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Capítulo 9

9
DEMONIOS Y ESPÍRITUS

El lago en la cripta estaba en calma, aunque algunas ondulaciones hacían que el agua besara las piedras de la orilla. Cuando una luz blanca brilló en lo alto de la cueva un par de gritos jóvenes anunciaron el fin de la quietud. Los gritos se detuvieron de repente y en su lugar quedó el chapoteo incesante cuando Sakti y Darius cayeron al agua.
Cuando nadó hacia la superficie, la princesa escupió y buscó a su amigo. Tenía un extraño sabor en la boca, como a podredumbre salada. Una película rojiza le cubría la vista. Parpadeó varias veces para disipar las gotas de agua y se pasó la mano por la cara para limpiarse. Detuvo la mano frente a los ojos. Estaba roja y pegajosa, como si se la hubiera llenado de pintura.
O como si hubiese aplastado un pequeño pichón.
«Sangre…». Miró a uno y otro lado. A pesar de que la cripta era oscura, supo que el lago era carmesí. En lo alto de la habitación había un techo de estalactitas puntiagudas y las paredes alrededor estaban forradas de piedras filosas, cubiertas por una película roja. A Sakti se le contrajo el estómago y se mareó, pero contuvo las ganas de vomitar y desvanecerse porque no sería agradable nadar en su propio vómito o ahogarse en un pozo de sangre.
Dio varias vueltas y llamó a Darius a gritos, pero lo único que pudo ver fueron las olas rojizas que caían sobre ella. Cuando sintió un roce en la espalda se calmó un poco, porque creyó que se trataba de Darius. Al girarse se encontró con el cadáver pálido de un aesiriano, que flotaba a la deriva. Sakti pegó un grito y se apartó, pero cuando nadó de espaldas chocó contra otro cuerpo. Esta vez no gritó porque era inútil. Ahora que el lago comenzaba a calmarse se dio cuenta de que estaba rodeada de cadáveres. Incluso sintió más cuerpos debajo de ella, mientras pataleaba para mantenerse a flote.
—¡Allena! —la llamó Darius. Sakti miró en dirección a la voz. Escuchó los relinchos de los caballos, que se quejaban porque no estaban acostumbrados a nadar.
—¡Darius, hay…!
—¡Lo sé! —gritó él, también angustiado. Al fin lo divisó al mismo tiempo que él la veía. Estaban muy lejos. ¿Cómo podían estar tan separados aunque hacía unos segundos estuvieron abrazados? Los caballos también nadaban cada uno por su cuenta, lejos y asustados—. Tranquilízate, Allena. Nada hacia mí y yo nado hacia ti, ¿de acuerdo? Todo estará bien.
Sakti sabía que lo mejor era que los dos nadaran por su cuenta hacia la misma orilla, para ahorrar energía. Pero la aterraba la idea de cruzar sola el lago. Tenía carne de gallina, le dolía la cabeza y estaba muy mareada por el olor a sangre. Lo único que la mantendría firme sería nadar hacia su amigo.
Pero por más que nadaron no se encontraron. Darius estaba tan preocupado como ella porque el hedor del estanque le revolvió el estómago, los cadáveres al lado le causaron escalofríos y la distancia no se acortó para nada. «Es como una pesadilla», pensó él mientras pataleaba con todas las fuerzas para alcanzar a Sakti. «Maldita sea, ¡ahora siempre que pase una mala noche voy a repetir esto!».
El profeta sintió una ligera pulsación en el pie que lo hizo detenerse y voltearse. Miró alrededor y esperó a que las ondulaciones de su nado se calmaran. Vio que había otras ondulaciones un poco más pequeñas, pero constantes. Una esfera blanca que flotaba a unos metros de él las provocaba. La esfera giró poco a poco y reveló una maraña de mechones negros. Después vio un par de ojos y una nariz.
«Es solo un cadáver», pensó. No había diferencia con el resto pero Darius no pudo quitarle la mirada de encima. Qué curioso que los cadáveres flotaran con tanta sencillez, aunque no estaban hinchados. El que ahora veía, por ejemplo, tenía los labios azules pero nada más. Ni siquiera la nariz estaba carcomida. ¿Cuánto tiempo llevaba muerto?
—¡Darius! —lo llamó Sakti—. ¿Pasa algo?
—¡No! —Con solo escucharla supo que Sakti estaba aterrada.
Dirigió una última mirada de precaución al cadáver. ¿Por qué creaba esas pequeñas ondulaciones? ¿Era normal?
Los ojos giraron y lo miraron. Los labios pálidos esbozaron una sonrisa y dejaron al descubierto unos dientes amarillentos y torcidos. «Esto no está pasando», pensó Darius mientras se inmovilizaba. «Estoy viendo cosas, es una alucinación, esto no está pasando». Una mano helada lo tomó del brazo. Por un momento creyó que Sakti lo había alcanzado. Pero cuando la buscó no se encontró con unos ojos grises, sino con un hombre pálido como el papel que lo veía a través de una maraña de pelo oscuro. Alrededor de Darius se reunieron otros aesirianos desnudos que estiraban los brazos para sostenerlo.
A la distancia, Sakti escuchó el grito de pánico de su amigo pero no pudo ver lo que ocurría. Cuando preguntó qué pasaba, le llegaron unas indicaciones llenas de espanto.
—¡NADA, ALLENA, NADA! —gritó Darius por encima de un chapoteo infernal—. ¡NADA HACIA LA ORILLA, HACIA LA---!
