todos sus recuerdos se borraron de este recipiente —se tocó el pecho, a la altura de la herida que Marduk le hizo hacía tantos años y donde ahora tenía una cavidad pronunciada—. Aunque él y yo compartimos el cuerpo y el alma, nuestros corazones y nuestras mentes son diferentes. Él y yo no somos la misma persona. Este cuaderno es todo lo que queda de él.
Sakti tomó el portafolio y lo abrazó contra el pecho. No podía sentir siquiera la tristeza. Todo lo que sentía era furia. Furia hacia los vanirianos, que planeaban quitarle a sus amos. Furia hacia Adad, por haberla abandonado en Masca. Furia hacia la puerta de sangre, que le había acribillado el brazo. Y, sobre todo, furia hacia el Tercer Dragón, que le había quitado al dulce amo Mark.
Aunque tenía delante el cuerpo del mensajero se daba perfecta cuenta del cambio. A pesar de que sabía del castigo del olvido antes de regresar a Lahore, no era lo que esperaba. No era lo que había jurado proteger, ni la razón por la que partió a Masca a prepararse. Pero era lo que tenía, lo que quedaba del buen Mark, y lo que protegería aún a costa de su vida. «Pero no moriré hoy», se juró la princesa. «Tengo que vivir hasta que el Tercer Dragón nazca para matarlo. Me vengaré por lo que le hizo al amo Mark».
Los tambores se detuvieron y fueron sustituidos por el golpe contra la entrada de los túneles. Los vanirianos al fin se dieron cuenta de que en esa loza había un escudo y no el nombre de un difunto. Sakti imaginó que utilizaban un ariete para forzar la entrada. Como el ingreso era bastante espacioso, supo que los vanirianos entrarían a los túneles con una estampida.
No le importó. Puso el portafolio al lado de Mark para no ensuciarlo ni dañarlo durante el encuentro. Se levantó y se encaminó a paso lento hacia la entrada. Tenía ganas de recibirlos y dejar salir toda la frustración.

****

«Cuarto creciente», pensó Sigfrid al mirar la luna en el cielo a través del techo destruido del templo. Llegaron a una sala que una vez fue circular, grande y blanca, con un extraño recipiente en forma de huevo. Ahora la habitación apenas se mantenía en pie y el recipiente que permitía la sincronización estaba destruido. Lo único que quedaba del núcleo central de Lahore eran fragmentos de una coraza lisa esparcidos por el suelo.
—Señor, estamos listos —informó un lahorense mientras todos los aesirianos se formaban en filas delante de él. Solo dos hombres estaban rezagados, acomodando las jaulas de humanos que fueron sedados con el más potente de los licores.
—Bien. Mientras nosotros estamos aquí la princesa está haciendo añicos a los vanirianos que creyeron que nos encontrarían atrapados en los túneles. Solo será cuestión de minutos antes de que comprendan la situación y nos busquen en el templo de Lahore.
—Espera, espera —se animó Darius. Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto pero todavía no comprendía muchas cosas—. ¿Cómo sabes que ellos nos buscarán en el templo? Usamos una ruta subterránea y aunque encontraran el núcleo sustituto no van a tener ni idea de lo que es. No tienen cómo saber que nosotros estamos aquí.
—Los buenos estrategas deducen dos o tres resultados de un solo movimiento —explicó el General mientras caminaba por la sala, acariciando el mango de la espada— y yo soy el mejor de todos.
Sigfrid tomó por el brazo a Dioné y con la mirada ordenó al aprendiz de sacerdote a que los acompañara al centro de la audiencia.
—Envié a la mujer y al muchacho en búsqueda del núcleo sustituto de Lahore para facilitar la destrucción de los vanirianos. Aunque no lo tenemos ahora eso no significa que no lograremos la victoria. Y como siempre deduzco dos o tres resultados en un solo movimiento y estoy pendiente de todas las posibilidades, puedo afirmarles que los vanirianos temblarán de miedo cuando crucen espadas con ustedes. Es más, les aseguro que a partir de este momento lo pensarán dos veces antes de acercarse al templo.
Sigfrid tomó la espada y en menos de un parpadeo atravesó a su enemigo. Los lahorenses contuvieron la respiración y lo miraron atónitos.
—Anda, si dejas de esconder tu verdadera identidad puede ser que no mueras —dijo el General mientras caminaba hacia uno de los pilares que se mantenían en pie. Al fin clavó la espada en la columna, con su víctima atravesada por el abdomen.
—¿Estás loco? —preguntó Darius desconcertado después de recuperar el aliento—. ¡Acabas de atacar a la amiga de Allena! ¿Por qué a Dioné?
—Porque esta no es la mujer, cachorro —respondió el General. No era un tipo que se divirtiera con facilidad pero le causó gracia las caras confundidas de los lahorenses—. Es un kredoa que se ha hecho pasar por una de nosotros. ¿Creíste que no me daría cuenta? —preguntó a la criatura disfrazada de Dioné—. No importa lo buenas que sean sus ilusiones: puedo olerlos a kilómetros de distancia.
Sigfrid prensó con mayor fuerza la espada. Cuando estuvo seguro de que el arma no cedería por un posible forcejeo, giró sobre los talones, encaró a los lahorenses y señaló al aprendiz de sacerdote que miraba espantado la figura agonizante de Dioné.
—Que estos dos fueran emboscados siempre fue una posibilidad que no desconté en mis cálculos. Era obvio que si los encontraban atraparían a uno de los dos y enviarían a un kredoa para hacerse pasar por el lahorense capturado, mientras que el aesiriano al que dejaban escapar guiaba al vaniriano a nuestro escondite. Haber atrapado al sacerdote habría sido un error, porque la mujer es bastante perceptiva y hábil. Por algo ustedes mismos la enviaban con regularidad a la superficie en busca de ayuda. Ella habría percibido que algo andaba mal y no habría regresado a los túneles. Era más sabio utilizar al chico como guía.
—Pe-pero… si sabías todo esto, ¡¿por qué dejaste que permaneciera en los túneles?! Eres un irresponsable, ¿no sabes lo peligroso que es?
—¿No es obvio, cachorro? —dijo Sigfrid mientras negaba con la cabeza, decepcionado—. Dejé que el kredoa permaneciera entre nosotros por un tiempo para que los vanirianos sintieran temor —encaró a su víctima y dijo—: Los kredoa pueden hacer que los suyos vean lo mismo que ellos como si estuvieran allí. Apuesto a que se sintieron seguros de que me habían engañado a mí, Sigfrid Montag, el Demonio, pero nunca fue así.
Sigfrid regresó al lado del kredoa, que todavía mantenía la apariencia de Dioné. Lo único que lo traicionaba era que callaba, no dejaba escapar ningún gemido por orgullo.
—Debe de ser frustrante pasar años perfeccionando hechizos de ilusión solo para ser descubiertos por el mismo hombre al que pretendían engañar —el General agarró al enemigo del cuello de la capucha y lo miró directo a los ojos—. Mi poder sobrepasa su imaginación. Yo solo podría hacerme cargo de esta ciudad y sus invasores, pero además cuento con un comodín que es demasiado poderoso para ustedes. Con la princesa aquí ¿qué vaniriano se atreverá a acercarse al mensajero? Ella es la mejor arma de nuestra nación.
La figura de Dioné chupó los dientes, mientras un grueso hilo de sangre le salía de la boca. Frunció la frente con tanta fuerza que se le formaron varias arrugas. Los colmillos se alargaron y salieron por las comisuras de los labios. Luego las mejillas se deformaron. Temblaron como si alguien pasara un borrador o una bruma por encima del rostro y después apareció vello facial. Los bonitos ojos púrpura se convirtieron en dos pequeñas esferas rojas, y la nariz se aplanó hasta parecerse a la de un murciélago.
Los lahorenses retrocedieron un paso y ahogaron una expresión de repugnancia por lo que veían. Sin lugar a dudas no era algo muy agradable para la vista. Sigfrid sonrió encantando y tomó el mango de la espada. Jaló el arma sin titubeo ni piedad. Cuando la retiró del pilar la hoja de metal se incendió como si estuviera en la hoguera de un herrero. El kredoa apenas pudo gritar porque el calor de la espada lo incendió al instante. En menos de un santiamén solo quedaron cenizas de él que se esparcieron por el suelo.
Sigfrid supo que los vanirianos que lo habían monitoreado a través del kredoa se desplomaban del miedo o comenzaban a correr como locos de un lado a otro, sin saber qué más hacer.
—Ahora, pasando de asunto… Cachorro, tú y esos hombres buscarán el núcleo sustituto.
—¿Yo? —preguntó Darius mientras se señalaba a sí mismo—. ¿Con todos esos vanirianos allá afuera y los relámpagos? ¿Por qué crees que participaré de buena gana en una misión suicida?
—Porque no es suicida, cachorro ignorante —dijo Sigfrid mientras giraba los ojos—. Para imitar una forma aesiriana por tanto tiempo los kredoa deben mantener con vida a aquel cuya forma están tomando. Si matas a un kredoa con fuego se forma un hechizo en cadena que lleva hacia donde está el aesiriano original. Toma. —Sigfrid cogió un puñado de las cenizas que quedaban del kredoa y las sopló. Una chispa se formó en la mano y se la entregó a Darius—. Apresúrate porque entre más te tardes más rápido matarán a esa mujer. —El profeta parpadeó perplejo sin poder creerse lo tranquilo que estaba Sigfrid.
«Este idiota se quiere deshacer de mí», pensó mientras hacía mala cara y tomaba la pequeña chispa entre las manos. Ese pequeño rastro de luz emitió una calidez agradable y segura que parecía susurrar.
—¿Sigo las indicaciones de esta lucecita? —preguntó aún no muy convencido. Sigfrid asintió.
—Hasta un niño podría hacerlo. Y no te preocupes —dijo mientras limpiaba el filo de la espada con la túnica—, esa pequeña demostración hará que los vanirianos lo piensen dos veces antes de entrar al templo. Pero en cuanto se decidan este lugar ya no será tan seguro.
A regañadientes, Darius se alejó del grupo y siguió las indicaciones de la luz. Pero en realidad estaba concentrado en todo lo que sucedía. ¿Qué pretendía Sigfrid con enviarlo a buscar el núcleo de la ciudad? ¿No había dicho él que no era necesario para la victoria? ¿Entonces para qué lo necesitaba? «Quiere sincronizar a Allena… ¿pero por qué?».
Mientras tanto, Sigfrid miró a Darius mientras se marchaba en compañía de otros cinco hombres de musculatura bien formada. El General sonrió. Todo iba de acuerdo al plan.

