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Capítulo 25

25
CAE, LAHORE

Sigfrid quedó petrificado, con una mano extendida a la aparición. No podía creer lo que veía, tenía que ser una mentira, una alucinación. Él no creía en esas estupideces del Cielo y el Infierno, ¡eso era para los débiles que necesitaban creer que una vida miserable tendría recompensas en la muerte! Pero… lo que veía… tenía que ser un ángel. Era la única explicación.
Quiso llamarla de nuevo, pero había perdido la voz. No respiraba, ni siquiera podía parpadear. Cuando la vio asomarse por la columna sintió mariposas en el estómago y un calor agradable en el pecho. Felicidad infinita y pura.
Pero ahora tenía las manos y los pies fríos, mientras que un hormigueo incómodo le subía por las piernas y brazos. La felicidad fue sustituida por imágenes. Humo. Istar con los ojos abiertos y la mirada perdida, recién desangrada en un pasillo, tan fresca que las mejillas todavía guardaban un poco de color. La piel todavía con un brillo mágico, aunque bien podía ser el reflejo del fuego cada vez más cerca de ella.
La realidad golpeó al General cuando recordó por qué la encontró así.

«Me traicionaste, Sigfrid».

Por eso tenía frío. Era su reacción al arrepentimiento, a la vergüenza y, quizá, al miedo. Ahora tendría que enfrentarla, tendría que asumir la responsabilidad que le debía a Istar.
—Lo siento… —logró decir al fin. Istar alzó una ceja, confundida—. Lo siento, Istar, lo siento tanto, yo…
—¿Istar? —lo interrumpió la mujer. De inmediato la sonrisa dulce se convirtió en una mueca de burla descarada—. ¡Ah! La princesa Istar. Creo que ha habido un malentendido.
La aparición dio unos pasos al frente y salió de la sombra que le daba la columna destrozada. Ahora, iluminados por completo por la luz de la luna, sus rasgos cambiaron. Todavía era bonita. De hecho quitaba el aliento. Pero el cabello ya no tenía tonos rosados, sino un mágico destello verde. Los ojos no eran azules, sino dos esferas color miel.
Los gestos también cambiaron. La muchacha no se erguía con la mezcla de timidez y elegancia de Istar. No caminaba con recato, sino con un movimiento de caderas seguro y sensual. Los brazos no se mantenían cerca del cuerpo con pudor, sino que se situaban a los lados como si quisieran abarcarlo y defenderlo todo, con el mismo movimiento de un guerrero. Y las cejas, los labios y los ojos no tenían el encanto inocente de Istar, sino que eran un buen retrato de la insolencia misma.
Sigfrid se mantuvo inmóvil y anonadado, preguntándose cómo había confundido a Istar con la muchacha que tenía al frente. Cierto, la cintura, la altura y el largo del cabello sí eran como los de Istar, pero de ahí en adelante no había ningún parecido. Ni siquiera las ropas. La joven peli-verde no tenía vestido, ni corto ni largo. Tampoco se cubría la cabeza con una capucha, como era costumbre de las mujeres aesirianas. Lo que sí llevaba era un traje negro tan pegado al cuerpo que le resaltaba las curvas de las caderas. Sin embargo, los pechos, los muslos y parte de los brazos estaban cubiertos por una armadura oscura que dejaba sus formas a la imaginación, a la vez que la protegería de muchos ataques y le ofrecía facilidad de movimiento.
«Esa armadura…», pensó Sigfrid. Todavía no reaccionaba del todo bien, pero supo que había visto ese uniforme en las altas jerarquías del enemigo.
—Mi nombre es Lemuria Aegis —se presentó la muchacha— y soy una de las mangodrias del señor Vanir.
En otro momento esa habría sido la invitación inmediata para que Sigfrid corriera hacia la vaniriana y la degollara. Pero el General no pudo dar ni un paso, porque las piernas no le respondieron. Todavía no salía de su asombro de haber visto –o creído ver– a Istar. Lemuria se dio cuenta de eso, se llevó una mano a los labios para fingir decoro y esconder la sonrisa, pero al final se carcajeó de todas formas.
—Oh, lo siento, pero esto es atroz —dijo—. El temible General aesiriano, el malvado Demonio Montag… anonadado por una mujer bonita. ¿De verdad le recordé a la princesa Istar? Bueno, me lo tomaré como un cumplido porque ella fue preciosa. Tanto que le robó el corazón a un Demonio, ¿eh?
Eso irritó a Sigfrid porque se dio cuenta de algo: se mostró débil ante el enemigo. No se avergonzaba de lo que sentía por Istar pero prefería ocultarlo. No había necesidad de enterar a todo el mundo de ello. En cambio, sí era necesario proteger la fama que tenía. No por nada se había ganado un apodo que provocaba escalofríos entre vanirianos, humanos y aesirianos. Colocó la espada en posición de ataque.
—Vanir se descuidó al enviar a batalla a una cachorra. Ahora pagará las consecuencias.
Se lanzó sobre ella con el arma en alto, listo para matarla. No sería difícil pues Lemuria era joven. Parecía rondar la edad de Darius. Lo mejor era acabar con la mangodria antes de que se convirtiera en una mujer madura, lista y experimentada. Había que aniquilarla ahora.
La vaniriana sonrió de nuevo con insolencia y llevó una mano a la espada en la cintura. Antes de que su arma hiciera contacto con la de Sigfrid, murmuró:
—Ya lo veremos…

****

Darius contuvo la respiración y sintió que el pulso le temblaba. No podía creer lo que hizo, estaba avergonzado de sí mismo. En verdad, por unos segundos, pensó en matar a Mark.
—Maldita sea… —susurró.
Sin que pudiera evitarlo unas lágrimas le resbalaron por las mejillas. Antes ni siquiera supo que quería llorar. Estaba muy asustado de no ver más a su hija, de que algo malo le pasara a Airgetlam y a Dagda, de herir a Sakti, de matar a Mark, de convertirse en lo que el Emperador, Sigfrid y Enlil querían que él fuera…

«Enorgullece a tu rey, a tu padre y a mí, Darius».

