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Capítulo 28

28
PSICOSIS

Marduk sonrío al sentir el aire que le acariciaba la cara. O la de Mark, en todo caso, pero era él, el Tercer Dragón, quien dominaba el cuerpo. Sakti estaba a su espalda, con los brazos alrededor del cuello para sostenerse. ¡Ah, cómo lo enloquecía! Marduk tenía problemas para mantener el corazoncillo del mensajero sereno, porque el calor de Sakti y las cosquillas que le provocaba su respiración lo alegraban tanto que la dicha se le desbordaba.
Todo era perfecto. Ni siquiera el fondo distante ni la sensación de caída echaban a perder ese momento. Lo que quizá hacían era mejorarlo y embellecer mucho más la experiencia. En lugar de utilizar el horrible ascensor vaniriano Marduk saltó al abismo de la Torre. Así se evitaría el mareo indeseado y la espera hasta llegar a los pisos inferiores.
Pronto, las otras piezas del plan de escape aparecieron. Algunas arpías, que hacían guardia en otros pisos de la Torre, notaron que los prisioneros escapaban de manera inusual y se lanzaron a cazarlos. Por suerte para Marduk las arpías trabajaban en equipo y cada una contaba con un par de fuertes alas.
Engañó fácilmente a la primera que se acercó. Marduk dio una vuelta en el aire para escapar del agarre de la arpía y colocarse justo detrás de ella, luego la tomó del cabello y se le paró sobre la espalda para montarla.
Fue como cabalgar: si le daba las instrucciones adecuadas, lo llevaría a donde quería. Para controlar el vuelo solo necesitó presionar el nacimiento de las alas. Por supuesto, no desaprovechó la oportunidad de romper el cuello de la arpía al jalarla con fuerza del cabello. De todas maneras, había otras para volar.
Cuando la primera murió, el Dragón montó de inmediato a otra. Fue muy fácil. El compañerismo las hacía volar en picada para intentar ayudarse, aun cuando eso significara la muerte de todas. Una tras otra, Marduk montó las arpías, les rompió el cuello y dejó que cayeran muertas hasta el fondo. En total fueron siete.
Cuando estuvo a escasos cuatro metros del suelo, Marduk saltó de la última arpía y dejó que ella y las demás se desplomaran en el suelo. Si por alguna razón no mató por completo a alguno de sus vehículos, la caída se encargó de terminar el trabajo.
Marduk aterrizó con la gracia de un gato, miró los cuerpos estrellados de las vanirianas, aprobó el trabajo con una sonrisa y después estudió el lugar del aterrizaje. Estaba en medio de un parque en donde había muchos vanirianos. Ellos miraron aterrados a sus compatriotas muertas, que tenían la cabeza deshecha y las vísceras por fuera después de una caída que fácilmente pudo ser de varios kilómetros.
También vieron al culpable sin creer que un simple humano hubiese hecho algo así. Después repararon en los cabellos grises de Sakti y en el aura púrpura que emanaba del mensajero, así que los vanirianos comprendieron que no era buena idea enfrentarlos y se alejaron lentamente.
El Dragón buscó una salida y la encontró con facilidad. No dio tiempo a los vanirianos para que reaccionaran y echó a correr hacia un túnel al otro lado del parque. El túnel era, en realidad, un pasillo iluminado por la sincronización. Le llegó el olor de aire fresco y helado desde esa dirección, lo que significaba que por allí estaba la salida.
Nadie lo siguió cuando se coló por allí y no tuvo problemas por un buen tiempo, hasta que se encontró con una intersección. Enfrente tenía una pared hecha del mármol cubierto de hielo, que lo reflejó como si se tratara de un espejo. A ambos lados tenía pasillos largos. Estaba confundido. No supo muy bien de qué dirección le llegaba la brisa o si era de las dos. ¿Cuál camino tomar? ¿Izquierda o derecha?
Podía pensarlo con calma porque los vanirianos todavía no asimilaban el intento de escape y no reaccionarían sino hasta dentro de unos minutos. ¿Cuál camino tomar? ¿Izquierda o derecha?
«Lo que hizo estuvo muy mal, amo». Marduk detuvo sus pensamientos por unos instantes. ¿Esa era la voz de Mark Salvot? ¿Cómo podía sonar en la cabeza si él tenía control total sobre el cuerpo? «La princesa tuvo la oportunidad de terminar de una vez con el sacrificio y usted le impidió hacerlo. Eso fue egoísta».
Miró el reflejo en la pared. Él no estaba allí, sino Mark. Lo supo por los ojos azules y la expresión decepcionada y altiva.
—Oh, mensajero, métete en tus propios asuntos —respondió con desdén.
«¿Puede decir que lo que siente es amor?», le preguntó Mark. «Si en verdad le importara habría aceptado cualquier decisión que la hubiera hecho más feliz. Incluso si esa felicidad no lo incluye a usted».
—Yo puedo hacerla feliz, pero para eso necesito nacer.
«Yo diría que es una obsesión infructuosa no correspondida», lo corrigió Mark. «Es obvio que la princesa no siente lo mismo por usted. Es más, yo diría que lo odia».
—¡Cállate!
«¿Y cómo no?». Las palabras de Mark fueron como veneno. «Es controlador, egoísta, obsesivo, psicópata… Ella ya tiene suficiente de eso en la vida».
—¡Cállate o te arrepentirás de haber nacido!
«Y usted se arrepentirá de tener que nacer», repuso el mensajero con un brillo victorioso en la mirada.
Marduk entrecerró los ojos con rencor cuando vio que, en el reflejo, Sakti despertó y abrazó a Mark con ternura, frotando la mejilla contra la de él. Mark correspondió el gesto, pero el Tercer Dragón sospechó que le plació más darle celos que el cariño de la chica.
—¡YA BASTA! —exigió.
Golpeó la pared con el puño y acercó el rostro al reflejo de Mark. Pero los ojos azules eran ahora púrpuras y había también una segunda mirada, fija y furiosa, sobre él.
Era Sakti. La chica apretó los brazos alrededor del cuello, como si quisiera amarlo, abrazarlo, corresponder por fin al lazo que unía al Primer y al Tercer Dragón. Pero luego el abrazo dolió, sofocó y ardió como si un látigo de fuego estrangulara a Marduk. Él la llamó por nombres cariñosos para detenerla pero la chica apretó más fuerte. Tenía que acabar con él, castigarlo por todo lo que había hecho.

