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Capítulo 10

10
LA PRINCESA OCULTA

—Felicidades, Sigfrid —dijo una voz familiar. Sigfrid giró la cabeza para encontrarse con Enlil, que estaba recostado al marco de la puerta mientras varios criados terminaban de ajustar las ropas ceremoniales del Primer General—. Después de no sé cuántos años sirviendo a la Corona, ya era hora de que algún Emperador te concediera el título de «Guardián Celestial».
Sigfrid fulminó con la mirada a su amigo. Enlil ya sabía que el nombramiento no le hacía nada de gracia, porque ser Guardián Celestial significaba convertirse en tutor de un príncipe. Un General ya tenía demasiado trabajo liderando las tropas contra cuadrillas vanirianas que invadían territorio aesiriano. Cuidar de un cachorro no figuraba en sus prioridades y se entrometía con facilidad en el resto de sus obligaciones.
—Tranquilo —dijo Enlil con una sonrisa. En los últimos días había insistido en que viera el lado positivo del asunto—. El príncipe Kardan es un muchacho muy disciplinado y te ha visto coordinar entrenamientos. Sabe que eres muy estricto. No se meterá en tu camino ni te llevará la contraria.
Sigfrid tenía los brazos extendidos para que los sirvientes terminaran de ajustarle la armadura negra. Una criada le pasó un cinto amarillo por la cintura, mientras que otros dos aesirianos le acercaban un cofre de mármol con una espada en el interior.
—El príncipe Kardan no es el único príncipe —dijo Sigfrid mientras veía el brillo plateado de la espada.
Los sirvientes terminaron de ajustarle las ropas y retrocedieron dos pasos mientras agachaban la cabeza en señal de respeto. Sigfrid bajó los brazos, tomó el arma y vio el reflejo de sus ojos en el metal.
—Sus hermanos, el príncipe Sin y el príncipe Harald, son menores y más inquietos. —Enlil bufó y se adentró a la habitación para inspeccionar el trabajo de los criados con el atuendo de Sigfrid.
—Te van a nombrar Guardián del príncipe Kardan, testarudo —resopló—. El Emperador Hakwer reconoce tu talento y quiere que su heredero te tenga como mentor. Ya te lo he dicho muchas veces: el príncipe Kardan es el alumno perfecto para ti. —Hizo una pausa y asintió lentamente con la cabeza—. Te ves bien. Y como dije antes, felicidades.
Sigfrid le respondió con un resoplo y acomodó la espada al cinto. Enlil no perdió ni un segundo, pues apenas su amigo estuvo listo lo sacó de la habitación para guiarlo por Palacio.
Sigfrid conocía el camino pero dejó que Enlil lo condujera. Tenía tan pocas ganas de cumplir la orden del Emperador Hakwer que consideraba seriamente faltar a la ceremonia de nombramiento. Aunque sería una lástima. Tenía un récord impecable de obediencia que no quería romper por un capricho. Además, quería estar un poco más con su amigo. La ceremonia sería privada y solo asistirían la Familia Real y los designados como Guardianes.
El resto de soldados esperaría afuera de la Sala del Trono sin saber quiénes eran los elegidos para proteger a los príncipes. El Emperador confiaba que el anonimato de sus mejores guerreros les permitiría desempeñar una mejor tarea en caso de que entre las filas del ejército hubiera traidores que conspiraran contra alguno de sus hijos. De ser así, cada Guardián podría conseguir la información de manera más efectiva.
Los soldados solo sabían de Sigfrid como candidato a Guardián Celestial, pero mantener esto en secreto era ridículo. De todas maneras ningún espía vaniriano o rebelde aesiriano tendría las agallas para maquinar bajo las narices del General Montag. Los nombres de los otros dos Guardianes eran un misterio incluso para él. Después de la ceremonia sabría quiénes eran, pero no podría compartirlo ni con Enlil. El Emperador así lo había ordenado.
—Este no es el camino —dijo Sigfrid. Esos pasillos no llevaban a la Sala del Trono.
—Sí lo es. ¿Por qué te guiaría hasta la Sala del Trono si ya sabes llegar a ella? El Emperador mintió sobre el punto de reunión para evadir algún ataque como el de la semana pasada. Te digo que esto se está yendo demasiado lejos.
Sigfrid bufó. No le gustaba la paranoia del Emperador Hakwer, diciendo cosas que no haría, haciendo otras que nadie esperaba y negándose a avisar sobre decisiones importantes a él, a Enlil o a los dos al mismo tiempo. Todo por esos ataques…
El de la semana pasada fue la gota que colmó el vaso. Una explosión destruyó unas habitaciones abandonadas cerca del Templo de las Doncellas, dentro de Palacio. Como era de esperar, los nervios de los sirvientes y de la Corte se alborotaron. Espías, vanirianos, en Masca, en Palacio, a unos cuantos pasos del Emperador y su descendencia. Era una situación grave, desde luego, pero no ameritaba el secretismo del monarca y sus decisiones salidas de la nada, como la de nombrar de la noche a la mañana a Guardianes Celestiales. Lo primero que el Emperador Hakwer necesitaba era calmarse y pensar con claridad, pero su carácter majadero no le permitiría escuchar sugerencias.
—Los príncipes ya dejaron las puertas abiertas —dijo Enlil mientras se detenía frente a una puerta de sangre. Sigfrid giró los ojos.
—¿Ahí? —preguntó al tiempo que Enlil levantaba los hombros.
—Te lo dije: esto se está yendo demasiado lejos. —Sigfrid bufó otra vez.
Frente a la puerta esperaban cuatros soldados enmascarados. Eran parte de la máxima élite de seguridad del Imperio, en especial de Palacio de Masca. Solo estaban por debajo de los Escuadrones de los Elementos, los Generales y, ahora, los Guardianes Celestiales.
Sigfrid sabía lo que había al otro lado de esa gran puerta de metal que solo se abría con sangre Aesir: más puertas de sangre, más guardias enmascarados, un largo puente de roca cuyo suelo cae y se reconstruye por las órdenes de los soldados encargados y, al final, una casa amplia en una islita con jardines en medio de un lago en las entrañas mismas de Palacio. Esa era la fortaleza de máxima seguridad dentro de la casa de reyes.
—Aquí te dejo, señor Guardián Celestial —dijo Enlil mientras fingía una cómica reverencia—. Sé amable con el príncipe Kardan. Te digo que es un muchacho bastante disciplinado, te agradará. Puede que la experiencia te guste tanto que hasta te den ganas de tener hijos por tu cuenta.
—Adiós, Enlil —cortó Sigfrid mientras cruzaba el umbral.
Escuchó la risa burlona de su amigo y sus pasos cuando se dio media vuelta para regresar, justo antes de que la puerta se cerrara con un estruendo metálico.


En la casa había varias habitaciones amplias y cómodas. La construcción no era de mármol como Palacio, sino que las paredes y los pasillos eran de madera y casi todas las puertas eran corredizas y de papel. Era una casa de verano, pero Sigfrid dudaba que el Emperador se reuniera allí los fines de semana para pasar tiempo de calidad con sus hijos.
Creyó que no se sorprendería si encontraba a otros soldados enmascarados dentro de la casa. Incluso no sería raro encontrar a algún Escuadrón que Hakwer convocara sin su conocimiento. Pero no había ningún guarda, sino muchísimas sirvientas. No recordaba haber visto ni a una antes en Palacio.
Todas bajaban la cabeza y le abrían paso con una sincronización y disciplina que le erizó los vellos de la nuca. Las criadas llevaban el tradicional uniforme de la servidumbre –largos vestidos celestes cubiertos por un delantal blanco–, pero había algo inusual en sus movimientos. Cuando Sigfrid descubrió qué era sintió un malestar en el estómago. Las mujeres eran guerreras. Su forma de caminar, su comportamiento y sus miradas eran las de soldados que quizá incluso estuvieron bajo su supervisión en algún momento.
