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Capítulo 14

14
ALIANZAS

El único sonido que rompía la quietud del Pantano eran los cascos de los caballos. Con el paso entorpecido por los charcos eran lentos como el segundero de un reloj. Sakti sostenía las riendas de Ka-ren mientras que Darius hacía lo propio con las de Mükael. No se atrevieron a interrumpir el silencio porque cada uno estaba enfrascado en sus propios pensamientos.
Después de contarle al Dragón la desventura en el Reino de los espíritus, Sakti escuchó el relato de la estadía de su amiga en el lugar fuera del espacio y el tiempo. Allí estuvo rodeada por una espesa bruma blanca, escuchando ruidos extraños y divisando figuras temibles a la distancia. Como el Dragón no tenía ni dónde esconderse todo lo que pudo hacer fue encogerse y esperar a que las criaturas no la encontraran.
Darius avanzaba con la mirada clavada en el suelo, como si apenas supiera que caminaba. Había tropezado y caído de bruces varias veces. Solo se levantaba hasta pasados unos segundos, como si ver de cerca la hierba gris y húmeda del Pantano fuera un gran placer. A Sakti le habría gustado darle una sacudida, incluso abofetearlo con tal de que se enojara, porque ya no podía soportar la figura deprimida –y deprimente– de Darius. Sabía que los pensamientos de su amigo seguían en Fenran, su sonrisa inocente en el Reino de los espíritus y su rostro corroído por el tiempo y la putrefacción.
Sabía que golpearlo y regañarlo no cambiaría las cosas. Ahora estaba triste pero en cualquier momento recordaría que Fenran no habría muerto si Sigurd no los hubiese encontrado. Entonces se enfadaría mucho y se transformaría en el Darius Cascarrabias, que decía y hacía estupideces sin pensarlo. Sakti sabía que cuando el profeta llegara a esa etapa del duelo tendría que vigilarlo para que no cometiera alguna imprudencia.
Después de todo estaban en el Pantano, el hogar del come-almas. La primera vez que Darius estuvo allí se enfrentó al demonio más terrible de la historia para vengarse de la muerte de su esposa y él mismo casi se muere. ¿Qué haría Sakti si la muerte de Fenran le daba a Darius la genial idea de buscar al come-almas en su territorio otra vez?
Sigfrid y Enlil no estaban cerca para sacar de apuros al profeta, así que toda la responsabilidad recaía en ella. Como su amiga debía darle un coscorrón si se ponía en peligro por una depresión. Debía llevarlo a Masca a como diera lugar, para que recordara que todavía tenía algo en el mundo: a sus hijos, los traviesos gemelos y la adorable Zoe. No podía cometer ninguna imprudencia porque ellos todavía dependían de él.
—Si seguimos caminando nos vamos a perder —comentó la princesa.
—Ya estamos perdidos —la corrigió Darius, sin entender que ella solo quería distraerlo con una conversación—. ¿Qué importa si seguimos caminando? Además, todavía no estamos seguros de qué lugar es este. Capaz y hemos terminado en otro mundo.
—No, ya te dije que este es nuestro mundo —bufó ella.
—La hierba es gris —replicó él, amargado—. Que yo recuerde la hierba es verde.
—¡Estamos en el Pantano, Darius! Todo es gris aquí, incluso tu actitud. No seas pesimista, ¡estamos en el mundo de los vivos, en el Pantano!
—Y supongo que eso es ser bastaaaaante optimista.
Sakti contó hasta diez y dejó pasar el sarcasmo de su amigo. Estaba completamente segura de que estaban en el Pantano. Tenía frío, la tierra a sus pies era una mezcla de arena y agua estancada, la poca hierba que crecía estaba tan sucia que se veía gris, y la niebla era tan espesa que no podían ver más allá de unos cuantos metros ni ninguna señal del cielo. Sabían que era de día pero no tenían idea clara de la hora. No podían ver la posición del sol ni de las estrellas cuando anocheciera, y por eso no podían guiarse. Solo caminar a lo tonto, esperando a que el cielo se despejara o a que apareciera algo que les diera una señal.
Una vibración bajo los pies los hizo detenerse. Se miraron el uno al otro, con el ceño fruncido. Los caballos relincharon y patearon el suelo a la vez que el temblor aumentaba. Los dos miraron atrás justo cuando varias siluetas oscuras salieron de entre la bruma hacia ellos.
Sakti era la única armada, pero decidió dejarle la espada a Darius para que se enfrentara a los groliens. Ella podía arreglárselas con la magia. Cuando los vanirianos los alcanzaron no se detuvieron a luchar. Los groliens los ignoraron y siguieron corriendo. La estampida era feroz. La princesa y su amigo tuvieron que moverse de un lado al otro para que las pesuñas no los aplastaran.
—¡Están huyendo! —gritó Darius para hacerse escuchar por encima de la carrera.
Un horrible grito les heló la sangre. Sakti miró hacia atrás y vio que otras tres figuras aparecieron entre la niebla. Medían como diez metros de alto, aunque las patas, que estaban torcidas hacia afuera en la parte de las rodillas, eran mucho más largas.
—¡Demonios araña! —gritó Sakti asustada. ¡Odiaba los demonios! Darius la tomó de la mano y echó a correr con los caballos.
Antes de que se dieran cuenta huían con los vanirianos. Los chillidos de los monstruos arácnidos los acompañaron. Aunque la niebla les dificultaba la visión, Sakti y Darius sabían que los demonios acorralaban a los groliens. Por entre la bruma los vieron estirar unas patas delanteras –que, a diferencia de las arañas normales, sí tenían dedos– y atrapar a un puñado de presas. Escucharon los gritos de espanto de los vanirianos mientras los demonios los destazaban entre mordidas.
Los monstruos alcanzaron a la estampida y avanzaron por encima de ella. Los demonios tenían completamente acorralado al grupo. Fue entonces cuando una de las enormes patas les cortó el paso a Sakti y a Darius. La princesa se petrificó al instante y soltó las riendas de Ka-ren. El caballo torció el camino y esquivó al monstruo, pero Sakti se mantuvo inmóvil, con la vista fija en la cabeza peluda y en las mandíbulas que se lanzaban a ella. Justo antes de que la araña gigante se la comiera de un bocado, Darius la agarró del brazo y la apartó.