Mark sonriente, ilusionado mientras hacía la pregunta ingenua que lo condenaría.
Luego herido, en el suelo, con el pecho hundido.
Después en coma, pálido y delgado en una cama.
Mark tembloroso, apenas capaz de mantenerse en pie.
Ojos extraviados que miraban pero no veían.
Y la mano rápida del mensajero al apartarla, diciéndole con el gesto lo mucho que la odiaba.

Todo era culpa de Marduk. Por él, el amo Mark ya no la recordaba. Ya no la quería. La odiaba. No podía perdonar al Tercer Dragón, ¡no podía!
Ahora estaba cerca, lo tenía en su poder.
Sakti apretó sin piedad, sin detenerse a pesar de las súplicas. Cuando él dejó de sostenerla en la espalda y se llevó las manos al cuello para apartarla, Sakti cayó con los pies bien plantados en el suelo. No perdió el equilibrio y, más bien, ganó fuerza.
Marduk cayó de rodillas, exhausto, sin aire. Comenzó a ver borroso, no aguantó la presión de los oídos y sintió que se le iban a salir los ojos. Estaba tan mareado que ni siquiera se percató del momento en que cayó de espaldas al suelo. Sakti aprovechó y se colocó sobre él sin soltarle el cuello. Tenía que verlos. Tenía que ver los ojos púrpura del Tercer Dragón cuando le llegara la hora.
Cuando al fin Marduk se marchara, Mark estaría de regreso. «Será como antes», pensó desesperada. «Ya no me odiará, me recordará, ¡me amará de nuevo! ¿Verdad, Dragón? ¿Verdad?». Pero el Primer Dragón no le respondió. Desde la descarga a traición de Marduk, la voz del espíritu había callado.
Marduk intentó enfocar la mirada en Sakti. ¿Qué sucedería si lo estrangulaba mientras estuviera en el cuerpo de Mark? ¿Volvería a la habitación en el lugar fuera del espacio y el tiempo? ¿O viajaría a donde iban las almas cuando sus recipientes mortales perecían? «¡No!». Eso era muy peligroso porque entonces no podría nacer ni tener la oportunidad de enamorar al Primer Dragón. Él no podía permitir eso… No después de haberse pasado la eternidad moviendo todas las piezas para estar con ella.
Entonces escuchó la risa feliz y loca de Sakti, tan idéntica a la de Vanir, y supo que la chica lo estaba logrando, lo estaba matando. El aire desapareció. El mundo se oscureció. Marduk entornó los ojos y dejó de boquear, pero Sakti lo sacudió con violencia para que el púrpura la mirara hasta el final. ¡Marduk no cerraría los párpados ni le negaría ese placer!
Pero cuando él la miró de nuevo, algo cambió. El púrpura ya no estaba allí. Ahora… ahora había una sombra marchita de azul, rodeada de un pozo de sangre.
Algo se derrumbó en ella. Los ojos de su amo, tan claros como un día soleado, perdieron el último brillo. Las manos de Sakti se soltaron y cayeron flácidas al lado de Mark. Miró al mensajero, pero…
«No…».
… no pudo entender qué sucedía.
«No…».
¿Por qué estaba inmóvil… y con los labios morados?
«No, no, no…».
¿Por qué tenía los ojos entreabiertos y empozados con sangre? ¿Por qué no sentía el latido en la vena del cuello? ¿Por qué…?
Lo comprendió de golpe.
—¡No, no, no, NOOOOOO!
Era una esclava mala. Había matado al amo. Era una esclava malagradecida. Lo había matado con sus propias manos. Necesitaba castigo. Sus manos… sus sucias manos. Tenía que arrancárselas. «Así van a sanar más rápido». Ni siquiera merecía chillar mientras se las mordía hasta sacarse la sangre. Los dedos de Mark mientras le quitaban la cinta con ternura para liberarla y pedirle que fuera suya. El cabello gris que Mark tanto había acariciado también tenía que desaparecer. Y luego la pregunta ingenua: «¿Te casarías conmigo?». Se llevó las manos heridas a la cabeza y se jaló el pelo hasta arrancarse mechones. La calidez de la mano del mensajero cuando le deslizó el anillo en la palma. Mark comenzó a perder calor, se estaba congelando como las paredes de la Torre.
—¡NOOOOOOOOOOOO!
Sakti alternó el castigo. Cuando se mordió las manos cerró la garganta para no gritar, pero aulló como loca cuando se llevó a la cabeza lo que le quedaba de dedos. No le dolieron ni las manos, la cabeza ni la garganta. Tampoco sintió el sabor de la sangre ni el mareo que usualmente le provocaba.
Todo lo que tenía era esa vasta sensación de vacío, como si…

«… quedaré en blanco y buscaré fantasmas y razones en cada habitación y sombra, sin saber ni imaginar que lo que tanto me falta eres tú».

… lo hubiera perdido todo. La ambición, la tristeza, la felicidad, el anhelo y hasta el tormento.

«Estaré a ciegas, marchando por un mundo no muy distinto a este, buscando una luz sin saber qué forma tiene. Buscándote a ti sin encontrarte jamás».