Luego se hundió. Sakti se detuvo muda, incapaz de entender lo que sucedía. Sí alcanzó a escuchar la súplica de su amigo, ¡pero no podía dejarlo! Nadó hacia el sitio donde lo había visto y tomó aire para zambullirse y buscarlo, aunque supo que la densidad de la sangre no la dejaría ver algo más que las manos.
Cuando alguien la agarró del pie pensó que era el profeta. Pero el agarre fue frío y fuerte, no cálido y considerado como Darius solía tomarla. Antes de que tuviera tiempo ese algo la jaló al fondo. Las burbujas de oxígeno la dejaron sorda mientras subían a la superficie. Para cuando Sakti intentó contener el aliento ya era muy tarde. Le quedaba poco. A través de la capa rojiza distinguió los cuerpos pálidos de los aesirianos que se arremolinaban alrededor de ella y la sostenían. Al reconocerlos dejó escapar un chillido y nadó hacia la superficie, pero los cadáveres la apretaron hasta enterrarle las uñas en la piel mientras la hundían más y más.
Se abrazaron ferozmente a su cuerpo y le sostuvieron las manos por detrás de la espalda. Sakti forcejeó inútilmente. Miró hacia arriba y vio que estaba cada vez más lejos de la superficie. Aun cuando los cadáveres la soltaran no tendría oxígeno suficiente para regresar.
Un aullido subió desde el fondo del lago. Ella y los cadáveres miraron hacia abajo, donde una figura oscura aumentaba de tamaño conforme se acercaba. Sakti escuchó los gritos de los aesirianos, que se dispersaron para escapar de la nueva criatura. Una corriente jaló los cuerpos y los revolcó en el estanque. Sakti también dio vueltas en el agua, pero entre el caos distinguió la forma del monstruo. Era una serpiente larga de cabeza gigantesca. Sus fauces eran filas dobles de colmillos. Sus ojos parecían dos soles penetrantes y una lengua ancha se salía por la comisura de los labios.
La criatura nadó directo a ella. Los cadáveres que la sostenían la jalaron hacia uno y otro lado para evitar a la serpiente. Sakti vio su oportunidad para escapar. Cuando el monstruo abrió la boca para tragarla de un bocado, la princesa ayudó a los cadáveres y pataleó hacia la dirección contraria. La serpiente pasó al lado. La fuerza de la corriente dispersó los cuerpos. Sakti aprovechó para nadar hacia el monstruo y sostenerse de sus escamas.
La serpiente nadó hacia la superficie y salió del agua con un brinco. Cuando la parte en la que estaba Sakti rozó el aire, la serpiente dio un meneo de la cola. La chica salió disparada hacia una de las estalactitas y se sostuvo de ella.
Tosió para recuperar aire. Todavía escuchaba las burbujas de oxígeno y los gritos de los aesirianos, pero debía mantener la calma. Miró el lago. Allí no había una, sino cuatro serpientes colosales que peleaban entre sí.
Tenían un cuerpo largo lleno de escamas morado oscuro que brillaban. Las cabezas tenían forma de dragón y una melena amarilla sobre la frente que se extendía por el lomo en una línea que perdía grosor en cuanto más se acercaba a la cola. También tenían patas minúsculas e inútiles, y en medio de los dedos tenían una capa traslúcida celeste. En la punta de la cola tenían una aleta grande del mismo color.
Los cadáveres nadaban de un lugar a otro para evitar las dentelladas que los monstruos tiraban al agua. A pesar de las olas carmesí, de la blancura de los cadáveres y del caos de las serpientes, Sakti vio que Darius estaba en medio de todo el alboroto. Los monstruos peleaban entre ellos para alcanzarlo aunque ignoraban a los caballos, que nadaban hacia orillas opuestas.
Si tuviera la espada de Set, a Sakti le bastaría con batirla para crear una buena corriente de aire y golpear las cabezas de los monstruos. Así podría darle tiempo a su amigo de nadar y ponerse a salvo. Sin la espada se creía incapaz de lograr algo decente que distrajera a esas gigantescas criaturas, pero tenía que intentarlo. Apretó con un solo brazo la estalactita y levantó el otro por encima de la cabeza. Concentró toda la energía en el movimiento y agitó el brazo en dirección a las serpientes gigantes. Nada sucedió. Repitió el movimiento una y otra vez pero siempre obtuvo el mismo resultado: nada.
«¿Qué ocurre?», se preguntó mientras se veía la mano.
En el lago las serpientes todavía se lanzaban a Darius. Sakti no podía perder más tiempo. Como la esencia del viento no funcionaba recurrió a un suspiro de fuego. Cuando se trataba de una bola flameante no había Aesir que se comparara con ella. Pero en cuanto sopló ni siquiera creó una flamita. ¿Qué pasaba? ¿Por qué su magia no funcionaba?
Darius gritó. Una serpiente al fin lo había atrapado de la camisa. El monstruo estiró el cuello y sacó a Darius del lago. Cuando Sakti lo llamó a gritos las serpientes la miraron con sus gigantescas canicas de soles.
La que tenía atrapado al profeta lo aventó en el aire. Darius flotó unos segundos en el vacío hasta que la criatura abrió la boca y se lo tragó de un bocado. Sakti perdió el aliento. ¿Así? ¿Así perdería a su amigo? Estuvo a punto de dejarse caer por la sorpresa, pero el brillo malicioso en los ojos de la serpiente la espabiló. Los monstruos se sumergieron, tomaron impulso y luego saltaron con un gran brinco.