—¡No te detengas, idiota! —la reprendió.
El profeta la guio entre el pandemónium de groliens que huían de un lado para otro y las patas gigantescas que se interponían a cada instante. En más de una ocasión los demonios estuvieron a punto de atraparlos, pero Darius los evadía en el último momento.
—¡Ahí! —gritó.
Sakti no podía ver nada en la niebla, pero confiaba ciegamente en su amigo. Ella no opuso resistencia cuando Darius se lanzó al suelo y la arrastró consigo. El profeta la cubrió con un abrazo, en espera de un golpe terrible. Sakti se dio cuenta de que estaban escondidos detrás de una enorme roca. Escuchaba los gritos de los demonios y sus presas, su respiración agitada y la de Darius, pero también… la de alguien más. Cuando se asomó entre el abrazo del profeta vio que también había groliens ocultos con ellos. Escuchó nuevos jadeos y sintió unos cuantos empujones: más vanirianos encontraron la roca y se escondían a su lado.
Los aesirianos estaban rodeados por los enemigos del Imperio. Pero ahora los dos bandos tenían un depredador común.

****

—¿Te matan de hambre o algo así? —preguntó Hermien al ver que el prisionero devoraba el tercer plato de raíces y hongos en salsa. La comida no era buena pero a Mark le sabía a gloria.
—Esperé en el fondo de ese precipicio como ocho horas y antes había vomitado todo lo que comí. —Mark se limpió la boca con la manga de la camisa y continuó—: Me sentía muy mal en esa montaña pero aquí estoy de maravilla. Disculpa si mi apetito te molesta.
—Bueno —se rio Hermien—, cualquiera se sentiría mal si el Demonio Montag lo quiere rebanar vivo. Tienes suerte de que te hayamos encontrado. —Mark se ruborizó y clavó la mirada en el suelo.
—… Sí, muchas gracias.
Cuando el grolien que lo cargó fuera del bosque lo bajó, Mark supo que estaba a salvo de Sigfrid, sus celos y su mortal espada. Se sintió tan agradecido hacia sus captores que se lanzó a la cintura de Hermien a llorar aliviado. Desde entonces le hacían bromas al respecto.
—¿Pero por qué te quería matar? ¿Le clavaste un lápiz o algo por el estilo?
—No. —El muchacho recogió la última raíz del plato y se la echó a la boca—. Le molesta que la princesa sea amable conmigo y se preocupe por mí. Aunque no estoy muy seguro de si se sentiría diferente si yo no fuera humano.
—Acostúmbrate —dijo uno de los groliens, que se llamaba Zabú—. Los aesirianos son unos racistas. A ellos solo les importa su especie. El resto de seres vivos no somos más que criaturas que eclipsan su gran existencia.
Mark sintió el veneno en las palabras del vaniriano. Él se identificaba pues también era víctima del desprecio aesiriano, pero no todos los magos eran así. Sakti, por ejemplo, era más que capaz de lanzarse de un precipicio por él. Y Darius era amable, siempre dispuesto a ayudarlo. No era posible que la lista de aesirianos buenos se limitara a ellos dos. Debían de haber más pero Mark no los conocía. Y al ritmo al que iba dudaba mucho hacerlo.
—Ya no debes preocuparte por ellos —Hermien le retiró el plato. Aunque le caía bien, si el muchacho seguía comiendo los dejaría sin provisiones—. Por lo que dijiste la herida del General es grave. No importa qué tan poderoso sea, ni él podrá sobrevivir a una infección sin ayuda. En cuanto a la princesa y al profeta, la caída de seguro los mató.
Mark sintió un baldazo de agua fría al recordarlo. Sakti, cayendo al vacío, con una mano extendida a él y una expresión horrorizada. Los ojos se le llenaron de lágrimas al revivir aquel horrible momento. Su Sakti, su Sakti, su Sakti… muerta en el fondo de un abismo, quizá todavía con la mano estirada para que él la salvara. Cuando se encogió de hombros y comenzó a llorar los vanirianos lo miraron sin entender nada.
Hermien chupó los dientes y dijo:
—¿Qué te pasa? No irás ahora a abrazarnos a todos, ¿eh? —Mark sabía que el arpía bromeaba pero no tenía ganas de reír.
—La p-princesa… —balbuceó— y Darius… M-me había olvidado. C-cayeron… y no es justo… ¡Eran tan buenos conmigo!
—¿Eran buenos? —preguntó un grolien, incrédulo.
—Los mejores —Mark esbozó una sonrisa triste adornada con lágrimas—. Por las noches, la princesa me cedía sus raciones si yo tenía mucha hambre y me arropaba con su abrigo para que no me diera frío mientras dormía.
Sakti hacía mucho más pero Mark no podía poner en palabras todo lo que ella significaba para él. No podía explicar cómo, con cada sonrisa, la princesa ahuyentaba el frío y le calentaba el corazón. O cómo su voz por las mañanas le parecía más hermosa y alegre que el trino de los pajarillos; o sus dedos, al tomarlo de la mano, más cálidos y necesarios que el sol, el aire, el suelo y el agua.
«La quería», comprendió con dolor. «La quería y nunca le di las gracias por todo lo que hizo por mí». Pensar en Sakti era muy doloroso, pero no podía dejar de revivir la caída de la chica y la de Darius. ¡El profeta! ¿Cómo se había olvidado también de él? Fue un amigo de verdad, el único que tenía además de Sakti.
—Darius me sostenía del caballo porque sabía que me daba miedo —dijo. Tenía que honrar la memoria del muchacho que lo salvó aun a costa de su vida. Si no podía poner en palabras todo lo que Sakti era para él, por lo menos debía decir a los vanirianos lo valiente y noble que fue Darius—. Me dio lecciones de montar cuando el General no lo veía y me daba muchas de sus frutas porque los demás elegían adrede alimento no comestible para humanos. Me cuidaba… tal y como la princesa me cuidaba.
—Vaya… —comentó otro—. De haberlo sabido quizá no habríamos mandado al sicario.
Hermien se pegó la frente con la mano al escuchar la imprudencia de su amigo, a la vez que Mark abría tanto los ojos y la boca que la cara estuvo a punto de deformársele.
