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Capítulo 26

26
EL PAÍS DE HIELO

Había silencio. Hacía frío. La nieve caía despacio, como en un trance mágico que colmaba de calma todo. Blanco, blanco, blanco. Sakti sopló pero incluso el vaho no rompió la quietud del valle nevado. ¿En dónde estaba? ¿Eso importaba? Allí estaba muy bien, pero...
Algo, una llamada.
Se giró y encontró a un muchacho detrás de ella. Parecía tener la misma edad que Dereck. Los ojos eran negros. El cabello era castaño, estaba un poco largo y lo tenía recogido en una cola que le caía por la espalda con delicadeza. Llevaba una armadura de pecho y vestía ropas negras diseñadas para soportar el frío. Nunca lo había visto pero había algo en él que reconoció al instante: aunque los rasgos físicos no eran del clan el resto del porte era de un Aesir. El muchacho movió los labios pero no emitió ningún sonido. Todo era calma y silencio, y ni él ni Sakti tenían derecho a romper el encanto del paisaje. Ni siquiera podían escucharse las respiraciones.
Sakti abrió los ojos y el frío fue sustituido por calidez. Tenía la cabeza apoyada en una almohada cómoda y estaba cubierta por varias cobijas de piel de animal. No necesitó desperezarse ni recordar lo que había ocurrido. Aunque se había despertado sin entender el mensaje silencioso del muchacho de ojos negros, no estaba confundida. Ya sabía en dónde estaba ¡y esos vanirianos lo lamentarían mucho!
Al quitarse las cobijas se dio cuenta de que llevaba un camisón de mangas y falda largas. Ah, qué lindos, qué considerados. La habían desnudado y luego vestido con ropas vanirianas. No le importó que le hubieran curado el brazo herido por la puerta de sangre ni que se pudiera mover sin rastro de dolor. Cuando se enterara de quién lo hizo le partiría la cabeza.
Inspeccionó la habitación. Había varios muebles elegantes, una biblioteca con novelas que reconoció y una chimenea tallada con delicadeza que brindaba una fogata abrigadora. En el suelo había una enorme alfombra de oso polar que no cubría por completo el suelo. Sakti se inclinó para inspeccionar la roca. Se percató de que las paredes y el techo estaban hechas del mismo material: mármol celeste, frío y fuerte. La decoración y la estructura también se le hicieron conocidas: era la habitación de un castillo aesiriano.
Caminó hacia la ventana con cautela. Imaginó que los vanirianos no la dejarían sin vigilancia. Ya que los aesirianos no podían ver a un kredoa con hechizo de camuflaje no sería raro que estuviera acompañada en ese momento.
El cristal de la ventana estaba cubierto por una capa de escarcha. Apenas se distinguían unos puntos rápidos y furiosos que tenían que ser nieve. Eso significaba que en el exterior había una tormenta. Sakti se estiró para limpiar el vidrio en caso de que hubiese algo más afuera –alguna luz, un pueblo–, pero apenas pasó la mano recibió una descarga eléctrica que le durmió los dedos.
—¡AUUUUCH! —gritó mientras agitaba la mano. Miró la ventana con resentimiento. Aunque le disgustó admitirlo los vanirianos no eran tontos después de todo.
«Es un sortilegio contra espíritus», le comunicó el Dragón a Sakti. «¡Yo soy un espíritu!».
La princesa gruñó. Eso atrasaba aún más cualquier intento de escape, ya que ese tipo de hechizo disminuía momentáneamente los poderes de los espíritus con forma física. No se atrevía a escapar si no tenía toda su fuerza consigo. Retrocedió dos pasos de regreso a la cama, sin percatarse de que había una mesita baja justo al lado. La otra mano golpeó un adorno de cerámica que estaba encima de la mesa y de inmediato otra descarga atacó a Sakti.
—¿ES QUE TODO ESTÁ MALDITO EN ESTE LUGAR? —rugió mientras se sacudía las dos manos.
Escuchó una risa ahogada. El coraje le hizo recoger el adorno de cerámica a pesar del dolor. Siguió la dirección del carcajeo y dio en el blanco. La cerámica se rompió cuando chocó contra un cuerpo invisible. Segundos después un chorro de sangre brotó de la cabeza del kredoa y marcó la pelusilla del vaniriano.
A pesar de la sangre, a pesar de la apariencia del enemigo y a pesar de ser prisionera, Sakti avanzó hacia él sin miedo. Vio que la cabeza retrocedió pero ella se adelantó a cualquier intento de escape y lo arrinconó contra la pared. Calculó en dónde tendría la mano, la atrapó y se la dobló con tanta fuerza que lo forzó a arrodillarse.
—Sé que no eres el único aquí, así que quiero que alguno de tus compañeros me traiga a un superior al que yo pueda ver. O de lo contrario te frío con un relámpago. Y te lo advierto: el truco me lo enseñó el mismísimo Emperador y no quieres acabar rostizado. Tus compañeros deciden si vives o no.
