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Capítulo 2

2
MALDICIÓN MONTAG


Los cascos de los caballos levantaron una cortina de polvo y abrieron una orquesta de gritos y silbidos. Las flechas cruzaron el aire con suspiros filosos sobre las cabezas de los soldados. Los oficiales alentaron primero a los caballos para escapar del ataque sorpresa, pero luego gritaron en coro para hacerlos retroceder. Fue muy tarde. Sus voces graves se agudizaron también y el eco del cañón los acompañó cuando los caballos saltaron un precipicio hacia el vacío.
Los relinchos aterrados callaron con el golpe del río. Los sonidos se hicieron densos y confusos, envueltos en torbellinos de arena, cuerpos y agua. Sakti no supo cómo lo logró, pero se soltó de la silla de montar y nadó hacia la superficie. El coro de gritos y sorpresa se hizo un poco más claro pero ella tuvo que parpadear varias veces para entender qué pasaba. Buscó al amo. Solo vio las cabezas de los soldados que se abrían paso a la superficie para respirar.
Más arriba todavía había soldados y caballos que caían en estampida hacia el río. «¿El amo también?», se preguntó mientras la corriente la arrastraba. «¿Y Darius? ¿Y Sigfrid?». Una flecha cayó justo al lado pero el río se la tragó tan rápido que bien pudo haber sido su imaginación. Pero no era una ilusión. Un soldado soltó una maldición junto a ella y Sakti vio que una flecha lo había herido. Aún estaban bajo ataque.
En lo alto del cañón vio figuras enmascaradas. Eran humanos rebeldes, armados con arco y flechas y listos para terminar el trabajo. Cuando los rebeldes dispararon una ola de proyectiles, Sakti levantó el brazo. No temía por ella o por los soldados, que estaban bien protegidos con armaduras. Temió por Mark porque la suya era una armadura liviana. Si una flecha lo alcanzaba, lo perdería. Y si lo perdía, ella enloquecería.
Una cortina de agua se levantó detrás de ella. Siguió el movimiento de la mano de Sakti hasta convertirse en una ola alta y gruesa que golpeó el muro del cañón y trepó hasta los pies de los rebeldes. Sakti derribó a algunos de ellos, pero el agua la arrastró también y la hundió.
—¡Demonios, Allena! —gritó alguien cuando ella regresó a la superficie—. ¡Nos ahogarás a todos!
Sakti vio pocos soldados junto a ella, porque la mayoría estaba sumergida luchando contra la nueva corriente que la princesa creó. Aun así algunos se habían sostenido a tiempo de la pared de cañón contraria. Uno de ellos era Darius, que sostenía a Mark del cuello de la camisa para que la corriente no los separara.
Sakti intentó nadar hacia ellos, pero la ola que creó se vino encima de repente y cayó como un puño de metal. Esta vez Sakti golpeó el fondo. Rodó entre cántaros, brazos y piernas, sin control, sin saber en dónde estaba, sin poder ver absolutamente nada. La armadura la protegió de las flechas pero era pesada. Cada golpe que recibía le machacaba los músculos. Cada giro en la corriente le sacaba el aire. Cuando la última burbuja de oxígeno se le escapó de los labios, Sakti supo que no lograría salir de allí. Estaba condenada.
Alguien la tomó del brazo y la jaló hacia la superficie. Apenas sintió el aire sobre la piel dio una profunda bocanada. Solo tragó agua. Estuvo a punto de soltarse y quedar a merced de la corriente otra vez, pero su salvador la apretó con fuerza y se sostuvo contra un pedrusco. «¿Sigfrid? ¿Darius?». Cuando abrió los ojos no vio los hombros musculosos del General ni los ojos mestizos del profeta, sino el rostro pálido de Mark. Cuando una nueva ola los azotó, Sakti abrazó al mensajero y se agarró al pedrusco con las fuerzas que la habían abandonado antes. No supo cómo Mark pudo sacarla del agua pero sí que no tendría suerte después. Él era débil y frágil. Ahora dependía de ella que no se ahogaran.
No podían quedarse mucho tiempo allí. Perderían la fuerza antes de que la corriente se calmara y se separarían de la tropa. Sakti miró alrededor, esperando que los oficiales boquearan junto a ella o que estuviesen bien sujetos de otro pedrusco. Pero estaban solos. Cuando miró corriente abajo vio que la tropa avanzaba en grupo, arrastrada por el río. «¡Hay más piedras!», pensó. «¿Por qué no se sostienen?».
Un silbido fue su respuesta. Sakti apenas tuvo tiempo de gritar una advertencia, agarrar a Mark y dejarse arrastrar otra vez por la corriente junto a él. Cuando miró detrás vio que la lluvia de flechas aún caía. Los rebeldes eran como acróbatas de circo que corrían en lo alto del cañón, saltando con piruetas complicadas y lanzando flechas sobre ellos. La corriente que casi la ahogó antes ahora la salvaba de los proyectiles con sus movimientos irregulares y furiosos. Todo lo que los rebeldes necesitaban era que ella se quedara quieta para atravesarle un ojo.
Mark la apretó y dio una advertencia, pero fue muy tarde. Chocaron contra un enorme pedrusco y el río los acorraló contra él. Ahora los rebeldes tenían un blanco perfecto. Salvo que cuando ya los tenían a tiro, bajaron las flechas. Luego se arrodillaron coordinados. Hicieron una seña con las manos y retrocedieron de espaldas, con las cabezas agachadas.
Los hombros de Sakti subían y bajaban. ¿Qué ocurrió? Esperó a que los rebeldes regresaran con flechas más grandes y potentes, pero en lo alto del cañón solo vio la nube de polvo que los caballos habían levantado en la estampida. De no ser por eso parecería que esa era un día común y corriente para el río.
El castañeteo de los dientes de Mark la sacó de su estupefacción. El mensajero estaba más pálido de lo común, con los labios azules. Sakti tuvo miedo de que Mark se desmayara de repente o que su corazón enfermo fallara por toda la conmoción. Aun si resistía era probable que enfermara de una buena pulmonía. Tenía que sacarlo de ahí pero no se creía capaz de soportar otro viaje río abajo. Ella no sentía ni las puntas de los dedos por el frío.
Por suerte vio que un poco más adelante había una pequeña playa. La pared del cañón se abría allí y dejaba al descubierto arena oscura como la pólvora. Como también vio copas de árboles supuso que esa playa era un acceso a un pequeño valle. El mapa de la región decía que había muchos de esos pequeños paraísos dispersos a los lados del cañón y rodeados por sus paredes.
Sin pensarlo más, Sakti nadó hacia la playa oscura con lo último de sus fuerzas.


