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Capítulo 15

15
PESADILLAS

Mark miró a los soldados reír y bailar. La luz tenue de las chimeneas y las lámparas colgadas en el techo le dieron el toque final al ambiente de cantina que siempre imaginó: rostros llenos de sonrisas y bromas, carcajadas a rebosar y el tintineo de las jarras cuando chocaban entre sí en un brindis, o golpeaban las mesas al ser colocadas sobre ellas con fuerza.
Esperó en una mesa, con una jarra de cerveza apenas tocada, a que Sakti se aburriera. La princesa estaba muy entretenida. Veía a Darius, quien estaba apoyado a la mesa y tenía la cabeza escondida entre los brazos. Su jarra, a diferencia de las de Sakti y Mark, sí que había sido bebida y servida ya varias veces.
—Apuesto a que nunca antes habías bebido tanto, ¿eh? —preguntó Sakti, burlona.
—¿Se nota? —La voz del mestizo estaba pastosa y sus ojos, rojos y cansados—. ¿Por qué no me detuviste? Mañana tendré una resaca terrible.
—Me pareció divertido, pero no eres un ebrio grosero ni charlatán. Solo te da sueño.
La princesa dio un sorbo a su cerveza pero no era tan deliciosa como las bebidas en Masca. Aun así el «licor de plebeyos», como lo llamaba Sigfrid con desdén, le calentaba los dedos de las manos y de los pies. Lo que agradecía con ese clima. En el pueblo el otoño ya tocaba a su fin. El invierno todavía no llegaba pero el frío viento azotaba las casas y edificios. Incluso comenzaba a caer granizo.
Los soldados decidieron buscarlos luego de que ella, Darius, Sigfrid y Mark cayeran por el precipicio. No encontraron rastro de la princesa ni el profeta, así que supusieron que sobrevivieron de alguna manera. Buscar a Sigfrid fue más complicado. Aunque encontraron al caballo muerto, no tuvieron ni idea de dónde se habían metido el General o el mensajero.
Por eso el ejército se dividió en dos partes. Una tomó un barco para recorrer el Pantano desde una sección segura y así buscar a sus señores. Después de unos días de viaje la tripulación encontró a Sigfrid. Luego a Sakti, Darius y finalmente a Mark.
La otra parte del ejército continuó el camino para hallar un pueblo capaz de recibirlos a todos. Necesitaban hostales y, por lo menos, un doctor capacitado. Así fue como dieron con Aleoni, un poblado que subsistía dando techo y provisiones a viajeros y caravanas.
Ya había pasado una semana desde que llegaron. De no ser por la pierna de Sigfrid se habrían quedado en el pueblo apenas un día. Pero el doctor y la princesa le insistieron que guardara reposo hasta que estuviera en condiciones de montar a caballo para ir a Masca. La Capital estaba a dos meses de camino.
Sigfrid había renegado pero finalmente aceptó. El plazo, sin embargo, lo acortó hasta que fuera de una semana con la excusa de que de lo contrario tendrían que viajar en pleno invierno o esperar hasta la primavera. Él sabía que la princesa y los soldados no querían aplazar por más tiempo el viaje.
—Sigfrid se molestará contigo si no puedes cabalgar —continuó Sakti—. Él ya no soporta este pueblo. Quiere salir cuanto antes y es capaz de arrastrarte o dejarte atrás si tu resaca da problemas. —Darius se enderezó en el asiento y se masajeó las sienes.
—En pocas palabras me estás enviando a la cama, ¿verdad?
—El amo también tiene sueño y ya que ambos comparten cuarto… —Sakti dejó inconclusa la frase y rechazó la jarra.
Se abrieron paso entre los soldados alegres, que bailaban al son de un cuarteto. Mark se contagió de la alegría del lugar, pero lo que más le hizo gracia fue la mirada fija de Sakti y la sonrisilla burlona en sus labios. La princesa estaba atenta a Darius, esperando el momento a que el profeta se tambaleara entre la gente.
—¿Te decepcioné? —le preguntó el profeta cuando llegaron al pasillo que dividía la cantina de las habitaciones para dormir.
Mark tenía que admitir que Darius se mantuvo firme y digno, aunque la cabeza se le caía a uno y otro lado. Estaba seguro de que el mestizo caería tieso en cualquier momento. Sakti también lo sabía. La princesa levantó los hombros, les deseo las buenas noches y se perdió por el pasillo.
Una vez solos, Darius se recostó a la pared y soltó un bufido. Mientras Mark buscaba la llave de la habitación, el profeta se pellizcó las puntas de los dedos. Apenas podía sentirlas. Tenía los brazos adormecidos. Los párpados se le caían. Podía tomarse tres jarras de cerveza sin problema, pero esa noche se había excedido. A pesar de estar borracho comprendió que Sakti se lo permitió para que se sintiera mejor.
Uno de sus amigos piratas le había dicho hace muchos años que el licor era la mejor forma de ahogar sus penas. Esa noche intentó comprobar esa teoría.
Tenía pesadillas horribles, en donde caía a un lago ensangrentado con cadáveres. Los cuerpos lo agarraban de la ropa, le enterraban las uñas en la carne y lo hundían en las tinieblas carmesíes. Justo cuando todo se tornaba más borroso y turbio, distinguía el rostro de Fenran. Su hijo le sonreía radiante. Pero cuando nadaba hacia él el rostro se le deformaba con una mueca grotesca de hambre y putrefacción. Darius se despertaba cuando Fenran se le lanzaba encima y le mordía el cuello.
Mark y Sakti sabían que tenía pesadillas. Aunque él no hablaba de ellas, el mensajero y la princesa habían escuchado sus gritos. Lo habían visto temblar en la cama. Lo habían visto llorar como un niño tras despertarse de un salto. Pero no lo habían consolado porque sabían que nada de lo que dijeran lo haría sentir mejor. Lo único que podían hacer era acompañarlo en silencio hasta que se volviera a dormir. Mark era particularmente bueno en esto. Darius había perdido ya la cuenta de las veces que había despertado al mensajero con sus gritos.
Quería que las pesadillas se fueran por lo menos esa noche. Ojalá las palabras de su amigo fueran ciertas. Ojalá el alcohol ahogara los cadáveres, esa versión horrible de Fenran y al lago mismo.
Darius... —lo llamó Sakti.
Miró hacia el final del pasillo, por donde ella se había marchado a una habitación acorde a su estatus. La vio apoyada a la pared. Ella lo miraba con un ojo hinchado y el otro ausente, arrancado de la cuenca. Los cabellos grises estaban alborotados y llenos de sangre. Llevaba un vestido teñido de rojo. Cuando la muchacha dio un paso hacia él, los huesos de las piernas, del brazo y del cuello traquearon. Cada uno de sus miembros se torció como si fuera de gelatina. Sakti estaba cubierta de pies a cabeza por la sangre que se escurría por la ropa y piel hasta el charco que se expandía por el suelo, hacia los pies de Darius.
El profeta aulló de horror. Retrocedió de un salto sin saber qué hacer. Mark dio un brinco delante de la puerta del cuarto y preguntó qué pasaba. Con una mano temblorosa, Darius señaló hacia Sakti. Mark miró el final del pasillo y después a Darius.
—¿Qué sucede? No veo nada.
—¿Cómo que no ves nada? ¡Si Allena está…!
Sakti había desaparecido. El pasillo estaba intacto, completamente limpio, sin presencia de la muchacha malherida y de la sombra roja que se extendió por el suelo.
—Lo siento —dijo mientras se tapaba los ojos con la mano—. Creo que la cerveza me afectó. Estoy alucinando.
Mark soltó un suspiro. Después de abrir la puerta empujó a Darius al interior. El cuarto era pequeño, pero había espacio suficiente para dos camas largas y un baúl al pie de cada una. Una lámpara brillaba tenuemente junto a la mesa de noche de Darius. Tan pronto como cerró la puerta, Mark se lanzó a la cama.
—Me gusta que todos estén más alegres —dijo mientras se quitaba los zapatos y la túnica—. Son más amables así y estarán de buen humor mañana cuando emprendamos de nuevo el viaje. ¿Es Masca grande? —Darius miró a Mark como ausente y se sentó en la cama con pocos ánimos. Presentía que tendría pesadillas.
—Enorme. Tú, Allena y yo nos perderíamos con mucha facilidad. —El mensajero se metió debajo de las cobijas. Miró el techo y sonrió con algo de melancolía.
—Ya falta poco para que lleguemos, ¿eh? Eso significa que pronto voy a morir.
—Cállate —bufó Darius mientras él también se metía en la cama—. No te vas a morir. Nadie te matará porque el Emperador quiere que sea yo el que lo haga. Pero en Lahore me negué y ahora no pienso arrepentirme de esa decisión. Ahora duérmete, que si amaneces con ojeras Allena me regañará. —Mark sonrió y hundió la cabeza en la almohada.
—No voy a pasar los controles de la frontera. No admiten a otros que no sean aesirianos y el General encontrará la manera de matarme antes o durante la inspección a las afueras de la Capital. Él pagaría las consecuencias si yo entro a la ciudad y no está dispuesto a arriesgar su pellejo por mí.
—Él no, pero Allena sí. Quizá ni Sigfrid ni el Emperador quieran admitirlo, pero le temen y evitarán tener roces con ella. No te preocupes. Estás a salvo.
Darius apagó la lámpara y terminó de acomodarse en la cama. Mark miró el techo y escuchó las risas y la música del baile en la cantina. El sonido era menos que un susurro. El mensajero lo encontró tan agradable como un arrullo. Apenas cerró los ojos, se durmió.


