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Capítulo 5

5
MEMORIA Y VISIÓN



A la princesa le bastó con batir la espada del Virtuoso del Caos para generar una onda de viento que decapitó al humano. A Mark se le encogió el estómago al ver el cuerpo que se mantenía en pie a pesar de que no tenía cabeza. Cuando al fin las piernas del rebelde se doblaron y lo hicieron caer, Mark pensó que él también se caería.
Sakti desapareció con un borrón, igual que cuando luchó contra los groliens en los túneles de Lahore. El mensajero gritó para detenerla porque supo que acabaría con todos los rebeldes. La chica alcanzó a uno y levantó la espada para matarlo de un tajo, pero sus reflejos la hicieron retroceder para evitar un ataque repentino. Alguien le había lanzado una daga.
Mark saltó en su sitio cuando el arma cayó a sus pies. Sakti la burló con la espada del Virtuoso, pero a cambio perdió la oportunidad de atacar. La princesa apareció de nuevo al lado del mensajero, temiendo un nuevo ataque. Su expresión furiosa cambió a la sorpresa.
—Podemos detener esto sin masacrar a nadie, Allena —le dijo Darius.
El profeta estaba acompañado de varios soldados, que en seguida rodearon la plaza y apuntaron las lanzas contra los rebeldes. La daga que cayó cerca de Mark era la que Darius llevaba siempre en la bota.
—¡Intentaron matar al amo! —espetó Sakti, pero Darius no le hizo caso.
—Mírale la cara. ¡Está más asustado ahora que cuando lo iban a decapitar!
A Mark no le gustó que la ira de Sakti se convirtiera en horror cuando se giró para verlo. «¿Tan mal aspecto tengo?», se preguntó. Se llevó las manos a la cara y se dio cuenta de que la tenía muy fría. Debía de estar pálido como un muerto. Además, las manos le temblaban y estaba seguro de que si intentaba levantarse se caería de bruces.
Estaba asustado, pero no por él. Sabía que con Sakti a su lado nada malo le sucedería, pero aun así temía a la princesa. No podía creer que las mismas manos que le abrochaban con ternura la capucha de viaje fueran capaces de decapitar sin arrepentimiento. Sakti se agachó junto a él y lo desató, preocupada de que a Mark le diera un ataque de pánico. Mientras tanto, Darius se abrió paso entre los rebeldes y les dijo:
—Se supone que tenemos órdenes de matarlos a todos, pero a mí no me gusta la idea. Si se rinden estoy seguro de que llegaremos a una solución. —Miró muy serio a los vanirianos que quedaban y les explicó—: El General Montag va al palacio de Heimdall. La última vez que lo vi tenía cinco groliens muertos a los pies y muchos más en la misma posición detrás de él. Con tan solo quinientos soldados ya arrasó con las trincheras, las plazas cercanas a la muralla y doce calles aledañas a la avenida principal. Cuando se una a los oficiales de Heimdall será imparable. Ustedes no tienen salvación si luchan contra él.
Mark supo por las miradas de los rebeldes y vanirianos que consideraban seriamente rendirse. Pero alguien tomó una de las barras esparcidas por la plaza y se lanzó a Sakti.
—¡Prefiero mil veces morir antes que rendirme! —gritó Krishna.
Mark quiso gritar también, interponerse entre la rebelde y Sakti antes de que la princesa la cortara en pedacitos. Pero Sakti había entendido que Mark no quería ver más cabezas rodar, así que simplemente extendió una mano y detuvo la barra que iba hacia ella. Krishna, al otro lado del garrote, la miró ofuscada mientras que los rebeldes, vanirianos y aesirianos miraban a la princesa con la boca abierta. ¿Cómo detuvo semejante golpe?
—¡Eres una mentirosa, Allena! —gritó de repente Darius, ofendido—. ¡El otro día me hiciste cargar tres sacos de comida porque dijiste que no los aguantabas tú sola! ¿Y ahora resulta que detienes una barra de metal con UNA mano?
—No mentí —respondió Sakti con sencillez. Krishna apartó la barra y la dejó caer una, dos, tres, cuatro veces. En cada ocasión Sakti detuvo el golpe con la mano desnuda—. Yo no tengo fuerza. Si no tuviera magia no podría ni levantar una espada. —Krishna intentó golpearla otra vez, pero la barra de acero se disolvió y se convirtió en líquido flotante—. Con la esencia de los minerales puedo levantar armas y detener ataques. Es pan comido. Pero también puedo hacer mucho más.
El líquido rodeó a Krishna y se solidificó de nuevo, atrapándola. La chica pataleó, pero cayó sentada y no se pudo levantar. Sakti chascó los dedos y las otras barras en la plaza se convirtieron en líquido. La sustancia rodeó a los rebeldes y vanirianos y luego se solidificó. Todos estaban atrapados, sin posibilidad de escapar, defender o atacar.
—¡Suéltame! —chilló Krishna—. ¡Suéltame, enfréntame limpiamente y paga por lo que los tuyos me hicieron! —Sakti la ignoró para atender a Mark, pero el mensajero se levantó y dijo:
—¡Los aesirianos no tuvieron nada que ver con los incendios de las aldeas krebins! ¡Eso lo hicieron los vanirianos!
—¡Mientes, traidor! —gritó Krishna.
Sus ojos eran un pozo de rencor, pero Mark no se dejó cohibir. Le pidió a Sakti que explicara qué pasó en las villas de los híbridos y la princesa contó lo que él ya sabía: los vanirianos invadieron la región Oeste y atacaron a los krebins porque recibieron informes de que la portadora del Primer Dragón se escondía en uno de los pueblos híbridos.
Cuando la princesa terminó la historia, Mark no supo si le hizo a Krishna un favor o un mal. Casi todos los rebeldes estaban pálidos y miraban a los vanirianos como si quisieran agarrarlos a golpes. Mark compadeció a los rebeldes porque eran iguales a los aesirianos: llenos de odio, resentimiento, ira y tristeza. Deseó borrar eso de sus corazones y darles la oportunidad de una vida sin rencores, pero no sabía cómo ayudarlos.

