¡Sigue el blog!

Capítulo 11

11
LA DAMA BLANCA Y LOS CONDENADOS

Desde lejos llegaba un estruendo que aumentaba de intensidad conforme avanzaba. Cuando al fin estuvo cerca, las pocas almas en el túnel se encogieron para evitar meterse en el camino de las criaturas que corrían. Si alguna de las almas guardaba una pizca de lucidez agitaba la mano para saludar a Sarit. Pero la dama ciempiés no les devolvió el gesto pues tenía demasiada prisa como para detenerse o tan siquiera sonreír a sus amigos. Tiamat corría a su lado con la misma velocidad, aunque bufaba de mala gana. Sarit también la ignoraba.
El espíritu blanco cargaba a Sakti en la espalda, porque hacía unos minutos la chica dejó de sentir las piernas y empezaron a dolerle los brazos y el pecho. Sarit no sabía de algún vivo que hubiese llegado antes al mundo de los espíritus, pero con el frío que hacía allí se imaginaba bastante bien lo que les sucedería. Morirían. Por eso buscaba ahora la única fuente de calor que conocía en ese mundo, antes de que fuera demasiado tarde para la princesa.
—¿Cómo vas? —gritó la mujer ciempiés—. ¿Algo mejor? —Cada vez que gritaba Sakti se estremecía por el susto. Eso era bueno. No podía dejar que se quedara dormida.
—Ajá —contestó la chica mientras le castañeteaban los dientes—. Si no fuera por usted ya estaría muerta.
—No vuelvas a decir eso nunca más —la reprendió Sarit—. No sabes lo que dices.
Sakti suspiró agotada. Tenía los músculos entumidos y cada vez le costaba más respirar. De no ser por el espíritu todavía estaría en el estómago de Tiamat o arrastrándose por el túnel, incapaz de coordinar ideas y movimientos antes de morir congelada. Tenía mucho sueño. Pero cada vez que cerraba los ojos Sarit le gritaba o se movía muy brusco para mantenerla despierta.
Sarit se detuvo en seco de repente y contuvo el aliento. Sakti pensó que era otra maniobra de la criatura y que en cualquier momento reanudaría la marcha. Pero como la parada estaba durando más de lo necesario supo que había algo al frente que ameritaba tanta espera. Se asomó por encima del hombro de Sarit y vio lo que había petrificado al espíritu: un hombre tirado en el suelo, bocabajo, y un niño que lloraba y lo sacudía con desesperación para despertarlo.
Cuando el niño se dio cuenta de que no estaba solo, miró a las mujeres ciempiés como si temiera un ataque. Al instante la cara de pánico se llenó de esperanza.
—¡Sarit! Te busqué por todas partes, pero entonces papá dijo que le dolía el pecho y después se cayó ¡y ya no despierta! ¡Tengo miedo! Ayuda a papá, ¡ayuda a papá!
Cuando Sakti miró al niño sintió un retortijón en el estómago. Los ojos del pequeño eran mitad azules zafiro y mitad verdes esmeralda. Tenía el cabello negro y lacio, y un rostro inocente y bonito. Era la perfecta versión infantil de Darius.
La princesa se dejó caer al suelo porque el niño intentaba despertar al profeta. Aunque cayó de rodillas logró ponerse en pie para acercarse a Darius. Para cuando las piernas le fallaron otra vez, estaba al lado de los dos mestizos y sacudía al muchacho todavía más fuerte que el niño.
Darius estaba tan frío como un témpano de hielo en el país vaniriano. Como los cuerpos de los aesirianos del lago ensangrentado. Como Sarit y Tiamat. La desesperación y el miedo treparon por la garganta de Sakti. Pero antes de que pudiera gritar por la idea de que su amigo estuviese muerto, la dama ciempiés volteó a Darius y le puso la mano en la mejilla.
—Todavía está algo tibio. ¿Lo conoces? —Cuando Sakti le explicó que ella y Darius llegaron juntos al Reino de los espíritus, Sarit torció el gesto. El espíritu miró al niño y le dijo—: Fenran, busca a Set y llévalo a mi nido. ¡Dile que es de vida o muerte, y que no me importa lo ilógico que la expresión suene en este mundo!
Fenran respiró hondo, se secó las lágrimas a toda prisa y salió corriendo como alma perseguida por el Diablo. El niño se perdió a la distancia, pues corría con pasión, como si fuera su vida y no la de otra persona la que dependiera de esa carrera. Sin previo aviso Sarit tomó en brazos a Darius y a Sakti y reanudó la marcha. El camino que tomó era opuesto al de Fenran. La princesa se preguntó si el niño conseguiría lo que buscaba antes de que fuera demasiado tarde.
El viaje fue más rápido y mucho menos tranquilo que el anterior. Sakti sabía que ella estaba casi tan mal como Darius, así que luchó para no quedarse dormida. Prestó atención al recorrido y vio las almas que caminaban por los túneles con la mirada perdida, el andar descuidado, el canto lleno de pena…
El paisaje cambió. Ya no estaba en un túnel, sino en una ladera que corría alrededor de lo que parecía ser un valle eterno en medio de la gran cueva que era el mundo de los espíritus.