No le molestaba tener mujeres en las líneas del ejército. Lo que le irritaba era no estar al tanto de que muchas de ellas estaban en Masca, confinadas en esa casa cuyo acceso y salida eran prácticamente imposibles si no se era príncipe. ¿Qué podría ameritar que estuvieran reunidas en ese lugar? ¿Qué había hecho que alguien como el Emperador Hakwer, quien no reconocía las habilidades de las mujeres, recurriera a ellas para vigilar la ceremonia de nombramiento de los Guardianes Celestiales?
Ellas lo guiaron a la biblioteca. Allí había tres hombres vestidos como él, en lugar de dos. Como solo había tres príncipes sobraba un candidato a Guardián. ¿Pero quién? Cuando Sigfrid entró el Emperador aplaudió complacido.
—Muy bien, señores. Bienvenidos. Ya llegó el último de los Guardianes. Por un momento pensé que no vendrías, Sigfrid.
—¿Cómo podría, Majestad? —respondió el General mientras agachaba la cabeza y se arrodillaba junto a los tres candidatos.
Hakwer estaba sentado en una silla de madera, con la pierna cruzada y la barbilla reposada en la mano. De pie a su derecha estaba el príncipe Kardan, su heredero. Era un muchacho de catorce años que había heredado los rasgos de su padre: los ojos del clan Aesir, el cabello negro y lacio, el perfil delgado y pálido. Sus medios hermanos, Sin y Harald, estaban a la izquierda del Emperador, también de pie. Los tres príncipes eran hijos de diferentes mujeres de la Corte, reemplazadas con frialdad después de que dieran a luz a un niño y separadas de su hijo.
Sigfrid frenó a tiempo un movimiento involuntario en la cara, pues estuvo a punto de arrugar la frente con desprecio. Después de todos sus siglos de servicio Hakwer era, por mucho, su Emperador menos favorito. Pero su deber era obedecer a los Aesir, no juzgarlos.
El Emperador presentó sus hijos a los candidatos que esperaban arrodillados delante de ellos. Al príncipe Sin, el rubio y más malcriado de los tres, le tocó como Guardián a un soldado llamado Jonás, de cabello negro y un cuerpo pronunciado que contrastaba con la contextura delgada de su protegido. El príncipe Harald, un muchachote muy grande para su tierna edad de doce años, fue asignado a Körty, un soldado de gran tamaño que calzaba muy bien con las expectativas de Harald.
—Para ti, Kardan, he elegido a Ninurta como tu Guardián —dijo el Emperador.
Sigfrid y los soldados alzaron las cejas, confundidos. Todos creyeron que el General Montag sería el elegido para proteger al heredero al Trono y que alguno de los otros era el que sobraba.
—Mucho gusto, maestro Ninurta —dijo Kardan tras mirar al soldado.
De entre todos los candidatos, solo este era anciano. A pesar de que mantenía el cuerpo esbelto de un guerrero, su frente estaba surcada de arrugas y sus mechones estaban teñidos de plata. Kardan agachó la cabeza e hizo una inclinación recta y profunda.
—Mi padre me ha dicho que usted es un gran sabio. Me pongo en sus manos. Espero aprender mucho de usted.
Sigfrid alzó otra vez las cejas. En su mente escuchó a Enlil diciéndole «¡Te lo dije!» a todo volumen. Sí, debía admitirlo. El príncipe Kardan parecía ser más educado y disciplinado que cualquier niño de su edad, y un interesante prospecto a Emperador.
Hakwer cruzó las manos e hizo una señal a su hijo mayor. Kardan asintió y cruzó la habitación sin una palabra. Solo abrió la puerta y salió.
—Estoy seguro de que están confundidos. ¿Por qué llamé a cuatro candidatos si tan solo hay tres príncipes? ¿Por qué, además, preferiría a cualquiera de ustedes por encima del Primer General para cuidar a alguno de mis hijos? ¿Y por qué los elegí en menos de una semana para esta tarea? Pues bien… —el Emperador hizo una pausa—, ya saben que los ataques en Masca se han intensificado. Incluso tuvimos un pequeño percance dentro de Palacio, muy cerca de aquí.
»Todavía desconozco si hay rebeldes o si algún vaniriano al fin logró superar las defensas de Masca y engañarme. Igual no puedo permitir que nada les suceda a mis hijos. Kardan, Harald y Sin todavía son niños y no quiero arriesgarme a que unos simples soldados de pasillo deban defenderlos. Debo asegurarme de que lo mejor del ejército vigile sus pasos.
»Pero alguien a quien debo proteger aún más, alguien a quien estoy seguro buscan los vanirianos o los espías que sean, necesita más que soldados que han vivido solo una vida de combate. Necesita a una persona cuyos conocimientos en la magia y la guerra superen los del más anciano y sabio de los sacerdotes. Esa persona eres tú, Sigfrid Montag. —El Emperador señaló al General mientras entrecerraba los ojos. A la espalda de Sigfrid se abrió la puerta de la biblioteca y Hakwer dirigió una media sonrisa a Kardan—. Conozcan a la causa de este llamado, Guardianes Celestiales. Conoce, Sigfrid, a tu protegida.
Sigfrid y los otros tres hombres se voltearon al príncipe Kardan. El muchacho tenía la mitad del cuerpo oculto por la puerta. Después de jalar con suavidad entró a la habitación. Sostenía la mano de una pequeña niña, que insistía en ocultarse detrás de él. Kardan avanzó con una sonrisa tierna mientras miraba a la pequeña que luchaba inútilmente por alejarse de allí, hasta que al final se detuvo al lado de Sigfrid.
—Mi hija, la princesa Istar.
Detrás de Kardan había una niña que escondía la cara entre las piernas de su hermano. Kardan la soltó y ella se apresuró a sostenerse con fuerza de su cintura. El príncipe le acarició la cabeza, se agachó junto a ella y dijo:
—Anda, Istar. Muéstrale al General Montag lo linda que eres.

****

—Perdón pero quiero comprender. ¿Por qué buscamos información sobre vanirianos en la biblioteca?
Enlil estaba encaramado en una escalera con un libro en una mano. Miró a Sigfrid con un mohín, pero su amigo lo ignoró y siguió consultando otra sección que estaba justo por debajo de Enlil.
—Se cree que los ataques son de vanirianos —respondió el Primer General entre dientes, sin despegar la nariz de las hojas amarillentas de un códice.
—Ajá.
La voz de Enlil tenía pinceladas de reproche. Cerró el libro de golpe y comenzó el lento descenso por la escalera. Mientras bajaba tramo por tramo, el estómago de Sigfrid se contrajo. Si Enlil lo miraba a los ojos descubriría a la figura detrás de su mentira. Incluso si no utilizaba la telepatía tenía un gran poder intuitivo que lo haría descubrir gran parte de lo que el Emperador, los príncipes y ahora Sigfrid escondían con tanto celo. Eso tiraría por la borda las dos semanas de elaboradas mentiras.
Enlil se detuvo junto a él. Se recostó a los estantes que bordeaban las paredes y levantó los hombros como si no le importara lo que sucedía.
—Si fueran vanirianos entonces tendríamos kredoa entre nosotros. Sería más fácil dar con ellos si el Emperador se sincroniza un poquito con Masca. Pero…
Por el rabillo del ojo el Primer General vio que Enlil se pasaba la mano por la barbilla de manera burlona. Ambos sabían que Sigfrid estaba mintiendo y que Enlil quería sacar el mayor provecho de las dificultades de su amigo para engañarlo. Hasta lo encontraba divertido.