—Ustedes…
No lo podía creer.
—¿Fueron ustedes los que enviaron al loco con las flechas?
Una corriente le recorrió el cuerpo y lo hizo levantarse de su sitio. Sentía una extraña sustancia en las venas, como si la sangre se le hubiese convertido en magma y en hielo picado a la vez. En el corazón sentía un punzón ardiente mucho más caliente que la fogata en donde se cocinó la cena, y ya no sabía si lo que le bajaba de los ojos eran lágrimas o hierro hirviente.
—¡¿Cómo pudieron?! —gritó mientras se abalanzaba sobre el grolien más cercano—. ¡Cómo pudieron, cómo pudieron! ¿Por qué me la quitaron? ¡¿Por qué me la quitaron?!
—Calla, Mark —ordenó Hermien mientras tomaba al muchacho por las axilas y lo sostenía desde atrás—. ¡Se lo merecía! ¿Tienes idea de cuántas personas murieron por culpa de la princesa cuando escapó de la Torre? Civiles, padres, crías, ancianos, ¡gente inocente!
Hermien se dobló por la mitad luego de que Mark le pateara las piernas y le metiera codazos en las costillas. El mensajero estuvo a punto de patearle la entrepierna, pero uno de los groliens lo inmovilizó mientras otro lo ató de manos y piernas. El muchacho nunca dejó de forcejear y casi le arranca a mordiscos los dedos a uno, pero al final no pudo hacer nada. Los vanirianos lo dejaron atado en el suelo mientras él se deshacía en lágrimas furiosas.
No era justo. Mark deseaba gritar, maldecirlos, decirles que eran unos estúpidos. En el País de Hielo Vanir estuvo a punto de matar a Sakti con la sincronización e incluso tuvo el descaro de pedirle que fuera su concubina. Y sí, quizá la princesa exageró al derribar la Torre, pero no era ningún monstruo que mereciera ser lanzado por un precipicio. Ella quizá era fuerte y letal, pero también dulce, tierna y atenta con él. Los vanirianos no conocían a la Sakti que lo cuidaba y, por tanto, no tenían derecho a juzgarla.
Hermien ignoró la mirada rencorosa de Mark y preguntó:
—¿El sicario recogió la recompensa?
—No —el grolien se masajeó los dedos mientras explicaba—: Dijo que se conformaba con conocer el paradero del profeta y ser él mismo quien lo matara. Después de que comenzara a disparar flechas desapareció. Ese chico aesiriano es todo un misterio.
—Bah, el trabajo está hecho y no tenemos que pagar —Hermien le restó importancia al asunto—. Yo digo que fue un buen trato.
El vaniriano desplegó las alas azules y las calentó a la luz de la fogata.

****

—Esto es inaudito —se quejó Sakti en un susurro—. ¿Que nos aliemos a ellos?
—¿En qué estás pensando, Cörel? ¿Para qué quieres hacer una alianza con este monstruo? —la secundó otro grolien.
—El mestizo tiene razón —dijo Cörel, un grolien grande quien, a diferencia de sus compatriotas, vestía una chamarra de cuero—. La única manera de que sobrevivamos a los demonios de este Pantano es si marchamos juntos.
Sakti fulminó con la mirada a Darius. Los vanirianos hicieron otro tanto con Cörel. El profeta ignoró a su amiga y se fijó por el borde de la roca, porque los chillidos de los groliens atrapados habían cesado. Vio que los caballos estaban detrás de otro gran pedrusco –en esa sección del Pantano se formaban a montones– junto a más vanirianos. Los demonios terminaban de comer y se lamían la sangre de la boca. Algunos olfateaban el aire porque sabían que había más presas cerca. Por el momento esperarían a estar hambrientos para cazar de nuevo.
—Pronto se marcharán —anunció el profeta—. Entonces podremos escapar.
—¡Estás demente! —lo acusó Sakti—. Nuestras razas están en guerra. ¿Qué crees que sucederá cuando salgamos de este embrollo? ¡Nos atacarán, Darius!
—No lo creo —dijo mientras sonreía a su amiga y a los vanirianos—. Ellos tienen algo que nosotros queremos y tú puedes ofrecerles algo que les vendría muy bien. —Darius se incorporó y recostó la espalda a la roca—. Ellos son muchos y pueden darnos una relativa seguridad, además de que su líder lleva una brújula. —Cörel sonrió mientras tocaba un bolsillo de la chamarra.
—¿Así que lo has notado, eh? Sí, tengo una brújula. Sin ella estaríamos perdidos. ¿Y según tú, qué es lo que nosotros queremos?
—Bueno, de seguro que querrían atrapar a Allena. —Los vanirianos se rieron y arrinconaron a Sakti y a Darius—. Pero no lo harán. Le tienen miedo. Allena es bastante temperamental y de un momento a otro hace cosas loquísimas. Es muy lista, también. Les aseguro que les provocará un susto de muerte si intentan atraparla.
»Pero es justo eso lo que necesitan. Si los demonios aparecen de nuevo ella podrá utilizar su artillería interminable de esencias para hacerse cargo de ellos. ¿Quién de ustedes puede invocar fuego, mover la tierra, cortar las rocas con el aire e infinidad de otras cosas? Supongo que ninguno porque entonces no habrían huido. En cambio Allena posee miles de poderes exquisitos. Lamentablemente la orientación con esta neblina no es uno de sus fuertes.
»Ustedes tienen una brújula y la manera de salir de este Pantano. Nosotros tenemos mucha magia para enfrentar a los demonios. Ambos bandos tienen algo que al otro le hace falta así que ¿por qué no hacemos una alianza? Eso sí: al final del viaje cada uno se irá por su lado y ninguno intentará hacer daño al otro. ¿Qué les parece?
Sakti quiso agarrar a golpes a Darius. Ella no era tan valiente cuando se trataba de demonios. Ellos eran su talón de Aquiles y lo que el profeta prometía la pondría en riesgo. Pero tenía razón: no podrían salir del Pantano si no tenían algo que los guiara y la brújula era muy tentadora. Además, finalmente su amigo estaba mostrando parte de su inteligencia emprendedora. Había dejado de lado la tristeza. En esa situación se olvidaría de Fenran el tiempo suficiente para ser de nuevo el Darius noble que ella conocía.
