¡Sigue el blog!

Capítulo 7

7
LA PUERTA AL REINO DE LOS ESPÍRITUS

Los caballos avanzaban a paso lento por la montaña, que estaba cubierta por una tenue capa de hielo. En otras partes era verano avanzado pero a esas alturas no importaba la estación: siempre hacía frío. La caravana subía la cima de Kabosy –la cuarta montaña que los separaba de Masca– por un camino pedregoso al lado de un risco, en donde apenas crecían unos bajos setos. Al borde se veían las nubes y una amplia extensión grisácea que estaba a la falda de la montaña. Era el Pantano, que desde lo alto del risco se veía casi hermoso, como un mar gris, a pesar de que tenía una apariencia triste y una naturaleza peligrosa.
El paisaje no era suficiente para entretener a los soldados, ya que algunos hasta bostezaban aburridísimos. Podrían avanzar más rápido y empezar el descenso antes de que cayera la tarde pero Sigfrid no daría la orden para ir a toda marcha. Aunque lo anhelaba.
El General cabalgaba al frente, con el ceño arrugado y estaba más enojado que de costumbre. Muy detrás de él cabalgaban Sakti y Darius, que estaban atentos a la condición de Mark. El mensajero compartía caballo con Darius y dormía con la cabeza apoyada en el pecho del profeta, pálido como un muerto. Desde hacía unos días tenía muchas náuseas, fuertes dolores de cabeza, escalofríos y fiebre. Sakti estaba acongojada. Lo peor era que solo ella y el profeta cuidaban de Mark, porque los doctores de la tropa no querían meterse en problemas con Sigfrid, quien a todas luces detestaba al mensajero.
Al General le valía un comino si el humano estaba enfermo pero no toleraba que por culpa de él Sakti ordenara avanzar a paso de tortuga. Ella temía que un viaje a toda marcha lo descompusiera más, ¿pero eso qué podía importarle a Sigfrid? ¡Nada!
—El amo nunca fue muy saludable —dijo la princesa la primera noche que Mark se enfermó, mientras lo arropaba para que se durmiera—. De hecho es sorprendente que haya aguantado hasta ahora.
Conforme pasaron los días Mark se debilitó cada vez más. Comía poco y vomitaba mucho. Necesitaba ayuda para mantenerse en pie y a veces estaba tan confundido que no recordaba en dónde estaba o quién era. Entre más avanzaban más común era que Sakti se mantuviera despierta en las noches, velándolo.
Darius sabía que aunque Sakti no era muy compasiva con los vanirianos, podía ser muy atenta con una persona enferma. En Masca, por ejemplo, solía cuidarlos a él y a los chicos profetas si pillaban un resfrío. Aun así le sorprendió muchísimo la dedicación de Sakti a Mark porque demostraba una ternura que él nunca había sospechado en ella.
Por eso la ayudó en todo lo que podía: a sostener a Mark mientras cabalgaban, a alimentarlo, incluso a velarlo cuando ella estaba demasiado agotada como para mantenerse despierta en la madrugada. A veces pasaba horas meditando en qué tenía tan enfermo al mensajero. Cuando la tropa hacía una parada y montaba un campamento, buscaba entre los setos alguna hierba medicinal para calmar la temperatura y los escalofríos. Consiguió un té que ayudó a Mark a dormir sin estremecimientos, pero de ahí en adelante sus otros intentos de curandero no tuvieron los efectos esperados. Darius tuvo que admitir que no tenía el talento de su madre para las pociones, aunque lo compensaba con simpatía y disposición.
—Quizá es la altura —dijo después de meditar mucho. Sakti, que cabalgaba a su lado, lo miró con una ceja arqueada. La pobre tenía ojeras por la falta de sueño y estaba algo pálida, aunque no tanto como Mark—. He escuchado que los humanos tienen dificultades para respirar cuando están a grandes alturas y esta montaña no es muy chica que digamos.
Darius no esperaba nada a cambio al ayudar a su amiga pero le alegró recibir una sonrisa de gratitud y un par de ojos esperanzados. La muchacha espoleó a Ka-ren y se adelantó hasta alcanzar a Sigfrid. El General se había separado mucho de la tropa porque no quería desatar su frustración en los demás, pero Sakti estaba tan asustada por Mark que no se había dado ni por enterada.
—¡Sigfrid! —lo llamó—. Darius dice que la altura debe de tener al amo enfermo. ¡Regresemos!
El General no respondió. Ni siquiera la miró por encima del hombro. Sigfrid tenía la mirada fija en el camino y contaba hasta cien para calmarse. Se repetía una y otra vez que debía respetar a los miembros de la Realeza, que no podía gritarle a Sakti ni mirarla como si fuera una arpía, pero estaba tan cabreado que si se le presentaba la oportunidad probablemente la estrangularía. Sakti no se daba cuenta de los esfuerzos descomunales de su padrino para contener el carácter que le daba el apodo «Demonio Montag» y siguió:
—¿Me estás escuchando? ¡Quiero que regresemos y tomemos un camino bajo! Estoy segura de que el amo se sentirá mejor.
—Darius no es doctor, Alteza —respondió el General mientras apretaba los puños sobre las riendas. «Calma, calma. No le grites a la princesa, no le grites».
—Pero tiene razón. El amo comenzó a sentirse mal cuando empezamos a subir la montaña.
—No regresaremos, Alteza.
—Podemos tomar otro camino. Creo que…
—El único camino que queda es el Pantano —la interrumpió Sigfrid, a un paso de perder la paciencia—. Ya estamos cerca de Masca, Alteza. Solo espere un…
—¡No puedo esperar más! —gritó ella mientras se adelantaba al corcel del General y le cortaba el paso. A pesar de la distancia, Sigfrid estaba muy consciente de que la tropa veía la discusión y que se detuvo sin saber si avanzar o retroceder para darles privacidad—. Si cogemos un camino bajo el amo se sentirá mejor y podremos ir a toda marcha, que es lo que quieres.
