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Capítulo 3

3
ESTACIÓN «SEGUNDO DRAGÓN»


Los soldados suspiraron aliviados al llegar a una gran estructura aesiriana hecha de metal y mármol. Alrededor de la estación había varias casas y cultivos incipientes, que daban la apariencia de una aldea que apenas estaba en sus inicios. Cuando los lugareños miraron la armadura dorada de Sigfrid hicieron una reverencia al paso de los soldados. Cualquier idiota se daría cuenta de que una tropa liderada por un General merecía ese trato.
 Sakti y Darius detuvieron a los corceles mientras silbaban sorprendidos por la estructura. Algunos oficiales también estaban maravillados pero, a diferencia del profeta, el mensajero y la princesa, ya antes habían escuchado de ese lugar.
—Cuando la vi a la distancia juré que esto era una ciudadela, pero no sé exactamente qué es —dijo Darius.
Frente a ellos se alzaba un gran muro de metal y mármol con un par de puertas altas, que estaban abiertas de par en par. Dentro y fuera de la estación había mucha gente que hacía fila y cuchicheaba entre sí al ver la armadura negra y los cabellos grises de Sakti, que revelaban su identidad como noble.
Algunos soldados locales intentaron calmar el barullo que nacía de los aesirianos. Pero lo que llamó la atención de Sakti no fueron los gruñidos de los oficiales ni las miradas de los civiles que la señalaban. En medio de todo eso notó a algunos hombres uniformados como arquitectos y a otros que excavaban parte del muro con cinceles y palas. Sakti se los señaló a Mark.
—Son arqueólogos —dijo con una sonrisa y un brillo en la mirada—. Como mi padre.
—¿Su padre era arqueólogo? —Mark no pudo esconder la sorpresa.
—Mi padre era príncipe del desierto, pero le gustaba participar y liderar las excavaciones de las ruinas que hay en las Arenas. Eso me dijo mi hermano.
Mark miró a Sakti un poco conmovido, porque era raro que ella hablara de sí misma. Era muy silenciosa y tímida y, por lo general, cuando comentaba algo del pasado era una que otra pincelada de su vida como krebin, sacrificio y esclava. Pero sonreía ahora que hablaba del padre al que nunca conoció. Miraba a los arqueólogos trabajar como si ella también tuviera ganas de tomar un cincel y unírseles.
—Eso quiere decir que este sitio es una ruina rescatada de la época de Esplendor —comentó Darius mientras miraba a los arqueólogos y arquitectos. Sigfrid adelantó el caballo para acompañarlos y dijo:
—La Emperatriz Sakti Allena Aesir I era una genio. Se adelantó al pensamiento de su época. No solo levantó miles de ciudades durante su reinado, sino que también las comunicó por medio de túneles subterráneos. —Miró a Sakti con una ceja arqueada, como si jugara con ella—. ¿Adivina qué instrumento inventó para acortar la distancia entre las ciudades?
Justo en ese momento sonó un pito grave y fuerte, a la vez que una cortina de humo se alzaba al cielo desde el otro lado del muro. A través de la entrada Sakti vio que un largo vehículo plateado corría sobre una rampa.
—¡Es un monstruo de metal! —exclamó alegre—. ¡Uno muy grande!
—¿Monstruo de metal? ¿Qué es eso? —preguntaron Mark y Darius a la vez.
—Nosotros lo llamamos «tren», Alteza —la corrigió Sigfrid. El General sonreía pero en esta ocasión no daba escalofríos, sino que parecía de verdad contento. El comentario inocente de Sakti le hizo gracia—. El tren sirve para recorrer distancias largas a través de un camino de rieles. La Emperatriz lo inventó para utilizarlo en los túneles, acortar las distancias entre las ciudades y mantener al Imperio conectado. Era una visionaria.
—Conque eso era… —Sakti miró a Mark y le dijo—: Cuando éramos niños, una feria de atracciones llegó a Lahore. Uno de los juegos era un monstruo de metal que corría a través de una rampa que subía y bajaba. El amo me invitó al juego y subimos a una de las cabinas del monstruo. ¡Fue muy divertido! Aunque… después el amo vomitó… —Mark se sonrojó por el último comentario y se golpeó la frente con la palma de la mano.
—Qué lindo recuerdo, princesa… —murmuró entre dientes, avergonzado. Sakti le sonrió sin pescar el sarcasmo y luego miró de nuevo a Sigfrid.
—¿Vamos a subirnos al monstruo de metal? ¿Hay subidas y bajadas?
—Vamos a utilizar el tren, sí, pero no hay subidas o bajadas. El viaje será completamente horizontal. —Sakti bufó decepcionada mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, como una chiquilla haciendo berrinche—. Pero me gustaría que bajara. Hay una razón más por la que quiero que mire este lugar.
El General bajó del caballo y ofreció la mano a Sakti para que lo acompañara. Mark y Darius también bajaron, pero supieron que no estaban invitados a lo que fuera que Sigfrid quisiera enseñarle a Sakti. Cuando el General y la princesa se acercaron a la entrada de la estación, los soldados locales ordenaron a los civiles que se adentraran más en la estructura para que no los molestaran. Sigfrid se detuvo a pocos metros del muro y señaló una inscripción sobre la entrada. Allí estaba el escudo de un dragón hecho en relieve, con dos bandas por encima y debajo de la cabeza de la criatura. La de abajo estaba escrita en aesiriano antiguo mientras que la de arriba en lengua humana. Ese idioma se había expandido y era el más hablado y leído, incluso entre los magos.
—Estación Segundo Dragón —leyó Sakti mientras alzaba una ceja, curiosa por el nombre.
—Cuando la Emperatriz Sakti Allena Aesir I murió, su Imperio diezmó. La peste en el desierto. Las invasiones humanas y vanirianas. Las construcciones que aún estaban sin terminar… Sus hijos no tenían ni la mitad de las habilidades de la Virtuosa para enfrentar todos esos obstáculos, lo que provocó que gran parte de sus logros se perdieran en el tiempo. Incluso esta estación se abandonó y quedó atrapada bajo una montaña. Pero este lugar resurgió hace unos treinta años. —Sakti hizo cálculos y ató cabos.
—Adad tiene esa edad. —Sigfrid sonrió.
—Cuando su hermano nació, creó un desbalance que despertó varias ciudades enterradas. El poder del príncipe resonó con la mezcla de las paredes de las ruinas y creó una explosión que destruyó las montañas y la tierra que las cubrieron por años. Pero este lugar fue el más sorprendente de todos. Había rieles, siete trenes con veinticuatro vagones cada uno, mapas tallados en las paredes, templos internos y múltiples caminos hacia otras ciudades de esa maravillosa época. Es toda una joya aesiriana. Resultaba muy conveniente bautizarla en honor a su hermano, el Segundo Dragón.
—Cada vez que hablas de la Virtuosa lo haces con mucha solemnidad… —observó Sakti—. Lo mismo sucedió en Lahore, cuando nos hablaste de los túneles. La admiras mucho, es casi como si la conocieras. —El comentario puso rígido a Sigfrid, como si lo asustara. Aunque la reacción sorprendió a Sakti, ella la dejó pasar y añadió—: Y sonríes cada vez que hablas de mi hermano.
Sigfrid hizo de nuevo algo que Sakti no se esperaba: esquivó su mirada hacia otra dirección, a la vez que señalaba una placa al lado de la entrada.
—Su hermano estuvo aquí una vez.
La princesa creyó que el General cambiaba el tema con brusquedad, pero de todas formas caminó hacia la placa. Cuando vio el decreto y las firmas sintió un revoltijo agradable en el estómago y se acaloró, emocionada por lo que veía.
—Él nunca me lo dijo.
—Quizá no lo recuerda. Solo tenía tres años cuando inauguró la estación.
Sakti leyó la placa, que era un decreto en tres idiomas: el humano, el aesiriano antiguo y el dialecto del Reino de las Arenas:

