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Cruda realidad

CRUDA REALIDAD

Sintió una corriente eléctrica que le recorrió el cuerpo y lo despertó con una convulsión dolorosa. La sensación fue idéntica a cuando murió e Istar lo trajo de regreso. Pero esta vez no reaccionaba por las palabras de la princesa, la calidez de sus lágrimas o la desesperación con que lo meció, sino porque percibió movimientos alrededor. Tenía que espabilarse para defenderse.
—Uf, qué bueno —dijo una voz cuando Sigfrid se irguió sobre un codo—. Ya está despierto. Comenzaba a preocuparme.
Mark Salvot estaba sentado sobre una roca. Tenía una venda ensangrentada en una mano y una cantimplora en la otra. Atendía la pierna de Sigfrid. El mensajero hizo una mueca mientras señalaba la herida y lo que estaba debajo del General.
—Creo que está rota. Caímos bastante mal. El caballo está muerto pero no pude moverlo. Lo siento, no tengo mucha fuerza.
Sigfrid se percató del pelaje de su corcel, que estaba debajo. Se sintió mal por el caballo, pero sabía que él no estaba en mejores condiciones. Le bastó una mirada para saber que una de sus piernas no cayó sobre el animal, sino que aterrizó sobre una roca puntiaguda que la atravesó. En cuanto intentó levantarse sintió un punzón atroz que lo hizo apretar los dientes.
Mark le puso la venda encima para detener la hemorragia y limpiar la herida, pero Sigfrid no sintió ningún alivio. Todo lo contrario. La expresión de lástima del muchacho lo sacó de quicio. Mark se había esforzado mucho en mantenerlo a salvo, en cuidar que no tuviera una infección, que no se desangrara… pero Sigfrid no se sentía agradecido, sino asqueado. Se sentó y apartó al muchacho de un manotazo.
—¡No me toques!
—Pero…
Mark torció el gesto cuando el General levantó la pierna. La zafó de la roca y dejó rastros de sangre y pellejo en la piedra. El mensajero se mareó tanto que por un momento pensó que vomitaría del puro asco, pero no tenía nada en el estómago.
—¿Está seguro de que está bien hacer eso? —preguntó con la piel erizada al ver que la herida estaba mucho peor—. ¡Ahora está sangrando más!
—¿Y a ti qué diablos te importa? —gritó el aesiriano—. Es mi pierna, no tuya.
Mark se encogió porque el General todavía tenía voz de tigre. Aun así se dijo que no debía temerle, sino ayudarlo. Cuando cayeron sobre los peñascos el caballo se rompió el cuello. Pero su cuerpo fue lo bastante grande para apañar la caída de Sigfrid y evitar las peores consecuencias para el General. En cuanto al mensajero, de los tres fue el más afortunado pues cayó sobre el propio Sigfrid y solo se raspó un poco los codos y la cabeza. No tenía ninguna herida de seriedad.
Mark buscó en los compartimentos de la silla de montar y dio con más vendas. Se acercó al General para atenderle la herida. Pero en cuanto se acuclilló al lado Sigfrid lo agarró de la camisa y lo aventó con una fuerza bárbara, como si Mark fuera un muñeco de trapo.
—Te he dicho que no me toques, asqueroso humano. ¿Eres tonto y no entiendes? —Mark cayó a cuatro metros de distancia, a salvo de los peñascos pero resentido por el golpe.
—¡Ya basta! —gritó ofendido mientras se sentaba—. No lo entiendo. ¿Por qué me trata así? No he hecho nada como para merecer sus malos tratos. He procurado obedecerlo en todo y quedarme callado. ¡Incluso sudé frío por usted y su pierna rota! ¿No podría al menos tener un poco de agradecimiento y no tirarme por los aires cuando intento ayudarlo? —Sigfrid lo fulminó con la mirada y dijo:
—¿Agradecerte? ¿A ti? ¿Cómo podría rebajarme y agradecer a un ser humano?
—¡Pues no piense así! Soy una persona, igual que usted. La princesa y Darius entienden muy bien eso.