Darius se dejó caer sobre la piedrecilla húmeda. Junto a él los soldados caían de rodillas mientras vomitaban agua y temblaban del frío. Él estaba helado hasta los huesos. Tuvo la impresión de que no había nadado en agua sino entre cubos de hielo. Una lluvia mezclada con sudor le cayó encima cuando su caballo se sacudió junto a él como si fuera un perro. Al principio Darius se alarmó por el nuevo chapuzón pero después lo aceptó con resignación. Ya no podía mojarse más.
Cuando Mükael terminó de sacudirse, agachó la cabeza y le lamió la mejilla con una lengua dura y áspera. Darius se apartó por el asco. Su caballo lo vio con ojos inocentes de pura adoración y no pudo enojarse con él.
—Buen trabajo —le dijo mientras lo acariciaba entre los ojos—. Saliste por tu cuenta del agua. Qué listo.
Los corceles de seis patas eran una raza de caballos eficientes para el combate. Eran más listos que otros caballos, robustos, resistentes y, sobre todo, veloces. Además, tenían algunas habilidades mágicas como una esencia de la tierra muy primitiva que les ayudaba a sostenerse mejor en caminos inclinados. Lo que cautivó a Darius de Mükael fue su lealtad. Los corceles de seis patas siempre regresaban a sus jinetes y les mostraban cariño con lametazos y suaves empujones con la cabeza.
Cuando Darius se levantó, Mükael estuvo a punto de tirarlo otra vez al suelo porque le echó la cabeza sobre los hombros para que lo abrazara. «¿Es un caballo o un perro?», se preguntó el profeta. Rodeó el cuello de Mükael y le dio palmadas suaves y tranquilizadoras. El pobre animal temblaba de patas a cabeza aunque Darius imaginó que el frío no lo había afectado. Lo que lo había asustado fue la emboscada. Los corceles de seis patas no eran nerviosos por naturaleza o de lo contrario no serían tan eficientes en la guerra. Pero entre la tropa iban también caballos comunes y sin ningún tipo de armadura. Darius supuso que algunas flechas alcanzaron a las monturas, el resto olió el peligro y se asustaron en grupo. Los soldados no pudieron controlarlos ni evitar que cayeran al río.
Miró alrededor. Aún había soldados que nadaban hacia la orilla pero la mayoría ya estaba en la playa. Vio cortadas, huesos rotos y algunos heridos con flecha, pero todos parecían estar a salvo. Soltó un suspiro de alivio que se cortó con una exclamación de problemas al ver el estado de Sigfrid. El General no tenía ni un maldito rasguño pero movía la cabeza de un lado para otro, paranoico, buscando a alguien. Darius creyó que Sigfrid contaba a los soldados para asegurarse de que todos se habían puesto a salvo. Cuando el último de los oficiales subió a la playa, el General se giró para seguir la búsqueda.
Sus ojos de hielo se toparon con los del mestizo. «Me estaba buscando», comprendió. La mirada de Sigfrid no se relajó. Darius entendió entonces quiénes faltaban: Sakti y Mark. Se apartó de Mükael y avanzó al río. Se metió al agua hasta donde la corriente no lo arrastrara y miró río arriba. Estaba a medias seguro de que Sakti y Mark aparecerían de repente y bracearían hasta la orilla. Pero la otra mitad temía que solo flotaran bocabajo.
Cuando Sigfrid dio la voz de alerta, más soldados se metieron al agua y otros revisaron a lo largo de la orilla. Todo fue en vano.
—Ya deberían estar aquí —dijo un oficial—. O pasaron antes sin alcanzar la orilla o…
—O se quedaron río arriba —lo interrumpió otro—. Allá había otra playa más pequeña que esta. Quizá la alcanzaron.
Esa idea liberó el puño que había apretado el corazón de Darius. Él también había visto esa playa negra, pero la corriente no lo dejó nadar hacia ella. Si Sakti y Mark sí lo lograron estaban a salvo. No se habían ahogado. «¿Habrá alguien más con ellos?». Lo dudaba. Tenía la impresión de que todos los soldados siguieron la corriente y alcanzaron la playa que Sigfrid había elegido. Eso significaba que Sakti y su amo estaban por su cuenta.
Miró la otra orilla. Allí no había una playa sino la pared del cañón, que se levantaba unos quince metros por encima del río. Aunque pudiera superar la corriente y alcanzar el otro extremo, ningún soldado podría escalar una pared tan perpendicular. «Al menos tienen refugio», pensó Darius al ver los árboles que estaban en lo alto del cañón. Regresó a la playa y retrocedió de espaldas para mirar todo lo que pudiera del paradero de su amiga. Muy lejos de las copas de los árboles le pareció ver el tejado de un edificio. «A lo mejor allá hay un pueblo», pensó. Pero no estaba muy seguro. Le pareció algo bobo que hubiese una villa en un territorio invadido por rebeldes cuando, al otro lado del río –es decir, donde estaban él y los soldados– había una ciudadela.
Aunque estaban como a seis kilómetros de la ciudad, a Darius le llegó un pito atronador proveniente del asentamiento. Allí era adonde se dirigía la tropa de Sigfrid antes del ataque. A Darius también le llegó un fuerte olor a quemado, como si en la ciudadela estuviesen cocinando carne. «No, espera». Aspiró más profundo. El olor no venía de lejos, sino de cerca. Muy cerca.
—¡Señor, se quema! ¡Se quema! —gritó un soldado.
Al instante Darius sintió el calor como si él se hubiese prendido en llamas, aunque todavía estilaba. Dio tres saltos para apartarse de Sigfrid. Aunque el General estaba lejos, Darius y los soldados sintieron su calor. Sigfrid no estaba rodeado de fuego pero la piel se le enrojeció y la ropa empezó a desprender humo denso. El General se quedó inmóvil mientras se miraba las manos. Intentaba entender qué sucedía. Cuando lo comprendió se golpeó la frente con la palma de la mano, como si se regañara por haber olvidado algo importante. Luego empezó a desvestirse.
—Debemos ir por la princesa y el mensajero —dijo mientras las piezas de armadura caían a sus pies, rojas como si estuvieran en la fragua—. Al otro lado del río solo encontrarán problemas.
Darius supo que cualquier otro hombre se vería ridículo dando órdenes a la vez que se desnudaba. A pesar de la piel irritada y el humo que emanaba de él, Sigfrid generaba respeto solemne. Los soldados lo miraron como si el General les explicara la táctica de una batalla decisiva, aunque en realidad guardaba silencio. Tenía los ojos puestos en el techo lejano que Darius había visto antes.
Aunque el General no dijo nada más, Darius supo que Sakti y Mark cometieron un error al quedarse del otro lado del río.


