¡Sigue el blog!

Capítulo 13

13
DE LA MUERTE A LA VIDA

Sakti acarició el pendiente antes de esconderlo de nuevo bajo la ropa. Se estremeció al sentir un punzón helado, pues la plata se puso fría al estar expuesta al ambiente frío del Reino de los espíritus y ahora le lastimaba la piel, que al fin había ganado un poco de calor.
—Lo sé —respondió—. Es un recuerdo de mi madre. No la conocí pero para mi hermano, tío y padrino este pendiente es valioso. Por eso lo llevo.
—Eres guardiana de la memoria de tu madre para ellos, Allena —Sarit sonrió—. Estoy segura de que nada le daría más gusto a tu mamá que eso.
Sakti asintió pero al instante pasó a otro asunto. Miró a Darius, que estaba con su hijo al borde de una de esas fumarolas incandescentes y frías a la vez. El profeta tiraba piedrecillas al interior y luego el niño se reía a carcajadas y aplaudía. Tenían una interacción tan normal que a cualquiera se le olvidaría las circunstancias de su encuentro. Sakti estaba segura de que a Darius ya se le había olvidado pero a ella no.
—Fenran está muerto, ¿verdad?
—Sí. Temo que a tu amigo le será difícil separarse de nuevo de él.
—Difícil no —corrigió la princesa—, imposible. ¿Qué sucedería si él decide quedarse aquí? —Sarit la miró angustiada y respondió:
—Si eres su amiga no dejarás que haga eso porque sería suicidio. Atentar contra tu vida y adelantarte a la Muerte es uno de los más graves pecados, peor incluso que revivir a los muertos. Si la Profecía se cumple y este mundo se destruye, entonces él irá al Infierno. Basta una mirada para saber que no merece ese final.
Sakti suspiró sin tener una idea clara de cómo reaccionaría Darius cuando cruzaran la puerta y Fenran tuviera que quedarse en ese mundo. ¿Qué tendría que hacer para llevarlo consigo? ¿Noquearlo como hizo Enlil para atraparlo?
—¡Al fin! —escuchó al General Cornelius—. Buen trabajo, señora Dajop.
El General recibió con una reverencia a una mujer morena de ojos dorados, como los de un felino salvaje. Su rostro, si bien no era joven, solo tenía unas pocas arrugas de madurez. Además, a diferencia de muchas otras almas, ella parecía conservar un juicio claro.
—Quisieron comérselos —dijo muy seria—, pero bastó con decir que era una orden de la Dama Blanca para que desistieran. —Sarit estaba sentada al lado de Sakti, frente al nuevo fuego que Set encendió. Se incorporó para ir hacia la mujer morena y dijo:
—Muchas gracias, señora Dajop. Allena, ven. Revisa si los caballos tienen la llave.
Ka-ren y Mükael titiritaban, pero se recuperaron con el calor del fuego y con los mimos de la princesa. Sakti rebuscó en los compartimentos de las sillas. Ahí estaban intactos su baúl y el diario del amo Mark, la espada, algunas provisiones y un libro de Darius, pero nada más. La pluma de Dragón no estaba.
Sakti iba a revisar como por enésima vez las bolsas cuando sintió que alguien le jalaba un mechón de cabello, lo estiraba, acariciaba y luego lo dejaba caer de nuevo.
—Te pareces a él —le susurró Dajop. La mujer la estudiaba como si fuera un objeto de museo—. Al muchacho que me liberó de mi Torre.
La aesiriana dio media vuelta para irse, como si lo que acabara de decir no tuviera ninguna importancia. Sakti reaccionó a tiempo y la sostuvo del codo.
—¿Es una Virtuosa? —preguntó sorprendida—. ¡¿Conoció a mi hermano?!
—Fui una Virtuosa —respondió Dajop, despacio y seria—, pero no sé si conocí a tu hermano. Solo a alguien que se parece mucho a ti. ¿Cuál era su nombre?
—¡Adad! —Sakti se olvidó de los caballos, de la pluma, del Reino de los espíritus y de todo lo demás. Lo único que importaba era tener noticias del príncipe rebelde que abandonó Masca—. Mi hermano se llama Adad, ¿lo recuerda?
—Adad… —asintió la Virtuosa con tanta lentitud que Sakti comenzó a dudar de la lucidez de la aesiriana—. Sí, creo que sí. ¿Ya dije que se parecía a ti? Tenía el cabello y los ojos grises…
«Sí, está loca». Sakti comprendió que Dajop no era seria, sino que lo olvidaba todo. Probablemente ni siquiera sabía dónde estaba. Aun así insistió con las preguntas.
—¿Está Adad bien? No lo he visto en mucho tiempo. Se ha ido al desierto. —La mujer hizo una pausa tan larga que Sakti temió que no la hubiera entendido. Dajop se llevó una mano a la barbilla y respondió muy despacio, como si masticara las palabras:
—Seguro está bien. Le di mi espada, ¿qué más quería?
Por alguna razón se enfadó, dio media vuelta y se fue. Sakti permaneció inmóvil, frustrada por lo poco que sabía del paradero de su hermano. ¿Pero qué más podía hacer? Ese mundo dañaba tanto el juicio de los aesirianos que tenía que hacer la misma pregunta varias veces a Cornelius y a muchas otras almas que habían llegado para ayudarles. Les era difícil recordar de lo que se hablaba y tenían una mirada tan perdida que a Sakti le daba la impresión de que solo tenían aire en el cerebro.
Ka-ren le jaló el abrigo y la miró con súplica. Tenía hambre. La princesa solo pudo acariciarle la frente porque ella también estaba hambrienta. «No tiene caso que me preocupe ahora por Adad. Él está en el mundo de los vivos, y cualquier parte allí es mejor que cualquiera de aquí». En lugar de pensar en su hermano tenía que concentrarse en salir de ese sitio con Darius y los caballos.
—¿Y bien? —preguntó entonces Cornelius—. ¿Tiene la pluma, mi señora? —Sakti negó con la cabeza—. Tampoco está en el lago. Fred, Kai y Moe han buscado por todas partes y no la encontraron.
—¿Fred, Kai y Moe? —preguntó Sakti.
—Sí, las serpientes.
El hombre escorpión dio media vuelta. Se olvidó de la princesa porque tenía que organizar las almas que se unieron a la empresa de sacarla del Reino de los espíritus.
—Fred, Kai y Moe —repitió la muchacha mientras suspiraba. Ese mundo de verdad que estaba patas arriba. Hasta las serpientes come-personas del lago ensangrentado tenían nombre y respondían a las órdenes de la Dama Blanca. A Sakti le daban ganas de gritar por el sinsentido de ese lugar. La voz profunda de Cornelius la detuvo:
—¡Escuchen!
Sakti y las almas del valle miraron con atención al viejo General, que estaba en lo que parecía ser un anfiteatro. A la princesa no le sorprendió que todos le prestaran atención, pues Cornelius tenía el mismo aire de grandeza de Sigfrid a la hora de dar discursos.
Había varios espíritus que, al igual que Sarit y Cornelius, tenían cuerpos mutantes que oscilaban entre lo aesiriano de la cintura para arriba y algún tipo de animal de la cintura para abajo: caballos, alacranes, hormigas gigantes, mantis, arañas, lobos y muchas otras siluetas que Sakti no llegaba a comprender del todo.
También había almas todavía en su forma aesiriana, como Set y Dajop, que miraban la situación con ojos ansiosos, como si la experiencia de ir hacia la puerta de ese inframundo les recordara la sensación de estar vivos e ir a una batalla. Estaba demás decir que en vida fueron soldados. Todos esperaban en las laderas, atentos a lo que el General tenía que decir.
—Esta niña es nada más y nada menos que la portadora del Primer Dragón. Ha llegado a este mundo pero no está muerta. Sin embargo, todos sabemos que si permanece en este lugar definitivamente perecerá. ¿Queremos que nuestra única esperanza de salir de este inframundo se quede atascada aquí, con nosotros?
—¡NO! —respondieron todos con un grito tan potente que el eco resonó por el valle.
—No estamos seguros de cómo hacerlo pero la sacaremos de aquí. —Los aesirianos asintieron—. Tenemos planeado llevarla a la puerta del Valle de la Luz. Ahora no tiene la llave que la trajo hasta aquí, pero solo nos queda esperar a que la puerta se abra para ella.
—¿Y qué hay de los demonios? —preguntó una de las almas—. Hay miles en ese lugar.
—Para eso estamos nosotros —explicó Cornelius—. La mayoría de ustedes se han convertido en espíritus. Y los que no encontrarán su recompensa al ayudar a la princesa. Nosotros nos encargaremos de los demonios mientras ella y el cachorro que la acompaña cruzan la puerta.
Todos murmuraron entre sí, evaluando las posibilidades para ver si aceptaban esa nueva misión. Set guiñó un ojo a Sakti y dijo a la audiencia:
