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Capítulo 27

27
VANIR: DIOS DE LA FALSA INMORTALIDAD

Fue difícil ver algo en la Sala con la extraña luz negra. Estaba tan curiosamente oscuro que ni se podía ver la palma de la mano aun si estuviera frente los ojos. Mark se estremeció, pero Sakti lo jaló para que entrara aunque a él le pareció que se dirigían a una trampa.
Las puertas de la Sala se cerraron tras ellos. La princesa agudizó los sentidos, lista en caso de un ataque sorpresa. Al cabo de unos segundos se hizo la luz. Sakti miró perpleja hacia una esfera tan grande que allí podrían entrar dos groliens. Adentro danzaban llamas azules. Había algo más en medio de las flamas, algo que Sakti no pudo reconocer pero que le erizó la piel.
—Señor, el mensajero y la princesa ya están aquí —anunció Abigahil mientras ella y Lemuria se arrodillaban frente un trono en lo alto de la habitación.
Sakti se olvidó de la esfera, miró la butaca pero no inclinó la cabeza. Mark por poco lo hace pero ella lo detuvo a tiempo. La princesa no distinguió al rey vaniriano, ya que las flamas azules no alcanzaron a iluminarle el rostro o el cuerpo, que parecía una sombra. Pero la chica y el Dragón sí alcanzaron a divisar algo.
«Este no es el trono original», entendió. «El tipo de piedra con el que está hecho no calza con el resto y ni siquiera está sincronizado». Sakti estudió el cuarto con discreción, buscando el trono verdadero.
«Eso lo sé, ¿pero qué significa?».
«Significa que esta no es la sala de control de la Capital… o que lo es, pero el verdadero centro de comando está camuflado».
Aunque la atmósfera era fría y asfixiante como una pesadilla, Sakti no pudo percibir ningún poder sobresaliente en el rey. La fuerza del cuarto provenía de otra parte, pero no supo en dónde estaba la fuente de energía que sincronizaba la ciudad.
—Bienvenidos —dijo el rey vaniriano con voz ronca. A Mark y a Sakti se les erizó el vello de la nuca.
El olor a viejo y a podredumbre se hizo más fuerte. Los dedos de Vanir, lo único que se distinguía de él además de las piernas, se estiraron y acariciaron el brazo del trono. Parecían ramas largas y flacas, con uñas que llevaban años sin saludar una lima o unas tijeras.
Vanir rio primero por lo bajo, pero después se convirtió en una carcajada sonora, macabra y forzada. Los jadeos del rey no daban para algo más agradable. Con esa carcajada Sakti comprendió de un golpe lo que sucedía. Lo supo porque estaba en el aire: el frío, el hedor, la presencia malévola. Vanir era casi como un espíritu maligno.
Por lo que había visto y escuchado de los vanirianos, sabía que consideraban al rey justo y bueno, como un dios. Pero él no se mostraba ante los suyos porque sabía que la máscara se le caería de inmediato. Cuando Abigahil ordenó a los vanirianos que se marcharan, lo hizo porque sabía que no tolerarían la verdadera forma del rey al que veneraban. Quizá, sin saberlo, hasta los mismos vanirianos estuvieron agradecidos de no tener que estar en ese piso por más tiempo. En el fondo de sus corazones temían y sabían que ese letal y sobrenatural frío provenía del rey, y no de la tormenta que soplaba fuera.
Y ese olor…
—¿Les ha gustado su estadía en mi humilde reino?
El rey esperó la respuesta de los prisioneros, pero ni Mark ni Sakti hablaron.
El mensajero había perdido el habla. Todo lo tenía mareado: el frío, la gélida penumbra del cuarto, las sombras que caían sobre Vanir, la voz, el tufo… No recordaba haber olido una tumba pero estaba seguro de que así debía de ser. En cambio Sakti intentó mantenerse tranquila. Vanir le recordó a los demonios de la infancia ¡pero estaba decidida a no entrar en pánico! Por Mark tenía que ser fuerte. Por eso buscaba todavía el trono original, además de alguna salida adicional a la puerta principal.
