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El juego continúa

EL JUEGO CONTINÚA

La habitación estaba helada, como si estuviese muerta. Respiró con pesadez. El cabello desordenado y sudado le resbalaba por el rostro. La puerta doble se abrió y un hombre alto con armadura negra entró e hizo reverencia delante del Trono.
—¿Cómo se siente, señor?
—Creo que mejor, Enlil. ¿Cómo está la ciudad?
—Negra —respondió el General con reproche—. Le he dicho que corte la sincronización. Munnin, Huggin y yo nos estamos encargando de todo.
—El problema es que tú no me das órdenes —contestó con amargura el Emperador.
Enlil entrecerró los ojos mientras inspeccionaba el semblante del monarca. Kardan se veía más pálido de lo usual, casi azul. Tenía unas ojeras notorias y las consecuencias de la sincronización se le marcaban en los ojos, que estaban diferentes. Uno se veía como de costumbre: completamente negro salvo por el iris celeste fulminante. Pero el otro parecía el ojo de un aesiriano normal; la pupila negra, el iris azul y el resto blanco. Esto era signo claro de que se estaba excediendo.
—Si su poder disminuye demasiado, morirá. Pero si eso no le molesta, ¿qué tal esto? Si Masca absorbe toda su energía ahora, no podrá sincronizarse cuando la verdadera invasión comience. Es solo cuestión de años, Majestad.
Kardan desvió la mirada molesto, a pesar de que sabía que Enlil tenía razón. Masca sufriría muy pronto las verdaderas consecuencias de la guerra y dejaría de estar encerrada en su burbujita de seguridad, paz y armonía que duró por tantos siglos. La invasión que estaban experimentando era prueba de ello. Los vanirianos no solo lograron entrar a la ciudad, sino que también masacraron a muchos exiliados que esperaban a las afueras de la frontera, así como a varios oficiales y civiles dentro y fuera de Masca.
El daño era tan severo que para salvar al resto de mascalinos no tuvo más remedio que sincronizarse. Y era doloroso. Masca era una ciudad orgullosa y egoísta. Demandaba mucho poder, mucha magia y mucha vida.
—Por favor, corte la sincronización —rogó Enlil.
—No puedo —respondió Kardan angustiado—. Aún están aquí. Los siento marchando por Masca como si marcharan sobre mi piel. Escucho sus conversaciones como si las gritaran a mis oídos y siento cómo matan a los nuestros como si me estuvieran matando a mí. No detendré la sincronización hasta que esas bestias estén lejos de mi ciudad.
Enlil suspiró, derrotado. No le gustaba que sus recomendaciones fueran desatendidas, pero entendía al Emperador. La sincronización fue lo que salvó a la mayoría de los mascalinos sobrevivientes y era lo que guiaba a los soldados para enfrentar la invasión. No podía detenerla ahora.
—Quiero que vayas a la zona noreste de Masca. Ahí hay un buen grupo de aesirianos que no podrán contra los escuadrones invasores. Huggin está en el sureste de la ciudad. Munnin está en el este de Masca. Total de aesirianos con vida, dos millones quinientos ochenta y uno. Total de aesirianos muertos, tres millones trece. Total de vanirianos vivos, millón quinientos mil. Total de vanirianos muertos, setecientos. ¿Sabes lo que eso significa? —Enlil cruzó los brazos, aún molesto por ser ignorado.
—¿Que los mascalinos son unos vagabundos que no han practicado magia ni artes marciales? Esas son las peores cifras que he escuchado en toda mi vida. Probablemente serán los peores números que Sigfrid escuchará en toda su vida, ¡y eso es mucho decir!
En efecto, los números eran pésimos. Aún no entendía cómo tantos civiles murieron incluso cuando tenían una mayoría tan notoria frente a los invasores. Le parecía una mala broma. Por años el pueblo aesiriano se había caracterizado por su gente guerrera. Todos, hombres y mujeres, expertos en la autodefensa y en la destrucción. Que Masca viviera tan distante de la guerra se traducía en una ilusión de tranquilidad que se rompió en cuanto el primer vaniriano insertó la espada en algún mascalino. De ahí surgió el pánico y la muerte.
—Lo único bueno de esta invasión es que esos vagabundos recordarán que tienen magia para algo más que encender la luz en la noche cuando quieren ir al baño. La mayoría de los que están vivos son oficiales. Soldados entrenados por Sigfrid y por mí. —El Emperador negó con un movimiento suave de cabeza.
—¿Además de eso, Enlil? —El General levantó los hombros, sin comprender a qué se refería Kardan—. Utilizaré la ciudad para deshacernos de los invasores.
—¡Pero eso podría---!
—Te he dado una misión. Ve al noreste de Masca y asegúrate de que no más aesirianos mueran mientras cargo el núcleo de la ciudad para matar a los vanirianos. Me tomará algo de tiempo, pero… —Enlil apretó los puños con impaciencia. Pensó en protestar pero se contuvo.
—Sí, señor. —Dio media vuelta y se dirigió a la puerta, pero antes de cruzarla Kardan lo detuvo.
—Enlil… Conservaré un poco de energía, pero eso significa que los vanirianos más astutos sobrevivirán. Disfrazarán sus poderes, la ciudad no podrá reconocerlos y no los eliminará.
El General suspiró agradecido. Aunque los invasores más fuertes les darían dolores de cabeza en los próximos meses, seguirían contando con el Emperador Kardan. No podían perderlo, no podían estar en jaque mate y dejar que el rey de su bando muriera sin remedio.
—Entiendo. Tendremos a un par de docenas de kredoa merodeando Masca por algunos meses. —Hizo una reverencia y caminó hacia la puerta—. Recuerde que los niños están en la parte más profunda de Palacio.
—¿Están despiertos?
Kardan sentía los cuerpos cálidos de los tres profetas, pero los niños no se habían movido en un buen tiempo. Al principio pensó que por tratarse de la estructura más antigua de Masca no logró una sincronización perfecta con los cimientos del metal bendecido por Dios.
—Lo último que necesitamos es que vean la habitación antes de tiempo. —Enlil giró la cabeza y sonrió confiado.
—Los sedé antes de dejarlos ahí. Pienso terminar con este desorden para recogerlos antes de que despierten.
Después se fue.
Kardan miró la habitación en silencio cuando las puertas se cerraron. La Sala del Trono, que normalmente era azul zafiro, estaba oscura. Todo el mármol de Masca emitía una luz negra, producto de la sincronización. Era por esa razón que el castillo llevaba el nombre de Palacio Negro a pesar de verse blanco casi todos los días.
«Así es siempre», meditó el monarca. «Todo lo que se ve puro y bueno esconde una oscuridad profunda y destructiva. Como Masca, como los Aesir, como yo. Por eso te traicioné, hermana. Porque no soy tan bueno como creíste de niña».
Miró una pequeña mesa redonda sobre la que había un tablero de ajedrez. Cada noche contemplaba el juego en busca de posibles movimientos suyos y del enemigo, maquinando estrategias y rezando para culminar con una victoria. La última pieza que movió fue la reina, cuando envió a su sobrina al campo de batalla.
Casi siempre el tablero estaba en su despacho pero esa noche era la excepción. No podía estar lejos de su instrumento para monitorear los movimientos de la guerra porque sabía que Vanir hacía lo mismo con sus mangodrias.
—Yo terminaré esta partida, Vanir. Y mi pueblo será el ganador. Lo juro.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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