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Capítulo 4

4
FORTALEZA HEIMDALL

En el campamento, los soldados se atendían las heridas mientras esperaban a que Mark terminara de cambiarse. Sakti estaba fuera de la tienda del mensajero, sentada con las piernas recogidas mientras se mecía tristemente. Darius estaba junto a ella pero ya no intentaba consolarla porque era inútil. Los dos escucharon pasos pesados detrás y se encogieron a tiempo para recibir el grito de Sigfrid, que más parecía un rugido.
—¡A ver, humano! Sal de una maldita vez, que no tenemos toda la noche.
Sakti fulminó al General con la mirada, pero no defendió al amo. Le habría gustado decirle un par de cosas a Sigfrid pero se habría visto mal; en especial porque el hombre la había salvado en el tren.
—Aquí estoy —anunció Mark mientras salía de la tienda.
Los oficiales que estaban más cerca lo miraron, arrugaron la cara y guardaron un silencio peligroso. Mark intentó controlarse pero se ruborizó y bajó la mirada, avergonzado. Casi escuchaba los pensamientos perversos de los soldados, que querían matarlo solo por cómo se veía. Llevaba el uniforme y el antifaz negro del intruso que intentó matar a Sakti durante el viaje en tren. El traje le quedaba perfecto. Como también era rubio era idéntico al rebelde. Pero por eso mismo los soldados estaban disconformes con él. El precioso tren de plata, que formaba parte de una joya arquitectónica, quedó completamente destruido porque los rebeldes lo montaron.
Aunque Mark también era una víctima supo que los oficiales ya no lo verían más como mensajero del Tercer Dragón, sino como un humano con esencias. Igual que los rebeldes. Los únicos que lo veían con simpatía eran Sakti y Darius, pero no esperaba menos de ellos.
No solo lo incomodaron las miradas hostiles de los soldados, sino también el traje. No tenía rastros de sangre ni olía mal. Pero cuando Sigfrid regresó con la princesa se lo lanzó a los brazos con una mirada significativa. No fue necesario preguntar de dónde lo había sacado, porque todos se hacían una idea muy clara de lo que sucedió. Hasta Sakti, que no vio lo que hizo Sigfrid con el rebelde, comprendió las intenciones del General cuando le dio el uniforme al mensajero.
—¡Sigfrid, déjame tomar su lugar! —suplicó cuando vio a Mark—. No quiero que el amo vaya, ¡no quiero!
—El uniforme es para un hombre, Alteza —dijo el General con una sonrisa de desprecio para el muchacho—. Aunque se cortara el cabello no tiene la figura de un chico. Ninguno de nosotros puede usar el uniforme porque no parecemos humanos. Y las defensas que utilizan los rebeldes identificarán nuestra magia y no nos dejarán pasar.
Sigfrid había enviado exploradores para estudiar la entrada de la Fortaleza Heimdall, la ciudad militar, que estaba a unas horas de viaje a pie del campamento improvisado de la tropa. Los informes decían que Heimdall estaba rodeada de trincheras humanas que se extendían por unos doscientos metros frente a la ciudad. A la tropa le sería fácil erradicar las trincheras, pero los rebeldes fueron listos y colocaron protecciones contra grupos aesirianos que intentaran rescatar la Fortaleza.
—En pocas palabras —agregó el General—, él es el único que puede hacer esto.
Sakti lo entendía pero aun así no quería que Mark corriera ningún peligro. Sin embargo, el mensajero aceptó la tarea. Estaba harto de preocupar a la princesa y de la hostilidad de Sigfrid. No era estúpido y sabía que el plan del General no solo respondía a una estrategia militar, sino también a una satisfacción perversa. Sigfrid quería ponerlo en peligro, evidenciar su condición humana delante de la tropa y hacerle el viaje a Masca imposible. ¡Pero Mark no le daría esa satisfacción! Con la incursión esperaba demostrarle a Sakti que podía confiar en él y esperar ayuda de su parte, tal y como él siempre la obtenía de ella.
Un par de exploradores a caballo se abrió paso.
—Un grupo de humanos acaba de ingresar y los orbes no les hicieron daño —informaron—. Vimos a otros más venir. Es el momento adecuado. —Sigfrid asintió y miró al mensajero.
—Ahora te toca ir, humano. No olvides mis consejos y estarás bien.
Mark también asintió, aunque sabía que las palabras de Sigfrid eran mera hipocresía. Si él moría en territorio enemigo el General no tendría cargo de conciencia alguno. El muchacho contuvo un suspiro y se echó la ballesta al hombro mientras arrugaba la cara, porque le pesaba mucho. Sakti le dirigió una mirada de súplica pero Mark la detuvo antes de que ella protestara.
—Estaré bien, lo prometo. La esperaré en Heimdall, así que venga por mí a tiempo, ¿de acuerdo? Confío en usted.
Sakti asintió muda, aunque tenía los ojos llorosos. Eso conmovió mucho a Mark, pero el muchacho avanzó hacia los exploradores antes de que cambiara de opinión.


