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Capítulo 8

8
HIJO DE LA LUNA


La música y el alborozo reinaban en esa noche de luna llena sin nubes. La fiesta era al aire libre. Había varias mesas para los invitados y otras muchas para que los bailarines tuvieran un bocadillo ocasional. Las fogatas y lámparas arrebataban destellos dorados a los cabellos de los aesirianos, que se movían al ritmo de los tambores y las flautas.
Había que celebrar.
El General miraba satisfecho a sus primos y primas que festejaban por él. Miró a la mujer al lado, vestida de blanco y adornada con campanillas que tintineaban cada vez que se movía. Ella esperaba, paciente y alegre, a la vez que una tímida sonrisa le recorría el rostro.
Ya no podía esperar para desatarle las campanillas y que los encajes le resbalaran por la piel para tocarla. Corrió la silla y se irguió. El baile se detuvo. Los invitados tomaron las copas y las levantaron. Él hizo lo mismo. Cuando se aseguró de que todos lo miraban dijo:
—Hermanos y hermanas, demos de nuevo la bienvenida al General Tonare y a los enviados del Emperador Gonzalo. —Inclinó la cabeza a tres hombres que compartían la mesa principal con él. Ellos imitaron el gesto y lo dejaron continuar. Cornelius levantó la copa hacia la luna llena y la miró a través del cristal—. Esta noche nuestro clan cumple de nuevo con su deber al celebrar mi matrimonio con Amelia. Ella superó la maldición Montag y por eso la he tomado por esposa. Como cabeza de nuestra familia, solo puedo darles las gracias a todos por estar aquí esta noche. Räg lune benyndorä kag. Que la luna madre ilumine nuestros caminos.
Räg lune benyndorä kag —acordaron los presentes.
—Y que algún día nos libre de su maldición.
Räg lune kensidöra mosto kürt.
Los que estuvieron sentados se incorporaron con solemnidad en la última frase. Alzaron las copas, las chocaron entre ellos y después bebieron de un sorbo el vino. Justo cuando acabaron se escuchó un alarido a la distancia. Los aesirianos miraron indiferentes en dirección a la salida de la villa. A pesar de estar tan lejos escucharon los gritos de las hidras atrapadas en la cueva.
—No hay de qué preocuparse. Aumentamos las medidas de seguridad en consideración a nuestros visitantes. —Un sacerdote anciano inclinó la cabeza al General Tonare y a los enviados del Emperador. El primero estaba tranquilo, pero los otros dos estaban encogidos del miedo porque no eran hombres de guerra—. Pero si el señor lo desea —agregó el sacerdote mientras miraba al anfitrión— iré a revisar los sellos.
—Confío en las medidas —dijo Cornelius, serio—, pero no revisar sería estúpido. Llévate a cinco hombres, solo por si acaso.
Después de una reverencia, el anciano se marchó con cinco voluntarios que lo acompañaron sin rastro de temor o fastidio. Los demás Montag los siguieron con la vista, tan serios y fríos como tumbas. Cualquiera creería que estaban despidiendo a criminales, cuando en realidad esa era la única expresión que los Montag eran capaces de hacer bajo cualquier circunstancia que incluyera a las hidras. Cornelius rio y dijo a su familia:
—Esto es una fiesta y los Montag saben divertirse. ¡Räg lune benyndorä kag!
¡Räg lune kensidöra mosto kürt! —La música y el baile se reanudaron con un azote al silencio que siguió al grito de la hidra.
—Ninguna maldición es sencilla, pero la de ustedes es ligeramente hermosa —susurró el General Tonare mientras extendía la copa para que una mujer le sirviera más vino. La aesiriana le sonrió con picardía y él devolvió el gesto—. Ser el clan de magos con mayor cantidad de mujeres, ¡y vaya mujeres!, parece una broma. Con una maldición así a mí también me gustaría ser líder de este clan, Cornelius.
—Eso es porque jamás has visto a nuestras mujeres transformadas, Zork —respondió Cornelius mientras miraba los profundos ojos verdes de los Tonare—. No son tan hermosas cuando solo piensan en destruirte. —Zork miró a las aesirianas que bailaban como si se las comiera con los ojos y se llevó la copa a los labios.
—Oh, puedo imaginarme que sí.
Cornelius miró la celebración de su familia. A diferencia de los Tonare, los Montag eran numerosos. Largas cadenas de primos hermanos, segundos, terceros y cuartos vivían en esa villa y la única razón por la que salían era para servir en el ejército aesiriano. Miles de Montag lucharon como Tenientes, Almirantes, Capitanes, Coroneles y solo sus antepasados directos actuaron como Generales, como él.
Si tenía que ser sincero, estaba orgulloso de la organización de su clan y de todas sus características. No había que preocuparse por hijos ilegítimos porque todos los hombres tenían cuidado de no esparcir por el mundo la maldición de la hidra. En cuanto a las mujeres… Ninguna, jamás, salía de ese refugio en el Oeste.
Cornelius amaba la gracia de los Montag. Los hombres eran altos, rubios y de ojos azules. Musculosos, seguros, diestros y astutos. Las mujeres eran sobrenaturalmente hermosas, algunas rubias y otras de pelo negro, como su amada Amelia, que tenía un cabello larguísimo que parecía seda de la noche.
Pasó la mano por debajo de la mesa y tomó los dedos de la mujer entre los suyos, feliz de tenerla al fin. Había esperado y rezado por ese momento toda su vida, desde niño, cuando vio a Amelia por primera vez. Para que pudieran unirse en matrimonio ella tenía que llegar a la adultez sin sufrir ninguna transformación. Eso no era común entre las Montag pero Amelia lo consiguió.
—Hablando de maldiciones, ¿cómo está su hijo, General Tonare? —preguntó Amelia. A Zork le dolió apartar la mirada de las curvas de la mujer que servía el vino, pero sonrió a la esposa de su compañero. Después de todo, Amelia era de las más bonita de la fiesta.
—Supongo que bien. Por lo que he escuchado todavía está vivo.
—¿En el mismo calabozo donde lo encerraste hace qué… diecisiete años? —se aventuró Cornelius
—Veinte —lo corrigió Zork a la vez que miraba otra vez a la Montag del vino—. Si la memoria no me falla ya tendrá veintiséis años. ¿Ven? ¡Esa sí es una maldición! Tener que preocuparme porque un cachorro me mate en cualquier momento…
—¿Y su esposa?
—¿Cuál? ¿La madre? Feliz de hacerle compañía a mi hijo, diría yo —se rio Zork antes de morderse el labio. El General Tonare se puso muy serio, miró a su compañero con ojos suplicantes y se animó al fin—: ¿Te molesta si…?
—¿Estás seguro? —rio Cornelius—. Imagínate unir dos maldiciones en una. Por un descuido de esta noche dejarías de preocuparte por el hijo que tienes en un calabozo y comenzarías a sudar frío por el que será mi pariente. —Zork arrugó la frente, fingiendo que sopesaba las consecuencias.
—Ummm, creo que me quiero arriesgar.
—Es una fiesta —suspiró Cornelius—. Ve y diviértete.
El General Tonare agradeció con un gesto pícaro en los ojos mientras se levantaba de la mesa principal para ir hacia la mujer que le servía vino de manera tan tentadora. Cornelius lo siguió con la mirada, al igual que los otros Montag, aunque él no lo hizo con recelo. Al ver que todos estaban concentrados en Zork, Cornelius apretó la mano de Amelia y le hizo una seña con los ojos. Era hora de que ellos dos se divirtieran también.