Vio que en el valle había fumarolas que, a pesar de desprender luz y vapor, no emitían calor. Alrededor había criaturas con cuerpos indefinidos y otras siluetas que se encontraban en un punto medio entre demonios y aesirianos. A pesar de que estaban lejos Sakti todavía escuchaba los lamentos lunáticos y veía tantas figuras que no podía creer que todos cupieran en esa enorme cueva.
El paisaje cambió una vez más. No había ingresado a un túnel infinito ni podía ver el valle, sino que entró a una caverna que terminaba en un nicho. Una de las paredes era irregular y tenía grandes agujeros que, a modo de ventanas, permitían ver la meseta de almas condenadas. Sarit lanzó al par de aesirianos a un enorme nido de paja que ella debía de utilizar de cama.
Luego se acercó a Darius e intentó desabotonarle la camisa, pero no pudo hacerlo. Sakti vio que los dedos de la mujer eran muy largos y torpes. Todo el cuerpo de Sarit había sufrido una transformación para sobrevivir en ese mundo, no para realizar las funciones normales de los vivos. Al parecer eso incluía poner y quitar ropa.
La princesa se encargó de abrir la camisa a Darius pero apartó la mirada apenas vio el pecho de su amigo. Se le había olvidado que Darius se hirió las costillas cuando cayó de la montaña y ahora también tenía los golpes que le dieron los aesirianos del lago ensangrentado y las enormes serpientes. El profeta tenía muchas cortadas profundas y la piel tan amoratada e hinchada que parecía que se reventaría en cualquier momento. Si no era por el frío se moriría por alguna herida interna o alguna infección, porque Sakti no tenía ni idea de cómo atenderlo y no creía encontrar médicos en ese sitio.
Sarit ni siquiera levantó las cejas. Pidió a Sakti que se acomodara la cabeza de Darius en el regazo para sostenerlo por si hacía falta. La mujer ciempiés tocó una a una las heridas. De los dedos largos surgió una pequeña luz cálida que cerró cada una de las cortadas con una caricia. Darius se agitó un poco y respiró más profundo y aliviado, pero no se despertó durante el tratamiento.
Cuando Sarit terminó todas las heridas de Darius habían desaparecido. No había moretones y en la piel no había ni una sola mancha de sangre. Sakti miró incrédula a su amigo, luego los dedos pálidos de Sarit y finalmente los ojos del espíritu.
—Es una curadora —susurró la princesa. Sarit le dedicó una sonrisa.
—Ahora te toca a ti, Allena. También estás lastimada, ¿verdad?
Antes de que Sakti pudiera desvestirse Fenran entró a la cueva entre tropezones y gritando el nombre de Sarit. La mujer ciempiés recibió al pequeño con una sonrisa muy linda y le preguntó si había encontrado lo que le encomendó.
—Sí —respondió Fenran, aunque lloraba—. ¡Pero se está atrasando al propio! ¡Me está molestando!
—Deja de ser llorón, mocoso —lo interrumpió un muchacho mientras aparecía al lado del niño y le desacomodaba el cabello con un coscorrón simpático—. Si andas acusando a la gente por tonterías como esta jamás vas a madurar.
En cuanto el joven apareció allí Sakti sintió que repetía un encuentro. El nuevo visitante tenía ojos oscuros, cabello castaño y una sonrisa burlona y muy sincera.
—¿Set?
El muchacho se giró a ella. En cuanto la vio el semblante tranquilo se tensó. El Virtuoso del Caos la miró horrorizado, recorrió en zancadas la distancia que los separaba y, cuando la alcanzó, la zarandeó por los hombros mientras gritaba histérico:
—¿Te moriste? ¡No podías morir, no podías! ¿Qué será ahora de nosotros? ¿Entiendes lo que has hecho? ¡Nos has condenado por la eternidad! ¿Por qué, Allena, por qué tenías que morir? —Set la zarandeó tan fuerte que Sarit tuvo que separarlos.
—No está muerta —le explicó con delicadeza mientras se colocaba delante de la chica para protegerla en acaso de que el Virtuoso perdiera de nuevo la compostura—. Todavía guarda algo de calor. Ella y su amigo vinieron a este mundo estando vivos. Y si queremos que sigan así necesitamos fuego. ¿Entiendes? ¡FUEGO!
Set estaba agitado y tenía problemas para respirar. Miró a Sakti y a Darius. Sacudió la cabeza como si no pudiera entender lo que sucedía, pero después miró a la princesa con determinación. Extendió la mano y de la palma saltó una llama bailarina que de inmediato impregnó la atmósfera con una cálida y reconfortante sensación de vida.


Al despertar, Darius experimentó una sensación doble de alivio y temor. Primero alivio, porque el rostro de Fenran no se desvaneció como si se tratara de la última ilusión entre el sueño y la realidad. Al darse cuenta de que su papá estaba mejor, Fenran se le lanzó a los brazos. Darius lo recibió con la nostalgia y alegría contenidas durante todos los años que había esperado por verlo de nuevo y estrecharlo otra vez. Sentía que estaba soñando y que Fenran se desvanecería en cualquier momento, pero el niño se mantuvo firme y real en sus brazos.
