¡Sigue el blog!

Capítulo 1

1
EMBLEMA DE GUERRA



La luz de media mañana entró a la habitación junto al aroma del rocío y las flores. Afuera el ambiente era tranquilo, sin rastros de la guerra que se esparcía por el Oeste. Solo había bosques, praderas verdes y una ciudad bendita, protegida hasta ahora de las invasiones. En una colina alta, en medio de la urbe, se alzaban un modesto templo y sus torres. Ese era el edificio en el que residían los encargados de la ciudadela y que algunas veces hospedaba a alguna importante figura del gobierno aesiriano.
El Capitán de Kaerd miró con una sonrisita a través de una de las ventanas de las torres. No disfrutaba los encantos del paisaje, sino la situación a su espalda. Detrás de él, el General hacía demandas. Le faltaba poco para gritar pero el Capitán lo ignoraba con satisfacción.
—¡Exijo que me lo dé! —repitió Sigfrid enfático, a la vez que golpeaba con los puños el escritorio del Capitán—. ¡Necesito ese ejército!
Darius, el profeta, estaba sentado en un sofá, tan somnoliento que no podía decir nada para apoyar a Sigfrid Montag, el Primer General del Ejército Aesiriano. Los párpados se le caían a cada momento. Así como a veces se quedaba dormido por unos pocos segundos, había ocasiones en que duraba horas sumido en el más profundo de los letargos. Siempre soñaba lo mismo.
Sufría esos síntomas desde hacía tres meses, desde que leyó la profecía del mensajero del Tercer Dragón. Darius todavía recordaba el papiro mágico que le dieron en los túneles de Lahore, la ciudad que él, Sigfrid y la princesa Sakti Allena visitaron para salvar a Mark Salvot, el mensajero y el amo de la princesa. Desde que leyó el pergamino un extraño poder lo incitaba a dormir y a soñar con escenas infinitas llenas de sangre y cadáveres, mientras a lo lejos una luz ascendía al cielo. Era el día de la Profecía. Lo sabía.
Darius sacudió la cabeza para espabilarse y alejar de nuevo las visiones. Aunque a él no le agradaba Sigfrid sabía que el General tenía razón: necesitaba un ejército para rescatar a la princesa y al mensajero. Los dos fueron capturados por los enemigos del Imperio, los vanirianos, y ahora estaban en el continente de hielo.
—General Montag, ya le he dicho que no le puedo dar mi tropa porque la necesito aquí. ¿Cree que Kaerd está bien porque los vanirianos pasan de lado? Mis hombres protegen la ciudad y no estoy dispuesto a cederlos.
—¡Patrañas! —exclamó Sigfrid, enojado. No estaba acostumbrado a que lo enfrentaran. Por lo general le bastaba con mirar a un oficial para obtener lo que quisiera.
Cuando el Capitán se giró para sonreír con pedantería, Darius vio que tenía un aspecto común. Comparado con Sigfrid, que era alto y musculoso como una montaña, el Capitán era insignificante. Tenía la misma altura de Darius pero era mucho más delgado. El rostro largo y el cabello pelirrojo recogido en una coleta le daban la apariencia de una mujer muy masculina. Darius supo de inmediato muchas cosas de él. Como que estaba celoso de los Generales y deseaba que alguno muriera. Así el Emperador estaría forzado a elegir para el mayor puesto del Ejército a algún soldado que no fuera parte de la Nobleza Militar. No creía en el amor y había violado a cinco mujeres humanas. Su verdadero nombre era Homero, pero se hacía llamar Konrad, y había matado a un Coronel para obtener el puesto que ahora tenía en Kaerd.
Darius agitó la cabeza y contuvo las náuseas. Ese hombre era de lo peor. Incluso más que Sigfrid.
—¡Necesito el ejército! —repitió el General—. La princesa Allena fue capturada ¡y en estos malditos tres meses no he encontrado una ciudad con soldados competentes para ir a salvarla!
—Oh, mis soldados son muy competentes —asintió el hombre—. Pero la verdadera razón de su efectividad soy yo. —Sigfrid rio por lo bajo, aunque estaba más amargado que alegre.