 Casi de inmediato sintió una corriente de aire y un ligero roce. Algún kredoa caminó junto a ella y se dejó percibir para complacerla. Instantes después, la puerta se abrió y se cerró. A Sakti no le importó esperar, hasta lo hizo sin siquiera parpadear, mirando fijamente a su rehén. La sangre en el rostro del vaniriano comenzó a secarse y formó una costra rojiza que le pareció repugnante, pero aun así no cedió.
Al cabo de un tiempo la puerta se abrió de nuevo.
—Así que la princesa ya está despierta.
Era una muchacha bonita de cabello rosa pálido, tez morena y ojos miel. La mujer vestía una bata de seda que le delineaba el cuerpo con sensualidad, mientras que el cabello, largo hasta por debajo de las caderas, lo traía suelto.
—Bienvenida a nuestro reino, Alteza.
Sakti entrecerró los ojos sobre ella. La peli-rosada tenía gestos muy peculiares, como la manera en la que se movía, la expresión en el rostro, la forma de hablar y, por supuesto, los ojos. Al igual que Lemuria, debía de ser una mangodria. Sakti se limitó a escudriñarla con el cejo arrugado y sin siquiera molestarse en devolverle el saludo. No confiaba en ella. Cuando pasaron varios segundos de tensión, la mangodria sonrió y se acercó a Sakti.
—Cuando un vaniriano y un aesiriano entablan una conversación suelen empezar con el pie izquierdo. Me parece que nosotras no fuimos la excepción, pero no quiero que esto siga así. Quiero que nos llevemos bien. No como prisionera y carcelaria, sino como invitada y anfitriona. —La vaniriana le extendió la mano—. Me llamo Abigahil Vandert. Mucho gusto. En mi país nos estrechamos la mano cuando conocemos a alguien.
Sakti no respondió de inmediato. Miró la mano firme de Abigahil y después los ojos de la vaniriana.
—En mi país no le damos la mano a ningún vaniriano —espetó al fin Sakti— ni entablamos amistad con alguno. Pero si te interesa que nos llevemos bien empieza con los preparativos para liberarnos a mí y al mensajero. —Le costó referirse a Mark como «mensajero» y no como «amo», pero supo que hizo un buen trabajo en esconder su preocupación por el muchacho.
—Lo siento. No está dentro de los planes dejarlos ir —explicó Abigahil, todavía sin retirar la mano—. Si se marchan morirían en la tormenta. Pero podemos hacer un trato de confianza para facilitarles la estadía. ¿Qué tal si permito que salgan de sus habitaciones y merodeen por la Capital? Por supuesto eso también incluye que no intentarán escapar. —Sakti lo pensó porque para tratarse de un primer encuentro estaba obteniendo un trato bastante respetable.
—No quiero que ningún kredoa me siga.
—Lo siento, la confianza no es para tanto… todavía. Pero pronto, quizá...
Abigahil sacudió un poco la mano para recordarle a la princesa que estaba allí lista para que la estrechara. Sakti le prestó atención al gesto, meditando sus opciones, pero también pensando en lo refinada que era la mangodria. En Masca también se acostumbraba a cerrar un trato con un apretón de manos. Y la elegancia de la habitación… Como los vanirianos vivían en una tierra fría y hostil se había imaginado que no tenían acceso ni a los lujos ni a unos modales muy finos.
—En mi país —dijo la chica, mientras tomaba la mano de Abigahil con más rudeza de la necesaria— además de un apretón de manos, los pactos políticos deben incluir sangre y carne. Creo que al ser princesa y mangodria no hay mejor forma de concluir un trato, ¿cierto?
Al inicio a Abigahil le pareció que la mano de Sakti era terriblemente fría, pero de repente la palma de la princesa se convirtió en un hierro hirviente que la quemó. La mangodria palideció cuando sintió que se le formaban ampollas en la mano, pero no se soltó. Esperó a que su sangre se mezclara con la de Sakti e intentó recomponer el rostro para mantener las apariencias frente a ella.
—Esto también es mi promesa, mangodria —dijo la princesa mientras apretaba, si se podía, más fuerte—. Tú y los tuyos lamentarán habernos atrapado, pues no dejaré nada en pie. Te di la opción sencilla cuando te ofrecí liberarnos. No te enfades después por no haber tomado la decisión correcta a tiempo.
Sakti soltó a Abigahil justo cuando las manos echaban humo. Ambas tenían una marca hirviente en la palma que empezaba a extinguirse. En cuestión de unas horas no tendrían ni una cicatriz, pero sí recordarían el dolor y, por tanto, la promesa.
El semblante ceñudo de la chica cambió en un santiamén. Se alejó del kredoa, sonrió y hasta hizo una pequeña reverencia.
—Me llamo Sakti Allena Aesir II. Los más cercanos a mí me llaman Allena, pero como no somos amigas me llamará princesa Sakti o solo Sakti. —Abigahil se dio cuenta de que la reverencia de la muchacha no fue más que una burla—. Lo importante es que recuerde mi nombre y lo que significa. Y ahora, si es tan amable, le agradecería que me llevara al mensajero.