—Estúpido Sigfrid… —maldijo entre dientes, ya lejos del campamento y de los exploradores, que lo dejaron a casi medio kilómetro de distancia de las trincheras rebeldes.
En parte se sentía como un cobarde, porque jamás hubiera pensado que Sigfrid era estúpido con el General cerca. Capaz le leía el pensamiento y lo mataba de un golpe.
Frente a él cada vez se hacía más grande la Fortaleza Heimdall. Había dos estatuas enormes a la entrada. Una era la de un hombre de barbas con un libro en la mano, señal de la diplomacia. La otra estatua representaba al mismo aesiriano, pero en lugar del libro sostenía una espada. En ambos casos se trataba de Heimdall, el Virtuoso de la Guerra.
Mark suspiró agotado y al fin se detuvo frente a los orbes flotantes. Los examinó y tragó fuerte mientras recordaba lo que Sigfrid le dijo sobre las defensas rebeldes:
—Esos orbes forman una barrera mágica que repela a los aesirianos. Si alguno de nosotros intentara cruzarlos, absorberían nuestra magia y nos matarían. Pero cuando un humano los atraviesa no le hacen daño. Esta es la primera barrera que nos impide el paso y es la primera que debes derribar.
En la superficie de los orbes había líneas amarillas, que eran el hechizo que les permitía absorber el poder de un aesiriano. Mark recordó la advertencia del General:
—Ah, casi se me olvida: el tren no tuvo problemas en reconocer tu magia. Quizá por ser mensajero del Tercer Dragón tus esencias son más similares a las aesirianas que a las humanas. No creo que sea necesario decírtelo, pero te lo advertiré de todas formas: cabe la pequeña posibilidad de que los orbes te confundan por un aesiriano y te maten. Buena suerte.
Mark apretó los puños, colérico. Eso era lo más cercano que Sigfrid tenía al sentido del humor y no le gustaba nada. Era mero cinismo. El plan del General era bueno, pues Mark se haría pasar por un rebelde para entrar a la Fortaleza y derribaría las barreras que impedían el paso de la tropa. Pero el muchacho sabía que esa no era la única manera de entrar porque estaba hablando de Sigfrid Montag, el Demonio. El General siempre tenía al menos tres planes de repuesto bajo la manga. Esta vez o no se esforzó en buscar segundas opciones, o simplemente pensó que la primera sería la más divertida porque ponía en peligro a Mark.
Aunque esto molestó al mensajero, tomó aire, cerró los ojos y saltó al otro lado de los orbes. Se cubrió la cabeza como si temiera alguna explosión, pero nada pasó. Cuando se dio cuenta de que todo estaba bien, abrió los ojos y miró las esferas. Ninguna brillaba o hacía algo extraño. Siguió adelante pero no dio ni tres pasos cuando cayó por un pequeño acantilado. Al principio pensó que se moriría en la caída, pero solo quedó algo atontado después de los quince metros de bajada. Por suerte para él cayó sobre una montaña de paja.
—¡Oye tú, idiota! —lo llamó una voz—. ¿Por qué no usaste las escaleras? ¡Pudiste haberte matado!
Mark había llegado a las trincheras, que eran un espacio amplio y cómodo en donde había tiendas y fogatas. Alrededor había varios humanos uniformados de negro y con antifaz que se calentaban y charlaban durante la comida. El mensajero era el nuevo tema de conversación, pues todos lo miraban o con sonrisas de condescendencia o con cara de exasperación por su torpeza. Esta última expresión se repetía más entre las chicas. Mark notó una gran diferencia con la tropa de Sigfrid: en el grupo del General no había otra chica además de Sakti, mientras que en las líneas humanas había igual número de mujeres que de hombres.
El rebelde que lo regañó era un hombre grande y de manos menudas, cuyo antifaz le apretaba mucho la cara. Se acercó al recién llegado a la vez que señalaba un montículo de tierra acomodado en eslabones, que estaba justo al lado de Mark. El mensajero se reprendió por su estupidez. Si hubiese prestado atención por dónde caminaba habría notado la escalera para bajar.
El hombre levantó a Mark con tanta fuerza que le separó los pies del suelo, aunque después lo bajó de nuevo para que se sostuviera por su cuenta.
—¿En qué estabas pensando? ¿Con qué escuadrón vienes? ¿Cuál es tu nombre?
El mensajero intentó calmarse y recordar otro consejo de Sigfrid:
—Si no sabes qué decir, échale la culpa a los aesirianos. Para esos rebeldes ignorantes, los aesirianos tenemos la culpa de todo. En cuanto a tu nombre, ni se te ocurra decir «Mark Salvot». Para empezar, tu apellido es incluso algo respetable entre los aesirianos porque tu hermana fue mensajera. Y segundo, si hay algún vaniriano dirigiendo a esos humanos tontos, reconocerá tu nombre y comenzará a sospechar. Para nuestra desgracia eres famoso entre los vanirianos. Así que mejor dirás….
