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Capítulo 29

29
SET: EL VIRTUOSO DEL CAOS

Sakti contuvo la respiración, anonadada por lo que veía. La nieve caía con suavidad sobre ella pero no era fría. Al contrario de la helada tormenta que casi los mata segundos antes, ahora el ambiente era tan cálido que tuvo que desabrocharse la capa vaniriana diseñada para soportar las inhóspitas temperaturas del País de Hielo.
Mark también estaba sorprendido. Miró todo con una sonrisa sin poder creer lo que veía.
Era tan irreal, tan… tan parecido al sueño que Sakti tuvo antes de despertar en la Capital vaniriana. Al recordarlo, giró y encontró al muchacho de ojos oscuros y cabello castaño de su visión, vestido de negro y con una armadura de pecho. Cuando el joven le sonrió, Sakti entendió que fue gracias a él que encontraron ese singular refugio.
—¿Eres un noble aesiriano? —preguntó con cautela.
—Lo soy… o en todo caso, lo fui —respondió el otro mientras extendía una mano.
Había una luz que les permitió ver a pesar de la densa cortina de nieve de la tormenta, que todavía soplaba fuera de allí. Por eso, cuando el muchacho de cabello castaño los saludó, se sorprendieron de que la luz le traspasara la mano. Era traslúcido, incluso invisible en algunas partes como en los pies. Mark y Sakti comprendieron de inmediato que era un fantasma, aunque solo el mensajero se estremeció por el descubrimiento. La princesa, en cambio, se dio cuenta de que siempre lo supo. Desde el principio, cuando tuvo el sueño.
—Mi nombre es… o era, Set Aesir IV —dijo el fantasma mientras hacía una profunda reverencia—, primogénito de mi padre, el Emperador Jeremías Aesir XII. —Esta vez sí hubo reacción de parte de Sakti, que se estremeció al escuchar el nombre.
—¿Set? ¿El Virtuoso del Caos? —El muchacho le dedicó una sonrisa triste, pero afirmó con la cabeza.
Sakti no supo qué pensar. Los Virtuosos eran los hechiceros que tenían todas las esencias mágicas, algo muy poco usual. Además de los Dragones, Aesir y Masca, la historia solo conocía a siete de estos magos, y todos pertenecieron a la Familia Real. A la chica se le ocurrieron muchas preguntas. Como ¿qué estaba haciendo un Virtuoso allí, en el País de Hielo? Más importante aún, ¿qué hacía el fantasma de Set en ese sitio después de todos los milenios que transcurrieron desde su muerte?
Sakti conocía suficiente historia aesiriana para saber que Set murió hacía muchísimo tiempo. Pero luego ató cabos: la arquitectura aesiriana de la Torre, la sincronización, la historia de Vanir, la calavera…
—Tú eres el aesiriano que está sincronizado con la Torre. ¡Tú eres el que fundó el país de los vanirianos! —El muchacho se golpeó la frente con la palma de la mano, frustrado.
—Sí… las cosas siempre me salieron al revés, pero bueno...
Sacudió la cabeza como si pudiera sentir la nieve y quisiera quitársela. Aunque estaba muerto, sí le llegaban ciertas sensaciones. Como el calor que provenía del cuerpo de Mark, el olor a sangre en Sakti y, sobre todo, la corriente de poder que fluía en la chica.
—Tú también eres una Virtuosa. —No era una pregunta, pero la muchacha asintió—. ¿Cómo te llamas?
—Sakti Allena Aesir II. Y soy… soy la portadora del Primer Dragón.
El muchacho la miró primero sorprendido, después meció la cabeza como si decidiera que era posible y al final sonrió.
—Una pariente. Mi sobrina, podría decirse. Vaya. Ya terminó la época de los Virtuosos y ahora es la época de los Dragones. Supongo que en verdad ha pasado mucho tiempo desde que morí…
Levantó la cabeza como si quisiera que la nieve se le derritiera en la cara, pero desde ese ángulo pudo verse que los copos lo atravesaban y que los pies ni siquiera tocaban el suelo. Mark ya no se estremeció de miedo, sino de tristeza. Había algo en la expresión del fantasma que se parecía mucho a la desesperanza, la soledad y, finalmente, la resignación.
—He esperado muchísimo tiempo en este lugar —susurró Set—, pero veo que Dios tenía sus motivos. En cuanto los vi llegar en los trineos supe que tenía que comunicarme con ustedes. Por eso te contacté en sueños. —Miró a Sakti muy serio y decidido—. Ya no esperaré más. Hoy seré útil al Imperio que fue de mi padre y que ahora es de sus descendientes. Hoy haré bien las cosas y terminaré con mi misión como Virtuoso. Por eso les prestaré mi poder o lo que queda de él con tal de hacer caer mi Torre. Pero antes debo explicarles cómo sucedió todo.
Set chasqueó los dedos. El suelo a los pies de Sakti y Mark desapareció. Fue como si estuvieran en lo alto del cielo, cayendo en picada, desde donde vieron una extensa ciudad con un gran palacio blanco en el centro.
—¡Es Masca! —la reconoció Sakti. La ciudad se veía mucho más pequeña a como era en la actualidad, pero conservaba el diseño que conocía de la Capital aesiriana.
—Así es —dijo Set. El Virtuoso caía junto a ellos, pero estaba tranquilo. Sakti comprendió que vería un recuerdo y que conocería la historia del Virtuoso.