—La princesa y Darius son unos cachorros ignorantes —lo cortó el General—. La princesa, en especial, debería dejar de humillarse al llamarte «amo». Ella está muy por encima de ti. —Mark apretó tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas.
—De verdad que no lo entiendo. ¿Por qué me detesta tanto? No he hecho nada malo, ¡nada! La princesa me llama «amo» porque quiere, ¡yo nunca se lo pedí! Además, ¿eso qué importa? ¡Está feliz cuando lo dice! ¿Cómo puedo ofenderlo por eso?
—¡La princesa está pendiente de ti siempre! —bramó Sigfrid—. En Palacio era obediente y serena. Pero desde que salió de Masca para buscarte ha actuado como una irresponsable, haciendo barbaridades a diestra y siniestra. No sigue mis consejos, me desobedece y me enfrenta, ¡y todo porque solo piensa en ti! Si murieras la princesa dejaría de lado esta estupidez. ¡Cómo desearía que desaparecieras de la faz de la Tierra!
A Mark se le secó la boca. Aunque el General estaba sentado y se sostenía la pierna rota, todavía daba mucho miedo. Su rostro se había arrugado tanto que, por un momento, el mensajero temió que Sigfrid se convirtiera en un tigre de verdad y lo descuartizara. Pero después, poco a poco, comprendió el significado oculto en las palabras del General.
—O sea que —titubeó—… usted está… ¿celoso?
De inmediato supo que no debió hablar. Primero Sigfrid abrió los ojos por la sorpresa; su expresión se suavizó un poco y se volvió algo boba, como si intentara comprender lo que dijo Mark. Después arrugó la frente y curvó tanto los labios que dejó al descubierto sus largos y feroces colmillos, mientras que las mejillas se le tensaban con fuertes espasmos de cólera.
Sigfrid se levantó e irguió tan alto como la herida lo permitía, pero eso era más que suficiente. Así parecía un titán, un dios, una criatura terrible que daría escarmiento. Mark, en cambio, era una pequeña hormiga que retrocedía sentada en el suelo a sabiendas de que la aplastarían.
—No… —pidió con debilidad—. ¡No! ¡Su pierna! ¡No debe esforzarse, no debe!
Cuando Sigfrid dio un paso hacia él Mark saltó sentado hacia atrás. Pensó que el General se le lanzaría encima en ese momento, pero la herida sí lo hizo flaquear. Sigfrid se agachó, se rasgó la túnica y se hizo un torniquete para que la pierna dejara de sangrar. Entonces recordó que todavía estaba armado, así que desenfundó la espada y se irguió de nuevo, esta vez mirando a Mark con intenciones claras.
El mensajero no lo pensó dos veces. Se incorporó de un salto, sorteó las rocas que estaban cerca y corrió hacia el bosque. Por lo que sabía esos arbolillos flaquillos y débiles estaban en la orilla del Pantano, el tenebroso hogar del come-almas, pero no tenía a dónde más escapar. Miró hacia atrás para calcular la distancia que lo separaba de Sigfrid. Horrorizado, vio que el General corría hacía él como si fuera el mismísimo Diablo. De no ser por la pierna rota ya lo habría alcanzado.
Cuando ingresó al bosque, Mark se cubrió el rostro para no lastimarse con las largas y delgadas ramas. Eran como dedos que se estiraban para arañarlo. Detrás de él las ramas se rompían al paso de Sigfrid, quien las cortaba con su confiable espada.
Mark tropezó con una raíz y cayó por una pendiente, dando vueltas en el suelo. Creyó que quedaría inconsciente por el golpe cuando llegara al fondo, pero todo su cuerpo estaba en alerta y se rehusó a ello. Sabía que Sigfrid lo encontraría y acabaría con él sin importar que estuviera indefenso.
Se levantó y siguió corriendo, apenas al tanto de que la boca le sangraba y que en el muslo tenía clavada una rama. Corrió hasta que se tropezó de nuevo. Esta vez cayó en unos arbustos. Estuvo a punto de levantarse pero escuchó a Sigfrid muy cerca. Mark se quedó agachado, muerto del miedo, pero poco a poco tuvo el valor para levantar los ojos.