****

Los gritos de los vanirianos hicieron eco en los túneles. Sakti no se había dado cuenta, pero Mark y el señor Salvot se habían abrazado el uno al otro y se taparon los ojos y oídos para no ver ni escuchar la matanza. A Sakti le bastó con ver a los groliens para que cayeran al suelo hechos tiras. Quizá hechizos como las bolas de fuego no surtían efecto en ellos, pero Sakti recordaba lo suficiente de su anterior encuentro como para saber que el poder desbordado podía cortarlos en pedacitos.
Solo que esta vez era diferente. Ahora tenía mayor control sobre ese poder. Lo manipulaba y lanzaba al frente para atacar a los enormes hombres con cuerpo y cuernos de toro. Para lidiar con los kredoa utilizó la telequinesia. Tal y como le había enseñado a Darius en Masca, se concentró en sentir los órganos y los flujos de las personas alrededor. Cuando percibía algo que sus ojos no podían ver, atacaba: hacía que la sangre saliera disparada por un ojo, apretaba con telequinesia el corazón, jalaba la cabeza y la separaba del cuerpo…
Tenía que hacer un gran esfuerzo para que el olor a sangre no la mareara, pero estaba tan furiosa y frustrada que casi comenzaba a sentirse a gusto con la sal del río carmesí que fluía hacia ella. Además, tenía la asistencia del Dragón para sobreponerse al malestar.
Escuchó unas alas que se acercaban. Ah, las arpías. Se había olvidado de ellas. Creía que no entrarían a los túneles porque contaban con mucho menos espacio para maniobrar allí que en la superficie. Dejó que la primera se le acercara, luego sacó la espada que cargaba al cinto y partió a la mujer en dos de un tajo. Sin titubeos, como a Sigfrid le gustaba. Brutal, como se lo reprochaba Darius.
La sangre de la arpía le pringó el rostro pero Sakti ni siquiera se estremeció. En cierto sentido hasta lo disfrutó. El Primer Dragón también. Eso era venganza, venganza por lo que habían hecho en Lahore y por lo que querían hacerle a Mark.
Ya que muchos de los vanirianos a pie comenzaban la retirada, Sakti se llevó la mano a la boca como si fuera un embudo y disparó contra las arpías. Las llamas salieron de ella mortales y certeras; en menos de un parpadeo las mujeres aladas cayeron envueltas en fuego.
Ah, era como Sigfrid prometió: ¡fuegos artificiales! ¡Y todavía faltaban los más grandes!
—¡Retirada, retirada! —ordenó uno de los groliens que todavía estaban enteros.
El vaniriano estaba al pie de las gradas que subían hasta la superficie y señalaba la salida con el brazo. Varios de sus aliados se retiraron en estampida. Antes de que otro puñado huyera, el hombre vio a Sakti y la fulminó con la mirada.
—¡Huyan de este monstruo! ¡Demonios como este no deberían existir!
Un parpadeo, eso fue lo que bastó. En un momento Sakti estaba a unos pasos de sus amos y del par de aesirianos que pidió, protegiéndolos; y al otro instante estaba en el aire, a unos escasos centímetros de la cabeza del alto grolien. En menos de un segundo había recorrido el vestíbulo para atacar directamente con la espada.
—Hasta los demonios tenemos derecho a existir —dijo la princesa con la espada en alto.
El grolien solo pudo levantar la cabeza y horrorizarse por lo que veía. Tan rápida, tan veloz, tan ligera como un brisa y tan brillante como un trueno. La espada de Sakti le cortó el cuello. La chica aterrizó y de inmediato retrocedió, para que cuando el cuerpo inerte del grolien cayera no la derribara también.
Con un nuevo parpadeo estuvo devuelta junto a los amos Salvot y los aesirianos. Los vanirianos que quedaban en los túneles la miraron horrorizados, con los pies pegados al suelo. Aunque Sakti también los miró, no vieron en ella ni una sonrisa ni el ceño fruncido. A pesar de estar pringada de sangre, la princesa no parecía ni satisfecha ni asqueada.
Al fin uno de los vanirianos reaccionó y escapó. Pasó al lado del cadáver decapitado del líder que había ordenado la retirada y no miró atrás ni una sola vez. Al ver que la princesa aesiriana no lo persiguió ni lo mató con los desbordes de magia, el resto de sobrevivientes escapó también. Sakti los dejó irse. No los necesitaba. Ya había hecho lo que tenía que hacer.
—Ese poder… —escuchó que susurraban los aesirianos a sus espaldas—. Eso es lo que asustaba a los krebins, ¿verdad?
—Por eso la llamaron «Sekmet».
Como la mitología antigua decía, Sekmet era la diosa del campo de guerra que descuartizaba y devoraba los cadáveres de los enemigos. Ahora el nombre de esclava le calzaba muy bien. Pero seguía prefiriendo «Sakti Allena» por mucho.
—¡Cállense! —gritó el señor Salvot mientras se incorporaba. Los aesirianos obedecieron.
Estaba conmocionado por lo que acababa de ver. Ya no reconocía a la niñita Sekmet y se daba cuenta de lo mucho que su esclava había cambiado. Pero también entendió que ella lo había hecho por Mark. A fin de cuentas, ¿no le había pedido el mismo señor Salvot ir a Masca para entrenarse y ser capaz de proteger al mensajero? Sakti se tomó la misión muy a pecho, como siempre. Eso estaba bien. Estaba lista para hacer lo que fuera necesario por Mark.
Avanzó hacia la muchacha, se sacó un pañuelo del pantalón y lo pasó con delicadeza en el rostro de Sakti para limpiarla.
—Tu madre te puso ese nombre horrible, mi niña, y no quiero que le des la razón.
—Lo siento.
—Pero yo no mucho. Porque eso significa que estás lista para proteger a mi hijo, ¿verdad? Porque siempre lo harás, ¿cierto?
—Por supuesto, amo. A los dos.
La sonrisa de Sakti fue dulce y sincera, como si la escena a espaldas suyas no tuviera nada que ver con ella. El viejo Salvot terminó de limpiarle la cara y la abrazó. Le acarició el pelo con ternura y le olió la frente. A pesar del hedor a sangre vaniriana, también reconocía un olor a flores muy agradable. Bueno, ¿qué esperaba?, su niña era una princesa. A pesar de todo tendría varios puntos adorables a su favor.
—Bien, bien, mi niña. Estoy muy orgulloso de ti. Cuídalo mucho.
Sakti escuchó un golpe hueco y visceral. Las piernas del señor Salvot fallaron y ella apenas tuvo tiempo de sostenerlo. El olor le llegó después, el mismo que había ignorado todo ese tiempo: sangre. Cuando Frederick gimió Sakti necesitó la ayuda de los aesirianos para recostarlo en el suelo. Vio el golpe que el anciano se había hecho en el abdomen. El señor Salvot todavía sostenía la daga que él mismo se enterró. ¿De dónde la había sacado? ¿De dónde si…? Sakti se revisó los cinturones de cuero que llevaba y se percató de que le faltaba una de las armas. ¿Pero qué estaba sucediendo?