No estaba muy seguro de qué hora era, ni cuánto había dormido, pero sí sabía que la noche ya estaba muy entrada. Ni siquiera las risas y los bailes que lo durmieron se escuchaban en la cantina. Mark bostezó. Se preguntó qué lo había arrancado del sueño placentero. Se percató de que alguien estaba de pie junto a su cama, pero no se asustó porque no sintió  ningún tipo de hostilidad. Seguro era Darius.
—¿Qué pasa? —preguntó somnoliento—. ¿Una pesadilla?
Mark estaba acostado boca abajo, pero se dio la vuelta para ver mejor a su amigo. En ese momento la figura lo tomó del cuello. El mensajero se defendió pero Darius le apretó tanto la garganta que no pudo hablar ni respirar. La tímida luz de la madrugada entraba a través de la ventana e iluminó el semblante tenso del profeta. Mark vio que Darius tenía los ojos abiertos de par en par, y celestes, muy celestes. Quemaban con la mirada todo lo que veían. Sus labios se movían rápidamente, en silencio, con advertencias y palabras mudas.
«Está dormido», pensó el humano. «No sabe lo que hace, solo camina dormido». Supo que Darius no lo lastimaba con intención, pero igual tenía que apartarlo antes de que lo matara. Le metió las uñas en las manos pero Darius no reaccionó. Solo se lo pudo quitar de encima en un intento desesperado, cuando reunió sus últimas fuerzas y lo pateó en el abdomen con todo lo que tenía. Darius cayó de espaldas al suelo, sin aire.
Mark se levantó de un salto y prendió a toda velocidad la lámpara en la mesa de noche. Se llevó una mano a la garganta adolorida. Entre toses y jadeos se asomó por el borde de la cama. El profeta dormía tranquilo en el suelo como si nada hubiese pasado.