—No es correcto dejar a las personas esperando una respuesta —continúo Vanir mientras fingía amabilidad. Lástima que todos sus intentos de sonar simpático eran en vano por el hedor que aumentaba cada vez que abría la boca. Como lo recibió el silencio, siguió adelante—: Los hice venir hasta aquí porque quiero proponerles un trato.
Su voz era un poco melosa, pero no lo suficiente como para competir contra lo grueso de su timbre o la carcajada malévola que todavía hacía eco en el salón.
—Piensa en esto, mensajero: lo más probable es que el rey aesiriano demande tu muerte pronto. Si te unes a mi causa tu vida será más larga y amena. Y tú, portadora… tu tío es un rey hipócrita que busca utilizar a una pobre niña de la forma más cruel. Solo necesita tu sacrificio, pero olvida que eres su sobrina. En lugar de tratarte con afecto, te desprecia. Si te unes a mí, todos en mi reino te trataremos como te lo mereces: como a una persona y no una herramienta.
»Y Dragón —cuando se refirió al espíritu en la espalda de Sakti, las dos se estremecieron. El Emperador nunca les hablaba así—, ¿no estás harta de ser tratada como una bestia simple y tonta? Eres más que eso. Tal vez no tienes carne y huesos propios, pero también temes a la muerte. Únete a mí y no tendrás que temer más.
»A cambio no les pido que acepten la Profecía ni que la cumplan por los vanirianos, como quizá sospecharon. Eso sería hipócrita de mi parte. Pero sí les pido que se unan a mi reino, que nos ayuden a salir de esta tierra helada. Esa es la verdadera razón por la que luchamos.
»Nuestros niños crecen sin conocer el aroma de las flores y muchos adultos no pueden llegar a viejos. El frío los mata. No es justo que toda la tierra fértil y alegre sea de los aesirianos. Ellos no son los dioses de la Tierra pero no lo quieren aceptar. No quieren compartir el mundo, son egoístas.
Sakti recordó las lecciones de historia: los aesirianos estaban malditos porque no cedieron el lugar a los humanos, porque no quisieron compartir el mundo con ellos. También recordó lo que Darius les había dicho a ella y a Adad: los aesirianos despreciaron al primer Vanir y todavía hoy lo hacían. Criticaban sin piedad la forma de vida de los vanirianos, los consideraban más animales que personas por los cuerpos peludos de los groliens, la desnudez azul de las arpías y la poca gracia física de los kredoa.
A pesar de que el Imperio ya no tenía el esplendor de hacía siglos, los aesirianos todavía se regocijaban en él y se creían superiores. Pero si no eran capaces de compartir la tierra con los humanos como si fueran iguales, ¿cómo podrían hacerlo con criaturas que consideraban incluso más bajas y patéticas que los humanos?
—Permanezcan aquí —pidió el rey—. Disfruten de la ciudad, de la gente. Conózcannos y dense cuenta de lo sencillos y humildes que somos. Les aseguro que se enamorarán de nosotros y despreciarán esta estúpida guerra. Después… Después ustedes también querrán acabar con ella, querrán ayudarnos… ¡y seremos imparables! El equilibrio del mundo se restaurará y todos, humanos, krebins, aesirianos y vanirianos podremos vivir en paz. La maldición acabará por sí sola… y la Profecía no será necesaria.
La propuesta de Vanir fue un poco tentadora. Mark todavía no había visto mucho del mundo, pero tenía muy grabado en la cabeza el estado de Lahore. Las calles y edificios destrozados, la sangre de los vanirianos, la certeza violenta y escalofriante de Sakti al acabar con ellos… Si el resto del mundo era así por la guerra Mark no quería verlo.
Y Sakti tenía los oídos dulces por la parte de la Profecía. Nunca lo había pensado pero… si no había guerra, si aesirianos y vanirianos eran capaces de llevarse bien y trabajar juntos, entonces la principal causa de muerte y enfermedad de los aesirianos cesaría por completo. La Profecía era una excusa que daba esperanza a los magos, pero si no estaban en un mundo desesperado no necesitarían del Pacto.