«Soy la nueva presa», comprendió al tiempo que recogía las piernas que habían estado colgando. Las serpientes se turnaron en los saltos para alcanzarla y aumentaron la altura en cada ocasión. Sakti intentó escalar la estalactita para ponerse a salvo pero no pudo. Sus dedos se resbalaban en la capa rojiza y húmeda que cubría la superficie.
Pensó en utilizar magia para agarrarse mejor pero otra vez fue inútil. En ese sitio su magia no servía para nada. Para desgracia de Sakti su gran fortaleza eran las esencias. De no ser por ellas jamás habría aprendido a tomar una espada. Requería de la esencia de los minerales para sostener un arma y no resentir tanto el peso de la armadura. Y ahora que no tenía magia todo el peso la estaba arrastrando al fondo. Los brazos le temblaban por el esfuerzo de aferrarse a la estalactita. Solo era cuestión de tiempo para que se soltara y una de las serpientes la atajara de un bocado, como a Darius.
Uno de los monstruos le rozó el pie. Cuando miró hacia abajo vio la frustración de la serpiente porque había fallado por muy poco. El próximo monstruo se llevaría sin duda el premio. Comprendió que si se quedaba allí moriría. No había mucho que pudiera hacer, ningún sitio a donde correr, excepto quizá… quizá…
Era una locura pero supo que era su única opción. Cuando la siguiente serpiente saltó hacia ella, Sakti se dejó caer. Esquivó las fauces del monstruo por apenas unos centímetros. Sakti había calculado que la serpiente se golpeara contra la estalactita, pero la criatura torció el cuerpo en el aire y se lanzó a ella. Sakti olió, sintió el frío hedor que despedía el hocico detrás de ella pero eso solo la motivó más a escapar.
Como la serpiente había saltado hasta salir del lago, Sakti le vio la cola. Sin tan siquiera pensarlo estiró los brazos y se aferró a la membrana celeste. Eso la salvó de las fauces del monstruo, que se cerraron donde estuvo ella antes. La princesa escuchó el chapoteo ensordecedor de la cabeza de la serpiente cuando regresó al lago. Una ola gigante estuvo a punto de derribarla de la cola.
Pero aun a través de las murallas de agua vio las miradas fijas de los otros monstruos. Los tres se lanzaron hacia ella, pero en el último momento la serpiente de la que se sostenía meneó la cola. Eso tomó desprevenida a Sakti. No pudo agarrarse mejor y salió despedida por los aires. Voló por encima de las otras serpientes hacia una de las paredes. Apenas tuvo tiempo de cubrirse el rostro porque impactó contra las rocas con la fuerza de un proyectil. Rebotó en la pared una y otra vez hasta aterrizar en una superficie áspera, húmeda y fría.
Estaba en una de las orillas. Abrió la boca para soltar miles de palabrotas, pero un alarido le inundó la boca. Se había deshecho todo el costado izquierdo. Sentía las costillas rotas, los miles de raspones, el labio hinchado, la cabeza abierta… Y luego se dio cuenta de que nada de eso importaba porque estaba viva. Había sobrevivido a las serpientes gigantes y al golpe contra la pared.
Los monstruos todavía la buscaban en el lago. Sakti los vio lanzar dentelladas en el agua y escuchó los gritos agudos de los cadáveres. Sus lamentos se amplificaban en la caverna, rebotaban en las paredes como Sakti lo había hecho y se metían en las rocas, en el agua, en las heridas, en la mente de Sakti.
Se encogió adolorida y mareada. Se tapó los oídos y apretó los ojos para bloquear la escena y despertar de esa pesadilla. No supo cuánto tiempo pasó así, pero cuando volvió a abrir los ojos el lago estaba en calma. Nada de chapoteo, ni gritos ni cadáveres. Solo un espejo de sangre. La escena en sí misma tenía una quietud tan fría que con solo verla Sakti sintió que se volvería loca. Un sonido la mantuvo cuerda: el relincho de un caballo.
El lago estaba rodeado casi por completo de paredes sólidas, pero había unas cuantas planicies que se abrían, cada una, en un sendero entre las rocas. Sakti se dio cuenta de que había aterrizado en una de las planicies y que su Ka-ren, que la llamaba, estaba en otra. Mükael esperaba en otra pero no tenía la vista en Sakti sino en el lago.
Porque aun esperaba que Darius saliera.
La cordura de Sakti volvió a resbalar. Las serpientes se lo habían comido. Darius, su amigo, se estaba deshaciendo en los ácidos de un monstruo. Los dientes le castañetearon, aunque ella no supo si era la pena o el frío. Ese lugar era mil veces peor que Kabosy o que el País de Hielo juntos. Además, había algo en el ambiente… algo extraño y maligno, como una niebla invisible hecha de tristeza y desolación.
Sin magia y herida como estaba, Sakti no supo qué hacer. Lo primero era ir por los caballos, ¿pero cómo? Las paredes que rodeaban el lago eran muy inclinadas y no había una orilla larga y estable por donde pudiera avanzar.
«¿Qué vamos a hacer, Dragón?», preguntó. El espíritu no le respondió. Sakti estaba completamente sola.