****

—Ni hablar, no puedes cabalgar solo —gruñó Sigfrid al ver que Darius apoyaba la cabeza en el cuerpo de Mükael y se tapaba los oídos—. Y el humano, por supuesto, no puede dirigir el caballo.
Sigfrid buscó a una mujer del ejército para que acompañara a Mark sobre Mükael. A Darius lo obligó a cabalgar con Sakti. La princesa dejó que su amigo recostara la frente en su hombro, pero permaneció tensa. Después de que Darius lo atacara, el mensajero fue al cuarto de la chica para pasar la noche pues tenía miedo de que el aesiriano intentara ahogarlo otra vez.
—Pero no te duermas, ¿de acuerdo? —pidió mientras tensaba las riendas de Ka-ren—. Anoche casi matas al amo y no quiero que busques ahogarme a mí ahora.
—Que nooooo —bufó Darius—. Desperté en mi cama, no en el suelo. ¡Es él el que tiene sueños raros!
Sakti miró a Mark. El amo negó con la cabeza, preocupado. Aun con la túnica y el cuello alto de la camisa, se veía un morete alrededor de su garganta. Mark y Sakti no estaban molestos con Darius por lo sucedido, pero sí algo asustados. Si el mensajero no hubiese tenido fuerzas para patear, Darius lo habría estrangulado.
Cuando todo estuvo en orden Sigfrid dio la orden de partida. La tropa se marchó de Aleoni en medio de los relinchos felices de los caballos, que estaban hartos de los establos.
—¿Recuerdas qué soñaste? —preguntó la princesa cuando la marcha ya iba más aprisa.
—No, no recuerdo nada. —Darius la rodeaba por la cintura para no caerse—. Supongo que es cierto lo que dijo mi amigo.
Los caballos ganaron velocidad a cada paso y la brisa helada lo golpeó en las mejillas. Darius encontró agradables los cabellos largos de su amiga para protegerse del frío. Hundió aún más el rostro en el hombro de Sakti para ganar calor. Se adormilaba. Sabía que cometió una imprudencia y una niñería al beber la noche antes de la partida, pero las pesadillas eran tan fuertes que creyó que más valía una resaca que otra noche de malos sueños.
Aunque la cabeza la sentía pesada no se arrepentía de las jarras demás. Al menos Sigfrid fue lo suficiente sensible como para dejarlo cabalgar con Sakti, que era una buena jinete que jamás lo dejaría caer. Podía dormir tranquilo.
Darius…
Se giró hacia la voz. Otra vez estaba en Aleoni, en el pasillo de la posada, frente a su habitación. Ahí, en la esquina, estaban Sakti y sus heridas mortales, con el rostro deforme por las cortadas, la hinchazón de un párpado y la cuenca vacía de un ojo. Los cabellos, tan cálidos y protectores contra el viento frío, estaban teñidos de sangre y desacomodados. La sombra rojiza se extendía de ella a él.
—Darius —se quejó la princesa—. Me aprietas muy fuerte.
Sakti sostuvo con una mano las riendas de Ka-ren y con la otra pellizcó las manos del profeta para que se aflojaran. Él oprimió más y más fuerte. La apretó tanto que le dificultó respirar.
—¡Darius! Suéltame, me haces daño. ¿No me escuchas? ¡Que me dejes!
Sakti sacudió los hombros y torció la cabeza para fulminar con la mirada al profeta. Se encontró con los ojos abierto y celestes, muy celestes, de Darius clavados en el suelo. Los labios del mestizo recitaban a toda velocidad palabras que ella no podía escuchar.
El profeta la miró. Sakti supo que aunque estaba dormido, en trance o lo que fuera, la veía. Su rostro parecía el de un fantasma. Darius dejó de murmurar y se dedicó por un par de segundos a mirarla como si nunca antes la hubiese visto. Cuando movió otra vez los labios, su voz fue clara y temerosa.
—Vas a morir —y apretó más fuerte la cintura de la princesa.
La tomó por sorpresa la fuerza repentina del abrazo. Sakti jaló tanto las riendas de Ka-ren que el caballo comenzó a patear hacia atrás y hacia adelante en plena carrera. Los corceles alrededor patinaron en el suelo para evitar las coces. La princesa perdió por completo el control del caballo. El animal saltó en círculos, dando patadas de aquí para allá. En cualquier momento lanzaría a su jinete y compañero por los aires.
El agarre de Darius se hizo más fuerte y Sakti no pudo respirar. Para librarse de él le metió codazos entre las costillas pero fue inútil. Darius no la soltó. Sakti apretó los dientes y los ojos. En esa situación solo le quedaba un remedio. Soltó las riendas y se dejó caer.
Apenas tocaron el suelo, Darius la soltó. Como el caballo todavía daba patadas a lo loco, Sakti se cubrió la cabeza para protegerse de las pesuñas. En cambio Darius se hincó. Sus ojos todavía eran fumarolas celestes que buscaban de un lugar a otro. Cuando al fin encontraron a Sakti el profeta gateó hacia ella con su mirada fantasmal. Sakti se levantó de un salto a pesar de que Ka-ren todavía estaba encabritado y pateaba de aquí para allá como para matar de un golpe.