Después de la felicidad siguió una oleada de pánico cuando se percató de las grandes figuras que estaban en la cueva. A la primera que vio fue a Sarit, blanca y espectral. El cuerpo de ciempiés estaba a lo largo de la cueva, la mayor parte de él cerca del fuego; mientras que el torso de aesiriana estaba al lado de Sakti porque le hacía cariño en el cabello a la chica dormida. También distinguió a Tiamat, más malévola que la criatura blanca, encogida en un rincón de la cueva.
Aunque al principio le costó sobreponerse a la idea de estar en el nido de un demonio –espíritu, se corrigió después–, dejó que Sakti y Fenran le explicaran qué hacía allí. Sarit les dijo que después de que Set encendiera el fuego los dos durmieron lo suficiente como para recuperarse de la conmoción sufrida al llegar a ese mundo. Aun así la dama sabía que todavía Darius y Sakti tenían muchas dudas. ¿En dónde estaban? ¿Por qué aesirianos, espíritus y demonios convivían en esa extraña y eterna cueva?
—Este es el Reino de los espíritus —explicó Sarit después de que Darius y Sakti se acomodaran más cerca del fuego—. O, en un término que podrán entender mejor, el mundo de los muertos. Es una especie de Purgatorio, un inframundo al que todos los aesirianos, niños, adultos o ancianos, justos o pecadores, entran al morir.
»Para los de nuestra raza, esta es la vida después de la muerte: arrastrarse por los túneles, escuchar voces acusadoras, sollozar, padecer hambre y sed eterna, estar separados de los seres amados, confinados a un mundo de tinieblas y frío… Todo esto hace que poco a poco las personas pierdan el juicio y olviden quiénes solían ser en vida.
»Es parte de la maldición aesiriana. Incluso en la muerte no tendremos descanso hasta que la Profecía se cumpla y nos libere. Cuando eso suceda las almas que lo merezcan irán al Cielo y las que no, se hundirán en el Infierno. En eso se basa este mundo.
»Además, aquí tenemos un único destino: volvernos locos. Pero antes de que eso suceda hay tres opciones. La primera es perder la cordura en la misma forma con la que se vino a este mundo, es decir, como aesiriano; pero es muy difícil conservarse así. La segunda opción es convertirse en espíritu y la tercera, en demonio.
»Los tormentos de este lugar hacen que nuestras almas se transformen, pues son una parodia del cuerpo que teníamos en vida. Por eso verán a muchas personas con siluetas extrañas, porque están comenzando a cambiar o todavía no se han transformado del todo. Además, los cambios del cuerpo son tan solo un pequeño reflejo de los cambios en la mente. Si la locura consume un alma más rápido de lo normal y la llena de odio, esa persona se convertirá en demonio.
Sarit señaló a Tiamat, que se mantenía en su rincón miserable sin compañía, sin luz, en tinieblas.
—Tiamat cambió demasiado rápido. Por eso estoy con ella. Si el alma todavía muestra un poco de cordura, si todavía mantiene un rastro de inteligencia, entonces es posible que la transformación demoníaca retroceda o el alma se convierta en un espíritu. Parte de mi tarea es ayudarla porque si la Profecía se cumple y ella no cambia, entonces irá al Infierno, que es un millón de veces peor que este limbo.
»Si el alma logra sobreponerse a los tormentos entonces se convierte en un espíritu. Si quieren pueden verlo como una especie de premio, porque la forma de espíritu hace la estadía mucho más sencilla y llevadera. Pero todos, al final, pierden la cordura. No hay excepciones.
Sakti miró a Sarit y después a Set. Los dos tenían la mirada clavada en el suelo, con los semblantes sombríos y llenos de pesar. Ya casi no tenían ni pizca de la dulzura que les permitió sonreír mientras ayudaban a la princesa y al profeta, porque ahora era como si una nube les tapara el sol.
—¿Y no hay manera de salir de aquí? —preguntó la chica.
—Las almas que salen de este lugar se convierten en demonios cuando cruzan los límites entre la vida y la muerte —explicó Sarit—. Sus existencias son herejía, por lo que ya no merecen el perdón. Solo los demonios que se crean en el mundo de los vivos tienen esperanza de ser salvados algún día… —Hizo una pausa como si intentara recordar algo. Luego sonrió para sí misma y dijo—: También hay ciertas fechas, como el aniversario. En el mundo de los vivos suelen recordar con una oración la muerte de un ser amado. Cuando rezan por un alma en la fecha de su muerte, esta puede ver a los que oran por su salvación. Es una linda manera de saber cómo están los que dejamos atrás. Pero además de eso no sé de ninguna otra manera de salir de este lugar. Y si a eso agregamos que la magia no sirve en este mundo…
—Pero… —interrumpió Darius mientras miraba a Sarit y Set— ustedes usaron magia.
—«No magia». Es una de las reglas de este lugar —respondió el Virtuoso—. Pero hay excepciones: Sarit y yo somos las únicas. En mi caso, la Muerte dijo que me dejaba utilizar magia «para iluminar el camino de los demás». —Set chascó los dedos y de allí brotó una llama que le iluminó la mano—. La esencia del fuego es la única que me queda. El resto se desvaneció por completo.
—¿La Muerte? —preguntó el profeta, incrédulo—. ¿Te habló?