—No sé los demás pero yo sí que voy. ¿Qué es lo peor que pueden hacernos los demonios? No pueden matarnos ni dañar nuestras almas pero sí pueden matar a la princesa. ¿Y quién quiere que la portadora muera? Sé que yo no, porque no quiero estar aquí por el resto de la eternidad. Además, ¿alguien ha pensado que si la puerta se abre y la princesa logra cruzarla, los demonios podrían seguirla? Entonces el mundo de los vivos se plagaría de demonios y los seres amados que todavía viven podrían morir en manos de esas bestias. ¿Quién quiere eso para un ser querido?
Los murmullos cesaron y Set dio un paso al frente mientras extendía las manos. De las palmas le brotaron llamas tan potentes que Sakti tuvo que entrecerrar los ojos para no quedarse ciega. También tuvo que retroceder porque la onda de calor era sofocante.
—General Montag, yo con gusto presto mi fuego y mi alma a esta misión.
Todas las almas vitorearon al Virtuoso y al General con tanta fuerza que a Sakti le dio la impresión de estar en un batallón liderado por Sigfrid. Lo único que necesitaban los aesirianos de ese mundo era un impulso y el fuego de Set se los había dado. Ahora estaban listos para partir al Valle de la Luz.
Cornelius se encargó de la organización de las nuevas tropas. Dividió a las almas en grupos y realizó esquemas de guerra en el suelo con ayuda de una vara. Mientras los nuevos soldados ponían atención al plan del General –quien sin dudas extrañaba eso de su trabajo y vida–, Sakti miró que Darius se alejaba con Fenran en brazos para jugar cerca de las fumarolas.
Los siguió en silencio y les dio privacidad por unos minutos. Cuando Fenran se apartó de su papá para buscar piedrecillas en las cercanías, Sakti se sentó en una roca al lado de Darius.
—Ya falta poco para irnos —comentó—. El General Cornelius está atando los últimos cabos de su plan.
Su amigo asintió pero no la miró, porque observaba a Fenran como si fuera un milagro. El niño corría de un lugar a otro buscando piedras planas para echarlas a las fumarolas. Antes de que Enlil los capturara en la Península, Fenran y sus hermanos corrían por la playa en busca de conchas para coleccionar y piedras planas para que Darius las lanzara a la superficie del mar y rebotaran una y otra vez hasta que se hundieran a una gran distancia de la orilla.
—Apuesto a que Sigfrid y el amo se llevarán una gran sorpresa cuando los encontremos —siguió Sakti, decidida a que Darius no la ignorara—. Quizá piensan que estamos muertos y cuando los veamos crearán que somos fantasmas o algo así. Después podremos irnos tranquilos de una vez por todas a Masca, y ver a Dagda, Airgetlam y Zoe. Supongo que querrán escuchar todo lo que nos pasó en el viaje.
—¿Qué quieres? —la interrumpió Darius, irritado—. Te conozco. Nunca hablas tanto excepto cuando quieres decir algo importante y no sabes por dónde empezar. ¿Podrías dejar de dar tantos rodeos y hablarme directo, por favor?
Sakti se miró las manos pero no dijo nada más. Aun cuando en ese mundo no tenía telepatía –en el mundo de los vivos tampoco era muy buena con las artes de la mente– sabía que Darius planeaba quedarse con Fenran sin importar qué. Por eso intentó recordarle que al otro lado de la puerta todavía tenía hijos que esperaban ansiosos su regreso. Pero no podía convertir esas ideas en palabras. La expresión no era uno de sus dones.
Darius reparó en que fue grosero con ella, así que inició una conversación amena que excusara su repentino ataque de ira.
—Los niños estarán felices de volverlo a ver. Es una lástima que Njord no esté por aquí. Me hubiera gustado llevarla conmigo también.
Sakti abrió tanto los ojos que creyó que se le saldrían. «No, Darius, eso no», pensó. Su amigo no estaba considerando quedarse en ese mundo junto a su hijo, sino que pensaba llevárselo. ¿Pero entonces Fenran no se convertiría en un demonio? Si Darius lo arrastraba consigo el alma del niño no tendría salvación. La misma Sarit les explicó que si los muertos cruzaban al mundo de los vivos sus existencias serían herejía.
Sakti miró a Darius a los ojos, pero no le gustó lo que vio en ellos. En la mirada mestiza de su amigo había una pizca inconfundible de locura. Él sabía que su hijo estaba muerto. Sabía que no lo podía llevar consigo. Pero encerraba esas verdades en lo más profundo de su mente, donde no pudieran molestarlo. Quería jugar de ignorante porque solo así podía mantener la esperanza de estar con Fenran y con el resto de su familia.
Sakti se preguntó qué haría. No podía tomar a Darius y obligarlo a entrar en razón. En ese mundo loco las voces arrastrarían al profeta a creer lo que fuera, incluso que su amiga se había vuelto en contra suya y no quería que fuera feliz junto a Fenran. Sakti sabía que ella no podía ayudar ahora a Darius, pero pensó que quizá Sarit y su dulzura lo harían comprender.
Por encima del hombro vio que la Dama Blanca se acercaba a ellos. Cornelius la acompañaba, aunque discutía con ella en susurros. De un momento a otro el General tuvo otro de sus arranques de ira, perdió los estribos y gritó:
—¡No podemos llevar a esa criatura demoníaca! Es una krebin, ¡desciende de humanos! Y los humanos son seres sucios y traicioneros. ¡Mira lo que le hicieron a ese pobre cachorro!
Cornelius señaló con las tenazas a Fenran, que todavía estaba lejos, buscando piedras. Darius se agitó al lado y Sakti sintió un escalofrío en el cuerpo.
—¿Qué le hicieron? —preguntó el profeta con voz temblorosa. Tenía los ojos dilatados y agitaba la cabeza. Otra vez las voces del Reino de los espíritus lo molestaban—. ¡¿Qué le hicieron a mi hijo?!
Darius se levantó como impulsado por un resorte y avanzó hacia Cornelius sin miedo, como si quisiera darle una tunda. El General se dio cuenta de que cometió una imprudencia y guardó silencio, mientras que Sarit interceptaba a Darius y le colocaba las manos sobre los hombros para calmarlo.
—No debes angustiarte. Fenran es un niño muy valiente y este mundo no ha acabado con su dulzura. Estoy segura de que algún día se convertirá en un hermoso espíritu.
—¡¿Qué le hicieron a mi hijo?! —gritó Darius mientras se deshacía de las manos de Sarit.
—Lo sacrificaron —canturreó la malintencionada voz de Tiamat, quien apareció de la nada. El demonio rodeó a Darius con su cuerpo de ciempiés café y explicó—: En una cueva cerca del Pantano. Creyeron que así el demonio Sigurd estaría complacido y los dejaría en paz. —Sarit intentó darle un manotazo a Tiamat por su crueldad, pero ella se separó a tiempo de Darius y se marchó con grandes carcajadas.
Sacrificado en una cueva para demonios… Sakti se estremeció por el recuerdo de los túneles fríos, los dientes expectantes en cada recoveco de la cueva, las cadenas encarnadas en las muñecas. Supo que para Darius era mil veces peor. El niño que murió bajo esas circunstancias era carne de su carne. Era un trozo mismo de su corazón.
¿Qué criatura sería tan cruel como para sacrificar a un niñito? Darius se encogió de hombros. Cuando las piernas no lo sostuvieron más y cayó de rodillas fue como si un martillo gigante lo hubiese enterrado en el suelo. Sakti quiso consolarlo ¿pero cómo podía hacerlo? Conocía a su amigo. Mientras Darius se destrozaba la garganta y las lágrimas le quemaban la cara, se culpaba a sí mismo.
A su hijo lo sacrificaron porque él no pudo protegerlo. ¿Fue ese el destino de Drake y Connor? ¿Qué habría impedido a los humanos sacrificarlos a ellos también y cómo habría sido? No quería ni pensar en las posibilidades.
—A Connor no lo sacrificaron —dijo una vocecita frente a él. Darius levantó la mirada y encontró a Fenran inclinado, sonriéndole—. Hice un trato con los humanos. Les dije que un sacrificio por voluntad propia agradaría más al demonio y que yo me entregaba a la cueva sin oponer resistencia si me prometían cuidar a Connor. Había una pareja de humanos muy buena que no quería sacrificarnos y ellos me prometieron que cuidarían de él. Yo confío en que lo hicieron.
Fenran iba a decir algo más pero Darius le sacó el aire de imprevisto con un fuerte abrazo. Al verlos así, Sakti no se atrevió a dar ni un paso. No tenía las palabras ni la calidez que su amigo necesitaba en ese momento, pero Fenran sí. Fenran lo tenía todo. Era muy maduro para su edad y mucho más fuerte y valiente de lo que ella era. Sakti no podía imaginarse el valor que requería para dar su vida por la de alguien más. Sarit tenía razón: Fenran se convertiría algún día en un espíritu magnífico.
Eso si su padre se atrevía a dejarlo ir. Eso si su padre se atrevía a dejarlo en el Reino de los espíritus.