—Si cogemos la ruta del Pantano, que es el único camino alternativo, los caballos tendrían que enfrentarse a las pozas y ciénagas.
—¿Y eso qué importa? ¡El amo se sentiría mejor! —Esa fue la gota que derramó el vaso.
—¡Por un insignificante humano pondría en peligro a los soldados! —bramó Sigfrid—. Solo lo diré una vez: no nos devolveremos. ¡NO ES NO!
La voz de Sigfrid fue como el rugido de un tigre: tan potente que se escuchaba a millas y tan tenebroso que encogió de hombros a los soldados y a Sakti. Ella miró al General impotente, asustada y resentida. Ya se le había olvidado lo acongojante que era lidiar con alguien más grande y fuerte que ella. Pero al instante recordó que si bien Sigfrid era una mole de General, ella era la princesa. Por lo tanto no tenía que temerle. La ira y el orgullo sustituyeron al miedo, así que sostuvo las riendas de Ka-ren y regresó a la columna.
—Como quieras —dijo mientras se iba—. Tú y los soldados pueden seguir este camino si quieres, pero el amo y yo cogeremos el otro.
Sigfrid giró los ojos al escucharla. «Terca como el padre», pensó enojado al recordar al temerario e imprudente príncipe Velmiar. El General dio media vuelta y vio que Sakti se topaba a Darius para recoger a Mark. Como sabía que la chica hablaba en serio, Sigfrid se devolvió también y se interpuso entre la princesa y el profeta.
—Nadie irá por ningún otro camino —reprochó Sigfrid mientras su corcel se imponía a los otros dos y daba vueltas en círculos para impedir que Sakti tomara al mensajero y saliera disparada en la dirección contraria—. El Pantano no es una opción para que marche sola.
—No irá sola —intervino Darius—. Yo la acompaño con gusto. Alejarme de ti será todo un placer.
Sigfrid miró colérico al profeta. Si Sakti fue la gota que colmó el vaso, Darius fue como el mocoso que tira el vaso al suelo y lo hace trizas. En ese momento, el General comprendió que la culpa de todo la tenía él. Si Darius hubiese matado al mensajero en Lahore, la princesa no pensaría solo en Mark, Mark y Mark. Sería la chica obediente que salió de Masca, que escuchaba a su padrino, no le daba problemas en el viaje y hacía lo que se le pidiera.
Darius no solo dejó que el mensajero viviera, sino que también le pegó la rebeldía a la princesa. Ahora ella desafiaba al General y le daba órdenes absurdas como avanzar lento solo para que un insignificante humano no se mareara en el camino. ¡Todo era culpa de Darius! ¡Y pensar que al principio del viaje creyó que la sangre Tonare que tenía lo dosificaría un poco!
El mestizo demostró tener las habilidades de Enlil al empuñar un arma, así que Sigfrid le enseñó tácticas de guerra sin que el cachorro se diera cuenta. Por ejemplo, ahora era capaz de quitar una espada al enemigo en menos de un santiamén sin que el adversario o él mismo lo notaran. Siempre fue listo, pero ahora pensaba más rápido y acertado en situaciones peliagudas. Sin embargo, estas mejoras daban dolores de cabeza a Sigfrid porque el muchacho lo enfrentaba más seguido. Para rematar, Darius y Sakti ahondaron aún más la amistad que ya tenían. Juntos se creían imparables.
—Cállate, cachorro —siseó entre dientes, sin contener el enojo como antes—. Lo pondré claro: como General y padrino de la princesa, decido que seguiremos el camino por la montaña. No llevaré a los soldados por…
Un brillo a la distancia detuvo sus palabras. Todavía estaba furioso, pero como tenía muy mal carácter había aprendido a que la ira no se le subiera tanto a la cabeza como para distraerse. Esta era una de esas ocasiones en las que debía estar atento.
Sin mucho esfuerzo comprendió que la luz era el reflejo del sol en un objeto que estaba quizá a dos kilómetros de distancia, en un bosque que cruzaron en la mañana. A la altura del árbol más alto, para ser precisos. Sigfrid escuchó un silbido lejano y vio que el objeto brillante se acercaba ahora a ellos, parpadeando conforme avanzaba en el aire.
Era una flecha.
El General espoleó el caballo para que se levantara en dos patas. Así asustaría al corcel de Darius y lo apartaría del blanco mucho más rápido que con una indicación. El truco funcionó, pues el caballo del profeta relinchó y retrocedió justo a tiempo para evitar la flecha.
El proyectil se incrustó en el suelo, en el espacio que había entre Darius y Sigfrid. El profeta, el General y la princesa miraron la flecha, incrédulos por el tamaño. Era una saeta de hierro de al menos metro y medio de largo, con el grosor del brazo de Sakti. Si hubiese alcanzado a Darius le habría reventado el pulmón y el corazón.
Sigfrid miró de nuevo el sitio en el que vio el primer resplandor. Otra vez escuchó el silbido de la flecha, pero en esta ocasión ya no era un solo proyectil. Desde el bosque salieron disparadas varias saetas de hierro que desafiaban las leyes de la gravedad y recorrían una larga distancia para caer sobre Darius.
Aunque al principio el General temió un ataque a la princesa o a la tropa, pronto descubrió que todas las flechas llovían sobre el profeta. Darius jaló las riendas del caballo y lo hizo retroceder en círculos, apenas a tiempo para evitar los golpes. Sigfrid y Sakti también retrocedieron cada uno por su lado para evitar que los alcanzaran las flechas o las rocas que saltaban cuando los proyectiles impactaban el suelo.
Sigfrid entendía por qué de momento él y Sakti estaban a salvo, pero no cómo Darius evitaba todas esas flechas sin siquiera verlas. Entonces notó que los ojos del muchacho brillaban de una forma peculiar. Bajo esas circunstancias no podía entender qué tenían de diferente los ojos de Darius, pero sí comprendió que el muchacho debía de estar utilizando sus poderes de profeta. ¿Cómo, si no, sabía dónde caerían las flechas?