Sostuvo con fuerza el bolso con sus pertenencias más valiosas: el baúl con olor a pino y el diario de Mark. No se había atrevido a dejarlo en la silla de montar de Ka-ren antes de dejar Lahore. A pesar de la confianza que intentó impregnar a sus movimientos, Sakti caminaba con la cabeza agachada y un poco insegura. De vez en cuando el Dragón la reprendía y tomaba posesión del cuerpo para hacerla levantar la cabeza, pero en cuanto devolvía el control Sakti regresaba a su posición tímida usual. Tenía muchas cosas en qué pensar. Poco le importaba verse orgullosa y segura ante el enemigo porque estaba concentrada en analizar el sitio en el que estaba atrapada.
No era un palacio como el de Masca. La Capital vaniriana no estaba formada por casas y edificios individuales. La ciudad era una gran estructura cilíndrica con muchos niveles y con dos clases de pasillos: unos por donde los civiles iban hacia las habitaciones que tenían ventanas, y otros que subían en forma de espiral por el contorno del interior del edificio y que tenían baranda para evitar que las personas cayeran. Por lo que Sakti alcanzó a ver, en el fondo de esa gran estructura había un mercado, varios parques y fuentes de agua en donde los civiles vanirianos convivían.
Se detuvo al lado de la baranda para observar a la gente que caminaba por los parques sin preocupación alguna. Había groliens, arpías que revoleteaban un poco y varios niños ordinarios que corrían de un lado a otro, jugando entre ellos. Aquí los vanirianos sí usaban ropa para soportar el frío, aunque los groliens tenían suficiente con algún chaleco y las arpías usaban blusas de espalda descubierta, por las alas.
Abigahil se apoyó a la baranda junto a la princesa y entabló conversación con una sonrisa amigable:
—Apuesto a que no era como lo imaginaba, ¿cierto?
La chica guardó silencio pero Abigahil tenía razón. Había imaginado que los vanirianos tenían en su Capital una fortaleza en la que entrenaban al ejército. Pero en lugar de ello era un sitio tranquilo, bello y lleno de sonrisas. En cambio Masca sí tenía varios centros de entrenamiento distribuidos en toda la ciudad, de asistencia obligatoria para comenzar a entrenar a todos los niños en las artes marciales y reclutar a aquellos que tenían talento para la milicia. Los vanirianos distaban mucho de lo que Sakti había imaginado y Abigahil lo sabía.
—Creyó que éramos un montón de bestias diseñadas para la guerra, ¿no? En realidad somos muy pacíficos y no obligamos a nadie al reclutamiento militar. De hecho, la mayoría de los que luchan en la guerra son civiles voluntarios. Si me lo pregunta, creo que nuestros súbditos son las mejores personas con las que podemos contar. Por eso nos place trabajar para ellos. —Sakti acarició la baranda con suavidad.
«Están tratando de lavarme el cerebro», pensó. Se concentró en la baranda porque percibió una leve pulsación que provenía de ella. Todo el edificio estaba hecho del mismo material. En un principio pensó que las paredes eran de mármol azul, pero en realidad la superficie era como de un hielo extraño: friísimo al primer contacto pero si se concentraba al tocarlo podía sentir una especie de palpitación. Como Lahore cuando estuvo sincronizada.
«¿Qué te parece?», preguntó el Dragón.
«Estoy segura. Esta tiene que ser una ciudad aesiriana. La forma cilíndrica jamás la había visto, pero el material y el poder que emana de las paredes son similares a otras ciudades del Imperio. ¿Crees que esta la hayan invadido?».
«No lo sé... No recuerdo haber leído que los aesirianos construyeran una ciudad en el continente de hielo». Sakti siguió caminando hacia la habitación de su amo, mientras Abigahil la guiaba. «¿Cuál es el plan?».
«Estoy segura de que esta ciudad es aesiriana y que está sincronizada. Eso significa que hay otro noble aesiriano atrapado en este lugar».
«¿Una Doncella, tal vez? Pudieron haberla secuestrado y fingir su muerte. Nadie lo hubiera sospechado». En la mente de Sakti apareció la imagen del muchacho del sueño.
«No lo sé. Primero encontremos al amo y después buscamos el centro de control de la ciudad. Si lo hacemos podemos ayudar al noble atrapado. Sin noble no hay sincronización; y sin sincronización la ciudad sería solo un gran cubo de hielo. Sería más fácil atacarla y cumplir mi promesa a la mangodria».
«Así no solo escapamos, sino que liberamos a un noble y traemos abajo la Capital vaniriana». Los labios de Sakti dibujaron la sonrisa del Dragón. «Tengo que decirlo: esos tontos cometieron un grave error al traernos aquí. Metieron el lobo en el rebaño».