—… No sé, me parece tan irreal que un vaniriano lograra entrar a la Capital. Me pregunto quién se vanagloriaba en mis primeros días como General de que a Masca nunca había entrado ningún vaniriano…. —Sigfrid cerró de golpe su libro y lo devolvió al estante.
—Yo. Ahora estás siendo sarcástico, Enlil. Sabes que no me gusta que se burlen de mí. —Enlil miró a Sigfrid directo a los ojos. Una sonrisa burlona le bailaba en los labios.
—¿Por qué estás tan seguro de que son vanirianos y no aesirianos rebeldes? Siempre habrá ciudadanos que no estén conformes con el gobierno. No es posible complacer a todos.
«Porque ningún aesiriano se atrevería a hacerle daño a ella», pensó Sigfrid al instante, pero supo controlar el flujo de los pensamientos para que no aparecieran en la mente de Enlil.
—Me estás ocultando algo bien grande, ¿eh? —susurró su amigo mientras entrecerraba los ojos—. Cerraste tus pensamientos, pero sea lo que sea tiene que ver con la Profecía, ¿verdad? —Enlil sonrió al ver el cambio ligero en el rostro de Sigfrid. En él había una sombra de sorpresa, decepción consigo mismo y rabia por ser tan transparente—. Te serviría ser más sutil conmigo. No estás rebuscando en la sección de vanirianos, sino en la sección de profecías —explicó mientras señalaba la placa de metal arriba en el estante, en la que rezaba el título de la sección.
Con un movimiento rápido, Enlil sacó el códice que Sigfrid había guardado y lo abrió justo en la última página vista por él. Allí había un dibujo de una mujer con dos cachorros de dragón. Cuando evaluó a Sigfrid descubrió que este miraba hacia otra dirección para no hacer contacto visual con él.
Istar era el secreto mejor guardado en Masca y nadie, ni siquiera Enlil, podía saber sobre ella. Esa era la regla número uno de su nueva misión. Sigfrid tenía el rostro de la princesa grabado en la memoria como si fuera una marca al rojo vivo. La niña tenía apenas cinco años pero ya contaba con una belleza que al llegar a la juventud dejaría sin aliento a miles de hombres. Tenía unos grandes y bonitos ojos azules, la piel dulcemente nacarada y el cabello de un rosa pálido que combinaba muy bien con sus atributos infantiles.
Según le explicó una nodriza, la Infanta era hija de una mujer de la Corte que murió poco después de dar a luz. Cuando el Emperador descubrió que tenía una hija se sintió tan sorprendido y asustado que optó por ocultarla. Istar era la primera princesa de linaje puro nacida en miles de miles de años. Sigfrid jamás había visto a una princesa que descendiera directamente de Aesir, sino que aquellas que alcanzaron el título lo hicieron mediante el matrimonio. El nacimiento de Istar era un acontecimiento extraordinario que no ameritaba tanto secretismo y que debía ser celebrado por todos los aesirianos.
Cuando Sigfrid preguntó por qué tantas mentiras para ocultar a la niña, la respuesta le erizó la piel por la sorpresa y la expectativa.
—La Profecía —le dijo la nodriza.
Cuando el Emperador sostuvo a Istar por primera vez en brazos la vio convertida en mujer mientras alimentaba en sus entrañas a los Dragones de la Profecía. Supo entonces que su hija era la madre de los mesías aesirianos. Pero la idea lo asustó más que alegrarlo. Le aterró que secuestraran a su hija. Se obsesionó con la idea de que si se sabía de Istar, los vanirianos arremeterían con todas sus fuerzas contra Masca para matar a la pequeña princesa. No sería la primera vez que intentaran evadir la Capital, pero la ciudad había demostrado ser inexpugnable con sus altísimas murallas de mármol y con la sincronización.
Pero si podía evitarlo, Hakwer no tentaría la suerte. Haría todo lo posible por mantener a salvo la ciudad y la promesa de la salvación.
Ocultar a Istar del conocimiento público fue lo más sensato. Con solo dos Generales que estaban de viaje de un lado a otro del Imperio, con escasos días de residencia en Masca, y un heredero todavía joven e incapaz de llevar a cabo la sincronización con la ciudad, Hakwer no tuvo más remedio que actuar como si no tuviera hija.
Lo ingenuo fue desconfiar de los Generales. Sigfrid y Enlil eran leales a la Corona. Al ocultarles la verdad Hakwer les negó ese reconocimiento. ¡Era humillante! Los dos habían liderado y ganado batallas por el Imperio y su Emperador. Desconocer durante cinco años la existencia de la niña no solo era insultante, sino también peligroso. Hakwer fue un imbécil. Si hubiese confiado en ellos desde hacía años la princesa contaría con una mejor protección. Nadie habría salido lastimado durante los ataques de las últimas semanas.
—Si el Emperador ha pedido que no me digas nada, está bien —Enlil devolvió el libro al estante—. Solo recuerda que sea lo que sea, puedes contar conmigo. No me tienes que dar explicaciones. Si necesitas que haga algo por ti, bastará con que digas «es para eso de lo que no puedo hablarte». Comprendo que se ha convertido en prioridad.
Sigfrid gruñó. Habría querido explicar a Enlil lo que había detrás de las puertas de sangre, en la casa de madera que estaba custodiada por nodrizas-guerreras, aguas y puentes corredizos. Pero tantos años de ciega obediencia a la Familia Real lo habían atado a una orden ridícula como un sabueso bien entrenado.
Decidió que ya era suficiente. Al diablo con la orden de los Aesir. Con su amigo al lado las cosas serían más fáciles. Abrió la boca para incluir a Enlil en el secreto, pero el Segundo General lo interrumpió con un gesto de la mano. Enlil le pidió silencio y aguzó el oído.
—¿Escuchas eso? —A lo lejos Sigfrid reconoció un crepitar—. Fuego, gritos… ¡En Palacio!
Un vacío en el estómago atacó a Sigfrid. Era el síntoma de un mal presentimiento. Enlil actuó antes que él y salió a toda marcha de la biblioteca. Cuando al fin Sigfrid reaccionó tuvo que correr a toda velocidad para alcanzar a su amigo. Los Generales cruzaron los pasillos de Palacio como exhalaciones. Sus únicas guías eran los gritos distantes. Entre más corredores, escaleras y jardines atravesaban, más fuertes se hacían los gritos. Más potente el olor a humo.
Un incendio, un ataque.
—¡Ya sé en dónde es! —exclamó Sigfrid mientras se adelantaba y torcía en un pasillo que lo alejaba de los gritos.
Enlil protestó pero lo siguió de todas maneras. Se detuvo en seco cuando Sigfrid se encaramó a una de las barandas. El Primer General se aferró a una cañería y se dejó resbalar a salvo hasta el suelo, varios pisos más abajo. Enlil maldijo la imprudencia de su amigo pero lo imitó cuando Sigfrid echó a correr por los pasillos inferiores.
Enlil casi se tropieza al aterrizar, pero lo avivaron los gritos. Ahí eran más claros. Siguió el repiqueteo de los pasos de Sigfrid, que se le había adelantado por unos pasillos oscuros y fríos tan escondidos que de seguro los sirvientes se habían olvidado de que existían. Después de cruzar el corredor, Enlil salió a un campo abierto donde las llamas se alzaban en las ramas de los árboles. Eran hojas de fuego que se estiraban al cielo. Las lenguas lamían los troncos y se reflejaban en los estanques del gran jardín. En el centro, enmarcado por el fuego, había un pequeño templo interno. Enlil supo en dónde estaba: era una capilla de oración que el Emperador había reclamado para su uso personal, por lo que estaba prohibida para los sirvientes y guardias.
Sigfrid se había detenido a unos pasos delante de él. Tenía el cuerpo rígido pero la cabeza giraba de un lado a otro. Buscaba algo, alguien.