«Estación Segundo Dragón.
Hace tres años la luz de estas ruinas iluminó el cielo. Hoy, después de mucho trabajo, esta joya aesiriana vuelve a estar a disposición de su pueblo. Demos gracias a nuestro príncipe Adad por devolver este rastro de nuestra historia.
Firma el príncipe encargado de la obra, Velmiar Juklian Alain Aesir LVI, y el príncipe honrado, Adad Aesir VI».

Sakti sonrió mientras acariciaba las firmas de su padre y Adad.
Para ese entonces su hermano era un niño que no entendía mucho. Mientras que la firma de Velmiar era una serie de runas elegantes del dialecto del Reino de las Arenas, la de Adad era una manita hundida al lado de su nombre. Sakti imaginó que su hermano se divirtió mucho ese día, con todos los civiles y soldados mimándolo y ofreciéndole regalos. Debajo del decreto en tres idiomas venía una lista de las demás figuras del gobierno que estuvieron presentes en la inauguración. Las firmas de su madre, Kael, Dereck y Sigfrid también estaban ahí.
De repente sintió una mano que le hundía la cabeza entre los hombros y le alborotó el cabello. Sakti levantó la vista y vio que Sigfrid le acariciaba la cabeza de manera torpe y tosca, como se esperaba de él. Aunque claro, de él nunca se esperaba que acariciara nada más que una espada. El General miró la placa sin parpadear. Cualquiera creería que ni se daba cuenta de lo que hacía su mano.
—Yo también sonrío cuando hablo de usted, Alteza. Pero no me gusta que la gente lo note. Eso es todo.
—¿Eh?
Sakti entrecerró los ojos, desconfiada. El General siempre la trataba bien –al menos mucho mejor que a Darius– porque era una princesa, pero nunca le demostró algún tipo de afecto. Con Adad, en cambio, tenía un poco más de tacto. Lo felicitaba, le daba palmaditas en el hombro y una que otra vez le acariciaba la cabeza, siempre y cuando no hubiera nadie cerca. Pero aunque Sigfrid era un poco más cariñoso con Adad, a Sakti nunca se le olvidó que ese afecto no impidió que el General traicionara al príncipe.
—¿Qué te pasa? —le preguntó antes de que pudiera detenerse—. Últimamente has estado muy… amable conmigo. ¿Qué planeas? ¿Qué quieres hacer?
Sakti tampoco se había olvidado de las lecciones aprendidas en Masca, menos la más importante: nunca confíes en nadie. Estaba convencida de que Sigfrid no sería tan bueno con ella a no ser que quisiera algo. El General la miró con una ceja arqueada, con una rara expresión en la cara. A cualquiera le habría parecido la expresión de siempre, pero Sakti leyó algo en los ojos de Sigfrid que la perturbó: el comentario lo había ofendido.
—Nada, Alteza —respondió el General mientras apartaba la mano—. Usted y el príncipe Adad son hijos de mi protegida, la princesa Istar. Son mis ahijados. Eso es todo. Lamento haberla molestado.
«Mierda, lo he enojado», pensó Sakti cuando un incómodo silencio cayó sobre ellos. La cabeza le trabajó a toda máquina para encontrar la forma correcta de reanudar la conversación, así que no se dio cuenta de que Sigfrid estaba perdido en sus propios pensamientos.

«Pero aquí entre nos, creo que si te hubieras arriesgado hoy serías el dichoso padre de los Dragones».

