¡Sigue el blog!

Capítulo 30

30
REENCUENTRO DE DOS AMIGOS - CAÍDA DE UNA TORRE

—Los años pasaron y la nieve cubrió este lugar. El frío hizo que el mar se congelara y ahora esto es un gran continente de hielo. No sé en qué momento comencé a existir de esta manera. Solo sé que estoy condenado a esperar en el mismo lugar de mi muerte. Cuando me di cuenta, mi cadáver ya había sido cubierto por la nieve. No puedo sentir la mayoría, pero sí algo.
Set señaló lo alto de la Torre. Sakti y Mark siguieron la dirección que el Virtuoso les indicaba.
—Puedo sentir mi calavera sincronizada con la ciudad. Aunque no puedo hacer mucho con ella, me aseguré de que la Torre los obligara a salir al frío. Necesito tu ayuda —agregó mientras veía a Sakti directo a los ojos—. Debo aclarar algo con mi amigo Vanir. En el fondo creo que esa es la razón por la que he esperado por tanto tiempo. Ayúdame y yo te ayudaré a ti. Al final del día, los tres nos habremos ido de aquí.


—Vamos.
Mark enarcó una ceja cuando escuchó las voces de Set y Sakti fusionadas en las palabras de la chica. Aunque las facciones de la princesa permanecieron tal cual eran, sus gestos habían cambiado por los de Set. A Mark le pareció extraño ver a la muchacha con esa expresión alegre a la vez que se paraba con el descaro de un hombre y no con la timidez de una señorita.
El ambiente alrededor todavía era cálido y placentero, pero Sakti y él se habían puesto de nuevo los abrigos. Pronto marcharían hacia la Torre. La columna se alzaba imponente ante ellos y ni las fuertes corrientes heladas la cohibían. Se veía fuerte y maciza, imposible de derribar. Pero Set y Sakti estaban decididos a hacerlo.
Mark abrochó el abrigo con más fuerza y se acercó lo más que pudo a la princesa. Set sonrió y Sakti también lo hizo. El Virtuoso dio un paso al frente, con lo que Mark y la muchacha se enfrentaron de nuevo a la tormenta. Pronto los vanirianos también sentirían ese viento azotador.


El anciano tembló al vendar la mano del rey. Ni el frío intenso de la habitación ni las heridas de las mangodrias lo pusieron nervioso, pero el miedo… El miedo sí. Jamás se imaginó que el Vanir al que tanto idolatraban en los pisos inferiores fuera una figura tan grotesca. Sus carnes nauseabundas y su aliento funesto le pusieron los pelos de punta.
—He--- he terminado, señor —logró balbucear.
El anciano clavó la mirada en el suelo, deseoso de retirarse. No quiso ver el cadavérico rostro ni los ojos llenos de… de… No pudo terminar la frase. No supo con exactitud qué expresaban los ojos carcomidos.
—Estás temblando —dijo Vanir mientras movía la mano fracturada con lentitud. El anciano hizo un buen trabajo con la herida que esa loca Aesir le había ocasionado. Lástima que tendría que mandar a matarlo para que nadie más supiera de la lamentable situación cadavérica del rey del País de Hielo.
—Hace frío, señor, y mis huesos se quejan mucho...
Umm… Buena respuesta. Tal vez podría dejarlo con vida y convertirlo en su médico de cabecera. Después de todo, los ancianos como él habían aprendido hace mucho que la discreción es una virtud.
—¿Cómo están mis mangodrias?
—Nosotras estamos muy bien, señor —respondió Lemuria con alegría.
Ella y Abigahil tenían los dorsos desnudos, pero los doctores que las atendían no temblaban por lujuria. Los aterraba tanto Vanir que ni siquiera notaban los apetecibles cuerpos de las mangodrias. «A esos sí voy a tener que matarlos», meditó el rey, pero sonrió y les dio permiso para retirarse. Los médicos hicieron reverencia y se marcharon tan rápido como pudieron, pero se toparon con un guarda que entró al Salón justo cuando Lemuria y Abigahil terminaron de vestirse.
—Señor, no los podemos encontrar en la tormenta. No creo que estén vivos.
—Más te vale que vivan —lo amenazó Vanir—. Podemos perder al mensajero, porque al fin y al cabo no es el único. Mi Lemuria confirmó haber conocido a otra durante su estadía en el continente aesiriano. Pero a la princesa… ¡a ella sí que no la podemos dejar morir! Si muere puedes estar seguro de que tu cabeza rodará.
El guarda tragó fuerte, hizo una reverencia y se retiró a seguir con la búsqueda, pero la Torre se sacudió tan fuerte que el soldado tuvo que hacer maniobras para no perder el equilibrio. La calma regresó por unos segundos pero después dio paso a una sinfonía de gritos, explosiones y más temblores.
—Iré a investigar —dijo Lemuria mientras intentaba levantarse. La herida que Marduk le hizo no era tan grave, pero le dolía y podía complicarse.
—No —ordenó el rey—. No puedo perder a ninguna de las dos. Ustedes se quedarán aquí. Pero tú —Vanir señaló al soldado—, tú vas a investigar.
El guardia asintió y salió de la Sala del Trono. Las mangodrias ignoraron el miedo palpable del oficial y se acercaron a Vanir con ternura. Le besaron las manos y las costuras en el abdomen que lo mantenían unido después del ataque de Marduk. Después acurrucaron la cabeza en el regazo del rey y se dejaron hacer cariño en el cabello.
Pero Vanir estaba lejos de las atenciones de las mujeres, porque tenía la mente en otra parte, en las palabras del Tercer Dragón.