****

Agitó la espada para limpiar la sangre vaniriana. Sigfrid aspiró profundo, complacido después del ejercicio y del trabajo bien hecho. Miró alrededor y se dio cuenta de que los soldados estaban tan teñidos de carmesí como él, pero ya no había más enemigos. Todos estaban en el suelo, muertos o ahogándose en una piscina salobre y roja.
El General sorteó el cuerpo del último grolien que derribó y avanzó hacia la escalinata que llevaba al palacio de Heimdall. Los oficiales de la ciudad construyeron una barricada para dificultar el paso de los invasores si entraban a la avenida principal. Pero al General le bastó con un movimiento bárbaro de la espada para romper la primera línea de defensa.
Subió los escalones a la vez que abría camino a los soldados que lo seguían. Los barriles, baúles, mesas y cadenas que dificultaban el paso no le molestaban, pues el General avanzaba como si fuera un dios entre mortales. Tenía la vista fija en el palacio, con sus altas columnas y puertas de mármol verde pastel. El edificio era perfecto, como todas las estructuras aesirianas, pero Sigfrid lamentó muchísimo que escondiera a cobardes.
—Señor —lo llamó un soldado—, otro grupo se acerca a nosotros.
Sigfrid miró por encima del hombro. En las terrazas de los edificios, los rebeldes preparaban arcos de largo alcance para atacarlos. En las calles aledañas a la avenida principal se formaban grupos de humanos y vanirianos.
—Formen filas —ordenó el General—. Para cuando ataquen yo estaré de regreso con los oficiales de Heimdall.
Los soldados asintieron y regresaron a la avenida principal, donde antes derrotaron a un grupo de invasores que se había colado cuando las puertas de Heimdall se abrieron. Antes del ataque, Sigfrid dio a su tropa uno de esos alentadores discursos que eran capaces de hacer milagros y ahora menos de quinientos soldados recuperaban una Fortaleza militar con millares de oficiales temerosos que no se defendieron por su cuenta.
Pero los números del General sí eran pequeños. No era raro que a pesar de las victorias tuviera que enfrentarse a nuevos grupos rebeldes. «Si la princesa no estuviera aquí me tomaría semanas recuperar la Fortaleza», pensó mientras avanzaba hacia el palacio.
Cuando al fin llegó a la puerta principal le dedicó una mirada de despedida antes de que su espada describiera una diagonal sobre ella. Segundos después, el bloque superior cayó al interior del recinto, mientras que el inferior saltó del gozne y cayó a los pies de Sigfrid. El General no tosió por la cortina de polvo que levantó, sino que mantuvo la cabeza erguida y la mirada firme.
La idea era que los soldados en el interior se grabaran esa imagen y que no temieran ponerse a las órdenes de un hombre que era capaz de partir una puerta de mármol en dos con un solo golpe.
Las luces estaban apagadas, pero Sigfrid reconoció las respiraciones de los oficiales que se escondían detrás de las columnas, listos para emboscar al intruso si resultaba ser vaniriano. El General dio un paso al frente para anunciar su presencia, pero al instante se detuvo. Había algo a sus pies.
Levantó la espada para atacar, pero se topó con un par de ojos infantiles que lo miraban con mezcla de temor y maravilla. Sigfrid arrugó la cara porque no se esperaba un niño de cinco años con uniforme militar. El chico se paró de puntillas e intentó alcanzarlo, pero ni siquiera le llegó a las rodillas. Sin embargo, el movimiento fue suficiente para que el General se percatara de que el uniforme era diferente al usual.
—Formas parte del Ejército de Aesir —dijo muy serio. El pequeño tomó posición recta y gritó un «¡Sí, señor!» muy claro y fuerte. El chiquillo era uno de los seis objetivos de la misión de rescate de Heimdall.