****

El lago otra vez se inquietó. Los caballos no se habían movido de sus sitios y miraron la nueva ondulación que rasgaba la superficie lisa del lago. Cuando la serpiente saltó a la superficie, Ka-ren y Mükael retrocedieron asustados. El monstruo meneó la cabeza de un lado para otro hasta que la chocó contra una pared. El golpe lo desestabilizó y finalmente cayó. Su cuerpo se hundió en el lago pero la cabeza aterrizó en una orilla.
Sus ojos entreabiertos todavía tenían luz y la leve sacudida en sus fauces parecía una respiración entrecortada y débil. Después de varios intentos, la boca al fin se entreabrió y una mano salió de allí. La siguió el brazo, el torso, la cabeza y luego todo el cuerpo de Darius.
Apenas separó las fauces, el profeta salió del hocico del monstruo. Cayó de bruces a la orilla y al instante se arrastró por el suelo para escapar. No se detuvo sino hasta que un retortijón en el estómago lo hizo vomitar el desayuno. No se lo podía creer. ¡Un bicho gigante se lo había tragado entero! Y volvería a hacerlo si no tenía cuidado.
La serpiente no se movió.
Darius no quería confiarse y acercarse otra vez al monstruo. No sería la primera vez que algo que parecía muerto cobraba de repente vida para hundirlo en lo más profundo de un lago de sangre. Pero supo que en ese lugar necesitaba todo lo que tuviera al alcance para sobrevivir. Así que regresó para recuperar la daga que le salvó la vida.
Cuando metió la mano en las fauces del monstruo, el aliento fantasmal y el hedor de la sangre le revolvieron otra vez el estómago. Fue una suerte que encontrara rápido el puñal que había clavado en el cielo de la boca. Era la única arma que Sigfrid le dejaba andar. La daga era bastante inútil a la hora de combatir a un grolien, pero si hubiese tenido una espada no habría podido salvarse. Lo más seguro es que la hubiese perdido en la conmoción. Pero porque tuvo el pequeño puñal Darius se las arregló para escalar por el interior de la garganta mientras mataba al monstruo de a poquitos. Le tomó mucho tiempo y en más de una ocasión creyó que no soportaría el aliento y se caería al estómago, pero lo consiguió.
El monstruo no reaccionó pero Darius decidió que la prudencia era la mejor acción. Apenas se alejó de la cabeza gigante, los dientes le castañetearon. ¿Cómo era posible que ahí hiciera tanto frío? Necesita una hoguera, mil frazadas y un abrazo. «Allena». La buscó de un lado a otro pero no vio señales de ella. Sakti no flotaba en el lago junto a los cadáveres ni estaba en alguna de las estalactitas o en las planicies. Había desaparecido. ¿Se… la habrían comido? Aturdido, Darius se dejó caer de rodillas al suelo. Él tuvo suerte pero quizá Sakti…
«No. Ella tiene sus esencias. Ella es una Virtuosa, es una sobreviviente. Sabe cuidarse sola». Si Darius aprendió algo durante el viaje por el Oeste era que Sakti siempre encontraba una manera de sobrevivir. Creaba su propia suerte. Tenía que creer que Sakti seguía con vida. De seguro alcanzó la orilla y siguió adelante por su cuenta. Todo tenía sentido: ella se marchó porque creyó que Darius estaba muerto y que no había nada que hacer para ayudarlo.
Solo tenía que buscarla, ¿pero qué camino habrá tomado? Lo más lógico era que ella buscara a los caballos, pero cada uno estaba en orillas separadísimas y era imposible alcanzarlos si se bordeaba el lago. Las paredes alrededor eran muy inclinadas y no permitían ningún camino. Seguro que si intentaba rodear el lago se resbalaría o uno de los cadáveres lo agarraría del pie en el momento menos esperado. Aun así su mejor opción para encontrar a la princesa –y no morir de frío en el proceso– era ir por los corceles. Darius siguió el sendero que se abría desde su orilla, lejos del estanque.

