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Capítulo 6

6
HEIMDALL: EL VIRTUOSO DE LA GUERRA

Sakti abrió los ojos para mirar a través de la sincronización. Durante el proceso no distinguía a las personas por su apariencia, sino por los colores y tamaños que describían sus poderes mágicos. En lugar del color lleno de potencial de Darius encontró a un hombre que estaba justo delante de ella, mirándola con una ceja alzada a la vez que flotaba en medio de la oscuridad.
El aesiriano traía una bata de seda negra que le cubría el cuerpo de pies a cabeza, aunque en la parte inferior era transparente. El torso era fornido y robusto como el de un toro, pero lo que más sobresalía de él eran las barbas y el largo cabello pelirrojo que parecían hechos de lenguas de fuego. Los ojos dorados brillaban como dos soles cálidos.
El hombre esbozó una sonrisa simpática y se acercó a Sakti con curiosidad y emoción.
—Esta es la primera vez que vienen a visitarme —dijo muy feliz—. Nunca pude contactar con el exterior. ¡Pensé que estaría solo aquí para siempre!
—Eh… —Sakti ladeó la cabeza, sin entender lo que decía el pelirrojo—. Lo siento, no sé qué hago aquí. —Cerró los ojos para desconectar la sincronización y reiniciarla, pero no pudo. Cada vez que cerraba los ojos los volvía a abrir y siempre tenía al aesiriano flotando delante de ella.
—No puedes separar tu mente de este lugar, tonta —dijo el mago al adivinarle las intenciones—. Si se pudiera yo ya lo habría hecho. ¿Cómo te moriste?
—No estoy muerta —dijo ella mientras arrugaba la frente—. Solo estoy sincronizada con Heimdall. —Esto sobresaltó al pelirrojo, que se le acercó más mientras aplaudía.
—¡Entonces debo felicitarte! Ya otras Doncellas se habían sincronizado con la Fortaleza, pero nunca llegaron a este nivel. En cambio tú has logrado la verdadera sincronización. —El aesiriano se llevó una mano a la espalda, otra al abdomen e hizo una reverencia muy galante, como un caballero—. Yo soy Heimdall, el Virtuoso de la Guerra.

****

Darius palpó las paredes para sentir o escuchar a Sakti. Le parecía que la sincronización estaba bien, porque el templo brillaba y ronroneaba como un gato satisfecho. Pero cuando intentó hablar con la princesa la chica no respondió.
Sakti estaba en medio de los cables, dormida y aparentemente indefensa, pero su mente debía de estar atenta a cada movimiento y conversación en la ciudad. Debería estar procesando información y dando indicaciones a los aesirianos de Heimdall para que lucharan con ventaja, pero Darius no estaba muy seguro. ¿Por qué la chica callaba?
Escuchó pasos. Giró a tiempo para ver la entrada de tres groliens y dos arpías. Los vanirianos estaban agitados y heridos, pero todavía se mantenían en pie y estaban armados. Fue entonces cuando Darius se percató de los gritos lejanos y el embate de metal contra metal. Seguramente había una batalla fuera del templo.
«Tiene que ser Sigfrid», pensó. «Ya debe de haber contactado con los oficiales de Heimdall». Lo que significaba que los vanirianos buscaban refugio, aunque… ¿por qué entrarían al templo sincronizado? La sincronización en sí era un arma. Sakti los podía matar con el pensamiento y la ciudad. A no ser que algo estuviera mal.
—El profeta —dijo una de las vanirianas aladas mientras sonreía muy seductora a Darius.
El muchacho supo que sus ojos mestizos lo habían delatado. Para esas alturas todos los aesirianos y vanirianos debían de saber que el profeta tenía ojos mitad azul zafiro y verde esmeralda, este último color de los Tonare.
—No intentes escapar —dijo uno de los groliens mientras avanzaban hacia él—. Nos llevaremos a la princesa y al profeta aesirianos al País de Hielo.
—¿Están locos? —preguntó Darius entre dientes. Eran cinco contra uno y él no estaba armado. La única espada que tenía a mano era la de Set, pero sabía que si la tocaba se convertiría en cenizas—. ¡La princesa está sincronizada! ¡No quieren enfrentarse a la portadora del Primer Dragón!
—Qué lindo eres, cachorro —le sonrió una de las arpías—. La sincronización ha fallado. Solo el templo está conectado. El resto de Heimdall está en tinieblas.