****

Sakti y Darius avanzaron rápido, a la vez que sorteaban los cuerpos que dejaron Sigfrid y los soldados al reclamar la zona. Al profeta le incomodó ver tantos cadáveres desparramados por el lugar, pero supo que debía estar feliz o, por lo menos, aliviado. ¡Hacía poco más de dos horas que entraron a Heimdall y ya estaban ganando! Pero eso no lo alegraba.
Él no tenía material militar. No le gustaba seguir órdenes de Sigfrid, ni andar con la espada ensangrentada cortando cabezas. Se le revolvía el estómago de solo ver tantos muertos. Por eso convenció a Sakti de que no matara a los rebeldes que encontraron. Aunque temió que ella no le hiciera caso y se pusiera de lado de Sigfrid, Darius contó con la grata colaboración de Mark. El mensajero era el único que podía hacer que Sakti cambiara de parecer, al menos la mayoría de las veces.
Aunque logró que perdonara la vida de los rebeldes en la plaza de ejecución, no pudo convencerla de buscar una alternativa al plan de Sigfrid. Mark se quedó atrás, resguardando la plaza junto a los oficiales que acompañaron a Darius, mientras el profeta y la princesa avanzaban al templo para seguir con la siguiente fase de la estrategia del General: la sincronización.
A Darius no le gustaba. La sincronización permitía a un Aesir establecer un vínculo mágico con una estructura de mármol y controlarla a voluntad. Pero para el profeta, la sincronización era un montón de cables insertados en el cuerpo mientras chupaban energía.
Temía que Sakti se excediera. Ella salvó a los soldados del atentado en el tren cuando lo controló con magia. Se abrió paso a la Fortaleza Heimdall con el arma de un Virtuoso, que empleaba más energía que un arma mágica común. Y se mantuvo en vela, esperando el momento oportuno para entrar a la ciudad militar porque estaba preocupadísima por Mark. Y ahora la sincronización… Darius temía que cruzara el límite de su magia. Si eso ocurría Sakti podía morirse. La princesa era una batería con carga casi ilimitada. Pero si utilizaba más magia de la que podía soportar el cuerpo colapsaría, se quedaría sin energía y no podría seguir adelante.
—No creo que sea buena idea que te sincronices —dijo por enésima vez. Sakti se detuvo y lo miró muy seria, harta ya de la sugerencia.
—Estoy bien, Darius. Si me sincronizo terminaremos con la misión pronto.
—Recuperar una ciudad toma semanas, Allena.
—No si me sincronizo. Si lo hago puede ser que para la madrugada ya todo esto haya acabado.
Sakti tenía prisa en terminar la misión de rescate por Mark. Cuando se trataba del mensajero ella estaba dispuesta a darlo todo. Hacía unos meses se dejó atrapar por los vanirianos para rescatarlo y ahora se sincronizaría con una ciudad para que el mensajero llegara lo más pronto posible a Masca. Todo lo que Sakti quería era que el amo estuviera a salvo, lejos de la conflictiva y peligrosa región Oeste.
—No sé por qué te preocupas tanto —comentó ella mientras seguía adelante. Sakti subió la escalinata que llevaba al templo, en lo alto de una plazoleta cerca del palacio de Heimdall.
—La sincronización podría rechazarte, Allena.
—Si es así, entonces tomaremos el camino largo y duraremos semanas aquí.
—O la sincronización podría matarte.
No todos los magos con sangre Aesir lograban sincronizarse porque las ciudades eran caprichosas. Muy pocas veces un hombre lograba el vínculo y, a veces, las ciudades rechazaban hasta a las Doncellas. Cuando eso sucedía, las aesirianas recibían un pequeño chispazo o quedaban achicharradas en el comando de sincronización.
La sola idea de que Sakti terminara así le hacía un nudo en la garganta. Para Darius, la princesa era la amiga más querida que había tenido jamás. En Masca Sakti se convirtió en su confidente, en su punto de apoyo para soportar el encierro, en la promesa de que algún día él y sus hijos –los gemelos Dagda y Airgetlam, y Zoe, su hija– serían libres.