El comentario de Lemuria rondaba la cabeza del General desde hacía tres meses. Sigfrid sabía que tendría que luchar contra todos los sentimientos que reprimía desde hacía años. Quería a Adad y a Sakti por el simple hecho de ser hijos de Istar. Adad incluso de niño se tomó varios años para comprender que Sigfrid y su papá eran personas diferentes. ¿Cómo podía odiar la imagen del pequeño Adad pidiéndole a su «papá Sigfrid» que lo levantara sobre los hombros? Cuando el príncipe no actuaba de forma temeraria y cabezona, tenía un carácter muy dulce que recordaba a Istar. Por eso Sigfrid le tenía un cariño tremendo que lo hacía sonreír cada vez que pensaba en él.
Pero Sakti... La chica no se parecía en nada a Istar, salvo en la timidez. En realidad Sigfrid no la conocía bien. No la enseñó a caminar, como a Adad; ni la escuchó decir sus primeras palabras, como al príncipe. La conoció hasta los catorce años y luego se separó de ella en Masca durante otros ocho más. Había una gran distancia entre los dos. Sigfrid sabía que no le tenía un cariño tan grande como el que sentía por Adad, pero sí se preocupaba por ella. La quería como a una hija, pero como a una hija rara, irreconocible, extraña. Pero en medio de esa mezcla también la odiaba.
Odiaba que los ojos y el cabello de Sakti fuesen distintos a los de Istar, que su mirada reflejara a un espíritu y no a una muchacha normal. Odiaba la sonrisa sádica que esbozaba cada vez que le caía sangre sobre los labios después de algún encuentro. Odiaba que ella se pareciera tanto a él a la hora de la batalla y aplicar tortura a los enemigos. Sigfrid habría dado todo para que Sakti fuese la viva imagen de Istar. Pero, al mismo tiempo, agradecía que no hubiese ese parecido. De lo contrario sería difícil, tan difícil, traicionarla. Casi deseaba que Adad se pareciera aún más a Velmiar para apuñalarlo por la espalda sin ningún remordimiento. Sin dolor ni tristeza.
Tomó aire para ventilar ese mar de emociones. No se había sentido así en años y ahora, gracias a los comentarios innecesarios de Lemuria y Sakti, tendría que lidiar de nuevo con la culpa y enterrarla en lo más hondo de su ser. Lo bueno es que él estaba acostumbrado. Había enterrado emociones desde el primer respiro. Había practicado con su madre ausente, sus primas transformadas, Istar muerta…
—¿Estás bien? —preguntó al fin Sakti.
El General la miró muy serio, sin parpadear. A la chica le dio la impresión de que no respiraba. Cuando Sigfrid contenía así la respiración era porque estaba muy enojado. Pero al final parpadeó y respondió:
—De maravilla, Alteza. Solo pensaba en lo que queda por hacer en el viaje. —Sakti no le creyó pero supo que debía guardar silencio. No podía molestarlo aún más. Pensó que Sigfrid se retiraría bruscamente, pero el hombre le dio una nueva sorpresa—: Era su madre. Ella sentía una gran admiración por la Virtuosa Sakti Allena y desde pequeña decidió que llamaría a su hija como a la Emperatriz. Supongo que en algún momento la princesa Istar me contagió el entusiasmo. —Luego hizo una reverencia y giró para retirarse.
—¿A dónde vas?
—A hablar con el encargado para que aliste un tren exclusivo para el ejército. La última parada queda cerca de Heimdall. Nos ahorraremos muchos problemas y tiempo.
Sakti miró cómo la capa de Sigfrid ondeaba detrás de él. Los soldados y civiles en la estación le abrieron camino y lo reverenciaron, pero el General los ignoró. Otra vez era el dios entre mortales y no el padrino que no sabía lidiar con su ahijada.
«Eso fue muy raro, ¿verdad?», pensó Sakti. Era cierto que el comportamiento del General fue muy inusual, pero la intención de la chica era entablar conversación con el Primer Dragón. Pero el espíritu no le respondió. Seguía molesta.
Sakti suspiró resignada y regresó al lado de Mark y Darius. Ambos estaban frente a un puesto de la aldea y sostenían una fruta grande y redonda, de la que sobresalía una pajilla de madera. Cuando los alcanzó, Darius sacó una moneda y se la entregó al vendedor.
—Dale uno a ella. —El mercader tomó una de las frutas y cortó la cáscara antes de clavar una pajilla por el hueco. Cuando se lo entregó, Sakti sintió un peso líquido en el interior de esa fruta misteriosa—. Se llama coco —explicó el profeta mientras sonreía—. En donde crecí había muchos de estos. Tienen agua dulce adentro.
Sakti sabía que a veces la comida de los aesirianos era venenosa para los humanos y viceversa. Pero Mark bebía fascinado y no paraba de decir lo mucho que le gustaba esa curiosa fruta. Sakti confiaba en Darius y sabía que el profeta nunca le daría a Mark algo que pudiera hacerle daño. Así que la chica sonrió y también bebió.

****

—Dos cachorros y un humano —dijo el hombre mientras se asomaba por la ventana en uno de los puestos de vigilancia. Portaba una armadura de hombro derecho y pecho, pero de color rojo carmesí. La camisa era de mangas y faldas largas, recogidas con un cinto amarillo—. Por lo que puedo ver los dos aesirianos están en edad de transformación. Tendrá que ponerles bozal y correa para que los deje subir al tren. En cuanto al humano, definitivamente no. No dejaré que una alimaña como él ponga un pie en la estación.
Sigfrid estaba recostado a la pared, con los brazos sobre el pecho. Frente a él tenía a Bërd Borgon, uno de los mejores coroneles aesirianos. Por eso mismo lo había puesto al mando de la Estación Segundo Dragón.
—Entiendo las reglas —dijo Sigfrid— y agradezco que las cumpla al pie de la letra, pero debemos hacer una excepción con el humano. Yo tampoco estoy muy feliz con su presencia, pero él es una de las piezas de la Profecía. Es un mensajero del Tercer Dragón. —Bërd miró al General.
—Los trenes funcionan gracias a la magia de los pasajeros. Por eso corren sobre los rieles sin piloto o combustible. Si a ellos ingresa una criatura sin magia, como un humano, no funcionan. Lo mismo con los vanirianos: los trenes no los reconocen y no avanzan.
—Ese es un problema —convino Sigfrid—. Pero aun así debemos dejarlo subir. Quizá su energía es algo diferente pero estoy convencido de que tiene magia. —Bërd chupó los dientes, molesto.
—Alimañas. Los humanos que creen que pueden ganarnos con sus rebeliones son los que tienen magia. ¡Usurpadores! Nacieron con esencias porque los dejamos vivir en nuestras ciudades, con nosotros. Al convivir durante generaciones con los aesirianos consiguieron imitar nuestros poderes. ¡Y aun así se atreven a rebelarse contra nosotros!
—Sí, son unas alimañas. Pero si el humano no sube al tren, la princesa tampoco montará y nos obligará a caminar hasta Heimdall. Ella está... —Sigfrid buscó la palabra adecuada—… ensimismada por esa cosa y lo llama «amo». Espero corregir eso pronto.
—Yo también lo espero —gruñó Bërd mientras miraba a Sakti de pies a cabeza.
La chica bebía del coco sin prestarle atención a la fruta. Veía a Mark, quien reía junto a Darius. Sakti se sobresaltó de repente y levantó la mirada hasta toparse con los ojos de Bërd. El Coronel le sonrió, inclinó un poco la cabeza y después se apartó un paso de la ventana. Sakti le devolvió el gesto y se olvidó al instante de él, porque ahora era el turno de Mark de contar un chiste.
—Está muy desconcentrada. No pone atención a los alrededores. Hace rato la estoy mirando y hasta ahora se da cuenta. —Bërd dio un largo suspiro de decepción—. No es conveniente que la princesa recorra la región Oeste pendiente del humano. Se descuidará y algo en esta zona la matará. —El Coronel miró de nuevo a través de la ventana, pero esta vez se fijó en una montaña distante—. Estoy un poco decepcionado de que no se parezca a la princesa Istar. Con todo respeto, señor, creo que los aesirianos que la conocieron deseaban que la portadora del Primer Dragón tuviera los encantos de su madre. —Luego recordó algo y miró a Sigfrid—. Por cierto, ella nació por aquí cerca, ¿verdad?
—A veinte kilómetros de aquí —respondió el General irritado, a la vez que se apartaba de la pared. La conversación ya no tenía sentido y sospechaba que Bërd quería hablar de Istar. Sigfrid no quería pensar más en la princesa fallecida por el resto del día.
—Hace casi veintitrés años, sí… —siguió el almirante mientras se acariciaba un mechón de barba lacia acomodada en una colita—. Parece que fue ayer cuando el príncipe Velmiar se detuvo en la Estación para pedir toallas limpias para la princesa Istar. Creo que estaba en labor de parto.
Sigfrid ya estaba de salida, pero al escuchar a Bërd sintió un vacío en el estómago que lo obligó a detenerse. La verdad es que sabía poco sobre la muerte de Istar. No sabía con exactitud qué estúpida idea en la cabeza de la princesa –o en la de su esposo– los hizo echar por la borda todos los planes para morir en un santuario en llamas.
—Oh, sí —continúo el Coronel mientras negaba con la cabeza. De verdad lamentaba el final de Istar—. Por supuesto que les ofrecí refugio en la Estación y a todos los soldados que quedaban aquí para protegerlos. Pero el príncipe Velmiar dijo que no era necesario. Me explicó que debían pasar desapercibidos para cumplir su plan, General.
¿Mi plan? —preguntó Sigfrid con el tono de voz elevado.
Bërd arqueó una ceja porque no entendió por qué estaba tan enfadado. El Coronel era perceptivo y no comentó el estado de ánimo del General. Con solo verlo bastaba para saber que Sigfrid estaba enojadísimo. En su interior, el General deseaba que Velmiar estuviera vivo para que pudiera sacudirlo y matarlo a golpes él mismo.
—Sí, incluso me entregó sus órdenes, señor. Creo que las tengo aquí mismo.
Bërd abrió una gaveta del escritorio. Sin mucho buscar sacó un pergamino enrollado en cinta azul. El General lo abrió de inmediato.