****

—Entonces… ¿cuál es tu duda existencial? —preguntó Sakti. Heimdall la miró extrañado sin comprender, por lo que ella detalló—: Tu duda, lo que te ata a este mundo.
—Lo siento, no tengo ninguna.
—¿Cosas pendientes por hacer?
—Nop.
—¿Algún mensaje que dar?
—Para nada.
—¿Conocimiento que transmitir?
—No, lo siento.
—¿Entonces qué estás haciendo aquí? —La princesa frunció el ceño mientras el Virtuoso se llevaba una mano a la barbilla y pensaba.
—La verdad no lo sé. Recuerdo que estaba en cama, rodeado de amigos y familiares a la hora de morir. Estaba tranquilo y feliz porque iba a tener una muerte pacífica. Cuando al fin cerré los ojos, ¡ka-put!, aquí estaba. Lo que sí es interesante es qué haces en este lugar. Esto no pasó cuando las otras Doncellas se sincronizaron con la Fortaleza. —El Virtuoso se acercó más a Sakti para estudiarla—. Quizá seas diferente… De hecho, eres diferente.
—Yo también soy una Virtuosa —explicó la princesa—. Porto al Primer Dragón.
Sakti pensó que Heimdall estaría feliz porque los Dragones eran las criaturas más añoradas por los aesirianos. En lugar de eso, el Virtuoso dejó escapar un largo suspiro de desesperación y dijo:
—Esto sí que fue perder el tiempo. ¡De seguro que he flotado en este lugar por milenios! Cuando morí, según las escrituras todavía faltaba que unos Virtuosos nacieran. Y ahora resulta que la época de los Dragones ya empezó y tengo a la Primera delante de mí.
—No estás muy sorprendido. —El Virtuoso suspiró. Aunque se veía joven algo delataba la sabiduría de un anciano.
—Cuando has existido por tanto tiempo ya no hay nada que te sorprenda. Aunque admito que es bueno que estemos en la época de los Dragones, porque entonces quizá mi espera en este lugar terminará pronto. Metafóricamente, me he podrido del aburrimiento aquí.

«Ahora creo que incluso en la muerte los Virtuosos somos diferentes a los demás. Creo que estamos atados a nuestras Torres hasta que alguno de los Dragones nos encuentre y nos libere».

Cuando Sakti recordó las palabras de Set las relacionó con Heimdall.
—Conocí a otro Virtuoso antes que a ti. Él también estuvo atado a su Torre por mucho tiempo y me dijo que los Dragones debíamos liberar a los Virtuosos. ¿Es por eso que estás aquí? ¿Porque Heimdall… es tu Torre? —El aesiriano se acarició la barba, pensativo.
—Ahora que lo mencionas… Ven, te la enseñaré. —Heimdall tomó la mano de Sakti. La muchacha sintió un vacío en el estómago como si descendiera en picada hacia las entrañas de la Tierra.