De repente escuchó el grito de pavor de Sakti. Por un horrible instante estuvo seguro de que la encontraría destrozada en el suelo, atravesada por una flecha. La princesa todavía estaba entera en lo alto de su silla de montar, aunque su caballo había retrocedido hasta el borde del risco. Si Ka-ren daba un solo paso más hacia atrás, caería. Sakti lo supo e intentó por todos los medios recuperar el control pero fue imposible. El corcel estaba fuera de sí.
En ese momento Mark despertó. El muchacho se sentía tan mal que había días en los que ni siquiera podía abrir los ojos, pero la conmoción alrededor era demasiada como para pasarla por alto. No entendía lo que ocurría, pues la náusea y el dolor de cabeza eran tan fuertes que le nublaban la visión. Buscó a Sakti porque verla siempre lo hacía sentirse mejor. Pero cuando la vio estuvo a punto de vomitar otra vez porque el caballo de la princesa estaba en dos patas al borde del precipicio y la chica se iba de espaldas al abismo.
Darius gritó el nombre de la princesa y adelantó el caballo para socorrerla, aunque Mark supo que no la alcanzaría a tiempo. El profeta no podría manejar al corcel y estirarse para sostener a Sakti. El mensajero se irguió lo mejor que pudo y extendió una mano hacia la chica. Se lanzó a ella con toda el alma, con una sensación indescifrable en el pecho, con el deseo enorme de estirarse como el hule y sostenerla en sus brazos para jamás soltarla.
Sus dedos rozaron los de ella, los acariciaron y se cerraron pero…
… atraparon aire, nada más.
Mark estuvo a punto de irse de cabeza en el abismo, pero Darius lo sostuvo a tiempo. Él y el profeta vieron la cara aterrada de Sakti mientras caía con un brazo extendido hacia ellos, como si todavía pudieran alcanzarla. Darius y Mark la perdieron de vista cuando atravesó las nubes bajas que se anillaban alrededor de la montaña.
«No», pensó Mark. «No, Dios, por favor, no. Que esto sea un sueño, una pesadilla…».
—¡DARIUS!
El grito de Sigfrid puso de nuevo todo en marcha. Mark sintió una sacudida cuando Mükael, el caballo de Darius, pegó un salto. Una flecha le rozó la cola y el corcel giró al borde del abismo. El caballo se levantó en dos patas, perdió el equilibrio y comenzó a irse de espaldas, igual que Ka-ren.
Mark sintió un tirón en el cuello de la camisa y lo próximo que supo fue que salió disparado de brazos de Darius hacia los de Sigfrid. Aterrizó a salvo en la silla del General, sin un rasguño. Tuvo tiempo de mirar por encima del hombro, ver el brazo extendido de Darius tras lanzarlo, y después ver la caída del profeta y Mükael. Pero incluso así tardó en entender lo que había sucedido.
«Me salvó. Darius sabía que él no podría sobrevivir, pero me salvó. Me lanzó para que yo no cayera también». Cuando comprendió esto le dolió muchísimo el corazón, le ardieron los ojos y la visión se le nubló otra vez. En esta ocasión no se debía a un dolor de cabeza, sino a una película húmeda que le bajó por las mejillas.
Muertos. Darius, el muchacho que lo perdonó en Lahore, lo ayudó a montar, el que lo sostenía cuando la fiebre y los temblores no lo dejaban ponerse en pie, el que lo salvó de un precipicio… Darius estaba muerto, con la cabeza deshecha al pie de la montaña.
Pero la que más le dolió fue Sakti, la chica tímida que se transformaba en una fiera terrorífica cuando alguien atentaba contra su amo. La que lo abrigó con una sonrisa en una tarde friolenta en el bosque y le frotó los brazos después de un chapuzón en el río. La que contaba sirenas desde la ventana de un tren y se sonreía por el recuerdo del «monstruo de metal» en una feria de Lahore. La que lo arropó en las últimas noches, la que lo abrazaba para ahuyentar los escalofríos y le besaba las mejillas para limpiarle las lágrimas de dolor.
Mark no podía creerlo. «Se ha ido. La he perdido… para siempre».
Escuchó un crujido, sintió un temblor y el bloque de hielo que lo sostenía –Sigfrid– reaccionó al fin. El General sostuvo las riendas del caballo muy lento, casi torpe. Él también tenía problemas para asimilar la caída de Sakti y Darius. Mark se balanceó en la silla de montar, con unas ganas terribles de caerse también y romperse la cabeza bajo los cascos del corcel, o que Sigfrid lo lanzara al precipicio para reunirse con Sakti.
Así que él no notó, como sí lo hizo el General, que ya no caía una lluvia de flechas sobre ellos. Los proyectiles que ocasionaron la catástrofe estaban clavados en el suelo y creaban un perímetro que los arrinconaba contra el borde. El suelo vibraba, se aflojaba como si apenas una delgadísima capa de tierra sostuviera al General, el caballo y a Mark.
Después de una mirada rápida, Sigfrid comprendió lo que sucedía. Unos cuantos soldados en la columna principal también lo notaron, pues apretaron la marcha para alcanzarlo y ayudarlo antes de que fuera muy tarde. Sigfrid espoleó el corcel para saltar los proyectiles de hierro y ponerse a salvo en tierra más firme, pero no pudo.
El suelo se desmoronó bajo los cascos del caballo y no le dio tiempo a saltar. El flechero anónimo siempre apuntó a Darius pero el profeta no era el único blanco. «Un sicario», comprendió el General mientras caía. Alguien quería acabar con el profeta de Masca, la princesa y el Primer General. Con esos enormes proyectiles que aflojaron el borde consiguió lanzar a Sigfrid al abismo.
Mientras caían, Sigfrid alcanzó a pensar que el sicario hizo un excelente trabajo. Y Mark agradeció la oportunidad de reunirse otra vez con la princesa.