—¡Padre! —gritó Mark, aterrado.
Su voz destrozó a Sakti, pero alertó al viejo Salvot. Como si fuera una señal, el anciano se sacó la daga y se apuñaló otras dos veces más antes de que uno de los aesirianos reaccionara y le quitara el arma. Las piernas de Mark todavía tenían problemas para sostenerlo. Cuando le fallaron se arrastró hacia su padre y Sakti.
—¡No! —gritó ya con la voz quebrada—. ¡No, no, no! ¿Por qué hiciste esto? ¡Se suponía que estarías bien! ¡Él lo juró, él lo juró, él lo juró!
—Él también juró que estarías bien… —susurró el anciano mientras tomaba la mano temblorosa de Mark—. Pero mira lo que te hizo.
No necesitaba dar más explicaciones. A pesar de la turbación y el dolor que la embargaban, Sakti se dio cuenta de que el señor Salvot también estaba furioso. Él odiaba tanto a Marduk como ella. Casi mata a Mark por haberse enamorado. Lo obligó a entrar en coma, a perder los mejores años de su juventud y, ahora, a enfrentar el mundo de los vivos con un cuerpo débil y cansado. El anciano escupió sangre pero no se atrevió a gemir. Hasta él tenía su orgullo como para hacerlo.
—Soy realista —dijo—. Afuera de Lahore hay muchos peligros más. Sekmet puede protegerte, lo hará, lo sé… Pero yo puedo ayudarla si me quito del camino y le evito problemas. No debo estorbarle.
—¡Nooooo! —aulló Sakti, descontrolada. Estaba arrodillada al otro lado del señor Salvot y se agarraba el cabello con tanta fuerza que estaba a punto de arrancárselo—. ¡Eso no es cierto! ¡No es un estorbo! Yo vine por los tres, ¡por los tres! La ama Mili murió mientras yo no estaba, el amo Mark no me recuerda y ahora usted se irá… ¡No es justo!
—La vida no es justa, Sekmet —la consoló el anciano. Lo que faltaba. Frederick se suicidaba delante de ella para ahorrarle molestias y ahora también la consolaba como si fuera ella la que se estaba muriendo—. A veces pienso que es tan solo el juego de alguien caprichoso, pero a nosotros solo nos toca desempeñar el rol que nos corresponde. Y sé que esto es lo que tengo que hacer para asegurarme de que los dos estén bien.

****

Los vanirianos guardaron silencio. Les habría gustado gritar espantados pero temían que sus voces llegaran a oídos de Sigfrid por el eco. Además, tenían la garganta tensa. El miedo los había petrificado, ni siquiera podían pensar con claridad.
No podían quedarse allí más tiempo. El Demonio daría pronto con ellos porque no era ningún idiota. De seguro que ya andaba detrás de la pista que dejó el hechizo de la espada ardiente y el kredoa. En cuestión de minutos estaría allí, estrangulándolos, destazándolos, haciendo lo que mejor sabía hacer: matar. Pero si abandonaban sus puestos sufrirían consecuencias tan malas como morir en manos del Demonio Montag, o incluso peores. Se convertirían en desertores. No tendrían ningún lugar al cual regresar.
—¿Por qué las caras largas? —preguntó una mujer.
Los vanirianos saltaron en sus sitios antes de darse cuenta de que la voz era de una aliada. Lemuria Aegis estaba a la entrada del salón destruido, con una sonrisa coqueta en los labios y una mano sobre la cadera. Sin perder tiempo, los vanirianos la pusieron al tanto de lo que ocurría. Lemuria escuchó con atención, permaneció unos segundos en silencio y al fin se adentró a la sala. Caminó hacia una de las paredes que se mantenían en pie, donde había un extraño capullo verde del tamaño de una persona.
—Libérenla —ordenó. Los vanirianos la miraron como si no entendieran lo que pedía.
—Pero… ¿Para qué? ¿Matarla? —La idea agradó a una de las arpías. Si mataban a Dioné el enlace se rompería y no los encontrarían pronto.
—No. —Lemuria se llevó una mano al pecho—. Lo puedo sentir. El que viene a buscarla es mi buen amigo Darius, el profeta. Quiero que se encuentren. Quiero que ella le dé el núcleo sustituto de la ciudad y que la sincronice. Quiero que el plan del Demonio Montag siga su curso.
Los vanirianos se miraron entre sí, contrariados. Los planes de Sigfrid significaban problemas para ellos, pero Lemuria era la comandante. El rey Vanir no la habría puesto a cargo de la misión de recolección del mensajero cuando era muy probable que la princesa portadora y el Demonio Montag llegaran a Lahore para impedirlo. No, de hecho habría contado con ello.
—Tranquilos —les dijo la mangodria—. Entiendo cómo funciona la mente del Demonio. Es solo cuestión de aprovecharme de los movimientos y resultados que él prevé en su plan. Además… quiero conocer a la mujer. Creo que será una persona muy interesante.
Lemuria chascó los dedos y un grolien cortó el capullo. El vaniriano tomó el hacha, partió la cápsula por la mitad e hizo que una sustancia transparente cayera al suelo. Dioné salió también, tosiendo y maldiciendo. Antes de que pudiera ponerse en guardia Lemuria se arrodilló delante de ella, la tomó del rostro y dijo:
—Ah, debes ser tú… Sí, la aesiriana peculiar de Lahore. Me da la impresión de que te olvidaré pronto pero quería intentar grabar tu rostro en mi mente. —Dioné la apartó con ferocidad, casi con asco, pero Lemuria no se lo tomó para mal. Se incorporó y le sonrió como si fuera una amiga de toda la vida—. Ya movieron tu ficha en el tablero. Es hora de que juegues y sigas tu rol.
La mangodria se corrió y le señaló la puerta. La dejaba salir, la dejaba huir ¿pero a cambio de qué? Era obvio que Lemuria quería algo de ella, pero Dioné supo que no tenía tiempo para averiguarlo. Si quería que Sakti sacara a Mark de Lahore, tenía que actuar pronto. Todo lo que podía hacer era rezar y esperar que los acontecimientos se desarrollaran para bien.
Primero despacio para que las piernas se le acostumbraran de nuevo a caminar. Luego rápido, para no perder tiempo. Dioné salió de la habitación sin que ningún vaniriano la detuviera, pero maldijo a Lemuria, la invasión, todo. Maldijo ser una ficha. Maldijo el rol que tenía que interpretar en esa obra.
Lemuria esperó a que los pasos de la aesiriana se perdieran. Sonrió, miró a los vanirianos y dijo:
—Hora de revelar el objetivo de la misión. No estamos aquí solo para atrapar al mensajero. Como estaba previsto, la princesa y el profeta también están aquí. Ellos también forman parte del paquete.