—Uy, sí. Como no llegaste aquí muerto no has escuchado su voz. Apenas vas a cruzar el umbral, la Muerte te habla. Después de todo, este mundo está bajo su jurisdicción. Creo que es por eso que nosotros tenemos magia, porque espera que de alguna manera le ayudemos a mantener el orden en este lugar. —Al ver que Darius no entendía, Set agregó—: No te preocupes. Mejor dejo que Sarit explique por qué ella es una excepción. —La mujer ciempiés sonrió y dijo:
—Al igual que Set, solo tengo una esencia que es la que me permite sanar a otros. Si lo piensan es un poder bastante inútil en un mundo donde todos estamos muertos. Pero en un sitio donde los magos no tienen magia es un signo de esperanza.
»Cuando crucé el umbral, la Muerte dijo que mi mayor pecado en vida fue arrancarle de las manos a quienes ya habían partido. Rompí la regla fundamental del mundo: quienes han muerto no pueden volver a la vida. Pero aunque tenía buenas intenciones y no me arrepiento de lo que hice, mi pecado se mantiene.
»Por eso la Muerte dijo que la única forma de redimirme sería si me convertía en la Dama Blanca, una guía a las almas recién llegadas. Una especie de mentora para que otros tuvieran esperanza incluso en un mundo de tinieblas como este. Además de mi salvación, la Muerte me prometió el cuerpo de un espíritu y yo acepté el trato. Quería convertirme en un espíritu más pronto de lo normal para recorrer este mundo de pies a cabeza.
—¿Por qué? —Darius sabía que era imprudente de su parte hacer preguntas tan personales, pero sentía una gran simpatía por Sarit. Como lo supuso, la mujer ciempiés no se molestó; incluso sonrió mientras respondía.
—Porque quería asegurarme de que mis hijos y el hombre que amo no estén aquí. Si los encontrara no sé lo que haría…
Sarit les explicó que cuando estaba con vida se enamoró de un buen hombre. A veces ella tenía la impresión de que él también la quería pero, cuando su padre eligió a otra persona para casarla, ninguno se opuso.
—Su silencio me aterraba, no estaba segura de lo que él sentía por mí… así que me casé con alguien más. No odié a mi esposo. De hecho llegué a quererlo, pero nunca pude sentir por él lo que sentí por el otro. Aun así tuvimos un par de hijos.
Pero ella y su esposo murieron a causa de la guerra. Y cuando llegaron al Reino de los espíritus decidieron recorrer el inframundo para asegurarse de que ninguno de los dos cachorros les hiciera compañía pronto.
—Él los busca en el lado donde cayó, y yo en este. Una vez al año las fronteras entre los lados se rompen y aprovechamos ese momento para vernos e informarnos. Hasta el momento ninguno de los dos ha encontrado a alguno de nuestros hijos.
—¿A qué se refiere con los «lados»? —preguntó Darius. Fenran se acomodó en su regazo y respondió:
—Esta cueva parece muy grande, papá, pero no cabemos todos porque somos muchísimos. Por eso el mundo de los espíritus se fragmenta en varios lados. Es la misma cueva grande, pero en cada lado hay diferentes almas. —Fenran bajó la mirada y la fijó en sus dedos, que jugaban inquietos—. Mamá cayó al otro lado. Ella no está aquí.
—Los lados son como varias dimensiones del mismo lugar —terminó de explicar Sarit—. Todos los aesirianos que hemos muerto desde la maldición de Dios estamos en el mundo de los espíritus; pero no podemos ver las almas que cayeron en otro lado. Solo una vez al año las fronteras se desdibujan y entonces podemos vernos. ¡Somos tantos!
—¿Eso también es obra de la Muerte? —preguntó Sakti—. Porque la Muerte es uno de los ayudantes de Dios, ¿verdad? Como el Tiempo.
En cuanto lo dijo, Sarit y Set dejaron caer la mandíbula. Sakti casi podía jurar que los dos palidecieron, pero no podía estar del todo segura porque la mujer ciempiés era muy blanca y Set no tenía el rubor de un vivo. Lo que sí podía asegurar era que a Set se le erizó el cabello y a Sarit se le puso la piel de gallina. Después de una larga e incómoda pausa el espíritu se aclaró la garganta y susurró:
—Sí, la Muerte es uno de los ayudantes de Dios. Pero aquí no hablamos de eso. Es tabú. La Muerte es muy amable pero no le gusta que cavilemos mucho en sus asuntos y en los demás ayudantes. No es propio de simples mortales.
Sakti se mordió la lengua e intentó no pensar más en el asunto, porque si el Reino de los espíritus era terreno de la Muerte quizá hasta pensar en ella era prohibido. Sin embargo le costaba mucho dejar el tema de lado.
Hacía unos años, cuando descubrió que era la portadora del Primer Dragón, Marduk la llevó a una extraña habitación blanca en el lugar fuera del espacio y el tiempo. Allí, las fauces de un animal salvaje intentaron abrirse paso para llegar a ellos. A Sakti le dio la impresión de que se trataba de un perro gigante, pero Marduk dijo que era el Tiempo.