—¡NO! —gritó—. ¡Deja de seguirme!
Corrió en círculos, tan loca como su caballo. Darius la siguió como si fuera un perro de caza, a pesar de que a cada rato se tropezaba. Con sus manos se deshizo y apartó obstáculos que eran visibles solo para él. Sakti estuvo segura de que apenas la alcanzara la estrangularía como lo intentó con Mark.
Cuando la princesa vio que Sigfrid miraba la escena junto a los demás soldados, corrió hacia él. El General tenía una ceja arqueada y una expresión que destilaba hastío por la estupidez de Darius.
—¡Detenlo! —pidió mientras se escondía detrás de su padrino. Darius la siguió veloz. Justo cuando iba a derribar a Sigfrid para alcanzarla, el General le propinó un puñetazo en la cara que lo hizo caer de espaldas al suelo.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó Sigfrid malhumorado—. ¿Por qué lastimas a la princesa, cachorro?
Darius dejó escapar un gemido de dolor mientras se llevaba las manos a la cara. Por un momento todos creyeron que se sentaría para maldecir al General por el golpazo. En lugar de eso se hincó y comenzó a gatear. Tanteó el suelo y llamó a Sakti a gritos.
—Está dormido —intervino Mark—. Anoche hizo lo mismo, solo que se quedó calmado cuando lo lancé al suelo. Creo que tiene una pesadilla.
¡ALLEEENAAAA! —gritó Darius—. ¡No mueras, no mueras! ¡Ven aquí, no vayas a él! Tonta, ¡tonta! Por favor, no vayas…
Al fin Sakti lo entendió. Darius no la había apretado fuerte para estrangularla, sino para apartarla de lo que fuera que viera en su pesadilla. Le habría gustado abrazarlo y decirle que todo estaría bien pero esos ojos celestes la asustaban. Eran la prueba de que Darius no estaba allí, en ese plano de la realidad, sino en otra parte a la que solo su mente tenía acceso.
Sigfrid dio un paso al frente. Cojeaba por la herida en la pierna, pero podía caminar gracias a una tablilla. El General tomó al profeta por los hombros y lo lanzó al suelo. Aunque Darius pateó y luchó, Sigfrid se le sentó encima y le rodeó el cuello con las manos. Apretó hasta que los gritos de Darius quedaron ahogados, como su respiración.
—Ya basta, ¡lo vas a matar! —ordenó Sakti mientras mecía a Sigfrid del hombro.
El General no la obedeció. Ni siquiera se detuvo cuando Darius dejó de forcejear y puso los ojos en blanco. Sakti jamás estuvo tan segura como en ese momento de que Sigfrid al fin mataría al profeta. Sigfrid se detuvo solo cuando Darius parpadeó con sus ojos mestizos.
El General se apartó. Sakti ayudó a Darius a sentarse y le dio palmaditas suaves en la espalda para que recuperara el aire.
—¿Qué pretendes? ¿Estrangularme? —preguntó Darius entre toses, con una voz áspera y débil. El General lo miró directo a los ojos y dijo:
—¿Qué soñabas? —Como Darius frunció la frente sin entender lo que pasaba, Sigfrid explicó—: Caminabas, hablabas y pateabas dormido. ¿Qué soñabas?
Darius bufó. ¿De qué hablaba Sigfrid? ¡Él no había hecho nada de eso! Pero luego notó las miradas de los soldados y la de Sakti. Todos lo rodeaban en un círculo, como si él fuera un espectáculo macabro.
—N-no lo recuerdo. ¿Y qué importancia tiene? —se defendió avergonzado.
—Importa porque si vuelve a suceder capaz y matas a alguien. Por tu culpa, tú y la princesa cayeron del caballo, y la perseguiste como un loco. Por supuesto que no quiero que eso se repita. —Sigfrid entrecerró los ojos y agregó con un tono preocupado—: Además, eres profeta. Tus sueños pueden revelar algo del futuro. Y gritaste que la princesa va a morir.
Darius miró a Sakti con terror. Los soldados contuvieron la respiración y miraron de la princesa al profeta y viceversa. La chica se estremeció porque comprendió que Darius la había visto muerta. Cuando sus ojos se toparon con los de él, la mirada del mestizo cambió de nuevo. Estiró los brazos para agarrarla otra vez, pero Sigfrid lo sostuvo del hombro con una mano mientras que con otra le levantó el rostro desde la barbilla.
—Dime, Darius. ¿Qué ves? —El profeta relajó los músculos y comenzó a murmurar rápidamente. Apenas despegaba los labios—. No, Darius, no te escucho. Habla más fuerte.
El profeta se detuvo. No podía hablar en voz alta sobre las atrocidades que veía. La cara se le contrajo del terror y un grito desesperado inundó sus labios.