Mark se sonrojó y cerró los ojos, porque sabía que estaba a punto de decir una estupidez.
—Hóceo Reuma, señor. Ese es mi nombre.
El rebelde primero lo miró como bobo, pero en cuanto abrió la boca no dejó de reírse. Mark apretó los dientes. Sabía que Sigfrid le había dado ese nombre para burlarse de él, pero como el mensajero no tenía mucha imaginación no se le ocurrió otro nombre ficticio. Entre carcajadas, el rebelde le pasó un brazo por los hombros y dijo:
—De acuerdo, «reumático», ¿en qué escuadrón vienes? Por tus ropas diría que eres un luchador, ¿no? ¿Qué esencias te tocan? —Mark no tenía una buena respuesta. ¿Soñar? ¿Eso cuenta como una esencia para la lucha rebelde?
—No vengo con un escuadrón. Esta es mi primera vez en el campo de batalla —mintió—. Y mi esencia… bueno, es que viene y se va. No puedo explicarlo. —El hombre le dio unas palmaditas, comprensivo.
—Sí, entiendo. A algunos todavía nos pasa. No podemos controlar por completo las esencias y de vez en cuando se nos va el poder. Pero creo que sé dónde colocarte, reumático. —El hombre se rio de nuevo—. Te asignaré una compañera que te ayudará a mejorar tus habilidades.
Así de fácil el rebelde lo condujo con toda confianza a través de las trincheras. Mark aprovechó la oportunidad para estudiar los alrededores. El hombre lo encaminó al muro de la Fortaleza Heimdall. Al pie de la pared Mark diferenció algunos uniformados que utilizaban la esencia de la tierra, con la que lanzaban rocas contra la muralla para debilitarla. «Sé que entraron a la ciudad», pensó, «pero quizá Heimdall tiene protecciones internas. Tal vez todavía los rebeldes no controlan toda la Fortaleza y del otro lado del muro hay aesirianos aislados a los que quieren llegar».
Algo le llamó la atención. Una chica estaba sentada junto a una máquina con tubos que subían y bajaban. En cada movimiento, el artefacto vibraba con un resplandor eléctrico. La máquina estaba en medio de un círculo con runas similares a las que tenían las esferas flotantes. En un momento pareció que el aparato se detendría, pero la chica se levantó, abrió el compartimiento donde estaba el motor y lanzó unas llamaradas que mantuvieron la herramienta en marcha.
—Nunca había visto uno de esos… —dijo mientras señalaba la máquina. El hombre que lo guiaba se detuvo y lo miró de forma sospechosa.
—¿Dónde te criaste, muchacho? ¡Todas nuestras aldeas tienen una de estas para alimentar las esferas! Sin ellas, los aesirianos nos matarían. —Mark recordó que a veces decir la verdad, pero exagerarla, ayudaba a decir una mentira creíble.
—Viví en una ciudad aesiriana, así que no necesitábamos eso. Pero la ciudad se sincronizó y explotó. De todos los humanos quedé yo y pensé en unirme a la lucha… Ya sabe, por venganza a que un aesiriano le diera la gana explotar la ciudad y destruirnos…
—Comprendo… —asintió el hombre—. Los aesirianos son unos brutos violentos. Siempre hacen las cosas sin pensarlo. ¡Por eso el mundo está como está! —Mark se sonrió por la ingenuidad de su anfitrión. Sigfrid tenía razón: si le echaba la culpa a los aesirianos, los demás humanos siempre estarían de acuerdo con él.
Después de pasar a la chica y a la máquina, el rebelde lo guio por un túnel que atravesaba el muro. La cueva estaba iluminada con lámparas de aceite. Las paredes y el techo eran completamente lisos, como si alguien hubiese metido una pala gigante y arrancado la tierra en un solo movimiento. Pero el túnel era obra de los excavadores rebeldes, que tenían la esencia de la tierra. Mark admiró el resultado, fascinado, seguro de que esos humanos tenían un mejor control sobre su magia que muchos aesirianos. «Por eso nos tratan así», pensó Mark con tristeza. «Tienen miedo de que los sustituyamos en el mundo. Si los humanos dominaran la magia, ni los vanirianos ni los aesirianos serían necesarios. Nos rechazan porque nos tienen miedo».
—¡Aquí estamos! —anunció el rebelde cuando al fin llegaron al exterior.
Habían llegado a una plaza de Heimdall que estaba justo al lado del muro. Desde allí se veía gran parte de la Fortaleza. La ciudad estaba construida dentro de una montaña. La entrada estaba hecha en la misma roca del cerro, mientras que las otras cuatro paredes que encerraban Heimdall eran las laderas de las montañas contiguas, dominadas por el cincel aesiriano. Dentro, la Fortaleza estaba construida de forma concéntrica. Las calles principales se entrecruzaban en el medio de la ciudad, en donde se alzaba un enorme palacio de mármoles verdes.
También había muros internos. Desde donde estaba Mark no pudo estar seguro al cien por ciento pero le pareció que esas paredes se alzaban a los lados de las calles principales, cortando el paso de una sección a otra.