Partieron al Valle de la Luz.
Sakti viajaba en la espalda de la Dama Blanca mientras que Darius, taciturno y con la frente enterrada en el hombro de Fenran, viajaba en Cornelius. La princesa supuso que así era como el General se disculpaba por hablar demás. El hombre escorpión también mantenía a raya a Tiamat para que no se acercara ni molestara más a Darius.
A Sakti le hubiera gustado que Sarit escuchara a Cornelius y prohibiera a Tiamat participar de la expedición. Por lo que entendía, Cornelius fue el Caballero Negro, el anterior encargado de las responsabilidades que ahora recaían sobre Sarit. Él sabía lo que decía e insistía en que había que vigilar al demonio, pues temía que traicionara al grupo e intentara cruzar la puerta. Pero Sarit prefirió llevar a Tiamat para que sintiera la tentación, la rechazara y la transformación demoníaca retrocediera. Según ella esa prueba sería definitiva para la salvación o condena de la mujer ciempiés café.
Sakti solo quería que Tiamat no molestara más a Darius. Por suerte, durante el viaje dejó al profeta en paz. Había tantos espíritus y almas en la comitiva que Tiamat se dio cuenta de que estaba fuera de lugar. Si hacía algo malo Cornelius no sería el único que la reprendería y podría meterse en serios problemas.
Sakti se sobresaltó cuando escuchó una risa maligna que se intensificó. Pensó que Tiamat se había olvidado de mantener la compostura. Cuando miró por encima del hombro para buscarla la vio muda. La carcajada se repitió pero no venía de Tiamat, sino del frente. Se le erizó la piel cuando escuchó algo más: chillidos, estruendos, golpes, rugidos, risotadas locas.
Sarit lideraba la caravana de espíritus y almas. Llegó a lo alto de una colina y se detuvo. Desde allí todos vieron el Valle de la Luz.
La princesa había creído que era un sitio muy iluminado, pero estaba equivocada. Si se podía, el valle era más oscuro y frío que el resto del mundo de los espíritus. Daba la impresión de que las tinieblas se arremolinaban en el fondo de la meseta, pero eso no era del todo cierto. Esa oscuridad venía de todos los demonios que estaban allí, insertados en una lucha bárbara donde se metían pellizcos, mordiscos y se mutilaban una y otra vez. A Sakti le parecía que se mataban. Pero cuando alguno caía inmóvil se levantaba después de unos minutos y reiniciaba la lucha. Peleaban solo para sentir dolor, para creerse vivos.
Cornelius le llamó la atención y señaló una amplia y alta pared al fondo del valle, con una raja por la mitad, que tenía tallados en relieve varios signos y dibujos que a Sakti se le hicieron conocidos a pesar de la distancia.
—Esa es la puerta —dijo el hombre escorpión—. Habla de la Profecía y de cómo la puerta se abrirá cuando el día prometido llegue. Pero no esperaremos hasta entonces.
En la pared estaban talladas dos batallas. Una entre demonios y espíritus, situada en el inferior de la puerta; y otra entre aesirianos y vanirianos frente a una torre de la que brotaba un haz de luz con dirección al cielo. Pero había algo más, algo que no tenía por qué estar ahí. Sarit se tensó y agarró una de las tenazas de Cornelius mientras señalaba el arco de la puerta. Una esfera de luz blanca brillaba justo frente a la frase «Belindora aspie».
—Por eso los demonios pelean —comprendió la Dama Blanca—. Intentan llegar a ella.
—Es la pluma —susurró Darius—. Está frente a la puerta.
En efecto, la pluma estaba en el centro de la esfera. Los espíritus y demás almas contuvieron el aliento mientras veían no solo la carnicería idiota que realizaban los demonios, sino también la blancura y pureza de la pluma. Era algo muy bonito que anhelaban acariciar para sentir una pizca de estabilidad en el mundo.
Pero sabían que no podrían tocarla y que, en todo caso, alcanzarla iba a ser muy doloroso. Tendrían que pasar en medio de los demonios, quizá incluso pelear contra ellos, y no sería fácil. Aunque ya no podían morir sí que podían sufrir. En eso se basaba el castigo permanente del Reino de los espíritus: sufrimientos físico, mental y espiritual eternos.
Todos guardaron un silencio sepulcral incómodo porque sabían que no podían echarse atrás por más miedo que tuvieran. Cornelius se carcajeó tan fuerte que los asustó.
—Bájense —pidió—. ¡Había olvidado este magnífico sentimiento! Saber que pronto se irá a batalla, sentir la emoción ahogada en el pecho, la adrenalina… ¡AH! ¡Qué placer! ¡Hoy voy a satisfacer mi alma! —Cornelius abrió y cerró las tenazas, ansioso por luchar. En cambio Sarit suspiró y pidió a Sakti que bajara también.
—No me gustan las batallas. Creo que es de lo peor que existe en el mundo. Pero con esos demonios no hay más remedio. —Miró a la princesa—. Tú, Darius y los caballos tienen que correr tan rápido como puedan para llegar frente a la puerta, mientras nosotros nos encargamos de los demonios. Después solo nos queda rezar para que la llave y la puerta los lleven directo al mundo de los vivos. —Sarit le sonrió, pero su rostro amable se tensó al mirar a Tiamat—. A ti, mi pequeña aprendiz, más te vale elegir el bando que te va a definir de ahora en adelante: o te unes a los demonios o luchas contra ellos. Pero si durante la batalla intentas hacer algo contra Allena o su amigo te juro que yo misma me haré cargo de ti, ¿entendido?
Tiamat no respondió. Solo se encogió de hombros y miró como si quisiera envenenar con los ojos a Sarit y a Sakti.
La princesa caminó hacia los caballos y acarició la frente de Ka-ren para tranquilizarlo. El animal estaba inquieto. Sabía que pronto debería correr como nunca en la vida. La muchacha tomó la espada y se la ató a la cintura, pero esperaba no utilizarla. Debía dejar la batalla a los espíritus y huir.
Miró a Darius. Supo que el profeta tenía sentimientos encontrados. Él sabía que Fenran estaba muerto pero no podía aceptarlo. Sabía que no podía llevarlo consigo pero no podía soltarlo y alejarse de él. Simplemente no podía y necesitaba apoyo. Sakti lo sabía, así que cruzó los dedos y rezó para que todo saliera bien.
—Sube al caballo, Darius —ordenó mientras ella montaba a Ka-ren—. Sujeta bien a Fenran para que no caiga.
Supo que le estaba dando falsas esperanzas pero se sintió mucho mejor cuando él la miró sonriente. Era como un chiquillo que necesitaba permiso para llevarse a Fenran y disipar sus propios temores. La princesa miró al niño y deseó que él comprendiera la magnitud de lo que ocurría. «Tírate del caballo antes de que crucemos», quiso decirle. «Debes tirarte o te convertirás en un demonio cuando llegues al otro lado».