Cornelius dio vuelta en la cama. Tenía la manía de despertar en la madrugada solo para asegurarse de que ningún enemigo rondara cerca. Los hábitos militares eran difíciles de olvidar incluso al traspasar las puertas de su propia casa. Estaba cansado, pero todavía escuchaba la fiesta en los jardines principales de la villa Montag.
Quizá sus primos estaban celebrando más que él, aunque… no. Ellos no conocían el placer de quitar las campanillas del vestido de Amelia, acariciar la piel desnuda con los encajes blancos y luego sentir la calidez de los pechos y los muslos en la punta de los dedos.
En medio de la oscuridad tentó el otro lado de la cama para abrazar a Amelia. Ni siquiera sintió la tibieza en las sábanas. Ella no estaba. Cornelius se sentó de un brinco, ansioso como si presintiera una desgracia. Amelia estaba de pie, junto a la ventana de cuerpo entero, tan pegada al vidrio que estaba a punto de traspasarlo. Estaba desnuda y la luna le iluminaba la piel como si fuera una criatura fosforescente.
Cuando la llamó ella no respondió. Estaba absorta, con los ojos clavados en la diosa de la noche. A través del reflejo de la ventana, Cornelius se dio cuenta de que Amelia susurraba porque movía los labios muy rápido, aunque no podía entenderla. Eso le dio escalofríos. La luna ejercía una gran influencia en los Montag, en especial las mujeres.
Se levantó para apartarla del chorro de luz plateada, pero Amelia giró y lo miró. Algo faltó en sus ojos. Aunque eran azules como de costumbre, Cornelius comprendió pronto que faltaban la calidez e inocencia que transmitieron siempre, incluso durante la primera vez que la tomó en la cama. Era como si el centro de Amelia, como si todo lo cálido y dulce en ella, hubiese desaparecido.
Amelia se despegó de la ventana. Avanzó hacia él y lo tomó de las muñecas con fuerza. Lo tiró a la cama y se lanzó a él rápida y voraz, pero en silencio, sin darle tiempo a Cornelius de pensar en lo que sucedía. Amelia le besó el ombligo y los pezones, después el cuello y por último los labios.
Räg lune kensidöra —susurró ella tras una breve pausa.
Lo besó de nuevo y lo rodeó con los brazos, con una orden silenciosa para que él también lo hiciera. Cornelius sopesó las últimas palabras de su esposa, como seguiría haciéndolo el resto de sus días, y miró la luna llena a través de la amplia ventana.
«Que algún día nos libre», pensó y se dejó atrapar por la suavidad del cuerpo de Amelia.