****

Sakti caminó a paso lento, con una mano apoyada en la pared húmeda. Tembló sin control por el frío y tuvo que detenerse a cada instante para regular los espasmos del cuerpo. A ese ritmo se moriría congelada.
Necesitaba calor, necesitaba a Mark. Cuando huyó del País de Hielo sobrevivió porque tenía el calor del amo pero ahora no tenía a nadie. Darius estaba muerto, los caballos estaban lejos y no encontraba ningún camino que la llevara a ellos.
Se detuvo de nuevo para tomar aire y acariciarse el dorso. No quería inspeccionar las costillas porque temía volverse loca al verse la sangre. Sabía que tenía heridas graves que se infectarían si no las atendía pronto. Si no era el frío la infección la mataría.
El túnel que recorría se parecía al lago porque las paredes todavía eran de rocas húmedas y filosas. La novedad era una bruma como de hielo seco que cubría el suelo. A cada paso Sakti tanteaba el camino porque temía caer en una fosa camuflada que la condujera a otro lago ensangrentado con cadáveres vivientes.
Algo detrás de ella formó una sombra oscura y larga, pero cuando la princesa se giró no encontró nada. Solo el repiqueteo de una piedra pequeña que había caído y rebotaba una y otra vez. Sakti tragó fuerte mientras agudizaba los sentidos.

«¿Pero qué importancia tiene? Estás atrapada en una cueva en la que estás ciega, mientras varios ojos curiosos te comen con la vista antes de hacerlo con la mandíbula. No puedes hacer nada al respecto. Es mejor si dejaras de intentarlo…».

Se llevó las manos a las orejas mientras se encogía. No supo de donde salió ese pensamiento tan funesto, ni por qué permitió que tomara forma tan concisa. Tampoco entendió por qué dejaba que el frío en la atmósfera la desalentara tanto. No tenía poderes, ni una voz amiga a su lado o en su cabeza para consolarla. Se sintió indefensa, incapaz de coordinar ideas y movimientos, como si…

«… fueras de nuevo la pequeña Sekmet, ¿verdad? Mira la cueva. Lo sabes. En el fondo hay una criatura que espera deseosa a comerte. Te punzará con sus garras y te desgarrará mientras tú sufres y hueles el asqueroso hedor de tu sangre, sin poder morir de una vez.
Luego verás al demonio sonreír mientras te saca los ojos con las garras. La ponzoña quemará la cuencas vacías, llegará al cerebro y entonces, lenta y dolorosamente, morirás, desearás morir…
¿Ahora lo sientes, Sekmet? ¿El miedo? ¿La asfixia? Arrástrate por el túnel, ¡no te detengas!, ¡pero deja de gritar si quieres sobrevivir un segundo más! Tarde o temprano te encontrará, ¿no prefieres que sea antes? Así al menos dejarás el suspenso de lado y podrás terminar con la frustración antes.
Pero… ¿qué sucedería si la escena se repite una y otra vez cuando estés muerte? ¿No sería peor? ¿No sería el castigo apropiado para ti, pequeño demonio? Deberías…».

Sakti dejó escapar un gemido sofocado. El nudo en la garganta despareció y pudo respirar de nuevo. Tenía los ojos fuera de órbita y se movían de un lado a otro para distinguir alrededor. Cuando reconoció rocas y una cortina de neblina, recobró un poco la lucidez y se recordó que estaba en la caverna misteriosa a la que llegó junto a Darius.
Tomó aire hasta saciar los pulmones y se dio cuenta de que estaba tirada en el suelo. Ya no estaba en un sitio de roca sólida, porque en el piso había arena maloliente y húmeda. Sintió arañazos en los codos y en las rodillas. Cuando miró atrás descubrió una estela en la arena. Se había arrastrado por el suelo en un ataque de locura, como lo hizo de pequeña tantas veces cuando la encerraron en las cuevas de sacrificio.

«Pero entonces tenías cadenas, ¿recuerdas? Escapar era difícil, muy difícil, pero al menos contabas con el poder que se salía de control y te salvaba siempre en el último momento, cuando tenías al demonio encima, ¿lo recuerdas? Pero ahora no tienes esencias, ¡el milagro que te salvaba de niña no te ayudará más! ¡MORIRÁS!
Querrás llamar a alguien para que te salve y te saque de esta cueva, pero nadie vendrá. Nadie jamás vendrá por ti. ¿A quién puedes importarle, Loca Sekmet?».

Sakti sintió de nuevo el pánico que se extendía por todo el cuerpo. Una vez más se arrastró por el suelo, mientras balbuceaba súplicas. Prometía ser buena, fuerte, prometía ser…
Algo semejante a la coherencia le dio un punzón en la mente. Tenía miedo pero no podía dejar que el pánico le hiciera ese daño. Intentar levantarse en su estado parecía imposible, pero tampoco podía arrastrarse como un gusano. Tenía que relajarse. No había ningún demonio detrás de ella. Ya no era Sekmet. Ahora era Sakti, poder y energía. Era un arma mortal que siempre salía de apuros. Ese era tan solo otro percance que debía superar.
El aire que respiraba le dañó la garganta. De seguro gritó muchas incoherencias en su arranque de locura, pero debía detenerse. Hizo tanto silencio que escuchó los latidos del corazón. Poco a poco los nervios se tranquilizaron… hasta que el rebote de una, dos, tres y cuatro piedras resonó con un potente eco alrededor.
Le temblaron los labios y las manos. Sintió una mirada penetrante en la nuca y una fría sombra detrás de ella. Sekmet tuvo miedo de voltearse pero Sakti necesitaba hacerlo para enfrentar lo que estuviera detrás de ella. Una mezcla de ambas la hizo girarse, pero no encontró nada. Solo el insistente repiqueteo de las rocas.
«Es una ilusión, es una ilusión», se dijo. «Es solo el miedo, es solo el miedo». La lógica le suplicó conservar la calma, pero el instinto de supervivencia tomó control sobre el cuerpo, le dio fuerza y la ayudó a levantarse. Avanzó unos pasos con torpeza pero ganó velocidad y seguridad mientras huía.
«¡Es solo una ilusión, Sakti Allena! ¡Compórtate de una buena vez!», se reprendió. A pesar de todo se detuvo para afrontar el miedo. Se voltearía de nuevo y no encontraría nada. Tenía que ser valiente. Tenía que. No había demonios. No había nada detrás de ella. NADA. Giró la cabeza, se irguió lo mejor que pudo y... Nada, solo bruma. Sonrió tranquila y cerró los ojos para concentrarse y calmar los últimos nervios rebeldes.
Cuando se tranquilizó y abrió los ojos para confirmar que estaba sola, una sombra apareció de repente. Un rostro largo y femenino dislocó la mandíbula y dejó al descubierto un par de filas de dientes blancos, resplandecientes y puntiagudos. La imagen duró una fracción de segundo porque de inmediato se lanzó sobre ella. Sin que pudiera hacer nada al respecto, Sakti fue engullida de un solo bocado.