Recordar las palabras de Sigfrid lo molestaron más y chupó los dientes. Por ninguna razón quería hacer nada para enorgullecer a esos infelices. Se consideraba a sí mismo un hombre de principios y era hora de demostrarse que así era.
—No puedo creer que me haya dejado sobornar… —susurró mientras soltaba el mango de la espada que incrustó en la pared. Cuando soltó el arma notó que tenía la mano fría y blanca por la falta de circulación y por el miedo.
—¡¿ESTÁ LOCO?! —gritó Mark con voz entrecortada. Darius había dirigido la espada al pecho del mensajero, pero en el último momento la desvió y la incrustó en la pared, a escasos centímetros de la cabeza del humano—. ¿Qué no entendió? Si me mata todo irá de maravilla. Es así como tiene que ser.
—No lo haré —sentenció Darius mientras se secaba las lágrimas—. Soy mejor que esto. He hecho muchas cosas locas en mi vida, pero esto no lo voy a hacer, es incorrecto.
—Idiota… —murmuró Mark mientras se dejaba caer, con la espalda apoyada contra la pared—. Si usted no me mata los vanirianos lo harán. Si Vanir obtiene el poco poder que queda en mí entonces todos peligrarán. Usted, sus hijos, la princesa… Y todo será su culpa, por no tener las agallas para matarme.
Darius apoyó los brazos sobre la pared. Las piernas le temblaban pero era lo bastante orgulloso como para no dejarse caer como Mark.
—Tengo más agallas de lo que creía. Estoy sacrificando mi seguridad y la de mis hijos por salvarte el pellejo, así que no seas malagradecido —hizo una pausa para tomar aire y agregó—: Lo primero que tenemos que hacer es fingir tu muerte para que Sigfrid crea que cumplí con mi parte. Después de eso podemos hacer que Allena huya y ustedes dos se encuentren en alguna parte. —Pero Mark se rehusó.
—No lo entiende. Si no me mata….
—Sí, ya sé, ya sé… El Tercer Dragón no nacerá, la Profecía no se cumplirá, y bla, bla, bla… Tal vez eso es lo que quiero, ¿no crees?
Mark se golpeó la frente con la palma de la mano pero no encontró las palabras adecuadas para dejar escapar la frustración. Tenía que morir. Darius tenía que matarlo antes de que algo terrible e irremediable sucediera.
—Ven —lo invitó el profeta al extender una mano para levantar a Mark—. Te sacaré de aquí, estarás a salvo. —Pero el mensajero se rehusó de nuevo.
—Tiene que acabar conmigo. ¡Yo no tengo nada que hacer aquí! ¡Soy solo un sustituto del antiguo Mark y ya murió mi padre! ¡Ya no hay nadie que me necesite! ¡Ya no soy necesario en el mundo!
Darius lo miró primero con una pizca de sorpresa, pero después los ojos mestizos ganaron una sombra de enojo. La mano que el profeta había extendido con bondad se crispó, agarró a Mark de la camisa y lo obligó a levantarse. Cuando el mensajero estuvo erguido, Darius no perdió el tiempo con delicadezas. Lo empujó contra la pared con ferocidad, como si quisiera romperle la cara.
—¿Que ya nadie te necesita? ¿Y qué hay de ella, ah? —Darius siguió empujándolo con fuerza, sin descanso—. Ocho años en Masca soportando entrenamientos, estudiando, preparándose. Luego un viaje del demonio de regreso a Lahore. Groliens casi seis veces su tamaño. Golpes, caídas, rasguños, dificultades, planes. Todo lo hizo porque una única imagen le daba fuerzas para seguir adelante, la misma que le ayudó a soportar los abusos y las burlas que la acosaron de pequeña. El primer pensamiento después de abrir los ojos, el último antes de cerrarlos, ¡tú! ¿Que eres un sustituto? Entiendo que no eres el mismo Mark que ella conoció, que a ese lo obligaron a olvidar, ¡pero eso no significa que esté perdido para siempre!
Recordó a la versión infantil del mensajero que había visto en la habitación de Marduk. Incluso allí, mientras arrinconaba a Mark contra la pared, le llegaron imágenes y frases sueltas de la versión anterior del muchacho.

«Si te olvido quedaré en blanco y buscaré fantasmas y razones en cada habitación y sombra, sin saber ni imaginar que lo que tanto me falta eres tú».

—Ella lo sabía, sabía que la olvidarías. Tenía miedo de regresar y que no la reconocieras, pero aun así lo hizo porque sabía que en el fondo seguirías siendo su Mark, que la buscarías aunque no lo supieras. ¿Y todavía dices que no eres necesario? ¿Y qué demonios crees que está haciendo ella aquí ahora? ¿Tomando té con los vanirianos? ¡NO! Allena está aquí por ti. Está sincronizada con Lahore por ti. Dejó de ser la chiquilla con voz de pajarillo por ti. Si todo eso no te lo deja claro, entonces te lo gritaré para que lo comprendas de una buena vez y por todas: ¡Allena te necesita, imbécil!
A pesar de que la habitación estaba deshecha, la voz de Darius retumbó como si estuviera en una cueva. Si no estuviera tan enfadado le habría sorprendido que su voz se pareciera tanto a la de Sigfrid, idéntica al rugido de un tigre. Mark, en cambio, sí se percató de la semejanza.
Las piernas le temblaron y…
—Oh, no, oye...
Darius se espantó cuando se percató de que era lo único que impedía que Mark se desplomara. Lo sentó en el suelo y lo miró aterrado, porque el muchacho se había puesto pálido de un solo golpe. El profeta casi escuchaba la voz de Sakti en la cabeza, pues recordaba que ella le había dicho que el amo no era un chico fuerte. «¡Mierda!», pensó. «Lo último que necesito es matarlo de un susto».
Sintió que los hombros de Mark temblaban de arriba abajo y que emitía un sonido semejante al de una persona que se ahoga. Si eso era un ataque, ¿qué haría? Si Mark se moría de un ataque, ¿con qué cara vería a Sakti?
—Jaaaa… —No, no era un gemido—. Jaaa, jaaa… —Era una risa forzada. Darius soltó a Mark. El muchacho se llevó una mano a la cara y otra al pecho—. ¡Ja, ja, ja, ja! En serio, decir esto, justo ahora… No debería importarme, no debería significar nada para mí, pero aun así… duele aquí.
A pesar de la capucha, Darius se percató de que Mark se oprimía una irregularidad en el pecho. Allí tenía la caja torácica un poco deforme, como hundida. Se estremeció porque allí era donde estaba el corazón. Con sus poderes vio la escena de la propuesta de matrimonio, seguida del ataque de Marduk. Solo de milagro el mensajero no había muerto, aunque Darius supuso que sería muy propenso a problemas cardiacos por el poco espacio que tenía el corazón para latir.
—No sé qué es… —continuó el mensajero, como abstraído—. Puede ser que este corazón inútil se estremeció por la impresión. Puede ser que no aguante la presión. Pero no… no se siente así. No sé cómo explicarlo, pero es como si el dolor físico se mezclara con algo más… Quizá con miedo por esa voz de tigre. Quizá con pena por todo lo que ha ocurrido. Quizá… quizá con un dolor más profundo, pero no sé…
—¿Con angustia? —preguntó Darius. Mark se quitó la mano que cubría la cara y miró al profeta. El mensajero tenía rastros de lágrimas en las mejillas aunque, al igual que Darius antes, no supo que tenía ganas de llorar.
—Sí, con angustia. Y también con lo otro. Pero hay algo más… algo que es como dolor pero no lo es. —Otras lágrimas se le escaparon. Se las secó lo mejor que pudo y forzó de nuevo esa extraña risa—. ¡Ja, ja, ja! ¡No sé qué es esto, no lo entiendo! ¿Qué es esto otro que es como dolor entre el dolor, pero que no lo es? ¡Es lo que provoca el dolor físico, el que intensifica el miedo, la pena, la angustia! ¡Pero a la vez se nutre de todo eso! Crece, crece, se hace más fuerte. No sé, no sé, no sé, ¡no sé!
—Mark, cálmate…
—¿Y sabe qué es lo más interesante? —gritó el mensajero, al borde del colapso nervioso—. ¡No quiero que acabe! ¡Eso que es como el dolor, pero que no lo es! No quiero que acabe, por más fuerte que sea, a pesar de que me está matando. No sé qué es, le tengo miedo, ¡pero no quiero que acabe!
Darius actuó antes de pensar, pero no se avergonzó. Se acercó a Mark y lo abrazó con una mezcla de delicadeza y fuerza. Permitió que el mensajero llorara con la cara escondida en el pecho y le dio palmaditas suaves y pausadas en la espalda. No le gustaba ver a nadie llorar, menos como lo hacía Mark. «Soy muy sensible», pensó un poco disgustado. «Por eso no me gusta llevarme bien con la gente. Me duele cuando veo a alguien así».
Mientras le frotaba la espalda le llegaron sensaciones e imágenes. Antes, la única de los profetas que podía ver y entender algo así era Zoe, pero ahora Darius también percibía las emociones y las descifraba. Vio al señor Salvot, muerto. Se sintió asfixiado, como si caminara en un túnel oscuro repleto de agua densa y turbulenta. Se sintió desubicado, con un peso en el corazón que no pudo entender. Se sintió solo y abandonado en tinieblas. Pero también percibió el otro sentimiento que Mark describía como «dolor que no era dolor». Era algo mucho más fuerte y punzante, algo tan ardiente que podía quemar la piel y que aun así se necesitaba. A pesar del dolor que le provocaba, Mark se aferraba a esa extraña emoción que había ignorado o que resurgió hasta que Darius le gritó.
—Ya sé lo que es —dijo mientras se separaba de Mark. El mensajero ya comenzaba a calmarse—. Felicidad.
—¿Hm? Pero… ¿no se supone que la felicidad… nos hace felices? —Mark se sonrojó cuando le dijo. Argh, se sentía como un mocoso.
—A veces, cuando es muy fuerte, también duele. Tú no lo entiendes. Quizá no es este tú el que lo siente pero… yo creo… Creo que esa felicidad es del otro Mark. —El mensajero arqueó una ceja—. Te hace feliz y a la vez te duele que Allena te necesite.
Los dos callaron por unos instantes. Incluso mantuvieron el silencio cuando Darius se levantó para sacar la espada incrustada en la pared. Al fin Mark dijo:
—Pero no tiene sentido. No debería importarme, no debería reaccionar así. Yo… y mi anterior yo… Somos diferentes, yo no siento como él.
—Quizá. Pero eso no significa que no te alegres de escuchar que aún te necesitan. Mark… eres amado. Para alguien tú eres lo más precioso del mundo.
La cara del mensajero ardió tanto que agachó la cabeza, incapaz de soportar la mirada de Darius. Quizá estaba avergonzado. Pero también, por encima de eso, estaba feliz.
—Ahora sí, ven —Darius ya había sacado la espada y le ofreció de nuevo la mano—. Te sacaré de aquí, así que no me hagas perder más tiempo, ¿comprendes?
Aunque sus palabras fueron rudas su voz transmitió mucha bondad. Cuando Mark se atrevió a mirarlo vio que el profeta le sonreía simpático. Aunque no recordaba muy bien cómo funcionaba eso de las emociones, supo que estaba agradecido y aliviado. También supo que el amo Marduk se enfadaría mucho con él. Aun así creyó que Darius era el mejor verdugo que pudo haberle tocado. Quizá, si tenían la oportunidad, se convertirían en amigos.
Levantó con timidez una mano mientras otro sentimiento se le formaba en el corazón. Era esperanza. De repente le molestó que las piernas no lo sostuvieran con la fuerza necesaria para avanzar. Quiso erguirse por su cuenta, salir de Lahore, buscar, buscar y esperar. No supo a qué –quién– pero quería hacerlo. Quería vivir.
Pero justo antes de que rozara la mano de Darius, un retumbo potente estuvo a punto de estallarle los oídos. Todo se desmoronó. Uno de los rayos vanirianos había impactado la sección del templo en la que estaban él y el profeta.