****

La niebla flotaba alrededor, serena y monótona como si el tiempo no corriera allí. El caballo estaba tendido con las patas recogidas por el miedo y la lengua de fuera, mientras que al lado estaba Sakti, acostada bocabajo. La chica movió un dedo y después abrió los ojos.
Le costó reconocer la forma de Ka-ren. Cuando se percató de la respiración rítmica del caballo se dio cuenta de que le miraba el vientre. Después se miró la mano, movió los dedos con torpeza y aspiró profundo, incrédula. ¡Estaba viva! De no ser por la sorpresa habría saltado y gritado de la emoción. En lugar de eso se sentó lentamente y se examinó a sí misma. Además de alguna rasgadura en la ropa y uno que otro aruño en la armadura, estaba bien. Al mirar al caballo se dio cuenta de que Ka-ren también se encontraba de maravilla; solo se había desmayado por el pánico.
Estudió los alrededores. Estaba en un suelo arenoso muy desagradable y húmedo. La neblina la rodeaba como si fuera un manto de algodón, aunque gris, y de alguna parte le llegaba un fuerte hedor. A pesar de la niebla Sakti distinguió a lo lejos las paredes rocosas que la encerraban en lo que le parecía ser el fondo de un cañón.
—Oh, Dios… —susurró al entender en dónde estaba—. El Pantano…
Visualizó el mapa del continente principal: la falda sur de Kabosy llevaba al Pantano.
Tenía impresa en la mente la cara de pánico de Mark cuando no la pudo sostener y luego las nubes, que la cubrieron y la asfixiaron… ¿De verdad cayó por kilómetros hasta llegar al Pantano? ¡¿Cómo diablos sobrevivió a semejante caída?! Debía de ser un milagro.
Aunque las piernas le temblaban del susto, logró levantarse y revisar las bolsas que llevaba en la silla de montar. Tan solo traía una espada normal –el segundo milagro del día era que Ka-ren no se la clavó al aterrizar– y el paquete que guardaba con tanto celo: un pañuelo púrpura que envolvía un viejo baúl y un cuaderno forrado con una cubierta de cuero, en donde estaban los pensamientos de Mark antes de que el Tercer Dragón lo obligara a olvidar.
La frustraba no tener la espada de Set o la maza de Heimdall. Sakti se resignó y se acomodó a la cintura el arma que tenía. Aunque antes quiso ir por el Pantano para ver si Mark se recuperaba sabía que en ese sitio habitaba un sinfín de demonios. Nunca jamás olvidaría su primer paseo por allí o su encuentro con Sigurd, el come-almas.
La idea de encontrarse con un monstruo la puso en alerta. Todos los sentidos se le agudizaron en un instante. Cuando escuchó un pequeño chapoteo tomó posición para defender o huir según fuera el caso. El sonido venía desde muy lejos, detrás de un paso entre las rocas. Sakti dudó por unos segundos pero decidió ir a investigar. Si había un demonio cerca más valía que ella lo supiera y no que la tomara desprevenida.
Avanzó hacia el desfiladero con pasos sigilosos. Al cruzarlo se encontró una poza de agua que se extendía más allá de la vista. Sakti se subió a lo alto de una roca y oteó el horizonte. A pesar de que la neblina lo cubría casi todo, distinguió los islotes que se alzaban de vez en cuando en medio de la ciénaga.
Allí vio una figura que saltaba de una isla a otra. Sin pensarlo dos veces se lanzó a la persecución. La silueta no tenía más de dos brazos, ni cuernos ni ninguna otra característica monstruosa, así que debía de ser un aesiriano. Aun así tampoco se fio. Se preparó para luchar contra él si hacía falta. Saltó los islotes como si conociera esa sección del Pantano al dedillo, sin hundirse ni una sola vez en el agua maloliente. Cuando alcanzó una isla grande, aterrizó con las piernas firmes y desenvainó la espada.
—Detente —ordenó. La figura, que estuvo a punto de saltar al siguiente islote, obedeció.
—Despertaste muy rápido —dijo el otro. Había diez metros de distancia entre los dos y la neblina no permitía ver detalles. Pero cuando lo escuchó Sakti supo que era un chico.
—¿Quién eres y qué haces aquí? —exigió mientras avanzaba unos cuantos pasos.
El muchacho giró para encararla. En medio de la niebla Sakti distinguió el brillo de un par de ojos verdes y unos mechones de cabello rosa pálido. Aunque los detalles del rostro se le pasaban por alto ella lo reconoció de inmediato.
—Eres tú… El niño en el bosque que estaba en el camino a Lahore, el que se escondió en los árboles cuando los groliens me perseguían.
—No soy un niño —reprochó el aesiriano a la vez que se pasaba un morral sobre la espalda—. Ten un poco más de respeto por el que te salvó la vida, ¿de acuerdo?
Sakti frunció el ceño. No había forma de que ese chico los salvara a ella y a Ka-ren después de caer solo Dios sabía desde qué altura. «Aunque alguien tuvo que ayudarme. Solo eso explicaría por qué sobreviví». Aun así no se creía que el chico la ayudara.
—Si no me vas a agradecer, está bien —dijo el peli-rosado mientras giraba otra vez para seguir adelante—. Solo vete. Y por favor procura no meterte en más problemas. Eres patética. Siempre que te veo estás en alguna especie de apuro.
Sakti arrugó de nuevo la frente, ofendida. ¡Ella no era la típica princesa en aprietos y se podía defender por sí misma! ¿Es que acaso el chico no la veía en armadura y armada? ¡Podía partirlo en pedacitos si le daba la gana! Avanzó hacia él para demostrárselo, pero se detuvo al segundo paso porque vio lo que el muchacho llevaba en la espalda.