Las cortinas de seda que guindaban en las ventanas del templo se habían prendido en fuego. Los gritos se hicieron más fuertes. Enlil vio que dentro de la capilla había mujeres. Sus gritos no eran de pánico por las llamas, sino furiosos y cansados. Como los de los reclutas cuando practicaban peleas cuerpo a cuerpo en las plazas de entrenamiento. Al entrecerrar los ojos vio que entre las llamas había otras figuras. Parecían magos pero no: eran sombras sin rostro que nacían del fuego. Cada vez que las mujeres intentaban apartarlas, ya fuera con los puños o con sables, las sombras recibían los golpes sin caer o titubear. Solo acorralaban más y más a las mujeres.
—¿Qué haces? —gritó Enlil a Sigfrid a la vez que desenfundaba la espada—. ¡No te quedes ahí parado como si nada!
Enlil se lanzó al ataque. Como las espadas de las mujeres no habían podido derrotar a las sombras creyó que tendría que llamar la atención de las siluetas para darles a las criadas la oportunidad de escapar. Pero apenas su espada atravesó a la primera sombra, ésta se deshizo entre polvo y ceniza. Raro.
Al instante, las sombras se reunieron alrededor de él para atacarlo. Eran muchas, sí, pero eran patéticas. A Enlil le bastaba blandir una única vez para cortar a tres y lanzarlas al olvido. Solo eran molestas. Buscó a Sigfrid para saber si el General había apartado a las mujeres del fuego, pero él seguía en el mismo lugar. Casi inmóvil. Girando el cuello de un lugar a otro. A veces daba unos pasos para cambiar de ángulo y buscar algo entre las llamas.
El chillido de un niño rasgó el crepitar de las llamas. Ahora sí, Sigfrid reaccionó. Si antes pareció más lento que una tortuga, ahora se lanzó disparado a un grupo particular de mujeres. Estaban reunidas en un círculo, rodeadas de las llamas y de las sombras. Todas estaban armadas, protegiendo a una dama en el centro del grupo. Enlil vio que esta mujer también estaba armada, pero estaba ocupada consolando a una cría que estaba hecha un puño sobre su regazo.
A pesar de que las sombras alrededor de él se multiplicaron, Enlil se detuvo. No vio a Sigfrid, a las mujeres guerreras o a la cría. Solo vio a la mujer del centro. Tenía un largo cabello negro que le bajaba por la espalda y el pecho como una lisa cascada, hasta terminar con bucles en las puntas. Su nariz respingada, sus labios delgados y sus pestañas largas dejaron sin aliento a Enlil. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos, que brillaban con una mezcla de ferocidad y ternura, todo a la vez.
El fuego se expandió alrededor del grupo como si alguien hubiese lanzado aceite y las llamas solo siguieran el camino. Una sombra nació justo detrás del flanco descuidado del grupo: la espalda de la mujer de cabello negro. Enlil supo que Sigfrid no podría llegar a tiempo para salvarla, porque otro grupo de sombras lo había interceptado.
No lo pensó dos veces y lanzó la espada con todas sus fuerzas. La sombra cayó justo detrás de la mujer, quien dio un respingo cuando el arma se incrustó en el suelo. Cuando otra figura se situó junto a ella, sacó la espada que guardaba en la cintura y tomó posición de defensa. Pero no era una sombra. Era Enlil, que había casi que volado para recuperar su arma.
—Hola —balbuceó el General con una sonrisa.
Estaba haciendo el idiota por quedarse viendo a la mujer, pero no se dio cuenta. Todo lo que notó fueron los ojos de esa desconocida. Violeta. Un color inusual. El General se aclaró la garganta y empezó:
—Me llamo…
—¡ENLIL!
Un silbido le pasó a unos milímetros de la oreja. Se giró y vio que, detrás de él, una sombra se desvanecía con una espada clavada a la altura del pecho. Más allá Sigfrid lo miraba con los ojos desenfocados y el brazo extendido. Él lo había salvado.
—¡Pon más atención! Casi te atrapan por detrás---
Una sombra surgió detrás de él y lo agarró del cuello. Enlil giró los ojos. «Me regaña por distraerme y a él lo atrapan por distraído». Tomó su espada y la de Sigfrid, y sonrió a la mujer bonita.
—Tengo que ayudar a mi amigo.
Corrió a ayudar a Sigfrid. Aunque los dos desvanecían las siluetas con rapidez, las llamas no se apagaban y las sombras no paraban de salir. La única manera de acabar con ellas de una vez era apagando el fuego, pero ninguno de los dos tenía oportunidad de apartarse de la batalla para buscar baldes de agua.
Las sombras se detuvieron y miraron al mismo tiempo hacia la boca del corredor por donde los Generales habían llegado. Allí había una persona. Sigfrid reconoció el cabello largo y el semblante pálido del príncipe Kardan. Las sombras ignoraron a los Generales y corrieron en masa hacia el príncipe. En su carrera se unieron en una silueta amorfa y repugnante. Sigfrid gritó para que el muchacho escapara, pero Kardan lo ignoró. Cuando la enorme sombra estuvo a punto de atraparlo, el príncipe extendió una mano por encima de la cabeza. Un escudo invisible apañó a la masa de oscuridad y la redujo a cenizas.
Enlil soltó un bufido. ¿Debía maravillarse de lo fácil que el príncipe acabó con la amenaza o avergonzarse por no exterminar a las sombras con la misma sencillez? ¡Si era un General experto, por Dios!
Sigfrid saltó tan de repente que asustó a Enlil. El Primer General corrió hacia la mujer de ojos violeta y se agachó delante de ella, preguntando si estaba bien o si tenía alguna herida. «La conoce», pensó Enlil con desilusión. No tenía sentido encapricharse con una mujer bonita por la que su amigo ya demostraba interés.
—Está bien —dijo la mujer mientras abría su abrazo. Allí apareció la cría: una niña de cabello rosado—. Quizá algo asustada, pero está bien.
A Enlil se le ocurrió que quizá, quizá, Sigfrid no estaba interesado en la mujer. Tal vez todo lo que le preocupaba era la seguridad de la niña. Ella alzó la mirada. Sus lindos ojos estaban colmados en lágrimas y tenía una mancha de hollín en la mejilla.
—¡Oh, Siggi! —lloró—. Tenía tanto miedo. ¡Gracias por venir a salvarme!
La niña saltó del regazo de la nodriza a los brazos de Sigfrid. El General no supo cómo reaccionar a esa repentina muestra de afecto y miró a la mujer en busca de ayuda.
Enlil miró de una persona a otra. Vio lo incómodo que estaba su amigo, tenso como una escoba. Vio a la nodriza que levantaba los hombros y dejaba que Sigfrid lidiara por su cuenta con la niñita. Y vio a la pequeña que se aferraba al Primer General como si fuera un oso de peluche y no el más terrible de los guerreros.
—¿Siggi? —preguntó mientras se llevaba la mano a la boca para contener una carcajada.
Sigfrid giró los ojos hacia él de forma perversa. Enlil supo que si su amigo hubiese tenido una roca al alcance se la habría tirado a la cara para tirarle todos los dientes.
—Era inevitable —comentó una voz al lado de Enlil. Cuando bajó la mirada descubrió que el príncipe había llegado junto a él—. Parece que el secreto se ha revelado para usted también, General Tonare. Ahora conoce a mi hermana, la princesa Istar.

****

El Emperador apretó el puño y los dientes. El gesto carecería de importancia en cualquier otro hombre, pero en lo alto del Trono Hakwer parecía un Dios. Cualquier expresión que hiciera desde ahí era como una orden para que hasta el mismo sol dejara de brillar.
—No puede culpar a nadie, padre —dijo el príncipe.