A pesar del cielo despejado y el sol en lo alto, todavía no se habían secado. No había nada que se le apeteciera más que quitarse la armadura, la ropa y prender una hoguera para calentarse, pero Sakti sabía que sería una estupidez. Los rebeldes podrían regresar a agujerearlos y ella no podría ajustarse la armadura por su cuenta.
Mientras Mark recuperaba el aire, Sakti miró la playa. Era una entrada pequeña a un bosque y la orilla terminaba de forma abrupta a ambos lados, donde se levantaban las paredes del cañón. La princesa estaba segura de que con paciencia y la esencia de la tierra podría trepar el cañón, pero eso significaba entrar al terreno de los rebeldes. Tampoco podía echarse otra vez al río y esperar que la corriente no los ahogara a ella ni a Mark. Eso solo les dejaba un camino: el bosque.
Le pareció una muy buena opción. Los troncos eran gruesos, las raíces frondosas, las hojas verdes. El suelo estaba cubierto por una alfombra de césped y flores. El aire estaba lleno de aromes silvestres. Cuando se levantó y echó la cabeza hacia atrás, vio el techo de un edificio. Debía de estar bosque adentro.
—Iremos al templo —dijo mientras señalaba el techo con una mano y con la otra ayudaba a Mark a levantarse—. Allá nos ayudarán y es un buen punto de encuentro. Sigfrid irá a buscarnos allá.
No le importaba que Sigfrid se tomara su tiempo para ir a buscarlos, pero sí que Mark se enfermara. Sakti temió que el muchacho se tambaleara y empezara a toser con fuerza, pero Mark se mantuvo firme mientras avanzaban por el bosque. Sakti esperó que el ejercicio los hiciera entrar en calor. Pero aunque los árboles se alzaban altísimos alrededor de ellos, las ramas y las hojas se entrelazaban tanto que solo algunos rayos de sol llegaban al suelo. El bosque era frío y oscuro, pero no faltaba el color. Por aquí y por allá había flores amarillas, rojas, violetas, fucsias, blancas y naranjas, además de matorrales con bayas.
Pero no había ruido.
Sakti notó que solo se escuchaban las pisadas suyas y de Mark. No oyó el zumbido de los insectos ni el trino de los pajarillos. Tampoco vio ardillas o rastros de madrigueras. Mark también debió de notar esa quietud tan perturbadora porque se acercó a Sakti hasta rozarla al caminar.
Un crujido. Un zigzagueo a la distancia.
Sakti se detuvo y miró a su derecha. A unos diez metros la rama de un árbol ondeaba al lado de otra que estaba rota.
—No me gusta este lugar. No pinta muy bien —dijo Mark mientras miraba las ramas—. No soy supersticioso pero los rebeldes hicieron algo antes de irse. Era una seña con las manos. Creo que es un signo de protección.
Sakti lo recordaba y, como era lista, ató cabos. No le gustó lo que había descubierto pero tenía que ser valiente por Mark.
—Lo más probable es que haya algún demonio cerca —dijo con tranquilidad, aunque por dentro empezó a inquietarse—. En la región Oeste abundan.
—Entonces deberíamos irnos —Mark abrió los ojos como platos—. Los demonios se comen a la gente y…
—No creo que vengan, amo —lo tranquilizó ella—. A los demonios les gustan las presas fáciles y evitan meterse con aesirianos que puedan darles batalla.
—Ah. —Mark ladeó la cabeza y dejó relucir una leve sonrisa—. Bueno, pensándolo así, ni siquiera un demonio querría enfrentarse al General Montag. —Sakti le devolvió la sonrisa.
—Ajá. Tampoco querrían meterse con la portadora de un Dragón.
Le dio la mano para guiarlo por el bosque. El mensajero apretó los dientes porque le daba la impresión de que Sakti lo trataba como a un niño indefenso y frágil. Pero aceptó la mano de la chica y se dejó guiar porque no podía enfadarse por algo tan bobo en un bosque con demonios. Tenía que estar atento y aprovechar la protección de la princesa que había derribado La Torre de los vanirianos. Además, sabía que Sakti solo quería lo mejor para él.
De nuevo el crujido. Esta vez Mark no se giró para ver lo que sucedía porque temió llevarse una mala impresión. En cambio Sakti miró por encima del hombro pero no le dio importancia al asunto. «No es nada», se relajó el mensajero. «Todo está en orden».
Sakti logró disfrazar muy bien la mala sorpresa recibida. A veinte metros de ellos una rama ondeaba ligeramente y otra estaba rota. Algo los seguía.