****

—Lo siento, Altezas —susurró uno de los lahorenses mientras su compañero terminaba de colocar una lápida sobre la tumba que recién terminaban. La lápida rezaba:

FREDERICK SALVOT
Ferviente esposo.
Padre amoroso.
Extrañaremos tu bondad.

—No se suponía que fuera así —susurró Mark.
Sakti no se atrevió a responder. Supo que si decía algo la voz le temblaría, tendría que enfrentar sus emociones y lloraría. No podía derrumbarse en ese momento. Ni siquiera podía arriesgarse a que la lluvia disimulara las lágrimas. Tenía que mantenerse fuerte, por Mark.
El par de lahorenses la miró con disimulo. Les costó creer que esa era la chiquilla Sekmet, porque la recordaban tan torpe, tan tímida y temerosa, hasta poco agraciada. Pero allí estaba ella, erguida como una reina, bella como un espíritu, impasible como una guerrera. Sakti estaba empapada de pies a cabeza pero no sentía la lluvia. Sin embargo, hacía unos minutos también la vieron frágil y delicada. Sakti había dado su capucha de viaje al señor Salvot para arroparlo con ella antes de enterrarlo. Había cubierto al anciano con ternura, le había acomodado la ropa, el corbatín; le había puesto las manos sobre el abdomen con delicadeza y se había despedido de él con un tímido beso en la mejilla.
Ella misma descubrió gran parte de la poza a pesar de que la lluvia hacía el trabajo más difícil. No le importó. Sentía que era su deber como esclava. Tenía que –más importante aún, quería– enterrar al señor Salvot con sus propias manos. No le importaba lastimarse las palmas con la pala si con eso podía aliviar la pena de ver al dulce anciano muerto en el regazo de Mark.
La única razón por la que dejó que los otros dos aesirianos la ayudaran fue porque no podía perder mucho tiempo. El señor Salvot no la perdonaría si Mark se quedaba más de lo necesario en Lahore.
—Los elegí porque son veloces —dijo ella mientras encaraba a los lahorenses. Ya no era tan tímida. Ahora era capaz de dar órdenes sin sonrojarse—. Recuerdo que solían participar en las competencias de los festivales de primavera. Llévense al amo Mark de aquí en cuanto vean la señal.
Los magos asintieron.
—¿Y cuál es la señal? ¿Los humanos?
—No. Esa es mi señal. Los vanirianos sobre el templo de Lahore es la de ustedes dos, ¿entendieron?
—Sí.
Sakti miró el templo. A los aesirianos les parecía morboso enterrar a los muertos cerca de una casa de oración, así que el cementerio estaba bastante lejos del santuario. Aun así, y a pesar de la oscuridad provocada por las nubes vanirianas, pudo ver algunas figuras con cuernos –los groliens– y unas siluetas que se asemejaban a los murciélagos –las arpías–. Luego vio que apareció una figura blanca, tanto que parecía fosforescente y contrastaba mucho con el ambiente. Después apareció otra, luego otra, otra y otra… Eran los humanos que habían atrapado en las jaulas, que salían del templo arrastrando los pies.
—Mi señal —murmuró.
Se acercó a Mark y le acomodó mejor la capucha. Lo hizo con dedicación y ternura, como pidiendo perdón, como intentando decir lo mucho que él significaba para ella, con el mismo gesto de hacía tantos años. El par de aesirianos que la acompañaban lo reconocieron, porque la Loca Sekmet se obsesionaba con que el mensajero estuviera siempre abrigado. Ella y Dioné siempre estaban muy pendientes de su salud.
Mark al principio no reaccionó, porque tenía la mirada perdida en las tres lápidas al frente. Una era la de su padre. Las otras dos decían:

MILAGRO SALVOT
Dulce esposa, devota madre.
Nunca olvidaremos tus tiernas locuras.

MARK SALVOT
Buen muchacho.
Hijo prodigio.
Extrañaremos tus canciones.

El rostro inexpresivo de Mark se arrugó, levantó un brazo con ferocidad y apartó a Sakti. No necesitaba hablar, el gesto lo decía todo. La odiaba. Era culpa de ella que el señor Salvot estuviera muerto. Mark no pudo conocer a la madre demente que se quedó con él todos los días, vigilando su sueño, y tampoco pudo convivir con su padre más que unas cuantas horas. Si tan solo Sakti hubiese sido más cuidadosa, si tan solo no hubiese tenido las dagas, si tan solo no hubiera regresado…
Sakti no se atrevió a decirle nada, ni siquiera a mirarlo con reproche. Apenas creyó que había borrado la turbación provocada por el gesto de Mark, miró a los lahorenses y les ordenó que cuidaran de él. Después caminó al templo de la ciudad.
—¡Ya tenían una tumba para mí! —gritó el muchacho cuando Sakti ya estaba bastante lejos. Se había volteado para verla, para desafiarla, para transmitirle todo el odio y la frustración—. ¡Debería ser yo el que esté bajo esta tierra! ¡No él!
Aunque lo escuchó no se atrevió a detenerse o a girarse. Esperaba que se tratara de la lluvia, que el agua la hubiera engañado y se convirtiera en palabras; que se las hubiera imaginado. Lo último que necesitaba era que Mark deseara estar muerto. Para ella ese sería el equivalente a estar muerta también.
Necesitaba al mensajero. Era lo único que daba sentido a su vida, era la razón por la que se había convertido en lo que era en ese momento. Por Mark estaba dispuesta a aceptar al monstruo que había rechazado de pequeña.