Pero ni ella ni Mark eran tontos. Si bien la propuesta del rey era suculenta, a ninguno se le olvidaba la voz gruesa y escalofriante ni mucho menos el hedor. Vanir solo estaba dando parte de las razones por las que le interesaba un trato, pero se guardaba otras.
—Es una mentira —dijo Mark. Se situó delante de Sakti, ahora muy valiente y decidido. Quería protegerla a pesar de que se sentía fatal allí—. Usted quiere que la princesa sea su aliada, que con sus poderes gane territorio por la fuerza para los vanirianos. Pero también sabe que ella no lo hará, que de ninguna manera traicionaría al Imperio de su tío. Y por mi parte… yo no soy de ninguna utilidad vivo. Sé que valgo más para las dos partes muerto. Mejor deje la farsa y explique con sinceridad cómo pretende matarme y controlar a la princesa.
Sakti enarcó una ceja, porque no se esperaba eso de Mark. Ni del antiguo amo ni el de ahora. Lemuria y Abigahil tampoco se lo esperaban, porque miraron al mensajero como si se hubiera vuelto loco. El rey guardó silencio aunque los demás lo escucharon rechinar los dientes. Quizá Vanir no era Emperador, pero a todas luces se creía uno: nadie podía enfrentarlo.
La asfixia aumentó en presión, el hedor se intensificó. Sakti estiró la mano para tomar la de Mark, como si ella quisiera ser ahora la que lo protegiera con el cuerpo. Pero antes de que pudiera cubrir al mensajero, Vanir dijo:
—Bien, entonces les contaré un cuento.
Si bien la voz de Vanir intentó sonar dulce, Sakti se percató de las miradas lastimeras que Lemuria y Abigahil les dirigieron antes de incorporarse y subir al trono.
—Hace mucho, mucho tiempo —continuó Vanir—, un hombre deseó que los suyos lo aceptaran. Sin embargo, sus sobrinos negaron cualquier contacto con él. Esto hasta que varios milenios después nació un muchacho con el corazón dispuesto a ganarse el amor de su padre, hermanos y súbditos.
»Ese joven era muy semejante a mí. Creía en un mundo en donde las personas valían por lo que eran. Pero él era diferente, ¡era un dios entre los hombres!, pero sin desearlo generaba caos. Por eso lo discriminaban. Por eso se unió a mí: para crear un mundo mejor en donde nada de eso importara. Él fue el primer aesiriano que se atrevió a soñar sin ataduras de raza.
Vanir chascó los dedos. Al acto, el suelo a los pies de Sakti y Mark se modificó. Pasó de la solidez de la piedra helada a la fluidez del agua. Un par de columnas hechas de este mármol derretido se alzó como látigos e intentó atrapar a los «invitados». La princesa fue rápida y esquivó el primer ataque, pero no contaba con que del suelo a sus pies salieran varios cables que se le insertaron en el cuerpo. La sorpresa la obligó a soltar el bolso que llevaba.
«¡Son como los cables de Lahore cuando me sincronicé con la ciudad!», pensó mientras los hilos la rodeaban. Le apretaron la articulación de las rodillas y la hicieron caer de espaldas. Pero antes de que trastabillara una silla se formó en el suelo. La princesa aterrizó en ella, sentada y atrapada.
Mark estaba al lado, arrodillado y rodeado por una masa que se solidificó alrededor de él. Parte de los cables que sostenían a la muchacha también se solidificaron y crearon una camisa de fuerza hecha de piedra negra. Sakti se sintió avergonzada por lo fácil que la contuvo. Todavía resentía el par de hechizos contra espíritus que la electrocutaron en el cuarto, así que no tenía la potencia usual de magia. Sin poderes el escape era casi imposible.