A través de los arbustos vio que el General también se había caído por la pendiente y que ahora maldecía a los cuatro vientos al mensajero, exigiéndole salir. Mark no saldría ni loco. Aunque los arbustos resultaron un buen escondite sabía que si se movía tan solo un poquito Sigfrid lo descubriría.
Para su fortuna, el Demonio no lo vio y caminó hacia el otro lado, blandiendo la espada contra árboles y arbustos. Mark supo que era hora de moverse. Si permanecía ahí y el General aplicaba la táctica cerca de él, pincharía los arbustos adecuados y lo mataría.
El mensajero se arrastró por el bosque. Miraba por encima del hombro de vez en cuando para asegurarse de que Sigfrid todavía estaba lejos. Llegó un momento en el que no supo con certeza dónde estaba el General, porque el aesiriano gritaba palabrotas con tanta fuerza que parecía estar en todas partes. Mark no sabía si se estaba alejando del peligro o si le estaba dando vueltas al claro y se dirigía al loco que lo quería matar.
Se asomó hacia atrás. No encontró nada. Miró de nuevo al frente y se topó con unas piernas. Creyó que había llegado su hora. Por poco grita del espanto pero una pizca de sentido común le dijo que no era el General. Las piernas delante de él estaban desnudas, peludas y azules. Cuando Mark levantó la mirada vio que estaba delante de Hermien, el vaniriano arpía macho que jugó con él unas partidas de cartas en el País de Hielo.
Hermien parecía molesto, y «¿Cómo no?», pensó Mark, si la última vez que se vieron el mensajero lo dejó noqueado. El vaniriano tomó al muchacho de los hombros y lo levantó en el aire para evaluarlo. El hombre alado estuvo a punto de gritarle, pero entonces escucharon a Sigfrid. Mark tragó saliva y buscó algún indicio del General. El aesiriano todavía estaba muy lejos y no se había percatado de lo que sucedía.
Mark tenía dos opciones. La primera era gritar para que Sigfrid lo encontrara y derrotara a Hermien y a los cuatro groliens que lo acompañaban. O guardar silencio y suplicarle a los vanirianos que lo llevaran consigo, lejos del Demonio Montag. La segunda opción era la más inteligente.
—Callado —susurró Hermien mientras pasaba el mensajero a un grolien para que lo cargara—. No queremos tener problemas con el Demonio.
Los vanirianos se alejaron en silencio. Mark solo pudo pensar en una cosa: la suerte estaba siempre de su lado, porque no le permitió morir de una caída de solo Dios sabe cuántos metros de altura ni en las garras de un padrino celoso.

****

Sakti tenía la mirada fija en las llamas, concentrada para encontrar palabras de aliento. No se le ocurría nada.
Ayudó a Darius a construir una cama de madera con decenas de troncos que ella misma cortó. Prendió una fogata por aparte y cubrió varios leños con trapos y algodón para que el profeta los incendiara para la pira funeraria de Fenran.
Después de las oraciones guardaron silencio. Darius estaba arrodillado frente al fuego que consumía el cuerpo de su hijo, con la cabeza gacha y las lágrimas sin dejar de correr. La princesa permanecía en pie sin saber qué más hacer. Se había esforzado pero no conseguía llorar junto a él. Era una egoísta porque lloró en la cueva del Reino de los espíritus cuando creyó que se la iban a comer. Ahora que su amigo necesitaba de ella era incapaz de derramar ni una sola lágrima por su desgracia.
¿De quién era culpa que Fenran estuviera muerto? ¿De Enlil por atraparlos en la Península, o de Darius por querer escapar cuando estaba débil e incapaz de proteger a los suyos? No podía culpar a ninguno porque a los dos los apreciaba y sabía que nunca creyeron ni desearon que alguno de los profetas muriera. ¿Entonces de quién era la culpa? ¿A quién debía castigar por el sufrimiento de Darius?
—Yo te ayudaré —decidió la princesa mientras ponía la mano sobre el hombro del profeta—. Te asistiré para que te vengues de Sigurd. Juro que lo derrotaremos juntos.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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