«Si tú y el Emperador aesiriano creen que son las dos mentes detrás de la guerra, están muy equivocados: cada brillante plan que ustedes tienen, cada deseo que sienten… Todo es obra mía. Y seguirán así hasta que la Profecía se cumpla. Así que no, no te he salvado la vida. Solo la estoy prolongando».

No comprendió qué salió mal en sus cálculos. Era de creer que después de tantos milenios de existencia ya era capaz de prever y comprender la historia, incluso de manipularla desde las sombras. Con tanto conocimiento acumulado ya debía de haber puesto punto final a la guerra. El problema era que Sigfrid Montag también tenía experiencia, y él y el Emperador Kardan se habían encargado de poner a prueba la paciencia y estrategias militares de Vanir. ¿Y ahora resulta que sus planes –los de Vanir, Sigfrid y el Emperador– eran en realidad maquinaciones de alguien más?
Mientras los primeros dos Dragones fuesen cachorros eran manipulables. Eran inteligentes y astutos por naturaleza, pero con su juventud estaban indefensos y a merced de los planes de sus mayores. Eso era algo que sabían muy bien Vanir y el Emperador aesiriano, por lo que intentaban controlar a Sakti y Adad antes de que crecieran y sus poderes y agudeza se salieran del control de cualquier parte.
Pero al parecer Marduk ya estaba fuera del alcance de vanirianos y aesirianos. Pero aun así ¿cómo era posible que el Tercer Dragón pareciera tener todo tan fríamente calculado? ¿Cómo era posible que un ser que ni siquiera había nacido pudiera manifestarse en el cuerpo de otra persona e influir en el mundo?
«¿Dónde está el alma del Tercer Dragón…? ¿Y por qué está ahí…?». Una explosión cercana lo sacó de sus pensamientos.
—Eso fue un piso debajo de este —comentó Lemuria. Para sorpresa del rey, la muchacha se estremeció como una niña asustada. Vanir y las mangodrias miraron la puerta del salón mientras escuchaban pasos que se acercaban. Al tiempo Mark apareció en el umbral, tambaleándose por el mareo y quejándose:
—Hubiera preferido utilizar el ascensor… ¡Esos dos están locos!
Los ojos de Vanir casi se salieron de órbita por la sorpresa, pues no se esperó que Mark regresara por su cuenta. A pesar de la distancia y las cataratas que le cubrían los ojos, el rey vaniriano vio que Mark estaba herido. Vio las marcas en el cuello por debajo del abrigo de piel, así como los ojos cruzados con venas sangrientas. El mensajero jadeó, se recostó a la pared y se dejó caer sentado al suelo para recuperarse. A pesar del asqueroso tufo tenía que estar ahí, en el punto de encuentro. Además, la presencia de Vanir ya no lo atemorizaba.
Como el rey vio que el mensajero no tenía intenciones de escapar, le preguntó dónde estaba Sakti.
—Oh, están haciendo un poco más de desastre. Yo pedí bajarme aquí, porque utilizan la esencia del agua y del fuego para derretir el hielo dentro de la Torre. ¡Hay torbellinos de agua y esos dos los usan como toboganes! Están muy locos. —Si hubiera tenido cejas, Vanir las habría levantado.
—¿Los dos? ¿A quién más te refieres con los dos?
Antes de que Mark pudiera responder, una de las paredes de la habitación explotó. Los escombros se esparcieron por la Sala del Trono. Cuando la cortina se disipó Vanir vio a Mark protegiéndose la cabeza y tosiendo, cubierto por el polvo oscuro del mármol. Lemuria y Abigahil contuvieron la respiración mientras apretaban con gentileza las manos del rey para que prestara atención a la figura que emergía de entre los escombros.
—Princesa… qué bueno que el frío no la mató —comentó Vanir con disgusto.
El cabello gris de Sakti le caía sobre el rostro, así que el rey no pudo verle los ojos. Traía una espada en una mano y un hacha en la otra, armas vanirianas que de seguro arrebató a algún soldado incauto.
—Hola, Vanir. Ha pasado mucho tiempo —Sakti caminó hacia la butaca en la que estaba sincronizada la calavera de Set, como si todos los días entrara a la Sala del Trono vaniriano a través de una pared recién explotada—. Me sorprende que aún tenga tanto poder.
Vanir arrugó el ceño y entrecerró los ojos por el comentario y la actitud de la princesa. No pudo explicarlo, pero por alguna razón la muchacha no le pareció la misma.
—¿Ha aceptado vivir en la Torre como mi concubina, Alteza? Le aseguro que no se arrepentirá.
—Oh, Vanir... —rio ella como si la petición la halagara—. Siempre has tenido a todas las mujeres que quieres. ¡No puedo creer que me lo pidas a mí! Aunque claro, comprendo la confusión. —Sakti miró al rey mientras se pasaba las manos sobre las curvas de los pechos—. La princesa es también una mujer y en el mundo no sobran las mujeres aesirianas.
Vanir curvó los labios y se forzó a recordar algo. Esa mirada divertida, esos comentarios amigables… Esa no era la princesa retorcida que le había molido la mano. Era alguien que conocía, pero…
—¿No me reconoces? —preguntó ella con una sonrisa dulce—. Me entristeces, amigo mío. Lo menos que puedes hacer es recordar el nombre de quien te otorgó el techo bajo el que duermes.
La mente de Vanir se puso en blanco y el rey se retorció de miedo en la butaca. Abigahil y Lemuria se espantaron porque nunca lo habían visto así. Pero se recuperaron al instante, tomaron las espadas con las que casi se matan ese día y cargaron contra Sakti. Si la princesa intentaba acercarse a Vanir lo haría picadillo, porque el cuerpo del rey todavía no estaba del todo unido de nuevo.
Vanir gimió con tartamudeos.
—¡SE-SE-E-SE--…!
Sakti negó con suavidad con la cabeza, con una expresión de tristeza.
—Esto es lo que pasa cuando matas a alguien que era tu amigo…
