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Capítulo 12

12
SEMI-INMORTALIDAD

—¡SIG!
La voz de Istar resonó en el jardín frente al Templo de las Doncellas al ver que el Guardián se acercaba. La princesa bajó corriendo la escalinata del templo sin importarle el protocolo o la mirada reprobatoria de la sacerdotisa superior, quien siempre le repetía que esas reacciones tan espontáneas no eran propias de una dama.
A Istar no le importaba correr, saltar y gritar de la felicidad si con eso podía alcanzar al General. No había visto a Sigfrid en dos años. La espera fue una tortura eterna para ella, porque muy pocas veces tenía noticias de su Guardián y siempre incluían una batalla muy feroz. Aunque sabía que Sigfrid era invencible, siempre se preocupaba por él. La idea de una pequeña herida mal tratada la estremecía, porque podía ser la diferencia entre volverlo a ver o perderlo para siempre.
Al ver que corría hacia él, Sigfrid apresuró el paso para toparla al pie de la escalinata. Cuando llegó, el General se inclinó para que la niña pudiera alcanzarle el cuello con un salto.
—¡Oh, Sigfrid! Te esperé por tanto tiempo. ¿Estás bien, comiste bien, dormiste bien? ¿Vienes herido, estás cansado, ya comiste?
Sigfrid no respondió pues la verdad no agradaría a Istar. ¿Para qué preocuparla por heridas de batallas ya ganadas? Además, en ese momento no faltaban palabras. Con ese cálido y fuerte abrazo la princesa expresaba por ambos lo felices que estaban por estar reunidos de nuevo. Pasados unos segundos Sigfrid se agachó hasta que los pies de Istar tocaron el suelo. Esa era la señal para que bajara.
—Tome, Alteza. Es un recuerdo de las Islas Gördynas.
Sacó un paquete de entre la túnica mientras Istar se mordía el labio inferior, emocionada. Cuando recibió el regalo sonrió y lo desenvolvió con cuidado.
Cada vez que podía Sigfrid le enviaba algo de sus misiones. Ahora que solo tenía como curiosas a las sacerdotisas, y no a miembros del ejército, podía darse el lujo de mimar a la princesa. Incluso evitaba que Enlil lo viera en momentos así porque sabía que su amigo pasaría haciendo bromas de lo blando que era con Istar.
Tras desenvolver el obsequio, Istar abrió los ojos de par en par y exclamó:
—¡Una caracola!, ¿verdad? ¡Es una caracola! ¿Cómo se hace para escuchar el mar?
La concha no era muy grande para que Istar pudiera sostenerla en sus manitas. Era de color naranja, tenía vetas amarillas y blancas y una raya púrpura que corría en medio de la curva más pronunciada. Sigfrid tomó la caracola y la puso al oído de Istar. Ella permaneció en silencio con el ceño fruncido y la mirada clavada en el suelo porque no conocía el sonido del océano. A pesar de que sus nodrizas se lo habían descrito, no se hacía idea clara del murmullo de las olas ni de la espuma del mar. La única vez que salió de Masca fue seis años atrás, cuando su padre le permitió ir a la casa de Sigfrid en los Tres Riscos. Aparte de esa experiencia no conocía lo que había más allá de las Murallas de Palacio. Sus únicos contactos con el mundo exterior eran Sigfrid y sus regalos de cada lugar que visitaba.
—Suena como a «shhhhh» —dijo mientras se despegaba de la concha—. ¿Qué es eso?
—El viento, Alteza —respondió el General mientras ponía la caracola en manos de Istar.
—¿Y las olas?
—Seguro suenan al fondo. Pero no reconocerá el sonido si no lo ha escuchado antes.
Sigfrid no creía que las caracolas susurraran el sonido del mar. Pero sabía que ese tipo de cuentos era importante para los niños, así que no iba a arruinar la infancia de Istar con un comentario desatinado.
—Ummm… No importa. De todas maneras pronto me llevarás a visitar el mar ¡y muchos, muchos lugares más! —Sigfrid arrugó la frente porque ya había tenido esa conversación con Istar antes: aunque él saliera de Masca ella jamás, jamás, saldría de Palacio. La niña pilló que él la contrariaría de nuevo, así que se le adelantó—: Es en serio, ¿no has visto a papá? Él te lo dirá. Las sacerdotisas dicen que…
La sacerdotisa superior se aclaró la garganta para llamarles la atención. La mujer esperaba en lo alto de la escalinata, con una pose rígida y una expresión pétrea. Istar bajó la mirada para que nadie viera que estaba afligida. No le agradaba la anciana: era demasiado estricta y severa con ella. A veces tanto que rozaba la grosería y la crueldad.
—Es hora de que regrese a sus estudios. Al General Montag se le informará de su viaje dentro de poco.
—Sí, señora —respondió la princesa sin el ánimo de cuando recibió al General. Istar levantó la mirada para despedirse de él y le dedicó una pequeña sonrisa—: Gracias por el regalo. Nos vemos más tarde, ¿sí? Me alegra que estés de regreso. Te extrañé mucho.
Istar abrazó la caracola y pasó al lado de la sacerdotisa. Cuando se perdió de vista, Sigfrid fulminó a la sacerdotisa con una mirada odiosa. Detestaba a cualquiera que desanimara a la niña. Aunque la mujer se dio cuenta del odio del General no se estremeció ni avergonzó, sino que le sostuvo la mirada.
—¿Qué viaje? —preguntó él.
—El de graduación, por supuesto. Las niñas se graduarán este año, incluida la princesa. ¿Cree que las sacerdotisas que sirven en el templo solo se limitan a pasear por los pasillos con bonitos vestidos de seda? No. Deben merecer esas prendas. Son siervas de Dios y deben prestar sus servicios al pueblo. Deben aplicar todo lo que han aprendido para ayudar a las personas porque cuando sean asignadas a un templo deben tener experiencia.
—La princesa está destinada a cosas más grandes que a servir en un mugroso templo —soltó Sigfrid—. Que estudiara aquí no significa que va a pasar el resto de sus días limpiando pasillos y atendiendo las súplicas de personas débiles que recurren al aire para solucionar sus problemas.
—¡No blasfeme!
La sacerdotisa bajó la escalinata con un dedo amenazador hacia el General. Cuando se plantó delante de él pareció un ratón encarando a un león. Aunque Sigfrid le dio el crédito de parecer un ratón algo digno y bastante enojado.
—Un monstruo como usted, que ha sido castigado con la inmortalidad, no tiene ningún derecho a contradecir nuestro trabajo a Dios y al pueblo. —La mujer estaba dispuesta a escupirle en la cara. Pero, fiel a sus réplicas por el comportamiento espontáneo de Istar, se contuvo—. La princesa está destinada a grandes cosas, ¡oh, sí! Pero no a las que usted imagina, General Montag. Quizá el Emperador y usted no pretenden que la princesa sirva en un templo, pero hay más de una forma de servir a Dios. Yo creo que ella lo hará bien.

****

—¿Jamás has escuchado que todo lo que se empieza debe terminarse? —El Emperador recostó la cabeza al respaldo del Trono y se masajeó las sienes—. Hace seis años, porque tú me lo pediste, accedí a que Istar estudiara en el Templo de las Doncellas. Ahora vemos el fruto de esa decisión: mi hija deberá salir de Masca para terminar sus estudios.
—Puedes obligarla a quedarse aquí —comentó Kardan mientras miraba el suelo con semblante sombrío—. Solo accedes de muy buena gana a que salga de la Capital cuando puedes ser estricto y hacer que se quede aquí. ¿Qué demonios importa si se gradúa o no?
—¡Príncipe Kardan! —lo reprendió la sacerdotisa—. Importa porque sería arrebatarle a Dios lo que se le ha ofrecido.
—Y eso es de mala suerte —asintió Hakwer—. No quiero hacer nada que incite Su cólera.
Kardan bufó. No lo resistió más y salió de la Sala del Trono. Ahora solo quedaban la sacerdotisa, Sigfrid, Enlil y el Emperador. Si algún otro príncipe se hubiese marchado sin pedir permiso, Hakwer habría ordenado que lo trajeran de regreso jalándolo de las orejas. Pero su primogénito nunca le había causado problemas y por eso Hakwer estaba dispuesto a perdonarle esa pequeña falta.
—Está molesto porque sus hermanos también han partido de Masca —explicó el Emperador—. Cada uno tiene una misión en el continente pero él no puede salir. La ciudad no lo deja ni abandonar Palacio.
En medio de su preocupación por Istar, el enojo hacia Hakwer y sus estúpidas supersticiones, Sigfrid sintió un rastro de pena por Kardan. El príncipe comenzó a practicar la sincronización con Masca, tal y como la Ley se lo demandaba. En caso de que algún mal afectara a su padre él debía estar listo para tomar el Trono. Eso incluía ser capaz de sincronizarse con la ciudad. Pero su habilidad superó por mucho las expectativas y ahora Masca no lo dejaba ir. Toda oportunidad que hubiese tenido de conocer el mundo se esfumó por completo, dejándolo atado a Palacio y sus murallas. Sus hermanos se habían marchado a cumplir con sus deberes como príncipes y ahora su hermana también debía partir.
—Sigfrid, he llegado a un acuerdo con la sacerdotisa —continuó el Emperador—. Por lo general las niñas deben partir solas. Pero Istar podrá salir de la ciudad en tu compañía. Como es una princesa necesita un trato más apropiado que el de unas plebeyas.
Sigfrid miró furioso al Emperador. ¿Es que él no lo comprendía? Salir de Masca no era un paseo, sino una guerra. Tanto Enlil como él podían cruzar el continente sin problemas porque eran guerreros con experiencia. Pero Istar sería algún día madre de los Dragones. ¿Qué sucedería cuando se supiera que estaba lejos de Masca y su protección? Los vanirianos harían todo lo posible por atraparla, sin importar quién estuviera de por medio. Ni siquiera les importaría meterse en problemas con el Demonio Montag si tenían la oportunidad de ponerle un dedo encima a la niña.
Pero aunque ese maldito viaje de graduación era una estupidez, Hakwer era el Emperador y ya había dado una orden.
—Acepto —dijo Sigfrid entre dientes—, pero solo si Enlil viene conmigo. Sin él no me atrevo a sacar a la princesa de Masca. —Enlil le sonrió con un mensaje mudo que lo alivió: «Sí, claro. Iré contigo sin dudarlo». Hakwer tenía otros planes.
—Necesito que Enlil se quede en Masca. Un grupo de novatos llegó ayer y no hay nadie mejor capacitado para entrenarlos que él. —Eso colmó la paciencia de Sigfrid.
—¿Pone la instrucción de soldados antes de la seguridad de su hija? No nos iremos de paseo, Majestad, ¡sino a un continente en guerra! Si los vanirianos se enteran de que la princesa está en una tropa, aniquilarán a los soldados con tal de atraparla. Incluso si yo estoy allí. ¡Ni mil ejércitos aesirianos podrán darle a la princesa la seguridad que Enlil y yo podemos ofrecerle juntos!
—¡SILENCIO! —ordenó el Emperador—. Istar estará acompañada por ti y el ejército que mejor te parezca, pero Enlil se queda. Ahora ¡fuera todos!
Sigfrid forzó una reverencia y abandonó la sala furiosísimo, apenas consciente de lo que ocurría alrededor. No podría soportarlo. Pasaría meses lunático y acongojado, completamente histérico y preocupado por Istar. Sabía que la princesa no estaría seria y calmada porque no era parte de su personalidad. Pasaría asombrada y llena de emoción, lista para saltar de un lugar a otro para conocer todo aquello que por años le estuvo vedado.
—Ay, pero qué conmovedor eres, Sigfrid —dijo Enlil a su espalda—. Estás preocupado y en tu mente hay imágenes de la princesa saltando como una mona de aquí para allá. ¿No crees que exageras un poquito?
Sigfrid giró y lo fulminó con la mirada. El truco funcionó en Enlil por primera vez en mucho tiempo,  pues el Segundo General se detuvo como por arte de magia y se estremeció como si estuviese enfermo. Enlil era muy resistente a las miradas iracundas de Sigfrid, pero el Demonio Montag estaba tan alterado que hasta daba miedo verlo a la distancia. Pero por debajo de esa fachada de furia incontrolada, Enlil se dio cuenta de lo angustiado que estaba su amigo. Quizá, en lugar de burlarse a costa suya, debería calmarlo.
—No te preocupes —dijo con sonrisa consoladora—. Entrenaré a los soldados lo más rápido que pueda y te alcanzaré, incluso sin el consentimiento del Emperador. ¿Qué tal si primero vas al Oeste? En esta época el camino es más fácil y con un buen caballo te alcanzaré en poco tiempo.
Los hombros de Sigfrid se relajaron un poco. La vena en el cuello dejó de saltarle. El hombre dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias, Enlil. Eso haré… y te esperaré.