****

Los jardines de Palacio eran verdes. Los árboles eran tan altos como gigantes, con guirnaldas de flores en las ramas que soltaban un agradable perfume. Cinco niños jugaban entre ellos. Se perseguían los unos a los otros, daban saltos y piruetas en el aire, y reían tan fuerte que sacaban unas sonrisillas a los guardias que los escoltaban.
—¡SET!
El grito fue tan fuerte y repentino que los niños creyeron que un rayo había golpeado uno de los árboles. Cuando vieron a su padre a la entrada del jardín, los chicos casi prefirieron que uno de los olmos estuviera en llamas y reducido a astillas. Jeremías tenía los brazos sobre el pecho, la cara muy seria y los labios muy apretados. Los juegos se detuvieron al instante y los guardias se arrodillaron en silencio, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada.
—Ven aquí —dijo el Emperador con la mirada fija en el hijo mayor. Vio a los otros cuatro y agregó—: Todos.
Jeremías dio media vuelta y entró a la sala al lado del jardín. Los niños lo siguieron y se acomodaron en fila, con las cabezas agachadas. Sabían que el que estaba en problemas era Set, pero eso no los libraría de un sermón.
El chico sintió cosquillas en las manos y un retortijón en el estómago, pero no se atrevió a decir nada sin el permiso de su padre. ¿Qué había hecho mal? Hasta donde sabía no había hecho nada para meterse en problemas. Cumplió con todas sus obligaciones, mejoró sus calificaciones y siempre estaba atento a los modales. Entonces, ¿por qué su papá estaba tan enojado?
—¿Podrías decirme qué hiciste con el agua de Masca?
Fue una pregunta muy directa. Jeremías siempre exigía que se le respondiera viéndolo directamente a los ojos, así que el niño levantó la mirada y contestó:
—Dijiste que estaba contaminada y que eso enfermaba a la gente, así que la limpié.
Jeremías ladeó la cabeza para pedir una explicación más desarrollada. Todo lo que consiguió fue que Set apretara los puños, nervioso porque no entendió el mensaje y solo vio los enojados ojos verdes de su papá. No podía exigirle más. Jeremías sabía que el chico era muy ingenuo y que siempre metía la pata cuando intentaba hacer buenas obras. No había otra explicación. Pero para desgracia de los aesirianos, un pequeño error de Set traía graves consecuencias.
—¿Cómo la limpiaste? —Set sonrió muy orgulloso y respondió:
—Nos explicaste que en el agua hay bichitos que enferman a las personas, así que los eliminé a todos. Fue muy fácil, solo tienes que tomar el agua así…
En una esquina del salón había un jarrón de vidrio adornado con unas bonitas flores. En ese momento, el agua que estaba dentro flotó hasta llegar al niño. El líquido brilló en manos de Set durante unos segundos y, cuando la luz se esfumó, el agua estaba más limpia y clara, tan transparente que pasaba desapercibida a simple vista.
—¡Y ya está! Ya no hay más cosas en el agua que enfermen a nadie más. —Jeremías miró el agua que flotaba a escasos centímetros de las manos de Set. Después suspiró cansado y pensó en cómo explicaría lo que acababa de suceder.
—Devuelve el agua al jarrón, por favor. —El chico acató la orden. Cuando el líquido volvió al florero, sonrió complacido y muy seguro de que todo estaba bien. Su papá lo abrazó por los hombros y lo encaminó al jarrón—. Pon mucha atención a lo que acabas de hacer.
Miró el recipiente con alegría, seguro de que esta vez su padre estaba muy orgulloso de él. Ya antes se había equivocado con muchos hechizos, pero no había manera de fallar en este. Pero las flores estaban distintas. Los pétalos, antes rojos, blancos y amarillos, se marchitaron y los tallos y las hojas más cercanas al agua empezaron a derretirse. El jarrón se rajó un poco al principio y después estalló. Set retrocedió justo cuando el agua se esparció por el suelo. Las flores cayeron allí y terminaron de derretirse en un burbujeo que también quemó el piso.
—Convertiste el agua en ácido —explicó muy serio el Emperador—. Como te propusiste matar a todas esas bacterias, cambiaste las propiedades del agua para impedir cualquier forma de vida. Convertiste el agua en otra sustancia mucho más letal.
Se arrodilló, tomó al chico de los hombros y lo obligó a apartar la mirada del ácido y lo que quedaba de flores y vidrio. Lo miró a los ojos y explicó con suavidad:
—Tienes mucho poder, hijo mío, pero no sabes usarlo. Pequeños errores en hombres insignificantes como yo no alteran el balance de las cosas, pero tú eres diferente. Eres un Virtuoso y todo lo que haces puede desequilibrar el mundo. Hoy lograste algo increíble, lo que miles de alquimistas intentan durante años y jamás consiguen: convertir una sustancia en otra.
»¿Pero entiendes lo que esto significa? Ahora casi toda el agua de la ciudad es ácido y ya muchos la bebieron. Esa es una muerte mucho más dolorosa que un dolor de estómago y diarrea. —Jeremías se incorporó y acarició la cabeza del niño, pero ya sus palabras no tenían la pizca de dulzura que había empleado para explicar—. Te amo, Set, pero eres un idiota. Vete a tu habitación hasta que encuentre una manera de solucionar este enredo. Y por favor no experimentes más, ¿de acuerdo?
Set se retiró en silencio, muy triste y avergonzado. Otro fallo, otra catástrofe y, sí, pronto otra protesta. Sabía que su papá ya había recibido muchas quejas, sugerencias e incluso soportado huelgas de los mascalinos para colgar a Set, el Virtuoso del Caos. Todo lo que hacía le salía al revés, pero siempre eran otros los que pagaban por sus errores.
Cuando llegó a sus aposentos, se metió a la cama y lloró en silencio. Solo tenía ocho años, pero ya había cometido más crímenes que un psicópata a tiempo completo que ejercía profesión desde hacía doscientos años. Todo lo que quería era ser lo que se esperaba de él: un Virtuoso competente que usaba sus poderes a favor del pueblo. Quería que su padre, hermanos y súbditos estuvieran orgullosos de él, que lo amaran. No quería escuchar «Te amo pero eres un idiota» nunca más. Eso era igual a que le dijeran que era un imbécil y que querían librarse de su falta de talento.
Cuando se dio cuenta ya era de noche. Lo despertó el aroma a jazmines que se había colado por la puerta. No necesitó una palabra ni un movimiento para saber que su madre estaba allí. Saltó en la cama y se tiró a los brazos de Keÿra, que ya estaba sentada en la orilla, lista para recibirlo.
—Tu padre no lo dijo en serio —susurró ella mientras lo consolaba— y tampoco debió decirlo. Eres un niñito muy listo y bueno. Nada de esto fue tu intención. —Set se enjugó las lágrimas cuando ella lo separó y esperó la segunda parte del consuelo que era, también, otro pequeño sermón—. Él dejará de presionarte si dejas de esforzarte tanto. No tienes que pensar siempre en complacerlo pero sí tienes que dejar de experimentar.
Set asintió en silencio, todavía triste. Su mamá no lo llamaba imbécil pero seguro lo pensaba. Al igual que el Emperador y los maestros, Keÿra le pedía que dejara los experimentos con hechizos complicados para que no lastimara a otros con sus errores. La única diferencia era que ella lo decía de forma más dulce, aunque eso no dolía menos.
Ella siempre daba en el clavo. Sabía que Set experimentaba porque quería complacer a Jeremías, porque quería serle útil y disipar su decepción. No era solo por los errores de magia, sino también por su apariencia. A Jeremías siempre le pesó no haber heredado los ojos del clan Aesir y deseó con toda el alma que su primogénito sí los tuviera. Pero Set, aunque sí se le parecía de rostro, había heredado los ojos de Keÿra y el cabello del abuelo materno.
En cambio Korgÿon, el segundo hijo, era todo lo que se esperaba de un Aesir: listo, calmado, pálido como el papel, de cabello lacio y negro, y con los benditos ojos que parecían cavernas, salvo por los irises celestes que brillaban como luciérnagas en la noche. Set no lo odiaba pero sí lo envidiaba mucho.
—Ven, vamos a cenar —lo invitó Keÿra, pero el chico se hizo un ovillo y se cobijó de nuevo.
—No tengo hambre y padre no me ha dado permiso para salir.
En realidad lo que quiso decir era que le dolía el estómago, pero no pudo. Keÿra le preguntaría si estaba enfermo y él tendría que hablarle de las flores derretidas. La imagen lo sobresaltó mucho, porque si el ácido había acabado con algo tan bonito e indefenso como una flor ¿no lo habría hecho también con una persona? Cuando se imaginó a hombres y mujeres con la boca y la garganta quemadas por su culpa, sintió un retortijón fuertísimo en el estómago. La sensación se expandió por el resto del cuerpo, en los pulmones, el corazón y las entrañas. Temió hacer todavía más el ridículo si vomitaba frente a alguien o si se orinaba del puro miedo.
Keÿra no insistió y se marchó, aunque estaba nerviosa. Se habría quedado con Set por más tiempo, pero su hijo era un Virtuoso. Si lo obligaba a hablar y él se ponía a llorar, entonces algo sucedería. No era raro que los cachorros dejaran escapar más energía de la necesaria cuando estaban inestables, pero el caso de Set era extremo. Si estaba muy feliz, el sol brillaba con tal intensidad que provocaba incendios. Si estaba triste o enojado, afectaba el clima de peor forma.
Algo similar había ocurrido cuando nació. Fue durante la noche. Por lo que Keÿra había escuchado, las nubes se movieron tan veloces que fue imposible decidir si estaba nublado o despejado. Ella recordaba los cambios de luz en el cuarto, porque a ratos al otro lado de la ventana veía una luna tan llena que parecía el sol, y a veces solo veía oscuridad, como si el mundo exterior no existiera.
Jeremías le confesó que en cuanto ella entró en labor de parto, supo que su hijo sería un Virtuoso. ¿Cómo no iba a saberlo? El viento sopló tan fuerte que hubo remolinos que arrastraron árboles y techos. La tierra tembló tanto que tuvo que sincronizarse para que Masca no se cayera a pedazos. Y la gente sintió tantas cosas que por ratos lloraron de alegría o corrían en círculos, despavoridos.
Todo porque el niño estaba enojado al abandonar el vientre de su madre. Jeremías tuvo muchos dolores de cabeza ese año porque tuvo que hacer maniobras con el presupuesto y atender las demás crisis que Set provocó con el berrinche de su nacimiento. Maremotos en todas las costas, tormentas de arena en la fría región Oeste y tormentas de nieve en el desierto.
«Solo estaba triste», pensó Keÿra. «Si de pequeño se hubiera imaginado que casi me mata, habría nacido sin provocar dolor y sin llorar. Mi niñito es lindo, bueno y listo. En verdad lo es».
Vio lo que tanto temía.
Las habitaciones de Set estaban en una torre y algunos de los pasillos tenían grandes ventanales por donde se colaba la lluvia si el viento era muy fuerte. Si bien esto hacía que la torre fuera casi inhabitable en invierno, en verano era el sitio predilecto de los príncipes. Jeremías la esperaba cerca de las escaleras, pero tenía la mirada clavada afuera. Keÿra se acercó en silencio y extendió una mano al vacío para recibir los primeros copos de nieve. Ah, Set estaba triste pero luchaba por controlarse. Si no fuera así Masca tendría ya dos metros de nieve encima y estaría en una tormenta de nieve brutal.
—No te enfades —dijo ella antes de darle un beso en la mejilla.
Jeremías estaba pálido y frío, síntomas de enfado y miedo. Si Set se descontrolaba, él no podría hacer nada por Masca y tendría que lidiar con otra huelga. Ya había enfrentado muchas y seguiría haciéndolo si era necesario, porque no quería ver la cabeza de su hijo separada del cuerpo. Pero cada vez era más difícil soportar las protestas, como si cada una fuera una guerra contra la gente. Él ya estaba cansado de luchar.
—Mira el lado positivo —lo consoló Keÿra. Ella siempre encontraba lo mejor en las malas situaciones—. Ya hay agua pura para los mascalinos. Aquí está la solución al ácido y al agua contaminada.
Al final, Set sí dio con la solución que su padre necesitaba pero esa era una pequeña victoria. Tan minúscula que no daba ninguna satisfacción.