****

Era primavera. El sol ardía en lo alto y la brisa soplaba fuerte, sacándole canciones a las ramas. En la plaza las niñas jugaban bajo la mirada cuidadosa de sus madres, sacerdotes y guardias. Esa época era la más agresiva de la que tenían recuerdos. Algunos niños se unían al juego, aunque estaban advertidos de los peligros que corrían si se acercaban demasiado.
Algo andaba mal con las niñas. Todas estaban cambiando demasiado rápido, cuando todavía no tenían por qué hacerlo. La cueva estaba repleta ya y los orbes no soportarían a más hidras. Las más agresivas deberían ser sacrificadas.
—Señor Neo… —llamó una pequeña mientras se acercaba con timidez a un chico que estaba sentado en una banca, a la sombra de un arce.
Neo estaba en la edad donde era muy mayor para interesarse por los juegos de niños, pero muy joven como para que los chicos mayores lo invitaran a las conversaciones o juergas de muchachos. Todavía tenía la apariencia de un chicuelo pero era tan serio como un anciano. Leía un libro de guerra y no prestaba atención al juego de sus primas.
—¿Quiere acompañarnos? —le preguntó la niña. Él levantó la vista solo por un instante para responder con la mirada: «No». Después pasó de página.
—No lo molestes —pidió un guarda mientras tomaba a la niña de la mano y la escoltaba de vuelta con el resto.
Neo no pudo concentrarse más en la lectura, porque sabía que su prima lo miraba por encima del hombro. Quizá se preguntaba por qué la rechazaba constantemente. La respuesta era muy clara para él: no le gustaban las mujeres de su clan. En la infancia todas eran adorables y tiernas, con apariencia de ángeles. En la juventud, muchachas preciosas y tentadoras. Y en la madurez, hermosas y jugosas como frutas. Pero toda esa belleza ocultaba una criatura demoníaca que surgía de ellas sin advertencia, convirtiéndolas en monstruos hambrientos de carne y sangre.
—¡AAAAAAAAA! —Apenas levantó un poco la vista cuando escuchó el grito, porque ya sabía lo que vería. En los últimos días lo había visto una y otra vez, sin descanso.
Alguna siempre gritaba antes de doblarse en el suelo a causa del dolor, justo cuando la transformación comenzaba. Las piernas se unían antes de que pudieran notarlo y se alargaban en una cola de negras escamas. Las uñas se convertían en garras y los dientes de leche en feroces colmillos. Los ojos perdían el brillo azul de los Montag y se convertían en cavernas oscuras, a la vez que las escamas brotaban de la piel y recorrían el cuerpo de la niña.
Cuando la primera de ellas se transformaba, las otras la seguían. Neo creía que algo –una hormona, quizá– se liberaba en el aire cada vez que alguna comenzaba a convertirse. Quizá eso influía en que las demás también mutaran en hidras.
Escuchó a otras niñas que gritaban, pero no de dolor. Las que no se transformaron se escondieron en las faldas de sus madres y se cubrieron el rostro para no ver lo que sucedería. Neo sabía que todas querían marcharse y vivir, pero los guardias jamás lo permitirían. Los hombres se acercaron a las niñas que aullaban adoloridas. Sin titubear, les clavaron las lanzas en el corazón. Era mejor matarlas antes de que se convirtieran en hidras completas.
Esta vez fueron cuatro niñas, incluida la que lo invitó a jugar. Cuando los gemidos se detuvieron, los guardias pidieron a las demás que siguieran jugando como si nada hubiese sucedido. Neo miró las expresiones de las que quedaban. No eran tontas. Sabían que para el final de la semana todas estarían muertas.
Los juegos eran solo una excusa para entretenerlas en sus últimos días porque la maldición Montag era más agresiva de lo usual. Todas las mujeres se estaban transformando sin importar la edad, aunque lo normal era que sufrieran la sombra de la hidra entre los treinta y los cien años. Pero las niñas, las jóvenes, las mujeres, incluso las ancianas se estaban transmutando sin razón.
Por eso a todas las vigilaban mientras leían, jugaban, pintaban… Esa era la decisión que tomó el General Cornelius Montag en su última carta: todas pasarían sus últimos días en actividades que las harían olvidar que estaban a punto de morir, aunque fuera solo por un instante. La única manera de sobrevivir era si no se transformaban pero nadie podía controlar eso.
Neo suspiró y guardó el libro. De camino a casa encontró varias escenas similares, con primas que se transformaban sin motivo y primos que acababan con ellas antes de que alcanzaran la última etapa de la mutación. Incluso cuando entró a su hogar le llegaron los gritos de las hidras.
Para no pensar más en ellas se concentró en la cena de esa noche, con sus padres. El General Montag regresaba a casa. La urgencia en la villa requería la presencia del señor del clan, sin importar qué otras necesidades tuviera el Imperio Aesiriano.
Se detuvo a la entrada de la habitación principal de la casa. Era un salón grande, con amplios ventanales que daban paso a la luz. Al fondo estaba el cuadro familiar que su padre encargó hacía dos años. Él tuvo diez años cuando lo pintaron, pero incluso entonces despreció el resultado. El artista era muy talentoso, desde luego, pero la imagen del retrato nunca se haría realidad.
Vio el sillón que miraba al jardín interno. Allí estaba sentada su madre, viendo nada en particular. Amelia tenía los rasgos de un ángel pero los ojos siempre divagaban perdidos, sin siquiera buscar algo. Ella estaba así desde… bueno, desde antes de que él naciera. Neo no recordaba ninguna respuesta de parte de ella, como una mirada significativa o un gesto. Amelia era un recipiente vacío. Una marioneta que caminaba cuando la conducían, comía cuando le abrían la boca, dormía cuando le cerraban los ojos…
Pero incluso así, tan indefensa e inútil como era, ella también tenía una escolta.
—Pueden retirarse —dijo Neo mientras entraba al salón, sin siquiera mirar a los guardias en un rincón—. Yo me haré cargo.
Los hombres se golpearon el pecho y salieron de la sala sin una palabra. Cuando se marcharon, Neo se sentó en otro sofá, incapaz de estar justo al lado de la marioneta. Aun así todos creían que actuaba bastante semejante a ella: no sonreía, no hablaba más de lo necesario y tenía una expresión muy fría, incluso más que el resto de los Montag. La única diferencia en el comportamiento era que Neo sí podía hacer las cosas por su cuenta, aunque cada vez que entraba a ese salón se sentaba inmóvil como Amelia y la vigilaba en silencio.
—Señor —lo llamó un guarda un par de horas después, cuando el sol estaba cayendo—, su padre ha llegado.