«Este lugar debe tener alguna relación con el sitio fuera del espacio y el tiempo», pensó. Si el mundo que habitaba el Tercer Dragón estaba bajo la jurisdicción de Tiempo, y el Reino de los espíritus era de Muerte, ¿entonces había una relación entre ellos, una llave? Porque quizá, entonces, ella podría encontrar la forma de que Marduk nunca pudiera nacer. No quería encontrarlo. No quería verlo. No quería lidiar con quien castigó al amo.
Pero como no sabía si sus conjeturas eran acertadas –o tan siquiera si tenían sentido–, y como quizá era peligroso pensar en eso estando en el mundo de los muertos, dejó el asunto de lado y se concentró en lo que decía Sarit.
—La Muerte nos concedió conservar uno de nuestros poderes. Si alguien aquí tiene magia, si alguien mantiene algo que es de los vivos, entonces hay posibilidades en un mundo donde nos las han arrebatado. Entonces quizá la Profecía se cumplirá algún día y nos liberará de esta prisión. Por eso Set y yo tenemos magia: para dar esperanza a otros.
Sakti comprendió algo más. Aunque era un espíritu, Sarit daba la bienvenida a un demonio a su nido para intentar salvarla. Y hacía hasta lo imposible por mantener con vida a un par de desconocidos porque era incapaz de darle la espalda a alguien. Tenía una naturaleza bondadosa y desinteresada.
Set en vida y muerte fue capaz de perdonarlo todo: el rechazo, el odio, la traición… A pesar de lo que sufrió como Virtuoso del Caos, siempre mantuvo una sonrisa en la cara y el corazón dispuesto para confiar en la gente, amarla y ser amado.
Por eso la Muerte los eligió.
Los dos poseían un corazón de oro que los habría llevado directo al Cielo de no haber nacido aesirianos. Tenían una pureza que superaba incluso a la de Fenran, quien era un niño pequeño e inocente que no se ganó el honor de conservar magia en el inframundo.
Quizá la Muerte era amable, como decía Sarit. A pesar de que su trabajo como ayudante de Dios era matar, a pesar de que tenía el control de un mundo perverso y horrible como ese, buscaba buenos faroles para iluminar la estadía de los demás. Quería que los aesirianos allí conservaran la esperanza y se salvaran.
—Pero supongo que el que ustedes tengan poderes no nos sacará de aquí, ¿verdad? —preguntó Darius. Sarit y Set negaron con la cabeza, con un semblante de impotencia—. ¿Y qué pasará si Allena y yo permanecemos en este lugar por mucho tiempo?
Sarit se mordió los labios y bajó la mirada, incapaz de darles la mala noticia de frente.
—Morirán. Si colapsan por el frío también lo harán por el hambre y aquí no hay nada comestible. —La Dama Blanca se puso en pie. Su largo cuerpo se tensó para ponerse en marcha—. Pero mientras dormían Set y yo llegamos a una conclusión. Si hay alguien que puede sacarlos de aquí es el General Cornelius Montag. Él es el más antiguo de este lugar que todavía tiene vestigios de cordura… aunque son bastante remotos.
Sarit, rápida como el rayo, los rodeó, tomó en brazos y luego los montó en la espalda. Cuando Set apagó el fuego que ardía en el centro de la cueva, la princesa sintió un poco de pena. El Virtuoso del Caos secó las ropas de Sakti y Darius al fuego, por lo que los abrigos –que eran ideales para soportar el frío de Kabosy– estaban calentitos. Pero aun así era una lástima extinguir el fuego amigable que los mantuvo con vida mientras dormían.
Antes de salir la mujer ciempiés llamó a Tiamat para que los siguiera. El demonio refunfuñó y siseó como si fuera una víbora furiosa, pero cuando Darius miró por encima del hombro vio que Tiamat los seguía a regañadientes.
—¿Por qué obedece? —susurró el profeta—. Podría huir o...
—No puede —lo interrumpió Set, que se había subido a una parte de la cola del espíritu para no seguirlos a pie—. Sarit es la Dama Blanca. Todos debemos obedecerla porque la Muerte así lo ha dictado.
Darius miró perplejo al Virtuoso. No creyó que ni siquiera Fenran, que estaba junto a él, lo escuchara susurrar sus pensamientos. Set estaba mucho más lejos y como la cola se movía con zigzagueos apenas si tendría tiempo de sostenerse bien para no caerse. Aun así Set lo había escuchado. Quizá Sarit y Tiamat también. Los aesirianos en ese mundo no tenían magia, pero al parecer tenían un oído muy agudo.
Eso no le gustó. Según lo que entendió en el Reino de los Espíritus los aesirianos cambiaban por la locura y la necesidad de adaptarse mejor al inframundo. Entonces, ¿qué otros sentidos y habilidades mejorarían allí? ¿Y qué horrores los obligarían a hacerlo?
Cuando Sarit descendió por la ladera Darius tuvo una mejor idea de lo que pasaba en ese sitio. Era la primera vez que veía el valle de muertos. Vio las fumarolas siniestras y las siluetas indecisas entre demonios, espíritus y magos. Escuchó los gritos, los sollozos, los extraños cantos que tenían una pizca de tristeza y una onza de locura.