«Si esta acta cae en sus manos significa que ha descubierto a los príncipes padres de los Dragones. Yo, el General Sigfrid Montag, ordeno que guarde silencio sobre este descubrimiento. Nadie, aesiriano o vaniriano, debe enterarse pues se trata de un plan secreto de evasión. Cualquier palabra que salga de su boca al respecto antes de que los príncipes estén a salvo será penada con la muerte inmediata.
Firma:
Sigfrid Montag, Primer General de las Fuerzas Armadas del Imperio Aesiriano.
Velmiar Juklian Alain Aesir LVI, Príncipe heredero al trono del Reino de las Arenas y testigo de este decreto».

Sigfrid releyó la carta, incapaz de creer lo que veía. Era su letra, su pulcra y maldita letra. Ahí estaba su firma, junto al sello de los Montag. Pero Sigfrid nunca escribió ese decreto. No firmó ninguna de las cartas de aquel fatídico día.

****

Abrió la puerta que llevaba a los aposentos de Istar. Sabía que los sirvientes se lamentaban adentro. Incluso un par de nodrizas sollozaban pero él no podía escucharlas. También sabía que había un grupo de soldados a su espalda, siguiéndolo. Pero para Sigfrid fue como si los oficiales siguieran a otro hombre, como si lo que le estaba sucediendo a él le pasara a alguien más. No podía creerlo.
No estaban. Istar, Velmiar y Adad no estaban. Habían desaparecido sin que nadie se percatara. La cama estaba vacía. La cuna no tenía sábanas. Aun sin revisar, Sigfrid supo que en el armario faltaban mudadas para Velmiar, Istar, Adad y la bebé.
Le pareció escuchar explosiones lejanas. El ataque vaniriano seguro rompió la protección de alguna de las ciudades que rodeaban Irem. Debía encargarse de esa falla para que la Capital de las Arenas estuviera a salvo de un próximo asalto, pero solo pudo pensar en Istar al lado de la ventana, viendo la arena azul a la vez que se acariciaba el vientre maduro.
¿En dónde estaba su princesa?
¡¿En dónde estaba Istar, tan indefensa y a punto de dar a luz?!
—Señor… —La voz también era lejana, pero Sigfrid la siguió para regresar a la realidad—. ¿Llamaba?
El General giró sobre los talones a la vez que Kael, el que lo había llamado, aterrizaba en el pasillo afuera de los aposentos de Istar. Kael fue el escudero de Velmiar y era ahora el Guardián de Adad. De seguro que debió de sentir algo antes de que los príncipes se marcharan. Pero… si lo pensaba así, ¿entonces porque él no sintió nada? Era el Guardián de Istar, ¡debió haberse percatado de la ausencia de la princesa desde hacía horas!
Sigfrid vio a los soldados que esperaban instrucciones, pero se fijó principalmente en Dereck, el Guardián de la bebé que iba a nacer. El oficial estaba tan pálido que no sería raro que se desplomara en cualquier momento. Luego miró a Kael y dijo:
—Los príncipes no están. —El alado no tenía buen aspecto y temblaba, pero no dejó que el pánico lo gobernara—. Quiero que vueles a mi oficina y me traigas los papeles. Les daré a todos las actas de poder para que registren hasta el último rincón del desierto sin ninguna traba. Tienen que encontrarlos.
Los oficiales asintieron. Sigfrid se dio cuenta de que estaban aterrados por la posibilidad de perder a Istar y a los Dragones, y que no tenían ni idea de cómo proceder. Dependían de él y su ingenio para actuar. Kael palideció más, bajó la mirada y empezó a tartamudear.
—L-lo siento… Du-durante el ataque anterior lancé unos hechizos y de-destruí su oficina sin querer.
Sigfrid estuvo a punto de perder la compostura, pero se contuvo. Ese era solo el primer obstáculo para encontrar a los príncipes y tendría muchos más en el camino. En lugar de enojarse, debía solucionarlo. Además, el último ataque directo a Irem se detuvo con éxito gracias a Kael, que se especializaba en hechizos aéreos. Que destruyera la oficina del General era un resultado poco inesperado pero no lamentable en una guerra. Restó importancia al asunto y dio permiso a los soldados para que revisaran todo el continente. Algunos oficiales y ministros podrían darles trabas si no llevaban un acta firmada, pero Sigfrid estaba dispuesto a castigarlos a todos si le dificultaban encontrar a Istar.
Él y los soldados avanzaron para iniciar la búsqueda, pero de repente escuchó a Dereck, que llamaba a Kael. El mago alado se había quedado atrás, como si tuviera lo pies pegados al piso. Tenía los hombros caídos y la mirada clavada en el suelo. Eso asustó a Sigfrid.
—Kael —llamó de nuevo Dereck, más pálido que nunca. Él también lo había notado—. ¿Qué hiciste?
Al notar que su amigo y el General lo miraban de manera sospechosa, Kael se puso alerta. Hubo algo en su expresión que a Sigfrid no le agradó. Kael miró en todas direcciones como si buscara una respuesta. Cuando al fin miró al frente evitó los ojos del General. «Me va a mentir», pensó Sigfrid. Pero eso era ridículo. Kael nunca le había mentido y no lo haría ahora que Adad y Velmiar corrían peligro.
—Se supone que no debo decirlo —dijo el mago alado, pero Sigfrid había llegado al límite de su paciencia.
—Habla —ordenó entre dientes. Kael era un chico listo. De seguro ya había pillado que no le convenía enojar al General ni una pizca más, así que cantó como un loro:
—El príncipe Velmiar me dio sus órdenes, General. Dijo que era «secreto», parte del verdadero plan de evasión.
El alado se sacó un pergamino de entre la túnica y se lo entregó. Sigfrid leyó la primera de muchas cartas que estaban escritas con su letra, firmadas por él y acompañadas por el sello de los Montag. El acta que tenía en mano daba la orden a quien la leyera de ayudar a los príncipes en lo que fuera que ellos pidieran, que no les preguntara a dónde iban ni hablara del encuentro con terceros.
Sigfrid arrugó el pergamino, enojadísimo. Eso tenía que ser obra de Velmiar, ¿de quién, si no? ¡Argh, nunca debió dejar que Istar se casara con semejante idiota! Lanzó la bola de papel con desprecio y corrió por el pasillo. La mayoría de los oficiales lo imitaron al instante, sin saber muy bien a dónde iban.
Tenía que ir a un puesto de guardia y movilizar a todos los oficiales de rango para que se unieran a la búsqueda de los príncipes. Estaban huyendo. Si Velmiar se lo proponía, él, Istar y los niños desaparecerían como si fueran humo. Debía adelantársele para evitarlo. No se dio cuenta de que Kael se quedó atrás. El alado permaneció inmóvil por varios segundos hasta que finalmente se acercó a la baranda del pasillo y saltó para echar a volar.