Lo que sí vio con certeza fue fuego. La ciudad tenía inclinaciones naturales y Mark vio los edificios más altos de algunas zonas. En las terrazas había árboles ardientes. También vio destellos naranjas en el cielo, que cruzaban la ciudad de un extremo al otro. Debía de ser alguna especie de ataque, porque también escuchó impactos, escombros cayendo y gritos, aunque le llegaron desde muy lejos.
El rebelde a su lado le metió un codazo para que avanzara. La plaza estaba casi vacía, con excepción de una persona. Una chica uniformada levantaba unas pesadas columnas de hierro y las acomodaba en grupos de seis. El mensajero quedó boquiabierto cuando la muchacha levantó las barras de acero como si no pesaran nada en absoluto.
En el suelo había herramientas de soldadura. En un borde de la plaza había unos carros de madera gigantes con catapultas. La chica se dedicaba a construirlas.
—¡Krish, ven aquí! —llamó el rebelde—. ¡Te traigo a un novato! —La muchacha devolvió la columna de hierro al suelo. Se reunió con Mark y al guía, pero miró al mensajero con hostilidad.
—¿Y qué quieres que haga con él? —espetó la muchacha—. ¿Que lo cuide, lo alimente, le dé un baño y luego lo acune? ¡Parece un niño!
Mark arrugó la frente y estuvo a punto de defenderse, pero se lo pensó mejor. No necesitaba enemistarse con nadie, ni siquiera con esa chiquilla malcriada que se veía más joven que él. ¡No podía tener más de diecinueve años! La muchacha tenía el cabello castaño corto y por debajo del antifaz se le notaban unos bonitos ojos café claros.
—¡Es un flaquenco! —agregó la chica mientras punzaba el delgado brazo de Mark con un dedo fuerte. El muchacho apretó los labios porque ella tenía razón. Aunque subió un poco de peso, todavía estaba muy flaco y no tenía nada de músculo. Hasta ese pellizquito le dolió muchísimo. La rebelde miró al guía—. ¿Para qué lo trajiste?
—Mira sus ropas —el hombre señaló el uniforme de Mark—. Es un luchador pero su esencia va y viene. Puede ayudarte con las catapultas a la vez que le enseñas a controlar la fuerza. Ya sabes que entre todos tú eres la mejor luchadora, Krish.
—Y aun así no me dejan ir a pelear —se quejó ella, resentida. El hombre le dirigió una mirada cariñosa que decía más que mil palabras.
—Ya lo hemos hablado antes, Krish. Detestaría que te pasara algo. Además, eres muy ingeniosa. Si estuvieras con los grupos de ataque no habría nadie a cargo de la construcción de las catapultas y no avanzaríamos nada con la invasión. —La chica bajó la mirada, frustrada, pero no renegó—. ¿Entonces está todo bien? ¿Te harás cargo de él?
—¿Tengo otra opción? —preguntó ella a la vez que levantaba los hombros.
El hombre le acarició la cabeza porque no, Krish no tenía otra opción. Luego se marchó, pues tenía mucho que hacer en las trincheras porque era el encargado de asignar a los recién llegados a sus puestos. Cuando el rebelde ya no estaba a la vista, la chica miró a Mark con desprecio. Lo consideraba una carga.
—¿Cuál es tu nombre, flaquenco? —Mark se ruborizó de nuevo, pero ya no podía echarse atrás.
—Hóceo Reuma.
La actitud de la chica cambió con esas dos palabras. Miró a Mark como si esperara una broma, pero cuando se dio cuenta de que él hablaba en serio se llevó una mano al estómago y se carcajeó.
—¡Reumático! —se burló. Estuvo a punto de tirarse al suelo para destornillarse de la risa.
—¡No me llames así! —espetó Mark—. ¡Mi abuelita tuvo reuma y fue horrible! Así que no lo menciones más.
Por supuesto, Mark mentía. Jamás conoció a alguno de sus abuelos, pero recordaba la figura encorvada e indefensa de su padre. Frederick Salvot tuvo una cabeza de algodón, las manos llenas de manchas de edad y los ojos opacos, pues tenía cataratas. Pero aun así era lo más cálido y dulce que Mark recordaba, incluso más que Sakti. De repente le ardieron mucho los ojos porque extrañaba a su papá. Si tan solo la princesa no hubiese estado armada, si tan solo el anciano no se hubiese suicidado, si tan solo…
—Lo siento —dijo la chica, pálida y seria—. No lo volveré a decir nunca más, así que por favor no te pongas a llorar. Lo lamento muchísimo. —Ahora la muchacha no parecía hostil, sino muy avergonzada de sí misma. Extendió una mano a Mark y dijo—: Mi nombre es Krishna, mucho gusto.
Krishna resultó ser simpática, aunque muy excitable. Se enojaba con facilidad, pero al instante siguiente se ponía feliz y daba saltos de la emoción. A Mark le agradó, en especial porque tenía un nombre muy bonito.