—Podríamos atraparlos ya —dijo otro grolien mientras se pasaba la lengua por los labios—. ¿Se van a enfrentar a todos nosotros a la vez?
—No sé —dijo la princesa mientras daba un paso al frente. Se plantó delante del grolien—. Dime, ¿tendré que enfrentarme a todos a la vez? ¿Es eso lo que quieres?
El vaniriano intentó sostenerle la mirada pero de inmediato desistió. Era imposible ver esos irises grises sin estremecerse. Cuando el vanirianos dio un paso hacia atrás y guardó silencio, la chica miró a Cörel de manera significativa.
—La brújula —dijo el grolien mientras la sacaba de la chamarra para mostrársela a Sakti—, a cambio de su poder y protección. —La princesa miró a Darius para confirmar el trato. Él asintió.
—¿Adónde iremos, pues? —Al saber que contaban con la colaboración de Sakti los vanirianos se relajaron. Cörel sacó un mapa y dijo:
—Los aesirianos tenían unos muelles en el Pantano, ya que hay una sección navegable y la utilizaban para vigilar un extremo de la Muralla sur de Masca.
—¿Estamos en el sur del Pantano? —lo interrumpió Sakti.
—El norte apunta a la dirección contraria —dijo Cörel mientras le enseñaba la aguja de la brújula. Luego indicó un punto en el mapa—. Estamos aquí. Los pedruscos lo prueban.
En el mapa había unos dibujos irregulares en una sección del Pantano y la leyenda debajo rezaba «Rocas mara». Sí, estaban en el sur, muy lejos de la Muralla Oeste, pero también muy lejos de la puerta Sur.
—Bien, quieren llegar a los muelles. ¿Se puede saber para qué? —Los vanirianos tragaron saliva y Cörel respondió:
—Somos los rezagados de la invasión a Masca. Tuvimos que escapar hacia el Pantano y queremos llegar a los botes de ese muelle para escapar por el río a tierra segura. No intentaremos invadir otra vez la Capital —aclaró antes de que Sakti dijera nada—. Solo queremos salir de aquí y reunirnos con el grupo que nos busca desde hace unos meses para regresar a casa. —El grolien sonrió nostálgico y agregó—: Solo queremos ir a nuestro hogar y dejar la guerra por un tiempo, eso es todo.
El profeta compartía esa sensación. Deseaba que todo acabara, que la pesadilla llegara a su fin y él despertara en su cama. Desde hace mucho se imaginaba en Masca, en su habitación atestada de libros por doquier, escuchando a sus hijos discutir ideas locas en el cuarto de al lado. Sakti no era tan sentimental y se limitó a asentir sin importarle lo que los vanirianos quisieran. Ella solo quería salir de ese lugar y reunirse con el amo, pero para eso tendrían que llegar hasta los botes. Era lo más seguro.
—¿Cuántos barcos hay? —preguntó. El vaniriano levantó los hombros y dijo:
—Hace mucho que los aesirianos abandonaron el muelle. Con la aparición de Sigurd no podían permanecer aquí, así que se limitan a vigilar esa sección de la Muralla desde los puestos de vigilancia en la frontera. Ahora no sabemos cuántos botes hay… o si queda alguno.
Una complicación bastante severa pero al menos tenían un plan.

****

—Ahora esperamos —Hermien lanzó sus cosas al suelo. Formó con ellas un bulto y apoyó la cabeza ahí para dormir un rato.
Pasaron la noche en el bosque, pero a buena mañana fueron a otra floresta más clara que no tenía ni pizca de los nubarrones de niebla eterna del Pantano. El sol brillaba en lo alto. El agua a la orilla era nítida y tan transparente que Mark podía reflejarse en ella si se asomaba. Ese era un punto en el que los ríos que corrían entre las montañas se unían con las aguas estancadas de las ciénagas. Aunque ahí los síntomas grisáceos y desoladores del Pantano no eran evidentes, el terreno era considerado parte del hogar de Sigurd.
—¿A qué esperamos? —preguntó el mensajero con la voz llena de odio.
Todavía estaba furioso por lo del sicario, pero también estaba tan triste que las fuerzas se le habían ido. Ya ni siquiera lo tenían atado porque los vanirianos sabían que no tenía voluntad ni para discutir ni para huir. Caminaba con la mirada en el suelo, sin importarle si se tropezaba. De vez en cuando los miraba con ojos chispeantes o les decía alguna insolencia, pero no se les tiraba encima como lo hizo la noche anterior.
—A un grupo de relegados —contestó Hermien—. Apenas sobreviven en el Pantano, ¡quién sabe cómo se las han arreglado con Sigurd! Hoy venimos a llevarlos a casa… o lo que queda de ella.
Mark se esforzó en imitar la mirada asesina de Sigfrid, pero a Hermien le bastó con cerrar los ojos para ignorarlo. Al poco tiempo el vaniriano se quedó dormido. Mark no lo sabía, pero Hermien no pudo pegar ojo la noche anterior porque lo había escuchado llorar. Mark también estaba cansado, los ojos le ardían de lo irritados que estaban, pero no podía dormir.
Cada vez que lo intentaba veía a Sakti. A veces era el recuerdo de una tarde feliz junto a ella, o a veces era su cara de espanto mientras caía por el abismo. Fuera como fuese, Mark no podía conciliar el sueño con ninguna de las dos imágenes. Le bastaba con recordarla para que las lágrimas salieran otra vez.

****

Vanirianos y aesirianos callaban. Solo se escuchaban las pesuñas de los groliens y los caballos. Sakti no había visto los extensos lagos estancados que encontró la primera vez que visitó ese horrible lugar. Las ciénagas no se formaban con frecuencia en esa sección, pero todavía había arena suave y húmeda. De vez en cuando había pequeños charcos que le mojaban las botas y la falda del abrigo.
Le dolía la espalda por lo mal que durmió y Darius tenía ojeras. Como no se fiaban de los vanirianos hicieron turnos de guardia para cuidarse de sus supuestos aliados o de los demonios. Cuando al fin llegó ese amanecer gris y desolado, se echaron a andar con los vanirianos rumbo al muelle.
