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Una segunda oportunidad

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD


Ya era más de media mañana. Heimdall era tan grande que Sigfrid no perdió el tiempo e inició el castigo de los rebeldes. De momento los vanirianos seguían atrapados en el mármol porque los humanos serían los primeros en recibir sentencia.
Darius estaba recostado a uno de los pilares del palacio y veía desde lo alto lo que ocurría en la plaza. Uno a uno, los sacerdotes y oficiales se colocaban delante de los humanos aprisionados. Cuando llegaba el turno de cada sentenciado el mármol se fundía y regresaba al suelo.
A veces los humanos daban batalla o intentaban huir apenas estaban libres, pero los soldados los sostenían mientras los sacerdotes hacían su parte: les quitaban las esencias y los recuerdos. Al principio Sigfrid no quiso perdonar la vida de los rebeldes ni siquiera por el riesgo de acrecentar la maldición aesiriana, aunque Darius estaba seguro de que lo que al General no le gustaba era que el plan tenía toda la pinta de Mark.
Sakti no era compasiva. Era risible que la chica que permitió el envenenamiento de los humanos en Lahore con licor de Akyur ahora quisiera perdonar a los que pusieron en aprietos a la Fortaleza militar más grande del continente principal. Mark, en cambio, era más sensible y no temía pedirle a Sakti que lo fuera también. A Darius le agradaba por eso.
El mensajero convenció a la princesa y ella ordenó a Sigfrid que, en lugar de matar a los humanos, se les permitiera vivir sin los recuerdos de la invasión y sin las herramientas para que se sublevaran de nuevo. En cuanto a los vanirianos… eso lo decidiría el General. Aunque Mark y Darius quisieran salvarlos también, ni siquiera con la ayuda de Sakti convencerían al Demonio Montag de perdonar a los enemigos eternos del Imperio.
Así que mientras los sacerdotes borraban las memorias de los rebeldes y les arrebatan las esencias, algunos oficiales se encargaban de llevar a los humanos amnésicos a secciones deshabitadas de la Fortaleza, en donde vivirían hasta que fueran resituados en la región Oeste.
—Sabía que eras eficiente pero esto es ridículo —dijo el profeta al General porque los números de rebeldes disminuían a buen ritmo.
—Es cierto que soy fantástico en mi trabajo —respondió Sigfrid mientras sellaba unos documentos—, pero la victoria en Heimdall no se debió solo a mí. Sin la princesa todavía estaríamos luchando.
Darius lo miró. Sigfrid derribó la enorme puerta del palacio durante la noche y el interior del edificio se veía detrás de él. El General estaba sentado frente a un escritorio que los oficiales colocaron a la entrada del castillo para que los rebeldes que estaban en la plaza miraran al General mientras firmaba las sentencias que los despojaba de sus recuerdos. Algunos sacerdotes hacían fila al lado del escritorio, pues esperaban a que Sigfrid terminara una pila de documentos y se los entregara después para seguir con el castigo en los otros humanos en Heimdall.
Un soldado subió corriendo la escalinata que llevaba al castillo. Pasó al lado de Darius sin darle ni una mirada, pero cuando se detuvo a diez metros del escritorio de Sigfrid inclinó la cabeza y solicitó permiso para hablar.
—Señor, tenemos noticias desde la Isla Ishbel —dijo el oficial mientras extendía un pergamino enrollado al General—. El príncipe Sin recuperó la zona, derrotó a los vanirianos y ya tiene a los humanos del lugar con él. Avisa que vendrá a Heimdall pronto para asegurarse de que los humanos estén a salvo y no planeen una nueva rebelión.
—Excelente, puedes retirarte. —Cuando el soldado se marchó, Sigfrid se permitió una sonrisa de satisfacción—. Estos príncipes son muy eficientes. No me extrañaría que cuando lleguemos a Masca el príncipe Kardan ya haya regresado victorioso de su misión en Tyr.