Un bosque con niebla y brisa fría. El jadeo temeroso pero también decidido. Sakti se detuvo frente a Sigurd. El come-almas sonrió con placer y malicia. Un enfrentamiento, una batalla. Sangre que corría de uno y de otro. El sonido inconfundible del metal cortando el aire y la risa victoriosa de la princesa.
Pero cuando estaba a punto de vencer una fuerza electrizante la hizo caer de un lado. Su arma, una magnífica hoz, cayó del otro. Justo cuando la princesa se levantaba una sombra cayó sobre ella. Sigurd rio. Su voz malvada heló la sangre de Sakti… y la de Darius. «Oh, ya lo he visto antes…».
Los dientes puntiagudos de la bestia parecieron salírsele de la boca con cada espasmo de alegría. La sangre brotó y le empapó las manos. Su víctima gritó una última vez, larga y dolorosamente. Darius vio de nuevo a Sakti en el suelo, con el cabello teñido de sangre. La cara pálida, cubierta de sudor…
Después ella lo llamó desde el pasillo, sin un ojo en una cuenca y con el rostro deforme, mientras un charco rojizo se extendía hacia él y…

—¡SIGURD! —gritó mientras intentaba llegar a Sakti. Sigfrid lo detuvo pero Darius braceó en el aire para alcanzar a su amiga—. ¡No vayas, no vayas! Te va a matar. Oh, Allena, por favor no vayas. ¡NO ENFRENTES A SIGURD! ¡NO LO HAGAS!
Darius dejó caer la cabeza y se puso a llorar entre súplicas para que Sakti se quedara con él. Sigfrid lo soltó y lo dejó caer de rodillas al suelo. Darius se llevó las manos a la cara. Ya estaba despierto y recordaba a la perfección lo que vio.
—Darius… —El profeta detestó la voz de Sigfrid. ¿Cómo podía escucharse tan sereno pese a lo que le sucedería a Sakti?—. ¿Cuándo vendrá el come-almas? ¿En dónde ves que la princesa lo enfrenta? ¿Y por qué lo hace?
El muchacho levantó los ojos hacia él. Sí, recordaba el ambiente frío y desolador de un bosque de árboles flaquencos y una atmósfera gris, llena de desaliento.

«¡Estamos en el Pantano, Darius! Todo es gris aquí…».