Llevaban varias horas tan solo guiados por un mapa y una brújula fiable. La bruma empezó a ceder. Los hombros de Sakti se relajaron un poco porque supo que se acercaban a la Muralla y al muelle del sur. Los mapas mascalinos representaban el clima de esa sección como fría pero sin la bruma del Pantano. En esa parte el río era lo bastante limpio como para que algunos servicios de la Capital se alimentaran de sus aguas. Además, la corriente era suave y permitía la navegación de un extremo a otro.
Entonces las vieron. Todos se detuvieron al divisar las amplias Murallas de Masca a través de la niebla. Todavía estaban muy lejos pero la fortaleza era visible por su gran tamaño. Eran grandes paredes de mármol blanco que se alzaban como gigantes de gigantes y corrían alrededor de la ciudad, por kilómetros y kilómetros, cercándola y protegiéndola de los demonios del Pantano y de los invasores vanirianos.
—¡Ahí está el muelle! —exclamó un grolien. El vaniriano echó a correr hacia la estructura de madera desvencijada.
Cörel gritó una grosería para que al resto no se le ocurriera iniciar una estampida detrás de su compañero. Instantes después llegaron al edificio. Darius pensó que el muelle parecía sacado de una novela de terror, ya que la madera crujía sin que nadie la pisara. Había un anuncio colgado en un poste, que se movía con un chirrido al compás de la débil brisa. Las ventanas de las casuchas estaban rotas y llenas de polvo. Las bases del muelle apestaban. Hacía ya mucho tiempo desde la última vez que alguien las limpió.
Los visitantes miraron en silencio el muelle, a veinte metros de distancia. Ninguno dio un paso más.
—Probablemente la madera se romperá si intentan cruzarlo —dijo al fin Darius—. Ustedes pesan más que nosotros.
—Sus caballos también pesan mucho, cachorro —respondió Cörel—. ¿Entonces quién irá?
—Yo —decidió Sakti mientras le daba las riendas de Ka-ren a Darius—. De todos soy la más liviana y Darius se queda aquí con los caballos. No me iré sin él. ¿Les parece?
Se frotó las manos mientras avanzaba lentamente al muelle. Mientras caminaba se repetía una y otra vez que no tenía nada que temer. Para empezar, no iba sola: tenía al Primer Dragón para hacerle compañía.
Además del pasillo extenso que se adentraba al lago grisáceo, el muelle tenía tres casas. Dos pequeñas de un lado y una más grande del otro. Sakti se asomó por las ventanas de esta y encontró algunas cajas polvorientas pero acomodadas. Quizá era una bodega.
En otra de las casuchas descubrió una mesa y tres catres herrumbrados. En la otra vio un escritorio tan podrido como el resto del puerto. Eran las habitaciones de los oficiales en guardia y del encargado del registro. Caminó por el muelle, tanteando la madera para ver si soportaría su peso. Darius tenía razón: se rompería con facilidad si los groliens o los caballos cruzaban.
Después de treinta pasos encontró un barco de acero herrumbrado. Todavía flotaba en el agua pero no estaba sujeto al muelle. El ancla había sido liberada a varios metros de distancia. El musgo subía por la cadena y se propagaba por la coraza externa como salpullido.
—¡Hay un barco! —gritó—. Pero no estoy segura de que pueda navegar. —Sakti escuchó los murmullos de los vanirianos y después Darius la llamó.
Cuando la princesa regresó con el grupo el profeta avanzó por el muelle. Se detuvo para observar el barco y después se lanzó al agua. Sakti quiso gritarle un par de groserías por ser tan imprudente, pero no escuchó ningún chapoteo que le dijera que Darius se había sumergido. Lo que sí escuchó fue un chirrido tan fuerte que tuvo que taparse los oídos.
Al rato el barco se acercó al muelle y se detuvo.
—Allena tiene razón —Darius se asomó por la cubierta—. El barco no podrá navegar por todo el río. Tiene huecos grandes y solo por un milagro no se ha hundido. Además, hay que revisar el cuarto de máquinas.
—¿Cómo hiciste para mover el barco? —preguntó Sakti. El profeta levantó los hombros.
—Son trucos que aprendí donde crecí. Quien no sepa qué hacer en una embarcación no tiene ningún futuro asegurado en la Península.
Se perdió otra vez dentro del barco. Hubo un nuevo chirrido, aunque no tan feo como el anterior. Instantes después cayó la trampilla para recibir a pasajeros y cargamentos en la embarcación. Darius se asomó por ella y bajó con cuidado para asegurarse de que el peso no hubiera destruido el muelle.
—Tenemos muchos problemas. Este barco es muy grande para que Allena y yo lo naveguemos solos, y ustedes son demasiados como para que la embarcación los cargue a todos. Sea como fuere, algunos de ustedes tendrán que quedarse atrás.
—¡Tonterías! —gritó Cörel—. Ustedes se quedarán ¡pero nosotros nos vamos ahora mismo!
—¿Ah, sí? —lo retó el profeta—. Y díganme, ¿alguno sabe cómo navegar esta antigüedad? Dudo que lo sepan. Pero si alguno tiene idea sabrá que se necesita a muchos más que sepan qué hacer en cada parte del barco. Algunos deberán alimentar el fuego de los motores en el cuarto de máquinas. Al menos uno debe controlar el timón del barco. También necesitarán expertos que revisen los baos, las cuadernas y la quilla para asegurar que la estructura no tenga daños. O que si los tiene se reparen para que el barco no se desplome en pleno viaje. Les preguntó otra vez: ¿sabe al menos uno de ustedes cómo hacer todo esto?
Los groliens gruñeron molestos pero no replicaron. No tenían ni idea de lo que quería decir Darius. La misma Sakti alzó las cejas y levantó los hombros, aceptando su ignorancia. El profeta les sonrió y dijo:
—Yo sí sé de esto, pero de todas maneras no podré navegar el barco solo o con ustedes. ¿Cómo podría explicarles en unos minutos todo lo que hay que saber? Además, hay que hacer reparaciones urgentes. No he revisado a profundidad pero sé que las planchas están muy averiadas y no tenemos con qué cambiarlas. Y estoy casi seguro de que si veinte de ustedes suben a bordo la cubierta principal se caerá a pedazos. —Cörel apretó los puños y bramó:
—¿Qué sugieres que hagamos, sabelotodo? ¡Hemos vagado por este Pantano, escapando de demonios, de Sigurd y de los de tu raza por meses! Ahora resulta que nos dices que no todos pueden subir al barco. ¿Crees que podríamos abandonar a los nuestros?