—Es aquí —dijo Abigahil tras detenerse frente una puerta custodiaba por dos groliens y cuatro vanirianos ordinarios.
Abigahil dio la orden y la puerta se abrió. Sakti recordó la última vez que vio a su amo: empapado, pálido, golpeado y con rastros de sangre. Aunque los vanirianos también le hubieran sanado las heridas de seguro que Mark estaba confundido y asustado. Quiso correr hacia él para ofrecerle consuelo, pero apenas las puertas se abrieron se encontró con una escena muy diferente a la que tenía en mente.
—¿Tienes algún tres? —preguntó un hombre joven que tenía alas en la espalda y que estaba cubierto de pies a cabeza por vello azul. Mark ladeó la cabeza y sonrió.
—Sí… eres muy bueno en este juego.
El muchacho eligió el tres entre las cartas de la mano. Al verlo allí tan inocente y entretenido, jugando cartas sobre la cama, Sakti se golpeó la frente con la palma y gruñó por lo bajo. «Es cierto, el amo nunca fue muy listo…», pensó el Dragón.
—Veo que todo está muy bien por aquí —dijo Abigahil con alegría—. ¿Cómo está la cabeza, mensajero? ¿Mejor?
—Bien, gracias —respondió Mark mientras miraba a las recién llegadas.
La ceja izquierda, la que se había lastimado, estaba limpia y cocida. Al igual que a Sakti le habían ofrecido una habitación llena de lujos, además de ropas vanirianas elegantes y cálidas. Para terminar con el efecto le habían cortado un poco el cabello y lo habían afeitado. Ahora se veía más joven que antes, incluso un poco más sano. Solo tenía un morete por el golpe que lo noqueó durante la invasión.
Al reparar en Sakti, Mark alzó las cejas, sorprendido. De todas las personas en Lahore a la que menos esperó ver atrapada era a la chica. ¿Cómo la habían pillado, si hizo picadillo a los vanirianos que entraron a los túneles de Lahore?
—La princesa estaba preocupada por usted, así que la traje conmigo. ¿Está listo para ir a comer? El rey Vanir quiere darles la bienvenida a la ciudad y ha preparado un gran banquete para ustedes dos. Pero antes de eso debemos ir a la Sala del Trono. —Mark sonrió nervioso.
Desde que despertó se sintió incómodo e inseguro, pero el amable vaniriano arpía macho lo ayudó a distraerse con un juego de cartas. Que ahora lo invitaran a un banquete no le daba muy buena espina, porque estaba casi seguro de que él sería el platillo principal.
—Aceptamos —intervino Sakti con una falsa sonrisa para calmar a Mark.
La propuesta de Abigahil le venía como anillo al dedo, porque estaba segura de que la sincronización de la Capital vaniriana debía de ser similar a la de Masca: el centro de control estaba en la Sala del Trono.
—Supongo que no nos veremos en un tiempo, Mark —dijo el vaniriano con el que jugaba—. Pero si en algún momento tienes un poco de tiempo libre, visítame y jugaremos de nuevo.
—Claro, Hermien —respondió Mark sonriente a la vez que devolvía las cartas al vaniriano.
Pero su aparente calma era una máscara. No pudo evitar pensar en una cosa: el motivo del banquete era él y la amabilidad de los vanirianos no era más que una obra de teatro. Mark se estremeció al pensar en lo que Vanir les haría a él y a Sakti en cuanto los recibiera. Se levantó de la cama y fue directo hacia la princesa, para estar junto a una aliada. Estuvo a punto de extender una mano hacia ella, pero se detuvo. No era ningún niño pequeño y Sakti no era su mamá. Además, ella no se dejaría ver tan preocupada y débil delante de los enemigos.
Pero Sakti se percató del movimiento inicial y de la duda. Antes de que la mano de Mark cayera inmóvil junto a su cuerpo, ella la tomó y la apretó con suavidad. El muchacho la miró a los ojos, sorprendido. Sakti no hablaba pero su mirada sí: le prometía que todo saldría bien.
Al salir de la habitación caminaron rumbo a los pasillos que bordeaban el contorno del interior del edificio. El mensajero temblaba de pies a cabeza. Se sentía como un ladrón que llevaban al verdugo. ¡Qué miedo tenía! ¿Por qué ahora, justo cuando Darius había despertado en él las ganas de vivir, se encontraba atrapado? Quizá era una señal, un recordatorio de que estaba mal que deseara vivir.
Él aprendió la lección que el antiguo Mark no entendió: ningún mensajero escapa de la voluntad del Tercer Dragón. Todos sus antecesores, los muertos y los que seguían con vida, estaban encadenados a los planes de su señor. La ilusión de una vida feliz y sin complicaciones era una mera farsa para ayudar a Marduk a cumplir sus planes. Él lo entendía: aunque Darius le perdonara la vida, tarde o temprano moriría. El mismísimo Marduk se encargaría de ello. Escapar del Tercer Dragón y de sus deseos era imposible.
Pero…
«Mark… eres amado. Para alguien tú eres lo más precioso del mundo».