Después de una hora de caminata, el bosque dio lugar a una pequeña ciudad aesiriana en ruinas. Sakti y Mark la miraron boquiabiertos. El techo que vieron a la distancia no era un templo, sino lo que quedaba de la parte más alta de un palacio. Alrededor del castillo había construcciones que en su tiempo debieron de ser casas de lujo, aunque un poco más pequeñas. El verdadero templo de la villa estaba frente a una calle principal, aunque la madreselva había trepado por las columnas y las tenía muy descuidadas. Al principio Mark no supo que se trataba de un templo porque el techo tenía un extraño adorno: una media luna. Sakti le explicó que ese era el símbolo de los monjes que rendían culto al astro de la noche.
La villa era circular como la luna y seguía un patrón concéntrico. Las calles principales se dirigían al centro de la ciudad, en donde estaba la plaza. Delante de la plaza estaba el castillo, mientras que los otros edificios se acomodaban a los lados de las calles en perfecto orden.
Por supuesto todo estaba hecho de mármol, como era costumbre en las ciudades aesirianas. Sin embargo, el paso del tiempo hizo estragos en la roca. Sakti nunca se imaginó que el mármol pudiera deteriorarse tanto. En las aceras había jardineras que incluso ahora daban cobijo a varias flores. Las plantas crecieron sin control y los tallos y las hojas se salían de los cubículos, llegaban al suelo y se extendían por las calles. Aunque la mayoría de los edificios se mantenía en pie, la maleza, las rocas agrietadas y el silencio absoluto eran los únicos habitantes de la villa. ¿Cuánto tiempo llevaba abandonada?
—¿Qué es eso?
Mark señaló una cueva que estaba lejos de la entrada principal. Tenía la forma de un puño gigantesco que se había abierto campo en una pared alta y ancha. «Seguro forma parte del cañón», supuso Sakti. Frente a la cueva se alzaban dos pilares de un metro de altura, cada uno con un orbe destruido. Sobre la entrada de la cueva había un arco de piedra con una inscripción.
—«Belua lucirem melinstora». Hasta que las bestias se calmen o sean destruidas —recitó Sakti. Su voz fue firme pero palideció un poco.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Mark. Sakti bajó la mirada por un instante, mortificada. Cuando respondió levantó otra vez la cabeza y su voz fue estable.
—Es una cámara de tortura. Dentro de la cueva hay muchas habitaciones en las que se encarcela a los cachorros que están pasando por una transformación peligrosa. Ahí los aesirianos adultos los cuidan hasta que superan la metamorfosis. Pero si se ponen muy violentos y se cree que incluso después de la transformación serán peligrosos para los demás, son sacrificados. Esa cueva también sirve para encerrar demonios, torturarlos y matarlos.
Mark jadeó y se encogió de hombros. Sabía que a la pequeña Sakti la habían ofrecido como sacrificio de demonio muchas veces, pero nunca se lo había imaginado con tanta nitidez como ahora. Cuando vio esa cueva de puño negro vio también a la diminuta e indefensa Sakti avanzando encadenada entre tinieblas. Asustada. Perdida. Abandonada. Quiso decir algo para hacerla sentir mejor pero ella tenía los ojos puestos en la cueva.
—Mi tío encerró a mi hermano cuando sufrió la primera transformación —murmuró la muchacha—. Por eso investigué sobre lo que ocurre en las cuevas cuando hay cachorros transformados dentro. Sé que tío no habría sacrificado a Adad si la transformación se hubiese complicado pero quería saberlo… Porque quizá algún día yo también pasaré por eso.
Sakti dio media vuelta y se alejó de la cueva. Mark supo que ella no quería hablar más del tema. Cuando llegaron a la entrada de las ruinas vieron que había un arco parecido al de la entrada de la cueva. También había una loza para marcar el límite de la villa. En la loza había una leyenda. Había un pergamino clavado en uno de los pilares que sostenían el arco de la entrada. Sakti señaló los caracteres en aesiriano antiguo que estaban en el arco.
—Montag… —Luego leyó la loza y tradujo—: Dice algo así como «Tierra de la Nueva Luna». —Mark señaló el pergamino, que tenía una escritura más complicada.
—¿Qué dice aquí?
El papel era viejísimo. Estaba amarillento y tenía manchas de agua y sol. Incluso así la tinta se mantenía en su sitio y los símbolos eran legibles. Sakti tardó un poco más en descifrar lo que decían pero al fin dio con el significado:
—«Si aprecian sus vidas —leyó— se alejarán de aquí. Está prohibido alimentar a las bestias. Es mi orden. Firma, Emperador Gonzalo Jüyr Aesir XIV». Vaya —silbó—. Este lugar está abandonado desde hace mucho tiempo. Ese Emperador reinó hace más de tres mil años.
Eso no le gustó a Mark. El sitio le parecía cada vez más misterioso y peligroso. El bosque era bonito pero no había ni rastro de animales. La villa estaba abandonada y cerca había una cueva para demonios y aesirianos transformados. Para rematar, a la entrada de las ruinas había una advertencia de parte de un Emperador antiquísimo. Quizá no era buena idea estar allí. Quizá era mejor devolverse.
Un trueno resonó cerca, muy cerca. Una densa sombra cubrió el sol. Mark miró el cielo y vio unas fatídicas nubes de tormenta. Como también empezó a hacer viento supo que no era una invasión vaniriana, sino un auténtico aguacero. Eso tampoco le gustó. Le parecía otra mala señal. La lluvia los obligaría a buscar amparo en la villa abandonada.