Si Sakti moría todo eso se iría con ella. Darius no podía imaginarse un día sin la compañía silenciosa y agradable de su amiga. ¿Es que Sakti no lo entendía? Ella había aliviado la pérdida que Darius sufrió antes, cuando su esposa y sus otros hijos… El profeta apretó los dientes. Solo pensar en eso lo hacía temblar.
—¿Sabes cómo nos atrapó el anciano en la Península?
Al principio no supo por qué desenterraba un recuerdo que él mismo no se atrevía a mirar. Pero cuando Sakti se detuvo en seco supo que esa era la única forma en que la haría comprender. La princesa se le había adelantado, pero se detuvo de golpe y se quedó inmóvil. Él nunca le había hablado de cómo Enlil atrapó a la familia de profetas porque le dolía muchísimo recordarlo. Si el General no los hubiese atrapado nunca habrían llegado al Pantano ni se habrían encontrado con Sigurd, el demonio come-almas que acabó con la mitad de los profetas.
—El anciano llegó una mañana en compañía del Escuadrón Vento. En aquel entonces Dagda y Airgetlam tenían seis años y Connor… —Sakti se giró y miró horrorizada a Darius. Connor. Ese nombre nunca lo había escuchado—… Él solo tenía tres semanas…
«Detenlo», suplicó el Dragón. «¡Detenlo ahora!». Pero Sakti se había quedado muda y Darius siguió adelante.
—Enfrenté al Escuadrón porque después de todos esos años él no tenía derecho a presentarse delante de mí. ¡Menos a secuestrarnos!
Sakti sabía que Darius se refería a Enlil. El profeta era hijo bastardo del General Tonare, fruto de una trampa elaborada por el Emperador para que Masca tuviera de nuevo profetas que recibieran la Profecía y para que la Casa Tonare tuviera heredero. Sakti sabía que a pesar de todo, Enlil quería mucho a su cachorro. Pero para Darius Enlil siempre sería el enemigo que los secuestró de la Península y uno de los culpables de lo que aconteció después.
—Me hice cargo de unos oficiales y por un momento pensé que ganaría. Pero entonces el anciano bajó del caballo y se cortó la mano. Se acercó a mí y me tocó la cara. Creo que algún soldado me había herido la mejilla y… nuestras sangres se tocaron. —Darius se llevó la mano al rostro, como si sintiera la cortada. Luego continuó—: Lo único que recuerdo después de eso es el círculo carmesí que se dibujó delante de mí. Y el dolor, Allena, el dolor. Es lo más espantoso que he sentido.
«Un hechizo de sangre», comprendió la muchacha. La sangre se utilizaba en diferentes sortilegios, aunque lo que describía Darius era uno muy específico que solo funcionaba entre miembros de una familia para generar dolor y succionar poder.
—Nos arrebató la magia en un santiamén a los niños y a mí. Njord dijo que nos retorcimos con convulsiones y que sangramos tanto que creyó que nos moriríamos. —Luego sonrió, aunque estaba triste—. El viejo utilizó un hechizo de sangre para derribarnos, incluso al pequeño Connor. Fue un milagro que el bebé no muriera entonces.
Sakti miró el suelo, incómoda al imaginar a Enlil dañando de esa manera a su hijo y nietos. No le sorprendía que Darius resintiera tanto al General, aunque sí que Enlil hubiese recurrido a ese hechizo para atraparlos. Lo más probable es que Darius diera mucha batalla.
Como todo un guerrero. Como el heredero de un General.
—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó con timidez.
—Porque estás haciendo lo mismo que yo hice entonces —dijo Darius con voz temblorosa—. El hechizo nos dejó con el mínimo de magia para que sobreviviéramos mientras nos llevaban a Masca. ¡Estuve noqueado por meses! ¿Y sabes lo que se me ocurrió apenas desperté? ¡HUIR! Convencí a Njord de que escapáramos de la caravana antes de que llegáramos a Masca, aunque ella me suplicó que no lo hiciéramos y que descansara para recuperarme.
»Si le hubiese hecho caso, si tan solo hubiese esperado un poco más, ella, Connor, Fenran y Drake estarían con vida. Aunque nos hubiesen atrapado en Masca, tú y Adad habrían hecho un trato con nosotros para liberarnos. Habríamos encontrado alguna manera de escapar juntos. Pero porque fui necio y no escuché a Njord, Sigurd nos sorprendió justo cuando estábamos más débiles. Por eso él…