—Si fueran capaces de eso no los consideraría personas —respondió el muchacho—. Les propongo lo siguiente: dejen que Allena, los caballos y los más listos de ustedes suban conmigo al barco. Navegaremos río arriba y les enseñaré cómo hacerlo. Si llegamos a nuestro destino encontrarán algunos materiales para arreglar pequeños desperfectos y después podrán volver al muelle para recoger a los que faltan. Aquí hay habitaciones y techo que los proteja y quizá haya comida en la bodega. Ni Allena ni yo nos interpondremos en su camino, ni revelaremos su paradero. Si no confían en ella, pueden confiar en mí. Soy de fiar.


—¿Y resistirá? —Darius levantó los hombros.
—¿Quieres que sea sincero? —El grolien asintió—. No lo creo. Duraremos a flote un buen tiempo, pero todo depende de las condiciones del río y del clima. Si llueve estaremos muertos. Lo bueno es que ya se han reparado varias averías y la corriente es casi inexistente.
Darius se giró justo cuando una enojada y grasienta Sakti subía a cubierta, con el ceño fruncido y una expresión que decía: «Te odio, Darius Tonare». Las manos y el rostro estaban cubiertas por manchas de grasa. Los groliens a su lado no tenían mejor aspecto. Según sus palabras, la utilizaron de trapeador y de varita mágica. Por ser tan pequeña y delgada, Darius y los groliens la hicieron meterse a las tuberías más grandes para limpiarlas y asegurarse de que no tenían grietas. Por su esencia de los minerales la sostuvieran de las piernas y cabeza abajo para que cerrara las planchas de la coraza ahí donde hubiese aberturas. Aunque gran parte del barco estaba libre de agujeros por donde entrara el agua, las planchas eran muy delgadas y si chocaban contra una roca se abrirían.
—Siéntete bien por tu trabajo, Allena —dijo Darius mientras le alborotaba el cabello—. Gracias a ti los baos están más fuertes y la cubierta podrá resistir a tres groliens más de lo planeado. Esas son más manos para ayudar aquí. —Miró a Cörel—. ¿Quién de ustedes puede controlar el fuego?
—Samuel es el único —respondió el grolien mientras señalaba a uno de sus compañeros en el muelle. Samuel miraba con desilusión cómo la embarcación se mejoraba sin esperanza de que él viajara primero—. Pero ya sabes que es torpe.
Cörel le había señalado los vanirianos más listos que podrían aprender en un par de días a navegar, pero Darius rechazó a muchos porque eran histéricos o atolondrados. De los cuarenta groliens con los que se aliaron solo veintidós podrían ir en el barco sin que su peso o sus torpezas pusieran en peligro a los demás. El profeta miró a Sakti con ojos de cachorrito. La princesa supo de inmediato lo que le estaba pidiendo.
—¡Maldito seas, Darius! —gritó—. ¿Por qué tengo que hacer todo en este lugar? Ahora me quieres en ese apestoso cuarto de máquinas para que lo alimente con mi fuego, ¿verdad? ¡Quieres que pase ahí no sé cuántos días en compañía del pelaje maloliente de estas criaturas!
—Eres la única que crea fuego y eres lo bastante hábil como para no quemarnos. Si quieres salir de aquí no tienes más remedio, cariño. —Sakti apretó los dientes.
—¡Desearía que esta porquería tuviera velas en lugar de motores! Entonces podría utilizar el viento en cubierta, donde es más fresco. ¡Sería más fácil!
—Ni creas. Si tuviera velas necesitaríamos a más personas para hacerse cargo de ellas, y precisaríamos un sinfín de coordinación y práctica para no cometer errores fatales con las cuerdas. Créeme, no sería más fácil.
Sakti se enfurruñó en un rincón de la cubierta. Fulminó a Darius con su mirada siniestra, pero el profeta se limitó a sonreírle. Eso la molestó aún más.
—Por cierto, ¿quién te enseñó a navegar? —preguntó ella con desdén.
—Un pirata —respondió—. No me mires así. En la Península no tienes muchos trabajos de donde elegir y varios de mis amigos tenían que dedicarse a la piratería. Quizá yo no seguí sus andanzas endiabladas, pero sí me metí en muchos problemas con ellos por aprender a navegar. ¡Agradece que fuera imprudente! Si no fuera por eso estaríamos aquí varados para siempre o nos lanzaríamos al agua con un cacharro inservible.
Tan pronto como los preparativos estuvieron listos, Darius dio la orden de partida. Incluso en la cabina de navegación, junto a Cörel y otro grolien más cuyo nombre no podía pronunciar, los reclamos y maldiciones de Sakti llegaban claros a sus oídos. Los motores, después de ser limpiados y alimentados con el poco carbón que quedaba seco en el barco y en la bodega, arrancaron con un ronroneo que al profeta le pareció agradable. Las cuentas le decían que el combustible les alcanzaría para un par de días y solo tenían ese tiempo para encontrar de nuevo la orilla. O esperar hasta que una nueva idea les cruzara la cabeza.


Después de día y medio de viaje, el río estaba claro, sin la tonalidad enfermiza del Pantano. Durante la noche la niebla se dispersó hasta desaparecer y ahora tenían un bonito clima. Aunque todavía hacía frío, el sol atravesaba las nubes y les calentaba la piel.
Sakti aporreaba por quinta vez su ropa en un balde. Darius la miraba divertido mientras ella luchaba contra las manchas de hollín de su blusa. «Parece una gata compulsiva», pensó el mestizo. Le hacía más gracia escucharla murmurar por lo bajo lo mucho que odiaba a su amigo por hacerla trabajar en ese horno maloliente.
Darius disfrutó el ambiente del barco. Los groliens se habían organizado para que asistieran en el cuarto de máquinas por intervalos de dos horas. Así  todos tenían oportunidad de refrescarse en cubierta. Eran amables entre sí, bromeaban y hasta Cörel lo invitaba a unírseles. Eran tal y como Mark se los había descrito: amables pero ignorantes de la maldad de su rey.