****

Darius retrocedió hasta situarse a escasos centímetros del capullo de cables que rodeaba a Sakti. En lugar de retroceder debería pensar en luchar y proteger a su amiga, pero solo tenía una daga en la bota. «Y la esencia del viento», pensó dubitativo. Esa fue la única esencia que le dejaron cuando le quitaron sus poderes, además de la premonición. Pero había un gran inconveniente con ese don: la esencia del viento era la más difícil de controlar porque era muy caprichosa.
«Pero los vanirianos no lo saben», se dijo mientras imitaba una posición de ataque. «Quizá pueda asustarlos, quizá…», pero entonces el suelo a sus pies se sacudió y lo hizo tambalearse. Darius vio que la franja que cruzaba la placa de metal se abría, así que tuvo que avanzar hacia los vanirianos para no caerse por el agujero. Apenas pudo alcanzar el sitio donde estaban los groliens y las arpías, porque la plataforma metálica se separó y las dos mitades se escondieron debajo de las lozas.
El capullo de Sakti estaba justo en medio del hoyo, todavía suspendido en el aire, rodeado por los cables que nacían del núcleo, el techo y el suelo, que se perdía en la oscuridad. Los vanirianos se estremecieron cuando el capullo se movió, porque pensaron que la sincronización había reaccionado al fin y los destruiría.
Los hilos que surgían desde el abismo jalaron el capullo de Sakti y lo atrajeron al fondo. Darius gritó y se asomó a la orilla del agujero porque no tenía ni idea de qué ocurría. Vio que el núcleo y la princesa descendían por las tinieblas, aunque los cables brillaban cada vez más fuerte con un bonito color verde. Las paredes también aumentaban el brillo y cimbraban con ferocidad, como si algo las agitara por dentro.
Consideró lanzarse por el abismo para seguir a su amiga. Si la sincronización salió mal los cables maltratarían el cuerpo de Sakti sin que ella pudiera defenderse. Tenía que estar con ella para salvarla si era necesario. Pero cuando se preparó para saltar un par de pesadas manos lo sostuvo de los brazos.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó uno de los groliens—. ¡Tú vienes con nosotros, Tonare! —Darius sintió un apretón en el estómago y la bilis que le subía por la garganta.
—No soy ningún Tonare —dijo entre dientes.
Intentó controlar la ira que le quemaba las venas, pero fue imposible. Cada vez que alguien lo llamaba «Tonare» recordaba el vínculo que lo unía a Enlil. ¡Lo odiaba, lo odiaba, lo odiaba tanto! Un látigo de aire golpeó una de las paredes e hizo que un poco de polvillo y escombro saltara sobre los vanirianos. El grolien lo soltó a tiempo, justo antes de que una ráfaga de aire le golpeara el brazo y se lo cortara.
Darius giró para fulminarlo con la mirada y dijo entre dientes:
—Haré que te arrepientas. —Para darle peso a la amenaza, la esencia del viento formó un torbellino furioso alrededor—. Haré que retires ese insulto.
Después se lanzó a los vanirianos para quitarles una espada.