Se refugiaron a tiempo. Aunque se salvaron del aguacero los pasillos del castillo eran húmedos, oscuros y fríos. El palacio seguía la arquitectura tradicional aesiriana, con una pared a un lado del pasillo y, del otro lado, una baranda para ver el exterior y facilitar la entrada de luz. Como llovía a cántaros casi parecía de noche. Además, el suelo, la pared y la baranda eran negros como si alguien los hubiese bañado con la arena de la playa.
Mark se estremeció. El sitio cada vez más le parecía el escenario de una novela de terror, como las que le gustaban a Darius. Si tan solo pudiera calentarse… Él y la princesa se habían quitado las capuchas, que estaban tan mojadas que parecían capas de bronce. Sakti intentó secarlas con un hechizo pero el ambiente húmedo no le dio buenos resultados. Y las armaduras… ¡eran tan pesadas! Mark esperaba que pudieran quitárselas para ir a dormir.
—Ojalá el General venga pronto por usted —dijo mientras se frotaba los brazos. Tenía escalofríos.
Sakti lo miró con ojos de cordero asustado. Tuvo que sonreírle para que entendiera que se sentía bien. Aunque sí sentía la cabeza pesada no era porque se hubiese enfermado, sino porque se sentía mal de preocupar constantemente a Sakti. Ella siempre lo estaba protegiendo y atendiendo, pero él no podía devolverle todos sus cuidados. Estaba en desventaja. La chica era más valiente, capaz y fuerte de lo que él sería jamás. Aunque lo intentara, él nunca sería escudo suficiente para protegerla de un ataque sorpresa, de mil flechas y menos de un demonio. Así, pues, lo mínimo que podía hacer por ella era no preocuparla tanto.
—Pronto llegaremos a un cuarto, amo —le avisó Sakti.
Cuando la muchacha le sonrió Mark sintió que su cuerpo ganaba un poquito de calor y que el ambiente obtenía una pizca de luz. Dejó de molestarle que Sakti lo cuidara tanto.
El pasillo terminaba en una puerta doble, alta y podrida. Después de asomarse por ella y decidir que la habitación era segura, Sakti decidió que era el mejor sitio que encontrarían en esas ruinas. No era una habitación ideal para un muchacho enfermizo, pues faltaban dos paredes y el frío entraba por allí. Pero el techo aún se mantenía entero y la lluvia no los empararía una segunda vez.
Cuando entraron Mark vio que una de las paredes en pie todavía tenía tapetes o lo que quedaba de ellos. También había sillones y un diván, aunque debían de estar llenos de insectos. Seguro que si los tocaban la madera se desharía bajo sus dedos. Mark se acercó a uno de los tapetes, tan oscuro como las paredes. Pasó un dedo encima y le quitó una capa de tierra negra. El tapete ya había perdido sus colores originales. Desmenuzó el terrón entre los dedos y comprendió lo que era: hollín viejísimo.
—Este sitio sufrió un incendio —comprendió—. Nadie limpió la ceniza.
Al revisar el camino que Sakti y él habían tomado descubrió que dejaron un rastro en el suelo. Sus pisadas se marcaban entre las densas capas de polvo, hojillas, maleza y hollín.
—Si hubo fuego ¿por qué las ruinas permanecen en pie? —preguntó—. Si han pasado tres mil años desde que este sitio fue abandonado deberían quedar solo los cimientos.
—No. Las ciudades aesirianas son muy fuertes y duraderas —explicó Sakti—. El Imperio ahora está muy decaído. Por eso hay varias ciudades abandonadas en el continente, pero aún se mantienen en pie. Como están hechas de mármol son resistentes al paso del tiempo. Un fuego fuerte puede hacerles grietas pero no reducirlas a escombros. Para eso se necesitaría mucho más.
Al final del salón había una pared maciza que también estaba oscurecida por el hollín. Sin embargo, en el centro del muro había un enorme cuadro. Aunque el incendio calcinó el marco inferior, el lienzo se conservaba. A pesar de la capa de polvo y telarañas que lo cubría, distinguieron las siluetas del retrato. A Mark le maravilló que algo tan simple como una pintura hubiese sobrevivido al fuego y a milenios de abandono. Se paró de puntillas y limpió el cuadro con cuidado de no arrancarle los colores como hizo antes con el tapete. Levantó una capa de polvo que cayó en cascada y se esparció como una nube, pero no le importó. Cuando terminó dejó al descubierto un retrato familiar.
A la izquierda había un aesiriano alto, rubio y de ojos azules, que vestía armadura dorada sobre el pecho y hombro derecho. Estaba arrodillado sobre una pierna pero aun así su cabeza estaba muy por encima del resto de la familia. A su lado había una mujer de cabello negro y largo, que estaba sentada sobre una butaca elegante. La aesiriana tenía facciones angulosas y finas pero sus labios no sonreían. Los ojos eran azules y fríos como una tormenta de invierno. También había un niño de diez años, sentado en el diván en medio de sus padres. Era una pequeña réplica del General junto a él pero tenía el rostro inexpresivo de la madre.
Cuando lo vio, el estómago de Sakti hizo una pirueta. Tuvo escalofríos. El niño se le hacía muy familiar. Cuando lo situó, abrió la boca y dio un brinco.
—¡Es Sigfrid! —gritó mientras señalaba al niño.
El hombre de armadura se parecía muchísimo al General que ella conocía, pero tenía una expresión más suave. O sea, parecía un poquito menos cascarrabias que Sigfrid. El niño, en cambio, tenía la expresión impasible del padrino de Sakti. Al principio la asustó encontrar a un pequeño Sigfrid retratado en un cuadro tan viejo y en un sitio tan misterioso como las ruinas. Pero al prestarle más atención encontró algo divertido.
—¡De pequeño Sigfrid era muy lindo!
—Ay, ¿cómo cree? —se rio Mark.
Le gustó que Sakti pasara del susto a la fascinación en un santiamén, pero lo divirtió aún más esa frase. Para él Sigfrid no calzaba con «pequeño» ni con «lindo». Se acercó más al cuadro para hacer su propia comparación. Era cierto que el aesiriano adulto se parecía un poco a Sigfrid, pero Mark creyó que era porque los dos usaban uniforme de General. El niño, en cambio… Sí, sí se parecía a Sigfrid. Pero era imposible que fuera él.