****

—«No iremos por el Pantano, Alteza. Cállate, cachorro». Estúpido Sigfrid —maldijo Darius mientras arremedaba al General y se frotaba los brazos—. Si hubieras tenido una pizca de sensibilidad esto jamás habría pasado, General cabeza hueca. ¿Qué tan difícil era complacer a Allena? ¿Por qué tienes la necesidad de hacer a otros miserables? ¿Ah?
Llevaba por lo menos dos horas caminando en círculos. A lo largo del túnel había varias aberturas que conducían a otros caminos pero fue precavido. Si tomaba alguna de las rutas, no divaga mucho tiempo y se devolvía.
El frío en la cueva era mortal, tanto que le sorprendió ver bruma en lugar de hielo. Unos gemidos repentinos lo hicieron detenerse en seco. Eran sollozos, murmullos, llanto… Canciones y lamentos tristes y confundidos que venían de adonde él se dirigía. El estómago se le empequeñeció al imaginar más cadáveres aesirianos con la capacidad de moverse, deseosos de apresarlo para solo Dios sabe qué cosa.
Se frotó aún más los brazos mientras reprimía un gemido. No quería llamar la atención de lo que fuera que estuviese más adelante. Lentamente se devolvió de espaldas, concentrado en no hacer ruido. No notó los pasos tímidos que se acercaban hacia él. Algo lo jaló del pantalón tan de repente que dejó escapar un alarido de terror, a la vez que giraba sobre los talones. Las piernas le fallaron, se doblaron y él cayó sentado hacia atrás.
Su primera reacción fue levantarse y escapar pero la figurita delante de él lo detuvo en seco. Darius dejó de respirar. Un niño pequeño de cabello negro y lacio, con ojos verdes y azules a la vez, lo miraba fijamente maravillado. Una mano invisible apretó el cuello del profeta. Sin que pudiera evitarlo, unos lagrimones cálidos le quemaron la cara congelada. El niño también empezó a llorar pero sonrió tan maravillosamente, ¡tan ampliamente!
—¡Fenran! —lo llamó Darius con los brazos abiertos. El niño corrió hacia él y se acurrucó en su pecho.
—¡Papi, papi! —lloró.
Darius lo apretó entre sus brazos. En el frío cuerpecito de su hijo encontró el consuelo que había buscado en esa cueva eterna.