****

El viento soplaba fuerte y sacudía la tienda, pero Istar estaba tan agotada que ni se daba cuenta. En sueños veía las flores, los árboles, los pájaros y las caras de los aesirianos que conoció en los dos meses de viaje. También veía los rastros de la guerra. Pueblos destrozados. Ciudades asediadas. Tumbas. Bosques convertidos en cenizas… Pero para ella esas escenas no eran pesadillas, sino sueños en los que podía intervenir.
Kardan y Sigfrid se habían preocupado de que la guerra la impresionara mucho. Pero Istar se sobrepuso rápido y comenzó a trabajar. Le alegraba mucho que su viaje de graduación rindiera los frutos necesarios, pues con lo que aprendió en el Templo era más que capaz de ayudar a los aesirianos que encontraba en el Oeste. Si por alguna razón sus conocimientos no servían mucho para curar, hacía trampa y recurría a la rara esencia de la sanación. Nadie tenía por qué enterarse, ni siquiera Sigfrid.
La cortina en la entrada principal de la tienda se corrió. Aunque Istar lo escuchó, no se sobresaltó ni se despertó del todo. Ya se había acostumbrado a que Sigfrid revisara por las noches la tienda para asegurarse de que estaba bien.
Como durante el día estaba ocupada con los aldeanos, no tenía muchas oportunidades de charlar con el General. Sigfrid se encargaba de reforzar las defensas militares de los pueblos. Para él un pacífico viaje de graduación era tiempo desperdiciado a no ser que lo aprovechara para la campaña militar.
Istar se restregó los ojos, dio vueltas en el catre y se asomó por entre la sábana para ver a Sigfrid.
—Siga durmiendo, Alteza —pidió el General mientras se sentaba al borde de la cama y se quitaba las vendas que le cubrían de pies a cabeza.
Istar lo miró y se preguntó si al día siguiente recordaría ese momento. Sigfrid solía quedarse unos cuantos minutos para revisar que la tienda no tuviese ni un rasguño por el que entrara una corriente de aire. Luego salía y revisaba el exterior. Pero de todo eso Istar no tenía muchos recuerdos. A pesar de que intentaba espabilarse para charlar con él, el sueño siempre la vencía. Tenía la impresión de que cada vez que balbuceaba algo, Sigfrid le daba unas palmaditas en la cabeza y con eso terminaba la conversación. Sabía también que cualquier imprudencia que dijera Sigfrid se la perdonaría por estar medio dormida, así que se animó a preguntarle lo que le carcomía la curiosidad desde hacía unos años.
—Sigfrid, ¿es cierto lo que dicen? —susurró—. ¿Que eres inmortal? —El General dejó de quitarse las vendas y miró a la niña a los ojos. Luego miró el suelo.
—¿Quiénes dicen eso, Alteza?
—La sacerdotisa superior. Dice que estás maldito y que por eso eres inmortal. Que cuando te vio por primera vez ella era una niña y tú tenías el mismo aspecto que tienes hoy. —Sigfrid acarició la cabeza de Istar y enredó los dedos en los mechones suaves de la princesa, pero esta vez ella no se durmió y lo escuchó con atención.
—Todos estamos malditos, Alteza. Incluso la sacerdotisa.
—¿Yo también? —Como Sigfrid no respondió, ella siguió—: Es lo de la Profecía, ¿verdad? Dejaremos de estar malditos cuando los Dragones vuelen…
Sigfrid no era muy expresivo, pero sus labios se estiraron un poco con una sonrisa que Istar no pudo descifrar. El General le dio un toquecito en la nariz y dijo:
—Así es, Alteza. Pronto dejaremos de estar malditos, ya lo verá.
—Y cuando eso suceda ¿tú dejarás de ser inmortal?
La pequeña sonrisa del General se esfumó porque recordó algo que ocurrió hacía muchísimo tiempo. No tenía muy claros los detalles, pues el frío y el sudor se mezclaban en su memoria, junto con una habitación a oscuras y unos cuerpos todavía cálidos en el suelo. Su padre estaba en un rincón, con los brazos cruzados, mientras le decía algo.

«El destinado a tomar el lugar de la luna cuando caiga ante el poder transformador de los Dragones…».

Era curioso. No podía invocar bien el rostro de Cornelius, ni lo que ocurrió después, pero las palabras de su padre todavía estaban marcadas al rojo vivo en su memoria. Quizá, si se esforzaba un poco, hasta podría recordar el tono de voz del viejo General al decir palabra por palabra.
—No soy inmortal, Alteza —Una sensación sin nombre se agitó en el pecho de Sigfrid. Fue como si por mucho tiempo hubiese perdido algo y que ahora, gracias a Istar, acabara de encontrarlo—. Es solo que nací mucho tiempo antes de que mi misión estuviera disponible en el mundo. Por eso aún no he muerto.
Istar asintió, comprensiva. La filosofía aesiriana explicaba que las personas morían cuando cumplían la misión para la que nacieron, incluso si las personas desconocían este objetivo. Que ella, su padre, la sacerdotisa y muchos otros continuaran con vida significaba que sus misiones todavía no habían concluido y que aún tenían tiempo para llevarlas a cabo.
—Me gusta creer que eres inmortal, como la luna —dijo la princesa mientras cerraba los ojos y se acurrucaba—. Siempre estás ahí. Levanto la mirada y te veo, como muchos levantan los ojos al cielo oscuro y ven la luna llena brillando en el firmamento, siempre ahí, hermosa y sin envejecer, sin cambiar. Si eres inmortal sé que siempre estarás conmigo, ¿verdad? —Sigfrid le arropó los hombros y le acarició la cabeza.
—Por supuesto, mi princesa. Siempre estaré aquí. —Istar dejó escapar un suspiro y se quedó dormida al instante.