—Enlil Tonare entrenó a esos soldados. No confunda el adiestramiento de un buen General con las órdenes de un Capitán promedio.
«Auch, justo en la llaga», pensó Darius al ver el ceño fruncido de Homero. El Capitán tenía muy apretados los labios y las mejillas estaban encendidas por la furia. Al profeta le dio la impresión de que este oficial era el único idiota en todas las Fuerzas Armadas que obstruiría las decisiones del Demonio Montag. Cualquier otro Capitán le diría a Sigfrid que «sí» antes de que el General pidiera algo, todo con tal de evitar una reunión tan terrorífica como esta.
—La Ley dice que en decisiones que involucren la seguridad de sus respectivas ciudades, incluso los soldados regentes son superiores a los Generales —dijo Sigfrid muy serio, con los ojos chispeantes fijos en los del Capitán—. Pero yo formo parte de la Nobleza Militar y puedo ejercer mi título para forzarlo a entregarme a sus mejores hombres. O simplemente puedo matarlo. No creo que nadie se atreva a cuestionar mis acciones. —Sigfrid acarició el mango de la espada para agregar peso a la amenaza, pero Homero no retrocedió ni retiró la mirada desafiante.
—No me mataría porque sabe que no hay nadie más lo bastante competente como para llevar las riendas de la ciudad, y usted no se quedaría al mando de Kaerd. En cuanto a la amenaza de ejercer su título como noble, sabe que es imposible. En estos casos un Noble Militar no puede dar órdenes a no ser que otro Noble Militar lo apoye. Y no veo al General Tonare por aquí.
Sigfrid sonrió pero no fue agradable. El General Montag tenía una sonrisa particularmente siniestra que siempre provocaba escalofríos. Hasta el insolente de Homero tuvo que esforzarse para no mostrarse nervioso.
—Enlil no es el único Tonare. Su cachorro está aquí conmigo y respalda mi decisión. —Homero frunció el ceño mientras veía a Darius.
—¿Ese mestizo es un Tonare?
—Este mestizo tiene nombre —repuso el profeta, irritado—. Me llamo Darius, pero no quiero que una sabandija como usted me llame por mi nombre de pila.
Aunque los ojos de Darius no eran completamente verde esmeralda como los de su padre, sino mitad azul zafiro, irradiaban la determinación que convertía a Enlil en un excelente General. A Sigfrid tampoco le agradaba el muchacho, pero admitía que había heredado de Enlil ciertas cualidades.
—Cachorro, ¿me apoyas como Noble Militar?
Darius quiso soltarle una grosería. El título no le llamaba la atención, pues significaba servir al gobierno aesiriano. Eso lo repugnaba más que la personalidad y las atrocidades de Homero. Pero si seguirle la corriente a Sigfrid irritaba al Capitán con gusto se uniría al juego.
—Te apoyo, anciano.
—Ya está decidido —dijo el General—. Quiero a los mejores quinientos hombres. Es un número pequeño, pero de todas formas dudo que muchos sobrevivan a la misión de rescate. —Antes de que Homero pudiera reprochar, un soldado llamó a la puerta y entró.
—Lo siento, señor. Atrapamos a unos ladrones y los sacerdotes ya los condenaron.
—¡¿Entonces por qué interrumpes?! —le gritó Homero, ofuscado. El soldado carraspeó un poco, mientras decidía hablar o no frente a Sigfrid.
—Una de los ladrones es mujer. Es una muchacha y es… Bueno…
El soldado guardó silencio, colorado hasta las orejas. Darius le prestó atención solo por un segundo pero fue suficiente. Las imágenes se colaron en su mente como un torrente nítido. Reconoció el rostro excitado de Homero. Las caras aterrorizadas y asqueadas de las ladronas anteriores. El juego cruel de los dedos, los labios y los dientes, sin respeto, sin respiro, sin piedad. Sin ni siquiera una promesa de vivir después de esa última humillación.