—Mi hermana también se llamaba Krishna —le confió.
—Ah, ¡entonces seguro es guapísima, ¿verdad?! Todas las Krishnas lo somos.
—No lo sé —se rio Mark—. No la conocí. Murió antes de que yo naciera.
Eso calmó a la rebelde por unos minutos, en los que explicó a Mark cómo se construían las catapultas. Krishna levantó algunas barras, las partió con mazas y las soldó. Después de la demostración encargó a Mark a hacer lo mismo. Pero pronto se dio cuenta de que el muchacho no tenía nada de fuerza y que solo podía hacer la soldadura mientras ella sostuviera las partes.
Cuando Krishna terminó de construir tres catapultas, las acomodó en las carrozas. La chica jaló uno de los carros por una pendiente y repitió el proceso cinco veces. Pero Mark, que también debía jalar uno de los vehículos, no pudo moverlo ni un centímetro. Cuando la chica terminó con sus carrozas se sentó en el suelo al lado del mensajero esperando a que el muchacho avanzara.
—He pensado que tal vez no tengas esencias de luchador —dijo cuando al fin Mark se dio por vencido. Krishna se acomodó junto a él y lo ayudó a jalar la carroza—. Los luchadores somos muy fuertes y tú… bueno, no.
—Ah, ¿y hasta ahora te das cuenta? —preguntó él entre dientes. Estaba sonrojado por el esfuerzo, el sudor le pegaba el uniforme a la piel y el corazón le latía tan fuerte que dolía. Aun así mantuvo el ritmo de Krishna y subió con ella la pendiente.
—De hecho estoy comenzando a creer que no tienes ninguna esencia —dijo ella mientras miraba a Mark con lástima—. Hay más formas de luchar contra los aesirianos, no solo en un campo de batalla. Sé que de seguro los odias muchísimo, pero…
—No los odio —la interrumpió. Al instante siguiente se arrepintió.
Krishna lo miró ofendida porque ella sí detestaba a los aesirianos y tenía una buena razón para rebelarse contra ellos. Mark era diferente. Aunque recordaba las miradas de desprecio que le dirigieron los oficiales, no los odiaba. De hecho los compadecía, porque todos los aesirianos necesitaban odiar. Sigfrid siempre estaba de mal humor, los oficiales lo rechazaban y hasta Sakti y Darius tenían caracteres difíciles. Sakti no odiaba a Mark, pero no tenía reparos en acabar con los vanirianos como si los aborreciera; y Darius era tan rencoroso que no se podía hablar del General Tonare en su presencia sin que arrugara la cara y quisiera matar a alguien. ¿Cómo no compadecer a una raza tan llena de odio y resentimiento?
—No detesto a los aesirianos —repitió Mark—, pero necesito estar aquí. Eso es todo lo que tienes que saber.
Krishna lo miró resentida y con cejas inquisidoras. Mark temió que le hiciera preguntas, pero habían alcanzado la cima y la vista distrajo a la rebelde. Desde allí Mark sí vio con claridad los muros que franqueaban las calles principales de Heimdall. Había llegado a una rampa que se dividía en varios caminos. Uno de ellos descendía a una nueva plaza, rodeada de murallas, en donde había más barras de acero y una gran cantidad de humanos uniformados que seguían las instrucciones de criaturas con cuerpo de toros bípedos.
—¡Groliens! —gimió al reconocer a los vanirianos, pero Krishna le metió un codazo para que se callara.
—Solo haz lo que te digan y estarás a salvo.
Mark asintió y dejó que Krishna lo guiara por el otro camino que tomaba la rampa, que iba en ascenso hacia la muralla principal de la ciudad: la entrada. Mientras avanzaban, el mensajero preguntó qué hacían los vanirianos en Heimdall.
—Obvio —susurró Krishna—. Dirigen la rebelión. Gracias a ellos tenemos armas y con su ayuda entramos a Heimdall. Aunque la verdad es que no me gustan mucho. Puedes ofenderlos con cualquier cosa y se ponen muy violentos. Además… —Krishna se estremeció—, no tienen la decencia de vestirse.
Los grolien y las arpías, que eran vanirianas aladas, asistían al combate prácticamente desnudos. Los groliens tenían un espeso pelaje que en el País de Hielo les servía de protección, pero en el continente principal seguro sentían calor y preferían no ponerse nada encima. Las arpías no tenían pelaje, sino una pálida piel casi azul. Ellas sí vestían algo en el País de Hielo para protegerse del frío, pero debían de sentir calor en tierra aesiriana.
—Pero ahora son menos que en temporadas anteriores —siguió la rebelde—. Al parecer algo muy grave sucedió en la Capital de su país y regresaron para ayudar.
Mark supo que se refería a la caída de la Torre, la Capital del País de Hielo. Sakti, con ayuda del Virtuoso Set, derribó gran parte de la columna y dejó a los vanirianos a la intemperie en un país con violentas tormentas de nieve.
Krishna soltó un repentino alarido de terror.