Se encaminó al rey vaniriano. Lemuria se lanzó contra la princesa, pero ella bloqueó el ataque con la espada y con una patada derribó a la mangodria.
—¡SE-E-SE--…!
Abigahil atacó a Sakti, pero la muchacha se defendió con el hacha.
—Esto es lo que sucede cuando descubres que el Universo nunca olvida una falta y se encarga de traer justicia…
Con el hacha, Sakti rompió el arma de Abigahil. Tomó a la mangodria por el brazo. La vaniriana gritó de dolor y la aesiriana la soltó de inmediato, porque un rastro de sangre manchó el pecho de la mangodria. La herida se había abierto de nuevo.
—¡SE-E-SE--…! —Sakti estaba a unos pasos de Vanir y el rey no pudo hacer nada al respecto.
—Y esto es lo que pasa... —La princesa levantó las armas.
—¡SEEEEEEET!
—… cuando dos amigos se reencuentran.
Vanir gritó, pensando que Sakti acabaría con él. Sin embargo, la espada y el hacha cayeron al suelo e inundaron la habitación con un estruendo metálico. Vanir contuvo la respiración mientras sentía el cabello suave de Sakti en el rostro.
—Te perdono, mi amigo. —Rodeó con los brazos el cuello del rey y lo acurrucó con ternura. El silencio reinó por unos instantes, hasta que Mark se atrevió a romperlo:
—Ag, qué asco. Apuesto a que el alma de la princesa se está retorciendo ahora.
Set sonrió por el comentario y se apartó de Vanir. Era cierto: la chica no estaba muy feliz de que su cuerpo tuviera un contacto tan íntimo con el cadáver persistente de Vanir. Por su parte, el rey observó el semblante de Sakti: los rasgos de la muchacha eran los mismos pero la sonrisa y la vitalidad de la mirada eran las de Set.
—¿En qué te has convertido, amigo mío? —Los labios de Sakti dibujaron la expresión triste de Set—. No eras así. Tenías sueños y buenos deseos. Tenías corazón y un alma virtuosa. ¿Por qué dejaste que se corrompieran? —Vanir guardó silencio, con los ojos fijos en la muchacha—. Aún debe haber bondad en ti —agregó mientras señalaba a las mujeres ensangrentadas en el suelo—. Las mangodrias no son tontas y no entregarían la vida por alguien que solo quiera manipularlas. Ellas te aman con sinceridad y nadie obtiene esta clase de amor sin merecerlo en verdad.
Set y Sakti suspiraron tristes antes de encaminarse otra vez a la calavera del Virtuoso. Al ver que estaba a salvo, Vanir sonrió.
—¿Eso era todo? ¿Tanto escándalo para decirme estas palabras? ¿Volviste de la tumba con el único deseo de darme un abrazo? ¡En verdad que eres patético, Set!
—Lo soy —afirmó el muchacho mientras el cabello lleno de sangre de Sakti ondulaba a su paso—. No puedo odiar a las personas aun cuando me han traicionado. Toda mi vida busqué su aceptación. Cuando creí que había encontrado a alguien en quien podía confiar, me traicionaste.
»Al principio estaba muy molesto y quería vengarme de ti. Pero el tiempo sana todas las heridas y abre todas las puertas. Tuve tiempo para meditar y ahora entiendo cuál era mi misión: yo debía nacer para conocerte y darte esperanza. Debíamos encontrarnos para dar el primer paso y terminar con esta guerra juntos.
Cuando llegó al pie del trono original, Set acarició la superficie lisa de la butaca. Miró a Vanir a los ojos y continuó:
—Si hace tantos miles de años hubieras zarpado junto a mí a Masca, la guerra habría acabado en ese entonces. La Profecía no tendría por qué cumplirse y las almas de los Dragones podrían descansar tranquilas y seguras de que no serían destruidas el día del juicio final. Pero elegiste acabar conmigo y te convertiste en lo que eres ahora: no estás muerto pero tampoco estás vivo. Eres lo que queda de un alma corrompida que una vez tuvo el poder de cambiar el mundo. Un hombre que traicionó a su hermano y amigo. Ahora tú estás verdaderamente maldito y no hay Profecía que pueda salvarte.
Los rasgos decididos de Set iluminaron el rostro de Sakti. Vanir supo que las siguientes palabras de su amigo cambiarían el rumbo de todo lo que había planeado o previsto.
—Yo te perdoné y espero que el Universo te perdone también. Pero todavía soy un Aesir y todavía tengo deberes para con el reino de los descendientes de mi hermano Korgÿon. No puedo permitir que sigas con tus planes. Por eso hoy voy a derribar mi Torre.
Vanir chupó los dientes.
—¡Eres un ingenuo, Set! —gritó—. No puedes derribar tu Torre. Han pasado miles de años, pero aun así la nieve no la ha cubierto. ¡Han pasado miles de miles de años y aun así ningún Emperador aesiriano la ha derribado!
—Quizá tienes razón —concedió Set—. Quizá no podré derribarla entera, pero estoy seguro de que le haré un buen daño y sin Torre, muchos vanirianos morirán de frío. Los enemigos del Imperio de mi familia disminuirán. —Aunque la decisión del Virtuoso se mantuvo firme, su bondad lo ablandó—. Avisa a tu gente. No soy un monstruo ni quiero que todos mueran aplastados cuando este lugar se desplome.
Vanir contuvo la respiración por unos segundos mientras pensaba qué hacer. Le quedaba poco tiempo. Supo que si la voluntad de Set había hecho que su alma permaneciera cerca, no cedería en su propósito por simples palabras. Debía derribarlo de otra manera ¿pero cómo...? «Bingo». Vanir sonrió al recordar lo sensible y frágil que era su amigo.
—Está bien, Set. Pero antes ¿no quieres escuchar una última historia? ¿No tienes curiosidad de saber qué fue de tu padre y de tu hermano Korgÿon? —Set apretó los puños de Sakti. Sí, deseaba saberlo pero…
«Es un engaño», le advirtió la princesa. «No le prestes atención. Quiere distraerte para luego atacar». Set apretó los dientes y sacudió la cabeza para disipar los pensamientos de la muchacha.
—Adelante, Vanir. —El rey sonrió, chasqueó los dedos y de inmediato la Sala del Trono desapareció para dar paso a un paisaje blanco y a un mar azul.