Darius se encogió en el sillón y se apretó el estómago, porque la desesperación de las mujeres lo golpeó como una onda de escalofríos. Aun ahora cuando ellas debían de estar muertas para ocultar los secretos de Homero, su furia y temor seguían vivos.
—¡¿No le da vergüenza ser tan desagradable?! —gritó por ellas.
Homero supo que el descuido del oficial lo había delatado. Pero como notó que a Sigfrid lo tenía sin cuidado si era un pervertido o no, se rio para restarle importancia al asunto.
—Definitivamente eres un niño —le dijo a Darius—. Seré bueno contigo y te regalaré a la ladrona. Háganla pasar.
El soldado asintió y abrió la puerta. Otros tres oficiales entraron. Uno sostenía por la nuca a un muchacho, mientras que los otros dos sostenían de los brazos a una chica. Homero se alegró al verla. Tenía una melena que le caía por la espalda y traía un vestido de encaje sucio que dejaba al descubierto las piernas largas. El capitán la tomó de la barbilla y le sonrió meloso y complacido. Lamentaba haberla obsequiado sin verla primero.
—Esas son ropas extranjeras, ¿verdad? Yo pensaba que todas las mujeres vanirianas eran arpías. Qué bueno que me equivoqué.
Sonrió y acercó su rostro al de ella. Antes de que pudiera rozarle los labios Sigfrid lo agarró del brazo y se lo torció. El General levantó a Homero de un jalón y lo empujó contra el escritorio. Bastó una mirada del Demonio Montag para que los soldados soltaran a la ladrona. Por lo menos ellos no eran tan cabezotas como Homero. Sigfrid avanzó hacia la muchacha, plantó una rodilla en el suelo y la miró.
—¿Alteza?
Cuando ella levantó la vista Sigfrid supo que acertó. La reconoció al instante porque aunque tenía el cabello enmarañado y con sangre, las raíces todavía eran grises. Los ojos eran fríos, tristes y del color de las nubes que esconden una tormenta devastadora. El rostro de Sakti estaba más delgado a la última vez que la vio, pero también se veía mayor y más hermosa.
Al verlo, ella soltó un bufido de decepción y giró los ojos. De todas las personas que quería ver en ese momento Sigfrid era el último.
Después de escapar de los vanirianos, ella y Mark pasaron los mejores meses de sus vidas. Tras atravesar el Mar Congelado del Oeste y llegar al continente principal, se refugiaron en los bosques que todavía no habían experimentado invasiones vanirianas, incendios o batallas. Allí tenían todo lo necesario para sobrevivir: comida, refugio y agua limpia. Incluso calor contra el frío de la región.
Aprendieron a vivir en los bosques sin ningún problema, alejados de las sospechosas nubes oscuras que podían ocultar castillos flotantes. Ni siquiera se acercaron a las ciudades por temor a que estuvieran invadidas, así que vivieron apartados del mundo, como si nadie más existiera. Para Sakti fueron unas vacaciones que no debían acabar.
Encontrarse con Sigfrid significaba volver a la realidad. Con el General se acabaron los juegos en el bosque, las risas, la sensación de que todo regresaba a la normalidad entre el amo y la esclava. Con Sigfrid cerca el regreso a Masca se avecinaba, así como el maldito protocolo de comportamiento que le limitaría atender a Mark. Aunque la idea la tentaba, supo que no podría escaparse junto al amo o escabullirse de nuevo hacia los bosques. Sigfrid no permitiría que ella evadiera por más tiempo los deberes de princesa.
—También me alegra verla, Alteza —saludó el General mientras se desabrochaba la túnica para cubrir a Sakti. No le gustaba que estuviera tan descubierta frente al pervertido de Homero.