****

Sakti gimió. No pudo hacer más que eso. Estaba en una posición incómoda que empeoraba con los movimientos de las tripas del demonio. Lo que se la tragó avanzaba mientras el estómago se preparaba para que los ácidos la diluyeran.
Ya casi no tenía aire y el constante movimiento de los músculos la aplastaba con tanta fuerza que la trituraba. Solo distinguió las vísceras alrededor y un rastro de luz que se difuminaba a través de lo que parecía ser un caparazón delgado en el abdomen del demonio. Quizá, si pudiese llegar ahí, podría romper la membrana para escapar. Lástima que ni siquiera podía moverse.
El demonio aceleró la marcha. Sakti escuchó el arañazo de varias puntas sobre las rocas. La criatura debía de tener muchas patas que resonaban a lo largo del túnel. Justo cuando pareció que el demonio correría como nunca en la vida se detuvo de un solo golpe. A través del caparazón traslúcido Sakti vio una luz blanca que brilló con fuerza.
—¿Dónde estabas? —La voz le llegó un poco distorsionada, pero le dio un cosquilleo en el corazón porque era hermosa—. Te he buscado por todas partes. Conoces las reglas. Aún no puedes andar sola por aquí. ¿Cuántas veces te lo he dicho?
A través del caparazón Sakti vio que la luz se movía y perfilaba una sombra extraña. La parte superior era el cuerpo de una mujer con curvas atractivas, pero las caderas se engrosaban hasta formar un extenso bulbo. El resto del cuerpo se perdía en el juego de sombras y luces. Supo que era otro demonio. Una hembra.
El monstruo que la había engullido gruñó con ferocidad, pero Sakti sintió la tensión del miedo en sus músculos. El otro demonio era superior, más fuerte y peligroso. Hubo una pausa demasiado larga e incómoda. Solo era cuestión de tiempo para que la otra criatura supiera que algo andaba mal.
—Tiamat, ¿eso que veo en tu estómago es una presa? Tu abdomen está abultado. —Su voz paciente y hasta maternal se tiñó de enojo y frustración—. ¿Lo volviste a hacer? ¿Cuántas veces te lo he dicho? No importa si intentas comerte a alguien, ¡eso jamás saciará tu hambre o tu sed! Todos estamos muertos. Ahora saca a esa pobre criatura. Ya tiene suficiente con estar aquí.
Esto dio esperanzas a Sakti pues parecía que la nueva figura no estaba de acuerdo con comerse a otros.
—Oh, pero esta sí está viva —respondió el demonio que devoró a la princesa. La chica sintió un escalofrío. Esa voz…—. Aún está cálida.
—¡Sáquenme de aquí! ¡Por favor, por favor, por favor! —aulló la princesa con todas sus fuerzas mientras se debatía a duras penas en el interior del demonio.
—¡TIAMAT! —rugió la voz—. No lo volveré a repetir: ¡o la expulsas ya o te la saco a la fuerza!
Las entrañas se tensaron hasta aplastarla. Sakti se quedó sin aire, sin oportunidad de mover ni un pelo. Creyó que el monstruo jamás la soltaría, pero los músculos se contrajeron con tres espasmos fuertes y Sakti subió por la garganta envuelta en un coctel de jugos gástricos. El demonio se partió por la mitad y vomitó a la princesa. Sakti golpeó la cara contra el suelo. Estaba en roca otra vez. Ya no era arena.
—Oh, Santo Dios —murmuró el demonio luminoso—. ¿Una niña?
Sakti se arrodilló con los brazos apoyados en el suelo. El aire rancio de la cueva le resultaba sorprendentemente fresco después de estar atrapada en medio de vísceras. Unos dedos helados la tomaron de los hombros para evitar que se desplomara de repente. El demonio de luz habló otra vez con su dulce voz maternal:
—¿Te encuentras bien, pequeña?
Por un momento Sakti se olvidó de que estaba con dos demonios y creyó que se encontraría con un ángel. Pero cuando miró a la mujer contuvo el aliento y se apartó con un manotazo. Retrocedió sentada en el suelo, sin saber qué temer más del demonio. Su cuerpo en efecto desprendía luz, pues un halo plateado la rodeaba. Pero tanta luminosidad en un sitio tan oscuro como esa cueva daba mareo y una sensación de irrealidad nefasta, como si todo estuviese a punto de desaparecer bajo la luz.
El cuerpo era muy blanquecino y fosforescente, aún más que la cara de la luna llena. Los cabellos eran largos, lacios y de plata, y caían sobre la espalda y los pechos desnudos de la mujer. Las caderas se abultaban con un cascarón semejante al de los escarabajos. En lugar de piernas tenía una extensa cola de la que sobresalían varias patas.
Era una mujer ciempiés blanca.
La cara de la mujer era una combinación de belleza y mortalidad. Aunque el rostro era enfermizamente pálido, sus facciones eran finas y largas, con un par de pómulos que sobresalían de manera atractiva. Los labios se veían dulces y capaces de esbozar sonrisas merecedoras de poesías, y las cejas delgadas se enarcaban como un par de líneas muy bien cuidadas.
Pero había una ligera delgadez y demacración que le daban un aire lleno de tristeza y despecho. Sakti sabía que en un demonio esas emociones se podían convertir rápidamente en resentimiento, odio e ira. Un monstruo enfurecido podría matar con sencillez a una aesiriana herida y sin poderes como ella. Estaba al tanto de su situación: no tenía buenas posibilidades de escapar de dos demonios.
Pero la mujer ciempiés no esbozaba la mirada hostil que Sakti imaginaba. Sus ojos, ligeramente azules con una sombra gris de tristeza, estaban empañados. La mujer levantó las manos y lentamente, como si se acercara a un pajarito herido, tomó el rostro de Sakti.
La princesa cerró los ojos, segura de que el demonio dislocaría la quijada y se la comería. Otra vez volvería a estar entre vísceras. La mujer de plata le acarició las mejillas y los mechones con suavidad, casi con devoción. Después dejó escapar un suspiro satisfecho y aliviado.
—Es cierto, estás caliente. —Sakti entreabrió los ojos, animada por la voz dulce. Como la mujer no la sostenía con fuerza ni hostilidad se alejó de ella poco a poco, con cautela.
—¿No va a… comerme? —La mujer le sonrió.
—No soy un demonio, querida. Soy un espíritu. ¿Entiendes la diferencia?
Sakti dejó escapar un suspiro de alivio y asintió. Un espíritu era un ente con poderes fantásticos que ningún mortal poseía. Por lo general eran pacíficos e incluso hacedores del bien. Un demonio, en cambio, era maldad pura. Los había físicos, como los monstruos, y espíritus malignos, que no tenían un cuerpo pero sí mucha energía negativa.
Sakti sabía mucho de demonios, pero de espíritus conocía muy poco. No era común encontrarlos y casi todo lo que se sabía de ellos eran mitos fantasiosos que quizá no correspondían a la realidad.
—¿Estás bien? —preguntó de nuevo la mujer—. ¿Cómo llegaste hasta aquí? No estás muerta, ¿cómo pudiste llegar al mundo de los espíritus?
Sakti intentó hablar pero no tenía aire. Había perdido mucha fuerza en el estómago del monstruo que se la había comido. Al final negó con la cabeza, recogió las piernas y escondió el rostro entre las rodillas. El espíritu chupó los dientes, acongojada, y enroscó su cuerpo de ciempiés alrededor de ella para abrazarla contra su frío pecho.
—No te preocupes, pequeña. Encontraremos la manera de devolverte al mundo de los vivos —después de una pausa preguntó—: ¿Cómo te llamas?
Sakti se pasó el dorso de la mano por la nariz y las mejillas para secar las lágrimas. Levantó la mirada y sus ojos grises se toparon con los del espíritu.
—Sakti, señora. Sakti Allena. —La mujer sonrió con dulzura mientras una onda de calidez se asomaba a sus ojos.
—Muy bien, Sakti Allena. Tú me puedes llamar Sarit. Esta de aquí es Tiamat.
Sakti apretó los ojos mientras los escalofríos y estremecimientos la atacaban de nuevo. Poco a poco torció la cabeza hacia el demonio que la había engullido. Cuando la miró reconoció a una criatura semejante a Sarit, pero esta mujer ciempiés no emitía ningún tipo de luminosidad o paz. Tampoco era blanca sino café oscura; y los cabellos eran cortos y chamuscados, ajenos a la sedosa belleza de los hilos de plata de Sarit. Los ojos eran dos esferas negras que brillaban con una luz espectral y maligna, y el rostro estaba arrugado con disgusto.
No había cambiado nada. Su madre adoptiva todavía la miraba con repulsión, como la última vez, cuando la dejó desnuda y media muerta. La única diferencia es que ahora tenía el cuerpo de un demonio. Y ese, en realidad, no era un gran cambio.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Me ha encantado! Como se ha puesto la cosa de interesante, antes todo era medianamente facil para Sakti, porque tenia a sus esencias y al dragon para apoyarles pero ahora! Que pasara? Se ha encontrado con Tiamat y Darius va a reunirse con toda su familia seguramente... que les sucedera?
    Por cierto el tercer dragon no esta en el mundo de los espiritus no? Creo recordar que aquel lugar era distinto. Por cierto Tiamat es un demonio no? Entonces que hace recibiendo ordenes de un espiritu? No deberian ser enemigos?
    El proximo para cuando? Jijijijiji
    Saludos de Lynkx