****

Los vanirianos volaban amenazadores en el cielo pero no habían atacado. Vanir esperó a la orilla de la playa helada para dar la bienvenida a su nuevo invitado. El barco aesiriano era tan grande como el que Sin Tonare lideró hacía unos meses cuando intentó rescatar a Set. Pero a diferencia de la embarcación del Coronel Tonare, en ese barco solo navegaba una persona.
—Bienvenido, Emperador Jeremías Aesir XII —dijo Vanir mientras hacía una reverencia sarcástica—. ¿Qué lo trae a mi humilde reino? ¿Un pacto de paz, quizá?
Jeremías apretó los puños hasta encarnarse las uñas en las palmas de las manos, porque supo que el muy maldito se burlaba de él.
—Ya no soy Emperador. El soberano aesiriano no puede abandonar Masca porque la ciudad es orgullosa y egoísta. La sincronización no lo deja partir. —Vanir arrugó la cara con disgusto y Jeremías se permitió una pequeña sonrisa—. Lamento que no traiga la corona que tanto quieres. Ahora es mi hijo Korgÿon quien lidera a nuestro pueblo.
Vanir gruñó con ira. Masca era la ciudad más impenetrable del mundo y no había manera de atacar y quitarle la corona a Korgÿon.
—Entonces, ¿a qué ha venido?
Jeremías tomó aire y tragó fuerte. Ese maldito de Vanir sabía qué hacía ahí y solo le interesaba recordarle su sufrimiento. Echar sal en la llaga.
—Vengo por el cadáver de mi hijo.
Ni siquiera intentó suprimir el nudo en la garganta y el sollozo. Todas las barreras que había levantado para viajar hasta el País de Hielo se desmoronaron. Ya no podía mantenerlas en pie por más tiempo, porque se había escudado contra los hechos durante meses. Pero ahora la realidad lo golpeó con todo. Había perdido al niño que por tanto tiempo protegió.
Vanir sonrió. Estaba decepcionado de no haber atrapado al Emperador en sus garras, pero al menos podía ver el ego roto de Jeremías. Eso era más que suficiente. Era más de lo que había tenido durante milenios. Vanir se corrió y señaló un montículo negro que eran las ropas raídas de Set.
—Ahí está —se burló—. ¡Esperando a que su padre lo salve!
Le agradó la expresión impotente de Jeremías justo antes de que corriera hacia el cadáver. El aesiriano se arrodilló junto al cuerpo y extendió una mano para levantarlo, pero se detuvo en seco. A Set le faltaba la cabeza. A pesar del frío, hedía. Ese era el niño que había regañado mil y una veces. Ese era el niño al que había hecho llorar solo durante noches enteras después de palabras duras.
Al fin Jeremías lo tomó y acunó con cariño, como cuando Set era un bebito. Si su hijo todavía hubiese tenido cabeza, lo habría besado. Le habría acariciado el cabello. Le habría susurrado al oído lo mucho que lo lamentaba. Le habría dicho que lo amaba con más intensidad que todos sus regaños. Lo amaba con más intensidad que el dolor de perder a Keÿra. Quizá, en realidad, lo amaba más que a sus otros hijos porque necesitó a Set más que a ninguno de ellos.
Pero sus palabras se quedaron atascadas en la garganta y Set no pudo escucharlas. Se había ido creyendo que era odiado. Ni siquiera en muerte sabría cuánto lo amaba su padre.
Vanir se acercó a paso lento, con la espada desenvainada. Sus súbditos se formaron en torno a él para ver el espectáculo. Jeremías no huyó. Estrechó con más fuerza el cuerpo de su hijo para protegerlo una última vez.
—Creo que ya lo sabías pero lo diré de todas formas: cuando un aesiriano pisa tierra vaniriana, jamás regresa con vida. Ahora reúnete con Set y mándale mis saludos. Dile que le agradezco mucho su sacrificio.