Después de la cena, Neo entró a la habitación y se lanzó a la cama aunque sabía que no podría dormir por mucho tiempo. Las últimas noches estuvo en vela por los interminables aullidos de las hidras, atrapadas en la cueva de sacrificio, y de las mujeres que se transformaban durante la noche. La maldición de los Montag no tenía descanso.
Neo se preguntaba constantemente qué recóndita esperanza en su familia les impedía matar a todas las mujeres de una buena vez y por todas. ¿Era compasión? ¿O quizá amor? Él no podía entenderlo.
Su padre lo había dicho muchas veces: Neo Thot Montag sería incapaz de sentir amor, alegría, pasión, dolor y tristeza porque su madre no sintió ningún tipo de emoción al engendrarlo y cargarlo en el vientre. Alguien como él estaba destinado a ser un magnífico guerrero, así que no necesitaba distracciones que perjudicaran su raciocinio en el combate. Cornelius insistía en que Neo tenía un potencial grandísimo. Aunque nadie lo ponía en duda, los demás Montag se preguntaban por qué alguien como el chico era necesario en esa época.
El Imperio Aesiriano estaba en buenas manos. Si bien no gozaba del esplendor que le dio poder hacía milenios, la guerra contra los vanirianos estaba bastante controlada y el pueblo de magos vivía en paz, atormentado solo por la peste. Ni siquiera había hambrunas. Interrumpir esa época con el nacimiento de alguien como él era un insulto para la misma Tierra.
Neo puso el antebrazo encima de los ojos para bloquear la luz de la luna llena. Su cuarto, en la torre más alta del castillo de la villa, tenía grandes ventanales en el techo. Siempre que se acostaba veía el firmamento. Ese tipo de habitaciones era muy popular entre los Montag aunque a Neo le molestaba, en especial durante las clarísimas noches de luna llena que le dificultaban dormir.
El astro de la noche era una deidad para los Montag. Como los únicos magos de luna en el mundo, le rendían tributo, le rezaban y le lloraban. La llamaban «madre». Neo creía que era una estupidez. La luna quizá los había bendecido con sus poderes pero a un precio muy grande. No era casualidad que las hidras fueran más peligrosas durante las noches que la luna estaba en todo su esplendor.
Pero no era solo eso. La luna hechizaba a los Montag de una forma peculiar. La mayoría de las veces eran indiferentes y fríos, como cuando mataban a las niñas hidras sin compasión. Pero en otras ocasiones eran muy violentos, casi viles. Por eso en el ejército los soldados evitaban meterse en problemas con los tipos rubios de ojos azules que tenían estampada la marca de los Montag en todo el cuerpo.
La luna dominaba a los Montag. Los hacía cambiar de personalidad al ritmo de los ciclos lunares y los utilizaba como marionetas con las que intervenía en el mundo, desde el cielo. Por eso Neo no soportaba la luz plateada que lo iluminaba con serenidad y belleza, tan magnífica, arrulladora, sabia y poderosa.
—Neo… —susurró alguien a su oído.
Se sentó de un salto y estiró el brazo para golpear al intruso, pero no había nadie. Solo aire y mareo. Se cayó de lado sobre la cama, desubicado. El cuerpo se estremeció entre espasmos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Otra vez susurraron su nombre y el mareo se intensificó. Tenía calambres en los dedos de pies y manos. La cabeza le latía furiosa y le parecía que todo temblaba alrededor. Quizá era solo una pesadilla. Quizá había abierto los ojos pero el cuerpo todavía seguía durmiendo. Intentó tranquilizarse pero el aire no le entró a los pulmones. Se estaba ahogando. Si no obtenía ayuda pronto lo encontrarían muerto en la mañana.
A pesar del dolor, se sentó y se lanzó de la cama pero perdió el equilibrio y cayó al suelo. Alrededor todo daba vueltas en un torbellino borroso que lo consumía. Intentó gritar pero la voz no le salió. Su única posibilidad era salir de la habitación y esperar que un sirviente lo encontrara.
—Neo… —lo llamó de nuevo la voz.
Se arrastró hacia donde debía de estar la salida, aunque no veía más que sombras y manchas fosforescentes que parecían dedos largos y blanquecinos. Lo curioso era que las manchas se movían hacia donde él iba y respondían a los impulsos dolorosos que él experimentaba en las manos. Se acercó los dedos fosforescentes al rostro y los movió a voluntad. Eran suyos. Se revisó las palmas y los brazos, tan blanquecinos que parecían de muertos, aunque Neo no podía distinguir nada más que el contorno. ¿Estaba soñando? ¿Era una alucinación? ¿Por qué dolía tanto, por qué se sentía tan real…?
Desde lejos le llegó el grito de una hidra. Fue ese gemido fantasmagórico lo que le explicó qué sucedía. Él también se estaba transformando.
—Neo Thot… —de nuevo la voz, pero esta vez fue más clara y fuerte.
Neo se apoyó en un codo y torció la cabeza para buscar quién lo llamaba. Al pie de la cama había una figura recortada a la luz de la luna llena. La criatura vestía una larga bata de seda negra que le apretaba mucho el cuerpo. Las curvas femeninas resaltaban a la vista. La túnica se abría a la altura de la entrepierna. Cada vez que la mujer daba un paso dejaba por fuera una pierna larga y sensual. Ella era alta y delgada, con la piel y cabellos blancos. Los ojos eran grandes, redondos y negros como los de las hidras, pero estaban en una cara larga, fina y pálida mucho más bella que el de las transformadas.
Neo quedó atrapado en las facciones del rostro y se hundió en las cavernas de los ojos. La mujer dio un tímido paso hacia él y extendió las manos para alcanzarlo, pero los dedos eran larguísimos como ramas y terminaban en una curiosa punta en la que no había uña. No era una aesiriana. Ni siquiera era de ese mundo.
«Un espíritu», comprendió a pesar del dolor de cabeza.
—¿Quién eres…? —preguntó con un hilo de voz que le dolió mucho, como si el esfuerzo le quemara la garganta—. ¿Qué quieres? —La mujer sonrió y dio otro tímido paso hacia él.
—Los de tu raza me miran y me rinden tributo todas las noches. Me llaman «Luna».
Una convulsión más dolorosa que las anteriores recorrió el cuerpo de Neo. La piel le ardió y sintió unas burbujitas en ella, como si estuviesen a punto de explotar en ebullición. El corazón le latió apresurado. La sangre se le agolpó en las venas y en cualquier momento le saldría a propulsión desde los ojos y orejas. Incluso así se arrastró por el suelo, lejos del espíritu, porque sabía que era lo correcto. No debía tocarla. Ni siquiera debía mirarla. No podía dejar que lo reclamara, que…
—¿Por qué me rehúyes, hijo? —preguntó la dama—. De entre todos tú eres mi predilecto, la pieza con la que colaboro en este juego. Tú serás mi caballero, mi paladín, mi campeón. Mi marca personal en el plan que se puso en marcha hace incontables milenios, cuando los de tu raza traicionaron a nuestro Dios y fueron malditos por su mano. Tú serás mi portavoz en las miles de batallas que liderarás. Y algún día, dentro de tres mil años, serás el elegido para proteger a las criaturas que salvarán a tu pueblo. Para alcanzar toda esa gloria que he vertido sobre ti desde que te concebí en el vientre de mi hija aesiriana, tan solo tienes que dejar que te encuentre y te bañe en mi luz.
La mujer alcanzó a Neo y se agachó a su lado. No le tocó de inmediato el rostro porque quería disfrutar del momento previo un poco más. Solo tenía que tocarlo y…
—... todo acabará. Serás el único de los Montag. Serás el último de los magos con poder infinito hasta que nazcan los Dragones.
Cuando los largos dedos al fin lo rozaron, los párpados de Neo cayeron por el agotamiento. Antes de que una cortina oscura lo cubriera vio la sonrisa dentellada de la dama. Luego escuchó un «crack», pero no alcanzó a ver que la puerta de la habitación se abrió a punta de golpes y patadas. Le pareció escuchar pasos pero no estuvo muy seguro. Alguien le lanzó una sábana encima pero él no se dio cuenta.