Se le erizó la piel y abrazó a Fenran con fuerza, pensando en lo que pasó allí solo, perdido, con tanto frío…
Pero… ¿y los otros? Fenran dijo que Njord no estaba en ese lado, ¿pero Drake y Connor? ¿Estarían en el mundo de los muertos en alguno de los lados, solos e indefensos sin un alma bondadosa como Sarit que se apiadara de ellos? No, ¡no podía creerlo! Su Drake, el mellizo de Zoe, era apenas un año mayor que Fenran. ¿Podría él mantenerse tan cuerdo como su hermano menor? ¿Y Connor…?
Al pensar en el más pequeño de sus hijos dejó escapar un alarido que hizo que Sakti y Fenran saltaran en su sitio por la sorpresa. Connor. Era un bebé, la última vez que lo vio apenas si levantaba la cabeza. ¿Él también estaba en ese horrible lugar? ¿Él también cayó en un lago de sangre, con almas de otros muchos aesirianos flotando en el agua y serpientes gigantes dispuestas a comer a cualquiera? ¿La maldición condenaría incluso a bebés de unos cuantos meses cuyo único pecado fue nacer aesirianos? ¿Podía Dios ser… tan cruel?
—Connor no está aquí.
Darius sintió un escalofrío al escuchar a Fenran. No podía explicarlo pero la voz del niño fue como una tenaza helada que lo sacó de sus pensamientos, de la locura que estuvo a punto de consumirlo. Luego sintió que Sakti le pasaba un brazo por la espalda para sostenerlo, porque estuvo a punto de irse de lado.
—No dejes que las voces te hagan eso —dijo Sarit mientras se detenía—. Las voces son las primeras destructoras de la cordura.
Darius no pudo pensar con mucha claridad, porque escuchó unos extraños murmullos en la cabeza. De no ser por los ojos mestizos de Fenran, que lo miraron sin parpadear, y por el brazo cálido de Sakti, se habría dejado llevar de nuevo por las acusaciones que le llegaban de la mente. Tuvo problemas para respirar, como si el aire allí estuviese hecho de hielo, pero unas palmaditas de su amiga lo ayudaron a recuperarse.
Cuando estuvo mejor Sarit reanudó la marcha. Sakti miró con atención a Darius, preocupada de que la próxima vez sí se cayera. Ahora que lo pensaba, probablemente así se vio ella cuando Sarit la encontró. Ella también había escuchado unas voces horribles que se burlaron de ella, que le recordaron su miedo a las cuevas y a los demonios, y la hicieron arrastrarse por los túneles como si fuera un gusano.
Ellos no estaban muertos pero al parecer experimentaban la misma tortura que los demás. Si se quedaban allí escucharían más voces. ¿Qué seguiría después? ¿Alucinaciones? ¿Mutarían también? ¿Se convertirían en demonios?
Cuando Sarit llegó al valle Sakti comprendió que ni ella ni Darius resistirían mucho tiempo si se quedaban allí. Se encontraron con más almas que, a pesar de sus extrañas apariencias, eran muy inofensivas. Algunas caminaban con vaivenes, como si no supieran a dónde iban. Otras se quedaban tiradas en el piso, sin importar que las pisotearan. A veces algunos hablaban o se reían solos, como lunáticos. Y los que se peleaban entre sí al rato se abrazaban o se detenían, como si olvidaran lo que hicieron hacía poco. Era como dijo Sarit: todos se volvían locos. Ninguno daba señal de ver a la Dama Blanca y compañía. Si por alguna razón los miraban era como si no existieran. Sakti comprendió que para ellos, Darius y los demás solo eran más fantasmas en ese abismo.
Sarit se adentró tanto en el valle que fue difícil avanzar sin rozar a las criaturas. Al ver tantos rostros entregados a la locura a Sakti le pareció misión imposible encontrar a alguien cuerdo que pudiera sacarla de allí. Además, ¿cómo podría Sarit encontrar a una persona entre tanta gente?
La Dama Blanca se detuvo con un suspiro de alivio y les pidió que se bajaran.
Sakti y Darius obedecieron, al tiempo que miraban el sitio al que habían llegado. Estaban frente a miles de rocas que formaban paredes, como si se trataran de un laberinto en medio del valle. Al principio Sakti pensó que estaban pintadas o tenían relieves extraños. Cuando dio un paso hacia ellas vio que las paredes tenían cuerpos pegados. Dio un salto hacia atrás porque era como si las rocas estuvieran hechas de piel. Había cuerpos transformados, cabezas y rostros por todas partes. Muchos de los que todavía mantenían caras aesirianas tenían la mirada perdida. Pero había otros que parecían dormidos y aliviados en su sueño.
Sarit se acercó a una de estas figuras, pero fue hasta que corrió el cuerpo de ciempiés que Sakti y Darius pudieron ver a quién buscaba. A la princesa y al profeta se les cayó la quijada al ver al hombre o, mejor dicho, la cabeza y parte del pecho, pues el resto del cuerpo estaba fusionado con los demás aesirianos pegados a la pared.
El General Montag de ese mundo era idéntico al del mundo de los vivos. La cabellera rubia, el rostro severo y masculino y, hasta donde podían ver, el cuerpo robusto y alto. Darius y Sakti no podían creerlo. Era como ver a Sigfrid, pero con una expresión que nunca creyeron posible en él: la derrota.