****

Sigfrid miró preocupado hacia donde cayó el relámpago. «¿La princesa…? No… Ella está bien, la ciudad aún está sincronizada...». Pero la distracción le costó caro. Lemuria se aprovechó del momento para apuntar a un flanco descuidado. Sigfrid bloqueó a tiempo pero tuvo que retroceder, lo que le dio la oportunidad a Lemuria de patearlo en el rostro.
Contrario a lo que habría esperado un simple espectador, Sigfrid y sus dos metros y medio de altura y músculos salieron disparados hacia atrás por el golpe de la muchacha. En ningún momento perdió la espada, pero la patada fue lo bastante fuerte como para provocarle ver puntitos de luces. Sigfrid se mantuvo en el suelo unos segundos, pensando en cuándo fue la última vez que un vaniriano logró derribarlo.
Ya sabía que las mangodrias eran fuertes, pero esta lo sorprendió. Era rápida y su fuerza física no tenía nada que envidiar a la de él. Algo sorprendente, ya que Sigfrid podía pelear con facilidad cuerpo a cuerpo contra dos groliens a la vez. Además, Lemuria Aegis demostraba ser diferente a las otras mangodrias que él había combatido. Sus antecesoras fueron calculadoras y fuertes, pero siempre mayores que ella. ¿Por qué Vanir dejó salir a una mangodria tan joven? ¿Qué tenía planeado?
Hasta ese momento solo combatieron con puños y espada, pero Sigfrid todavía no la había matado. Por general eso era todo lo que necesitaba para acabar con un enemigo. Sin embargo, comenzaba a creer que necesitaría emplear magia para derrotar a Lemuria. El problema era que las mangodrias eran aún mejores en el dominio de las esencias que en los puños. Lemuria quizá parecía una niña, pero era la que estaba ganando el encuentro sin haber recurrido a la magia. Además ella…
—Seguro que cuando eras joven eras muy guapo.
… tenía la habilidad de decir cosas en medio de la pelea que en verdad incomodaban a Sigfrid.
—No es que ahora no lo seas, pero ya estás mayor. Eso siempre desanima a las chicas.
Sigfrid gruñó y se lanzó de nuevo con la espada en alto. Lemuria ni se inmutó. Solo se limitó a esquivar los golpes, mientras caminaba hacia atrás muy segura de lo que hacía. Ahora jugaba con el Demonio Montag.
—Creo que ya comprendo —dijo muy seria—. Eres tímido con las mujeres, ¿no? Eso explicaría por qué nunca le dijiste nada a la princesa Istar, ¿verdad?
Sigfrid chupó los dientes. Quiso gritar: «¿Y a ti qué diablos te importa? ¡No te incumbe, no te incumbe, no te incumbe!», pero no se atrevió a más distracciones. Ya tenía suficiente con la equivocación que había revelado a la mangodria sus sentimientos por Istar. ¡Argh! Tenía que matar a Lemuria, ¡tenía que hacerlo! Estaba dispuesto a mantenerse como el Demonio Montag para los vanirianos, no como una montaña que se estremecía por el recuerdo de la princesa fallecida.
—Pero aquí entre nos, creo que si te hubieras arriesgado hoy serías el dichoso padre de los Dragones. No creo que ella te hubiera rechazado.
Para sorpresa de Sigfrid, Lemuria dejó que la espada avanzara un poco. Tomó al General por la muñeca con fuerza, le torció el brazo y lo hizo caer de espaldas con una especie de llave. La mangodria lo tenía justo donde quería.
—Su última palabra fue tu nombre —susurró ella con una sonrisa malosa—. Pobre, pobre princesa Istar. Ese día a pesar del susto, a pesar del dolor del parto, a pesar de lo definitivo, se irguió delante de mí bella y esplendorosa. Es fácil entender porque hasta el mismísimo Demonio creía que no podría vivir sin ella.
Lemuria soltó un suspiro.
—A pesar de lo fuerte y orgullosa que era, habría saltado a tus brazos si hubieras llegado a tiempo. Pero no lo hiciste, y ella y yo tuvimos que despedirnos. ¿No crees que le hice un favor? Si la hubiera dejado con vida el señor Vanir la habría querido para él. A mí no me molesta compartir, pero ella… Ella estaba decidida. Solo había un hombre además de su esposo por el que se dejaría tocar, pero ese hombre no llegó a tiempo a salvarla. Así que tuvimos que decir adiós sin herir nuestro orgullo de mujer.
Lemuria esperó la reacción de Sigfrid. En esos minutos de batalla había visto emociones donde creyó que jamás vería alguna, y ahora se moría por conocer la expresión de desesperación, resentimiento o tristeza del General Montag. Pero no obtuvo nada de eso. Sigfrid se mantuvo tan inmóvil que pareció que no respiraba. La cara no se le arrugó de ninguna forma. No le tembló de la ira, no palideció ni se sonrojó. Se mantuvo tan sereno que pareció un muñeco inanimado. Lo único que decía algo en él eran los ojos, pero ni siquiera esos miraron a Lemuria de manera significativa. Estaban fijos en ella, sin parpadear, pero no reflejaron ira. Solo un insondable y profundo mar de hielo.
Luego cayó una gota sobre la mano de Lemuria que sostenía al General. Después otra, otra y otra… No era raro que lloviera, después de todo estaban en Lahore. Las nubes de los castillos se concentraron otra vez, escondieron la luz de la luna y llovía de nuevo. No era raro. No era inusual. Pero Lemuria se sintió incómoda. Las gotas cayeron también en el rostro del General, pero él no reaccionó. La miró fijamente, sin sentir ni la piel ardiente de la vaniriana, ni el mármol frío y destrozado en la espalda, ni la lluvia en la cara. Y todavía no respiraba.
—No… —susurró la mangodria, de repente aterrada.
Soltó a Sigfrid y retrocedió sin saber muy bien por qué ya no se sentía confiada. Sigfrid no había hecho ni dicho nada y aun así Lemuria sintió que el corazón le palpitaba al máximo, y que en lugar de sangre le corría hielo picado por las venas.
Y el Demonio todavía no respiraba, como si mantuviera en su interior una tormenta.
Sigfrid se mantuvo en el suelo unos segundos más. Cuando al fin se levantó lo hizo despacio, como si fuera un anciano cuidadoso. Solo era tortura, Lemuria lo sabía. La paciencia, la tranquilidad con la que aparentaba tomarse las cosas no era más que una pantalla que infundía un terror desconocido en los enemigos. Cuando al fin el General se levantó tan alto como era, Lemuria se sintió pequeñísima. Las piernas le temblaron y apenas pudo mantenerse en pie. Lo que más la aterró fue que Sigfrid tenía la cabeza agachada, como si todavía se reservara algo.
La lluvia se intensificó, pero ya no caía vertical sino horizontal. Había aparecido un extraño viento que los rodeaba, que alborotaba todo, que hacía que incluso los escombros de mármol cimbraran en el suelo. Lemuria creyó que estaba en una burbuja en donde el viento entraba y salía como mejor le pareciera. Todavía no la rozaba, pero pronto lo haría.
Al fin Sigfrid levantó la cabeza. Sus ojos eran como dos faroles de fuego maldito. Lemuria salió disparada hacia una columna.