—Eh, ¿qué es eso? —Un vaniriano señaló una figura a la distancia, a estribor.
Los rostros de los demás se tensaron al descubrir otro barco que navegaba hacia ellos. Esa embarcación estaba en perfectas condiciones. Y si el estandarte militar que ondeaba en los mástiles era una señal, la nave estaba cargada de expertos marineros y feroces soldados.
—¿Qué significa eso, Darius? —Cörel señaló el barco aesiriano que se aproximaba. Todas las miradas se posaron en él y en Sakti.
—¿Cómo voy a saberlo? —se defendió el mestizo—. Nunca imaginé que otra embarcación navegara en estas aguas. ¡Ustedes dijeron que los aesirianos abandonaron el muelle y supuse que ni se asomaban por aquí!
Una llamarada salió disparada hacia ellos desde el barco enemigo. Por un momento permanecieron inmóviles sin saber qué hacer, hasta que Sakti reaccionó y redirigió la bola feroz a un lado. Sonó como una avalancha. Las llamas se apagaron con un siseo bravo y el río salpicó sobre el barco como si fuera la lluvia previa de un huracán.
—Saben que hay vanirianos a bordo —dijo la princesa—. Seguro tienen un catalejo y reconocieron esas cabezotas de grolien. —Las miradas pasaron de Darius a Sakti, de la princesa al profeta y de los aesirianos a los vanirianos.
—¿Entonces eso qué significa? —preguntó uno de los groliens con timidez.
—Significa que la alianza ha llegado a su fin —respondió Cörel con los ojos fijos en los del profeta—. Los de ese barco no cederán hasta hundirnos, pero quizá se detendrán si ven que tenemos prisioneros. —El grolien dio un paso hacia los aesirianos—: Lo siento, Darius, no es nada personal.
El muchacho asintió, resignado. Los vanirianos de verdad no tenían otra alternativa. Lo bueno era que desde la proa ya podían ver la orilla. Si todo salía bien llegarían antes de que la otra embarcación los hundiera o alcanzara. Así los vanirianos podrían escapar y no necesitarían aprisionarlos por mucho tiempo.
—Si recibes un solo ataque las planchas se romperán con facilidad y se hundirán —le avisó el profeta.
Cörel extendió la mano para tomarlos por los hombros. Pero antes de que los alcanzara, una fuerza invisible jaló a los aesirianos y a los caballos fuera del barco. Darius y Sakti gritaron cuando sintieron un nudo de aire y hierro en el estómago. Los dos volaron de espaldas por encima del agua, en dirección a la embarcación aesiriana. Cuando llegaron cayeron sobre la cubierta con un doloroso estruendo.
—¡Bien hecho, hermanito! ¡Lo hiciste!
Al levantar la mirada, Darius descubrió al niño y a la hermana que conoció en Heimdall. El pequeño sonreía radiante como el sol, muy orgulloso por su habilidad sobre la telequinesia. La chica le abrazaba el cuello y le daba besitos para felicitarlo.
—Ustedes también sobrevivieron. —Sakti levantó la mirada y encontró a Sigfrid.
El aspecto del General no era tan bueno. Tenía varias cortadas en la cara. Por la venda y la posición de la pierna supo que se la había roto. Lo curioso era que, a pesar de esto, Sigfrid no se veía menos grandioso o poderoso. Todavía era un dios entre mortales.
—¡Ahora sí! —bramó el General—. ¡Disparen hasta hundirlos! —Cinco catapultas en cubierta lanzaron su contenido abrazador hacia el barco herrumbrado. La embarcación logró esquivar con precaria suerte cuatro de las bolas de fuego, pero la última le pegó en la popa.
—¡NO! —Darius jaló a Sigfrid del brazo—. Detente, ¡no quieren ni pueden hacernos daño! Solo quieren regresar a su país, ¡dejar la guerra de lado! ¡Ya no son una amenaza!
—Quítate —el General lo apartó de un manotazo—. No se puede entrar a combate y decir en medio de la batalla «me quiero retirar». Esto es una guerra, no un juego. ¡Disparen!
Las catapultas, otra vez preparadas, resonaron mortíferas cuando los soldados cortaron las amarras. Esta vez las cinco bolas de fuego impactaron en el barco y lo destruyeron. Los aesirianos celebraron la victoria, pero lo único que Darius escuchó fueron los chillidos de desesperación de los groliens mientras se hundían.
Sin pensarlo retrocedió para tomar impulso. Corrió por la cubierta hasta saltar por la borda. Sigfrid intentó detenerlo pero Darius pasó a su lado veloz como un rayo.
La adrenalina lo impulsó a bracear la distancia que separaba la nave del General con el naufragio. Cuando llegó a los escombros ardientes que se hundían, Darius se sumergió. Vio las siluetas del metal retorcido. Los brazos y piernas de los pocos vanirianos que nadaban hacia la superficie. La expresión desesperada de los que estaban atrapados entre las vigas, las planchas, la coraza, la baranda…
Nadó hacia uno de ellos con todo el impulso posible. Embistió la viga que lo aprisionaba hasta hacerla ceder. Apenas el grolien tuvo la oportunidad, salió. Darius lo ayudó a llegar a la superficie. Cuando el vaniriano empezó a nadar hacia la orilla, el profeta lo detuvo. Necesitaría de toda la ayuda posible para sacar a los demás.
El grolien asintió y se sumergió de nuevo. La nave se hundía más, más y más. Darius nadó hacia un par de groliens, atrapados por una palanca. Uno estaba noqueado pero el otro hacía hasta lo imposible por liberarse. Darius lo ayudó, pero cuando al fin quedaron libres supo que el grolien no podría salir por su cuenta. Se había quedado sin aire y sin fuerza para llegar a la superficie, menos cargar a su compañero.
Entonces llegó el primer vaniriano al que Darius había ayudado. Traía una cuerda consigo. Ató con ella al vaniriano noqueado y ayudó al otro a salir a la superficie. Darius siguió ayudando a los groliens de alrededor. Conforme pasaban los segundos más manos se le unieron: los vanirianos que habían salido regresaron a ayudar. No solo empujaban vigas y liberaban a sus compañeros, sino que también ataban con la cuerda a los que estaban inconscientes o muy débiles como para nadar por su cuenta.