Darius se tapó la boca porque se dio cuenta de que gritaba. Detestaba recordar a Sigurd erguido sobre Njord. Los cabellos de Zoe y Drake en una mano del demonio. Fenran, Airgetlam y Dagda en la otra garra. Connor en brazos de Fenran, llorando. Y la bruma que se arremolinaba alrededor de esa figura de pesadilla.
La imagen siempre lo perseguiría. Jamás olvidaría el día en que el come-almas tenía en su poder todo lo que amaba en el mundo. Darius aún no sabía qué milagro le permitió salvar a Zoe, Airgetlam y Dagda de las garras del monstruo, pero deseó con todo el corazón que el prodigio se repitiera con los otros tres niños y con Njord. No fue así.
Sigurd se escapó con los pequeños mientras él se quedó paralizado viendo a Njord desangrándose. Solo reaccionó cuando ella le pidió que los buscara y se acomodó en sus brazos para morir. Entonces la perplejidad fue reemplazada por la ira, y el cansancio fue sustituido por el deseo de vengarse. Aunque tuvo el espíritu encendido para ir por los niños, el cuerpo no le pudo seguir el ritmo. Alcanzó a Sigurd, logró que el demonio soltara a los chicos y que peleara con él, pero Darius todavía estaba débil por el hechizo de sangre.
Si hubiese luchado con todas sus fuerzas ¿qué habría sucedido? Tal vez habría salvado a los otros tres pequeños que nunca más vio. Pero si hubiese seguido el consejo de Njord jamás se habría enfrentado a Sigurd. Jamás habría sufrido el dolor de perder en brazos a la mujer que amaba, o la angustia de despertar dos semanas después en los cuartos custodiados de Masca, cuando ya era demasiado tarde para salvar a Njord, Connor, Fenran y Drake.
Sakti le dio un beso en la mejilla que lo tomó desprevenido. Ella lo miró con tristeza, pero también con gratitud, comprensión y decisión.
—Gracias por confiarme tu historia, Darius. Y gracias por preocuparte por mí pero soy una Virtuosa. —En cuanto lo dijo el profeta supo que no logró convencerla—. No me debilitaré por usar magia. De hecho… se siente bien. Entre más energía uso más fuerte me siento. Sé que tal vez no tiene sentido para ti, pero para mí es correcto. Estoy hecha para usar magia. Así que no te preocupes, voy a estar muy bien.
La sonrisa de Sakti le recordó el pasado, cuando vivía tranquilo y feliz en la Península, y creía que nada le haría daño. Recordó la mañana que Enlil los atrapó. Incluso entonces parecía que todo se mantendría igual, que nada le arruinaría la vida ni le quitaría la felicidad.
Ese día despertó acurrucado al lado de su mujer, con Connor acomodado en los pechos de Njord. Zoe había entrado de puntillas al cuarto para despertarlo de un susto, pero él la tomó de la cintura, le hizo cosquillas y la metió en la cama para que los acompañara. Luego llegaron los otros cuatro niños, que de seguro se despertaron por los grititos de felicidad de Zoe. Los ocho se acurrucaron en la cama por unos minutos, hasta que Connor se despertó, comenzó a llorar y Njord decidió que era hora de desayunar.
¿Quién diría que después de ese inicio tan prometedor en la noche estarían medio muertos, atrapados en una jaula y de camino a Masca? Extrañaba muchísimo la sensación de seguridad y alivio que le proporcionaba su familia. Lo más cercano que tenía a eso era Sakti, que le había dado también muchos otros recuerdos amables. Como cuando estaban encerrados en Masca, charlando de todo y de nada a la vez en lugar de leer la Profecía –como se suponía que tenían que hacer–. Cuando recordaba esos días no olvidaba las travesuras de los gemelos, que hacían bromas y buscaban la manera de desesperarlo o hacerlo sonreír; tampoco se olvidaba de Zoe, que jugueteaba con los mechones grises de los príncipes e iluminaba con su linda sonrisita toda la casa.