****

Primero gimió y después abrió los ojos. Creyó que veía borroso por el golpe que se había llevado, pero pronto se dio cuenta de que estaba en medio de escombros y polvo. Quiso llamar al profeta, pero lo que le salió de la boca fue un grito. Se había movido apenas una pizca y aun así sintió un punzón bárbaro en las piernas. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba atrapado bajo las rocas. Solo por suerte estaba vivo. Tenía las piernas atrapadas y no podía moverlas. Cada vez que lo intentaba, aunque fuera con delicadeza, sentía que se las arrancaba.
—Fácil, fácil… —escuchó.
Mark reconoció dos siluetas en medio del polvo. Una de ellas estaba completamente erguida. A pesar del polvazal, el mensajero reconoció a un hombre de botas altas que llevaba sobre los hombros una piel de hurón. También tenía varias correas de cuero en el tronco del cuerpo, donde guardaba armas. El otro era Darius. El vaniriano lo tenía levantado del cuello y lo apretaba tan fuerte que le cortaba la respiración. El profeta parecía haberse librado de los escombros, pero no tuvo tanta suerte con el hombre que quería atraparlos.
Atraparlos…
La idea heló a Mark. Darius era un profeta, él era un mensajero. Supo de inmediato que los estaban buscando y que los secuestrarían. Ya que Sigfrid cometió la imprudencia de llevarlos a una zona muerta de Lahore, no podrían contar con la ayuda de la sincronización para salvarse.
—Aunque tengo que admitir que lo estás haciendo muy bien —felicitó el vaniriano ordinario a Darius.
—¡Profeta! —llamó el mensajero.
No le importó el dolor e intentó librarse de las rocas, porque tenía que ayudar a Darius. Pero alguien lo agarró del cabello. Un resplandor plateado brilló a un lado y después lo sintió debajo de la garganta.
—Rubio, de ojos azules y delgado —canturreó una voz—. Es el mensajero.
—Así que quieto, tesoro —dijo otra cerca del oído de Mark—. Te sacaremos de allí y estarás de maravilla.
Mark supo que cuando lo liberaran las arpías se lo llevarían. Mientras tanto, el vaniriano que tenía sujeto a Darius todavía intentaba noquearlo por falta de aire.
—Estás aguantando esto como todo un hombre, a pesar de ser tan joven. Pero al final no podrás hacer nada. Sin las esencias de los Tonare, no eres nada que amerite cuidado.
Sin las esencias de telequinesia y telepatía con las que nació, Darius no podía hacer uso del mejor de sus dones. Pero por alguna razón…
«Cinco minutos sin aire y todavía patea. Se nota que es hijo de un General».
… sí pudo escuchar los pensamientos de su enemigo con claridad, como si todavía mantuviera esos poderes.
«Oh, genial. ¿Ilusiones previas a la muerte?», pensó con sarcasmo, pero una parte de él le dijo que no era así. Sintió una sensación extraña en el pecho; estaba teniendo un presentimiento, no una visión. Solo un presentimiento. «Es Zoe… ¡Oh, por Dios! Es Zoe». Algo no andaba bien en Masca y Darius pudo sentirlo. Fue como si él y su hija estuviesen conectados en ese momento. No había palabras, solo leves pulsaciones entrelazadas por el amor que compartían. El profeta estaba seguro de que su hija sabía que él se encontraba en peligro, tal y como Darius sabía que Zoe no estaba en una mejor situación.
«¡El anciano tiene problemas! No puede mantener control sobre mis esencias y se ha concentrado en algo más por el momento».
Pero si Enlil no podía controlar las esencias que arrebató, entonces había una leve conexión entre los poderes y su legítimo dueño. Era una puerta mínima, pero lo bastante grande como para darle a Darius la fuerza que necesitaba para deshacerse del vaniriano.
Se concentró en el alrededor. Pudo distinguir a Mark a pesar de la nube de polvo, los escombros y la visión borrosa por falta de aire. Al menos sabía hacia dónde no tenía que lanzar al vaniriano. Se sostuvo del brazo enemigo con toda la fuerza de la que fue capaz. Después de balancearse rápidamente pateó la entrepierna del hombre. El vaniriano abrió la boca y emitió un leve gemido sin poder gritar por el asombro, se dejó caer en el suelo y se retorció de dolor. Darius cayó de rodillas y tosió para recuperar las cantidades regulares de oxígeno. Aún sentía la punzada de poder y de temor que provenía de Masca.
«Tengo que hacerlo ahora, o si no ni Mark ni yo saldremos de aquí».
Recordó todas las lecciones que tuvo con Sakti. Hasta ahora entendía a la perfección la teoría, pero no dominaba al cien por ciento la práctica. Se levantó, tomó aire y tomó la pose correcta para dejar que la energía fluyera por el cuerpo. Tenía que hacerlo ya. El vaniriano se estaba levantando y no se veía nada feliz después de la patada. Darius respiró profundo y sintió cómo el poco rastro de su esencia salía con ira de él para lanzar al vaniriano a la distancia.
Fue como se lo explicó Sakti: sintió la circulación de la sangre, la contextura de los músculos, la fragilidad de los huesos... Y lo hizo a la perfección: controló con la mente un cuerpo vivo. Si no lo hubiese lanzado con fuerza no le habría roto ni un hueso ni provocado ninguna hemorragia interna.
—¡Mark! —llamó Darius. Tenía que sacarlo de allí, llevarlo a un lugar sincronizado.
Pero cuando lo encontró se percató de que el mensajero no estaba solo. Estaba arrodillado en el suelo, libre de los escombros pero con las piernas llenas de moretones y sangre. Una arpía lo tenía sujeto del cabello con violencia, como si quisiera arrancárselo, mientras que otra tenía una daga en el cuello del muchacho.
—Colabora —ordenó la vaniriana— o mataremos al mensajero.
Darius supo que no lo harían. Querían a Mark vivo o de lo contrario hace tiempo que habrían borrado a Lahore del mapa con los relámpagos. Pero que lo quisieran con vida no implicaba que lo necesitaran entero. Si no actuaba con rapidez lastimarían a Mark. Tenía que obedecer, pero también supo que no podía hacerlo. Los vanirianos no podían atrapar ni al profeta ni al mensajero. Como si eso no fuera suficiente presión todavía sentía la conexión en Masca. Era como si la mitad de Darius estuviera en Lahore y la otra mitad estuviera a medio camino de la Capital, intentando descifrar lo que decía Zoe. Así, tan disperso, no podía idear nada.
—¡Maldito seas, Tonare! —tronó una voz.
Un golpe bárbaro lo atacó en las costillas y otro en la cabeza. Lo golpearon tan fuerte que lo derribaron contra unos escombros. Intentó levantarse pero estaba desorientado. No tuvo tiempo y unas manos como garras lo agarraron del cuello resentido.
—¡Te voy a matar! —aulló el vaniriano ordinario al que pateó en la entrepierna—. ¡Duele, duele, duele! ¿Cómo te atreves a atacar la hombría de un contrincante? ¡Los aesirianos no tienen honor!
A pesar de que lo apretaban con fuerza, Darius vio que la entrepierna del otro sangraba. Probablemente le estalló los testículos aunque ¿tendría entonces la fuerza para estar en pie? Cualquier otro hombre seguiría echado en el suelo, incapaz de respirar. En cambio el vaniriano estaba fuera de sí, loco por el dolor. Lo iba a matar de la pura furia, lo iba a estrangular, luego lo degollaría y…
—¡No lo mates, no lo mates! —pidió una de las arpías. Con una fuerza que no parecía propia de una mujer, la vaniriana apartó al hombre—. La señora Aegis lo quiere vivo, ¡si lo matas te hará picadillo!
A pesar de sus esfuerzos la arpía necesitó la ayuda de su compañera para retener al hombre. No les preocupó que Mark escapara porque con las piernas en ese estado no podría ir muy lejos. Las mujeres aladas forcejearon con el hombre un buen tiempo, pero solo pudieron calmarlo cuando apareció un grolien.
—¿Por eso tardaban tanto? ¡Por una pelea!
El hombre con cuerpo de toro apartó a las arpías, sacudió al otro para que se calmara y exigió explicaciones. Se compadeció cuando vio el chorro de sangre de su compañero, pero no por eso se ablandó.
—Tenemos órdenes claras —manifestó—. Regresemos ya para que te atiendan la herida. Andando.
Pero cuando el grolien buscó a Darius para cargarlo, no lo encontró. Qué raro. Lo había visto tendido allí, a unos pasos, tan golpeado que lo creyó noqueado. Buscó por toda la habitación pero no encontró al profeta. Al final fue al lado de Mark, que si bien se había arrastrado para escapar no había avanzado mucho.
—¿Dónde está el profeta? —preguntó con voz gruesa. Mark no respondió—. ¡Habla! ¡De seguro lo viste escapar!
Sí, Mark lo había visto. Darius todavía estaba allí, bien oculto entre unos escombros, esperando. El mensajero casi podía escuchar los pensamientos apresurados de Darius, que se preguntaba cómo diablos lo salvaría. Pero Mark estaba decidido. Darius ya había hecho mucho por él. El profeta tenía que salvarse.
Y él… Él tenía que olvidarse de los sueños y aceptar su destino.
—No lo vi —dijo con voz segura—. Estaba demasiado distraído por los alaridos de esas mujerzuelas y por la peste de todos ustedes que no pude ver ni escuchar a Darius.
—Q-¿qué dijiste? —preguntó una de las arpías. La mujer lo agarró del poco pelo que tenía y lo sacudió—. A ver, ¡repite eso!
—¡Dije que son unas mujerzuelas, unas zorras insolentes que no tienen ni siquiera la decencia de vestirse! ¡Y ese! —dijo mirando al grolien con insolencia—. ¡Ese apesta a cabra! ¡Sucios, sucios, sucios y vulgares! ¡Por eso la Profecía es para los aesirianos y no para ustedes!
El grolien se acercó a él con la rapidez y certeza de un tigre. Mark no se atrevió a mirar hacia donde estaba oculto Darius, aunque supo que el profeta estaba a punto de saltar para salvarlo. «Pégame lo más fuerte que puedas», pensó, casi lo suplicó. Sabía que tenía un cuerpo muy frágil. Darius podía soportar los golpes porque era un aesiriano sano, pero Mark era un humano enfermizo. Si lograba enfadar al grolien y este lo atacaba, lo más probable era que el golpe lo mataría. «Acaba conmigo», pensó el muchacho. «Acaba con el acto. No importa que no seas tan amable como el verdugo que me asignaron antes».
Cuando vio que el grolien levantó el brazo, cerró los ojos. Creyó que pensaría en reunirse con sus padres, pero… antes del golpe… el último pensamiento… fue una imagen: el rostro de Sakti después de que Mark la rechazara cuando intentó acomodarle la capucha. «Oh», pensó el muchacho. «Me habría gustado disculparme… y agradecerte».