—¿Y qué le pasó a ese muchacho? —preguntó Mark mientras le dirigía una mirada discreta a Sakti. Él entretendría con palabras a Vanir mientras ella pensaba en algo. El rey tomó aire y contuvo una risa.
—Era un buen muchacho pero algo iluso. El suyo fue el primer paso para que nosotros obtuviéramos un poco de poder. Él nos dio este hogar en medio de una tierra tan cruel y azotadora.
Vanir se carcajeó de nuevo y chascó otra vez los dedos, pero el suelo no cambió. Con este comando algo se levantó por encima de la esfera en la que bailaban las llamas azules. Era una butaca espectacular hecha de la misma piedra del resto de la habitación. Era el trono original, el centro de control de esa extraña ciudad.
El trono estaba de espaldas, pero comenzó a girar poco a poco.
—Literalmente, su dulzura lo hizo perder la cabeza —se burló el rey, mientras Mark y Sakti veían el asiento.
Nadie estaba en el trono, pero en la parte donde se reposaba la cabeza había una calavera con las sienes atravesadas por un par de cables de sincronización. Los hilos la mantenían suspendida en el asiento, como si coronara el cuello de un cuerpo invisible. Los cables brillaban y extraían el poder del cráneo para dárselo a la ciudad vaniriana.
—¿Lo mató? —preguntó Mark incrédulo—. ¿Mató al primer aesiriano que mostró simpatía hacia sus sueños y los de su gente?
—¡Era necesario! —respondió Vanir—. Aunque sus intenciones eran buenas, solo necesitábamos su poder. Y yo sabía que su padre y el resto de los aesirianos, pese a no aceptarlo como lo merecía, habrían desatado una guerra aún peor si lo manteníamos para que se sincronizara con nosotros. Además, tarde o temprano se arrepentiría. Así como nos dio este hogar nos lo podía quitar. No podía arriesgarme, así que yo mismo lo decapité. Pero tranquilo, mensajero, mi amigo Set no sufrió.
El rey hizo una pausa y sonrió.
—El problema es que ha pasado mucho tiempo desde que eso ocurrió y ahora la calavera apenas si puede mantener los niveles de temperatura necesarios para la vida de mis vanirianos. Sin la sincronización, esto no sería más que una torre helada en la que los míos morirían por el frío. Por eso necesito a la princesa: necesito que se sincronice con la ciudad y se convierta en su esclava.
Sakti alzó las cejas, contrariada por lo que el rey esperaba de ella. Intentó liberarse de la masa pero por más que forcejeó solo logró rasparse los brazos.
—Solo necesito que se sincronice cada cierto tiempo con la ciudad y que se convierta en una de mis concubinas. Lemuria y Abigahil aquí presentes le pueden constatar que soy un excelente amante.
Las orejas de Mark se enrojecieron. El mensajero abrió la boca indignado, pero no encontró las palabras para expresar su ira. Sakti no iba a ser concubina de nadie. Aunque se le fuese la vida en ello, él no lo permitiría.
—En cuanto a ti, mensajero… Ya que no piensas colaborar por las buenas, tendré que acceder a tu poder de una forma un poco más… tradicional. —Fue entonces cuando Vanir se incorporó. Las sombras todavía le cubrían el rostro, pero había algo de solemne en el gesto que hizo que hasta Sakti detuviera el forcejeo—. Por eso, ¡a ti te haré mi bocadillo!
«¡Lo sabía!», pensó el muchacho mientras forcejeaba contra las ataduras. «¡Yo soy el banquete de bienvenida!». Entonces sintió una sombra encima. Recordó la velocidad de Sakti cuando decapitó al grolien en los túneles. En un momento estaba cerca del mensajero y al siguiente estaba a unos pasos del recién ejecutado.
Vanir hizo algo semejante. En cuestión de un parpadeo se situó delante de Mark, listo a comérselo de un bocado, pero el rey carecía de la elegancia de Sakti. Mientras que la princesa se movía ligera y silenciosa como la brisa, el cuerpo del vaniriano tenía movimientos grotescos que provocaban un sonido líquido. Plac, plac, plac. Cada paso que daba, la flexión de las rodillas, los codos y otras articulaciones provocaban una especie de goteo indeseado.