Como avanzaban por el camino que llevaba a lo alto de la muralla principal de Heimdall, veían todo lo que estaba frente a la Fortaleza: las trincheras, los orbes flotantes y un grupo a caballo que estaba a un kilómetro del muro. No era una tropa tan grande como para cubrir el horizonte, pero el estandarte del Imperio Aesiriano era intimidante desde esa distancia: los Tres Dragones –el Negro, el Blanco y el Púrpura– ondeaban en una tela plateada, custodiados por un par de armas interpuestas a modo de escudo.
Mark se quedó sin aliento cuando Krishna apretó la marcha hacia una de las torres de vigilancia de la muralla. Allí esperaba un hombre mayor, también uniformado, que veía muy serio la tropa de Sigfrid. Felicitó a Krishna cuando la vio:
—¡Muy bien! Tus catapultas están listas justo a tiempo.
Mark se estremeció porque no se había dado cuenta del tiempo que perdió con Krishna y las catapultas. ¡Sigfrid ya esperaba fuera de Heimdall y él todavía no había derribado los orbes! «Me dio muy poco tiempo», pensó mientras miraba a uno y otro lado, en busca de alguna debilidad. «¿Cómo se supone que yo solo baje las defensas de una fortaleza militar?».
En lo alto de la muralla vio que las paredes a los lados de las calles dividían la ciudad en segmentos. En algunas secciones había fuego y batalla, pues los soldados de Heimdall enfrentaban a los rebeldes invasores. Pero en otras zonas no había nada, ni siquiera un suspiro. Estaban en calma. Al ver esto comprendió que aunque los humanos entraron a la ciudad les faltaban muchas secciones que conquistar. Ni siquiera pudieron ingresar a la avenida principal, que era la única vía de acceso al corazón de Heimdall: el palacio y el templo. Las calles aledañas a esta avenida tenían murallas propias, además de barricadas que los soldados aesirianos colocaron a tiempo para evitar la entrada de los invasores.
La única forma de acceder a la avenida era cruzando la muralla principal de Heimdall, que era la entrada. Pero los rebeldes en las trincheras no podían derribarla y los que estaban en lo alto tampoco podían abrirla.
El comandante humano guio a Mark y a Krishna a la torre de vigilancia. El mensajero creyó que era un punto de los rebeldes pero estaba equivocado. Apenas la estaban ocupando. Cinco groliens embestían sin descanso una barricada alrededor de la torre, que impedía la entrada.
—Los aesirianos la abandonaron hace poco —explicó el comandante—. Detrás de la torre está el interruptor para abrir la puerta principal de Heimdall. Así conquistaremos el templo y el palacio antes de que la tropa de ayuda llegue a los orbes. Tendremos ventaja sobre ellos.
Los groliens embestían, embestían, embestían… Con cada golpe que daban a Mark le temblaban las rodillas porque la barricada cedía.
—Al fin voy a entrar, Hóceo —susurró Krishna a su lado—. Al fin me vengaré de lo que hicieron. —Mark vio que la chica tenía los ojos empañados pero que arrugaba mucho la frente, enojada—. Nunca voy a perdonar a los aesirianos. ¡Nunca les perdonaré que quemaran mi aldea!
El comandante, que la había escuchado, asintió en silencio con los puños apretados pues él también pasó por algo similar. Mark hizo memoria sobre lo que había escuchado de los ataques aesirianos, pero no recordaba que los magos utilizaran fuego en alguna aldea. Además, aunque a los aesirianos no les gustaban mucho los humanos les permitían vivir en sus ciudades y no les causaban mayores problemas porque temían empeorar la maldición.
Pero sí recordaba un incidente que incluía fuego y aldeas.
—¿Te refieres a las quemas de las villas krebins?
Él no tenía recuerdos de esa época, pero sabía que sucedió porque Sakti vivió la invasión. Por el incendio de las aldeas de los híbridos, Sakti fue a Lahore y entró al servicio de los Salvot. Krishna y el comandante asintieron, muy serios y enfadados, pero eso solo desató la lengua de Mark antes de que él pudiera controlarse.
—Los aesirianos no quemaron las aldeas krebins. Esos fueron los vanirianos durante una invasión a la región Oeste.
Uno de los groliens se detuvo y miró a Mark. Dejó a los otros vanirianos solos para que embistieran la barricada y caminó hacia el mensajero. Los groliens eran criaturas gigantescas, más grandes que Sigfrid Montag, quien medía sus buenos dos metros y medio. Comparado con el vaniriano que se colocaba delante de él, Mark no era más que una hormiga.
—¿Qué dijiste? —espetó el grolien con voz gutural. El mensajero solo pudo bajar la mirada y temblar, con el corazón hecho un puño. No debió decir nada, debió guardarse el comentario—. Todos sabemos que eso fue acto de los aesirianos, un intento de acabar con los híbridos y los humanos que vivían en las villas. Así que te has equivocado, ¿verdad?