Miró al otro ladrón: era Mark Salvot. El mensajero ya no era el palillo de dientes andante que vio en Lahore. Aunque Mark todavía era delgado, los pómulos ya no se le resaltaban y tenía muy buen color. No tenía la contextura de un guerrero, pero los brazos tenían un poco de músculo. Ya no eran solo hueso y piel. Las piernas tampoco le temblaban por el esfuerzo porque ganaron resistencia en los últimos meses. Aunque estaba mucho más saludable y era más agradable a la vista, Sigfrid arrugó la cara al verlo. La princesa se dejó capturar por culpa de ese absurdo humano. ¿Qué tenía que valiera la pena como para que ella se pusiera en peligro? A Sigfrid no le gustaban las reacciones de Sakti cuando Mark tenía algo que ver y, en consecuencia, Mark tampoco le agradaba.
El mensajero no se dio por enterado de ese desprecio o no le importó.
—Hola, General —saludó él, todavía acorralado y con las manos atadas—. No estábamos robando… Bueno, en realidad no sabíamos que estábamos robando algo. Solo queríamos recoger un poco de fruta, no nos dimos cuenta de que estábamos en un huerto y cuando los soldados nos encontra---
—No tiene que dar explicaciones, amo —lo interrumpió Sakti con suavidad mientras se abrigaba con la túnica de Sigfrid.
Luego cambió su tono dulce por una mirada de hielo. Los soldados retrocedieron de inmediato, aturdidos por el rumbo de los acontecimientos. Soltaron a Mark como si el muchacho se hubiese convertido en una descarga eléctrica, se arrodillaron y pegaron las frentes al suelo. Los ojos de Sakti los habían asustado, pero no tanto como su posición de princesa. La zarandearon como si fuera una golfilla y la llevaron al Capitán para que la violara. Tendrían suerte si la chica o el General se conformaban con mandarlos a azotar.
—Ah, eso explica por qué tenía el arma… —comentó uno de ellos entre dientes.
Sigfrid notó la espada rodeada de cadenas que los soldados habían traído arrastrada. La funda estaba hecha con pliegues de plata que parecían plumas. Daba la impresión de que en cualquier momento el forro se partiría por la mitad y revelaría un par de alas. Nunca había visto un arma tan asombrosa entre vanirianos ni aesirianos y le pesó que los soldados la arrastraran como si no valiera nada.
—Te recomiendo que no lo hagas —lo advirtió Sakti cuando Sigfrid se agachó para recoger la espada. El General miró las cadenas que envolvían la funda, como si fuera un monstruo que necesitara ser contenido—. Es una espada mágica y no todos pueden sostenerla. Creo que absorbe mucha energía y no todos los aesirianos pueden soportarlo. La espada los quema.
Sigfrid asintió y retrocedió. Las caras pálidas de los soldados le hicieron suponer que algún oficial había intentado levantar el arma y terminó en llamas. El General estaba muy por encima de la media mágica de los aesirianos, pero no era idiota. Si el Demonio Montag moría quería que fuera en una batalla de proporciones épicas. No en la oficina de un Capitán mediocre y por orgullo al levantar un arma que pudiera sobrepasar sus capacidades.
Con otro asentimiento de cabeza, el General ordenó a los soldados que se retiraran. El último desató a Mark.
—Parece que ya no tiene que llevarse a mis hombres, General.
Homero se sacudió el polvo y levantó el escritorio para ordenarlo. Cuando Sigfrid lo lanzó, el Capitán chocó tan fuerte contra el mueble que lo derribó. ¡Argh, por eso quería que el General se muriera! ¡No soportaba quedar en ridículo por culpa de él!
—Yo no contaría con eso —lo interrumpió Sigfrid mientras veía a Sakti. La chica quitó las cadenas de la espada y la alzó sin que ningún chispazo le quemara las puntas de los dedos—. La princesa aún tiene muchas tareas militares en la región Oeste.
—¿Yo? —preguntó Sakti mientras fruncía el ceño.
—Heimdall, Alteza. Recuerde que el Emperador le permitió viajar a Lahore con la condición de que liberara Heimdall. Es hora de cumplir su parte del trato.
Sakti giró los ojos y suspiró resignada. Adiós a sus lindas vacaciones.