****

Mark soltó un silbido cuando el tren entró a la estación. Estaba hecho de plata, medía por lo menos siete metros de alto y en cada vagón cabían treinta hombres de la talla de Sigfrid. Había espacio de sobra para los soldados que los acompañaban. La estructura exterior estaba tallada en relieve y tenía zafiros y rubíes. Las joyas adornaban las representaciones más antiguas de la cultura aesiriana. Eso incluía un pasaje que hablaba de los Dragones y la Profecía. Había ventanas extensas en ambos lados del tren, lo que les prometía un viaje poco aburrido. Cuando el tren se detuvo junto a ellos, una nube de vapor cálido y blanco los envolvió. La puerta se abrió por sí sola y vieron que el interior estaba forrado con tela y cuero.
—¡No mentía cuando dijo que esto era una joya aesiriana! —Mark estaba alegre de ver una obra tan espectacular. Miró a Sakti y a Darius para compartir su admiración con ellos. Aunque los dos estaban atados y tenían bozales, les brillaban los ojos con las ganas de subir al tren—. ¿Ya se los pueden quitar? —preguntó a Bërd Borgon.
El Coronel arrugó la cara cuando Mark le habló, pero aun así revisó los alrededores para asegurarse de cumplir con las normas. La tropa de Sigfrid estaba dividida en grupos de veinticinco soldados, cada uno con un vagón asignado. Los caballos ya estaban acomodados en vagones adicionales en donde tenían agua y comida para los dos días de viaje previstos. Los civiles que despedían a la tropa estaban muy lejos del andén, al lado de una barrera de protección que les impediría acercarse a los militares y a Sakti. Todo estaba en orden.
Bërd liberó a los cachorros. Las reglas decían que en los vehículos de transporte masivo los cachorros cerca de la edad de transformación debían viajar controlados en caso de que se diera una metamorfosis. Pero a Sakti todavía le faltaban diez años para llegar a esa etapa y Darius, por alguna razón, ya había superado la edad sin sufrir una transformación. Lo correcto sería hacerlos viajar con el bozal solo por si acaso, pero la norma estaba hecha para proteger a los civiles que compartieran viaje con ellos. Como iban con soldados se podía hacer una excepción.
Cuando los soltó, Sakti ignoró al Coronel y subió al tren por su cuenta. Sigfrid pensó que la princesa necesitaría ayuda para superar la distancia entre el andén y el escalón alto a la entrada del tren, pero Sakti se las arregló sin ningún problema. La chica miró el interior del vagón con entusiasmo y vio que adentro había un carrito con comida guardada.
—Ya vengo, amo. Le prepararé algo —después de eso desapareció en el vagón.
Darius se preparó para subir también, pero notó la mirada furiosa de Bërd. El Coronel veía a Mark como si quisiera asarlo vivo. «Ah», comprendió el profeta. «No le gustan los humanos y no le hizo nada de gracia que Allena lo ignorara a él, pero le hablara a Mark como si fuera un rey». El mensajero también se dio cuenta porque tenía los hombros tensos, miraba el suelo y estaba sonrojado por la mortificación. La ilusión de montarse al tren acabó ahora que estaba en medio de Bërd y Sigfrid, un par de misántropos que no le tenían ni pizca de cariño.
Darius se aupó al vagón y extendió una mano para ayudar a Mark. El mensajero lo vio como si fuera un ángel que lo salvaba de un par de demonios. Si se hubiera puesto a llorar de agradecimiento a Darius no le habría sorprendido. Mark aceptó la ayuda y los dos se perdieron dentro del vagón.
Bërd siseó como una serpiente furiosa, pero después recuperó la compostura. «Es un mensajero, es un mensajero, se puede hacer una excepción con él», repitió para sus adentros. Miró a Sigfrid. Le gustó que al General tampoco le hiciera gracia la presencia de Mark. De hecho, Sigfrid parecía mucho más enojado que él, como si en lugar de aire respirara ira.
Pero…
No. Sigfrid no miraba a través de la ventana a Mark, sino a Sakti. A la que veía con ganas de ahorcar era a la princesa.
—Es curioso —comentó el Coronel—. Cuando el príncipe Adad inauguró la Estación, usted le sonrió y alzó. Se llevaba muy bien con él. Creí que con la princesa sería igual, en especial cuando vi que le acarició la cabeza frente a la placa de inauguración. —Sigfrid guardó silencio por unos segundos.
—¿Y qué parece ahora?
Bërd se giró para ver de frente a Sigfrid. Una de las razones por las que eligió a Borgon como defensor de la Estación Segundo Dragón era por su capacidad de extraer conclusiones certeras de observaciones minuciosas pero rápidas, además de su sinceridad. Bërd no hablaba con pelos en la lengua y eso le gustaba.
—Parece que la odia.
Contrario a lo que esperó Sigfrid, la respuesta no le causó escalofríos o malestar. Ni siquiera culpa. Solo alivio.
—Bien —dijo el General—. Eso hace las cosas más fáciles.