El puño de Hakwer no se relajó pero su mirada fue menos aterradora. Las tres nodrizas respiraron un poco más calmadas, aunque Sigfrid y Enlil todavía no sabían qué esperar de esa reunión de emergencia.
—Nadie más debía saber de Istar —gruñó el Emperador. La princesa apretó un poco más el cuello de su Guardián, como si ser descubierta por las sombras y por Enlil fuera signo inequívoco de que una desgracia se acercaba.
—No podíamos prever que esto pasaría —intervino Kardan—. Istar siempre va a orar a ese templo. Se suponía que los pasillos estaban vacíos, que nadie tenía permitido estar ahí, pero alguien lo descubrió. Alguien la estaba espiando. Fue una suerte que los Generales estuvieran cerca. De lo contrario las sombras la habrían acorralado en las llamas.
Istar apretó todavía más fuerte a Sigfrid y tembló en sus brazos. Enlil pensó que quien quisiera lastimar a una niña tan indefensa e inocente debía de ser un auténtico monstruo.
—El ataque de hoy demuestra que Palacio ya no es seguro para Istar —continuó el príncipe—. Padre, debe irse de aquí. Hasta que este sea un lugar apropiado de nuevo, ella debe quedarse en otro sitio seguro. —El Emperador se llevó una mano a la barbilla y accedió, pensativo:
—Sí, tienes razón… ¿Pero dónde…? —El príncipe interrumpió de nuevo:
—Padre, sé que no ha pedido mi opinión pero de todas formas me gustaría compartirla. ¿Qué tal la casa de alguno de los Generales? Son fuertes, conocen el secreto de mi hermana y nadie tiene por qué enterarse de que Istar está con ellos. Aunque… —Kardan miró a Enlil y añadió dudoso—: Si lo pensamos mejor, en casa del General Tonare viven muchas mujeres, todas sus esposas…
—Oh, yo no las llamo esposas, príncipe —interrumpió Enlil mientras negaba con la cabeza, con mucho énfasis—. Son mujeres a las que obligaron a casarse conmigo, pero saben muy bien que si se enamoran de un buen hombre tienen mi bendición para marcharse.
Desde el primer día que se conocieron, Enlil le expresó a Sigfrid sus dos grandes sueños. El primero era casarse con solo una mujer de la que estuviera enamorado. Y el segundo era tener un hijo con ella para ser un buen padre. Pero su trabajo como General, y la tradición de su clan de tener múltiples esposas, hicieron que varios nobles y hombres de altos cargos le ofrecieran como compañeras a sus hermanas, primas o hijas. Como Enlil sabía que el rechazo a las mujeres sería una ofensa política a las familias, contrajo matrimonio con todas.
Pero no amaba a ninguna y sin amor se negaba a engendrar un hijo. A todas les dio la bienvenida a su casa y se encargaba de que estuvieran bien, pero también les ponía en claro que podían anular el matrimonio y marcharse si tenían un hombre que las amara. Hasta ahora ninguna había partido, de manera que permanecían en la Mansión Tonare atentas a Enlil como si de verdad lo amaran.
Cualquiera creería que las mujeres en su casa eran sirvientas contentas y agradables, cuando en realidad eran sus esposas agradecidas. Aunque eran muchas, Enlil todavía esperaba a la mujer con la que pudiera formar una familia.
—Aunque estoy seguro de que mi hermana se sentiría mejor acompañada, sería injusto ponerlas a todas en peligro —apuntó Kardan—. Eso solo nos deja la residencia del General Montag, pero… ni siquiera sé dónde es.
Todos miraron a Sigfrid con curiosidad, en especial Enlil. A pesar de todos sus años de conocerlo, a pesar de todas las batallas que habían librado juntos, no tenía ni la más remota idea de en dónde vivía Sigfrid.
El Primer General giró los ojos. Había ofrecido la casa de descanso Montag como templo de Masca hacía años, muchísimo antes de que Hakwer naciera. El nuevo sitio que escogió para vivir era poco accesible, alejado y desconocido para el resto del mundo, y a veces podía pasar décadas antes de que él mismo lo visitara. Su trabajo lo obligaba a viajar constantemente y cuando estaba en Masca debía llenar informes y asistir a reuniones dentro de Palacio. Incluso tenía su propia recámara en la casa de reyes, igual que Enlil. Pero si en medio de su agitada rutina conseguía dos o tres días libres le gustaba ir a su «casa», alejada de todo contacto con el resto del mundo, para disfrutar de la soledad de la montaña.
El General tenía toda la intención de mantener su refugio en secreto. De lo contrario la tranquilidad que tanto le cautivaba se vería comprometida.
—Sí, ya veo… —El Emperador lo meditó por unos segundos—. Para nosotros es un misterio dónde vive Sigfrid, ¡imagínate ahora para los vanirianos! No hay mejor escondite para mi hija que aquel en el que ni siquiera nosotros sepamos dónde está. Que tenga a Sigfrid a su lado es más que suficiente para saber que está a salvo. Se ha decidido. Istar irá a casa de su Guardián hasta que las amenazas cesen por completo.
—¡Pero Majestad! —reprochó Sigfrid. Como el Emperador lo miró molesto, tuvo que elegir con cuidado sus palabras—: No es buena idea. El camino es largo y no creo que dé tiempo de llegar antes del anochecer. Y créame: no será bueno para la salud de la princesa.
Ningún aesiriano había pisado su territorio antes y por supuesto que su hogar no tenía docenas de mujeres atentas a las labores domésticas. Hacía años que no visitaba el lugar y podía imaginar las capas de polvo que se habían acumulado con el tiempo. Además, la humedad y el viento fuerte eran una compañía eterna en los riscos y un resfriado seguro para una criatura pequeña como Istar.
El Emperador hizo un gesto severo con la mano que cortó cualquier excusa.
—No ha de ser tan terrible. Además, tú estarás ahí. ¿Qué puede pasarle a Istar contigo cerca? ¿Y qué importa que tengas que viajar durante la noche? No creo que te asuste, ¿o sí?
Cabalgar a oscuras no significaba nada para Sigfrid. El problema era que esa noche había luna llena y los peligros que Istar corría cerca de él con la luna en su máximo esplendor eran peores que los de un incendio con sombras fáciles de derrotar.
Pero hacía generaciones que los Aesir ignoraban las transformaciones que sufría si lo bañaba la luz de la luna. Él no se tomó la molestia de explicar a los nuevos Emperadores los misterios de sus poderes. Prefería que no lo supieran, que ignoraran lo que él podía controlar con facilidad si se ocultaba en un rincón cuando la luna brillaba por completo.


Pocas palabras se intercambiaron después de eso. Sigfrid se puso una capucha larga que le cubría brazos y cabeza, montó al corcel de seis patas más veloz y cabalgó hacia las fronteras de la ciudad. Istar era un pequeño bulto acomodado en su pecho y oculto en una cobija. Los ciudadanos curiosos que inspeccionaron a Sigfrid mientras cabalgaba a toda marcha jamás imaginarían que el General cargaba a una niña.
Su rango militar le facilitó una salida con pocas explicaciones cuando llegó a los controles de la frontera. Después de traspasar los muros que protegían Masca del exterior, la cabalgata fue veloz y tranquila. Istar se mareó por la carrera y se quedó dormida. Una ventaja más para Sigfrid: la princesa ni prestaba atención al camino.
El General tenía la mirada fija en su destino: los Tres Riscos. Eran montañas altas, delgadas, pedregosas y atemorizantes cuyas filosas puntas solían estar cubiertas por nubes grises. Incluso desde Masca se podía ver sus siluetas perfiladas en el horizonte, aunque los niños apartaban la mirada en los días soleados. Muchas historias y supersticiones rondaban los Tres Riscos. Una sonrisa cruzó los labios de Sigrid porque él mismo había alimentado la llama de viejas leyendas para mantener a raya a cualquier viajero.