****

—¿Llamaste, padre?
Set entró al estudio del Emperador. La habitación cambiaba muy poco cada vez que un Aesir subía al Trono. Siempre mantenía la biblioteca, aunque los libros variaban con mayor frecuencia. Había un candelabro en el techo que más servía de adorno que para iluminar, porque toda la luz entraba por un gran ventanal a un lado del cuarto.
El príncipe amaba ese lugar. Su abuelo estuvo allí antes que su padre y él, su hijo y los hijos de sus hijos también se sentarían alguna vez detrás del enorme y bello escritorio negro. Ya no era un niñito pequeño y ya había visto casi cien cambios de estaciones, pero aun así el corazón se le aceleraba y el estómago se le empequeñecía cuando entraba allí.
Jeremías estaba en el lugar usual, con los codos sobre el escritorio y la barbilla tensa sobre las manos recogidas. Lo acompañaban dos personas. Una era el príncipe Korgÿon, que estaba erguido y formal delante de su padre. El muchacho saludó a Set con una inclinación de cabeza y una sonrisa, gesto que el Virtuoso imitó. El otro hombre estaba apoyado en el ventanal, con los brazos cruzados sobre el pecho. Set reconoció la armadura y los ojos dorados, y recibió con gusto la reverencia de saludo que le dedicó el General Jörgen Grendiere.
—Tengo noticias, príncipes —dijo Jeremías cuando Set tomó lugar junto a Korgÿon—. Jörgen les dará las primeras. —El General se irguió y anunció con voz de trueno:
—La costa Oeste fue atacada. Los monstruos vanirianos lanzan hechizos con sus gritos —inclinó la cabeza con respeto— y han matado al General Montag. El General Kèrmiac estaba en la costa Noroeste y también fue atacado, pero por suerte sobrevivió. El General Tonare se encuentra en el desierto en estos momentos y yo…
—¿Fue herido? —lo interrumpió Set.
Aunque los Generales viajaban por todo el Imperio para mantener el orden militar, también pasaban alguna temporada en Masca para enseñar estrategia militar y combate a los príncipes y reclutas de la Capital. Por eso a Set se le secó la boca tras la noticia de la muerte de uno de sus maestros.
—A Jörgen le quitaron dos de sus tres esencias —aclaró el Emperador—. El objetivo del ataque era quitarles los poderes a los Generales. Luigi Kèrmiac está bien, pero también perdió dos esencias, y Ninurta ya recibió aviso para que se proteja.
Set no se atrevió a decir nada ni mirar a Grendiere, porque el General no merecía lástima. Estaba muy por encima de eso y recibirla podría herir su orgullo. Pero perder las esencias era como perder parte de la vida: un mago no es nada sin magia. Que un General perdiera sus esencias era razón suficiente para ser destituido del cargo.
—Los hijos de Jörgen y Luigi son todavía niños y no podemos disponer de ningún Grendiere o Kèrmiac para tomar su lugar. En cuanto a los Montag, el hermano de Yue, Maekar, ya fue notificado para tomar el puesto de General. El problema es que él también está en el desierto, bajo el entrenamiento de Ninurta.
Jeremías tomó aire y pensó en lo que haría. No sería muy valiente de su parte si se echaba atrás. De todas maneras ya estaba realizando la audiencia a escondidas de Keÿra y sabía que el mismo Jörgen apoyaba la decisión.
—Príncipes, como saben el último Virtuoso, Nanderian, condenó a los vanirianos a volar sobre el Mar del Oeste por profanar la tumba del padre Aesir. Desde entonces los vanirianos nos molestan con sus gritos, pero ya no nos atacan en tierra.
—¿Te refieres a las sirenas? —preguntó Set con una sonrisa que se esfumó en cuanto Jeremías lo reprendió con la mirada.
—No son sirenas, Set. Son monstruos alados que rompen los oídos a punta de gritos y lanzan maldiciones letales. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
Set arrugó la frente. En los casi dos mil años que pasaron entre la muerte del Virtuoso Nanderian y su propio nacimiento, los aesirianos tuvieron que soportar los lamentos de los vanirianos que volaban sobre el Mar del Oeste. De hecho, esa región estaba casi deshabitada porque los aesirianos no podían soportar los gritos.
Algunas veces eran tan funestos y potentes que se escuchaban incluso en Masca. Pero a Set no le molestaban. Para él eran sirenas. No tenían voces melodiosas, sino estruendosas e hirientes, pero entonaban un himno melancólico que los unía y les daba fuerza para seguir volando hasta caer muertos de cansancio en el mar. Set amaba ese canto, porque era un reflejo de cómo se sentía y porque añoraba tener a alguien con quien compartir la desdicha y ser más fuerte en ella.
El Inútil, el Imbécil, el Desgraciado, el Portador del Caos… Así lo llamaban a escondidas. Así pensaban de él los guardias y sirvientes que lo servían bajo votos de protegerlo, a pesar de que las protestas que pedían su cabeza se intensificaban en número y violencia. A Set le habría gustado carecer de las esencias de la mente, porque sin siquiera intentarlo escuchaba los pensamientos de todos los que lo rodeaban. Hasta su padre lo creía idiota. Pero él no podía reclamar, no podía gritar, no podía acudir a nadie en busca de consuelo. Los vanirianos quizá estaban malditos pero se tenían los unos a los otros. No estaban solos.
Jeremías se aclaró la garganta para llamar la atención de los príncipes. Abrió una de las gavetas y sacó una carpeta negra. Se mordió el labio y se preguntó de nuevo si lo que se proponía era lo correcto. Miró a los muchachos que tenía al frente y aceptó que no sería el primer ni último Emperador que traicionaba al primogénito.
Y tenía buenas razones para hacerlo.
Si dejaba que Set fuera el sucesor… No quiso ni imaginar las consecuencias. Pero todavía había manera de ayudar a su hijo a controlar esos poderes salvajes. Si su plan funcionaba tendría la consciencia tranquila. Y si no, siempre tendría al fiel Korgÿon.
—Niños, no sé por dónde empezar… —dijo—. Quiero que mi heredero se encargue de una vez y por todas de los vanirianos. Ya es hora de callarlos, pero…