****

—Abre los ojos.
Sakti obedeció. Los cables todavía estaban atados a su cuerpo y le absorbían magia para alimentar la ciudad; sin embargo, estaba despierta sin cortar la sincronización. Ya no estaba en el salón del templo con Darius, sino en un amplio espacio a oscuras. Los cables iluminaban lo suficiente para que Sakti reconociera unas siluetas inmóviles a lo lejos.
Heimdall aplaudió y  los cables alumbraron más. La princesa observó el tesoro escondido de la Fortaleza: una ciudad subterránea. Había calles, edificios, templos y plazas acomodados de forma concéntrica, pero todos estaban en diferentes niveles. Sakti estaba en el medio, en un conducto donde podía verlo todo. Cuando se preguntó si podría ver lo que había más abajo fue como si el asiento la entendiera, pues inició un descenso pausado. La chica vio los pisos y edificios, y recordó la Capital de los vanirianos. Era igual.
—Es una torre inversa, ¿verdad? —preguntó—. En lugar de que la parte más amplia esté en la base, está en la cima. Lo que vemos en el exterior de la Fortaleza Heimdall es en realidad la cúspide de tu Torre. ¡El resto está debajo del suelo! —Al lado, el espíritu de Heimdall flotaba sonriente.
—Así es. Nunca se me dio bien la arquitectura. Cuando edifiqué mi Torre creció para abajo. ¡La frase todavía me causa gracia! —El Virtuoso carcajeó complacido.
Al ver la ciudad Sakti comprendió por qué su padre se sintió tan atraído por la arqueología. Era muy emocionante descubrir las antiguas estructuras que una vez levantaron los aesirianos –o, en este caso, la voluntad de uno solo–, que evidenciaban la grandeza que una vez tuvieron los magos. Todavía quedaban muchas ciudades en pie, pero cada vez eran más las abandonadas como la Antigua Villa Montag. Sakti lo lamentó muchísimo. La época de oro del Imperio Aesiriano hacía mucho que terminó.
—Antes me preguntaste si tenía alguna duda o razón para estar atado a este lugar —dijo el Virtuoso. Heimdall miró a la princesa con seriedad y continuó—: La verdad es que no me arrepiento de nada de lo que hice cuando viví, aunque muchas veces sí me pregunté cómo habría sido mi vida si hubiese tomado otras decisiones que eran más acertadas. ¿Sabes por qué me gané el título de «Virtuoso de la Guerra»?
—Asumo que fuiste bueno en la guerra —respondió mientras levantaba los hombros.
—Fui el mejor de todos los Generales, dejando a lado la modestia. —Sakti enarcó una ceja.
—Pensé que todos los Virtuosos eran descendientes directos de Aesir. No sabía que…
—Oh, yo también fui descendiente de Aesir —aclaró el aesiriano—. Fui el menor de dos hijos, pero en mi época tuvimos que enfrentar pérdidas muy sensibles en las Casas Militares. Cuando mi hermano tomó el Trono me pidió ser la cabeza del ejército mientras los herederos de la Nobleza Militar crecían para convertirse en Generales. Por muchos años fui el único General del ejército aesiriano. —La voz y los ojos de Heimdall se iluminaron al rememorar su pasado—. Conseguí muchas victorias. Cuando libré la batalla más grande de mi tiempo contra los vanirianos, levanté mi Torre en este lugar. Cuando la lucha terminó la convirtieron en una ciudad de entrenamiento militar.
»¿Pero quieres escuchar algo gracioso? —Heimdall suspiró melancólico—. Nadie nunca imaginó por qué el Virtuoso de la Guerra iba a luchar. Es cierto que me gustaba mucho estar en el campo de batalla, pero también tenía un motivo oculto.
»Cuando era pequeño jugaba con los hijos de los sirvientes en Palacio de Masca. Había una niña en especial que hacía que mi mundo entero temblara. Pero… ella era una sirvienta y yo un príncipe. Un hombre de la Realeza puede tener todas las amantes que quiera, pero su esposa debe ser de una fina casta. Yo no quería tener a Elisabeth como solo una amante y casarme con ella era imposible. Pero cuando mi hermano me pidió asumir el máximo rango militar prometió que cuando acabara la guerra me concedería cualquier deseo.
—Ganaste muchas batallas y terminaste la guerra en tu época —adivinó Sakti—. Después volviste a Masca y te casaste con la sirvienta.
—Nop. Después de la victoria regresé a Masca pero no me casé con Elisabeth. Ella ya se había casado con otro hombre. —Sakti lo miró incrédula unos instantes. Nunca se le había ocurrido que un príncipe, un Virtuoso, además, pudiese perder ante un rival.