—No me extrañaría que regresara con los pantalones mojados —dijo Darius entre dientes mientras apretaba los puños. La idea de que el príncipe Kardan regresara sano y salvo no le hacía nada de gracia, menos cuando recordaba que el Emperador tenía intenciones de casar a ese príncipe de pacotilla con Zoe, la hija del profeta.
Sintió una mano fría en el hombro. Sakti estaba detrás de él, de puntillas para alcanzarlo. Llevaba un vestido de manta blanca que la hacía parecer una niña inocente y no la guerrera regia que había levantado una maza mágica casi tan grande como ella.
—¿Puedes dejarme a solas con Sigfrid un momento? —preguntó Sakti.
—Claro, ni que lo fuera a extrañar —respondió mientras salía del palacio y bajaba la escalinata rumbo a la plaza. No dio ni tres pasos cuando un niño tropezó con sus piernas. Si Darius no lo hubiera sostenido el pequeño se habría ido de cabeza y caído por los escalones.
—¡Lo siento muchísimo! —se disculpó una muchacha al lado del profeta, que salió de la nada. La chica tenía un largo cabello negro, gafas y un uniforme militar. Agarró al niño del brazo y lo zarandeó molesta, pero miró a Darius avergonzada—. ¡Es terrible! Mi hermano es un inquieto, ¡siempre está saltando y corriendo de un lado a otro! En cuanto me descuido desaparece y molesta a los demás.
El niño no podía tener más de cinco años. Tenía unos ojos verdes idénticos a los de su hermana y también llevaba uniforme militar. Lo normal sería que se pusiera a llorar por el susto de casi caerse de espaldas y recibir un zarandeo, pero en lugar de eso miró a Darius fascinado y se le abrazó a la pierna.
—¡Qué ojos tan bonitos tiene, señor! —Lo común sería que se asustara por la mirada mestiza del profeta, pero Darius ya entendía que el pequeño no era muy normal.
—Gracias —le respondió con una sonrisa—, yo también pienso lo mismo.
En Masca y en el Oeste lo trataban mal por tener ojos de mestizo, pero a Darius le gustaba la particular mezcla de colores en sus irises. A Njord también le gustó así que ¿por qué no iba a recibir un cumplido de vez en cuando de buena gana?
El niño estiró los brazos y dio saltitos de la emoción mientras decía:
—¡Y es altísimo! ¿Me pueda cargar sobre los hombros, por favor, por favor, por favor?
—¡Oye! —lo regañó la chica militar—. ¡Que no lo molestes!
Darius agarró al niño de las axilas y se lo cargó en los hombros. El chicuelo estaba feliz mientras señalaba todo lo que en el suelo no podía ver, a la vez que Darius le explicaba a la oficial que para él no era ninguna molestia. Le gustaban los niños; se llevaba muy bien con ellos. De lo contrario no habría podido con la naturaleza inquieta de sus hijos gemelos.
Él, la chica y el niño bajaron la escalinata, inmersos en una conversación amigable. Sakti los miró mientras se marchaban, sorprendida. Darius detestaba a cualquier persona en uniforme. Siempre era muy hostil con los soldados. Incluso con Dereck y Kael –los Guardianes de Sakti y Adad– fue un pesado por meses antes de que aceptara que siempre estarían con los príncipes. Aunque, si lo pensaba mejor, Darius también detestaba a los Aesir y aun así a ella la quería mucho. Tal vez hacía excepciones con los niños y las mujeres.
—¿Quiénes son? —preguntó mientras señalaba a los nuevos amigos de Darius. Los uniformes del niño y su hermana eran diferentes a los demás. Y que estuvieran a la libre en el palacio, en lugar de la plaza, demostraba que recibían un trato especial.
—Son dos de los seis guerreros del Ejército de Aesir, Alteza. ¿Recuerda que ellos eran el objetivo principal de la misión? Ahora los llevaremos a Masca, junto con algunos de los oficiales de Heimdall. Necesitamos más soldados para que sirvan en el resto del continente.
—Son muy jóvenes.