—Abajo —indicó una voz profunda a la vez que lo tomaban en brazos y lo sacaban del cuarto, rumbo a las escaleras.
El hombre descendió los escalones hasta llegar al sótano del castillo, donde el mármol era sustituido por roca común. Abrió una puerta de madera y entró a una habitación fría y húmeda, donde ardía un par de antorchas. A Neo le llegaron unos susurros sorprendidos pero no pudo abrir los ojos, ni respirar, moverse o entender qué sucedía alrededor.
—…cuernos... —dijo alguien. La voz profunda de antes cortó los comentarios y ordenó que cerraran las cortinas y trajeran agua.
Cornelius se agachó y acomodó a Neo en el suelo con cuidado de no golpearle la cabeza, a la vez que sus primos –dos guardias y un sacerdote– cerraban las cortinas para impedir el paso de la luz lunar.
—Cornelius, hay que llevarlo a la cueva —dijo el sacerdote mientras se agachaba y ponía una jarra sobre los labios de Neo. Fue como si se tratara de agua mágica, porque apenas bebió pudo abrir los ojos—. Jamás hemos visto este tipo de transformación en los hombres. Quizá sea el nuevo paso de nuestra maldición. No podemos permitir que se propague.
—¿Estás diciendo que debemos matarlo? —susurró Cornelius, enojado—. ¿Que mate a mi heredero?
—No, al menos no todavía —se defendió el anciano, preocupado por el tono de Cornelius. El General tenía un temperamento difícil y todos sabían que no era buena idea enojarlo—. Mataremos a algunas hidras para que él pueda entrar a la cueva hasta que la transformación cese, pero conoces las reglas: si incluso después de esto es peligroso para los demás debemos sacrificarlo. Lamento que sea tu hijo.
Cornelius miró sin parpadear al sacerdote y evaluó qué tan decidido estaba en seguir las reglas, incluso con Neo. Aunque él era el líder de la Casa Montag, contradecir al sacerdote jefe de la villa podría traerle muchos problemas.
De inmediato desechó la idea porque pronto no importarían las reglas que mantuvieron a los Montag con vida a lo largo de incontables generaciones. Miró a su hijo y se percató de que ya estaba despierto. Neo lo miraba sin rastro de temor en los ojos, aunque debía de estar agotado y confundido.
—De acuerdo —accedió Cornelius mientras lo abrigaba con la túnica que le echó encima antes para cubrirlo de la luz de la luna—. Se hará como digas. Pero antes por favor cierra esa última cortina. Creo que será peor si la luna lo baña.
El sacerdote asintió y se dirigió a la última ventana, la más lejana de la habitación. Cornelius se levantó y miró a Neo de manera significativa. «No te muevas», decían los ojos. Luego, sigiloso, se acercó a la puerta del sótano y la trancó con el viejo cerrojo. Los guardas, que terminaban de tapar las ventanas al nivel del suelo, lo miraron con una ceja arqueada. Él no les devolvió ninguna expresión. Se acercó a ellos veloz como un rayo y no les dio tiempo de defenderse. Los guardas colapsaron con las gargantas cortadas.
El sacerdote giró para saber qué sucedía cuando escuchó los cuerpos que cayeron. Cornelius ya estaba con él. El General lo miró sin arrepentimiento. Sacó la espada que le clavó en el pecho y se quedó allí, inmóvil, mientras el sacerdote se miraba la flor carmesí que le manchaba la camisa.
Las piernas perdieron fuerza y lo hicieron caer. El anciano intentó sostenerse del General. Le rozó la armadura, el brazo y la túnica, pero Cornelius no lo sostuvo ni lo rehúso. Lo miró hasta al final, mientras el sacerdote se ahogaba en su propia sangre. Cuando al fin el aesiriano dejó de gemir, Cornelius reparó en el movimiento detrás de él.
Neo estaba arrodillado y con los brazos flexionados sobre el piso para sostenerse. «¿Por qué lo hiciste?», decían los ojos del chico. Neo estaba tan pálido que se parecía a Amelia en la noche de bodas. Brillaba como si tuviera encima polvo de luna y estrellas. El rostro estaba largo y demacrado por el dolor, cubierto por una capa de sudor frío.
Cornelius se aseguró de que las cortinas estuvieran bien cerradas. Cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó a la pared, desde donde miró a su hijo con amor.
—Anda, cómetelos —dijo mientras señalaba con la barbilla los cuerpos de los aesirianos. Neo los miró con ojos entrecerrados y después observó a su padre, pidiéndole respuestas—. Estás en una transformación muy violenta, Neo. Seguro tienes hambre. Necesitas carne y sangre.
Cornelius sonrió mientras veía la apariencia de su hijo. Además de las manos largas y la palidez, de la piel brotaban pequeñas púas. Antes, cuando estaba en la torre, las púas se habían desplegado tanto que estuvieron a punto de formar plumas. Lejos de la luz de la luna llena eran simples agujas en espera del incentivo adecuado para abrirse. La espalda se había ensanchado tanto que las costuras de la camisa estaban rotas. En la cabeza había un par de cuernos que, sin la luz lunar, retrocedían y se ocultaban de nuevo.
Pältya alesÿs, pältya fenïzsus, lune cargd. Ave de plata, fénix de plata, caballero de la luna… —susurró el General—. ¿Sabes lo que son? Los nombres utilizados en las escrituras para referirse al guía de los Dragones, al caballero semi-inmortal que ganará sabiduría y batallas hasta llevarlos a la salvación de nuestro pueblo. Neo Thot. El destinado a tomar el lugar de la luna cuando caiga por el poder transformador de los Dragones.
Cornelius hizo una pausa pero no apartó los ojos de Neo porque estaba orgulloso de él.
—Nosotros, descendientes de la luna, somos sus servidores. Nosotros, descendientes de un traidor, solo podemos doblegarnos, extinguirnos por nuestra maldición y ser purificados por ella para entrar al Cielo. Por eso generaciones de Montag han expiado sus pecados a manos de las hidras con tal de alcanzar el clímax de la maldición de nuestra familia: tú.
»La luna nos escogió para participar en el día del juicio final y tomó a Amelia para crear al máximo guerrero. Contigo en el mundo los demás Montag somos innecesarios. Por eso pronto serás el último de nosotros. Pero antes de que eso ocurra te daré un consejo, hijo: nunca, jamás dejes que ella te toque porque cuando lo haga todo el poder que yace dentro de ti se desatará y destruirá todo lo que te rodee.
»Nunca dejes que ella te encuentre, te mire, te toque, te bañe… En las noches de luna llena, que es cuando ve el mundo entero y está en tu búsqueda, escóndete como puedas. Jamás, jamás dejes que te reclame… Hasta el día de la Profecía, el día en que a ti te tocará ver al mundo desde el firmamento.
Cornelius estudió a Neo, preguntándose si el chico le había entendido. Lo más probable era que no pero tampoco importaba mucho. Neo tendría tiempo para comprender lo que era y lo que se esperaba de él. Lo enorgullecía saber que su hijo vería la época de los Dragones y que, cuando llegara la Profecía y la luna cayera, a él le tocaría ser el nuevo astro que velaría las noches del mundo libre de pecado.
Neo se curvó por el dolor y cayó de nuevo al suelo, con la espalda doblada. Abrió la boca como si fuera a gritar, pero no lo hizo. Se llevó las manos a la cabeza, de donde salían de nuevo los cuernos. Las púas se estiraban y abrían otra vez, ya sin la luz lunar. Los ojos se le oscurecieron como cavernas. Cornelius suspiró y se preparó para sostener a Neo, porque estaba a punto de perder el control sobre la transformación. Pronto estaría muy violento, sin capacidad de reconocer la diferencia entre su padre y comida.
—Cómetelos, Neo —le susurró mientras le daba palmaditas cariñosas en la espalda—. Deberían ser más que suficientes para satisfacer tu apetito. Cuando termines yo mismo me encargaré de calmarte para evitarnos problemas afuera. No te preocupes. Tu padre velará tu transformación.