Y el olor, ¡uf, el olor! Era tan penetrante que tanto Sakti como Mark tuvieron que hacer un esfuerzo por no vomitar. No entendían cómo Lemuria y Abigahil mantenían el rostro sereno y agradable o cómo compartían cama con alguien que apestaba tanto.
Una vez superada la primera impresión del hedor, Mark se atrevió a ver a Vanir. Allí las llamas azules sí podían alumbrar la cara del rey. Pero apenas lo vio, el mensajero gritó aterrado.
Vanir era un cadáver.
Las carnes del cuerpo esquelético, verdes y nauseabundas, se movían de un lado a otro porque no había músculos que las sostuvieran con firmeza. La piel estaba descarapelada por la sequedad, pero por encima de las articulaciones tenía verrugas húmedas e hinchadas. De ahí venía el plac, plac, plac que tanto incomodó a Mark.
La cara era una calavera con la piel deshidratada, mientras que los ojos carcomidos apenas podían ver algo a través de las cataratas. Vanir sonrió y los labios resecos se le rompieron. Agarró a Mark por el cabello, acercó el rostro al suyo y le habló de frente, a pesar de que el mensajero tenía la cara descompuesta por el asco.
—Olvidé decir que con la sincronización de Set, mi amigo me otorgó una vida aún más larga de lo que ya había sido cuando nos conocimos. Pero ahora que el poder de su cadáver ha disminuido, he tenido que sacrificar un poco de juventud por mi gente.
—Usted siempre ha sido un rey bondadoso, mi señor Vanir —dijo Lemuria con cara de enamorada, mientras ella y Abigahil se abrazaban tiernamente por la cintura.
—Lo sé, mi Lemuria Aegis, lo sé… Pero ahora, con la sincronización de la princesa y el poder del mensajero del Tercer Dragón en mi estómago, la Torre no solo brillará como lo hacía antes sino que yo también recuperaré mi juventud.
La sangre de Sakti se convirtió en granizo que le heló y entumió el cuerpo. «Es casi un espíritu maligno», pensó. «Casi… pero peor». La historia que Darius le contó cuando se conocieron ya no tenía ni pizca de cantar, como él dijo. El escritor no se tomó ninguna condenada licencia poética.
El rey se giró a ella con la sonrisa macabra del cadavérico rostro y provocó que los labios se le rompieran aún más.
—¿Miedo, Alteza? ¿Es esta la primera vez que encuentra a un inmortal como yo?
Aunque lo quiso, Sakti no pudo apartar la mirada. Tenía que verlo para estar completamente segura: ese de ahí no era descendiente del primer Vanir. Ese rey era el Vanir original.
Sakti sabía que no existían los inmortales. La filosofía aesiriana defendía que todas las personas morían cuando cumplían con su misión. Nadie sabía con exactitud cuál era el motivo por el que nacieron y muy pocos lo descifraban, pero estaban seguros de que cuando les llegaba la hora era porque habían cumplido con lo que se les predestinó.
Pero también creían que las personas que no encontraban su misión dentro del tiempo límite de su vida o morían súbitamente antes de cumplir, quedaban marcadas y malditas.
Sakti nunca estuvo tan segura de eso como en ese momento. Vanir no era un espíritu maligno, sino algo peor: estaba maldito. Su naturaleza era más aberrante que la de los demonios y su condena todavía más fuerte y perversa que la del pueblo aesiriano. El cuerpo del rey estaba definitivamente muerto, pero su alma no había encontrado la misión en vida y ahora se negaba a irse.
—Que sus gritos sean la orquesta que acompañe mi cena, Alteza —dijo Vanir al chascar los dedos de nuevo.
La Sala del Trono brilló con mayor intensidad. La luz morada-azabache mutó y en su lugar quedaron destellos azules. Parecía una habitación de hielo muy bien iluminada, en la que solo estaban las sombras de Vanir, las mangodrias, Sakti y Mark.