****

Plic, plac, ploc. A pesar de la distancia, Vynder y Fabián escucharon los pies desnudos de los humanos cada vez que daban un paso. Plic, plac, ploc. Las calles estaban tan deshechas que se hacían pequeñas pozas a causa de la lluvia. Y ese caminar… Plic, plac, ploc… casi parecían péndulos de reloj. ¿Qué les pasaba a los humanos? Estaban tan pálidos que los brazos y las caras parecían de fantasmas, y caminaban tan lento y con tantos vaivenes que cualquiera podría confundirlos con muertos vivientes.
—Son la distracción del Demonio Montag —dijo Fabián mientras le metía el codo entre las costillas a su amigo. Él era un vaniriano ordinario, mientras que Vynder era un grolien—. No es muy buena, pero no sabemos qué esperar de él.
Estaban ocultos a unos quinientos metros del templo, detrás de las ruinas del chequeo de sacrificios más cercano al santuario. Ya habían recibido la información desde los castillos flotantes: la mangodria Lemuria había confirmado que los aesirianos estaban ocultos allí, preparándose para escapar. La tarea era entrar al templo, evadir a los lahorenses –no importaba que escaparan, aunque tampoco perdían nada con matarlos– y atrapar al mensajero, al profeta y a la princesa. Pero como el Demonio Montag se interponía entre los objetivos de la misión, los vanirianos estaban muy preocupados. No se fiaban de él. Ni siquiera el extraño numerito de los humanos que salían del templo como muertos vivientes podía distraerlos.
De repente, Vynder y Fabián escucharon los gritos de guerra. Se tensaron, arquearon las cejas y miraron, a la vez que se preguntaban qué sucedía. Nadie había dado la señal. Se suponía que alguien soplaría el corno vaniriano cuando las arpías y los kredoa confirmaran que se podía pasar. Todavía era muy pronto como para acercarse al templo, más con los humanos saliendo desde allí en ese estado. ¿Qué si tenían bombas incrustadas? No sería la primera vez que un General se valía de esa táctica –Sigfrid una vez sorprendió a una tropa vaniriana con ardillas indefensas y tiernas, a las que había alimentado con una mezcla mágica explosiva–, así que sería tonto acercarse al templo sin precauciones.
Pero desde donde estaban vieron a sus compañeros –todos groliens– lanzándose sobre los humanos. Estaban como locos, excitados, lo cual era extraño. A pesar de ser grandes y fuertes, los groliens no tendían a ser violentos. De hecho los vanirianos en general se consideraban muy pasivos. A pesar de estar siempre armados procuraban no salirse de control. Además, sabían bien que en el continente principal los seres humanos y los krebins eran tratados muy mal por los aesirianos, por lo que sentían simpatía hacia ellos. ¿Por qué, entonces, los atacaban ahora con toda su fuerza, si eran claramente un señuelo inocente en manos del Demonio Montag?
—¡Ay, mierda! —exclamó Fabián—. ¿Viste eso?
Uno de los groliens que había atacado a los humanos se lanzó, de repente, contra uno de sus compañeros. Fue extraño. Sin ninguna razón aparente lo atacó y los dos estaban ensartados en una violenta pelea. Luego otro grolien salió corriendo hacia los vanirianos ordinarios más cercanos al templo –ellos también estaban confundidos por el repentino ataque de los hombres toro– y derribó a uno. No era una pelea entre amigos, como cuando se agarraban a coscorrones cariñosos en una conversación amistosa.
El extraño comportamiento se repitió en todos los groliens. Machacaban los cuerpos de los humanos y luego peleaban entre sí o atacaban a las arpías y a los ordinarios que tenían cerca. Luchaban en serio, a matar. Fabián no supo qué sucedía pero las piernas le temblaron. No podía ver algo así. Sabía que todos los días los aesirianos mataban vanirianos –o viceversa–, pero nunca creyó que vería a sus compatriotas matando a otros iguales a él.
—Tenemos que irnos —murmuró con voz temblorosa—. Es el Demonio Montag, ¡tiene que ser él! ¡Algo ha hecho, algo que los puso en nuestra contra!
Pero de repente a Fabián le llegó un olor muy dulce, tanto que empachaba. Qué extraño… Con la lluvia no debería llegarle otro olor más que a agua y barro, ¿así que de dónde provenía esa fragancia? ¿Y por qué sentía un extraño choque eléctrico con cada corriente de aire que le entraba por la nariz? No, no le gustaba nada lo que estaba sucediendo. Tenía que irse. Encaró a Vynder para pedirle que se marcharan, pero el grolien tenía una mirada… perversa. Los ojos se le habían dilatado, la mitad de la cara la tenía flácida y la otra mitad estaba tensa en una mueca feroz. Vynder levantó el hacha que cargaba. Sin ningún remordimiento, la dejó caer sobre el confundido Fabián.
El golpe no lo mató de inmediato pero sí fue fatal. ¿Por qué Vynder y los demás hacían eso? ¿Qué sucedía? Quiso extender una mano hacia su amigo para sacarlo del trance en el que estaba, pero ya no tenía fuerzas. Antes de que la hemorragia se lo llevara vio un fantasma blanco y plateado pasar al lado. Luego vio que el cuerpo de su amigo Vynder caía hecho pedazos como si miles de navajas invisibles lo hubieran cortado en un segundo. Antes de que se le nublara la vista, Fabián se percató de que la figura fantasmagórica tenía curvas de mujer.
Sakti se abría camino al templo.

****

Darius se sintió frustrado. Llevaba varios minutos dando vueltas de un lado a otro y comenzaba a creer que Sigfrid le había tomado el pelo. ¡Una guía ni qué nada! La lucecita era una distracción, algo para mantenerlo despistado y alejado… ¿Pero de qué? ¿Qué quería Sigfrid? ¿Por qué quería sincronizar a Sakti con una ciudad en tan mal estado? ¿Acaso la presencia de Darius era una amenaza para sus planes, fueran los que fuesen? ¿Es que acaso el profeta podría significar un obstáculo si se quedaba cerca para observarlo?
Se detuvo tan de golpe que los lahorenses que lo seguían chocaron entre sí y estuvieron a punto de derribarlo. Apretó los dientes, giró sobre los talones y empezó el camino de regreso. ¡Ya tenía suficiente de eso! Tenía que averiguar qué planeaba Sigfrid porque la verdad era que no se fiaba nada de él. Un perro del gobierno, ¡eso era el General! Darius no podía sentir ni una pizca de compasión o empatía hacia los mismos tipos que lo tuvieron encerrado en Masca y le ordenaron matar a un muchacho indefenso.
Estaba tan furioso consigo mismo por haberle seguido el juego a Sigfrid y perdido tiempo en una búsqueda infructuosa, que no se dio cuenta de que la luz que sostenía en la mano latió con violencia y emoción. Ignoró también a los lahorenses que le preguntaron qué hacía, por qué se devolvía. Tampoco prestó atención al camino.
Al doblar una esquina chocó con tanta fuerza que derribó a la otra persona que venía. Los lahorenses se tensaron porque no esperaban compañía pronto. Pero no había nada de qué preocuparse, se trataba de Dioné, ni más ni menos, la aesiriana a la que buscaban. Darius se olvidó de su determinación y se arrodilló delante de la sirvienta para ayudarla a levantarse.
—¡Alto! —advirtió uno de los lahorenses—. Podría ser un kredoa, como el que nos engañó la primera vez.
Darius miró la luz que tenía. O mejor dicho, que tuvo. Ahora solo quedaba un poco de ceniza. ¿Significaba eso que el hechizo se había roto, que al fin había encontrado a la Dioné adecuada? No lo sabía, Sigfrid no le había explicado muy bien cómo funcionaba ese encantamiento. Así que miró a Dioné, aunque supo que si era un kredoa él no podría diferenciarla.
No obstante…
—Es ella.
… supo que era Dioné. Había algo que lo intrigaba en ella, algo que lo tomaba fuera de base. ¿Qué era? ¿Los ojos, quizá? ¿O el encanto con el que lo trataba? Dioné fue la que le dio las ropas secas y la sopa caliente que tanto lo aliviaron después del viaje. Fue también la que le dio el ungüento para que se tratara los moretones que se había hecho por los sueños violentos de las últimas noches. Fue muy amable y atenta con él. Pero no, no era eso. Lo que fuera que tenía Dioné estaba más allá de lo que Darius podía ver o entender. Quizá, si Zoe estuviera allí, ella podría explicárselo. Ella podría entender qué era lo que tenía la sirvienta de los Salvot.
Sacudió la cabeza –no se había dado cuenta pero si veía mucho a Dioné los pensamientos vagaban sin control, desconectados, incongruentes– y extendió una mano para levantarla.
—¿Está bien?
—Sí, gracias.
La mujer aceptó la ayuda. En cuanto se incorporó no se separó de Darius, sino que le acarició el rostro como si lo conociera de toda la vida, como si fuera más que una amiga. Como si fuera una hermana o una madre.
—Nunca he podido decírtelo pero eres muy dulce. ¿Lo sabías? Me gustaría que cuando nos volviéramos a ver me trataras de esta forma tan gentil. Pero no creo que me recuerdes… —Darius se sonrojó y arqueó una ceja.
—… ¿Disculpe…?
—Lleva el núcleo al General. —Dioné colocó un pequeño bulto en los brazos de Darius—. Todas las piezas tienen que estar en su lugar.
Darius quiso protestar, ¡él era un hombre! ¡Los núcleos repelían a los hombres! Por eso Dioné había subido a la superficie para recogerlo. Pero entonces escucharon el repiqueteo de cascos que venían justo del pasillo frente a ellos. Se giraron para ver la amenaza. ¿Vanirianos? Groliens, además. Estaban en el templo, ¿cómo? ¿Habían superado la distracción de Sigfrid? ¿O quizá estuvieron desde antes allí? ¡Claro! Si Dioné estaba allí era porque la mantuvieron cautiva en ese lugar. Por supuesto que habría vanirianos vigilándola.
—Tenemos que irnos —susurró uno de los lahorenses.
Darius asintió y extendió un brazo para tomar a Dioné. No sabía si los vanirianos la habían torturado y si estaría muy débil, asustada o confundida. Lo mínimo que podía hacer después de derribarla era comportarse como un caballero y llevarla a donde Sigfrid para que estuviera segura. Pero el brazo del profeta describió un arco perfecto y cayó casi que inerte, sin haber tocado a nadie. Darius se giró para buscarla… pero ella ya no estaba allí.
—¿A dónde…?
Un lahorense lo tomó del brazo y lo jaló consigo. Aunque intentó detenerlos y decirles que debían buscar a la sirvienta, ninguno de ellos le prestó atención. Se habían olvidado de Dioné.