—¡General Montag! —llamó Sarit mientras ponía las manos sobre la mejillas del hombre y le levantaba el rostro—. Si no abre los ojos en este instante me veré obligada a hacerlo reaccionar. ¿Me mirará sí o no?
El hombre continuó durmiendo profundamente, sin una sola reacción facial que demostrara que hubiese escuchado a Sarit. La mujer suspiró, entristecida por lo que estaba a punto de hacer. Tomó una buena bocanada de aire, levantó la mano por encima de la cabeza y ¡ZAZ! Le dio una cachetada tan fuerte que muchos de los aesirianos del valle dejaron de gritar y llorar. En el silencio, el golpe sonó como un relámpago potenciado por el eco.
Entonces sí hubo reacción. Cornelius abrió los ojos de golpe, los situó en el rostro de Sarit y luego rugió. Darius y Sakti chillaron y retrocedieron asustados porque reconocieron la expresión furiosa de Cornelius. Era la misma que ponía Sigfrid cuando estaba fuera de quicio, la que decía «¡Están muertos!» o «Desearán no haber nacido».
El difunto General Montag se levantó. Si antes –con el resto del cuerpo oculto y la cabeza gacha– era alto, ahora que se incorporaba parecía un dios maligno listo para castigar a un profanador de su santuario. La cabeza se levantó como dos metros más cuando el pecho se abrió paso entre los cuerpos de los durmientes. El tronco y los brazos traspasaron la pared de pieles aesirianas y dejaron al descubierto el torso de un animal todavía sin forma, además de manos convertidas en tenazas grandes y potentes.
Fue hasta cuando Cornelius apartó con las pinzas a los aesirianos que todavía le impedían salir que mostró el resto del cuerpo: de la cintura para abajo ya no había piernas aesirianas, sino tres pares de patas y, al final, la cola y el aguijón mortal de un escorpión.
Set, Tiamat, Darius y Sakti retrocedieron tanto que les faltó poco para echar a correr, pero Sarit se mantuvo firme en su puesto y miró al General sin siquiera parpadear. Mientras rugía, el hombre bajó la cabeza hasta situar el rostro frente al de la Dama Blanca. Luego abrió y cerró las tenazas de forma amenazadora, como si pensara en cortar de un tajo la cabeza de la criatura que lo golpeó. Incluso con las amenazas barbáricas Sarit permaneció inmutable, mirando los ojos de Cornelius.
—General Montag —dijo la dama con una sonrisa—, soy yo, Sarit. ¿Lo recuerda? Su relevo.
Cornelius la miró furioso pero el semblante le cambió después de unos segundos. Arrugó mucho la frente y apretó los ojos, intentando recordar algo. Sacudió la cabeza para deshacer el nudo de su mente y se agitó una última vez. Cuando abrió de nuevo los ojos la locura retrocedía y daba paso a algo más sereno. Sakti no podía llamarlo «cordura» pero era mucho más claro y comprensible que lo que veía en los rostros de los otros aesirianos de ese mundo.
El hombre escorpión bajó las tenazas. El rostro se le suavizó un poco y luego hizo una reverencia.
—Mi señora… —Su voz sonó mucho más serena y bondadosa de lo que Darius y su amiga habían imaginado, aunque también un poco impersonal, como si fuera una roca educada—. No debió despertarme. Me costó mucho trabajo dormir.
—Ay, General —Sarit le extendió una mano cariñosa—. Todavía no puede darse por vencido, todavía no…
—¿POR QUÉ NO DEBERÍA? —la interrumpió Cornelius con un gritó colérico, perdiendo de nuevo los estribos. Tensó las pinzas y señaló el resto de las almas, cuyos cuerpos continuaban fundidos en una pared donde roca y piel se convertían en una sola—. Ellos lo han hecho. ¡HAN CERRADO LOS OJOS Y ESCAPADO DE ESTA ABERRACIÓN DE MUNDO! ¿Es que no lo merezco? ¡Maldita sea, ya he hecho mi trabajo en este inframundo! No quiero seguir dándole más consejos, niña, ¡este es ahora su trabajo, no el mío! Ya no soy el Caballero Negro, ¿lo entiende? ¡NO LO SOY!
Otra vez los ojos se le llenaron de locura y el cuerpo se le tensó. Estaba a punto de atacar a Sarit. La mujer ciempiés alcanzó una de las tenazas del hombre y la estrechó con dulzura. Eso fue suficiente para absorber toda la ira, todo lo malo, todo lo triste. El General estaba agitado pero poco a poco se calmó.
—Lamento molestarlo pero aún necesito su consejo —Sarit esbozó otra de sus sonrisas de poesía—. Por favor, General Montag, solo usted recuerda secretos de este mundo que a mí me tomaría milenios conocer. En circunstancias menos apremiantes dejaría con gusto que esos años me enseñaran lo que me falta aprender, pero este es un momento importante. —Sarit miró a Sakti, quien sujetaba la mano de Darius como si esperara que su amigo la salvara del temperamental hombre escorpión—. Ella es Sakti Allena. Princesa Sakti Allena.
Cornelius miró a Sakti y la fulminó con la mirada. Por un momento la chica y el profeta creyeron que el hombre tendría otro ataque de ira, pero pronto comprendieron que su rostro severo reflejaba la personalidad temperamental que tuvo en vida y conservaba en muerte. El hombre inclinó la cabeza y relajó los hombros en reconocimiento a la muchacha.