En ese momento, la masa que sostenía a Sakti se modificó otra vez. En la superficie todavía era sólida como una roca pero en el interior, justo sobre la piel de la chica, era de nuevo hilos. Los cables se tensaron en el cuerpo de la princesa e iniciaron el trabajo.
Sakti se dio cuenta de inmediato de que era diferente a la sincronización con Lahore. Los hilos vanirianos eran mucho más violentos, severos y sedientos. La unión con las venas ardía más. No inducía el cuerpo al sueño ni a la lectura mental de la energía, número de habitantes o sucesos del complejo. Los cables no estaban informando a Sakti de nada, ni le daban control alguno sobre la Torre. Lo único que hacían era arrancarle magia a borbotones y lanzarle descargas eléctricas que la aturdían y le provocaban convulsiones que no podía controlar.
Lo que sucedía era un poco parecido a la cerradura de sangre en los túneles de Lahore, que no reconoció a Sakti al instante. La diferencia era que la Torre nunca lo haría. No aceptaba a la chica y, por tanto, la castigaba. ¿Era al propio? ¿Vanir sabía que la Torre reaccionaría así o no lo tomó en cuenta? A ese ritmo la sincronización la freiría y el plan de utilizarla para la guerra fallaría. Quizá Vanir estaba muy entretenido con Mark como para darse cuenta, pero el mensajero había superado su estupor y estaba más atento a lo que sucedía.
—¡Algo no está bien! —gritó al notar por el rabillo del ojo las convulsiones de Sakti—. Detengan la sincronización, por favor, ¡deténganla! ¡La está matando, la está matando!
—No seas dramático —canturreó el rey—. En lugar de preocuparte por ella preocúpate un poco más por ti.
Vanir desmontó la mandíbula y abrió tanto la boca que casi pareció una serpiente. Mark supo que se lo comería de un bocado. Que lo engulliría quizá sin masticarlo, que llegaría al estómago todavía vivo y que sentiría los jugos gástricos –si es que Vanir todavía los producía– digiriéndolo a poquitos.
A pesar de eso las lágrimas que le salieron no fueron de miedo, sino de impotencia, dolor y furia. ¡No soportaba los gritos de Sakti! Le rompían el corazón y lo mareaban. Provocaban lo mismo que el regaño de Darius en Lahore, pero Mark no se quería aferrar a ellos porque no engendraban felicidad. Quería apartarlos, quizá incluso convertirlos en risas. Pero no podía. Por más que suplicaba a las mangodrias y a Vanir que ayudaran a Sakti, ninguno le prestaba atención. O no sospechaban lo mal que estaba saliendo la sincronización o no les importaba qué sucediera con la muchacha.
—¡SÁLVELAAAA! —gritó el mensajero, angustiado.
El dolor de pecho se intensificó. El cuarto se le hizo muy borroso y ya ni siquiera podía distinguir las líneas del rostro de Vanir. Creyó que se desmayaría por la presión, pero antes de que se desvaneciera sintió un punzón en la cabeza y un comando para que se retirara. Sin pensarlo dos veces aceptó la orden y…
¡BUM!
La explosión lanzó a Vanir de espaldas.
Suéltala —ordenó el mensajero, pero la voz ya no era suya.
Sakti todavía gritaba y convulsionaba, pero incluso así estaba bastante consciente de lo que sucedía. Mark estaba libre. La masa que lo había aprisionado explotó de repente, pero no le hizo daño. Ahora el mensajero estaba completamente erguido, tan recto y majestuoso como un rey. Pero había algo que lo rodeaba, un aura… púrpura. «No…», pensó la princesa. El dolor de la sincronización comenzaba a ser sustituido por furia. «No, no, ¡noooo!».
Te ordeno que la liberes ya, pelmazo.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —siseó Vanir mientras levantaba su esquelético cadáver—. ¡Soy un rey, respétame!