No era un simple morral, sino un carcaj enorme que contenía unas veinte flechas de hierro grandísimas. El chico, además, llevaba en la mano un arco gigantesco ideal para los proyectiles. La princesa no pudo reparar en más detalles porque la neblina se lo tragó.
Sakti permaneció inmóvil, con varias preguntas rondándole la cabeza. ¿Quién era ese muchacho? ¿Por qué disparó contra ellos? ¿Y por qué la salvó después, cómo lo hizo? Pasados unos segundos decidió que las preguntas no importaban en ese momento. Lo que más apremiaba era salir del Pantano, así que se devolvió.
Cuando regresó al lugar en donde aterrizó, Ka-ren ya estaba despierto. El caballo trotaba de un lado a otro en busca de una salida, pero era imposible. En dos de los costados había paredes muy inclinadas por las que no podía escalar, y el paso entre las rocas que utilizó Sakti antes era muy estrecho para el corcel. Cuando Sakti vio el camino restante se percató de que estaba a la orilla de otra ciénaga, pero no tenía islotes para que pudiera pasar el caballo.
—Diablos… Sigfrid siempre tiene razón —murmuró molesta al recordar que el General le advirtió que los corceles no podrían avanzar por el Pantano.
Se agachó para tomar unas piedras y lanzarlas al agua para ver qué tan profunda sería la ciénaga. Entonces escuchó pasos detrás de ella que se acercaban con sigilo. Sakti respiró profundo, fingió que no había escuchado nada y, cuando la figura se detuvo justo detrás de ella, se levantó de un salto, giró sobre los talones y desenfundó la espada.
—¡Idiota! —gritó ofuscada al ver un par de ojos mestizos. Logró detener la espada a tiempo, aunque cortó un poco el cuello de la camisa de Darius—. ¡Pude haberte cortado la cabeza de un tajo! ¡Sabes que no te puedes acercar por la espalda de alguien armado, tarado!
El profeta tenía los ojos abiertos de par en par y estaba pálido por el susto, pero se lanzó a ella y la abrazó tan fuerte que Sakti perdió el aire por un momento.
—¡Gracias a Dios! —dijo mientras la estrechaba. Parecía que no notó que Sakti estuvo a punto de decapitarlo—. Allena, ¡estás bien, estás bien!
El mestizo le dio un nuevo y fuerte apretón que aligeró el enfado de Sakti, a la vez que le despegaba los pies del suelo. Ahora que lo recordaba, no solo Mark la había visto caer. También Darius. Y la expresión que el profeta puso antes de que a ella se la tragaran las nubes… El rostro de Darius entonces había sido un espejo del terror y la desesperación de Sakti.
—Sí, sí, estoy bien —dijo mientras le devolvía el abrazo porque él necesitaba tanto consuelo como ella. Después recordó que Darius no debía estar allí. ¿Él también cayó? ¿Entonces eso significaba que…?—. ¡El amo! ¿Dónde está el amo Mark? ¡Dime que no cayó, dime que está a salvo!
Darius bajó a Sakti de mala gana, cruzó los brazos sobre el pecho y pisoteó el suelo, enojado.
—Yo estoy de maravilla, Allena, ¡gracias por preguntar! Solo tengo unos cuantos raspones y moretes en todo el cuerpo, casi me rompo el cuello y el cráneo, y creo que tal vez la roca sobre la que caí me fracturó una que otra costilla. Y no te preocupes por la herida en la cabeza —agregó mientras señalaba una cortada en la frente de la que emanaban gruesas gotas carmesíes. Sakti se encogió de hombros y apartó la vista al sentir un retortijón en el estómago—, seguro que ahorita deja de sangrar. No es nada grave, te lo aseguro.
—Ya. Entendí el sarcasmo —dijo ella entre dientes—. Me alegra que estés bien, de verdad.
Darius entendió que Sakti en verdad lamentaba su falta de tacto, así que la perdonó. Se pasó la mano por la frente para limpiarla, pero lo hizo con suavidad para que no le doliera.
—Mark está bien. Lo lancé a Sigfrid antes de que Mükael y yo te siguiéramos a las entrañas de la Tierra.
—Gracias —dijo Sakti con sinceridad—. Eres muy noble, ¿lo sabías?
—Y ahora me quieres halagar, ¿es así? —se burló el profeta—. Ahórratelo. Si me quieres agradecer ayúdame con mi caballo.
El profeta la condujo por un sendero que subía por la pared del cañón. Por un momento Sakti creyó que podrían salir de allí escalándolo, pero el camino terminaba en una explanada. Allí estaba Mükael, con una pata recogida que sangraba mucho. A Sakti se le encogió el estómago al ver el blanco que sobresalía de la piel del caballo, que estaba nervioso, temblaba y relinchaba adolorido.
Darius se acercó con cuidado al animal, le dio unos toquecitos agradables en el cuello y lo calmó. Cuando se aseguró de que Mükael no patearía a Sakti, le pidió a la princesa que lo ayudara a encaminarlo.
—Antes no lo hice porque temí que me botara del camino y me lanzara otra vez —le explicó mientras llevaban a Mükael hasta donde estaba el caballo de la princesa.
A Darius le dolía ver a su corcel tan lastimado. El caballo fue como una especie de perro gigante para él, por lo atento, cariñoso y leal que era. Pero aunque tuviera otras cinco patas, el profeta sabía que con la que tenía quebrada habría que sacrificarlo. ¡Si tan solo pudiera sanarlo! Pero no tenía ni una tablilla para inmovilizarlo o algo para quitarle el dolor.