Cuando la tarde empezó a caer, apretó aún más la marcha. Aunque el caballo ya estaba cansado por el largo viaje tenía que llegar antes de que la luna brillara en el cielo. Si estaba a la intemperie cuando la luz de plata tocara el suelo, la piel comenzaría a arderle por debajo de la capucha. Las púas le atravesarían la piel. Los dedos se le alargarían.
El caballo lo logró. Ascendió los riscos por un viejo sendero donde solo transitaban las cabras y los lobos salvajes. No había rastros de cazadores o de alguna expedición aesiriana en los alrededores. «Perfecto», pensó complacido. Los viejos cuentos funcionaban.
La ruta se convirtió en una explanada y, al fondo, en una cueva. Sigfrid tampoco encontró rastro de aventureros, aunque no le sorprendió. El aire silbaba tan fuerte hasta allá arriba que era como si transportara los gritos del mundo entero para presentarlos cual ofrenda a la caverna. El sonido moría ahí. La cripta era tan oscura que se comía el ruido. Era silencio puro. Nadie en su sano juicio se aventuraría a un lugar así. Hasta los animales evitaban el sitio.
El caballo se detuvo en seco y retrocedió asustado. Sigfrid desmontó y agarró las riendas del corcel para arrastrarlo a la cueva. En un brazo cargó a Istar. Cuando entraron la cueva se comió también los relinchos del caballo, aunque Sigfrid sintió la tensión del animal. Si lo soltaba se escaparía horrorizado.
Y en realidad no había ningún motivo para tener tanto miedo. Esa cueva era uno de los lugares más hermosos en el planeta.
La oscuridad era absoluta, pero Sigfrid se sintió a salvo en ella. Escuchó el goteo del agua que se escurría por las rocas. Sus pies se deslizaron hasta el interior de la cripta, a gusto con el suelo húmedo y resbaladizo. Cuando llegó a lo más profundo descubrió el resplandor celeste-plateado de un extenso lago.
La tensión del caballo se disipó. En la oscuridad Sigfrid imaginó la cara del animal. Grandes ojos abiertos y emocionados. Fosas nasales dilatadas. Orejas altas, expectantes. Cuando soltó las riendas el corcel fue directo al lago. Lo rodeó encantado, bebió con gusto y mordió el musgo que crecía entre las rocas cercanas.
Un delgado rayo de plata se colaba desde una grieta circular en lo alto del techo y caía a una orilla del lago. Aún faltaba tiempo para que aparecieran las criaturas detrás de las supersticiones de los Tres Riscos, y aún más para que iniciaran la canción.
Sigfrid se encaminó hacia la pared de la cripta, en el extremo contrario al lago y la luz. Allí había una escalera natural, en forma de caracol, que llevaba a la punta más alta de los riscos. En lo alto estaba su casa.


Un grito desgarrador la hizo saltar en el diván. Istar miró de uno a otro lado pero todo lo que vio fue oscuridad. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba eran los brazos gigantes de Sigfrid mientras la protegían del silbido frío del viento.
Empezó a llorar. Todo era culpa de las sombras del fuego. Si no hubiesen aparecido su padre no la habría sacado de Palacio. Sigfrid no la habría abandonado en las tinieblas.
Una vela cortó la oscuridad. Sigfrid estaba al lado del diván, tan cerca que podría rozarlo. En una mesa baja estaba la lámpara recién prendida. Alrededor había varios muebles cubiertos con sábanas polvorientas. Aunque Istar agradeció en su inocente corazón esa pequeña vela, su Guardián miró hacia las tinieblas.
La princesa siempre pedía a sus nodrizas que le dejaran una luz prendida a la hora de dormir. Creía que la noche era mala para los niños. El día alumbraba los juegos e ilusiones de las personas, pero la noche apagaba esos sueños con un soplido. Los adultos habían aprendido a sobrevivir a las noches, pero aun así necesitaban la luz de una vela para avanzar en los caminos más inciertos. Pero Istar era tan solo una niña. Aún no sabía cómo encarar las tinieblas.
Acaba de descubrir, no sin cierto asombro, que su Guardián era distinto a los demás adultos: él no echaba en falta un punto de luz para sobrevivir en la oscuridad. Istar imaginó que así como podía esperar en las sombras más densas a que una princesa despertara, Sigfrid también podía andar sin tropezar ni detenerse.
Un nuevo alarido la hizo saltar del diván. Esta vez fue a los brazos del Guardián. Le rodeó el cuello con sus bracitos cortos y delgados, pero Sigfrid no la envolvió en un abrazo como el que le daban sus nodrizas o sus hermanos. En eso también era distinto a los demás adultos.
—¿Qué es eso, Siggi? ¿Dónde estamos?
Sigfrid la apartó. Kardan le había explicado que el General era adusto y que no la trataría con el mismo cariño que había recibido de parte de las nodrizas. El príncipe también le había explicado que eso no significaba que Sigfrid la odiara. Sencillamente así era él. Y por eso mismo sería un perfecto Guardián que la mantendría siempre a salvo. Por eso la rudeza de Sigfrid no la asustaba. Al contrario, la hacía sentir más segura.
—Estamos en los Tres Riscos, Alteza —explicó el General—. Y lo que escucha es…
—¡El monstruo! —chilló Istar—. ¡Me va a comer!
El General miró el semblante de la princesa. La luz de la lámpara fue suficiente para ver que el rostro le palidecía, y que sus labios y manos temblaban. Claro. Los cuentos de terror eran la mejor arma para que los niños inquietos se fueran a dormir. De seguro que las nodrizas le habían contado la historia del monstruo de los Tres Riscos, una criatura que visitaba los sueños de los niños traviesos para comerlos.
Sigfrid torció el gesto. Tenía que hacer algo o de lo contrario Istar saltaría y lloraría cada vez que escuchara esos gemidos. Y él no estaba dispuesto a pasar los siguientes días con un manojo de nervios. Se levantó tan alto como era y preguntó:
—¿Tiene sed, Alteza? —La princesa asintió con un puchero—. Iremos por un poco de agua. A no ser que prefiera quedarse sola aquí.
Istar negó de inmediato con la cabeza y levantó los brazos para que Sigfrid la cargara. El General todavía no se acostumbraba a que ella le rodeara el cuello, pero supuso que era lo mejor. Lo último que necesitaba era que la princesa se tropezara en la escalera y se rompiera el cuello.
Cuando salieron de la habitación Istar se encogió en los brazos de Sigfrid. Los alaridos se intensificaron. Los gritos se hacían más claros con cada escalón que el General descendía. Istar acurrucó la cabeza en el hombro de Sigfrid. Apretó los ojos y contuvo el aliento para que el monstruo no la oliera. Se preguntó qué estaba haciendo Sigfrid. ¿Por qué la llevaba al monstruo? Quizá ella y su hermano estaban equivocados: quizá el General sí la odiaba.
—Alteza —la llamó el General cuando llegaron a lo más fondo de la caverna—. Mire esto, por favor.
Istar negó con la cabeza y se pegó más a Sigfrid. Estaba segura de que si abría los ojos se toparía con el monstruo de sus pesadillas.
Sigfrid soltó un gruñido y la separó de él como si se quitara una sanguijuela. Istar se revolvió en sus manos como un gatito porque supo lo que pasaría: el General la pondría en el suelo como una ofrenda. Sin importar cuánto batalló, perdió. No pudo hacer nada contra un hombre diez veces más grande que ella.
Cuando Sigfrid la puso en el piso ella se le lanzó de nuevo. El General se irguió tan rápido que no pudo abrazarlo del cuello, pero no se dio por vencida: se aferró a su pierna como si fuera una pulga.