Y yo soy el Dragón que ha tolerado por mucho tiempo tus acciones —respondió Mark mientras se llevaba la mano al rostro y estiraba los párpados para que Vanir le viera los ojos púrpura—. Pero no pasaré por alto ahora cómo lastimas a mi prometida.
El mensajero chasqueó los dedos y al instante una corona de llamas quemó al rey vaniriano. Abigahil y Lemuria avanzaron hacia Mark, primero con duda y después decididas. Las dos iban armadas y listas para atacar. Con un movimiento de la mano, el muchacho hizo que las armas se movieran por sí solas y se clavaran en las mangodrias.
Lemuria sostenía el mango de la espada que atravesaba a Abigahil, mientras que el arma de su amiga la atravesaba a ella. Las dos estaban unidas y cruzadas por el metal, y sin embargo parecían estar muy bien. Algo anonadadas pero sin daño físico grave, como si ser surcadas por las espadas fuera cosa de todos los días.
Mark se giró a Sakti y le sonrió, aunque la princesa supo que ese no era su amo. No eran solo los ojos púrpura, sino también la sonrisa boba e indeseada que le cruzaba la cara.
Hola, cariño —saludó él mientras acariciaba el rostro de la muchacha. En cuanto la tocó, las convulsiones y las descargas eléctricas cesaron.
A Sakti le habría encantado morder a Marduk, pero ese era el cuerpo de Mark y ella jamás lo lastimaría. Además, por más furiosa que estuviera tenía que asegurarse de que el Dragón Púrpura liberara al mensajero. La habilidad que tenía para poseer cuerpos podía ser fatal, porque los recipientes no aguantaban por mucho tiempo el poder masivo de un Dragón.
—Suéltalo, Marduk —ordenó con una mirada chispeante, pero él solo sonrió más—. Si te quedas por mucho tiempo lo matarás. —Él se inclinó sobre la muchacha y le dio un beso en la frente. Sakti giró los ojos, asqueada. Lo detestaba, lo detestaba, ¡lo detestaba!—. Deja las estupideces y sácame de aquí.
En esta ocasión Marduk sí la obedeció. Acarició la coraza de mármol que aprisionaba a Sakti. La roca se ablandó primero y después cayó derretida como si fuera agua, aunque no manchó ni se adhirió a la princesa. El Dragón con cuerpo de mensajero tocó los cables de sincronización como si fueran cuerdas de un arpa. Luego de sacarles una dulce melodía, los cables soltaron a Sakti y cortaron la sincronización.
De nada, mi amor.
—No me llames así —siseó ella mientras se acariciaba las muñecas. Marduk le ofreció una mano para que se levantara de la silla, pero Sakti la ignoró y se irguió por su cuenta.
En la habitación, Lemuria y Abigahil todavía estaban unidas por las espadas, incapaces de moverse sin provocar una hemorragia seria. Mientras tanto, a los pies del trono falso, Vanir se retorcía para apagar las llamas que lo acosaban. Bien, así tenía que ser. Sakti sonrió bastante satisfecha porque si ella hubiera tenido la oportunidad también habría quemado a ese rey maldito. Nadie podía tan siquiera pensar en dañar a Mark. Menos intentar comérselo.
Ignoró a Marduk por un tiempo y se acercó con paso firme a Vanir, porque tenía que ver de cerca las quemaduras en la carne muerta. Se detuvo cuando estuvo a una distancia prudente. Si bien ya no quedaban más que unas pequeñas llamitas, el olor era fuerte y le provocó nauseas, aunque no era tan desagradable como el aliento del rey.
De un momento a otro, Vanir dio un débil salto y la tomó por el tobillo con una mano esquelética. Ella no se asustó, sino que sacudió el pie hasta liberarse y pisó la mano del vaniriano. El esqueleto gimió y una ligera sonrisa de placer surcó los labios de la muchacha.
—Quién lo diría… —canturreó ahora Sakti—. No estás tan muerto, porque sientes algo de dolor.