Vanir cortó el cuello de Jeremías y un chorro de sangre le cubrió el rostro.


La habitación estaba silenciosa. Era como si el mundo entero guardara silencio para recordarle que estaba solo. El ventanal de la sala dejaba que la luz iluminara el despacho con tonos amarillos y naranja, lo que hacía que el amplio escritorio negro contrastara con los colores cálidos de la tarde. Korgÿon estaba recostado al respaldar de la silla, con la mano cubriéndole la boca para mantenerla compuesta. Sintió que si la soltaba jamás podría quitarse la mueca de tristeza que le picaba ahora.
El regalo que Vanir envió a la Muralla con una arpía lo miraba con ojos verdes y opacos. Un surco seco en las mejillas era la marca de las últimas lágrimas de Jeremías. Ya no tenía el cabello largo, pues la espada de Vanir se lo había cortado. La sangre seca del antiguo Emperador salpicaba el escritorio, pero eso no le importó a Korgÿon. En menos de un año había perdido a la mitad de su familia. Primero a su madre, luego a su hermano Set y ahora a su padre.
No aguantó más y dejó que las lágrimas fluyeran todo lo que quisieran. Él debió haber ido a esa estúpida misión. No Set. Si alguien debió haber muerto era él. No Keÿra, ni Set ni Jeremías. Él. «Vanir lo pagará caro», se juró entre lágrimas. «Ni yo ni mis hijos ni ningún Aesir jamás le daremos tregua al País de Hielo. Nunca».
Alguien llamó a la puerta pero él no escuchó. La sirvienta se conmovió al verlo sufrir. Era una anciana que había visto a Jeremías en los últimos años de su juventud y que vio crecer a los cachorros de su señor. De entre los príncipes Set siempre fue el menos popular pero Korgÿon lo seguía de cerca por su mala forma de tratar a los demás. Pero ahora solo pudo sentir pena por él.
—Tome este té, señor. Lo repondrá —dijo mientras ponía la tacita sobre el escritorio, lo más lejos posible de la cabeza cercenada.
Dudó por unos instantes, pero se animó a palmear el hombro de Korgÿon con suavidad. Jamás imaginó que los hombros de un Emperador pudiesen ser tan frágiles y temblorosos. Él asintió ensimismado, como si no la hubiese escuchado. Ella retrocedió un paso, sin saber qué más hacer, y giró rumbo a la puerta. Pero él la agarró de repente por la cintura y se aferró a ella. Todas las dudas se disiparon. La anciana lo sostuvo y le acarició el cabello, mientras Korgÿon lloraba como ya nunca podría hacerlo en el regazo de Keÿra.
Hace un año él jamás habría llorado en sus brazos. Ni siquiera la habría vuelto a ver. Pero ese Korgÿon era diferente. Las muertes de sus padres y hermano lo habían transformado. A pesar de todo el sufrimiento lo habían hecho una mejor persona.
Korgÿon todavía temblaba cuando pidió a la sirvienta retirarse. Ella aceptó porque supo que el resto de la ponzoña en el Emperador tendría que salir por su cuenta a lo largo de los años. Quizá nunca se iría del todo, pero sobreviviría al dolor.
—Los príncipes Joel y Jordan ya están mejor, Majestad —lo informó antes de cruzar la puerta—. Los doctores dicen que se recuperarán por completo si mantienen reposo por un par de semanas más. —Una diminuta sonrisa afloró en los labios del Emperador.
—Gracias, Këlmira… por todo.
La anciana devolvió la sonrisa y cerró la puerta. Era la primera vez que veía a Korgÿon sonreír con calidez en lugar de pedantería. Además, él se había preocupado por recordar su nombre. Con eso supo que sería un buen Emperador.