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  2. Hola Lynkx! Pero qué lindo tenerte por acá ^o^ Has hecho tantas preguntas que ni sé por dónde comenzar.

    *El Tercer Dragón no está en el mundo de los espíritus, sino en el lugar fuera del espacio y del tiempo, pero verás que ambas dimensiones tienen su relación ;)

    *En cuanto a Darius... siempre es bueno esperar porque las cosas no son lo que parecen y el futuro del profeta no es muy brillante que digamos en este volumen u_u

    *Sí, Tiamat es un demonio porque me parece un personaje tan cruel que le queda bien el papel de esbirro después de la muerte, pero el porqué está bajo el dominio de un espíritu como Sarit es algo que verás en el capítulo 11. ¡No te adelantes!

    *Por si acaso, las actualizaciones aparecen en la cabecera del blog. La próxima entrega está para el 20 de febrero ;)

    MIL GRACIAS POR PASARTE. De verdad que es toda una alegría conocer tu opinión, y ojalá que la historia sí que vaya interesante. Qué dichosa sería si pudiera entretener a los lectores con mis loquitas ideas!!! Sos lo máximo! Ciao :D

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  3. Me encantó este capítulo, Ángela. Tienes tanto talento para describir el horror como lo tienes para las escenas de acción. Mientras leía estaba como los niños que se tapan los ojos con las manos pero espían por las rendijas de los dedos, jeje.
    Si "independizas" el argumento de la historia de Aesir obtendrías un micro de terror magnífico, con esos elementos como "El cadáver abrió los ojos y lo miró", o "Pedía una ayuda que sabría que no llegaría"...
    Por cierto, ¿cuándo nos regalas otro escrito como "De tu puerta a la mía"?

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  4. Mil gracias, Jimeneydas. Me gustaría creer que he mejorado en comparación con los primeros capítulos que publiqué de esta novela, y si ha sido así es por tus comentarios y los de otros muchos.
    Pero por lo menos estoy tranquila con este capítulo, porque ha tenido una buena aprobación de parte tuya y de Linkx :D
    En cuanto a otro relato mío... ¿Cómo explicarlo? Tengo una imaginación muy limitada, y todas mis ideas se ven dirigidas a "Los hijos de Aesir". Raros son los momentos en los que se me ocurre escribir sobre otra cosa, y más raros son aquellos en los que me da tiempo de apuntar la idea antes de que se me olvide. Así que veremos otro relato en cuanto se me ocurra una buena idea y no la olvide... Lo siento :(

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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