Recordó la descripción que Sakti había hecho de ese horrible lugar que parecía suspendido en un lapsus de terror. Darius tembló aún más porque estaban cerca, cerquísima del Pantano. Ese era el escenario de su visión. En cuanto al porqué ella se enfrentaría al come-almas… No, de eso no tenía ni idea.
—Oh, Allena… —musitó débilmente. La princesa tenía los ojos fijos en él. Su expresión estaba tan tensa que era difícil saber si tenía miedo o le daba lo mismo lo que el profeta hubiese visto.
—Debemos irnos —dijo la chica—. Antes de que Sigurd venga.
Sakti se giró a Mark para tomarlo de la mano, montar otra vez y alejarse lo más rápido posible de ese lugar. Descubrió que el amo estaba pálido. Tenía la mirada clavada en un punto por encima del último soldado reunido en torno a Darius. Sakti siguió su mirada. Un retortijón en el estómago y un temblor en las rodillas por poco la hacen caer al suelo.
Ahí, de pie en el camino que llevaba a Aleoni, estaba Sigurd. Esperaba con una sonrisa sádica a que los aesirianos notaran su presencia. La visión de Darius eran noticias alentadoras para sus oídos.
Sigfrid reparó en las expresiones de la princesa y el mensajero. Cuando siguió sus miradas los soldados lo imitaron. El pánico afloró al instante. Los gritos de horror inundaron el bosque. Los soldados que estaban a pie se paralizaron, pero los que aún estaban montados apretaron las riendas de los caballos para huir. Fue inútil. La carcajada escalofriante de Sigurd los clavó a todos en su sitio. El come-almas abrió la boca hasta desmontar la mandíbula. Al instante los militares cayeron al suelo con una mano sobre los labios. De allí salían resplandores celestes, blancos o verde pálidos. Eran sus almas.
Sakti se dobló por la mitad cuando sintió el agudo dolor en el pecho. Ella, Darius y hasta el mismo Sigfrid se retorcieron en el suelo, apenas capaces de mantener el alma dentro de los cuerpos. Fue entonces cuando los cegó un resplandor mucho más fuerte que el resto. A través de ojos entrecerrados, Sakti vio que su amo estaba arrodillado, con los brazos inmóviles y pegados al cuerpo mientras que de la boca le salía una luz enorme de mil colores distintos. El alma de Mark era la más hermosa y grande que hubiera visto jamás. Brillaba con todos los colores del arcoíris y a veces resplandecía con rayos dorados y plateados.
La belleza embobó a Sakti hasta que la luz se separó por completo de Mark. El mensajero cayó bocabajo en el suelo, mientras que el alma salió disparada hacia Sigurd. El come-almas la engulló de un bocado. Antes de que se relamiera los labios un espasmo lo hizo caer arrodillado. Se llevó las manos a las costillas. El dolor de los aesirianos se calmó pero el de Sigurd apenas comenzaba. La espalda se le anchó. Los brazos y piernas se alargaron. El demonio aulló como un lobo a punto de morir.
«Ahora…», se dijo Sakti mientras se incorporaba. «Debo hacerlo ahora o si no…»
Desató la espada que colgaba de la silla de Ka-ren. Era un arma normal, no mágica como la de Set, pero la princesa estaba demasiado preocupada como para pensar en los detalles. Debía aprovechar que Sigurd sufría y era incapaz de coordinar movimientos e ideas. Tenía que matarlo. Debía salvar el alma del amo ahora que tenía la oportunidad de sobrevivir al encuentro.
—¡No, Allena! —gritó Darius al ver que la princesa corría hacia el come-almas. ¡Justo así la había visto en sus pesadillas!
—Encárgate del amo —pidió ella mientras iba hacia Sigurd para decapitarlo.
El demonio se dio cuenta de las intenciones de la princesa. Se incorporó lo mejor que pudo e inició la retirada justo cuando Sakti clavaba la espada en el suelo en donde él había estado. La princesa soltó una maldición. Desenterró el arma y la enfundó de nuevo, mientras juraba que la próxima vez no fallaría. Corrió en pos del demonio que había engullido el alma de su amo. Tenía que salvar a Mark. Ningún otro pensamiento importó.
—¡NO, ALLENA, NO! —suplicó Darius. Intentó levantarse para correr tras ella y detenerla pero las piernas no le reaccionaron.
Permaneció arrodillado en el suelo, con una mano extendida hacia la figura de la princesa que se perdía veloz en la distancia. No pudo gritar nada más o moverse. Justo así fueron sus pesadillas. Ahora, cuando vivía la experiencia, los recuerdos de sus sueños nefastos lo asaltaron uno tras otro.
«Encárgate del amo…».

Eso era lo que Sakti le pidió. Darius encontró a Mark tal y como había caído: bocabajo e inmóvil. Era solo un recipiente vacío del alma que su gatita había ido a salvar. Darius tomó a Mark en brazos, preguntándose qué harían ahora. ¿Cabalgarían a Masca, en busca de más hombres? ¿Regresarían a Aleoni? ¿Irían en pos de Sakti?
—¿General Montag? —preguntó un aesiriano. Sigfrid estaba a varios metros de los soldados, ya listo para seguir a la princesa.
La reacción del General fue meramente instintiva. Pero en cuanto el soldado llamó su atención, Sigfrid superpuso la lógica a cualquier otro pensamiento. Esa lógica infalible le decía que debía quedarse con los soldados. El líder no podía abandonarlos. Antes de ir por Sakti debía poner a sus hombres a salvo y partir con los más fuertes. Porque incluso el Demonio Montag, con la pierna rota, no sería más que un remedo de guerrero contra un demonio que acababa de engullir la grandiosa alma de un mensajero del Tercer Dragón. Quizá ni la misma Sakti podría hacerle frente a Sigurd ahora.
—A Aleoni —ordenó el General mientras llamaba a su nuevo caballo y subía a él con una mueca de dolor—. Regresaremos a Aleoni. Y después Darius y yo iremos por la princesa.