****

La brisa se colaba por la ventana y traía consigo aromas dulces y el calor de la primavera. Sakti dio una vuelta en la cama y admitió que era mucho mejor que el suelo frío del bosque. El calorcito la envolvía. Al menos Darius estaría contento de que el invierno que caracterizaba el Oeste hubiera pasado por el momento.
A pesar de la comodidad, se obligó a despertar porque sabía que durmió casi todo el día. Si no se espabilaba ahora le costaría conciliar el sueño en la noche y al día siguiente estaría cansada.
Estaba en una lujosa habitación del templo. Las cortinas eran láminas tersas y semi-transparentes que ondulaban por las voces en la brisa. Sakti reconoció la voz grave y autoritaria de Sigfrid. El General daba órdenes que los soldados a sus pies respondían a coro. Se fijó por la ventana. Las cortinas no dejarían que nadie la pillara, aunque ella vería el espectáculo sin problemas.
En la plaza vio diez filas de cincuenta soldados cada una. En lo alto de una escalinata, el General Montag daba un discurso alentador para proclamar la lucha en el Oeste, con él a mando bajo las órdenes de la portadora del Primer Dragón. Había otros dos hombres junto a Sigfrid, cada uno al lado de él y sentados con las piernas cruzadas. Uno vestía la armadura de un General y el otro, ropas de sacerdote. Cuando los reconoció Sakti se cubrió la boca para que sus carcajadas no interrumpieran el discurso.
«Sigfrid siempre se sale con la suya, ¿verdad? Ahora disfrazó al amo Mark de sacerdote», le susurró una voz. La sonrisa se le borró y un escalofrío le recorrió la espalda. Cuando miró el espejo que colgaba en la pared frente a la cama reconoció una figura que creyó que nunca más volvería a ver. «¿Me extrañaste, portadora?», preguntó el Dragón.
Sakti sabía que el silencio era prueba de culpabilidad, pero enmudeció por varios segundos. Cuando al fin la lengua le respondió ya era demasiado tarde para aplacar al Dragón.
—Lo siento, pensé que…
«¡¿Pensaste que me había ido?!», le gritó. «¿Cómo pudiste abandonarme? ¿Cómo pudiste dejarme atrás?».
Sakti se encogió de hombros. Si hubiese sido otra persona se habría defendido y comportado como la princesa que derribó la Torre del País de Hielo. Pero era el Dragón y no podía hacer nada para contrariarla. Era la primera vez que el espíritu le gritaba. Se sentía como si fuera otra vez la esclava Sekmet a la que encerraban en una cueva de sacrificios. Lo que más la asustaba era el resentimiento y la incredulidad del Dragón. Podía sentir su desconcierto ante lo que creía que era una traición.
—¡Lo siento! Marduk nos separó, ¿recuerdas? ¡No sé lo que hizo! Por más que lo intenté no pude traerte de vuelta.
«¡No lo intentaste!», la corrigió el Dragón. «Y si lo hiciste, no te esmeraste lo suficiente. Fuiste una egoísta que se dejó al amo Mark para sí sola. ¡Siempre que alguien te va a lastimar, yo recibo el daño! ¡Soy yo la que siempre te saca de apuros! ¡Eres fuerte porque YO soy fuerte! Sin mí solo eres una mocosa torpe». El reproche del Dragón se extinguió con un eco. Sakti buscó en el espejo pero el reflejo era suyo, no el del espíritu.
—Lo siento —repitió mientras ponía los dedos sobre el cristal. Su imagen le respondió con sus ojos arrepentidos pero sin rastro del Dragón—. ¿Me escuchaste? ¡Lo siento! Intenté buscarte pero no tenía fuerzas ni tampoco conocía algún método para traerte de vuelta. Además, tenía que encargarme del amo Mark. No podía hacer nada más…
El Dragón no aceptó las disculpas de la Portadora. No se asomó al reflejo ni a la mente de Sakti, ni siquiera cuando la brisa de la tarde dio paso al viento cortante de la noche.