Cuando escuchó al profeta recordó la fiereza de Sakti contra los vanirianos en los túneles, pero también la delicadeza con que lo abrazó apenas despertó. La devoción con la que preparó una maleta para él. La ternura con la que cubrió el cadáver del señor Salvot antes de enterrarlo. Y, por supuesto, la mano solícita y consoladora que extendió a él para acomodarle la capucha antes de liberarlo en Lahore.
También recordó la brusquedad con que la apartó. Eso lo avergonzó mucho. «No la atraparon», comprendió mientras veía la mano que sostenía la suya. «Se dejó atrapar… por mí…».
Miró a Sakti con discreción pero ella no cambió de expresión. Llevaba la cabeza en alto y miraba sin parpadear la espalda de Abigahil, como si con eso pudiera prenderla en llamas. Era distinta a la princesa que enterró a Frederick Salvot; era mucho más fuerte y tenaz. Pero esa dualidad suya, esa capacidad para abandonar la ternura y abrazar la violencia, era lo que la hacía única, lo que la hacía atractiva.
Todos los mensajeros nacieron por el deseo de Marduk de conseguir el amor del Primer Dragón. Esa era su obsesión. Era por eso mismo que cada mensajero también amó a Sakti a pesar de no conocerla. Y él… el antiguo Mark era probablemente el que más la había amado hasta caer en una obsesión siniestra que lo llevó al castigo fatal. Él no cometería el mismo error, no podía hacerlo…
… pero…
Pero tampoco podía ignorar que la mano de Sakti era muy fría y que él quería calentarla.
—Lo siento —susurró mientras apretaba con timidez los dedos de la princesa. Ahora Sakti sí respondió; giró un poco el cuello para verlo—. Por haberle gritado cuando enterramos a mi padre… No fue su culpa… Usted solo quería salvarnos. Gracias.
Mark no se atrevió a mirar a la princesa a los ojos, en parte porque estaba avergonzado por haberse comportado mal con ella. Pero en parte también porque comenzaba a enojarse y no quería que Sakti viera la furia en sus ojos y creyera que ella era la responsable. «La culpa es de él. Ese era su plan, siempre lo fue: acabar con papá y luego conmigo». Apretó los dientes al pensar en Marduk. Lo odiaba, ¡lo odiaba mucho!
—Por aquí —indicó Abigahil al detenerse frente una puerta transparente.
La puerta se abrió por la mitad y dio paso a un círculo de cinco metros de diámetro. La mangodria entró, seguida por los prisioneros y la guardia: tres groliens, tres vanirianos ordinarios y tres kredoa que permanecían escondidos.
—Si subimos por el ascensor no nos tardaremos tanto. Llegar a la Sala del Trono nos tomaría días si siguiéramos el pasillo.
Sakti y Mark levantaron una ceja sin entender a qué se refería Abigahil. La puerta de cristal se cerró, el círculo en el que estaban comenzó a brillar y a ascender. Los prisioneros sintieron un vacío en el estómago al ver que estaban en una especie de estructura cilíndrica transparente. Mientras ascendían podían ver el edificio en su totalidad.