****

La caballería que lideraba la marcha se detuvo de repente. El oficial encargado hizo un gesto con la mano para Sigfrid, pero Istar, que compartía caballo con el General, no lo entendió. Tenía ganas de preguntárselo al Guardián pero temió molestarlo.
Desde hacía unos días estaban en ese bosque. Sigfrid le había advertido que el camino allí no estaba en muy buenas condiciones y que eran normales los asaltos de bandidos, por lo que reforzaría la seguridad y sería más estricto. Istar sabía que el General quería llegar pronto a una ciudad no solo para que ella estuviera más segura, sino también para reabastecer las alforjas. Para acortar la estadía en el bosque hacía que la tropa levantara el campamento antes del amanecer y detenía las expediciones diarias pocos minutos antes de que cayera la noche.
También, para reforzar la seguridad, dividió la tropa en cinco grupos. Los dos más fuertes lideraban y cerraban la marcha. Otros dos bien reforzados vigilaban los costados. Y el quinto grupo viajaba en el medio, protegido por los otros cuatro. Allí era donde viajaba el General para proteger a Istar.
Al parecer, la seña del jefe de caballería significaba algo importante pues Sigfrid espoleó el caballo, se separó del quinto grupo y fue hasta el oficial. Por un momento Istar no vio nada fuera de lo común. Pero cuando se irguió un poco en la silla temió que el caballo no se detuviera y cayera por un abismo.
Sigfrid detuvo a tiempo el corcel y vio el inconveniente que había avisado el soldado: una zanja corría de lado a lado. No importaba si miraba de derecha a izquierda porque el surco se perdía a la distancia. La cuneta era tan profunda que nadie le veía fondo y era tan ancha que ni siquiera los corceles de seis patas podrían saltarla. Era como si Dios hubiese trazado una línea con una vara gigante y partiera el bosque por la mitad.
—Esto no estaba antes aquí —dijo el encargado de caballería—. Los exploradores no informaron nada al respecto hace tres días.
Sigfrid asintió, hizo que el caballo diera media vuelta y ordenó que la tropa se devolviera. Si a los soldados les enfurecía desandar el camino no lo demostraron. Hicieron correr la orden y obedecieron. Sigfrid iba de regreso al centro de la caravana cuando se detuvo de repente.
Piedras que caían.
Creyó que fue su imaginación pero también Istar y los soldados más cercanos miraron la zanja, atraídos por el sonido. Fue como si una cascada de piedras y tierra cayera en el interior. Los oficiales retrocedieron las monturas pues creyeron que se trataba de un pequeño temblor. Si ese era el caso no era muy buena idea estar al borde de una zanja misteriosa ni huir en carrera, pues quién sabe qué tan débil podía estar la tierra a sus pies.
Luego de unos segundos de silencio uno de los oficiales se atrevió a suspirar aliviado, seguro de que el peligro había pasado. Al instante cayó del caballo con una navaja insertada en el cuello. Los soldados no tuvieron tiempo de reaccionar, pues justo entonces una criatura alada, de pálida piel, salió del abismo a la cabeza de una horda de arpías. Istar solo pudo ver a la primera mujer vaniriana con detalle, porque cuando inició el ataque se desató un pandemónium. Sigfrid gritó órdenes y espoleó el caballo rumbo a la parte más segura de la tropa. El cielo se llenó de arpías, que cayeron sobre los soldados como una lluvia de flechas.
Los soldados menos atentos cayeron de inmediato con una navaja atravesada en la aorta. La mayoría logró detener las dagas a tiempo y, apenas tocaron suelo, se levantaron y enfrentaron a las arpías. Lástima que estaban en desventaja. Las vanirianas no solo podían esquivar ataques en el aire y lanzarse en picada, sino que también eran muchísimas.
Encogida contra su Guardián, Istar vio que cinco de las mujeres se lanzaron sobre Sigfrid. La princesa ni siquiera tuvo que advertirlo porque el General tomó la espada y la batió detrás de él con movimientos precisos. No le hizo falta verlas para saber por dónde vendrían ni cómo cortarlas. Sigfrid avanzó sin titubear, sin ni siquiera preocuparse por las navajas que llovían sobre él. Todo lo que pensaba era en poner a salvo a Istar.
Apenas alcanzó el sitio más seguro de la formación notó otro inconveniente: una nube de polvo se acercaba desde la retaguardia, justo a dónde él quería escapar con el resto de soldados.
—¡Groliens! —gritó con su voz de tigre—. ¡Fórmense para recibirlos!
Supo que no tenían muy buenas posibilidades. A un lado tenían la zanja insondable. Por el otro, una estampida de vanirianos gigantescos. Y en el cielo había nubes de arpías. Estaban rodeados.
Aun así siguió galopando junto a varios soldados que fortificaron la formación. En otras circunstancias habría avanzado a la cabeza de la tropa, pero no podía hacerlo ahora. Tenía que proteger a Istar, sacrificar a muchos de los oficiales que lo rodeaban y escapar con los que le quedaran.
—Sujétese con fuerza, Alteza —pidió con la vista fija en la manada de groliens para analizar sus puntos flacos y así trazar una ruta de escape entre ellos—. Cierre los ojos si quiere, pero no me suelte. Nunca.
Istar se encogió tanto que se convirtió en un bultito insignificante, casi invisible. Bien. Quizá ningún enemigo repararía en ella. Sigfrid sujetó las riendas con una mano y con la otra empuñó la espada, listo para atacar en cuanto su formación chocara contra los groliens.
Pero cuando la tropa estuvo a unos metros de colisionar todos los corceles tropezaron. Fue como si algo los tomara de las patas traseras y les hiciera una zancadilla. Esto tomó por sorpresa a muchos de los aesirianos, pero no al General. Su mente trabajaba tan rápido que logró asimilar lo que sucedía. Se adelantó a la caída y cortó la silla de montar con la espada. En lugar de caer con el caballo salió disparado al frente. Se las arregló para caer de rodillas, con Istar protegida entre sus brazos y listo para atacar o defender si era necesario.
Miró alrededor sin perder ni un segundo. La estampida estaba a punto de caerles encima y los soldados no estaban listos para recibirla. Incluso si se levantaban los groliens los tumbarían otra vez y los pisotearían. Sigfrid apretó los dientes. Si Enlil estuviera con él todo sería más fácil. Entre los dos podrían abrirse camino entre la estampida y proteger a Istar. Pero él solo no podía cargar a la princesa y enfrentar a los groliens con certeza.
No se atrevía a dejarla en el suelo mientras él peleaba, porque sospechaba que lo que hizo tropezar a los caballos fue la trampa de algún kredoa. Los hechiceros vanirianos se especializaban en sortilegios de ilusiones e invisibilidad. Quizá estaban allí mismo, rodeándolo, listos para hacer desaparecer a la princesa apenas Sigfrid se descuidara.
La estampida ya iba a caer sobre él, así que el General no tuvo más remedio que bajar a Istar y prepararse. El grolien que encabezaba el grupo lo embistió, pero él se mantuvo en su sitio. El vaniriano levantó un hacha y la dejó caer sobre Sigfrid. El aesiriano recibió el ataque con la espada. El choque de las armas estremeció a Istar. La princesa se sujetó a la pierna de Sigfrid con desesperación pero el General no perdió el equilibrio. «Eso, princesa», pensó mientras hacía fuerza para repeler al grolien. «Sin importar lo que pase no se separe de mí ni un segundo. Nunca».
No podía quedarse en la misma posición, listo para que los groliens lo rodearan. Cuando dio un paso hacia atrás su enemigo dio otro al frente, aunque sin equilibrio. El General aprovechó para girar sobre los talones. Describió un arco plateado con la espada. Cortó la garganta de su primer adversario y los rostros de los groliens que lo habían rodeado.
Sigfrid no se dio ni un respiro. Escuchó justo a tiempo el grito de unas arpías, así que levantó la espada y rajó las alas de la primera mujer que se lanzó sobre él. Pero no pudo acertar el golpe a la segunda. La arpía lo golpeó con una fuerza bruta asombrosa, muchísimo más terrible que el grolien que lo embistió, y lo lanzó contra un árbol.
A pesar del golpe Sigfrid conservó la espada. Cuando la arpía estiró los largos dedos para sacarle los ojos, el General le cortó el cuello. Luego buscó a Istar, preocupado de que la niña se hiciera daño cuando lo derribaron. La princesa no estaba a su lado, sino a unos metros. En el último momento había soltado la pierna del General para darle mayor libertad de movimientos, y se quedó delante del primer grolien que Sigfrid mató. Lo vio pálida, inmóvil y muda, como si temiera que el enorme cadáver recobrara vida, se levantara y la aplastara.
—¡Istar! —la llamó cuando vio una sombra que se acercaba a la pequeña.
Una arpía la tomó de los brazos y la levantó. Ese fue el medio segundo más terrorífico de la vida del General, porque creyó que perdería para siempre a la princesa. Al instante siguiente Istar y la arpía cayeron al suelo. La vaniriana tenía una flecha atravesada en el pecho.
Sigfrid vio a un soldado tendido en el suelo a unos metros. El hombre tenía heridas en el rostro y la pierna torcida y deshecha. A pesar de lo destrozado que estaba, el oficial lo miró con determinación y se levantó sobre un codo, listo para disparar otra vez la ballesta.
—¡La princesa! General, ¡tiene que sacarla de aquí!
Sigfrid ya lo sabía. Tenía reputación de ser un hombre cruel y sin arrepentimientos pero siempre evitaba abandonar a los soldados. No sería la primera vez que sacrificaba a sus hombres con tal de cumplir una misión, pero siempre que lo hacía se aseguraba de que valiera la pena. Cuando miró a Istar supo que ella lo valía todo. ¿Qué era mejor? ¿La vida de unos hombres o la salvación de toda una raza? Istar era la llave a esa salvación. Los aesirianos preferirían morir en aceite hirviente antes que perder la promesa de la Profecía.
La tomó en brazos y se abrió paso entre los groliens. No le sorprendió que cada vez que estaba en una situación peliaguda, algún soldado se interpusiera entre él y un ataque letal. Aunque eso significara la muerte. Lo sabían. Los aesirianos sabían la decisión tomada pero la aceptaban.
Al fin, gracias a los sacrificios de muchos soldados, Sigfrid logró salir del combate. Todavía escuchaba gritos aesirianos así que sabía que el encuentro no había terminado. Si se atrasaba un poco más los vanirianos repararían en su ausencia y lo perseguirían.
—Sigfrid… —sollozó la princesa. Istar balbuceó palabras ininteligibles pero el General la entendió.
—Estoy bien, Alteza. Todo estará bien. Lo prometo.
Estaba herido por doquier. La armadura protegió puntos clave, pero aun así el General tenía una cortada en la frente. La sangre le empañaba la vista en un ojo. Le dolía cada músculo del cuerpo, pero no se atrevió a quejarse ni a tomar un respiro. La mayoría de los soldados ya había muerto y los demás los seguirían a la tumba. Él no tenía derecho a desperdiciar sus sacrificios por ningún dolor.
Debía apresurarse. No solo por los vanirianos, sino también por la noche. Le tomó un buen tiempo librarse del enfrentamiento y ya el sol se ocultaba en el horizonte. Pronto la luna llena alumbraría el bosque. Él tenía que estar cubierto antes de que eso sucediera o de lo contrario… Bueno, los vanirianos serían la menor de sus preocupaciones.
Justo antes de que retomara el escape, Istar chilló una advertencia. Sigfrid no supo lo que pasaba hasta que un grolien le torció el brazo derecho desde atrás para que soltara la espada. Cuando el General vio que otros cuatro vanirianos se lanzaban a él para sostenerlo, plantó una rodilla en el suelo, cubrió a Istar y la rodeó con el brazo que tenía libre. Era todo lo que podía hacer por ella.
La chiquilla se escurrió entre su agarre como si fuera agua y nada pudiera sostenerla. Istar se agarró tanto como pudo, pero una fuerza invisible la arrastró. «Kredoa», comprendió el General. El hechizo de invisibilidad cubrió a Istar y la hizo desaparecer poco a poco como un fantasma ante sus ojos. Eso lo enfureció. ¡No le quitarían a la princesa, ni ahora ni nunca!
La sangre se le convirtió en lava hirviente. Estaba enojado más allá de la furia. ¿Qué importaba que no tuviera una espada? ¿Qué importaba que estuviera rodeado de cinco groliens y que cada uno duplicara su tamaño? ¡Al-diablo-con-eso! ¡Sus puños eran lo bastante buenos para poner a esos vanirianos en su lugar!
Lanzó la cabeza hacia atrás para golpear a un contrincante. Con la mano izquierda encestó un puñetazo en la nariz de otro. En cuanto el cráneo de ese grolien se rompió, el vaniriano que le había agarrado del brazo se apartó asustado. Ese fue su error. Ya libre, Sigfrid se levantó, giró en un santiamén, tomó al grolien del cuello y se lo torció. Como el General todavía no estaba satisfecho agarró el cadáver de su contrincante y lo utilizó como una porra con la que derribó a los demás.
Si se tomaba en cuenta que los groliens eran más altos y musculosos que él, la escena quitaba el aliento. Uno de los groliens bufó como un toro y se levantó para embestir a Sigfrid con los cuernos. Apenas se levantó, el General se coló por debajo de él y le dio un golpe certero en la garganta. Cuando Sigfrid retiró el puño lo tenía lleno de sangre vaniriana.
Tres groliens muertos y dos muy aporreados como para levantarse. El General los habría rematado con gusto pero tenía que salvar a Istar. Aunque la niña era casi transparente, la encontró por sus gritos. En un santiamén estuvo junto a ella. La levantó con una sola mano y con la otra buscó al que la tenía sujeta. No podía ver a los kredoa pero sí sentirlos. Cuando pilló a uno le apretó tan fuerte el cuello que unos chorros de sangre salieron a propulsión de los oídos, nariz, boca y ojos del vaniriano.
Los otros comprendieron el mensaje, porque al instante Sigfrid no sintió resistencia e Istar recuperó su corporeidad. El General supo que debía aprovechar y huir. Pero apenas comenzó la retirada, un grito ensordecedor lo hizo dar media vuelta. Uno de los groliens restantes se levantó y corrió hacia él.
Sigfrid se preparó para recibirlo con un puñetazo, pero se detuvo en seco, como si algo lo hubiera picado. Era frío y le cortó la respiración de inmediato. Parpadeó para enfocar mejor la vista porque comenzaba a nublársele. Por la cara del grolien, supo que el vaniriano tampoco se lo podía creer.
El grolien retrocedió pero el espadón doble que insertó en el pecho de Sigfrid permaneció allí. Que irónico que su propia espada, la que le habían quitado, fuera la que lo matara. El grolien la había recogido solo para detener la huida de Sigfrid, aunque el resultado fue mucho más grandioso de lo que hubiese esperado.
Así terminaría. Así moriría el legendario General, el último de los Montag: con una espada atravesada en el corazón. El grolien saltaría del anonimato a la fama. De ahora en adelante los vanirianos gritarían su nombre con orgullo y devoción. Los aesirianos, en cambio, lo maldecirían entre dientes por haber acabado con el último guerrero que protegía a la princesa que daría a luz a la promesa de la salvación.
¿Cuánto tiempo tenía antes de caer muerto? ¿Cuántos segundos quedaban antes de que abandonara a Istar para siempre? La mente comenzó a nublársele, a perder el detalle de los sonidos y los colores, pero en su lugar quedó una voz, la más hermosa de todas, que resonó en los últimos atisbos de conciencia.