—Según el pergamino a la entrada de la villa, este lugar está abandonado desde hace más de tres mil años, ¿verdad? —Sakti asintió—. El cuadro también debe de tener unos tres mil años. Eso quiere decir que ese niño no puede ser el General.
Sakti arqueó una ceja y dijo:
—Sigfrid es mayor de lo que aparenta. Una vez lo escuché hablar de cuando sirvió a mi tatarabuelo y él reinó hace más de mil doscientos años. —Mark arrugó la cara.
—Creí que lo más que vivían los aesirianos son quinientos años. Seiscientos, máximo.
—Sigfrid es mayor de lo que aparenta, todos lo saben —repitió Sakti como en una letanía, a la vez que levantaba los hombros—, pero nadie sabe con exactitud cuántos años tiene o por qué ha vivido tanto. En realidad no nos importa porque es muy bueno en su trabajo. Todos sabemos que el Imperio se caería sin él.
Por la forma en que lo dijo, Mark comprendió algo que nunca se le habría ocurrido por su cuenta. Los soldados quizá no temían a Sigfrid, sino que lo admiraban ciegamente. «No. Sí que le temen. El tipo es capaz de asustar al miedo mismo. Pero también lo admiran, eso es seguro». Pero por más increíble que fuera el General, Mark todavía no se creía que el niño del cuadro fuera él.
—Quizá solo sea un antepasado suyo —sugirió—. ¿Por qué no lee la inscripción?
Debajo del cuadro había una pequeña placa escrita en aesiriano antiguo. Como Darius le enseñó casi todo el alfabeto, Sakti se las arreglaba bastante bien para leer las inscripciones.
—«Familia Montag. General Cornelius Montag, Amelia Montag y su hijo, Neo Thot Montag». Tiene razón, no es Sigfrid. —Sonó decepcionada—. ¡Pero se le parece tanto!
Miró otra vez el retrato. El padre tenía hombros de montaña, un rostro masculino y severo, pero los ojos también entreveían una pizca de bondad. El niño, en cambio, no la tenía. Quizá era pequeño y lindo, pero sus ojos reflejaban un alma insensible. El padre tenía una mano sobre el hombro de su hijo pero era como si el niño no lo notara. Sakti se imaginó que tuvieron una relación fría, como si apenas fueran conscientes de que deberían quererse.
La madre era distinta. El padre y el niño estaban en el cuadro, pero ella no. Parecía ausente, como si no supiera en dónde estaba o qué hacía allí. Como si ignorara que el hombre era su esposo y que el niño era su hijo. Como si ni siquiera supiera que estaba viva. El General Cornelius tenía un brazo por encima de los hombros de Amelia, como si la llamara, como si tratara hacerla formar parte del cuadro. Sakti sintió pena por él. Le pareció que el retrato fue un intento desesperado del General para mantener a su esposa e hijo cerca de su corazón, pero a ellos no les importó.
Prestó más atención a Amelia. Aunque parecía una muñeca sin alma su belleza era innegable. La piel era blanquísima como la luna llena y el cabello era negro como la noche. Justo lo que se esperaba de una Montag. Llevaba un vestido azul oscuro que le resaltaba los ojos, con un escote nada tímido. Sus pechos llamaban de inmediato la atención del espectador y la dirigían al pendiente de plata de Amelia.
Al ver el dije, Sakti sintió otra vez los escalofríos. Quiso gritar pero la lengua se le quedó pegada en el paladar y solo pudo soltar un bufido. Se sacó la cadena que llevaba colgando al cuello y comparó su pendiente con el del cuadro. Cuando Mark lo miró palideció de un golpe.
—¿De dónde ha sacado eso?
—Era de mi madre.
El pendiente de plata en la mano de Sakti era el mismo que estaba sobre el pecho de Amelia. Tenía la forma de un ángel femenino, con un ala extendida y la otra cubriéndole un pecho. Las curvas de sus caderas y senos estaban bien definidas, así como los mechones de cabello lacio y las plumas de las alas. También tenía pequeños diamantes que brillaban como estrellas en la noche.
—Sigfrid me lo dio en mi cumpleaños. Dijo que perteneció a mi madre y que ella quiso que yo lo tuviera algún día.
Mark apretó los labios. Ese sitio le gustaba cada vez menos. Pero como notó que Sakti también estaba un poco asustada, intentó calmarse y pensar en una solución que explicara de manera lógica esa gran casualidad.
—Seamos razonables —dijo—. Es obvio que estamos en un sitio donde vivieron muchos Montag. Se me ocurre que el pendiente es un tesoro familiar y que el General se lo regaló a su madre. Después de todo, él era el Guardián de la princesa Istar, ¿cierto? —Sakti asintió—. Es muy común que las madres den a sus hijas las joyas de su juventud. De seguro la princesa quería que usted también tuviera el pendiente, Alteza.
Sakti apretó el dije y asintió en silencio. «Sí está asustada», comprendió Mark. «No le gusta que la llame “Alteza”, pero esta vez no me corrigió». Como Sakti todavía estaba abrumada, Mark buscó otras alternativas sin encontrar ninguna. Su teoría era lógica y debió haber calmado a Sakti. ¿Por qué falló? A no ser que… lo que la preocupara no fuera el dije, sino algo más. Mark recordó la advertencia del Emperador Gonzalo Jüyr Aesir XIV sobre «las bestias». También se acordó de los orbes destruidos frente a la cueva de transformación. Para él no tenían nada que ver con el pendiente, pero él no era bueno para seguir el flujo de pensamientos de Sakti. A lo mejor ella había hecho una asociación que él no.
—¿Para qué son los orbes sobre los pilares a la entrada de una cueva de transformación? —preguntó. Como Sakti no se sobresaltó supo que ella también pensaba en la cueva.
—Son piedras mágicas que crean un escudo contra los monstruos atrapados. Así se evita que escapen. —Mark se estremeció.
—Y que estén rotos significa…
—… que no soportaron el poder de los demonios que debían custodiar.
—Oh…
¡Quería salir de ese lugar! Pero hubo un destello de luz y después un retumbo atronador en el cielo. Mark saltó en su sitio y luego se encogió de dolor. El susto le dio un punzón en el corazón. Sakti lo abrazó para calmarlo pero el gesto dijo algo más: no saldrían pronto de allí. Con el aguacero torrencial, el frío y el estado de Mark, ella no lo dejaría salir.