Para su sorpresa, Fenran asintió. Él entendía las consecuencias de cruzar con Darius o de que su papá se quedara en el Reino de los espíritus. Tal y como estuvo dispuesto a sacrificarse por su hermanito, ahora estaba listo para lanzarse del caballo o empujar al mismo Darius al otro lado de la puerta. Estaba dispuesto a decirle adiós para siempre.
—Fue un placer servirla, mi señora —dijo Cornelius mientras le hacía una reverencia a Sakti—. Recuerde: cabalgue solo hasta cuando el camino esté despejado. Será difícil darle más de una oportunidad y no creo que estemos listos para improvisar. ¿Ya pensó en cómo llegará a la llave? —La chica asintió.
—Saltaré. Soy buena en ello y Ka-ren me dará un gran impulso.
Cornelius arrugó la frente. La pluma estaba a cien metros por encima del suelo y dar un simple salto no bastaría para alcanzarla. Pero los milagros suceden y quizá si Sakti tenía la certeza de llegar a su meta lo conseguiría.
—Entonces le deseo la mejor de las suertes, princesa —concluyó el viejo General. Sarit le acarició el cabello y le sonrió.
—Espero que llegues al otro lado, Allena. —La mujer ciempiés la abrazó con calidez, a pesar de que era fría como un témpano de hielo. Acercó los labios al oído de la chica y susurró—: No importa si tú y tu hermano no quieren cumplir la Profecía. Solo vivan. Eso es más que suficiente para darnos esperanza. Pero si mueren… todo se acabará y esta cueva solo se plagará de demonios, ¿entiendes?
Sarit se separó de ella y la miró con ternura. Sakti asintió, pero no fue capaz de devolverle el gesto. Por una parte agradecía las palabras porque Sarit no la condenaba a muerte como todos los demás con la Profecía. Pero por otra parte se sintió muy mal porque todas esas almas estaban allí, esperando el día que pudieran entrar al Cielo y estar libres de la tortura del Reino de los espíritus. Pero para eso Adad y ella tenían que ser valientes como Fenran y sacrificarse.
Era inútil. Ella y su hermano eran unos cobardes. Tenían que aprender mucho de un niño.
—Adiós, Allena —dijo Set—. Y en serio, por favor nunca más te vuelvas a pasar por aquí, ¿sí? Ni viva ni muerta, no señor.
Set chasqueó los dedos. De las puntas brotaron pequeñas chispas de fuego. Se preparaba para liberar la más grande y mortal de las llamaradas. Mientras tanto el pecho de Cornelius subía y bajaba, incapaz de esconder el ansia. A la vez, los espíritus y almas se tensaban como un arco, listos para salir disparados como una flecha.
Cuando el General rugió cual tigre, los espíritus se irguieron en una manada de animales salvajes de todas las formas y tamaños imaginables. Se lanzaron al valle como si fueran una lluvia de meteoritos. Algunos de los demonios miraron las colinas y se prepararon para recibir a los nuevos combatientes, pero eso no fue suficiente.
Los espíritus no eran tan desorganizados como los demonios, porque Cornelius los había dividido en grupos de siete. Cada grupo se encargaba de pelear contra un número equivalente de demonios, de manera que los espíritus cayeron sobre ellos como una ola imparable.
Sakti y Darius se quedaron a la distancia mientras veían cómo las patas de araña, alacrán, caballo, lobo u otra criatura pisoteaban a los demonios –que también tenían formas animales distintas, pero eran oscuros y mucho más deformes– y les rompían las extremidades. Mientras batallaban, tanto demonios como espíritus gemían. No podían morir pero sí se herían con las garras, los mordiscos y los apretones; y se quemaban por igual cuando el fuego de Set los tocaba.
Sarit tenía aprisionados a tres demonios con su largo cuerpo de ciempiés, mientras que Cornelius apretaba con los fuertes brazos a una criatura cuya cabeza era como la de un lagarto, ya sin rastros aesirianos. El General miró a Darius y a Sakti y gritó:
—¡Ahora, ábranles el camino!
Cada combatiente tenía sujeto a un demonio. A la orden, convocaron todas sus fuerzas para correrse a uno u otro lado, según correspondiera, para abrir un camino entre el valle. No había ni un solo cuerpo de por medio sino roca maciza. A cada lado, decenas de espíritus contenían a demonios con todas las fuerzas que tenían. El camino no se abriría otra vez. Sakti y Darius tenían que atravesarlo antes de que alguno de sus ayudantes perdiera el control sobre el demonio que aprisionaba.
Ka-ren y Mükael salieron disparados como si fueran flechas, tan rápido que por un momento Sakti temió perder el control. Cuando pasó al lado de Cornelius escuchó un silbido de admiración. El hombre no se había esperado que los caballos avanzaran tan rápido.
La puerta estaba al fondo del valle, a unos cuatrocientos metros de distancia. Sakti planeaba cabalgar menos. Cuando estuvo a medio camino sacó los pies de los estribos. Soltó un poco las riendas, lo suficiente para pararse sobre la silla. Escuchó que Darius le gritaba al lado que se detuviera, que estaba loca por hacer semejante maniobra en plena carrera, pero ella lo ignoró. Fenran, en cambió, le dio vítores y la animó a seguir con el plan.
Para cuando estaban a solo cincuenta metros de la enorme puerta Sakti ya estaba completamente erguida en la silla, con las riendas lo bastante tensas para no caer sin atrasar a al caballo y con cada fibra del cuerpo lista para saltar.
—¡Ahora, Ka-ren! —gritó después de flexionar las rodillas. El corcel obedeció. Pateó con las dos patas delanteras apoyadas en el suelo y despidió a Sakti hacia la puerta.
La princesa sonrió mientras ascendía como un pajarillo. ¿Quién decía que solo los muertos cometían imprudencias para sentirse vivos? Chocó contra la gran roca pero ya esperaba el golpe con las palmas extendidas. Se dejó resbalar hasta encontrar unas grietas, donde acomodó los dedos para sostenerse. Tras calcular que unos 20 metros la separaban de la pluma, calculó la distancia que la separaba del suelo.
La batalla se había reanudado en el valle. Los demonios aprovecharon que los espíritus se la quedaron viendo volar para escapar. Darius estaba a unos metros de la puerta, con la boca abierta y el ceño fruncido, enojadísimo con ella por el susto que le había dado. Sakti le dedicó una sonrisita burlona y comenzó a escalar.
No era fácil subir por una pared pero ella tenía tanta adrenalina en el cuerpo que ascendió de un tirón, sin ni un solo descanso. Llegó al arco en cuestión de segundos. Allí la inscripción estaba tallada en rocas más oscuras que daban la sensación de profundidad. Sakti subió hasta una plataforma que estaba en lo más alto de la puerta, donde había suficiente espacio para que se sentara.