«Me gusta creer que eres inmortal, como la luna. Siempre estás ahí. Levanto la mirada y te veo, como muchos levantan los ojos al cielo oscuro y ven la luna llena brillando en el firmamento, siempre ahí, hermosa y sin envejecer, sin cambiar. Si eres inmortal sé que siempre estarás conmigo, ¿verdad?».

«Como la luna…», pensó Sigfrid. «Incapaz de envejecer, pero listo para morir como cualquier otro mortal. Lo que tiene inicio tiene también un final».
Levantó la mirada al cielo. Ahí estaba. Apenas se asomaba por entre las montañas distantes. Estaba muy lejos. No podría darle ni una pizca de poder. Qué ironía. Durante milenios se ocultó de la luna, pero ahora que la necesitaba no podría acariciar ni un rayo de luz plateada. No podría salvar a Istar ni con el último hálito de vida.
El grolien dio un paso al frente con una gran sonrisa en la cara. Sabía que el golpe era fatal. Sujetó el mango de la espada para sentir a través de ella el último latido del General. Esa habría sido una grandiosa anécdota. Una acción digna de contarse de generación tras generación, de cantarse en la más épica de las baladas. Pero fue esa idea, la de terminar muerto en una canción vaniriana, la que devolvió un poco los sentidos a Sigfrid.
El General tomó la muñeca del grolien y la apretó con tanta fuerza que nadie se habría creído que agonizaba. Cuando el vaniriano soltó el arma, Sigfrid tomó la espada con la otra mano y se la sacó él mismo. Si alguien iba a cantar su muerte que dijera que murió vengándose de su asesino. ¡Eso sí que era épico! Levantó el brazo. Trazó un arco plateado y el corte resonó en el bosque con un grito de luz. El grolien cayó hacia atrás con la garganta abierta. Una lluvia de gotas rojas flotó en el aire y salpicó el cadáver y la espada.
Sigfrid cayó de rodillas poco después. Ya no escuchaba ni sentía nada, aunque reconocía sombras y luces. Debía de tener los brazos extendidos, porque Istar se lanzó a él y se acurrucó contra el pecho sangrante. No sintió las lágrimas de la niña ni escuchó sus gritos, pero sí olió su cabello. «Es un buen último recuerdo», pensó mientras la abrazaba.
Cuando la oscuridad comenzó a llevárselo, cuando él empezó a deslizarse por un precipicio sin fondo, percibió una vibración. Por la rendija de los ojos vio una cegadora luz plateada. Creyó que la luz lo alcanzaría, que lo arrastraría en una explosión de poder.
Pero las tinieblas lo rodearon y todo acabó.