****

El último azote del viento. En medio del torbellino Sigfrid agarró a Lemuria del brazo izquierdo y la lanzó bocabajo al suelo. Luego el General le pisó la espalda, con el peso del odio mucho más asfixiante que todas las libras de músculo y armadura. La mangodria todavía sentía la mirada fría como hielo y el rostro inexpresivo, aunque la mano de Sigfrid hervía como magma. ¿Qué haría ahora?
—¡Aaaah! —chilló cuando Sigfrid comenzó a jalarle el brazo izquierdo.
Se lo iba a arrancar. Luego, cuando el dolor la volviera loca, él se sentaría sobre ella, la tomaría de la otra mano y le arrancaría uña por uña. Quería torturarla antes de matarla. Quería… quería…

Istar, su sonrisa, el poder curativo de sus manos, la voz dulce que derribaba con una sola nota todas las barreras del General…

Sigfrid sintió el ardor de los ojos y apenas fue capaz de retener las condenadas lágrimas. Veintidós años era mucho tiempo para él, ¡demasiado! ¡Una eternidad! Pero no por eso se iba a desplomar en ese momento. Lo que tenía que hacer era odiar, odiar, odiar. Para él ese era la mejor barrera para el dolor.
Por eso odiaba al mundo entero.
Odiaba a Lemuria por haberle dado muerte a la mujer que conoció desde que era una niña.
Odiaba al príncipe Velmiar por no cumplir con su tarea como esposo.
Odiaba a Sakti, por ser la razón de la muerte de Istar.
Y se odiaba a sí mismo por no haber llegado a tiempo para salvarla.
Así que jaló. Ya Enlil se lo había dicho una vez: todos los aesirianos tenían un lado sádico, y ser General era una buena excusa para alimentar esa peculiar necesidad de hacer sufrir a otros. Escuchó con placer cómo el hueso del brazo se desprendió del hombro.
Lemuria no gritó, aunque la sangre se le heló al entender que Sigfrid no se contentaría con los brazos. Le destrozaría las piernas, le arrancaría el cuero cabelludo, le sacaría los ojos, incluso se los daría de comer… A Sigfrid no le decían el Demonio por nada. Estaba tan, pero tan molesto que era capaz de superar las atrocidades del pasado que le habían dado ese pintoresco sobrenombre.
Le arrancó el brazo. Sintió los huesos desprendidos, el desgarre de los músculos, el corte de las venas y arterias. Y la sangre, por supuesto, que salió a borbotones. Sigfrid la iba a matar…
—No —susurró Lemuria con los dientes apretados—. ¡No me matarás, Demonio Montag!
Aprovechó que Sigfrid tenías las dos manos ocupadas con el brazo que acababa de arrancarle. Con la extremidad que le quedaba la vaniriana hizo una lagartija y saltó lo suficiente como para quitarse al General de encima. El aesiriano lanzó el brazo recién arrancado al lado y tomó la espada. Pero entonces Lemuria se incorporó, miro desafiante a Sigfrid –demasiado desafiante, lúcida incluso– y dijo:
—No lo haría si fuera tú. —En ese momento encendió una llama azul en la palma de la mano—. No si quieres conservar tu alma.
Ahora sí tuvo una reacción de parte de Sigfrid, si bien fue mínima: el General apenas si enarcó una ceja. Fuego azul, fuego maldito, el fuego que solo los Aesir podían controlar. Pero el fuego azul no podía ser creado por nadie, solo utilizado por los príncipes del Imperio. ¿Cómo esa vaniriana era capaz de hacerlo?
—Abominación —siseó Sigfrid—. Debes morir.
Así que se lanzó a ella. No le importó el fuego. Aunque Lemuria descargó las llamas contra él, el General siguió adelante. En los momentos precisos esquivaba los ataques, hostigaba y se acercaba tanto a Lemuria que la mangodria tuvo que retroceder varias veces para que la espada no la alcanzara. Quizá en ese momento parecía que Sigfrid ganaba la partida. A pesar de las flamas malditas era ágil, veloz y certero, mientras que Lemuria se desangraba por la herida del hombro izquierdo. Pero el General se dio cuenta de que, en realidad, la situación no había variado mucho.
Lemuria todavía jugaba con él. Quizá resentía el dolor, pero la mangodria no había perdido los estribos ni se había desmayado de la impresión. Se mantenía entera, serena y grácil, esquivaba los ataques de Sigfrid como si bailara con él al son de las llamas. Esperaba a algo, ¿pero a qué…?
—De seguro la princesa Istar se está revolviendo en la tumba —gritó Lemuria para poderse escuchar por encima del crepitar del fuego. Sigfrid la escuchó pero no le prestó atención—. ¡Traicionas a sus cachorros! ¡Controlas a los príncipes!
—¿Y qué? —El General estuvo cerca de cortarle el cuello pero solo pudo cortarle unos mechones—. ¡Alguien tiene que hacerlo! Por el Imperio, los Generales y el Emperador controlaremos a los Dragones como debe ser.
Por un momento le pareció que cortó la cabeza de Lemuria. Sin embargo, la figura de la vaniriana se desvaneció y apareció segundos después bastante lejos de él, en lo alto de una columna. Lemuria jadeaba y miraba casi furiosa a Sigfrid, con una cortada en el cuello. No era grave, pero sí sangraba.
—Casi tan rápida como la princesa Allena —apuntó Sigfrid—, pero para ti representa un gran esfuerzo y para ella no. Y eres más lenta. Apenas pudiste escapar.
—Pero ese «apenas» fue todo lo que necesitaba —espetó la mangodria, todavía con el puño envuelto en llamas azules.
Sigfrid dio un paso hacia ella con la intensión de derribar la columna si con eso acababa de una vez con esa detestable criatura. Pero entonces Lemuria se arqueó por el dolor. Fue breve. El fuego se desvaneció, pero incluso entonces Sigfrid no se atrevió a atacar porque apareció algo que no esperaba. Del hombro, justo donde arrancó el brazo, surgió una sustancia blanca y gelatinosa que se convirtió en carne a velocidad de vértigo.
La cosa creció, se alargó y tomó la forma de un brazo y una mano. Sigfrid arqueó de nuevo la ceja, sorprendido por la habilidad regenerativa de la vaniriana. En el caso de los aesirianos, solo podían regenerarse aquellos que tenían las transformaciones más violentas y estos eran muy pocos. El color de la piel de la nueva extremidad contrastaba mucho con el tono normal de Lemuria, pero después de regenerar un brazo perdido no se podía ser exigente.
—Y ahora…
Lemuria utilizó los dos brazos para crear fuego. La primera descarga la lanzó directo al General, quien la esquivó sin ningún problema y listo para burlar la segunda. Pero se dio cuenta demasiado tarde que el segundo golpe no iba dirigido a él. Las llamas se movieron alrededor como serpientes a uno y otro lado. En poco tiempo quedó encerrado en un círculo de fuego azul.
—Entre los aesirianos solo aquellos con sangre Aesir pueden usar el fuego azul, ¿verdad? Si dieras un paso fuera de este círculo, ¡puf! Adiós a tu alma, si es que tienes.