—Auch. Lo siento.
—Bah, son los golpes bajos de la vida —dijo Heimdall mientras levantaba los hombros para restarle importancia al asunto—. No siempre se obtiene lo que se desea, pero sí lo que se merece. Además, fue culpa mía porque nunca le confesé mis sentimientos. Pero aunque no pude casarme con ella nunca me arrepentí de escoger la carrera militar. Si no hubiese tomado ese camino no habría ayudado a los aesirianos que estaban sometidos por los vanirianos. Disculparás la falta de humildad, pero sé que me convertí en un héroe para mi pueblo. Ahora que lo pienso creo que Elisabeth no era la meta sino más bien el camino, el incentivo para convertirme en quien fui. Por eso nunca la resentí. Además, pasados unos años yo también me casé con una buena mujer que me amó y a quien llegué a amar. Por eso no tengo quejas.
—Pero tienes alguna duda… o remordimiento —adivinó la princesa al ver los ojos de Heimdall. Antes parecía entusiasmado y orgulloso; ahora, confundido y dolido.
—Te parecerá ridículo pero he tenido mucho tiempo para pensar. ¿Por qué estoy aquí? ¿Es esta soledad eterna algún tipo de castigo? ¿Es el Infierno o el Purgatorio? Y si es así, ¿por qué se me ha castigado? ¿Qué pude haber hecho mal en mi vida? ¡Y es entonces cuando me doy cuenta de ello! Con mis victorias traje paz para algunos, pero tuve que pisotear y matar a mucha gente para lograrlo. Aunque los vanirianos son los enemigos eternos de los aesirianos, también son personas. Matarlos fue mi pecado más grande.
»Creo que acabar con alguien no es tan grave si se hace para proteger la vida propia, ¿pero cuando se mata para alcanzar victoria en una guerra? Porque entonces se mata por el simple deseo de demostrar qué raza es superior a la otra. Entonces sí es pecado. Ahora es cuando presto más atención a esos cadáveres. Ahora es cuando veo los ojos muertos de los vanirianos, acusándome, atormentándome… Jamás creí que me daría tanta náusea pensar en la guerra. Ahora incluso me da vergüenza haber ganado el título de «Virtuoso de la Guerra». ¿Y si por eso nunca alcanzo el Cielo? ¿Y si por eso… estaré siempre condenado?
Heimdall hizo una pausa para pensar. Luego miró a Sakti pero intentó disimular su ansiedad con un tono de burla:
—Bueno, ahora sí: ¡libérame!
Sin embargo, la princesa estaba tan sorprendida como él. Jamás se cuestionó lo que hacía contra los vanirianos. Era una princesa. Como tal, su deber era proteger a los aesirianos y acabar con los enemigos del Imperio. Era una esclava. Como tal, debía aniquilar a los que osaran lastimar al amo. Era natural, lo común, lo que se esperaba.
Pero si lo veía así, también era natural que los krebins ofrecieran niños extraños en los sacrificios para demonios, o que los sacerdotes aesirianos azotaran esclavos si los humanos libres los acusaban de algo. Pero eso no significaba que estuviera bien. Mark fue un amo que luchó contra lo establecido al tratar a su esclava como a una princesa, al darle un sitio en su mesa y meterla en la cama sin abusar de ella, solo para que estuviera cómoda y segura por las noches... Y cuánto lo adoraba por eso.
Sakti miró apenada a Heimdall porque no tenía una respuesta adecuada para él. Lo único que sacaba claro de su conversación con el Virtuoso es que tenía que ser más cuidadosa cuando enfrentara a los vanirianos. Tenía que ser un pelín más compasiva. Tenía que ser como Mark. «Pero en el momento que le hagan algo al amo, acabaré con ellos tal y como lo haría Sigfrid. Aunque peor, mucho peor». Eso le dio una idea.
—No puedo darte una respuesta ahora pero conozco a alguien que puede ayudarte. Es alguien muy parecido a ti, un genio de la guerra. Está en la Fortaleza, liderando a los oficiales para acabar con la invasión.
Heimdall la miró con ojos brillantes y emocionados. Extendió una mano hacia una estatua de metal, que estaba en el fondo de la torre inversa. Una maza gigantesca, que antes estuvo en los brazos plateados de la representación del Virtuoso, se acercó flotando a Sakti.
—Entonces le daremos una pequeña ayuda a este genio —Heimdall le guiñó un ojo.