****

Sakti intentó regular la respiración. Jadeaba. Se apoyó contra el tronco de un árbol y se recriminó mil veces a sí misma con sus pensamientos. No podía creer lo tonta que fue. Abandonó la relativa protección que los soldados y Sigfrid le ofrecían y, por supuesto, olvidó la espada de Set, el arma mágica que mejor dominaba. ¿Es que no aprendió nada del Reino de los espíritus? Debía cargar las armas mágicas siempre consigo por cualquier eventualidad y no dejar que otro caballo las llevara solo porque pesaban más de lo normal.
Ahora estaba sola en el bosque, con una espada común, corriente y rota, mientras el miedo le atenazaba los sentidos. ¿Pero qué más podía haber hecho, si no ir tras Sigurd? Cuando el demonio engulló el alma de Mark sintió un dolor atroz que lo puso indefenso. ¿Cómo podía perder una oportunidad así para matarlo?
Después de perseguir al demonio a buen paso hasta la zona en la que el Pantano y el bosque limitaban y todavía eran uno, la niebla la rodeó y le dificultó la visión. Tan solo perdió a Sigurd por cinco minutos. Cuando lo volvió a encontrar ya no era el mismo demonio. El come-almas ya no estaba adolorido y había crecido el doble. Su cuerpo, siempre robusto, se ensanchó muchísimo; y ganó tanta fuerza y velocidad que ni siquiera las piernas fuertes y las habilidades con la espada de la princesa fueron suficientes para hacerle frente.
Sigurd la había lanzado contra varios árboles. Aunque Sakti consiguió levantarse en cada ocasión para enfrentarlo, dejó de luchar cuando el come-almas detuvo un sablazo y partió la espada por la mitad. Después de eso solo la suerte la ayudó a esconderse de Sigurd.
Ocultarse no era lo mismo que huir. Sakti no estaba dispuesta a escapar del come-almas. No podía hacerlo pero tampoco tenía claro cómo enfrentársele si no tenía un arma ni una botellita de fuego azul consigo. Siempre podía utilizar las esencias pero con ellas no podría matar a Sigurd ni hacerlo escupir el alma de Mark. Cerró los ojos para concentrarse. Por más que lo pensaba no encontraba ninguna respuesta.
El falso silencio del bosque se rompió por el siseo de las ramas del árbol donde estaba apoyada. Abrió los ojos y encontró al come-almas frente a ella, sonriente.
¿Se cansó, princesa? Yo todavía no. —Sakti intentó fingir indiferencia con un suspiro.
—Solo estoy pensando en la manera de derrotarte. Eso de seguro lo hará más entretenido, ¿verdad? —Sigurd, muy confiado, se sentó en el suelo y se rascó el abdomen.
Qué melancólico… Hace mucho que no me sentía así. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? La última vez que tuve tanto poder fue hace muchos años… Pero en ese entonces, cuando alcancé un tamaño como este, tuve que consumir muchísimas almas para hacerme tan poderoso. Pero ahora… —Sigurd sonrió. Sus orejas, una larga y la otra más chica tras el enfrentamiento contra Adad, se mecieron burlonas—. Esta es por mucho el alma más deliciosa que he probado. ¿De quién era? —Sakti apretó los puños contra el árbol. No permitió que su frustración se le reflejara en la voz.
—De un humano.
 Sigurd alzó las orejas, incrédulo por lo que escuchaba, pero no hizo ningún comentario. Se contempló las garras, sucias por sangre reseca y tierra. Después se estiró en el suelo como si fuera un perro. Bostezó y abrió tantísimo la boca delante de Sakti que ella pensó que la engulliría de un solo bocado.
Era demasiado frustrante. La confianza de Sigurd la humillaba. Estaba tan furiosa que invocó una bola de fuego en la mano. Sin pensarlo la lanzó a la boca abierta del come-almas. El demonio rugió molesto y se irguió, porque en su arrogancia no creyó que provocaría un ataque de Sakti. La tomó de las piernas y la lanzó tan lejos como su ira se lo permitió. Sakti soltó la espada rota mientras iba en el aire y abrió los ojos en pleno vuelo para ver dónde caería. Rozó las copas de algunos árboles justo antes de caer a la orilla de una pendiente.
Cayó bocabajo. Giró la cabeza hacia la dirección de Sigurd. El demonio corría hacia ella con una mano en alto y las garras estiradas. Si la golpeaba con las zarpas la desgarraría. Sakti se levantó para correr pero olvidó que cayó cerca de una pendiente. El resultado fue un tropiezo que la hizo girar hasta el fondo y caer en un charco. Había llegado al Pantano. Las ciénagas profundas y los estanques engañosos estaban ahí, junto con la bruma espesa, la arena gris y la atmósfera fría y pesada.
El come-almas cayó sobre ella antes de que pudiera levantarse para correr. La princesa se dio vuelta en el suelo. Su rostro quedó frente al de Sigurd. El demonios tenía una quemadura en las comisuras de los labios, pero la herida sanaba rápidamente. Además de un tamaño monstruoso, el alma de Mark dotó al come-almas de una recuperación veloz.
No debió haber hecho eso, Alteza —dijo mientras estrangulaba a Sakti—. Le contaré un secreto antes de estirarle el cuello. Nadie sabe por qué me gusta este lugar. ¿Qué encuentro de agradable del Pantano? Pues bien, fue justo aquí donde me derrotaron.
Sigurd estrelló la cabeza de Sakti contra el suelo. Ella ahogó un grito y mantuvo los ojos abiertos, atentos al monstruo y sus movimientos. El come-almas sonrió.
Hace muchos milenios esto no era un pantano, sino un cañón. Esto no era más que roca erosionada. No había árboles, ni animales, mucho menos agua o arena. ¡Todo el mundo era una extensa roca magullada, sin vida, gracias a mí! Pero entonces… —Sigurd contrajo la sonrisa y la convirtió en una mueca feroz—… esa niñita nació y me encerró en este lugar.
La agarró de la cintura y corrió por el Pantano. Aunque Sakti intentó zafarse, Sigurd la sostuvo firmemente mientras atravesaba los charcos y las orillas engañosas. Después de un tiempo, el demonio se detuvo al borde un precipicio. Sostuvo a Sakti de un brazo y la colocó delante de su rostro, como si fuera una muñeca de trapo. Sin duda planeaba lanzarla al vacío.
Cuando la vi por primera vez quise imaginar que usted era esa niñita —dijo Sigurd mientras sonreía—. Esa princesa me condenó por milenios al fondo de este abismo y deseé con todas mis fuerzas lanzarla a usted a él. Sería como tirar a Maat a la prisión en la que me encerró. Después de todo, ambas descienden de Aesir. Pero usted también me derrotó…
La voz de Sigurd estaba llena de resentimiento. El come-almas amplió la sonrisa y estiró el brazo con el que sostenía a Sakti. La princesa se meció sobre el vacío oscuro y distante.
 Quizá esto no es más que una niñería de parte mía, pero quiero verla caer… y mirarla con la misma indiferencia con la que Maat me miró cuando fui yo el que cayó. Así que esta será nuestra despedida, Alteza.
Sigurd soltó a Sakti. Sus ojos se abrieron de la emoción al ver el rostro furioso y preocupado de la joven mientras caía. Las tinieblas del precipicio, esa misma negrura que lo contuvo a él por miles de años, absorbió a la princesa. El grito de Sakti se perdió en el fondo, con ella. El come-almas se carcajeó. Sí. De alguna manera su venganza hacia Maat estaba completa.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. A ti te gusta hacer sufrir a mi Darius ¿Verdad? Eres muy cruel con el, en serio que a este paso Sigfrid lo querra hacer pedazitos - y yo te hare pedazitos a ti ^^ -