Lemuria estiró el nuevo brazo para probarlo. Sabía que Sigfrid estaba atado de manos. Si hacía de nuevo el truco del azote de viento, solo avivaría más el fuego y provocaría un desastre horrible.
Ya el juego había terminado y ella había ganado. Sabía bien que si intentaba dar el golpe de gracia, Sigfrid le saldría con un revés y la pondría de nuevo en aprietos. Ya se había equivocado al provocarle tras revelarle que ella era la asesina de Istar. ¿Para qué molestar al Demonio de nuevo? «Tengo que madurar», pensó juguetona. Luego se lanzó de la columna y se encaminó hacia la habitación principal del templo.
—Oh, es cierto. —Lemuria dio media vuelta y se encargó de que Sigfrid la viera a pesar del fuego. Quería molestarlo una última vez—. No puedo acercarme a la princesa de esta manera porque me descubriría. Por suerte comparto estrella con alguien cercano a ella. ¿Adivinas quién?
Sigfrid arqueó de nuevo la ceja, aunque esta vez también se le hinchó una vena del cuello. Ah, bingo. Lo había enojado. Lemuria supo que Sigfrid se hacía muchas preguntas sobre ella: ¿por qué podía usar y crear el fuego azul? ¿De dónde venía esa gran capacidad regenerativa? ¿Y por qué compartía estrella con él?
—Tú y Darius —dijo—, ¿cuál es tu relación con el cachorro?
—Nacimos el mismo día —explicó Lemuria—, a la misma hora, bajo la misma estrella. Él no lo sabe y aunque tuviera idea no podría hacer nada al respecto porque le han quitado la mayoría de sus poderes. Solo le quedan las esencias de un profeta y el poder sobre el viento. Yo, en cambio, tengo todas mis habilidades. Y por eso puedo usar sus dones de profeta o imitar un aura mágica idéntica a la suya. Así que gracias —agregó en tono burlón—. Por tu soberbia y la del Emperador, hoy nos llevaremos a casa a la portadora del Primer Dragón, al mensajero y al profeta.
Lemuria giró de nuevo para seguir con el camino hacia Sakti. Casi escuchaba a Sigfrid rechinar los dientes y eso le sacó una sonrisilla.
—¡Y se me olvidaba decirte! —agregó traviesa, aunque sin detenerse—. Creo que Darius también es guapo y que seremos buenos amigos.
La mangodria tarareó una cancioncilla y se marchó, dejando a Sigfrid preso en el círculo de fuego quema-almas.

****

«Grupo de ancianos… a salvo; ya salieron de la ciudad. Primer grupo de cachorros… a salvo; ya salieron de la ciudad. Primer grupo de adultos… a salvo; ya salieron de la ciudad. Segundo grupo de cachorros… bajo ataque. Ubicados en el sureste de Lahore. Dos grupos vanirianos».
En el sureste de la ciudad, las calles agrietadas se sacudieron. Grandes bloques de mármol se levantaron y formaron paredes que protegieron a los aesirianos atacados. Los vanirianos retrocedieron para tomar mayor impulso y romper las murallas recién creadas, pero las calles reaccionaron de nuevo: varias estacas de mármol aparecieron en el suelo y empalaron a todos los enemigos cercanos al grupo de cachorros aesirianos. Segundos después, las estacas y las murallas cedieron y la roca se convirtió en calle otra vez.
«Segundo grupo de cachorros… a salvo. Están saliendo de la ciudad ahora. Segundo grupo de adultos…».
Sakti sentía todos los movimientos en Lahore, con excepción de las zonas muertas. Le era fácil distinguir las energías aesirianas de las vanirianas, y con la sincronización logró que la misma ciudad defendiera a los lahorenses.
Mientras tanto Darius corría por los pasillos en ruinas del templo, pensando en mil cosas a la vez. El último pensamiento de Mark… ¡lo había escuchado, lo había visto! Le habría gustado rescatarlo pero no tuvo la oportunidad. Incluso los poderes que había recuperado por un momento lo abandonaron entonces, justo en el peor instante. Ahora todo lo que podía hacer era buscar alguna zona sincronizada para pedir refuerzos, pero solo encontraba roca oscura. Al fin vio un pasillo blanco que emitía una ligera luz. Cuando los pies tocaron la zona sincronizada se detuvo para tomar aire.
Antes no lo había hecho porque ningún sitio era seguro. ¿Qué haría si estaba rodeado de kredoa, los vanirianos invisibles? Si estaba en una zona sin sincronizar lo atraparían. Pero si estaba en territorio aesiriano Sakti le avisaría a qué distancia estaban los vanirianos y lo guiaría a algún sitio en el que estuviera a salvo.
«Oh, Darius, eres tú». La voz de Sakti resonó en la cabeza del profeta, asustándolo. «¿Estás bien? Pareces agitado».
—¡Allena, yo…! —Darius meditó lo que le diría. Apoyó la espalda a la pared y se dejó caer sentado. Estaba agotado y asustado—. Masca fue atacada, porque por un momento yo…
«Entonces también lo sentiste», respondió la princesa, todavía en la sala principal de Lahore, terminando los últimos preparativos para el final de la invasión. «Puedo sentir algunas pulsaciones que provienen del Este, pero Lahore está tan destruida que no puedo ejercer ninguna comunicación con Masca. Creo que la Capital está sincronizada». Darius escondió la cabeza entre las rodillas.
—Eso no puede ser bueno…
Masca había sido sincronizada pocas veces a lo largo de la historia aesiriana. En parte porque sus defensas eran tan buenas que pocas veces el enemigo se animaba o llegaba tan lejos como para atacar la Capital. Pero también porque la ciudad en sí requería tanta energía que terminaba matando a quien se sincronizara con ella. Por eso la sincronización con Masca fue declarada instrumento en caso de emergencia extrema.
«Eso explica por qué ese anciano perdió por un momento control sobre mis poderes… Quizá los liberó al propio, para que Airgetlam y los demás pudieran defenderse hasta que alguien los socorriera. Dios, ¿qué está pasando? ¿Por qué pudieron atacar Masca justo cuando sus defensas estaban mermadas? Sin Sigfrid, Adad o Allena, el poder de la ciudad disminuía considerablemente. Ahora Allena también está sincronizada con Lahore y eso seguro la dejará agotada. Sería un blanco…».
Darius detuvo sus pensamientos. Ahora el plan de sus enemigos era claro para él. El plan de Sigfrid, aunque efectivo en el escape lahorense, tenía consecuencias graves.
«Atacan Masca, aventurándose a atrapar a mis hijos, los profetas, justo cuando están separados. Sin Sigfrid, Allena o Adad, el anciano solo puedo cuidar de Zoe o de Airgetlam y Dagda, lo que hace más fácil atrapar al menos a uno de ellos. Y nosotros aquí… Ya tienen a Mark, quisieron atraparme a mí y ahora será más fácil para ellos atrapar a Allena porque quedará exhausta después de la sincronización. ¡Dios mío! No podrá defenderse. ¿Pero por qué saben con exactitud cuándo y dónde atacar? Las probabilidades de que esto sucediera son mínimas. ¿Cómo es posible que lo supieran?».
La sangre de Darius se heló cuando unos ojos color miel y una sombra con curvas de mujer se asomaron a su mente. ¡Comenzaba a comprender!