****

En un santiamén se hizo de la espada de su enemigo y arremetió contra el grolien que lo llamó Tonare. Los otros vanirianos no pudieron hacer nada al respecto, porque la esencia del viento los arrinconaba contra las paredes cada vez que se acercaban a Darius.
Mientras tanto, el grolien se cubría la cabeza con los brazos, incapaz de levantarse por las cortadas que tenía en las piernas. Tampoco podía mantener el equilibrio porque Darius le había cortado de un tajo una de las astas. La cabeza del grolien se iba de lado por la falta de peso. Cuando el cuerno cayó al suelo, él y los otros vanirianos respingaron asustadísimos porque no era común que un aesiriano pusiera en peligro a un grolien de esa forma. Darius de verdad era el hijo de un General, aunque no lo quisiera.
—Retira lo dicho —ordenó el profeta entre dientes. Pero al grolien solo le temblaron los labios con una súplica muda, porque no entendió lo que Darius quería de él.
El muchacho levantó la espada para dejarla caer en el otro cuerno, pero miró su reflejo en los ojos del grolien… y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Sintió un vacío en el estómago al ver su rostro furioso y transformado en el de otra persona. Darius no se parecía a él mismo, ni siquiera a Enlil. ¡Peor! Se parecía al Demonio Montag.
Como los groliens eran peludos Darius no podía verle la piel; pero se imaginó que el vaniriano estaría pálido como la espuma de mar. Ese miedo y esa impotencia lo avergonzaron. «Yo no soy así. Yo no hago este tipo de cosas». Reparó en las súplicas de las arpías arrinconadas por la esencia del viento, que le pedían a gritos que se detuviera. «Yo no soy así. Yo no hago este tipo de cosas», se repitió.
Bajó el arma. Todavía estaba enojado por haber sido llamado «Tonare» pero estaba muchísimo más avergonzado por lo que había hecho. Les había dado la razón a los vanirianos al comportarse como el hijo de un General. Una cosa era atacar para defenderse, pero otra muy distinta era lastimar por simple furia y capricho, con brutalidad y sin remordimiento.
Por capricho, Enlil, el Emperador y Sigfrid engañaron a su madre para engendrarlo. Por capricho Sigurd mató a Njord. Si había algo que quería evitar a toda costa era asemejarse a seres tan despreciables como ellos.
—Váyanse —susurró.
—¿Qué?
—¡Que se vayan! ¡Ahora! —gritó mientras señalaba la salida.
Los vanirianos lo miraron incrédulos, hasta que dos groliens se apresuraron a tomar a su compañero de los brazos y salieron de la habitación. Las arpías los siguieron, aunque se volteaban a cada rato como si temieran un ataque repentino.
Cuando abandonaron la sala del templo Darius se recostó a la pared y lanzó la espada lo más lejos que pudo. Le dolía la cabeza, estaba cansado y no podía esperar a que llegara la mañana. Pero cuando cerró los ojos recordó que Sakti estaba en el agujero, envuelta en los cables de sincronización. Se incorporó de un salto y se dirigió al hoyo. Un resplandor brotó del abismo antes de que él lo alcanzara.
La luz tenía matices rojos y verdes. En medida que aumentaba el resplandor las paredes respondían con una vibración cada vez más fuerte. Justo cuando Darius retrocedió un pas, el núcleo de Heimdall surgió del agujero, rodeado de los cables. Los hilos se rompieron con brusquedad y Sakti salió del capullo de sincronización, sosteniendo una maza de metal de la mitad de su estatura, con doce apéndices filosos y una punta pequeña.
—¿Allena? —la llamó Darius.
¿Es él? —preguntó Sakti, aunque la voz le sonó muy gruesa y varonil—. No parece mucho mayor que tú ni un genio de la guerra.
—No, no es él. —Esta vez la voz de Sakti sonó clara.
—¿Estás hablando sola? —preguntó el profeta, a la vez que arqueaba una ceja. Él nunca la había visto poseída por el alma de un Virtuoso—. ¿Te golpeaste la cabeza allá abajo o algo así?