Dudó y la voz le tembló. Siempre era muy grosero y estricto con Set, pero eso era porque lo amaba. Si fuera muy condescendiente con él, el príncipe habría hecho más estragos y no podría defenderlo de la furia de los aesirianos. Pero lo que estaba a punto de hacer era demasiado terrible, una verdadera puñalada por la espalda. Con solo imaginar la cara de Set al recibir la noticia, le costaba seguir adelante con esto. Retiró la carpeta, listo para dar un paso atrás y olvidarse de todo, pero Jörgen no lo permitió:
—El Emperador ha decidido que el príncipe Set no será su heredero. Piensa nombrar al príncipe Korgÿon como sucesor al Trono. —Jörgen ni siquiera se estremeció cuando Jeremías lo miró con ganas de matarlo.
A él no le importaba herir a Set. Lo único que quería era que alguno de los dos príncipes se hiciera cargo de los vanirianos. Set tenía habilidades mágicas exquisitas, pero no cerebro. En cambio, Korgÿon tenía un poder aceptable y un dominio perfecto sobre sus esencias. Para el General era obvio quién debía heredar la Corona.
—Padre… ¿es eso cierto?
A Jeremías le gustaba que sus hijos le respondieran viéndolo a los ojos, así que él les debía lo mismo. Aunque le dolió ver la reacción de Set, asintió en silencio pero firme. La cara del muchacho fue como una suma de todos los regaños que recibió en la vida, pero peor, mucho peor.
Korgÿon, en cambio, tenía el pecho hinchado y una ligerísima sonrisa. Ah, el buen Korgÿon… A él no lo tomó por sorpresa esa decisión. Jeremías se dio cuenta de que su segundo hijo siempre supo que heredaría el Trono que era por derecho de Set. ¿Y por qué no? Era todo lo que se esperaba de un heredero. Era todo lo que se esperó de Set.
—Si yo hubiera tenido un hermano menor —explicó Jeremías— y mi padre lo hubiera preferido por encima de mí, estaría muy dolido. Set, por favor no creas que decidí esto a la ligera. Eres mi primogénito y deseo darte el dominio cuando yo muera, pero…
Se levantó con brusquedad y caminó hacia el ventanal. Qué cobarde era, no podía ver a Set mientras lo desheredaba. Era más sencillo ver la ciudad que se asomaba al otro lado de las murallas de Palacio y encontrar fuerza en el paisaje.
—Hay demasiado caos, Set. Demasiado. Cada vez que pierdes el control algo estalla en alguna parte del mundo. Una hambruna, la peste, un volcán, ¡lo que sea! Todos los días es una guerra por algo y todos están cansados. Yo estoy cansado.
»Te amo. Sé que eres más bueno de lo que te digo. Sé que tienes un buen corazón y que tu poder podría ser una bendición. Pero los demás no lo creen y temen lo que pasaría si subes al Trono. Yo también lo temo.
»Si muriera en este momento y te coronaran Emperador, ¿qué crees que sucedería? La gente no aceptará que el líder sea un muchacho sin control sobre las esencias y que es el responsable de miles de muertes y catástrofes. Se alzarían y marcharían contra Masca para derrocarte.
»Los Generales me son fieles, pero ¿lo serán a ti? Si ven que no eres apto para gobernar le darán el Trono a cualquiera de tus hermanos. Al que más les convenga. No quiero que soportes una traición masiva, Set. No quiero ni pensar en toda esa gente uniéndose para ver tu cabeza rodar. ¡No quiero ni imaginar a Jörgen decapitándote en frente del pueblo y nombrando a Korgÿon en tu lugar!
Jeremías apretó los puños, sin creer que acababa de gritar. Llevaba mucho tiempo con esa idea en la mente. Eso era lo que realmente lo tenía agotado: la imagen del cuerpo sangrante de Set mientras alguien –un General, un sacerdote, un soldado o un civil anónimo, ¡el que fuera! – sostenía su cabeza del cabello y la mostraba a la gente como si fuera un trofeo.
Amaba muchísimo a Set. Cuando creyó que perdería a Keÿra después del parto, lo que lo mantuvo en pie fue la idea de que tendría un pedazo de ella para recordarla y honrarla. No podía olvidarse de la manita que le apretaba el dedo como si le diera consuelo, como si le dijera «Siempre estaré para ti, papá», cuando tenía que ser al revés. Esa noche le había dicho a su bebé lo mucho que lo quería y le juró que haría todo en su poder para protegerlo. Pero cada vez que los desbalances se hacían más frecuentes le era más difícil demostrar lo mucho que le importaba Set. Estaba muy ocupado eligiendo sirvientes y soldados de fiar y destituyendo a las decenas que intentaron envenenar o empujar a su hijo por las escaleras para deshacerse de él.
—Jörgen —llamó con voz seca—, si cayera fulminado ahora mismo y nombraran a Set Emperador, ¿lo decapitarías?
—No, Majestad —respondió el General con la mirada fija en el príncipe—. No esperaría a que lo nombraran Emperador. Lo mataría justo después de su muerte, Majestad.
Jeremías sintió la mirada incrédula de Set en la espalda. ¿Pero qué más podía esperar? Jörgen nunca se iba con rodeos. Era directo, hablaba y actuaba sin titubear. Y había muchos otros como él que no dudarían en acabar con Set cuando llegara el momento.
—Prefiero que sufras la traición de tu padre y no la traición de todo un Imperio, Set —concluyó.
Regresó a su sitio y acarició la carpeta antes de sentarse. Esa era la única salida para que Set fuera nombrado Emperador. Si no cumplía con los requisitos no se arriesgaría a que la cabeza de su hijo rodara por la traición de los Generales y la satisfacción de los aesirianos que llevaban ya muchos años pidiéndola. Jeremías tomó la carpeta y la extendió al muchacho.
—Esto es lo único que me hará cambiar de opinión. Aquí está toda la información recopilada por los Generales Grendiere, Kèrmiac y Montag sobre los vanirianos en las costas del Oeste. Te ofrezco una misión: libera a nuestro reino de sus alaridos. Si lo haces traerás paz a la gente y no habrá problema con que seas mi sucesor. Te recordarán por tu proeza: «Set, el Virtuoso que nos libró de los vanirianos».
Pero el muchacho clavó la mirada en el suelo, dio un paso hacia atrás y ofreció una reverencia a Korgÿon.
—Esa es una misión para tu heredero, para alguien que tiene futuro como rey. Y de los dos príncipes aquí, solo uno cumple con los requisitos.
No esperó permiso y salió del estudio, incapaz de soportar la humillación.
En especial porque sabía que todo lo que había dicho su padre era verdad.