****

La brisa cálida de la primavera se coló por la ventana y meció los mechones de Neo. Estaba bocabajo sobre la cama, con la cabeza apoyada en una almohada suave y reconfortante. Abrió los ojos y se sentó poco a poco, somnoliento, mientras intentaba recordar la noche anterior.
El espíritu con forma de mujer. La espada de Cornelius describiendo arcos plateados y carmesíes tras cortar las gargantas de dos guardias. Las palabras susurradas… Después de eso solo recordaba oscuridad.
La brisa sopló de nuevo pero esta vez trajo gritos consigo. Neo se arrimó al borde de la cama para ver a través de la ventana. Al lado del catre, en una silla, encontró un cofre abierto. El interior estaba forrado con terciopelo azul y adentro había una espada enfundada. Por un momento pensó que el arma significaba que tendría entrenamiento durante el día, pero escuchó otra vez los gritos y desechó la idea.
Cuando se arrimó a la ventana descubrió humo y llamas. La villa de los Montag ardía. En las calles había cuerpos de hombres con armadura, otros con ropas sencillas y niños, muchos niños. También había mujeres, pero ellas se retorcían en el suelo mientras las escamas les crecían y las colas se alargaban. Todavía había guerreros en pie que intentaban en vano acabar con las hidras. Los monstruos los rodeaban con las colas y apretaban hasta sacarles los ojos. Cuando estaban triturados las hidras abrían las fauces de par en par y se entretenían comiendo a los caídos.
Neo se espabiló pero no sintió miedo. Se acomodó la espada a la cintura y salió de la habitación sin mirar atrás. Su casa estaba vacía y todavía no ardía, pero los chasquidos del exterior le decían que el fuego se extendía con rapidez. En cualquier momento alcanzaría el palacio principal de la villa.
Debía escapar antes de que el fuego lo alcanzara. También debía burlar a las hidras para salir de la villa. Pero antes tenía que hacer algo. Cuando llegó a las escaleras que bajaban hasta la salida, las ignoró y avanzó por el pasillo hasta el salón principal. La luz que entraba por los ventanales tenía destellos naranjas que bailaban. El cuarto estaba en silencio. Todos los muebles estaban en su lugar, incluido el cuadro al fondo del salón y, por supuesto, la mujer que siempre estaba allí como un adorno más.
Cruzó la habitación en zancadas. Se arrodilló frente a Amelia y la tomó de la mano. No era fría como una muñeca, sino cálida como una madre. Se apartó de ella y miró a través de la ventana, en busca de una posible ruta de escape. Supo que no podía salir a la calle cargando a Amelia en la espalda porque las hidras los verían y los perseguirían. Pero tampoco podían quedarse en el palacio porque el fuego se extendería por los tapetes y los aprisionaría. No creía que murieran quemados porque el mármol no se incendiaría pero el humo los asfixiaría. ¿Entonces qué podía hacer?
—Neo… —susurró alguien.
Por un momento pensó que el espíritu de la noche anterior le hacía otra visita. Cuando se giró a Amelia vio que los dedos se le agitaban un poco. Regresó junto a ella. Pensó que al fin le vería alguna reacción, alguna mirada, una palabra, ¡algo! Los dedos se curvaron y convirtieron en garras. Las piernas se unieron en una cola, a la vez que la delicada piel de porcelana se llenaba de escamas negras.
Antes de que Neo diera un paso hacia atrás, Amelia estiró una mano y lo atrapó. El chico la miró incrédulo porque creyó que la maldición nunca la alcanzaría, incluso cuando todas sus primas se habían transformado. Aunque no se dio cuenta antes, había guardado la esperanza de que su madre se salvara de ese final. El rostro de Amelia no estaba tan desfigurado como el de la niña que le pidió jugar el día anterior, pero tampoco estaba inexpresivo como en los últimos doce años. Ahora sí había una sombra de dolor.
Sintió la sangre cálida que resbalaba de la herida que le hizo Amelia. Neo suspiró. Con la mano libre desenfundó la espada para terminar con ella antes de que fuera demasiado tarde. Levantó una pierna y pateó a su madre al suelo. Le puso el pie sobre el pecho para sostenerla. Amelia lo soltó para apartarlo, así que él aprovechó para sostener la espada con ambas manos por encima de la cabeza.
Dejó caer el arma y apartó el pie a tiempo para estrellar la espada contra el pecho. Lo hizo con fuerza, como le enseñaron los Tenientes que de vez en cuando se quedaban en la villa para entrenar a los niños Montag. Neo no se estremeció cuando la hidra agitó los brazos y chilló, ni se le empañaron los ojos ni apartó la mirada.
—Neo… —de nuevo el susurro, pero esta vez vio de dónde venía.
Los ojos de Amelia, que hasta ese momento fueron dos pozos, se aclararon. De nuevo eran del azul intenso que enamoró a Cornelius. En esta ocasión Neo sí sintió algo, una especie de estremecimiento cálido en el interior. La mirada de Amelia era como el de las demás mujeres. Ya no divagaba en la nada, sino que veía.
—Neo… —repitió mientras extendía una mano hacia él, incapaz de tocarlo.
Era la primera vez que lo veía. Sonreía con tanta fascinación y dulzura que cualquiera creería que Neo era un recién nacido. Amelia supo entonces que jamás podría alcanzarlo, así que se llevó la mano al pecho y se arrancó de un tirón la cadena de plata que llevaba consigo.