Desde ahí el Valle de la Luz resemblaba un hormiguero pisoteado, con las hormigas locas dando vueltas de un lugar a otro, peleando y dando mordiscos ardientes. En lo alto de la puerta, justo donde estaba Sakti, había luz. La esfera con la pluma de Dragón levitaba a unos metros delante de la princesa, más allá de la plataforma.
Sakti supo que si le ponía las manos encima podría hacer lo que fuera. Si sus dedos acariciaban la pluma recuperaría sus poderes. Podría usar fuego para impulsarse, tierra para sostenerse, aire para elevarse, incluso telequinesia para mantenerse a flote. La única forma de alcanzar la esfera era saltando al vacío, con los brazos estirados. Pero quizá ni así podría rozar la pluma, pues entre la plataforma y la esfera había una gran distancia.
Al pie de la puerta, Darius palideció cuando Sakti retrocedió en la plataforma. La muchacha tomaba impulso para tirarse al vacío. La garganta del profeta se cerró con un nudo, porque supo que cualquier cosa que le gritara sería en vano. O Sakti no lo escucharía desde tan lejos o despreciaría sus advertencias y se lanzaría de todas formas. Darius hizo lo único que podía.
—¡Va a saltar! —gritó mientras agitaba los brazos para llamar la atención de Sarit o de Cornelius, ¡el que fuera!—. ¡ESA IDIOTA VA A SALTAR!
La Dama Blanca y el antiguo Caballero Negro se giraron en el momento que Sakti se impulsaba hacia la pluma. La princesa se lanzó del borde con las piernas y los brazos estirados, con la misma certeza de un halcón. Por un segundo pareció que volaría.
Sus dedos alcanzaron la esfera y la rasgaron con un aruñazo. Pero aunque la pluma estaba segura en la mano de Sakti, la princesa se vino de picada. Darius gritó su nombre. Los espíritus contuvieron el aliento. En medio del hormiguero deshecho, Sakti creyó escuchar el grito desesperado de la Dama Blanca. Pero no le importó. ¿Por qué habría de hacerlo? Todo lo que importaba, todo lo que sentía, todo lo que existía para ella en ese momento, era la corriente eléctrica que le estimulaba la mano. El calor de la pluma que se expandía por sus venas como si fuera la sabia de un árbol. Esa certeza de que aunque cayera nada la lastimaría. Porque la pluma estaba allí para darle el poder que necesitara para levantarse.
Una luz la encandiló. Sakti creyó que era la pluma, pero conforme aumentaba el resplandor aumentaba también un ruido grave. Sonaba como cuando se abrían las puertas de sangre que custodiaban la casita del lago de Masca, donde estaban encerrados los profetas, pero más profundo y ronco.
La puerta del Valle de la Luz se estaba abriendo.
Tanto demonios como espíritus se detuvieron anonadados por la luz, por esa calidez que no habían sentido nunca en ese mundo. El único que no se dejó sorprender fue Cornelius, que gritaba a sus aliados para que sostuvieran a los demonios antes de que reaccionaran y corrieran hacia la puerta abierta. También le gritó a Sarit para que se espabilara y diera sus órdenes. Ella era la Dama Blanca y los demonios también estaban forzados a obedecerla. Pero Sarit tenía la vista fija en la figura de Sakti, que se caía de cabeza hacia el suelo.
Una voz juguetona sonó al otro lado de la puerta.
—Ay, Allenita. Sí que estás demente.
Todos, espíritus, demonios y simples almas, permanecieron inmóviles. Conocían esa voz.
Sakti se detuvo en el aire a unos metros de estrellarse. Quedó cabeza abajo, incapaz de mover ni un músculo. Por más que lo intentó no pudo girarse a ningún lado ni mirar a Darius, que debía de estar detrás de ella, en el suelo. Todo lo que podía ver era la silueta oscura que estaba al pie de la puerta, recortada por el resplandor.
La figura cruzó y pisó el valle. Era un muchacho de una belleza aterradora. Sakti no pudo descifrar si sus cabellos eran negros, castaños o rubios; su piel blanca, morena o negra; sus ojos azules, verdes, rojos o de qué otro color. El rostro del joven cambiaba a cada instante y siempre mostraba una cara bellísima.
Cuando al fin los rasgos se definieron vio a un muchacho de cabellos castaños cortos al frente, pero con una cola de caballo que le caía con gracia por la espalda. Aunque tal vez era rubio. No podía estar segura por la luz. Los ojos eran de un color indescifrable. Sakti no supo si eran zafiro, violeta o blancos. Lo único que supo con certeza era que se sentía ridículamente boba, como si se hubiese enamorado a primera vista. Disipó esa sensación lo mejor que pudo, porque aunque la belleza del muchacho la atraía muchísimo había algo que no le gustaba. Algo que le decía que no podía tan siquiera tocarlo.
—Tienes unas tendencias suicidas extrañas —dijo él mientras agitaba la mano. Con el movimiento, Sakti dio una vuelta en el aire y su cabeza al fin quedó por encima de sus piernas—. Pero bueno, supongo que es de familia. A Velmiar también le gustaban las sensaciones de peligro, ¡y ni se diga Adad! Ustedes tres me tentaron ya muchísimas veces.
Cuando el muchacho cerró el puño, Sakti fue impulsada hacia él. Por un momento creyó que lo embestiría, pero su cuerpo se detuvo a unos milímetros de los dedos del muchacho, que parecían deseosos de acariciarle las mejillas.
—Anda, Allena. ¿Sabes quien soy?
«¿Cómo podría?», pensó Sakti. Nunca antes había visto a esa persona o sus múltiples rostros, ni escuchado su voz.
—Oh, pero he estado junto a ti desde el inicio, mi pequeña mariposa sin alas —sonrió él tras leerle el pensamiento—. Siempre he estado ahí porque desde que naciste has estado en peligro de muerte. Ven, te daré una pista. Amo tanto a la vida que me rehúso a tocarla. A cada paso que das, ahí estoy yo. Todos me rozan siempre, bailan conmigo a cada instante, pero yo espero hasta el momento adecuado para aceptar su invitación. ¡De todos a los que he tocado me he enamorado! He amado a mujeres y a hombres, a niños y a ancianos. ¡Y a todos ellos —dijo mientras señalaba a los demonios y espíritus— he acariciado! Dime… ¿ahora sabes quién soy?
La muchacha tragó fuerte mientras veía esos peligrosos dedos tan cerca suyo. Sabía que eran fríos al tacto.
—La Muerte —susurró Sakti con un hilo de voz. El muchacho sonrió y la dejó caer.
—¡La Muerte! —repitió con un grito de éxtasis—. El amo y señor de este lugar, como podrás entender. Ahora, ¿cómo es posible que dos almas que no he arrebatado de su mundo lleguen al mío? —Sakti intentó explicarse, pero el muchacho la cortó—. No intentes hablar, Allena, lo sé. No fue tu intención ni la de Darius llegar hasta aquí, sino un terrible giro ocasionado por la falta de juicio de cierto personaje que tú detestas, ¿no?