****

Sigfrid miró el trabajo desde lo que quedaba de una terraza del templo. Todo salía de acuerdo al plan. Los humanos habían vuelto locos a los groliens, quienes habían atacado las mismas líneas vanirianas. Ay, se lo ponían tan fácil. Dentro de nada no quedarían muchos enemigos en pie. Y con ayuda de la sincronización los lahorenses podrían salir de la ciudad y buscar refugio en otras partes de la región Oeste.
Pasos, jadeos. Sin necesidad de girarse supo que Darius y sus acompañantes ya estaban de regreso con el núcleo sustituto de Lahore. El General escuchó los suspiros de alivio de los demás aesirianos que lo acompañaban en la cámara, a espera de la princesa.
—Estás en buena forma, cachorro —lo saludó—. Lograste escapar de los vanirianos.
—¿Sa- sabías… que… habían… aquí? —A Darius le costó recuperar el aire. Los groliens tenían piernas más largas y fuertes, no fue nada fácil perderles la pista.
—Por supuesto.
—¿Y… sabías… que nos… perseguirían?
—Desde luego, no esperaba menos de ellos.
Sigfrid giró los ojos, como si Darius hubiera preguntado una obviedad. El profeta apretó los dientes. ¿Qué, en nombre de Dios, era lo que planeaba el General? Decidió que era suficiente. ¡Sigfrid le iba a dar respuestas ahora! Avanzó preparado para plantársele sin importar la cara de mal agüero que le diera el General. Pero apenas se acercó escuchó los gritos de los vanirianos.
Desde la terraza miró el camino que subía hacia el templo: los cuerpos de los humanos estaban tirados por doquier, llenos de aruños y sangre. También había cadáveres de vanirianos ordinarios y arpías, además de algunos groliens que habían acabado muy mal. Fue como si fieras salvajes los hubieran desgarrado a punta de mordiscos. ¿Qué sucedió? Buscó animales salvajes o algo parecido, pero lo único que reconoció fueron las figuras peludas y cornudas de otros groliens. ¿Por qué atacaban a los suyos? ¿Por qué actuaban como locos?
—¿Qué hiciste? —preguntó entre dientes. Eso era una matanza. A Darius le parecía que los vanirianos no se lo merecían por más enemigos que fueran.
—Les di a los humanos licor de Akyur.
—Veneno —zanjó el profeta.
—Los sacerdotes prefieren llamarlo licor de sacrificios —aclaró el General—. Suele ser para los krebins, para que lo beban antes de ser sacrificados a una horda de demonios. Esta bebida hace que pierdan el conocimiento, pero no la habilidad de caminar. Los demonios comen a estos krebins y el licor en la carne y sangre los vuelve locos. Se matan entre sí. —Sigfrid miró de nuevo los resultados de su plan. Qué poco faltaba para seguir con la siguiente fase—. Los groliens tienen instintos semejantes a los demonios, porque son muy agudos. Cuando huelen el Akyur se enloquecen.
Darius apretó los puños. ¿Por qué para Sigfrid y los demás perros del gobierno las personas eran como ganado? O los mataban como a cerdos o los encerraban como criminales solo porque les daba la gana.
—Allena no sabía que ibas a hacer esto, ¿verdad? Yo no lo sabía. Ella no lo habría permitido.
Sigfrid sonrió. Darius se preguntó por qué cada vez que lo hacía provocaba escalofríos. Era mejor que se quedara ceñudo siempre, ocultando esa maldad que se asomaba a través de los labios. El General no respondió a la pregunta, pero hizo una pequeña reverencia.
—Alteza.
Darius sintió un extraño estremecimiento, al igual que el resto de aesirianos. Todos giraron hacia la entrada de la recámara y vieron a Sakti. No sabían cuánto tiempo llevaba allí, esperando. Estaba empapada de pies a cabeza, pero la lluvia no había logrado lavarle gran parte de la sangre en la cara y el cabello.
Sigfrid la había visto cuando venía al templo. Caminó entre los groliens violentos para cortar camino, sin prestarles atención. Cada vez que uno de ellos la veía e intentaba tirársele encima, la chica usaba sus extraños poderes para cortarlos en pedacitos. Pero lo hacía sin siquiera verlos, sin pasión, sin interés. De hecho caminaba arrastrando los pies, como si los tuviera hechos de plomo.
—¿Y los humanos, Alteza? —preguntó Sigfrid, fingiendo interés. Sakti no respondió de inmediato. Darius tuvo la impresión de que estaba conmocionada.
—Los lahorenses que te solicité están sacando al amo Mark de aquí. No quería arriesgarme a que el plan fallara y el amo estuviera en peligro.
La noticia tomó desprevenido a Darius, pero también lo alegró. ¡Sakti no confiaba en Sigfrid! A pesar de que creía que el plan del General era bueno, no le confió que sacaría a los Salvot por otros medios. Y si Mark ya no estaba en Lahore, Darius no tendría que matarlo.
Pero… por otra parte… Sigfrid no era ningún idiota. Habría sospechado algo desde el momento que ella pidió la compañía de los Salvot mientras ganaba tiempo contra los vanirianos que asediaran los túneles. Darius giró el cuello y miró la reacción de Sigfrid. No había nada. Ni furia contenida, ni decepción, ni felicidad, ni sorpresa…
«No hay sorpresa», comprendió el profeta. «Él contaba con que Allena haría algo así».
El General miró a Darius y le pidió el núcleo. ¡Cierto, el núcleo! Darius se había olvidado de él. Destapó las telas que cubrían el bulto que llevaba en manos y mostró una piedra redonda blanca. Ya no era roja, como la encontraron Dioné y el aprendiz de sacerdote. Sigfrid silbó.
—Bastante bien, cachorro. Está listo para sincronizar. Tienes talento natural para ser sacerdote.
—Ja, ja —se burló Darius, sarcástico. Él no había hecho nada para que el núcleo alcanzara ese punto.
—Alteza, tome el núcleo —pidió Sigfrid. Sakti avanzó hacia Darius. Como el profeta no supo qué hacer, nada más le entregó la pequeña piedra.
—¿Y qué hago con esto? —preguntó la princesa, pero de inmediato la diminuta roca pasó del blanco al verde y aumentó de tamaño.