—En momentos como este me gustaría que hubieras heredado la esencia de tu madre —le dijo a Sakti. La princesa Istar fue la única aesiriana con la esencia de la sanación. Pero aunque Sakti y Adad eran Virtuosos, ninguno la tenía.
—Yo también. Si tuviera ese poder habría curado al amo antes.
Sakti era muy buena para vendar heridas pero no podía hacer hechizos de curación. Cuando estaban en Masca a Darius le hacía gracia lo mucho que se frustraba Sakti por no destacar en ciertas áreas, como en las artes de la mente o en la sanación. La consolaba al decirle que no se podía ser buena en todo. Pero ahora se lamentaba como ella. Si tan solo hubiera una forma de…
«El poder del Primer Dragón reside en su voz…», recordó de repente mientras él y Sakti ayudaban a Mükael a acostarse. Darius torció el gesto. Cuando un caballo se lanza al suelo es porque ya no podrá levantarse. Como si Ka-ren también lo supiera acarició con los labios la crin de Mükael como para consolarlo.
El profeta miró a Sakti, que también se sentó para pensar en cómo salir de allí. Darius la acompañó. Pensaba en la voz del Primer Dragón. Las escrituras decían que los Dragones utilizaban sus poderes de forma particular. El Tercero transmitía magia a través de los sueños y el Segundo a través del tacto. Eso tenía mucho sentido, pues Marduk interactuaba en el mundo mediante los sueños de algunas personas. Y cada vez que Darius rozaba la piel de Adad, sentía un calor que le quemaba los dedos y una corriente eléctrica que le recorría el cuerpo.
Pero la voz de Sakti no provocaba nada similar, aunque… recordaba una ocasión. Miró de nuevo a la princesa pero ahora estaba angustiado. Quería ver si ella podía sanar a Mükael y sacarlos de allí, pero le daba miedo compartirle sus sospechas. Supo que no tenía otra forma de iniciar la conversación así que lo soltó con toda la delicadeza de la que fue capaz.
—Mark me contó algo de cuando estuvieron en el País de Hielo. —Ella alzó una ceja pero no estaba a la defensiva, así que Darius continuó—. Él me dijo que allí sucedió algo antes de que escaparan… Que tú… lo mataste.
La cara de Sakti fue mil veces peor que cuando cayó por el barranco. Perdió el color tan de golpe que Darius temió que se desmayara y empezó a temblar como si Mark le hubiese contagiado su malestar.
—No me lo contó porque estuviera resentido ni nada —explicó mientras batía las manos para calmarla—. Me lo contó porque estaba preocupado por ti. Quería saber con qué frecuencia cambiabas de humor, ¡eso era todo!
Mark solo le dijo que Sakti estuvo fuera de sí antes y después de estrangularlo. El mensajero le confió que en ese momento estaba poseído por el Tercer Dragón, quien no jugó limpio con la princesa. El muchacho también estaba seguro de que Sakti nunca le quiso hacer daño, porque a quien quería herir era a Marduk. Lo único que todavía no entendía era cómo regresó de la muerte.
—Cuando lo hiciste —continuó Darius, despacio—, gritaste. Mark cree que fueron tus gritos lo que lo trajeron de vuelta. Quizá solo lo noqueaste y despertó porque lo estabas llamando, pero aun así… quizá fue tu voz…
—Nunca quise lastimar al amo —dijo Sakti con susurro ahogado, aunque Darius no supo si estaba asustada, arrepentida o muy cabreada por la conversación.
—Lo sé, ¡y él también lo sabe! No lo digo para hacerte sentir mal. Mira, si mataste a Mark es muy probable que lo hayas revivido con la voz. Creo que tu voz puede sacarnos de este apuro ahora. Quizá solo necesites un poco de guía para…
—No me gusta para dónde va esta conversación —lo interrumpió Sakti mientras recogía las rodillas y se las abrazaba contra el pecho—. Ahora ponte serio y piensa en algo verdaderamente útil.
«La enojé», comprendió el profeta. Aunque Sakti se estaba poniendo un poco hostil la tomó de la mano con delicadeza.
—Quiero que uses tu voz no solo por el caballo, Allena, sino también por mí. No bromeaba cuando dije que quizá me quebré algunas costillas.
Se llevó la mano de Sakti al torso. Aunque se sintió mal por la cara que puso la chica al darse cuenta de que tenía la camisa empapada de sangre, supo que hizo lo correcto. Sakti siempre torcía el gesto cuando alguien que le importaba estaba herido.
Ella se levantó de un salto, buscó entre los compartimentos en la silla de Ka-ren y regresó con unas cuantas vendas. Pero cuando Darius se quitó la camisa se dio cuenta de que no podría hacer mucho por él de la forma tradicional. Cuando se sentó de nuevo junto al profeta Darius supo que se daba por vencida.
—¿Y según tú qué es lo que tengo que hacer para ayudarte?
—Sé que no te gustará pero… creo que debes recordar lo que pensaste o sentiste cuando trajiste de vuelta a Mark.
La cara preocupada de Sakti cambió de nuevo. «Ah, la enojé otra vez», pensó al ver las ganas tremendas que tenía su amiga de abofetearlo. «Eso quiere decir que la vez anterior fue muy mala». Entendió que Sakti se enojaba porque le daba miedo recordar cuando estranguló a Marduk y mató a Mark. También supo que no estaba bien que la hiciera pasar por eso. Estiró una mano para calmarla y pedirle perdón, pero sus dedos la tomaron de la barbilla sin que él supiera por qué y la hicieron mirarlo a los ojos.