Solo quería llegar a su cuarto para llorar solo, como ya estaba acostumbrado a hacer. Pero las lágrimas le ganaron y solo lo enfurecieron y avergonzaron más. Sintió el flujo violento que se desbordaba sin control fuera del cuerpo, pero no pudo hacer nada al respecto. Nunca podía.
Mientras avanzaba una brisa le golpeó el rostro, a veces fuerte, a veces débil, y a cada instante con temperaturas distintas que variaron al ritmo de sus emociones. A veces era tan ardiente como la furia en la boca del estómago; otras era tan fría como el puñal que tenía en el corazón.
No vio al hombre hasta que chocó contra él. El sirviente pegó un alarido tan fuerte que Set se detuvo en seco, consternado. Pssssssss. Era el mismo sonido burbujeante que recordaba de su infancia, junto con unas flores que se derretían en el suelo.
El sirviente se retorció a sus pies, intentando en vano sostenerse el brazo. El contacto con Set lo había quemado, igual que el ácido que creó a los ocho años. En cuestión de unos segundos el brazo se le cayó, negro en algunas partes y en otras lleno de ronchas. Set se inclinó para ayudarlo, pero el hombre lo miró con tanta rabia que lo asustó. «¡Aléjate, idiota!».
Set escuchó un chillido tan agudo que creyó que se le reventarían los oídos. Una muchacha, que había aparecido a la vuelta de la esquina, dejó caer una cesta de ropa y corrió hacia el hombre. Su grito llamó la atención de más sirvientes, que intentaron parar la hemorragia o simplemente miraron a Set como cuervos a la espera de sacarle los ojos.
«Estúpido príncipe, ¿no podría lanzarse por un precipicio?».
«Maldita sea. Hoy sí que le voy a echar veneno a su comida».
«Cabrón, ¡voy a sacarte las tripas ahora mismo!».
Uno de los sirvientes llevaba un cuchillo al cinturón y tenía la auténtica intención de dibujarle una bonita sonrisa roja en la garganta. El muchacho no lo pensó dos veces y escapó, pero los pensamientos lo persiguieron sin tregua.
«Imbécil».
«Portador del Caos».
«¡Sacrificio, sacrificio! El mundo requiere sangre para recuperar el equilibrio y es su sangre la que debe correr».
«¡Sacrificio, sacrificio!».
Patinó con mucho impulso, se dobló un tobillo y cayó. El suelo, que siempre era frío por estar hecho de mármol, tenía una ridícula capa de hielo encima. «Oh, no», pensó. Entonces escuchó el rugido del viento, los gritos de guardias y sirvientes, y comprendió que había desatado una buena tormenta de nieve. Tan severa que los huesos le aullaron de frío, a la vez que Palacio –y también buena parte de Masca– se cubría de hielo.
Se incorporó lo mejor que pudo y recostó la espalda a la pared. Debía controlarse. No era un niñito para desbordar magia así, debía comportarse. Pero las lágrimas le quemaron las mejillas y la cabeza le dolió por las imágenes que recibió de parte de los sirvientes: todos planeaban mil y una formas distintas de matarlo. Jeremías tenía razón: si lo nombraban Emperador tendría literalmente a un asesino en cada esquina de Palacio.
«Púdrete».
«¡Lo voy a envenenar!».
«Las escaleras están resbalosas, puedo hacer que parezca un accidente…».
«¡MUÉRETE!».
—¿Príncipe Set?
Se asustó cuando escuchó una voz tan cerca. Quiso saltar para evitar un golpe, un cuchillo o lo que fuera, pero no pudo. Tampoco fue necesario porque no estaba en peligro. El que lo llamaba era Sin Tonare, hijo del General Tonare… y lo más cercano que tuvo a un amigo.
Sin tenía el cabello negro y los ojos esmeralda de su clan. Nació la misma noche que Set y sus primeros dos años de vida jugaron juntos. Pero cuando Keÿra y Jeremías tuvieron más hijos, las visitas de juego dejaron de ser necesarias. Además, el joven Tonare entró al ejército a temprana edad, motivado por su padre, por lo que cada vez era más difícil que se encontraran.
Pero cuando lo hacían, Sin no se olvidaba de los modales y lo saludaba con alegría. Pero lo que más le gustaba a Set era que Sin no pensaba que él fuera un idiota. De hecho, los pensamientos del soldado siempre estuvieron lejos, custodiados por una muralla de gentileza.
—¿Está bien? —preguntó Sin. Set intentó responderle pero no pudo respirar. Estaba mareado, sudaba y el cuerpo le temblaba—. Tranquilo, es solo un ataque de pánico —explicó mientras se sentaba al lado del príncipe y sacaba una bolsa de papel para que respirara en ella—. A mí también me pasa, en especial cuando mi padre me regaña. Me da miedo que de un momento a otro me apuñale por la espalda para que yo no lo haga primero. Es por esa estúpida maldición Tonare.
El muchacho echó una carcajada que pretendió ser reconfortante, pero se convirtió en una risa nerviosa. En unos segundos, el heredero de los Tonare también tuvo que sacar una bolsa de papel y respirar en ella. Sin logró calmarse primero, pero permaneció al lado del príncipe por varios minutos. Set lloró lo más quedo que pudo, frustrado por la decisión de Jeremías, el odio de los sirvientes y por su incapacidad de controlar la energía. Aunque Sin no dijo nada, supo que todo no podría estar peor. Hacía tanto frío que incluso las voces y pensamientos de los sirvientes se suavizaron, ya que se habían propuesto a buscar calor y cobijo.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Set.
—Estoy entrenando en el Escuadrón Terra. Hoy teníamos práctica.
—No, me refiero a qué estás haciendo junto a mí.
—Lo siento —Sin pareció muy dolido—, me marcharé si…
—No te estoy diciendo que te marches —explicó Set mientras hundía el rostro en las rodillas y las apretaba contra el pecho—. Solo quiero saber por qué te quedaste al frío y no buscaste refugio de mí.
—¡Ja, ja! ¡Ni que fuera una plaga, Alteza! ¿Viene de donde su padre?
—Sí… Nombró a Korgÿon heredero al Trono.
No supo por qué le dijo eso a Sin, aunque así era como comenzaban los rumores. Pero el joven Tonare no estaba muy interesado en la noticia y tampoco tenía cara de chismoso.
—Es una lástima.
—¿Por qué dices eso?
—Umm… El príncipe Korgÿon es muy hábil pero… pero es muy orgulloso y trata mal a los sirvientes. Yo no seguiría a un rey así. —Sin estiró los brazos. Luego se levantó y se sacudió el trasero congelado—. ¿Hay forma de que Su Majestad nombre a alguien más como sucesor? Usted o el príncipe Korth, tal vez… Ojalá no el príncipe Joel, porque es igual al príncipe Korgÿon.
Después de quitarse la pequeña capa de hielo de la ropa, Sin ofreció una mano a Set para que se levantara. El príncipe miró la mano de su antiguo compañero de juegos, pero la imagen del sirviente al que había quemado le asaltó la mente.
—Venga, hombre. Que en serio nos vamos a morir de una pulmonía si nos quedamos aquí. —Sin estiró una mano y jaló a Set para levantarlo—. En lugar de llorar en medio pasillo podría buscar la manera de restituir su lugar en el Trono. Nunca hay salidas fáciles pero siempre hay algunas soluciones obvias. A veces tenemos que demostrarle eso al mundo y, más importante, demostrárnoslo a nosotros mismos.
Sin sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro antes de guiñarle un ojo y marcharse con cautela para no resbalar por el piso congelado. Set meditó el consejo camino a su habitación, pero antes de entrar allí tomó una decisión. El pobre Korgÿon tendría que esperar su turno para la misión… y para el Trono de Masca.