Sakti y Mark estaban arrodillados sobre la butaca, frente a la ventana. Veían hacia el exterior como si fueran un par de niños pequeños. Los rieles estaban suspendidos sobre un lago extenso y el tren levantaba cortinas de agua que descomponían la luz de la tarde y formaban pequeños arcoíris.
—¡Saltó otra! —exclamó Sakti mientras señalaba un chapoteo que se perdía a la distancia. Mark sonrió por la expresión inocente de la chica, que parecía una niñita contando cuántas veces las sirenas del lago saltaban a la superficie.
—¿No te aburres, Allena? —preguntó Darius, sonriendo por la misma razón que Mark.
Aunque al principio compartió la emoción de sus amigos, se despegó de la ventana después de las primeras diez sirenas que saltaron. Ahora estaba en el asiento contrario al de Sakti y Mark. Sigfrid estaba en la misma butaca, pero apartado del profeta. Ni siquiera en una tarde tan feliz podían estar juntos.
Anochecía. El sol se ocultaba y los tonos pasteles del cielo se reflejaban en el agua. Sakti soltó un suspiro de maravilla porque nunca había visto algo tan espectacular y hermoso como ese lago. Lo mejor era que compartía ese momento con Mark. De repente el lago desapareció y en su lugar quedó una pared de roca. Habían entrado a un túnel.
Sakti bufó decepcionada, pero al instante sintió unas cosquillas agradables en los dedos. Aunque la cueva era muy oscura, el tren brillaba de la misma manera que brillaron los túneles de Lahore cuando dieron refugio a los aesirianos durante la invasión vaniriana. Lo sintió alrededor: el metal estaba sincronizado con la magia de los pasajeros aesirianos. Pero cada vez que Mark tocaba alguna parte del tren que no tenía cubierta de tela o cuero, el metal reaccionaba diferente. Era como si tuviera alma, como si pudiera sentir y alegrarse. El mensajero lo hacía feliz.
Esa idea también la alegró a ella. Comenzaba a creer que las esencias del mensajero no eran como las de los humanos con magia, aunque tampoco eran idénticas a las de los aesirianos. Las de Mark eran más puras y fuertes, más agradables y cálidas.
Darius bostezó y se estiró. Desde hacía unos días no tenía tanto sueño como antes, pero siempre, a la misma hora, le entraban unas pesadas ganas de dormir. Sabía que faltaba poco para que Sigfrid lo notara e hiciera una broma como «la hora de dormir del cachorro».
Pero Sigfrid no estaba de buen humor. El General siempre era un cascarrabias, pero ahora parecía que en la planta de las botas tenía clavos hirvientes. ¡Y pensar que en la mañana estuvo casi contento por la visita a la Estación! Sigfrid siseó como si el estiramiento de Darius fuera un pecado, se levantó como impulsado por un resorte y caminó hacia el siguiente vagón.
—¿Y ahora? —le preguntó Sakti.
Sigfrid giró sobre los talones, la fulminó con la mirada y Sakti se mordió la lengua. «Mierda, todavía está enojado por lo de la mañana», pensó. Sigfrid la miró como si quisiera arrancarle la piel de la espalda y luego echarle agua hirviente. La miró tal y como veía a un vaniriano durante el combate.
—Haré una ronda —respondió el General entre dientes—. Quiero asegurarme de que esos ineptos estén en orden y no causen problemas.
Sakti levantó una ceja pero no dijo nada. Sigfrid no hablaba así de los soldados a menos que le dieran motivo para ello, pero hasta donde sabía los oficiales no habían cometido ningún error grave que molestara al General.
«¿Qué le pasa a este bipolar?», Sakti escuchó la voz del Dragón en su cabeza. Estaba sarcástica y molesta, pero al menos ya comenzaba a hablarle.
«Quizá sus planes no le están saliendo como quiere. Eso podría irritarlo», sugirió la princesa.
Ella también lo había notado. Sigfrid parecía molesto desde que habló con Bërd Borgon, incluso más que cuando Sakti reaccionó de mala forma por el cariño en la cabeza. Pero el General nunca fue hostil con el Coronel, ni siquiera con Darius. Solo con ella. Eso contrastaba con el comportamiento de los últimos días. Incluso después de la pelea contra las hidras, Sigfrid estuvo tranquilo y muy atento con Sakti. Ahora, en cambio, se enojaba con tan solo verla.
Le preocupó la actitud del General y deseó que se marchara para que no la mortificara más. Pero antes de que Sigfrid abandonara el vagón, los dos sintieron un vacío en el estómago. Sakti miró alrededor y supo que Darius también sintió algo similar porque puso una expresión confusa. Debían de tener aspectos muy curiosos porque Mark preguntó qué les pasaba.
—No puedo explicarlo… —dijo el profeta mientras pasaba la mano por el aire, como si esperara tomar algo invisible frente a él—. Es como si la atmósfera…
—… estuviera diferente —terminó Sakti. Ella también había estirado una mano, aunque sabía lo tonta que se veía—. Es la sincronización del tren. ¡Es diferente!
De repente la luz se apagó y se escuchó el chirrido de las ruedas, que frenaron. Como el tren viajaba a gran velocidad, Sakti y los demás fueron impulsados al fondo del vagón. Por un momento la princesa temió que Sigfrid los aplastara, pero el General se sostuvo a tiempo de los pasamanos en el techo y no los golpeó.
El túnel estaba a oscuras, pero la fricción de las ruedas y los rieles hizo que saltaran chispas a la altura de las ventanas. Sakti no entendió lo que pasaba. Las ruedas ya no corrían. El tren se habría detenido en condiciones normales, pero ahora patinaba sobre las vías.
Escucharon las quejas de los soldados en los otros vagones, porque también chocaron contra las paredes por la repentina sacudida. Pero lo que de verdad los asustó fue un golpe que los agitó de nuevo, seguido de un «CLANK» atronador que les hirió los oídos. Pero esta vez el porrazo venía desde el primer vagón –el de la cabina automática–, a solo dos compartimientos del de ellos. El sonido se intensificó en lo que les pareció una eternidad pero solo fue un instante. Era el crujido del metal, que se estaba despedazando.
—¡CORRAN! —ordenó Sigfrid, que tenía una idea de lo que sucedía: la cabina automática había chocado contra algo y ahora el tren se estaba volcando.
Darius miró al General con una cara que decía «Idiota, no podemos ni levantarnos», pero Sakti comprendió la orden. Tomó las manos de Mark y Darius y los jaló consigo justo cuando el vagón comenzó a irse de lado. Sigfrid avanzó en zancadas hasta la puerta de la siguiente cabina y la abrió. Como vio que Sakti y los demás no llegarían a tiempo sin ayuda, se estiró y los tomó a cada uno hasta lanzarlos al compartimiento siguiente.
—¡Todos atrás! —gritó el General mientras se abría paso entre los soldados.
Este nuevo vagón también comenzaba a inclinarse y en el suelo había varios oficiales que se habían caído por la falta de equilibrio. Sigfrid abrió la siguiente puerta justo cuando un estruendo avasallador hizo que a Mark le temblaran las rodillas. El mensajero giró la cabeza para ver que el vagón en el que estuvieron hace poco se comprimía por un choque. El que seguía era el compartimiento en el que estaban ahora. Los soldados también notaron esto. Ni lentos ni perezosos se levantaron y echaron a correr al siguiente vagón. El que se quedaba atrás moriría cuando la cabina se uniera al choque y se arrugara como un papel por el golpe.
Los soldados eran tan grandes y musculosos que no tuvieron problemas en apartar a Mark de un empujón y lanzarlo a una de las butacas. El muchacho no pudo siquiera levantarse para correr porque cada vez que lo intentaba los aesirianos lo aplastaban como en una estampida. Cuando pareció que moriría asfixiado un par de manos lo sostuvieron de los brazos y lo levantaron. Sakti y Darius lo franquearon y avanzaron también en el río de soldados, dando codazos para salvarse.