—Es una princesa, ¿y qué? No es la primera en morir joven y venir a este mundo, ni tampoco será la última. —Sarit hizo una seña para que el hombre se sentara y relajara.
—Ella es la portadora del Primer Dragón.
Sakti entrecerró los ojos sobre Sarit. Ella no le había revelado su identidad como portadora y princesa. ¿Se lo habría dicho Set mientras ella y Darius dormían? Cornelius miró con mayor interés a la muchacha, pero el rostro severo que era capaz de petrificar de horror a una horda de vanirianos, otra de aesirianos y otra de demonios, se descompuso. El hombre miró a Sakti tal y como lo hizo Set cuando la encontró allí. Por un momento la chica temió que  Cornelius también la zarandeara con esas enormes tenazas.
Antes de que el General se acercara a la princesa, Sarit se interpuso y le explicó que ella y Darius estaban vivos. Cuando la Dama Blanca terminó de relatar el extraño viaje de los aesirianos hacia ese mundo de tinieblas, Cornelius permaneció en silencio y miró a ambos jóvenes con seriedad. Era difícil saber qué pasaba por la mente del General, pero tanto Sakti como Darius podían intuir que sus pensamientos no eran nada agradables.
—Supongo que solo habrá un camino —dijo finalmente—. Si entraron por una puerta dimensional que se abrió por el poder de una pluma de Dragón, entonces solo deben cruzar la puerta de nuevo. En el Valle de la Luz hay una. El único inconveniente es que los demonios que merodean cerca aprovecharán para cruzar también.
—¿Hay una puerta? —preguntó Sakti. La mujer ciempiés suspiró y miró el suelo.
—Sí, pero esa puerta no es una opción. Nunca se ha abierto. No es más que un adorno que hace que las almas añoren regresar al mundo de los vivos. Y hay muchos demonios merodeando por allí. Creen que si esperan algún día la puerta se abrirá y podrán cruzar. Algunos desaparecen y no vuelven más. Cruzan, pero la puerta no se les abrió. Es extraño… quizá es el lugar más mágico y raro en este mundo. —La mujer miró con pesar a Darius y a Sakti antes mirar de nuevo a Cornelius—. ¿No hay otra manera? ¿Solo así podrán salir de aquí?
El hombre no tuvo que hablar. Sus ojos dieron toda respuesta necesaria: ese era el único camino que conocía y la única opción que podían intentar.
—Aún hay almas cuerdas en este lugar —dijo el General—. Puedo convocarlas para ofrecerles protección de los demonios cuando lleguemos al Valle de la Luz. Quizá encuentre espíritus guerreros en condiciones de detener a los demonios que intenten cruzar la puerta cuando se abra. Solo necesitan la pluma y…
—No la tenemos —lo interrumpió Sakti. Todos la miraron mientras decía—: Se convirtió en luz pura antes de traernos aquí. Si tuviera una forma física estaría en el lago de sangre o en los morrales que cargan los caballos.
—¡Los caballos! —exclamó Darius—. Me había olvidado de ellos…
Cornelius giró los ojos y arrugó la cara. En ese mundo cualquier cosa con pulso y calor sería considerado un manjar extraordinario. Un par de caballos no serían rivales para los más hambrientos demonios y espíritus. Genial… Ahora tendría que empezar con la búsqueda de los corceles antes de llevar a Sakti y a Darius a la gran puerta de ese mundo maldito.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Primero que nada estoy feliz de poder dejarte este comentario, pues no habia tenido tiempo en los otros dos capitulos anteriores pero quiero sepas si los lei ^^

    ahora sobre este:

    1.- La dama de blanco... o mejor dicho La princesa Istar ^^ despues de todo Sarit esta compuesta por todas las letras de Istar pero en distinto orden, ademas el hecho de que es una sanadora y muchas cosas mas que tu diste de pista como lo son sus hijos y su historia de amor (hay cosonas estaba enamorada de Sigfrid ^^! ya todo mundo lo sabia xD)

    2.- Jajajaja Set se traumo al pensar que Sakti estaba muerta.. aunque pensandolo bien hasta yo me asustaria

    3.- ¿El caballero negro es el equivalente de la dama blanca pero en hombre, verdad?

    4.- ¡Deja de hacer sufrir a Darius! ... con Allena no hay problema me da igual xD!

    y por ultimo... GRacias por los premios, en cuanto tenga tiempo recogere el que me falta ^^


    w/h-A's

    ResponderEliminar
  2. Hola, Annie.
    Lo siento: Darius sufre mucho en este volumen, ¡pero es que creo que es el personaje más interesante, el que puede madurar y crecer más! Pero para llegar bien alto debe atravesar un camino que lo coloque ahí, ¿no te parece? Me gustaría decir más, pero no puedo: de lo contrario, echaría a perder no solo el final de este volumen, sino tooodo el final de la saga u_u
    Pero bueno, mi lectora concentrada, ya que has descubierto la identidad de Sarit (sí, para qué ocultarlo?) solo me queda invitarte al próximo capítulo, a ver qué te parece!
    Mil gracias por pasarte, ¡ciao!

    ResponderEliminar

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!