****

—¡Sigfrid!
Enlil se sentó de un salto en la cama, sudando frío. El cuerpo lo tenía adolorido por el entrenamiento intensivo que daba a los cadetes desde los últimos días y le pesaban muchísimo los párpados por el cansancio. Cuando se fue a la cama creyó que dormiría como un bebé. Pero estaba alerta, como si le hubiesen echado un barril de agua helada encima.
«¿Una pesadilla…?», se preguntó. El corazón le latía apresurado pero no recordaba ningún sueño. Lo único que tenía era un vacío en el pecho. Un desasosiego o un mal presentimiento. Prestó atención alrededor. Quizá alguien entró a su cuarto y eso lo alertó. Después de un rápido escaneo desechó la idea. No había nadie con él.
Lo curioso era precisamente eso. Tenía la sensación de que faltaba algo importante, algo que siempre estuvo allí. Si al despertar se hubiese encontrado con dos paredes menos en su habitación no se habría sentido tan confundido como ahora.
Escuchó las voces. Al principio le parecieron un zumbido lejano, como si las abejas se hubiesen despertado en plena noche y volaran en busca de polen. Después ganaron volumen. Los susurros se convirtieron en conversaciones en voz alta, luego en carcajadas nerviosas y finalmente en gritos histéricos. Él también tuvo ganas de reír y llorar a la vez, aunque no entendió por qué.
Cuando se levantó y caminó hacia la ventana, vio, por encima de los muros que rodeaban la Mansión Tonare, que las luces de casas y edificios estaban encendidas. No era solo él. El resto de Masca presentía algo anormal.
Eso no podía ser bueno. En general los magos eran muy sensibles a ciertos cambios en la energía que englobaba al mundo, pero en raras ocasiones reaccionaban todos a la vez. Enlil se vistió en un santiamén y salió para averiguar qué sucedía. No dio ni cinco pasos cuando descubrió a sus esposas, sirvientes y guardas en los pasillos, todos mirando en diferentes direcciones, pálidos y desubicados.
«Es un desbalance», comprendió de golpe. Todos percibían que algo hacía falta, que una energía constante en el mundo se había desvanecido. Enlil se preguntó de qué podía tratarse como para desequilibrar tanto el flujo de energía y a los aesirianos.
Cuando puso un pie fuera de la Mansión se devolvió de inmediato. La sensación de vacío era peor al aire libre, pero debía salir y averiguar qué sucedía. Antes de armarse de valor para investigar, ordenó a sus esposas y sirvientes que permanecieran en casa hasta nuevo aviso.
Supo que lo más inteligente era quedarse también, pues los aesirianos solían perder un poco la cabeza con los desbalances. Con la falta o la entrada súbita de energía en el mundo, los magos experimentaban una amplia gama de emociones que variaban desde la más eufórica de las alegrías hasta la más terrible de las violencias. Fuera como fuese, un desbalance podía hacer que los aesirianos reaccionaran en masa por el miedo. O incluso que perdieran el control sobre sus poderes.
Salió a caballo. Antes de cruzar los portones de la Mansión ordenó a los centinelas reforzar la entrada. Lo último que necesitaban era un motín. Apenas salió a la calle se dio cuenta de que tomó la decisión correcta, pues ya había un buen número de aesirianos gritando como locos o riendo a carcajadas. Algunos lloraban hechos un puño o buscaban el camino a sus hogares, pero se golpeaban contra las paredes como si no pudieran ver las puertas a unos metros. Otros, en cambio, estaban tan irritados que discutían con palabras fuertes. De momento nadie se había lastimado, pero Enlil vio que se formaban grupos grandes en las calles. En cualquier instante iniciarían las peleas.
Se abrió paso entre los aesirianos con cuidado de no derribar a nadie para no iniciar una revuelta. Miró el cielo en busca de los parpadeos tranquilizadores de las estrellas. En lugar de alivio un pavor sin nombre se apoderó de él. Tuvo ganas de dejarse caer al suelo. Gritar hasta despedazarse la garganta y después agarrar a golpes a alguien. «No», se ordenó mientras luchaba contra esas emociones. «No, no, no. Piensa, relájate. No dejes que el desbalance te afecte».
Pero no podía evitarlo. ¿Qué diablos le pasaba a la luna? Estaba ahí, en lo alto del cielo, pero parecía agonizante, curvada en una posición de la que no era capaz. No podía explicar lo que veía porque sabía que si comparaba la apariencia de la luna durante esa noche con la de cualquier otra, no encontraría ninguna diferencia. Pero algo no calzaba. Algo burlaba las apariencias físicas y perturbaba la percepción mágica de los aesirianos.
Algo los hacía escuchar el lamento agonizante de la diosa de la noche.
Cuando al fin alcanzó Palacio bajó del caballo en un santiamén y ni si preocupó por llevarlo al establo o buscar a un mozo de cuadra. Los guardas que patrullaban los pasillos tenían los mismos síntomas de los demás mascalinos. Se escabulló entre ellos. Sabía que si intercambiaba una sola palabra con los oficiales se volvería loco por la presión del desbalance.
Se sintió aún más confundido cuando al fin alcanzó la Sala del Trono. El Emperador y el príncipe heredero ya estaban allí, pero ninguno de los dos gritaba, reía o lloraba. Hakwer estaba sentado en el Trono. Tenía la frente arrugada y se cubría la boca con una mano. Kardan permanecía en pie delante de su padre, con los ojos clavados en el suelo. Ninguno prestaba atención a las nodrizas en la sala, que lloraban arrodilladas.
Entonces comprendió lo que pasaba. La extraña apariencia de la luna. La sensación de vacío. El llanto. El miedo. Enlil se recostó a la pared porque las piernas le temblaron. Se llevó las manos a la boca porque no supo si iba a gemir o a gritar como loco.
Sigfrid estaba muerto. Era su energía, su poder inigualable, lo que faltaba en el mundo. Y si el General Montag ya no estaba entonces Istar…
—¡Necesitamos enviar un ejército! —gritó Enlil, aunque sin pánico—. Yo iré a la cabeza.
—¿Para qué? —preguntó el Emperador con una sonrisa retorcida. Eso tomó por sorpresa al General.
—Para salvar a su hija, señor —respondió Enlil cuando al fin se recuperó del asombro. Pero Hakwer ya estaba resignado.
—¿Qué caso tiene, eh? ¿Qué harás con un ejército ahora? Ya es muy tarde. Sigfrid está muerto. Y mi hija también.
—¡Eso no es cierto!
Enlil se negó a creerlo. No podía ser que su amigo, el General todopoderoso que encabezaba el ejército aesiriano desde hacía generaciones, estuviera muerto. Sigfrid era invencible. Nadie jamás podría quitarle la victoria de las manos. Además, aunque Sigfrid en verdad estuviese muerto no habría caído sin antes asegurarse de que Istar estuviese a salvo. De eso estaba seguro.
Por eso debía partir. Por esa única esperanza debía ir al Oeste, donde debía de estar la tropa de Sigfrid. Tenía que proteger lo que su amigo más amaba en el mundo. Pero cuando intentó explicarle esto a Hakwer el Emperador se rio con sequedad, como si no le quedara adentro nada más que la tristeza.
—Eres un ingenuo, Enlil. Mi hija está muerta. El que mató a Sigfrid debe de ser un genio. ¿Cómo, si no, acabó con él? ¿Crees que después de matarlo no habría hecho lo mismo con Istar, de inmediato?
—Sigfrid no lo habría permitido. Aunque fuera lo último que hiciera, estoy seguro de que no habría dejado a la princesa a merced de los enemigos.
—¿Entonces crees que mató a su asesino antes de caer? La confianza que le tienes es conmovedora, pero… es inútil. Sigfrid era poderoso. Para acabar con él se necesitaría más de un escuadrón de asesinos. Estoy seguro de que él los haría lamentar haberse atravesado en su camino pero… Pero por lo menos uno habrá sobrevivido. Por lo menos uno habrá alcanzado a Istar.
—¡Esa es una razón más para buscarla! —exclamó Enlil. Hakwer se negó de nuevo.
—Nos separan miles de kilómetros de ella. Ni siquiera un corcel de seis patas podrá llegar junto a Istar a tiempo. Ya debe de estar muerta.
Lo dijo tan resignado que Enlil sintió un escalofrío en la espalda. Él también lo creía. También sabía que las posibilidades de que Istar estuviera viva eran mínimas, pero… ¡no, no podía aceptarlo!
—No estoy dispuesto a perderte a ti también —continuó Hakwer—. El tipo o grupo que acabó con Sigfrid podrá acabar contigo fácilmente. El Imperio te necesita, Enlil Tonare. El Imperio necesita un General para su ejército. —Al escucharlo Enlil se enfureció.
—¡Al diablo el Imperio y su maldito ejército! —gritó—. Se trata de su hija y de mi amigo. Que a usted no le importen no significa que a mí tampoco. ¡Ellos son más valiosos para mí que usted o el Imperio!
Ni él mismo podía creer lo que acaba de decir, pero sabía que era cierto. Ser General del ejército no sería lo mismo sin Sigfrid. Servir a la Familia Real no sería lo mismo sin Istar. Los dos formaban parte de su vida. Los dos eran valiosos e indispensables. No podía abandonarlos.
—¿Qué dijiste?
—¡LO QUE ESCUCHÓ! —¡Al diablo Hakwer, el protocolo o lo que fuera! Alguien tenía que hacer entrar en razón a ese estúpido Emperador—. Lo pondré de esta forma: o me da un ejército o parto yo solo a hacer lo que usted mismo debería hacer. ¡Sigfrid se lo advirtió, él le dijo que yo debía acompañarlo! Si hubiésemos estado juntos la princesa Istar estaría a salvo. ¡Pero porque usted es un maldito cerdo terco, Sigfrid está grave en algún lugar del mundo y su hija no sabe ni qué demonios hacer!
La voz de Enlil fue una mezcla de truenos, tornados, terremotos y erupciones volcánicas. Las nodrizas y Kardan palidecieron por la furia del General, pero no Hakwer. Él miró a Enlil con desprecio, pero su voz contuvo la furia y no tembló cuando dijo:
—Mi orden es absoluta, Enlil. Ninguno de mis soldados saldrá a una misión imposible. No pueden salvar a Istar cuando es seguro que ella ya está fuera de toda salvación. —Agregó con un siseo malévolo—: Si no fuera porque reconozco tus talentos haría que te colgaran de la lengua mientras te azotan por tu terrible falta de respeto. Aunque puedes estar seguro de que sí recibirás el castigo que te corresponde para que recuerdes tu lugar, que está muy por debajo del mío. Aún eres mi General, mi súbdito y me debes obediencia y respeto.
Por unos instantes los dos se miraron sin pestañear, gruñendo como si fueran lobos a punto de atacarse. Kardan y las nodrizas los miraron incómodos, porque sentían que en cualquier momento explotarían y lucharían furiosamente. Al final Enlil apretó los labios, bajó la mirada e hizo una reverencia.
—Es cierto. El General Tonare es todavía súbdito del Emperador Hakwer y le debe obediencia. —El monarca se permitió una pequeña sonrisa de satisfacción. La borró en cuanto Enlil se irguió tan alto como era y lo miró con ojos venenosos—. Es por eso que Enlil Tonare desiste de su título para ser solo un plebeyo más. Como sé muy bien que ningún simple mortal tiene derecho a manchar esta magnífica recámara con su presencia, me marcho. Estoy seguro de que al gran Emperador Hakwer no le importarán las andanzas de un pobre plebeyo como yo.
Enlil sonrió. Dedicó una última reverencia irónica a Hakwer y dio media vuelta para salir de la Sala. Todos lo miraron con la boca abierta, pero el Emperador se recuperó antes de que Enlil saliera.
—¡No te marcharás! —Hakwer se puso en pie. Una vena le latía en la frente—. Todos mis hombres te detendrán antes de que intentes salir de Masca.
—¡Quiero ver al pobre imbécil que se atreva a detenerme! —Enlil acarició el mango de la espada a la cintura—. Alguien con un poco de seso no se atrevería a cruzar armas conmigo.
Enlil salió de la Sala con una descarada sonrisa de satisfacción. Por más que gritó Hakwer, ningún soldado se atrevió a detener al ex-General. Atravesó Palacio sin problemas y llegó hasta los establos. Si retrasaba un poco más la salida ni él podía garantizar que pudiera escapar de la furia del Emperador.
Sabía que cometió una imprudencia al renunciar a su título y burlarse de Hakwer delante de testigos. Quizá más adelante lamentaría su decisión, pero eso no importaba ahora. «Si me quedo de brazos cruzados lamentaré aún más no hacer ni un pequeño esfuerzo por salvar a Sigfrid». Aunque el desbalance gritara a los cuatro vientos que su amigo estaba muerto él debía confirmarlo. La esperanza es lo último que muere.
—Señor Tonare.
Enlil respingó cuando escuchó la voz del príncipe detrás de él. Kardan sostenía las bridas de un corcel de seis patas, negrísimo como la noche. Todo su pelaje era como los mechones lacios del príncipe y sus ojos del clan Aesir. Enlil miró al caballo, embobado por su grandeza.
—Por favor, tome a Brïn. —Kardan acarició el cuello del corcel y explicó—: Estoy seguro de que es el más rápido y resistente de Masca. No le dará ningún problema en el camino. Yo mismo iría a buscar a mi hermana pero… no puedo. Caería muerto antes de dar veinte pasos fuera de Palacio.
La sincronización lo mataría. Enlil en verdad lamentó mucho la suerte de ese príncipe. Si no fuera un Aesir tan talentoso él mismo habría salido por Istar aun antes de que todos comprendieran qué significaba el desbalance. Si él fuera el Emperador, ya habría ordenado toda una armada para ir por la pequeña princesa.
—Tiene que prometerme que traerá a Istar de regreso. Debe hacerlo. —Su voz fue mucho más dura que antes. Una súplica y una orden a la vez—. También debe traer al General Montag.
Enlil asintió y recibió las riendas de Brïn. Entonces notó otra sombra en el establo. Cuando miró hacia la entrada vio a la nodriza de cabello negro y ojos violeta que tanto le gustaba. La mujer avanzó hacia él y le dio un par de paquetes.
—Son medicinas y alimentos. Los necesitará. —Cuando lo miró a los ojos Enlil estuvo tentado a abrazarla y besarla, pero se contuvo. No sabía si quería consolarla o consolarse a sí mismo en ella—. Es como una hija para mí —explicó la mujer. Sus ojos brillaban por las lágrimas—. No sé qué haría si la pierdo. Tiene que traerla de regreso así sea lo último que haga.
—Lo haré —prometió Enlil mientras echaba los paquetes en los compartimentos de la silla de cuero—. Los traeré a los dos. —Luego montó de un salto.
—Cuando entren a Masca —dijo el príncipe mientras abría más la puerta del establo para que Enlil saliera a toda marcha—, tráigalos directo a Palacio. Tendré todo listo para atenderlos. No dejaré que mueran en los controles de la frontera como si fueran perros.
Enlil asintió. Espoleó el caballo y se marchó como si fuera un torbellino. Kardan no mintió cuando dijo que Brïn era rápido. «Y tampoco cuando dijo que tendrá todo listo. Es un chico inteligente». Él no había pensado en qué haría cuando regresara a Masca, pero Kardan pensaba por adelantado. Prueba de ello era que los centinelas de Palacio le habrían las puertas sin que él lo ordenara a gritos. Enlil lo agradeció. Agradeció como nunca en la vida que un príncipe tuviera todo bajo control.