 La extremidad del rey desprendió jugo lechoso y nauseabundo, mientras que los huesos de la mano se le rompieron con facilidad. Sakti pisó una y otra vez, sin misericordia ni descanso. De un momento a otro tuvo una idea feliz que la hizo detenerse por un instante. Vanir tenía razón: si había paz en el mundo no haría falta una Profecía. Si vanirianos y aesirianos vivieran en paz, no habría guerra, disminuiría el hambre y la peste, no sería necesario el sacrificio de los Dragones…
Pero lo mismo sucedería si no había vanirianos que dieran lucha. Si no hubiera Capital vaniriana, los enemigos en territorio aesiriano serían presa fácil para los Generales y los príncipes. Si ella pudiera deshacerse del rey y sus mangodrias, si pudiera cortar la sincronización de la calavera y convertir la Torre en un bloque de hielo, ¡los vanirianos serían historia!
—Si tú y la Torre caen —dijo Sakti— no hay necesidad de Profecía. No tendría que sacrificarme. —Luego tuvo otro pensamiento más dulce—: Sin guerra no haría falta el Tercer Dragón. No tendría que conocerlo.
Sakti no tenía arma y todavía resentía el hechizo contra espíritus, pero las mangodrias estaban muy mal heridas. Bastaría con tomar la espada que hería a alguna de las dos y luego ¡ZAZ! Mataría a Vanir y fin de la historia. El rey debía de leerle los pensamientos, porque sus repulsivos ojos se agrandaron con miedo cuando la chica dio el primer paso hacia Lemuria y Abigahil. Pero cuando iba a dar el segundo, Sakti sintió un golpe en la espalda.
La descarga le recorrió el cuerpo mucho más violenta que las de la sincronización con la Torre. «Alguien me disparó un relámpago», alcanzó a entender. ¿Quién? ¿Algún guarda que se asomó por la puerta? No, imposible. La mangodria los había despachado a todos. Sakti se giró para ver quién la había atacado.
Mark tenía los dedos extendidos hacia ella.
«No, no es el amo», se recordó furiosa. Era Marduk. El Tercer Dragón aumentó la intensidad de la descarga y ¡BAM! Sakti salió disparada hacia atrás, chocó contra las gradas que llevaban al trono, se golpeó la cabeza y quedó tendida allí, inmóvil. Marduk sopló el humo que le salía de los dedos y sonrió.
Lo siento. No puedo dejar que mates a Vanir.
—Me… me salvó… —masculló el rey mientras veía con ingenuidad al Tercer Dragón, que caminaba hacia la princesa.
No, Vanir, no te salvé. Solo te estoy utilizando. Porque si tú y tus mangodrias mueren ahora, y con ello cae el reino vaniriano, entonces la Profecía no tendrá por qué cumplirse. Y sin la Profecía yo no podré nacer.
Marduk se inclinó al lado de Sakti para acariciarle el cabello. De la espalda brotaba un ligero humo y el olor a carne quemada y sangre.
Sin importar qué, debo nacer para estar con ella. —Tomó a Sakti y se la cargó a la espalda. Al parecer Marduk no sentía la debilidad de los brazos y piernas del mensajero—. Pero entiende algo, Vanir. Si tú y el Emperador aesiriano creen que son las dos mentes detrás de la guerra, están muy equivocados: cada brillante plan que ustedes tienen, cada deseo que sienten… Todo es obra mía. Y seguirán así hasta que la Profecía se cumpla. Así que no, no te he salvado la vida. Solo la estoy prolongando.
En el brazo izquierdo de Marduk se formó una corriente de aire, con la que cortó las piernas de Vanir. El rey gimió y maldijo a los cuatro vientos.
Lo siento, es solo por precaución. Pero no te preocupes. La ventaja de un cuerpo como el tuyo es que te pueden coser y unir de nuevo, ¿no? Hasta pronto.
Marduk le guiñó un ojo al cadáver aullante. Luego salió rápido de la Sala del Trono con Sakti a la espalda, seguro de que no tendría problemas para escapar porque no había guardia en ese piso.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

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