****

El cuerpo de Sakti tembló de pies a cabeza y las lágrimas le empaparon las mejillas. La princesa quiso decir «Te lo dije» a Set, pero hasta a ella le pareció que el sarcasmo era demasiado cruel en ese momento. El alma del Virtuoso sufría y por eso tenía problemas para mantenerse en el cuerpo de la muchacha.
—¿Mataste a mi padre? —preguntó enojado—. ¿No fue suficiente con matarme a mí, eh? ¿También tenías que matarlo a él y darle su cabeza a mi hermano como si fuera un bonito recuerdo? ¡¿CÓMO PUEDES SER TAN CRUEL?! —Vanir carcajeó.
—¡Oh, Set! Tú querías saber qué había ocurrido con ellos y yo solo te mostré la verdad. ¿No se supone que los amigos son sinceros siempre?
Set aguantó las ganas de gritar porque supo que entonces abandonaría el cuerpo de Sakti. La posesión continuaba por la pericia de la muchacha, porque ella abrazaba el alma del Virtuoso con cada parte de su ser. Pero si él no cooperaba todo intento por derribar la Torre sería en vano.
—Lo que es extraño es que no te hayas reunido con él, ¿verdad? ¡Pobre! Él solo quería tu perdón y tú se lo hubieras dado de seguro. Pero como te quedaste en este mundo no lo podrás alcanzar. Lo más probable es que su alma arde en el Infierno por no haber escuchado tus tiernas palabras eximiéndolo de toda culpa, ¡ja, ja, ja, ja!
Set apretó los ojos y su alma resonó con la ciudad. Mark se incorporó al instante porque las paredes vibraron con ira, dolor, tristeza… Percibió a la perfección todas esas emociones, como si empuñaran mazas para empezar a derribar la Torre pared por pared, piso por piso.
—Sé que es un mal momento para decirlo, pero por favor no hagas nada como lo que te dio el apodo de «Virtuoso del Caos» —pidió el mensajero mientras se tambaleaba hacia Sakti. La muchacha respiró profundo y la Torre dejó de vibrar.
—Tienes razón —dijo Set—. Lo hecho, hecho está y ya no puedo hacer nada por mi padre. Solo me queda ir tras él. —Vanir sonrió—. Pero no me iré sin haber hecho algo por este mundo. —La sonrisa del rey desapareció por completo—. Cuando encuentre a mi padre quiero decirle que al menos una cosa me salió bien. No voy a desperdiciar la ayuda de la princesa. Derribaré con ella mi Torre a como dé lugar.
Las paredes vibraron de nuevo pero esta vez no emitieron un revoltijo de emociones. Solo determinación. Mark se colocó detrás de Sakti justo cuando las paredes emitieron una luz blanca que los envolvió, cegándolos. Las brumas reinaron y pareció que no había suelo, techo ni paredes. Solo un gran vacío. Mark miró boquiabierto el nuevo lugar, mientras un escalofrío le recorría la espalda. Él supo dónde estaban: en el lugar fuera del espacio y el tiempo.
Sakti gimió, se llevó la mano a la cabeza y trastabilló de espaldas. Estuvo a punto de caerse pero Mark la sostuvo a tiempo.
—¿Está bien? —La muchacha abrió los ojos de golpe y reconoció el lugar.
—Sí, ¿pero dónde está Set?
Los dos miraron al frente y vieron la espalda del Virtuoso. Lemuria y Abigahil también estaban en ese lugar y parecía que ya no estaban heridas. Sus rostros, sin embargo, evidenciaban que no tenían ni idea de dónde demonios estaban.
—¿Lo ves, Vanir? En esto te has convertido —dijo Set.
Mark y Sakti buscaron al rey y vieron a una criatura de piel blanca pegada a los huesos que estaba frente al Virtuoso. Los ojos estaban teñidos de sangre y el rostro era largo y horrible. Era como el cráneo de un caballo, pero con una membrana estirada sobre el hueso. Sakti y Mark no lo creyeron posible, pero ese Vanir que tenían enfrente era aún más repugnante que el rey que conocieron en la Torre.