Ver a Mark muerto fue como si toda su vida, todo lo que ella era, se convirtiera en una mentira. Era ella la que quedaba en blanco, la que buscaba sin ser capaz de encontrar lo que tanto le hacía falta. La diferencia era que sí recordaba y sabía lo que necesitaba: al chico que estaba muerto a su lado.
Fue como repetir de nuevo las torturas de los krebins, las cuevas de sacrificio donde la encerraban para que enfrentara a los demonios, las burlas de Hernan, Morgan y los otros niños, los azotes de Tiamat, el toqueteo de Héctor, el desprecio de los sacerdotes. En algún momento toda esa maldad la insensibilizó. Temía y odiaba el dolor, pero lo había aceptado como parte de su vida; algo inevitable como el hecho de que los pájaros nacieran con alas y los perros con rabo. Ella había nacido con desprecio y miseria. Era natural. A veces el Universo también depara deshechos, y ella era uno.
Pero luego llegó Mark, lo único que le dio luz y sentido a todo. Lo único que la ayudó a agradecer la miserable vida que le tocó vivir. Pero ahora… si Mark estaba muerto, ¡y por su culpa!, ¿qué le quedaba a ella, sino el vacío?
Nada. Silencio. Inexistencia.
Ya ni siquiera pudo escuchar sus gritos, como si también estuviesen vacíos. Abrió la boca, pero no sintió ni la vibración de las cuerdas vocales ni escuchó más que aire. Ni siquiera sintió el dolor de los dedos carcomidos, las uñas en carne viva ni los golpes al estrellar una y otra vez la cabeza contra la pared para castigarse.
Por eso no se percató de la pequeña tos al lado. Al principio fue como un suspiro pero más débil y ronco. Mark tosió un poco más, más, y más… Hasta que la misma necesidad de respirar lo obligó a sentarse para facilitar el aire a los pulmones. Casi de inmediato volvió a caer de espaldas. Lo único que pudo hacer fue rodar a un lado y llevarse la mano a la garganta. Tenía marcas profundas donde los dedos de Sakti se le habían clavado. Y… ¿eso que sentía flojo era la tráquea? No supo si era posible, pero ¿se la había roto? ¿Moriría si…?
Reparó en un calor en el interior, como un cosquilleo o un beso gentil. A pesar del cuello amoratado cada vez le fue más sencillo respirar. El calor mágico no solo le curó la garganta, sino que también le calentó la punta de la nariz, las orejas, los dedos de los pies y de las manos. Y, todavía más importante, le alivió el dolor del corazón. Algo lo llenó de vida de nuevo.
Entonces escuchó los gritos de Sakti y se percató del poder en ellos.
Antes no los escuchó porque la cabeza le dolió tanto que ni pudo verse las manos ni escuchar nada más que sus gemidos al respirar. Pero después los gritos se hicieron claros y filosos como un cuchillo. Mark no pudo describir lo que sintió, pero fue como si cada aullido le devolviese algo. Pero también le quitó. Le sanó y le dolió escuchar a Sakti. Supo que los gritos de infinita tristeza lo reanimaron, pero no los soportó. Lo… lo entristecieron.
Se giró de nuevo para buscarla, porque tenía que consolarla, detenerla. No podía dejarla llorar así, tal y como no podía permitir que se convirtiera en la concubina de alguien. Cuando vio a la princesa se estremeció. Sakti era un desastre. Estaba teñida de sangre, se golpeaba los puños lastimados contra la pared, se arrancaba las uñas a mordiscos y se pegaba la cabeza sin piedad. Estaba fuera de sí.
A Mark le escocieron los ojos. A pesar de que no había recuperado el equilibrio se arrastró por el suelo y fue hacia ella. Recostó la cabeza en el regazo de Sakti y la abrazó por la cintura, tan conmocionado que estuvo a punto de llorar más fuerte que ella. Él no había hecho nada malo, pero se sintió culpable por el estado de la chica.
Le llegó el olor de la espalda quemada. ¿Qué había sucedido? Mark se sentó lo mejor que pudo e intentó apartarla de la pared para que no se lastimara, pero ella fue más fuerte. La llamó varias veces para hacerla reaccionar pero nada funcionó. Le dijo «Princesa», «Sakti» y «Allena», pero la chica no se detuvo. Ni siquiera respondió a «Sekmet».
Entonces otra palabra salió disparada de los labios de Mark y apenas la dijo sucedieron dos cosas. La primera, Sakti dejó de forcejear. Se quedó inmóvil, con los brazos y la cabeza a medio camino hacia la pared. También contuvo la respiración, como si la hubieran congelado en ese momento. La segunda fue que Mark se sonrojó. Le pareció curioso cómo antes le hizo falta aire en el cerebro y cómo ahora sintió que la cabeza le volaba por las nubes. Se sintió un poco ridículo, pero al ver que Sakti se había detenido se dio cuenta de que no tenía otra opción más que calmarla de nuevo con la palabra mágica.
—Gatita… —susurró. En esta ocasión Sakti se giró un poquito hacia él y lo miró con los ojos grises colmados de lágrimas. Mark respiró profundo y repitió el truco—. Gatita.