    En cuanto a Allena...espero la caida no le duela...mucho :p

    No comentare nada mas porque estoy haciendo tarea, pero me di un pequeño tiempo para comentar. Ya habia leido el capitulo, una hora despues de que lo publicaste, pero hasta ahorita tuve la oportunidad.
    Por favor sigue escribiendo... quiero conocer la historia de Maat

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  2. No es que me guste hacerlo sufrir, Annie ¬_¬ Darius me agrada, lo que pasa es que sus poderes de profeta caían muy bien para narrar esta parte... y porque todo lo que le pasa se le va acumulando para el final de este volumen XD ¡Y no tienes ni idea de lo que sucederá en el tercer tomo, jaja!
    Y no te preocupes, que ya hasta estoy escribiendo el capítulo 19... de hecho, ya tengo un capítulo 19 hecho pero quiero hacer una nueva versión para ver cuál queda mejor. Así que por eso no te preocupes, que todavía hay más capítulos ;)
    P.D.: Estoy consciente de que no he comentado en tu blog. Lo siento, ¡de verdad me estoy volviendo loca con la Universidad!
    Ahora, pues, me retiro para seguir con las miles de cosas que tengo que hacer :s :'(
    ¡GRACIAS POR PASARTE!

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  3. Estuvo muy interesante este capítulo :) En verdad me gusta mucho como va la historia. Sólo como sugerencia, me gustaría que el momento en que Sakti se encuentra con Sigurd y la pelea que tuvieron estuviera descrita con un poco más de detalle.

    Por cierto, me pareció de lo más simpática la parte de “Sakti corrió en círculos, tan loca como su caballo...”, no pude evitar soltar una carcajada XD

    - Kirala

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    Respuestas
    1. Hola, Kirala. Muchas gracias por leer. En cuanto a la pelea entre Sigurd y Sakti...

      ... bueno... Esto apenas comienza, jeje ;)

      Espero que los próximos capítulos cumplan tus expectativas :D ¡Saludos!

      Eliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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