—Toma.
En la mano tenía el pendiente con forma de ángel que era un tesoro de la familia.
Neo dudó por unos instantes pero al final rozó los dedos de su madre. Estaban fríos, como témpanos de hielo. La cadena se deslizó y aterrizó en la palma de Neo, aunque todavía guardaba el calor que Amelia ya perdía. Neo apretó el dije. Supo que ya no era un adorno sino un recuerdo. Sería lo único que le quedaría de la madre que hasta ahora lo conocía.
—Acaba —susurró ella a la vez que la mano caía fláccida sobre el pecho. Neo guardó la cadena en el bolsillo del pantalón e intentó grabarse la imagen de Amelia en ese momento: ensangrentada y agonizante, pero feliz y bella como nunca la había visto.
—¿Las últimas palabras? —Amelia se lo pensó por un par de segundos, pero después estiró los labios con una bella y orgullosa sonrisa.
Räg lune benyndorä kag.
Neo asintió. Sin apartar la mirada apretó con mayor fuerza. Amelia dejó escapar otro pequeño gemido. Luego cerró los ojos y suspiró.


Cornelius miró arder la villa desde lejos. Era necesario. No se sintió culpable por lo que hizo, ni dudó de su decisión. Aunque estaba montado a caballo, en el suelo estaban los cadáveres de otros cinco Montag que presintieron la amenaza de las hidras y huyeron de la villa en la madrugada. Cornelius los acompañó, pero al final acabó con ellos tal y como hizo con los guardias en el sótano. Ningún Montag podía sobrevivir, con excepción de Neo y él.
Estaba decidido a morir pero todavía no. Debía preparar a su hijo, llevarlo a la guerra, entrenarlo. Cuando Neo estuviera listo, él marcharía a combate para nunca más regresar. Moriría para darle lugar al General Neo. ¿Qué más podía desear? Ser el mentor del guía de los Dragones era más de lo que soñó de niño, así que con gusto seguiría el camino que se deparó para él desde que la Luna poseyera el cuerpo de Amelia para engendrar al sustituto del astro de la noche.
El General esperó a su hijo. Lo había dejado en su propia cama matrimonial, armado con la mejor espada que halló. La primera prueba que le pondría sería sobrevivir al fuego y a los demonios. A partir de ese momento la vida no sería fácil. Cada cicatriz que le quedara debía recordárselo.
Por su parte, él ya había cumplido con las últimas misiones en la villa Montag. Destruyó los orbes frente a la cueva para transformados para facilitar el escape de las hidras. Avisó a los humanos rebeldes de las cercanías para que se aprovecharan de la desgracia y atacaran a los Montag. Si alguno de sus parientes sobrevivía a la catástrofe, los humanos los pillarían en mal momento y los atacarían. Así, Cornelius podía encubrir el inconveniente.
Más importante aún, se había despedido de Amelia. Durmió en su regazo como si fuera un niño, pero la abrazó y besó como un amante, con la misma pasión de la noche que le quitó las campanillas del vestido de novia. Pero no pudo matarla. Debió haberlo hecho. Como su esposo debió tener las agallas para acabar con ella en lugar de dejarla a merced del fuego y las hidras. Pero no tuvo el valor de atravesarle el pecho y sacarle el corazón con la espada. Cornelius quería que si se re-encontraban en el Más Allá, ella lo perdonara por su cobardía. Solo esa esperanza lo mantuvo firme.
Un jadeo lo sacó de sus pensamientos. Estaba en lo alto de la colina, donde veía el bosque que rodeaba la villa –que también comenzaba a arder– y el río que arrinconaba los árboles y la ciudad en un pequeño valle. Veía al muchachillo que se había dejado caer en la hierba, a pocos metros de él. Neo estaba empapado por el chapuzón del río, pero detrás de él no había una estela de agua sino de sangre. Al acercársele vio que el chico tenía una herida en el abdomen además de cortadas, moretones y quemaduras en los brazos y el rostro.
A pesar de esto, Neo sostenía firme la espada. Sabía muy bien que en el momento que la soltara no podría defenderse. Además estaba espabilado. Había notado los cadáveres de sus primos y ahora veía a su padre en busca de respuestas. Cornelius le sonrió.
En lugar de bajar del caballo para atenderlo, tomó el arco y un par de flechas que llevaba en el carcaj en la espalda. Prendió las puntas con llamas y disparó al único puente que unía la villa Montag con el exterior. Eso disiparía los ánimos de las hidras de cruzar el río, y los muchos cadáveres en la villa saciarían sus apetitos durante meses. Por supuesto, otras medidas serían necesarias para evitar que se extendieran por el Oeste.
—Hora de irnos, Neo.
Cornelius se inclinó para tomar al muchacho de la camisa y levantarlo. Lo hizo como si Neo no pesara nada y lo sentó delante de él. La mano del chico al fin se aflojó. Cornelius sostuvo la espada antes de que se le cayera. No le molestó que Neo cerrara los ojos o se apoyara en él para no irse de lado. Acomodó mejor al muchacho y le pasó un brazo por la cintura para sostenerlo. Lo dejaría dormir de camino a Masca como premio por la prueba recién superada.
Miró una última vez la villa que ardía. Después, con la mano libre, tensó las riendas del caballo e inició la marcha.