«Dime, ¿ya sabes cómo destruir a los Dragones? ¿Los aesirianos ya encontraron una manera de controlarlos? Porque nosotros ciertamente sí».

«Esa mujer… ¡Tiene que ser ella! ¿Por qué puede utilizar mis poderes? ¡Los ha estado usando para predecir cuándo y dónde atacar!». Darius se jaló el cabello y se reprendió por no avisar a Sigfrid del sueño que tuvo con Lemuria Aegis la primera noche que pasaron en Lahore. Se sintió estúpido por no seguir el plan del General y las recomendaciones del mismo Mark para que lo matara. Ahora sí que las cosas no estaban nada bien.
«Tercer grupo de adultos… a salvo; ya salieron de la ciudad. Segundo grupo de cachorros… a salvo; ya salieron de la ciudad. Todos los grupos lahorenses evacuados. Total de vanirianos registrados en Lahore: dos mil setecientos treinta y tres. Total de aesirianos registrados en Lahore: tres. Dos en la sala de sincronización de la ciudad; uno en la esquina sur del templo. La ubicación de Sigfrid Montag aún no está definida. Debe de estar en una zona muerta.
»Se percibe la energía de un objeto mágico sobre el cielo lahorense. El castillo flotante invasor se mueve hacia al Oeste. Los vanirianos en Lahore se desplazan hacia las afueras de la ciudad, también en esa dirección. Inicio de autodestrucción de la ciudad. Al aesiriano rezagado en la esquina sur del templo se le solicita evacuar de inmediato porque Lahore se autodestruirá en dieciséis minutos exactos».
Ya Darius no lo aguantó más y soltó la bomba:
—¡Allena, atraparon a Mark!
Supo que el golpe que el muchacho recibió fue bárbaro, pero se quedó el tiempo suficiente para escuchar a las arpías gruñir por el trato al mensajero y luego suspirar aliviadas porque solo estaba inconsciente.
—Lo siento, él…
Las paredes del templo y de la ciudad dejaron de brillar por unos instantes. «Oh, no. La asusté y se ha des-sincronizado», pensó aterrado. Pero de inmediato las paredes brillaron otra vez aunque vibraron con ira.
«¿QUÉ?», bramó la princesa. Darius tragó saliva porque, literalmente, sintió el enojo de Sakti alrededor. La ciudad misma emitió furia.
—Lo siento. Mark volvió al templo por su cuenta, pero los vanirianos nos encontraron. Lograron atraparlo y se lo llevaron. Yo apenas logré escapar. —Hizo una pausa para tomar aire antes de continuar—. Allena, creo que se lo llevaron al País de Hielo.
Alrededor, las paredes parecieron respirar muy profundo, como si intentaran calmarse.
«Está bien», dijo Sakti al cabo de un rato. «Catorce minutos para la autodestrucción de Lahore. Al aesiriano rezagado se le repite que debe evacuar de inmediato la ciudad, a no ser que quiera terminar asado, aplastado, desmembrado y todo lo demás. Honestamente, me importa un bledo. Darius, toma mis cosas, están a tu derecha».
El profeta respiró profundo, sin saber cómo decir esto sin crear mucha alarma:
—Allena, yo soy el aesiriano rezagado. Yo estoy en la esquina sur del templo y a mi derecha no hay nada tuyo.
Sakti tragó saliva. Todo ese tiempo creyó que Darius estaba en la misma sala que ella. Aunque la energía que sentía en la esquina sur del templo no se le hacía extraña, habría jurado que se trataba de cualquier lahorense. «Busca a Sigfrid y sal inmediatamente de aquí», ordenó la princesa. «Te quedan menos de trece minutos y medio».
—¡Allena…! —pero Sakti no respondió.
Las paredes aún brillaban pero la luz se hizo más tenue. La princesa terminó la sincronización, pero Lahore aún tenía una orden que cumplir: su autodestrucción y la del castillo en el cielo que se dirigía al Oeste.