Mark tragó saliva pero no alcanzó a asentir con la cabeza. Entendía que los vanirianos lograron el apoyo de los humanos al decirles que la quema de las villas fue cosa de los aesirianos. Les habían lavado el cerebro. Temió que el grolien le diera un manotazo en cualquier instante, pero justo entonces los otros vanirianos derribaron la barricada y entraron a la torre de vigilancia.
El grolien que lo había amenazado se olvidó de él y miró al comandante.
—Abre las puertas principales y coloca las catapultas a lo largo de la muralla, para atacar a la tropa. No tenemos tiempo que perder.
Apenas terminó de dar las órdenes, un viento fuerte sopló y estuvo a punto de derribarlos. El mensajero se estremeció pero no por el frío. El aire tenía algo pesado, potente y aterrador que le revolvió las entrañas. Entonces lo escucharon:
—Buenas noches, rebeldes humanos y vanirianos.
Era la voz de Sigfrid en el viento. El General no estaba tan enojado como siempre. De hecho parecía estar de buen humor, como si se divirtiera. Mark y los rebeldes se asomaron por la muralla y reconocieron al General a la cabeza de la tropa. Era imposible perder de vista los hombros de montaña y la cabellera rubia del hombre. Con el hechizo que llevaba su voz hasta Heimdall, Sigfrid se presentó y explicó sus intenciones:
—No vine a solicitar una tregua. Estoy aquí para rescatar Heimdall de sus asquerosas manos y a decapitarlos a todos por traición.
Krishna se apretujó contra Mark, asustada. La reputación de Sigfrid era bien conocida en todo el continente. Todos sabían que el Demonio Montag tenía talento de sobra para conquistar una ciudad por su cuenta, y todavía más crueldad para cumplir sus promesas. Krishna temblaba y estaba congelada, presa del pánico. Mark vio que el comandante humano también temblaba y los groliens tenían problemas para mantenerse erguidos.
—Si miran hacia los orbes —continuó el General, burlándose— verán a su peor pesadilla.
Mark vio que, delante de los orbes, había una figura delgada vestida de negro y con una cabellera tan gris que parecía de plata. Sakti tenía desenfundada la espada de Set. Mark se preguntó qué hacía allí la princesa y si estaba en condiciones después del suceso en el tren.
—La princesa Sakti Allena Aesir II es la encargada de la misión de rescate y es ella de la que tienen que cuidarse, no de mí.
—No hay nada que temer —dijo uno de los groliens para dar ánimos—. Los orbes…
—Si están pensando que la barrera de orbes será un obstáculo para nosotros —continuó Sigfrid, como si leyera el pensamiento del vaniriano—, me temo que en sus filas hay un espía que se ha encargado de derribarlos.
A Mark se le encogió el estómago. ¡¿Por qué Sigfrid había dicho eso, si él todavía no tenía ni idea de qué hacer?! Ahora los vanirianos buscarían al espía y acabarían con él. El General siguió como si nada:
—Los orbes caerán en treinta segundos, por lo que solo tienen ese tiempo para decidir rendirse o enfrentarme. Si toman la primera opción, seré misericordioso y les daré una muerte rápida e indolora. —Comenzó la cuenta regresiva—: Treinta, veintinueve, veintiocho…
Tenía menos de treinta segundos para cumplir con las expectativas del General, pero a Mark le costaba idear algo con tanta presión. En las plazas de Heimdall, los humanos y los vanirianos discutían porque algunos querían rendirse y otros deseaban luchar. A la vez, los rebeldes de las trincheras congestionaban los túneles de acceso a la Fortaleza, pues querían ponerse a salvo antes de que los orbes cayeran.
Cuando Sigfrid iba por quince, al fin Mark tuvo una idea.
—¡Sé que hacer! —avisó a Krishna.
Pidió a la rebelde que acomodara una de las catapultas en dirección a los aesirianos. Ni lenta ni perezosa, la chica obedeció. Fijó la lanzadora al suelo a toda prisa, a la vez que los groliens se movilizaban para traer proyectiles. Mientras hacían esto, Mark preparó el ángulo de tiro de la catapulta. El comandante notó que algo no estaba bien y se le acercó para corregirlo, pero Mark disparó apenas uno de los vanirianos puso la roca en la catapulta.
Krishna y los demás se quedaron inmóviles al ver el arco que describía el proyectil, pero Mark no perdió tiempo. Bajó de la catapulta y continuó con la siguiente fase de su plan improvisado. Sigfrid siguió con la cuenta:
—… cinco, cuatro, tres… —La roca cayó cerca de las trincheras, sobre la máquina que alimentaba la energía de los orbes—… dos, uno, cero.
Las esferas cayeron. A pesar de la distancia, Krishna y los demás vieron que Sakti salió disparada hacia la Fortaleza, ya sin ningún impedimento. La princesa avanzó al ritmo de un fantasma veloz, como si el viento le diera alas. Cuando traspasó las trincheras, el comandante ordenó que protegieran los túneles para impedirle el paso. Pero Sakti ignoró las cuevas. Agitó la espada como si fuera un látigo y al instante una corriente de aire golpeó el suelo y levantó a la princesa. Los humanos y los groliens la miraron incrédulos mientras ella escalaba la muralla, corriendo sobre ella como si avanzara sobre un terreno horizontal.