Corrieron así durante unos ocho vagones más, con el camino cada vez más concurrido por los oficiales de las nuevas cabinas, que también echaban a correr. Entonces escucharon unos gritos que venían de los compartimientos siguientes. Antes de que Sigfrid abriera la nueva puerta, un soldado al otro lado lo hizo. Una nueva estampida de oficiales venía desde la parte trasera del tren.
Bastó una mirada del soldado que lideraba la marcha para saber que ellos también escapaban del colapso de los vagones. Eso quería decir que las cabinas traseras también chocaron, se volcaron y se comprimieron en medio de golpes. Eso significaba que estaban atrapados.
Las cabinas que aún estaban enteras se agitaron de un lado a otro y comenzaron a volcarse. Un nuevo golpe hizo que los aesirianos perdieran el equilibrio. Algunos cayeron al suelo, otros sobre las butacas y algunos chocaron contra las ventanas. El tren había chocado contra la pared del túnel, se iría de lado y la historia terminaría.
Darius abrazó a Mark y a Sakti para refugiarlos del golpe, aunque sabía que no tenían salvación. Los aesirianos contuvieron el aliento, se encogieron y esperaron el nuevo porrazo, el último. Hasta Sigfrid cerró los ojos pero…
El choque final no se dio. Los vagones restantes no se golpearon ni comprimieron como una bola de papel. Aún escuchaban el chirrido de las ruedas sobre los rieles, pero por algún milagro las cabinas se estabilizaron y no se cayeron de lado. Cuando abrieron los ojos para ver qué sucedía, vieron que el metal de los vagones brillaba más que antes.
Al mirar a través de la ventana, Sigfrid se dio cuenta de que los vagones sí habían chocado entre sí, pero algo impedía que el golpe los doblara como si fueran simples láminas de aluminio. Era magia.
Sigfrid vio que Sakti tenía las manos extendidas y rodeadas por un brillo similar al de la plata. La princesa era una Virtuosa, tenía la esencia de los minerales y con ella controlaba las cabinas para que no se comprimieran. Los había salvado… por el momento. Sakti apretaba los dientes y tenía la frente muy arrugada por el esfuerzo. No podría mantener el hechizo por mucho tiempo, así que los soldados tenían que buscar una salida antes de que perdiera el control.
Sigfrid miró las ventanas. Muchas estaban rotas y formaban picos filosos y peligrosos, pero supo que eran su única opción. Se enrolló una mano en la túnica, golpeó las ventanas y limpió los restos de vidrio para evitar una cortada.
—¡Todos! ¡Quiero que limpien las ventanas y se preparen para saltar!
—¿Para saltar? —preguntó un soldado en un vagón posterior.
—Esta no es la primera vez que viajo en tren. —Sigfrid todavía estaba de mal humor y no quería perder tiempo en explicaciones, pero sabía que si no lo hacía los soldados no se apresurarían—. Más adelante hay un paraje, así que saltaremos allí antes de que la princesa pierda el control. ¡Apúrense, no tenemos mucho tiempo!
Los soldados atendieron la orden. Darius y Mark también ayudaron, mientras Sakti luchaba por mantener el control sobre sus poderes.
Un soldado se preparó para romper una ventana que, de milagro, no estaba rota. Antes de que pudiera hacerlo, una figura se asomó al otro lado y entró al vagón de una patada. Ahora sí, la ventana se rompió en una cascada de vidrio que llovió en el interior del vagón. Darius se detuvo para ver al intruso. Era un chico rubio de unos quince años, con un antifaz y un uniforme negro. Traía una ballesta consigo y apuntó a Sakti.
El profeta no lo pensó dos veces. Cuando el enmascarado disparó, se interpuso y recibió el flechazo en el hombro. Le dolió muchísimo pero prefería esa herida a que Sakti sufriera algún daño. Desconcentrarla en ese momento sería una sentencia de muerte para todos.
Sigfrid se percató de lo que sucedía, empuñó la espada y se lanzó al intruso, pero el muchacho lo notó a tiempo. Se agachó y con una agilidad increíble saltó por la ventana, se sostuvo al marco y subió al techo. En ese momento los aesirianos escucharon muchos pasos en la cubierta de los vagones. Otros enmascarados entraron de repente al tren por las ventanas rotas y atacaron a los soldados, que no pudieron reaccionar al ritmo de los acontecimientos.
—¡Continúen con las ventanas, idiotas! —gritó Sigfrid. Para el General, el repentino ataque no era excusa para que ignoraran sus órdenes.
Algunos aesirianos fueron rápidos, tomaron a los intrusos y los lanzaron contra las ventanas. Así las rompían y se deshacían de los enemigos en un solo movimiento. Sin embargo, la mayoría de enmascarados se escapó con la misma agilidad del muchacho que burló a Sigfrid antes.
—¡Retirada! Dejen que estos magos de mierda se mueran —gritó uno de los intrusos.
Los uniformados de negro que todavía quedaban dentro saltaron por las ventanas. Darius se quitó la flecha de un tirón para intentar clavársela a uno de los enmascarados. Pero el intruso lo evadió y saltó también por la ventana. Cuando Darius se asomó, vio que todos los enmascarados se sostuvieron de la pared del túnel como si fueran arañas. Ahora solo quedaban aesirianos en los vagones.
Sigfrid percibió una claridad más adelante. El túnel terminaba y daba campo a un paraje de hierba fresca en el que no había ni un solo árbol. El pasto era altísimo y de noche parecía de color morado. El tren dio un crujido y comenzó a inclinarse de nuevo. Sakti comenzó a chillar, ¡ya no soportaba más la presión!
—¡SALTEN! —ordenó el General.
Por un momento los soldados dudaron, pero uno se animó y se lanzó por el ventanal. Sus compañeros lo buscaron. Justo cuando pensaron que lo perderían de vista, el aesiriano se levantó y corrió para seguir el tren. El oficial daba saltos y levantaba los brazos, con lo que sus compañeros entendieron la señal: debían saltar. No se lastimarían. Se salvarían.
Todos se lanzaron por las ventanas, aunque no fue tan fácil. Aún había algunos vidrios y más de uno se cortó, pero lo peor fue que las salidas estaban atascadas. Sigfrid gruñó una orden. De inmediato, los oficiales que esperaban su turno para salir empujaron con una patada a los indecisos que estaban al frente.
Darius sabía que tenía que salir también, pero no podía irse sin Sakti ni Mark. Aseguró al mensajero debajo del brazo y estiró una mano para tomar a Sakti, pero la chica lo detuvo.
—¡Si salto antes, el tren se volcará y aplastará a los que queden dentro!
El profeta comprendía esto pero no le importaba. Si Sakti se quedaba hasta al final no tendría oportunidad de salvarse. Se estiró para tomarla de la muñeca, pero alguien los tomó a él y a Mark antes. Sigfrid los agarró por los cuellos de las camisas y luego, sin ninguna consideración, los lanzó por una ventana.
Después el General giró y estiró una mano para tomar a Sakti y saltar con ella. Los soldados supieron que ya nadie los esperaría, así que se lanzaron ya sin duda. Cuando Sigfrid alcanzó a Sakti, escuchó el nuevo crujido del metal y le pareció que el vagón se encogía. Sintió la fría muñeca de la princesa, fláccida entre sus manos. Sakti se había desmayado por el esfuerzo. No quedaba mucho tiempo. Sigfrid la alzó y se lanzó por la ventana antes de que el vagón terminara de encogerse, se comprimiera y los aplastara a ambos.