—Sí —Sigfrid asintió satisfecho—. El niño es el más pequeño, pero los otros cinco ya están en edad de levantar espada. Son muy ágiles. Incluso el mocoso ayudó durante la batalla desde el palacio. Tiene muy buen control sobre la telequinesia. Lo recomendaré a Enlil para que se haga cargo de su entrenamiento personalmente. —Sigfrid terminó de firmar otra pila de documentos y se la entregó a uno de los sacerdotes antes de dedicarse de lleno a la princesa—. ¿Y de qué quiere hablar, Alteza?
Sakti miró a los aesirianos que esperaban las sentencias del General. Sin una palabra entendieron la orden silenciosa de dejarlos a solas. Cundo se marcharon la princesa se acercó al escritorio de Sigfrid sin titubeos. Los diez metros que respetó el mensajero de Ishbel no significaban nada para ella.
—Quiero hacerte una pregunta —Dentro de ella, el alma de Heimdall todavía esperaba impaciente por una respuesta—. ¿Crees que aunque hayas matado a muchos enemigos en la guerra, alcanzarás el Cielo?
Sigfrid no había dejado de firmar y sellar, pero detuvo la pluma de repente. Observó a Sakti con una mirada entre divertida y confundida. Luego rio por lo bajo, como si fuera un simple hombre que disfrutaba de una conversación inocente. No un demonio que había matado quién sabe a cuánta gente y que todavía mataría aún más.
—Yo no creo en el Cielo, Alteza —confesó—. Tampoco creo en el Infierno o en Dios.
—Pero sí crees en la Profecía —dijo Sakti con los ojos abiertos de par en par. No se esperaba esa revelación de parte de su padrino—. ¿Cómo no puedes creer en lo demás si la misma Profecía los menciona una y otra vez?
—Creo en la Profecía pero no en que Dios la inició —intentó explicarse el General—. Creo que los Dragones que usted y su hermano portan son en realidad los hechizos del Emperador y los profetas de esa época. Pero también creo que ellos temían aceptar que tenían el poder suficiente para crearlos. Por eso se lo atribuyeron a Dios. Las personas buscan respuestas milagrosas ante lo que temen o no pueden entender. Es por eso que inventan la ilusión de un Dios que vela por ellos. También temen a la muerte y por eso se aferran a las creencias del Cielo y el Infierno. Si se es bueno, se irá al Cielo; si se es malo, se irá al Infierno. Son solo pautas que nos indican cómo actuar en vida para mantener el orden de las cosas.
—¿Y tú no crees en esas pautas?
—Yo creo que el fin justifica los medios. Si romper las pautas establecidas me acerca a mi objetivo, entonces no me importa. Matar al enemigo es solo un medio para ganar la guerra. Y como no creo que en la muerte haya recompensa o castigo por los actos cometidos en vida, entonces no le doy la mayor importancia. Solo me aseguro de que mis acciones no me causen problemas durante mi existencia.
—Y… ¿puedo preguntarte algo más? ¿No temes que al final sí haya Cielo o Infierno?
—No hay pruebas de que existan tales lugares, Alteza —respondió Sigfrid mientras levantaba los hombros—. Nadie que haya regresado de la muerte los ha visto para decir cómo son. Supongo que si al final existen o no será algo que tendré que ver por mi cuenta. En todo caso, ¿a qué vienen estas preguntas? —Sakti cambió el peso de una pierna a otra y dijo:
—Cuando me sincronicé con la Fortaleza encontré al Virtuoso Heimdall. Él tenía esas dudas pero yo no podía disipárselas. Tus respuestas son… —Sakti miró el suelo mientras pensaba cómo clasificarlas—… muy lógicas, como todo en ti. No puedo refutarlas. Pero creo que están faltas de… esperanza.
—La esperanza es otra construcción que las personas hacen cuando no tienen confianza en sí mismas. Usted es talentosa, Alteza. No tenga esperanza de que las cosas saldrán como quiere. Tenga certeza de ello. —Sakti sonrió al General.
—Gracias por responderme. Lamento si te molesté, ahora dejaré que continúes con tu trabajo. —Sigfrid inclinó la cabeza y Sakti se marchó a la plaza frente al palacio.
«Eso fue deprimente», pensó Heimdall dentro de ella. «Ha tirado por la borda todas mis creencias».