Darius sabía que nunca recuperaría las mañanas en la Península, pero todavía podía regresar a las tardes en Masca, junto a los gemelos, Zoe y Sakti. Nadie le podía quitar eso. Ni siquiera su amiga.
—Me enfadaré contigo si te mueres —le dijo muy serio. Sakti borró la sonrisa encantadora con la que lo consoló y le dio un golpe en las costillas, enojada.
—¿De dónde sacas esas ideas, por Dios? ¡Nadie se va a morir! Es solo una sincronización, Darius. Lo peor que puede pasar es que al núcleo no le dé la gana reconocerme y en ese caso recuperaremos Heimdall por el camino largo.
Sakti se le adelantó mientras Darius se acariciaba las costillas. No fue un golpe duro y en menos de cinco minutos se le olvidaría. Pero si algo malo le pasaba a Sakti a él le dolería por el resto de la vida.
Siguió a la princesa hasta que al fin llegaron al templo. Por fuera el edificio era el gemelo del palacio de Heimdall, con sus gruesas columnas de mármol pastel y la puerta tallada con la escena del día de la Profecía. Como la entrada estaba trabada, Sakti desenfundó la espada del Virtuoso del Caos y partió de un tajo la puerta. Darius sabía que no lo consiguió con fuerza, como Sigfrid, sino con el poder del arma.
Sakti estuvo a punto de entrar pero antes miró a Darius con una expresión que habría desconcertado a cualquier persona. Nadie podría decir si estaba confundida o pensativa, esperanzada o triste, excepto Darius. El mestizo le dio una débil sonrisa porque conocía esa mirada: era la que Sakti usaba para preguntarle si se sentía bien. Era la misma expresión con la que ella lo miraba en Masca antes de sentarse junto a él y abrazarlo para aliviarle la tristeza de algún recuerdo.
—Estoy bien —dijo el profeta—. Aunque estaría muchísimo mejor si me hicieras caso y…
—Estás bien —lo cortó ella con una sonrisita comprensiva.
«Te pedí que lo detuvieras», dijo el Dragón dentro de la princesa. «No quería escucharlo. No quería saber nada de los otros niños». Sakti comprendió la tristeza del Dragón. Siempre quiso saber qué ocurrió en la Península, pero cuando Darius empezó a hablar del bebito recién nacido casi se desploma de la tristeza.
Aun así le alegraba conocer el pasado de su amigo. Esa fue la última barrera que Darius mantuvo entre los dos pero ya la había derribado. Él confiaba enteramente en Sakti, como ella confiaba en él. Y por eso la princesa supo que podía comprenderlo, apoyarlo y hacerlo sentir mejor. «Ahora compartimos con él su pasado», le explicó al Dragón. «Darius ya no tiene que soportarlo solo».
Entraron al templo. El lugar estaba silencioso y abandonado, sin una sola barricada. A ninguno de los oficiales de Heimdall se le ocurrió utilizar el santuario como refugio. Avanzaron sin mayores dificultades hasta que alcanzaron la sala de control. Era una habitación circular en la parte trasera del templo. En medio del salón había un asiento con forma de huevo que permanecía suspendido en el aire: ese era el núcleo de Heimdall. En el suelo había una placa circular de metal, que tenía un relieve con forma de dragón cruzado en la mitad por una franja, como si se tratara de dos tapas. Sakti caminó por la plataforma, llegó al lado del núcleo y lo acarició con la punta del dedo. Darius sintió un pulso agradable en el ambiente, como una corazonada.
—Me aceptará —dijo ella—. El núcleo y yo somos compatibles.
Sakti colocó la espada al borde de la placa y se quitó la armadura. Por su experiencia en Lahore sabía que los cables de sincronización perforarían metal y ropa con tal de alcanzarle las venas. Cuando se acomodó dentro del asiento con forma de huevo, el núcleo reaccionó de inmediato. De la silla surgieron cables que le acariciaron la piel para examinarla. Darius se recostó a la pared del salón, con los labios muy apretados y mirando fijamente a la chica con un reproche.
Sakti le sonrió para aliviar su preocupación, pero Darius no se sintió mejor. El corazón le latía con furia y miedo. Si la ciudad no la aceptaba quizá la freiría viva. Temía tantísimo perderla, que ella entrara a…