****

—Bienvenido, General Montag.
Sigfrid no entendió. Las palabras carecían de calidez, como si surgieran de un mar de hielo y se extendieran por aire congelado. Un momento. ¿No que estaba muerto? ¿No que antes estuvo rodeado de tinieblas? Miró a uno y otro lado, confundido. Todo lo que veía era blanco, blanco y más blanco.
—Bienvenido, General Montag —repitió la voz.
Sigfrid al fin reaccionó. Su anfitrión estaba a unos pasos de él, de pie. Era una silueta de papiro que delineaba un cuerpo, sin ninguna otra característica más que el contorno. No tenía cara. Al General lo tomó desprevenido ese rostro mudo que no tenía boca, nariz, mejillas, cejas u orejas. Todo lo que tenía era unos penetrantes ojos púrpura que lo miraban con atención.
¿En dónde estaba? ¿Qué clase de criatura era esa? Sigfrid no creía en la vida después de la muerte, pero si de algo estaba seguro era de que estaba muerto. Entonces, ¿estaba en un salón donde sería juzgado por sus pecados, tal y como predicaban los sacerdotes y sacerdotisas en los templos? ¿Era ese hombre sin rostro su juez?
—Por favor, no tema —dijo la silueta aunque no tenía labios que se movieran al ritmo de las palabras—. Este no es el Infierno ni el Reino de los espíritus, aunque se le parece un poco. En realidad no importa dónde estamos sino que usted está aquí.
El hombre sin rostro caminó alrededor de Sigfrid como si admirara a una criatura exótica. El General se quedó plantado en su sitio, listo para defender y atacar si era necesario, pues todavía no terminaba de comprender la naturaleza de ese extraño ser.
—Tengo que admitir que siempre me he aprovechado de momentos como este para hacerme de fichas interesantes y jugar con ellos en el mundo. Pero esto… —Aunque el hombre sin rostro no tenía boca, sus ojos sonrieron—. Esto es mejor de lo que esperaba. Nunca imaginé que tendría la oportunidad de jugar con el legendario Pältya alesÿs de mi lado. Ni en mis más locos desvaríos tuve la esperanza de tenerlo aquí. Después de todo… —El hombre se acercó rapidísimo a Sigfrid, con la consistencia de un fantasma, y le susurró al oído—:… ¿quién habría imaginado que el magnífico General Montag pudiera ser derrotado y morir en combate?
Sigfrid se apartó incómodo por la fría corriente de aire en el oído. Lanzó un golpe para apartar a la figura de papiro. Pero el hombre sin rostro ya estaba fuera de su alcance y sentado en un sillón blanquísimo que apareció para recibirlo. Mientras los ojos de amatista lo miraban, Sigfrid recordó todo: la espada en el pecho, la mirada alegre del grolien, la tristeza al abandonar a Istar… Pensar en la pequeña princesa le dolió más que el espadón en el corazón. Tan solo imaginarla llorando le formó un nudo en la garganta.
—Ya sé —dijo entonces el hombre sin rostro—. Le daré un buen regalo que le sea de utilidad en el mundo de los vivos. ¡Oh, sí! ¡Puedo ver un gran futuro!
El hombre de papiro parecía muy satisfecho de sí mismo y aplaudía entusiasmado. Tenía una pierna cruzada sobre la otra.
—Usted guiará a mi hermano y hermana en compañía de mi regalito. Así tendremos una nueva ficha, General, una criatura que compartirá su alma pero tendrá mi poder. Una criatura a la que podrá controlar a voluntad pero que regresará algún día a mí. Será una útil y poderosa ficha para los momentos difíciles que se avecinan.
El hombre aplaudió una última vez y se levantó de nuevo.
—Hora de despedirnos. Del otro lado hay alguien que lo llama. Sin ella su regreso al mundo de los vivos sería imposible, así que agradézcale de mi parte. —Sigfrid no entendió nada de lo que sucedía. Antes de que pudiera hacer preguntas el hombre sin rostro lo tomó de la mano y dijo—: Un último consejo: déselo a la doncella a la que más ama para que lo empolle. El resultado será la grandiosa ficha que luchará por lo que usted crea, defenderá lo que usted ame y comprenderá lo que usted vea.
Cuando el hombre se apartó Sigfrid vio que sostenía en la mano un pequeño huevo dorado que… ¿palpitaba? Le pareció sentir una diminuta pulsación en el interior pero no estaba muy seguro.
—Hasta mi nacimiento, General Montag —dijo la figura de papiro mientras ponía una mano en el pecho de Sigfrid—. Hasta la época de los Dragones.
El hombre sin rostro le dio un pequeño empujón que lo separó miles de kilómetros. El blanco fue sustituido por el negro. La quietud fue reemplazada por un torbellino de ideas y sensaciones que Sigfrid no pudo comprender. Sintió una fuerte presión en la cabeza, como si los ojos y el cerebro estuvieran a punto de explotarle. No pudo respirar. Fue como si los pulmones estuvieran ya hinchados al máximo o encogidos en una diminuta e inútil bolsa.
Pero lo peor, quizá, fueron los miles de pellizcos que sintió en los dedos, brazos, piernas, mejillas, pecho y cabellos. Fue como si miles de manos, algunas pequeñas y diminutas, otras gigantescas y monstruosas, se pelearan por él y lo arrastraran en una vorágine interminable.
Justo cuando creyó que no podría soportarlo más, una corriente eléctrica le dobló la médula. Sigfrid se sentó de un salto, atenazado por el dolor. Los sentidos regresaron a él poco a poco.
Primero el olfato. Le llegó un tufo apestoso que conocía muy bien. ¡Diablos, si eran casi camaradas! Era el olor de la muerte, el de los cadáveres después de unos días de la batalla. También le llegó olor a tierra mojada. ¿Había llovido?
Cuando movió los dedos se dio cuenta de que los tenía tan fríos que le ardían. En realidad, todo le ardía. Era como estar atrapado en una tormenta de nieve, congelándose. Pero en lugar de perder la sensibilidad de los miembros sentía cómo el frío los consumía. A veces el hielo quema más que el fuego.
¿En dónde estaba? Parpadeó pero tenía la visión muy borrosa. No pudo distinguir una figura de otra, ni colores, ni siquiera estaba muy seguro de qué era luz y qué sombra. Cuando al fin distinguió un sonido recordó lo que el hombre sin rostro dijo:

«En realidad no importa dónde estamos sino que usted está aquí».

—¡Sigfrid!
No importaba dónde estaba sino que estaba allí, junto a ella. Istar era lo que más necesitaba en ese momento, lo único que quería. El tintineo de su voz fue armonioso y cálido para luchar contra ese frío ridículo y cruel. No estaba muy seguro, pero creyó distinguir besos y lágrimas sobre su rostro. Supuso que Istar lo abrazaba y besaba, feliz, agradecida, esperanzada.
Solo ella podía alegrarse de que el Demonio Montag regresara al mundo de los vivos.
A pesar de que casi no tenía fuerzas, Sigfrid la rodeó con los brazos y la besó también. Eso fue todo lo que pudo hacer para agradecerle por haberlo salvado de las tinieblas, la blancura y la vorágine.