»Porque verás, sé que Marduk no cumple con su parte del trato en el cosmos de los ayudantes de Dios. Sé que constantemente rompe las reglas al intervenir en el mundo de los vivos, enviar mensajeros y regalos y tocar vidas moribundas para hacerlas su marca personal. ¿Cómo podría ocultar eso de mí, yo que contemplo cada vida de inicio a fin?
»Por suerte para él no me importa lo que haga. La misión que Dios me ha encomendado es tomar las vidas de sus criaturas cuando es oportuno, y es por eso que estoy aquí. No es acertado que tú y tu Dragón mueran todavía —La Muerte blandió el dedo delante de ella para regañarla—. No me informo demasiado de lo que ocurre en este mundo. ¿Para qué hacerlo, si todos ellos están muertos y ya no debo preocuparme de cuándo tocarlos? Entonces, ¿tienes idea de cómo me enteré de que algo no estaba bien aquí?
Sakti negó con la cabeza mientras se arrastraba sentada por el suelo para alejarse de la Muerte. Él sonrió y señaló la luz blanca que salía del otro lado de la puerta.
—He encontrado a tu amiga de aquel lado. Supongo que mientras cruzaban al Reino de los espíritus algo las separó y ella quedó a medio camino. A mí no me importa que esté ahí, pero a los demás ayudantes no les gustará y la matarán. No es mi trabajo salvar vidas. Solo preservarlas hasta que sea oportuno tocarlas. Si después de que mis compañeros la encuentran me toca acariciarla, no tendré más remedio que hacerlo. ¿Entiendes lo que digo? Debes cruzar la puerta para fusionarte de nuevo con ella. Después las dos deberán encontrar el modo de regresar al mundo de los vivos.
—¿Del otro lado de la puerta no está el mundo de los vivos? —preguntó Sakti. La Muerte levantó los hombros y dijo:
—Detrás de esa puerta hay muchísimos mundos. Podrías vagar por ellos eternamente y nunca encontrar el camino de regreso. Así como puedes caer en el mundo de los vivos, podrías terminar en otro lado del Reino de los espíritus, en el Infierno, o en el lugar fuera del espacio y el tiempo… Hay miles de posibilidades, Allena, pero debes cruzar o de lo contrario tu Dragón morirá. ¿Quieres que tu amiga perezca?
—No, no quiero. ¿Pero cómo puedo atravesar la puerta y llegar a salvo a mi mundo? —La Muerte levantó otra vez los hombros y respondió:
—No me corresponde darte esa respuesta aunque tú ya la conoces. Alguien te la ha dado ya. —Del suelo apareció un sillón de roca y la Muerte se sentó en él, con una pierna cruzada sobre la otra—. Ahora que la puerta está abierta todos pueden cruzarla si quieren. Pero cuando lleguen su destino podría no ser el que tenían en mente. Incluso podrían caer solos, cada uno en un mundo diferente. Y créanme —dijo mirando a los demonios—, la mayoría de las opciones son muchísimo más terribles y crueles que esta.
La Muerte sonrió con tanta dulzura que por un momento todos se sintieron tentados a aprovechar la oportunidad y cruzar, pero prefirieron hacer caso a la advertencia. Fenran, que se aferraba a la pierna de Darius, preguntó:
—¿Muchos mundos… y muchos lados?
—Muchos mundos y muchos lados, Fenran —confirmó la muerte con voz cariñosa—. Es tu decisión. —El niño no dudó más. Jaló el pantalón de su papá y dijo:
—Crucemos, papi. —Darius lo miró pero no tenía ni pizca de la determinación del pequeño. Sin embargo, Sakti pasó a su lado y tomó las riendas de Ka-ren, decidida.
—Yo voy a cruzar. No sé si conozco la respuesta para hacerlo, pero solo me queda creer que puedo lograrlo.
La princesa sabía adónde quería ir Fenran y con gusto aceptaba la apuesta del pequeño. El único que le preocupaba era el profeta, que tenía dudas marcadas por toda la cara.
—Debes confiar en que llegarás al mundo en el que Zoe, Dagda y Airgetlam te esperan, así como yo confío en que llegaré al mundo en el que está mi amo. Pero —Sakti tomó la mano de Darius— si todavía tienes dudas entonces yo tendré el triple de certeza de que llegarás conmigo al mundo en el que ellos nos esperan.
Darius la miró indeciso, pero Sakti lo sostenía con tal firmeza y lo veía con tanta determinación que a él no le quedaba más que confiar en ella. Después de un asentimiento soltó a Sakti, tomó las riendas de Mükael en una mano y levantó a Fenran en el brazo libre. Los tres se despidieron de Sarit y los demás, y dieron gracias por su ayuda.
Aunque estaba triste de decir adiós, la Dama Blanca también estaba aliviada. No despegó la mirada de Sakti cuando, con la pluma en una mano y las riendas en la otra, la chica caminó hacia la puerta.
La luz los rodeó. Al igual que cuando cruzaron del mundo de los vivos al de los espíritus, Sakti sintió un vacío. Una fuerza de tinieblas la arrastraba por una vorágine sin fondo. Las miles de infinitas dimensiones zumbaron en sus oídos, listas para estallarle la cabeza. La sensación se detuvo con golpe de blancura. Sakti parpadeó pero todo lo que vio fue la bruma que se arremolinaba en un mundo eternamente blanco.
Y la figura magnífica que estaba delante, esperándola.
—¿Portadora?
La voz de su Dragón se quebró por el temor mezclado con el alivio. Sakti soltó un suspiro de alegría porque estaba a unos pasos de estar completa otra vez. No le importó que Darius estuviera ahí también con ella, mirando las escamas de madreperla del Dragón, sus cuernos largos de mármol, y sus ojos y mechones grises.
—Sí, ¡ven rápido antes de que empiece de nuevo!
El Dragón abrió sus alas de láminas tersas y se lanzó hacia ella. Aunque por el rabillo del ojo vio que Darius se tensaba para gritar una advertencia, Sakti abrió los brazos para recibir al Dragón. El espíritu le atravesó el pecho como un fantasma pero la princesa no sintió frío ni miedo. Solo que las marcas en su espalda despertaban otra vez. Ya estaba unida de nuevo.
La bruma alrededor se oscureció. La presión de la vorágine inició otra vez y los arrastró entre las tinieblas. En esta ocasión fue como si la oscuridad tuviera miles de tenazas que arrancaban a pellizcos cada trozo de piel y alma. Justo cuando creyó que no lo soportaría más, justo cuando creyó que dejaría de existir o se sumaría a las tinieblas, un nuevo golpe la frenó.
Cayó de rodillas al suelo. Plantó las manos para no caer de cara y se enterró en las palmas ramas y piedrecillas. Una deliciosa brisa de aire limpio soplaba alrededor y mecía entre sus ráfagas las hojas caídas de los árboles.
Habían llegado a un bosque. Era de madrugada. Detrás de ellos había un muro de cañón, con una cueva que se difuminaba a cada segundo. Sakti vio que la entrada estaba coronada con un arco que decía «Belindora aspie morti». Había llegado al mundo de los vivos.