La chica se le lanzó encima y se quedó inmóvil allí. No gritó más, pero Mark la sintió temblar e imaginó las lágrimas silenciosas que le resbalaban por las mejillas pálidas. Esa imagen le provocó una nueva reacción automática que no pudo controlar, pero que lo sonrojó. Los brazos se le movieron de inmediato y abrazaron a Sakti. Ella encajó perfectamente allí, encogida contra él, a pesar del hundimiento del pecho. Fue como si ella y el mensajero hubieran sido hechos en un mismo molde, para encontrarse y encajar en las piezas del otro. La idea lo mareó.
Después se preguntó qué había sucedido. ¿Qué hacían allí? Lo último que recordaba era la habitación oscura, el aliento fétido de Vanir, los gritos de sincronización de Sakti… Después la orden de Marduk, diciéndole que se apartara.
Claro, eso era. Marduk había hecho su trabajo. Había liberado a Sakti de la sincronización y la había traído hasta ahí. Todavía quedaban muchas lagunas mentales, pero Mark también supo que Sakti había intentando estrangularlo. «No, a mí no. Al amo Marduk». Una sonrisa malosa le cubrió el rostro, porque era bueno que el Tercer Dragón recibiera una cucharada de su propia medicina.
Pero ahora debía pensar en lo que faltaba. Sakti no estaba en condiciones de salir por su cuenta, lo que significaba que él tenía que salvarla. Tenía que sacarla del País de Hielo, ¿pero cómo? Fue entonces cuando escuchó los pasos. Para su alivio, no eran los cascos pesados de un grolien ni el andar silencioso y tramposo de un kredoa. Mark pescó por el rabillo del ojo la silueta azul del hombre cuando se situó a unos metros a su izquierda, mirando en silencio cómo el mensajero acariciaba el cabello de Sakti.
—Le cantas —dijo el vaniriano en un susurro—. Es cierto lo que dicen los rumores. Tus canciones acarician el corazón de la gente. Hasta pueden domar al monstruo Aesir.
Mark no se había dado cuenta de que también tarareaba una vieja canción. No pudo recordar la letra, dónde la había escuchado o si la había cantado antes, pero tenía grabada la melodía en la garganta. Sakti se había calmado tanto que pareció dormida, así que Mark supuso que debía de ser alguna nana. En realidad, era una de las tonadas que cantaba antes en las noches de luna llena, cuando era el otro mensajero.
—Hola, Hermien —saludó al arpía macho con el que jugó cartas más temprano—. ¿Vienes a tomarnos prisioneros?
—Lastimaste a las señoras Lemuria y Abigahil —respondió el vaniriano con reproche—. Y atacaste al buen rey Vanir. Eso no te lo puedo perdonar. Pensé que eras una buena persona…
—Déjate de tonterías —lo cortó Mark. Recordó los gritos de Sakti y la solicitud descarada de Vanir—. Soy una buena persona y tú también lo eres, pero ese rey psicópata no lo es. ¿Crees que esta herida se la hizo ella sola? —Corrió los mechones de Sakti con cuidado, para enseñarle a Hermien la espalda chamuscada—. Tengo que sacarla de aquí y si te entrometes…
—¿Qué harás? —rio el vaniriano mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. ¿Matarme? Eso lo quiero ver: un humano matando a un vaniriano.
—No me tientes, Hermien —dijo Mark con desdén, tan alto que casi pareció el bramido de un aesiriano. El corazón le envió un punzón de advertencia, pero lo ignoró. No iba a tener un ataque en ese momento porque tenía que ser fuerte por Sakti—. Seré un humano, pero al fin y al cabo soy un mensajero. Uno que tiene grandes poderes. —No supo por qué alardeó de algo que ya no tenía, pero supo que podía darse esa licencia—. A tu rey se le advirtió que nos dejara ir, pero ese… ese falso dios al que tanto veneras se pasó de listo, y ahora verá las consecuencias en su propia ciudad.
¿Eso fue una profecía? No lo creyó, pero pareció una. Y Mark supo que Hermien también lo notó, pues el vaniriano dudó por unos instantes.
—Alardeas. Tú mismo me dijiste que ya no tenías los poderes de antes y que el profeta ahora goza tu don.
Hermien desenvainó la espada para amenazar a Mark, pero justo en ese momento la Torre tembló. Las paredes vibraron como si resonaran con una orden. Mark sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. ¿Tuvo razón con lo de la profecía? No estaba muy seguro, pero algo sucedía en la ciudad. Sakti reaccionó y se separó de él con cara somnolienta.
Cuando le preguntó si ya se sentía mejor, ella se llevó una mano a la cabeza pero no respondió. Pareció que tampoco vio a Mark. El mensajero no supo si eso era bueno o malo, pero no pudo hacer nada. Además, tenía algo nuevo que agregar a su lista de preocupaciones: pasos pesados, una estampida. Miró los pasillos de la intersección. Tanto desde la derecha como de la izquierda venían varios groliens encargados de atraparlos.
La Torre se sacudió de nuevo y esta vez las paredes se movieron. Los muros a cada lado de los pasillos se corrieron y apretaron a los groliens como si fueran un emparedado. Cuando volvieron a su posición original, el suelo estaba manchado con sangre. Por ahí y por allá quedaron trozos de cuerpos triturados y vísceras. Mark apretó los ojos al tiempo que Hermien temblaba por la escena. El arpía encaró al mensajero con amenazas pero la voz y la espada le temblaron:
—¡Déjate de trucos, Mark! ¡Entrégate, por favor…! ¡Entrégate!
Entonces el mensajero notó un gran candelabro que se mecía sobre ellos. Los temblores de la Torre hicieron que la lámpara se balanceara peligrosamente, pero Mark también sintió la intención de alguien de que el candelabro cayera sobre el vaniriano.
—Lo siento, Hermien. Pero eso no será posible.
Mark apartó a Sakti a un lado, se levantó de un salto y se lanzó sobre el vaniriano justo antes de que el candelabro le cayera encima y le partiera el cuello. Detrás de él, Mark escuchó a Sakti toser y quejarse de la mala infraestructura de la Capital vaniriana. El candelabro había soltado una fría capa de polvo, pero no había herido a nadie.
—Me… ¡Me salvaste! —exclamó Hermien entre agradecido y sorprendido. El mensajero miró al vaniriano con pena.
—Casi, casi, Hermien. Lo siento.
Luego levantó el puño, golpeó al arpía macho con todas sus fuerzas y logró noquearlo de un puñetazo. Mark había dado mal el golpe y se lastimó los nudillos, quizá incluso se había astillado algo, pero no se atrevió a quejarse. Tenía que sobreponerse a la fragilidad de su cuerpo si quería salvar a Sakti. A pesar del dolor se levantó, tomó a Hermien de las axilas y lo colocó debajo del candelabro. No era una posición peligrosa, pero cuando llegaran más vanirianos y encontraran al arpía no lo molestarían ni castigarían por haber dejado escapar a los prisioneros.
Luego buscó a Sakti para huir con ella. La princesa estaba a unos pasos, sorteando el candelabro para alcanzarlo. Mark se estremeció de nuevo. Le dolió, le dolió tantísimo verla toda llena de sangre. Pero ella se movió como si no sintiera el dolor, como si no oliera la espalda quemada ni resintiera las puntas de los dedos, que estaban en carne viva. Sakti lo alcanzó antes de que él pudiera decir nada y lo abrazó por el cuello con delicadeza. Mark hasta juraría que le vio una sonrisa cálida en el rostro antes de que lo abrazara.
—Lo sacaré de aquí, mi amo —susurró ella con dulzura.
El mensajero sintió un estremecimiento en el estómago. Antes de que decidiera si la sensación era placentera o desagradable, escuchó gritos y más pisadas. Eran otras partidas de búsqueda que venían de los tres caminos: derecha, izquierda y por detrás.
La Torre tembló otra vez y las paredes de los corredores cercanos se contrajeron de nuevo. Mark y Sakti quedaron atrapados por unos momentos hasta que se formó un pasillo frente a ellos. La princesa tomó la mano del amo con fuerza y avanzó por el nuevo camino, sin sentir ni una pizca de dolor. Mark le correspondió el gesto, pero con cuidado para no lastimarla. Que no sufriera ahora no significaba que seguiría así por mucho tiempo.
Solo que también dudó. ¿Qué sucedía con la Torre? ¿Era la sincronización? Y de ser así ¿por qué había acabado con los groliens? ¿Sería una ilusión? ¿Qué pasaba?
A pesar de las dudas se dio cuenta de que sus piernas débiles mantuvieron el ritmo firme de Sakti. Él y la princesa avanzaron en busca de la libertad. Cuando escucharon una estampida que los perseguía, los dos corrieron. Mark no supo si las piernas lo mantendrían en pie por mucho tiempo, pero no se quejó ni trastabilló. Se odiaría mucho si por su culpa Sakti no salía del País de Hielo.
Finalmente llegaron al final del corredor: un punto muerto.
—¡Diablos! —maldijo el mensajero mientras golpeaba la pared.
Pero en lugar de lastimarse los puños, descubrió que el muro era blando y que podría pasar al otro lado si lo intentaba. Supo que debía atravesar la pared. Tomó de nuevo la mano de Sakti y le pidió que lo siguiera. La chica asintió, mansa como una gata. Los dos tomaron una gran bocanada de aire, pues imaginaron que la pared era tan gruesa como para separar un mundo de otro, y avanzaron.
Mark lideró con una mano extendida para sentir el final del recorrido. La pared era fría pero los absorbió sin hacerles daño. Cuando al fin sintió una corriente de aire agregó más fuerza a las piernas y jaló a Sakti para no retrasar más el escape. Cuando llegaron al otro extremo fueron recibidos por un vendaval violento que estuvo a punto de levantarlos y hacerlos volar.
Estaban fuera de la Torre, en una furiosa tormenta de nieve. A pesar del abrigo que llevaba, Mark sintió el frío en los huesos. La ropa de Sakti estaba tan destruida por el relámpago que apenas le cubría el frente. Aun así la chica rodeó a Mark para calentarlo y se llevó una mano a los broches del abrigo para quitárselo y ofrecérselo  al amo.
Mark se enojó consigo mismo. Sakti lo estaba cuidando, siempre pensaba en él. La tomó de las manos para detenerla y luego la abrazó para calentarla. Cómo la compadecía. La chica dejó Masca para rescatar a un muchacho débil e inútil que ni siquiera podía recordarla. Se había dejado atrapar por los vanirianos para rescatarlo y había perdido la cabeza cuando creyó que Mark estaba muerto.