—Por favor, camine al centro de la habitación. —Sigfrid señaló entonces un pequeño círculo en el que había fragmentos de roca lisa dispersos—. Si la sincronización es posible la ciudad lo sabrá de inmediato. Pero le advierto que dolerá un poco.
Sakti suspiró, de repente cansada. Quizá se había esforzado mucho con el control de los desbordes para acabar con los groliens. Tendría que cambiar de técnica. No podía enfrentarlos siempre así o en cada encuentro se cansaría muy pronto. Pero a pesar del agotamiento deseaba sincronizarse. Sabía que eso la ayudaría a saber si el amo Mark estaba bien. Lahore le comunicaría la posición de cada ser vivo y podría cuidar del mensajero a la vez que permanecía en el campo de batalla. Caminó hacia el centro de la habitación, con el núcleo en las manos.
Al principio no ocurrió nada, lo que alivió un poco a Darius. Seguía sin fiarse de Sigfrid, casi deseaba que el plan del General se arruinara por completo. Pero entonces de las paredes, del techo y del piso salieron unos delgados cables que se lanzaron sobre Sakti. La muchacha chilló por el susto y el dolor cuando los hilos se le clavaron en la carne. Darius avanzó para salvarla pero Sigfrid se lo impidió. Sakti soltó el núcleo pero la piedra no se desplomó. Se mantuvo suspendida en el aire; y, al igual que la princesa, fue atravesada por unos cuantos cables. Pronto tanto el núcleo como la muchacha estaban envueltos en un capullo de hilos.
La cabeza le dio vueltas. Todos los rostros en la habitación se deformaron y Sakti tuvo que cerrar los ojos para recuperar la visión normal. Pero cuando intentó abrirlos todo estaba oscuro. «¿Hola?», preguntó con timidez. Tragó saliva, pues le preocupó haberse desmayado. Quizá la sincronización fue mucho para ella.
—¿Alteza? —La voz de Sigfrid trajo la luz. Pudo ver de nuevo, pero no como antes.
«¿Ese eres tú, Sigfrid?», preguntó sorprendida. No pudo ver al General tal y como lo recordaba. Todo lo que la rodeaba era negro pero distinguió una extraña silueta plateada delante de ella. Estaba segura de que se trataba de Sigfrid. «¿Qué es esto?».
—Lo que ve es la magia, Alteza. Distingue a cada uno de los habitantes de Lahore por medio de la energía que poseen. Como la energía varía en cada individuo, verá luces de diferentes colores.
En cuanto lo dijo, la princesa percibió otras siluetas y colores. No solo frente a ella, sino más allá, tan lejos que no habría podido verlos con la vista regular. Mientras tanto, Sigfrid miró el cuerpo de Sakti. Los cables habían ganado un poco de transparencia. Así vio a la chica dormida dentro de ellos. Pero también comenzaron a ganar luz y dentro de poco sería imposible ver el capullo sin quemarse la vista.
«¡Esto es increíble! Darius se ve más grande de lo que en realidad es».
El profeta levantó una ceja. Aunque los labios de Sakti no se movieron pudo escucharla a la perfección. Fue como si le hablara en la mente.
—Que el cachorro y todos los demás podamos escucharla significa que logró sincronizarse con la ciudad. Quizá haya algunas partes de Lahore que no reconozca porque el daño previo fue grave, así que no podemos recuperar gran parte del terreno.
Sakti supo a qué se refería Sigfrid, pues sintió todos los movimientos en Lahore. Incluso sintió los fríos cadáveres que estaban esparcidos por la ciudad. Pero había ciertas zonas que percibía como manchones. No podía ver ni sentir nada en ellos.
—Como es su primera sincronización no logrará realizar muchas de las tareas de una Doncella.
Sigfrid sonrió para sí. Sabía que Sakti no lograría escucharle los pensamientos aunque estuviera sincronizada con Lahore. No importaba si tenía talento innato; era imposible hasta para un Dragón sincronizarse lo suficiente con la ciudad y sus habitantes como para saber qué pensaban, al menos en un primer intento.
—Escuchen: en este momento la fuerza vaniriana ha sido minada —dijo Sigfrid a los lahorenses—. Se han atacado mutuamente gracias a los humanos y ya debieron de notar la sincronización de la princesa. Están asustados, así que escapar será fácil. Por eso partiremos en seis grupos diferentes. Dos grupos se encargarán de llevarse a los cachorros, un grupo llevará a los ancianos y los otros tres servirán de distracción para darles tiempo a los niños y ancianos de salir de la ciudad.
»Todos los grupos irán a ciudades diferentes de la región Oeste, si es que encuentran alguna. Si viajan en grupos moderados habrá menos posibilidades de que sean atacados por los vanirianos que rondan la región. Busquen refugio de inmediato. Las ciudades Kaerd, Vaddala e Ivön son las más fuertes del Oeste.
»Como la princesa está sincronizada podrá decirles qué camino tomar para que no se topen de frente con el enemigo, pero no se fíen solo de ella. No creo que pueda sentir las vibraciones en el aire, así que las arpías pasarán desapercibidas. Darius se encargará de distraer a los vanirianos que están en el templo para que no se acerquen a la princesa y yo estaré afuera, asegurándome de que nadie entre y que solo ustedes salgan.
Sigfrid hizo reverencia al capullo en el que estaba Sakti.
—Alteza, quizá por un momento no pueda localizarme, pues procuraré estar en las zonas muertas de la ciudad. Es ahí donde se refugiarán los vanirianos más listos y son ellos los primeros que hay que matar.
«Está bien». La voz de Sakti rebotó en la habitación y en las mentes de los lahorenses. Sigfrid continuó:
—Recuerden: cuando salgan de la ciudad estarán por su cuenta. Mi primer deber es mantener a la princesa a salvo. Buena suerte. —Los lahorenses hicieron reverencia y se separaron en grupos para tomar caminos separados.