«Usted es talentosa, Alteza. No tenga esperanza de que las cosas saldrán como quiere. Tenga certeza de ello».

El consejo de Sigfrid era, por mucho, lo más sabio y útil que pudo haberle dado. Tuvo certeza de que llegaría a su mundo y ahí estaba. No tenía duda alguna. Sakti sonrió y se giró a Darius para compartir esa victoria con él. Lo encontró pálido y con los ojos abiertos de par en par. En sus brazos sostenía un paquete de huesos y polvo.
Era el cadáver de un niñito aesiriano.
Su niñito aesiriano.
Fenran tenía la piel azul, tan deshidratada y pegada a los huesos que parecía una pasita. En algunos sitios tenía úlceras, pues los insectos y gusanos le habían carcomido el cuerpo. En lugar de nariz y párpados tenía pozas oscuras. Los labios estaban morados, arrugados y resecos. Los dedos y brazos parecían ramitas quebradizas.
A Sakti le dio un vuelco en el corazón porque era lo más triste que había visto en la vida.
Miró otra vez a Darius y comprendió que estuvo equivocada: su amigo era lo más triste del mundo. El profeta acomodó el cuerpo de su hijo en los brazos y lo meció con ternura. Cuando aulló de dolor, Sakti tuvo la impresión de que el mundo entero lloraba con él. Quería consolarlo pero no sabía cómo. ¿Cómo podría, si ella no sabía lo que era perder a un hijo?
Un pellizco ardiente le golpeó la mano antes de que pudiera abrazarlo. Sakti saltó en su sitio y acunó la herida. No era una quemadura común y corriente. Al ver la marca leyó un mensaje. Cuando miró otra vez hacia la puerta al Reino de los espíritus, que se desvanecía, pilló un pequeño brillo que se esfumaba también. Era la última prueba del fuego de Set, que atravesó dimensiones infinitas con tal de comunicarle esas palabras.
Sakti abrazó a Darius por el cuello. El mensaje de Set se borraba en su mano.
—Fenran sabía que esto pasaría, pero cruzó la puerta porque quería llegar a otro lado del Reino de los espíritus. Quería estar junto a su madre. La Muerte le dijo a Set que Fenran lo logró. ¿Lo entiendes? ¡Eres un gran padre, Darius! Ayudaste a tu hijo en algo que millones de padres en todo el mundo ni siquiera han imaginado. Fenran y tu amada Njord lo saben y te lo agradecen. Los has salvado a ambos.
El cadáver de Fenran no le gustaba, pero dejó que Darius la abrazara y utilizara su hombro para llorar. No podía decirle nada para hacerlo sentir mejor, pero le podía dar unas horas de lágrimas y calidez para consolarlo. Eso no sería suficiente pero sí un inicio. Luego tenía que darle fuerza para despedirse de nuevo de Fenran, para que lo enterrara o lo cremara.
Sakti quizá no era muy buena con las palabras de consuelo. Pero estaba dispuesta a ayudar a su amigo a cortar las ilusiones entre la vida y la muerte con un acto funerario y una plegaria por el alma de Fenran. Y también una para el alma de Darius, para que encontrara paz y pudiera seguir adelante en el mundo de los vivos.