«¿Aún estás segura de que esta es una ciudad aesiriana? Porque sé que en Masca no tenemos uno de estos», pensó el Dragón pero Sakti no le respondió. Estaba más ocupada manteniendo el estómago dentro de ella. ¡Subían tan rápido y de manera tan extraña que apenas aguantaba las ganas de vomitar!
Abigahil habló de otras muchas «maravillas» de la capital, pero ni Sakti ni Mark le prestaron atención. Estaban mareados por la velocidad y altura que el ascensor ganaba a cada segundo. Cuando la mangodria anunció que llegaron al piso de la Sala del Trono, los dos escaparon del elevador con rapidez.
—Yo también me mareé la primera vez que usé el ascensor —comentó Abigahil con una sonrisa—. Se quita si caminan.
Mark y Sakti no estaban muy seguros de eso, pero aun así siguieron a la mangodria. El ascensor los había dejado en un nuevo pasillo, pero era… más raro. Horrible, siniestro, congelado. En ese piso hacía más frío que en los otros y las paredes no eran azules, sino negras.
«Jamás supe de una sincronización así…», pensó Sakti con asombro al notar que las paredes no eran opacas, sino que emitían una especie de luz oscura. Nunca había visto la sincronización completa de Masca así que no supo que se parecía mucho a la del Palacio de su tío Kardan.
—¡Hola, Ae! —exclamó de repente Abigahil.
La mangodria salió corriendo y se lanzó a los brazos de una mujer que esperaba frente una enorme puerta. La entrada tenía un brillo que oscilaba entre el morado y el azabache. Sakti reconoció a la otra vaniriana de inmediato: era Lemuria Aegis.
—¡Hola, Abi! —respondió la otra con el mismo entusiasmo. Después Lemuria se giró a los prisioneros y los saludó con tanta amabilidad como Abigahil—: Hola. ¿Les ha gustado la Torre?
«¿La Torre?», se preguntaron Sakti y el Dragón a la vez.
—Es… bastante elegante… —comentó Mark, nervioso.
Como Sakti no había respondido se hizo un silencio incómodo que él se sintió en la obligación de romper. La mangodria de cabello verde le agradeció la respuesta con una deslumbrante sonrisa que habría abobado a cualquier aesiriano, pero a Mark no. Él ni siquiera sintió escalofríos.
—El rey Vanir estará feliz de saber que nuestro hogar ha cumplido con sus expectativas, mensajero.
Abigahil y Lemuria se abrazaron por la cintura, muy felices de estar reunidas. La mangodria peli-rosada miró a los guardias que le ayudaron a escoltar a los prisioneros, batió una mano y ordenó:
—Váyanse. Al rey Vanir no le gusta que haya muchas personas en su piso personal.
Los vanirianos hicieron una reverencia y todos, incluidos los kredoa, regresaron al ascensor rumbo a pisos inferiores. Apenas estuvieron solos, las mangodrias empujaron la puerta, miraron a los prisioneros y dijeron:
—Bienvenidos sean a nuestro hogar, al País de Hielo.
La gran puerta se abrió de par en par, y dejó salir una fría y espesa niebla que rozó el suelo.
Un olor a viejo y a muerte inundó el ambiente.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. Hola angela.