Sakti bostezó y estiró los brazos para desentumecerlos. De seguro ya era más de medianoche y hacía mucho debió dormirse, pero no podía. Tenía el sueño intranquilo y a cada rato se despertaba. Se frotó los brazos, que estaban desnudos y helados. Su ropa y la de Mark estaban extendidas en el suelo para que se secaran. Las armaduras estaban por aparte porque eran tan frías en la noche que les robaban el poco calor que pudieron ganar juntos.
Intentaron prender una hoguera con los muebles pero la madera estaba podrida y húmeda. Prácticamente se deshizo cuando la tocaron. Solo la capucha de Sakti se secó, pero con ella cubrió a Mark para que durmiera calentito. De lo contrario sí que se enfermaría. El mensajero estaba acurrucado en el suelo, con la cabeza reposada en el regazo de la princesa, y transmitía un calor muy agradable. Sakti, en cambio, solo estaba en camisón y se estaba congelando, pero no le importaba. Mientras el amo estuviera bien, ella también lo estaría.
Recostó la espalda en la pared. Mark le había pedido que durmiera acurrucada con él para que no pasara frío, pero ella prefirió dormir sentada. No quería pasar la noche en vela pero sabía que debía hacer guardia. Con tantas señales sería una estúpida si no tomaba precauciones. «Quizá lo mejor era irse de aquí. Quizá debimos quedarnos en la playa», pensó. Pero luego recordó el castañeteo de los dientes de Mark y los escalofríos del muchacho. Si se hubiesen quedado al aire libre a lo mejor tendría temperatura. En cambio ahora dormía tranquilo y el calor que transmitía no era fiebre. «Apenas amanezca nos iremos. Todo estará bien».
Escudriñó la habitación. Los aesirianos adultos tenían muy buena visión nocturna pero ella todavía era muy joven y no podía ver bien en la oscuridad. No distinguía las formas de la pared, las barandas o los muebles, pero se daba una idea de en dónde estaban. Por lo demás, todo estaba bien. No había de qué alarmarse. Podía cerrar los ojos, descansar y…
Crack.
El sonido fue débil pero la espabiló por completo. Sakti abrió los ojos y agudizó el oído. Había escuchado una pequeña piedrita que cayó al otro lado de la habitación. «Las piedras no se mueven solas». Esperó a que la vista se le acostumbrara un poco más a la oscuridad, hasta que distinguió la silueta de la baranda y uno de los muebles.
Vio algo más: un par de luces rojas que se erguían muy por encima de ella. Sakti se estremeció porque recordó todas aquellas veces en que los krebins la dejaron en las cuevas de sacrificio. Como entonces, ahora no podía distinguir la silueta del demonio. Sabía que estaba ahí pero no podía verlo. «Tranquila», se dijo. «Ya no eres Sekmet. Ya sabes controlar el miedo. Ya sabes proteger al amo».
El demonio hizo unos sonidos extraños con la lengua. No eran palabras pero tampoco gruñidos. ¿Chasquidos, quizá? Sin apartar la mirada de los ojos del monstruo, Sakti estiró una mano para acariciar el cabello de Mark y despertarlo con suavidad. Un grito apresuraría la embestida del demonio, pero también podía asustar al amo y provocarle un ataque.
Mark no se despertó sino que balbuceó algo entre sueños que estremeció a la princesa. Sakti le miró la pierna que se salía de la capucha: estaba rodeada por una especie de… serpiente. Entendió entonces que no lidiaba con uno sino con dos demonios. El que la había despertado era una distracción mientras otro se acercaba a ellos. Sakti apretó el hombro de Mark para sostenerlo porque la extraña serpiente se anillaba cada vez más alrededor de la pierna del mensajero. Pero entonces ella sintió algo frío y resbaladizo que se le anudaba al brazo izquierdo. Supo que otra serpiente la había atrapado.
Genial. No eran dos sino tres.
Se miró el brazo y vio que la puntiaguda cola la tenía bien sujeta hasta el codo. La cola se engrosaba y extendía por el suelo. Sakti siguió la figura con la vista. A pesar de la oscuridad comprendió que eso que confundió por una serpiente era en realidad el rabo de una criatura que estaba sujeta al techo.
Magnífico. No solo los superaban en número, sino también en tamaño.
Los chasquidos del primer demonio callaron súbitamente. El silencio desconcertó a la princesa. Cuando Sakti miró otra vez al primer monstruo vio que las luces rojas aún estaban muy por encima de ella, como a dos metros de altura. De repente se lanzaron al nivel del suelo y se movieron de un lado a otro, sin control. ¡El primer demonio se acercaba a ella zigzagueando velozmente como una culebra!
Sakti gritó con toda el alma, presa del horror. Mark se sentó de un salto, el demonio chilló con las fauces abiertas de par en par y Sakti apretó los ojos para esperar el fin. Pero en lugar de sentir un mordisco escuchó una espada. El sonido la tomó por sorpresa pero también la bañó con una lluvia de alivio. Durante el viaje por la región Oeste se había familiarizado muy bien con el silbido de un arma cuando realiza un arco en el aire y alcanza el objetivo. Pero sobre todo, se había familiarizado con el sonido de la espada del General más audaz y cruel que había en el mundo.
Cuando abrió los ojos otra vez la habitación estaba iluminada. La figura todopoderosa de Sigfrid se interponía entre ellos y el demonio. En una mano sostenía una antorcha y en la otra la espada que había clavado en el monstruo. Sigfrid levantó la pierna y le dio una patada tan fuerte al demonio que lo lanzó al otro lado de la habitación.
Gracias a la antorcha del General, Sakti vio que el demonio sí tenía una larga cola de serpiente. Pero a partir de la cintura tenía el cuerpo de una mujer. Las escamas negras le cubrían el vientre y los pezones, pero la espalda, el pecho superior, los brazos y el cuello tenían una piel blanquísima como la nieve.
El demonio se retorció en un charco de sangre. Cuando Sigfrid se acercó para acabar el trabajo la cola describió arcos para alejarlo. El monstruo se arrastró e inició la retirada con un zigzagueo a ras del suelo. El General dejó caer la antorcha y agarró la cola del demonio con una sola mano. La mujer serpiente intentó liberarse pero no pudo hacer frente a la fuerza de Sigfrid. Se giró a él con el rostro desfigurado por la furia, pero Sakti y Mark vieron con claridad los rasgos aesirianos. Los pómulos resaltados y angulosos. Las cejas. La frente lisa. Solo sus ojos eran distintos a los de los magos, pues eran dos esferas de absoluta oscuridad. Cuando la luz los alumbraba reflejaban destellos carmesíes. La mujer chilló y desencajó la mandíbula hasta dejar al descubierto los colmillos largos de una cobra.
Cualquiera habría retrocedido con una amenaza tan clara, pero no Sigfrid. El General dio un paso al frente, estiró el brazo de la espada y cortó de un tajo la cabeza de la mujer. Cuando el cuerpo de serpiente cayó inerte al suelo, el General avanzó con pasos de gigante y clavó la espada en el pecho. Lo hizo con tanta fuerza que rompió la caja torácica. Cuando sacó el arma arrancó un corazón destrozado. Agitó la espada con desprecio para deshacerse de él.
Luego giró como si lo que acabara de hacer fuera lo más normal del mundo. El General miró a Sakti con su rostro impasible y sin una sola gota de sudor en la frente.
—¿Está bien, Alteza? —Sakti no encontró palabras para describir lo que acababa de ver, así que hizo la única pregunta que se le ocurrió:
—¿Qué era esa cosa?
—Una hidra —respondió mientras avanzaba hacia ellos—. Solo se les puede matar si se les arranca el corazón.
El General notó entonces que Mark y Sakti estaban atrapados por un par de colas en la pierna y el brazo, respectivamente. Sigfrid levantó la espada para cortarlas, pero las colas jalaron a sus presas sin que el General tuviera tiempo de reaccionar. Sakti y Mark intentaron darse la mano para permanecer juntos, pero los demonios los arrastraron por caminos separados. El salón desapareció. La luz también. Lo único que quedó en el aire fue la maldición de Sigfrid.
Cuando la princesa y el mensajero desaparecieron, el General tomó de nuevo la antorcha y se acercó a la baranda con vista a la villa. Agitó el fuego e hizo señales con la luz.