****

—Conque este es tu hijo —comentó el anciano mientras miraba al par de figuras arrodilladas.
—Así es, Majestad.
—¿Cuál es tu nombre, muchacho? —Neo alzó la mirada y observó al Emperador. Tenía los ojos negros que tanto se parecían a las cuencas de las hidras, salvo por la lucecilla celeste fulminante que caracterizaba al clan Aesir. Pero el largo cabello no era negro, sino blanco, y la piel estaba llena de arrugas.
—Neo Thot Montag, señor —dijo con voz clara y dejó que el anciano lo estudiara.
El Emperador vio que Neo estaba agotado pero sus ojos le dieron escalofríos. «Yo también lo veo», pensó el Aesir. «El chico tiene el potencial del que Cornelius se siente tan orgulloso». Ese chiquillo era la pieza que aportaba la Luna en el juego de fuerzas desatadas a partir de la Profecía, pero sería también el mejor de los Generales del Imperio Aesiriano. Mientras la época de los Dragones llegaba, los Aesir disfrutarían del poder y lealtad del último Montag.
—No —lo corrigió Gonzalo—. Aquel que será amo y señor de mi ejército, y del ejército de mi hijo, y de los hijos de mi hijo, debe tener un nombre de mayor fuerza que haga temblar a aliados y enemigos. «Montag» ya dice que tienes el poder de la luna de tu lado. Por eso a partir de este momento serás Sigfrid Montag. ¿Cuál es tu nombre, muchacho?
—Sigfrid, señor —respondió el chico sin siquiera pensarlo, como si ya se le hubiera olvidado su verdadero nombre.
Se permitió un brevísimo suspiro y repitió:
—Sigfrid Montag.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. asii qee Neoo???


    vallaa nombresitoo qee tenia
    sigfrid, pero pues si Gonzalo-señor-rey tenia razon, impone mas el nombre de Sigfrid xD

    y con este capitulo entendi mucho de la vida
    de mi general favorito. En resumen... ME ENCANTO EL CAPITULO!


    espero con ansias el proximo capitulo
    ( y si por el momento dejare de lado la idea del asesino ^^ )


    pdt: tee extraño en mi blogg!

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  2. Me ha encantado lo que llevo leido del segundo tomo, todo parece cobrar más sentido y no por ello deja de estar interesante. Tus personajes parece que maduran y se van acercando a algo, una meta que aunque no conocemos muy bien se distingue perfectamente.
    No puedo decir nada de tus fallos porque no los veo, en cuanto a consejos, te aconsejaría que prestes más atencion a las descripciones.
    Has comenzado con mucha fuerza este segundo tomo, y espero que sigas así no te desanimes que lo estas haciendo perfecto.
    PD:tengo ganas de saber de Adad! que el muchacho está muy perdido!
    Saludos de Lynkx

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  3. Annie: Sí, Neo es un nombre horrible (definitivamente me gusta mucho más Sigfrid), pero lo elegí por su significado: Neo Thot = Nueva Luna; así que verás que tiene su razón de ser (en especial al final, final, de toda esta novela!!!).

    Y perdona por no pasarme por tu blog pero no he podido leer muchos blogs por dos factores principales:
    1. Tiempo: Foto de verano no es tampoco tan suave :(
    2. Inspiración: ¿Me puedes creer que para leer y escribir necesito estar inspirada, como tener ganas? De lo contrario, no disfruto la lectura :s Así que mejor leo tu blog y los otros muchos que me hacen falta cuando tenga menos cosas en la cabeza y esté más fresca para sentarme un día entero a leer blogs ;)

    Gracias por el comentario y la lectura; espero responderte de la misma manera en tu blog.

    Linkx: ¡Tanto tiempo! Mil gracias por pasarte y comentar. Tu opinión es de esas que valoro mucho porque empezaste a leer mi novela con mis catastróficos capítulos y aún así te animaste a seguir adelante.

    Espero que estos capítulos (y los editados de Los Tres Dragones) tengan grandes mejorías para que al menos digas: "Bueno...de algo sirvió leer esto al principio para ver las mejoras".

    De verdad que mil gracias, y por favor siéntete libre de andar por aquí cuando quieras. Siempre eres más que bienvenido en mi blog ;)

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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