«Para alguien tú eres lo más precioso del mundo».

Si él, el Mark Salvot que era el despojo de otro Mark Salvot, era lo más valioso para Sakti, quizá lo único que tenía… Entonces Sakti no tenía nada que valiera la pena. Lo lamentó mucho por ella.
—Venga, regresemos —pidió mientras extendía una mano hacia la Torre.
Tenían que regresar aunque eso significara que los atraparan otra vez. Era mejor ser prisioneros que estatuas de hielo. Pero cuando tocó la pared la encontró firme, sólida, infranqueable. No había camino de regreso. No podrían entrar. Morirían congelados.
¡Psssss!
Al principio Mark creyó que el viento le aullaba en los oídos, pero Sakti también lo había escuchado. La chica miró hacia el frente, como si sus ojos grises pudieran distinguir algo más que la cortina furiosa de nieve que volaba alrededor de ellos. Mark no pudo diferenciar nada pero…
¡Psssss!
… sí, había algo allá. Él y la princesa se abrazaron por la cintura y avanzaron. Si estaban alucinando, si marchaban hacia la muerte, lo harían juntos hasta el final. Seguirían adelante, buscarían refugio y saldrían del país vaniriano. O morirían en la tormenta, pero juntos.
Como piezas hechas para encajar y compartir el mismo final.