—¡No me dejes, me portaré bien, no me dejes! —suplicó. Sigfrid soltó otro gruñido.
—Vea alrededor, Alteza.
Istar lo miró con reproche pero se percató de que podía verlo. Había luz detrás de ella. Cuando miró por encima del hombro encontró un lago resplandeciente por la luna. Habría sido una escena hermosa de no ser por las figuras negras que se arrastraban alrededor como orugas. Istar las vio en el lago, en las rocas, junto a ella.
No eran como las describieron las nodrizas, pero igual daban miedo. Tenían solo dos patas delanteras, cortas y sin dedos. Los cuerpos, anchos y grotescos, se alargaban en una cola que culminaba con una aleta de membrana verde o celeste. Las cabezas eran regordetas, con una boca amplia, un par de ojos diminutos y hundidos, dos fosas nasales anchas y cuatro agallas a cada lado del nacimiento de la cabeza. Tenían escamas negras y húmedas que reflejaban los destellos de luz que se filtraban en la cueva.
Los monstruos se arrastraban hacia el lago y se zambullían en él.
—Véalos de cerca. —Sigfrid la tomó y la acercó más a la orilla.
Istar pataleó para salvarse pero otra vez perdió. Sigfrid la dejó de nuevo en el suelo, esta vez rodeada de todas esas criaturas. Él retrocedió a la penumbra y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Tiene dos opciones, Alteza. Puede venir hacia mí, atravesando esos larguísimos seis metros de oscuridad y más «monstruos», o puede refugiarse en la orilla del lago, donde tiene la luz de luna. Es su decisión.
Istar lo miró incrédula. No podía creerse que su Guardián, el hombre que debía protegerla, la traicionaba. Lo miró dolida y desafiante. ¡Nunca más confiaría en él! A Sigfrid le hizo gracia ver ese mohín, tan digno de una princesa. Y como una princesa, Istar le dio la espalda para tomar el camino más difícil.
Pero titubeó apenas dio un paso hacia el lago. Ya no había monstruos.
Cuando las criaturas pasaban de la oscuridad a la luz de la luna, sus cuerpos cambiaban. Las colas negras se hacían verdes, celestes, rojas o violetas. Las patas regordetas e inútiles se alargaban en contorneados brazos. Los feos rostros se convertían en caras angelicales, con  un par de ojos como los del Emperador y el príncipe Kardan, labios delgados y una nariz perfecta como el botón de una flor. La cabeza calva se cubría de una mata de cabello de diferentes colores, y el tronco del monstruo se convertía en un pecho bondadoso. «Sirenas», pensó la princesa. Eran como los dibujos de sus libros de cuentos.
Los monstruos pasaban a su lado sin hacerle daño y se lanzaban al lago, donde el resplandor de la luna los bañaba y los convertía en hermosas criaturas.
Una sirena le hizo una señal con la mano y le sonrió. Istar no se pudo resistir al encanto y avanzó hacia ella. Sus dedos y los de la criatura se entrelazaron. Los descubrió fríos y resbalosos, pero no le importó.
Cuando la canción comenzó Istar se sintió en un sueño. Los monstruos que estaban detrás de ella, aún en la oscuridad, gritaban como gatos en un contenedor hirviente. Pero cuando cruzaban el umbral entre la luz y la sombra sus voces también se transformaban en una melodía agradable.
El canto de las sirenas era lo más dulce que había escuchado jamás, lo más magnífico que nadie nunca hubiese presenciado. Pensó que tal vez, si ella también se lanzaba al lago, se convertiría en una bonita sirena.
Una nube cruzó el cielo y tapó la moneda plateada que brillaba en lo alto. Los dedos que rozaban los de Istar se convirtieron en una aleta oscura. Los cabellos fosforescentes y los rostros de ángeles habían desaparecido. Solo quedaban monstruos regordetes y feos. Istar retrocedió con un salto y un grito, pero al instante se sintió culpable. La criatura la miró muy dolida y agachó la cabeza, avergonzada. Si no lo hubiera visto Istar jamás habría creído que un monstruo acuático pudiera lagrimear.
El monstruo abrió la boca como si quisiera comerse toda la oscuridad de la caverna. Su alarido sonó a maldiciones, llanto y crujidos. Las otras criaturas la acompañaron con un horroroso coro.
Istar se encogió pero ya no por miedo sino vergüenza.
—Los ofendí, ¿verdad?
—Por supuesto, Alteza.
Sigfrid también se había acercado al lago, aunque estaba en la parte más oscura. Istar tuvo que aguzar la vista para reconocerlo entre las sombras. El General estaba inclinado al lado de una diminuta cascada para llenar tres cantimploras.
—Los monstruos de los Tres Riscos son animales feos con gritos espantosos. Cualquiera que los escucha a la distancia imagina que son demonios gigantescos. Pero en realidad son pequeños y débiles.
Istar vio que los monstruos eran más bajos que ella. Así ya no le parecieron tan feos, y ciertamente dejaron de parecerle una amenaza.
—Pero cuando la luz de la luna los baña —continuó el General— se convierten en lo que son en realidad. Sirenas.
Los monstruos se arremolinaron alrededor de Sigfrid e Istar, pero no con hostilidad. A la princesa le parecieron cachorros curiosos en busca de amor y juegos. Ni siquiera se apartaron cuando Sigfrid rodeó el lago para regresar junto a Istar. Ellos no le tenían miedo al terrible General.
—Ahora sabe que no hay nada que temer aquí, ¿verdad?
Istar asintió aunque no estaba del todo satisfecha. Si Sigfrid quería enseñarle que los monstruos eran inofensivos, solo tuvo que explicárselo. No mortificarla con ese susto.
—Venga, Alteza —el General extendió los brazos para alzarla. Ya le estaba agarrando el pulso al arte de cuidar a un niño—. Es tarde y debería dormir.
En el cielo las nubes se disiparon. El resplandor plateado se coló otra vez en la cueva. Fue solo por un instante, pero Sigfrid dejó escapar una maldición mientras retiraba la mano. Había calculado mal la distancia entre la penumbra y la princesa, y la luna le bañó los dedos y el dorso.
El ardor de las púas era más intenso que el de una quemadura, pero lo peor era el vértigo. La cabeza de Sigfrid dio vueltas. ¿O acaso aquello era un temblor? Las paredes giraban alrededor de él. Vibraban como si dentro de ellas marcharan hormigas del tamaño de toros. Las pisadas de sus gigantescas patas resonaban en los tímpanos del General. Los monstruos de los riscos se agitaban a sus pies, asustados, mientras chocaban unos contra otros para escapar.
Cuando Sigfrid creyó que el risco colapsaría sobre él, todo se detuvo. Las paredes, las hormigas gigantes, el vértigo. Lo único que quedó fue el ardor de la mano, donde había una docena de huecos del tamaño de piquetes de mosquito. Sigfrid vio, sintió, las púas que se fundían de nuevo en su piel.
Siggi… —Istar se paró de puntillas para alcanzarle la mano—. ¿Te lastimaste? Te lastimaste, ¿verdad? —Como no pudo alcanzar al General la princesa lo jaló de la túnica—. Déjame ver, ¿sí? ¡Déjame ver!
—No es nada, Alteza…
—¡Que me dejes ver!
Istar jaló más fuerte la túnica pero fue su voz la que llevó a Sigfrid de rodillas. Él no tuvo tiempo de preguntarse por qué la voz de esa niña lo urgió a obedecer como si con eso dependiera su vida. Antes de que lo notara, ya había extendido su manota entre los deditos de Istar.