****

—¡PRÍNCIPE!
Set se sobresaltó cuando Sin lo llamó a gritos.
El Virtuoso parpadeó varias veces, desubicado. Acababa de soñar con su familia, su cama cálida y amiga, y la copa floreada de un árbol que se veía desde la ventana. Pero también soñó con el caballo ensillado, el peso de la armadura y los murmullos satisfechos de los guardias que vigilaban la despedida, felices de que el Virtuoso se fuera.
Ahí estaba ahora, todavía un poco adormilado sobre una mesa que tenía varias pilas de libros y mapas encima, además de una taza de té que estaba frío. Sin lo miró enojado, con los brazos cruzados sobre el pecho. La tienda estaba apenas iluminada por una lámpara de aceite que daba lo mejor de sí para no extinguirse.
—Buenos días, Sin. ¿Qué pasa?
—Llegó un mensajero desde Masca —respondió el Coronel mientras se volteaba para salir de la tienda. Set se incorporó de inmediato y siguió a su amigo mientras se restregaba los ojos—. Trae órdenes de tu padre.
El campamento estaba al aire libre, bajo un cielo gris que impedía el paso de un solo rayo de luz. Los árboles cercanos eran delgados, como huesos de anciano, y a lo lejos se escuchaban las olas que besaban la playa. Los hombres del Escuadrón Terra inclinaron la cabeza al paso del príncipe, pero los sombríos pensamientos de los soldados no escaparon de Set. Nunca lo hacían.
«Virtuoso de pacotilla. ¿Cómo es posible que cause tanto desastre?».
«¡Sacrificio, sacrificio!».
«Solo porque tenga tanto poder no significa que pueda hacer lo que le dé la gana».
Un hombre distinto a los demás lo esperaba sentado en el suelo, con la espalda recostada a un madero. Set se extrañó de la apariencia del recién llegado. No era un anciano, pero sí se veía muy mayor. Tenía un cuerpo tan delgado que rayaba en lo inverosímil, a pesar de que conservaba una musculatura que en antaño habría sido considerada adecuada para un luchador profesional. Los ojos grandes estaban irritados y tenía unas ojeras terribles. Pero lo que más llamó la atención en él fue la palidez y la calvicie. Parecía muy enfermo. Set estaba seguro de que su padre jamás habría ordenado a un hombre así realizar un viaje tan largo y peligroso solo para entregar un mensaje.
—¿Traes algo para mí, buen hombre? —El mensajero no respondió. Solo se limitó a extender un rollo de cuero negro y a mirar a Set con ira reprimida.
«¡Púdrete, maldito!».
Set tragó fuerte y, como siempre, no dijo nada de los pensamientos indeseados de quienes lo rodeaban. Tomó el paquete y desdobló el cuero. Allí encontró un pergamino, que tenía un símbolo hecho con tinta azul. El príncipe tragó de nuevo al reconocer el hechizo. Era una carta mágica que permitiría una conversación cara a cara.
—Aliméntenlo.
Mientras al mensajero le daban un plato de sopa caliente, el príncipe caminó al centro del campamento. Colocó el pergamino sobre una roca y después acarició con suavidad el sello. De inmediato, los trazos sobre el pergamino brillaron y proyectaron la imagen del Emperador. Jeremías estaba sentado frente al escritorio, con los codos apoyados y las manos cubriéndole la boca, tal y como la última vez que habló con Set en el estudio. Los ojos los tenía muy irritados y los acompañaba con unas ojeras tan feas como las del mensajero.
—¿Qué sucede, padre? —preguntó incómodo.
No había intercambiado muchas palabras con Jeremías desde el episodio del nombramiento de Korgÿon, y todavía estaba resentido con él. Antes de que se marchara de Masca, su padre también pareció incómodo e incluso arrepentido pero tampoco se animó a decir nada.
—Es hora de que vuelvas a casa.
—No… no entiendo. Umm… todavía no termino y…
—Vuelve a casa —dijo Jeremías como si pretendiera dar un golpe.
Los ojos le brillaron con furia, como cada vez que regañaba al pequeño Set por los experimentos bienintencionados que terminaban en caos. «Pero ya no soy un niño y ya no permitiré que me hable así, aunque sea mi padre y mi rey».
—No. Volveré en cuanto cumpla mi misión, que por cierto ya casi está lista.
—¿Ya casi? —se burló Jeremías—. ¡Ya casi, dices! ¡Lo que ya casi haces es destruir el mundo, Virtuoso del Caos! —El título fue una bofetada para Set—. Regresa de una buena vez antes de que destruyas por completo MI reino. ¡Solo a un imbécil se le ocurre despertar la furia de los volcanes! No entiendo cómo puedes ser tan tarado.
—¡Los volcanes emiten gases que pretendo usar para ahogar a los vanirianos!
—Excelente, ¡excelente! —aplaudió su padre—. Lástima que el viento apunta a la dirección contraria y, en lugar de soplar todo ese veneno al mar, lo lleve a todo el continente. ¡Llegó a Masca! El cielo está repleto de nubes venenosas y las lluvias ácidas ya acabaron con las cosechas y los pozos. Estás matándonos de hambre, sed y… y…
E hizo algo que Set no se esperó: sollozó. El príncipe se sintió muy mal. Aunque Jeremías era muy grosero con él, siempre lo protegió de las protestas. El Emperador pudo haber cortado sus problemas de raíz si hubiera accedido a matar a la causa, pero nunca lo permitió. Soportó años de huelgas, de tormentas, de sequías, de terremotos, intentos de asesinato, pestes y guerras por Set, y ya estaba al borde de sus capacidades. Ya no podía con todo.
Set balbuceó una disculpa, pero ni se escuchó porque Jeremías habló al mismo tiempo que él. El príncipe quedó mudo y deseó con todo el corazón haber entendido mal. Sintió un golpe en el estómago, como si le acabaran de sacar el aire, pero aun así se obligó a decir algo.
¿Qué dijiste?
—Asfixiada… —repitió el Emperador en un sollozo—. ¡Tus malditas nubes lo hicieron! Joel perdió la vista por el humo, Jordan se está muriendo ahogado por el veneno en los pulmones, y los doctores dicen que pronto la va a seguir a la tumba. ¡Estás matando a tu hermano, tal y como hiciste con tu madre! ¡La asfixiaste desde el otro lado del mundo con el humo de tus malditos volcanes! ¡No tienes idea de lo mucho que te odio!
Explicó con gritos cómo media Masca había muerto así. Las nubes que venían desde la costa Oeste eran tan tóxicas que nadie podía salir a la calle. Lo peor era la lentitud del veneno. Los pulmones ardían o se llenaban de flemas durante semanas, hasta que finalmente sucumbían y los enfermos se ahogaban.
Keÿra agonizó por dos meses, pero nunca dijo que tenía miedo de morir. Cada vez que encontraba fuerzas para hablar decía lo mismo:
—Tráelo a casa, tráelo a casa. Por mí, por mí, tráemelo. —Se refería a Set.
Jeremías intentó cumplir su deseo, así que envió a un mensajero joven y fuerte aunque supo que las posibilidades de que sobreviviera a los gases eran mínimas. Aun si lo lograba, ningún caballo podría recorrer la distancia entre la costa Oeste y la Capital antes de que se acabara el tiempo. Keÿra murió con el único deseo de que Set volviera sano y salvo a casa. Aunque ya no estaba para verlo regresar, Jeremías se encargaría de cumplir con lo que le pidió.
—Vuelve, Set —repitió mientras intentaba tranquilizarse.
Supo que el Escuadrón Terra estaba viendo, que acababa de darle una mala noticia a Set y que no lo hizo de la mejor forma, y también que lo que diría ahora merecía un poco más de tacto y calidez. Pero no le importó. Tenía que ser firme ahora o después encontraría una excusa para arrepentirse.
—Te quito el título de príncipe. Korgÿon será mi heredero y tú… Tú seguirás siendo mi hijo, pero te retendré donde no puedas causarle más daño a nadie. De hoy en adelante te queda prohibido utilizar magia alguna. Regresarás a Masca y te encerraré donde solo tu padre y tus hermanos podrán verte… Si es que Joel recupera la vista y Jordan no muere como Keÿra.
Jeremías se concentró por primera vez en los ojos de Set, tan inocentes y translúcidos. Se alegró de desheredarlo antes de verlo, porque era precisamente esa mirada –negra y bella, como la de Keÿra–, la que lo hizo pensar siempre que algún día merecería el Trono.
—No te odio, mi niño. Te amo con todo mi corazón. Pero eres un idiota. Eres el Virtuoso del Caos y de la destrucción. No fuiste hecho para traer paz y armonía con tu don. Solo nos has traído problemas. En condiciones normales habría mandado a matarte, pero te amo tanto que dejé pasar por alto muchas cosas y por eso yo tampoco soy apto para gobernar. Pero antes de ceder el Trono a Korgÿon tengo que asegurarme de que estés sano y salvo en casa. Coronel Tonare.
—¿Señor? —Sin tomó una posición recta y respondió con atención, como si la noticia de la muerte de la reina y la destitución de un príncipe fueran rutina.
—Ahora queda a cargo del Escuadrón Terra y de mi hijo. Haga lo que sea necesario para traerlo a casa sin ningún daño. Átelo si es necesario, pero él debe regresar a Masca. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Jeremías miró por unos segundos a Set y después dejó escapar un suspiro largo y triste. Estaba cansado, adolorido de mil formas diferentes, y todavía tenía que velar al hijo moribundo en Masca.
—Eso es todo. Adiós. —Su imagen desapareció y fue sustituida por un silencio profundo e inquietante… hasta que el Coronel tomó control de la situación.
—Vamos Set, debemos recoger el campamento.
—Alisten los barcos. Tengo una idea.
—Set…
—Esta vez nos acercaremos a los vanirianos…
—Set...
—… pero no los derribaremos, sino que hablaremos con…
—¡SET! —gritó el Coronel mientras lo tomaba por los hombros y lo sacudía—. ¿En verdad eres tan idiota? ¡Nos vamos, Set! NOS VAMOS. El Emperador dio una orden y pretendo cumplirla.
—Sin, esta vez será diferente.
—¡No, Set! —gritó su amigo—. Tu padre tiene razón. Todos hemos soportado por mucho tiempo tus metidas de pata. ¡Estamos cansados! ¿Cómo es posible que no lo veas? —Miró al ex-príncipe con seriedad, abrió la boca para decir algo más, pero se arrepintió y la cerró de nuevo. Luego lo apuntó con un dedo y declaró—: Nos marcharemos, así lo quieras o no.