Sakti reía mientras apretaba un delgado cuello. Reía al sentir el nudo de aire que se deshacía en la garganta. Al ver los ojos púrpura que se derretían como una candela a punto de extinguirse. Cuando Marduk cerró los ojos, ella lo zarandeó con furia, con esa carcajada lunática que se parecía tanto a la de un demonio. ¡El Tercer Dragón no podía morirse con la vista clavada en la oscuridad! ¡Tenía que verla y entender que ella se vengaba por todo lo que le había hecho! Pero cuando el muchacho re-abrió los ojos ya no eran púrpura, sino azules. Fue como si el cielo, el sol, la luna y las estrellas cayeran sobre ella. Como si el suelo a sus pies se desmoronara. Como si el Universo entero colapsara. Como si…

¡BASTA! —gritó Sakti.
Darius tembló con el corazón desbocado. Sintió la desesperación de Sakti al ver a Mark estrangulado bajo ella. Le llegaron los gritos histéricos de la chica, el dolor al estrellarse la cabeza contra la pared y morderse las uñas hasta arrancárselas para castigarse. Pero sintió también el poder desbordado y delicioso que salía de la boca de Sakti, aunque ella no se escuchaba a sí misma ni sentía el dolor que se infligía.
Estiró una mano para consolarla y decirle que todo estaría bien, pero la imagen del País de Hielo se convirtió de nuevo en el Pantano. Sakti estaba sentada entre la arena húmeda y se cubría los oídos para impedir que los malos recuerdos regresaran. Darius la tomó por los hombros para calmarla, pero Sakti gritó de nuevo que se detuviera. Su orden estuvo acompañada por una ráfaga de aire que se arremolinó alrededor de ella sin control.
El vendaval arrastró al profeta y lo puso en pie. Por un momento creyó que la esencia del viento lo azotaría contra la pared del cañón o que lo lanzaría a la ciénaga, pero Darius chocó contra un cuerpo cálido y esbelto. Mükael estaba de pie y asustado, escondiendo la cabeza en la espalda de Darius, pero le daba apoyo al mestizo para que no saliera volando por los aires. Cuando Darius miró las patas del caballo vio que la que se había roto estaba empapada de sangre pero el hueso ya no se le salía.
—¡Allena! —la llamó mientras se lanzaba a la princesa y le apartaba las manos de las orejas—. ¡Mira, mira! ¡Sanaste a mi caballo! —Luego se palpó las costillas—. ¡Y a mí también! ¡Mira, ya no estoy lastimado!
Sakti lo apartó con tanta fuerza que lo lanzó al suelo.
—¡No sabía que te gustaba torturar a la gente! —gritó mientras se ponía en pie. La esencia del viento todavía bailaba alrededor pero las ráfagas se hacían cada vez más dóciles. Sakti recuperaba el control—. ¡No sabía que te gustaba meterte en la mente de otras personas y atormentarlas!
La satisfacción de Darius se convirtió en un regusto amargo. Lo había alegrado tener razón sobre la voz de Sakti, pero supo que experimentó con su amiga sin ningún derecho. No supo cómo pero utilizó sus poderes de profeta para mirar el pasado de la princesa. No lo hizo al propio, pero al revivir ese momento la torturó con la angustia de ver a Mark muerto otra vez por su culpa.
—Lo siento —Darius bajó la mirada, incapaz de ver a Sakti a los ojos—. Allena, lo siento much---
Un resplandor lo interrumpió. Los dos miraron a Ka-ren, porque una de las bolsas de la silla brillaba como si tuviera una estrella adentro. La princesa ignoró al profeta. Pasó a su lado ceñuda y revisó los compartimentos de la silla.
Sakti sacó su paquete más preciado. Cuando le quitó el pañuelo que lo envolvía, vio que un destello se escapaba por los orificios del baúl. La pluma de Dragón era blanca como la espuma de mar, pero en el centro tenía una espiral de colores que brillaban tanto que Sakti no podía ver la pluma sin quedarse ciega. La princesa estiró un dedo hacia la pluma, pero una descarga la hizo saltar y le adormeció el dedo.
La pluma se sacudió en el baúl como si acabara de despertar. Ignoró a la princesa que había electrocutado y levitó entre parpadeos de luz hasta Darius. Sakti se llevó el dedo adolorido a la boca y miró la pluma con resentimiento.
—No lo entiendo. Cuando nos conocimos dijiste que esa pluma tenía muchos poderes, que podía matarte si la tocabas. ¿Entonces por qué…?
Darius levantó los hombros porque él tampoco entendía qué pasaba. Un nuevo parpadeo llamó su atención: la carta de despedida que Mark escribió para Sakti salió también del baúl. Y como la pluma, levitó hasta situarse delante del mestizo. Darius entrecerró los ojos sobre las últimas líneas de la carta, escritas en aesiriano antiguo con una tinta azul que ahora destellaba como si estuviese hecha de estrellas.
—«La llave de la puerta que lleva a otro mundo. Dale esta llave a alguien en la Capital. Lo vi en sueños» —leyó el muchacho.
Sintió un vacío en el estómago. ¿Era posible que Mark Salvot soñara con él antes de que el Tercer Dragón lo condenara a perder todos sus recuerdos? Si era así, ¿por qué él? ¿Por qué debía darle esa llave a él? Sakti también entendió esto y atacó a Darius con un bombardeo de preguntas:
—¿Tú eres al que se refería el amo? Eres profeta ¿y no pudiste prever esto antes? ¡Pasé muchas noches en vela intentando cumplir la orden de mi amo y entregar esa bendita pluma!
—¡Lo siento! —exclamó Darius. Sabía que Sakti todavía estaba molesta por la irrupción a sus recuerdos y que se desquitaba ahora con las preguntas furiosas—. Créeme que no sé qué pretende que haga con esto.
—Bueno —dijo ella mientras se le acercaba—, si es una llave que lleva a otro mundo ¿dónde crees que esté la puerta?
Darius levantó de nuevo los hombros, sin tener una respuesta. La pluma reaccionó otra vez y levitó a la pared del cañón. Después de intercambiar una mirada, la princesa y el profeta decidieron seguirla. La pluma se detuvo frente a una cueva que tenía en la entrada dos altas columnas con orbes en las puntas. Los dos estaban viejos y cubiertos de telarañas, pero en perfectas condiciones. En la parte superior de la cueva había una inscripción que rezaba «Belindora aspie morti», «Puerta al Reino de los espíritus».
Sakti y Darius fruncieron la frente al ver la caverna.
—Eso no estaba ahí antes —dijo la princesa.
—Hay mucha niebla. Quizá no vimos la cueva antes por la bruma...
Aunque no le daba buena espina, se acercó a la entrada y revolvió el suelo con los pies. Estaba oscuro, lleno de cenizas. Algo crujió bajo sus pies como si fuese cristal. Darius se agachó para desenterrar lo que fuese que había encontrado. Sintió un nudo en el estómago cuando sus dedos apartaron la ceniza y descubrieron un medallón de cobre.
—Allena…
—Por favor no me digas que encontraste indicio de un demonio —suplicó ella.
Sakti apretó los puños, asustada. Las cuevas con orbes a la entrada eran cavernas para transformados y demonios.
Darius negó suavemente con la cabeza y levantó un viejo relicario con mano temblorosa. Sakti miró el objeto sin entender nada. Todavía estaba tan enojada con Darius que pensó en arrebatarle el medallón de un manotazo y decirle que se pusiera serio. Pero cuando él levantó la mirada, la furia de Sakti se convirtió en alarma. Darius se estaba poniendo pálido. Los labios le temblaban y los ojos se le empañaban. Ella sabía que cuando Darius se ponía así era por una razón tanto seria como descorazonadora.
Sakti tomó el relicario con delicadeza y lo abrió. Creyó escuchar olas a lo lejos. Olió sal y leche y sintió una alegría sencilla en el pecho, como cuando contó sirenas al lado de Mark. En el interior del medallón no había nada salvo una inscripción: «Para que nunca olvides tu hogar».
—Era de Fenran —murmuró Darius.
Sakti respiró profundamente y bajó la mirada. Fenran. Sí. Darius le habló de él en Heimdall, cuando le dijo el nombre de los cachorritos que perdió en el Pantano por las garras del come-almas. Darius se sentó y se abrazó las rodillas con fuerza. Ella tomó su sitio junto a él para consolarlo, como siempre hacía cuando la tristeza de su familia muerta lo atacaba así.
—Se lo di cuando estábamos cautivos en la caravana del anciano —murmuró él—. Le dije que así estaría seguro de que regresaríamos todos a casa. —Se agarró el cabello con fuerza, como si quisiera arrancárselo, y gimió—. No puedo creer que haya llegado solo hasta aquí cuando Sigurd los atacó. Tan solo era un niñito, Allena, un niñito indefenso…
Sakti miró el interior de la cueva, preguntándose si dentro encontraría el esqueleto de un niño aesiriano. Abrazó a Darius para hacerle saber que ella estaría ahí por cuanto tiempo él necesitara. En ese momento una luz brotó del fondo de la cueva. El resplandor los envolvió. Sakti apretó los ojos porque sintió un vacío en el estómago, como si algo la arrastrara.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