El oscuro bosque de árboles torcidos y secos. El hedor del Pantano y el gas fundido con la niebla. Sigurd sonreía mientras que con una mano sostenía la nuca de alguien y con la otra jalaba el brazo de su víctima. Jalaba. Un grito rasgó el silencio, pero el demonio se carcajeó satisfecho por el dolor que provocaba. Jalaba. A Darius se le heló la sangre cuando reconoció los puntiagudos dientes del come-almas, que sobresalían de las comisuras de los labios y se pringaban de la sangre que salía a propulsión del hombro. Jalaba, jalaba y, al fin, arrancó. Darius tembló al escuchar el último grito, mucho más largo y doloroso que el anterior. Él también quiso gritar cuando reconoció la figura debajo del demonio, cuando la vio teñida en sangre, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor y la cara tan pálida que se confundía con el cabello gris. Quiso avanzar hacia ella, tomarla, salvarla, pero…

… el Pantano, la bruma, el frío y el come-almas habían desaparecido. Sakti todavía estaba delante de él, pero no sangraba. La chica estaba en medio de los cables de sincronización, que la abrazaban, pero todavía estaba despierta. El proceso no había iniciado.
—Recuéstate —pidió la princesa cuando vio que Darius tenía una mano extendida hacia ella para sacarla del núcleo.
Ya no le molestaba la preocupación excesiva de su amigo, pero sí cómo se veía. El muchacho estaba palidísimo, sudaba y el cuerpo le temblaba con espasmos nerviosos. Sakti se levantó para ayudar a Darius, pero más cables surgieron del techo y del suelo. La sincronización había iniciado.
Los hilos la tomaron desprevenida. Se lanzaron a ella como un enjambre y se le metieron en la piel, sedientos. Sakti chilló tan agudo que los espasmos de Darius se detuvieron en un salto final. Luego Sakti cerró los ojos y se quedó silenciosamente dormida en la silla.
El profeta esperó unos cuantos segundos, asustado porque todavía no se recuperaba de la visión y preocupado de que Sakti no despertara. Al instante siguiente las paredes vibraron y se encendieron. Parecieron jades envueltos en llamas verdes.
La sincronización fue un éxito.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. an-ge-la!!! morirass si sigues haciendo sufrir a mi amor darius! eres cruel con el ò.ó

    aunqq darius es un amorr..se preocupa por Allena :) esq la muchacha es mui terca

    esperaree ansiosaa la continuacion... me quede con la duda sobre ese niño que encontro sigfrid... que ira a pasar!?

    sin mas me despido.

    ResponderEliminar
  2. Ehhhh... amenaza recibida. Gracias a Dios estamos lejos, porque de seguro serás quien encabece mi persecución cuando termine la segunda parte y el volumen. Si tan solo supieras lo que le espera a nuestro querido Darius...
    Pero mejor me cayo, la, la, la, la, la...
    Mil gracias por pasarte.
    Ciao ;)

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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