—Es hora de irnos —dijo Sin cuando se detuvo al lado de Set. El Virtuoso terminaba de atar las sogas de un barco, mientras los pies se le hundían en la arena húmeda de la playa.
—Están listos. Ahora todos podremos ir al mar. —Sin apretó las cuerdas que tenía en las manos.
—Te voy a atar, Set. Tu padre lo ordenó.
—Y yo te ordeno que no lo hagas.
—Ya no eres príncipe —respondió el otro mientras levantaba los hombros—. Ya no tienes poder sobre mí. Por favor, vamos…
Intentó jalar el brazo de Set, pero el Virtuoso lo burló, lo obligó a hacer unos giros en la arena y, cuando Sin se resbaló, aprovechó para retirarse y ponerse a salvo.
—Escúchame. Ya no tengo razón para volver a Masca. No puedo ver a mis hermanos y a mi padre sin haber logrado algo. Tengo que hacerlo. De lo contrario… Bueno, no puedo verlos así… Desearía que vinieras conmigo, pero si intentas detenerme…
—¿Qué harías? ¿Me matarías? —Set guardó silencio, incapaz de responder con un sí o con un no—. Si insistes en seguir con esto es porque eres un egoísta terrible. Es un chiste que alguien como tú tenga tanto impacto en el mundo. —Sin echó las sogas al suelo y cruzó los brazos sobre el pecho—. Debe ser tu elección. ¿Regresas conmigo, sí o no? —Pero Set no se movió ni dijo nada, así que el Coronel le dio la espalda—. Eres más orgulloso que Korgÿon. Yo no seguiría a un rey como tú.
Con esas palabras se marchó. Set lo vio subir una pequeña colina, en donde esperaban los demás. No se movió cuando Sin montó al caballo, ni cuando los del Escuadrón Terra cabalgaron entre risas, llevándose también la montura del ex-príncipe. Todavía esperó un par de horas a que su amigo se arrepintiera y regresara, pero fue en vano.
Set montó en un bote y se marchó por su cuenta a cumplir con la tarea que tenía pendiente.


Cerró los ojos para que la sal no le irritara.
Las olas atacaron sin piedad el bote y el viento amenazó con rasgar la frágil vela. Ya estaba mar adentro, tan lejos de la costa que no pudo ver la playa, las montañas o cualquier rastro de continente. Solo vio agua en el horizonte y sombras danzando en el cielo. Los gritos de los vanirianos aumentaban conforme avanzaba, pero Set no tenía miedo. Estaba decidido a triunfar esta vez o a morir en el intento.
Su travesía no fue fácil porque no utilizó ni un poco de magia. Se dejó llevar por los antojos del viento y las corrientes, sin alterarlas o suplicarles.
Los vanirianos se regocijaron con su presencia. Las mujeres aladas se lanzaron al ataque, tal vez enojadas o simplemente con ganas de descansar un momento en la barca. Con cada caída estuvieron a punto de derribarlo. A pesar de que él intentó hablarles, al poco tiempo tuvo que recurrir a la espada para defenderse de los arañazos de las mujeres aladas.
Incluso algunos de los vanirianos que volaban en las aves de tres cabezas le lanzaron hechizos a la barca, pero Set parecía bendito. Se las arregló bastante bien para esquivarlos gracias a los movimientos impredecibles del mar, pero eso también tenía consecuencias graves. Las olas se alzaron cada vez más alto y el agua empezó a inundar la embarcación.
Justo cuando parecía que moriría ahogado, solo a pesar de las carcajadas de los vanirianos, él apareció.
—Eres extraño.
Set abrió los ojos mientras gruesas gotas saladas le resbalaban por el rostro. El ex-príncipe traía una armadura de pecho y ropas negras diseñadas para soportar el frío, pero aun así estaba temblando por el chapuzón.
—Siento que tienes un gran poder, pero no lo usas. Si lo intentaras seguro que derribarías a un buen puñado de nosotros… ¿O me equivoco?
El que le habló fue un hombre joven, que montaba uno de los monstruos alados de tres cabezas. El vaniriano tenía los ojos rojos, mezclados con unas líneas amarillas en los irises. También tenía el cabello castaño. Aunque no podía decirse que era guapo, su rostro no provocaba aversión. Estaba rodeado por un buen grupo de aves macho, cada uno con otro vaniriano ordinario al lomo. Varias arpías se movían alrededor de él con sensualidad, dando la impresión de ser sus concubinas.
—No vine a derribarlos —confesó Set.
A pesar de que la barca estaba a punto de hundirse, el Virtuoso se arrodilló frente al hombre que lo miraba con los brazos cruzados sobre el pecho, y le ofreció la espada como signo de rendición.
—Vine a ofrecerles una tregua. —Para demostrarlo, lanzó el arma al agua—. Pido con humildad una audiencia con su rey.
Set esperó la respuesta y dejó que el vaniriano lo estudiara tanto como quisiera. Cuando decidió que tenía intenciones honestas, el hombre extendió la mano al mar. La espada resurgió del agua y fue a sus manos, como atraída por un imán
—Estás frente a él —dijo mientras admiraba el arma—. Yo soy Vanir, el segundo mago de la historia.