****

Darius caminó con la mirada baja. No era necesario ver el futuro para saber lo que sucedería. Sigfrid lo guio por un pasillo que cada vez se hacía más oscuro, hasta llegar a una habitación de paredes negras. Era una zona muerta de Lahore. El General, que durante los minutos de lenta caminata no dijo ni una palabra, se detuvo. Darius hizo lo mismo.
—Ya sabes lo que sucederá, cachorro. El acto que sigue será la muerte del mensajero y tú eres uno de los protagonistas. —Darius suspiró cansado.
—No lo haré. No quiero hacerlo. Y aunque quisiera, Allena se aseguró de mantener al humano lejos de aquí. No esperarás que corra por toda Lahore con una espada en mano en busca de él, ¿cierto?
—Si tu excusa es que el humano no está cerca, te aconsejo que busques una mejor. —Sigfrid se volteó a Darius y señaló con el dedo a la figura que recién entró al salón a través de una de las paredes rotas—. El mensajero ha aceptado su destino.
El profeta tragó saliva y dio un paso hacia atrás al descubrir a Mark. El muchacho tenía una herida en el hombro y varios raspones en las manos y cara. Se sostenía a duras penas, apoyado en lo que estuviera cerca. Traía una capucha de viaje llena de lodo y agua, como si hubiera tropezado varias veces y en ocasiones tuviera que arrastrarse para avanzar. Era tan… retorcido. Casi no podía caminar por la debilidad en las piernas y tuvo que arrastrarse hasta allí para morir. ¿Qué decía eso de Marduk, de Sigfrid, del Emperador, que querían acabar con alguien tan indefenso como si se tratara de una terrible amenaza? ¿Qué diría eso de Darius si de verdad lo hacía?
—Cuando la princesa pidió quedarse atrás con los humanos supuse que lo hacía para darles una oportunidad de escapar. Esto hace las cosas más fáciles, ¿no crees? Porque si se entera de que el humano muere, supondrá que fueron los vanirianos los que acabaron con él y no tú. Matamos dos pájaros de un solo tiro: ella no te odiará, si es lo que te preocupaba, y deseará con toda el alma acabar con los vanirianos.
—¡Eres un infeliz! —exclamó Darius, tan molesto que estaba inspirado—. ¿No entendiste cuando te dijo «Si los traicionas a ellos me traicionas a mí»?
No supo por qué había dicho eso aunque creyó recordar una escena…

… una habitación a oscuras, un poco de luz lunar, una bellísima mujer de cabello rosa…

… en la que Sigfrid había retrocedido por esas palabras. Fuera como fuese, funcionó por un tiempo. El rostro del General se contrajo en una mueca de espanto al recordar el sueño. Sí, Darius durmió cerca de él. Si sus poderes como profeta aumentaron quizá también podía entrar en los sueños de otras personas aún sin desearlo. Tendría que ser más cuidadoso la próxima vez que durmiera para no hacerlo cerca de un fisgón indeseado. El General respiró profundo para calmarse y, como si nada lo hubiera perturbado, dijo:
—Haz bien tu trabajo, Darius.
Sigfrid desenvainó una de las espadas que cargaba a la cintura. La hoja, a diferencia de muchas espadas aesirianas, era lisa, sin ningún adorno de oro ni inscripción alguna. El General blandió el arma en el aire y miró el frío brillo del metal. Estaba seguro de que esa sería la última espada virgen que vería en toda su vida. Extendió el arma al profeta, quien la tomó por inercia. Darius todavía no asimilaba que Mark regresara por voluntad propia.
—Enorgullece a tu rey, a tu padre y a mí, Darius.
Palmeó la espalda del muchacho y salió de la habitación. Mark y Darius permanecieron en silencio por varios segundos, sin que ninguno de los dos levantara la mirada del suelo.
—¿Puedo pedirle un favor? —susurró el mensajero mientras se secaba el rostro con la manga de la capucha—. Cuando termine, ¿puede enterrarme al lado de mis padres? Es lo único que deseo. —Darius apretó los puños con fuerza, rabioso.
—¿Sabes que te voy a matar y lo único que pides es que te entierre? ¿Eres idiota? —Mark avanzó hacia Darius con lentitud, pero ni siquiera la debilidad de las piernas lo detuvo.
—Con mi muerte, el Tercer Dragón nacerá. Con mi muerte, el último deseo de mi antiguo yo se cumplirá. Yo no amo a la princesa como él lo hacía y ciertamente el amo Marduk hará cualquier cosa por ella. ¿No es eso lo que usted quiere? ¿Que ella, a pesar de todo, sea feliz? El amo Marduk la complacerá siempre. Él existe para eso. En cambio yo… Yo existo para morir.
Mientras Mark avanzaba con sus pasos frágiles, Darius retrocedía hasta llegar al otro extremo de la habitación.
—Como ve, todo dicta que esta noche será mi muerte y que usted será mi verdugo. Así lo predispuso mi amo. Se adelantó a todos, humanos, aesirianos y vanirianos, solo para asegurar mi muerte. Porque él es el mejor de todos los estrategas.
Guardaron silencio de nuevo. Darius espantado, con náuseas y con la mente en blanco. Mark, en cambio, calmado. En la cara no tenía ningún tic nervioso que traicionara su resolución, mientras que los ojos miraban al profeta casi que sin verlo. Lo observaban, descifraban su presencia, pero en realidad no veían. Estaban ausentes, como si lo que estaba a punto de suceder fuese menos real que los sueños a los que estaban acostumbrados.
Al fin Darius interpretó esa extraña mirada.
—Quieres morir, ¿es así?
—… Sí.
El profeta tragó saliva y apretó el mango de la espada. El Universo deseaba que Mark Salvot muriera. Incluso el mismo mensajero lo quería así. Pero… pero… ¿Pero había motivo para resistirse? ¡Él era profeta, carajo! ¿No podía burlar al Universo, al destino? ¿O más bien, por ser lo que era, debía apegarse todavía más a lo que ya estaba establecido?
—Cierra los ojos, por favor.
Mark accedió. Darius lo tomó por los hombros y lo arrinconó contra la pared. Alzó la espada a la vez que sentía los latidos de su corazón y los de Mark en los oídos. «Que sea lo correcto…», pensó.
Y dejó caer el arma.

****

Sigfrid se sentía bien. Nada como la satisfacción del trabajo bien hecho: los lahorenses, o al menos la mayoría, escaparían con éxito gracias a la trampa de los humanos. Darius mataría al mensajero y Sakti estaba sincronizada con la ciudad. Para cuando la noche terminara, la princesa estaría agotada por su primer intento de sincronización y sería fácil manipularla. Casi tan sencillo como fue hacerlo con el príncipe Adad durante los ocho años de viaje por la región Oeste.
Escuchó pasos ligeros detrás de él. Sin pensarlo dos veces desenvainó la espada y giró para saludar al oponente, pero no encontró a nadie. Solo unas columnas destrozadas.
—Sal de una vez. Ambos sabemos que no puedes ocultarte de mí.
La amenaza surtió efecto de inmediato. Una bellísima mujer se asomó desde una de las columnas, si bien no se apartó ni salió por completo. Quizá era porque en ese momento la densidad de las nubes había disminuido y había un interesante juego de luces y sombras –era cuarto creciente–, o por el parecido de las siluetas o por el comentario acertado de Darius. Fuera como fuese, apenas vio la figura Sigfrid escuchó palabras…

«Si los traicionas a ellos me traicionas a mí».

… que no quería oír. Vio lo que ansiaba desde hacía mucho. Los largos cabellos rosados que parecían de melocotón, las mejillas sonrosadas, la piel nacarada, la sonrisa dulce y los ojos inocentes. Ignoró otro pensamiento que le llegó con la voz de ella y extendió una mano para alcanzarla. Luego invocó su nombre, aunque la voz del General ya no parecía la de un tigre…
—Princesa Istar…
… sino la de un hombre más.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-201. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Hola Angela!

    El premio super merecido de verdad!
    Sigue adelante.

    más bien yo soy el q deberia darte las gracias porq la verdad consegui las ganas de seguir con el blog gracias a tus comentarios.
    Y a los de todos los demás por supuesto, pero tu siempre comentabas y eso es lo q me anima a continuar...

    Gracias y Salu2

    ResponderEliminar
  2. Como que el agradecimiento aquí es recíproco, je, je...
    Continúa escribiendo, porque debes saber que todas las semanas recibes visitas, y es bonito leer los capítulos nuevos que traes. De nuevo, gracias por el reconocimiento.
    Ahí nos seguimos leyendo!

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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