Uno de los groliens buscó a Mark para estrangularlo, porque creyó que su cálculo «erróneo» a la hora del disparo les costó la victoria. Se quedó mudo cuando vio que el muchacho había alcanzado la palanca al otro lado de la torre de vigilancia. Antes de que alguno pudiera gritarle para que se detuviera, Mark levantó la palanca.
Las enormes puertas de Heimdall rechinaron al abrirse. En otras circunstancias la idea habría entusiasmado a los rebeldes. Pero sin los orbes, la tropa de Sigfrid entraría facilísimo a Heimdall y daría refuerzos a los oficiales que se refugiaban en el centro de la ciudad.
Los vanirianos avanzaron hacia Mark para aprehenderlo, pero él no pudo huir. Tenía la mano pegada a la palanca. «Es como si fuera una puerta de sangre y absorbiera algo de mí», pensó mientras forcejeaba para liberarse. Lo que absorbía la palanca no era sangre, sino magia. Las puertas de Heimdall eran grandísimas y se necesitarían muchos bueyes que jalaran algún sistema de pesas para abrirlas. En lugar de eso, la palanca en la muralla absorbía magia para poner en funcionamiento ese sistema. «También me envió por eso», comprendió Mark. «El General sabía que mis esencias son parecidas a las aesirianas. Heimdall me reconocería como a un mago y abriría las puertas».
La palanca lo soltó por su cuenta, satisfecha con la magia que le quitó. Mark intentó huir, pero estaba mareado y los vanirianos lo alcanzaron antes de que pudiera recuperarse. El comandante humano también lo alcanzó y lo agarró del cuello, listo para estrangularlo.
—¡Traidor! —gritó furioso—. ¡Nos has condenado a todos! —Lanzó a Mark a los vanirianos.
—¡Antes de que el General nos mate acabaremos contigo! —le gritó uno de los groliens.
El grupo de vanirianos bajó a toda prisa la rampa, cargando a Mark. El muchacho ni se dio cuenta de en qué momento llegó a la plaza llena de humanos hasta que lo lanzaron contra una guillotina. Después todo sucedió muy rápido. De algún lugar salió una arpía, que lo ató de manos para que no escapara, le pateó las rodillas para que las doblara y le empujó la cabeza para que pusiera el cuello sobre el cepo en el que caería la hoja de metal.
En menos de un minuto Mark pasó de espía a prisionero, y ahora estaba a punto de perder la cabeza delante de toda una plaza de rebeldes que lo veían sin comprender qué sucedía.
—Este humano los ha traicionado —gritó el grolien tan furioso que escupió el rostro del mensajero—. ¡Derribó los orbes que nos protegían del Demonio Montag y le abrió las puertas! Nos ha condenado a muerte ¡y muerte le daremos!
Los humanos levantaron el puño en una señal afirmativa, ofendidos por la traición de alguien de su propia raza. El grolien dejó caer la guillotina. Mark apretó los ojos, aterrado. Sintió el golpe del metal pero le pareció más un beso frío y delicado que una ejecución. «Así se oye la muerte», pensó cuando escuchó un estruendo parecido al de una campana de cristal rompiéndose en un templo. A ese sonido lo siguió otro, mucho más grave y corpóreo, como la caída de un gigante.
Cuando entreabrió los ojos vio que el grolien que había dejado caer la guillotina estaba frente a él, tirado en el suelo y con un trozo de metal incrustado en la cabeza. Un charco espeso crecía junto el cuerpo. Al mirar la plaza descubrió que había otros groliens muertos entre los rebeldes y todos tenían un trozo de metal enterrado en el cuerpo. «¿Eso es… la guillotina?», se preguntó. Mark no entendió cómo la guillotina pudo haberse roto en decenas de fragmentos hasta que un perfume dulce le golpeó la nariz. Cuando levantó la cabeza del cepo vio que Sakti se había materializado a su lado para protegerlo.
—¿Está bien, amo? —preguntó ella. Su voz fue delicada y amable, pero Mark supo que estaba enojada. Si hubiese llegado un segundo tarde ya no tendría amo al que servir.
Mark no pudo responder. Tenía la vista fija en los groliens muertos, en los trozos de guillotina incrustados en cráneos y cuellos. Él no quería morir pero tampoco que los groliens acabaran así. Nunca quiso que Sakti hiciera algo tan brutal para protegerlo. Estuvo muy consciente del silencio de horror de los rebeldes, porque lo sentía también por dentro. Era como hielo que le quemaba las entrañas. Pero entonces uno de los uniformados dio un grito y se lanzó hacia la princesa. «¡No!», quiso gritarle. «No intentes lastimarla, no lo conseguirás».
Pero ya era muy tarde. El rebelde estaba en movimiento y Sakti también.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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