—Este es un buen lugar —decidió Set mientras se acostaba sobre la nieve.
Había pasado los últimos dos meses en compañía de los vanirianos, escuchando sus historias y propuestas, cantando sus canciones, compartiendo sus vivencias. Fue mejor de lo que habría imaginado.
Ahora, cada vez que recordaba las noches en Masca cuando todas las luces permanecían encendidas, comprendía por qué dormía como un bebé mientras los demás no podían pegar el ojo. Nadie entendería la belleza de las canciones de las sirenas vanirianas si no conocía antes una pena como la suya.
Con ellos se sentía mejor que en casa. Acompañado, comprendido, incluso amado.
—Creo que este es un buen lugar para fundar su reino —siguió mientras acariciaba la nieve—. Sé que es algo frío y desolado, pero será por el momento. Después convenceremos a mi padre. ¿Qué dices, Vanir? —El rey, que estaba montado sobre uno de los pájaros de tres cabezas, observó el sitio sin estar muy convencido.
—¿Estás seguro de esto? Los aesirianos no estarán de acuerdo.
—No lo estarán pero se acostumbrarán —respondió el muchacho—. ¿Por qué no vienen? —Los vanirianos siguieron suspendidos en el aire, volando en círculos y miraron el suelo con una mezcla de terror y ansia.
—Estamos malditos, Set. Tu antecesor, el Virtuoso Nanderian, nos condenó a volar por siempre hasta caer agotados en el mar. Si pisamos tierra, hacemos ¡puff! y nos quemamos.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó. Ya había escuchado la historia una y otra vez de boca de los suyos, pero quiso conocer la versión vaniriana.
—Asaltamos la tumba de mi hermano y tu ancestro, Aesir.
—¿Qué robaron?
—Nada —contestó Vanir, ofendido—. Solo regresamos algo a su lugar de origen. —Dicho esto, al lado del rey llegó una joven arpía que le entregó un libro. Vanir lo lanzó a los pies de Set sin siquiera echarle una mirada—. Mi hermano escribió esto cuando estaba con vida. Hizo siete copias para que la historia perdurara. Pero los reyes aesirianos y sus escribas decidieron que aun las mismas palabras de Aesir eran una blasfemia para su cultura, porque confirmaban que yo, Vanir, nací dentro de mi hermano. Los quemaron todos, excepto dos copias. Esperaba que al devolver al menos una las nuevas generaciones aceptaran mis explicaciones y escucharan mis propuestas, pero no fue así.
Set releyó las líneas pero en verdad no importaba. Antes estaba en el pasado, ahora estaba en el presente. Y lo que vio en ese momento fue a una buena gente condenada a una vida de tortura. Les dedicó una sonrisa y se levantó.
—Yo, Set Aesir IV, les invito a pisar tierra de nuevo. Ahora pueden descansar sus alas y venir junto a mí, amigos míos.
A pesar de que conocían las buenas intenciones de Set, los vanirianos temieron que sus palabras no los liberaran de la maldición. Sin embargo, Vanir ordenó a su montura que se acercara a tierra y saltó junto a Set. Ninguna flama le quemó el cuerpo. Todos miraron expectantes al rey, pero lo que tanto temían nunca sucedió. Y Vanir rio, y con él su amigo y todos los que estaban cerca. Fue como una fiesta. No hubo gritos de congoja, sino las risas de las arpías mientras se lanzaban a la nieve y jugaban en ella. Las alas cayeron en picada. A Set le dio la impresión de que la tierra se hundiría por el peso que no probó durante años y que de repente estaba allí.
Pero lo bueno no podía durar por mucho tiempo. Una niña arpía empezó a llorar. Voló aterrada hacia Vanir y señaló una embarcación lejana, de la que surgieron dos esferas flamígeras que derribaron un grupo vaniriano que todavía sobrevolaba el mar.
El barco de guerra aesiriano se abrió paso entre las olas.
Los vanirianos se asustaron. En otra época se habrían lanzado a la embarcación, pero en ese momento no supieron qué hacer. Después de todo, Set era aesiriano y los había librado de una maldición. No querían enfurecerlo y padecer de nuevo por quién sabe cuánto tiempo.
Set se levantó de un salto, miró pálido la nave y pidió a los vanirianos que se acercaran a la costa, donde los ataques todavía no los golpearían. Luego, el Virtuoso se adentró más en tierra, siempre con la vista fija en el barco. Vanir le preguntó qué hacía pero Set se llevó un dedo a los labios para pedir silencio, incapaz de explicar la corazonada en su interior. Fue como una canción que rogó ser escuchada. Se separó lo más que pudo de los vanirianos y dejó escapar todo su poder. Esta vez no causó caos porque su mente nunca antes estuvo tan clara.
Sintió la nieve bajo los pies, el agua congelada y los fragmentos de tierra a kilómetros de profundidad. Respiró profundo, a la vez que sus pies se hundían. Exhaló y todo alrededor se hundió todavía más. Respiró de nuevo y esta vez el suelo se alzó en una gran columna que ascendió y ascendió hasta perderse en el cielo, con el Virtuoso en el techo.
Era la voluntad de Set.
Todo su poder y su deseo se materializaron en esa Torre. Todo lo que él era estaba allí, en esa columna de hielo oscuro: sus recuerdos más preciados, sus deseos y temores más profundos, la fortaleza de su corazón…
La Torre resonó con él en una sincronización perfecta y una tonada maravillosa que trajo paz al mundo. Cuando Set abrió los ojos estaba tan alto que pudo ver la costa de la región Oeste por un lado y, por el otro, la costa de las tierras de arena. El país vaniriano estaría en un continente en medio del desierto y el continente principal del Imperio Aesiriano.
Miró el cielo. Estaba gris, lleno de las malditas nubes que él mismo creó y que hicieron tanto daño a su familia. Con solo desearlo, una corriente de viento fresco que provenía del desierto sopló sobre él rumbo al continente principal para limpiarlo. A pesar de la distancia, Set sintió la furia del magma que se debatía en las entrañas de los volcanes que tan ingenuamente había despertado. Los calmó. Tomó aire hasta que su respiración tranquila fuera una con la de los volcanes, hasta que sus latidos se unieran con los de la Tierra misma.
Poco a poco los puntos incandescentes se calmaron. El cielo se limpió. La paz regresó. El caos se fue. Set se arrimó al borde de la Torre. Aunque comprobó que la altura podía ser fácilmente de kilómetros, se dejó caer al vacío. La brisa lo meció con gentileza, lo protegió de la gravedad y lo dejó caer ligero y suave como una pluma.
—¡Lo he logrado! —exclamó orgulloso cuando aterrizó a los pies de la Torre—. ¿Lo viste, Vanir? ¡Lo he logrado! ¡Al fin he controlado mi poder!
—Sí lo noté, Set —respondió el rey con la mirada fija en la enorme estructura de hielo detrás del Virtuoso, y que se perdía entre las nubes.
—Ahora dejaremos que ellos lleguen con nosotros. Haremos un trato y ambos iremos a la Capital. Tú, como rey de los vanirianos. Y yo, como mediador entre mi padre y tu deseo. ¿No te entusiasma, Vanir? ¡Al fin nuestras razas podrán convivir en paz!
Set corrió alegre hacia el borde de la costa de hielo y empezó a saludar desde lo lejos. No pudo distinguir a nadie en la embarcación aesiriana, pero eso no le importó. Su inocencia sacó una sonrisa sincera de parte de Vanir, aunque los ojos rojos del rey volvieron a la Torre. Los cimientos eran tan blancos como la nieve pero, conforme ascendía, la Torre se tornaba azul oscura. La columna era ancha, anchísima, tanto que su diámetro de seguro superaba los 20 kilómetros y la altura iba más allá de cualquier estimación. Los vanirianos estaban alegres: su maldición fue removida y ahora tenían un lugar dónde dormir y refugiarse. ¿Qué más daba si estaban en un infierno de hielo y nieve o en el desierto?
—Gracias, Set —dijo Vanir. El Virtuoso giró por un momento para verlo, para agradecerle con una sonrisa por el agradecimiento. Nadie nunca le había dado las gracias. ¡Ah, cómo lo alegró!
Mientras tanto, la embarcación aesiriana se acercó más y más, con los cañones listos para disparar y los soldados listos para matar. Vanir acarició el mango de la espada que Set le había ofrecido, mientras pensaba qué hacer. El Virtuoso era su amigo pero también era un aesiriano, hijo del Emperador Jeremías el Inquebrantable, el que nunca daba su brazo a torcer. Tal y como nunca accedió a ejecutar a Set, ahora no aceptaría una tregua.
«Los Aesir son traicioneros y arrogantes. Ellos no lo entenderán. Tú eres la excepción, querido Set. Por eso sé que lo comprenderás, ¿verdad?».
—¡Hoooolaaaa! —gritó el aesiriano mientras agitaba la mano e intentaba reconocer a alguien. El barco estaba tan cerca que comenzó a distinguir las siluetas de al menos 20 hombres.
Los recibirían y él les daría explicaciones. Los aesirianos y Vanir partirían a Masca, y su padre accedería a sus razones. Ya no le importaba que Korgÿon fuera el próximo Emperador. Lo único que quería era detenerse frente a la tumba de Keÿra, disculparse y anunciar con orgullo que al fin trajo paz al mundo. Con suerte eso la haría descansar en paz también.
—Vanir, ¿qué tal si---? —Antes de que pudiera terminar, un frío se le clavó en la espalda y lo atravesó. Inspeccionó el pecho y descubrió que la punta de la espada se asomaba por allí.
No se dio cuenta de en qué momento cayó de rodillas. Aunque logró mantener el equilibrio por unos instantes, de todas formas se desplomó de lado, incapaz de levantarse o tan siquiera respirar. La espada le había perforado los pulmones. A duras penas se arrastró por la nieve, sin saber a quién recurrir. No podía creerlo: ¡Vanir lo había traicionado! y eso le dolía hasta las lágrimas. No avanzó ni medio metro cuando alguien le pisó la espalda y le sacó el arma.
—Lo siento, Set. Te amo pero eres un idiota. Y eso te lo agradezco mucho, mi querido amigo.
Set extendió la mano, deseando que alguien en el barco apareciera junto a él y lo salvara. La nave estaba más cerca y pudo distinguir a una persona: Sin Tonare gritaba y lo llamaba. Quizá ordenaba a sus hombres que se apresuraran, aunque tanto él como Set sabían que no llegaría a tiempo.
—Adiós, Set.
Vanir levantó la espada. El Virtuoso sintió que el frío se posaba con gentileza sobre el cuello. Después no sintió nada más.



Este texto está protegido por Derechos de Autor.
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

Muchas gracias a Jennifer Asuka, Jimeneydas,Kair, Lynks,Brysa y Annie.

5 comentarios :

  1. en serio... un virtuosoo pudo ser tan ... tarado??? OoO

    en serio no me ubiera pasado por la cabeza que aquel noblee qe construyo la capital vaniriana ubiese sido tan... tan... creoo q su nombree del virtuoso del caoss se lo tenia muii bien ganada, si me imagine qe era confianzudo xk para creer en vanir ><



    lo qee si me parecio injustoo fue el trato de todooss haciia el!!!
    esqq era de lo mas injustooo, Set es de admirarse, mira qe no guardar rencorr... me idolo xD


    en fin angela, sabes qe seguiree leyendo aqiii como siempre.


    ii me disculpo de antemano, no eh podido subir capitulo a mi historia, deme unos dias y sabras el motivo.




    y sin mas me despido. See youu later!

    ResponderEliminar
  2. Tarado es un buen adjetivo para el pobre Set. Pero el muy idiota me sigue cayendo bien :D
    Gracias por pasar, Annie ;)

    ResponderEliminar
  3. angela, te aviso qe reedite el capitulo 4-segunda parte. Para evitar incomodidades...o por lo menos es lo qe intente.

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  4. Muy buena tu novela
    no la he podido leer toda aun pero prometo que volvere para terminarla
    saluditos

    ResponderEliminar
  5. WEW! Muchas gracias :3
    Aunque he retirado los primeros capítulos, porque "están en proceso de edición"
    Por favor disculpa las molestias, que esos capis volverán lo más pronto posible (deséame suerte, por favor)

    ResponderEliminar

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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