8 comentarios :

  1. *CLAP CLAP*

    Chica, no sabes cuánto disfruté este episodio. Que bueno que te organicés en un nuevo blog, pero no olvides dejarme la dirección luego porque quiero seguir disfrutando de tus relatos.

    Vas progresando en tu estilo, me parece que estás definida en lo que quieres y cómo quieres expresarlo, bien por ello. Como sugerencia, por qué no pones un compendio de todos los capítulos hasta ahora en una descarga de Rapidshare o Mediafire para poder leerlos completos.

    ResponderEliminar
  2. Hola, Bimago, muchísimas gracias por el comentario. ¡No sabes cuánto me alienta! :'D

    En cuanto a tu sugerencia, la verdad es que lo pensé pero decidí no hacerlo. En un momento quería agregar todos los capítulos en un pdf y ponerlo para descargar, pero prefiero que los capítulos estén en el blog.

    Ya así me cuesta que me dejen comentarios, y creo que ponerlos en un pdf u otro archivo disminuye las probabilidades de saber qué piensa la gente sobre lo que escribo. Dudo mucho que alguien me envíe comentarios por correo después de descargar el archivo y leerlo.

    Mejor los dejo aquí, y donde es más fácil recibir sugerencias y hacer los cambios correspondientes por tratarse de un blog, y no de un pdf al que después no se le pueden hacer cambios hasta hacer uno nuevo.

    Mil gracias por pasarte por aquí, ¡a mejorar aún más para que te siga gustando! :p

    ResponderEliminar
  3. Nuevamente te luciste con las escenas de acción de la primera parte, Ángela. Me encantó este capítulo!

    ResponderEliminar
  4. Wew :3!!!! Qué dicha que haya sido de tu agrado. ¡Me alegra mucho! ¿Será posible que este capítulo ni figure en la lista de "capítulos por editar"? :'D

    ResponderEliminar
  5. Hola!!!

    A ti te encanta hacer sufrir a mi pobre Darius ¿verdad? Por Allena no hay problemas, la loca se me hace tiene mas vidas que un gato... pero DARIUS!!!

    Deja de maltratarlo he, pero no se porque... un pequeño presentimiento me dice que seguira sufriendo tal vez un poco mas emocional que fisicamente.

    Pero en general el capitulo me gusto.



    See you soon!


    pdt: Que tan caro cobrara un asesino a sueldo? xD

    ResponderEliminar
  6. Oh, Annie. La verdad es que siempre me ha gustado Darius porque desde que lo concebí en mi imaginación supe que sería de esos personajes a los que les toca sufrir, pero que encuentran la manera de superarse y seguir adelante. La verdad creo que sería un gran protagonista (algún día lo haré protagonista, ¡se lo debo :3!!!).

    Y... eh...¿un sicario? ¿Quieres ver el final de esta novela? ¿Quieres saber de verdad qué pasa al final con Darius? Si es así, ¡deja de pensar en cómo acabar con mi vida! La presión y los nervios de muerte no son nada buenos para la imaginación, eh! Je, je XD

    Muchas gracias por comentar. Ahora me da miedo que el próximo capítulo no sea del agrado de nadie O.o

    ResponderEliminar
  7. Estoy encantada con esta historia :3
    La forma como describe a los personajes, sus pensamientos, sentimientos y lo que ocurre a su alrededor, hacen que sienta que estoy dentro de la historia viéndolo todo y leyéndoles la mente X)

    Sólo quería comentar que encontré un par de errores que quizá quiera corregir:
    1. Al principio del capítulo, en la oración que dice “Darius tuvo que admitir que no tenía el talento de su madre para las posiciones, aunque lo reponía con simpatía y disposición.” Supongo que debería ser “pociones” en vez de “posiciones”;
    2. Cerca del final, en la oración que dice “El muchacho también estaba seguro de que Sakti nunca le quiso hacer daño, porque al quería herir era Marduk.” Supongo que debería ser algo así como “…porque al que quería herir era a Marduk.”

    Espero que le sirvan estos comentarios y si encuentro algún otro errorcillo por allí, con mucho gusto se lo indico para que su libro quede con la menor cantidad de errores posibles :D

    - Kirala

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Nuevo lector! O lectora, ¡pero genial! Muchas gracias por las recomendaciones. Apenas tenga chance, hago las correcciones. Muchas gracias por leer, espero que la novela siga siendo de tu agrado en los próximos capítulos.

      Cualquier comentario o sugerencia, será siempre muy bienvenido. Muchas gracias por leer, de verdad ♥

      Eliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!