Pero sin importar cuánto se esforzaron no pudieron salvarlos a todos. El barco se hundió más y más. En cada sumergida se hacía más difícil alcanzar el naufragio y ayudar. Al final Darius tuvo que agarrarse de la cuerda y nadar hacia la superficie. Allí ayudó a los grolien más fuertes a jalarla con rumbo a la orilla hasta que los sobrevivientes estuvieran a salvo. Jaló hasta quedar exhausto en la playa. Alrededor de él los grolien tosían o palmoteaban las espaldas de los otros para ayudarlos a respirar.
—Volviste —jadeó alguien junto a él—. Los tuyos derribaron el barco, ¡pero tú volviste! ¡Nos salvaste!
Darius vio la cara estupefacta y agradecida de Cörel. El grolien resoplaba sin aliento, tendido en la playa junto al profeta. Si no estuviesen tan empapados sería como si tomaran el sol en un paseo al aire libre. Como si fueran amigos. Esa idea lo animó un poco.
—No pude ayudarlos a todos. Si me hubiese dado más prisa…
—¿Bromeas? —Cörel se sentó—. ¡Todos hubiéramos muerto de no ser por ti! Salvaste como a quince de nosotros. ¡Eres un héroe! —Darius se quiso reír, pero terminó tosiendo tan fuerte que por un momento creyó que vomitaría un pulmón.
—Ustedes se salvaron porque se organizaron. La idea de la cuerda no fue mía. Eso fue lo que los salvó. —Vio que el barco aesiriano estaba a punto de alcanzarlos. En cualquier momento los soldados bajarían para rodear a los sobrevivientes—. Deben irse. Sigfrid Montag está en ese barco y no parece de buen humor. Si no escapan los matará.
Antes de que los groliens pudieran gruñir por su mala suerte, una voz les llamó la atención. Cuando miraron el límite del bosque vieron a seis nuevas personas. Cuatro eran groliens, que se apuraban a ayudar a sus compatriotas para que se recuperaran. El quinto era un hombre azulado con alas que miraba a Darius con verdadera admiración.
El sexto de ellos saltó hacia el profeta.
—¡Darius! —lo llamó Mark mientras se hincaba delante de él—. ¡Estás vivo! —Después de la alegría el semblante del mensajero se tornó sombrío—. Tiendes a salvar a otros a costa de tu pellejo, ¿verdad? La idea te parece irresistible.
El profeta miró a su amigo sin entender qué hacía junto a unos vanirianos, pero Mark podía estar haciéndose la misma pregunta sobre él. Sonrió. Miró a Cörel y dijo:
—Deben escapar. No le diré nada a Sigfrid y podrán regresar por sus compañeros otro día. De todas maneras tienen comida para durar un par de semanas en el muelle. —Se fijó por encima del hombro. Ya Sigfrid y su mirada asesina estaban a la vista—. Lamento que deban encontrar otro barco.
Los vanirianos lo miraron sin saber qué hacer. «¿A qué esperan? ¿Un beso de despedida?», pensó el profeta. Tuvo que despacharlos con órdenes furiosas para que empezaran a moverse. Después de lo mucho que le costó ayudarlos a salir del agua no quería que Sigfrid los hiciera picadillo.
—¿Hermien? —preguntó Mark al ver que el vaniriano arpía también se marchaba—. ¿No vas a… llevarme? —Hermien lo miró como si fuera un tarado y después observó a Darius.
—No. Es una pequeña recompensa y mi manera de darle las gracias a tu amigo por salvar a los míos. Y también es mi disculpa por enviar al sicario tras él. Cuídate, Mark.
Hermien y los demás comenzaron su retirada justo cuando el barco encallaba en la orilla.
—¡Darius! —gritó Cörel—. Nuestra alianza nunca se romperá. —El grolien sacó algo de la chamarra y lo lanzó al aesiriano—. Te debo mi vida, amigo.
Cörel sonrió, inclinó la cabeza a Darius y salió corriendo. El profeta miró lo que atrapó en la mano y sonrió. La brújula estaba llena de agua pero con los cuidados necesarios funcionaría adecuadamente.
—Creo que hiciste un amigo vaniriano —dijo Mark—. ¿No te has dado cuenta de que también te gusta hacer amistad con las razas más despreciadas por los magos? —Darius estuvo a punto de contestarle, pero entonces Sigfrid bramó unas órdenes detrás de él.
Darius se levantó y encaró al General para darle tiempo a los vanirianos de huir. Cuando lo hizo dejó al descubierto a Mark. Al mirarlo, el mensajero palideció y se ocultó detrás de su amigo, aunque de repente tenía una fuerza bárbara en las piernas para echar a correr. Sigfrid apretó tanto la mandíbula al ver a Mark que los huesos de la cabeza le tronaron.
Entonces el mensajero vio lo más bello que podía esperar ese día. Sakti salió detrás del General. Saltó al cuello del amo y lo abrazó tan fuerte que el muchacho casi se cae de espaldas. Pero no le importó. La abrazó también con fuerza, como le habría gustado hacerlo si la hubiese salvado del precipicio. En ese momento Mark decidió que, sin importar lo mucho que a Sigfrid le saltara la vena del cuello, él tomaría la mano de Sakti y la abrazaría todo lo que ella quisiera, con tal de hacerla sentir tan a salvo como ella lo hacía con él.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Oh,Oh...tengo una idea que quién puede ser ese sicario y quiero estar equivocada O_o . Gracias por el capítulo!!!!!!! y MIL FELICITACIONES por concluir con "Los Tres Dragones" ....aunque sé que es poco por todo tu esfuerzo Angela ^O^

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  2. Ay, no, Jennifer. ¡Me entusiasma mucho que me felicites! :p Y en cuanto a lo del sicario... sí, es un personaje importante pero, si tienes idea de quién es, ¡no digas nada! Deja a los otros que divaguen un poquito más, ¿de acuerdo?
    Me alegra mucho que te hayas animado a comentar en un capítulo, pero quiero que sepas que tus correos son casi como el pan de cada día para mí, jaja!
    Gracias por pasarte, y espero que el resto sea de tu agrado ;)

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