****

Cuando llegaron a la Sala, Enlil soltó a Istar para que corriera a los brazos del príncipe. Kardan la recibió con besos y lágrimas, y la sujetó como si no quisiera apartarse de ella nunca jamás. «Él creyó. Nunca dudó de que la volvería a ver. Por eso mismo la salvó», pensó Enlil.
De no ser por Kardan tal vez no lo habría conseguido. Sin Brïn no habría llegado a tiempo para salvar a Istar y a Sigfrid. Sin los preparativos del príncipe no habría cruzado las Murallas de Masca porque las heridas de Sigfrid eran todo lo que los médicos querían evitar en la Capital.
Pensó en deslizarse hacia atrás para evitar llamar la atención. Tenía que escabullirse con su amigo para buscarle atención médica. Pero Hakwer lo tenía en la mira. No sabía qué pensaba el Emperador. Cuando el monarca veía a Istar en brazos de Kardan parecía listo para saltar del Trono y abrazarla también. Pero cuando miraba a Enlil parecía humillado, furioso y agradecido al mismo tiempo. El hecho era que Enlil tuvo razón y él no.
—¿Dónde los encontraste? —preguntó al fin Hakwer entre dientes.
—En un templo en ruinas, en el Oeste —respondió Enlil mientras apretaba el brazo de Sigfrid para sostenerlo mejor—. De alguna manera su hija se las arregló para llevarlo bajo techo. Todo lo que tuve que hacer fue cabalgar hasta dar con ellos.
No podía ni empezar a describir lo que vio. Se encontró con montañas enteras erosionadas, sin árboles o vegetación. Solo cenizas. Fue como si un volcán hubiese hecho erupción y secara la tierra, aunque esa zona no tenía volcanes activos desde hacía siglos.
Cuando encontró los cuerpos de los aesirianos y vanirianos supo que iba por buen camino, aunque le tomó un tiempo dar con Istar y Sigfrid. Fue una suerte de intuición, una llamada interna y silenciosa, la que le permitió hallar el viejo santuario abandonado y encontrar a una princesa exhausta y a un General en peores condiciones.
A Enlil le tomó un buen tiempo hacer reaccionar a Istar, tanto que le preocupó haber llegado tarde por ella. Pero cuando al fin la niña despertó le explicó entre lágrimas que hizo todo lo que pudo por Sigfrid. Así fue como Enlil descubrió que Istar era una sanadora. No pudo ni ofenderse porque su amigo le hubiese ocultado ese secreto durante años. Todo lo que sintió fue admiración por la tenacidad de la princesa.
La esencia de la sanación era muy rara. Los aesirianos no la tenían. Solo algunas criaturas mágicas nacían con ella, como los dragones. Tal vez era muy apropiado que Istar la tuviera, porque daría a luz a los príncipes que portarían a los espíritus que respondían por ese nombre.
La niña le explicó que intentó revivir a Sigfrid durante tres días enteros. Por eso estaba tan exhausta, aunque también agotada por el remordimiento.
—Ofrecí el bosque —lloró—. Ofrecí todo lo que estaba vivo por él. ¡Todo!
La montaña reducida a cenizas era obra de la princesa. Su energía por sí sola no fue suficiente para traer a Sigfrid de regreso, así que echó mano de la vida de otras criaturas.
—¿Los vanirianos también? —le preguntó entonces Enlil—. ¿Usted los…?
No se atrevió a terminar la pregunta porque no se podía creer que una niñita y la esencia de la sanación fueran capaces de exterminar a los vanirianos. Los groliens, arpías y kredoa estaban destrozados y con quemaduras, como si una hoz de fuego hubiese acabado con ellos. Los aesirianos, en cambio, tenían los cuerpos hinchados con moretones y cortes de hachas.
—Fue Sig —respondió Istar—. Él lo hizo.
La niña no se lo pudo describir muy bien, pero Enlil entendió que Sigfrid hizo algo justo antes de morir. Rodeó a la princesa en los brazos. La protegió con su cuerpo. Y luego una luz surgió de él. Un filo plateado acabó con los vanirianos. Un filo abismal que Istar no se atrevió a mirar a los ojos.
—Solo sé que era luna llena —concluyó la pequeña cuando se lo dijo.
Esa no era explicación suficiente, pero Enlil creyó entender un poco. Él y la princesa estaban al tanto de la costumbre de Sigfrid de cubrirse todas las noches de luna llena. El General Montag nunca explicó por qué lo hacía, pero antes se tiraría por un abismo a dejar que la luna llena lo tocara. «Es un mago de luna. Algo hace cuando la luz plateada lo toca pero no me importa qué. No importa para nada».
Los tomó a los dos, subió a Brïn y comenzó el camino de regreso. Por Istar no se preocupó. La niña solo estaba cansada y se sintió a salvo cuando Enlil se hizo cargo de todo. Durmió gran parte del camino, pero también comió y respondió a las preguntas del aesiriano cuando era necesario. Estaba bien.
En cambio Sigfrid nunca dio señales de vida. Enlil se apresuró a regresar a Masca más por él que por la princesa. Incluso ahora, mientras lo sostenía de un brazo en la Sala del Trono, Sigfrid dormía apenas capaz de respirar. A Enlil le daba la impresión de que ese débil pulso se desvanecería en cualquier momento y no regresaría nunca más.
—Si necesita explicaciones se las daré —dijo al Emperador—. Pero ahora no. Ahora Sigfrid necesita un doctor.
Hakwer hizo un gesto para indicar que le daba permiso de retirarse. Luego se levantó con la clara intención de abrazar a Istar, pero la niña lo detuvo con palabras duras como latigazos.
—¡No te me acerques, mentiroso! Es culpa tuya que los vanirianos mataran a todos esos oficiales. ¡Es culpa tuya que mataran a Sig! Si sabías quién soy, si sabías lo que haré, ¡debiste escucharlo y dejar que Enlil viajara con nosotros desde el principio!
Los ojos de Hakwer primero se agrandaron por la sorpresa al escuchar los gritos de su hija, pero después se empequeñecieron con rabia al mirar a Enlil.
—¿Se lo dijiste? —gritó—. No podías, ¡ella no podía…!
—¡No lo culpes de nada! —lo cortó Istar antes de que Hakwer comenzara a insultar al ex-General—. Si no fuera por él ¡todavía estaríamos en unas ruinas! Si no fuera por él ¡yo todavía sería una ignorante!
Cuando Hakwer lo miró otra vez, Enlil solo levantó los hombros. Durante el viaje de regreso Istar le preguntó por qué los vanirianos atacaron con tanta fuerza a la tropa de Sigfrid. Era una niña pequeña pero hasta ella sabía que ese despliegue de fuerza enemiga no era común. De lo contrario hace mucho que los vanirianos habrían acabado con el Demonio Montag.
Enlil se lo pensó un largo rato antes de decirle la verdad, ¿pero qué más daba? Ya que ella le confió su secreto sobre la esencia de la sanación él podía confiarle otro para quedar a mano. Así que le reveló lo que por tanto tiempo le ocultaron: ella sería la madre de los Dragones. Por eso la escondieron del conocimiento público cuando era más pequeña. Por eso le asignaron un General como Guardián Celestial. Por eso no la dejaron marchar sola en el viaje de graduación.
Por eso los vanirianos mataron a Sigfrid: para atrapar a la pequeña destinada a dar a luz a los Dragones de la Profecía aesiriana.
Istar miró furiosa a Hakwer, con una determinación insospechada en ella, y dijo:
—A mi hijo le pondré Adad y a mi hija la llamaré Sakti Allena. ¿Sabes por qué, papá? —La princesa hizo una pausa y luego señaló al Emperador con un dedo acusador—. Para que no se te olvide que mis hijos serán una tormenta y un poder que nadie jamás controlará. La próxima vez que pretendas ocultarme algo o utilizarme ¡recuerda que mis hijos se zafarán de ti y todos tus malditos planes! ¡Es una promesa!

****

Sigfrid recorrió los pasillos en silencio. Muy pocas nodrizas se dieron cuenta de su presencia. El día estaba soleado y la brisa soplaba aún fresca, pero el otoño llegaría muy pronto. De seguro que cuando cayera la tarde sentiría un viento helado.
En los últimos días ni él ni Enlil tuvieron mucho trabajo. Para variar Hakwer mostró un poco de consideración y disminuyó el número de informes que debía hacer. Todo para quitarse de encima las quejas de Istar y las miradas reprochadoras de Kardan, porque los príncipes se habían aliado para garantizar que Sigfrid descansara de sus heridas. Enlil hacía por él los pocos documentos que tenía que realizar. Sigfrid solo los firmaba.
En cuanto a Enlil… Sigfrid no estaba muy enterado de los detalles, pero sabía que su amigo renunció al cargo de General. Al principio creyó que era una locura y estuvo a punto de agarrarlo a pescozones por esa decisión tan descabellada. Pero luego reparó en la tensión de Hakwer, en lo desesperado que estaba porque no podía solucionar el trabajo pendiente del General Tonare.
El Emperador no encontraba a nadie tan capacitado como Enlil para entrenar a los cadetes, garantizar las medidas de seguridad de Masca, analizar las finanzas de la Armada, decidir las estrategias para la campaña militar, etcétera, etcétera, etcétera. Era divertido verlo nervioso, desesperado y trasnochado, así que Sigfrid esperaba en silencio a que Hakwer estallara, se atragantara con el orgullo y le suplicara a Enlil que retomara su puesto.
Quizá Enlil accedería pero mientras tanto se estaba dando las vacaciones que nunca tuvo.
Sigfrid se detuvo delante de la puerta corrediza, tomó aire y la abrió sin siquiera llamar. Istar estaba dentro, radiante de felicidad. Nadie creería que estaba castigada. Sigfrid no recordaba qué pasó en la Sala del Trono y Enlil no quiso entrar en muchos detalles, pero corrían los rumores de que Istar tenía una boquita mucho más despierta y peligrosa de lo que aparentaba. Aunque, eso sí, nadie la culpaba: la princesa estuvo tan furiosa con el Emperador –y con justa razón– que lo dejó en su lugar con unas frases bien puestas.
Hakwer le prohibió salir de la casa del lago hasta que aprendiera a controlar su vocabulario. Pero para Istar ese no era un castigo sino la excusa perfecta para dedicarse a algo muchísimo más importante.
—¡Sig, Sig! ¡Te lo perdiste! —dijo la niña mientras le mostraba lo que acurrucaba en brazos—. Ya nació ¡y es taaaaaaaan lindo!
Sigfrid vio el pichón que nació del huevo dorado que le dio el hombre sin rostro. El General arrugó la cara al ver a la criatura. Era un pajarillo muy grande, casi calvo, con ojos redondos y enormes. «Lindo» no era la palabra adecuada para describir a esa cosa. El polluelo clavó unos ojos resentidos en él. Sigfrid tuvo la impresión de que el animal sabía lo que pensaba. Fue muy extraño, como si una corriente eléctrica corriera entre los dos. Como si un lazo de energía los conectara. Parpadeó y el bichejo también lo hizo. Alzó una ceja y el pichón abrió más un ojo para imitarlo. Eso causó gracia a Istar. Sigfrid recordó las palabras del hombre de papiro:

«Así tendremos una nueva ficha, General, una criatura que compartirá su alma pero tendrá mi poder».