****

—… y la Torre cayó. Nosotros escapamos pero fue muy difícil. La princesa estaba agotada y el hielo se rompió. Pensé que nos ahogaríamos pero de alguna forma lo logramos…
Mark se miró los pies como si fueran la octava maravilla del mundo, porque no le gustaba la mirada seria y acusadora de Sigfrid. El General estaba apoyado sobre un escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho. La chimenea ardía detrás de él y el rostro se le enmarcaba en las tinieblas. Como la espada y la calavera del Virtuoso Set estaban sobre un pedestal detrás del General, Mark tuvo la impresión de haber enfadado a un dios vengativo.
—Sabes que no me agradas —dijo Sigfrid—. Si por mí fuera te mataría ahora mismo.
—Pero aún espera que el profeta acabe conmigo… —concluyó el mensajero con una sonrisa triste. Si no fuera por la princesa su vida correría grave peligro.
—Por eso vas a acatar mis reglas. Primero, viajarás en silencio. No quiero que ni una palabra salga de tu asquerosa boca. Segundo, no te acercarás a la princesa. No me importa si se conocieron de niños. No tolero que la mires o que tan siquiera le dirijas la palabra. Y tercero, todas mis órdenes se acatan. No importa la situación, no importa quién sea. ¿Entendido?
Mark hundió aún más la cabeza entre los hombros. No tenía problemas con obedecer al General o con quedarse callado, pero no hablar o acercarse a Sakti sería difícil. Era ella la que se le acercaba.
—Sí, señor.
—La conversación ha terminado. En la medida de lo posible también evita hablarme a mí. —Mark asintió y caminó hacia la salida. Se detuvo antes de cruzar la puerta.
—En Lahore el profeta se quedó con mi poder. ¿Lo está afectando mucho? —Se giró a tiempo para ver que Sigfrid levantaba los hombros, como diciendo que no le importaba ni un comino si Mark tenía o no poderes, o si Darius estaba bien o mal—. Puedo hacer que el profeta se sienta mejor. Creo que puedo recuperar parte de mi poder, pero…
—¿Para qué lo necesitas? —Cuando Sigfrid arqueó una ceja pareció capaz de hacer que un volcán entrara en erupción y lanzara lava sobre Mark—. ¿Planeas revelarte a mis órdenes?
—¡No! Solo creo que es peligroso que el profeta vaya por la región Oeste medio dormido. Puedo hacer algo al respecto, pero si a usted le molesta…
Dejó la frase a medias, tragó fuerte y bajó otra vez la mirada, porque los ojos de Sigfrid se prendieron con ira. Supo que hirió el ego del General porque se le adelantó con una gran solución al problema de somnolencia de Darius.
Sigfrid era inteligente y sabía que no podía pasearse por la región Oeste con un paquete tan importante como el Primer Dragón, el mensajero del Tercer Dragón y un profeta. Sakti aún no se recuperaba por completo del escape del País de Hielo pero era capaz de defenderse por sí misma. Mark, en cambio, era un simple humano cuyo único poder consistía en soñar. Era una bobada por la que habría que protegerlo incluso cuando dormía, pero por lo menos él le tenía suficiente miedo a Sigfrid como para comportarse según las necesidades del General.
En cambio Darius… Aunque el mestizo era bastardo, su padre lo reconocía como heredero de los Tonare y, por tanto, como un Noble Militar. Darius era hábil con la espada, tenía una inteligencia aguda y tenía el poder de la premonición. Pero también era insolente y subversivo. Sigfrid se creía capaz de poner en su lugar a ese cachorro irritante, pero no tenía una idea clara de cómo lidiar con el sueño pesado y profundo que atacaba al muchacho. Si Darius se quedaba dormido mientras comía una sopa, se ahogaría. Si se dormía durante una emboscada, se moriría. Si se dormía en media cabalgata, se caería del caballo… y se moriría. Y aunque no pasara nada tan trágico, Sigfrid no podía garantizar que Darius despertara rápido. A veces se dormía tan profundamente que dormía dos días de tirón. Si pudiera garantizar que Darius tuviera horas de descanso regulares habría menos complicaciones.
Soltó un bufido porque Mark tenía toda la razón. Las circunstancias exigían que Darius se defendiera al cien por ciento. Si para eso el mensajero tenía que recuperar sus poderes, no había otra solución.
—Nos marcharemos mañana mismo. El profeta debe estar en perfectas condiciones. —Apenas dio la orden meditó las consecuencias—. ¿Y qué pasará contigo? ¿Volverás a dormir?
—No pensaba recuperar todo mi poder —admitió Mark—. A él le quedará el mayor grado de precisión para sus predicciones, pero creo que lo mejor será que comportamos el sueño por el momento. Si lo dividimos entre los dos nada más dormiremos muy profundo durante las noches. —Mark agachó la cabeza—. No hace falta que lo diga pero cuando yo muera el profeta regresará a la normalidad. El poder que ahora tiene es solo temporal para que vea con mayor precisión lo que sucederá el día de la Profecía. Cuando yo muera todo mi poder regresará al Tercer Dragón.
—Una razón más para matarte.
Mark asintió de nuevo y esta vez sí salió del cuarto. Cuando estuvo fuera de la vista de Sigfrid se frotó manos y brazos. Viajar con el General no sería un placer.

****

Mark entró de puntillas y sin llamar. Una parte de él esperaba ver a Sakti al otro lado de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho para reprocharle que no le dijera por qué se sentía mal. En la cena ella no dejó de hablarle y pedirle que comiera, pero Mark apenas pudo probar bocado y se retiró temprano con la excusa de dormir. Qué mentira. Sigfrid lo había mirado con tanta intensidad durante la comida que el estómago se le hizo un nudo.
Al único que encontró fue a Darius, dormido bocabajo en la cama del rincón. Mark avanzó en silencio hasta él, aunque pudo haber derribado mil lámparas de cristal y aun así no lo habría despertado. El mensajero cubrió la frente de Darius con una mano. El mestizo no se movió. Siguió inmerso en los sueños que le había dado el pergamino de Lahore. Mark se concentró e invocó el poder que Darius había tomado en la ciudad de la lluvia pero…