—Maldito Sigfrid… —se quejó Darius.
Él y Mark tenían la cara pegada al suelo. El mensajero se sentó a duras penas y escupió la hierba que había tragado. Mientras tanto los soldados alrededor reían nerviosos por la experiencia del tren, hasta que un estruendo fuertísimo los asaltó.
Mark y Darius se levantaron como si los empujara un resorte y vieron, cien metros adelante, la destrucción del tren. Fue extraño, como si la parte delantera al fin lograra detenerse pero los compartimientos traseros no. Las últimas cabinas saltaron sobre las primeras, se estrellaron contra ellas y volcaron el tren fuera de las vías. Los vagones rebotaron como si fueran pelotas de goma. En cada golpe salían disparados trozos de metal por doquier.
A Mark no le importó la mortal lluvia que caía sobre los aesirianos. La única en la que pensó fue en la princesa que se había quedado dentro del tren hasta el final.


Sigfrid silbó al ver los vagones que se estrellaban los unos sobre los otros. Del desastre le llegaban los gritos de los soldados y caballos que no lograron salvarse, aunque le sorprendió ver que varias de las monturas saltaban de los vagones y se ponían a salvo por su cuenta, como si el accidente no fuera nada nefasto.
Recostó a Sakti en el suelo. La chica respiraba un poco pesado, pero Sigfrid no se alarmó. Estaba demasiado orgulloso de ella como para preocuparse.
—Ni yo lo hubiera hecho mejor, Alteza —susurró mientras le apartaba un mechón de la cara y se lo colocaba detrás de la oreja. Entonces escuchó un silbido, pero solo tuvo que apartar la cabeza para que la flecha no lo hiriera. Miró por encima del hombro y descubrió al muchacho rubio de antifaz que hirió a Darius en el tren—. Un humano, ¿eh? —El joven retrocedió mientras cargaba la ballesta—. Tienes esencias y por eso me eludiste antes. Tu grupo destruyó el tren con tan solo tocarlo, porque tienen magia distinta a la mía.
—¿Y qué si es así? —preguntó el muchacho mientras apuntaba al pecho de Sigfrid, sin miedo.
—Ahora estamos cerca de Heimdall —dijo el General con una sonrisa sádica—. Y tú me acabas de dar una magnífica idea para recuperar la Fortaleza de las sucias manos de tu calaña.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

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