—Luego te explico —respondió la muchacha.
Los cables de sincronización se le acercaron con timidez para ofrecerle la espada de Set. La princesa tomó el arma con una mano, con la otra sostuvo la maza y luego sonrió.
—Esto será divertido —dijo mientras salía de la habitación a toda prisa.
El profeta al principio no pudo reaccionar porque no se creía que Sakti lo abandonara así nomás. Después escuchó de nuevo los gritos y los chasquidos de las espadas y las armaduras cuando chocaban. La batalla en Heimdall aún continuaba. Sakti quizá no estaba al tanto de que un grupo de vanirianos intentó atraparlos, por lo que tampoco estaría preparada para un enfrentamiento. Así que el profeta corrió en pos de ella.
Cuando salió del templo se quedó mudo al ver las plazas y calles de Heimdall llenas de combatientes. Del palacio de la Fortaleza, que estaba a unos cincuenta metros del templo, salía un flujo incesante de soldados aesirianos que se repartían a lo largo y ancho de la ciudad para luchar contra los vanirianos y humanos rebeldes que no se habían rendido.
A Darius no le sorprendía que los aesirianos se hubiesen refugiado durante tanto tiempo, pues los humanos los superaban cuarenta a uno. Sin embargo, ahora que combatían el poder de ataque era inverso. Por cada mago que caía al menos treinta humanos morían. «Esto es obra de Sigfrid», comprendió. «Sigfrid los convenció para que lucharan a pesar de los números. Él sabía que lograría algo así en tan poco tiempo».
Darius buscó al General en el mar de soldados y, sorprendentemente, no le costó hallarlo. Sigfrid sobresalía como tres cabezas por encima de los aesirianos, brillaba como un péndulo de oro y se balanceaba de un lado a otro, con la fuerza bárbara de su espada que aniquilaba a los groliens que lo tenían rodeado.
Pero en términos generales Darius no podía decir que los aesirianos estuvieran ganando o perdiendo. Todavía era demasiado temprano para conocer al ganador. Los números de los humanos y vanirianos superaban muchísimo a los aesirianos, pero los magos tenían más potencia en el ataque. De momento iban empatados. «Y por eso Sigfrid necesitaba la sincronización para acabar definitivamente con la invasión. Sin Allena, tomar Heimdall significaría luchar día y noche durante semanas. Es ahí donde los rebeldes tienen ventaja. Con sus números pueden turnarse para luchar; pero los aesirianos no».
Pero Sakti había cortado la sincronización, no podría seguir el plan de Sigfrid y liberar Heimdall con rapidez. Darius la buscó en el campo de batalla, pero no pudo encontrar la pequeña figura de Sakti en medio de los titanes de músculo y metal que eran los combatientes.
De repente vio que una onda de aire barría parte de la plaza inmediata al templo. Allí vio a Sakti, que empuñaba la espada mágica de Set. La chica tenía un aspecto regio. Darius no fue el único que se le quedó mirando como bobo, pues los humanos, vanirianos y aesirianos más cercanos a ella también la miraron entre maravillados y asustados. El encantamiento se rompió cuando un grolien se lanzó a Sakti. El vaniriano barrió a un grupo de soldados con una simple embestía y corrió con los cuernos dispuestos a golpear a la princesa. Ella no se asustó. Sakti envainó la espada de Set, tomó la maza con las dos manos y golpeó el suelo. Fue como si el mármol fuera un lago en el que cayó una roca, pues una onda se formó alrededor de la maza. A la vez que las ondulaciones se expandían, derribaban a los combatientes sin importar su raza. El grolien que quería atacarla resbaló y se golpeó tan fuerte la cabeza que no se levantó. El suelo acababa de hacerle una zancadilla.
Te enseñaré cómo utilizaba esta belleza cuando estaba vivo —susurró el Virtuoso con una sonrisa de satisfacción. Aunque a la distancia Darius no lo pudo escuchar, sí vio la cara sonriente que reflejaba la princesa—. Como esta es mi Torre de seguro que el efecto será mucho más grandioso que en cualquier otro sitio.