Este texto está protegido por Derechos de Autor
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Muy bueno!
    de veras lo escribes tu sola??
    tendrias que hacer una publicacion de ser afirmativo pues es muy interesante la historia que planteas.
    un saludo

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  2. Muchas gracias por el comentario. Aún me falta editar muchos capítulos, que se lo debo a Mike.
    Saludos ;)

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  3. Hola angela:

    Se qe tenia mucho tiempo sin pasar por aqui, pero es que inicio de ciclo y algo tensoo, pero nada que no se haya podido medio solucionar ya!


    En cuanto al capitulo... ¡¡¡porqee diooss eres tan crueellll!!! como esqq ese odiosoo tercer dragon se salvoo hhuumm!

    si Allena hubiera matado al dragon, tmb a Mark... siguee sin agradarme del todo =D

    pues tmb te quiero felicitar de adelantado, pues ya casi consigues terminar el primero...¿"blog"?

    y pues espere el proximo capitulo, por el dia de hoy no tengo mucho que comentar.


    See you!

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  4. Hola Annie! ¿Verdad que Marduk es un odioso? A mí no me cae bien, es demasiado posesivo y obsesivo, pero si lo matara ahora tendría que dejar de escribir la historia, ¿que no ves que es por culpa de él que todo pasa? Él es el que "mueve" los hilos que están detrás de todo lo que sucede...¡Pero detrás de él estoy yo! Bua, ja, ja, ja!
    Y gracias por la "felicitación por adelantado" Espero que el próximo capítulo te guste. A mí me va gustando bastante >=D
    Ciao!

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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