Mark chocó contra las paredes de los pasillos mientras la hidra bajaba las gradas. Su cabeza rebotó en los escalones sin piedad. A ese paso estaría muerto por una hemorragia en el cerebro antes de que el monstruo se lo comiera. Unos gritos lo sacaron de su estupor. Eran maldiciones y palabras soeces. ¡Eran las maldiciones y las palabras soeces de Sakti!
Al entreabrir los ojos Mark vio las estrellas. La hidra lo había sacado del palacio por un camino distinto al del demonio que se llevó a Sakti. «Pero habían planeado reencontrarse aquí. Planearon huir del General sin que siguiera a algunas de las dos y ahora nos van a cenar juntas como si fueran dos buenas amigas poniéndose al día». Casi que las escuchaba reírse, ya muy seguras de su victoria y del buen banquete que tendrían.
—¡Ahora! —gritó alguien.
Mark no entendió lo que sucedía pero las hidras dieron un chillido y saltaron por los aires. Él y Sakti las acompañaron, pero no cayeron devuelta al suelo sino que quedaron suspendidos en el aire, bocabajo. Desde arriba el muchacho vio que un par de soldados salían de un escondite. A la señal los aesirianos liberaron las palancas de una trampa improvisada, que era una red aérea. Ahora las hidras estaban suspendidas a unos veinte metros, atrapadas.
Quizá el siguiente paso del plan de los soldados era matar a los demonios, pero los aesirianos se quedaron plantados en el suelo, boquiabiertos. O no tenían ni idea de cómo acabar con las hidras o se les había olvidado al verlas.
Un destello de luz espabiló a los soldados. Mark giró el cuello para ver que Sakti tenía todo el cuerpo envuelto en la cola, salvo un brazo que había logrado sacar. De las puntas de los dedos brotaban unas chispas eléctricas. Cuando estuvo cargado, la princesa lanzó el relámpago y cortó de un tajo la cabeza de la hidra que la había atrapado. La cabeza cayó al suelo pero la cola no se relajó, sino que apretó a Sakti con más fuerza. La muchacha creyó que era un último espasmo nervioso y que en cualquier momento estaría libre, pero el cuello de la hidra se partió por la mitad y empezó a regenerarse. Primero formó dos gargantas, luego un par de cráneos y finalmente dos cabezas.
Mark no supo cómo reaccionar pero luego escuchó los gritos de los soldados. La cabeza que Sakti había cortado también se había regenerado. Un tronco de mujer y una cola de serpiente zigzagueaban hacia los soldados. Un arco de plata alcanzó al demonio antes de que terminara de formar los brazos. Sigfrid cayó sobre él con el peso de un meteorito. Le cortó la cabeza y, sin perder ni un segundo, le atravesó la espalda a la altura del corazón.
Cuando la hidra en el suelo dejó de moverse, las que estaban en la red se agitaron con más violencia. Eran demonios pensantes y sabían sumar uno más uno: el General era más que capaz de matarlas. Pero si rompían la red todavía podrían escapar. La red empezó a ceder pero Sigfrid se quedó inmóvil bajo la trampa, meditabundo. Sakti era tan o más inteligente que las hidras y comprendió qué hacía el General: buscaba un buen ángulo.
—No, Sigfrid, ¡NO! —gritó cuando lo vio tomar posición de lanzamiento.
Era un tiro imposible, dificultado como mil veces por los movimientos violentos de las hidras. El General ignoró a la princesa y lanzó la espada sin titubear. Sakti apretó los labios pero no sintió un corte ni escuchó a Mark gritar. Lo que sí escuchó fue el chillido agudísimo de una hidra, que luego se extinguió como una vela al viento. El pecho del monstruo que había atrapado a Mark estaba ahora destrozado, como si una bomba hubiese explotado en su interior. La cola que sostenía al mensajero perdió fuerza y lo dejó caer. Antes de que el muchacho se estrellara contra el suelo, un soldado reaccionó y lo atajó.
—Ah, fallé —escuchó la princesa que decía Sigfrid. Él quería liberar a Sakti, no a Mark.
La chica quiso gritarle que no lo volviera a hacer. ¡Capaz y la próxima vez a la que atravesaba con la espada era ella! Sigfrid se quedó de brazos cruzados debajo de la red, esperando.
La cola que la tenía sujeta apretó aún más fuerte. Sakti aulló. Fue como si la hidra quisiera triturarle los huesos para comérsela de un bocado. La muchacha miró las expresiones de odio del demonio mientras la hidra la subía lentamente. «Sabe que no se va a salvar», comprendió, «pero aun así quiere la última cena». Las dos bocas se abrieron en sonrisas dentelladas que corrieron a ambos lados de las mejillas. Sakti supo que ese par de mordiscos dolerían muchísimo, pero aun así sintió cierta admiración por la hidra. A pesar de sus rostros transmutados, a pesar de las escamas y la cola fría, sus rostros eran verdaderamente hermosos. Tenían unas cabelleras rubias como girasoles. Si tan solo los ojos no parecieran cuencas vacías y los colmillos no fueran como los de una cobra, las caras pasarían por el de un par de gemelas aesirianas.
Antes de que la princesa estuviera al alcance de un bocado, un rayo de plata golpeó la espalda de la hidra y la atravesó limpiamente. Sakti escuchó el gemido de dos gargantas. Luego las cabezas del demonio cayeron fláccidas sobre el pecho y la cola se estiró.
Sakti aterrizó en los brazos de Sigfrid. Cuando el General la puso en el suelo tuvo que sostenerse de él porque las piernas todavía no se recuperaban de la experiencia. Cuando miró la espada que cayó al lado de Sigfrid, vio que estaba clavada en el suelo y tenía dos corazones atravesados.
—¿Supiste que la espada le arrancaría el corazón cuando viniera de picada?
—Por supuesto, Alteza. De otra forma no me habría arriesgado.
Sakti bufó. Quizá el ingenio del Demonio Montag tenía un límite, pero ella estaba segura de que se moriría sin ver a Sigfrid en aprietos o corto de ideas.
El General cortó la red y las hidras cayeron. Los soldados se acercaron para verlas. A pesar del cuerpo de serpiente y los pechos destrozados, las caras y los brazos eran hermosos. Los ojos negros eran trozos de carbón y Sakti creyó que tendría pesadillas por ellos. Aun así tenía que admitir que esa mirada era tanto escalofriante como atractiva. Además, los rasgos eran delicados y bellos como si las mujeres fueran sirenas en lugar de hidras.
—Eran aesirianas, ¿verdad? —se animó la princesa.
—Lo fueron, Alteza —respondió Sigfrid mientras un soldado les daba a Sakti y Mark un paquete de ropa limpia. El otro oficial preguntó por qué las mujeres se convirtieron en hidras. Mientras la princesa y el mensajero se vestían, Sigfrid explicó—: Las mujeres de la familia que vivía aquí sufrían una transformación tan severa que, sin importar los cuidados en la cueva, terminaban convirtiéndose en demonios. Olvidaban quiénes eran. A sus padres. A sus hermanos. A sus hijos. Se convertían en monstruos que debían ser sacrificados.
—Es por eso que este lugar está en ruinas, ¿verdad? —comentó un soldado—. La maldición aniquiló a toda la familia. —Sigfrid asintió.
—Qué lástima que nadie hable de esta gente —dijo el otro oficial—. Yo no sabía nada al respecto. Seguro que nadie en el Oeste recuerda lo que pasó aquí. Ni siquiera sabemos cómo se llamaba la familia que vivió en esta villa.
El soldado sacó una botella de arena negra como la de la playa. Acomodó los brazos de las hidras sobre lo que les quedaba de pecho, les echó la pólvora y las hizo arder con una cerilla. El fuego se extendió rápido pero el grupo no se quedó a ver la consumación de los cuerpos. No tenían ganas de estar en una villa habitada por demonios, ni siquiera aunque ya amanecía.
—¿Por qué las hidras se quedaron aquí? —preguntó uno de los soldados mientras se dirigían al bosque—. Si hubiesen salido de la villa se habrían convertido en un terrorífico clan de demonios.
—Es el agua —explicó Sigfrid, que encabezaba el grupo—. El Emperador Gonzalo Jüyr Aesir XIV hechizó el río para que las hidras no escaparan. Si lo cruzaban, arderían. Cualquiera que tuviera la sangre de esa familia ardería en el agua encantada.
Sigfrid no había terminado de explicar esto cuando Sakti escuchó un crujido detrás de ella. Sin dejar de caminar miró por encima del hombro. Esta vez vio algo más que una rama que ondulaba y otra que estaba rota. En esta ocasión había una hidra apoyada en un árbol. La criatura la miró muy seria, pero sin hostilidad. Después, la mujer serpiente se arrastró por el suelo y se marchó en silencio.
—¿Crees que haya más hidras por aquí, Sigfrid?
—Desde luego, Alteza. Pero no atacarán. No son fuertes durante el día, solo de noche. En especial si hay luna llena.
Sakti acarició el pendiente que llevaba debajo de la ropa y miró a Mark de hurtadillas. El mensajero tenía la vista clavada en el cuello del General, que estaba rojísimo.
—¿Cómo cruzaste el río, Sigfrid? —preguntó la princesa.
—Nadando, por supuesto.
Sakti miró los brazos del General. Estaban rojos e irritados como el cuello. Quizá los soldados que acompañaron a Sigfrid en la expedición nocturna no sabían aesiriano antiguo y por eso no pillaron que la villa era la antigua residencia de los Montag. Pero Sakti y Mark sí lo sabían y comprendieron que Sigfrid cruzó un río hechizado para salvarlos.
—Gracias, Sigfrid —dijo la princesa—. Por todo. 

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. ok!

    estoii muy sorprendida!
    asii que esa es la maldicion
    de la familia montag OO

    tienes muxaa imaginacion
    angela
    de verdad una idea muy original
    ya me doy una idea en lo que
    se transforma sigfrid en luna
    llena... la unica duda qe
    me qedo fue ese retrato...
    en vdd sera sigfrid? oo no?

    espero leer pronto el siguiente
    capitulo.. cuidate mucho angela



    pdt: no eh podido publicar el siguiente
    capitulo debido a falta de tiempo...




    atte: Annie

    ResponderEliminar
  2. Hola, Annie, gracias por pasarte como siempre lo haces.
    Esa ha sido una breve pincelada de la maldición Montag. En próximos capítulos verás más ;)
    Ciao, y mil gracias por leer XD

    ResponderEliminar

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