Sakti levantó la maza por encima de la cabeza y luego la dejó caer al suelo con ferocidad, como si quisiera aplastar una fruta. Esta vez no solo hizo ondas en el piso, sino que también levantó unas columnas que parecían mármol líquido. Cuando Darius las vio recordó lo que la chica hizo con las barras de metal en la plaza de rebeldes y cómo los atrapó.
Sakti movió la maza hacia la izquierda. Las columnas se convirtieron en tentáculos que atraparon a los que estaban en esa dirección, sin importar en qué bando estuvieran. Un grupo de arpías chilló y se lanzó a la princesa, pero a la chica le bastó con dirigir la maza hacia ellas para que nuevos tentáculos de mármol las atraparan y las obligaran a caer.
«Será muy complicado si el mármol atrapa a los aesirianos igual que a los invasores», pensó Sakti. Heimdall plantó una rodilla de la princesa en el suelo y lo tocó con la punta de la maza. Luego puso la mano libre sobre el mármol y la roca brilló. En Heimdall, todos cerraron los ojos, encandilados, pero Sakti no vio como los demás. En lugar de un potente resplandor ella reconoció colores y figuras diversas en todas direcciones, como si tuviera ojos en la nuca.
«Es como estar sincronizada», pensó a la vez que un chorro de información le entraba a la cabeza. Sabía la cantidad de vanirianos, humanos y aesirianos en la ciudad, cuántos muertos había, cuántos heridos y dónde estaban o hacia dónde se dirigían.
«Nunca cortaste la sincronización», explicó Heimdall mediante el pensamiento. «Aunque no estás rodeada de cables estás conectada con mi Torre a través de mi espíritu».
 Sin que el Virtuoso se lo explicara, Sakti supo que tenía que concentrarse en los tipos de energía para seleccionar a las víctimas de los tentáculos de mármol. Reconoció el espectro plateado de Sigfrid, el aura de Darius y el brillo característico de los aesirianos, que se asemejaba tanto al de sus ojos. Pero también se concentró en lo que había más allá de la plaza en la que ella combatía, más allá de los muros internos de la Fortaleza. Se dirigió a una plaza al lado del muro principal. Tenía que atrapar a todos los vanirianos y humanos, menos a él.
Mark estaba somnoliento, apretujado en un rincón para ganar calor. Pero no podía dormir porque estaba preocupado por la princesa, por el rumor de la gran batalla en Heimdall y por los gemidos de los rebeldes aprisionados cerca de él.
Al ver el aura de Mark, Sakti perdió el aliento. Luego se reprendió por idiota. Era obvio que el amo sería así de bello a través de la sincronización. El mensajero no era frío como el espectro plateado de Sigfrid, sino majestuoso y adorable, como un sueño. La luz de Mark brillaba como el sol y el arcoíris; a veces con destellos de plata y oro; a veces azul, rojo, púrpura o verde.
Sakti agitó la cabeza para espabilarse y concentrarse en la tarea pendiente. Si no se apresuraba los vanirianos se recuperarían e irían por ella. Con la sincronización identificó a los aesirianos, a Mark y los separó de las demás auras. Luego apretó el puño, concentrada en los espectros luminosos que representaban a los vanirianos y a los humanos.
Los tentáculos de mármol soltaron a los oficiales aesirianos y se lanzaron a los enemigos adecuados. En toda la Fortaleza se levantaron columnas de mármol iguales, que buscaron a sus presas por todos los rincones de la ciudad. Sakti incluso sintió las vibraciones en el aire que generaban las arpías al volar. Eso le hizo gracia. Aunque las mujeres aladas intentaran escapar ella las atraparía. Tal y como lo quiso Sigfrid, terminarían con la invasión en la madrugada gracias al poder de la sincronización.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

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