«Es solo un punto de vista», le respondió la princesa. «Estoy de acuerdo con él solo en una pequeña parte, pero su teoría tiene graves fallas. No creo que los Dragones sean fruto del hechizo de unos cuantos magos. Tú también lo sabes, ¿verdad? La puedes sentir dentro de mí: al Primer Dragón. Una criatura que tiene tantas emociones, pensamientos y deseos no puede ser solo un hechizo. Tiene que ser un alma y seres tan frágiles como los aesirianos no pueden crear una. Mucho menos tres. Eso tiene que ser obra de Dios».
«¿Por eso crees que existe el Cielo?».
«No».
Sakti llegó a la plaza y se detuvo a unos pasos de un grupo rebelde a punto de recibir castigo. Los sacerdotes ya estaban listos pero esperaban a que un muchacho les diera lugar para realizar los hechizos que arrebatarían las memorias y esencias a los humanos.
—Sé que es aterrador, Krishna —dijo Mark mientras apretaba las manos de la muchacha para darle ánimos. La rebelde estaba arrodillada, sujeta de las piernas con el mármol. Krishna tenía la cara rojísima, los ojos irritados de tanto llorar y temblaba—. Sé qué se siente despertar sin recuerdos de quién era. No saber de dónde se viene da miedo porque tampoco se sabe hacia dónde se va. Crees que estarás sola pero no será así. Aunque tú y tus compañeros no tengan recuerdos, estarán juntos y se tendrán los unos a los otros. Será borrón y cuenta nueva. Será una nueva oportunidad. Además… —Mark apretó más fuerte las manos de Krishna y le sonrió con dulzura, como solo él sabía hacerlo—, yo estaré aquí para darte respuestas. Te prometo que antes de que te des cuenta estarás sonriendo de nuevo.
Krishna asintió aunque todavía temblaba. Mark miró a los sacerdotes. Aunque no soltó a la rebelde les dio lugar para que aplicaran el castigo. La chica apretó muy fuerte las manos del mensajero cuando el sacerdote le cubrió los ojos con la palma. Un brillo frío se llevó poco a poco los recuerdos de Krishna, a la vez que las manos que apretaban las de Mark se aflojaban más y más.
Cuando el brilló se apagó, el sacerdote llevó la mano a los labios de Krishna. La rebelde abrió lentamente la boca hasta escupir una pequeñísima piedra roja que brillaba con una llama brava. Era la esencia que dio a Krishna su fuerza sobrenatural. El sacerdote tomó la piedra, la echó en un saco con otras rocas similares y después siguió con los otros rebeldes.
Mark esperó en silencio alguna reacción de parte de su amiga, que todavía tenía los ojos cerrados como si durmiera. «Cuando despierte será su nuevo primer día», pensó. Al menos el de Krishna no sería tan confuso y agotador como el de él. «Aunque yo tuve a la princesa». Sonrió con el recuerdo de Sakti subiendo a toda prisa las gradas de los túneles para abrazarlo. «Qué mal por los rebeldes. Ninguno tendrá una princesa que sacrificará todo por ellos, como yo».
Krishna abrió los ojos y bostezó como si de verdad llevara horas dormida. Cuando parpadeó miró de un sitio a otro asustada porque no reconocía los alrededores.
—¿Dónde estoy…? ¿Quién soy…? —Luego reparó en el chico que le sostenía las manos—. ¿Quién eres?
—Tu nombres es Krishna y ellos son tu familia —respondió Mark mientras señalaba a los otros humanos que también despertaban del hechizo. Allí estaba el rebelde que lo guio por las trincheras y el comandante que lo zarandeó cuando abrió las puertas para Sigfrid—. Quién soy no tiene importancia. Lo que importa es que ahora estás bien y siempre lo estarás.
Mark se separó de Krishna y la dejó con su nueva familia. Aunque estaba triste porque perdió a una amiga, le alegraba haber cumplido su promesa: Krishna sonreía, miraba encantada a los otros humanos y les preguntaba quién era su papá y quién su hermano. Los dos más cercanos a ella se peleaban por ser el papá de la chica.
Sakti miró la sonrisa triste de Mark. A ella la embargaba una dulce esperanza. «Creo en el Cielo porque de vez en cuando envía a sus ángeles». Como si el mensajero la escuchara, la miró por encima del hombro y sonrió de verdad. La tristeza se le estaba pasando.