La princesa torció el gesto cuando vio la quemadura, pero no apartó la mirada. Sigfrid estuvo seguro de que Istar se echaría a llorar. Tan pequeña e impresionable, esa debía ser la reacción adecuada. Pero la princesa miró la manota de su Guardián con compasión y la acarició con suavidad. Un resplandor cálido y dulce brotó de sus dedos. El ardor insoportable fue sustituido por un alivio que Sigfrid nunca imaginó posible. Si tuviese que describirlo diría que fue como el beso de un hada de brisa. Tan suave y gentil que convertía el dolor anterior en el recuerdo de un sueño.
Cuando las púas se disolvieron en su interior, Sigfrid comprendió lo que había hecho Istar. La miró con una ceja arqueada, verdaderamente sorprendido.
—Es una sanadora, Alteza…
No se lo podía creer. Su protegida, su princesa, no solo sería la madre de los Dragones sino que también tenía la esencia de la sanación. Ningún aesiriano tenía ese poder. Istar lo miró con una sonrisa tierna. Se llevó un dedito a los labios y dijo:
—Es mi secreto, ¿de acuerdo? Si papá lo supiera me pondría muchos maestros y no quiero tener a montones de adultos gruñones encima de mí, como le pasa a Kardy, Hary y Siny. ¡Y no te preocupes! ¡Yo también guardaré el tuyo! Porque es un secreto, ¿verdad? Por eso no querías cabalgar de noche, porque la luz de la luna te hace daño y creo que no quieres que papá sepa lo que te pasa, ¿cierto? —Istar miró las sirenas que nadaban en el lago o estaban sentadas a la orilla—. Por eso te gusta este lugar. Porque al igual que ellos, te transformas en algo mejor cuando hay luna llena.

****

—¡Siggi!
Sigfrid se permitió sonreír cuando Istar se separó de la escolta y corrió hacia él. La princesa llevaba un vestido blanco que ondeaba con la brisa. Sigfrid se agachó justo a tiempo para que la niña pudiera alcanzarlo. Istar le rodeó el cuello con sus bracitos regordetes y lo apretó con fuerza. Acurrucó la cabeza en el hombro del General y dijo:
—¡Gracias! Esto no habría sido posible sin ti.
Sigfrid se agachó de nuevo para que Istar se soltara de él. Cuando sus pies tocaron el suelo, la princesa lo iluminó con una enorme sonrisa. Durante la semana que compartieron en los Tres Riscos ella le habló de los deseos que siempre le vedaban. La niña jugó con los feos animales que habitaban en las profundidades de la cueva y relató a Sigfrid las visitas furtivas que ella y sus nodrizas realizaban al jardín más alejado del Templo de las Doncellas. Lo que más deseaba, le dijo, era jugar con las niñas que estudiaban en ese lugar.
La princesa no sospechó que detrás de sus quejas inocentes estaba la solución a las misteriosas explosiones. Los ataques durante la visita furtiva de Istar al jardín del Templo de las Doncellas y al templo al que sí se le permitía asistir fueron dirigidos por alguien que conocía las actividades de la princesa. Alguien que sabía que el Emperador no revelaría a nadie la razón de los ataques por temor a comprometer el secreto de su hija.
Como ni siquiera el minucioso trabajo de Enlil dio resultados favorables sobre el atacante misterioso, Sigfrid optó por una solución que prometía proteger a Istar aunque no desenmascaraba al responsable de los ataques. Para que las explosiones acabaran había que quitarle al criminal el arma con la que había jugado todo ese tiempo: el anonimato de la princesa. Así que Sigfrid, después de una violenta discusión con el Emperador, hizo que Hakwer comunicara a los mascalinos la existencia de su hija y la presentara al pueblo.
Los aesirianos entendieron, compartieron y aceptaron –quizá con demasiado fervor– los miedos del Emperador con respecto a la niña. Tal y como Sigfrid supuso, los ciudadanos no se molestaron con el secreto oculto por cinco años. Todo lo contrario: estaban fascinados porque la pequeña princesa era una promesa tangible de que la Profecía estaba a unos años de cumplirse. Solo tenían que esperar un poco más; el tiempo suficiente para que Istar creciera y se convirtiera en una mujer lista para ser madre.
Un carraspeo ronco y grosero sacó a Sigfrid de sus pensamientos. Cuando el General se giró encontró a la anciana sacerdotisa encargada del templo. Esperaba en lo alto de la escalinata del edificio, con las niñas curiosas detrás de ella y cuchicheando entre sí. Sigfrid vio que Istar daba saltitos de felicidad. Su sueño de estudiar en el Templo de las Doncellas, rodeada de niñas de su edad que se preparaban para ser sacerdotisas, estaba a punto de ser realidad gracias a su Guardián. Si su existencia ya no era un secreto como su papá lo quiso antes entonces no importaba que estudiara en el templo.
—Adelante, Alteza —dijo Sigfrid mientras hacía una reverencia y se corría para dejarle el paso libre a Istar.
La pequeña pasó a su lado muy ansiosa y se precipitó junto a la anciana. La mujer, fría y estricta, realizó una reverencia formal pero dedicó unos segundos para explicar que su título como princesa no le daría ninguna ventaja por encima de las demás estudiantes. Cuando terminó, Istar la siguió sin que su ánimo se viera afectado por las crudas palabras de la sacerdotisa.
—Gracias, General Montag —dijo una voz a su lado. Al bajar la mirada Sigfrid se percató de que el príncipe Kardan estaba junto a él y miraba a Istar satisfecho—. Yo solo no lo habría logrado. Su interpretación fue perfecta. Sin usted la existencia de mi hermana jamás habría salido a la luz pública e Istar estaría confinada a su habitación. Mi padre suele escuchar mis sugerencias, como la del nombramiento de los Guardianes Celestiales, pero cada vez que le aconsejaba revelar la existencia de Istar se negaba a prestarme atención. Solo escucharía al hombre adecuado. Usted.
Un balde de agua fría cayó sobre Sigfrid. Todo fue obra de ese niño: los ataques, las figuras negras y el fuego, el nombramiento de los Guardianes Celestiales, las nodrizas guerreras… ¿Con qué objetivo?
Al ver las sonrisas de Kardan e Istar, lo comprendió: el príncipe solo quería que su hermana fuera feliz sin que eso comprometiera su seguridad. Para eso ideó una estrategia donde utilizó a sirvientes, príncipes, Generales y hasta al mismo Emperador como si fueran marionetas. De no ser porque él se lo decía, Sigfrid jamás habría visto los hilos.
Kardan le dedicó una última sonrisa mientras se pasaba un dedo por los labios para pedir silencio. Cuando el príncipe se marchó, Sigfrid se permitió una pequeña carcajada. No recordaba que alguien lo utilizara como lo hizo ese chico, al que no podía esperar ver en traje de Emperador.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. No se porque dices que está flojo este capítulo, a mi parecer es muy interesante y despeja muchas dudas sobre el pasado, no solo el de Sigfrid sino tambien el de Istar y Kardan. El final del capítulo me ha parecido sublime, aunque creo que deberías de deleitarte más en acabarlo, cuando un personaje esta asistiendo a un momento importante en su vida o a uno de mucha felicidad, siempre se suele describir más concretamente la situacion, me refiero sobre todo a cuando la princesa Istar sube la escalinata del templo. Al menos es mi opinión!
    Buen trabajo Angela! Espero con ganas el 6 de Marzo!
    Saludos de Lynkx.

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  2. ¡Hola Linkx! Mil gracias por tus comentarios, siempre tan alentadores y, por supuesto, educativos. Pues sí, me hubiera gustado darle un poco más en el ascenso de Istar por la escalinata desde el punto de vista de Sigfrid, pero el capítulo ya se había hecho demasiado largo y simplemente no podía alargarlo más. ¡Tuve que cortar un montón de partes por lo mismo!
    Pero tu sugerencia es muy acertada. A ver cómo trabajo este capítulo para pulirlo más ;)
    Mil gracias por pasarte, ¡significa mucho para mí!

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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