—Solías ser un buen hombre, Vanir —continuó Set—. Francamente espero que el tiempo y el Universo te den la oportunidad de encontrarte de nuevo. Ya no estoy molesto contigo. Estoy triste porque has perdido tu camino. —El rostro del rey se contrajo en una mueca y bramó:
—¡Cállate, Set! Ahora devuélveme mi Torre.
—Esa no es tu Torre. Es mía y he entrado a ella para reclamar mi tesoro.
—¡JA! —rio el rey—. Todos los Virtuosos entraron a sus Torres por sus tesoros antes de morir. ¡Tú eres el único inepto que pereció antes de reclamar ese poder!
—¿Qué te puedo decir? Soy especial —bromeó Set.
Una explosión repentina hizo que Sakti y Mark salieran disparados de ese lugar.
Los dos apretaron los párpados por unos momentos, sintieron el cambio de presión al moverse entre dimensiones y abrieron los ojos cuando chocaron contra algo: los escombros y el suelo en la Sala del Trono. Sakti vio que Abigahil y Lemuria también salieron disparadas por la extraña detonación de poder y terminaron al otro lado de la habitación. En el centro del cuarto había una esfera de energía blanca que aumentaba de tamaño. Vanir estaba atrapado en ella, junto al alma de Set.
—No soy quien para darte muerte, Vanir —dijo el Virtuoso—. Como te lo prometí, daré un poco de tiempo para que los tuyos tengan oportunidad de sobrevivir. Tú también puedes escapar si lo deseas, pero recuerda que todas las acciones y decisiones que tomes tendrán su consecuencia tarde o temprano. El Universo se encargará de ello.
Las paredes resonaron por el poder de Set. Sobre la esfera en la que el Virtuoso y su amigo estaban nació otro globo más pequeño de luz nívea. De allí surgió una espada de plata blanca de un diseño peculiar, ya que la funda estaba compuesta por plumas de plata que se abrían para formar alas. Set tomó el tesoro y miró el arma por unos segundos.
—Es tan hermosa… Es una lástima que tuviera que morir para entender que esto siempre estuvo dentro de mí.
Cuando blandió la espada, el aire cortó los hilos de sincronización que aprisionaban la calavera. La tomó entre las manos, sorprendido por poder tocarla pese a ser solo un alma sin cuerpo.
—Toma —dijo mientras le lanzaba el cráneo a Sakti—. Por favor, entiérralo junto a la tumba de mis padres o de mis hermanos, si es que todavía existen.
Sakti asintió y se arrastró al pie de las escaleras, en donde todavía estaba el morral que había dejado caer cuando los cables de sincronización se lanzaron a ella. Metió allí la calavera, junto con el cofre y el diario del amo Mark.
—Y Allena… —Set miró el brillo de la espada antes de lanzársela. La chica apenas pudo tomar el arma—. Creo que ahora entiendo por qué no me reuní con mi padre o mi madre cuando morí. No era solo porque tenía que reencontrarme con mi amigo y perdonarlo. Ahora creo que incluso en la muerte, los Virtuosos somos diferentes a los demás. Creo que estamos atados a nuestras Torres hasta que alguno de los Dragones nos encuentre y nos libere. Gracias por haberme liberado. Espero que a ti también alguien te ayude a ser libre. —Set sonrió, burlón—. Ahora váyanse porque no por nada me llamaban el «Virtuoso del Caos».
Mark rio nervioso pero nada divertido por la broma. No estaba seguro de que lograran escapar a tiempo.
—Gracias, Set. Espero que tengas suerte a donde sea que vayas ahora —se despidió Sakti.
La princesa tomó a Mark de la mano y salió con él de la Sala tan rápido como pudieron.