****

—Bien, mensaje recibido —anunció la Muerte—. Han hecho un gran trabajo. Enfrentarse a los demonios para salvar a la princesa. ¡Qué gentiles!
Sarit, en compañía de Cornelius, Set y otras almas, miraban aliviados cómo la puerta se cerraba. Ya había terminado. La pesadilla de verla allí había acabado y ella estaba a salvo en su mundo, donde pertenecía.
—Lamento que tu hija no tenga ni pizca de tu sentido común, Istar —dijo la Muerte. Sarit lo miró sin entender hasta que al fin las palabras cobraron sentido y la hicieron sonreír.
—Istar… Me había olvidado de ese nombre. He olvidado tantas cosas, pero a ellos no. A Sigfrid, a Adad, a Allena… Es curioso cómo sus recuerdos me mantienen cuerda.
—Aprovéchate de ellos —aconsejó la Muerte mientras se levantaba del sillón y se estiraba—. Debo marcharme. Este pequeño espectáculo me ha retrasado en mis citas y ahora van a llover aesirianos de a montones sobre el lago.
La puerta estaba cerrada pero él no la necesitaba para cruzar dimensiones. Antes de que pudiera dar un paso hacia su próxima visita, Sarit se le adelantó y le cortó el paso.
—Gracias por no dejar que se estrellara contra el suelo. Habría sido terrible.
—Lo mismo digo. Para su desgracia heredó lo temerario de Velmiar. Pero eso es cosa de Azar, no mía.
La Muerte tomó la mano de Sarit entre la suya y la besó. La mujer se estremeció del asombro, porque los dedos y la palma estaban cálidos. No como la primera vez que los rozó. En aquel entonces ella todavía estaba viva y la Muerte le había parecido lo más frío de todos los mundos.
—Ahora solo les queda esperar a ustedes, mis pequeñas mariposas sin alas.
La Muerte desapareció delante de las almas como si fuera una nube de polvo estelar.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

6 comentarios :

  1. si me imagine tenia qe ser la muerte... aunq me la imagino mas amable de lo que parece con tu descripcion xD!

    en cuanto al capitulo ¡me encanto! por un momento crei que Darios se volveria loco :S (estaba apunto de considerar lo de matarte ^^)

    No mucho que comentar, pues ando corta de tiempo. Cdt

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias por pasar, Annie. Yo tampoco tengo mucho que comentar, salvo esperar que el próximo capítulo también te guste XD
    Ciao!

    ResponderEliminar
  3. ¿Me perdí o mantuviste en suspenso que pasó con la pluma, Ángela? Sakti la toma, empieza a caer y luego la atrae La Muerte, pero no dijiste que pasó con la pluma... ¿la estás reservando para algo especial después?
    Nuevamente me encantó el capítulo, pero, ¡diablos!, publicas más rápido de lo que puedo leerte, jeje

    ResponderEliminar
  4. ¡Hola, Jimeneydas! Mira, en este capítulo al final esto es lo que dice que sucede con la pluma:
    "Entonces Sakti, con la pluma en una mano y las riendas en la otra, caminó hacia la luz con la certeza de que lo que encontraría del otro lado sería su mundo, y que Darius estaría ahí junto a ella."
    ¿Qué pasa con la pluma, la estaré guardando para algo? Buajaja! Espera y lee XD
    Gracias por pasar, y lamento que pienses así lo de la publicación... y a mí que me cuesta esperar quince días para entregar los capítulos nuevos, jaja.
    Nos leemos!!!!

    ResponderEliminar
  5. Como siempre, me absorbe por completo la historia. Desde el capítulo donde Sarit se interesa por el pendiente me sospeché que, o era Istar o alguien que la conoció ;) Y me encantó que la Muerte fuera tan amable y agradable. Me dio risa con eso de que Allena se sintió como enamorada de él.

    Por cierto, en lo que fui leyendo, me encontré unos pequeños errorcillos que quería comentar:

    - En el párrafo que inicia diciendo: “-Apuesto a que Sigfrid y el amo se llevarán una gran sorpresa...”, en la segunda línea dice: “...veamos crearán”, cuando supongo que debería decir “creerán”.

    - En el párrafo que inicia diciendo: “La puerta estaba al fondo del valle...”, en la segunda línea dice: “Cuando a estaba...”, creo que sería “Cuando ya estaba...”

    - En el párrafo que inicia diciendo: “Para cuando estaban a solo cincuenta metros...”, en la segunda línea dice: “...para no caer sin atrasar a al caballo...”, supongo que ese “a” está demás y debería decir: “...para no caer sin atrasar al caballo...”

    Por lo demás, está perfecto :D

    - Kirala

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Kirala. Le pondré atención a esos detalles, para ir arreglando la novela y mejorándola. ¡Qué bueno saber que te gusta la historia! Y que te has tomado el tiempito para comentar. De verdad, ¡muchas gracias! :D

      Eliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!