La noche. Las nubes grisáceas y temibles que se anillaban alrededor de la torre de la ciudad. Las miles de espadas que tronaban en una danza de sangre y sudor. Aesirianos y vanirianos matándose los unos a los otros, esperando a que un resplandor surgiera en medio de la ciudad de hierro, plata y jade.
Sigurd, escabulléndose hacia el templo. Hombres y mujeres que gritaban para darse ánimos y callaban en seco cuando un filo les cortaba las gargantas. Los Generales, desangrándose hasta morir. Y los Dragones, reunidos frente a una gema en una habitación de mármoles pasteles y altas columnas.
Adad, con los ojos abiertos de par en par y mirando en todas las direcciones, loco de atar. Una macabra sonrisa de desesperación le cruzaba el rostro al tiempo que las escamas negras se abrían paso entre la piel. Marduk, con el rostro oculto entre el cabello y las uñas aruñando el suelo a la vez que se convertían en garras. Y Sakti, desplomada en un charco de sangre al pie del ara de sacrificio.
Mark sintió pena por ella. Por los tres, en realidad. Iban a morir y deseaban vivir. Los tres gritaron en coro y se encorvaron por el dolor. Sus espaldas se prendieron con alas de luz que engulleron la habitación.
En el campo de batalla todos se detuvieron y miraron el destello de los jueces. Los espíritus de los Tres Dragones ascendían al cielo y su poder se expandía por la Tierra. Sakti, Adad y Marduk ya no gritaban. Mark supo que habían muerto.

… retiró la mano al instante. Él sabía que acababa de ver el día de la Profecía, ¿pero lo sabía también Darius? Al mirarle el rostro vio que el mestizo aún dormía profundamente pero sus pestañas estaban húmedas. El destino de Sakti le provocaba dolor.
—Se lo quitaré —le susurró el mensajero—. Así ya no soñará con ese futuro tan triste.
Colocó de nuevo la mano sobre la frente del profeta. Esta vez, cuando las imágenes vinieron a él, Mark las recibió.