Ese pichón compartía su alma. De alguna manera era él mismo pero en otro cuerpo, con otra mente, como alguien más. Sigfrid apretó los labios, intentando descifrar qué podía significar eso. Después desechó las dudas. ¿Qué importaba? Nada normal había sucedido desde que el grolien logró atravesarlo con la espada. Después de morirse y resucitar por arte de magia, no tenía sentido hacerse preguntas sobre un pichón gigante nacido de un huevo de extraña procedencia.
—¿Ya sabes cómo lo vas a nombrar? —le preguntó Istar—. Los nombres que yo había pensado no le hacen justicia porque este pequeñito es muuuuuuuy lindo. —La princesa le dio un besito al pajarillo, que pió encantado. Como compartía alma con él, Sigfrid sabía que los brazos de Istar eran el paraíso para la criatura.
—Muninn —respondió el General—. Significa «memoria». —Istar repitió el nombre y sonrió complacida.
—Suena bien. ¿Qué quieres recordar? —Sigfrid la miró un largo rato para terminar de tomar una decisión. Buscó entre la túnica y dijo:
—Alteza, cierre los ojos. —El General se arrodilló detrás de ella y le ató el regalo al cuello—. Quiero agradecerle por traerme de vuelta.
Istar abrió los ojos y vio que llevaba una cadena que sujetaba un bonito pendiente de plata con forma de ángel. El dije era muy grande y pesado. Era la joya de una mujer, no de una niña, pero eso no impidió que Istar lo apreciara. Los acabados eran finos y el detalle tan exquisito que a la princesa le pareció que tenía una pequeña hada sobre el pecho.
—Sigfrid, ¡no puedo! —exclamó cuando se recuperó del asombro—. Es lindísimo ¿pero cómo podría aceptarlo?
—Fue de mi madre —explicó el General mientras se sentaba al lado de la niña—. No guardo muchos recuerdos de ella, salvo este. Como es lo último que me queda de ella deseo que esté a salvo, en un sitio seguro. Así que ¿podría cuidarlo usted por mí, Alteza?
Istar miró otra vez el pendiente. «¿Sig tenía mamá?», se preguntó asombrada. Nunca lo había pensado pero una vez el General fue un niño pequeño como ella, tal vez indefenso e inocente. Esa idea le sacó una sonrisa porque no se podía imaginar a Sigfrid de esa forma. Ese niñito se convirtió en el hombre todopoderoso que podía alzarla con una mano, el que la protegió hasta dar su vida por ella sin dudarlo.
El que ahora le obsequiaba un recuerdo.
—Cuando se ha vivido por mucho tiempo —susurró el General—, todo deja de importar. No recuerdo los rostros de mis padres o primos. A veces dudo de que alguna vez existieran, porque los años los han borrado de mí. Pero pase lo que pase no quiero que me la arrebaten a usted también. Quiero recordarla para siempre. Convertirla en una memoria imperecedera.
Sigfrid acarició el pico del pichón, sin encontrar resistencia alguna. Solo comprensión en esos ojos rojos.
—Quizá, si la uno al pendiente, el poder del nombre de Muninn jamás la alejará de mí. Se convertirá en dos memorias, en la de mi madre y la suya, unidas en un solo talismán. ¿Cree que pueda complacerme con esto?
Sigfrid recibió un espadón en el corazón por ella. ¿Cómo podía negarle algo después de eso? Istar acarició el pendiente y asintió.
—¿Sig? Si la Profecía se cumple ¿tú dejarás de ser inmortal?
—Semi-inmortal, princesa —la corrigió—. Quedó muy claro que no puedo morir por vejez pero sí por espada. —Sigfrid miró el suelo, incapaz de responder la pregunta de Istar, aunque la niña lo miraba con insistencia.
—¿Por eso quieres que la Profecía se cumpla? ¿Para que puedas morir?
Sigfrid guardó silencio, con lo que Istar supo que sus conjeturas eran acertadas.
No era que el General quisiera morirse, menos ahora que tenía una princesa y un amigo fiel indispensables. Pero temía al olvido. Temía a los años que le arrebataron todo lo que conoció de niño y lo convirtieron en una masa que él no podía recordar a la perfección. No quería que eso sucediera con Enlil e Istar. Ahora que los había encontrado le preocupaba que el tiempo se los llevara también, pero lo dejara a él inmutable, imperecedero.
—Solo quiero una opción adicional a la espada, Alteza. La vejez es la más natural y agradable de las opciones.
Istar no dijo nada. Con el polluelo en brazos acomodó la cabeza en el pecho del Guardián. Sigrid le pasó un brazo por encima de los hombros y la acercó más. Los tres pintaban un extraño cuadro: un General semi-inmortal, una princesa capaz de revivir a los muertos y un cuervo traído del lugar fuera del espacio y el tiempo. No había un grupo más raro que el de ellos.
Pero Istar no pensó en eso. Ahora que sabía la verdad sobre lo que se esperaba de ella, no podía evitar una idea: el destino de las personas más importantes de su vida. Amaba a Sigfrid. Quería darle el descanso, la paz que él buscaba desde hacía milenios. Pero eso era el equivalente a lanzar al sacrificio a los niños que serían sus hijos. ¿Cómo podía hacerlo? ¿Cómo podía tomar esa decisión, la de elegir entre el que estaba condenado a la eternidad y los que estaban condenados a la muerte?
No podía. Deseaba con toda el alma que la paradoja no fuera tan complicada.

****

—Los recuerdos mueren con las personas —susurró Sarit mientras acariciaba el pendiente— y las personas mueren con las memorias. Al final todo lo que puedes hacer por los que se han ido es vivir por ellos. Pues mientras los recuerdes no estarán muertos del todo.
Sakti la miró sin comprender y le preguntó a qué se refería.
—No es nada, pequeña —sonrió la mujer ciempiés antes de devolverle el dije—. Es un hermoso ángel de plata, Allena. Debes cuidarlo, atesorarlo, porque es un recuerdo que se ha puesto en tus manos para protegerlo. Es lo último que queda de alguien.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

6 comentarios :

  1. En que es un capitulo largo... nadie te lo niega, ¡pero me encanto!

    Istar era una adoracion de niña, peroo le mentian vilmente ¬¬ ¡Eres cruel! Aunque lo bueno es que sigfrid era su guardian... es muy lindo saber que desde siempre sigfrid tuvo sentimientos por ella.

    Ademas me encanto una parte en especifico: Cuando Istar se enfrento a su padre y le dijo que sus hijos siempre desafiarian su poder OO me sorprendio mucho y te dire una cosa, la princesa no se equivoco en nada ^^

    Y pues ya recuerdo que una vez Istar menciono que lloro tres dias por sigfrid, fue en una de los tantos sueños de el general ^^ ¿no me equivoco verdad?

    Podria comentar mas, pero hay cosas que yo entiendo para mi pero necesito mas tiempo para saber si son lo que pienso... ya te diste cuenta soy algo observativa de vez en cuando... Siguee escribiendo ^^


    was here
    Anie :)

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  2. Annie, ¡me encanta que seas tan observadora! Sí, tienes razón con lo del sueño de Sigfrid en el que Istar le recordó esos tres días en los que estuvo muerto. Para que veas que desde el primer volumen estoy planeando este capítulo, jaja, y lo mismo pasa con todos los que siguen. ¡Si supieras cada idea que tengo y que todavía no he plasmado en los capis nuevos... ^3^!

    Y me está dando la impresión de que has descubierto algo que he callado desde hace muuuuchos capítulos. ¡Por favor, todavía no lo reveles! Deja que los otros que se pasen por el blog divaguen un poquito más, eh?

    Porque si crees lo que creo que crees (valga el juego de palabras), y llega la parte en la que lo revelo por completo (que es este mismo volumen), ¡entonces podrás decir que siempre lo presentías! Entonces sí que podrás presumir de ser lectora observadora, jajaja!

    Un gusto saber que te encantó el capítulo. ¡Vamos a escribir más, para que te guste...! Aunque quizá, al final del capi 13 reconsideres lo del sicario :s

    ¡CIAO!

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  3. sin haber terminado de leer el capitulo completo, ÁNgela, me pregunto... ¿tiene algo que ver la aversión que siente Sigfrid por Mark con su entrevista con Marduk?...
    Me encantó esa frase que pusiste: "La luna estaba ahí pero parecía agonizante, curvada en una posición de la que no era capaz." TE seguiré leyendo, muy buen capítulo!

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  4. Muchas gracias, Jymeneidas :D A mí también me gustó mucho esa frase, ¡qué bueno es tener suerte de vez en cuando y escribir cosillas así! Jejeje!
    Esperaré tu comentario final, para saber qué te pareció el capítulo enterito. ¡Muchas gracias, de verdad que sí!

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  5. Como siempre, me encanta cómo va la historia. De verdad que me saboreo cada palabra y me sumerjo por completo en lo narrado :)

    Sólo quería indicar un par de errorcillos -typos- que me encontré por allí:

    - En el párrafo que dice “Cuando Enlil al fin alcanzó Palacio, bajó del caballo en un santiamén y ni SI preocupó…” Cuando debería ser "... ni SE preaocupó..."

    - En el párrafo que dice “-Usted guiará a mi hermanO y hermanO…” Supongo que debería ser "...hermanO y hermanA..."

    Fuera de eso, todo va perfecto ;)

    - Kirala

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Kirala! Muchas gracias por leer y comentar, ¡qué bueno que te gusta la historia! No sabes lo que me ilusiona que los lectores me digan eso, ¡me alegran el día! :'D

      Tienes razón con los errores, desde luego. Si te sirve de consuelo, en este momento estoy leyendo otra vez toda la novela 2 de la saga y le he encontrado muchos errores. Cuando la corrija, subiré la nueva versión, más limpia y clara.

      ¡Muchas gracias por tus observaciones! :P

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