Sakti cortó la sincronización de inmediato. Algo no salió de acuerdo a los cálculos: su objetivo primordial no se cumplió. Su amo fue atrapado y ahora tenía que asegurarse de que estaba bien.
El capullo que la contenía se rasgó. Algunos de los cables cayeron a los lados. Sakti abrió poco a poco los ojos, pues ya tenía idea de lo que la esperaba y no tenía sentido alarmarse. Aún acomodaba en el capullo roto, rodeada de cables insertados en la piel, miró a la invasora que tenía al frente. Una muchacha de cabellos verdes y ojos color miel le sonreía muy simpática, sentada en una grada.
—¿Quién eres y por qué tus poderes se parecen a los de Darius?
La vaniriana cruzó la pierna derecha sobre la izquierda. Se corrió un mechón detrás de la oreja con coquetería y explicó:
—Mi nombre es Lemuria Aegis, soy una de las mangodrias del señor Vanir. He venido a llevarla conmigo, Alteza, y no tengo los poderes del profeta: puedo usarlos, pero no los poseo. Ambos nacimos bajo la misma estrella y como aún es incapaz de controlar sus poderes de profeta, puedo colarme y utilizarlos. Así es como pude entrar sin peligro a la zona sincronizada de Lahore.
—Muy astuto —aceptó Sakti mientras entrecerraba los ojos—. Ahora libera al amo Mark y te perdonaré la vida. —A pesar de la amenaza Lemuria sonrió de oreja a oreja.
—Lo siento. Toda esta invasión fue con el objetivo de capturarlo. Sería tonto dejarlo ir. Además, ya casi no tenemos tiempo. La ciudad se destruirá en menos de diez minutos, aunque usted no está muy preocupada. ¿Supongo que no teme morir aquí?
—Corro muy rápido. Puedo salir de Lahore en menos de cinco minutos.
—Yo puedo salir de aquí en menos de un minuto. Y mire, ¡ya tengo sus cosas conmigo! —Lemuria se levantó y se acercó a Sakti—. Hora de irnos.
Pero justo cuando iba a agarrar a la princesa, Sakti apretó una pequeña piedra en las manos y la convirtió en polvo. Lemuria contuvo la respiración, mientras pensaba en todos los que seguían en el castillo flotante.
—Sin esa piedra la autodestrucción no podrá ser suspendida ni siquiera si reanudo la sincronización. Y al ritmo al que avanza esa estructura flotante, no escapará de la explosión. El juego ha terminado, vaniriana. —Lemuria chupó los dientes, tomó a la princesa y la abrazó con fuerza.
—Sí, ha terminado para los tontos que no siguieron mi consejo y no desalojaron el castillo.
El suelo a los pies de Lemuria se contrajo hasta que se abrió por completo. Sakti sintió un vacío en el estómago y la sensación de que estaba viajando por un tobogán, aunque en realidad viajaba por debajo de la tierra gracias a algún poder que Lemuria empleaba. Al principio distinguió algunas rocas pero la tierra la obligó a cerrar los ojos. Pasaron veinte segundos en los que en verdad estuvo preocupada, porque sintió golpe tras golpe de piedras y raíces de árboles contra la cara y el cuerpo.
Al fin sintió otro vacío en el estómago justo cuando Lemuria la impulsó hacia la superficie. La mangodria la soltó y la princesa cayó de bruces contra el suelo lleno de ramas secas.
—¿Atraparon al profeta? —preguntó la mangodria. Sakti se espabiló por completo y se dio cuenta de que estaba rodeada de groliens, arpías y vanirianos ordinarios.
—No… Se nos escapó, pero aquí está el mensajero.
Sakti se giró hacia donde señalaba el grolien. Encontró a Mark recostado a un árbol seco, con los ojos cerrados, la ceja izquierda abierta y el párpado hinchado.
—Bueno, dos de tres no está tan mal. —Sakti se levantó y corrió hacia Mark sin que se lo impidieran. Mientras tanto, la mangodria miró el cielo con nostalgia—. Es una pena que ese castillo vaya a caer.
Instantes después, una explosión lejana agitó el viento y arrancó las últimas hojas y ramas que quedaban en los árboles aledaños. Sakti cerró los ojos justo cuando la supernova de Lahore se expandió y destruyó el lento castillo flotante. A varios kilómetros de distancia, la ciudad que alguna vez fue su hogar y el de su amo ardió en llamas. De entre las nubes oscuras cayeron los restos de un gran edificio negro sobre la ciudad destruida.
—«Cuando el oscuro templo de entre sus nubes caiga y el blanco santuario de esta ciudad dispuesta a morir se desplome, la espada de metal virgen prometerá nueva vida a aquel que espera en silencio». La última profecía del mensajero se ha cumplido casi por completo. —Lemuria se volvió a Sakti y le sonrió. La princesa apretó los dientes y abrazó a Mark—. Está cansada, ¿cierto? Se dejó atrapar para llegar junto al mensajero, pero ahora que está con él se da cuenta de que no tiene la energía suficiente para ayudarlo. Los ojos se le están cerrando.
Sakti chupó los dientes mientras luchaba por quedarse despierta. Cuando se sincronizó con la ciudad no creyó que utilizara mucha magia. A ella poder le sobraba, pero todavía no estaba acostumbrada a utilizarlo a la máxima potencia sin agotarse.
—Nos iremos ya. Hay un par de regalos que quiero entregarle al rey Vanir. Compañeros: la invasión a Lahore ha sido un éxito. Celebremos en grande cuando lleguemos a casa.
El suelo bajo Sakti y el resto de los vanirianos se contrajo de nuevo. La princesa estaba agotada y comprendió que no había nada que pudiera hacer. Cerró los ojos. Necesitaba descansar. Cuando despertara los vanirianos lo lamentarían. Se limitó a abrazar a Mark, esperando que con ello no lo mataran antes de que recuperara sus fuerzas.
Pensó muchas cosas antes de que la derrotara el sueño: lo que estaba pasando en Masca, la manera en que huiría de territorio vaniriano, y si Darius y Sigfrid lograron escapar de Lahore antes de que la ciudad se autodestruyera. Pero sobre todo, Mark. Él fue su último pensamiento antes de quedarse dormida.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. esa lemuriaa... logro vencer los planes de sigfrid?? OoO increiiblee si esoo fue asi!!!

    ii q lastima q mark no muriera TT, pero me consuela saberrr q si morira ^^

    y pues espero y los vanirianos sepan lo q hacen al llevar a Sakti con ellos... eso no es arriesgado ii hasta cierto punto estupido??


    y aunq tengo muxo mas q comentar, aun no es el momento, esperaree un pokiito mas, ii ya me ire xk es tarde ii necesito dormir ^^



    by: Annie

    ResponderEliminar
  2. WOOOOOOW :O
    Me sorprende tu capacidad para leer y para comentar tan rápido...No han pasado ni veinte minutos, y bam! Imagínate que ni tiempo me has dado de poner la encuenta! Eso es ser un lector eficiente XD
    Gracias por tu comentario tan pronto. Eso sube mucho los ánimos. Y que descanses. Ciao!

    ResponderEliminar
  3. Ok... aqui de regreso xk anoche era muy tarde cuando leii y no me sentia con ganas de hacer todas mis cuestiones xD

    asii qee empEzare ^^ en donde me kede i no me kede_______


    aver aver aver... ya me lo habia imaginado, pero ahora lo termine de comprobar -bueeeno anoche - sigfrid enamorado de Istar OoO ... pillin :p ii pues lo comprendo, si me encontrara yo con el asesino de mi amore.. obio laa kedria desmembrar pedazito por pedazito jajaja sigfrid yo te ayudo!!!! ^o^

    pero... esa lemuria, emmm me callo bien eh! es una muy buena villana, joven, fuerte e inteligenteee ii hasta ahora comprendi porq tenia esee contacto con mi amor darius

    ii pss hablando de dariuss__♥ jajajajajajajaj dejar esteril ii sin desendencia al tipo.. muy buenoo eso! ____essperemos ii el tipo ese... el grolien ni se le ocurra ponerle una mano ensimaa a dariuuss... oo ardera troyaa ii con ella la autora ee ¬¬

    ii si, espero y no se me esten pasando muxas cosas - seee q si pero eqiizz - por ahora seguire esperando la muerte de mark ^o*


    by: Annie



    pdt: soii yo, oohh algunos pedazos son diferentes oii a como recien los habias subido?



    pdt2: aver cuando te pasas x mi blog xk ya esta el capitulo 3 __








    ahora si.. see youu!!! & kisses

    ResponderEliminar
  4. Hola de nuevo, Annie. Pues sí, hoy en la mañana noté unos errores con la entrada. Algunas descripciones y acciones aparecían con letra súper chiquitita en Internet Explorer y, en el caso de Mozilla, no salía nada. Entonces, había un gran hueco entre un suceso y otro (en especial en la parte en la que Darius utiliza la esencia del viento para escapar junto a Mark). Me costó arreglarlo, pero al fin pude :)
    Y ni te creas: sí me paso por tu blog, pero voy leyendo de a poquitos :) Hoy tenía clases de diseño de páginas web (en otra U que es menos pesada, por dicha), y en parte no he terminado por ello. Pero debes saber que sí me paso por tu blog :)
    y ADVERTENCIA: DARIUS ES MÍO,OK???? Qué dicha que te gusta tanto como a mí, PERO ES MÍO!!!!!! Ya sufrí mucho cuando lo tuve que casar para que tuviera hijos, aunque eso tiene sus ventajas ya que de ninguna manera terminaré uniéndolo con la protagonista...Ufff, lo voy a dejar soltero de por vida, PORQUE ES MÍO!!!! No lo quiero compartir ToT
    Pero recuerdaré lo que me has dicho (que Torya arderá y yo con ella).
    Y para que Mark muera...lo siento, falta un poco (aunque ya estará bajo tierra al final de este primer volumen), porque debo esperar a que se re-encuentre con otro mensajero, pero ahorita mejor me callo, sí?
    Gracias por tu comentario. Nos leemos (en serio, porque sí visito tu blod XD!!!)

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