****

El mensajero bostezó y se frotó los brazos. Las mañanas de la primavera eran frías como las del inicio del invierno. El sol apenas se asomaba por el horizonte y el cielo estaba pintado por franjas de tonos naranja, fucsia y azul. A su lado, Darius también bostezó.
—¿Durmió bien? —preguntó al profeta. El mestizo se abofeteó para espabilarse y luego estiró los brazos, satisfecho.
—Sí. Me siento descansado.
Eso alegró a Mark porque supo que hizo un buen trabajo. Aspiró fuerte, satisfecho consigo mismo, y miró alrededor. El templo de Kaerd estaba en lo alto de las escaleras mientras que al pie estaba la plaza, atestada de soldados que escuchaban el alentador discurso del General. Mark y Darius estaban a mitad de los escalones, esperando a Sakti y a la orden de Sigfrid para descender. Los tres eran el nuevo emblema de la guerra: el Primer Dragón, el mensajero y el profeta.
Como eran un nuevo símbolo, Sigfrid los hizo disfrazarse. A Mark lo obligó a vestir ropas de viaje de sacerdote. El mensajero llevaba una capucha de cuero marrón, con botas del mismo color. La camisa era de manga y falda largas, abrochada con un cinturón azul. Por encima de los hombros llevaba una armadura ligera del color del mar, que le cubría parte del pecho. Era lo bastante liviana para que alguien tan flaco como él pudiera levantarla, pero lo bastante fuerte como para protegerlo de un ataque sorpresa moderado.
Darius iba vestido completamente de negro. Sigfrid por poco lo obligó a usar la pesada armadura de un General, pero el profeta lo evitó con un poco de psicología inversa. ¿Cómo podía un cachorro insolente llevar el uniforme que Sigfrid y Enlil se habían ganado después de tantos años de sangre y sudor esparcidos por todo el continente? Sigfrid, desde luego, le dio la razón pero tampoco era idiota. Supo que el muchacho quería burlarlo, así que le dio un juego de armadura negra como la de los nobles que van a la guerra. «Supongo que no siempre se puede ganar», pensó el profeta. En todo caso estaba bien. No podía andar por una zona conflictiva sin ninguna protección.
El sacerdote de Kaerd se aclaró la garganta detrás de ellos y les anunció la llegada de Sakti. Ella también llevaba una armadura negra como la de Darius, pero más ligera para su contextura y con acabados más finos por su posición como princesa. Aunque Sakti era pequeña, su apariencia guerrera infundía respeto. Su armadura no tenía destellos sino que era opaca, como si absorbiera toda la luz y la convirtiera en tinieblas. Con sus ojos grises parecía que no guardaba nada dentro de ella además de hielo y crueldad.
Cuando Sigfrid anunció la participación del Primer Dragón, el mensajero y el profeta, Sakti se petrificó. Ellos sabían que esa era la señal para que los tres bajaran la escalinata y se reunieran con el General para causar mayor impresión y motivar aún más a los soldados. Pero los rugidos expectantes de los oficiales la hicieron retroceder dos pasos. Los actos públicos nunca se le dieron bien.
Darius se colocó detrás de ella y le dio empujoncitos para que avanzara. Sakti levantó la cabeza e interpretó bien su papel de princesa delante de los quinientos soldados que Sigfrid había elegido para la marcha, pero Darius la vio apretar los puños. Por debajo de esa armadura de oscuridad solo había una chica tímida y con voz de pajarillo.
Cuando al fin el acto terminó y llegó la hora de partir, a Sakti le faltó poco para echar a correr hacia su caballo y escapar de toda esa gente. Ka-ren la alcanzó antes y pifió alegre por el reencuentro con su ama.
—¿Y yo? —preguntó Mark incómodo cuando Sakti y los soldados montaron sus corceles. Nadie le había dado un caballo pero la princesa no vio ningún inconveniente.
—Usted viajará conmigo, amo —respondió ella con una sonrisa y la mano extendida para ayudarlo a montar. Antes de que Mark pudiera aceptarla, Sigfrid intervino:
—No. Los dos tienen una estatura similar.
—… ¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Darius. Sakti y Mark miraron confundidos a Sigfrid. El profeta tenía una sonrisa burlona en los labios.
—No habría buen equilibrio —respondió Sigfrid, impasible—. Si iniciamos una cabalgata a toda marcha al menos uno de los dos se caerá y se romperá el cuello.
Por la expresión que le dirigió a Mark, el mensajero supo que Sigfrid no lo lamentaría mucho si se caía del caballo. Lo que le preocupaba era que Sakti lo acompañara al suelo por intentar protegerlo.
—Él irá contigo, cachorro —resolvió el General—. De todas maneras un humano no puede controlar por su cuenta a un corcel de seis patas.
Tenía razón. Mark nunca había montado y un caballo de dos metros de altura era demasiado intimidante para un jinete primerizo. Como además tenía seis patas, Mark tenía seis oportunidades de recibir una coz por seis distintas razones. No quería tentar su buena suerte.
Mientras Darius ayudaba al mensajero a auparse, Sigfrid se despidió de Homero. El Capitán de Kaerd estaba claramente molesto por la partida de sus soldados. Mark apenas si le prestó atención. A la que miraba era a Sakti. La princesa se miraba las manos con intensidad, como si todo alrededor hubiese desaparecido. Mark quiso estirar una mano y pasarla delante de los ojos de la muchacha y espabilarla, pero no tenía control del caballo para acercársele.
Además, notó algo inusual. Al principio no supo qué era pero luego comprendió que los ojos de Sakti eran distintos entre sí. Para cualquiera serían idénticos. Grises, fríos, pálidos, vacíos. Pero él había visto la calidez y la ternura de esos ojos durante los últimos meses y también lo más cruel e hiriente de ellos en el País de Hielo. Ahora ambas miradas estaban allí. En un ojo, Mark reconoció la mirada de una esclava tímida y obediente.
Pero en el otro vio la mirada furiosa y destructiva de un Dragón.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. para empezar esee tipo... "homerito" no me cayo bien huumm!!!

    pero encuetras en cualquier lugar a tipos como esos.

    En cuanto a Allena, pues nimodo se le terminaron sus vacaciones jijiji amiga cuando termines de editar los capitulos ten por seguro que los leere.

    El capitulo en si me gusto. No tengo mucho que decir, despues de todo tu eres la que me corrige a mi xD




    seeyou!

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias por el comentario, Annie. Espero que te guste el próximo capítulo ;)

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!