    Como se atravezaron mis vacaciones no pude comentar en el interludio. Te dire que me di una idea que el capitulo 25, trataria sobre el pais Vaniriano. Despues de todo en una de las visiones de Darius - aiiii mi amoree jaja - el pudo apresiar una habitacion de hielo con tres sonmbras.

    y pues con este capitulo, eh confirmado mis sospechas pero... ¡en definitiva no era lo que imaginaba! al igual que Allena crei que seria un lugar muy militarizado, fortalezas y cosas asi y me saliste con un lugar hasta cierto punto tranquilo )O.O(

    me has dejado impresionada, y pues esperare con ansias el proximo capitulo amiga!



    Shao0o

    ResponderEliminar
  2. Jo, jo...Hola Annie. Gracias por comentar :)

    Sí, he querido poner entre dicho todo lo que se ha dicho de los vanirianos. Creo que me quedó lo que me dijo mi mamá cuando yo era pequeñita, y le pregunté quién era el malo de una guerra (creo que estaba viendo una película o algo así). Mi mamá me dijo que ninguno de los dos bandos era malo, pero que ambos luchaban por lo que creían. Y eso es precisamente lo que pretendo explicar en esta historia XD

    Y, para que te des una idea de lo que viene, el próximo capítulo se titula así:

    Vanir: dios de la falsa inmortalidad

    Me gusta el título, pero es un poco revelador, no crees?

    Muchas gracias (de nuevo) por comentar. Espero que te vaya gustando la historia. Ciao ;)

    ResponderEliminar
  3. ola!!!
    jeje!!!
    ahora mismo voy a leer tu historia, parece muy interesante...
    yo tengo 2 blogs asi...me encantaria ke pasases
    http://gatitainexperta.blogspot.com
    http://palabrasenlaarena.blogspot.com
    bueno, me voy!!!
    besos!!!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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