«Pero también estoy de acuerdo con lo que dijo Sigfrid», continuó la princesa. «Saber si existe el Cielo o el Infierno es algo que debemos ver por nuestra cuenta». Se llevó la mano a la boca, de donde brotó un resplandor rojizo. Era el alma de Heimdall, que ahora flotaba sobre la mano de ella como un diente de león.
—Ya no estás atado a tu Torre y ahora tienes dos opciones: estar en este mundo como un fantasma, o avanzar y averiguar si existe el Cielo o el Infierno. Has permanecido mucho tiempo en este mundo, expiando cualquier mal que hubiera en ti. Ya no hay nada más por hacer que pueda cambiar lo qué será de ti ahora.
La princesa comprendía el temor de Heimdall. Ella misma se sentía nerviosa. No era compasiva pero pensó que quizá debía comenzar a serlo. Porque cuando muriera ¿de verdad alguien como ella podría ir al mismo sitio que el amo para servirlo? Le parecía que no. No sabía a dónde iría Sigfrid, pero tenía la impresión de que a ella la deparaba un lugar más semejante al de su padrino que al de Mark. Pensarlo así la hizo contemplar mejor la lección de Heimdall.
Creo que seguiré el consejo del General y me animaré a ver qué hay adelante —dijo entonces el Virtuoso—. Gracias por liberarme.
—Ni lo menciones. Ya llevo dos de siete, me faltan los otros cinco —bromeó ella.
Dos de siete almas por liberar y dos de siete armas por dominar —dijo el Virtuoso—. Te lego mi maza. Ya sabes lo básico de cómo utilizarla pero creo que te divertirás mucho aprendiendo a dominarla. Ahora me voy, no sé qué tan lejos está mi próxima estadía.
El alma de Heimdall ascendió hasta que su luz se perdió en lo alto. Sakti miró el vacío en silencio, pensando en dónde estaría ahora el Virtuoso de la Guerra.
—¿Aún estás molesta conmigo? —preguntó al Dragón.
No le gustaba hablarle en voz alta porque si alguien la miraba creería que estaba loca. Pero en ese momento no le importó.
«No. También he aprendido de la lección de Heimdall», le dijo el espíritu. «Nuestras almas están manchadas por los pecados que hemos cometido en esta guerra. De cumplir mi destino como Dragón pagaré todas las cuentas con la extinción de mi alma. Pero ¿y la tuya? ¿Crees que alcances el Cielo?». Sakti estiró los brazos para desperezarse.
—A este paso no lo creo, pero estoy a tiempo de hacer enmiendas. —Avanzó hacia Mark para consolarlo por los recuerdos olvidados de los rebeldes—. Por eso el amo está aquí. Para darnos una segunda oportunidad a ti y a mí.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2008-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. Hola angela!

    Por donde empiezo...?

    Te dire que estos dos capitulos me han gustado, tanto por Darius como por Sigfrid. Mira que mi amor tiene caracter, que enojarse solo por llamarlo por su apellido (por que lo es aunque el no quiera xD ) en cuanto a mi querido general...valla forma cruel de tumbarle las esperanzas del virtuoso, lo bueno es que cada quien toma su decision y cree lo que guste ^^

    Tambien me da gusto que Allena y su dragon ya esten en paz con ellas mismas.

    En otro tema me eh leido los capitulos reeditados. Valla que si tuvieron sus mejorias ^^ me han gustado.

    Y sin mas me marcho.



    pdt: Que te la pasas bonito en estas fechas!

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  2. Muchas gracias, Annie. Que dicha que te hayan gustado los capítulos(tanto los nuevos como los editados) :3

    Y como veo que te van gustando mucho Darius y Sigfrid, solo te pido un favor para la próximo parte: no me mates :'(

    Ciao, y mil gracias por seguir leyéndome :'D

    ResponderEliminar
  3. No te puedo prometer nada Angela querida. Pero...mientras Darius siga con vida no hay problema (aunque no te aseguro salgas ilesa ^^)

    Con amor!

    Annie

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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