Corrieron por la Torre evadiendo a los vanirianos que huían como locos y en sentido contrario. Ninguno les prestó atención. Todos estaban muy preocupados por las paredes que se derrumbaban y por los fragmentos de techo que caían a cada momento.
Sakti jaló a Mark con determinación. Desde que Marduk la había atacado no había escuchado ni sentido al Primer Dragón. Aunque temía nunca más volverla a oír, estaba segura de sentir su instinto animal guiándola. Llegó a una sala en la que quedaban pocas personas. Las paredes heladas que derritió eran ahora agua que inundaba la habitación y solo había cadáveres de ahogados.
—¡Oh, por favor! No me diga que utilizaremos los toboganes —suplicó Mark.
Sakti y Set se divirtieron mucho utilizando los torbellinos de agua internos para recorrer la ciudad y destruir gran parte de ella. Él no había aguantado las vueltas múltiples y veloces que Sakti daba con el dominio de la esencia del agua.
—No, ahora no hay corriente que nos lleve a la superficie. Tomar los torbellinos solo nos ahogaría. —Sakti buscó un punto de escape. Todo era pared, pero…—. ¡Esa! Esa pared está más delgada.
—¿Y cómo llegamos hasta ella? ¿Cómo la destruimos? —preguntó Mark al ver la pared que Sakti señalaba: estaba a unos treinta metros de altura y no había modo de trepar o llegar a ella.
La princesa pensó en varias opciones pero todas eran poco probables, hasta que tuvo una buena idea. Nada perdía con intentarlo. Tomó la espada que Set le regaló y la agitó con dirección a la pared que quería destruir. Esa parecía ser una espada que dominaba el aire. El muro se rajó primero y después explotó. La tormenta de nieve entró a la Torre y el frío los atacó.
—Me gusta el juguetito de Set —comentó Sakti con alegría—. Ahora, si tan solo pudiera...
De inmediato las extrañas plumas que formaban la funda se unieron hasta formar dos alas grandes que se batieron por sí solas. Sakti apenas pudo sostener a Mark cuando la espada alzó vuelo y los elevó por encima del muro derribado para lanzarlos al exterior. Cayeron sobre la fría nieve. La espada los sacó de la Torre y ahora veían la estructura a pesar de la fuerte tormenta: el edificio crujió y tenía varias grietas en el contorno. Las bases aún seguían sólidas y fuertes, pero lo más alto de la Torre caería sin remedio.
—Creo que lo mejor es correr ahora —señaló Mark, preocupado por los extraños sonidos que provocaba el edificio. El mármol crujía como madera vieja—. ¿No es este un mar congelado? Si la Torre cae… ¿la capa de hielo que cubre el mar no se rompería y nosotros…?
Mark tragó fuerte. Si no se apuraban terminarían ahogándose en un mar de hielo. Se incorporó, pero notó que Sakti ya no tenía fuerzas. «Está agotada. Posesión, utilización del arma de un Virtuoso y además está muy herida por culpa del amo Marduk. Hemos tenido suerte de que no se percatara de lo mal que está».
—Vamos, tenemos que correr —dijo mientras la tomaba de la mano y la jalaba consigo.
Mark corrió con todas sus fuerzas. Ahora sus piernas eran mucho más resistentes que la primera vez que se irguió sobre ellas, en los túneles. La tormenta de nieve era barbárica, pero por ahora le hacía frente con menos miedo y más fortaleza.
Habían avanzado bastante cuando una luz surgió en lo alto de la Torre, que iluminó todo alrededor como si fuera un faro. Sakti y Mark se detuvieron para ver el destello con cierta fascinación. Era una luz muy hermosa, llena de vitalidad y orgullo. La tristeza, la vergüenza y la soledad de Set se habían esfumado. Ahora era completamente libre.
—Me alegra que al final se sienta así —comentó Sakti en voz baja, con una linda sonrisa.
Mark levantó una ceja al sentir un cosquilleo agradable en el estómago y también sonrió complacido. La luz que emanaba de la Torre se desplazó alrededor y los alcanzó, envolviéndolos con su calidez y resplandor.
—Es un mensaje… —comentó Mark mientras escuchaba con atención lo que decía la luz.
Eran palabras de Set, las mismas que le había dicho a Vanir. Supo que solo los aesirianos más humildes, y los mensajeros como él, podrían entender el mensaje.
La Torre crujió de nuevo y el techo cayó entero. La estructura se hundió bajo el peso. Los escombros cayeron alrededor con un retumbo de hielo y una nube de nieve. Pero Mark vio que aunque gran parte del edificio cayó, los cimientos permanecerían en pie. La voluntad de Set no sería derribada ni por él mismo.
El crujido se hizo más fuerte, más intenso, más cercano.
—Amo, debemos apurarnos… —pidió Sakti mientras jalaba con timidez al muchacho.
Mark quiso seguirla, pero las piernas se le congelaron cuando descubrió que la capa de hielo cerca del edificio se quebraba y la abertura avanzaba hacia ellos. Supo que estaban en la parte más frágil del hielo. Mark apretó la mano de Sakti y escapó junto a ella.

Este texto está protegido con Derechos de Autor.
"Los Hijos de Aesir: Los Tres Dragones" © 2004-2017. Ángela Arias Molina

Muchas gracias a Jennifer Asuka, Jimeneydas,Kair, Lynks,Brysa y Annie

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!